MERIDIONAL Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos
ISSN (en línea): 0719-4862 | Número 23, octubre 2024-marzo 2025, 21-55 |
DOI: 10.5354/0719-4862.2024.76345
La violencia latinoamericana en perspectiva
histórica: una propuesta teórica a partir de la
trinidad de Galtung
Latin American Violence in Historical Perspective:
a Theoretical Proposal Based on Galtung’s Trinity
Eduardo Hodge Dupré
Universidad Gabriela Mistral, Santiago, Chile
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Resumen: El objetivo principal de este trabajo es analizar la violencia en
América Latina desde una perspectiva histórica, utilizando los planteamientos
teóricos del estudioso noruego Johan Galtung. Este análisis revela que la
violencia ha estado presente en la historia de la región desde los tiempos
precolombinos, una realidad que la literatura existente ha pasado por alto
o no ha explorado suficientemente. Las fuentes primarias y secundarias de
diversas épocas demuestran que la trinidad de Galtung (violencia cultural,
estructural y directa) es aplicable a América Latina, ya que la violencia
actual en la región es parte de un proceso histórico continuo que debe ser
examinado a largo plazo.
Palabras clave: violencia, América Latina, Galtung.
Abstract: The primary objective of this work is to analyze violence in Latin
America from a historical perspective, utilizing the theoretical framework
proposed by Norwegian scholar Johan Galtung. This analysis reveals that
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violence has been a persistent element in the region’s history since pre-Co-
lumbian times, a reality that existing literature has either overlooked or
insufficiently explored. Both primary and secondary sources from various
periods demonstrate that Galtung’s trinity of violence (cultural, structural,
and direct) is applicable to Latin America, as the current violence in the
region is part of a continuous historical process that requires long-term
examination.
Keywords: Violence, Latin America, Galtung.
Introducción
Los especialistas han llegado a una conclusión categórica: a pesar
de la diversidad de casos y experiencias, América Latina es la región
más violenta y peligrosa del mundo (Rettberg; Hernández; Alda).
Mientras las tasas de homicidio a nivel global rondan los seis o siete
casos por cada 100.000 habitantes, en la región que abarca desde
México hasta Chile y Argentina, esa cifra se triplica o cuadruplica,
variando según diversos estudios. Aunque estas cifras han disminuido
en el resto de los continentes (excepto quizás en la región del Sahel
en África, donde operan grupos terroristas como Boko Haram y
Al-Shabaab), en los países latinoamericanos la tendencia ha ido en
notable aumento. Solo por mencionar algunos casos, el promedio
de asesinatos en México es de casi cien por día, mientras que en
países como Venezuela y Honduras esta cifra se acerca a los cuarenta
homicidios por cada 100.000 habitantes.
En general, la literatura especializada en materias de seguridad
y violencia en América Latina ha sido bastante rigurosa; los autores
tienden a entregar visiones e interpretaciones que permiten entender
lo que ha estado ocurriendo en los últimos años en la región, que
es materia de preocupación constante para gobiernos y ciudadanos.
El problema se produce cuando esos mismos trabajos no consideran
el pasado, omitiéndolo en sus análisis (Solís y Torres; Coimbra y
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 23
Briones; Alda), o bien aludiendo a posibles causas históricas, pero
sin profundizar en ello (Solís y Cerna). Ante estas disyuntivas, que
directa o indirectamente soslayan la importancia del pasado en la
configuración del presente, la hipótesis que ofrece este trabajo es
que la violencia que actualmente sacude a América Latina debe
ser comprendida como un continuum histórico, cuyas raíces deben
rastrearse incluso antes de los gritos de independencia. En efecto,
solo será posible comprender las olas de violencia actual si se tiene
en cuenta el peso de la historia.
A través de la historia, la violencia latinoamericana ha revelado tres
características fundamentales: en primer lugar, ha sido principalmente
endógena, es decir, ha sido causada al interior de sus pueblos por
factores que estos mismos han generado; en segundo lugar, ha sido
localista, porque en la mayoría de los casos no ha rebasado los límites
geográficos de los territorios (a excepción, por cierto, de las guerras
internacionales, la de la Triple Alianza, del Pacífico o del Chaco, en-
tre otras); y, en tercer lugar, ha sido esencialmente civil, puesto que
ha sido ejercida entre conciudadanos de un mismo Estado nación
(nuevamente, a excepción de los conflictos internacionales que se han
producido). Mirando los procesos históricos en perspectiva, es posible
determinar que estas características han sido constantes en la historia
de América Latina. A través de las distintas épocas, desde los tiempos
más remotos, se aprecia una línea continua e inalterable en la cual
las sociedades latinoamericanas han tendido a la autoaniquilación,
configurándose así, una suerte de “violencia estructural”, siguiendo
las tesis del matemático noruego Johan Galtung.
Tal como lo ha demostrado la literatura, es menester señalar que la
violencia en América Latina se ha manifestado de múltiples maneras,
como los conflictos armados que se han producido en Colombia, El
Salvador, Guatemala y Perú; o las guerras contra el narcotráfico, como
las ocurridas en México, Centroamérica y la zona andina; o las más
diversas expresiones del crimen organizado y la delincuencia común
que han cruzado a toda la región, prácticamente sin excepción alguna
(Arjona y de la Calle; Rettberg). Tomando en cuenta estas diversas
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realidades, no es factible referirse a la violencia latinoamericana
como un proceso unísono u homogéneo, sino más bien diverso en
su naturaleza, aunque con esos elementos comunes mencionados en
el párrafo anterior.
En fin, ¿hay alguna relación entre las manifestaciones de violencia
del pasado con las del presente? Esta es la interrogante que intentará
exponer este trabajo, a través de tres ideas centrales. En primer lugar,
realizando un barrido general a través de la historia, para comprobar
que efectivamente hay un continuum intermitente de violencia desde los
tiempos ancestralmente documentados hasta el presente. En segundo
lugar, destacando ese carácter endógeno de la violencia en América
Latina, para demostrar que ha existido una tendencia muy clara de
autodestrucción, dándole un sentido históricamente civil a la coac-
ción que se ha ejercido en la región. Y, en tercer lugar, refiriéndose al
carácter político de esta violencia, pues si bien los niveles de violencia
producidos en el plano interno o doméstico son igualmente altos a
otros tipos de violencia, lo cierto es que históricamente la violencia
que se ha ejercido en la región ha sido por temas asociados al poder,
reflejando así su condición interpersonal.
Más allá de las discusiones sobre cómo los conceptos van cambiando
de época en época, lo cierto es que la violencia tiene la particularidad
de variar muy poco en su esencia; es prácticamente la misma en todos
los contextos. Pueden cambiar los actores, las motivaciones y las cir-
cunstancias, pero su naturaleza no varía sino de manera incremental,
es decir, solo puede cambiar en densidad o volumen: por medio de
la coacción (la capacidad que tienen unos para doblegar la voluntad
de otros), por medio del exceso, la imposición y la crueldad. Es el
medio racional por el cual los más fuertes paralizan, neutralizan o
aniquilan a sus enemigos u opositores para alcanzar una finalidad
determinada: agredirlos, acometerlos, simplemente porque representan
una amenaza a sus propios intereses. En el caso latinoamericano, esta
violencia presenta una particularidad importante: se ha ejercido en
espacios acotados (países, regiones, provincias), lo cual puede incidir
en su masividad, impacto e imagen, tanto adentro como afuera de
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 25
la región. Que los indicadores internos y externos de inseguridad
sean tan altos corresponde a una cuestión numérica, pero también a
percepciones que derivan de una realidad concreta.
