CAPÍTULO XIII
“La democracia en América” de Alexis de
Tocqueville
D E FAMILIA noble, hijo del conde Hervé de Tocqueville y
bisnieto, por parte de su madre, del marqués de Males-
herbes, Alexis de Tocqueville (1805-1859) contaba apenas con
26 años de edad cuando arribó, junto con su amigo Gustave
de Beaumont, en 1831, a Nueva York para una estancia en
Estados Unidos de nueve meses. Tocqueville y Beaumont eran
jóvenes magistrados franceses que habían ideado, como pretex-
to para poder realizar el viaje, el estudio del sistema peniten-
ciario norteamericano, para aplicar reformas al francés. Es de
los ejemplos palpables de cómo un pretexto puede permitir la
realización de una de las investigaciones más originales y fe-
cundas. Con el material recogido durante esos meses, Alexis
pudo escribir un libro de capital importancia en la ciencia polí-
tica, La democracia en América, cuyo primer tomo apareció en
1835 y causó, de inmediato, sensación y admiración. En 1840
vio luz el segundo tomo cuyo nivel de abstracción y generalidad
ya no logró la misma aceptación. Juntos forman una obra de
una riqueza sin paralelo. La fidelidad de las observaciones, la
originalidad de los comentarios, la profundidad de la reflexión
marcaron un pilar en la historia de la filosofía política. Desde
Montesquieu –de quien recibe una influencia notable– no se
veía nada igual. El “Montesquieu del siglo XIX”, como lo ha
llamado Chevallier, supo imprimir a su obra tanto la autenti-
cidad en el sentido más estricto del término como la belleza
[193]
194 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
en la expresión. La democracia en América es uno de los más
interesantes libros de filosofía política que pueda leerse.
Ahora bien, es menester hacer una aclaración. El verdadero
tema del libro de Tocqueville es la democracia. Estados Unidos
“no era más que el marco”.1
Confieso –nos dice– que en Norteamérica he visto algo más
que Norteamérica; busqué en ella una imagen de la demo-
cracia misma, de sus tendencias, de su carácter, de sus pre-
juicios y de sus pasiones; he querido conocerla, aunque no
fuera más que para saber al menos lo que debíamos esperar
o temer de ella (p. 39).
Tocqueville estaba preocupado por comprender las venta-
jas y peligros que la democracia traía consigo. Conociendo las
primeras podría establecer una relación entre igualdad y liber-
tad para el progreso humano; conociendo los segundos podría
evitarse una democracia sin libertad, es decir, una dictadura. Los
grandes estudiosos de la obra de Tocqueville2 están de acuerdo
en que su interés central era el estudio de la democracia y más
específicamente, de cómo evitar sus excesos. La igualdad de
condiciones, característica fundamental de la democracia, si no
1 Carta de Tocqueville a Stuart Mill citada por Enrique González Pedrero en la
introducción a la versión que sigo. La democracia en América, México, FCE, 1987. Pre-
facio, notas y bibliografía de J. P. Mayer; introducción de Enrique González Pedrero y
traducción de Luis R. Cuéllar.
2 J. P. Mayer, responsable de la edición francesa de las Obras Completas de Toc-
queville y uno de los grandes expertos en la obra de nuestro autor, ha escrito. “Tocque-
ville fue el primer pensador político moderno que entrevió la posibilidad de que una
sociedad democrática pudiera convertirse en democracia sin libertad.” “Uno de los
pensadores más profundos de la Europa del siglo XIX, Alexis de Tocqueville, que previó
la posibilidad de que la democracia degenerara en dictadura.” Trayectoria del pensa-
miento político, México, FCE, 1966, pp. 170 y 300. Tocqueville quería saber “cómo puede
preservarse la libertad personal ante las amenazadoras aspiraciones del contemporáneo
Estado de masas”, J. P. Mayer. Prefacio a la edición del FCE de La democracia en Amé-
rica. “No es menos cierto que, en una amplia medida, América no sería más que un pre-
texto, un ‘marco’, y que la democracia a secas sería el verdadero asunto.” J. J. Chevallier,
Los grandes textos políticos. Desde Maquiavelo a nuestros días, p. 230. La pregunta que
Tocqueville busca responder es “¿cómo conciliar la libertad con la nivelación igualita-
ria, cómo salvar la libertad?” Jean Touchard, Historia de las ideas políticas, p. 409.
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 195
va acompañada de libertad, conduce inevitablemente a la dicta-
dura. De ahí que Tocqueville resalte sus defectos buscando
siempre cómo solucionarlos. Y las soluciones las encuentra en
muchos casos en la experiencia norteamericana. Pero a la vez,
Tocqueville pinta un fresco maravilloso de Estados Unidos: las
costumbres, historia, legislación, carácter, cultura nacional, va-
lores y prejuicios de los norteamericanos van desfilando ante
nuestros ojos atónitos ante tanta comprensión. No importa que
algunos aspectos hayan cambiado. La esencia del carácter nor-
teamericano la “pescó” Tocqueville para siempre. Todavía hoy
quien quiera conocer y comprender a los norteamericanos, en-
contrará en La democracia en América una ayuda inigualable.
Por todo lo anterior se comprenderá la dificultad para ex-
plicar esta obra capital de la ciencia política. Si se queda uno con
el lienzo, lo central, el tema de la democracia, se corre el riesgo
de esquematizar demasiado y hacer perder el valor de la obra.
Si uno analiza el marco, en Estados Unidos, se puede fácilmente
caer en la descripción de detalles y circunstancias, algunos de
los cuales son distintos hoy en día. Trataré, por tanto, de resaltar
lo que Tocqueville dijo sobre la democracia pero mencionando,
así sea brevemente, algunos de los aspectos de la experiencia
norteamericana tal como Tocqueville la visualizó.
El primer tomo de la obra trata de la influencia de la demo-
cracia en las instituciones y costumbres políticas de los norte-
americanos; el segundo, de la influencia de la democracia en
sentimientos y opiniones. “Estas dos partes no forman, pues,
sino una sola obra.”3 En su magnífica introducción, Tocqueville
nos relata desde las primeras líneas los objetivos y alcances de
su obra. Lo que más llamó su atención durante su estancia en
Estados Unidos fue la igualdad de condiciones. Observó que esa
igualdad influye prodigiosamente sobre la sociedad: gobernan-
tes, y gobernados, leyes e instituciones; costumbres, opiniones
y sentimientos, todo, era influido por este hecho “generador”.
3 Advenencia al segundo volumen, p. 387 de la edición citada.
196 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
A medida que estudiaba la sociedad norteamericana, veía
cada vez más, en la igualdad de condiciones, el hecho gene-
rador del que cada hecho particular parecía derivarse, y lo
volvía a hallar constantemente ante mí como un punto de
atracción hacia donde todas mis observaciones convergían
(p. 31).
