Silvana Ocampo Cuentos Completos I
abuelo jugaban a los bandidos o a la cacería. Leticia cumplió su
palabra.
En el cuarto frío (era el mes de julio), tiritando, sin mirar-
nos, esperamos la detonación, mientras fregábamos el piso, por-
que se había inundado, junto con Buenos Aires, el aljibe del pa-
tio. Tardó aquello más que toda nuestra vida. ¡Pero aun lo que
más tarda llega! Oímos la detonación. Fue un momento feliz para
mí, al menos.
Ahora, Ángel Arturo tomó posesión de esta casa y nuestra
venganza tal vez no sea sino venganza de Labuelo. Nunca pude
vivir con Leticia como marido y mujer. Ángel Arturo con su enor-
me cabeza pegada a la puerta cancel, asistió, victorioso, a nues-
tras desventuras y al fin de nuestro amor. Por eso y desde enton-
ces lo llamamos Labuelo.
La casa de azúcar
Las supersticiones no dejaban vivir a Cristina. Una moneda
con la efigie borrada, una mancha de tinta, la luna vista a través
de dos vidrios, las iniciales de su nombre grabadas por azar sobre
el tronco de un cedro la enloquecían de temor. Cuando nos cono-
cimos llevaba puesto un vestido verde, que siguió usando hasta
que se rompió, pues me dijo que le traía suerte y que en cuanto
se ponía otro, azul, que le sentaba mejor, no nos veíamos. Traté
de combatir estas manías absurdas. Le hice notar que tenía un
espejo roto en su cuarto y que por más que yo le insistiera en la
conveniencia de tirar los espejos rotos al agua, en una noche de
luna, para quitarse la mala suerte, lo guardaba; que jamás temió
que la luz de la casa bruscamente se apagara, y a pesar de que
fuera un anuncio seguro de muerte, encendía con tranquilidad
cualquier número de velas; que siempre dejaba sobre la cama el
sombrero, error en que nadie incurría. Sus temores eran persona-
les. Se infligía verdaderas privaciones; por ejemplo: no podía
comprar frutillas en el mes de diciembre, ni oír determinadas
músicas, ni adornar la casa con peces rojos, que tanto le gusta-
ban. Había ciertas calles que no podíamos cruzar, ciertas perso-
nas, ciertos cinematógrafos que no podíamos frecuentar. Al prin-
cipio de nuestra relación, estas supersticiones me parecieron en-
cantadoras, pero después empezaron a fastidiarme y a preocu-
parme seriamente. Cuando nos comprometimos tuvimos que
buscar un departamento nuevo, pues según sus creencias, el
destino de los ocupantes anteriores influiría sobre su vida (en
ningún momento mencionaba la mía, como si el peligro la amena-
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Silvana Ocampo Cuentos Completos I
zara sólo a ella y nuestras vidas no estuvieran unidas por el
amor). Recorrimos todos los barrios de la ciudad; llegamos a los
suburbios más alejados, en busca de un departamento que nadie
hubiera habitado: todos estaban alquilados o vendidos. Por fin
encontré una casita en la calle Montes de Oca, que parecía de
azúcar. Su blancura brillaba con extraordinaria luminosidad.
Tenía teléfono y, en el frente, un diminuto jardín. Pensé que esa
casa era recién construida, pero me enteré de que en 1930 la
había ocupado una familia, y que después, para alquilarla, el
propietario le había hecho algunos arreglos. Tuve que hacer creer
a Cristina que nadie había vivido en la casa y que era el lugar
ideal: la casa de nuestros sueños. Cuando Cristina la vio, ex-
clamó:
–¡Qué diferente de los departamentos que hemos visto! Aquí
se respira olor a limpio. Nadie podrá influir en nuestras vidas y
ensuciarlas con pensamientos que envician el aire.
En pocos días nos casamos y nos instalamos allí. Mis sue-
gros nos regalaron los muebles del dormitorio, y mis padres los
del comedor. El resto de la casa lo amueblaríamos de a poco. Yo
temía que, por los vecinos, Cristina se enterara de mi mentira,
pero felizmente hacía sus compras fuera del barrio y jamás con-
versaba con ellos. Éramos felices, tan felices que a veces me daba
miedo. Parecía que la tranquilidad nunca se rompería en aquella
casa de azúcar, hasta que un llamado telefónico destruyó mi ilu-
sión. Felizmente Cristina no atendió aquella vez al teléfono, pero
quizá lo atendiera en una oportunidad análoga. La persona que
llamaba preguntó por la señora Violeta: indudablemente se trata-
ba de la inquilina anterior. Si Cristina se enteraba de que yo la
había engañado, nuestra felicidad seguramente concluiría: no me
hablaría más, pediría nuestro divorcio, y en el mejor de los casos
tendríamos que dejar la casa para irnos a vivir, tal vez, a Villa Ur-
quiza, tal vez a Quilmes, de pensionistas en alguna de las casas
donde nos prometieron darnos un lugarcito para construir ¿con
qué? (con basura, pues con mejores materiales no me alcanzaría
el dinero) un cuarto y una cocina. Durante la noche yo tenía cui-
dado de descolgar el tubo, para que ningún llamado inoportuno
nos despertara. Coloqué un buzón en la puerta de calle; fui el de-
positario de la llave, el distribuidor de cartas.
