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La Estructura Individual de La Personalidad

La delincuencia es un fenómeno global que afecta a todas las capas sociales y se manifiesta a través de diversas formas de violencia y criminalidad, especialmente entre los jóvenes. Este comportamiento delictivo se origina en una incapacidad de adaptación social, influenciada por factores familiares, económicos y ambientales, que contribuyen a la inadaptación y agresividad. La solución a la delincuencia juvenil requiere un enfoque integral que aborde las causas sociales y económicas, en lugar de centrarse únicamente en el castigo penal.

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La Estructura Individual de La Personalidad

La delincuencia es un fenómeno global que afecta a todas las capas sociales y se manifiesta a través de diversas formas de violencia y criminalidad, especialmente entre los jóvenes. Este comportamiento delictivo se origina en una incapacidad de adaptación social, influenciada por factores familiares, económicos y ambientales, que contribuyen a la inadaptación y agresividad. La solución a la delincuencia juvenil requiere un enfoque integral que aborde las causas sociales y económicas, en lugar de centrarse únicamente en el castigo penal.

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La delincuencia es un fenómeno mundial, pues se extiende desde los rincones más

alejados de las las grandes ciudades, desde las familias ricas o acomodadas hasta las
más pobres. Es un problema que se da en todas las capas sociales y en cualquier
rincón de nuestra sociedad. Es como una plaga que se ha extendido por todas partes,
robos, tráfico de drogas, actos de terrorismo, violaciones, asesinatos, violencia
callejera, amedrentamiento ciudadano, etcétera.

La delincuencia es una forma de inadaptación social y al producirse esa anomalía se da


un desafío a la misma sociedad y a su normativa de convivencia. Pero los caminos que
conducen a la delincuencia son múltiples y muy diferentes unos de otros, de ahí que
podamos afirmar que la delincuencia es de varias formas. Aquí tratamos más bien de la
delincuencia agresiva estudiando así el comportamiento juvenil criminal en un área
específica.

La cuestión sobre el concepto de delincuencia juvenil nos obliga, ante todo, a entender
dos términos: delincuencia y juvenil, además de ver en su justa dimensión qué es lo
que lleva a un individuo a ser calificado y caracterizado como delincuente.

La delincuencia es una situación asocial de la conducta humana y en el fondo una


ruptura de la posibilidad normal de la relación interpersonal. El delincuente no nace,
como pretendía Lombroso según sus teorías antropométricas o algunos criminólogos
constitucionalistas germanos; el delincuente es un producto del genotipo humano que
se ha maleado por una ambientosis familiar y social. Puede considerarse al delincuente
más bien que un psicópata un sociópata. Para llegar a esta sociopatía se parte de una
inadaptación familiar, escolar o social.

De tal forma que los delincuentes tienen un denominador común: incapacidad de


adaptación al medio social: unos dañan duramente la convivencia social con su
comportamiento debido a su íntima estructura, otros no respetan las normas
establecidas por no haberse identificado y socializado; otros se enfrentan
violentamente contra las normas llegando a un cierto vandalismo intolerable en una
sociedad democrática y en un mundo civilizado; otros carecen del espíritu de trabajo y
esfuerzo para realizarse como personas.

Ante todo, siempre se ha considerado que la delincuencia es un fenómeno específico y


agudo de desviación e inadaptación. En este sentido, se ha dicho que la delincuencia
es la conducta resultante del fracaso del individuo en adaptarse a las demandas de la
sociedad en que vive. De tal manera que el núcleo de la delincuencia reside en una
profunda incapacidad de adaptación sobre todo con respecto a la integración social.

Sin embargo, la delincuencia es un típico fenómeno de la psicología social. En el


problema de la delincuencia debe centrarse en dos estructuras típicas: la estructura
individual de la personalidad y la estructura ambiental en la que se ha movido el
delincuente.

La estructura individual de la personalidad

Si el delincuente procede de un ambiente civilmente evolucionado, las causas de la


violencia hay que buscarlas más bien en un desequilibrio emotivo, de los sujetos, en su
propia neurosis, con fuerte represión de la agresividad, en casos de personalidades
psicopáticas, con taras constitucionales, en débiles mentales con fuertes conflictos
familiares. A veces inciden varias de estas causas. El delincuente se muestra siempre
afectivamente inmaduro, con poco equilibrio de impulsos, controles y objetivos con
muy poca aceptación de las realidades de la vida y con abandono fácil a fantasías
infantiles, cambio frecuente en el tipo y evolución de los intereses emocionales,
disminución progresiva en la capacidad para aceptar las causas de frustración y poca
maleabilidad en la adaptación a las circunstancias normales de la vida

Se dice que el delincuente muestra una actitud inmadura que se extiende hacia
distintas formas de actividad. Para este tipo de individuos el día no es un tiempo que
pueden dedicar a su promoción profesional, sino una sarta de ocasiones en búsqueda
de una oportunidad de fuga del orden, de la disciplina, de la autoridad. No toleran
ninguna forma de humillación ni cualquier amenaza, por pequeña que sea, que
suponga un riesgo de su imaginaria superioridad.

Su mismo cuerpo y atuendos ordinarios son todo un signo exterior de la misma


inmadurez. Se miran a sí mismos con un fuerte nivel emotivo. En sus vestidos, adornos,
tatuajes, dan con frecuencia elementos sádicos o de fuerte intención exhibicionista.
Afectivamente pobres, sufren psíquicamente frecuentes estados de ansiedad,
sentimientos de culpabilidad y viven en formas de coloración más bien depresiva.

