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Cuentos

El documento narra cuentos, mitos y leyendas de Jacantaya, un pueblo en Puno, Perú, que preserva sus tradiciones a través de relatos orales. Incluye historias sobre la lluvia, la mariposa Rafael, el kharisiri, y el misterioso canal de agua, reflejando la conexión de la comunidad con la naturaleza y sus creencias. A través de estas narrativas, se transmiten enseñanzas sobre la convivencia y el respeto hacia el entorno y los demás.

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Cuentos

El documento narra cuentos, mitos y leyendas de Jacantaya, un pueblo en Puno, Perú, que preserva sus tradiciones a través de relatos orales. Incluye historias sobre la lluvia, la mariposa Rafael, el kharisiri, y el misterioso canal de agua, reflejando la conexión de la comunidad con la naturaleza y sus creencias. A través de estas narrativas, se transmiten enseñanzas sobre la convivencia y el respeto hacia el entorno y los demás.

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Cuentos, Mitos y Leyendas de Jacantaya

Autor: Oscar león Condori Apaza

JACANTAYA (en aimara significa vivirás) es una parcialidad que está ubicada
en la zona lago del distrito y provincia de Moho del departamento de Puno
Perú, está a orillas del lago sagrado de los Incas el Titicaca. Es un pueblo que
conserva sus costumbres y tradiciones a través de la historia, con sus mitos y
leyendas narrados por mi abuela Valentina que ha vivido más de 100 años
entre los siglos XIX y XX.

Los cuentos que presento, los he traducido al Español en el contexto del PCR
(Proyecto Curricular Regional) Puno.
EL MITO DE LA LLUVIA

En los tiempos de sequía, los nativos aimaras del valle de Jacantaya


sufrieron penurias, la tierra no producía, los ríos y manantiales estaban
secos, los habitantes del lugar empezaron a lotear los cerros por las raíces
de algunos pastos y plantas
silvestres comestibles; en las orillas
del lago eran codiciados la raíz
tierna de la totora, el llachu y otras
plantas acuáticas. Los roedores,
lagartijas, y los peces del lago
constituyeron el alimento básico de
sobrevivencia.

Los mallcus (autoridades) y los yatiris (sabios) se juntaron para hacer el


pago a la tierra, invocaron a la tierra, al cielo y a los dioses para que cese
el castigo, mientras que los niños y las mujeres subieron a los cerros que
rodean a Jacantaya; especialmente a Tanpuchaca, Queñalati, Paruparu,
Chunchupajta, y a los cerros de Lequesani, Talajira y Pojena, para llorar
gritando ¡hay vakaaale! (estoy llorando), que mal te hemos hecho,
perdónanos y haz caer agua del cielo.

Lloraron con desesperación y mucha fe, hasta que los cielos se abrieron y
aparecieron las nubes y las primeras gotas de lluvia, Los niños seguían
llorando y la lluvia seguía aumentando más y más. Llovió intensamente
por varias semanas, se formaron los ríos y los barrancos de llachisa,
cairani, patapata, jalsu cuyo y las cochas de Huayrapampa y Jihuañcucho.

Desde entonces se recomienda no hacer llorar a los niños huérfanos y


menesterosos por temor a la lluvia y los castigos con inundaciones y
huaycos. A las madres jóvenes se les recuerda no hacer llorar a sus bebés
en las pampas, en las punas y lugares elevados al pastorear o labrar la
tierra, porque existe la creencia de que el llanto de los niños atrae la
lluvia.
La mariposa Rafael

En la zona lago de Jacantaya, los hombres vivían en


armonía con la naturaleza, hasta que la tierra dejó de
producir, el lago Titicaca empezó a secarse, los
hombres empezaron a migrar hacia la selva y otros
lugares para conseguir el sustento para sus familias.

En esa época de hambruna y sequía, había un joven que se marchó muy


lejos de su casa dejando a su mujer y sus pequeños hijos. La mujer al
verse desamparada empezó a hilar y tejer por las noches a la luz de un
mechero con sebo de llama, y todas las noches venía una mariposa
pequeña que revoloteaba alrededor del mechero tratando de apagarlo, la
mujer se divertía tratando de alejarla y le decía a sus hijos que este se
burlaba y jugaba con ella.

