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Las Celulas y El Crecimiento de La Iglesia

El documento discute la importancia de las células en el crecimiento de la iglesia, diferenciando entre ser una iglesia con células y una iglesia celular. Se argumenta que un cambio de paradigma es necesario para ver las células como la esencia de la iglesia, y se enfatiza la movilización de los miembros según sus dones espirituales para lograr un crecimiento efectivo. Además, se señala que no todos los miembros deben ser evangelistas, pero todos deben ser testigos, y se debe enfocar en desarrollar a aquellos que tienen el don de evangelismo.

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Las Celulas y El Crecimiento de La Iglesia

El documento discute la importancia de las células en el crecimiento de la iglesia, diferenciando entre ser una iglesia con células y una iglesia celular. Se argumenta que un cambio de paradigma es necesario para ver las células como la esencia de la iglesia, y se enfatiza la movilización de los miembros según sus dones espirituales para lograr un crecimiento efectivo. Además, se señala que no todos los miembros deben ser evangelistas, pero todos deben ser testigos, y se debe enfocar en desarrollar a aquellos que tienen el don de evangelismo.

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La Iglesia Celular.

Página 1
LA IGLESIA CELULAR Y EL CRECIMIENTO DE LA IGLESIA
Por Prof. Rogelio H. Castillo. Junio 2003

Existen dos posibilidades en cuanto a la incorporación de las células: una es ser una iglesia con células y otra
ser una iglesia celular. Los pastores que hacen años han hecho de las células una parte vital de sus congregaciones
afirman que las células no son un programa más de la iglesia, con mucha pasión proclaman que ellas SON el programa.
Ellos ilustran su experiencia con la imagen del malabarista de circo. Testifican que antes eran pastores típicos que
hacían “malabares” para que todos los programas funcionaran y no se “cayeran” al suelo. Un día tras otro se iban en
reuniones con los responsables de los distintos departamentos y programas de la iglesia. Cada uno de los miembros de
las distintas comisiones a toda hora rogaban que el pastor asista a sus reuniones, no se olvide de “darle manija” desde el
púlpito a las actividades o les provea nuevas ideas para mantener el movimiento. Y esta interminable exigencia les
provocaba cansancio mental y emocional. Ahora la energía, visión y atención solo está concentrada en lo único que ha
traído verdadero crecimiento a la iglesia: las células. Y esta forma de expresarse provoca en los recién “convertidos” al
movimiento celular, irritación.

El problema radica, como siempre, en los paradigmas que uno posea. Un paradigma es aquello que controla la
forma en que interpretamos lo que vemos y experimentamos. Es lo que nos permite poseer una perspectiva sobre un
tema o situación. El siguiente ejemplo ilustra cómo funcionan los paradigmas. Observe con atención el dibujo que está a
continuación: ¿qué ve?

La mayoría de las personas ven a una anciana con nariz grande, canosa con un cuello de piel que mira hacia
abajo o a una hermosa joven que está mirando hacia la derecha y que tiene en la cabeza una pluma. Por lo general el que
vio primero a la anciana le cuesta ver a la joven y a la inversa: el que vio primero a la joven le cuesta percibir la
existencia de la anciana. Para tener las dos perspectivas hace falta mucho esfuerzo. Y así sucede con las células: para
tener una visión integral se requiere un cambio de paradigma, un moverse. Si esto no acontece se corre el peligro de
percibir una parte o varias partes de la realidad desde una perspectiva parcial. Lo expresamos en forma más clara: las
células se pueden ver como un programa más o concebir a la existencia de la red celular como la iglesia misma.
Creemos que ambas posiciones están equivocadas dependiendo de los paradigmas que el cuerpo pastoral posea.

Los que afirman que debemos trabajar para que se comience a ver a las células como “la iglesia”, sostienen que
hay que “podar” a las iglesias de todos aquellos programas que han demostrado “quitar fuerzas” al objetivo de ganar,
consolidar y discipular a las multitudes. Estos pastores que durante años trabajaron denodadamente para organizar los
departamentos de jóvenes, mujeres, varones, de la escuela dominical, etc., al “convertirse” al movimiento celular,
cancelaron (abrupta o paulatinamente) todos los programas existentes. Ellos visualizaron cada programa como esas
ramitas improductivas de las plantas de frutas que roban fuerzas a la rama principal. Y como “buenos administradores”
de la gracia de Dios, podaron a fin de que la energía, tiempo y finanzas fueran canalizadas a las células que (¡por fin!),
trajeron crecimiento real a la iglesia. Algunos, hasta llegaron a organizar verdaderos funerales donde “enterraron” para
siempre la iglesia que habían dirigido. Esta posición puede ser sostenida y promovida con mucha fuerza gracias a los
resultados: miles de iglesias de todo el mundo están creciendo explosivamente gracias a las células.

Por otro lado, los que sin rechazar a las “células” como un programa exitoso que necesariamente debe ser
incorporado a la vida de todas las iglesias, no aceptan que sea imposible la coexistencia de células con los otros
programas, lo hacen basados también en los resultados: muchas iglesias que abrazaron con pasión a las células, hoy no
saben como hacer para que sus redes celulares salgan del estancamiento, de la meseta que hoy viven luego de un
espectacular despegue.

Nuestra propuesta de solución se halla en lo siguiente: hay que recobrar la perspectiva, los paradigmas, los
principios presentes en la iglesia primitiva a fin de que nuestras iglesias puedan crecer en una forma explosiva y
espontánea.

La Iglesia Celular. Página 2


Primero Principio:
Los miembros de la iglesia, deben tener un alto grado de movilidad en función de sus dones
espirituales.

En las iglesias que crecen (sean celulares o no), se detecta un conjunto de miembros bien
movilizados según los dones espirituales que poseen. El uno no puede funcionar aparte del otro. Se necesitan
de la misma manera que la circulación y la respiración no pueden realizarse aparte del cuerpo humano.
En una iglesia pequeña (entre 100 y 200 miembros) el pastor puede hacer todo el trabajo, pero una
iglesia así no puede ser una iglesia que crece, si esta actitud del pastor continúa presente . Los pastores de
iglesias que crecen, sean pequeñas o grandes, saben como movilizar a sus miembros, como crear
estructuras que les permitan ser activos y productivos y son sabios a la hora de guiarlos en el proceso de
descubrir y desarrollar sus dones espirituales mediante el servicio cristiano. El crecimiento de la iglesia
depende de la capacidad de activar a los miembros que la misma posea.
En los seminarios teológicos y las grandes conferencias mundiales sobre la evangelización, se hace
mucho énfasis en que “hay que liberar a los miembros”. Con esta frase se desea expresar que hay que evitar
el “clericalismo” del pasado y no caer en la tentación de hacer del servicio cristiano una “actividad
profesional”. Un pastor dijo: “ No permitamos a los miembros de la iglesia que nos llamen ministros.
Luchemos para que cada miembro se considere él mismo como un ministro de Dios”. Es que él como
muchos otros pastores se han dado cuenta que vivimos en una época en que los miembros han pasado a ser
un factor prominente en las iglesias. Si los miembros se entusiasman en lo que pueden hacer por Dios y por
su iglesia, no hay límites. Pero, un hecho también digno de ser notado es que un aumento de actividad por
parte de los miembros no siempre significa crecimiento para la iglesia.
Los estudios han demostrado que algunos esfuerzos masivos, bien organizados y financiados para
conseguir la “movilización total” de las congregaciones con el objetivo de evangelizar, han perjudicado antes
que favorecido el crecimiento de la iglesia. No es ningún secreto el motivo por qué ocurre. El mejor
conocimiento de los dones espirituales ha ayudado a identificar los defectos que tienen los esfuerzos por
lograr “la movilización total” de la iglesia para evangelizar.
Durante los años 60, uno de los principios básicos del evangelismo, fue el teorema de Strachan. Este
estudioso del crecimiento de la iglesia en Latinoamérica, sugería:
“... la expansión o crecimiento de cualquier movimiento está en proporción directa
al éxito que se consigue en cuanto a la movilización total de los miembros para
que propaguen de un modo continuado sus creencias”.
Durante una década, en nación tras nación, denominación tras denominación, iglesia tras iglesia, esto
fue intentado. Mucho esfuerzo y dinero se invirtió para alcanzar en forma continua con el evangelio a las
naciones latinoamericanas. Pero los estudios demostraron tres cosas:

1º. En ningún caso se llegó a conseguir una total movilización de los miembros para la obra
evangelística.

2º. No se pudo lograr una movilización continuada en las iglesias y denominaciones que se
involucraron a pesar de que el entusiasmo inicial fue muy alto.

3º. Las estadísticas demostraron que la movilización total no llegó a ser un factor que incrementara
los porcentajes previos de crecimiento de las iglesias.

¿Por qué quedaron frustrados estos esfuerzos?. No fue porque se invocara la imperiosa necesidad de
movilizar a los miembros para la evangelización como un factor necesario para el crecimiento. De ninguna
manera pues, el problema aparece cuando se espera “una propagación continuada de todos los miembros de
las iglesias en el evangelismo”. Este objetivo, por muy noble y espiritual que parezca, es contrario a uno de
los más importantes enseñanzas bíblicas respecto de los dones espirituales. En 1º Corintios 12: 17 dice : “Si
todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído?” Si toda la iglesia se transforma en un evangelista, ¿donde
estarán los otros dones espirituales que son necesarios para hacer efectivos y conservar los resultados del
trabajo que realizan los que tienen el don del evangelismo?.

