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Lectio

La Lectio Divina es una práctica de lectura orante de la Sagrada Escritura que busca una conexión vivencial y mística con la Palabra de Dios, fomentando el crecimiento espiritual y la acción pastoral. Este proceso incluye pasos de preparación, lectura, meditación y oración, enfatizando la importancia de la contemplación y la acción en la vida cristiana. La Lectio Divina es accesible a todas las tradiciones cristianas y debe llevar a un compromiso de vida cristiana, integrando la oración con la acción en la vida diaria.
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Lectio

La Lectio Divina es una práctica de lectura orante de la Sagrada Escritura que busca una conexión vivencial y mística con la Palabra de Dios, fomentando el crecimiento espiritual y la acción pastoral. Este proceso incluye pasos de preparación, lectura, meditación y oración, enfatizando la importancia de la contemplación y la acción en la vida cristiana. La Lectio Divina es accesible a todas las tradiciones cristianas y debe llevar a un compromiso de vida cristiana, integrando la oración con la acción en la vida diaria.
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DIÓCESIS DE MAGANGUÉ

TALLER SOBRE LECTIO DIVINA PARA MINISTROS LECTORES

LECTIO DIVINA
Es una lectura orante de la Sagrada Escritura; busca “conocer” la Palabra de Dios desde una
perspectiva vivencial y mística. Se trata de recibirla y custodiarla en el corazón y la mente para vivir
el misterio de Dios y enriquecer la vida con su sabiduría. No es un curso que busca “aprender” el
contenido de la Biblia ni comprender e interpretar su mensaje mediante un estudio académico desde
un punto de vista teológico.

METAS DE LA LECTIO DIVINA


La Lectio divina va más allá de un ejercicio con algunos pasos: lectura, meditación, oración y
contemplación. Es un proceso que abarca todos los aspectos de la interacción entre la persona y Dios,
llevando a una experiencia mística o misteriosa de lo divino, siendo mucho más profunda que una
exposición doctrinal o un aprendizaje bíblico.

La lectura orante de la Biblia fomenta el crecimiento espiritual: lleva de la oscuridad causada por la
ignorancia o falta de conciencia sobre lo que Dios quiere decirnos en determinado momento de la
vida, a una iluminación espiritual por la Palabra, que da sentido a la vida, para detenerse después en
una contemplación mística de Dios desprovista de cualquier ejercicio intelectual que nos distraiga de
ella.
Al orar con la Palabra de Dios, el misterio infinito de Dios y el misterio infinito del ser humano
entran en contacto íntimo, para proseguir adelante al unísono, llenando la vida personal con la vida
divina y sincronizando los planes propios con los designios de Dios para así poder continuar la
misión de Jesús. Al descubrir a Dios como el Amor, la Verdad, la Libertad, la Paz, la Justicia… nace
en nosotros un deseo inmenso de abandonarnos en él y dejar que sea Jesús dé dirección a nuestra vida
y el Espíritu Santo quien guíe nuestra acción pastoral.

Al beber de la Palabra misma de Dios, la Lectio divina nos consagra al Padre y nos identifica con
Cristo y, al abrirnos a la acción del Espíritu en nosotros, nos ayuda a trascender nuestra humanidad y
tener una experiencia mística de Dios. Nuestra propia realidad humana, con todos sus aspectos
personales y del contexto en que vivimos, puede así identificarse con la historia de salvación revelada
en el texto sagrado, originando en cada ocasión un nuevo conocimiento de Dios a través de su
presencia activa en nosotros.

Como la Lectio divina se basa en la lectura de la Sagrada Escritura, personas de todas las tradiciones
cristianas pueden participar juntas, sin preocuparse de las diferencias doctrinales entre ellas.

Sin embargo, por muy bella y dadora de vida espiritual que sea la Lectio divina, sólo tiene sentido si
lleva al compromiso de vida cristiano. Por eso es importante desdoblar el paso de la “contemplación”
según la practicaban los monjes, en “contemplación” y “acción”. Lo que sucede es que para los
monjes “oración y acción” estaban íntimamente ligadas, ya que llevaban a la oración sus actividades
diarias, las cuales a su vez estaban impregnadas con el espíritu y la visión de Dios que adquirían en
su oración.
Los laicos tendemos a separar las dos cosas, de ahí la importancia de enfatizar la “contemplación”
como meta de la dimensión espiritual de la Lectio divina, y la “acción”, como la meta de toda vida
cristiana.

Como la Lectio divina es un medio para encontrarnos con Jesús, existen muchas maneras de llevarla
a cabo, las cuales varían dependiendo de las circunstancias. Realizar este tipo de oración diaria e
individualmente es muy diferente que hacerla en comunidad y ocasionalmente. De cualquier manera,
va generando familiaridad con la Palabra de Dios y promoviendo intimidad con él a través del texto
sagrado.

