Curso: LA MODERNIDAD Y SUS MITOS
Catedrático: Julio David Cuéllar Vidal.
Nivel: 4to. Grado Licenciatura
Trimestre: Tercero
Ciclo: 2022
Edgar Eliseo Flores Ramírez.
1-19-2736.
25/8/2022.
Tarea 1. Investigación: Rene Descartes.
LA TEOLOGÍA EN LOS COMIENZOS DE LA ÉPOCA
MODERNA
En los albores de una nueva etapa histórica.
A partir de la caída del Imperio romano de Occidente y la fusión de los elementos romanos
con los germánicos, la historia cultural de Europa experimentó un proceso de crecimiento
que, en un contexto de sustancial continuidad, estuvo no obstante jalonado por saltos
adelante o renacimientos sucesivos: la floración de la cultura visigoda; el llamado
renacimiento carolingio; ese período de particular riqueza intelectual que constituyen los
siglos XII y XIII; el Humanismo y, tras él, el Renacimiento en el sentido más clásico y
usual del vocablo.
Los siglos XVII y XVIII, en los que, en más de un aspecto, se sientan las bases de la
situación cultural contemporánea, constituyen un jalón más en ese proceso, y al mismo
tiempo, por las razones que diremos, el inicio de una etapa diversa y, en parte, una ruptura
respecto a las anteriores.1
De forma esquemática, algunos de los rasgos más significativos de la nueva situación
pueden ser resumidos del modo siguiente:
a) La difusión de la cultura, iniciada en los siglos medievales y fuertemente impulsada por
el movimiento humanista, recibe un nuevo y singular impulso. El saber, patrimonio
durante el medioevo de clérigos, monjes y religiosos, se extiende ahora no sólo a la
aristocracia, y a los círculos que giran en torno a ella, sino a una burguesía cada vez más
consciente de sí; el ideal de una difusión universal de la educación, de una plena
ilustración de la totalidad de los hombres, comienza a abrirse camino.
b) La ruptura de la unidad política medieval, iniciada al consolidarse las monarquías
absolutas y agudizada con la Reforma protestante y las subsiguientes guerras de religión,
es, en el siglo XVII, un hecho consumado. Europa sigue siendo una unidad cultural, como
lo
evidencia el entrecruzarse de ideas, escritos y movimientos, pero ha dejado de ser una
unidad política. Se imponen así nuevos modos de relación entre naciones y pueblos; más
aún, un nuevo modo de entender los conceptos de nación y de pueblo y, en última
instancia, un nuevo modo de entender la política.
c) La evolución de las ciencias, que apuntaba en los últimos tiempos del medioevo y se
potenció en el Renacimiento, alcanza, durante el siglo XVII, un umbral decisivo. La
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Illanes, José. Sarangana. Historia de la Teología. Biblioteca de autores. Madrid. 1995. Pg. 183
ciencia, en el sentido moderno del término, adquiere su definitiva fisonomía, abandonando
los cánones de la física aristotélica para constituirse como saber a la vez experimental y
físico-matemático. Se ofrecen así nuevas posibilidades de desarrollo, y la técnica, en
cuanto aplicación del saber al dominio efectivo de la materia, adquiere un protagonismo
impensable en etapas anteriores de la historia, con las ventajas —y también los riesgos—
que de ahí derivan
d) Los descubrimientos geográficos —el descubrimiento y posterior colonización del
continente americano, unidos al conocimiento de las civilizaciones asiáticas y africanas
gracias a los viajes y las narraciones de los misioneros—, amplían el horizonte histórico y
cultural. Las perspectivas se enriquecen, y Europa, lanzada hacia fuera de sus fronteras,
se interroga sobre su propia civilización y sobre su misión cultural e histórica.2
A los rasgos mencionados podrían añadirse otros. Los indicados son, sin embargo,
suficientemente indicativos. Más importante que todo intento de completar la enumeración
de aspectos y características es señalar que, en su conjunto, trajeron consigo —o
estuvieron acompañados— de un cambio de mentalidad. Varias veces, a lo largo de la
