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Lapesa Cap 1

El documento aborda la historia de las lenguas prerromanas en la Península Ibérica, destacando la diversidad de pueblos indígenas y sus migraciones, así como la influencia de colonizaciones fenicias y griegas. Se menciona la civilización tartesia y su riqueza, además de las primeras oleadas de inmigraciones indoeuropeas que dieron lugar a la presencia celta en la región. La complejidad de los orígenes lingüísticos y culturales de la Península se refleja en las diversas teorías sobre las etnias y lenguas que coexistieron antes de la llegada de los romanos.

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Lapesa Cap 1

El documento aborda la historia de las lenguas prerromanas en la Península Ibérica, destacando la diversidad de pueblos indígenas y sus migraciones, así como la influencia de colonizaciones fenicias y griegas. Se menciona la civilización tartesia y su riqueza, además de las primeras oleadas de inmigraciones indoeuropeas que dieron lugar a la presencia celta en la región. La complejidad de los orígenes lingüísticos y culturales de la Península se refleja en las diversas teorías sobre las etnias y lenguas que coexistieron antes de la llegada de los romanos.

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I.

LAS LENGUAS PRERROMANAS

§ 1. P u e b l o s a b o r íg e n e s , in m ig r a c io n e s y c o l o n ia s .

1. La historia de nuestra Península antes de la conquista


romana encierra un cúmulo de problemas aún distantes de
ser esclarecidos. Los investigadores tienen que construir
sus teorías apoyándose en datos heterogéneos y ambiguos:
restos humanos, instrumental y testim onios artísticos de
tiempos remotos; mitos, como el del jardín de las Hespéri-
des o la lucha de Hércules con Gerión, que, si poetizan al-
guna lejana realidad hispánica, sólo sirven para aguzar más
el deseo de conocerla sin la envoltura legendaria; indicacio-
nes —imprecisas muchas veces, contradictorias otras— de
autores griegos y romanos; monedas e inscripciones en len-
guas ignoradas; nombres de multitud de pueblos y tribus
de diverso origen, que pulularon en abigarrada promiscui-
dad; designaciones geográficas, también de varia proceden-
cia. Combinando noticias y conjeturas, etnógrafos, arqueó-
logos y lingüistas se esfuerzan por arrancar espacio a la
nebulosa, que defiende paso a paso su secreto.
2. Al alborear los tiempos históricos, pueblos con un
idioma común que sobrevive en el vasco actual se hallaban
establecidos a ambos lados del Pirineo. Por la costa de Le-
vante y regiones vecinas se extendía, quizá como resto de
un dominio anterior más amplio, la cultura de los iberos,
de origen probablemente norteafricano: a ellos debió la
Península el nombre de Iberia, que le dan los escritores
griegos *.
3. La actual Baja Andalucía y el Sur de Portugal fueron
asiento de la civilización tartesia o turdetana, que hubo de
recibir tempranas influencias de los navegantes venidos de
Oriente. Se ha relacionado a los tartesios con los tirsenos
de Lidia, en Asia Menor, de los cuales proceden los tirrenos
o etruscos de Italia. Incluso se ha dado com o posible una
colonización etrusca en las costas españolas del Mediodía
y Levante, ya que desde Huelva al Pirineo hubo topónimos
que reaparecen con forma igual o análoga en Etruria o en
otras zonas italianas (Tarraco, Subur, un río Arnus, etcé-
tera )2. Esperemos a que otras investigaciones confirmen o
rechacen las hipótesis.
Ehflorecim iento de^la civilización tartesia'fue la rg of y-la
antigüedad nos ha transm itido curiosas noticias acerca de
ella. La Biblia dice que Salpmón enviaba sus naves a Tar-
sis —el nombre bíblico de Tartessos—-, de donde volvían
cargadas de oro, plàta y marfil. También los fenicios sos-
tenían relaciones comerciales con el Sur de España: el pro-
feta Isaías m enciona las naves de Tarsis como sím bolo de
la pretérita grandeza de Tiro. Heródoto cuenta que Argan-
jtonio, rey de Tartessos, proporcionó a los focenses plata
bastante para construir un muro, con el que resistieron al-
gún tiempo los ataques de Ciro. La longevidad y riquezas

1 Según A. García Bellido, Los más remotos nombres de España,


Arbor, 1947, págs. 5-28, la denominación de Iberia procedería de unos
iberos asentados en la zona de Huelva, m ejor que de los iberos del
Este peninsular.
2 Véase Adolf Schulten, Die E trusker in Spanien y Die Tyrsener
in Spanien, Klio, X XIII, 1930, y X X X III, 1940.
de Argantonio3 se hicieron proverbiales en la Hélade. Estas
noticias responden al hecho indudable dé que los dos pue-
blos navegantes del Mediterráneo oriental, fenicios y griegos,
se disputaron el predominio en la región tartesia. La pugna,
que acabó con la desaparición de las factorías griegas, ba-
rridas por los cartagineses, herederos de los fenicios, debió
de acarrear la ruina de Tartessos.
4. Los fenicios se establecieron, pues, en las costas m eri-
dionales. Ya hacia el año 1100 antes de Jesucristo tuvo lugar
la fundación de G á d i r , cuyo nombre equivalía a 'recinto
amurallado’; deformado por los romanos ( G a d e s ) y árabes
( Q à d i s ) , ha dado el actual Cádiz . Otras colonias fenicias
eran A s i d o , hoy Medinasidonia, relacionable con el Sidón
asiático; M á 1 a k a > Málaga, probablemente 'factoría' y A fo-
d e r a , hoy A d ra . Más tarde, los cartagineses reafirmaron, in-
tensificándola y extendiéndola con sus conquistas, la influen-
-cia que-habían: tenido sus^antecesores^los-fenicios en el Sur.
A los cartagineses se debe la fundación de la nueva C a r t a g o
(Cartagena), capital de sus dom inios en España, y la de
P o r t u s M a g o n i s > Mahón, que lleva el nombre de un
hijo de Asdrúbal. De origen púnico se dice ser el nombre de
H i s p a n i a , que en lengua fenicia significa 'tierra de cone-
jos', así como el de E b u s u s > Ibiza, que originariamente
querría decir 'isla o tierra de pinos' o 'isla del dios Bes', divini-

3 El nom bre de Argantonio ha dado lugar a diversas hipótesis,


H. Hubert (Revue Celtique, XLIV, 1927, págs. 84-85) ve en él un cél-
tico a r g a n t o s , herm ano del latín a r g e n t u m ; ya fuese Argan-
tonio el nom bre efectivo de un monarca, ya se tra ta ra sólo del sus-
tantivo que designaba la plata, personificado m íticam ente como sím-
bolo de las riquezas tartesias, revelaría de todos modos la presencia
de celtas en Tartessos o tierras inm ediatas. En cambio, Schulten
(Klio, X X III, 1930, pág. 339) cree descubrir en A r g a n t o n i o un
etrusco a r e n t i con adición de un sufijo griego. Los topónimos Ar-
ganda, Argandoña, de otras regiones, apoyan la hipótesis celtista
(véase § 1 8).
dad egipcia cuyo culto, muy popular en el mundo púnico, se
halla atestiguado en monedas y figurillas de la is la 4,
5. La colonización helénica, desterrada del Sur, prosiguió
en Levante, donde se hallaban L u c e n t u m > Alicante, He-
m e r o s c o p i o n (Denia), R h o d e (Rosas) y E m p o r i o n
> Ampurias. Al contacto con las civilizaciones oriental y grie-
ga se desarrolló el arte ibérico, que alcanzó brillantísim o
florecimiento: las monedas y m etalistería, las ñgurillas de
Castellar de Santisteban, las esculturas del Cerro de los Santos
y el singular encanto de la Dama de Elche, demuestran hasta
qué punto acertaron los hispanos prim itivos a asimilarse
influencias extrañas dándoles sentido nuevo.
6, Respecto al Centro y Oeste de la Península, las pri-
meras noticias claras de los historiadores antiguos y los ha-
llazgos de la m oderna arqueología atestiguan inmigraciones
indoeuropeas que, procedentes de la Europa central, comen-
zaron con el primer m ilenio antes de nuestra era y se
sucedieron durante varios siglos. Parece ser que las prime-
ras corresponden a la cultura de los campos de urnas fune-
rarias. En el siglo v i pueblos célticos habían llegado hasta
Portugal y la Baja Andalucía, y estaban ya instalados allí;
"a ellos se refiere, hacia el año 445, Heródoto de Halicarnaso,
en dos pasajes donde por primera vez consta de manera
fidedigna el nombre de celtas. Es posible que hubiera otras
oleadas célticas posteriores. En este marco hay que encua-
drar las diversas afirmaciones e hipótesis sobre la presencia

4 Véanse Albert Dietrich, Phónizische Ortsnamen in Spattien,


Abhandlungen fíir die Kunde des Morgenlandes, XXI, 2, Leipzig, 1936;
José M.a Millás, De toponimia púnico-española, Sefarad, I, 1941; J. M.
Sola Solé, La etimología púnica de Ibiza, Ibid., XVI, 1956, y Toponi-
m ia fenicio-púnica, «Enciclopedia Lingüística Hispánica», I, 495-499. Para
otras etimologías dadas a H i s p a n i a , véase B. M aurenbrecher, Zu
■Hispania» und «Hispanus», Berliner Philologische Wochenschrift, 1938,
LVIII, 142-144.
de ligures, más o menos indoeuropeizados, y de indoeuro-
peos ilirios, vénetos y hasta germanos, en Ia Hispania pre-
rromana. Tratándose de una época en que las distintas etnias
no estaban plenamente configuradas, es muy difícil precisar
si los invasores centroeuropeos que llegaron aquí en tiem -
pos más remotos eran preceltas, esto es pueblos anteriores
a la existencia o venida de los celtas, o eran protocelta ss e s
decir, celtas que todavía no se llamaban así y cuya lengua
no se había diferenciado marcadamente aún de las de sus
vecinos ilirios o vénetos, protogermanos, etc. Hay también
quienes suponen que en las primeras migraciones partici-
paron, junto a los protoceltas, pueblos afínes (paraceltas),
ya fuesen indoeuropeos, ya de otro origen. Las tres teorías
—precéltica, protocéhica y paracéltica— tratan de explicar
el hecho de que en las inscripciones peninsulares indoeuro-
peas hay algunos rasgos lingüísticos ajenos, según veremos,
al arquetipo c e lta 5.

