Material de clase – Prof.
Virginia Silva
PLATÓN
1- La obra y su influencia
Platón nació en Atenas en 429/427 y murió en la misma ciudad en 348 o 347 a.C. Su verdadero
nombre era Aristocles, Platón es un sobrenombre que según algunos, se debía a su vigor físico
o, según otros, a la anchura de su frete y hombros (en griego, plátos significa “amplitud,
anchura”). Su padre descendía del rey Codro y su madre pertenecía a la familia de Solón. Es
obvio que desde joven considerase como su ideal la vida política pero se desilusionó de ésta
cuando lo condenan a muerte a su maestro, Sócrates, a quien conoce a los 20 años. Se dio
cuenta de que la legislación y la moralidad estaban corrompidas y llegó a la conclusión de que
sólo la filosofía puede demostrar dónde está la justicia.
Sócrates, determinaría decisivamente su pensamiento, en cuya boca puso la mayor parte de
sus propias doctrinas -máximo homenaje del gran discípulo al maestro-. Hacia el año 385
estableció su escuela, la Academia, así llamada por encontrarse en un parque y gimnasio
consagrado al héroe Academo. Esta escuela y centro de investigación donde se cultivaron no
sólo la filosofía sino todas las ciencias, ejerció incomparable influencia hasta que fue cerrada y
sus bienes confiscados por el emperador Justiniano en 529 d.C; de manera que duró más de
900 años (más de lo que haya durado hasta el momento cualquier universidad existente).
Las 36 obras de Platón afortunadamente nos han llegado completas, entre los diálogos más
importantes se pueden mencionar: Laques, Ion, Protágoras, Eutifrón, Critón, Gorgias, Menón,
Cratilo, Banquete, Fedón, República, Parménides, Teétetos, Fedro, Sofista, Timeo y Leyes.
Platón no fue sólo filósofo o, porque lo fue de modo tan eminente, su poderosa personalidad
abarca todos los intereses humanos: matemáticas y astronomía, física, política y sociología,
teoría psicológica; esa multiplicidad de intereses hace que sus obras no puedan ser ignoradas
por ninguna persona culta. Pero sí se debiera señalar otra actividad en la cual alcanza idéntica
genialidad a la que logra en el campo filosófico: es preciso decir que Platón fue uno de los más
grandes artistas de la palabra, uno de los escritores más grandes de todos los tiempos; de
modo tal que en definitiva no se sabe qué admirar más, si al filósofo o al artista por la riqueza
imaginativa, la multiplicidad de recursos a que echa mano, el dominio de la lengua y la
capacidad soberana para alcanzar las máximas posibilidades expresivas de la belleza y
flexibilidad de la prosa griega.
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Se ha dicho que la grandeza del arte griego reside en haber sabido armonizar de manera
perfecta la claridad, la racionalidad y la seriedad, por un lado, con la imaginación, la pasión y el
brillo, por el otro. En este sentido, Platón es el artista griego por excelencia; su estilo es
perfecta combinación de prosa y poesía, con gran variedad de modos que van de lo gracioso a
lo suntuoso, de lo cotidiano al entusiasmo más noble y al fervor religioso, del rigor lógico más
exigente a las metáforas y alegorías más poéticas e imaginativas. Maravillosa armonía de lógica
con misticismo, de poesía con filosofía, de mito y ciencia, de intuición y erudición.
Ocuparse de Platón -y lo mismo vale para los presocráticos, Aristóteles, etc.- puede parecer
ocuparse de antigüedades. Sin embargo, ello es una ilusión, como la del que viera sólo el
follaje de un árbol y desestimara ocuparse de las raíces y del suelo en que se nutren. Platón es
incomparablemente más "actual" que la mayoría de los autores contemporáneos, si
denominamos "actual" no a quien simplemente mantiene su existencia biológica sino a quien
tiene algo que decir y enseñar en nuestro tiempo, porque este filósofo está vivo en cada una
de las manifestaciones de nuestra cultura y nuestra historia; nuestra imaginación es en buena
medida, imaginación platónica. Su influencia sobre el pensamiento filosófico, científico,
político y religioso, así como sobre el arte, es literalmente inconmensurable.
