Hit Man, la más reciente película de Richard Linklater
Desarmar al asesino
Carlos Rehermann
El Viejo de la Montaña, devoto musulmán ismailita, fue mentado por primera vez entre
los europeos por Marco Polo, atribuyendo a sus seguidores, los nizaríes, la creación de
un grupo de comandos cuya misión era llevar a cabo homicidios selectivos. El cuento
habitual menciona que el Viejo de la Montaña drogaba a sus seguidores con hachís, y
organizaba grandes orgías haciéndoles creer que los había llevado de visita al Paraíso.
Ansiosos por pasar más tiempo (una eternidad, vamos) con las bellas huríes, los
nizaríes emprendían sin vacilaciones misión es suicidas. Sus enemigos llamaban
despectivamente hashshashin a estos comandos de élite, ya que el consumo de drogas
era considerado un rasgo de marginalidad. Y de esa historia que mezcla el uso del
hachís con la firmeza implacable del fanático nace el término “asesino”: un individuo
que mata por encargo.
Por razones que la gente que sabe podrá explicar, el siglo XX cultivó la idea de que de
esa estirpe nació un oficio: el de asesino a sueldo. La idea de que si una persona decide
matar a otra puede solicitar los servicios de un profesional es delirante, no tanto por la
ausencia de clientes sino porque los profesionales encontrarían dificultades para
promocionar sus servicios, ya que la policía los encontraría tan fácilmente como su
clientela. Aunque la literatura policial de la primera mitad del Siglo XX convirtió en
protagonistas a delincuentes en ocasiones violentos, el asesino a sueldo es un
producto del cine, que se ha ocupado con bastante frecuencia de ese tópico, a partir
de dos notables películas. La primera es El samurai (Le samouraï, 1967) de Jean-Pierre
Melville, que retrata al más frío e impasible de los sicarios, encarnado por Alain Delon.
La otra es Asesino a precio fijo (The Mechanic, 1972), de Michael Winner con un
Charles Bronson que deja entrever sufrimientos íntimos detrás de su rostro rocoso.
Aunque en ambas historias los asesinos trabajan para una especie de contratista
vinculado con el crimen organizado, se deja entrever que está disponible para
cualquiera, aunque no se explica cómo es que los clientes podrían acceder a
contactarlo.
La cultura pop adora la figura del asesino por contrato, y Francia cultivó con éxito el
personaje, desde el lanzamiento de Nikita de Luc Besson, que impulsó su carrera en
Hollywood.
Este año se estrenó la producción de Netflix Hit Man, la más reciente película de
Richard Linklater, que se basa en un artículo de Skip Hollandsworth, aparecido en el
número de octubre de 2001 de Texas Monthly.
Linklater vivió casi toda su vida en Texas, fundó allí su compañía productora y ha
promovido el surgimiento de una fuerte corriente de cine relativamente
independiente en Austin, la capital del estado. El director había conocido a
Hollandsworth cuando le propuso hacer una película a partir de uno de sus artículos,
que dio origen a Bernie, con Jack Black y Shirley MacLaine, y desde que leyó Hit Man,
un artículo sobre un falso asesino por contrato, quiso convertirlo en película. Pero tuvo
que esperar: Brad Pitt había comprado una opción para producir una película, que no
se hizo cuando venció el plazo de compra de la opción, de manera que Hollandsworth
y Linklater se pusieron a trabajar en el proyecto que terminó con el estreno de Hit Man
en 2024.
Una película realizada a partir de una narración, sea de ficción o no, suele tener la
ventaja de que el cuento está, de alguna manera, testeado, aunque el cine y la
literatura narran de manera un poco distinta. Por un lado, el cine es más cerrado que
la narrativa, porque los personajes y los ambientes se imponen sobre la imaginación
del espectador con una presencia visual concreta; también el ritmo está fijado por los
realizadores: los actores se mueven con determinada velocidad y gestualidad, y el
tiempo del relato no puede ser regulado por el espectador. Como contracara de esa
relativa superficialidad, el cine permite, gracias al montaje y al encuadre, la irrupción
de presencias visuales y sonoras inesperadas, efectos espectaculares, y muy
especialmente la sugestión que la música y los efectos de sonido ejercen sobre el
ánimo del espectador, una habilidad que el cine heredó de la ópera.
Un artículo de prensa, aunque esté escrito, como el de Hollandsworth, en forma de
narración, no suele tener una construcción dramática con crisis y resolución. Su
función suele ser predominantemente informativa, y en particular el artículo que sirve
de base a la película es una colección de anécdotas que reflejan la vida y la
personalidad de un protagonista, sin una línea de acción que evoluciones hasta una
resolución. Convertir ese artículo en un cuento (o en un guion de película) impuso a
Linklater la necesidad de alejarse de la realidad.
De manera ejemplar, Linklater resolvió el problema de la traslación del artículo del
Texas Monthly a través de tres recursos.
