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Fair Catch

El libro 'Fair Catch' de Kandi Steiner narra la historia de una joven llamada Riley, quien se enfrenta a los desafíos de ser la única chica en un equipo de fútbol americano universitario. A medida que se adapta a su nuevo entorno y lucha por demostrar su valía, también lidia con la complejidad de sus sentimientos hacia Zeke Collins, un compañero arrogante. La trama explora temas de empoderamiento, rivalidad y romance en un contexto deportivo.

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Fair Catch

El libro 'Fair Catch' de Kandi Steiner narra la historia de una joven llamada Riley, quien se enfrenta a los desafíos de ser la única chica en un equipo de fútbol americano universitario. A medida que se adapta a su nuevo entorno y lucha por demostrar su valía, también lidia con la complejidad de sus sentimientos hacia Zeke Collins, un compañero arrogante. La trama explora temas de empoderamiento, rivalidad y romance en un contexto deportivo.

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DiSEÑADOR

KANDI STEINER
nombre: Silvia
SERIE RIVALES

KANDI STEINER
EDITOR
nombre: Cristian, Paula
«Esperé y esperé a que regresara Como si yo no tuviera ya las cosas
la sensatez, a recordar por qué lo bastante difíciles siendo la única chica
CORRECTOR
odiaba, por qué lo último que quería en un equipo de fútbol americano
nombre:
era que volviera a besarme así. universitario, el entrenador ha decidido
Pero no llegó nada. asignarme a Zeke Collins, un jugador
ESPECIFICACIONES
Sin sentido y sin razón, sin poder de lo más arrogante, como compañero
evitarlo, reduje el espacio que nos de piso. título: Fair Catch
separaba en tres largas zancadas
y me lancé a sus brazos. La presión no me afecta, pero ¿compartir
encuadernación: Rústica con solapas
Y él me atrapó en otro beso que paredes tan delgadas con Zeke Collins?
medidas tripa: 14,5 x 22,5 mm
me robó cualquier argumento No estaba preparada para eso.
KANDI STEINER es una autora medidas frontal cubierta: 147 x 225
que pudiese haber sobrevivido». Lo odio, y con razón, pero él cree bestseller de Amazon y USA Today. medidas contra cubierta: 147 x 225

FAIR CATCH
que como crecimos juntos tiene que
protegerme. Lo único que logra es Vive en Tennessee y es conocida medidas solapas: 95 mm

interponerse en mi camino, hacerme por escribir historias que son ancho lomo 19 mm SGE

Un pase al corazón
parecer débil y enfadarme aún más. montañas rusas emocionales.
ACABADOS
Le encanta dar vida a personajes
Pero, cuanto más nos vemos obligados imperfectos y escribir sobre Nº de TINTAS: 4/0

a estar juntos, más difícil es distinguir romances reales y crudos, en TINTAS DIRECTAS:

esa fina línea entre odiarlo… y desearlo. todas sus formas. No hay dos LAMINADO:
libros de Kandi Steiner iguales, y PLASTIFICADO:
si eres un amante de las lecturas brillo mate
adictivas, emotivas e inspiradoras,
uvi brillo uvi mate
ella es tu chica.
relieve
Cuando Kandi no está escribiendo, falso relieve
puedes encontrarla leyendo libros,
purpurina:
planificando su próxima aventura
Spicy o bailando. Le gusta la música en
vivo, viajar, las caminatas largas
planetadelibrosjuvenil.com por la naturaleza, hacer yoga y estampación:
@crossbookslibros pasar tiempo de calidad con su
familia.
troquel

OBSERVACIONES:

10370620

Ilustración de la cubierta: Jorge García-Jota Studio Fecha:

C_Fair Catch.indd 1 27/5/25 16:50


FAIR CATCH.indd 3 27/5/25 11:47
ADVERTENCIA: Incluye contenido sensible

CROSSBOOKS, 2025
[email protected]
www.planetadelibros.com
Editado por Editorial Planeta, S. A.

Título original: Fair Catch


© del texto: Kandi Steiner, 2022
© de la traducción: Marta Carrascosa Cano, 2025
© Editorial Planeta, S. A., 2025
Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona

Primera edición: julio de 2025


ISBN: 978-84-08-30562-0
Depósito legal: B. 11.508-2025
Impreso en España

El papel de este libro procede de bosques gestionados


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sus partes con el propósito de entrenar o alimentar sistemas o tecnologías de inteligencia artificial.

