El Psicoanálisis ¡Vaya Timo!
El Psicoanálisis ¡Vaya Timo!
El psicoanálisis
¡Vaya timo!
Colección dirigida por Javier Armentia y editada en colaboración con la Sociedad para
el Avance del Pensamiento Crítico
LAETOLI
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INTRODUCCIÓN
En este libro trataremos de transmitirle algo de tranquilidad, pues tanto fundamento
científico tienen las afirmaciones psicoanalíticas como las de los astrólogos y videntes.
Por tanto, puestos a elegir, si está buscando que le engañen, es preferible acudir a quien
le diga que usted es una buena persona.
En el siguiente capítulo aportaremos argumentos contrarios a que las teorías del
psicoanálisis sean dignas de crédito. En concreto, intentaremos demostrar que el
psicoanálisis no es una disciplina científica, aunque se haga pasar por tal, y que sus
principales elementos de doctrina son arbitrarios, cuando no directamente falsos.
Veremos que esto no es así: el psicoanálisis, además de erróneo, es ineficaz.
Con ello intentaremos demostrar que, además de no haber razones científicas o
utilitarias para creer en los presupuestos del psicoanálisis, su uso puede ser perjudicial.
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¿Qué dice el psicoanálisis?
Esta historia, la historia del psicoanálisis, empezó una tarde del siglo XIX en la consulta
del doctor Joseph Breuer en Viena. El doctor Breuer tenía como paciente a una mujer
joven e inteligente con persistentes síntomas de una enfermedad mental entonces
conocida como histeria. Por aquellos años la histeria se consideraba todavía como una
afección exclusivamente femenina derivada de ciertos desarreglos relacionados con el
sistema reproductor de la mujer. El tratamiento, en consecuencia, se hallaba relacionado
con dicha concepción de la enfermedad y las histéricas recibían baños calientes o fríos,
descargas eléctricas de diversa intensidad, e incluso en ocasiones sus órganos genitales
eran manipulados de forma prolongada por parte de un médico o una comadrona. Dicha
manipulación las llevaba en algunos casos a lo que los doctores de la época llamaban
paroxismo histérico, lo cual, probablemente, no era otra cosa que lo que hoy en día
llamaríamos orgasmo. No tenemos razón alguna para dudar de la palabra de aquellos
médicos que informaron de que las pacientes se mostraban notablemente relajadas tras
dicha manipulación.
Anna O., como se conoce a la paciente de Breuer, había pasado por tratamientos muy
variados pero sus síntomas histéricos no remitían. Con Breuer comenzó una terapia
basada en las últimas investigaciones que llegaban de Francia: la hipnosis. Pero
tampoco parecía que la hipnosis fuera muy útil en el caso de Anna O. Aquella tarde,
durante una sesión de hipnosis, Anna se dirigió al doctor Breuer y le dijo algo así como:
"Doctor Breuer, si usted me dejara contarle el origen de las cosas que me preocupan,
tal vez recordarlo podría ayudarme". En cierto modo, había nacido el psicoanálisis.
Pronto se unió a Breuer, en sus investigaciones y en el tratamiento de Anna O., un
joven y ambicioso médico vienes que llegaría a convertirse en uno de los más famosos
del mundo y de todos los tiempos: Sigmund Freud. Juntos, Breuer y Freud desarrollaron
una teoría sobre la histeria y un método para su tratamiento: el método catártico. La idea
principal y bastante novedosa en su momento era la siguiente: las histéricas sufren a
cuenta de su pasado y no por algún desarreglo fisiológico. Es importante tener presente
que el psicoanálisis surgió a partir de una teoría de la histeria, es decir, a partir de una
explicación sobre una enfermedad mental, y además, sobre una enfermedad mental
ligada al sexo.
Posteriormente, Freud cambio su método y su objeto de estudio. Sus intereses
empezaron a apuntar mucho más alto que en el pasado, ya no quería desarrollar una
teoría de la histeria sino todo un sistema explicativo de la personalidad humana. En
cuanto al método, abandonó definitivamente la hipnosis y tomó como vía fundamental
para acceder a la información que le interesaba la asociación libre: escuchaba al
paciente mientras éste hilaba unas ideas con otras sin restricciones. Tal información era
de una naturaleza muy especial y, al parecer, el sujeto no tenía acceso a ella de manera
directa y consciente. Precisamente por eso, este conjunto de información recibió el
nombre de inconsciente.
Freud no fue el descubridor del inconsciente ni la primera persona interesada en
investigarlo, pero fue sin duda el mayor impulsor que haya tenido el estudio de dicho
concepto. El inconsciente, según Freud, está compuesto por todo aquello a lo que la
persona no tiene acceso: fundamentalmente se trata de material reprimido, es decir, el
conjunto de experiencias que, por su carácter doloroso o indeseable, han sido
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expulsadas fuera de la conciencia, a menudo desde los primeros momentos de la
infancia. El inconsciente representa el conjunto de impulsos primitivos (hasta cierto
punto, los instintos del animal que todos llevamos dentro) que han sido inhibidos
durante nuestro desarrollo hacia la edad adulta.
No es fácil, desde luego, pensar en un método para investigar precisamente aquello a
lo que no tenemos acceso. Freud propuso, por tanto, la utilización de una metodología
totalmente indirecta. En primer lugar, como hemos dicho, empezó a usar la asociación
libre. La idea le vino también de sus observaciones de una sesión de hipnosis, pues
después del trance hipnótico parecía producirse una amnesia de todo aquello que
hubiese sucedido durante la sesión (al menos, eso era lo que sostenían algunos
investigadores de la época). Sin embargo, se había descubierto que, si se pedía al
paciente que dijese lo primero que le viniera a la mente, diría alguna palabra relacionada
con lo que le había sucedido durante el trance. Es decir, las personas no tenían
conciencia de ello pero existía un trazo de memoria. Freud pensó inmediatamente que
esta misma técnica podría utilizarse con personas no hipnotizadas: si pregunta
directamente al paciente por el motivo de su preocupación, el analista
chocará con su resistencia a manifestar la verdadera causa del problema; sin embargo, si
le deja que hable en libertad, esta persona, sin darse cuenta, dará las claves para acceder
a su inconsciente.
Su idea era la siguiente: nuestra conciencia trata continuamente de ocultar aquello
que nos resulta doloroso o inaceptable; si pedimos simplemente a un paciente que nos
diga lo que le preocupa, hará referencia solamente a sus síntomas y jamás llegará al
fondo del problema. Sin embargo, los actos fallidos Y los lapsus lingüísticos nos podrán
dar idea de qué es lo que afecta realmente al paciente.
El método propuesto por Freud consistía, por tanto, en analizar los contenidos del
inconsciente en cada persona. Junto con la asociación libre y la observación de los
lapsus y actos fallidos, otra vía de acceso al inconsciente es la interpretación de los
sueños. Durante el sueño, el inconsciente se expresa sin las restricciones impuestas por
la voluntad durante la vigilia. Por tanto, en los sueños cumplimos simbólicamente los
deseos que no podemos satisfacer cuando estamos despiertos. Todos los sueños serían,
según Freud, realizaciones de deseos.
Freud planteaba que no sólo este tipo de sueños consisten en la satisfacción de
nuestros deseos, sino que todos los sueños tendrían esa finalidad. La clave es que los
deseos que se satisfacen no son habitualmente conscientes sino inconscientes.
En un principio Freud propuso que la mente se compone de tres niveles: consciente,
preconsciente e inconsciente. La conciencia está relacionada con la percepción del
mundo exterior. Si alguien nos pregunta en qué estamos pensando podemos informarle
de ello sin dificultad. El preconsciente es aquello que no se encuentra directamente en la
conciencia pero que puede llegar a ella en cualquier momento por mediación de la
voluntad de la persona. La información inconsciente, por el contrario, tiene vedado el
acceso a la conciencia porque ha sido relegada por efecto de la represión.
El Ello es el componente original de nuestra mente, lo único que se encuentra ya allí
cuando nacemos. Está orientado a satisfacer las necesidades propias y se rige por el
principio del placer. El Yo se conforma en los tres primeros años de edad. En ese
momento el niño empieza a establecer un compromiso con la realidad: una especie de
pugna con el exterior. Se da cuenta de que no siempre puede satisfacer sus necesidades y
deseos, y de que otros también pueden tener deseos e necesidades.
La más tardía de las instancias psíquicas, según Freud, es el Superyó, que empieza a
desarrollarse a partir de los cinco años. El Superyó es la interiorización de las normas de
nuestra sociedad tal como nos las transmiten nuestros padres o cuidadores. En cierta
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forma, el Superyó sustituye el papel de estas personas dentro de nuestra mente y es lo que
hace que podamos sentir que está mal hacer ciertas cosas aunque nadie nos observe. Si
los niños empiezan a cumplir las normas cuando nadie los mira, es por la presencia del
Superyó dentro de ellos.
La labor del Yo es bastante complicada: tiene que satisfacer, en la medida de lo
posible, los impulsos y deseos del Ello sin caer en la reprobación del Superyó.
Desde luego, el Yo pasará por muchas dificultades en esta tarea. Para resolverla,
desarrollará una serie de mecanismos de defensa que le permitan enfrentarse a los
conflictos más comunes de la vida. Supongamos, por ejemplo, que una persona tiene
problemas con su jefe. Evidentemente, no buscará soluciones que tal vez le lleven a
perder el trabajo y tratará de salir de la situación de la forma menos dolorosa recurriendo
a diversos mecanismos de defensa. Por ejemplo, negar que exista algún problema con su
jefe o desplazar la ira que le produce la situación y pegarle a su perro cuando llegue a
casa. También podrá intelectualizarla. situación hablando continuamente de la
complejidad de las relaciones laborales, como si fuese algo abstracto que a él no le afecta.
También podrá proyectar sus propios impulsos en otra persona, explicando lo mal que se
llevan algunos compañeros de trabajo con su jefe, o racionalizar el conflicto buscando
una causa lógica de su disconformidad en el trabajo que sustituya a la real (por ejemplo,
que es una persona que merece un trabajo mejor y que por esta razón no está satisfecha en
el suyo). Utilizará la formación reactiva si, por ejemplo, llega un día diciendo que su jefe
es una persona magnífica y un verdadero amigo, es decir, adoptando la creencia contraria
a la que le produce ansiedad. Tal vez vuelva a estadios más elementales de su desarrollo
vital y se comporte en la oficina como un niño de parvulario (lanzando papeles, etc.); en
este caso se dirá que ha utilizado el mecanismo de regresión. También puede reprimir
algunos de sus recuerdos trasladándolos así al inconsciente (si esto se hiciera de forma
voluntaria, se habla de supresión), o sublimar esos recuerdos apuntándose a un gimnasio
para sudar su agresividad al salir del trabajo.
Una de las ideas más famosas de Freud es que el desarrollo de
la personalidad humana pasa por distintos estadios. El primero de ellos es la etapa oral,
que cubre aproximadamente el primer año y medio de vida del niño.
Durante el siguiente año y medio, es decir, hasta los tres años de edad, el niño
focaliza su búsqueda del placer en la retención y expulsión de sus heces: es la etapa
anal.
La etapa más importante es, quizá, la que transcurre aproximadamente entre los tres
y seis años: la etapa fálica. En esta etapa, la zona erógena (principal fuente del
placer sexual) se traslada a los genitales. Como es sabido, Freud defendió que durante
esa etapa los niños desarrollan un importante impulso sexual hacia sus madres conocido
como complejo de Edipo. La resolución de este complejo es, según Freud, un momento
crucial en el desarrollo infantil. La resolución inadecuada del conflicto puede llevar a
todo tipo de perversiones sexuales, desde la erotomanía (u obsesión por el sexo) a la
inapetencia y la homosexualidad. Algunos psicoanalistas consideraron que un proceso
semejante podría producirse en las niñas hacia sus padres y llamaron a este proceso
complementario complejo de Electra. Sin embargo, Freud rechazó siempre esta idea.
Según él, las niñas también se sienten inicialmente atraídas por sus madres y sólo
posteriormente por sus padres; y aun entonces, de una forma mucho más recatada que
los varones.
Después de esta etapa tan agitada aparece lo que se conoce
como período de latencia, en que el deseo sexual está claramente reprimido. Es esa
época, justo hasta la pubertad, en que los niños y niñas prefieren pasar la mayor parte
del tiempo con miembros de su propio sexo.
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La última etapa, a partir de la pubertad, es la que se conoce como etapa genital. En
ella, el adolescente dirige su deseo generalmente hacia miembros del sexo opuesto y
elige los genitales como zona erógena principal.
Tanto la práctica como la investigación psicoanalítica surgen de la situación clínica,
es decir, del encuentro entre el paciente y el analista, relación que es uno de los
fenómenos más estudiados dentro del psicoanálisis. Se supone que durante el análisis el
paciente proyecta inconscientemente sobre su analista gran cantidad de sentimientos,
deseos y pensamientos, que en ocasiones pueden haber permanecido ocultos desde la
infancia: se trata del fenómeno de la transferencia. En el mejor de los casos, el paciente
transfiere al analista el papel de la figura paterna, es decir, aquello que posteriormente
se integrará en su Superyó. A través del análisis, el terapeuta puede utilizar esta posición
para reconducir adecuadamente el Superyó del paciente y tratar de librarlo de las
neurosis producidas por la inadecuada resolución previa de sus conflictos. En otros
casos se producirá un fenómeno de contratransferencia, donde es el terapeuta quien
transfiere sus sentimientos hacia el paciente. La obligación de que el propio analista se
haya sometido previamente a un riguroso psicoanálisis tiene como objeto controlar este
tipo de fenómenos.
