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Breve Historia Del Neoliberalismo David W Harvey

David W. Harvey analiza el neoliberalismo como una respuesta a la crisis de acumulación del capitalismo en los años setenta, destacando su impacto en la desigualdad social y la lucha de clases. A través de ejemplos históricos, argumenta que el neoliberalismo ha transformado las prácticas políticas y económicas, favoreciendo a los estratos altos y ampliando la brecha con las mayorías empobrecidas. El libro busca ofrecer un relato crítico del origen y la expansión del neoliberalismo, así como proponer alternativas políticas y económicas.

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Breve Historia Del Neoliberalismo David W Harvey

David W. Harvey analiza el neoliberalismo como una respuesta a la crisis de acumulación del capitalismo en los años setenta, destacando su impacto en la desigualdad social y la lucha de clases. A través de ejemplos históricos, argumenta que el neoliberalismo ha transformado las prácticas políticas y económicas, favoreciendo a los estratos altos y ampliando la brecha con las mayorías empobrecidas. El libro busca ofrecer un relato crítico del origen y la expansión del neoliberalismo, así como proponer alternativas políticas y económicas.

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En Breve historia del neoliberalismo, David W.

Harvey examina histórica y


geográficamente la teoría y la práctica del neoliberalismo desde mediados
de los años setenta. Considera que el neoliberalismo fue una respuesta a la
crisis de acumulación sufrida por el capitalismo en los años setenta,
caracterizada por una baja de los rendimientos de las inversiones simultánea
con un incremento de las luchas sociales. El neoliberalismo pudo
establecerse aprovechando que la crisis provocó la debilidad de los estados
frente a los bancos, los cuales pudieron imponer las privatizaciones y la
reducción de las garantías laborales.
Para Harvey, el neoliberalismo ha tenido éxito en incrementar el capital y el
poder de los estratos altos de la sociedad, pero ha ampliado la brecha entre
éstos y las mayorías empobrecidas, poniendo en primera plana, otra vez, la
lucha de clases. La crisis de acumulación reaparece, no fue definitivamente
resuelta y ello traza los límites históricos del modelo neoliberal.
David W. Harvey

Breve historia del neoliberalismo


ePub r1.2
Titivillus 23.03.2025
Título original: A Brief History of Neoliberalism
David W. Harvey, 2005
Traducción: Ana Varela Mateos

Editor digital: Titivillus


ePub base r3.0 (ePub 3)

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Introducción

No sería de extrañar que los historiadores del futuro vieran los años
comprendidos entre 1978 y 1980 como un punto de inflexión
revolucionario en la historia social y económica del mundo. En 1978 Deng
Xiaoping emprendió los primeros pasos decisivos hacia la liberalización de
una economía comunista en un país que integra la quinta parte de la
población mundial. En el plazo de dos décadas, el camino trazado por Deng
iba a transformar China, un área cerrada y atrasada del mundo, en un centro
de dinamismo capitalista abierto con una tasa de crecimiento sostenido sin
precedentes en la historia de la humanidad. En la costa opuesta del Pacífico,
y bajo circunstancias bastante distintas, un personaje relativamente oscuro
(aunque ahora famoso) llamado Paul Volcker asumió el mando de la
Reserva Federal de Estados Unidos en julio de 1979, y en pocos meses
ejecutó una drástica transformación de la política monetaria. A partir de ese
momento, la Reserva Federal se puso al frente de la lucha contra la
inflación, sin importar las posibles consecuencias (particularmente, en lo
relativo al desempleo). Al otro lado del Atlántico, Margaret Thatcher ya
había sido elegida primera ministra de Gran Bretaña en mayo de 1979, con
el compromiso de domeñar el poder de los sindicatos y de acabar con el
deplorable estancamiento inflacionario en el que había permanecido sumido
el país durante la década anterior. Inmediatamente después, en 1980,
Ronald Reagan era elegido presidente de Estados Unidos y, armado con su
encanto y con su carisma personal, colocó a Estados Unidos en el rumbo de
la revitalización de su economía apoyando las acciones de Volcker en la
Reserva Federal y añadiendo su propia receta de políticas para socavar el
poder de los trabajadores, desregular la industria, la agricultura y la
extracción de recursos, y suprimir las trabas que pesaban sobre los poderes
financieros tanto internamente como a escala mundial. A partir de estos
múltiples epicentros, los impulsos revolucionarios parecieron propagarse y
reverberar para rehacer el mundo que nos rodea bajo una imagen
completamente distinta.
Las transformaciones de este alcance y profundidad no suceden de
manera accidental. Así pues, resulta oportuno indagar qué caminos y qué
medios se utilizaron para lograr arrancar esta nueva configuración
económica —a menudo subsumida en el término «globalización»— de las
entrañas de la vieja. Volcker, Reagan, Thatcher y Deng Xiaoping optaron
por utilizar, todos ellos, discursos minoritarios que estaban en circulación
desde hacía largo tiempo y los tornaron mayoritarios (aunque en ningún
caso sin una dilatada lucha). Reagan hizo revivir una tradición minoritaria
en el seno del Partido Republicano, surgida a principios de la década de
1960 de la mano de Barry Goldwater. Deng era testigo del vertiginoso
aumento de riqueza y de influencia experimentado por Japón, Taiwán, Hong
Kong, Singapore y Corea del Sur, y para salvaguardar y promover los
intereses del Estado chino, resolvió movilizar un socialismo de mercado en
lugar de la planificación central. A su vez, tanto Volcker como Thatcher
rescataron de las sombras de relativa oscuridad en que se encontraba una
singular doctrina a la que llamaban «neoliberalismo» y la transformaron en
el principio rector de la gestión y el pensamiento económicos. Esta doctrina
—sus orígenes, su ascenso y sus implicaciones—, constituye mi principal
objeto de interés en las páginas que siguen[1].
El neoliberalismo es, ante todo, una teoría de prácticas político-
económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del
ser humano, consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y
de las libertades empresariales del individuo, dentro de un marco
institucional caracterizado por derechos de propiedad privada, fuertes
mercados libres y libertad de comercio. El papel del Estado es crear y
preservar el marco institucional apropiado para el desarrollo de estas
prácticas. Por ejemplo, tiene que garantizar la calidad y la integridad del
dinero. Igualmente, debe disponer las funciones y estructuras militares,
defensivas, policiales y legales que son necesarias para asegurar los
derechos de propiedad privada y garantizar, en caso necesario mediante el
uso de la fuerza, el correcto funcionamiento de los mercados. Por otro lado,
en aquellas áreas en las que no existe mercado (como la tierra, el agua, la
educación, la atención sanitaria, la seguridad social o la contaminación
medioambiental), este debe ser creado, cuando sea necesario, mediante la
acción estatal. Pero el Estado no debe aventurarse más allá de lo que
prescriban estas tareas. La intervención estatal en los mercados (una vez
creados) debe ser mínima porque, de acuerdo con esta teoría, el Estado no
puede en modo alguno obtener la información necesaria para anticiparse a
las señales del mercado (los precios) y porque es inevitable que poderosos
grupos de interés distorsionen y condicionen estas intervenciones estatales
(en particular en los sistemas democráticos) atendiendo a su propio
beneficio.
Desde la década de 1970, por todas partes hemos asistido a un drástico
giro hacia el neoliberalismo tanto en las prácticas como en el pensamiento
político-económico. La desregulación, la privatización, y el abandono por el
Estado de muchas áreas de la provisión social han sido generalizadas.
Prácticamente todos los Estados, desde los recientemente creados tras el
derrumbe de la Unión Soviética, hasta las socialdemocracias y los Estados
de bienestar tradicionales, como Nueva Zelanda y Suecia, han abrazado en
ocasiones de manera voluntaria y en otras obedeciendo a poderosas
presiones, alguna versión de la teoría neoliberal y, al menos, han ajustado
algunas de sus políticas y de sus practicas a tales premisas. Sudáfrica se
adscribió al neoliberalismo rápidamente después del fin del apartheid e
incluso la China contemporánea, tal y como veremos más adelante, parece
que se está encaminando en esta dirección. Por otro lado, actualmente, los
defensores de la vía neoliberal ocupan puestos de considerable influencia en
el ámbito académico (en universidades y en muchos think-tanks), en los
medios de comunicación, en las entidades financieras y juntas directivas de
las corporaciones, en las instituciones cardinales del Estado (como
ministerios de Economía o bancos centrales) y, asimismo, en las
instituciones internacionales que regulan el mercado y la finanzas a escala
global, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial
(BM) y la Organización Mundial del Comercio (OMC). En definitiva, el
neoliberalismo se ha tornado hegemónico como forma de discurso. Posee
penetrantes efectos en los modos de pensamiento, hasta el punto de que ha
llegado a incorporarse a la forma natural en que muchos de nosotros
interpretamos, vivimos y entendemos el mundo.
Sin embargo, el proceso de neoliberalización ha acarreado un acusado
proceso de «destrucción creativa» no sólo de los marcos y de los poderes
institucionales previamente existentes (desafiando incluso las formas
tradicionales de soberanía estatal) sino también de las divisiones del trabajo,
de las relaciones sociales, de las áreas de protección social, de las
combinaciones tecnológicas, de las formas de vida y de pensamiento, de las
actividades de reproducción, de los vínculos con la tierra y de los hábitos
del corazón. En tanto que el neoliberalismo valora el intercambio del
mercado como «una ética en sí misma, capaz de actuar como un guía para
toda la acción humana y sustituir todas las creencias éticas anteriormente
mantenidas», enfatiza el significado de las relaciones contractuales que se
establecen en el mercado[2]. Sostiene que el bien social se maximiza al
maximizar el alcance y la frecuencia de las transacciones comerciales y
busca atraer toda la acción humana al dominio del mercado. Esto exige
tecnologías de creación de información y capacidad de almacenar,
transferir, analizar y utilizar enormes bases de datos para guiar la toma de
decisiones en el mercado global. De ahí la búsqueda y el intenso interés del
neoliberalismo en las tecnologías de la información (lo que ha llevado a
algunos a proclamar la emergencia de una nueva clase de «sociedad de la
información»). Estas tecnologías han comprimido tanto en el espacio como
en el tiempo, la creciente densidad de transacciones comerciales. Han
producido una explosión particularmente intensa de lo que en otras
ocasiones he denominado «compresión espacio-temporal». Cuanto más
amplia sea la escala geográfica (lo que explica el énfasis en la
«globalización») y más cortos los plazos de los contratos mercantiles,
mejor. Esta última preferencia concuerda con la famosa descripción de
Lyotard de la condición posmoderna, como aquella en la que el «contrato
temporal» sustituye a las «instituciones permanentes en la esfera
profesional, emocional, sexual, cultural, internacional y familiar, así como
también en los asuntos políticos». Las consecuencias culturales del dominio
de esta ética del mercado son innumerables, tal y como describí
previamente en The Condition of Posmodernity[3].
Si bien en la actualidad contamos con muchos análisis generales de las
transformaciones globales y de sus efectos, carecemos —y esta es la brecha
que aspira llenar este libro— de un relato político-económico del origen de
la neoliberalización y del modo en que ha proliferado de manera tan
generalizada a escala mundial. Por otro lado, abordar esta historia desde una
perspectiva crítica, sirve para proponer un marco para identificar y construir
acuerdos políticos y económicos alternativos.
En los últimos tiempos me he beneficiado de las conversaciones
mantenidas con Gerard Duménil, Sam Gindin y Leo Panitch. Asimismo,
arrastro deudas que vienen de más atrás con Masao Miyoshi, Giovanni
Arrighi, Patrick Bond, Cindi Katia, Neil Smith, Bertell Ollman, María
Kaika y Erick Swyngedouw. Una conferencia sobre neoliberalismo
patrocinada por la Fundación Rosa Luxemburgo y celebrada en Berlín, en
noviembre de 2001, despertó mi interés sobre el tema de este libro. Doy las
gracias, principalmente, aunque no exclusivamente, al rector del CUNY
Graduate Center, Bill Nelly, y a mis colegas y estudiantes del Programa de
Antropología, por su interés y por el apoyo que me han brindado. Y, por
supuesto, absuelvo a todo el mundo de cualquier responsabilidad por los
resultados.
1
La libertad no es más que una palabra…

Para que cualquier forma de pensamiento se convierta en dominante, tiene


que presentarse un aparato conceptual que sea sugerente para nuestras
intuiciones, nuestros instintos, nuestros valores y nuestros deseos así como
también para las posibilidades inherentes al mundo social que habitamos. Si
esto se logra, este aparato conceptual se injerta de tal modo en el sentido
común que pasa a ser asumido como algo dado y no cuestionable. Los
fundadores del pensamiento neoliberal tomaron el ideal político de la
dignidad y de la libertad individual como pilar fundamental y los
consideraron «los valores centrales de la civilización». Realizaron una
sensata elección ya que efectivamente se trata de ideales convincentes y
sugestivos. En su opinión, estos valores se veían amenazados no sólo por el
fascismo, las dictaduras y el comunismo, sino por todas las formas de
intervención estatal que sustituían con valoraciones colectivas la libertad de
elección de los individuos.
La idea de dignidad y de libertad individual son conceptos poderosos y
atrayentes por sí mismos. Estos ideales reafirmaron a los movimientos
disidentes en Europa del Este y en la Unión Soviética antes del final de la
Guerra Fría, así como a los estudiantes de la Plaza de Tiananmen. Los
movimientos estudiantiles que sacudieron el mundo en 1968 —desde París
y Chicago hasta Bangkok y Ciudad de México— estaban en parte animados
por la búsqueda de una mayor libertad de expresión y de elección
individuales. En términos más generales, estos ideales atraen a cualquier
persona que aprecie la facultad de tomar decisiones por sí misma.
La idea de libertad, inserta en la tradición estadounidense desde hace
largo tiempo, ha desempeñado un notable papel en Estados Unidos en los
últimos años. El «11 de septiembre»[4] fue interpretado de manera
inmediata por muchos analistas como un ataque contra ella. «Un mundo
pacífico en el que crece la libertad», escribió el presidente Bush en el
primer aniversario de aquel fatídico día, «al servicio de los intereses a largo
plazo de Estados Unidos, que refleja la permanencia de los ideales
estadounidenses y que une a los aliados de este país». «La humanidad»,
concluía, «sostiene en sus manos la oportunidad de ofrecer el triunfo de la
libertad sobre todos sus enemigos seculares» y «Estados Unidos recibe con
alegría sus responsabilidades al mando de esta gran misión». Este lenguaje
fue incorporado al documento titulado Estrategia de Defensa Nacional
Estadounidense que fue emitido poco después. «La libertad es el regalo del
Todopoderoso a todos los hombres y mujeres del mundo» dijo
posteriormente añadiendo que «en tanto que la mayor potencia sobre la
Tierra, nosotros tenemos la obligación de ayudar a la expansión de la
libertad»[5].
Cuando todas las restantes razones para emprender una guerra
preventiva contra Iraq se revelaron deficientes, el presidente apeló a la idea
de que la libertad otorgada a Iraq era en sí misma y por sí misma una
justificación adecuada de la guerra. Los iraquíes eran libres y eso era todo
lo que realmente importaba. Pero qué tipo de libertad se vislumbra aquí si,
tal y como el crítico cultural Matthew Arnold[6] reflexionó hace mucho
tiempo «la libertad es un caballo muy bueno para cabalgar sobre él, pero
para ir a algún sitio»[7]. ¿A qué destino, por consiguiente, se espera que
encamine al pueblo iraquí el caballo de la libertad que se le ha donado por
la fuerza de las armas?
La respuesta de la Administración Bush a esta cuestión quedó clara el
19 de septiembre de 2003, cuando Paul Bremer, director de la Autoridad
Provisional de la Coalición, promulgó cuatro decretos en los que se preveía
«la plena privatización de las empresas públicas, plenos derechos de
propiedad para las compañías extranjeras que hayan adquirido y adquieran
empresas iraquíes, la plena repatriación de los beneficios extranjeros […] la
apertura de los bancos iraquíes al control extranjero, la dispensación de un
tratamiento nacional a las compañías extranjeras y […] la eliminación de
prácticamente todas las barreras comerciales»[8]. Estos decretos iban a ser
aplicados en todas las esferas económicas, incluyendo los servicios
públicos, los medios de comunicación, la industria, los servicios, los
transportes, las finanzas y la construcción.
Únicamente el petróleo quedaría exento (presumiblemente debido a su
especial estatus como generador de rentas para pagar la guerra y su
relevancia geopolítica). El mercado del trabajo, a su vez, iba a estar
estrictamente regulado. Las huelgas estarían efectivamente prohibidas en
los sectores clave de la economía y el derecho de sindicación restringido.
Igualmente, se implantó un «sistema impositivo fijo» sumamente regresivo
(un ambicioso plan de reforma fiscal defendido desde hacía mucho tiempo
por los conservadores para su implementación en Estados Unidos).
En opinión de algunos analistas, estos decretos eran una violación de las
Convenciones de Ginebra y de la Haya, ya que un país ocupante tiene el
deber de proteger los activos de un país ocupado en lugar de liquidarlos[9].
Algunos iraquíes opusieron resistencia a lo que The Economist londinense
denominó régimen del «sueño capitalista» en Iraq. Un miembro de la
Autoridad Provisional de la Coalición nombrada por Estados Unidos criticó
enérgicamente la imposición del «fundamentalismo de libre mercado», al
que denominó «una lógica errada que ignora la historia»[10]. Aunque las
normas de Bremer pudieran haber sido ilegales por venir impuestas por una
potencia ocupante, podían convertirse en legales si eran confirmadas por un
gobierno «soberano». El gobierno interino nombrado por Estados Unidos
que asumió el poder a finales de junio de 2004 fue declarado «soberano»,
pero únicamente tenía poder para confirmar las leyes existentes. Antes del
traspaso de poderes, Bremer multiplicó el número de leyes destinadas a
especificar hasta en los últimos detalles las reglas del mercado libre y del
libre comercio (en cuestiones tan pormenorizadas como las leyes que
regulan los derechos de autor y las leyes de propiedad intelectual),
expresando su esperanza de que estos pactos institucionales «cobraran vida
y fuerza propias» de tal forma que resultaran muy difíciles de revertir[11].
De acuerdo con la teoría neoliberal, el tipo de medidas perfiladas por
Bremer eran tan necesarias como suficientes para la creación de riqueza y,
por lo tanto, para el progreso del bienestar de la población en general. La
suposición de que las libertades individuales se garantizan mediante la
libertad de mercado y de comercio, es un rasgo cardinal del pensamiento
neoliberal, y ha dominado durante largo tiempo la postura de Estados
Unidos hacia el resto del mundo[12]. Evidentemente, lo que Estados Unidos
pretendía imponer por la fuerza en Iraq, era un aparato estatal cuya misión
fundamental era facilitar las condiciones para una provechosa acumulación
de capital tanto por parte del capital extranjero como del doméstico. A esta
forma de aparato estatal la denominaré Estado neoliberal. Las libertades que
encarna reflejan los intereses de la propiedad privada, las empresas, las
compañías multinacionales y el capital financiero. En definitiva, Bremer
invitó a los iraquíes a cabalgar su caballo de la libertad directo hacia la
cuadra neoliberal.
Merece la pena recordar que el primer experimento de formación de un
Estado neoliberal se produjo en Chile tras el golpe de Pinochet el «11 de
septiembre menor» de 1973 (casi treinta años antes del día del anuncio del
régimen que iba a instalarse en Iraq por parte de Bremer). El golpe contra el
gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende fue promovido por
las elites económicas domésticas que se sentían amenazadas por el rumbo
hacia el socialismo de su presidente. Contó con el respaldo de compañías
estadounidenses, de la CIA, y del secretario de Estado estadounidense Henry
Kissinger. Reprimió de manera violenta todos los movimientos sociales y
las organizaciones políticas de izquierda y desmanteló todas las formas de
organización popular (como los centros de salud comunitarios de los barrios
pobres) que existían en el país. El mercado de trabajo, a su vez, fue
«liberado» de las restricciones reglamentarias o institucionales (el poder de
los sindicatos, por ejemplo). ¿Pero de qué modo iba a ser reactivada su
estancada economía? Las políticas de sustitución de las importaciones
(fomentando las industrias nacionales mediante subvenciones o medidas de
protección arancelaria) que habían dominado las tentativas latinoamericanas
de desarrollo económico, habían caído en el descrédito, particularmente en
Chile, donde nunca habían funcionado especialmente bien. Con el mundo
entero en recesión económica, se requería un nuevo enfoque.
Para ayudar a reconstruir la economía chilena, se convocó a un grupo de
economistas conocidos como los «Chicago boys» a causa de su adscripción
a las teorías neoliberales de Milton Friedman, que entonces enseñaba en la
Universidad de Chicago. La historia de cómo fueron elegidos es interesante.
Desde la década de 1950 Estados Unidos había financiado la formación de
algunos economistas chilenos en la Universidad de Chicago, como parte de
un programa de la Guerra Fría destinado a contrarrestar las tendencias
izquierdistas en América Latina. Estos economistas formados en Chicago,
llegaron a dominar la privada Universidad Católica de Santiago de Chile. A
principios de la década de 1970, las elites financieras organizaron su
oposición a Allende a través de un grupo llamado «el Club de los lunes», y
desarrollaron una productiva relación con estos economistas financiando
sus trabajos a través de institutos de investigación. Después de que el
general Gustavo Leigh, rival de Pinochet para auparse al poder y defensor
de las ideas keynesianas, fuera arrinconado en 1975, Pinochet puso a estos
economistas en el gobierno donde su primer trabajo fue negociar los
créditos con el Fondo Monetario Internacional. El fruto de su trabajo junto
al FMI, fue la reestructuración de la economía en sintonía con sus teorías.
Revirtieron las nacionalizaciones y privatizaron los activos públicos,
abrieron los recursos naturales (la industria pesquera y la maderera, entre
otras) a la explotación privada y desregulada (en muchos casos sin prestar
la menor consideración hacia las reivindicaciones de los habitantes
indígenas), privatizaron la Seguridad Social y facilitaron la inversión
extranjera directa y una mayor libertad de comercio. El derecho de las
compañías extranjeras a repatriar los beneficios de sus operaciones chilenas
fue garantizado. Se favoreció un crecimiento basado en la exportación
frente a la sustitución de las importaciones. El único sector reservado al
Estado, fue el recurso clave del cobre (al igual que el petróleo en Iraq). Esto
se reveló crucial para la viabilidad presupuestaria del Estado, puesto que los
ingresos del cobre fluían exclusivamente hacia sus arcas. La reactivación
inmediata de la economía chilena en términos de tasa de crecimiento,
acumulación de capital y una elevada tasa de rendimiento sobre las
inversiones extranjeras, no duró mucho tiempo. Todo se agrió en la crisis de
la deuda que azotó América Latina en 1982. Como resultado, en los años
que siguieron se produjo una aplicación mucho más pragmática y menos
conducida por la ideología de las políticas neoliberales. Todo este proceso,
incluido el pragmatismo, sirvió para proporcionar una demostración útil
para apoyar el subsiguiente giro hacia el neoliberalismo, tanto en Gran
Bretaña (bajo el gobierno de Thatcher) como en Estados Unidos (bajo el de
Reagan), en la década de 1980. De este modo, y no por primera vez, un
brutal experimento llevado a cabo en la periferia se convertía en un modelo
para la formulación de políticas en el centro (muy parecido a la
experimentación con un sistema impositivo fijo en Iraq, propuesto en el
marco de los decretos de Bremer)[13]
El hecho de que dos reestructuraciones del aparato estatal que presentan
una similitud tan manifiesta, hayan ocurrido en épocas tan distintas y en
lugares tan diferentes del mundo bajo la influencia coactiva de Estados
Unidos, sugiere que el alcance inexorable del poder imperial
estadounidense, podría obedecer a la rápida proliferación de formas
estatales neoliberales alrededor del mundo registradas desde mediados de la
década de 1970. Aunque sin duda esto se haya producido a lo largo de los
últimos treinta años, en ningún caso constituye toda la historia, como
muestra el elemento doméstico del giro neoliberal en Chile. Por otro lado,
Estados Unidos no obligó a Margaret Thatcher a adentrarse en la
inexplorada senda neoliberal en 1979. Como tampoco obligó a China, en
1978, a emprender el camino hacia la liberalización. Los restringidos
movimientos hacia la neoliberalización de India en la década de 1980 y de
Suecia a principios de la de 1990, no pueden atribuirse fácilmente al
alcance imperial del poder estadounidense. Evidentemente, el desarrollo
geográfico desigual del neoliberalismo a escala mundial, ha sido un proceso
de gran complejidad que ha entrañado múltiples determinaciones y no poco
caos y confusión. ¿Por qué, entonces, se produjo el giro neoliberal y cuáles
fueron las fuerzas que le otorgaron su hegemonía dentro del capitalismo
global?

¿Por qué el giro neoliberal?

La reestructuración de las formas estatales y de las relaciones


internacionales después de la Segunda Guerra Mundial, estaba concebida
para prevenir un regreso a las catastróficas condiciones que habían
amenazado como nunca antes el orden capitalista en la gran depresión de la
década de 1930. Al parecer, también iba a evitar la reemergencia de las
rivalidades geopolíticas interestatales que habían desatado la guerra. Como
medida para asegurar la paz y la tranquilidad en la escena doméstica, había
que construir cierta forma de compromiso de clase entre el capital y la
fuerza de trabajo. Tal vez, el mejor retrato del pensamiento de la época se
encuentre en un influyente texto escrito por dos eminentes sociólogos,
Robert Dahl y Charles Lindblom, que fue publicado en 1953. En opinión de
ambos autores, tanto el capitalismo como el comunismo en su versión pura,
habían fracasado. El único horizonte por delante era construir la
combinación precisa de Estado, mercado e instituciones democráticas para
garantizar la paz, la integración, el bienestar y la estabilidad[14]. En el plano
internacional, un nuevo orden mundial era erigido a través de los acuerdos
de Bretton Woods[15], y se crearon diversas instituciones como la
Organización de las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo
Monetario Internacional y el Banco de Pagos Internacionales de Basilea,
que tenían como finalidad contribuir a la estabilización de las relaciones
internacionales. Asimismo, se incentivó el libre comercio de bienes
mediante un sistema de tipos de cambio fijos, sujeto a la convertibilidad del
dólar estadounidense en oro a un precio fijo. Los tipos de cambio fijos eran
incompatibles con la libertad de los flujos de capital que tenían que ser
controlados, pero Estados Unidos tenía que permitir la libre circulación del
dólar más allá de sus fronteras si el dólar iba a funcionar como moneda de
reserva global. Este sistema existió bajo el paraguas protector de la potencia
militar de Estados Unidos. Únicamente la Unión Soviética y la Guerra Fría
imponían un límite a su alcance global.
Después de la Segunda Guerra Mundial, en Europa emergieron una
variedad de Estados socialdemócratas, demócrata-cristianos y dirigistas.
Estados Unidos, por su parte, se inclinó hacia una forma estatal demócrata-
liberal y Japón, bajo la atenta supervisión de Estados Unidos, cimentó un
aparato estatal en teoría democrático pero en la práctica sumamente
burocrático facultado para supervisar la reconstrucción del país. Todas estas
formas estatales diversas tenían en común la aceptación de que el Estado
debía concentrar su atención en el pleno empleo, en el crecimiento
económico y en el bienestar de los ciudadanos, y que el poder estatal debía
desplegarse libremente junto a los procesos del mercado —o, si fuera
necesario, interviniendo en él o incluso sustituyéndole—, para alcanzar esos
objetivos. Las políticas presupuestarias y monetarias generalmente llamadas
«keynesianas» fueron ampliamente aplicadas para amortiguar los ciclos
económicos y asegurar un práctico pleno empleo. Por regla general, se
defendía un «compromiso de clase» entre el capital y la fuerza de trabajo
como garante fundamental de la paz y de la tranquilidad en el ámbito
doméstico. Los Estados intervinieron de manera activa en la política
industrial y se implicaron en la fijación de fórmulas establecidas de salario
social diseñando una variedad de sistemas de protección (asistencia
sanitaria y educación, entre otros).
Actualmente es habitual referirse a esta organización político-
económica como «liberalismo embridado» para señalar el modo en que los
procesos del mercado así como las actividades empresariales y
corporativas, se encontraban cercadas por una red de constreñimientos
sociales y políticos y por un entorno regulador que en ocasiones restringían,
pero en otras instancias señalaban la estrategia económica e industrial[16].
Se recurría con frecuencia (por ejemplo, en Gran Bretaña, Francia e Italia) a
la planificación estatal y en algunas instancias a la propiedad pública de
sectores clave de la economía (como el carbón, el acero o la industria
automovilística). El proyecto neoliberal consiste en desembridar al capital
de estos constreñimientos.
El liberalismo embridado generó altas tasas de crecimiento económico
en los países del capitalismo avanzado durante las décadas de 1950 y
1960[17]. En cierta medida esto dependió de la dadivosidad de Estados
Unidos al estar dispuesto a asumir déficit con el resto del mundo y absorber
cualquier producto excedente dentro de sus fronteras. Este sistema reportó
beneficios como la expansión de los mercados de exportación (de manera
más evidente para Japón, pero también de manera desigual al conjunto de
América Latina y a algunos otros países del sureste asiático), pero las
tentativas de exportar «desarrollo» a gran parte del resto del mundo, se
vieron en buena medida encalladas. En la mayor parte del Tercer Mundo,
particularmente en África, el liberalismo embridado continúo siendo un
sueño imposible. La deriva subsiguiente hacia la neoliberalización después
de 1980 no conllevó ningún cambio material significativo en su
empobrecida condición. En los países del capitalismo avanzado, el
mantenimiento de una política redistributiva (que incluía la integración
política en alguna medida del poder sindical obrero y el apoyo a la
negociación colectiva), de controles sobre la libre circulación del capital (en
particular cierto grado de represión financiera a través de controles del
capital), de un abultado gasto público y la instauración estatal del sistema
de bienestar, de activas intervenciones estatales en la economía y cierto
grado de planificación del desarrollo, fueron de la mano con tasas de
crecimiento relativamente altas. El ciclo económico era controlado de
manera satisfactoria mediante la aplicación de políticas fiscales y
monetarias keynesianas. Las actividades de este Estado intervencionista
sirvieron para promocionar una economía social y moral (en ocasiones
apoyada por un fuerte sentido de identidad nacional). En efecto, el Estado
se convirtió en un campo de fuerzas que internalizó las relaciones de clase.
Instituciones obreras como los sindicatos de trabajadores y los partidos
políticos de izquierda tuvieron una influencia muy real dentro del aparato
estatal.
A finales de la década de 1960 el liberalismo embridado comenzó a
desmoronarse, tanto a escala internacional como dentro de las economías
domésticas. En todas partes se hacían evidentes los signos de una grave
«crisis de acumulación de capital»[18]. El crecimiento tanto del desempleo
como de la inflación se disparó por doquier anunciando la entrada en una
fase de «estanflación» global que se prolongó durante la mayor parte de la
década de 1970. La caída de los ingresos tributarios y el aumento de los
gastos sociales provocaron crisis fiscales en varios Estados (Gran Bretaña,
por ejemplo, tuvo que ser rescatada por el FMI en la crisis de 1975-1976).
Las políticas keynesianas habían dejado de funcionar. Ya antes de la Guerra
árabe-israelí y del embargo de petróleo impuesto por la OPEP en 1973, el
sistema de tipos de cambio fijos respaldado por las reservas de oro
establecido en Bretton Woods[19] se había ido al traste. La porosidad de las
fronteras estatales respecto a los flujos de capital dificultó el
funcionamiento del sistema de tipos de cambio fijos. Los dólares
estadounidenses regaban el mundo y habían escapado al control de Estados
Unidos al ser depositados en bancos europeos. Así pues, en 1971 se produjo
el abandono de los tipos de cambio fijos. El oro no podía seguir
funcionando como la base metálica de la divisa internacional; se permitió
que los tipos de cambio fluctuaran y los esfuerzos por controlar esta
fluctuación fueron abandonados enseguida. A todas luces, el liberalismo
embridado que había rendido elevadas tasas de crecimiento, al menos a los
países capitalistas avanzados, después de 1945 se encontraba exhausto y
había dejado de funcionar. Si quería salirse de la crisis hacía falta alguna
alternativa.
Una respuesta consistía en intensificar el control estatal y la regulación
de la economía a través de estrategias corporativistas (incluyendo, de ser
necesario, la frustración de las aspiraciones de los trabajadores y de los
movimientos populares a través de medidas de austeridad, políticas de
ingresos, e incluso del control de precios y salarios). Esta respuesta era
alentada por diversos partidos socialistas y comunistas en Europa, que
depositaron sus esperanzas en experimentos innovadores en las formas de
gobierno visibles en algunos lugares, como la «Bolonia Roja» controlada
por los comunistas en Italia, la transformación revolucionaria en Portugal al
calor de la caída del fascismo, el giro hacia un socialismo de mercado más
abierto y las ideas del «eurocomunismo», en particular en Italia (bajo el
liderazgo de Berlinguer) y en España (bajo la influencia de Carrillo), o la
expansión de la fuerte tradición socialdemócrata del Estado del bienestar en
los países escandinavos. La izquierda congregó un considerable poder
popular detrás de estos programas, rozando el poder en Italia y ganándolo
de hecho en Portugal, Francia, España y Gran Bretaña, sin dejar de
conservar su poder en la península escandinava. Incluso en Estados Unidos,
a principios de la década de 1970, el Congreso controlado por el Partido
Demócrata generó un enorme aluvión de iniciativas de reforma legislativas
(elevadas a rango ley por el presidente republicano Richard Nixon, que en
el proceso llegó a observar que «ahora todos somos keynesianos») en todo
tipo de materias, desde la protección del medio ambiente hasta la seguridad
y la salud en el trabajo, los derechos civiles o la protección de los
consumidores[20]. Pero la izquierda no fue mucho más allá de las
tradicionales soluciones socialdemócratas y corporativistas si bien, a
mediados de la década de 1970, estas se habían revelado incompatibles con
las exigencias de la acumulación de capital. Esto desencadenó una
polarización del debate entre quienes se alineaban a favor de la
socialdemocracia y de la planificación central (y que cuando alcanzaron el
poder, como en el caso del Partido Laborista británico, a menudo acabaron
tratando de doblegar las aspiraciones de sus propios votantes apoyándose,
por regla general, en argumentos pragmáticos), por un lado, y los intereses
de todos aquellos comprometidos con la liberación del poder financiero y
de las corporaciones, y el restablecimiento de las libertades de mercado, por
otro. A mediados de la década de 1970, los intereses de este último grupo
comenzaron a cobrar mayor influencia. ¿Pero cómo eran las condiciones
para que la reanudación de la activa acumulación de capital pudiera ser
restaurada?
Cómo y por qué el neoliberalismo emergió victorioso como la única
respuesta a esta cuestión es el quid del problema que debemos resolver.
Desde una mirada retrospectiva puede parecer como si la respuesta fuese
tan obvia como inevitable pero, al mismo tiempo, pienso que es justo decir
que nadie supo o comprendió con certeza qué tipo de respuesta funcionaría
y cómo lo haría. El mundo capitalista fue dando tumbos hacia la respuesta
que constituyó la neoliberalización a través de una serie de zigzagueos y de
experimentos caóticos, que en realidad únicamente convergieron en una
nueva ortodoxia gracias a la articulación de lo que llegó a ser conocido
como el «Consenso de Washington» en la década de 1990. Por entonces,
tanto Clinton como Blair pudieron haber dado la vuelta sin problemas a la
observación de Nixon y decir de manera sencilla que «ahora todos somos
neoliberales». El desarrollo geográfico desigual del neoliberalismo, su
aplicación con frecuencia parcial y sesgada respecto a cada Estado y su
formación social, testifica la vacilación de las soluciones neoliberales y las
formas complejas en que las fuerzas políticas, las tradiciones históricas, y
los pactos institucionales existentes sirvieron, en su conjunto, para labrar el
porqué y el cómo de los procesos de neoliberalización que en realidad se
produjeron.
Sin embargo, hay un elemento dentro de esta transición que merece una
atención específica. La crisis de acumulación de capital que se registró en la
década de 1970 sacudió a todos a través de la combinación del ascenso del
desempleo y la aceleración de la inflación (Ver Figura 1.1). El descontento
se extendió y la unión del movimiento obrero y de los movimientos sociales
en gran parte del mundo capitalista avanzado, parecía apuntar hacia la
emergencia de una alternativa socialista al compromiso social entre el
capital y la fuerza de trabajo que, de manera tan satisfactoria, había fundado
la acumulación capitalista en el periodo posbélico. En gran parte de Europa,
los partidos comunistas y socialistas estaban ganando terreno, cuando no
tomando el poder, y hasta en Estados Unidos las fuerzas populares se
movilizaban exigiendo reformas globales así como intervenciones del
Estado. Esto planteaba por doquier una clara amenaza política a las elites
económicas y a las clases dominantes, tanto en los países del capitalismo
avanzado (Italia, Francia, España, y Portugal) como en muchos países en
vías de desarrollo (Chile, México y Argentina). En Suecia, por ejemplo, lo
que se conocía como el plan Rehn-Meidner proponía, literalmente, comprar
de manera paulatina a los dueños de las empresas su participación en sus
propios negocios y convertir el país en una democracia de
trabajadores/propietarios de participaciones. Pero, más allá de esto, ahora se
comenzaba a palpar la amenaza económica a la posición de las clases y de
las elites dominantes.

Figura 1.1 La crisis económica de la década de 1970: inflación y desempleo


en Estados unidos y en Europa, 1960-1987.
Fuente: D. Harvey, The Condition of Postmodernity, cit.

Una condición de acuerdo posbélico en casi todos los países, fue que se
restringiera el poder económico de las clases altas y que le fuera concedida
a la fuerza de trabajo una mayor porción del pastel económico. En Estados
Unidos, por ejemplo, la porción de la renta nacional del 1% de quienes
perciben una mayor renta, cayó de un elevado 16% en el período prebélico,
a menos de un 8% al final de la Segunda Guerra Mundial, y permaneció
rondando este nivel durante casi tres décadas. Mientras el crecimiento fuera
fuerte, esta restricción no parecía ser importante. Tener una participación
estable de una tarta creciente es una cosa. Pero cuando en la década de 1970
el crecimiento se hundió, los tipos de interés real fueron negativos y unos
dividendos y beneficios miserables se convirtieron en la norma, las clases
altas de todo el mundo se sintieron amenazadas. En estados Unidos, el
control de la riqueza (en oposición a la renta) por parte del 1% más rico de
la población, se había mantenido bastante estable a lo largo del siglo XX.
Pero en la década de 1970, cayó de manera precipitada cuando el valor de
los activos (acciones, propiedades, ahorros) se desplomó. (Ver Figura 1.2).
Las clases altas tenían que realizar movimientos decisivos si querían
resguardarse de la aniquilación política y económica.
Figura 1.2. La crisis de la riqueza de la década de 1970: porcentaje de
activos poseídos por el 1 % más rico de la población estadounidense, 1922-
1998.
Fuente: G. Duménil y D. Lévy, Capital Resurgent. Roots of the Neoliberal Revolution, cit.

El golpe de estado de Chile y la toma del poder por los militares en


Argentina, promovidos internamente por las clases altas con el apoyo de
Estados Unidos, proporcionaba un amago de solución. El posterior
experimento con el neoliberalismo de Chile, demostró que bajo la
privatización forzosa los beneficios de la reanimada acumulación de capital,
presentaban un perfil tremendamente sesgado. Al país y a sus elites
dominantes, junto a los inversores extranjeros, les fue extremadamente bien
en las primeras etapas. En efecto, los efectos redistributivos y la creciente
desigualdad social han sido rasgo tan persistente de la neoliberalización
como para poder ser considerados un rasgo estructural de todo el proyecto.
Gérard Duménil y Dominique Lévy, tras una cuidadosa reconstrucción de
los datos existentes, han concluido que la neoliberalización fue desde su
mismo comienzo un proyecto para lograr la restauración del poder de clase.
Tras la implementación de las políticas neoliberales a finales de la década
de 1970, en Estados Unidos, el porcentaje de la renta nacional en manos del
1% más rico de la sociedad ascendió hasta alcanzar, a finales del siglo
pasado, el 15% (muy cerca del porcentaje registrado en el periodo anterior a
la Segunda Guerra Mundial). El 0,1% de los perceptores de las rentas más
altas de este país vio crecer su participación en la renta nacional del 2% en
1978 a cerca del 6% en 1999, mientras que la proporción entre la
retribución media de los trabajadores y los sueldos percibidos por los altos
directivos, pasó de mantener una proporción aproximada de 30 a 1 en 1970,
a alcanzar una proporción de 500 a 1 en 2000 (Ver Figura 1.3 y 1.4. Con
toda probabilidad, gracias a las reformas fiscales promovidas por el
gobierno de Bush actualmente en marcha, la concentración de la renta y de
la riqueza en los escalones más altos de la sociedad, seguirá su acelerado
curso porque el impuesto de sucesiones (un impuesto sobre la riqueza) se
está eliminando de manera gradual y la fiscalización sobre los ingresos
provenientes de las inversiones y de las ganancias de capital se está
disminuyendo, mientras se mantienen los impuestos sobre los sueldos y
salarios[21].
Figura 1.3: La restauración del poder de clase; participación en la renta
nacional del 0,1 % más rico en estados Unidos, Reino Unido y Francia,
1913-1998.
Fuente: Task Force on Inequality and American Democracy, American Democracy in an Age of
Rising Inequality.
Las primeras tres curvas muestran el ascenso del salario de los altos
directivos de acuerdo con el lugar que ocupan en la jerarquía retributiva:
décimo, quincuagésimo o centésimo. La otra curva (• — • —) corresponde
a la retribución media de los 100 altos directivos que perciben las
remuneraciones más elevadas. Obsérvese que 1000 significa 1000 veces el
salario medio.
Figura 1.4: La concentración de riqueza y el potencial de obtención de
ingresos en Estados Unidos: remuneración de los altos directivos en
relación con el salario medio estadounidense, 1970-2003, y el porcentaje de
la riqueza de las familias más ricas, 1982-2002.
Fuente: G. Duménil y D. Lévy, «Neoliberal Income Trends. Wealth, Class and Ownership in the
USA», cit.

Estados Unidos no está solo en este proceso, ya que el 1% superior de los


perceptores de renta en Gran Bretaña ha doblado su porcentaje de la renta
nacional del 6,5 al 13% desde 1982. Y si lanzamos nuestra mirada más
lejos, vemos extraordinarias concentraciones de riqueza y de poder
emergiendo por todas partes. En Rusia, una pequeña y poderosa oligarquía
alza su cabeza después de la «terapia» de choque que había sido
administrada al país en la década de 1990. La aplicación en China de las
prácticas orientadas al mercado libre, ha producido un extraordinario y
repentino auge de las desigualdades en la renta y en la riqueza. La ola de
privatización que azotó México después de 1992, catapultó casi de la noche
a la mañana a un reducido número de individuos (como Carlos Slim) a la
lista de Fortune de las personas más ricas del mundo. A escala global, «los
países de Europa del Este y de la CEI han experimentado uno de los mayores
incrementos que jamás se hayan registrado […] en desigualdad social. Los
países de la OCDE también sufrieron enormes incrementos de la desigualdad
después de la década de 1980», mientras «la diferencia de renta entre el
20% de la población mundial, que vive en los países más ricos y el 20% que
vive en los más pobres, arrojaba una proporción de 74 a 1 en 1997, por
encima del 60 a 1 en 1990 y del 30 a 1 en 1960»[22]. Aunque hay
excepciones a esta tendencia pues varios países del este y del sureste de
Asia hasta el momento han mantenido las desigualdades en la renta dentro
de límites razonables, como también ha ocurrido en Francia, las evidencias
indican contundentemente que el giro neoliberal se encuentra en cierto
modo, y en cierta medida, ligado a la restauración o a la reconstrucción del
poder de las elites económicas.
Por lo tanto, la neoliberalización puede ser interpretada bien como un
proyecto utópico con la finalidad de realizar un diseño teórico para la
reorganización del capitalismo internacional, o bien como un proyecto
político para restablecer las condiciones para la acumulación del capital y
restaurar el poder de las elites económicas. En las páginas que siguen,
argumentaré que en la práctica el segundo de estos objetivos ha sido
dominante. La neoliberalización no ha sido muy efectiva a la hora de
revitalizar la acumulación global de capital pero ha logrado de manera muy
satisfactoria restaurar o, en algunos casos (como en Rusia o en China), crear
el poder de una elite económica. En mi opinión, el utopismo teórico del
argumento neoliberal ha funcionado ante todo como un sistema de
justificación y de legitimación de todo lo que fuera necesario hacer para
alcanzar ese objetivo. La evidencia indica, además, que cuando los
principios neoliberales chocan con la necesidad de restaurar o de sostener el
poder de la elite, o bien son abandonados, o bien se tergiversan tanto que
acaban siendo irreconocibles. Esto no supone en absoluto negar el poder de
las ideas para actuar como una fuerza de transformación histórico-
geográfica. Pero, en efecto, apunta a una tensión creativa entre el poder de
las ideas neoliberales y las prácticas reales de la neoliberalización que han
transformado el modo en que el capitalismo global ha venido funcionando
durante las últimas tres décadas.

El ascenso de la teoría neoliberal

El neoliberalismo en tanto que antídoto potencial para las amenazas al


orden social capitalista y como solución a los males del capitalismo, había
permanecido latente durante largo tiempo bajo las alas de la política
pública. Un grupo reducido y exclusivo de apasionados defensores —
principalmente economistas, historiadores y filósofos del mundo académico
— se había aglutinado alrededor del renombrado filósofo político austríaco
Friedrich von Hayek para crear la Mont Pelerin Society (su nombre
proviene del balneario suizo donde se celebró la primera reunión del grupo)
en 1947 (entre los notables del grupo se encontraban Ludwig von Mises, el
economista Milton Friedman e incluso, durante un tiempo, el filósofo Karl
Popper). La declaración fundacional de la sociedad decía lo siguiente:

Los valores centrales de la civilización están en peligro. Sobre grandes


extensiones de la superficie del planeta las condiciones esenciales de
la dignidad y de la libertad humana ya han desaparecido. En otras,
están bajo constante amenaza ante el desarrollo de las tendencias
políticas actuales. La posición de los individuos y los grupos de
adscripción voluntaria se ve progresivamente socavada por
extensiones de poder arbitrario. Hasta la más preciada posesión del
hombre occidental, su libertad de pensamiento y de expresión, está
amenazada por el despliegue de credos que, reclamando el privilegio
de la tolerancia cuando están en situación de minoría, procuran
solamente establecer una posición de poder desde la cual suprimir y
obliterar[23] todas las perspectivas que no sean la suya.
El grupo sostiene que estos desarrollos se han nutrido de la
propagación de una visión de la historia que rechaza toda pauta moral
absoluta y por el crecimiento de teorías que cuestionan la deseabilidad
del imperio de la ley. Sostiene adicionalmente que se han visto
estimulados por la declinación de la fe en la propiedad privada y en el
mercado competitivo; por cuanto sin el poder difuso y la iniciativa
asociados a estas instituciones, es difícil imaginar una sociedad en la
cual la libertad pueda ser efectivamente preservada[24].

Los miembros del grupo se describían como «liberales» (en el sentido


europeo tradicional) debido a su compromiso fundamental con los ideales
de la libertad individual. La etiqueta neoliberal señalaba su adherencia a los
principios de mercado libre acuñados por la economía neoclásica, que había
emergido en la segunda mitad del siglo XIX (gracias al trabajo de Alfred
Marshall, William Stanley Jevons, y Leon Walras) para desplazar las teorías
clásicas de Adam Smith, David Ricardo y, por supuesto, Karl Marx. No
obstante, también se atenían a la conclusión de Adam Smith de que la mano
invisible del mercado era el mejor mecanismo para movilizar, incluso, los
instintos más profundos del ser humano como la glotonería, la gula y el
deseo de riqueza y de poder en pro del bien común. Así pues, la doctrina
neoliberal se oponía profundamente a las teorías que defendían el
intervencionismo estatal, como las de John Maynard Keynes, que ganaron
preeminencia en la década de 1930 en respuesta a la Gran Depresión.
Después de la Segunda Guerra Mundial, muchos de los responsables
políticos miraron hacia el faro de la teoría keynesiana en su búsqueda de
fórmulas para mantener bajo control el ciclo económico y las recesiones.
Los neoliberales se oponían aún más fieramente a las teorías en torno a la
planificación estatal centralizada, como las propuestas por Oscar Lange,
cuya obra se aproximaba a la tradición marxista. Las decisiones estatales,
argüían, estaban condenadas a estar sesgadas políticamente en función de la
fuerza de los grupos de interés implicados en cada ocasión (como podían
ser los sindicatos, las organizaciones ecologistas, o los grupos de presión
empresariales). Las decisiones estatales en materia de inversión y de
acumulación de capital siempre habrían de ser erróneas porque la
información disponible para el Estado no podía rivalizar con la contenida en
las señales del mercado.
Este marco teórico no es, tal y como varios analistas han señalado,
enteramente coherente[25]. El rigor científico de su economía neoclásica no
encaja fácilmente con su compromiso político con los ideales de la libertad
individual, al igual que su supuesta desconfianza hacia todo poder estatal
tampoco encaja con la necesidad de un Estado fuerte y si es necesario
coactivo que defienda los derechos de la propiedad privada y las libertades
individuales y empresariales. La ficción jurídica de definir a las
corporaciones como individuos ante la ley introduce sus propios prejuicios,
haciendo parecer irónico el credo personal de John D. Rockefeller que se
encuentra grabado en piedra en el Rockefeller Center en Nueva York y que
afirma que él coloca «el valor supremo del individuo» por encima de todo
lo demás. Y, tal y como veremos, hay suficientes contradicciones en la
postura neoliberal como para tornar las prácticas mutantes del
neoliberalismo (frente a cuestiones como el poder monopólico y los fallos
del mercado) irreconocibles en relación a la aparente pureza de la doctrina
neoliberal. Por lo tanto, debemos prestar una cuidadosa atención a la
tensión entre la teoría del neoliberalismo y la pragmática actual de la
neoliberalización.
Hayek, autor de textos cruciales como The Constitution of Liberty[26],
revelaba poseer unas grandes dotes adivinatorias al afirmar que la batalla
por las ideas era determinante y que posiblemente llevaría al menos una
generación ganarla, no sólo contra el marxismo sino también contra el
socialismo, la planificación estatal y el intervencionismo keynesiano. El
grupo de Mont Pelerin recabó apoyos financieros y políticos. En Estados
Unidos, en particular, un poderoso grupo de individuos ricos y de líderes
empresariales rabiosamente contrarios a todas las formas de intervención y
de regulación estatal existentes, incluso al internacionalismo, pretendía
organizar la oposición a lo que percibían como un emergente consenso para
lograr una economía mixta. Temerosos de que la alianza con la Unión
Soviética y la economía dirigida forjada en Estados Unidos durante la
Segunda Guerra Mundial pudiera materializarse políticamente en un
escenario posbélico, estaban dispuestos a abrazar cualquier cosa, desde el
macartismo hasta los think-tanks neoliberales, para proteger y reforzar su
poder. No obstante, este movimiento permaneció en los márgenes de la
influencia tanto política como académica hasta los turbulentos años de la
década de 1970. En ese momento, comenzó a adquirir protagonismo,
particularmente en Estados Unidos y Gran Bretaña, con la ayuda de varios
think-tanks generosamente financiados (ramificaciones de la Mont Pelerin
Society, como el Institute of Economic Affairs en Londres y la Heritage
Foundation en Washington) así como también, a través de su creciente
influencia dentro de la academia, en particular en la Universidad de
Chicago, donde dominaba Milton Friedman. La teoría neoliberal ganó
respetabilidad académica gracias a la concesión del Premio Nóbel de
Economía a Hayek en 1974 y a Friedman en 1976. Este particular premio,
aunque asumió el aura del Nóbel, no tenía nada que ver con los otros
premios y fue concedido bajo el férreo control de la elite bancaria sueca. La
teoría neoliberal, especialmente en su guisa monetarista, comenzó a ejercer
una influencia práctica en una variedad de campos políticos. Durante la
presidencia de Carter, por ejemplo, la desregulación de la economía
emergió como una de las respuestas al estado de estanflación crónica que
había prevalecido en Estados Unidos durante toda la década de 1970. Pero
la espectacular consolidación del neoliberalismo como una nueva ortodoxia
económica reguladora de la política pública a nivel estatal en el mundo del
capitalismo avanzado, se produjo en Estados Unidos y en Gran Bretaña en
1979.
En mayo de aquel año, Margaret Thatcher fue elegida en Gran Bretaña
con el firme compromiso de reformar la economía. Bajo la influencia de
Keith Joseph, un publicista y polemista muy activo y comprometido que
poseía conexiones muy influyentes con el neoliberal Institute of Economic
Affairs, aceptó que el keynesianismo debía ser abandonado y que las
soluciones monetaristas de las doctrinas «dirigidas a actuar sobre la oferta»
eran esenciales para remediar la estanflación que había caracterizado la
economía británica durante la década de 1970. Thatcher se dio cuenta de
que estas medidas suponían nada menos que una revolución en las políticas
fiscales y sociales, y de manera inmediata mostró una feroz determinación
para acabar con las instituciones y los canales políticos del Estado
socialdemócrata que se había consolidado en Gran Bretaña después de
1945. Esto implicó enfrentarse al poder de los sindicatos, atacar todas las
formas de solidaridad social que estorbaban a la flexibilidad competitiva
(como las expresadas a través de la forma de gobierno municipal, y también
al poder de muchos profesionales y de sus asociaciones), desmantelar o
revertir los compromisos del Estado de bienestar, privatizar las empresas
públicas (entre ellas, la vivienda social), reducir los impuestos, incentivar la
iniciativa empresarial y crear un clima favorable a los negocios, para
inducir una gran afluencia de inversión extranjera (en concreto, proveniente
de Japón). En una famosa declaración, Thatcher afirmó que no había «eso
que se llama sociedad, sino únicamente hombres y mujeres individuales»;
seguidamente ella añadió, y sus familias. Todas las formas de solidaridad
social iban a ser disueltas en favor del individualismo, la propiedad privada,
la responsabilidad personal y los valores familiares. El asalto ideológico
alrededor de estas hebras que atravesaban la retórica de Thatcher fue
incesante[27]. «La economía es el método», señaló, «pero el objetivo es
cambiar el alma». Y la hizo cambiar, aunque de formas que en ningún caso
fueron exhaustivas ni acabadas, y mucho menos carente de costes políticos.
En octubre de 1979, el presidente de la Reserva Federal de Estados
Unidos durante el mandato del presidente Carter, Paul Volcker, maquinó
una transformación de la política monetaria estadounidense[28]. El antiguo
compromiso del Estado liberal demócrata estadounidense con los principios
del New Deal, que en términos generales implicaba políticas fiscales y
monetarias keynesianas que tenían el pleno empleo como objetivo
primordial, fue abandonado para ceder el paso a una política concebida para
sofocar la inflación con independencia de las consecuencias que pudiera
tener sobre el empleo. El tipo de interés real, que a menudo había sido
negativo durante la cresta inflacionaria de dos dígitos de la década de 1970,
se tornó positivo por orden de la Reserva Federal. (Ver Figura 1.5). El tipo
de interés nominal subió de un día para otro y, tras oscilaciones benignas,
en julio de 1981 se mantuvo en torno al 20%. De este modo, comenzó «una
larga y profunda recesión que vaciaría las fábricas y resquebrajaría los
sindicatos en Estados Unidos y llevaría al borde de la insolvencia a los
países deudores, iniciándose la larga era del ajuste estructural»[29]. En
opinión de Volcker, esta era la única salida a la incómoda crisis de
estanflación que había caracterizado a Estados Unidos y a gran parte de la
economía global a lo largo de toda la década de 1970.

Figura 1.5. El «shock de Volcker»: movimientos en los tipos de interés


reales en Estados Unidos y en Francia. 1960-2001.
Fuente: G. Duménil y D. Lévy, Capital Resurgent. Roots of the Neoliberal Revolution, cit.

El shock de Volcker, tal y como vino a denominarse desde entonces, ha de


ser interpretado como una condición necesaria pero no suficiente de la
neoliberalización. Algunos bancos centrales habían hecho hincapié desde
hacía largo tiempo en la responsabilidad fiscal antiinflacionaria, y habían
adoptado políticas más próximas al monetarismo que a la ortodoxia
keynesiana. En el caso de Alemania Occidental esto se derivaba del
recuerdo histórico de la hiperinflación que había destruido la República de
Weimar en la década de 1920 (disponiendo el escenario para el ascenso del
fascismo) y de la igualmente peligrosa inflación que se registró al final de la
Segunda Guerra Mundial. El FMI se había posicionado desde hacía mucho
tiempo en contra del endeudamiento excesivo y urgía, cuando no ordenaba,
a los Estados clientes, a ejecutar políticas de restricción fiscal y de
austeridad presupuestaria. Pero en todos estos casos este monetarismo era
simultáneo a la aceptación de un fuerte poder sindical y del compromiso
político con la construcción del Estado de bienestar. El giro hacia el
neoliberalismo dependía, por lo tanto, no sólo de la adopción del
monetarismo sino del despliegue de políticas gubernamentales en muchas
otras áreas.
La victoria de Ronald Reagan sobre Carter en 1980 se reveló crucial, si
bien Carter se había desplazado de manera inquietante hacia la
desregulación (de las líneas aéreas y del transporte por carretera) como una
solución parcial a la crisis de estanflación. Los consejeros de Reagan
estaban convencidos de que la «medicina» monetarista de Volcker para una
economía enferma y estancada, era un tiro directo al blanco. Volcker recibió
el apoyo del nuevo gobierno y fue renovado en su cargo como presidente de
la Reserva Federal. La Administración de Reagan proporcionó entonces el
indispensable apoyo político mediante una mayor desregulación, la rebaja
de los impuestos, los recortes presupuestarios y el ataque contra el poder de
los sindicatos y de los profesionales. Reagan se mostró implacable y
contundente con la Organización de Controladores Profesionales del Trafico
Aéreo (PATCO) en la prolongada y amarga huelga que protagonizaron en
1981. Esta actitud anunciaba el asalto en toda regla a los derechos de la
fuerza de trabajo organizada en el preciso momento en el que la recesión
inducida por Volcker estaba generando elevados niveles de desempleo (10%
o más). Pero PATCO era más que un vulgar sindicato ya que, en efecto, se
trataba de un sindicato de cuello blanco con el carácter de asociación de
profesionales cualificados. Por lo tanto, era más un icono de la clase media
que del sindicalismo obrero. El impacto sobre la condición de la fuerza de
trabajo en general fue espectacular; quizá el mejor ejemplo de la nueva
situación lo condensa el hecho de que el salario mínimo federal, que se
mantenía parejo con el nivel de pobreza en 1980, había caído un 30% por
debajo de ese nivel en 1990. El prolongado descenso en los niveles del
salario real comenzó entonces en serio. (Ver Figura 1.6 El ataque a la
fuerza de trabajo: salarios reales y productividad en Estados Unidos, 1960-
2000).

Figura 1.6: El ataque a la fuerza de trabajo: salarios reales y productividad


en Estados Unidos, 1960-2000.
Fuente: R. Pollin, The Contours of Descent, cit.

Los nombramientos efectuados por Reagan para ocupar los cargos de poder
en materias relativas a la regulación del medioambiente, la seguridad
laboral o la salud, llevaron la ofensiva contra el gran gobierno a niveles
nunca antes alcanzados. La política de desregulación de todas las áreas,
desde las líneas aéreas hasta las telecomunicaciones y las finanzas, abrió
nuevas zonas de libertad de mercado sin trabas a fuertes intereses
corporativos. Las exenciones fiscales a la inversión fueron, de hecho, un
modo de subvencionar la salida del capital del nordeste y del medio oeste
del país, con altos índices de afiliación sindical, y su desplazamiento hacia
la zona poco sindicalizada y con una débil regulación del sur y el oeste. El
capital financiero buscó cada vez más en el extranjero mayores tasas de
beneficio. La desindustrialización interna y las deslocalizaciones de la
producción al extranjero, se hicieron mucho más frecuentes. El mercado,
representado en términos ideológicos como un medio para fomentar la
competencia y la innovación, se convirtió en un vehículo para la
consolidación del poder monopolista. Los impuestos sobre las empresas se
aminoraron de manera espectacular y el tipo impositivo máximo para las
personas físicas se redujo del 70 al 28% en lo que fue descrito como «el
mayor recorte de los impuestos de la historia». (Ver Figura 1.7).

Figura 1.7: La revuelta impositiva de las clases altas: tipo impositivo en


Estados Uni dos para el tramo más alto y para el tramo más bajo.
Fuente: G. Duménil y D. Lévy, «Neoliberal Income Trends. Wealth, Class and Ownership in the
USA», cit.
Y así fue como comenzó el cambio trascendental hacia una mayor
desigualdad social y hacia la restitución del poder económico a las clases
altas.
Sin embargo, acaeció otro cambio concomitante que también impelió el
movimiento hacia la neoliberalización durante la década de 1970. La subida
del precio del petróleo de la OPEP que sucedió a su embargo en 1973, otorgó
un enorme poder financiero a los Estados productores de petróleo, como
Arabia Saudita, Kuwait y Abu Dhabi. Gracias a los informes de los
servicios de inteligencia británicos, ahora sabemos que Estados Unidos
estuvo preparando activamente la invasión de esos países en 1973 en aras a
restaurar el flujo de petróleo y provocar una caída de los precios.
Igualmente, sabemos que en aquellos momentos los saudíes aceptaron,
presumiblemente bajo presión militar sino a consecuencia de una abierta
amenaza por parte de Estados Unidos, reciclar todos sus petrodólares a
través de los bancos de inversión de Nueva York[30]. Estos últimos se
encontraron de pronto al mando de una cantidad ingente de fondos para los
que necesitaban encontrar salidas rentables. Las opciones dentro de Estados
Unidos, dadas las condiciones de depresión económica y las bajas tasas de
beneficio que se registraban a mediados de la década de 1970, no eran
halagüeñas. Las oportunidades más ventajosas debían buscarse en el
exterior. Los gobiernos se presentaban como la apuesta más segura porque,
tal y como Walter Wriston, presidente de Citibank, lo expresó en su ya
famosa declaración, los gobiernos no pueden trasladarse o desaparecer. Y
muchos gobiernos del mundo en vías de desarrollo, hasta entonces escasos
de fondos, tenían la suficiente avidez como para endeudarse. Sin embargo,
para poder llegar a esto, se precisaba una entrada abierta y condiciones
razonablemente seguras para los préstamos. Los bancos de inversión de
Nueva York giraron la mirada hacia la tradición imperial estadounidense
tanto para acceder coactivamente a nuevas oportunidades de inversión,
como para proteger sus operaciones en el extranjero.
La tradición imperial estadounidense había experimentado una lenta
elaboración, y en buena medida se había definido a sí misma en oposición a
las tradiciones imperiales británicas, francesas, holandesas así como de
otras potencias europeas[31]. Aunque Estados Unidos había jugueteado con
la conquista colonial a finales del siglo XIX, había evolucionado hacia un
sistema más abierto de imperialismo sin colonias durante el siglo XX. El
caso paradigmático se ensayó en Nicaragua en las décadas de 1920 y 1930,
cuando los marines estadounidenses fueron desplegados para proteger los
intereses de su país, pero se encontraron embrollados en una lenta y
complicada guerra de guerrillas contra la insurgencia liderada por Sandino.
La respuesta era encontrar un hombre fuerte —en este caso Somoza— y
proporcionarle tanto a él como a su familia y a sus aliados inmediatos, la
asistencia económica y militar necesaria para poder reprimir o sobornar a la
oposición y para acumular suficiente riqueza y poder para ellos mismos. A
cambio, siempre mantendrían su país abierto a las operaciones del capital
estadounidense y apoyarían, y de ser necesario promoverían, los intereses
estadounidenses tanto en el país como en la región en su conjunto (en el
caso nicaragüense, en América Central). Este fue el modelo desplegado
después de la Segunda Guerra Mundial durante la etapa de descolonización
total impuesta a las potencias europeas ante la insistencia de Estados
Unidos. Por ejemplo, la CIA urdió el golpe que derrocó al gobierno
democráticamente elegido de Mosaddeq en Irán en 1953 y entregó el poder
al Sha de Irán quien concedió los contratos sobre el petróleo a las
compañías estadounidenses (y no devolvió los activos a las compañías
británicas que Mossadeq había nacionalizado). El Sha también se convirtió
en uno de los guardianes fundamentales de los intereses estadounidenses en
la región petrolífera de Oriente Próximo.
En el periodo posbélico, gran parte del mundo no comunista se abrió al
dominio estadounidense mediante tácticas de este tipo. Este se convirtió en
el método preferido para repeler la amenaza de las insurgencias y de la
revolución comunista, que implicaba desplegar una estrategia
antidemocrática (e incluso más enérgicamente antipopulista y
antisocialista/comunista) por parte de Estados Unidos, que estrechó cada
vez más su alianza con las dictaduras militares y con los regímenes
autoritarios represivos (de manera más espectacular, desde luego, por toda
América Latina). Las historias que aparecen contadas en Confessions of an
Economic Hit Man[32] están sembradas de los detalles desagradables y
repulsivos de cómo se llevó a cabo todo esto en demasiadas ocasiones. Por
lo tanto, los intereses estadounidenses se tornaron más vulnerables, en lugar
de menos, en la lucha contra el comunismo internacional. Aunque el
consentimiento de las elites dominantes era bastante fácil de conseguir, la
necesidad de coaccionar a los movimientos opositores o socialdemócratas
(como el de Allende en Chile) ligó a Estados Unidos a una dilatada historia
de violencia ampliamente encubierta contra los movimientos populares a lo
largo y ancho de gran parte del mundo en vías de desarrollo.
Este fue el contexto en el que los fondos excedentes que estaban siendo
reciclados a través de los bancos de inversión de Nueva York, fueron
esparcidos por todo el globo. Con anterioridad a 1973, la mayor parte de la
inversión extranjera de Estados Unidos era de tipo directo y principalmente
se encontraba relacionada con la explotación de recursos naturales
(petróleo, minerales, materias primas, productos agrícolas) o con el cultivo
de mercados específicos (telecomunicaciones, automóviles, etc.) en Europa
y en América Latina. Los bancos de inversión de Nueva York siempre
habían mantenido un elevado nivel de actividad en el plano internacional,
pero después de 1973 esta actividad se intensificó notablemente, aunque
ahora estaba mucho más centrada en el préstamo de capital a gobiernos
extranjeros[33]. esto precisaba la liberalización del crédito internacional y de
los mercados financieros, y el gobierno estadounidense comenzó a
promover y a apoyar activamente esta estrategia a escala global durante la
década de 1970. Los países en vías de desarrollo, sedientos de financiación,
fueron estimulados a solicitar créditos en abundancia, aunque a tipos que
fueran ventajosos para los bancos de Nueva York[34]. Sin embargo, dado
que lo créditos estaban fijados en dólares estadounidenses, cualquier
ascenso moderado, no digamos precipitado, del tipo de interés
estadounidense, podía fácilmente conducir a una situación de impago a los
países vulnerables. Los bancos de inversión de Nueva York se verían
entonces expuestos a sufrir graves pérdidas. El primer precedente de
envergadura se produjo al calor del shock de Volcker, que llevó a México al
impago de su deuda entre los años 1982 y 1984. La Administración de
Reagan, que había sopesado seriamente retirar su apoyo al FMI en su primer
año de mandato, encontró en la refinanciación de la deuda una forma de
unir el poder del Departamento del Tesoro estadounidense y del FMI para
resolver la dificultad, dado que tal operación se efectuaba a cambio de
exigir la aplicación de reformas neoliberales. Esta fórmula se convirtió en
un protocolo de compartimiento después de que tuviera lugar lo que Stiglitz
denominó la «purga» de todas las influencias keynesianas que pudieran
existir en el FMI en 1982. El FMI y el Banco Mundial se convirtieron a partir
de entonces, en centros para la propagación y la ejecución del
«fundamentalismo del libre mercado» y de la ortodoxia neoliberal. A
cambio de la reprogramación de la deuda, a los países endeudados se les
exigía implementar reformas institucionales, como recortar el gasto social,
crear legislaciones más flexibles del mercado de trabajo y optar por la
privatización. Y he aquí la invención de los «ajustes estructurales». México
fue uno de los primeros Estados que cayó en las redes de lo que iba
convertirse en una creciente columna de aparatos estatales neoliberales
repartidos por todo el mundo[35].
No obstante, el caso de México sirvió para demostrar una diferencia
crucial entre la práctica liberal y la neoliberal, ya que bajo la primera, los
prestamistas asumen las pérdidas que se derivan de decisiones de inversión
equivocadas mientras que, en la segunda, los prestatarios son obligados por
poderes internacionales y por potencias estatales a asumir el coste del
reembolso de la deuda sin importar las consecuencias que esto pueda tener
para el sustento y el bienestar de la población local. Si esto exige la entrega
de activos a precio de saldo a compañías extranjeras, que así sea. Esto, en
verdad, no es coherente con la teoría neoliberal. Tal y como muestran
Duménil y Lévy, uno de los efectos de esta medida fue permitir a los
propietarios de capital estadounidenses extraer elevadas tasas de beneficio
del resto del mundo durante la década de 1980 y 1990. (Ver Figura 1.8 y
1.9[36]). Los excedentes extraídos del resto del mundo a través de los flujos
internacionales y de las prácticas de ajuste estructural contribuyeron
enormemente a la restauración del poder de la elite económica o de las
clases altas, tanto en Estados Unidos como en otros centros de los países del
capitalismo avanzado.

Figura 1.8: Extracción de excedentes del exterior: tasas de beneficio de las


inversiones domésticas y en el extranjero en Estados Unidos, 1960-2000.
Fuente: G. Duménil y D. Lévy, «The Economics of US Imperialism at the Turn of the 21st Century»,
cit.
Figura 1.9: El flujo de tributo hacia Estados Unidos: beneficios y renta del
capital provenientes del resto del mundo en relación con los beneficios
domésticos.
Fuente: G. Duménil y D. Lévy, «Neoliberal Dynamics. Towards A New Phase?», cit.