época medieval y más agudamente aún en el período renacentista, se había planteado la
tensión entre lo antiguo y lo moderno, afirmando una novedad o modernidad que era
valorada positivamente y que, en consecuencia, se autodefinía como superior y más
perfecta que lo pasado. Esta tensión se hizo más aguda en los siglos que
ahora consideramos. La nueva actitud ante la política y ante la ciencia trajeron consigo
una nueva conciencia de las posibilidades de cambio histórico y, en consecuencia, una
nueva actitud ante el presente y ante el futuro. Quizás quepa caracterizar esa nueva
actitud con una sola palabra: optimismo; es decir, no sólo una agudización de la
conciencia del protagonismo del hombre respecto a su propia historia, sino una viva
confianza en que el desarrollo del saber y el despliegue de las virtualidades del espíritu
humano podrían y deberían conducir a la humanidad hacia etapas cada vez más plenas y
acabadas.3
2
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Ibid. Pg. 185
La nueva situación cultural implicaba, como resulta obvio, un reto para la fe cristiana y,
en consecuencia, para la Teología. Este reto fue de hecho tanto más agudo cuanto que, por
esos mismos años, surgieron y se desarrollaron algunos filones de pensamiento designo
naturalista, que, entremezclándose con las realidades y procesos mencionados,
amenazaban con dar un sentido acristiano e incluso anticristiano al acontecer.
En el Humanismo y el Renacimiento, la conciencia de novedad, de modernidad, estuvo
unida a un enfrentamiento con el pasado, a una fuerte crítica de la escolástica y, en más de
un momento, de la Edad Media en su conjunto; pero todo ello se situaba —en la
generalidad de los casos, también después de haberse iniciado la Reforma protestante—
en el interior de una visión cristiana del mundo y de la historia: se criticaba a los
escolásticos, pero, frente a ellos, se apelaba precisamente a la Biblia y los Padres, con
plena seguridad en la verdad y la perennidad del mensaje y la obra de Cristo. Hubo, pues,
al menos en cierto grado, ruptura con la Edad Media, pero no con el cristianismo. En los
siglos XVII y XVIII apunta algo distinto: una ruptura con la fe cristiana en cuanto tal.4
Del racionalismo a la crítica de la religión.
Si se intentan rastrear las raíces de esa ruptura, de ese difundirse en la cultura europea de
actitudes intelectuales que conducen a una ruptura con el cristianismo, es necesario
remontarse atrás en la historia: al aristotelismo averroísta de la escuela de Padua de los
siglos XIV y XV; al escepticismo que impregnó amplios sectores de la cultura francesa del
siglo XVI, como testimonian las obras de un Michel de Montaigne o un Pierre Charron; al
criticismo y al enfrentamiento con toda autoridad intelectual que desembocaron en el
movimiento de los «libertinos eruditos» o «librepensadores» de la Francia y la Inglaterra
del siglo XVII...
Y todo ello en el contexto de las guerras de religión que asolaron Europa desde el estallido
de la Reforma protestante hasta la Paz de Westfalia (1648), y de la honda
crisis espiritual que esas guerras provocaron en la intelectualidad europea de la época: la
fe cristiana, que había sido durante siglos fermento de unidad, se presentaba, ante quienes
vivían aquellos acontecimientos, como fuente de separación, más aún, de enfrentamientos
y de luchas, lo que, de manera casi espontánea, impulsaba a buscar factores de concordia
y unidad al margen de la fe y facilitaba la difusión de ideas y actitudes antirreligiosas o, al
menos, arreligiosas. Uniéndose a todos esos factores, y contribuyendo a darles forma
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filosóficamente acabada, dos movimientos intelectuales tuvieron singular importancia: el
racionalismo y el criticismo empirista.5
El racionalismo y la negación de la revelación como verdad.
