El brillo de la luciérnaga
Un día como otro cualquiera, en un campo no muy lejano, una
mariquita y una mariposa, grandes amigas, pasaban la tarde
burlándose de una luciérnaga. La mariquita tenía unos colores vivos
que alegraban mucho el campo, al igual que la mariposa, cuyas alas
parecían teñidas de purpurinas. Presumidas por sus grandes
cualidades físicas, no lograban ver con buenos ojos a una luciérnaga
vecina y, por ende, no la querían como amiga.
Eres un bicho muy feo, vecina- Dijo la mariposa sin ningún pudor
refiriéndose a su vecina la luciérnaga.
Pero la luciérnaga no respondía a aquellos comentarios burlones y
despiadados, ni se sentía humillada ni avergonzada por su aspecto
poco llamativo. Ella vivía tranquila segura de sí misma. Tanto, que un
día se atrevió a enfrentarse a la mariquita y la mariposa
proponiéndoles un interesante plan.
Mañana por la noche voy a dar una vuelta por los prados. Me gustaría
que vinieran ustedes también, pues tengo una sorpresa que darles.
La mariquita y la mariposa, que eran muy dadas a la curiosidad,
decidieron aceptar la propuesta de la luciérnaga acudiendo veloces en
la noche al prado al que se refería su vecina. Pero no lograban
encontrar a la luciérnaga por ningún sitio. Pronto, sin embargo, un
brillo extraordinario captó la atención de ambas. Sobre el cielo oscuro
de la noche parecía verse una estrella muy cercana y con un
resplandor brillante y precioso. La estrella pronto descendió
posándose a los pies de la mariquita y la mariposa. ¡Cuál fue el
asombro de las dos al observar que aquella estrella era en realidad la
luciérnaga de la que tanto se habían burlado!
El gato cansado
Los gatos, grandes cazadores, tienden a alimentarse de presas más
débiles, y su agilidad hace que no pasen hambre en todo el año,
aunque se trate de gatos solitarios. Los ratones son sus principales
víctimas, ya que a pesar de las grandes velocidades que estos pueden
alcanzar, su pequeño tamaño les convierte en una presa fácil para los
gatos. Precisamente, sabedor de todo aquello, vivió una vez un gato,
conocido entre sus secuaces por tener siempre la barriga muy grande
y llena. Pero el gato fue cumpliendo años, y con el paso del tiempo, se
daba cuenta de que su agilidad ya no era la de cuando era joven, ni
sus ganas de correr de acá para allá eran tampoco las mismas. Ya no
podía perseguir a los ratones con la misma facilidad, y poco a poco,
fue convirtiéndose en un gato callejero apostado en una esquina con
hambre y aterido de frío.
A los viandantes que se cruzaban con él se les llenaban los ojos de
lágrimas, y muy compadecidos por su estado, se fueron haciendo
amigos de él, incluso algunos ratones con el corazón lleno de amor y
de solidaridad.
Sin embargo, uno de aquellos ratones que se encontraba por las
cercanías, y que le observaba día tras día, no terminaba de confiar en
él ni de creer que el hambre le hubiese apaciguado también su frío
corazón. Un día, surgió una disputa entre dos pájaros ante la aparente
mirada impasible del gato. El ratón, que observaba la escena sin
perder detalle, estaba convencido de que el gato se lanzaría
hambriento sobre los dos pájaros, y de este modo, todo el mundo
descubriría las verdaderas intenciones del gato.
El gato, aproximándose a la rama del árbol desde la cual vociferaban
los pájaros, dijo:
No os peléis. Confiad en mí e intentemos arreglar vuestro
malentendido.
Efectivamente, y como temía el ratón, el gato parecía cercar cada vez
más a los pobres pájaros con la intención de lanzarse sobre ellos. Ya
no era un gato cazador, y los años, le conducían a vivir de ocasiones
fortuitas y desesperadas.
El ratón, contemplando la lastimosa escena, llamó la atención del gato
con un agudo silbido y libró a los pajarillos de su destino. Pero ya no
podía ver a aquel gato cansado con los mismos ojos, y decidió
acompañarle en la distancia hasta el fin de sus días.