NOTAS ÍNTIMAS
Recogemos en este apartado una serie de reflexiones y de oraciones personales que han
llegado hasta nosotros de sor Isabel de la Trinidad. Son algo así como expansiones de su
alma, fogonazos que le brotaron espontáneamente del corazón, sin pensar en un destinatario
concreto. Como si hablase para sí misma, como si hablase con su Dios en el secreto de su
alma.
Pertenecen a dos épocas de su existencia: unas a la vida de Isabel Catez en el mundo, otras a
la vida de sor Isabel de la Trinidad, carmelita descalza.
Ya Alfonso Aparicio había recogido algunas de ellas en su edición de las Obras de sor Isabel
bajo diversos apartados: Voto de virginidad, Elevaciones espirituales, Palabras luminosas. Es
más, en este último apartado él recogía una larga serie de lo que podríamos llamar “dichos” de
sor Isabel: «palabras y expresiones de su vida» que han llegado hasta nosotros «al margen de
sus escritos». Al no tratarse de escritos de ella misma, hemos preferido omitirlos en esta
nuestra edición, y optar por publicar aquí únicamente algunos de los que se nos han trasmitido
como escritos por ella.
En orden a unificar la manera de citar los escritos de sor Isabel, hemos adoptado la
nomenclatura y las siglas que les ha dado Conrad de Meester en su edición de las Obras de
nuestra carmelita.
Cuando Isabel no les ha puesto fecha o título, los pondremos entre corchetes [ ], tomándolos
generalmente de ese eminente especialista.
I. ISABEL CATEZ EN EL MUNDO
(1880 - 1901)
NI 1 Acordaos a santa Isabel1
22 de abril de 1894
Acuérdate, santa Isabel, patrona y divina abogada mía, de que soy tu humilde protegida.
Ven a socorrerme en esta tierra árida y protégeme en mis debilidades.
Concédeme tus hermosas virtudes, tu mansa humildad y tu sublime caridad.
Alcánzame de Dios que Él cambie mis defectos en virtudes, como cambió en rosas los panes
que tú llevabas.
Dame, para volar al cielo, las alas de la esperanza. Y cuando Dios me llame a Sí, ven tú misma
a recibirme a la puerta del cielo.
Así sea.
Isabel Catez
NI 4 [Hazme mártir de tu amor]
[(¿poco?) después del 16 de noviembre de 1899]
...1 victima de holocausto. Hazme mártir de tu amor y que ese martirio me haga morir. Quítame
la libertad de desagradarte; que nunca jamás te haga la menor ofensa. Rompe, arranca de mi
corazón todo lo que en él te desagrade. Yo quiero cumplir siempre tu voluntad y corresponder
siempre a tu gracia. Maestro, quiero ser santa por ti. Sé Tú mi santidad, pues conozco mi
debilidad.
Gracias, Jesús, por todas las gracias que me has concedido. Gracias, sobre todo, por haberme
probado. ¡Qué bueno es sufrir por ti y contigo! Que cada latido de mi corazón sea un grito de
gratitud y de amor.
NI 5 [Que mi corazón sea tu pequeña Betania]1
[(¿Hacia el?) 23 de enero de 1900]
¡Jesús, Amado mío, qué dulce es amarte, ser tuya, tenerte por único Todo! Ahora que vienes
todos los días a mi corazón, que nuestra unión sea más íntima todavía. Que mi vida sea una
continua oración, un prolongado acto de amor. Que nada pueda distraerme de ti, ni los ruidos,
ni las distracciones, nada ¿eh?
¡Cómo me gustaría, Maestro, vivir contigo en el silencio! Pero lo que me gusta, por encima de
todo, es hacer tu voluntad. Y como Tú quieres que yo siga aún en el mundo, me someto de
todo corazón por amor a Ti. Te ofrezco la celda de mi corazón, para que sea tu pequeña
Betania. Ven a descansar allí, te quiero tanto...
Yo quisiera consolarte y me ofrezco a ti como víctima. Maestro, por ti y contigo acepto
anticipadamente todos los sacrificios y todas las pruebas, incluso la de no sentirte a mi lado.