Para hablar del racionalismo es inevitable referirse, como paso primero e imprescindible,
a la obra y al pensamiento de quien puede, a buen derecho, ser definido como su iniciador:
Rene Descartes (1596-1650). Conviene advertir, sin embargo, que Descartes no estuvo
vinculado en modo alguno al criticismo religioso al que hace un momento hacíamos
referencia; más aún, su empeño filosófico, aun que naciera de otras coordenadas, estuvo
inspirado, al menos en parte, por preocupaciones apologéticas. La realidad es que, de
hecho, y a pesar suyo, contribuyó a la difusión de una actitud intelectual a la que el
criticismo religioso terminaría por resultarle connatural.
Dejando al margen otras facetas de su pensamiento, puede decirse que, desde la
perspectiva en la que estamos situados, el texto cartesiano más significativo es, sin duda,
la famosa página del Discurso del método en la que, después de haber evocado los
anteriores avatares de su vida, plantea la necesidad de someter a examen todas las
opiniones y pareceres recibidos, suspendiendo la adhesión a ellos, afín de valorarlos y
sustituirlos por otros mejores, o por ellos mismos, pero una vez ajustados «al nivel de la
razón».6
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6
Ibid. Pg. 186
Ese programa, esa decisión de no aceptar como verdadero más que aquello que se
presenta ante la razón con absoluta nitidez —como claro y distinto—, tiene, obviamente,
hondas implicaciones, también, y quizá particularmente, respecto a la fe, que versa sobre
lo no evidente, sobre lo que la inteligencia acepta no en virtud de la luz con que se
presenta ante ella, sino por la autoridad con que es testificado por la palabra de Dios. Si
todo conocimiento debe ser sometido «al nivel de la razón», si el único criterio de verdad
es la evidencia racional, ¿cabe seguir hablando de fe y, más concretamente, de una fe que
implica conocimiento y que, por tanto, funda y da origen a un saber, es decir, a la
Teología?
El propio Descartes parece consciente del problema, pues se preocupa por advertir
expresamente que su método no puede ni debe aplicarse a «las verdades reveladas», que
están muy por encima de nuestra inteligencia, de tal manera que sería atrevimiento
someterlas a «la debilidad» de los razonamientos humanos. Se ha discutido mucho sobre el
sentido y alcance de esa reserva cartesiana: ¿obedecía a razones tácticas o era expresión
de convicciones profundas? Fuere cual fuere la actitud existencial de Descartes, resulta
claro, en todo caso, que esa forma de proclamar la trascendencia de la fe equivale, en
realidad, a confinarla en un empíreo inaccesible y, en consecuencia, a postular una
separación entre fe y razón perjudicial para la fe y, a fin de cuentas, insostenible.
Era por eso inevitable que, más pronto o más tarde, la limitación establecida por
Descartes acabara por saltar, de modo que el método de la duda, libre ya de
condicionamientos, se aplicara a toda la vida de la inteligencia, sometiéndola por
completo —y por tanto también en cuanto dice relación a la fe—al juicio de una razón
cartesianamente entendida.7
El cartesianismo hace mucho tiempo que murió. El pensamiento de Descartes, sin
embargo, pervive y pervivirá mientras exista como guía de reflexión la libertad de pensar.
Este principio constituye la más deliciosa fábula que el hombre pudo inventar, y eso se lo
debe la humanidad, en buena parte, a Descartes.
entre Descartes y la escolástica hay un hecho cultural —no sólo científico— de
importancia incalculable: el Renacimiento. Ahora bien: el Renacimiento está en todas
partes más y mejor representado que en la filosofía. Está eminentemente expreso en los
artistas, en los poetas, en los científicos, en los teólogos, en Leonardo da Vinci, en
Ronsard, en Galileo, en Lutero, en el espíritu, en suma, que orea con un nuevo aliento las
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fuerzas todas de la producción humana. A este espíritu renacentista hay que referir
inmediatamente la filosofía cartesiana. Descartes es el primer filósofo del Renacimiento.
