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Prólogo

La creación literaria es mucho más que un simple ejer- 7


cicio de escritura para tratar de vencer el tedio, poner a
prueba el talento o complacer la curiosidad de otros; es
más que contar historias de la mejor forma posible (en el
cuento y la novela) o expresar ideas y sentimientos (en la
poesía y el ensayo) que pretenden ser interesantes para
la satisfacción de lectores ilustrados o novatos. En este
sentido, la literatura debe ser considerada no solo una de
las Bellas Artes, porque la presencia del factor estético
es fundamental en la conceptualización y la materializa-
ción de su logro; precisa además de un componente fuer-
temente humanista, mediante el cual se busca auscultar
de una manera u otra las complejas variantes de la con-
dición humana y, de paso, dejar huella permanente en la
idiosincrasia del lector sensible.
Lo primero que debemos entender, por ejemplo,
en cuanto al cuento literario y la novela, es que estos
géneros literarios no tienen por qué ser autobiográfi-
cos, aunque a menudo puedan serlo, al menos en parte,
sobre todo cuando recién se empieza a escribir.
Es lógico: aligerar la memoria, juzgar lo acontecido, per-
filar los sentimientos, suele ser lo primero que emerge
al escribir un principiante. Y también ocurre en cierta
medida con los escritores más experimentados. Pero en
términos generales la creación literaria, siendo a veces
un innegable ejercicio de catarsis, es fundamentalmente
ficción, imaginación, creatividad, las cuales se combinan
con la irrenunciable experiencia que subyace siempre,
para así producir una nueva realidad.
8 Por otra parte, el cuento es un género narrativo bre-
ve, en el que un narrador (o varios) cuenta(n) una histo-
ria mediante la participación de personajes y la creación
adecuada de situaciones y ambientes que, a través de
una trama que se desarrolla de forma concentrada, lle-
ga usualmente a un desenlace. Sin embargo, hay muchas
maneras mediante las cuales se puede romper o cuestio-
nar este esquema para hacer más interesante al texto1.
En última instancia, cada escritor crea cuentos según su
muy particular estilo y de acuerdo con una determinada
intencionalidad, buscando producir ciertos efectos en la
sensibilidad del lector.
II
Las letras de Panamá, como las de cualquier otro
país, son un espejo artístico y, por supuesto, humano, de
los componentes sociales, políticos, económicos y cultu-
rales que forman parte de la vida de sus ciudadanos, y
de la vida misma en general. Tanto lo individual como lo
colectivo nutren el material que incide en la creatividad
de la escritura. Y no cabe duda de que el cuento es el
género literario que más y mejor ha sobresalido en el
ejercicio de nuestra literatura a lo largo del siglo XX y lo
que va del XXI. Es cosa de revisar y analizar, panorámi-
camente y también en detalle, las evidencias.
En 1903 se publica en Buenos Aires el primer libro
de cuentos de autor panameño: Horas lejanas, de Darío
Herrera (1870-1914), una obra de gran solvencia litera-
ria que recibe elogiosas críticas internacionales. Salomón
Ponce Aguilera (1868-1945) y Ricardo Miró (1883-1940)
también destacan en esa época como cuentistas funda- 9
cionales, aunque a este último se le conoce mucho más
como el gran poeta nacional. Por otro lado, la figura
de Rogelio Sinán (1902-1994) domina buena parte del
siglo XX como insigne poeta, cuentista y novelista. Asi-
mismo, José María Sánchez (1918-1973), José María
Núñez Quintero (1894-1990), Manuel Ferrer Valdés
(1914-1977) y Renato Ozores (1910-2001), entre otros,
representan una generación de cuentistas sobresalientes,
de los cuales este último fue el más prolífico.