La Iglesia Celular. Página 3


Pensemos ahora en términos del cuerpo humano. Supongamos que nuestro objetivo es recorrer una
distancia en el tiempo más corto posible. Imaginemos también que tenemos la capacidad de transformar un
miembro de nuestro cuerpo en otra clase de miembro, por ejemplo convertir la nariz en una pierna. ¿Tendría
sentido decir que andaríamos más rápido con cinco piernas que con dos ya que hemos convertido al hígado,
al corazón y al páncreas en tres piernas suplementarias?. Sin el hígado, el corazón y el páncreas el cuerpo no
funciona. Dios ha hecho nuestro cuerpo de tal modo que precisa de una armonía perfecta entre todos los
miembros para que el cuerpo crezca y pueda cumplir con sus tareas.
Y esto es exactamente lo que la Biblia dice acerca de lo que Dios ha hecho con el Cuerpo de
Cristo. En cada una de las tres listas de los dones espirituales del Nuevo Testamento (Ro. 12, 1º Co. 12 y Ef.
4), los dones se colocan en el contexto del Cuerpo de Cristo. Se dice que “... Dios ha colocado los miembros,
cada uno de ellos en el cuerpo, como El quiso”. (1º Co. 12:18). Es decir que cada creyente particular ha sido
colocado en el Cuerpo de Cristo (una iglesia local) según un plano diseñado por el Supremo Arquitecto, y le
han sido dado los dones espirituales necesarios, apropiados para que pueda cumplir con la función específica
(ministerio, servicio, tarea) que le ha sido encomendada. No hay nada en la Biblia que indique que los
cristianos pueden escoger sus dones espirituales. La selección depende de Dios, y la primera responsabilidad
de cada cristiano es descubrir qué dones le ha dado Dios. Naturalmente, en este proceso de búsqueda, cada
miembro descubrirá que dones Dios no le ha dado. Las dos cosas son importantes para el crecimiento de la
iglesia.
La movilización de los miembros para el crecimiento de la iglesia debe comenzar por el
descubrimiento por parte de cada creyente de cuáles son sus dones espirituales. Después de esto, esos
dones deben ser desarrollados y puestos en acción dentro de estructuras o planes eficientes y eficaces. Y esta
es una responsabilidad primaria del liderazgo de cada iglesia local. No importa la función que posean dentro
de la iglesia local (apóstol, profeta, evangelista, pastores o maestros), la tarea fundamental que han recibido
de parte de Jesucristo es: “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo
de Cristo”. (Ef. 4:12). Y esto simplemente significa ayudar a descubrir y desarrollar los dones espirituales.
Es evidente que uno de los dones más necesarios para el crecimiento de la iglesia es el don de
evangelista. (Ef. 4:11-12). Allí se nos dice que el propósito de todos los dones es: “la edificación del cuerpo
de Cristo”. Para muchos la palabra “edificación” significa fundamentalmente edificar en la fe a los creyentes.
Pero también se refiere al acto de añadir más miembros (células) al cuerpo. Y si se añade nuevas células,
significa crecimiento al cuerpo, a la iglesia.
El crecimiento de la iglesia se inicia cuando los creyentes utilizan el don de evangelista. Sin
embargo, no habrá crecimiento si los otros dones no operan simultáneamente. En el cuerpo humano el
útero es el órgano donde se produce la reproducción, pero requiere que la glándula pituitaria esté
sincronizada con él para que ocurran en su interior las transformaciones que harán posible la implantación
del huevo fecundado. Con esta ilustración, lo que se busca es dejar en claro que no todo creyente es un
evangelista. Evangelistas son aquellos que tienen este don. Esta es una de las razones por las que con
frecuencia los esfuerzos por lograr la “movilización total” de la iglesia para la evangelización, han resultado
en fracaso y han causado efectos negativos en el crecimiento de la iglesia, o sea el reverso de lo intentado.
Pero conjuntamente con lo anterior, la iglesia que desea crecer debe grabar a fuego entre sus
miembros que “mientras ser evangelista no es una responsabilidad que debe ser asumida por todo
cristiano, todo cristiano debe sin duda ser un testigo”. Ser un testigo de Jesucristo en la vida diaria, es un
deber que todos los cristianos deben cumplir. De igual manera que el gozo, la paz, la tolerancia, la
benignidad, la bondad no son dones espirituales sino deberes, frutos que Dios demanda que estén en la vida
de todo creyente sin excepción, (Gal 5:22), el ser testigo es un mandato dado a los discípulos de todos los
siglos. (Hech. 1:8).
Ahora bien, para que el crecimiento de la iglesia se produzca en forma permanente, el don de
evangelista debe combinarse con la tarea que realizan los testigos. La pregunta que siempre se hace es la
siguiente: “si no todos los cristianos tienen el don de evangelista, ¿cuántos lo tienen?”. Los estudios
demuestran que en la iglesia evangélica típica, el diez por ciento de los miembros tiene el don de
evangelismo. Hay algo así como una base bíblica que parece respaldar los datos que aportan los estudios
realizados por los especialistas. Cuando Jesús dejó la tierra, dejó a un grupo de unos 120 discípulos
consagrados en la primera iglesia local de Jerusalén. De ellos, escogió cuidadosamente y preparó a un diez
por ciento (los doce apóstoles) para la tarea específica de propagar el evangelio, mientras que los otros 108

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miembros tenían el papel de ser testigos fieles. Y por lo que nos relata el libro de los Hechos lo ejercieron de
un modo magnífico.
Uno de los mayores obstáculos para el crecimiento de la iglesia, es el siguiente: del diez por
ciento a los que Dios les ha dado el don de evangelista, sólo el 0,50 % lo ejercen de un modo activo y
permanente. El otro 9,50 % realmente tienen el don de evangelismo, pero tienen uno de estos tres
problemas:

 Primer Problema: no saben que lo tienen.


 Segundo Problema: ignoran que existe este don.
 Tercer Problema: algunos saben que lo tienen, pero en sus iglesias locales no se les da
la oportunidad o se los capacita para que lo usen. En definitiva no se
los anima a que lo utilicen, a fin de desarrollarlo.

En la mayoría de las iglesias y denominaciones que desean crecer mediante un evangelismo


agresivo llevado a cabo mediante la movilización total de los miembros, la “presión” se ejerce sobre el
noventa por ciento que no tienen el don de evangelista. Esto trae en el corto o mediano plazo un efecto
contraproducente porque desarrolla complejos de culpabilidad innecesarios en la mayoría de los miembros
de la iglesia. La iglesia se llena de cristianos deprimidos porque son incapaces de “evangelizar a los
desconocidos con los cuales se encuentran en la calle; se sienten mal porque ellos no pueden (como los que
tienen el don de evangelista) presentar el evangelio a la cantidad de personas que dichos hermanos testifican.
Y menos aún pueden ofrecer a Dios nuevos creyentes, pues son más sus fracasos que sus éxitos”.
Para que una iglesia local sea próspera, el foco de la atención en la movilización para el
evangelismo permanente, debe dirigirse hacia el 9,50 % de los miembros que teniendo el don de
evangelismo, no lo usan ni desarrollan. Las iglesias que lo están haciendo están creciendo a una tasa
enorme de crecimiento. La razón es simple: si una iglesia moviliza el 10 % de sus miembros que tienen el
don de evangelismo, y si estas personas ganan un solo convertido por año (que no es mucho para una
persona con este don), y el convertido se añade efectivamente como miembro a la misma (gracias al trabajo
realizado por el otro 90 % de los creyentes), dicha iglesia triplicará cada diez años el número de sus
miembros. En términos estadísticos, la iglesia ha de crecer a una tasa del 200 % cada diez años. Esto es lo
que dicen las matemáticas, la fe no dice esto. La fe puede lograr que las cosas resulten mucho mejor.
Sin embargo, muchas iglesias que tienen un programa de evangelismo muy bien estructurado, no
crecen al pasar los años. Se convierten en forma continua nuevas personas, hay bautismos frecuentes y llegan
nuevos creyentes de otras iglesias. Pero, al mismo tiempo hay otros miembros que se van. La puerta de
entrada está abierta, pero muchos salen por la puerta de atrás. ¿Qué es lo que pasa?.

El problema está en el 90 % que no tienen el don de evangelismo. Ellos no están ejerciendo el don o
los dones que les ha sido conferido. El alimento de los nuevos convertidos y el proceso de juntarlos al
cuerpo es tan importante como su conversión en lo que se refiere al crecimiento de la iglesia. Esta es
una tarea que algunos piensan que se realiza en forma exclusiva, por medio del púlpito, de la Escuela
Dominical (también llamadas Clases Bíblicas) o diferentes actividades (por ejemplo, grupos caseros de
estudio bíblicos, encuentros de discipulado, células de comunión, etc.). Pero, la verdad que el proceso de
lograr que una persona se integre a una iglesia local, es el resultado del ejercicio de muchos dones
espirituales. El nuevo cristiano necesita que se le enseñe doctrina, Biblia, pero también consejos, ayuda
material, dirección, oración, compañerismo, etc. Y todos estas necesidades son suplidas por cristianos que
poseen dones espirituales como de servicio, intercesión, conocimiento, pastorado, etc. Y esto es un aspecto
que no siempre se tienen en cuenta a la hora de planificar una campaña de evangelismo o de crecimiento de
una iglesia local o denominación. No se trabaja en forma previa a la ejecución de lo planificado en el tema de
ayudar a los miembros a descubrir y desarrollar sus dones espirituales. Lamentablemente son muy pocas las
iglesias que tienen como uno de sus objetivos primarios el detectar los dones espirituales que posee cada uno
de sus miembros. De esta forma se hace muy difícil que la enseñanza de 1º P. 4: 10 (y otros pasajes
similares), sea una realidad. Es mi convicción de que la función clave del pastor es, no la de evangelizar,
sino la de guiar a sus miembros a descubrir, desarrollar y usar los dones espirituales que Dios les ha
dado. Los lideres que han asumido esta responsabilidad en forma continua, han visto como sus iglesias
crecen.