Fernández Sebastián tiene razón al señalar que las diferencias
de apreciación surgen del simple hecho de que las pautas políticas,
económicas, morales o religiosas que fundamentan la valoración
de los sucesos han variado enormemente a lo largo del tiempo. El
teórico de la historia conceptual advierte que no ser conscientes de
esto puede llevarnos a incurrir en el pecado mortal del historiador:
el anacronismo, ya sea moral o cognitivo. Ignorar la historicidad de
los “marcos mentales” y de las fuentes históricas puede conducir a
interpretaciones erróneas, así como medir “todo por el mismo rasero”
(9). La violencia, sin embargo, tiene la particularidad de ser inmutable
en el tiempo, ya que solo puede crecer o disminuir dependiendo de la
fuerza que la contraponga. ¿Acaso no representan lo mismo, a pesar
de las diferencias temporales y contextuales, los degollamientos de
Juan el Bautista por Herodes, de Luis XVI por los revolucionarios
franceses y de James Foley por miembros del Estado Islámico en
2014? Si el problema radica en las representaciones y cómo estas
mutan a lo largo del tiempo, claramente estos hechos no difieren
entre sí, más allá de los involucrados y las realidades temporales y
espaciales en que ocurrieron.
Asimismo, Fernández Sebastián señala que “gracias a su visión
retrospectiva, el historiador percibe continuidades y discontinuida-
des insospechadas para los propios agentes” (ibid.). En este sentido,
¿qué sucede respecto a la violencia en América Latina? Si miramos
al pasado, es posible apreciar una línea a veces no tan interrumpida,
que comienza en las primeras sociedades prehispánicas, atraviesa los
tiempos coloniales y republicanos, hasta llegar a la contemporanei-
dad. No es sorprendente que los países con altas tasas de violencia
hoy en día hayan convivido con ella desde antes de la llegada de los
españoles, entre finales del siglo XV y comienzos del XVI. Es labor
del historiador identificar esas trayectorias temporales y rastrearlas
en el tiempo, con el fin de ofrecer respuestas a un presente que busca
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explicaciones en el pasado. Hoy, América Latina enfrenta momentos
complejos en materia de seguridad, y una mirada al pasado podría
contribuir no solo a una mejor comprensión de la realidad –evitando,
naturalmente, las “continuidades ficticias” que menciona el autor–,
sino también a demostrar que un problema persistente en el tiempo
no se puede resolver en plazos acotados.
En base a todo lo anterior, una alternativa para aproximarse funcio-
nalmente a la comprensión de la violencia en América Latina podrían
ser las tesis de Johan Galtung, las cuales permiten interpretar el presente
en perspectiva histórica y situarlo dentro de una línea temporal de
mayor duración, partiendo del supuesto de que los fenómenos socia-
les solo pueden ser comprendidos en su contexto espacio-temporal.
Este supuesto permite aplicar a la realidad latinoamericana los tres
conceptos de violencia propuestos por Galtung, los cuales mantienen
una relación simétrica a pesar de sus diferencias –que tienen que ver
fundamentalmente con su desarrollo temporal–, sustentando así
la hipótesis de esta investigación. En primer lugar, está la violencia
directa, entendida como un suceso, una suerte de coyuntura que
se produce en determinado contexto. En segundo lugar, aparece la
violencia estructural, que vendría a ser un proceso, con períodos de
paz y otros de cataclismo, con “altibajos”, como plantea el mismo
Galtung. Y, en tercer lugar, la violencia cultural, que es inalterable y
persiste en el tiempo, debido a la lenta velocidad con que se generan
los cambios culturales.
A través de la historia latinoamericana, es posible observar estos
tres tipos de violencia. La directa, reflejada en actos específicos, que
no necesariamente se producen en un contexto de violencia –en esta
categoría pueden entrar, en ese sentido, las matanzas obreras, que se
han generado en períodos de paz política–; la estructural, reflejada
en las múltiples luchas “facciosas” que se pueden identificar en la
historia regional, donde diversos grupos políticos han protagonizado
luchas en aras de alcanzar el poder, producidas cierto tiempo y con
las consecuencias que ya se conocen. Esta es la violencia que Galtung
ve que “deja marcas no sólo en el cuerpo humano, sino también en
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 27
la mente y en el espíritu” de las personas (153). Y, finalmente, la vio-
lencia cultural, que es la que “legitima” a las otras dos. Ahora, si bien
Galtung es reacio a emplear el concepto “cultura de la violencia”, no
es inviable proponer que la historia latinoamericana sea una síntesis
de esto último, donde la violencia se ha normalizado, y de paso sea
vista como un problema que no avizora un fin, precisamente por sus
raigambres históricas, culturales y antropológicas, que datan de los
tiempos que se tiene registro.
Esta investigación emplea el método longitudinal, ya que la vio-
lencia en la región no es un fenómeno reciente, sino que tiene raíces
profundas que se extienden desde los tiempos precolombinos hasta la
actualidad. Un enfoque longitudinal permitirá rastrear la evolución
de esta violencia a lo largo del tiempo, identificando patrones, causas
estructurales y culturales que han persistido y se han transformado.
Este método facilita el análisis de la continuidad y cambio en las
formas de violencia, revelando cómo los contextos históricos, polí-
ticos y sociales han influido en la violencia actual y cómo esta, a su
vez, sigue siendo influenciada por legados históricos. Al examinar la
violencia como un continuo histórico, se puede comprender mejor
su naturaleza multifacética y las dinámicas subyacentes que la per-
petúan, proporcionando una perspectiva más completa y profunda
sobre las estrategias necesarias para abordar y mitigar este problema
en la región.
Violencia en tiempos indoamericanos: la legitimación
cultural de la brutalidad
Si se mira la historia de América Latina, la violencia ha estado pre-
sente desde los tiempos más remotos. Los pueblos aborígenes ya la
practicaban desde mucho antes de la llegada de los españoles. Los
mayas, en Mesoamérica, generaban redadas para secuestrar a hom-
bres, mujeres y niños de pueblos vecinos, que luego sacrificaban a
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los dioses, y con cuyas cabezas pasaban el tiempo jugando a la pelota
(Coggins; Thompson). Los caribe, en las islas del Atlántico (Salas;
Helminen), y los aztecas, en el Valle de México (Díaz del Castillo;
Ortiz), realizaban verdaderas cacerías humanas contras otros pueblos
y ejercían el canibalismo, con el objeto de absorber las energías de sus
víctimas y hacerse más poderosos. Más al sur, en los Andes centrales,
los incas, cada vez que conquistaban un nuevo pueblo, tomaban
rehenes, los degollaban y exhibían sus cabezas cercenadas solo para
hacer sentir su poder y ejercer la dominación (Jákfalvi; Cerpa; Pease).
Esas demostraciones de poder se expandieron, en el caso de estos
últimos, hasta el sur del territorio chileno.
Cuando se produjo el contacto con los conquistadores españoles,
la violencia siguió presente, aunque con variaciones importantes. Ya
no se ejercía entre los mismos pueblos, sino que a partir de entonces
las fórmulas se multiplicaron: indígenas contra indígenas, indígenas
contra españoles y españoles contra indígenas, e incluso españoles
contra españoles (como el caso de Núñez de Balboa en Panamá,
quien fuera degollado por sus connacionales, acusado de traición a
la Corona), pero siempre impulsados por la necesidad de subyugar
y dominar al otro1. A decir verdad, no en todos esos contactos hubo
agresiones; también hubo pueblos que se aliaron a los castellanos,
estrechando lazos bastante cercanos con ellos. Un ejemplo de esto fue
Guacanagarí, el cacique más importante del Marién, quien construyó
una fuerte amistad con Colón, al punto de aceptar la construcción
del Fuerte Navidad en sus territorios, a finales de 1492 (Tejera). O
está también la relación que los mismos guaraníes establecieron con
los jesuitas en Paraguay tiempo después, en donde las misiones fue-
ron puntos de encuentro que generaron riqueza y prosperidad para
ambos grupos (Wilde).
1
El caso de Balboa es particularmente representativo, puesto que tenía una horda
de perros de pelea, con los cuales viajaba a todas partes, y que empleaba contra
los indígenas cuando se trataba de usurparles sus posesiones de oro (Quintana,
1830: 463).