5 H. d'Arbois de Jubainville, Les Celtes depuis les tem ps les plus


anciens jusqu’en l'an 100 avant notre ère, Paris, 1914; H. H ubert, Les
Celtes et Vexpansion celtique jusq u’à l’époque de La Tène, Paris, 1932;
P. Bosch-Gimpera, Etnología de la Península Ibérica, Barcelona, 1932;
El poblamiento antiguo y la formación de los pueblos de España,
México, 1944, y Paletnología de la Península Ibérica, Graz, 1974; J. Po-
korny, Z ur Urgeschichte der Kelten und lllyrier, Zeitsch. f. celtische
Philologie, XX, 1936, y XXI, 1938; A. Tovar, Estudios sobre las primi-
tivas lenguas hispánicas, Buenos Aires, 1949; Indo-European Layers in
the Hispanic Peninsula, «Proceedings of the V IH th. Congress of Lin-
guists», 1957, 705-720; Lenguas prerromanas de la Península Ibérica.
Lenguas indoeuropeas. 1. Testimonios antiguos, «Enciclopedia Lin-
güística Hispánica», I, Madrid, 1960, 101-126; The Ancient Languages
of Spain and Portugal, New York, 1961; La lucha de lenguas en la
Península Ibérica, Madrid, 1968, 76-96; El nombre de celtas en Hispania,
«Homenaje a García Bellido», III (Rev. de la Univ. Complutense,
XXXVI, 1977, num. 109), 163-178, y E inführung in die Sprachgeschichte
der lberischen Halbinsel, Tübingen, 1977, 97-124; M. Almagro, La Es-
paña de las invasiones célticas, «Historia de España» dirigida por
R. Menéndez Pidal, I, vol. II, Madrid, 1952, 241-278; U. Schmoll, Die
7. La hipótesis de una inmigración ligur, basada en
referencias de historiadores griegos, fue renovada por Me-
néndez Pidal con el apoyo de significativas coincidencias
formales entre topónimos españoles y otros de zonas italia-
nas o francesas que se han venido considerando ligúricas:
Langa (Soria, Zaragoza, Cuenca y Avila), Berganza (Alava) y
Toledo, por ejem plo, corresponden a Langa, Bergenza y To-
leto de Piamonte y Lombardia. Aunque no exclusivo, se ha
dado como característicamente ligur el sufijo -asco , que
abunda en denom inaciones geográficas de la mitad septen-
trional de España: Beasque, Viascón (Pontevedra); Girasga,
Retascón, Tarascón (Orense); Piasca (Santander); Benasque
(Huesca); Balase (Lérida); m ás al Sur, Magasca, río de la
provincia de Cáceres; Benascos (Murcia). Se dan también
como ligures las terminaciones -oseo , -itsco de Am usco (Pa-
tencia), Ledusco (Coruña), Orusco (Madrid), Biosca (Lérida).
Algunos d e-esto s nombres se hallan con form a id é n tic a s
gemela en la región mediterránea francesa, en el valle del
Ródano o en el Norte de Italia. Igual sucede con Velasço
(Alava, Logroño, Soria, etc.), derivado de b e l a 'cuervo' y
arraigado en la onom ástica personal hispánica, y Balase
(Lérida), que tienen paralelos en el Mediodía francés, Lom-
bardia y Ticino ( Balasque, Velasca, Balasco). Los que óEre-
cen la raíz * b o r m , * b o r b , * b o r n ( Borm ela en Por-
tugal, Borm ate en Albacete, Bo rm u jos en Sevilla, Bornos
^en Cádiz, Bo rb én en Pontevedra) tienen analogías no sólo
en el dominio ligur, sino también en el antiguo de los ilirios.
Lo m ism o ocurre con el sufijo Ona, de Barcelona, Badalona,
Ausona, Tarazona, frecuente en el Sur de Francia, Norte

Sprachen der vorkcltischen Indogertnanen Spanieus und das Keltibe-


rlsche, Wiesbaden, 1959, etc. J. Corominas usa el térm ino sorotdptico
(del gr. σορός ‘urna cineraria’ y θ ά π τειν 'e n terrar') para designar a
preceltas y paraceltas, así como a sus lenguas.
de Italia y en la Iliria balcánica. Algunos topónimos como
Corconte, Corcuera y los derivados de * c a r a u 'piedra'
(Caravantes, Carabanzo, Caravta, Carabanchel, de Soria, As-
turias y Madrid), sólo encuentran semejantes en Iliria.
Precisamente han admitido algunos que la lengua de los
ligures, no indoeuropea en, su origen, sufrió el influjo de
vecinos indoeuropeos, que, según unos, fueron los ilirios, y,
según otros, los Ambrones; de estos últimos nos hablan los
toponímicos Ambrona, Ambroa y Hambrón, de Soria, Coru-
ña y Salamanca 6. +
8. Muchas ciudades fundadas por los celtas tienen nom-
bres guerreros, compuestos con b r i g a 'fortaleza' o s e g ó ,
s e g i 'victoria': C o n i m b r l g a > Coim bra , M i r o b r ï -
g a (Ciudad Rodrigo), M u n d o b r t g a > Munébrega (jun-
to a Calatayud), N e m e t o b r ï g a (Puebla de Trives), L a -
c o b r ï g a (Carrión), B r i g a n t i u m (Betanzos), B r i g a e -
t i u m (Benavente), S e g o n t i a > Sigiienza, S e g δ v i a >
Segovia y Sigüeya (León). Otros nombres célticos que con-
tienen en vez de b r i g a su sinónimo d u n u m , se encuen-
tran todos en el Pirineo central y oriental: Navardún
(Zaragoza), Berdún (Huesca), Verdú y Salardú (Lérida),
* M. Gómez-Moreno, Sobre tos iberos y su lengua, «Homenaje a
Menéndez Pidai», III, Madrid, 1925; J. Pokorny, Zur Urgeschichte (véa-
se n. 5), especialmente t. XXI, 148*156; R. Menéndez Pidal, So b te el
substrato mediterráneo occidental, Zeitsch. f. romanische Philol., LIX,
1938, y Ampurías, II, 1940; Ligures o ambroilirios en Portugal, Rev.
da Faculdade de Letras de Lisboa, X, 1943, y Toponimia prerromdnica
hispana, M adrid, 1952; G. Bonfante, Rev. de Fil. Hisp., VII, 1945, 392, y
II retico, il leponzio, il ligure, il gallico, il sardo, il corso, Atti dei
Convegni Lincei, 39, Roma, 1979, 208-209; A. Tovar, E studios sobre las
printit. lenguas hisp. (v. n. 5), 96-119 y 194-210; J. Hubschm id, Lenguas
prerromanas no indoeuropeas. Testim onios románicos y Toponimia
prerromana, en «Enciclopedia Ling, Hispánica», I, 1960, 42-48, 57-66,
466-474 y 482-486, y Die asko-fusko- Suffixe und das Problem des Ligu-
rischen, Revue Internat. d'Onom astique, 18-19, 1966-67 (reseñado por
A. Tovar, Language, 46, 1970, 695-699); M. Rabanal, Hablas hispánicas.
Temas gallegos y leoneses, Madrid, 1967, 99-137, etc.
B i s u l d u n u m > Besalú (Gerona). De otros tipos tenemos
U x â m a > Osma, que es probablemente un superlativo
celta equivalente a 'muy alta'; formaciones análogas parecen
S e g i s á m o > Sasamón (Burgos) y L edesma (v. § 22).
Céltico es el sufijo - a c u superviviente en Luzaga, Buitrago,
Sayago y otros. Una ciudad antigua, donde ahora está La
Bañeza (León), se llamaba B e d u n i a , como hoy Bedoña
(Guipúzcoa), Begoña (Vizcaya), Bedoya (Santander), Bedofa
(Coruña); derivan todos del celta b e d u s 'zanja, arroyo'.
Los celtas adoraban a los ríos; recuerdo de este culto son
los nombres Deva (Guipúzcoa y Santander) y Ríodeva (Te-
ruel), cuya raíz indoeuropea es la misma del latín d i v u s ,
d e u s . Coruña y Coruña del Conde (Burgos) son resultado
del celta C 1 u n i a . Más al Sur, se atribuye origen celta a Alco-
bendas, topónimo hermano del nombre personal A l c o v i n -
d o s 'corzo blanco'; Costada , de c o s l o , c o s í a 'avella-
na'; Arganda, Argandoña, Argance, de a r g a n t o ‘metal
brillante, plata'; Y ebra < A e b ü r a , y algunos más de la
antigua Carpetania. En el Occidente abundan los nombres
célticos; aparte de algunos ya mencionados, hay Évora, pro-
cedente de otro A e b ü r a , Braga ( < B r a c & n a o B r a *
c á 1 a , variantes de B r a c á r a ) , el río Támega ( < Ta -
m 3 g a ), etc. Peculiar de los ártabros, que habitaban hacia
la actual provincia de La Coruña, es la terminación -obre de
Fiobre, lllobre, Tiobre y unos treinta pueblos más, todos
situados en Galicia7.

7 Véanse las obras de d'Arbois de Jubainville, H ubert y Tovar


m encionadas en las notas 5 y 6. Además, A. Castro y G. Sachs, «B edus».
Rev. de Filol. Esp., XXII, 1935, 187; R. Menéndez Pidal, Toponimia
prerrománica hispana, 179-220; A. Tovar, Numerales indoeuropeos en
Hispania, Zephyrus, V, 1954, 17-22; El sufijo -ko: indoeuropeo y cir-
cumindoeuropeo, Archivio Glottologico Italiano, XXXIX, 1954, 56-64;
Topónimos con en Hispania, y el nombre de Salamanca, «Actes et
Mémoires du Cinquième Congrès In ternat, de Sciences Onomastiques»,
§ 2. La s l eng u a s de la H is p a n ia pr e r r o m a n a .

1. En la época de Augusto el geógrafo griego Estrabón


afirmó que entre los naturales de la Península .hispana había
diversidad de lenguas. Tal aserto ha sido plenamente corro-
borado por los estudios que en nuestro siglo se han hecho
sobre las inscripciones de lápidas y monedas antiguas,VLa
escritura ibérica ofrece ya pocas dificultades para su lectura,
gracias a que don Manuel Gómez-Moreno, el gran maestro
de la arqueología hispánica, descubrió en ella una combi-
nación de signos silábicos, como los de los sistemas gráficos
cretense y chipriota, con signos representativos de sendos
fonemas, como los de los alfabetos fenicio y griego. Tam-
bién Gómez-Moreno descifró la escritura tartesia, precedente
de la ibérica y más arcaica8. La ibérica sirvió no sólo para

II, Salamanca, 1958, 95-116; Más conexiones precétticas en hidrónimos


y orónimos de Hispania, «Homenaje al Prof. Alarcos García», II,
Valladolid, 1966, 81-88; Hidronimia europea antigua: Jarama, balsa,
Habis, I, 1970, 5-9; J. Corominas, Suggestions on the origin of some
old place names in Castilian Spain, «Romanica. Festschrift für G.
Rohlfs», Halle (Saale), 1958, 97-120; Acerca del nombre del rio Esla y
otros celtismos, Nueva Rev. de Filol. Hisp., XV, 1961, 45-50, y Tópica
hespérica, 2 vols., Madrid, 1971-1972; J. Hubschmid, Toponimia prerro-
mana, «Enciclopedia Lingüística I, Madrid, 1960, 482-491;
M. Rabanal (v. n. 6); A, Moralejo Lasso, Toponimia gallega y leonesa,
Santiago de Compostela, 1977, etc.
8 M. Gómez-Moreno, De epigrafía ibérica. E l plomo de Alcoy,
Rev. de Filol. Esp., IX, 1922, 341-366; Sobre los iberos y su lengua,
«Homenaje a Menéndez Pidal», III, Madrid, 1925, 475479; Las lenguas
hispánicas, discurso de recepción en la R. Acad. Esp., 1942; La escri-
tura ibérica, Bol. R. Acad. de la Historia, CXIÏ, 1943, 251-278; Digre-
siones ibéricas, Bol. R. Acad, Esp., XXIV, 1945, 276-288; Miscelánea
(Dispersa, emendata, inedita). Excerpta·. La escritura ibérica y su
lenguaje. Suplem ento de epigrafía ibérica, Madrid, 1948;- y La escri-
tura bástulo-turdetana (primitiva hispánica), Rev. de Archivos, BibJiot.
y Mus., LXIX, 1961, 879-950; J. Vallejo, La escritura ibérica. Estado
22 Historia de la lengua española § 2
»■■■■■■ — Τ “ ------- ■— ■ . I I I . .........................

