LUCERNARIO
En honor de la Inmaculada Concepción de María. El
celebrante, revestido de alba y estola y también pluvial
blanco o azul (allí donde esté concedido), se dirige al lugar
en el que se ha convocado el Pueblo de Dios y comienza la
celebración.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
R. Amén.
El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
Amados hermanos en la fe:
En medio de este tiempo marcado por el dolor de la
Pandemia, hemos venido a honrar al Señor de la gloria, luz
de luz, y a recordar la bondad de Dios en este signo humilde
de las luces que se encienden en la vigilia de la Solemnidad
de la Inmaculada.
En Éfeso, la ciudad a la que San Pablo dirigió su carta y la
que fue protagonista de tantos sucesos en el Nuevo
Testamento, durante el año 431 se celebraba el Concilio
Ecuménico en el que, entre importantísimas definiciones, se
proclamó la Maternidad Divina de María, esto es, que la
Santísima Virgen María es madre de Dios, y que, al dar a luz
al Salvador, Dios y hombre verdadero, debe ser honrada con
especial afecto por la Iglesia con éste título único y glorioso.
Los habitantes de Éfeso, para animar a los Obispos del
Concilio y para hacer sentir su voz, la que asegura la
vinculación del Pueblo de Dios a las definiciones de los
dogmas de la Iglesia, encendieron en sus casas luces con
las que indicaban su adhesión a la verdad revelada en la que
se apoya la afirmación de María como Madre de Dios.
Llena la ciudad de las luces de los fieles, resonó luego la
definición dogmática con la que se proclamaba la Maternidad
Divina.
El Papa Pío Noveno, quiso retomar este signo la víspera de
la definición del Dogma de la Inmaculada Concepción el 8 de
diciembre de 1854.
Pero ya el pueblo fiel, especialmente en España y en
América Latina, retomando la costumbre de los pueblos
antiguos, había hecho de las luces encendidas un modo de
proclamar su fe.
Ahora también nosotros, queriendo honrar a la Madre del
Señor, vamos a bendecir y encender estas luces que nos
recuerdan la Misericordia de Dios realizada de modo
admirable en María Virgen.
Unámonos con fe y con devoción.
Oración de Bendición:
Dios que eres luz,
mira la humilde ofrenda de tu pueblo
y bendice con tu gracia
la luz de estas velas que encendemos hoy
y recibe amorosamente nuestro deseo de amarte
y glorificarte con nuestra vida.
Que con la intercesión de María Inmaculada
sigamos preparando el corazón para que
se encienda la luz de Jesús, tu Hijo,
en el corazón de los discípulos misioneros del Salvador.
Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y
reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos
de los Siglos. Amén.
Bendición final:
Terminada la Salve bendice al pueblo diciendo:
El Señor esté con ustedes.
R y con tu espíritu.
El Dios de toda gracia, que los ha llamado en Cristo a su
eterna gloria, los afiance y los conserve fuertes y constantes
en la fe. R. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso, del Padre, del
Hijo + y del Espíritu Santo, descienda sobre ustedes
y permanezca para siempre. R. Amén.
Pueden ir en Paz.
R. Demos gracias a Dios.
Y se concluye todo con un canto apropiado.