Ocqueteaux León
Historia de Amor[1]
Ella y yo nos escondimos en la secreta casa de la noche[2].
Afuera siguen los árboles brillando tras la lluvia.
Alguien golpea una puerta, pero nadie le responde:
Es el recuerdo que se obstina en luchar contra el olvido.
Yo llegaba del Sur. Venía de amar la prima de manos imposibles,
con un amor más triste que mirar la caída de la noche entre los álamos,
Con un amor que crecía y desaparecía como las amapolas en los campos.
Fue una tarde de agosto —demasiado presente— en la de ahora,
cuando mi voz te llamó para regalarte mi tristeza. ¿Recuerdas?
Fuimos como las tórtolas que enferman de arrullarse tanto.
Pero qué lejos estábamos, y yo no lo sabía…
Alguna vez, en el camino, andando nos pertenecimos
como al aire el humo o el trino al pájaro.
Luego todo desapareció como el mal tiempo en la primavera;
mientras mi amor se marchitaba como las amapolas de los trigales.
… Hoy te busco en la noche recobrándote,
y de nuevo te descubro bajo el árbol
en que quise grabar tu nombre por temor que me olvidaras.
Hace mucho tiempo tú y yo nos escondimos en la casa de la noche.
Pero es mía la sombra en la que tarde golpea tu ventana,
y es verdad que tú ya no respondes[3].
1
Mensaje a la muchacha de una aldea
Aquí junto al jardín abandonado,
en que corté las primeras rosas para ti,
surges como antaño, montada en tu caballo;
jugando con los perros, haciéndome señas desde el puente.
Entonces, es grato recordar,
como perseguíamos luciérnagasdebajo de la hierba,
o nos tendíamos junto al borde de los días soñados.
Ah! Pero cuánta sombra nos persigue desde entonces…
Los días antiguos del verano se tienden contemplándonos;
mientras a lo lejos el río susurra su canción de siempre,
y por el mismo camino regresan al pueblo las carreteras.
Hoy es domingo. El cielo está azul.
Yo recorro los mismos senderos llamándote de colina a colina.
Pero el olvido es una vieja arpía que te oculta;
y sólo el viento recoge mis palabras vacías para siempre.
A veces te adivino bajo el castaño,
leyendo tus viejas revistas u ojeando mis cuadernos de poeta,
y es entonces cuando despiertan tus palabras olvidadas.
/“Me quieres mucho”…
“Es para soñar” decíamos esa tarde
en que balaban las ovejas junto a los corrales.
Pero tú estás lejos o has partido. Y yo estoy triste
volcando en mis pupilas un poco de regreso.
Y es inútil y sólo malezas crecen junto al jardín abandonado,
en que una tarde cogía flores para ti.
Y tú ya no estás. Y todo es tan cierto
2
como que ahora te escribo tendido sobre el pasto (llorando)[4].
Poeta en Puerto Aguirre
Al amanecer el poeta despierta,
y lee «me alimento de la carne del buey y del agua de los torrentes».
Yo no puedo decir así como tú, viejo Walt.
Afuera se desperezan los primeros pájaros del mar.
El viento WE sacude la pequeña casa de madera;
y se escucha el trepidar de los motores de las lanchas.
Sí, el alba fría, los últimos ebrios resbalan
sobre las callejuelas de caracoles muertos
y su ruido quebradizo me recuerda un verso de Blaise Cendrars.
El viejo Azócar escucha a Joan Báez y maldice contra el mal tiempo
que vendrá.
Por la ventana, se ven tres tordos en las ramas heladas
del único ciruelo del puerto;
y tú piensas en la leyenda de la felicidad.
Tu hijo quiere conocer al abuelo que acaba de morir:
«En la bodega de la vieja casa el morral cuelga vacío.
¿Quién cazará ahora los choroyes y torcazas?
Mi pobre padre ha muerto…».
Acaricio tu cabellera de algas amarillas
y te repito otra vez, unido a ti como el remo al bote.
Dulce como una abeja.
Quieres pintar el mar con el color de las olas.
Una noche de tormenta, hace ya más de veinte años,
Pablo de Rokha estuvo aquí comiendo choros zapato
con don Carlos Alvarado cuando era estafeta de Correos,
3
y escuchó las historias del pirata Ñancupel.
Algún día visitarás la Cueva de los Siete Esqueletos.
Nunca aprendiste a jugar [Link] peces se arquean en el agua como caballos de mar
o ramas de árboles.
El día huye en la punta de los campanarios.
Puerto Aguirre en un lanchón cargado de congrios y róbalos,
es un caiquén ahumado servido en el boliche de don Thelmo,
es el olor del ciprés de las Guaitecas recién cortado,
es Bill Barnes, el «Aventurero del Aire», vuelto a leer
treinta años después,
es el licor de murtas preparado por doña Hilda Gutiérrez,
y es también la Isla Pejerrey, divisada apenas una mañana
de neblina.
Las islas del frente, te recuerdan Esmeraldas,
en donde un dieciocho estuviste solo en la plaza,
con una botella de vino, y los Salmos de Cardenal en el bolsillo.
En una fotografía apareces con sombrero y una manta de Castilla,
junto a la verja derruida del Cementerio Antiguo.
En la pared, un cuero de chingue estacado en cruz,
y un verso escrito con carbón: «Y la luz vino a pesar de los puñales…».
Sí. Siempre he de ir tomado
de tu mano viejo Walt Whitman.