la propia lengua, sino también, lo mismo que el alfabeto


latino, para lenguas precélticas o célticas; pero no se ha
encontrado hasta ahora ninguna inscripción que al lado de
la versión indígena contenga otra en una lengua bien cono-
cida. A pesar de ello el análisis de los textos ha permitido
reconocer como elementos gramaticales o derivativos ciertas
secuencias de caracteres que se repiten en determinadas
circunstancias. Su identificación, así como la de no pocas
raíces, es relativamente fácil en el caso de inscripciones pre-
célticas y célticas por la comparación con otras lenguas de
igual rama o de otras lenguas indoeuropeas. En bastantes
ocasiones se ha llegado a inferir sentido plausible, aunque
pocas veces seguro todavía. Cuando se trata de inscripciones
ibéricas o tartesias, la dificultad es mucho mayor. Aun con
estas limitaciones, las principales zonas lingüísticas de la
Hispania prerromana pueden distinguirse con cierta claridad.
■^^2.^En-el· Centro,-Oes te, -N o r te a Noroesteólas migraciones,
centroeuropeas dieron por resultado el afianzamiento de len-
guas precélticas y célticas. La de los lusitanos, representada
por las inscripciones de Arroyo del Puerco o de Malpartida
(Cáceres), Lamas de Moledo (Portugal, cerca de Viseo) y
Cabeço das Fraguas (también en Portugal, junto a Guarda),
mantenía la /p / indoeuropea (p orco m ) que el celta perdió.
Igual conservación se daba en tierras hoy leonesas y palen-
tinas ( p a r S m i , véase § 62; P a l a n t i a > Palencia ). La
lengua de los celtíberos se extendía por las actuales provin-

actual de 5 « conocimiento, E m erita, XI, 1943, 461-475; A. Tovar, Los


signos silábicos ibéricos y las permutaciones del vascuence, ibid., 209-
211; Lengua y escritura en el Sur de España y Portugal, Zephyrus,
X II, 1961, 187-196, y Revisión del tema de tas lenguas indígenas de Es-
paña y Portugal, «Miscelánea de Estudos a Joaquim de Carvalho»,
Figueira da Foz, 1962, 784-794; J. Casares, El silabismo en la escritura
ibérica, Bol. R. Acad. Esp., XXIV, 1945, 11-39; U. Schmoll, Die siidlusi-
tanischen Inschriften, Wiesbaden, 1961, etc.
cias dé Burgos, Logroño, Soria y Guadalajara, Sur de Nava-
rra y Oeste de Zaragoza y Teruel; a ella corresponden las
inscripciones murales de Peñalba de Villastar (Teruel), en
caracteres latinos, y los bronces de Luzaga (Guadalajara) y
Botorrita (Zaragoza), ambos en escritura ibérica; el de Bo-
torrita, recientemente descubierto, es de considerable exten-
sión. El celtibérico era una lengua céltica, pero arcaizante,
con notables diferencias respecto al galo. Las formas pre-
rromanas antecesoras del topónimo Ledesm a (Soria, Logroño
y Salamanca) ilustran sobre las divergencias entre las len-
guas celtibérica y lusitana: mientras en Celtiberia se ates-
tigua L e d a i s a m a , en Lusitania aparece B I e t i s a m a ,
que supone * P l e t i s 8 ma 'muy ancha’, anterior o ajena
a la caída celta de la /p /. En los últimos decenios se ha
avanzado mucho en el conocimiento de las lenguas hispá-
nicas prerromanas de origen indoeuropeo: se ha reconstruido
Ja^declinación^celto-hispánica;^se han .identificado no pocos
elementos léxicos y nombres propios de lugar; y la onomás-
tica personal ha sido estudiada a la vista de sus relaciones
con otras lenguas indoeuropeas9.

5 Véase la bibliografía indicada en las notas 5, 6 y 7, así como


C. Hernando B^lmori, Sobre la inscripción bilingüe de Lamas de Mo·
ledo, Em erita, III, 1935, 77-119; A. Tovar, Las inscripciones ibéricas y
la lengua de los celtiberos, Bol. R. Acad. Esp., XXV, 1946, 1-42; Can-
tabria prerromana, Madrid, 1955; Las inscripciones de Botorrita y de
Peñalba de Villastar y los límites orientales de los celtiberos, H ispania
Antigua, 3, 1973, 367-405, y Ein neues Denkmal der Kettiberischen
Sprache: die Bronze von B otorrita, Zeitsch. ftir Celtische Philologie,
34, 1975, 1-19; J. Caro Baroja, La geografía lingüística de la España
antigua a ta luz de la lectura de las inscripciones monetales, Bol. R.
Acad. Esp., XXVI, 1947, 197-243; M. Lejeune, Celtiberica, Salam anca,
1955, y La grande inscription celtibère de Botorrita, Com ptes Rendus
de l’Académie des Inscriptions et Belles Lettres, 1973, 622-647; M. Pa-
lom ar Lapesa, La onomástica personal pre-latma de la antigua Lusi-
tania, Salam anca, 1957, y Antroponimia prerromana,. «Enciclopedia
Lingüística Hispánica», I, Madrid, 1960, 347-387; M.e L. Albertos Firmat,
3. En el Sur llegó a haber núcleos de población púnico-
fenicia que conservaron su lengua hasta el comienzo de la
época imperial romana. Independientemente, los turdetanos
o tartesios tuvieron su lengua propia, que, según Estrabón,
contaba con algún cultivo en poemas y leyes versificadas.
Parece que el tartesio, hablado desde el Algarbe hasta el
Bajo Guadalquivir, era distinto del ibérico 10, extendido por
el Este de Andalucía, todo Levante y la parte oriental del
Valle del Ebro hasta llegar por el Sur de Francia más allá
del Rosellón. A pesar de que cuenta con abundante docu-
mentación y pasan del millar sus palabras registradas, es
muy poco lo que se sabe del ibérico: su sistema fonológico,
algunas raíces y sufijos, la reiterada aparición de otros ele-
mentos cuyo significado se desconoce. Nada hay seguro res-
pecto a su procedencia, aunque ciertos indicios la hacen
suponer camitica, norteafricana. Sus coincidencias con el
vasco se reducen a la carencia de /r / y / f / iniciales; pose-
sión de un sufijo -tar de gentilicios (saitabietar ‘saitabense,
de Játiva', como berm eotar ‘natural de Bermeo’); existen*
cia de un pronombre -en que parece corresponder a la desi-

La onomástica personal primitiva de Hispania Tarraconense y Bética,


Salamanca, 1966; J. de Hoz y L. Michelena, La inscripción celtibérica
de Botorrita, Salam anca, 1974; Actas del I Coloquio sobre Lenguas y
Culturas Prerromanas de la Península Ibérica. Salamanca 27-31 de mayo
de 1974, Salamanca, 1976, y Actas del II Coloquio [...] Tübingen 17-19
de junio de 1976, Salamanca, 1979 (con comunicaciones de L. Fleuriot y
H. Sçhwerteck sobre las inscripciones de B otorriia y Peñalba de Villas-
tar); Juan Gil, Notas a tos bronces de Botorrita y de Luzaga, Habis,
V III, 1977, 161-174, etc.
10 Aparte de los estudios de Gómez-Moreno, Tovar y Schmoll cita-
dos en la nota 8 y referentes a la escritura y lengua tartesia o turde-
tana, véanse otros de Tovar, Lenguas prerrom. de la Pen. Ibérica.
A) Lenguas no indoeuropeas. Testimonios antiguos, «Enciclop. Ling.
Hisp.», I, 1960, 5-9, y E l oscuro problema de la lengua de los tartesios,
en «Tartessos y sus problem as, V Symposium internae, de Prehistoria
Peninsular», Barcelona, 1969, 341-346.
nencia vasca de genitivo; abundancia de topónimos con
elemento inicial ili· ( I l e r d a > Lérida , I H c i > Elche,
1 1 i b e r i s , etc.) que hace pensar en el vasco iri, uli, uri
‘ciudad'; y algún antropónimo como E n n e c e s , identifi-
cable con E n n e k o > Iñigo . Pero el que las dos lenguas com-
partan estos y otros rasgos no quiere decir que tengan ori-
gen común ni que una descienda de otra; el contacto entre
los dos pueblos hubo de originar mutuo influjo lingüística,
más activo probablemente por parte de los iberos, dado el
mayor avance de su cultura. El conocimiento del vasco ha
servido poco para interpretar las inscripciones ibéricas:
caso aparentemente positivo es el de un vaso de Liria (Va-
lencia) decorado con la figura de un guerrero y que tiene
grabada la frase gudua deisdea, equivalente a 'grito de gue-
rra' o ‘llamada a la guerra’ en vasco actual; pero no hay
certeza de que gudu y dei pertenezcan al léxico vasco patri-
monial: pueden ser préstamos del ibérico multisecularmente
conservados en vasco n.
El problema lingüístico se ha mezclado durante largo
tiempo con cuestiones étnicas. Humboldt, apoyándose en
semejanzas de nombres geográficos —muchas de ellas recha-
zadas hoy—, creyó probar la identidad lingüística y racial

11 Gómez-Moreno, Sobre los iberos y su lengua, v. nota 6; J; Caro


Baroja, Observaciones sobre la hipótesis del vasco-iberismo, Emerita,
X, 1942, 236-286, y XI, 1943, 1-59; Sobre el vocabulario de tas inscripcio'
nes ibéricas, Bol. R. Acad. Esp., XXV, 1946; La geografía tingüls·
tica de la Esp. antigua, v. n. 8; Tovar, Estudios sobre las prim, leng.,
The Ancient Languages..., La lucha de lenguas..., y Einführung, v. η. 5;
Léxico de las inscripciones ibéricas (celtibérico e ibérico), «Estudios
dedicados a Menéndez Pidal», II, Madrid, 1951, 273-323; Lenguas pre-
rrom. de la Pen. Ibér. A) Lenguas no indoeuropeas. Testimonios anti-
guos, «Enciclop. Ling. Hisp.», I, I960, 10-26; Fonología del ibérico,
«Miscelánea Homenaje a André M artinet. Estructuralism o e Historia»,
III, Univ. de La Laguna, 1962, 171-181; L. Michelena, La tangue ibère,
«Actas del II Coloquio sobre Leng. y Cult. Prerrom . de la Pen. Ibér.»,
Salamanca, 1979, 23-39, etc.
de vascos e iberos, primitivos pobladores de toda la Penín-
sula, y -aunque reconoció la importancia del elemento celta,
lo supuso mezclado con el ibérico en la mayor parte de His-
pania. De este modo la teoría vasco-iberista amparó la idea
de una primitiva unidad lingüística peninsular: así Hübner,
en 1893, tituló Monumenta Linguae Ibericae, con genitivo
singular, su valiosísima colección epigráfica, donde hay ins-
cripciones indoeuropeas junto a las propiamente ibéricas,
y Schuchardt, en 1908, intentó reconstruir la declinación
ibérica a base de morfemas vascos,2. Hoy no parece sos-
tenible el parentesco —no ya la identidad— entre las dos
lenguas. Tampoco se admite la comunidad de raza: aunque
algunos hayan defendido que los dos pueblos son ramas dis-
tintas del tronco caucásico, la procedencia africana de los
iberos parece indudable. Luego examinaremos (§ 3j-t) la posi-
bilidad de que en época remotísima, anterior a las invasiones
indoeuropeas y quién sabe si_ incluso preibérica, el =vasco^o
lenguas afines a él se hablaran en regiones peninsulares muy
alejadas de los modernos límites del eusquera.
4. La interpenetración y superposición de distintas gen-
tes y lenguas debía de ser grande en toda la Península.
Hasta en la Gallaecia, considerada tradicionalmente como
céltica, había pueblos de nombres bárbaros, probablemente
no celtas y acaso relacionables con otros de Asturias y Can-
tabria. A su vez, por tierras de Lérida, los nombres de los
^caudillos ilergetes muertos por los romanos en el año 205,
denuncian también la mezcla lingüística: Indibilis o Ando-

12 W. von Humboldt, Prüftm g der Untersttchungen i'tber die Ur-


bewohner fíispaniens verm ittelst der Vaskischen Sprache, Berlín, 1821
(trad, de F. Echebarría, Primitivos pobladores de España y lengua
vasca, Madrid, 1959); H. Schuchardt, Die iberische Deklination, Sitzungs-
berichte der k. Akademie der Wiss, in Wien, Phil.-Htst. Klasse, CLVII,
1908, II, 1-90.
bales parece un compuesto de elementos celtas e ibéricos;
Mandonio es un derivado de la misma palabra ilirio-celta
que subsiste en el vasco m ando 'mulo'. Y bárscunes o báscu-
nes ( < v a s c ó n e s ) ha sido explicado recientemente como
una denominación indoeuropea (precéltica o céltica) que
significaría, o bien 'los montañeses, los de las alturas', o
bien, en sentido figurado, 'los orgullosos, los altivos'u.

§ 3. E l va scu en ce y su e x t e n s ió n p r im it iv a .

1, Mientras el resto de la Península aceptó el latín como


lengua propia, olvidando sus idiomas primitivos, la región
vasca conservó el suyo. No por eso permaneció al margen
de la civilización que trajeron los romanos; la asimiló en
gran parte, y el enorme caudal de voces latinas que incor-
poró,, transformándolas hasta adaptarlas a sus peculiares^
estructuras, es la mejor prueba del influjo cultural romano.
Desde nombres como abere 'animal' ( < h a b e r e "hacien-
da', 'bienes'), kipula y típula 'cebolla' ( < c e p u l l a ) o
errota ‘molino’ ( < r o t a ‘rueda’), hasta pake, bake ‘paz’, erre-
ge ‘rey’ ( < r e g e ) , atxeter ‘médico’ ( < a r c h i a t e r ) ,
pesta o besta., ‘fiesta', liburu 'libro', gurutz ‘cruz', abendu
‘diciembre’ (< a d v e n t u s ) , no hay esfera material o es-
piritual cuya terminología no esté llena de latinism os14.