En estas condiciones su vida social está enmarcada en grupos cerrados, donde pueden
ser comprendidos y donde de forma directa o indirecta se están viviendo los mismos
sentimientos: antiorden, antiautoridad, antidisciplina y antisociedad organizada. En
este grupo —banda— encuentran fácil catalización de sus intereses emocionales y de
su instinto comunitario, encuentran vivenciados los valores que la otra sociedad
conculca y persigue.

Quizá sea esta misma sociedad que llamamos normal —la otra para ellos— la que
mantiene estas formas de reacción agresiva e impide la recuperación de un sujeto
cuando ha llegado a la delincuencia.

En la sociedad existen unos padres que con mucha frecuencia son incompetentes para
su misión de educar, una escuela con gran afán de culturizar a partir de aumentar la
capacidad informativa, pero no ocupada o preocupada de la problemática psicoafectiva
de los sujetos que se educan, una sociedad con unas circunstancias económicas
laborales, de convivencia, que están apuntando hacia el desajuste, el libertinaje, la
indisciplina, etcétera.

El agresivo delincuente no es un ser extrasocial, ya que pertenece de hecho y de


derecho al patrimonio de la sociedad donde se da. De ninguna manera puede
considerarse como un ser extrajurídico y cada vez que estudiamos este problema
debemos catalogar el delito como un hecho social que acusa en forma violenta a la
sociedad donde se da y sólo por el hecho de producirse, y esto, tanto más fuertemente
cuanto más le rechazan.

La estructura ambiental

Ha sido frecuente considerar el fenómeno de la delincuencia como una realidad


exclusivamente individual; sin embargo, la delincuencia es un fenómeno
estrechamente vinculado a cada tipo de sociedad y es un reflejo de las principales
características de la misma, por lo que, si se quiere comprender el fenómeno de la
delincuencia, resulta imprescindible conocer los fundamentos básicos de cada clase de
sociedad, con sus funciones y disfunciones.
Por ejemplo, si mejora la situación económica del país, disminuye el índice de
desempleo; al disminuir el índice de desempleo, disminuye la delincuencia; además, la
mejora de la situación económica a la larga incide positivamente en el índice de
escolaridad, y esto trae como consecuencia una disminución en la delincuencia juvenil.
Y viceversa, al aumentar la población aumenta la delincuencia juvenil y aumentan los
centros de rehabilitación. Al aumentar el índice de drogadicción, aumenta la
delincuencia juvenil.

Esto puede verse si se quiere de manera muy determinante, y lo es, en cierta medida,
pero lo importante aquí es señalar que los factores sociales determinan en cierta
medida la producción de delincuentes y violencia en las sociedades.

En la lista siguiente se puede observar algunas de toda una serie de variables


ambientales que se relacionan y afectan el fenómeno de la delincuencia.

1. El índice de desempleo.

2. La población.

3. La falta de impulso al deporte.

4. Índice de integración familiar.

5. Índice de drogadicción.

6. Índice de escolaridad.

7. Ineficiencia de las autoridades.


A grandes rasgos, puede señalarse que existen cuatro grandes teorías sobre las
variables asociadas con la delincuencia. La primera enfatiza los factores relacionados
con la posición y situación familiar y social de las personas (sexo, edad, educación,
socialización en la violencia, consumo de drogas y alcohol); la segunda se interesa en
los factores sociales, económicos y culturales (desempleo, pobreza, hacinamiento,
desigualdad social, violencia en los medios de comunicación, cultura de la violencia); la
tercera estudia los factores relacionados con el contexto en el que ocurre el crimen
(guerra, tráfico de drogas, corrupción, disponibilidad de armas de fuego, festividades) y
una cuarta, de corte sobretodo psicológico, que enfatiza los factores de personalidad
del delincuente.
Para la población mexicana no están nada alejadas de la realidad las teorías e hipótesis
que se mencionaron anteriormente, ya que podemos observar en la gráfica 5 cómo
entre la percepción de la población se encuentran diversas causas generadoras de
actos delictivos, y entre ellas hay varias que se mencionaron.

En general, la principal causa generadora de la delincuencia, para los habitantes de las


zonas urbanas del país, es la desintegración familiar, en segundo lugar, la crisis
económica y la pobreza, seguida por el consumo de drogas y alcohol. Estos resultados
están íntimamente relacionados con las creencias de que la familia es la principal
institución formadora de valores y en ella recae la responsabilidad de los actos de sus
miembros. Por otro lado, existe la idea de que la actual situación que enfrenta el país
en materia económica, política y social ha llevado a un número cada vez más alto de
personas a delinquir.

De acuerdo con un estudio realizado por la Universidad Autónoma Metropolitana, la


representación que tienen los sujetos de la violencia delictiva está estructurada en el
estereotipo y creencias que se tienen del delincuente. A partir de esta representación
se va estructurando la explicación otorgada a la delincuencia y de sus efectos sobre la
población. En este mismo estudio se encontraron relaciones entre las causas de la
delincuencia y las medidas para combatirla.

Por un lado, se encontró a la familia como causa inmediata de la conducta del


delincuente. Un delincuente se comporta así porque vive en un ambiente de
agresividad: familia, colonia, amigos.

Entre las causas internas se enfatizó la personalidad del delincuente. Aquí los
delincuentes tienen mayor responsabilidad de lo que hacen porque este
comportamiento es voluntario, de esta manera existe un juicio más desfavorable en
cuanto a la posibilidad de combatir el delito, ya que los sujetos tienen la decisión de
ser como son y nadie los obliga.

