TEXTO ARGUMENTATIVO:
La educación en el Perú ha avanzado durante la
última década, pero con inequidad en el acceso
y los aprendizajes.
¿Por qué es importante que un país tenga una mirada panorámica de su situación educativa? Para
poder entender la situación, los progresos alcanzados y de los desafíos que el país enfrenta para
asegurar el derecho fundamental a una educación de calidad. Este informe, un esfuerzo destinado
a presentar un panorama de la situación educativa del país contiene una estructura que da cuenta
de las tendencias de largo plazo, que permiten entender el momento actual y los desafíos. En
particular, se muestra el impresionante crecimiento que marcó el siglo XX y cómo la tendencia se
está revirtiendo en el siglo XXI y se constata un descenso en la matrícula, fruto de mejoras en la
eficiencia y de cambios demográficos, así como una tendencia a la estabilización y a cierta
reducción adicional en los años venideros. Esto resulta una oportunidad para optimizar las
formas de prestación de los servicios educativos y para organizar la asignación de los recursos
públicos además se muestran algunos atributos fundamentales del sistema educativo y se hace
un análisis descriptivo de las principales variables asociadas al acceso y logros de aprendizaje de
los estudiantes de la educación básica regular.
Por ejemplo, el crecimiento de la matrícula en educación básica se ha modificado de modo
sustancial con el nuevo siglo: de un sistema en constante expansión y, por lo mismo, necesitado de
recursos crecientes, se ha pasado a un sistema con un volumen de matrícula estable, con cierta
tendencia a la reducción. Esta característica se traduce en una oportunidad muy importante para
repensar las formas de estructurar la prestación de los servicios educativos. Se observa, sin
embargo, una tendencia a la atomización de los programas o servicios educativos, que se
traduce en programas con un bajo número de matriculados y secciones con pocos estudiantes
(en ambos casos, incluso en las áreas urbanas), así como en la existencia de programas
multigrado o no escolarizados incluso en las zonas urbanas. La oportunidad de repensar las
formas de prestar los servicios educativos representa un imperativo y una urgencia, ya que la
situación actual no contribuye a una mejor asignación de docentes ni a promover sus actividades
colectivas, ni a la supervisión y el apoyo a instituciones y programas educativos.
Asimismo, los docentes y directores son quienes se encargan de la gestión en los distintos niveles
de gobierno —nacional, regional y local. Lamentablemente, sobre este último personal no se
dispone información. Al menos públicamente, no se cuenta con resultados de evaluaciones que se
hayan aplicado al personal de las unidades de gestión educativa local (UGEL), de las direcciones
regionales de educación (DRE) o del Ministerio de Educación. Los análisis muestran que los
docentes de instituciones educativas estatales, a diferencia de sus pares no estatales, tienen que
autogestionarse en mayor medida los materiales que usan en el día a día para el dictado de
clases. También manifiestan que uno de los principales factores que limitan su quehacer
educativo es la falta de materiales educativos, sea porque son insuficientes o porque son
inadecuados. Este aspecto plantea la necesidad, por parte del Estado, de otorgar los recursos
necesarios para que los personales docentes de las instituciones educativas estatales realicen su
labor, y regule mejor las condiciones de trabajo del personal docente de instituciones educativas
no estatales.
Y al juzgar por la evolución del volumen de gasto público en el sector durante ese período, así
como por las ratios de gasto por estudiante en los tres niveles de la educación básica, el Estado
peruano ha hecho un importante esfuerzo adicional para financiar la educación con montos cada
vez mayores. En poco más de diez años, el volumen 28 Estado de la educación en el Perú de
recursos se duplicó en términos reales. Gracias a esto y a las tendencias demográficas, hay un
incremento significativo en las ratios de gasto por estudiante.