Es importante que no esté tan estructurada que pierda espontaneidad, ni tan desorganizada y suelta
que no lleve a la meta deseada. Orar con una Lectio divina o facilitarla para una comunidad, requiere
apertura al Espíritu y tiempo para el diálogo con Dios.

MÉTODO EN PASOS PARA LA LECTIO DIVINA


A continuación, se presenta un método los pasos que ayudan a incursionar de manera sencilla en el
método tradicional de la Lectio divina, al desdoblar en más los cuatro pasos practicados por los
monjes. Se trata de un ejercicio espiritual personal que se distingue de la la escucha de la Palabra en
la celebración eucarística o litúrgica, incluida la Homilía, la cual es una actividad de toda la asamblea
cristiana. De hecho, la Lectio puede realizarse como preparación o como continuación de la lectura
de la Palabra en la liturgia. Si se realiza en comunidad, sólo hacia el final se comparte la experiencia
vivida y su fruto en cuanto al mensaje recibido.
A continuación, se presenta el itinerario de la jornada espiritual al realizar la Lectio divina en pasos
muy concretos. Después se presenta un esquema que muestra el itinerario.
LO QUE HAY QUE PREPARAR PARA LA LECTIO DIVINA

1. PREPARACIÓN (O STATIO)
Cuando hay un carro estacionado, está detenido, ha dejado de rodar y después habrá que reemprender
la marcha. Si estamos en una estación estamos a la espera del transporte que tomaremos para ir a un
lugar. Statio tiene este significado: hacer un alto en las actividades regulares para emprender otra
ruta, el camino de la lectura orante de la Palabra de Dios.
Para prepararse a la Lectio es necesario tomar el tiempo para entrar en el ambiente espiritual
necesario para escuchar la Palabra con atención. Lo hacemos:
- Buscando un sitio y el tiempo para estar en paz y en silencio; toda persona que los busca de verdad,
los encuentra, con mayor o menor frecuencia. Puede ser una capilla, el aposento de uno, la sala de la
casa, el jardín, la naturaleza, muy temprano, de noche, ante el Santísimo o ante el altar familiar.
- Disponiendo nuestro cuerpo para lo que vamos a hacer, entrando en quietud, sentándonos de manera
cómoda, en una postura reverente.
- Liberando nuestra mente y corazón de las preocupaciones de la vida diaria. Dos medios buenos para
lograrlo son: hacer ejercicios respiratorios de relajamiento y beber agua como un gesto simbólico de
que está limpiando nuestro ser de cualquier cuestión que nos puede distraer del proceso de la Lectio
divina. Cuando ya se está listo, los cinco pasos pueden empezar.
- Tomando la Biblia en nuestras manos, como si fuera un tesoro, abrazándola con cariño y besándola
con amor a la Palabra contenida en ella. Al hacer estos gestos unimos nuestro cuerpo y nuestra mente,
nuestra corporeidad y nuestra interioridad con la historia sagrada revelada en estas páginas, que nos
hablan a cada uno de nosotros.
- Orando por la luz y los dones del Espíritu Santo: la luz para ver la vida con la mirada de Dios que
nos brindará su Palabra; los dones -entendimiento, sabiduría, consejo…- para abrirse a la Palabra de
Dios y responder a ella de modo que la vida se convierta en oración en la acción, al encarnar en ella
la Palabra.
- Pidiendo a María que nos acompañe y nos ayude a adquirir sus actitudes de escucha a la Palabra, de
humildad ante el mensaje de Dios, de acogida a la sabiduría de Dios, de sencillez y generosidad en
nuestra respuesta.
2. LECTURA (O LECTIO)
Es el momento de “la lectura” propiamente dicha. Llamamos Lectio divina a todo el itinerario porque
se fundamenta en esta acción. Se trata de leer la Palabra de manera inteligente para captar tanto su
sentido literal, lo que quiso decir el autor sagrado, como su sentido espiritual, lo que Dios nos está
diciendo a nosotros.
Para leer el texto bíblico, hay que hacer lo siguiente:
- Elegir un pasaje específico, que podamos comprender y que alcancemos a retener en la mente
conforme lo vamos leyendo.
- Ubicar el texto según su lugar en la historia de salvación, recordando que el Antiguo Testamento es
la preparación para la revelación plena en Jesús, y acercarse a cada texto según su estilo literario para
captar bien su mensaje.
- Abrirse a la Palabra de Dios en la Escritura, como al manantial donde Dios nos espera para darnos a
deber y saciar nuestra sed de él y su amor liberador.
- Poner atención a lo que leemos, atentos al contexto y a las referencias en los textos paralelos, para