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1

Riley
Dos años después...

Con la bolsa de deporte colgada de un hombro, me recogí el


pelo en una coleta alta y apretada. Ese simple gesto era una
señal para el resto del cuerpo, para mi cerebro.
Significaba que era hora de trabajar.
Todavía se notaba el verano en el ambiente, aunque la
brisa suave que recorría el campus de la Universidad de
North Boston anunciaba la llegada del otoño. Disfruté de la
caricia mientras recorría la distancia que separaba mi resi-
dencia temporal y el estadio, crujiéndome el cuello por la
impaciencia de que llegara el primer día de la pretemporada.
Eran unos nervios distintos a los de mi primer día en el
campus, en mayo. Aquel estuvo cargado de la excitación que
imaginaba que experimentaría todo universitario de primer
año: la emoción de estar solo, el terror de averiguar lo que
significaba eso, la presión de descubrir qué quería hacer du-
rante el resto de mi vida.
Mayo traía consigo el comienzo del trimestre de verano,
sacar adelante dos de las asignaturas más difíciles antes de

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que llegara el otoño y, con él, el fútbol americano. El verano
conllevaba adaptación al sol con mis nuevos entrenadores,
levantar pesas y hacer ejercicios de patadas «voluntarios».
Era duro, pero no era más que un entrenamiento, algo que
hacer mientras esperábamos a que llegara el día.
La pretemporada de otoño.
Que empezaba precisamente hoy. Ya iba a trabajar con mis
entrenadores en el campo, obtendría el material de prepara-
ción y empezaría a pelear por un puesto en el equipo titular.
Las nubes surcaban el cielo en ondas que parecían hechas
de algodón, con el destello del sol asomando entre ellas. Un
millón de diferentes tonos de azul y dorado bailaban de tal
manera que me recordó a uno de mis artistas favoritos: Char-
les Harold Davis.
Resulta extraño que apenas dos años atrás fuera lo único
en lo que podía pensar, lo que me consumía. Aparte del fút-
bol, mi vida consistía en planear mi próxima escapada a un
museo, gestionar mi propia colección de arte, soñar con unas
prácticas que me llevasen a un puesto en el que estaría a car-
go de un museo entero.
Una promesa había cambiado mis prioridades, me había
redirigido.
Y aunque no era lo mismo, me sorprendió descubrir has-
ta qué punto el fútbol americano me iluminaba de la misma
manera, cuánta pasión sentía por ese deporte que siempre
había considerado inalcanzable.
Ahora que había conseguido entrar en el equipo, haría
todo lo posible por conservar mi puesto.
La expectación se apoderó de mí como una descarga eléc-
trica sin fin mientras escaneaba la tarjeta de identificación
en el estadio y me adentraba por el pasillo. Tenía más masa
muscular que la primera vez que había entrado en estas ins-
talaciones, la cabeza más despejada y el corazón más firme.

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Los últimos meses, no, los últimos años me habían pre-
parado para esto.
Estaba lista.
Cuando atravesé la puerta de los vestuarios, me alegró
ser tan madrugadora. Saludé con un gesto con la cabeza a
Holden Moore, un estudiante de primer año que no me ex-
trañaría que fuera el primer quarterback. Se estaba vendando
el tobillo y me devolvió otro gesto con la cabeza que inter-
preté como una mezcla de impresión y recelo. Aún no con-
fiaba en mí, cosa que me parecía bien.
Yo tampoco confiaba en nadie.
En el vestuario había algunos chicos más: un defensa que
reconocí del gimnasio, un receptor famoso por su desempe-
ño del año pasado y, por supuesto, los entrenadores y prepa-
radores físicos.
Me siguieron con la mirada mientras me dirigía a la ta-
quilla provisional que me habían asignado; durante el pró-
ximo mes tendría que pelear con uñas y dientes si quería
mantenerla toda la temporada. Me habían ofrecido una beca,
claro, pero eso no me garantizaba un puesto en el equipo.
Mientras me preparaba, algunos me observaban con
atención, con la mirada fija en mí antes de volver enseguida
a lo que estuvieran haciendo. Otros me miraban con descaro,
con una expresión entre la confusión y la sorna. A medida
que iban entrando más chicos, recibía cada vez más miradas
de ese tipo, pero las ignoraba y me concentraba en preparar-
me para mi primer lanzamiento delante del entrenador San-
ders.
Cuando eres la única chica en un equipo de fútbol ameri-
cano, te acostumbras a las miradas.
No te queda otra.
Por suerte, en el instituto practiqué mucho.
No tardé en atraer no solo las miradas de mis compañeros

