Ritual de compromiso
REGLA DE VIDA PARA CADA DIACONÍA
Con la profesión de vida evangélica, cada diaconía laica de los Siervos se pone bajo
la protección de Santa María y de San José (pareja desde los orígenes de la Iglesia), de
las santas familias cristianas de todo tiempo y en particular de los Siete Santos
florentinos, iniciadores laicos de la Orden de nuestra Señora, que han sabido dejar la vida
de la ciudad violenta, devastada entonces por los comerciantes, poniéndose en la
búsqueda de la “perla preciosa” del Evangelio.
En esta regla mínima se concentran las orientaciones sobre las cuales cada diaconía que
ha hecho la profesión y en las cuales se confrontará cualquiera que desee participar en el
mismo camino de lo divino y humano servicio.
[Común vocación]
1. La vocación de cada Diaconía es la de llegar a ser –por gracia del Espíritu Santo y en
su propio contexto histórico geográfico- una verdadera Iglesia doméstica, explícitamente
dedicada a Santa María, elegirá como imagen guía de toda su existencia, para acogerla y
seguir al Verbo encarnado. Cada Diaconía – desde el día de la profesión- forma parte
integrante de la Orden de los Siervos de Santa María, entendido como camino amistoso y
alegre de santidad, desde los siglos iniciado y reconocido por el pueblo cristiano.
[Regla y Evangelio]
2. La regla de vida, siempre nueva, de cada Diaconía es buscar cada día en la escucha
amorosa y asombrosa y en la recepción meditada del Evangelio de Jesucristo, anunciado
y testimoniado desde los inicios por los discípulos del Señor, acogido y puesto para que
dé frutos como antiguamente en las casas y en comunidades apostólicas. Esto es posible
también hoy, con que se viva en la docilidad al Espíritu Santo y se acerque a la Palabra
con la necesaria virginidad de corazón.
[Marianidad del carisma]
3. El carisma de cada diaconía consiste en prolongar hoy – a nivel personal, conyugal y
familiar – la presencia „mistérica‟ de Santa María, signo de lo femenino redimido e imagen
ejemplar de virginidad, matrimonio y viudez. Por esto, cada una – en el rito de la profesión
– se asigna un nombre que indica su vocación y su servicio; ello significa una variación de
un único carisma y exige una precisa fructificación en las varias Iglesias locales (tal
nombre es recordado por una fiesta anual, fijada en el calendario común, habitualmente
uniéndola con una memoria litúrgica de Santa María).
[Conversión y penitencia]
4. El camino religioso de cada Diaconía empieza y continua con gestos radicales de
conversión al Reino que viene, que pone en relieve la renovada consciencia de los
valores de la primigenia consagración bautismal y crismal. La práctica de la penitencia,
humilde y compartida, recrea cotidianamente condiciones de libertad para nuevamente
proponer una auténtica novedad de existencia en el Espíritu. Cada uno sostiene la propia
voluntad de conversión con una vida empapada de misericordia, reconocida como una de
las características de los Siervos, y con el frecuente recurso al sacramento medicinal de la
reconciliación. Gestos de comunión, de solidaridad y serena confrontación con todos –
para buscar y cultivar con tenacidad y fantasía – para ayudar a vivir los unos a los otros
en gracia.
[Oración litúrgica y “lectio divina”]
5. A imitación de la Virgen, altísimo ejemplo de creatura orante, cada Diaconía puede dar
respuestas cotidianas al don de la vocación, si vive en clina habitual de silencio interior y
oración pacífica y continuada. El día privilegiado de la oración doméstica es el sábado,
memoria semanal de la “hija de Sión”, que reabre la incesante posibilidad de escuchar al
Verbo en la “lectio divina” y en la participación de la Eucaristía dominical. La frecuencia de
la “lectio divina” favorece el conocimiento de los textos sagrados; la riqueza de los dones,
transmitida recíprocamente en la meditación, es estímulo de conversión, fuente de
crecimiento, nuevo alimento de comunión. Los días feriales conservan memoria de los
santos Misterios en la práctica, íntima y fiel, aún si es adaptada en la casa, la Liturgia de
las Horas, siempre abierta a la participación de cuantos los deseen.