Se encontró también que la droga está asociada a la personalidad del delincuente, sólo
que de manera distinta entre las personas que han sido victimizadas y las que no. Los
victimizados piensan que los delincuentes usan el dinero para comprar droga. No
existe una excusa razonable para delinquir. Por otro lado, los delincuentes actúan bajo
la influencia del alcohol y por lo tanto no son conscientes de lo que hacen. Además de
que la droga les da fuerza para delinquir y para actuar sobre otra persona.

Otra causa externa y no atribuible al delincuente es la corrupción en las autoridades


encargadas de la impartición de justicia. Esta corrupción provoca injusticia e impunidad
porque la mayoría de los delitos no son resueltos y los delincuentes salen libres con
una "mordida".

Otra de las explicaciones brindadas fue que la situación que impera en el país
(pobreza, el desempleo, etc) obliga a delinquir. Aquí, si se quiere terminar con la
delincuencia, es necesario que primero se resuelva la situación actual del país. La
responsabilidad se deslinda de la persona que delinque, el problema no sólo está en
ellos, sino en la sociedad en que vivimos. Por ello la delincuencia puede ser reducida
creando las condiciones óptimas para que la gente no delinca.

Por lo anterior, la sociedad debe tomar conciencia de que ella misma es, en gran
medida, con sus estructuras injustas, responsable de la delincuencia y de la obligación
que ella tiene de colaborar intensa y eficazmente en la resolución de la problemática
de la violencia y agresividad juvenil. La sociedad debe afrontar el problema de la
violencia callejera y la situación actual del encarcelamiento de los delincuentes
jóvenes, no tanto desde aspectos jurídicos y penales y de tranquilidad social, sino
desde las causas que la generan.

La prisión en la actualidad es un sinsentido; se trata del último reducto al que debieran


acudir los jóvenes delincuentes. La prisión agrava la situación, destruye los valores de
la persona y se convierte en enclave de la alienación, cuando no de violencia, soledad,
vagancia, incomprensión y amoralidad e inmoralidad. La cárcel es generadora de
nuevas y más graves delincuencias. Los estigmas de la prisión son desgarradores y
crueles, perduran durante gran parte de la vida y por lo regular el interno queda
traumatizado para siempre.

Delincuencia juvenil

Un análisis profundo de la etiología de la delincuencia juvenil nos indica que este


fenómeno es con frecuencia una respuesta personal a una agresión social. La sociedad
ha negado al joven algo que le era necesario. La culpa del delito debe ser repartida
entre la sociedad y el delincuente. La violencia viene a ser una respuesta a ese vacío
existencial que experimenta la juventud, es el efecto personal y colectivo de una
reproducción social más profunda y más grave.

En algunos jóvenes, la delincuencia es algo transitorio, utilizado para llamar la atención


a falta de autodominio, mientras que para otros se convierte en norma de vida. Cuanto
más joven sea el delincuente, más probabilidades, habrá de que reincida, y los
reincidentes, a su vez, son quienes tienen más probabilidades de convertirse en
delincuentes adultos.

Un estudio realizado por Philip Feldman reseña un análisis sobre relación entre la
delincuencia juvenil y la clase baja. Feldman concluye que la clase baja tiene más
probabilidad de ser investigada, arrestada por sospechosa, permanecer en prisión, ser
llevada a juicio, ser hallada culpable y recibir castigo severo, que cualquiera de las
otras clases sociales. Pero aunque la delincuencia continúa ligada a la miseria, su
práctica se ha extendido últimamente a los grupos socioeconómicos medios y altos.

La delincuencia juvenil alcanza, de ordinario, su punto máximo entre los 13 y 15 años


de edad; pues, es un periodo en el cual el menor tiende particularmente a relacionarse
con los otros chicos de su edad. Las actividades ilegales que desarrollan jóvenes se
manifiestan más agudamente en la adolescencia, cuando el joven está más capacitado
para realizar acciones por cuenta propia.

La influencia del medio en el desarrollo de la delincuencia juvenil es también muy


importante, los niños colocados en un medio muy pobre o que viven en condiciones
difíciles están fuertemente tentados de descifrar su existencia por el robo o por la
búsqueda de consolaciones dudosas. Estas son una de las razones del enorme número
de condenas por delincuencia juvenil durante la guerra, las privaciones, los cambios
del medio social, la inquietud y el medio han ejercido una influencia disolvente y han
dado un golpe a la vida moral, de la cual todavía no se ha repuesto en los ambientes
donde hay malas viviendas, donde reina la promiscuidad y la miseria, es donde se
encuentran la mayor proporción de delincuentes juveniles.

Lo que podemos establecer es que la violencia actual se nutre de factores históricos,


demográficos, psicológicos, económicos y sociales, entre otros, por ello es fundamental
definir el concepto de violencia como toda aquella acción u omisión que mediante el
empleo deliberado de la fuerza, ya sea física o emocional, logre o tenga el propósito de
someter, causar daño u obligar a un sujeto a efectuar algo en contra de su voluntad.

