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Viaje A La Semilla
El relato narra la transformación de una casa en ruinas, donde un viejo observa la demolición y posterior restauración del lugar, simbolizando un ciclo de vida y muerte. A través de la figura de Don Marcial, se exploran temas de nostalgia, pérdida y el deseo de recuperar lo perdido, mientras se enfrenta a su propia decadencia y remordimientos. La historia culmina en un ambiente de celebración y renacimiento, reflejando la dualidad entre el pasado y el presente.
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Viaje A La Semilla
El relato narra la transformación de una casa en ruinas, donde un viejo observa la demolición y posterior restauración del lugar, simbolizando un ciclo de vida y muerte. A través de la figura de Don Marcial, se exploran temas de nostalgia, pérdida y el deseo de recuperar lo perdido, mientras se enfrenta a su propia decadencia y remordimientos. La historia culmina en un ambiente de celebración y renacimiento, reflejando la dualidad entre el pasado y el presente.
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Viaje a la semilla
S$ Qué quieres, viejo’
Varias veces cayé la pregunta de lo alto de los an-
damios. Pero el viejo no respondia, Andaba de un
a otro, fisgoneando, sacdndose de la garganta un largo
logo de frases incomprensibles. Ya habian descendido las
, cubriendo los eanteros muertos con su mosaico de barro
. Arriba, los pieos desprendian piedras de mampos-
, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran
. lo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas
iban desdentando las murallas apareeian —despojados
‘su seereto— cielos rasos ovales 0 cuadrados, cornisas,
das, denticulos, astrigalos, y papeles encolados que
an de los testeros como viejas pieles de serpiente en
. Presenciando la demolicién, una Ceres con la nariz
yel peplo desvaido, veteado de negro el tocado de mieses,
‘erguia en el traspatio, sobre su fuente de mascarones
. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces
del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia,
con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre
de cielo, ave than rebajando la altura secular de la
‘easa. Bl viejo se habia sentado, con el cayado apuntakindo-
Je la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de
51cubos en que viajaban restos apreviables. Ojanse, en sor
dina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas
concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos
de aves desagradables y pechugonas.
Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se des-
plomaron. Solo quedaron escaleras de mano, preparando
el asalto del dia siguiente. El aire se hizo més fresco, aliges
rado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que
pedfan alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa
mondada el creptisculo llegaba mas pronto. Se vestia d
sombras en horas en que su ya cafda balaustrada superio}
solia regalar a las fachadas alin relumbre de sol. La Ceres
apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dorm
rfan sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.
Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacian enti
las hierbas. Las hojas de acanto descubrian su condicin ma
getal. Una enredadera aventur6 sus tentéculos hacia la
luta j6nica, atraida por un aire de familia. Cuando cayé E==: el negro viejo, que no se habia movido, hizo
noche, la easa estaba més cerea de la tierra. Un mareo derignieitreniipvolteandore hoayhiotenbrdlan hee
puerta se ergufa atin, en lo alto, con tablas de sombras sus- Aenkericitie talcoen ,
pendidas de sus bisagras desorientadas. Los euadrados de marmol, blancos y negros, volaron a los
pisos, vistiendo la tierra, Las piedras, con saltos certeros,
fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal
claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tor
nillos de las charnelas volvian a hundirse en sus hoyos, con
répida rotacién. En los canteros muertos, levantadas por
el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos,
alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en Iluvia
sobre la armadura del techo. La casa ereeié, traida nuev:
mente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida.
La Ceres fue menos gris. Hubo més peces en Ia fuente. Y el
murmullo del agua llam6 begonias olvidadas.
El viejo introdujo una Ilave en la cerradura de la puerta
principal, y comenzé a abrir ventanas. Sus tacones sona-
ban a hueco. Cuando encendié los velones, un estreme-
cimiento amarillo corrié por el dleo de los retratos de
familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas
las galerfas, al compas de cucharas movidas en jicaras de
chocolate.
53Don Marcial, Marqués de Capellanias, yaefa en su lecho
de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por
‘cuatro cirios con largas barbas de cera derretida,
54
Mm
Cuando recobraron su tamaio, los apagé la monja
‘apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arro-
Jando el pabilo. La casa se vacié de visitantes y los earruajes
partieron en la noche. Don Marcial puls6 un teclado invisible
yabrié los ojos.
Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando
cen su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el
escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la
reja, salieron de sus nieblas. Cuando el médico movié la cabeza
con desconsuelo profesional, el enfermo se sintié mejor. Dur-
mié algunas horas y despert6 bajo la mirada negra y cejuda del
Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la
coniesiGn se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. , se encajaban entre cuenta y cuenta
del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante
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en una misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por
razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo respe-
taba porque era de clevada estatura y salfa, en noches de
baile, con el pecho rutilante de condecoraciones; porque le
envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicia
porque, en Pascuas, habia comido un pavo entero, relleno
de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta
vez, sin duda con el dnimo de azotarla, agarré a una de
Jas mulatas que barrian la rotonda, llevandola en brazos
a su habitacién, Marcial, oculto detras de una cortina, la
Mio salir poco después, llorosa y desabrochada, alegréindose
del castigo, pues era la que siempre vaciaba las fuentes de
compota devueltas a la alacena.
El padre era un ser terrible y magnénimo al que debla
amarse después de Digs. Para Marcial era mas Dios que
Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero
preferia el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.
69x
uando los muebles ereeieron un poco més y Marcial
supo como nadie lo que habia debajo de las camas,
armarios y vargueitos, oculté a todos un gran secre:
to: la vida no tenia eneanto fuera de la preseneia del ea-
lesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado.
de las procesiones del Corpus, eran tan importantes como
Melchor.
Melchor venia de muy lejos. Era nieto de principes ven-
cidos. En su reino habia elefantes, hipopétamos, tigres y
jirafas, Ahi los hombres no trabajaban, como Don Abun-
dio, en habitaciones oscuras, Ilenas de legajos. Vivian de
ser mds astutos que los animales. Uno de ellos sae6 el gran
cocodrilo del lago azul, ensarténdolo con una pica oculta en
los cuerpos apretados de doce ocas asadas. Melchor sabia
canciones faciles de aprender, porque las palabras no teni-
an significado y se repetian mucho. Robaba dulces en las
cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cua-
drerizos, y, cierta vez, habia apedreado a los de la guardia
ivil, desapareciendo luego en las sombras de la calle de la
Amargura.
En dias de luvia, sus botas se ponian a secar junto al
fogon de la cocina. Marcial hubiese querido tener pies que
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Henaran tales botas. La derecha se Hamaba Calambin, La
\quierda, Calambén, Aquel hombre que dominaba los
‘halos eerreros con solo encajarles dos dedos en los belfos;
quel sefior de terciopelos y espuelas, que lucia chisteras
{an altas, sabia también lo fresco que era un suelo de mar
nol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una fruta
‘9 un pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran
Sal6n. Marcial y Melchor tenian en comén un depésito s
fereto de grageas y almendras, que lamaban el «Uri, uri,
Juri», con entendidas carcajadas. Ambos habian explorado
Ja casa de arriba abajo, siendo los Gnicos en saber que &
fa un pequetio sétano Heno de frascos holandeses, debajo
de las cuadras, y que en desviin indtil, encima de los cua
‘os de eriadas, doce mariposas polvorientas acababan de
perder las alas en caja de cristales rotos.XI
uando Marcial adquirié el hibito de romper cosas,
Ce a Melchor para acercarse a los perros. Habia
varios en la casa. El atigrado grande; el podenco que
arrastraba las tetas; el galgo, demasiado viejo para jugar; el
Janudo que los demés perseguian en épocas determinadas,
y que las camareras tenfan que encerrar.
Marcial preferia a Canelo porque sacaba zapatos de las
habitaciones y desenterraba los rosales del patio. Siempre
negro de carbén 0 cubierto de tierra roja, devoraba la co-
mida de los demés, chillaba sin motivo, y ocultaba huesos
robados al pie de Ia fuente. De vez en cuando, también, va-
ciaba un huevo acabado de poner, arrojando la gallina al aire
con brusco palancazo del hocico. Todos daban de patadas al
danelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban.
Y el perro volvia triunfante, moviendo la cola, después de
haber sido abandonado mis alld de la Casa de Beneficencia,
recobrando un puesto que los demas, con sus habilidades
en la caza o desvelos en la guardia, nunca ocuparian.
Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogfan la al-
fombra persa del salén, para dibujar en su lana formas de
nubes pardas que se ensanchaban lentamente. Eso costaba
castigo de cintarazos. Pero los cintarazos no dolfan tanto
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‘como erefan las personas mayores. Resultaban, en cambio,
pretexto admirable para armar concertantes de aullidos
provocar la compasién de los vecinos. Cuando la bizea del
jadillo calificaba a su padre de «barbaro», Marcial mira-
ba a Canelo, riendo con los ojos. Lloraban’ un poco mis,
para ganarse un bizeocho, y todo quedaba olvidado. Ambos
comian tierra, se revoleaban al sol, bebian en la fuente de
Jos peces, buseaban sombra y perfume al pie de las albaha-
‘eas. En horas de ealor, los eanteros hiimedos se llenaban de
gente, Ahé estaba la gansa gris, con bolsa colgante entre las
patas zambas; el gallo viejo del culo pelado; la lagartija que
decia «uri, uri>, saciindose del cuello una corbata rosada;
el triste jubo, nacido en ciudad sin hembras; el ratén que
tapiaba su agujero con una semilla de carey. Un dia, sefiala
ron el perro a Marcial.
