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El Sacramento Del Matrimonio

El documento aborda el Sacramento del Matrimonio dentro del contexto de la Catequesis, destacando su definición como una unión entre un hombre y una mujer, elevada por Cristo a la dignidad de sacramento. Se discuten las características naturales del matrimonio, como la mutua ayuda y la procreación, así como la influencia de la cultura contemporánea en la percepción del matrimonio. Además, se enfatiza la importancia de la enseñanza de Jesús sobre el matrimonio, que busca restaurar su forma original según el plan divino.

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El Sacramento Del Matrimonio

El documento aborda el Sacramento del Matrimonio dentro del contexto de la Catequesis, destacando su definición como una unión entre un hombre y una mujer, elevada por Cristo a la dignidad de sacramento. Se discuten las características naturales del matrimonio, como la mutua ayuda y la procreación, así como la influencia de la cultura contemporánea en la percepción del matrimonio. Además, se enfatiza la importancia de la enseñanza de Jesús sobre el matrimonio, que busca restaurar su forma original según el plan divino.

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EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

Con este nuevo curso comenzamos un nuevo apartado dentro


de la Catequesis que estamos siguiendo sobre los Sacramentos. Se
trata del Sacramento del Matrimonio.
Por contextualizar digamos que el Catecismo está dividida en
cuatro partes: la primera se refiere al Credo, luego vienen los
Sacramentos, la tercera a los Mandamientos y la moral cristiana y la
última al Padre nuestro.
Nosotros estamos ahora en la segunda parte, la de los
Sacramentos que sabemos está dividida en tres partes. Los
sacramentos de la Iniciación cristiana, que son tres: bautismo,
confirmación y eucaristía.
Sacramentos de la curación (sanación): penitencia y unión de
enfermos.
Sacramentos al servicio de la comunidad: orden sacerdotal y
matrimonio.
Es a partir del punto 1601 donde el Catecismo explica el
Sacramento del Matrimonio. Este punto dice:
1601 "La alianza matrimonial, por la que el varón y la
mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida,
ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges
y a la generación y educación de la prole, fue elevada por
Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre
bautizados" (⇒ CIC, can. 1055,1)
Con estas palabras que toma del Código de Derecho Canónico
presenta el Catecismo este Sacramento. No dice mucho más que
aquello que el sentido común afirma. Pero lo curioso es que con esta
afirmación, se pone el Catecismo, en nuestro contexto actual,
atrevido y hasta intolerante. Digo esto porque ya hay muchos países
que han llegado a cambiar sus ideales políticos en pos de una nueva
definición de matrimonio. Si la definición clásica en los Códigos Civiles
ha sido: "la unión legal de un hombre y una mujer para la plena y
perpetua comunidad de existencia", queda ahora superada con una
nueva redacción de la Ley, en España fue en 2005, donde se indica
que el matrimonio tendrá los mismos requisitos y efectos cuando
ambos contrayentes sean del mismo o de diferente sexo, en el
párrafo 2 del artículo 44 del Código Civil.
Actualmente en Perú, lo que dice el Código de Derecho Civil es
que el matrimonio es la unión de dos personas que se realiza
voluntariamente ante la ley con el fin de hacer vida común. Ambos
cónyuges tienen iguales derechos, deberes, consideraciones,
responsabilidades y autoridad en el hogar. Lo cual quiere decir que si
usted defiende a ultranza la definición que nos propone el Catecismo
está usted discriminando al grupo homosexual.
Este es un ataque, pero no es el único. Hay muchas personas
que tiran dardos contra la doctrina de la Iglesia desde el adulterio, o
el problema homosexual, o el aborto, el concubinato, las relaciones
prematrimoniales, los cristianos divorciados vueltos a casar, la
castidad antes y durante el matrimonio, etc etc. De todo esto
tendremos que hablar, pero antes que nada tratemos de entender
qué es lo que Dios quiso cuando inventó o instituyó el matrimonio.

EL MATRIMONIO COMO CONTRATO NATURAL


Y COMO SACRAMENTO

El matrimonio entre bautizados es un sacramento: es el


contrato natural elevado por Jesucristo a la dignidad de ser uno de los
siete sacramentos por los que de modo ordinario nos viene la gracia
divina.

1. LA INSTITUCIÓN NATURAL
Desde el punto de vista natural, el matrimonio es la sociedad
permanente entre un hombre y una mujer, establecida de común
acuerdo y socialmente ratificada, para amarse mutuamente y
perpetuar la especie humana a través de los hijos. Esta realidad está
inscrita en la misma naturaleza humana, lo cual se ve en dos cosas:
-Por un lado en la mutua inclinación innata en el hombre y la
mujer que los impulsa a acercarse y unirse. Esta inclinación brota, por
una parte, de la tendencia de los sexos a complementarse no sólo
físicamente (unión sexual) sino psicológica y espiritualmente; por
otra, del instinto de conservación de la especie que impulsa a los
individuos a perpetuarse.
-Por otro lado, en la natural inclinación a la estabilidad de dicha
unión, pues la naturaleza no inclina al encuentro breve y ocasional
sino al estable. Esto brota de la inclinación natural al
perfeccionamiento del propio ser que no puede lograrse en una unión
esporádica; y del bien de los hijos cuya formación física y espiritual
reclama mucho tiempo.
De aquí se desprenden las características esenciales de esta
sociedad familiar: sus fines y propiedades naturales.
Los fines son dos: la mutua ayuda (o amor mutuo) y la
generación y educación de los hijos.
Las propiedades son la unidad (uno con una) e indisolubilidad
(para siempre). Esto lo vamos a explicar al mostrar qué hizo
Jesucristo al hacer del matrimonio un sacramento.
Pero, aunque hasta el presente no hemos nombrado la Sagrada
escritura, parece obvio que lo hagamos porque lo que este libro nos
narra es el comienzo de todo. Y si todo tiene comienzo en Dios y por
Dios, también el matrimonio o unión de ambos cónyuges.
En el reciente Sínodo sobre la Familia celebrado en octubre de
2014, se ha hablado de este tema. Los nn. 15-16 de la Relatio Synodi,
abordan, para iluminar la naturaleza del matrimonio, lo que podemos
denominar la “historia del matrimonio y de la familia”. Dice el texto
del Documento:
“Las palabras de vida eterna que Jesús dejó a sus discípulos
incluían la enseñanza sobre el matrimonio y la familia. Dicha
enseñanza de Jesús nos permite distinguir en tres etapas
fundamentales el proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia.
1° Al principio, está la familia de los orígenes, cuando Dios
creador instituyó el matrimonio primordial entre Adán y Eva como
fundamento sólido de la familia. Dios no solo creó al ser humano
varón y mujer (Gn 1,27), sino que también los bendijo para que
fueran fecundos y se multiplicaran (Gn 1,28). Por eso «abandonará el
varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos
una sola carne» (Gn 2,24).
2° Esta unión quedó dañada por el pecado y se convirtió en la
forma histórica de matrimonio en el Pueblo de Dios, al que Moisés
brindó la posibilidad de expedir un acta de divorcio (cf. Dt 24,lss).
Dicha forma era la que predominaba en tiempos de Jesús. Con su
advenimiento y con la reconciliación del mundo caído gracias a la
redención por él realizada, terminó la era inaugurada por Moisés.
3° Jesús, que reconcilió en sí todas las cosas, recondujo el
matrimonio y la familia a su forma original (cf. Mc 10,1-12). La familia
y el matrimonio fueron redimidos por Cristo (cf. Ef 5,21-32),
restaurados a imagen de la Santísima Trinidad, misterio del que todo
amor verdadero dimana” (RSy, 15-16).
Las expresiones “al principio” y “forma original”, que recoge el
texto tienen una capital importancia a la hora de comprender la
naturaleza del matrimonio. Lo había notado ya Pablo VI en la
Humanae vitae, reiterando más de una vez la idea de un “plan divino”
y de un “orden en la creación” para referirse al matrimonio. El Papa
dijo en aquel momento: “Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y
ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los
nacimientos” (HV, 11). “Usar este don divino destruyendo su
significado y su finalidad, aun sólo parcialmente, es contradecir la
naturaleza del hombre y de la mujer y sus más íntimas relaciones, y
por lo mismo es contradecir también el plan de Dios y su voluntad.
Usufructuar, en cambio, el don del amor conyugal respetando las
leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las
fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan
establecido por el Creador” (HV, 13). “La Iglesia es la primera en
elogiar y en recomendar la intervención de la inteligencia en una obra
que tan de cerca asocia la criatura racional a su Creador, pero afirma
que esto debe hacerse respetando el orden establecido por Dios” (HV,
16).
Ese plan es el trazado por el Creador al “principio” de la
creación, como afirma el mismo Jesús en su discusión con los judíos
sobre la permisión mosaica del libelo de repudio. Nuestro Señor
Jesucristo dice que tal atenuación de la norma se debió a “la dureza
del corazón” de los hombres, pero que “al principio no fue así” (Mt
19,8; remite a Gn 1,27 y 2,24), razón por la que El vuelve a imponer,
con su autoridad divina, la exigencia original.
Para Jesús, el principio (es decir, lo que Dios establece al
momento de la Creación del cosmos y del hombre) tiene un valor
normativo fundamental y determinante. Trataremos de señalar muy
brevemente esos elementos “originales” del matrimonio y la
elevación que de ellos hace Jesucristo.

1. El “Principio”
Ante todo, debemos tener en cuenta que el “principio” al que se
refiere Nuestro Señor fue un estado de gracia particular. El Concilio
de Trento dice que el hombre fue “constituido en gracia”, perdiendo
luego ese estado al pecar, causándose a sí mismo un “deterioro”, es
decir un cambio hacia un estado debilitado. Pero aunque el hombre
gozaba en el paraíso de la gracia santificante, sin embargo, aun sin
ella podía cumplir todos los mandamientos de la ley natural, pues
estando íntegra su naturaleza sólo necesitaba el auxilio divino para
los actos intrínsecamente sobrenaturales. Esto pertenece a la fe.
Santo Tomás de Aquino lo enseña con estas palabras: “En el estado
de integridad, podía el hombre cumplir todos los mandatos de la ley.
De lo contrario, en aquel estado hubiera tenido que pecar por
necesidad, ya que el pecado no consiste sino en dejar de cumplir los
mandatos divinos” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, 109,
4).
El relato más antiguo de la creación del hombre es el de
Génesis 2,18-25:
“Dijo luego Yahveh Dios: «No es bueno que el hombre esté solo.
Voy a hacerle una ayuda adecuada». Y Yahveh Dios formó del suelo
todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó
ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser
viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. El hombre puso
nombre a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los
animales del campo, pero no encontró una ayuda adecuada para sí
mismo. Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el
hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando
el vacío con carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del
hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste
exclamó: «Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne.
Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada». Por eso
deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se
hacen una sola carne. Ambos estaban desnudos, el hombre y su
mujer, pero no se avergonzaban uno del otro”.
Señalo algunos aspectos importantes en este texto.
a) No es bueno que el hombre esté solo
Aún dominando el mundo infrahumano (“poner nombre” implica
precisamente eso: dominio) Adán experimenta “soledad”; nada
representa para él una “una ayuda semejante” (Gn 2,20b). San Juan
Pablo II señalaba en sus Catequesis sobre el amor humano, que la
soledad experimentada por el primer hombre es, ante todo, la
“trascendental”: nada puede colmar su vacío porque está hecho para
Dios (10-10-1979). Y al mismo tiempo se trata de una soledad
“horizontal” porque el hombre experimenta que necesita un
complemento semejante a él. La mujer -y la específica unión que Dios
establece entre ella y el varón, unión matrimonial- viene a colmar esa
“soledad humana”. Esta reflexión, aunque es sencilla, es muy
importante porque viene a decirnos la Sagrada Escritura que el varón
no puede estar solo, dado que está llamado a ser, como lo indica el
Cap. I de Génesis, imagen y semejanza de Dios. Pero en ese capítulo
no habla sólo del varón, sino que hombre y mujer los creó Dios para
que fueran imagen y semejanza de Dios.
Ahora bien, -escribía hace muchos años el Card. Ratzinger-: Lo
esencial de una imagen consiste en que representa algo. Cuando yo
la miro, reconozco por ejemplo al hombre que está en ella, el paisaje,
etc. Remite a otra cosa que está más allá de sí misma. Lo
característico de la imagen, por lo tanto, no consiste en lo que es
meramente en sí misma, óleo, lienzo y marco; su característica como
imagen consiste en que va más allá de sí misma, en que muestra
algo que no es en sí misma. Así, el ser imagen de Dios significa sobre
todo que el hombre no puede estar cerrado en sí mismo. Y cuando lo
intenta, se equivoca. Ser imagen de Dios significa remisión. Es la
dinámica que pone en movimiento al hombre hacia todo lo demás.
Significa, pues, capacidad de relación; es la capacidad divina del
hombre. En consecuencia, el hombre lo es en su más alto grado
cuando sale de sí mismo, cuando llega a ser capaz de decirle a Dios:
Tú. De ahí que a la pregunta de qué es lo que diferencia propiamente
al hombre del animal y en qué consiste su máxima novedad se debe
contestar que el hombre es el ser que Dios fue capaz de imaginar; es
el ser que puede orar y que está en lo más profundo de sí mismo
cuando encuentra la relación con su Creador. Por eso, ser imagen de
Dios significa también que el hombre es un ser de la palabra y del
amor; un ser del movimiento hacia el otro, destinado a darse al otro,
y precisamente en esta entrega de sí mismo se recobra a sí mismo.
De ahí que el Catecismo, en su número 2331, nos enseñe: “El
matrimonio constituye una forma elevada de comunión entre las
personas humanas y una de las mejores analogías de la vida
trinitaria. Aún más “el primer ejemplo de esta comunión es la unión
procreativa del hombre y de la mujer, que refleja la comunión
creativa del amor trinitario” (CTI, n. 56). Cuando un hombre y una
mujer unen su cuerpo y su espíritu en una actitud de total apertura y
donación de sí, forman una nueva imagen de Dios. Su unión en una
sola carne no responde simplemente a una necesidad biológica, sino
a la intención del Creador que les conduce a compartir la felicidad de
ser hechos a su imagen” .

b) Hueso de mis huesos, carne de mi carne.


Las palabras de Adán: “Ésta sí que es hueso de mis huesos y
carne de mi carne” (Gn 2, 23) subrayan dos cosas:
1o) la identidad de naturaleza: el varón y la mujer tienen la
misma naturaleza; igual carne, igual huesos;
2o) que tienen unidad de origen: hueso “de mis” huesos, carne
“de mi” carne... Eva es formada a partir de Adán; es parte suya. El
texto hebreo dice literalmente que Dios “edificó (ibhnéh) la costilla en
mujer”.
Ambos aspectos se ponen en relieve en el nombre que Adán da
a Eva: “varona”. Adán es isch (varón), Eva es ischáh (varona). San
Jerónimo tradujo el juego hebreo de palabras con otro latino: “Haec
vocabitur virago quoniam de viro sumpta est”.
Enseñó san Juan Pablo II que A la luz de este texto,
comprendemos que el conocimiento del hombre pasa a través de la
masculinidad y feminidad, que son como dos «encarnaciones» de la
misma soledad metafísica, frente a Dios y al mundo -como dos modos
de «ser cuerpo» y a la vez hombre, que se completan
recíprocamente-, como dos dimensiones complementarias de la
autoconciencia y de la autodeterminación, y, al mismo tiempo, como
dos conciencias complementarias del significado del cuerpo. Así,
como ya demuestra el Génesis, (2, 23), la feminidad, en cierto
sentido, se encuentra a sí misma frente a la masculinidad, mientras
que la masculinidad se confirma a través de la feminidad.
Precisamente la función del sexo, que, en cierto sentido, es
«constitutivo de la persona» (no sólo «atributo de la persona»),
demuestra lo profundamente que el hombre, con toda su soledad
espiritual, con la unicidad e irrepetibilidad propia de la persona, está
constituido por el cuerpo como «el» o «ella». La presencia del
elemento femenino junto al masculino y al mismo tiempo que él,
tiene el significado de un enriquecimiento para el hombre en toda la
perspectiva de la historia, comprendida también la historia de la
salvación. Toda esta enseñanza sobre la unidad ha sido expresada ya
originariamente en el Génesis 2, 23. (Audiencia General del 21 de
noviembre de 1979).
Además debemos decir que cuando Adán describe a Eva como
"hueso de mis huesos y carne de mi carne", Adán no hace una simple
declaración de hechos, sino que llama la atención sobre la
importancia teológica de los medios que Dios usó para crearla: ella
era de Adán y como tal, ella salta inmediatamente al lugar de mayor
responsabilidad en su vasto reino. Algunos comentaristas de este
texto llegan incluso a sugerir que este par de frases expresan una
declaración de compromiso del pacto que lo convierten en un voto
formal. Podemos observar que si leemos II Samuel 5, 1, después de
Saúl muere y David reclama el trono, que el nuevo rey reúne a las
tribus y exige su lealtad. Se reúnen y hacen una declaración curiosa:
"Somos hueso tuyo y carne tuya", una declaración que David por lo
visto acepta como un juramento de la lealtad formal. Si este evento
posterior puede estar relacionado con Génesis 2, 23, entonces las
primeras palabras de la boca de Adán son nada menos que un voto
matrimonial, efectivamente, “Esta mujer es parte de mí, y por este
medio tomo responsabilidad incondicional por ella.” Estas palabras
son, al menos en términos de vida secular, las palabras más
significativas que cualquier hombre puede pronunciar y al que
cualquier mujer puede responder, lejos de ser una burla amorosa de
un tipo romántico. No hay palabras más importantes que éstas.
Añadamos todavía un detalle más: En estas ideas el autor
inspirado demuestra una completa independencia de la cultura de su
tiempo, que consideraba a la mujer como un ser de categoría inferior
al hombre. En la elaborada cultura griega, el mismo Aristóteles
calificaría a la mujer como un “hombre fallido” {mas occasionatus) y
un “animal imperfecto” (animal imperfectum); mientras que gran
parte del Oriente extrabíblico la consideraba objeto de placer del
varón. Por el contrario, la Sagrada Escritura, establece una igualdad
fundamental en cuanto a la dignidad y a la naturaleza.
La imagen de la “costilla”, un lugar cercano al corazón, indica
que con la creación de la mujer, el hombre recibe un ser que ha salido
de su corazón, como si fuera una “partición” del corazón o del alma.
De aquí la tendencia natural a la unidad entre ambos, como la de dos
mitades que buscan una unidad original. En esta alusión al “corazón”
también se muestra que se trata de una tendencia a una unidad
integral (no sólo a la unidad física o genital, sino principalmente a la
afectiva y espiritual; son todas las esferas del ser humano las que
tienden a la complementariedad masculino/femenina).

c) Deja el hombre a su padre y a su madre y se une a


su mujer.

No deja de ser llamativa la marcada diferenciación con el


mundo oriental circunstante que evidencia esta construcción. Como
señala Beeston, “en el mundo mediterráneo medio oriental, la norma
del matrimonio es y siempre ha sido un acuerdo viril ocal en el que la
mujer se muda a la casa de la familia del marido”, pero aquí es el
hombre el que deja atrás a sus padres para ir hacia su mujer 1. Tras
esta sentencia late la dignidad que tiene la mujer en el plan original
de Dios y en la cultura judía que recoge el relato de la creación.

d) Serán una sola carne.


Este sintagma -en el que Jesucristo ve expresada la
indisolubilidad matrimonial (cf. Mc 10,9)- pone de manifiesto una de
las finalidades del matrimonio: la unidad conyugal. Se refiere, ante
todo, a la unión conyugal física, al acto propio y exclusivo de los
esposos.

1
Beeston, A.F.L., One Flesh, Vetus Testamentum 36 (1986), 116; citado en:
Mankowski, Paul, SJ, La enseñanza de Cristo sobre el divorcio y el segundo
matrimonio: el dato bíblico, en: AA. VV., Permanecer en la verdad, 41.
Pero aquí “carne” no significa solamente “cuerpo” o “acto
carnal”. El sentido bíblico que tiene la expresión “carne” designa toda
la persona; donde está el cuerpo (vivo) está toda la persona. De aquí
las expresiones bíblicas como “morirá toda carne” o “revivirá toda
carne” (cf. Gn 6,13.17; Joel 3,1). Por eso “serán una sola carne”
equivale a “serán una sola cosa”, una sola “persona moral”. De ahí
que la unión matrimonial sea, para el escritor sagrado, más sólida que
la misma unidad de sangre: “Dejará el hombre a su padre y a su
madre y se unirá a su mujer” (Gn 2,24). Esta expresión coloca el amor
esponsalicio por encima del amor filial. Si la fuerza del amor conyugal
es superior a los lazos de sangre, entonces debemos deducir como
consecuencia que ¡también su indisolubilidad debe ser superior!
Romper esta unión (no me refiero a mera “separación”, que podría
ser tolerada en ciertas situaciones, sino la pretensión de “disolución
vincular”) es tan inconcebible como amputar un miembro sano del
cuerpo.
Aunque en Gn 1-2 no se hagan observaciones más detalladas
sobre el tema, es interesante notar que el Código legislativo de Israel
(cf. Lev 18,1-30), contiene prescripciones relativas a la unión
conyugal, ordenadas a que los hijos de Israel no incurran en las
abominaciones que habían contaminado a los cananeos. Ahora bien,
el hecho de que el encuentro sexual sea objeto de permisos y
prohibiciones de parte de Dios indica que es visto como algo sagrado
y santo.

e) Estaban desnudos y no se avergonzaban


Otro dato importantísimo es la alusión a la ausencia de
vergüenza en el estado de “justicia original”. No se trata de un efecto
de la ignorancia, como si no entendiesen lo que significaban sus
cuerpos. Por el contrario, indica una plenitud: se veían desnudos y
entendían lo que eso significaba, pero no les ocasionaba ningún
desorden o perturbación. Esto expresa dos cosas:
1o) Que sus miradas estaban exentas de malicia. Veían las
cosas, pero sólo bajo su aspecto de bondad (de hecho, Eva no había
reparado en ningún aspecto “tentador” del mandato divino antes que
se lo sugiriese la serpiente). Participaban, dice san Juan Pablo II, de la
visión divina de las cosas (“Vio Dios todo cuanto había hecho y era
muy bueno”); y así también “se” veían a sí mismos.
2o) Que eran interiormente libres: no sentían atracciones
desordenadas, lo que supone ausencia de la concupiscencia
desordenada. Ambas dimensiones revelan el “estado” de paz
(espiritual y afectiva) que caracterizaba al hombre y a la mujer en el
albor de la humanidad y que denominamos teológicamente como
“estado de justicia original” o “inocencia original” del corazón (S. JP II,
Catequesis 12-12-1979).

f) A imagen de Dios
El texto de Génesis 1,26-27 completa la visión con dos
precisiones: “Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen,
como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las
aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres,
y en todas las sierpes que serpean por la tierra». Creó, pues, Dios al
ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y
hembra los creó”. La expresión reaparece en Gn 5,1-2: “El día en que
creó Dios a Adán, lo hizo imagen de Dios. Los creó varón y hembra, y
los llamó «Hombre» en el día de su creación”. La imagen de Dios no
sólo se realiza en cada individuo (sea varón o mujer) sino también en
la misma relación “varón-mujer”. La imagen divina está, pues,
presente en la llamada “communio personarum", comunión de las
personas. Por eso el Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes, 12 dice:
“Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo
hombre y mujer (Gn 1,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la
expresión primera de la comunión de personas humanas. El hombre
es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir
ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás”.
El hombre es reflejo no sólo de la espiritualidad e inteligencia
de Dios, sino también de la misma Comunión de Personas de la
Santísima Trinidad.

g) Sed fecundos
El relato de Gn 1 termina con la bendición y el mandato divino
de la fecundidad: “Y los bendijo, y les dijo Dios: «Sed fecundos y
multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del
mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la
tierra»” (Gn 1,28). Los hijos son un don de Dios; fruto del amor
conyugal, pero siempre un don, inmerecido y al que no se tiene
derecho. Como reconoce Eva en el nacimiento de cada uno de sus
hijos; así, al nacer su primogénito, exclama: “He adquirido un varón
con el favor de Yahveh” (Gn 4,1). Al nacer Set, dice: “Dios me ha
otorgado otro descendiente en lugar de Abel” (Gn 4,25).