A. Tovar, Etimología de «vascos», Bol. Sociedad Vascong. de


Amigos del País, II, 1946, 46-56, y A propósito del vascuence «m ando»
y «be/fz» y los nombres de Mandonio e Indíbil, «Homenaje a don Julio
de Urqùijo», I, San Sebastián, 1949, 109-118 (artículos Incluidos en E s-
tudios sobre las prim. leng. hispán., 1949),
m G. Rohlfs, La influencia latina en la lengua y la cultura vascas,
Revista Internacional de Estudios Vascos, 1933; J. Caro Baroja, Mate-
riales para una historia de la lengua vasca en su relación con la latina,
Acta Salmanticensia, 1946, y V. García de Diego, Manual de dialecto-
logia española, 1946, 195-221.
2. Respecto al origen de la lengua vasca, se han indicado
hipotéticos parentescos, sin llegar a ninguna solución irreba-
tibie. Dos son las opiniones más persistentes y favorecidas:
según unos, el vascuence es de procedencia africana y pre-
senta significativas coincidencias con las lenguas camiticas
(beréber, copto, cusita y sudanés); otros, en cambio, apoyán-
dose principalmente en semejanzas de estructura gramati-
cal, sostienen que hay comunidad de origen entre el vasco
y las lenguas del Cáucaso; y no faltan teorías conciliadoras,
según las cuales el vasco es una lengua mixta: pariente de
las caucásicas en su origen y estructura primaria, incorporó
numerosos e importantes elementos camiticos, tomados de
la lengua o lenguas ibéricas, recibió influencias indoeuropeas
precélticas y célticas, y acogió finalmente abundantísimos
latinismos y voces románicas,5. La solución es difícil por

15 Véanse, entre otros, H. Schuchardt, Baskisch und Hamitisch,


Rev. In t. de Estudios Vascos, IV, 1913; J. de Urquijo, Estado actual de
los estudios relativos a la lengua vasca, Bilbao, 1918; R. Menéndez
Pidal, Introducción al estudio de la lingüística vasca, 1921; A. Trom-
betti, Le ortgini della lingua basca, Memorie della Reale Accademia
delle Scienze dell'Istituto di Bologna, 1925; Joseph K arst, Origines
mediterraneæ, Die vorgeschichtlichen M itteîmeervolker, 1931; R. Lafon,
Basque et langues kartvèles, Rev. Int. de Estudios Vascos, XXIV, 1933;
É tudes basques et caucasiques, Acta Salmanticensia, V, 1952, y el
capítulo La lengua vasca de la «Enciclop. Ling. Hisp.», I, 1960, 67-97;
C. C. Uhlenbeck, De la possibilité d'une parenté entre le basque et
tes langues caucasiques, Rev. Int. de Est. Vascos, XV, 1924; Vorlatei-
nische indogermanische Anklange im Baskischen, Anthropos, XXXV-
XXXVI, 1940-1941, y La langue basque et la linguistique générale, Lin-
gua, I, 1, 59-76; A. Tovar, Notas sobre el vasco y el celta, Bol. de la R.
Sociedad Vascongada de Amigos del País, I, 1945, 31-39; N. M. Holmer,
Iberocaucasian as a linguistic type, Studia Lingüistica, I, 1947; K. Bou-
da, Baskisch-kaukasische Etymologien, 1949, y Neue b.-k. Etymologten,
1952; A. Tovar, La lengua vasca, 2.a ed. 1954; E l Euskera y sus parien-
tes, M adrid, 1959; The Ancient Languages of S p. and Port., 127 y sigts.;
El método léxico-estadístico y su aplicación a las relaciones del vas-
cuence, Bol. R. Soc. Vascong. de Amigos del País, XVII, 1961; Mitología
e ideología sobre la lengua vasca, Madrid, 1980, etc.
escasez de datos: si el latín, en los veintidós siglos que han
transcurrido desde su implantación en Hispania, ha cambia-
do hasta convertirse en nuestra lengua actual, la transfor-
mación del vasco a lo largo de sus cuatro o cinco milenios
de probable existencia tiene que haber sido incomparable-
mente mayor. Pero su evolución interna es casi desconoci-
da: algunas inscripciones romanas dan palabras sueltas
vascas; los documentos medievales suministran nombres
personales y algunos adjetivos; las Glosas Emilianenses, en
el siglo x, contienen dos frases breves y de controvertida
interpretación; en el x n la guía de peregrinos a Compostela
atribuida a Aimeric Picaud reúne un pequeño vocabulario.
Hasta el siglo xvi no posee el vascuence textos extensos y
sólo en época muy reciente ha recibido cultivo literario no
oral. Hoy se nos ofrece como un idioma que mantiene firme
su peculiarísima estructura, tanto fonológica como grama-
tical, pero sometido a secular e intensa influencia léxica del
latín y del romance, y fraccionado en multitud de dialectos.
Comparando unos y otros y aprovechando toda la documen-
tación existente se ha reconstruido hace poco el devenir de
su fonética en los tiempos historiablesló.
3. El actual dominio de la lengua vasca es un pequeño
resto del que hubo de tener en otras épocas. Aun rechazan-
do la inmensa mayoría de los supuestos vasquismos alega-
dos por Humboldt en la toponimia antigua y moderna, los
nombres de lugar proporcionan el mejor argumento de que
el eusquera o lenguas muy relacionadas con él tuvieron en
nuestra Península, antes de la romanización, una extensión
muy amplia. Vascos son muchos topónimos repartidos a lo
largo del Pirineo, sobre todo desde Navarra hasta el No-
guera Pallaresa. Son compuestos integrados por lexemas
•6 Luis Michelena, Fonética histórica vasca, San Sebastián, 196Í
(2.* ed. muy aumentada, Ibid., 1976-77).
como b e r r i 'nuevo', g o r r i 'rojo' y e r r i 'lugar’; así Ja-
vier y Javierre corresponden a e á a b e r r i 'casa nueva',
con /§ / dialectal, variante de la / 0 / de e c h e , e c h e a
'casa'; Lum bierre proviene de i r u m b e r r i 'ciudad nueva';
Ligüerre y Lascuarre de i r i g o r r i 'ciudad roja' y 1 a t s -
c o r r i 'arroyo rojo' respectivamente; Esterri vale 'lugar cer-
cado', y Valle de Arán es una denominación tautológica, pues
a r a n signiñca 'valle' en vasco. Más al Oriente, al Sur del
Segre, la comarca de la <Segarra toma su nombre del vasco
s a g a r 'manzana'; en ella está Sanahuja < * S a n i g o i a ,
del vasco z a n i ‘vigilante, guardián' y g o i a 'alto'. En la
Cerdaña, Estahuja 'cercado de arriba' < * e s t a g o i a , se
opone a Estavar 'cercado de abajo' (vasco b a r r e n 'bajo').
Cerca de Puigcerdá, Crexenturri, escrito Crescenturi en los
siglos x y xi, junta al nombre personal galo C r a s s a n t u s
el apelativo vasco u r i , u r r i , variante de i r i 'ciudad,
villa'., En eLRosellón la actual Hlne sellam aba Len la Antl·
giiedad I l i b e r i s , que corresponde al vasco I r i b e r r i
'ciudad nueva', y en la costa gerundense Tossa procede de
I t u r i s s a , que contiene el vasco i t u r 'fuente'. Aunque
estos dos últimos casos no sean seguros ( I l i b e r i s po-
dría ser ibérico e I t u r i s s a tiene un elemento final tal
vez no vasco), la epigrafía corrobora el testimonio general
de la toponimia pirenaica: en la Alta Ribagorza una inscrip-
ción romana del siglo i de nuestra era da nombres persona-
les vascos; en unos plomos del Vallespir (Rosellón), tam-
bién de época imperial romana, se invoca repetidamente a
diosas fluviales llamándolas niskas, d o m n a s n i s k a s ,
n e s c a s ( < vasco n e s k a 'muchacha'). Los mencionados
topónimos pirenaicos no pueden considerarse fruto de in-
flujo vasco tardío, pues han experimentado iguales cam-
bios fonéticos que las palabras latinas al pasar a los roman-
ces aragonés o catalán; por lo tanto, es preciso admitir
que existían ya en la época en que se iniciaron esos cam·
bios, es decir, antes de los siglos vi al vm ; y como no pue-
den atribuirse a una población q u e hablara latín, tienen q u e
ser forzosamente anteriores a la romanización, esto es, in-
dígenas lV
4. Al Suroeste del actual dominio vasco, en el Sur de
Álava, Noroeste de la Rioja, y en la Bureba y Juarros, al
Este de Burgos, abundan topónimos como Ochanáuri, He-
rramelluri, Cihuri, Ezquerra, Urquiza, Zalduendo, Urrez.
Todavía en tiempo de Fernando III, hacia 1235, los habi-
tantes del valle riojano de Ojacastro estaban autorizados
para responder en vascuence a las demandas judiciales. En
la provincia de Soria, Iruecha, Zayas y otros nombres de
lugar son asimismo de origen vasco. Ahora bien, no es se-

>7 Los diptongos fié / de Javierre, Lumbierre, Belsierre y /u á /, /u é / de


Lascuarre, Liguer re prueban q u e b e r r i ^ g o r r i y e r r i existían
^ñ^éllos cuando"pé"t r‘a 'd i o ~pied'ra'y~tTÔn u ^ b u a n o ,^bttênoT El con-
traste entre estos topónimos aragoneses y los catalanes Esterri, Alge-
rri, que no diptongan, dem uestra que unos y otros son anteriores a la
diferenciación de los romances aragonés y catalán. Igual divergencia
ofrecen dos terminaciones de origen discutido: la de los aragoneses
Betitué, Aquilué frente a los catalanes Ardanuy, Beranuy, y la de
AragiXés, Arbués en Huesca frente a Arahós, Arbós en Lérida. Véanse
R. Menéndez Pid?l, Sobre las vocales ibéricas ç y ç en los nombres
toponímicos, Revista de Filología Española, V, 1918, 225-255; Orígenes
del español, §§ 25 y 96, y Javier-Chabarri, Em erita, XVI, 1948, 1-13;
G. Rohlfs, Le gascon, 1935, § 3; Le suffixe préroman ·ue, -tiy dans la
toponymie aragonaxse et catalane, Archivo de Filología Aragonesa, IV,
1952, 129-152, y Sur une couche préromane dans la toponymie de Gas-
cogne et de VEspagne du Nord, Rev. de Filol. Esp., XXXVI, 1952, 209-
256; P. Aebischer, «Crexenturri»: Note de toponymie pyrénéenne, Za-
ragoza, Instituto de Estudios Pirenaicos, 1950; A. Badia, Le suffixe -ui
dans la toponymie pyrénéenne catalane, «Mélanges de Phil. Rom.
offerts à Karl Michaëlsson», 31-37; y J. Corominas, E stud is de Topo-
nimia catalana, I, Barcelona, 1965, 82-91 y 155-217; De toponimia vasca
y vasco-románica en los Bajos Pirineos. Dos notas epigráficas, Pam-
plona, 1973, y Les Plombs Sorothaptiques d'Arles, Zeitsch. f. rom.
Philol., CXI, 1975, 1-53, etc.
guro que la expansion vasca por Rioja, Burgos y Soria fuese
primitiva; pudo ser resultado de la repoblación durante
los siglos IX al x i ,8.
5. Se suele admitir que, en época anterior a la instala*
ción de los cántabros, astures y celtas galaicos, la franja
septentrional correspondiente pudo estar habitada por pue-
blos afines al vasco. A ese fondo primario son atribuibles
topónimos como, en Santander, Selaya (vasco z e 1 a i 'cam-
po, prado') y, quizá de la misma raíz, Selores, Selorio, Seta,
Selgas y antiguo Selárzeno, hoy Solórzano; también Urbel
( < vasco u r ‘agua’ y b e 1 'oscuro'). En la frontera meridio-
nal de Cantabria, Amaya proviene del vasco a m a r , a m a i
'límite'. Plinio habla de una comunidad astur, los E g i v a -
r r i , que parecen haber tomado nombre de un topónimo
compuesto de e g i 'cresta de montaña’ y b a r r i variedad
vasca occidental de b e r r i 'nuevo'; para la presencia de
este adjetivo en un orónimo, recuérdese Peña Vieja en los
Picos de Europa. El Urría de Asturias se ha relacionado
con el vasco u r r i ‘colmo’; pero es más probable que tenga
su origen en otro u r r i , variante de u r i 'ciudad', que en
territorio inmediato al vascón forma parte de C a l a g u -
r r i s > Calahorra y de los híbridos G r a c c h u r r i s ,
Crexenturri (v. antes, apartado 3, y § 94). Este mismo elemen-
to se encuentra en el nombre de los G i g u r r i , comunidad

