Contents
VIKI
VIKI
SINOPSIS
CAPÍTULO 1:
CAPÍTULO 2:
CAPÍTULO 3:
CAPÍTULO 4:
CAPÍTULO 5:
CAPÍTULO 6:
CAPÍTULO 7:
CAPÍTULO 8:
CAPÍTULO 9:
CAPÍTULO 10:
CAPÍTULO 11:
CAPÍTULO 12:
CAPÍTULO 13:
CAPÍTULO 14:
EXTRA
SIGUE LA HISTORIA EN…
VIKI
MESTIZO: ORI 3.5
VIKI
Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no
se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a
un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por
cualquier medio sin autorización previa y por escrito de la titular del
copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y
puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
IBNS: 2209091964699
Contacta conmigo en:
vikiamazonkdp@[Link]
Vía Twitter: vikimViki
Vía Facebook: Viki Mviki
Esta es una obra de ficción. Los nombres, caracteres, lugares y
situaciones son producto de la imaginación del autor y ficción. Cualquier
parecido a la realidad es pura coincidencia.
ADVERTENCIA: Este libro contiene situaciones y lenguaje explicito
dirigido al público adulto y podrían ser ofensivas para algunos lectores.
Asegúrate de que no sea accesible para menores de edad.
SINOPSIS
Ori era un Mestizo Alfa incapaz de controlar a su lobo. Ha estado
drogándose cuatro años y perdiendo la memoria en cada uno de sus celos
hasta que se enteró de que en uno de ellos atacó a su pareja y la marcó. Ori
decidió irse junto a la manada del bosque, aprender a entender su esencia y
regresar para reclamar a su pareja como era debido. Sin embargo, la
espera era demasiado larga y Ori no podía quitar a Adriel de su cabeza.
Adriel era un Alfa recesivo, fue marcado en su adolescencia, y olvidado
por su pareja, siguió con su vida cómo pudo hasta que Ori decidió ser
responsable de sus actos y marcharse al bosque prometiendo regresar.
Adriel no podía creerlo, pero su sueño se vuelve pesadilla con la muerte de
su madre y la distancia que pesa cada vez más de Ori.
¿Será capaz Ori de curarse? ¿Se perdonará Ori a sí mismo por haberle
hecho daño a su pareja? ¿Podrán ser felices juntos o tendrán que
separarse para siempre?
Si te dan la opción de ser pastor u oveja… sé el lobo. -Josh
Homme
CAPÍTULO 1:
NO SOY BUENO
Adriel no podía evitar temblar mientras bajaba las escaleras hacia el
oscuro sótano. Su padre siempre le decía que era un inconsciente, que no
valoraba el peligro, que le gustaba jugar con fuego y que algún día de estos
acabaría herido. Adriel ya se había quemado hace mucho tiempo. Pero esa
sensación era tan adictiva como lo era seguir comiendo chocolate con la
barriga llena.
De todos modos, su padre murió mucho antes de que pudiera comprobar
que había criado a un niño tonto y suicida y su madre...Su madre siempre
había preferido pasar las tardes junto a una botella de vodka que haciendo
los deberes con él. Ella fue una de las cosas que le hizo salir de su casa,
ponerse a trabajar en una cafetería sirviendo cafés y alquilar un piso
pequeño para él. Su madre seguía viva, Adriel incluso la visitaba de vez en
cuando, pero la mujer había perdido completamente el rumbo de su vida
después de la muerte de su padre y no aceptaba ayuda. A Laila le gustaba
despertarse y acostarse borracha, y gritar a su hijo cuando la separaba del
alcohol.
Sus visitas se habían reducido a una vez al mes y aunque Adam estaba
tratando de ayudar a su madre con su problema, había días que Laila ni lo
dejaba entrar en casa y simplemente hacía que no escuchaba nada. Adriel ya
se había acostumbrado a ese caos.
El metal que llegó a su nariz lo hizo jadear de dolor y Adriel se esforzó
en seguir bajando hasta el último de los peldaños. Trébol lo esperaba ahí
mirando sus pies. Parecía triste, no. Lo estaba y eso que el Alfa no había
compartido tanto tiempo con él para conocer del todo su carácter. Trébol se
mudó por trabajo a otra ciudad y debido a que Adriel tampoco pasaba
tiempo suficiente con la manada sólo había coincidido un par de veces
después de su llegada.
El lobo en cuestión lo miró. Era atractivo, demonios, sí que lo era. Era
grande, alto. Su mandíbula estaba bien cincelada y sus ojos verdes brillaban
llenos de tensión. También era musculoso, la camiseta blanca de manga
corta se apretaba lo suficiente a su cuerpo como para distinguir cada rastro
de carne musculosa y dura, sin embargo, Adriel no estaba ahí para babear
por un Alfa emparejado, guapo y al que no le caía nada bien. No. Adriel
estaba ahí para luchar con una de sus pesadillas.
La primera. La importante. La pesadilla que no lo dejaba dormir por las
noches, que lo aterraba a cada luna llena, que lo llenaba de tensión, de
miedo y adrenalina y que lo quemaba tanto que a veces Adriel no podía
respirar.
Esa pesadilla era Ori.
Las cosas se habían salido de control por su culpa. Por hablar. Por ser un
maldito patán y por contarle a Raven en un intento inútil por obtener algo
de Ori todo lo que había pasado. Adriel se consideraba un buen mentiroso,
no es que disfrutara engañando a la gente, simplemente no le gustaba la
forma en la que los demás lo mirarían después de saberlo todo. Raven lo
hizo, su actitud cambió y ahora siempre que lo miraba o hablaba con él,
Raven sonaba como si estuviera hablando con un perro herido. Adriel era
un perro, pero no estaba herido. No así.
En cambio, Trébol no lo miraba como una estúpida doncella a la que le
habían robado su flor. No. Trébol lo miraba con rabia y resentimiento, como
si fuera a aniquilar a Ori o a hacerlo desaparecer.
—Hola —saludó Adriel sin saber si debía acercarse más o no.
—Supongo que el que yo me oponga a esto no sirve de nada, ¿verdad?
Adriel no quería herir a nadie. Quería... quería arreglar lo que había
estropeado. Quería que todo fuera como antes de haber invitado a Raven a
su casa y haberse bajado los pantalones. Ori era un miembro querido en la
manada, lo sabía. Sabía que la gente lo buscaba para hablar con él, que los
machos confiaban en él y las hembras siempre reían cuando estaba cerca.
Adriel sabía que Ori no era una mala persona, que no le divertía hacer daño,
morder y sacar los dientes. No. Y si esto seguía adelante, Ori perdería ese
puesto en la manada. La gente dejaría de llamarlo para insultarlo o tratarlo
de forma despectiva por un desliz que simplemente pasó sin control. Por un
desliz que nadie hubiese podido controlar.
Adriel sabía de primera mano lo que era ser un desterrado, lo que se
sentía cuando un miembro de su propia manada le daba la espalda y no
quería eso para Ori.
—Lo siento.
—Puedes tratar de hablar con él, pero no creo que te haga caso.
Adriel tragó saliva.
—Lo...intentaré.
Trébol no parecía tener intenciones de marcharse y Adriel tampoco
quería tener este tipo de conversación con Ori delante de su hermano. Eso
podría hacer que lo odiará más a él o que se enfadara aún más con Ori y no
quería eso.
—¿Puedes...dejarnos solos?
Una ceja se inclinó en el rostro de Trébol.
—¿Has fumado algo antes de venir aquí?
—¿Qué? No. ¿Por...?
—Ori casi te despedaza la otra noche. ¿Quieres quedarte a solas con él?
—No...no saldrá de ahí, ¿verdad? —Adriel señaló la puerta acorazada.
—No. No está dispuesto a hacerlo.
—Entonces, no me importa quedarme a solas con él. No le tengo miedo
—trató de soñar convincente.
—Buen intento, chico.
Trébol finalmente se movió del sitio. Unas llaves tintinearon en su mano
y se acercó.
—Ori está despierto. La llave grande abre la celda. Tú verás —Trébol
dejó las llaves en sus manos sudorosas y subió por las escaleras.
No se iría lejos, ¿verdad? Quiso preguntarle antes de que desapareciera
pero las palabras no salieron de sus labios. La respiración pesada de Ori
estaba ahí, ¿o era él quien estaba jadeando? De cualquier forma, Adriel se
esforzó por recomponer su fuerza y por caminar hasta la maldita puerta de
metal en la que había una ventana transparente. Adriel tuvo que ponerse de
cuclillas para mirar bien.
Ori estaba ahí. Ori estaba mirando ahí. Ori sabía que él estaba ahí.
El lobo estaba sentado en el suelo con las rodillas apuntando a su pecho.
No usaba camiseta, sólo un pantalón gris de algodón y también iba
descalzo. Los tatuajes tribales de su pecho ascendían hasta sus hombros
como una especie de collar enrevesado y su cabello, negro y largo caía a
través de su rostro.
Adriel tragó saliva nuevamente.
—¿Podemos...hablar? —su voz fue un jadeo tembloroso.
Mierda. Había ocultado muy bien sus temblores delante de los médicos
y de Adam. Podía hacerlo ahora también. Tenía que hacerlo. Salvo que no
podía. Sus rodillas temblaban como una gelatina, su nariz dolía por respirar
el metal y el olor de Ori había desaparecido en esa caja.
Ori no respondió. Pero sus ojos negros como el ébano lo dijeron todo.
No. No y no.
Adriel pellizcó su dedo.
—Bueno...supongo que puedo hablar yo.
Podía hablar e irse corriendo. Si.
—Supongo que ya sabrás...todo. Creo. No quería que esto pasara así. En
realidad, ahorraba dinero para irme de la ciudad. Sé que estarás confundido
y quiero...decirte que no voy a denunciarte ahora. Las cosas no tienen que
cambiar. Cuando regreses de la manada del bosque yo no estaré aquí, y
tampoco tengo a nadie a quien contarle nada de esto. Puedes regresar
tranquilo. Eso...eso es todo.
Ori lo miraba con una expresión extraña en su rostro. Extraña. Algo que
Adriel nunca había visto y eso que siempre que coincidía con él en el bar, se
pasaba toda la noche con los ojos en él.
Adriel sintió las llaves clavarse en su palma. Esperó un tiempo más para
que Ori dijera algo.
—No tienes...que estar aquí.
Adriel dejó de ponerse de puntillas. No había forma de que lo obligara a
hablar, pero al menos Adriel había hecho su parte.
Ori se movió entonces, leve, Adriel lo captó por el rabillo del ojo y
volvió a ponerse de puntillas.
—¿Te violé de verdad?
Adriel mordió su labio, clavó sus colmillos en él y saboreó su sangre.
No había forma de decir esto de forma agradable.
—No dije que sí. Tampoco dije que no. Supongo que estás en territorio
neutro.
—Qué forma más tonta de decirlo —dijo Ori negando con la cabeza—.
¿Te hice daño?
Adriel respiró hondo.
—¿Quieres saberlo?
—Si, y preferiría que no lo adornaras.
—Lo hiciste.
—¿Qué hice?
—Ori...No sé si...
—Sé que no tengo derecho a escucharte, ni a pedirte nada, ni siquiera
tengo derecho a verte ahora, y no entiendo cómo has podido cargar con todo
esto tú solo. No debería haber sido así. Soy tu pareja.
Un escalofrío lo recorrió. No esperaba que Ori lo reconociera, ni
esperaba que Ori abriera la boca o se interesara.
—Porque lo soy, ¿verdad? —preguntó de nuevo Ori, inseguro.
Adriel sintió una punzada en su nuca. La marca había sido algo horrible.
Una forma de tortura de la que Adriel siempre había querido deshacerse no
porque odiará a Ori, sino porque una marca descuidada dolía como el
infierno.
—Sí. Si quieres.
El pecho de Ori se sacudió, y Adriel quiso preguntarle qué era tan
gracioso.
—¿Tengo ese derecho? Lo justo sería que me pegaras una paliza y me
dejarás tirado en una cuneta.
—Preferiría no pelear contigo.
—¿Por qué no me has denunciado? Sería una buena forma de vengarte.
—Ya te he dicho que tampoco dije que no.
—Te forcé, lo mires por donde lo mires.
—¿Podemos hablar mejor cara a cara?
—No.
—No soy tan alto y mis pies empiezan a doler por estar de puntillas.
—No abras la puerta.
—¿Crees que tengo miedo?
Ori sopesó su mirada, se levantó y Adriel se esforzó por mantenerse
clavado en el sitio mientras que el lobo se acercaba hasta él. Su perfecto
rostro quedó a pocos centímetros del cristal. Incluso cansado Ori tenía un
rostro precioso y suave. Su piel morena y lisa, su ascendencia de las
antiguas tribus indias y sus ojos rasgados cubiertos de pestañas.
—Lo tienes.
Mierda. Si que lo tenía. Tenía miedo de él y tenía miedo de sentirse
atraído hacia el aura de peligro que el lobo desprendía. Adriel se quedó
mudo, tratando de buscar algo que decir para que Ori no retrocediera de
nuevo. Había conseguido su atención y Ori lo había llamado pareja, mucho
más de lo que Adriel había esperado hoy.
—¿Por qué no quieres aceptar la ayuda de Caleb? —preguntó Adriel.
—¿La merezco?
—Claro que sí.
—Yo no pienso eso —Ori se retiraba de nuevo y Adriel clavó las manos
sobre la ventana para alzarse.
—Todo el mundo comete errores. Lo importante es… aprender de ellos
para que no vuelvan a suceder.
—Contigo no he cometido sólo un error, Adriel.
—Eras pequeño.
—Tú también.
Adriel soltó un sonido.
—De acuerdo. ¿Piensas vivir aquí a partir de ahora?
—Es lo mejor que tengo.
Adriel negó con la cabeza. Un lobo se volvería loco ahí dentro. Sin aire,
sin naturaleza, sin poder correr. El metal era demasiado fuerte y golpeaba
por todos los sitios, incluso si al final, él y Ori no tenían nada, Adriel no era
tan malo cómo para dejarlo ahí dentro.
Clavó la empuñadura de la llave en su palma y la acercó a la cerradura.
Ori lo escuchó, sus ojos se abrieron.
—¿Qué estás haciendo?
—Voy a abrir la puerta.
—Te has vuelto loco, ¿verdad?
—Nop. No te tengo miedo y te lo voy a demostrar —las llaves se
cayeron de su mano.
—No lo hagas. Esa no es razón suficiente. ¡Adriel!
—No me harás nada.
—¡No lo sabes!
—He estado en discotecas contigo y no te has acercado, incluso en la
calle, o en el supermercado.
—Ahora es diferente.
—¿Por qué? ¿Qué tiene ahora de diferente con respecto a otras
semanas?
—¡Porque ahora sé que soy tu pareja!
Las manos de Adriel se detuvieron antes de llegar a girar la cerradura.
Sus ojos conectaron y se negó a perder ese contacto. Era el único que Ori le
había dado en meses, en años. Unos ojos llenos de fuego, enfado y miedo y
la verdad era que Adriel también se sentía de esa manera.
Ori era su kriptonita. Y él era tan estúpido cómo para querer llegar a
ella, incluso si eso lo llegaba a matar. El sonido de la llave relajó el ceño
fruncido de Ori y Adriel dejó las llaves colgando de la puerta.
Se apartó de ellas muy lento y levantó las palmas en señal de rendición.
—Avisaré a Trébol —dijo caminando a las escaleras y esperando que
algo lo detuviera.
Subió de forma pesada y lo peor de todo fue tener que encontrarse a
Raven y a Trébol enrollándose en el sofá de la casa, apenas con ropa.
Retrocedió cuando las feromonas llegaron a su nariz y regresó al sótano.
—¿Por qué has vuelto?
—Tu hermano está teniendo un buen momento con Raven en el sofá. No
quiero interrumpir. Cómo mucho será media hora más —Adriel se cruzó de
brazos, apoyó la espalda en la fría puerta y se dejó caer hasta el suelo.
Adriel apretó los labios y después de varios minutos de silencio,
escuchó el ruido de la cama.
—No quería que sonara como un insulto —la voz de Ori vibró.
—Lo ha hecho.
—Lo siento.
—No importa.
—No hagas eso.
—¿No hacer qué? —Adriel giró la cabeza, pero lo único que pudo ver
fue metal.
—Hacer qué no te han molestado mis palabras, es típico también de
Cori. Al menos sé cuando la estoy cagando.
—¿Y qué esperas que diga? —refunfuñó Adriel.
—¿Qué quieres de mí?
Adriel llevó las manos a su cuello, apretó sus palmas sudorosas contra el
cuero del collar.
—Quiero a mi compañero, Ori.
—No soy bueno.
—Me dejaste marcado —Adrile tragó la risa agría de su garganta.
Se sentía tan patético al suplicar eso. Ori no quería estar con él y Adriel
se moría de ganas por meterse debajo de su piel.
Idiota.
Idiota.
Idiota.
—¿De verdad quisiste arrancarte la marca?
—Sí.
Esa noche, Adriel no podía dormir, se dio una ducha rápida y cuando se
miró en el espejo sus garras fueron cómo un imán a la marca. Los médicos
le habían dicho que no era recomendable, que las marcas no se podían
quitar, no desaparecían, no cicatrizaban. No eran heridas. Era una señal de
emparejamiento y por mucho que Adriel quisiera borrarla, no podía.
—¿Duele?
—Si no vas hacer nada al respecto no preguntes.
Silencio.
Adriel escuchó algo.
—¿Y si hago algo?
CAPÍTULO 2:
ESPERARÉ
Ori tragó fuerte cuando la cabeza azul de Adriel volvió a aparecer por la
pequeña ventana. La mano libre que no había conseguido atar al cabecero
de la cama con las cadenas se sacudió queriendo llegar a él. Ni siquiera las
drogas, el metal y la estúpida celda le quitaban las ganas a su lobo de salir y
cazar y Ori odiaba eso.
Cori había crecido como un mestizo normal sin señales de ningún
animal mientras que Ori, desde su pubertad, lo había sentido. Lo había
ignorado, pensando que no era más que un cambio, creyendo que si pasaba
de él, su lobo desaparecía, pero cada año lo empujaba más. Sus manos se
transformaban, o de repente tenía cola, u orejas hasta que el día de su celo
llegó. Ninguno de los hermanos estaba preparado para ello. Cuando Ori
tuvo su primera transformación completa, desapareció durante un par de
días. ¿Qué hizo? ¿Dónde estuvo? ¿A quién atacó? No lo sabía. Llegó a casa
desnudo, cubierto de sangre, barro y heridas y Cori lo recogió y ayudó. Las
pastillas se convirtieron en sus mejores amigas cuando los sueños de Adriel
gritando bajo él llegaron a su mente.
Su lobo estaba cada vez más enfadado y Ori lo ignoró todo lo que pudo
hasta que Trébol lo acorraló. Sabía que tenía razón, demonios. Sabía que
tenía que ponerse los pantalones de chico mayor y maduro y tratar de
entender y llegar a su bestia, pero… ¿qué hacía si estaba muerto de miedo
por dentro? ¿Qué hacía si el daño que le había hecho a Adriel era
irremediable? ¿Qué hacía si realmente le había hecho daño a su pareja e
ignorado durante todos estos años?
El cerrojo de la puerta sonó y Ori se quedó mirando. Trató de no respirar
cuando la placa de metal desapareció entre ellos y su mano se movió por sí
sola buscando librarse de las cadenas y agarrar lo que era suyo por derecho.
Adriel se encogió y Ori odió eso.
No quería que su pareja le tuviera miedo y estaba muy claro que Adriel
lo hacía. Ori tenía que arrodillarse, pedir perdón, suplicarle, arrastrarse por
el suelo, pero… ¿y si eso no era suficiente?
Cuando pensaba en encontrar a su pareja, Ori se imaginaba un escenario
totalmente diferente. Algo cómodo, bonito. Un lobo sólo tiene una pareja en
toda su vida, incluso tras la muerte de uno de ellos. Pero esto…esto era
aterrador para los dos.
Adriel cuadró sus hombros, no se vio menos asustado por eso. Sus pies
se movieron de forma lenta hacia la cama y la muñeca de Ori volvió a
sacudirse.
Adriel se detuvo.
Mierda.
Ori quería que siguiera caminando hacia él.
Se tragó cómo pudo el gruñido de su garganta y mordió su lengua
ignorando los pensamientos del lobo.
—¿Qué quieres… hacer? —la voz de Adriel sonaba insegura.
Tal vez el Alfa pequeño esperaba que Ori le gritara y lo echara de la
habitación o que saltara de la cama y volviera a atacar y mierda sí Ori se
moría de ganas de hacer eso.
Era un compañero horrible. Adriel no se merecía eso.
—¿Puedes terminar de atarme a la cama?
Adriel lo miró antes de hablar —¿Seguro?
Ori acabó de asentir y Adriel tardó un poco en ponerse manos a la obra.
Sostuvo primero sus pies y eso hizo que el lobo se enfadará aún más, para
cuando se movió hacia la mano, Ori ya tenía los dientes fuera.
Las manos de Adriel temblaban, tomó aire y apretó la muñeca de Ori
que trataba de apartarse de él para rodearla con la cadena y terminar de
encadenarlo.
—Tu lobo no tiene que estar contento.
No. Por supuesto que no. A ningún lobo le gustaba ser atado frente a su
pareja, a no ser que sea para otras cosas. Ori arrancó ese pensamiento, de
ninguna manera podía ponerse a pensar en eso.
Ori lamió sus labios, sus pupilas dilatadas fueron al cuello de Adriel. Le
molestaba ahora ese collar y le molestaba no olerlo por culpa de las drogas.
—¿Quieres… verla? —preguntó Adriel claramente refiriéndose a la
marca de su cuello.
Ori asintió sin palabras.
Adriel llevó las manos al collar de cuero, quitó la anilla de forma fácil y
luego el collar estaba en su mano. Ori soltó un gruñido y su cuerpo se
sacudió en la cama. El lobo aullaba, se arrastraba al ver la mitad de la marca
que quedaba en su cuello bastante enrojecida y arañada.
—Hiciste eso tú —no era una pregunta y en los ojos de Adriel destelló
el arrepentimiento.
—Pensé… que desaparecería, que podría dejar de doler si arrancaba una
parte.
—¿Lo hizo?
—No. La marca salió de nuevo.
—¿Quieres…quieres que haga algo? —Ori podía sentir la tensión en su
pecho, el aire espeso y la angustia del rechazo subir por su cuerpo.
No había forma de que Ori le hiciera daño a Adriel estando así, pero…
ya se lo había hecho y Adriel podía rechazarlo fácilmente. Ori se merecía
eso. Pero Ori no quería ser rechazado.
Quería arreglarlo. Quería coger los trozos rotos de Adriel y
recomponerlo.
Esperó a que Adriel estuviera listo y cada minuto que pasó en silencio
valió la pena cuando Adriel subió a la cama, se sentó a su lado y llevó las
rodillas al pecho. Ori respiró profundo, pero no había ningún aroma en él.
—No me puedes oler, ¿verdad? —preguntó Adriel mirando sus propias
rodillas.
—Es un efecto… secundario de las pastillas.
—¿Podrás olerme cuando… las dejes? Si quieres dejarlas, claro.
Ori no quería hacerlo. Las pastillas lo mantenían a raya. Las pastillas lo
hacían dormir tranquilo por las noches, pero ahora comprendía a su
hermano y a Raven. Esas pastillas le estaban quitando todas las
oportunidades que Ori tenía de recuperar a su pareja, de olerla, de estar con
él. Adriel se estaba esforzando en no salir corriendo, entonces…¿por qué
Ori no lo hacía?
—Quiero. De verdad que me gustaría olerte.
—¿Las dejarás?
—Sí —su mano se sacudió y Ori maldijo para dentro.
—¿Y qué harás con él si dejas de tomarlas?
Ori lo pensó. No había forma en la que pudiera dejar sus pastillas sin
temer por la proximidad de Adriel, incluso ahora que aún había droga en
sus sistema quería abalanzarse y tocarlo. La única opción que le quedaba
para recuperar a Adriel era ir a la manada de Caleb y aceptar la ayuda que
Adam le estaba dando incluso si Ori detestaba eso y lo odiaba con toda su
alma.
Estar al lado de Adriel y no poder tocarlo era una maldita tortura de la
que quería escapar. Tenía que hacerlo. Tenía…
—Iré con Caleb.
Adriel giró su cabeza para mirarlo.
—No quiero obligarte, Ori. Si no quieres puedo irme de la ciudad o del
país y alejarme, y tú puedes seguir con tu vida cómo lo era antes.
—Has dicho que querías un compañero.
—Sólo si ese compañero quiere. No soy de los que mendiga amor y
entiendo tu posición en la manada y lo que perderías si te vas. Los lobos
empezarían a hablar, todos acabarían enterándose de todo. Tienes que saber
eso.