En efecto, Tocqueville cree haber encontrado su principio
a la manera de Montesquieu, el que una vez hallado le permite
explicar todo. Y ése es el punto flaco de Tocqueville: que todo
lo reduce a la misma causa; que atribuye determinados elemen-
tos del carácter nacional norteamericano a la forma de gobier-
no, es decir, cree que lo que es propiamente norteamericano lo
es por ser democrático.4 Generaliza mucho, como Stuart Mill se
lo señaló y él lo aceptó.
Esa igualdad de condiciones que llegaba a “límites extre-
mos” en Estados Unidos, Tocqueville creyó verla avanzar tam-
bién en las sociedades europeas. Comprendió que el futuro per-
tenecía a la democracia. “Desde ese momento concebí la idea
de este libro.” La igualdad de condiciones es “universal, durable,
escapa a la potestad humana y todos los acontecimientos, como
todos los hombres, sirven para su desarrollo”. Todas las condi-
ciones apuntaban a la misma dirección: el ineludible triunfo de
la democracia y la muerte de las sociedades aristocráticas. Hasta
4 Por ejemplo, al señalar que los norteamericanos se inclinan por las ideas gene-
rales más que los ingleses, lo atribuye a que Estados Unidos es una democracia. La
forma de gobierno no es la razón de la diferencia. Hoy sabemos que hay democracias
cuyos pueblos son más profundos que los norteamericanos. Su superficialidad y su gusto
por las ideas generales tienen otras causas. La forma en que fueron educados, la manera
en que crecieron y se desarrollaron: Trabajando mucho, haciendo dinero, amando la
aventura y la acción constituyeron su carácter nacional y no porque fueran una de-
mocracia. No toda democracia fomenta esas características aunque pueda influir en
ellas. Otro ejemplo: atribuye el gusto por lo práctico y la aversión por lo teórico a que
son una democracia. Esto es un error metodológico constante: Tocqueville atribuye a
la democracia –a toda democracia– lo que es propio sólo de los norteamericanos. Cfr.
pp. 398-401 y 420-421, por ejemplo. Aunque en la p. 416 acepta que algunos de esos
rasgos son propios de los norteamericanos, es una constante en su libro el error me-
todológico que apunto.
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 197
el propio Dios está a favor de la democracia. El triunfo de ésta
es la voluntad de aquél. Hasta aquí se había invocado la voluntad
de Dios para justificar el gobierno de los reyes. Ahora se le in-
voca para legitimar al gobierno del pueblo. “Querer detener la
democracia parecerá entonces luchar contra Dios.” La sociedad
avanza irremediablemente hacia la igualdad de condiciones.
¿Es sensato creer que un movimiento social que viene de
tan lejos, pueda ser detenido por los esfuerzos de una gene-
ración? ¿Puede pensarse que después de haber destruido el
feudalismo y vencido a los reyes, la democracia retrocederá
ante los burgueses y los ricos? ¿Se detendrá ahora que se ha
vuelto tan fuerte y sus adversarios tan débiles? (p. 33).
No, a juicio de Tocqueville. Por ello la va a estudiar. No
tomará partido abiertamente por ni contra ella, como él mismo
lo aclaró:
Se quiere absolutamente hacer de mí un hombre de partido
y yo no lo soy... se me atribuyen alternativamente prejuicios
aristocráticos o democráticos. Yo habría quizá tenido éstos
o aquéllos si hubiera nacido en otro siglo o en otro país. Pero
el azar de mi nacimiento me hizo muy fácil defenderme de
los unos y de los otros. Yo vine al mundo al final de una larga
revolución que, después de haber destruido al Estado anti-
guo, no había creado nada duradero. La aristocracia estaba
ya muerta cuando yo comencé a vivir, y la democracia no
existía todavía. Mi instinto no podía, pues, arrastrarme cie-
gamente ni hacia la una ni hacia la otra. Habitaba en un país
que durante cuarenta años había ensayado un poco de todo
sin detenerse definitivamente en nada. Yo no era, pues,
presa fácil en cuestión de ilusiones políticas. Formando yo
mismo parte de la antigua aristocracia de mi patria, no tenía
odio ni envidia naturales contra la aristocracia; y estando
destruida esta aristocracia, no tenía tampoco amor natural
198 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
por ella, pues no se adhiere uno fuertemente más que a lo
que vive. Yo estaba bastante cerca de ella para conocerla
bien y bastante lejos para juzgarla sin pasión. Otro tanto diré
del elemento democrático. Ningún interés me creaba una
inclinación natural y necesaria hacia la democracia, ni ha-
bría recibido personalmente de ella ninguna injuria. No
tenía ningún motivo particular para amarla ni para odiarla,
independientemente de los que me proporcionaba mi ra-
zón. En una palabra, estaba en tan perfecto equilibrio entre
el pasado y el porvenir, que no me sentía natural e instinti-
vamente atraído ni hacia el uno ni hacia el otro, y no he
tenido necesidad de grandes esfuerzos para lanzar tranqui-
las miradas a los dos lados.5
Esta larga carta escrita a un amigo inglés en 1837 es crucial
para comprender la posición de Tocqueville. El razonamiento
por encima de las pasiones; la objetividad como signo distintivo.
Lo mismo aparece en La democracia.
No pretendí siquiera –nos dice– juzgar si la revolución so-
cial, cuya marcha me parece inevitable, era ventajosa o fu-
nesta para la humanidad. Admito esa revolución como un
hecho realizado o a punto de realizarse, y entre los pueblos
que la han visto desenvolverse en su seno, busqué aquél
donde alcanzó su desarrollo más completo y pacífico, a fin de
obtener las consecuencias naturales y conocer, si se puede,
los medios de hacerla aprovechable para todos los hombres
(p. 39).
Ver la democracia como un hecho consumado y conociendo
sus peligros y excesos debemos buscar soluciones para que sea
útil a los hombres; he ahí el designio de Tocqueville. La igualdad
de condiciones –signo de la democracia– puede llegar a ser
extrema y conducir a la dictadura, ya lo dije antes. “No está más
5 Citada en Chevallier, op. cit., pp. 237-238.
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 199
lejos el cielo de la tierra que la verdadera igualdad de la igualdad
extremada”, había escrito Montesquieu.6 La democracia lleva
en su seno peligros latentes. Para contrarrestarlos se requiere
libertad. Éste es el verdadero antídoto contra los males que la
democracia trae consigo. Democracia sin libertad es tiranía y
nada es más dañino a los ojos de Tocqueville. El papel de nues-
tro autor es describir la democracia como un científico: con ad-
miración muchas veces pero siempre con objetividad: sin pre-
juicios ni intereses. En el inicio del segundo tomo, Tocqueville
escribe:
Se extrañará que, creyendo yo firmemente que la revolución
democrática de que somos testigos es un hecho irresistible
contra el cual no sería prudente ni útil luchar, dirija con
frecuencia en este libro reconvenciones a las sociedades
democráticas que esta revolución ha creado. Responderé
sencillamente que esto depende, no de que sea enemigo de
la democracia, sino de que he querido ser sincero respecto
a ella. Los hombres no conocen la verdad por boca de sus
enemigos, y sus amigos se la ofrecen raras veces. He aquí la
razón en que me he fundado para decírsela. Creo que habrá
muchos que se encargarán de anunciar los bienes que la
igualdad promete a los hombres; pero también, que muy
pocos se atreverán a señalar de lejos los peligros con que
ella los amenaza. Hacia estos peligros he dirigido principal-
mente mi atención y, creyendo haberlos descubierto con
claridad, no he podido decidirme a callarlos (p. 387, subra-
yado mío).
