Modernidad: Proyecto incompleto.
El término “moderno” expresa una y otra vez la conciencia de una época que se relaciona con el
pasado, la antigüedad, a fin de considerarse así misma como el resultado de una transición desde lo
antiguo a lo nuevo.
El término apareció y reapareció en Europa exactamente en aquellos períodos en que se formó la
conciencia de una nueva época a través de una relación renovada con los antiguos y además que la
antigüedad se consideraba como un modelo a recuperar a través alguna clase de imitación.
El hechizo que los clásicos del mundo antiguo proyectaron sobre el espíritu de los tiempos
posteriores se disolvió primero con los ideales de la Ilustración Francesa. Específicamente, la idea
de ser “moderno” dirigiendo la mirada hacia los antiguos cambió con la creencia, inspirada por la
ciencia moderna, en el progreso infinito del conocimiento y el avance infinito hacia la mejoría
social y moral. Una nueva forma de conciencia modernista se formó a raíz de este cambio. El
modernista romántico quería oponerse a los ideales de la antigüedad clásica. En el curso del siglo
XIX emergió de este espíritu romántico la conciencia radicalizada de modernidad que se liberó de
todos los vínculos históricos específicos. Este modernismo más reciente establece una oposición
abstracta entre la traducción y el presente, y, en cierto sentido, somos contemporáneos de esa clase
de modernidad estética. Desde entonces, la señal distintiva de las obras que cuentan como
modernas es “lo nuevo”, que será superado y quedará obsoleto cuando aparezca la novedad del
estilo siguiente. Pero mientras que lo que está simplemente “de moda” quedará pronto rezagado, lo
moderno conservará un vínculo secreto con lo clásico.
La disciplina de la modernidad estética
La modernidad estética se caracteriza por actitudes que encuentran un centro común en una
conciencia cambiada del tiempo. La conciencia del tiempo se expresa mediante metáforas de la
vanguardia, la cual se considera como invasora de un territorio desconocido, exponiéndose a los
peligros de encuentros súbitos y desconcertantes, y conquistando un futuro todavía no ocupado.
Pero estos tanteos hacia adelante, esta anticipación de un futuro no definido y el culto a lo
nuevo, significan de hecho la exaltación del presente. La conciencia del tiempo nuevo hace más
que expresar la experiencia de la movilidad en la sociedad, la aceleración en la historia, la
discontinuidad de la vida cotidiana. El nuevo valor aplicado a lo transitorio, lo elusivo y lo
efímero, la misma celebración del dinamismo, revela el anhelo de un presente impoluto,
inmaculado y estable.
Observamos la intención anarquista de hacer estallar la continuidad histórica, y podemos
considerarlo como la fuerza subversiva de esta nueva conciencia histórica. La modernidad se
rebela contra las funciones normalizadoras de la tradición; la modernidad vive de la experiencia de
rebelarse contra todo cuanto es normativo. Esta revuelta es una forma de neutralizar las pautas de
la moralidad y la utilidad.
Por otro lado, la conciencia del tiempo articulada en vanguardia no es simplemente ahistórica,
sino que se dirige contra lo que podría denominarse una falsa normatividad en la historia. El
espíritu moderno, de vanguardia, ha tratado de usar el pasado de una forma diferente, se deshace
de aquellos pasado a los que ha hecho disponibles la erudición objetivadora del historicismo, pero
al mismo tiempo opone una historia neutralizada que está encerrada en el museo del historicismo.
Ahora bien, este espíritu de modernidad estética ha empezado recientemente a envejecer.
Después de los setenta este modernismo promueve una respuesta mucho más débil. Este fracaso
¿señala una despedida a la modernidad? ¿acaso la existencia de una posvanguardia significa que
hay una transición a ese fenómeno más amplio llamado posmodernidad?
Es así como los neoconservadores americanos interpretan las cosas. Daniel Bell
(neoconservador) argumenta que las crisis de las sociedades desarrolladas de occidente se
remontan a una división entre cultura y sociedad. Las fuerzas modernistas, según este autor, tienen
que ver con el principio de desarrollo y expresión ilimitada de la personalidad propia. La cultura,
en su forma moderna, incita el odio contra las convenciones y virtudes de la vida cotidiana, que ha
llegado a racionalizarse bajo las presiones de los imperativos económicos y administrativos.
Nos dicen, por otra parte, que el impulso de la modernidad está agotado. Aunque se considera
a la vanguardia todavía en expansión, se supone que ya no es creativa. El modernismo es
dominante pero está muerto. La pregunta planteada por los neoconservadores es: ¿cómo pueden
surgir normas en la sociedad que limiten el libertinaje, restablezcan la ética de la disciplina y el
trabajo?