Sólo te pido una cosa: ser siempre, siempre, generosa y fiel; y no volver nunca más a
adueñarme de mí misma. Quiero cumplir con perfección tu voluntad y corresponder siempre a
tu gracia. Deseo ser santa contigo y para ti, pero siento mi impotencia: sé Tú mi santidad. Y si
alguna vez volviese yo a adueñarme de mí misma, te lo ruego, te lo suplico: llévame, hazme
morir, mientras sea aún toda tuya.
Yo soy tu «mimadita», como tú me llamas; pero tal vez pronto llegue la prueba, y entonces seré
yo quien te dé a ti. Maestro, no son esos dones ni esos consuelos con que me colmas lo que
yo busco. ¡Es a ti, y sólo a ti! Sosténme siempre, aduéñate cada vez más de mí, que todo lo
mío sea tuyo. Rompe, arranca todo lo que te desagrade, para que yo sea toda tuya. Cada
latido de mi corazón es un acto de amor. Jesús mío, mi Dios, ¡qué bueno es amarte y ser
totalmente tuya!
NI 6 [Prometo a mi Jesús]1
27 de enero de 1900
2
J.M. † J.T.2
Prometo a mi Jesús humillarme y renunciar a mí misma por su amor cada vez que tenga
ocasión de hacerlo. Y le pido a mi Esposo muy amado que ayude a mi debilidad para que
pueda hacer de mi vida una continua oración y un acto de amor. Que nada pueda distraerme
de Él. Que viva en el mundo sin ser del mundo: puedo ser carmelita por dentro y quiero serlo.
Amado mío, que yo pase santamente este tiempo que aún me queda por vivir en el mundo; que
lo pase unida a ti, en intimidad contigo; que lo pase haciendo algún bien.
Maestro, soy tuya, ¡tómame por entero! Tal vez desee demasiado irme al Carmelo... Amado
mío, regula tú mis deseos y que tu voluntad sea siempre la mía. También en el mundo puedo
ser tuya, ¿no es cierto?
Jesús mío, hace ya tiempo que te lo he entregado todo. Hoy te renuevo esa ofrenda. Soy tu
pequeña víctima. ¡Sí, que Isabel desaparezca y sólo quede su Jesús!3
NI 7 [Voto de virginidad]1
[16 de julio de 1900]
Jesús, Amado mío, renuevo feliz mi voto de castidad, que parece unirme aún más íntimamente
a ti.
Me ofrezco a tu amor como víctima de holocausto por la salvación de los pobres pecadores y te
pido que me hagas mártir de ese amor. ¡Que ese amor me consuma y me haga morir!
Jesús, Esposo amado, escucha también esta oración que tantas veces te he dirigido: si he de
cometer un solo pecado mortal, hazme morir enseguida mientras aún soy toda tuya...
Amor mío, que cada latido de mi corazón te repita esta ofrenda 2. Soy tuya, te pertenezco, haz
de mí lo que te plazca. Soy tu víctima. Quiero consolarte. Y para ello, acepto soportar cualquier
sufrimiento, con la ayuda de tu gracia, sin la cual no puedo nada.
María, Madre mía, Virgen del Carmen, ofréceme, entrégame a Jesús.
NI 8 La celda de mi Amado
15 de agosto de 1900
J.M. † J.T.
Será su lecho el abandono a la voluntad de Dios. Tendrá un cómodo sillón, que será la
mortificación, y una mullida alfombra, que será la humildad.
Para que mi Amado divino se encuentre a gusto en mi pobre celdita, la adornaré con todas las
flores que pueda. Estas flores serán los pequeños sacrificios de cada momento 1. Y como
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alimento, le daré a mi Jesús la renuncia y la abnegación. Arderá siempre una lamparita: su
llama será el amor, el amor que consume al corazón enamorado de Jesús.
NI 10 [Me envías el mayor de todos los sacrificios]
20 de octubre de 1900
J.M. † J.T.
Dios mío, Tú me envías el mayor de todos los sacrificios. Después de haberte recibido a
diario1, ¿qué va a ser de mí sin Ti? Pero Tú ya me lo dijiste: Tú no necesitas del Sacramento
para venir a mí...