Freud no admitió nunca las críticas que algunos de sus seguidores vertieron sobre su
teoría. Así surgieron las principales escuelas psicoanalíticas de la primera época. Más
que un proceso de evolución científica fue una especie de cisma entre distintas sectas.
Adler siguió a Freud en la idea de que las experiencias de la primera infancia
marcan el desarrollo de la personalidad. Al igual que Freud, Adler concedía gran
importancia a las motivaciones inconscientes y se valía de la interpretación de los
sueños. Sin embargo, quitó importancia a la sexualidad, y la libido dejó de ser la
principal fuente de energía del cambio evolutivo. De este modo, rechazó las etapas del
desarrollo psicosexual propuestas por Freud y negó la universalidad del complejo de
Edipo. A cambio, el principal motor del desarrollo humano pasó a ser social más que
biológico. Desde la infancia, según Adler, todos estamos dominados por sentimientos de
inferioridad que tratamos de compensar a veces con demostraciones de superioridad.
Jung restaba importancia a la libido como energía sexual. Por el contrario, abogaba
por la existencia de una "energía de los procesos de la vida" que podía manifestarse
tanto sexualmente, como planteaba Freud, como a través del complejo de inferioridad,
como proponía Adler, o de otras formas. Curiosamente, una de las principales críticas
de Jung hacia Freud es que éste daba escasa importancia al inconsciente. Para Jung, el
inconsciente es el verdadero objeto de estudio de la psicología, y en su análisis debe
evitarse en la medida de lo posible la participación de la conciencia. Toda la cultura y
hasta la historia de la humanidad penetra en nosotros a través del inconsciente, un
inconsciente colectivo donde residen los arquetipos. Por una parte, Jung es, quizá, entre
los psicoanalistas de los primeros tiempos, el más cercano a la psicología científica de la
personalidad, para la cual acuñó conceptos como introversión y extraversión. Por otra,
fue un claro defensor de las interpretaciones místicas obtenidas de fuentes tan diversas
como las filosofías orientales o la alquimia.
Otros de los primeros discípulos de Freud también se le enfrentaron por asuntos
diversos. Por ejemplo, Melanie Klein, quien había empezado a realizar investigaciones
con niños, planteó algunos cambios en el desarrollo psicosexual infantil. Afirmaba
principalmente que el Superyó no es una consecuencia de la resolución del complejo de
Edipo, sino que está presente en los niños con anterioridad a esa etapa. Sus ideas
recibieron una clara reprobación por parte de Freud y originaron una larga polémica con
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la hija de éste, la también psicoanalista infantil Anna Freud.
Para Otto Rank, el complejo de Edipo fue también motivo de polémica. Según este
peculiar autor, el momento más relevante de la formación de la personalidad no es dicho
complejo sino el trauma del nacimiento. Por su parte, Karen Horney rechazó la idea
freudiana de que la envidia del pene constituía el principal motor de la personalidad
femenina. Por el contrario, lo que las mujeres envidian es, según ella, el poder que
nuestra sociedad otorga al varón.
Entre los psicoanalistas posteriores, el más influyente ha sido, sin duda, Jacques
Lacan, quien, a diferencia de discípulos directos de Freud, reivindica la figura de éste.
Lacan consideraba que los psicoanalistas debían volver a la lectura de la obra de Freud,
a la que él hace simplemente algunos añadidos. Lacan se vale de la lingüística
estructural de Saussure para analizar el inconsciente. En este sentido, el psicoanálisis
debía entregarse a la prospección de los significados ocultos en los significantes que
pueblan los sueños y el mundo. Durante el análisis, el paciente utiliza cadenas de
sonidos (las palabras tal como las oímos) y les atribuye un cierto significado, pero el
analista deberá revelar los significados desconocidos para el paciente. Lacan añade
también a la explicación psicoanalítica conceptos de la topología y otras áreas de la
ciencia. El principal añadido de Lacan a la teoría de Freud es la inclusión del estadio del
espejo, durante el cual (entre los seis y los dieciocho meses de edad) el niño reconoce su
propia imagen en el espejo, por lo que empieza a identificarse a sí mismo (su Yo). La
experiencia del Yo nos vendría, por tanto, del exterior; por esto dice Lacan que todo Yo
es un "Otro".
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El psicoanálisis no es
una teoría científica de la mente
Muchas personas creen que las afirmaciones del psicoanálisis pertenecen al campo de
la ciencia y que debemos creerlas, por extraordinarias que nos resulten, porque han sido
científicamente demostradas. Sin embargo, ni Freud ni sus seguidores demostraron
jamás ese tipo de afirmaciones, ni con pruebas extraordinarias ni con indicios
relativamente razonables. El psicoanálisis ha lanzado al mundo las ideas tal vez más
sorprendentes sobre la psicología humana, pero no lo ha hecho tras considerarlas
probadas.
El psicoanálisis se escuda, por el contrario, en tal cantidad de principios que evita la
posibilidad de definir el conjunto de observaciones que demostraría su falsedad. Nos
hemos referido en el capítulo anterior a la presunta existencia de personalidades anales
retentivas. Según el psicoanálisis, hay personas que en cierto momento de su infancia
mantuvieron una curiosa relación con el cuarto de baño, el cual usaban para buscar el
placer mediante la retención y expulsión de las heces. Dicha práctica anómala era causa,
y tal vez consecuencia, de ciertos desarreglos psicológicos que han de pagar el resto de
su vida. Estos trastornos se advierten en el adulto por una excesiva propensión al orden,
la minuciosidad, la limpieza... Los anales retentivos son esas personas que alinean
cuidadosamente los bolígrafos en el escritorio, ordenan sus libros por colores y tamaños
y no soportan el más mínimo desorden en sus costumbres.
Freud jamás observó la retención anal o el complejo de Edipo: los infirió del análisis
de los pacientes que acudían ya crecidos a su consulta.
Hay varios problemas para considerar las observaciones clínicas realizadas por Freud
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como el fundamento de una teoría de la personalidad o de la mente. En primer lugar, es
evidente que los pacientes que acuden voluntariamente —y pagando— a la consulta de
un analista no son una muestra representativa de la población.
De entrada, con seguridad tendrán algún tipo de preocupación que les lleva a acudir a la
consulta. Una teoría aplicable a toda la población no puede surgir de observaciones
realizadas exclusivamente sobre estas personas. En segundo lugar, las observaciones
clínicas no son más que colecciones de anécdotas sobre casos particulares. En el mejor
de los casos, algún paciente en el que hayamos observado un comportamiento
excesivamente minucioso y ordenado nos informará sobre ciertos problemas tenidos en
su infancia en relación con sus propios excrementos. Aunque éste fuera el caso,
tendríamos que calcular cuántas personas exhiben ese comportamiento adulto sin tales
problemas infantiles o viceversa, y cuántas otras no presentan ninguna de las dos
características. Decimos que éste sería el mejor de los casos, pero ni siquiera la prueba
completa así hallada podría convencernos inequívocamente de la efectividad de la
teoría. Sencillamente, estaríamos pidiendo a un grupo de adultos que recuerde hechos
sucedidos en etapas muy tempranas de su infancia. Además, el psicoanálisis lo hace en
una situación calificable, cuando menos, de atípica para la investigación, pues una
figura con poder, como el analista, puede sugerir al paciente ciertas formas de
comportamiento y ciertos recuerdos (volveremos sobre este asunto en el capítulo 4).
Nada parecido a esto se da en el psicoanálisis. El psicoanalista carece de grupo de
control sin tratamiento y, por supuesto, conoce perfectamente las hipótesis que desea
comprobar antes de someterlas a prueba. Este conocimiento previo puede llevar con
frecuencia al analista a buscar pruebas que confirmen las propias hipótesis
Supongamos que un analista tiene la hipótesis de que un paciente suyo sufre
precisamente de un trastorno anal retentivo de la personalidad. Dada esta situación,
puede tratar de confirmar su diagnóstico preguntando al paciente, por ejemplo, si se
considera una persona extremadamente ordenada. Desde luego, si el paciente responde
afirmativamente, el analista dará por confirmado el diagnóstico pero, contra lo que
dictaría el sentido común a la mayor parte de las personas (al menos a las que no han
recibido instrucción psicoanalítica), si el paciente lo negase es posible que el analista
diese también por confirmado el diagnóstico. Esto se debe a que la negación del síntoma
puede haber sido motivada por la represión, uno de los mecanismos de defensa del Yo
—y del psicoanálisis—. Podría suceder también que el paciente dijese: "Yo no, pero mi
mujer sí es extremadamente ordenada", en cuyo caso el analista podría recurrir al
mecanismo de defensa de proyección para salvaguardar su diagnóstico, y así puede
actuar ante casi cualquier respuesta que reciba por parte del paciente. Si el método
científico ha surgido especialmente para evitar la propensión humana a dejarse llevar
por ciertos engaños e ideas previas, el método psicoanalítico parece haber surgido para
fomentar dicha tendencia.
Una consecuencia de esta manera de proceder es que las hipótesis psicoanalíticas
tienen un ámbito de comprobación muy amplio: no es infrecuente que una observación
y su contraria vengan a confirmar incluso la misma hipótesis. Además, el propio afán
confirmatorio que todos padecemos nos lleva a interpretar las afirmaciones amplias y
generales como si fuesen muy específicas. En psicología se conoce este fenómeno como
efecto Barnum y es el que explica, por ejemplo, que las descripciones vagas y ambiguas
que suele hacer la astrología nos parezcan, a veces, descripciones exactas de nuestra
personalidad.
Sin embargo, la respuesta del psicoanálisis ha sido generalmente recurrir a sus
propios mecanismos de defensa; respuestas del tipo: "Pero eso no es verdadero
psicoanálisis". Este tipo de respuestas recuerdan el "argumento del verdadero escocés"
que podemos ejemplificar en este diálogo:
— El whisky no se debe tomar con hielo porque los escoceses no lo toman con
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hielo.
— Pues yo tengo un amigo escocés que siempre bebe el whisky con hielo.
— Bueno, pero un "verdadero escocés" nunca tomaría el whisky con hielo.
El sueño de la interpretación
Una tarde, una chica adolescente le contó a un señor de edad avanzada varias historias.
La chica se había golpeado con la araña del techo de su casa haciéndose sangre.
Además, había tenido una conversación con su madre sobre cómo se le estaba cayendo
el pelo. Su madre decía que a ese paso la cabeza se le quedaría monda como un trasero.
También dijo haber observado, mientras paseaba por el campo, el hueco de un árbol
arrancado. Por último, la chica se había fijado en el cajón de su escritorio, tan familiar
para ella que hubiese advertido cualquier cambio en su contenido.
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Por su parte, el señor de edad avanzada dijo que la araña del techo era un inequívoco
símbolo del pene, que produce el sangrado de la menstruación precisamente en una
zona cercana al trasero mencionado por la madre. El árbol arrancado es una clara
representación de la nostalgia por la pérdida de los genitales masculinos, de los que la
chica podría haber gozado si fuese varón. El cajón, como cualquier recipiente, no es
sino la vagina de la propia chica, en la que alguien podría advertir de algún modo la
intervención ajena.
Freud no atribuyó a los sueños estas propiedades, pero no por ello los abordó de
manera menos mitológica. La razón para ello es que el inconsciente no se expresa en el
sueño de una manera directa y simple sino a través de un lenguaje metafórico. Estudios
recientes indican que menos del 10% de los sueños tiene contenido sexual; sin
embargo, el psicoanálisis interpreta la mayor parte de los sueños como relacionados
íntimamente con el deseo sexual. Esto no es una contradicción para el psicoanálisis,
precisamente porque los sueños no hablan claro. En ninguno de los sueños que aquella
adolescente contó a Freud hay referencia directa al sexo; sin embargo, todos ellos
fueron interpretados por él como expresiones de clara referencia sexual. El problema
con este tipo de interpretaciones es que cuesta establecer si la orientación hacia la
sexualidad está en la mente de la paciente o en la del analista.
La investigación de los sueños es compleja. Parece que durante el sueño existe cierta
desconexión entre distintas zonas del cerebro. En concreto, las que almacenan los
recuerdos de los hechos vividos durante el día, las imágenes observadas, etc., quedan
aisladas hasta cierto punto de las áreas de la corteza cerebral relacionadas con la
planificación y la interpretación. Una hipótesis sobre la experiencia onírica es que en
nuestro cerebro se activan imágenes y experiencias de una manera bastante
descontrolada y casi azarosa. Nuestra mente, privada en gran parte de la estimulación
sensorial externa y de los parámetros temporales y espaciales, recibe una serie de datos
inconexos a los que trata de dar sentido de alguna manera. Desde luego, esta visión del
mundo de los sueños es menos atractiva que la que proponía que durante ellos las
personas tratan de satisfacer sus más oscuros deseos.