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 29
Pero estas fueron excepciones, porque la regla fue más bien todo lo
contrario, al menos durante los primeros años, cuando se produjeron
los primeros contactos y resistencias de unos a ser dominados y de
otros de abandonar un territorio que consideraban propio, gracias a
las cláusulas reales y papales. Basta recordar las represalias que tomó
Colón con su otrora aliado indígena, una vez que los nativos des-
truyeron el fuerte español durante su ausencia (Nabel). Todo indica
que los aborígenes se levantaron contra los conquistadores, después
de que estos maltrataran y abusaran de sus mujeres, situación que
impulsó una furia generalizada encabezada por el cacique Caonabó.
El resultado fue la destrucción del Fuerte Navidad y la muerte de
casi todos los españoles apostados en la guarnición. La respuesta de
Colón fue brutal, causando un levantamiento indígena generalizado. A
partir de entonces, la relación entre unos y otros en las Antillas, estuvo
marcada por la violencia, la destrucción y la resistencia de pueblos
que se negaban al sometimiento, tanto militar como económico, por
parte de los conquistadores. La incineración de los indígenas vivos
y los cuerpos de los españoles dentro de ollas sobre fogatas fueron
constantes en esa primera violencia antillana.
En los polos de Indoamérica2, la situación no era muy distinta.
En México, los primeros encuentros entre las huestes de Cortés con
los indígenas locales no fueron las más pacíficas. Conocidas fueron
las matanzas de Cholula y la muerte de Moctezuma. El objetivo del
capitán español era llegar a Tenochtitlan, pero para eso era necesario
avanzar en el territorio. Antes de alcanzar ese propósito, los españoles
llegaron a Cholula, siendo recibidos por sus habitantes, a sabiendas de
que estos eran tributarios de los mexicas (Pimentel). Luego de ciertas
dudas, y bajo el rumor de que podían levantarse en contra de ellos,
Cortés decidió atacarlos preventivamente, asesinando a más de 5.000
personas. Una vez que los sometieron, los españoles emprendieron su
viaje a la capital imperial, donde en poco tiempo lograron conquistar
2
Término que hace referencia a la América Indígena, parafraseando al pensador
peruano Víctor Raúl Haya de la Torre.
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la ciudad, arrestar a su principal autoridad y someter el imperio que,
hasta entonces, se pensaba invencible. Cabe destacar que todo ese
proceso se desarrolló en un ambiente de violencia inusitada entre
ambos bandos (Duverger; Espino).
Una vez sometidos los mexicas, otro hecho que destaca fue la
matanza de Tóxcatl, también conocida como “la matanza del Templo
mayor”. No deja de llamar la atención que este hecho se produjo
durante una ceremonia religiosa que los nativos realizaban en honor
a los dioses Tezcatlipoca y Huitzilopochtli. El comandante español
Pedro de Alvarado, convencido de que estas ceremonias eran una
estrategia de engaño contra ellos, ordenó a sus hombres destruir el
lugar, asesinar a las personas que estaban dentro y dar una señal de
su poderío en el resto de la población que osara atentar contra ellos.
El cronista Miguel León de Portilla registró estos acontecimientos
de la siguiente manera:
Al momento todos [los españoles] acuchillan, alancean a la
gente y les dan tajos, con las espadas los hieren. A algunos les
acometieron por detrás; inmediatamente cayeron por tierra
dispersas sus entrañas. A otros les desgarraron la cabeza:
les rebanaron la cabeza, enteramente hecha trizas quedó su
cabeza. Pero a otros les dieron tajos en los hombros: hechos
grietas, desgarrados quedaron sus cuerpos. A aquéllos hieren
en los muslos, a éstos en las pantorrillas, a los de más allá
en pleno abdomen. Todas las entrañas cayeron por tierra. Y
había algunos que aún en vano corrían: iban arrastrando los
intestinos y parecían enredarse los pies en ellos. Anhelosos
de ponerse en salvo, no hallaban a donde dirigirse (León de
Portilla 81).
Algo relativamente similar sucedió unos años después en los Andes
centrales, primero entre los mismos incas que se enfrentaron en la
guerra de sucesión entre los partidarios de Huáscar y los panegíricos
de su medio hermano Atahualpa, que allanó el camino hacia el fin
del imperio incaico, y luego entre los indígenas y los españoles co-
mandados por Francisco de Pizarro. Previo a la conquista europea,
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 31
en el marco de los enfrentamientos civiles del pueblo incaico, ambos
bandos protagonizaron lo que la historia recuerda como “la matanza
de Cuzco”, donde se calcula que murieron más de 150.000 personas,
según las crónicas del Inca Garcilaso de la Vega. Estando en dicha
ciudad, detenido por las tropas de su medio hermano, Huáscar fue
obligado a presenciar la muerte de todos sus familiares. El odio y
el deseo de destrucción llegaron a un nivel tal que los soldados del
ejército atahualpista desenterraron los restos del Inca Túpac Yupan-
qui y lo quemaron en la plaza central de dicha ciudad. El triunfo
de Atahualpa fue efímero. Al poco tiempo de haber derrotado a sus
opositores, llegaron las huestes españolas y lo asesinaron en Cajamarca,
dando por terminados los conflictos civiles e iniciando el proceso de
conquista europea (De la Avecilla 85).
A pesar de las motivaciones religiosas, los primeros años de la
conquista de América estuvieron marcados por la violencia ejercida
por los ejércitos españoles contra los pueblos aborígenes que no se
dejaron dominar por fuerzas que consideraban invasoras. El triunfo del
poder hispánico y la posterior construcción de los cimientos coloniales
requirieron suprimir el poder que, hasta entonces, tenían los imperios,
culturas y comunidades indígenas. Y para lograr todo esto, el uso de
la violencia, ante un enemigo que se negaba a la rendición, era un
requerimiento fundamental. Si en algo se caracterizaron los pueblos
prehispánicos, fue precisamente por su condición de resistencia, a
pesar de la asimilación que los ejércitos españoles llevaron a cabo por
medio de la fuerza. La fuerza defensiva de unos y la fuerza ofensiva de
otros, en espacios geográficos particularmente limitados, generaron
relaciones de tensión que se vinieron a manifestar a finales del siglo
XVIII con los levantamientos indígenas y sociales que reaccionaron
contra un sistema que mostraba sus primeros agotamientos.
Que las raíces de América Latina estuvieran marcadas por la vio-
lencia estableció la pauta de lo que vino después. Galtung pensaba que
la violencia no se limitaba solamente a actos físicos directos, sino que
además podía manifestarse de forma más sutil e indirecta, por medio
de estructuras y sistemas sociales injustos, donde se perpetuaban las
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desigualdades y se privaba a las personas tanto de sus necesidades
básicas como de las oportunidades que pudieran recibir. “La violencia
se ha definido como la causa de la diferencia entre lo potencial y lo
efectivo”, por tanto, “la violencia es algo evitable que obstaculiza la
autorrealización humana”, señalaba Galtung, profundizando en la
idea de que los individuos sufren “realizaciones afectivas, somáticas y
mentales”, “por debajo de sus realizaciones potenciales”, a causa de la
situación que experimentan (Sobre la paz 35). En consecuencia, que en
estos primeros siglos se haya vivido tales niveles de violencia repercutió
directamente en los procesos sucesivos, no solo por las rupturas de
los lazos humanos, que generaron una desconfianza inexorable entre
las personas, sino también por la instalación de estructuras sociales y
económicas que potenciaron aún más esa desigualdad e injusticia que
derivaron en la violencia cultural que siguió con los siglos; culturas y
encuentros violentos consolidaron la posterior violencia estructural.
La violencia colonial: orígenes y perpetuación estructural
Una vez consumado el triunfo de los conquistadores, se inició el
proceso de instalación colonial, el cual tampoco estuvo exento de
violencia. Por una parte, la dominación española supuso el empleo
de la fuerza para controlar los territorios, someter a las poblaciones
indígenas y cumplir las tareas que la Corona les había impuesto:
establecer y asegurar la soberanía territorial en el “nuevo mundo”,
obtener la mayor cantidad de riquezas minerales y, paradojalmente,
evangelizar a los nativos en la fe cristiana (Rivera). Y, por otra, la
permanente resistencia que ejercieron los indoamericanos contra la
institucionalidad española (Izard y García): primero los aborígenes que
se negaban al sometimiento, a los abusos y a la explotación laboral, y
luego los criollos y grandes caciques que, a mediados del siglo XVIII,
no toleraron más el peso de las reformas borbónicas y la imposibilidad
de gobernar sus propios destinos, respondiendo con violencia contra
las autoridades. Cabe destacar que ambas formas de oposición fueron
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 33
duramente castigadas por las instituciones castellanas y su máxima
expresión fue el proceso de “reconquista” que devino luego de los
gritos de independencia, a comienzos del siglo XIX.
