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Informe de Lectura

El informe detalla las normas y regulaciones que rigen los institutos de vida consagrada en la Iglesia, enfatizando la importancia de la autonomía, la obediencia a la autoridad eclesial y la observancia de los consejos evangélicos. También se aborda el apostolado de estos institutos, que se basa en el testimonio de vida y la dedicación al servicio de Dios y la Iglesia, así como la estructura y funcionamiento de las sociedades de vida apostólica, que buscan fines apostólicos sin necesidad de votos. Finalmente, se establece que todos los miembros deben seguir las constituciones y regulaciones específicas de cada instituto o sociedad, manteniendo una vida fraterna y en comunidad.
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Informe de Lectura

El informe detalla las normas y regulaciones que rigen los institutos de vida consagrada en la Iglesia, enfatizando la importancia de la autonomía, la obediencia a la autoridad eclesial y la observancia de los consejos evangélicos. También se aborda el apostolado de estos institutos, que se basa en el testimonio de vida y la dedicación al servicio de Dios y la Iglesia, así como la estructura y funcionamiento de las sociedades de vida apostólica, que buscan fines apostólicos sin necesidad de votos. Finalmente, se establece que todos los miembros deben seguir las constituciones y regulaciones específicas de cada instituto o sociedad, manteniendo una vida fraterna y en comunidad.
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INFORME DE LECTURA