Ahora bien, ¿qué entendía Tocqueville por democracia?
Concibo una sociedad en la que todos, contemplando la ley
como obra suya, la amen y se sometan a ella sin esfuerzo; en
la que la autoridad del gobierno sea respetada como nece-
6 Montesquieu, Del espíritu de las leyes, VIII, III.
200 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
saria y no como divina; mientras que el respeto que se tri-
buta al jefe del Estado no es hijo de la pasión, sino de un
sentimiento razonado y tranquilo. Gozando cada uno de sus
derechos, y estando seguro de conocerlos, así es como se es-
tablece entre todas las clases sociales una viril confianza, y
un sentimiento de condescendencia recíproca, tan distinta
del orgullo como de la bajeza. Conocedor de sus verdaderos
intereses, el pueblo comprenderá que, para aprovechar los
bienes de la sociedad, es necesario someterse a sus cargas
(p. 36).
Bello y simple trazo de la democracia donde el interés
particular se confunde con el general; donde todos comprenden
que su progreso es el de los demás y que el de los demás implica
el propio. Y Estados Unidos fue el país donde se dio de manera
sencilla y fácil una revolución sin revolución.
Tocqueville va a estudiar los orígenes de la formación de
la democracia en Estados Unidos porque piensa que ahí está la
clave para comprender su existencia y desarrollo. Si observamos
a un hombre lo vemos en sus manifestaciones adultas pero, para
comprenderlo, debemos volver hacia atrás:
...examinemos al niño en los brazos de su madre; veamos al
mundo exterior reflejarse por primera vez en el espejo aún
oscuro de su inteligencia; contemplemos los ejemplos que
hieren su mirada; escuchemos las primeras palabras que des-
piertan en él las potencias dormidas del pensamiento; asis-
tamos en fin a las primeras luchas que tiene que sostener; y
solamente entonces comprenderemos de dónde vienen los
prejuicios, los hábitos y las pasiones que van a dominar su
vida. El hombre se encuentra, por decirlo así, entero en los
pañales de su cuna.
Magistral visión más de un siglo antes que Freud. Algo
análogo, dice Tocqueville, sucede con las naciones: hay que
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 201
conocer sus orígenes para comprender la influencia de ciertas
circunstancias durante el resto de sus vidas. Estados Unidos “es
el único país en donde se puede asistir al desenvolvimiento
natural y tranquilo” de su sociedad, de tal suerte que es fácil
conocer su punto de partida y ver la influencia que ejerció sobre
su desarrollo.
Los europeos que llegaron a Estados Unidos diferían entre
sí en muchos aspectos pero tenían, también, puntos de coinci-
dencia. Ante todo el lenguaje, todos eran hijos de un mismo
pueblo. Nacidos en Inglaterra, donde por la lucha de partidos
las facciones se habían visto obligadas a colocarse bajo la pro-
tección de las leyes, estaban acostumbrados, más que los pobla-
dores de cualquier otro país de Europa, a los derechos y prin-
cipios de libertad. El gobierno comunal estaba ya arraigado en
las costumbres inglesas. Las querellas religiosas los habían acos-
tumbrado a hablar y pensar en religión y así “las costumbres se
habían vuelto más puras”. Los emigrantes ingleses –al igual que
franceses y españoles– eran por lo general pobres, lo que los
acercó al amor por la igualdad, pues la pobreza y la desgracia
“son las mejores garantías de igualdad que se conocen entre los
hombres”. Y los ricos y poderosos que en ocasiones llegaron a
América pronto comprendieron que ahí las condiciones eran
contrarias a la “jerarquía de los rangos”. Comprendieron, asi-
mismo, que la tierra tenía que explotarse personalmente y, por
ende, que las parcelas tenían que ser pequeñas. No hubo así
grandes propiedades de tierra y, por tanto, tampoco aristocra-
cia: no son los privilegios ni la riqueza monetaria sino “la pro-
piedad rústica hereditariamente transmitida” lo que forma la
aristocracia. Desde el principio, pues, hubo igualdad de condi-
ciones. Pero Tocqueville aclara que hay que hacer ciertos ma-
tices. Los primeros inmigrantes eran hombres de espíritu “in-
quieto y turbulento”. Llegaron a Virginia buscando oro y plata
y pensando que ello lograría la riqueza de los pueblos, “idea
funesta” que hizo un terrible daño. Luego llegaron industriales
y cultivadores de las clases bajas de Inglaterra, más tranquilos y
202 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
morales pero sin “nobles pensamientos”. Tan pronto como la
colonia fue creada nació ahí la esclavitud. “Ése fue el hecho
capital que debía ejercer una inmensa influencia sobre el ca-
rácter, las leyes y el porvenir del sur” (p. 56). La esclavitud des-
honra el trabajo, introduce la ociosidad, la ignorancia y el or-
gullo.
Por el contrario, en el norte la situación era otra. Los
inmigrantes que ahí se establecieron –en la llamada Nueva Ingla-
terra– eran todos de la clase acomodada de su país natal. Era
gente educada, moral y trabajadora. No habían abandonado su
país por necesidad material sino por el deseo de hacer triunfar
una “idea”. Llamados a sí mismos peregrinos (pilgrims), eran
puritanos que buscaban una nueva tierra para vivir en ella a su
manera. “El puritanismo no era solamente una doctrina religio-
sa; se confundía en varios puntos con las teorías democráticas y
republicanas más absolutas” (p. 57). En la Nueva Inglaterra na-
cieron o se concibieron las ideas que forman las bases de la teo-
ría social de Estados Unidos, según Tocqueville. Ahí surgieron
y se fueron expandiendo por todo el territorio.
Pero el puritanismo no era ajeno al progreso de los asuntos
humanos. No podía serlo. Tan pronto como llegaron constitu-
yeron un verdadero contrato social, a la manera más exigente
que pudieron haber establecido Hobbes, Locke o Rousseau
aunque no los cite Tocqueville. Pero sí cita el convenio de 1620
en lo que luego sería Plymouth:
Nosotros, cuyos nombres siguen, que, por la gloria de Dios,
el desarrollo de la fe cristiana y el honor de nuestra patria,
hemos emprendido el establecimiento de la primera colonia
en estas remotas orillas, convenimos en estas presentes, por
consentimiento mutuo y solemne, y delante de Dios, for-
marnos en cuerpo de sociedad política, con el fin de gober-
narnos, y de trabajar por la realización de nuestros desig-
nios: y en virtud de este contrato, convenimos en promulgar
leyes, actas, ordenanzas y en instituir según las necesidades,
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 203
magistrados a los que prometemos sumisión y obediencia
(pp. 58-59).