En general, la capitulación de los pueblos indígenas se produjo
por medio de la violencia. No era de esperar, pensando que estos no
se supeditaron tan fácilmente a las huestes españolas; la pelea que
dieron, negándose a la rendición, no ofrecía otra alternativa. Pero el
poder de las armas y el conocimiento táctico militar de europeos les
permitió vencer a sus enemigos y subyugarlos no solo para doblegar
su voluntad y limitar sus acciones o posibles respuestas, sino también
para subyugarlos y engancharlos, tanto en los lavaderos y minas
como en las chacras que, con el tiempo, fueron emergiendo en cada
uno de los nuevos asentamientos que se iban fundando (Cáceres
89). La mano de obra indígena era indispensable para alcanzar los
objetivos económicos de las empresas europeas. Esta situación se
tornó compleja, al punto de que, en su primera carta pastoral en
la Ciudad Real, con fecha 20 de marzo de 1545, Bartolomé de las
Casas les exigió a los vecinos que denunciaran todos los delitos que
se cometieran contra los indígenas, ya sea explotación, abusos con
la tasación de los tributos o cualquier otra falta a su dignidad; en
sus palabras, “todo lo cual toca y pertenece a ser opresas afligidas y
menoscabadas estas gentes”. Quien lo hiciera, corría el riesgo de ser
excomulgado. El obispo señaló:
E si sabéis o habéis oído decir, o es fama dello, que las mise-
rables personas, como son los indios naturales destas tierras
e provincias o otras personas viudas, huérfanos y pupilos,
todos los cuales son de nuestro fuero y jurisdicción, han sido
y son opresas y agraviadas, usurpándoles su […], poniéndoles
miedos o amenazas, o poniendo manos en ellos porque no se
vengan a quejar ante nos o ante la justicia [sic]. (Vargas 411).
Sin embargo, la violencia no fue algo exclusivo de europeos contra
indígenas; también es posible determinar que la relación entre estos
últimos y los esclavos afrodescendientes no fue la más auspiciosa. Ante
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los abusos laborales que se cometían, marcados muchas veces por la
agresión física, el Fray Pedro de Gante, de la orden franciscana que
vivía en Nueva España, desnudó cómo eran las relaciones sociales que
se escondían detrás de las encomiendas y servicios de personas. En
carta al rey Carlos, y fuertemente impulsado por razones evangélicas,
Fray Pedro le señaló a mediados del siglo XVI: “porque sepa Vuestra
magestad que los yndios de servicio son esclavos de los negros y assi
los mandan e gastigan como el propio amo [sic]” (Vargas 406). De
acuerdo con Aram y Andrade, estas realidades habrían sido constantes
durante los primeros años de la colonia (130).
Pero con el sistema monárquico ya establecido, la violencia no
desapareció, solo cambió de forma y de sentido. Ya no era el instru-
mento que se empleaba para imponer un proyecto político sobre otro,
sino uno destinado a limitar cualquier intento de oponerse o destruir
lo que se estaba construyendo. Una muestra de esto pueden ser las
alianzas que se generaron entre europeos e indígenas, a quienes se
les conoció con el nombre de “indios amigos” (Gabbert). El objetivo
de uno y otro bando era proteger sus propios intereses, ya sea contra
amenazas europeas o bien indígenas. Basta con recordar las relaciones
entre los tupí-guaraníes con los portugueses para resistir los ataques
de otros pueblos aborígenes. O el caso de aquellos que, en la Nueva
España, se acercaron a los españoles para combatir a los pueblos que
venían del norte, principalmente los apaches, que destruían todas las
aldeas en las incursiones que hacían hacia el sur.
En términos generales, entre los siglos XVII y XVIII es posible
apreciar una suerte de estabilidad en la región; algo que algunos
especialistas han llamado la “pax colonial” (Schroeder). Durante
ese tiempo, el poderío español logró establecer un sistema rígido
que no dio espacios para grandes revoluciones o levantamientos que
amenazaran su integridad; las que hubo, en realidad no superaron los
límites locales ni se transformaron en grandes referencias que pudieran
inspirar a otros a generar levantamientos más amplios. De hecho, las
reformas borbónicas venían a reafirmar ese triunfo alcanzado en los
tiempos de la conquista, y que se mantuvo gracias a la organización
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 35
política y militar de la monarquía española, a pesar de los problemas
que esta enfrentaba en Europa y en la misma América, a propósito de
la pérdida de control territorial e institucional. Pero todo comenzó a
cambiar a mediados del siglo XVIII, cuando la monarquía subió los
impuestos y reestructuró todo en términos administrativos, con el
único propósito de controlar mejor los destinos americanos (Kuethe
y Andrien). Eso causó una serie de cuestionamientos por parte de los
criollos y mestizos que reclamaban más y mejores niveles de libertad
y participación política3. La respuesta de la corona española fue,
nuevamente, la violencia, dirigida contra aquellas personas o grupos
que pusieran en riesgo los intereses reales.
Uno de los casos más emblemáticos de este contexto se produjo
en el Virreinato del Perú, cuando Tupac Amaru II se levantó contra
el sistema monárquico a finales del siglo XVIII. Luego de enjuiciar y
ejecutar al corregidor de Tinta, Antonio de Arriaga, eliminó el sistema
de repartos mercantiles y puso fin a la obligación de los pobladores
de trabajar en la mita de Potosí, donde se cometían abusos y vio-
lencias contra los indígenas mineros. Este indígena de origen noble,
una vez apresado por haberse levantado contra el sistema político y
económico real, fue obligado por las autoridades españolas a mirar
la ejecución de su esposa y de varios familiares; y, antes de morir, se
le cortó la lengua y ataron a sus extremidades a cuatro caballos, con
el propósito de descuartizarlo. Como esto último no resultó, fue
decapitado en la plaza central del Cusco, en mayo de 1781. Pero la
historia no terminó ahí. Sus verdugos también quemaron parte de
su cuerpo y repartieron su cabeza, brazos y piernas entre los otros
líderes revolucionarios, adjuntando también partes desmembradas de
3
Al poco tiempo, el rioplatense Vicente Fidel López escribía a propósito de las
autoridades españolas: “Todas las vergüenzas de la miseria y del atraso parece
que se hubieran dado cita para condensarse sobre la cabeza decrépita de este
rey infeliz, sobre quien diríase que la Providencia hubiera querido hacer pesar
el castigo que merecían las torpezas y los abusos con que sus antecesores habían
ejercido el poder absoluto, profesado el fanatismo religioso y usado la fuerza
contra los sacrosantos derechos de las libertades humanas” (274).
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su esposa, hijo y otros parientes, todo esto con la finalidad de sembrar
el temor y obligar a los rebeldes a claudicar (Carreño-Collatupa).
En el marco de esta rebelión indígena, se produjeron varios hechos
de violencia local, perpetrados por ambos bandos. A comienzos de
1781, hubo dos acontecimientos que evidencian cómo reaccionaron
los grupos involucrados. El 27 de febrero de ese año, los rebeldes del
Alto Perú, en respuesta a la ejecución de Tomás Katari, uno de sus
líderes, apresaron y masacraron a miles de personas en la localidad de
Chuquisaca, entre los cuales había hombres, mujeres y niños, así como
también algunos religiosos. Unos meses después, el 15 de abril, las
tropas españolas que se dirigían al Callao se encontraron con algunos
indígenas que los insultaban a la distancia. Una vez que entraron en
el pueblo de Santa Rosa, el comandante a cargo ordenó que todos
los hombres fueran a la plaza, y estando todos reunidos allí, decidió
matar a un quinto de ellos con el único afán de escarmentar a los
rebeldes. Lo que no midió el oficial español, fue que esto alimentó
el odio de los indígenas, que continuaron sus ataques a las huestes
virreinales (Andrade).