El significado del poder de clase

¿Pero a qué nos estamos refiriendo exactamente con el término «clase»? Se


trata siempre de un concepto algo impreciso (algunos dirían que sospechoso
incluso). En todo caso, la neoliberalización ha implicado su redefinición.
Esto plantea un problema. Si la neoliberalización ha sido un vehículo para
la restauración del poder de clase, entonces, deberíamos ser capaces de
identificar las fuerzas de clase que yacen detrás de la misma y las que se
han beneficiado de ella. Pero esto es difícil de hacer cuando «la clase» no es
una configuración social estable. En algunos casos, las capas
«tradicionales» se las han arreglado para aferrarse a una base de poder
sólida (a menudo organizada a través de la familia y el parentesco). Pero, en
otras ocasiones, la neoliberalización ha venido acompañada de una
reconfiguración de lo que constituye la clase alta. Margaret Thatcher, por
ejemplo, atacó algunas de las formas de poder de clase arraigadas en Gran
Bretaña. Ella desobedeció a la tradición aristocrática que dominaba el
ejército, la judicatura y la elite financiera de la City de Londres y de
muchos sectores de la industria y se alineó con los empresarios pomposos y
con los nuevos ricos. Apoyó, y por regla general recibió el apoyo, de esta
nueva clase de empresarios (como Richard Branson, Lord Hanson y George
Soros). El ala tradicional de su propio partido conservador estaba
horrorizada. En Estados Unidos, a su vez, el poder y la relevancia crecientes
de los financieros y de los altos directivos de las grandes corporaciones, así
como el gran estallido de actividad en sectores completamente nuevos
(como la informática) cambió el centro del poder económico de la clase alta
de manera significativa. Aunque la neoliberalización pueda haberse referido
a la restauración del poder de clase, no necesariamente ha significado la
restauración del poder económico a las mismas personas.
Sin embargo, tal y como ilustran los casos opuestos de Estados Unidos
y de Gran Bretaña, el término «clase» significa cosas distintas en lugares
distintos y, en ciertas ocasiones —por ejemplo, en Estados Unidos—, a
menudo se afirma que no significa nada en absoluto. Por añadidura, ha
habido fuertes corrientes de diferenciación en términos de formación y
reformación de la identidad de clase en diversas partes del mundo. En
Indonesia, en Malasia, y en Filipinas, por ejemplo, el poder económico
llegó a estar fuertemente concentrado en un reducido grupo perteneciente a
la minoría étnica china del país, y el modo en que se produjo la adquisición
de ese poder económico fue bastante distinto a cómo se produjo en
Australia o en Estados Unidos (estaba sumamente centrada en actividades
comerciales y comportó un acaparamiento de los mercados)[37]. Y el
ascenso de los siete oligarcas en Rusia, derivaba de la configuración
absolutamente única de las circunstancias concurrentes en el período
posterior a la caída de la Unión Soviética.
No obstante, es posible identificar algunas tendencias generales. La
primera se refiere a los privilegios derivados de la propiedad y la gestión de
las empresas capitalistas —tradicionalmente separadas— para fusionarse
mediante el pago a los altos directivos (gestores) con stock options, esto es,
con derechos de compra sobre acciones de la compañía (títulos de
propiedad). De este modo, el valor de las acciones y no el de la producción,
se convierte en la luz trazadora de la actividad económica y, tal y como se
hizo visible con la caída de compañías como Enron, las tentaciones
especuladoras que resultan de esto pueden convertirse en demoledoras. La
segunda tendencia ha sido reducir de manera drástica la laguna histórica
entre los intereses y los dividendos generadores de capital monetario, por
un lado, y la producción, la industria o el capital mercantil dependiente de
la producción de beneficios, por otro. En el pasado, esta separación ha
producido varias veces conflictos entre los financieros, los productores y los
comerciantes. Por ejemplo, en Gran Bretaña, la política del gobierno en la
década de 1960 estaba en primer lugar al servicio de las necesidades de los
financieros de la City de Londres, a menudo en detrimento de la industria
doméstica, en Estados Unidos durante la misma década, los conflictos entre
los financieros y las corporaciones industriales afloraron con frecuencia a la
superficie. A lo largo de la década de 1970 gran parte de este conflicto o
bien desapareció o bien adoptó nuevas formas. Las grandes corporaciones
cobraron una orientación cada vez más financiera aunque, tal y como
ocurrió en el sector automovilístico, estuvieran insertas en la producción.
Desde 1980 aproximadamente, ha sido habitual que las corporaciones
dieran cuenta de pérdidas en la producción compensadas mediante las
ganancias obtenidas mediante operaciones financieras (de todo tipo, desde
operaciones de crédito y de seguro hasta la especulación en mercados de
futuros y de divisas inestables). Las fusiones realizadas a través de los
diversos sectores de la economía unificaron la producción, la
comercialización, los activos inmobiliarios, y los intereses financieros en
formas nuevas que originaron conglomerados empresariales diversificados.
Cuando US Steel cambió su nombre a USX (adquiriendo una fuerte
participación en el sector de los seguros) el presidente de su consejo de
administración, James Roderick, contestó a la pregunta «¿Qué significa la
X?», con la sencilla respuesta de que «X representa dinero»[38]. Todo esto
estaba conectado con el fuerte estallido de actividad y de poder dentro del
mundo de las finanzas. Progresivamente liberada de los constreñimientos y
de las barreras normativas que hasta entonces habían restringido su campo
de actuación, la actividad financiera pudo florecer como nunca antes y,
finalmente, en todas partes. Se produjo una ola de innovaciones en los
servicios financieros para producir no sólo interconexiones globales mucho
más sofisticadas, sino también nuevas formas de mercados financieros
basados en la titularización, instrumentos financieros derivados y en toda
una gran variedad de operaciones comerciales con futuro. En definitiva, la
neoliberalización ha significado la financiarización de todo. Esto intensificó
el dominio de las finanzas sobre todas las restantes facetas de la economía,
así como sobre el aparato estatal y, tal y como observa Randy Martin, sobre
la vida cotidiana[39]. También introdujo una volatilidad acelerada en las
relaciones de intercambio global. Indudablemente, se produjo un
desplazamiento del poder desde la producción hacia el mundo de las
finanzas. Los incrementos en la capacidad industrial ya no significan
necesariamente un ascenso de la renta per cápita, como sí lo significaba la
concentración de los servicios financieros. Por esta razón, el apoyo de las
instituciones financieras y la integridad del sistema financiero, se
convirtieron en la preocupación primordial del conjunto de Estados
neoliberales (como se ejemplifica en el grupo en el que se integran los
países más ricos del mundo, conocido como el G7)[40]. En caso de conflicto
entre Main Street y Wall Street, la segunda tendría todas las de ganar[41].
Así pues surge la posibilidad real de que a Wall Street le vaya bien, aunque
al resto de Estados Unidos (así como el resto del mundo) le vaya mal.
Y durante muchos años, en particular durante la década de 1990, esto es
exactamente lo que sucedió. Si el eslogan coreado con frecuencia durante la
década de 1960 había sido «lo que es bueno para General Motors es bueno
para Estados Unidos», en la de 1990 este se había transformado en que «lo
único que importa es que sea bueno para Wall Street».
Por lo tanto, un notable foco del ascenso del poder de clase bajo el
neoliberalismo, debe atribuirse a los altos directivos que son los operadores
decisivos en los consejos de administración de las empresas, y a los jefes
del aparato financiero, legal y técnico que rodea este santuario de acceso
restringido de la actividad capitalista[42]. Sin embargo, el poder de los
auténticos dueños del capital, los accionistas, se ha visto en cierto modo
menguado, salvo que obtengan un porcentaje de votos suficientemente alto
como para influir en la política de la empresa. En más de una ocasión, los
accionistas han perdido inmensas sumas de dinero a causa de estafas
cometidas por los altos directivos y sus asesores financieros. Las ganancias
especulativas también han hecho posible amasar enormes fortunas en
periodos muy breves de tiempo (ejemplo de ello son Warren Buffet y
George Soros).
Pero sería equivocado reducir el concepto de clase alta a este grupo
únicamente. La apertura de nuevas oportunidades empresariales, así como
también las nuevas estructuras existentes en las relaciones comerciales, han
permitido la emergencia de procesos sustancialmente nuevos de formación
de clase. Se amasaron fortunas de la noche a la mañana en sectores nuevos
de la economía, como la biotecnología y las tecnologías de la información
(por ejemplo, Bill Gates y Paul Allen). Las nuevas relaciones de mercado
abrieron un sinfín de posibilidades de comprar barato y vender caro, cuando
no de acaparar realmente mercados de forma que pudieron levantarse
fortunas que o bien pueden extenderse de manera horizontal (como en el
caso del crecimiento desbordante del imperio mediático global de Rupert
Murdoch) o encontrarse diversificadas en todo tipo de negocios,
extendiéndose hacia atrás en la extracción de recursos y en la producción, y
hacia delante desde una base comercial hacia los servicios financieros, el
desarrollo de bienes raíces y el comercio minorista. En este sentido, con
frecuencia ocurría que una relación privilegiada con el poder estatal
también jugaba un papel crucial. Por ejemplo, en Indonesia los dos hombres
de negocios más cercanos a Suharto nutrieron los intereses financieros de la
familia Suharto, pero también engordaron sus conexiones con el aparato
estatal para hacerse enormemente ricos. En 1997, la compañía de uno de
ellos denominada Grupo Salim, era «al parecer el mayor grupo de empresas
propiedad de la diáspora china del mundo, con 20 000 millones de dólares
en activos y cerca de 500 compañías». A partir de una compañía de
inversiones relativamente pequeña, Carlos Slim acabó asumiendo el control
del sistema de telecomunicaciones que acababa de ser privatizado en
México y rápidamente lo transformó en un imperio empresarial que no sólo
controla una buena parte de la economía mexicana, sino que también cuenta
con crecientes intereses en el mercado minorista estadounidense (Circuit
City y Barnes and Noble) así como en toda América Latina[43]. En Estados
Unidos, la familia Walton se ha hecho inmensamente rica al hilo de la
conquista por Wal-Mart de la posición dominante en el mercado minorista
estadounidense, gracias a su integración en las líneas de producción chinas
y a su red de distribución al por menor de alcance mundial. Aunque existen
conexiones evidentes entre este tipo de actividades y el mundo financiero,
su increíble capacidad no sólo para amasar grandes fortunas personales sino
también para ejercer un control efectivo sobre amplios segmentos de la
economía, confiere a este puñado de individuos un inmenso poder
económico para influir en el proceso político. Hay algo prodigioso en el
hecho de que el valor neto de las fortunas de las 358 personas más ricas del
mundo en 1996, fuera «igual al conjunto de la renta del 45% más pobre de
la población mundial; es decir, de 2300 millones de personas». Y lo que es
más grave, «las 200 personas más ricas del mundo duplicaron sobradamente
su patrimonio neto entre 1994 y 1998, superando el billón de dólares. Los
activos de los tres multimillonarios más ricos (superaban por entonces) la
suma del PIB de los países menos desarrollados y de sus 600 millones de
habitantes»[44].
Sin embargo, existe todavía otro enigma al que debemos prestar
atención en el proceso de reconfiguración radical de las relaciones de clase.
Surge el interrogante, y ha sido objeto de un amplio debate, de si esta nueva
configuración de clase debe ser considerada transnacional o bien si todavía
puede ser concebida como algo basado exclusivamente dentro de los
parámetros del Estado-nación[45]. Expondré mi propia posición al respecto.
La tesis de que la clase dominante de cualquier país ha confinado sus
operaciones y definido sus lealtades con relación a un único Estado-nación,
ha sido en gran medida históricamente exagerada. Nunca tuvo mucho
sentido hablar de una clase capitalista específicamente estadounidense
frente a una clase capitalista británica, francesa, alemana o coreana. Los
lazos internacionales siempre fueron importantes, particularmente a través
de las actividades coloniales y neocoloniales, pero también a través de
vínculos transnacionales que se remontan al siglo XIX, si no antes. Pero
indudablemente ha habido una intensificación así como también una
extensión de estas conexiones transnacionales durante la fase de
globalización neoliberal, y resulta vital reconocer esta múltiple
conectividad. No obstante, esto no significa que los individuos más
destacados de esta clase no se adscriban a aparatos estatales específicos
tanto por las ventajas como por la protección que esto les otorga. Dónde se
adscriben específicamente es importante, pero ello no es más estable que la
actividad capitalista que desarrollan. Rupert Murdoch pudo empezar en
Australia para después concentrarse en Gran Bretaña antes de asumir
finalmente la ciudadanía estadounidense (sin duda, mediante un
procedimiento abreviado). Él no está fuera, ni por encima, de poderes
estatales concretos, pero por la misma razón, gracias a sus intereses
mediáticos, ejerce una considerable influencia en la vida política tanto de
Gran Bretaña como de Estados Unidos y de Australia. Los 247 editores
supuestamente independientes de los periódicos que posee por todo el
mundo apoyaron, sin excepción, la invasión de Iraq. No obstante, por
cuestiones prácticas, todavía tiene sentido hablar de los intereses de la clase
capitalista estadounidense, británica o coreana, ya que los intereses
corporativos como los de Murdoch, los de Carlos Slim o el grupo Salim,
simultáneamente se alimentan de, y nutren, a aparatos estatales concretos.
Sin embargo, cada uno puede, y así ocurre de manera característica, ejercer
poder de clase en más de un Estado de manera simultánea.
Aunque este grupo dispar de individuos insertos en el mundo de las
corporaciones y en el mundo financiero, comercial e inmobiliario, no
necesariamente conspira en tanto que clase, y aunque pueda haber
frecuentes tensiones entre los mismos, poseen, no obstante, una cierta
acomodación de intereses que por regla general reconoce las ventajas (y
actualmente algunos de los peligros) que pueden derivarse de la
neoliberalización. Igualmente poseen a través de organización como el Foro
Económico de Davos, medios para el intercambio de ideas y para tratar y
asesorar a los líderes políticos. Ellos ejercen una inmensa influencia en los
asuntos globales y poseen una libertad de acción que ningún ciudadano
ordinario tiene.

Perspectivas de la libertad

Esta historia de la neoliberalización y de la formación de la clase, así como


la creciente aceptación de las ideas de la Mont Pelerin Society como las
ideas dominantes de la época, resultan especialmente interesantes cuando se
colocan al trasluz de los contraargumentos expuestos por Karl Polanyi en
1944 (poco antes de la fundación de la Mont Pelerin Society). En una
sociedad compleja, observó, el significado de la libertad se convierte en
algo tan contradictorio y tan tenso como irresistible son sus incitaciones a la
acción. En su opinión, hay dos tipos de libertad, una buena y otra mala. En
este segundo grupo se incluían «la libertad para explotar a los iguales, la
libertad para obtener ganancias desmesuradas sin prestar un servicio
conmensurable a la comunidad, la libertad de impedir que las innovaciones
tecnológicas sean utilizadas con una finalidad pública, o la libertad para
beneficiarse de calamidades públicas tramadas secretamente para obtener
una ventaja privada». Sin embargo, proseguía Polanyi, «la economía de
mercado, bajo la que crecen estas libertades, también produce libertades de
las que nos enorgullecemos ampliamente. La libertad de conciencia, la
libertad de expresión, la libertad de reunión, la libertad de asociación, la
libertad para elegir el propio trabajo». Aunque puede que «apreciemos el
valor de estas libertades por sí mismas» —y, sin duda, muchos de nosotros
todavía lo hacemos—, eran en buena medida «subproductos del mismo
sistema económico que también era responsable de las libertades
perversas»[46]. La respuesta de Polanyi a esta dualidad resulta extraña de
leer dada la actual hegemonía del pensamiento neoliberal:

La quiebra de la economía de mercado puede suponer el comienzo de


una era de libertades sin precedentes. La libertad jurídica y la libertad
efectiva pueden ser mayores y más amplias de lo que nunca han sido.
Reglamentar y dirigir puede convertirse en una forma de lograr la
libertad, no sólo para algunos sino para todos.
No la libertad como algo asociado al privilegio y viciada de raíz,
sino la libertad en tanto que derecho prescriptivo que se extiende más
allá de los estrechos límites de la esfera política, a la organización
íntima de la sociedad misma. De este modo, a las antiguas libertades y
los antiguos derechos cívicos se añadirán nuevas libertades para todos
y engendradas por el ocio y la seguridad social. La sociedad industrial
puede permitirse ser a la vez libre y justa.

Desgraciadamente, indicaba Polanyi, la transición a tal futuro se encuentra


bloqueado por el «obstáculo moral» del utopismo liberal (y en más de una
ocasión cita a Hayek como ejemplo de esta tradición):

La planificación y el dirigismo son acusados de constituir la negación


de la libertad.
La libre empresa y la propiedad privada son declaradas partes
esenciales de la libertad, y se dice que una sociedad no constituida
sobre estos pilares no merece el nombre de libre. La libertad creada
por la reglamentación es denunciada como una no libertad. La justicia,
la libertad y el bienestar que esta reglamentación ofrece, son criticadas
como un disfraz de la esclavitud.
La idea de libertad «degenera, pues, en una mera defensa de la libertad de
empresa» que significa «la plena libertad para aquellos cuya renta, ocio y
seguridad no necesitan aumentarse y apenas una miseria de libertad para el
pueblo, que en vano puede intentar hacer uso de sus derechos democráticos
para resguardarse del poder de los dueños de la propiedad». Pero si, tal y
como siempre es el caso, «no es posible sociedad alguna en la que el poder
y la compulsión estén ausentes, ni un mundo en el que la fuerza no
desempeñe ninguna función», entonces, la única forma de que esta visión
liberal utópica pueda sostenerse es mediante la fuerza, la violencia y el
autoritarismo. El utopismo liberal o neoliberal esta avocado, en opinión de
Polanyi, a verse frustrado por el autoritarismo, o incluso por el fascismo
absoluto[47]. Las buenas libertades desaparecen, las malas toman el poder.
El diagnóstico de Polanyi parece peculiarmente apropiado para nuestra
condición contemporánea. Nos ayuda a avanzar un buen trecho en la
comprensión de lo que el presidente Bush quiere decir cuando afirma que
«en tanto que somos la mayor potencia sobre la Tierra, nosotros[48] tenemos
la obligación de contribuir a expandir la libertad». Sirve para explicar por
qué el neoliberalismo se ha tornado tan autoritario, enérgico y
antidemocrático, en el preciso momento en que «la humanidad sostiene en
sus manos la oportunidad de ofrecer el triunfo de la libertad sobre todos sus
enemigos seculares»[49]. Nos hace concentrarnos en el hecho de que tantas
corporaciones se hayan beneficiado de retener los beneficios que brindan
sus tecnologías a la esfera pública (como en el caso de los medicamentos
del SIDA), así como también de las calamidades de la guerra (como en el
caso de Halliburton), del hambre y del desastre medioambiental. Hace
aflorar la preocupación acerca de si muchas de estas calamidades o casi
calamidades (la carrera armamentística y la necesidad de enfrentarse a
enemigos tanto reales como imaginarios) no han sido secretamente urdidas
con la finalidad de obtener ventajas empresariales. Y se torna
extremadamente claro por qué los ricos y los poderosos apoyan tan
ávidamente ciertas concepciones de los derechos y de las libertades
mientras tratan de persuadirnos de su universalidad y de su bondad.
Después de todo, treinta años de libertades neoliberales no sólo han servido
para restaurar el poder a una clase capitalista definida en términos
reducidos. También han generado inmensas concentraciones de poder
corporativo en el campo de la energía, los medios de comunicación, la
industria farmacéutica, el transporte e incluso la venta al pormenor (por
ejemplo, Wal-Mart). La libertad de mercado que Bush proclama como el
clímax de la aspiración humana, resulta que no es más que un medio
conveniente para extender el poder monopolista corporativo y la Coca Cola
por todo el mundo sin restricciones. Esta clase (con Rupert Murdoch y Fox
News a la cabeza), que cuenta con una desorbitada influencia sobre los
medios de comunicación y sobre el proceso político, tiene poder e
incentivos suficientes para convencernos de que todos estamos mejor bajo
el régimen de libertades neoliberal. Efectivamente, a la elite que vive
confortablemente en sus guetos dorados, el mundo le debe parecer un lugar
mejor. Tal y como Polanyi podría haber observado, el neoliberalismo
confiere derechos y libertades a aquellos «cuya renta, ocio y seguridad no
necesitan aumentarse», dejando una miseria para el resto de nosotros.
¿Cómo es, entonces, que «el resto de nosotros» hemos aceptado con tanta
facilidad este estado de cosas?
2
La construcción del consentimiento

¿De qué modo se consumó la neoliberalización, y quién la implementó? La


respuesta, en países como Chile y Argentina en la década de 1970 fue tan
simple como súbita, brutal y segura, esto es, mediante un golpe militar
respaldado por las clases altas tradicionales (así como también por el
gobierno estadounidense), seguido de una represión salvaje de todos los
vínculos de solidaridad instaurados en el seno de la fuerza de trabajo y de
los movimientos sociales urbanos que tanto habían amenazado su poder.
Pero la revolución neoliberal que suele atribuirse a Thatcher y a Reagan,
después de 1979 tuvo que consumarse a través de medios democráticos.
Para que se produjera un giro de tal magnitud fue necesaria la previa
construcción del consentimiento político a lo largo de un espectro lo
bastante amplio de la población como para ganar las elecciones. Lo que
Gramsci llama «sentido común» (definido como «el sentido poseído en
común») es lo que, de manera característica, cimienta el consentimiento. El
sentido común se construye a partir de prácticas asentadas en el tiempo de
socialización cultural a menudo hondamente enraizadas en tradiciones
regionales o nacionales. No es lo mismo que el «buen juicio», que puede
construirse a partir de la implicación crítica con las cuestiones de
actualidad. Por lo tanto, el sentido común puede engañar, ofuscar, o
encubrir profundamente problemas reales bajo prejuicios culturales[50]. Los
valores culturales y tradicionales (como la creencia en Dios y en el país, o
las opiniones sobre la posición de las mujeres en la sociedad) y los miedos
(a los comunistas, a los inmigrantes, a los extraños o a los «otros») pueden
ser movilizados para enmascarar otras realidades. Pueden invocarse
eslóganes políticos que enmascaran estrategias específicas debajo de
dispositivos retóricos imprecisos. La palabra «libertad» resuena tan
ampliamente dentro del sentido común de los estadounidenses que se
convierte en un «botón que las elites pueden pulsar para acceder a la
masas» con el fin de justificar prácticamente todo[51]. De este modo, Bush
pudo justificar retrospectivamente la guerra de Iraq. Gramsci concluía, por
lo tanto, que las cuestiones políticas se convierten en «insolubles» cuando
se «disfrazan como culturales»[52]. Al tratar de comprender la construcción
del consentimiento político, debemos aprender a extraer significados
políticos de sus integumentos[53] culturales.
Así pues, ¿cómo, entonces, se generó el grado suficiente de
consentimiento popular preciso para legitimar el giro neoliberal? Los
canales a través de los cuales se llevó esto a cabo fueron diversos.
Poderosas influencias ideológicas circularon a través de las corporaciones,
de los medios de comunicación y de las numerosas instituciones que
constituyen la sociedad civil, como universidades, escuelas, iglesias, y
asociaciones profesionales. Gracias a la «larga marcha» de las ideas
neoliberales a través de estas instituciones, que Hayek ya había vaticinado
en 1947, así como a la organización de think-tanks (con el respaldo y la
financiación de las corporaciones), a la captura de ciertos segmentos de los
medios de comunicación y a la conversión de muchos intelectuales a modos
de pensar neoliberales, se creó un clima de opinión que apoyaba el
neoliberalismo como el exclusivo garante de la libertad. Estos movimientos
se consolidaron con posterioridad mediante la captura de partidos políticos
y, por fin, del poder estatal.
La apelación a las tradiciones y a los valores culturales fue muy
importante en este proceso. Un proyecto manifiesto sobre la restauración
del poder económico en beneficio de una pequeña elite probablemente no
cosecharía un gran apoyo popular. Pero una tentativa programática para
hacer avanzar la causa de las libertades individuales podría atraer a una
base muy amplia de la población y de este modo encubrir la ofensiva
encaminada a restaurar el poder de clase. Por otro lado, una vez que el
aparato estatal efectuase el giro neoliberal, podía utilizar sus poderes de
persuasión, cooptación, de soborno y de amenaza para mantener el clima de
consentimiento necesario para perpetuar su poder. Tal y como veremos, este
fue el punto fuerte particular de Thatcher y de Reagan.
¿Cómo, entonces, negoció este giro el neoliberalismo para desplazar de
manera tan arrolladora al liberalismo embridado? En algunos casos, la
respuesta descansa en buena medida en el uso de la fuerza (ya sea militar,
como en Chile, o financiera, como ocurre a través de las operaciones del FMI
en Mozambique o en Filipinas). La coerción puede producir una aceptación
fatalista, incluso abyecta, de la idea de que no había ni hay «alternativa», tal
y como Margaret Thatcher continúa insistiendo. La construcción activa de
consentimiento también ha variado de un lugar a otro. Asimismo, gracias a
la actividad de los múltiples movimientos opositores existentes, el
consentimiento a menudo se ha marchitado o ha fracasado en diferentes
lugares. Pero debemos mirar más allá de estos mecanismos culturales e
ideológicos infinitamente variados —con independencia de la importancia
que tengan— y centrar la atención en las cualidades de la experiencia
cotidiana en aras a identificar mejor las bases materiales de la construcción
del consentimiento. Y es, en este nivel —el de la experiencia de la vida
cotidiana bajo el capitalismo en la década de 1970—, en el que empezamos
a ver de qué modo el neoliberalismo penetró en el «sentido común». En
muchas partes del mundo el efecto ha sido que cada vez más sea
considerado como una forma necesaria, incluso plenamente «natural», de
regular el orden social.
Todo movimiento político que sostenga que las libertades individuales
son sacrosantas es vulnerable a ser incorporado al redil neoliberal. Por
ejemplo, las revueltas políticas que barrieron el mundo en 1968 estuvieron
declinadas, de manera muy acusada, con el deseo de conseguir una mayor
libertad individual. Esta afirmación resulta inapelable respecto a los
movimientos estudiantiles, como los animados por el movimiento por la
«libertad de expresión» en Berkeley en la década de 1960, o los que
tomaron las calles en París, en Berlín y en Bangkok y que fueron tan
despiadadamente batidos a tiros en Ciudad de México poco antes de los
Juegos Olímpicos de 1968. Demandaban libertad frente a los
constreñimientos paternos, educativos, corporativos, burocráticos, y
estatales. Pero el movimiento del 68 también tenía la justicia social como
objetivo político fundamental.
Sin embargo, los valores de la libertad individual y de la justicia social
no son necesariamente compatibles. La búsqueda de la justicia social
presupone vínculos de solidaridad social y una disposición a sumergir las
carencias, necesidades y deseos individuales en la causa de una lucha algo
más general por la igualdad social o la justicia medioambiental, por citar
dos ejemplos. Los objetivos de la justicia social y de la libertad individual
se fundieron de manera tensa en el movimiento del 68. Esta tensión se tornó
más evidente en la tirante relación que se estableció entre la izquierda
tradicional (la fuerza de trabajo organizada y los partidos políticos que
apoyaban los vínculos institucionalizados de solidaridad social) y el
movimiento estudiantil deseoso de libertades individuales. La sospecha y la
hostilidad que separaron a estas dos facciones en Francia (por ejemplo, la
distancia que surgió entre el Partido Comunista y el movimiento estudiantil)
durante los acontecimientos de 1968 es un claro ejemplo de la misma.
Aunque no es imposible salvar tales diferencias, tampoco es difícil ver de
qué modo ambos podrían ser empujados a quedar atrapados en las mismas.
La retórica neoliberal, con su énfasis fundacional en las libertades
individuales, tiene el poder de escindir el libertarismo, la política de la
identidad, el multiculturalismo y, eventualmente, el consumismo narcisista
de las fuerzas sociales alineadas en pro de la justicia social a través de la
conquista del poder estatal. Por ejemplo, hace mucho tiempo que se
demostró extremadamente difícil forjar en el seno de la izquierda
estadounidense, la disciplina colectiva requerida para que la acción política
logre alcanzar la justicia social sin atentar contra el deseo de los actores
políticos de obtener libertad individual y el pleno reconocimiento y
expresión de las identidades particulares. El neoliberalismo no crea tales
distinciones, pero puede explotarlas fácilmente, cuando no fomentarlas.
A principios de la década de 1970, aquellos que aspiraban a la libertad
individual y a la justicia social, pudieron hacer causa común frente a lo que
muchos percibían como un enemigo común. Se pensaba que las poderosas
corporaciones, aliadas con un Estado intervencionista, iban a gobernar el
mundo de formas opresivas para los individuos y, en el plano social,
injustas. La Guerra de Vietnam fue el catalizador más obvio de este
descontento, pero las actividades destructivas de las corporaciones y del
Estado en relación con el medio ambiente, la presión hacia un consumismo
irracional, el fracaso para abordar las cuestiones sociales y responder
adecuadamente a la diversidad existente, así como también las intensas
restricciones sobre las oportunidades individuales y sobre los
comportamientos personales mediante un control dirigido tanto por el
Estado como por las «tradiciones» también eran una fuente de malestar
general. Los derechos civiles fueron uno de lo ejes, y las cuestiones
relativas a la sexualidad y a los derechos reproductivos estuvieron muy
presentes. Para la mayor parte de las personas comprometidas en el
movimiento del 68, el enemigo era un Estado intrusivo que tenía que ser
reformado. Y, en este punto, los neoliberales no tenían mucho que objetar.
Pero las corporaciones, las empresas y el sistema de mercado capitalista
también eran considerados enemigos primordiales que exigían ser
revisados, cuando no ser objeto de una transformación revolucionaria: de
ahí la amenaza al poder de clase capitalista. A través de la captura de los
ideales de la libertad individual y volviéndolos contra las prácticas
intervencionistas y reguladoras del Estado, los intereses de la clase
capitalista podían esperar proteger e incluso restaurar su posición. El
neoliberalismo podía desempeñar de manera excelente esta tarea ideológica.
Pero debía estar respaldado por una estrategia práctica que pusiera el
énfasis en la libertad de elección del consumidor, no sólo respecto a
productos concretos, sino también respecto a estilos de vida, modos de
expresión y una amplia gama de prácticas culturales. La neoliberalización
requería tanto política como económicamente, la construcción de una
cultura populista neoliberal basada en un mercado de consumismo
diferenciado y en el libertarismo individual. En este sentido, se demostró
más que compatible con el impulso cultural llamado «posmodernidad», que
durante largo tiempo había permanecido latente batiendo sus alas pero que
ahora podría alzar su vuelo plenamente consumado como un referente
dominante tanto en el plano intelectual como cultural. Este fue el desafío
que las corporaciones y las elites de clase decidieron fraguar de manera
velada en la década de 1980.
Nada de esto estaba muy claro en aquel entonces. Los movimientos de
izquierda no fueron capaces de reconocer o de confrontar, y mucho menos
de trascender, la tensión inherente entre la búsqueda de libertades
individuales y la justicia social. Pero sospecho que de manera intuitiva el
problema era bastante nítido para muchos de los miembros de las clases
altas, incluso aquellos que nunca habían leído a Hayek o siquiera oído
hablar de la teoría neoliberal. Quisiera ilustrar esta idea mediante un
análisis comparativo del giro neoliberal en Estados Unidos y en Gran
Bretaña en los turbulentos años de la década de 1970.
En el caso de Estados Unidos, comienzo con una nota confidencial
enviada por Lewis Powell a la Cámara de Comercio estadounidense en
agosto de 1971. Powell, a punto de ser elevado al Tribunal Supremo por
Richard Nixon, sostenía que la crítica y la oposición al sistema de la libre
empresa estadounidense había llegado demasiado lejos y que «había llegado
el momento —de hecho, ya era tarde— para que la sabiduría, la inteligencia
y los recursos de la empresas estadounidenses pudieran ser lanzados contra
aquellos que lo destruirían». Powell sostenía que la acción individual era
insuficiente. «La fuerza —escribió— descansa en la organización, en una
meticulosa planificación a largo plazo y en la implementación, en
concordancia con una acción proseguida durante un periodo indefinido de
años, en un nivel de financiación únicamente alcanzable mediante el
esfuerzo conjunto, y en el poder político, únicamente alcanzable a través de
la unidad de acción y de las organizaciones nacionales». La Cámara
Nacional de Comercio, aseveraba, debía encabezar el asalto a las
instituciones más importantes —universidades, escuelas, medios de
comunicación, publicidad, tribunales— en aras a cuestionar el modo de
pensar de los individuos «acerca de la empresa, la ley, la cultura, y el
individuo». Las empresas estadounidenses no carecían de recursos para
realizar un esfuerzo de esta envergadura, particularmente si se hacía un
fondo común[54].
En qué medida influyó directamente esta llamada a implicarse en una
guerra de clase, es difícil de decir. Pero sabemos con seguridad que la
Cámara de Comercio estadounidense expandió seguidamente la lista de sus
integrantes de cerca de 60 000 empresas en 1972 a cerca de un cuarto de
millón, diez años después. Junto con la Nacional Association of
Manufacturers (que se desplazó a Washington en 1972) acumuló una
poderosa fuerza reivindicativa para presionar al Congreso y para estimular
actividades de investigación. En 1972 se fundó la Business Roundtable, una
organización de altos directivos «comprometida con la búsqueda agresiva
de poder político para la corporación», y desde entonces se convirtió en el
eje de la acción colectiva en pro de los intereses de los negocios. Las
empresas implicadas sumaban un valor «cercano a la mitad del PIB de
Estados Unidos» durante la década de 1970, y tenían un gasto anual
próximo a 900 millones de dólares (una suma muy elevada para la época)
en asuntos políticos. Gracias al apoyo empresarial se constituyeron think-
tanks, como la Heritage Foundation, el Hoover Institute, el Center for the
Study of American Business, y el American Enterprise Institute con la
finalidad tanto de crear polémica como, cuando fuera necesario como en el
caso del Nacional Bureau of Economic Research (NBER), de ensamblar
estudios técnicos y empíricos serios y argumentos filosófico-políticos en
general en apoyo de las políticas neoliberales. Casi la mitad de la
financiación del sumamente respetado NBER, provenía de las compañías que
encabezan la lista de Fortune 500. Gracias a su elevado grado de
integración en la comunidad académica, el NBER iba a tener un impacto muy
significativo en el pensamiento generado en los departamentos de economía
y en las escuelas empresariales de las universidades más importantes en el
campo de la investigación. Con una abundante financiación proporcionada
por algunos individuos muy ricos (como el cervecero Joseph Coors, que
posteriormente se convirtió en miembro del «grupo asesor más íntimo» de
Reagan) y por sus fundaciones (por ejemplo, Olin, Scaife, Smith
Richardson, Pew Charitable Trust), apareció un aluvión de folletos y de
libros, del que Anarchy State and Utopía [1977] de Robert Nozick sea quizá
el más leído y apreciado, en apoyo de los valores neoliberales. Una versión
televisiva de Free to Choose de Milton Friedman, fue financiada con una
beca de Scaife en 1977. «El negocio consistía —concluye Blyth— en
aprender a usar el dinero como una clase»[55].
Al escoger las universidades como un lugar merecedor de una particular
atención, Powell señalaba una oportunidad y apuntaba también a una
cuestión singular, ya que de hecho ellas eran un foco de sentimiento
anticorporativo y antiestatal (los estudiantes de Santa Bárbara habían
incendiado el edificio del Bank of America situado en el campus
universitario y habían enterrado ceremoniosamente un coche en la playa).
Pero muchos estudiantes eran (y todavía son) ricos y privilegiados, o al
menos de clase media, y en Estados Unidos los valores de la libertad
individual han sido celebrados desde hace mucho tiempo (en la música y en
la cultura popular) como fundamentales. Las temáticas del neoliberalismo
podían encontrar aquí un terreno fértil en el que propagarse. Powell no
defendía la extensión del poder estatal. Pero las empresas debían «cultivar
diligentemente» el Estado y utilizarlo cuando fuera necesario «con
agresividad y determinación»[56]. ¿Pero de qué modo exactamente iba a ser
desplegado el poder estatal para remodelar el propio sentido común?
La doble crisis de acumulación de capital y de poder de clase encontró
una línea de respuesta en las trincheras de las luchas urbanas de la década
de 1970. La crisis fiscal de la ciudad de Nueva York fue un caso simbólico.
La reestructuración capitalista y la desindustrialización habían venido
erosionando durante varios años la base económica de la ciudad, y la
acelerada suburbanización había sumido en la pobreza a gran parte de la
población del centro de la ciudad. Fruto de estos procesos fue un
beligerante descontento social entre los sectores marginados durante la
década de 1960 que definió lo que vino a conocerse como «la crisis urbana»
(debido a la emergencia de problemas similares en muchas ciudades de
Estados Unidos). La expansión del empleo público y de la provisión pública
de bienes y servicios —facilitada en parte por una generosa financiación
federal— fue considerada como la solución adecuada. Pero ante las
dificultades fiscales que se le presentaba, el presidente Nixon declaró sin
más el fin de la crisis a principios de la década de 1970. Si bien no dejaba
de ser una novedad para muchos moradores de la ciudad, en efecto,
señalaba la disminución de la ayuda federal. Cuando la recesión cobró
mayor intensidad, la brecha entre los ingresos y los gastos en el presupuesto
de la ciudad de Nueva York (que ya era extensa a causa del abuso del
crédito durante mucho tiempo) se incrementó. En un principio, las
instituciones financieras estuvieron dispuestas a cubrir este agujero, pero en
1975 una potente camarilla de bancos de inversión (encabezados por el
banquero Walter Wriston, de Citibank) se negó a refinanciar la deuda y
empujó a la ciudad a una quiebra técnica. La operación de rescate
organizada para salvar a la ciudad conllevó la creación de nuevas
instituciones que asumieran la gestión del presupuesto de la ciudad. Primero
reclamaron que los impuestos municipales se dedicaran en primer lugar a
pagar a los titulares de bonos y después que el resto se destinase a los
servicios esenciales de la ciudad. Esta operación se saldó con la frustración
de las aspiraciones de los fuertes sindicatos de los trabajadores municipales,
con la imposición de medidas de congelación salarial y con recortes en el
empleo público y en la provisión de servicios sociales (educación, sanidad
pública, servicios de transporte), y con la imposición de tasas a los usuarios
(por vez primera se introdujeron tasas de matriculación en el sistema de la
universidad de CUNY). El ultraje final llegó con la exigencia de que los
sindicatos municipales debían invertir sus fondos de pensiones en bonos de
la ciudad. Así pues, los sindicatos se encontraron en la tesitura de que si no
moderaban sus demandas se enfrentarían a la perspectiva de perder sus
fondos de pensiones a causa de la quiebra de la ciudad[57].
Esto equivalió a un golpe perpetrado por las instituciones financieras
contra el gobierno democráticamente elegido de la ciudad de Nueva York, y
no fue menos efectivo que el golpe militar que previamente se había
producido en Chile. En medio de una crisis fiscal, la riqueza era
redistribuida hacia las clases altas. En opinión de Zevin, la crisis de Nueva
York fue sintomática de «una emergente estrategia de deflación ligada a una
redistribución regresiva de la renta, la riqueza y el poder». Fue «quizá, una
temprana y decisiva batalla de una nueva guerra» cuyo objetivo era
«demostrar a otros que lo que estaba sucediendo en Nueva York podría, y
en algunos casos así sucedió, ocurrirles también a ellos»[58].
El hecho de si todas las personas implicadas en la negociación de este
compromiso fiscal lo entendieron como una estrategia para restaurar el
poder de clase, es una pregunta abierta. La necesidad de mantener la
disciplina fiscal es una cuestión preocupante en sí misma y no entraña
necesariamente, al igual que el monetarismo de manera más general, una
redistribución regresiva. Es difícil de creer que, por ejemplo, Felix Rohatyn,
representante del banco mercantil que negoció el acuerdo entre la ciudad, el
Estado y las instituciones financieras, tuviera en mente la restauración del
poder de clase. La única forma en la que él podía «salvar» a la ciudad era
contentando a los bancos de inversión, aunque eso supusiera disminuir la
calidad de vida de la mayoría de los neoyorquinos. Pero la restauración del
poder de clase era casi con toda seguridad en lo que estaban pensando los
responsables de los bancos de inversión, como Walter Wriston. Después de
todo, él había equiparado todas las formas de intervención gubernativa
presentes en Estados Unidos y en Gran Bretaña con el comunismo. Y, casi
con toda seguridad también, era el objetivo de William Simon, secretario
del Departamento del Tesoro en el gobierno del presidente Ford (que
posteriormente se convirtió en el presidente de la ultraconservadora Olin
Foundation). Viendo con aprobación el desarrollo de los acontecimientos en
Chile, recomendó con vehemencia al presidente Ford que se negara a
prestar auxilio a la ciudad («Ford to City: Drop Dead» [«Ford dice a la
ciudad: muérete»] fue el titular de The New York Daily News). Los términos
de cualquier operación de rescate, señaló, debían ser «tan punitivos, y toda
la experiencia tan dolorosa, que ninguna ciudad, ni ninguna subdivisión
política tuviera jamás la tentación de seguir el mismo camino»[59].
Aunque la resistencia a las medidas de austeridad fue generalizada, de
acuerdo con Freeman, sólo pudo ralentizar «la contrarrevolución desde
arriba, pero no pararla. En apenas unos años, muchas de las conquistas
históricas de la clase obrera de Nueva York fueron suprimidas». Gran parte
de la infraestructura social de la ciudad fue reducida y la infraestructura
física (por ejemplo, el sistema de transporte suburbano) sufrió un acusado
deterioro por la falta de inversión o incluso de medidas de mantenimiento.
La vida cotidiana en Nueva York «acabó siendo penosa y el ambiente social
y cívico se tornó huraño». El gobierno de la ciudad, el movimiento obrero
municipal, y la clase obrera neoyorquina, fueron efectivamente despojados
«de gran parte del poder que habían acumulado durante las tres décadas
anteriores»[60]. La desmoralizada clase obrera neoyorquina aceptó a
regañadientes la nueva realidad.
Pero los bancos de inversión de Nueva York no se marcharon de la
ciudad. No iban a dejar escapar la oportunidad de reestructurar la ciudad de
maneras que podían convenir a su agenda. La creación de un «clima óptimo
para los negocios» era prioritaria. Esto significó utilizar los recursos
públicos para construir infraestructuras adecuadas a los negocios (en
particular, en materia de telecomunicaciones) que fueron acompañadas de
incentivos fiscales y de subvenciones destinadas a las empresas capitalistas.
El sistema del bienestar corporativo sustituyó al sistema del bienestar para
la población. Las instituciones de elite neoyorquinas fueron movilizadas
para vender la imagen de la ciudad como centro cultural y destino turístico
(inventando el famoso logo «I love New York»). Las elites dominantes
cambiaron de opinión, a menudo con reticencias, para apoyar la apertura del
campo cultural a todo tipo de corrientes cosmopolitas diversas. La
exploración narcisista del yo, la sexualidad y la identidad se convirtieron en
el leitmotiv de la cultura urbana burguesa. La libertad y la licencia artísticas
promovidas por las poderosas instituciones culturales de la ciudad
condujeron, en efecto, a la neoliberalización de la cultura. La «delirante
Nueva York» (por utilizar la memorable frase de Rem Koolhaas) erosionó
la memoria colectiva de la democrática Nueva York[61]. Las elites de la
ciudad accedieron, aunque no sin batallar, a la demanda de diversificación
de los estilos de vida (incluidos los ligados a la preferencia sexual y al
género) y crecieron las opciones de consumo alternativo especializado (en
áreas como la producción cultural). Nueva York se convirtió en el epicentro
de la experimentación cultural e intelectual posmoderna. Entretanto, los
bancos de inversión reconstruyeron la economía de la ciudad en torno a las
actividades financieras, los servicios auxiliares como la asistencia legal y
los medios de comunicación (muchos de los cuales revivieron gracias al
proceso de financiarización en marcha) y un consumismo diversificado
(proceso en el que jugó un papel prominente la «rehabilitación» de los
barrios y la gentrification). El gobierno de la ciudad se organizó cada vez
más como una entidad empresarial en lugar de socialdemócrata o siquiera
gerencial. La competencia interurbana por el capital de inversión
transformó al gobierno en un modelo de gestión urbano articulado en torno
a asociaciones público-privadas. Las empresas municipales comenzaron a
dirigirse de manera progresiva a puerta cerrada, mientras se desvanecía el
contenido democrático y representativo de la forma de gobierno[62].
La clase obrera así como los inmigrantes pertenecientes a las minorías
étnicas de la ciudad, fueron empujados a la sombras, vapuleados por los
estragos del racismo y de la epidemia de crack de proporciones épicas que
se registró durante la década de 1980 y que dejó a muchos jóvenes muertos,
en la cárcel o viviendo en la calle, sólo para acabar siendo azotados de
nuevo por la epidemia del SIDA que comenzó a dejar sentir su incidencia en
la década de 1990. La redistribución de la riqueza a través de la violencia
delictiva se convirtió en una de las pocas opciones serias que se abrían a las
personas pobres, y las autoridades respondieron criminalizando a
comunidades enteras de una población empobrecida y marginada. Las
víctimas fueron culpabilizadas y Giulliani se haría famoso por tomarse la
revancha colocándose del lado de la burguesía cada día más opulenta de
Manhattan, que estaba cansada de tener que enfrentarse a los efectos de la
devastación en los portales de sus propias casas.
La gestión de la crisis fiscal de Nueva York fue pionera de las prácticas
neoliberales tanto en el ámbito doméstico, durante las presidencias de
Reagan, como internacional, a través del FMI en la década de 1980. Instauró
el principio de que en caso de conflicto entre la integridad de las
instituciones financieras y los beneficios de los titulares de bonos, por un
lado, y el bienestar de los ciudadanos, por otro, se iba a privilegiar lo
primero. Igualmente, puso el acento en que el papel del gobierno era crear
un buen clima para los negocios y no atender a las necesidades y al
bienestar de la población en su conjunto. Tabb concluye que la política de la
Administración de Reagan durante la década de 1980, se convirtió, «a todas
luces, en poco más que en una reedición ampliada del escenario de Nueva
York» de la década de 1970[63].
La traducción de estas conclusiones locales de mediados de la década de
1970 a escala nacional, se desarrolló de manera vertiginosa. Thomas Edsall
(un periodista corresponsal en Washington durante muchos años) publicó un
vaticinador análisis en 1985:

Durante la década de 1970, las empresas afinaron su capacidad para


actuar como clase, sacrificando su instinto competitivo a favor de la
unidad y de una actuación cooperadora en la arena legislativa. En
lugar de que las compañías individuales se limitaran a buscar favores
especiales […], el tema dominante en la estrategia política de las
empresas se convirtió en un interés compartido por echar por tierra
leyes como las destinadas a proteger los derechos de los consumidores
y por sacar adelante la reforma legislativa laboral, así como la
promulgación de una legislación reguladora, antimonopolista y fiscal
que les fuera más favorable[64].

En aras a cumplir este objetivo, los empresarios necesitaban un instrumento


político de clase y una base popular. Así pues, trataron activamente de
capturar al Partido Republicano y de convertirlo en su propio instrumento.
La constitución de fuertes comités de acción política para obtener, tal y
como se expresa en el viejo dicho, «el mejor gobierno que el dinero pueda
comprar», fue un paso importante. Las leyes supuestamente progresistas en
materia de financiación de las campañas políticas de 1971 sirvieron, de
hecho, para legalizar la corrupción financiera de los políticos. En 1976, el
Tribunal Supremo comenzó a promulgar una serie de dictámenes de
carácter crucial en los que por vez primera se establecía que el derecho de
las compañías a realizar contribuciones ilimitadas a los partidos políticos
así como a los comités de acción política, se hallaba protegido por la
Primera Enmienda, que garantizaba el derecho de los individuos (en este
caso, las empresas) a la libertad de expresión[65]. Los comités de acción
política (CAP) podían, por lo tanto, asegurar el dominio financiero de ambos
partidos políticos por parte de intereses corporativos, de la clase adinerada y
de las asociaciones profesionales. Los CAP corporativos, que en 1974
alcanzaban la cifra de ochenta y nueve, ascendían en 1982 a 1467. Aunque
estos comités estaban dispuestos a suministrar fondos a los altos cargos de
ambos partidos con tal de que sirvieran a sus intereses, también se
inclinaron de manera sistemática hacia los candidatos de derecha de ambas
formaciones políticas. A finales de la década de 1970, Reagan (que entonces
era gobernador de California) y William Simon (al que ya nos hemos
referido) se tomaron la molestia de instar a los CAP a que dirigieran sus
esfuerzos hacia la financiación de los candidatos republicanos simpatizantes
de la derecha[66]. El límite de 5000 dólares de impuesto a cada contribución
del CAP a un solo individuo, obligó a los comités de las distintas compañías
e industrias a trabajar conjuntamente, y esto conllevó a que se forjaran
alianzas basadas en la clase en lugar de en los intereses particulares.
La disposición del Partido Republicano a convertirse en el representante
de «sus votantes pertenecientes a la clase dominante» durante este periodo
contrastaba, en opinión de Edsall, con la actitud «ideológicamente
ambivalente» de los demócratas, lo cual explica el «hecho de que su
vinculación con diversos colectivos de la sociedad era difusa y porque
ninguno de esos grupos —mujeres, negros, obreros, ancianos, hispanos,
organizaciones políticas urbanas— era claramente más numeroso que el
resto». Por otro lado, la dependencia de los demócratas de contribuciones
«cuantiosas» hizo a muchos de ellos sumamente vulnerables a la influencia
directa de los intereses empresariales[67]. Aunque el Partido Demócrata
tenía una base popular, no podía seguir fácilmente una línea política
anticapitalista o anticorporativa sin cercenar de este modo totalmente sus
conexiones con poderosos intereses financieros.
No obstante, si quería conquistar efectivamente el poder, el Partido
Republicano necesitaba una sólida base electoral. La búsqueda por parte de
los republicanos de una alianza con la derecha cristiana se produjo
aproximadamente en esa misma época. La derecha cristiana no había estado
activa en la esfera política en el pasado, pero la fundación de la «mayoría
moral» por Jerry Falwell como movimiento político en 1978, supuso un
vuelco en esta actitud. El Partido Republicano ahora tenía su base cristiana.
También apeló al nacionalismo cultural de las clases obreras blancas y a su
hostigado sentido de superioridad moral (hostigado, porque esta clase vivía
en condiciones de inseguridad económica crónica y se sentía excluida de
muchos de los beneficios que eran distribuidos a través de políticas de
acción afirmativa, así como de otros programas estatales). Esta base política
podía ser movilizada a través de una actitud positiva hacia la religión y el
nacionalismo cultural y, en términos negativos, a través de un racismo, una
homofobia y un antifeminismo latentes, cuando no estridentes. El problema
no eran el capitalismo y la neoliberalización de la cultura sino los
«liberales» que habían utilizado un excesivo poder estatal para amparar a
ciertos grupos (negros, mujeres, ecologistas, etc.). Un movimiento, con una
sólida financiación, de intelectuales neoconservadores (reunidos alrededor
de Irving Kristol y Norman Podhoretz y de la revista Commentary) en
apoyo de la moralidad y de los valores tradicionales, daba su credibilidad a
estas tesis. Apoyaban el giro neoliberal en la esfera económica pero no así
en la cultural, y vilipendiaban los excesos intervencionistas de la
denominada «elite liberal», enturbiando notablemente lo que el término
«liberal» podría significar. De este modo, se conseguía desviar la atención
del capitalismo y del poder corporativo como si nada tuvieran que ver con
los problemas económicos ni culturales que estaban creando el
mercantilismo desenfrenado y el individualismo.
A partir de este momento se produjo la firme consolidación de la atroz
alianza entre las grandes empresas y los cristianos conservadores respaldada
por los neoconservadores, que finalmente, en particular después de 1990,
consiguió erradicar todos los elementos liberales del Partido Republicano
(muy significativos e influyentes en la década de 1960) y que convirtió a
este en la fuerza electoral de derechas relativamente homogénea que hoy
conocemos[68]. No era la primera vez ni, es de temer, será la última en la
historia en que un grupo social ha sido convencido para votar en contra de
sus intereses materiales, económicos y de clase por razones culturales,
nacionalistas y religiosas. Sin embargo, en algunos casos, tal vez resulte
más apropiado sustituir la palabra «convencidos» por «elegidos», ya que
existen abundantes indicios de que los cristianos evangélicos (los cuales no
representan más del 20% de la población), que constituyen el núcleo de la
«mayoría moral», abrazaron con entusiasmo la alianza con las grandes
empresas y con el Partido Republicano como un medio para dar un mayor
impulso a su agenda moral y evangélica. Sin lugar a dudas, de esto se
trataba en el caso de la oscura y reservada organización de cristianos
conservadores que constituyó el Council for Nacional Policy, fundando en
1981 «para diseñar estrategias sobre cómo hacer virar el país hacia la
derecha»[69].
Por otro lado, el Partido Demócrata estaba profundamente desgarrado
por la necesidad de aplacar, sino de socorrer, los intereses financieros y
corporativos y, al mismo tiempo, dar muestras de estar impulsando la
mejora de las condiciones materiales de vida de su base popular. Durante la
presidencia de Clinton, el partido terminó por anteponer lo primero a lo
segundo y de este modo cayó de lleno en el redil neoliberal a la hora de
prescribir e implementar sus políticas (como, por ejemplo, en el caso de la
reforma del sistema de bienestar)[70]. Sin embargo, como demuestra el caso
de Felix Rohatyn, no está claro que esta fuera la agenda de Clinton desde el
principio. Enfrentado a la necesidad de superar un déficit insondable y de
despertar el crecimiento económico, la única vía económica plausible era la
reducción del déficit para conseguir bajas tasas de interés. Esto suponía o
bien imponer una fiscalidad sustancialmente más elevada (que equivalía a
un suicidio electoral) o bien efectuar recortes presupuestarios. Tomar el
segundo camino implicó, en opinión de Yergan y de Stanislaw, «traicionar a
su electorado tradicional para no contravenir los caprichos de los ricos», si
bien, tal y como posteriormente confesó Joseph Stiglitz, que fue presidente
del Consejo de Asesores Económicos de Clinton, «nos las arreglamos para
ir apretando el cinturón a los pobres a medida que aflojábamos el de los
ricos»[71]. En efecto, la política social se dejó al cuidado de los titulares de
bonos de Wall Street (de manera muy similar a lo que había ocurrido en la
ciudad de Nueva York anteriormente), con consecuencias predecibles.
La estructura política que surgió fue bastante simple. El Partido
Republicano pudo movilizar ingentes recursos financieros así como su base
popular para votar contra sus intereses materiales, apoyándose en
argumentos culturales y religiosos, mientras que el Partido Demócrata no
podía permitirse atender a las necesidades materiales de su tradicional base
popular (por ejemplo, un sistema nacional de asistencia sanitaria) ante el
miedo a perjudicar los intereses de la clase capitalista. Dada esta asimetría,
la hegemonía política del Partido Republicano se volvió más segura.
La elección de Reagan en 1980, fue sólo el primer paso en el largo
proceso de consolidar el cambio político necesario para apoyar el giro de
Volcker hacia el monetarismo y la priorización de la lucha contra la
inflación. Las políticas de Reagan, observó Edsall en aquel tiempo, se
concentraron en imprimir «un impulso general de reducción del alcance y
del contenido de la regulación federal en materias relativas a la industria, el
medio ambiente, las condiciones laborales, la asistencia sanitaria y la
relación entre comprador y vendedor». Los principales medios utilizados
fueron los recortes presupuestarios y la desregulación, así como «el
nombramiento de personas en las entidades públicas con tendencias
opuestas a la regulación y favorables a la industria» para ocupar posiciones
clave[72].
El National Labour Relations Board, establecido para reglamentar las
relaciones entre el capital y la fuerza de trabajo en los centros de trabajo en
la década de 1930, fue convertido por los cargos designados por Reagan en
un vehículo para atacar y regular los derechos de los trabajadores en el
preciso momento en el que la actividad empresarial estaba siendo
desregulada[73]. En 1983, se tardó menos de 6 meses en revertir casi el 40%
de las decisiones que habían sido tomadas en la década de 1970 y que a la
luz de los intereses comerciales eran demasiado favorables a la fuerza de
trabajo. Reagan interpretaba que toda regulación (excepto la relativa a la
fuerza de trabajo) era negativa. La Office of Management and Budget,
recibió la orden de realizar exhaustivos análisis basados en el coste-
beneficio de todas las propuestas reguladoras (pasadas y presentes). Si no
podía demostrarse que los beneficios de la regulación excedían claramente
a los costes, entonces la propuesta debía desecharse. Por si no era
suficiente, se llevaron a cabo cuidadosas revisiones del código tributario —
principalmente en lo que respecta a la amortización de las inversiones—
que permitieron que muchas corporaciones no tuvieran que pagar ningún
tipo de impuesto en absoluto a la vez que se reducía el tipo impositivo del
78 al 28% para los individuos situadas en el tramo de rentas más elevadas,
lo cual demostró que se trataba de un intento de restaurar el poder de clase
(véase Figura 1.7). Y peor aún, se transmitieron gratuitamente activos
públicos al dominio privado. Por ejemplo, gran parte de los adelantos más
decisivos en la investigación farmacéutica habían sido financiados por el
Nacional Institute of Health en colaboración con las compañías
farmacéuticas. Sin embargo, en 1978 se permitió a las compañías recibir
todos los beneficios de la explotación de los derechos sobre las patentes sin
devolver ninguna cantidad al Estado asegurando, a partir de entonces, una
industria de altos, y sumamente subsidiados, beneficios[74].
Pero para poder llevar a cabo todo esto, era necesario meter en cintura a
la fuerza de trabajo y a las organizaciones obreras, y hacer que se
conformaran con el nuevo orden social. Si la ciudad de Nueva York había
sido pionera al conseguir disciplinar al fuerte movimiento sindical
municipal entre 1975 y 1977, Reagan adoptó la misma receta a escala
nacional domeñando a los controladores aéreos en 1981 y dejando claro a
los sindicatos que no eran bienvenidos como integrantes de los consejos
internos del gobierno. El inestable acuerdo que había regido las relaciones
entre el poder corporativo y sindical durante la década de 1960 había
concluido. Con unas tasas de desempleo en plena efervescencia que
alcanzaban el 10% a mediados de la década de 1980, el momento era
propicio para atacar todas las formas de organización obrera y recortar sus
derechos conquistados así como su poder. El traslado de la actividad
industrial desde el sindicado nordeste a los Estados del sur del país, en los
que prácticamente no se registraba sindicación y donde existía una mano de
obra «dispuesta a trabajar», cuando no más allá de las fronteras estatales, a
México y el sudeste de Asia, se convirtió en una práctica común
(subvencionada por una fiscalidad favorable para las nuevas inversiones, y
ayudada por el nuevo predominio de las finanzas sobre la producción como
eje del poder de clase capitalista). La desindustrialización de las antiguas
principales regiones industriales fuertemente sindicalizadas (el llamado
«rust belt» [el cinturón de la industria pesada y la producción en masa
situado en los Estados nororientales del país en torno a los Grandes Lagos])
desposeyó de su poder a la fuerza de trabajo. Las compañías podían
amenazar a los trabajadores cuando se produjeran paros en las plantas de
producción o desafiar —y generalmente ganar— a los huelguistas en caso
necesario (por ejemplo, en la industria del carbón).
Igualmente, en este caso, lo importante no era sólo el uso de la porra, ya
que había un gran número de zanahorias que ofrecer a los trabajadores
individuales para romper la acción colectiva. Las rígidas reglas de los
sindicatos y sus estructuras burocráticas les hacían vulnerables al ataque. A
menudo, la falta de flexibilidad era una desventaja tan importante para los
trabajadores individuales como para el capital. La pura demanda de una
especialización flexible en los procesos de trabajo y de la contratación de
una jornada laboral flexible podía convertirse en una parte de la retórica
neoliberal que podía ser convincente para algunos trabajadores individuales,
en particular para los que habían sido privados de los beneficios exclusivos
que en ocasiones confería esa fuerte sindicación. Una mayor autonomía y
libertad de acción en el mercado laboral podían revenderse como una virtud
tanto para el capitalismo como para la mano de obra y tampoco en este caso
fue difícil integrar los valores liberales en el «sentido común» de gran parte
de la fuerza de trabajo. Comprender de qué modo esta activa potencialidad
fue convertida en un sistema de acumulación flexible generador de una gran
explotación (pues todos los beneficios procedentes de la progresiva
flexibilidad en la distribución del trabajo, tanto en el espacio como en el
tiempo, revirtieron en el capital) resulta fundamental para explicar por qué
lo salarios reales, excepto durante un breve periodo de la década de 1990, se
mantuvieron estancados o disminuyeron al mismo tiempo que se redujeron
los beneficios sociales. La teoría neoliberal sostiene, porque así le conviene,
que el desempleo es siempre voluntario. El trabajo, de acuerdo con sus
postulados, tiene un «precio mínimo» por debajo del cual se prefiere no
trabajar. El desempleo aparece porque el precio mínimo del trabajo es
demasiado alto. En la medida en que el precio mínimo es parcialmente
sufragado por los ingresos provenientes del Estado del bienestar (y, en este
sentido, abundan las historias de «reinas del Estado del bienestar» que
conducen Cadillacs), cobra sentido el argumento de que la reforma
neoliberal llevada a cabo por Clinton del «Estado del bienestar tal y como
lo conocemos» debe ser un paso crucial para la reducción del desempleo.
Todo esto demandaba algún fundamento, y la guerra de las ideas
desempeño un papel importante para cubrir esta necesidad. En opinión de
Blyth, las ideas económicas orquestadas en apoyo al giro neoliberal
consistían en una compleja fusión de monetarismo (Friedman), expectativas
racionales (Robert Lucas), elección pública (James Buchanan, y Gordon
Tullock), y las ideas elaboradas por Arthur Laffer en torno a las políticas
por el lado de la oferta, menos respetables pero en absoluto carentes de
poder de influencia, quien llegó a sugerir que los efectos incentivadores de
los recortes fiscales incrementarían hasta tal punto la actividad económica
que harían crecer automáticamente los ingresos tributarios (Reagan estaba
enamorado de esta idea). La hebra común más admisible de estos
argumentos descansaba en que la intervención del gobierno era el problema
en lugar de la solución y que «una política monetaria de estabilidad, sumada
a recortes radicales en los impuestos para los tramos de renta más elevados,
produciría una economía más próspera» al no distorsionar los incentivos de
la actividad empresarial[75]. La prensa financiera, con The Wall Street
Journal muy a la cabeza, asumió estas ideas convirtiéndose en una abierta
defensora de la neoliberalización como solución necesaria a todos los males
económicos. La difusión popular de estas ideas vino de la mano de
prolíficos escritores como George Gilder (financiado con fondos destinados
a los think-tanks), mientras las escuelas de estudios empresariales que
emergieron en prestigiosas universidades como Standford y Harvard gracias
a la generosa financiación brindada por corporaciones y fundaciones, se
convirtieron en centros de la ortodoxia neoliberal desde el preciso momento
en que abrieron sus puertas. Establecer la cartografía de la expansión de las
ideas es siempre una tarea ardua, pero en 1990 prácticamente la mayoría de
los departamentos de economía de las universidades más importantes
dedicadas a la investigación, así como también las escuelas de estudios
empresariales, estaban dominadas por formas de pensamiento neoliberal. La
importancia de este hecho no debería subestimarse. Las universidades
estadounidenses dedicadas a la investigación eran y son campos de
entrenamiento para muchos estudiantes extranjeros que se llevan a sus
países de origen lo aprendido —las figuras clave de la adaptación de Chile
y de México al neoliberalismo fueron, por ejemplo, economistas formados
en Estados Unidos— así como también a las instituciones internacionales
en las que se integran como el FMI, el Banco Mundial y la ONU. En mi
opinión, la clara conclusión es que «durante la década de 1970, el ala
política del sector corporativo nacional», en palabras de Edsall, «organizó
una de las campañas más destacables en la búsqueda de poder habida en
tiempos recientes». A principios de la década de 1980, «había ganado un
grado de influencia y de poder próximo al que tenía durante los prósperos
días de la década de 1920»[76]. Y en 2000 había utilizado esa posición
privilegiada para volver a situar su porcentaje de la riqueza y de la renta
nacional en niveles que tampoco se veían desde la década de 1920.
En Gran Bretaña, la construcción del consentimiento se produjo de
modo muy diferente[77]. Lo que ocurría en Kansas era muy distinto de lo
que pasaba en Yorkshire. Las tradiciones políticas y culturales eran muy
dispares. En Gran Bretaña no hay una derecha cristiana a la que dirigirse o a
la que movilizar detrás de una mayoría moral. El poder corporativo era
poco inclinado a apoyar un abierto activismo político (sus contribuciones a
los partidos políticos eran mínimas) y en su lugar prefería ejercer su
influencia a través de las redes de clase y de privilegios que desde hacía
largo tiempo conectaban el gobierno, la academia, el poder judicial y el
inamovible funcionariado (que en aquellos momentos todavía conservaba
su tradicional independencia) con los líderes industriales y financieros. La
situación política también era radicalmente distinta, puesto que el Partido
Laborista había sido concebido desde hacía mucho tiempo, como un
instrumento de poder de la clase obrera al servicio de fuertes sindicatos, a
menudo muy combativos. En consecuencia, la estructura del Estado del
bienestar que se había desarrollado en Gran Bretaña era mucho más
elaborada y extensa de lo que jamás se podría haber soñado en Estados
Unidos. Los pesos pesados de la economía (el carbón, el acero y la industria
automovilística) estaban nacionalizados, y una gran parte de las viviendas
disponibles pertenecían al sector público. Además, desde la década de 1930,
el Partido Laborista había cimentado significativos reductos de poder en el
ámbito del gobierno municipal, estando el Ayuntamiento de Londres,
presidido por Herbert Morrison, a la vanguardia de este proceso desde la
década de 1930. Los vínculos de solidaridad construidos a través del
movimiento sindical y de los gobiernos municipales, eran rotundamente
manifiestos. Incluso el Partido Conservador, durante los largos periodos en
los que asumió el poder después de la Segunda Guerra Mundial, se abstuvo
mucho de emprender ningún intento de desmantelar el Estado de bienestar
que había heredado.
El gobierno laborista de la década de 1960 se había negado a enviar
tropas a Vietnam, lo que salvó al país de sufrir los traumas domésticos
directos que hubiera generado la participación en una guerra impopular.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña había accedido (si
bien de manera reacia, y en algunas ocasiones no sin una violenta lucha y
sin los bruscos empellones de Estados Unidos) a llevar a cabo la
descolonización, y después de la malograda aventura de Suez en 1956, fue
progresivamente despojándose (también con frecuencia a regañadientes) de
buena parte del manto del poder imperial directo. La retirada de sus fuerzas
del este de Suez en la década de 1960 fue una señal importante de este
proceso. A partir de entonces, Gran Bretaña en la mayoría de las ocasiones
iba a participar como un socio subalterno dentro de la OTAN bajo el paraguas
imperial de la potencia estadounidense. Pero Gran Bretaña seguía
efectivamente protegiendo su presencia colonial en gran parte de lo que
había sido su imperio y de este modo con frecuencia se veía envuelta en
disputas con otras grandes potencias (como, por ejemplo, en la sangrienta
Guerra civil de Nigeria tras la tentativa de Biafra de separarse). La cuestión
de las relaciones y de la responsabilidad de Gran Bretaña hacia sus
excolonias fue a menudo tensa, tanto en casa como en el extranjero. Las
estructuras neocoloniales de explotación comercial se vieron en múltiples
ocasiones intensificadas en lugar de erradicadas. Pero las corrientes
migratorias que fluían desde las excolonias hacia Gran Bretaña comenzaban
a devolver a la metrópoli las secuelas del imperio por nuevos caminos.
El vestigio más importante de la presencia imperial británica fue la
continuación del papel de la City de Londres como centro de las finanzas
internacionales. Durante la década de 1960, esto cobró una progresiva
importancia a medida que el Reino Unido se apuraba para proteger y
reforzar la posición de la City respecto a las potencias emergentes del
capital financiero global. Este proceso generó una serie de contradicciones
importantes. La protección del capital financiero (a través de la
manipulación de los tipos de interés) en la mayoría de las ocasiones entraba
en conflicto con las necesidades del capital industrial doméstico
(provocando, pues, una división estructural dentro de la clase capitalista) y,
en ocasiones, impedía la expansión del mercado doméstico (restringiendo el
crédito). El compromiso de mantener una libra fuerte socavaba la posición
de la industria del país en el mercado de las exportaciones y contribuyó a
generar las crisis de la balanza de pagos registradas en la década de 1970.
Asimismo, afloraron contradicciones entre el liberalismo embridado,
vigente en el ámbito interno, y el liberalismo del libre mercado del capital
financiero con base en Londres que operaba en la escena mundial. La City
de Londres, el centro financiero, había favorecido durante largo tiempo las
políticas monetaristas en detrimento de las keynesianas y, por lo tanto,
formaba un bastión de resistencia frente al liberalismo embridado.
El Estado del bienestar construido en Gran Bretaña tras la Segunda
Guerra Mundial nunca fue del agrado de todos. A través de los medios de
comunicación circulaban fuertes corrientes críticas (con el sumamente
respetado Financial Time a la cabeza), que cada vez estaban más
subordinadas a los intereses financieros. El individualismo, la libertad y los
derechos se describían como términos opuestos a la asfixiante ineptitud
burocrática del aparato estatal y al opresivo poder sindical. Estas críticas se
generalizaron por todo el país a lo largo de la década de 1960 y se hicieron
todavía más enérgicas durante los días grises del estancamiento económico
que marcó la década de 1970. La gente temió entonces que Gran Bretaña se
estuviera convirtiendo en un «Estado corporativista, abocado a una gris
mediocridad»[78]. La corriente subterránea de pensamiento representada por
Hayek, constituía una oposición viable, y contaba con defensores en las
universidades y, lo que es más importante, dominaba el trabajo del Institute
of Economic Affairs (fundado en 1955) en el que Keith Joseph, que
posteriormente se convertiría en uno de los asesores fundamentales de
Margaret Thatcher, saltó con éxito a la escena pública en la década de 1970.
La fundación del Centre for Policy Studies (1974) y del Adam Smith
Institute (1976), y el progresivo compromiso de la prensa con la
neoliberalización durante la década de 1970, afectaron de modo
significativo al clima respirado entre la opinión pública. El temprano auge
de un significativo movimiento juvenil (inclinado a la sátira política) y la
llegada de una desenfrenada cultura pop al «marchoso Londres» de la
década de 1960 eran una burla, a la vez que un desafío, a la estructura
tradicional de las entretejidas relaciones de clase. El individualismo y la
libertad de expresión se convirtieron en objeto de disputa y el movimiento
estudiantil de tendencias izquierdistas, influido en muchos sentidos por las
complejidades que entrañaba acomodarse al arraigado sistema de clases
británico así como también a su herencia colonial, se convirtió en un activo
elemento dentro de la política británica, de modo muy similar a como
ocurrió en otros lugares con el movimiento del 68. Su actitud irreverente
hacia los privilegios de clase (ya se tratara de los aristócratas, los políticos o
los burócratas sindicales) iba a fundar el posterior radicalismo del giro
posmoderno. Y el escepticismo respecto a la política iba a preparar el
camino para la actitud de sospecha hacia todas las metanarrativas.
Aunque había muchos elementos a partir de los cuales poder construir el
consentimiento para efectuar el giro neoliberal, no cabe duda de que el
fenómeno Thatcher no habría emergido, y mucho menos con éxito, si no
hubiera sido por la seria crisis de acumulación de capital experimentada
durante la década de 1970. La estanflación estaba perjudicando a todo el
mundo. En 1975 la inflación se disparó hasta alcanzar el 26% y las cifras
del desempleo superaron el millón de trabajadores (véase Figura 1.1).
Asimismo, las industrias nacionalizadas estaban drenando los recursos del
tesoro público. Esto desató un enfrentamiento entre el Estado y los
sindicatos. En 1972 los mineros británicos (una industria nacionalizada)
declararon su primera huelga desde 1926, tal y como volverían a hacer en
1974. Los mineros siempre habían estado en la vanguardia de las luchas
obreras británicas. Sus salarios no crecían en sintonía con el ritmo de
crecimiento de la acelerada inflación, y la opinión pública simpatizaba con
ellos. El gobierno conservador, en medio de cortes en el suministro de
energía eléctrica, declaró el estado de emergencia, decretó una jornada
laboral de 3 días a la semana y buscó el apoyo de la opinión pública en
contra de los mineros. En 1974, el gobierno convocó elecciones con el
objetivo de obtener el respaldo público para su posición. Perdió, y el
gobierno laborista que regresó al poder, pacificó la huelga alcanzando un
acuerdo en términos favorables para los mineros.
Sin embargo, la victoria fue pírrica[79]. El gobierno laborista no podía
permitirse los términos del acuerdo y sus aprietos fiscales se multiplicaron.
El elevado déficit presupuestario se vio acompañado por una crisis en la
balanza de pagos. Al solicitar los créditos del FMI entre 1975 y 1976 se
encontró ante la disyuntiva de optar o bien por someterse a las restricciones
y la austeridad presupuestarias ordenadas por el Fondo Monetario
Internacional, o bien declararse en quiebra y sacrificar la integridad de la
libra esterlina, lo que suponía asestar un golpe mortal a los intereses
financieros de la City de Londres. Se optó por el primer camino y se
implementaron recortes presupuestarios draconianos en los gastos del
sistema de bienestar[80]. El gobierno laborista actuó en contra de los
intereses materiales de sus partidarios tradicionales, pero seguía sin
solucionarse la crisis de acumulación y de estanflación. De manera
infructuosa, trató de enmascarar las dificultades apelando al ideal
corporativista, en el que se supone que todo el mundo debe sacrificar algo
por el bien de la entidad política a la que se pertenece. Sus partidarios se
revelaron abiertamente y los trabajadores del sector público iniciaron una
oleada de huelgas salvajes durante el periodo que se conoció como «el
invierno del descontento» de 1978. Los trabajadores hospitalarios dejaron
de prestar servicios, y la atención médica tuvo que ser severamente
racionada. Los sepultureros en huelga se negaban a enterrar a los muertos.
Los camioneros también se declararon en huelga. Únicamente los enlaces
sindicales tenían la facultad de permitir cruzar las líneas de los piquetes a
los camiones que transportaban «bienes esenciales». La compañía británica
de ferrocarriles anunció una lacónica noticia: «Hoy no hay trenes» […] los
sindicatos huelguistas parecían a punto de provocar el paro de toda la
nación[81]. La prensa dominante fue sumamente crítica con los sindicatos,
que eran tachados de codiciosos y alborotadores, y el apoyo de la opinión
pública se fue a pique. El gobierno laborista cayó y, en las elecciones que
sucedieron a su caída, Margaret Thatcher obtuvo una significativa mayoría
con un mandato claro por parte de sus votantes de clase media para
domesticar el poder sindical en el sector público.
Los aspectos comunes entre los casos del Reino Unido y de Estados
Unidos descansan, de manera más notable, en el campo de las relaciones
laborales y en la lucha contra la inflación. Respecto a esto último, Thatcher
puso a la orden del día el monetarismo y el estricto control presupuestario.
Los elevados tipos de interés acarrearon un elevado nivel de desempleo (la
tasa media de paro se situó en el 10% entre 1979 y 1984; y el Trades Union
Congress perdió el 17% de sus miembros en cinco años). El poder de
negociación de la fuerza de trabajo se vio debilitado. Alan Budd, asesor
económico de Thatcher, indicó más tarde que «las políticas efectuadas en la
década de 1980 consistentes en combatir la inflación restringiendo la
economía y el gasto público, eran un modo encubierto de golpear a los
trabajadores». Gran Bretaña creó lo que Marx denominó «un ejército
industrial de reserva» cuyo resultado, en su opinión, era socavar el poder de
la fuerza de trabajo y a partir de ese momento permitir a los capitalistas
obtener beneficios fáciles. Y en una acción que emulaba la provocación de
Reagan hacia la PATCO en 1981, Thatcher provocó el estallido de una huelga
de mineros en 1984 anunciando una oleada de despidos y el cierre de las
minas (el carbón importado era más barato). La huelga se dilató durante
casi un año y, a pesar de recabar una gran simpatía y apoyo de la opinión
pública, los mineros perdieron. Se había roto la defensa de un elemento
medular del movimiento obrero británico[82]. Thatcher redujo todavía más
el poder sindical abriendo el Reino Unido a la competencia y a la inversión
extranjera. Durante la década de 1980, la competencia extranjera demolió
gran parte de la industria tradicional británica; la industria siderúrgica
(Sheffield) y los astilleros (Glasgow) prácticamente desaparecieron en unos
pocos años llevándose consigo una buena parte del poder sindical. Thatcher
destruyó efectivamente la nacionalizada industria automovilística nativa del
Reino Unido, que tenía fuertes sindicatos y tradiciones obreras militantes, y
en su lugar ofreció el Reino Unido como plataforma marítima para que las
compañías automovilísticas japonesas buscaran su acceso a Europa[83].
Estas empresas construyeron sus plantas en zonas rurales y contrataron a
trabajadores no sindicados que acataran el régimen de relaciones laborales
de Japón. El efecto global fue transformar el Reino Unido en un país de
salarios relativamente bajos y con una fuerza de trabajo sumamente sumisa
(en relación con el resto de Europa) en un plazo de diez años. Cuando
Thatcher dejó el poder, la incidencia de las huelgas había caído a una
décima parte de sus niveles anteriores. Había erradicado la inflación, había
domeñado el poder de los sindicatos, amansado a la fuerza de trabajo y, en
el proceso, había construido el consentimiento de la clase media para sus
políticas.
Pero Thatcher tenía que librar la batalla en otros frentes. En más de un
municipio, se había desatado una magnífica acción desde la retaguardia
contra las políticas neoliberales. Sheffield, el Ayuntamiento de Greater
London (que Thatcher tuvo que abolir en aras a conseguir sus objetivos más
amplios en la década de 1980) y Liverpool (donde la mitad de los
concejales tuvieron que ser encarcelados) constituyeron centros activos de
resistencia en que los ideales de un nuevo socialismo municipal si bien
fueron llevados a la práctica, luego fueron perseguidos hasta ser finalmente
aplastados a mediados de la década de 1980[84].
Thatcher comenzó su ofensiva recortando salvajemente la financiación
proveniente del gobierno central a los municipios, pero varios de ellos
respondieron limitándose a incrementar los impuestos sobre la propiedad, lo
que la obligó a legislar contra el derecho de los municipios a efectuar tales
incrementos. Tildando peyorativamente a los ayuntamientos obreros
progresistas de «izquierdistas chiflados» (una frase que la prensa dominada
por los conservadores recogió con agrado), se planteó entonces imponer los
principios neoliberales a través de una reforma de la financiación
municipal. Ella propuso el «poll tax» —un impuesto regresivo de
contribución personal, en lugar de un impuesto sobre la propiedad— que
restringiría los gastos municipales a cambio de hacer pagar a cada residente.
Esto provocó un gran enfrentamiento político que influyó en la muerte
política de Thatcher.
Thatcher también tenía la intención de privatizar todos los sectores de la
economía de titularidad pública. Las ventas engordarían las arcas públicas y
liberarían al gobierno de onerosas obligaciones futuras por las pérdidas de
las empresas. Estas empresas dirigidas por el Estado tenían que ser
adecuadamente preparadas para la privatización, lo que suponía reducir sus
deudas y mejorar su eficiencia y sus costes organizativos, a menudo
mediante la eliminación de empleos. La valoración de las mismas también
se estructuró para ofrecer incentivos considerables al capital privado en un
proceso equiparado por sus opositores a «regalar las alhajas de la familia».
En varios casos, las subvenciones fueron disfrazadas en el trámite de
valoración de las empresas para su venta, ya que las compañías del agua,
los ferrocarriles e incluso las empresas públicas en la industria
automovilística y siderúrgica poseían terrenos de gran valor en sus
ubicaciones originales que fueron excluidos de la tasación de las mismas
aduciendo que se trataba de empresas en funcionamiento. La privatización y
los objetivos especulativos sobre la propiedad liberada iban de la mano.
Pero en esta ocasión la finalidad también era transformar la cultura política
ampliando el campo de la responsabilidad corporativa y personal, y
estimulando una mayor eficiencia, innovación e iniciativa
individual/corporativa. British Aerospace, British Telecom, British Airways,
el acero, la electricidad y el gas, el petróleo, el carbón, el agua, los servicios
de autobuses, los ferrocarriles y una multitud de empresas estatales de
menor tamaño fueron vendidas en una oleada masiva de privatizaciones.
Gran Bretaña fue pionera en este camino al mostrar el modo de llevarlas a
cabo de una forma razonablemente ordenada y, rentable para el capital.
Thatcher estaba convencida de que una vez realizados estos cambios, se
tornarían irreversibles: de ahí su prisa. Asimismo, la legitimidad de todo
este movimiento se vio arropada con éxito por la venta exhaustiva de las
viviendas públicas a sus moradores. Este proceso incrementó enormemente
el número de propietarios de viviendas en el periodo de una década. Por un
lado, satisfacía el ideal tradicional de la propiedad privada individual como
el sueño de la clase obrera y, por otro, introducía un dinamismo nuevo y a
menudo especulativo en el mercado de la vivienda que fue muy apreciado
por las clases medias, que vieron como crecía el valor de sus activos; al
menos, hasta la crisis del mercado inmobiliario de principios de la década
de 1990.
El desmantelamiento del Estado del bienestar era, sin embargo, algo
completamente distinto. Lidiar en campos como la educación, la asistencia
sanitaria, los servicios sociales, las universidades, la burocracia estatal, y el
sistema judicial, se reveló difícil. En este punto, Thatcher tenía que librar la
batalla contra las actitudes arraigadas y a menudo tradicionales de las clases
media y alta que formaban el núcleo de sus electores. Ella pretendía
desesperadamente extender el ideal de la responsabilidad personal (por
ejemplo, a través de la privatización de la asistencia sanitaria) a todos los
campos y recortar las obligaciones estatales. No consiguió progresar con
presteza. A los ojos de la opinión pública, existían límites a la
neoliberalización de todo. Por ejemplo, no fue hasta 2003 que un gobierno
laborista logró en contra de una oposición generalizada introducir un
sistema de pago de tasas en la educación superior. En todas esas áreas se
demostró difícil forjar una alianza de consentimiento a favor de un cambio
radical. Acerca de esta cuestión, su gabinete (así como sus partidarios) se
encontraba notoriamente dividido (entre «flexibles» e «intransigentes») y
llevó varios años de lacerantes confrontaciones en el seno de su propio
partido, así como en los medios de comunicación, ganar modestas reformas
neoliberales. Lo más que pudo hacer fue intentar acelerar el desarrollo de
una cultura empresarial e imponer estrictas reglas de vigilancia, de
responsabilidad financiera, y de productividad sobre ciertas instituciones,
como las universidades, que malamente podían amoldarse a las mismas.
Thatcher forjó el consentimiento mediante el cultivo de una clase media
que se deleitaba en los placeres de la propiedad de su vivienda, de la
propiedad privada, del individualismo y de la liberación de las
oportunidades empresariales. A la vez que los vínculos de la solidaridad
obrera menguaban bajo la presión que se ejercía sobre ella y las estructuras
del mercado laboral se veían radicalmente transformadas a través de la
desindustrialización, los valores de la clase media se extendían más
ampliamente para integrar a muchos de los que antaño tuvieron una firme
identidad de clase. La apertura de Gran Bretaña a un mercado más libre
permitió el florecimiento de la cultura de consumo, mientras la
proliferación de instituciones financieras situó cada vez más en el centro de
una antes, sobria forma de vida británica, una cultura de endeudamiento. El
neoliberalismo implicó la transformación de la antigua estructura de clase
británica a ambos extremos del espectro. Además, gracias al mantenimiento
de la City de Londres como un actor central en las finanzas globales, fue
gradualmente convirtiendo el corazón de la economía británica, Londres y
el sureste del país, en un dinámico centro de riqueza y de poder en continuo
crecimiento. En realidad, no se trataba tanto de que el poder de clase
hubiera sido restaurado en algún sector tradicional, como de que más bien
se había reunido de manera expansiva alrededor de uno de los centros
globales de operaciones financieras más importantes. Los cachorros de
Oxbridge afluyeron a Londres para trabajar negociando con bonos y con
divisas, amasar rápidamente riqueza y poder, y convertir Londres en una de
las ciudades más caras del mundo.
Aunque la revolución de Thatcher estuvo preparada por la organización
del consentimiento en el seno de las clases medias tradicionales, que la
auparon a tres victorias electorales, en el plano ideológico, todo su
programa, en particular en su primer mandato, estuvo mucho más
impulsado por la teoría neoliberal de lo que nunca antes había sido el caso
en Estados Unidos. A pesar de poseer ella misma un sólido origen de la
clase media, estaba claramente entusiasmada con los tradicionales estrechos
contactos existentes entre el despacho del primer ministro y los «capitanes»
de la industria y las finanzas. Se volvió con frecuencia hacia ellos en busca
de consejo y en algunas ocasiones les brindó palmarios favores
infravalorando los activos del Estado para impulsar su privatización. El
proyecto de restaurar el poder de clase —frente al desmantelamiento del
poder de la clase obrera— jugó quizá un papel más subconsciente en su
evolución política.
El éxito de Reagan y de Thatcher puede medirse en función de diversos
criterios[85]. Pero, en mi opinión, lo más útil es hacer hincapié en la forma
en que tomaron lo que hasta entonces habían sido posiciones políticas,
ideológicas e intelectuales minoritarias y las hicieron dominantes. La
alianza de fuerzas que ayudaron a consolidar y las mayorías que dirigieron,
se convirtieron en un legado que la generación posterior de líderes políticos
encontró difícil de desalojar. Tal vez, el mayor testimonio de su éxito
descanse en el hecho de que tanto Clinton como Blair se encontraran a sí
mismos en una situación con un margen de maniobra tan limitado que no
tuvieron más remedio que dejar que continuara el proceso de restauración
del poder de clase, incluso, en contra de lo que les sugería su instinto. Y una
vez que el neoliberalismo se convirtió en algo tan hondamente integrado en
el mundo anglosajón, fue difícil negar su notable relevancia respecto de
cómo estaba funcionando el capitalismo en general a escala internacional.
Tal y como veremos, esto no significa que el neoliberalismo simplemente se
impusiera en todo el mundo mediante la influencia y el poder anglo-
estadounidense. El análisis de ambos casos demuestra que las
circunstancias internas y la naturaleza posterior del giro neoliberal fueron
muy diferentes en Gran Bretaña y en Estados Unidos y, por ende, debemos
presumir que las fuerzas internas así como también las influencias y las
imposiciones externas han desempeñado un papel específico también en
otras partes.
Reagan y Thatcher sacaron ventaja de las pistas que poseían (brindadas
por Chile y por la ciudad de Nueva York) y se pusieron a la cabeza de un
movimiento de clase que estaba determinado a restaurar su poder. Su
genialidad consistió en crear un legado y una tradición que atrapó a los
políticos posteriores en una red de constreñimientos de los que no pudieron
escapar fácilmente. Aquellos que los siguieron, como Clinton y Blair, poco
podían hacer más que continuar con la buena marcha de la
neoliberalización, les gustase o no.
3
El Estado neoliberal