Una mañana temprano golpearon a la puerta y alguien dejó
un paquete. Desde mi cuarto oí que mi mujer protestaba, luego oí
el ruido del papel estrujado. Bajé la escalera y encontré a Cristina
con un vestido de terciopelo entre los brazos.
–Acaban de traerme este vestido –me dijo con entusiasmo.
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Silvana Ocampo Cuentos Completos I
Subió corriendo las escaleras y se puso el vestido, que era
muy escotado.
–¿Cuándo te lo mandaste hacer?
–Hace tiempo. ¿Me queda bien? Lo usaré cuando tengamos
que ir al teatro, ¿no te parece?
–¿Con qué dinero lo pagaste?
–Mamá me regaló unos pesos.
Me pareció raro, pero no le dije nada, para no ofenderla.
Nos queríamos con locura. Pero mi inquietud comenzó a mo-
lestarme, hasta para abrazar a Cristina por la noche. Advertí que
su carácter había cambiado: de alegre se convirtió en triste, de
comunicativa en reservada, de tranquila en nerviosa. No tenía
apetito.
Ya no preparaba esos ricos postres, un poco pesados, a base
de cremas batidas y de chocolate, que me agradaban, ni adorna-
ba periódicamente la casa con volantes de nylon, en las tapas de
la letrina, en las repisas del comedor, en los armarios, en todas
partes, como era su costumbre. Ya no me esperaba con vainillas
a la hora del té, ni tenía ganas de ir al teatro o al cinematógrafo
de noche, ni siquiera cuando nos mandaban entradas de regalo.
Una tarde entró un perro en el jardín y se acostó frente a la puer-
ta de calle, aullando. Cristina le dio carne y le dio de beber y,
después de un baño, que le cambió el color del pelo, declaró que
le daría hospitalidad y que lo bautizaría con el nombre Amor,
porque llegaba a nuestra casa en un momento de verdadero
amor. El perro tenía el paladar negro, lo que indica pureza de ra-
za.
Otra tarde llegué de improviso a casa. Me detuve en la en-
trada porque vi una bicicleta apostada en el jardín. Entré silen-
ciosamente y me escurrí detrás de una puerta y oí la voz de Cris-
tina.
–¿Qué quiere? –repitió dos veces.
–Vengo a buscar a mi perro –decía la voz de una muchacha–
. Pasó tantas veces frente a esta casa que se ha encariñado con
ella. Esta casa parece de azúcar. Desde que la pintaron, llama la
atención de todos los transeúntes. Pero a mí me gustaba más an-
tes, con ese color rosado y romántico de las casas viejas. Esta ca-
sa era muy misteriosa para mí. Todo me gustaba en ella: la fuente
donde venían a beber los pajaritos; las enredaderas con flores,
como cornetas amarillas; el naranjo. Desde que tengo ocho años
esperaba conocerla a usted, desde aquel día en que hablamos por
teléfono, ¿recuerda? Prometió que iba a regalarme un barrilete.
–Los barriletes son juegos de varones.
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Silvana Ocampo Cuentos Completos I
–Los juguetes no tienen sexo. Los barriletes me gustaban
porque eran como enormes pájaros: me hacía la ilusión de volar
sobre sus alas. Para usted fue un juego prometerme ese barrilete;
yo no dormí en toda la noche. Nos encontramos en la panadería,
usted estaba de espaldas y no vi su cara. Desde ese día no pensé
en otra cosa que en usted, en cómo sería su cara, su alma, sus
ademanes de mentirosa. Nunca me regaló aquel barrilete. Los
árboles me hablaban de sus mentiras. Luego fuimos a vivir a
Morón, con mis padres. Ahora, desde hace una semana estoy de
nuevo aquí.
–Hace tres meses que vivo en esta casa, y antes jamás fre-
cuenté estos barrios. Usted estará confundida.
–Yo la había imaginado tal como es. ¡La imaginé tantas ve-
ces! Para colmo de la casualidad, mi marido estuvo de novio con
usted.
–No estuve de novia sino con mi marido. ¿Cómo se llama es-
te perro?
–Bruto.
–Lléveselo, por favor, antes que me encariñe con él.
–Violeta, escúcheme. Si llevo el perro a mi casa, se moriría.
No lo puedo cuidar. Vivimos en un departamento muy chico. Mi
marido y yo trabajamos y no hay nadie que lo saque a pasear.
–No me llamo Violeta. ¿Qué edad tiene?
–¿Bruto? Dos años. ¿Quiere quedarse con él? Yo vendría a
visitarlo de vez en cuando, porque lo quiero mucho.