Y lo mismo sucedió en New Haven en 1637, en Rhode Is-
land en 1638, en Connecticut en 1639, en Providence en 1640
(cita p. 668). Si los contractualistas habían explicado el origen
del estado social por el establecimiento de un contrato pero no
habían creído que hubiese sucedido así realmente, vemos que
los estados de Nueva Inglaterra nacieron, verdaderamente, por
un contrato social en la forma clásica que establecieron los
clásicos contractualistas. Es curioso que Tocqueville no haga
mención alguna al respecto.
En Norteamérica la organización principia por sus niveles
más locales, de suerte tal que la comuna se organizó antes que
el condado, éste antes que el estado y el estado (entidad fede-
rativa) antes que la Unión. Así se entiende que vivan muy de
cerca los problemas que les son propios y que se constituyan
para solucionarlos. Es en la comuna donde se expresan los
principios democráticos y republicanos más puros. En las comu-
nas de Nueva Inglaterra, por ejemplo, no se admite el principio
de la representatividad: es el pueblo mismo directamente el que,
en la plaza pública, delibera y decide los asuntos: como en la
Grecia clásica.
La comuna o municipio (township) de Norteamérica tiene,
por lo general, dos o tres mil habitantes, nombra a sus magistra-
dos propios, establece el presupuesto y percibe y reparte el
impuesto. La mayor parte de los poderes administrativos se
concentra en manos de un pequeño número de individuos
electos cada año y que se llaman los select-men. Son ellos los
que convocan a la comuna para que se reúna. El poder en la
comuna se divide en muchas manos. Unos son los magistrados
municipales llamados asesores que deben establecer el impues-
to; los colectores lo recaudan. Un oficial llamado constable se
encarga de la policía, de vigilar los lugares públicos y de hacer
aplicar la ley. El escribano de la comuna registra las deliberacio-
204 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
nes y lleva nota de las actas del registro civil. Hay un cajero que
guarda los fondos comunales. Otro se encarga de velar por los
pobres. Hay también comisarios de escuela para dirigir la ins-
trucción pública e inspectores de caminos.
Pero la división de las funciones no se detiene aquí: se en-
cuentran aún entre los oficiales municipales, comisarios de
parroquias, que deben reglamentar los gastos del culto, ins-
pectores de varias clases, encargados unos de dirigir los es-
fuerzos de los ciudadanos en caso de incendio; otros, de
velar por las cosechas; éstos de zanjar las dificultades que
puedan resultar en relación con las parcelas; aquéllos por
vigilar la medición de los bosques o inspeccionar los pesos
y medidas (pp. 80-81).
Las funciones deben aceptarse, bajo pena de multa, obliga-
toriamente pero están remuneradas para motivar que los pobres
no sufran perjuicio por atender los asuntos públicos. Los sala-
rios no son fijos sino en función del cargo y del trabajo que
desempeñan. En tanto que la comuna francesa no tiene sino un
funcionario administrativo, en Nueva Inglaterra tienen, por lo
menos, diecinueve.
En Estados Unidos el principio de la soberanía del pueblo
domina todo el sistema político. “Cada individuo es considerado
como igualmente ilustrado, igualmente virtuoso e igualmente
fuerte que cualquiera otro de sus semejantes.” Tocqueville se
pregunta ¿por qué entonces obedece a la sociedad? Lo hace,
nos dice, no porque se considere inferior a otros sino porque
sabe que la unión con sus semejantes es útil y que esa unión
requiere un poder regulador.
En todo lo concerniente a los deberes de los ciudadanos, se
ha vuelto súbdito. En todo lo que mira hacia sí mismo, per-
manece Señor: es libre y sólo debe dar cuenta de sus acciones
a Dios. De ahí la máxima de que el individuo es el mejor, el
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 205
único juez de su interés particular; la sociedad no tiene
derecho a dirigir sus acciones sino cuando se siente lesionada
por un hecho suyo, o cuando tiene necesidad de reclamar
su ayuda (p. 81).
He ahí uno de los fundamentos de la democracia: la sepa-
ración de las esferas pública y privada. El Estado, la sociedad,
no tienen ningún derecho de invadir la esfera privada donde las
deliberaciones y las decisiones corresponden únicamente al
individuo. Eso se comprendió muy temprano en Estados Uni-
dos. Por eso la libertad en la comuna se basa en la doctrina
de la soberanía del pueblo y por eso la comuna sólo se somete
al Estado cuando se trata de un interés “social”, es decir, com-
partido con otros, pero cuando se refiere a sus propios asun-
tos los resuelve independientemente. La comuna, en Nueva
Inglaterra, tiene, pues, dos grandes ventajas: independencia y
poder.
En Norteamérica los habitantes se identifican con su loca-
lidad más que con la Unión o, mejor dicho, a través de su lugar
de origen y de trabajo se identifican con los intereses más
abstractos del Estado. Es al través del conocimiento directo de
sus problemas que se arraigan a su ciudad.7
La siguiente unidad jurisdiccional es el condado que tiene
una circunscripción arbitraria creada exclusivamente con fines
administrativos: es el primer centro judicial e incluye varias
comunas. Cada condado tiene una corte de justicia, un sheriff y
una prisión, pero carece de existencia política. En los conda-
dos también existe el llamado juez de paz que está tomado de
Inglaterra y que no tiene analogía en ningún otro país europeo.
Ocupa un lugar intermedio entre el hombre común y corriente
y el magistrado. El juez de paz es un ciudadano ilustrado pero
sin conocimiento especializado de las leyes. No es más que el
policía de la sociedad.
7 De ahí que cuando dos norteamericanos se encuentran fuera de su país se pre-
guntan inmediatamente “where are you come from?", refiriéndose a su localidad.
206 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
Lo que más llama la atención del europeo que recorre Es-
tados Unidos, nos dice Tocqueville, es la ausencia de la admi-
nistración. Se ven leyes escritas, se constata su aplicación pero
no se ve el motor. “La mano que dirige la máquina social se oculta
a cada instante.” Esto es así porque la administración no es central
ni jerárquica. Vimos ya que la comuna tenía cuando menos
diecinueve funcionarios que no estaban jerarquizados sino que
cada uno atendía su función. Los funcionarios del condado por
lo general respetan los asuntos de la comuna y las decisiones de
sus funcionarios: sólo intervienen en los asuntos relativos al
condado. Ambos magistrados, de la comuna y del condado, en
un muy pequeño número de casos, deben comunicar el resulta-
do de sus operaciones al magistrado del gobierno central.
Pero el gobierno central no está representado por un hom-
bre encargado de hacer reglamentos generales de policía u
ordenanzas para la ejecución de la leyes ni de comunicarse
habitualmente con los administradores del condado de la
comuna, ni para inspeccionar su conducta, dirigir sus actos
y castigar sus faltas (p. 88).