El papel del Estado en la teoría neoliberal es bastante fácil de definir. Sin


embargo, la práctica de la neoliberalización ha evolucionado de tal modo
que se ha alejado de manera significativa de la plantilla prescrita por esta
teoría. Por otro lado, la evolución hasta cierto punto caótica y el desarrollo
geográfico desigual de las instituciones, los poderes y las funciones
estatales experimentado durante los últimos treinta años sugiere que el
Estado neoliberal pueda ser una forma política inestable y contradictoria.

El Estado neoliberal en teoría

De acuerdo con la teoría, el Estado neoliberal debería favorecer unos


fuertes derechos de propiedad privada individual, el imperio de la ley, y las
instituciones del libre mercado y del libre comercio[86]. Éstos son los puntos
de acuerdo considerados esenciales para garantizar las libertades
individuales. El marco legal viene definido por obligaciones contractuales
libremente negociadas entre sujetos jurídicos en el mercado. La
inviolabilidad de los contratos y el derecho individual a la libertad de
acción, de expresión y de elección deben ser protegidos. El Estado, pues,
utiliza su monopolio de los medios de ejercicio de la violencia, para
preservar estas libertades por encima de todo. Por ende, la libertad de los
empresarios y de las corporaciones (contempladas por el sistema jurídico
como personas) para operar dentro de este marco institucional de mercados
libres y de libre comercio, es considerada un bien fundamental. La empresa
privada y la iniciativa empresarial son tratadas como las llaves de la
innovación y de la creación de riqueza. Los derechos de propiedad
intelectual son protegidos (por ejemplo, a través de las patentes) de tal
modo que sirvan para estimular cambios tecnológicos. Los incrementos
incesantes de la productividad deberían, pues, conferir niveles de vida más
elevados para todo el mundo. Bajo la premisa de que «una ola fuerte eleva a
todos los barcos», o la del «goteo o chorreo», la teoría neoliberal sostiene
que el mejor modo de asegurar la eliminación de la pobreza (tanto a escala
doméstica como mundial) es a través de los mercados libres y del libre
comercio.
Los defensores de la teoría neoliberal son particularmente constantes en
la búsqueda de la privatización de activos. La ausencia de claros derechos
de propiedad privada —como ocurre en muchos países en vías de desarrollo
— es considerada una de las mayores barreras institucionales al desarrollo
económico y a la mejora del bienestar humano. La delimitación y la
asignación de derechos de propiedad privada son, a su modo de ver, el
mejor modo de protegerse contra la denominada «tragedia de los bienes
comunes» (la tendencia de los individuos a superexplotar de manera
irresponsable los recursos de propiedad común, como la tierra y el agua).
Los sectores económicos anteriormente dirigidos o regulados por el Estado
deben ser traspasados a la esfera privada y desregulados (liberados de toda
forma de interferencia estatal). La competencia —entre los individuos, las
empresas, y entre entidades territoriales (ciudades, regiones, naciones y
agrupamientos regionales)— es considerada una virtud esencial. Por
supuesto, las directrices de la competencia en el mercado deben ser
correctamente observadas. En aquellas situaciones en que estas directrices
no se hallen establecidas claramente o en que los derechos de propiedad
privada sean difíciles de definir, el Estado debe utilizar su poder para
imponer o inventar sistemas de mercado (tales como comerciar con los
derechos de contaminación). Los defensores del neoliberalismo afirman que
la privatización y la desregulación, junto a la competencia, eliminan los
trámites burocráticos, incrementan la eficiencia y la productividad, mejoran
la calidad de las mercancías y reducen los costes, tanto de manera directa
para el consumidor a través de la oferta de bienes y servicios más baratos,
como indirectamente mediante la reducción de las cargas fiscales. El Estado
neoliberal debería buscar de manera persistente reorganizaciones internas y
nuevos pactos institucionales que mejoren su posición competitiva como
entidad en relación con otros Estados en el mercado global.
Mientras la libertad personal e individual en el mercado se encuentra
garantizada, cada individuo es responsable y debe responder por sus
acciones y de su bienestar. Este principio se extiende a la esfera del sistema
de protección social, del sistema educativo, de la atención sanitaria e
incluso de las pensiones (la seguridad social ha sido privatizada en Chile y
en Eslovaquia, y existen propuestas para proceder del mismo modo en
Estados Unidos). El éxito o el fracaso personal son interpretados en
términos de virtudes empresariales o de fallos personales (como puede ser
no invertir de manera suficiente en el propio capital humano a través de la
educación) en lugar de ser atribuidos a ningún tipo de cualidad sistémica
(como las exclusiones de clase normalmente atribuidas al capitalismo).
La libre movilidad del capital entre sectores, regiones y países se
considera un factor crucial. Todas las barreras a esta libertad de movimiento
(como aranceles, ajustes fiscales punitivos, la planificación y los controles
medioambientales, así como otros impedimentos localizados) han de ser
eliminadas, salvo en aquellas áreas que son cruciales para los «intereses
nacionales», con independencia de cómo se definan éstos. La soberanía
estatal sobre la circulación de mercancías y de capitales es entregada en una
actitud servicial al mercado global. La competencia internacional se percibe
como algo positivo en tanto que mejora la eficiencia y la productividad,
reduce los precios y, por consiguiente, controla las tendencias
inflacionarias. Por lo tanto, los Estados deberían buscar de manera
colectiva, y negociar entre ellos, la reducción de las barreras a la circulación
del capital entre las fronteras y la apertura de los mercados (tanto para las
mercancías como para capital) al intercambio global. No obstante, la
cuestión de si esto también se aplica a la fuerza de trabajo, en tanto que
mercancía, resulta polémica. En tanto que todos los Estados deben
colaborar para reducir las barreras al intercambio, deben surgir estructuras
de coordinación como el grupo de los países del capitalismo avanzado
(Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Canadá Japón)
conocido como el G7 (y, actualmente, como el G8 tras la adhesión de
Rusia). Los acuerdos internacionales entre los Estados que garantizan el
imperio de la ley y la libertad de comercio, como los que acaban de
incorporarse a los acuerdos de la Organización Mundial de Comercio, son
cruciales para el avance del proyecto neoliberal a escala global.
Los teóricos del neoliberalismo albergan, sin embargo, profundas
sospechas hacia la democracia. El gobierno de la mayoría se ve como una
amenaza potencial a los derechos individuales y a las libertades
constitucionales. La democracia se considera un lujo, que únicamente es
posible bajo condiciones de relativa prosperidad en las que también
concurre una fuerte presencia de la clase media para garantizar la
estabilidad política. Los neoliberales tienden, por lo tanto, a favorecer
formas de gobierno dirigidas por elites y por expertos. Existe una fuerte
preferencia por el ejercicio del gobierno mediante decretos dictados por el
poder ejecutivo y mediante decisiones judiciales en lugar de mediante la
toma de decisiones de manera democrática y en sede parlamentaria. Los
neoliberales prefieren aislar determinadas instituciones clave, como el
banco central, de las presiones de la democracia. Dado que la teoría
neoliberal se concentra en el imperio de la ley y en la interpretación estricta
de la constitucionalidad, se infiere que el conflicto y la oposición deben ser
dirimidos a través de la mediación de los tribunales. Los individuos deben
buscar las soluciones y los remedios de todos los problemas a través del
sistema legal.
Tensiones y contradicciones

Existen algunas áreas oscuras así como también puntos de conflicto en el


seno de la teoría general del Estado neoliberal. En primer lugar, está el
problema de cómo interpretar el poder monopolista. La competencia a
menudo acaba convertida en monopolio o en oligopolio, ya que las
empresas más fuertes expulsan a las más débiles. La mayoría de los teóricos
del neoliberalismo no consideran problemático este aspecto (en su opinión,
debería maximizar la eficiencia) con tal de que no haya barreras
sustanciales a la entrada de competidores (una condición a menudo difícil
de llevar a la práctica y que el Estado debe, por lo tanto, salvaguardar). El
caso de los denominados «monopolios naturales» resulta más espinoso. No
tiene sentido la competencia entre múltiples redes de energía eléctrica, de
sistemas de tuberías para la conducción del gas, de sistemas de suministro
de agua y de tratamiento de las aguas residuales, o de líneas férreas entre
Washington y Boston. En estas áreas, la regulación estatal del suministro, el
acceso y la fijación de precios parece ineludible. Aunque la desregulación
parcial puede ser posible (permitiendo a los productores en competencia
proporcionar electricidad utilizando la misma red o conducir trenes en las
mismas vías, por ejemplo) las posibilidades de que aparezcan prácticas
especulativas y abusivas, como demostró sobradamente la crisis de energía
de California en 2002, o de irregularidades y de confusión extremas, como
ha demostrado la situación de los ferrocarriles británicos, son muy reales.
El segundo gran ámbito de controversia es el relativo a los fallos del
mercado. Éstos se producen cuando los individuos y las compañías eluden
asumir la totalidad de los costes imputables a su actividad, eludiendo sus
responsabilidades al no permitir que el mercado valore su incidencia
mediante el sistema de precios resultante (estas responsabilidades son, en
lenguaje técnico, «externalizadas»). El tema clásico para abordar este
problema es la contaminación, puesto que los individuos y las compañías
eluden los costes vertiendo gratis sus residuos tóxicos en el medio
ambiente. Como resultado de su actuación, puede producirse la destrucción
o degradación de ecosistemas productivos.
La exposición a sustancias peligrosas o a peligros físicos en los centros
de trabajo puede afectar a la salud de los seres humanos e incluso reducir la
reserva de trabajadores sanos que constituyen la fuerza de trabajo. Aunque
los defensores del neoliberalismo admiten la existencia del problema y
algunos aceptan la necesidad de una limitada intervención estatal, otros
defienden la inacción porque el remedio será casi con toda seguridad peor
que la enfermedad. Sin embargo, la mayoría estaría de acuerdo en que, de
haber intervenciones, estas deben operar a través de los mecanismos del
mercado (mediante cargas o incentivos fiscales, la comercialización de los
derechos de contaminación, y otras medidas similares). Los fallos de la
competencia son tratados de una forma similar. A medida que proliferan las
relaciones contractuales y la subcontratación puede incurrirse en un
incremento de los costes de transacción. El gran aparato de la especulación
de divisas, por tomar sólo un ejemplo, se presenta como algo cada vez más
costoso a la vez que se vuelve progresivamente más fundamental para
capturar beneficios especulativos. Igualmente, emergen otros problemas si,
por ejemplo, todos los hospitales en mutua competencia de una misma
región compran el mismo sofisticado equipo que permanece infrautilizado
provocando, de este modo, un aumento de los costes agregados. En este
sentido, la defensa de la contención del gasto mediante la planificación, la
regulación y la coordinación vinculante por parte del Estado es
contundente, pero de nuevo los neoliberales se muestran profundamente
desconfiados hacia este tipo de intervenciones.
Se presume que todos los agentes que actúan en el mercado tienen
acceso a la misma información. Igualmente, se presume que no existen
asimetrías de poder o de información que interfieran en la capacidad de los
individuos para tomar decisiones económicas racionales en su propio
interés. En la práctica, raramente, si es que alguna vez, se producen
situaciones que se aproximen a esta situación, y esto tiene notables
consecuencias[87]. Los jugadores mejor informados y más poderosos poseen
una ventaja que pueden fácilmente explotar para conseguir todavía más
información y un mayor poder relativo. Por otro lado, el establecimiento de
derechos de propiedad intelectual (las patentes) estimula el «predominio de
la búsqueda de rentas». Los actores que poseen derechos sobre patentes
utilizan su poder monopolista para fijar precios monopolistas y evitar la
transferencia de tecnología, excepto a un coste muy elevado. Por lo tanto,
con el transcurso del tiempo, las relaciones de poder asimétricas tienden a
incrementarse y no a reducirse, a menos que el Estado intervenga para
contrarrestarlas. La idea neoliberal de un sistema de información perfecto y
de un campo de juego equilibrado para la competencia, parece o bien una
utopía inocente, o bien una forma deliberada de enmarañar los procesos que
conducirán a la concentración de la riqueza y, por lo tanto, a la restauración
del poder de clase.
La teoría neoliberal del cambio tecnológico descansa en la fuerza
coercitiva de la competencia para impulsar la búsqueda de nuevos
productos, de nuevos métodos de producción y de nuevas formas
organizativas. Sin embargo, este impulso pasa a integrarse de manera tan
profunda en el sentido común empresarial, que se convierte en la creencia
obsesiva de que existe una componenda tecnológica para todos y cada uno
de los problemas que puedan plantearse. Hasta el punto de que es una idea
incuestionable no sólo en el seno de las compañías sino también dentro del
aparato estatal (en particular, en el ámbito militar), generando fuertes
tendencias de cambio tecnológico independientes que pueden llegar a ser
desestabilizadoras, cuando no contraproducentes. El desarrollo tecnológico
puede descontrolarse debido a que los sectores dedicados únicamente a la
innovación tecnológica crean nuevos productos y nuevas formas de hacer
las cosas cuando todavía no existe mercado para ello (es decir, se producen
nuevos productos farmacéuticos, para los que se inventan nuevas
enfermedades). Además, empresas sagaces operando en el límite de la
legalidad o directamente en la ilegalidad pueden movilizar las innovaciones
tecnológicas descubiertas para socavar las relaciones y las instituciones
sociales reinantes; y a través de sus actividades pueden remodelar el sentido
común para obtener ventajas pecuniarias. Así pues, existe una conexión
interna entre el dinamismo tecnológico, la inestabilidad, la disolución de los
vínculos sociales de solidaridad, la degradación medioambiental, la
desindustrialización, los cambios acelerados en las relaciones espacio-
temporales, las burbujas especulativas y la tendencia general hacia la
creación de crisis en el seno del capitalismo[88].
Finalmente, hay algunos problemas políticos fundamentales dentro del
neoliberalismo que necesitan ser abordados. Una contradicción es la que
emerge entre un atractivo individualismo posesivo pero alienador, por un
lado, y el deseo de una vida colectiva significativa, por otro. Si bien se
supone que los individuos son libres para elegir, se da por sentado que no
van a optar porque se desarrollen fuertes instituciones colectivas (como los
sindicatos) aunque sí débiles asociaciones voluntarias (como las
organizaciones benéficas). Por supuesto, no deberían escoger asociarse para
crear partidos políticos con el objetivo de obligar al Estado a intervenir en
el mercado, o eliminarlo. Para protegerse frente a sus grandes miedos —el
fascismo, el comunismo, el socialismo, el populismo autoritario e incluso el
gobierno de la mayoría—, los neoliberales tienen que poner fuertes límites
al gobierno democrático y apoyarse, en cambio, en instituciones no
democráticas ni políticamente responsables (como la Reserva Federal o el
FMI) para tomar decisiones determinantes. Esto crea la paradoja de una
intensa intervención y gobierno por parte de elites y de «expertos» en un
mundo en el que se supone que el Estado no es intervencionista. Esto
recuerda el cuento utópico de Francis Bacon titulado New Atlantis
(publicado por primera vez en 1626), en el que todas las decisiones
cruciales son tomadas por un consejo de sabios ancianos. Así pues, frente a
los movimientos sociales que buscan intervenciones colectivas, el Estado
neoliberal se ve obligado a intervenir, en ocasiones de manera represiva,
negando, por lo tanto, las mismas libertades que supuestamente defiende.
Sin embargo, en esta situación puede desenfundarse un arma secreta, ya que
la competencia internacional y la globalización pueden ser utilizadas para
disciplinar a los movimientos de oposición a la agenda neoliberal dentro de
Estados concretos. Si esto fallara, el Estado debe entonces recurrir a la
persuasión, a la propaganda o, en caso necesario, a la fuerza bruta y al
poder policial para suprimir la oposición al neoliberalismo. Este era
precisamente el miedo de Polanyi: que el proyecto utópico liberal (y por
ende neoliberal) en última instancia sólo podía sostenerse recurriendo al
autoritarismo. La libertad de las masas se restringiría para favorecer la
libertad de unos pocos.

El Estado neoliberal en la práctica

La naturaleza general del Estado en la era de la neoliberalización es difícil


de describir por dos razones concretas. En primer lugar, las divergencias
sistemáticas con el modelo que describe la teoría neoliberal se tornan
rápidamente evidentes, y no todas pueden atribuirse a las contradicciones
internas ya esbozadas. En segundo lugar, la dinámica evolutiva de la
neoliberalización ha sido de tal envergadura que ha llegado a forzar
adaptaciones que han variado enormemente de un lugar a otro, así como
también a lo largo del tiempo. Todo intento de extraer una imagen integrada
de un típico Estado neoliberal a partir de esta inestable y voluble geografía
histórica, podría parecer cosa de locos. No obstante, en mi opinión, resulta
útil perfilar algunas líneas de argumentación generales que mantienen la
vigencia del concepto de un Estado propiamente neoliberal.
Hay dos ámbitos en particular en los que el impulso para restaurar el
poder de clase, tensa y en algunos aspectos llega incluso a voltear la teoría
neoliberal cuando es llevada a la práctica. La primera emerge de la
necesidad de crear un «clima óptimo de negocios o de inversión» para las
pujas capitalistas. Aunque hay algunas condiciones, como la estabilidad
política o el respeto pleno de la ley y la imparcialidad en su aplicación, que
plausiblemente podrían ser consideradas «neutrales respecto a la clase», hay
otras manifiestamente parciales. Esta parcialidad emerge, en particular, del
tratamiento de la fuerza de trabajo y del medioambiente como meras
mercancías. En caso de conflicto, el Estado neoliberal típico tenderá a
privilegiar un clima óptimo para las empresas frente a los derechos
colectivos (y la calidad de vida) de la fuerza de trabajo o frente a la
capacidad del medio ambiente para regenerarse. El segundo aspecto en el
que se manifiesta la parcialidad emerge porque en caso de conflicto el
Estado neoliberal favorece de manera invariable la integridad del sistema
financiero y la solvencia de las instituciones financieras sobre el bienestar
de la población o la calidad medioambiental.
Estos sesgos sistemáticos no siempre resultan fáciles de distinguir
dentro del revoltijo de prácticas estatales divergentes y a menudo
sumamente dispares. Las consideraciones pragmáticas y oportunistas
juegan un importante papel. El presidente Bush defiende los mercados
libres y el libre comercio, pero impuso aranceles al acero para alentar sus
oportunidades electorales (de manera satisfactoria, tal y como se demostró)
en Ohio. Las importaciones extranjeras se ven arbitrariamente limitadas
mediante cuotas establecidas con la finalidad de aplacar el descontento
doméstico. Los europeos protegen la agricultura por razones sociales,
políticas e incluso estéticas, aunque insisten en el libre mercado en todos los
demás sectores. Se producen intervenciones estatales especiales que
favorecen intereses comerciales particulares (por ejemplo, la firma de
acuerdos sobre armamento) y los Estados extienden créditos de manera
arbitraria a otros Estados en aras a obtener acceso e influencia política en
regiones sensibles desde el punto de vista geopolítico (como en Oriente
Próximo). Por todo este tipo de razones, sería en efecto sorprendente
constatar que incluso el más fundamentalista de los Estados neoliberales, no
se separa nunca de la ortodoxia neoliberal.
En otros casos, estas divergencias entre la teoría y la práctica pueden ser
razonablemente atribuidas a problemas friccionales de transición, que son
reflejo de las diferentes formas estatales existentes con anterioridad al giro
neoliberal. Las condiciones que prevalecieron en Europa central y del Este
tras la caída del comunismo fueron muy especiales, por ejemplo. La
velocidad con la que se produjo la privatización bajo la «terapia de
choque»[89], infligida sobre estos países en la década de 1990, creó enormes
tensiones que reverberan hasta el día de hoy. Los Estados socialdemócratas
(como los de Escandinavia y Gran Bretaña en el periodo inmediatamente
posterior a la guerra) han mantenido durante largo tiempo sectores clave de
la economía como la atención sanitaria, la educación e incluso la vivienda,
fuera del mercado aduciendo que la cobertura de las necesidades humanas
básicas no debía mediarse a través de las fuerzas del mercado y de un
acceso limitado a las mismas en función de la capacidad de pago. Aunque
Margaret Thatcher se las arregló para transformar todo este sistema, los
suecos resistieron durante mucho tiempo, incluso ante enérgicas tentativas
por parte de los intereses de la clase capitalista para tomar el camino
neoliberal. Por razones muy diferentes, los Estados de los países en vías de
desarrollo (tales como Singapur y otros países asiáticos) se apoyan en el
sector público y en la planificación estatal en estrecha colaboración con el
capital doméstico y corporativo (a menudo extranjero y multinacional) para
impulsar la acumulación de capital y el crecimiento económico[90]. Los
Estados de estos países suelen prestar una considerable atención a las
infraestructuras sociales así como también a las físicas. Esto implica
políticas mucho más igualitarias, por ejemplo, respecto al acceso a la
educación y a la atención sanitaria.
La inversión estatal en educación se considera, por ejemplo, como un
prerrequisito crucial para ganar ventajas competitivas en el comercio
mundial. Los Estados de los países en vías de desarrollo se han tornado
consecuentes con la neoliberalización hasta el punto de que facilitan la
competencia entre diversas compañías, corporaciones y entidades
territoriales, aceptan las reglas del libre comercio y se basan en mercados de
exportación abiertos. Sin embargo, practican un intervencionismo activo
creando infraestructuras que generan un clima óptimo para los negocios.
Por lo tanto, la neoliberalización abre posibilidades para que los Estados de
los países en vías de desarrollo fortalezcan su posición en la competencia
internacional mediante el desarrollo de nuevas estructuras de intervención
estatal (tales como el apoyo a la investigación y el desarrollo). Sin embargo,
por la misma razón la neoliberalización crea igualmente condiciones
propicias para la formación de clase y, a medida que este poder de clase se
fortalece, aflora la tendencia (como ocurre, por ejemplo, en la Corea
contemporánea) a que esta clase pretenda liberarse de su dependencia del
poder estatal y busque reorientar este mismo poder en la dirección de las
líneas marcadas por el neoliberalismo.
A medida que nuevos acuerdos institucionales vienen a definir las reglas
del comercio mundial —por ejemplo, la apertura de los mercados de capital
es actualmente una condición para la pertenencia al FMI o a al OMC—, los
Estados de los países en vías desarrollo se ven más arrastrados al redil
neoliberal. Por ejemplo, uno de los efectos principales de la crisis asiática
de 1997-1998, fue llevar a los países en vías desarrollo a acatar pautas más
acordes al modelo de prácticas neoliberales. Y, tal y como hemos visto en el
caso británico, es difícil mantener una postura neoliberal externamente (por
ejemplo, facilitar las operaciones del capital financiero) sin aceptar un
mínimo de neoliberalización interna (Corea del Sur ha luchado exactamente
contra este tipo de presión en tiempos recientes). Pero los Estados de los
países en vías de desarrollo no están en absoluto convencidos de que la
senda neoliberal sea la correcta, en particular, a raíz de que aquellos (como
Taiwán y China) que no habían liberado sus mercados de capital padecieron
en mucha menor intensidad el azote de la crisis de 1997-1998 que aquellos
que lo habían hecho[91].
Las prácticas contemporáneas relativas al capital financiero y a las
instituciones financieras constituyen, tal vez, el aspecto más difícil de
conciliar con la ortodoxia neoliberal. Los Estados neoliberales acostumbran
a facilitar la propagación de la influencia de las instituciones financieras a
través de la desregulación pero, asimismo, con demasiada frecuencia
también garantizan la integridad y la solvencia de las instituciones
financieras sin importar en absoluto las consecuencias. Este compromiso se
deriva, en parte, (y de manera legítima en algunas versiones de la teoría
neoliberal) de la dependencia del monetarismo como base de la política
estatal, ya que la integridad y la solidez de la moneda es un piñón central de
esta política. Pero, de manera paradójica, esto significa que el Estado
neoliberal no puede tolerar que se produzcan errores financieros masivos
aunque hayan sido las instituciones financieras las que hayan tomando una
decisión equivocada. El Estado tiene que intervenir y sustituir el dinero
«malo» por su propio dinero supuestamente «bueno»; lo que explica la
presión sobre los bancos centrales para mantener la confianza en la solidez
de la moneda. A menudo, el poder estatal ha sido utilizado para rescatar a
compañías o para prevenir quiebras financieras, como ocurrió en la crisis de
las cajas de ahorro estadounidenses de 1987-1988, que tuvo un coste
aproximado para los contribuyentes de 150 000 millones de dólares, o la
caída del hedge fund [fondo de inversión de alto riesgo] Long Term Capital
Management en 1997-1998, que costó 3500 millones de dólares.
En el plano internacional, el núcleo de los Estados neoliberales dio al
FMI y al Banco Mundial, plena autoridad en 1982 para renegociar la deuda
de los países en vías de desarrollo, lo que de hecho suponía proteger a las
principales instituciones financieras del mundo de la amenaza de quiebra.
En efecto, el FMI cubre, lo mejor que puede, la exposición al riesgo y la
incertidumbre de los mercados financieros internacionales. Esta práctica es
difícil de justificar a tenor de las premisas de la teoría neoliberal, ya que los
inversores deberían, en principio, asumir la responsabilidad de sus propios
errores. Por lo tanto, los defensores más fundamentalistas del
neoliberalismo creen que el FMI debería ser abolido. Esta opción fue
seriamente considerada durante los primeros años de la Administración de
Reagan, y los congresistas republicanos la plantearon de nuevo en 1998.
James Baker, secretario del Departamento del Tesoro durante el mandato de
Reagan, infundió nueva vida a la institución cuando en 1982 tuvo que
enfrentarse a la potencial quiebra de México y a las graves pérdidas que
sufrirían entonces los principales bancos de inversión de la ciudad de Nueva
York que sostenían la deuda de aquel país. Baker utilizó el FMI para imponer
un ajuste estructural en México y proteger a los banqueros de Nueva York
del impago. Esta práctica consistente en priorizar las necesidades de los
bancos y de las instituciones financieras mientras se cercena el nivel de vida
del país acreedor ya había sido ensayada durante la crisis de endeudamiento
de la ciudad de Nueva York. En el contexto internacional, esto suponía
extraer excedentes de las empobrecidas poblaciones del Tercer Mundo, con
el fin de saldar las deudas con la banca internacional. «Qué mundo tan
peculiar», observó burlonamente Stiglitz, «en el que los países pobres se
encuentran, de hecho, subvencionando a los más ricos». Hasta Chile —el
ejemplo de las prácticas neoliberales «puras» desde 1975— se vio arrollado
por esta corriente en 1982-1983, con el resultado de que su PIB cayó casi en
un 14% y la tasa del desempleo se disparó hasta alcanzar el 20% en un solo
año. La conclusión de que la neoliberalización «pura» no funciona, no ha
sido documentada en el plano teórico, aunque la posterior adaptación
pragmática de Chile (así como en Gran Bretaña después de 1983) abrió un
terreno de concesiones que amplió todavía más la laguna existente entre la
teoría y la práctica[92].
La extracción de tributo mediante mecanismos financieros es una vieja
práctica imperial. Se ha demostrado muy útil para la restauración del poder
de clase, particularmente en los principales centros financieros del mundo y
no siempre precisa de crisis de ajuste estructural para funcionar. Por
ejemplo, cuando los empresarios de los países en vías de desarrollo
solicitan préstamos en el exterior, la exigencia de que su propio Estado debe
tener una reserva suficiente de divisas extranjeras para cubrir sus créditos se
traduce en que el Estado tenga que invertir, pongamos por caso, en bonos
del Tesoro estadounidense. La diferencia entre el tipo de interés que se
aplica al dinero prestado (por ejemplo, el 12%) y al dinero depositado como
fianza en las arcas estadounidenses en Washington (por ejemplo, el 4%)
genera un importante flujo financiero neto al centro imperial a expensas del
país en vías de desarrollo.
Esta tendencia demostrada por algunos de los Estados situados en el
centro de la economía-mundo capitalista (como Estados Unidos) a proteger
los intereses financieros y a cruzarse de brazos mientras se succionan los
excedentes de otros lugares, promueve y refleja, simultáneamente, la
consolidación del poder de la clase alta en el seno de esos Estados en torno
a los procesos de financiarización. Pero el hábito de intervenir en el
mercado y de rescatar a las instituciones financieras cuando les acucian los
problemas no puede conciliarse con la teoría neoliberal. La inversión
imprudente debería castigarse con la pérdida de dinero por parte de los
prestamistas, pero el Estado hace a éstos en gran medida inmunes frente a
las pérdidas. La teoría neoliberal debería advertir «prestamista, ten
cuidado», pero la práctica dicta «prestatario, ten cuidado».
Existen límites a la capacidad de succionar excedentes de las economías
de los países en vías de desarrollo. Encorsetadas por las medidas de
austeridad que las atan a un estancamiento económico crónico, la
perspectiva de saldar sus deudas con frecuencia se ha disipado en un
incierto futuro lejano. Ante estas condiciones, algunas pérdidas dosificadas
pueden parecer una opción atractiva. Así ocurrió con el Plan Brady de 1989
[93]. Las instituciones financieras estuvieron de acuerdo en anotar el 35% de

su deuda pendiente en la columna de las pérdidas, a cambio de la obtención


de bonos por debajo de su precio ordinario (respaldadas por el FMI y por el
Departamento del Tesoro estadounidense) que garantizaban la devolución
del resto de la deuda (en otras palabras, se garantizaba a los acreedores el
pago de la deuda a una tasa de 65 céntimos por dólar). En 1994, cerca de 18
países (incluidos México, Brasil, Argentina, Venezuela, y Uruguay) habían
aceptado acuerdos en virtud de los cuales les eran condonados 60 000
millones de dólares de deuda. Por supuesto, la esperanza era que esta
condonación de la deuda desencadenara una recuperación económica que
permitiera que el resto de la deuda se saldara de la forma debida. El
problema estribaba en que el FMI también se aseguró de que todos los países
que se aprovecharon de esta módica condonación de su deuda (que muchos
analistas consideraron mínima en relación a la que los bancos podían
permitirse) también asumían la obligación de tragarse la píldora envenenada
de las reformas institucionales neoliberales. La crisis del peso en México en
1995, la de Brasil en 1998, y el absoluto desplome de la economía argentina
en 2001 eran resultados previsibles.
Finalmente, esto nos lleva a la problemática cuestión del modo en que el
Estado neoliberal enfoca los mercados laborales. En el plano interno, el
Estado neoliberal es necesariamente hostil a toda forma de solidaridad
social que entorpezca la acumulación de capital. Por lo tanto, los sindicatos
independientes u otros movimientos sociales (como el socialismo municipal
del tipo experimentado en el Consejo del Gran Londres), que adquirieron
un considerable poder bajo el liberalismo embridado, tienen que ser
disciplinados, cuando no destruidos, en nombre de la supuestamente
sacrosanta libertad individual del trabajador aislado. La «flexibilidad» se ha
convertido en una consigna en lo que se refiere a los mercados laborales. Es
difícil sostener que el aumento de la flexibilidad es algo negativo en
términos absolutos, en particular ante prácticas sindicales esclerotizadas y
sumamente restrictivas. Así pues, hay reformistas con convicciones de
izquierdas que afirman de manera contundente que la «especialización
flexible» es un avance[94]. Aunque algunos trabajadores individuales
puedan, sin duda, beneficiarse de esto, las asimetrías de poder y de
información que emergen, unidas a la falta de una movilidad libre y factible
de la fuerza de trabajo (particularmente a través de las fronteras estatales)
colocan a los trabajadores en una situación de desventaja. La
especialización flexible puede ser aprovechada por el capital como un
sencillo método de obtener medios de acumulación más flexibles. Ambos
términos —especialización flexible y acumulación flexible— tienen
connotaciones bastante diferentes[95]. El resultado general se traduce en la
disminución de los salarios, el aumento de la inseguridad laboral y, en
muchas instancias, la pérdida de los beneficios y de las formas de
protección laboral previamente existentes. Estas tendencias son fácilmente
discernibles en todos los Estados que han emprendido la senda neoliberal.
Dado el violento ataque ejercido contra todas las formas de organización
obrera y contra los derechos laborales, y la gran dependencia de las masivas
pero sumamente desorganizadas reservas de trabajadores que podemos
encontrar en países como China, Indonesia, India, México y Bangladesh, se
podría decir que el control de la fuerza de trabajo así como el
mantenimiento de una elevada tasa de explotación laboral, han sido un
elemento central y una constante, de la neoliberalización. La restauración o
la formación del poder de clase se producen, como siempre, a expensas de
la fuerza de trabajo.
Es precisamente en este contexto, caracterizado por la disminución de
los recursos personales derivados del mercado de trabajo, en el que la
determinación neoliberal de transferir nuevamente al individuo toda la
responsabilidad por su bienestar adquiere un carácter doblemente
perjudicial. El Estado, a la vez que abandona el sistema de provisión social
y reduce su papel en ámbitos como la asistencia sanitaria, la educación
pública y los servicios sociales, que antes fueron tan esenciales para el
liberalismo embridado, también deja segmentos cada vez mayores de
población expuestos al empobrecimiento[96]. El sistema de la seguridad
social se ve reducido a su mínima expresión para ceder el paso a un sistema
que hace hincapié en la responsabilidad personal. La incapacidad personal
se atribuye por regla general a fracasos personales y, en la mayoría de los
casos, se culpabiliza a las víctimas de su situación.
Detrás de estos importantes cambios en la política social, descansan
relevantes transformaciones estructurales en la naturaleza del gobierno. Al
tenor de la desconfianza neoliberal hacia la democracia, se hace necesario
encontrar una forma de integrar el proceso estatal de toma de decisiones en
la dinámica de acumulación de capital y en las redes de poder de clase que
se hallan en proceso de restauración o, como en China y Rusia, en proceso
de formación. La neoliberalización ha implicado, por ejemplo, una
creciente dependencia de consorcios público-privados (esta fue una de las
ideas fuertes impulsadas por Margaret Thatcher cuando estableció
«instituciones cuasigubernamentales» como las corporaciones de desarrollo
urbano para favorecer el desarrollo económico). Los empresarios y las
corporaciones no sólo colaboran estrechamente con actores estatales, sino
que incluso adquieren un importante papel a la hora de redactar
legislaciones, determinar políticas públicas, y establecer marcos normativos
(que son ventajosos principalmente para ellos mismos). Emergen, de este
modo, patrones de negociación que introducen intereses empresariales y en
algunos casos profesionales en el ejercicio del gobierno a través de
consultas privadas y en ocasiones secretas. El ejemplo más flagrante de este
tipo de intervenciones se hizo patente con la persistente negativa del
vicepresidente Cheney a hacer públicos los nombres de las personas
integrantes del equipo consultivo que formuló el documento de la política
energética de la Administración de Bush de 2002. Es prácticamente seguro
que entre ellos se encontraba Kenneth Lay, presidente de Enron, que es la
compañía acusada de especular promoviendo deliberadamente una crisis
energética en California y que se hundió seguidamente en medio de un gran
escándalo por alterar su contabilidad. Por lo tanto, el cambio del gobierno
(el poder estatal por sí mismo) a la gobernanza (una configuración más
amplia del Estado y de elementos clave de la sociedad civil) ha venido
marcado por el neoliberalismo[97]. A este respecto, en líneas generales,
puede decirse que las prácticas del Estado neoliberal y del Estado de los
países en desarrollo convergen.
El Estado produce de manera característica legislación y marcos
normativos que suponen una ventaja para las corporaciones y en ciertos
casos para intereses específicos como la energía, las empresas
farmacéuticas, la industria agropecuaria, etc. En muchos de los casos en que
existen consorcios público-privados, particularmente en el ámbito
municipal, el Estado asume gran parte de los riesgos mientras que el sector
privado obtiene la mayor parte de los beneficios. Además, en caso de ser
necesario, el Estado neoliberal recurrirá a la imposición coercitiva de la
legislación y a tácticas de control (normas que prohíben los piquetes, por
ejemplo) para dispersar o para reprimir las formas colectivas de oposición
al poder corporativo. Los medios de vigilancia y de control se multiplican.
Por ejemplo, en Estados Unidos la encarcelación se convirtió en una
estrategia crucial del Estado para abordar los problemas que surgían entre
los sectores de trabajadores excluidos del mercado de trabajo así como entre
otros grupos marginados de la población. El brazo coercitivo del Estado se
estira para proteger los intereses corporativos y, en su caso, reprimir a los
disidentes. Ninguno de estos resultados parece coherente con la teoría
neoliberal. El mejor sitio para constatar la realización del miedo neoliberal
a que los grupos que representan intereses especiales puedan pervertir y
subvertir el Estado no es otro que Washington, donde ejércitos de
empleados al servicio de los grupos de presión corporativos (muchos de los
cuales se aprovechan de la puerta giratoria entre el empleo estatal y el
mucho más lucrativo empleo en las corporaciones) dictan efectivamente la
legislación para que encaje con sus intereses específicos. Aunque algunos
Estados continúan respetando la independencia tradicional de los
funcionarios de la Administración, en todas partes esta situación se está
viendo amenazada a causa del proceso de neoliberalización que está en
marcha. La frontera entre el Estado y el poder corporativo se ha tornado
cada vez más porosa. Lo que queda de la democracia representativa se
encuentra si no totalmente asfixiado, sí al menos legalmente corrompido
por el poder del dinero.
Desde el momento en que el acceso al sistema judicial es nominalmente
igualitario pero en la práctica extremadamente caro (ya se trate de una
demanda individual por prácticas negligentes o de una demanda formulada
por un país contra Estados Unidos por la violación de las reglas establecidas
por la OMC, que es un procedimiento que puede llegar a costar miles de
millones de dólares, es decir, una suma equivalente al presupuesto anual de
algunos pequeños países pobres), los resultados a menudo distan de ser
imparciales y favorecen a los que ostentan el poder económico. Los
privilegios de clase en la toma de decisiones dentro del poder judicial, se
encuentran muy extendidos, cuando no invaden todo el proceso[98]. No
debería sorprender que los principales medios de acción colectiva bajo el
neoliberalismo se definan y se articulen a través de grupos no electos (y en
muchos casos dirigidos por la elite) de defensa de varios tipos de derechos.
En algunos casos, como en el campo de la protección de los consumidores,
de los derechos civiles o de los derechos de las personas discapacitadas,
esos medios han permitido alcanzar objetivos sustantivos. Las
organizaciones no gubernamentales y los movimientos de base popular
también han crecido y proliferado de manera destacada bajo el
neoliberalismo, dando lugar a la creencia de que la oposición movilizada
fuera del aparato estatal y dentro de cierta entidad separada denominada
«sociedad civil» es la fuente de energía de la política opositora y de la
transformación social[99]. El periodo en el que el Estado neoliberal se ha
tornado hegemónico ha sido también el período en el que el concepto de
sociedad civil —a menudo calificada como una entidad opuesta al poder
estatal— se ha convertido en un elemento central para la formulación de
políticas opositoras. La idea gramsciana del Estado como una unidad de la
sociedad política y la sociedad civil deja paso a la idea de la sociedad civil
como un centro de oposición, sino como fuente de una alternativa, al
Estado.
La conclusión clara que podemos deducir de este análisis, es que el
neoliberalismo no torna irrelevante al Estado ni a instituciones particulares
del Estado (como los tribunales y las funciones policiales), tal y como
algunos analistas tanto de derechas como de izquierdas han
argumentado[100]. Sino que más bien, y con el objeto de hacerlo más
funcional a sus propios intereses, producen una reconfiguración radical de
las instituciones y de las prácticas estatales (en particular respecto al
equilibrio entre la coerción y el consentimiento, entre el poder del capital y
de los movimientos populares, y entre el poder ejecutivo y judicial, por un
lado, y los poderes de la democracia representativa por otro).
Pero no todo marcha bien para el Estado neoliberal y por ello, en tanto
que forma política, parece mostrar un carácter o bien transitorio o bien
inestable. El problema radica en la creciente disparidad entre los objetivos
públicos declarados del neoliberalismo —el bienestar de todos— y sus
consecuencias reales: la restauración del poder de clase. Pero más allá de
este hecho, reside toda una serie de contradicciones más específicas que
necesitan ser subrayadas.
1. Por un lado, se espera que el Estado neoliberal ocupe el asiento
trasero y simplemente disponga el escenario para que el mercado funcione,
por otro, se asume que adoptará una actitud activa para crear un clima
óptimo para los negocios y que actuará como una entidad competitiva en la
política global. En este último papel tiene que funcionar como una entidad
corporativa, y esto plantea el problema de cómo asegurar la lealtad de los
ciudadanos. Una respuesta evidente es el nacionalismo, pero este es
profundamente antagónico respecto a la agenda neoliberal. Este era el
dilema de Margaret Thatcher, ya que el único modo que tenía de ganar la
reelección y de promover con mayor intensidad las reformas neoliberales en
el ámbito doméstico, era jugando la carta del nacionalismo en la guerra de
Falklands/Malvinas o, incluso de manera más significativa, en la campaña
contra la integración económica en Europa. Una y otra vez, ya sea en la
Unión Europea o en MERCOSUR (donde los nacionalismos brasileños y
argentinos impiden la integración), en el TLCAN[101] o en la ASEAN, el
nacionalismo requerido para que el Estado funcione efectivamente como
una entidad corporativa y competitiva en el mercado mundial entorpece el
camino de las libertades comerciales más generales.
2. El autoritarismo en la imposición del mercado a duras penas encaja
con el ideario de las libertades individuales. Cuanto más vira el
neoliberalismo hacia lo primero, más difícil se vuelve mantener su
legitimidad respecto a lo segundo y más tiene que revelar sus colores
antidemocráticos. Esta contradicción es paralela a una creciente falta de
simetría en las relaciones de poder entre las corporaciones y las personas de
a pie. Si el «poder corporativo roba tu libertad personal», entonces la
promesa del neoliberalismo se queda en nada[102]. esto afecta a los
individuos tanto en su lugar de trabajo como en su espacio vital. Por
ejemplo, se puede afirmar que la situación de una persona con respecto a
los sistemas de cobertura sanitaria es cuestión de responsabilidad y de
opciones personales, pero esta afirmación deja de ser sostenible cuando la
única forma que se tiene de cubrir las necesidades en el mercado es
mediante el pago de primas exorbitantes a compañías de seguros
ineficientes, gigantescas y sumamente burocratizadas, pero también
altamente rentables. Cuando estas compañías tienen incluso el poder de
definir nuevas categorías de enfermedades para hacerlas coincidir con la
aparición en el mercado de nuevos medicamentos, hay algo que claramente
no está funcionando como debiera[103]. Tal y como vimos en el Capítulo 2,
mantener la legitimidad y el consentimiento en estas circunstancias se
convierte en un juego de equilibrios mucho más complicado, que puede
venirse abajo fácilmente cuando las cosas empiezan a ir mal.
3. Aunque preservar la integridad del sistema financiero puede ser
crucial, el individualismo autoglorificador e irresponsable de sus operadores
son fuente de volatilidad especulativa, de escándalos financieros y de
inestabilidad crónica. Los escándalos de Wall Street y los fraudes contables
destapados en los últimos años han socavado la confianza y planteado
serios problemas a las autoridades reguladoras acerca de cómo y cuándo
intervenir, tanto en el plano internacional como nacional. La libertad de
comercio a escala internacional, requiere la existencia de ciertas reglas de
juego, y esto suscita la necesidad de cierto tipo de gobernanza global (por
ejemplo, a través de la OMC). La desregulación del sistema financiero abre la
puerta a conductas que exigen una regulación en aras a evitarse la crisis[104].
4. Si bien se colocan en un primer plano las virtudes de la competencia,
la realidad delata la creciente consolidación del poder transnacional,
monopolista y oligopolista dentro de un reducido número de centralizadas
corporaciones multinacionales. Por ejemplo, la competencia en el mundo de
las bebidas refrescantes se reduce a Coca-Cola versus Pepsi, en la industria
energética se limita a cinco grandes corporaciones transnacionales y apenas
unos cuantos magnates de los medios de comunicación controlan la mayor
parte del flujo de noticias, que en muchos casos se convierten en pura
propaganda.
5. En el plano popular, la expansión de las libertades de mercado y de la
mercantilización de todo lo existente, puede escaparse al control muy
fácilmente y generar una sustancial falta de cohesión social. La destrucción
de todos los vínculos de solidaridad social e, incluso, como sugirió
Thatcher, de la propia idea de sociedad como tal, abre un enorme vacío en
el orden social. Se vuelve entonces especialmente difícil combatir la anomia
y controlar las conductas antisociales concomitantes que surgen, como la
criminalidad, la pornografía o la práctica de la esclavización de otras
personas. La reducción de la «libertad» a la «libertad de empresa» desata
todas aquellas «libertades negativas» que Polanyi vio como
inextricablemente ligadas a las libertades positivas. La respuesta inevitable
consiste en reconstruir los vínculos de solidaridad social, si bien en virtud
de líneas diferentes. Esto explica el renovado interés por la religión y la
moralidad, por nuevas formas de asociacionismo (en torno a cuestiones de
derechos y de ciudadanía, por ejemplo) o, igualmente, la reedición de
formas políticas más viejas (el fascismo, el nacionalismo o el localismo,
entre otras). El neoliberalismo, en su versión pura, siempre ha amenazado
con provocar el nacimiento de su propia némesis[105] en una variedad de
populismos y nacionalismos autoritarios. Tal y como Schwab y Smadja,
organizadores del congreso anual —en otros tiempos, puramente
conmemorativo— de Davos, nos advertían ya en 1996:

La globalización económica ha entrado en una nueva fase. Una


creciente reacción contra sus consecuencias, especialmente en las
democracias de los países industrializados, amenaza con tener un
impacto desestabilizador en muchos países sobre la actividad
económica así como sobre la estabilidad social. El clima general en
estas democracias es de indefensión y de ansiedad, lo que ayuda a
explicar el auge de una nueva corriente de políticos populistas. No es
difícil que esto se transforme en una insurrección[106].

La respuesta neoconservadora

Si el Estado neoliberal es esencialmente inestable, entonces, ¿qué podría


sustituirle? En Estados Unidos hay señales de una respuesta propiamente
neoconservadora a este interrogante. En sus reflexiones sobre la historia
reciente de China, Wang también sugiere que en un plano teórico:

Todas estas narrativas discursivas, como «neoautoritarismo»,


«neoconservadurismo», «liberalismo clásico», «extremismo
mercantil», «modernización nacional», etc., guardan algún tipo de
estrecha relación con la constitución del neoliberalismo. El
desplazamiento sucesivo entre unos términos y otros (o, incluso, las
contradicciones existentes entre ellos) muestran los cambios en la
estructura del poder tanto en la China contemporánea como en el
mundo contemporáneo en su conjunto[107].
El hecho de si esto vaticina o no una reconfiguración más general de las
estructuras de gobierno a lo largo del planeta, no podemos saberlo por
ahora. Sin embargo, resulta interesante observar de qué modo la
neoliberalización llevada a cabo en Estados autoritarios como China y
Singapur, parece coincidir con el creciente autoritarismo patente en Estados
neoliberales como Estados Unidos y Gran Bretaña. Veamos, pues, de qué
modo la respuesta conservadora a la inestabilidad esencial del Estado
neoliberal ha evolucionado en Estados Unidos.
Al igual que los neoliberales que les precedieron, los «neocons»[108] han
alimentado durante largo tiempo sus particulares lecturas del orden social
en las universidades (siendo particularmente influyente Leo Strauss en la
Universidad de Chicago) y en think-tanks generosamente financiados, así
como también a través de influyentes publicaciones (como Commentary)
[109]. Los neoconservadores alientan el poder corporativo, la empresa

privada y la restauración del poder de clase. Por lo tanto, el


neoconservadurismo concuerda totalmente con la agenda neoliberal del
gobierno elitista, la desconfianza hacia la democracia y el mantenimiento de
las libertades de mercado. No obstante, se aleja de los principios del
neoliberalismo puro y ha reformulado las prácticas neoliberales en dos
aspectos fundamentales: primero, en su preocupación por el orden como
una respuesta al caos de los intereses individuales y, segundo, en su
preocupación por una moralidad arrogante como el aglutinante social que
resulta necesario para mantener seguro al Estado frente a peligros externos
e internos.
En su preocupación por el orden, el neoconservadurismo emerge como
una sencilla manera de despojarse del velo de antiautoritarismo en el que
pretendía envolverse el neoliberalismo. Pero también propone respuestas
propias a una de las contradicciones centrales del neoliberalismo. Si «no
existe eso que llamamos sociedad, sino únicamente individuos», tal y como
Thatcher lo formulara en un principio, entonces, el caos de los intereses
individuales puede con facilidad acabar prevaleciendo sobre el orden. La
anarquía del mercado, de la competitividad y del individualismo
desenfrenado (esperanzas, deseos, ansiedades y miedos individuales;
opciones sobre los estilos de vida, sobre los hábitos y orientaciones
sexuales; modos de expresión y de comportamiento hacia los otros) genera
una situación que se torna progresivamente ingobernable. Incluso, puede
conducir a una ruptura de todos los vínculos de solidaridad y a un estado
próximo al anarquismo social y el nihilismo.
Frente a esta situación, parece necesario implantar cierto grado de
coerción social en aras a restaurar el orden. Por lo tanto, los
neoconservadores hacen hincapié en la militarización en tanto que antídoto
al caos de los intereses individuales. Por esta razón son mucho más
propensos a llamar la atención sobre las amenazas, ya sean reales o
imaginarias, y tanto domésticas como provenientes del exterior, a la
integridad y a la estabilidad de la nación. En Estados Unidos, esto implica
accionar lo que Hofstadter describe como «el estilo paranoico de la política
estadounidense», en el que la nación se representa sitiada y amenazada por
enemigos internos y externos[110]. Este estilo de hacer política tiene una
dilatada historia en Estados Unidos. El neoconservadurismo no es nuevo, y
desde la Segunda Guerra Mundial ha encontrado su hogar particular en el
poderoso complejo de la industria militar, que tiene intereses creados en la
militarización permanente. Pero el final de la Guerra Fría planteó el
interrogante sobre de dónde provendría la amenaza a la seguridad
estadounidense. El islamismo radical y China emergieron como los
candidatos más probables en el frente externo, y los movimientos de
disidencia surgidos en su seno (los miembros de Rama Davidiana
masacrados en Waco, el movimiento de milicias que brindó socorro al
atentado de Oklahoma, los disturbios que estallaron en Los Ángeles tras la
paliza a Rodney King y, finalmente, los disturbios de Seattle en 1999)
tenían que ser colocados en el punto de mira interno mediante un
fortalecimiento de la vigilancia y del seguimiento policial de los mismos.
La emergencia sumamente real de la amenaza del islamismo radical durante
la década de 1990, que culminó en los acontecimientos del 11 de
septiembre, saltó finalmente al primer plano como el elemento central de la
declaración de una «guerra contra el terrorismo» permanente que exigía una
militarización tanto interna como en el plano internacional para garantizar
la seguridad de la nación. Aunque a todas luces era preciso articular algún
tipo de respuesta militar/policial a la amenaza evidenciada por los dos
ataques contra el World Trade Center de Nueva York, la llegada al poder de
los neoconservadores garantizaba una respuesta global y, en opinión de
muchos, extralimitada en el paso hacia una vasta militarización tanto en
casa como en el extranjero[111].
Desde hace largo tiempo, el neoconservadurismo ha estado planeando
como un movimiento contra la permisividad moral que promueve de
manera característica el individualismo. En este sentido, pretende restaurar
un sentido de finalidad moral, esto es, ciertos valores de orden superior que
formarán el centro estable del cuerpo político. Esta posibilidad en cierto
modo se presagia en el marco de las teorías neoliberales que «al poner en
tela de juicio la propia fundación política de los modelos intervencionistas
de gestión económica […] han vuelto a introducir cuestiones relativas a la
moralidad, la justicia y el poder, aunque a su propia y particular
manera»[112]. En efecto, los neoconservadores transforman las
«modalidades particulares» en las que estas cuestiones se introducen en el
debate. Su objetivo es contrarrestar el efecto desintegrador del caos de los
intereses individuales, que el neoliberalismo produce de manera invariable.
En absoluto se apartan de la agenda neoliberal en cuanto a la construcción o
a la restauración de un poder de la clase dominante. En efecto, aspiran a
ganar legitimidad para ese poder, así como también un mayor grado de
control social a través de la creación de un clima de consentimiento
alrededor de un conjunto coherente de valores morales. Esto plantea de
manera inmediata la cuestión de cuáles son los valores morales que
deberían prevalecer. Sería perfectamente viable, por ejemplo, apelar al
sistema liberal de los derechos humanos ya que, en definitiva, el objetivo
del activismo en favor de los derechos humanos, en palabras de Mary
Kaldor, «no descansa meramente en la intervención para proteger los
derechos humanos, sino en la creación de una comunidad moral»[113]. En
Estados Unidos, las doctrinas que promueven la «excepcionalidad» y la
larga historia del activismo por los derechos civiles han generado, sin lugar
a dudas, movimientos de carácter moral alrededor de cuestiones como los
derechos civiles, el hambre en el mundo y el compromiso filantrópico, así
como también un fervor misionero.
Pero el mejor modo de comprender los valores morales que actualmente
ocupan el papel más importante para los neoconservadores es atendiendo al
hecho de que son el producto de la particular coalición forjada en la década
de 1970 entre la elite y los intereses financieros unidos con la intención
principal de restaurar su poder de clase, por un lado, y una base electoral
integrada en la «mayoría moral» de la desengañada clase obrera blanca, por
otro. Los valores morales se concentraron en el nacionalismo cultural, la
superioridad moral, el cristianismo (de un determinado tipo evangélico), los
valores familiares en relación con cuestiones como el derecho a la vida y en
el antagonismo respecto a los nuevos movimientos sociales, como el
feminismo, los derechos de los homosexuales, la acción afirmativa o el
ecologismo. Si bien durante la era reaganiana esta alianza fue
eminentemente táctica, el desorden doméstico de los años de Clinton
convirtió el debate sobre los valores morales en el eje del republicanismo de
Bush hijo. Actualmente, constituye el centro de gravedad de la agenda
moral del movimiento neoconservador[114].
Pero no sería acertado considerar este giro neoconservador como un
rasgo excepcional o particular de Estados Unidos, aunque puedan estar
funcionando en este país elementos específicos que no están presentes en
otros lugares, aquí esta afirmación de los valores morales se apoya de
manera considerable en apelaciones a los ideales ligados, entre otras cosas,
a la nación, a la religión, a la historia o a la tradición cultural, y en ningún
caso estos ideales se ciñen a este país. Este hecho coloca nuevamente en el
centro del análisis, y de manera más acusada, uno de los aspectos más
problemáticos de la neoliberalización, esto es, la curiosa relación entre el
Estado y la nación, En principio, la teoría neoliberal no mira con buenos
ojos a la nación, aún cuando defiende la idea de un Estado fuerte. El cordón
umbilical que une al Estado y a la nación bajo el liberalismo embridado, ha
de ser cortado si se quiere que el neoliberalismo pueda madurar. Esta
afirmación se torna especialmente cierta si pensamos en algunos Estados,
como México y Francia, que adoptan una forma corporativista. El Partido
Revolucionario Institucional de México había defendido durante un largo
periodo de tiempo el lema de la unidad entre el Estado y la nación, pero esta
defensa hizo aguas de manera progresiva, e hizo, incluso, que buena parte
de la nación se volviese contra el Estado a raíz de las reformas neoliberales
adoptadas durante la década de 1990. Por supuesto, el nacionalismo ha sido
un rasgo secular de la economía global y efectivamente sería extraño que
hubiera desaparecido sin dejar rastro como resultado de las reformas
neoliberales; de hecho, en cierta medida ha revivido como oposición a las
consecuencias que ha acarreado el proceso de neoliberalización. El ascenso
de los partidos de derecha de corte fascista en Europa, que expresan fuertes
sentimientos en contra de la población inmigrante, es un claro ejemplo de
ello. Más lamentable fue, si cabe, el nacionalismo étnico que estalló al calor
del desplome económico de Indonesia y que concluyó con un brutal ataque
contra la minoría china en aquel país.
Sin embargo, tal y como hemos visto, el Estado neoliberal necesita
cierta forma de nacionalismo para sobrevivir. Empujado a operar como un
agente competitivo en el mercado mundial y pretendiendo establecer el
mejor clima posible para los negocios, el Estado neoliberal moviliza el
nacionalismo en sus esfuerzos por alcanzar el éxito. La competitividad
produce ganadores y perdedores efímeros en la lucha global por alcanzar
una determinada posición y este hecho, en sí mismo, puede ser una fuente
de orgullo, o de examen de conciencia, nacional. Igualmente, esto se pone
de manifiesto en el nacionalismo que se genera alrededor de las
competiciones deportivas que se celebran entre diferentes países. En China,
hay una abierta apelación al sentimiento nacionalista en la lucha por obtener
una posición (cuando no la hegemonía) en la economía global (al igual que
podemos ver en la intensidad de su programa de entrenamiento para los
atletas que competirán en los Juegos Olímpicos de Pekín). Tanto Corea del
Sur como Japón se encuentran asimismo desbordados por un sentimiento
nacionalista y, en ambos casos, este hecho puede ser considerado como un
antídoto frente a la disolución de los antiguos vínculos de solidaridad social
bajo el impacto del neoliberalismo. En el seno de los viejos Estados-nación
(como Francia) que ahora constituyen la Unión Europea, se están avivando
fuertes corrientes de nacionalismo cultural. La religión y el nacionalismo
cultural también brindaron el aliento moral que durante los últimos años
sostuvo el éxito del Partido Nacionalista Hindú para poner en marcha las
prácticas neoliberales en la India. La invocación de valores morales en la
revolución iraní y el posterior giro hacia el autoritarismo, no han conllevado
el abandono total de las prácticas basadas en el mercado en este país,
aunque la revolución apuntaba contra la decadencia del individualismo
desenfrenado de las relaciones mercantiles. Un impulso semejante descansa
detrás del viejo sentido de superioridad moral que invade países como
Singapur y Japón respecto a lo que ellos perciben como el individualismo
decadente y el multiculturalismo deslavazado de Estados Unidos. El
ejemplo de Singapur es particularmente ilustrativo. Ha combinado el
neoliberalismo en el mercado con un poder estatal draconiano, coercitivo y
autoritario, mientras apela a vínculos de solidaridad moral basados en los
ideales nacionalistas de un Estado insular asediado (tras su expulsión de la
federación malaya), en los valores confucianos y, de manera más reciente,
en una versión propia de la ética cosmopolita apropiada a su actual posición
en el mundo del comercio internacional[115]. Especialmente interesante es,
asimismo, el caso británico. Margaret Thatcher, a través de la guerra de las
Islas Falklands/Malvinas y de su postura antagonista hacia Europa, invocó
el sentimiento nacionalista para suscitar el apoyo a su proyecto neoliberal,
aunque la idea que animaba su visión era la de Inglaterra y San Jorge, y no
la del Reino Unido, lo que despertó la hostilidad de Escocia y de Gales.
Evidentemente, aunque el coqueteo con cierto tipo de nacionalismo
presente peligros, el ardiente abrazo por parte del neoconservadurismo de
una meta moral nacional es mucho más amenazante. La imagen de un
nutrido grupo de Estados dispuestos a recurrir por separado a prácticas
coercitivas draconianas cada uno en apoyo de sus propios valores morales
diferenciadores y supuestamente superiores, compitiendo entre sí en la
escena mundial, no resulta alentadora. Lo que parece una solución a las
contradicciones del neoliberalismo, puede convertirse con demasiada
facilidad en un problema en sí mismo. La expansión del poder
neoconservador, cuando no plenamente autoritario (de manera similar al
que Vladimir Putin ejerce en Rusia y al que el Partido Comunista ejerce en
China), aunque se funde de manera muy diferenciada en formaciones
sociales distintas, ilumina los peligros de caer en una competencia, o
incluso en una guerra, entre nacionalismos. Si el hecho de que esto ocurra
es inevitable, es más probable que se deba al giro neoconservador que a
verdades eternas atribuidas a diferencias supuestamente nacionales. Por lo
tanto, si queremos evitar desenlaces catastróficos, es necesario rechazar la
solución neoconservadora de las contradicciones del neoliberalismo. No
obstante, esto hace presumir la existencia de alguna alternativa, cuestión
que abordaremos más adelante.
4
Desarrollos geográficos desiguales

El mapa móvil de la neoliberalización

Un mapa móvil del progreso de la neoliberalización en la escena mundial


desde 1970 sería arduo de trazar. No debemos olvidar que la mayoría de los
Estados que han asumido el giro neoliberal lo han hecho sólo parcialmente;
la introducción de una mayor flexibilidad en los mercados laborales aquí, la
desregulación de las operaciones financieras y el abrazo del monetarismo
allá, un movimiento hacia la privatización de sectores de propiedad estatal
en algún otro lugar. Los cambios a gran escala producidos en la estela
dejada por una crisis (como la caída de la Unión Soviética) pueden verse
sucedidos de reveses con efectos retardados que afloran cuando los aspectos
indigeribles del neoliberalismo se hacen más evidentes. Y en la lucha para
restaurar o establecer un poder de clase alta distintivo, se producen toda
clase de giros y de rotaciones a medida que los poderes políticos cambian
de manos y los instrumentos de influencia se debilitan en un lugar o se
refuerzan en otro. Por lo tanto, en todo mapa móvil deberían ilustrar las
turbulentas corrientes de un desarrollo geográfico desigual que resulta
preciso trazar para comprender el modo en el que las transformaciones
locales se encuentran relacionadas con tendencias más generales[116].
La competencia entre los diferentes territorios (Estados, regiones, o
ciudades) por poseer el mejor modelo de desarrollo económico o el mejor
clima para los negocios era una cuestión relativamente insignificante en la
década de 1950 y de 1960. Este tipo de contienda se intensificó en el
sistema más fluido y abierto de relaciones comerciales que se estableció
después de 1970. Así pues, el progreso general de la neoliberalización se ha
visto crecientemente impelido a través de mecanismos de desarrollo
geográfico desigual. Los Estados o las regiones más prósperas presionan al
resto para que sigan sus pasos. Las innovaciones más rompedoras colocan a
este o aquel Estado (Japón, Alemania, Taiwán, Estados Unidos o China),
región (Silicon Valley, Baviera, la Terza Italia, Bangalore, el delta del río
Perla, o Bostwana), o incluso ciudad (Boston, San Francisco, Shanghai, o
Múnich) en la vanguardia de la acumulación de capital. Pero las ventajas
competitivas en demasiadas ocasiones se revelan efímeras introduciendo
una extraordinaria volatilidad en el capitalismo global. Sin embargo,
también es cierto que los potentes impulsos hacia la neoliberalización han
emanado de un reducido número de epicentros de máxima importancia, o
bien se han orquestado directamente desde ellos.
Indudablemente, el Reino Unido y Estados Unidos marcan el camino.
Pero en ningún país el giro se ha producido sin afrontar dificultades.
Aunque Thatcher pudo privatizar satisfactoriamente el sistema de viviendas
sociales y las empresas de suministro de agua, gas y electricidad, los
servicios públicos más importantes, como el sistema nacional de salud y la
educación pública, permanecieron en gran medida inmunes a sus
programas. En Estados Unidos, a su vez, el «compromiso keynesiano» de la
década de 1960 nunca se había acercado a los logros de los Estados
socialdemócratas europeos. La oposición a Reagan fue, por lo tanto, menos
combativa. En todo caso, Reagan estaba tremendamente preocupado por el
desarrollo de la Guerra Fría. Así pues, emprendió una carrera
armamentística financiada mediante el déficit («keynesianismo militar»),
que fue de especial provecho para la mayoría de sus electores en el sur y el
oeste del país. Aunque ciertamente esto no concordaba con la teoría
neoliberal, el incremento del déficit federal proporcionó una conveniente
excusa para hacer trizas los programas sociales (un objetivo neoliberal).
A pesar de toda la retórica acerca de la recuperación de economías
enfermas, ni Gran Bretaña ni Estados Unidos alcanzaron elevados niveles
de rendimiento económico en la década de 1980, lo que indicaba que el
neoliberalismo no era la respuesta a las súplicas de los capitalistas.
Indiscutiblemente, la inflación se redujo y las tasas de interés cayeron, pero
todo ello se consiguió a costa de soportar unas elevadas tasas de desempleo
(que alcanzó una media del 7,5% en Estados Unidos durante los años de
Reagan, y de más del 10% en la Gran Bretaña de Thatcher). Los recortes en
el Estado del bienestar y en el gasto en infraestructuras supusieron para
muchos una disminución de su calidad de vida, El resultado global fue una
difícil combinación de bajo crecimiento y de creciente desigualdad en la
renta. Y en América Latina, azotada por la primera ola de neoliberalización
forzada a principios de la década de 1980, el resultado fue prácticamente
toda una «década pérdida» de estancamiento económico y de turbulencia
política.
De hecho, la década de 1980 perteneció a Japón, a las economías de los
«tigres» del este de Asia y a Alemania Occidental, que desempeñaron el
papel de motores competitivos de la economía global. Su éxito, en ausencia
de toda reforma neoliberal de gran envergadura, torna difícil argumentar
que la neoliberalización progresó en la escena mundial en tanto que
remedio de eficacia demostrada frente a estancamiento económico. No cabe
duda de que los bancos centrales de estos países siguieron por regla general
una línea monetarista (el Bundesbank de Alemania Occidental fue
particularmente diligente en combatir la inflación). Y las reducciones
graduales en las barreras comerciales crearon presiones sobre la
competencia que dieron como resultado un proceso sutil de lo que podría
llamarse «neoliberalización progresiva», incluso en países generalmente
reticentes a la misma. El Acuerdo de Maastricht de 1991, por ejemplo, que
en líneas generales estableció un marco neoliberal para la organización
interna de la Unión Europea, no habría sido posible si los Estados que se
habían comprometido con las reformas neoliberales, como Gran Bretaña, no
hubieran ejercido presión en este sentido. En Alemania Occidental, sin
embargo, los sindicatos conservaban su fuerza, el sistema de protección
social no se había debilitado y los niveles salariales seguían siendo
relativamente altos. Esto estimuló un grado importante de innovación
tecnológica que mantuvo a este país en una posición holgadamente
ventajosa en la competencia internacional durante la década de 1980 (si
bien también produjo paro tecnológico, causado por la introducción de
nuevas tecnologías en el sistema productivo). El crecimiento impulsado por
la exportación espoleó al país convirtiéndolo en un líder global. En Japón,
los sindicatos independientes eran débiles o bien inexistentes y las tasas de
explotación laboral elevadas, pero la inversión estatal en la transformación
tecnológica y la fuerte relación entre las corporaciones y los bancos (una
alianza que también se demostró feliz en Alemania Occidental) generó en la
década de 1980 un sorprendente crecimiento económico impulsado por las
exportaciones, en gran medida en perjuicio de Gran Bretaña y de Estados
Unidos. Por lo tanto, un crecimiento como el que se produjo en la década de
1980, no dependía de la neoliberalización, excepto en el sentido superficial
de que la mayor apertura del comercio global y de los mercados,
proporcionaron un contexto en el que las experiencias de éxito basado en la
exportación protagonizadas por Japón, Alemania Occidental y los «tigres»
asiáticos, pudieron desarrollarse con más facilidad al hallarse en medio de
una intensificada competencia internacional. A finales de esa misma década,
aquellos países que habían emprendido una senda neoliberal más decidida,
todavía parecían encontrarse en apuros económicos. Era difícil no concluir
que los regímenes de acumulación de Alemania Occidental y de Asia
merecían ser emulados. Muchos Estados europeos se resistieron, por lo
tanto, a efectuar reformas neoliberales y abrazaron el modelo de Alemania
Occidental. En Asia, el modelo japonés fue ampliamente emulado, primero,
por el «grupo de los cuatro» (Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong, y
Singapur) y, posteriormente, por Tailandia, Malasia, Indonesia y Filipinas.
Sin embargo, los modelos de Alemania Occidental y de Japón no
facilitaban la restauración del poder de clase, ya que los incrementos en los
niveles de desigualdad social que podían encontrarse en el Reino Unido y
particularmente en Estados Unidos durante la década de 1980 se
mantuvieron bajo control. Aunque las tasas de crecimiento eran bajas en
estos dos últimos países, el nivel de vida de la fuerza de trabajo estaba
reduciéndose significativamente a la vez que las clases altas empezaban a
sentir que el sistema les sonreía. La tasas de retribución de los altos
directivos estadounidenses, por ejemplo, se estaban convirtiendo en la
envidia de los europeos que ocupaban posiciones equivalentes. En Gran
Bretaña, una nueva hornada de financieros emprendedores comenzó a
consolidar grandes fortunas. Si el proyecto era restaurar el poder de clase
para las elites más altas, entonces, el neoliberalismo era claramente la
respuesta. El hecho de si un país podía ser o no empujado hacia la
neoliberalización dependía, entonces, del equilibrio de fuerzas entre clases
existente (la poderosa organización sindical de Alemania Occidental y de
Suecia mantenían a raya la neoliberalización) así como también del grado
de dependencia de la clase capitalista con respecto al Estado (muy fuerte en
Taiwán y en Corea del Sur).
Los medios con los que podía ser transformado y restaurado el poder de
clase fueron desplegados gradual, pero desigualmente, durante la década de
1980 y se consolidaron durante la de 1990. En este proceso fueron cruciales
cuatro elementos. En primer lugar, el giro a una financiarización más
abierta que comenzó en la década de 1970 se aceleró durante la de 1990. La
inversión extranjera directa y las inversiones en cartera crecieron
rápidamente en todo el mundo capitalista. Pero su expansión fue desigual,
con frecuencia en función de la existencia de un clima más óptimo para los
negocios en un lugar frente a otro. (Ver Figura 4.1). Los mercados
financieros experimentaron una poderosa ola de innovación y de
desregulación a escala internacional. No sólo cobraron una importancia
mucho mayor como instrumentos de coordinación, sino que también
proporcionaron las vías de obtención y de acumulación de riqueza. En
efecto, se convirtieron en los medios privilegiados para la restauración del
poder de clase. El estrecho vínculo entre las corporaciones y los bancos,
que había sido tan fructífero en Alemania Occidental y en Japón durante la
década de 1980, se vio socavado y sustituido por una creciente conectividad
entre las corporaciones y los mercados financieros (las bolsas de valores).
En este punto, Gran Bretaña y Estados Unidos disfrutaban de ventaja. En la
década de 1990, la economía japonesa cayó en picada (arrastrada por el
derrumbe de los mercados especulativos de bienes inmuebles y del suelo) y
el sector bancario se hallaba en un estado deplorable. La precipitada
unificación de Alemania, generó presiones internas, y la ventaja tecnológica
que los alemanes habían acaparado anteriormente, se vio disipada, tornando
necesario poner a prueba más seriamente su tradición socialdemócrata en
aras de sobrevivir.
Figura 4.1: Pautas globales de inversión extranjera directa, 2000.
Fuente: P. Dicken, Global Shift. Reshaping the Global Economic Map in the 21st Century, cit.