–A mi marido no le gustaría recibir desconocidos en su casa,
ni que aceptara un perro de regalo.
–No se lo diga, entonces. La esperaré todos los lunes a las
siete de la tarde en la Plaza Colombia. ¿Sabe dónde es? Frente a
la iglesia Santa Felicitas, o si no la esperaré donde usted quiera y
a la hora que prefiera; por ejemplo, en el puente de Constitución
o en el Parque Lezama. Me contentaré con ver los ojos de Bruto.
¿Me hará el favor de quedarse con él?
–Bueno. Me quedaré con él.
–Gracias, Violeta.
–No me llamo Violeta.
–¿Cambió de nombre? Para nosotros usted es Violeta. Siem-
pre la misma misteriosa Violeta.
Oí el ruido seco de la puerta y el taconeo de Cristina, su-
biendo la escalera. Tardé un rato en salir de mi escondite y en
fingir que acababa de llegar. A pesar de haber comprobado la ino-
cencia del diálogo, no sé por qué, una sorda desconfianza co-
menzó a devorarme. Me pareció que había presenciado una re-
presentación de teatro y que la realidad era otra. No confesé a
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Silvana Ocampo Cuentos Completos I
Cristina que había sorprendido la visita de esa muchacha. Esperé
los acontecimientos, temiendo siempre que Cristina descubriera
mi mentira, lamentando que estuviéramos instalados en ese ba-
rrio. Yo pasaba todas las tardes por la plaza que queda frente a la
iglesia de Santa Felicitas, para comprobar si Cristina había acu-
dido a la cita. Cristina parecía no advertir mi inquietud. A veces
llegué a creer que yo había soñado. Abrazando el perro, un día
Cristina me preguntó:
–Te gustaría que me llamara Violeta?
–No me gusta el nombre de las flores.
–Pero Violeta es lindo. Es un color.
–Prefiero tu nombre.
Un sábado, al atardecer, la encontré en el puente de Consti-
tución, asomada sobre el parapeto de fierro. Me acerqué y no se
inmutó.
–¿Qué haces aquí?
–Estoy curioseando. Me gusta ver las vías desde arriba.
–Es un lugar muy lúgubre y no me gusta que andes sola.
–No me parece tan lúgubre. ¿Y por qué no puedo andar so-
la?
–¿Te gusta el humo negro de las locomotoras?
–Me gustan los medios de transporte. Soñar con viajes. Irme
sin irme. "Ir y quedar y con quedar partirse."
Volvimos a casa. Enloquecido de celos (¿celos de qué? De
todo), durante el trayecto apenas le hablé.
–Podríamos tal vez comprar alguna casita en San Isidro o en
Olivos, es tan desagradable este barrio –le dije, fingiendo que me
era posible adquirir una casa en esos lugares.
–No creas. Tenemos muy cerca de aquí el Parque Lezama.
–Es una desolación. Las estatuas están rotas, las fuentes sin
agua, los árboles apestados. Mendigos, viejos y lisiados van con
bolsas, para tirar o recoger basuras.
–No me fijo en esas cosas.
–Antes no querías sentarte en un banco donde alguien había
comido mandarinas o pan.
–He cambiado mucho.
–Por mucho que hayas cambiado, no puede gustarte un
parque como ése. Ya sé que tiene un museo con leones de
mármol que cuidan la entrada y que jugabas allí en tu infancia,
pero eso no quiere decir nada.
–No te comprendo –me respondió Cristina. Y sentí que me
despreciaba, con un desprecio que podía conducirla al odio.
Durante días, que me parecieron años, la vigilé, tratando de
disimular mi ansiedad. Todas las tardes pasaba por la plaza fren-
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Silvana Ocampo Cuentos Completos I
te a la iglesia y los sábados por el horrible puente negro de Cons-
titución. Un día me aventuré a decir a Cristina:
–Si descubriéramos que esta casa fue habitada por otras
personas ¿qué harías, Cristina? ¿Te irías de aquí?
–Si una persona hubiera vivido en esta casa, esa persona
tendría que ser como esas figuritas de azúcar que hay en los
postres o en las tortas de cumpleaños: una persona dulce como el
azúcar. Esta casa me inspira confianza ¿será el jardincito de la
entrada que me infunde tranquilidad? ¡No sé! No me iría de aquí
por todo el oro del mundo. Además no tendríamos adónde ir. Tú
mismo me lo dijiste hace un tiempo.
No insistí, porque iba a pura pérdida. Para conformarme
pensé que el tiempo compondría las cosas.
Una mañana sonó el timbre de la puerta de calle. Yo estaba
afeitándome y oí la voz de Cristina. Cuando concluí de afeitarme,
mi mujer ya estaba hablando con la intrusa. Por la abertura de la
puerta las espié. La intrusa tenía una voz tan grave y los pies tan
grandes que eché a reír.
–Si usted vuelve a ver a Daniel, lo pagará muy caro, Violeta.