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El psicoanálisis no es útil como
conocimiento psicológico
El siglo XVIII fue, tal vez, el más relevante en la historia de la electricidad. Franklin
comprobó que los relámpagos se debían a la actividad eléctrica; Galvani, que los
impulsos nerviosos eran de la misma naturaleza que los relámpagos; y Volta, que la
electricidad podía derivar de reacciones químicas. Algunos de los mayores
descubrimientos sobre la electricidad se llevaron a cabo, efectivamente, en ese siglo: lo
más curioso es que en esa época nadie sabía qué era la electricidad.
Hemos visto que el psicoanálisis resulta absolutamente insatisfactorio como teoría de
la mente. Sus presupuestos no han podido demostrar su exactitud, porque en la mayoría
de los casos no eran directamente comprobables y porque cuando lo eran la realidad se
ha empeñado en chocar contra ellos. Aunque el criterio utilizado quizá se considere
demasiado riguroso. Alguien podría decir que Freud no sabía lo que decía pero fundó
una disciplina que ha ayudado a muchas personas a librarse de sus problemas
neuróticos, ha dado una explicación completa del desarrollo humano y ha inaugurado un
fructífero movimiento cultural. Es decir, las propuestas del psicoanálisis pueden ser
erróneas, pero las consecuencias prácticas de su aplicación pueden fundamentar que se
mantenga como profesión. Benjamín Franklin no tenía claro en qué consistía la
electricidad, pero el pararrayos sirvió para salvar vidas. Tal vez Freud no acertó a
desarrollar una teoría científica sobre la mente humana, pero... ¿el psicoanálisis sirve
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para algo?
En este capítulo exploraremos la posibilidad de que el psicoanálisis resulte útil en
algún sentido. Por ejemplo, podría darse el caso de que las personas mejorasen de sus
problemas psicológicos al ser sometidos a la psicoterapia analítica. También pudiera
suceder que el psicoanálisis llegara a conformar una explicación completa del
desarrollo humano como fuente de los problemas psicológicos adultos y origen de la
personalidad. Incluso hay quienes consideran que el psicoanálisis puso sobre la mesa
algunos problemas que no se habían planteado previamente y diseñó ciertas estrategias
para su abordaje, es decir, que la psicología clínica actual es deudora del enfoque
psicoanalítico en diversos aspectos. Una respuesta afirmativa a cualquiera de estas
cuestiones nos llevaría a pensar que, si el psicoanálisis no se ha demostrado como teoría
psicológica razonable, al menos ha sido útil en algunos campos. En palabras del
psicoanalista Jacques Lacan, "un analista no sabe lo que dice pero sí debe saber lo que
hace".
¿Qué es la psicoterapia?
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Sobre el sexo de los ángeles
Erase una vez un niño que no quería ir al parque. Al parecer, tenía miedo de salir a la
calle porque había caballos. Tenía cinco años y temía que algún caballo pudiera
morderle. Sus padres eran amigos del prestigioso doctor Freud y le contaron la
situación. El caso ha pasado a la historia del psicoanálisis como el de "el pequeño
Hans". Para muchos psicoanalistas se trata del primer psicoanálisis infantil, aunque
Freud personalmente vio al niño una sola vez; sin embargo, se lo tomó bastante en serio.
Enseguida advirtió que el temor del niño era una consecuencia directa del complejo de
Edipo. El niño quería volver a casa para ser acariciado por su madre y temía
precisamente a los caballos por ser animales, según Freud, con grandes penes y, según
el propio Hans, por tener cosas negras alrededor de la boca y los ojos. Esta descripción
sirvió a Freud para pensar que el niño identificaba la cara de los caballos con la de su
padre, que tenía bigote y gafas. Su padre podría morderle (castrarle) si descubría sus
propósitos incestuosos.
Freud hizo lo que pudo por aliviar la situación de aquella familia. Como medida de
emergencia pidió a los padres que informaran inmediatamente al niño de que las niñas
no tenían pene. Y además, que le advirtieran del origen sexual de su afección. Algo así
como: "¿No será que estás asustado por tu padre precisamente porque él siente mucho
afecto por tu madre?" En aquella única sesión terapéutica, y en la correspondencia con
el padre de Hans, Freud puso todo su empeño en que el niño asumiera que no había
razón para temer a su padre. Curiosamente, a lo que Hans temía era a los caballos y
mostraba bastante afecto por su padre, claro que Freud interpretaba este hecho como un
mecanismo de defensa por "formación reactiva" (es decir, cuando una persona expresa
la emoción contraria a la que realmente siente). Algunos terapeutas de diferente
orientación interpretaron posteriormente que un hecho narrado a Freud por el padre de
Hans podía tener tal vez alguna importancia en el caso: al parecer, poco antes de
empezar su fobia a los caballos, el niño había asistido a un grave accidente de un coche
de caballos. Freud no dio ninguna importancia a este hecho, al fin y al cabo no tenía
nada que ver con el sexo.
La idea de Freud sobre la activa vida sexual infantil fue, sin duda, una de las que le
reportaron mayor fama. La mayoría de los psicoanalistas se apresuran a afirmar que esta
idea era absolutamente escandalosa en la época victoriana y presentan a Freud como un
hombre que luchaba contra los prejuicios más arraigados para colocar la bandera de la
ciencia en la colina más inaccesible del prejuicio. La verdad es que la idea en cuestión
era extraordinariamente llamativa, y allá donde iba sus conferencias se llenaban de
personas ávidas de ver de cerca a aquel doctor de aspecto tan académico y con barba
blanca que hablaba todo el rato de sexo. Y dentro de todo aquello, uno de sus
argumentos más provocadores era el del complejo de Edipo: los niños alrededor de los
cinco años sienten, según Freud, un profundo deseo sexual hacia sus madres, con la
consecuencia de querer matar a sus padres para poder así satisfacerlo sin competencia.
Curiosamente, en la misma época otro investigador se refirió al mismo asunto pero
alcanzó bastante menos fama: el antropólogo Edvard Westermarck, descubridor del
efecto que lleva su intrincado nombre. El efecto Westermarck consiste en que, si dos
personas permanecen mucho tiempo juntas durante la infancia de cualquiera de ellas o
de las dos, es muy improbable que posteriormente se observe deseo sexual entre ellas.
Dicho de otra forma, si hemos conocido desde pequeña a otra persona es menos
probable que cuando llegue a la edad adulta nos sintamos atraídos por ella, y
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recíprocamente, aquella persona tampoco se sentirá atraída por nosotros. Si Freud había
atribuido el tabú del incesto a una reacción contra el complejo de Edipo, Westermarck
lo consideró una mera consecuencia de cierta tendencia innata: una tendencia
implantada por la selección natural para evitar los indeseables efectos de la
consanguinidad. Por ejemplo, un estudio epidemiológico reciente indica que entre la
población en general un 5% de las personas nace con ciertas malformaciones, pero que
este porcentaje aumenta hasta el 40% en casos de consanguinidad directa. No es extraño
que la selección natural haya propiciado algún mecanismo para paliar este problema.
Investigaciones antropológicas desarrolladas en la segunda mitad del siglo XX parecen
confirmar la hipótesis de Westermarck. En ciertas comunidades agrícolas israelí-es, los
niños son educados en parejas desde pequeños sin que exista relación biológica entre
ellos y se ha descubierto que los matrimonios u otro tipo de relaciones sentimentales son
mucho menos probables entre los miembros de estas parejas que con otros miembros de
la comunidad. Algo parecido sucedía con una costumbre taiwanesa que consistía en que
una familia cedía una hija para que viviera desde pequeña con la familia de su futuro
esposo: se halló que tales matrimonios no solían tener éxito por la ausencia de atracción
sexual entre los cónyuges.
Las pautas para evitar la consanguinidad no son exclusivamente humanas. Entre los
chimpancés, por ejemplo, los machos adolescentes suelen abandonar su grupo para
unirse a otro en el cual aparearse. Esta tarea es bastante costosa y algunos de los jóvenes
primates hallan la muerte a manos de los machos del nuevo grupo o por los ataques de
fieras (al pasar mucho tiempo sin integrarse en el grupo). Comportamientos similares se
han encontrado en otras muchas especies, incluso en ardillas y hámsteres, por lo que no
parece que dependan de complejos mecanismos psicodinámicos, como mantenía Freud.
A diferencia de los hámsteres, los seres humanos sabemos en la mayoría de los casos
quiénes son los miembros de nuestra familia y podemos utilizar mecanismos
conscientes para evitar el incesto. Sin embargo, es posible, puesto que el fenómeno no
es exclusivo de nuestra especie, que el mecanismo esté "cableado" en nuestros cerebros
de otra manera, de forma que pueda ser compartido por otros animales. Por ejemplo,
parece que las personas tendemos a rechazar como parejas sexuales no sólo a quienes se
han criado con nosotros sino a aquéllos que se parecen demasiado a uno mismo y a los
miembros de su familia. Esto es lo que parece demostrar un trabajo experimental
publicado recientemente. Mediante el ordenador se manipularon rostros humanos para
que tuvieran un cierto parecido con el propio sujeto o con los miembros de su familia.
Las personas informaron posteriormente de que estos rostros pertenecían a personas
fiables con las que podrían tener una buena amistad. Sin embargo, se sentían menos
atraídas sentimentalmente por ellas, tanto para una relación sexual esporádica como
para otra a largo plazo, que por otros rostros que no mostraban este parecido. Diríamos
que quienes se parecen a los miembros de nuestra familia nos inspiran confianza, pero
quienes no se parecen nos atraen más.
Al contrario de lo que plantea el psicoanálisis, no parece que las normas sociales
tengan que lidiar con extraordinarias reticencias psicológicas para evitar el incesto. Las
personas no se sienten normalmente atraídas por sus hermanos o hermanas o por los
miembros más cercanos de su familia y, salvo raras excepciones, la sociedad y los
sistemas educativos no parecen especialmente preocupados por ello. Si la tendencia
fuera tan generalizada como defiende el psicoanálisis, es decir, si todos los varones se
sintieran especialmente atraídos por sus madres y desearan asesinar a sus padres, tal vez
la sociedad se hubiera hecho eco de ello.
Más allá del complejo de Edipo, lo más sorprendente del psicoanálisis en este asunto
es la idea de que las experiencias sexuales de la primera infancia condicionan todo el
desarrollo de nuestra personalidad. Para sustentar esta hipótesis deberíamos partir de
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dos supuestos: que los niños son capaces de tener vida sexual desde muy temprana edad
y que, además, tienen la capacidad de recordar dichas experiencias. Lamentablemente
para el psicoanálisis, los dos supuestos parecen ser falsos a la luz de la ciencia. El
primero de ellos debe su falsedad al hecho de que el principal órgano sexual del ser
humano —el cerebro, contra lo que pensaba Freud— tiene un desarrollo muy tardío en
estos asuntos. Precisamente, aquellos aspectos del desarrollo cerebral que son
responsables anatómicamente de la sexualidad son los que maduran de forma más
tardía. Por ejemplo, el hipotálamo de un niño y el de una niña son idénticos hasta los
cuatro años de edad y esta parte del cerebro es la que se encarga de las funciones
sexuales. A partir de esta edad, la diferencia es tan paulatina que resulta muy
improbable que los supuestos intereses sexuales de niños y niñas difieran durante esa
época. Por supuesto, antes de esa edad no existe ningún rastro anatómico en el cerebro
que fundamente la adjudicación de una cierta relevancia a las funciones sexuales.
Además, desde el punto de vista de la evolución darwiniana, sería muy difícil de
explicar que el niño, un varón sin capacidad reproductiva, es decir, sin nada que ganar
en términos de procreación, se enfrente sistemáticamente a otro, su padre, que tiene un
peso corporal seis veces superior. Deberían existir razones muy poderosas para un
comportamiento suicida que contraviene, como decía Mario Bunge y así lo citábamos,
principios científicos bien establecidos como, en este caso, el de la selección natural. El
psicoanálisis no aporta razón alguna para esta supuesta tendencia.
La segunda razón por la que es difícil que las primeras experiencias sexuales
determinen nuestra personalidad es que, aunque tales hechos hubiesen sucedido, sería
muy improbable que los recordáramos, aun en la forma oculta que propone el
psicoanálisis. Existe un fenómeno curioso relativo al funcionamiento de la memoria
humana sobre el que todos hemos pensado seguramente alguna vez: el hecho de que
existen unos años de nuestra vida sobre los que no tenemos recuerdo alguno. En
psicología se suele denominar a este fenómeno "amnesia infantil" y consiste en que los
adultos no son capaces de recordar prácticamente ningún hecho sucedido durante sus
tres o cuatro primeros años de vida. Aunque el fenómeno había sido descrito con
anterioridad por algunos psicólogos, Freud aportó la primera explicación extensa. Para
Freud la amnesia infantil es consecuencia de la represión de sucesos traumáticos. Desde
luego, se trata de una explicación incompleta, aun en el caso de que fuera cierta. Para
aceptarla, deberíamos suponer que todos los sucesos anteriores a los tres o cuatro años
de edad fueron traumáticos. En caso contrario, las personas recordarían algo de lo que
les sucedió en esa edad, aunque olvidasen otras cosas. No parece que la vida de los
niños sea tan terrible hasta los cuatro años y mejore drásticamente a partir de esa edad,
de modo que podamos recordar casi todo lo que nos pasó después y casi nada de lo
anterior. La propia existencia de la amnesia infantil imposibilita la influencia de las
primeras experiencias en la personalidad del adulto y sume en el dominio del absurdo
propuestas como la de Otto Rank a la que nos referimos en el capítulo 1, según la cual el
trauma que se produce en el nacimiento es el principal determinante de nuestra
personalidad.