—¿Crees que me preocupa que la gente se entere de lo que hice o de lo
que eres para mí?
Demonios, Ori sí que tenía haberlo hecho mal durante este tiempo
incluso para que Adriel pensara que él se sentiría avergonzado de tenerlo
como pareja.
Adriel no respondió.
—No me importa lo que la manada piense de mí. Sólo me importa lo
que tú pienses. Y en todo caso de que esto salga mal, soy yo el que tiene
que marcharse, no tú. Tú no hiciste nada malo.
—Sabes lo rumores que hay en la manada sobre mí.
Ori mordió su lengua para no saltar. Había escuchado algo, pero nunca
había prestado suficiente atención hasta que llegó a esa habitación del
hospital y Raven le contó cómo habían atacado a Adriel y pedido favores
sexuales a cambio de dinero.
Ori respiró.
—No importa lo que hayas hecho antes. Eres libre de hacer con tu
cuerpo lo que…
—Por la Diosa, Ori. No. Nunca he vendido nada mío. Estuve con otros
lobos, pero sólo para llamar tu atención. No sabía que tomabas pastillas. Y
la gente empezó a hablar y a decir que cómo engañaba a mi supuesto
compañero tenía que ser una puta o algo parecido y…
Ori movió sus manos y las cadenas sonaron fuerte. Escuchar lo que
había tenido que sufrir su pareja por él le hacía querer ir a abrazarlo,
consolarlo, mimarlo, y luego ir a cazar a todos los lobos que lo habían
tratado así.
—¿Gruñes por…?
—No por ti. Yo tenía que haber parado eso. Tenía que haberme dado
cuenta antes y haber sido una buena pareja desde el principio.
—Eso significa que quieres…
—¿Ser tu pareja?
Adriel asintió y Ori vio la duda en sus ojos. El problema aquí no era
Adriel, el problema era Ori y lo que Ori había hecho.
Adriel era perfecto.
—Quiero, pero eso no depende de mí. No quiero hacerte daño, y si estoy
cerca de ti algún día lo haré. Tampoco puedo ocupar ese puesto cómo si
nada hubiese pasado. Quiero ser digno. Así que déjame trabajar en ello.
Adriel lo miró sin decir nada y de nuevo el pensamiento de Adriel
marchándose regresó a su cabeza. Adriel no hizo eso. Su espalda golpeó la
almohada y luego se terminó de acostar a su lado. Las manos de Ori tiraron
nuevamente y Adriel lo miró con cautela antes de acercarse a él. La cabeza
azul de Adriel se apoyó en el pecho de Ori y Ori guardó la respiración.
—Yo… Yo esperaré por eso.
CAPÍTULO 3:
DESCANSA, CHICO
Un mes después…
Ori esquivó tarde el golpe y el puño de Ivarr se clavó en su mandíbula con
tanta fuerza que Ori mordió su lengua y escupió sangre sobre el suelo. Miró
con furia al lobo grande de cabello rojizo y mecha blanca y sacó sus garras.
Ivarr sonrió satisfecho. Cómo lo odiaba. No es que odiara a Ivarr, no
tenía nada contra su persona y el poco tiempo que Ori había estado en la
manada se había dado cuenta de que el entrenador de centinelas era un
hombre muy querido, respetado y al que todos pedían ayuda y protección.
No. Ori odiaba su manera de enfurecerlo, esperando que el lobo cabreado
de Ori saliera a su superficie para hacer que Ori lo dominara. Había pasado
un mes con este estúpido entrenamiento y nada había funcionado incluso
cuando Ori se esforzaba cada día más y más.
Empezaba a cansarse. Caleb le había pedido paciencia, y toda la manada
del bosque le mostraba su apoyo, sin embargo, las noches se estaban
convirtiendo en un verdadero infierno, más después de colgar el teléfono y
despedirse de Adriel.
—Usa tu voz —mandó Ivarr cómo si eso fuera lo más fácil del mundo.
Ori gruñó. No era él quién lo hacía, era el lobo enfadado. Ivarr le había
enseñado a hablar con él, a tratar de calmarlo, a disculparse, pero su lobo
parecía ser el más cabezota de toda la historia e ignoraba todo lo que Ori le
decía y pedía.
Ivarr aprovechó para golpear su estómago mientras que Ori se
concentraba en la furia del lobo y en domesticarlo pero la cola apareció y
después las orejas, su visión se tornó roja y su cuerpo cambió rompiendo la
ropa y acomodándose a otro. Los pensamientos ahí del lobo eran mucho
más fuertes y todos incluían a Adriel, escapar de Ivarr, llegar a su pareja,
sentir su olor. Ivarr no tenía problemas para dominarlo, estaban en un
gimnasio cerrado dónde las únicas personas que habían eran ellos dos y el
lobo fijó la mirada en el Alfa antes de saltar sobre él.
Ori le dijo que parara. Que se detuviera. Nunca conseguía volver a su
cuerpo humano después de una transformación y era Ivarr el que obligaba a
su lobo a retroceder. Si quería regresar a la ciudad y ver a Adriel, Ori tenía
que ser capaz de lograr eso al menos.
Ivarr cayó al suelo de espaldas, sujetando las fauces del lobo con sus
manos y evitando las garras que lanzaba hacia todos los lados.
—Vamos, Ori —lo llamó por su nombre.
Ori estaba ahí. Ori estaba ahí dentro pero no sabía cómo hacer que su
bestia le obedeciera sin fármacos.
Ivarr esperó esquivando todos sus golpes a que Ori tomará las riendas y
cuando vio que no lo haría, su cuerpo giró sobre el lobo. Sus piernas y
brazos lo amordazaron y el lobo estaba jadeando y llorando. Ori ya tenía
suficientes magulladores y costillas rotas por eso, claro que siempre era
mejor romperle una costilla a que mordiera a Ivarr y la clínica se había
convertido en su casa. Pasaba ahí la mayoría de las noches y empezaba a
acostumbrarse a lo que era la vida en una manada.
No le gustaba, pero no tenía otro remedio más que aguantar.
El lobo chilló y retrocedió y Ori siseó cuando sintió sus huesos moverse
de lugar. Ivarr se levantó y antes de tirar algo de ropa sobre él lo estudió
para cerciorarse de que estaba bien.
—Fallaste, otra vez.
Ori se puso los pantalones adolorido.
—No puedo hacerlo.
—Lo harás, Ori. Tendrás que aprender o te quedarás en el bosque para
toda la vida. ¿Quieres eso?
—Odio este lugar.
—Entonces, ya sabes que hacer. Mañana haremos algo diferente.
Ori lo miró.
—¿Diferente? ¿Por qué?
—Me he cansado de partirte las costillas.
Ori bufó.
—¿Necesitas que llame a Helia?
Levantándose del suelo, Ori negó con la cabeza.
—Puedo caminar hasta la clínica.
Ivarr estiró sus manos hacia arriba y le quitó el bloqueo a la puerta.
—Es difícil lo que estás tratando de hacer, Ori. No has tenido disciplina
y has abusado de tu lobo, pero creo en ti, chico —dijo Ivarr—. Con
paciencia, lo conseguirás.
—Gracias, Ivarr.
—Descansa, chico.
Ori salió del gimnasio, la clínica no quedaba lejos y estuvo tentado a ir
directamente a su cabaña asignada, ducharse, cenar y dormir, pero Helia
acabaría enfadado si descubría que realmente había pasado de largo de la
clínica cuando algo le dolía. Llegó a la cabaña y entró sin necesidad de
tocar la puerta.
Susi estaba en el mostrador, le sonrió como de costumbre.
—Helia, Ori está aquí —avisó la mujer joven.
Helia salió de la habitación.
—Estaba esperándote. ¿Qué tienes?
—Creo que una costilla rota.
—Pasa, anda. Susi, puedes irte. Esta noche haré yo la guardía —le dijo
Helia a su ayudante.
—¿Seguro? Llevas un par de semanas que no descansas.
—Sí. No te preocupes.
—De acuerdo, pero a mitad de mes cambiamos turnos.
Helia le sonrió y Ori terminó de entrar en la sala.
—Tengo algo de prisa —dijo Ori dándose cuenta de que eran las nueve
pasadas.
—No pasa nada si te retrasas un día.
—Adriel madruga mucho y se va a dormir pronto, es como un bebé.
—Y tú necesitas hablar con él todos los días.
Ori asintió y vio cómo Helia preparaba las cremas.
—De acuerdo. No puedo hacer mucho si cada día vienes con costillas
rotas, no curarán así y por lo visto tus habilidades de curación no son como
las de Apolo.
Apolo era otro mestizo Alfa que vivía en territorio Omega junto a su
pareja Levi. Era como él salvo que Apolo no tenía a un lobo dándole la vara
por lo que no era una amenaza para el reto de Omegas y estaba emparejado.
Su don era algo peculiar, tenía una muy rápida cicatrización y Ori tenía que
luchar con la suya.
—Mañana haremos algo diferente.
Helia frunció el ceño, pero en su frente no se marcó ni una sola arruga.
Al principio, a Ori le había resultado muy incómodo estar con él. El hombre
era…era demasiado bonito, demasiado delicado. Ori ya tenía pareja, y le
gustaba Adriel, pero por supuesto que sabía apreciar a un hombre atractivo
cuando lo veía. La mitad de Alfas sanos y solteros iban detrás de él, y Ori
había visto la clínica llena de ellos esperando cortejar al Beta para ser
rechazados cinco minutos después.
—¿Algo diferente? —preguntó Helia llevando su cabello largo hacia
atrás— ¿Por qué me preocupan tanto esas palabras?
—Es lo que ha dicho Ivarr.
—Más aún.
Helia arregló sus costillas, le dio algo de medicina para el dolor pero Ori
la rechazó al igual que siempre. No quería ver una pastilla y ya estaba
acostumbrado al dolor y a los morados. Lo que sí aceptó fue una pomada
para después de la ducha y se despidió de él prometiéndole que mañana no
pasaría por la clínica. Nada más llegar a su cabaña asignada, Ori se metió
en la ducha tan rápido cómo sus piernas le permitieron. Se había cogido
unas vacaciones de su trabajo, pero la semana que viene ya tendría que
empezar, lo bueno era que Ori trabajaba desde casa con un ordenador y Cori
le había prometido traerlo a mitad de semana. Caleb estaba poniendo
internet y modernizando un poco las cabañas para recibir a más humanos y
los técnicos humanos pasaban día sí y día también entre la manada
colocando amplificadores de señal. Esta nueva novedad le había venido
muy bien, ya que su proceso de recuperación era cada día más lento.
Ori llamó a Adriel nada más salir de la ducha, puso la llamada en
altavoz mientras se peleaba con las vendas que Helia le había dado para
proteger sus costillas por la noche.
Adriel lo cogió al último toque.
—¿Te he despertado? —preguntó Ori estirando la gasa.
—Mmm… creía que no ibas a llamar hoy, así que me he acostado.
—Lo siento, se me ha hecho un poco tarde.
—¿Cómo ha ido?
—Como siempre, ¿y tú día?
Ori le había pedido a Raven el teléfono de Adriel desesperadamente.
Alejarse de su familia y manada había sido difícil, irse al bosque, también.
Estar con gente nueva, ser golpeado y tener que adaptarse, pero lo peor que
llevaba era no hablar con Adriel y saber cómo se encontraba sobre todo
después de saber que era su maldita pareja.
Pareja.
La manada estaba llena de ellas, incluso el cabezón de Ivarr tenía una
que iba cada día después del entrenamiento con su hija Zoe a recogerlo y a
llevarle comida y cada vez que Ori los veía, los remordimientos nacían y
tenía que luchar con ellos para que no se lo comieran y escupieran.
—Bien, normal. Se ha roto la máquina de los helados y ha tenido que
venir el técnico.
—Qué mala suerte —Ori se tragó un quejido cuando hizo un mal
movimientos mientras se ponía la venda.
—¿Qué estás haciendo?
—Trato de ponerme unas vendas.
—¿Te han vuelto… hacer daño?
—Estoy bien. Es sólo una costilla magullada —Ori pasó la venda por su
cintura.
—¿Cuándo vas a volver?
Ori dejó lo que estaba haciendo y apoyó las manos en la encimera.
Adriel nunca preguntaba eso, era un tema vetado en sus conversaciones.
Normalmente, hablaban de sus días, de anécdotas, de Raven, Cori, Adam o
Trébol. A veces, ni siquiera hablaban, se llamaban el uno al otro y
respiraban junto al teléfono hasta que se quedaban dormidos. No hablaban
de un futuro, de lo que harían una vez que Ori regresara a la ciudad, de
cómo Ori iba a ganar su perdón, de si vivirían juntos, de si Adriel estaría
dispuesto a marcar a Ori. No. Nada.
—Es…
—No me mientas.
—No lo sé. Podrían ser meses.
Adriel hizo un ruido estrangulado y Ori quiso tenerlo delante.
—Vale.
—No te enfades.
—No me enfado.
—Lo estás.
—Bueno…si. Pero… dices que podrían ser meses, y no estás avanzando
y tampoco me dejar ir a verte y…
—Sabes que no estás seguro aquí.
—¿Por qué? ¿Por qué no puedo hacerte una visita pero Cori y Raven y
Trébol sí pueden?
Ori masajeó su frente. Ahora las cadenas no iban a funcionar, las
pastillas habían desaparecido de su sistema y con ellas sus efectos y Ori
estaba experimentando lo que era tener su olfato de vuelta, sus reflejos, la
fuerza y el poder del animal. Poner a Adriel frente a él sería catastrófico.
—Ellos no son tú.
—Confío en qué no me harás daño.
¿Cómo podía Adriel ser tan… tan así? Ori no entendía cómo aún
después de todo el Alfa seguía luchando por él. Si. Ori había prometido
arreglar la situación, curarse, estar con él. Sin embargo, aún no podía
quitarse de la cabeza el maldito día que perdió la cabeza y le hizo daño, y
jamás lo haría.
—Yo no, Adriel. Te quiero lo más alejado posible ahora de mí —Ori
sabía que eran palabras duras y que haría nuevamente daño a Adriel pero…
pero no sabía qué más hacer.
Estaba frustrado con él mismo.
Adriel no respondió y Ori esperó paciente hasta que la llamada se cortó.
Ori tomó aire, miró el teléfono y llamó de nuevo a Adriel, pero Adriel lo
ignoró y Ori apretó el teléfono en su mano hasta que se escuchó un
chasquido.
Genial.
CAPÍTULO 4:
NO RESPIRA
Lo primero que hizo Ori al despertarse fue llamar a Adriel. No debería de
haber dicho eso, pero de nada servía lamentarse ahora de todas las veces
que la había fastidiado con él. Tenía que asumir que era una mierda de
pareja, que tenía menos sensibilidad que un horno y que en su vida siempre
que algo podía ir a peor, en realidad lo hacía.
Sabía que Adriel no iba a contestar. Poco a poco iba conociéndolo. El
lobo era cabezón, terco y orgulloso. No le gustaba mendigar afecto, nunca
cambiaba de opinión y discutir con él era misión imposible, mucho menos
por teléfono cuando era tan fácil colgar e ignorar.
Ori suspiró y dejó el teléfono tranquilo junto a la cama, la pantalla
estaba rota y no quería tener que pedir a alguien de la manada que le
comprara otro en la ciudad porque él había estrangulado a su teléfono
después de ser ignorado por su pareja. No. Ori no tenía control, pero para
eso si.
Esperó fuera de la cabaña a que Ivarr lo recogiera y llevara al lugar de
su nuevo entrenamiento y lo que vio, no fue nada esperado.
El entrenador lo condujo a través del bosque, una caminata sencilla
junto a un camino de tierra hasta llegar a un pedrusco alto en el que había
una figura sentada. Ori miró a Ivarr a la espera de que le dijera que tenía
que pelear con él, pero el Alfa simplemente le señaló que subiera ahí.
Ori frunció el ceño, encogió los hombros y lo hizo escuchando las
pisadas de Ivarr a sus espaldas.
—Toma asiento —habló bajo Ivarr.
Ori miró la roca fría, no estaba entendiendo nada, pero lo hizo de todas
maneras esperando descubrir lo que Ivarr tenía entre manos.
Ori se sentó, tratando de imitar la forma en la que las piernas del extraño
se entrecruzaban e Ivarr se acuclilló.
—Lay, estamos aquí.
—Soy ciego, Ivarr, no sordo —respondió Lay con una sonrisa torcida.
Ori lo miró de reojo con algo de desconfianza. El lobo no llevaba
camiseta, tan sólo un pantalón ancho y blanco. Su pelo estaba cortado a la
altura de su mandíbula y llevaba una trenza larga colgando de los últimos
mechones de su cabello castaño. Sus cejas eran finas, relajadas, una suave
mandíbula y ojos blanquecinos.
Ori se sintió incómodo, más bien inquieto cuando Lay dirigió el rostro
hacia su dirección y lo miró durante unos segundos sin decir nada. No
miraba, sus ojos lo miraban pero ahora que Ori sabía que ese hombre era
ciego, no podía entender lo que estaba haciendo.
—Así que tú eres el que tiene problemas con su lobo.
Ori se tensó.
—Algo así.
—Ivarr me ha contado tu historia, espero que no te moleste.
—Todos la saben. No me importa. ¿Qué es lo que voy hacer aquí, Ivarr?
Ivarr hizo una mueca.
—No quiero reconocer que mi trabajo contigo está resultando inútil,
pero lo es, y ya me he llevado suficientes reprimendas de Dani y de Helia
cómo para seguir con algo que no está funcionando. Lay tiene una historia
parecida a la tuya, pensé que él podría darte la clave.
Esta vez, Ori miró curioso a Lay.
—¿Puedes?
—¿Qué si puedo hacerte controlar a tu lobo?
—Sí.
Lay sonrió de forma astuta, como un zorro.
—No se puede controlar a un animal salvaje. Puedo hacerte convivir
con él, puedo enseñarte a escucharlo, pero no voy a enseñarte a encadenarlo
como la mayoría de los Alfas sin cerebro hacen. Si te vale, bien. Si no, vete
a otra parte.
Mierda. Ori no quería eso. Ori quería encerrarlo más que comunicarse
con él o conocer a su lobo, pero, cómo había dicho Ivarr, la fuerza no estaba
funcionando, Ori no podía traer más costillas rotas o suspenderían su
entrenamiento y se quedaría un mes más encerrado en la manada sin ver a
Adriel, tenía que avanzar de cualquier forma y manera.
—Me quedo.
—Buena decisión. Ivarr, puedes irte.
—Llámame si hay algún problema.
—No lo habrá.
Ivarr se fue y Ori quedó a la espera de una orden. No hubo ninguna.
Lay cerró los ojos, estiró sus brazos al aire, movió sus muñecas flexibles
y las bajó apoyando el dorso de sus manos en sus rodillas.
—¿Qué…?
—Silencio —irrumpió Lay.
—¿Silencio?
—Cierra los ojos, intenta relajarte y estira tu espalda.
—¿Cómo me ayudará eso?
—Piensas mucho.
—¿Puedes saber lo que pienso?
—No. Pero lo haces, yo también estaría enfadado si tuviera que
compartir espacio mental contigo y nunca me oyeras. Relájate, trata de
sentir lo que tu lobo te pide y necesita.
Ori refunfuñó. Movió sus piernas a una posición más…cómoda, usó una
cuerda para atar su cabello en alto y estiró su espalda y cuello sintiéndose
estúpido. Cerró los ojos, los abrió, los cerró de nuevo y los volvió a abrir.
Pensó en Adriel, suspiró, relajó sus hombros y al final, cerró los ojos.
Trató de mantener su mente en blanco y no llenarla de pensamientos
preocupantes o estúpidos y demonios si le costó. Todos sus miedos y
preocupaciones estaban ahí. El dolor de Adriel, el de sus hermanos, la
decepción en los ojos de su líder y lo que tendría que enfrentar una vez que
regresara a la ciudad. Ori lo sacó de su cabeza, y cuando todos sus
pensamientos y sentimientos se esfumaron pudo sentir y casi palpar los de
su bestia.
Siempre había creído que él estaba enfadado por todo lo que Ori le había
hecho, y lo estaba, pero más que enfadado, Ori pudo sentir su dolor. Los
lobos eran criaturas que odiaban la soledad, necesitaban a la manada, cazar
con ella, salir y estrechar lazos. Ori lo había hecho, pero no le había dado la
oportunidad a su lobo de hacerlo. Lo había drogado, separado de su pareja e
ignorado como si no fuera importante para él cuando para su lobo, Ori era
el primero.
La expresión tensa de Ori cambió, parpadeó lento y abrió los ojos. Lay
seguía en la misma posición, la brisa moviendo su cabello y sus piernas en
la posición incómoda que Ori había tenido que deshacer.
—¿Cómo puedo… hacerlo feliz? —preguntó al final Ori.
Lay movió la cabeza hacia un lado.
—No es cuestión de hacerlo feliz. Tienes que respetarlo, él también
existe.
—¿Cómo se hace eso?
—Dale lo que necesita.
Ori tragó saliva.
—No estoy seguro de que eso…
—Si sientes que quiere correr, ve a correr. Si quiere pelear, entrena con
Ivarr, si quiere dormir en el bosque o respirar aire, hazlo. No lo reprimas.
—Decirlo es muy fácil. Las dos únicas veces que ha salido, sólo ha dado
problemas.
—Dale su espacio y respeto y él sabrá darte el suyo. Hasta que no hagas
eso nada cambiará en tu relación con él.
—Tengo una pareja, ¿y si lo hago y él va a hacerle daño?
—No lo averiguarás si no lo intentas.
—Ivarr ha dicho que tu historia es parecida a la mía. ¿En qué?
—Nací en una familia de humanos.
—¿Eres mestizo?
—No.
—Pero si nacis…
—Lo sé. Uno de mis antepasados era Alfa, sus genes dieron un salto
hacia mí. Todo iba bien hasta que llegué a la adolescencia, las cosas… se
complicaron ahí. Mis padres intentaban entenderme pero había momentos
en los que ni yo mismo lograba controlarme hasta que hice daño a uno de
ellos y huí. Caleb me encontró.
—Siento eso.
—La meditación me salvó. Fue lo que me unió a él y me hizo
comprenderlo. No tienes que luchar con él, Ori. No es un parásito, es parte
de ti.
Ori se fue a casa con esas últimas palabras en mente.
***
Adriel tocó el timbre de la puerta del piso de su madre por última vez
antes de usar la llave. Entró después de cinco minutos llamando.
—Mamá, soy yo —habló metiendo las llaves en la pequeña mochila que
llevaba en su espalda y asegurándolas. A Laila no le gustaba que él tuviera
las llaves de su casa y siempre que lo encontraba entrando trataba de
quitárselas para que no entrara de nuevo, era raro no verla ya detrás de su
espalda o no escucharla.
Adriel caminó por el pasillo.
—¿Mamá? ¿Estás en casa?
Le daba pena ver la casa en la que había crecido así. Adriel había tenido
una infancia muy feliz, su padre trabajaba en una fábrica y su madre se
quedaba en casa para estar con él y llevar el hogar. A veces, no tenían
mucho dinero, pero sus padres se encargaron de que Adriel tuviera lo
necesario para salir adelante y ser feliz. Cuando su padre murió, su madre
no pudo soportarlo. Adriel había escuchado hablar de lo horrible que era
perder un compañero, él entendía el dolor de su madre, sin embargo, Adriel
también había perdido un padre y no podía quedarse en casa todos los días
llorando como lo hacía su madre cuando tenía que estudiar. Adam los ayudó
en todo, o trató de hacerlo, pero cuando Laila descubrió el alcohol para
mitigar su dolor… no hubo nadie que la separara de la botella.
La cocina estaba sucia y llena de polvo, y mientras Adriel avanzaba más
por su casa, peores cosas descubría. Sólo habían pasado cuatro días desde la
última vez que vino, limpió y acostó en la cama a su madre borracha. Las
botellas de alcohol vacías y latas de cerveza rodaban por el suelo y se
preguntó si su madre se había ido a comprar más munición hasta que vio
una mata de pelo rubia tirada en el salón.
Corrió hacia ella y sujetó su cabeza con manos temblorosas.
—¿Mamá? ¿Mamá? ¡¿Mamá?! —la sacudió entrándo en pánico-
¡Mamá, despierta! ¡Vamos!
Tiró la mochila a su lado y buscó el teléfono móvil. El primer nombre
que le aparecia era el de Ori y su lobo lo espoleó a que lo llamara y se lo
contara en busca de su ayuda, pero Ori ya había dejado muy claro lo que
pensaba acerca de él y de su proximidad y llamarlo sería una mala idea si el
lobo estaba en un entrenamiento, Adriel no quería enfadarlo más o
molestarlo así que llamó a Raven con la esperanza de que él estuviera libre,
cuando Raven contestó, la voz de Adriel se quedó atascada en su garganta y
sintió las lágrimas.
