Informe sobre la Propuesta de
Reducción de la Edad de Imputabilidad
en Argentina: Un Análisis Crítico y
Propuestas de Políticas Públicas
Integrales
Introduccion
Este informe presenta un análisis crítico de la propuesta de reducir la edad de imputabilidad
en Argentina, adoptando una postura categórica en contra de dicha medida. Se argumenta
que la baja de la edad de imputabilidad constituye una solución simplista e ineficaz que no
aborda las causas estructurales de la delincuencia juvenil. Los datos empíricos demuestran
que los adolescentes involucrados en delitos representan una minoría ínfima de la población
y que la criminalidad juvenil, lejos de aumentar, se encuentra en descenso en regiones
clave del país. La evidencia internacional respalda esta conclusión, confirmando que la
reducción de la edad penal no se correlaciona con una disminución de la inseguridad y, por
el contrario, genera graves consecuencias psicológicas y sociales en los jóvenes,
incrementando la probabilidad de reincidencia. El informe aboga por un cambio de
paradigma hacia políticas públicas integrales de prevención, educación, salud mental y
reinserción social que aborden la pobreza, la exclusión y la violencia estructural,
considerándolas la única vía para construir una sociedad más segura y justa.
Introducción
La discusión sobre la edad de imputabilidad en Argentina ha resurgido con fuerza en el
ámbito político, con un nuevo gobierno impulsando un intento de reducirla. Esta iniciativa,
que algunos han llegado a presentar como la "ley bases" de la gestión en seguridad, busca
bajar la edad de imputabilidad a 13 años, según un proyecto de ley enviado al Congreso por
el Ministerio de Seguridad.
La formulación de esta propuesta como una reforma fundamental en materia de seguridad
sugiere que su propósito podría ir más allá de la mera reducción efectiva del crimen. Al ser
enmarcada como una pieza legislativa "bases", se le atribuye una capacidad transformadora
y exhaustiva, a pesar de que el análisis de la evidencia indica que la reducción de la edad
es un "atajo" y una "resignación" ante la complejidad del problema. Esta discrepancia entre
el objetivo declarado de mejorar la seguridad y el impacto real de la medida propuesta
revela una posible orientación hacia la señalización política y la percepción pública, más
que hacia una comprensión profunda y basada en datos de la problemática. Esta
priorización de una respuesta punitiva y de efecto rápido, en lugar de soluciones complejas
y sostenibles, podría desviar la atención y los recursos públicos de las cuestiones
sistémicas que verdaderamente contribuyen a la inseguridad.
Esta posición no surge de una ingenuidad o negación de los problemas reales de
inseguridad que enfrenta la sociedad, sino de una convicción de que las soluciones
apresuradas, simplistas y potencialmente peligrosas deben ser rechazadas. La pregunta
fundamental que debe guiar este debate no debería ser "¿a qué edad castigar?", sino más
bien "¿cómo evitamos que un niño llegue a delinquir?". Este replanteamiento de la cuestión
central delinea un llamado a un cambio de paradigma en la política pública sobre
delincuencia juvenil. Se propone una reevaluación del rol del Estado, pasando de una
entidad reactiva y punitiva a una proactiva y protectora. La inclinación actual hacia el castigo
no solo se considera ineficaz, sino también éticamente problemática, al no abordar las fallas
sociales que preceden el comportamiento delictivo en la juventud y al potencialmente
contravenir los estándares internacionales de derechos de la infancia. Adoptar este cambio
de enfoque requeriría una reorientación significativa de los recursos estatales y las
prioridades legislativas hacia la inversión social en educación, salud y bienestar, alejándose
de una visión restrictiva centrada únicamente en respuestas de justicia penal.
La Realidad de la Delincuencia Adolescente
La percepción pública sobre la delincuencia juvenil a menudo difiere significativamente de la
realidad estadística, una brecha que es crucial abordar para un debate informado. Los datos
oficiales en Argentina revelan que los adolescentes que cometen delitos son una minoría
"poquísima", representando apenas el 0,4% del total de adolescentes en el país. Aquellos
que cometen delitos de mayor gravedad, como homicidios o violaciones, son "aún menos".
Además, la naturaleza de los delitos cometidos por adolescentes desmiente la narrativa de
una criminalidad violenta generalizada: el 83% de estos delitos son contra la propiedad, no
contra la vida de las personas, y la mayoría se encuentran en grado de tentativa. Esta
información estadística desafía directamente la creencia común de que los adolescentes
son un motor principal de la inseguridad, sugiriendo que la percepción pública está
fuertemente influenciada por casos aislados de gran impacto mediático, en lugar de por una
comprensión empírica de la escala y el tipo de crimen juvenil. Esta distorsión de la realidad
puede llevar a la asignación ineficiente de recursos y a la implementación de medidas
ineficaces, al tiempo que se ignoran las verdaderas causas subyacentes de la inseguridad
general.