En segundo lugar, se verificó la creciente movilidad geográfica del capital.


Esto se veía en parte facilitado por el hecho prosaico, pero crucial, de la
rápida reducción de los costes de los transportes y las comunicaciones. La
reducción gradual de las fronteras artificiales a la circulación del capital y
de las mercancías como los aranceles, los controles de divisas o, todavía
más sencillo, del tiempo de espera en las fronteras (cuya abolición en
Europa tuvo efectos espectaculares) también desempeñó un importante
papel. Aunque existía un considerable desequilibrio (los mercados
japoneses permanecían sumamente protegidos, por ejemplo) se produjo una
fuerte tendencia general hacia la estandarización de las transacciones
comerciales a través de acuerdos internacionales que culminó en los
acuerdos de la Organización Mundial del Comercio que entraron en vigor
en 1995 (en el plazo de un año los habían ratificado más de un centenar de
países). Esta mayor apertura a los flujos de capital (ante todo
estadounidenses, europeos y japoneses) presionó al resto de Estados para
que considerasen la calidad de su clima de negocios como una condición
decisiva de su éxito competitivo. En tanto que el FMI y el Banco Mundial
tomaron progresivamente el grado de neoliberalización de un país como
índice para medir la calidad de su clima de negocios, la presión sobre todos
los Estados para llevar a cabo reformas neoliberales no cesó de
incrementarse[117].
En tercer lugar, el complejo formado por Wall Street, el Fondo
Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro estadounidense, que
vino a dominar la política económica durante los años de Clinton, fue capaz
de convencer, embaucar y (gracias a los programas de ajuste estructural
administrados por el FMI) coaccionar a muchos Estados de los países en vías
de desarrollo para emprender la senda neoliberal[118]. Estados Unidos
también utilizó el cebo del acceso preferencial a su inmenso mercado de
consumo para persuadir a muchos países para que reformasen sus
economías a lo largo de líneas neoliberales (en ciertos casos a través de
acuerdos comerciales bilaterales). Estas políticas ayudaron a propiciar un
periodo de prosperidad económica en Estados Unidos durante la década de
1990. Este país, surcando la ola de la innovación tecnológica que afianzó el
auge de lo que se denominó la «nueva economía», miraba al resto como si
hubiera encontrado la respuesta y sus políticas fueran dignas de emulación,
aunque el nivel de pleno empleo relativamente alcanzado implicara unos
reducidos niveles retributivos en los que disminuían los beneficios sociales
(creció el número de personas sin seguro sanitario). La flexibilidad de los
mercados laborales y las reducciones en el sistema de provisión social (la
draconiana puesta a punto de Clinton del «sistema de bienestar tal y como
lo conocemos») comenzó a hacer efecto sobre la deuda estadounidense y
ejercer una presión competitiva en los mercados laborales más rígidos que
prevalecían en la mayoría de los países europeos (con la salvedad de Gran
Bretaña) y en Japón. No obstante, el verdadero secreto del éxito
estadounidense consistió en que ahora era capaz de bombear elevadas tasas
de rentabilidad al país gracias a sus operaciones corporativas y financieras
(tanto de inversiones directas como de cartera) en el resto del mundo. Fue
este flujo de tributo del resto del mundo lo que financió gran parte de la
abundancia alcanzada en Estados Unidos durante la década de 1990 (Ver
Figuras 1.8 y 1.9)[119].
Por último, la difusión global de la nueva ortodoxia económica
monetarista y neoliberal ejerció una influencia ideológica más poderosa que
nunca. Ya en 1982, las economías keynesianas habían sido purgadas de los
pasillos del FMI y del Banco Mundial. A finales de la década, la mayoría de
los departamentos de economía de las universidades estadounidenses
dedicadas a la investigación —que contribuyeron a formar a la mayoría de
los economistas del mundo— se habían alineado adhiriéndose en términos
generales a la agenda neoliberal, que ponía el énfasis en el control de la
inflación y en unas finanzas públicas saneadas (en lugar de en el pleno
empleo y en las protecciones sociales) como principales objetivos de la
política económica.
Todas estas corrientes convergieron en el denominado «consenso de
Washington» de mediados de la década de 1990[120]. En él se definían los
modelos de neoliberalismo estadounidense y británicos como la respuesta a
los problemas globales. Se ejerció una considerable presión sobre Japón y
sobre Europa (por no mencionar al resto del mundo) para que adoptasen la
senda neoliberal. Así pues, fueron Clinton y Blair, desde posiciones de
centro-izquierda, los que más contribuyeron a consolidar el papel del
neoliberalismo tanto en la esfera nacional como internacional. La formación
de la Organización Mundial del Comercio fue el punto álgido de esta
estocada institucional (si bien la creación del Tratado de Libre Comercio y
la anterior firma de los acuerdos de Maastricht en Europa también fueron
significativos ajustes institucionales de ámbito regional). Desde un punto de
vista programático, la OMC estableció los criterios y las reglas para regir la
interacción en la economía global. Sin embargo, su primer objetivo fue
abrir la mayor parte del mundo que fuera posible a la circulación de
capitales sin ningún tipo de restricción (aunque siempre con una cláusula de
reserva sobre la protección de los «intereses nacionales» más importantes),
ya que esto sentaba las bases de la capacidad del poder financiero
estadounidense, así como también de Europa y de Japón, para exigir tributo
al resto del mundo.
Ninguno de estos desarrollos concuerda con la teoría neoliberal, excepto
en lo que se refiere a la importancia atribuida a las restricciones
presupuestarias y a la persistente lucha contra lo que en la década de 1990
era una inflación casi inexistente. Por supuesto, siempre se esgrimían
consideraciones relativas a la seguridad nacional que inevitablemente
contrariaban cualquier tentativa de aplicar la teoría neoliberal en toda su
pureza. Aunque la caída del muro de Berlín y el final de la Guerra Fría
generaron un desplazamiento geopolítico sísmico en las rivalidades
imperiales, no acabaron con la danza en ocasiones mortal de pugna
geopolítica por el poder y por la influencia entre las potencias más fuertes
de la escena mundial, particularmente en aquellas regiones, como Oriente
Próximo, que controlaban recursos clave o de marcada inestabilidad social
y política (como los Balcanes). No obstante, se atenuó el compromiso
estadounidense con Japón y con las economías del Este de Asia como
bastiones en primera línea de la Guerra Fría. El papel de benefactor
económico que había jugado Estados Unidos en Corea del Sur y en Taiwán
antes de 1989, no se reeditó para Indonesia y Tailandia en la década de
1990. Pero incluso dentro del marco neoliberal había muchos elementos,
como las actividades del FMI y del G7, que funcionaban no tanto como
instituciones neoliberales sino como centros de puro poder susceptibles de
ser movilizados por potencias particulares o por grupos de potencias en
búsqueda de una ventaja particular. La crítica teorética neoliberal al FMI
nunca desapareció. La disposición para intervenir en los mercados de
divisas mediante convenios —como el Acuerdo del Plaza de 1985, que bajó
artificialmente el valor del dólar frente al yen japonés y que poco tiempo
después se vio sucedido por el Acuerdo del Plaza Inverso, que trató de
rescatar a Japón del estado de depresión en el que se encontraba en la
década de 1990—, fueron casos de intervenciones orquestadas en un intento
de estabilizar los mercados financieros globales[121].
Las crisis financieras fueron endémicas y contagiosas. La crisis de
endeudamiento de la década de 1980 no se restringió a México, sino que
tuvo manifestaciones globales (Ver Figura 4.2[122]), mientras que durante la
década de 1990 estallaron dos series de crisis financieras interrelacionadas
que generaron un trazo negativo de neoliberalización desigual. La tequila
crisis que azotó México en 1995, por ejemplo, se extendió prácticamente de
manera inmediata y con efectos devastadores a Brasil y a Argentina. Pero
sus reverberaciones también centellearon de algún modo en Chile, Filipinas,
Tailandia y Polonia. Por qué, exactamente, se produjo este particular patrón
de contagio es difícil de explicar ya que en los mercados financieros los
movimientos especulativos y las expectativas no descansan necesariamente
en los puros hechos. No obstante, la ausencia de regulación del proceso de
financiarización que estaba en marcha, sin duda comportaba un serio
peligro de provocar crisis contagiosas. La «mentalidad de rebaño» de los
financieros (ninguno quiere ser el último en quedar vinculado a una moneda
antes de su devaluación) puede generar temores que con su mera aparición
desencadenan su cumplimiento. Y éstos podían manifestarse tanto de
manera agresiva como defensiva. Los especuladores de divisas ganaron
miles de millones cuando empujaron a los gobiernos europeos a aflojar el
Mecanismo Europeo de Tipos de Cambio (METC) en julio de 1993; y en
octubre de ese mismo año George Soros ganó, en solitario, casi 1000
millones de dólares en dos semanas, apostando contra la capacidad de Gran
Bretaña para mantener la libra dentro de los límites fijados mediante ese
mecanismo.
Figura 4.2. La crisis internacional de endeudamiento de 1982-1985.
Fuente: S. Corbridge, Debt and Development, cit.

La segunda oleada de crisis financieras, notablemente más extendida, se


inició en Tailandia en 1997 con la devaluación del baht[123] tras la caída del
mercado inmobiliario especulativo. La crisis se extendió primero a
Indonesia, Malasia y Filipinas, y posteriormente a Hong Kong, Taiwán,
Singapur, y Corea de Sur. A continuación, Estonia y Rusia experimentaron
una violenta sacudida y poco después Brasil se vino abajo, generando
graves y duraderas consecuencias para Argentina. Australia, Nueva Zelanda
y Turquía igualmente se vieron afectadas. Únicamente Estados Unidos
parecía inmune, aunque también allí un fondo de inversión de alto riesgo,
Long Term Capital Management (que contaba entre sus principales
consejeros con dos ganadores del premio Nóbel de economía), había
apostado en sentido equivocado en los movimientos de la divisa italiana y
tuvo que ser rescatado con 3500 millones de dólares.
Entre 1997 y 1998 se puso a prueba el conjunto de todo el «régimen de
acumulación del este asiático» que había sido posibilitado por los «Estados
de los países en vías de desarrollo». Los efectos sociales fueron
devastadores:

A medida que se agudizaba la crisis, el desempleo se disparaba, el PIB


caía en picada y los bancos cerraban. La tasa de desempleo se
cuadriplicó en Corea, se triplicó en Tailandia, y se decuplicó en
Indonesia. En este país, casi el 15% de los varones que en 1997 se
encontraban trabajando, había perdido sus empleos en agosto de 1998,
y la devastación económica fue aún peor en las áreas urbanas de la
principal isla, Java. En Corea del Sur, la pobreza urbana prácticamente
se triplicó, y casi una cuarta parte de la población cayó en la
indigencia; en Indonesia, la pobreza se duplicó […].
En 1998, el PIB de Indonesia cayó el 13,1 por 100, en Corea, el
6,7% y en Tailandia el 10,8%. Tres años después de la crisis, el PIB de
Indonesia todavía se encontraba un 7,5% por debajo del nivel
registrado antes de la misma, y el de Tailandia era un 2,3%
inferior[124].

La explicación estándar de la crisis ofrecida por el FMI y por el


Departamento del Tesoro estadounidense culpaba a la excesiva intervención
estatal y a unas relaciones corruptas entre el Estado y los negocios
(«capitalismo de compadreo»). El remedio consistía en una mayor
neoliberalización. El Departamento del Tesoro y el Fondo Monetario
Internacional actuaron en consecuencia, con efectos desastrosos. De
acuerdo con la interpretación alternativa de lo ocurrido, en el centro de la
crisis se hallaban la impetuosa desregulación financiera y el no haber
creado controles reguladores adecuados, sobre unas inversiones de cartera
especulativas e ingobernables. Las pruebas que avalan esta última tesis son
contundentes, puesto que los países que no habían liberado sus mercados de
capitales —Singapur, Taiwán, y China— se vieron afectados por la crisis en
mucha menor medida que los países que como Tailandia, Indonesia,
Malasia, y Filipinas sí lo habían hecho. Por otro lado, Malasia, el único país
que ignoró los mandatos del FMI y que impuso controles al capital se
recuperó de manera más rápida[125]. Asimismo, Corea del Sur, después de
rechazar los consejos del FMI sobre la reestructuración industrial y
financiera, también experimentó una aceleración de su recuperación. Por
qué el FMI y el Departamento del Tesoro estadounidense continúan
insistiendo en que la neoliberalización es un aparente misterio. Las víctimas
proponen cada vez más una explicación conspirativa a las razones de la
crisis:

El FMI dijo primero a los países asiáticos que abrieran sus mercados al
capital a corto plazo. Los países lo hicieron y el dinero afluyó a los
mismos pero para marcharse de manera igualmente repentina.
Entonces, el FMI dijo que debían elevarse los tipos de interés y llevarse
a cabo una política de contracción presupuestaria, lo que indujo una
profunda recesión. Los precios de los activos se desplomaron y el FMI
instó a los países afectados a vender sus activos a precios de ganga
[…]. Las ventas fueron gestionadas por las mismas instituciones
financieras que habían retirado su capital precipitando la crisis. Estos
bancos obtuvieron en aquel momento grandes comisiones por su
trabajo en la venta o en la división de las precarias compañías; al igual
que habían obtenido grandes comisiones cuando en un principio
habían guiado el dinero hacia el país[126].
Detrás de esta lectura conspirativa descansa el turbio y excesivamente poco
examinado papel de los hedge funds[127] que tienen su sede en Nueva York.
Si Soros y otros especuladores podían ganar miles de millones a costa de
los gobiernos europeos, apostando contra su capacidad de mantenerse
dentro de las directrices fijadas por el Mecanismo Europeo de Tipos de
Cambio (METC), entonces, ¿por qué los hedge funds, armados con billones
de dólares provenientes de los fondos de los bancos con un alto grado de
apalancamiento, no iban a poder idear un ataque no sólo contra los
gobiernos del este y del sureste asiático, sino también contra las más
prósperas compañías del capitalismo global, simplemente negando la
liquidez en cuanto surgiera la menor dificultad? El flujo resultante de
tributo hacia Wall Street fue inmenso, provocando el aumento del precio de
las acciones en un momento en el que las tasas de ahorro interior en Estados
Unidos caían de manera precipitada. Y después de que gran parte de la
región hubiera sido declarada en quiebra, pudo afluir de nuevo una oleada
de inversión extranjera directa para comprar compañías o (como en el caso
de Daewoo) restos de compañías perfectamente viables a precios de saldo.
Stiglitz rechaza la interpretación conspirativa y propone una explicación
«más sencilla», aduciendo que el FMI estaba simplemente «reflejando los
intereses y la ideología de la comunidad financiera occidental»[128]. Pero
ignora el papel de los hedge funds, y en ningún momento se le ocurre
pensar que la creciente desigualdad social que él mismo crítica con tanta
frecuencia como subproducto de la neoliberalización, podría haber sido en
todo momento la raison d’être[129] de esta crisis.

Informes desde primera línea

México
El Partido Revolucionario Institucional (PRI) fue el único partido que
gobernó México desde 1929 hasta la elección de Vicente Fox en 2000. El
partido creó un Estado corporativista que se demostró hábil para organizar,
cooptar, comprar y, en caso necesario, suprimir los movimientos de
oposición de los trabajadores, los campesinos y las clases medias que
habían constituido la base de la revolución. El PRI perseguía un modelo de
modernización y de desarrollo económico conducido por el Estado que se
concentraba principalmente en la sustitución de importaciones y en un
vigoroso comercio de exportación con Estados Unidos. Asimismo, había
emergido un significativo sector estatal en régimen de monopolio en el
sector de los transportes, la energía y los servicios públicos, así como
también en algunas industrias básicas (como el acero). En 1965 había
comenzado la entrada controlada de capital extranjero bajo el programa de
las maquilas[130], que permitió principalmente al capital estadounidense
producir en la zona fronteriza de México utilizando mano de obra barata,
sin limitaciones por ningún tipo de arancel o de restricción sobre la
circulación de mercancías. A pesar de registrar un desarrollo económico
relativamente fuerte en las décadas de 1950 y de 1960, los beneficios del
crecimiento no se habían distribuido de manera notable. México no era un
buen ejemplo de liberalismo embridado, si bien episódicas concesiones a
los sectores inquietos de la sociedad (campesinos, obreros y clases medias)
servían en cierta medida para redistribuir la renta. La violenta supresión del
movimiento estudiantil que protestaba contra las desigualdades sociales en
1968 dejó un amargo legado que hizo zozobrar la legitimidad del PRI. Pero
el equilibrio de fuerzas comenzó a cambiar en la década de 1970. Los
intereses comerciales reforzaron su posición independiente e intensificaron
sus vínculos con el capital extranjero.
La crisis global de la década de 1970 golpeó a México intensamente. La
respuesta del PRI consistió en fortalecer el sector público haciéndose cargo
de empresas privadas débiles y manteniéndolas como fuentes de empleo
para contener la amenaza de descontento por parte de la clase obrera. Entre
1970 y 1980 el número de empresas estatales se duplicó, al igual que el
número de sus empleados. Pero estas empresas perdían dinero y el Estado
tuvo que recurrir al endeudamiento para financiarlas. Los bancos de
inversión estadounidenses, colmados de petrodólares que aguardaban a ser
invertidos, prestaron su ayuda. El descubrimiento de yacimientos de
petróleo en México convertía a este país en una apuesta atractiva. La deuda
externa de México creció de 6800 millones de dólares en 1972, a 58 000
millones en 1982[131].
Entonces llegaron: la política de elevados tipos de interés impulsada por
Volcker, la recesión de la economía estadounidense que redujo la demanda
de productos mexicanos y la caída de los precios del petróleo. Los ingresos
del Estado mexicano descendieron y los costes del servicio de la deuda se
elevaron considerablemente. El país se declaró en quiebra en agosto de
1982. La huida masiva de capitales que ya había comenzado en anticipación
a una devaluación del peso se aceleró, y el presidente Portillo nacionalizó
los bancos como una medida de emergencia[132`]. La elite del mundo de los
negocios y los banqueros no vieron con buenos ojos esta medida. De la
Madrid, que asumió la presidencia apenas unos meses después, tenía que
decantarse por una opción política. Y se puso del lado de las empresas.
Podría decirse que esto era inevitable, pero el poder político del PRI no actuó
de este modo por necesidad. De la Madrid era de tendencia reformista, se
encontraba menos imbuido en la tradición política del PRI y mantenía
estrechas relaciones con la clase capitalista y con los intereses extranjeros.
La nueva combinación formada por el FMI, el Banco Mundial y el
Departamento del Tesoro estadounidense, organizada por James Baker para
rescatar a México, ejerció sobre el presidente una presión adicional. No sólo
insistían en la austeridad presupuestaria sino que, por primera vez, instaban
a que se llevaran a cabo amplias reformas neoliberales como la
privatización, la reorganizaron del sistema financiero de manera más acorde
a los intereses extranjeros, la apertura de los mercados internos al capital
extranjero, la disminución de las barreras arancelarias y la creación de
mercados laborales más flexibles. En 1984 el Banco mundial otorgó a un
país, por primera vez en la historia, un préstamo a cambio del compromiso
de llevar a cabo reformas neoliberales estructurales. De la Madrid abrió
entonces México a la economía global integrándose en el GATT e
implementando un programa de austeridad económica. Los efectos fueron
desgarradores:

Entre 1983 y 1988 la renta per cápita de México cayó a una tasa de un
5% anual; el valor de los salarios reales de los trabajadores cayó entre
el 40 y el 50%; la inflación, que durante la década de 1960 había
oscilado entre el 3 y el 4% anual, había crecido hasta contarse por
decenas después de 1976, y en varios de aquellos años arrojó cifras
superiores al 100% […]. Al mismo tiempo, debido a los problemas
presupuestarios del gobierno y a la reorientación del modelo
económico vigente en el país, el gasto estatal en bienes públicos
decayó. Los subsidios a los alimentos se restringieron a los sectores
más pobres de la población, y la calidad de la educación pública y de
la asistencia sanitaria se estancó o se redujo[133].

En Ciudad de México, en 1985, esto hizo que los recursos fueran «tan
escasos que el gasto en los servicios urbanos esenciales de la capital se
redujeran un 12% en los transportes, un 25% en el agua potable, un 18% en
los servicios sanitarios y un 26% en la recogida de basuras»[134]. La ola de
criminalidad que vino después, convirtió en una década a Ciudad de
México en una de las ciudades más peligrosas de América Latina, a pesar
de haber sido una de las más tranquilas. Así pues, se asistía a una reedición,
aunque en muchos aspectos con resultados más devastadores, de lo que
había ocurrido en la ciudad de Nueva York diez años antes. Mucho tiempo
después, en un acontecimiento simbólico, la ciudad de México adjudicó un
contrato por valor de varios millones de dólares a la asesoría de Giulliani
para aleccionarle cómo abordar la cuestión de la criminalidad.
De la Madrid pensó que una vía para escapar del quebradero del
endeudamiento residía en vender las empresas públicas y utilizar los
ingresos resultantes para saldar la deuda del país. Pero los pasos iniciales
para la privatización fueron vacilantes y, a la vez, relativamente menores.
La privatización entrañaba la reestructuración en masa de las relaciones
laborales, y esto desencadenó el conflicto. A finales de la década de 1980
estallaron encarnizadas luchas obreras que acabaron siendo reprimidas de
manera despiadada por el gobierno. El ataque contra la fuerza de trabajo
organizada se intensificó durante la presidencia de Salinas, que asumió el
poder en 1988. Varios líderes obreros fueron encarcelados tras ser acusados
de corrupción y se colocaron nuevos líderes más sumisos en las
organizaciones obreras estratégicas bajo control del PRI. En más de una
ocasión se recurrió al ejército para romper las huelgas, y el poder
independiente de la fuerza de trabajo organizada, ya escaso, mermó en cada
ofensiva. Salinas aceleró y formalizó el proceso de privatización. Se había
formado en Estados Unidos y acudía a economistas que también habían
recibido allí su formación para recabar consejo[135]. Su programa de
desarrollo económico estaba redactado en un lenguaje próximo a la
ortodoxia neoliberal.
La apertura aún mayor de México a la competencia y a la inversión
directa extranjera, se convirtió en uno de los elementos fundamentales del
programa de reforma de Salinas. El programa de producción en las
maquilas se expandió rápidamente a lo largo de la frontera norte del país
convirtiéndose en una parte esencial de la estructura empresarial y laboral
de México (Ver Figura 4.3). Inició y culminó, satisfactoriamente, las
negociaciones con Estados Unidos que engendraron el TLCAN. El proceso de
privatización avanzaba deprisa. El empleo en el sector estatal se redujo a la
mitad entre 1988 y 1994. En 2000 el número de compañías de propiedad
estatal se limitaba a un reducido grupo de 200, frente a las 1100 que hubo
en 1982[136]. Los términos de la privatización cada vez se orientaban más a
fomentar la propiedad extranjera. Los bancos, que se habían nacionalizado
de manera tan apresurada en 1982, fueron reprivatizados en 1990. Como
medida de adecuación al TLCAN, Salinas también tenía que abrir el sector
campesino y agrícola a la competencia exterior. Por lo tanto, tenía que
atacar el poder del campesinado que durante largo tiempo había constituido
uno de los pilares más importantes de los apoyos del PRI. La Constitución de
1917, que databa de la Revolución mexicana, protegía los derechos legales
de los pueblos indígenas y consagraba esos derechos en el sistema del
ejido[137], que permitía que la tierra fuera poseída y utilizada de manera
colectiva. En 1991 el gobierno de Salinas aprobó una reforma de la ley que
no sólo permitía sino que incentivaba la privatización de las tierras regidas
bajo este sistema, abriéndolas a la propiedad extranjera. En tanto que el
sistema del ejido proporcionaba las bases de la seguridad colectiva en el
seno de los grupos indígenas, el gobierno estaba, en efecto, sacudiéndose su
responsabilidad de mantener esta seguridad. La posterior reducción de las
barreras a la importación asestó otro duro golpe, ya que las importaciones
baratas generadas por las eficientes pero también sumamente
subvencionadas empresas agroalimentarias estadounidenses provocaron una
caída de los precios del maíz, así como también de otros productos, hasta el
punto de que únicamente los agricultores más ricos y eficientes de México
pudieron seguir compitiendo. Al borde de la inanición, muchos campesinos
fueron expulsados de las tierras, únicamente para engrosar el grupo de
desempleados en las ciudades ya masificadas, donde la denominada,
«economía informal» (por ejemplo, los vendedores ambulantes) creció a
pasos de gigante. La resistencia a la reforma del sistema del ejido fue, no
obstante, generalizada y varios grupos de campesinos apoyaron la rebelión
zapatista que estalló en Chiapas en 1994[138].
Figura 4.3. El empleo en las zonas maquiladoras más importantes de
México en 2000.
Fuente: P. Dicken, Global Shift. Reshaping the Global Economic Map in the 21st Century, cit.

Después de firmar lo que se conoció como el Plan Brady para la


condonación parcial de la deuda en 1989, México tuvo que tragarse la
píldora envenenada del FMI y llevar a cabo una neoliberalización más
profunda. El resultado fue la tequila crisis de 1995, desencadenada, al igual
que había ocurrido en 1982, por el aumento de los tipos de interés por parte
la Reserva Federal estadounidense. Esto ejerció una presión especulativa
sobre el peso, que fue entonces devaluado. El problema era que,
previamente, México había recurrido demasiado alegremente a emitir deuda
expresada en dólares (denominada tesobonos) para incentivar la inversión
extranjera, y tras de la devaluación no podía movilizar suficientes dólares
para reembolsarlos. El Congreso de Estados Unidos se negó a prestar su
ayuda, pero Clinton hizo uso de sus poderes al frente del ejecutivo para
reunir un paquete de 47 500 millones de dólares para rescatar al país.
Clinton temía una pérdida de puestos de trabajo en las industrias que
exportaban a México, la perspectiva de un incremento de la inmigración
ilegal y, sobre todo, la pérdida de legitimidad de la neoliberalización y de
los acuerdos del TLCAN. Un conveniente efecto secundario de la devaluación
era que el capital estadounidense podía entonces irrumpir en este país y
comprar todo tipo de activos a precios de liquidación. Mientras entonces
únicamente uno de los bancos mexicanos privatizados en 1990 era de
propiedad extranjera, en el año 2000, veinticuatro de los treinta existentes
en el país se encontraban en manos foráneas. La exacción de tributo de
México por parte de los intereses de la clase capitalista extranjera se tornó
entonces irrefrenable. Pero la competitividad exterior también comenzó a
ser un problema. México perdió un número significativo de empleos en las
maquilas después de 2000, cuando China se convirtió en una ubicación
mucho más barata y, por ende, preferida por muchas firmas extranjeras
dependientes de la contratación de fuerza de trabajo a bajo precio[139].
Los efectos de todo esto, particularmente de las privatizaciones, sobre la
concentración de la riqueza dentro de México fueron notables:

En 1994 la lista de la revista Forbes de las personas más ricas del


mundo reveló que la reestructuración económica de México había
producido veinticuatro multimillonarios.
De éstos, al menos diecisiete habían participado en el programa de
privatización comprando bancos, plantas siderúrgicas, refinerías de
azúcar, hoteles y restaurantes, plantas químicas y la empresa de
telecomunicaciones, así como también habían obtenido concesiones
para controlar compañías dentro de sectores recientemente
privatizados de la economía, como los puertos, las autopistas de peaje,
y la telefonía móvil y de líneas telefónicas de larga distancia[140].

Carlos Slim, el hombre más rico de México ocupaba el puesto número


veinticuatro de la lista de Forbes y controlaba cuatro de las veinticinco
mayores empresas del país. Sus intereses empresariales se expandieron más
allá de las fronteras mexicanas y se convirtió en un actor muy importante en
el ámbito de las telecomunicaciones en toda América Latina, así como en
Estados Unidos. Su estrategia en el servicio de telefonía móvil se hizo
famosa: consistía en capturar y monopolizar los mercados más densos y
ricos y dejar sin servicio a los mercados de baja densidad y más pobres. En
2005 México ocupaba la novena posición mundial (por delante de Arabia
Saudita) en el número de millonarios. Es debatible si podemos llamar a
esto, la restauración o la creación exnovo del poder de clase. Sin lugar a
dudas, en México se ha producido un ataque a la fuerza de trabajo, al
campesinado y al nivel de vida de la población. Su suerte fue empeorando
notablemente a medida que la riqueza se acumulaba tanto dentro de México
como más allá de sus fronteras en manos de un pequeño grupo de magnates
respaldados por sus aparatos de poder financiero y legal.

El derrumbe argentino

Argentina emergió de su periodo de dictadura militar con una enorme deuda


rígidamente encorsetada, en un sistema de gobierno corporativista,
autoritario y básicamente corrupto. La democratización se reveló una tarea
difícil, pero en 1992 Carlos Menem llegó al poder. A pesar de ser peronista,
Menem emprendió la liberalización de la economía, en parte para buscar el
favor de Estados Unidos, pero también para restablecer las credenciales
argentinas en la comunidad internacional tras las revelaciones de la «guerra
sucia» que mancillaban su reputación. Menem abrió el país al comercio
extranjero y al flujo de capitales, introdujo una mayor flexibilidad en los
mercados laborales, privatizó las compañías de propiedad estatal así como
la seguridad social, y vinculó el peso al dólar con objeto de mantener bajo
control la inflación y proporcionar seguridad a los inversores extranjeros. El
desempleo aumentó ejerciendo una presión descendente sobre los salarios,
al tiempo que la elite utilizaba la privatización para amasar nuevas fortunas.
El dinero afluía en grandes cantidades al país, que experimentó un periodo
de prosperidad económica hasta que la crisis tequila desbordó las fronteras
mexicanas.

En pocas semanas, el sistema bancario argentino perdió el 18% de sus


depósitos. La economía que había crecido a una tasa media anual del
8% entre la primera mitad de la década de 1990 y la segunda mitad de
1994, cayó en una pronunciada recesión.
El Producto Interior Bruto se contrajo un 7,6% entre el último
trimestre de 1994 y el primer trimestre de 1996 […], la carga de los
intereses debidos por el gobierno se incrementó en más del 50% entre
1994 y 1996. Se produjo una fuga masiva de capitales y se redujo la
reserva de divisas extranjeras[141].

El desempleo creció situándose en el 18%. Aunque el peso estaba


claramente sobrevaluado, se evitó la devaluación (a diferencia de lo que
ocurrió en México) por la insistencia en el mantenimiento de la seguridad
del vínculo con el dólar. A esto sucedió una breve recuperación basada en la
afluencia de capital extranjero, que se prolongó hasta que los efectos de la
crisis económica de Asia de 1997-1998, se extendieron primero a Rusia y
luego a su vecino Brasil. Sumada a los elevados tipos de interés registrados,
esta crisis empujó el presupuesto doméstico hacia el déficit, colocando una
presión insoportable sobre el peso argentino. El capital extranjero así como
el doméstico comenzó a huir anticipándose a la devaluación. En septiembre
de 2001, el nivel de endeudamiento de Argentina sobrepasó el doble del
nivel de deuda existente en 1995, al mismo tiempo que las reservas de
divisas extranjeras desaparecían a un acelerado ritmo. El pago de los
intereses generados por la deuda alcanzó los 9500 millones de dólares en
2000. El FMI, que había apoyado la vinculación con el dólar y que era
firmemente contrario a la devaluación por miedo a las consecuencias
inflacionarias (como había ocurrido en Rusia y en Brasil, a juicio de
Stiglitz, con consecuencias desastrosas en ambos casos), rescató a
Argentina con un crédito de 6000 millones de dólares (el segundo más
cuantioso en la historia del FMI).
Pero esto tampoco pudo restañar la fuga de capitales. En 2001, el
sistema, bancario argentino perdió más del 17% de sus depósitos (14 500
millones de dólares). Sólo el 30 de noviembre tal vez se perdieron unos
2000 millones de dólares. El FMI se negó a conceder un crédito de
emergencia aduciendo que Argentina no había corregido su desequilibrio
presupuestario. Argentina no estaba al corriente de sus deudas. El 1 de
diciembre el gobierno restringió la retirada de dinero de los bancos a 250
dólares a la semana y supervisó todas las cuentas de transacciones
extranjeras por un valor superior a los 1000 dólares. Los disturbios que se
sucedieron dejaron un balance de veintisiete personas muertas y la dimisión
del presidente de la Rua, junto a Domingo Cavallo, el arquitecto de su
política económica. El 6 de enero de 2005, el nuevo presidente, Duhalde,
abandonó la vinculación al dólar y devaluó el peso. Pero también decidió
congelar todas las cuentas de ahorro por un valor superior a los 3000
dólares y eventualmente tratar los depósitos en dólares como si fueran
pesos, reduciendo de este modo los ahorros a casi una tercera parte de su
antiguo valor. 16 000 millones en poder adquisitivo habían sido transferidos
desde los ahorradores a los bancos y, por medio de éstos, a la elite político-
económica. Las consecuencias, en términos de malestar social, fueron
dramáticas y tuvieron grandes repercusiones. El desempleo se disparó y los
ingresos cayeron. Las fábricas paradas fueron ocupadas por trabajadores
militantes y puestas en funcionamiento, se establecieron comités de
solidaridad vecinal para buscar colectivamente los mejores medios para
sobrevivir y los piqueteros (organizadores de piquetes en las calles)
cortaron las redes de transporte y se movilizaron alrededor de demandas
políticas fundamentales[142].
Responsable ante una opinión popular que despreciaba totalmente a los
bancos, a los inversores extranjeros y al FMI, Kirchner, el recién elegido
presidente populista que sucedió a Duhalde, lo único que podía hacer era
desairar al FMI y dejar a deber sus 88 000 millones de dólares en deudas y
ofrecer de entrada a los ultrajados acreedores ser pagados a una tasa de 25
céntimos por dólar[143]. Resulta interesante el hecho de que en el equipo
económico de Kirchner no hubiera ni un solo economista formado en
Estados Unidos. Su formación era local, y adoptaron la visión «heterodoxa»
de que si bien el pago de la deuda externa es un aspecto importante, no
debía implicar un derrumbe de los niveles de calidad de vida del país. En
2004 con evidentes signos de recuperación, particularmente en la industria
manufacturera gracias al aliento de la devaluación de la moneda, el gran
problema de Argentina es doblegar la feroz competencia de Brasil y, en un
futuro cercano, de China, cuando este país adopte las reglas de la OMC y se
le abran las puertas de los mercados argentinos.
Esta historia de la montaña rusa de la experiencia argentina con la
neoliberalización, ilustra sobradamente lo poco que tiene que ver la teoría
neoliberal con su práctica. Tal y como ha señalado un miembro del Ludwig
von Mises Institute, una institución neoliberal, la «deflación confiscatoria»
que se produjo en ese país fue bastante adecuadamente interpretada por sus
víctimas argentinas como un «atraco a un banco por parte de las elites
políticas»[144]. O también, como Veltmeyer y Petras prefieren describirlo,
todo el episodio rezuma «un nuevo imperialismo: el saqueo de la economía,
el crecimiento de grandes desigualdades, un estancamiento económico
seguido de profundas y persistentes depresiones, y un empobrecimiento
masivo de la población a consecuencia de las más enormes concentraciones
de riqueza de la historia de Argentina»[145].

Corea del Sur

Corea de Sur emergió de la guerra de 1950-1953 como un país devastado y


con una deplorable posición económica y una difícil situación geopolítica y
territorial. El origen de su vuelco económico suele situarse en el golpe
militar de 1961 que llevó al poder al general Park Cheng Hee. En 1960 la
renta per cápita era inferior a los 100 dólares, pero actualmente se mantiene
por encima de los 12 000. Esta asombrosa actuación económica a menudo
se cita como el ejemplo perfecto de lo que cualquier Estado de un país en
vías de desarrollo podría hacer. Sin embargo, Corea del Sur tenía dos
ventajas geopolíticas de partida. El hecho de que el país estuviera en la
línea de frente de la Guerra Fría hizo que Estados Unidos estuviera
dispuesto a brindarle su apoyo tanto militar como económico,
particularmente durante los primeros años. Pero, de manera menos
evidente, la relación excolonial que mantenía con Japón le otorgaba
beneficios de la más variada índole, desde la familiaridad con las estrategias
organizativas económicas y militares de Japón (Park había sido entrenado
en la Academia Militar Japonesa) hasta la asistencia activa a este país para
penetrar en los mercados extranjeros.
En 1960 Corea era todavía un país básicamente agrario. Bajo el
gobierno dictatorial de Park, la industrialización se convirtió en el objetivo
del Estado. La clase capitalista era débil pero en absoluto insignificante.
Después de arrestar a los principales líderes empresariales del país acusados
de corrupción, Park alcanzó un estado de armonía con ellos. Reformó la
burocracia estatal, creo un Ministerio de Planificación Económica
(siguiendo el exitoso modelo japonés) y nacionalizó los bancos, con la
finalidad de ganar control sobre la asignación de créditos. Posteriormente,
depositó su confianza tanto en el vigor empresarial como en las estrategias
de inversión de un naciente grupo de capitalistas industriales que fueron
invitados a enriquecerse en el transcurso de este proceso[146]. Durante los
primeros años de la década de 1960, los industriales se orientaron hacia la
exportación porque Japón les utilizaba crecientemente como una plataforma
extraterritorial para reexportar sus propios bienes parcialmente
manufacturados al mercado estadounidense. Esto hizo que florecieran las
empresas conjuntas con Japón. Los coreanos utilizaron a este país para
obtener tecnología y experiencia sobre los mercados extranjeros. El Estado
coreano apoyó esta estrategia hacia la exportación movilizando los ahorros
internos, recompensando a las empresas prósperas e incentivando su fusión
en chaebols (grandes firmas integradas como Hyundai, Daewoo y
Samsung) a través de un acceso fácil a los créditos, de ventajas fiscales,
favoreciendo la adquisición de insumos, el control sobre la fuerza de trabajo
y el apoyo para acceder a mercados extranjeros (en particular, al
estadounidense). Con el armazón de una estrategia de desarrollo de la
industria pesada (concentrada en la siderurgia, los astilleros, la electrónica,
los automóviles y la maquinaria) varios chaebols cambiaron su objeto y a
partir de mediados de la década de 1970 se convirtieron en actores globales
en estos sectores industriales. Igualmente, se convirtieron en el centro de
poder de una clase capitalista doméstica cada vez más rica. El aumento
progresivo de su tamaño y de sus recursos (a mediados de la década de
1980 tres chaebols suponían una tercera parte del producto nacional) hizo
que la relación entre los chaebols y el Estado se transformara. En lo años
intermedios de la década de 1980, «ejercían suficiente poder e influencia
como para lanzar una exitosa campaña para el firme desmantelamiento del
impresionante aparato regulador estatal». Una vez dejada atrás su
dependencia del Estado, dada su consolidada posición en el comercio
internacional y su acceso independiente al crédito, la clase capitalista vino a
inclinarse hacia su propia versión de la neoliberalización[147].
Esta versión descansaba en la protección de sus privilegios sin dejar de
desembarazarse de los controles reguladores. Los bancos estaban en efecto
privatizados. El estrecho, y a menudo corrupto, nexo de poder que
vinculaba de manera tan constreñida a los responsables de los chaebols con
el Estado se reveló muy difícil de romper, lo cual hacía posible que los
bancos coreanos prestasen su dinero atendiendo tanto a favores políticos
como a sólidas razones de inversión. Los empresarios coreanos necesitaban,
igualmente, la liberalización de las relaciones comerciales y del flujo de
capitales (algo que también vino impuesto desde el exterior a través de la
Ronda de Uruguay en 1986) para poder invertir libremente en el extranjero
el capital excedente (Ver Figura 4.4). El capital coreano exploró la
producción fuera de sus fronteras utilizando una fuerza de trabajo más
barata y obediente. De este modo, comenzó la exportación de prácticas
laborales degradantes a través de redes de subcontratación coreanas que se
extendieron hasta América Latina y Sudáfrica, así como también hasta
alcanzar gran parte del sureste asiático. Tras la reevaluación del yen en
1995, Japón se deslizó hacia la producción deslocalizada en ubicaciones de
bajo coste situadas en Tailandia, Indonesia, y Malasia. Esto, junto a la
entrada de China en el mercado mundial, intensificó la competencia
interregional. Aunque China supuso inicialmente una amenaza para Corea
del Sur (así como para otros países de la región) en sectores productivos de
bajo valor añadido (como el textil), rápidamente ascendió en la cadena del
valor añadido. La respuesta de Corea del Sur consistió en deslocalizar hacia
China una gran parte de la producción a través de la inversión directa, que
quizá fuera bueno para las corporaciones coreanas pero que no benefició al
empleo doméstico.

Figure 4.4 Corea se abre al mundo: inversión extranjera directa, 2000.


Fuente: P. Dicken, Global Shift. Reshaping the Global Economic Map in the 21st Century, cit.
Tras el florecimiento de las exportaciones experimentado a finales de la
década de 1980, la industria coreana sucumbió ante la competencia,
experimentando una pérdida de mercados de exportación y una caída de la
rentabilidad después de 1990. Los chaebols recurrieron cada vez más al
crédito de bancos extranjeros. Las empresas coreanas adquirieron un
elevado coeficiente de endeudamiento y, por lo tanto, se tornaron
vulnerables a cualquier subida intensa de los tipos de interés[148]. En la
esfera interna, Corea del Sur también tenía que tratar con el ascendente
poder de la fuerza de trabajo organizada. La industrialización conllevó un
proceso igualmente masivo de proletarización y de urbanización que
favoreció la organización obrera. En los primeros años, las organizaciones
sindicales independientes fueron salvajemente reprimidas. En 1974 la
masacre de los trabajadores en huelga de Kwangju condujo al asesinato de
Park. Los crecientes movimientos obreros y estudiantiles se pusieron a la
cabeza de la reivindicación de la democratización del país, que se vio
formalmente satisfecha en 1987. La consolidación del poder sindical
produjo un ascenso de los niveles salariales a través de una feroz lucha de
clases, que llego a hacer frente a una violenta represión por parte del
gobierno. La patronal quería mercados laborales más flexibles, pero los
sucesivos gobiernos encontraron difícil satisfacer esta demanda. La
constitución y la legalización de la democrática Confederación Sindical
Coreana en 1995, confirmó el creciente poder de la fuerza de trabajo
organizada[149].
La debilitación de la capacidad del Estado para disciplinar al capital
durante la década de 1990 se vio exacerbada por la crisis de 1997-1998. El
capital extranjero había mantenido una dilatada campaña para acceder con
más facilidad al mercado doméstico tradicionalmente protegido, así como
también a favor de una mayor liberalización financiera del país. La
envolvente arquitectura del comercio y de las finanzas internacionales,
aseguró un módico éxito en este frente durante los primeros años de la
década de 1990. El precio impuesto por Clinton de apoyar la incorporación
de Corea a la OCDE había consistido en una fuerte dosis de liberalización
financiera. El estallido de la crisis se vio antecedido, sin embargo, por el
malestar de la fuerza de trabajo hacia los chaebols (que en aquel momento
pretendían despedir a miles de trabajadores) y sus protestas contra la
política represiva del gobierno contra los sindicatos. En marzo de 1997, el
gobierno aprobó un nuevo código laboral que introducía un nivel mucho
más alto de flexibilidad en las relaciones laborales y que de manera tácita
autorizaba los despidos[150]. No obstante, muchos de los chaebols se
encontraban sumamente endeudados frente a unos acreedores extranjeros
cada vez más recelosos y frente a unos bancos nacionales que ya tenían una
preponderancia de créditos en situación de morosidad. El gobierno
mantenía una situación tan débil respecto a sus reservas de divisas que no
pudo hacer nada. Varios chaebols, como Hansin y Hambo Steel, se
declararon en quiebra en la primera mitad de 1997, con anterioridad al
impacto de la crisis monetaria. Cuando esta hizo aparición, los bancos
extranjeros retiraron su apoyo a Corea, arrastrando a muchos chaebols así
como también al propio país al borde de la bancarrota[151].
Estados Unidos no vio razones para brindar su apoyo financiero (la
Guerra Fría había terminado) y, en cambio, acató los dictados de Wall Street
que llevaba tiempo presionando a favor de la liberalización financiera por
sus propias y específicas razones, atinentes todas ellas a la rentabilidad.
Stiglitz reconoció que los intereses nacionales de Estados Unidos se estaban
viendo sacrificados por las estrechas ganancias financieras de Wall
Street[152]. Cuando estalló la crisis asiática, el FMI alentó a Corea del Sur a
elevar sus tipos de interés para defender su moneda y al hacerlo precipitó su
economía hacia una recesión todavía más profunda. Esto empujó a la
quiebra a muchas compañías con un elevado coeficiente de endeudamiento.
Inmediatamente, se produjo una alta tasa de desempleo, una caída de los
niveles salariales y un numero aún mayor de quiebras de chaebols (Daewoo
se hundió, y Hyundai estuvo a punto). El gobierno apeló al FMI y a Estados
Unidos. A cambio de una operación de rescate de 55 000 millones de
dólares, accedió a abrir sus servicios financieros a la propiedad extranjera y
a permitir a las firmas extranjeras operar con total libertad. Los términos de
esta ayuda no eran convincentes y, diez días después, ante una inminente
suspensión de pagos, tuvo que alcanzarse otro acuerdo en el que los bancos
acreedores reprogramaban la deuda coreana (una «distribución del coste de
la crisis entre los actores privados», en lugar de un rescate por parte de
organismos internacionales o estatales) a cambio de un control completo
privilegiado sobre la renta futura (con reminiscencias de la solución
aplicada en la ciudad de Nueva York). En consecuencia, los «coreanos
soportaron quiebras masivas de grandes y pequeñas empresas y una
recesión que contrajo la renta nacional un 7%, haciendo caer el salario
medio por trabajador un 10% y subiendo la tasa de desempleo a casi un
9%»[153]. Este proceso nos enseña dos lecciones. En primer lugar, «los
coreanos aprendieron de la forma más dura posible que en el momento de
su ruina financiera, Estados Unidos había elegido favorecer sus parcos
intereses»; en segundo lugar, que Estados Unidos definía ahora sus intereses
enteramente en términos de lo que fuera más conveniente para Wall Street y
para el capital financiero[154]. En efecto, la alianza entre Wall Street, el
Departamento del Tesoro estadounidense y el FMI, había hecho a Corea del
Sur lo que los bancos de inversión le habían hecho a la ciudad de Nueva
York a mediados de la década de 1970. La posterior reactivación de la
economía coreana (basada, en parte, en ignorar las recomendaciones del FMI
sobre la reestructuración, así como también en una situación mucho más
apaciguada entre la militancia obrera) ha aumentado, sobre todo, el flujo de
tributo hacia las arcas de Wall Street y, por lo tanto, ha incrementado la
concentración de poder de clase de la elite en Estados Unidos. El poder de
los chaebols o bien ha quedado hecho añicos, o bien ha sido reconstituido
gracias a la entrada de capital extranjero en una oleada de fusiones y de
adquisiciones tramada por lo que de manera no muy amable ha venido a
conocerse como «capital buitre» procedente del exterior. La estructura de
clase interna se encuentra en un continuo cambio a medida que el capital
surcoreano transforma sus relaciones tanto con el Estado como con el
mercado global. Pero detrás de esto, los datos revelan que la desigualdad de
la renta y el empobrecimiento han subido como la espuma durante y
después de la crisis. La progresiva temporalidad y la flexibilización en las
relaciones laborales (particularmente perjudiciales para las mujeres),
apoyada por otra nueva ronda de represión estatal de la fuerza de trabajo y
de los movimientos comunitarios, revela una renovada ofensiva de clase
contra los menos ricos que únicamente puede presagiar las usuales
consecuencias sobre la acumulación de poder de clase tanto dentro como
fuera del país.

Suecia

Probablemente en ninguna parte del mundo occidental el poder del capital


se vio más amenazado en la esfera democrática durante la década de 1970
que en Suecia. Gobernado por los socialdemócratas desde la década de
1930, el equilibrio de fuerzas de clase en este país se había estabilizado
alrededor de una fuerte estructura sindical centralizada, que mediante la
negociación colectiva directa con la clase capitalista, intervenía sobre los
índices salariales, la protección social de los trabajadores, las condiciones
contractuales, y sobre todo tipo de materias relacionadas. En la esfera
política, el Estado del bienestar sueco se había organizado en torno a los
ideales de un socialismo redistributivo, con un sistema fiscal progresivo y
medidas encaminadas a la reducción de la desigualdad de la renta y de la
pobreza. La clase capitalista, aunque pequeña, era extremadamente
poderosa. A diferencia de muchos otros Estados socialdemócratas y
dirigistas, Suecia se había abstenido de nacionalizar ninguno de los
enclaves privilegiados del mando económico (con la excepción del
transporte y de los servicios públicos). A pesar de existir multitud de
pequeñas empresas, un reducido número de familias poseía una porción
desmesurada de los medios de producción.
A finales de la década de 1960, y al igual que en casi todas las
sociedades capitalistas avanzadas, la fuerza de trabajo era un hervidero de
descontento que fue capaz de suscitar una oleada de reformas normativas
que doblegaron el poder del capital y que extendieron el poder de los
trabajadores hasta los propios centros de trabajo. La propuesta que más
amenazó a la clase capitalista fue el plan Rehn-Meidner. Una tasa del 20%
de los beneficios empresariales sería destinada a fondos de propiedad de los
asalariados, controlados por los sindicatos, que se reinvertirían en las
empresas. La medida acarrearía una reducción paulatina del peso de la
propiedad privada y supondría crear las bases para implantar un sistema
productivo de propiedad colectiva y de gestión por los representantes de los
trabajadores. Esto equivalía a un «asalto frontal a la inviolabilidad de la
propiedad privada». Por muy amables que hubieran sido los términos del
acuerdo de adquisición parcial, la clase capitalista estaba amenazada con su
aniquilamiento gradual en tanto que clase específica. Y respondió en
consecuencia[155].
Desde mediados de la década de 1970, la Federación de Empleadores
Suecos (sin duda emulando a sus homólogos estadounidenses) incrementó
el número de sus miembros, recaudó una nutrida «caja de resistencia» y
lanzó una campaña de propaganda contra la regulación excesiva, y a favor
de una mayor liberalización de la economía, de la reducción de la presión
fiscal y de una reversión de los excesivos compromisos del sistema del
bienestar que, a su modo de ver, eran la causa del estancamiento
económico. Pero cuando el Partido Conservador, de centro-derecha, llegó al
poder en 1976, reemplazando a los socialdemócratas por primera vez desde
la década de 1930, no fue capaz de llevar adelante las propuestas de la
patronal. Los sindicatos de trabajadores eran demasiado fuertes y no se
consiguió convencer a la opinión pública. Cuando quedó claro que la
confrontación directa con los sindicatos, utilizando cierres patronales y
negándose a colaborar en la negociación colectiva en materia salarial,
tampoco funcionaba, los empleadores adoptaron una estrategia de desgaste
que les evitara el enfrentamiento directo con los pactos institucionales del
Estado corporativo. En 1983 se negaron a participar en la negociación
colectiva de ámbito general estatal. A partir de ese momento, las
negociaciones en materia salarial y de protección de los trabajadores
tendrían que efectuarse de manera particular en cada empresa. Consiguieron
convencer a un sindicato para suscribir esta nueva línea de negociación y,
de este modo, herir gravemente el poder colectivo de la fuerza de trabajo.
Pero la medida más eficaz de todas fue la campaña de propaganda
lanzada por los empleadores. Utilizaron su control sobre el Premio Nóbel
de Economía para consolidar el neoliberalismo dentro del pensamiento
económico sueco. Las antiguas quejas de algunos intelectuales y
profesionales del país en torno a los universalismos opresivos y a las
gravosas políticas fiscales del Estado sueco, fueron cultivadas de manera
perseverante a través de una corriente creciente de retórica elogiando las
libertades y los derechos individuales. Estos debates reverberaron en todos
los medios de comunicación y ganaron una progresiva presencia en la
imaginación popular. Además, el gabinete estratégico de la patronal —el
Centro de Estudios Empresariales y Políticos (SNS)— financió una sólida
investigación sobre las estructuras y perspectivas económicas (al igual que
el NBER en Estados Unidos) que una y otra vez demostró «científicamente» a
las elites políticas y a la opinión pública que el Estado del bienestar era la
causa fundamental del estancamiento económico[156].
El verdadero desplazamiento hacia el neoliberalismo se produjo con la
elección de un gobierno conservador en 1991. Pero el camino ya había sido
preparado en parte por los socialdemócratas, que se vieron progresivamente
presionados para encontrar salidas al estancamiento económico. Su
implementación parcial de algunos aspectos de la agenda neoliberal
indicaba la aceptación de los persuasivos análisis del SNS. Era a la izquierda
y no a la derecha a la que ahora le faltaban las ideas. Se convenció a los
sindicatos para ejercer restricciones salariales en aras a aumentar los
beneficios y estimular la inversión. A finales de la década de 1980, ya se
había producido la desregulación de la actividad bancaria (que condujo a
una clásica burbuja especulativa en la asignación de créditos y en el
mercado de la vivienda) y se habían introducido rebajas fiscales para los
más ricos (de nuevo, supuestamente, para estimular la inversión). El Banco
Central (siempre conservador) acabó reorientando su misión hacia la batalla
contra la inflación en lugar de atender al mantenimiento del pleno empleo.
El estallido de la burbuja especulativa del precio de los activos que siguió a
la subida de los precios del petróleo en 1991 dio pie a una fuga de capitales
y a que diversas empresas domésticas se declararan en quiebra, lo que costó
caro al gobierno sueco. La culpa de la crisis se echó instintivamente a las
ineficiencias del Estado del bienestar y el gobierno conservador que llegó al
poder escuchó receptivo el plan diseñado por la Cámara de Comercio sueca
para la privatización íntegra del Estado de bienestar.
Blyth considera que los remedios propuestos eran plenamente
inadecuados dadas las circunstancias. En su opinión, el problema era el
«cierre cognitivo», esto es, la incapacidad para pensar en cualquier medida
de solución distinta de las que prescribía la ortodoxia neoliberal. «Esta
homogeneidad de los sujetos y de las ideas, acompañada de la politización
de las empresas, fue la que hizo que esas nuevas ideas se incorporaran a la
agenda y la que condujo finalmente a la transformación del liberalismo
sueco». El resultado práctico fue una grave depresión que en un plazo de
dos años disminuyó la producción y duplicó las tasas de desempleo. Ante la
pérdida efectiva de la confianza de la opinión pública en el gobierno, había
que encontrar otra forma de sostener las reformas neoliberales. La respuesta
consistió en la adhesión a la Unión Europea, una decisión que «como mejor
se explique sea, tal vez, como un intento del mundo empresarial y de los
conservadores, de dejar que las instituciones y el ideario económico de la
Unión Europea alcanzaran mediante la convergencia internacional, lo que
ellos no habían podido hacer mediante una reforma doméstica». La
adhesión a la Unión Europea en 1993-1994 privó al Estado de muchas de
las herramientas que anteriormente había mantenido para combatir el
desempleo y hacer avanzar el salario social[157]. En definitiva, aunque los
socialdemócratas regresaron al poder en 1994, el programa neoliberal
basado en la «reducción del déficit, el control de la inflación y el equilibrio
presupuestario en lugar de favorecer el pleno empleo y una distribución
equitativa de la renta, se convirtió en la piedra angular de la política
macroeconómica»[158]. La privatización de las pensiones y de las
provisiones del sistema de bienestar se aceptó como un hecho inevitable.
Blyth interpreta este paso como un caso de «dependencia de la senda
seguida», es decir, el predominio de una cierta lógica previa de toma de
decisiones que se alimenta de las ideas hegemónicas se hace inevitable. El
liberalismo embridado fue erosionado pero en ningún caso desmantelado
por completo. La opinión pública continuó adherida de forma generalizada
a sus estructuras del sistema de bienestar. La desigualdad creció,
ciertamente, pero en ningún caso hasta alcanzar los niveles registrados en
Estados Unidos o en Gran Bretaña. Los índices de pobreza continuaron
bajos y los niveles de provisión social se mantuvieron altos. Suecia es un
ejemplo de lo que podría llamarse «neoliberalización restringida» y su
situación social, en términos generales, superior, es un reflejo de ese hecho.