18 Véanse J. J. B. M erino-Urrutia, Boletín de )a Sociedad Geo-


gráfica, LXXI y LXXH (1931-1932), y Revista Intern, de Estudios Vas-
cos, XXVI (1935); La lengua vasca en la Rioja y Burgos, 3.* ed., Lo-
groño, 1978; J. Caro Baroja, Materiales para una historia de la lengua
vasca, 17-19; R. Menéndez Pidal, Orígenes del español, 3.*.edición, § 98,
473, y Sobre la toponimia ibero-vasca de la Celtiberia, «Homenaje
a don Julio de Urquijo», III, 1950, 463-467; E. Alarcos Llorach, Apuntes
sobre toponimia riojana, Berceo. Bol. de Est. Riojanos, V, 1950, 473-
513; C. Sánchez Albornoz, E l nombre de Castilla, «Estudios dedic. a
M. Pidal», II, 1950, 636 n.; y los trabajos de varios autores reunidos
en los tom itos «Geografía Histórica de la Lengua Vasca», Zarauz, 1960.
astur que ocupaba una de las entradas de Galicia; el F o -
r u m G i g u r r o r u m se llamaba en 1206 «uallem de Or res»
y hoy Valdeorras\ la evolución G i g u r r i o * G i g ü r r e s
> Orres está documentada en cada una de sus etapas. En
el extremo occidental, cerca de la costa atlántica gallega,
I r i a F l a v i a ha hecho pensar, desde Humboldt, en el
vasco i r i 'ciudad'. En la meseta, por tierras de León, Valla-
dolid y Zamora, discurre el Valderaduey, río llamado antss
Araduey, y en el siglo x Aratoi; a r a - 1 o i signiñca en vasco
'tierra de llanuras’, sinónimo de «Tierra de Campos», que
es el nombre actual de la comarca regada por el Valdera-
duey. En el Centro, la antigua A r r i a c a coincidía con el
vasco arriaga 'pedregal'; los árabes cambiaron el nombre
de la ciudad, sustituyendo A r r i a c a por W a d - al - h a -
I a r a , que signiñca también 'río o valle de piedras' >
Guadalajara. Aranjuez (antes Arançuex) y Aranzueque (Gua-
dalajara) guardan indudable relación con a r a n z 'espino',
componente del vasco actual Aránzazu. Los nombres pre-
rromanos de la cordillera ibérica, I d u b ë d a , y de Sierra
Morena, O r o s p ë d a , han recibido explicación satisfacto-
ria por etimología vasca ( i d i - b i d e ‘camino de los bueyes'
y o r o t z - p i d e 'camino de los terneros'). En el Sur, H i -
b e r i s o I l l i b ë r i s , antecedente de la Elvira inmediata
a Granada, se ha tenido por latinización de I r i b e r r i 'ciu-
dad nueva'; y en A s t ï g i > Écija (Sevilla), A l ^ s t ï g i >
Huécija (Almería) se ha reconocido aspecto claramente vas-
co, identificando su - 1 ï g i con t e g i 'cabaña',9.

19 Humboldt, Primitivos pobladores, 39, 43, 107, 131, 142-143, 147;


H. Schuchardt, Die iberische Deklination, Sitzungsberichte der K. Aka-
demie der Wissenschaften in Wien, Philos.-Hist. Klasse, CLVII, 1908,
71; R. Menéndez Pidal, Orígenes del español, §§ 24^, 25l y 41^; Topo-
nimia prerrom., 25, 26 y 247; A. Tovar, Cantabria prerromana, Madrid,
1955, 13 y 17; Esp. amarraco, vasc, am ar, am ai y et topónimo Amaya,
«Ethymologica. W. von W artburg zum siebzigsten Geburtstag», Tübin-
6. En casi toda la Península se encuentran topónimos
con el sufijo -eno o ·én, -ena. Su repartición no es igual en
todas las regiones, tanto por el número com o por el carác-
ter de la base nominal a que se aplica el sufijo. Escasean en
el Centro y Noroeste, donde Caracena (Soria y Cuenca), Na-
valeno (Soria), Teleno (León), Borbén (Pontevedra) derivan
de gentilicios y apelativos prerromanos, y donde son pocos
los formados sobre nom bres personales latinos, como Vi·
dalén < V i t a l i s (Orense), Visén < V i s i u s (Coruña),
Toreno < T u r i u s (León). En cambio, estos últim os abun-
dan en Aragón, Lérida, Levante, Murcia, Andalucía y Por-
tugal: Leciñena < L i c i n i u s , Cariñena < C a r i n i u s ,
Mallén < M a l l i u s (Zaragoza); Grañén (H uesca) y Grane-
na (Lérida) < G r a n i u s ; Cairén < C a r i u s , Bairén <
V a r i u s y muchos más en Valencia; Villena < B e l l i u s
(Alicante); Archena < A r c i u s (Murcia); Lucainena <
L u c a n i u s ^Purchena < - P o r c i u s (Almería); Ganena <
C a n u s , Jamilena < * S a m e 1 1 u s (Jaén); Lucena < L u -
c i u s (Córdoba y Huelva); Mairena < M a r i u s , Marche-
na < M a r c i u s (Sevilla); Lucena y Marchiena en'*Por-
tugal, juntam ente con Galiena < G a 11 i u s , Barbacena <
B a r b a t i u s , etc. La vitalidad del sufijo no sólo se man-

gen, 1968, 831*834; R. Lafon, N om s de lieux d ’aspect basque en Anda-


lousie, «Ve Congrès Intern, de Toponymie et d ’Anthroponymie. Actes et
Mémoires», Salamanca, 1958, 125-133; J. Hubschmid, «Enciclop. Ling.
Hisp.*, I, 454-465; J. Corominas, Tópica Hespérica, I, 1972, 47-48. De
los muchos topónimos a los que estos y otros autores atribuyen origen
vasco, cito sólo aquellos que me parecen más probables o más re-
presentativos. Para los G i g u r r i , v. J. Maluquer, Los pueblos celtas,
«Hist. de España, dir. por M. Pida!», I, vol. III, M adrid, 1954, 19;
R. Menéndez Pidal y A. Tovar, Los sufijos con -rr- en E spaña y fuera
de ella, especialmente en la toponimia, Bol. R. Acad. Esp., XLVII,
1958, 185-186; A. García y Bellido, La latinización de Hispania, Archivo
Esp. de Arqueología, XL, 1967, n. 6 , y Hubschm id, «Encíclop. Ling.
Hisp.*, I, 468-469 y 481.
tuvo durante la época romana, sino aun después, ya que
Re quena (Valencia y Palencia) parece derivar del germá-
nico R i c h k i s . Geográficamente el mayor arraigo corres-
ponde al Oriente y Mediodía peninsulares, lo que está en
armonía con el hecho de que topónim os y gentilicios - e n u s ,
- e n a se den en etrusco y se extiendan por todo el litoral
mediterráneo desde Asia Menor. En la onom ástica latina
existían G a l l i e n u s , « L u c i e n a gens», B e l l i e n u s ,
etc., y gentilicios en * é n u s están muy atestiguados desig-
nando pueblos y gentes de la H ispania antigua. De otra
parte el vascuence posee un m orfema -en (-ena con el artícu-
lo -a; variante -enea) para formar derivados de apelativos
(Ibarrena, de i b a r 'valle, vega*) o con valor posesivo (Mi-
chelena, Simonena, Errandoena 'de Miguel, Sim ón o Fer-
nando'); en la toponimia aparece en ocasiones aplicado a
nombres latinos antiguos (Manciena < M a n c i u s , en Viz-
caya;—£/rbt7ïettea-<-U r b i n i u s ; en Guipúzcoa). En el su-
fijo -ént -ena de los topónimos peninsulares de base antro-
poním ica parecen haber confluido factores de diverso origen;
uno de ellos ha debido de ser v a sco 20.
7. Es innegable que, cuando se trata de topónimos si-
tuados lejos del País Vasco, la atribución de vasquism o ha
de hacerse con reservas tanto mayores cuanto lo sea la dis-
tancia. Lo mism o cabe decir de elem entos com positivos o
derivativos extendidos por áreas de amplitud difusa. Uno
de los estudiosos que con mayor cautela ha abordado la

20 R. Menéndez Pidal, E l sufijo «-en», su difusión en la onomás-


tica hispana, E m erita, V III, 1940. G. Rohlfs, Aspectos de toponimia
española (Boletim de Filología, Lisboa, X II, 1951, 244) y J. M. Fabón,
Sobre los nombres de la «villa» romana en Andalucía («Estudios dedic.
a Menéndez Pidal», IV, 1953, 1614) creen que los topónim os m eridiona-
les en *¿n, -ena pueden proceder, en parte al menos, del sufijo latino
-anus transform ado por la imela árabe. Véase réplica de Menéndez
Pida! a Rohlfs en Toponimia prerrománica hispana, 158.
cuestión da com o posible que la lengua vasca «hace poco más
de dos mil años se extendiera a lo largo de los Pirineos
hasta el M editerráneo», y reconoce que «elem entos toponí-
m icos vascos acreditan que hace tres mil años esta lengua
u otra afín se extendía por los m ontes y valles de Santander
y A sturias»21. Otro investigador, tras explicar por semejan-
zas con el vascuence nom bres de lugar de regiones aparta-
das, se pregunta: «¿Vascos en la Costa Brava, en Valencia,
en Andalucía, e incluso al Occidente de esta últim a región?
No, sin duda eran iberos y nos hallamos ante elem entos co-
m unes a las dos lenguas. En consecuencia, más vale no
decidirse entre vasco e ibero cuando se trabaja en toponimia
'románica, y lim itarse a hablar de ibero-vasco. De manera
totalm ente provisional un nombre explicable m ediante el
vasco podrá atribuirse al vasco o al ibérico basándose en
razones geográficas» *2. A estas consideraciones ha de aña-
dirse que tanto los indoeuropeos preceltas y celtas como
los iberos se impusieron a habitantes previos cuyas lenguas
pudieron tener conexión con el vasco e influir como subs-
trato en las de sus dominadores.

§ 4. Su bst r a t o s l in g ü ís t ic o s pr e r r o m a n o s e n l a fono -
l o g ía e s pa ñ o l a .

1. La romanización de la Península fue lenta, según ve-


remos, pero tan intensa, que hizo desaparecer las lenguas
anteriores, a excepción de la zona vasca. No sobrevivieron
más que algunas palabras especialm ente significativas o muy

21 A. Tovar, El Euskera y sus parientes, 1959, 93. Véanse sus ob-


jeciones respecto al vasquismo de A r a t o i , I r í a . F l a v i a , 1 1i -
b ë r i s y -én, -ena, Anales de Filología Clásica, V, 1952, 156.
72 J. Corominas, E studis de Toponimia Catalana, I, 98.
arraigadas, y unos cuantos sufijos. Cuestión muy discutida
es si, a través del latín, subsistieron hábitos prerromanos en
la pronunciación, tonalidad y ritmo del habla, y si esos res-
coldos primitivos influyeron en el latín hispánico hasta la
época en que nacieron los romances peninsulares
El historiador Espartiano da una noticia interesante s c h
bre las diferencias entre el latín de Roma y el de Hispania:
siendo cuestor Adriano (emperador de 117 a 138 d. de C7),
hispano e hijo de hispanos, leyó un discurso ante el Senado;
y era tan marcado su acento regional que despertó las risas
de los senadores. Si un hombre culto como Adriano con-
servaba en la Roma del siglo n peculiaridades fonéticas
provincianas, mucho más durarían éstas entre el vulgo de
Hispania. Sin duda, la influencia de los substratos primi-
tivos no es el único factor en la formación de los romances;
la penetración de la cultura latina hubo de reducirla mucho.
Pero cuando un fenómeno propio de una región es muy
raro o desconocido en el resto de la Romania, si en el idio-
ma prelatino correspondiente existían tendencias parecidas,
debe reconocerse la intervención del factor indígena. Vea-
mos algunos c a so s24:

& Véanse A. Alonso, Substratum , superstratum, Rev. de Filol.