El levantamiento de Tupac Amaru II fue uno de los más im-
portantes en este período de la historia latinoamericana, por sus
consecuencias tanto políticas como sociales. Además de los cientos
de muertos –algunos, incluso, hablan de miles de asesinados–, las
autoridades españolas decidieron una serie de medidas que evitaran
nuevos movimientos: prohibieron el uso del quechua, de ornamenta-
ciones incaicas y de todas las manifestaciones culturales que, hasta ese
momento, desarrollaban los pueblos nativos (hasta los Comentarios
Reales de Garcilaso de la Vega fueron sacados de circulación); los
títulos de nobleza indígenas fueron abolidos, se creó la Audiencia
del Cuzco para aumentar el control territorial y se formó un ejército
virreinal con más de cincuenta mil hombres, con el propósito de
cuidar el orden colonial, a través de mecanismos institucionales. Esta
magnitud ha hecho que varios historiadores consideren este hecho
como uno de los más determinantes para explicar los movimientos
independentistas (Walker).
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 37
Esta rebelión política y local no fue la única del siglo XVIII. En
1723, los araucanos de la capitanía general de Chile se levantaron
contra el orden español, asesinando incluso al “capitán de amigos”
Pascual Delgado. Este conflicto terminó tres años después, con el
parlamento de Negrete4 y, casi dos décadas más tarde, en 1742, Juan
Santos Atahualpa hizo lo suyo contra el virreinato del Perú, todo
con el afán de derrocar al poder hispánico y restaurar el imperio de
los incas en los Andes Centrales. Rápidamente, el apoyo de otras
comunidades de las selvas de Ashaninka y Yenesha, como también
de las fuerzas británicas que por entonces navegaban por el Pacífico,
se plegaron a la lucha. Por más de una década, los departamentos de
Huanuco, Junín, Pasco y Ayacucho vieron la violencia que españoles
e indígenas se propinaban mutuamente. Algo muy similar sucedió
con la rebelión de los guajiros en la gran Colombia, entre 1769 y
1776. Estos indígenas, ante los abusos cometidos por los españoles,
decidieron levantarse contra el sistema y llevar adelante una revolución
que le causó un enorme daño al virreinato. No obstante, no pudieron
superar a las fuerzas reales y, cuando estas iniciaron el contraataque,
los reprimieron a tal nivel que casi los exterminaron.
Si se mira en perspectiva, es posible sostener la hipótesis de que la
época colonial fue bastante menos sanguinaria que las precolombinas
y de conquista. En ello, pudieron confluir dos factores: por un lado,
la maquinaria política y militar de la monarquía española neutralizó
con su poder cualquier amenaza al orden colonial, preservando el
statu quo. Todas las rebeliones, de hecho, o fueron rápidamente
aplacadas o no lograron convocar la cantidad necesaria de hombres
4
En sus “Crónicas” sobre La Araucanía, Horacio Lara (92) hace toda una
descripción de este caso, señalando que Delgado era conocido por violentar
permanentemente a los indígenas que trabajaban para él. En un momento de
descuido, se levantaron contra él y lo mataron con alevosía. Esos relatos después
los recoge el historiador Barros Arana: “el capitán de amigos era un individuo
llamado Pascual Delgado, que se había atraído el odio de los indios por la arro-
gante soberbia con que los trataba y por los castigos crueles y arbitrarios que les
infligía” (34).
38 MERIDIONAL Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos 23, octubre 2024-marzo 2025
para poner en jaque el poder hispánico. Por otro lado, como las
instituciones españolas lograron asimilar las culturas locales por
medio de la educación y la fe católica, se configuró un clima social
que oscilaba entre las buenas relaciones y la efectividad de los abusos
laborales y políticos hacia una población que no veía opciones para
torcer la voluntad de su enemigo. Pero más allá de estas hipótesis, la
violencia ejercida durante este período no solo sirvió para reprimir
cualquier acto de resistencia, sino también para fortalecer un sistema
que lo evitara y mantuviera el orden colonial bajo un control férreo
por parte de las autoridades reales.
Teniendo a la vista estos antecedentes históricos, la violencia ejer-
cida por los poderes virreinales no solo prolongó sino que también
potenció un sistema de violencia que se había formado desde mucho
antes de la llegada de los europeos. Es decir, la combinación entre
la violencia precolombina y colonial contribuyó a la conformación
de una violencia cultural, que terminó produciendo una violencia
estructural que se va a mantener en el tiempo, y que cruzará los dos
siglos siguientes. La instauración de las instituciones hispánicas y la
permanencia de las culturas locales, dilataron antiguas divisiones y
generaron otras nuevas divisiones sociales entre los individuos, una
realidad que explicaría –según las tesis de Galtung– el tipo de vio-
lencia que se producirá después, sobre todo en los tiempos republi-
canos, donde la violencia sería más bien de tipo directa y practicada
por entonces, entre los distintos grupos que se disputarían el poder
hegemónico, por medio de ataques físicos y también psicológicos,
en múltiples dimensiones y manifestaciones a lo largo de los siglos
siguientes.
La violencia emancipadora
La época contemporánea o republicana en América Latina co-
menzó con un proceso independentista que solo se logró a través
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 39
de la violencia. Y la razón era evidente: la monarquía española no
iba a renunciar tan fácilmente a sus colonias americanas, tal como
lo sostiene la tesis de Costeloe, mientras que los patriotas no iban
a desistir con sus pretensiones emancipadoras. La vehemencia se
puede apreciar desde los albores del proceso, con los primeros gritos
de independencia. Sin embargo, todo se recrudeció con el inicio de
la reconquista, cuando los españoles se apropiaron nuevamente de
América, encarcelando, maltratando e incluso asesinando a todos
los “desleales” que habían participado en dichos procesos políticos.
Sin embargo, con el refortalecimiento de los ejércitos patriotas y el
debilitamiento de una monarquía cada vez más pobre, solitaria y
hostil en el escenario internacional, la recuperación de los territorios
también se hizo por medio de la represión. Era indispensable castigar
a los realistas o “gachupines” que habían colaborado contra la causa,
incurriendo nuevamente en la violencia; la sed de venganza había
motivado a todos los bandos durante esta época, como lo demuestran
las obras de los mexicanos José María Luis Mora y Lucas Alamán,
y del venezolano Simón Bolívar, quien manifestó en una de sus
proclamas de 1813: “españoles y canarios: contad con la muerte,
aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la
libertad de Venezuela. Americanos, contad con la vida, aun cuando
seáis culpables” (Bolívar 4).
En estos primeros años, la violencia de unos contra otros se puede
apreciar en múltiples ejemplos. Destaca en ese contexto, el destierro
de decenas de patriotas chilenos a la Isla Juan Fernández, en 1814, a
quienes no se les perdonó la traición que le habían cometido al rey
mientras estuvo en cautiverio. Entre los exiliados figuraban hombres
clave de la política nacional, como Manuel de Salas, Francisco de
la Lastra, Mariano Egaña, Manuel Blanco Encalada, Ignacio de la
Carrera y José Ignacio Cienfuegos. En otras partes, los patriotas co-
rrieron menos suerte (Blanco Fombona 447). Un caso emblemático
fue la “guerra a muerte” de 1812 en Venezuela, donde las masacres
de Domingo de Monteverde contra los rebeldes son recordadas por
su crueldad (Díaz); o el sitio de Cartagena de Indias, entre agosto y
40 MERIDIONAL Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos 23, octubre 2024-marzo 2025
diciembre de 1815, cuando el general Pablo Morillo atacó la resis-
tencia patriota con un poder de fuego bastante superior. El resultado
de todo esto fue el restablecimiento del Virreinato del “Régimen del
Terror”, según recuerda la historiografía local, encargado de perseguir,
sentenciar y dar muerte a todos los cabecillas de la insurrección de
Santa Fe de Bogotá (Rodríguez). Desde entonces, el proyecto de las
Provincias Unidas de la Nueva Granada se desplomó completamente.