De ahí que no haya “centro alguno al que los rayos del poder
vengan a convergir”. ¿Cómo se conduce, pues, a la sociedad? El
Poder Legislativo se extiende mucho en Estados Unidos: llega
hasta la administración misma. La ley desciende a detalles,
prescribe los principios y cómo aplicarlos logrando así que los
administradores tengan funciones “rigurosamente definidas”.
Si todos obedecen no hay problema. El problema es cómo hacer
obedecer a los funcionarios, sobre todo a los comunales. Los
tribunales son los encargados de imponer penas judiciales a
los infractores, pues un funcionario –nos dice Tocqueville con
gran penetración– puede cometer tres tipos de faltas: “puede
hacer, sin ardor ni celo, lo que le ordene la ley; puede no hacer
lo que la ley le manda;... puede hacer lo que la ley prohíbe” (p.
90). Los tribunales sólo pueden sancionar en los dos casos
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 207
últimos. Por encima de los magistrados del condado no hay
poder administrativo alguno; sólo el gubernamental. En Estados
Unidos, el Estado gobierna pero no administra. La administración
está en manos de la comuna que vela por los intereses inmediatos
de los ciudadanos. Es necesario, pues, conocer cómo gobierna
el Estado.
El Poder Legislativo está dividido en dos asambleas: el sena-
do y la cámara de representantes. Ambos son elegidos por el
pueblo de la misma manera aunque por un periodo distinto. La
finalidad de las cámaras es que existe un tribunal para la revisión
de las leyes. El principio de la división del Poder Legislativo so-
bre el que Montesquieu había escrito su célebre libro XI de Del
espíritu de las leyes recibió, con la experiencia norteamericana,
su consagración.
Se puede considerar desde entonces, como una verdad de-
mostrada, la necesidad de dividir la acción legislativa en
varios cuerpos. Esta teoría, casi ignorada en las repúblicas
antiguas, introducida en el mundo casi al azar, así como la
mayor parte de las grandes verdades, desconocida por varios
pueblos modernos, ha pasado al fin como un axioma a la
ciencia política de nuestros días (p. 96).
El Poder Ejecutivo tiene por representante al gobernador
en las entidades federativas y el presidente en la Unión. Es el
representante, pues la soberanía es del pueblo. Es un magistra-
do electo, tiene bajo su mando el poder militar y no interviene
en la administración de las comunas. La principal característica
del Poder Judicial, en todos los pueblos, es la de servir de árbi-
tro: para que los tribunales actúen debe haber litigio; para que
haya un juez debe haber un proceso. Si no hay una demanda el
Poder Judicial no puede actuar. En segundo lugar, el Poder Ju-
dicial debe pronunciarse sobre casos particulares y no sobre
principios generales. La tercera característica es que no puede
actuar sino cuando se acude a él, es decir, cuando se le somete
208 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
una causa. Los norteamericanos han conservado estas tres ca-
racterísticas pero el juez está revestido de un enorme poder po-
lítico, ¿por qué? Esto se debe, dice Tocqueville, a que los jueces
fundamentan sus decisiones sobre la Constitución y no sobre las
leyes: tienen el derecho de no aplicar las leyes cuando les pare-
cen anticonstitucionales. Este es un caso único y de ahí la fuerza
del Poder Judicial. El pueblo, en Estados Unidos, puede modi-
ficar la Constitución cuando le parezca, pero en tanto exista es
la causa y origen de todos los poderes. En Norteamérica, “las
teorías políticas son más sencillas y más racionales’’. “Los nor-
teamericanos han confiado a sus tribunales un inmenso poder
político; pero, al obligarlos a no acatar las leyes sino por medios
judiciales, han disminuido mucho los peligros de ese poder” (p.
109).
En Estados Unidos todos los ciudadanos tienen el derecho
de acusar a los funcionarios públicos que infrinjan la ley ante
los jueces ordinarios y éstos pueden condenarlos. Ello no ha
debilitado al gobierno sino, más bien, aumentado el respeto que
se debe a los gobernantes, pues éstos se preocupan por cumplir
su cometido bien. La cámara de representantes es la encargada
de acusar a los funcionarios públicos y de convocar al senado
que es el encargado de juzgarlos. He ahí un juicio político, para
Tocqueville: “el fallo que pronuncia un cuerpo político momen-
táneamente revestido del derecho de juzgar”. De lo que se trata
es de quitarle el poder a quien ha hecho mal uso de él e impedir
que lo vuelva a tener: es una función administrativa. No se trata,
como en Europa, de castigarlos sino de “arrebatarles el poder”.
La Federación fue la idea que cristalizó para mejor repre-
sentar los intereses norteamericanos. Se trataba de una fórmula
que hacía coincidir autonomía e independencia de los estados
con la fuerza y cohesión de la Unión. Se definieron las funciones
de ésta para atender a las grandes necesidades sociales y todo
lo demás quedaba como atribución de cada estado. La Unión
tenía el derecho exclusivo de hacer la guerra y la paz; de firmar
tratados de comercio; de formar ejércitos y flotas; de regular lo
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 209
relativo al dinero, los servicios de correo y las comunicaciones
que unieran las partes del territorio.
El gobierno norteamericano es federal, esto es, la soberanía
–el derecho de hacer las leyes– está dividida entre la Unión y
los estados. El presidente es simplemente el ejecutor de la ley;
no forma parte del soberano es sólo su agente. Es un poder
inferior y dependiente del Legislativo. El Judicial también está
separado y es independiente. De esta relación se desprenden
dos peligros que Tocqueville ve para la supervivencia de la
democracia: que el Legislativo se subordine a los caprichos del
electorado y que se concentren en ese poder los demás poderes
del gobierno. Antes de la Confederación norteamericana exis-
tieron otras en Europa en donde los distintos estados consen-
tían en obedecer los mandatos del gobierno federal, pero
reservándose el derecho de ejecutar las leyes ellos mismos. En
Estados Unidos se deja a la Unión el derecho de ejecución. Las
decisiones de la Unión afectan no a los estados sino a los indi-
viduos directamente. “Cuando quiere recaudar un impuesto, no
se dirige al gobierno de Massachusetts, sino a cada habitante de
Massachusetts.” La Federación existe, precisamente, para unir
las ventajas que resultan de la grandeza y pequeñez de las na-
ciones. La Unión, en Estados Unidos, siendo una gran república
se comporta como una pequeña a causa de los pocos asuntos
que trata: “es libre y feliz como una pequeña nación, gloriosa y
fuerte como una grande” (p. 157).