La violencia, teniendo a los jóvenes como víctimas o victimarios, está íntimamente


vinculada a la condición de vulnerabilidad social de estos individuos. La vulnerabilidad
social es tratada aquí como el resultado negativo de la relación entre la disponibilidad
de los recursos materiales o simbólicos de los actores, sean individuos o grupos, y el
acceso a la estructura de oportunidades sociales, económicas, culturales que
provienen del Estado, del mercado y de la sociedad.
Este resultado se traduce en debilidades o desventajas para el desempeño y movilidad
social de losjóvenes. El no acceso a determinados insumos (educación, trabajo, salud,
ocio y cultura) disminuyen las posibilidades de adquisición y perfeccionamiento de esos
recursos que son fundamentales para que los jóvenes aprovechen las oportunidades
ofrecidas por el Estado, el mercado y la sociedad para ascender socialmente. Además,
diversas modalidades de separación de los espacios públicos de sociabilidad y la
segmentación de servicios básicos (en especial la educación) concurren para ampliar la
situación de desigualdades sociales y la segregación de muchos jóvenes. Por otro lado,
influyen también los impactos desintegradores de un modelo de crecimiento
económico a nivel global y nacional, que ha reforzado la polarización del ingreso y la
riqueza entre países y personas, generando pobreza, exclusión y menor bienestar,
particularmente para las jóvenes generaciones.

Especialistas en atención a los jóvenes coinciden en que la principal causa que explica
ese inquietante fenómeno social tiene que ver con el descenso de la calidad de vida de
la juventud mexicana. En México existe una enorme cantidad de jóvenes que son
víctimas de un modelo social que conduce a la violencia social, a las drogas y al
alcohol, a la deserción escolar y la delincuencia. Muchos de ellos son niños y
adolescentes.

En la revista Proceso del 9 de mayo del 2002, Elena Azaola, consejera de la Comisión
de Derechos Humanos del Distrito Federal, menciona "¿qué se puede esperar de un
país donde sólo 17 por ciento de los jóvenes pueden acceder a la universidad, de una
ciudad en la que 24 por ciento de la población joven no estudia ni trabaja?" Sostiene
que desde 1995, la juventud mexicana no tiene más referentes que la crisis
económica, la corrupción, la violencia, los crímenes, y si a eso se agrega el desgaste
del tejido social o la patología de los vínculos sociales, la situación resulta peor.

El análisis de la criminalidad en México revela un incremento en relación directa con la


cantidad de la población total, en razón de 3.2 por ciento anual, comparado con 2.5 por
ciento para el resto de los países del mundo, de acuerdo con cifras de la ONU.

En los últimos seis años, el porcentaje de delitos cometidos por menores de 8 a 17


años y jóvenes de 18 a 29 años, que representan una parte importante de la fuerza
productiva del país, registra un insólito crecimiento, particularmente en el Distrito
Federal. De acuerdo con datos estadísticos de la Procuraduría General de Justicia del
Distrito Federal (PGJDF), las mujeres ocupan en la Ciudad de México un porcentaje
mínimo en la comisión de los delitos o al ser víctimas. Las involucradas en hechos
delictivos apenas representan cerca de cinco por ciento de la población y en algunos
delitos como el homicidio sólo uno (Zamora, 2003). Pero a pesar de todo no podemos
negar que la violencia social nos ha conducido a una transformación en los roles
tradicionales, antes la mujer era vista como un ser débil e incapaz de ejercer violencia;
pero aunque todavía aun no se llega a cifras alarmantes en donde la mujer esté por
encima del hombre en cuanto generadora de violencia, ya está empezando a hacerse
presente en el campo de esta preocupante realidad social (cuadro 1).
Hoy en día, la delincuencia juvenil es mayor a la de otros años, pero con la
característica de que se emplea violencia, porque ya no solamente se restringe al
delito patrimonial y el uso de la violencia verbal, sino que el menor infractor es más
propenso ahora a lastimar físicamente y a humillar a la víctima, siendo ésta la forma de
recriminar a la sociedad que le negó la posibilidad de ser un individuo productivo. A
continuación se presenta la gráfica 6 en la que se puede observar el tipo de robo según
la edad.

El aumento en los índices de delincuencia ha provocado que jóvenes de 21 a 30 años


de edad conformen el grueso de la población cautiva en las cárceles capitalinas, según
se desprende del Diagnóstico Interinstitucional del Sistema Penitenciario presentado en
la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal.

En los últimos siete años el número de reclusos en el Distrito Federal ha pasado de 7


500 a casi 23 000, lo que ha provocado mayor hacinamiento y más corrupción. Es tal la
problemática que envuelve a este sector que 15 079jóvenes de entre 18 y 30 años de
edad forman parte de la población penitenciaria del Distrito Federal. Cerca de 65 por
ciento de la población de los reclusorios del Distrito Federal tienen menos de 25 años,
lo que refleja que no cuentan con alternativas reales de desarrollo (Gascón, 2002).
Estos datos pueden observarse detalladamente en el cuadro 2.

Al tratar a la delincuencia como uno de los puntos más importantes relacionados con la
violencia juvenil, nos damos cuenta del rumbo que puede tomar esta problemática y
así crear conciencia de la necesidad urgente de proponer y tomar medidas de solución,
una de ellas y quizás la más importante consiste en darle prioridad a la participación
de los jóvenes como protagonistas de su proceso de desarrollo, ya que esto resulta una
alternativa eficiente para superar la fragilidad de esos actores, sacándolos del
ambiente de incertidumbre e inseguridad, pues si bien es cierto que los jóvenes son los
que tienen la energía, la decisión, la valentía para violentar, también son los más
vulnerables y deseosos de experimentar nuevas formas de existir y ser reconocidos por
otros individuos.