¡Amor, qué bien sabes consolarme! ¡Cuántas fuerzas y valor encuentra mi pobre alma junto a
Ti!
¡Bien mío, Vida mía! Tú eres quien lo da todo. No me importa lo que me envíes. Todo es
siempre buenísimo, viniendo de Ti. Sí, gracias cuando me pruebas, porque entonces me
parece que estás más cerca, que me amas más y que nuestra unión es más estrecha.
¡Amor, qué bueno es sufrir por Ti y contigo! Pero acuérdate de mi debilidad. Ayúdame, pues
nada puedo sin Ti. Sé Tú mi Sostén y mi Fortaleza, Dios mío.
20 de octubre de 1900
NI 11 [¡Cuánto sufro, Dios mío!]
[4 de abril de 1901]
J.M. † J.T.
¡Cuánto sufro, Dios mío! Pero acepto seguir en este estado todo el tiempo que a Ti te plazca,
pues este feliz sufrimiento purifica mi alma que Tú quieres unir más íntimamente a Ti.
Más, más aún, todo el tiempo que quieras, pero sosténme Tú, pues soy muy débil. Tú ya sabes
que Tú, y sólo Tú, eres el único a quien amo, el único a quien vivo encadenada1...
¡Amor! ¡Qué bueno es poder darte algo yo a Ti, que tanto me has regalado!
María Isabel de la Trinidad2
Jueves Santo, 1901 †
II. SOR ISABEL DE LA TRINIDAD,
CARMELITA DESCALZA
(1901 - 1906)
NI 12 [Cuestionario]1
[(¿Hacia el?) 9 de agosto de 1901]
4
P. ¿Cuál es, según tú, el ideal de la santidad?
R. Vivir de amor2.
P. ¿Cuál es el medio más rápido para llegar a ella?
R. Hacerse pequeñita y entregarse para siempre.
P. ¿Cuál es tu santo preferido?
R. El discípulo amado, que descansó sobre el Corazón de su Maestro.
P. ¿Cuál es tu santa predilecta y por qué?
R. Nuestra Madre santa Teresa, porque murió de amor.
P. ¿Qué punto de la Regla prefieres?
R. El silencio.
P. ¿Cuál es el rasgo dominante de tu carácter?
R. La sensibilidad.
P. ¿Tu virtud predilecta?
R. La pureza. «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» [Mt 5,8].
P. ¿Qué defecto te produce mayor aversión?
R. El egoísmo en general.
P. Da una definición de la oración.
R. La unión de la que no es con el Que es.
P. ¿Cuál es tu libro preferido?
R. El alma de Cristo. Ella me ofrece todos los secretos del Padre que está en el cielo.
P. ¿Tienes deseos grandes del cielo?
R. Siento, a veces, nostalgia de él; pero a no ser por la visión beatífica, lo poseo ya en lo más
íntimo de mi alma.
P. ¿Qué disposiciones querrías tener a la hora de la muerte?
R. Quisiera morir amando y caer así en los brazos de mi Amado.
P. ¿Preferirías alguna clase de martirio?
R. Todos me gustan, especialmente el martirio de amor.
P. ¿Cómo te gustaría llamarte en el cielo?
R. Voluntad de Dios.
P. ¿Cuál es tu lema?
R. Dios en mí y yo en Él.
NI 13 [Ser esposa de Cristo]
[Hacia la mitad del año 1900]
¡Ser esposa de Cristo!
Esto no es sólo la expresión del más dulce de todos los sueños: es una realidad divina, es la
expresión de todo un misterio de semejanza y de unión, es el nombre que pronuncia la Iglesia
sobre nosotras en la mañana de nuestra consagración: Veni, sponsa Christi...!
¡Tenemos que vivir una vida de esposas! «Esposa»: todo lo que este nombre hace vislumbrar
de amor dado y recibido... De intimidad, de fidelidad, de entrega total... Ser esposa es
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entregarse como Él se entregó, es inmolarse como Él, por Él, para Él... Es Cristo que se hace
todo nuestro y nosotras que nos hacemos totalmente suyas...