—¿Adriel? ¿Estás ahí?
Adriel tomó aire y presionó su frente con sus rodillas.
—No respira —dijo con un ruido estrangulado.
—¿No respira? ¿Quién? ¿Dónde estás?
Adriel apretó sus labios y le dio la dirección a Raven de la casa de su
madre.
—Estoy en menos de cinco minutos.
Adriel colgó y no pudo hacer más que encogerse y llorar hasta que
Raven tocó el timbre. Se levantó hacia la puerta y señaló con su dedo a
través del pasillo.
—Quédate aquí —fue lo que Raven le dijo dándole un apretón en los
hombros.
Adriel aceptó y no se movió. Luego llegó Adam y Trébol y la
ambulancia. Dos hombres subieron a su madre a la camilla y Raven y
Trébol y Adam guiaron a Adriel a un coche y lo llevaron al hospital.
Tuvieron que esperar sentados junto a una habitación y cuando el doctor
salió, todos se levantaron. Adriel los siguió de forma automática y escuchó
al médico decir algo que ya sabía. Vinieron los pésame de todos y los
abrazos que él no respondió como si su mente estuviera volando fuera de su
cuerpo.
Su madre había muerto.
Su madre estaba muerta.
CAPÍTULO 5:
CUIDADO
Ori no se sentía tan nervioso desde hacía mucho, mucho, mucho tiempo.
Llevaba un par de días sin saber nada de Adriel. No contestaba a sus
llamadas y tampoco quería llamar a Raven para reconocer por milésima vez
que la había fastidiado.
Las clases de meditación estaban siendo… interesantes. Lay no hablaba
mucho, pero siempre trataba de ayudarlo. Ivarr iba y venía y Helia estaba
feliz de mantener las costillas de Ori lejos de la clínica. Cada vez le
resultaba más fácil dejar su mente en blanco y conectar con el lobo. Había
descubierto cosas muy interesantes como que su lobo, después de todo, lo
apreciaba y que en lugar de estar enfadado con él, estaba dolido y
decepcionado.
Ori tenía que arreglar eso si quería salir del bosque y estar con Adriel.
Intuía que estar con el lobo Alfa no iba a ser tarea fácil. Adriel se parecía
bastante a Cori. Eran ese tipo de personas que nunca contaban lo que estaba
sucediendo a su alrededor y que callaban todo lo que sufrían ocultándolo
bajo un caparazón. No quería que Adriel fuera así con él. Así que después
de arreglar las cosas con su lobo tendría que romper todas las capas que
Adriel estaba poniendo sobre ellos.
Ori tiró la cabeza hacía atrás y se apartó de sus zapatos. Llevó las manos
a la camiseta de tirantes gris y la dejó caer sobre los deportivos. Ivarr estaba
ahí, en algún lado vigilándolo y Ori distinguía también en el aire dos olores
más. Por supuesto que eran un par de guardianes o centinelas a las órdenes
de Ivarr y a la espera de que Ori metiera la pata para salir y abalanzarse
sobre él.
Ori no lo haría. No. ¿Verdad?
Terminó de bajarse los pantalones y tomó todo el aire que pudo rezando
a cada uno de los dioses para que esto funcionara. El lobo quería salir a
correr, y por una vez en la vida, Ori iba a dejarlo.
Salió de los pantalones y antes de pensarlo más, lo llamó. Era la primera
vez que lo hacía por voluntad propia, normalmente el lobo tomaba el
control furioso y no porque Ori se lo cediera, esta vez lo hizo. El dolor en
sus huesos fue mucho peor que un millón de costillas rotas y Ori gritó,
cerrando los ojos con fuerza y curvando su lomo hasta colocarse a cuatro
patas. Cuando Ori volvió a abrir los ojos, todo era diferente.
El bosque era más pequeño que antes, podía controlar cada reflejo de
animal moviéndose, cada olor y saber exactamente ahora dónde estaban
escondidos los tres centinelas. Su gran pata rompió una rama y el lobo soltó
aire por la nariz.
Lo comprendía ahora. No tenía que tener miedo de la bestia. La bestia
era él. La bestia era parte de él. Mientras que estaba en otro cuerpo, Ori
podía pensar con claridad y moverse y el lobo… el lobo lo respetaba. Ori
rió en su mente antes de prepararse y darle el pistoletazo de salida, en
cuanto lo hizo, el poderoso lobo negro salió corriendo como un demonio
por el bosque.
Ivarr iba tras de él, pero sabía que no era una amenaza, así que no tenía
sentido que se detuviera a gruñir al otro lobo que claramente le estaba
dejando su espacio para correr y explorar. Ni siquiera supo durante cuánto
tiempo estuvo corriendo, saltando, brincando y estrellándose con árboles,
sólo que su lobo estaba feliz, que la frustración iba desapareciendo poco a
poco y la ilusión de ver a Adriel aumentaba, en el último momento, el lobo
cambió de dirección, el aire nocturno golpeó su rostro y Ori estaba
recorriendo senderos del bosque y siguiendo los ruidos de la ciudad.
No.
No.
No.
Ivarr ya no estaba corriendo de forma amistosa, sino que trataba de
derribarlo antes de que pusiera una garra en el asfalto y Ori deseaba que eso
fuera así, que lo aplastara contra un árbol y detuviera antes de que el lobo
encontrara de nuevo el camino hacía la casa de Adriel. Sin embargo, Ivarr
dejó de correr y Ori se dio cuenta de que esto era su responsabilidad.
Era un lobo mestizo Alfa adulto suficiente y tenía que aprender de una
puñetera vez cómo hacerlo. No podía estar esperando siempre a que Cori,
Ivarr, Adam o Caleb salvaran su culo. No.
Ori no quería asustar ni hacer daño a Adriel ni a ningún humano, así que
gritó, tiró de las riendas y el lobo se detuvo con un gruñido frente a las luces
de la ciudad.
***
—Confiaba en que lo hicieras —le dijo Ivarr frente a él acabando la
cena.
—Yo creo que estabas esperando a que metiera la pata.
Ivarr sonrió de lado.
—Gracias a eso has podido hacerlo.
Ori dejó el tenedor y miró su mano. Algo le decía que esto no iba a ser
nada comparado a lo que ocurriría cuando tuviera a Adriel frente a él.
—¿Sigues pensando en tu pareja?
Ori suspiró.
—No me habla.
—¿Os habéis peleado?
—Más o menos. No fue una discusión como tal. Él quería venir a verme
y yo acabé fastidiándolo.
—¿Sabes que podríamos encontrar alguna solución a eso? Me refiero a
que venga, puedo doblar a los centinelas a tu alrededor y Caleb…
—No. No quiero estar vigilado como un criminal. Necesito este tiempo
a solas para redimirme, para arreglar todo lo que destrocé, si no hago eso,
no podré volver a mirarme en un espejo.
—Te entiendo.
—Si Adriel ignora otra llamada mía, tendré que llamar a Raven para que
vaya a su casa y me ponga con él.
—¿Cómo le está yendo a…Raven?
Ori estaba al tanto de su relación con Ivarr. Cómo no. Raven, antes de
conocer a Trébol había estado detrás de Dan, la actual pareja de Ivarr. Lo
había besado e intentando convencer para hacer algo más mientras sufría un
tonto enamoramiento por el Beta. Ivarr había acabado peleando con Raven
y hasta dónde Ori llegaba, Ivarr no era muy amiglabe con él. Por eso se
sorprendió cuando el Alfa decidió entrenarlo y ayudarlo aún sabiendo que
era uno de los mejores amigos de Raven.
—Bien. Trabaja con Adam en la oficina, y vive con mi hermano, su
pareja. Creía que te caía mal.
—Me cae mal, pero a Dani no. Y ya que no nos está visitando lo
suficiente y siempre que viene es para algo rápido, a Dani le gustará saber
que lo está haciendo bien la ciudad.
—Siempre podéis hacerle una visita.
—¿Ir a la ciudad? Eso no pasará. Dani sólo iba a comprarle cosas a
Levi, y yo si puedo evitarlo, prefiero no ir.
—¿Le tienes miedo a la ciudad?
Ivarr soltó un gruñido y Ori tuvo ganas de reír.
Ivarr se pasaba la mitad del día gruñendo, ni siquiera sabía cómo Dan
podía aguantar su genio.
—No me gustan los ruidos, ni los humanos.
Ori no debatió eso. Él había nacido en la ciudad por lo que estaba
acostumbrado a los ruidos de los coches y de la gente pero entendía que
para un lobo que vivía en el bosque podía ser muy incómodo para sus oídos,
en cuanto a los humanos… Había de todo. Humanos que respetaban a los
lobos, otros que siempre trataban de buscar pelea, humanos abusones o
protectores. Lo mejor era observar, y en caso de que alguno quisiera pelear
contigo, largarse de ahí rápido.
Los humanos eran mucho más débiles y frágiles y frente a su gobierno,
la culpa siempre era de los lobos que los provocan.
Después de cenar, Raven llegó a la cabaña para darse una ducha y mirar
el reloj de la cocina durante media hora después de ella dudando en llamar a
Adriel o no. Al final lo hizo, pero el chico estaba ignorando todas sus
malditas llamadas y pasándolas al contestador. Decidió que le importaba un
pimiento molestar a Raven y a su hermano en mitad de la noche, así que
marcó su número y se lo llevó al oído mientras jugaba con una naranja.
—Ori…¿Sabes la hora que es? —Preguntó la voz de Raven.
¿En qué se había convertido su amigo? No eran más de las doce y ya
estaba durmiendo.
—Suenas como un abuelo.
—Estábamos durmiendo.
—¿Quién es? —Ese fue Trébol.
—Tu hermano —le respondió Raven.
Escuchó a Trébol hacer un ruido.
—Si no es importante que llame mañana, ya había cogido una postura
cómoda —habló el rubio.
—¿No me digas que estáis haciendo la cucharita? —Ori sonaba
asqueado.
No quería saber cómo su hermano dormía con Raven, ni en qué maldita
posición.
—¿Llamas porque te has enterado de lo de la madre de Adriel? —Raven
estaba de vuelta.
—¿Qué? Llamaba para preguntarte si sabías algo sobre Adriel. Tuvimos
una discusión y no atiende mis llamadas desde eso.
—¿No has hablado con Adriel?
—No.
—¿Desde cuándo?
—Pues…cuatro, cinco días.
—Mierda. Tuve que saber que ese maldito niño me estaba mintiendo en
la cara.
—Raven. ¿Qué ha pasado?
—La madre de Adriel murió. Hace tres días fue el entierro, me aseguró
que todo iba bien contigo y que te lo diría, por eso no te he llamado.
—¿Murió su madre?
—Sí.
—¿Cómo?
—Tenía…problemas con algunas sustancias. Llegó al hospital con el
pulso débil e intentaron reanimarla, pero… no funcionó.
—¿Cómo está él?
—Bien. Se veía bien, estuvo el otro día en mi oficina arreglando los
papeles de la casa y la herencia y Adam le ofreció ayuda por si quería
trasladarse al piso familiar pero…
—Adriel no quiso.
—Sí.
—Raven, tengo que verlo.
Hubo un silencio en la línea.
—Eso es…
—No responde a ninguna de mis llamadas, y ya no es porque esté
enfadado conmigo. Él es bueno escondiendo el dolor.
—Lo sé.
—Tengo que hablar con él.
—¿Cómo? ¿Puedes salir del bosque? ¿Puedes pedir algún permiso a
Caleb?
—Es muy tarde ahora, incluso aunque lo aceptara tendría que avisar a
Ivarr, llevar centinelas conmigo y no tengo tiempo para eso.
—¿Me estás hablando de fugarte?
—Estoy hablando de salir sigilosamente y sin que nadie se entere.
—Ori…¿Qué me dices de tu problema?
—Puedo controlarlo.
—¿Estás seguro?
—Sí, joder. Sabes que no me puedo quedar aquí. No sabiendo qué
Adriel está sufriendo. Soy su pareja.
—Vale. Conseguiré sacarte de ahí. Dame… diez minutos para hacer un
par de llamadas.
—No quiero meter a nadie de la manada en líos.
—Tranquilo. Ese chico siempre está a la espera de que ocurra algo para
apuntarse.
—¿Quién?
—Ponte guapo si tienes que hacerlo y no te muevas.
—De acuerdo.
Ori colgó sin poder dejar de pensar en quién se refería Raven. Fueron
escasos minutos de comerse la cabeza y cuando Raven abrió la puerta,
había un Omega muy extraño en su puerta.
—¿Eres el tío que necesita ayuda? —dijo mascando un chicle.
—Si. Creo… ¿Raven te ha llamado?
—Ajá. ¿Tienes que coger algo?
—No.
—Pues nos vamos.
—¿Sabes… sabes hacer esto bien, niño?
—No soy un niño. Tengo veinte años.
¿Los tenía? Ori lo miró. El Omega tenía el pelo muy rubio, con cejas y
pestañas casi invisibles y ojos negros. Piel tostada y marcas en su piel. No
parecían tatuajes, eran más bien cómo si hubiese cogido un pincel en
pintura blanca y dibujado con él sus brazos. Sus orejas puntiagudas y rectas
sobresalían de su cabello. Lo había sacado a mitad de dormir, y su pijama
púrpura era el testigo de eso.
—No aparentas esa edad.
—Lo haré. Ya verás. ¿Nos movemos?
—Sí. ¿Por dónde?
—Sígueme.
Ori siguió al chico, lo llevó al territorio Omega, tras las últimas casas.
—¿A qué hora tengo que recogerte?
—Antes de las seis de la madrugada.
—Raven me ha dicho que haces esto por tu pareja.
—No quiero hablar de eso ahora.
—Uh, no. Vivo de cotilleos y es tu billete a la ciudad, así que empieza a
contar.
Ori rió.
—¿Así que haces esto a cambio de historias?
—Ves lo aburrida que tiene que ser mi vida. Sólo yo conozco estos
caminos que ni los centinelas los rodean, así que sí. Si alguien quiere salir
del bosque a hurtadillas con mi ayuda, me tiene que decir al menos por qué
y espero siempre que la historia sea buena y jugosa.
—¿Cómo te llamas?
—Ren.
—¿Ren?
—Renato. Pero mil veces Ren.
—Sí, mucho mejor.
—¿Entonces?
Ori rodó los ojos. Mierda. Lo que menos quería ahora era contar su
mierda de historia a un niño cotilla que no conocía de nada, sin embargo,
Raven confía en él y el chico lo estaba llevando por caminos oscuros en los
que, como él había dicho, no había ni un centinela.
Ori se rindió y cedió. Le contó toda su historia, desde la violación de
Adriel hasta la muerte de su madre en susurros y el chico escuchó muy
atento y moviendo sus orejas rubias cada vez que algo lo sorprendía.
—Vaya. Y yo que pensaba que había escuchado cosas.
—¿Vas a contarle esto a alguien?
—Soy cotilla. No chismoso. Por supuesto que no, pero lo tienes jodido
hombre.
—Gracias.
—¿Seguro que quieres esperar hasta las seis? Puedo pasar a recogerte en
un par de horas.
—No.
—¿Qué harás si ese Adriel no te abre la puerta?
—Intentaré que lo haga.
—¿Y si pierdes el control?
Ori tomó aire. Eso era lo que más le preocupaba pero por una vez, su
lobo y él estaban de acuerdo en algo y era en ayudar a su pareja, quisiera
ella o no. Claramente, Adriel no quería su ayuda, si no lo hubiese llamado,
así que Ori tendría que aplastar de una vez por todas su maldita coraza.
—No lo haré.
—Muy bien. Sigue el camino que tienes delante y en unos pocos
minutos llegarás a la ciudad. A las seis, aquí mismo. Sólo espero cinco
minutos y quiero saber…
—Si, todo lo que ha pasado, pequeño cotilla. De acuerdo —dijo Ori
despidiéndose con la mano—. Lleva cuidado.
—Tú tienes que llevar cuidado.
CAPÍTULO 6:
YO TAMBIÉN
Adriel escupió la pasta de los fideos instantáneos de vuelta en el bote.
Tenía la nevera vacía y esto era lo único que había podido conseguir a la
hora que era. Tenía que haber ido a comprar el otro día, al menos fruta,
agua, té y algo de carne que era lo que normalmente comía, pero no quería
tener que ver a gente y pasar nuevamente por su pésame, así que estaba
retrasando el día de la compra a más no poder.
Había llegado al límite. En su nevera sólo había una botella de agua y un
yogur caducado. Adriel dejó el plato encima de la mesa y se rascó la nuca.
Se levantó hacia el fregadero y tiró el caldo de los fideos antes de moverse a
la basura y echar el restante sólido, luego lo fregó y lo colocó sobre un
trapo en la encimera para que se secara. Se apoyó y miró la cocina.
Sabía que estaba retrasando lo inevitable. No podía mantener esta casa,
la casa de su familia ahora vacía con un trabajo de camarero de cafetería.
Tampoco quería mudarse solo a la casa en la que su madre había muerto y
menos dormir ahí. Siempre estaba la opción de venderla, pero esa idea le
hacía querer vomitar. Era la casa de su familia, la de su padre y madre. Era
estúpido pagar otro mes de alquiler aquí. Mañana tendría que armarse de
valor y avisar al casero de que dejaría la casa, empaquetar y… Adriel pasó
una mano por su cabello.
Se lavó los dientes en el baño y tiró de la cadera del váter después de
usarlo. Mientras se metía en la cama, alguien llamó a la puerta.
Adriel se quedó inmóvil, no podía ser otra persona más que Raven,
Trébol o Cori, los tres habían estado vigilándolo desde que Ori se había ido
y eso le había obligado a Adriel a poner su máscara de alegría falsa,
sobretodo después del funeral y sentirse como una mierda con las palabras
de Ori.
Todo lo que había hecho había sido molestar al mestizo. ¿En qué había
ayudado? Adriel era la razón por la que Ori estaba dónde estaba y sabía que
pensar en eso sólo lo llevaría al mismo bucle. Sabía que había sido su
decisión contarle a Raven lo de Ori, que también había sido su decisión
bajar al sótano y a la celda y convencer a Ori de que fuera con Caleb.
Ahora, Adriel tenía que lidiar con todas esas consecuencias y con los
pensamientos de su lobo que después de despertarse junto a él, había
empezado a volverse inestable.
Normalmente, su lobo se escondía. El rechazo de su pareja había sido
demasiado para él y pasaba todo el tiempo dormido, eso había hecho que
Adriel pudiera sobrellevar mejor el abandono de Ori a excepción de la
marca, pero ahora, el lobo había probado lo que era dormir con su pareja, lo
que era escuchar el sonido de su voz, que simplemente… lo mirara.
Eso era todo lo que Adriel necesitaba, que Ori se diera cuenta de que él
existía. Nada más.
Se levantó de la cama, porque ignorar a alguno de esos tres lobos sólo
haría que tu teléfono ardiera.
—Ya voy.
Fue descalzo y abrió la puerta. De inmediato, Adriel la cerró con los
ojos bien abiertos.
—¿Qué…?
—¿Adriel? —Era él.
—¿Qué haces aquí? No tendrías que estar aquí. ¿Te has escapado?
—¿Puedes abrir la puerta?
—No. Dijiste que no querías tenerme cerca, así que esto…
—Sé lo que ha pasado con tu madre.
Adriel se quedó mudo.
—¿Quién…?
—Llamé a Raven, seguías sin coger mis llamadas.
—Pensé que tampoco querrías hablar conmigo.
—¿Me abres?
Adriel dudó con la mano en la manivela.
—¿No estarás en un problema por esto? —dijo, su voz temblaba y no
podía controlarla.
Adriel empezaba a cansarse de controlar todo a su alrededor.
—Sólo si dices algo.
—No…no diré nada.
—¿Me puedes dejar entrar? Necesito verte. Nunca he necesitado hacer
esto con nadie, pero lo necesito.
Adriel apretó sus labios.
—Voy… en pijama.
—Da igual.
—Tampoco me he peinado, ni maquillado.
—Seguro que te ves bien igual.
—Y… y no tengo nada con lo que atarte o…
—No lo necesito. Adriel. Por favor.
Adriel sintió su voz atascarse, empujó la manivela hacia abajo y abrió la
puerta muy lentamente. Se asomó por el pequeño hueco y miró a Ori.
¿Cuánto tiempo llevaba sin verlo? ¿Un mes? ¿Menos? Parecía que había
pasado un año. Ori mantenía su cabello suelto, liso y largo. Una camiseta
negra de tirantes en la cual escapaban los tatuajes de su piel y un pantalón
cómodo de chándal. Se hubiese sentido peor si hubiese venido más
arreglado mientras que Adriel vestía su pantalón corto de pijama y su
camiseta azul celeste completamente despeinado y desaliñado.
Adriel se separó de la puerta medio abierta y dio un par de pasos atrás
inseguro. No tenía miedo de que Ori lo atacara, tenía miedo de que él se
sintiera incómodo con su presencia y se marchara.
Ori terminó de abrir la puerta.
Adriel respiró.
Sabía que Ori había dejado de tomar sus pastillas, lo que significaba que
ahora sus sentidos estaban más desarrollados y quizá, podría ser capaz de
olerlo. Reprimió el impulso de oler su propia ropa. No había tenido una
semana muy buena, y eso implicaba pasar de lavadoras.
Ori puso un pie en su casa. Adriel lo miró expectante.
Ori apretó la mandíbula, sus fosas nasales se abrieron y cerraron
olfateando el aire y sus labios dejaron ver un par de colmillos gruesos.
Adriel se esforzó por mantenerse en su sitio.
No es que quisiera huir y correr, sino que su lobo estaba más que
despierto, acababa de reconocer a su pareja y brincaba entusiasmado y lo
empujaba a acercarse. Sin embargo, no podía hacer eso. Agarró ambas
manos tras su espalda y mordió su labio inferior con sus colmillos.
—Has… adelgazado —habló Ori con voz ahogada.
—Sí, bueno. He estado algo estresado estos días.
—¿Por qué no me dijiste lo de tu madre?
—No querías tenerme cerca.
—Sabes que no lo dije con esa intención.
—No lo sé. No te conozco, Ori. Dijiste que aún no habías controlado la
transformación y que me querías lejos, no quise molestarte y ahora estás
aquí.
—Sí, encontré a alguien y me está ayudando. Aún estoy… —Ori hizo
una mueca, cómo si oliera algo que no le estaba gustando y Adriel
realmente deseó haber cambiado su pijama y haberse dado una ducha y
perfumando para esto— trabajando. Esto me está costando más de lo que
esperaba.
—¿Quieres que me vaya a la habit…?
—No. ¿Me puedo acercar?
—S…Sí.
Ori se acercó un par de pasos, se detuvo antes de llegar a él y su nariz
olfateó de nuevo.
—¿Huelo mal?
—No —negó Ori rápido—. No. De ninguna manera. Hueles… hueles
muy bien.
—¿A qué huelo?
Había esperado esto tanto tiempo… que Adriel no sabía si realmente se
había quedado durmiendo con su pasta instantánea y despertado en un
sueño o si era realmente Ori el que tenía delante.
—Eres jazmín. Es mi planta favorita.
—¿Jazmín? —Esta vez, Adriel si que levantó el cuello de su camiseta
para olerse—. Yo huelo a ropa sucia.
Ori hizo un movimiento casi imperceptible con la mano, dudando, y
Adriel lo entendió. Los lobos eran animales táctiles. Necesitaban el
contacto con su pareja y el calor de la otra y se alegró de que él no fuera el
único que se moría por ir a sus brazos y por apretar su nariz en su cuello.
Miró a Ori y estiró la mano hacia él en una súplica silenciosa de que lo
dejara tocar.
¿Podía?
¿Ori lo dejaría? ¿O se marcharía sin más después de averiguar que
estaba bien?
***
Sin duda, esto era más difícil de lo que Ori había pensado. No es que
creyera que iba a ser fácil, no. Si no que al menos esperaba que su lobo
fuera un poco más silencioso en su cabeza.
Ori aún miraba la mano extendida de Adriel. Pidió paciencia en su
mente y levantó la suya. Había querido tocarlo desde antes de llegar a su
casa, antes de oler el verdadero aroma de su pareja y verlo, y al fin podía
hacerlo.
Con la punta de sus dedos tocó el dorso de la mano de Adriel. Suave. Su
piel pálida contra sus dedos tostados. Por su brazo subió un escalofrío y ahí
estaba la voz del lobo.
Empújalo.
Muérdelo.
Es tuyo.
Apretó su mandíbula.
—¿Puedo… más? —pidió Ori permiso.