Por todos estos elementos, la Iglesia ha reconocido un cierto


carácter sagrado a la misma institución familiar natural, como se lee
en Pío XI: “Hay en el mismo matrimonio natural algo de sacro y
religioso, no adventicio sino innato, no recibido de los hombres, sino
inserto por la misma naturaleza”(Casti connubi, 30). Por eso Santo
Tomás lo llama “sacramento en potencia” (Suma Teológica, Suppl.
59,2 ad 1.).
Aprovechemos este momento para sintetizar algunas cosas
acerca del matrimonio. Empecemos por la definición y su esencia:

Definición
La palabra 'matrimonio' procede etimológicamente de matris munium (oficio de
madre), pues tiene relación con la tarea de concebir y educar a los hijos que, por su
propia naturaleza, compete a la mujer (cfr. S. Th. Supl., q. 44, a. 2)
El matrimonio en su definición real, es la unión marital de un hombre una mujer,
entre personas legítimas, para formar una comunidad indivisa de vida (cfr. Catecismo
Romano. P. II, cap. 8, n. 3): unión: significa tanto el consentimiento interior y exterior
por el que se contrae matrimonio, como vínculo permanente que nace de ese
consentimiento;
Marital: la finalidad de esa unión es una legítima vida marital, entregando y
recibiendo el derecho mutuo a la unión física de por sí apta para engendrar hijos;
De un hombre y de una mujer: se excluye así la poligamia (unión de un hombre
con varias mujeres) y poliandria (la unión de una mujer con varios hombres), así como
también la unión de personas del mismo sexo:
Entre personas legítimas: por ley natural, o por ley positiva, no todas las personas
pueden contraer matrimonio, o bien no lo pueden contraer con determinada persona;
Para formar una comunidad indivisa de vida: el matrimonio es indisoluble, y
exige que así lo sea también la unión de vida que origina.

Esencia
Al tratar del matrimonio, los teólogos suelen distinguir entre el casarse —a lo que
se llama matrimonio in fieri—, que es fundamentalmente el acuerdo mutuo entre el
hombre y la mujer de casarse aquí y ahora, y el estar casado, o estado matrimonial
permanente que se origina entre quienes lo han contraído, y que es llamado también
matrimonio in facto esse.

a) La esencia del matrimonio in fieri —que en el caso de los cristianos constituye


el sacramento del matrimonio— es el mutuo consentimiento manifestado
legítimamente: es decir, el contrato matrimonial (cfr. C/C, c. 1057).
El matrimonio in fieri es, esencialmente, un contrato: o sea, el consentimiento del
hombre y la mujer al derecho mutuo, exclusivo y perpetuo sobre el cuerpo del otro, en
orden a la generación.
El consentimiento es, por tanto, lo esencial del matrimonio, de tal modo que sin él
no lo puede haber, y cuando reúne las condiciones debidas (cfr. 8.12.2), lo constituye.
Si se excluye del consentimiento el derecho sobre el cuerpo en orden a la
generación, el matrimonio sería nulo; en cambio para la validez del contrato no importa
el que después no se ejercite de hecho ese mutuo derecho.
"En el matrimonio —dice Santo Tomás— se establece un contrato entre hombre y
mujer" (S. Th. Supl., q. 45, a. 2), por el que cada uno de los cónyuges adquiere derecho
sobre el cuerpo del otro, como advierte San Pablo (cfr. I Cor. 7, 4), siendo que antes cada
uno disponía libremente de su cuerpo.
Así pues, en el matrimonio se encuentran los elementos que requiere un
contrato:
– partes contratantes, que son el hombre y la mujer;
– objeto del contrato, en este caso los cuerpos que se entregan como derecho
recíproco para una comunidad de vida marital;
– consentimiento legítimo, expresado por ambas partes;
– con unos fines, como la ayuda mutua, la generación, etc.
b) La esencia del matrimonio in facto esse es el vínculo, permanente por su misma
naturaleza, que se origina del legítimo contrato matrimonial. El acto por el que se
establece el contrato es transitorio, pero el vínculo que origina en el hombre y en la
mujer que lo contraen es permanente.
El contrato, efectivamente, se realiza en el momento en que se otorga el
consentimiento de los esposos, y de él resulta una sociedad o comunidad conyugal que
los une con un vínculo indisoluble, ya que no depende de la voluntad de los
contrayentes su disolución.
Es decir: una cosa es la causa del matrimonio —el consentimiento, que ha de ser
siempre libre—, y otra el matrimonio. Por eso se trata de un contrato especial, en el que
los derechos a que da origen son inmutables, sin que dependan de la voluntad de las
partes como ocurre en otros contratos que pueden disolverse o modificarse por mutuo
consentimiento.
La definición que señalamos ya del Catecismo Romano pone de relieve todos
estos elementos.

Institución
El libro del Génesis enseña que Dios creó a la persona humana varón y mujer, con
el encargo de procreas y de multiplicarse: "Hombre y mujer los creó, y los bendijo Dios,
diciéndoles: procréen y multiplíquense, y llenen la tierra" (1, 28). Es entonces cuando
instituye Dios el matrimonio y lo hace —de modo principal— para poblar la tierra y
para que hombre y mujer se ayuden y sostengan mutuamente: "No es bueno que el
hombre esté solo; voy a darle una ayuda semejante a él" (2, 18).
El matrimonio no es, por tanto, un invento del hombre la institución matrimonial
forma parte, desde el momento mismo de la creación del hombre, de los planes divinos.
No es, pues, como dicen los marxistas, "una invención burguesa" o "el último reducto
de la sociedad capitalista"
De esta institución del matrimonio por parte de Dios tenemos también testimonios
directos en el 'Nuevo Testamento. Uno de ellos tiene especial interés pues Jesucristo
atribuye al mismo Dios las palabras que figuran en el Génesis "¿No han oído que al
principio el Creador los hizo varón y hembra? Dijo: por eso dejará el hombre al padre
y a la madre, y se unirá a la mujer, y serán los una sola carne" (Mt. 19, 45).
Por tener su origen en Dios, sólo a Él corresponde legislar sobre la institución
matrimonial: lo recuerda Jesucristo en el Sermón de la Montaña, cfr. Mt. 5, 31-32.
Resumiendo con palabras del Magisterio, podemos afirmar que el matrimonio "no
fue instituido ni establecido por obra de los hombres, sino por obra de Dios; que fue
protegido, confirmado y elevado no con leyes de los hombres sino del Autor mismo de
la naturaleza, Dios, y del Restaurador de la misma naturaleza, Cristo Señor; leyes, por
tanto, que no pueden estar sujetas al arbitrio de los hombres, ni siquiera al acuerdo
contrario de los mismos cónyuges" (Pío XI, Enc. Casti connubii, 31-XII-1930: Dz.
2225).
Fines
En primer término, el fin del matrimonio es la procreación y educación de los hijos
(cfr. C/C, c. 1055, & 1), y en segundo lugar, la ayuda mutua entre los esposos y su propio
perfeccionamiento.
La revelación de Dios es clara respecto a este principio de orden natural, y nos
permite delimitar 1 fines del matrimonio. En el Génesis, después de narrarse la creación
del hombre y de la mujer, manifiesta la finalidad de la diversidad de sexos: "Crezcan y
multiplíquense, y llenen la tierra" (1, 28 A este fin se añadirán otros, también de
importancia, como por ejemplo la ayuda mutua entre 1 esposos: "No está bien que el
hombre esté solo: hagámosle una compañera semejante a él" (2, 18).
El amor matrimonial, reflejo del amor creador de Dios, es fecundo, y que por
medio de los esposos cristianos se enriquece y aumenta la Iglesia: "El matrimonio y el
amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de
la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio, y contribuyen
sobremanera al bien de los propios padres" (Const. Gaudium et spes, n. 50).
Del amor maravilloso entre los esposos surge, según la voluntad divina, esa otra
maravilla que es un hijo. Un nuevo ser humano, que antes no existía, que no hubiera
existido jamás sin la contribución de los padres, y que a partir de ese momento existirá
eternamente.

A) Los hijos: fin principal


La frase ya citada del Génesis, "crezcan y multiplíquense", expresa el fin que de
modo directo y principal ha buscado Dios al instituir el matrimonio. Pensar en una
finalidad contraria a ésta, equivaldría a contradecir la Revelación.
Siendo, pues, la generación de los hijos —y con ella, necesariamente, su
educación—, el fin principal del matrimonio, es lógico que sea lo que dé coherencia y
unidad a toda la vida conyugal, de modo que no sólo el amor y el derecho al cuerpo
estén ordenados a este fin, sino también la misma vida en común y la ayuda y el cariño
de los esposos.
El Concilio Vaticano II —y, posteriormente, el Código de Derecho Canónico—,
no usan ya la clásica terminología de fines primario y secundario, ya que al tratar de
este sacramento en la Const. Gaudium et spes —destinada a establecer un diálogo con
toda la humanidad— no se quisieron emplear términos más técnicos propios de los
moralistas.
Con este motivo algunos quisieron asignar al matrimonio una diversa prioridad
de fines: la 'realización' de los cónyuges, la complementación mutua, la sola
satisfacción sexual, etc.
Sin embargo —y lo mismo sucede con el Código (cfr. c. 1055 & 1) — la prioridad
que se da a la generación de los hijos, dentro del matrimonio, queda claramente
afirmada en las palabras, en el contexto y en la declarada intención de sus redactores, tal
como se manifiesta en los documentos existentes del proceso del texto conciliar en los
dos momentos en que explícitamente se trata esta cuestión (cfr. los nn. 48 y 50 de la
Const. Gaudium et spes).
Y, para aclarar cualquier equívoco, el Papa Juan Pablo II ha dicho: "Aunque ni
la Constitución conciliar, ni la Encíclica (Humane vitae), al afrontar el tema, empleen
el lenguaje acostumbrado en otro tiempo, sin embargo, tratan de aquello a que se
refieren las expresiones tradicionales (. . .). Con este renovado planteamiento, la
enseñanza tradicional sobre los fines del matrimonio y sobre su jerarquía queda
confirmada" (Discurso, 10-X-1984, n. 3).
Este fin del matrimonio, incluye también la educación de los hijos, pues "la
fecundidad del amor conyugal se extiende a los frutos de la vida moral, espiritual y
sobrenatural que los padres transmiten a sus hijos por medio de la educación"
(Catecismo, n. 1653).

B) Otros fines subordinados


La Iglesia, obviamente, nunca ha menospreciado la importancia de estos fines
secundarios del matrimonio, sino que, por el contrario, les ha dado toda la relevancia
que les corresponde, como se deduce precisamente de su ordenación al fin primario.
Conviene, por eso, aclarar, que el hecho de que el matrimonio se dirija
principalmente a los hijos, significa que quienes lo contraen lo tengan que hacer siempre
movidos por este fin. Si lo hacen que se quieren, o por simple conveniencia, el fin del
matrimonio no se disuelve o desaparece cuan se apague —si se apaga— aquel amor, o
cuando ya no exista esa conveniencia, que no constituye esencia del matrimonio. Como
tampoco se disuelve si de hecho no vienen los hijos, puesto que permanece la ordenación
a ellos del matrimonio en cuanto tal.
Sería erróneo considerar como fin primordial del matrimonio la realización o
perfección de los esposos —que por otra parte no conseguirían si voluntariamente ciegan
las fuentes de la vida—: este como los demás, está comprendido en la naturaleza del
matrimonio, pero no en el mismo grado que primero, al que está esencialmente
subordinado (cfr. Pío XII, Alocución, 29-X-1951).

2. Bajo el régimen del pecado


El pecado de Adán no alteró la esencia del matrimonio, pero
introdujo una particular dificultad para cumplir todas las obligaciones
morales. Es de fe que con el pecado original el hombre no solo
necesita el auxilio divino para los actos intrínsecamente
sobrenaturales, sino también para poder cumplir la ley natural en
toda su integridad[12].
El texto de Génesis 3,1-24, deja a las claras que el pecado
original alteró las actitudes entre el hombre y la mujer. Adán y Eva
pierden la solidaridad perfecta que tenían antes, para acusarse
mutuamente del pecado cometido. Entra en sus vidas el dolor
afectando a la mujer directamente en una dimensión esencial del
matrimonio: la maternidad (“tantas haré tus fatigas cuantos sean tus
embarazos: con dolor parirás los hijos”). Sus miradas pierden la
inocencia original y sienten vergüenza del modo concupiscente con
que se miran uno al otro (Gn 3,7: “Vieron que estaban desnudos y
sintieron vergüenza”). La armónica subordinación entre mujer y varón
se troca en sujeción y dominio (Gn 3,16: “Hacia tu marido irá tu
apetencia, y él te dominará”).
Estas consecuencias, sin alterar la sustancia del matrimonio,
introducen fisuras (con Dios, consigo mismo, con el cónyuge, con los
demás hombres, y con la misma naturaleza) que harán cuesta arriba
la vida matrimonial así como el cumplimiento de la ley natural en su
conjunto. Añadiendo a esta dificultad los pecados personales, los
hombres darán origen a la poligamia, al adulterio, a la violencia, al
sometimiento de la mujer, al divorcio, etc. Ejemplos de este
desbarajuste los encontramos a lo largo de la historia bíblica. Es
interesante observar, por ejemplo, que es uno de los descendientes
de Caín, Lamek (hombre injusto a los ojos de Dios), el iniciador de la
poligamia (cf. Gn 4,10-24), mientras que los patriarcas descendientes
del linaje de Set son monógamos, por ejemplo, Noé (cf. Gn 7,7). Sólo
más adelante se extenderá el fenómeno a los demás patriarcas,
probablemente por influencia de los pueblos vecinos.
La debilidad que, tras el pecado, afecta la vida moral del ser
humano, explica, en primer lugar, los desórdenes que se introducen
entre los hombres, pero también la condescendencia divina respecto
de algunos de estos fenómenos, como la poligamia de los patriarcas
y, en particular, el divorcio permitido por Moisés[13]. El texto que
condensa mejor la legislación del divorcio mosaico es Dt 24,1: “Si un
hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer
no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le
desagrada, le redactará un libelo de repudio, se lo pondrá en su mano
y la despedirá de su casa”. Como señalan algunos exégetas[14], la
práctica del repudio de la esposa estaba muy generalizada en el
antiguo Oriente, por lo que no es Moisés quien la inventa, sino quien
la legisla para el pueblo hebreo, regulándola para evitar abusos. No
hay que perder de vista, pues, que Dios condesciende ante una
costumbre ya difundida y arraigada que atraía grandemente a los
hebreos. La referencia que hará Jesús a la dureza del corazón
(sklerokardían) de los judíos, indica que éstos no tenían las
disposiciones necesarias para apartarse de esa usanza extendida
entre sus vecinos. El texto del Deuteronomio expresa muy vagamente
las causas del repudio. Se dice que si el esposo notare en la
mujer algo torpe (ásjemon prágma según los LXX, o aliqua
foeditas según la Vulgata), puede repudiarla. La palabra
hebrea erwath parece que alude a algún defecto corporal infamante.
En tiempos de Cristo, la escuela rabínica de Shammai lo interpretaba
en el sentido de infidelidad conyugal, mientras que la de Hillel lo
tomaba en sentido amplio, de forma que bastaba que la mujer
disgustara por cualquier cosa (por ejemplo, por haber dejado
quemarse la comida), para poder repudiarla. Aun otorgando este
permiso, Moisés exige un libelo de repudio, o escrito que ha de ser
entregado a la esposa como certificado de que se halla en libertad
para unirse a otro como legítima esposa (mientras que entre otros
pueblos bastaba que le dijera delante de testigos: “yo te repudio”, o
“ya no eres mi esposa”). La redacción de este documento, que la
mayor parte de las veces requería la colaboración de un escriba o
notario (porque pocos sabían leer y escribir), daba tiempo a calmar
los ánimos y a la reconciliación. Entre los nómadas de Transjordania,
el marido debía pronunciar tres veces seguidas la
fórmula talaqtuki (yo te he repudiado), y sólo tenía efecto después de
tres días de espera. Es entonces cuando la repudiada tiene que volver
a la casa paterna. Moisés impone además otra cortapisa: incluso si
luego se arrepiente, el marido no podrá volver a tomar la mujer
repudiada; esto tiene como objetivo que no se actué irreflexivamente
o llevado por la pasión del momento.
No sabemos, dice De Vaux, si los maridos israelitas hacían
frecuentemente uso de este derecho, que parece haber sido bastante
amplio. Pero es claro que solo es una mera concesión y por eso los
escritos sapienciales hacen el elogio de la fidelidad conyugal (Pr 5,15-
19; Ecl 9,9), y Malaquías enseña que el matrimonio hace de los dos
cónyuges un solo ser, y que el marido debe guardar la fe jurada a su
compañera: “Odio el repudio, dice Yahveh, Dios de Israel” (Mal 2,14-
16). Y sobre todo, hallamos en la Sagrada Escritura ejemplos
admirables de matrimonios santos donde ha brillado el amor
conyugal y el don sacrificial: Abraham y Sara, Jacob y Rebeca, Rut y
Booz, Tobías y Sara, Zacarías e Isabel, María y José, etc. Esto
manifiesta que, aun bajo el régimen de la ley natural y de la ley
antigua, el designio divino del “principio” era posible con la gracia de
Dios.

2. LOS SACRAMENTOS
Jesucristo nos ha traído, con su Muerte y Resurrección, el
perdón del pecado y la gracia para hacernos santos. Esa gracia y ese
perdón llegan a nosotros a través de los sacramentos. Estos son
“canales” de la gracia; las venas por las que llega la vida divina del
Corazón de Dios hasta nuestras almas.
Los sacramentos son siete y fueron instituidos por el mismo
Jesucristo. Son el bautismo, la confirmación, la eucaristía, la
confesión, el orden sagrado, la unción de los enfermos y el
matrimonio.
¿Qué es un sacramento? Es un signo eficaz de la gracia, es
decir, de las cosas espirituales.
¿Qué quiere decir esto?
-ES UN SIGNO: Jesucristo tomó distintas realidades de nuestra
vida cotidiana; realidades que para nosotros tienen significados claros
e indiscutibles. Por ejemplo, el agua significa la limpieza, la frescura;
el pan y el vino significan el alimento; el aceite significa la suavidad,
etc.
-De cosas espirituales: Jesucristo hizo que estas cosas
signifiquen, es decir, indiquen, muestren, señalen y recuerden
además de estas cosas cotidianas, cosas espirituales: las realidades
que Dios hace en nuestras almas: las lava del pecado, las hace nacer
a la vida divina, las alimenta, las consuela, las conforta, etc.
-Eficaz: eficaz quiere decir, que no son puramente símbolos o
recuerdos sino que realmente realizan lo que ellas significan: cuando
en el bautismo se derrama agua sobre el bautizado realmente sus
pecados son borrados y comienza a ser hijo de Dios; cuando el
sacerdote dice “esto es mi Cuerpo”, realmente el pan se convierte en
el Cuerpo de Jesucristo, etc. Y dan la gracia, es decir, nos hacen
santos.

