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segunda época
marzo - abril 2020
EDITORIAL
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ARTÍCULOS
R. Taggart Murphy Japón: preservar el privilegio 25
Franco Moretti ¿Alegorizar siempre? 63
76
Michael Burawoy Historia de dos marxismos
Dylan Riley Réplica a Burawoy 113
Zep Kalb y
Los Universal Studios
Masoumeh Hashemi
de Teherán 123
CRÍTICA
Rob Lucas El negocio de la vigilancia 149
Emilie Bickerton La Nueva Ola de Hollywood 161
Jacob Collins Travesías del Rin 171
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crítica
Peter Schöttler, Du Rhin à la Manche: Frontières et relations
franco-allemandes au XXe siècle, Tours,
Presses Universitaires François-Rabelais, 2017, 228 pp.
Jacob Collins
REFLEJOS DEL RIN
Más de una década después de la Gran Recesión, Europa se ve acosada por
fantasmas de su pasado preposnacionalista. Los conflictos fronterizos que
parecían haber sido eliminados por la integración política y económica vuel-
ven a ser una cuestión de política cotidiana en muchos países europeos. Los
Estados de Europa Central levantan vallas y murallas para evitar la entrada
de inmigrantes, mientras que Macron endurece la ley de asilo francesa
«para expulsar a todos los que no tienen motivos para estar aquí». En este
clima, el tratamiento historiográfico que ofrece Peter Schöttler del Rin –una
de las zonas fronterizas más simbólicas de Europa– parece sin duda opor-
tuno. Centrándose en la historia del río durante el siglo xx, Schöttler quiere
entender cómo se han hecho y rehecho las fronteras, y cómo han llegado a
formar parte del imaginario europeo.
El Rin no es únicamente, como señala Schöttler, un río franco-alemán.
Desde su nacimiento en los Alpes suizos, fluye principalmente hacia el
norte, formando parte de las fronteras suizo-austriaca, suizo-alemana y
más abajo germano-francesa. Desde allí atraviesa la Renania alemana,
pasando por Mannheim, Maguncia, Coblenza, Bonn, Colonia, Düsseldorf y
Duisburgo antes de atravesar la parte meridional de los Países Bajos y des-
embocar en el Mar del Norte. Sin embargo, la historia moderna del Rin ha
estado dominada por las rivalidades nacionales entre Francia y Alemania. Al
este del Rin, el río ha sido considerado incuestionablemente alemán, parte
de su Herzland. Los estadistas franceses, en cambio, consideraban que el
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control de su orilla izquierda tenía un gran valor estratégico: era un puente
hacia Europa Central y un corredor defensivo contra Austria y Prusia. Los
crítica
revolucionarios intentaron empujar a Francia a sus «fronteras naturales»: el
mar al norte y al oeste, las montañas al sur, y el Rin al este. Napoleón lo hizo
realidad en 1806. Con su caída, la ribera derecha del río cayó bajo control
prusiano en 1815. Medio siglo después, Bismarck extendió las fronteras del
Estado-nación alemán a las provincias francesas de Alsacia y Lorena, lo que
se convirtió en un trauma fundacional para la incipiente Tercera República,
aunque Schöttler intenta moderar la impresión de un nacionalismo revan-
chista desenfrenado. El Tratado de Versalles de 1919 devolvió Alsacia-Lorena
a Francia, mientras que el Acuerdo de Renania preveía la ocupación aliada de
la ribera izquierda durante quince años, administrada por una Alta Comisión
en Coblenza. En 1923, el primer ministro francés Raymond Poincaré envió
tropas al otro lado del río, al valle del Ruhr, paralizando la vida económica
alemana. Al mismo tiempo, los representantes franceses en la Alta Comisión
decidieron reconocer a los separatistas renanos en el Palatinado como un
gobierno independiente. Los enfurecidos británicos enviaron órdenes para
que su propio personal negara cualquier apoyo a aquel Estado, y como con-
secuencia la iniciativa colapsó de inmediato. Las últimas tropas francesas
abandonaron Renania en 1930. Hitler remilitarizó la región en 1936. Después
de la guerra-relámpago nazi de mayo-junio de 1940, se estableció una «línea
de demarcación» desde los Pirineos, a lo largo de la costa atlántica, hasta
Tours, que luego atravesaba Francia desde el oeste hasta Ginebra: todo lo que
quedaba al norte y oeste de esa línea estaba bajo ocupación alemana; al sur y al
este, eran los dominios de la Revolución Nacional de Pétain.