Lejos de un aumento, la criminalidad adolescente en Argentina muestra una tendencia a la
reducción. Un ejemplo significativo es la provincia de Buenos Aires, que concentra el 40%
de las personas menores de 18 años del país. En esta provincia, el porcentaje de delitos
cometidos por adolescentes disminuyó del 4% en 2014 al 2% en 2023. Esta reducción en
una jurisdicción tan poblada es un contrapunto esencial a la narrativa de crisis. El hecho de
que las tasas de criminalidad juvenil estén disminuyendo bajo el marco legal actual sugiere
que el sistema existente, o los programas sociales más amplios, están teniendo un impacto
positivo. La pregunta retórica planteada en el debate: "¿por qué en el lugar donde hay más
programas sociales, escuelas y presencia de la justicia juvenil hay menos criminalidad y en
el resto de provincias hay más?" , subraya una correlación implícita entre la presencia de
apoyo social y las intervenciones de justicia juvenil y la reducción del delito. Esto indica que
el enfoque actual, cuando se implementa y se dota de recursos adecuados, puede generar
resultados favorables. Por lo tanto, esta tendencia directamente contradice el argumento de
que el sistema actual está fallando y que una reducción de la edad de imputabilidad es una
necesidad urgente, sugiriendo que el esfuerzo debería centrarse en fortalecer y expandir los
mecanismos preventivos y de apoyo social exitosos en todo el país, en lugar de adoptar
medidas punitivas.
La delincuencia juvenil no es un fenómeno aislado de malicia individual, sino el resultado de
múltiples fallas sistémicas y desigualdades. Un adolescente de 14 años que comete un
delito es el producto de una compleja red de deficiencias: pobreza extrema, abandono
familiar, exclusión educativa, consumo problemático y violencia estructural. Desde esta
perspectiva, criminalizar la pobreza infantil se convierte en un fracaso absoluto del rol del
Estado. Al afirmar que el adolescente delincuente es un "producto de múltiples fallas", se
desplaza el foco de la culpabilidad individual a la responsabilidad sistémica. Esto implica
que el crimen juvenil es una manifestación de inequidades sociales más profundas y de la
negligencia estatal en la garantía de derechos básicos y oportunidades. La declaración
contundente de que criminalizar la pobreza infantil es un "fracaso absoluto" del Estado eleva
este punto a una crítica moral y política. Esto sugiere que las medidas punitivas, como la
reducción de la edad de imputabilidad, no solo son ineficaces para abordar el crimen, sino
que también exacerban las injusticias sociales existentes al castigar a los más vulnerables
por las deficiencias de la sociedad. Por lo tanto, la seguridad verdadera y la reducción del
crimen requieren un enfoque holístico que aborde las causas fundamentales de la pobreza,
la desigualdad y la falta de acceso a servicios esenciales, en lugar de centrarse únicamente
en respuestas de justicia penal que tratan los síntomas en lugar de las enfermedades
subyacentes.
Evidencia Internacional
La experiencia internacional ofrece un cuerpo de evidencia contundente que desaconseja la
reducción de la edad de imputabilidad como estrategia para combatir la delincuencia.
Diversos estudios y organismos internacionales, como UNICEF (de la cual Argentina es
parte a través de la Convención sobre los Derechos del Niño), sostienen que bajar la edad
de imputabilidad no reduce el delito y que no existe evidencia de que esta medida sea
efectiva en el combate a la inseguridad. La Convención sobre los Derechos del Niño
recomienda que la edad de imputabilidad no sea inferior a los 14 años. Actualmente,
Argentina tiene la edad de imputabilidad en 16 años, al igual que países como Rusia,
Portugal y Cuba. Otros países de la región, como Uruguay, mantienen la imputabilidad
penal a los 18 años, con un sistema infraccional adolescente para menores de 13 a 17
años. Brasil también establece la mayoría de edad penal a los 18 años, con medidas
socioeducativas a partir de los 12, y Chile cuenta con un sistema de justicia penal especial
para mayores de 14. La insistencia de UNICEF en que no hay evidencia de efectividad y su
recomendación de un límite mínimo de 14 años indican un fuerte consenso internacional
entre expertos y organizaciones de derechos de la infancia. El hecho de que Argentina, con
su actual edad de 16 años, esté considerando una reducción, podría interpretarse como una
regresión respecto a las mejores prácticas y los estándares internacionales de derechos
humanos, lo que podría socavar sus compromisos con tratados internacionales y generar
críticas de organismos de derechos humanos.