Más adelante habrían de sobresalir Carlos Francisco
Changmarín (1922-2012), Ernesto Endara (1932), Álvaro
Menéndez Franco (1932), Eustorgio Chong Ruiz (1934),
Enrique Chuez (1934), Justo Arroyo (1936), Moravia
Ochoa López (1939), Pedro Rivera (1939), Bertalicia
Peralta (1939), Dimas Lidio Pitty (1941-2015) y Enrique
Jaramillo Levi (1944). Después se dan a conocer
autores de muy diversas edades y formación profesional:
Rosa María Britton (1936), Raúl Leis (1947-2011),
Giovanna Benedetti (1949), Benjamín Ramón (1939),
Lupita Quirós Athanasiadis (1950), Rey Barría (1951),
Consuelo Tomás F. (1957), Félix Armando Quirós Tejeira
(1959), Allen Patiño (1959), Juan Antonio Gómez (1956),
Claudio de Castro (1957), David C. Róbinson O. (1960),
Herasto Reyes (1952-2005), Aida Judith González
Castrellón (1962), Roelio Guerra Ávila (1963), Erika Harris
(1963), Yolanda J. Hackshaw M. (1958), Eduardo Soto
(1965), Carlos O. Wynter Melo (1971), Víctor Rodríguez
Sagel (1949-2002), Melanie Taylor (1972), Isabel Herrera
10 de Taylor (1944), Francisco J. Berguido (1969), Cáncer
Ortega Santizo (1950-2007), Lili Mendoza (1974), Carlos
Fong (1967), Roberto Pérez-Franco (1976), Klenya
Morales (1975), A. Morales Cruz (1952), Rodolfo de
Gracia R. (1969), Victoria Jiménez Vélez (1937), Alberto
Cabredo (1956), Lissete Lanuza Sáenz (1984), Luigi
Lescure (1968), Alondra Badano, Gonzalo Menéndez
González (1960), Annabel Miguelena (1984), Basilio
Dobras (1964), Lucy Cristina Chau (1971), Pedro Crenes
Castro (1972), Julio Moreira Cabrera (1981), Javier
Medina Bernal (1978), Sonia Ehlers (1949), Héctor M.
Collado (1959), Enithzabel Castrellón Calvo (1975),
Isabel Burgos (1970), Ana Lucía Herrera (1971), Dimitrios
Gianareas (1967), Danae Brugiati Boussounis (1944),
Eduardo Jaspe Lescure (1967), Cheri Lewis (1974) y
Olga de Obaldía (1963), entre otros. Todos habrían de
distinguirse con diversos grados de talento, formando
parte de una sorprendente pléyade de nuevos autores2.
Hasta donde se sabe, todos los autores vivos siguen
escribiendo en la actualidad.
Lo cierto es que a partir de la década de los noventa
del siglo XX es cuando aparece un número impresionan-
te de cuentistas que cultivan este género en Panamá con
mayor o menor grado de merecimiento artístico e inte-
lectual —algunos con libros propios publicados, otros
formando parte de libros colectivos y otros más incluidos
en antologías sobre noveles cuentistas panameños3, pero
en general con poca atención de parte de una mayoría de
personas que lamentablemente no lee obras literarias na-
cionales—. La razón es múltiple, pero en el fondo no deja 11
de ser, sobre todo, un problema de deficiencia educativa
y pobreza cultural, junto con una atrofiada sensibilidad
artística de los no muy abundantes lectores que integran
la población de cerca de cuatro millones de personas que
hoy habitan en el Istmo.
Y no obstante, buena cantidad de escritores naciona-
les continúan, con muchas dificultades, produciendo poco
a poco sus obras. Escriben a contracorriente, con diversos
resultados, porque tienen que hacerlo —les nace—, por-
que está en sus genes y porque hacerlo los hace felices. No
hay otra explicación. Y es suficiente. En cambio, “otros
quinientos pesos” es el poder sortear los muchos escollos
existentes para ver publicada cada tanto tiempo su esfor-
zada producción literaria. Pese a todo, el resultado, hasta
el momento, es un caudal considerable de cuentos de muy
diversa calidad, entre los cuales, en esta antología, he pro-
curado extraer algunos de los más memorables (a juicio
del antologador, por supuesto; único responsable de la se-
lección de textos realizada; y de la Editorial Santillana).