2. Planteo del problema
Como su maestro Sócrates, Platón está persuadido de que el verdadero saber no puede
referirse a lo que cambia, sino a algo permanente; no a lo múltiple, sino a lo uno.
Ese algo invariable y uno lo había encontrado Sócrates en los conceptos, pero aquí comienza
la crítica de Platón: Sócrates, por una parte, no se preocupó por aclarar la naturaleza del
concepto y, por otra parte, limitó su examen al campo de los conceptos morales -piedad,
justicia, virtud, valentía, etc.-, de modo que no llegó a encarar el problema en toda su
universalidad. Platón se propondrá completar estas dos lagunas: precisar, por un lado, la
índole o modo de ser de los conceptos -que llamará "ideas"-, e investigar, por otro lado, todo
su dominio: no sólo los conceptos éticos, sino también los matemáticos, los metafísicos, etc.
Hay un saber que lleva impropiamente este nombre y es el que se alcanza por medio de los
sentidos, el llamado conocimiento sensible; en realidad, no debiéramos llamarlo
"conocimiento" sino meramente opinión, porque es siempre vacilante, confuso,
contradictorio: el remo fuera del agua nos parece recto, hundido en ella se nos muestra
quebrado (cf. Cap. I, § 6). Este tipo de "conocimiento" es vacilante y contradictorio porque su
objeto mismo es vacilante y contradictorio, se encuentra en continuo devenir (cambio).
Si nuestro saber se edificase sobre las cosas sensibles la consecuencia entonces sería el
relativismo, consecuencia que justamente sacó Protágoras cuando afirmó: "el hombre es la
medida de todas las cosas".
Ahora bien, el verdadero conocimiento deberá ser de una especie totalmente diferente del
que proporcionan los sentidos, por lo tanto: constante, riguroso y permanente, como cuando
se afirma que "2 más 2 es igual a 4", porque esto no es verdad meramente ahora o en una
cierta relación sino siempre y absolutamente. La ciencia, pues, el verdadero conocimiento,
habrá de referirse a lo que realmente es. El objeto de la ciencia, entonces, no puede ser lo
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sensible sino lo uniforme y permanente que es lo único que puede realizar la exigencia de la
ciencia. Precisamente, Sócrates lo convenció de que hay conocimiento objetivo, válido para
todos: el conocimiento que nos dan los conceptos, las definiciones, las esencias.
Frente al cambio y a lo relativo, tras de lo cambiante y aparente, Platón busca lo inmutable y
absoluto, lo verdaderamente real, única manera -a su juicio- de hacer posible la ciencia y la
moral.
3. Los dos mundos: el sensible y el inteligible
Como lo permanente e inmutable no se encuentra en el mundo de lo sensible,
Platón postula otro mundo, el mundo de las ideas o mundo inteligible, del que el mundo
sensible es una copia o imitación.
La palabra "idea" proviene del verbo eido, que significa "ver", entonces idea sería “lo visto", el
"aspecto" que algo ofrece a la mirada, por ejemplo, la forma que presenta “esta silla”. Pero en
Platón la palabra alude no al aspecto sensible sino al “aspecto intelectual” o “conceptual” con
que algo se presenta. El aspecto, no de ser cómoda o incómoda, roja o verde, sino de ser
"silla", lo cual no es nada que se vea con los ojos del cuerpo, ni con ningún otro sentido (no hay
ninguna sensación de "silla" sino sólo de color, o sabor, o sonido, etc.). A este concepto lo voy
a captar solamente con la inteligencia: por eso se dice que se trata del aspecto " inteligible", es
decir, de la "esencia".
Conviene por tanto, al estudiar a Platón, prescindir de todo lo que sugiere corrientemente la
palabra "idea" en el lenguaje actual, que nos hace pensar en algo psíquico, mientras que para
él, las ideas son algo real, cosas, más todavía, las cosas verdaderas, más reales que montañas,
casas o planetas.