–No sé quién es Daniel y no me llamo Violeta –respondió mi
mujer.
–Usted está mintiendo.
–No miento. No tengo nada que ver con Daniel. –Yo quiero
que usted sepa las cosas como son.
–No quiero escucharla.
Cristina se tapó las orejas con las manos. Entré en el cuarto
y dije a la intrusa que se fuera. De cerca le miré los pies, las ma-
nos y el cuello. Entonces advertí que era un hombre disfrazado de
mujer. No me dio tiempo de pensar en lo que debía hacer; como
un relámpago desapareció dejando la puerta entreabierta tras de
sí.
No comentamos el episodio con Cristina; jamás comprenderé
por qué; era como si nuestros labios hubieran estado sellados pa-
ra todo lo que no fuese besos nerviosos, insatisfechos o palabras
inútiles.
En aquellos días, tan tristes para mí, a Cristina le dio por
cantar. Su voz era agradable, pero me exasperaba, porque forma-
ba parte de ese mundo secreto, que la alejaba de mí. ¡Por qué, si
nunca había cantado, ahora cantaba noche y día mientras se
vestía o se bañaba o cocinaba o cerraba las persianas!
Un día en que oí a Cristina exclamar con un aire enigmático:
–Sospecho que estoy heredando la vida de alguien, las di-
chas y las penas, las equivocaciones y los ciertos. Estoy embruja-
da –fingí no oír esa frase atormentadora. Sin embargo, no sé por
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Silvana Ocampo Cuentos Completos I
qué empecé a averiguar en el barrio quién era Violeta, dónde es-
taba, todos los detalles de su vida.
A media cuadra de nuestra casa había una tienda donde
vendían tarjetas postales, papel, cuadernos, lápices, gomas de
borrar y juguetes. Para mis averiguaciones, la vendedora de esa
tienda me pareció la persona más indicada: era charlatana y cu-
riosa, sensible a las lisonjas. Con el pretexto de comprar un cua-
derno y lápices, fui una tarde a conversar con ella. Le alabé los
ojos, las manos, el pelo. No me atreví a pronunciar la palabra Vio-
leta. Le expliqué que éramos vecinos. Le pregunté finalmente
quién había vivido en nuestra casa. Tímidamente le dije:
–¿No vivía una tal Violeta?
Me contestó cosas muy vagas, que me inquietaron más. Al
día siguiente traté de averiguar en el almacén algunos otros deta-
lles. Me dijeron que Violeta estaba en un sanatorio frenopático y
me dieron la dirección.
–Canto con una voz que no es mía –me dijo Cristina, reno-
vando su aire misterioso–. Antes me hubiera afligido, pero ahora
me deleita. Soy otra persona, tal vez más feliz que yo.
Fingí de nuevo no haberla oído. Yo estaba leyendo el diario.
De tanto averiguar detalles de la vida de Violeta, confieso
que desatendía a Cristina.
Fui al sanatorio frenopático, que quedaba en Flores. Ahí
pregunté por Violeta y me dieron la dirección de Arsenia López,
su profesora de canto.
Tuve que tomar el tren en Retiro, para que me llevara a Oli-
vos.
Durante el trayecto una tierrita me entró en un ojo, de modo
que en el momento de llegar a la casa de Arsenia López, se me ca-
ían las lágrimas como si estuviese llorando. Desde la puerta de
calle oí voces de mujeres, que hacían gárgaras con las escalas,
acompañadas de un piano, que parecía más bien un organillo.
Alta, delgada, aterradora apareció en el fondo de un corredor
Arsenia López, con un lápiz en la mano. Le dije tímidamente que
venía a buscar noticias de Violeta.
–¿Usted es el marido?
–No, soy un pariente –le respondí secándome los ojos con un
pañuelo.
–Usted será uno de sus innumerables admiradores –me dijo
entornando los ojos y tomándome la mano–. Vendrá para saber lo
que todos quieren saber, ¿cómo fueron los últimos días de Viole-
ta? Siéntese. No hay que imaginar que una persona muerta, for-
zosamente haya sido pura fiel, buena.
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Silvana Ocampo Cuentos Completos I
–Quiere consolarme –le dije.
Ella, oprimiendo mi mano con su mano húmeda, contestó:
–Sí. Quiero consolarlo. Violeta era no sólo mi discípula, sino
mi íntima amiga. Si se disgustó conmigo, fue tal vez porque me
hizo demasiadas confidencias y porque ya no podía engañarme.
Los últimos días que la vi, se lamentó amargamente de su suerte.
Murió de envidia. Repetía sin cesar: "Alguien me ha robado la vi-
da, pero lo pagará muy caro. No tendré mi vestido de terciopelo,
ella lo tendrá; Bruto será de ella; los hombres no se disfrazarán
de mujer para entrar en mi casa sino en la de ella; perderé la voz
que transmitiré a esa otra garganta indigna; no nos abrazaremos
con Daniel en el puente de Constitución, ilusionados con un
amor imposible, inclinados como antaño, sobre la baranda de
hierro, viendo los trenes alejarse".