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de equipo, sino también las de todos los alumnos, profesores,
personal administrativo y padres del Instituto Hollis. Si aña-
dimos lo que le ocurrió a mi hermano, el primer partido que
jugué fue un frenesí mediático que nunca llegó a desvanecer-
se del todo.
Tenía su parte buena. Muchos de los medios de comuni-
cación elogiaron al entrenador por haber seleccionado a una
pateadora, como si fuera él quien se hubiese ganado el dere-
cho a estar en el campo. Los mejores destacaron mi talento,
sin aludir a mi sexo, e hicieron preguntas respetuosas en las
ruedas de prensa que el entrenador me organizaba semana
tras semana. Y, por supuesto, había compañeras que pensa-
ban que era increíble, que me elogiaban por luchar contra el
patriarcado, se hacían camisetas con mi número y las lleva-
ban todos los viernes por la noche.
Aun así, sabía diferenciar entre las que eran sinceras y las
que me observaban con esa mirada, la que me daba a enten-
der que en secreto esperaban que fracasara.
Ese mismo sentimiento me ardió en la piel mientras me
ponía los pantalones cortos y la camiseta para entrenar. El
personal de administración había insistido en preguntarme
si estaba cómoda en los vestuarios, e incluso me ofreció una
sala privada, si así lo deseaba. Pero yo no quería distanciar-
me más de mis compañeros de lo que mis tetas ya lo hacían
por mí, así que opté por quedarme con los chicos.
A la señorita Pierson, la orientadora del equipo, le preo-
cupó bastante esa decisión, y solo la aprobó después de ana-
lizarme a fondo en varias sesiones. Después de hacerme pro-
meter que la avisaría a la primera señal de cualquier cosa
que debiera tener en cuenta, aceptó a regañadientes, y me
pareció que entendía mi postura cuando le dije lo difícil que
me resultaría encajar sin añadir un trato especial, como un
vestuario o una ducha aparte.

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No me desnudaría allí, claro está. Y, francamente, la ropa
interior y el sujetador deportivo cubrían más que cualquier
traje de baño que hubiera visto en la última década, así que
no me preocupaba demasiado.
¿Y si le molestaba a alguno de los chicos del equipo?
Problema suyo.
Mientras me vestía, fueron entrando más miembros del
equipo; nadie me dirigió la palabra.
No me importaba. Tampoco tenía ganas de hablar.
Una vez estuve lista, me metí el casco bajo el brazo y salí
al campo a toda prisa; me uní a los que ya estaban calentan-
do y esperamos a que el entrenador se reuniera con nosotros.
Faltaban unos diez minutos para la hora de la presentación
de los informes, y yo siempre había seguido la filosofía de
que, si no llegabas pronto, ibas tarde.
—¡Primer día de la pretemporada! ¡Aquí estamos!
Miré hacia arriba desde donde estaba haciendo flexiones
y vi a Kyle Robbins con el móvil en alto y dando una peque-
ña vuelta, mostrando el campo detrás de él mientras besaba
el casco.
—Vamos a por el número uno. Primicia mundial, solo
para vosotros. Más os vale ir pidiéndome los autógrafos ya,
porque esta temporada va a llevarme a lo más alto.
Puse los ojos en blanco, me centré en mis ejercicios e hice
todo lo posible para ignorar su triste explicación de lo que
era la pretemporada de otoño a su público en directo a través
de las redes sociales.
Kyle era un ala cerrada con talento y con un ego tan gran-
de que me sorprendió que no tuviera que arrastrarlo detrás de
él en una camilla al correr por el campo para hacer una re-
cepción. Era uno de esos tipos que se aprovecharon de la
nueva política de publicidad en cuanto fue implantada, y yo
estaba bastante segura de que había ganado más que mis dos