La explicación científica de la amnesia infantil es todavía una cuestión abierta pero
parece claro que depende de diversos factores, entre los cuales, tal vez, el más
importante es que, durante los primeros años de desarrollo, en los seres humanos el
cerebro se reorganiza drásticamente. En concreto, algunas áreas cerebrales muy
relacionadas con la memoria —como el hipocampo y la corteza prefrontal—
experimentan notables cambios. Un niño de dos años es capaz de retener información
durante semanas o meses, pero cuando tenga cuatro años no recordará nada de lo que le
sucedió entonces, simplemente porque su cerebro no es el mismo. Además, nuestra
memoria depende mucho de representaciones lingüísticas, y durante ese período la
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capacidad para el lenguaje del niño evoluciona enormemente. Carecemos de claves
lingüísticas para recordar lo que pensábamos en nuestros primeros años de vida. Es
posible también que la percepción del mundo de un niño pequeño sea tan distinta de la
de un adulto que las claves perceptivas tampoco resulten muy útiles. En resumen, ni el
cerebro infantil está maduro para las experiencias sexuales que propone el psicoanálisis
ni, en caso de haberlas vivido, podrían influir en nuestro comportamiento adulto o en
nuestra personalidad, porque no las recordaríamos.
Es decir, no es difícil explicar por qué olvidamos los primeros años de nuestra vida,
aunque sea necesario continuar con la investigación para entender mejor los
mecanismos. En todo caso, resulta superfluo acudir a la hipótesis de que todo lo que nos
sucedió en esa época fue traumático. Además, esta observación, como muchas otras del
psicoanálisis, choca directamente con el sentido común. A veces no es necesario diseñar
complejos experimentos para darse cuenta de lo inverosímil de una teoría. Si la
explicación psicoanalítica fuera cierta, la visita a un jardín de infancia sería una
experiencia pavorosa: allí podríamos observar a una serie de personas viviendo las
experiencias más traumáticas de sus vidas.
Los lunes por la mañana, a la hora del desayuno, en cualquier bar o cafetería españoles
puede uno encontrar los mejores entrenadores de fútbol del mundo. En casi todos ellos
hay una o más personas que saben lo que debería haber hecho el entrenador para ganar
el partido del domingo. Cabría preguntarse cómo es que los presidentes de los clubes no
van por allí a buscar entrenadores. En realidad, es muy probable que la mayor parte de
esos expertos tenga razón simplemente porque juega con una ventaja importante
respecto al entrenador real: ya han visto el partido. En psicología suele llamarse a este
fenómeno "sesgo retrospectivo" y consiste en que, una vez conocidas las consecuencias
de algo, tendemos a modificar la idea previa que teníamos de él.
Supongamos que una persona se cuestiona antes del partido la decisión del
técnico de no alinear al jugador X. Si, aun así, el equipo gana, esta persona
tenderá a olvidar su crítica. Sin embargo, si pierde, recordará el hecho y el lunes
dirá: "Si ya lo decía yo, tenían que haber alineado a X". Este sesgo influye
enormemente en la interpretación de la historia. Una vez conocido lo que pasó,
todos nos damos cuenta de los errores cometidos por los gobernantes del pasado.
Lo mismo sucede con la interpretación de teorías científicas que han sido
rechazadas. A veces parece que quienes las propusieron eran ciegos a las pruebas que
más tarde demostraron su falsedad. Pero las estrategias para los partidos de fútbol y las
teorías científicas tienen algo en común: se contrastan con la realidad. Los partidos se
ganan, se pierden o se empatan, y las teorías se verifican o se refutan. El psicoanálisis, no.
Es muy frecuente hallar en la teoría psicoanalítica actual gran cantidad de argumentos
de entrenador de bar o cafetería de lunes a la mañana: "Esto ya lo decía Freud", se les oye
decir cuando, por ejemplo, alguna teoría psicológica actual habla de procesos
inconscientes. Desde luego, Freud dijo muchas cosas. Ya hemos visto en los capítulos
anteriores que gran parte de ellas contenían errores importantes. Sin embargo, podría
defenderse que, a pesar de los errores, Freud introdujo conceptos de gran utilidad en
psicología. Algunos teóricos actuales del psicoanálisis se dejan llevar abiertamente por el
sesgo retrospectivo cuando tratan de defender en foros científicos la relevancia actual del
psicoanálisis. En ellos defenderán la importancia de la infancia en el desarrollo humano,
tal como la propuso Freud, pero sin hacer mención del complejo de Edipo o de la envidia
19
del pene. O destacarán la importancia de lo inconsciente para entender la mente humana,
quitándole al inconsciente freudiano las connotaciones de "hombrecillo que vive dentro
de nuestra cabeza" que tenía originalmente.
Usted pensará seguramente que cualquier científico o filósofo puede equivocarse a
veces, y que Freud y otros psicoanalistas no están exentos de esa limitación. Sin embargo,
veremos que los conceptos atribuibles al psicoanálisis que en la actualidad pueden
mantenerse vigentes son tan generales y vagos que no sólo los admitiría cualquier
persona en el siglo XXI sino que se habían defendido ya mucho antes de Freud.
El concepto más importante del psicoanálisis es, tal vez, el de inconsciente. Ya hemos
visto en un capítulo anterior las diferencias en este asunto entre la posición de Freud y la
de la psicología científica. Sin embargo, no es raro que muchos psicoanalistas e
intelectuales citen actualmente a Freud como referencia cuando viene al caso hablar del
inconsciente. Como ya dijimos, el inconsc iente no fue en absoluto un descubrimiento
de Freud. Sin embargo, no es infrecuente que, tras la publicación de algún
hallazgo científico que incluye referencias al inconsciente, algún psicoanalista la
recoja como una confirmación del inconsciente freudiano. Es el caso, por
ejemplo, de los hallazgos neuropsicológicos sobre memoria explícita e implícita,
es decir, respectivamente, aquélla cuyos contenidos podemos describir y aquélla
que no.
Cuando se investigaron estos dos tipos de memoria con contenidos
emocionales, se comprobó que los pacientes con lesiones en cierta zona del cerebro
eran incapaces de aprender la relación entre dos estímulos. Si se presentaban dos
sucesos juntos sistemáticamente, esos pacientes eran incapaces de aprender
conscientemente que había alguna relación entre ellos. Sin embargo, se
descubrió que, si uno de los dos estímulos era desagradable, después de asociarlo
repetidamente con otro neutro, los pacientes que no reconocían conscientemente la
relación entre ambos estímulos respondían al estímulo neutro como si fuese
desagradable. Dicho de otra forma, se había producido una asociación
inconsciente entre el estímulo desagradable y el neutro. Con frecuencia se ha citado este
trabajo como una demostración científica de las ideas de Freud. Desde luego, el
trabajo es de gran relevancia y ha influido en el conocimiento de las relaciones entre el
aprendizaje y la emoción. Pero lo único que tiene que ver con el psicoanálisis es la
mención de la palabra inconsciente (ni siquiera del concepto de inconsciente, que es
distinto del psicoanalítico). Para Freud, los contenidos llegan al inconsciente a
través de la represión, es decir: una relación que hemos aprendido conscientemente
se reprime y pasa a ser inconsciente. Es verdaderamente curioso que se considere
un apoyo a la teoría psicoanalítica el hallazgo de que pueden establecerse relaciones
inconscientes entre fenómenos sin que hayan pasado por la conciencia o por un proceso
de represión. Si el psicoanálisis fuese una teoría científica, deberíamos considerar el
hallazgo precisamente como un dato para reformular la teoría psicoanalítica del
inconsciente. Como no es así, los pocos psicoanalistas que se interesan por los hallazgos
científicos lo consideran una prueba favorable para su teoría: "Si ya lo decía Freud..." Y
lo hacen aunque el mecanismo no coincida con el predicho por el psicoanálisis y sólo
tenga en común con él la referencia a algo inconsciente. Como ya dijimos, cualquier
investigador del aprendizaje —y la mayoría no puede ser más contraria al psicoanálisis
de lo que ya es— considera que muchas de las asociaciones entre fenómenos se
establecen por aprendizaje de manera inconsciente.
Estudios recientes que han explorado el olvido intencional de recuerdos se citan a
veces como apoyo de la teoría psicoanalítica de la represión. Por ejemplo, se pidió a unas
personas que aprendieran una lista de 40 pares de palabras, de manera que al proponerles
la primera palabra pudieran decir cuál era la segunda. A continuación se les fueron
presentando las primeras palabras de los pares, con una instrucción que decía en unos
20
casos que trataran de recordar la palabra asociada y en otros que intentaran no pensar en
ella. Más tarde se les administró una prueba de recuerdo sobre los pares de palabras. Los
participantes recordaron más palabras de las que se les había pedido recordar que de las
que se les había pedido olvidar. En un trabajo posterior se observó que mediante la
instrucción de recuerdo se activaban áreas cerebrales relacionadas con la memoria,
mientras que con la instrucción de olvido las áreas más activadas eran las de control de la
atención. Los resultados se presentaron en los medios de comunicación como favorables
a la idea de que podemos reprimir los recuerdos.
Sin embargo, aunque el resultado fuese claro (pese a que no ha podido reproducirse en
otros laboratorios) y sólido (aunque la diferencia entre la situación con instrucciones de
recuerdo y la de olvido era apenas de un 10%), no puede tomarse como un apoyo de la
teoría psicoanalítica de la represión. Más bien parece que, bajo las instrucciones
adecuadas, las personas somos capaces simplemente de distraer la atención de algunas
palabras —de ahí la implicación de áreas cerebrales relacionadas con este proceso— y
que, con las instrucciones contrarias, podemos tratar de rememorarlas —haciendo
participar a las áreas relacionadas con la memoria—. Además, cuando se hicieron
estudios similares con materiales de naturaleza traumática, es decir, aquellos sobre los
que el psicoanálisis sustenta la teoría de la represión, no se obtuvieron tales
resultados, como veremos en algunos estudios de estrés postraumático
comentados en el capítulo sobre los falsos recuerdos. No debemos olvidar,
asimismo, que la represión es para el psicoanálisis el principal mecanismo de
defensa del Yo, es decir, que los recuerdos traumáticos se deberían olvidar con
mucha mayor frecuencia que los no traumáticos, no unas veces más y otras veces
menos.
Muchos hallazgos de la psicología científica se han interpretado, de igual f orma,
como favorables a la teoría psicoanalítica. Por ejemplo, a veces se han
reinterpretado los éxitos terapéuticos de algunos tratamientos cognitivo-conductuales de
la psicología científica desde el punto de vista psicoanalítico: de este modo, el hecho de
que una persona utilice técnicas adecuadas para hacer frente al estrés se consideraba una
demostración de la efectividad de los mecanismos de defensa del psicoanálisis. Lo que es
tanto como sostener que la existencia de empresas de envío de flores a domicilio es una
demostración del complejo de Edipo porque obtienen beneficios especiales el Día de la
Madre.
El uso clínico de estrategias de afrontamiento para superar el estrés, es decir,
promover en los pacientes la asunción directa de sus problemas y el desarrollo de
técnicas para enfrentarse a ellos, es un trabajo en el que, mediante pruebas
estandarizadas —aquéllas cuya validez se ha comprobado en distintas poblaciones—, el
terapeuta registra el comportamiento del paciente para responder al estrés de la forma
más adecuada en cada circunstancia. Entre tales registros jamás se tienen en cuenta los
conceptos psicoanalíticos. Lo único que se comparte es la idea de que, cuando no
afrontamos los problemas, es probable que sigamos viviendo con ellos. Desde luego,
ésta es una idea que la terapia cognitivo-conductual comparte con el psicoanálisis tanto
como con las enseñanzas del maestro Pero Grullo. Lo mismo sucede con los hallazgos
relacionados con el hecho de que expresar las emociones sirve para rebajar nuestro nivel
de ansiedad, especialmente cuando son negativas. Esto se ha constatado en diversos
estudios científicos, y es una idea compartida con el psicoanálisis y con el concepto
popular de "desahogarse" con alguien.
La idea de que la personalidad adulta empieza a formarse con las experiencias de la
infancia es otra idea para cuya explicación se acude a veces al psicoanálisis. La idea en
sí no es particularmente sorprendente. Cualquiera puede comprender que nuestras
experiencias infantiles repercuten más en nuestro comportamiento adulto que las que
21
tendremos en la vejez: el orden temporal del mundo impide, simplemente, que lo que
aún no ha sucedido influya en el presente. No existe, desde luego, teoría psicológica
alguna que considere que la infancia es intrascendente para el desarrollo humano.
