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El Regreso

En 'El regreso' de Fernanda Trías, la historia se centra en la llegada de Darío, quien trae noticias sobre el regreso de un hermano fallecido, Fabio. La narradora, que ha lidiado con la muerte de su hermano desde la infancia, reflexiona sobre su familia y el impacto emocional de esta noticia. A medida que la trama avanza, se exploran temas de pérdida, memoria y la complejidad de las relaciones familiares.

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El Regreso

En 'El regreso' de Fernanda Trías, la historia se centra en la llegada de Darío, quien trae noticias sobre el regreso de un hermano fallecido, Fabio. La narradora, que ha lidiado con la muerte de su hermano desde la infancia, reflexiona sobre su familia y el impacto emocional de esta noticia. A medida que la trama avanza, se exploran temas de pérdida, memoria y la complejidad de las relaciones familiares.

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EL REGRESO

Fernanda Trías


N ICTO F O BIA

La noticia la trajo Darío, el hijo del panade-


ro. Supimos que algo había pasado en cuanto
lo vimos parado en los pedales, acercándose
bajo el sol del mediodía. Alguien dijo: “¿Y
ese? ¡Si es Darío!”.
Estábamos sentados en la terraza, agobia-
dos por el aire caliente e inmóvil que se ha-
bía instalado la última semana, y lo único que
se oía era el murmullo a mar del ventilador.
Frente a mí, Clara dormitaba con el vestido
enrollado sobre los muslos huesudos y aquel
pecho de pájaro embalsamado, raquítico, que
se elevaba apenas lo suficiente para dejar en-
trar un poco de aire. Al lado estaba sentada
mamá, toda de negro a pesar del bochorno de
la canícula; tenía el pelo levantado con hor-
quillas y su moño parecía una torre mal ar-
mada. Más lejos, la Gorda Teresa y su marido,
Jesús. Los dos estrenaban ropa, como les gus-

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CO RRE , S AN TIAG O , CO RR E

taba hacer los días de fiesta patria; ella una so-


lera y él una camisa que la Gorda le cosió con
el resto de tela que le había sobrado. En eso
pensaba yo, justo antes de que alguien, tal vez
la propia Gorda, descubriera la bicicleta en el
camino. “Sí, dijo Clara después, Darío”. Nos
incorporamos un poco, sin fuerza para levan-
tarnos de las reposeras. Mamá se persignó, y
en la cara de todos se percibió el desasosiego
de los malos augurios.
–Hilda, andá preparándole algo al pobre –
dijo mi madre, y acompañó con un impulso
de la cabeza.
Enganché los pies en las sandalias y me le-
vanté con lentitud. Los huesos crujieron; ha-
bía algo dentro del cuerpo que se resistía al
movimiento, que amenazaba con quebrarse
como una rama seca. Al pasar frente al ven-
tilador, con su aire leve y tibio, me detuve un
momento y dejé que el viento me golpeara la
cara y empujara el pelo hacia atrás.
A medida que se fue acercando, pude oír el
ruido de las llantas en el ripio. Yo lo espera-
ba en la puerta, con el vaso de limonada en

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N ICTO F O BIA

la mano. Darío se detuvo a unos metros de


la casa, apoyó un pie en el piso y saltó de la
bicicleta, que cayó de lado levantando polvo.
“Buenas, señora Hilda”, me dijo de lejos. Es-
taba hinchado de calor y los ojos se le perdían
en la cara como dos orificios hechos a prepo.
En la mano sostenía un paquete envuelto en
papel marrón. El sol golpeaba con fuerza, y
aunque me había resguardado en la línea de
sombra que arrojaba el alero, volví a sentir el
pelo pegado en la nuca y ese calor dañino que
subía de la tierra.
–¿Qué traés ahí? –le pregunté.
Dio unos pasos hacia mí, como indeciso. No
sabía si darme la noticia primero, el pobrecito.
–¿Tu madre no te dijo que te podés enfer-
mar a estas horas?
No se animaba a acercarse del todo o bien
no sabía qué decir, porque se quedó inmóvil
bajo el rayo del sol, erguido y solemne como
un soldado, mientras el sudor le chorreaba la
cara y empapaba la camiseta.
–Traigo un pan dulce –dijo, y me ofreció el
paquete con las dos manos.

