TP Semiología Rullán
TP Semiología Rullán
Mito y resistencia
A mis treinta años, en un momento en que mi vida se define más por las preguntas que por
las respuestas, tomé la decisión de tatuar sobre mi piel una escena mítica que habla de mi
presente. No fue por impulso ni por moda, algo en mí necesitaba dejar huella, como quien
se auto retrata para no olvidarse. Me tatué el brazo completo: una representación de Pegaso,
Perseo y Medusa. Desde entonces, mi brazo dejó de ser solo carne; se volvió lenguaje. Es
una escritura abierta, que respira, que insiste en decir algo más allá de lo visible.
El tatuaje tiene una fuerte densidad semiótica, su aspecto privado es el de un testimonio: es
mi forma de recordar que alguna vez me atreví a ser otro. La dimensión pública actúa como
signo: comunica una diferencia, una resistencia, una pregunta abierta al que mira. No busca
simplemente provocar, sino que deja ver —a quien no se queda en la superficie—que hay
algo en mí que dejo huella, que eligió hacer del cuerpo un texto.
Desde la semiótica de Peirce, esta imagen puede pensarse como un signo en su
complejidad: hay un representamen visible —la escena tatuada—, un objeto inmediato —la
mitología griega—, y un objeto dinámico que excede la imagen: la lucha contra la norma
que paraliza (Medusa), el deseo de elevarse (Pegaso), el uso del pensamiento como
mediación frente al horror (Perseo). El interpretante se multiplica en quien lo ve e incluso
en mí mismo: a veces me encanta, otras no tanto, a veces funciona como un espejo donde
no quiero mirarme pero me reconozco. Cada nueva lectura genera un nuevo sentido. Es una
semiosis sin fin/ilimitada.
Pegaso, el caballo alado, puede interpretarse como la capacidad de elevarse por encima de
las limitaciones terrenales y alcanzar un estado de creatividad y libertad. Perseo, como
héroe que enfrenta y vence a Medusa, puede simbolizar la afirmación de la voluntad de
poder, un concepto central en Nietzsche. La cabeza de Medusa, que convierte en piedra a
quienes la miran, podría representar las fuerzas de la decadencia y el nihilismo, que
petrifican y niegan la vida; es la amenaza que inmoviliza, la mirada social que vigila, que
castiga, como diria Foucault. El tatuaje entero se convierte en antilenguaje: una respuesta a
esa vigilancia que define lo normal y lo anormal, lo aceptable y lo desviado. En un mundo
líquido donde todo se escapa, donde nadie se detiene, donde no hay tiempo para pensar ni
pensarse, este tatuaje es mi forma de detener algo, de fijar algo que no se disuelva.
Siguiendo a Fabbri, el tatuaje es mi blason y mi empresa: lo que soy y mi proyexto de ser.
Es símbolo, índice e ícono a la vez. Es argumento: hay un diálogo entre las
representaciones y una conclusión que puede inferirse. Tiene intencionalidad denotativa
(representa algo) y connotativa (sugiere mucho más de lo que muestra). No todos lo
entienden, y está bien que así sea. Porque no es un cartel: es una confesión escrita en
sangre, como dice Nietzsche. Y como toda confesión verdadera, se ofrece al otro, pero
también se esconde. No busca certezas, sino dejar abierta la pregunta.