[Consejos evangélicos y caridad]
6. Para hacer resplandecer la caridad perfecta, don supremo del Espíritu, cada Diaconía
acepta, como norma existencial adapta y meta alta de revisión, la confrontación continua
con las bienaventuranzas de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia:
a) Castidad, entendida como vida sexual equilibrada, en el Espíritu Santo, y sereno
dominio de las energías descompuestas del eros, sea en el tiempo de noviazgo que en la
experiencia de la pareja y viudez;
b) Pobreza, entendida como cordial respuesta a la “kenosis” del Verbo encarnado y
confiado abandono a la amorosa providencia del Padre;
c) Obediencia, entendida como escucha, dócil y decisiva, de la Palabra en el contexto de
una amistad religiosa con precisas guías espirituales.
[Educación y vida fraterna]
7. Cada Diaconía se sienta protagonista en la construcción de una sólida vida fraterna,
sea en la casa con sus amigos, como dentro de toda la grande realidad de la Familia de
los Siervos. En las propuestas de vida evangélica, asimiladas con compromiso siempre
renovado por los padres, se basará también en la educación cristiana de los hijos,
orientada a obtener la verdadera libertad de los “hijos de Dios”. Se tendrá cuidado en
ofrecer una hospitalidad calificada, discreta y eficaz, a los jóvenes y a cuantos hoy están
perdidos en la fe.
En la oración y diálogo no se apague jamás la pasión por el florecimiento de todas las
vocaciones, que el Espíritu todavía suscita en vista del Reino.
[Servicio eclesial]
8. El servicio eclesial de cada Diaconía es sobre todo el de permanecer y ser un seguro
punto de referencia para cada buscador, tal vez inquieto, de Dios. En el testimonio
cotidiano, de la propia esperanza cada uno dé razón también del nombre mariano,
recibido en la Profesión evangélica, con perseverantes y adecuadas propuestas dentro de
las varias Iglesias locales.
Cada compromiso importante, que se tomará, sea siempre fermentado con una ansia
ecuménica, reconociendo en Israel las raíces del Evangelio y valorizando las intuiciones
positivas de cada confesión cristiana, históricamente divididas. Se difunda también
siempre más la sensibilidad de un sano diálogo interreligioso con todos los creyentes de
cada grande tradición mundial.
[Las relaciones con el mundo]
9. Cada Diaconía cuide tener despierto – en el mundo de hoy y de mañana – la tensión
contemplativa, típica de los Siete Santos desde nuestros orígenes, que ha sabido – en su
tiempo – mirar más allá de la pareja y la familia, el trabajo y las normales relaciones en la
ciudad.
La variedad y sincera búsqueda de un monaquismo interior favorezca, donde sea, un
repensar saludable, siempre con el sueño de la nueva Jerusalén y de toda la posible
reconciliación, “dono de Dios y fuente de vida nueva”.
Pase en este mundo – Señor – y venga tu Reino.
¡Maranathá! Amén.
EPÍLOGO
De las Constituciones OSM n. 319.
319. Persiguiendo, en nuestra vida, el ideal de alcanzar la perfecta estatura de Cristo [1],
tendremos para con las criaturas sólo relaciones de paz, de misericordia, de justicia y de
amor constructivo[2]. En este empeño de servicio, la figura de María al pie de la Cruz sea
la imagen que nos guía. Puesto que el Hijo del hombre es aún crucificado en sus
hermanos, nosotros, los Siervos de la Madre, queremos estar con Ella a los pies de las
infinitas cruces para llevarles consuelo y cooperación redentora.
En nuestra dedicación a un amor siempre más grande, tomaremos cada día nuestra cruz [3]
y, recordando que seremos juzgados según las palabras: “tuve hambre y me dieron de
comer…, estuve desnudo y me vistieron…,[4]” queremos renunciar a nuestros intereses
para seguir a Jesús en su obra de salvación del hombre.
La creación está aún en el dolor y en la angustia[5]. Mas la conciencia de ser portadores de
las energías que la liberarán de la esclavitud de la corrupción para introducirla en la
libertad de los hijos de Dios[6], nos dé le gozo prometido por Cristo, que nadie jamás podrá
arrebatarnos[7].
[1]
Cf. Efesios 4, 13.
[2]
Cf. Mateo 5, 3-9.
[3]
Cf. Lucas 9, 23.
[4]
Mateo 25, 35-36.
[5]
Cf. Romanos 8, 22.
[6]
Cf. Romanos 8, 21.
[7]
Cf. Juan 16, 22.