captar bien el mensaje y profundizar en su significado.
- Repetir varias veces la lectura, para familiarizarse con todo el texto e ir captando sus distintos
matices y perspectivas, para poder detenerse en las palabras o frases que el Señor nos indique y
centrarnos en ellas.
- Memorizar el texto y custodiarlo en el corazón, sea un trozo grande cuyo significado se descubre
sólo al mantenerlo en mente completo, sea una cita pequeña cuyo mensaje es profundo y vital.
- Escribir el texto y, al hacerlo, llenarse con su significado, anotando el significado descubierto al
haberlo analizado según su contexto, estilo literario e intención del autor.
- Convivir con la Palabra, dejando que haga eco hasta lo más profundo de nuestro ser, subrayando lo
que nos impacta, nos hace vibrar, nos cuestiona, nos hace gozar…
- Unir nuestro corazón con el de Dios, dejarnos amar por él quien nos busca al hablarnos;
interesándonos por lo que nos dice, como Samuel, que “no dejó caer en tierra ninguna de sus
palabras” (1 Sam 3, 19).
3. MEDITAR (O MEDITATIO)
Meditar es guardar en el corazón las palabras leídas anteriormente, iluminadas por el Espíritu Santo,
quien abre nuestra mente y nuestro corazón para que comprendamos y hagamos nuestro lo que
leímos como Palabra de Dios para mí, hoy. A través de la meditación, la Palabra se encarna en
nosotros y nos introduce al misterio de Cristo, la palabra vida de Dios.
María, nos dice el evangelio, “Guardaba todas esas cosas en su corazón” (Lc 2, 51). De igual manera
nos toca hacerlo a nosotros. Se trata de prestar atención a lo que leímos antes confrontando su
mensaje con los acontecimientos de la vida en un ambiente de amor, gratitud y asombro hacia la obra
de Dios en nosotros.
Meditar es pensar y reflexionar. Santa Teresa decía: “Llamo yo meditación al discurrir mucho con el
entendimiento” y San Gregorio Magno: Lo que hemos leído son “las cosas que creemos han sucedido
históricamente, pero ahora tienen que actualizarse en nosotros místicamente”, o sea misteriosamente.
Para meditar se recomienda considerar la Palabra como:
- Agua (Is 55, 10-11), que penetra la tierra, como si fuera agua, rocío o lluvia recia que trae vida
nueva, un agua que proviene de un manantial que nunca se acaba.
- Levadura (Mt 13, 33), que se mezcla y se hace una con la masa, transformando las preocupaciones,
problemas y angustias en esperanzas, hasta crear un alimento nuevo con el que nutrir nuestra vida
cotidiana y hacer crecer en nuestro corazón y a nuestro alrededor el Reino de Dios.
- Espejo (Sant 1, 23-26), en el que tenemos que mirarnos honestamente, contrastando lo que somos
con veracidad y humildad, visualizando al mismo tiempo cómo Dios quiere que seamos.
- Espada (Ef 6, 16), que hiere nuestro orgullo, autosuficiencia, egoísmo, prepotencia… para realizar
en nuestro corazón una cirugía que elimina aquello que nos separa del camino de Dios, que no nos
permite ser seguidores fieles de Jesús.
Hay que conectar el mensaje central en la lectura de la Palabra mediante un trabajo detallista, hecho
con cuidado, conscientes que estamos creando algo muy bello y bueno con la ayuda del Espíritu
Santo:
- Relacionando el mensaje del texto leído con el mensaje global de la Palabra, en particular con
algunos aspectos de la vida y el mensaje de Jesús, con los que vemos una relación natural al estar
haciendo la meditación, como podrían ser las bienaventuranzas, su llamado a los discípulos, sus
parábolas del Reino, su muerte y resurrección…
- Relacionando el mensaje del texto leído con nuestra propia vida, en tres momentos o dimensiones:
1. Recojo las palabras que más me han llamado la atención. ¿Qué significan para mí? ¿Por qué me
importan?
2. Interiorizo o rumio estas palabras, desde la mente pasan al corazón y toman morada en él. ¿Qué
siento yo? ¿Cómo me siento yo?
3. Veo mi vida y la vida, mi historia personal y la historia colectiva, a la luz de esa Palabra. ¿Qué me
sugiere la Palabra de Dios? ¿A qué me invita? ¿Qué me pide? ¿Qué me exige?
Meditar es invertir nuestros cinco sentidos en la oración:
- Escuchar una y otra vez lo que Dios me quiere comunicar, como en eco cada vez más profundo y
amplio, que penetra hasta el fondo del ser y lo inunda al irse haciendo más y más amplio.
- Saborear el mensaje de la Palabra, captar la dulzura de sus palabras consoladoras, la firmeza de su
plan de amor para toda la humanidad, la tristeza ante nuestra infidelidad y dureza de corazón…