Un análisis comparativo de las tasas de inseguridad en países con diferentes edades de
imputabilidad revela la falacia de que una edad penal más baja conduce a una mayor
seguridad. Los países que encabezan el ranking de inseguridad, medido por la cantidad de
homicidios y robos, son precisamente aquellos con edades de imputabilidad más bajas: El
Salvador (12 años), Honduras (12 años), Venezuela (14 años), Jamaica (12 años) y
Sudáfrica (10 años). Esta observación es categórica: "tener una edad de imputabilidad baja
no garantiza que la ciudadanía viva más segura".
Para ilustrar esta desconexión, se presenta la siguiente tabla comparativa:
Tabla 1: Comparación de Edades de Imputabilidad y Tasas de Homicidio en Países
Seleccionados (2023)
País Edad de Imputabilidad Tasa de Homicidios (por 100 mil
(años) habitantes, 2023)
Argentina 16 5
Brasil 12 23
México 12 23
El 12 Altas tasas de inseguridad
Salvador
Honduras 12 Altas tasas de inseguridad
Venezuela 14 Altas tasas de inseguridad
Jamaica 12 Altas tasas de inseguridad
Sudáfrica 10 Altas tasas de inseguridad
Los datos de la tabla demuestran una correlación inversa a la que proponen los defensores
de la baja de la edad: países con edades de imputabilidad más bajas a menudo presentan
tasas de homicidio significativamente más altas. Esta evidencia refuta directamente la
premisa central de los proponentes, al mostrar que la reducción de la edad no solo es
ineficaz, sino que puede ser contraproducente o, en el mejor de los casos, irrelevante para
los verdaderos impulsores del crimen. Esto sugiere que el debate centrado en la edad de
imputabilidad es una distracción, desviando la atención de los complejos factores
socioeconómicos que realmente impulsan las altas tasas de criminalidad en estos países.
Por lo tanto, basar una política en esta medida constituye un error, ya que apunta a un
síntoma (delincuencia juvenil) con una solución (bajar la edad de imputabilidad) que no tiene
un vínculo probado con el resultado deseado (reducción de la inseguridad general) e ignora
las causas reales y más complejas del crimen.
Consecuencias del Encierro en Adolescentes
La propuesta de someter a adolescentes a un proceso penal adulto y a la privación de
libertad ignora las profundas consecuencias psicológicas y sociales que esto conlleva para
su desarrollo. Estudios de neurociencia han demostrado que el cerebro de los adolescentes
continúa madurando hasta los 25 años, especialmente en las áreas responsables de la
toma de decisiones, el control de impulsos y la empatía. Bajar la edad de imputabilidad sin
considerar esta inmadurez neurocognitiva podría resultar en castigos desproporcionados
para jóvenes que aún no poseen la plena capacidad para comprender las consecuencias de
sus actos.
Atravesar un proceso judicial penal "de adultos" somete al adolescente a niveles de estrés,
ansiedad y miedo para los que no está emocionalmente preparado. El entorno judicial, al no
ofrecer la contención emocional ni el lenguaje accesible que un adolescente necesita, suele
generar una sensación de indefensión y trauma. La privación de libertad en instituciones de
tipo carcelario interrumpe tres procesos clave del desarrollo adolescente:
● Emocional: Afecta la regulación afectiva, aumentando el riesgo de trastornos como
depresión, ansiedad o incluso ideación suicida.
●
● Social: Impide la posibilidad de generar vínculos saludables, incluso con su propia
familia, y de desarrollar empatía y una identidad positiva en contextos adecuados.
●
● Cognitivo: El ambiente carcelario no estimula el pensamiento crítico ni el
aprendizaje significativo; por el contrario, fomenta conductas defensivas, repetitivas
y, en ocasiones, violentas.