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La importancia de unir a los que tienen el don de evangelismo con los nuevos creyentes.

La eficiencia del papel de un cristiano como testigo para el crecimiento de la iglesia mediante la
evangelización, disminuye en forma proporcional a la madurez o antigüedad que posea como creyente.
Es decir, se cree que cuanto más conocimiento y años de membresía tenga una persona, mejor instrumento
de evangelización será. Sin embargo, los estudios demuestran que ocurre lo contrario. Cuanto más tiempo
hace que la persona es cristiana, menos personas llegará a evangelizar. Hay por lo menos dos razones por las
cuales se produce este fenómeno.

La primera es muy simple: cuanto más antiguo una persona es cristiana, menos contactos
tiene con los no cristianos. Al empezar su nueva vida espiritual, el cristiano se centra en las actividades de
la iglesia local. Sin darse cuenta se envuelve con ella más y más. La mayor de su tiempo libre lo pasa con
otros cristianos en el culto y actividades religiosas. Sus nuevos amigos son en su mayoría cristianos. A los
dos o tres años, sus antiguos amigos ya saben que es un creyente evangélico. El les ha hablado de Jesús en
reiteradas oportunidades, algunos han aceptado a Cristo, otros han decidido no hacerlo. En definitiva, quedan
pocas posibilidades de hacer conocer a Cristo a personas de su círculo de relaciones.

El mismo principio se aplica a los descendientes de evangélicos. Los hijos de padres creyentes, que
han sido criados en una iglesia evangélica, tienen un número relativamente pequeño de amigos que no
pertenecen a la iglesia, y por lo tanto su potencial para actuar como testigo, es muy reducido.

La segunda razón ya no es tan simple de ver: el crecimiento espiritual trae una mayor
separación con los no cristianos. El potencial evangelístico de un creyente con respecto a sus amistades va
disminuyendo a medida que el cristiano se “va separando de las cosas del mundo, de los deseos de la carne,
de la vanagloria de la vida” (1º Jn. 2:15-16). A medida que este proceso se desarrolla, la brecha entre los
cristianos y sus amigos no salvos, se va haciendo más ancha, hasta que en algunos casos queda muy poco en
común para relacionarse en un nivel personal. Por ejemplo, ya no va a bailar, ya no toma whisky, no relata
cuentos verdes, no dice las mala palabras que todos utilizan, etc. En definitiva, su forma de ser y divertirse es
“aburrida” o “acusativa” para los no cristianos. Y lógicamente, esto no favorece al proceso de evangelizar o
ser testigo.

Todo lo anterior no significa que los cristianos antiguos tienen ahora una explicación verdadera para
justificar su negligencia en cuanto a su deber de ser testigo de Jesucristo en la vida diaria. Ellos son culpables
de no saber utilizar las oportunidades para conducir a otros al encuentro con Jesucristo que siempre se
presentan en la vida diaria. Todo cristiano debe estar preparado y alerta para aprovechar las
“circunstancias”, las “citas personales” que el Espíritu Santo prepara para que una persona escuche el
mensaje de salvación. Aquí es donde resulta de mucho valor que las personas que no tienen el don de
evangelistas, sepan utilizar herramientas ingeniosas como las Cuatro Leyes Espirituales o Evangelismo
Explosivo. Cuanto más sepan los cristianos antiguos usar este tipo de herramientas en conjunción con su
papel de testigo, mejor.

Resumiendo entonces podemos decir que no se puede construir una estrategia para el
evangelismo y el crecimiento de la iglesia a partir del contacto que generan los antiguos cristianos en
sus vidas diarias. El potencial más elevado para el evangelismo a través del papel de los testigos que se
congregan en una iglesia local, procede de los nuevos convertidos. Ellos todavía conservan los puentes
naturales tendidos entre sus amigos y parientes no salvos. Esto explica el porque una iglesia que no tiene
nuevos convertidos, ve que el número de las decisiones descienden rápidamente, hasta que casi desaparecen.

El mayor potencial para el evangelismo eficaz se origina cuando se combina el diez por ciento
de los cristianos maduros que tienen el don de evangelismo con los convertidos que tienen menos de
tres años, en un programa planeado y diseñado para lograr el crecimiento de la iglesia. Si a este grupo
se lo pone junto con el otro noventa por ciento que conocen y usan sus otros dones espirituales, se consigue
esa clase de movilización que produce el crecimiento continuo de la iglesia local. Esto explica el porque
muchas iglesias crecen después de haber participado en una campaña de evangelización unida. Si se
investiga, se verá que en forma previa, hubo un buen número de nuevos creyentes que fueron añadidos en los
meses anteriores.

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Segundo Principio: El crecimiento debe ser integral.

Cuando se habla acerca del tamaño de las iglesias muchas veces el tema se presta a discusiones entre
los pastores y líderes de las iglesias locales. Algunos cristianos cuando oyen acerca de los escándalos
financieros y morales que se produjeron con los pastores de algunas “super iglesias”, entran a generalizar y
afirman que las iglesias grandes son peligrosas porque el orgullo y la riqueza que ellas producen, destruyen a
la vida espiritual de los que las dirigen. Otros afirman que las iglesias grandes no pueden satisfacer las
necesidades espirituales de las personas que asisten, pues es imposible que un pastor pueda visitar, cuidar,
orar por cada uno de las cinco o seis mil personas que asisten a los cultos. El error en este caso, radica en que
esta opinión esta basada en una concepción estrecha acerca de la función que le corresponde al pastor o
liderazgo de una iglesia local. La gente se hace miembro de una iglesia y permanece en ella, siempre y
cuando esa comunidad le de respuesta a las necesidades que posee. Cuando la iglesia no llena dichas
necesidades la gente deja de concurrir a los cultos o pide el traslado a otra.

La controversia entre iglesias grandes e iglesias pequeñas es falsa. La razón de ella es que las
iglesias pequeñas son lo suficientemente grandes para cubrir las necesidades de algunas personas o grupos
familiares. De igual forma, sólo las iglesias grandes satisfacen las necesidades que otra clase de gente
requiere.

Algunos se sienten más a gusto en una iglesia pequeña. Necesitan sentirse entre gente conocida. Les
agrada sentir que se les necesita y que se les hecha de menos cuando no asisten. Les gusta creer que la iglesia
no sería la misma sin ellos como miembros.

Otros tienen una mentalidad distinta. Necesitan sentirse parte de “algo grande”. Ellos
emocionalmente requieren ver que la gente hace “cola” para entrar a los cultos, que las calles se
congestionan por los vehículos, que las alabanzas son elevadas por cientos de voces acompañadas por una
orquesta con decenas de músicos. Para algunos, el éxito de un ministerio está identificado con la cantidad de
personas que presencian los cultos. Por otro lado, muchos miembros de iglesias grandes, aprecian la
oportunidad que las iglesias grandes les ofrece de permanecer en el anonimato mientras asisten a los cultos.
No les gusta que hermanos desconocidos les hablen y les interroguen acerca de cómo andan. Ellos prefieren
escoger a sus amigos y no que los amigos le sean prácticamente impuesto por la cercanía que
inevitablemente se produce en una iglesia pequeña. Este tipo de personas, prefieren una iglesia grande. Es
interesante que un porcentaje significativo de las personas que asisten a una iglesia grande viven en edificios
de departamentos.

Por todo lo anterior y otras razones que no vienen al caso, es evidente que para que el Reino de Dios
continúe creciendo, le hacen falta tanto iglesias grandes como iglesias pequeñas. La expresión de Hechos
2:47: “ y cada día se añadían a la iglesia, a los que iban siendo salvos ” debe ser una constante de toda
congregación independientemente de su tamaño. En otras palabras, toda iglesia (sea grande o pequeña)
debe crecer.

Sin embargo, es evidente que las iglesias grandes en cuanto a los números de asistentes, tienen
ventajas.

a. En primer lugar, sin excepción, todo pastor de una iglesia grande, lo fue primero de una
iglesia pequeña. Esto implica que ellos conocen las dos realidades: la de experimentar lo que se
siente al pertenecer a una pequeña congregación y lo que una iglesia grande permite lograr
cuando su tamaño es considerable.

b. Las iglesias grandes pueden hacer prácticamente todo lo que puede hacer una iglesia
pequeña. No sucede lo mismo con una iglesia pequeña. Una iglesia siempre será muy pequeña a
la hora de hacer algunas cosas. Por ejemplo, si tiene cien miembros y es normal en cuanto a su
composición, con toda seguridad no podrá tener un vigoroso grupo de solteros mayores a 30
años. Pero si el tamaño de la congregación es de 3.000 personas, lo más probable es que exista la
suficiente cantidad de adultos en cada grupo de edad como para encarar distintos programas. De
igual forma, una iglesia grande como la del pastor Yonghi Cho que tiene 1.000.000 de miembros
con cultos dominicales de 70.000 asistentes, puede organizarse para proveer del ambiente
familiar que toda persona necesita para crecer espiritualmente.
La Iglesia Celular. Página 7
c. Las iglesias grandes tienen más recursos a los cuales acudir a la hora de evangelizar. Una
iglesia de 1.000 personas tiene capacidad para tener un coro de niños, uno de jóvenes, uno de
adultos funcionando simultáneamente con un grupo de teatro y otro de mimos. Es evidente que
una iglesia pequeña, no. De igual manera una iglesia grande tiene más posibilidades de poseer
espacios pagos en televisión que una pequeña. Ninguna iglesia pequeña de cincuenta miembros
(salvo que todos sean millonarios) puede enviar a Europa, veinte misioneros. Y así
sucesivamente.

d. Las iglesias grandes tienen capacidad financiera para ampliar las instalaciones físicas, a
medida que el crecimiento lo va demandando.