- Sentir el amor de Dios proyectado en ese texto y sentir tanto nuestro amor como nuestra falta de
amor.
- Ver el rostro de Dios que se revela, conocerlo a través de su revelación plena, como el mismo Jesús
lo dijo: “El que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9).
- Percibir el aroma fresco y lleno de vida nueva que proviene del reino de Dios en las personas, en
sus relaciones interpersonales y en la sociedad.
4. ORACIÓN
De la meditación brota nuestra oración, como respuesta al Señor que nos ha hablado. Hemos
reflexionado el texto; ahora lo hacemos oración. La oración tiene sentido en sí misma; su valor radica
en expresar a Dios lo que nace de nuestro corazón, movido por el Espíritu Santo. Es amistad gratuita
que proviene del amor; no es funcional, comercial o utilitarista, ni busca alcanzar nada.
La Palabra del Señor engendra la luz y el fuego, enciende “nuestras palabras”. Es como una espada
que provoca reacciones:
- Cuando es luz que ilumina mi pecado, provoca en mi corazón tristeza por haberlo ofendido y nace
de él una petición profunda de perdón.
- Si me hace ver los vacíos de luz, amor y vida, en mi corazón, mi entorno o el mundo, despierta el
deseo de que haga presente su misericordia y nace una oración de súplica e intercesión.
- Si la lectura afloró el dolor y el sufrimiento, las angustias y las ansiedades que estamos padeciendo
en esos momentos de nuestra vida, nace la queja, el llanto, la petición de auxilio, el cuestionamiento:
¿por qué, Señor?, acompañados de la misma oración de Jesús: “Aparta de mí este cáliz, pero que no
se haga mi voluntad sino la tuya” (Mc 14, 36), seguida de la ofrenda de ese dolor uniéndolo al de
Jesús.
- Cuando me enseña a leer mi historia personal o la historia de la humanidad, descubro que se trata de
una “historia de salvación”; entonces la oración se hace “eucaristía”, alabanza, acción de gracias…
porque la Palabra me ha hecho ver que todo es don, todo es gracia.
“La vivencia interior sólo se convierte en algo del [ser humano], cuando éste la configura de alguna
manera. La fe tiene que expresarse; de otra manera la vivencia de la fe no llega a convertirse en parte
vital de la persona entera”. (Lukken)
En la oración expresamos lo que sentimos, dándole forma con nuestras palabras. Los sentimientos
adquieren forma al decirlos, al traducirlos en expresión, lenguaje, gesto.
Dios nos habla. Nosotros lo escuchamos, le preguntamos, constatamos lo que nos dice,
comprendemos, sentimos, deseamos… y respondemos hablando, articulando nuestra respuesta de
viva voz o en el silencio del corazón. Es un diálogo con Dios, un coloquio; no es un monólogo.
La oratio es profunda; se sitúa en las honduras del corazón, nace con palabras llenas del significado
que el Espíritu Santo da a la Palabra de Dios para cada uno de nosotros. No es una oración
superficial, situada en la periferia, sólo en los labios que dicen palabras huecas.
La persona orante hace propia la palabra leída. La Palabra de Dios se hace palabra mía, que vuelve a
Dios en forma de oración. Con la oratio hemos alcanzado la cima de los pasos, la cual va seguida de
la contemplatio, el momento clave que distingue la Lectio divina de otros tipos de oración y que se
presenta a continuación.
5. CONTEMPLACIÓN (O CONTEMPLATIO)
La oratio desemboca en la contemplación. Estamos en la cima de la montaña, en el lugar más alto
donde podemos contemplar el misterio de Dios. Tocamos el cielo desde lo más profundo de nuestro
ser que está inundado de Dios. Nuestra atención pasa de la Palabra hablada a Aquel que habla: Dios
mismo, para perdernos en él.
En la contemplación nuestro ser entero se encuentra con su Creador; nos quedamos maravillados y
como ciegos ante su presencia amorosa e iluminadora. Es la experiencia de sus discípulos en la
transfiguración (Lc 9, 28-36): descubrimos a Cristo con su doble naturaleza humana y divina y
quedamos apabullados ante el misterio tan grande y hermoso del Dios hecho carne; la Palabra
encarnada está ante nosotros.
Nuestra mirada ha traspasado el horizonte de lo inmediato, lo superficial y lo temporal. Estamos ante
una experiencia mística: el misterio de Dios nos llena y en él descubrimos el sentido profundo y
último de nuestra existencia. El amor de Dios nos llena y la alegría nos desborda; su plan de amor
para nosotros y la humanidad nos deja pasmados por su grandeza y genera una disposición nueva