Pero la reacción de los patriotas contra los realistas no fue menos
violenta. Conocidas son las andanzas del cura Miguel Hidalgo en
Guadalajara, cuando ordenó que cientos de españoles fueran “pasados
a cuchillo”, a finales de 1810 (Robinson 14). Asimismo, otro hito
importante en este sentido fueron las masacres perpetradas por Sucre
en el pueblo de Pasto, el 24 de diciembre de 1822. También recordada
como la “Navidad negra”, en esta localidad fronteriza entre Colombia
y Ecuador, cerca de quinientas personas, mayoritariamente indígenas,
fueron asesinadas por el ejército patriota, por órdenes directas de
Simón Bolívar. Las tropas comandadas por Sucre reprimieron a la
población local no solo por su adherencia a la corona, sino también
para castigarlos por haber apoyado al cacique Agualongo y al coronel
hispanista Benito Bove en el levantamiento realista que tuvo lugar
en dicho pueblo (González 60). Volviendo al caso chileno, destaca el
trato que le propinaron los soldados chilenos a los realistas mientras
los perseguían por Chiloé, durante su huida del territorio nacional
(Vicuña Mackenna).
La paz no llegó con la instalación de las nóveles repúblicas ni con
los primeros ordenamientos constitucionales; ni la justicia pudo con
una violencia que parecía desatada. El siglo XIX fue un siglo mar-
cado por los enfrentamientos civiles entre fuerzas ideológicamente
opuestas, que se disputaban la administración y los destinos de los
nuevos Estados. Estas luchas, protagonizadas principalmente por
liberales y conservadores, tenían varios ribetes: geográficos, por cuanto
ambos discutían si los sistemas tenían que ser federales o centralis-
tas; económicos, poniendo en disputa si se abrían o no al mercado
internacional, primero con Francia e Inglaterra y luego con Estados
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 41
Unidos; religiosos, con fuertes debates sobre la presencia de la Iglesia
en los asuntos públicos; educacionales, culturales e incluso artísticos.
La violencia de estas guerras civiles, que prácticamente cruzó toda la
centuria, llegó a un nivel de fraccionamiento tal, que hubo proyectos
políticos que estuvieron a punto de fracasar.
Por otra parte, las guerras civiles cruzaron todo el siglo XIX, co-
menzando con las mismas luchas de emancipación, que tuvieron un
carácter esencialmente fratricida. No fueron sino criollos y mestizos
enfrentados entre sí, enrolados por grupos de la sociedad que perse-
guían objetivos disímiles, a excepción de aquellos cuerpos militares
enviados por la Corona, cuya misión era repeler el levantamiento de
sus súbditos. Incluso Chile, un caso excepcional a nivel latinoameri-
cano por su orden y estabilidad (Williamson), experimentó diversos
enfrentamientos civiles desde 1813 hasta 1891, cuando las fuerzas del
gobierno del presidente Balmaceda fueron derrotadas por las fuerzas
parlamentaristas. No así México, Venezuela, Colombia o Argentina,
que vivieron conflictos internos permanentes, que pusieron en grave
peligro los proyectos nacionales que se estaban construyendo, como
la “guerra de la Reforma” en México, que cobró más de 200.000 vidas
entre 1858 y 1861; los enfrentamientos civiles en Colombia que, entre
1812 y 1886, experimentó una serie de hechos de alcance nacional,
que dejaron un saldo de 150.000 muertos; o las “guerras federales” en
Venezuela, también conocida como “la guerra de los cinco años”, con
casi 300.000 bajas. Menos sanguinarios, pero igualmente largos, fueron
los conflictos que se produjeron entre las provincias argentinas, que
solo se subsanaron en 1880 con la “federalización” de Buenos Aires.
Detrás de estas guerras civiles se escondía otro fenómeno ge-
neralizado en la región: la existencia de ciertos regímenes políticos
que actuaron con permanente vehemencia, especialmente contra
sus opositores o toda persona que intentara poner en riesgo su he-
gemonía. En ese contexto, destacaron casos como el de José Gaspar
de Francia en Paraguay, quien no dudó en poner horcas en la plaza
pública para castigar a todos sus enemigos (Rengger). O el del mis-
mo Juan Manuel de Rosas, gobernador de la Provincia de Buenos
42 MERIDIONAL Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos 23, octubre 2024-marzo 2025
Aires desde 1835 hasta 1852, cuando fue derrotado por los liberales
en la batalla de San Nicolás de los Arroyos. En efecto, el también
recordado como “restaurador de las leyes”, destaca en la historia
regional por haber liderado “La mazorca”, una unidad policial que
reprimía a todos los opositores a su régimen, y que Domingo Faustino
Sarmiento inmortalizó en su famoso Facundo. De hecho, el mismo
Rosas es recordado por haber promovido consignas como “¡Viva la
Confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes asquerosos inmundos
unitarios!” y “¡Muera el loco traidor salvaje unitario Urquiza!”5. En
ese mismo nivel estaban Antonio López de Santa Anna, en México, y
Rafael Carrera, en Guatemala, quienes tampoco desestimaron tratar
con sumo ímpeto a sus opositores políticos.
Las guerras de independencia en América Latina derivaron en
dos grandes contradicciones. En primer lugar, alcanzaron la libertad
respecto a España, pero no respecto a sí mismas. Las nuevas repúblicas
no lograron establecer sistemas políticos que le dieran estabilidad a las
naciones en el tiempo, en base a la libertad, salvo algunas excepciones,
como Chile y Uruguay. En segundo lugar, el carácter fratricida de estas
luchas, que enfrentaban a americanos contra americanos, produjo una
herida de la cual fue imposible sanarse en materias de convivencia
social. Solo en México, más de 600.000 personas murieron durante el
proceso emancipador, lo que representaba aproximadamente un 10%
de la población de aquel entonces (Bernecker). Por eso no es extraño
que, a lo largo de todo el siglo XIX, todas las repúblicas se vieran
subsumidas en constantes conflictos internos y civiles, que no cesaron
durante toda la centuria, continuando incluso durante el siglo siguiente.
Subsumidos en una cultura marcada por la violencia política, los
patriotas vieron que la única forma de librarse del yugo español era por
medio de la fuerza, sustentada en el derecho de la autodeterminación
5
Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Documentos oficiales relativos a la
continuación del Exmo. Señor General D. Juan Manuel de Rosas, en el gobierno
de la provincia de Buenos Aires y en el mando del Supremo de la República,
Imprenta Americana, Argentina.
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 43
que los padres fundadores venían propagando desde hace años. Pero
con la República, la violencia no cesó. Por el contrario, se mantuvo
persistentemente a lo largo de toda la centuria, evidenciando que este
problema se había tornado estructural (las guerras de independencias
surgieron como guerras civiles y estas se perpetuaron en el tiempo sin
cesar). Esto explica por qué, a pesar de vivir en una época dominada
por el pensamiento liberal, las instituciones republicanas y el deseo
permanente de la paz, la violencia directa se mantuvo indemne a
través del tiempo. Todo indica que la cultura y las estructuras solo
habían cambiado de forma, porque el objetivo de destruir todo tipo
de oposiciones fue una variable constante a través del tiempo.
Un siglo xx de turbulencia persistente
La violencia de los siglos precedentes continuó con la misma vehemen-
cia durante el siglo XX. La democratización que habían prometido
los liberales en el siglo anterior, y que fue nuevamente analizada en
los tiempos del centenario, no redujo los niveles de virulencia que se
venían dando a través de la historia. Ni el acceso de las clases medias a
la política, ni el fortalecimiento institucional que se comenzó a dar en
esta nueva época, evitaron que los grupos que buscaban hegemonizar el
poder entraran en conflicto. La tendencia regionalista, endógena y civil
de la violencia latinoamericana se mantuvo de forma inalterable. A lo
largo del siglo XX, se verán tres manifestaciones relativamente claras:
durante la primera parte de la centuria, la violencia se dio entre el Estado
y los movimientos sociales que reclamaban por mayor justicia social.