¿Qué lugar ocupa esta turbulenta historia en el mundo de las ideas?
Poco después de la Primera Guerra Mundial apareció una literatura especia-
lizada en el problema de si el Rin era la frontera de Francia o el principal río
alemán, que incluía folletos, libros, volúmenes editados, así como publica-
ciones de comités y organizaciones dedicadas a la investigación de este río.
Ésos son los textos de los que se ocupa Schöttler en la primera mitad de Du
Rhin à la Manche, situándose el autor como árbitro entre las dos literaturas.
Primero examina el caso francés, remontándose al estudio de 1931
de Lucien Febvre Le Rhin, una obra encargada por la Société Générale
Alsacienne de Banque para conmemorar su cincuentenario. Aunque
incompleto en algunos lugares y evidentemente escrito a toda prisa, Le
Rhin fue, según Schöttler, una obra de la más alta importancia política
e intelectual, que anunciaba de hecho un programa de investigación
completamente nuevo. Febvre consideraba al Rin no como una barrera
natural, sino como un producto de la historia humana, una construcción.
Los seres humanos se habían adaptado al río a lo largo de los siglos y el
río, a su vez, se había transformado como consecuencia de sus acciones.
collins: Rin 173
Así pues, no podía haber un estado original o puro de Renania, como afir-
maban los defensores de la visión racial de la historia. Atendiendo a la
crítica
vida medieval y renacentista del Rin, como hacía el libro de Febvre, se
vería la confluencia de civilizaciones romanas, cristianas y germánicas en
una zona de florecientes culturas urbanas. El río atravesaba imperios y
reinos, y sus ciudades, desde Basilea hasta Dordrecht, llegaron a adquirir
su propia cultura distintiva: republicana y de espíritu cosmopolita. El Rin
era realmente un río europeo y los intentos retrospectivos de hacerlo úni-
camente teutónico o francés obligaban a una patente distorsión. Al escribir
aquel estudio, Febvre cumplía, según Schöttler, uno de los ideales progra-
máticos de la influyente revista histórica Annales, concebida por Febvre y
su cofundador Marc Bloch como una empresa explícitamente antinacio-
nalista. En su conferencia inaugural en la Universidad de Estrasburgo en
1919, Febvre afirmó no tener interés en convertirse en «un misionero inútil
de un evangelio nacional oficial», para lo cual era necesario «desaprender de
Alemania». Schöttler señala que los historiadores alemanes consideraban
peligroso el libro de Febvre, no porque se opusiese a las ambiciones nacio-
nalistas alemanas, sino porque las deslegitimaba.
De hecho, los estudios al otro lado del Rin eran marcadamente dife-
rentes y Schöttler dedica dos capítulos detallados a los institutos alemanes
de Westforschung (investigación sobre Occidente). El primero en aparecer
después de la Guerra fue el Institut für die geschichtliche Landeskunde der
Rheinlande [Instituto para la Historia Regional de Renania], con sede en
Bonn en 1920. No muy diferente de la Escuela de los Annales, su objetivo
era romper con la tradición de la historia diplomática y política característica
del modelo historiográfico de los estudios del siglo xix para crear un estudio
interdisciplinario de los pueblos de la región, recurriendo a las contribu-
ciones de historiadores, lingüistas (especialmente los que se especializaron
en dialectos alemanes), geógrafos, economistas e historiadores del arte.
Schöttler señala una ambigüedad clave en la producción del grupo. Por un
lado, este a menudo era reacio a adoptar una visión racial de la historia.
Indica en particular que Franz Steinbach, historiador y primer director del
grupo, concluyó su estudio de 1926 sobre el Rin argumentando que «es un
grave error deducir las instituciones culturales y económicas francas de las
singularidades germánicas o romanas. Al mezclar hidrógeno y oxígeno, se
forma una nueva entidad, el agua». Por otro lado, los textos se sumían en
temas nacionalistas y Steinbach contradecía su propia posición al pedir más
investigación sobre la colonización franca de la Galia y recomendar que la
margen izquierda del Rin fuera regermanizada.