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Le hice una seña hacia el interior del porche:


–Vení, ¿no querés limonada?
Él asintió y se acercó con pasos temerosos.
Me extendió el paquete y una vez que tuvo
las manos libres se limpió la frente y los ojos
con las palmas extendidas antes de aceptar el
vaso. El paquete estaba hirviendo y a través
del papel pude sentir el pan aplastado y pe-
gajoso.
–Decile a tu madre que gracias –dije, pero
no sé si me oyó, porque tenía la cara encajada
hasta las cejas dentro del vaso y la garganta le
hacía ruido al tragar.
Cuando terminó, levantó los ojos hacia mí y
habló lento, todavía jadeante:
–Él está de vuelta –miró hacia abajo, dentro
del vaso vacío, como si esperara algo. Luego
revolvió la lengua, que yo imaginé fresca y
húmeda, y pareció tomar impulso:–. Se lo dijo
el señor Augusto a mi mamá y ella no le cre-
yó pero él dice que lo vio todo el mundo, que
está acá, y vivito y coleando. Eso fue lo que
le dijo Augusto, y que viene para acá, y que
mejor era avisarle a la señora Luisa o le podía

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N ICTO F O BIA

dar un soponcio.
–Un soponcio.
–Sí, un soponcio –volvió a decir, y algo en
los ojos le brilló, la fugaz ilusión de que una
cosa terrible pudiera suceder.
–Bueno, yo le aviso. ¿Querés otro vaso?
Dudó, pero luego negó con la cabeza y miró
en dirección de la bicicleta tirada en el cami-
no.
–Gracias por el pan, decile a tu madre. Y
vos no te preocupes que yo le aviso.
Eso pareció tranquilizarlo. Tal vez tuviera
miedo de que lo arrastrara hasta la terraza
y lo obligara a repetir esas mismas palabras
frente a mi madre. Entonces el soponcio, un
desmayo, un grito descontrolado de felicidad.
Llanto, tal vez. Las manos alzadas al cielo, los
ojos en blanco, la lengua dada vuelta, ahogan-
do la garganta seca, descreída ya de milagros.
Y Darío ahí, como un ángel con sus alas de
metal calientes y herrumbradas.
A mí la noticia no me sorprendió; tampoco
me había sorprendido la otra, la de su muerte
lejana. Será porque desde chica me había acos-

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tumbrado a imaginarlo muerto, dentro de un


cajón, no pálido ni frío, sino como dormido,
con la cabeza rodeada de flores. Eso empezó
el año en que a mi madre la internaron en el
psiquiátrico de la Misericordia. Mi hermana y
yo quedamos a cargo de Fabio. Clara era bebé;
no se acuerda de nada. Pero yo sí recuerdo el
frío, mi cuerpo tiritando bajo la sábana tensa
y blanca. Tenía que bañarme antes de ir a la
cama. Fabio dejaba que me enjabonara sola,
pero se quedaba en el baño, vigilándome.
Hasta ahora tengo que ducharme con la radio
prendida para no recordar aquel silencio he-
cho solo de agua. Después él me envolvía en
el toallón y me secaba. A veces, mientras in-
tentaba dormirme, imaginaba a Fabio muerto
con una corona de rosas; a veces el cajón era la
bañera, a veces yo era la única que lo velaba.
Será por eso que no me sorprendió. Cla-
ra sí lo lloró de forma violenta, exagerando
cada estertor de su pecho esquelético. Con-
tó a quien quisiera oírla sobre el día en que
Fabio la salvó del derrumbe en la cabaña de
troncos y no sé cuántas veces la oí decir “Mi