—iGuau, guau!—dijo.
Hablaba su propio idioma. Habia logrado la suprema
bertad. Ya queria aleanzar, con sus manos, objetos que es-
taban fuera del aleance de sus manos.
73XI
.u percepei6n a la de estas realidades esenciales, r
nuncié a la luz que ya le era avcesoria. Ignoraba
nombre, Retirado el bautismo, con su sal desagradable,
quiso ya el olfato, ni el ofdo, ni siquiera la vista. Sus
rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensibl
y tactil. El universo le entraba por todos los poros. Entor
‘ces cerré los ojos que solo divisaban gigantes nebulosos
penetré en un cuerpo caliente, hiimedo, leno de tiniebl:
que moria, El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propi
sustaneia, resbal6 hacia la vida.
Pero ahora el tiempo corrié mas pronto, adelgazando sus
‘iltimas horas. Los minutos sonaban a glissando de naipes
bajo el pulgar de un jugador.
I [ie sed, calor, dolor, fri. Apenas Marcial reduj
Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los
peces cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas
el fondo del estanque. Las palmas doblaron las peneas, desapa-
reciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los tallos sor
fan sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneeiera,
Bl trueno retumbaba en los corredores. Creefan pelos en la
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gamuza de los guantes, Las mantas de lana se destejian,
redondeando el vell6n de earneros distantes. Los armarios,
os vargueftos, las camas, los crucifijos, las mesas, las per-
sianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas
taices al pie de las selvas, Todo lo que tuviera clavos se des-
moronaba. Un bergantin, anclado no se sabia dénde, evo
presurosamente a Italia los marmoles del piso y de la fuen-
Las panoplias, los herrajes, las Haves, las cazuelas de
cobre, los bocados de las cuadras, se derretian, engrosando
tun rio de metal que galerias sin techo canalizaban hacia
la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condi
cidn primera. El barro volvié al barro, dejando un yermo en
Jugar de la cas zi
75XI
uando los obreros vinieron con el dia para prose
demolicién, encontraron el trabajo acabado,
se habia Ilevado la estatua de Ceres, vendida la vis
aun anticuario. Después de quejarse al Sindicato, los
bres fueron a sentarse en los bancos de un parque muniei
Uno recordé entonces Ia historia, muy difuminada, de
Marquesa de Capellanias, ahogada, en tarde de mayo,
las malangas del Almendares. Pero nadie prestaba at
al relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y
horas que crecen a la derecha de los relojes deben alarg
por la pereza, va que son las que mis seguramente He
la muerte,
Semejante a la noche
¥ caminaba, semejante a la noche.
Mada. Canto
I mar empezaba a verdecer entre los promontorios to-
davia en sombras, cuando la caracola del vigia anun-
(cid las cincuenta naves negras que nos enviaba el Rey
yemndn. Al ofr la sefial, os que esperaban desde hacia
10s dias sobre las boftigas de las eras, empezaron a bajar
rigo hacia la playa donde ya preparibamos los rodillos
servirian para subir las embareaciones hasta las mu-
las de la fortaleza, Cuando las quillas tocaron la arena
iho algunas rifias con los timoneles, pues tanto se habia
tho a los micenianos que carecfamos de toda inteligencia
‘a las faenas maritimas, que trataron de alejarnos con
is pértigas. Ademés, la playa se habia llenado de nifios que
metfan entre las piernas de los soldados, entorpecian las
inaniobras, y se trepaban a las bordas para robar nueces de
Jhajo los banquillos de los remeros. Las olas claras del alba
se rompian entre gritos, insultos y agarradas a puitetazos
sin que los notables pudieran pronunciar sus palabras de
bienvenida, en medio de la baradinda. Como yo habia espe-
rado algo mas solemne, mas festivo, de nuestro encuentro
con los que venian a buscarnos para la guerra, me retiré,
‘algo decepeionado, hacia la higuera en cuya rama grucsa
gustaba de montarme, apretando un poco las rodillas sobre
Ja madera, porque tenia un no sé qué de flancos de mujer.
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