La actividad de tales organizaciones se coordinó cada vez más a escala
regional mediante los llamados Volksdeutsche Forschungsgemeinschaften
[Grupos de Investigación Nacional Alemana], financiados, a menudo de
174 nlr 121
manera encubierta, por el Estado desde Berlín. El dedicado a Renania, el
Westdeutsche Forschungsgemeinschaft (wfg), se creó en 1931, dos años antes
crítica
de la llegada del Tercer Reich. A mediados de la década ya no cabían ilusio-
nes acerca de la misión de esos institutos: «presentar tantos argumentos y
materiales como sea posible para el rediseño total de las fronteras alema-
nas». El wfg no fue una excepción y fue debidamente radicalizado; el joven
historiador Franz Petri (nacido en 1903) apareció como su figura más desta-
cada. Su disertación en dos volúmenes Germanisches Volkserbe in Wallonien
und Nordfrankreich [Patrimonio folclórico germánico en Valonia y el norte
de Francia] se publicó en Bonn en 1937, justo después de la remilitarización
de Renania. Sus afirmaciones eran más agresivas que las de Steinbach, argu-
mentando, en palabras de Schöttler, en favor de «una colonización masiva
por los francos de Bélgica y el norte de Francia hasta el Loira» en función
de las pruebas toponímicas y arqueológicas, que más tarde se demostró que
eran espurias. El wfg también intensificó durante aquellos años su cam-
paña de propaganda: organizó dos docenas de conferencias académicas, con
visitas de campo a diversos lugares de Renania; financió revistas especializa-
das para promover su línea (y desacreditar la de los franceses); y publicó una
enciclopedia del patrimonio alemán en las fronteras occidentales, en la que
participaron unos quinientos autores. Como señala Schöttler, el wfg no era
un pequeño enclave de intransigentes. En 1939 había aproximadamente mil
investigadores alemanes trabajando en redes Westforschung.
Con la invasión nazi y la derrota de Francia en mayo-junio de 1940, la
«investigación occidental» adquirió una nueva urgencia. Petri ingresó en
la administración militar alemana y fue acusado de administrar la germa-
nización de Bélgica y el norte de Francia. Entretanto se encargó a Wilhelm
Stuckart, ministro del Interior del Reich, que elaborara un plan revisado para
la frontera occidental. Se suponía que ese documento y todas las copias del
mismo habían sido destruidas o perdidas, hasta que Schöttler descubrió la
versión original en una biblioteca canadiense, con lo que él cree que son pro-
bablemente anotaciones con lápiz rojo del propio Führer. El memorándum
se publica ahora en su totalidad, con subrayados incluidos. Una característica
sorprendente es la medida en que la Westforschung avala sus recomenda-
ciones. Las tierras al este de una línea que va desde la desembocadura del
río Somme en Bélgica hacia el sur a través de la región de Champagne en
Francia, y luego a través de Borgoña y el Franco Condado hasta Ginebra,
se anexarían directamente al Reich, y sus poblaciones serían deportadas
para dejar espacio a los alemanes étnicos. El documento es esencialmente
un alegato en favor de la repoblación racial de Renania basado en pruebas
históricas y lingüísticas. Stuckart no era una figura de la wfg, pero la inves-
tigación de esta resultó indispensable para su plan. La tesis de Petri es citada
en el texto y si fue el Führer quien la anotó, evidentemente aprobaba sus
collins: Rin 175
recomendaciones, subrayando el siguiente pasaje: «En realidad, la población
germánica de la Alta Edad Media llegó a los sectores septentrionales y orien-
crítica
tales de Francia, es decir, más allá de la frontera lingüística contemporánea,
extendiéndose al menos hasta el Sena». Para Schöttler, el documento plan-
tea cuestiones sobre la relación entre conocimiento y poder, investigación
y política. ¿Fueron los investigadores de la wfg simplemente «colaborado-
res» del Reich o «arquitectos» de sus planes occidentales? Según Schöttler,
Hitler estaba familiarizado con la literatura de la Westforschung que llenaba
el memorando de Stuckart, y ya tenía la intención, según sus argumentos,
de desplazar la frontera occidental hacia el interior de Francia. En ese caso,
la investigación de la wfg «proporcionó una legitimación pseudocientífica,
una especie de suplemento racional, a las políticas de Hitler».