Arsenia López me miró en los ojos y me dijo:
–No se aflija. Encontrará muchas mujeres más leales. Ya
sabemos que era hermosa ¿pero acaso la hermosura es lo único
bueno que hay en el mundo?
Mudo, horrorizado, me alejé de aquella casa, sin revelar mi
nombre a Arsenia López que, al despedirse de mí, intentó abra-
zarme, para demostrar su simpatía.
Desde ese día Cristina se transformó, para mí, al menos, en
Violeta. Traté de seguirla a todas horas, para descubrirla en los
brazos de sus amantes. Me alejé tanto de ella que la vi como a
una extraña. Una noche de invierno huyó. La busqué hasta el al-
ba.
Ya no sé quién fue víctima de quién, en esa casa de azúcar
que ahora está deshabitada.
La casa de los relojes
ESTIMADA SEÑORITA:
Ya que me he distinguido en sus clases con mis composicio-
nes, cumplo con mi promesa: me ejercitaré escribiéndole cartas.
¿Me pregunta qué hice en los últimos días de mis vacaciones?
Le escribo mientras ronca Joaquina. Es la hora de la siesta
y usted sabe que a esa hora y a la noche, Joaquina, porque tiene
carne crecida en la nariz, ronca más que de costumbre. Es una
lástima porque no deja dormir a nadie. Le escribo en el cuaderni-
to de deberes porque el papel de carta que conseguí del Pituco no
tiene líneas y la letra se me va para todos lados. Sabrá que la pe-
rrita Julia duerme ahora debajo de mi cama, llora cuando entra
luz de luna por la ventana, pero a mí no me importa porque ni el
ronquido de Joaquina me despierta.
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tasma. Lo estudió atentamente. Era una señorita opulenta, con
medias de seda y tacos altos. Oyó la insoportable musiquita de
un piano. Instantes después, sintió el contacto de una mano so-
bre una de sus manos y tres dedos se le quedaron dormidos.
Sacó el cuchillo y lo limpió en la frazada. La linterna era pe-
queña y alumbraba una circunferencia nítida, pero muy exigua.
Buscó un fósforo; encendió la vela. Hizo un paseo circular alrede-
dor del cuarto. Se sentó un rato en un banco y se quitó los guan-
tes: miró sus manos oscuras, con las venas muy salientes. Se le-
vantó del banco y volvió a ponerse los guantes. Los tres dedos se-
guían dormidos. Sopló la vela y después de alumbrar el cuarto,
con la linterna una última vez abrió la puerta y miró el cielo. La
noche carecía de estrellas; enfocó el caballo que estaba a cinco
metros y dijo en voz alta:
–Dos leguas, dos leguas. Tendré tiempo de recorrerlas antes
que amanezca.
Montó el caballo y nadie, salvo yo, pudo oír aquel galope,
que se alejaba en la noche. Nadie, salvo yo, supo que Remigio
Lasta heredaba no sólo el dinero sino el sueño de su hermano.
El vestido de terciopelo
Sudando, secándonos la frente con pañuelos, que humede-
cimos en la fuente de la Recoleta, llegamos a esa casa, con jardín,
de la calle Ayacucho. ¡Qué risa!
Subimos en el ascensor al cuarto piso. Yo estaba malhumo-
rada, porque no quería salir, pues mi vestido estaba sucio y pen-
saba dedicar la tarde a lavar y a planchar la colcha de mi camita.
Tocamos el timbre: nos abrieron la puerta y entramos, Casilda y
yo, en la casa, con el paquete. Casilda es modista. Vivimos en
Burzaco y nuestros viajes a la capital la enferman, sobre todo
cuando tenemos que ir al barrio norte, que queda tan a trasma-
no. De inmediato Casilda pidió un vaso de agua a la sirvienta pa-
ra tomar la aspirina que llevaba en el monedero. La aspirina cayó
al suelo con vaso y monedero. ¡Qué risa!
Subimos una escalera alfombrada (olía a naftalina), precedi-
das por la sirvienta, que nos hizo pasar al dormitorio de la señora
Cornelia Catalpina, cuyo nombre fue un martirio para mi memo-
ria. El dormitorio era todo rojo, con cortinajes blancos y había es-
pejos con marcos dorados. Durante un siglo esperamos que la
señora llegara del cuarto contiguo, donde la oíamos hacer gárga-
ras y discutir con voces diferentes. Entró su perfume y después
de unos instantes, ella con otro perfume. Quejándose, nos sa-
ludó:
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Silvana Ocampo Cuentos Completos I
–¡Qué suerte tienen ustedes de vivir en las afueras de Bue-
nos Aires! Allí no hay hollín, por lo menos. Habrá perros rabiosos
y quema de basuras... Miren la colcha de mi cama. ¿Ustedes cre-
en que es gris? No. Es blanca. Un ampo de nieve –me tomó del
mentón y agregó–:
–No te preocupan estas cosas. ¡Qué edad feliz! Ocho años
tienes, ¿verdad? –y dirigiéndose a Casilda; agregó–:
–¿Por qué no le coloca una piedra sobre la cabeza para que
no crezca? De la edad de nuestros hijos depende nuestra juven-
tud.