Por ende, cosas sensibles e ideas representan dos órdenes de cosas, dos modos de ser
totalmente diferentes. La belleza (el concepto) es siempre la belleza; en cambio las cosas o
personas bellas (lo sensible), por más hermosas que sean llega un momento en que dejan de
serlo o simplemente desaparecen. Por ello, es también diferente nuestro modo de conocerlas;
las cosas iguales se las conocen mediante los sentidos, en tanto que a la igualdad no se la ve,
ni se la toca ni oye, ni la capta ninguno de los otros sentidos sino que se la conoce mediante la
razón, mediante la inteligencia.
Si bien cosas sensibles e ideas representan dos órdenes diferentes del ser, con todo hay entre
ambos una relación: Platón dice que es una relación de semejanza, copia o imitación; relación
que, al ver las cosas iguales, nos permite pensar en la igualdad, a la manera como al ver el
retrato de un amigo nos acordamos del amigo, justamente porque hay similitud entre el
retrato y él. Del mismo modo, las cosas bellas se asemejan a la belleza, las cosas buenas al
bien, las cosas justas a la justicia, etc.
Ahora bien, para que al ver el retrato de Pedro yo me acuerde de Pedro o reconozca que es
retrato de Pedro, es preciso que antes haya conocido a Pedro, de otra manera, no lo
reconocería. Del mismo modo, si al ver dos leños iguales reconocemos allí la igualdad, aunque
la igualdad misma (como concepto) no la vemos, esto supone que de alguna manera ya
conocíamos la igualdad; no podríamos pensar que dos cosas sensibles son iguales, si no
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supiésemos ya de alguna manera qué es la igualdad, así como no podemos decir que un objeto
es hermoso sin tener previamente el conocimiento de la idea de belleza, o decir que tal figura
es triangular sin saber qué es el triángulo; la igualdad, la belleza, la triangularidad, son
respectivamente el "modelo" que cada una de estas cosas "imita" y sólo su conocimiento
"previo" permite reconocerlas como iguales, bellas o triangulares –de modo semejante como
en el caso del retrato de Pedro-. Y como en este mundo sensible no se percibe la igualdad, la
belleza ni la triangularidad (sino sólo se ven cosas singulares iguales, bellas, triangulares), es
preciso que el conocimiento de las ideas lo hayamos adquirido "antes" de venir a este mundo.
4. Teoría del Conocimiento
Así se expresa Platón: antes de nacer, el alma del hombre habitó el mundo de las ideas, donde
las contempló y conoció en su totalidad y pureza. Al venir a este mundo y a este cuerpo,
atraviesa un río, el Leteo, el río del Olvido, y ese saber suyo de las ideas se olvida pero queda
latente, de manera que ahora, con ocasión de las cosas sensibles que ve, lo va recordando más
o menos oscuramente: al ver leños iguales, recordamos la igualdad, al ver cosas bellas
recordamos la belleza, etc. "Aprender no es sino recordar".
No obstante, conviene tener presente que tales referencias a una vida anterior, el Leteo, etc.,
en parte no son propiamente "explicaciones", sino mitos, es decir, "relatos" donde lo
predominante es lo poético o figurativo y no lo conceptual; se trata de alegorías, de símbolos,
que no es preciso tomar al pie de la letra. Quizá Platón no encontró una explicación conceptual
que le pareciese verdaderamente suficiente y entonces recurrió al mito; o quizá considerase
que en este terreno cualquier conceptualización sería insuficiente, en tanto que el mito
permite una amplitud de interpretaciones que lo hace singularmente apto para tales temas. El
hecho es que recurrió a este expediente de la pre-existencia del alma.
La Teoría del Conocimiento de Platón llamada “Anamnesis” es una forma de recuerdo, un
reemerger de algo que existe desde siempre, en la interioridad de nuestra alma. Estos
recuerdos emergen de vez en cuando en la experiencia concreta.
5- Doxa y episteme. Los dos mundos.