Para un historiador germano occidental educado en los años de posguerra,
las cuestiones de responsabilidad, culpa y colaboración tienen gran impor-
tancia, y son esos temas los que trata Schöttler en la segunda mitad del libro.
Señala cómo Petri, por ejemplo, pudo disfrutar de una floreciente carrera
académica después de la guerra, heredando de Steinbach el Instituto Bonn
en 1961, y ve un proceso similar en marcha en la influyente corriente de la
historiografía de posguerra conocida como Zeitgeschichte o «historia contem-
poránea». En la década de 1950 se podían encontrar institutos de Zeitgeschichte
en muchas universidades alemanas. Sus principales miembros eran figuras
jóvenes y pronto eminentes en la disciplina, como Martin Broszat, Eberhart
Jäckel y Hans Mommsen (el supervisor de Schöttler para la obtención del
título Magister Artium). Para Schöttler, sin embargo, había pocas novedades en
la Zeitgeschichte. Bajo el mismo nombre se había empleado durante la Primera
Guerra Mundial para demostrar que los Aliados habían inducido a Alemania
y Austria al conflicto bélico contra su voluntad. Después de 1945 se le dio un
uso similar, para combatir lo que esos académicos llamaron «la concepción
aliada de la historia» y, en palabras de Schöttler, «para rehabilitar una historia
nacional alemana». Schöttler señala que los institutos de Zeitgeschichte estaban
llenos de antiguos nazis, y que el vocabulario de sus textos se basaba en gran
medida en el lenguaje völkisch de las Forschungsgemeinschaften de entregue-
rras. La Zeitgeschichte, históricamente revisionista, también era políticamente
conformista, intentando legitimar el controvertido rearme de la Bundeswehr
en Alemania Occidental en la década de 1950.
El capítulo final de Du Rhin à la Manche aborda esos temas desde un
ángulo personal, analizando la figura del propio abuelo de Schöttler, Gustav
Krukenberg, miembro del mando de las Waffen-ss. Krukenberg era renano,
nacido en Bonn en 1888. Se convirtió en oficial de carrera a principios de la
década de 1910, sirvió en ambos frentes en la Primera Guerra Mundial y par-
ticipó junto a los Freikorps en la represión de la insurrección espartaquista
de 1919. Multilingüe y con un doctorado en derecho, ingresó en el servicio
176 nlr 121
exterior y en 1926 fue nombrado secretario del «Comité de Estudios Franco-
Alemanes» –organización fundada por el magnate industrial luxemburgués
crítica
Émile Mayrisch para promover la «amistad francoalemana»–, puesto en el
que permaneció durante cinco años en París (su homólogo en Berlín fue
el ardenés Pierre Viénot), manifestando a su regreso a Alemania que los
franceses eran demasiado egocéntricos como para comprometerse en un
entendimiento real, y que el Comité estaba perdiendo el tiempo. En 1932
se unió al partido nazi; bajo el gobierno de von Papen trabajó en el depar-
tamento de radiodifusión del Ministerio del Interior y, luego, tras el
nombramiento de Hitler como Canciller, fue ascendido a Reichskommissar
de esos servicios. Al cabo de unos meses Goebbels se mostró insatisfecho
con su trabajo y lo despidió en un ataque de ira. Así y todo, Krukenberg
continuó sirviendo al régimen de manera leal, como coordinador del abaste-
cimiento para la Wehrmacht en Polonia, Francia, los Países Bajos, Letonia y
Bielorrusia. Fue transferido por solicitud propia a las Waffen-ss en 1943, ter-
minando la guerra como comandante de su notoria división «Carlomagno».
Miles de colaboracionistas franceses se ofrecieron como voluntarios para
luchar en las unidades de elite de las Waffen-ss. Sin embargo, al princi-
pio estas sólo admitían reclutas indubitablemente arios, y los solicitantes
de países católicos eran rechazados. Como observa Schöttler, la retórica de
guerra nazi cambió después de Stalingrado: «Ya no se combatía sólo para
engrandecer el Reich, sino para defender la Festung [fortaleza] Europa frente
a Asia», por lo que ahora resultaba admisible que los no arios participaran
en esa lucha. La división acertadamente llamada Carlomagno prestó su jura-
mento de lealtad a Hitler en febrero de 1945, y fue enviada a luchar contra
el Ejército Rojo en Pomerania. Los pocos que no murieron, fueron captura-
dos o desertaron, ofrecieron su última resistencia defendiendo el búnker de
Hitler en las ruinas de Berlín en abril de 1945.