3. EL MATRIMONIO BAJO EL RÉGIMEN DE LA GRACIA


Es de fe que Jesucristo elevó el matrimonio a la dignidad
sacramental, es decir: lo hizo “signo eficaz de la gracia” [Cf. Concilio
de Trento, DH 1801; cf. 1601]. Esto no quiere decir que Cristo haya
“creado” un matrimonio “nuevo” sino simplemente que elevó la
institución matrimonial ya existente a una categoría y dignidad que
no tenía y la dotó de una eficacia sobrenatural de la que no gozaba
antes.
La Sagrada Escritura nos lo recuerda fundamentalmente en Ef
5,32 cuando hablando de los maridos y sus esposas dice: Gran
misterio (o “sacramento”) es éste, pero yo lo aplico a Cristo y a la
Iglesia. Este texto, dicen los Papas, “insinúa” la sacramentalidad del
matrimonio. La Iglesia enseñó siempre esta verdad. Explícitamente en
el Concilio de Trento: “... el matrimonio... es verdadera y propiamente
uno de los siete sacramentos de la ley del Evangelio, ... instituido por
Cristo Señor, ...no inventado por los hombres en la Iglesia, y ...
confiere la gracia”( Cf. Concilio de Trento, Dz 971).
Dijimos que sacramento significa signo, símbolo, figura de los
misterios de Cristo. ¿Qué aspecto o misterio de Cristo “significa”,
muestra o “recuerda” el matrimonio?
El matrimonio cristiano nos “recuerda” la unión y el amor entre
Cristo y la Iglesia. Lo dice San Pablo (Ef 5,21-33):
21
Sed sumisos unos a otros en el temor de Cristo: 22 las
mujeres, a sus maridos, como al Señor; 23 porque el marido es cabeza
de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador
del cuerpo. 24 Como la Iglesia se somete a Cristo, así también las
mujeres a sus maridos en todo. 25 Maridos, amad a vuestras mujeres
como Cristo amó a su Iglesia: 26 Él se entregó a sí mismo por ella,
para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, 27 y
para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante,
sino santa e inmaculada. 28 Así deben también los maridos amar a sus
mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a
sí mismo. 29 Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le
da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, 30 porque somos
miembros de su cuerpo. 31 Por eso dejará el hombre a su padre y a su
madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. 32 Es este
un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. 33 En una
palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo,
y que la mujer respete al marido.
El matrimonio manifiesta el amor, la entrega total, el sacrificio
de sangre de Jesucristo por la Iglesia, es decir, por cada alma
redimida.
Juan Pablo II dice por eso: “los esposos son el recuerdo
permanente para la Iglesia de lo que acaeció en la cruz” (Familiaris
consortio 13). Son, pues, una predicación viva de lo que Jesucristo ha
hecho por su Iglesia.
San Pablo alude a Gn 2,24, texto que tiene, para Jesucristo,
valor de principio normativo. La sentencia divina es llamada por el
Apóstol “gran misterio”, o “gran sacramento”. “Misterio” significa
“algo escondido”, y también “signo”. Por eso añade San Pablo: “yo lo
digo respecto a Cristo y la Iglesia”. Por tanto, según San Pablo, el
texto del Génesis, referido al matrimonio, tiene una referencia
profética a la unión de Cristo y de la Iglesia. Un “misterio” o “signo”
largamente oculto, manifestado en toda su “verdad” y “plenitud” en
el momento de la Encarnación y de la Muerte en Cruz, donde se
realizan los “esponsales” entre Cristo y la Iglesia. Hay, pues, una
doble significación respecto del Amor de Cristo y la Iglesia: una,
misteriosa y profética (la del “principio”); otra, sacramental y eficaz
(la de la ley nueva).
La presentación paulina del matrimonio muestra, por relación al
matrimonio de Cristo y la Iglesia, las condiciones de “sacramento”
reunidas en todo matrimonio entre bautizados:
1º Es un signo profético, que indica una cosa sagrada, es decir,
apunta, señala, manifiesta un misterio sagrado (como el agua en el
bautismo significa la limpieza interior del pecado): en este caso
representa el amor de Cristo y la Iglesia. Por eso, los esposos deben
amar a sus esposas “como Cristo amó a la Iglesia”.
2º No es sólo un signo de un misterio de Cristo, sino que
expresa la “gracia propia” de este misterio de Cristo, realizada ahora
en todo matrimonio: así como el agua expresa la “limpieza” del
bautismo, aquí el matrimonio manifiesta el amor indisoluble,
definitivo y purificador, de Cristo por la Iglesia: “se entregó a Sí
mismo, para hacerla pura y santificarla”.
3º Pero, además, este signo “produce eficazmente” lo que
simboliza. Esto se desprende del mero hecho de pertenecer a la Ley
Nueva, cuyo proprium es “re-producir” los misterios de Cristo 2. Es una
ley “eficaz” porque produce lo que expresa. Así como los
“sacramentos” de la ley antigua sólo profetizaban la gracia que
traería el Mesías, los de la ley nueva actualizan la gracia ya traída. Por
tanto, si Jesucristo asumió dentro de la nueva ley la institución del
matrimonio (lo que vemos en el hecho mismo de significar el amor de
2
“Celebrados dignamente en la fe, los sacramentos confieren la gracia que
significan. Son eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo” (CICat, n. 1127; cf.
Concilio de Trento: DH 1605 y 1606).
Cristo y la Iglesia), entonces el matrimonio adquirió un carácter
“efectivo”, como todas las realidades de la nueva ley.
Resumiendo:
El matrimonio es verdadero sacramento pues en él se dan:
a)el signo sensible, que es el contrato (ver 8.3);
b)la producción de la gracia, tanto santificante como sacramental (ver 8.4);
c)la institución del sacramento por Cristo, que estudiamos en este inciso.

Es tanta la importancia del matrimonio en la vida de la sociedad, que Jesucristo


quiso elevar la realidad natural del matrimonio a la dignidad de sacramento para quienes
han recibido el bautismo. Por tanto, el contrato matrimonial válido entre bautizados es
por eso mismo sacramento (cfr. CIC, c. 1055 & 2). Conviene aclarar que el sacramento
no es algo añadido al matrimonio, sino que, entre bautizados, el matrimonio es
sacramento en y por sí mismo, no como algo superpuesto. Por eso precisamente todo
matrimonio válido entre bautizados es sacramento.
El sacramento, pues, deja intactos los elementos y propiedades de la institución
matrimonial, confiriéndole, eso sí, una especial firmeza y elevándolos al plano
sobrenatural. Como señala Santo Tomás (cfr. S. Th, Supl., q. 42, a. 1, ad. 2), el
sacramento es el mismo contrato asumido como signo sensible y eficaz de la gracia.

En este sentido sí podemos decir que el sacramento añade una cosa a la institución
natural: el aumento de la gracia santificante— es un sacramento de vivos—, y la gracia
sacramental, que facilita a los esposos el cumplimiento de todos los deberes
concernientes al estado conyugal.
Como el matrimonio es un sacramento, necesariamente tiene que haber sido
instituido como tal por Cristo. Es dogma de fe, definido en el Magisterio y apoyado por
la Tradición unánime de la Iglesia, aunque sin indicarse el momento exacto de su
institución como sacramento: algunos teólogos se inclinan por las bodas en Caná de
Galilea (cfr. Jn. 2, 1-11), y otros por el momento en que fue abolida la ley del repudio
(cfr. Mt. 19, 6); incluso algunos piensan en otro momento entre la Resurrección y la
Ascensión del Señor.
Que el matrimonio entre bautizados es un sacramento lo señala un texto del
Apóstol San Pablo que hemos comentado: "Las casadas estén sujetas a sus maridos
como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la
Iglesia... Ustedes, los maridos, amen a sus mujeres, como Cristo amó a la Iglesia... Por
esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en
una carne; sacramento grande éste, pero entendido en Cristo y en la Iglesia" (Ef. 5, 22-
32).
Es, además, una verdad enseñada muchas veces por el Magisterio de la Iglesia:
por ejemplo, el Concilio II de Lyon (cfr. Dz. 465), el Concilio de Florencia (cfr. Dz.
702), el Concilio de Trento (cfr. Dz. 1971), en el Catecismo (cfr. nn. 1601 y siguientes,
etc.).
Competencia de la Iglesia en el matrimonio
Por tratarse de un sacramento, sólo a la Iglesia corresponde juzgar y determinar
todo aquello que se refiere a la esencia del matrimonio cristiano. La razón es que, como
ya dijimos, el contrato matrimonial entre los cristianos es inseparable del sacramento, y
sólo la Iglesia tiene poder sobre los sacramentos (cfr. Dz. 892).
Por eso, establece el Código de Derecho Canónico que "las causas matrimoniales
de los bautizados corresponden al juez eclesiástico" (c. 1671). Y lo mismo se puede
decir del establecimiento y dispensa de impedimentos, como veremos posteriormente.
El poder civil tiene competencia sólo sobre los efectos meramente civiles del
matrimonio canónico de los cristianos, entre los que se encuentran la unión o
separación de bienes, su administración y su sucesión, la herencia que corresponde al
cónyuge y a los hijos, etc. (cfr. CIC, cc. 1059 y 1672).
Habrá que decir también que el matrimonio entre no bautizados no es sujeto a las
leyes eclesiásticas, aunque sí lo está a las leyes e impedimentos justos establecidos por
la ley civil.
Esto, por supuesto, no significa que las enseñanzas de la Iglesia sobre el
matrimonio no sean aplicables a los no cristianos, ya que todo lo que declara como
perteneciente a la ley natural, se aplica a todos los hombres.

El texto del Apóstol san Pablo todavía nos sugiere alguna cosa
más. Partiendo de él, vamos a hablar de la conyugalidad3.

VOY POR AQUÍ-> 19/01/2019


¿Qué significa eso? La conyugalidad es, en primer lugar, la
relación que une a los cónyuges, es decir a los esposos que se han
entregado recíprocamente uniendo sus vidas y sus cuerpos y
expresando esa unión mediante el acto conyugal. En segundo lugar,
la conyugalidad es el amor propio de los cónyuges.
En este sentido, el gran texto clásico sobre la conyugalidad es
Ef 5,22-32. No es necesario hacer aquí un análisis detallado del texto.
Basta, para nuestro fin, captar la idea de fondo, que es esta: existe
una correlación entre la relación Cristo-Iglesia y la relación entre el
esposo y la esposa (conyugalidad). Fijaos que el autor sagrado habla
de “relación” entre dos “relaciones”. Lo explico con un ejemplo
sencillo. Si digo: 8:4=10:5, no quiero decir que 8=10 y 4=5.
Establezco una relación [de igualdad] entre dos relaciones.
¿De qué naturaleza es la relación que existe entre la relación
Cristo-Iglesia y esposo-esposa? Es de naturaleza sacramental o, como
dirían los Padres de la Iglesia, mistérica. Procuremos entender bien
este punto esencial de la visión cristiana de la conyugalidad.

3
Año 2015 el Card. Carlo Caffara, Arzobispo de Bolonia, en una conferencia que
pronunció, en el 25 aniversario del fallecimiento de D. Pietro Magnini, fundador del
Movimiento Familiaris Consortio.
Debemos partir de lo que se llama economía de la Encarnación.
Con esta expresión queremos describir el comportamiento de Dios
con nosotros, que se manifiesta de modo supremo y definitivo en
Jesús, el Verbo hecho hombre. En virtud de ese acontecimiento —Dios
que asume nuestra naturaleza y condición humana—, la divina
Persona del Verbo revela y realiza el designio de salvación a favor
nuestro, humanamente. Dice la palabra de Dios con palabras
humanas; nos salva mediante un acto humano de libertad. La palabra
humana dicha por Jesús es un gran misterio, porque es el vehículo de
la palabra misma del Padre y, por tanto, del pensamiento, del plan del
Padre para el hombre. El acto con el que Jesús se entrega a sí mismo
en la Cruz es un gran misterio, porque demuestra humanamente el
amor divino hacia el hombre. Podemos decir brevemente: la
economía de la Encarnación consiste en la Presencia operativa del
Verbo dentro de una humanidad: en un cuerpo y en un espíritu
humanos; en una vida humana.
Este modo de comportarse del Verbo encarnado sigue siendo
actual. Revela y realiza la redención del hombre sirviéndose de
realidades humanas. Lo vemos con la máxima claridad en los siete
signos sagrados o sacramentos. En el acto de lavar el cuerpo, como
sucede en el bautismo, el Redentor realiza la regeneración
sobrenatural de la persona. Pero no es que Cristo realice nuestra
justificación con ocasión de la efusión del agua y como al lado de ella.
Es mediante y, por así decir, dentro de ese gesto, donde Él realiza
nuestra redención. Lo que estoy diciendo tampoco hay que
entenderlo como si la efusión del agua fuese una ayuda para que
creamos que el Redentor nos redime. El Concilio de Trento enseña
que los Sacramentos no han sido instituidos solamente para nutrir
nuestra fe [DH 1605]. Y esa enseñanza fue recogida en el Catecismo
de la Iglesia Católica [1155]. La fuerza redentora de Cristo está
presente en la efusión del agua y actúa mediante ella. Hablo del
bautismo, pero podría hacerlo de cada sacramento. Hablamos de
economía de nuestra salvación como economía sacramental.
Y ahora volvamos a nuestra reflexión sobre la conyugalidad. He
dicho: entre la relación Cristo-Iglesia y la relación esposo-esposa
existe una relación sacramental. Ahora podemos explicarnos mejor.
En la relación conyugal está presente el Misterio de la unidad de
Cristo con la Iglesia. Aquello es el signo real de esto. Real significa
que no representa el Misterio, quedando fuera de él, externo a él, sino
que el matrimonio está en relación intrínseca con el Misterio de la
unión de Cristo con la Iglesia y, por tanto, participa de su naturaleza,
y está como impregnado por él.
Pero, ¿qué quiero decir exactamente cuando hablo de
matrimonio? En todo sacramento podemos distinguir como tres
estratos. Tomemos por ejemplo la Eucaristía. Existe un primer
estrato, el más sencillo, visible y constatable: son las especies
eucarísticas, el pan y el vino consagrados. Pero significan realmente
el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Son solo aparentemente pan y vino,
pero en realidad son el Cuerpo y la Sangre de Cristo [segundo
estrato]. Pero el Cuerpo y la Sangre de Cristo están significados por el
pan y el vino, es decir, por el alimento, en cuanto Cristo quiere unirse
a nosotros del modo más profundo: formar, Él y nosotros, un solo
cuerpo [tercer estrato].
Análogamente en el matrimonio. Existe un primer dato, bien
constatable: un hombre y una mujer dan mutuamente su
consentimiento para ser y vivir como marido y mujer [primer estrato].
Mediante sus vidas, significan una realidad que, como tal, no es
visible: la recíproca y definitiva pertenencia. Se llama vínculo
conyugal [segundo estrato]. Este vínculo que une a ambos esposos no
es principalmente un vínculo moral y legal basado en el principio
pacta sunt servanda (los pactos, los contratos se respetan). Es una
relación que da una nueva configuración a la persona de los dos
cónyuges [segundo estrato]. Pero el vínculo conyugal, por su misma
naturaleza sacramental, pide, exige realizarse en la caridad conyugal,
que produce la perfecta realización al ser marido y mujer [tercer
estrato].
La sacramentalidad del matrimonio consiste o reside
propiamente en el vínculo conyugal. Es decir, la unión de Cristo y la
Iglesia se significa realmente por el vínculo conyugal. El Misterio de
Cristo y de la Iglesia está presente en el vínculo conyugal. Los
esposos están unidos el uno al otro con un lazo en el que vive el lazo
de Cristo con la Iglesia. San Agustín llamaba al vínculo conyugal el
bien del sacramento.
Para entenderlo mejor pensemos en el bautismo. El bautismo
tiene un gesto que dura un instante: echar agua en la cabeza. Pero se
obtiene, como efecto, una realidad permanente, que configura para
siempre a la persona con Cristo: el carácter bautismal. En el
matrimonio también hay un acto de breve duración: el
consentimiento matrimonial. Pero, como efecto, se obtiene una
realidad permanente que trasforma la persona misma de los dos
esposos en su relación, porque les convierte en signo real de la unión
de Cristo con la Iglesia.
Sin embargo —y el asunto es de suma importancia— los dos
esposos son solo ministros del sacramento. ¿Qué significa? Que el
vínculo conyugal lo produce Cristo mismo; los dos esposos consienten
que Cristo les vincule de modo sacramental. Hablando del bautismo,
San Agustín dice: no es Pedro, Pablo, Juan el que bautiza, sino que
Cristo bautiza mediante Pedro…, lo que vale también para el
matrimonio. Es Cristo quien os ha casado, quien os ha vinculado el
uno al otro [lo que Dios ha unido…]. Por eso, ninguna autoridad,
incluida la del Papa, puede romper un vínculo conyugal cuando ha
alcanzado su perfección sacramental. Esa es la conyugalidad: un gran
misterio, dice San Pablo. Es un don: el don de Cristo. Es un
sacramento: lleva en sí la presencia de la unión de Cristo con la
Iglesia.
El vínculo conyugal, por su misma naturaleza, requiere
penetrar profundamente en la mente, en el corazón, en la libertad, en
la psiqué de los esposos: en toda su persona. Para eso, Cristo da a los
esposos la caridad conyugal.
Si tomamos un cristal y lo ponemos delante de una fuente
luminosa, refracta los colores del arco iris que están presentes —
aunque no se vean— en la luz blanca. Un fenómeno análogo sucede
en la vida de la Iglesia. La fuente luminosa de la Caridad —la misma
Caridad— asume coloraciones diversas al ser participada. Así, existe
la caridad pastoral, propia de los pastores de la Iglesia; la caridad
virginal, propia de las vírgenes consagradas; la caridad conyugal,
propia de los esposos.
La caridad conyugal radica en la natural atracción recíproca de
los esposos, la purifica y la eleva hasta llegar a ser participación de la
misma caridad con la que Cristo ama a la Iglesia y la Iglesia a Cristo.
Caridad conyugal que también se expresa en el lenguaje del cuerpo:
son los dos una sola carne.
Quizá, en otro momento, podemos profundizar más en este
gran tema de la caridad conyugal. Pero digamos por de pronto que el
gran atentado contra esta caridad conyugal es el adulterio.
Adulterio es la unión sexual voluntaria entre una persona casada y
otra que no sea su cónyuge.
No se trata sólo de tener relaciones sexuales fuera del
matrimonio, sino que tiene el agravante de atentar contra el vínculo
matrimonial, que no es algo puramente humano, sino que está
establecido por el mismo Dios.
Obviamente, hay que tener en cuenta que el adulterio se
produce sólo cuando ese matrimonio es válido. Si es nulo, se trataría
de relaciones fuera del matrimonio, pero no de adulterio propiamente
dicho.
¿Realmente es tan grave?
Generalmente se confunde la gravedad de este pecado con la
magnitud del escándalo si se descubre; o lo que es lo mismo, se
piensa que si no hay escándalo no hay gravedad. O se piensa que por
el solo hecho de que nadie se dé cuenta no se está haciendo mal a
nadie; pero sí se hace, y los primeros perjudicados son los mismos
protagonistas.
El adulterio daña la Iglesia, daña la sociedad. Y rompe la alianza
con Dios.
¿Y si con otra persona todo va mejor?
Ningún pecado tiene justificación. No se puede justificar el
adulterio con una supuesta lógica humana diciendo, por ejemplo:
estamos bien y felices, todo el mundo lo hace, la culpa del fracaso
matrimonial no fue mía y por tanto tengo todo derecho a rehacer mi
vida con otra persona cueste lo que cueste, estoy con una persona
que me valora, ve por mis hijos y sobre todo me ama, etc..
El maligno hace mal con apariencia de bien, siguiendo la lógica
del mundo. No hay que buscar falsas lástimas para no cortar
radicalmente con el pecado y/o para tomar los correctivos necesarios.
Es preferible hacer sacrificios y renuncias y tener una
conciencia limpia, tranquila y pura que tener lo que el mundo ofrece
pero con remordimientos de conciencia y lejos de la salvación.
Jesús dijo: “No todo quien me dice Señor, entrará al reino de
Dios sino el que hace la voluntad del Padre” (Mt 7,21). ¿Cuál es la
voluntad del Padre? Respetar el vínculo sacramental, a pesar de todo.
Una relación adúltera (o de pecado) no se basa en el amor.
Pueden haber enamoramiento, suplir carencias, necesidad de sexo,
búsqueda de protección,… pero Amor no hay allí. Porque –así lo indica
el Señor- “el que me ama guarda mis mandamientos” (Jn 14, 21)
3. Después de esta reflexión sobre la conyugalidad a la luz de la
fe, no podemos dejar de plantearnos una pregunta, que no es retórico
calificar de dramática. Parto de la constatación de un hecho. El
matrimonio es el único sacramento que coincide con una realidad
creada. Es el mismo matrimonio natural el que es trasfigurado en
sacramento. De ahí deriva lo que la jurisprudencia de los tribunales
eclesiásticos ha pensado y practicado siempre: no existe verdadero
sacramento si faltan sustancialmente los elementos constitutivos del
matrimonio natural [libertad de consentimiento, por ejemplo].
Y ahora nos planteamos la pregunta: la conyugalidad, como se
piensa, como se constituye y como se vive hoy, ¿tiene una base tal
como para poder ser trasfigurada sacramentalmente? Me explico con
un ejemplo. Para que se pueda celebrar la eucaristía es necesario que
haya vino. Pero, ¿y si el vino se ha avinagrado? La celebración de la
eucaristía no sería posible. La pregunta es: ¿existe todavía el vino de
la conyugalidad para poder celebrar el sacramento de la
conyugalidad? Jamás la Iglesia ha tenido que responder a tal desafío.
Pero en estos momentos debemos hacerlo. Abundaremos más
adelante en este tema. Seguimos con el análisis bíblico.

b) I Corintios 7
El segundo texto importante lo tenemos en I Cor 7. Al parecer,
algunos corintios, llevados de un ascetismo exagerado –y quizás bajo
el influjo de tendencias gnósticas–, consideraban como pecaminoso el
matrimonio, por lo que se creían obligados a vivir en el celibato o, si
estaban ya casados, a vivir en continencia, y aun a separarse del
cónyuge, principalmente si éste era todavía pagano. Se entiende que
en una ciudad tan corrompida como Corinto, donde se daban
numerosos abusos, incluso entre los mismos fieles (cf. 5,1; 6,9),
surgiesen, como contrapartida, extremismos opuestos. Éste es el
motivo por el que San Pablo expresa en esta carta su pensamiento
tocante al matrimonio y a la virginidad. En su largo pasaje San Pablo
enseña.
1º La bondad del matrimonio. Éste es bueno, aunque la
continencia sea mejor (vv. 7-9: “Quisiera yo que todos los hombres
fuesen como yo, pero cada uno tiene de Dios su propia gracia, éste
una, aquél otra. A los no casados y a las viudas les digo que les es
mejor permanecer como yo. Pero si no pueden guardar continencia,
cásense, que mejor es casarse que abrasarse”). Y añade –quizá
teniendo en mente los desórdenes morales que abundaban en
Corinto–, no como “mandato sino como condescendencia” (v. 6), que
“tenga cada uno su mujer, y cada una tenga su marido” (v. 2), “para
evitar la fornicación” (es decir, como remedio de la concupiscencia).

2º Por el matrimonio cada uno de los cónyuges pasa a


pertenecer al otro: “la mujer no es dueña de su propio cuerpo, es
el marido; e igualmente el marido no es dueño de su propio cuerpo,
es la mujer” (v. 4).

3º El matrimonio no solo da derecho a la intimidad


sexual sino que impone obligación de prestarse a ella: “el
marido pague a la mujer, e igualmente la mujer al marido” (v. 3). No
deben negarse cuando son solicitados para esta intimidad: “no os
defraudéis uno al otro” (v. 5). De ahí que la abstinencia sexual deba
practicarse exclusivamente de mutuo acuerdo y con un fin noble: “a
no ser de común acuerdo por algún tiempo, para daros a la oración, y
de nuevo volved al mismo orden de vida, a fin de que no os tiente
Satanás de incontinencia” (v. 5).

4º Luego añade, esta vez a título de expreso mandato de


Cristo, la indisolubilidad del matrimonio: “Cuanto a los casados,
precepto es, no mío, sino del Señor, que la mujer no se separe del
marido, y de separarse, que no vuelva a casarse, o se reconcilie con
el marido, y que el marido no repudie a su mujer” (vv. 10-11). El que
la redacción indique que es la mujer la que se separaría del marido
parece adecuarse al contexto de Corinto, donde el divorcio iniciado
por la esposa era más común que en las comunidades judías. En
cuanto a la afirmación “y si separa…”, no significa que san Pablo
tolere el divorcio a posteriori, sino probablemente aluda a un hecho
consumado en el que a la divorciada, previamente pagana, que ahora
quiere hacerse cristiana, se le impone o que se reconcilie con su
marido o que permanezca sola. Fitzmyer concluye, con Hans
Conzelmann, que “la norma es absoluta”.