Su lobo se enfadó por eso y sacó los dientes. Ori reprimió el impulso de
sacarlos. Claro que odiaba pedir permiso para tocar a su pareja, pero por
desgracia las cosas eran así. Los psicólogos habían asegurado que Adriel no
tenía ningún trauma de violación y que su mente estaba completamente
sana, aunque le habían recomendado algunas sesiones para llevar el rechazo
de su pareja, sin embargo, Ori no podía saber si eso era cierto o eran más
mentiras de Adriel.
Adriel asintió. Con el corazón aleteando, Ori subió por su brazo hasta el
hombro del Alfa. Su piel estaba de gallina y Ori asumió que Adriel quería
seguir siendo tocado por él. Siguió su recorrido por la curva de su cuello y
la cabeza de Adriel se inclinó hacia el lado contrario para darle acceso a su
tacto.
Ori respiró. Respiró de nuevo hondo. Y una tercera vez cuando su mano
ocupó el mordisco. Adriel hizo un ruido de alivio y Ori avanzó hasta que la
punta de sus pies llegaron a tocarse.
—Siento mucho lo que te dije por teléfono. Sé que siempre la estoy
fastidiando.
Adriel negó con la cabeza, su lengua salió para mojar sus labios.
—Yo también siento haber ignorado tus llamadas.
—Me hubiese gustado ir al funeral de tu madre.
Adriel abrió los ojos que hasta ahora los tenía entrecerrados y su
garganta se movió para tragar saliva.
—¿Hubieses venido?
—Claro que sí. Aunque hubiese estado rodeado de centinelas.
Se formó media sonrisa en los labios de Adriel.
—Mi madre… tenía problemas —habló Adriel—. Ella…Ella era adicta
a ciertas sustancias.
Ori asintió con la cabeza.
Se sentía mal por tantas cosas que habían pasado con Adriel que no
sabía qué hacer. No conocía nada sobre su familia, sobre su padre, su madre
y lo que había pasado con ella para llevarla a tal situación. Cómo había sido
la infancia, la adolescencia, a quién le había dado su primer beso. Todo un
mes hablando por teléfono y Ori había descubierto lo muy poco que sabía
sobre su vida o lo bien que Adriel escondía todo lo que no quería contar.
—Sigue —Ori acariciaba su mordisco.
—Cuando mi padre murió, ella no pudo soportarlo. Al principio bebía a
escondidas, luego, y sobre todo cuando más años cumplía, empezaba a
sacar botellas de alcohol y a beber por la tarde. Intenté ayudarla. Adam
también. La apuntamos a grupos de ayuda, pero mentía y no iba y se volvió
agresiva con la bebida.
—¿Agresiva? ¿Te golpeó alguna vez?
Adriel abrió bien los ojos relajados —. No. No. Nunca. Mi madre jamás
me ha pegado. Me refiero a que insultaba, o lanzaba cosas cuando me metía
entre ella y sus botellas y al final, decidí mudarme de casa.
No servía de nada decirle de nuevo que le hubiese gustado estar ahí para
ayudarlo y apoyarlo en lugar de pasar por todo solo además de tener que
lidiar con lo que Ori había hecho.
Ori tragó saliva. Sus dedos llegaron a la base de su nuca, bajo su cabello
azul pálido y de forma muy lenta, Ori empezó a empujar la nuca de Adriel.
Lo hizo así para que el Alfa pudiera apartarse, y rechazar el apoyo que Ori
le iba a dar. Por suerte, Adriel no lo hizo. Aceptó su cuello y empujó su
nariz haciendo un pequeño sonido contra su garganta.
Se sintió mal al disfrutar de eso. Estaba ayudando a Adriel por su
pérdida, no debería de estar medio duro, con los colmillos clavados en su
lengua y a la espera para atacar, pero ahí estaba. Los dos habían estado
demasiado lejos uno del otro, y aunque Ori se moría de ganas por besarlo,
tenía mucho más miedo de que Adriel no lo quisiera ahora mismo de esa
forma o tuviera miedo.
Las delgadas manos de Adriel subiendo por su pecho lo sacaron de su
mente. Adriel frotaba su rostro como un pequeño gato, sus dedos estuvieron
pronto en su cuello y Ori no pudo reprimir el sutil gruñido que escapó de
sus labios cuando imaginó ahí la marca de su pareja.
Adriel lo miró sobre sus pestañas y lo siguiente que Ori supo fue que
Adriel estaba poniéndose de puntillas, agarrando sus hombros y besando
sus labios.
Todo el cuerpo de Ori se tensó.
—¿No te ha…gustado? —preguntó Adriel al ver su reacción.
—Es… ¿quieres que te bese?
—No habrás venido sólo a hablar, ¿verdad?
—No quiero que te sientas obligado a hacer nada. Somos pareja, pero
eso no significa que tengamos que besarnos si no quieres o llegar a más
cosas.
—¿Tú quieres besarme?
Esa pregunta era estúpida, pensó Ori.
—Por supuesto que quiero besarte.
—Yo también.
CAPÍTULO 7:
BONITO
Ori acarició la mejilla de Adriel justo cuando él cerraba los ojos esperando
sus labios. Finalmente, y después de mucho pensar, Ori se inclinó sobre el
lobo más menudo y lo besó. Fue más un roce suave, una prueba de que
podía hacer esto, un primer contacto del que Adriel podía escapar si quería.
Ori se separó unos centímetros para admirar los labios mullidos y
entreabiertos de su pareja, tomó una respiración, acarició con la pulgar la
mandíbula de Adriel y lo besó de nuevo. Esta vez, no fue sólo un roce, los
labios de Ori mimaron los de Adriel, besó cada parte de ellos y tragó saliva
antes de sacar la punta de su lengua y lamerlos mientras que Adriel
empezaba a relajarse.
Este no podía ser el primer beso de Adriel, pensó Ori. Pero el lobo
estaba tan rígido e inmóvil y perdido que le hizo pensar que sí lo era. El
lobo sacudió su mente y el agarré de Ori apretó, su lengua empujó contra
los labios de Adriel consiguiendo un espacio y saboreando la menta y a su
pareja.
Ori jadeó. Sus manos se movieron sin su consentimiento. No quería
llevar esto más lejos, no quería hacer que Adriel se sintiera presionado a
seguir o a hacer algo que no quería con él, pero a su cuerpo le importó un
pimiento. Estaba empujando a Adriel contra la pared, sus manos en su
trasero y sus dientes clavados en el labio de Adriel.
Adriel hizo un ruido y Ori se apartó lo más rápido posible de él,
tropezando con sus propios pies y cayendo de culo al suelo. Adriel lo miró
abriendo poco a poco sus ojos.
—¿Qué haces ahí? —preguntó.
No parecía asustado, más bien, divertido. Ori se alejó un poco más
cuando Adriel se arrodilló a su lado y su sonrisa se congeló.
—¿Qué…qué pasa? Parece que has visto a un fantasma.
—Un momento.
—¿Ori?
Ori controló su respiración.
—Es…¿qué fue lo que te hice, Adriel?
Adriel tragó saliva.
—¿De verdad quieres saberlo?
—No puedo dejar que tú cargues con esto solo. Sé que te hice algo muy
malo, pero por más que me esfuerzo no puedo recordarlo. Tengo miedo de
hacerlo otra vez. De no saber que estoy haciendo mal o de asustarte.
Adriel se sentó en el suelo.
—Te dije que no hiciste nada tan malo.
—Te forcé.
—No. Bueno, si. No lo sé, ¿vale? No sé cómo explicar lo que pasó.
—Cuéntamelo.
Adriel negó con la cabeza.
—¿Por qué no quieres que lo sepa? ¿Hice algo más a parte de forzarte y
marcarte?
Adriel levantó los ojos.
—Deja de decir que me forzaste, ¿de acuerdo?
—Entonces, dime que te hice en el callejón.
Adriel llevó la mano a su nuca y agachó la cabeza.
—Yo…yo estaba en mi celo. Sé que no debería haber ido a clase ese día,
pero no pensé que fuera a pasar nada. En mi clase no había Omegas y yo
me sentía bien, además de que mi madre estaba… ya sabes, borracha.
—Sí.
—De vuelta a clase, te olí. No a ti, exactamente, no sabía lo que era. Era
una especie de humo e incienso y me llevó al callejón.
—¿Yo estaba ahí?
Adriel asintió con la cabeza y Ori maldijo en voz alta, trató de
levantarse del suelo pero Adriel sujetó su muñeca y lo detuvo.
—Espera. ¿No quieres saber lo que pasó? —Ori se sentó de nuevo,
dispuesto a escuchar y calmar el enfado que esta vez sentía hacia él mismo
—. Cuando entré, sentí… que algo me empujaba hacia el suelo. Me di la
vuelta cómo pude y te vi. Sabía quién eras. Habíamos coincidido en algunas
reuniones de la manada y tu madre… tu madre siempre solía preguntarme
cómo estaba la mía junto a la comida. Pensé… que había hecho algo mal y
que querías golpearme o que eras algún tipo de abusón de colegio hasta que
empezaste a decir cosas sobre parejas
—¿Dije que eras mi pareja?
—Sí. Yo no sabía mucho sobre parejas, entraba en la pubertad, y lo
único que me habían dicho era que podía distinguir a mi pareja por su olor,
pero nada más. Intenté… hacerte a un lado y salir de debajo para hablar
pero oliste mi celo y tú también estabas en celo y…
—Te forcé.
—No. Yo… —Adriel estaba colorado cómo un tomate, escondió su
cabeza entre sus rodillas—. No dije que no, tampoco traté de escapar y tuve
oportunidad de hacerlo mientras tú te quitabas la ropa.
—Pero no querías eso, Adriel.
—Ya lo sé. Pero eras mi pareja. Si que hubiese querido hablar contigo
antes, tener algunas citas o salir o simplemente hacer eso en algún lugar
más privado. Yo era joven, y tú también, y los dos acabábamos de descubrir
lo que éramos el uno para el otro en mitad del celo.
—Te marqué sin tu consentimiento, y te hice daño. Me da igual que
fuese en celo o no.
—Fuiste rudo, pero…yo en ese momento no pensaba. Lo peor… lo peor
fue cuando recuperaste la conciencia y saliste corriendo, cuando… después
de ese día, me ignorabas o hacías comentarios sobre lo bueno que había
sido para mí encontrar a una pareja Alfa con mi aspecto.
Ori quiso pegarse un tiro ahí mismo. Agarró las manos de Adriel entre
las suyas.
—Lo siento mucho, Adriel. Era un niño imbécil.
—No. Está bien. Sé lo que la gente piensa de mi aspecto, de cómo es mi
pelo o mi cuerpo aún siendo Alfa. No debería verme así, tendría que ser
más cómo Raven o Trébol, o tú y menos… menos esto.
—No digas eso. Me gusta cómo eres así. Y cómo es tu pelo y su color, o
si eres alto, o bajo, o estás delgado o gordo. Me daría igual.
—¿Lo dices de verdad?
—Sí.
Adriel parecía creer sus palabras, pero en cuestión de segundos, su
rostro cambió.
—¿Qué ocurre?
—Seguro…seguro que dices eso ahora. Pero cuando me veas… me veas
realmente sin esto —Adriel le dio un pellizco a la camiseta—. Cambiarás
de opinión.
—¿Por qué crees eso?
—Mi cuerpo no es el de un Omega.
Ori nunca había estado con un Omega, y no le interesaban realmente.
—Eso es bueno, no me gustan los Omegas.
—Pero…, sé con qué tipo de hombres has estado antes, y tampoco…
tampoco tengo esos cuerpos.
—¿Cómo sabes…?
—Yo también iba al bar, ¿recuerdas?
Ori tenía que empezar a encauzar esto. La verdad era que él nunca iba
con hombres pequeños, no cómo Adriel, tampoco con hombre más grandes.
Prefería los de su tamaño, pero… ¿a quién demonios le importaba el
tamaño cuando era su pareja? Tenía que decírselo así, el problema era que
Adriel no lo iba a creer y Ori empezaba a sentirse culpable de todas sus
inseguridades.
—¿Me viste con otros chicos?
Adriel asintió.
—Vale, esto…esto está mucho peor de lo que pensé.
—Lo sient…
—No. No por ti, Adriel. Tú no has hecho nada malo. Y quiero que sepas
que jamás hubiese estado con nadie si hubiese sabido que tú eras mi pareja
o hubiese tenido una sola sospecha.
—No pasa nada, de verdad.
—Sí qué pasa. Tuviste que afrontar la muerte de tu padre solo, los
problemas de tu madre, que yo te ignorara y olvidara de ti y además tuviste
que verme con otra gente y ahora soportar que yo esté lejos y la muerte de
tu madre, ¿cómo puedes seguir en pie?
Adriel encogió los hombros, pero por supuesto que Ori había visto esa
mirada. Sus ojos empezaban a nublarse, evitaba mirarlo y su barbilla
temblaba. El lobo empujó de nuevo, pero esta vez era para hacer bueno,
algo que Ori también quería. Agarró el brazo de Adriel y lo subió a su
regazo, lo abrazó, metió una mano por debajo de su camiseta y acarició su
espalda de arriba abajo notando cada hueso.
—No tienes que hacer más cosas solo. ¿De acuerdo? Yo estoy aquí.
Adriel asintió en su cuello húmedo.
—Quiero saber todo lo que te pase a partir de ahora, si tienes algún
problema, si no. Si necesitas algo, y si no me lo dices, lo descubriré y te
ayudaré quieras o no.
Adriel sorbió su nariz.
—Mañana hablaré con Adam y con Caleb y le pondré fin a eso de seguir
en el bosque.
—Pero… ¿no lo necesitas? ¿No deberías seguir…?
—Te tengo encima de mí ya. Y sí, quiero morderte, y arrancarte la ropa
y empujarte, pero he aprendido a sobrellevarlo más o menos.
—Pero…
Ori sujetó la húmeda barbilla de Adriel, demonios, incluso empapado en
mocos y lágrimas y con la cara arrugada, Adriel era perfecto para él.
—Te lo preguntaré, Adriel. ¿Quieres que me quede contigo o quieres
que regrese al bosque y volvamos a separarnos hasta que tú decidas?
—No. Yo…yo quiero que te quedes. Quiero que te quedes conmigo y
que seamos como Raven y Trébol.
Ori sonrió.
—Eso es lo que más quiero yo también. Seguro que puedo hablar con
Adam y alquilarme un piso solo para cuando quieras venir a visitarme, o
venir a tu casa cuando quieras.
Adriel negó con la cabeza y tragó saliva.
—¿No? —inquirió Ori.
—Tengo que dejar este piso ahora que mi madre no está y mudarme a la
que era mi casa, pero no sé si…no sé si puedo hacerlo solo.
Ori esperó con el corazón bombeando fuerte. No quería hacerse
ilusiones y tampoco sabía si Adriel quería decir lo que parecía.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que… bueno, que si quieres, o te apetece o no sé,
podrías no alquilar nada y venir…venir conmigo a casa.
—¿Vivir juntos?
Adriel asintió rápido. Sus ojos seguían lanzando lágrimas y la mano de
Ori aún estaba en su espalda.
—¿Confías en mí para eso?
Adriel volvió a asentir.
—Ya te lo dije. No te tengo miedo, y sinceramente, no creo que pueda
vivir solo ahí sin ti. Acabaría alquilando algo más barato y sería estúpido
que ambos estuvieramos pagando alquiler teniendo mi casa sola.
—Sí. Cierto. Sería estúpido. ¿Cómo dormiríamos? ¿Tienes sofá?
Adriel rio secándose las mejillas con las manos.
—Lo digo en serio.
—No vas a dormir en el sofá.
—¿En el suelo?
—¡Ori!
—Estoy aquí. Dime dónde podría dormir.
Las mejillas de Adriel se tornaron rojas y Ori hizo un apunte mental.
Tendría que hacerle muchas preguntas. Adriel sabía con qué clase de chicos
había estado Ori, pero Ori no sabía nada de eso, y el tema de que ese había
parecido su primer beso. Ori tendría que preguntarlo, pero no ahora.
—En…en mi cama.
—Sólo para tenerlo claro. ¿En tu cama contigo dentro?
Adriel golpeó su hombro.
—Te estás burlando de mí.
Ori rio.
—Un poco. Es muy fácil ponerte colorado.
—No estoy colorado.
—Si que lo estás. Y lloroso y precioso.
Adriel lo miró, sus dedos pellizcándose uno al otro sobre la curva del
cuello de Ori.
—Tú… tú también estás muy bonito.
—¿Si?
—Sip.
Ori sonrió y se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no sonreía
tanto. Adriel buscó el hueco de su cuello y Ori se encontró empujándolo
más cerca, casi de forma dolorosa. Adriel no se quejó y así estuvieron los
dos, tirados en el suelo, uno encima de otro olfateándose y reconociéndose
hasta que dieron las seis y Ori tuvo que marcharse.
***
Ori sentía todos los ojos en su espalda mientras caminaba a la oficina de
Adam con los papeles. Casi la mitad de la manada trabaja ahí y algunos se
daban codazos como idiotas cuando Ori pasaba por delante, luego
empezaban los susurros.
Ori no era estúpido. La manada ya estaba al corriente de todo lo que
había pasado con él y Adriel, era imposible guardar un secreto ahí,
sumándole la muerte de la madre de Adriel y su medio regreso, los dos
lobos Alfas tenían que estar en el punto del día de todas las conversaciones.
A Ori no le importaba, pero no quería que Adriel llegara a su lugar de
trabajo y se encontrara con una situación parecida a esta. Ori tocó la puerta,
y tiró de ella cuando Adam le permitió entrar.
—Me alegra tenerte de vuelta, Ori —habló Adam desde su escritorio.
Ori caminó y dejó los informes sobre la mesa.
—Y yo estarlo, aunque Caleb me ha dicho que aún tienes que aprobar
mi regreso.
—Sí, he tenido una charla con él esta mañana y con Ivarr.
—¿Y?
—Y te apoyan pero creen que es muy pronto, que quizá unas semanas
más…
—Necesito esto, Adam. Iré en mis días libres al bosque a seguir con la
meditación y acepto cualquier centinela que quieras poner a mi alrededor,
pero de verdad que no puedo estar más tiempo alejado de Adriel. Tengo que
cuidarlo.
—Lo entiendo. No pondré centinelas a tu alrededor, esto es
responsabilidad tuya, lo que significa que si metes la pata, pagarás esta vez.
—No le haré daño a Adriel.
—No hablo de él. Habló de cualquier humano, lobo o ser que se cruce
en tu camino y trate de provocarte, vas a tener que controlarte con todos,
incluso si se meten con Adriel.
Ori apretó la mandíbula.
—De acuerdo.
Adam lo miró unos segundos. Intimidaba como el demonio detrás de su
escritorio y en su silla negra acolchada, casi parecía más grande que él y eso
que el hombre estaba sentado, pero él era así. Su aspecto era intimidante y
perfecto. Siempre perfecto. Su cabello negro hacia un lado, ni un sólo pelo
fuera de él, ojos felinos cubietos de pestañas y perfectamete, de nuevo,
afeitado. Incluso si mirabas hacia abajo, podías ver sus zapatos brillantes, lo
que a Ori siempre le había dado algunas pistas de que su líder podría ser
una especie de maniático del orden. Más al ver su despacho y todos sus
bolígrafos y lápices perfectamente alineados.
Ori esperaba que algún día Adam encontrara a su pareja, y que esa
pareja, comparado con él, fuera un desastre de desorden. Tan sólo para
verlo hecho un loco de un lado para otro intentando tapar al que sería, o a la
que sería su pareja. Ori intentó mantenerse serio con esa imagen en su
cabeza.
Adam miró los informes y cogió un bolígrafo negro y brillante de la
mesa, firmó el papel.
—Ha sido una buena regañina. Sé que Adriel necesita tu ayuda y dejar
de ocultar sus cosas, esa es la principal razón por la que te quiero de vuelta
en la manada, y confío en ti, Ori. No me decepciones de nuevo.
—No lo haré.
CAPÍTULO 8:
¿ESO CREES?
Ori volvía a hacer la mudanza, esta vez en su casa. Recoger en la cabaña
había sido tarea fácil, ya que apenas tenía ropa ahí o cosas personales, había
hablado con Caleb y con Ivarr y con Lay para programar sus siguientes
clases y los centinelas estaban al tanto de dejarlo pasar, a él y a Adriel, que
también se había empeñado en ir con él y meditar para conectar con su
lobo. Lay no tenía problema con eso, el lobo estaba casi todo el día sentado
sobre el pedrusco y Ori aún no había descubierto si vivía con la manada en
las cabañas o por su cuenta en el bosque.
Ori cerró la maleta, lo peor ya estaba cargado en el coche y su
habitación vacía salvo los posters de decoración. Ori no la echaría de
menos. Únicamente usaba su habitación para trabajar y dormir y no era un
lobo que se apegara a las cosas. Cuando dejó su casa familiar para venir
aquí a vivir con su hermano sucedió lo mismo, Cori si que echaba de menos
cada parte de su hogar y le costó poder dormir por las noches o sentirse
cómodo en una nueva casa, sin embargo, Ori no.
—Trébol ya está en casa de Adriel ayudándolo a cargar —le dijo Cori
desde la puerta.
Ori se giró para ver a su hermano gemelo.
Eran casi idénticos, misma altura, misma complexión, mismos ojos,
misma nariz, misma boca, salvo que ambos llevaban un estilo diferente.
Cori cortaba su cabello siempre muy corto y toda la atención iba a su cuello
largo y ancho, llevaba unos pocos tatuajes hechos por el chamán de su tribu
como Ori, sin embargo, Cori prefería las perforaciones. En el tabique de su
nariz había un piercing de madera, en su ceja también y orejas. En lugar de
collares con plumas, Cori usaba pendientes con plumas, y su ropa a pesar de
ser cómoda era más formal que la de Ori.
Cori también trabajaba desde casa siendo informático y eso le dejaba
poco tiempo para salir y conocer gente nueva, por lo que Ori sabía, Cori era
bisexual, había estado con mujeres y con hombres mestizos y su última
conquista era una hembra Beta a la que Ori aún no conocía. Nunca
presionaba a su hermano sobre estos temas porque sabía que era muy
reservado y poco le gustaba hablar de eso si no estaba lo suficientemente
borracho. Además de que su familia era muy tradicional, no tradicional en
sentido de que los hombres debían estar con mujeres o que los Alfas sólo
podían salir con Omegas, si no tradicional en sentido matrimonial.
Ori cayó en que ahora sí que debía presentar de forma formal a Adriel a
su familia y no sabía si el lobo iba a sentirse cómodo. Su madre poco
tardaría en descubrir que se había mudado así que tendría que decirle
cuanto antes que había encontrado a su pareja y que iban a hacerlo
funcionar pero que por el momento la ceremonia de su tribu matrimonial
quedaría lejos. Sí podía. Su abuela ya estaba persiguiendo a Raven para
realizar sus votos con Trébol y ambos iban locos esquivándola.
—Me gustaría contarle esto a mamá y a la abuela —le dijo a Cori.
—Por supuesto, no pensaba hacerlo, tranquilo.
—No sé cómo agradecer todo lo que has hecho por mí.
Cori sonrió, relajando su expresión seria que siempre llevaba con él.
—No tienes que hacerlo, y tampoco he hecho mucho. Fue más Trébol y
Raven.
—Tú también me protegiste y ayudaste —Ori llegó a él para darle un
abrazo y su hermano le dio una palmada en la espalda.
—¿Estarás bien?
—Lo espero. No me estoy mudando lejos y sabes que puedes venir a
casa cuando quieras despegarte del trabajo.
—Si.
—¿Qué harás con la habitación? ¿La alquilarás o hablarás con Adam
para buscar un piso más pequeño?
—Pues, ya está alquilada.
—¿Ya? ¿A quién? —le preguntó Ori.
—A un humano.
Ori levantó las cejas sorprendido.
—¿Humano? ¿Cómo?
—El plan de inclusión no es sólo para los lobos del bosque. Adam
también está metido, dice que es un amigo que necesita casa urgente y al
saber que tú ibas a mudarte habló conmigo.
—¿Lo has aceptado?
Cori y Ori no tenían nada contra los humanos, pero era difícil sentirse
cómodo alrededor de uno. Habían comportamientos, situaciones a los que
los humanos no estaban acostumbrados aún después de vivir juntos durante
tanto tiempo, por eso existían los planes de inclusión, para que ambas razas
se conocieran y conectaran y ayudaran.
Cori encogió los hombros.
—Yo trabajo todo el día en mi habitación, y cuando salgo es para comer,
no me importa tener a un humano por aquí, únicamente lo veré a la hora de
comer.
—Pero…¿sabes si es de fiar? No quiero dejarte solo con un humano
desconocido.
—Un humano no puede hacerme daño, Ori. Lo noquearía antes y estoy
seguro de que Adam ya lo habrá investigado antes de preguntarme.
—¿Sabes algo de él?
