cuando vio el letrero sintió tanta pena por los niños que se volvió a deslizar en la
tierra y se echó a dormir. Los únicos que se alegraron fueron la nieve y la escarcha.
I.E. MARISCAL RAMÓN CASTILLA —La primavera se ha olvidado de este jardín —exclamaron—, así que viviremos
aquí todo el año.
CASTILLA - PIURA La nieve cubrió la hierba con su gran manto blanco, y la escarcha pintó todos los
árboles de plata. Luego invitaron al viento del Norte a vivir con ellas, y acudió. Iba
EL GIGANTE EGOÍSTA envuelto en pieles, y bramaba todo el día por el jardín, y soplaba sobre las chimeneas
Oscar Wilde hasta que las tiraba.
—Este es un lugar delicioso —dijo—. Tenemos que pedir al granizo que nos haga
Todas las tardes al salir de la escuela tenían los niños la costumbre de ir a jugar al una visita. Y llegó el granizo. Todos los días, durante tres horas, repiqueteaba sobre
jardín del gigante. el tejado del castillo hasta que rompió casi toda la pizarra, y luego corría dando
Era un jardín grande y bello, con suave hierba verde. Acá y allá sobre la hierba vueltas y más vueltas por el jardín tan deprisa como podía. Iba vestido de gris, y su
brotaban hermosas flores semejantes a estrellas, y había doce melocotoneros que en aliento era como el hielo.
primavera se cubrían de flores delicadas rosa y perla y en otoño daban sabroso fruto. —No puedo comprender por qué la primavera se retrasa tanto en llegar —decía el
Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan melodiosamente que los niños gigante egoísta cuando sentado a la ventana contemplaba su frío jardín blanco—.
dejaban de jugar para escucharles. Espero que cambie el tiempo.
—¡Qué felices somos aquí! —se gritaban unos a otros. Pero la primavera no llegaba nunca, ni el verano. El otoño dio frutos dorados a todos
Un día regresó el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y se los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.
había quedado con él durante siete años. Al cabo de los siete años había agotado —Es demasiado egoísta —decía.
todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su Así es que siempre era invierno allí, y el viento del Norte y el granizo y la escarcha
castillo. Al llegar vio a los niños que estaban jugando en el jardín. y la nieve danzaban entre los árboles.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —gritó con voz muy bronca. Y los niños se escaparon Una mañana, cuando estaba el gigante en su lecho, despierto, oyó una hermosa
corriendo. música. Sonaba tan melodiosa a su oído que pensó que debían de ser los músicos
—Mi jardín es mi jardín —dijo el gigante—; cualquiera puede entender eso, y no del rey que pasaban. En realidad era sólo un pequeño pardillo que cantaba delante
permitiré que nadie más que yo juegue en él. de su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín que
Así que lo cercó con una alta tapia, y puso este letrero: le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de danzar sobre
su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar, y llegó hasta él un perfume delicioso
PROHIBIDA LA ENTRADA BAJO PENA DE LEY a través de la ventana abierta.
—Creo que la primavera ha llegado por fin —dijo el gigante. Y saltó del lecho y se
Era un gigante muy egoísta. asomó. ¿Y qué es lo que vio?
Los pobres niños no tenían ya dónde jugar. Intentaron jugar en la carretera, pero la Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha de la tapia, los niños habían entrado
carretera estaba muy polvorienta y llena de duros guijarros, y no les gustaba. Solían arrastrándose, y estaban sentados en las ramas de los árboles. En cada árbol de los
dar vueltas alrededor del alto muro cuando terminaban las clases y hablaban del que podía ver había un niño pequeño. Y los árboles estaban tan contentos de tener
bello jardín que había al otro lado. otra vez a los niños, que se habían cubierto de flores y mecían las ramas suavemente
—¡Qué felices éramos allí! —se decían. sobre las cabezas infantiles. Los pájaros revoloteaban y gorjeaban de gozo, y las
Luego llegó la primavera y todo el campo se llenó de florecillas y de pajarillos. Sólo flores se asomaban entre la hierba verde y reían. Era una bella escena. Sólo en un
en el jardín del gigante egoísta seguía siendo invierno. A los pájaros no les rincón seguía siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y había en él
interesaba cantar en él, ya que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. un niño pequeño; era tan pequeño, que no podía llegar a las ramas del árbol, y daba
En una ocasión una hermosa flor levantó la cabeza por encima de la hierba, pero vueltas a su alrededor, llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía
enteramente cubierto de escarcha y de nieve, y el viento del Norte soplaba y Una mañana de invierno miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el
bramaba sobre su copa. invierno, pues sabía que era tan sólo la primavera dormida, y que las flores estaban
—Trepa, niño —decía el árbol—, e inclinaba las ramas lo más que podía. Pero el descansando.
niñó era demasiado pequeño. De pronto, se frotó los ojos, como si no pudiera creer lo que veía, y miró, y miró.