Hisp., III, 1941, 185-218; R. Menéndez Pidal, Modo de obrar el subs-
trato lingüístico, Rev. de Filol. Esp., XXXIV, 1950, 1-8; y F. H. Jun-
gemann, La teoría del sustrato y los dialectos hispano-romances y
gascones, Madrid, 1956.
24 Hasta mediados de nuestro siglo se vino admitiendo que la /á /
ápico-alveolar del Norte y Centro de la Península era distinta de la
latina y procedía del substrato prerrom ano vasco o ibérico. Pero los
estudios de A. M artinet (Concerning some Slavic and Aryan Reflexes
of I.E. s, Word, VII, 1951, 91-92), M. Joos (The Medieval Sibilants,
Language, XXVIII, 1952, 222-231), F. H. Jungemann (La teoría det sus-
trato, 68-101) y Alvaro Galmés de Fuentes (Las sibilantes en ta Roma-
nia, Madrid, 1962) obligan a aceptar que la fè f ápico-alveolar existía
originariam ente en latín.
2. La / f / inicial latina pasó en castellano a [h ] aspira-
da, que en una etapa más avanzada ha desaparecido ( f a -
g e a > [haya] > [aya]). El foco inicial del fenómeno se
lim ita en los siglos ix al x n al Norte de Burgos, La Montaña
y Rioja. Al otro lado del Pirineo, el gascón da igual trata-
m iento a la / f / latina ( f i l i u > hilh [h il]). Son, pues, dos
regiones inmediatas al país vasco, Cantabria y Gascuña, las
que coinciden. Gascuña ( < V a s c o n i a ) es la parte ro-
manizada de la primitiva zona vasca francesa. Y el vascuence
parece no tener / f / originaria; en los latinism os suele om i-
tirla ( f i l u > irte, f i c u > iko) o sustituirla con / b / o
/ p / ( f a g u > bago; f e s t a > pesta). Además, el vasco
—incluso el vizcaíno durante la Edad Media— poseía una
/ h / aspirada que pudo sustituir también a la / f / , con la
cual alterna a veces. Cantabria, la región española cuya ro-
manización fue más tardía, debió de compartir la repugnan-
cia^vasca^por^Ia^/f/^es^cierto^que los cántabros eran de
origen indoeuropeo, pero el substrato previo de la región
parece haber sido sem ejante al vasco; por otra parte, los
cántabros aparecen constantem ente asociados con los vascos
durante las épocas romana y visigoda. La hipótesis de un
substrato cántabro que actuara desde los tiem pos de la ro-
manización cuenta con el apoyo de un hecho significativo:
en el E ste de Asturias y N ordeste de León la divisoria
actual entre la / f / y la / h / aspirada coincide con los anti-
guos lím ites entre astures y cántabros E ste substrato cán-
tabro se vio reforzado decisivam ente en la Alta Edad Media
por el adstrato vasco en la Rioja, la Bureba y Juarros, donde,

25 R. Menéndez Pidal, Orígenes del español, § 418; L. Rodríguez


Castellano, La aspiración de la «fc* en el Oriente de Asturias, Oviedo,
Instituto de Estudios Asturianos, 1946, y A. Galmés de Fuentes y
D. Catalán Menéndez-Pidal, Un límite lingüístico, Revista de Dialecto-
logía y Tradiciones Populares, II, 1946, 196-239.
según se ha dicho, subsistían en el siglo x m núcleos vascos
no romanizados a ú n 2*.
3. A causa análoga se ha atribuido la ausencia de / v /
labiodental en la mayor parte de España y en gascón, siendo
así que el fonema existe en los dem ás países rom ánicos, en
zonas laterales del Mediodía peninsular, y existió en espa-
ñol antiguo, aunque no en las regiones del Norte. El vasco
no lo conoce, al m enos desde la Edad Media, y en la pri-
mera mitad del siglo xvi la pronunciación bilabial indistinta
para / b / y / v / románicas se atribuía especialm ente a gas-
cones y vizcaínos27. Ahora bien, la ausencia de / v / labio-
26 Véanse §§ y 46j, Fuera de Castilla y Gascuña, el cam bio
/ f / > [h] o la caída de la / f / sólo aparecen en casos o lugares ais-
lados. Es cierto que el intercam bio entre / f / y / h / se ve atestiguado en
ejemplos dialectales latinos ( h i r c u s - f i r c u s , h o r d e u m - f o r -
d e u m , etc.); pero siem pre habrá que preguntarse por qué razón ha
cundido única y precisam ente a am bos lados de Vasconia. Véase
R. Menéndez Pidal, Orígenes del español, § 41, y Manual de Gramática
Histórica Española, sexta edición, 1941, § 4, nota, donde contesta ob-
jeciones de J. Orr. También las com bate F. Lázaro Carreter, F > H.
¿Fenómeno ibérico o romance?, «Actas de la Prim era Reunión de
Toponimia Pirenaica», Zaragoza, 1949.
27 Convendrá aclarar conceptos desde el principio; la semicon-
sonante que el latín transcribía con u o v ( u e n i o , v e n i o ; u i -
n u m , v i n u m ; l e u i s , l e v i s ) y que se pronunciaba [w] en
el latín clásico,,, pasó a articularse como [B] fricativa bilabial desde
la época del Im perio, confluyendo así con la [fc] resultante de haberse
aflojado la / b/ intervocálica ( h a b e r e , c a b a l l u s , p r o b a r i s ) ,
antes oclusiva. E ste fonema /B / de doble origen se hizo m ás tarde
/v / labiodental en unas zonas del dominio románico, pero se m antuvo
bilabial en otras. Parece ser que en la Península la articulación [v]
arraigó principalm ente en las regiones m ás romanizadas, Levante y
la m itad meridional, m ientras que en el resto subsistió la [6 ]. El
español antiguo transcribía con u o v el fonema fricativo (uenir, auer,
cauallo, uino o venir, aver, cavallo, vino), cuya pronunciación debió
de ser [v] en unas regiones, [Ü] en otras; en cam bio transcribía con
b el fonema oclusivo bilabial /b /, procedente de /b / latina inicial
( b e n e > bien, b r a c c h i u m > braço) o de / p / latina intervocá-
lica ( s a p e r e > saber, l u p u s > lobo); pero las confusiones em-
pezaron muy pronto en el Norte, y se corrieron al Sur, hasta elim inar
dental se extendía a ñnes de la Edad Media desde Galicia
y Norte de Portugal, pasando por León, Castilla y Aragón,
hasta la mayor parte de Cataluña y algunas zonas del Me-
diodía francés, aparte del Rosellón y G ascuña28. En este
caso el vasquism o parece m anifestación parcial de un subs-
trato m ás antiguo y extenso que el representado por la as-
piración o pérdida de la / f / inicial latina.
4. Aparte de los casos más seguros de influencia, se
observan significativas semejanzas entre la fonología vasca
y la castellana. En ambas, el sistema de las vocales consta
de sólo cinco fon em a s,. repartidos en tres grados de aber-
tura; dentro de los lím ites de estos grados, cada una de las
vocales, firmes y claras, admite variedades de timbre según
el carácter de la sílaba y de los sonidos circundantes w. Los

la [v] en la segunda m itad del siglo xvi salvo en Portugal, Levante y


Baleares (v. §§ 534 y 92).
2* Así lo ha dem ostrado Dámaso Alonso, La fragmentación fonética
peninsular, Suplemento al tomo I de la «Enciclop. Ling. Hisp.», Ma-
drid, 1962, 155-209. El betacism o del Norte peninsular ha sido relacio-
nado con el del Mediodía italiano, como consecuencia de la coloniza-
ción suritálica (véase después, § 22), po r H. Lüdtke (Sprachtiche
Beziehungen der aputischen Dialekte zum Rumanischen, Revue des
Études Roumaines, III, 4, 1957, 146) y P. Blumenthal (Die E ntwicktung
der romanischen Labialkonsonanten, Romanistische Versuche und
V orarbeiten, 38, Bonn, 1972, 80-81). Sería necesario un examen más
detenido de estas analogías.
29 Este resultado ha sido posible en castellano porque las vocales
acentuadas /ç / y / ç / del latín vulgar se hicieron f je], [we] ( b ê n e >
bien, b O n u > bueno) y porque los elementos constitutivos de tales
diptongos se identificaron con los fonemas / i/, /u /, /e / (v, E. Alarcos
Llorach, Fonología española, 3.* éd., 1961, §§ 143 y 144). Alarcos supone
que la diptongación surgiría cuando hispanos acostum brados a su
sistem a vocálico de una sola /e / y una sola / o / trataro n de adoptar
la distinción latina vulgar entre /ç / y /ç/, entre /<?/ y / 9 /, bimatizando
enfáticam ente las dos vocales abiertas. Esta hipótesis merecerá total
asentim iento si se llega a probar qiie los hispanos no vascos del
4 Centro peninsular hablaban lenguas con vocalismo de cinco fonemas,
como el vasca, y no de diez, como el latín clásico, o de siete, como
el .latín vulgar de Hispania. Véase luego, § 18j.
tres fonemas / b /, /d /, / g / pueden ser oclusivos [b ], [d ],
[g] o fricativos [tí], [d ], [g ], según condiciones iguales en
las dos lenguas. Tanto en vascuence como en los romances
peninsulares la / r / de una sola vibración y la /r / de dos
o más son fonem as distintos que se oponen en posición
intervocálica; en posición inicial, donde nuestros romances
tienen sólo /r /, el vasco exige prótesis de una vocal (errota,
errege, § 3i; arraza 'raza', arrosa 'rosa'), que también se diet
en español preliterario (arroturas 'roturas, roturaciones'),
dejó huella en topónimos y apellidos (Arriondas, Arredondo),
y aparece como prefijo en multitud de dobletes léxicos (ruga
/ arruga, antiguos ranear, rastrar, repentir junto a arrancar,
arrastrar, arrepentir, rebatar / arrebatar, rebozar f arrebo-
zar, e t c , ) L a t i n i s m o s como p l a n t a t u han perdido la con-
sonante inicial en su adaptación vascuence ( landatu); cosa
análoga sucedió en la evolución castellana de los grupos
iniciales latinos /p 1-/. /cl-/, /fl·/ ( p l a n u > *[planu] >
[la ñ o ])31. Estas y otras coincidencias no parecen casuales.
5. En el Alto Aragón, las oclusivas sordas intervocálicas
latinas se conservan frecuentemente sin sonorizar (ripa, fo-
ratar, lacuna). En algunos valles de la mism a región (Fanlo
y Sercué) se sonorizan las oclusivas que siguen a nasal o
líquida (cambo 'campo', puande 'puente’, chungo ‘junco’,
atdo 'alto', suarde 'suerte'); restos* dispersos en otras loca-
lidades denuncian que el fenómeno alcanzó antaño a todo el
Pirineo aragonés. En la Rioja de los siglos X y XI las Glosas
Emilianenses conservan de ordinario las sordas intervocálicas
( lueco, moueturas, etc.), mientras sonorizan tras / n / la / t / de
a l i q u a n t a s > alguandas; en documentos riojanos de la
30 Menéndez Pidal, Orígenes, § 40|; Michelena, Fon. H ist. Vasca,
§ 8 .1.
31 Menéndez Pidal, Orígenes del español, § 102. F. H. Jungemann,
La teoría del sustrato, págs. 177 y 189, rechaza, sin argumentos con-
cluyentes, el influjo vasco.
época hay otros ejem plos semejantes. Los dos rasgos se dan
en bearnés y coinciden con el tratamiento que da el vasco a
las oclusivas de los latinism os que ha adoptado: el vasco no
altera las intervocálicas ( típula 'cebolla', kukula 'cogolla',
izpatha 'espada'); pero sonoriza las que van tras m, n, r o l,
tanto en los latinism os ( t e m p ó r a > dembora, f r o n t e >
boronde, a l t a r e > aldare) como en formaciones indígenas
(emenkoa > emengoa, Iruntik > Irundik). En vasco, el carác-
ter sordo o sonoro de una oclusiva depende de los sonidos
vecinos, sin constituir rasgo fonológico diferencial; y la es-
critura ibérica empleaba un mism o signo para sorda y sono-
ra, meras variantes, sin duda, de un mismo fo n em a32.
6. Otros cambios fonéticos españoles pueden atribuirse
a substratos distintos del vasco. La sonorización de las oclu-
sivas sordas intervocálicas latinas parece coincidir origina-
riamente en la Península y en la Romania con la íexistencia
-de u n anterior- dominio=célticor Entre- los celtas^hispanos^la
indiferenciáción de sordas y sonoras debía de ser grande,
a juzgar por grafías alternas com o Doitena y Doidena, Am·
batus y Ambadus, Arcailo y Argaela, Ataecina y Adaegina,
-briga y -brica. Estás vacilaciones se extendían por todo el