—Es…jardinero, creo que Adam lo mencionó. Joven. No empieces a
preocuparte.
—Cuando se haya instalado me avisas para hacerle una visita.
Cori rió y cruzó los brazos sobre su pecho.
—Ori, no soy un niño. Sé defenderme de un humano y ya te lo he dicho,
es una emergencia, tú te vas y él necesita casa y no vamos a vernos
demasiado.
—Si fuera un mestizo sería diferente.
Ori recibió un pequeño golpe en su frente.
—Humanos, lobos, mestizos, todos somos iguales.
—Lo sé. No me pegues, idiota.
Cori rio.
—Te hablaré cuando llegue si te quedas más tranquilo, pero ni pienses
en venir a amenazar al hombre con tus dientes.
—¿Tan previsible soy?
—Un poco.
—Hay cazadores, Cori. ¿Has visto las noticias? El otro día encontraron
a un lobo muerto en un callejón.
—Sí, lo sé. Y llevaré cuidado con él, pero como he dicho, es amigo de
Adam, y Adam jamás nos pondría en peligro a ninguno de nosotros.
Ori asintió. Aún no se fiaba de ese humano pero su hermano estaba
tranquilo al respecto y no se quedaría solo, eso era lo único tranquilizante,
salvo que la única forma de que Ori se quedara tranquilo era conociendo al
hombre y por supuesto que lo haría aunque a Cori no le gustara ni un pelo
esa idea.
Metieron en el coche las maletas restantes y fueron directos a la casa
familiar de Adriel, Ori ya tenía una llave, aún así tocó el timbre y cuando
vio que Adriel no estaba, entró. Era una casa en un edificio alto, tuvieron
que subir en ascensor y hacer varios viajes para sacar todas las cajas del
coche.
—¿En qué habitación vais a dormir? —preguntó Cori con una caja en
sus manos.
—No lo sé. Deja las cosas en el pasillo para cuando él venga.
Iban a vivir juntos, pero aún había una pequeña posibilidad de que
Adriel no quisiera dormir con él a pesar de lo que había dicho. La casa tenía
dos habitaciones, la de sus padres, la de él de cuando era pequeño, un baño
y una cocina con cuarto para lavadora y balcón.
Trébol y Adriel llegaron pocos minutos más tarde. Todos descargaron
las cosas de Adriel y cuando se quedaron solos el pasillo era un completo
caos de cajas, bolsas y trastos.
—¿Dónde llevo todo esto? —le preguntó a Adriel para estar seguro en
qué habitación iba a dormir.
—Es… a mi cuarto.
—¿La puerta que tiene la luna azul?
—Si.
—De acuerdo.
Ori cogió una de sus cajas y sorteando las demás llegó a la habitación.
Miró la cama.
—Adriel, ¿puedes venir un momento?
—Claro —respondió desde el pasillo—. ¿Pasa algo? —Asomó la
cabeza.
—¿Dormiremos juntos?
—Em…Sí, claro. ¿Por qué lo preguntas? ¿No quieres…?
—No. No es eso. Mira tu cama —Ori dejó la caja en el suelo y se acostó
en ella de prueba.
La cama era la de un niño. Parecía que nadie la había cambiado desde
que Adriel se había ido y aunque el Alfa pequeño podía acostarse sin
problemas, a Ori se le salían las piernas y parte de un brazo por lo que era
imposible dormir ambos en esa cama sin que Ori aplastara a Adriel.
Ori miró a Adriel.
—¿Te estás riéndo?
—No. Perdón. No me acordaba de que aún tenía esa cama.
—Podemos intentarlo esta noche si te da igual morir asfixiado o cambiar
la cama de tus padres aquí —Ori se sentó en la pequeña cama y dio una
palmada a su lado para que Adriel tomara asiento y descansara las piernas
también —¿Qué piensas?
El lobo sintió un tirón cuando Adriel tomó el lugar y su olor a jabón y
jazmín llegó a él. Apretó una mano en el cojín.
***
Adriel pellizcó uno de sus dedos antes de hablar. No quería hacerlo,
pero ya que se había lanzado a la piscina con Ori y pedido que se fuera a
vivir con él, tenía que hacerlo.
—No sé si me sentiré bien durmiendo en la cama de mi madre.
—Lo entiendo.
Adriel miró a Ori para saber qué pensaba al respecto.
—¿Qué quieres hacer con la cama de tu madre? ¿Quieres dejarla en la
habitación? ¿Donarla si está bien? ¿Tirarla?
—No lo sé.
Esta era la primera vez que entraba en casa de su madre desde que ella
había muerto y todo porque Ori había aceptado la oferta, si no estaría aún
como un loco buscando pisos más baratos que le permitieran mantener esta
casa y la de alquiler.
—Vale. Tendremos que apretarnos un poco esta noche e ir mañana a por
un colchón.
Adriel desvió los ojos. ¿Cómo le decía a Ori que él no tenía ahora
mismo dinero para eso? Había pagado el funeral de su madre y aunque
Adam se había ofrecido para ayudarlo con los gastos, Adriel se había
negado. No quería depender de nadie ni tener que deberle dinero a nadie.
—¿Adriel? —Ori le dio un suave toque en el muslo y cuando giró la
cabeza, el lobo se había acercado a él.
—Yo… no tengo mucho dinero ahora. No sé si puedo… ya sabes.
Comprar un colchón o cosas nuevas para la casa. Trabajo a media jornada
desde que me redujeron el horario, y mi sueldo no es… no es algo grande.
Sólo me daba para pagar el alquiler y la luz y el gas y algo de comida y
todos mis ahorros los he tenido que sacar para el funeral y…
—Oye, tranquilo. No estaba pidiéndote que lo compraras tú. Yo también
voy a vivir aquí, y somos una pareja, si tú no puedes pagar una cosa, lo haré
yo, no tengo problemas.
—No quiero deber nada a nadie.
—No te lo pediré de vuelta.
Adriel lo miró y frunció el ceño.
—¿No me entiendes? —dijo de nuevo Ori.
Adriel negó con la cabeza.
—Vale. ¿Qué tal mi dinero es nuestro dinero?
—¿Nuestro?
—Tuyo, mío, nuestro.
—¿Por qué me darías tu dinero?
—Ya te lo he dicho. Somos una pareja, y vamos a vivir juntos, así que
eso implica compartir también nuestro dinero.
—Pero… tú ganas mucho más que yo. ¿Por qué compartirías tu dinero
conmigo? Puedes guardártelo para ti.
—¿Qué sentido tendría eso? Mañana pasaremos por el banco y haremos
una cuenta para los dos, podrás sacar dinero de ahí cuando puedas y
comprar lo que quieras, incluso si es para ti solo o para la casa, no me
importa.
—Pero, ¿y si gasto más de la cuenta o compro alguna tontería o no te
gusta lo que compro o…?
Ori puso una mano en su nuca y la cabeza de Adriel dio una vuelta
placentera deteniendo todos sus pensamientos intrusivos. De repente, Ori
estaba frente a él, arrodillado en el suelo.
—El dinero es para gastarlo. No quiero alardear cuanto tengo, pero me
da igual si lo usas para comprar tonterías o decoración fea o ropa o lo que
sea. Quiero que lo uses y lo gastes sin remordimiento o sin esperar que yo
te lo pida de nuevo. Entiendo que has estado viviendo por tu cuenta desde
muy joven pero ahora vives conmigo. Y no te va a faltar nada, Adriel. Ni un
capricho que quieras comprar.
Adriel lo miró moviendo sus piernas de un lado a otro. ¿De verdad? Él
siempre se había estado preocupando del dinero desde que empezó a tener
conciencia, ahorraba todo lo que podía y gastaba lo mínimo en caprichos y
en él.
—¿Podré…comprarme maquillaje y colores para el pelo? —preguntó
inseguro.
Ori podría odiar eso de él y no querer que lo comprara.
—Por supuesto que sí.
—Y… —Adriel se sonrojó evitando sus ojos.
—¿Y?
—¿Y si… quisiera estudiar y dejar de trabajar? No estoy diciendo que lo
haga ahora, pero puedo ahorrar unos meses y luego estudiar o trabajar y
estudiar o… —Adriel balbuceó.
Odiaba ser un mantenido, pero el sueldo de camarero era mínimo y
Adriel había tenido que salir del instituto después de graduarse para poder
marcharse de casa. No podía compararse con Ori así.
Si estudiaba algo más… Si ganaba más dinero o el mismo que él…
—¿Quieres estudiar?
—Sé que a lo mejor soy demasiado mayor para ello, pero…
—No. Nunca nadie es mayor para estudiar. Si quieres dejar de trabajar y
estudiar, te apoyaré.
—¿No te importa que no dé ingresos?
—Ya te lo he dicho. Puedo mantener esto, incluso si dejas de trabajar y
quieres estudiar o dedicarte a otra cosa. ¿Qué es lo que quieres estudiar?
—Siempre he tenido… interés en los dientes.
—¿Dientes? ¿Te refieres a ser dentista?
Adriel asintió y buscó la mirada de Ori.
—¿Has mirado alguna escuela?
—Aún no.
—Podemos hacerlo mañana. ¿Qué te parece?
Adriel asintió de nuevo. Ori seguía acuclillado cerca. Miró sus labios,
tal vez si se inclinaba un poco hacia delante… Adriel apoyó las manos en el
colchón, pasando la lengua por sus propios labios mientras se inclinaba
hacia delante. Ori se apartó.
—Deberíamos empezar a ordenar, ¿no crees? —preguntó Ori
dedicándole una sonrisa antes de salir por la puerta.
***
Adriel se movió en la cama, pegando su espalda a la pared. La cama de
uno noventa era suficiente para su cuerpo pero cómo había comprobado
hace unas horas no lo era para Ori. Podría haber dejado a un lado su
aversión por usar la de su madre y dormir más anchos. Pero era imposible.
Adriel supuso que eran cosas de lobo. Ori le había dicho que podía
dormir en el sofá del salón por un día. Adriel se había negado, por supuesto.
Había algo en dormir en una cama enana apretado al cuerpo de Ori que
hacía emocionarse a su lobo.
Antes de que Ori saliera del baño, Adriel revisó su ropa.
Pijama limpio. Un pantalón corto y gris y una camiseta de manga corta
con un estampado infantil de helados. Había revisado toda su ropa y éste
era el menos infantil que había encontrado. Debería de comprar algo más
elegante ahora que tenía una pareja pero cómo siempre el dinero estaba ahí
y el lobo se negaba a gastar dinero en ropa que únicamente servía para
dormir.
Adriel se tapó con la sábana en el momento en el que Ori llegó. Mierda.
Tenía que haber gastado dinero en ese maldito pijama.
Ori llevaba el pelo húmedo detrás de sus orejas, una camiseta negra,
ancha de tirantes en la que se veían sus tatuajes y costillas y unos
pantalones largos.
—De verdad que no me importa ir al sofá —repitió Ori.
Adriel negó con la cabeza.
—Está viejo y lleno de muelles.
Ori levantó la sábana para entrar en la cama.
Era justo la época en la que por la noche empezaba a refrescar y por el
día morías de calor. La ventana estaba abierta y la brisa entraba directa a la
cama. Adriel esperaba que la manta no le hiciera falta a mitad de la noche
junto al cuerpo de Ori.
Ori entró y encogió las piernas para que sus pies no colgaran.
—Siento que sea tan pequeña —susurró Adriel sintiendo su cuerpo
apretarse contra el costado del mestizo.
—Yo no —Ori sonrió y los nervios dentro de él se calmaron un poco.
Adriel respiró. Él también se había duchado pero por alguna razón el
mismo champú y gel olían diferente en Ori. Su olor a incienso se
intensificaba, fresco. Adriel quería hacer un ambientador con él y colocarlo
en todos los lados.
—¿Me olfateas?
Adriel se puso colorado por haber sido pillado.
—Olía el…champú.
—Ajá, ¿huele bien?
Adriel asintió.
—Hay una cosa que me gustaría saber ahora que estamos tranquilos —
dijo Ori.
Adriel se puso alerta.
—¿Qué es?
—Bueno, tú sabes el tipo de hombres con los que yo salía, pero yo no sé
con quién tú lo hacías.
Adriel mordió su labio.
—¿Quieres… saber eso?
—Sí.
—No iba con nadie en concreto. A veces, eran mestizos o humanos.
Nunca Alfas. Y pocas veces llegábamos hasta el final. Yo… sólo quería que
tú me detuvieras o llamar tu atención de alguna forma, pero nunca
funcionaba.
—¿Por eso te fuiste con Raven?
Adriel asintió recordando la noche en la que había subido a Raven a su
casa con la última esperanza de que Ori se enfadara.
—No hicimos nada. Él estaba con el tema de Trébol y yo… no pude.
—Pero lo marcaste.
—Fue una estupidez.
—Lo fue. Sabes que si te hubiese podido oler en él, lo hubiese matado,
¿verdad?
Adriel tragó saliva. No. No sabía eso.
—No quería causar problemas.
—Lo hiciste, un poco. Pero me alegro, no de que lo marcaras, sino de
que le contaras que éramos parejas. No estaríamos aquí de no haberlo
hecho.
Adriel tuvo la necesidad de tocarlo, pero se quedó quieto en su costado.
—Yo… me arrepentía de eso al principio.
—¿Y ahora?
—Nop. Ahora, no.
—Así que… —las piernas de Ori se movieron bajo la manta, y rozaron
las de Adriel— nunca llegaste a nada con Raven.
—No.
—¿Lo del otro día fue tu primer beso? —preguntó Ori de golpe.
Adriel tuvo que reprimir el fuerte impulso de ocultarse entre las sábanas.
Respiró y puso su cara falsa.
—¿Mmmm…? No.
Ori lo miró en la oscuridad.
—Sí que lo fue.
—Me he acostado con lobos —recitó Adriel cómo si eso fuera a salvarle
de esta conversación.
Por supuesto que no lo hizo.
—Puedes acostarte con una persona sin llegar a besarlo. Dime la verdad,
Adriel. No hay necesidad de mentir. Sea lo que sea que hayas hecho nunca
te juzgaré. Sé que no confías en mí, pero trabajaré en eso. Así que…
—No es que no confíe en ti.
—¿Qué es?
—Me siento estúpido —Adriel negó con la cabeza—. Es estúpido.
—Hace cuatro años que pasó lo nuestro, si estoy en lo cierto fui tan
bestia que ni siquiera te di un beso. ¿Guardaste ese beso para mí?
Adriel sintió su cara calentarse y menos mal que no había suficiente luz
como para que Ori lo viera. Se sentía tan tonto. Ori había estado saliendo y
besando a lobos sin ningún problema mientras que a él le costaba un mundo
meter a otro lobo en su casa. Habían sido muy pocas las personas con las
que se había acostado en su cama y todos ellos habían sido mestizos sin
olor porque la mayoría de lobos que no fueran Ori le habían causado
rechazo. Por supuesto que dar un beso estaba entre las prohibiciones y
ahora quería golpearse.
—Es...no...
—Está bien —Ori colocó una mano sobre su mejilla y la acarició con su
dedo pulgar—. No imagino lo que has tenido que pasar. Me gustaría
meterme dentro de ti y arreglarlo todo pero sé que es imposible.
Adriel mordió su labio inferior. Ahora si que odiaba esa maldita cama,
necesitaba esconder su cara, ocultarse y llorar sus penas en silencio pero no
podía escapar de Ori, no aquí. No ahora. Adriel no se había enfadado en
ningún momento con él, no lo había insultado, no había descargado su
rabia. Todo estaba bien. Estaba bien que Ori le hubiese hecho eso en el
callejón porque ambos estaban en celo y eran jóvenes. Estaba bien que
luego hubiese pasado de él por los efectos de las pastillas. Estaba bien
viéndolo con otros lobos en el bar. Estaba bien cuando fue abandonado por
segunda vez, cuando su madre murió y Ori no estuvo ahí con él. Estaba
bien. Estaba bien, salvo que nada estaba bien.
La rabia se acumuló en su garganta y soltó un sonido herido antes de
sacar sus puños y golpear a Ori en el hombro.
—Yo quería lo que tú hacías —Adriel golpeó—. Quería olvidarte, pero
al mismo tiempo no quería. Quería odiarte, pero me encontraba cada
maldita semana yendo sobre tus pasos. Quería ser capaz de querer a otra
persona pero no podía si quiera besarlos —Adriel siguió golpeando con
grandes lágrimas mojando la almohada—. Y mientras tú...tú tocabas a
chicos delante de mí sin importarte nada y yo...
Ori lo agarró de la muñeca, deteniendo sus leves golpes y lo acercándolo
rápido a su cuello. Adriel odió la forma en la que su cuerpo respondió,
calmándose de inmediato, perdonando todo. Porque todo estaba bien junto a
la garganta de Ori. Junto a su olor. Junto a él. Adriel escarbó en su piel y sus
garras salieron para agarrarse a él.
—No espero que me perdones. Pero te prometo que jamás volveré
hacerte daño. Dame esta última oportunidad.
Adriel creyó en sus palabras, su lobo también y poco a poco sus uñas
regresaron a la normalidad. Seguía llorando pero no había forma de pararlo
aunque secara sus ojos una y otra vez. Asintió con la cabeza ya que no
podía hablar y los brazos de Ori se envolvieron seguros y cálidos a su
alrededor.
CAPÍTULO 9:
ESTAMOS BIEN
Adriel miró el café que acababa de hacer para llevar con una mirada
asesina. Le puso la tapa, rebuscó en los sobres de azúcar y se giró para
dárselo al cliente. Cuando el cliente se fue, un músculo tembló en su rostro.
No estaba enfadado sino más bien frustrado. Ya habían pasado dos
semanas desde que se había mudado con Ori. Dos semanas en las que no
habían hecho nada. Y con nada, era nada. Ni un beso.
Entendía que los dos habían estado ocupados. Ori había empezado a
trabajar, habían tenido que limpiar y ordenar toda la casa, comprar muebles
para sustituir los viejos y un colchón. Adriel ya había entregado su solicitud
para estudiar y empezaría en unos meses en el nuevo curso, y la familia de
Ori tampoco se lo había puesto fácil con tanta visita a la semana.
Parte del día estaba trabajando, y la otra meditando. No servía de nada
que Adriel paseara casi desnudo por casa cuando el Alfa ni lo miraba, o que
hiciera sus ejercicios, o que saliera de la ducha medio desnudo.
Ori lo miraba, giraba su cabeza y meditaba.
Adriel ya no sabía qué más hacer y las inseguridades sobre su cuerpo y
sobre si era o no suficiente para el Mestizo regresaban.
—Me gustaría saber qué hay en tu cabeza ahora mismo.
Adriel miró a su líder y se le hizo muy difícil ocultar lo que pensaba de
él.
—No quieras saberlo. ¿Quieres café?
—No. Venía a ver cómo estabas, me he enterado de que alguien ha sido
aceptado para estudiar auxiliar de dentista.
—Sí.
—Me alegro, Adriel. De verdad.
Adriel asintió con la cabeza. Lo creía. Por supuesto. Adam nunca
mentía, incluso si tenía que dar alguna mala noticia o castigar a alguien.
Adam era sincero y bueno y por eso la manada lo quería tanto. Adriel
también lo hacía, los lobos hacían eso por instinto. Sin un líder estaban
jodidamente perdidos.
—Gracias. ¿Seguro que vienes sólo a eso? —preguntó alzando una ceja.
Adam sonrió y no había un sólo diente mal puesto en su boca.
—¿Has acabado tu jornada laboral?
—Me quedan diez minutos.
—Esperaré.
Adam cruzó sus brazos y se sentó en una mesa. Adriel lo miró, suspiró,
fue a la puerta y colocó el cartel de cerrado. Luego se acercó a la mesa y
tomó asiento.
—¿Me vas a regañar por algo? —preguntó Adriel.
No era bueno que un líder fuera a visitarte. O habías hecho algo mal e
iba a castigarte, o habías hecho algo mal de nuevo.
—No vengo a castigarte.
—¿Entonces?
—¿Cómo estás con Ori?
—Estoy bien.
—¿Seguro?
Adriel frunció el ceño sintiendo las palabras alinearse en la cabeza
dispuestas a salir a la luz, pero las retuvo en su lengua y se las tragó. Adam
era un Alfa dominante con un poder extraño. La mayoría de los lobos no se
daban cuenta de eso, sobre todo los Beta o algunos Omegas recesivos, pero
los Alfas lo sentían. Sentían su olor, el aura calmante que había a su
alrededor. Cuando te tocaba, todos tus dolores se anestesiaban, incluso los
del alma, algo que te hacía confíar en él ciegamente y querer contarle todos
y cada uno de tus secretos.
—Estamos bien.
—¿Teneis algun problema viviendo juntos?
—Ve directo al grano, Adam. Hoy me toca hacer la cena a mí.
—De acuerdo. Quiero saber si realmente la terapia está ayudando a Ori.
—Ori no ha vuelto a tener otro brote de ira, y su lobo está calmado, así
que sí, supongo que la meditación le está ayudando.
Maldita sea que sí.
—¿Y la manada? ¿Os está tratando bien?
Adriel asintió de nuevo. No había tenido ni un incidente más cómo los
del pasado, ningún lobo buscándolo cerca de su casa, o indirectas. Había
esperado algo peor, como que la manada de repente se apartara de Ori, pero
no. Todo, a excepción de varios susurros seguía igual, lo que le llevaba a
pensar que realmente los lobos amaban y confiaban en Ori y que Adam y
Trébol habían tenido que hacer o decir algo para tranquilizarlos.
—Sí. Puedes ir a dormir tranquilo. Todo está bien.
—No quiero que te calles las cosas, Adriel. A mí o a Ori, cuéntanos si te
ocurre algo o lo que hay en la cabeza. ¿De acuerdo?
Adriel miró sus manos y asintió. Estaba mintiendo en realidad. Adriel
nunca había tenido a una persona a la que poder contarle las cosas. No
había tenido amigos, novios, padres, gente que lo escuchara y cargar a su
líder con sus problemas infantiles era demasiado para él. Adriel podía con
eso.
Ahora todo estaba bien. Vivía con Ori, con su pareja. Dormían en la
misma cama. Ori podía no sentirse atraído por él, pero se estaba esforzando
por eso y bastaba. Bastaba hasta que Adriel llegó a su casa con los
ingredientes de la cena comprada y no encontró a Ori por ningún sitio.
Dejó la bolsa en la encimera y apoyó los codos en ella. Miró por si
acaso el teléfono, buscando un mensaje, algo, y con el corazón palpitando
como un loco subió a la habitación para comprobar que la ropa de Ori
seguía ahí y que el lobo no había decidido marcharse sin él. Se sintió
estúpido al encontrala y sus ojos se llenaron de lágrimas mientras agarraba
una de las camisetas y se la llevaba a la nariz.
El sentimiento de abandono desapareció poco a poco, luego llegó uno
peor. Había pensado que todo estaba bien así. Que podía vivir con Ori. Y
ahora que lo tenía a su lado, Adriel no podía sentirse peor. ¿Y si Ori
realmente no quería esto? ¿Y si había aceptado vivir con él por la marca?
¿Por lo que hizo? Para sentirse bien consigo mismo, para tener su puesto en
la manada, para…
Adriel apartó esos pensamientos. Ori no era así. No.
Agarró un par de camisetas más y las llevó a la cama junto a él. Se
acostó en el lado de Ori y abrazó con fuerza todas las telas hundiendo la
cabeza en ellas y frotando su nariz.
***
Ori llegó a casa más tarde de lo esperado de meditar. Lo primero que
necesitaba era una ducha y su cama. Lay estaba acostumbrado a pasar horas
y horas en ese maldito pedrusco, pero Ori tenía el culo plano, apenas podía
sentirlo después de levantarse hasta minutos después. Dejó los zapatos en la
entrada y a oscuras se sirvió un vaso de agua en la cocina. Lo bebió antes de
ir a la habitación. No encendió la luz, por eso mismo le costó darse cuenta
de lo que había en la cama. Parte de sus camisetas estaban fuera del armario
abierto, y allí, sobre el colchón, Adriel las apretaba dormido. Pestañeó
varias veces. Había leído sobre esto y escuchado de miembros de la manada
pero normalmente eran los Omegas dominantes los que hacían el nido
cuando estaban en celo. Un nido.
Adriel no era un Omega en celo que necesitaba hacer un nido con toda
la ropa de su pareja para sentirse seguro. Se pasó por su mente la idea de
que Adriel podría estar en celo, pero al acercarse comprobó que su olor no
había aumentado y que no habían feromonas en él de celo.
Ori se sentó en la esquina de la cama. Su lobo estaba empezando a
despertarse de la siesta y reaccionaba a la maldita escena. Arropar a Adriel
entre sus brazos y su ropa era una de las opciones que el lobo lanzó a su
cabeza, Ori pudo controlar y el lobo lo empujó. No estaba ni cerca del celo,
pero cada vez era más difícil de resistir, más si Adriel se paseaba
veinticuatro siete por casa casi desnudo como si no existiese peligro a su
alrededor.