Se acostumbraron con la mariposita de color manteca y le pusieron el


sobrenombre de Rafael. Pasaron los años, hasta que un día retornó el
Joven a su casa y al no encontrar a su esposa preguntó a sus hijos a
donde se ha ido su madre y qué hacia todos los días en la casa. Los niños
en su inocencia respondieron que siempre les deja en la casa y que todas
las noches juega con el Rafael hasta el cansancio.

Lleno de ira por la traición de su mujer, lo busca y lo asesina sin


compasión. Después de haber sepultado el cadáver de su mujer, al llegar
la oscuridad, prendieron el mechero y la mariposita apareció con su
acostumbrada visita nocturna, el menor de sus hijitos le dijo papito ahí
está el Rafael, ha venido a jugar con mi mamá. Entonces, recién se dio
cuenta de lo que había hecho.

Por eso los abuelos recomiendan que a los niños y niñas se tenga que
enseñarles bien y preguntarles dos o tres veces, para evitar
equivocaciones en la convivencia cotidiana dentro de la familia y la
comunidad.
El kharisiri y los perros

En una cabaña de Jacantaya


vivía una mujer solitaria con
sus dos enormes perros que
tenían el nombre de Tomai
Kharisa y Huaihuai Kharisa,
nadie se le acercaba por temor
al ataque de sus perros que
acostumbraban alejar a los
intrusos hasta quitarles la vida.

Cierta noche, cuando el cielo y la tierra se encuentran para producir la


oscuridad total se presentó el Kharisiri (hombre misterioso degollador que
saca el sebo de las personas), los perros se habían alejado del lugar y la
mujer estaba indefensa, y al verse sola a merced del endemoniado
personaje le dijo: ya sé que voy a morir, pero antes quisiera despedirme
de esta vida bailando y cantando una canción de mi pueblo.

El kharisiri al verla tan hermosa no la hizo dormir como lo hacía con sus
víctimas, aceptó la petición como el último deseo para degollarla.
Entonces la mujer empezó a bailar cantando a gritos: ¡Huaihuai Kharisa!
¡Tomai Kharisaaaaaá, Tomai Kharisa! Huaihuai Kharisaaaaaá!...

Los perros al escuchar la voz de su ama acudieron velozmente, y viendo al


extraño se lanzaron sobre él, quien a duras penas logró huir del lugar
aprovechando la oscuridad. Huaihuai Kharisa y Tomai Kharisa
emprendieron la persecución hasta acabar con el kharisiri.

Cuentan que el kharisiri no murió del feroz ataque de los dos perros, para
salvarse se habría convertido en piedra o icho, por eso los perros olfatean
las piedras y los ichos marcándolos con su orina.
El mito de los manantiales
Los hombres y las mujeres
de Jacantaya vivían en los
cerros de Queñalati y
Paruparu, por temor a que el
dios Viracocha se los lleve al
fondo del lago Titicaca o los
toros del lago se los coman
vivos. Al transcurrir el
tiempo se olvidaron de sus
temores y bajaron poco a
poco hacia las pampas, se
volvieron pescadores, labradores y pastores.

A inicios del siglo XX la tierra empieza a secarse por falta de lluvias, el


nivel de agua del lago Titicaca baja rápidamente y en las pampas de
Umuche se producen pequeños remolinos como si el agua se perdiera
hacia el fondo del lago, se producen derrumbes en las orillas, escasean los
alimentos, y los seres vivos estaban condenados a morir de sed y hambre.