5º A continuación expone lo que ha venido a denominarse


“privilegio paulino”, que no nos interesa sino accidentalmente
porque es una intervención apostólica sobre un
matrimonio pagano en beneficio de la fe, no sobre uno sacramental:
“A los demás les digo yo, no el Señor, que si algún hermano tiene
mujer infiel y ésta consiente en cohabitar con él, no la despida. Y si
una mujer tiene marido infiel y éste consiente en cohabitar con ella,
no lo abandone. Pues se santifica el marido infiel por la mujer, y se
santifica la mujer infiel por el hermano. De otro modo vuestros hijos
serían impuros, y ahora son santos. Pero si la parte infiel se retira,
que se retire. En tales casos no está esclavizado el hermano o la
hermana, que Dios nos ha llamado a la paz. ¿Qué sabes tú, mujer, si
salvarás a tu marido; y tú, marido, si salvarás a tu mujer?” (vv. 12-
16). Lo importante de este caso es que san Pablo añade que fuera de
este caso (el del matrimonio pagano en que uno de los cónyuges se
convierte y el otro no acepta ni la fe ni la pacífica convivencia), todos
deben ajustarse a la norma “del Señor”, que es la anteriormente
señalada: “Fuera de ese caso, cada uno ande según el Señor le dio y
según le llamó. Y esto lo mando en todas las iglesias” (v. 17). Como
podemos observar, según decía el cardenal Journet, “[en las cartas
paulinas] la posibilidad del divorcio ni siquiera se plantea” para los
matrimonios sacramentales4.

6º Vuelve luego sobre el tema de la virginidad y


continencia de aquellos que querían imponerla como la norma
general. Esto dará pie a que, de manera conciliadora, el Apóstol dé
libertad para que cada uno elija estado, si es libre, o permanezca en
el que tiene, si no es ya libre: “¿Estás ligado a una mujer? No busques
la separación. ¿Estás libre de mujer? No busques mujer” (v. 27). Pero
insiste en que el matrimonio es lícito (v. 28), aunque reconoce que
conlleva “la tribulación de la carne” (v. 28).

7º El estado matrimonial, a diferencia del virginal, en cuanto


a la dedicación del corazón es un estado de división interior,
porque el casado debe atender tanto a Dios como al cónyuge (v. 33-
34: “El casado ha de cuidarse de las cosas del mundo, de cómo
agradar a su mujer, y así está dividido… La casada ha de preocuparse
de las cosas del mundo, de agradar al marido”). En cambio la
doncella y la célibe tienen una sola ocupación (v. 34: “La mujer no
casada y la doncella, sólo tienen que preocuparse de las cosas del
Señor, de ser santas en cuerpo y en espíritu”).

8º Finalmente, la muerte es la única causa de disolución


del vínculo matrimonial: “La mujer está ligada por todo el tiempo
de vida de su marido, pero una vez que se duerme [= muere] el
marido, queda libre para casarse con quien quiera, pero en el Señor”
(v. 39).

Una de las conclusiones que hemos obtenido del análisis del


texto paulino es que el matrimonio es indisoluble por naturaleza y por
positiva institución de Dios. Por naturaleza, porque sin indisolubilidad
no son alcanzables los fines propios del matrimonio. Además por
positiva institución de Dios que se remonta al momento mismo de la
creación, como puede verse expresado en las palabras del Génesis
(2,24): Por esto deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su
mujer, y vienen a ser una sola carne. En este sentido las interpreta
Cristo: Al principio no fue así... lo que Dios ha unido no lo separe el
hombre (Mt 19,6).

4
Journet, Ch., Il matrimonio indisolubile, Paoline, Roma (1968).
Como consecuencia, el divorcio (se entiende en caso de
matrimonio válido) contradice tanto los preceptos positivos de Dios
cuanto la ley natural. Los teólogos se explicitan diciendo que
contradice el derecho natural secundario, es decir, el conjunto de
preceptos cuya observancia facilita la consecución del fin primario;
éste podrá ser alcanzado, pero con dificultad y no siempre. Los
preceptos secundarios se siguen, a modo de conclusiones, de los
primarios.
Téngase en cuenta que los fines del matrimonio son la
procreación y la unión mutua de los cónyuges (amor y amistad
esponsalicia). Sin el presupuesto de la indisolubilidad el fin de la
procreación se hace más difícil, por cuanto, procreación no implica
sólo la generación sino la educación y perfección de la prole
generada, lo que exige el sacrificio lento y continuo de los padres. En
cuanto al fin del amor esponsacilio, éste se funda (y consiste) en la
mutua entrega total de las personas, lo que quiere decir “todo el
corazón y para siempre”; si no fuera indisoluble, la entrega no sería
total, y el amor verdadero y auténtico no sería causa y fin del
matrimonio.
Sin embargo, históricamente sabemos que la ley mosaica
permitió la práctica del libelo de repudio, es decir, permitía al hombre
separarse de su mujer y volverse a casar, al menos en algunos casos.
Si un hombre toma una mujer y llega a ser su marido, y ésta luego no
le agrada, porque ha notado en ella algo de torpe, le escribirá el libelo
de repudio, y poniéndoselo en la mano, la mandará a su casa. Una
vez que de la casa de él salió, podrá ella ser mujer de otro hombre. Si
también el segundo marido la aborrece y le escribe el libelo de
repudio y, poniéndoselo en la mano, la manda a su casa, o si el
segundo marido que la tomó por mujer muere, no podrá el primer
marido volver a tomarla por mujer después de haberse ella
marchado, porque esto es una abominación para Yavé (Dt 24, 1-4).
¿Cuándo estaba permitido?
La cláusula mosaica dice simplemente (Dt 24,1): si nota en ella
algo de torpe [erwat dabar].
Dos escuelas contendían fundamentalmente entre sí sobre este
punto.
La escuela del rabí Hillel era laxista y sostenía que el marido
podía repudiar a su mujer por cualquier torpeza (incluso si dejó
quemar la comida).
La escuela del rabí Shammai era más rigorista y decía que la
afirmación de Moisés se refiere a una torpeza moral grave, es decir,
sólo en caso de adulterio de la esposa.
Jesucristo al discutir con los fariseos que le plantean el caso
deja bien en claro que el motivo de esta permisión divina fue la
dureza del corazón (Mt 19, 8). Da por supuesto que Dios podía
dispensar de su derecho positivo y de la ley natural en este caso. Lo
hace sólo como dispensa, para evitar males mayores: el hecho de que
Dios no aprueba la costumbre sino que se limita a reglamentar el
libelo de repudio como mal menor lo vemos expresado en lo que dice
por Malaquías (2,14-16): Yo aborrezco el repudio, dice Yavé, Dios de
Israel.
Ahora bien, ¿por qué puede Dios dispensar de la ley natural en
este caso? La explicación que da Santo Tomás es que la
indisolubilidad pertenece al derecho natural secundario, como hemos
dicho, por lo cual Dios -y sólo Dios- podía dispensar del mismo por
motivos graves. Lo mismo valdría para la poligamia de los patriarcas
(cf. Santo Tomás, [Link]., Supl. 65).; en cambio, el concubinato
contradice la ley natural en sus preceptos primarios, puesto que
contradice el fin primario intentado por la naturaleza (la perpetuación
de la especie) ya que la unión sin estabilidad muchas veces excluye
la prole y cuando no la excluye, no puede garantizar su educación por
faltarle la estabilidad matrimonial. Por eso el concubinato nunca fue
lícito de suyo ni por dispensa; por tanto, si alguien practicó el
concubinato propiamente dicho pecó (afirma Santo Tomás contra
Moisés Maimónides); y si no pecó y es alabado en la Sagrada
Escritura es porque el suyo no fue concubinato sino matrimonio
verdadero (cf. [Link]., Supl., 65,3-5).
El motivo grave era aquí evitar el crimen de conyugicidio o
uxoricidio, que los corazones duros de los judíos no hubieran dudado
en perpetrar. Algunos Santos Padres (san Juan Crisóstomo, san
Jerónimo, san Agustín) y el mismo Santo Tomás deducen que ésta es
la dureza del corazón a la que se refiere Cristo, basándose en las
palabras del mismo Deuteronómio (22,13): si un hombre después de
haber tomado mujer, le cobrare odio...5.
Ahora bien, ¿qué actitud toma Cristo frente a esto? Jesucristo
legisló sobre el divorcio derogando explícitamente la dispensa que
regía en el Antiguo Testamento. Esto aparece en cuatro lugares
evangélicos: Mt 19,3-9, Mt 5,31, Mc 10,2-12 y Lc 16,18. Sin embargo,
en el mismo momento en que Nuestro Señor restaura la
indisolubilidad original, aparece en sus labios (aunque sólo en los dos
textos de san Mateo) una expresión que parecería conceder cierta
excepción (es decir, cierta posibilidad de divorcio): salvo caso de
adulterio, excepto en caso de fornicación. Por tanto, ¿se trata de una
indisolubilidad absoluta o en la mayoría de los casos? Para responder
debemos analizar los textos.

1. Los problemas que presentan los dos textos de San Mateo


El texto del capítulo 19 de San Mateo se ha de interpretar
teniendo en cuenta el contexto histórico en que se desarrolla la
discusión. Cristo está polemizando con los fariseos y son ellos quienes
sacan la cuestión del divorcio; la pregunta apunta a ver en cuál de las

5
Cf. [Link]., Supl., 67,6. Aclaro, sin embargo, que otros teólogos ven en la permisión
mosaica sólo una ley civil, que ponía al judío al abrigo de toda pena externa, pero
no lo eximía de culpa en el fuero de su conciencia. Discuten luego los teólogos en
cuanto a si este repudio, mientras estuvo permitido por la ley mosaica, implicaba
una verdadera rotura del vínculo conyugal. La opinión más común, compartida
incluso por Santo Tomás (Cf. [Link]., Supl. 67, 1) es que rompía verdaderamente el
vínculo conyugal. Así parece deducirse del texto del Deuteronomio que le permite
contraer nuevas nupcias a la mujer repudiada.
opiniones más importantes del tiempo (la de Hillel o la de Shammai)
se enrola Jesús.
Debemos aclarar que las discusiones en torno al divorcio son
más viejas que el evangelio. Tan antiguas como el hombre. En
tiempos de Cristo la discusión sobre el tema estaba polarizada en dos
escuelas, todo partía de la interpretación de la Ley. En la Ley se leía
lo siguiente: “Si un hombre toma una mujer y es su marido, y ésta
luego no le agrada, porque ha notado en ella algo indecoroso (‘erwat
dabar), le escribirá el libelo de repudio. Una vez que salió de la casa
de él, podrá ella ser mujer de otro hombre” (Dt 24:1-2).
Este texto de la Ley era sumamente discutido en las escuelas
de interpretación judía, en tiempos de Jesús.
a) Para la escuela de Hillel, laxista en grado sumo, bastaba
cualquier motivo para otorgare el libelo de repudio, incluso el más
intrascendente o caprichoso, [Link]., el no haberle preparado bien la
comida, que se le hubiera quemado o simplemente ahumado. Incluso
algunos rabinos como Aquiba († sobre 135) enseñaba que el mismo
hecho de encontrar otra mujer más hermosa, era motivo de divorcio,
pues en el Deuteronomio se dice: “Si ella no encuentra gracia a sus
ojos” sin restricción alguna. De hecho, el gran historiador judío Flavio
Josefo repudió a su mujer, madre ya de tres hijos, porque no le
agradaban sus costumbres.
b) la otra escuela, la de Shammai, de tendencia rigorista,
entendía que la excepción del Deuteronomio se refería únicamente al
caso de adulterio.

Acaso estos fariseos, reflejando este ambiente y buscando


tentarle, le presentan la cuestión de si es “lícito repudiar — verdadero
divorcio — a la mujer (Mc) por cualquier causa.” Literalmente, “darle
libelo de repudio,” el llamado “escrito de divorcio” (sepher kerithuth
— άποστάσιον).

Probablemente buscaban acusarle de una manera u otra,


porque si lo acepta, se le acusa del laxismo de la escuela de Hillel; si
no lo autoriza, se le comprometía y enemistaba con la escuela y
poderío de los hillelistas.

Pero Jesús los desconcierta exponiendo una vía distinta, que era
la de la revelación primitiva. En el Génesis se expone claramente la
creación de los dos sexos y la unión inseparable de ellos. “Por esto
dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer, y serán
dos en una sola carne’ (Mt 19,4-5) en el sentido de una persona; “y
una sola carne” no se puede dividir sin matarla. Y Cristo pronuncia
una sentencia definitiva, restituyendo el matrimonio a su
indisolubilidad primitiva: “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre.”
(v. 6)
Los fariseos entienden claramente que Jesucristo no concede
ninguna posibilidad (ni siquiera el caso restrictivo de Shammai), por
eso objetan con la actitud permisiva de Moisés. Jesucristo, por tanto,
debe explicar cómo se interpreta la actitud de Moisés y defender su
posición intransigente, lo que hará apelando nuevamente a la
intención originaria del Creador (Al principio no fue así: Mt 19,8) y
explicando el por qué de la actitud mosaica (se debió a la dureza del
corazón de los judíos; ya hemos indicado en qué sentido se entiende
esto).
Ahora bien, Jesucristo, después de recordar la permisión
mosaica, va a legislar reinstaurando el matrimonio en su fuerza
original. Él tiene conciencia de estar abrogando una ley transitoria del
Antiguo Testamento; por eso introduce la nueva legislación (al menos
en el texto de Mt 5) con las palabras Mas yo os digo, locución con la
cual en el sermón del monte opone precisamente a la enseñanza de
los antiguos su propia superioridad [Cf. Mt 5,21.27,33.38, etc.
Siempre la locución es Habéis oído que se dijo a los antiguos... Pero
yo os digo...].
¿Y cuál es la enseñanza que él opone a lo que fue dicho a los
antiguos? Quien repudia a su mujer (salvo caso de adulterio) y se
casa con otra, adultera (Mt 19,9; cf. Mt 5,32).
En efecto, allí dice: Pero yo os digo que quien repudia su mujer -
excepto el caso de fornicación- la expone al adulterio y, el que se
casa con la repudiada comete adulterio. También aquí se ve
claramente que Cristo opone la legislación antigua (de Moisés) a la
nueva (la suya); en esta nueva legislación (y esto ya es una diferencia
esencial con la mosaica), la mujer, aún repudiada, si se une a otro
adultera (por tanto, se supone que el vínculo no queda roto por el
repudio, mientras que Moisés permitía la nueva unión).
En realidad el problema está en Mt 19,9, cuando dice: Salvo en
caso de adulterio (mé epì porneía); aunque más arriba aparece Mt
5,32 donde señala: excepto en caso de fornicación (parectós logou
porneías) [según Nacar Colunga]. El núcleo del problema consiste, en
realidad, en la interpretación correcta de las dos expresiones griegas.
Antes de presentar las distintas opiniones al respecto, hay una
cosa que es clara y no puede discutirse y es la lógica que debe
guardar el pensamiento de Cristo; no puede darse una interpretación
que “fracture” psicológicamente el razonamiento de Jesús. Ahora
bien, Cristo, a esta altura de su discusión, ya ha indicado:
1° que “al principio” (es decir en la Creación) la situación del
matrimonio no fue la que se dio en tiempos de Moisés;
2° que Moisés concedió el repudio no como un progreso
espiritual sino como un retroceso debido a la dureza del corazón de
su pueblo;
3° que Él (Jesús) pretende volver a la situación del Génesis
(todo esto en Mt 19);
4° que su legislación se opone a lo que se enseñó a los antiguos
(esto en Mt 5).
Pero si la controvertida expresión pudiese entenderse
literalmente “salvo en caso de adulterio”, Cristo no habría salido del
marco mosaico; estaría todavía en él, encuadrado en la posición de
Shammai. Por tanto, después de anunciar una derogación de la
dispensa, no tendríamos más que la consagración de una de las
interpretaciones de la dispensa. En el razonamiento de Cristo
habríamos encontrado una fractura lógica o un echarse atrás frente a
la objeción de sus adversarios. Esta dificultad fue notada desde
mucho tiempo atrás, razón por la cual algunos neoprotestantes y
modernistas quisieron explicar las excepciones de Cristo como una
interpolación redaccional: alguien añadió esta expresión al texto
original (así dice, por ejemplo, Loisy). Esta explicación no hace otra
cosa que eludir el problema.
La tradición ha buscado, en cambio, explicar el pensamiento de
Cristo por dos vías:
- ya sea interpretando de otro modo las partículas mé, y
parectós,
- o bien estudiando más a fondo el concepto de porneía.
Las principales son las siguientes:

1) Para algunos la expresión debe entenderse como se la


traduce generalmente (“salvo en caso de adulterio o fornicación”)
pero lo que permite aquí Cristo es sólo el “divorcio incompleto”, es
decir, la separación de los cuerpos (dejar de convivir) por motivos
graves, y no equivale a un permiso para volverse a casar (así lo
entendía, por ejemplo, San Jerónimo). Esta interpretación es
indudablemente ortodoxa, pero no soluciona el problema,
simplemente lo esquiva. De hecho, los fariseos no preguntan por la
simple "separación", sino por el "divorcio", y parece lógico que Jesús
responda al asunto disputado sobre el que le piden una explicación
bien a favor o en contra de una de las dos escuelas que mantenían
sentencias opuestas entre sí. Además, los judíos no conocían la
fórmula religiosa y jurídica de "separación" sin posibilidad de nuevas
nupcias. Para ellos, "conceder el repudio" suponía necesariamente la
posibilidad de casarse con otra mujer.

2) Para otros los términos “excepto” y “salvo” querrían indicar


en boca de Cristo que Él no desea tocar, por el momento, ese caso
particular (el del adulterio o fornicación); por tanto, no se expide. El
texto debería, pues, entenderse: “... salvo el caso de adulterio, del
que no quiero hablar ahora...” (así proponía, por ejemplo, San
Agustín). Ahora bien, es precisamente este caso, el del adulterio, el
que los adversarios de Cristo querían tratar (porque era la
interpretación de Shammai); no tiene por tanto ningún sentido
evitarlo, más bien sería incorrecto.

3) Otros han explicado el problema analizando más


detenidamente el verdadero sentido o los posibles significados de las
preposiciones mé y parectós. A simple vista mé parece indicar
excepción, pero gramaticalmente admite tanto el sentido de
excepción cuanto el de negación prohibitiva (al igual que la
preposición praeter con la cual es traducido este versiculo al latín).
Debería, por tanto, entenderse así: “ni siquiera en caso de adulterio”.
Lo mismo valdría para parectós que junto al significado de “excepto”
o “fuera de” también admite (aunque raramente) el de “además”,
“aun en caso de”. La idea que quedaría sería: el que abandona a
mujer, además del adulterio [por el cual la repudia], la expone a otro
adulterio, etc.. Es una interpretación admisible, pero discutible. Es la
explicación que da la Biblia de Nacar-Colunga en las notas a estos
pasajes, a pesar de traducirlas en el otro sentido.

4) Finalmente otros autores apuntan a interpretar más


correctamente la expresión porneía. Ésta no sería simple fornicación
ni adulterio, sino propiamente el estado de concubinato. El término
rabínico empleado por Cristo habría sido zenut, que designa la unión
ilegítima de concubinato; el griego carece, en cambio, de un nombre
específico para designar a la “esposa”, razón por la cual, se habría
recurrido al término porneía. En tal caso, es evidente que no sólo es
lícito la separación, sino obligatoria, puesto que no hay matrimonio
sino unión ilegal. Esta explicación se refuerza tomando en cuenta que
San Pablo, en su carta a los Corintios, califica la unión estable
incestuosa del que se había casado con su madrasta como porneía
[Cf. 1 Cor 5,1ss.]. A esto mismo haría referencia el Concilio de
Jerusalén al exigir que los fieles se abstengan de porneía [Cf. Act
15,20-29; 21,25.], o sea de las uniones ilegales aunque estables. Esta
última es, tal vez, la más plausible de las interpretaciones y la
sostuvieron autores como Cornely, Prat, Borsirven, Danieli[14],
McKenzie; también algunas versiones de la Biblia [Así por ejemplo, la
versión oficial de la CEI (Conferencia Episcopal Italiana).].

2. Los textos de San Lucas y San Marcos.


Entendidas las dificultades como acabamos de exponer, se
comprende que sean totalmente equivalentes con las de San Lucas y
San Marcos, los cuales mencionan la sentencia de Cristo sin las
clausulas problematicas:

1) San Lucas (16,18): Todo el que repudia a su mujer es adúltero; y


el que se casa con la repudiada por su marido, es adúltero. Aquí,
queda en claro que el vínculo permanece en quien fue repudiada y en
el repudiador; no hay por tanto, disolubilidad. Y no aparece la
aparente excepción.

2) San Marcos (10,11): El que repudia a su mujer y se casa con


otra, adultera contra aquélla, y si la mujer repudia al marido y se casa
con otro, comete adulterio. Por más repudio mosaico que se
practique, el nuevo matrimonio de la repudiada o del repudiador
constituye adulterio.
Es evidente que si hubiera una diferencia moral tan radical
entre el caso del repudio por motivos de adulterio (siendo lícito como
quería Shammai) y los demás casos de repudio (que serían ilícitos),
tanto Cristo como sus evangelistas deberían haberlo indicado en
todos los lugares en que se haga referencia al divorcio. Por el
contrario, en estos lugares Cristo no deja lugar ni para la única
excepción que proponía el rabí Shammai.
En su Catequesis (24-11-1982), san Juan Pablo II concluye
diciendo: En el sermón de la montaña —como también en la
conversación con los fariseos acerca de la indisolubilidad del
matrimonio— Cristo habla desde lo profundo de ese misterio divino.
Y, a la vez, se adentra en la profundidad misma del misterio humano.
Por esto apela al «corazón», a ese «lugar íntimo», donde combaten
en el hombre el bien y el mal, el pecado y la justicia, la
concupiscencia y la santidad. Hablando de la concupiscencia (de la
mirada concupiscente: cf. Mt 5, 28), Cristo hace conscientes a sus
oyentes de que cada uno lleva en sí, juntamente con el misterio del
pecado, la dimensión interior «del hombre de la concupiscencia» (que
es triple: «concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y
orgullo de la vida», 1Jn 2, 16). Precisamente a este hombre de la
concupiscencia se le da en el matrimonio el sacramento de la
redención como gracia y signo de la alianza con Dios, y se le asigna
como ethos. Y simultáneamente, en relación con el matrimonio como
sacramento, le es asignado como ethos a cada hombre, varón y
mujer; se le asigna a su «corazón», a su conciencia, a sus miradas y a
su comportamiento. El matrimonio —según las palabras de Cristo (cf.
Mt 19, 4)— es sacramento desde «el principio» mismo y, a la vez,
basándose en el estado pecaminoso «histórico» del hombre, es
sacramento que surge del misterio de la «redención del cuerpo».