El quebrantamiento de la unidad religiosa, el descubrimiento de la Tierra, la nueva
concepción del sistema solar, la admiración por el arte, la vida y la filosofía de los
antiguos, los intentos reiterados de desenvolver una sensibilidad nueva en la producción
artística, poética, científica, son otros tantos síntomas inequívocos de la gran crisis por
que atraviesa la cultura europea. El Renacimiento se presenta, pues, primero como un acto
de negación; es la ruptura con el pasado, es la crítica implacable de las creencias sobre
las que la humanidad venía viviendo. El realismo aristotélico, que servía de base a ese
conjunto de convicciones, perece también con ellas.
Así el Renacimiento es, por una parte, la negación de todo el pasado filosófico. Mas por
otra parte es también el angustioso afán de encontrar un nuevo «punto de apoyo» capaz de
salvar al hombre, a la cultura, del gran naufragio. Descartes satisface este afán de
salvación. Descartes descubre la base «firme e inmóvil» para un nuevo filosofar. Con
Descartes comienza la segunda navegación del pensamiento filosófico.
Vida de Descartes.
Renato Descartes en La Haye, aldea de la Touraine, el 31 de marzo de 1596. Era de
familia de magistrados, nobleza de toga. Su padre fue consejero en el Parlamento de
Rennes, y el amor a las letras era tradicional en la familia. «Desde niño —cuenta
Descartes en el DISCURSO DEL MÉTODO— fui criado en el cultivo de las letras.»
Efectivamente, muy niño entró en el colegio de La Fleche, que dirigían los jesuitas. Allí,
recibió una sólida educación clásica y filosófica, cuyo valor y utilidad ha reconocido
Descartes en varias ocasiones.
La metafísica.
La noción del método, la teoría del conocimiento y la metafísica se hallan íntimamente
enlazadas y como fundidas en la filosofía de Descartes. La idea fundamental de la unidad
del saber humano, que Descartes, además, se representa bajo la forma seguida y
concatenada de la geometría, es la que funde todos esos elementos, reúne la metafísica con
la lógica, y éstas, a su vez, con la física y la psicología, en un magno sistema de verdades
enlazadas. El cartesiano Spinoza pudo conseguir exponer la filosofía de Descartes en una
serie geométrica de axiomas, definiciones y teoremas. (RENATI DESCARTES
PRINCIPIORÜM PHILOSOPIAE PARS I ET II, MORE GEOMÉTRICO
DEMONSTRATAE...El punto de partida es la duda metódica. La duda cartesiana refleja la
situación real, histórica, del momento.8
8
Morente. Manuel. Discurso del método y meditaciones metafísica. Biblioteca básica.
El Discurso, texto eminentemente filosófico, marca el punto de ruptura con el mundo
conceptual del medievo, dominado por la escolástica. Al mismo tiempo, y junto a su valor
fundamental, es también una crónica del pensamiento, un libro de memorias, una
elaboración científica en la que el investigador pasa a primer plano, a la primera persona.
Así reconocemos, a la par que la obra que funda los cimientos del mundo moderno, un
minucioso retrato de su creador: René Descartes. René Descartes Discurso del método
para dirigir bien la razón y buscar la verdad en las ciencias.
El Discurso del método y las Meditaciones metafísicas son obras de plenitud mental.
Exceptuando algunos diálogos de Platón, no hay libro alguno que las supere en
profundidad y en variedad de intereses y sugestiones. Inauguran la filosofía moderna;
abren nuevos cauces a la ciencia; iluminan los rasgos esenciales de la literatura y del
carácter francés; en suma, son la autobiografía espiritual de un ingenio superior, que
representa, en grado máximo, las más nobles cualidades de una raza nobilísima.9
Filosofía de Rene Descartes
¿Qué es la duda?