hacia quien es el origen y el fin de todo lo creado.
Percibimos la unidad entre el pasado, cuando sólo existíamos en Dios, nuestro presente como
peregrinos en la tierra y nuestro futuro en comunión plena con Dios. Vemos como en esta realidad
trascendente se inserta nuestro proyecto de vida personal, el proyecto al que hemos sido llamados
desde el vientre de nuestra madre y que vamos descubriendo con todo su valor en la presencia de
Dios.
Caemos de rodillas, nos vencemos ante tanta inmensidad. En la contemplación:
- Percibimos la realidad divina y nuestro ser con todo su potencial se aquieta; somos lo que Dios
quiere que seamos.
- Nuestra memoria, razonamientos y voluntad propia desaparecen, para hacerse unos con los de Dios;
descubrimos que nuestra historia es historia salvación, nuestros pensamientos y sentimientos se
identifican con los de Jesús.
- La palabra divina nos inunda, nos empapa; dejamos de discurrir con la cabeza y de hablar con el
corazón. Reaccionamos según nos mueve el Espíritu que ha puesto nuestro interior en una unión muy
especial con Dios: enmudecemos o cantamos; nos postramos o danzamos… adoramos… lloramos.
¡El asombro se convierte en algo normal!
- Miramos a Jesús y nos dejamos mirar por él sin falsedades ni hipocresías. Esta atención única y
completa a él y de él a nosotros, nos energiza, ilumina nuestro existir, purifica nuestro corazón y
nuestras intenciones. Es una experiencia espiritual de identificación con Jesús, que genera una
renuncia del “yo” y un deseo sobrenatural de ser, ver, juzgar, actuar y celebrar como él.
- Penetramos en la medida de lo posible los misterios de Cristo: lo sentimos hecho carne en nosotros,
pudiendo exclamar como Pablo, “ya no soy yo quien vive en mí, sino Cristo el que vive en mí” (Gal
2, 20); experimentamos la abundancia de su vida al haber vencido el pecado y la muerte; vivimos la
energía de su Espíritu que nos ha llevado hacia estos momentos de éxtasis.
- Tenemos una experiencia del Reino de Dios, vivimos intensamente sus frutos, saboreamos la
calidad de vida que le es propia, percibimos su profundidad y amplitud; reaccionamos embelesados,
extasiados, transportados al más allá, donde la experiencia será plena, sin atadura alguna, sin las
limitaciones de nuestra humanidad. Es la reacción de los discípulos de Emaús cuando descubrieron
que era el Señor quien estaba con ellos y les había explicado las Escrituras (Lc 24).
- El círculo pastoral adquiere un sentido profundo. La vivencia espiritual descubre o revela con
intensidad el sentido de nuestro ser, vemos y juzgamos la realidad que habíamos puesto en oración
como Jesús, el Espíritu está disponiendo nuestra voluntad para ser fieles seguidores suyos y
preparando nuestras aspiraciones y motivaciones para continuar su misión.
- Nuestra vocación bautismal es renovada y fortificada; el conocimiento interior que adquirimos de
Jesús nos deja listos para amarle más fuerte y fielmente, y para seguirlo como discípulos misioneros
en estado de misión permanente.
6. DISCERNIMIENTO
Discernir quiere decir “distinguir las diferencias”. En la Lectio divina distinguimos lo que Dios nos
dice de la palabrería humana; diferenciamos lo que proviene de Dios, lo que nace de mi “yo” y lo que
es causado por el maligno. Empezamos a discernir al hacer la lectura y seguimos en la oración; la
contemplación ayuda de modo singular pues colora nuestra vida entera de manera distinta.
La Palabra de Dios está viva, es libre y gratuita, exigente y liberadora, y “La Palabra de Dios no está
encadenada” (2 Tim 2, 9); “La Palabra del Señor… era dentro de mí como un fuego ardiente
encerrado en mis huesos, me esforzaba en sofocarlo, pero no podía (Jr 20, 9). Hay que hacer un alto y
discernir: ¿Cómo encausar ese fuego? ¿Qué opciones tenemos ante nosotros, que sean según el
Evangelio?
Durante el discernimiento podemos elegir ser, amar, pensar y actuar como seguidores de Jesús,
concretando así la voluntad de Dios. Cada ser humano -cada cristiana y cristiano- es un ser único,
irrepetible, original, que vive su vida en unas coordenadas distintas en el mundo y en la Iglesia. Su
respuesta a la Palabra de Dios es libre y personal, y va madurando mediante el discernimiento
personal, el cual se da a lo largo de toda la Lectio.
Aquí se indica el discernimiento como un paso distinto, pero es importante mantenerlo presente en
todo momento, preguntándose: ¿Qué es lo que Dios quiere y espera de mí, aquí y ahora?