Y el corazón del gigante se enterneció mientras miraba. Ciertamente era un espectáculo maravilloso. En el rincón más lejano del jardín había
—¡Qué egoísta he sido! —se dijo—; ahora sé por qué la primavera no quería venir un árbol completamente cubierto de flores blancas; sus ramas eran todas de oro, y
aquí. Subiré a ese pobre niño a la copa del árbol y luego derribaré la tapia, y mi de ellas colgaba fruta de plata, y al pie estaba el niño al que el gigante había amado.
jardín será el campo de recreo de los niños para siempre jamás. Bajó corriendo las escaleras el gigante con gran alegría, y salió al jardín. Atravesó
Realmente sentía mucho lo que había hecho. presurosamente la hierba y se acercó al niño. Y cuando estuvo muy cerca su rostro
Así que bajó cautelosamente las escaleras y abrió la puerta principal muy enrojeció de ira, y dijo:
suavemente y salió al jardín. Pero cuando los niños le vieron se asustaron tanto que —¿Quién se ha atrevido a herirte?
se escaparon todos corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno. Sólo el niño Pues en las palmas de las manos del niño había señales de dos clavos, y las señales
pequeño no corrió, pues tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio llegar al de dos clavos estaban asimismo en sus piececitos.
gigante. Y el gigante se acercó a él silenciosamente por detrás y le cogió con —¿Quién se ha atrevido a herirte? —gritó el gigante—; dímelo y cogeré mi gran
suavidad en su mano y le subió al árbol. Y al punto el árbol rompió en flor, y espada para matarle.
vinieron los pájaros a cantar en él; y el niño extendió sus dos brazos y rodeó con —¡No! —respondió el niño—; estas son las heridas del amor.
ellos el cuello del gigante, y le besó. —¿Quién eres tú? —dijo el gigante, y le embargó un extraño temor, y se puso de
Y cuando vieron los otros niños que el gigante ya no era malvado, volvieron rodillas ante el niño.
corriendo, y con ellos llegó la primavera. Y el niño sonrió al gigante y le dijo:
—El jardín es vuestro ahora, niños —dijo el gigante. Y tomó un hacha grande y —Tú me dejaste una vez jugar en tu jardín; hoy vendrás conmigo a mi jardín, que
derribó la tapia. es el paraíso.
Y cuando iba la gente al mercado a las doce encontró al gigante jugando con los Y cuando llegaron corriendo los niños aquella tarde, encontraron al gigante que
niños en el más bello jardín que habían visto en su vida. yacía muerto bajo el árbol, completamente cubierto de flores blancas.
Jugaron todo el día, y al atardecer fueron a decir adiós al gigante.
—Pero ¿dónde está vuestro pequeño compañero —preguntó él—, el niño que subí
al árbol? Era al que más quería el gigante, porque le había besado.
—No sabemos —respondieron los niños—; se ha ido.
—Tenéis que decirle que no deje de venir mañana —dijo el gigante.
Pero los niños replicaron que no sabían dónde vivía, y que era la primera vez que le
veían; y el gigante se puso muy triste.
Todas las tardes, cuando terminaban las clases, los niños iban a jugar con el gigante.
Pero al pequeño a quien él amaba no se le volvió a ver. El gigante era muy cariñoso
con todos los niños; sin embargo, echaba en falta a su primer amiguito, y a menudo
hablaba de él.
—¡Cómo me gustaría verle! —solía decir.
Pasaron los años, y el gigante se volvió muy viejo y muy débil. Ya no podía jugar,
así que se sentaba en un enorme sillón y miraba jugar a los niños, y admiraba su
jardín.
—Tengo muchas bellas flores —decía—, pero los niños son las flores más
hermosas.