III
Es importante señalar que toda antología implica la
aplicación de un punto de vista crítico ejercido sobre la es-
cogencia rigurosa de lo mejor de algo. En el caso de las de
índole literaria, sin duda entran en juego la formación, la
sensibilidad y el gusto personal de quien antologa, factores
que pueden diferir, por supuesto, de los de otros estudio-
sos. En todo caso, lo esencial es ejercer depurados criterios
de selección de materiales en concordancia con las caracte-
rísticas expresadas por los textos, y no con la personalidad
12
ni trayectoria de sus autores; y claro, actuar con genuina
autenticidad, haciendo a un lado simpatías y antipatías.
En plena forma (Cuentos selectos panameños 2003-2017)
pretende ser una antología representativa de un segmento
significativo de la cuentística panameña de los últimos 14
años. Los autores vivos seleccionados —treinta y dos en
total en un primer momento, depurados al final a quince
autores por los editores— han publicado al menos un libro
de cuentos meritorio hasta la fecha y, por su esforzada de-
dicación a la escritura, merecen ser más conocidos y, por
supuesto, estudiados. Sobre todo en colegios y universida-
des. En este sentido, el conjunto de su obra literaria es, a
mi juicio, un aporte valioso a la bibliografía nacional.
La muestra aleatoria de los cuentos breves que inte-
gran este libro procura ser una vitrina de la calidad y va-
riedad temática y estilística del cuento escrito en Panamá
entre 2003 y 2017. Si bien en nuestro país existe una in-
teresante producción de cuentos que, por su relativa com-
plejidad y afán de experimentación formal, suma nuevas
vetas a la producción narrativa, los textos aquí escogidos
para su lectura (básicamente por parte de estudiantes de
secundaria en colegios públicos y privados), podría decir-
se que tienden a seguir lineamientos más bien tradicio-
nales en cuanto a su concepción y desarrollo expresivo,
lo cual no les resta un ápice de valor literario y humano.
Además, por la naturaleza didáctica de este libro, y para
poder darle cabida a un mayor número de autores, escogí
cuentos más bien breves, si bien hay algunos extensos.
Este libro se titula En plena forma porque la singular 13
calidad de los cuentos escogidos denota que sus autores
están todos muy bien ejercitados en su oficio escritural.
Los cuentos siguen un orden cronológico, de acuerdo con
las fechas de nacimiento de sus creadores, de mayor a
menor edad: desde Lupita Quirós Athanasiadis (1950)
hasta Shantal Murillo (1990). Hay en total seis mujeres
y nueve hombres en esta antología. De cada creador se
ofrece, además, una ficha biobibliográfica.
Una de las características del actual cuento panameño
es su absoluta libertad creativa y de abordaje de temas y
técnicas narrativas4. Hace mucho tiempo desaparecieron
las llamadas “escuelas” o movimientos literarios propios
de determinadas tendencias estéticas o filosóficas, so-
bre todo en el cuento, no solo en Panamá sino en todo
el mundo. Si bien ha habido desde hace algún tiempo un
auge de novelas históricas, así como de la llamada “no-
vela negra” (detectivesca), la generalidad de las buenas
obras literarias del presente —y sobre todo de los cuen-
tos que se escriben y publican— tiende a ser consecuente
más bien con la creatividad intuitiva individual y con un
claro deseo insoslayable de autenticidad. Así, los cuentos
que en las últimas décadas escriben en Panamá numero-
sos autores de reconocida trayectoria, y también muchos
nuevos creadores, son bastante diversos entre sí, cada
cual con características propias.