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padres juntos con todos los contratos que había conseguido
solo el año pasado.
No lo juzgaba por hacer dinero. Estaba en su derecho.
Pero no quería que me distrajese.
—Y mirad, incluso tenemos a una pateadora —le oí de-
cir, y gruñí para mis adentros, terminé las flexiones y me
puse de pie de un salto.
Justo a tiempo para que su brazo sudoroso me rodeara
los hombros y mi ceño fruncido apareciese en la pantalla de
su móvil.
—Suéltame —gruñí, encogiéndome de hombros.
—Anda, ¡saluda a nuestros fans! Son los que nos van a
animar durante toda la temporada. —Hizo una pausa—.
Bueno, si llegas a jugar, claro.
Apreté los dientes ante la insinuación, porque él, como
muchos otros, creía que había conseguido la beca únicamen-
te porque tenía vagina en lugar de pene. Pensaban que era
una maniobra de relaciones públicas.
Cualquiera lo bastante estúpido como para pensar que a
un entrenador de fútbol universitario le importaría eso por
encima del talento no merecía que gastara energía en expli-
carle lo contrario.
Lo ignoré y empecé a hacer saltos de tijera, pero Kyle no
paró.
—Me han impresionado bastante los esfuerzos que ha
realizado esta señorita durante el verano. Siempre llega tem-
prano, se queda hasta tarde, hace todos los ejercicios. —Hizo
una pausa, bajando un poco la voz—. Pero ¿sabe patear? ¿Pue-
de seguir el ritmo de los chicos duros? —Chasqueó la len-
gua—. Eso está por verse.
Pasé de los saltos directamente a los ejercicios de rodillas,
no porque me hiciese falta entrar en calor, sino porque necesita-
ba algo que me evitase estrellar el puño contra la nariz de Kyle.

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Eso no daría buena imagen el primer día.
—Venga, bombón —suplicó—. Unas declaraciones. ¿Crees
que vas a entrar en el equipo?
Sin decir una palabra, empecé a mover los brazos para
aflojar los hombros y tratar de concentrarme. Estaba claro
que Kyle no iba a dejarme en paz, así que decidí que no ha-
bía mejor momento que este para practicar cómo ignorar el
ruido y centrarme en el trabajo que tenía entre manos. Muy
pronto me iba a tocar hacerlo con una multitud rugiendo en
mi contra, esperando a que fallara un tiro.
Murmuró algunas cosas más antes de chasquear los dien-
tes y hacerme un gesto con la mano. Exhalé un suspiro de
alivio al ver que por fin se había rendido.
Entonces volvió a mirar su móvil con una sonrisa de sa-
tisfacción y dijo:
—Debe de estar en esos días.
Me quedé quieta, dejé caer los brazos a los costados mien-
tras él se reía a carcajadas y le daba codazos a otro jugador al
que no reconocí y que se reía con él. Me crují el cuello, dis-
puesta a pegarle a ese niñato, pero no tuve la oportunidad,
porque lo empujaron por detrás.
Kyle se tambaleó y se sorprendió durante apenas un mo-
mento antes de darse la vuelta, cabreado y dispuesto a pe-
lear.
Y se encontró con Zeke Collins.
Este era unos cinco centímetros más bajo que él, pero eso
no le impidió hinchar el pecho y hacer que Kyle se encogiera
ante su mirada asesina. Había visto esa mirada clavada en
sus víctimas más veces de las que podía contar, e incluso
cuando no me la dirigía a mí, me daba escalofríos.
Zeke era de primer año, igual que yo, pero su buena re-
putación le precedía, no como la mía.
A mí se me conocía por ser una chica en un deporte do-

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minado por hombres. A él, por ser el primer seleccionado
del país.
Me enfurecía el respeto que recibía, en comparación con
lo que yo tenía que aguantar.
En los meses que habían pasado desde que nos gradua-
mos del instituto, Zeke había ganado peso, había pasado de
niño a hombre de la noche a la mañana. Era corpulento, te-
nía los hombros anchos, los brazos morenos y llenos de
músculos, las piernas fuertes y largas como los tocones de un
árbol. Se había dejado crecer su negra cabellera, que solía
llevar corta, y se la peinaba con un recogido muy tirante, con
diseños a los lados y uno a juego sobre la ceja derecha.
Entonces recordé por qué lo evitaba a toda costa; no era
solo porque lo odiase, sino porque ningún odio podía evitar
que me lo comiese con la mirada, o que mi cuerpo traicione-
ro ardiera cuando lo tenía cerca.
—¿Qué cojones te pasa, tío? —dijo Kyle, que todavía es-
taba grabando mientras le plantaba cara a Zeke—. ¿Tienes
algún problema?
—No, pero lo tendré si no muestras algo de respeto por
los demás y escuchas cuando alguien te dice que no quiere
salir en tu patético teatro.
—No es teatro —se mofó Kyle—. Es un directo de Insta-
gram. Y puedo grabar a quien me dé la gana.
—¿Ah, sí?
Lo que pasó después ocurrió tan rápido que no pude per-
catarme de todo, pero el teléfono de Kyle terminó en la mano
de Zeke, quien lo lanzó a la mitad del campo.
Kyle gritó como si se tratara de su primogénito en lugar
de un dispositivo móvil con una funda protectora. Entonces,
se volvió en el acto y empujó a Zeke, que debía de haberse
preparado, porque apenas se movió ante una fuerza que yo
sabía que era brutal.