Todo el mundo creía que mi amiga Casilda era mi mamá.
¡Qué risa!
–Señora, ¿quiere probarse? –dijo Casilda, abriendo el paque-
te que estaba prendido con alfileres. Me ordenó:
–Alcanza de mi cartera los alfileres.
–¡Probarse! ¡Es mi tortura! ¡Si alguien se probara los vesti-
dos por mí, qué feliz sería! Me cansa tanto.
La señora se desvistió y Casilda trató de ponerle el vestido
de terciopelo.
–¿Para cuándo el viaje, señora? –le dijo para distraerla.
La señora no podía contestar. El vestido no pasaba por sus
hombros: algo lo detenía en el cuello. ¡Qué risa!
–El terciopelo se pega mucho, señora, y hoy hace calor.
Pongámosle un poquito de talco.
–Sáquemelo, que me asfixio –exclamó la señora.
Casilda le quitó el vestido y la señora se sentó sobre el
sillón, a punto de desvanecerse.
–¿Para cuándo será el viaje, señora? –volvió a preguntar Ca-
silda para distraerla.
–Me iré en cualquier momento. Hoy día, con los aviones, uno
se va cuando quiere. El vestido tendrá que estar listo. Pensar que
allí hay nieve. Todo es blanco, limpio, y brillante.
–Se va a París, ¿no?
–Iré también a Italia.
–¿Vuelve a probarse el vestido, señora? En seguida termi-
namos.
La señora asintió dando un suspiro.
–Levante los dos brazos para que le pasemos primero las dos
mangas –dijo Casilda, tomando el vestido y poniéndoselo de nue-
vo.
Durante algunos segundos Casilda trató inútilmente de ba-
jar la falda, para que resbalara sobre las caderas de la señora. Yo
la ayudaba lo mejor que podía. Finalmente consiguió ponerle el
vestido. Durante unos instantes la señora descansó extenuada,
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Silvana Ocampo Cuentos Completos I
sobre el sillón; luego se puso de pie para mirarse en el espejo. ¡El
vestido era precioso y complicado! Un dragón bordado de lente-
juelas negras, brillaba sobre el lado izquierdo de la bata. Casilda
se arrodilló, mirándola en el espejo, y le redondeó el ruedo de la
falda. Luego se puso de pie y comenzó a colocar alfileres en los
dobleces de la bata, en el cuello, en las mangas. Yo tocaba el ter-
ciopelo: era áspero cuando pasaba la mano para un lado y suave
cuando la pasaba para el otro. El contacto de la felpa hacía re-
chinar mis dientes. Los alfileres caían sobre el piso de madera y
yo los recogía religiosamente uno por uno. ¡Qué risa!
–¡Qué vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en
todo Buenos Aires –dijo Casilda, dejando caer un alfiler que tenía
entre sus dientes–. ¿No le agrada, señora?
–Muchísimo. El terciopelo es el género que más me gusta.
Los géneros son como las flores: uno tiene sus preferencias. Yo
comparo el terciopelo a los nardos.
–¿Le gusta el nardo? Es tan triste –protestó Casilda.
–El nardo es mi flor preferida, y sin embargo me hace daño.
Cuando aspiro su olor me descompongo. El terciopelo hace rechi-
nar mis dientes, me eriza, como me erizaban los guantes de hilo
en la infancia y, sin embargo, para mí no hay en el mundo otro
género comparable. Sentir su suavidad en mi mano, me atrae
aunque a veces me repugne. ¡Qué mujer está mejor vestida que
aquella que se viste de terciopelo negro! Ni un cuello de puntilla le
hace falta, ni un collar de perlas; todo estaría de más. El terciope-
lo se basta a sí mismo. Es suntuoso y es sobrio.
Cuando terminó de hablar, la señora respiraba con dificul-
tad. El dragón también. Casilda tomó un diario que estaba sobre
una mesa y la abanicó, pero la señora la detuvo, pidiéndole que
no le echara aire, porque el aire le hacía mal. ¡Qué risa!
En la calle oí gritos de los vendedores ambulantes. ¿Qué
vendían? ¿Frutas, helados, tal vez? El silbato del afilador, y el
tilín del barquillero recorrían también la calle. No corrí a la ven-
tana, para curiosear, como otras veces. No me cansaba de con-
templar las pruebas de este vestido con un dragón de lentejuelas.
La señora volvió a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente al
espejo tambaleando. El dragón de lentejuelas también tambaleó.
El vestido ya no tenía casi ningún defecto, sólo un imperceptible
frunce debajo de los dos brazos. Casilda volvió a tomar los alfile-
res para colocarlos peligrosamente en aquellas arrugas de género
sobrenatural, que sobraban.