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N ICTO F O BIA

hermano era todo para mí”. Mamá, silenciosa


y digna, se limitó a ponerse de luto, y todavía
hoy, doce años después de aquel simulacro
de entierro a distancia, la ropa negra y sufrida
que se había impuesto seguía siendo su forma
de mostrarle a todos que ella tenía una pena
más profunda, más inolvidable que cualquier
otra. Pero yo no; yo no me uní al coro de la-
mentos de las mujeres, la Gorda incluida, y en
el fondo siempre pensé que lo único que mi
hermano buscaba era librarse de nosotros, de
mamá, más que nada, y que todos en el pue-
blo pensaran en él como en un ganador o un
héroe. Ahora se convertía en algo mejor: un
muerto resucitado que volvería cargado de
grandes aventuras, de relatos sobre cómo la
muerte casi lo toma desprevenido.
Me quedé parada en el zaguán mirando a
Darío alejarse. En una mano tenía el paquete
con el pan dulce, blando y apelmazado; en la
otra, el vaso del chiquilín. Los hielos se ha-
bían derretido y aproveché para pasarme el
vaso mojado por la frente y el escote. Esta vez
le tocaba la bajada y apenas se lo veía, ocul-

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to tras una nube de polvo. Si pensé en algo,


no lo recuerdo. A veces cuando se piensa en
mucha cosa, da la sensación de no estar pen-
sando en nada. Sólo sé que esperé ahí un buen
rato. Esperé, digo, aun cuando no quedaban
ni rastros de la bicicleta y la tierra comenzaba
a asentarse, desprovista de misterio.
En la oscuridad fresca y enmohecida del co-
medor, temblaban las velas del altar. Las lla-
mas habían manchado de tizne la pared y en
medio de esas dos columnas negras colgaban
rosarios, fotos de la Virgen, crucifijos, peque-
ños corazones sangrantes coronados de espi-
nas. Más abajo, sobre el mueble, una colección
de fotos de Fabio en casi todas las edades, ro-
deadas de flores de plástico, estampitas, ora-
ciones que los parientes y amigos iban dejan-
do. Si hasta era más lindo muerto que vivo. Si
hasta podíamos quererlo más. ¿Cómo estaría
ahora? Viejo. Tal vez herido, sin piernas, sin
dedos, con un parche en el ojo. O ablandado
por los años, desdentado, corroído por la in-
temperie y la mentira como una lata de arve-
jas abandonada. Pensé en la lata y me vi a mí

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N ICTO F O BIA

misma disparándole en el pecho; tres agujeros


bien redondos, mi puntería de antes. El rifle
estaba guardado dentro del armario de cao-
ba, abajo mismo del altar; sólo tenía que dar
vuelta la llave y esperarlo en la entrada del
potrero. Total nadie lo esperaba; nadie iría a
buscarlo. Lo vi: una lata vieja y agujereada, y
por los agujeros se iban los recuerdos, la posi-
bilidad última de todo regreso.
Dejé el vaso en la cocina, pasé sin detener-
me frente al ventilador, subí la escalera hacia
la terraza, con la misma lentitud con la que
había bajado, y volví a sentarme en la repose-
ra. Con un pie empujé una sandalia que cayó
seca sobre el piso; después la otra. Todos es-
peraron en silencio a que me descalzara.
–Nos mandan este pan –dije, y empecé a
desenvolver el paquete sobre la falda.
–¡Hilda! –dijo mi madre.
A pesar del resplandor, tenía la cara toma-
da por la sombra.
El pan caliente y roto, surcado de grietas,
parecía ahora un cerebro expuesto, una flor
terrible y dolorosa.

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–Que nos mandan este pan –repetí, firme–
y me piden que vaya. Que la hija mayor se
separó del marido y el tipo se llevó todo: los
muebles, la plata, todo. Quedó arrasada.
–¿Y vos qué tenés que ver con eso?
Me encogí de hombros.
–No tienen a nadie más…
La Gorda fue a decir algo pero Jesús le hizo
un gesto para que se callara. Levanté la vista.
A lo lejos, en el extremo sur del camino, una
figura negra, imperceptible aún para los de-
más, avanzaba lentamente hacia nosotros.

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