Esta criminalización de la inmadurez es una política contraproducente que genera un daño
social aún mayor. La evidencia neurocientífica proporciona una base científica para el
tratamiento diferenciado de los menores. Castigar a un adolescente como a un adulto ignora
esta realidad fundamental del desarrollo. La descripción detallada del daño irreversible
causado por el encierro (emocional, social, cognitivo) implica que esta política no solo
perjudica al individuo, sino que también crea una carga social mayor. En lugar de rehabilitar,
se "destruye" al adolescente , produciendo individuos menos capaces de una integración
social positiva, lo que podría aumentar el crimen futuro y la inestabilidad social. Esta es una
política autodestructiva para la sociedad en su conjunto. Por lo tanto, implementar una edad
de imputabilidad más baja basada en un modelo penal adulto sería un enfoque
científicamente infundado y éticamente cuestionable, que conduciría a consecuencias
negativas a largo plazo para la seguridad pública y la cohesión social al generar individuos
más dañados y propensos a la reincidencia.
La cárcel, lejos de resocializar a los adolescentes, los "destruye". El sistema penitenciario
argentino se encuentra colapsado, caracterizado por el hacinamiento, la violencia
sistemática, las violaciones de derechos humanos y una rehabilitación casi nula. La tasa de
reincidencia en este sistema supera el 50%. Un joven que ingresa al sistema penal adulto
duplica sus probabilidades de reincidir. El encierro temprano implica una socialización en la
violencia y en los códigos propios de la cultura carcelaria, lo que anula la identidad y genera
desarraigo. Como consecuencia, los adolescentes que han pasado por el encierro enfrentan
mayores dificultades para finalizar sus estudios e insertarse laboralmente. Esta situación
revela una paradoja: la sociedad critica a la cárcel como una "escuela de delincuencia" ,
pero al mismo tiempo propone enviar a niños y adolescentes, aún en formación, a ese
mismo ambiente perjudicial. Si el objetivo final es la seguridad pública, un sistema que
activamente aumenta la probabilidad de futuros delitos es inherentemente defectuoso y
económicamente ineficiente. Invertir en un sistema punitivo que produce mayores tasas de
reincidencia representa una mala asignación de fondos públicos y un incumplimiento de la
responsabilidad estatal de garantizar la seguridad a largo plazo, lo que subraya la
necesidad urgente de un cambio hacia modelos rehabilitadores que rompan el ciclo del
delito.
Finalmente, es crucial considerar la inmadurez neurocognitiva de los adolescentes al
abordar su responsabilidad penal. La mayoría de los adolescentes menores de 16 años aún
no ha consolidado el desarrollo moral y ético necesario para comprender plenamente la
ilicitud o las consecuencias profundas de sus actos, especialmente en situaciones de
presión social, consumo de sustancias o manipulación por parte de adultos. Saber que algo
está mal no implica tener plena responsabilidad penal. La ley no solo evalúa el conocimiento
del bien y el mal, sino también la capacidad de autocontrol, la madurez emocional y el juicio
crítico, facultades que en los menores todavía están en desarrollo. No es lo mismo saber
que matar es malo que comprender las consecuencias legales, sociales y morales del acto,
una distinción especialmente compleja para un joven de 13 o 14 años. Esta distinción
subraya la necesidad de un tratamiento penal diferenciado, ya que un adolescente no
puede responder con la misma capacidad ni responsabilidad que un adulto. La
argumentación sobre la inmadurez neurocognitiva y la responsabilidad penal diferenciada
resalta la necesidad de un marco legal que refleje el desarrollo humano y la capacidad de
agencia. Tratar a los adolescentes como adultos en un contexto penal no solo es
inapropiado desde el punto de vista del desarrollo, sino también legal y éticamente
cuestionable, ya que no considera su capacidad disminuida para una agencia plena y una
toma de decisiones madura. Un sistema legal justo y efectivo debe ser sensible a las etapas
del desarrollo, reconociendo que los adolescentes requieren un marco que priorice la
rehabilitación y la educación sobre el castigo puro, buscando una justicia que sea tanto
equitativa como eficaz en la promoción de resultados sociales positivos.
Refutación de Argumentos Comunes a Favor de la Baja
de la Edad
El debate sobre la edad de imputabilidad a menudo se ve empañado por argumentos
simplistas y percepciones erróneas que no resisten el escrutinio de los datos y la evidencia.