La soberanía, pues, reside en el pueblo. Él es el todo pode-
roso; todo se hace a su nombre y “como todos los países donde
manda el pueblo, la mayoría es la que gobierna en nombre del
pueblo” (p. 191). Esto ha llevado a un exceso que Tocqueville
llama la omnipotencia de la mayoría. En Estados Unidos se
crece creyendo en la fuerza de las opiniones propias, lo que ha
fortalecido el individualismo, pero, por otro lado, ha sido supe-
rado por la idea de que varias cabezas piensan mejor que una y
esto ha originado la idea colectivista de que la mayoría siempre
tiene razón. La soberanía reside en el pueblo y su voz es la de
210 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
la mayoría. De ahí que no sólo esté esto reglamentado en la ley
sino en las costumbres.8 Los norteamericanos parecen pensar
que la mayoría nunca se equivoca. “Las circunstancias de este
estado de cosas son funestas y peligrosas para el porvenir” (p.
256). Es parte de lo que Popper ha llamado las paradojas de la
democracia.9
La mayoría, en Estados Unidos, lo decide todo.
Cuando un hombre o un partido sufre una injusticia en Es-
tados Unidos, ¿a quién queréis que se dirija? ¿A la opinión
pública? Es ella la que forma la mayoría. ¿Al Poder Ejecu-
tivo? Es nombrado por la mayoría y le sirve de instrumento
pasivo. ¿A la fuerza pública? La fuerza pública no es otra
cosa que la mayoría bajo las armas. ¿Al jurado? Tal jurado
es la mayoría revestida del derecho de pronunciar senten-
cias. Los jueces mismos, en ciertos estados, son elegidos por
la mayoría (p. 259).
Los excesos de la mayoría no son otra cosa que una tiranía.
Peligro que es necesario conjurar. Un cuerpo legislativo repre-
sentante de la mayoría pero sin ser esclavo de ella; un Poder
Ejecutivo fuerte y un Poder Judicial independiente lograrían
una democracia sin tiranía. 10 Lo importante es no someterse
a una opresión así sea de muchos. “En cuanto a mí, cuando sien-
to que la mano del poder pesa sobre mi frente, poco me importa
saber quién me oprime; y por cierto que no me hallo más dis-
puesto a poner mi frente bajo el yugo, porque me lo presenten
un millón de brazos” (p. 397).
8 Para Tocqueville son tres los factores que influyen en el establecimiento de una
democracia: las costumbres, más importantes que las leyes y éstas más que la situación
física del país. Su análisis abordará los tres aspectos.
9 Cfr. Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, Barcelona, Paidós, 1982.
Una paradoja política es la siguiente: ¿qué pasa si la mayoría elige a un tirano injusto;
se debe respetar su voluntad?
10 Esto se ha logrado hoy en día en gran medida. Aunque la fuerza de la mayoría
sigue siendo enorme, los intereses del individuo pueden hacerse valer en los tribunales.
Pero sigue siendo difícil ir contra la voz de la mayoría.
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 211
En la república democrática estudiada por Tocqueville hay
ciertas instituciones que configuran el carácter norteamericano
y le dan sentido a la igualdad de condiciones: son los partidos
políticos, los periódicos y las asociaciones. Tocqueville descu-
brió que los partidos norteamericanos no descansaban sobre
principios sino sobre intereses y describió su función con verda-
dero tino.11 Encontró, asimismo, que la libertad de prensa estaba
estrechamente relacionada con la soberanía del pueblo, de ahí
que existiera un verdadero culto a esa libertad y numerosos
periódicos. Pero también aquí Tocqueville veía los peligros del
exceso. La comparación con la prensa francesa los ponía al
descubierto.12 “La prensa periódica es...después del pueblo, la
primera de las potencias” (p. 203), apunta Tocqueville. Por otro
lado, en ningún otro país de la tierra hay tantas asociaciones
como en Estados Unidos. El filósofo se maravilla de ello. Dice
que desde la niñez el norteamericano está educado para forjar
asociaciones: civiles, educativas, morales.13 Todas estas asocia-
ciones preparan al individuo para asociarse políticamente, es un
11 Cfr. pp. 192-197.
12
“En Francia, los anuncios comerciales sólo ocupan un espacio muy restringido,
las noticias son poco numerosas; la parte esencial de un periódico es aquélla donde se
encuentran las discusiones políticas. En Norteamérica, las tres cuartas partes del in-
menso diario que tenemos ante nuestros ojos están llenas de anuncios, el resto ocupado
a menudo por noticias políticas o por simples anécdotas; de vez en cuando solamente,
se percibe en un rincón ignorado una de esas discusiones ardientes que son entre
nosotros el alimento cotidiano de los lectores” (p. 201). “El espíritu del periodista, en
Francia, es discutir de una manera violenta, pero elevada y a menudo elocuente, los
grandes intereses del Estado... El espíritu periodista, en Estados Unidos, es atacar
groseramente, sin arte y sin concierto, las pasiones de aquéllos a quienes se dirige;
abandonar los principios para cebarse en los hombres; seguir a éstos en su vida privada,
y poner al desnudo sus debilidades y sus vicios” (p. 202). Igual que hoy.
13 “El habitante de Estados Unidos aprende desde su nacimiento que hay que apo-
yarse sobre sí mismo para luchar contra los males y las molestias de la vida; no arroja
sobre la autoridad social sino una mirada desconfiada e inquieta, y no hace un llama-
miento a su poder más que cuando no puede evitarlo. Esto comienza a sentirse desde
la escuela, donde los niños se someten, hasta en sus juegos, a reglas que han establecido
y castigan entre sí los delitos por ellos mismos definidos. El mismo espíritu se palpa en
todos los actos de la vida social. Surge un obstáculo a la vía pública, el paso está interrum-
pido y la circulación detenida; los vecinos se establecen al punto en cuerpo deliberante;
de esa asamblea improvisada saldrá un Poder Ejecutivo que remediará el mal, antes de
que la idea de una autoridad preexistente a la de los interesados se haya presentado en
212 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
proceso educativo que lleva a la asociación política y al respeto
por el voto universal.
Estas tres instituciones –partidos políticos, asociaciones y
periódicos– y las libertades locales –en especial la autonomía de
la comuna– son los antídotos contra los excesos y peligros de la
democracia que Tocqueville descubre en la experiencia norte-
americana. Cada uno de ellos tiene sus propios riesgos pero bien
encauzados propician la libertad que la igualdad de condiciones
requiere. Son páginas magistrales las escritas por Tocqueville
sobre estas cuestiones. Páginas que resaltan el papel que esas
instituciones juegan para la libertad y, a la vez, describen y
comprenden el carácter norteamericano con una penetración
sin par.14 Páginas a las que debe volver el lector del siglo XX.
Como aquéllas inolvidables sobre los negros y los indios: pro-
fundas, esclarecedoras, bellamente escritas que ningún trabajo
sobre Tocqueville puede igualar: hay que volver a ellas y delei-
tarse con ellas. Nada como la lectura directa de un clásico. Y
hablando de páginas inolvidables y de la penetración increíble
de Tocqueville, no puedo dejar de recordar dos predicciones
magistrales que aparecen en la conclusión de su primer tomo.
Una sobre nuestro país.