Krukenberg fue juzgado por un tribunal militar soviético y condenado
a veinticinco años de prisión, quedando en libertad en la rda en 1956; en
el ínterin se había convertido al catolicismo. Una memoria de cincuenta
páginas de sus «días de lucha» en la caída de Berlín quedó sin publicar,
a pesar de los esfuerzos de su primo Werner Conze. Aunque ya era de
edad avanzada y pese a su pasado nazi, Krukenberg encontró un puesto
en la Stifterverband für die deutsche Wissenschaft, una importante fundación
privada que promueve la educación y la ciencia alemanas; se convirtió en
un miembro leal de la cdu y recorrió el país dando conferencias a grupos
empresariales y defendiendo la visión política del canciller Adenauer para
Europa: la paz mediante una amistad franco-alemana duradera, posterior-
mente sellada en el pacto que Adenauer firmó con De Gaulle en 1963. Los
archivos de Krukenberg revelan una correspondencia regular, aunque for-
mal, con figuras como Richard Coudenhove-Kalergi, apóstol de la unidad
collins: Rin 177
europea, y Hans Speidel, número dos de Rommel y más tarde coman-
dante de las fuerzas terrestres de la otan. Krukenberg también fue una
crítica
figura destacada de la Asociación Alemana de Veteranos (vdh), que reunía
indistintamente a los supervivientes de la Wehrmacht y de las Waffen-ss,
y recibió su medalla europea más prestigiosa, en la que figuran las pala-
bras Europa ruft [«Europa nos llama»]. En Francia se le concedió el Premio
Robert Schuman por su servicio a la unidad europea, otorgado previamente
a Adenauer. Los rumores sobre su pasado desde la Asociación Francesa de
Veteranos lo llevaron a renunciar al premio, para evitar el escándalo, y éste
pasó a Konstantin Karamanlis, arquitecto de la adhesión de Grecia a la ue.
Krukenberg murió en 1980, como informa Schöttler, atemorizado por la
posibilidad de persecución.
Para Schöttler, la agitada vida de Krukenberg fue inquietante en muchos
niveles. No mostró ninguna voluntad de reflexionar sobre la naturaleza del
Tercer Reich o su propia participación en él. De hecho, como descubrió
Schöttler, su abuelo siguió manteniendo correspondencia con miembros de
la división Carlomagno, muchos de los cuales aparecían como negacionis-
tas activos del Holocausto. A este respecto apenas hablaban de la guerra
y, menos aún, de los crímenes nazis. Schöttler se preguntaba cómo podía
aquel hombre mantener una actitud tan «esquizofrénica», aunque no le sor-
prendía que esto pudiera ocurrir en la Alemania de posguerra: de hecho,
todo lo expuesto en el libro sugería un fracaso de la cultura germano occi-
dental durante la década de 1960 para lidiar con el legado del Tercer Reich.
Más sorprendente era la luz que la biografía de Krukenberg arrojaba sobre
el proyecto europeo:
Los especialistas insisten, con razón, en el hecho de que Hitler y Goebbels
no sabían qué hacer con la idea europea, desdeñándola a veces y usándola
en otras ocasiones de manera táctica. Es cierto. Pero quizá deberíamos
considerar la posibilidad de que esa actitud negativa de Goebbels y Hitler,
combinada con la omnipresencia de una mitología europea en la propa-
ganda de guerra nazi, especialmente en la de las Waffen-ss, permitiera a
un nacionalista con un temperamento más «realista» como Krukenberg
insertar su idea antiliberal de Europa en el discurso de la Guerra Fría y la
nueva política de la alianza europeo occidental.
Este es el inquietante dilema con el que Schöttler concluye su libro.
