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Hora Santa

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Temas abordados

  • Vocación,
  • Servicio,
  • Gracia,
  • Virgen María,
  • Oración,
  • Cuidado de vocaciones,
  • Palabra de Dios,
  • Reflexión,
  • Misión,
  • Pescadores de hombres
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  • Palabra de Dios,
  • Reflexión,
  • Misión,
  • Pescadores de hombres

HORA SANTA.

Monición de entrada
Señor, nos invitas a estar contigo, por eso estamos aquí, para orar, y abrirnos a tu
voluntad. Para seguir colaborando en tu plan de salvación, que realizas mediante la Iglesia.
Lo importante es estar abiertos a tu presencia. Y agradecer, alabar, suplicar. Y callar,
escuchar, no decir nada, simplemente estar. Acógenos como discípulos que quieren
escuchar tus palabras, aprender de ti, seguirte siempre. Acógenos como amigos. Y haz de
nosotros también tus testigos, testigos del amor.

Canto

Exposición del santísimo


Silencio breve

Lectura
Gn. 12,1-4
El Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra, de tu familia y de la casa de tu padre, hacia
la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre,
y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan.
Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.» Abrán marchó, como le había
dicho el Señor, y con él marchó Lot. Abrán tenía setenta y cinco años cuando salió de
Harán.
+Palabra del Dios.
-Te alabamos Señor.

Reflexión:
El Señor, al igual que a Abrahán nos hace tres invitaciones: a salir de nuestra
“tierra”: nuestro lugar seguro, nuestras costumbres, comodidades…
“De tu familia”: es el lugar donde nacemos, donde encontramos el sentido de
nuestra vida, hablamos el mismo idioma…“De la casa de tu padre”: ellos son los que
queremos y con los que nos sentimos queridos, los que conocemos, con quienes nos
sentimos bien, nos ayudamos… Ahora nos pide que salgamos de todo eso que nos
identifica y nos da seguridad, para ir no sabemos dónde ni que nos vamos a encontrar.
Solo nos pide confiar a ciegas en su Palabra, Él será a partir de este momento la única
seguridad ante una invitación llena de riesgos.

Tiempo de silencio

Evangelio: Marcos 1, 14-20.


Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena
Nueva de Dios: Decía: -El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos
y creed en la Buena Nueva. Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el
hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo:
Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres. Al instante, dejando las
redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a
su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó.
Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.
+Palabra del Señor.
-Gloria a ti Señor Jesús.

Canto.

Reflexión:
El Evangelio nos presenta la vocación de los primeros cuatro apóstoles. Resulta
para nosotros una llamada a reflexionar sobre nuestra propia vocación a la imitación de
Cristo.
La vocación de los apóstoles, que acabamos de oír, nos muestra tres elementos.
Primero la llamada por Jesús: venid conmigo. Después la respuesta de los llamados:
inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Por último la misión para la que son
llamados: yo os haré pescadores de hombres.
Los discípulos de los rabinos, los eligen ellos mismos, a su rabí o maestro. Los
discípulos de Jesús en cambio, no eligen, sino que son elegidos. Toda vocación es
iniciativa de Dios, es elección por gracia, porque Dios elige a los que Él quiere. Pero esta
llamada personal no se dirige sólo al grupo de los doce apóstoles o al círculo más amplio
de los primeros discípulos de Cristo. Se dirige también a cada ser humano, sea hombre o
mujer, sacerdote o laico, contemporáneo de Jesús o posterior a Él. Se dirige a cada uno de
nosotros.
En nuestro bautismo fuimos llamados, por primera vez, a la imitación de Cristo. Y
desde entonces, Dios repitió y renovó esta vocación muchas veces y de muchas maneras.
Hoy, a través de este Evangelio, Dios vuelve a dirigir su llamada a cada uno de nosotros.
Dios espera una respuesta libre a su llamada: un compromiso de corazón y de toda
la vida. También de cada uno de nosotros Dios espera una respuesta adecuada ¿Estamos
nosotros siempre abiertos y atentos para sus llamamientos, para sus inspiraciones y
exigencias?. Cada día, de nuevo, tenemos que dar nuestra respuesta a la llamada de Dios,
aun cuando no la entendamos, aun cuando nos cueste aceptarla. Y lo que más nos cuesta
aceptar, en nuestra vida, son el sufrimiento y la cruz. Si Dios llama, es para confiar una
misión. Toda vocación lleva inherente una misión. Así los cuatro apóstoles, en el
Evangelio de hoy, son llamados para ser pescadores de hombres.
También cada uno de nosotros, sacerdote y laico es llamado por Dios para una
misión personal. En los planes de Dios con este mundo, cada hombre tiene su valor y
significado, y forma parte irremplazable del todo.

Oración de los fieles


Ser llamados cada uno por nuestra vocación es un privilegio. Para que sepamos
responderte con fidelidad, te pedimos:
• Para que cada comunidad se preocupe de acoger y cuidar las vocaciones que Dios
siembre entre sus miembros. Roguemos al Señor.
• Para que siempre haya corazones jóvenes dispuestos a seguir la llamada de Dios
y dedicar su vida al servicio de sus hermanos, siendo testigos de esperanza. Roguemos al
Señor.
• Para que cada parroquia o comunidad se comprometa a ser comunidad
evangelizadora y siembre con valentía la llamada de Cristo entre sus miembros. Roguemos
al Señor.
• Para que la Iglesia realice su misión evangelizadora en medio del mundo.
Roguemos al Señor.
• Para que cada uno de nosotros tomemos en serio la responsabilidad de fomentar
nuevas vocaciones. Roguemos al Señor.
Padre Bueno, conocedor de nuestras necesidades más profundas, con filial
confianza te presentamos nuestra plegaria. Atiéndela, por tu Hijo Jesucristo, que vive y
reina contigo en la unidad del espíritu santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amen.

Rezamos el padre nuestro, un ave María, y un Gloria al padre.


Canto.

Oración Final.
Señor Jesús, te pedimos que envíes a tu pueblo los servidores que necesita, escoge
de nuestras parroquias, de nuestros hogares, de nuestras escuelas y universidades una
abundante cosecha de ardientes apóstoles para tu Reino: sacerdotes, religiosos, religiosas,
diáconos, misioneros y apóstoles seglares; y haz que los llamados por Ti nunca pierdan
conciencia de la grandeza y necesidad de su vocación.
¡Oh!, Virgen María, Madre de la Iglesia, enseña a decir a todos los llamados por
el Señor, un sí con alegría, como el que tú dijiste en la Anunciación.
Nos consagramos a la virgen María diciendo: Oh señora mía y madre mía…

Reserva del santísimo.

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