De hecho, durante la mayor parte del siglo XX, el punto de vista conductista que
dominaba la psicología científica era precisamente que los trastornos psicológicos
provienen de aprendizajes previos inadecuados. Es más, durante la infancia, la
plasticidad cerebral es tan grande, en comparación con la que puede observarse en el
cerebro adulto, que podemos decir que el niño está construyendo buena parte de su
sistema nervioso durante el desarrollo. Sin embargo, es habitual que cualquier dato
favorable al hecho de que la personalidad infantil es un buen predictor de la adulta se
considere una demostración de la validez del psicoanálisis, a pesar de que cada vez hay
más estudios genéticos que revelan la existencia de componentes innatos en la
personalidad. Es decir, si una persona tiene, por ejemplo, cierta predisposición a un
comportamiento obsesivo será más probable que lo exhiba tanto en la infancia como en
la adolescencia y en la edad adulta. Lo más habitual es que un niño estudioso se
convierta en un adulto trabajador, y es raro que un niño obsesionado por la limpieza
pase a ser un adulto desaliñado.
Esto debería considerarse, en principio, un hallazgo contrario a la teoría
psicoanalítica, dado que ésta atribuye todas las causas del comportamiento a la
naturaleza de las experiencias tempranas. Sin embargo, podemos encontrarnos, no sin
sorpresa, con el hecho de que la relación entre la personalidad del niño y la del adulto se
considera a menudo una demostración de la teoría psicoanalítica. Hay dos hechos
incuestionables que determinan esta relación. El primero lo constituyen los
componentes innatos: el adulto tiene los mismos genes que el niño que fue. El segundo
es que en la personalidad, como en cualquier otro asunto, el pasado es efectivamente el
mejor predictor del futuro. La primera de estas razones es incompatible con el
psicoanálisis; la segunda la respalda tanto el psicoanálisis como cualquier otro punto
vista.
Otro hallazgo que suele presentarse como favorable a la teoría psicoanalítica es el de
los mecanismos cerebrales responsables de las emociones. En los últimos años la
neurociencia ha llevado a cabo notables avances en este campo. Hoy día se considera
que existen dos tipos de emociones: primarias y secundarias. Las emociones primarias
son las comunes a todas las personas y que compartimos con buena parte de los
animales (por ejemplo, el miedo). Las emociones secundarias son más complejas y en
ellas intervendrían procesos de pensamiento y elaboración (por ejemplo, la vergüenza).
Pues bien, se han identificado dos vías distintas para uno y otro tipo de emociones. Las
emociones primarias seguirían una vía cerebralmente más primitiva: las partes de
nuestro cerebro que compartimos hasta cierto punto incluso con los reptiles. La ventaja
de esta vía es que permite una respuesta rápida ante amenazas inmediatas. Por ejemplo,
si oímos un ruido fuerte, no necesitamos reflexionar largamente sobre él para
apartarnos: respondemos incluso antes de identificar conscientemente su origen. En
cambio, en las emociones secundarias participa la zona de desarrollo más reciente de
nuestro cerebro. Algunos autores consideran que una y otra vía cerebral corresponden a
las instancias consciente e inconsciente defendidas por el psicoanálisis. La vía primitiva
y animal del procesamiento emocional sería el sustrato neurológico del inconsciente y la
vía superior, típicamente humana, lo sería de la conciencia. Lo curioso del paralelismo
es que las emociones relacionadas más típicamente con el inconsciente freudiano (por
ejemplo, la culpa) son emociones secundarias que se procesan en la vía superior, justo al
revés de lo que propone el psicoanálisis. De nuevo, lo único que hay en común entre el
descubrimiento científico y la propuesta psicoanalítica es la mención de la palabra
22
inconsciente. Pero el proceso en sí supone, en todo caso, más una refutación que un
apoyo a la teoría psicoanalítica.
Hay cosas que el paso del tiempo no altera. En este capítulo hemos visto nuevas
propuestas psicoanalíticas realizadas sobre pretendidas confirmaciones de la teoría de
Freud. Nos parece que tales propuestas no alteran en absoluto la conclusión enunciada
hace bastantes años por el psicólogo Hans Eysenck: de lo que dijo Freud, algunas cosas
han sido confirmadas por la investigación científica, precisamente las que no eran
originales de Freud. Sus aportaciones personales siguen distribuyéndose en dos
categorías: o son indemostrables o son falsas. En palabras de Eysenck, en la teoría de
Freud "lo que es nuevo [...] no es verdadero, y lo que es verdadero en su teoría no es
nuevo".
4
El psicoanálisis puede ser
peligroso
La sociedad del bienestar parece llevar consigo el desarrollo de cierta cultura del ocio.
En estas sociedades privilegiadas son cada vez menos las horas que es necesario trabajar
para asegurar el sustento. Por tanto, las gentes con tiempo libre pueden encontrar
entretenimiento en muy diversas actividades: así proliferan los cursos de macramé, se
venden puzzles con mayor número de piezas y hasta barcos en miniatura para
montarlos. Cada cual se entretiene como puede. Tal vez el psicoanálisis no sea una
teoría contrastada, y carezca de utilidad terapéutica o explicativa, pero es posible que no
haga daño a nadie, y si es así puede ser que algunas personas desocupadas con
inquietudes intelectuales hagan bien en dedicarse a él para matar el tiempo. En este
capítulo contemplaremos esta posibilidad.
Nos hemos referido ya a algunos problemas que pueden surgir del uso del
psicoanálisis: uno de ellos es que las personas pueden abandonar otros tratamientos más
eficaces para someterse a él. Se trata de un problema similar al que aqueja a las
llamadas "medicinas alternativas". Aun en el caso de que no provoquen directamente
efectos secundarios, pueden ser peligrosas si el paciente abandona o reduce otros
tratamientos. Ya vimos cómo el propio Freud confundió el diagnóstico de un cáncer
abdominal con un problema histérico y empezó a tratar con psicoanálisis un problema
que se hallaba obviamente fuera de su alcance. Tal vez en aquel caso la paciente hubiese
muerto igualmente, pero podemos imaginar con terror a dónde puede haber llevado en
otros psicoanalistas el afán verificador de sus hipótesis en casos similares, es decir, a
que personas con enfermedades graves sean privadas del tratamiento requerido para
someterse, en cambio, a un análisis de sus recuerdos infantiles.
En este capítulo veremos que son varios los ámbitos y modos en que una rama del
saber tan inestable como el psicoanálisis puede dañar todo lo que se asiente sobre ella.
En primer lugar, la práctica psicoanalítica puede implantar y fomentar los falsos
recuerdos en las personas, que pasarán a creer, por ejemplo, que miembros de su
familia han tenido un comportamiento horrible con ellos.
Desde un punto de vista más relacionado con el daño intelectual que el afectivo,
tanto la crítica psicoanalítica de la literatura y el arte como sus contribuciones teóricas a
las ciencias sociales, más que aportar un apoyo teórico han obstaculizado el desarrollo
de esas disciplinas. En ocasiones, la crítica psicoanalítica de una obra de arte tiene más
de creativo que la propia obra. Dedicaremos dos apartados a tratar de demostrar que la
23
inclusión de conceptos psicoanalíticos en disciplinas tales como la crítica literaria y de
arte, la historia y las ciencias sociales, no aporta nada. Cuando se ha hecho, sólo ha
servido en realidad de rémora para el desarrollo de tales disciplinas, puesto que les ha
transferido las limitaciones conceptuales y la falta de rigor propias del psicoanálisis.
Por último veremos cómo el psicoanálisis ha culpabilizado sin base alguna a ciertas
personas de los problemas de otras. En esto, sin duda, a las madres les ha tocado el peor
papel. En general, hablaremos también de cómo las mujeres en general no han sido muy
bien tratadas por el psicoanálisis.
Aunque el ámbito inicial y más propio del psicoanálisis se halla en la práctica clínica,
no han sido pocas las aplicaciones de la teoría psicoanalítica a otros campos. Para ello
se parte generalmente de la concepción del psicoanálisis como un cuerpo de
conocimientos de base dispuesto para entender cualquier cosa en la que pueda
reconocerse una influencia psicológica. De este modo, todo aquello en lo que ha
influido directamente el ser humano puede ser interpretado desde el punto de vista
psicoanalítico, ya que los seres humanos transfieren sus deseos e inquietudes a las
obras que realizan. La historia, por ejemplo, al ser un producto de la actuación
humana, responderá a las características personales de sus protagonistas. En las obras
literarias o artísticas se reflejarán los deseos de su creador. Las ciencias sociales,
especialmente la antropología y la sociología, usarán los conceptos psicoanalíticos para
explicar los comportamientos sociales desde un punto de vista psicológico.
En el campo de la crítica literaria el psicoanálisis ha influido enormemente a través
de la hermenéutica o arte de la interpretación de los textos, aunque también puede
interpretar otros materiales. Su origen está en el análisis escolástico de las Sagradas
Escrituras, donde junto al sentido literal del texto se consideraba la existencia de un
sentido espiritual, al que tenía acceso la comprensión humana mediante la inspiración
divina. La hermenéutica psicoanalítica considera igualmente que junto al sentido literal
de los textos existe otro sentido oculto y accesible solamente a los iniciados en el
psicoanálisis.
Leyendo obras de crítica psicoanalítica podemos aprender, por ejemplo, que cuando
Don Quijote se enfrenta a los molinos de viento encomendándose a "su señora
Dulcinea" realiza una representación del complejo de Edipo. Los molinos representarían
la figura paterna y Dulcinea la madre inasequible. Como puede apreciarse, para esta
27
interpretación no es obstáculo la falta de concordancia de número, puesto que los
molinos son varios y el padre uno, ni el hecho de que Dulcinea (la figura materna) sea
una labradora mucho más joven que Don Alonso Quijano. Tal vez haya que recordar la
puntualización de Sancho recogida al principio de este libro. En la obra de Cervantes se
contrasta la realidad con una interpretación que se presenta como fruto de la locura. El
psicoanálisis añade a estos dos puntos de vista un tercero que proviene de una
hermenéutica no menos alejada de la realidad que los delirios de Don Quijote. Sin
embargo, precisamente por su carácter puramente especulativo, resulta tan difícil refutar
los argumentos de los psicoanalistas como para ellos fundamentarlos. Sancho no
convence a Don Quijote de lo errado de su hermenéutica, ni nosotros convenceremos a
los psicoanalistas. Tal vez nos respondan así: "Bien parece — respondió don Quijote—
que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo,
quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y
desigual batalla". Parece que no estamos cursados en esto del psicoanálisis y nos cuesta
entender las complejas razones que pueblan los textos de crítica psicoanalítica.
Uno de los textos más famosos es el que lleva por título Psicoanálisis de los
cuentos de hadas, de Bruno Bettelheim. Se trata de una obra que ha tenido una gran
repercusión no sólo en el campo de la filología sino también en el de la pedagogía. La
idea esencial del libro es que los cuentos de hadas tradicionales reflejan los aspectos
más esenciales de la psicología humana, pero no lo hacen de una forma directa sino
indirecta, asequible sólo para la hermenéutica psicoanalítica. En este libro aprendemos
que Caperucita sale al bosque en busca de la figura paterna y con claras intenciones
sexuales. El lobo, por su parte, la acompaña a la casa del bosque con las mismas
intenciones. La propia abuelita participa en la fiesta dándole a la niña una capa roja para
hacerla más seductora. Aprendemos también que el atractivo de los enanitos de
Blancanieves proviene de que, gracias a su trabajo en las minas, son hombres que
"penetran hábilmente en oscuros agujeros", lo que induce a Blancanieves a acostarse en
una de las camas antes de que ellos lleguen con la clara intención de ser poseída. Una
vez aprendido esto, no le extrañará saber que el zapato de Cenicienta —"un diminuto
receptáculo donde un miembro del cuerpo debe deslizarse e introducirse hasta
quedar bien ajustado"— no es otra cosa que un símbolo de la vagina. O que, en el
cuento de las habichuelas mágicas, trepar por la planta pase a ser un símil de la
masturbación. Parece claro que el afán psicoanalítico por la sobreinterpretación no tiene
límites. Echamos de menos de nuevo el buen sentido de Sancho Panza, que habría
advertido al autor de que a veces los molinos de viento son sólo eso, molinos de viento.
Es evidente que los textos literarios contienen metáforas y otros recursos que
requieren del lector una interpretación no literal. Un texto que no apelara a la capacidad
de interpretación del lector resultaría tremendamente aburrido. Es posible también que
los autores proyecten en sus textos muchas preocupaciones personales. De este modo,
un escritor que esté pasando por un mal momento tal vez escriba una obra
especialmente triste o, por el contrario, una humorística que le permita escapar de sus
problemas cotidianos. Sin embargo, la crítica psicoanalítica no se limita a reconocer este
tipo de condicionantes: para ello no es necesario el psicoanálisis. Basta conocer las
circunstancias de la muerte de la esposa de Antonio Machado para comprender la
tristeza que se refleja en sus versos de esa época. Lo único que añade el psicoanálisis es
una colección de mitos propios que no hace sino desvirtuar la crítica. Las obras
literarias crean mitos o los recogen de la tradición popular. A menudo, estos mitos
reflejan arquetipos humanos y son, en cierto modo, una representación de las más
hondas inquietudes del hombre. Ejemplos de ello se encuentran en la mayor parte de los
clásicos de la literatura.