No obstante, los indicadores utilizados por la Unesco o por la Organización para la Cooperación y
el Desarrollo Económicos (OCDE) para analizar los recursos financieros destinados por los países a
la educación sugieren que estamos muy por debajo de lo que invierten los países miembros de la
OCDE, organización a la que Perú aspira incorporarse, pero también debajo de otros países de la
región. El gasto en educación como proporción del producto bruto interno (PBI) —3,7% en el 2015
— y del gasto público total —16,9% en el 2020— es inferior, en el Perú, en comparación con otros
países. El gasto en educación tendría que crecer a tasas muy altas, superiores a las del
crecimiento del PBI, para lograr la meta del Acuerdo Nacional: 6% del PBI, meta que, por otra
parte, es muy discutible. Si se quisiera alcanzar la meta en trece o catorce años, y si el PBI
creciera en ese lapso al 4% anual, la velocidad de crecimiento del gasto en educación tendría
que ser el doble, es decir, de 8%. Si el gasto en educación creciera solamente un punto
porcentual por encima de la tasa de crecimiento del PBI, entonces lograr la meta tomaría casi
cincuenta años. Está claro que, si el sector Educación crece más rápido que el gasto público total,
irá ganado más espacio en este. La pregunta es: ¿a costa de qué función? Cuanto más
rápidamente crezca el gasto en educación, más se acentuará la tensión en la distribución de los
recursos públicos entre los sectores, salvo no solamente que la capacidad de generar recursos —
básicamente, la recaudación tributaria— crezca a tasas altas, sino que también disminuya
ostensiblemente la evasión tributaria. Aun cuando se alcance la meta del 6% del PBI, el país
continuaría estando, sin embargo, con un gasto por estudiante inferior al de otros países de
Sudamérica con renta per cápita semejante —si no cercana—, lo que sugiere, por un lado, que
fijar metas de inversión como un porcentaje del PBI no resulta particularmente valioso; y, por
otro, que alcanzar niveles de gasto por estudiante similares a los de países vecinos requeriría un
marcado crecimiento económico adicional al experimentado en el pasado reciente, o que se
eleven la participación del gasto educativo en el gasto público o la recaudación tributaria,
también relativamente bajas en el Perú.
Por consiguiente, alcanzar el nivel de gasto por estudiante de países como Chile, Brasil o México,
¿aseguraría mejoras sustantivas en el funcionamiento del sistema educativo peruano? Es
interesante notar que los resultados de las pruebas PISA muestran que no hay una relación
lineal entre el gasto por estudiante y los puntajes obtenidos. Esta información sugiere, más bien,
la existencia de un cierto umbral a partir del cual los sistemas educativos dan saltos de calidad
tales que muestran ser efectivos en términos del rendimiento escolar. Al mismo tiempo, es
posible pensar en otras comparaciones, dentro del país, que sugieren que con niveles de gasto
por estudiante no muy diferentes de los que hoy alcanza el Estado es posible lograr mejores
resultados si estos recursos se usan mejor y si la asignación de recursos se acompaña con
elementos que mejoren la selección de docentes y la gestión escolar, así como con un mayor
compromiso de padres, madres y comunidades. Ante esta realidad, es importante tener
lineamientos y un plan que nos guíe hacia una reforma y mejora educativa, para que todos los
peruanos y peruanas puedan recibir una educación de calidad. En ese sentido, el Proyecto
Educativo Nacional al 2036 (PEN 2036) elaborado por el Consejo Nacional de Educación (CNE) y el
Ministerio de Educación (Minedu) plantea como reto alcanzar la ciudadanía plena en los próximos
15 años, para que todas las personas, sin distinción alguna, puedan ejercer todos sus derechos.
Y para lograrlo, debemos cumplir, desde diferentes sectores, a nivel del país 1) asegurar que la
educación en todas las etapas de la vida contribuya a construir una vida ciudadana; 2) lograr la
inclusión y equidad con educación para todos y todas e igualdad de oportunidades; 3) asegurar
que las personas alcancen una vida activa y emocionalmente saludable, promoviéndola desde los
espacios educativos y 4) asegurar que la educación nos prepare para alcanzar la productividad,
prosperidad, investigación y sostenibilidad y esto requiere repensar la distribución de
responsabilidades y tareas, prestando atención a las funciones que no deberían estar concentradas en
un solo actor —por ejemplo, quien presta el servicio educativo no debe ser el mismo que lo
supervisa—, sino más bien buscando un sistema de contrapesos que permita que el sistema
encuentre un equilibrio alineado con el propósito de asegurar el derecho de las personas a la
educación.
En conclusión, es importante que el Minedu y las instancias centrales, incluidos actores como el
Consejo Nacional de Educación, asuman un rol significativo para idear estratégicamente el sector,
de cara a lo que el país necesita y en un entorno que cambia con mucho dinamismo.
Atte: Giovana Malpartida Chuco