La presente antología busca ofrecer cuentos de cali-
dad, representativos de la producción cuentística pana-
meña. En este caso particular, procuran considerarse
como variados y aptos para ser degustados en los últimos
14
años de nuestras escuelas secundarias. Cubren un am-
plio espectro de temas y estilos literarios y sus autores,
hombres y mujeres de diversas edades, vienen de diver-
sos grados de experiencia y dedicación a las letras.
Las normas que uno impone a una antología de al-
guna manera son arbitrarias; obedecen a criterios del
antólogo y de la editorial que habrá de publicarla, y por
supuesto deben apoyarse en criterios razonables y sos-
tenibles. En plena forma solo incluye a autores vivos que
publicaron su primer libro de cuentos a partir de 20035.
Como suele ocurrir, sin duda, no están todos los que son
(buenos cuentistas panameños); diversas razones hay para
ello: ciertos autores no cumplían con los parámetros dise-
ñados para esta selección (ser cuentos aptos para ser leídos
en la secundaria, cumplir con el año de publicación de un
primer libro de cuentos, haber dado a tiempo el permiso de
reproducción solicitado); o simplemente el antólogo, a cuyo
gusto obedece inevitablemente siempre toda selección por
más objetivo que se pretenda ser, no encontró en la obra
de ciertos cuentistas los requisitos o exigencias personales
exigidos por su experiencia lectora y escritural.
Los estudiantes, al igual que cualquier lector sensi-
ble, hallarán en esta muestra de ficción narrativa breve
múltiples fuentes de emoción y razonamiento, facultades
humanas que la buena literatura sabe recrear admirable-
mente. Así, tanto la experiencia individual como la colec-
tiva, a la par de diversas instancias de la realidad y de la
imaginación, están muy bien representadas y “en plena
forma” en esta exigente selección de cuentos y cuentistas 15
panameños. Doy fe de ello.
Espero que el gusto de los lectores al leer En plena
forma (Cuentos selectos panameños: 2003-2017) coincida,
en este caso particular, con el mío. Y que esta antología
cumpla una función no solo didáctica sino también de
genuino reconocimiento al talento estético y humano de
los escritores aquí congregados.
Enrique Jaramillo Levi
Panamá, diciembre de 2016
Notas
1
Véanse mis libros de ensayos La mirada en el espejo: el arte de la creación litera-
ria: visión del mundo, razón de vida. Universidad Santa María La Antigua, Pana-
má, 1998; Por obra y gracia. Hacia una poética del cuento. UTP, Panamá, 2008;
Esa fascinante magia de escribir. Foro/taller Sagitario Ediciones, Panamá, 2014
y Palabra de escritor, Panamá, 2016.
2
Véanse mis antologías Hasta el sol de mañana. 50 cuentistas panameños naci-
dos a partir de 1949. Fundación Cultural Signos, Panamá, 1998; Panamá cuenta.
Cuentistas del centenario (1851–2003). Editorial Norma, Panamá, 2003; Sueño
compartido (Compilación histórica de cuentista panameños: 1882-2004). Tomos I y
II. Universal Books, Panamá, 2005; Tiempo al tiempo ( Nuevos cuentistas de Pa-
namá 1990-2012). UTP, Panamá, 2012; Los recién llegados. 54 cuentistas inéditos 17
cuentan en Panamá: antología. Foro/taller Sagitario Ediciones, Panamá, 2013.
Se puede encontrar información útil sobre algunos de estos autores visitando
la red del “Directorio de Escritores Vivos de Panamá” de la UTP.
3
Otras antologías útiles en torno al cuento panameño son: Rodrigo Miró,
El cuento en Panamá, Panamá, 1950; Franz García de Paredes, Panamá:
cuentos escogidos, Editorial Universitaria Centroamericana, San José, Costa
Rica, 1998.
4
Sobre técnicas narrativas, véanse mis libros de ensayos: Por obra y gra-
cia. Hacia una poética del cuento. UTP, Panamá, 2008 y Palabra de escritor,
Panamá, 2016.