Desmentida de la Percepción de Impunidad ("Hoy los pibes que delinquen entran por
una puerta y salen por la otra") La afirmación de que los jóvenes delincuentes no reciben
ningún tipo de pena es desmentida por los datos oficiales. Según la Corte Suprema de
Justicia de la Nación, en 2023, 178 jóvenes estuvieron bajo al menos una medida judicial de
privación de libertad o alojamiento en residencias, incluyendo centros socioeducativos de
régimen cerrado, residencias socioeducativas de libertad restringida y hospitales. Además,
se registraron 62 medidas de resolución alternativa de conflictos penales y prácticas
restaurativas, las cuales son priorizadas por los estándares internacionales de la
Convención sobre los Derechos del Niño (de la cual Argentina es parte), que establece la
protección de niños y adolescentes de la justicia penal y la búsqueda de un tratamiento
adecuado a su edad y madurez. La existencia de estas cifras concretas demuestra que
existe un sistema de justicia juvenil activo, aunque su funcionamiento pueda ser
malinterpretado por la opinión pública. La percepción de impunidad, por lo tanto, parece
basarse en información errónea o en una falta de comprensión del marco legal existente y
su adhesión a estándares internacionales que priorizan la rehabilitación y la justicia
restaurativa sobre el castigo puro. Esto sugiere que el debate debería enfocarse en mejorar
la efectividad y la transparencia de las medidas existentes, en lugar de implementar un
cambio drástico y potencialmente contraproducente.
Clarificación sobre el Uso de Menores por Bandas Criminales ("Hay que bajar la edad
de la punibilidad porque las bandas criminales utilizan a adolescentes para cometer
delitos") Cuando una organización criminal obliga a un niño, niña o adolescente (NNA) a
cometer un delito, la responsabilidad recae en la persona adulta; el NNA debe ser
considerado una víctima y la situación debe ser abordada como tal. Organismos
internacionales especializados en trata y explotación de personas han recomendado
incorporar estas conductas en las legislaciones penales, reconociendo la victimización de
los menores. En este contexto, es fundamental castigar más severamente a las bandas
criminales de adultos que utilizan adolescentes para cometer delitos, especialmente los
relacionados con el narcotráfico. Este argumento redefine al adolescente involucrado en el
crimen organizado no como un perpetrador principal, sino como una víctima o una
herramienta de la explotación adulta. Al desplazar la culpa y la responsabilidad hacia las
organizaciones criminales adultas, se destaca una dimensión crítica: estos adolescentes
son a menudo coaccionados, manipulados o explotados debido a su vulnerabilidad
inherente y sus circunstancias socioeconómicas. Castigar al menor coaccionado como a un
adulto no solo es injusto, sino que también resulta ineficaz para desmantelar las redes
criminales, ya que ignora las dinámicas de poder subyacentes. Una política efectiva debería
priorizar el desmantelamiento de las estructuras criminales adultas y la protección de los
jóvenes vulnerables de la explotación, en lugar de castigar al explotado. Esto requiere una
aplicación de la ley sofisticada, basada en inteligencia, y sistemas sólidos de apoyo social
para los jóvenes en riesgo, centrándose en la raíz del reclutamiento criminal.
Análisis Crítico de la Premisa de que la Baja de la Edad Reducirá la Inseguridad
("Bajar la edad de imputabilidad va a bajar los niveles de inseguridad") No existe
evidencia que demuestre que la reducción de la edad de imputabilidad impacte
favorablemente en una mayor seguridad para la población. Por el contrario, como se detalló
en la sección anterior, los datos muestran que en la región, países con edades de
imputabilidad más bajas tienen tasas de homicidio más altas que Argentina. Por ejemplo,
Brasil y México, con una edad de imputabilidad de 12 años, registraron un promedio de 23
homicidios cada 100 mil habitantes en 2023, mientras que Argentina, con 16 años, tuvo un
promedio de 5 homicidios cada 100 mil habitantes en el mismo período. Además, los
adolescentes que cometen delitos en Argentina son una minoría diminuta (0.4% del total), y
la delincuencia juvenil se está reduciendo (en la provincia de Buenos Aires, el porcentaje de
delitos cometidos por adolescentes bajó del 4% en 2014 al 2% en 2023). La idea de que los
adolescentes son los responsables de la inseguridad en nuestro país es, en definitiva, un
mito. La reiterada afirmación de que "no hay evidencia" junto con datos contradictorios
convincentes (tasas de criminalidad más altas en países con edades más bajas)
desmantela la promesa central de esta política. Esto sugiere que la propuesta es una
"solución mágica" que simplifica excesivamente y distrae de la naturaleza compleja y
multifacética de la inseguridad. Al centrarse en un segmento pequeño y decreciente de la
población criminal, se evita confrontar los problemas sistémicos (pobreza, desigualdad,
fallas estatales, organizaciones criminales adultas) que son los verdaderos impulsores de la
inseguridad general. Esta argumentación implica que la política es una forma de teatro
político, diseñada para calmar la ansiedad pública y crear una ilusión de acción sin abordar
genuinamente las causas profundas del crimen.