Discernir conlleva:
- Interpretar o reinterpretar, leer o releer la Palabra de Dios en la situación concreta en que uno se
encuentra. Dios nos habla aquí y ahora: ¿Qué es lo que el Espíritu a través de la Palabra, me pide o
me exige hoy en día, en mis circunstancias personales y el momento histórico en que vivo?
- Una tarea que requiere flexibilidad y madurez. La respuesta a la Palabra no es una mecánica, rígida
y matemática. Tampoco es siempre la misma, repetitiva y aburrida, pues cada vez que nos abrimos a
ella, el Espíritu nos da luces distintas para que sigamos creciendo en nuestra relación con Dios.
- Luz, fuerza y valentía. Dice San Pablo: “No se acomoden al mundo presente, antes bien
transfórmense mediante la renovación de su mente, de forma que puedan distinguir cuál es la
voluntad de Dios, lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12, 2).
- Identificar los “signos de Dios” en los “signos de los tiempos”. Al igual que Jesús, vivimos en un
tiempo, lugar y cultura determinado; estamos inmersos en el acontecer de la historia. Nuestro
llamado bautismal a continuar la misión de Jesús lo realizamos a lo largo de nuestra historia personal,
en el marco de la historia de nuestro pueblo y del mundo en general. La encarnación de la Palabra
sólo se da en estas coyunturas históricas, de ahí nuestra obligación a ser profetas de esperanza en la
sociedad en que Dios nos ha colocado.
- Cuidar de no atribuir a Dios lo que es cuestión nuestra. San Juan de la Cruz advertía que muchas
veces justificamos lo que queremos diciendo: “‘Dijo mi Dios, respondió mi Dios’. Y no será así, sino
que las más veces ellos mismos se lo dicen a sí mismos”.
7. INTERCOMUNICACIÓN (O COLLATIO)
La Palabra de Dios es para cada cristiano y para la comunidad eclesial. Al responder a la Palabra en
la vida, lo hacemos como cuerpo de Cristo activo en la historia. Por eso podemos y debemos
compartir la Palabra con las hermanas o hermanos. La luz y la fuerza que nos vienen de la Palabra de
Dios se incrementan a través del Espíritu que actúa en ellos y fortalece la comunión eclesial.
Esta tarea y este empeño por compartir la Palabra es un paso específico en la Lectio, cuando se
practica en grupo o comunidad. Además, debe suceder también cuando llevamos un itinerario como
camino personal; de ahí la importancia de ser miembro de una pequeña comunidad de fe y de contar
con un acompañante o guía espiritual.
En el caso de la Lectio en grupo, supone lo siguiente:
- Elegir un solo texto sobre el que todos harán la Lectio, de modo que el Espíritu ilumine la Palabra
de Dios desde distintas perspectivas que serán complementarias, pues Dios habla a cada persona
según lo necesita en cada momento de su vida.
- Realizar individualmente los primeros cinco pasos y el discernimiento personal durante ellos, en el
silencio del corazón donde Dios y yo nos hablamos frente a frente.
- Intensificar la vivencia de la luz y la fuerza recibida, mediante gestos que hace la comunidad al
unísono para expresar su oración como cuerpo vivo de Cristo mediante cantos, aclamaciones y gestos
corporales.
- Llevar a cabo una reflexión compartida centrada en la oración de cada uno, poniendo en común de
lo que nos ha dicho Dios a través de su Palabra. Esto supone:
* Honrar con respeto y delicadeza las mociones del Espíritu en cada persona, conscientes de que Dios
habla a cada quien según su personalidad, dones y circunstancias particulares.
* Compartir la experiencia de Dios, alguna vivencia espiritual durante los pasos anteriores, sin
disquisiciones o disertaciones teológicas, pues es un intercambio de experiencias y vivencias; no de
conocimientos intelectuales.
* Aceptar los aportes de los demás sin argumentar con ellos, ni tratar de dar una catequesis o clase de
Biblia, aunque alguna de las personas con conocimientos exegéticos puede hacer una breve
aclaración sobre la interpretación correcta de un pasaje, cuando la que se le está dando es
abiertamente equivocada y el mensaje de la Palabra está siendo distorsionado.
Se recomienda que los laicos realicen una Lectio divina en comunidad, con una o varias de las
lecturas de la Eucaristía dominical. Esto puede hacerse como una preparación para vivir mejor la
liturgia, revitalizarla y obtener más frutos de ella, en particular de la liturgia de la Palabra.
Un aporte que pueden dar los laicos a la comunidad parroquial es compartir con los sacerdotes los