I. Normas comunes a todos los institutos de vida consagrada (cc. 573-606)


La vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos es una forma estable de
vivir, en la que los fieles siguen más profundamente a Cristo bajo la acción del Espíritu
Santo, dedicando totalmente a Dios su amor supremo, consiguiendo la perfección en la
caridad en el servicio por el Reino y siendo signos de la Iglesia, optando por este estilo de
vida de manera libre (cf. c.573). El estado de lo que profesan los consejos, que están
fundados en la doctrina y ejemplo de Cristo, pertenecen a la vida y santidad de la Iglesia,
como don divino en la Iglesia, recibido y conservado por Dios siempre en su gracia (cf.
cc.574-575).
Corresponde a la autoridad competente de la Iglesia interpretar los consejos, regularlos con
leyes y determinar con aprobación canónica la forma de vivirlos, así como cuidar que los
institutos florezcan y crezcan (cf. c.576); en la Iglesia son diversos los institutos de vida
consagrada que han recibido dones diversos según la gracia propia de cada uno, siguiendo a
Cristo cuando oraba, anunciaba, etc. (cf. c.577).
Una norma común en estos institutos es la observación fiel de los propósitos de los
fundadores, que han sido corroborados por la autoridad eclesial sobre su naturaleza, fin,
espíritu y carácter (cf. c.578); los Obispos pueden erigir mediante decreto formal institutos
de vida consagrada, consultado previamente con la Santa Sede (cf. c.579).
A la autoridad competente del instituto le corresponde en caso de agregación de un
instituto a otro se reserva al del instituto que se agrega (cf. c.580); en el caso de dividirlo en
circunscripciones, a tenor de su constitución, sea cual sea el nombre, erigir nuevas y unirlas
(cf. c.581); así como la supresión de algunas de sus partes (cf. c.585). A la Sede Apostólica
le competen las fusiones y uniones de institutos de vida consagrada, como las
confederaciones y federaciones (cf. c.582); así como sin su licencia no se pueden introducir
modificaciones que afecten lo aprobado (cf. c.583); solamente ella puede suprimir un
instituto y decidir sobre los bienes temporales del mismo (cf. c.584); compete también la
aprobación de nuevas formas de vida consagrada, aunque los Obispos deben discernir los
nuevos dones de vida consagrada otorgados a la Iglesia (cf. c. 605).
Cada instituto tiene justa autonomía de vida, especialmente en su gobierno, disponiendo de
su propia disciplina en la Iglesia, conservando su patrimonio, siendo los Ordinarios del
lugar los responsables de conservar y defender esa autonomía (cf. c.586); la defensa con
mayor fidelidad a la vocación e identidad del instituto, se debe contener en sus
constituciones, como su gobierno, la disciplina de sus miembros, su incorporación y
formación, así como el objeto propio de los vínculos sagrados; las constituciones son
aprobadas por la autoridad eclesial y con su consentimiento se puede modificar, pues en el
se contienen los elementos espirituales y jurídicos (cf. c.587).
El estado de vida consagrada no es clerical no laical, es instituto clerical, el que desde sus
fundamentos se halla bajo la dirección de clérigos, asume el ejercicio del orden y
reconocido así por la autoridad de la Iglesia; en el caso de instituto laical, es reconocido así
por la autoridad eclesial, por su naturaleza, índole y fin, desde sus fundamentos (cf. c.588);
es de derecho pontificio cuando es erigido por la Sede Apostólica o aprobado por esta por
decreto formal, además de depender enteramente de ella, en cuanto a régimen interno y
disciplinar (cf. c. 593); de derecho diocesano cuando es erigida por un Obispo diocesano,
quien la cuida de manera especial (cf. c.594), pero que aún no ha recibido decreto de
aprobación de la Sede Apostólica (cf. c.589).
Estos institutos por dedicarse al servicio de Dios y de la Iglesia, están sometidos a su
autoridad suprema, sus miembros están obligados a obedecer al Papa, como a su Superior
supremo, en virtud del vínculo sagrado de obediencia (cf. c.590); el Papa por su autoridad
puede proveer el bien de los institutos y de su apostolado eximiéndolos del régimen de los
Ordinarios del lugar y someterlos exclusivamente a sí mismo u otra autoridad eclesial (cf.
c.591); en ese caso, para fomentar un mejor vínculo con la Sede Apostólica, el Moderador
debe enviar un informe breve sobre la situación y vida del instituto, así como la promoción
de los documentos de la Santa Sede que afectan a los miembros que dependen de ellos (cf.
c.592).
Al Obispo corresponde aprobar las constituciones y confirmar las enmiendas que
legítimamente se introduzcan en ellas, exceptuando aquello en lo que hubiera puesto sus
manos la Sede Apostólica, por encima de la autoridad interna, en un caso particular puede
dispensar las constituciones (cf. c.595). Los superiores y capítulos tienen sobre los
miembros la potestad determinada por derecho universal y las constituciones, en los
clericales también tiene potestad eclesiástica, en el fuero externo e interno (cf. c.596).
Se puede admitir en un instituto de vida consagrada a todo católico de recta intención, que
posea las cualidades exigidas por derecho universal y por el propio, además de estar libre
de impedimento y con adecuada preparación (cf. c.597). Cada instituto debe determinar en
sus constituciones el modo de observar los consejos de acuerdo a su modo de vida, donde
sus miembros deben observar fiel e íntegramente, ordenando su vida según el derecho del
instituto y esforzarse por alcanzar la perfección de su estado (cf. c.598).
La castidad, es asumida por el Reino, signo del mundo futuro y fuente de fecundidad
abundante en un corazón indiviso, llevado a través del celibato; la pobreza, a imitación de
Cristo que siendo rico se hizo pobre por nosotros, en una vida pobre de hecho y de espíritu,
llevando consigo la dependencia y limitación en el uso y disposición de los bienes
conforme a la norma de los institutos; la obediencia, abrazada con espíritu de fe y de amor
en el seguimiento de Cristo obediente, obliga a someter la voluntad a los superiores
legítimos que hacen las veces de Dios (cf. cc.599-601). La vida fraterna, es signo de que
todos los miembros se unen en una misma familia, brindando ayuda mutua en el
cumplimiento de la vocación propia, por la caridad fraterna, los miembros han de ser
ejemplo de la reconciliación universal en Cristo (cf. c.602).
La Iglesia reconoce la vida eremítica o anacorética, en la que los fieles viven apartados del
mundo de manera más estricta, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia,
dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo, un ermitaño en derecho se
reconoce como entregado a Dios dentro de la vida consagrada, si profesa los consejos
evangélicos corroborados por un Obispo y sigue su forma de vida bajo su dirección (cf.
c.603).
También se une el orden de las vírgenes, que siguen más de cerca a Cristo, consagradas a