La Encuesta Nacional de Inseguridad realizada por el Instituto Ciudadano de Estudios


Sobre la Inseguridad mostró que 54.3 por ciento de los delincuentes tienen entre 16 y
25 años de edad, es decir, que más de la mitad de los delincuentes son jóvenes.
Solamente tres por ciento son niños menores de 15 años.

Estos datos demuestran que los jóvenes recurren a la delincuencia, siendo el robo o
salto a persona el delito en que más incurren, con 58.2 por ciento de los casos,
utilizando para la perpetración del hecho delictivo navaja o cuchillo en la mayoría de
los casos.

Entre otros datos podemos ver que la delincuencia juvenil está aumentando cada vez
más, por ejemplo, de acuerdo con las estadísticas de la Procuraduría General de
Justicia del Distrito Federal, tan solo en el primer trimestre de 2002 se ha duplicado la
cantidad de menores delincuentes con respecto al mismo periodo de 2001.
Las edades de estos menores oscilan entre los 12 y 17 años, y los delitos en los que
más participan van desde asalto a automovilistas y taxistas, hasta robo de vehículos y
secuestro.

Más alarmante resulta aún que de las 88 bandas reportadas y desmanteladas por la
PGJDF, 9.9 por ciento son encabezadas y operadas por menores en su totalidad, y en
33 de ellas participaban jóvenes de 12 a 17 años. De los 578 menores detenidos en ese
primer trimestre, 80 por ciento tenían entre 15 y 17 años de edad.

Hasta el momento se ha considerado a los jóvenes como generadores de violencia, sin


embargo, debemos reconocer que este grupo también ha sido víctima de esta
problemática. De esta manera los jóvenes no sólo deben ser vistos como victimarios
sino también como victimas.

Como se ha mencionado anteriormente, existen factores que dejan a los jóvenes


excluidos de las estructuras formales (empleo, educación, servicios de salud, familia,
etc), lo que trae consigo otros problemas para la sociedad y para los jóvenes mismos.
Tal es el caso de aquellos jóvenes que son orillados a recurrir a prácticas ilegales para
resolver sus problemas económicos (robos, secuestros, narcotráfico, prostitución,
etcétera.)
Sin embargo, existen otra serie de factores que se relacionan con la delincuencia
juvenil y que son vistos de cierta manera también como factores de riesgo, algunos de
los cuales ya se mencionaron líneas arriba, pero que valdría la pena ver con mayor
profundidad.

Entendido el factor de riesgo como una característica o circunstancia cuya presencia


aumenta la posibilidad de que se produzca un daño o resultados no deseados, las y los
jóvenes, por diversas circunstancias ambientales, familiares e individuales,
frecuentemente desarrollan conductas que son vistas como factores de riesgo.

Las conductas de riesgo, que a su vez pueden constituir daños más comunes son:
adicciones, (tabaquismo, alcoholismo y drogadicción), exposición a ambientes
peligrosos y violentos, que asociados potencializan la probabilidad de que las y los
adolescentes sufran accidentes, suicidios y homicidios, entre otros. Otras conductas de
riesgo importantes son las relaciones sexuales sin protección, que pueden llevar a
infecciones de transmisión sexual como el VIH/ sida, y también a embarazos no
planeados. También la mala alimentación, que predispone la desnutrición u obesidad.

Ahora bien, por el fenómeno que estamos analizando, la delincuencia juvenil, sólo nos
referiremos a algunos de los factores de riesgo que tienen mayor relación —según los
teóricos del fenómeno delictivo.

Adicciones

Son muchas las vidas que se pierden en nuestro país todos los días motivadas por
efecto del consumo de productos adictivos y por las enfermedades y la violencia que
se genera en torno a ello. Accidentes, padecimientos crónicos, incapacidad física y
mental, desintegración familiar, delitos sexuales, corrupción, todo repercute
directamente en la salud integral de la sociedad.

La adicción es la actividad compulsiva y la implicación excesiva en una actividad


específica. La actividad puede ser el juego o puede referirse al uso de casi cualquier
sustancia como una droga. Las adicciones pueden causar dependencia psicológica, o
bien, dependencia psicológica y física.

El desarrollo de la adicción se facilita por factores sociales que modifican su aparición.


También existen aspectos sociales en los grupos de uso y adicción específicos.

La adicción impacta de tal manera la vida del adicto que sus sistemas de valores
cambian para convertirse en toda una cultura diferente, con sus propias creencias y
rituales. Para los adictos, la actividad relacionada con las drogas llega a ser una parte
tan grande de la vida diaria que la adicción interfiere generalmente con la capacidad
de trabajar, estudiar o de relacionarse normalmente con la familia y amigos. En la
dependencia grave, los pensamientos y las actividades del adicto están dirigidas
predominantemente a obtener y tomar la droga, llegando a un punto tal que el adicto
puede manipular, mentir y robar para satisfacer su adicción.

Los adolescentes pueden estar involucrados de varias formas con el alcohol y las
drogas legales o ilegales. Es común experimentar con el alcohol y las drogas durante la
adolescencia, desgraciadamente, con frecuencia los adolescentes no ven la relación
entre sus acciones en el presente y las consecuencias del mañana. Los jóvenes tienen
la tendencia a sentirse indestructibles e inmunes hacia los problemas que otros
experimentan. El uso del alcohol o del tabaco a una temprana edad aumenta el riesgo
del uso de otras drogas posteriormente. Algunos adolescentes experimentan un poco y
dejan de usarlas, o continúan usándolas ocasionalmente sin tener problemas
significativos.