Según Platón, entonces, resulta haber dos mundos o dos órdenes del ser: el mundo sensible,
de un lado, el mundo de las ideas o mundo inteligible, del otro; y consiguientemente hay dos
modos principales de conocimiento, la doxa u opinión, y la episteme o ciencia (el
conocimiento propiamente dicho).
En efecto, el mundo sensible no es para él pura nada, sino que tiene un ser intermedio,
imperfecto; no es el verdadero ser, inmutable, permanente, que corresponde a las ideas, sino
que se trata de una mezcla de ser y no-ser, y por eso todo allí es imperfecto y está sometido al
devenir; y lo que tiene de "ser” lo tiene en la medida en que copia o imita siempre
imperfectamente a las ideas. De manera que entre el ser pleno -las ideas- y el no-ser absoluto,
se intercala el mundo del devenir, el de las cosas sensibles, que son y no son, que participan,
copian, dependen de las ideas.
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Sintéticamente, podríamos trazar el siguiente cuadro de los caracteres respectivos de los dos
mundos:
IDEAS COSAS SENSIBLES
Únicas (una sola idea de belleza, una sola idea de Múltiples (muchas cosas bellas, muchas
igualdad, etc.) iguales, etc.)
Inmutables (no devienen) Mutables (devienen/cambian)
Idénticas a sí mismas Contradictorias
Intemporales Temporales
Necesarias y universales Contingentes y particulares
Participadas Participantes
Modelos Copias, imitaciones
Independientes Dependientes
Realidades Fenómenos
Perfectas Imperfectas
Por último, podría decirse que las ideas son "trascendentes" respecto del mundo sensible, es
decir, que constituyen una realidad que está más allá de este.
6- La Idea del Bien
La Idea del Bien es la idea suprema, la "Idea de las ideas"; Platón se refiere a ella en la
República (502 c - 509 c), y comienza por advertir que, justo por tratarse de la idea suprema es
muy difícil alcanzarla y hablar de ella tal como es en sí misma; por ello propone, no tratar del
Bien en sí mismo sino comparándolo con el sol.
En efecto, para ver algo no basta con el ojo y la cosa visible sino que es precisa también la luz
que el sol otorga. De modo semejante, no basta con el "ojo" del alma y las cosas inteligibles o
ideas, sino que es preciso además un principio que a las ideas las haga aptas para ser captadas,
que las haga cognoscibles; esto es justamente lo que hace el Bien: es lo que otorga
inteligibilidad a las ideas.
Además, el sol con su luz y calor les presta vida a las cosas de este mundo y, en tal sentido, las
hace ser; de modo semejante, el Bien hace ser a las ideas. Y en cuanto que es origen o
principio del ser, el Bien está más allá del ser mismo (por ello la dificultad para hablar de él).
También hay otro significado en la Idea del Bien: se dice que algo es "bueno" cuando es útil
"para algo” -el alimento, por ejemplo, es bueno "para la salud”-, y en este caso se piensa en un
fin u objetivo (lo que los griegos llamaban télos), es decir, hacia lo cual algo tiende o aspira.
Pues bien, en tanto idea suprema, el Bien es en esta perspectiva, el fin último (o télos), aquello
hacia lo cual todo se dirige, la meta suprema.
El conocimiento del Bien, del que depende la felicidad, tiene que incluir la comprensión del
orden moral y físico del universo entero. Este Bien supremo hace inteligible al mundo en
cuanto que ilumina y da cuenta del aspecto racional del universo, por ello, el Bien es análogo al
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sol -que como fuente de luz-, es la causa de la visión y de la visibilidad y, por tanto, de toda
existencia mortal.
ALEGORÍA DE LA CAVERNA
Conversan Platón y Glaucón:
-Después de eso proseguí compara nuestra naturaleza respecto de su educación y de su falta
de educación con una experiencia como ésta. Represéntate hombres en una morada
subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz.
En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben
permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor
la cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el
fuego y los prisioneros hay un camino más alto, junto al cual imagínate un tabique construido
de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar,
por encima del biombo, los muñecos.
- Me lo imagino.