Luego, ya enmarcados en la Guerra Fría, la violencia que se produjo
entre los movimientos de izquierda revolucionaria y los sectores que
se le opusieron en su camino al poder. Ya para finales del siglo, se pasó
de la violencia política a la criminal organizada, que se ha mantenido
como la fuerza rectora en el nuevo milenio.
Durante los primeros treinta años del siglo XX, la mayoría de los
hechos de violencia se produjeron entre el Estado y los movimientos
44 MERIDIONAL Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos 23, octubre 2024-marzo 2025
sociales que exigían no solo una mayor democratización del espacio
público, sino también mejores condiciones laborales, requisitos fun-
damentales para alcanzar el progreso que tanto se anhelaba desde el
siglo anterior. En este sentido, entre los múltiples hitos destacan la
matanza de la Escuela de Santa María, en la ciudad de Iquique, en
Chile, donde miles de trabajadores provenientes de las salitreras bajaron
hasta el puerto para reclamar por el aumento de los precios, la deva-
luación del peso y mejoras salariales. La respuesta del Estado, aquella
mañana del 21 de diciembre de 1907, fue reprimir a los huelguistas
a fuego de metralla, causando la muerte de cientos de ellos (Devés).
Algo similar ocurrió en Colombia, a finales de 1928, cuando miles
de trabajadores del banano pertenecientes a la United Fruit Company
se levantaron en huelga en el municipio de Ciénaga, Magdalena,
buscando mejoras en sus condiciones de trabajo. El gobierno del
Presidente Abadía Méndez, presionado por Estados Unidos, oprimió
al movimiento social, causándole la muerte a miles de trabajadores
(Gaitán). Hechos parecidos ocurrieron en México (matanza de Río
Blanco en 1907), Argentina (la “semana trágica” en 1919) y Ecuador
(matanza de Guayaquil, en 1922), por mencionar algunos.
Ahora bien, el descontento social no solo se produjo en materias
laborales: también se dio en el ámbito político-institucional. Tal vez
el caso más emblemático de este contexto fue la revolución mexicana
de 1910, que explotó para derrocar al presidente Porfirio Díaz, cuyo
mandato venía continuándose desde 1876. Como suele suceder en todas
las revoluciones, la violencia desplegada por el movimiento indígena
y campesino no fue espontánea, o al menos así lo evidencia el “Plan
de San Luis”, documento difundido por Francisco Madero, en el cual
se llamaba a tomar las armas contra las autoridades. Cabe destacar
que esas mismas armas le dieron muerte a él y a su vicepresidente José
María Pino el 22 de febrero de 1913. Además, fueron esas mismas
armas las que causaron la masacre de Rodolfo Fierro, oficial de las
tropas villistas, quien había asesinado antes a decenas de prisioneros
del bando enemigo y que Martín Guzmán inmortalizó en su obra
La fiesta de las balas. Y también fueron esas las armas involucradas la
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 45
“masacre de chinos” en 1911, en el pueblo Torreón, Coahuila, donde
murieron más de 300 asiáticos, contando hombres, mujeres y niños,
simplemente porque alguien rumoreó que ellos estaban con el gobierno
de Díaz; así como en la “batalla de la ciudadela”, en febrero de 1913,
también conocida como “La decena trágica”, donde fueron asesinados
decenas de civiles en la Ciudad de México (Amaya).
La violencia en México no cesó en el tiempo. Cuando se pensó
que el proyecto revolucionario comenzaba a institucionalizarse, estalló
lo que la historia recuerda como la “guerra cristera”, que no fue otra
cosa que un enfrentamiento civil motivado por razones ideológicas.
Entre 1926 y 1929, los cristianos se negaron a reconocer la “Ley
Calles”, que básicamente establecía límites y controles al culto cató-
lico en todo el territorio nacional. La relación entre este hecho y la
revolución era absoluta. La Constitución de 1917 había negado la
personalidad jurídica de la Iglesia, prohibido la participación del clero
en los asuntos públicos y la posesión de bienes raíces. La respuesta de
los cristianos no fue pacífica; respondieron con vehemencia no solo
contra las fuerzas federales, sino también contra todos los enemigos
de la fe, entre los cuales se encontraban, incluso, profesores rurales
formados por la revolución6. Por su parte, el poder del Estado no tuvo
piedad contra los cristeros, asesinando a miles de hombres, mujeres
y niños, religiosos y religiosas. Entre los 250.000 muertos que pro-
dujo este enfrentamiento, destacan los casos de Toribio Romo, Sabás
Reyes y el niño José Santos del Río. Si bien todo se fue apaciguando
desde 1929, a la década siguiente hubo varios intentos de reavivar el
conflicto (Vázquez y Messori).
La revolución mexicana y la guerra contra los “cristeros” anunciaron
cómo serían los conflictos que surgirían después, en los tiempos de
6
En Vázquez y Messori se presenta un relato de un feligrés católico que justifi-
caba sus acciones en la justicia: “Violencia en ese tiempo, ¿no? Pero a nadie le
podía prohibir defenderse, como derecho de defensa, es decir: no atacar, pero
sí defenderse. Pero ya a la hora del pleito, pues, ¿yo voy a esperar a que tú me
tires primero? No” (151).
46 MERIDIONAL Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos 23, octubre 2024-marzo 2025
la Guerra Fría, producto de una excitación total entre los distintos
bandos que se disputaban el orden político de los distintos países. Si
hasta entonces la violencia se había producido por grupos que busca-
ban llegar al poder, sustentándose en algunos elementos ideológicos
(el binomio tradicional de liberales y conservadores), a partir de esta
nueva época el objetivo será el mismo, pero esta vez acompañado
de los paradigmas que se disputaban el orden mundial. Por tanto,
sus causas, desarrollos y consecuencias iban a tener un carácter más
amplio y absoluto. Estados Unidos y la Unión Soviética no se darían
tregua y apoyarían distintos movimientos políticos con el único afán
de que su contrincante no ganara terreno en América Latina. Por eso,
los primeros apoyaron golpes militares como el venezolano de 1948,
el brasileño de 1964 y el chileno de 1973, entre otros, mientras que
los segundos hicieron lo mismo con los comunistas cubanos en 1959
y los sandinistas nicaragüenses a mediados de 1979, como también
apoyaron gobiernos que llegaron democráticamente al poder pero
que rápidamente derivaron en profundas crisis sociales, políticas y
económicas, porque la vía institucional solo era parte de una estrategia.
Durante los 1970 y los 1980 la violencia estaba generalizada en
la región, tal vez con algunas excepciones como México y Venezuela,
que tuvieron sus propios problemas internos (México enfrentando los
primeros desafíos con los nacientes cárteles de la droga). Las dictaduras
de derecha apoyadas por Estados Unidos derrocaron a los regímenes
de izquierda y luego persiguieron a miles de opositores políticos, a
través de todos los mecanismos que habían aprendido de la Doctrina
de Seguridad Nacional propulsada por Estados Unidos. Luego, con
el propósito de que sus opositores no pudieran iniciar una resistencia
en la región, formaron lo que se conoció como el “Plan Cóndor”,
proyecto de cooperación entre los regímenes militares destinado a la
persecución de todas las disidencias políticas de izquierda. En cada
uno de estos procesos, las distintas policías secretas, como la DINA
en Chile, la SIDE en Argentina o la PTC en Paraguay, jugaron un
papel decisivo en la construcción y consolidación de estos proyectos
políticos (Kuhne).