Discusión sobre la Conciencia del Bien y el Mal Versus la Plena Responsabilidad
Penal en Adolescentes ("Los menores saben lo que hacen, ya tienen conciencia del
bien y el mal") Saber que algo está mal no implica tener plena responsabilidad penal. La
ley no solo evalúa si se conocía la ilicitud de un acto, sino también la capacidad de
autocontrol, la madurez emocional y el juicio crítico, facultades que en los menores todavía
están en desarrollo. No es lo mismo saber que matar es malo que comprender las
consecuencias legales, sociales y morales profundas del acto, y esto es especialmente
complejo para un joven de 13 o 14 años. Este punto profundiza en los matices de la
culpabilidad legal, trascendiendo una comprensión simplista del bien y el mal. Diferencia
entre una conciencia básica de la maldad (que incluso los niños pequeños pueden poseer) y
las complejas capacidades cognitivas y emocionales requeridas para la plena
responsabilidad penal, incluyendo el control de impulsos, la previsión de consecuencias a
largo plazo y un juicio maduro. Esto implica que tratar a los adolescentes como adultos en
un contexto penal es inapropiado desde el punto de vista del desarrollo y legal y éticamente
cuestionable, ya que no considera su capacidad disminuida para una agencia plena y una
toma de decisiones madura.
El Miedo como Estrategia de Prevención: Su Ineficacia en Contextos de
Vulnerabilidad ("La baja edad de imputabilidad ayudaría a prevenir el delito, porque
daría miedo") El miedo no es un método de prevención eficaz. Si lo fuera, no existirían
adultos reincidentes, y la cárcel sería una solución mágica, lo cual evidentemente no es el
caso. Los menores que delinquen suelen encontrarse en contextos de vulnerabilidad
extrema, donde el miedo a la cárcel no tiene el mismo peso que el hambre, la violencia o la
falta de contención. La prevención real se logra mediante políticas educativas, sociales y
familiares, no a través de medidas punitivas. El argumento de que el "miedo no es un buen
método de prevención" desafía directamente la teoría de la disuasión aplicada a los jóvenes
vulnerables. Destaca que para las personas que enfrentan privaciones extremas, las
necesidades inmediatas y apremiantes (hambre, violencia, falta de apoyo) superan con
creces la amenaza distante y abstracta del encarcelamiento. Esto implica que las medidas
punitivas no solo son ineficaces, sino que también demuestran una profunda falta de
comprensión de las realidades vividas por los jóvenes marginados. Refuerza la idea de que
el crimen en estos contextos es a menudo un mecanismo de supervivencia o una
consecuencia de la negligencia sistémica, más que una elección racional que pueda ser
disuadida por el miedo al castigo. Las políticas basadas en el miedo son inherentemente
defectuosas e injustas cuando se aplican a poblaciones que experimentan una
vulnerabilidad extrema. La prevención efectiva debe abordar las causas fundamentales de
la desesperación y proporcionar alternativas genuinas, oportunidades y apoyo social
integral, en lugar de depender de amenazas punitivas que no resuenan en contextos de
profunda necesidad.
Hacia Soluciones Reales, Prevención y Reinserción
Social
La verdadera seguridad ciudadana no se logra con el castigo tardío, sino con la inversión
temprana y sostenida en el desarrollo integral de los jóvenes. En lugar de encarcelar, el
Estado tiene la responsabilidad de garantizar políticas públicas que actúen antes de que el
delito ocurra. Esto incluye la provisión de escuelas con jornada completa, programas de
inserción social, servicios de salud mental comunitaria, acceso a actividades deportivas y
culturales, y oportunidades de empleo para los jóvenes y sus familias. La pregunta central
que debe guiar la acción estatal no es "¿a qué edad castigar?", sino "¿cómo evitamos que
un niño llegue a delinquir?". El castigo, por su propia naturaleza, siempre llega tarde, una
vez que el daño ya ha sido infligido. Esta perspectiva subraya la superioridad de la
prevención sobre el castigo, concibiendo la inversión social como la verdadera estrategia de
seguridad. La lista exhaustiva de políticas propuestas representa una agenda de desarrollo
social holístico. La afirmación de que "el castigo implica siempre llegar tarde" enfatiza la
ineficiencia fundamental de un enfoque puramente punitivo. Esto implica que la "seguridad"
no es meramente una cuestión de aplicación de la ley y encarcelamiento, sino que está
fundamentalmente ligada a la provisión de derechos y oportunidades básicas. Sugiere que
la falla del Estado en estas áreas precede y causa la delincuencia juvenil, haciendo de la
inversión social una forma de prevención primaria del delito. La seguridad verdadera
requiere una reorientación significativa de los recursos estatales hacia programas de
bienestar y desarrollo social, reconociéndolos como componentes esenciales y rentables de
una estrategia a largo plazo para la reducción del crimen, en lugar de una preocupación
secundaria después de las medidas punitivas.