Fuerzas y flujos

Las evidencias reunidas en las páginas precedentes sugieren que el


desarrollo desigual fue tanto un resultado de la diversificación, de la
innovación y de la competencia (en ocasiones de tipo monopolista) entre
modelos de gobiernos nacionales, regionales y en algunas instancias incluso
municipales, como una imposición por parte de alguna potencia
hegemónica externa como Estados Unidos. Un análisis más desgranado
indica que existe un amplio abanico de factores que afectan al grado de
neoliberalización alcanzado en cada caso concreto. Los análisis más
convencionales de las fuerzas en juego se concentran en cierta combinación
formada por el poder de las ideas neoliberales (se considera particularmente
fuerte en los casos de Gran Bretaña y Chile), por la necesidad de responder
a crisis financieras de varios tipos (como en México y Corea del Sur) y por
un enfoque más pragmático de la reforma del aparato estatal (como en
Francia y en China) para mejorar la posición competitiva en el mercado
global. Aunque todos estos elementos han sido de cierta relevancia, la
ausencia de todo análisis de las fuerzas de clase que podrían estar operando
en este proceso, es bastante inquietante. La posibilidad, por ejemplo, de que
las ideas dominantes pudieran ser las de cierta clase dominante ni siquiera
es considerada, a pesar de que hay evidencias abrumadoras de que se han
producido potentes intervenciones por parte de las elites empresariales y de
los intereses financieros en la producción de ideas y de ideología a través de
la inversión en think-tanks, en la formación de tecnócratas y en el dominio
de los medios de comunicación. La posibilidad de que las crisis financieras
pudieran estar causadas por una huelga de capital, una fuga de capitales o la
especulación financiera, o de que sean urdidas deliberadamente para
facilitar la acumulación por desposesión[159], es descartada como
demasiado conspirativa, incluso ante innumerables indicios que hacen
sospechar la existencia de ataques especulativos coordinados sobre una
moneda u otra. Parece que necesitamos un marco algo más amplio para
interpretar los complicados y geográficamente desiguales caminos de la
neoliberalización.
Asimismo, debemos prestar cierta atención a las condiciones
contextuales y a los pactos institucionales existentes en cada país, dado que
éstos varían enormemente de Singapur a México, Mozambique, Suecia o
Gran Bretaña, así como a la facilidad de la conversión al neoliberalismo que
ha variado correspondientemente. El caso sudafricano es particularmente
alarmante. Tras su emergencia en medio de todas las esperanzas generadas
por la caída del apartheid, este país ansioso por reintegrarse en la economía
global fue en parte persuadido y en parte forzado por el FMI y por el BM a
abrazar la línea neoliberal, con el predecible resultado de que el apartheid
económico actual, ratifica en líneas generales el apartheid racial que le
precedió[160]. El cambiante equilibrio interno de fuerzas de clase en el seno
de un Estado concreto a lo largo del tiempo también ha sido un
determinante decisivo. La neoliberalización ha afrontado barreras férreas y
en algunos casos inexpugnables, hasta el extremo de que la fuerza de
trabajo organizada ha conseguido mantener o adquirir (en el caso de Corea
del Sur) una potente presencia. Debilitar (como en Gran Bretaña y Estados
Unidos), sortear (como en Suecia) o aplastar de manera violenta (como en
Chile) el poder de la fuerza de trabajo organizada, es una precondición
necesaria de la neoliberalización. Del mismo modo, la neoliberalización ha
dependido con frecuencia de una progresiva acumulación de poder, de
autonomía y de cohesión por parte de las empresas y de las corporaciones
así como de su capacidad, en tanto que clase, de ejercer presión sobre el
poder estatal (como en Estados Unidos y Suecia). El modo más fácil de
ejercer esta capacidad es, de manera directa, por medio de instituciones
financieras, estrategias de mercado, huelga o fuga de capitales, y, de manera
indirecta, mediante mecanismos para influir en las elecciones, la
constitución de grupos de presión, el soborno y otras formas de corrupción
o, de manera más sutil, a través del control del poder de las ideas
económicas. La intensidad con la que el neoliberalismo se ha convertido en
algo integrado en el sentido común del pueblo en general ha variado en
grado sumo en función de la fuerza de la creencia en el poder de los
vínculos de solidaridad social y en la importancia de las tradiciones de la
provisión social y de la responsabilidad social colectivas. Por lo tanto, las
tradiciones culturales y políticas que apuntalan el sentido común popular,
han desempeñado un papel en la diferenciación del grado de aceptación
política de los ideales de la libertad individual, y de las determinaciones del
mercado libre frente a otras formas de socialización.
Pero, quizá, el aspecto más interesante de la neoliberalización surge de
la compleja interacción existente entre las dinámicas internas y las fuerzas
externas. Aunque en ciertas circunstancias pueda razonablemente
interpretarse que las segundas constituyen el factor dominante, en la
mayoría de los casos las relaciones son mucho más intrincadas. En Chile,
después de todo, fueron las clases altas las que solicitaron ayuda a Estados
Unidos para montar el golpe de Estado, y fueron ellas las que aceptaron la
reestructuración neoliberal como el camino que debía seguirse, si bien a
partir de las recomendaciones de un grupo de tecnócratas formados en
Estados Unidos. En Suecia, sin embargo, fue la patronal la que buscó la
integración europea como un medio para dejar bien atada la agenda
neoliberal doméstica que se hallaba pendiendo de un hilo. Ni siquiera los
programas de reestructuración más draconianos del FMI tienen muchas
posibilidades de ser implantados en ningún país si no existe un mínimo de
apoyo interno por parte de algún actor implicado. En ocasiones, parece
como si el FMI asumiera meramente la responsabilidad de hacer lo que
algunas fuerzas de clase internas quieren hacer de todos modos. Y hay
suficientes casos de rechazo con éxito de las recomendaciones del FMI,
como para sugerir que el complejo formado por el Departamento del Tesoro
de Estados Unidos, Wall Street y el FMI no es tan todopoderoso como en
ocasiones se afirma. Es, únicamente, cuando la estructura de poder interna
se ha reducido a un caparazón vacío y cuando los pactos institucionales
internos se encuentran sumidos en un caos absoluto —bien por su derrumbe
definitivo (como en el caso de la ex Unión Soviética y de Europa central),
bien a causa de guerras civiles (como en Mozambique, Senegal, o
Nicaragua) o bien debido a un debilidad degenerativa (como en Filipinas)
—, cuando vemos a poderes externos orquestar libremente las
reestructuraciones neoliberales. Y en estos casos, el índice de éxito tiende
precisamente a ser precario porque el neoliberalismo no pude funcionar sin
un Estado fuerte y sin un mercado y unas instituciones jurídicas fuertes.
Igualmente, es innegable que la carga que tienen todos los Estados de
crear «un clima óptimo para los negocios» con el fin de atraer y retener un
capital geográficamente móvil, ha influido de manera apreciable,
particularmente en los países capitalistas avanzados (como Francia). Pero el
aspecto más sorprendente, es la forma en que la neoliberalización y la
creación de un buen clima para los negocios, han sido tratados de manera
tan frecuente como cosas equivalentes, tal y como ocurre en el
Development Report del Banco Mundial de 2004[161]. Si podemos decir que
la neoliberalización produce malestar social e inestabilidad política del tipo
que hemos constatado en Indonesia o en Argentina en los últimos años, o
que produce depresión y restricciones en el crecimiento de los mercados
internos, entonces, con la misma facilidad podría decirse que repele la
inversión en lugar de estimularla[162]. Aunque se hayan implantado
sólidamente algunos aspectos de la política neoliberal, por ejemplo,
respecto a la flexibilización de los mercados laborales o a la liberalización
financiera, no está claro que esto sea en sí mismo suficiente para cautivar al
capital en busca de inversión. Y, además, nos encontramos con el problema
aún más grave de qué tipo de capital va a ser atraído. El capital de cartera se
siente tan fácilmente atraído por un boom especulativo, como por la
existencia de unos sólidos pactos institucionales o de unas buenas
infraestructuras susceptibles ambas de atraer industrias de alto valor
añadido. Atraer «capital buitre» difícilmente parece una empresa que
merezca la pena, pero en efecto esto es lo que la neoliberalización ha
conseguido con demasiada frecuencia (tal y como algunos críticos, como
Stiglitz, han reconocido francamente).
Asimismo, eventuales consideraciones geopolíticas también han
desempeñado un papel importante. La posición de Corea del Sur como un
Estado situado en la línea caliente de la Guerra Fría le brindó una inicial
protección de su plan de desarrollo por parte de Estados Unidos. La
posición de Mozambique como un Estado fronterizo con Sudáfrica,
provocó el estallido de una guerra civil alimentada por este país para
socavar el intento del FRELIMO[163] de erigir un sistema socialista. Debido
a las enormes deudas contraídas durante la guerra, Mozambique era una
presa fácil para la inclinación del FMI a imponer una reestructuración
neoliberal[164]. Los gobiernos contrarrevolucionarios respaldados por
Estados Unidos en América Central y en Chile, así como en otros lugares, a
menudo han deparado resultados similares. Igualmente una mera posición
geográfica, como la proximidad de México a Estados Unidos y su peculiar
vulnerabilidad a las presiones de este país, ha podido ser un factor
influyente. Y el hecho de que Estados Unidos ya no necesite defenderse de
la amenaza del comunismo, también significa que ya no tiene que sentirse
mayormente preocupado por si las reestructuraciones de capital
desencadenan un desempleo masivo o disparan el malestar social en un
lugar o en otro. Por más que le pese a la fiel Tailandia, que había apoyado a
Estados Unidos durante todo el transcurso de la Guerra de Vietnam, este
país no hizo nada para rescatarla de sus apuros. De hecho, Estados Unidos
así como otras instituciones financieras desempeñaron el papel de «capital
buitre» con bastante entusiasmo.
Pero un hecho persistente dentro de esta compleja historia de
neoliberalización desigual ha sido la tendencia universal a incrementar la
desigualdad social y a dejar expuestos a los segmentos menos afortunados
de cada sociedad —ya sea en Indonesia, en México, o en Gran Bretaña— a
los fríos vientos de la austeridad y al desapacible destino de una progresiva
marginalización. Aunque esta tendencia se haya visto paliada acá o allá
gracias al desarrollo de políticas sociales, los efectos en el otro extremo del
espectro social han sido bastante espectaculares. Las increíbles
concentraciones de poder y de riqueza, actualmente existentes en los
peldaños más altos del capitalismo, no se habían visto desde la década de
1920. El flujo de tributo hacia los mayores centros financieros del mundo,
ha sido apabullante. Sin embargo, todavía más apabullante es la costumbre
de tratar todo esto como meros, y en ocasiones, hasta desafortunados
subproductos de la neoliberalización. La idea misma de que esto pudiera ser
—sólo que pudiera ser— el núcleo fundamental de aquello en lo que ha
consistido de manera invariable la neoliberalización, parece impensable.
Una parte de la genialidad de la teoría neoliberal, ha sido proporcionar una
máscara benévola sembrada de deleitosas palabras como libertad, capacidad
de elección o derechos, para ocultar la terrible realidad de la restauración o
la reconstitución de un desnudo poder de clase, tanto a escala local como
transnacional pero, más particularmente, en los principales centros del
capitalismo global.
5
Neoliberalismo «con características chinas»

En diciembre de 1978, enfrentados al doble obstáculo de la incertidumbre


política abierta tras la muerte de Mao —que se había producido en 1976—
y de varios años de estancamiento económico, los líderes chinos
encabezados por Deng Xiaoping anunciaron un programa de reforma
económica. Tal vez nunca sepamos con certeza si Deng fue siempre un
«seguidor del camino capitalista» —como Mao había afirmado durante la
Revolución Cultural— o bien si las reformas no eran otra cosa que un
movimiento desesperado para garantizar la seguridad económica de China y
afianzar su prestigio frente al progresivo auge del desarrollo capitalista en el
resto del este y del sureste de Asia. Las reformas sencillamente coincidieron
—y es muy difícil considerar este hecho como algo distinto a un accidente
coyuntural de relevancia histórico mundial— con el giro hacia las
soluciones neoliberales en Gran Bretaña y en Estados Unidos. En China, el
resultado ha sido la construcción de un tipo particular de economía de
mercado que incorpora de manera progresiva elementos del neoliberalismo
imbricados con un control autoritario y centralizado. La compatibilidad
entre el autoritarismo y el mercado capitalista ya se había establecido de
manera clara en otros lugares, como Chile, Corea del Sur, Taiwán y
Singapur.
Aunque no se abandonaba el igualitarismo como objetivo de China a
largo plazo, Deng argumentó que había que retirar las restricciones a la
iniciativa individual y local en aras a incrementar la productividad y activar
el crecimiento económico. El corolario de esta medida, el hecho inevitable
de que emergieran ciertos niveles de desigualdad, fue perfectamente
comprendido como algo que habría que tolerar. Bajo el eslogan de xiaokang
—el concepto de una sociedad ideal que satisface las necesidades de todos
sus ciudadanos— Deng se concentró en «cuatro modernizaciones», la de la
agricultura, la de la industria, la de la educación y la de la ciencia y la
defensa. Las reformas estaban estudiadas para lograr que las fuerzas del
mercado se impusieran internamente en la economía china. La idea
consistía en estimular la competencia entre las empresas de propiedad
estatal y que esto, se esperaba, disparara la innovación y el crecimiento. Se
introdujo el sistema de mercado para la fijación de precios pero,
probablemente, esto tuvo mucha menos relevancia que el acelerado traspaso
de poder político y económico a las diversas regiones y a las entidades
locales. Esta última medida se reveló particularmente astuta. De este modo,
se evitaba la confrontación con los centros de poder tradicionales
establecidos en Pekín y las iniciativas locales podían ser pioneras en abrir el
camino hacia el nuevo orden social. Las innovaciones que no funcionaran
podían simplemente ser ignoradas. Para complementar este esfuerzo,
también se abrió el país al comercio exterior y a la inversión extranjera, si
bien bajo una estricta supervisión estatal, poniendo fin al aislamiento de
China respecto al mercado mundial. En un principio, la experimentación se
limitaba principalmente a la provincia de Guangdong, cercana a Hong Kong
y convenientemente lejos de Pekín. Uno de los fines de esta apertura al
exterior era obtener transferencias de tecnología (lo que explica el énfasis
en las empresas conjuntas entre capital extranjero y socios chinos). El otro
era conseguir suficientes reservas exteriores para aprovisionarse de los
medios necesarios para apoyar una dinámica interna de crecimiento
económico más fuerte[165]. Estas reformas no habrían adquirido la
relevancia que ahora les concedemos, ni la subsiguiente extraordinaria
evolución económica de China habría tomado el camino ni registrado los
avances que protagonizó, si en el mundo capitalista avanzado no se
hubieran producido cambios paralelos de indudable importancia y en
apariencia no relacionados con los anteriores en cuanto al modo de
funcionamiento del mercado mundial. El impulso que cobraron las políticas
neoliberales en el comercio internacional durante la década de 1980, abrió
el mundo entero a las fuerzas transformadoras del mercado y de las
finanzas. De este modo, se abrió un espacio para la apoteósica entrada e
incorporación de China en el mercado mundial de maneras que no hubieran
sido posibles bajo el sistema de Bretton Woods. La espectacular emergencia
de China como una potencia económica global después de 1980, fue en
parte una consecuencia imprevista del giro neoliberal en el mundo
capitalista avanzado.

Transformaciones internas

Este planteamiento no supone en absoluto disminuir la relevancia de la


tortuosa senda del movimiento de reformas internas habido dentro de la
propia China. Lo que los chinos tuvieron que aprender (y en cierta medida
todavía están aprendiendo), entre otras cosas, fue que el mercado poco
puede hacer para transformar una economía si no se produce una
transformación paralela en las relaciones de clase, en el régimen de
propiedad privada y en todos los demás pactos institucionales que de
manera característica asientan la prosperidad de una economía capitalista.
La evolución a lo largo de este camino fue, por un lado, intermitente y, por
otro, estuvo marcada de manera frecuente por tensiones y crisis de las que
ciertamente no estuvieron ausentes los impulsos y también las amenazas del
exterior. El hecho de si todo obedeció a una planificación consciente
aunque adaptativa («tantear las piedras mientras se cruza el río», como
Deng describió este proceso) o fue el desenlace, a espaldas de los políticos
del partido, de una lógica inexorable derivada de las premisas iniciales de
las reformas de mercado introducidas por Deng, será sin duda objeto de un
largo debate[166].
Lo que puede decirse con precisión es que China, al no tomar la senda
de una «terapia de choque» de privatización instantánea como la que
posteriormente le endosaron a Rusia y a los países centroeuropeos el FMI, el
BM y el «Consenso de Washington» en la década de 1990, se las arregló
para esquivar los desastres económicos que asolaron aquellos países. Al
tomar su propio y peculiar camino hacia el «socialismo con características
chinas», o como algunos ahora prefieren denominarlo, hacia «la
privatización con características chinas», consiguió construir un modelo de
economía de mercado manipulada por el Estado que proporcionó un
espectacular crecimiento económico (arrojando una tasa media de
crecimiento cercana al 10% anual) y que ha aumentado de manera
progresiva el nivel de vida de una significativa porción de la población
durante más de 20 años[167]. Pero las reformas también conllevaron
degradación medioambiental, desigualdad social y eventualmente algo que
de manera incómoda se parece a la reconstitución del poder de clase
capitalista.
Resulta difícil dotar de sentido a los detalles de esta transformación a
menos que se cuente con un mapa aproximado de su senda general. Las
políticas son difíciles de desentrañar, por lo enmascaradas que están por los
misterios de las luchas de poder dentro de un Partido Comunista que estaba
determinado detentar el poder en forma exclusiva y singular. Las decisiones
cardinales, ratificadas en los congresos del partido, establecieron las bases
de cada uno de los pasos tomados en la travesía de la transformación. Sin
embargo, es poco probable que el partido hubiera dado fácilmente el visto
bueno a la reconstitución activa del poder de clase capitalista en su mismo
seno. Casi con toda seguridad, abrazó las reformas económicas con el
objetivo de acumular riqueza y de modernizar su potencial tecnológico en
aras a mejorar su capacidad para manejar la disidencia interna, para
defenderse mejor frente a una agresión externa y para proyectar su poder
hacia el exterior en la esfera de sus intereses geopolíticos inmediatos en un
este y sureste asiático en acelerado desarrollo. El desarrollo económico se
consideraba un medio para alcanzar esos objetivos y no un fin en sí mismo.
Por otro lado, la senda de desarrollo que en realidad se ha tomado parece
corresponderse con el objetivo de evitar la formación de cualquier bloque
coherente de poder de clase capitalista dentro de la propia China. La fuerte
dependencia de la inversión extranjera directa (una estrategia de desarrollo
económico totalmente distinta a la adoptada por Japón y Corea del Sur) ha
mantenido el poder de propiedad de la clase capitalista fuera de sus
fronteras (Ver Cuadro 5.1) facilitando, en cierto modo, al menos en el caso
chino, su control por parte del Estado[168]. Las barreras impuestas sobre las
inversiones de cartera extranjeras limitan de manera efectiva los poderes del
capital financiero internacional sobre el Estado chino. La falta de
disposición a permitir formas de intermediación financiera distintas a la que
realizan los bancos de propiedad estatal —como pueden ser los mercados
bursátiles y los mercados de capitales— priva al capital de una de sus armas
fundamentales de cara al poder estatal. El persistente empeño en mantener
intactas las estructuras del sistema de propiedad pública aún liberando la
autonomía gerencial devela, asimismo, la intención de impedir la formación
de una clase capitalista.
Cuadro 5.1. Medición de las entradas de capital: préstamos extranjeros, inversiones
extranjeras directas y alianzas contractuales, 1979-2002

Fuente: Y. Hunag. «Is China Playing by the Rules?», Congressional


Executive Commission on China, cecc.gov/events/hearings/is-china-
playing-by-the-rules-free-trade-fair-trade-and-wto-compliance

Pero el partido también tenía que afrontar una batería de peliagudas


disyuntivas. La diáspora empresarial china proporcionaba conexiones
externas esenciales y Hong Kong, reabsorbida en la política china en 1997,
ya se encontraba estructurada de acuerdo con las líneas fundamentales del
capitalismo. China tenía que transigir en ambos frentes, así como también
con las reglas neoliberales del comercio internacional establecidas a través
de la OMC, a la que China se sumó en 2001. Igualmente, comenzaron a
emerger reivindicaciones políticas a favor de la liberalización. Las protestas
obreras se dotaron de visibilidad en 1986. En 1989 alcanzaba su momento
álgido un movimiento estudiantil de solidaridad con los trabajadores pero
que también expresaba sus propias reivindicaciones exigiendo mayores
libertades. La tremenda tensión experimentada en la esfera política que
corría pareja con la neoliberalización económica, culminó en la masacre de
los estudiantes de la Plaza de Tiananmen. La violenta respuesta de Deng,
ejecutada en contra de los deseos del sector reformador del partido,
indicaba claramente que la neoliberalización de la economía no iba a venir
acompañada de ningún progreso en el campo de los derechos humanos,
civiles o democráticos. Aunque la facción de Deng reprimió a la facción
política, aún tenía que iniciar otra ola de reformas neoliberales para
sobrevivir. Wang sintetiza del siguiente modo tales medidas:

la política monetaria se convirtió en un medio de control primordial;


se produjo un significativo reajuste en los tipos de cambio de las
divisas extranjeras, tendente al establecimiento de una tasa única; las
exportaciones y el comercio internacional vinieron a ser gestionados
mediante mecanismos basados en la competencia y en la asunción de
responsabilidad por las pérdidas o los beneficios resultantes; se redujo
el alcance del sistema de fijación de precios de «doble vía»; la zona de
desarrollo de Pudong en Shanghai se abrió de manera plena y todas las
diversas zonas de desarrollo regional tomaron la misma dirección[169].

Un envejecido Deng, se declaraba muy satisfecho tras comprobar con sus


propios ojos el efecto que había tenido en el desarrollo económico la
apertura al exterior después de una gira que realizó con este propósito por el
sur del país en 1992. «Enriquecerse es glorioso» manifestó, añadiendo:
«¿Qué importa que el gato sea pelirrojo o sea negro mientras cace
ratones?». China se abrió en su totalidad a las fuerzas del mercado y del
capital extranjero, aunque todavía bajo el ojo vigilante del partido. En las
áreas urbanas se estimuló una democracia de consumo como una medida
para atajar el descontento social. El crecimiento económico basado en el
mercado se aceleró entonces de maneras que en ocasiones parecían estar
más allá del control de partido.
Cuando Deng inició el proceso de reforma en 1978, prácticamente todo
aquello que había de relevancia en China entraba dentro del sector estatal.
Las empresas de propiedad pública dominaban los sectores más importantes
de la economía. A decir de la mayoría, se trataba de empresas
razonablemente rentables. No sólo ofrecían seguridad en el empleo a sus
trabajadores, sino una amplia gama de prestaciones a través del sistema de
pensiones y de otras formas de protección social (un sistema conocido
como «el cuenco de arroz garantizado» o el aseguramiento de un sustento
por parte del Estado). Además, debemos añadir la existencia de una
variedad de empresas públicas de dimensión local bajo control de los
gobiernos provinciales, municipales o de ámbito local inferior. El sector
agrario se organizaba conforme a un sistema comunal, y la mayoría de los
análisis coinciden en considerarlo muy rezagado en cuanto a su
productividad y realmente necesitado de una reforma. Los pactos en materia
de bienestar y de provisión social, se hallaban internalizados dentro de cada
uno de los sectores, aunque de manera irregular. Los habitantes de las áreas
rurales eran los menos privilegiados y se mantenían separados de los
habitantes de las zonas urbanas mediante un peculiar sistema de permisos
de residencia, que confería a los segundos, un considerable número de
derechos y beneficios de protección social que, sin embargo, se les negaban
a los primeros. Este sistema también contribuía a contener cualquier flujo
migratorio masivo del campo a las ciudades. Todos estos sectores se
integraban en un sistema de planificación estatal organizado en regiones en
el que la asignación de los objetivos productivos y la distribución de
insumos se realizaba conforme a un plan. Los bancos, de propiedad pública,
existían en gran medida como un depósito de ahorros y proporcionaban
dinero de inversión al margen del presupuesto estatal.
Las empresas públicas se mantuvieron durante mucho tiempo como los
pilares inalterables del control de la economía por parte del Estado. La
seguridad y los beneficios que conferían a sus trabajadores, aún sujetos a un
lento desmantelamiento, sirvieron para tender una red de seguridad en
materia de protección social que cubría a un segmento significativo de la
población durante muchos años. La creación de una economía de mercado
más abierta se produjo en torno a estas empresas mediante la disolución de
las comunas agrícolas que cedieron el paso a un «sistema de
responsabilidad personal» individualizado. A partir de los activos poseídos
por las comunas se crearon empresas municipales, tanto en las ciudades
como en los pueblos, que se convirtieron en focos de cultura empresarial,
de prácticas laborales flexibles y de una abierta competencia mercantil. Se
permitió el nacimiento de todo un sector privado, en un principio
circunscrito a la producción a pequeña escala, al comercio y a las
actividades relacionadas con los servicios, y con limitaciones respecto al
empleo de trabajo asalariado (que se fueron relajando gradualmente).
Finalmente, se produjo la llegada del capital extranjero, que alcanzó su
mayor afluencia durante la década de 1990. Si bien en un principio se
encontraba limitado a empresas conjuntas y a ciertas regiones, finalmente
este capital se extendió por todas partes aunque de manera desigual. El
sistema bancario de propiedad pública creció durante la década de 1980 y
de manera paulatina sustituyó al Estado central en la provisión de líneas de
crédito a las empresas estatales, a las empresas municipales, y al sector
privado. Estos diferentes sectores económicos no evolucionaron de manera
independiente unos de otros. Las empresas municipales extrajeron su
financiamiento inicial del sector agrario, y sirvieron para proporcionar
productos al mercado o para suministrar insumos intermedios a las
empresas estatales. Con el paso del tiempo, el capital extranjero se integró
en las empresas municipales y en las empresas estatales, y el sector privado
cobró mucha más importancia tanto de manera directa (bajo la forma de
propietarios) como indirecta (bajo la forma de socios). Cuando las empresas
públicas perdieron rentabilidad, los bancos les brindaron créditos de bajo
coste. Y desde el momento en que el mercado ganó fuerza y relevancia, el
conjunto de la economía se desplazó hacia una estructura neoliberal[170].
Consideremos, pues, de qué modo evolucionaron a lo largo del tiempo
cada uno de estos diversos sectores. En lo que atañe a la agricultura, a
principios de la década de 1980 se otorgó a los campesinos el derecho a
utilizar las tierras comunales bajo un sistema de «responsabilidad
personal». En un principio, podían vender en el mercado libre los
excedentes de la producción (una vez superados los objetivos marcados en
la comuna) sin ajustarse a los precios controlados por el Estado. A finales
de la década de 1980, las comunas se habían disuelto por completo. Aunque
los campesinos no podían ser formalmente propietarios de las tierras,
podían alquilarlas y arrendarlas, contratar mano de obra para trabajarlas y
vender sus productos a precio de mercado (el sistema dual de precios se vio
eficazmente destruido). Como consecuencia, las rentas en el ámbito rural
aumentaron a una sorprendente tasa del 14% anual y la producción
experimentó un crecimiento similar entre 1978 y 1984. A partir de entonces,
los ingresos en el ámbito rural se estancaron o incluso cayeron en términos
reales (particularmente en 1995) en todas las áreas excepto en determinadas
pequeñas zonas y líneas de producción exclusivas. La disparidad de los
ingresos entre el ámbito rural y urbano experimentó un acusado aumento.
En las ciudades, la renta media que en 1985 apenas alcanzaba los 80 dólares
anuales, se disparó hasta alcanzar los 1000 dólares al año en 2004, mientras
que en el ámbito rural, el incremento experimentado en el mismo período
fue de 50 hasta cerca de 300 dólares anuales. Por otro lado, la pérdida de los
derechos sociales colectivos previamente establecidos dentro de las
comunas —a pesar de lo débiles que pudieran haber sido— supuso que los
campesinos tuvieran que afrontar onerosas tarifas para poder asistir a las
escuelas, obtener atención sanitaria o recibir otros servicios esenciales. Esto
no fue así para la mayoría de los residentes permanentes de las ciudades,
que también se vieron favorecidos después de 1995 cuando una ley sobre
bienes raíces urbanos les otorgó derechos de propiedad sobre este tipo de
bienes, posibilitándoles especular con el valor de la propiedad.
Actualmente, el diferencial entre la renta real urbana y la rural es, de
acuerdo a algunas estimaciones, mayor que en cualquier otro país del
mundo[171].
Empujados a tener que buscar trabajo en otra parte, los emigrantes
rurales —muchos de ellos, mujeres jóvenes— comenzaron entonces a
inundar las ciudades —de manera ilegal y careciendo de derechos de
residencia— para formar una inmensa reserva de mano de obra (una
población «flotante» con un estatus legal indeterminado). Hoy China se
encuentra «en medio del mayor proceso de migración de masas que el
mundo haya conocido jamás», que «ya ha dejado pequeños los
movimientos migratorios que conformaron América y el mundo occidental
moderno». Según informes oficiales, en China hay «114 millones de
trabajadores inmigrantes que han abandonado las áreas rurales, de manera
temporal o por razones alimentarias, para trabajar en las ciudades», y
expertos del gobierno «predicen que esta cifra alcanzará los 300 millones en
2020, para llegar finalmente a los 500 millones». Sólo en la ciudad de
Shangai «viven 3 millones de trabajadores inmigrantes, frente a los
aproximadamente 4,5 millones de personas que se cree que constituyeron el
conjunto de la emigración irlandesa hacia América entre 1820 y 1930»[172].
Esta fuerza de trabajo es vulnerable a la superexplotación y ejerce una
presión a la baja en los salarios de los residentes legales de las ciudades.
Pero la urbanización es difícil de detener y las tasas de urbanización se
mantienen en torno a un 15% anual. Dada la falta de dinamismo en el sector
rural, hoy es una opinión común que cualesquiera que sean los problemas
existentes o futuros éstos serán resueltos en las ciudades o no se resolverán
en absoluto. Las remesas de dinero enviadas a las zonas rurales son
actualmente un elemento crucial en la supervivencia de las poblaciones de
las mismas. Las condiciones extremas del sector rural así como su
inestabilidad están generando uno de los problemas más serios a los que se
enfrenta en estos momentos el gobierno chino[173].
Cuando se disolvieron las comunas, sus competencias administrativas y
políticas fueron traspasadas a los gobiernos recién establecidos en las
ciudades y en los pueblos al amparo de la Constitución de diciembre de
1982. La legislación posterior permitió a estos gobiernos tomar posesión de
los activos industriales de las comunas y proceder a su transformación en
empresas municipales. Liberada del control estatal centralizado, las
administraciones locales adoptaron invariablemente una actitud de tipo
empresarial. El crecimiento del nivel de renta en el ámbito rural generó
ahorros que pudieron ser reinvertidos en las empresas municipales. También
florecieron, dependiendo de la zona, los proyectos empresariales conjuntos
con el capital extranjero (particularmente de Hong Kong o a través de los
negocios de la diáspora china). Las empresas municipales fueron
particularmente activas en las periferias rurales de las grandes ciudades,
como sucedió en Shanghai y en las áreas provinciales donde la inversión
extranjera era libre, como sucedió en Guangdong. Estas empresas se
convirtieron en una fuente increíble de dinamismo en la economía durante
los primeros quince años del periodo de reformas. En 1995 empleaban a
128 millones de personas (Ver Cuadro 5.2) y concentraban la capacidad de
experimentación desde abajo funcionando como un campo de pruebas para
las reformas[174]. Todo lo que funcionara en las empresas municipales podía
convertirse posteriormente en base de la política estatal. Y lo que en gran
medida funcionó, fue un auge de la industria ligera en la producción de
bienes de consumo destinados a la exportación, lo que condujo a China a
tomar el camino de la industrialización dirigida a la exportación. Sin
embargo, hasta 1987, al Estado no se le ocurrió que el desarrollo debiera
estar dirigido por la exportación.
Cuadro 5.2. Transformación de la estructura del empleo en China, 1980-2002 (en millones de
dólares)

Fuente: E. Prasad (ed.), China’s Growth and Integración into the World
Economy. Prospects and Challenges. cit.

Los análisis sobre el objeto concreto de estas empresas municipales varían


enormemente. Algunos autores demuestran que realizaban operaciones
privadas «en todo, salvo en el nombre», explotando mano de obra rural o
inmigrante a un coste insignificante —particularmente de mujeres jóvenes
— y operando al margen de todo tipo de regulación. A menudo abonaban
salarios paupérrimos y no ofrecían asistencia social ni protección legal
alguna. No obstante, algunas otorgaban una limitada protección social y
beneficios económicos así como también condiciones laborales en el marco
de la legalidad. En el caos de la transición emergieron todo tipo de
diferencias, las cuales con frecuencia habían tenido manifestaciones locales
y regionales[175].
Durante la década de 1980 quedó claro que la mayor parte de la
espectacular tasa de crecimiento de China estaba siendo impulsada desde
fuera del sector público empresarial. Durante el periodo revolucionario las
empresas estatales proporcionaban seguridad en el empleo y protección
social a los miembros de la población activa, pero en 1983 se les permitió
utilizar «personal contratado» por un periodo limitado de tiempo y sin
protección social[176]. Igualmente, se les garantizó una mayor autonomía en
la gestión respecto a la propiedad estatal. Los gestores podían reservarse un
cierto porcentaje de los beneficios y vender toda la producción excedente a
precios de mercado, una vez alcanzados sus objetivos. Éstos eran mucho
más elevados que los precios oficiales y, de este modo, se estableció un
farragoso sistema dual de fijación de precios que acabó siendo efímero. A
pesar de estos incentivos, las empresas estatales no prosperaron. Muchas de
ellas eran presas del endeudamiento y tuvieron que ser socorridas bien por
el gobierno central o bien por los bancos estatales, que fueron alentados a
prestarles el dinero en condiciones ventajosas. Esto último creó graves
problemas a los bancos cuando se constató que el volumen de créditos
incobrables experimentaba un crecimiento exponencial. Se desencadenó
entonces una notable presión para llevar a cabo una reforma más en
profundidad de este tipo de empresas. Así, en 1995, el Estado decidió
«convertir un grupo seleccionado de empresas estatales de tamaño medio y
grande en compañías de responsabilidad limitada o de capital dividido en
acciones». Las primeras tendrían «entre dos y cincuenta propietarios de
participaciones» y las segundas tendrían «más de cincuenta accionistas y
podrían ofertar emisiones públicas». Un año más tarde, se anunció un
programa mucho más extenso de corporativización en el que exceptuando a
las empresas estatales más importantes, todas las restantes serían
convertidas en «cooperativas de capital dividido en participaciones» en el
que todos los empleados tenían el derecho nominal a comprar parte de las
mismas. En la década de 1990 se sucedieron oleadas de
privatización/conversión de empresas estatales, de modo que en 2002 éstos
sólo representaban el 14% del total del empleo en el sector industrial, frente
al porcentaje del 40% que habían representado en 1990. Los pasos más
recientes han consistido en abrir tanto las empresas municipales como las
estatales a la propiedad extranjera plena[177].
La inversión extranjera directa registró, a su vez, resultados muy
contradictorios en la década de 1980. En un principio, estuvo canalizada
hacia las cuatro zonas económicas especiales situadas en las regiones de la
costa sur del país. Estas zonas «tenían el objetivo inicial de producir bienes
destinados a la exportación con la finalidad de obtener divisas extranjeras.
También funcionaban como laboratorios económicos y sociales en los que
podían observarse las tecnologías y las técnicas gerenciales extranjeras.
Ofrecían un abanico de incentivos a los inversores extranjeros, como
exenciones tributarias temporales, posibilidad de repatriar anticipadamente
los beneficios y mejores servicios en infraestructura»[178]. Pero los primeros
intentos de las firmas extranjeras de colonizar el mercado interno chino en
campos como el del automóvil y los artículos manufacturados, no dieron
buenos resultados. Aunque Volkswagen y Ford sobrevivieron (a duras
penas), General Motors tuvo que desistir a principios de la década de 1990.
Los únicos sectores que registraron un claro éxito fueron los dedicados a la
exportación de bienes que exigían una abundante mano de obra. Más de dos
terceras partes de la inversión extranjera directa que llegó durante los
primeros años de la década de 1990 (y un porcentaje aún mayor de las
nuevas empresas constituidas que sobrevivieron) estaban dirigidas por
chinos residentes en el exterior (en particular, por aquellos que operaban
desde Hong Kong, pero también desde Taiwán). Las débiles protecciones
legales ofrecidas a las empresas capitalistas suponían una ventaja para las
relaciones informales que se producían en el ámbito local y en el seno de
redes fiduciarias que los chinos ubicados en el extranjero estaban en una
posición privilegiada para explotar[179].
Posteriormente, el gobierno chino declaró varias «ciudades costeras»,
así como también ciertas «regiones económicas», «abiertas» a la inversión
extranjera (Ver Figura 5.1). Después de 1995, abrió virtualmente la
totalidad del país a todo tipo de inversiones extranjeras directas; La oleada
de quiebras que sacudió a algunas de las empresas municipales en el sector
manufacturero en 1997 y 1998 y que salpicó a muchas de las empresas
estatales en los principales centros urbanos, se reveló un punto de inflexión.
El sistema de fijación de precios basado en la competencia se predominó
entonces sobre el proceso de devolución de poderes desde el Estado central
a los entes locales, convirtiéndose en la dinámica esencial que propulsó la
reestructuración de la economía. La consecuencia fue herir gravemente, si
no destruir, a muchas de las empresas públicas y crear una inmensa masa de
desempleados. En esos momentos, abundantes informes revelaban un
considerable grado de malestar entre la fuerza de trabajo (véase más
adelante) y el gobierno chino tuvo que afrontar el problema de absorber un
gran excedente de mano de obra si quería sobrevivir[180]. No podía
depender exclusivamente de un influjo de inversión extranjera directa en
continua expansión para resolver el problema, por importante que pudiera
ser.
Figura 5.1: La geografía de la apertura de China a la inversión extranjera en
la década de 1980.
Fuente: P. Dicken, Global Shift. Reshaping the Global Economic Map in the 21st Century, cit.

Desde 1998 los chinos han intentado resolver en parte este problema,
optando por inversiones en grandiosos megaproyectos destinados a
transformar las infraestructuras físicas del país financiados mediante el
endeudamiento. Actualmente, está sobre la mesa un proyecto (de un coste
superior a los 60 000 millones de dólares) mucho más ambicioso que la ya
monumental presa de las Tres Gargantas diseñada para desviar el agua del
río Yangtze hacia el cauce del río Amarillo. Las asombrosas tasas de
urbanización (no menos de cuarenta y dos ciudades han crecido por encima
de 1 millón de habitantes desde 1992) exigen enormes inversiones de
capital fijo. Las ciudades más importantes han construido nuevos sistemas
de metro y de autopistas, y existe la propuesta de desarrollar 13 679,42
kilómetros de nuevas líneas ferroviarias para conectar el interior del país
con la zona costera, que constituye el centro del dinamismo económico, lo
que incluye la construcción de una línea de alta velocidad entre Shanghai y
Pekín, así como una conexión con el Tíbet. Asimismo, la celebración de los
Juegos Olímpicos ha dado pie a una gran inversión en Pekín. «China
también se propone construir un sistema de autopistas interestatal más
extenso que el de América en tan sólo 15 años, a la vez que prácticamente
todas las grandes ciudades están construyendo o acaban de construir un
gran nuevo aeropuerto». Según las últimas informaciones, China cuenta con
«más de 15 000 proyectos de construcción de autopistas que añadirán
162 000 kilómetros de carreteras al país, es decir, los suficientes para rodear
cuatro veces el planeta Tierra por la línea del ecuador»[181]. Este esfuerzo
es, en total, mucho mayor que el emprendido por Estados Unidos durante
las décadas de 1950 y 1960 para la construcción de su sistema de autopistas
interestatal y tiene el potencial de absorber los excedentes de capital y de
mano de obra existentes durante los próximos años. No obstante, está
financiado a través del déficit (siguiendo el clásico estilo keynesiano).
También entraña elevados riesgos, puesto que si las inversiones no
recuperan el valor invertido en el tiempo previsto rápidamente se produciría
una crisis fiscal del Estado.
El acelerado proceso de urbanización proporciona una vía para absorber
las masivas reservas de mano de obra que han confluido en las ciudades
procedentes de las áreas rurales. Por ejemplo, Dongguang, una sencilla
ciudad situada justo al norte de Hong Kong ha crecido hasta convertirse en
una urbe de 7 millones de habitantes en poco más de veinte años. Pero «las
autoridades de la ciudad no están satisfechas con su tasa de crecimiento
económico anual que se sitúa en un 23%. Actualmente, dan los últimos
retoques a una enorme ciudad adyacente, completamente nueva, que
esperan que atraiga a 300 000 investigadores e ingenieros, la vanguardia de
la nueva China»[182].
También es el lugar de construcción del que se prevé que será el mayor
centro comercial del mundo (construido por un multimillonario chino,
consta de siete zonas que reproducen Ámsterdam, París, Roma, Venecia,
Egipto, el Caribe, y California, y todas están diseñadas con tal atención a
los detalles que, según se dice, resultan indistinguibles de los lugares
reales).
Este nuevo rango de ciudades esta sumido en una feroz competición
interurbana. En el Delta del río Perla, por ejemplo, todas las ciudades
intentan capturar a tantas empresas como sea posible «mediante
construcciones auxiliares a las de sus vecinos, a menudo duplicando la
oferta. A finales de la década de 1990 se construyeron cinco aeropuertos
internacionales en un radio de 100 kilómetros, y se está produciendo un
auge similar en materia de puertos y de puentes»[183]. Las provincias y las
ciudades consiguen eludir los esfuerzos de Pekín por sujetar las riendas de
sus inversiones porque, entre otras razones, tienen el poder de financiar sus
propios proyectos vendiendo derechos para realizar promociones
inmobiliarias.
Las ciudades también se han convertido en terrenos de un frenético
desarrollo de bienes raíces y de especulación sobre la propiedad:

Durante la primera mitad de la década de 1990, cuando una


«mentalidad de casino» inundó el país, tanto los bancos como otras
instituciones financieras concedieron financiación de manera
imprudente para promociones inmobiliarias masivas en todo el
territorio de China. Espacios de oficina de primera clase, villas de lujo
así como ostentosas casas en las ciudades y edificios de apartamentos
brotaron de la noche a la mañana, no sólo en las ciudades más
importantes, como Pekín, Shanghai o Shenzhen, sino también en
muchas pequeñas ciudades provinciales y costeras […]. La llamada
«burbuja de Shangai» transformó esta ciudad antes anodina en una de
las metrópolis más glamorosas del mundo. A finales de 1995 Shanghai
se vanagloriaba de poseer un millar de rascacielos, varios cientos de
hoteles de cinco estrellas, más de 1 250 000 metros cuadrados de
espacio de oficinas —cinco veces los aproximadamente 250 000
metros cuadrados de 1994— y un «caliente mercado» de bienes raíces
que estaba incrementando el espacio disponible a una tasa más elevada
que la de Nueva York […]. A finales de 1996 la burbuja había
explotado en gran medida debido a una ineficiente asignación de los
recursos y al exceso de capacidad que se había generado[184].

Pero este auge retomó su camino de manera todavía más vigorosa a finales
de la década de 1990, únicamente para verse seguido de rumores acerca de
un exceso de edificación en los mercados urbanos más importantes en
2004[185].
Detrás de buena parte de este proceso descansa el papel financiero del
sistema bancario chino, en su mayoría propiedad estatal. Este sector se
expandió rápidamente a partir de 1985. En 1993, por ejemplo, el número de
sucursales de los bancos estatales había crecido «de 60 785 a 143 796 y el
número de empleados aumentado de 973 355 a 1.893 957. Durante el mismo
periodo los depósitos se incrementaron desde 427 300 millones de yuanes
(51 600 millones de dólares) a 2,3 billones de yuanes, mientras que el total
de créditos ascendió de 590 500 millones a 2,3 billones de yuanes»[186]. En
aquel momento, los desembolsos excedieron el presupuesto para gastos del
gobierno en cinco veces. Una gran cantidad de dinero fue destinada a
enjugar las pérdidas de las empresas estatales y claramente los bancos
jugaron un papel principal en la creación de «burbujas de activos»,
especialmente en el volátil sector inmobiliario y de la construcción. Los
créditos de dudoso cobro se convirtieron en un problema y al final el
gobierno central tuvo que gastar «casi tanto en amortizar estos créditos»
como Estados Unidos en rescatar a las cajas de ahorro en 1987 (el coste de
la operación de rescate fue de 123 800 millones de dólares de fondos
públicos y 29 100 millones más en concepto de depósitos suplementarios en
primas de seguros de las instituciones financieras). En 2003, por ejemplo,
China anunció una compleja transferencia de 45 000 millones de sus
reservas de divisas extranjeras a dos grandes bancos del gobierno, en lo que
era la «tercera mayor operación de rescate habida en el sistema bancario en
menos de 6 años»[187]. Aunque la cartera de créditos impagados equivalía
aproximadamente al 35% del PIB chino, este porcentaje palidece en
comparación con el del gobierno federal estadounidense y el nivel de
endeudamiento de los consumidores en este país, que se mantiene en más
de 300% del PIB[188].
Obviamente, China tomó lecciones de la experiencia de Japón en al
menos un aspecto clave. La modernización de la educación y de la ciencia,
debían ir de la mano con una clara estrategia de investigación y desarrollo,
con objetivos tanto militares como civiles. La inversión china en ambos
campos ha sido significativa. Actualmente, ofrece incluso sus servicios
como proveedor de satélites con fines comerciales (para irritación de
Estados Unidos). Pero desde finales de la década de 1990, las corporaciones
extranjeras comenzaron a trasladar una parte importante de su actividad de
investigación y desarrollo a China. Microsoft, Oracle, Motorola, Siemens,
IBM, e Intel han establecido laboratorios de investigación en China debido a
su «creciente importancia y sofisticación en tanto que mercado de
tecnología», así como debido a su «gran reserva de científicos calificados
pero económicos, y a sus consumidores todavía relativamente pobres pero
cada vez más ricos y deseosos de adquirir nuevas tecnologías»[189]. Más de
200 importantes corporaciones, entre las que se encuentran gigantes como
BP y General Motors, han ubicado una parte significativa de su inversión en
investigación en China. Con frecuencia, estas corporaciones protestan por
lo que consideran prácticas ilegales de piratería sobre sus tecnologías y sus
diseños por parte de compañías autóctonas chinas, pero poco pueden hacer
para defenderse dada la poca disposición del gobierno chino a intervenir y
el poder del Estado para dificultarles sus operaciones en el mayor mercado
del mundo en caso de que ejerzan demasiada presión sobre estas cuestiones.
En todo caso, no sólo las compañías extranjeras se han mostrado activas.
Tanto Japón como Corea del Sur han invertido en «ciudades de
investigación» a gran escala situadas en China, para colocarse en un lugar
que les permita obtener ventajas de la mano de obra de bajo coste pero
sumamente calificada que ofrece el país. El resultado global de todo este
proceso ha sido hacer de China una ubicación mucho más atractiva para las
actividades del sector de alta tecnología[190], como sucede con las
compañías indias de este tipo, encuentran más barato deslocalizar algunas
de sus actividades y ubicarlas en China. Igualmente, ha emergido un sector
autóctono de alta tecnología en diversas áreas. Shenzhen, por ejemplo, «con
docenas de edificios de cristal y de piedra pulida que no parecerían fuera de
lugar en Silicon Valley, posee un campus en expansión que aloja a muchos
de los 10 000 ingenieros que trabajan para consolidar a Huawei como el
primer actor internacional de China en el negocio de equipos para
comunicaciones». Desde finales de la década de 1990, «Huawei invirtió
enormes cantidades en establecer redes para la venta de sus productos en
Asia, Oriente Próximo y Rusia y en la actualidad vende productos en 40
países, a menudo a precios tres veces más baratos que los de sus
rivales»[191]. Y tanto en el marketing como en la producción de ordenadores
personales, en estos momentos las corporaciones chinas tienen una
presencia muy activa.

Relaciones exteriores

En 1978, el comercio exterior suponía únicamente el 7% del PNB de China,


pero a principios de la década de 1990 este porcentaje había alcanzado el
40%, manteniéndose en este nivel desde entonces. La cuota china del
comercio mundial se cuadriplicó durante ese mismo período. En 2002,
cerca del 40% del PIB chino lo constituía la inversión extranjera directa (y el
sector industrial representaba la mitad de este porcentaje). Ese mismo año
China se había convertido en el mayor destinatario de inversión extranjera
directa de los países en vías de desarrollo y las multinacionales explotaban
de manera rentable el mercado chino. General Motors, que había visto
fracasar su tentativa empresarial en este país a principios de la década de
1990, volvió a introducirse en el mercado a finales de la misma década y en
2003 sus cuentas revelaban que su empresa china generaba beneficios
mucho mayores que sus operaciones domésticas en Estados Unidos[192].
Parecía como si la estrategia de desarrollo basada en la exportación
hubiera tenido un brillante éxito. Pero nada de esto había sido planificado
en 1978. Deng había anunciado un alejamiento de las políticas de Mao
basadas en la autosuficiencia, pero las primeras aperturas hacia el exterior
fueron vacilantes y se restringieron a las zonas económicas especiales
situadas en Guangdong. Hasta 1987, momento en el que se percibió el éxito
del experimento de Guangdong, el partido no aceptó que el crecimiento
debía estar conducido por la exportación. Y fue únicamente tras su «gira por
el sur» en 1992, cuando el gobierno volcó todas sus energías en el comercio
exterior y en la inversión extranjera directa[193]. En 1994, por ejemplo, el
tipo de cambio monetario dual (el oficial y el de mercado) fue abolido
mediante una devaluación del 50% del tipo oficial, la cual despertó no
obstante una cierta crisis inflacionaria interna, pero también preparó el
terreno para un crecimiento arrollador del comercio y de la afluencia de
capital que, al día de hoy, ha situado a China como la economía más
dinámica y próspera del mundo. Cuáles serán las repercusiones de este
proceso para el futuro de la neoliberalización, dada la inclinación de esta a
transformarse a través de desarrollos geográficos desiguales y competitivos,
es todavía pronto para saberlo.
El éxito inicial de la estrategia de Deng dependió de la conexión con el
mundo a través de Hong Kong. Como una de las primeras economías de los
«tigres» asiáticos, Hong Kong era ya un importante centro de dinamismo
capitalista. A diferencia de los restantes Estados de la región (Singapur,
Taiwán y Corea del Sur) que recurrían a un elevado grado de planificación
estatal, Hong Kong se había desarrollado de una forma más empresarial y
caótica, sin una orientación significativa de la economía por parte del
Estado. Se encontraba convenientemente situada en el centro de la diáspora
empresarial china, que ya tenía significativas conexiones globales. La
industria manufacturera de Hong Kong se había desarrollado teniendo como
ejes primordiales una mano de obra intensiva y el desarrollo de industrias
de bajo valor añadido (con la textil a la cabeza). A finales de la década de
1970 sufría una dura competencia extranjera y una extrema escasez de
mano de obra. Guangdong, situada justo al otro lado de la frontera china,
tenía la mano de obra más barata del mundo. Por lo tanto, la apertura de
Deng supuso un regalo llovido del cielo. El capital de Hong Kong no dejó
escapar la oportunidad. Y supo utilizar de manera ventajosa sus muchas
conexiones ocultas con el otro lado de la frontera china, su papel de
intermediaria para todo tipo de operaciones de comercio exterior que China
ya realizase y su red de marketing en la economía global, que fue utilizada
para que los productos de fabricación china pudieran circular fácilmente.
A mediados de la década de 1990, todavía cerca de dos tercios de la
inversión extranjera directa destinada a China llegaba a través de Hong
Kong. Y aunque esto respondiese en parte a la impecable pericia de Hong
Kong en la intermediación financiera y comercial con las más diversas
fuentes de capital extranjero, resulta incuestionable que el hecho fortuito de
su proximidad, fue crucial para el camino hacia el desarrollo que se abrió
para China en su conjunto. Por ejemplo, a principios de la década de 1980,
la zona de desarrollo económico creada en la ciudad de Shenzhen,
dependiente del gobierno provincial, era un fracaso económico. Lo que
atraía a los capitalistas de Hong Kong eran las empresas municipales recién
creadas en las áreas rurales. El capital de Hong Kong suministraba la
maquinaria, los insumos y el marketing, y las empresas municipales
realizaban el trabajo. Una vez establecido, este modelo de funcionamiento
pudo ser emulado por otros capitalistas extranjeros (en particular taiwaneses
principalmente interesados en Shanghai después de que se abriera la ciudad
al exterior). Las fuentes de la inversión extranjera directa se diversificaron
en gran medida durante la década de 1990, y corporaciones tanto japonesas
como surcoreanas, y también estadounidenses, comenzaron a utilizar China
como centro de producción deslocalizada a gran escala.
A mediados de la década de 1990, se hizo claro que el vasto mercado
interno de China cada vez se tornaba más atractivo para el capital
extranjero. Aunque es posible que únicamente el 10% de la población
poseyese el poder adquisitivo de una naciente y floreciente clase media, el
10% de más de 1000 millones de personas constituía un mercado interno
ingente. Se desató entonces una carrera competitiva por suministrarles
automóviles, teléfonos móviles, DVD, televisores y lavadoras así como
también centros comerciales, autopistas y hogares «lujosos». La producción
mensual de coches ascendió de manera paulatina de cerca de 20 000 en
1993, hasta casi 50 000 en 2001, y a partir de entonces experimentó un
vertiginoso aumento hasta alcanzar los casi 250 000 vehículos al mes a
mediados de 2004. Una marea de inversión extranjera —en todos los
campos, desde Wal-Mart y McDonald’s hasta la producción de chips
informáticos— inundó el país anticipándose al acelerado crecimiento del
futuro mercado interno a pesar de las incertidumbres institucionales, de la
política estatal y de los evidentes peligros de un exceso de capacidad[194].
La enorme dependencia de la inversión extranjera directa convirtió a
China en un caso especial, muy diferente a Japón o a Corea del Sur. Como
resultado, el capitalismo chino no se encuentra integrado de manera óptima.
El comercio interregional se encuentra muy escasamente desarrollado,
aunque haya habido grandes inversiones en nuevos medios de
comunicación. Algunas provincias, como Guangdong mantienen relaciones
comerciales mucho más intensas con el extranjero que con el resto de
China. El capital no fluye fácilmente de un extremo a otro del país, a pesar
del reciente aluvión de fusiones y de los esfuerzos impulsados por el Estado
para crear alianzas regionales entre las diferentes provincias[195]. Por lo
tanto, esta dependencia de la inversión extranjera directa únicamente se
reducirá en la medida en que mejoren la asignación de recursos y las
interrelaciones capitalistas dentro de la propia China[196].
Las relaciones comerciales exteriores de China han sufrido diversas
mutaciones a lo largo del tiempo, pero particularmente durante los últimos
cuatro años. Aunque el ascenso a la categoría de miembro integrante de la
OMC en 2001 haya tenido mucho que ver en ello, el radiante dinamismo del
crecimiento económico chino y las estructuras cambiantes de la
competencia internacional han hecho inevitable un reordenamiento de gran
trascendencia de las relaciones comerciales. En la década de 1980, la
posición de China en los mercados globales obedecía principalmente a la
producción en industrias de bajo valor añadido mediante la venta en
grandes cantidades de productos textiles a bajo precio, así como de juguetes
y productos de plástico, en los mercados internacionales. Las políticas
maoístas habían convertido a China en un país autosuficiente en el campo
energético y también en lo relativo a muchas materias primas (es uno de los
mayores productores de algodón del mundo). Así pues, simplemente
necesitaba importar la maquinaria y la tecnología necesarias, así como
lograr su acceso a los mercados (con la conveniente e interesada ayuda de
Hong Kong). Y podía utilizar su fuerza de trabajo barata para obtener una
gran ventaja competitiva. A finales de la década de 1990, el salario por hora
de trabajo en la producción textil era de 30 céntimos de dólar, mientras que
en México y en Corea del Sur era de 2,75 dólares, en Hong Kong y Taiwán
rondaba los 5 dólares, y en Estados Unidos superaba los 10 dólares[197]. Sin
embargo, en las etapas iniciales, la producción china estaba en gran medida
subordinada a los comerciantes de Taiwán y de Hong Kong que controlaban
el acceso a los mercados globales, se quedaban con la parte del león de los
beneficios comerciales y de manera progresiva conseguían una integración
hacia atrás en la cadena productiva comprando o invirtiendo en las
empresas municipales o estatales chinas. En el delta del río Perla son
frecuentes los complejos productivos en los que se da trabajo a más de
40 000 trabajadores. Por otro lado, los bajos niveles salariales permiten la
introducción de innovaciones que suponen un ahorro de capital. Las plantas
de producción estadounidenses con una elevada tasa de productividad
utilizan sistemas automatizados sumamente costosos, pero «las fábricas
chinas invierten este proceso retirando el capital del proceso de producción
y reintroduciendo un gran protagonismo del trabajo». El capital total
necesario se ve reducido por regla general en un tercio. «La combinación de
salarios más bajos con un capital más reducido eleva de manera
característica el interés del capital por encima del nivel de las fábricas
estadounidenses»[198].
Las increíbles ventajas que reportan estos niveles salariales conllevan
que China pueda competir con otras localizaciones de mano de obra barata
como México, Indonesia, Vietnam y Tailandia en sectores productivos de
bajo valor añadido (como el textil). México perdió 200 000 empleos en sólo
dos años cuando China (a pesar del TLCAN) superó a ese país como el mayor
proveedor del mercado estadounidense de bienes de consumo. Durante la
década de 1990, China comenzó su ascenso en la escala de la producción de
bienes de alto valor añadido y a competir con Corea del Sur, Japón, Taiwán,
Malasia y Singapur en campos como la electrónica y las máquinas
herramienta. Este resultado se debió en parte a que las compañías instaladas
en esos países decidieron deslocalizar su producción para beneficiarse de la
gran masa de trabajadores altamente cualificados y de bajo coste que estaba
siendo generada por el sistema universitario chino. En un principio, la
mayor oleada se produjo desde Taiwán. Se estima que en estos momentos
viven y trabajan en China al menos un millón de empresarios y de
ingenieros taiwaneses, que se han traído consigo una buena parte de la
capacidad productiva de aquel país. La afluencia desde Corea de Sur
también ha sido considerable (Ver Figura 4.4). Las compañías coreanas del
sector electrónico ahora realizan una parte sustancial de sus operaciones en
China. En septiembre de 2003, por ejemplo, Samsung Electronics anunció
que iba a trasladar todo su negocio de producción de ordenadores a China,
después de haber invertido 2500 millones de dólares en este país para
«crear 10 sociedades comerciales filiales y 26 compañías de producción,
empleando a un total de 42 000 trabajadores»[199]. La externalización
japonesa de la producción hacia China contribuyó al declive del empleo en
la industria manufacturera japonesa, que pasó de ocupar a 15,7 millones de
trabajadores en 1992 a 13,1 millones en 2001. Las compañías japonesas
también comenzaron a retirarse de Malasia, de Tailandia y de otros lugares
para reubicarse en China. Actualmente, han invertido en China de manera
tan profusa que «más de la mitad del comercio que se produce entre China
y Japón se lleva a cabo entre compañías japonesas»[200]. Tal y como ocurría
cuando analizábamos el caso de Estados Unidos, las corporaciones pueden
obtener muy buenos resultados aunque sus países de origen se resientan.
China ha desplazado un mayor número de empleos de la industria
manufacturera de Japón, Corea del Sur, México y otros lugares, que de
Estados Unidos. El espectacular crecimiento de China, tanto internamente
como en su posición comercial internacional, se ha correspondido con una
recesión crónica en Japón y con un crecimiento retardado, un estancamiento
de las exportaciones y crisis periódicas en el resto del este y sureste de Asia.
Estos efectos negativos en la competencia que se aprecian en muchos países
probablemente se intensifiquen con el transcurso del tiempo[201].
Por otro lado, el espectacular crecimiento de China ha aumentado la
dependencia del país de las fuentes extranjeras de materias primas y de
energía. En 2003 China «consumió el 30% de la producción mundial de
carbón, el 36% de la de acero y el 55% de la de cemento»[202]. Así pues,
pasó de ser relativamente autosuficiente en 1990, a convertirse en el
segundo mayor importador de petróleo después de Estados Unidos en 2003.
Sus compañías energéticas trataron de invertir en los yacimientos
petrolíferos de la cuenca del Mar Caspio, e iniciaron negociaciones con
Arabia Saudita para obtener un acceso seguro a los suministros de petróleo
de Oriente Próximo. Sus intereses energéticos en Sudán, así como también
en Irán, han creado tensiones con Estados Unidos en ambas áreas.
Asimismo, compitió con Japón por el acceso al petróleo ruso. Durante la
década de 1990, en su búsqueda de nuevas fuentes de suministro de
metales, sus importaciones de Australia se vieron cuadruplicadas. Y en su
necesidad desesperada de adquirir metales estratégicos como cobre, estaño,
mineral de hierro, platino y aluminio se precipitó a cerrar acuerdos
comerciales con Chile, Brasil, Indonesia, Malasia y muchos otros países.
Trató de obtener importaciones agrícolas y de madera de cualquier lugar
(las compras masivas de soja a Brasil y a Argentina, dieron un soplo de vida
a esas economías) y la demanda china de chatarra fue tan enorme como
para aumentar sus precios en todo el mundo. Incluso la manufactura
estadounidense se ha beneficiado de la demanda china de equipos para el
movimiento de tierras (Caterpillar) y de turbinas (GE). Las exportaciones
asiáticas a China también han crecido a tasas asombrosas. Actualmente,
China es el principal destino de las exportaciones procedentes de Corea del
Sur y compite con Estados Unidos en el mercado de exportaciones de
Japón. Taiwán es un ejemplo inmejorable para ilustrar la velocidad con la
que se ha producido esta reorientación de las relaciones comerciales. En
2001 China superó a Estados Unidos como primer destino de las
exportaciones taiwanesas (principalmente de bienes manufacturados
intermedios), pero a finales de 2004 Taiwán exportaba a China el doble de
lo que exportaba a Estados Unidos[203].
En efecto, China domina la totalidad del este y el sureste de Asia como
una potencia hegemónica regional con una enorme influencia global. Tiene
capacidad para reafirmar sus tradiciones imperiales tanto en la región como
más allá de la misma. Como respuesta a las preocupaciones argentinas ante
el hecho de que el bajo precio de las importaciones chinas estaba
destruyendo los restos de sus industrias autóctonas del textil, del calzado y
del cuero que empezaron a revivir en 2004, su recomendación fue que
dejara morir sin más esas industrias y que se concentrara en ser un
proveedor de materias primas y de productos agrícolas para el floreciente
mercado chino. Pero a los argentinos no se les pasó por alto que este fue
exactamente el modo en que Gran Bretaña había enfocado su imperio indio
en el siglo XIX. No obstante, las masivas inversiones chinas en
infraestructuras chinas en curso se han subido en buena medida al tren de la
economía global. De manera inversa, la ralentización del crecimiento de
China en 2004 ha venido a:

«… crispar los mercados financieros y de mercancías en todos los


lugares. Los precios del níquel se han hundido hasta alcanzar niveles
que no se conocían desde hacía 15 años, el cobre no había sufrido una
caída semejante desde hacía 8. Las monedas de aquellas economías
impulsadas por la producción de mercancías como Australia, Canadá,
y Nueva Zelanda también han sufrido consecuencias negativas. Y los
mercados de otras economías asiáticas basadas en las exportaciones
han temblado ante el temor de que China pueda comprar menos
semiconductores a Taiwán o menos varas de acero a Corea del Sur, así
como también menos goma tailandesa, arroz vietnamita o estaño
malayo»[204].
Tal y como invariablemente sucede con las dinámicas exitosas de
acumulación de capital, llega un punto en el que los excedentes internos
acumulados por una economía, requieren una válvula de escape hacia el
exterior. Una vía ha consistido en financiar la deuda estadounidense y, por
lo tanto, mantener boyante su mercado para los productos chinos, aunque
manteniendo el tipo de cambio del yuan convenientemente vinculado al
valor del dólar. Pero las compañías chinas llevan largo tiempo activas a
escala global y han expandido de manera notable su alcance y su campo de
actuación desde mediados de la década de 1990. Asimismo, las empresas
chinas han invertido en otros países para asegurar su posición en los
mercados extranjeros. Los aparatos de televisión chinos ahora son
ensamblados en Hungría y en Carolina del Norte, para asegurar su acceso al
mercado europeo y al mercado estadounidense respectivamente. Hay una
compañía automovilística china que planea ensamblar coches y
eventualmente construir una fábrica en Malasia. Las compañías chinas
también invierten en el turismo de la región del Pacífico para satisfacer su
propia y creciente demanda[205].
Pero hay un aspecto en el que China se aparta de manera manifiesta del
patrón neoliberal. China tiene enormes excedentes de mano de obra y en
aras a mantener su estabilidad política y social debe, o bien absorber o bien
reprimir de manera violenta, a esa fuerza de trabajo excedente. Lo primero
sólo puede hacerlo a través de la financiación mediante el endeudamiento
de proyectos infraestructurales y de formación de capital fijo a escala
masiva (la inversión en capital fijo se incrementó en un 25% en 2003). El
peligro anida en una severa crisis de sobreacumulación de capital fijo (en
particular, en el entorno edificado). Existen abundantes signos de un exceso
de capacidad de producción (por ejemplo, en la producción de automóviles
y en la electrónica) y en las inversiones urbanísticas ya se ha producido un
ciclo de auge y caída. Pero todo ello exige que el Estado chino se aparte de
la ortodoxia neoliberal y actúe como un Estado keynesiano. Esto requiere el
mantenimiento de sus controles sobre el capital y el tipo de cambio. Estas
medidas se contradicen con las reglas globales dictadas por el FMI, la OMC y
el Departamento del Tesoro estadounidense. Aunque China está exenta de
estas reglas a tenor de una cláusula transitoria del acuerdo que prevé su
pertenencia a la OMC, no puede permanecer en esta situación por tiempo
indefinido. El fortalecimiento de los controles sobre el flujo de capitales es
una tarea cada día más ardua a medida que el yuan chino se escurre por una
frontera sumamente porosa a través de los canales de Hong Kong y de
Taiwán hacia la economía global. Resulta oportuno recordar que una de las
circunstancias que sirvieron para desarticular todo el sistema keynesiano
posbélico de Bretton Woods[206] fue la formación del mercado del eurodólar
cuando los dólares estadounidenses burlaron la disciplina de sus propias
autoridades monetarias[207]. Los chinos van en camino de reproducir aquel
problema, y su keynesianismo se encuentra correlativamente amenazado.
El sistema bancario chino, que se halla en el centro de la actual
estrategia de financiación mediante el déficit, no puede soportar en estos
momentos su integración en el sistema financiero global porque al menos la
mitad de su cartera de créditos es de dudoso cobro. Por fortuna, los chinos
mantienen un superávit en su balanza de pagos que pueden destinar, tal y
como ya vimos, a limpiar los borrones de las cuentas de sus bancos. Pero
esto que sirve para tapar un agujero permite que se abra otro, porque la
única forma de permitírselo es acumulando el mencionado superávit de su
balanza de pagos con Estados Unidos. Emerge, pues, una peculiar simbiosis
en la que China, junto a Japón, Taiwán y otros bancos centrales asiáticos,
financia la deuda estadounidense de tal forma que Estados Unidos puede
consumir a su vez, y de manera conveniente, la producción excedente de
estos países. Pero esto torna a Estados Unidos vulnerable ante los caprichos
de los bancos centrales asiáticos. De manera inversa, el dinamismo
económico chino es rehén de la política presupuestaria y monetaria de
Estados Unidos. Actualmente, Estados Unidos también se está comportando
de acuerdo con la fórmula keynesiana puesto que está contrayendo un
enorme déficit federal y registra un elevado nivel de endeudamiento por
parte de los consumidores, si bien no deja de insistir en que todos los demás
países deben acatar las reglas neoliberales. Es una posición insostenible y
ahora hay muchas voces influyentes en Estados Unidos que sugieren que el
país se encamina sin remisión hacia el huracán de una crisis financiera de
gran envergadura[208].
Respecto a China, esto implicaría sustituir una política de absorción de
mano de obra por una abierta política de represión. El hecho de si esta
táctica puede salir victoriosa, como ocurrió en la Plaza de Tiananmen en
1989, dependerá de manera crucial del equilibrio de fuerzas existente entre
las clases sociales del país y de cómo se posicione el Partido Comunista
frente a esas fuerzas[209].

¿Hacia una reconstitución del poder de clase?

El 9 de junio de 2004, un tal señor Wang se gastó 900 000 dólares en


comprar un sedan Maybech de ultralujo de Daimler Chrysler en Pekín.
Evidentemente, el mercado de automóviles de lujo de esta clase es bastante
pujante. La conclusión es que «unas pocas familias chinas han acumulado
una extraordinaria riqueza»[210]. Si descendemos un peldaño en el estatus de
la jerarquía automovilística, China es al día de hoy el mayor mercado del
mundo de vehículos Mercedes-Benz. Alguien, en algún lugar y de alguna
forma se está haciendo muy rico.
Aunque China pueda ser una de las economías del mundo con un ritmo
de crecimiento más acelerado, también se ha convertido en una de las
sociedades más desiguales (Ver Figura 5.2). Los beneficios del crecimiento
«han sido otorgados principalmente a los residentes de las ciudades así
como a los oficiales del gobierno y del partido. En los últimos cinco años,
la brecha en la diferencia de ingresos entre la población urbana rica y la
población rural pobre se ha ensanchado de manera tan acusada que en la
actualidad algunos estudios encuentran más desfavorable la brecha social de
China que la de las naciones más pobres de África»[211]. La desigualdad
social nunca se vio erradicada durante la era revolucionaria. La
diferenciación entre la ciudad y el campo fue incluso plasmada en la ley.
Sin embargo, escribe Wang, con la reforma «esta desigualdad estructural
rápidamente se transformó en una acusada disparidad en la renta entre
diferentes clases, estratos sociales y regiones que rápidamente condujo a
una polarización social»[212]. Los procedimientos de cuantificación formal
de la desigualdad social, como el coeficiente de Gini, confirman que en tan
sólo veinte años China ha recorrido un camino a lo largo del cual ha dejado
de ser uno de los países más pobres y una de las sociedades más igualitarias
del mundo, para pasar a padecer una desigualdad crónica. La brecha entre
los ingresos en las zonas rurales y urbanas (osificada por el sistema de
permisos de residencia) se ha incrementado de manera acelerada. Si bien
los acomodados residentes de las ciudades conducen coches BMW, los
agricultores del medio rural son afortunados si comen carne una vez a la
semana. Todavía más contundente ha sido la creciente desigualdad tanto
dentro del sector rural como del urbano. Las desigualdades regionales
también se han profundizado y aunque algunas de las ciudades situadas en
las zonas costeras se han precipitado a la cabeza del progreso, el interior del
país así como el «cinturón oxidado» de la región septentrional o bien no han
conseguido despegar o bien se han ido a pique de manera estrepitosa[213].
Figura 5.2: Incremento de la desigualdad de la renta en China: rural (arriba)
y urbana (abajo). 1985-2000.
Fuente: X. Wu y J. Perloff, China’s Income Distribution Over Time. Reasons for Rising Inequality,
cit.

El mero incremento de la desigualdad social constituye un indicador


precario de un proceso de reconstitución del poder de clase. La
demostración de esta última cuestión es en gran medida aproximativa y
fruto de la observación y en absoluto segura. Sin embargo, podemos
proceder mediante deducciones atendiendo primero a la situación del sector
más bajo de la pirámide social. «En 1978 en China había 120 millones de
trabajadores. En 2000 eran 270 millones. Si a esta cantidad le añadimos los
70 millones de campesinos que se habían trasladado a las ciudades y que
habían encontrado un trabajo asalariado estable, en la actualidad, la clase
obrera china alcanza aproximadamente los 350 millones de trabajadores».
De esta cifra, «más de 100 millones» trabajan fuera del sector público
estatal y oficialmente se clasifican como trabajadores asalariados[214]. Un
gran porcentaje de los trabajadores empleados en lo que queda del sector
público (tanto en empresas estatales como en empresas municipales), tienen
también, en efecto, el estatus de trabajadores asalariados. Por lo tanto, en
este país se ha producido un proceso de proletarización en masa marcado
por las etapas de la privatización llevada a cabo y por los pasos dados para
imponer una mayor flexibilidad en el mercado de trabajo (que incluye que
las empresas públicas se despojen de sus obligaciones en materia de
pensiones y de protección social). Asimismo, el gobierno ha «destripado»
los servicios. De acuerdo con China Labor Watch, «los gobiernos rurales
prácticamente no reciben apoyo de las áreas ricas del país. Imponen
impuestos a los agricultores locales y cobran tasas para financiar las
escuelas, los hospitales, la construcción de carreteras e incluso la policía».
La pobreza se está agudizando entre los que se quedan atrás, a pesar de que
el crecimiento procede de manera acelerada a una tasa del 9%. Entre 1998 y
2002, 27 millones de trabajadores fueron apartados de las empresas
públicas cuando el número de estas se redujo de 262 000 a 159 000. Resulta
especialmente sorprendente el hecho que la pérdida neta de empleos en la
industria manufacturera en China durante aproximadamente la última
década haya rondado los 15 millones[215]. En tanto que el neoliberalismo
requiere una fuerza de trabajo abundante, fácilmente explotable y
relativamente impotente, no cabe duda de que China puede ser considerada
como una economía neoliberal, aunque «con características chinas».
La acumulación de riqueza al otro extremo de la escala social es una
historia más complicada. Su origen en parte parece encontrarse en una
combinación de corrupción, tretas ocultas y una clara apropiación de los
derechos y de los activos que antes fueron de propiedad común. Los
gobiernos locales transfirieron participaciones de las empresas a los
gestores de las mismas como parte de su estrategia de reestructuración y, de
este modo, muchos directivos «se han convertido a través de medios
diversos, de un día para otro, en poseedores de acciones por valor de
decenas de millones de yuanes, formando un nuevo grupo de magnates».
Cuando las empresas públicas se reestructuraron convirtiéndose en
sociedades por acciones «los directivos recibieron una porción significativa
de las acciones» y, en ocasiones, se les concedió un salario anual cien veces
más elevado que el salario medio de sus trabajadores[216]. Los directivos de
la Tsingtao Brewery, que se convirtió en una compañía privada en 1993, no
sólo han llegado a poseer un amplio porcentaje de las acciones de un
lucrativo negocio (que está aumentado su presencia nacional y su poder
oligopolista a través de la adquisición de muchas fábricas locales de
elaboración de cerveza) sino que también se asignan a sí mismos
magníficos salarios como gerentes de la compañía. Las relaciones
privilegiadas entre los miembros del partido, los funcionarios del gobierno
y los empresarios privados con los bancos también han desempeñado un
importante papel. Los gestores de las empresas recién privatizadas que han
recibido un cierto número de acciones pueden solicitar créditos a los bancos
(o a los amigos) para comprar las acciones restantes a los trabajadores (en
ocasiones de manera coercitiva utilizando, por ejemplo, la amenaza de
efectuar despidos). Dado que un gran número de préstamos bancarios están
en situación de impago, los nuevos propietarios o bien exprimen las
compañías hasta el límite (la adquisición de empresas en crisis para vender
sus bienes está a la orden del día) o bien encuentran formas para no abonar
sus deudas sin declararse en quiebra (la ley que regula el estado de quiebra
tiene un deficiente desarrollo). Cuando el Estado toma 45 000 millones de
dólares ganados a costa del sudor de una fuerza de trabajo fuertemente
explotada y los utiliza para rescatar a los bancos cubriendo sus créditos
fallidos, entonces, bien puede ser que estemos ante una redistribución de la
riqueza desde las capas más bajas de la sociedad hacia las más altas y no
ante una cancelación de malas inversiones. Los directivos sin escrúpulos
pueden adquirir el control de las nuevas corporaciones recién privatizadas
así como sus activos de manera facilísima y utilizarlas para su propio
enriquecimiento personal.
El capital autóctono también está desempeñando un papel cada vez más
relevante en la creación de riqueza. Tras haberse beneficiado de más de
veinte años de transferencia de tecnología a través de empresas conjuntas,
dichosas por su acceso a un profuso caudal de trabajo cualificado y de
habilidades gerenciales y, sobre todo, cabalgando los «espíritus animales»
de la ambición empresarial, muchas firmas chinas se han aupado ahora a
una posición que les permite competir con rivales extranjeros no sólo en el
mercado doméstico sino también en la arena internacional. Y esto ya no
ocurre únicamente en los sectores de bajo valor añadido. El actual octavo
fabricante de ordenadores del mundo, por ejemplo, es una compañía creada
en 1984 por un grupo de científicos chinos patrocinados con fondos del
gobierno. A finales de la década de 1990, dejó de ser un mero distribuidor
para convertirse en fabricante y hacerse con la mayor cuota del mercado
chino de ordenadores. Lenovo, tal y como ahora se conoce a esta sociedad,
se encuentra en estos momentos atrapada en una feroz guerra de
competencia contra grandes actores de la industria y acaba de adquirir la
línea de ordenadores personales de IBM para obtener un mejor acceso al
mercado global. El acuerdo (que, dicho sea de paso, amenaza la posición de
Taiwán en el negocio de los ordenadores) capacita a IBM para tender un
puente más sólido con el mercado del software chino a la vez que crea una
gran compañía dotada de proyección global con base en este país dedicada
a la industria informática[217]. Aunque el Estado pueda poseer acciones en
compañías como Lenovo, su autonomía gerencial garantiza un sistema de
propiedad y de gratificación que permite crecientes concentraciones de
riqueza en manos de sus directores generales en los mismos términos que
pueden encontrarse en cualquier otra parte del mundo.
La promoción inmobiliaria, en particular dentro y alrededor de las
grandes ciudades y en las zonas de desarrollo dedicadas a la exportación,
parece ser otro camino privilegiado hacia la acumulación de riqueza en unas
pocas manos. Como los agricultores no poseían títulos de propiedad sobre
la tierra no fue difícil despojarles de la misma para destinarla a usos
urbanos lucrativos, lo que les privó de la base rural que les servía de medio
de subsistencia y les obligó a abandonar las tierras y a integrarse en el
mercado de trabajo. La compensación ofrecida a los agricultores es
normalmente una pequeña fracción del valor de la tierra que posteriormente
los funcionarios del gobierno transfieren a los promotores. Es posible que
aproximadamente 70 millones de agricultores hayan perdido sus tierras de
este modo durante la pasada década. Los líderes de las comunas, por
ejemplo, con frecuencia afirmaban poseer de facto derechos de propiedad
sobre la tierra comunal y sobre los activos en las negociaciones con los
inversores extranjeros o con los promotores. Posteriormente obtuvieron la
confirmación de que estos derechos les pertenecían en tanto que individuos,
lo que en efecto implicaba proceder a una delimitación de los bienes
comunales que sólo beneficiaba a unos pocos. En la confusión de la
transición, escribe Wang, una parte significativa del patrimonio nacional fue
«legal» e «ilegalmente» transferida en condiciones que suponían una
ventaja económica personal para una pequeña minoría[218]. La especulación
con la tierra y en el mercado inmobiliario, particularmente en las áreas
urbanas, se extendió incluso en ausencia de sistemas claros para establecer
derechos de propiedad. La pérdida de tierra cultivable se convirtió en un
problema de tal envergadura que en 1998 el gobierno central tuvo que
imponer una moratoria a las conversiones hasta que pudiera implementarse
una planificación más racional del uso de la tierra. Pero el daño, muy
considerable, ya se había hecho. Los terrenos de valor ya habían sido
concentrados y los promotores (haciendo uso de relaciones privilegiadas
con los bancos) se habían puesto manos a la obra, acumulando una inmensa
riqueza en unas pocas manos. Incluso a pequeña escala, se hizo mucho más
dinero invirtiendo en el mercado inmobiliario que en empresas de
producción[219]. El hecho de que el coche valorado en 900 000 dólares fuera
adquirido por una persona que había ganado ese dinero con bienes
inmuebles, es significativo.
La especulación sobre el valor de los activos, a menudo utilizando
créditos otorgados en condiciones favorables, también ha intervenido en
este proceso. Ha sido particularmente relevante en cuanto a los bienes
inmuebles urbanos situados dentro del perímetro y alrededor de algunas
grandes ciudades como Pekín, Shangai, Shenzhen, o Dongguang. Las
ganancias obtenidas, que durante ciertos breves períodos de la burbuja
fueron enormes, han sido acaparadas generalmente por los especuladores
mientras que las pérdidas habidas durante las crisis han sido en gran medida
soportadas por los bancos. En todos estos ámbitos, incluido la zona oculta
de la corrupción que resulta muy difícil de medir, la apropiación de activos
que con frecuencia se ha llevado a cabo por líderes destacados del partido o
por cargos oficiales del gobierno ha transformado a los agentes del poder
estatal en hombres de negocios independientes y extremadamente ricos
perfectamente capaces, si es necesario, de proteger su recién encontrada
riqueza sacándola del país a través de Hong Kong.
En los principales centros urbanos ha emergido una vibrante cultura de
consumo a la que la creciente desigualdad social añade sus particulares
rasgos, como las cerradas y protegidas comunidades de costosas viviendas
reservadas a los ricos (con nombres como Beverly Hills), las espectaculares
y privilegiadas zonas de consumo, de restaurantes y de clubes nocturnos,
los centros comerciales y de ocio, y los parques temáticos que podemos
encontrar en muchas ciudades. La cultura posmoderna ha llegado a
Shanghai, y a lo grande. Asimismo, podemos encontrar todos los
complementos de la occidentalización, desde las transformaciones en las
relaciones sociales que hacen que las jóvenes comercien constantemente
con su sexualidad y con su belleza, hasta las instituciones culturales (desde
el concurso de belleza de Miss Mundo hasta las exposiciones de arte de
gran éxito) conformadas en un grado pasmoso para crear versiones
exageradas, hasta el punto de la parodia, de Nueva York, Londres, o París.
Lo que actualmente se denomina «el cuenco de arroz de la juventud» asume
su reinado mientras todo el mundo especula con los deseos del resto en la
lucha darwiniana por la posición social. Las consecuencias sobre las
relaciones de género de este proceso son notables. «En las ciudades
costeras, las mujeres encuentran dos extremos, por un lado, las mayores
oportunidades de ganar niveles de renta sin precedentes y de obtener
empleos profesionales y, por otro, salarios comparativamente bajos en el
sector manufacturero o empleos en el sector de los servicios de bajo estatus
en restaurantes, el servicio doméstico y la prostitución»[220].
Otra fuente para amasar riqueza reside en la superexplotación de la
fuerza de trabajo, en particular de las mujeres jóvenes que emigran de las
áreas rurales. Los niveles salariales de China son extremadamente bajos, y
las condiciones laborales se encuentran hasta tal punto desreguladas y son
tan despóticas y explotadoras que hacen palidecer las descripciones que
hace mucho tiempo atrás Marx recogió en su devastador análisis de las
condiciones del trabajo fabril doméstico existentes en Gran Bretaña en las
primeras etapas de la Revolución Industrial. Sin embargo, todavía más
indigno resulta el impago de los salarios y el incumplimiento de las
obligaciones con los pensionistas. En palabras de Lee:

En Shenyang, situada en el corazón de la zona de la industria pesada y


de producción en masa del nordeste del país, entre 1996 y 2001, el
23,1% de los trabajadores empleados, no recibieron sus salarios en el
plazo convenido y el 26,4% de los jubilados, recibieron sus pensiones
con retraso. A escala nacional, el número total de trabajadores a los
que se les debían salarios se incrementó de 2,6 millones en 1993 a 14
millones en 2000. Este problema no se circunscribe a los viejos y
arruinados centros industriales respecto a sus trabajadores despedidos
o jubilados. Los informes elaborados por el gobierno mostraban que el
72,5% de los casi 100 millones de trabajadores inmigrantes del país,
no había recibido la totalidad de los salarios devengados. La suma
total de los salarios debidos se estimaba que rondaba los 12 000
millones de dólares (alrededor de 100 000 millones de yuanes). El
70% de esta deuda había sido contraída en el sector de la
construcción[221].