Cada día los habitantes de Estados Unidos se introducen
poco a poco en Texas, adquieren tierras y, en tanto que se
someten a las leyes del país, fundan en él el imperio de su
lengua y de sus costumbres. La provincia de Texas está
_______
la imaginación de nadie. Si se trata de placeres, se asociarán para dar más esplendor y
amenidad a la fiesta. Unirse, en fin, para resistir a enemigas puramente intelectuales:
se combate en común la intemperancia. En Estados Unidos, asócianse con fines de se-
guridad pública, de comercio y de industria, de moral y religión. Nada hay que la vo-
luntad humana desespere de alcanzar por la acción libre de la potencia colectiva de los
individuos” (p. 206).
14 Los norteamericanos aman las ideas generales y simples: son superficiales; pre-
fieren la acción a la especulación; su literatura va encaminada más a dividir que a “influir
en las costumbres”; su arte es más útil que bello o es bello por útil, como su virtud; aman
el bienestar material más que ningún otro pueblo. Estos y otros rasgos del carácter
nacional norteamericano son descritos con singular maestría por Tocqueville.
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 213
todavía bajo la dominación de México, pero bien pronto no
se encontrarán en ella, por decirlo así, más mexicanos (p.
380).
La otra sobre la división del mundo en dos esferas de dominio.
Hay actualmente sobre la tierra dos grandes pueblos que,
partiendo de puntos diferentes, parecen adelantarse hacia
la misma meta: son los rusos y los angloamericanos. Los dos
crecieron en la oscuridad y, en tanto que las miradas de los
hombres estaban ocupadas en otra parte, ellos se colocaron
en el primer rango de las naciones y el mundo conoció casi
al mismo tiempo su nacimiento y su grandeza. Todos los
demás pueblos parecen haber alcanzado poco más o menos
los límites trazados por la naturaleza, y no tener sino que con-
servarlos, pero ellos están en crecimiento; todos los demás
están detenidos o no adelantan sino con mil esfuerzos; sólo
ellos marchan con paso fácil y rápido en una carrera cuyo
límite no puede todavía alcanzar la mirada. El norteameri-
cano lucha contra los obstáculos que le opone la naturaleza;
el ruso está en pugna con los hombres. El uno combate el
desierto y la barbarie; el otro la civilización revestida de
todas sus armas: así las conquistas del norteamericano se
hacen con la reja del labrador y las del ruso con la espada
del soldado...el uno tiene por principal medio de acción la
libertad; el otro, la servidumbre. Su punto de vista es dife-
rente, sus caminos son diversos; sin embargo cada uno de
ellos parece llamado por un designio secreto de la Providen-
cia a sostener un día en sus manos los destinos de la mitad
del mundo (pp. 382-383).
Realmente increíble esta predicción sin paralelo.
Habíamos dicho en el principio que el amor por la igualdad
es la característica propia de las democracias y que sin libertad se
convierten en tiranías. Conviene, pues, distinguir una de la otra.
214 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
La libertad se manifiesta en diversos tiempos y no es signo
distintivo de la democracia. Es la igualdad de condiciones lo
propio de esta forma de gobierno. Los males que la libertad trae
consigo son visibles para todos y algunas veces inmediatos. Los
males de la democracia, de la “extrema igualdad”, se manifiestan
poco a poco y no se les ve más que de tiempo en tiempo. Los
bienes que produce la libertad no se descubren sino a la larga y
no es fácil averiguar la causa que los produce. Provoca, a veces,
placeres sublimes a ciertos hombres. Los bienes que produce la
igualdad son inmediatos para todos y se manifiestan en una
multitud de pequeñas cosas. La libertad se consigue con mu-
cho esfuerzo. La igualdad produce placeres que se ofrecen por
sí solos: cualquier incidente los hace nacer y sólo se requiere
vivir para disfrutarlos.
La idea de libertad implica movimiento y progreso; la au-
sencia de libertad, estancamiento.
Cuando se pasa de un país libre a otro que no lo es, se siente
uno sorprendido por un espectáculo extraordinario: allá
todo es actividad y movimiento; aquí todo parece tranqui-
lo e inmóvil. En el uno, no se trata sino de mejoramiento
y de progreso; se diría que la sociedad, en el otro, después
de haber adquirido todos los bienes, no aspira sino a des-
cansar para gozar de ellos. Sin embargo, el país que se im-
pone tanta agitación para ser feliz es en general más rico y
próspero que el que parece tan satisfecho de su suerte. Y,
al considerarlos a ambos, cuesta trabajo concebir cómo tan-
tas necesidades nuevas se dejan sentir cada día en el prime-
ro, en tanto que parecen sentirse tan pocas en el segundo
(p. 250).
Esta idea, cuyo peso y trascendencia es vital para la com-
prensión de cómo avanza y progresa el ser humano en lo indi-
vidual y lo colectivo, aparece aquí como suelta pero llena de
sentido. Jacob Bronowski, en nuestro siglo, la comprendió como
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 215
nadie. 15 La libertad que penetra por las costumbres –y es la
mujer la que hace las costumbres, dice Tocqueville– se arraiga
en la familia al través de los hábitos políticos y las creencias
religiosas. La regularidad de las costumbres depende del país, la
raza, la religión, etcétera, pero lo que la explica mejor es la igual-
dad de condiciones y las instituciones que de ella emanan. La
sola igualdad no produce regularidad de costumbres pero las
favorece. Así, la importancia de las ideas políticas y religiosas
reside en su influencia sobre las costumbres. De lo político me
he ocupado al hablar de los poderes, de la prensa, de las asocia-
ciones y de los partidos. De la religión no he dicho nada. Para
Tocqueville “la religión no es...sino una forma particular de la
esperanza, y es tan natural al corazón humano como la esperan-
za misma” (pp. 294-295). Era un hombre que creía en la religión,
pero como analista le preocupaba el papel que ésta desempe-
ñaba. “No se puede establecer el imperio de la libertad sin el de
las costumbres, ni consolidar las costumbres sin las creencias”
(p. 38). Establecer la libertad es, recuérdese, su objetivo central
para evitar los males que la igualdad produce. Pero la libertad
es cuestión de costumbres y ésta de creencias. De ahí que las
estudie por su función social. Montesquieu había dicho que le
importaba más la religión porque suavizaba las costumbres que
porque fuera verdadera. Tocqueville parece seguir el mismo
camino. Es preciso reconocer, nos dice, que si la religión (no una
en especial) “no salva a los hombres en el otro mundo, al me-
nos es muy útil para su felicidad y su grandeza en éste” (p. 405).