Una duda es una indeterminación entre dos decisiones o dos juicios. Se trata de una
vacilación que puede experimentarse ante un hecho, una noticia o una creencia. La duda
supone un estado de incertidumbre: donde hay dudas no hay certezas. Si una persona duda
sobre algo, no está seguro de la validez de esa cuestión. La duda es un límite a la
confianza ya que, donde hay dudas, no existe la creencia en la verdad de un conocimiento.
La duda puede afectar a una creencia o pensamiento o proyectarse hacia la acción. Un
hombre puede dudar sobre la fidelidad de su esposa y seguir actuando sin cambios, o
puede transformar esa duda en una decisión y plantearle el problema a la mujer. En la
filosofía, los filósofos destacan que, cuando una duda es aceptada como ignorancia (el
sujeto duda porque no sabe o, al menos, carece de certezas), puede convertirse en una
fuente de conocimiento y que impulsa a la reflexión, el estudio y la investigación.
Se trata de un término que se utiliza para poder definir a ese periodo en el que una
persona, de manera absolutamente voluntaria, decide suspender el juicio con el claro
objetivo de que pueda por sí misma llevar a cabo un proceso de coordinación tanto de los
conocimientos que posee como de sus ideas respecto a un tema concreto. Por otra parte,
no podemos obviar el hecho de que también es habitual que hablemos dentro del campo
9
Ibid.
filosófico de lo que se conoce como desatar la duda. Concretamente con dicha locución
verbal lo que intenta expresarse es que alguien está dándole solución a un asunto
concreto. René Descartes solía ser llamado como el filósofo de la duda ya que rechazaba
aceptar todo aquello de lo que pudiera dudarse desde un punto de vista racional10
Pasos del método cartesiano.
Fue creado por Descartes, es un método donde propone una manera basada en el método
matemático que es universal, sea cual sea su aplicación o campo del saber a la que se
refiera. La definición de lo que él entiende por método la podemos encontrar en la Regla
IV de su obra “Regulae ad directionem ingenii” ¿Qué es la duda? Pasos del método
cartesiano.
• Primera regla: evidencia No admitir nunca como verdadera cosa alguna sin conocer con
evidencia que lo era: es decir, evitar con toda atención la precipitación y la prevención, y
no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente
a mi espíritu que no tuviera ninguna ocasión para poner en duda. Descartes es un
precursor del método basado en la evidencia. La intuición es la capacitación intelectual
inmediata de una idea. Inmediato implica que no hay una cadena deductiva por medio y,
por otra parte, que no hay mezcla con nada sensible.
• Segunda regla: análisis Cualquier problema que tengamos que estudiar no es más que un
conjunto vertebrado de ideas complejas. Analizar consiste en descomponer lo complejo en
sus elementos más simples, estos que podrán ser susceptibles de ser intuidos como ideas
claras y distintas, esto es: evidentes. Se trata de un proceso de reduccionismo y de análisis
de los problemas complejos en sus constituyentes más simples. Reducimos el complejo a lo
simple y, en el mismo movimiento, accedemos desde lo desconocido hasta lo que conoce:
las ideas innatas.
• Tercera regla: síntesis Una vez que se llega a los elementos simples de un problema hay
que reconstruirlo en toda su complejidad, deduciendo todas las ideas y consecuencias que
se derivan de aquellos principios primeros absolutamente ciertos. La síntesis es un proceso
ordenado de deducción, en el que unas ideas se encadenan con otros necesariamente. La
síntesis, pues, complementa el análisis y nos permite avanzar en la búsqueda de nuevas
verdades.
• Cuarta regla: comprobación Se trata de comprobar y revisar que no haya ningún error
en todo el proceso analíticosintetic. La comprobación intenta comprender de una sola vez
y de manera intuitiva la globalidad del proceso que se está estudiando. Así, se parte de la
intuición ya ella se vuelve. Una vez comprobado todo el proceso, podremos estar seguros
de su certeza.11
10
Peralta, Andrea. Filosofía de Rene Descarte. Colegio de Bachilleres. Baja California. Pg.3
11
Ibid. Pg. 4