Otros desarrollarán una dependencia, usarán drogas más peligrosas y causarán daños
significativos a ellos mismos y posiblemente a otros.

En México, por ejemplo, hay 3 millones 241 mil consumidoras de alcohol, cigarro y
drogas ilícitas. En promedio, la mujer inicia su consumo a los 15 años, lo que nos
muestra nuevamente que estamos siendo testigos de una etapa en la que los roles
tradicionales están cambiando de manera negativa en lugar de positiva, la mujer
anteriormente presentaba índices bajos de adicción a drogas, alcohol o cigarros; ahora
compite activamente con el hombre. De acuerdo con diversos estudios, esto se vincula
a la búsqueda por disminuir los efectos de una relación social que frustra o violenta su
posición en ella. Es por ello que ahora el consumo de narcóticos no sólo es un
problema de salud pública, sino también de seguridad pública (Ruiz, 2003).

Estas adicciones han generado un incremento de los problemas de salud mental en los
jóvenes. Los datos disponibles indican que los problemas mentales están entre los que
contribuyen a la carga global de enfermedades y discapacidades. Los niños y
adolescentes constituyen un grupo que vive en condiciones o circunstancias difíciles
que los ponen en riesgo de ser afectados por algún trastorno mental. Se reporta que la
depresión, los intentos suicidas y la ansiedad se encuentran entre los trastornos más
frecuentes, aunque la causa más importante de mortalidad entre adolescentes de 15 a
19 años de edad es por accidentes y violencia.

Las causas accidentales y violentas más frecuentes son los accidentes de tránsito y el
suicidio. Estas causas cuentan con pocos recursos asignados para su tratamiento y, sin
embargo, constituyen más de 80 por ciento de los casos de muerte que son
prevenibles.

Entre los adolescentes, estas estadísticas de mortalidad evidencian tres fenómenos


importantes para la transición epidemiológica, es decir, para su crecimiento y
propagación. El primero de ellos tiene relación con la aparición de violencia,
accidentes, homicidios y suicidios, efectos en la salud derivados del medio ambiente
social, tránsito, urbanismo y conductas de riesgo y estilo de vida de los adolescentes,
lo cual corresponde necesariamente a aspectos sociales y económicos englobados en
la pobreza y la marginación.

El suicidio en adolescentes adquiere cada vez mayor interés para los profesionales de
la salud, y el reconocimiento de los factores de riesgo asociados, de las opciones de
tratamiento y de las estrategias de prevención se revelan como aspectos esenciales en
el manejo global. Son más los adolescentes que las adolescentes que logran morir,
pero son más las adolescentes que lo intentan. Se ha identificado que tras cada
suicidio conocido hay 50 intentos que no se logran detectar y, por supuesto, no se
toma ninguna medida de apoyo para los que lo realizan. En 1989, Stillion, Mc Dowell y
May propusieron un modelo de la trayectoria del suicidio, que comprende cuatro
categorías de factores de riesgo que contribuyen al pensamiento suicida: los aspectos
biológicos, los psicológicos, los cognitivos y los ambientales.

El suicidio es la acción de quitarse la vida de forma voluntaria y premeditada.


Durkheim da una definición objetiva del suicidio, eliminando las posibles alteraciones
que las palabras sufren al incluirse en el vocabulario cotidiano. Así, define el suicidio
como toda muerte que resulta mediata o inmediatamente de un acto positivo o
negativo realizado por la misma víctima. Tras dar esta definición observa en su
argumentación que pueden quedar incluidos los hechos accidentales, así establece la
siguiente matización: "Hay suicidio cuando la víctima, en el momento en que realiza la
acción, sabe con toda certeza lo que va a resultar de él."

El comportamiento de la actividad suicida comprende la autodestrucción total


(muerte), la autodestrucción (no muerte), la mutilación y otras acciones dolorosas y no
dolorosas, las amenazas, indicaciones verbales de las intenciones de destruirse,
depresión e infidelidad y pensamientos de separación, partida, ausencia, consuelo y
alivio.

El suicidio en la juventud ha aumentado y algunos se lo atribuyen al abuso de las


drogas y el alcohol, es más acertado afirmar que los mismos factores que llevan a las
personas al alcohol o a las drogas las lleven a intentos de cometer actos suicidas. Los
factores de aislamiento social o psicológico y los estados depresivos tienen una mayor
importancia en momentos de cometer el suicidio.

El aislamiento psicológico producido a veces por la ruptura de los lazos afectivos, por
las carencias de afecto o por la frustración de determinadas expectativas.

Desde el punto de vista ético, la causa más inmediata suele ser la desesperación,
situación extrema a la que se llega por diversas influencias. Dejando de lado los casos
patológicos (trastornos mentales habituales o esporádicos de difícil valoración moral) y
el reconocimiento de la frialdad y cálculo, muy pocas veces coexisten con un gesto
contrario al instinto de conservación del hombre.