Gran parte del capital acumulado por las firmas privadas y extranjeras
proviene de trabajo no pagado. Esta situación ha generado la emergencia de
fuertes protestas obreras en muchas áreas del país. Aunque los trabajadores
chinos parecen preparados para aceptar largas jornadas laborales, pésimas
condiciones de trabajo y bajos salarios como parte del precio de la
modernización y del crecimiento económico, el impago de salarios y de las
pensiones resulta algo intolerable. Las demandas y las quejas formuladas
ante el gobierno central referidas a esta cuestión se han multiplicado en los
últimos años y la falta de una respuesta adecuada por parte del gobierno ha
conducido a la acción directa[222]. En 2002, en la ciudad nororiental de
Liaoyang, más de 30 000 trabajadores de alrededor de 20 fábricas distintas
mantuvieron varios días de protestas en lo que fue «la mayor manifestación
de este tipo desde el aplastamiento de Tiananmen». En Jiamasu, en la parte
norte del país, donde cerca del 80% de la población de la ciudad estaba
desempleada y vivía con menos de 20 dólares a la semana a raíz del cierre
repentino de una fábrica en la que trabajaban 14 000 personas, estalló una
campaña de acción directa después de meses de demandas incontestadas.
«Ciertos días los jubilados bloqueaban todo el tráfico de la principal
autopista de la ciudad ocupando en filas la calzada. Otros días, los miles de
trabajadores textiles despedidos se sentaban en las vías del tren causando
interrupciones en el servicio. A finales de diciembre, los trabajadores de una
arruinada fábrica de pasta se tumbaron como si fueran soldados
inmovilizados en la única pista de Jiamasu, impidiendo el aterrizaje de los
aviones»[223]. Las cifras policiales revelan que «en estas protestas
participaron cerca de 3 millones de personas» durante 2003. Hasta épocas
recientes, este tipo de conflictos ha sido manejado de manera satisfactoria
manteniéndolos aislados, fragmentados, desorganizados y, por supuesto,
ocultos a la opinión pública. Pero estudios recientes indican que están
irrumpiendo conflictos más difundidos. En la provincia de Anhui, por
ejemplo, «alrededor de 10 000 trabajadores textiles y jubilados protestaron
recientemente contra la disminución de las pensiones, así como por la falta
de asistencia médica y de indemnizaciones para las personas que han
sufrido algún tipo de daño». En Dongguang, Stella Internacional Ltd., una
empresa fabricante de zapatos de propiedad taiwanesa en la que trabajan
42 000 personas, «afrontó huelgas durante esta primavera que acabaron
siendo violentas. En cierto momento, más de 500 trabajadores enfurecidos
saquearon las instalaciones de la compañía e hirieron gravemente a un
ejecutivo de la misma, causando la entrada de la policía en la fábrica y la
detención de los cabecillas»[224].
Protestas de todo tipo, «muchas de ellas violentas, han estallado con
progresiva frecuencia por todo el país en los últimos meses». Igualmente,
también se han registrado disturbios y protestas por toda China motivadas
por las confiscaciones de tierras que se han producido en las áreas rurales.
Resulta difícil predecir si esto dará lugar o no a un movimiento de masas.
Pero es indudable que el partido teme la potencial ruptura del orden
establecido y está movilizando tanto a las fuerzas de su propia organización
como a las policiales para anticiparse a la propagación de cualquier
movimiento social amplio que pueda emerger. Las conclusiones de Lee
respecto a la naturaleza de la subjetividad política emergente resultan
interesantes. En opinión de esta autora, tanto los trabajadores del sector
público como los inmigrantes, rechazan el término de clase obrera y niegan
«la clase como marco discursivo para constituir su experiencia colectiva».
Tampoco se ven a sí mismos como «el sujeto contractual, jurídico y
abstracto del trabajo que normalmente se asume en las teorías de la
modernidad capitalista», como portador de derechos legales. De manera
característica apelan, en cambio, a la noción maoísta tradicional de las
masas constituidas por los «trabajadores, el campesinado, la intelligentsia y
la burguesía nacional cuyos intereses eran armoniosos entre sí y con el
Estado». De este modo, los trabajadores «pueden formular reivindicaciones
morales a favor de sistemas de protección pública, reforzando el poder de
dirección y la responsabilidad del Estado respecto a aquellos a los que
gobierna»[225]. Por lo tanto, el objetivo de todo movimiento de masas sería
hacer que el Estado esté a la altura de su calidad de mando revolucionario
contra los capitalistas extranjeros, los intereses privados y las autoridades
locales.
El hecho de si el Estado chino es actualmente capaz o está siquiera
dispuesto a ponerse a la altura de tales reivindicaciones morales y, de este
modo, conservar su legitimidad no está claro en absoluto. Al formular su
defensa de un trabajador enjuiciado por encabezar una huelga violenta en
una fábrica, un reconocido abogado chino observó que antes de la
Revolución, «el Partido Comunista estaba del lado de los trabajadores en su
lucha contra la explotación capitalista, pero que hoy en día lucha codo con
codo con los desaprensivos capitalistas en su batalla contra los
trabajadores»[226]. Si bien hay varios aspectos de la política del Partido
Comunista que fueron pensados para frustrar la formación de una clase
capitalista, también es cierto que el partido ha aceptado la masiva
proletarización de la fuerza de trabajo china, la disolución del «cuenco de
arroz garantizado», la mutilación de las protecciones sociales, la imposición
de tarifas a los usuarios de servicios esenciales, la creación de un régimen
flexible en el mercado de trabajo y la privatización de activos anteriormente
poseídos en comunidad. Ha creado un sistema social en el que las empresas
capitalistas pueden constituirse y funcionar sin restricciones. De este modo,
ha conseguido generar un acelerado crecimiento y ha aliviado la pobreza de
muchos, pero también ha aceptado grandes concentraciones de riqueza en
las capas más altas de la sociedad. Además, la pertenencia al partido de
empresarios ha ido en aumento (del 13,1% en 1993 al 19,8% en 2000). Sin
embargo, resulta difícil especificar si esto refleja un desembarco de
empresarios capitalistas o bien el hecho de que muchos miembros del
partido han utilizado sus privilegios para hacerse capitalistas a través de
dudosos procedimientos. En todo caso, es un indicio de la progresiva
integración entre la elite del partido y la elite empresarial de formas que
resultan muy habituales en Estados Unidos. Por otro lado, los vínculos entre
los trabajadores y la organización del partido se han tensado[227]. Queda por
ver si esta transformación interna de la estructura del partido consolidará la
ascensión del mismo tipo de elite tecnócrata que en México llevó al PRI
hacia la neoliberalización absoluta. Tampoco puede descartarse, sin
embargo, que las masas pretendan conseguir la restauración de su única
forma propia de poder de clase. Actualmente el partido se ha alineado
contra ellas y se encuentra claramente dispuesto a utilizar su monopolio del
uso de la violencia para sofocar la disidencia, expulsar a los campesinos de
las tierras y suprimir las crecientes reivindicaciones no sólo de
democratización del país sino de una mínima justicia redistributiva. En
definitiva, no cabe la menor duda de que China se ha desplazado hacia la
neoliberalización y la reconstitución del poder de clase aunque con
«características distintivamente chinas». Sin embargo, el autoritarismo, la
apelación al nacionalismo y la reaparición de ciertas trazas de imperialismo,
sugieren que China puede estar deslizándose, aunque desde una posición
muy diferente, hacia una confluencia con la corriente neoconservadora que
ahora recorre con fuerza Estados Unidos. Esto no es muy halagüeño de cara
el futuro.
6
El neoliberalismo a juicio

Los dos motores económicos que han impulsado al mundo a través de la


recesión global que se afianzó después de 2001, han sido Estados Unidos y
China. Lo irónico es que ambos países han estado actuando como Estados
keynesianos en un mundo supuestamente gobernado por reglas neoliberales.
Estados Unidos ha recurrido de manera desmedida a la financiación
mediante el déficit presupuestario de su militarismo y de su consumismo,
mientras China ha financiado mediante el endeudamiento con créditos
bancarios de dudoso cobro enormes inversiones en infraestructuras y en
capital fijo. Los neoliberales convencidos sostendrán, sin duda, que la
recesión es signo de una neoliberalización insuficiente o imperfecta, y
seguramente podrían aducir como prueba de sus afirmaciones las
operaciones del FMI y las actividades del ejército de mercenarios apostado
en Washington al servicio de los grupos de presión que de manera regular
distorsiona el proceso de elaboración de los presupuestos generales de
Estados Unidos de acuerdo con sus fines particulares. Pero estas son
imposibles de verificar y, al formularlas, se limitan a seguir los pasos de una
larga estirpe de eminentes economistas teóricos que sostienen que para que
todo vaya bien en el mundo bastaría con que todas las personas se
comportasen de acuerdo con las indicaciones de sus libros de texto[228].
Pero existe una interpretación más siniestra de esta paradoja. Si dejamos
a un lado, como creo que debemos hacer, la afirmación de que la
neoliberalización no es más que un ejemplo de una teoría errónea que ha
perdido la razón (con todos los respetos hacia el economista Stiglitz) o bien
un caso de una búsqueda sin sentido de una falsa utopía (con el debido
respeto hacia el conservador y experto en filosofía política John Gray)[229],
sólo nos queda constatar una tensión entre el mantenimiento del
capitalismo, por un lado, y la restauración/reconstitución del poder de la
clase dirigente, por otro. Si nos encontramos en un momento de absoluta
contradicción entre ambos objetivos, entonces, no cabe duda de hacia qué
lado se inclina la actual Administración de Bush, dada su ávida búsqueda de
recortes fiscales a favor de las corporaciones y de los ricos. Por otro lado,
una crisis financiera global provocada en parte por su propia política
económica temeraria, permitiría al gobierno de Estados Unidos librarse
definitivamente de toda obligación de costear el bienestar de sus ciudadanos
salvo en lo que respecta al incremento del poder militar y policial, que
podría ser necesario para sofocar el malestar social y para imponer la
disciplina a escala global. Es posible que después de haber escuchado con
atención las advertencias de figuras como Paul Volcker acerca de la elevada
probabilidad de una grave crisis financiera en los próximos cinco años,
prevalezcan algunas voces más sensatas dentro de la clase capitalista[230].
Pero esto supondrá desmantelar algunos de los privilegios y del poder que
han estado acumulándose durante los últimos treinta años en las capas más
altas de la clase capitalista. Las fases anteriores de la historia del
capitalismo —pensemos, por ejemplo, en 1873 y en la década de 1920— en
las que se han planteado disyuntivas igualmente duras, no invitan al
optimismo. Las clases superiores, insistiendo en la naturaleza sacrosanta de
sus derechos de propiedad, prefirieron entonces destruir el sistema antes
que entregar parte alguna de sus privilegios o de su poder. Comportarse de
este modo no implica el descuido de sus propios intereses, ya que si se
colocan en la posición acertada, como los buenos abogados en las quiebras,
pueden beneficiarse del hundimiento aunque el resto de nosotros se vea
indefectiblemente arrastrado por la corriente. Es posible que alguno de ellos
también sea presa del diluvio y acabe arrojándose por las ventanas de Wall
Street, pero eso no es lo habitual. Lo único a lo que temen es a los
movimientos políticos que les amenazan con la expropiación o con la
violencia revolucionaria. Aunque alberguen esperanzas de que el sofisticado
aparato militar que ahora poseen (gracias al complejo de la industria
militar) protegerá su riqueza y su poder, el fracaso de este mismo aparato en
la empresa de pacificar fácilmente a Iraq sobre el terreno debería darles qué
pensar. Pero las clases dominantes raramente, o nunca, entregan de manera
voluntaria parte de su poder y, en mi opinión, no hay motivos para pensar
que lo vayan a hacer ahora. Así pues, nos encontramos ante la paradoja de
que un fuerte movimiento socialdemócrata y obrero ocupa una posición
mejor para redimir al capitalismo que su propio poder de clase capitalista.
Si bien es posible que esta conclusión sea calificada de
contrarrevolucionaria por parte de algunos miembros de la izquierda
radical, ella también pone de relieve una fuerte dosis de autoprotección
porque es la gente común y corriente la que sufre, pasa hambre e incluso
muere en el curso de las crisis capitalistas (pensemos el caso de Indonesia o
de Argentina) y no los miembros de las clases altas. Si la política preferida
de las elites dominantes es après moi le déluge[231], no hay que olvidar que
el diluvio se traga sobre todo a los impotentes y a los desprevenidos
mientras que las elites tienen bien preparada su arca en la que, al menos por
el momento, pueden sobrevivir bastante bien.

Hazañas neoliberales

Las primeras palabras de este capítulo tienen un carácter especulativo. Pero


podemos hacer un útil análisis de los antecedentes histórico-geográficos de
la neoliberalización para verificar su poder como panacea potencial para
todos los males político-económicos que actualmente nos amenazan. ¿Hasta
qué grado, pues, ha logrado la neoliberalización estimular la acumulación
de capital? Su actual expediente resulta cuanto menos deplorable.
Las tasas de crecimiento global agregadas fueron del 3,5%
aproximadamente durante la década de 1960, y durante la turbulenta década
de 1970 tan sólo cayeron al 2,4%. Pero las tasas de crecimiento posteriores,
del 1,4 y del 1,1% de las décadas de 1980 y de 1990 respectivamente (y una
tasa que apenas roza el 1% desde 2000) indican que la neoliberalización ha
sido un rotundo fracaso para la estimulación del crecimiento en todo el
mundo (Ver Figura 6.1[232]). En algunos casos, como en los territorios de la
antigua Unión Soviética y en aquellos países de Europa central que se
sometieron a la «terapia de choque» neoliberal, se han producido pérdidas
catastróficas. Durante la década de 1990, la renta per cápita en Rusia
descendió a una tasa del 3,5% anual. Una gran parte de la población se vio
sumida en la pobreza y como resultado la expectativa de vida en los varones
descendió 5 años. La experiencia ucraniana fue similar. Únicamente
Polonia, que desobedeció las recomendaciones del FMI, mostró una
apreciable mejoría. En gran parte de América Latina, la neoliberalización
produjo o bien el estancamiento (en la «década perdida» de 1980) o bien
picos de crecimiento seguidos de derrumbes económicos (como en
Argentina).
Figura 6.1: Tasas de crecimiento global, anuales y por décadas, 1960-2003.
Fuente: World Commission on the Social Dimension of Globalization, A Fair Globalization.
Creating Opportunities for All, cit.

Y en África no ha hecho nada en absoluto para generar cambios positivos.


Únicamente en el este y el sureste de Asia, y ahora hasta cierto punto en la
India, la neoliberalización ha estado ligada a cierta trayectoria positiva de
crecimiento, y en estos lugares los no muy neoliberales Estados
desarrollistas desempeñaron un papel muy relevante. El contraste entre el
crecimiento de China (casi un 10% anual) y el declive ruso (con una tasa
negativa del 3,5% anual) es contundente. El empleo informal se ha
acrecentado por todo el planeta (según las estimaciones en América Latina
creció del 29% de la población activa en la esfera económica en la década
de 1980, al 40% en la de 1990) y prácticamente todos los indicadores
globales de los niveles de salud, la expectativa de vida, la mortalidad
infantil y otros aspectos relacionados con la calidad de vida, arrojan
pérdidas en vez de progresos en el bienestar desde la década de 1960. Sin
embargo, el porcentaje de la población mundial que vive en la pobreza ha
caído, pero esto se debe casi enteramente a las mejoras habidas únicamente
en India y en China[233]. La reducción y el control de la inflación es el único
éxito sistemático que la neoliberalización puede atribuirse.
Las comparaciones son siempre odiosas, por supuesto, pero más aún
cuando nos referimos a la neoliberalización. La neoliberalización
restringida de Suecia, por ejemplo, ha logrado resultados mucho mejores
que la neoliberalización persistente del Reino Unido. La renta per cápita
sueca es más elevada, la inflación es menor, la situación de su cuenta
corriente con el resto del mundo es mejor y todos los índices acerca de su
posición competitiva y de su clima para los negocios arrojan porcentajes
superiores. Los índices de calidad de vida son más altos. Suecia es el tercer
país del mundo en cuanto a expectativa de vida, frente al Reino Unido que
ocupa el puesto 29. El índice de pobreza es del 6,3% en Suecia frente al
15,7% en el Reino Unido, y si bien el 10% más rico de la población sueca
gana rentas 6,2 veces más altas que el 10% más pobre de la sociedad, en el
Reino Unido esta cifra es del 13,6. El analfabetismo es menor en Suecia y
la movilidad social es mayor[234].
Si este tipo de datos se divulgaran más, seguramente se apagarían los
elogios de la neoliberalización y su forma de globalización característica.
¿Por qué, entonces, son tantos los convencidos de que la neoliberalización a
través de la globalización es la «única alternativa» y de que haya tenido
tantos éxitos? Sobresalen dos razones. En primer lugar, la volatilidad del
desarrollo geográfico desigual se ha acelerado, permitiendo a ciertos
territorios avanzar de manera espectacular (al menos durante un tiempo) a
costa de otros. Si, por ejemplo, la década de 1980 perteneció en gran
medida a Japón, a los «tigres» asiáticos y a Alemania occidental, y si la de
1990 perteneció a Estados Unidos y al Reino Unido, entonces, la idea de
que el «éxito» iba a darse en alguna parte oscurecía de alguna manera el
hecho de que en términos generales la neoliberalización estaba siendo
incapaz de estimular el crecimiento y de mejorar el bienestar. En segundo
lugar, la neoliberalización, en tanto que proceso y no como teoría, ha tenido
un éxito arrollador desde el punto de vista de las clases altas. O bien ha
servido para restituir el poder de clase a las clases dominantes (como en
Estados Unidos y hasta cierto punto en Gran Bretaña; véase Figura 1.3) o
bien ha creado las condiciones para la formación de una clase capitalista
(como en China, Rusia, India y otros lugares). Gracias al dominio de los
medios de comunicación por los intereses de las clases altas, pudo
propagarse el mito de que los Estados fracasaban desde el punto de vista
económico porque no eran competitivos (creando, por lo tanto, una
demanda de reformas todavía más neoliberales). El incremento de la
desigualdad social dentro de un territorio era interpretado como algo
necesario para estimular el riesgo y la innovación empresariales que
propiciaban el poder competitivo e impulsaban el crecimiento. Si las
condiciones de vida entre las clases más bajas de la sociedad se
deterioraban, esto se debía a su incapacidad, en general debida a razones
personales y culturales, para aumentar su capital humano (a través de la
dedicación a la educación, a la adquisición de una ética protestante del
trabajo y la sumisión a la flexibilidad y a la disciplina laborales, etc.). En
definitiva, los problemas concretos emergen por la falta de fuerza
competitiva o por fracasos personales, culturales y políticos. En un mundo
darwiniano neoliberal, según esta línea de razonamiento, únicamente los
más aptos sobreviven, o deberían sobrevivir.
Por supuesto, bajo el paraguas de la neoliberalización se han producido
una serie de cambios espectaculares en las materias consideradas esenciales
para el funcionamiento del sistema y esto le ha conferido una apariencia de
increíble dinamismo. La creciente importancia de las finanzas y de los
servicios financieros ha venido acompañada de un destacable cambio en los
criterios de remuneración de las corporaciones financieras (Ver Figura 6.2),
así como también de una tendencia dentro de las grandes corporaciones
(como General Motors) a integrar las dos funciones. El empleo en estos
sectores ha experimentado un destacado auge. Sin embargo, se plantean
serios interrogantes sobre hasta qué punto esto ha sido productivo. Gran
parte del negocio de las finanzas resulta no estar referido más que a
finanzas. La búsqueda de ganancias especulativas es perpetua y para
maximizar el grado hasta el cual pueden obtenerse es posible efectuar todo
tipo de cambios en el poder. Las denominadas ciudades globales de las
finanzas y del poder de mando mundial se han convertido en grandiosas
islas de riqueza y de privilegio, con altísimos rascacielos y millones de
millones de metros cuadrados de espacio de oficinas destinados a albergar
esas operaciones. Las operaciones comerciales que tienen lugar dentro de
estas torres, entre sus propios pisos, crean una inmensa cantidad de riqueza
ficticia. Asimismo, los especulativos mercados inmobiliarios urbanos se han
convertido en los principales motores de la acumulación de capital. Los
perfiles recortados contra el horizonte, que cambian a un ritmo vertiginoso,
de Manhattan, Tokio, Londres, París, Frankfurt, Hong Kong, y actualmente
Shangai son un prodigio que invita a ser contemplado.
Figura 6.2. La hegemonía del capital financiero: valor neto y tasas de
beneficio para las corporaciones financieras y no financieras en Estados
Unidos, 1960-2001.
Fuente. G. Duménil y D. Lévy, Capital Resurgent. Roots of the Neoliberal Revolution. cit.,
pp. 111, 134. Reproducido por cortesía de Harvard University Press.

Al hilo de este proceso, hemos asistido a un extraordinario auge de las


tecnologías de la información. En torno a 1970, la inversión en este campo
se situaba al mismo nivel que el 25% destinado a la producción y a las
infraestructuras físicas respectivamente pero, en 2000, las tecnologías de la
información acaparaban el 45% del total de los gastos en inversión,
mientras los porcentajes dedicados a la inversión en la producción y en las
infraestructuras físicas disminuyeron. Durante la década de 1990, se
consideraba que esto presagiaba el surgimiento de la nueva economía de la
información[235]. En realidad representaba un desafortunado sesgo en la
senda del cambio tecnológico —alejado de la producción y de la
construcción de infraestructuras y acorde con las líneas exigidas por la
financiarización dictada por el mercado— que fue el sello distintivo de la
neoliberalización. La tecnología de la información es la tecnología
privilegiada del neoliberalismo. En efecto, resulta mucho más útil para la
actividad especulativa y para la maximización a corto plazo del número de
contratos celebrados en el mercado que para la mejora de la producción.
Asimismo, resulta interesante el hecho de que las áreas de producción que
más crecieron fueron las emergentes industrias culturales (películas, videos,
video-juegos, música, publicidad y espectáculos artísticos), que utilizaban
la tecnología de la información como base para la innovación y la
comercialización de sus productos. La expectación suscitada alrededor de
estos nuevos sectores sirvió para desviar la atención de la ausencia de
inversión en infraestructuras físicas y sociales básicas. Esto suscitó la
euforia alrededor de la «globalización» y de todo aquello que al parecer
propiciaba por la construcción de una economía global completamente
distinta y totalmente integrada[236].
Sin embargo, el logro más sustantivo de la neoliberalización ha
consistido en redistribuir, no en generar, la riqueza y la renta. En un trabajo
previo, he proporcionado un análisis de los principales mecanismos que han
sido utilizados para conseguir esto, bajo el título de «acumulación por
desposesión»[237]. Esta expresión alude a la continuación y a la
proliferación de prácticas de acumulación que Marx había considerado
como «original» o «primitiva» durante el ascenso del capitalismo. Estas
prácticas comprenden la mercantilización y privatización de la tierra y la
expulsión forzosa de poblaciones campesinas (comparable con los casos
analizados anteriormente de México y China, donde se estima que en los
últimos años han sido desplazados 70 millones de campesinos); la
conversión de formas diversas de derechos de propiedad (comunal,
colectiva, estatal, etc.) en derechos exclusivos de propiedad privada (su
representación más gráfica la encontramos la encontramos en China); la
supresión de los derechos sobre los bienes comunes; la mercantilización de
la fuerza de trabajo y la eliminación de modos de producción y de consumo
alternativos (autóctonos); procesos coloniales, neocoloniales e imperiales
de apropiación de activos (los recursos naturales entre ellos); y, por último,
la usura, el endeudamiento de la nación y, lo que es más devastador, el uso
del sistema de crédito como un medio drástico de acumulación por
desposesión. El Estado, gracias a su monopolio sobre el uso de la violencia
y su definición de la legalidad, desempeña un papel crucial tanto en el
apoyo como en la promoción de estos procesos. Actualmente, a este listado
de mecanismos podemos añadir una batería de técnicas como la extracción
de rentas de las patentes y de los derechos de propiedad intelectual, y la
disminución o la anulación de varias formas de derechos de propiedad
comunes (como las pensiones del Estado, las vacaciones retribuidas, y el
acceso a la educación y a la atención sanitaria) ganados tras generaciones
de lucha de clases. Por ejemplo, la propuesta de privatizar integralmente el
sistema público de pensiones (experimentada por primera vez en Chile bajo
la dictadura) es uno de los preciados objetivos de los republicanos en
Estados Unidos.
La acumulación por desposesión comprende cuatro aspectos
principales:

1. Privatización y mercantilización

La empresarialización, la mercantilización y la privatización de los activos


previamente públicos ha sido un rasgo distintivo del proyecto neoliberal. Su
objetivo prioritario ha consistido en abrir nuevos campos a la acumulación
de capital en dominios hasta el momento considerados más allá de los
límites establecidos para los cálculos de rentabilidad. A lo largo de todo el
mundo capitalista y más allá de sus fronteras (por ejemplo en China), se han
privatizado, en mayor o menor grado, toda clase de servicios públicos (el
suministro de agua, las telecomunicaciones, el transporte), el sistema de
provisión social gestionada por el Estado del bienestar (viviendas sociales,
educación, asistencia sanitaria, el sistema de pensiones), instituciones
públicas (universidades, laboratorios de investigación, prisiones) e, incluso,
todas las competencias relativas a la guerra (como ilustra el «ejército» de
contratistas privados que opera junto a las fuerzas armadas en Iraq). Los
derechos sobre la propiedad intelectual establecidos mediante el
denominado Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad
Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC) incluido en el convenio
constitutivo de la OMC, definen el material genético, el contenido celular de
las semillas y diferentes tipos de bienes como propiedad privada. Las
mismas poblaciones cuyas prácticas han desempeñado un papel decisivo en
el desarrollo de estos materiales genéticos, pueden ser objeto de extracción
de las rentas derivadas de su utilización. La bio-piratería es un fenómeno
galopante y el saqueo de las reservas mundiales de recursos genéticos
prosigue su acelerada marcha en beneficio de un reducido número de
grandes compañías farmacéuticas. De igual modo, el progresivo
agotamiento de los bienes comunes que constituyen nuestro entorno global
(tierra, agua y aire) y la degradación por doquier de los diversos hábitat, que
excluyen toda forma de producción agrícola distinta a la del sistema
intensivo capitalista, se derivan de la mercantilización en masa de la
naturaleza en todas sus formas. La mercantilización (a través del turismo)
de las formas culturales, de la historia y de la creatividad intelectual
conlleva desposesiones íntegras (la industria de la música descuella como
ejemplo de la apropiación y explotación de la cultura y de la creatividad
popular). Al igual que en el pasado, el poder del Estado con frecuencia es
utilizado para forzar tales procesos, incluso contra la voluntad popular. El
desmantelamiento de los marcos normativos elaborados para proteger a la
fuerza de trabajo y evitar la degradación medioambiental, ha entrañado una
pérdida neta de derechos. La cesión al dominio de lo privado de los
derechos de propiedad sobre lo común obtenidos tras largos años de
encarnizada lucha de clases (el derecho a obtener una pensión del Estado, al
bienestar, a la salud pública) ha sido una de las políticas de desposesión más
escandalosas, a menudo llevada a cabo en contra de la clara voluntad
política de la población. Todos estos procesos suponen una transferencia de
activos de las esferas pública y popular a los dominios de lo privado y de
los privilegios de clase[238].

2. Financiarización

La fuerte oleada de financiarización que arrancó después de 1980 ha estado


marcada por un talante especulativo y depredador. La cifra diaria total de
negocios de las transacciones financieras en los mercados internacionales,
que fue de 2300 millones de dólares en 1983, creció hasta llegar a los
130 000 millones en 2001. La cifra de negocio anual, que alcanzó en 2001
40 billones de dólares, puede compararse con los 800 000 millones que se
estima que se requerirían para sostener los flujos del comercio internacional
y de la inversión productiva[239]. La desregulación permitió al sistema
financiero convertirse en uno de los principales centros de actividad
redistributiva a través de la especulación, la depredación, el fraude y el
robo. El sistema financiero capitalista adoptó entre sus principales
instrumentos la promoción comercial de acciones, el sistema de Ponzi[240],
la destrucción de activos estructurados a través de la inflación, la compra de
empresas en crisis para vender sus bienes mediante fusiones y adquisiciones
y la promoción del endeudamiento por parte de las autoridades públicas
hasta niveles que acaban reduciendo a poblaciones enteras, incluso en los
países del capitalismo avanzado, a un estado de servidumbre por deudas,
por no mencionar el fraude empresarial, o la desposesión de activos (como
el asalto a fondos de pensiones que eventualmente se ven diezmados por
crisis de capitales y de empresas) mediante la manipulación del crédito y
del valor de las acciones. En el interior del sistema financiero existen
innumerables formas de sisar[241] valor. En tanto que los corredores de
bolsa obtienen una comisión por cada transacción realizada, pueden
maximizar sus ingresos comerciando de manera frecuente sobre sus cuentas
(una práctica conocida como «churning» [batir]), con independencia de que
estas operaciones añadan o no valor a la cuenta. La alta cifra de negocios en
el mercado de valores puede ser un simple reflejo de este tipo de
operaciones y no de la confianza en el mercado. Tal y como actualmente ha
quedado de manifiesto, el énfasis en el valor de las acciones, que es fruto de
la unión de los intereses de los propietarios y de los gestores del capital a
través de la remuneración de los últimos mediante derechos de opción de
compra sobre las acciones de su propia empresa, ha dado lugar a
manipulaciones en el mercado generadoras de una inmensa riqueza para
unos pocos a costa del sacrificio de muchos. La espectacular caída de Enron
fue emblemática de un proceso general que desposeyó a muchas personas
de su fuente de subsistencia y de su derecho a percibir una pensión. Por otro
lado, también debe mencionarse la incursión especulativa llevada a cabo
mediante los hedge funds y otras instituciones principales del capital
financiero, puesto que han constituido la auténtica punta de lanza de la
acumulación por desposesión a escala global, aunque supuestamente
concediesen el beneficio positivo de «repartir los riesgos»[242].

3. La gestión y la manipulación de la crisis

Más allá de la efervescencia especulativa y a menudo fraudulenta que


caracteriza gran parte de la manipulación financiera neoliberal, nos
encontramos ante un proceso más profundo que implica la difusión de «la
trampa de la deuda» como principal instrumento de la acumulación por
desposesión[243]. La creación, la gestión y la manipulación de la crisis a
escala mundial ha evolucionado hacia el fino arte de la redistribución
deliberada de la riqueza desde los países pobres hacia los ricos.
Anteriormente, documenté el impacto que tuvo en México el incremento de
los tipos de interés decidido por Volcker. A pesar de proclamar su papel
como noble líder en la organización de «operaciones de rescate» para
mantener en funcionamiento la acumulación de capital global, Estados
Unidos dispuso el escenario para el saqueo de la economía mexicana. El
complejo integrado por el Departamento del Tesoro estadounidense, Wall
Street y el FMI, se ha convertido en un experto en el ejercicio por doquier de
esta práctica. En la Reserva Federal, Greenspan desplegó la misma táctica
que Volcker en diversas ocasiones durante la década de 1990. El azote de
las crisis de endeudamiento en países concretos, que no era algo común
durante la década de 1960, se volvió muy frecuente durante las de 1980 y
1990. Prácticamente ningún país en vías de desarrollo permaneció indemne
y, en algunos casos, como en América Latina, tales crisis se hicieron
endémicas. Estas crisis de endeudamiento estuvieron orquestadas,
gestionadas y controladas tanto para racionalizar el sistema como para
efectuar una redistribución de activos. Se calcula que desde 1980 «cerca de
cincuenta planes Marshall (aproximadamente 4,6 billones de dólares) han
sido transferidos desde los pueblos de la periferia a sus acreedores en el
centro». «Qué mundo tan curioso», suspira Stiglitz, «en el que los países
pobres están en efecto subvencionando a los ricos». Por otro lado, lo que los
neoliberales llaman «deflación confiscatoria» no es sino acumulación por
desposesión. R. Wade y F. Veneroso capturan la esencia de este proceso en
su análisis de la crisis asiática de 1997-1998:

Las crisis financieras siempre han originado transferencias de


propiedad y de poder hacia aquellos que mantienen sus propios activos
intactos y que ocupan una posición que les permite crear derechos de
crédito, y la crisis asiática no es una excepción […] No cabe duda de
que las corporaciones occidentales y japonesas son las grandes
ganadoras […] La combinación de devaluaciones masivas, de una
política de liberalización financiera impuesta por el FMI, y una
recuperación promovida por esta misma institución puede incluso
precipitar la mayor transferencia de activos desde los propietarios
domésticos hacia los extranjeros que se haya producido en todo el
mundo en tiempo de paz durante los últimos cincuenta años,
superando con creces las transferencias entre los propietarios
domésticos y los propietarios estadounidenses que tuvieron lugar en
América Latina en la década de 1980, o en México después de 1994.
Resulta inevitable traer a colación una frase atribuida a Andrew
Mellon, que dice: «En la depresión, los activos retornan a sus
legítimos propietarios»[244].

La analogía con la creación deliberada de desempleo para producir


excedente de mano de obra y favorecer así una mayor acumulación, es
exacta. Los activos valiosos dejan de ser utilizados y pierden su valor. Se
quedan en barbecho hasta que los capitalistas con liquidez deciden
infundirles una nueva vida. Sin embargo, el peligro reside en que las crisis
pueden escapar a su control y generalizarse, o bien emerger revueltas contra
el sistema que las ha creado. Una de las funciones primordiales de las
intervenciones estatales y de las instituciones internacionales es controlar
las crisis y las devaluaciones de manera que permitan que se produzca la
acumulación por desposesión pero sin desencadenar un desplome general o
una revuelta popular (como sucedió en Indonesia y en Argentina). El
programa de ajuste estructural administrado por el complejo Wall Street-
Departamento del Tesoro-FMI se preocupa de lo primero mientras que la
tarea del aparato estatal del país que ha sido asaltado (respaldado por la
cobertura militar de las potencias imperiales), es garantizar que no se
produzca lo segundo. Pero las señales de una revuelta popular están por
todas partes, tal y como ilustraron el levantamiento zapatista en México, las
innumerables insurrecciones contra el FMI, y el denominado movimiento
«antiglobalización» que se fue curtiendo en las revueltas de Seattle y
Génova, así como en otros lugares.

4. Redistribuciones estatales

El Estado, una vez neoliberalizado, se convierte en el primer agente en la


aplicación de las medidas redistributivas, invirtiendo el flujo de la riqueza
desde las clases altas hacia las más bajas que se había producido durante los
años del liberalismo embridado. Esto se lleva a cabo en primer lugar a
través de la búsqueda de modelos de privatización y de recortes de aquella
parte del gasto público que constituye el salario social. Aunque la
privatización se presente como beneficiosa para las clases más bajas, los
efectos a largo plazo pueden ser negativos. Por ejemplo, el programa de
privatización de las viviendas sociales implementado por Thatcher en Gran
Bretaña parecía en un principio un regalo a las clases bajas que podían
pasar del alquiler a la propiedad con un coste relativamente bajo, obtener el
control sobre un activo valioso y aumentar así su riqueza. Pero una vez
llevada a cabo la transferencia, se disparó la especulación inmobiliaria, en
especial en los principales centros urbanos, sobornando u obligando a la
población de bajos ingresos a desplazarse hacia la periferia en ciudades
como Londres, y convirtiendo lo que antes habían sido barrios
predominantemente obreros en centros de intensa elitización. La escasez de
viviendas asequibles produjo la pérdida de un techo para algunos y largos
desplazamientos hacia el lugar de trabajo para aquellos que trabajaban en el
sector servicios de baja remuneración. La privatización de los ejidos[245] en
México durante la década de 1990, tuvo efectos análogos sobre las
perspectivas del campesinado mexicano, obligando a un nutrido sector de la
población rural a dejar sus tierras y marcharse a las ciudades en busca de
empleo. El Estado chino ha aprobado la transferencia de activos a una
pequeña elite en detrimento de la gran masa de la población, provocando
protestas que han sido violentamente reprimidas. Los informes actuales
indican que al menos 350 000 familias (un millón de personas) están siendo
desplazadas para dejar paso a la renovación urbana de una parte
considerable del Pekín antiguo, con el mismo resultado ya esbozado en
Gran Bretaña y México. En Estados Unidos, los famélicos gobiernos
municipales están utilizando con regularidad su facultad expropiatoria para
desplazar a propietarios de inmuebles con un nivel de rentas bajo o incluso
moderado que residen en viviendas en perfectas condiciones con el fin de
dejar espacio libre para desarrollos urbanísticos comerciales o residenciales,
destinados a una población de rentas más elevadas, y aumentar de este
modo su capacidad recaudatoria (en el Estado de Nueva York hay en la
actualidad más de sesenta casos de este tipo)[246]. El Estado neoliberal
también redistribuye la riqueza y la renta mediante reformas del código
tributario que conceden un trato de favor a los beneficios generados por las
inversiones frente a los que proceden de los salarios y de otro tipo de
ingresos, la promoción de elementos regresivos en la legislación fiscal
(como los impuestos sobre las ventas), la imposición de tasas a los usuarios
de los servicios (actualmente es un fenómeno generalizado en la China
rural), y la introducción de un amplio elenco de subvenciones y de
exenciones fiscales destinadas a las corporaciones. La carga tributaria
soportada por las empresas en Estados Unidos ha descendido de manera
constante, y la reelección de Bush fue recibida con amplias sonrisas por
parte de los líderes empresariales que intuían los recortes aún mayores que
se producirían en sus obligaciones tributarias. Los programas de protección
empresarial que actualmente existen en Estados Unidos a escala federal,
estatal y local suponen una vasta recanalización de los fondos públicos en
beneficio de las empresas (de manera directa, como en el caso de las
subvenciones a la agroindustria, o indirecta, como en el caso del sector de la
industria militar), de manera muy similar a como las deducciones fiscales
sobre el tipo de interés hipotecario son una forma de subsidiar a los
propietarios de viviendas con rentas más elevadas y a la industria de la
construcción. El aumento de la vigilancia y de las competencias policiales
así como también, en el caso de Estados Unidos, de la encarcelación de los
elementos recalcitrantes[247] de la población, indica un giro más siniestro
hacia la intensificación del control social. El complejo de la industria
carcelaria es un sector floreciente de la economía estadounidense (junto al
de los servicios privados de seguridad). En los países en vías de desarrollo,
en los que la oposición a la acumulación por desposesión puede ser más
fuerte, el Estado neoliberal asume enseguida la función de la represión
activa, hasta el punto de establecer un estado de guerra de baja intensidad
contra los movimientos opositores (muchos de ellos pueden ahora ser
designados, de manera interesada, como «traficantes de drogas» o como
«terroristas» para granjearse la cobertura y el apoyo militar de Estados
Unidos, como ocurre en Colombia). Otros movimientos, como los
zapatistas en México, o el movimiento campesino de los sin tierra en Brasil,
son contenidos por el Estado a través de una mezcla de cooptación y
marginalización[248].
La mercantilización de todo

Presumir que los mercados y las señales del mercado son el mejor modo de
determinar todas las decisiones relativas a la distribución, es presumir que
en principio todo puede ser tratado como una mercancía. La
mercantilización presume la existencia de derechos de propiedad sobre
procesos, cosas y relaciones sociales, que puede ponerse un precio a los
mismos y que pueden ser objeto de comercio sujeto a un contrato legal. Se
presume que el mercado funciona como una guía apropiada —una ética—
para todas las facetas de la acción humana. En la práctica, naturalmente,
cada sociedad establece ciertos límites sobre dónde empieza y acaba la
mercantilización. Dónde residen estos límites es objeto de controversia.
Ciertas drogas son consideradas ilegales. La compraventa de servicios
sexuales está prohibida en la mayoría de los Estados de Estados Unidos, si
bien es posible que en otros lugares esté legalizada, no haya sido
criminalizada o, incluso, haya sido objeto de regulación estatal como una
industria más. Por regla general, en el sistema legal estadounidense la
pornografía se encuentra amparada como una forma de libertad de
expresión aunque también aquí hay ciertas modalidades (principalmente en
lo que respecta a la infancia) que son consideradas inaceptables. En Estados
Unidos, la conciencia y el honor al parecer no se venden, y existe una
curiosa inclinación a perseguir la «corrupción» como si fuera fácilmente
distinguible de las prácticas corrientes de tráfico de influencias y de hacer
negocios que se dan en el mercado. La mercantilización de la sexualidad, de
la cultura, de la historia y del patrimonio público, así como de la naturaleza
como espectáculo o como cura de reposo, y la extracción de rentas en
régimen de monopolio de la originalidad, de la autenticidad y de la unicidad
(de la obras de arte, por ejemplo) suponen, en todos los casos, poner un
precio a cosas que en realidad nunca fueron producidas como
mercancías[249]. A menudo hay desacuerdo respecto a la conveniencia de la
mercantilización (de los símbolos y de los acontecimientos religiosos, por
ejemplo) o respecto a quién debería ejercer los derechos de propiedad y
obtener las rentas derivadas de los mismos (en el acceso a las ruinas aztecas
o en la comercialización del arte aborigen, por ejemplo).
No cabe duda de que la neoliberalización ha hecho retroceder los límites
de lo no mercantilizable y ha extendido de manera notable el ámbito de la
contratación legal. De modo característico (al igual que una parte
considerable de la teoría posmoderna), celebra lo efímero y la contratación
a corto plazo; el matrimonio, por ejemplo, es considerado como un acuerdo
contractual temporal y no como un vínculo sagrado o inquebrantable. La
división existente entre los neoliberales y los neoconservadores es en parte
un reflejo de las diferencias que les separan respecto al lugar en el que
deben trazarse esas líneas. Los neoconservadores suelen culpar a los
«liberales», a «Holywood», o incluso a los «posmodernos» de lo que
consideran la desintegración y la inmoralidad del orden social, y no a los
empresarios capitalistas (como Rupert Murdoch) que son los responsables
de causar el mayor daño haciendo tragar al resto del mundo todo tipo de
material cargado de sexualidad, cuando no salaz[250], y que en su incansable
búsqueda del beneficio no dejan de hacer alarde de su absoluta preferencia
por los compromisos a corto plazo.
Pero esto suscita cuestiones mucho más serias que el mero intento de
mantener a salvo del cálculo monetario y de la contratación a corto plazo de
algún objeto preciado, un ritual concreto o un rincón escogido de la vida
social. En el centro de la teoría liberal y neoliberal descansa la necesidad de
articular mercados coherentes para la tierra, la fuerza de trabajo y el dinero
pero, tal y como Karl Polanyi señaló, todo ello, «obviamente, no son
mercancías […]. La descripción como mercancía del trabajo, de la tierra, y
del dinero es enteramente ficticia». Aunque el capitalismo no puede
funcionar sin estas ficciones, el daño que causa si deja de reconocer las
complejas realidades que le subyacen es incalculable. Polanyi, en uno de
sus pasajes más célebres, lo expresa del siguiente modo:
Permitir que el mecanismo del mercado dirija por su propia cuenta y
decida la suerte de los seres humanos y de su medio natural, e incluso
que de hecho decida acerca del nivel y de la utilización del poder
adquisitivo, conduce necesariamente a la destrucción de la sociedad. Y
esto es así porque la pretendida mercancía denominada «fuerza de
trabajo» no puede ser zarandeada, utilizada sin ton ni son, o incluso
ser inutilizada, sin que se vean inevitablemente afectados los
individuos humanos portadores de esta mercancía peculiar. Al
disponer de la fuerza de trabajo de un hombre, el sistema pretende
disponer de la entidad física, psicológica y moral «humana» que está
ligada a esta fuerza. Desprovistos de la protectora cobertura de las
instituciones culturales, los seres humanos perecerían, al ser
abandonados en la sociedad: morirían convirtiéndose en víctimas de
una desorganización social aguda, serían eliminados por el vicio, la
perversión, el crimen y la inanición. La naturaleza se vería reducida a
sus elementos, el entorno natural y los paisajes serían saqueados, los
ríos polucionados, la seguridad militar comprometida, el poder de
producir alimentos y materias primas, destruido. Y, para terminar, la
administración del poder adquisitivo por el mercado sometería a las
empresas comerciales a liquidaciones periódicas, pues la alternancia
de la penuria y de la superabundancia de dinero se mostraría tan
desastrosa para el comercio como lo fueron las inundaciones y los
períodos de sequía para la sociedad primitiva[251].

El daño infligido a través de las «inundaciones y las sequías» del capital


ficticio dentro del sistema de crédito global, ya sea en Indonesia, en
Argentina, en México, o incluso en Estados Unidos, es un testimonio
perfecto de la última conclusión de Polanyi. Pero su tesis sobre la fuerza de
trabajo y la tierra merecen una mayor elaboración.
Los individuos se integran en el mercado de trabajo como sujetos con
personalidad, como individuos insertos en redes de relaciones sociales que
han experimentado diferentes procesos de socialización, como seres físicos
identificables por ciertas características (como el fenotipo y el género),
como individuos que han acumulado diversas destrezas y gustos (a los que
en ocasiones se alude respectivamente como «capital humano» y «capital
cultural»), y como seres vivos dotados de sueños, de deseos, de ambiciones,
de esperanzas, de dudas y de miedos. Sin embargo, para los capitalistas
estos individuos son meros factores de producción, aunque no
indiferenciados puesto que los empleadores exigen a los trabajadores poseer
ciertas cualidades, como fuerza física, habilidades, flexibilidad, docilidad,
etc., adecuadas para ciertas tareas. Los trabajadores son reclutados mediante
la celebración de un contrato y en el orden de cosas neoliberal se prefieren
los contratos a corto plazo, con el fin de maximizar la flexibilidad. A lo
largo de la historia, los empleadores han utilizado sistemas de
diferenciación dentro de la masa que constituye la fuerza de trabajo para
dividirla y gobernarla. Emerge, entonces, la segmentación del mercado de
trabajo y a menudo las diferencias de raza, de etnia, de género, y de religión
son utilizadas de manera abierta o sutil de forma que redundan en una
ventaja para los empleadores. Por regla general, tratan de monopolizar las
herramientas, y a través de la acción colectiva y de la creación de
instituciones apropiadas aspiran a regular el mercado de trabajo para
proteger sus intereses. De este modo, no hacen más que construir la «capa
protectora de las instituciones culturales» de las que habla Polanyi.
La neoliberalización aspira a despojar la capa protectora que el
liberalismo embridado aceptó y en ocasiones alimentó. El asalto general
contra la fuerza de trabajo ha utilizado un arma de doble filo. En primer
lugar, el poder de los sindicatos así como el de otras instituciones obreras
que puedan existir es domeñado o desmantelado en el marco de un Estado
concreto (si es necesario, mediante el uso de la violencia). Se establecen
mercados laborales flexibles. El abandono por parte del Estado de las
medidas de protección social cubiertas por el sistema de bienestar y los
cambios inducidos por la tecnología en la estructura del empleo que tornan
redundantes a segmentos significativos de la fuerza de trabajo, culminan el
proceso de erigir el dominio del capital sobre la fuerza de trabajo en el
mercado. El trabajador individualizado y relativamente impotente se
enfrenta, por lo tanto, a un mercado laboral en el que únicamente se le
ofrecen contratos de corta duración y en términos personalizados. La
seguridad que brindaba la permanencia indefinida se ha convertido en algo
del pasado (por ejemplo, Thatcher la abolió en las universidades). El
sistema de protección social (las pensiones, la atención sanitaria, la
protección ante enfermedades o accidentes) que antes era responsabilidad
de los empleadores y del Estado, ha sido sustituido por «un sistema de
responsabilidad personal». (¡Qué adecuado era el lenguaje utilizado por
Deng!). Los individuos compran sus productos en un mercado que vende
protección social. Así pues, la seguridad individual es una cuestión de
opción personal en función de la asequibilidad de unos productos
financieros integrados en mercados financieros de riesgo.
En segundo lugar, el ataque atañe a las transformaciones en las
coordenadas espaciales y temporales producidas en el mercado de trabajo.
Aunque sin duda puede efectuarse un análisis más profundo de la «carrera
hacia la máxima reducción de los límites normativos»[252]. para encontrar
las remesas más baratas y más dóciles de mano de obra, la movilidad
geográfica del capital permite dominar una fuerza de trabajo global cuya
propia movilidad geográfica se encuentra constreñida. La gran abundancia
de mano de obra cautiva obedece al hecho de que la inmigración se
encuentra restringida. El único modo de eludir esas barreras es bien
mediante la inmigración ilegal (que crea una fuerza laboral fácilmente
explotable) o bien a través de fórmulas contractuales de duración
determinada que permiten, por ejemplo, que trabajadores mexicanos presten
servicios en California en el sector de la agroindustria para acabar siendo
obscenamente devueltos a México cuando contraen enfermedades, o incluso
mueren, a causa de los pesticidas a los que han sido expuestos.
Al amparo de la neoliberalización, la figura del «trabajador desechable»
emerge como prototipo de las relaciones laborales a escala mundial[253].
Asimismo, son muchos los informes que dan cuenta de las terribles y
despóticas condiciones laborales que experimentan los trabajadores en los
talleres de trabajo esclavo que se hallan distribuidos por el planeta. En
China, las condiciones en que trabajan las mujeres jóvenes inmigrantes que
provienen de las áreas rurales son espantosas: «jornadas insoportablemente
largas, una alimentación insuficiente, dormitorios muy reducidos, jefes
sádicos que las golpean y abusan sexualmente de ellas, y salarios abonados
con meses de retraso o que en ocasiones ni siquiera son abonados»[254]. En
Indonesia, dos jóvenes mujeres relataban su experiencia trabajando para
una empresa con sede en Singapur, subcontratada por Levi-Strauss, en los
términos siguientes:

Se nos insulta de manera constante, como algo que se da por hecho.


Cuando el jefe se enfada, a las mujeres las llama perras, cerdas o putas
y tenemos que aguantar todo eso con paciencia y sin reaccionar.
Oficialmente trabajamos de siete de la mañana a tres de la tarde (el
salario no llega a 2 dólares al día), pero a menudo tenemos que hacer
horas extraordinarias obligatorias y, a veces —especialmente si hay un
pedido urgente que entregar— trabajamos hasta las nueve. Por muy
cansadas que estemos, no se nos deja ir a casa. Puede que nos paguen
200 rupias extras (10 céntimos de dólar) […] Vamos andando a la
fábrica desde donde vivimos. Dentro hace mucho calor. El edificio
tiene el tejado de metal y no hay espacio suficiente para las
trabajadoras. Está muy abarrotado. Hay cerca de 200 personas
trabajando allí, la mayoría mujeres, pero sólo hay un cuarto de baño
para toda la fábrica […]. Cuando volvemos a casa del trabajo, no nos
quedan energías para hacer nada salvo comer y dormir […][255]

En las maquilas mexicanas podemos escuchar historias similares, así como


en las plantas de producción de manufacturas dirigidas por empresas
taiwanesas o coreanas ubicadas en Honduras, África del Sur, Malasia, y
Tailandia. El riesgo para la salud, la exposición a una extensa gama de
sustancias tóxicas y los accidentes laborales mortales, son hechos que se
producen sin ser objeto de regulación y sin despertar ninguna reacción. En
Shangai, un hombre de negocios taiwanés que estaba a cargo de un almacén
textil «en el que 61 trabajadores encerrados en un edificio murieron en un
incendio», recibió una «indulgente» condena a dos años de prisión, que
quedó suspendida porque había «mostrado arrepentimiento» y «había
cooperado en los momentos posteriores al incendio»[256].
Las mujeres, y en ocasiones los niños, soportan habitualmente la parte
más dura de este tipo de faenas degradantes, extenuantes y peligrosas[257].
Las consecuencias sociales de la neoliberalización son en efecto extremas.
La acumulación por desposesión socava de manera sistemática todo el
poder que las mujeres puedan haber tenido en el seno de los sistemas
domésticos de producción/comercio y de las estructuras sociales
tradicionales, y reubica todo en mercados de crédito y de mercancías
dominados por los hombres. La liberación de las mujeres de los controles
patriarcales tradicionales en los países en vías de desarrollo, sólo tiene dos
caminos, o bien el trabajo degradante en las fábricas, o bien la
comercialización de su sexualidad, que comprende desde el respetable
trabajo como chica de alterne o camarera, hasta el tráfico sexual (una de las
industrias contemporáneas más lucrativas en la que la esclavitud ocupa un
lugar muy importante). La pérdida de medidas de protección social en los
países del capitalismo avanzado ha tenido efectos particularmente negativos
en las mujeres de las clases más bajas, y en muchos de los países
excomunistas del bloque soviético la pérdida de derechos por las mujeres a
través de la neoliberalización ha sido realmente catastrófica.
¿Cómo sobreviven, entonces, los trabajadores desechables —en
particular las mujeres— tanto en el plano social como en el afectivo, en un
mundo de mercados laborales flexibles y de contratos de corta duración, de
inseguridad laboral crónica, de pérdida de las protecciones sociales, y con
frecuencia sufriendo un trabajo extenuante, en medio de los escombros de
las instituciones colectivas que una vez les dieron un mínimo de dignidad y
de apoyo? En opinión de algunos, el aumento de la flexibilidad de los
mercados laborales supone un gran avance y, aunque no conlleve ganancias
materiales, el simple derecho a cambiar de trabajo con relativa facilidad y la
liberación de los constreñimientos sociales tradicionales impuestos por el
patriarcado y por la familia posee beneficios intangibles. Las personas que
negocian en términos satisfactorios en el mercado de trabajo piensan, en
apariencia, que existen abundantes recompensas en el mundo de la cultura
de consumo capitalista. Por desgracia, esta cultura, por más espectacular,
glamorosa, y sugerente que pueda parecer, juega perpetuamente con los
deseos sin brindar jamás otras satisfacciones que no sean la limitada
sensación de identidad experimentada en los grandes centros comerciales y
de ocio, y la avidez por alcanzar un determinado estatus a través de la
belleza (en el caso de las mujeres) o de las posesiones materiales. La
máxima «compro, luego existo» sumada al individualismo posesivo,
cimienta un mundo de pseudosatisfacciones, excitante en lo superficial pero
hueco en su interior.
Sin embargo, para las personas que han perdido su trabajo o que nunca
han conseguido salir de la amplia economía informal, que actualmente
brinda un deplorable refugio a la mayoría de los trabajadores desechables
del mundo, la historia es completamente distinta. Sin olvidar que cerca de
2000 millones de personas están condenadas a vivir con menos de 2 dólares
al día, el insultante mundo de la cultura de consumo capitalista, las
suculentas comisiones ganadas por los servicios financieros, y las peroratas
de autofelicitación acerca del potencial emancipador de la
neoliberalización, de la privatización y de la responsabilidad personal,
deben parecer una cruel tomadura de pelo. Desde la empobrecida China
rural al opulento Estados Unidos, la pérdida del derecho a la protección de
la salud y la creciente imposición de todo tipo de tasas a los usuarios de los
servicios, añade un gran peso a las cargas financieras de los pobres[258].
La neoliberalización ha transformado la situación de la fuerza de
trabajo, de las mujeres y de los grupos indígenas en el orden social al hacer
hincapié en que la fuerza de trabajo es una mercancía como cualquier otra.
Despojada de la capa protectora que le conferían unas instituciones
democráticas saludables, y amenazada por todo tipo de dislocaciones
sociales, la mano de obra desechable se orienta de manera ineludible hacia
otras formas de institucionalidad que le permitan construir vínculos de
solidaridad social y expresar una voluntad colectiva. Proliferan, pues, desde
bandas y carteles criminales, a redes de narcotráfico, minimafias y jefes de
las favelas, pasando por organizaciones comunitarias de base y no
gubernamentales, hasta cultos seculares y sectas religiosas. Estas son las
formas sociales alternativas que colman el vacío que se deja atrás cuando
los poderes estatales, los partidos políticos y otras formas institucionales,
son activamente desmantelados o simplemente se marchitan como centros
de esfuerzo colectivo y de vinculación social. La acusada tendencia hacia la
religión resulta un aspecto interesante a este respecto. Los estudios sobre la
repentina aparición y proliferación de sectas religiosas en las abandonadas
regiones rurales de China, por no mencionar la emergencia de Falun Gong,
son ilustrativos de esta tendencia[259]. El avance vertiginoso del
proselitismo evangélico en las caóticas economías informales que han
crecido bajo la neoliberalización en América Latina, así como la
revitalización, y en algunos casos nueva formulación, de formas de
tribalismo y de fundamentalismo religioso que estructuran la política en
gran parte de África y de Oriente Próximo, testimonian la necesidad de
construir mecanismos significativos de solidaridad social. El progreso del
cristianismo evangélico fundamentalista en Estados Unidos guarda cierta
conexión con la proliferación de la inseguridad laboral, la pérdida de otras
formas de solidaridad social y la vacuidad de la cultura de consumo
capitalista. De acuerdo con el estudio realizado por Thomas Frank, la
derecha religiosa únicamente despegó en Kansas a finales de la década de
1980, después de más de una década de reestructuración y de
desindustrialización neoliberal[260]. Estas conexiones es posible que
parezcan inverosímiles. Pero si Polanyi se encuentra en lo cierto y el
tratamiento de la fuerza de trabajo como una mercancía conduce a la
dislocación social, entonces, los movimientos dirigidos a reconstruir
diferentes redes sociales para defenderse contra tal amenaza, se tornan cada
vez más probables.

Degradaciones medioambientales
La imposición de una lógica de contratación a corto plazo sobre los usos del
medioambiente tiene consecuencias desastrosas. Afortunadamente, en el
seno del bando defensor del neoliberalismo, las opiniones en torno a esta
cuestión se encuentran en cierto modo divididas. Aunque a Reagan no le
preocupaba en absoluto el medio ambiente, llegando en cierta ocasión a
describir a los árboles como la fuente más importante de contaminación del
aire, Thatcher se tomó el problema en serio. Ella desempeñó un papel de
vital importancia en la negociación del Protocolo de Montreal para limitar
el uso de los gases CFC[261], responsables de incrementar el agujero en la
capa de ozono sobre la Antártida. Abordó seriamente la amenaza del
calentamiento de la atmósfera terrestre a causa de las emisiones de dióxido
de carbono. Desde luego, su compromiso con el medio ambiente no era del
todo desinteresado, puesto que el cierre de las minas de carbón y la
destrucción de los sindicatos mineros podía en parte legitimarse con
argumentos en defensa del medioambiente.
Las políticas llevadas a cabo por el Estado neoliberal respecto al medio
ambiente han sido, pues, desiguales desde el punto de vista geográfico e
inestables desde el temporal (en función de quién lleve las riendas del poder
estatal, siendo las Administraciones de Reagan y de George W. Bush las
más particularmente retrógradas a este respecto en Estados Unidos). Por
otro lado, desde la década de 1970 el movimiento ecologista ha ganado
relevancia de manera progresiva. A menudo ha ejercido una modesta
influencia, dependiendo del lugar y del momento. Asimismo, en algunos
casos las empresas capitalistas han descubierto que el incremento de la
eficiencia y la mejora de la actuación medioambiental pueden ir de la mano.
No obstante, el balance general de las consecuencias de la neoliberalización
es, no cabe duda, negativo. Algunas sólidas tentativas, aunque discutidas, de
crear índices para determinar el nivel de bienestar humano que incluyan los
costes de la degradación medioambiental, indican una acelerada tendencia
negativa desde la década de 1970 aproximadamente. Y hay suficientes
ejemplos concretos de pérdidas medioambientales resultantes de la
aplicación desenfrenada de los principios neoliberales que sustentan esa
conclusión general. La acelerada destrucción de los bosques de las selvas
tropicales desde 1970 es un ejemplo de sobra conocido que tiene graves
consecuencias sobre el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. En
efecto, la era de la neoliberalización es también la era de la más rápida
extinción en masa de especies ocurrida en la historia reciente de la
Tierra[262]. Si nos estamos adentrando en el peligroso terreno de transformar
el medio ambiente global, en particular su clima, hasta el punto de convertir
la Tierra en un lugar inhabitable para el ser humano, entonces, no cabe duda
de que un mayor aplauso de la ética neoliberal y de las practicas
neoliberalizadoras se revelará nada menos que fatal. La aproximación a las
cuestiones medioambientales de la Administración de Bush consiste, por
regla general, en cuestionar las pruebas científicas existentes y en no hacer
nada en absoluto (salvo recortar los recursos destinados a financiar una
consistente investigación científica sobre este problema). Pero su propio
equipo de investigadores revela que la contribución humana al
calentamiento global se ha disparado desde 1970. El Pentágono también
sostiene que el calentamiento del planeta podría ser, a largo plazo, una
amenaza mucho más grave para la seguridad estadounidense que el
terrorismo[263]. Es interesante observar que los dos principales responsables
del aumento de las emisiones de dióxido de carbono durante los últimos
años hayan sido los dos motores de la economía global, esto es, Estados
Unidos y China (que durante la pasada década aumentó sus emisiones en un
45%). En Estados Unidos, se ha progresado bastante en cuanto a la mejora
de la eficiencia energética, tanto en la industria como en la construcción de
viviendas. En este caso, la prodigalidad se deriva en gran medida del tipo de
consumismo que sigue estimulando la urbanización en las periferias de las
ciudades y la suburbanización caóticas, que exigen un elevado consumo
energético, y una cultura que se decanta por la compra de todo-terrenos
(4x4) que son verdaderos sumideros de gasolina en lugar de coches más
eficientes desde el punto de vista energético y que están disponibles en el
mercado. La progresiva dependencia de Estados Unidos del petróleo
importado tiene obvias ramificaciones geopolíticas. En el caso de China, la
velocidad con la que se ha producido la industrialización y el aumento de la
utilización de vehículos privados duplica la presión sobre el consumo de
energía. China ha pasado de ser un país autosuficiente en cuanto a la
producción de petróleo a finales de la década de 1980 a convertirse en el
segundo mayor importador del mundo después de Estados Unidos. Aquí,
también, las implicaciones geopolíticas se multiplican a medida que China
se afana por lograr afianzarse en Sudán y en Asia central y en Oriente
Próximo para asegurar su suministro de petróleo. Pero China también tiene
grandes reservas de carbón de muy baja calidad, con un elevado contenido
en azufre. Su uso para la generación de electricidad, está creando graves
problemas medioambientales que contribuyen de manera especial al
calentamiento del planeta. Por otro lado, dada la acusada escasez de energía
eléctrica que actualmente asola la economía china, en la que son comunes
las caídas de potencia y los cortes de luz, los gobiernos locales no tienen
ningún incentivo para cumplir las órdenes emitidas por el gobierno central
de cerrar las «sucias» y deficientes estaciones eléctricas que poseen. El
sorprendente crecimiento de la adquisición y uso de automóviles, que en
diez años han sustituido de manera notable a la bicicleta en algunas grandes
ciudades, como Pekín, ha otorgado a China la negativa distinción de tener
dieciséis de las veinte peores ciudades del mundo en cuanto a calidad del
aire se refiere[264]. Los efectos concatenados sobre el calentamiento de la
atmósfera terrestre son obvios. Tal y como ocurre de manera habitual en
fases de acelerada industrialización, la absoluta falta de atención hacia las
consecuencias medioambientales está teniendo efectos dañinos en todos los
lugares. Los ríos se encuentran sumamente contaminados, el agua destinada
al consumo humano está llena de sustancias químicas cancerígenas, el
sistema de sanidad pública es débil (como ilustran la incidencia del
Síndrome Respiratorio Agudo Severo [SRAS] o de la gripe aviar), y la
acelerada transformación de la tierra para destinarla a usos urbanos o para
construir proyectos hidroeléctricos descomunales (como en el valle de
Yangtze) dan cuenta de una batería de problemas medioambientales que el
gobierno central sólo ahora empieza a abordar. China no es la única, ya que
el intenso crecimiento de la India también se está viendo acompañado de
cambios estresantes para el medioambiente, derivados de la expansión del
consumo así como también de la creciente presión sobre la explotación de
los recursos naturales.
La neoliberalización queda en muy mal papel cuando se aborda la
explotación de los recursos naturales. No hay que irse muy lejos para
encontrar las razones. La preferencia por las relaciones contractuales a corto
plazo ejerce una presión sobre todos los productores para extraer todo lo
que se pueda mientras dure la vigencia del contrato. Aunque tanto los
contratos como las opciones pueden renovarse, siempre existe una
incertidumbre ante el hecho de que puedan encontrarse otros recursos. El
horizonte temporal más dilatado posible para la explotación de los recursos
naturales es equivalente a la tasa de descuento (esto es, aproximadamente
veinticinco años) pero en la actualidad la mayoría de los contratos se
celebran por un período mucho menor. Por regla general se asume que su
agotamiento es lineal, cuando se ha demostrado que muchos sistemas
ecológicos sufren hundimientos repentinos después de que se haya dañado
más allá de cierto límite a partir del cual se abre un proceso en cascada que
anula su capacidad natural para reproducirse. Los bancos de peces —las
sardinas de California, el bacalao de Terranova, y la lubina chilena— son un
ejemplo clásico de cómo un recurso explotado a una tasa «óptima», de
pronto se agota sin ningún aparente síntoma previo[265]. Un caso menos
dramático pero igualmente maligno lo constituye el sector forestal. La
insistencia neoliberal en la privatización torna difícil establecer cualquier
acuerdo global sobre unos principios de gestión de los bosques que
garanticen la protección de hábitats valiosos y de la biodiversidad, en
particular, en los bosques tropicales húmedos. En los países pobres con
importantes recursos forestales, la presión para incrementar las
exportaciones y para permitir adquisiciones en propiedad y concesiones a
empresas extranjeras conlleva la disolución de los mínimos sistemas de
protección que puedan existir. La sobreexplotación de los recursos
forestales ocurrida en Chile tras el proceso de privatización es un claro
ejemplo de ello. Pero los programas de ajuste estructural administrados por
el FMI han tenido un impacto todavía más perjudicial. Las medidas de
austeridad impuestas han mermado el dinero que los países más pobres
pueden destinar a la gestión de los bosques. Igualmente, estos países son
presionados para privatizar los bosques y permitir su explotación por
compañías madereras extranjeras a través de la celebración de contratos a
corto plazo. Cuando existe la presión por conseguir divisas extranjeras para
liquidar las deudas, resulta tentador conceder la máxima tasa de explotación
a corto plazo. Por si eso fuera poco, cuando la austeridad ordenada por el
FMI y el desempleo alcanzan un punto insostenible, las poblaciones trocadas
redundantes pueden pretender buscar un medio de subsistencia en la tierra y
embarcarse en una limpieza indiscriminada del bosque para obtener
terrenos despejados. En tanto que el método preferido es la quema, las
poblaciones campesinas sin tierra junto con las compañías taladoras pueden
provocar destrucciones masivas de los recursos forestales de un día para
otro, como ha ocurrido en Brasil, en Indonesia, y en varios países
africanos[266]. No es accidental que entre 1997 y 1998, en el punto álgido de
la crisis financiera que expulsó a millones de personas del mercado de
trabajo en Indonesia, una oleada de incendios descontrolados arrasara
Sumatra (que no era ajena a las operaciones de talado de árboles de uno de
los hombres de negocios de origen chino más ricos vinculados a Suharto),
creando una enorme capa de humo que encapotó el cielo de todo el sureste
asiático durante Varios meses. Únicamente cuando los Estados, y otros
grupos de interés, se encuentran preparados para contravenir las reglas
neoliberales y los intereses de clase que las sostienen —algo que ha
ocurrido en un número significativo de ocasiones— es posible asistir a un
uso en alguna medida equilibrado del medio ambiente.