Ser esposa es tener todos los derechos sobre su Corazón. Es vivir íntimamente unidos durante
toda una vida. Es vivir con..., siempre con... Es descansar de todo en Él y dejar que Él
descanse de todo en nuestra alma...
Es no saber otra cosa que amar: amar adorando, amar reparando, amar orando, pidiendo,
olvidándose de una misma. Amar siempre y de todas las maneras.
Ser esposa es tener los ojos puestos en sus ojos, el pensamiento fijo en Él, el corazón
totalmente cautivo, totalmente invadido, como fuera de sí mismo y trasladado a Él, el alma llena
de su alma, llena de su oración, y todo el ser cautivo y entregado...
Es tener la mirada clavada siempre en su mirada, para sorprender la menor señal y el mínimo
deseo; es penetrar en todas sus alegrías y compartir todas sus tristezas. Es ser fecunda,
corredentora, engendrar almas a la gracia, multiplicar los hijos adoptivos del Padre, los
redimidos por Cristo, los coherederos de su gloria [cf Ga 4,5-7].
Ser esposa, esposa en el Carmelo, es tener el corazón inflamado de Elías, el corazón
traspasado de Teresa, su «verdadera esposa» que arde en celo de su honor1.
Finalmente, ser tomada por esposa, por esposa mística, es haber cautivado de tal forma su
Corazón, que el Verbo, olvidando todas las distancias, se derrame en el alma como en el seno
del Padre y con el mismo éxtasis de infinito amor... Es el Padre, el Verbo y el Espíritu
inundando el alma, deificándola y consumándola en la unidad por el amor. Es el matrimonio, la
situación estable, porque es la unión indisoluble de las voluntades y de los corazones. Y Dios
dice: Voy a hacerle una compañera semejante a él, y serán los dos una sola cosa [cf Gn
2,18.24]...
NI 15 [Elevación a la Santísima Trinidad]1
21 de noviembre de 1904
J.M.†J.T.
¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí, para
establecerme en Ti, inmóvil y serena, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada
pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, mi Dios inmutable, sino que cada momento me
sumerja más adentro en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma, haz en ella tu cielo, tu
morada más querida y el lugar de tu descanso. Que nunca te deje solo allí, sino que esté por
entero allí contigo, bien alerta en mi fe, en total adoración y completamente entregada a tu
Acción creadora.
¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Quisiera ser una esposa para tu Corazón; quisiera
cubrirte de gloria; quisiera amarte... ¡hasta morir de amor! Pero conozco mi impotencia, y te
pido que me «revistas de ti mismo» [cf Ga 3,27], que identifiques mi alma con todos los
sentimientos de tu alma, que me sumerjas en Ti, que me invadas, que ocupes Tú mi lugar, para
que mi vida no sea más que una irradiación de tu Vida. Ven a mí como Adorador, como
Reparador y como Salvador.
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¡Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida escuchándote, quiero ser toda
oídos a tu enseñanza para aprenderlo todo de Ti. Y luego, en medio de todas las noches, de
todos los vacíos y de toda mi ineptitud, quiero vivir con los ojos siempre clavados en Ti y
permanecer bajo tu inmensa luz.
¡Oh mi Astro querido! Fascíname de tal manera, que ya nunca pueda salirme de tu radiación.
¡Oh Fuego devorador, Espíritu de Amor! «Ven a mí» [¿Lc 1,35?] para que se produzca en mi
alma una especie de encarnación del Verbo: que yo sea para Él una humanidad suplementaria
en la que Él pueda renovar todo su misterio.
Y Tú, ¡oh Padre!, inclínate sobre esta pobre criaturita tuya, «cúbrela con tu sombra» 2, y no veas
en ella más que a tu «Hijo el amado, en quien has puesto todas tus complacencias».
¡Oh mis Tres, mi Todo, mi eterna Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me
pierdo!, yo me entrego a Ti como víctima. Escóndete en mí para que yo me esconda en Ti [cf
Col 3,3], hasta que vaya a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas.
21 de noviembre de 1904