El suicidio entre los adolescentes ha tenido un aumento dramático, ya que aunque en


el grupo de edad de 15 a 24 años el suicidio en términos absolutos es raro, desde
mediados del siglo tiene una tendencia a aumentar paulatina y progresivamente,
pasando a constituir un problema de salud pública. Recientemente, estudios señalan
que el suicidio es la tercera causa de muerte más frecuente para los jóvenes de entre
15 y 24 años de edad.
Los adolescentes experimentan fuertes sentimientos de estrés, confusión, dudas sobre
sí mismos, presión para lograr éxito, incertidumbre financiera y otros miedos mientras
van creciendo. Durante el periodo de 1970 a 1994, la tasa de suicidios en ambos sexos
pasó de 1.13 por 100 000 habitantes en 1970 a 2.89 por 100 000; en 1994 aumentó
156 por ciento, con mayor fuerza para la población masculina. En términos de la
mortalidad proporcional, el suicidio pasó de 0.11 a 0.62 por ciento de todas las
defunciones.

Éstos son sólo algunos de los factores de riesgo que se encuentran de manera más
íntimamente relacionada con la delincuencia juvenil y que sin lugar a dudas muestran
cierto aumento en la población joven de nuestro país.

Existe un consenso claro entre autoridades federales, locales y especialistas en el


tema, en que la delincuencia juvenil es consecuencia del grave deterioro de la calidad
de vida que resiente de manera especial el sector joven de la población. Explican que
en lugar de tener a la mano alternativas que garanticen su desarrollo, adolescentes y
jóvenes de entre 15 y 24 años están condenados, de antemano, a subsistir en medio
del desempleo, la violencia intrafamiliar, el consumo de drogas y alcohol, y la deserción
escolar, en suma, de la pobreza.

En ese sentido, la delincuencia juvenil tiene que ver con la baja en la calidad de vida de
los mexicanos, particularmente de la juventud. Por ejemplo, un dato importante es que
en México entre 35 y 40 por ciento de los adolescentes viven en hogares de extrema
pobreza. La gran mayoría viven en familias con madre y padre, pero 26.6 por ciento
han salido del hogar paterno.

La Encuesta Nacional sobre Inseguridad3 mostró que 4.3 por ciento de los delincuentes
tienen entre 16 y 25 años de edad, es decir, que más de la mitad de los delincuentes
son jóvenes, mientras que tres por ciento son niños menores de 15 años. Los
principales actos delictivos en los que han participado menores de edad son los
siguientes: delitos contra la salud, violación, robo a casa habitación, robo a vehículo,
robo a negocio, lesiones por golpes y otros delitos.

Este fenómeno continuará y seguirá incrementándose mientras el beneficio privado, el


afán de lucro, el despilfarro y el sistema capitalista deifique la posesión del dinero al
mismo tiempo que ponga barreras infranqueables a masas de población que subsisten,
en la miseria y en la marginación.

Por lo anterior, nos damos cuenta de que es urgente dar prioridad a la participación de
los jóvenes como protagonistas de su proceso de desarrollo, ya que esto resulta una
alternativa eficiente para superar la vulnerabilidad de esos actores, sacándolos del
ambiente de incertidumbre e inseguridad, pues si bien es cierto que los jóvenes son los
que tienen la energía, la decisión, la valentía para violentar, también son los más
vulnerables y deseosos de experimentar nuevas formas de existir y ser reconocidos por
otros individuos.

La delincuencia juvenil no se arreglará con abrir más cárceles y retirar a los jóvenes de
la vida social llevándolos a la cloaca de la sociedad, ni con la brutalidad policiaca o el
sobre endurecimiento de las penas aplicables a los delincuentes jóvenes.

Medidas para reducir la delincuencia


Abolir la delincuencia juvenil implica la implantación de un sistema jurídico y penal
para ese sector de la población, así como de voluntad política e imaginación de las
autoridades. Es necesario considerar el tratamiento de menores de edad, con base en
los diferentes instrumentos internacionales en la materia, que antes de criminalizar a
los infractores tengan en cuenta las causas que propician que los jóvenes incurran en
conductas antisociales.

El Estado debe de tener como objetivo la rehabilitación social del joven infractor y no
restringir la política de readaptación social al encarcelamiento. En ese sentido, son
fundamentales los procedimientos alternativos: casas hogar, escuelas de artes y oficios
y talleres. Para ello se debe partir de la premisa de que los adolescentes tienen mayor
posibilidad de cambiar su conducta en virtud de que su personalidad está en proceso
de formación.

Hay que buscar nuevas formas para prevenir el delito mediante la recreación y
apertura de espacios destinados a los jóvenes, para que tengan en qué ocupar su
tiempo libre, ya que no existen espacios culturales o deportivos que los guíen hacia
formas de vida en favor de una sociedad comunitaria, que viva en armonía y paz.

Reflexiones finales

En la actualidad, la globalización genera una paradoja, toda vez que establece una
identidad mundial por el reconocimiento de valores universales, pero también crea
antivalores comerciales consumistas, basados en gran medida en la violencia y el sexo,
con lo cual permea las formas de vida de las diferentes sociedades.

A nadie se le oculta que en los últimos años se han ido abandonando las tareas de
formación de la juventud. Lo lamentable es que el esfuerzo que se precisa limita a los
educandos y por eso padres y educadores se acomodan a un antiguo patrimonio
intelectual y ético, normalmente recibido, reelaborado y ampliado. Desde este nivel
ínfimo desarrollan su labor educativa y la poca formación que el joven recibe en este
terreno está viciada y arrastra una carga negativa de errores y simplezas de la
sociedad actual.

De esta manera, la sociedad actual se convierte en la sociedad de la tentación para los


jóvenes, potencia una sutil ideologización hábilmente dirigida desde el poder, con lo
que los jóvenes han perdido el sentido real de la vida y se han precipitado en un
ambiente donde se palpa el desencanto, la decepción, la desorientación y el absurdo.
Por ende, parte de la juventud ha perdido la confianza en el futuro, en el Estado y en la
sociedad. Y una juventud sin futuro es una generación que nace muerta, sin porvenir,
sin esperanza. La droga, el alcohol, la delincuencia y el vandalismo callejero son
síntomas muy expresivos.