Sobre los derechos

La neoliberalización ha fecundado dentro de sí misma una difundida cultura


de oposición. Sin embargo, la oposición tiende a aceptar muchas de las
proposiciones básicas del neoliberalismo. Las temáticas se centran en las
contradicciones internas. Se abordan con mucha seriedad las cuestiones
relativas a los derechos y a las libertades individuales, por ejemplo, y se las
opone al autoritarismo y a la frecuente arbitrariedad del poder político,
económico y de clase. Se toma la retórica neoliberal de la mejora del
bienestar colectivo y se condena la neoliberalización por dejar de cumplir
sus propias aspiraciones. Consideremos, por ejemplo, el primer párrafo
sustancial del documento neoliberal por excelencia, el acuerdo de la OMC.
Su actuación debe tender:

… a elevar los niveles de vida, a lograr el pleno empleo y un volumen


considerable y en constante aumento de ingresos reales y de demanda
efectiva, y a acrecentar la producción y el comercio de bienes y
servicios, permitiendo al mismo tiempo la utilización óptima de los
recursos mundiales de conformidad con el objetivo de un desarrollo
sostenible, y procurando proteger y preservar el medio ambiente e
incrementar los medios para hacerlo, de manera compatible con sus
respectivas necesidades e intereses según los diferentes niveles de
desarrollo económico[267].

Este tipo de esperanzas piadosas también pueden encontrarse en los


pronunciamientos del Banco Mundial («nuestro primer objetivo es la
reducción de la pobreza»). Nada de esto encaja fácilmente con las prácticas
reales que apuntalan la restauración o la creación del poder de clase y los
resultados en términos de empobrecimiento de la población y de
degradación medioambiental.
El creciente peso de la oposición articulada en torno a la violación de
derechos ha sido espectacular desde 1980. Previamente, de acuerdo con
Chandler, una revista prominente como Foreign Affaires no publicó ni un
solo artículo sobre los derechos humanos[268]. Los temas relacionados con
los derechos humanos ganaron trascendencia después de 1980 y sin duda se
dispararon a raíz de los acontecimientos de la plaza de Tiananmen y del fin
de la Guerra Fría en 1989. Este proceso se corresponde exactamente con la
trayectoria seguida por la neoliberalización, estando ambos movimientos
profundamente imbricados entre sí. Indudablemente, la insistencia
neoliberal en el individuo como el elemento fundacional de la vida político-
económica abre la puerta al activismo por los derechos individuales. Pero al
concentrarse en esos derechos en vez de en la creación o la recreación de
estructuras sólidas y abiertas de gobierno democrático, la oposición cultiva
métodos que no pueden escapar al marco neoliberal. La preocupación
neoliberal por el individuo sobrepasa cualquier preocupación
socialdemócrata por la igualdad, la democracia y los vínculos de solidaridad
social. Por otro lado, la frecuente apelación a la acción legal, confirma la
preferencia neoliberal por apelar al poder judicial y al ejecutivo, en lugar de
al parlamentario. Pero perderse en los vericuetos de los cauces legales es
algo muy lento y costoso y, en cualquier caso, los intereses de la clase
dominante tienen mucho más peso ante los tribunales por la tradicional
lealtad de clase de la judicatura. Las decisiones legales tienden a favorecer
los derechos de la propiedad privada y la tasa de beneficio sobre el derecho
a la igualdad y a la justicia social. En opinión de Chandler, es «la desilusión
de la elite liberal con las personas ordinarias y con el proceso político [lo
que] les lleva a centrarse en el individuo como sujeto de derechos, llevando
su caso ante el juez que le escuchará y dictará su veredicto»[269].
En tanto que los individuos más necesitados carecen de los recursos
económicos para defender sus propios derechos, la única forma de articular
este ideal es mediante la formación de grupos de defensa. El surgimiento de
los grupos de defensa y de las ONG, que han crecido de manera espectacular
desde la década de 1980, ha acompañado al giro neoliberal al igual que lo
han hecho los discursos sobre los derechos en términos más generales. En
muchos casos, las ONG se han adentrado en el vacío de protección social
dejado atrás por el abandono del Estado de actividades que anteriormente le
pertenecían. Esto equivale a una privatización protagonizada por las ONG.
En ocasiones, su entrada ha contribuido a acelerar el abandono del Estado
del sistema de provisión social. Por lo tanto, las ONG funcionan como
«caballos de Troya para el neoliberalismo global»[270]. Por otra parte, las
ONG no son instituciones esencialmente democráticas. Tienden a ser
elitistas, no tienen la obligación de rendir cuentas ante nadie (salvo a sus
donantes) y, por definición, guardan una apreciable distancia con las
personas que pretenden proteger o ayudar, con independencia de las buenas
intenciones que alberguen o de lo progresistas que puedan ser. Con
frecuencia sus agendas no son públicas, y prefieren la negociación directa
con el poder estatal o de clase, o influir en sus decisiones. A menudo más
que representar a su clientela, su actividad consiste en controlarla.
Proclaman y presumen de hablar en beneficio de los que no pueden hablar
por sí mismos, incluso definen los intereses de aquellos por los que hablan
(como si las personas fueran incapaces de hacerlo por sí mismas). Pero la
legitimidad de su estatus siempre queda abierta a la duda. Por ejemplo,
cuando estas organizaciones se movilizan con éxito para que se prohíba el
trabajo infantil en las actividades productivas, como una cuestión de
derechos humanos universales, puede que estén debilitando economías en
las que el trabajo es fundamental para la supervivencia de familias enteras.
Si no se ofrece ninguna alternativa económica viable, los niños puede que
sean vendidos a redes de prostitución (originando el nacimiento de otro
grupo de defensa que persiga la erradicación de esta). La universalidad que
se presupone en «el lenguaje de los derechos», y la dedicación de las ONG y
de los grupos de defensa a los principios universales no encajan bien con las
particularidades locales y con las prácticas diarias de la vida económica y
política existente bajo la presión conjunta de la mercantilización y la
privatización[271].
Pero hay otra razón por la que esta particular cultura opositora ha
ganado tantas adhesiones en los últimos años. La acumulación por
desposesión implica un conjunto muy distinto de prácticas desde la
acumulación hasta la expansión del trabajo asalariado en la industria y en la
agricultura. Este último proceso, que dominó los procesos de acumulación
de capital en la década de 1950 y 1960, dio lugar a una cultura opositora
(como la que se inscribe en los sindicatos y en los partidos políticos
obreros) que produjo el liberalismo embridado. Por otro lado, la
desposesión se produce de manera fragmentada y particular: una
privatización aquí, un proceso de degradación medioambiental allá, o una
crisis financiera o de endeudamiento acullá. Es difícil oponerse a toda esta
especificidad y particularidad sin apelar a principios universales. La
desposesión entraña la pérdida de derechos. De ahí el giro hacia una
retórica universalista de los derechos humanos, la dignidad, las prácticas
ecológicas sostenibles, los derechos medioambientales, y otras temáticas
afines, como base de una política opositora unida.
Esta apelación al universalismo de los derechos es un arma de doble
filo. Puede y debe ser utilizada sin olvidar en ningún momento los fines
progresistas que la animan. La tradición que encuentra sus mayores
exponentes en Amnistía Internacional, Médicos sin Fronteras, y otras
organizaciones próximas a ellas, no puede ser desechada como un mero
accesorio del pensamiento neoliberal. Toda la historia del humanismo (tanto
en su versión occidental —clásicamente liberal— como en sus diversas
versiones no occidentales) es demasiado compleja como para permitirlo.
Pero los objetivos limitados de muchos discursos sobre los derechos (en el
caso de Amnistía Internacional hasta hace poco su único objeto de atención
eran los derechos civiles y políticos netamente separados de los
económicos) hace que sean demasiado fáciles de absorber dentro del marco
neoliberal. El universalismo parece funcionar particularmente bien cuando
se abordan cuestiones globales como el cambio climático, el agujero de la
capa de ozono o la pérdida de la biodiversidad a través de la destrucción del
hábitat. Pero sus resultados en la arena de los derechos humanos resultan
más dudosos, dada la diversidad de las circunstancias político-económicas y
de las prácticas culturales que existen en el mundo. Además, no ha sido
nada difícil incorporar las cuestiones relativas a los derechos humanos en
calidad de «espadas del Imperio» (por utilizar la mordaz caracterización de
Bartholomew y Breakspear)[272]. Por ejemplo, los llamados «halcones
liberales» de Estados Unidos han apelado a ellos para justificar
intervenciones imperialistas en Kosovo, Timor Oriental, Haití, y, sobre
todo, en Afganistán e Iraq. Justifican el humanismo militar «en nombre de
la protección de la libertad, de los derechos humanos y la democracia
también cuando se persigue de manera unilateral por una autoproclamada
potencia imperialista» como Estados Unidos[273]. A escala más amplia, es
difícil no concluir con Chandler que «las raíces del humanitarismo actual
basado en los derechos humanos radican en el creciente consenso en torno
al apoyo de la implicación occidental en los asuntos internos del mundo en
vías en desarrollo que se registra desde la década de 1970». El principal
argumento descansa en que las instituciones internacionales, los tribunales
internacionales e internos de los países, las ONG o los comités éticos son más
representativos de las necesidades del pueblo que los gobiernos elegidos en
las urnas. Los gobiernos y los representantes electos son considerados
sospechosos precisamente porque deben rendir cuentas ante su electorado y,
por lo tanto, se percibe que tienen intereses «particulares» en lugar de
actuar conforme a principios éticos[274]. En el ámbito doméstico, los efectos
no son menos dañinos, ya que tal planteamiento consigue estrechar «el
debate político público a través de la legitimación del papel de la toma de
decisiones por parte de la judicatura, de los grupos de trabajo y de los
comités éticos, que no son órganos electos». Los efectos políticos pueden
ser debilitadores. «Lejos de cuestionar el aislamiento individual y la
pasividad de nuestras atomizadas sociedades, la regulación de los derechos
humanos únicamente puede institucionalizar estas divisiones». Y, lo que es
peor, «la visión degradada del mundo social proporcionada por el discurso
ético de los derechos humanos sirve, como cualquier otra teoría de la elite,
para sostener la fe en sí misma de la clase gobernante»[275].
A la luz de esta crítica, resulta tentador evitar toda apelación a los
universales, por esta falla insalvable que los atraviesa, y abandonar toda
mención a los derechos, entendidos como una imposición injustificable de
una ética abstracta basada en el mercado, puesto que sirven para enmascarar
el proceso de restauración del poder de clase. Aunque ambas proposiciones
merecen una consideración seria, en mi opinión, no resulta acertado
abandonar el campo de los derechos a la hegemonía neoliberal. Hay una
batalla que librar no sólo acerca de qué universales y qué derechos deberían
invocarse en situaciones concretas, sino también sobre cómo deberían
construirse esos principios y concepciones universales de los derechos. La
conexión crítica forjada entre el neoliberalismo, como un conjunto
particular de prácticas políticas económicas, y la creciente apelación a
cierto tipo de derechos universales como fundamento ético de la legitimidad
política y moral debería ponernos en alerta. Los decretos de Bremer
impusieron sobre Iraq una cierta concepción de los derechos. A la vez que
violan el derecho de autodeterminación de ese país. «Entre dos derechos»,
dice la célebre frase de Marx, «la fuerza decide»[276]. Si la restauración de
clase implica la imposición de un conjunto característico de derechos,
entonces, la resistencia a esa imposición implica la lucha por derechos
enteramente diferentes.
La justicia entendida en sentido positivo como un derecho ha sido, por
ejemplo, un poderoso elemento de agitación en los movimientos políticos:
las luchas contra la injusticia en ocasiones han animado movimientos a
favor de la transformación de la sociedad. La sugerente historia del
movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos es un claro ejemplo
de ello. Por supuesto, el problema es que hay innumerables concepciones
distintas de la justicia a las que podemos apelar. Pero los estudios muestran
que ciertos procesos sociales dominantes erigen y se apoyan en ciertas
concepciones de la justicia y de los derechos. Cuestionar esos derechos
concretos es cuestionar los procesos sociales a los que son inherentes. De
manera inversa, demuestran que es imposible desamparar a la sociedad de
ciertos procesos sociales dominantes (como el de la acumulación de capital
a través del intercambio en el mercado) y auxiliarla con otros (como la
democracia política y la acción colectiva) sin desplazar de manera
simultánea la lealtad a una concepción dominante de los derechos y de la
justicia, hacia otra distinta. La dificultad de todas las concretizaciones
ideales de los derechos y de la justicia reside en que las mismas ocultan esta
conexión. Únicamente cuando se hacen explícitas en relación con algún
proceso social encuentran un significado social[277].
Consideremos el caso del neoliberalismo. Los derechos se agrupan en
torno a dos lógicas de poder que pueden ser dominantes, la del Estado
territorial y la del capital[278]. Por más que deseemos que los derechos sean
universales, es el Estado el que determina su vigencia. Si el poder político
no está dispuesto a velar por su cumplimiento, entonces, la noción de los
derechos permanece vacía. Por lo tanto, los derechos de la ciudadanía son
derivados y condicionales. La territorialidad de la jurisdicción se convierte,
pues, en un problema. Esto tiene un lado positivo y un lado negativo. Las
personas apátridas, los inmigrantes ilegales, o las personas en situaciones
análogas hacen emerger preguntas espinosas. Quién es y quién no es
«ciudadano» se convierte en una cuestión de suma importancia en la
definición de los principios de inclusión y de exclusión que se establecen
dentro de la especificación territorial del Estado. El modo en el que el
Estado ejerce su soberanía respecto a los derechos es de suyo una cuestión
polémica, pero existen límites que han sido impuestos sobre esa soberanía
(tal y como está descubriendo China) por reglas globales inscritas en la
acumulación de capital neoliberal. No obstante, el Estado-nación, mediante
su monopolio de las formas legítimas del uso de la violencia, puede definir
de modo hobbesiano su propio haz de derechos y únicamente quedar
laxamente obligado a través de convenios internacionales. Estados Unidos,
por ejemplo, insiste en su derecho a que no se le exija responsabilidad
alguna por la comisión de crímenes contra la humanidad, tal y como se
definen en el ámbito internacional, a la vez que insiste en que criminales de
guerra de otros lugares sean enjuiciados ante los mismos tribunales cuya
autoridad niega en relación a sus propios ciudadanos.
Vivir bajo el neoliberalismo también significa aceptar o someterse a ese
haz de derechos que resulta necesario para la acumulación de capital.
Vivimos, pues, en una sociedad en la que el derecho inalienable de los
individuos (y recordemos que las corporaciones son definidas como
personas ante la ley) a la propiedad privada y a obtener beneficios está por
encima de cualquier otra concepción de los derechos inalienables que pueda
concebirse. Los defensores de este régimen de derechos argumentan, de
manera impecable, que estimula las «virtudes burguesas», sin las que todos
los habitantes de la Tierra estarían mucho peor. Este régimen contempla la
responsabilidad individual; la autonomía respecto a la injerencia estatal
(que a menudo coloca este régimen de derechos en severa oposición a los
definidos en el seno del Estado); la igualdad de oportunidades en el
mercado y ante la ley; la recompensa a la iniciativa y al esfuerzo
empresarial; el cuidado de uno mismo y de lo que es de uno; y un mercado
abierto que permita una amplia gama de libertades de elección tanto en la
contratación como en el intercambio. Este sistema de derechos es aún más
convincente cuando se extiende al derecho de propiedad sobre el propio
cuerpo (que afianza el derecho de la persona a contratar libremente la venta
de su propia fuerza de trabajo así como también el ser tratada con dignidad
y con respeto, y el no sufrir coacciones físicas como la esclavitud) y el
derecho a la libertad de pensamiento, de expresión y de discurso. Estos
derechos secundarios son atrayentes. Muchos de nosotros dependemos
considerablemente de ellos. Pero lo hacemos en buena medida en tanto que
mendigos que viven de las migas que sobran de la mesa del rico.
No puedo convencer a nadie mediante argumentos filosóficos de que el
régimen de derechos neoliberal es injusto. Pero la objeción al mismo es
bastante sencilla: aceptarlo es aceptar que no hay más alternativa que vivir
bajo un régimen de incesante acumulación de capital y crecimiento
económico en el que no importan sus consecuencias sociales, ecológicas o
políticas. Recíprocamente, esta incesante acumulación de capital conlleva
que el régimen de derechos neoliberal deba expandirse geográficamente
alrededor del globo si es necesario mediante el uso de la violencia (como en
Chile e Iraq), mediante prácticas imperialistas (como las ejecutadas por la
Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional, y
el Banco Mundial) o mediante la acumulación primitiva (como en China y
en Rusia). El derecho inalienable a la propiedad privada y a la obtención de
beneficios será instaurado con carácter universal, por las buenas o por las
malas. Esto es precisamente a lo que Bush se refiere cuando dice que
Estados Unidos está consagrado a expandir la esfera de la libertad por todo
el globo.
Pero éstos no son los únicos derechos a nuestro alcance. Incluso dentro
de la concepción liberal, tal y como se explica en la Carta de las Naciones
Unidas, hay derechos secundarios, como la libertad de opinión y de
expresión, el derecho a la educación y a la seguridad económica, o el
derecho a formar sindicatos. Fortalecer estos derechos supondría un serio
desafío al neoliberalismo. Convertir estos derechos secundarios en
prioritarios y los derechos prioritarios a la propiedad privada y al beneficio,
en secundarios, sería una revolución de gran envergadura de las prácticas
político-económicas. También hay concepciones enteramente diferentes de
los derechos a los que podemos apelar como, por ejemplo, el derecho al
acceso a los bienes comunes globales o a una seguridad básica en materia
de alimentos. «Entre derechos iguales la fuerza decide». Las luchas
políticas sobre una concepción adecuada de los derechos, e incluso de la
propia libertad, ocupan un lugar central en la búsqueda de alternativas.
7
El horizonte de la libertad

En su mensaje anual al Congreso en 1935, el presidente Roosevelt dejó


clara su opinión de que en la raíz de los problemas económicos y sociales
de la Depresión de la década de 1930 se encontraba una excesiva libertad de
mercado. «Estadounidenses —dijo— debéis renunciar a esa concepción de
la adquisición de riqueza que, a través de beneficios excesivos, crea un
indebido poder privado». Los hombres necesitados no son hombres libres.
En todos los lugares, sostenía, la justicia social se había convertido en un
auténtico objetivo y no en un lejano ideal. La primera obligación del Estado
y de su sociedad civil era utilizar sus poderes y distribuir sus recursos para
erradicar la pobreza y el hambre, y para garantizar la seguridad de un medio
de vida, la seguridad frente a contingencias imprevistas y frente a las
vicisitudes de la vida, y la seguridad de un hogar decente[279]. La libertad de
no encontrarse en situación de necesidad, era una de las cuatro libertades
cardinales que posteriormente articuló como base para su visión política del
futuro. Estas amplias temáticas contrastan con las libertades mucho más
limitadas del neoliberalismo que el presidente Bush coloca en el centro de
su retórica política. La única forma de enfrentarnos a nuestros problemas,
sostiene Bush, es haciendo que el Estado deje de regular la empresa
privada, que el Estado abandone el sistema de provisión social, y que el
Estado fomente la universalización de las libertades y de la ética del
mercado. Esta depravación neoliberal del concepto de libertad «convertida
en una mera defensa de la libertad de empresa» sólo puede significar, tal y
como indica Karl Polanyi, «la plena libertad para aquellos cuyos ingresos,
ocio y seguridad no necesitan ser incrementados y una miseria de libertad
para el pueblo, que en vano puede intentar hacer uso de sus derechos
democráticos para resguardarse del poder de los dueños de la
propiedad»[280].
Un hecho especialmente sorprendente de las paupérrimas condiciones
en que se encuentra el discurso público contemporáneo en Estados Unidos,
así como en otros lugares, es la ausencia de un serio debate acerca de cuáles
de los divergentes conceptos de libertad existentes sobre la mesa podrían
ser apropiados para los tiempos que vivimos. Si, como efectivamente
ocurre, los ciudadanos estadounidenses pueden ser convencidos para apoyar
prácticamente cualquier cosa en nombre de la libertad, entonces, no cabe
duda de que el significado de esta palabra debería estar sometido al más
penetrante escrutinio. Por desgracia, las aportaciones contemporáneas al
debate o bien adoptan una línea neoliberal pura (como el analista político
Fareed Zakaria, que pretende demostrar de manera irrefutable que la
principal amenaza a la libertad individual reside en el exceso de
democracia) o bien cortan sus velas tan a medida de los rugientes vientos
neoliberales que apenas ofrecen un amago de contrapunto a la lógica
neoliberal. Esto es, lamentablemente, lo que ocurre con Amartya Sen (que
al final obtuvo su merecido Premio Nóbel de Economía aunque sólo
después de que el banquero neoliberal que había presidido durante largo
tiempo el comité que otorga los premios se hubiera visto obligado a
presentar su renuncia). El libro Development as Freedom de Amartya Sen,
que es con diferencia la aportación más inteligente al debate de los últimos
años, desafortunadamente arropa importantes derechos sociales y políticos
con el manto de la libre interacción en el mercado[281]. Sen parece afirmar
que sin la existencia de un mercado de corte liberal, no puede entrar en
juego ninguna de las restantes libertades. A su vez, un segmento importante
de la opinión pública estadounidense, da muestras de aceptar el hecho de
que las libertades neoliberales características que promueven Bush y sus
colegas republicanos son las únicas que existen. Estas libertades, se nos
dice, merecen que demos nuestra vida por ellas en Iraq, y Estados Unidos
«en tanto que la potencia más grande de la Tierra» tiene «la obligación» de
contribuir a su expansión por todo el mundo. La entrega de la prestigiosa
Medalla de la Libertad, que concede el presidente de Estados Unidos, a
Paul Bremer, arquitecto de la reconstrucción neoliberal del Estado iraquí,
dice mucho acerca de lo que este segmento de la opinión pública
estadounidense es capaz de tolerar.
Las ideas absolutamente razonables de Roosevelt parecen muy radicales
si se juzgan a tenor de los discursos contemporáneos habituales, lo que
probablemente explica por qué no han sido articuladas por el actual Partido
Demócrata como contrapunto a la estrecha concepción empresarial que
Bush tanto aprecia. La visión de Roosevelt cuenta con una sólida
genealogía en el pensamiento humanista. Karl Marx, por ejemplo, también
sostuvo la opinión escandalosamente radical de que un estómago vacío no
era algo apropiado para la libertad. «La esfera de la libertad», escribió, «en
realidad comienza únicamente donde acaba el trabajo que viene
determinado por la necesidad y por consideraciones mundanas», indicando,
por añadidura, que por lo tanto «yace más allá de la esfera de la estricta
producción material». Él supo ver que nunca podríamos liberarnos de
nuestras relaciones metabólicas con la naturaleza o de nuestras relaciones
sociales mutuas, pero que al menos podíamos aspirar a construir un orden
social en el que la libre exploración de nuestras potencialidades
individuales y como especie se convirtieran en una posibilidad real[282]. Si
partimos del concepto de libertad de Marx, y casi con toda seguridad del
expuesto por Adam Smith en su Theory of Moral Sentiments, la
neoliberalización no podría por menos que considerarse un fracaso
monumental. Aquellas personas que son excluidas o expulsadas del sistema
de mercado —una enorme reserva de personas aparentemente desechables,
privadas de protección social y de estructuras sociales de solidaridad—
poco pueden esperar de la neoliberalización excepto pobreza, hambre,
enfermedad y desesperación. Su única esperanza es trepar como sea posible
a bordo del barco del sistema de mercado bien como productores de
pequeñas mercancías, como vendedores en la economía informal (de cosas
o de fuerza de trabajo), como pequeños depredadores que piden limosna,
roban o, de manera violenta, obtienen algunas migajas de la mesa del rico, o
bien como participantes en el enorme mercado ilegal del tráfico de drogas,
de armas, de mujeres, o de cualquier otra cosa ilegal de la que haya
demanda. Este es el mundo malthusiano impuesto a sus víctimas en obras
como el influyente ensayo escrito por el periodista especializado en temas
políticos Robert Kaplan acerca de «la anarquía que viene»[283]. En ningún
momento se cruza por la mente de Kaplan la idea de que la
neoliberalización o la acumulación por desposesión tengan algo que ver con
cualquiera de las situaciones descritas en su ensayo. El increíble número de
disturbios registrados contra el FMI, por no mencionar las oleadas de
criminalidad que barrieron la ciudad de Nueva York, la ciudad de México,
Johannesburgo, Buenos Aires y muchas otras ciudades en la estela dejada
por el ajuste estructural y la reforma neoliberal, deberían sin duda haberle
puesto sobre aviso[284]. En el otro extremo de la escala de la riqueza,
aquellos plenamente incorporados dentro de la inexorable lógica del
mercado y de sus demandas apenas encuentran tiempo ni espacio para
explorar potencialidades emancipadoras fuera de lo que es comercializado
como aventura «creativa», ocio y espectáculo. Obligados a vivir como
apéndices del mercado y de la acumulación de capital en lugar de como
seres expresivos, la esfera de la libertad se encoje ante la terrible lógica y la
vacía intensidad de las ligaduras del mercado.
En este contexto es posible comprender mejor la emergencia de diversas
culturas opositoras que tanto desde dentro como al margen del sistema de
mercado rechazan, ya sea explícita o tácitamente, la ética del mercado así
como las prácticas impuestas por la neoliberalización. Dentro de Estados
Unidos, por ejemplo, hay un desmadejado movimiento ecologista muy
activo que promueve visiones alternativas de cómo conseguir conectar los
proyectos políticos y los ecológicos. También hay un efervescente
movimiento anarquista entre la gente joven, una de cuyas alas —«los
primitivistas»— cree que la única esperanza de la humanidad reside en
volver a la etapa cazadora-recolectora que precedió al desarrollo de la
civilización y, en efecto, comenzar de nuevo la historia de la humanidad.
Otros, influidos por movimientos como Crime Think y autores como
Derrick Jensen, buscan purgar de sí mismos todo trazo de la incorporación a
la lógica de mercado capitalista[285]. Asimismo, hay grupos que aspiran a un
mundo en el que prime el apoyo mutuo a través, por ejemplo, de la
formación de sistemas locales de intercambio comercial (LETS) con
«monedas locales» propias, incluso en el propio corazón del capitalismo
neoliberalizador. Las variantes religiosas de esta tendencia secular también
están floreciendo por todo el mundo, desde Estados Unidos hasta Brasil o la
China rural, donde algunos estudios indican que se están creando sectas
religiosas a un ritmo apabullante[286]. Y muchos sectores de las
organizaciones religiosas consolidadas, como el cristianismo evangélico, el
Islam Wahabita, y diversas variantes del budismo y del confucianismo,
predican un posicionamiento rotundo contra el mercado y específicamente
contra el neoliberalismo. Igualmente, existe toda esa gama de movimientos
sociales que luchan contra aspectos específicos de la práctica neoliberal,
particularmente contra la acumulación por desposesión y que, o bien
resisten frente al neoliberalismo depredador (como el movimiento
revolucionario de los zapatistas en México) o bien buscan acceder a
recursos que hasta ahora les eran negados (como el movimiento campesino
de los sin tierra en Brasil o los grupos que dirigen las ocupaciones de
fábricas en Argentina). Las coaliciones de centro-izquierda, abiertamente
críticas hacia la neoliberalización, han asumido el poder político y parecen
preparadas para extender y profundizar su influencia en toda América
Latina. El sorprendente éxito del regreso del Partido del Congreso en India,
elegido sobre la base de un programa izquierdista, es también otro ejemplo
a tener en cuenta. Hay abundantes pruebas del deseo de una alternativa a la
neoliberalización[287].
Hay incluso signos de insatisfacción en el seno de los círculos políticos
gobernantes en relación con lo poco acertado de las proposiciones y
prescripciones neoliberales. Algunas personas que antes eran apasionadas
defensoras (como el economista Jeffry Sachs, Joe Stiglitz y Paul Krugman)
o partícipes (como George Soros) de las ideas neoliberales, han adoptado
ahora una postura crítica, hasta el punto de llegar a proponer cierto tipo de
retorno a un keynesianismo retocado o una aproximación más
«institucional» a la solución de problemas globales, que incluye desde
estructuras reguladoras del gobierno global más sólidas a una supervisión
más escrupulosa de las temerarias operaciones especuladoras de los
financieros[288]. En los últimos años, no sólo se han producido insistentes
llamamientos, sino también programas consistentes para la reforma de la
forma de gobierno global[289]. Asimismo, se ha producido un resurgimiento
del interés académico e institucional por la ética cosmopolita («herir a uno
es herir a todos») como base de la forma de gobierno que, a pesar de lo
problemática que pueda resultar su visión francamente simplista de los
universalismos, no carece por completo de mérito[290]. Y este es
exactamente el espíritu que periódicamente lleva a los jefes de Estado a
congregarse, tal y como 189 de ellos hicieron en la Cumbre del Milenio en
el año 2000, para suscribir piadosas declaraciones de su compromiso
colectivo para erradicar la pobreza, el analfabetismo y la enfermedad sin
dilación. Pero los compromisos para erradicar el analfabetismo, por
ejemplo, son palabras lanzadas al aire cuando se contrastan con la realidad
de la notable e incesante disminución de la cuota del producto nacional, que
se destina a la educación publica en casi todos los rincones del mundo
neoliberal.
Este tipo de objetivos no pueden alcanzarse sin cuestionar las bases
fundamentales del poder sobre las que se alza el neoliberalismo y a las que
los procesos de neoliberalización han contribuido de manera tan pródiga.
Esto no sólo supone revertir la retirada del Estado del campo de la provisión
social sino también enfrentarse al poder sobrecogedor del capital financiero.
Keynes se refería con desprecio a los «cortadores de cupones», que de
manera parasitaria vivían de los intereses y de los dividendos que les
proporcionan sus títulos-valores, y anhelaba que se produjera lo que
denominó «la eutanasia del rentista» en tanto que condición necesaria no
sólo para alcanzar un mínimo de justicia económica sino también para
impedir la devastación que provocan las periódicas crisis a las que es
proclive el capitalismo. La virtud del compromiso keynesiano y del
liberalismo embridado construido después de 1945 radica en que en cierto
sentido iba a cumplir aquellos objetivos. La llegada de la neoliberalización,
por el contrario, ha encumbrado el papel del rentista, el recorte de
impuestos para los ricos, los dividendos especiales y las ganancias
especulativas sobre los sueldos y los salarios, y es la responsable de
desencadenar crisis financieras sin precedentes, aunque geográficamente
delimitadas, con efectos devastadores sobre el empleo y sobre las
oportunidades de vida en un país tras otro. La única forma de realizar esos
loables objetivos es enfrentarse al poder de las finanzas y revertir los
privilegios de clase erigidos sobre él. Pero no hay ni un solo gesto entre las
potencias que indique que se esté haciendo algo en este sentido.
En lo que concierne al regreso del keynesianismo, sin embargo, la
Administración de Bush, tal y como señalé anteriormente, ha decidido obrar
con anticipación y está preparada para autorizar una espiral de déficit
federal, extendiéndolos de manera indefinida en el futuro. No obstante,
contraviniendo las prescripciones keynesianas tradicionales, en este caso las
redistribuciones se producen hacia arriba beneficiando a las grandes
corporaciones, a sus ricos altos directivos y a sus consejeros financieros y
legales a expensas de los pobres, de las clases medias e incluso del
accionariado corriente (de los fondos de pensiones inclusive), por no
mencionar a las futuras generaciones. Pero el hecho de que el
keynesianismo tradicional pueda ser expurgado y dado la vuelta de esta
forma no debería sorprender, ya que, tal y como hemos visto, hay asimismo
pruebas abundantes de que desde siempre la teoría y la retórica neoliberal
(en particular la retórica política relativa a la libertad) han funcionado ante
todo como un medio para enmascarar prácticas dirigidas al mantenimiento,
la reconstitución y la restauración del poder de clase en el seno de una elite.
La exploración de alternativas tiene que efectuarse, por lo tanto, al margen
del marco de referencia definido por este poder de clase y por la ética del
mercado, pero sin dejar de permanecer firmemente amarrada a las
realidades de nuestro tiempo y lugar concretos. Y estas realidades apuntan
hacia la posibilidad de una crisis de gran envergadura en el corazón del
propio orden neoliberal.
¿El fin del neoliberalismo?

Las contradicciones políticas y económicas internas de la neoliberalización


son imposibles de contener excepto a través de crisis financieras. Hasta el
momento, estas se han revelado dañinas a escala local, pero manejables a
escala global. El grado en que se puede manejar una crisis depende,
naturalmente, de la capacidad para apartarse de manera sustancial de la
teoría neoliberal. El mero hecho de que los dos principales motores de la
economía global —Estados Unidos y China— acusen un tremendo déficit
financiero es, sin duda, una señal irrefutable de que el neoliberalismo está
en apuros, cuando no definitivamente muerto, en tanto que pauta teorética
para garantizar el futuro de la acumulación de capital. Esto no impedirá que
continúe desplegándose como una retórica adecuada para apoyar la
restauración/creación del poder de clase en la elite. Pero cuando las
desigualdades en la renta y en la riqueza alcanzan un nivel próximo al que
precedió a la crisis de 1929 —como ocurre hoy—, los desequilibrios
económicos se vuelven tan crónicos como para que se corra el peligro de
generar una crisis estructural. Por desgracia, los regímenes de acumulación
raramente se disuelven de manera pacífica, si es que alguna vez lo han
hecho. El liberalismo embridado nació de las cenizas de la Segunda Guerra
Mundial y de la Gran Depresión. La neoliberalización surgió en medio de la
crisis de acumulación de la década de 1970, gestándose en el seno de un
marchito liberalismo embridado y llegando al mundo con la suficiente
violencia como para constatar la observación de Karl Marx de que la
violencia es invariablemente la comadrona de la historia. Actualmente, en
Estados Unidos asistimos a la emergencia de la opción autoritaria del
neoconservadurismo. El violento ataque sobre Iraq en el exterior y las
políticas de encarcelamiento en el ámbito doméstico indican una ingenua
determinación por parte de la elite dominante estadounidense de redefinir el
orden global y doméstico conforme a sus propios intereses. Así pues, es
tarea nuestra sopesar de manera muy cuidadosa si podría o no
desencadenarse, y cómo, una crisis del régimen neoliberal.
Las crisis financieras que con tanta frecuencia han precedido el asalto
depredador a economías nacionales enteras por parte de potencias
financieras superiores, se han venido caracterizando por la existencia de
desequilibrios económicos crónicos. Los síntomas típicos son un déficit
presupuestario interno descomunal e incontrolable, una crisis en la balanza
de pagos, una acelerada depreciación de la moneda, valoraciones inestables
de los activos internos del país (por ejemplo, en el mercado inmobiliario y
financiero), un incremento de la inflación, un aumento del desempleo
acompañado de una caída de los salarios, y la fuga de capitales. De estos
siete principales indicadores, hoy en día, Estados Unidos ostenta la
distinción de cumplir con creces los tres primeros, y hay una grave
preocupación respecto a incurrir también en el cuarto. La actual
«recuperación del paro» y la congelación salarial insinúan problemas
incipientes con el sexto. En otro lugar, esta combinación de indicadores casi
con toda seguridad habría precisado la intervención del FMI (y los
economistas del FMI se quejan oficialmente, al igual que el antiguo y el
actual presidente de la Reserva Federal, Volcker y Greenspan,
respectivamente, de que los desequilibrios económicos existentes dentro de
Estados Unidos están amenazando la estabilidad global)[291]. Pero dado que
Estados Unidos domina el FMI, esto sólo significa que Estados Unidos
debería disciplinarse, algo que parece improbable. Las grandes cuestiones
son: ¿los mercados globales se disciplinarán (como deberían hacer según la
teoría neoliberal)? Y de ser así, ¿cómo y con qué efectos?
Resulta inconcebible, pero no imposible, que de un día para otro
Estados Unidos se encuentre en la misma situación que Argentina en 2001.
Sin embargo, las consecuencias serían catastróficas no sólo en el plano
doméstico, sino también para el capitalismo global. El hecho de que casi
todos los que constituyen la clase capitalista y se encargan de su gestión
global en cada sitio tengan plena constancia de ello, motiva que el resto del
mundo esté actualmente dispuesto (en algunos casos a regañadientes) a
seguir apoyando la economía estadounidense con créditos suficientes como
para mantener su pródigo derrotero. No obstante, los flujos de capital
privado hacia Estados Unidos han sufrido una seria disminución (excepto
en la compra de activos, relativamente baratos dada la caída del valor del
dólar), siendo, pues, los bancos centrales de todo el mundo —
particularmente de Japón y de China— los que ahora y cada vez más
poseen Estados Unidos Inc[292]. Retirar su apoyo a Estados Unidos sería
devastador para sus propias economías, puesto que Estados Unidos es
todavía un mercado de importancia crucial para sus exportaciones. Pero hay
un límite que impide que esta fórmula pueda mantenerse. Casi un tercio de
los activos financieros de Wall Street y casi la mitad de los bonos del Tesoro
estadounidenses están ya en manos extranjeras, y los dividendos e intereses
que fluyen hacia propietarios extranjeros equivalen ahora,
aproximadamente, al tributo que las corporaciones y las operaciones
financieras estadounidenses extraen del exterior, si es que no lo superan ya
(Ver Figura 7.1). Este equilibrio de beneficios se tornará más acusadamente
negativo cuanto más incremente Estados Unidos su endeudamiento con el
exterior, el cual crece a una tasa cercana a los 2000 millones de dólares
diarios. Por otro lado, la posibilidad de que los tipos de interés
estadounidenses aumenten (como en cierto punto debe ocurrir) hace que lo
ocurrido en México después de la subida de los tipos de interés de Volcker
en 1979 empiece a vislumbrarse como un verdadero problema. Estados
Unidos pronto estará pagando mucho más en concepto del servicio de su
deuda al resto del mundo que lo que obtiene de él[293]. Esta extracción de
riqueza de Estados Unidos no será bien recibida en el interior del país. Los
continuos incrementos del consumo financiado mediante el endeudamiento
que han sido la base de la paz social en Estados Unidos desde 1945 tendrán
que detenerse.
Figura 7.1. Deterioro de la posición de Estados Unidos en los flujos
globales de capital y de propiedad, 1960-2002: afluencia y salida de
inversiones estadounidenses (arriba) y transformación de las acciones de
propiedad extranjera (abajo).
Fuente: G. Duménil y D. Lévy, Capital Resurgent. Roots of the Neoliberal Revolution, cit.

Los desequilibrios no parecen preocupar a la Administración de Bush, a


juzgar por su afirmaciones desdeñosas acerca de que el actual déficit por
cuenta corriente, si es que es un problema, puede manejarse fácilmente
haciendo que la gente compre productos fabricados en Estados Unidos
(como si esos productos estuvieran disponibles y fueran suficientemente
baratos, y como si los bienes nominalmente fabricados en Estados Unidos
no tuvieran un elevado componente de insumos extranjeros). Si realmente
esto pasara, Wal-Mart sería expulsado de los negocios. En opinión de Bush,
el déficit presupuestario es fácil de manejar sin subir los impuestos si se
limitan los programas domésticos (como si quedaran grandes programas
prescindibles que desmantelar). La observación del vicepresidente Cheney
de que «Reagan nos enseñó que el déficit presupuestario no importa» es
alarmante, porque lo que Reagan también nos enseñó es que seguir
incurriendo en déficit es una forma de imponer una reducción del gasto
público y de este modo carcomer el nivel de vida de la masa de la población
mientras los ricos pueden barrer para casa con toda la comodidad en medio
del caos y de la crisis financiera. Por otro lado, si lanzamos la pregunta
general de «¿quién se ha beneficiado en realidad de las numerosas crisis
financieras que han hundido en cascada a un país tras otro y después de
sucesivas oleadas de catastróficas deflaciones, inflaciones, fugas de
capitales y ajustes estructurales desde finales de la década de 1970?», el
perezoso empeño de la actual Administración estadounidense para eludir
una crisis financiera y presupuestaria a pesar de todas las señales de alarma
se hace más fácilmente comprensible. En la estela de un derrumbe
financiero, la elite gobernante puede aspirar a emerger con más poder
todavía que antes.
Es posible que la economía estadounidense pueda bandear los actuales
desequilibrios (de manera muy parecida a después de 1945) y sacudirse los
problemas que ella mismo se ha buscado. Algunas tímidas señales apuntan
en esta dirección. Sin embargo, la actual política parece estar basada, en el
mejor de los casos, en el principio de Micawber de que algo bueno está
destinado a ocurrir. Después de todo, los presidentes de muchas compañías
estadounidenses se las arreglaron para vivir en su propio mundo de fantasía
ante el hecho de que entidades aparentemente invulnerables como Enron se
vinieran abajo. Este también podría ser el destino de Estados Unidos Inc., y
las afirmaciones en clave fantástica del actual presidente deberían
preocupar a todos aquellos a los que realmente importen los intereses del
país. Otra posibilidad es que la elite dominante estadounidense calcule que
puede sobrevivir a una crisis financiera y presupuestaria global en buena
forma y usarla para culminar su agenda de dominio absoluto en el interior
del país. Pero este cálculo podría acabar siendo un error monumental. El
resultado podría ser acelerar la transferencia de hegemonía hacia alguna
otra economía regional (lo más probable es que con base en Asia) y un
recorte simultáneo en la capacidad de la elite dominante para ejercer su
dominio tanto en el interior como en el exterior del país.
La cuestión que emerge de manera más inmediata es la referida a qué
tipo de crisis podría servir mejor a Estados Unidos para resolver su propia
situación, ya que la elección se encuentra de hecho dentro de la esfera de las
opciones políticas. Al abordar estas opciones es importante recordar que
Estados Unidos no ha sido inmune a las dificultades financieras durante los
últimos veinte años. La caída del mercado bursátil de 1987 eliminó casi el
30% del valor de los activos, y en el punto más bajo del desplome que
sucedió al estallido de la burbuja de la nueva economía a finales de la
década de 1990, se perdieron más de 8 billones de dólares en títulos-
valores, antes de que se recuperaran los niveles previos. La crisis bancaria y
de las cajas de ahorro de 1987 costó remediarla casi 200 000 millones de
dólares, y aquel año las cosas empeoraron tanto que William Isaacs,
presidente de la Federal Deposit Insurance Corporation, advirtió de que
«Estados Unidos podría estar encaminándose hacia una nacionalización de
la banca». Y las grandes quiebras de Long Term Capital Management,
Orange County y de otras compañías que especularon y perdieron, seguidas
por el derrumbe de varias de las compañías más importantes del país en
2001-2002 en medio de asombrosos lapsus en la contabilidad, no sólo
salieron caras a los ciudadanos sino que también demostraron lo frágil y lo
ficticia que se ha vuelto buena parte de la financiarización neoliberal. Por
supuesto, esta fragilidad no sólo se limita a Estados Unidos. La mayoría de
los países, incluida China, tienen que hacer frente a la incertidumbre y a la
volatilidad financiera. La deuda del mundo en vías de desarrollo, por
ejemplo, se elevó de «580 000 millones de dólares en 1980 a 2,4 billones en
2002, y gran parte de la misma es incobrable. En 2002 hubo una salida neta
de 340 000 millones de dólares destinados al pago del servicio de esta
deuda, frente a la ayuda exterior al desarrollo que ascendió a 37 000
millones»[294]. En algunos casos el servicio de la deuda excedió a las
ganancias obtenidas en el exterior y, comprensiblemente, algunos países
como Argentina se muestran bastante recalcitrantes frente a sus acreedores.
Así pues, analicemos los dos peores escenarios posibles desde el punto
de vista de Estados Unidos. Una breve ráfaga de hiperinflación
proporcionaría una vía para borrar la deuda internacional pendiente, así
como el endeudamiento de los consumidores. En efecto, Estados Unidos
liquidaría sus deudas con Japón, China y el resto de sus acreedores en
dólares tremendamente devaluados. Esta confiscación inflacionista no sería
bien acogida por el resto del mundo (aunque poco podría hacer al respecto,
puesto que enviar cañoneras al Potomac no es una opción viable). La
hiperinflación también destruiría los ahorros, las pensiones y muchas cosas
más en Estados Unidos. También implicaría una reversión de la trayectoria
monetarista que Volcker y Greenspan han seguido por regla general. Sin
embargo, al menor indicio de este alejamiento del monetarismo (declarando
de hecho la muerte del neoliberalismo), los bancos centrales de todo el
mundo casi con toda seguridad crearían una situación de venta masiva de
dólares y, de este modo, precipitarían de manera prematura una crisis de
fuga de capitales imposible de manejar por las instituciones financieras
estadounidenses en solitario. El dólar estadounidense perdería toda
credibilidad como divisa de reserva global y perdería todos los beneficios
futuros (por ejemplo de señoraje, esto es, el poder de acuñar dinero) de ser
el poder financiero dominante. Esta toga sería entonces asumida por
Europa, por el Asia oriental, o por ambos ejes (los bancos centrales de todo
el mundo ya están mostrando una preferencia por colocar su saldo en
euros). También parece probable que se produzca un retorno más modesto a
la inflación, ya que existen numerosas evidencias de que la inflación no es
en absoluto el mal intrínseco descrito por los monetaristas, y que cierta
tímida relajación de los objetivos monetarios (de la que Thatcher hizo una
demostración en las fases más pragmáticas de su impulso hacia la
neoliberalización) es factible.
La otra opción que se le abre a Estados Unidos consiste en aceptar un
dilatadísimo periodo de deflación del tipo que ha estado experimentado
Japón desde 1989. Esto crearía serios problemas globales, a menos que
otras economías —con China, quizá emparejada con India, obviamente en
la vanguardia— pudieran reanimar la situación de atonía provocada por la
crisis deflacionaria estadounidense. Pero tal y como hemos analizado, la
opción de China es sumamente problemática tanto por razones económicas
como políticas. China sufre graves desequilibrios internos, que básicamente
se manifiestan en el exceso de capacidad que se registra en casi todos los
sectores y áreas de la vida económica, desde una proliferación excesiva de
aeropuertos a la existencia de demasiadas fábricas de automóviles. Esta
sobrecapacidad se haría más palpable en el caso de un prologado
estancamiento de los mercados de consumo estadounidenses. Por otro lado,
la deuda viva de China (bajo la forma de créditos bancarios de dudoso
cobro) en ningún caso es tan monumental como la de Estados Unidos. Los
peligros en el caso chino no son tanto económicos como políticos. Pero el
extraordinario dinamismo existente dentro de las complejas economías
asiáticas puede ser suficiente como para propulsar en bastante medida la
acumulación de capital hacia el futuro, aunque con toda probabilidad esto
tendría efectos notablemente nocivos para la calidad del medio ambiente,
así como también para la tradicional posición de Estados Unidos como
cabeza de león en el orden mundial. No podemos saber todavía si Estados
Unidos entregará mansamente su posición hegemónica. Casi con toda
seguridad, conservará el predominio militar aunque se reducirá su posición
de dominio en prácticamente todas las demás esferas significativas de poder
político-económico. El hecho de si Estados Unidos pretenderá utilizar su
superioridad militar con objetivos políticos y económicos, tal y como ha
hecho en Iraq, dependerá entonces, de manera crucial, de las dinámicas
internas existentes dentro del propio Estados Unidos.
Un dilatadísimo proceso de deflación será extremadamente difícil de
absorber a escala interna por Estados Unidos. Si los problemas de
endeudamiento del gobierno federal y de las instituciones financieras han
de resolverse sin que se vea amenazada la riqueza de las clases de la elite,
entonces, una «deflación confiscatoria» (a todas luces incoherente con el
neoliberalismo) similar a la experimentada por Argentina (trazos de la cual
podían encontrarse en la crisis de las cajas de ahorro de finales de la década
de 1987, cuando muchos titulares de depósitos no pudieron acceder a su
dinero) sería la única opción. Los grandes programas públicos que todavía
existen (la Seguridad Social y Medicare), derecho a percibir una pensión, y
el valor de los activos (en particular, de los inmuebles y de los ahorros)
probablemente serán las primeras víctimas y, en estas condiciones, es
seguro que el consentimiento popular empiece a deshilacharse por sus
costuras. La gran pregunta es entonces cuán extenso y expresivo podría
llegar a ser ese descontento y cómo podría ser manejado.
La consolidación del autoritarismo neoconservador emerge, pues, como
una respuesta potencial. Tal y como argumenté en el tercer capítulo, el
neoconservadurismo sostiene el impulso neoliberal hacia la construcción de
libertades de mercado asimétricas pero hace explícitas las tendencias
antidemocráticas del neoliberalismo a través del recurso a medios
autoritarios, jerárquicos e incluso militaristas para mantener la ley y el
orden. En El nuevo imperialismo exploré la tesis de Hannah Arendt de que
la militarización en el exterior y la militarización interna van
inevitablemente de la mano, y concluía que el aventurerismo internacional
de los neoconservadores, largamente planificado y legitimado después de
los atentados del 11 de septiembre[295], tenía tanto que ver con la afirmación
del control doméstico en Estados Unidos sobre un cuerpo político díscolo y
muy dividido, como con una estrategia geopolítica de mantener la
hegemonía global a través del control sobre los recursos del petróleo. El
miedo y la inseguridad tanto en el plano interno como en el externo fueron
muy fácilmente manipulables con objetivos políticos, y en este caso de
manera satisfactoria cuando llegó el momento de la reelección[296].
Pero los neoconservadores también afirman una meta moral más
elevada, en el centro de la cual descansa una apelación al nacionalismo que,
tal y como vimos en el capítulo tercero, ha mantenido durante largo tiempo
una tensa relación con la neoliberalización. Sin embargo, el nacionalismo
estadounidense tiene un carácter dual. Por un lado, presume que el destino
manifiesto y divino (la invocación religiosa es deliberada) de Estados
Unidos es ser la mayor potencia de la Tierra (cuando no el número uno en
todo, desde el béisbol a las Olimpiadas) y que, en tanto que faro de libertad
y de progreso, ha sido y sigue siendo admirado por todo el planeta y
considerado digno de emulación. Todo el mundo, se dice, quiere vivir en
Estados Unidos o ser como Estados Unidos. Por lo tanto, Estados Unidos,
de manera benevolente y generosa, prodiga desinteresadamente sus
recursos, sus valores y su cultura al resto del mundo, en pro de conferir el
privilegio de la americanización y los valores americanos a todo habitante
de este planeta. Pero el nacionalismo estadounidense también tiene su lado
oscuro sembrado de la paranoia sobre temibles amenazas de fuerzas
enemigas y malignas provenientes del exterior. Se teme a los extranjeros y a
los inmigrantes, a los agitadores externos y, actualmente, por supuesto, a los
«terroristas». Esto conduce a un círculo vicioso interno y a la clausura de
los derechos y de las libertades civiles que hemos conocido en episodios
como la persecución de los anarquistas en la década de 1920, el macartismo
de la década de 1950 dirigido contra los comunistas y sus simpatizantes, la
veta paranoica de Richard Nixon respecto a los opositores a la Guerra de
Vietnam y, desde el 11 de septiembre, la tendencia a tachar toda crítica a las
políticas de la Administración como una forma de ayudar y de incitar al
enemigo. Este tipo de nacionalismo converge fácilmente con el racismo
(más en particular hacia los árabes), con la restricción de las libertades
civiles (la Patriot Act), el freno a la libertad de prensa (el encarcelamiento
de periodistas por no revelar sus fuentes), y la opción de la encarcelación y
la pena de muerte para tratar la criminalidad. En el plano externo, este
nacionalismo lleva a la acción encubierta y, en estos momentos, a guerras
preventivas para erradicar todo lo que parezca una remota amenaza para la
hegemonía de los valores estadounidenses y el dominio de los intereses
estadounidenses. A lo largo de la historia, ambas modalidades de
nacionalismo siempre han coexistido[297]. En ocasiones han mantenido
entre sí un conflicto abierto (por ejemplo, en las divisiones surgidas acerca
de cómo lidiar con las revoluciones acontecidas en América Central durante
la década de 1980).
Después de 1945, Estados Unidos estaba en posición de proyectar sobre
el mundo la primera presunción, siempre de manera interesada y en
ocasiones benevolente (como en el Plan Marshall, que ayudó a reavivar las
economías europeas laceradas por la guerra después de 1945), al mismo
tiempo que en casa engranaba el macartismo. Pero el fin de la Guerra Fría
lo ha cambiado todo. El resto del mundo ya no acude a Estados Unidos en
busca de su protección militar y se ha librado del dominio estadounidense
en prácticamente todos los ámbitos. Estados Unidos nunca ha estado tan
aislado del resto del mundo en el plano político, cultural e incluso militar,
como lo está ahora. Y este aislamiento, a diferencia de lo que ocurría en el
pasado, no obedece a que haya decidido retirarse de los asuntos del mundo,
sino que es consecuencia de su excesivo y unilateral intervencionismo.
Asimismo, tiene lugar en un momento en el que la economía
estadounidense se halla más entretejida que nunca en las redes de
producción y financieras globales. El resultado ha sido una peligrosa fusión
entre ambas formas de nacionalismo. A través de la formulación de la
doctrina del «ataque preventivo» contra naciones extranjeras en medio de
una supuesta guerra global contra el terrorismo que amenaza con llevarse
todo por delante, la opinión pública estadounidense puede imaginar que
libra una lucha misericordiosa por llevar la libertad y la democracia a todos
los rincones (en particular a Iraq) a la vez que despliega sus más oscuros
miedos hacia un enemigo desconocido y oculto que amenaza su propia
existencia. La retórica de la Administración de Bush y de los
neoconservadores explota de manera infatigable ambos temas, lo cual
prestó un gran servicio a Bush en su exitosa campaña para la reelección.
En The New Imperialism argumenté que había muchos signos de que la
hegemonía estadounidense está desmoronándose. Perdió su dominio en la
producción global durante la década de 1970 y su poder en las finanzas
globales comenzó a erosionarse en la de 1990. Su papel precursor en el
campo tecnológico se está viendo desafiado y su hegemonía cultural y
moral mengua a pasos agigantados, dejando su fuerza militar como su única
arma clara de dominio global. Pero su poderío militar podría estar limitado
a lo que permita una potencia destructiva de alta tecnología ejecutable a una
distancia de 10 000 metros de altura. Iraq ha revelado sus límites sobre el
terreno. La transición a una nueva estructura hegemónica en el capitalismo
global coloca a Estados Unidos ante la disyuntiva de gestionar la transición
de manera pacífica o bien a través de la catástrofe[298]. La actual posición
de las elites gobernantes estadounidenses apunta más en esta última
dirección. En Estados Unidos, resulta muy fácil invocar el nacionalismo
para secundar la idea de que las causas de las dificultades económicas
derivadas de una hiperinflación o de un dilatado periodo de deflación son
atribuibles a otros, como China y el este asiático, o la OPEP y los Estados
árabes por no responder de manera adecuada a su derrochadora demanda de
energía. La doctrina del ataque preventivo ya está sobre la mesa y las
capacidades destructivas están al alcance de la mano. Un Estados Unidos
acosado y sin duda amenazado tiene, según esta hebra argumentativa, la
obligación de defenderse a sí mismo, sus valores y su forma de vida a través
del uso de medios militares si es necesario. Este cálculo catastrófico y, en
mi opinión, suicida, no es algo que pueda considerase excluido de las
opciones de los actuales líderes estadounidenses, quienes ya han
demostrado su afición a sofocar la disidencia interna, lo cual les ha
granjeado un apreciable apoyo popular. Después de todo, un segmento
considerable del pueblo estadounidense opina que la Bill of Rights[299] es un
documento inspirado en el comunismo y también hay otro sector,
minoritario sin duda, que acoge con entusiasmo todo lo que huela a
Armagedón. Las leyes antiterroristas, el abandono de la Convención de
Ginebra en la Bahía de Guantánamo y la predisposición a representar toda
fuerza opositora como «terrorista» son señales de peligro.
Por fortuna, hay una notable oposición interna que puede ser
movilizada, y que en cierto modo ya lo está, contra estas tendencias
suicidas y catastróficas. Por desgracia, en su constitución actual es una
oposición fragmentada, que navega sin timón, y que carece de una
organización coherente. En cierta medida esto es fruto de heridas que se han
infligido a sí mismos el propio movimiento obrero, los movimientos, que en
términos generales han abrazado una política de la identidad, y aquellas
corrientes intelectuales posmodernas que suscriben sin saberlo la línea
postulada por la Casa Blanca de que la verdad es construida por la sociedad
y consiste en un mero efecto del discurso. La crítica de Terry Eagleton al
libro Postmodern Condition de Lyotard, en cuya opinión «no puede existir
diferencia entre la verdad, la autoridad y la seducción retórica; el que posea
la lengua más melodiosa o la historia más embaucadora tiene el poder»,
merece ser repetida. Pienso que es todavía más relevante para nuestros
tiempos que cuando la cité en 1989[300]. Los argumentos presentes en el
cuento de la Casa Blanca y en la patraña de Downing Street han de ser
rebatidos y luego bloqueados si queremos encontrar algún tipo de solución
frente al actual callejón sin salida en que nos encontramos. Hay una
realidad ahí afuera y nos está pisando los talones. ¿Pero adónde deberíamos
procurar dirigir nuestros pasos? Si fuéramos capaces de montar el
maravilloso caballo de la libertad, ¿hacia dónde trataríamos de cabalgarlo?

Alternativas

Hay una tendencia a abordar la cuestión de las alternativas como si se


tratara de trazar algún programa para una futura sociedad y un bosquejo del
camino que conduce a ella. Podemos sacar grandes beneficios de estos
ejercicios, pero primero necesitamos iniciar un proceso político que pueda
llevarnos a un punto en el que se tornen identificables alternativas factibles,
posibilidades reales. Hay dos principales caminos a tomar. Podemos
involucrarnos en la plétora de movimientos opositores ya existentes y tratar
de destilar a partir y a través de su activismo la esencia de un programa de
oposición abierto. O bien, podemos recurrir a investigaciones políticas y
teóricas sobre nuestras condiciones existentes (como la que yo mismo he
emprendido en estas páginas) y tratar de colegir alternativas por medio de
análisis críticos. Tomar este último camino en absoluto supone presumir
que los movimientos de oposición existentes están equivocados o que de
algún modo son deficientes en sus planteamientos. De la misma manera, los
movimientos de oposición no pueden presumir que los descubrimientos
analíticos sean irrelevantes para su causa. La tarea es abrir un diálogo entre
los que escogen cada uno de estos caminos y a partir de ahí ampliar la
profundidad de los planteamientos colectivos y definir líneas de acción más
adecuadas.
La neoliberalización ha generado una paleta de movimientos de
oposición tanto dentro como fuera de su ámbito. Muchos de estos
movimientos son radicalmente distintos de los movimientos obreros que
dominaron la escena política antes de 1980[301]. He dicho «muchos», pero
no «todos». Los movimientos obreros tradicionales en absoluto han muerto,
ni siquiera en los países del capitalismo avanzado en los que se han
debilitado tanto como consecuencia del ataque neoliberal a su poder. En
Corea del Sur y en Sudáfrica emergieron vigorosos movimientos obreros
durante la década de 1980 y en gran parte de América Latina están
floreciendo partidos obreros que incluso han llegado al poder. En Indonesia,
un inexperto movimiento de trabajadores de gran importancia potencial
brega por ser oído. El potencial de un descontento obrero en China es
inmenso aunque impredecible. Y tampoco está claro que la masa de la clase
trabajadora estadounidense, que durante esta última generación a menudo
ha estado dispuesta a votar en contra sus propios intereses materiales por
razones de nacionalismo cultural, por cuestiones religiosas y por referencia
a valores morales, permanezca para siempre enjaulada en esa política de
maquinaciones tanto republicanas como demócratas. Dada la volatilidad a
la que nos enfrentamos, no hay razón para descartar un resurgimiento de la
política popular socialdemócrata o incluso de corte populista y
antineoliberal dentro de Estados Unidos en los próximos años.
Pero las luchas contra la acumulación por desposesión están
fomentando la apertura de líneas de lucha política y social bastante
diferentes[302]. Debido en parte a las condiciones específicas en las que se
generan estos movimientos, su orientación política y su modesta
organización parten acusadamente de lo que caracterizaba la política
socialdemócrata. Por ejemplo, la rebelión zapatista en Chiapas, México, no
busca tomar el poder estatal o culminar una revolución política sino que
aspira en cambio a lograr una política más integradora. La idea consiste en
despertar un movimiento que atraviese la sociedad en una búsqueda más
abierta y fluida de alternativas que preste atención a las necesidades
específicas de los diferentes grupos sociales y les permita mejorar sus
expectativas. Desde el punto de vista organizativo, se tendía a evitar el
vanguardismo y se rechazaba adoptar la forma de un partido político. En su
lugar, se prefería permanecer como un movimiento social dentro del Estado,
intentando formar un bloque de poder político en el que las culturas
indígenas ocuparan un lugar central y no periférico. Muchos movimientos
ecologistas —como los que luchan por una justicia medioambiental—
actúan de la misma manera.
El efecto de estos movimientos ha sido dejar de pensar el problema de
la organización política a partir de los partidos políticos tradicionales y del
movimiento obrero, optando por organizar una dinámica menos
concentrada en la política que opera a través de todo el espectro de la
sociedad civil. Lo que estos movimientos pierden en objetivos lo ganan en
tanto que otorgan una relevancia directa a cuestiones particulares y a
sectores específicos de la población. Extraen su fuerza de estar insertos en
el grano de la vida y la lucha cotidiana, pero al hacerlo a menudo se les
hace difícil sustraerse a lo local y lo particular para comprender la
macropolítica de lo que está pasando con la acumulación por desposesión
neoliberal y su relación con la restauración del poder de clase.
La variedad de estas luchas es sencillamente apabullante, tanto que a
veces es difícil llegar siquiera a imaginar las conexiones existentes entre
unas y otras. Todas ellas forman parte de una combinación volátil de
movimientos de protesta que han barrido el mundo y que han ido captando
la atención mediática desde principios de la década de 1980. Estos
movimientos y revueltas en ocasiones han sido aplastados con una violencia
brutal, en la mayoría de los casos por poderes estatales que actuaban en
nombre del mantenimiento de la «la paz y el orden». En otros lugares, en
los que la acumulación por desposesión ha producido intensas rivalidades
políticas y sociales estos movimientos han degenerado en violencia
interétnica y en guerra civil. La táctica de «divide y vencerás» de las elites
dominantes, o la competencia entre facciones rivales (por ejemplo, intereses
franceses versus intereses estadounidenses en algunos países africanos), las
más de las veces han sido vitales para la suerte de esas luchas. Los Estados
clientes, con el apoyo militar o en algunos casos con fuerzas especiales
entrenadas por los más potentes aparatos militares (dirigidos por Estados
Unidos, y apoyados por Gran Bretaña y Francia desempeñando un papel
menor) a menudo han tomado la delantera en un sistema basado en la
represión y en la liquidación para hacer un despiadado marcaje a los
movimientos activistas que estaban desafiando la acumulación por
desposesión en muchas partes del mundo en vías de desarrollo.
Los propios movimientos han producido una plétora de ideas en cuanto
a alternativas se refiere. Unos buscan desligarse del poder opresivo de la
globalización neoliberal. Otros (como el movimiento «50 años bastan»),
luchan por la justicia social y medioambiental global mediante la reforma o
la disolución de instituciones tan poderosas como el FMI, la OMC, y el Banco
Mundial (aunque no deja de ser interesante que el poder central del
Departamento del Tesoro estadounidense raramente sea mencionado).
También los hay (particularmente desde el ecologismo, como Greenpeace)
que hacen hincapié en la cuestión de «reclamar los bienes comunes»,
señalando así las profundas continuidades existentes con luchas muy
antiguas así como también con las libradas a lo largo de toda la amarga
historia del colonialismo y del imperialismo. Algunos autores (como Hardt
y Negri) vislumbran una multitud en movimiento, o un movimiento en el
seno de la sociedad civil global, para enfrentarse al poder difuso y
descentralizado del orden neoliberal (interpretado como el «Imperio»), y
otras personas dirigen una mirada más modesta hacia la experimentación
local de nuevos sistemas de producción y de consumo (como los LETS)
animados por una forma de relaciones sociales y prácticas ecológicas
completamente diferentes. Asimismo, están los que depositan su confianza
en las estructuras más convencionales de los partidos políticos (como, por
ejemplo, el Partido de los Trabajadores en Brasil o el Partido del Congreso
en India en alianza con los comunistas) con el objetivo de ganar el poder
estatal y dar un paso más hacia la reforma global del orden económico.
Actualmente, muchas de estas corrientes diversas convergen en el Foro
Social Mundial en un esfuerzo por tratar de definir sus puntos en común y
de construir una fuerza organizativa capaz de enfrentarse a las muchas
modalidades de neoliberalismo y de neoconservadurismo que estamos
presenciando. Se ha desatado un torbellino de literatura sugiriendo que
«otro mundo es posible». Sus textos compendian y en ocasiones intentan
sintetizar las diversas ideas surgidas de los distintos movimientos sociales
que están teniendo lugar en todos los rincones del mundo. Hay mucho que
admirar y en lo que inspirarse.
¿Pero qué conclusiones podemos inferir de un ejercicio analítico como
el realizado en estas páginas? En primer lugar, toda la historia del
liberalismo embridado y el giro subsiguiente hacia el neoliberalismo
muestran el papel crucial que ha tenido la lucha de clases bien tanto en el
control como en la restauración del poder de clase de la elite. Aunque haya
sido efectivamente disfrazado, hemos experimentado toda una generación
de sofisticada recomposición estratégica por parte de las elites dominantes
para restaurar, reafianzar o, como en China y en Rusia, construir un
contundente poder de clase. El giro posterior hacia el neoliberalismo ilustra
hasta qué punto las elites económicas no están escatimando esfuerzos, así
como las estrategias autoritarias que están dispuestas a desplegar en aras a
reafirmar su poder. Todo ello se produjo a lo largo de las décadas en las que
las instituciones de la clase obrera entraron en declive y durante las que
muchos progresistas fueron paulatinamente convencidos de que la clase no
tenía sentido o de que al menos se trataba de una categoría difunta. Al
suscribir estas consideraciones, progresistas de todas las tendencias parecen
haber cedido al pensamiento neoliberal puesto que una de las primeras
invenciones del neoliberalismo consiste en que la clase es una categoría
ficticia que sólo existe en la imaginación de los socialistas y de cripto-
comunistas. En el caso de Estados Unidos la expresión «guerra de clases»
ahora sólo se utiliza en los medios de comunicación de la derecha (por
ejemplo The Wall Street Journal) para denigrar todo tipo de crítica que
amenace con debilitar un objetivo nacional supuestamente unificado y
coherente (esto es, ¡la restauración de la clase dominante!). Por lo tanto, la
primera lección que debemos aprender es que si parece una guerra de clases
y actúa como una guerra de clases, hay que llamarla por lo que es con
llaneza. La masa de la población o bien tiene que resignarse a la trayectoria
histórica y geográfica definida por el opresivo poder de la clase dominante
en continuo desarrollo, o bien tiene que responder a este en términos de
clase.
Exponer la situación en estos términos no significa sentir nostalgia por
una perdida edad de oro en la que una categoría ficticia como «el
proletariado» era operativa. Tampoco significa necesariamente (si es que
alguna vez lo significó) que haya una sencilla concepción de la clase a la
que podemos apelar como agente principal (por no decir exclusivo) de la
transformación histórica. No existe un mundo utópico de fantasía marxista
al que podamos retirarnos. Apuntar la necesidad y la inevitabilidad de la
lucha de clases no equivale a decir que la manera en que se constituye la
clase viene determinada o incluso es determinable de antemano. Los
movimientos populares, así como los de la clase que integra la elite, se
hacen a sí mismos aunque nunca bajo condiciones que ellos mismos hayan
escogido. Y esas condiciones están repletas de complejidades que emergen
a partir de las diferencias de raza, de género y de etnia las cuales están
íntimamente entretejidas con las identidades de clase. Las clases dominadas
están muy racializadas y la creciente feminización de la pobreza ha sido un
rasgo notable de la neoliberalización. La ofensiva neoconservadora contra
los derechos de las mujeres y los derechos reproductivos, que curiosamente
cobró su mayor virulencia a finales de la década de 1970 coincidiendo con
el salto a la arena pública del neoliberalismo, es un elemento crucial de su
noción de un orden moral recto construido sobre una concepción muy
particular de la familia.
El análisis también revela cómo y por qué se produce la bifurcación que
podemos observar en los movimientos populares actuales. Por un lado, se
encuentran los movimientos en torno a los que he denominado la
«reproducción ampliada», en los que la explotación de los trabajadores
asalariados y las condiciones definidoras del salario social son las
cuestiones centrales. Por otro, se hallan los movimientos contra la
acumulación por desposesión. Estos movimientos se articulan en torno a la
resistencia frente a las formas clásicas de acumulación primitiva (como el
desplazamiento de la población rural de sus tierras); frente al salvaje
abandono del Estado de sus obligaciones sociales (excepto el control y la
vigilancia); frente a las prácticas que siembran la destrucción de culturas,
historias y entornos singulares; y frente a las deflaciones e inflaciones
«confiscatorias» labradas por las formas contemporáneas del capital
financiero en alianza con el Estado. Encontrar las conexiones orgánicas
existentes entre estos diferentes movimientos es una tarea teórica y práctica
urgente. Pero nuestro análisis también ha demostrado que el único modo de
hacerlo es rastreando la dinámica de un proceso de acumulación de capital
marcado por desarrollos geográficos volátiles y cada vez más
profundamente desiguales. Esta desigualdad, tal y como vimos en el
capítulo 4, promueve de manera activa la difusión de la neoliberalización a
través de la competencia interestatal. Parte de la tarea de una política de
clase rejuvenecida, consiste en convertir este desarrollo geográfico desigual
en un activo y no en una carga. La política de las elites dominantes basada
en el divide y vencerás, debe ser confrontada mediante una política de
alianzas por parte de los simpatizantes de la izquierda para la recuperación
de poderes de autodeterminación locales.
Pero los estudios analíticos también ponen de relieve la existencia de
contradicciones susceptibles de ser explotadas en el seno de las agendas
neoliberal y neoconservadora. La creciente fractura entre la retórica (en
beneficio de todos) y los resultados (el beneficio de una pequeña clase
dominante) es actualmente muy visible. La idea de que el mercado se rige
por las reglas de la competencia y la paridad se ve cada vez más desmentida
por el hecho de la extraordinaria monopolización, centralización, e
internacionalización que caracterizan el poder financiero y corporativo. El
asombroso crecimiento de las desigualdades de clase y regionales, tanto
dentro de los Estados (por ejemplo, en China, Rusia, India y el sur de
África) como a escala internacional entre los distintos Estados, plantea un
grave problema político que ya no puede ser barrido debajo de la alfombra
como algo «transitorio» en el camino hacia un mundo neoliberal
perfeccionado. Cuanto más se reconoce al neoliberalismo como una fallida
retórica utópica que enmascara un exitoso proyecto para la restauración del
poder de la clase dominante, más se tienden los cimientos de una
resurgencia de movimientos de masas expresando demandas políticas por la
igualdad y aspirando a la justicia económica, el comercio justo y una mayor
seguridad económica.
La creciente presencia de los discursos sobre los derechos, como ya
analizamos en el capítulo anterior, ofrece posibilidades pero también
problemas. La apelación a la idea convencional de los derechos liberales
puede constituir una poderosa «espada de resistencia» desde la que criticar
el autoritarismo neoconservador, en particular, si atendemos a la forma en
que la «guerra contra el terrorismo» ha sido desplegada por doquier (desde
Estados Unidos y China hasta Chechenia) como una excusa para reducir las
libertades civiles y políticas. La invocación al reconocimiento de la
soberanía y del derecho de autodeterminación de los iraquíes es un arma
poderosa con la que frenar los planes de Estados Unidos para el país. Pero
también pueden definirse derechos alternativos. La crítica a la interminable
acumulación de capital en tanto que el proceso dominante que moldea
nuestras vidas implica criticar esos derechos específicos —el derecho a la
propiedad privada individual y a la extracción de beneficio— que fundan el
neoliberalismo, y viceversa. En otros trabajos he defendido la pertinencia
de un haz enteramente distinto de derechos en el que se incluya el derecho a
las expectativas de vida, a la asociación política y al «buen» gobierno, al
control sobre la producción por parte de los productores directos, a la
inviolabilidad y a la integridad del cuerpo humano, a emprender una crítica
sin miedo a sufrir represalias, a un entorno limpio y saludable para la vida,
al control colectivo de los recursos de propiedad común, a la producción del
espacio, a la diferencia, así como también otros derechos esenciales a
nuestro estatus como seres humanos[303]. No obstante, proponer derechos
diferentes a los que son considerados sacrosantos por el neoliberalismo
conlleva la obligación de especificar un proceso social alternativo al que
puedan ser inherentes estos derechos alternativos.
Para refutar la afirmación conservadora de que su autoridad y su
legitimidad se apoyan sobre un elevado fundamento moral, podemos
servirnos de un argumento similar. El ideal de una comunidad moral y de
una economía moral no es ajeno a los movimientos progresistas que han
existido a lo largo de la historia. Muchos de los que ahora luchan contra la
acumulación por desposesión, como los zapatistas, están activamente
articulando el deseo de experimentar relaciones sociales alternativas en
términos de economía moral. La moralidad no es un campo que deba ser
definido únicamente por una derecha religiosa reaccionaria movilizada bajo
la batuta hegemónica de los medios de comunicación y articulada a través
de un proceso político dominado por el poder económico corporativo.
Debemos enfrentarnos a la restauración del poder de la clase dominante
defendida mediante una mezcolanza de argumentos morales confusos. Las
denominadas «guerras culturales» —por más desencaminadas que algunas
de ellas puedan haber estado— no pueden ser desechadas como una
distracción inoportuna (como sostienen algunos autores de la izquierda
tradicional) de la política de clase. De hecho, la difusión del uso del
argumento moral entre los neoconservadores testimonia no sólo el miedo a
la disolución social bajo un neoliberalismo individualizador sino también
las amplias olas de repugnancia moral suscitadas por la alienación, la
anomia, la exclusión, la marginación y la degradación medioambiental que
han generado las prácticas de la neoliberalización. La transformación de
esta repugnancia moral ante una ética del mercado sin matices en
resistencia cultural primero y política después, es uno de los signos de
nuestro tiempo que precisan ser interpretados correctamente en vez de
dejados de lado. La conexión orgánica entre estas luchas culturales y la
lucha por revertir la arrolladora consolidación del poder de la clase
dominante demanda una exploración práctica y teórica.
Pero es la naturaleza profundamente antidemocrática del
neoliberalismo, respaldada por el autoritarismo neoconservador, lo que sin
duda debería construir el núcleo de la lucha política. El déficit democrático
en algunos países nominalmente «democráticos» como Estados Unidos es
actualmente enorme[304]. En este país, la representación política se
encuentra atenazada y corrompida por el poder económico, además de
padecer un sistema electoral que es manipulado y corrompido con suma
facilidad. Los pactos institucionales fundamentales se encuentran
gravemente desequilibrados. Los senadores de veintiséis Estados, que no
suman el 20% de la población del país, poseen más de la mitad de los votos
para determinar el programa legislativo del Congreso. Además, el flagrante
fraude electoral de los distritos del Congreso para dar ventaja a quienquiera
que se encuentre en el poder es juzgado constitucional por un sistema
judicial progresivamente nutrido mediante nombramientos políticos de
jueces con creencias neoconservadoras. Instituciones con enorme poder,
como la Reserva Federal, están fuera de todo control democrático. En el
plano internacional, la situación es todavía peor puesto que instituciones
como el FMI, la OMC, y el Banco Mundial no rinde cuentas y mucho menos
experimentan una influencia democrática, al igual que sucede con las ONG
que pueden operar sin participación ni supervisión democrática alguna con
independencia de lo bien intencionadas que sean sus acciones. Esto no
significa que no haya nada problemático en las instituciones democráticas.
Los miedos neoliberales a una influencia indebida por parte de grupos de
interés especial sobre los procesos legislativos se encuentran ampliamente
ilustrados por los grupos de presión corporativos y por la puerta giratoria
entre el Estado y las corporaciones que asegura que el Congreso
estadounidense (así como también las sedes legislativas de los diversos
Estados de la Unión) cumpla las órdenes de los intereses de los ricos y sólo
de los intereses de los ricos.
Volver a introducir las demandas por un gobierno democrático y por la
igualdad y la justicia económica, política y cultural no significa proponer un
regreso a una edad de oro perdida. El significado debe ser reinventado en
cada caso para abordar las condiciones y las potencialidades del momento
actual. La democracia de la antigua Atenas no guarda relación con los
significados con los que debemos investir en la actualidad este término en
coyunturas tan diversas como las de Sao Paulo, Johannesburgo, Shangai,
Manila, San Francisco, Leeds, Estocolmo y Lagos. Pero el aspecto más
extraordinario de esto es que precisamente, de una punta a otra del globo,
desde China, Brasil, Argentina, Taiwán, y Corea hasta Sudáfrica, Irán, India
y Egipto, pasando por las combativas naciones de Europa del Este, así
como también en los cuarteles generales del capitalismo contemporáneo,
hay grupos y movimientos sociales en marcha implicados en reformas que
expresan en una u otra versión valores democráticos[305].
Los líderes de Estados Unidos, con un considerable apoyo de la opinión
pública de ese país, han proyectado sobre el mundo la idea de que los
valores neoliberales de libertad estadounidenses son universales y
supremos, y de que estos valores merecen que demos la vida por ellos. El
mundo actual está en condiciones de rechazar este ademán imperialista y
reproyectar sobre el centro del capitalismo neoliberal y neoconservador, un
abanico de valores completamente diferente, esto es, los de una democracia
abierta consagrada a la realización de una igualdad social ligada a la justicia
económica, política y cultural. Los argumentos de Roosevelt nos brindan un
lugar por donde empezar. Debemos construir una alianza dentro de Estados
Unidos para recuperar el control popular del aparato estatal y, a partir de
ahí, avanzar en la profundización en lugar de en la desmembración de las
prácticas y de los valores democráticos bajo el monstruo del poder del
mercado.
Hay una perspectiva de la libertad muchísimo más noble que ganar que
la que predica el neoliberalismo. Hay un sistema de gobierno muchísimo
más valioso que construir que el que permite el neoconservadurismo.
DAVID W. HARVEY (Gillingham, Kent, Inglaterra, 1935). David W.
Harvey es un geógrafo y teórico social británico. Se graduó en Cambridge
con una tesis sobre el condado de Kent en el siglo XIX siguiendo la gran
tradición en Geografía Histórica regional de esta universidad. A mediados
de la década de 1960 comienza a interesarse por el gran desarrollo de los
métodos cuantitativos y de la filosofía neopositivista y popperiana en las
ciencias sociales, contribuyendo así al desarrollo de la geografía
cuantitativa.
Ha sido también profesor de Geografía e Ingeniería Ambiental en la
Universidad Johns Hopkins, siendo profesor de 1969 a 1973, y catedrático
de 1973 a 1989. De 1987 a 1993, ocupó la cátedra de Geografía Halford
Mackinder de la Universidad de Oxford, y en 1993 vuelve a ocupar la
cátedra de Geografía en Johns Hopkins, hasta 2001.
Desde 2001, es catedrático de Antropología y Geografía en la City
University of New York (CUNY) y Miliband Fellow de la London School of
Economics.
Es autor de numerosos artículos y libros de gran influencia en el desarrollo
de la geografía moderna. En 1973 publica Social Justice and the City
(Urbanismo y desigualdad social), obra donde el autor muestra su
evolución desde perpectivas liberales de izquierda (cercanas a los
planteamiento de John Rawls) a perspectivas radicales (cercanas a la
tradición marxista). Los temas centrales del libro giran en torno a la ciudad
y sus problemas (vivienda, guetos, teoría de la renta, gentrificación…).
Supone un hito claro en el desarrollo de la Geografía urbana.
Uno de sus trabajos más recientes es A Brief History of Neoliberalism
(2005), donde examina histórica y geográficamente la teoría y la práctica
del neoliberalismo desde mediados de los años setenta. Considera que el
neoliberalismo fue una respuesta a la crisis de acumulación sufrida por el
capitalismo en los años setenta, caracterizada por una baja de los
rendimientos de las inversiones simultánea con un incremento de las luchas
sociales. El neoliberalismo pudo establecerse aprovechando que la crisis
provocó la debilidad de los Estados frente a los bancos, los cuales pudieron
imponer las privatizaciones y la reducción de las garantías laborales. Para
Harvey, el neoliberalismo ha tenido éxito en incrementar el capital y el
poder de los estratos altos de la sociedad, pero ha ampliado la brecha entre
éstos y las mayorías empobrecidas, poniendo en primera plana, otra vez, la
lucha de clases. La crisis de acumulación reaparece, no fue definitivamente
resuelta y ello traza los límites históricos del modelo neoliberal.
En 2007, los analistas Thomson Reuters le incluyeron en su ranking de los
veinte académicos más citados en las Ciencias Sociales. Se autodefine
como «urbanista rojo» y afirma pretender «crearle ardor de estómago a la
bestia del capitalismo».
Índice de contenido