Pero la creación de mitos es parte del oficio del escritor, no del crítico. Por ejemplo,
el mito de Don Juan caricaturiza algunos aspectos de la psicología masculina y refleja
28
asimismo la idea cristiana de redención: un hombre que a lo largo de su vida se ha
comportado de manera inmoral puede encontrar al final la salvación. Esto no es sino una
consecuencia del contexto en el que surgió la historia de Don Juan Tenorio (una España
católica y dominada por valores sexistas), pero a los psicoanalistas les gusta ir más allá.
Don Juan sería un hombre que no ha resuelto adecuadamente el complejo de Edipo; por
ello se venga indirectamente de las mujeres y trata de demostrar a su padre que puede
conseguirlas a pesar suyo. Por último, la escena del "convidado de piedra" supondría la
resolución edípica, en que la figura paterna trata de arrastrar al hijo díscolo a los
infiernos. Como siempre, el psicoanálisis toma como excusa el texto para introducir sus
propios mitos. El hecho de que el personaje que castiga a Don Juan al final del libro no
sea realmente su padre sino el de su amada (es decir, en cierto modo, su suegro) no es
un obstáculo para el psicoanalista que quiera componer una buena historia mitológica.
Al fin y al cabo, si un conjunto de molinos de viento puede representar a un padre, ¿por
qué no habría de hacerlo un suegro?
Para el psicoanálisis, el éxito de una obra literaria depende en gran medida de cómo
sea capaz de reflejar las inquietudes psicológicas de los lectores. Todos hemos
experimentado la sensación de que ciertas obras literarias nos impresionan
especialmente; las que reflejen los conflictos comunes a la humanidad tal vez lleguen a
convertirse en best sellen. Por ejemplo, el éxito de la serie de literatura infantil sobre el
personaje de Harry Potter se debería en gran medida, según la crítica psicoanalítica, a
que refleja algunas fantasías universales del ser humano, concretamente algunas
relacionadas con el complejo de Edipo. Para el psicoanálisis, uno de los mayores
atractivos del personaje de Harry Potter es que se trata de un huérfano. Sus padres
murieron a manos de un mago malvado. ¿Quién no querría que le pasara esto? Es más,
en el último momento de su vida, que coincide con el principio del libro, el padre de
Harry pide a la madre que se lleve al niño mientras él muere a manos del mago, con lo
que estaría satisfaciendo el deseo de todo lector de que su padre muera dejándole en
manos de su madre. Como apoyo inapelable a esta disparatada teoría, un crítico aduce
que la autora de la serie manifestó en una entrevista que desconocía de donde le venía la
inspiración: esto sería una demostración de que la obra es fruto directo del inconsciente.
La crítica psicoanalítica se ha aplicado tanto a la literatura como al arte en general
desde los trabajos del propio Freud. La idea básica es que la obra de arte refleja los
conflictos y fantasías inconscientes del autor. Un cuadro o una novela son para el
psicoanalista un material muy similar a los sueños de un paciente. Por ejemplo, Freud
"reconstruyó" el desarrollo psicosexual infantil de Leonardo da Vinci a partir de algunas
notas biográficas y del análisis de dos de sus cuadros: Santa Ana con la Virgen y el
Niño y la Gioconda. Igualmente pretendió explicar la epilepsia, la adicción al juego y la
dudosa moralidad de Dostoievski a partir del análisis de Los hermanos Karamázov.
Freud siguió la tradición de las patografías, estudios que consisten en inferir las
patologías de personajes históricos a partir del conocimiento existente sobre ellos en la
actualidad, algo que ya en época de Freud había sido desechado por los historiadores
como carente de rigor. Sin embargo, para Freud y muchos de sus seguidores el
psicoanálisis supone una herramienta excelente para este propósito. Al fin y al cabo, los
artistas son soñadores neuróticos que nos permiten revivir mediante sus obras nuestros
propios sueños sin sentir vergüenza por ello. El artista crea su obra para huir de la
realidad y los demás pueden participar del mismo beneficio al admirarla.
Dado que el psicoanálisis tiene una historia de más de un siglo, ha tenido ocasión de
influir directamente sobre los movimientos artísticos del siglo XX y no sólo sobre su
crítica. Una buena muestra de ello es el surrealismo. El surrealismo surgió
principalmente a partir de la fuerte impresión experimentada por el poeta francés André
Bretón al leer la obra de Freud. Si el psicoanálisis considera que la obra de arte refleja el
inconsciente de su autor, la propuesta de Bretón era, en cierto modo, que esto se tomase
29
no solo como una descripción sino como un imperativo. El artista debería dejarse guiar
por el inconsciente al desarrollar su obra. Aplicado a la literatura, esto suponía utilizar
un método de escritura automática basado en la técnica utilizada por el espiritismo para
"hacer presentes" los pensamientos de los muertos: quien dicta es el inconsciente.
Entre los autores que manifestaron haberse beneficiado en parte de esta técnica hay
figuras de la importancia de James Joyce en literatura y Joan Miró en pintura. Otros
artistas, corno Salvador Dalí o Luis Buñuel, siguieron otro método, basado también en
el psicoanálisis: poblar sus obras de contenidos oníricos.
Es evidente que cada creador puede buscar su inspiración allá donde cree que puede
encontrarla. La misma existencia del molimiento surrealista es un indicio claro de la
repercusión social del psicoanálisis en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, en
ningún caso pueden considerarse esas obras como una confirmación de la teoría
psicoanalítica del arte. De hacerlo así, estaríamos incurriendo en el error que se conoce
como profecía autocumplida: el propio planteamiento de la hipótesis nos lleva a su
verificación. Una serie de artistas decidieron reflejar las teorías del psicoanálisis en sus
obras; al analizarlas, hallamos lógicamente contenidos psicoanalíticos.
Como fenómeno social del siglo XX, el psicoanálisis ha influido en muchas facetas.
El movimiento surrealista tuvo su auge en la primera mitad del siglo XX pero la crítica
psicoanalítica sigue practicándose en la actualidad, y en ella los conceptos
psicoanalíticos no hacen sino contaminar la interpretación de las obras, llenándolas de
implicaciones infundadas. En esos trabajos el crítico psicoanalista practica algo que el
propio Freud había indicado como algo que se debía evitar en la práctica del
psicoanálisis: la contratransferencia, que consiste en verter los propios conflictos en el
análisis. Curiosamente, en una profunda contradicción, fue el propio Freud quien les
enseñó a hacer crítica de esa manera.
Dice la leyenda que hubo un tiempo en que los hombres vivían en el paraíso.
Lamentablemente cometieron un error que les llevó, a ellos y a sus descendientes, a
cargar con un pecado del que sólo podían librarse mediante una ceremonia de ingreso en
determinada comunidad. No es raro que los mitos se parezcan. Para Freud, en tiempos
prehistóricos nuestros antepasados se dejaron llevar por la tentación y cometieron un
acto de barbarie. Desde entonces, todos hemos heredado el complejo de Edipo, del que
sólo el psicoanálisis puede librarnos.
Como hemos dicho, Freud formó su doctrina a partir de la observación clínica de sus
pacientes y de su propio análisis. Sin embargo, no dudó en generalizar sus conclusiones
no sólo para explicar el comportamiento humano sino otros campos del conocimiento.
En su libro Tótem y tabú extendió las ideas psicoanalíticas a los campos de la
antropología y la historia. Según él, hubo un tiempo prehistórico en que los hombres
vivían en un clan regido por una figura masculina de inmenso poder. Dicho personaje
monopolizaba el acceso a las mujeres, de forma que era materialmente el padre de todo
el clan. El resto de los machos, sus hijos, carecían de toda posibilidad de apareamiento.
Tal situación les condujo a la rebelión y mataron al padre. Además, para participar
físicamente de sus propiedades, se repartieron su cadáver (como buenos hermanos) y se
lo comieron. Dicha acción les produjo, no obstante, cierto empacho. La culpa les
perseguirá para siempre y todos sus descendientes deberemos lidiar con el complejo de
Edipo. Este hecho histórico, de indudable autenticidad según Freud, se deriva de
algunos datos sobre las costumbres de los aborígenes australianos y de la práctica
clínica y sirve de fundamento al tabú del incesto. Los seres humanos, descendientes de
aquel padre totémico, rechazamos el intercambio sexual con miembros de nuestra
30
familia debido al sentimiento de culpa generado en aquel tiempo remoto.
La biología evolutiva, como ya señalamos, propone una explicación alternativa al
tabú del incesto. Simplemente, la alta consanguinidad aumenta el riesgo de que los
genes recesivos produzcan gran número de enfermedades. Por ejemplo, el hijo de dos
personas con predisposición genética a la hemofilia tendrá un 100% de posibilidades de
ser hemofílico. En la sociedad en general esta enfermedad es muy poco frecuente pero
en situaciones donde se ha producido una alta consanguinidad, como en el caso de las
familias reales europeas, su prevalencia aumenta notablemente. Sin embargo, la
explicación de Freud resulta mucho más llamativa al invertir el orden de las causas. El
tabú del incesto sería el origen, y no la consecuencia, de las ventajas genéticas que
pudieran derivarse. De hecho, Freud desestimó la posibilidad de que dicho tabú
estuviese unido a la procreación, dado que se aplicaba también a relaciones sexuales
anodinas, es decir, que no tienen como consecuencia el embarazo (ya sea por el uso de
anticonceptivos o por no tratarse de actos sexuales completos). Es difícil pensar en un
argumento más débil; sería tanto como negar la naturaleza innata del hambre porque
existen personas obesas que comen chocolate sin necesitar las calorías que aporta. Es
evidente que muchos de nuestros deseos y apetitos tienen claras raíces genéticas, aunque
se apliquen en situaciones que no conducen a las consecuencias que los implantaron en
el código de nuestros antepasados.
En el campo de la antropología cultural se han utilizado con mucha frecuencia
explicaciones psicoanalíticas. Para algunos antropólogos era como proyectar el
psicoanálisis sobre una gran pantalla. La idea básica era que, como las sociedades están
compuestas de individuos, sus ritos y costumbres deberían poder explicarse por los
deseos y las inquietudes de éstos. Así, los símbolos tribales pueden reconocerse como
representaciones fálicas, los rituales como representaciones edípicas, etc. Si queremos
asociar el poder con el falo basta con buscar algún objeto alargado para utilizarlo como
ejemplo: el cetro real es un buen candidato. En esto, sin embargo, el psicoanalista debe
tener cuidado pues la corona que es igualmente un símbolo de poder se parece menos al
falo que al órgano sexual complementario.
En ocasiones se ha llegado a explicar el temperamento de todo un pueblo en términos
psicoanalíticos. De este modo, los japoneses serían personas obsesivas y bravos
guerreros debido a una fijación anal retentiva producto de la temprana imposición del
control de esfínteres que, al parecer, se practica en dicha cultura (aunque este punto no
está suficientemente demostrado). Como puede observarse, el psicoanálisis se usa como
causa y a la vez como consecuencia de las normas sociales. Las costumbres provienen
de los conflictos internos de los individuos y son a la vez causa de su temperamento. Tal
vez al lector le cueste trabajo creer que un prestigioso antropólogo de tendencia
psicoanalítica, Geoffrey Gorer, llegó a explicar la revolución bolchevique como una
reacción a la desmesura con que las madres fajaban a los niños rusos de la época
cuando eran pequeños.
Al abordar cuestiones sociales, Freud y sus seguidores comulgaban abiertamente con
la tendencia que suele denominarse psicologismo. Dicho punto de vista consiste en dar
explicaciones psicológicas para fenómenos de otros campos de estudio. La explicación
psicoanalítica en antropología e historia es un tipo de psicologismo de carácter
reduccionista, es decir, pretende reducir la sociología a la psicología desestimando
factores puramente sociales como, por ejemplo, los de carácter económico. Aducir
deseos autodestructivos y pulsiones de muerte resulta completamente superfluo para
explicar un conflicto bélico cuando existen a menudo claros factores relacionados con el
control de los recursos. En este sentido, Emile Durkheim, uno de los fundadores de la
sociología moderna, llegó a plantear que cada vez que se pretende explicar directamente
un fenómeno social por un fenómeno psicológico, podemos dar por cierto que la
31
explicación es falsa.
El psicoanálisis ha defendido siempre la universalidad de sus conceptos. Ideas como
el complejo de Edipo o los estadios evolutivos deberían ocurrir en todas las culturas.