Es bien sabido que muchos fascistas y colaboracionistas durante la guerra
pudieron, una vez acabada esta, ponerse a cubierto bajo el lenguaje más ano-
dino de «Europa» y «Occidente». De hecho, la corriente más influyente de la
extrema derecha francesa de posguerra se unió en torno al «occidentalismo»
en la década de 1950, defendiendo la unidad de la civilización europea
blanca contra las vecinas culturas eslava, árabe y turca. Pero lo que la asom-
brosa trayectoria de Krukenberg –desde el Comité Mayrisch, pasando por la
178 nlr 121
defensa del búnker de Hitler, hasta el Premio Schuman– podría significar
para una historia más general de las diversas concepciones de la integración
crítica
europea nunca es abordado directamente por Schöttler, que se limita a un
resumen impávido en el capítulo: «Tres formas de colaboración: Europa y la
reconciliación franco-alemana en la carrera de Gustav Krukenberg, coman-
dante de la división Carlomagno».
Pocos estudiosos podrían estar tan preparados para emprender un
estudio del calibre de Du Rhin à la Manche como Schöttler, cuya vida ha des-
bordado notoriamente los límites de Renania. Nacido en 1950 en Iserlohn,
en el centro del Land Nordrhein-Westfalen, creció en Bruselas, asistió a la
escuela secundaria en Essen y estudió en universidades alemanas y fran-
cesas. A los diecinueve años fue coautor de un libro muy crítico sobre el
maoísmo en China. En 1974 ingresó a la Sexta Sección de la École Pratique
des Hautes Études, siguiendo cursos de filosofía con Louis Althusser y de
historia con Michelle Perrot y Georges Haupt, ambos destacados estudiosos
del movimiento obrero de finales del siglo xix. Un doctorado en Bremen
dio lugar a Die Entstehung der «Bourses du travail» (1982), un estudio de los
consejos obreros creados por líderes socialistas en toda Francia durante
las décadas de 1880 y 1890. Su inclinación althusseriana se muestra en el
subtítulo de la traducción al francés de esa obra: «Un appareil idéologique
d’État à la fin du xixe siècle». En lugar de entender las bolsas de trabajo
como expresión directa del empoderamiento de los trabajadores, Schöttler
las situó dentro de una historia de los esfuerzos dirigidos por el Estado para
controlar y regular el movimiento obrero.
Durante la década de 1970 Schöttler editó y tradujo al alemán los principa-
les textos de Althusser y sus discípulos. Este trabajo se iba a prolongar a partir
de mediados de la década de 1980, pero en nuevas formas, porque Schöttler
se apartó del marxismo y de la historia social inspirada en él y comenzó a
escribir ensayos inscritos en un modo historiográfico e histórico-intelectual
diferente. Produjo textos, por ejemplo, reflexionando sobre el «giro discur-
sivo» en la escritura histórica y el papel desempeñado por los historiadores
alemanes durante el Tercer Reich. Su obra más significativa de ese periodo,
empero, se concentró en pensadores asociados con la Escuela de los Annales.
Con su estilo típicamente forense, Schöttler dio a conocer nuevos textos de los
Annales y arrojó luz sobre figuras descuidadas dentro de su órbita, especial-
mente Lucie Varga, la historiadora austro-judía que huyó a Francia en 1933, se
convirtió en secretaria de Lucien Febvre y contribuyó a los principales ensayos
de la revista sobre el nacionalsocialismo. Su obra es un recordatorio de que
hay que escribir una nueva historia de los Annales, que tenga en cuenta no
sólo esos textos y figuras recién descubiertos, sino también las actividades
políticas de la revista y su compromiso con la historia medioambiental. Mike
Davis ya ha comenzado a hacerlo en las páginas de New Left Review.
collins: Rin 179
Con los ensayos de gran alcance de Du Rhin à la Manche, Schöttler ha
producido una visión fascinante e inusual de la historia y la historiografía
crítica
de la época, llena de comparaciones interesantes, personajes políticamente
ambiguos y estímulos contrafácticos. Sin embargo, en su manejo del eje his-
toriográfico franco-alemán del libro existe un desequilibrio obvio: las figuras
alemanas aparecen típicamente como conformistas y serviles en compara-
ción con las francesas, más independientes. Esto lleva a una tergiversación
en ambas direcciones. El ataque de Schöttler a la Zeitgeschichte de posguerra
como un conformismo apologético carece de matices y contradice la obra de
historiadores como Mommsen y Broszat. También hay que atender al hecho
de que la historiografía alemana de posguerra fue mucho más diligente en
el análisis del nazismo que la francesa con respecto al régimen de Vichy;
mientras que Broszat publicaba trabajos innovadores sobre el periodo nazi
ya en la década de 1960, hasta que Paxton publicó Vichy France en 1972, que
fue recibido con un vitriólico rechazo en Francia, no comenzaron los histo-
riadores franceses a afrontar, muy gradualmente, el historial del régimen de
Pétain y el grado de apoyo social que le otorgó la población francesa.