5
Algunos autores vivos que publicaron su primer libro de cuentos antes
de 2003, razón por lo que no han sido considerados para esta antología, son:
Justo Arroyo, Enrique Chuez, Moravia Ochoa López, Ernesto Endara, Pedro
Rivera, Enrique Jaramillo Levi, Griselda López, Eustorgio Chong Ruiz, Rosa
María Britton, Rey Barría, Claudio de Castro, Ariel Barría Alvarado, Giovan-
na Benedetti, Melanie Taylor Herrera, Carlos O. Wynter Melo, Félix Arman-
do Quirós Tejeira, Allen Patiño, Rogelio Guerra Ávila, Francisco J. Berguido,
Benjamín Ramón, Amparo Márquez (Delia Cortés), Isis Tejeira, Maura Zúñiga
Araúz, Jorge Thomas (Juan David Morgan), Roberto Pérez-Franco, José Luis
Rodríguez Pittí, David C. Róbinson O., Pedro Luis Prados P., Bolívar R. Apa-
ricio G., Leadimiro González, Aida Judith González Castrellón, Yolanda Ha-
ckshaw, Consuelo Tomás F., Edgar Soberón Torchia, Juan A. Gómez, Rafael
Ruiloba. La mayoría desconocidos por las nuevas generaciones de lectores.
“Lo maravilloso del ser humano es que se ha hecho a sí
mismo, lo ha inventado todo”.
José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998
(Portugal, 1922-España, 2010).
EL CASO DEL ASESINO DEL ASCENSOR
Lupita Quirós Athanasiadis

Una tarde de otoño en Nueva York el detective 19


Fajardo salió del consultorio de su médico, guareciéndo-
se de la lluvia con un periódico. Cruzó la calle empapa-
da, entró rápidamente en el primer bar y pidió un Jack
Daniels, su bebida favorita. Jugaba con los cubitos de
hielo mientras pensaba que esa era la mejor manera de
pasar un atardecer lluvioso y que ya no regresaría a la
oficina. De todas maneras —pensó— ya eran más de las
cinco y, como no lograba esclarecer las causas del asesi-
nato, se sentía disgustado e inepto. Eso por un lado y, por
otro, estaba el asunto de su enfermedad y las obligatorias
visitas al doctor porque necesitaba que le administra-
ran tiamina por vía intravenosa debido al síndrome de
Wernicke-Korsakoff que padecía. Aunque el galeno había
sido muy claro cuando le dijo que si no dejaba el alcohol
nunca se curaría, sonrió con desánimo y pidió otro tra-
go al bartender. La pena que traía dentro había que ador-
mecerla mientras estaba despierto porque, para dormir,
ya había encontrado remedio en los tranquilizantes.
Su familia había muerto en un accidente de tránsito tres
años antes y no conseguía olvidar los rostros sangrantes
de su esposa y de su pequeña hija de tan solo siete años.
Después del cuarto bourbon y ya con sus amargos re-
cuerdos un poco disipados, buscó en sus bolsillos las llaves
del auto, pero recordó al instante que ese día no lo había
sacado del estacionamiento. Un olvido como aquel le pa-
saba a millones de personas todos los días y nadie le daba
importancia; sin embargo, la amnesia que le ocurría oca-
sionalmente al detective Fajardo se había vuelto un proce-
20 so crónico y los episodios de falta de memoria podían du-
rar horas. Lo que acontecía durante los mismos lo olvidaba
completamente. Por esta razón se inventaba las cosas que
había hecho, incapaz de asumir que no podía recordarlas.