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 47
Los movimientos de izquierda, por su parte, no fueron menos
violentos. Los castristas en Cuba, las FARC en Colombia y los san-
dinistas en Nicaragua, por mencionar algunos, actuaron de la misma
manera contra sus opositores políticos. A excepción de las FARC,
los revolucionarios cubanos y nicaragüenses llegaron al poder de
manera ilegítima, empleando una violencia inusitada contra todos
sus enemigos ideológicos; lo hicieron a través de las armas, mas no
de forma democrática y, una vez arraigados en el poder, reprimieron,
persiguieron y forzaron la salida de muchos hombres y mujeres por
el solo hecho de pensar distinto. Sin ir más lejos, el mismo Fidel
Castro, un poco antes de morir, y a propósito de algunas matanzas
producidas en el 2003, señaló: “la revolución cubana fue puesta en el
dilema de proteger la vida de millones de compatriotas, sancionando
con pena capital legalmente establecida” (Castro s/p). Un elemento
común de este tipo de violencia, como lo menciona el filósofo chileno
Jorge Millas, es que siempre se hacen “en nombre de la humanidad”,
solo para justificarla ante la opinión pública. La sensatez de Ernesto
Guevara ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, en 1964,
representa con claridad todo este proceso: “Es una verdad conocida y
la hemos expresado siempre ante el mundo. Fusilamientos, sí. Hemos
fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario.
Nuestra lucha es una lucha a muerte” (cit. en Glasman 212).
Poco a poco, el proceso revolucionario se amplió hacia Centro-
américa. Con la Unión Soviética viviendo su momento de gloria e
invadiendo Afganistán; con Estados Unidos lamentando su derrota en
Vietnam y debilitado internacionalmente; con Cuba y los soviéticos
apoyando la causa sandinista en Nicaragua; con Colombia subsumida
en un conflicto interno contra los cárteles y las guerrillas; además de
una crisis económica generalizada y de grandes proporciones. Todo
esto allanó el camino para intensificar la lucha revolucionaria en el
centro del continente americano. Ya no era solamente Nicaragua:
rápidamente cayeron en este proceso El Salvador, Honduras y Ni-
caragua. La guerra civil que se desató entre las fuerzas guerrilleras
apoyadas por la URSS y Cuba y las tropas apoyadas por Estados
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Unidos –como “los contra” en Nicaragua– llevaron a la región a
una crisis significativa, que produjo miles de muertos y desplazados
(Armijo Canto y Toussaint). Entre los tantos hitos que ocurrieron
en este proceso, destacan el asesinato del obispo salvadoreño Óscar
Romero, en manos de guerrilleros mientras celebraba misa el 24 de
marzo de 1980; y la masacre de “Las dos erres”, pueblo ubicado en
el departamento de La Libertad, en Guatemala, donde murieron
más de 200 campesinos en manos del ejército nacional. Con más de
200.000 muertos y 50.000 desaparecidos, este enfrentamiento civil
fue uno de los últimos de la Guerra Fría en América Latina (Vela).
Pero, con el retorno de la democracia en América Latina, la violencia
tampoco terminó. Además de los últimos resabios ideológicos –como
el asesinato del senador chileno Jaime Guzmán, las causas senderistas
o tupacamaristas en Perú–, se visibilizaba otra forma de violencia que
ya no sería ideológica –como se había producido desde los tiempos de
la independencia en adelante– sino más bien económica y motivada
por grupos no estatales que operaban fuera de la ley, con el objetivo
de cooptar al Estado, sin destruirlo. Primero, Pablo Escobar y luego
las FARC en Colombia (Cañón), y Miguel Ángel Félix Gallardo en
México inauguraron una época de violencia que prácticamente se ha
mantenido hasta el presente, con cárteles de la droga dominando el
mercado ilícito, minando las estructuras institucionales y regando sus
respectivas naciones con miles de personas asesinadas, básicamente
con la misma dinámica de antaño: conflictos civiles, vehementes y
con un foco endógeno de grandes proporciones.
Durante el siglo XX, se mantuvo la tendencia del siglo anterior:
una violencia directa motivada por patrones que, hasta entonces, se
habían transformado en estructurales, producto, en parte, de una
trayectoria histórica donde todo parecía resolverse o derivar en
violencia. Al menos eso se puede apreciar en los grupos obreros y
revolucionarios que intentaban desestabilizar el orden vigente y de
esta manera alcanzar más espacios o cuotas de poder. Pero también
con oligarquías que defendían sus posiciones frente a enemigos que
estaban poniendo en riesgo sus privilegios y con Estados que frenaban
Eduardo Hodge Dupré. La violencia latinoamericana en perspectiva histórica… 49
diversas amenazas a los intereses nacionales –primero grupos ideoló-
gicamente impulsados por fuerzas extranjeras, y luego por grupos que
buscaban penetrar al Estado y utilizarlo para sus propios beneficios–.
Pero, más allá de la heterogeneidad de casos, el elemento común está
en la lucha por el poder, y luego, en lo que representa la violencia en
sí: el instrumento por el cual unos buscan sobreponerse a otros con
el propósito de doblegarles la voluntad y quedarse con los intereses
que ambos disputaban.
Conclusiones
Este trabajo ha demostrado que la violencia en América Latina no
solo es un fenómeno histórico, que ha atravesado todas las etapas
cronológicas de su pasado conocido, sino que además ha mantenido
desde tiempos remotos su carácter local, endógeno y sanguinario.
Más allá de las guerras regionales entre Perú, Bolivia y Chile, o en-
tre Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay en el siglo XIX; o entre
Paraguay y Bolivia, o entre Perú y Ecuador en el siglo XX; e incluso
de las guerras internacionales entre Chile y España en el siglo XIX
o entre Argentina y Gran Bretaña en el siglo XX, América Latina ha
sido un continente que, en general, no ha tenido grandes enfrenta-
mientos con los costos que otros continentes han experimentado en
las mismas temporalidades.
El problema de América Latina, sin embargo, ha sido de carácter
local. La historia revela que la violencia ha estado geográficamente
limitada, sin rebasar a otras naciones de manera significativa, más allá
de las excepciones señaladas anteriormente. Al respecto, se pueden
levantar varias hipótesis: por ejemplo, que la violencia ha sido tra-
dicionalmente causada por bandos que se han disputado el control
territorial –como las guerras civiles en México y Argentina durante
el siglo XIX–, o por sectores que, buscando controlar los territorios
nacionales, han pretendido imponer sus ideologías por la fuerza, como
50 MERIDIONAL Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos 23, octubre 2024-marzo 2025
los liberales y conservadores colombianos o venezolanos en la misma
centuria e incluso, en Colombia, traspasando toda esa violencia al
siglo siguiente; o ya producto de tensiones religiosas, como la guerra
cristera en México a finales del siglo XX.
Realizar este análisis a partir de la trinidad de la violencia de
Johan Galtung tenía un propósito particular: demostrar que el peso
de la historia es un factor decisivo al estudiar los fenómenos de la
violencia. Es lógico que sociedades que se han venido destruyendo
desde tiempos pretéritos lo sigan haciendo en el futuro, repitiendo
los mismos patrones que se han producido desde antaño. Por eso,
antes de realizar cualquier análisis sobre la violencia en la región, es
indispensable mirar el pasado y buscar en él esas causas que, desde
las ciencias sociales, a veces se soslayan.
La evolución de la violencia en América Latina es evidente: esta
se puede rastrear incluso antes del “encuentro de los dos mundos”.
Por eso, aquellas tesis que sostienen que el continente vivía en la
plenitud de la paz antes de la llegada de los españoles no tienen
asidero en la realidad. Este trabajo ha demostrado que la teoría de
Galtung sobre las tres formas de violencia cobra sentido en la reali-
dad latinoamericana: la violencia directa que se ha producido en sus
países no es sino la muestra más patente de una violencia estructural
asociada a sistemas sociales, políticos y económicos, que ha derivado
de una violencia cultural que se ha generado desde tiempos remotos
y que Galtung ha definido como “aquellos aspectos de la cultura, en
el ámbito simbólico de nuestra experiencia, que pueden utilizarse
para justificar o legitimar la violencia directa o estructural” (Violen-
cia cultural 7). Lo que el autor intentó plasmar con su teoría es que
la violencia directa, observada en la realidad latinoamericana a lo
largo de su historia, no solo justifica, sino que también demuestra
los aspectos culturales y estructurales que le dan sentido. De ahí la
analogía de la “punta del iceberg” que utiliza para describir y repre-
sentar esta forma de violencia.
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Recepción: 7-3- 2024 Aceptación: 11-7-2024