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En cuanto a los fines del matrimonio, hay que decir que,
desde el punto de vista objetivo, es decir, tenida en cuenta la
naturaleza misma del matrimonio, los fines primarios del matrimonio
son el amor mutuo y la procreación y educación de la prole. El
Magisterio reconoce estos dos fines al hablar del doble significado o
doble finalidad del matrimonio: unitiva y procreativa. Estos fines
esenciales no se excluyen sino que son complementarios: “... por su
íntima estructura, el acto conyugal, mientras une profundamente a
los esposos, los vuelve aptos para la generación de nuevas vidas,
según leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer”
(Pablo VI, Humanae vitae,12) .
-La procreación: “Por su índole natural, la institución del
matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la
procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como
con su corona propia” (Gaudium et spes, 48).
-El amor y la ayuda mutua: “Dios que ha creado al hombre
por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e
innata de todo ser humano... La Sagrada Escritura afirma que el
hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: No es bueno
que el hombre esté solo. La mujer, carne de su carne, es decir, su
otra mitad, su igual, la creatura más semejante al hombre mismo, le
es dada por Dios como un auxilio, representando así a Dios que es
nuestro auxilio. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se
une a su mujer, y se hacen una sola carne (Gn 2,24). Que esto
significa una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor mismo lo
muestra recordando cuál fue en el principio, el plan del Creador: De
manera que ya no son dos sino una sola carne (Mt 19,6)”.

EL SIGNO EXTERNO DEL SACRAMENTO

El legítimo contrato matrimonial es, a la vez, la materia y la


forma del sacramento del matrimonio, puesto que, en el momento
mismo en que se establece este contrato entre dos bautizados, se
produce el sacramento sin que sea necesaria ninguna otra condición.
Es decir, cuando este contrato natural se establece entre
bautizados, se produce la gracia santificante y la gracia sacramental;
se confecciona un sacramento (cfr. Dz 1854).
Si nos fijamos en el contrato en sí mismo, puede decirse:
a) que la materia remota son las personas mismas de los
contrayentes; o bien del ius ad vitae communionem (derecho a la
comunidad de Vida).
El Código de Derecho Canónico (cfr. c. 1055 & 1) amplía el
objeto esencial del contrato matrimonial, pasando de la simplicidad
del ius in corpus (derecho sobre los cuerpos, en orden a la
generación), a la complejidad del ius ad vitae communionem,
disponiendo que en virtud de ese contrato el varón y la mujer
constituyen entre sí un consortium omnis vitae (consorcio de toda la
vida) y, por tanto, al dar su consentimiento, se entregan y aceptan
mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio (cfr.
CIC, c. 1057, c. 2);

b) que la materia próxima son los signos o palabras con que


manifiestan esa entrega;

c) que la forma es la aceptación mutua de la entrega,


manifestada externamente.

EFECTOS DEL SACRAMENTO

El efecto propio del matrimonio, en cuanto institución natural,


es el vínculo entre los cónyuges, con sus propiedades esenciales de
unidad e indisolubilidad, como estudiaremos más adelante. Para los
cristianos, además, el sacramento del matrimonio produce efectos
sobrenaturales:
a) aumento de gracia santificante,
b) la gracia sacramental especifica, que consiste en el derecho
a recibir en el futuro las gracias actuales necesarias para cumplir
debidamente los fines del matrimonio. "Esta gracia propia del
sacramento del Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de
los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta
gracia se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial
conyugal y en la acogida y educación de los hijos" (Catecismo, n.
1641).
Por eso, si al paso de los años la comunión de vida se hiciera
más difícil pareciera agotarse la capacidad para recibir y educar a los
hijos, los esposos cristianos han de recordar que tienen las gracias
suficientes para realizar su tarea:
"Los matrimonios tienen gracia de estado -la gracia del
sacramento-para vivir todas las virtudes humanas y cristianas de la
convivencia: la comprensión, el buen humor, la paciencia, el perdón,
la delicadeza en el trato mutuo. Lo importante es que no se
abandonen, que no dejen que les domine el nerviosismo, el orgullo o
las manías personales. Para eso, el marido y la mujer deben crecer en
vida interior y aprender de la Sagrada Familia a vivir con finura -por
un motivo humano y sobrenatural a la vez-las virtudes del hogar
cristiano" (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer,
Ed. MiNos, México, 1992, n. lOS).

AMOR Y CELIBATO

Podría parecer, en principio, que el deseo natural y legítimo del


hombre de amar a una mujer y de formar una familia, es el único
camino -o el más adecuado- para la madurez de la persona humana.
Sin embargo, una más profunda reflexión nos ayuda a comprender
que no es así.
La sexualidad, en efecto, está insertada en una vocación a la
santidad, y cuando se vive ordenadamente en el matrimonio, viene a
ser signo del amor con que Cristo se une a la Iglesia. Pero el celibato
por amor a Dios une más estrechamente a Cristo.
Como don de Dios, voluntariamente aceptado, por el cual se
renuncia conscientemente al ejercicio de la sexualidad, el celibato no
implica ningún desprecio al afecto humano. Al contrario, supone una
elevación del amor a un plano superior, en un ensanchamiento del
corazón que lo enriquece sobreabundantemente (cfr. Enc.
Sacerdotalis coelibatus de Pablo VI, nn. 50-56).
En ocasiones se ha afirmado que la verdadera perfección
humana está vinculada al ejercicio de la facultad generativa. Si esto
fuera cierto, sólo en el matrimonio sería posible alcanzar la plenitud
personal, lo que está en abierta contradicción con toda la doctrina
revelada, con la misma vida de Jesucristo Nuestro Señor -que es
verdadero Dios y verdadero Hombre-, y con la constante enseñanza
del Magisterio eclesiástico:
"Si alguno dijera que el estado conyugal debe anteponerse al
estado de virginidad o celibato, y que es mejor y más dichoso
permanecer en virginidad o celibato que unirse en matrimonio (cfr.
Mt. 19; 11ss., I Cor. 7, 25ss.), sea anatema" (Dz.9S0).
Aunque esto no significa que los casados no puedan ser
personalmente más santos que quienes permanecen célibes por amor
a Dios -ya que lo importante para la santidad es la correspondencia
de cada uno a la propia llamada divina-, los célibes que se unen a
Cristo con corazón indiviso, pueden entregarse más libremente a su
servicio y al servicio del prójimo (cfr. Concilio Vaticano 11, Decr.
Presbyterorum ordinis, n. 16).
Estas razones, que el Concilio expone al hablar de los
sacerdotes, pueden tener un alcance más amplio en todos aquellos
que viven de esta manera (cfr. también la Enc. Sacra virginitas de Pío
XII, del 25-I1I-1954, la ya citada Enc. Sacerdotalis coelibatus de Pablo
VI y los números 1618 a 1620 del Catecismo de la Iglesia Católica).

MINISTRO Y SUJETO DEL MATRIMONIO

1 Ministro
Los mismos contrayentes son los ministros del sacramento del
matrimonio (cfr. S. Th., Supl., q. 42, a. 1, ad. 1; q. 45, a. 5): "Son los
esposo quienes, como ministros de la gracia de Cristo, se confieren
mutuamente el sacramento del Matrimonio, expresando ante la
Iglesia su consentimiento" (Catecismo, n. 1623).
La presencia del sacerdote es necesaria sólo a partir del
Concilio de Trento, en que se estableció como norma para evitar los
desórdenes que suponían los matrimonios ocultos que, sin embargo,
eran matrimonios válidos (cfr. Dz. 990).
La asistencia del sacerdote tiene la categoría de un testigo
calificado, y es imprescindible por exigirlo así el Derecho de la Iglesia
(cfr. CIC, c. 1108 & 1).

2 Sujeto
"Los protagonistas de la alianza matrimonial son un hombre y
una mujer bautizados, libres para contraer matrimonio y que
expresan libremente su consentimiento. 'Ser libre' quiere decir:
-no obrar por coacción;
- no estar impedido por una ley natural o eclesiástica"
(Catecismo, n. 1625).
Como se trata de un sacramento de vivos, para recibirlo sin
cometer pecado grave -aunque válidamente-, hace falta estar en
gracia.
No es necesario explicar que sólo quienes han recibido el
bautismo pueden recibir otro sacramento por tanto, el matrimonio. De
los impedimentos trataremos después.
Cuando el matrimonio se recibe en pecado mortal además de
cometerse otro pecado, los efectos sobrenaturales del sacramento
quedan impedidos; efectos que 'reviven' cuando se recupera la gracia
de Dios.

1. OBLIGACIONES DEL MATRIMONIO EN RELACION AL


DEBITO CONYUGAL
Licitud del acto conyugal
El acto conyugal es licito, e incluso meritorio, siempre que se realice
en conformidad con los fines del matrimonio (cfr. Conc. Vat. II, Const.
Gaudium et spes, n. 49).
Es lógico que sea así, ya que forma parte de los planes de Dios,
por ser la única manera de que el hombre cumpla con el mandato
divino de "crezcan y multiplíquense" (Gen. 1, 28).
No han faltado quienes juzgan ilícito el acto conyugal por
considerar mala la materia: entre dos es algunas sectas gnósticas y
manqueas de los primeros siglos, los cátaros de tiempos medievales,
etc.
Para que sea meritorio, hace falta realizarlo en estado de gracia.
El acto conyugal debe quedar siempre abierto a la generación
de nueva vida aunque en muchas ocasiones, por causas
involuntarias, la concesión no se produzca: eso significa que no debe
excluirse voluntariamente la concepción, aunque tampoco se busque
modo directamente inmediato la generación en la realización de cada
acto; las causas involuntarias podrán ser la edad avanzada, la
esterilidad congénita, estado de gestación, etc.
De acuerdo con esto puede afirmarse que el acto conyugal es
lícito c do sirve al bien espiritual de los esposos siempre que
permanezca abierto a nueva vida:
- es lícito, por tanto, el acto conyugal entre esposos estériles,
puesto que en este caso la generación es impedida voluntariamente
por ellos;
- es lícito el acto conyugal durante el embarazo;
- sería ilícito no hacerlo privadamente y de modo honesto;
- son lícitos los actos complementarios, necesarios o convenientes
para realizarlo o complementarlo.

Las prácticas anticonceptivas


Para un estudio más detallado de este tema remitimos al inciso
11.2.1 del 'Curso de Teología Moral'.
Es necesario que cada uno de los actos conyugales, y no sólo su
conjunto, permanezca destinado a la procreación, en la medida en que
depende de la voluntad humana (cfr. Paulo VI, Enc. Humanae vitae, n.
11).
Este principio, tradicional en la Iglesia y consecuencia del fin
primordial del matrimonio, se fundamenta en la ordenación que Dios
ha dado al acto conyugal;
Los fines que de modo personal se propongan los esposos no
pueden oponerse a este fin primordial de la generación, como
siempre ha enseñado el Magisterio de la Iglesia;
La ilicitud de un acto conyugal voluntariamente infecundo no
puede justificarse, aunque la vida matrimonial en su conjunto
permanezca abierta a la procreación (cfr. Paulo VI, Enc. Humanae
vitae, n. 14).
Es pues ilícita toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o
en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se
proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación (Enc.
Humanae vitae, n. 14).

Están, por tanto, reprobados todos los medios anticonceptivos


que interfieran en el natural desarrollo del acto conyugal: sean físicos
o químicos, tanto si impiden que el semen llegue a su sitio natural,
como si evitan su acción fecundante o el primer desarrollo del nuevo
ser; tanto si son onanísticos en sentido propio —coitus interruptus
(cfr. Gen. 38, 8-10) — como si se dirigen, de cualquier modo y en
cualquier momento, a impedir la procreación.
Cada uno de los actos así realizados es gravemente
pecaminoso.

Desde siempre ha sido enseñada esta doctrina por el Magisterio


de la Iglesia; la Encíclica Humanae vitae cita el Catecismo Romano
(siglo XVI), donde se declara que es "gravísimo delito impedir con
medicamentos la concepción" (cfr. p. II, cap. 8); cita también la
Encíclica Casti connubii de Pío XI (siglo XX): "Ningún motivo, aun
cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va contra la naturaleza
sea honesto y conforme a ella; y estando-ordenado el acto conyugal,
por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el
ejercicio del mismo lo sustituyen adrede de su naturaleza y virtud,
obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e
intrínsecamente deshonesta"; en fecha más reciente S. S. Juan Pablo
II volvió a recordar que el Papa Paulo VI en su Encíclica Humanae
vitae "dice no a lo que es contra el proyecto de Dios sobre el amor
conyugal (...) en particular dice no a todo lo que es contracepción
artificial. Y dice no en sentido decisivo y claro" (Discurso al Clero
Romano, 22-111-84).
Por tanto, la doctrina sobre la intrínseca malicia de los medios
anticonceptivos es irreformable, por tratarse no de una enseñanza
aislada o particular, sino de una doctrina constante del Magisterio
ordinario de la Iglesia, fundamentada en la ley natural.
Conviene aclarar que la Iglesia "no considera de ningún modo
ilícito el uso de los medios terapéuticos verdaderamente necesarios
para curar enfermedades del organismo, a pesar de que se siguiese
un impedimento, aun previsto, para la procreación, con tal de que
ese impedimento no sea, por cualquier motivo, directamente
querido" (Enc. Humanae vitae, n. 15).

La continencia periódica
La continencia periódica es la limitación del uso del matrimonio
a los días de esterilidad natural en la mujer. Cuando hay razones que
lo justifiquen —de salud física o mental, de índole económica, etc. —
puede ser una manera legítima de regular la natalidad.
En este caso el acto conyugal no queda pervertido en sí mismo,
aunque es necesario que existan razones graves, ya que la
moralidad de los actos humanos no depende sólo de que los medios
sean honestos, sino también de que lo sea el fin. "Por razones
justificadas, los esposos pueden querer espaciar los nacimientos de
sus hijos. En este caso, deben cerciorarse de que su deseo no nace
del egoísmo, sino q es conforme a la justa generosidad de una
paternidad responsable" (Catecismo, n. 2368).
Hay que considerar también que la gravedad requerida para la
práctica licita de la continencia periódica es menor si se trata de
recurrir a esos periodos infecundos durante unos meses, p. ej., para
que la madre descanse después de un parto o de un periodo de
debilidad, que si se trata de recurrir a ellos por tiempo largo o
indefinido.
La pareja ha de analizar en cada caso si se dan esas
circunstancias que permitan seguir tal práctica.
Conviene mencionar aquí que Paulo VI explicó con claridad cómo
debe entenderse la paternidad responsable a la que ya se había
referido el Concilio, Vaticano II (cfr. Const. Gaudium et spes, nn. 50 y
51):
"En relación a las condiciones físicas, económicas, psicológicas,
sociales, la' paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la
deliberación ponderada y generosa de recibir un número mayor de
hijos, ya sea con la decisión, tornada por serias causas y en el respeto
de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o
por tiempo indefinido" (Enc. Humane vitae, n. 10).
De este texto se desprende claramente que la actitud ordinaria
será la de apertura a la vida; sólo extraordinariamente —por graves
motivos— es lícita la limitación de la prole a través de la práctica de
la continencia periódica.
Podrá darse el caso, por tanto, en que la continencia periódica
se practicara con una mentalidad y actitud anticonceptiva, de
rechazo a la vida, que viciaría en su raíz el comportamiento de los
esposos; en este caso no sería un medio para vivir la paternidad
responsable, sino para llevar a cabo una reprobable actitud
anticonceptiva (sobre esta posibilidad de practicar la continencia
periódica con mentalidad anticonceptiva, cfr. el Discurso de Juan
Pablo II al Centre de Liaison des Equipes de Recherche (CLER) y a la
Federación Internacional de Acción Familiar (FIDAP), el 3-XI-1979; y
la Alocución en la audiencia general del 8-X-1980).
Por último, no conviene olvidar que, aun en los casos en que es
lícita, la continencia periódica lleva consigo algunos inconvenientes,
por ejemplo, el peligro de incontinencia para alguno de los cónyuges,
o bien el de hacer pesadas las relaciones conyugales, al restarles
espontaneidad y naturalidad.

La obligación de dar el débito conyugal


Cada uno de los esposos tiene el deber de justicia de conceder
el debito conyugal al otro, cuando lo pide seria y razonablemente.
Pedir el débito (`deuda', lo que es debido) no es sino pedir
aquello que los esposos se comprometieron a dar al contraer
matrimonio, y que constituye la materia próxima del contrato, el ius
ad corpus; así lo enseña San Pablo: "El marido otorgue lo que es
debido a la mujer, e igualmente la mujer al marido. La mujer no es
dueña de su propio cuerpo: es el marido; e igualmente, el marido no
es dueño de su propio cuerpo: es la mujer. No se defrauden uno al
otro, a no ser de común acuerdo por algún tiempo, para darse a la
oración, y de nuevo vuelvan a lo mismo, a fin de que no los tiente
Satanás de incontinencia" (I Con 7, 3-5).
Esta obligación de dar el débito conyugal es grave, aunque
admite gravedad de materia (p. ej., si se deja para otro momento,
siempre que no dé lugar a peligro de incontinencia o a un gran
enojo).
Si la petición no es seria (una mera insinuación sujeta al deseo
del otro, p. ej.) o no es razonable (p. ej. por el momento escogido,
enfermedad, etc.), no hay obligación.

2. LA CELEBRACION DEL MATRIMONIO

La preparación previa
Antes de la celebración del matrimonio la Iglesia prescribe una
serie de medidas preparatorias —fundamentalmente la investigación
sobre la existencia de impedimentos, y sobre la libertad con que se
va a contraer el matrimonio—, que la legislación actual ha
simplificado notablemente, en comparación al Código anterior.

a)Examen sobre la existencia de algún impedimento


"Antes de que se celebre el matrimonio, debe constar que nada
se opone a su celebración válida y lícita" (CIC, c. 1066).

¿Cuáles serían las condiciones para la validez y licitud del


Matrimonio?
Validez:
1º Estar bautizado, pues el bautismo es condición
absolutamente necesaria para recibir los demás sacramentos.
2º El consentimiento mutuo en completa libertad.
3º La presencia del sacerdote y dos testigos.
4º Que no haya ningún impedimento.

Licitud:
Para recibir lícitamente y con fruto el sacramento del
matrimonio se requieren dos condiciones:
- Estar en estado de Gracia y desde luego que no haya
impedimento.

Entonces, previamente a la celebración, se debe realizar un


examen que debe incluir la investigación sobre la libertad con que
los interesados se acercan al matrimonio y se hace de acuerdo a las
costumbres propias de cada lugar; entre ellas está siempre la
obligación de presentar el acta de bautismo.

b)Instrucción sobre las obligaciones de los esposos, y sobre las


cosas que son lícitas y las que no lo son.
De acuerdo al Documento de Puebla, es ya costumbre entre
nosotros los cursos pre-matrimoniales en el cual se muestre el gusto
por la celebración de este sacramento a fin de mostrar cuál es el papel
privilegiado del matrimonio cristiano como respuesta al Evangelio
(Puebla, Conclusiones 605). En el mismo documento se pide “educar
preferentemente a los esposos para una paternidad responsable que
los capacite no sólo para una honesta regulación de la fecundidad y
para incrementar el gozo de su complementariedad, sino también
para hacerles buenos formadores de sus hijos”. (Puebla,
Conclusiones 609)
Según el c. 1063 los pastores de almas, obispos y presbíteros,
animadores principales de toda la acción apostólica, son los
responsables principales de esta preparación, pero el canon también
responsabiliza a “la propia comunidad eclesiástica” con:
1. La predicación y catequesis.
2. Con la preparación personal para la celebración del
matrimonio.
3. Por la fructuosa celebración litúrgica y
4. Por la ayuda prestada a los casados.
En esa preparación o curso pre-matrimonial, suele haber un breve
examen para asegurar que los contrayentes conocen al menos los ru-
dimentos de la fe católica, y las nociones básicas del sacramento del
matrimonio para asegurar su validez: en algunos lugares, como es el
caso de nuestro país, toda esta instrucción se hace a través de unos
cursos prematrimoniales (cfr. Documento de Puebla, nn. 601-616).
Según el c. 1065 dos recomendaciones hace a los
contrayentes antes de ser admitidos al matrimonio: una sobre la
recepción del sacramento de la confirmación a los que no la hubieran
recibido, si ello es posible sin dificultad grave, y otra sobre la
recepción de la penitencia y eucaristía, con el fin de recibir
fructuosamente el matrimonio. El Código no impone la obligación, se
limita a recomendarla. El párroco no deberá prohibir el matrimonio ni
poner inconvenientes cuando los contrayentes no se avengan a
recibirlos.

Se debe elaborar un EXPEDIENTE MATRIMONIAL.


Se llama “EXPEDIENTE MATRIMONIAL” al conjunto de diligencias
para comprobar que nada se opone a la válida y lícita celebración del
matrimonio”. (C.1066).
DOCUMENTOS QUE DEBEN ACOMPAÑAR A UN
EXPEDIENTE. (según los casos).