–Cuando seas grande –me dijo la señora– te gustará llevar
un vestido de terciopelo, ¿no es cierto?
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Silvana Ocampo Cuentos Completos I
–Sí –respondí, y sentí que el terciopelo de ese vestido me es-
trangulaba el cuello con manos enguantadas. ¡Qué risa!
–Ahora me quitaré el vestido –dijo la señora.
Casilda la ayudó a quitárselo tomándolo del ruedo de la fal-
da con las dos manos. Forcejeó inútilmente durante algunos se-
gundos, hasta que volvió a acomodarle el vestido.
–Tendré que dormir con él –dijo la señora, frente al espejo,
mirando su rostro pálido y el dragón que temblaba sobre los lati-
dos de su corazón–. Es maravilloso el terciopelo, pero pesa –llevó
la mano a la frente–. Es una cárcel. ¿Cómo salir? Deberían hacer-
se vestidos de telas inmateriales como el aire, la luz o el agua.
–Yo le aconsejé la seda natural –protestó Casilda.
La señora cayó al suelo y el dragón se retorció. Casilda se
inclinó sobre su cuerpo hasta que el dragón quedó inmóvil. Acari-
cié de nuevo el terciopelo que parecía un animal. Casilda dijo me-
lancólicamente:
–Ha muerto. ¡Me costó tanto hacer este vestido! ¡Me costó
tanto, tanto!
¡Qué risa!
Los sueños de Leopoldina
Desde el nacimiento de Leopoldina en la familia de Yapurra,
las mujeres llevaban nombres que empiezan con L., y a mí, por
ser tan pequeño, me llamaban Changuito.
Ludovica y Leonor, que eran las menores, buscaban un mi-
lagro, junto al arroyo, todas las tardes, a la caída del sol. Íbamos
a la vertiente llamada Agua de la Salvia. Dejábamos las damajua-
nas junto a la fuente, y nos sentábamos sobre una piedra, espe-
rando con ojos muy abiertos el advenimiento de la noche. Todos
los diálogos llevaban el mismo tema.
–Juan Mamanís estará en Catamarca –decía Ludovica.
–¡Ay! ¡Qué lindita bicicleta llevaba! Todos los años visita la
Virgen del Valle.
–¿Harías la promesa tú de ir a pie, como Javiera?
–Tengo los pies delicados.
–¡Si tuviésemos una Virgen como ésa!
–Juan Mamanís no iría a Catamarca.
–Me tiene sin cuidado. La Virgen es lo que me aflige.
Yo nunca me quedaba quieto; ellas conocían mi costumbre.
"Changuito deje eso", me decía Ludovica, "las arañas son ponzo-
ñosas", o bien "Changuito no haga eso. No se orina en la fuente".
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CORTÁZAR100 AÑOS
CASA TOMADA
en Bestiario
Fotografía: © Sara Facio
© Julio Cortázar, 1956 y herederos de Julio Cortázar
Esta licencia ha sido concedida gratuitamente por los herederos del autor.
Final del juego es un libro publicado por Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S.A.
de Ediciones y sus derechos están protegidos por la ley.
Av. Leandro N. Alem 720, (1001) Ciudad de Buenos Aires
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Texto publicado por el
Plan Nacional de Lectura
en el marco de la colección
CORTÁZAR 100 AÑOS, 2014.
Casa tomada
Julio Cortázar
N
os gustaba la casa porque aparte de espaciosa y an-
tigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más
ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba
los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno,
nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo
que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho
personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la ma-
ñana, levantándonos a la siete, y a eso de las once yo le
dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me
iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre pun-
tuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos
platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en
la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para
mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la
que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes
sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther an-
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tes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los
cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro,
simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesa-
ria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos
en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y
esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían
al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos;
o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente
antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie.
Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día
tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tan-
to, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en
esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era
así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno,
medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces
tejía un chaleco y después lo destejía en un momento por-
que algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el
montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma
de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle
lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores
y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas
salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar va-
namente si había novedades en literatura francesa. Desde
1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y
de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto
qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer
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un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se
puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de
abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas,
verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una
mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pen-
saba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida,
todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero
aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido,
mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las
horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas
yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde
se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa.
El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres
dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada,
la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasi-
llo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del
ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros
dormitorios y el living central, al cual comunicaban los
dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un za-
guán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De
manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y
pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros
dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte
más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la
puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa,
o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la
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puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la
cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía
uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión
de un departamento de los que se edifican ahora, apenas
para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de
la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble,
salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se
junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciu-
dad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra
cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una
ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y
entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo
sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire,
un momento después se deposita de nuevo en los muebles
y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple
y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su
dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me
ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo
hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuel-
ta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el
comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo,
como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado
susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo
o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía des-
de aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta
antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apo-
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yando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro
lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de
vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
–Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado
la parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos
cansados.