Pero todo lo anterior no responde a la pregunta central que es esta: ¿Cuándo una iglesia
puede ser considerada grande o que esta creciendo?.

“Una iglesia puede ser considerada grande o que está creciendo, cuando
está ganando a personas no cristianas en forma permanente; cuando por
medio de sus actividades satisface las necesidades de las personas que
asisten a sus cultos y cuando se reproduce plantando nuevas iglesias
tanto entre gente de su propia cultura o de otras culturas”.

La definición anterior tiene cuatro conceptos centrales que sirven para medir el crecimiento de la
iglesia.

a. El concepto de Crecer Internamente : incluye todo lo que ocurre entre los creyentes que se reúnen en
una iglesia local. Abarca el crecer en cuanto a la calidad y profundidad de los cultos, el grado de
madurez espiritual de sus miembros, el crecimiento en el ejercicio de los dones espirituales que poseen,
el mejoramiento permanente de la organización de sus distintos departamentos o ministerios, la creación
de nuevas áreas de servicio y/o de capacitación, etc.

b. El concepto de Crecer Numéricamente: implica que una iglesia local se está haciendo grande cuando
continuamente crece en el número de los asistentes no cristianos a sus cultos y añade a su listado de
miembros nuevas personas que no son hijos ni nietos de evangélicos. Significa en otras palabras, que la
iglesia se está haciendo grande gracias a la evidencia estadística que demuestra que sus bajas son
menores que sus altas y que el crecimiento numérico (en un periodo de tiempo determinado) es superior
al crecimiento vegetativo.

c. El concepto de Expandirse: incluye el hecho de dar a luz nuevas iglesias. Una iglesia es grande o está
creciendo cuando no solamente aumenta en cuanto al número de asistentes o miembros que asisten a los
cultos de su templo, sino que genera nuevas congregaciones. Este implantar nuevas iglesias (con o sin
sus templos) puede ser en el ámbito geográfico de la ciudad donde está la iglesia (un barrio), en la
provincia o en el país. Pero una iglesia que crece o es grande, siempre genera nuevas iglesias dentro de
su propia cultura.

d. El concepto de Cruzar Culturas: abarca también el “plantar iglesias”, pero ahora en medios culturales
distintos a los que posee la “iglesia madre”. Una iglesia grande o que está creciendo “cruza puentes
culturales” para llevar el mensaje de Jesucristo.

Todo lo anterior nos permite medir el crecimiento de una iglesia en una forma integral. Muchas iglesias
son grandes internamente pero insignificantes a la hora de crecer numéricamente. Tienen una extraordinaria
calidad de organización, profundidad en la enseñanza bíblica de sus miembros, y un altísimo grado de

La Iglesia Celular. Página 8


amistad, compañerismo y/o servicio entre sus asistentes. Pero muy esporádicamente incorpora nuevas
personas. Ellas prefieren calidad a cantidad. Otras por lo contrario crecen numéricamente en una forma
extraordinaria pero se empequeñecen internamente, su crecimiento interno disminuye en forma directa y
proporcional al número de asistentes o bautizados que incorpora a su nómina de miembros. Ellas sacrifican
calidad por cantidad. Un tercer grupo de iglesias ha logrado crecer en forma simultánea y continua tanto en
forma interna como numérica. Su presupuesto y organización es cada vez es más grande y compleja. Pero su
vista se centra en agrandar el templo y no en plantar nuevos lugares de predicación del evangelio. Ellas
prefieren “engordar” en vez de someterse a dieta a fin de generar iglesias hijas en los barrios o ciudades
donde hay oportunidades de implantar nuevos templos. Y para finalizar, existe un grupo de iglesias que
creciendo internamente, añadiendo nuevas personas a su nómina de miembros, descuidan las oportunidades
de expandirse con nuevas iglesias hijas, porque su objetivo es “cruzar la mayor cantidad de puentes
culturales” para llevar el evangelio a los que nunca lo escucharon. Ellas han tomado la decisión de no perder
el tiempo repitiendo el mensaje a los que ya lo escucharon cientos de veces, no están dispuestas a invertir
dinero en comprar terrenos y edificar nuevos templos. Prefieren concentrar sus esfuerzos, dineros y personal
en llevar la Palabra a gente que nunca tuvieron la oportunidad de oír acerca del amor de Jesucristo en su
propio idioma y dentro de su propia cultura.

Es evidente que nuestras simpatías en forma general irán hacia el último grupo de iglesias. Pero desde un
punto de vista estricto, el crecimiento de esas iglesias no es integral. Crecen pero lo hacen de una forma
anormal. Es como aquel ser humano que crece física, intelectual, emocional y espiritualmente, pero no llega
a reproducirse o a engendrar nuevos hijos. Es incompleto, le falta crecer en un aspecto fundamental de la
experiencia humana. O aquel que engendrando hijos en forma continua, en su nivel emocional e intelectual
sigue siendo un niño.

En conclusión:

“... una iglesia está creciendo cuando puede demostrar que su


crecimiento responde satisfactoriamente a los cuatro criterios de
evaluación que hemos presentado. De igual forma una iglesia es
grande cuando tiene capacidad de crecer en forma continua y
simultánea tanto en forma interna, numérica, en el número de”
iglesias hijas, nietas, bisnietas y tataranietas” que engendra y en el
número de “puentes culturales” que sus miembros han cruzado
parta cumplir con el mandato de ser testigos en Jerusalén, Judea,
Samaria y hasta lo último de la tierra”.

La Iglesia Celular. Página 9


Tercer Principio: Hay que lograr un equilibrio entre la necesidad de Celebrar,
Congregarse y ser Células.

1º. Para crecer hay que aprender a orar, pensar y trabajar para que cada reunión en el templo,
sea una Celebración.

Comencemos por entender lo que significa “Celebrar”. Con esta palabra queremos decir lo que algunos
entienden por reunirse para celebrar “un culto” o unirse para “adorar” a Dios en un lugar. La mayoría de las
veces se asocia el “celebrar” con lo que acontece en el culto central de cada iglesia local el día domingo. En
esa ocasión los cristianos se juntan ansiosos para estar "junto a Dios", de vivir esa experiencia especial que
deseo llamar “celebrar” y no adorar. No deseo utilizar la palabra adorar porque adorar uno puede hacerlo en
forma individual en la soledad de su pieza, en el ambiente reducido de un auto o frente a la imponente
presencia de una montaña. Pero para “celebrar” uno indefectiblemente debe estar junto a otros. Y en este
sentido, el número de los que asisten a una “celebración” si tiene que ver con la calidad de la experiencia.
Todo asistente a un espectáculo deportivo sabe que no es la misma vivencia la que transmiten 75.000
personas reunidas en un estadio que 500 en esos mismos asientos. Todos los sociólogos pueden explicar que
existen ciertas leyes del comportamiento colectivo que operan de un modo distinto según los grupos de las
personas sean pequeños o grandes.

Dios siempre ha querido que su pueblo goce asistiendo a una serie ininterrumpida de “festivales”.
Por ejemplo, en la Biblia vemos que por orden divina, no solo había un día determinado a la semana (el
sábado) para cantar, leer las Escrituras, orar, comer juntos. En forma muy meticulosa existían ordenes
expresas de parte de Dios de que los dirigentes religiosos vigilaran que se celebraran varios “festivales”
anuales: la Fiesta de los Tabernáculos, la Fiesta de la Pascua, la Fiesta de Pentecostés, la Fiesta de la
Expiación, etc. Es que siempre ocurre algo bueno cuando el pueblo se reúne a festejar.
Por otro lado vemos que el Templo fue un instrumento para que Israel “festejara”. Todo su diseño
fue realizado para permitir que multitudes pudieran estar presentes al mismo tiempo buscando a Dios y
viendo como otros hacían lo mismo. Esa es la explicación del porque la historia registra que en los grandes
“festivales” judíos llegaban a “juntarse” hasta un millón de personas para celebrar el Festival de la Pascua.
En nuestros tiempos, las iglesias evangélicas hemos “substituidos” los festivales judíos con otros tipos de
actividades. Por ejemplo, las grandes campañas unidas de evangelización, las conferencias anuales de cada
denominación, etc. Es que las buenas celebraciones (festivales), requieren de mucha gente para que los
participantes las vivan como interesantes y atractivas.

Lamentablemente, en un gran número de iglesias (pequeñas o grandes), el culto del domingo se


parece más a un funeral que a un “festival”. Y con esto no quiero decir que la adoración de tales hermanos
sea falsa. He estado en verdaderos “funerales” donde los asistentes eran excelentes ejemplos de consagración
y fidelidad a Dios. Pero soy honesto, nunca hubiera invitado a mis amigos no cristianos a concurrir a esos
“funerales”. Es que a los no creyentes no les gustan los “funerales”. Y esta es una de las razones por las
cuales algunas iglesias han permanecido pequeñas aunque tengan decenas de años de existencia. Cuando
viene una persona nueva y ve que un “grupo pequeño” canta desafinado acompañado con una guitarra, una
pandereta o un viejo órgano, no le parecerá interesante dicha “fiesta”. Sin embargo, cuando una iglesia
(independientemente de sus recursos y número de miembros) se preocupa por planear y trabajar para que
cada culto sea una verdadera “fiesta”, la cosa cambia. Es que un buen servicio de adoración no ocurre en
forma espontánea. Hay que orar, pensar y esforzarse para que durante 52 veces al año (por lo menos) las
personas regresen a sus casas sintiendo que han tenido una reunión importante con el Dios Todopoderoso, y
que a causa de asistir a dicho “Festival Divino”, ya no son iguales.