En esta época, Valentina Mamani era una niña creyente en el Dios de los
cielos, acostumbraba pastar sus ovejas en las alturas de Tampuchaca,
juntaba raíces y huevecillos de las hormigas para alimentarse, cuidaba y
recogía los sancayos para alimentar a sus hermanos. Cierto día, casi en la
sima de Tampuchaca se recostó sobre una piedra plana y de pronto
escuchó el correr de las aguas de un rio debajo de la piedra, levantó a
duras penas la piedra y con sorpresa vio un canal de agua con paredes
construidas de pura piedra, por donde corría agua cristalina en medio de
los llachus y plantas acuáticas, sintió alegría por el magnífico hallazgo
tomó un poco de agua, lo volvió a tapar con la misma piedra y encima lo
cubrió con los ichus. Al día siguiente los habitantes de Jacantaya se
dirigieron desde muy temprano hacia las alturas de tampuchaca, buscaron
el lugar y no encontraron nada. Desde entonces, se habla del canal de
agua perdido en las montañas que pasa por Viracochani, y que fue
construida por el dios Viracocha para preservar la vida de los habitantes
en Jacantaya que significa vivirás. El agua que fluye por este canal es del
lago Titicaca, viene desde las pampas de Umuchi hasta las pampas de
Tintilisa en Jipata, pasando por los cerros de Jisca Jaa, alturas de
Tacasani, Tampuchaca, Viracochani, Sayhua Cunka, Queñalati, Pojena y
Tintilisa. Este canal es la fuente de agua que sale por los manantiales de
Tacasani, Canta Canta, Vilacacani, Pata Pata, Huancarani, Jaquepujo,
Quiñaputo, Jalsu Cuyo, Llucho Uyo, Ollaraya, Millisani, Pojena y otros ojos
de agua que rodean al valle de Jacantaya.

A mediados del siglo XX en la década de los cincuenta este canal de agua


vuelve a reaparecer, cuando el niño Orlando Suca acompaña a su abuela a
labrar la tierra en Tacasani, y al levantar una piedra plana ve el canal de
agua limpia que corre hacia las alturas de Tanpuchaca. De esta hecho, se
sabe muy poco por la prohibición de su abuela en no tocar ni hablar por
temor al castigo de los viracochas y los espíritus de los incas, quienes
hacen desaparecer y los llevan al otro mundo a los que intentan
destaparlo o encontrar el canal de agua que corre por los cerros de
Jacantaya. La existencia de este canal de agua es un misterio, es la fuente
de vida para los habitantes del lugar.

Los abuelos y los yatiris


(sabios) aconsejan no buscar
ni desenterrar el canal de
agua por temor a que los
espíritus de los Viracochas se
los lleven a un lugar sin
retorno. Lo cierto es que los
manantiales son fuente de
vida, y en la actualidad son
fuentes de agua potable para
el centro poblado y los sectores habitables de Jacantaya.
Leyenda del Viracochani
Se dice que Viracocha vivía en
Jacantaya cerca del cerro
Tampuchaca en una hermosa
mansión con vistosos torreones
llamado Viracochani, estaba
ubicada sobre el barranco del
Vilacacani, desde allí vigilaba las
principales islas del lago Titicaca,
se subía a lo alto de la montaña,
se sentaba en su balsa de piedra,
para observar a los hombrecitos que habitaban en pequeñas cuevas en la cima del
Queñalati y a las hermosas mujeres que vivían en la cima del Paruparu. Los hombres
y las mujeres vivían en paz bajo el precepto del respeto y sin peleas, sufriendo
consecuencias de muerte si no lo hacían.

Al transcurrir el tiempo los preceptos fueron quebrantados, surgieron los vicios, el


orgullo, y la codicia. Viracocha al ver la maldad de los hombres se indignó y los
maldijo transformándolos en piedras y otras cosas, algunos fueron tragados por la
tierra y otros por el agua. Viracocha se encerró en su mansión debajo de un
camuflaje de tierra rojiza, quedando oculta dentro del mismo barranco.