–¿Estás seguro?
Asentí.
–Entonces –dijo recogiendo las agujas– tendremos
que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tar-
dó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un
chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos ha-
bíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que que-
ríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, esta-
ban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas,
un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo
sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una bo-
tella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero
esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún
cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
–No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido
al otro lado de la casa.
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Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se sim-
plificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve
y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos
de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a
la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pen-
samos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el
almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de no-
che. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener
que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a
cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio
de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo
para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los li-
bros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar
la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para
matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en
sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene
que era más cómodo. A veces Irene decía:
–Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un
dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un
cuadradito de papel para que viese el mérito de algún se-
llo de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco
empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba
enseguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua
o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la gar-
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ganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes
sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros
dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche
se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respi-
rar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave
del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día
eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agu-
jas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filaté-
lico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza.
En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte
tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene
cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasia-
do ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrum-
pan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio,
pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living,
entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta
pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo
que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a
soñar en alta voz, me desvelaba enseguida).
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De
noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que
iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la
puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal
vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del
pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi
brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir
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palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando
claramente que eran de este lado de la puerta de roble,
en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde em-
pezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la
hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos
hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre
sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y
nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
–Han tomado esta parte –dijo Irene. El tejido le col-
gaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se
perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían que-
dado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
–¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? –le pregunté
inútilmente.
–No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil
pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las
once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene
(yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle.
Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de
entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a
algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en
la casa, a esa hora y con la casa tomada.
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Cartografía Cortázar
Entre nosotros y en estos años lo que cuenta no es ser un escritor latinoamericano
sino ser, por sobre todo, un latinoamericano escritor.
Julio Cortázar, “Clases de literatura”
Cortázar lúdico: Muchos de sus textos invitan al juego. La novela Rayuela es el caso
más emblemático: desde la página inicial el autor ofrece la posibilidad de seguir
una lectura lineal u otra que se bifurca en un recorrido a los saltos. También
allí se presenta el glíglico, lenguaje e invención del amor. “Final del juego”,
“Graffiti” y “Continuidad de los parques” son otros textos que proponen esta
línea en complicidad con el lector, ya sea desde la trama, la materialidad de la
palabra, la construcción de personajes. Se trata de jugar sin solemnidad pero
de la manera más seria posible.
Cortázar político: En una de sus clases, Cortázar se refiere al impacto que su primera
visita a Cuba (1962) produjo en su concepción política del mundo. La interven-
ción en Nicaragua y su colaboración con la defensa de los derechos humanos, en
particular denunciando los crímenes de la dictadura en la Argentina, lo ubican
en un alto nivel de compromiso. Este posicionamiento puede rastrearse en textos
como Reunión y El libro de Manuel, sobre el que cedió derechos para solventar gas-
tos de defensa de los presos políticos argentinos.
Cortázar poético: Lo poético desborda su prosa. Alto el Perú, Los autonautas de la cos-
mopista, Salvo el crepúsculo, Último round se apoyan en el ritmo poético. Prosa del
observatorio suma la fotografía y construye una visión poderosa que va más allá del
verso. Rayuela en su conocidísimo capítulo 7 sintetiza esta propuesta. La música
Colección: Cortázar: 100 años también, fundamentalmente el jazz, conduce muchos textos como “El persegui-
Fotografía: © Sara Facio
dor”, Pameos y Meopas y nuevamente Rayuela. En todos ellos se cuela una mirada
extrañada del mundo que no se atiene a estructuras sino que las reinventa.
© Julio Cortázar, 1951 y herederos de Julio Cortázar
Esta licencia ha sido concedida gratuitamente por los herederos del autor.
Bestiario es un libro publicado por Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S.A. Cortázar cronista de su tiempo: Él nos ubica en un rol de lectoras y lectores activos
de Ediciones y sus derechos están protegidos por la ley. y presentes. Las referencias a las noticias, a los lugares, a los conflictos, a la
Av. Leandro N. Alem 720, (1001) Ciudad de Buenos Aires libertad de prensa son constantes en su prosa, que da cuenta de un hombre
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comprometido con su tiempo, atento observador de la realidad. Así, Nicaragua
tan violentamente dulce y La vuelta al día en ochenta mundos son testimonios vitales
República Argentina, mayo de 2014 para la sociedad actual.
Leer
es tu
derecho.
El Plan Nacional de Lecturas es la iniciativa
Ejemplar de distribución gratuita. Prohibida su venta.
del Ministerio de Educación de la Nación para
garantizar a todos y todas su derecho a leer.
Porque leer abre mundos, distribuye libros
y lecturas digitales en escuelas, bibliotecas
escolares y en espacios alternativos.
Con actividades en el espacio público, convida
literatura a las familias y ayuda a construir
entornos sociales amigables hacia los libros
y la lectura.
Ofrece formación a docentes, responsables de
bibliotecas y otros mediadores para armar una
red de comunidades lectoras.