1.- Certificado de bautismo original, cuando uno de los


contrayentes haya sido bautizado en otra parroquia o el expediente
salga de la parroquia. Debe ser legalizado en el supuesto que sea de
otra diócesis. El párroco debe exigir el certificado de bautismo a los
contrayentes, a no ser que hayan sido bautizados en su parroquia,
dicho certificado debe ser de menos de seis meses y si es de otra
diócesis debe ser legalizado.
2.- Certificado original de nacimiento si ha nacido en otra
parroquia.
3.- Fotocopia del DNI compulsada por el párroco.
4.- Certificado de soltería, si los contrayentes después de la
pubertad residieron por más de seis meses en otra u otras
parroquias. Cuando es imposible obtenerlo, después de hacer todas
las gestiones necesarias, se sustituye por la declaración jurada de
soltería avalada por dos testigos.
5.- En caso de viudez, certificado de defunción del consorte
anterior.
6.- Acta de emancipación6, si se trata de un menor de edad.
(En el caso de los emancipados por matrimonio, para realizar todas
estas actuaciones, si su cónyuge es mayor de edad, bastará con que
ambos consientan. Si los dos son menores, necesitarán el
consentimiento de los padres o quienes ostenten la representación
de ambos).
7.- Documento acreditativo de la dispensa de impedimento, o de
otra dispensa, que se hubiere obtenido.
8.-Exhorto cumplimentado de amonestaciones hechas en otras
parroquias.
9.- Tarjeta de asistencia a los cursillos prematrimoniales.
10.- En los matrimonios de Disparidad de culto o Mixto, además
de la dispensa del impedimento, el documento de promesas y
declaraciones firmado por ambos.
11. Partida de Matrimonio Civil.
12. Partida de Confirmación. El párroco debe exigir el
certificado de confirmación a los contrayentes, a no ser que hayan
recibido este sacramento en su parroquia, dicho certificado debe ser
de menos de seis meses y si es de otra diócesis debe ser legalizado.
Según los diversos casos, el párroco deberá exigir el certificado
de defunción del cónyuge anterior, el de disolución del matrimonio
rato, el de la declaración de nulidad del matrimonio anterior, a no ser
que consten esos extremos al margen del certificado de bautismo.

c) Además del examen de los contrayentes y los documentos


requeridos, dentro de los medios previstos para realizar la
investigación previa al matrimonio y comprobar que nada se opone
a su celebración válida y lícita, se encuentran las proclamas
matrimoniales –también llamadas amonestaciones.
¿Qué son las proclamas o amonestaciones matrimoniales? Se
llama así a la publicación del matrimonio que va a celebrarse, con el
fin de que los fieles puedan denunciar los impedimentos opuestos al
mismo de que se tengan noticia. Se puede utilizar algún otro medio
idóneo, de modo que los fieles puedan cumplir su obligación de
manifestar al párroco o al ordinario del lugar los impedimentos de
que tengan noticia, antes de la celebración del matrimonio, según lo
6
El c 1072 recomienda “Procuren los pastores de almas disuadir de la celebración
del matrimonio a los jóvenes que aún no han alcanzado la edad en la que según las
costumbres de la región se suele contraer”. En el expediente matrimonial canónico
deberá constar el Acta de Emancipación del menor cuando su edad está
comprendida entre los 16 y 18 años. Para el matrimonio de estos se requiere la
dispensa por edad del Ordinario del lugar. Para el menor de 16 años la CEP no ha
dado su consentimiento.
que indica el Código de Derecho Canónico en el n°1069. «Todos los
fieles están obligados a manifestar al párroco o al Ordinario del
lugar, antes de la celebración del matrimonio, los impedimentos de
que tengan noticia». ( La CEE ha establecido que las proclamas se
publiquen “por edicto fijado en las puertas de las iglesias durante el
plazo de quince días o, donde haya tradición de ello, léanse las
proclamas habituales al menos en dos días de fiesta”).
Estas proclamas —que ordinariamente se hacen en la
celebración de la Misa en la parroquia correspondiente— fueron
prescritas en 1215 por el Concilio IV de Letrán y exigidas de nuevo
por el Concilio de Trento (cfr. Dz. 990).
El c 1069 prescribe que “todos los fieles están obligados a
manifestar al párroco o al Ordinario del lugar, antes de la
celebración del matrimonio, los impedimentos de que tengan
noticia. Están excusados los que los conocieron por el ejercicio de su
profesión (secreto profesional), pero pueden avisar a los interesados
para que los revelen al párroco.

INVESTIGACIÓN EN PELIGRO DE MUERTE.

“En peligro de muerte, dice el c 1068, si no pueden conseguirse


otras pruebas, basta, a no ser que haya indicios en contra, la
declaración de los contrayentes de que están bautizados y libres de
todo impedimento, declaración que puede ser incluso jurada, si el
caso lo demanda, de que están bautizados y libres de todo
impedimento”.

El consentimiento matrimonial
Como ya quedó dicho, la causa del matrimonio es el
consentimiento que los contrayentes, hábiles jurídicamente, se
manifiestan de modo legítimo. Por tanto, ninguna autoridad humana
puede suplirlo (cfr. CIC, c. 1057, c. 1).
El matrimonio in fieri7, por el que los contrayentes entran en el
estado matrimonial —matrimonio facto esse— es, por su misma
naturaleza, un contrato, y nada puede reemplazar ese contrato o, lo
es igual, el libre consentimiento por el que se realiza.

El consentimiento debe reunir algunas características:


a)Verdadero: no puede tratarse de un consentimiento fingido, o
simula do, hecho a modo de juego.
Si se diera el caso de manifestar exteriormente el
consentimiento, pero con el propósito interno de no contraer
matrimonio, o de contraerlo pero sin obligarse, el matrimonio sería
nulo.
Para probar la invalidez del matrimonio en ese caso, habría que
probar el engaño, lo cual no es fácil ya que el consentimiento interno
se presume en conformidad a las palabras o signos manifestados
celebrarse el matrimonio (cfr. CIC, c. 1101).
b)Libre y deliberado: por tanto, no puede ser producto de la
fuerza, el miedo o el error, como detallaremos más adelante.
c)De presente: por pertenecer a la esencia del matrimonio, no
basta el consentimiento de futuro, que en realidad no viene a ser sino
una promesa de matrimonio.
d)Mutuo y simultáneo: los esposos se han de entregar
mutuamente su aceptación, y esa entrega y aceptación han de
realizarla al mismo tiempo.
e)Con una manifestación externa y legítima: externa: en caso
contrario no es posible conocer la entrega que el matrimonio supone,
ni su aceptación; de ordinario, salvo imposibilidad física, se exigen las
palabras, que son los signos más inequívocos (cfr. CIC, c. 1104);
legítima: ha de realizarse en conformidad con los requisitos exigidos
7
Es la alianza por la que el varón y la mujer, en virtud del consentimiento recíproco,
constituyen entre sí un consorcio para toda la vida, ordenado por su misma índole
natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, que son
los dos fines del matrimonio. Esta institución natural –propia de la naturaleza
humana, por el designio originario de Dios al crear a la persona sexualmente
diferenciada como varón y mujer– fue elevada por Cristo a la dignidad de
sacramento entre bautizados. Por tanto, no puede haber matrimonio válido entre
bautizados que no sea por eso mismo sacramento. El matrimonio lo produce el
consentimiento de las partes legítimamente manifestado entre personas
jurídicamente hábiles; para contraer válidamente el matrimonio cristiano se
requiere realizarlo en la forma canónica. En derecho es útil distinguir entre la
celebración del matrimonio (matrimonio in fieri) y el matrimonio en cuanto unión ya
constituida (matrimonio in facto esse). Las propiedades esenciales del matrimonio –
que le pertenecen por naturaleza, porque el matrimonio solo nace por la entrega y
aceptación total– son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano
alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento. La unidad significa que el
vínculo sólo puede ser entre un varón y una mujer, y exige la monogamia y la
fidelidad. La indisolubilidad significa la imposibilidad de ruptura del vínculo mientras
vivan los cónyuges, que son una sola carne.
por el derecho eclesiástico. En caso de ausencia, esta manifestación
se puede hacer también a través de un procurador: "por poderes",
como se dice a veces (cfr. C/C, c. 1105).
Absoluto: significa que, en principio, no debe ponerse ninguna
condición.
Sin embargo, por ser el matrimonio un contrato, es lógico que
en algunas circunstancias sea lícito poner condiciones; por esto
trataremos más específicamente del consentimiento condicionado.

[Link] consentimiento condicionado


El matrimonio que se contrae bajo condición es aquel en que la
voluntad de una o de las dos partes es no contraer el vínculo sin
que se cumpla o verifique un acontecimiento determinado que
recibe el nombre de condición.
No está permitido poner ninguna condición de futuro (p. ej., si
consigues graduarte, si recibes esa herencia, etc.). En estos casos,
la eficacia del consentimiento permanecería en suspenso y el
vínculo adquiriría validez sólo al momento en que la condición se
cumpliera; como se entiende con facilidad, daría origen a
situaciones anómalas y extrañas.
Se admite la validez de las condiciones de presente (p. ej., si
tienes dinero, si eres virgen), y de pasado (p. ej., si no has tenido tal
o cual enfermedad). En este caso es necesario contar antes con el
permiso escrito del obispo del lugar, y el matrimonio es válido o no,
según se cumpla o no la condición puesta (cfr. CIC, c. 1102).
El matrimonio contraído con una condición que va contra la
esencia del matrimonio es nulo; una condición de este tipo supone
una contradicción.
Sería inválido, p. ej., el matrimonio contraído con la condición
de evitar totalmente los hijos; o de tener un hijo y después abusar
del matrimonio; o de poder divorciarse más adelante si las cosas no
funcionan; o de vivir de modo promiscuo con otra pareja, etc.; estas
condiciones hacen nulo el matrimonio si se ponen expresamente, no
si permanecen en el fuero interno.

[Link] del consentimiento


a) El error
Por el mismo derecho natural, y como suele suceder con
cualquier contrato, sólo un error substancial hace nulo el matrimonio
(cfr. S. Th., Suppl. q. 51, a. 1).
Se entiende por error tomar como verdadero lo que es falso.
En el caso del matrimonio, el error substancial puede ser de tres
tipos:
1. Sobre la esencia del matrimonio: para no caer en este error
basta que los contrayentes sepan que el matrimonio es:
—un consorcio, es decir, que implica aquel sentido de unión de tener

un destino, proyecto o suerte común;


—permanente o estable, sin ser necesario el estricto

conocimiento de la indisolubilidad; — entre el varón y la mujer;


—ordenada a la procreación de los hijos;

—mediante 'cierta cooperación sexual', sin ser preciso un

conocimiento completo de los pormenores de la cópula.


Todos los conocimientos anteriores se presumen a partir de la
pubertad (cfr. CIC, cc. 1096 y 1099).

2. Sobre la persona del otro cónyuge: éste es un caso que en la


práctica sólo puede ocurrir cuando matrimonio se realiza a
través de un procurador, pues en los otros casos los
contrayentes se con personalmente (cfr. CIC, c. 1097).

3. Sobre alguna cualidad de la persona (p. ej., su estado


económico, edad, salud, etc.).
Este error siempre es considerado accidental y por eso no
inválida el matrimonio sino cuando en cualidad hubiera sido
expresamente estipulada como condición "sine qua non", entonces se
trata más bien de un consentimiento condicionado (cfr. C/C, c. 1097
c. 2).

b) El miedo
Es el miedo un sentimiento interno producido por un peligro
inminente o futuro: puede ser grave o leve, según la importancia de
los peligros que amenazan; y relativa o absolutamente grave, según
que los peligros sean graves en sí mismos, o que sin serlo su pongan
en la persona que los sufre una fuerte agitación interior.
En el caso del matrimonio, puede establecerse el siguiente
principio: es inválido el matrimonio contraído bajo una fuerza o miedo
grave, causado de modo extrínseco e injusto, con el objeto de obligar
a contraer matrimonio (cfr. CIC, c. 1103).
Había que recalcar que: el miedo o la fuerza han de ser graves,
ya sea en sí mismos, o ya en relación a la persona que los sufre;
deben ser causados exteriormente (no lo sería, p. ej., el miedo a
quedarse soltera); han de ser causados de modo injusto (p. ej., un
padre puede amenazar con llevar a los tribunales a quien ha violado a
su hija, o amenazar con matarlo; el miedo causado por la amenaza de
lo primero sería justo, pero no así el originado por la amenaza de
muerte); han de ser causados con el fin de obligar a contraer
matrimonio.
El matrimonio contraído con miedo y en esas condiciones sería
inválido; al menos hasta que desaparecido el miedo, el cónyuge
preste su consentimiento de la manera prevista por el derecho.

8.9.3 La forma de celebrarse el matrimonio

Entre los católicos, para la validez del matrimonio es necesario


contraerlo ante el párroco o el ordinario del lugar donde se celebra el
matrimonio, o ante un sacerdote delegado por uno o por otro, y ante
dos testigos (cfr. C/C, c. 1108).
Esta norma, con algunas modificaciones insignificantes, procede
del Concilio de Trento, que la impuso para asegurar la validez
natural del contrato, y para que hubiera una constancia jurídica de
su realización (cfr. Dz. 990 y 992).
Cuando no se tiene a mano, ni se puede acudir sin incomodidad
seria a ningún párroco, ordinario o sacerdote delegado, es válido y
lícito celebrar el matrimonio de modo extraordinario ante dos
testigos, en caso de peligro de muerte y también fuera del peligro
de muerte si se prevé que esa situación va a prolongarse al menos
durante un mes (cfr. CIC, c. 116).
Esta incomodidad seria puede consistir en quebrantos notables
en la salud, en la fama, en los bienes de fortuna, etc. (cfr. Comisión
Pontificia de Intérpretes, 3-V-1945, AAS (37) 1945, p. 149); la
incomodidad podía también referirse al sacerdote que asista al
matrimonio, p. ej., en caso de una persecución (cfr. Comisión
Pontificia de Intérpretes, 25-VII-1931, AAS (23) 1931, p. 388).

Los impedimentos matrimoniales


Se designa con el nombre de impedimentos, al conjunto de
figuras que constituyen obstáculos por parte de la persona para la
validez del matrimonio (cfr. CIC, c. 1073).
Se trata, pues, de limitaciones al ius connubi (derecho al
matrimonio) que todo hombre tiene, tipificadas por la legislación
eclesiástica y que, por tanto, tiene carácter excepcional, han de
constar expresamente y deben ser interpretadas en sentido estricto.
Los impedimentos hacen inhábil a la persona; es decir, incapaz
para contraer válidamente matrimonio.
Su finalidad es proteger los bienes del matrimonio: entre
bautizados, sólo la Iglesia tiene derecho a establecer impedimentos;
como ya se explicó hay una identidad real entre el contrato y el
sacramento, y sólo una protestad puede tener poder sobre ella. Y el
poder civil ciertamente no puede tenerlo sobre realidades
sobrenaturales (cfr. C/C. c. 1075).

Los impedimentos para el matrimonio son los siguientes:


1. Impedimentos que nacen de circunstancias personales
Impedimento de edad (16 años para el varón y 14 para la
mujer) c. 1083
Impedimento de impotencia antecedente y perpetua c. 1084
2. Impedimentos que nacen de causas jurídicas
Impedimento de vínculo o ligamen c. 1085
3. Impedimento de disparidad de cultos c. 1086
Impedimento de orden sagrado c. 1087
Impedimento de voto público y perpetuo de castidad en un
instituto religioso c. 1088
4. Impedimentos que nacen de delitos
Impedimento de rapto c. 1089
Impedimento de crimen c. 1090
5. Impedimentos de parentesco
Impedimento de consanguinidad c. 1091
La consanguinidad es el parentesco que existe entre aquellos
que están unidos por la sangre, es decir, hay relación entre ellos de
ascendientes o descendientes, o se encuentra un tronco común. Hace
nulo el matrimonio entre parientes en línea recta en todos los grados,
y en línea colateral hasta el cuarto grado inclusive.
Impedimento de afinidad c. 1092
La afinidad es el parentesco que nace del matrimonio válido,
entre una persona y los consanguíneos de su cónyuge. Así, los
cuñados son afines en segundo grado de línea colateral. Hace nulo el
matrimonio en línea recta en cualquier grado.
Impedimento de pública honestidad c. 1093
Tienen parentesco de pública honestidad una persona y los
consanguíneos de la mujer o del hombre con el que se ha convivido
en un matrimonio que resultó inválido, o del concubinato notorio y
público. Hace nulo el matrimonio en primer grado de línea recta.
Impedimento de parentesco legal c. 1094
El parentesco legal es el parentesco que nace de la adopción.
Hace nulo el matrimonio en cualquier grado en línea recta y en
segundo grado en línea colateral.

1. Impedimentos que nacen de circunstancias personales

[Link] (cfr. CIC,-c. 1083)

En la regulación canónica en vigor, se establece que la edad


mínima para contraer matrimonio es de 16 años cumplidos para el
varón, y 14 para la mujer (canon 1083 § 1). El requisito de cumplir la
edad establecida se constituye, además, como un impedimento.
Así estaba establecido desde muchos años atrás, y así constaba
en el antiguo Código de 1917. La novedad estriba en el § 2º del
canon 1083: ”puede la Conferencia episcopal establecer una edad
superior, para la celebración lícita del matrimonio”.
El fundamento de este requisito se refiere a la necesaria
madurez psicológica y afectiva de los contrayentes, y más
específicamente a la madurez biológica.
Este impedimento es dispensable, por ser de derecho
eclesiástico. La autoridad competente para dispensar es el Ordinario
del lugar (canon 1078), y admite la dispensa urgente prevista en el
canon 1079. De todas maneras, no se suele conceder estas
dispensas, salvo en peligro de muerte u otras circunstancias
verdaderamente excepcionales, pues este impedimento cesa por el
simple transcurrir del tiempo.
A partir de la edad indicada para el impedimento, de acuerdo
con el canon 1083 § 2, atendiendo al Código, no hay obstáculo para
celebrar un matrimonio, salvo que la Conferencia episcopal
determine otra edad. Es habitual que los Ordenamientos civiles
indiquen como edad mínima para contraer matrimonio la mayoría de
edad, que suele ser los 18 años. En atención a esta normativa, el
legislador canónico de 1983 introdujo este parágrafo en el canon.
Por lo general, las Conferencias episcopales han determinado
adecuar este límite de edad, y hacerlo coincidir con la mayoría de
edad civil.
Además, este canon no está aislado en el Código: no se debe
olvidar que también está en vigor el canon 1095
1º: es incapaz de contraer matrimonio quien carece de
suficiente uso de razón. También el canon 1095
2º: es incapaz de contraer matrimonio quien tiene un grave
defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes
esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar.
Y también los cánones 1096 a 1107, que indican las condiciones
que debe reunir el consentimiento de los cónyuges, y que hacen
nulo el matrimonio contraído, por ejemplo, por violencia o miedo,
por error acerca de las propiedades esenciales del matrimonio, etc.
De modo que si una persona acude al matrimonio muy joven, incluso
con dispensa por edad, pero no es capaz de prestar consentimiento,
habrá atentado un matrimonio, es decir, será nulo.

[Link] (cfr. CIC, c. 1084)


El c 1084 establece en el § 1 que “la impotencia antecedente y
perpetua para realizar el acto conyugal, tanto por parte del varón
como de la mujer, ya absoluta ya relativa, hace nulo el
matrimonio por su misma naturaleza. En el § 2 “Si el
impedimento es dudoso, con duda de derecho o de hecho, no se
debe impedir el matrimonio ni, mientras persista la duda,
declararlo nulo. Y en el § 3 que “la esterilidad no prohíbe ni dirime
el matrimonio, sin perjuicio de lo que se prescribe en el c 10898.
Se llama impotencia a la imposibilidad de realizar naturalmente el
acto conyugal. Jurídicamente se distingue de la esterilidad: con este
nombre se designan los defectos que hacen imposible la generación,
pero sin afectar al acto conyugal; la esterilidad no constituye ningún
impedimento.
La impotencia puede ser originada por causas psíquicas (así
sucede en la inmensa mayoría de casos), y entonces raramente es
perpetua, o por causas corporales; entre las segundas se encuentran
determinadas enfermedades funcionales, carencia o atrofia de los
órganos genitales, en el hombre o en la mujer.
Puede darse la impotencia de modo absoluto o relativo según
impida la realización del acto conyugal con cualquier persona del otro
sexo, o solamente con algunas.
Es posible también que se origine de modo antecedente al
matrimonio, o consecuente a él, es decir, adquirida después.
Los tres requisitos que el derecho canónico exige para que la
impotencia constituya un impedimento para el matrimonio son:
que sea antecedente al matrimonio;
que sea perpetua, lo que en sentido jurídico quiere decir
incurable por medios ordinarios, lícitos y no peligrosos para la vida o
gravemente perjudiciales para la salud; cierta, bastando un grado de
certeza que es el de certeza moral.

2. Impedimentos que nacen de causas jurídicas

A. Ligamen o vínculo (cfr. CIC, c. 1085)


Recibe este nombre la inhabilidad para contraer un nuevo
matrimonio mientras permanece el vínculo de un matrimonio anterior,
aunque no haya sido consumado.
Es un impedimento de derecho natural, al ser consecuencia de
las propiedades esenciales del matrimonio —especialmente de la
unidad—; además de que han sido expresamente confirmadas por la
Revelación: cfr. Gen., 2, 24; Mt. 19, 4-9: Mc. 10, 2-12; Lc. 16, 18; I Cor.
7, 4;10, 39; Ef. 5, 32; Rom. 7, 3; este impedimento no puede cesar por
dispensa, sino únicamente por la muerte de uno de los cónyuges.
Antes de contraer un nuevo matrimonio es necesaria la
declaración de la muerte del cónyuge anterior.
La declaración ha de hacerla la autoridad eclesiástica, ya que
con frecuencia la autoridad civil es excesivamente benigna en esta
materia.

B. Disparidad de culto (cfr. CIC, c. 1086; Catecismo, nn. 1633


a 1637)
Ciertamente un matrimonio entre una persona que profesa la fe
católica y otra que profesa una religión distinta suponen una prueba
para la fe de ambos. La Iglesia Católica, por eso, intenta en su
legislación proteger la fe de la parte católica. Igualmente supone una
dificultad en la educación de los hijos que tuviera el matrimonio. Por
eso establece el impedimento de disparidad de cultos en el canon
1086:
Canon 1086 § 1: Es inválido el matrimonio entre dos personas,
una de las cuales fue bautizada en la Iglesia católica o recibida en su
seno, y otra no bautizada.
§ 2: No se dispense este impedimento si no se cumplen las
condiciones indicadas en los cc. 1125 y 1126.
§ 3: Si al contraer el matrimonio, una parte era comúnmente
tenida por bautizada o su bautismo era dudoso, se ha de presumir,
conforme al c. 1060, la validez del matrimonio hasta que se pruebe
con certeza que uno de los contrayentes estaba bautizado y el otro
no.

El Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e


Itinerantes, en la Instrucción Pastoral Erga migrantes Caritas Christi
recuerda en el número 63 las dificultades de estos matrimonios:

63. Por lo que se refiere al matrimonio entre católicos y


inmigrantes no cristianos, habrá que desaconsejarlo, aunque con
distintos grados de intensidad, según la religión de cada cual, con
excepción de casos especiales, según las normas del Código de
Derecho Canónico y del Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales. Habrá que recordar, en efecto, con las palabras del Papa
Juan Pablo II, que "En las familias en las que ambos cónyuges son
católicos, es más fácil que ellos compartan la propia fe con los hijos.
Aun reconociendo con gratitud aquellos matrimonios mixtos que
logran alimentar la fe, tanto de los esposos como de los hijos, la
Iglesia anima los esfuerzos pastorales que se proponen fomentar los
matrimonios entre personas que tienen la misma fe".
Según este canon el impedimento de disparidad de culto se da
en el matrimonio entre una persona católica y cualquier otra persona
no bautizada. Para que exista el impedimento se requiere lo
siguiente:
Por la parte católica, que esté bautizada en la Iglesia Católica
o recibida en su seno.
Por la parte no católica, que no esté bautizada. Si ha recibido
un bautismo válido en una confesión cristiana no católica, o
notoriamente se ha apartado de la Iglesia Católica, se debe aplicar el
canon 11248 ó 10719 § 2.
Estos requisitos remiten al canon 1117 y a sus comentarios.
El impedimento es de derecho eclesiástico, y admite dispensa
como aparece claro en el parágrafo 2º del canon 1086.
La dispensa de este impedimento exige al menos procurar
solventar los problemas que presumiblemente surgirán. Eso es lo que
intenta solucionar el canon 1125 y 1126:
Canon 1125: Si hay una causa justa y razonable, el Ordinario
del lugar puede conceder esta licencia; pero no debe otorgarla si no
se cumplen las condiciones que siguen:
1. que la parte católica declare que está dispuesta a evitar
cualquier peligro de apartarse de la fe, y prometa sinceramente que
hará cuanto le sea posible para que toda la prole se bautice y se
eduque en la Iglesia católica;
2. que se informe en su momento al otro contrayente sobre las
promesas que debe hacer la parte católica, de modo que conste que
es verdaderamente consciente de la promesa y de la obligación de la
parte católica;
3. que ambas partes sean instruidas sobre los fines y
propiedades esenciales del matrimonio, que no pueden ser excluidos
por ninguno de los dos.

8
1124 Está prohibido, sin licencia expresa de la autoridad competente, el
matrimonio entre dos personas bautizadas, una de las cuales haya sido bautizada
en la Iglesia católica o recibida en ella después del bautismo y no se haya apartado
de ella mediante un acto formal, y otra adscrita a una Iglesia o comunidad eclesial
que no se halle en comunión plena con la Iglesia católica.
9
1071 § 1. Excepto en caso de necesidad, nadie debe asistir sin licencia del
Ordinario del lugar:

1 al matrimonio de los vagos;


2 al matrimonio que no puede ser reconocido o celebrado según la ley civil;
3 al matrimonio de quien esté sujeto a obligaciones naturales nacidas de una unión
precedente, hacia la otra parte o hacia los hijos de esa unión;
4 al matrimonio de quien notoriamente hubiera abandonado la fe católica;
5 al matrimonio de quien esté incurso en una censura;
6 al matrimonio de un menor de edad, si sus padres lo ignoran o se oponen

7 al matrimonio por procurador, del que se trata en el ⇒c. 1105.


razonablemente;
Canon 1126: Corresponde a la Conferencia Episcopal
determinar tanto el modo según el cual han de hacerse estas
declaraciones y promesas, que son siempre necesarias, como la
manera de que quede constancia de las mismas en el fuero externo y
de que se informe a la parte no católica.
Como se ve, la legislación de la Iglesia intenta garantizar la fe
católica de los hijos, además de asegurar que la concepción del
matrimonio de ambas partes coincide, en lo esencial, con las
prescripciones del derecho natural.
Se debe comprender que la Iglesia procure la educación en la fe
católica de los hijos: sería una contradicción consigo misma que
autorizara un matrimonio en el que los hijos de una persona católica
fueran educados en otra confesión religiosa. La Iglesia está
convencida de que la fe católica es la verdadera; por eso procura que
los hijos católicos reciban la fe de sus padres católicos. De reflejo esta
promesa realizada por la parte católica le ayudará a vivir su fe en
unas circunstancias más difíciles de lo ordinario.
La dispensa la ha de conceder el Ordinario del lugar en
que se celebre el matrimonio. Será este fuero -el lugar de celebración
del matrimonio- el que determine el modo concreto de cumplir la
prescripción de realizar las promesas indicadas y las demás cautelas.
Sobre las cautelas previstas se debe indicar lo siguiente:
- Las ha de realizar la parte católica.
- La parte no católica debe ser informada, pero no ha de realizar
promesas. En algunos sitios se cumple mediante su firma al lado de la
firma del contrayente católico, no prometiendo sino declarando que
conoce las promesas que realiza su novio (o novia) en ese
documento.
- La cautela consiste en la formulación de unas promesas, pero
no se hace depender la validez del matrimonio del cumplimiento de
estas promesas. Eso equivaldría a introducir una condición de futuro
en el matrimonio, lo cual distorsionaría la estabilidad conyugal,
además de otros graves inconvenientes. Por lo tanto, el
incumplimiento de las promesas no tiene efectos jurídicos.
La dispensa que se trata en este artículo no se refiere al lugar de
celebración del matrimonio.
El Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e
Itinerantes, en la Instrucción Pastoral Erga migrantes Caritas
Christi en el número 67 da indicaciones más precisas para el
matrimonio entre parte católica y parte musulmana:
67. Si se presenta, entonces, una solicitud de matrimonio de una
mujer católica con un musulmán -permaneciendo invariado lo que se
ha afirmado en el nº 63, y teniendo siempre en cuenta los juicios
pastorales locales- debido también a los resultados de amargas
experiencias, habrá que realizar una preparación muy esmerada y
profunda durante la cual se ayudará a los novios a conocer y a
"asumir", con toda conciencia, las profundas diversidades culturales y
religiosas que tendrán que afrontar, tanto entre ellos, como con las
familias y el ambiente de origen de la parte musulmana, al cual
posiblemente tendrán que regresar después de una estancia en el
exterior.
Si se presenta el caso de transcripción del matrimonio en el
consulado del estado de origen, islámico, la parte católica tendrá que
abstenerse de pronunciar o de firmar documentos que contengan la
shahada (profesión de creencia musulmana).
Naturalmente, la comunidad cristiana debe acoger con especial
solicitud los matrimonios que se encuentren en algunos de estos
casos, tanto a la parte católica como a la parte no cristiana, teniendo
a la vista que desde luego ha habido muchos matrimonios en estas
circunstancias que han sido ejemplares, con gran enriquecimiento
para los dos cónyuges y para las comunidades religiosas de los dos

C. Ordenación sacerdotal (cfr. CIC, c. 1087)


Es una inhabilidad por la que no pueden contraer matrimonio
quienes han recibido la ordenación sacerdotal.
Tiene su fundamento en el celibato eclesiástico que, sin
pertenecer a la estructura constitucional del sacerdocio, se apoya en
la Sagrada Escritura (cfr. Mt. 19, 12: Lc. 18, 28-30; I Cor. 7, 32-34;
etc.); goza de una tradición que se remota por lo menos al siglo IV, y
ha sido confirmado repetidas veces por el Magisterio oficial de la
Iglesia (cfr. p. ej. Const. Lumen gentium, n. 29; Decr. Presbyterorum
ordinis, n. 16; Enc. Sacerdotalis coelibatus de Paulo VI; etc.); el canon
277 lo prescribe expresamente para los clérigos a partir de
diaconado.
El sacerdote que atenta matrimonio (es decir, intenta casarse),
aunque sea sólo civilmente, queda suspendido (prohibición —parcial o
total— de ejercer la potestad de orden, la de régimen o el oficio: cfr.
CIC, c. 1333); y si persiste en su intento, se le pueden ir añadiendo
penas (cfr. CIC, c. 1394).
Podría en algunos casos darse la pérdida del estado clerical, o
de la condición jurídica de clérigo (cfr. CIC, c. 290). En esos casos, sin
embargo, la pérdida del estado clerical no lleva consigo la dispensa
de la obligación de vivir el celibato, por lo que una persona en esas
condiciones no puede contraer matrimonio.
La dispensa del celibato sólo puede concederla el Romano
Pontífice (cfr. C/C, c. 291).
[Link] o profesión religiosa (cfr. CIC, c. 1088)
Este impedimento afecta a quienes han contraído un voto
público perpetuo de castidad en un instituto religioso.
Para que se dé el impedimento es necesario:
– que se trate de un voto perpetuo de castidad, por lo que no se
incluye aquí ningún otro tipo de promesas o juramentos;
– que sea un voto público, es decir, recibido en nombre de la
Iglesia por el superior legítimo (cfr. CIC, c. 1192 & 1);
– que sea emitido en un instituto religioso.
Cabe su dispensa, aunque está reservada al Romano Pontífice
(cfr. CIC, c. 1078 & 2).
Si un religioso atenta matrimonio incurre en entredicho (censura
por la que, sin perder la comunión con la Iglesia, se ve privado de
algunos bienes sagrados) y queda dimitido ipso facto de su instituto
(cfr. CIC, cc. 1394 y 694).
4. Impedimentos que nacen de delitos

a) Rapto (cfr. CIC, c. 1089)


Se entiende por rapto el traslado o la retención violenta de una
mujer, con la intención de contraer matrimonio con ella.
Es un impedimento establecido en el Concilio de Trento y que se
mantiene en la actual legislación canónica, a pesar de que hubo
algunas sugerencias acerca de su supresión en los trabajos
preparatorios, porque "no es tan infrecuente como podría parecer a
simple vista".
Los elementos que configuran el impedimento son los siguientes:
debe tratarse de un varón raptor y de una mujer raptada, y no al
revés; el acto puede consistir tanto en el traslado de la mujer, contra
su voluntad, a otro lugar, como la retención violenta en el lugar en
que ya se encontraba; la intención de contraer matrimonio puede
proceder al traslado o retención, o aparecer después en el raptor.
Para que cese el impedimento basta que coincidan de modo
objetivo y real, dos elementos:
separación de la mujer de su raptor;
colocación de la mujer en un lugar seguro y libre.
Los calificativos seguro y libre hacen relación al lugar y no al
estado de ánimo de la mujer raptada.

b) Crimen (cfr. CIC, c. 1090)


Se trata de un impedimento en el que quedan comprendidos tres
casos:
–conyugicidio propiamente dicho: es decir, dar muerte al propio
cónyuge;
–conyugicidio impropio, es decir, dar muerte al cónyuge de

aquel con quien se desea contraer matrimonio;


– conyugicidio con cooperación mutua.
Para que quienes se encuentran en alguno de estos tres casos
contraigan el impedimento es necesario:
–que los interesados —uno o los dos, según los casos— causen

la muerte del cónyuge directamente o por medio de terceras


personas;
–que realmente muera el cónyuge;

– que el acto se haya realizado con el fin de contraer matrimonio.

5. Impedimentos de parentesco

Los cuatro impedimentos siguientes —llamados de parentesco


— son un modo que el derecho aporta para vigilar y proteger a la
familia. Su objetivo es precisamente ése: tutelar la dignidad familiar
de manera que las relaciones que naturalmente surgen en el seno
de la familia no traspasen sus límites propios, y, por tanto, no se
desnaturalicen.
Al mismo tiempo tienen también como finalidad contribuir a que
la familia cristiana —y por tanto la comunidad eclesial— se amplíe
cada vez más a través de vínculos matrimoniales en personas que no
pertenecen al reducido ámbito de una familia concreta.
El actual Código de Derecho Canónico ha introducido una
novedad importante, al abandonar el tradicional modo de computar
el parentesco. Ahora los grados son tantos cuantas son las personas
en ambas líneas, descontando el tronco.

Línea es la serie de personas que proceden unas de otras en


forma sucesiva.

Tronco es la persona o personas de las cuales proceden los


consanguíneos; se le llama también tronco común por confluir en él
los precedentes generacionales de los parientes.

En algunos casos estos impedimentos son de derecho natural


(ciertamente entre padres e hijos, y muy probablemente entre
demás ascendientes y descendientes, y entre hermanos), mientras
que en otros casos son de derecho eclesiástico, que tienen en cuenta
los factores históricos y culturales a cuya influencia se ve sometida la
familia.

a)Consanguinidad (cfr. CIC, c. 1091)


Los rasgos fundamentales de este impedimento son los
siguientes: es siempre impedimento en línea recta (padres, hijos,
etc.); en línea colateral hasta el cuarto grado inclusive (primos
hermanos).

b)Afinidad (cfr. CIC, c. 1092)


Se entiende por afinidad el parentesco o vínculo legal que existe
entre un cónyuge y los consanguíneos del otro (no entre los
consanguíneos del uno y los consanguíneos del otro).
Los principios generales que han de tenerse en cuenta son: sólo
es impedimento en línea recta; no lo es en línea colateral (p. ej.,
supondría impedimento pretender matrimonio con la madre de la
difunta esposa, pero no con su hermana); su dispensa corresponde
al obispo.

c)Pública honestidad (cfr. CIC, c. 1093)


Este impedimento surge de la casi afinidad que existe entre:
quien ha contraído un matrimonio inválido y los consanguíneos del
otro contrayente; quienes viven en concubinato público y notorio y los
consanguíneos de la otra parte.
Sobre este impedimento hay que hacer notar:
No es necesario que el matrimonio inválido o el concubinato
haya sido consumado, basta que se haya instaurado la vida en
común; su aplicación se reduce al primer grado en línea recta; puede
dispensarlo el obispo del lugar.

d)Parentesco legal (cfr. CIC, c. 1094)


Es el parentesco que nace de la adopción legal, y supone un
impedimento para quienes están unidos por él en línea recta
(padrastro-hijastra; madrastra-hijastro), o en segundo grado de línea
colateral (hermanastros); es un impedimento dispensable por el
obispo del lugar.

3. EL MATRIMONIO Y EL DIVORCIO CIVILES

El matrimonio civil
El matrimonio civil es el contrato marital realizado ante el juez civil.
Se dice contrato marital porque debe hacer referencia a todos los derechos
maritales y no sólo a aquellos pactos con efectos civiles o sobre la administración de
los bienes.
El matrimonio civil entre cristianos no es reconocido por la Iglesia como
verdadero matrimonio:
— por tanto, no produce ningún efecto canónico ni es un sacramento,
puesto que no es matrimonio;
— entre cristianos se tiene por un mero concubinato público y lleva
consigo todas las penas propias del concubinato.

Sin embargo, es lícito e incluso obligatorio que los contrayentes cristianos


observen todo lo establecido por las leyes civiles en relación a la celebración del
matrimonio, aunque excluyendo la intención de realizar entonces el contrato y, por
tanto, de recibir el sacramento.

El divorcio civil
Se entiende por divorcio civil la disolución del vínculo matrimonial pronunciada
por la autoridad civil. Lo patente de los argumentos sobre la indisolubilidad
matrimonial hacen ver que toda ley civil que permite el divorcio es gravemente
reprobable porque va contra la ley natural.
No faltan hoy en día quienes, tomando como pretexto el principio de la libertad
religiosa, afirman que las leyes civiles deben permitir el divorcio civil porque no pueden
obligar a los ciudadanos no católicos a someterse a las leyes que responden a los
principios de una determinada creencia religiosa. Señalan que la legislación civil no
juzga sobre el sacramento del matrimonio, sino sólo sobre un acuerdo civil entre dos
ciudadanos, reconociendo su derecho a rescindirlo libremente por causas justas.
No debe olvidarse que al Magisterio de la Iglesia corresponde interpretar
auténticamente la ley natural, para conservar así la ordenación querida por Dios, ya
que el entendimiento humano encuentra dificultades para llegar por sí solo a conocerla
e interpretarla, a consecuencia sobre todo del pecado original y de los pecados
personales. El principio general, como ya quedó explicado antes, es que el matrimonio,
por voluntad divina, es para todos los hombres de uno con una y para siempre.
El divorcio, pues, atenta no sólo contra el matrimonio considerado como sa-
cramento, sino también contra el mismo matrimonio tal como fue querido por Dios como
institución natural, antes de su elevación a la dignidad de sacramento.
Cuando el divorcio es admitido en una sociedad, lo que queda de manifiesto es
que, desgraciadamente, en aquella sociedad no sólo se ha perdido el sentido cristiano
de la vida, sino que ha habido un deterioro en los más profundos y substanciales
valores humanos, con todas las graves consecuencias que esto supone para la familia y
para la sociedad entera.

4. LA ADMISION A LOS SACRAMENTOS DE PERSONAS EN


SITUACION MATRIMONIAL IRREGULAR

Son cada vez más numerosos los casos de personas católicas que viven en una
situación matrimonial irregular. En especial, va siendo más frecuente el caso de los
que, habiéndose divorciado, contraen civilmente un nuevo matrimonio.
Algunos de estos católicos, al paso del tiempo, y permaneciendo en su irregular
situación, se replantean su vida cristiana, con el deseo de recibir los sacramentos de la
penitencia y de la Eucaristía.
Ante estas lamentables situaciones no han faltado quienes proponen y ponen en
práctica soluciones incompatibles con la doctrina cristiana.
En estos casos, afirman erróneamente que es posible aplicar soluciones pastorales de
emergencia, pues aunque realmente estas personas no tienen derecho a recibir los
sacramentos, se les podría admitir si se dan algunas condiciones: p. ej., que el primer
matrimonio haya sido quebrantado hace ya mucho tiempo, de modo que no cabe la
reconciliación; que se hayan arrepentido de su culpa y, en la medida de lo posible, hayan
reparado; que la segunda unión sea estable y en ella hayan dado señales de una vida basada
en la fe, etc.
La doctrina de la Iglesia es clara al respecto: nos enseña que para recibir
válidamente el sacramento de la penitencia es necesario, además de la confesión de los
pecados y de la satisfacción, la contrición, que incluye el propósito de enmienda (cfr.
5.3.1.A).
Por tanto, quien no tiene propósito de enmienda, no tiene verdadera contrición y,
consecuentemente, no puede recibir válidamente la absolución sacramental (cfr. Conc. de
Trento: Dz. 897).
Para recibir la Eucaristía es necesario el estado de gracia, pues "quien come el
pan o bebe el cáliz del Señor indignamente come y bebe su propia condenación" (l Cor.
11, 27-29; Conc. de Trento: Dz. 893; Juan Pablo II, Ep. Dominicae Coenae, n. 11).
"Respecto a los cristianos que viven en esta situación y que con frecuencia
conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los sacerdotes y toda la
comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de que aquéllos no se
consideren como separados de la Iglesia, de cuya vida pueden participar en cuanto
bautizados:
Se les exhorta a escuchar la palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la misa, a
perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la
comunidad en favor de la justicia, a educar a sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu
y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios"
(Catecismo, n. 1651).

Divorciados que se han vuelto a casar


Si el primer matrimonio ha sido válido y viven los cónyuges no es posible legitimar la
segunda unión civil de uno de los esposos, celebrando el matrimonio canónico; por tanto, no
es legítima la unión marital pues constituye un adulterio, y en consecuencia, para que un
católico en esas circunstancias reciba la absolución sacramental, es condición indispensable
el propósito de no volver a cometer ese adulterio; esto supone, normalmente, el abandono
de la vida en común, es decir, bajo el mismo techo, o bien —ya sea por la edad
avanzada de los interesados o por la presencia de hijos necesitados— el seguir viviendo
en la misma casa como hermanos.
Estas son las dos posibilidades a que se refiere la Carta Haec Sacra Congregado de la
S. C. para la Doctrina de la Fe del 11-1V-1973 sobre la indisolubilidad del matrimonio. Y
es también la doctrina recordada por el Papa Juan Pablo II:
"La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis de
no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los
que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen
objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la
Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la
Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia
sobre la indisolubilidad del matrimonio.
La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al
sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado
el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma
de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo
concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios —como, p. ej., la
educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación; 'asumen el
compromiso de vivir en plena continencia, o sea, de abstenerse de los actos propios de los
esposos"' (Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 84).
Al mismo tiempo, no debe olvidarse que hay obligación de ayudar a los
divorciados con gran caridad, para que no se consideren separados de la Iglesia y
participen de su vida. Pueden, p. ej., escuchar la palabra de Dios, ir a Misa, rezar, hacer
obras de caridad y de penitencia, etc.

Uniones libres
Se trata de personas que llevan vida matrimonial sin que exista entre ellos nin-
gún vínculo, ni civil ni religioso: mientras permanezcan en esta situación no pueden
recibir los sacramentos, por estar en estado habitual de pecado grave; habría que
ayudarles a madurar espiritualmente, haciéndoles comprender la riqueza humana y
sobrenatural del sacramento del matrimonio (cfr. lb. n. 81).
Católicos casados sólo civilmente
También se da el caso de católicos que por diversos motivos prefieren contraer
sólo el matrimonio civil, rechazando o difiriendo el religioso.
Se trata de una situación que no es exactamente igual a la anterior, ya que aquí
hay al menos un cierto compromiso de llevar una vida estable.
Sin embargo, no es una situación aceptable para la Iglesia y por eso tampoco
pueden recibir los sacramentos.
Habrá que hacerles ver la necesidad de una coherencia entre su fe y su estado de
vida, intentando convencerlos de regular su situación a la luz de los principios cristianos
(cfr. lb. n. 82).
8.11.4 Separados y divorciados no casados de nuevo
Es el caso de los cónyuges que, estando divorciados, saben bien que no pueden
volver a contraer matrimonio porque el vínculo matrimonial es indisoluble.
Salvo el caso de quien solicitó y obtuvo el divorcio civil injustamente —y que,
por tanto, debe arrepentirse con sinceridad—, en estas circunstancias no hay
inconveniente en que reciban los sacramentos; el Papa señala que muchos de estos casos
pueden ser ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana (cfr. n. 83).
PERO ¿NO HAY NINGUNA POSIBILIDAD DE DAR LA COMUNIÓN A
UN DIVORCIADO VUELTO A CASAR QUE VIVE “AL MODO CONYUGAL”?
(P. MIGUEL ÁNGEL FUENTES)
Tratando de conceder lo más que sea posible a quienes piden
que se busque una vía para poder dar la comunión a los divorciados
vueltos a casar o juntar que no quieren o dicen no poder vivir como
hermanos, vamos a investigar si existe alguna situación en que esto
parezca viable.
La posibilidad de dar la comunión a un divorciado actualmente
juntado con otra persona, con quien comparte una vida sexual activa,
solo puede apoyarse en uno de estos tres supuestos:
1º O bien, el adulterio no es pecado grave.
2º O bien la recepción de la Eucaristía es compatible con el
estado actual de pecado mortal consciente.
3º O bien el adúltero que no se arrepiente ni tiene propósito
cambiar de vida es irresponsable de su estado y de los actos que
comete y, por tanto, ni aquél ni éstos pueden serles imputados como
pecados.