La reinserción social del joven que comete un delito es un pilar indispensable para la
seguridad de toda la sociedad. Sin un proceso efectivo de reinserción, no puede haber
seguridad duradera para nadie. A menudo, se presta poca atención a lo que sucede
después de que un joven cumple su condena: ¿Qué hizo durante esos años? ¿Qué
aprendió? ¿Estudió? ¿Tuvo apoyo familiar o acompañamiento estatal para planear una vida
alejada del delito?. Un simple cálculo ilustra la magnitud del desafío: un adolescente de 14
años condenado a 20 años de cárcel recuperaría su libertad a los 34 años. Es imperativo
preguntarse qué sucede después y si esta trayectoria resulta beneficiosa para la sociedad
en su conjunto. La poderosa afirmación de que "sin la reinserción social del joven que
comete un delito no hay seguridad nunca para nadie" destaca la interconexión crítica entre
la rehabilitación individual y la seguridad colectiva. Implica que un enfoque punitivo que
termina con la liberación sin el apoyo adecuado es inherentemente defectuoso y
contraproducente, ya que no aborda las causas profundas de la reincidencia. El escenario
hipotético de un joven de 14 años liberado a los 34 años subraya el costo social a largo
plazo de una reintegración fallida, enfatizando que la sociedad finalmente soporta la carga
de individuos incapaces de reinsertarse productivamente. Los sistemas de justicia efectivos
deben integrar mecanismos sólidos de apoyo post-liberación, incluyendo educación,
formación profesional, asesoramiento psicológico y asistencia para la vivienda, para romper
el ciclo de la reincidencia y fomentar una seguridad pública genuina. Esto requiere una
inversión a largo plazo que se extienda más allá del período de encarcelamiento.
La escuela desempeña un papel central en la prevención del delito. El abandono escolar es
un indicador de riesgo significativo: la mitad de los jóvenes que ingresaron a un Instituto de
Menores ya había abandonado la escuela. Cuando los niños comienzan a faltar
reiteradamente a clases, es una señal de que "algo anda mal" y la escuela es clave para
actuar a tiempo. La estadística de que "la mitad de los chicos había abandonado la escuela
antes de ingresar al Instituto de Menores" establece una correlación fuerte y directa entre la
exclusión educativa y la participación en el sistema de justicia. Esto implica que la escuela
no es solo una institución educativa, sino una red de seguridad social crítica y un sistema de
alerta temprana para la vulnerabilidad. Su incapacidad para retener a los estudiantes es un
precursor significativo de problemas sociales más profundos, incluida la delincuencia. Por lo
tanto, fortalecer el sistema educativo, asegurar la asistencia plena y proporcionar apoyo
integral dentro de las escuelas son estrategias directas y altamente efectivas para la
prevención del delito. Las políticas destinadas a reducir el crimen juvenil deben priorizar la
retención, el acceso y la calidad educativa, considerando a las escuelas como instituciones
de primera línea para la intervención social, la detección temprana de riesgos y la provisión
de servicios de apoyo integrales para los jóvenes en situación de riesgo.
En contraposición al castigo punitivo, las alternativas eficaces se centran en medidas
restaurativas y socioeducativas. Es fundamental trabajar para evitar que los jóvenes
reincidan, fomentando la responsabilidad por sus actos, la reparación del daño o la
búsqueda de soluciones con las víctimas y la comunidad, la elaboración de un plan de vida
alternativo al delito y la garantía de su acceso a derechos fundamentales como la educación
y la vivienda. Los programas de justicia restaurativa han demostrado ser mucho más
eficaces para generar una responsabilidad real en los jóvenes. Desde una perspectiva
psicológica, lo más efectivo no es el castigo, sino el acompañamiento estructurado, con
seguimiento profesional, espacios de escucha, reparación del daño y construcción de
nuevas metas. La afirmación explícita de que los programas de justicia restaurativa son
"mucho más eficaces para generar responsabilidad real" contrasta directamente con la
ineficacia de las medidas punitivas. Esto implica que la verdadera rendición de cuentas para
los menores no proviene de medidas punitivas, sino de procesos que se centran en
comprender el daño causado, repararlo y desarrollar comportamientos prosociales y planes
de vida. Esto desplaza el objetivo de la mera retribución a un cambio de comportamiento y
una integración genuina, lo que en última instancia es más beneficioso tanto para el
individuo como para la sociedad al reducir el daño futuro. Los formuladores de políticas
deberían priorizar la expansión y financiación de programas de justicia restaurativa y
socioeducativos, alejándose de la dependencia del encarcelamiento como respuesta
principal o única a la delincuencia juvenil, ya que estas alternativas ofrecen un camino más
efectivo y humano hacia la seguridad pública.