Desde entonces, al barranco del


Vilacacani se le conoce con el
nombre de Viracochani o lugar
donde vive el Viracocha o
caballero. Cerca de este paraje
pasa un camino inca de noroeste a
sureste, las personas que por
extrañas circunstancias y
momentos del tiempo han pasado
por el lugar, narran haber visto a
un hombre alto y blanco, con su chicote y un libro en la mano, en las horas de salida
o puesta del sol.
El gallo de fuego y las gallinas negras
En Jacantaya, hay un lugar
misterioso en el cruce del río
huancarani con el camino en
herradura de Patapata a
Carcatimuta, en este lugar
hay dos bloques de piedra
separados a unos veinte
metros una del otro, a la
roca que está entre el
camino y el rio los antiguos
pobladores de Jacantaya lo
llamaban “Roca con gallo de fuego” y unos metros más abajo al otro lado del mismo
río está la roca con gallina negra.

Cuentan los viajeros que en este lugar, especialmente en luna llena y en las horas de
encanto sale el gallo de fuego y las gallinas negras para corretear y revolotear en
círculos extendiendo sus alas, el espectáculo sobrenatural dura unos diez minutos y
luego desaparecen debajo de las rocas.

El secreto es no molestarlos,
de lo contrario el gallo de
fuego y sus gallinas castigan
a los incautos viajeros con
sus alas y picotazos hasta
dejarlos inconscientes.

Las heridas ocasionadas por


los picotazos del gallo de
fuego no tienen cura, solo
pueden ser sanados por los
curanderos más experimentados.
Valentina y sus hermanos
En los primeros años del siglo
XX, en la bahía de Jacantaya a
orillas del lago sagrado de los
Incas, Valentina y sus hermanos
vivían en una choza cerca de un
manantial llamado Jalso Cuyo,
todos los días antes del alba
salían a recoger leña hacia las
montañas más altas. Cierto día
se le ocurrió ir a un lugar con
deformaciones misteriosas en
forma de torreones cerca del cerro Tampuchaca, recogieron bastante leña y a la
salida del sol ya estaban de regreso, descansaron un momento cerca de un barranco
llamado Viracochani (lugar donde vive el caballero o Viracocha).

Antonio, el mayor de los


hermanos, sabiendo que existe
la leyenda del misterioso lugar,
y viendo una piedra plana
incrustada a unos metros de
altura al pie del barranco, tocó
suavemente como si fuera una
puerta, pronunciando las
palabras: ¡Caballerooo!
¡Levántate! ¡Abre tu puerta! ¡Ya
es hora! Antonio solo quería
burlarse y asustar a sus dos hermanos, pero de pronto se escuchó una voz poderosa
que decía, ¡Quién me molesta a estas horas! ¡Quién! La piedra como por arte de
magia empezó a moverse, en el barranco se abrió una biblioteca de oro, con una
puerta de entrada a una ciudad muy hermosa; sintieron unos pasos que hacía
temblar el lugar, parecía que arrastraba cadenas de plata haciendo sonar chirridos
horripilantes. Valentina tenía erizados sus cabellos, parecían electrizados, les salían
rayitos de luz por toda la cabeza como el reventar de los cohetillos, sus hermanos se
quedaron mudos y paralizados por la misteriosa aparición, no podían hablar ni gritar,
el ambiente olía a dinamita y azufre, estaban muy aterrorizados.

¡Estamos encantados! gritó desesperadamente la hermana menor de Antonio y Luis,


reaccionaron de milagro y a duras penas lograron salir del lugar, corrieron cuesta
abajo sin mirar hacia atrás, corrían de andén en andén, sobre piedras, espinas y los
ichos, parecían enloquecidos por el miedo, sentían que los demonios les perseguían y
se los querían llevar. Valentina en su desesperación oraba y oraba a Dios mientras
corría detrás de sus hermanos. No saben por donde ni como llegaron hasta su casa,
cerraron con aldabas las puertas y se escondieron temblorosos debajo de sus camas;
sintieron mas miedo cuando alguien empujó la puerta, pero se tranquilizaron al oír la
voz de su padre que los llamaba.

Lo que les había sucedido nunca fue contado, por temor a ser castigados
públicamente, porque los antiguos pobladores de Jacantaya respetaban a ciertas
lugares y horas de encanto.

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