A la inversa, la presentación de Schöttler, de Febvre y Bloch como histo-
riadores que, a diferencia de sus homólogos en la Alemania de entreguerras,
no se vieron afectados por fogonazos nacionalistas, es demasiado acrítica.
Ninguno de los historiadores de los Annales cuestionó la noción, reflejada en
las absurdas cláusulas de «culpa de guerra» de Versalles y las reparaciones
punitivas impuestas a Alemania, sobre todo por insistencia francesa, de que la
Primera Guerra Mundial fue una batalla de Francia por «la verdad y la justi-
cia». Por muy humanos personalmente e intelectualmente cosmopolitas que
pudieran ser Febvre y Bloch, no tuvieron más reparos en la matanza inte-
rimperialista de 1914-1918 que sus homólogos en Alemania. Por otra parte,
Schöttler nunca menciona el historial de apoyo de los Annales al colonialismo
francés, que no constituía una parte desdeñable de la producción de la revista,
que llegó a dedicar el 15 por de sus artículos publicados entre 1929 y 1933 al
tema africano. El tono fue establecido desde el principio por el propio Febvre,
quien en una revisión de 1930 se mostraba maravillado de la obra transfor-
madora que estaban realizando los colonos franceses en Argelia y celebraba
su victoria en la década de 1840 sobre la insurrección de Abd al-Qádir. La
revista elogió y apoyó asimismo el trabajo de los académicos involucrados en
la misión colonial francesa. Incluso después de la Guerra, Fernand Braudel,
sucesor de Febvre en los Annales, lamentó el fracaso de España en cuanto al
aprovechamiento de sus derechos coloniales en el norte de África.
También es de lamentar que Schöttler no haya escrito un retrato más com-
pleto de Krukenberg, basado en su acceso a lo que parecen ser los documentos
personales bastante extensos de éste, y dado que Schöttler lo conoció bien
en su madurez, sus propios recuerdos personales, que presumiblemente nos
180 nlr 121
podrían haber ofrecido una visión más (histórico-)psicológica de su carácter.
Además, partes de la historia de Krukenberg parecen invitar a una investiga-
crítica
ción más profunda, especialmente sobre Mayrisch y el Comité que contribuyó
a fundar. Además de los principales industriales y políticos de ambos paí-
ses, en la organización también participaron intelectuales destacados: Ernst
Robert Curtius y Hermann Oncken, ambos distinguidos historiadores ale-
manes; el egiptólogo Jürgen von Beckerath; Pierre Janet, el rival francés de
Freud; Jean Schlumberger, el autor francés cofundador de la Nouvelle revue
française; André Siegfried, el pionero politólogo francés; Albert Thibaudet,
destacado crítico literario de la Tercera República; y muchos otros. El propio
Mayrisch fue el arquitecto de un cártel del acero transfronterizo que antici-
paba la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, el núcleo original del
Plan Schuman después de la guerra. ¿Era sólo un escaparate la faceta cultural-
intelectual del Comité o tal vez correspondía a las preocupaciones de la esposa
y luego viuda de Mayrisch, Aline, que apoyó a escritores exiliados durante el
Tercer Reich y financió la revista de Thomas Mann para los emigrados? La
reticencia de Schöttler al respecto es extraña, dado que el papel de Krukenberg
en el Comité parece haber sido su credencial clave como heraldo de la recon-
ciliación franco-alemana después de 1956.
A un nivel más profundo, los conceptos de Du Rhin à la Manche no
siempre parecen plenamente formados, comenzando con el de «Europa».