Finalmente, una estrategia integral de seguridad debe incluir el castigo severo a las bandas
criminales de adultos que utilizan adolescentes para cometer delitos, especialmente
aquellos relacionados con el narcotráfico. Este punto refuerza el argumento de que los
adolescentes son a menudo víctimas o herramientas de empresas criminales más grandes
y sofisticadas. Al abogar por un castigo severo para las bandas criminales adultas, se
argumenta implícitamente que centrarse en los escalones inferiores (los menores
explotados) es una mala dirección de la justicia y los recursos. La verdadera reducción del
crimen requiere desmantelar las estructuras que reclutan, coaccionan y explotan a los
jóvenes vulnerables. Esto implica un cambio estratégico en las prioridades de aplicación de
la ley, pasando de los delincuentes juveniles individuales a las redes de crimen organizado.
Una estrategia de seguridad integral debe incluir esfuerzos robustos de inteligencia y
persecución contra las redes criminales adultas, reconociendo su papel fundamental en la
perpetuación de la participación juvenil en el crimen y abordando la fuente del problema en
lugar de solo sus manifestaciones más vulnerables.
Conclusión
En conclusión, la propuesta de reducir la edad de imputabilidad en Argentina es una medida
que se opone a la evidencia empírica, los estándares internacionales y los principios de un
desarrollo humano integral. La postura de este informe es clara: "no a la baja". Esta
negativa no surge de la negación de la inseguridad ni de la minimización del dolor de las
víctimas, sino de la convicción de que enfrentar estos problemas requiere mucho más
coraje que simplemente bajar una edad. Requiere un Estado presente, compromiso social y,
sobre todo, humanidad. Esta poderosa declaración final, que enfatiza el "Estado,
compromiso y humanidad", eleva el argumento más allá de la mera eficacia de la política a
un imperativo moral y social profundo. Implica que el debate sobre la seguridad es
fundamentalmente sobre el tipo de sociedad a la que Argentina aspira: una que defiende la
dignidad y los derechos humanos incluso de aquellos que cometen errores, o una que
sucumbe a impulsos punitivos impulsados por el miedo. Esto sugiere que una sociedad
verdaderamente segura es aquella que aborda sus vulnerabilidades con compasión,
soluciones sistémicas y una visión a largo plazo, en lugar de recurrir a penas duras y
miopes. La política propuesta para reducir la edad de imputabilidad no solo es ineficaz, sino
que también representa una regresión moral, al no cumplir con el deber fundamental del
Estado de proteger y nutrir a sus ciudadanos más vulnerables, socavando en última
instancia los cimientos de una sociedad justa.
Lo verdaderamente responsable no es desplazar el límite de la edad hacia abajo, sino mirar
más allá. Es imperativo apostar a la prevención, a la educación de calidad, al
acompañamiento temprano y a políticas públicas que protejan y contengan a los jóvenes, en
lugar de castigar y abandonar. La seguridad ciudadana es el resultado directo de un
contrato social robusto y un Estado de bienestar funcional. El llamado a "mirar más allá" y a
"apostar a la prevención, a la educación, al acompañamiento temprano" implica que la
seguridad pública no es dominio exclusivo de la aplicación de la ley y el encarcelamiento,
sino una responsabilidad colectiva arraigada en un fuerte contrato social y un Estado de
bienestar funcional. Sugiere que cuando el Estado no proporciona derechos básicos,
oportunidades y apoyo integral, erosiona este contrato, lo que lleva a la disfunción social y
al aumento del crimen. Por lo tanto, fortalecer los lazos sociales y abordar las
desigualdades sistémicas a través de políticas integrales es la garantía última de una
seguridad duradera. Lograr una seguridad sostenible requiere un cambio social fundamental
hacia la responsabilidad colectiva y una inversión significativa en capital humano y
programas de desarrollo social, trascendiendo las medidas reactivas y punitivas para
adoptar soluciones proactivas y centradas en el ser humano que aborden las causas
fundamentales de la vulnerabilidad y el crimen.