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Ser o No Ser

Hamlet reflexiona sobre la vida y la muerte, cuestionando si es más noble soportar el sufrimiento o luchar contra él. En su diálogo con Ofelia, expresa su desconfianza hacia el amor y la naturaleza humana, sugiriendo que la honestidad y la belleza son incompatibles. Finalmente, aconseja a Ofelia que se retire a un convento, mostrando su desprecio por las relaciones y el matrimonio.

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Ser o No Ser

Hamlet reflexiona sobre la vida y la muerte, cuestionando si es más noble soportar el sufrimiento o luchar contra él. En su diálogo con Ofelia, expresa su desconfianza hacia el amor y la naturaleza humana, sugiriendo que la honestidad y la belleza son incompatibles. Finalmente, aconseja a Ofelia que se retire a un convento, mostrando su desprecio por las relaciones y el matrimonio.

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Ser o no ser, esa es la cuestión.


¿Cuál será el camino más noble, soportar las flechas y pedradas de la insolente fortuna, o tomar las
armas contra un mar de problemas y terminar de una vez con todo?​
Morir…dormir, nada más, y con un sueño decir que terminamos con esta angustia, y con las mil infamias​
que son la herencia natural de nuestra carne.​
Que ganas de morir, y de dormir, deseo tan devotamente esa consumación.
Dormir, tal vez soñar… sí, ahí está la trampa: porque ¿qué sabemos de los sueños que, cuando nos
hayamos librado de esta mortal envoltura puede traer el sueño de la muerte? Es por este recelo que
aceptamos la calamidad de una vida tan larga.
Sino ¿quién soportaría los humillantes latigazos del tiempo, la injusticia del opresor, los insultos del
soberbio, el dolor de ver nuestro amor despreciado, la lentitud de la ley, la insolencia de los funcionarios,
el despecho de los necios por los hombres de mérito, cuando apenas necesita, para liberarse, de un
simple estilete? ¿Quien gruñiría y sudaría bajo el fardo de una vida extenuante si no fuera porque el
pavor de lo que sigue a la muerte, ese territorio inexplorado del que ningún viajero regresa, confunde la
voluntad y nos lleva a tolerar los males actuales antes que volar hacia los que ignoramos?​
Así la conciencia nos convierte en cobardes, así el color saludable de la decisión se vela con la
enfermiza palidez del pensamiento y empresas de alto vuelo y poderoso ímpetu se pierden en los
meandros de la duda y no hay acción posible.
¡Sht! ¡Silencio! La hermosa Ofelia.​
Ninfa, acuérdate, en tus oraciones, de todos mis pecados.

OFELIA: Mi buen señor ¿cómo estás?

HAMLET: Bien, gracias. Bien. Bien.

OFELIA: Señor, todavía tengo regalos tuyos que hace mucho quería devolverte. Por favor, recíbelos
ahora.

HAMLET: No, yo no. Si nunca te dí nada.

OFELIA: Sabes bien que lo hiciste, honorable señor, y con ellos, palabras de aliento tan dulce que
enriquecían su valor. Borrado su perfume, tengo que devolverlos: los regalos más preciosos pierden su
lustre cuando quien los hizo se distancia. Aquí los tienes.

HAMLET: ¡Ja, ja! ¿Eres honesta? -presente noción de ser espiado

OFELIA: ¿Señor?

HAMLET: ¿Eres bella?

OFELIA: ¿Qué quieres decir, señor?

HAMLET: Porque si eres bella, y honesta, tu honestidad no debería conversar con tu hermosura.

OFELIA: ¿Podría la belleza, señor, tener mejor compañía que la honestidad?

HAMLET: Y, la verdad que sí. Porque la belleza tiene más poder para convertir a la honestidad en
alcahueta, que la honestidad de volver honesta a la belleza. Esto, que supo ser una paradoja, es hoy en
día una verdad probada. Yo te amaba.

OFELIA: Eso me hiciste creer, señor.


HAMLET: No debiste creerme. Todo injerto de virtud tomará el sabor del vástago. Nunca te amé.

OFELIA: Cuánto me engañé, entonces.

HAMLET: Métete en un convento (irónicamente prostíbulo) ¿Para qué engendrar más pecadores? Yo soy
bastante honesto, y aún así podría acusarme de tales cosas que sería mejor si mi madre nunca me
hubiera parido. Soy muy orgulloso, vengativo y ambicioso, con más maldades a mi disposición que ideas
para alojarlas, imaginación para plasmarlas y tiempo para ponerlas en obra. ¿Qué hace un ser como yo
arrastrándose entre la tierra y el cielo? Somos todos de lo peor, no nos creas nada. Vía, vía, al convento.​
¿Dónde está tu padre? -ya descubre ser espiado -

OFELIA: En casa, señor.

HAMLET: Entonces encierralo ahí, para que no se haga el tonto en ningun otro lado. Adiós.

OFELIA: ¡Que el cielo lo asista!

HAMLET: Si llegas a casarte, esta maldición será tu dote: aunque seas más casta que el hielo y más
pura que la nieve, no te vas a salvar de las calumnias. Vamos, al convento. Adiós. Y si insistes en
casarte, cásate con un tonto, porque los sabios saben bien en qué clase de monstruos los convierten
(cornudos).​
Al convento, rapidito. Adiós.

OFELIA: ¡Cielos, devuélvanle la razón!

HAMLET: Y no creas que no sé lo de sus pintarrajeos. Dios les dió una cara, y se hacen otra. Bailotean,
se pavonean, cecean, se hacen las tontas y a cada criatura de Dios tienen que ponerle un nuevo apodo.
Ya estoy harto de todo eso, me sacaron de quicio. A partir de hoy, no más matrimonios. A los que ya
están casados los dejamos vivir, a todos menos a uno (“Claudio”). Pero los demás se me quedan como
están. ¿Y? ¿Qué esperamos? ¡Al convento!

SALE.

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