Además, como hemos dicho, el propio Freud dedicó algunos de sus textos a la
antropología. Tal vez por ello, y porque la psicología científica no ha prestado mucho
interés a las propuestas psicoanalíticas, es quizá en el terreno de la antropología cultural
donde se han puesto a prueba más directamente las ideas psicoanalíticas. En el primer
cuarto del siglo XX, Bronislaw Malinowski, uno de los fundadores de la antropología
cultural de campo, decidió indagar si las relaciones de parentesco entre los nativos de
las islas Trobriand reflejaban estructuras edípicas. Malinowski observó que en dichas
islas los niños se criaban con la familia materna, siendo para ellos el padre biológico
una figura muy lejana, por lo que un hermano de la madre podía asumir el papel que en
nuestra cultura suele ostentar el padre. De este modo, era difícil pensar que el niño
pudiera identificar una figura masculina con la que competir para satisfacer sus deseos
sexuales hacia su madre.
Curiosamente, este hallazgo fue considerado por muchos psicoanalistas como un
apoyo a la teoría de Freud. La razón para ello fue que en muchos casos se observó que
dicha situación se producía especialmente cuando el niño había cumplido ya los siete
años, es decir, cuando la mayoría de niños habría superado ya la fase edípica. Tal vez
por estas razones los hallazgos de Malinowski no sean refutaciones concluyentes de las
ideas de Freud, pero tampoco pueden calificarse de resultados confirmatorios. Que un
dato no termine de demostrar la falsedad de una teoría no significa que la apoye.
En épocas más recientes ha podido apreciarse, sin lugar a dudas, que el modelo de
evolución biológica es mucho más fructífero que el psicoanálisis para explicar las
relaciones de parentesco y la vida doméstica de múltiples culturas. Desde este punto de
vista, los miembros de la misma familia presentan escasos niveles de atracción sexual
entre ellos a fin de evitar la consanguinidad. Los datos antropológicos de muy diversa
índole apoyan la perspectiva evolucionista. Por ejemplo, estudios realizados sobre la
agresividad y malos tratos entre padres e hijos en la edad edípica no presentan ningún
patrón que indique mayor competencia entre los miembros de un mismo sexo, como
afirma el psicoanálisis.
Por otra parte, si el complejo de Edipo fuese tan generalizado y virulento como
plantea el psicoanálisis, deberíamos esperar que se reflejase en la legislación o los
códigos de conducta de todas las sociedades. Sin embargo, en un estudio llevado a cabo
sobre 129 sociedades distintas, de distintas épocas y ubicadas en diferentes lugares, se
halló que la mayoría de ellas no prohibían o regulaban en forma alguna el incesto entre
miembros de la familia nuclear (padres, hijos y hermanos) mientras que casi todas lo
hacían para evitar relaciones con miembros de la familia política o primos. Por ejemplo,
es frecuente encontrar culturas en las que la mujer se traslada a vivir con la familia de su
marido. En tales culturas suele haber leyes que castigan, a veces con extrema dureza, las
relaciones de la mujer con los hermanos de su marido. De esta forma evitan la duda
sobre la paternidad de los hijos. Sin embargo, en esas mismas culturas no hay leyes para
evitar las relaciones de estas mujeres con sus propios hermanos o sus padres mientras
viven con ellos. Parece ser que la propia biología se ha encargado de este asunto y no es
necesario que la sociedad imponga nada. En la propia sociedad occidental, las
relaciones sexuales entre padres adoptivos y padrastros y los menores con que conviven
se dan mucho más frecuentemente que con padres biológicos y ocurren sobre todo
cuando estas personas no han convivido con los menores en sus primeros años de vida.
Es decir, exactamente lo contrario de lo que afirma el psicoanálisis y precisamente lo
indicado por la teoría evolucionista.
32
Nadie puede poner en duda que algunas características psicológicas de los
líderes pueden influir en la historia, pero sólo hasta cierto punto. Un gobernante loco
que tome decisiones negativas para su pueblo y para las relaciones con otros países no
llegará muy lejos. Normalmente las decisiones de este tipo de personajes siempre
benefician a algún colectivo (de su propio país o extranjero) que le mantiene en el
poder. Es decir, para explicar la historia son siempre necesarias otras circunstancias,
aparte de la psicología de los líderes.
Recientemente se ha convertido en una práctica frecuente incluir explicaciones
psicoanalíticas en textos filosóficos y sociológicos del movimiento llamado relativismo
posmoderno. Esta perspectiva defiende fundamentalmente la idea de que no existe una
realidad objetiva sino que el mundo percibido es una construcción social. Es interesante
hacer notar que cuando el relativismo posmoderno ha adoptado conceptos y
explicaciones psicoanalíticas no ha sido precisamente para aclarar sus propuestas sino
para dotar a sus discursos de una inusitada oscuridad. La unión entre ambas tradiciones
intelectuales —psicoanálisis y posmodernismo— estaba llamada a fructificar en un
sentido concreto, ya que ambas se basan en el desapego hacia la experiencia del mundo
real y en la pura elucubración.
Muchos escritores posmodernos e intelectuales psicoanalistas de los últimos
tiempos parecen recrearse en la oscuridad de sus escritos. El lector confiado suele
pensar que carece del nivel cultural requerido para entender los textos de tan
grandes sabios: resultaría demasiado arrogante suponer que esos textos carecen de
sentido... Alan Sokal, profesor de física de la Universidad de Nueva York, decidió
poner a prueba esta idea. Para ello compuso un artículo repleto de vaguedades y
contradicciones y lo envió a una revista especializada en trabajos posmodernistas.
Según el propio Sokal, el artículo estaba de acuerdo con los presupuestos
ideológicos de los editores y aparentaba falsamente contener algún argumento. La
revista aceptó el artículo y el autor se apresuró a revelar el engaño al mundo.
Evidentemente, Sokal no demostró que todos los trabajos publicados en ésa y otras
revistas similares carecieran de sentido, pero sí demostró que era posible engañar a los
editores, los cuales de ningún modo podían haber entendido el contenido del artículo,
pues carecía de él.
Sokal se dedicó posteriormente a desenmascarar las "imposturas intelectuales" de
algunos de los más reputados gurús del posmodernismo, entre ellos el psicoanalista
Jacques Lacan, cuya influencia destacamos en el capítulo 1. Lacan intelectualizó,
supuestamente, el psicoanálisis y desarrolló la hermenéutica psicoanalítica; para él, el
inconsciente está estructurado como un lenguaje. Lacan utilizó ideas provenientes de la
lingüística estructural, las ciencias y las matemáticas, y con todo ello compuso numerosos
escritos, muchos de los cuales son incomprensibles. Según el prestigioso lingüista Noam
Chomsky, Lacan es un charlatán perfectamente consciente de serlo. Para Sokal, Lacan
utiliza las matemáticas de manera incoherente para dar apariencia científica a argumentos
sin fundamento alguno. Por ejemplo, aprendemos de Lacan que el falo es el primer
significante, que de él provienen todos cuantos significados vayamos a encontrar en el
mundo y que es equivalente a la raíz cuadrada de menos uno. Si usted precisa alguna
aclaración puede encontrarla en el siguiente texto, donde acude a las matemáticas para
clarificar los términos:
Es así cómo el órgano eréctil viene a simbolizar el lugar del goce, no en sí mismo, ni
siquiera en forma de imagen, sino como parte que falta en la imagen deseada: de ahí que
sea equivalente a -1 del significado obtenido más arriba, del goce que restituye a través
del coeficiente de su enunciado, a la función de falta de significante: (-1).
33
Si aun así usted no lo entiende tampoco ha de preocuparse. El propio Lacan expuso la
siguiente máxima reconfortante: "Si usted ha comprendido, seguramente está
equivocado". A menudo la ciencia utiliza una jerga difícil de entender para los no
iniciados; esto es así, necesariamente, por exigencias de precisión. Pero Lacan la
utiliza para la finalidad contraria: es mucho más fácil expresarse de forma que el
propio lenguaje parezca científico a un neófito que ser realmente un científico.
También es más fácil imitar el peinado de un futbolista famoso, como hacen
muchos adolescentes, que aprender a jugar como él.
Los asesinos en serie dan mucho juego como personajes de ficción. Innumerables
películas y novelas los toman como protagonistas, y en la mayor parte de ellas, cuando
se alude al origen del trastorno mental que aqueja al protagonista, aparecen padres y
madres crueles, tiránicos, alcohólicos o depravados. Es una idea muy aceptada que los
traumas infantiles son el germen inequívoco y exclusivo de las personalidades
psicopáticas. A la popularización de esta idea errónea ha contribuido el psicoanálisis
más que ninguna otra escuela psicológica.
Vimos más atrás que para el psicoanálisis la personalidad del adulto es fruto de la
resolución (o no) de los conflictos habidos durante la infancia. Algunos cargarán para
siempre con fijaciones orales o anales por no haber resuelto adecuadamente los
conflictos relacionados con el destete o la retirada de los pañales. Y su personalidad
adulta estará muy influenciada por la forma en que resolvieron el complejo de Edipo. El
psicoanálisis desestima el valor de la herencia genética para explicar este tipo de cosas;
pero, si nos fijamos bien, no por ello deja de buscar culpables externos. En concreto,
hay una persona que participó directamente en todos esos conflictos y que pudo
determinar la forma en que el sujeto los resolvió: su propia madre.
Freud consideraba el complejo de Edipo como la piedra angular de la teoría
psicoanalítica. La resolución de este conflicto constituía el momento más importante del
desarrollo de la personalidad. En él, las figuras del padre y la madre y sus modos de
comportamiento representan un papel central. Por ejemplo, una madre excesivamente
autoritaria, unida a un padre permisivo, puede producir una resolución atípica del
complejo de Edipo que tenga como consecuencia la homosexualidad del hijo. El
psicoanálisis ha considerado tradicionalmente la homosexualidad como una patología
derivada de la resolución inadecuada del complejo de Edipo y causada en gran medida
por las actitudes paternas.
Antes de la etapa edípica, los niños serían bisexuales y Freud contemplaba la
posibilidad de que en la mayoría de las personas se produjese lo que llamó "Edipo
negativo", que consiste en la atracción por el progenitor del mismo sexo. En las niñas, el
deseo se canalizaría generalmente también hacia las madres (todas sufrirían de Edipos
negativos). Es decir, hasta la etapa edípica, la homosexualidad es un comportamiento
normal. Posteriormente sería el síntoma de una resolución inadecuada del complejo, y
por tanto un trastorno psicológico. En base a esto, muchas sociedades psicoanalíticas
han impedido que los homosexuales ejerzan como terapeutas, ya que serían personas
con conflictos no resueltos que podrían transferir a sus pacientes. Actualmente se
considera que la homosexualidad puede depender en muchos casos de cierta
predisposición innata. Por ejemplo, estudios con gemelos univitelinos (que comparten el
100% del código genético) indican que, si uno de ellos es homosexual, la probabilidad
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de que el otro también lo sea es superior al 50%, cuando en el caso de los mellizos
(nacidos a la vez pero sin mayor coincidencia genética que otros hermanos), esta
probabilidad apenas supera el 20%. Tanto el componente innato como el ambiental
parecen encontrar apoyo en estos datos, y no sólo el factor de crianza, como defiende el
psicoanálisis (pues si todos nacemos bisexuales, y la resolución edípica determina
nuestra orientación sexual, no hay lugar para la genética).
No es la homosexualidad el único hecho hacia el que el psicoanálisis ha
alentado una postura retrograda al considerarlo una enfermedad mental. Tampoco es el
único del que se ha culpado a los padres, en este caso por no ajustarse a los roles
tradicionales de padre autoritario y madre permisiva. Varios psicoanalistas del siglo
pasado han culpado a las familias —y, muy especialmente, a las madres— de trastornos
con base genética comprobada, como la esquizofrenia. Así llegó a hablarse de "madres
esquizogénicas". A partir de estas peculiares premisas propusieron tratamientos que de
ningún modo pueden tener como consecuencia su curación, y sí la creación de un
horrible sentimiento de culpa en las madres de esos enfermos.
Un caso, tal vez más grave, lo constituye la curiosa explicación del origen del
autismo que propusieron algunos psicoanalistas a partir de la década de 1940.
Afirmaban que el autismo era la respuesta del niño ante una madre que lo trataba con
excesiva frialdad. Este rechazo materno, y la imposibilidad de desarrollar
adecuadamente la atracción edípica, llevaba a los niños a encerrarse en sí mismos y
rechazar cualquier contacto social. Uno de los más fervientes defensores de este curioso
planteamiento fue Bruno Bettelheim, un psicoanalista de origen austríaco del que ya
hemos hablado al referirnos a sus aportaciones al "psicoanálisis de los cuentos de
hadas". Bettelheim había sufrido reclusión en un campo de concentración nazi. Allí
observó que muchos reclusos mostraban un comportamiento distante y ensimismado
como respuesta a la crueldad de sus guardianes. A partir de esto, trazó un paralelismo
con el trastorno autista y no dudó en identificar a las madres de estos niños con los
guardianes nazis. Las mujeres que no se comportaban del modo tradicional y, por
ejemplo, trabajaban fuera de casa, podrían ser culpables de los trastornos de sus hijos.