frutos de su Lectio, para ayudarles a encarnar su homilía en la realidad de los fieles, sus familias y el
momento histórico que viven.
8. ACCIÓN, COMPROMISO, TESTIMONIO (A ACTIO)
Nuestra respuesta a Dios es parte integral y esencial en el itinerario de la Lectio divina. La Palabra de
Dios es letra muerta o sólo literatura grandiosa, si los cristianos no la hacemos vida. La respuesta que
damos a Dios al final del proceso de una Lectio ha de traducirse siempre en “Acción, compromiso y
testimonio en la vida cotidiana”.
El último paso de la Lectio hace el puente a la vida cotidiana. Durante el proceso mismo, algunas
personas le llaman “Actio / Acción”, otras simplemente “Respuesta”. En realidad, durante el
itinerario de la Lectio lo que hacemos es responder al mensaje de Dios, manifestándole cómo
pensamos hacerlo vida. La acción se realiza en la vida y se traduce en un compromiso con Dios y la
comunidad de fe, y nuestro testimonio como cristianos.
Desde lo alto de la montaña (contemplatio), Dios nos envía al valle de la vida, a la familia, los
amigos y el pueblo; al trabajo o la escuela; a vivir el Evangelio en las calles, las plazas, los centros de
diversión, la comunidad eclesial… en la vida entera. A algunas personas les resulta difícil pasar de la
contemplación a la acción, en particular si no han aprendido a integrar los dos travesaños de la cruz,
el vertical que enraizado en la tierra dirige su vértice al cielo, y el horizontal que señala el vasto
horizonte de la realidad humana que debe abarcar nuestra vida.
Cuando la Palabra de Dios ha resonado en lo más profundo de nuestro ser, le hemos preguntado a
Jesús con sinceridad “¿Qué quieres de mí?” y estamos dispuestos a responderle con generosidad,
estamos en el trampolín para lanzarnos a la acción:
- La Palabra es transformadora cuando se traduce en acción, pues al saciar nuestra sed de Dios es
como el agua venida del cielo que empapa la tierra y que regresa al cielo hasta haber producido el
fruto deseado (Is 55,11).
- La Palabra es eficaz al producir frutos, pues es útil para enseñar, corregir y educar en la justicia; de
hecho, siempre tiene que finalizar en el compromiso por la justicia, tema clave y central en la historia
de salvación (Tim 3, 16).
- La Palabra y la oración tienen que traducirse en obras, pues mediante ellas se cumple la voluntad de
Dios: “Obras son amores y no buenas razones”, dice un dicho popular. Jesús afirma: “No todo el que
dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial”
(Mt 7, 21); también denuncia, mencionando al profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15, 8; Is 29, 13).
- La oración y la contemplación son reales y significativas sólo si tienen proyección fraterna. Si
nuestra unión con Dios no alimenta a otras personas, es una experiencia falsa o imaginaria; si nuestra
Lectio no aterriza en situaciones de la vida social, es una evasión de la realidad; si la oración se
queda en las nubes y nuestro diálogo con Dios se esfuma y se evapora sin dar el fruto esperado, no
hubo una oración auténticamente cristiana.
- La Lectio divina tiene sentido y valor sólo si lleva a hacer la voluntad de Dios. Jesús lo ilustra
claramente en la parábola de los dos hijos, a quienes el padre manda a trabajar a la viña. El primero
dice que sí irá y termina no yendo; el segundo responde que no y siempre sí va. (Mt 21, 28-32). El
primero hijo retrata a quienes escuchan la Palabra de Dios y no hacen nada. El segundo hijo
representa a quienes se convierten, cambian de vida y hacen la voluntad de Dios; estos son los que
entran al Reino de Dios.
La relación de Jesús con su Padre se proyectó en su misión: extender el Reino de Dios en la tierra y
alcanzarnos la salvación del pecado y la muerte, para poder gozar eternamente en unión con Dios.
Igual nos corresponde a nosotros: el cristianismo enfatiza la proyección de la comunión con Dios
hacia afuera, en contraste con las religiones orientales, como el budismo y el hinduismo, que
acentúan la interioridad.
Al dar nuestra respuesta a Dios en la vida cotidiana mediante la acción, el compromiso y el
testimonio, la Palabra es capaz de generar vida en abundancia, como Jesús lo dijo de sí mismo: “He
venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”, justo cuando se presenta a sus discípulos
como el Buen Pastor (Jn 10, 10).
- Cristo mismo, Palabra viva de Dios, nos va conformando poco a poco a su imagen y semejanza.