Introducción
1. La libertad no es más que una palabra
¿Por qué el giro neoliberal?
El ascenso de la teoría neoliberal
El significado del poder de clase
Perspectivas de la libertad
2. La construcción del consentimiento
3. El Estado neoliberal
El Estado neoliberal en teoría
Tensiones y contradicciones
El Estado neoliberal en la práctica
La respuesta neoconservadora
4. Desarrollos geográficos desiguales
El mapa móvil de la neoliberalización
Informes desde primera línea
Fuerzas y flujos
5. Neoliberalismo «con características chinas»
Transformaciones internas
Relaciones exteriores
¿Hacia una reconstitución del poder de clase?
6. El neoliberalismo a juicio
Hazañas neoliberales
La mercantilización de todo
Degradaciones medioambientales
Sobre los derechos
7. El horizonte de la libertad
¿El fin del neoliberalismo?
Alternativas
Sobre el autor
Notas

[1] S. George, «A Short History of Neoliberalism. Twenty years of Elite


Economics and Emerging Opportunities for Structural Change», en W
Bello, N. Bullard, y K. Malhotra (eds.), Global Finance. New Thinking on
Regulating Capital Markets, Londres, Zed Books, 2000, pp. 27-35; G.
Duménil y D. Lévy, Capital Resurgent. Roots of the Neoliberal Revolution,
Cambridge (MA), Harvard University Press, 2004; J. Peck, «Geography
and Public Policy. Constructions of Neoliberalism», Progress in Human
Geography, n.º 28/3, 2004, pp. 392 405; J. Peck y A. «Neoliberalizing
Space», Antipode XXIV, 3, 2002, pp. 380-404; P. Treanor, «Neoliberalism
Origins, Theory, Definition», web.inter.nl.net/
users/Paul.Treanor/neoliberalism. <<

[2] P. Treanor, «Neoliberalism. Origins, Theory, Definitions», cit. <<

[3] D. Harvey, The Condition of Posmodernity, Oxford, Basil Blackwell,


1989 (Ed. Cast. La Condición de la Posmodernidad, Buenos Aires,
Amorrortu, 1998). J. F. Lyotard, The Postmodern Condition, Manchester,
Manchester University Press, 1984, pp. 66 (ed. cast.: La condición
posmoderna. Madrid, Ediciones Cátedra, 1989). <<

[4] En el original de editorial AKAL, dice 9 de septiembre. Parto del supuesto


que fue un error del traductor ya que en inglés se expresa 9/11. En
consecuencia, he corregido la fecha porque entiendo que refiere al ataque a
las torres gemelas del 2001. <<
[5] G. W Bush, «President Addresses the Nation in Prime Time Press
Conference», 13 de abril de 2004; georgewbush-whitehouse.archives.gov/
news/releases/2004/04/20040413-20. <<

[6] Matthew Arnold (1822-1888). Poeta y crítico inglés.(Wikipedia) <<

[7] Las citas de Matthew Arnold proceden de R. Williams, Culture and


Society, 1780-1850, Londres, Chatto & Windus, 1958, p. 118. <<

[8] A. Juhasz, «Ambitions of Empire. The Bush Administration Economic


Plan for Iraq (and Beyond)», Left Turn Magazine 12 (febrero-marzo 2004),
pp. 27-32. <<

[9] N. Klein, «Of Course the White House fears Free Elections in Iraq», The
Guardian, 24 de enero de 2004, p. 18. <<

[10] T. Crampton, «Iraqui Oficial urges Caution on Imposing Free Market»,


The New York Times, 24 de enero de 2004, p. 18. <<

[11] A. Juhasz, «Ambitions of Empire. The Bush Administration Economic


Plan for Iraq (And Beyond)», cit, p. 29. <<

[12] G. W. Bush, «Securing Freedom’s Triumph», The New York Times, 11


de septiembre de 2002, A33. The National Security Strategy of the United
States of America se encuentra disponible en el sitio web:
whitehouse.gov/nsc/nss. <<

[13] M. Fourcade-Gourinchas y S. Babb, «The Rebirth of the Liberal Creed.


Paths to Neoliberalism in Four Countries», American Journal of Sociology
108 (2002), pp. 542-549; J. Valdez, Pinochet’s Economists. The Chicago
School in Chile, Nueva York, Cambridge University Press, 1995; R. Lüders,
«The Success and Failure of the State-Owned Enterprise Divestitures in a
Developing Country. The Case of Chile», Journal of World Business
(1993), pp. 98-121. <<
[14] R. Dahl y C. Lindblom, Politic, Economy and Welfare. Planning and
Politics-Economic Systems Resolved into Basic Social Processes, Nueva
York, Harper, 1953. <<

[15] Los Acuerdos de Bretton Woods son las resoluciones de la Conferencia


Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas, realizada en el complejo
hotelero de Bretton Woods, (Nueva Hampshire), entre el 1 y el 22 de julio
de1944, donde se establecieron las reglas para las relaciones comerciales y
financieras entre los países más industrializados del mundo. En él se
decidió la creación del Banco Mundial (BM) y del Fondo Monetario
Internacional (FMI) y el uso del dólar como moneda internacional. Esas
organizaciones se volvieron operacionales en 1946. (Fuente: Wikipedia) <<

[16] S. Krasner (ed.), Internacional Regimes, Ithaca (NY), Cornell


University Press, 1983; M. Blyth, Great Transformations. Economic Ideas
and Institutional Change in the Twentieth Century, Cambridge, Cambridge
University Press, 2002. <<

[17] P. Armstrong, A. Glynn, y J. Harrison, Capitalism Since World War II.


The Making and Breaking of the Long Boom, Oxford, Basil Blackwell,
1991. <<

[18] Para el marxismo, la acumulación capitalista conduce, a su vez, a los


fenómenos de la concentración y la centralización del capital. Entendiendo
al trabajo como única fuente de valor, necesariamente la acumulación de
capital implica una reducción consecuente de la tasa de ganancia en cada
ciclo, y con ella la necesidad de una mayor plusvalía, que reduciría en cada
ciclo la participación de los asalariados, con lo que una depauperación
creciente e irreversible de las masas trabajadoras, sería paralela al proceso
de acumulación capitalista e implicaría una crisis estructural del
capitalismo. <<

[19] Ver nota 14 en la página 16 de este mismo libro. <<


[20] G. Eley, Forging Democracy. The History of the Left in Europe, 1850-
2000, Oxford, Oxford University Press, 2000. <<

[21] G. Duménil y D. Lévy, «Neoliberal Dynamics. Towards A New


Phase?» en K. van der Pijl, L. Assassi, y D. Wigan (eds.), Global
Regulation. Managing Crises after the Imperial Turn, Nueva York, Palgrave
Macmillan, 2004, pp. 41-63. Véase también, «Task Force on Inequality and
American Democracy», American Democracy in an Age of Rising
Inequality, American Political Science Association (2004); T. Piketty y E.
Saez, «Income Inequality in the United States, 1913-1988», Quarterly
Journal of Economics. 118 (2003), pp. 1-39. <<

[22] United Nations Development Program, Human Development Report,


1999, Nueva York, Oxford University Press, 1999. <<

[23] Obliteración: Acción de obliterar; extirpación de una parte u órgano, ya


quirúrgicamente, ya espontáneamente por enfermedad. <<

[24] Véase el sitio web: montpelerin.org/aboutmps. <<

[25] Un acertado análisis se puede encontrar en H. J. Chang, Globalization,


Economic Development and the Role of the State, Londres, Zed Books,
2003. Sin embargo, tal y como señala J. Peck en «Geography and Public
Policy. Constructions of Neoliberalism», cit., con frecuencia el
neoliberalismo ha absorbido otros elementos dentro de su marco, de tal
modo que es difícil concebirlo como una teoría «pura». <<

[26] Para una aproximación sobre el tema, ver Los fundamentos éticos de
una sociedad libre. Conferencia que Friedrich Hayek dictó en Chile en abril
de 1981: hacer.org/pdf/Hayek06.pdf. <<

[27] La historia del camino de Thatcher hacia el neoliberalismo se


encuentra perfilada en D. Yergin y J. Stanislaw, The Commanding Heights.
The Battle Between Government and Market Place that is Remaking the
Modern World, Nueva York, Simon & Schuster, 1999. <<

[28] L. Panitch y S. Gindin, «Finance and American Empire», en The


Empire Reloaded Socialist Register 2005, London, Merlin Press,
2005.pp. 46-81. <<

[29] D. Henwood, Alter the New Economy, Nueva York, New Press, 2003,
p. 208. <<

[30] L. Álvarez, «Britain Says U. S. Planned to Seize Oil in 1973 Crisis»,


The New York Times, 4 de enero de 2004, A6. Sobre la aceptación saudí de
reciclar los petrodólares a través de Estados Unidos, véase P. Gowan, The
Global Gamble. Washington’s Faustino Bid for Dominante, Londres, Verso,
1999, p. 20 [ed. cast.: La apuesta por la globalización, Madrid, «Cuestiones
de antagonismo 6», Ediciones Akal, 2000]. <<

[31] D. Harvey, The New Imperialism, Oxford, Oxford University Press,


2003 [ed. cast.: El nuevo imperialismo, Madrid, «Cuestiones de
antagonismo 26», Ediciones Akal, 2004]; N. Smith, American Empire,
Roosevelt’s Geographer and the Prelude to Globalization, Berkeley,
University of California Press, 2003; N. Smith, The Endgame of
Globalization, Nueva York, Routledge, 2005. <<

[32] En su libro Confesiones de un Economic Hit Man («Confesiones de un


Asesino Económico a Sueldo»), John Perkins describe cómo él mismo,
como un profesional muy bien pagado, ayudó a EE. UU. a timar a países
pobres alrededor del mundo en trillones de dólares prestándoles más dinero
del que ellos podrían alguna vez pagar y para luego hacerse dueño de sus
economías. Véase voltairenet.org/article125270. <<

[33] L. Panitch y S. Gindin, «Finance and American Empire», cit. <<


[34] Las muchas crisis de deuda de la década de 1980 han sido ampliamente
tratadas en P. Gowan, The Global Gamble, cit. <<

[35] J. Stiglitz, Globalization and its Discontents, Nueva York, Norton,


2002. <<

[36] G. Duménil y D. Levy, «The Economics of U. S. Imperialism at the


Turn of the 21st Century», Review of International Political Economy XI, 4
(2004), pp. 657-676. <<

[37] Algunos ejemplos pueden encontrarse en A. Chua, World of Fire. How


Exporting Free Market democracy Breeds Ethnic Hatred and Global
Instability, Nueva York, Doubleday, 2003. <<

[38] Citado en D. Harvey, The Condition of Posmodernity, cit., p. 158. <<

[39] Randy Martin, The Financialization of daily Life, Filadelfia, Temple


University Press, 2002. <<

[40] Se denomina G7, o Grupo de los siete, a un grupo de países


industrializados del mundo cuyo peso político, económico y militar es muy
relevante a escala global. Está conformado por Alemania, Canadá, Estados
Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido. La pertenencia al grupo no se
basa en un criterio único, ya que no son ni los siete países más
industrializados, ni los de mayor renta per cápita ni aquellos con un mayor
Producto Interno Bruto. (Fuente: es.wikipedia.org/wiki/G-7). <<

[41] En términos generales, el término «Main Street», se utiliza en el


mundo anglosajón para designar cualquier lugar que permanece fiel a sus
valores tradicionales. Cuando se utiliza en relación con «Wall Street», es
una forma de contraponer los intereses de los grandes negocios y los de la
clase obrera, los de los pequeños comerciantes y los de las clases medias.
[N. de la T]. <<
[42] Esta es la definición exclusiva preferida en los trabajos de G. Duménil
y D. Lévy, por ejemplo. <<

[43] A. Chua, World of Fire. How Exporting Free Market democracy


Breeds Ethnic Hatred and Global Instability, cit. <<

[44] United Nations Development Program, Human Development Report,


1996, Nueva York, Oxford University Press, 1996, y United Nations
Development Program, Human Development Report, 1999, Ibid, 1999. <<

[45] En el libro de W Robinson, A Theory of Global Capitalism.


Production, Class, and State in a Transnational World, Baltimore, Johns
Hopkins University Press, 2004, puede encontrarse una destacada defensa
de este argumento. <<

[46] Karl Polanyi, The Great Transformation [1944], Boston, Beacon Press,
1954. <<

[47] Ibid. <<

[48] Estados Unidos o los norteamericanos. <<

[49] G. W Bush, «Securing Freedom’s Triumph»; véase, también, F


Zakaria, The Future of Freedom. Illiberal Democracy at Home and Abroad.
<<

[50] A. Gramsci, Selections from the Prison Notebooks, Londres, Lawrence


& Wishart, 1971, pp. 321-343. <<

[51] J. Rapley, Globalization and Inequality. Neoliberalism’s Downward


Spiral, Boulder (CO), Lynne Reiner, 2004, p. 55. <<

[52] A. Gramsci, Selections from the Prison Notebooks, cit., p. 149. <<

[53] Integumento: Envoltura o cobertura; Disfraz, ficción, fábula. <<


[54] J. Court, Corporateering. How Corporate Power Steals your Personal
Freedom, Nueva York, J. P. Tarcher/Putnam, 2003, pp. 33-38. <<

[55] M. Blyth, Great Transformations. Economic Ideas and Institutional


Change in the Twentieth Century, cit., p. 155. La información del párrafo
anterior proviene de los capítulos 5 y 6 del análisis de Blyth, basado en T.
Edsall, The New Politics of Inequality, Nueva York, Norton, 1985,
capítulos 2 y 3. <<

[56] Court, Corporateering. How Corporate Power Steals your Personal


Freedom, cit., p. 34. <<

[57] W Tabb, The Long Default. New York City and the Urban Fiscal
Crisis, Nueva York, Monthly Review Press, 1982; J. Freeman, Working
Class New York. Life and Labor Since World War II, Nueva York, New
Press, 2001. <<

[58] R. Zevin, «New York City Crisis. First Act in a New Age of Reaction »,
en R. Alcalay y D. Mermelstein (eds.), The Fiscal Crisis of American
Cities. Essays on the Political Economy of Urban America with Special
Reference to New York, Nueva York, Vintage Books, 1977, pp. 11-29. <<

[59] W. Tabb, The Long Default. New York City and the Urban Fiscal
Crisis, cit., p. 28; para Walter Wriston, véase T. Frank, One Market Under
God. Extreme Capitalism, Market Populism and the End of Economic
Democracy, Nueva York, Doubleday, 2000, pp. 53-56. <<

[60] J. Freeman, Working Class New York. Life and Labor Since World War
II, cit. <<

[61] R. Koolhaas, Delirious New York, Nueva York, Monacelli Press, 1994;
M. Greenberg, «The Limits of Branding. The World Trade Center, Fiscal
Crisis and the Marketing of Recovery», International Journal of Urban and
Regional Research 27, 2003, pp. 386-416. <<
[62] W. Tabb, The Long Default. New York City and the Urban Fiscal
Crisis, cit.; acerca de la posterior «venta» de Nueva York, véase Greenberg,
«The Limits of Branding»; para un acercamiento más general a la cuestión
de la empresarialidad, véase, D. Harvey, «From Managerialism to
Empreneurialism. The Transformation of Urban Governance in Late
Capitalism», en id., Spaces of Capital Edimburgo, Edinburg University
Press, 2001, cap. 16 (ed. cast.: Espacios del capital, «Cuestiones de
antagonismo 44», Ediciones Akal, 2006). <<

[63] W. Tabb, The Long Default. New York City and the Urban Fiscal
Crisis, cit., p. 15. <<

[64] T. Edsall, The New Politics of Inequality, cit., p. 128. <<

[65] J. Court, Corporateering. How Corporate Power Steals Your Personal


Freedom, cit., pp. 29-31, donde se recoge un listado de todas las decisiones
legislativas relevantes durante la década de 1970. <<

[66] Especialmente contundentes resultan los análisis de T. Edsall,


recogidos en The New Politics of Inequality, cit., seguidos por M. Blyth,
Great Transformations. Economic Ideas and Institutional Change in the
Twentieth Century, cit. <<

[67] T. Edsall, The New Politics of Inequality, cit., p. 235. 58. <<

[68] T. Frank, What’s the Matter with Kansas. How Conservatives Won the
Hearts of America, Nueva York, Metropolitan Books, 2004. <<

[69] D. Kirkpatrick, «Club of the Most Powerful Gathers in Strictest


Privacy», The New York Times 28 de agosto de 2004, A10. <<

[70] Véase, J. Stiglitz, The Roaring Nineties, Nueva York, Norton, 2003. <<

[71] D. Yergin y J. Stanislaw, The Commanding Heights. The Battle


Between Government and Market Place that is Remaking the Modern
World, Nueva York, Simon&Schuster, 1999, p. 337; J. Stiglitz, The Roaring
Nineties, cit., p. 108. <<

[72] T. Edsall, The New Politics of Inequality, cit., p. 217. <<

[73] Nuevamente, el análisis descansa aquí notablemente en M. Blyth,


Great Transformations. Economic Ideas and Institutional Change in the
Twentieth Century, cit.; T. Edsall, The New Politic of Inequality, cit. <<

[74] M. Angell, The Truth About the Drug Companies. How They Deceive
Us and What To Do About It, Nueva York, Random House, 2004. <<

[75] M. Blyth, Great Transformations. Economic Ideas and Institutional


Change in the Twentieth Century, cit., véase también, T. Frank, One Market
Under God. Extreme Capitalism, Market Population and the End of
Economic Democracy, cit., particularmente acerca del papel de Gilder. <<

[76] T. Edsall, The New Politics of Inequality, cit., p. 107. <<

[77] S. Hall, Hard Road to Renewal. Thatcherism and the Crisis of the Left,
Nueva York, Norton, 1988. <<

[78] D. Yergin y J. Stanislaw, The Commanding Heights. The Battle


Between Government and Market Place that is Remaking the Modern
World, cit., p. 92. <<

[79] Una victoria pírrica es aquella que se consigue con muchas pérdidas en
el bando aparentemente o tácticamente vencedor, de modo que tal victoria
puede terminar siendo desfavorable para dicho bando. El nombre proviene
de Pirro, rey de Epiro, quien logró una victoria sobre los romanos con el
costo de miles de sus hombres. Se dice que Pirro, al contemplar el resultado
de la batalla, dijo «Otra victoria como esta y volveré solo a casa». (Fuente:
http://es.wikipedia.org/wiki/Victoria_pírrica). <<
[80] T. Benn, The Benn Diaries, 1940-1990, ed. R. Winstone, Londres,
Arrow, 1996. <<

[81] D. Yergin y J. Stanislaw, The Commanding Heights. The Battle


Between Government and Market Place that is Remaking the Modern
World, cit., p. 104. <<

[82] R. Brooks, «Maggie’s Man. We Were Wrong», The Observer, 21 de


junio de 1992, p. 15; P. Hall, Governing the Economy. The Politics of State
Intervention in Britain and France, Oxford, Oxford University Press, 1986;
M. Fourcade-Gourinchas y S. Babb, «The Rebirth of the Liberal Creed.
Paths to Neoliberalism in Four Countries», American Journal of Sociology
108 (2002), pp. 542-549. <<

[83] T. Hayter y D. Harvey (eds.), The Factory in the City, Brighton,


Mansell, 1995. <<

[84] G. Rees y J. Lambert, Cities in Crisis. The Political Economy of Urban


Development in Post-War Britain, Londres, Edward Arnold, 1985; M.
Harloe, C. Pinckvance, y J. Uri (eds.), Place, Policy and Politics. Do
Localities Matter?, Londres, Unwin Hyman, 1990; M. Boddy y C. Fudge
(eds.), Local Socialism? Labour Councils and New Left Alternatives,
Londres, Macmillan, 1984. <<

[85] La incapacidad de Thatcher para alcanzar varios de sus objetivos


políticos macroeconómicos, se encuentra adecuadamente documentada en
P. Hall, Governing the Economy. The Politics of State Intervention in
Britain and France, cit. <<

[86] H. J. Chang, Globalization, Economic: Development and the Role of


the State, Londres, Zed Books, 2003; B. Jessop, «Liberalism,
Neoliberalism, and Urban Governance. A State-Theoretical Perspective»,
Antipode XXXIV, 3 (2002), pp. 452-472; N. Poulantzas, State Power
Socialism, Londres, Verso, 1978; S. Clarke (ed), The State Debate, Londres,
Macmillan, 1991; S. Haggard y R. Kaufman (eds.), The Politics of
Economic Adjustment International Constraints, Distributive Conflicts and
the State, Princeton, Princeton University Press, 1992; R. Nozick, Anarchy,
State and Utopia, Nueva York, Basic Books, 1977. <<

[87] J. Stiglitz, autor de The Roaring Nineties (Nueva York, Norton, 2003),
obtuvo su Premio Nobel por sus estudios sobre el modo en que las
asimetrías de información afectaban al comportamiento y a los resultados
del mercado. <<

[88] Véase, D. Harvey, The Condition of Posmodernity, Oxford, Basil


Blackwell, 1989, y D. Harvey, The Limits to Capital, Oxford, Basil
Blackwell, 1982. <<

[89] Sobre este concepto, Naomi Klein profundiza en su libro «La doctrina
del shock: El auge del capitalismo de desastre». <<

[90] P. Evans, Embedded Autonomy. Status and Industrial Transformation,


Princeton, Princeton University Press, 1995; R. Wade, Governing the
Market, Princeton, Princeton University Press, 1992; M. Woo Cummings
(ed.), The Developmental State, Ithaca (NY), Cornell University Press,
1999. <<

[91] P. Henderson, «Uneven Crises. Institutional Foundation of East Asian


Turmoil», Economy and Society XXVIII, 3 (1999), pp. 327-368. <<

[92] J. Stiglitz, The Roaring Nineties, cit., p. 227; P Hall, Governing the
Economy. The Politics of State Intervention in Britain and France, cit.; M.
Fourcade-Gourinchas y S. Babb, «The Rebirth of the Liberal Creed. Paths
to Neoliberalism in Four Countries», American Journal of Sociology 108
(2002), pp. 542-549. <<

[93] I. Vásquez, «The Brady Plan and Market-Based Solutions to Debt


Crises», The Cato Journal XVI, 2 (disponible online). <<
[94] M. Piore y C. Sable, The Second Industrial Divide. Possibilities of
Prosperity, Nueva York, Basic Books, 1986. <<

[95] Véase, D. Harvey, The Condition of Posmodernity, Oxford, Basil


Blackwell, 1989. <<

[96] V. Navarro (ed.), The Political Economy of Social Inequalities.


Consequences for Health and the Quality of Life, Amityville (NY),
Baywood, 2002. <<

[97] P. McCarney y R. Stren, Governance on the Ground. Innovations and


Discontinuities in the Cities of the Developing World, Princeton, Woodrow
Wilson Center Press, 2003; A. Dixit, Lawlessness and Economics.
Alternative Modes of Governance, Princeton, Princeton University Press,
2004. <<

[98] R. Miliband, The State in Capitalist Society, Nueva York, Basic Books,
1969. <<

[99] N. Rosenblum y R. Post (eds.), Civil Society and Government,


Princeton, Princeton University Press, 2001; S. Chambers y W. Kymlicka
(eds.), Alternative Conceptions of Civil Society, Princeton, Princeton
University Press, 2001. <<

[100] K. Ohmae, The End of the Nation State. The Rise of the Regional
Economies, Nueva York, Touchstone Press, 1996. <<

[101] El Tratado de Libre Comercio de América del Norte, TLCAN (conocido


también como TLC o como NAFTA, siglas en inglés de North American Free
Trade Agreement, o ALÉNA, del francés Accord de libre-échange nord-
américain) es un bloque comercial entre Estados Unidos, Canadá y México
que entró en vigor el 1 de enero de 1994 y establece una zona de libre
comercio. (Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki
/Tratado_de_Libre_Comercio_de_Am%C3%A9rica_del_Norte) <<
[102] J. Court, Corporateering. How Corporate Power Steals your
Personal Freedom, Nueva York, J. P. Tarcher/Putnam, 2003. <<

[103] D. Healy, Let Them Eat Prozac. The Unhealthy Relationship Between
the Pharmaceutical Industry and Depression, Nueva York, New York
University Press, 2004. <<

[104] W. Bello, N. Bullard, y M. Malhotra (eds.), Global Finance. New


Thinking on Regulating Speculative Markets, Londres, Zed Books, 2000.
<<

[105] Némesis: Mit. Diosa de la venganza y de la justicia distributiva en la


mitología griega, se la considera enemiga de toda felicidad. <<

[106] K. Schwab y C. Srnadja, citado en D. Harvey, Spaces of Hope,


Edinburgo, Edinburg University Press, 2000, p. 70 (ed cast.: Espacios de
esperanza, Madrid, «Cuestiones de antagonismo 16», Ediciones Akal,
2003.). <<

[107] H. Wang, China’s New Order Society, Politic and Economy in


Transition, Cambridge (MA), Harvard University Press, 2003, p. 44. <<

[108] En referencia a los neoconservadores. <<

[109] J. Mann, The Rise of the Vulcans. The History of Bush’s War Cabinet,
Nueva York, Viking Books, 2004; S. Drury, Leo Strauss and the American
Right, Nueva York, Palgrave Macmillan, 1999. <<

[110] R. Hofstadter, The Paranoid Style in America Politics and Other


Essays, Cambridge (MA), Harvard University Press, 1996. <<

[111] D. Harvey, The New Imperialism, Oxford, Oxford University Press,


2003 [ed, cast.: El Nuevo imperialismo, Madrid, «Cuestiones de
antagonismo 26», Ediciones Akal, 2004]. <<
[112] H. J. Chang, Globalization, Economic Development and the Role of
the State, Londres, Zed Books, 2003. <<

[113] M. Kaldor, New and Old Wars. Organizad Violence in a Global Era,
Cambridge, Polity, 1999, p. 130. <<

[114] T. Frank, What’s the Matter with Kansas. How Conservatives Won the
Hearts of America, Nueva York, Metropolitan Books, 2004. <<

[115] Lee Kuan Yew, From Third World to First. The Singapore Store,
1965-2000, Nueva York, Harper Collins, 2000. <<

[116] J. Peck, «Geography and Public Policy. Constructions of


Neoliberalism», Progress in Human Geography XXVIII, 3 (2004), PP. 392-
405. <<

[117] World Bank, World Development Report 2005. A Better Investment


Climate for Everyone, Nueva York, Oxford University Press, 2004. <<

[118] P. Gowan, The Global Gamble. Washington’s Faustian Bid for World
Dominante, Londres, Verso, 1999 (ed. cast.: La apuesta por la
globalización, Madrid, «Cuestiones de antagonismo 6», Ediciones Akal,
2000). <<

[119] G. Duménil y D. Lévy, «The Economics of U. S. Imperialism at the


Turn of the 21st Century», Review of International Political Economy XI, 4
(2004), pp. 657-676. <<

[120] Véase, J, Stiglitz, The Roaring Nineties, Nueva York, Norton, 2003.
<<

[121] R. Brenner, The Boom and the Bubble. The US in the World Economy,
Londres, Verso, 2002 ed. cast.: La expansión económica y la burbuja
bursátil, Madrid, «Cuestiones de antagonismo 19», Ediciones Akal, 2003.
<<
[122] S. Corbridge, Debt and Development, Oxford, Blackwell, 1993. <<

[123] Baht: Moneda oficial de Tailandia. <<

[124] J. Stiglitz, Globalization and its Discontents, Nueva York, Norton,


2002. <<

[125] P. Henderson, «Uneven Crises. Institucional Foundation of East Asian


Turmoil», Economy and Society XXVIII, 3 (1999), pp. 327-368; J. Stiglitz,
Globalization and its Discontents, cit., p. 99, comparte esta interpretación:
«la liberalización de las cuentas de capital fue el factor más importante que
condujo a la crisis». <<

[126] J. Stiglitz, Globalization and its Discontents, cit. <<

[127] Hedge funds: (En castellano: Fondos de cobertura). Un fondo de


inversión libre, si bien tiende a utilizarse la denominación «instrumento de
inversión alternativa» es un instrumento financiero de inversión. <<

[128] J. Stiglitz, Globalization and its Discontents, cit. <<

[129] Raison d’être: (Fr.: «Razón de ser»). <<

[130] Maquila: Porción de grano, harina o aceite, que cobra el molinero por
la molienda o cantidad de pan que cobra el panadero por la cocción. En
principio, la maquila es un derecho ganado por los trabajadores de ciertos
oficios, pero en el presente texto, se presenta como un recurso que el
neoliberalismo ha hecho espurio y que cumple la función de abaratar mano
de obra, en la medida en que remplaza a parte o al total del sueldo. Por
extensión, porción de un producto que cobra el obrero que lo produce. <<

[131] I. Vasquez, «The Brady Plan and Market-Based Solutions to Debt


Crises», The Cato Journal, 16/2 (disponible online). <<
[132`] D. Macleod, Downsizing the State. Privatization and the Limits of
Neoliberal Reform in Mexico, University Park, Pennsylvania University
Press, 2004. <<

[133] Lomnitz-Adler, «The Depreciation of Life During Mexico City’s


Transition into The Crisis», en J. Schneider y I. Susser (eds.), Wounded
Cities, Nueva York, Berg, 2004, pp. 47-70. <<

[134] D. Davis, Urban Leviathan. Mexico City in the Twentieth Century,


Filadelfia, Temple University Press, 1994. <<

[135] D. Macleod, Downsizing the State. Privatization and the Limits of


Neoliberal Reform in Mexico, University Park, Pennsylvania University
Press, 2004. <<

[136] Ibid, p. 71. <<

[137] Ejido: (del latín «exitum»: salida). Es una porción de tierra no cautiva
y de uso público; también es considerada, en algunos casos, como bien de
propiedad del Estado o de los municipios; Para México, el ejido es una
propiedad rural de uso colectivo aún existente, y que fue de gran
importancia en la vida agrícola de este país. <<

[138] J. Nash, Mayan Vìsion. The Quest for Autonomy in an Age of


Globalization, Nueva York, Routledge, 2001. <<

[139] Forero, «As China Gallops, Mexico Sees Factory Jobs Slip Away»,
The New York Times, 3 de septiembre de 2003, A3. «México, rey durante
mucho tiempo de las plantas de producción de bajo coste y exportador hacia
Estados Unidos […] se está viendo rápidamente suplantado por China y por
sus cientos de millones de trabajadores de bajos salarios […]. En total,
desde 2001, han cerrado 500 de las 3700 maquiladoras existentes en
México, lo que ha costado la pérdida de 218 000 empleos, según fuentes
gubernamentales». Informes recientes indican que el empleo en las
maquilas se ha recuperado gracias a la mejora de la eficacia y del aumento
de la flexibilidad de las industrias, que son capaces de utilizar su
proximidad a Estados Unidos para asegurar un flujo constante de
distribución de la producción, lo que permite a los minoristas minimizar los
costes derivados del mantenimiento de las existencias. Véase, E. Malkin,
«A Boom Along the Border», The New York Times, 26 de agosto de 2004,
WI y W7. <<

[140] D. Macleod, Downsizing the State. Privatization and the Limits of


Neoliberal Reform in Mexico, cit., pp. 99-100; A. Chua, World of Fire. How
Exporting Free Market democracy Breed: Ethnic Hatred and Global
Instability, cit., pp. 61-63, proporciona un breve análisis de las actividades
de Carlos Slim. <<

[141] S. Sharapura, «What Happened in Argentina?», Chicago Business


Online, 28 de mayo de 2002.Véase
chibus.com/news/2002/05/28/Worldview. <<

[142] J. Petras y H. Velmeyer, System in Crisis. The Dinamics of Free


Market Capitalism, Londres, Zed Books, 2003, pp. 87-110. <<

[143] S. Soederberg, Contesting Global Governance in the South; Debt,


Class, and the New Common Sense in Managing Globalization, Londres,
Pluto Press, 2005. <<

[144] J. Salerno, «Confiscatory Deflation. The case of Argentina», Ludwig


von Mises Institute. (mises.org?fullstory.aspx?control=890) <<

[145] J. Petras y H. Velmeyer, System in Crisis. The Dinamics of Free


Market Capitalism, cit. <<

[146] V. Chibber, Locked in Place. State-Building and Late


Industrialization in India, Princeton, Princeton University Press, 2003. <<

[147] Ibid, p. 245. <<


[148] R. Wade y F. Veneroso, «The Asian Crisis. The High Debt Model
versus the Wall-Street-Treasury-IMF Complex», New Left Review 228
(1998), pp. 3-23. <<

[149] M. Woo-Cummings, South Korean Anti-Americanism, Japan Policy


Research Institute Working Paper 93 (julio, 2003). <<

[150] Ibid, p. 5. <<

[151] J. Stiglitz, Globalization and its Discontents, cit. <<

[152] Ibid, p. 130. <<

[153] M. Woo Cummings (ed.), The Developmental State, Ithaca (NY),


Cornell University Press, 1999. <<

[154] J. Stiglitz, Globalization and its Discontents, cit. <<

[155] M. Blyth, Great Transformations. Economic Ideas and Institutional


Change in the Twentieth Century, Cambridge, Cambridge University Press,
2002. <<

[156] Ibid, pp. 238-242. <<

[157] Ibid, pp. 229-230. <<

[158] Ibid, pp. 231-233. <<

[159] Concepto desarrollado por David Harvey y desplegado más


extensamente en la página 166 de este mismo libro. <<

[160] P. Bond, Elite Transition. From Apartheid to Neoliberalism in South


Africa, Londres, Pluto Press, 2000; Against Global Apartheid. South Africa
Meets the World Bank, the IMF and International Finance, Londres, Zed
Books, 2003. <<
[161] Banco Mundial, World Development Report 2005. <<

[162] J. Stiglitz, Globalization and its Discontents, cit., insiste con


frecuencia sobre este punto. <<

[163] FRELIMO: (FREnte de LIberación de MOzambique) es un partido político


de Mozambique cuya base de poder se encuentra en la minoría shangaan.
Es el partido que ha gobernado el país desde su independencia en 1975. <<

[164] J. Mittelman, Globalization Syndrome. Transformation and


Resistance. <<

[165] N. Lardy, China’s Unfinished Economic Revolution, Washington DC,


Brookings Institution, 1998; S. M. Li y W. S. Tang, China’s Regions, Polity
and Economy, Hong Kong, Chinese University Press, 2000. <<

[166] Para esta última interpretación me apoyo en parte, aunque mi lectura


no es tan rotunda como la de ellos, en Hart-Landsberg y Burkett, con cuyo
trabajo estoy especialmente en deuda en esta parte de mi estudio. Véase M.
Hart-Landsdberg y P Burkett, China and Socialism. Market Reforms and
Class Struggle, Nueva York, 2004; Monthly Review 56/3, Nueva York,
2004. <<

[167] L. Chao, «Chinese Privatization. Between Plan and Market», Law


and Contemporary Problems 63/13 (2000), pp. 13-62. <<

[168] Una defensa rotunda de esta cuestión aparece en Y. Huang, «Is China
Playing by the Rules?», Congressional-Executive Commission on China.
Véase cecc.gov/pages/hearings/092403/huang <<

[169] H. Wang, China’s New Orden Society, Politics and Economy in


Transition, Cambridge (MA), Harvard University Press, 2003, p. 44 <<

[170] D. Hale y L. Hale, «China Takes Off», Foreign Affairs 82/6, 2003,
pp. 36-53. <<
[171] J. Kahn y J. Yardley, «Amid China’s Boom, No Helping Hand for
Young Qingming», The New York Times, 1 de agosto de 2004, A1 y A6. <<

[172] J. Yardley, «In a Nidal Wave, China’s Masses Pour from Farm to
City», The New York Times, 12 de septiembre de 2004. <<

[173] J. Kahn y J. Yardley, «Amid China’s Boom, No Helping Hand for


Young Qingming», cit. <<

[174] S. Stevenson, Reforming State-Owned enterprises. Past Lessons for


Current Problems, Washington DC, George Washington University. Véase
gwu.edu/-ylowrey/stevensonc <<

[175] M. Hart-Landsdberg y P Burkett, China and Socialism. Market


Reforms and Class Struggle, Nueva York, 2004; Monthly Review 56/3,
Nueva York, 2004; S.-M. Li y W-S. Tang, China’s Regions, Polity and
Economy, Hong Kong, Chinese University Press, 2000. <<

[176] M. Hart-Landsdberg y R Burkett, China and Socialism. Market


Reforms and Class Struggle, cit. <<

[177] Véase Ibid y Global Policy Forum, Newsletter. <<

[178] S. M. Li y W. S. Tang, China’s Regions, Polity and Economy, cit.,


cap. 6. <<

[179] Ibid, p. 82. <<

[180] China Labor Watch, «Mainland China Jobless Situation Grim,


Minister Says», 18 de noviembre de 2004
(chinalaborwatch.org/en/web/article.php?articleid=50043). <<

[181] J. Kahn, «China Gambles on Big Projects for its Stability», The New
York Times, 13 de enero de 2003, Al y A8; K. Bradsher, « Chinese Builders
Buy Abroad», The New York Times, 2 de diciembre de 2003, W1 y W7; T.
Fishman, «The Chines Century», The New York Times Magazine, 4 de Julio
de 2004, pp. 24-51. <<

[182] H. French, «New Boomtowns Change Path of China’s Growth», The


New York Times, 28 de Julio de 2004, A1 y A8. <<

[183] K. Bradsher, «Big China Trade Brings Port War», The International
Herald Tribune, 27 de enero de 2003, p. 12. <<

[184] S. Sharma, «Stability Amidst Turmoil. China and the Asian Financial
Crisis», Asia Quarterly. Ver fas.harvard.edu/-
asiactr/haq/2000001/0001a006. <<

[185] D. Hale y L. Hale, «China Takes Off», Foreign Affairs, cit., p. 40. <<

[186] H. Liu, «China Banking on Bank Reform», Ver Asia Time Online 1 de
junio de 2002 en atimes.com. <<

[187] K. Bradsher, «A Heated Chinese economy Piles up Debt», The New


York Times, 4 de septiembre de 2003, A1 y C4; «China Announces New
Bailout of Big Banks», The New York Times, 7 de junio de 2004, Cl. <<

[188] H. Liu, «China Banking on Bank Reform», Asia Time Online, cit. <<

[189] C. Buckley, «Let a Thousand Ideas Flower. China Is a New Hotbed of


Research», The New York Times, 13 de septiembre de 2004, C1 y C4. <<

[190] J. Warner, «Why the World’s Economy is Stuck on a Fast Boat to


China», The Independent, 24 de enero de 2004, p. 23. <<

[191] C. Buckley, «Rapid Growth of China’s Huawei has its High-Tech


Rivals on Guard», The New York Times, 8 de junio de 2004, C1 y C3. <<

[192] K. Bradsher, «GM To Speed Up Expansion in China. An Annual Goal


of 1.3 Million Cars», The New York Times, 8 de junio de 2004, W1 y W7.
<<

[193] Z. Zhang, whither China? Intellectual Politic in Contemporary China,


Durham (NC), Duke University Press, 2001. <<

[194] K. Bradsher, «China’s Factories Aim to Fill Garajes Around the


World», The New York Times, 2 de noviembre de 2003, sección
internacional, 8; «Is China The Next Bubble?», The New York Times, 18 de
enero de 2004, secciones. 3, 1 y 4. <<

[195] K. Bradsher, «Chinese Provinces Form Regional Power Bloc», The


New York Times, 2 de junio de 2004,W1 y W7. <<

[196] H. Yasheng y T. Khana, «Can India Overtake China?», Ver China


Now Magazine, 3 de abril de 2004, en
chinanowmag.com/business/business. <<

[197] P. Dicken, Global Shift. Reshaping the Global Economic Map in the
21st Century, 4.a ed., Nueva York, Guilford Press, 2003, p. 332. <<

[198] T. Hout y Lebretton, «The Real Contest Between America and


China», The Wall Street on Line, 16 de septiembre de 2003. Resulta
interesante destacar que esta es exactamente la observación que realiza
Marx acerca de la aplicación diferencial de la tecnología entre Estados
Unidos y Gran Bretaña en el siglo XIX, véase K. Marx, Capital, Nueva York,
Internacional Publishers, 1967, t. I, pp. 371-372 (ed. cast.: El capital,
Madrid, Ediciones Akal, 2000). <<

[199] Véase Hart-Landsberg y Burkett, China and Socialism, pp. 94-95; K.


Brooke, «Korea Feeling Pressure as China Grows», The New York Times, 8
de enero de 2003, WI y W7. <<

[200] J. Belson, «Japanese Capital and Jobs Flowing to China», The New
York Times, 17 de febrero de 2004, C1 y C4. <<
[201] Véase, J. Forero, «As China Gallops, Mexico Sees Factory Jobs Slip
Away», cit. <<

[202] K. Bradsher, «China Reports Economic Growth of 9,1% en 2003»,


The New York Times, 20 de febrero de 2004, W1 y W7. <<

[203] K. Bradsher, «Taiwan Watches its Economy Slip to China», The New
York Times, 13 de diciembre de 2004, C7. <<

[204] W. Arnold, « BHP Billiton Remains Upbeat Over Bet on China’s


Growth», The New York Times, 8 de junio de 2004, WI y W7. <<

[205] M. Landler «Hungary Pager and Uneasy Over New Status», The New
York Times, 5 de marzo de 2004, W1 y W7; K. Bradsher, «Chinese
Automaker Plans Asembly Line in Malaysia», The New York Times, 19 de
octubre de 2004, W1 y W7. <<

[206] Ver nota 14 en este mismo libro. <<

[207] K. Bradsher, «China’s Strange Hybrid Economy», The New York


Times, 21 de diciembre de 2003, C5. <<

[208] Las observaciones de Volcker aparecen citadas en P. Bond, «US and


Global Economic Volatility. Theoretical, Empirical and Political
Considerations», texto presentado en Seminario sobre el Imperio,
Universidad de York, noviembre de 2004. <<

[209] H. Wang, China’s New Order Society, Politics and Economy in


Transition, Cambridge (MA), Harvard University Press, 2003; T. Fishman,
China Inc. How the Rise of the Next Superpower Challenges America and
the World, Nueva York, Scribner, 2005. <<

[210] K. Bradsher, «Now, a Great Leap Forward in Luxury», The New York
Times, 10 de junio de 2004, C1 y C6. <<
[211] X. Wu y J. Perloff, China’s Income Distribution Over Time. Reason
for Rising Inequality, CUDARE Working Papers 977, Berkeley, University of
California at Berkeley, 2004. <<

[212] H. Wang, China’s New Orden Society, Politics and Economy in


Transition, cit. <<

[213] L. Wei, Regional Development in China, Nueva York,


Routledge/Curzon, 2000. <<

[214] L. Shi, «Current Conditions of China’s Working Class», China Study


Group, 3 de noviembre de 2003, véase chinastudygroup.org/index.php?
action=article&type. <<

[215] China Labor Watch, «Mainland China Jobless Situation Grim». <<

[216] L. Shi, «Current Conditions of China’s Working Class», cit. <<

[217] D. Barboza, «An Unknown Giant Flexes its Muscles», The New York
Times, 4 de diciembre de 2004, C1 y C3; S. Lohr, «IBM’s Sale of PC Unit
Is a Bridge Between Companies and Cultures», The New York Times, 8 de
diciembre de 2004, A1 y C4; «IMB Sought a China Partnership, Not Just a
Sale», The New York Times, 13 de diciembre de 2004, C1 y C6. <<

[218] H. Wang, China’s New Order Society, Politics and Economy in


Transition, cit.; J. Yardley, «Farmers Being Moved Aside by China’s Real
Estate Boom», The New York Times, 8 de diciembre de 2004, A1 y A16. <<

[219] C. Cartier, «Zone Fever. The Arable Land Debate and real State
Speculation. China’s evolving Land Use Regime and its Geographical
Contradictions», Journal of Contemporary China 10, 2001, pp. 455-469; Z.
Zhang, Strangers in the City. Reconfigurations of Space, Power, and Social
Networks with in China’s Floating Population, Standford University Press,
2001. <<
[220] C. Cartier, «Simbolic City/Regions and Gendered Identity Formation
in South China», Providencial China VIII, 1, 2003, pp. 60-77; Z. Zhang,
Mediating Time. The «Rice Bowl of Youth» en Fin-de-Siècle Urban China,
Public Culture 12/10 (2000), pp. 93-113. <<

[221] S. K. Lee, «Made In China. Labor as a Political Force?», ponencia


presentada en 2004, Mansfield Conference, University of Montana,
Missoula, pp, 18-20, abril de 2004. <<

[222] Ibid. J. Yardley, «Chinese Appeal to Beijing to Resolve Local


Complaints», The New York Times, 8 de marzo de 2004, A3. <<

[223] E. Rosenthal, «Workers Plight Brings New militancy in China», The


New York Times, 10 de marzo de 2003, A8. <<

[224] E. Cody, «Workers in China Shed Passivity. Spate of Walkouts


Shakes Factories», Washington Post, 27 de noviembre de 2004, A01; A.
Cheng, «Labor Unrest is Growing in China», The International Herald
Tribune Online, 27 de octubre de 2004; J. Yardley, «Farmers Being Moved
Aside by China’s Real Estate Boom», cit. <<

[225] S. K. Lee, «Made In China. Labor as a Political Force?», cit. <<

[226] Citado en E. Cody, «Workers in China Shed Passivity. Spate of


Walkouts Shakes Factories», cit.; véanse también varios números del China
Labor Bulletin. <<

[227] E. Cody, «Workers in China». <<

[228] K. Marx, Theories of Surplues Value, Parte I, Londres, Lawrence &


Wishart, 1969, p. 200. <<

[229] J. Gray, False Down. The Illusion: of Global Capitalism, Londres,


Granta Press, 1998. <<
[230] P. Bond, «US and Global Economic Volatility. Theoretical, Empirical
and Political Considerations», texto presentado en Seminario sobre el
Imperio, Universidad de York, noviembre de 2004. <<

[231] Al rey de Francia Luis XV (1710-1774) se atribuye la frase Après


moi, le déluge («Después de mí, el diluvio»). <<

[232] Las dos mejores valoraciones oficiales que pueden encontrarse son:
World Commission on the Social Dimension of Globalization, A Fair
Globalization. Creating Opportunities for All, Ginebra, International
Labour Office, 2004; United Nations Development Program, Human
Development Report, 1999, y Human Development Report, 2003. <<

[233] M. Weisbrot, D. Baker, E. Kraev, y J. Chen, «The Scorecard on


Globalization 1980-2000. Its Consequences for Economic and Social Well-
Being», en V. Navarro y C. Muntaner, Political and Economic
Determinants of Population Health and Well-Being, Amityville, Nueva
York, Baywood, 2004, pp. 91-114. <<

[234] G. Monbiot, «Punitive and It Works», The Guardian, 11 de enero de


2005, edición online. <<

[235] D. Henwood, Alter the New Economy, Nueva York, New Press, 2003.
<<

[236] La literatura sobre la globalización es inmensa. Mis propias opiniones


fueron expuestas en D. Harvey, Spaces of Hope, Edinburgo, Edinburg
University Press, 2000, p. 70 (ed cast.: Espacios de esperanza, «Cuestiones
de antagonismo 16», Madrid, Ediciones Akal, 2003). <<

[237] Ibid, cap. 4. <<

[238] M. Derthick y P. Quirk, The Politics of Deregulation, Washington


DC, Brookings Institution Press, 1985; W Megginson y J. Netter, «From
State to Market. A Survey of Empirical Studies of Privatization», Journal of
Economic Literature, 2001, disponible en la red. <<

[239] P. Dicken, Global Shift. Reshaping the Global Economic Map in the
21st Century, Nueva York, Guilford Press, 4 2003, cap. 13. <<

[240] El esquema Ponzi, es un sistema de inversión en el que se promete


una elevada rentabilidad sin la existencia de un negocio real que la genera,
sino que proviene de las aportaciones realizadas por los posteriores
«inversores». Así pues, la alta rentabilidad se debe a que las aportaciones de
los nuevos «inversores» se utilizan para abonar intereses a los antiguos. El
sistema continúa en funcionamiento mientras el flujo de nuevos
«inversores» siga en aumento pero en el momento en el que el flujo de
inversores disminuye dejan de poder pagarse intereses, y, por supuesto, de
devolverse las cantidades invertidas, y el esquema se viene abajo. Ver
(wikipedia.org). [N. de la T.] <<

[241] Sisar: Parte que se defrauda o hurta. De sisa: (Del lat. scissa, cortada).
F. Lo que se hurta en la compra diaria de comestibles y otras cosas
menudas. <<

[242] La importancia de distribuir los riesgos y de asumir la dirección a


través de derivados financieros es abordada con énfasis por L. Panitch y S.
Gindin, «Finance and American Empire», en The Empire Reloaded.
Socialist Register 2005, Londres, Merlin Press, 2005, pp. 46-81; S.
Soederberg, «The New Internacional Financial Architecture. Imposed
Leadership and Emerging Markets», Socialist Register, 2002, pp. 175-192.
<<

[243] S. Corbridge, Debt and Development, Oxford, Blackwell, 1993; S.


George, A Fate Worse Than Debt, Nueva York, Grove Press, 1988. <<

[244] E. Toussaint, Your Money or Your Life. The Tyranny of Global


Finance, Londres, Pluto Press, 2003; J. Stiglitz, Globalization and its
Discontents, Nueva York, Norton, 2002, p. 225; R. Wade y F. Veneroso,
«The Asian Crisis. The High Debt Model versus the Wall-Street-Treasury-
IMF Complex», New Left Review 228 (1998), p. 21. <<

[245] Porción de tierra no cautiva y de uso público. <<

[246] Farah, «Brute Tyranny in China», WorldNetDaily.com, enviado el 15


de marzo de 2004; I. Peterson, «As Land Goes To Revitalization, There Go
the Old Neighbors», The New York Times, 20 de enero de 2005, pp. 29 y 32.
<<

[247] Recalcitrante: Terco, obstinado en la resistencia. <<

[248] Holloway y E. Pelaez, Zapatista. Reinventing Revolution, Londres,


Pluto, 1988; J. Stedile, «Brazil’s Landless Battalions», en T. Mertes (ed.), A
Movement of Movements, Londres, Verso, 2004. <<

[249] D. Harvey, «The Art of Rent. Globalization, Monopoly and the


Commodification of Culture», Socialist Register, Londres, Merlin Press,
2002, pp. 93-110. <<

[250] Salaz: Muy inclinado a la lujuria o lascivia. <<

[251] K. Polanyi, The Great Transformation [1944], Boston, Beacon Press,


1954, p. 73. <<

[252] La expresión inglesa «race to the bottom», que hemos traducido como
«carrera hacia la máxima reducción de los límites normativos», se emplea
en referencia al tipo de relación que se genera entre los ordenamientos
jurídicos nacionales que buscan ser atractivos para las empresas, por un
lado, y la competencia entre estas por ubicarse en los países con una
legislación más laxa en su afán por reducir al mínimo los costes mediante
una feroz precarización de las condiciones laborales que sería inaceptable
en su país de origen. En definitiva, esta competencia entre las empresas se
ve reflejada en una competencia entre los Estados que conduce a la
progresiva degradación de las normas laborales o medioambientales en
términos globales. [N. de la T]. <<

[253] K. Bales, Disposable People. New Slavery in the Global Economy,


Berkeley, University of California Press, 2000; M. Wright, «The Dialectics
of Still Life. Murder, Women and the Maquiladoras», Public Culture 11,
1999, pp. 453-474. <<

[254] A. Ross, Low Pay High Profile. The Global Push for fair Labor,
Nueva York, The New Press, 2004, p. 124. <<

[255] J. Seabrook, In the Cities of the South. Scenes from a Developing


World, Londres, Verso, 1996, p. 103. <<

[256] J. Sommer, «A Dragon Let Loose on the Land. And Shanghai is at the
Epicenter of China’s Economic Boom», Japan Time, 26 de octubre de 1994,
p. 3. <<

[257] C. K. Lee, Gender and the South China Miracle, Berkeley, University
of California Press, 1998; C. Cartier, Globalizing South China, Oxford,
Basil Blackwell, 2001, en particular cap. 6. <<

[258] Los impactos globales son discutidos en detalle en V. Navarro (ed.),


The Political Economy of Social Inequalities. Consequences for Health and
the Quality of Life, cit.; V. Navarro y C. Muntaner, Political and Economic
Determinants of Population Health and Well-Being, Amityville, Nueva
York, Baywood, 2004, pp. 91-114. <<

[259] J. Khan, «Violence Taints Religion’s Solace for China’s Poor», The
New York Times, 25 de noviembre de 2004, A1 y A24. <<

[260] T. Frank, What’s the Matter with Kansas. How Conservatives Won the
Hearts of America, Nueva York, Metropolitan Books, 2004. <<
[261] Clorofluorocarburo. La fabricación y el empleo de CFC fueron
prohibidos por el protocolo de Montreal, debido a que los CFC destruyen la
capa de ozono. Sin embargo, la producción reciente de CFC tendrá efectos
negativos sobre el medio ambiente por las próximas décadas. <<

[262] N. Myers, Ultimate Security. The Environmental Basis of Political


Stability, Nueva York, Norton, 1993; The Primary Resource. Tropical
Forests and Our Future/Updated for the 1990s, Nueva York, Norton, 1993;
M. Novacek (ed), The Biodiversity Crisis. Losing What Counts, Nueva
York, American Museum of Natural History, 2001. <<

[263] Climate Change Science Program, «Our Changing Planet. The US


Climate Change Science Program for Fiscal Years 2004 y 2005». Ver en
usgcrp-gov/usgcrp/Library/ocp2004-5; M. Townsend y P. Harris, «Now the
Pentagon Tells Bush Climate Change Will Destroy Us», The Observer, 22
de febrero de 2004, disponible en Internet. <<

[264] K. Bradsher, «China’s Boom Adds to Global Warming», The New


York Times, 22 de octubre de 2003, A1 y A8; J. Yardley, « Rivers Run Black,
and Chinese Die of Cancer», The New York Times, 12 de septiembre de
2004, A1 y A17; D. Murphy, «Chinese Providence. Stinking, Filthy Rich»,
The Wall Street Journal, 27 de octubre de 2004, BZH. <<

[265] Petras y H. Velmeyer, System in Crisis. The Dinamics of Free Market


Capitalism, Londres, Zed Books, 2003, pp. 87-110. <<

[266] Americans Lands Alliance, « IMF Policies Lead to Global


Deforestation», Ver en americanlands.org/imfreport. <<

[267] D. Rodrik, The Global Governance of Trade. As if development really


Mattered, Nueva York, United Nations Development Program, 2001, p. 9.
<<
[268] D. Chandler, From Kosovo to Kabul. Human Rights and International
Intervention, Londres, Pluto press, 2002, p. 89. <<

[269] Ibid, p. 230. <<

[270] T. Wallace, « NGO Dilemas. Trojan Horses for Global Neoliberalism?»,


Socialist Register, Londres, Merlin Press, 2003, pp. 202-219. Para un
análisis general del papel de las ONG, véase M. Edwards y D. Hulme (eds.),
Non-Governmental Organisations. Performance and Accountability,
Londres, Earthscan, 1995. <<

[271] L. Gill, Teetering on the Rim, Nueva York, Columbia University


Press, 2000; J. Cowan, M. B. Dembour, y R. Wilson (eds.), Culture and
Rights. Antropological Perspectives, Cambridge, Cambridge University
Press, 2001. <<

[272] A. Bartholomew y J. Breakspear, «Human Rights as Swords of


Empire», Socialist Register, Londres, Merlin Press, 2003, pp. 124-125. <<

[273] Ibid, p. 126. <<

[274] D. Chandler, From Kosovo to Kabul. Human Rights and International


Intervention, cit., pp. 27 y 218. <<

[275] Ibid, p. 235. <<

[276] K. Marx, Capital, Nueva York, Internacional Publishers, 1967, t. I,


p. 225 [ed. cast.: El capital, Madrid, Ediciones Akal, 2000]. <<

[277] D. Harvey «Right to the City», en R. Scholar (ed.), Divided Cities.


Oxford Amnesty Lectures 2003, Oxford University Press, 2006. <<

[278] D. Harvey, The New Imperialism, Oxford, Oxford University Press,


2003, cap. 2 [ed, cast.: El Nuevo imperialismo, Madrid, «Cuestiones de
antagonismo, 26», Ediciones Akal, 2004, cap. 2]. <<
[279] Citado en la lúcida critica de Vicente Navarro de Sen: «Development
as Quality of Life. A Critique of Amartya Sen’s Development as Freedom»,
en V. Navarro (ed.), The Political Economy of Social Inequalities.
Consequences for Health and the Quality of Life, Amityville (NY),
Baywood, 2002, p. 13-26. <<

[280] K. Polanyi, The Great Transformation [1944], Boston, Beacon Press,


1954, p. 257. <<

[281] F. Zakaria, The Future of Freedom. Illiberal Democracy at Home and


Abroad, Nueva York, Norton, 2003; A. Sen, Development as Freedom,
Nueva York, Knopf, 1999. <<

[282] K. Marx, Capital, Nueva York, Internacional Publishers, 1967, t. III,


pp. 820 [ed. cast.: El capital, Madrid, Ediciones Akal, 2000]. <<

[283] R. Kaplan, The Coming Anarchy. Shattering the Dreams of the Post
Cold War, Nueva York, Cintage, 2001. <<

[284] J. Walton, «Urban Protest and the Global Political Economy. The IMF
Riots», en M. Smith y J. Feagin (eds.), The Capitalist City, Oxford,
Blackwell, 1987, pp. 354-386. <<

[285] D. Jensen, The Culture of Make Believe, Nueva York, Context Books,
2002; Zergan, Future Primitive and Other Essays, Brooklyn (NY),
Autonomedia, 1994. <<

[286] J. Khan, «Violence Taints Religion’s Solace for Chinas Poor», The
New York Times, 25 de noviembre de 2004, A1 y A24. <<

[287] B. Gills (ed.), Globalization and the Politics of Resistance, Nueva


York, Palgrave, 2001; T. Mertes (ed.), A Movement of Movements, Londres,
Verso, 2004; P Wignaraja (ed.), New Social Movement in the South.
Empowering the People, Londres, Zed Books, 1993; Brecher, Costello y B.
Smith, Globalization from Below. The Power of Solidarity, Cambridge
(MA), South End Press, 2000. <<

[288] J. Stiglitz, Globalization and its Discontents, Nueva York, Norton,


2002; J. Stiglitz, The Roaring Nineties, Nueva York, Norton, 2003; P
Krugman, The Great Unravelling. Losing Our Way in the Twentieth
Century, Nueva York, Public Affairs, 2002; The Bubble of American
Supremacy. Correcting the Misuse of American Power, Nueva York, Public
Affairs, 2003; J. Sachs, «New Global Consensus on Helping the Poorest of
the Poor», Global Polity Forum Newsletter, 18 de abril de 2000. Por
ejemplo, Sachs dice: «Yo no creo en una forma de gobierno global dirigida
por los países ricos, o por un sistema de votación internacional en el que el
dinero determina los resultados como ocurre actualmente en el FMI y en el
Banco Mundial, como tampoco creo en un modelo de gobierno permanente
por parte de una arraigada burocracia exenta de fiscalización externa que
sin duda ha habido en el FMI, ni en un gobierno basado en una
condicionalidad establecida por los países ricos e impuesta sobre los
extremadamente pobres». <<

[289] Únicamente citaré dos ejemplos: United Nations Development


Program, Human Development Report 1999; World Commission on the
Social Dimension of Globalization, A Fair Globalization. <<

[290] D. Held, Global Covenant. The Social Democratic Alternative to the


Washington Consensus, Cambridge, Polity, 2004. He revisado algunos de
los dilemas en la aplicación de la ética cosmopolita en D. Harvey,
«Cosmopolitanism and the Banality of Geographical Evils», en J. Comaroff
y J. Comaroff, Millennial Capitalism and the Culture of Neoliberalism,
Durham (NC), Duke University Press, 2000, pp. 271-310. <<

[291] Respecto a Volcker, véase P. Bond, «US and Global Economic


Volatility. Theoretical, Empirical and Political Considerations», texto
presentado en el Seminario sobre el Imperio, Universidad de York,
noviembre de 2004; M. Muhleisen y C. Towe (eds.), US Fiscal Policies and
Priorities for Long-Run Sustaintability, Occasional Paper, p. 227,
Washington DC, International Monetary Fund, 2004. <<

[292] El tipo de compañía mercantil designada mediante la abreviatura


inglesa Inc. (Incorporated), equivale a la figura societaria mercantil
española que se identifica mediante la abreviatura S. A. (Sociedad
Anónima). [N. de la T.] <<

[293] G. Duménil y D. Lévy, «Neoliberal Dynamics. Towards A New


Phase?», en K. van der Pijl, L. Assassi, y D. Wigan (eds.), Global
Regulation. Managing Crises after the Imperial Turn, Nueva York, Palgrave
Macmillan, 2004, pp. 41-63. <<

[294] D. Harvey, The Condition of Postmodernity, Oxford, Basil Blackwell,


1989, p. 169. <<

[295] En el original de editorial AKAL, dice 9 de septiembre. Parto del


supuesto que fue un error del traductor ya que en inglés se expresa 9/11. En
consecuencia, he corregido la fecha porque entiendo que refiere al ataque a
las torres gemelas del 2001. <<

[296] H. Arendt, Imperialism [1951], Nueva York, Harcourt Brace


Janovich, 1968. <<

[297] D. King, The Liberty of Strangers. Making the American Nation,


Nueva York, Oxford University Press, 2004. <<

[298] G. Arrighi y B. Silver, Chaos and Governance in the Modern World


System, Minneapolis, Minnesota University Press, 1999 [ed. cast.: Caos y
orden en el sistema mundial moderno, Madrid, «Cuestiones de antagonismo
9», Ediciones Akal, 2001]; véase, también el epílogo a la edición en rústica
de D. Harvey, The New Imperialism, Oxford, Oxford University Press, 2005
[ed. cast.: El nuevo imperialismo, Madrid, «Cuestiones de antagonismo
26», Ediciones Akal, 2004]. <<
[299] La Carta de derechos o Declaración de derechos (en inglés Bill of
Rights) es un documento redactado en Inglaterra en 1689, que impuso el
Parlamento inglés al príncipe Guillermo de Orange para poder suceder al
rey Jacobo. El propósito principal de este texto era recuperar y fortalecer
ciertas facultades parlamentarias ya desaparecidas o notoriamente
mermadas durante el reinado absolutista de los Estuardo (Carlos II y Jacobo
II). Constituye uno de los precedentes inmediatos de las modernas
«Declaraciones de Derechos». Más en
es.wikipedia.org/wiki/Bill_of_Rights. <<

[300] Citado en D. Harvey, The Condition of Posmodernity, Oxford, Basil


Blackwell, 1989, p. 168-170. <<

[301] S. Amin, «Social Movements at the Periphery», en P. Wignaraja (ed),


New Social Movements in the South. Empowering the People, Londres, Zed
Books, 1993, pp. 76-100. <<

[302] W. Bello, Deglobalization. Ideas for a New World Economy, Londres,


Zed Books, 2002; W. Bello, N. Bullard y K. Malhotra (eds;), Global
Finance. New Thinking on Regulating Capital Markets, Londres, Zed
Books, 2000; S. George, Another World is Possible IF…, Londres, Verso,
2003; W Fisher y T. Ponniah (eds.), Another World is Possible. Popular
Alternative to Globalization at the World Social Forum, Londres, Zed
Books, 2003; P. Bound, Talk Left Walk Right. South Africa’s Frustrated
Global Reforms, Scottsville, University of KwaZulu-Natal Press, 2004; T.
Mertes (ed), A Movement of Movements, Londres, Verso, 2004; L. Gill,
Teetering on the Rim, Nueva York, Columbia University Press, 2000; J.
Brecher, Costello, y B. Smith, Globalization from Below. The Power of
Solidarity, Cambridge (MASS), South End Press, 2000. <<

[303] D. Harvey, Spaces of Hope, Edinburgo, Edinburg University Press,


2000, p. 70 [ed, cast.: Espacios de esperanza, Madrid, «Cuestiones de
antagonismo 16», Ediciones Akal, 2003]. <<
[304] Task Force on Inequality and American Democracy, American
Democracy in a Age of Rising Inequality, ofrece un retrato perturbador. <<

[305] Por ejemplo, este es el argumento sobre el que insiste con frecuencia
H. Wang (China’s New Orden Society Politics and Economy in Transition,
Cambridge [MA], Harvard University Press, 2003) en el caso de China. <<

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