Curiosamente, y en contraste con lo anterior, los niños que afirman haber sido objeto de
abusos sexuales por parte de sus progenitores pueden encontrar que el psicoanálisis
desestima la veracidad de sus recuerdos. Puesto que los niños desean supuestamente
mantener este tipo de relaciones, según el psicoanálisis, no sería raro que las inventasen
como fantasía sexual. Es decir, las inocentes madres de niños que padecen un trastorno
como el autismo, de más que probable origen innato, pueden verse acusadas, mientras
que los padres que abusan de sus hijos pueden verse eximidos.
El trato discriminatorio hacia la mujer por parte del psicoanálisis no se aplica
solamente a su papel de madre. Puede decirse que toda la concepción psicoanalista
clásica del desarrollo humano da por hecha la superioridad masculina. El hombre teme
perder sus apreciados genitales, mientras que la mujer los envidia. En realidad, desde el
punto de vista del psicoanálisis, sólo el hombre tiene órganos genitales. El niño dirige
desde el principio su deseo sexual hacia el progenitor del sexo opuesto, mientras que la
niña permanece durante toda la etapa edípica sumida en un estado intermedio entre la
homosexualidad y la bisexualidad, del que saldrá sólo cuando reconozca su confusión
respecto al objeto sexual. En cierto modo, el centro de la personalidad femenina es la
envidia del pene. Para Freud, la única manera que tiene la mujer de obtener placer
sexual es mediante la reproducción: el hijo se convierte en un sustituto del pene. Si la
mujer se sale de los papeles tradicionales que la sociedad le asigna, corre el riesgo de
producir graves daños en sus hijos.
No es de extrañar que, incluso desde dentro del psicoanálisis, estos planteamientos
sean de los más controvertidos de la teoría de Freud. En un sistema ideológico y
35
acientífico como el psicoanálisis, las teorías se desechan más porque contravienen los
usos y las costumbres sociales que a causa de datos contradictorios. Una de las mayores
revoluciones sociales del siglo XX es la llamada "liberación de la mujer". El cambio
ideológico que esto ha supuesto ha hecho insostenibles ciertos argumentos y
concepciones del psicoanálisis, lo que ha llevado a una revisión de esos presupuestos,
pero no de otros igualmente disparatados que hemos visto en este libro.
Lamentablemente, las posturas del llamado psicoanálisis feminista actual son más
políticamente correctas que las de Freud, pero no más rigurosas. Así podemos
encontrarnos con explicaciones psicoanalíticas de la discriminación histórica de la
mujer. Se trata de nuevo de una psicologización de los procesos sociales, similar a la
que llevaba a cabo Freud cuando trataba de explicar la guerra en términos
psicoanalíticos. Por ejemplo, desde el feminismo psicoanalista se puntualiza que no sólo
los niños odian a sus padres sino que, en términos de igualdad, las niñas también deben
odiar a sus madres.
El feminismo psicoanalista sostiene, en general, posturas radicales de
relativismo cultural. Por ejemplo, las diferencias entre hombres y mujeres no serían
esencialmente biológicas sino producto de las experiencias sexuales de la infancia, las
cuales llevarían a los hombres a pensar que son de género masculino y a las mujeres que
son de género femenino. Si el sexo de las personas no es innato, no debemos
sorprendernos de que el autismo tampoco lo sea. Sin embargo, el psicoanálisis de corte
feminista no sólo apoya posturas de relativismo cultural sino que éstas han recurrido con
frecuencia a las ideas psicoanalíticas para defender concepciones extravagantes sobre el
conocimiento y la realidad.
En este capítulo hemos podido ver cómo el psicoanálisis, partiendo de datos
empíricos escasísimos, y a menudo falseados, produce de nuevo ideas dañinas para la
sociedad: las madres de los autistas y homosexuales, y éstos mismos, así como las
mujeres en general, han
sido víctimas de ello.
5
Del mito al timo: conclusiones
Pocas teorías han mostrado mayor ambición con un cuerpo de conocimientos tan exiguo
como el psicoanálisis. La teoría psicoanalítica es capaz, supuestamente, de explicar el
desarrollo humano, la implantación y desaparición de recuerdos, las enfermedades
mentales, las normas sociales, el fundamento de cualquier manifestación cultural y hasta
por qué nos hacen gracia los chistes. Una de las causas que pudo estar en la base de esta
desmesurada ambición fue la propia arrogancia de Sigmund Freud. Con menos de 30
años, y cuando era lo que hoy llamaríamos un estudiante de postgrado a las órdenes de
Jean-Martin Charcot, escribió una carta a su prometida comunicándole que había
cambiado sus ideas, por lo que había decidido destruir todos sus escritos anteriores para
que sus biógrafos no tuviesen información sobre sus planteamientos originales. En su
opinión, las generaciones futuras buscarían esa información, pero el sufrimiento de sus
defraudados biógrafos no le causaba tristeza. Lo más curioso es que Freud acertó: se han
publicado multitud de biografías sobre él y aquellos papeles destruidos hubiesen sido,
sin duda, objeto de estudio de sesudos eruditos.
Freud no se conformaba con lo que podía aportar la ciencia. Había publicado algunos
estudios científicos sobre la médula espinal de las anguilas, los cangrejos de río y las
larvas de las lampreas, pero esta línea de investigación no le habría reportado la fama
36
que obtuvo tras abandonar el camino del método científico, ni tampoco, por supuesto, el
dinero dejado por pacientes, libros y conferencias.
El método científico es necesariamente lento: lo que un investigador puede demostrar
es siempre mucho menos de lo que es capaz de imaginar y escribir. Como hemos visto,
Freud dispuso de un limitadísimo conjunto de observaciones, pero en su
correspondencia de los últimos años llegó a decir que el psicoanálisis podría
haber evitado la Primera Guerra Mundial. Sus seguidores tomaron buena nota de ese
estilo y no se dejaron amedrentar por lo limitado de sus datos a la hora de construir
explicaciones ambiciosas. Lamentablemente, muchos de ellos no tuvieron la capacidad
creativa y literaria de Freud. En cualquier caso, el psicoanálisis se presentó al mundo
como una disciplina capaz de responder directamente a los problemas humanos. De
hecho, los psicoanalistas suelen criticar a la psicología científica por estar "apartada" de
los intereses reales de las personas. No cabe duda de que la invención y la fábula
pueden despertar mayor interés popular que la descripción de hechos contrastados,
como hacen las disciplinas científicas y cualquier acercamiento honesto a la realidad.
Por ejemplo, si un reportero riguroso se limita a informar de que un político entró en un
coche con una chica desconocida obtendrá menos fama que si monta una historia sobre
infidelidades amorosas que expliquen acuerdos de gobierno o cualquier otro asunto que
se le pueda ocurrir. Siguiendo el símil periodístico, el psicoanálisis vendría a ser algo así
como "psicología amarilla": la narración de explicaciones arbitrarias sin base real.
El movimiento psicoanalítico se ha constituido más en una doctrina semirreligiosa
que en una disciplina científica. Ya indicamos, al referirnos al curioso parecido entre el
complejo de Edipo y el pecado original, que hay claros paralelismos entre el
psicoanálisis y la religión. Además, al igual que una secta, el psicoanálisis forma sus
propios "sacerdotes", fuera del ámbito académico. Nadie sale de la universidad con un
título de psicoanalista: el interesado deberá formarse en los ámbitos que las sociedades
psicoanalíticas estipulen. El analista establecerá lo que es bueno y malo para el paciente
y lo que debe o no creer sobre sí mismo. Para muchos psicoanalistas, las obras de Freud
constituyen un libro sagrado. Es probable que ellos no recuerden haber sufrido el
complejo de Edipo, y no hallen razones para creer que durante una época de su infancia
obtuvieron placer sexual de naturaleza oral o anal, pero estarán dispuestos a llevar a
cabo un acto de fe sobre todos esos supuestos e impondrán a sus pacientes la misma
penitencia.
En este libro hemos ofrecido argumentos en favor de tres ideas esenciales. La
primera es que las teorías del psicoanálisis no tienen fundamento científico, ya que en
general son incomprobables, y en los casos en que se han tratado de comprobar se han
mostrado falsas o irrelevantes. La segunda idea es que ni siquiera desde el punto de
vista más pragmático podemos sostener que el psicoanálisis es al menos útil, bien sea
para el tratamiento de las neurosis, para el conocimiento del desarrollo humano o para
proponer hipótesis que pudieran contrastarse en investigaciones posteriores. La tercera
idea es que el uso del psicoanálisis ha resultado en muchos casos perjudicial. Muchas
personas han sufrido debido, por ejemplo, a los falsos recuerdos implantados por el
analista sobre abusos cometidos con ellos por sus seres más queridos, y éstos
experimentarán no menos amargura al conocer tales recuerdos, por más que conozcan
su falsedad. Por otra parte, la aportación del psicoanálisis a otras disciplinas ha
introducido no poca confusión. No es infrecuente que antropólogos, filólogos o
historiadores piensen que las teorías psicoanalíticas están demostradas científicamente
por provenir de una disciplina relacionada con la ciencia médica, cuando, como hemos
visto a lo largo del libro, la ciencia en el psicoanálisis es sólo apariencia.
Para terminar, abordemos lo que nos parece el verdadero enigma del psicoanálisis,
37
que no es, desde luego, ninguno de los que suelen plantear los psicoanalistas. Es posible
que usted haya pensado en él mientras leía este libro, y podríamos enunciarlo así: ¿qué
hace que algo tan escaso de fundamento, tan poco útil y hasta dañino, haya alcanzado
tan alto nivel de popularidad? Para abordar esta cuestión no es necesario acudir a
estrategias distintas de las que usamos para indagar sobre la popularidad de otras
pseudociencias. Como la astrología, el psicoanálisis nos dice cosas relevantes sobre
nosotros mismos apelando a ideas presuntamente científicas que estarían detrás de sus
afirmaciones. Además, tales ideas no son comprobables por quien las lee. Tan fuera del
alcance de cualquiera de nosotros está comprobar nuestros complejos ocultos como la
influencia de Marte en nuestro afán de superación.
Lacan considera a Freud cofundador, junto con Marx y Nietszche, del "partido de la
sospecha". Lo que tienen en común los miembros de este partido es el empeño por
desenmascarar los vicios ocultos de la burguesía. Marx habría revelado la avaricia del
capitalismo, Nietszche el resentimiento de la moral cristiana que impedía el surgimiento
del superhombre, y Freud la profunda depravación sexual oculta tras la respetable
apariencia de la burguesía de su tiempo. El propio Freud dio origen a una especie de
teoría de la conspiración supuestamente orquestada contra el psicoanálisis, y se refiere
en diversas ocasiones a la resistencia que habría de encontrar su teoría. Sin embargo, lo
que sucedió realmente fue que el psicoanálisis se popularizó desde el principio. El
argumento de la conspiración no es exclusivo del psicoanálisis, y suelen aducirlo
también los ufólogos que dicen que los gobiernos ocultan datos sobre avistamientos
ovni, o los defensores de las medicinas "alternativas", que se quejan de la falta de
reconocimiento por parte de la "ciencia oficial". En realidad, apelar a conspiraciones
suele ser bastante útil como herramienta retórica para crear intriga.
El hecho de que el psicoanálisis empezara a aludir continuamente al sexo en una
época de honda represión sexual fue, tal vez, su mejor elemento de propaganda. Como
adolescentes, los miembros de aquella sociedad se vieron profundamente fascinados por
unos libros y unas conferencias que les hablaban de lo que no se podía tratar en otros
ámbitos. El entorno médico y cultural en que comenzaba a propagarse el psicoanálisis le
servía de coartada para abordar asuntos intratables en otros ambientes. El propio Breuer,
coautor junto con Freud de su primer libro sobre la histeria, llegó a decir que el
principal objetivo del desmedido énfasis de Freud en la sexualidad había sido épater le
bourgeois (es decir, provocar a los burgueses). Parece que lo consiguió, y que
despertó en ellos un gran interés.
El psicoanálisis se atreve, además, a abordar la explicación de cualquier fenómeno,
lo que evita que los clientes se sientan desilusionados por lo que reciben a cambio de su
dinero. Las explicaciones que escucha quien se somete al psicoanálisis no son triviales o
anodinas sino, por el contrario, bastante llamativas. A una persona adicta al alcohol que
acuda a una consulta ordinaria se le darán explicaciones simples y un tratamiento en el
que participará en gran medida gracias a su propia voluntad. Si acude a un psicoanalista,
oirá posiblemente que el origen de su problema está en un lejano conflicto de la
infancia, que una vez superado hará desaparecer su alcoholismo. El segundo método es
mucho más atractivo que el primero y, además, en la mayoría de los casos, tendrá como
consecuencia que el paciente podrá seguir bebiendo.
A todos nos gusta sentirnos especiales, pensar que nuestro comportamiento se debe a
razones profundas y que el mundo está regido por intenciones ocultas. Cualquier novela
o película que incluya estos elementos suele tener éxito. Parece que el psicoanálisis no
lo ha tenido menos. Freud construyó una especie de religión laica para los nuevos
tiempos y un mito del que, como predecía Ludwig Wittgenstein ya en la primera mitad
del siglo XX, nos será muy difícil desembarazarnos: el mito del diván.
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