Lo anterior estaría incompleto si no dijéramos lo siguiente: “con toda la habilidad del mundo
concentrada en un equipo dedicado a planificar y conducir la adoración, no logrará que una persona
determinada tenga un encuentro con Dios si ella misma no pone algo de su parte”. Las Celebraciones de
la iglesia no son calles de una sola mano. Los pastores de las iglesias que crecen han aprendido a motivar y

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entrenar a sus miembros y asistentes a ser partícipes en la adoración. Los miembros de las iglesias exitosas
(desde el punto de vista del crecimiento) no se sienten “invitados” a adorar, sino participantes activos. Por
eso pueden decir a sus amistades no cristianas: “¿Por qué no vienes a la iglesia conmigo?. Doy mi palabra de
que te va a gustar”. Es que estar en una fiesta siempre resulta agradable.

2º. Para crecer una iglesia debe tener muchos encuentros, células.

Si bien es cierto que toda iglesia que crece tiene una muy buena forma de realizar sus celebraciones
(cultos), el tener una buena celebración por sí sola, no garantiza que dicha iglesia sea sana o próspera. Para
que una iglesia crezca debe aprender a distinguir entre “celebrar” y “congregarse” en grupos pequeños.

La distinción entre “celebración” y “congregación” es fundamental para el crecimiento de la iglesia.


Algunos pastores evitan hacer de los cultos una “gran fiesta organizada” porque sostienen que lo
verdaderamente importante en la iglesia es que los hermanos tengan comunión unos con los otros. Ellos no
consideran que sea bueno para la vida espiritual el ser un participante anónimo de una fiesta con mil
personas en un mismo lugar. Para ellos “adorar” y “tener comunión con los hermanos” están íntimamente
unidos. Tal es así que algunos incluso creen que para facilitar el contacto visual, en la iglesia hay que
sentarse en círculos y no en hileras. El pastor de tales iglesias por lo general prefiere no subirse a un púlpito,
sino hablar rodeado de su gente.

Es nuestro convencimiento que el contacto visual y la comunión estrecha entre los asistentes, son
imprescindible para que la iglesia crezca. Pero se debe dar en la “congregación” o en la “célula” no en la
“celebración”. El que nadie me conozca por mi nombre y apellido en un verdadero culto de adoración no me
es obstáculo para salir transformado. El hecho de que no conozco a los que se sientan delante o atrás de mí,
no tiene porque afectar el interés que pongo en lo que está pasando. Yo no voy al culto del domingo para
ensanchar mi círculo de amigos, a dialogar, a que me “ministren”. Mi objetivo para concurrir a la
“celebración” es encontrarme con Dios, porque esto, en último término me afecta a mí.

Sin embargo, una gran cruzada evangelística de Luis Palau, Carlos Annacondia o Benny Hill no
pueden considerarse una iglesia a pesar de que la reunión, el culto sea una verdadera “fiesta”. Una iglesia
existe cuando al lado de la “celebración” existe la “congregación”.

El reunirse para “congregarse” es fundamental para el crecimiento porque es allí donde se pierde el
anonimato. En los grandes cultos de “celebración”, si dejo de asistir durante dos o tres semanas, nadie lo
advierte. Pero si dejo de concurrir dos o tres veces seguidas a mi “encuentro o célula”, con toda seguridad
alguien me va a llamar por teléfono o me va a visitar en casa para saber qué me pasa. Y este hecho de que
alguien se preocupe por mí, me hace mucho bien. En lo profundo de todo ser humano existe la necesidad de
que otros lo conozcan por su nombre, le demuestren que los demás de su grupo, tienen interés en él. Y esta
necesidad solo se satisface cuando la iglesia se reúne en grupos pequeños.

Los sociólogos los llaman “círculos de comunión o de compañerismo”. En las iglesias que tienen
100 a 200 miembros, el “grupo de comunión” y el que se reúne para “celebrar” suelen ser el mismo, por eso
es fácil reconocer a un “extraño” cuando ingresa al templo. Es que ellos se conocen visualmente muy bien. Y
por ello, enseguida notan cuando alguien falta seguido a los cultos. La cosa cambia cuando el grupo crece en
forma continua o ya es grande. Cuando el contacto visual se ve dificultado por la cantidad de asistentes o la
celebración de dos o tres cultos sucesivos en la misma franja horaria, las iglesias que crecen se estructuran
para poder “congregarse”. La forma más común de estructurarse para “disfrutar de la comunión de los unos
con los otros” en nuestras iglesias latinoamericanas, es la clase de la Escuela Dominical, la reunión de
jóvenes, de damas o varones. Pero puede tomar otras formas también. En las grandes ciudades, algunas
iglesias se han estructurado reuniendo a los miembros que son vecinos entre sí en un mismo barrio. Otras se
han dividido según las áreas de servicio, por eso existen: el grupo del coro, el de evangelismo, el
departamento de misiones de la iglesia local, el equipo encargado de las horas felices, el ministerio de los
boy scout o de visitar a los hospitales. Ellos no sólo se reúnen para planificar lo que van a hacer durante la
semana, sino para orar los unos por los otros. Es decir, que en muchas maneras, estos “pequeños grupos”
dentro de la “gran iglesia” funcionan como “mini iglesias”. Esta “descentralización del poder y funciones del
pastor” en los responsables de los “grupos de comunión o servicio”, es el motor del crecimiento.

La Iglesia Celular. Página 11


La experiencia de las grandes iglesias que continúan creciendo, confirman lo anterior hasta el grado
de que casi se puede enunciar una ley:

“ ... si una iglesia multiplica de un modo sistemático, planeado, deliberado, la


cantidad de células, grupos de comunión o de servicio que posee, con toda
seguridad su crecimiento será superior al que no lo hace”.

Los que aceptan esta ley enseguida preguntan: “¿Y cuál es el tamaño óptimo de una célula o grupo
de comunión?”. La respuesta es la misma que dimos en cuanto nos referimos al tema del tamaño de una
iglesia para ser considerada grande o pequeña. El número máximo de asistente a partir del cual hay que
volver a dividir a la “congregación, encuentro o célula”, está determinado por su propósito . En un
partido de fútbol, los equipos tienen que tener cada uno, once jugadores. Si cada equipo presenta 24
jugadores, va a haber problemas. Pero esos mismos 24 integrantes que juegan cómodamente en la cancha de
River, para jugar un partido de fútbol cinco en una cancha cerrada, son una exageración. Hay que dividirlos
en cuatro equipos de seis personas para que anden bien.

Sin embargo, creo que lo realmente importante no es tanto el establecer un número, sino en tomar
conciencia que el crecimiento de la iglesia acontece cuando a las “células, encuentros o grupos de
compañerismo” se los crea y capacita para autogobernarse. Hay una realidad que ilustra lo que quiero
decir. Todos sabemos lo inútil que resulta ir a una asamblea donde los miembros habilitados para votar son
3.000 o más personas. Allí uno no va a dar su opinión o punto de vista. Simplemente va a apoyar o rechazar
lo que “otros” ya han decidido o planificado. Es imposible que 3.000 personas sean invitadas a dar su
opinión. Por ello, casi todo el mundo se queda en su casa a la hora de votar cosas administrativas. Y si creen
que esto no es así, pregunten a los pastores bautistas de las iglesias grandes cuál el porcentaje de asistencia a
sus asambleas administrativas. Pero, desde el punto del crecimiento, lo importante no es el participar en
las decisiones sino en la libertad para ejercitar el don espiritual que cada integrante de la célula ha
recibido. Y esto no significa que estemos sugiriendo que el “pastor principal” vea disminuido su poder o
área de influencia. En realidad, es todo lo contrario. Lo que estoy sosteniendo es que esta manera de
“descentralizar” el ejercicio de los dones espirituales a través de los grupos de encuentros, es una forma de
fortalecer la vida de la iglesia y el ministerio del “pastor principal”. Es como sucede con las barras de hierro
cuando se unen con el cemento para formar el hormigón armado. Todo se ve reforzado y contribuye a que el
edificio siga construyéndose sólidamente.

Otra forma de expresar lo anterior es pensar que las células son el instrumento por el cual las
iglesias grandes logran brindar “compañerismo y calidez” en medio de una civilización urbana que se
caracteriza por ser aislada y fría. Puedo ser conocido por mi nombre de pila si asisto a una iglesia de cien
personas. Pero con el hecho de que sepan mi nombre, me den un apretón de mano o me digan “Dios te
bendiga”, no me basta. Necesito que alguien llore conmigo, que se alegre por lo que yo me alegro. Todos los
seres humanos necesitamos que alguien entre en las capas más profundas de las necesidades. Algunos
tenemos muchos amigos, otros muy pocos. Infinidad mueren suspirando por encontrar un pequeño grupo
donde hallar por lo menos uno. Por ello,

“ ... en este tercer milenio el desafío es que los pastores ayudemos a los miembros
y asistentes a nuestras iglesias a establecer contactos unos con los otros. Nuestra
principal preocupación debería ser que ninguna persona que entra en nuestra
iglesia, regrese a su casa con el sentimiento de que nadie se interesó por él.
Nuestra misión es lograr que nuestra iglesia esté estructurada de tal forma que
toda persona sienta que es envuelta por el amor y el interés demostrada por otros
que son semejantes a él ”.

Y la única forma de lograrlo es a través de la institucionalización deliberada de un sistema de


encuentros, células o grupos de compañerismo. El nombre es lo de menos. Y el que tenga duda sobre esto, lo
invitamos a conversar a pastores de nuestra ciudad que durante años tuvieron congregaciones de 100 a 250
personas y que aceptando el desafío anterior, decidieron “descentralizar el poder” mediante las células o
encuentros. Hoy el que menos ha crecido tiene 600 personas en dos años.

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CUARTO PRINCIPIO: Hay que organizarse a fin de poder cumplir con los cinco propósitos
por los cuales la iglesia fue creada.

Hay que ayudar a la iglesia a descubrir los propósitos que según el Nuevo Testamento son la razón
de su existencia. Según Jesucristo existen cinco tareas que la iglesia debe llevar a cabo.