En primer lugar, convirtió al asunto en una comedia. El artículo, que es un muy buen
texto periodístico, expone el asunto de manera clara y exhaustiva. Cuenta las
actividades de un empleado de la fiscalía de Houston que tiene entrevistas con
personas que quieren contratar a un asesino; este hombre, Gary Johnson, asume una
personalidad que diseña para satisfacer el horizonte de expectativa del cliente, se
reúne con él, provisto de un sistema de grabación de la conversación, y logra que el
cliente le pida que mate a una persona y le pague. En ese momento, la policía irrumpe
y detiene al cliente. El artículo cuenta someramente varios casos, dice que el trabajo
de Johnson llevó a más de sesenta condenas, y deja muy claro que no existen asesinos
por contrato que uno puede encontrar en las páginas amarillas. (Ahora, dos décadas
después de la publicación del artículo, si uno usa el navegador Tor puede encontrar
ofertas de asesinos por un costo de medio bitcoin. Pero se trata, al parecer, de
estafadores, una versión del cuento del tío, puesto que el estafado no puede
denunciar al que le robó el dinero que el denunciante pagó para matar a alguien).
El tono de comedia que sabe manejar Linklater es perfecto para contar una serie de
situaciones que resultan estructuralmente ridículas.
Laa caricatura que compone el protagonista Glen Powell de la infinidad de personajes
que crea su Johnson para entrevistar a los clientes cumple con un segundo objetivo
esencial de una película basada en hechos reales. Si uno coloca el manido cartelito
antes del comienzo de la película (“basada en hechos reales”), tiene permitida la
inverosimilitud. Una película como La sociedad de la nieve sería inaceptable si los
espectadores no supieran que todos esos acontecimientos extraordinarios realmente
sucedieron. Hit Man se lanza decididamente a la comedia porque la verosimilitud es
mucho más laxa en ese género, y los clientes son tan delirantes en la vida real que no
sólo no hay problema en extremarlos un poco, sino que cualquiera se siente tentado a
tomarles un poco el pelo, y sin sentir culpa, porque después de todo, además de ser
idiotas, están contratando a alguien para que mate a una persona, es decir, son
malvados. La película, así, no necesitaría el cartelito del comienzo.
Finalmente, Linklater tenía un problema que tiene que ver con el carácter de nota
informativa del texto de partida: el personaje se construye a partir de una suma de
casos ejemplares. No hay una historia que vaya desde el principio hasta el final; en
palabras del director “la historia nunca levantaría vuelo” si no se interviniera con una
dosis de ficción; pero al mismo tiempo, esa ficción no puede violentar el espíritu
general de la situación que se relata. Dentro de la inverosimilitud esencial del delirio
de gente que contrata asesinos, hay algunas cosas que se pueden aceptar y otras que
harían fracasar el cuento.
Linklater trabajó con sus actores (uno de los cuales, el protagonista, figura en los
créditos como co-guionista), en la resolución de situaciones y secuencias. Linklater
siempre ensaya mucho con sus actores. Lo que a veces parece una improvisación
(particularmente en sus tres películas “Before” (Antes del amanecer, Antes del
atardecer, Antes del anochecer, protagonizadas por Ethan Hawke y Julie Delpy), en
realidad es algo que está firmemente escrito y rigurosamente realizado según un plan,
un plan surge de improvisaciones y ensayos, pero una vez resueltas las situaciones y
las escenas, esto produce una guion de rodaje que se cumple estrictamente.
El trabajo de dramaturgia, entonces, para la conversión del conjunto de anécdotas en
un cuento filmable, toma uno de los casos que cuenta Hollandsworth en su nota y lo
expande parea darle espinazo dramático a la película. El personaje de Gary se vincula
afectivamente con una clienta, pero demora el momento de decirle que él no es un
asesino por contrato, que no se llama como se ha presentado, y que su personalidad
no es la que ella conoce y de la que se ha enamorado. Aquí se densifica el sentido de la
impostura, que deja de ser un mero método policial para permitir una reflexión sobre
la identidad y la máscara con la que nos presentamos ante el mundo.
Linklater tiene cierto gusto adolescente por inyectar algunos caprichos en sus historias.
“La mayor parte de la gente no haría un final así” dice, y efectivamente, se trata de un
final que perturba la idea que construye la película acerca del protagonista; pero se
podrá decir que justamente, juega dentro de las ideas de identidad construida que se
desarrolla a lo largo de la historia. El tono da un giro momentáneo que la aleja de la
comedia, aunque se recupera con una segunda voltereta al final (según la
recomendación de Mamet de hacer dos inversiones de la trama en el último minuto).
Una contribución no menor de Hit Man, además de ser entretenida, es lo que hace con
el género de asesinos a sueldo: “la película, dice Linklater, deconstruye la noción de
que uno puede simplemente contratar a alguien para matar a otro”.