32 Véanse las distintas opiniones expuestas por Saroïhandy, Ves-


tiges de phonétique ibértenne en territoire roman, Revista Internacio-
nal de Estudios Vascos, VII, 1913; R. Menéndez Pidal, Orígenes del
español, §§ 46 y 55; G, Rohlfs, Le Gascon, 1935, §§ 364-370; A. Kuhn,
'D er hocharagonesische Dialekt, Revue de Linguistique Romane, XI,
1935, 70-77; W. D. Elcock, De quetques affinités phonétiques entre
Varagonais et le béarnais, 1938; reseña de esta obra por T. Navarro
Tomás, Revista de Filología Hispánica, I, 1939, 175*176; A. Tovar, Los
signos silábicos ibéricos y las permutaciones del vascuence, Em erita,
XI, 1943, 209 y sigts., y A. M artinet, De la sonorisation des occlusives
initiales en basque, Word, VI, 1950, 224-33. Para las Glosas y documentos
riojanos, véase F. González Ollé, La sonorización de las consonantes
sordas tras sonante en la Rioja. A propósito del elemento vasco en las
Glosas Emilianenses, Cuad. de Invest. Filológ., Logroño, IV, 1979, 113>
121.
Noroeste peninsular a partir de la línea Lisboa-MedelIín-tie-
rras de Soria; en las m ism as regiones alcanzaron también
a palabras latinas ( i m u d a u i t por i m m u t a u i t , p e r ·
p e d u o , P e r e c r i n u s , A u c u s t i n u s en inscripciones
de la época romana); y hubieron de constituir base favora-
ble para la sonorización de las oclusivas sordas intervocá-
licas, que en los siglos ix al x i aparece especialm ente arrai-
gada en Galicia, Portugal, Asturias y León M.
7. En casi todos los países románicos donde estuvieron
asentados los celtas, el grupo latino / k t/ evolucionó hasta
llegar a / i t / o f t f , soluciones en que se reparten los roman-
ces occidentales (lat. n o c t e , f a c t u > port, noite, feiío;
esp. noche, hecho; cat. nit, f e t ; prov. nuech, fach\ fr. nuit,
fait). La primera fase del fenóm eno (relajación de Ia / k / en
[χ], sonido igual al de la / castellana moderna) aparece en ins-
cripciones galas y es general en irlandés. En inscripciones
- ^ celtib éricas^ constan -R e c t u g c n u s - y - su reducción R e -
t u g e n o , que probablemente habrá de leerse * R e i t u g e -
n o ; el nombre es el mism o de R h e t o g e n e s , héroe nu-
mantino m encionado por Appiano Como eí grupo / k s / ha
seguido una transformación análoga a la de / k t / (lat. l a x a -
r e > port, leixar; esp. lexar\ fr. laisser), con igual exten-
sión, podría ser también de origen céltico.
33 A. Tovar, La sonorización y caída de las intervocálicas y tos
estratos indoeuropeos en Hispania, Boletín de la R. Acad. Esp., XXVIII,
1948; Sobre la cronología de la sonorización... en ta Romania Occi-
dental, «Homenaje a Fritz Kríiger», I, 1952, 9-15; The Ancient Lang, o f
Sp. and Port., 1961, 93-95; La lucha de lenguas..., 1968, 88, y Einführung
in die Sprachgeschichte der iber. Halbinsel, 1977, 111-112; S. da Silva
Neto, Histórta da Lingua Portuguesa, Rio de Janeiro, 1952, 147-151. No
rechazan la posibilidad del substrato céltico A. M artinet, Celtic Leni-
tion and Wes tern-Romance Consonants, Language, XXVIII, 1952, 192-
217, ni Jungemann, op. cit., 152 y 189.
i* W. Meyer-Lübke, Introducción a la lingüística románica, Madrid,
1926, § 237; Tovar, The Ancient Lang, of Sp. and Port., 81; Silva Neto,
História, 146. v
8. Por últim o, en el Centro y Noroeste peninsulares y
en otras zonas occidentales de Europa hay testim onios cél-
ticos de vocales inflexionadas por la acción de otra vocal
siguiente; por ejem plo, a un nominativo A n c e t u s corres-
ponde un genitivo A n g e i t i . En este fenóm eno se ha visto
un anticipo de la m etafonía que con diversa intensidad y
alcance se da en la Romanía occidental: lat. f ë c ï , v ë n i >
fr. fis, vins, esp. hice, vine, port, fiz, vim. Será necesario
precisar las condiciones en que tal inflexión se produce en
las lenguas célticas y en los distintos rom an ces35,

V-

§ 5. H u e lla s pr e r r o m a n a s en la m o r f o lo g ía e s p a ñ o la .

1. En lenguas célticas de Hispania —al menos en la


celtibérica’— los nombres de tema en /-o / tenían /-o s/ como
desinencia de nominativo plural: en inscripciones aparecen
a r a t i c o s , c a l a c o r i c o s , l u t i a c o s , etc., en función
de sujeto. Ello pudo contribuir a que el nominativo plural
latino en / -i / desapareciera en Hispania y quedase una forma
única -oa para nominativo y. acusativo. Véase § 18i.
2 / En español se conservan algunos sufijos derivativos
nom inales de abolengo prerromano. Dé ellos, los que tienen
hoy mayor vitalidad son los despectivos -arro, -orro, -urro
(buharro, machorro, baturro), de origen mediterráneo pri-
m itiv o 36. Por los siglos x i y x ii subsistían -teco y -ueco ( kan-
nariecas, petmueco), procedentes de - ë c c u y - ô c c u no
latinos; ahora sólo se encuentran, con pérdida total de sig-
nificado, en palabras sueltas (muñeca, morueco) y en nom-
bres de lugar (Barrueco, Batuecas)37. En peñasco, nevasca,

35 A. Tovar, The Ancient Lang., 95; Eitifiihrung, 112.


36 R. Menéndez Pidal y A. Tovar, Los sufijos con -rr- en España
y fuera de ella, Bol. de la R. Acad. Esp., XXXVIII, 1958, 161-214.
37 Menéndez Pidal, Orígenes, § 61.
borrasca parece sobrevivir un sufijo ligur - a s c o 38. Acaso
tenga el mismo origen el patronímico español en z (Sánchez,
Garciaz, Muñiz, Muñoz, Ferruz); las tesis contrarias a su abo-
lengo prerromano no han logrado ofrecer ninguna solución
satisfactoria, mientras que las terminaciones -az, -ez, ~oz,
abundan en toponimia peninsular y alpina presumiblemente
ligur; este sufijo -z fue incorporado por el vasco con valor
posesivo o modal39. Del precéltico o céltico - a i k o , - a e c u Y
muy atestiguado en inscripciones hispanas, proviene -iego,
bastante activo en otro tiempo, pero apenas empleado hoy
fuera de los derivados antiguos como andariego, nochernie-
go, mujeriego, solariego, palaciego, labriego, etc.40.
3. Aparte hay que señalar la extraña afición del español
a formar derivados mediante la añadidura de un incre-
mento inacentuado con vocal a ( relámpago, ciénaga, méda-
no, cáscara, agállara, de lampo, cieno, meda, casca, agalla ).
Las consonantes del sufijo son indiferentes, según se ve en
murciégano y murciégalo > murciélago, de murciego, o en
38 Menéndez Pidal, Toponimia prerrom. hisp., 79, 81-83 y 162-165.
Supone origen no ligur J. Hubschmid, «Encicl. Ling. Hisp.», I, 462-463, y
Die asko-fusko- Suffixe und das Problem des Ligurischen (v. n. 6)..
39 Menéndez Pidal, Toponimia prerrom. hisp., 167-172; Menéndez
Pidal y A. Tovar, Los sufijos españoles en «·ζ», y especialmente los
patronímicos, Bol. R. Ac. Esp., XLII, 1962, 371-460. Para otras teorías,
véanse Baist, Grundriss der rom. Phil., de Grôber, I, 2.* ed., 908;
Cornu, Ibid., 992; Carnoy, Le latin d'Espagne d ’après íes inscriptions,
232-235; W. Meyer-Lübke, Romantsche Namenstudien, Sitzungsberichte
der k. Akad. in Wien, 184, 1917, 5-17, y Die iberoromanischen Patronymika
auf «-ez», Zeitsch. f. r. Philol., XL, 1919-1920, 208-210; E. C. Hills,
Spanish patronymics in -z, Revue Hispanique, LXVIII, 1926, 161-173;
L. H. Gray, L ’origine de la terminaison hispano-portugaise -ez, Bulletin
de la Société de Linguistique de Paris, XXXVII, 1935, 163-166; J. Caro
Baroja, Materiales para una historia de la tengua vasca en su relación
con la latina, 1942, 102-113; E. García Gómez, Hipocorísticos árabes y
patronímicos hispánicos, Arabica, 1954, 129-135.
40 Y. Malkiel, The Hispanic Suffix -(i)ego. A Morphological and
Lexical Study based on Historical and Dialectal Sources, Berkeley,
1951.
las alternancias sótano y antiguo sótalo, Huércanos y Huér-
cal(o) Overa . A veces sólo se conoce la forma derivada y no
la primitiva; así ocurre en ráfaga, bálago y tantos otros.
Los esdrújulos latinos que se han conservado no bastan
para explicar un fenómeno tan amplio; en cambio» la topo-
nimia prelatina abunda en nombres como N a i á r a y los
ya citados T a m á g a y B r a c á r a , con sus variantes B r a -
c á n a y B r a c á l a , semejantes a los actuales Huércanos,
Muévalos, Solórzano. El sustantivo páramo es indudable-
mente prerromano, y probablemente lo es también légamo
o légano. Parece tratarse, por lo tanto, de un hábito heredado
de las lenguas peninsulares anteriores al latín41.

§ 6. V o c a b u l a r io e s p a ñ o l d e o r i g e n p r e r r o m a n o .