Propósito Nº 1: “Amar al Señor con todo su corazón”.

Podemos intentar resumir el significado de amar en dos pasajes. Uno es el de Mateo 4:10. Adorar y
luego servir es la evidencia de uno que ama. Adorar es expresar a Dios nuestro amor. A través de todas las
Escrituras se nos manda celebrar la presencia de Dios. Hay que enseñar a expresar el amor a Dios. Y el otro
aspecto de amar es el que se relaciona con la practica de la justicia, de hacer el bien. Pasajes como el de
Miqueas 6:8 lo dejan en claro. La iglesia debe aprender a organizar sus actividades de tal forma en que
cualquier reunión o actividad de oportunidad para que los que asistan puedan expresar su amor a Dios
sin muestras de rebeldía.

Propósito Nº 2: “Perfeccionar a los santos”. Colosenses 1:28

En la mayoría de las iglesias el tiempo se ocupa en tener reuniones. Los creyentes fieles se los define
como aquellos que asisten al templo en lugar de servir a las necesidades. Sin embargo, la iglesia existe para
ministrar a la gente, para satisfacer sus necesidades. Las necesidades son de toda clase: espirituales,
emocionales, sociales, físicas, económica, etc. Las actividades que se realicen siempre deben ser pensadas en
función de las necesidades de “perfeccionamiento” de los que concurren y no de la institución. Toda
actividad debe contribuir al crecimiento integral de las personas.

Propósito Nº 3: “Evangelizar en la vida diaria”.

La iglesia existe para comunicar las buenas noticias. Somos embajadores de Cristo que suplican que
el hombre rebelde se ponga en paz con Dios. La palabra “id” es un verbo griego que está en presente
continuo y que debería traducirse como “mientras ustedes están yendo”. La idea es que cada cristiano debe
aprender a compartir las buenas nuevas a donquiera que vaya. Algún día, cada uno de los que asisten a la
iglesia tendrá que dar cuenta a Dios con respecto a cuán seriamente cumplió con su responsabilidad de “ir”.
La iglesia es la responsable de capacitar a los miembros para que sean testigos en la vida diaria.

Propósito Nº 4: “Incorporar nuevas personas al cuerpo de Cristo”.

En los textos de la gran comisión de Mt 28:19-20, Mr. 16:165, Lc. 24:47-49 y otros hay tres verbos
en presente continuo: yendo, bautizando y enseñando. Cada uno de estos verbos forma parte del
mandamiento de “hacer discípulos”. Enseñar a evangelizar en forma continua, bautizar y enseñar son los tres
elementos esenciales del proceso de discipulado. La Gran Comisión le da la misma importancia al acto del
bautismo que a las “grandes” tareas de evangelizar y enseñar. ¿Porqué para Jesús es tan importante el
bautismo que lo incluyó en la Gran Comisión?. Porque como cristianos somos llamados a “pertenecer” a un
pueblo, no sólo a creer. Dios nos ha diseñado para vivir en familia, como parte de un cuerpo no como un
llanero solitario. El bautismo no es sólo el símbolo de la salvación sino también el símbolo de la
incorporación de una persona al Cuerpo de Cristo. Cuando un “bebe espiritual” se bautiza, le damos la
bienvenida a la comunión de la familia de Dios. Les expresamos en forma simbólica que ya no está solo que
ahora tiene un grupo de hermanos que está para apoyarlo y que al mismo tiempo él debe estar dispuesto a
apoyar en sus necesidades. Eso es lo que dice Ef. 2:19. La iglesia existe para lograr que cada día se
incorporen nuevas personas al Cuerpo de Cristo. La iglesia debe organizarse a fin de facilitar la mayor
incorporación de personas a su membresia activa.

Propósito Nº 5: “ Discipular “.

La iglesia existe para ayudar a las personas a que se parezcan más a Cristo en sus pensamientos, en
sus sentimientos y en sus acciones. Este proceso comienza cuando una persona nace de nuevo y continúa a lo
largo de toda su vida. El discipulado es un proceso que tiene un comienzo pero no tiene un final. Nunca un
cristiano puede decir: “yo ya terminé el discipulado”. Siempre uno es discípulo independientemente de la

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función que ocupe dentro de la estructura eclesiástica. Es responsabilidad de la iglesia desarrollar a las
personas para que lleguen a la madurez espiritual. Esta es la voluntad de Dios para cada creyente según Ef
4:12-13. La iglesia debe organizarse a fin de que la transferencia de vida y de conocimiento se produzca
hasta que el Señor venga a buscarnos.

Es decir que una iglesia debe definirse a sí misma de esta manera:

“Existimos para traer personas a Jesús y hacerlas miembros de su


familia, desarrollándolas para que alcancen la madurez espiritual
pareciéndose a Cristo y equipándolas para que puedan cumplir con
su ministerio en la iglesia y misión en el mundo de tal manera que
traigan buena fama al nombre de Dios”.

En esta definición cada uno de los propósitos producen resultados que pueden medirse. Cada acción
realizada para cumplir con los cinco propósitos tiene una respuesta a la pregunta: ¿Cuántos?. Por ejemplo:
¿Cuántas personas han reconocido a Jesucristo como Señor y Salvador?, ¿Cuántas nuevas personas se han
bautizado?, ¿Cuántas personas están demostrando madurez espiritual en los grupos de discipulado?,
¿Cuántos discípulos han ganado personas para Cristo?, ¿Cuántos discípulos están desarrollando sus dones
espirituales y capacidades naturales?, ¿Cuántos nuevos asistentes frecuentes se han incorporado a la iglesia?.
Estas preguntas y otras similares permiten medir nuestro éxito en cuanto al cumplimiento de los cinco
propósitos por las cuales existimos como iglesia.

Es evidente que para que los cinco propósitos puedan ser una realidad, ellos deben estar acomodados
en un proceso de secuencia que pueda ser puesto en práctica todos los días. Los propósitos necesitan un
proceso a fin de que sean cumplidos. Si no existe dicho proceso, lo único que se tiene es una definición
teológica que suena bien, pero no produce nada. Para establecer el proceso de secuencia inevitablemente uno
debe entrar a organizar. Ahora bien, se corre el peligro de que le iglesia se concentre en la creación y
desarrollo de programas en lugar de dedicarse a hacer crecer a las personas por medio del proceso. Lo que
hay que lograr es poner en marcha un proceso para desarrollar discípulos y mantenerse pegado en forma
constante a él. La constancia frente al propósito es el secreto del éxito.

Para organizar el proceso hay que incluir cuatro pasos: traer a las personas, edificarlas, prepararlas y
enviarlas. Hay que concentrarse solamente en ganar, consolidar, discipular y enviar a fin de alcanzar el éxito.
Debemos diseñar un proceso que permita:

1º. Que cada asistente en forma espontánea y diaria alcance a sus relaciones,
2º. Que dichos “bebes espirituales” se incorporen a la iglesia como miembros y,
3º Que acepten voluntariamente que se los discipule a fin de que sean maduros espirituales y,
4º. Puedan ser enviados para cumplir con la obra del ministerio como misioneros de Jesucristo al
mundo no cristiano.

Esto no debe ser dejado al azar ni a la improvisación. Estos propósitos no son solamente metas
teóricas, intelectuales, son la razón de existir de la iglesia de Jesucristo. El apegarse a ellos y diseñar un
proceso brinda dirección, límites y fuerza motivadora a los que participan.

La Iglesia Celular. Página 14


QUINTO PRINCIPIO: “Hay que concentrarse en entrenar a líderes”.

Para la ejecución del proceso que permitirá una multiplicación espontánea y explosiva, uno debe
dejar de ejercer un liderazgo enfocado en uno mismo y pasar a uno cuya razón de ser sea el entrenamiento de
nuevos líderes.
Moisés tenía un problema con el liderazgo muy similar al de muchos pastores. El era un líder fiel y
responsable, pero se estaba consumiendo ante la magnitud de la tarea. La responsabilidad de llevar él solo el
ministerio comenzó a pesarle y cansarle. Finalmente su suegro Jetro, lo persuadió a entregar algunas de sus
responsabilidades a hombres capaces que podrían supervisar grupos de 10, 50, 100 y 1000. (Ver Ex 18:21).
La responsabilidad principal de Moisés, a partir de este momento y según el versículo 20, sería la de
mostrarles el camino por donde deberían andar y lo que habrían de hacer. En otras palabras, al levantar
líderes. Moisés podría supervisar con más eficiencia a los tres millones de personas que él tenía que guiar
hacia la tierra prometida y aún tener tiempo para lidiar con los casos que para los demás eran imposibles de
supervisar.

El Dr. Yonggi Cho se vio obligado a descubrir la importancia de formar líderes para ejecutar una
estructura celular como resultado de una crisis de su salud. Luego que sus diáconos varones rehusaran
ayudarlo a cumplir con sus responsabilidades pastorales, les pidió a las damas que lo ayudaran y que como
cuenta la historia, sí lo apoyaron. Ahora, toda la obra que desarrolla la iglesia más grande del mundo, se hace
por medio de decenas de miles de líderes de células. Lo mismo acontece con la iglesia del pastor Castellano
en Colombia quien por medio de su sistema celular basado en el modelo de los doce, ha podido multiplicarse
hasta ser una iglesia de cientos de miles de personas.

Por supuesto que existen algunas trampas o peligros cuando uno decide delegar en otros líderes. Pero
ellas se pueden enfrentar por medio del entrenamiento preventivo de los líderes. Y cuando acontecen, uno
descubre que el efecto total que sucede en la iglesia cuando se levantan nuevos líderes entrenados, es muy
superior a cualquier daño que el proceso de levantar pueda llegar a hacer.