Ori era el peligro. Ori era el depredador que quería arrancarle la piel y
meterse dentro de él para siempre y sea lo que sea que Adriel quisiera
lograr con tanto desfile le estaba haciendo llegar a su límite hasta el punto
de tener que ir al bosque a meditar y a relajar al lobo.
Sus manos se convirtieron en garras y los colmillos se prepararon en su
boca. Ori maldijo e hizo el amago de levantarse de la cama para tomar una
ducha fría. Un sonido lo detuvo. Miró a Adriel con el quejido grabado en su
cerebro y sus manos fueron al dobladillo de su camiseta. Sacó la camiseta
con su olor y la llevó a la nariz del Alfa. Adriel la tomó en seguida,
ronroneó y olfateó. Esa escena fue suficiente para sacudirlo.
Ori apretó la mandíbula, su cuerpo grande inclinándose sobre el
durmiente Adriel. No podía creer lo bonito que era, lo perfecta que su
marca quedaba en su cuello fino y pálido, incluso recién levantado Adriel
era un bistec.
Sus manos sobre el colchón y a ambos lados de Adriel recogieron su
peso y hundió la cabeza al fin en el cuello de Adriel. Su lobo aulló tan
satisfecho que una corriente de electricidad recorrió cada célula de su
cuerpo. Su ropa interior se volvió incómoda y húmeda y Ori sacó su lengua
para lamer la piel de la garganta de Adriel. Subió hasta su barbilla, sus uñas
arañando las sábanas y dejando boquetes en ella. Ori bajó su peso hasta que
su entrepierna dio con el muslo de Adriel y por la diosa de todos los
Alfas… Ori podía correrse con eso. Con el rostro dormido y satisfecho de
Adriel, con su olor y cuerpo y sabor, excepto que Ori prefería tener a Adriel
despierto y agarrándose a él.
Ori se empujó más fuerte en su muslo, sus manos moviéndose sobre el
cuerpo de Adriel, agarrando su barbilla para poder lamer sus labios.
Ori lo hizo con un gruñido. Fue hasta su nariz y frente, cejas, ojos y
orejas, acicalándolo. Agarró sus muñecas y cuando estaba por separarlo de
su camiseta, Adriel abrió los ojos.
CAPÍTULO 10:
TE ARREPENTIRÁS
Adriel podía pensar que estaba dentro de un sueño, porque no encontraba
ninguna otra explicación a lo que tenía delante de sus narices. La luz de la
habitación estaba apagada, las cortinas de las ventanas abiertas y la única
iluminación que entraba en el cuarto eran las farolas de la ciudad y la Luna
eclipsada suavemente por algunas nubes. La sombra de Ori se cernía sobre
él, y su cuerpo pesado. Su cabello largo y con olor a incienso caía sobre el
rostro de Adriel como una cortina y sus manos estaban en la camiseta a la
que el Adriel se apretaba de forma desesperada.
Adriel pestañeó rápido. No quería que el sueño desapareciera, sacó sus
uñas para hicarlas en la tela y bufó con sus dientes. Recibió un gruñido de
respuesta y el lobo acabó de despertar para darse cuenta de que lo que había
delante no era un sueño, sino a un Ori de carne y hueso medio desnudo.
—¿Qué…? —Adriel no terminó la frase, la lengua de Ori estaba en sus
labios y mejillas. Todo su rostro estaba siendo lamido mientras que él
estaba completamente paralizado.
Tenía que parar. Tenía que pararlo. Tenía que empujarlo.
Sin embargo, los pensamientos se esfumaron de golpe cuando Ori
decidió colocar una mano en su garganta. Su lobo Alfa agachó la cabeza
aceptando el control y todo se fue malditamente al traste. Lo único que
Adriel pudo hacer fue aferrarse a los sólidos hombros de Ori mientras el
hombre lobo lo devoraba, mordía y lamía. Ori hincó sus dientes cerca de la
marca y Adriel no pudo evitar chillar. Fue el momento exacto en el que Ori
abrió los ojos, Adriel pudo ver el pánico avanzando en ellos.
Lo sostuvo de los brazos y le clavó las uñas para que no se marchara.
—Bien —dijo tragando saliva a la espera de que su voz regresara—.
Bien —repitió.
Ori parecía estar en la misma situación que él. Recuperando el aire, el
hilo de sus pensamientos y analizando cada detalle del cuerpo de Adriel.
Seguía vestido, más o menos, los mordiscos de Ori habían roto parte de su
camiseta, su pantalón estaba desabrochado y no podía ocultar las marcas de
dientes recientes en su piel que probablemente era lo que más estaba
perturbando a Ori.
Finalmente, y antes de que Ori decidiera salir corriendo, Adriel se quitó
la camiseta con una mano, retorciéndose como una especie de culebra en la
cama, empujó el hombro de Ori hacia un lado y trepó por su cuerpo hasta
sentarse sobre su estómago. No tenía confianza en esto, el cuerpo de Ori se
veía mil veces mejor que el suyo. Él sí que tenía un cuerpo de Alfa mientras
que Adriel siempre había estado acomplejado con sus brazos delgados y su
falta de altura y músculos, sin embargo, si no hacía esto ahora, tenía miedo
de que Ori no volviera a tocarlo o intentar algo con él.
Adriel se inclinó, las palmas de sus manos en los duros abdominales de
Ori.
—No te vayas —pidió Adriel con voz extraña—. Podemos dormir si no
quieres hacer nada, pero no te vayas. No me has hecho daño.
—¿Seguro? Te he…mordido.
—Me gusta.
Las caderas de Ori se levantaron con él encima y Adriel pudo sentirlo a
la perfección.
—No es… buena idea —dijo.
—¿Por?
—Sabes qué puede pasar. Qué puedo hacerte.
—¿Me sentaría encima de ti si no quisiera hacerlo? Llevo toda la
semana intentando llegar aquí. Pero tú no haces más que huir.
—Adriel…
—¿Es porque no te gusto?
—No. Ni pienses en eso.
—¿Entonces por qué…?
—No quiero joderlo todo, Adriel.
—No lo joderas. Lo que pasó fue hace mucho, ya lo hemos hablado y
ahora todo es diferente.
—¿Diferente cómo? Sólo hemos cambiado de escenario. Aún quiero
marcarte por todos los lados y hacerte…
—Vale —Adriel mordió el interior de su mejilla.
—¿Qué quieres de…?
—Soy un Alfa. Soy fuerte —dijo intentando creer en sus palabras—.
Quiero todo lo que puedas darme, y sinceramente, no puedo esperar más.
Es… es muy frustrante verte sin mi marca, ¿sabes?
Ori tenía que saberlo. Aunque era mestizo, era un Alfa y los Alfas
amaban marcar a sus parejas con sus dientes y olor y enseñarla con orgullo
ante la manada. Adriel era uno de ellos. Ori olía de cierta forma a él y a su
casa, pero seguía oliendo a otros lobos del bosque y al propio bosque más
que a él.
Ori abrió sus labios y soltó aire.
—¿Y si hago algo que no te gusta?
—Te apartaré y me iré —Adriel mintió.
Ori no podía hacer nada que él odiara. Ni cuando lo hicieron por
primera vez sin un maldito beso o abrazo.
Ori apretó los dientes y el hueso de su mandíbula se marchó. Sus manos
se ciñeron a los muslos de Adriel, sobre la tela del pantalón.
Adriel contuvo su voz, esperando una respuesta que le diera luz verde.
—Te arrepentirás de esto —pronunció Ori, finalmente.
Adriel sonrió mientras que el torso del lobo se separaba del colchón y
sus manos apretaban.
—Espero que no.
Los ojos de Ori cambiaron. Ningún humano podría haberlo notado, era
imperceptible, un extraño brillo que nacía desde dentro. El lobo de Adriel
se emocionó cuando por fin ambos tuvieron la atención de su pareja. Adriel
estaba apunto de descubrir su cuello cuando su cuerpo fue empujado hacia
atrás. Ori lo agarró antes de que pudiera golpearse contra el suelo y Adriel
quedó a mitad del abismo. Ori tomó su rostro y lo giró justo para estampar
sus labios contra los de Adriel.
Adriel se relajó. Abrió su boca y dejó que Ori tomara el control de todo
mientras que él se agarraba al cabello largo de su nuca. Fue como entrar
directo en la boca del diablo. Era caliente. Húmedo. Lengua y colmillos por
todas partes. Ori mordía sus labios, y estiraba, lamía todo a su paso y sus
manos ya buscaban un hueco entre su pantalón.
Con un gruñido, Ori tiró de él. Adriel escuchó la tela romperse, pero qué
más daba. A la mierda con su pantalón favorito. Fue directo al vaquero de
Ori. Apretó el botón y buscó a ciegas y desesperadamente la cremallera. Se
quejó entre dientes, más cuando Ori dejó de besarlo para quitarlo. Su ropa
interior fue con él. Adriel no tuvo ni un segundo para admirarlo. Ori saltó
sobre él, y esta vez sí cayeron sobre el suelo de madera.
No hubo espacio para reírse o quejarse.
Ori lo agarraba del cuello y lo empujaba bajo él, lo besaba como si el
mundo se fuera a terminar mientras se abría paso entre sus piernas. La ropa
interior de Adriel desapareció de repente y el Alfa sólo pudo gemir cuando
sus duros miembros se rozaron preparados para lubricar.
Adriel empujó cómo pudo los hombros de Ori, pero cómo era de
esperar, el lobo no se movió ni un maldito centímetro. Lo empezaba a
aplastar, sus caderas embestían, la cabeza húmeda de su erección se colaba
entre sus nalgas y Adriel no podía esperar más a tenerlo dentro salvo que
antes quería marcar a Ori. Luchó hasta que logró liberar su boca.
—Cuello —pidió muy bajo, no quería que sonara como una orden, pero
era imposible pensar. Suerte que Ori lo entendió, descubrió su cuello
apretando sus caderas y Adriel sólo tuvo que meter la cabeza en él y morder
con todas sus fuerzas.
La sangre estalló, Adriel gimió saboreando y disfrutando de la presión
de algo contra su agujero que golpeaba cada vez más y más duro. Sin
dedos. Sin preparación. Adriel siseó dejando el cuello de Ori libre para
concentrarse en la vieja y aterciopelada sensación que lo recorría. Fue
incómodo al principio, algo doloroso, pero el lubricante natural calmó la
zona y cuando volvió a tomar aire, Ori estaba completamente clavado y
dentro de él.
Adriel se abrazó a su espalda, dispuesto a soportar y recibir, sólo que…
eso nunca llegó.
—Ori…
—Shhh…
—¿Qué pa…?
—Meditar. Estoy meditando.
—¡No medites ahora! ¡Estás dentro de mí!
—¡Lo sé! Quiero disfrutar de esto, no quiero ser una maldita bestia que
te folla contra el suelo.
—¡Yo sí! ¡Muévete!
***
Ori trataba de concentrarse en algo que no fuera su sangre palpitando en
su entrepierna o en la voz del lobo que gritaba. Esto era increíble, no. Más
que increíble. Y no debería ser así.
Ori no era virgen. Antes de saber lo de Adriel se acostaba cada fin de
semana con un lobo o con un mestizo diferente. Nunca habían habido
sentimientos involucrados ya que Ori aún seguía buscando a su pareja y al
descubrir que estos lobos no lo eran no volvía a concertar una segunda cita.
Pero esto era diferente. Cada célula de su cuerpo revoloteaba, cosquilleaba
y saltaba. El lobo estaba más feliz que nunca y el placer se extendía como
una fina manta por todo su cuerpo.
No quería soltar a Adriel, pero esta no era la forma en la que quería
tomarlo por primera vez después de todo lo que había pasado. Otro había
imaginado algo romántico y suave, flores de jazmín no acecharlo mientras
dormía y follarlo en el suelo. Comprobó que Adriel seguía agarrado a él y
lo sujetó del trasero para levantarlo del suelo.
Adriel chilló y Ori se quedó un momento de pie aguantando el orgasmo.
Estaba perfectamente clavado en él, tan hondo... tan...Su respiración se
alteró pensando en un delicioso interior y dejó a Adriel tumbado en la cama
para salir de golpe de él, arrodillarse en el suelo y abrir sus piernas.
Miró su agujero húmedo que se apretaba en torno a la nada. Lo acarició
con el dedo pulgar y frotó su mejilla en el interior de su muslo.
—No tienes que... estoy bien —jadeó Adriel cuando Ori metió la punta
de su dedo en él—. Lo digo en serio.
Ori sacó parte de su lubricante y fue entonces cuando se dio cuenta de
que lo habían hecho sin protección. Los lobos usaban condones a excepción
de con sus parejas, había algo en la idea de compartir fluidos que los volvía
locos pero no tenía ni idea de si Adriel pensaba en eso mismo.
—No hemos usado condón. ¿Quieres que me ponga uno?
Adriel levantó la cabeza con el ceño fruncido.
—¿Te has vuelto loco? ¿Por qué demonios querría usar condón contigo?
—¿Eso es un no? — levantó una ceja Ori.
—Eso es un deja de hurgar ahí abajo y ven aquí.
Ori sonrió a su cachorro enfadado de pelo azul y trepó hasta él. Adriel
enganchó las piernas en su cintura. Ori se acarició a sí mismo, dejando un
rastro húmedo en el estómago de Adriel y dudando.
—No quiero que seas suave. Tenemos toda la vida para darnos mimos y
hacer la cucharita, ¿de acuerdo? Llama al lobo, Ori —dijo Adriel colocando
las manos en su nuca y acariciando la marca ensangrentada—. Por favor,
por favor.
Algo gruñó dentro de él y decidió que el tiempo de descanso había
terminado. Agarró las caderas de Adriel, y su miembro y de un solo golpe
se metió dentro. Adriel jadeó, pero no tuvo tiempo de acabar. Ori embestía
otra vez con más fuerza y otra. El colchón chirriaba, él cabezal golpeaba
contra la pared y menos mal que no había nadie en la otra habitación.
Buscó su marca y la mordió mientras alcanzaba el miembro de Adriel y
lo hacía correrse. Lo agarró de los muslos. Necesitaba más.
Desclavó sus colmillos y lo levantó en el aire. Ori quedó arrodillado en
la cama, sus brazos fuertes bajo los muslos de Adriel mientras lo
balanceaba y se clavaba en su apretado agujero.
No supo el tiempo que pasó. Ori gruñía, el cuello de Adriel caía hacia
atrás en cada embestida, las sábanas a su alrededor estaban mojadas y sus
cuerpos bañados en sudor y lubricante. En una de las embestidas Adriel
resbaló de sus brazos y Ori lo aplastó corriéndose dentro con un ancho
gruñido.
Buscó el rostro de Adriel y respiró sobre él antes de cerrar los ojos.
CAPÍTULO 11:
LUCA
Adriel despertó abrumado por el calor. Intentó apartarse de él pero alguien
hizo un ruido en su oído y lo apretó con más fuerza. Adriel abrió los ojos
entonces para toparse con una melena negra y revuelta y con el rostro
dormido y relajado de Ori. La cama en la que estaban era gigante, Ori se
había encargado de eso cuando fueron a la tienda. Adriel no estaba seguro
de comprarla, era demasiado cara pero Ori había insistido en que el dinero
de él también era de Adriel y después de tres horas paseando por la tienda
terminó aceptando la maldita cama.
Los días anteriores habían dormido cada uno en una esquina, pero ahora
estaban apilados, uno encima del otro, piernas enredadas y abrazos de oso
que Adriel no quería dejar. Consiguió sacar la mano de entre sus cuerpos
apretados, apartando el cabello, Adriel descubrió su marca y se sintió más
que orgulloso de verla.
Por fin podía decir que Ori era suyo. Suyo. De él.
—¿Por qué ronroneas? —preguntó Ori con la voz pesada y los ojos
cerrados.
Adriel no se dio cuenta de que estaba haciendo ese sonido.
—Te miro.
—Mmm... —Ori movió sus piernas—¿Me miras?
—Ajá.
—Espero no tener baba colgando —Ori abrió los ojos y Adriel sintió la
necesidad imperiosa de esconderse bajo unas sábanas inexistentes. Se
removió— ¿A dónde piensas ir?
—¿Baño?
Sí. Ese sería un buen sitio en el que arreglar su pelo y rostro, o en el que
esconderse.
—Podemos dormir un poco más.
Adriel sintió en su cadera lo que era "dormir" para Ori. El gran lobo se
estiró todo lo largo que era en la cama y bostezó.
—Necesito ir. De verdad.
—Te acompaño.
—No me puedes acompañar al baño.
—¿No? ¿Por qué no?
—Porque no puedes.
Ori se quejó, pero no lo dejó salir. Envolvió los brazos alrededor de la
cintura de Adriel y apoyó la cabeza en su torso.
—Ori...
—¿Cinco minutos?
—¿Cinc...? ¿Me estás tocando el culo?
—Estoy comprobando la sensibilidad.
Adriel quiso reírse, tuvo que contenerse, ya que no confiaba en que esa
risa acabara en algún sonido de placer, más cuando sus manos no sólo
empezaron a tocar, si no a masajear y pellizcar.
—¿Te duele?
Adriel hizo un sonido de negación.
—¿Podemos ahora ser amorosos y achuchar...?
De repente, la puerta de la habitación se abrió. El sonido alertó a los
lobos que saltaron y enseñaron sus dientes mientras que el intruso se daba
media vuelta rápido.
—¡No vengas, Trébol! ¡Te acabarán ardiendo los ojos! —chilló Raven.
A Trébol no pareció importarle, ya que se asomó por la puerta con cara
de pocos amigos. Adriel se preguntó qué cojones había hecho para que
Trébol irrumpiera en su casa, tumbando la puerta abajo de nuevo con cara
de querer asesinar a alguien.
—¿Qué demonios, Trébol? —preguntó Ori tirando una manta sobre el
cuerpo de Adriel.
—¿Qué demonios? Llevamos más de una hora tocando el timbre y
esperando abajo. Son las dos del mediodía, Ori.
—¿Eso me tiene que decir algo? Estamos cambiando el sonido del
timbre, te lo dije, pero no escuchas una mierda.
—¿Es que no sabes qué día es hoy?
Adriel los miró, sosteniendo la manta en sus hombros.
—¿Qué...? —Los ojos de Ori se abrieron y Adriel juraría que algo se
encendió en su cabeza—¡Mierda! ¿Seguro que es hoy?
—Lo apuntaste en mi calendario, idiota.
Ori saltó de la cama.
—Trébol, mejor deja que la pareja se duche y se vista. Esperaremos en
el salón —intervino Raven en un intento por apaciguar el rostro tenso de
Trébol.
Trébol gruñó, se dio la vuelta y Adriel vio como Raven le guiñaba un
ojo antes de cerrar.
—¿Puedes explicarme algo de lo que acaba de pasar? —preguntó
Adriel.
—Cori ha alquilado una habitación a un humano, amigo de Adam. No
me fio ni un pelo de él así que se lo dije a Trébol y vamos a ir a darle el
visto bueno. Puedes quedarte si no te apetece o si te encuentras mal.
—No. No. Estoy bien. ¿Podemos pasar antes por un café?
—Claro.
***
Ori abrió la puerta de su antigua casa. Había hecho bien en no
comentarle a Cori nada sobre su llave y haberla guardado para un momento
como éste. Cori jamás los dejaría entrar para cotillear y hurgar en su nuevo
compañero de piso, pero como le había dicho a Adriel, no se iba a quedar
tranquilo hasta que no viera que era igual de inofensivo que un cachorro
humano.
—No lo puedo creer —Cori los miraba desde el salón con la misma cara
de pocos amigos de Trébol y negando con la cabeza— ¿Todos? ¿No podéis
estaros quietos ni un domingo?
—¿Dónde está el humano? —Ori fue directo al grano y se sintió menos
mierda cotilla cuando Trébol lo respaldó.
A él tampoco le hacía demasiada gracia esto aunque a Raven no parecía
importarle o ver el peligro. Un humano era algo bueno, Cori no se sentiría
solo y podían compartir cosas de ambas razas. Eso había dicho y sí, Ori
coincidía. Pero tenía que verlo antes.
—Ni se os ocurra, ¿qué fue lo que dije? Nada de sacar vuestros dientes o
de husmear.
—Cori, entiende que tus hermanos están preocupados por ti —dijo
Raven con una sutil sonrisa.
—¿Preocupados? ¿No querrás decir mejor que son unos gruñones
controladores?
—Sí, somos eso, pero eres el hermano pequeño y ni loco pienses que
vamos a dejar que vivas con un humano al que no conocemos —contestó
Trébol.
Cori llevó las manos al aire.
—¿Pequeño? ¡Yo nací antes que Ori!
—Eres el pequeño. Punto. Dónde está.
—Fuera —pronunció Cori señalando la puerta.
Ori inclinó la cabeza.
—No nos vamos a ir, Cori. Tampoco puedes echarnos a los cuatro.
Hagamos esto rápido y regresemos cada uno a nuestras vidas.
—Sois unos....Os odio.
—Nos amas —sonrió Trébol al ver la victoria en sus ojos.
Cori gruñó.
—Luca está en la habitación, ordenando sus cosas. Haré que venga,
pero...No quiero gruñidos. No quiero dientes. No quiero ningún comentario
sobre humanos, ni chistes, Raven.
—¿Por qué me incluyes a mí? Adriel y yo estamos muy entretenidos
aquí.
—Por si acaso. ¿De acuerdo? Hola y adiós.
—Nos comportaremos, según él se comporte.
Cori miró a Ori con los ojos entrecerrados, pero no tuvo más remedio
que perder la batalla e ir a buscar al humano. Tocó la puerta de la que era la
habitación de Ori y luego la abrió, su cabeza se perdió y su cuerpo y cuando
Ori estaba a punto de ir a por él, Cori salió con el humano a sus espaldas.
Los músculos de Ori se tensaron al verlo. Algo no estaba bien ahí. Algo
no cuadraba. Su instinto y su lobo le gritaban que agarrara a Adriel y se
marchara con él, que buscara un sitio en el que esconderse y que no saliera
de ese maldito agujero.
—Luca, estos son mis hermanos de los que te he hablado antes, Trébol y
Ori y sus parejas, Raven y Adriel.
—Encantado, chicos. Me habéis pillado un poco ocupado —sonrió
Luca, ofreció su mano a Ori y Ori la miró—. Cori me ha dicho que tenía un
gemelo, realmente os parecéis.
Ori no aceptó esa mano. Apretó la mandíbula.
—¿Tú eres Luca? —ladeó la cabeza.
—Sí. Lo soy.
—¿Luca no es un nombre italiano?
—Mi abuelo era italiano.
Ori lo miró de arriba abajo, colocándose delante de Adriel.
—Me han dicho que eres jardinero.
Luca retiró su mano al ver que Ori no iba a responder.
—Lo soy.
—Entonces, ¿te gustan las plantas?
—Si, me relajan.
—No lo parece.
—Ori, ¿podemos hablar un momento? —Cori lo dijo entredientes y Ori
sabía que se iba a ganar una buena reprimenda pero por sus santos cojones
que Cori no vivía con ese humano en su casa.
El hombre tenía un olor raro que Ori no alcanzaba a distinguir como si
hubiese salido de un hospital. Era alto, cabello rojo oscuro, cejas tupidas y
mandíbula cuadrada. Su cuerpo estaba tonificado bajo esa chaqueta y
camiseta ancha de chándal que usaba y vaqueros y Ori había alcanzado a
ver la una marca en el dorso de su mano.
Ori agarró la muñeca de Adriel y siguió a su hermano a la cocina para
cerrar la puerta.
—¿Eres sordo o que...?
—No vas a vivir con él.
—Ori, deja de ser tan mamá oso. Luca se va a quedar, ha pagado cuatro
meses por adelantado, es amigo de Adam. Así que ya puedes dejar tus
estúpidas quejas sobre él porque no van a funcionar.
—¿Yo soy el que está sordo? ¿Qué me dices de tu vista y olfato?
—¿Qué le pasa a mi vista?
Ori miró a Adriel, esperando que su pareja hubiese notado lo mismo que
él, pero en su rostro sólo había un buen interrogante.
—Ese hombre no es jardinero. ¡Ese hombre ni siquiera tiene pinta de
llamarse Luca!
—¿Qué estás...?
Ori sabía cómo tenía que sonar, pero por una vez su lobo estaba a la par
de él, y le estaba avisando de que nada estaba bien con el humano.
—¿No lo has notado, Adriel?
—¿Notar el qué? A mí...me ha parecido simpático.
Ori gruñó y Cori se llevó las manos a la cabeza.