- Imagínate ahora que, del otro lado del tabique, pasan hombres que llevan toda clase de
utensilios y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera y de diversas
clases; y entre los que pasan unos hablan y otros callan.
- Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros.
- Pero son como nosotros. Pues en primer lugar, ¿crees que han visto de sí mismos, o unos de
los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que
tienen frente a sí?
- Claro que no, si toda su vida están forzados a no mover las cabezas.
- ¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro lado del tabique?
- Indudablemente.
- Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar nombrando a los
objetos que pasan y que ellos ven?
- Necesariamente.
- Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno de los que
pasan del otro lado del tabique hablara, ¿no piensas que creerían que lo que oyen proviene de
la sombra que pasa delante de ellos?
- ¡Por Zeus que sí!
- ¿Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos
artificiales transportados?
- Es de toda necesidad.
- Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su ignorancia,
qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado a
levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz, y al hacer todo esto, sufriera
y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había
visto antes. ¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran
fruslerías y que ahora, en cambio está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y
que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado
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del tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿no piensas que se sentirá
en dificultades y que considerará que las cosas que antes veía eran más verdaderas que las
que se le muestran ahora?
- Mucho más verdaderas.
- Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla,
volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente
más claras que las que se le muestran?
- Así es.
- Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes de
llegar hasta la luz del sol, ¿no sufriría acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras llegar a la luz,
tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los objetos que ahora
decimos que son los verdaderos?
- Por cierto, al menos inmediatamente.
- Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En primer lugar
miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los hombres y de los otros
objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A continuación
contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando la luz de los astros y la
luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol.
- Sin duda.
- Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros lugares
que le son extraños, sino contemplarlo como es en sí y por sí, en su propio ámbito.
-Necesariamente.
- Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y los
años y que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las cosas que
ellos habían visto.
- Es evidente que, después de todo esto, arribaría a tales conclusiones.
- Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus entonces
compañeros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y que los
compadecería?
- Por cierto.
- Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas para
aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que pasaban detrás del
tabique, y para el que mejor se acordase de cuáles habían desfilado habitualmente antes y
cuáles después, y para aquel de ellos que fuese capaz de adivinar lo que iba a pasar, ¿te parece
que estaría deseoso de todo eso y envidiaría a los más honrados y poderosos entre aquellos?
¿O más bien no le pasaría como al Aquiles de Homero, y preferiría ser un labrador que fuera
siervo de un hombre pobre o soportar cualquier otra cosa, antes que volver a su anterior
modo de opinar y a aquella vida?
- Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella vida.
- Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento, ¿no tendría
ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol?
- Sin duda.
- Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia con aquellos
que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente hasta que sus ojos
se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve, ¿no se expondría
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al ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta lo alto, se había estropeado los
ojos, y que ni siquiera valdría la pena intentar marchar hacia arriba? Y si intentase desatarlos y
conducirlos hacia la luz, ¿no lo matarían, si pudieran tenerlo en sus manos y matarlo?
- Seguramente.
- Pues bien, querido Glaucón, debemos aplicar íntegra esta alegoría a lo que anteriormente ha
sido dicho, comparando la región que se manifiesta por medio de la vista con la morada
prisión, y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol; compara, por otro lado, el
ascenso y contemplación de las cosas de arriba con el camino del alma hacia el ámbito
inteligible, y no te equivocarás en cuanto a lo que estoy esperando, y que es lo que deseas oír.
Dios sabe si esto es realmente cierto; en todo caso, lo que a mí me parece es que lo que
dentro de lo cognoscible se ve al final, y con dificultad, es la Idea del Bien. Una vez percibida,
ha de concluirse que es la causa de todas las cosas rectas y bellas, que en el ámbito visible ha
engendrado la luz y al señor de ésta, y que en el ámbito inteligible es señora y productora de la
verdad y de la inteligencia, y que es necesario tenerla en vista para poder obrar con sabiduría
tanto en lo privado como en lo público.
- Comparto tu pensamiento, en la medida que me es posible.
Platón, República, 514a-517c.