Dios por el Obispo diocesano, con el rito, donde se celebran los desposorios místicos con
Cristo, Hijo de Dios y se entregan al servicio de la Iglesia, las vírgenes se pueden asociar
para cumplir su propósito con mayor fidelidad (cf. c.604).
Todo lo establecido para los institutos de vida consagrada y sus miembros, vale para ambos
sexos, a no ser que se constate otra cosa por contexto o naturaleza (cf. c.606).
II. Apostolado de los institutos de vida religiosa (cc. 673-683)
El apostolado de los institutos de vida religiosa consiste en el testimonio de su vida
consagrada, fomentado con la oración y la penitencia (cf. c.673), cada instituto de vida
religiosa tiene un carisma propio al cual enfocan su apostolado.
En el caso de la vida contemplativa, ellos son relevantes en el Cuerpo de Cristo, ofreciendo
un sacrificio eximio de alabanza, enriqueciendo al pueblo de Dios con los frutos de su
santidad, aunque no lo hagan con un apostolado directo (cf. c.674); existen también los
institutos dedicados a las obras de apostolado, que se dedican a ello, sus miembros deben
estar llenos de espíritu apostólico y religioso, en unión intima con Dios, realizado en
nombre y en comunión con la Iglesia (cf. c.675); también los hay laicales, de hombres o
mujeres, con participación en la función pastoral de la Iglesia, a través de las obras de
misericordia, fieles a su vocación (cf. c.676).
Estos institutos están regidos por superiores que deben salvaguardar la misión y las obras
de los institutos, cumpliendo con las necesidades de mundo, así como sujetarse a la
potestad del Obispo, a quien deben sumisión y respeto, en su apostolado dependen de los
superiores y la regla del instituto (cf. c.677-678). En caso de faltas gravísimas, el Obispo
tiene la total potestad de prohibir la residencia en la diócesis a un miembro de un instituto,
si no acata o el superior no toma las medidas queda en manos de la Santa Sede (cf. c.679).
Si hay más de un instituto en una diócesis, se debe fomentar una ordenada cooperación,
entre ellos y el clero secular, direccionados por el obispo, coordinando las obras y
actividades apostólicas en el respeto mutuo; en caso de dar una actividad concreta a un
religioso, el Obispo debe hacerlo y queda bajo su autoridad, a través de un escrito y la tarea
que se le encomienda (cf. c.280-281).
Si es un cargo eclesiástico el que se otorga a un religioso, es el Obispo el encargado de
nombrarlo, además de presentarlo al superior y esperar su asentimiento, su remoción es de
libre arbitrio por quien otorga el oficio, o por el superior, avisando a quien confirió el oficio
(cf. c.682); a estos institutos el Obispo diocesano los puede visitar, personal o por medio de
otro, en la visita pastoral o en caso de necesidad, en sus iglesias y oratorios con acceso a
fieles, si allí encuentra algún abuso, después de avisar al superior, puede proveer con su
propia autoridad (cf. c.683).
III. Las sociedades de vida apostólica (cc. 731-746)
Las sociedades de vida apostólica son semejantes a los institutos de vida consagrada, solo
que sus miembros, sin votos, buscan el fin apostólico propio de la sociedad, viviendo
fraternalmente y en común, además según su modo de vida, aspiran a la perfección por la
caridad en la observancia de sus constituciones o en algunos casos algunos abrazan los
consejos evangélicos (cf. c.731); en ellas se aplica lo establecido en los cc.578, 596 y 606,
quedando a salvo la naturaleza de cada sociedad, pero para las que abrazan los consejos
evangélicos aplican a los cc.598-602 (cf. c.732).
Corresponde a la autoridad competente de la sociedad, erigir la casa y constituir la
comunidad local, con el consentimiento por escrito del Obispo diocesano, a quien se
consulta la supresión, además el consentimiento lleva anejo el derecho a tener oratorio, para
celebrar y reservar la Eucaristía (cf. c.733); su gobierno se define en las constituciones y se
observarán como lo prescriben los cc.617-633 (cf. c.733); en lo que corresponde a la
admisión de los miembros a la sociedad, esto se determina por el derecho propio de cada
sociedad, observando las condiciones de los cc.642-645; en este caso el derecho propio
debe determinar el modo de la prueba y la formación, de manera que se preparen de
acuerdo para la misión y vida de la sociedad (cf. c.735).
En las sociedades clericales, los clérigos se incardinan a la sociedad o lo que disponga la
constitución, así como el plan de estudios y la recepción de las ordenes, se deben observar
con las normas prescritas para los seculares (cf. c.736); la incorporación lleva consigo las
obligaciones y derechos determinados por las constituciones, y por parte de la sociedad, la
solicitud de guiar a sus miembros hacia el fin de su vocación propia (cf. c.737).
Todos los miembros de la sociedad se hallan sometidos a sus moderadores, de acuerdo a las
constituciones, en la vida interna y la disciplina de la sociedad, además se someten también
al Obispo, en lo que concierne al culto público, cura de almas y otras obras de apostolado
(cf. c. 738); los miembros tienen los deberes comunes de los clérigos, a no ser que, por la
naturaleza de la cosa o contexto, conste otra cosa (cf. c.739); la sociedad exige que los
miembros deben habitar en la casa o la comunidad legítimamente constituida, llevando vida
común, de acuerdo al derecho propio, en el que se rigen las ausencias de la casa o
comunidad (cf. c.740); la salida y expulsión de un miembro que aún no se incorpora se rige
por las normas de cada sociedad (cf. c.742).
Las sociedades son personas jurídicas, pueden adquirir, poseer, administrar y enajenar
bienes temporales, de acuerdo a lo prescrito por el libro V, de los cc.636, 638 y 639, y
también los de derecho propio, en donde los miembros comparten los mismos derechos de
la sociedad (cf. c.741).
Sin perjuicio de lo prescrito en el c.693, el indulto para abandonar la sociedad, con la
cesación de derechos y obligaciones provenientes de la incorporación, puede ser concedido
por el moderador supremo con el consentimiento de su consejo, a no ser que las
constituciones lo reserven a la Santa Sede (cf. c.743).
En el caso del Moderador se reserva bajo el consentimiento de su consejo conceder la
licencia a un miembro incorporado definitivamente pase a otra sociedad, quedando en
suspenso sus derechos y obligaciones en la propia sociedad, sin perjuicio de derecho a
volver a esta antes de la incorporación a la nueva (cf. c.744); además, con el consentimiento
de su consejo puede conceder el indulto a un miembro, para vivir fuera de la sociedad, no
por más de tres años, quedando en suspenso sus derechos y obligaciones no compatibles
con su nueva función, bajo el cuidado de sus moderadores; en caso de ser clérigo, requiere
además el permiso del ordinario del lugar donde va a residir (cf. c.745); para expulsar a un
miembro incorporado definitivamente, se han de observar los cc.694-704 (cf. c. 746).
Jorge Luis Montes
III de Configuradora

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