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Este no le devolvió el golpe. Simplemente se acercó a él,
mirándolo como si no lo intimidase enfrentarse a un jugador
veterano más alto y grande que él.
—Es una chica. Lo hemos pillado. ¿Te crees gracioso por
bromear sobre ello? ¿Crees que eso te hace grande y malo?
—Negó con la cabeza—. Madura, tío. Esto es un equipo.
Y ella —dijo, señalándome a mí— es tu compañera.
Kyle tragó saliva, me miró y volvió a centrarse en Zeke.
No se disculpó, pero tampoco siguió discutiendo. En cam-
bio, le lanzó una mirada con la que prometía que pagaría por
lo que había hecho, y luego corrió hacia su teléfono.
Entonces, cuando la gente volvió a moverse y el silencio
se llenó con conversaciones o con los ruidos del calentamien-
to, me di cuenta de lo mucho que nos habían estado obser-
vando. También de que Zeke recibía un respetuoso asenti-
miento por parte de Holden, un gesto que indicaba que le
cubría las espaldas.
Entrecerré los ojos.
—Puedo arreglármelas yo solita.
Zeke arqueó una ceja, se metió el casco entre la cadera y
el antebrazo y se giró para mirarme.
—Lo dices como si no lo supiera ya.
—Pues no luches mis batallas por mí.
—No estaba luchando nada. Kyle se estaba comportando
como una idiota, y lo sabía. Ya estamos en pretemporada,
y en lo único en lo que deberíamos centrarnos es en el fútbol
americano.
—Exacto. Es la pretemporada. Y es la única oportunidad
que tengo de demostrar que merezco pertenecer a este equi-
po tanto como cualquier otro. —Invadí su espacio personal y
le golpeé con fuerza en el pecho—. No necesito más bromas
sobre que eres mi hermano mayor, el protector.
—Nadie dice eso.

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Arqueé una ceja con los labios fruncidos.
—Dicen que soy tu novio, el protector.
Esa sonrisa arrogante me cabreó casi tanto como lo que
acababa de decir; gruñí y miré a mi alrededor para asegurar-
me de que el entrenador aún no estaba en el campo antes de
empujarlo.
—¡Eso es peor todavía! —siseé.
—No te preocupes —dijo entre risas—. Lo he desmenti-
do. No me interesa que las chicas guapas crean que estoy
contigo.
Entonces me recorrió con la mirada, y la forma como
curvó los labios encendió mi rabia. Me levanté para darle un
puñetazo en el brazo, pero él atrapó mi mano con facilidad,
bajó la voz y se me acercó.
—Esto ya no es el Instituto Hollis, Novo —dijo, llamán-
dome por mi apellido, tal como hacía todo nuestro anti-
guo equipo—. Estamos en la universidad. Vas a necesitar
un amigo.
Hablaba en una voz tan baja y tenía una mirada tan sin-
cera que, por un segundo, vi al niño con el que crecí. Vi los
días de verano en nuestro patio y las noches de invierno jun-
to a la chimenea. Vi al chico que me protegía contra viento y
marea, igual que Gavin, que pasó de ser solo el amigo de mi
hermano a mi propio amigo, y luego... a algo más.
Pero al parpadear, vi a mi hermano en la cama del hospi-
tal y a Zeke con la cabeza gacha mientras me contaba lo que
había pasado la noche que jugó con la vida de mi mellizo.
—No eres mi amigo —le espeté—. Eres amigo de mi her-
mano, y no entiendo por qué sigues siéndolo.
Tragó saliva, y no me extrañó el temblor de mis palabras,
pero tampoco me importó que le dolieran.
Lo decía en serio.
Aparté el brazo y levanté el casco del suelo.

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—Sal de mi camino a menos que sea para atrapar el balón
que he pateado —advertí.
Luego troté por el campo hacia donde el entrenador aca-
baba de hacer sonar el silbato.

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