—Y ahora te pones celoso, ¿seguro que está todo bien contigo, Ori? ¿No
crees que necesitas una semana más con Caleb?
—No estoy loco.
Adriel colocó una mano en su brazo.
—No lo estás, Ori. ¿Qué es lo que has notado?
Ori tomó aire.
—No lo sé. Es todo él. Su nombre, lo que hace, su olor.
—¿Su olor?
—Si. Huele a hospital. No tiene un olor personal. Tampoco tiene pinta
de cuidar plantas, más bien de matarlas y he querido correr en cuanto ha
salido de la habitación.
—Tus instintos están alterados, Ori —dijo Cori—. Puedo ver que Adriel
te ha marcado, ¿no crees que es por eso que estás viendo cosas que no son?
—Que yo sepa la marca no tiene esos efectos. Lo digo en serio, Cori.
Ese hombre no me da buena espina.
—Suerte que tú no tienes que vivir con él.
—Cori...
—Déjame. Tengo que arreglar lo que acabas de hacer. Hoy no tengo
tiempo para café ni para más charla, así que marcharos. Mañana hablaremos
—Cori se fue y Ori se pasó las manos por la cara frotándola.
—¿Crees que se me está yendo la pinza con tanta pastilla que he
tomado?
—No. No —Adriel estaba delante de él— .Yo te creo, Ori.
—¿Me crees? Has dicho que no has notado nada raro.
—Que no lo haya notado no significa que no esté ahí. Mis sentidos no
están muy desarrollados, pero Trébol y Raven estaban ahí. Pueden haberse
sentido como tú.
Ori esperaba que no fuera así. Esperaba estar equivocado. Esperaba
estar loco y completamente ido. Esperaba que ese hombre fuera un inocente
humano y jardinero con un olor especial, lo hacía.
CAPÍTULO 12:
MÍO
—No me gusta —dijo Ori de nuevo tras tomar el último trago de cerveza
y dejar el botellín vacío en la mesa.
—Nos guste o no, no podemos hacer nada —Respondió Trébol.
Los cuatro habían acabado en el bar de siempre tras ser echados por
Cori de su casa con otra buena regañina. A Trébol tampoco le había gustado
Luca, mientras que Raven no había notado mucho más que Adriel. Adriel
empezaba a pensar que podría ser cosa de hermanos, proteger a Cori de
cualquier persona por ser el único de ellos que aún no tenía pareja o el más
vulnerable de los tres. Sin embargo, no podía hacer eso. Una parte de él
creía en Ori y en la incomodidad que el lobo había mostrado en la casa, y
por otro lado pensaba que podría ser el instinto protector. Cualquiera de las
dos, Adriel siempre acabaría apoyando a su pareja.
—¿No estáis exagerando? Es un humano. Cori tiene razón, ese hombre
no tendrá la mínima oportunidad de hacerle daño, y de nuevo, es amigo de
vuestro líder. Si él lo ha metido en su casa, será de fiar —Raven estaba del
lado de Luca y eso hizo que a Trébol gruñir—. No te enfades, cabezón.
Sabes que en el fondo tengo razón.
—¿Y si te equivocas? —preguntó Trébol.
—Espero no hacerlo, pero si lo hago, Cori es suficientemente fuerte para
protegerse.
—¿Qué ha dicho Adam? —Adriel preguntó con voz más baja de lo
normal.
No estaba acostumbrado a venir al bar con gente, menos con Ori, y
sentarse tan tranquilamente a beber mientras sentía todos los ojos en su
espalda. Sabía que todos lo estaban mirando, él y Ori habían sido la
comidilla de la manada durante estas últimas semanas y el bar estaba lleno
de lobos y mestizos. No entendía cómo a Ori no podía no molestarle, quizá
estaba demasiado molesto con el tema del nuevo compañero de su hermano
como para darse cuenta.
—Que confiemos en Luca —respondió Ori con pesar.
Adriel sabía que iba a ser difícil para Ori. Apenas había recuperado su
olfato y sentidos y ya se sentía amenazado por un humano en el que su líder
confiaba. Esperaba que eso no rompiera la relación con Cori y que pudiesen
llegar a un acuerdo de paz.
—Si ese tío no es quién dice ser, lo sabremos. Y si hace daño a Cori, le
arrancaremos la cabeza —Trébol lo dijo tan serio que un escalofrío nadó
por su espina dorsal.
Sacudió sus hombros y se levantó del taburete alto.
—¿Queréis otra cerveza? —preguntó.
—Por mí bien —habló Raven.
—Voy yo a pedirlas, no te preocupes.
Adriel detuvo a Ori.
—No, tengo que ir al baño de todas formas.
—De acuerdo, pero no tardes —Ori le dio una palmada en el muslo y
Adriel fue directo al baño.
Necesitaba refrescar su cuello un momento y alejarse de tantos ojos. Lo
encontró vacío y fue perfecto para apoyar las manos en el lavabo y respirar
hondo. Mojó sus manos, sacudió el agua y las colocó en su nuca. Ni
siquiera le había dado tiempo a maquillarse, se había duchado rápido,
vestido, pasado las manos por el pelo y salido a casa de Cori. Sus ojos se
encontraron en su cuello, y muy lentamente, Adriel separó los dedos de la
marca en su cuello.
No le había dado tiempo a procesar todo lo de anoche, a…darse cuenta
de que era real. Ori al fin llevaba su marca y olía a él, y era su pareja, y la
manada lo sabía. Adriel ya no era más el lobo que engañaba y ponía los
cuernos a su compañero desaparecido. No.
Adriel era la pareja de Ori.
Algo revoloteó en su pecho y se encontró sonriendo frente al espejo.
Alguien entró en el baño y Adriel salió hacia la barra, pidió cuatro cervezas
y una de ellas con limón. Adriel estaba suficientemente concentrado en los
movimientos de la camarera que no se dio cuenta de que alguien estaba
empujando su hombro. Levantó la mirada y el olor conocido a Alfa llegó.
—¿Me recuerdas? Soy Kevin —preguntó el hombre con una sonrisa.
Tenía una cerveza, camiseta roja y pantalones negros. Pelo rizado y
barbilla prominente.
—No —desvió la mirada, rogando que sus bebidas estuvieran en la
barra listas para ser cogidas y marcharse a su mesa.
—¿Seguro? Estuvimos hablando aquí mismo hace unos meses.
—Lo dudo. No hablo con Alfas.
—Sí, dijiste eso mismo, y luego me invitaste a tu casa.
Adriel se movió incómodo buscando espacio, pero acabó golpeando a la
otra persona sentada en el taburete de la barra y teniendo que regresar cerca
del Alfa.
—¿Podrías dejar de pegarte a mí? —Adriel estaba siendo educado, no
quería montar una escena en mitad del bar. Él podría deshacerse de ese
hombre sin problemas.
—¿Te haces el difícil? ¿Eres de los que les gusta ese estilo?
—No me gusta ningún estilo, y no me estoy haciendo el difícil. Me estas
molestando. Tengo pareja.
Las cejas del Alfa subieron y luego sonrió.
—Ya…También la tenías cuando te conocí. No soy exigente, me vale
con una follada rápida en el baño.
—Busca a otra persona.
La camarera tardaba más de la cuenta y Adriel esperaba que eso hubiese
sido más que suficiente para quitarse al Alfa de encima, pero no fue así. El
lobo colocó su brazo alrededor de los hombros de Adriel y lo acercó a él
mientras desprendía una pequeña dosis de feromonas.
Eso hizo enfurecer a Adriel. ¿Qué pensaba? ¿Qué era un Omega
hambriento? ¿Que podía usar sus feromonas para convencerlo?
Desde la marca de Ori, oler a otro Alfa le producía rechazo, pero ahora,
Adriel quería vomitar. Sacó sus dientes preparado, sin embargo, la persona
que gruñó no fue él.
Ori estaba parado justo en frente, al otro lado de la barra, Trébol y
Raven atentos, y la gente a su alrededor en silencio.
El brazo se aflojó sobre su cuello.
—Así que de verdad tienes una pareja.
—Te lo he dicho.
—La gente dice muchas cosas últimamente sobre ti.
Adriel apretó los labios, preparado para correr.
—Lo que la gente diga, no es de tu incumbencia.
—A la manada le gustan los cotilleos, y he apostado cincuenta dólares a
que vuelves a engañar a Ori.
—Nunca he hecho eso.
A pesar de las náuseas, Adriel trataba de salir de su alcance de forma
tranquila y ligera. No quería una pelea. Mierda. Sólo había ido a tomar algo.
¿Por qué no lo podían dejar tranquilo los estúpidos Alfas?
***
Los dedos de Ori temblaban en sus puños apretados. Había una fina
línea entre hablar de forma amistosa con alguien e intimidarlo. Y ese Alfa
de la manada lo estaba haciendo con Adriel.
Debería haber pegado una patada a su silla y haberlo perseguido hasta el
baño, pero no quería ser el compañero celoso e inseguro. Las cosas por una
vez en su vida con Adriel estaban yendo tan bien…que el sólo pensamiento
de hacer algo que pudiera fastidiar lo que tenían le hacía temblar de miedo.
Adriel era fuerte y sabía que podía quitarse de encima a ese Alfa
baboso. No le estaba pidiendo a Ori que interviniera aunque sabía que
estaba ahí mismo, enfadado y gruñendo y Ori tenía que respetar eso. Ori sí.
El lobo no.
En cuanto el Alfa de la manada lo apretó contra él en lugar de aflojar su
brazo y dio una paso hacia atrás en dirección a la puerta del baño, Ori saltó.
Llegó a ellos en cuestión de segundos, agarró el brazo del hombre.
—Mío —Ori odiaba esa palabra.
Odiaba lo que significaba. Una persona no era propiedad de nadie, las
personas eran libres, con pareja o sin ellas, era algo que había aprendido de
los humanos, sin embargo, no podía con la idea de que Adriel fuera libre
con alguien más que no fuera él.
—Así que de verdad estáis juntos —el Alfa lo miró con las cejas arriba.
—¿Le puedes quitar las manos de encima? —no sonó como una
pregunta, más bien, una orden grave.
Sentía los ojos de Raven y de Trébol y sabía que se habían levantado de
la mesa con intención de intervenir. Mierda. No podía perder los papeles,
Adam se lo había advertido. Una falta más y todo se iría a hacer puñetas y
Ori no quería tener que regresar al bosque y alejarse de su manada y de
Adriel.
Respiró hondo cuando el Alfa sonrió, pero al final, levantó su mano y
liberó los hombros de Adriel.
—La mitad de la manada ya lo ha probado, no es ninguna novedad —
dijo el Alfa.
Ori gruñó, y antes de poder hacer alguna tontería, Adriel estaba a su
lado sosteniendo su mano.
—Vamos a casa, Ori —pronunció suave, tirando de él.
Ori no se movió.
—Adriel está conmigo, ¿de acuerdo? No te vuelvas a acercar a él.
—¿En serio? Por aquí dicen que se acostó con Raven y con otro
mestizo, y que hacía favores sexual…
Ori lo paró antes de que acabara la frase, lo agarró del cuello y lo pegó
contra la pared. La música se detuvo, la gente ya no hablaba y Adriel estaba
ahí empujando su hombro y suplicando que lo dejara y que se fueran a casa.
El lobo rugía dentro de él y las feromonas se esparcían a su alrededor.
Kevin ya estaba blanco, el aire se volvió pesado y Ori no podía
controlarlas.
Mátalo.
Arranca su cabeza.
—Lo que haya hecho, no es asunto tuyo ni de nadie. Es mío ahora, y
cualquier insulto me lo tomaré como propio —dijo Ori entredientes sacando
los colmillos—. Va para toda la manada.
Se separó de él con un empujón y miró a toda la gente del bar. Había
gente de la manada, humanos confusos y mestizos que estaban soportando
cómo podían sus feromonas. Apretó la mano de Adriel y tiró de él fuera del
bar. Andó. Más bien corrió. Ori no se dio cuenta de que lo estaba haciendo
hasta que Adriel se quejó.
—Ori. ¡Ori! Vas a tirarme.
Ori se detuvo en seco junto a una tienda cerrada y un letrero luminoso y
Adriel chocó contra su espalda. Se giró y antes de poder tocarlo, Adriel
saltó de sus manos hacia atrás. Ori no se dio cuenta de lo que estaba mal
hasta que vio su cara. Sus feromonas seguían ahí, y sus garras y colmillos.
Relajó su olor y ocultó sus manos porque no sabía cómo hacer a su lobo
retroceder en un momento como este.
—¿Estás bien? —le preguntó a Adriel sopesando su mirada.
Adriel no respondió.
—¿Adriel?
—¿Crees de verdad que esto funcionará? —Adriel no lo miraba. Sus
ojos estaban en el suelo cuando preguntó.
—¿Qué quieres decir?
—La gente. No dejará de decir esas cosas.
—Te defenderé las veces que haga falta.
—No necesito tu ayuda —escupió—. No te he pedido ayuda.
—Yo… he intentado darte tiempo. Sabía que podías deshacerte de él tú
sólo, pero…
—Pero querías que todos supieran que era tuyo. Ya lo saben, Ori. No
hacía falta que lo gritaras en medio del bar.
Ori frunció el ceño.
—¿Y qué problema hay en qué lo diga? Lo eres. Mierda. Eres tan mío
que puedo olerte en mi piel y qué si quiero decirselo a todo el puto mundo.
—La gente está haciendo apuestas para ver cuándo te engaño. Ellos no
pararán —repitió Adriel y Ori seguía sin ver el problema ahí.
La gente hablaba. ¿Y qué? Lo que a Ori le importaba era Adriel.
Avanzó un paso hacia Adriel y Adriel se alejó más.
—Adriel, por favor. Sé que no me vas a engañar.
—No lo sabes. No me conoces. Podría hacerlo en cualquier momento.
—No.
—¡No lo sabes!
Ori corrió tras él y antes de que Adriel pudiera reaccionar lo sujetó del
rostro.
—Me has marcado. Tengo tu marca en mi cuello. ¿Quieres dejarlo ahora
por un par de comentarios y una discusión? ¿Quieres que te pida perdón?
¿Quieres que me arrodille? ¿Qué quieres? Sé que no debí intervenir, que
eres fuerte para escapar y luchar, pero no podía con la idea de otro poniendo
tus manos en ti. ¿Quieres que me aleje?
Adriel negó con la cabeza y Ori no sabía a qué demonios estaba
negando.
—La gente habla de nosotros. Me da igual.
—No lo entiendes.
—¿Qué no entiendo?
—Yo estoy en lo más bajo de la manada. ¿Cuánto tiempo crees que
tardarán en hundirte conmigo? Ahora son miradas y comentarios y
apuestas, y luego hablarán de ti, y de lo que hiciste, si no lo hacen ya y…
—Te dije que eso no me importaba. Qué sólo me importaba lo que tú
pensaras de mí. Nada más y sigo en mi punto.
—¿Y cuándo afecte a tu familia?
—Adriel, estoy haciendo todo lo que puedo para estar contigo y
mantenerte seguro a la vez. Olvídate de todo el mundo. Por un segundo
hazlo, y responde a una pregunta.
Ori retiró sus manos porque no podía tocarlo y ser rechazado a la vez.
—¿Qué?
—¿Me quieres? ¿Quieres estar conmigo? —rectificó rápido.
Necesitaba saber que Adriel lo quería y que no iba a tratar de huir cada
vez que escuchara un comentario o un insulto de la manada. Necesitaba
asegurarse de que Adriel no iba a elegir la vía fácil. La huida. Porque si lo
hacía, Ori no iba a poder recomponerse. No de nuevo.
—Soy tu compañero.
—¿Te alegras de serlo? ¿O simplemente estás aquí porque te mordí?
—¿Por qué me estás cuestionando?
Adriel se movió listo para salir corriendo, y Ori lo detuvo. Una última
vez. Una más.
—Te quiero —dijo sin más—. Te quiero con marca, sin marca, siendo tu
compañero o no. Te quiero aunque me hundas. Te quiero. Y si me dices que
me quieres, que quieres pasar el resto de mi vida conmigo, yo…
—¿Por qué? ¿Por qué me quieres? No soy especial. No soy nada —su
voz temblaba.
—Te equivocas.
—¡No me equivoco! ¿Qué tengo de especial? Sólo soy un Alfa tonto, ni
mi madre me quería. Estoy aquí, vivo porque tengo que hacerlo, pero…
¿qué sentido tengo yo? No soy importante para la manada, no me necesitan.
No tengo familia, no tengo amigos, si me fuera, nada cambiaría en la
ciudad. La gente seguiría con sus vidas cómo siempre y…
—Para. Para, ¿de acuerdo? No sé quién te ha hecho pensar eso, pero es
una mierda, Adriel. Para mí eres importante, y para Adam, ¿sabes las veces
que me ha llamado para preguntarme por ti? Y Raven y mis hermanos y
madre, hasta mi abuela. Todos te quieren, y por no hablar de los lobos a los
que les he hablado de ti y quieren conocerte.
Adriel lo miró con los ojos rojos a punto de llorar.
Ori agarró su mano, estiró hasta colocarla sobre la marca de su cuello.
—Ésto lo es todo para mí y para mi lobo —habló Ori—. No digas que
no tienes sentido. Lo tienes. Para mí. Y a la mierda con todo el mundo,
Adriel.
Una lágrima rodó por la mejilla de Adriel. Adriel hizo un sonido de
angustia, un sollozo y su cabeza estaba apretada en su cuello. Ori lo rodeó y
Adriel no dejó de pedir perdón una y otra vez hasta que llegaron a casa.
***
Cuando llegaron a casa, Adriel era un caos de lágrimas y mocos, y el
cuello de la camiseta de Ori y el suyo propio no tenían mejor aspecto.
Adriel se agarró a él con fuerza incluso cuando Ori fue a dejarlo en la silla
de la cocina para coger un par de pañuelos y un vaso de agua.
No podía soltarlo. Adriel se sentía caer en todos los comentarios que
había recibido a lo largo de su vida. En la muerte de su madre, en no
sentirse necesitado por nadie. Sin embargo, ahí estaba Ori, sosteniéndolo
cómo si fuera su mundo y repitiendo en susurros que lo quería.
Adriel sorbió su nariz. Su lobo escondía las orejas humillado, ¿cómo iba
a sentirse bien si ni siquiera él lo quería?
Separó su rostro del cuello de Ori.
—¿Puedo…? —Adriel respiró—¿Puedo verlo?
Ori no lo entendió así que Adriel se esforzó en hablar mejor.
—Tu lobo.
—No es…
—Has dicho que era todo para tu lobo también.
—Lo eres.
—Quiero verlo.
—Adriel. Quiero hacerlo, quiero que lo conozcas, de verdad. Pero…
Adriel bajó la mirada.
—No quieres, ¿verdad?
—Mantener el control aquí es más fácil. Tú también tienes que saberlo.
Adriel negó con la cabeza. Habían llegado al sofá y Adriel estaba
encima de Ori y con sus manos convertidas en puños.
—¿No, qué?
—No lo sé. Desde que me marcaste, mi lobo no ha querido salir.
Ori lo miró cómo si Adriel estuviera al borde de la muerte.
—¿Por qué no me has dicho esto?
Adriel encogió sus hombros.
—Había cosas más importantes. Estabas tú.
—No. Adriel. ¿Por qué? —Ori respiró y Adriel intuyó que estaba
tratando de calmarse—. ¿Alguien lo sabe? ¿Se lo has contado a alguien?
Adriel negó.
—Creo… creo que Adam puede saberlo. Insiste en que hable con los
psicólogos de la manada y que tome análisis.
—¿Por qué no quieres ir con ellos?
—Porque no necesito que un hombre o una mujer con bata me digan
algo que yo ya sé.
—¿Y qué sabes?
Adriel desvió la mirada.
—Rechazo. Humillación. Tristeza.
—¿Él se siente así?
Adriel asintió y Ori se separó para colocarse frente a él. Adriel fue cómo
un drogadicto a su piel y Ori tuvo que separarlo.
—Lo haré. Te enseñaré. Pero aquí no. Mañana lo conocerás. En el
bosque, protegido. Y le haré saber que él también me importa, y luego…
luego quiero escuchar tus respuestas.
Adriel asintió rápido, mirando la porción de piel al descubierto ansioso.
Ori inclinó su cabeza y Adriel encontró ese lugar tan malditamente perfecto
que no pudo evitar llorar de nuevo mientras mordía su marca.
CAPÍTULO 13:
MIMOS
Ori estaba a punto de salir corriendo. Su lobo quería conocer a Adriel tanto
como Adriel necesitaba conocerlo a él, pero Ori no confíaba en que el
animal mantuviera sus garras y dientes fuera de la piel del Alfa. Por eso
estaban en mitad del bosque, con dos centinelas, Ivarr y Caleb escondidos
en alguna parte del bosque.
Ori miró el rostro hinchado de Adriel por haber pasado toda la noche
llorando y decidió hacerlo. Era ahora o nunca.
Demonios, el lobo estaba tan emocionado que lo sentía arañar en su
mente.
—¿Quienes están con nosotros? —preguntó Adriel moviendo la cabeza
de un lado a otro sintiendo sus olores.
—Amigos. Ellos te mantendrán seguro si pasa algo.
—Ori. Sé que él no me hará daño.
—Ojalá pensar lo mismo que tú.
Ori se levantó de la hierba cuando escuchó un gruñido por parte de
Ivarr. Había llegado el momento. Se quitó la camiseta y tan pronto cómo
acabó de desnudarse, el lobo tomó el mando y el lugar. Ori sabía que no era
tan grande cómo un Alfa completo y que muy probablemente, Adriel lo
superaría en altura, pero ahí estaba su lobo. Estirando la cabeza y alzándola
con orgullo mientras que Adriel lo miraba sin poder decir nada. El lobo lo
rodeó. El lugar era familiar y seguro, conocía ese trozo de bosque y conocía
también a los lobos a su alrededor, pero eso dejó de importarle cuando el
olor de Adriel llegó a él.
Jazmín. Planta. Todo lo bueno en el mundo. Eso era Adriel. Su lobo
saltó arriba y abajo, aulló y corrió para apretujar su cuerpo con el de Adriel.
Ori se sintió un poco más tranquilo al darse cuenta de que su lobo no
percibía a Adriel como una presa a la que morder, si no cómo un compañero
al que saludar y marcar.
Lo marcó con su olor una vez más y luego cerró los ojos e inclinó la
cabeza en el momento en el que Adriel se arrodilló, estiró y rascó tras sus
orejas.
Eso era… Mmmm… Eso era…
—¿Te gusta? —preguntó.
El lobo saltó más que emocionado, su cola golpeó a Adriel y Adriel
cayó al suelo con un pequeño grito. Uno de los centinelas se dejó ver
alarmado por el chillido. Fue su pata y sus fauces y Ori se puso alerta
sacando sus dientes y colocándose delante.
No iba hacerle daño. Nadie iba a hacerle daño a nadie.
Adriel recuperó su postura pronto y debió de hacer alguna seña porque
el lobo amenazante se retiró y Ori pudo dejar de gruñir y disfrutar de nuevo
de las caricias de su compañero.
—Si sólo eres un cachorro que busca mimos —dijo Adriel mientras que
Ori no podía estar más enfadado con él.
Ori lo había vendido cómo la bestia agresiva y peligrosa y ahora se
estaba burlando de él. Con una sonrisa, Ori lo mandó regresar y quedó
arrodillado en el suelo, desnudo, con la mano sobre su pecho. Ori agarró sus
dedos.
—Te toca —gruñó.
La calidez de su rostro desapareció y Adriel quedó blanco.
—¿Qué?
Ori no lo dejó ir.
—Hemos venido aquí. Es seguro, Adriel. La manada no te hará daño y
sabes que tu lobo lo necesita.
—Él no quiere. Él…
—Está bien. Estoy aquí. Has conocido al mío y no ha pasado nada.
—¿Y si pasa? ¿Y si luego no consigo volver a ser yo?
—Te traeré de vuelta.
Adriel se quedó en silencio un tiempo. La respiración de Ori sonaba
acelerada y los centinelas y el líder mantenían su puesto en el bosque. Un
pequeño pájaro salió aleteando de su escondite y Ori escuchó también a una
serpiente seguir con su camino antes de que Adriel finalmente reaccionara.
Llevó las manos al dobladillo de su camiseta, apretó sus labios y cejas
juntas y relajó los dedos.
—No pue…
—Sé que lo conseguirás. Te esperaremos —Ori se sentó en el suelo.
Esperaría toda la noche. Toda su vida. Ahora sabía porque Adam estaba
tan encima de Adriel, porque insistía en que Adriel se abriera. Adriel no
tenía a su lobo. La manada y él lo habían humillado tanto que el lobo se
había retraído y negado a salir y eso era tan malditamente doloroso…
—Respira hondo, Adriel. Cierra los ojos y concéntrate —Ori le contó la
forma en la que él meditaba y se aislaba del mundo para conectar con su
lobo. Le dijo lo que sintió la primera vez que pudo comunicarse con él, le
habló de Lay y de su roca y la gran sensación que era estar dentro de la
bestia hasta que los hombros de Adriel dejaron de temblar.