El entrenamiento de los futuros líderes es una tarea de los cinco ministerios que se mencionan en
Ef 4:11. Aunque el nivel de su liderazgo puede variar de acuerdo con los dones espirituales que posea, todo
creyente debe ser entrenado por los maestros en la doctrina, pedagogía, etc.; en la forma de cuidar,
aconsejar, exhortar, etc., por los pastores, en cómo testificar en la vida diaria por los evangelistas, en
cómo discernir las maquinaciones del diablo por los profetas y en cómo entrenar y levantar a otros por los
apóstoles.

Para que el proceso no sea teórico solamente, es responsabilidad de los líderes entrenadores el
proveer un lugar en el que las personas que se integran a la iglesia puedan usar sus dones y habilidades. En la
mayoría de las congregaciones esto no es así. Lo más que un asistente hace en el templo es mirarle la parte
de atrás de la cabeza a la persona que está sentada delante de él. Esta falta de participación con el tiempo
crea apatía, estancamiento y renuncia a asumir cualquier responsabilidad en la iglesia. Por eso, en las células,
cada miembro tiene su lugar según el don que posea. Los grupos pequeños proveen el ambiente perfecto para
aquellos que están aprendiendo a usar sus dones espirituales. En el templo, en cambio, los “expertos” en
cuanto a los dones espirituales, intimidan a los “bebes espirituales”. Ellos se resignan a verlos ministrar
mientras que en las células, “muchos tímidos” (gracias a la seguridad de ministrar a un grupo de amigos), se
convierten en líderes poderosos.

Cada líder debe ser entrenado para evangelizar, pastorear, preparar y enviar. Todos los temas y
acciones que se implementen deben perseguir el resultado de que las personas puedan entrenar y lanzar a
otros al liderazgo. Esto se logra diseñando cuatro distintos niveles de entrenamiento.

Nivel 1: “Hay que entrenar para evangelizar”.


Un líder potencial debe ser entrenado en cuanto al evangelismo. El debe ser una persona hábil a la
hora de presentar las buenas noticias a los no cristianos. El debe saber realizar evangelismo personal porque
si no logra vencer sus temores en cuanto al evangelizar a sus relaciones, nunca logrará desarrollar en otros la

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pasión de ganar en la vida diaria a las relaciones no cristianas. Como líder él debe exhortar y capacitar a cada
miembro de su grupo para traer personas inconversas a las reuniones celulares o cultos de la iglesia.

Nivel 2: “Hay que entrenar para enseñar”.


Los nuevos líderes deben aprender a “consolidar”, asimilar a los nuevos creyentes. El proceso de
consolidación debe incluir visitas a la casa a fin de verificar la validez de su decisión por Cristo. Pero
también el líder debe saber funcionar como “hermano mayor”. El debe aprender a ayudar a un nuevo
creyente a alimentarse por sí mismo con la Palabra (hacer el devocional), comunicarse con Dios (orar),
enfrentar a la tentación, comprender la importancia de bautizarse, etc. De igual modo, el líder en proceso de
entrenamiento, debe aprender a explicar en forma sencilla las doctrinas básicas de la fe cristiana y principales
diferencias con las otras religiones a las cuales se verá expuesto el nuevo cristiano.

Nivel 3: “Hay que entrenar para pastorear”.


Es necesario que el líder en potencia comprenda que su tarea no es solamente dar clases o explicar
folletos. Su tarea es también aconsejar, fortalecer la integridad personal de los nuevos creyentes, guiar a que
los nuevos cristianos apliquen en las crisis de la vida los principios bíblicos, ayudar a enfrentar las
debilidades de cada temperamento, colaborar con el proceso de sanidad interior y ruptura de ataduras del
pasado, etc. Para ello, los líderes en forma de los encuentros o retiros de sanidad interior, clases semanales o
seminarios deben experimentar en forma previa lo que luego van a transmitir.

Nivel 4: “Hay que entrenar para enviar”.


Esta es la forma más descuidadas del entrenamiento. Una vez que las personas han sido entrenadas
para evangelizar, pastorear y capacitar a otros, se presupone que están listas para repetir el proceso de
levantar a otros. Por ejemplo, se asume como algo natural que si una persona se convirtió asistiendo a una
célula, luego asistió a un encuentro de sanidad interior, realizó el curso de bautismo, cumplió con todas las
clases de la escuela de líderes celulares, esta lo suficientemente habilitado para levantar a otros. Nada más
equivocado y peligroso. Un líder debe ser entrenado no solo en las técnicas de dirección celular, de
transmisión de los temas del discipulado o de aconsejamiento pastoral. El debe aprender a identificar las
cualidades espirituales y emocionales que se requieren indefectiblemente para levantar a una persona.
También debe ser “desprogramado” de todos los paradigmas que impiden o retardan el momento en que un
“hombre o mujer” aprobada por Dios pueda ser levantado para ejercer la obra del ministerio.

Estos cuatro niveles de entrenamiento de líderes pueden llevar diferentes títulos según el modelo
celular, sin embargo los conceptos son los mismos. Uno debe concentrar los esfuerzos en llevar a que cada
nuevo miembro de la iglesia desee transitar por estos cuatro niveles a fin de que en el menor tiempo posible
pueda ser un discípulo multiplicador. Algunos lo logran en cuatro meses, otros en seis y otros en un año.
Creemos que el tiempo lo debe determinar la filosofía que impregna al pastor en cuanto a dar respuesta a esta
pregunta: ¿Cuándo una persona nueva esta en condiciones de ganar, consolidar y discipular a otros?.

Desde una perspectiva técnica, a las cualidades espirituales, las capacidades básicas que una persona
debe reunir para poseer una mentalidad de “reproductor de líderes” son estas:

1º. El candidato debe tener conciencia de poseer un propósito.

Los líderes efectivos en cuanto a la reproducción están plenamente convencidos de que su


ministerio y llamado es formar a otros para la obra del ministerio. Por este sentido de propósito es que ellos
enfrentan cualquier problema o tormenta de la vida. La misión de levantar a otros líderes es la misión que
sienten que Dios les ha dado en la vida. Esa es su prioridad.

2º. El candidato debe poseer la capacidad de definir correctamente sus prioridades.

Los líderes multiplicadores comprendieron que el ayunar y el orar es esencial en el liderazgo. Ellos
han triunfado gracias a que aprendieron a avanzar de rodillas. Mientras otros líderes dicen y enseñan sobre la
importancia de orar y ayunar (pero no lo hacen), ellos cada vez dedican más tiempo a la intercesión. Cuando

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se le pregunta de donde sacan la energía y creatividad que los caracteriza, responden que mucho viene de su
tiempo de oración. Su dedicación a la oración intercesora por sus grupos no es inferior a los sesenta minutos
diarios.

3º. El candidato debe respetar los procedimientos establecidos.

Los líderes reproductivos siguen el patrón que el pastor o el liderazgo celular ha establecido. Ellos
han comprendido que cuando no se sigue, el ministerio celular se multiplica en confusión. Cuando se
investiga la historia “administrativa” de los mejores líderes celulares se visualiza que ellos cumplen con los
reportes, el formato establecido de las reuniones y un montón de otros asuntos prácticos que se registran por
medio de planillas. Ellos saben que ese papeleo se sistematiza a fin de elevar al pastor un informe semanal,
mensual, trimestral para que él pueda supervisar la marcha del sistema y así poder instrumentar soluciones a
los problemas que van surgiendo.

4º. El candidato debe saber como relacionarse con las personas según el temperamento.

Los líderes multiplicadores saben que el éxito no depende del temperamento que uno posea, sino de
cómo uno ha sabido enfrentar a los puntos débiles de cada uno de ellos. Ellos han aprendido a saber como
reaccionan las personas según el temperamento. Ellos se han entrenado para entender las personalidades de
los que forman sus grupos. Como se conocen a sí mismos pueden relacionarse mejor con los otros. Por otro
lado, este conocimiento sobre los temperamentos les da ventaja en cuanto a la calidad de sus vidas familiares
y en sus lugares de trabajo.

5º. El candidato debe haber demostrado que sabe resolver problemas.

Los líderes que se reproducen tienen una historia que demuestra que hacen esfuerzos para resolver
los problemas. Ellos saben atacar las dificultades sin negarlas. Al resolver los problemas ellos demuestran
que poseen intuición, capacidad para investigar y evaluar, iniciativa, etc. Al ejecutar las acciones que
resuelven problemas, por otro lado, saben delegar oportunamente a fin de evitar el “quemarse”, ser “fusibles”
y otras situaciones similares.
Al proponer soluciones uno ve que ellos han aprendido a aplicar los principios de las Escrituras. Los
consejos que dan en las finanzas, los hábitos destructivos, las emociones, los conflictos familiares, etc., están
basados en los textos bíblicos y en el sentido común. Por otro lado, ellos saben que cuando el problema
escapa a sus capacidades como consejero, tienen en el “sistema celular” alguien de “arriba” que le va ayudar.
Sin problema alguno acuden a sus supervisores en los casos “difíciles”. Reconocen que la mayor experiencia
y habilidad de sus líderes superiores es un capital a su disposición que no puede ser desaprovechado por el
temor infantil de decir “no se que hacer”.

6º. El candidato posee evidencia que ha construido su vida en base a los principios.

El líder que lo discipula respalda su propuesta en que el candidato posee muy claramente evidencias
de que es una persona comprometida con Jesucristo, es honesto, tiene una vida familiar de calidad y es puro.
Cuando se le pone al lado “la plomada” para ver su respeto a los principios espirituales básicos que la Biblia
exige a los líderes, se lo ve “derecho”, sin desviaciones. El es integro en cuanto a sus aspectos financieros, a
la prioridad que le da a la familia, etc.

7º. El candidato tiene un fuerte deseo de ser productivo, de conseguir frutos.