Modernidad cultural y modernización social
En Estados Unidos y en Alemania se ha expandido una actitud que refiere a un enfrentamiento
intelectual y político con los portadores de la modernidad cultural.
El proyecto de la Ilustración.
Iniciaré el análisis recordando una idea de Marx Weber, el cual caracteriza la modernidad
cultural como la separación de la razón sustantiva expresada por la religión y la metafísica en tres
esferas autónomas que son la ciencia, la moralidad y el arte, que llegan a diferenciarse porque las
visiones del mundo unificadas de la religión y la metafísica se separan. Desde el siglo XVIII, los
problemas heredados de estas visiones del mundo más antiguas podían organizarse para que
quedase aspectos específicos de validez: verdad, rectitud normativa, autenticidad y belleza.
Entonces podían tratarse como cuestiones de conocimiento, de justicia y de moralidad, o de gusto.
El discurso científico, las teorías de la moralidad, la jurisprudencia y la producción y crítica del
arte podían, a su vez, institucionalizarse. Cada dominio de la cultura se podía hacer corresponder
con las profesiones culturales, dentro de las cuales los problemas se tratarán como preocupaciones
de expertos especiales. Este tratamiento profesionalizado de la tradición cultural pone en primer
plano las dimensiones intrínsecas de cada una de las tres dimensiones de la cultura. Aparecen las
estructuras de la racionalidad cognositiva-instrumental, moral-práctica y estética-expresiva, cada
una de estas bajo el control de especialistas que parecen más dotados de lógica en estos aspectos
concretos que otras personas. El resultado es que aumenta la distancia entre la cultura de los
expertos y la del público en general. Lo que acrecienta la cultura a través del tratamiento
especializado y la reflexión no se convierte inmediata y necesariamente en la prioridad de la praxis
cotidiana. Con una racionalización cultural de esta clase aumenta la amenaza de que el común de
las gentes se empobrezca más y más.
El proyecto de la modernidad formulado en el siglo XVIII por los filósofos de la
Ilustración consistió en sus esfuerzos para desarrollar una ciencia objetiva, una moralidad y
leyes universales, y un arte autónomo acorde con su lógica interna. Al mismo tiempo, este
proyecto pretendía liberar los potenciales cognitivos, de cada uno de estos dominios de sus
formas esotéricas (que es impenetrable o de difícil acceso para la mente). Los filósofos de la
ilustración querían utilizar esta acumulación de cultura especializada para el
enriquecimiento de la vida cotidiana, es decir, para la organización racional de la vida social
cotidiana.
Estos pensadores tenían la expectativa de que las artes y las ciencias no sólo promoverían
el control de las fuerzas naturales, sino también la comprensión del mundo y del yo, el
progreso moral, la justicia de las instituciones e incluso la felicidad de los seres humanos. el
siglo XX ha demolido este optimismo. La diferenciación de la ciencia, la moralidad y el arte ha
llegado a significar la autonomía de los segmentos tratados por el especialista y su separación de la
hermenéutica de la comunicación cotidiana. Esta división es el problema que ha dado origen a los
esfuerzos para “negar” la cultura de los expertos. Pero el problema subsiste: ¿habríamos de tratar
de asirnos a las intenciones de la Ilustración, por débiles que sean, o deberíamos declarar a todo el
proyecto de la modernidad como una causa perdida?
Los falsos programas de negación de la cultura
En la comunicación cotidiana, los significados cognitivos, las expectativas morales, las
expresiones subjetivas y las evaluaciones deben relacionarse entre sí. Los procesos de la
comunicación necesitan una tradición cultural que cubra todas las esferas. En consecuencia, una
vida cotidiana racionalizada difícilmente podría salvarse del empobrecimiento cultural mediante la
apertura de una sola esfera cultural -el arte- proporcionando así acceso a uno solo de los complejos
conocimientos especializados.
Alternativas
En suma el proyecto de la modernidad aún no se ha completado. El proyecto apunta a una nueva
vinculación diferenciada de la cultura moderna con una praxis cotidiana que todavía depende de
herencias vitales, pero que se empobrecería a través del mero tradicionalismo. Sin embargo, esta
nueva conexión solo puede establecerse bajo la condición de que la modernización social será
también guiada en una dirección diferente. La gente ha de llegar a ser capaz de desarrollar
instituciones que pongan límites a la dinámica interna y a los imperativos de un sistema económico
casi autónomo y sus complementos administrativos.
Con el decisivo confinamiento de la ciencia, la moralidad y el arte a esferas autónomas separadas
del común de la gente y administradas por expertos, lo que queda del proyecto de modernidad
cultural es solo lo que tendríamos si abandonamos todo el proyecto de modernidad (?)