15 Jacob Bronowski, El ascenso del hombre. El individuo, como la sociedad, avan-
zan si salen, si se atreven y se desarrollan. El que se queda se estanca, aparece atrapado
en rituales sin fin. Las estatuas de la Isla de Pascua son un ejemplo de ello. Al no poder
salir de la isla su concepción del mundo se redujo y se quedaron expresando gestos y
rituales en la forma repetida de estatuas iguales con las cuencas de los ojos vacíos. Véase
también, Tocqueville: “Se cree que las nuevas sociedades cambian diariamente de faz, y
yo temo que acaben por fijarse invariablemente en las mismas leyes, preocupacio-
nes y costumbres, de modo que el género humano se detenga y se limite; que el espíritu
se encierre eternamente en sí mismo, sin producir ideas nuevas; que se consuma el hom-
bre en pequeños movimientos aislados y constantes, y que la humanidad no adelante
nada a pesar del continuo movimiento” (p. 593).
216 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
En Europa, la libertad y la religión estaban en pugna. En
Estados Unidos en armonía. Ello explica el carácter norteame-
ricano y le da sentido a sus costumbres. Es lo que pretendía
Tocqueville para toda democracia: la suavidad de las costum-
bres, la firmeza en las creencias que hiciera una sociedad libre
y democrática.
Las ideas y sentimientos democráticos también influyen
sobre la sociedad política. La igualdad de condiciones puede
producir independencia o esclavitud. Entre más iguales son las
condiciones, la sociedad se hace más grande y los individuos más
pequeños. Las naciones democráticas tienden, así, hacia la cen-
tralización de los poderes. Y éste es otro de los peligros que
Tocqueville observa: la centralización y lo que conlleva: el
estatismo, aunque no lo llame así. Todos los poderes se centran
en manos del soberano y sus representantes y surge un Estado
fuerte.
El Estado es quien casi únicamente ha tomado a su cargo
dar pan a los que tienen hambre, socorro y asilo a los enfer-
mos y trabajo a los desocupados; se ha convertido en el re-
parador casi único de casi todas las miserias. La educación
también, como la caridad, ha venido a ser para la mayor par-
te de los pueblos de nuestros días un problema nacional. El
Estado, frecuentemente, toma al hijo de los brazos de la ma-
dre para confiarlo a sus agentes, y se encarga de inspirar a
cada generación sentimientos e ideas (p. 625).
Entre más crece la sociedad, el Estado se encarga de más
tareas y los particulares de menos. La uniformidad reina, la
diversidad y la libertad desaparecen. La igualdad de condiciones
hace que sea más posible establecer ahí un gobierno absoluto y
despótico (donde uno oprima a los demás que son todos iguales
entre sí). Sólo la libertad puede evitar estos males. La función
de Tocqueville –“me figuro que yo habría amado la libertad en
todos los tiempos, pero en los que nos hallamos me inclino a
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 217
adorarla”– es indagar “qué especie de gobierno libre puede
establecerse en un pueblo donde los ciudadanos son iguales”
(p. 636). La solución que Tocqueville propone es no dar al
soberano todos los poderes administrativos sino dar una parte
de éstos a “cuerpos secundarios formados temporalmente de
simples ciudadanos”. Así habría más libertad para los ciudada-
nos sin que disminuyera su igualdad. Es de hacerse notar que
Tocqueville, al parecer, entiende aquí por soberano al gobierno
que aunque es el representante del pueblo no es el pueblo
mismo. Si antes había admitido que el soberano es el pueblo, aho-
ra piensa en el gobierno. La distinción de Rousseau entre sobe-
rano y gobierno que al principio parecía haber admitido aquí la
olvida. De ahí que descentralizar al gobierno lo considere vital
para la democracia. De ahí también que piense que, para evitar
los peligros del despotismo, los funcionarios deben ser elegidos.
La elección es un recurso que hace independiente al funciona-
rio del poder central.
Otro recurso es formar asociaciones de gente opulenta,
influyente y fuerte que sirva como pequeñas aristocracias den-
tro de la democracia. Se obtendrían, así, muchas de las “mayores
ventajas políticas de las aristocracias sin sus injusticias ni sus
peligros”.
La igualdad de condiciones aísla y debilita al individuo y
fortalece a la sociedad. La prensa lo pone en contacto con los
otros y le da fuerza. “La prensa es, por excelencia, el instrumen-
to democrático de la libertad” (p. 638). Lo mismo sucede con el
Poder Judicial: su objetivo son los intereses particulares y los
pequeños asuntos. Cualquiera puede acudir a un juez para
hacer oír su queja y defenderse.
En los tiempos democráticos los derechos individuales pue-
den ser fácilmente pisoteados. Por ello los amantes “de la liber-
tad y de la grandeza humana deben estar dispuestos a impedir
que el poder social sacrifique los menores derechos particulares
de algunos individuos a la ejecución general de sus designios”
(p. 639). Por eso es necesario, dice Tocqueville en 1840,
218 ENRIQUE SUÁREZ-IÑIGUEZ
...fijar al poder social extensos límites, pero visibles e inmó-
viles; dar a los particulares ciertos derechos y garantizarles
el goce tranquilo de ellos; conservar al individuo la poca
independencia, fuerza y originalidad que le queda; elevarlo
al nivel de la sociedad, sosteniéndolo frente a ella; tal me
parece ser el primer objeto del legislador en el siglo en que
entramos (p. 641).
Otra vez la profecía de Tocqueville que se cumple. Afortu-
nadamente esto se consiguió en buena parte. Nuestro filósofo
comprendió bien los peligros y propuso soluciones adecuadas
entre “las de la experiencia norteamericana”. Vio los males que
la igualdad trae consigo: la igualdad bajo la servidumbre, es
decir, bajo el dominio de uno; la extrema igualdad; la fuerza
desmedida de la mayoría (colectivismo u holismo le llamaríamos
hoy); el individualismo exacerbado; la centralización; el despo-
tismo; el estatismo. Y vio también las soluciones: las asociaciones,
los partidos, la prensa, la comuna, la descentralización, la reli-
gión, la división y autonomía de los poderes y, sobre todo, la
libertad.
Ningún epílogo más claro que el que el propio Tocqueville
escribió. Nada puede sintetizar mejor su pensamiento. Es un
párrafo memorable. Al final de su segundo tomo, escribió:
Veo grandes peligros que es posible conjurar; grandes males
que se pueden evitar o disminuir. Y cada vez me afirmo más
en la creencia de que, para que las naciones democráticas
sean honradas y dichosas, basta que quieran serlo. No igno-
ro que muchos de mis contemporáneos han pensado que los
pueblos no son jamás dueños de sus acciones, y que obede-
cen necesariamente a no sé qué fuerza insuperable e inin-
teligible, que nace de los acontecimientos anteriores, de la
raza, del suelo o del clima. Éstas son falsas y fútiles doctrinas,
que no pueden jamás dejar de producir hombres débiles y
naciones pusilánimes; la Providencia no ha creado el género
“LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA” DE ALEXIS DE TOQUEVILLE 219
humano ni enteramente independiente, ni completamente
esclavo. Ha trazado, es verdad, alrededor de cada hombre,
un círculo fatal de donde no puede salir; pero, en sus vastos
límites, el hombre es poderoso y libre. Lo mismo ocurre con
los pueblos.