Cuando la Palabra habita en nosotros, nos habilita y capacita para ser palabra-signo-expresión del
amor y de la comunicación de Dios con la humanidad, y poder continuar su misión en el mundo.
- El encuentro con Dios, hecho desde la fe y con fe durante la Lectio, se continúa en el encuentro con
el prójimo. Es aquí que se puede constatar si el encuentro con Dios ha sido auténtico y si nos
mantenemos abiertos a las mociones del Espíritu Santo.
- La Palabra se encarna a través de nuestras palabras y acciones y va fomentando en nosotros un
proceso continuo de conversión y crecimiento cristiano, y va iluminando la vida de las personas a las
que llevamos el Evangelio, convirtiéndose así en una luz que ilumina y un fuego que energiza.
- La historia de salvación continúa y las personas en nuestro alrededor pueden constatar la verdad de
la Buena Nueva de Jesús. Así sucedió en Jerusalén, entre las personas que escucharon a Pedro
proclamar el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, y así debe suceder hoy día: “Estas
palabras les llegaron hasta el fondo del corazón y le preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Hch 2, 37).
Hay que cuidar de no caer en deformaciones de la Lectio divina:
- Quedarse en una lectura de la Palabra limitada a obtener frutos espirituales, genera una religión
espiritualizada y pietista que no refleja a Jesús, su vida y su misión.
- Realizar una lectura de la Palabra ideologizada, manipulada y politizada, que busca la instauración
reinos personales y sociales, en lugar del Reino de Dios con los valores y características que reveló
Jesús.
- Una Lectio sin un compromiso auténticamente evangélico, se convierte en una lectura alienante,
alienadora, que genera personas con una identidad cristiana deformada y grupos de Iglesia que se van
convirtiendo en sectas centradas en sus propios intereses.
El itinerario de la Lectio divina sólo puede darse por concluido cuando la contemplación lleva su
fruto a la acción. “Hágase según tu Palabra”, dice María, y su “sí” fue lo que permitió que la
encarnación de la Palabra en la historia de la humanidad (Lc 1, 38).
La Palabra de Dios “leída”, “meditada”, “orada”, “contemplada” y “discernida”, nos impulsa a la
acción, a integrar la fe y la vida, a dar testimonio de Jesús, Palabra de Dios hecha carne. La “actio” es
nuestra respuesta a Dios en diferentes frentes y con distintos matices: vida, compromiso, testimonio,
evangelización.
El culmen de la contemplación es la evangelización: la capacidad de brindar a otros el mismo tesoro;
la decisión y empeño de ofrecer a los demás la misma agua viva que ha transformado nuestra propia
vida. Al anunciar al Señor con obras y palabras, se da gratis el agua viva, para que nadie perezca, sino
que tenga vida eterna (Jn 3, 16).
El siguiente cuadro sintetiza en qué consiste la lectura orante de la Palabra de Dios, incluyendo los
cuatro pasos tradicionales, y la acción como paso adicional, para asegurar que la Palabra se hace
carne en la vida.
Guía para preparar una Lectio divina que ilumine una reunión o proceso de pastoral
1. Identificar un pasaje de la Sagrada Escritura que lleve a la comunidad a entrar en oración con Dios
sobre la temática del día o el tema principal que tratarán. [5 minutos]
2. Orar por unos 15 minutos la noche anterior o temprano en la mañana del día en que facilitarán una
Lectio divina, pidiendo al Espíritu Santo que los asista.
3. Revisar las secciones “Esencia y pasos en la Lectio divina”, “Aportes para practicar la Lectio
divina paso a paso” y el “Esquema sintetizador de la Lectio divina”, para asegurarse que, al crear el
proceso para la oración, la encaminan de manera adecuada y no la convierten en un ejercicio de
catequesis, exégesis bíblica o estudio de la Sagrada Escritura. Pueden dividirse el material entre los
miembros de la comunidad, para que cada persona “custodie” que ese paso lo están planeando bien.
[10 minutos]
4. Planificar cómo se guiará la oración; decidir si se hará la collatio. En caso de hacerla, hay que
recordar que se trata de compartir la experiencia de su oración; no de dar una catequesis o enseñanza.
Tomar todos notas de cómo se hará la Lectio, para estar listos según la decisión que tome la
comunidad en el siguiente paso. [25 minutos]
5. Discernir -analizando pros y contras- si es mejor que uno, dos o varios miembros de la comunidad
faciliten la Lectio. [10 minutos]

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