Hoy, el fenómeno juvenil sigue inquietando, al mismo tiempo que la incomprensión de


los adultos alcanza grados mayores. Aunque la juventud es más crítica y menos
ilusionada; pareciera no tener proyectos ni alternativas claras. Desea cambios, pero no
ve caminos, debido a que están vedados por el sistema económico, político y social en
el que se encuentran inmersos.

Se ha llegado a despreciar a los jóvenes hasta el extremo de quererlos eliminar y


excluir de los marcos de influencia y de las decisiones importantes de su entorno. Sin
embargo, los jóvenes reclaman su derecho a la diferencia, a la discordancia y a la
discrepancia; es decir, con su praxis, los jóvenes reclaman el reconocimiento de su
existencia autónoma, el respeto a sus formas y estilos de vida; así como el derecho a la
interlocución, a ser tomados en cuenta y a la participación. En pocas palabras, los
jóvenes, con su praxis, demandan una sociedad más tolerante, más diversa, más
incluyente, más justa y más democrática.

Existe una violencia patente y oculta que se esconde en nuestra sociedad, no sólo la
que se refiere a las personas, sino también a las estructuras; se trata de una violencia
que tiende a hacerse cada vez más anónima y, por lo tanto, más difícil de combatir.

No basta únicamente con clasificar y etiquetar a los jóvenes y sus acciones, como lo
hacen las instituciones gubernamentales, ya que para la mayoría de ellas existen
cuatro tipos de juventud que viven consciente y sistemáticamente en ruptura con la
sociedad, mostrándose incapaces de entrar ordenadamente en la marcha de la
comunidad y en desempeñar su papel en la vida; esos cuatro tipos son: inadaptados
sociales, asociales, posibles delincuentes y delincuentes.

Para las autoridades, todos ellos tienen un denominador común: incapacidad de


adaptación al medio social, unos dañan durante la convivencia social con su
comportamiento debido a su íntima estructura, otros no respetan las normas
establecidas por no haberse identificado y socializado, otros se enfrentan
violentamente contra las normas llegando a un cierto vandalismo intolerable en una
sociedad democrática y en un mundo civilizado, otros carecen del espíritu de trabajo y
esfuerzo para realizarse como personas. Han seguido los derroteros de la ociosidad, el
juego, el abandono de la escuela o el trabajo. Han consagrado su vida a la diversión
desordenada, sin jerarquía alguna de valores y sus acciones llegan al límite de la
violencia y a la delincuencia.

Sin embargo, la delincuencia no debe confundirse nunca con la rebeldía. Una hábil
maniobra ha tratado de empequeñecer la sana y justificada rebeldía de la juventud en
el mundo, en el seno de una sociedad sin ideas, materialista, brutal, colgando a los
jóvenes el sanbenito de delincuente.

Sin una juventud rebelde y preocupada, que quiera dar siempre su propio nervio a la
sociedad en que viva, pocos pasos adelante se pueden dar. La juventud conformista va
a remolque del pensamiento de su generación y pocos valores aporta a la sociedad.

Es un hecho que cuando aumenta la rigidez de la sociedad y las autoridades pregonan


que todo está bien y cuando el desfase entre el discurso y la realidad es tan abismal,
consciente o intuitivamente mucha gente joven desconfía de las supuestas bondades
del mundo que ha heredado. Estos jóvenes se esfuerzan cada día por distanciarse
culturalmente de los demás y se rebelan contra la discriminación.

Como podemos ver, la violencia y con ello la delincuencia juvenil, no es producida


aleatoriamente, sino que está compuesta por una serie de factores que propician que
cada vez más jóvenes adopten la violencia como una forma de vida.

Ahora bien, la delincuencia juvenil en México es básicamente un problema social que


no se resuelve con mayor represión ni mucho menos disminuyendo la edad penal. El
crecimiento de la delincuencia en un país depende de su desarrollo económico, del
nivel de vida de la sociedad y de la interrelación de estos factores con sus condiciones
culturales y educativas. El carácter de esta interrelación puede provocar anomia y, por
ende, la ruptura de la cohesión social y familiar, lo cual aumenta la incidencia del delito
en los sectores juveniles.
Si aceptamos la hipótesis de que a mayor bienestar social crece la solidaridad entre
generaciones y con ello disminuye la delincuencia entre los jóvenes, el posible
tratamiento del problema tiene dos vertientes, y ambas son responsabilidad
principalmente del Estado. Una es competencia de los poderes Ejecutivo y Legislativo,
y tiene que ver con construir una nación que posibilite una vida digna a todos sus
habitantes: sin pobreza, marginación, discriminación ni racismo, con fuentes de trabajo
y salarios decorosos, con escuelas y universidades gratuitas, un proyecto nacional con
estos propósitos sería seguramente generador de una juventud comprometida,
responsable y confiada en el futuro, y en esas condiciones la delincuencia general y la
juvenil en particular tendrían niveles bajos. La otra vertiente corresponde a la
administración de justicia y es responsabilidad del Poder Judicial.

Sin embargo, ¿cuál debe ser la política estatal hacia los jóvenes que delinquen?
¿Atacar la raíz del fenómeno o reprimir?

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