El título del libro, quizá impuesto por el editor, es algo engañoso, ya que
el Canal aparece sólo una vez, en el plan de Stuckart de 1940, que Berlín
nunca prosiguió. Es el Rin el que une sus capítulos. Schöttler destaca Le
Rhin de Febvre como un enfoque propiamente europeo del estudio del río,
uno que reconoce la porosidad y artificialidad de las fronteras, al tiempo
que presenta al Rin como una zona de intercambio intercultural. Podríamos
haber esperado por lo tanto que Schöttler diera un tratamiento similar a esa
frontera «natural» en el siglo xx, pero de hecho el libro inserta al Rin princi-
palmente en un marco nacional. Es una historia de nacionalistas alemanes
en Alemania contra nacionalistas franceses (más moderados) en Francia.
Los separatistas renanos, una creación autóctona de la región, apenas mere-
cen una mención en el libro. De hecho, Krukenberg emerge como la única
figura verdaderamente renana, activa a ambos lados del río, al igual que
Marx y Engels un siglo antes, aunque políticamente fuera su oponente radi-
cal. «Europa» también falta como entidad política: nunca sabríamos por este
libro que el Rin es ahora el Herzland de Europa, situándose en el río o cerca
de él muchas instituciones clave de la ue actual, como el Parlamento en
Estrasburgo o el Tribunal de Justicia en Luxemburgo. Así pues, apenas nos
hacemos idea de cómo la construcción de posguerra de «Europa» afectó a
las tensiones nacionales que Schöttler esboza en la primera mitad del libro.
¿Ha creado la Unión una cultura europea a lo largo del río o simplemente
collins: Rin 181
ha proporcionado un marco para compensar las tensiones francoalemanas
sin disolver las fronteras y mentalidades nacionalistas?
crítica
También está ausente cualquier reflexión sobre el papel del capital en
la configuración de la historia del río durante el siglo xx, y esto sitúa al
Rin contemporáneo algo más allá del alcance del libro. Es una oportuni-
dad desaprovechada más que un fracaso, ya que la estrategia política de
Schöttler es coherentemente oblicua y reservada. En las últimas décadas,
parte de la región del Rin se ha convertido en un área desindustrializada,
más conocida por el desempleo y el declive industrial que por la vitalidad
cultural. Económicamente, ello está comenzando a cambiar, ya que el
Estado chino ha elegido a Duisburgo como estación terminal de su Iniciativa
transcontinental del Cinturón y la Ruta de la Seda. Es el mayor puerto inte-
rior de Europa y uno de sus mayores centros de transporte y logística. Todos
los días se pueden ver llegar contenedores desde Chongqing y Wuhan que
a continuación se cargan en camiones y barcos para transportarlos a Italia,
Suiza y Francia. En la ciudad hay más de cien compañías chinas activas, y los
restaurantes chinos ahora proliferan en ambas orillas del río.
¿Qué significará esto para la evanescente cultura renana? En una reelabo-
ración imaginativa de la biografía filosófica de Marx y Engels –como renanos
cuya visión del mundo era quizá demasiado prematura, pero que final-
mente se está haciendo realidad hoy día–, Tom Nairn comentó que «desde
la década de 1980, el mundo entero se ha ido pareciendo cada vez más a la
vieja Renania. La globalización significa muchas cosas diferentes, pero entre
ellas está la conversión del mundo en un terreno inevitable y forzado de
confluencia, una fertilización cruzada de la que es imposible escapar». ¿Está
destinado el Rin a revivir su propia historia? A medida que afluyan nuevas
fuentes de inversión, sin puntos de control ni fronteras, ¿Cómo será esta
fertilización cruzada? ¿Reactivará viejos atavismos en el corazón de Europa?
Lo más probable es que continúe enriqueciendo al núcleo europeo a expen-
sas de la periferia, mientras el capital fluye sin contratiempos desde el norte
y los migrantes llegan desde el sur, afrontando naufragios, detenciones y
violencia xenófoba. Lo que Schöttler no nos cuenta en su texto es cómo los
cambiantes imperativos económicos han moldeado y reconstruido los regí-
menes fronterizos europeos a lo largo de los siglos xx y xxi. El Rin ya no
es la frontera que antes era, sino el eje político-cultural de una Europa que
empuja la violencia y la explotación hacia el Mediterráneo y el Mar Negro.
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