1. Son muy numerosas las palabras españolas que no


encuentran etimología adecuada en latín ni en otras lenguas
conocidas. No-pocas, exclusivas^ de la Península; son "tan
viejas, arraigadas y características que invitan a suponerlas
más antiguas que la romanización: por ejemplo, abarca,
artiga, aulaga o aliaga, barda, barraca, barro, cueto, charco,
galápago, manteca, perro, rebeco, samarugo, silo, sima, tamo,
toca, tojo pero no se ha encontrado fundamento suficiente
41 R. Menéndez Pidal, Manual de Gramática histórica española,
§ 84; Orígenes del español, §§ 61 y 61 bis, y S ufijo s átonos en el Medi-
terráneo Occidental, Nueva Rev. de Filol. Hisp., VII, 1953, 34-55; J. R.
^-Craddock, Latin Legacy versus Substratum Residue. The Unstressed
‘Derivational’ Suffixes in the Romance Vernaculars o f the Western
Mediterranean, Berkeley-Los Angeles, 1969.
42 Véanse, ante todo, el Dicc. crft. etim , de la lengua castellana de
J. Corominas, M adrid, 1954, y su Tópica Hespérica, II, Madrid, 1972,
194-235; R. Menéndez Pidal, Orígenes, §§ 13j y 85j, y Toponimia prerrom.
hisp., 267-275; Silva Neto, História, 273-308; Hubschmid, «Encicl. Ling.
Hisp.», I, 28-66 y 127-149; y A. Tovar, Les traces linguistiques celtiques
dans la Péninsule Ibérique, «Celticum VI. Actes du Troisième Colloque
In tem . d'Ê tudes Gauloises, Celtiques et Protoceltiques», Rennes, 1963,
381-403.
para señalarles procedencia concreta de alguna lengua pre-
rromana conocida. Mayor es la probabilidad de acierto cuan-
do entre la palabra española y una de lengua prerromana
hay afinidades fonéticas y significativas suficientes para su-
poner entre ambas parentesco o relación no explicables por
vía latina o posterior: vega tenía en los siglos x y xi las for-
mas baica y vaiga, semejantes al vasco ibaiko 'ribera'; ario
'cambronera' corresponde al vasco arte 'encina’; igüedo y
el vasco aketo 'macho cabrío' postulan un étimo común
* e k o t o ; vilorta significa lo mismo que el vasco bilur;
pestaña vale igual que el vasco piztule, en conexión con
pizta ’légaña'; los altoaragoneses ibón 'laguna' y sarrio 'es-
pecie de gamuza o cabra montés’ parecen relacionarse con
los vascos ibai ’río’ e izar 'altura', etc. Tal vez sea de origen
libio tamujo, port, tamuge, planta que sólo se da en una
franja de la Península y en una zona de Argelia donde estuvo
asentada la antigua. localidad de T a m u g a d i 4V A juzgar
por la geografía de sus posibles parientes parecen ibéricas,
mediterráneas o acaso ilirio-ligures barranco, carrasca, gán-
dara 'pedregal', lama 'barro', etc. Nava no sólo se extiende
por todo el dominio castellano y vasco, sino también por
zonas alpinas y en el celta insular. El léxico de origen pre-
celta o celta comprende sustantivos referentes al terreno:
berrueco, légamo, serna; nombres de árboles y plantas:
abedul, aliso, álamo, beleño, belesa, berro; zoónimos:
garza, puerco y toro (en la inscripción de Cabeço das
Fraguas p o r c o m y t a u r o m se anticipan a los latinos
p o r c u s y t a u r u s ) ; terminología relacionada con los
quehaceres rústicos: busto 'cercado o establo para bueyes’
( b o u s t o m en el bronce de Botorrita), amelga o ambelga,
colmena, gancho, gorar 'incubar', güero, huero; y otras pa-

« V. Bertoldi, Romance Philology, I, 197-198.


labras de campos semánticos diversos: baranda, basca, be­
rrendo, cantiga, tarugo, los verbos estancar, atancar, tranzar,
vira r , etc. El calzón era prenda característica del vestido
celta, y el término correspondiente, b r a c a , ha dejado el
español braga; el uso de b r a c a en la Península está ase^
gurado por la existencia de B r a c â r a y los b r a c S r i ,
pueblo que habitaba la región de Braga. El compuesto la-
tino-celta O c t a v i o l c a (ciudad situada entre Reinosa y
Aguilar de Campoo) atestigua el empleo de o l e a 'terreno
cercado inmediato a la casa', de donde el español huelga
(hoy casi olvidado; recuérdense nombres geográficos como
i Las Huelgas y compárese el francés ouche). -
2. La epigrafía latina de la Península no proporciona
muchos datos. En el ara votiva de León (siglo n d. de C.),
Tulio ofrece a la diosa Diana los ciervos cazados «in p a -
ra m i aequore»; páramo no tiene aspecto ibérico; debe
pertenecer a la lengua precéltica o protocéltica de los pue-
blos que habitabah el Oeste de la meseta septentrional.
B a l s a figura como nombre de una ciudad lusitana encla-
vada en terreno pantanoso; es la primera muestra del es-
V pañol y portugués balsa, cat. bassa. El bronce de Aljustrel
.'(Portugal, siglo i) da « l a u s i a e lapides»; de * l a u s a vie-
nen el español losa, port, lousa, cat. llosa44.
3. Los autores latinos citan como hispanas o ibéricas
hasta unas treinta palabras, que en su mayoría no han lle-
gado al romance. De las que han perdurado, algunas no son
originarias de España, sino latinismos provinciales o voces
extranjeras4S. Quedan, sin embargo, ciertos testimonios in-

** Véanse Carnoy, Le latin d'Espagne d'après les inscriptions, Bru-


xelles, 1906, y J. Vives, Inscripciones cristianas de la España romana
y visigoda, Barcelona, 2.* éd., 1969.
« Por ejemplo, c a n t h u s ‘hierro con que se ciñe el borde de la
rueda', africano o español según Quintiliano, es el origen del esp.
teresantes: Varrón afirma que l a n c e a ( > español lanza)
no era voz latina, sino hispana; podría ser, en efecto, un
celtismo peninsular. Plinio recoge a r r u g i a 'conducto sub-
terráneo', antecedente de arroyo’, da c u s c u l i u m ( >. esp.
coscojo, coscoja) como nombre de una especie ibérica 4e
encina; y atribuye origen hispano a c u n i c u l u s ( > esp.
conejo J46. Quintiliano señala como oriundo de Hispania el
adjetivo g u r d u s 'estólido, necio' (> esp. gordo, con canP
bio de sentido); la palabra se usaba en latín desde varias
generaciones antes 47. Y en el siglo vil San Isidoro mencio-
na en sus Etimologías c a m a , s a r n a y s t i p a , variante
de s t i p p a > estepa 'mata resinosa parecida a la jara'.
Es probable que el latín tomase de las lenguas hispánicas
los nombres de algunos productos que se obtenían, princi-
palmente en la Península, como p l u m b u m ( > esp. plo-
m o ), g a l e n a , m i n i u m (compárense el nombre fluvial
Miño —en Galicia, tierra de donde se extraía abundante
óxido de plomo— y el vasco min 'vistoso, encendido'). His-
pania era ya gran exportadora de corcho: el latín s ú b e r
( > esp. sobral, cat. surer, port, sovro, sobreiro, it. sughero,
sovero) parece ser una voz peninsular adoptada48.

canto 'b orde’; pero es voz helénica o gala. San Isidoro recoge del
vulgo peninsular m a n t u m , probable regresión del latín m a n t e l -
l u m , y b a r c a , derivada seguramente del griego b a r i s 'barca
egipcia' pero atestiguada ya hacia el año 200 d. J. C. en una inscripción
del Algarbe.
w Véase V, Bertoldi, Archivum Romanicum, XV, 1931, 400; Ro-
mance Philology, I, 204, y Nueva Revista de Filol. Hisp., I, 1947, 141-
144; Plinio, 8, 217: «leporum generis sunt et quos Hispania cuniculos
appellat».
w S. Fernández Ramírez, Rev. de Filol. Esp., XXVI, 1942, 536, y
A. Tovar, Notas etimológicas, «Homenaje a V. Garcia de Diego*, I,
Madrid, 1976, 560-565.
« V. Bertoldi, La Iberia en el sustrato étnico-lingüístico del Medi-
terráneo, Nuevo Rev. de Filol. Hisp., I, 1947, 128-147.
4. La influencia de las lenguas prerromanas en el voca-
bulario romance de la Península, según lo que podemos
apreciar hoy, se limita a términos de significación suma-
mente concreta, referéntes en su mayoría a la naturaleza
y a la vida material. No pervive ninguno relativo a la orga-
nización política y social ni a la vida del espíritu.

§ 7. C e ltis m o s d e l l a t ín 49.

No son prerromanos muchos celtismos que, tomados de


los galos, adquirieron carta de naturaleza en latín y pasaron
a todas o gran parte de las lenguas romances. Así ocurrió
con un nombre característico del vestido celta, c a m i s i a
( > esp. camisa). La vivienda celta dejó al latín c a p an na
(> esp. cabaña); la bebida típica de los galos se llamaba
c e r e v i s i a , origen del esp. cerveza . Medidas agrarias de
igual__procedencia,son a r e p e n n i s -> arpende~y l e ü c a >'
legua. Los romanos aprendieron de los galos nombres de
árboles, plantas y animales: a l a u d a y s a l m o son en
español alondra y salmón. La habilidad de los galos como
constructores de vehículos hizo que los romanos se apropia-
ran los celtismos c a r r u s > carro y c a r p e n t u m 'carro
de dos ruedas'; c a r p e n t a r i u s 'carrero' amplió su sen-
tido hasta hacerse equivalente de t i g n a r i u s , y es el origen
de carpintero Dos términos celtas que lograron gran difu*

« W. Meyer-Lílbke, Irttrod. a la Ltng. Románica, Madrid, 1926,


§§33-35.
» El uso de c a r p e n t a r i u s con el valor de t i g n a r i u s apa-
rece ya en Patadio (Thesaurus linguae tatinae. III, 1907, col. 489). Car-
pintero no es un galicismo evidente, como pretende H. Lausberg (Ro-
mantsche Forschungen, LX, 1947, 232); su antigüedad en España está
asegurada por la del derivado carpenteria, que figura en un documento
ovetense de los siglos IX o x (Muñoz y Romero, Colección de Fueros
Municipales, 1847, 124).
sión en el Occidente de la Romanía son * b r i g o s 'fuerza'
(> esp. brío) y v a s s a l l u s ( > esp. vasallo), que sirvió
para designar una relación social que los romanos desco-
nocían.

§ 8. V a s q u is m o s .

Después de la romanización el vascuence ha seguido pro-


porcionando al español algunos vocablos. En la Alta Edad
Media el dominio de la lengua vasca era más extenso que en
la actualidad, y el crecimiento del reino navarro favoreció
la adopción de vasquismos. En el siglo x las Glosas Emi-
lianenses mezclan frases éuscaras con otras romances; en
la onomástica española entraban nombres como G a r s e a
> García , E η n ë c o > Iñ ig o 31, X e m e n o > Jimeno', y
en^el^xiii - el,=riojano - Berceo- empleaba 'humorísticamente
bildur ‘miedo’ como término conocido para sus oyentes. Por
esta época annaia 'hermano' y echa (< vasco a i ta 'padre')
formaban sobrenombres honoríficos o afectivos (« Minaya
Alvar Fáñez» en el Poema del Cid; «Miecha don Ordonio»,
en documentos del siglo x n )52. Siniestro, de origen latino,
contendía con izquierdo (< vasco e z k e r ) , que había de
imponerse. De z a t i 'pedazo' y su diminutivo z a t i k o vie-
nen zato y çatico 'pedazo de pan', 'pequeña cantidad', usado
por Berceo; en las cortes medievales se llamaba çatiquero
al criado que levantaba la mesa de los señores.
El vocabulario español de origen vasco seguro o proba-
ble incluye además términos alusivos a usos hogareños,

3* G. M. Verd, S. J., íñigo, fñiguez, Huéftega. Historia y Morfología,


Miscelánea Comillas, XXXII, 1974, 5-61 y 207-293.
52 R. Menéndez Pidal, Cantar de Mió Cid, III, 1946, 1211, y Chantar-
an, en Toponimia prerr. hisp., 229.
como s o c a r r a r nombres de minerales, plantas y ani-
males, como pizarra, chaparro, acaso zum aya ; prendas de
vestir, boina y zamarra; agricultura, tracción y ganade-
ría, laya 'pala de labrar', narria, cencerro; navegación, ga-
barra; metalurgia, chatarra; supersticiones, aquelarre; juego,
órdago, etc. Del vasco buruz 'de cabeza', cruzado probable-
mente con una voz árabe, vienen los españoles de bruzos,
de bruzas, de bruces, y el port, de bruços M. En ocasiones la
palabra vasca es, a su vez, de origen latino o románico: así,
del latín a u g u r i u m proviene la interjección vasca de sa-
ludo o despedida agur, de donde el español agur, usado como
despedida a partir del siglo x v i i por lo menos; el latín c ï β-
ί ε 11 a dio en vasco txistera, que ha pasado al castellano en
la forma chistera; nuestra chabola es adopción reciente del
vasco txabola, pero éste procede del francés antiguo jaole
‘jaula o cárcel'55. A cambio de estos y otros escasos présta-
mos, la influencia léxica del español sobre el vasco ha sido,
y sigue siendo, enorme.

5Î J. Corominas, Revista de Filol. Hispánica, V, pág. 8.


54 A. Tovar, Boletim de Filología, V III, Lisboa, 1947, 267.
55 A. Castro, Rev. de Filol. Esp., XX, 1933, 60-61; J. Corominas,
Dicc. crit. etimoí.

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