El líder que se multiplica, tiene una historia previa de resultados. El ha aprendido a establecer metas
a corto, medio y largo plazo. Y ha ejecutado acciones apropiadas para motivar, comunicar y delegar a fin de
que los resultados sean alcanzados. Cuando se investiga las metas establecidas, uno ve que las mismas
siempre van creciendo y están claramente definidas.

En las grandes empresas cuando se decide reclutar a los líderes, se traza un perfil de los candidatos a
reclutar en función de su historia previa. Ninguna empresa importante pone al frente de una sección a
personas que no puedan demostrar fehacientemente que poseen historia de éxitos que lo habilitan para
ocupar el cargo. ¿Porqué en la iglesia, la mayor empresa del mundo, el cargo de líder reproductor va a ser
ocupado por personas que no posean por lo menos algunas de las siete habilidades básicas que acabamos de
mencionar?.

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SEXTO PRINCIPIO: “Hay que instrumentar un sistema piramidal de relaciones y entrenamiento”.

El principio piramidal para gobernar, dirigir, instruir, etc., es confirmado una y otra vez en la Biblia:
los doce patriarcas, las doce tribus de Israel, los doce apóstoles y muchas otras referencias bíblicas resaltan la
importancia de el número doce como el número de “gobierno”. Por ello, multitudes de iglesias alrededor del
mundo están descubriendo que con grupos de doce personas, la gran tarea de ganar, consolidar, discipular y
enviar a servir a las multitudes, se puede realizar fácilmente. Cesar y Claudia Castellano, de la Misión
Carismática Internacional, en Bogotá, Colombia desde 1983, han sido los instrumentos de Dios para ayudar a
que la iglesia descubra la importancia de instrumentar el “principio de los doce” para discipular y lanzar al
ministerio a miles y miles de personas sin “volverse loco” o perder el “control” del proceso.

Algunos pastores rechazan el “principio de los doce” porque reaccionan contra el número doce. Ellos
dicen que el establecer como algo divino el doce es caer en lo mágico, en lo cabalistico. Creemos que lo
importante no es el número doce, sino los principios básicos que se esconden tras dicho número.

Primer Principio: “Toda persona recién convertida es un líder potencial”.

El “principio de los doce” ha cambiado el concepto tradicional de la multiplicación de líderes.


Anteriormente (y aún en centenares de miles de iglesias) una persona era levantada al liderazgo luego de
muchos años de preparación y asistencia a los cultos. Como consecuencia de esta forma de pensar, las
iglesias están llenas de miembros que a penas pueden mantenerse sentados en los bancos durante los cultos.
Sus luchas interiores, las ataduras secretas, los rechazos del pasado y las herencias familiares, hacen que
ellos jamás se consideren a sí mismo como líderes o sean propuestos como tales por el liderazgo formal de la
congregación a la cual pertenecen. Sin embargo en el “sistema de los doce”, el acceso al liderazgo es para
toda persona que ha dado muestras de un arrepentimiento radical y de que posee libertad de cualquier atadura
del pasado. Para los líderes reproductivos del “sistema de los doce”, el tiempo en que una persona puede ser
enviada a servir como líder de una célula, no depende de sus conocimientos teológicos y experiencias
ministeriales. Por ello, para escándalo de los lideres no celulares, “levantan como líderes de células” a
personas que solo tienen cuatro, seis o doce meses de creyentes. El tiempo demuestra que estos pastores de
sistemas celulares basados en los “principios de los doce”, no se han equivocado. Empezando con “sus doce”
terminaron pastoreando miles en menos de diez años. La pregunta es: ¿Cómo logran que los “nuevos
creyentes” realmente puedan cumplir con esta importantísima responsabilidad espiritual de pastorear a
otros?.

El secreto está en una actividad colocada al inicio de la vida espiritual que se denomina
“encuentros”. Las iglesias celulares llevan a cada uno de sus convertidos a un retiro espiritual para luchar
con aquellos asuntos que todos sabemos que impiden que una persona llegue a ser un líder eficaz. Este retiro
de dos días afecta tanto la vida que literalmente sus familiares y amigos dicen que después de ese
“encuentro” la persona ha regresado CAMBIADA. Es que en este tiempo en donde las personas pasan por
“terapia intensiva espiritual”, ellas renuncian a las ataduras, hábitos y heridas del pasado. Al final ellos han
captado que Dios los ha liberado para llegar a ser un líder de células. Cuando regresan están lo
suficientemente motivados para ir cruzando barrera tras barrera hasta llegar al campo de batalla del liderazgo
celular que les permitirá ganar, consolidar, discipular y enviar a los frutos de su trabajo. Ellos al salir del
encuentro se identifican con los soldados del rey David: entraron afligidos, endeudados, amargados de
espíritus (1º Samuel 22:2). Salieron para conquistar un reino, naciones para Dios.

Segundo Principio: “Cada uno debe discipular a su descendencia espiritual”.

Esto es una consecuencia natural del primer principio. Si cada persona es un líder en potencia,
entonces ellos obligatoriamente cuando engendran “hijos espirituales”, son los responsables de ayudarlos a
desarrollarse. A igual que Jesús, ellos deben invertir la mayoría de su tiempo en sus discípulos, en sus
Timoteos. De esta forma, la meta de los líderes celulares es “desarrollar a sus doce”. Ellos como mentores de
personas que “no eran nada”, trabajan y hacen esfuerzos duros para que en el menor tiempo posible, los que
no eran nada, comiencen a buscar y discipular a “sus doce” mientras continúan siendo discipulados.

Tercer Principio: “Cada uno enseña solo lo que recibe”.

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Los que se incorporan al “sistema celular de los doce”, se conciben como las plantas: les entra
alimento y les salen frutos. La enseñanza recibida no queda en una libreta que se guarda en una biblioteca
cuando se llena, sino que inmediatamente se imparte a aquellos que uno dirige espiritualmente. Aparte de
emplear el pasaje de 2 Timoteo 2:2, ellos utilizan una frase que se escucha repetidamente en la red celular:
“lo que recibo lo doy, no quiero ser como el Mar Muerto”. En términos prácticos, por ejemplo, el pastor
principal provee una lección semanal y un principio sobre el liderazgo a sus doce discípulos. Ellos toman la
información que reciben y la dan (en esa misma semana) a sus doce. De esta forma sean escritos o verbales,
los principios dados por el pastor, son pasados “de generación en generación” hasta llegar a la última
generación espiritual que se ha incorporado a la iglesia por medio de las células.

Esto es resistido por los “creyentes antiguos”, por los que poseen muchos dones espirituales y
experiencia en ministrar desde la plataforma. Ellos afirman que esto quita libertad al Espíritu Santo quién
muchas veces les da otro tema para ministrar a sus discípulos, a “sus doce”. Pero esto no se halla presente
cuando los líderes celulares son personas “recién convertidas”, porque ellas identifican como una prueba de
sujeción y respeto a la autoridad el no apartarse de lo que el pastor desea que su iglesia aprenda esa semana.
Ellos identifican que la responsabilidad de recibir la “Palabra de Dios para la semana” es del pastor y no de
los “líderes inferiores”.

Cuarto Principio: “Para ser parte de un grupo de doce, uno debe liderar una célula”.

La meta de discipular y desarrollar líderes es que dicha persona comience a liderar su propia célula.
A todos se le da la oportunidad de recibir lo que necesita para crecer en el liderazgo celular: entrenamiento
(por medio de la escuela de líderes), oportunidad (propuesta para abrir una nueva célula) y apoyo (ser parte
de una red). Sin embargo, “la reunión semanal de los doce” o el discipulado, no es visualizado como
pastoreo. Uno puede ser “miembro” de una célula toda la vida sin llegar a ser parte de “los doce de Juan”.
En el “sistema de los doce” no existen discípulos improductivos que en forma crónica acuden a las “clases
del discipulado”. Ellos pueden vivir sus vidas improductivas dentro de las células, pero son excluidos de los
retiros para líderes y otros eventos especiales.

El proceso por el cual una persona nueva puede abrir una célula depende de cada iglesia. En
términos generales el proceso de capacitación dura de 6 a 12 meses. El objetivo que persigue todo nuevo
líder celular es tener lo más pronto posible, “sus doce líderes celulares” que en forma semanal ganen,
consoliden, discipulen y envíen a sus frutos a recomenzar el proceso.

Quinto Principio: “Las relaciones nunca se rompen”.

En el “sistema de los doce”, cada célula recién nacida mantiene un contacto continuo con la “célula
madre” de por vida. Los líderes permanecen bajo el mentor que lo promovió. Los meses que transcurren se
convierten en años y esta vinculación, fortalece la confianza de tal forma que el “líder inferior”, llega a
concebir a su “líder superior” como un padre espiritual o amigo que le ayuda a tener éxito en su trabajo
celular. El no quiere salirse de esta relación porque como “discípulo de Juan” se siente totalmente libre para
ir cuán lejos lo lleven sus dones espirituales y trabajo celular. La única forma en que la relación con su líder
se rompa en los aspectos formales, es que el mismo pastor o algún líder superior de la iglesia lo pida. Y esto
en vez de deteriorar la relación con su líder original, la fortalece porque siempre es un motivo de sano
orgullo, que los “hijos espirituales” sean promovidos a posiciones de privilegio.

Como cualquier persona visualiza, el “sistema de los doce” es un vigoroso sistema para entrenar
líderes que en forma explosiva y espontánea se multipliquen por el mundo. Jesús lo logró con “doce
hombres”. Creemos que si respetamos los principios, nosotros también lo podremos hacer si nos
concentramos en doce, diez, seis o tres hombres, porque al fin de cuentas, lo que importa no es el número
sino el respeto a los cinco principios que el “sistema de los doce” tiene en su base.

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