Adriel abrió los ojos, y el lobo brilló en ellos.
Los crujidos se adueñaron del bosque, la ropa de Adriel se hizo jirones y
Ori apreció cada momento de su transformación hasta que el lobo estuvo
completo.
El animal miraba a su alrededor con miedo, sus orejas estaban gachas y
su rabo entre las patas, su pelaje era rubio ceniza, espeso y denso, y tenía
los ojos tan abiertos que parecía que iban a salir de sus cuencas.
Tenía que estar asustado y perdido. Ori lo sintió, los centinelas también,
por eso ninguno de ellos salió de su escondite cuando el lobo temeroso le
sacó los dientes a Ori por levantar su mano hacia él.
—Me conoces —le susurró cambiando la posición de su mano hacia
abajo.
Le tendió la palma, esperando que fuera él el que se acercara.
—No te haré daño. Sabes quién soy.
El lobo asustado olfateó el aire y estiró el cuello dando un pequeño paso
hacia Ori. Era como un pequeño gato maltratado al que le estaban
ofreciendo comida por primera vez. El pecho de Ori dolía por contener la
respiración y sus rodillas temblaban encogidas ante el lobo.
No quería hacer ningún movimiento brusco. El lobo arrastró sus patas
por el suelo, su hocico húmedo tocó la punta de sus dedos, hizo un sonido
animal y se acercó de nuevo. Ori dejó que lo olfateara a su gusto, que se
hiciera con su aroma y lo reconociera.
—Nadie te volverá a hacer daño —repitió en un susurro—. Ni siquiera
yo.
El lobo entornó los ojos, soltó un quejido y apretó el hocico en su mano.
Ori sonrió. Acarició sus orejas suaves con su permiso, su cuello y
cabeza y se acercó más hasta hundir sus dedos en el pelaje.
—Buen chico.
***
Adriel tomó un sorbo del vaso.
—¿Te gusta? Es poleo con manzanilla y miel —dijo el dicho de
enfrente.
Adriel lo miró, tratando de ser tan obvio en su escáner. Era un Omega.
Sus orejas salían fuera de su cabello castaño, sus ojos redondos estaban
plagados de pestañas y tenía una sonrisa bonita de la que sobresalían dos
pequeños colmillos. Adriel no estaba acostumbrado a ver Omegas. Bueno,
si. Pero no sus orejas. En la ciudad la mayoría las ocultaban para evitar
problemas pero en la manada del bosque… Todos los Omegas parecían
lucirlas con orgullo.
—¿Y bien?
—Perdón. ¿Qué has dicho?
El pequeño Omega rió.
—Si te gustaba la infusión.
—Sí. Muy buena. Dulce. Me gusta.
—Me alegro. ¿Quieres una galleta o algún trozo de tarta?
Adriel miró a su alrededor.
—No. No hace falt… ¿Sabes dónde está…?
—¿Preguntas por tu compañero?
Adriel se sintió sonrojar.
—Está con Ivarr y Ron, consiguiéndote ropa.
—Uh. Lo había olvidado —Adriel sonrió incómodo, ajustando la manta
grande sobre su cuerpo que le habían prestado tras salir de su cambio.
—Regresará pronto. No te preocupes.
Adriel tomó otro sorbo y el Omega se marchó para regresar con una
magdalena sobre una pequeña servilleta.
—No hace falt…
—Insisto. La he hecho yo y se echará a perder si hoy nadie se la come.
Adriel finalmente la aceptó, y al primer bocado su estómago soltó un
suspiro de alivio. El Omega sonrió.
—Gracias —dijo entredientes.
—De nada. Me han hablado mucho de ti.
—¿De mí? ¿Por qué?
—Ori. Comía aquí casi todos los días, es imposible no establecer lazos
en la manada.
Adriel sintió una punzada de celos. La retiró. El Omega no estaba
hablando de eso, incluso tenía una marca en su cuello que demostraba que
tenía un compañero. Él y Ori no habían tenido nada.
—Sólo amigos —habló el Omega.
Adriel se dio cuenta de que estaba gruñendo.
—Perdón.
—No. Eres justo lo que Ori describió, hasta tu pelo.
—¿Hablaba…mucho de mí?
—Mucho es quedarse corto. Lo único que había en su vocabulario era tu
nombre.
La puerta del comedor se abrió y Adriel giró rápido la cabeza.
Desilusionado miró al hombre rubio y alto que acababa de entrar.
—Levi, llevo media hora esperándote fuera.
—Lo siento. Lo siento. Hemos tenido una visita de última hora, dame
unos minutos más.
Adriel giró la cabeza al ser escaneado y sus nervios aumentaron cuando
el hombre empezó a acercarse.
—Lo estás asustando, Apolo. Deja de ser un gruñón.
—No estoy gruñendo.
—Estás apunto. Es Adriel, la pareja de Ori. Están buscando ropa para
regresar a la ciudad.
—¿Qué ha pasado con tu ropa? —el hombre preguntó directo y Adriel
tuvo que responder para no ser un maldito antipático.
—Se rompió en el cambio.
—¿No tienes ropa de recambio aquí, Levi?
—No. La última se la llevó Dani.
Hubo un suspiro y luego el hombre apareció tras el mostrador, colocó
una mano sobre el hombro de Levi y acercó la frente a sus labios.
Pareja. Sí. Eran pareja.
La tensión de Adriel desapareció un poco.
—¿Habéis venido al bosque o a ver la manada? —le preguntó Apolo.
—Sólo al bosque. Siento molestar, pero… no puedo ir por las calles
desnudo ni como un lobo.
—Ya te lo he dicho. No molestas —respondió Levi—. Y acaba la
infusión y la magdalena.
Adriel comió mientras la pareja hablaba de la limpieza de la casa o de lo
que harían de cenar en llegar a casa, bebió la bebida caliente y para cuando
dejaba el vaso en la mesa, Ori entró junto a otro lobo con un puñado de
ropa.
—Tienes un baño justo ahí —señaló Levi.
Adriel asintió con la cabeza. Cogió la ropa que le ofrecían y se fue al
baño. Le tomó menos de dos segundos en cambiarse. Pantalones deportivos
y camiseta, salió y la gente dejó de hablar para mirarlo.
El hombre que iba con Ori, de cabello caoba y mechón blanco le dio una
palmada en el hombro y Ori fue hacia él con unos zapatos en la mano.
—¿Nos vamos a casa? —preguntó Ori dejando los zapatos en el suelo.
—¿No te apetece quedarte un rato más con tus amigos?
—Los veré esta semana de nuevo.
Adriel subió a los zapatos.
—Devolveré la ropa —le dijo al lobo que se la había prestado.
—Puedes quedártela.
—No. La traeré, y los zapatos también.
—De acuerdo, chico. Si necesitas correr algún día o cambiar de nuevo,
dímelo. Ori tiene mi número de teléfono, puedo organizar alguna partida de
caza con la manada y salir a divertirnos todos un rato.
—Eso suena…bien —Adriel se dio cuenta de que algo estaba botando
en su pecho, y era el lobo.
Adriel tenía una manada, quería a Adam, adoraba a su líder, pero a parte
de él y ahora Ori y sus hermanos no compartía lazos con ninguno más.
Mientras que la manada del bosque parecía estar más que unida a todos.
Se despidieron de los chicos y pusieron rumbo a casa.
—¿Te gusta… esto? —le preguntó Ori cruzando los caminos del
bosque.
—Es bonito —Adriel acarició con los dedos un árbol.
—Sí, y tranquilo. Y todos están dispuestos a ayudar. Caleb también es
amable, se parece a Adam en ciertas cosas.
Adriel lo miró.
—¿Quieres vivir aquí? —le preguntó Adriel directo.
Ori había estado viviendo en el bosque unos meses, era normal que
cómo había dicho Levi, estableciera lazos con los lobos. Allí el aire era más
fresco, no habían humanos racistas, la gente era amable, y podías salir a
correr en cualquier momento sin preocuparte por nada.
—¿Qué? No. Bueno, si tú quisieras venir yo no tendría ningún
problema. Te seguiría siempre.
El lobo se acostó en su mente y estaba ronroneando.
—Me gusta la ciudad, el ruido y todo eso. Tampoco me importaría vivir
aquí si tú quieres.
Ori se detuvo y Adriel se vio obligado a hacerlo.
Ori hizo una mueca rara.
—¿Qué es lo que te haría más feliz? —preguntó Ori y Adriel se dio
cuenta de una cosa.
Tarde. Pero lo hizo.
Sujetó la mano de Ori y tiró de ella para regresar al camino. Ori lo
siguió sin decir nada y en media hora empezaron a ver los edificios de la
ciudad. Apretó su mano en la de Ori y apresuró el paso hasta que llegaron a
casa. Nada más entrar en el ascensor, sus fosas nasales se abrieron y
buscaron el olor de Ori. Apretujó nariz en su camiseta la camiseta de Ori y
todo gritó hogar.
CAPÍTULO 14:
DENTRO
—Me siento tan mal —Ori escuchó decir a Adriel.
Su nariz también dolía, pero no podía desnudar al Alfa en el ascensor.
La ropa apestaba a Ivarr, y a su pareja, Dani, los olores se mezclaban y
aunque estaba limpia era una tortura para su lobo oler a otro Alfa en su
pareja.
Ori sujetó su nuca, esperando que eso fuera suficiente por ahora y abrió
la puerta del ascensor mientras que buscaba las llaves de casa. Al instante
en el que ambos pusieron un pie dentro del apartamento, Ori rompió la
camiseta en dos y la arrancó de la piel de Adriel. Adriel buscó su contacto
ansioso y subió la camiseta del indio hasta sus axilas para frotar su pecho
con el suyo.
—Sólo quiero oler a ti. Por favor. Por favor. Ori.
—Lo haces, cachorro. Necesitamos quitar tu ropa.
—Sí. Quítala. No me gusta.
Ori tironeó de su pantalón hasta el suelo, subió a Adriel desnudo en sus
brazos y lo llevó hasta el sofá.
—¿Mejor?
Su boca estaba seca, sus dientes y lengua picaban por morderlo y
lamerlo y quería destrozarlo. Tan mal. Tan correcto a la vez.
Adriel negó con la cabeza arrastrando sus dientes sobre el tatuaje del
pecho de Ori.
—Soy feliz —dijo Adriel entonces—. Soy feliz contigo. Soy feliz
viviendo aquí. Soy feliz siendo tuyo.
La última palabra lo calentó y si en el ascensor se había empezado a
poner duro, ahora lo estaba al completo. Enterró la mano en el cuero
cabelludo de Adriel y le obligó a subir la cabeza.
—Repite eso —mordió olfateando el espeso olor a jazmín.
—Feliz.
—Lo último.
—Tuyo.
—¿Lo eres?
Diosa…quería comerlo ahora mismo, ahogarlo con su olor hasta que su
propio perfume fuese incienso y cenizas y consumirlo. Su lobo se elevó con
las orejas hacia arriba, los dientes preparados.
Hazlo.
Muerde.
Destroza.
Es tuyo.
Ori entrecerró los ojos disfrutando por primera vez de sus pensamientos.
—Soy tuyo.
—¿Y la bestia, Adriel? Quiero comerte ya. Pero necesito que me digas
que eso está bien. Que quieres ser devorado y alimentado por mí. Para
siempre. Para toda la vida.
—Lo quiero. Lo quiero, Ori.
Ori respiró en la mejilla de Adriel tan fuerte que dolió. Apretó el agarre.
—Dilo otra vez. Di que eres mío.
—Soy tuyo. Soy tuyo, Ori.
—Tanto. Joder. Te cuidaré, Adriel. Te protegeré con mi vida. Nadie
volverá a tocarte. Es una promesa. Te lo prometo.
Adriel gimoteó y Ori deshizo el puño. Acostó a Adriel en el sofá y se
quitó la camiseta, los pantalones y la ropa interior sin perder la vista del
cuerpo de Adriel. Abrió los muslos pálidos del Alfa y se colocó ahí.
Ninguno de los dos estaban en celo, pero mierda que se sentía como así
fuera. El olor a Alfa era tan espeso que cualquier Omega podría caer al
suelo. Las feromonas se acumulaban y Ori las dejaba salir en cada bocanada
de aire. Su mano grande abarcó por completo el pecho de Adriel y lo miró
cómo una maldita obra de arte.
Sus pezones pequeños y duros, su vientre plano, pálido, sin vello. Sin
marcas. Ori agachó la cabeza, llevó un pezón a su lengua y lo retorció y
mordió con Adriel levantando sus caderas.
Ori lo detuvo. Sus dedos quedaron clavados y dejaron marcas rojas. Ori
lamió la línea de su estómago, dejó un hilo de saliva caer en su ombligo y lo
bebió. Las manos de Adriel se enroscaron en su cabello largo y lo apartó
hacia un lado.
Ori lo miró.
El lobo saltó.
Adriel se veía tan desesperado que Ori quiso saciarlo de inmediato.
Meterse dentro, retorcer su interior, correrse, marcarlo. Joderlo. Y lo quería,
pero también quería lamer todas sus partes blandas y dejar marcas en sus
tobillos.
Su boca llegó a su fino vello púbico, besó ahí. Sus manos levantaron las
piernas de Adriel sobre sus hombros y Ori engulló todo a su paso. Lamió el
miembro con fugas de Adriel, y lo tomó en su garganta. El sabor le hizo
jadear y escupió el lubricante natural de Adriel en su agujero fruncido. Lo
lamió mirando con atención cada cambio en el rostro de su pareja.
Sus mejillas rojas, sus ojos nublados, la forma de su boca y colmillos, la
curva de su cuello. Su estómago vibraba y había un charco de lubricante
que descendía de su cadera hasta el sofá. Ori se tomó su tiempo para estirar
y torturar la piel, empujó su lengua y su dedo dentro y lo retorció mandando
espasmos por todo el cuerpo de Adriel.
—Ori. Ori —suplicó Adriel—. Dentro. Te quiero dentro —las lágrimas
descendían por su rostro y Ori lo agarró de los brazos, se sentó en el sofá y
lo colocó encima de él a horcajadas.
—Ven a por él, cachorro. Toma lo que quieras —habló el lobo con los
ojos encendidos.
Adriel gimió, su mano agarró su pene y lo mandó a su trasero. Ori guió
sus caderas y ambos rodaron sus ojos cuando Adriel se clavó por completo
en él. Tan apretado. Nacido para esto.
Ori lo mordió, abrió su trasero y agujero y empujó. No había palabras.
Ori sabía bien a quién pertenecía ahora. Adriel también lo sabía.
Balanceándose. Frotándose. Mezclando y gimiendo ambos se vinieron y Ori
lo sujetó fuerte aún dentro de él mientras que Adriel se deshacía en sus
brazos.
***
Por supuesto que Trébol, Raven y Cori estaban ahí a la mañana
siguiente. Todos los miraban cómo si supieran lo que había pasado anoche
en ese mismo salón y las mejillas de Adriel ardían cada vez que Raven le
sonreía y guiñaba un ojo.
—Malditos pervertidos —susurró Adriel después de que Raven metiera
un dedo en el cuello de la camiseta y se asomara a ver las marcas.
Trébol lo trajo de regreso rápido y Ori llegó para enlazar sus dedos
juntos.
Era cálido. Todo cálido y familiar.
—Caleb está preparando una fiesta para este fin de semana —dijo
Raven—. Estáis todos invitados.
—¿Se celebra algo? —preguntó Ori.
—No ha dicho mucho más. Habrá hoguera, comida y música. Adam
está invitado también.
—¿Crees que irá?
—Debería, si quiere fortalecer la relación de las manadas.
—Adam es solitario —dijo Adriel apretando los dedos de Ori y
pellizcándolo.
Ori se apoyó en su tacto.
—Sí, bueno. Todos lo somos en un momento dado. Vendrá bien para las
dos manadas que los líderes se lleven bien.
—Me gustaría ver al perfecto Adam en el bosque cubierto de tierra —
rió Ori y todos lo siguieron.
—Seguro que su traje es impermeable al barro y a las babas de los
perros —dijo Cori y Adriel se encontró sonriendo con ellos—. Cambiando
de tema, la abuela dice que tenéis que pasar por casa.
Ori se quejó entre dientes y tomó aire por la nariz.
—Oh… Os toca la charla del matrimonio —Raven los miraba
enseñando sus colmillos—. Yo ya la tuve y tuvimos que asegurarle a nana
que nos casaremos este año.
—Nana y sus tradiciones —Ori dejó el contacto de Adriel—. ¿No ve
que el matrimonio entre lobos es algo anticuado?
—Matrimonio, ceremonia. Ella quiere ver a sus nietos con sus parejas
en un altar antes de morir. No podemos ir con eso —respondió Trébol.
—Lo sé, pero…
—¿No podemos hacerlo?
Los tres giraron sus cabezas a la voz de Adriel.
—¿Hacer qué?
—Casarnos.
Raven ahogó un sonido.
—¿Quieres casarte? —preguntó Ori muy atento.
—Si tu abuela…
—No. Olvida a mi abuela. Mi abuela pasará el resto de su vida feliz
estemos casados o no. Te pregunto por lo que tú quieres hacer.
Adriel miró sus dedos, e imaginó una bonita ceremonia llena de flores a
la luz de la Luna. Un altar. Ori junto a él. La familia de Ori.
—No… no es que me desagrade la idea —dijo evitando su mirada.
—Por la diosa, Ori. ¡Quiere casarse! ¡Arrodíllate! Dime que tienes un
anillo humano —chilló Raven.
A Adriel se le escapó la risa. Qué situación tan ridícula, que… Hubo un
sonido, Ori estaba arrodillado en el suelo. El lobo de Adriel se afiló los
dientes.
—Conseguiré un anillo. Conseguiré un bonito anillo humano y lo
pondré en tu dedo, Adriel. Pero por ahora… —Ori se quitó el collar que
siempre llevaba con él. Era una cuerda tosca de la que colgaba una pluma
de colores, Cori llevaba la misma pluma en su oreja—. Por ahora, acepta
esto.
Raven golpeó las costillas de Trébol.
—Tú no eres tan romántico conmigo —le dijo.
—Raven, me estoy declarando. Cierra el maldito pico.
—Gracias a mí. Fui yo quién os juntó.
—¿Te callas?
Raven rodó los ojos y toda la atención cayó de nuevo en Adriel. Adriel
movió sus dedos temblorosos y agarró el collar de Ori. No tuvo que decir
nada más. Esos chicos lo entendían incluso cuando no decía ni una sola
palabra. Cayó en los brazos de Ori y luego fue envuelto por más de ellos y
por primera vez. Adriel se sintió querido, valorado, amado.
FIN
EXTRA
Adriel salió el último del instituto. Normalmente, el niño se quedaba
recogiendo y hablando con los profesores, esperando a que toda la clase
saliera para no encontrar los pasillos abarrotados de lobos y humanos y
sufrir empujones.
Como cada día después de la escuela, pasó por la panadería y la señora
amable le esperaba ya con su barra de pan caliente. Adriel la pagó, agarró el
delicioso pico y se lo llevó a la boca. Su madre odiaba que lo hiciera pero a
Adriel le encantaba mordisquear el pan y no podía resistirse durante todo el
camino. Los días se estaban haciendo demasiado largos y el invierno y el
tiempo nublado no ayudaba a nada.
Adriel ajustó su bufanda, su olor estaba controlado y las feromonas de
su celo estables, sabía que no debería de haber ido a clase hoy, estaba en
celo, pero era mucho peor quedarse en casa con su madre y la botella de
alcohol rodando hasta sus labios cada cinco minutos. Caminó lento,
esperando que su madre estuviera durmiendo cuando llegara a casa y
tuviera que llamar a Adam de nuevo para que lo ayudara a llevarla a la
cama.
Como Alfa, Adriel era un error. Sabía que era un niño aún, pero los
Alfas empezaban a crecer a los trece años, ya habían Alfas grandes en su
clase y Adriel… Si no fuera por el olor la mayoría lo confundiría con un
Omega o Beta poco desarrollado. Pensó en los gemelos, tres años más
mayores que él y mordisqueó otro trozo de pan. Ori y Cori siempre estaban
juntos en los recreos y rodeados de amigos. Eran altos, morenos. Las chicas
les ofrecían sus almuerzos y los buscaban siempre como pareja de
gimnasia, y Adriel miraba a lo lejos. Hoy ninguno de los dos habían venido
y el patio había sido mucho más silencioso.
Adriel tomó un atajo por una calle vacía y sus pies se detuvieron en la
sombra de un callejón. Su vientre cosquilleo y un aroma familiar llegó a sus
fosas nasales.
Era espeso. Era humo convertido en fuego que ardió en sus pulmones.
Tomó tanto cómo pudo y el lobo lo lanzó a la oscuridad. Adriel sintió el
peligro ascender por cada nervio de la piel en cuanto entró en el callejón
oscuro. Su ropa interior, húmeda e incómoda.
Un sonido. Un gruñido.
—¿Hola? —habló sin darse cuenta de que estaba jadeando.
Toda su piel se sentía caliente. Era su segundo celo y le estaba
golpeando fuerte. Quemaba, el sudor se deslizaba por su columna vertebral
y frente. Había otra respiración ahí.
Pesada y densa.
Adriel se detuvo y antes de poder ojear a su alrededor, algo lo tiró al
suelo. Cayó de boca, el pan se salió de la bolsa y pensó en su madre, la
mochila se clavó en su espalda y el asfalto sucio y apestoso raspó su
mejilla. Temblando, Adriel miró a su espalda.
Había una sombra grande y casi humana, Adriel podía olerlo. Sabía a
quién pertenecía ese olor.
—Pareja —gruñó el animal y Adriel se quedó muy quieto—. Pareja.
Mío. Pareja.
La mochila fue sustituida por un cuerpo caliente y Adriel pensó que se
ahogaba. Su mente se nubló, su lobo saltó y el frió mordió la piel de su
espalda cuando el lobo arrancó su abrigó y camiseta fuera.
—Pareja —seguía ladrando.
Adriel miró y esta vez sí que pudo ver su rostro. Era una máscara de
dolor. Ori estaba manchado de sangre, habían cortes en su pecho desnudo y
rostro y sangre. Su media melena oscura estaba enredada y Adriel quiso
pasar los dedos por ella y disfrutar de su suavidad. Tuvo que haberse
excitado con eso porque las aletas de la nariz de Ori se abrieron y tomaron
el olor y las feromonas en celo de Adriel. Sus manos tiraron de su pantalón
de chándal y Adriel se encontró parcialmente desnudo. Paralizado por el
miedo y el deseo, sin voz, sin tener nada que decir mientras que Ori trataba
de meterse en su trasero. Todo el peso cayó encima de él cuando lo
embistió. Ori volvía a llamarlo suyo, el dolor lo atravesaba, su lobo lloraba
y Adriel con él.
Ori le hizo apretar la frente contra el asfalto, y los dientes afilados
llegaron luego. La lengua, su boca.
Adriel gimió y el dolor se convirtió en placer. Su cuerpo ardía junto al
de Ori, sus caderas se movían y la marca palpitaba en cada embestida. La
bestia rugió apretando en sus caderas y Adriel sintió algo derramándose
dentro de él. Ori no se quedó más tiempo ahí. Salió de él y corrió, y Adriel
lo escuchó y lloró.
Cuando llegó a casa hecho un desastre, su madre dormía en el sofá
abrazada a una botella de alcohol.
SIGUE LA HISTORIA EN…
DISPONIBLE EN OCTUBRE
ALFA: BEOM
Beom había sido maltratado durante la mayor parte de su vida. Era
leñador, y vivía solo en una cabaña alejada de su manada. Al lobo le
gustaba estar solo y el silencio del bosque. Le gustaban las noches frías y
dormir junto a un árbol. Beom era especial. Beom nunca pensó que pudiera
encontrar a su compañero, un Omega dominante caído del cielo.
Ruby escapaba de su manada natal cuando quedó atrapado en una trampa
para animales que lo catapultó hasta el cielo y lo dejó colgando boca
abajo. El culpable había sido su compañero recién encontrado y Ruby tuvo
que someterlo para poder huir mucho más lejos. Meses después, Ruby
decide regresar a la manada de Beom y pedir protección.
¿Estará dispuesto Beom a dársela? ¿Lo rechazará por haber huido de él?
¿Qué pasará cuando Beom descubra su secreto y el por qué tuvo que huir
de su manada? ¿Y cuándo Ruby descubra el verdadero pasado de Beom?
¿Podrá Ruby no verlo como un monstruo?