Tomó su sombrero, salió del bar y, con las manos me-
tidas dentro del gabán, caminó cuatro cuadras hasta su
apartamento, tratando de concentrarse en el caso que lo
ocupaba. Se trataba de un fiscal de distrito de cuarenta
y cinco años al que habían degollado dentro del elevador
del edificio donde residía. Una señora gorda que regre-
saba de pasear a un perrito fue quien, dando gritos y al
borde de un desmayo, alertó a los conserjes del hallazgo.
La policía encontró al infortunado con un gran tajo en el
cuello. Yacía boca arriba con los ojos abiertos. Manchas
difuminadas de sangre pintaban las paredes del ascen-
sor, delatando un forcejeo; sin embargo, no pudieron
encontrarse huellas del victimario, evidencia alguna de
ADN ni tampoco el arma homicida.
A Fajardo le asignaron el caso cuatro semanas des-
pués del asesinato, agotadas ya las más inminentes
investigaciones. Era conocido por su sagacidad para
encontrar a los criminales cuando ya los demás no ha-
llaban solución. Podría decirse que sentía fascinación
por el llamado “crimen perfecto”.
Se habían descartado uno a uno todos los posibles
sospechosos: empezando por aquellos a quienes el fiscal
había enviado a la cárcel. De estos, diez continuaban en
ella, dos habían muerto y otro yacía tetrapléjico en una
clínica de rehabilitación. El informe señalaba que tam-
bién se había descartado la posibilidad de un crimen pa- 21
sional, cuando quedó claro que no había sustentación
para ello. Ninguno de los interrogatorios que se efectua-
ron llevaba a un indicio certero.
Cuando el detective Fajardo llegó a su apartamento,
se prometió a sí mismo visitar a la viuda porque, aunque
había leído las respuestas a todas las preguntas que se le
formularon al principio de la investigación, él no la co-
nocía, por lo cual pensó que tal vez, después de la con-
moción de los días próximos al asesinato del esposo, ella
podría recordar algo que le ofreciera una pista en donde
volver a olfatear.
Al día siguiente hizo una cita con la esposa del di-
funto. Se encontrarían en un parque después de que ella
recogiera a su pequeña hija a la salida del colegio; “a las
dos de la tarde” —había dicho la viuda—, y hacia allá se
dirigía ahora. Por unos minutos se distrajo recordando
cuando, junto a su familia, paseaba por los parques. Trajo
a su mente las imágenes de la hija columpiándose y hasta
podía oír su risa infantil. ¡Qué dolorosos podían ser los
recuerdos! Se sorprendió enjugándose una lágrima en el
puño de su camisa y decidió relegar esas evocaciones.
La distinguió en el lugar convenido. Estaba senta-
da leyendo bajo las ramas desnudas de un cedro, sus
pies enmarcados por una alfombra de hojas castañas.
Ella alzó la vista, lo vio acercarse y justo en el momen-
to en que sus miradas se encontraron, él sintió una
perturbación profunda.
—Buenas tardes —dijo ella ante la repentina mudez
22 del hombre.
—Buenas —dijo él.
—Me parece que nos conocemos, ¿no es así?
—¡Hola! —dijo una niña que se acercaba trotando—.
Mami, este señor fue el que me regaló una flor en el su-
permercado, ¿te acuerdas?
—¡Oh sí!, claro —musitó la dama. ¡Qué casualidades
tiene la vida! ¿Verdad? Por cierto, le debo mil disculpas.
Mi esposo malinterpretó sus intenciones y por ello le re-
criminó. Lo siento.
Una miríada de flashes motivados por los enlaces de
sus neuronas se encendió en la mente del detective. Es-
tos le llegaban en forma de imágenes difusas. Primero se
veía entregando una flor blanca a la niña para luego ser
agredido por el furioso padre. En otra, se percibía con-
fundido, porque pensaba que la mujer y la hija eran las
suyas y que otro hombre se las quería arrebatar…
A pesar de la agitación que sentía por dentro logró decir:
—Disculpe, acabo de recordar algo urgente, debo au-
sentarme, pero la llamaré en los próximos días.

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