1. Adulterio y pecado
El adulterio no solo está prohibido por la ley natural, sino
también por la ley divina: “No cometerás adulterio” (Ex 20,14; Dt
5,17). Jesucristo repite esta prohibición interiorizándola: “Habéis oído
que se dijo: «No cometerás adulterio». Pues yo os digo: Todo el que
mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su
corazón” (Mt 5,27-28). El Catecismo de la Iglesia Católica señala que
“Jesús (…) en el Sermón de la montaña interpreta de manera rigurosa
el plan de Dios” (CICat., 2336).
El adulterio es materia grave, como enseña el Catecismo: “La
materia grave es precisada por los Diez mandamientos según la
respuesta de Jesús al joven rico: «No mates, no cometas adulterio, no
robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre
y a tu madre» (Mc 10,19)” (CICat., 1858). Y más adelante: “El
adulterio y el divorcio, la poligamia y la unión libre son ofensas graves
a la dignidad del matrimonio” (CICat., 2400).
El motivo por el que es materia grave es que nos priva de la
ordenación al fin último: “Cuando la voluntad se dirige a una cosa de
suyo contraria a la caridad por la que estamos ordenados al fin
último, el pecado, por su objeto mismo, tiene causa para ser mortal…
sea contra el amor de Dios, como la blasfemia, el perjurio, etc., o
contra el amor del prójimo, como el homicidio, el adulterio” (CICat.,
2400)10.
Y explícitamente afirma: “Esta palabra [adulterio] designa la
infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al
menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque
ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del
adulterio (cf. Mt 5,27-28). El sexto mandamiento y el Nuevo
Testamento proscriben absolutamente el adulterio (cf. Mt 5,32; 19,6;

10
Está citando a Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, 88, 2.
Mc 10,11; 1Co 6,9-10). Los profetas denuncian su gravedad; ven en el
adulterio la figura del pecado de idolatría (cf. Os 2,7; Jr 5,7; 13,27)”
(CICat., 2380).
Y también: “El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta
a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo
matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra
la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen.
Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que
necesitan la unión estable de los padres” (CICat., 2381).
El adulterio es pecado por su misma naturaleza, al margen de
las circunstancias y de las intenciones de quien lo comete.
Nuevamente apelamos al Catecismo de la Iglesia Católica: “Hay actos
que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias
y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su
objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el
adulterio” (CICat., 1756).
El hecho de que la persona que se ha separado o divorciado
contraiga según las leyes civiles una nueva unión no cambia la
realidad del adulterio, pasando a ser incluso una “situación de
adulterio” como la define el mismo Catecismo: “El hecho de contraer
una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la
gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se haya
entonces en situación de adulterio público y permanente: «Si el
marido, tras haberse separado de su mujer, se une a otra mujer, es
adúltero, porque hace cometer un adulterio a esta mujer; y la mujer
que habita con él es adúltera, porque ha atraído a sí al marido de
otra» (San Basilio)” (CICat., 2384).

2. Recepción de la Eucaristía y estado de pecado mortal


Decíamos que la segunda posibilidad radicaría en que el estado
de pecado mortal (categoría en la que se encuadra, según acabamos
de ver, la situación adulterina) no excluyera de la comunión
eucarística. Ahora bien, el Compendio del Catecismo de la Iglesia
Católica, respecto de la recepción de la Eucaristía se pregunta: “¿Qué
se requiere para recibir la sagrada Comunión?” Y responde: “Para
recibir la sagrada Comunión se debe estar plenamente incorporado a
la Iglesia Católica y hallarse en gracia de Dios, es decir sin conciencia
de pecado mortal. Quien es consciente de haber cometido un pecado
grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de
acercarse a comulgar. Son también importantes el espíritu de
recogimiento y de oración, la observancia del ayuno prescrito por la
Iglesia y la actitud corporal (gestos, vestimenta), en señal de respeto
a Cristo” (CompCat, 91)
Por su parte, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “El que
quiere recibir a Cristo en la Comunión eucarística debe hallarse en
estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado
mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido
previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia” (CICat.,
1415).
De aquí que se exhorte con San Pablo a examinar previamente
la conciencia y a recibir primero el sacramento de la Penitencia, si se
tiene conciencia de algún pecado mortal: “Debemos prepararnos para
este momento tan grande y santo. San Pablo exhorta a un examen de
conciencia: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor
indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del
cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su
propio castigo» (1Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en
pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes
de acercarse a comulgar” (CICat., 1385).
Así lo ha entendido la tradición de la Iglesia desde los
primerísimos tiempos, como testimonia este hermoso texto de san
Justino, quien sufrió el martirio entre el 162 y el 168: “A nadie es lícito
participar de la eucaristía si no cree que son verdad las cosas que
enseñamos, y no se ha purificado en aquel baño que da la remisión
de los pecados y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó.
Porque no tomamos estos alimentos como si fueran pan común o una
bebida ordinaria; sino que, así como Cristo, nuestro salvador, se hizo
carne por la Palabra Dios y tuvo carne y sangre a causa de nuestra
salvación, de la misma manera hemos aprendido que el alimento
sobre el que fue recitada la acción de gracias que contiene las
palabras de Jesús y con que se alimenta y transforma nuestra sangre
y nuestra carne, es precisamente la carne, y la sangre de aquel
mismo Jesús que se encarnó”[ San Justino, Apología Primera, cap. 66:
PG 6, 427.].
Es, pues, necesario estar en estado de gracia. Quien está en
estado de pecado mortal, debe, pues, primero purificarse mediante el
sacramento de la penitencia. Pero para recibir fructuosamente el
perdón de los pecados, también deben reunirse condiciones
específicas, que son, de parte del penitente, los actos propios de este
sacramento. Dice el Compendio del Catecismo: “¿Cuáles son los actos
propios del penitente? Los actos propios del penitente son los
siguientes: (1º) un diligente examen de conciencia; la contrición (o
arrepentimiento), que es perfecta cuando está motivada por el amor
a Dios, imperfecta cuando se funda en otros motivos, e incluye el
propósito de no volver a pecar; (2º) la confesión, que consiste en la
acusación de los pecados hecha delante del sacerdote; (3º) la
satisfacción, es decir, el cumplimiento de ciertos actos de penitencia,
que el propio confesor impone al penitente para reparar el daño
causado por el pecado” (CompCat, 303).
En este sentido el Código de Derecho Canónico afirma: “Para
recibir el saludable remedio del sacramento de la penitencia, el fiel
debe estar de tal manera dispuesto que, rechazando los pecados
cometidos y teniendo el propósito de enmendarse, se convierta a
Dios” (CIC, c. 987). Y el Catecismo de la Iglesia Católica, citando al
Concilio de Trento: “Entre los actos del penitente, la contrición
aparece en primer lugar. Es «un dolor del alma y una detestación del
pecado cometido con la resolución de no volver a pecar» (Concilio de
Trento: DH 1676)” (CICat., 1451).
Se señalan, pues, dos condiciones para que el arrepentimiento
sea sincero, que el Catecismo menciona usando las palabras del
Concilio de Trento: 1º “dolor del alma y detestación del pecado
cometido”; 2º “resolución de no volver a pecar”. Si no hay verdadera
detestación del pecado cometido y serio propósito de evitarlo en el
futuro, no hay auténtica contrición, y si ésta falta, el pecado no queda
absuelto.
En los pecados que dañan al prójimo, además de lo anterior, se
exige también la reparación de las heridas cometidas, en la medida
en que sea posible, o, al menos, la intención eficaz de repararlas si
alguna vez se presentara la oportunidad: “Muchos pecados causan
daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por
ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que
ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige
esto…” (CICat., 1459).
Ahora, en el caso de una ruptura matrimonial, que es una
relación entre dos personas que se vinculan públicamente, siempre
hay perjuicio: de una sola parte (cuando un cónyuge sufre sin culpa
suya un abandono o un divorcio), o de las dos (si mutuamente se han
herido causando la ruptura); y luego hacia los hijos, si los había; y
también hacia la sociedad, tanto civil (la Patria) cuanto sobrenatural
(la Iglesia), porque los matrimonios las familias a que éstos dan lugar
son la linfa vital que les da el ser y la vitalidad. Sólo puede decirse
que una ruptura adviene sin culpa cuando ésta es causada por alguna
enfermedad psíquica grave de uno de los cónyuges, inculpable en el
enfermo, pero tornando imposible la convivencia y exigiendo la
separación para evitar daños a la persona sana y a los hijos.
Por tanto, la doctrina de la Iglesia es muy clara al respecto: una
persona que vive en estado de pecado mortal no puede comulgar sin
recurrir previamente al sacramento de la penitencia y recibir en él la
absolución de su pecado; y no puede recibir la absolución si no está
arrepentida de su pecado, o si carece del propósito de no volver a
cometerlo y de la disposición a reparar los daños que su pecado haya
causado.
De esto se sigue, teniendo en cuenta, como ya vimos, que el
adulterio es pecado, que el adúltero debe primero: arrepentirse de su
pecado, tener el propósito eficaz de cortar su situación, no pecar más
y reparar cuando sea posible los daños causados. Solo luego de estos
actos podrá recibir la absolución; y luego de la absolución, podrá ser
admitido a la comunión eucarística.
De ahí que el Catecismo de la Iglesia Católica, refiriéndose a
“los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que
contraen también civilmente una nueva unión”, sostenga que “si los
divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación
que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden
acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y
por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades
eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia
no puede ser concedida más que aquéllos que se arrepientan de
haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se
comprometan a vivir en total continencia” (CICat., 1650).

3. Circunstancias atenuantes del acto adulterino


Sólo queda, pues, la posibilidad de que haya alguna
circunstancia que, sin quitar la gravedad objetiva de la situación
adulterina de la persona que convive activamente more coniugali (al
modo de esposos) sin estar válidamente casado, atenúe la
responsabilidad a tal punto que su acción pueda ser considerada
inimputable a su voluntad. Ésta parece ser la vía que algunos
pretenden recorrer para evitar las propuestas heterodoxas de los que
dan la impresión de no considerar pecado el adulterio (por ejemplo,
quienes hablan del “camino penitencial” refiriéndose a la ruptura del
primer matrimonio y pero no al actual estado), o suponen compatible
la eucaristía con el estado de pecado mortal (por ejemplo, quienes
usan la expresión “la eucaristía es un sacramento para los enfermos y
no para los sanos” no el sentido de ayuda a la fragilidad del que está
en gracia, sino entendiendo que pueden recibirlo estando en pecado).
De hecho la insistencia en encontrar, como se dice ambiguamente,
una “solución pastoral” que sería particular y no general, y la
insistencia en las dos Relationes de tener en cuenta las
“circunstancias atenuantes” parece orientarse en esta línea (Rpd, n.
47; RSy, 52).
La Relatio final, no solo aludía a estas circunstancias
atenuantes sino que citaba al Catecismo de la Iglesia Católica, el cual,
hablando de la libertad en general, afirma: “la imputabilidad y la
responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso
suprimidas por la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor,
los hábitos, las afecciones desordenadas y otros factores síquicos o
sociales” (CICat., 1735). Tales circunstancias mencionadas afectan el
acto humano en diversos niveles. Tratemos de analizarlas en el
contexto del caso que estamos estudiando.

a) Ignorancia e inadvertencia. ¿En qué sentido, la ignorancia


podría atenuar o anular la gravedad de la comunión de una persona
que vive en estado de adulterio? Pura y exclusivamente si ésta ignora
con ignorancia invencible que su estado contradice la ley moral, o
ignora, con ignorancia invencible que no se puede comulgar en ese
estado. Pero tales casos no tiene ningún sentido proponerlos como
materia de estudio, pues caen en los principios morales sobre la
ignorancia que toda la tradición viene proponiendo. Estos casos no
serían pecaminosos simplemente porque para pecar hay que saber
que el acto que uno está realizando es pecado. Pero no parece ser el
caso en cuestión, puesto que las propuestas hablan de personas a las
que se propondría realizar “un camino penitencial” bajo la guía de su
obispo, lo que implica que saben bien la cualificación moral de su
situación.
No veo, pues, nada particular en estos casos que haga pensar
en solucionar algunos casos por una presunta ignorancia. Todos los
sacerdotes saben –o deberían– a qué atenerse en tales casos, tanto
en lo dogmático como en lo pastoral (si advertir o no advertir, o
cuándo hacerlo).

b) La violencia, cuando es verdadera y eficaz (o sea, una fuerza


que viniendo del exterior del sujeto que la padece, lo obliga a obrar
contra su voluntad), anula la libertad. Pero para que haya violencia
estrictamente dicha, la persona que es forzada debe intentar resistir
cuanto le sea posible y no consentir a la acción a la que se la obliga.
Si aplicamos esto a nuestro caso de los divorciados, estaríamos
hablando de forzar a una persona a realizar un acto adulterino contra
su voluntad. Si se trata de personas que conviven permanentemente,
estaríamos o ante violaciones sexuales ocasionales o ante un estado
de esclavitud sexual permanente. Convengamos que, cuando esto
ocurre, la víctima es la mujer. Ahora bien, si una mujer que vive una
situación de adulterio –aunque esté casada por el civil– es forzada
sexualmente por el hombre con quien convive, y pide orientación o
ayuda, la solución no es aconsejarle que comulgue sino, per prius,
que se aleje de quien la está violentando. Y si, por algún grave
motivo, no le fuere posible la separación, y sus relaciones sexuales
solo tienen lugar forzada y contra su voluntad, no puede negársele ni
la absolución ni la comunión, supuesto que esté arrepentida de haber
iniciado la convivencia y que esté dispuesta a no tener relaciones
consentidas. Estaríamos, de hecho, ante una persona víctima del
pecado de otro, del que ella no participa voluntariamente. Esto ya
está, como dijimos para la ignorancia, contemplado en la moral
tradicional. Si fuera el caso, la aplicación a una persona que padece
una convivencia que no puede cortar pero que tampoco quiere
positivamente vivirla al modo conyugal, no añadiría
ningún novum como para ser estudiada. Pero vuelvo a insistir en que
no parece el caso planteado, puesto que se propone guiar a la pareja
en un itinerario gradual y penitencial bajo la guía de pastores
idóneos.

c) El temor es una circunstancia que puede llegar a anular o


atenuar la libertad. Puede actuar de modo análogo a la violencia si se
trata de amenaza grave e injusta (es, de hecho, una violencia moral).
En tal caso vale lo dicho en el punto anterior. Puede tratarse también
de un miedo de la misma persona a otras cosas; por ejemplo, al
abandono, a la soledad, a la miseria. Una persona que vive una
situación irregular, puede experimentar un miedo tan grande, sobre
todo si se trata de alguien psicológicamente muy débil, que llegue
esto a atenuar en parte su capacidad de decisión y la responsabilidad
de sus actos. Si esto llega a plantearse en un grado que deba
considerarse patológico, entonces entraría en las últimas
circunstancias que mencionaré. Si no se encuadra en una patología,
tendríamos que hablar de un miedo tan grande que bloquee la
libertad de la persona. No descartamos que esto pueda darse. Pero
habría que demostrarlo en cada caso. Si se trata de una situación así,
estaríamos ante casos puntuales sobre los que no hace falta ninguna
determinación pastoral general, pues la tradición moral ya ha dado,
como en los casos anteriores, pautas pertinentes que se encuentran
en los manuales de moral en el apartado de los “actos humanos”.

d) También los hábitos pueden condicionar el obrar de una


persona. En este caso estaríamos hablando del vicio de la lujuria.
Evidentemente, debemos tener presente, ante todo, que un hábito
vicioso puede, hasta cierto punto condicionar la libertad de una
persona, cuando está tan arraigado que el sujeto no puede resistir a
su costumbre adquirida de obrar de ese modo. Con mayor razón si se
trata de una adicción, que es ya un problema patológico. Para que un
acto realizado por un vicio profundamente arraigado no sea imputado
al sujeto que lo comete, o se pueda hablar, al menos, de una
importante reducción de su responsabilidad, el sujeto debe
haber retractado su voluntad de pecar (es decir, debe estar
arrepentido y debe intentar cambiar su costumbre). De lo contrario,
como enseña la tradición moral, todo acto realizado actualmente por
influjo de un hábito adquirido en el pasado y no retractado, se
considera culpable en su causa. Esto vale para todo acto pecaminoso:
el que tiene el vicio de embriagarse, de mentir, de blasfemar, de
masturbarse, etc. Pero si un vicio ha deteriorado tanto la voluntad de
una persona que no puede tomar una determinación seria no solo de
no caer en actos impuros, sino ni siquiera de evitar la ocasión del
pecado (la convivencia), ¿estamos ante una persona sana, o ya
estamos ante una persona volitivamente quebrada o ante un adicto?
Y si estamos ante un adicto o un quebrado, ¿sería un caso para el
pastor o para un profesional de la salud (psiquiatra o psicólogo según
los casos)?

f) Otra circunstancia que puede llegar a complicar la libertad de


la persona mencionada por párrafo del Catecismo citado por
la Relatio final, son las afecciones desordenadas, es decir, lo que la
moral tradicional y la sana psicología llamaba “pasiones
desordenadas”. Ya mencioné las dos principales –el miedo y la
lujuria–. Fuera de éstas, ¿qué otra puede tener algo que ver con una
situación de convivencia irregular? Sólo se me ocurre pensar en la
tristeza, porque no veo cómo considerar atenuados los actos
adulterinos por razón de odios, iras, audacias, esperanzas,
desesperaciones, etc. Podrían conjeturarse situaciones, pero un poco
tiradas de los pelos. En todo caso, valdría lo dicho para el miedo: si se
trata de situaciones tan extremas que pueda pensarse en un bloqueo
psíquico de la persona dejándola como abúlica ante una situación de
la que no puede escapar… podría suponerse una disminución relativa
de su libertad. Pero ¿estaríamos ante situaciones inmorales o
patológicas? Si lo segundo, nos bastan los principios aprendidos a
propósito del trato con las personas depresivas, abúlicas y enfermos
psíquicos en general. Nuevamente, no parece haber ningún novum
morale que merezca una legislación específica, o consideraciones
apropiadas en un Sínodo. Y esto vale, con mucha mayor razón, a la
última categoría de impedimentos que estudia la moral: las
patologías mentales. En todo caso, si se estima que hoy en día estos
dramas están más extendidos que en el pasado, debería insistirse en
el estudio de la “Pastoral psiquiátrica”, que tan buenos textos produjo
a mediados del siglo XX.

Lo grave sería que los que postulan la consideración de


circunstancias atenuantes no quieran ir, en realidad, por los caminos
que hemos señalado, sino plantear la peregrina hipótesis de que la
mayoría –o muchos, o un número considerable– de las personas que
viven en situaciones irregulares, tienen una voluntad tan disminuida
que no puede imputárseles como pecaminosa su situación y los actos
sexuales que realizan en ellos. Esto –que creo que es lo que de hecho
piensan algunos– sería no ya una solución, sino un agravio a la
dignidad de la persona libre. Juan Pablo II reaccionó, en
la Reconciliatio et paenitentia, contra los que pretendían justificar al
pecador negando su libertad:
“Este hombre [pecador] puede estar condicionado, apremiado,
empujado por no pocos ni leves factores externos; así como puede
estar sujeto también a tendencias, taras y costumbres unidas a su
condición personal. En no pocos casos dichos factores externos e
internos pueden atenuar, en mayor o menor grado, su libertad y, por
lo tanto, su responsabilidad y culpabilidad. Pero es una verdad de fe,
confirmada también por nuestra experiencia y razón, que la persona
humana es libre. No se puede ignorar esta verdad con el fin de
descargar en realidades externas —las estructuras, los sistemas, los
demás— el pecado de los individuos. Después de todo, esto supondría
eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se revelan —
aunque sea de modo tan negativo y desastroso— también en esta
responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en cada hombre no
existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o
la responsabilidad de la culpa” [ Juan Pablo II, Exh. Reconciliatio et
paenitentia, n. 16.].
En la visión del Papa Juan Pablo II, disminuir tanto la
responsabilidad personal del que obra algo objetivamente malo,
atenta contra su dignidad, porque es considerarlo falto de libertad, o
extremadamente influenciable por los demás, sin carácter ni
personalidad como para elegir libremente los actos en que se realiza
como persona. No sería, pues, sujeto de culpa, pero tampoco de
mérito. Tan solo una personalidad enfermiza, débil, quebradiza.
¿Pretende ser juzgado así el divorciado vuelto a casar que pide ser
absuelto sin cambiar de vida y recibir la eucaristía? Si tal es su
intención, debería comprobarse que estamos ante una persona sin
capacidad de obrar libremente, pues la presunción está siempre a
favor de la libertad, es decir, de la dignidad personal que hace a cada
uno dueño y responsable de sus actos. Y si bien esto sucede, tampoco
hay que extremar las cosas, porque tiene en su contra una seria y
fundada tradición psicológica y psiquiátrica representada
particularmente por Víktor Frankl, quien defendía lo que llamaba “el
poder de obstinación del espíritu”, incluso en medio de los
condicionamientos psicofísicos de la persona: “El neuropsiquiatra es,
por definición, un conocedor del condicionamiento psicofísico de la
persona espiritual, pero también es, precisamente por ello, testigo de
su libertad: el conocedor de la impotencia es llamado aquí en calidad
de testimonio de lo que nosotros denominamos el poder de
obstinación del espíritu”[4]. Frankl quizá extrema las cosas en sentido
contrario, postulando al hombre como radicalmente libre (lo que
supondría admitir la responsabilidad incluso de un psicótico[5]); pero
su experiencia en patología clínica muestra, al menos, que la libertad
de la persona es capaz de mucho más de cuanto quiere atribuirle una
antropología reductora demasiado extendida en nuestro tiempo.

4. Conclusión
Como hemos visto, las dos primeras vías para pensar en una
posible legitimación del acceso a la eucaristía por parte de las
personas divorciadas que conviven sexualmente activas, son
inviables: el adulterio es pecado, y no se puede comulgar en estado
de pecado.
En cuanto a las circunstancias atenuantes, hemos visto que
están todas ya estudiadas por la moral tradicional y que no parece
haber ninguna especificidad propia en las situaciones que viven los
divorciados vueltos a casar que piden ser admitidos a la eucaristía
como para que deba estudiarse una aplicación especial.
Por esto me inclino a pensar que el n. 52 de la Relatio final no
está pensando en este sentido, sino que recoge la propuesta de
algunos padres sinodales de modificar la disciplina de la Iglesia ya
vigente, como lo hizo notar el cardenal De Paolis: “se presenta como
propuesta que entiende modificar la disciplina de la Iglesia y por tanto
su doctrina. Implícitamente se reconoce que ella va contra la actual
disciplina y doctrina”11.
Quizá por ese motivo, el 22 de octubre de 2014, es decir, tres
días después de la finalización del Sínodo sobre la familia (y en estas
cosas sabemos que no hay casualidades), la Congregación para la
Doctrina de la Fe, envió una Respuesta a la consulta privada de un
sacerdote francés que preguntaba: “¿Puede un confesor dar la
absolución a un penitente que, habiendo estado casado
religiosamente, ha contraído una segunda unión después de un
divorcio?”. El texto de la Congregación decía:
“No se puede excluir a priori un proceso penitencial para los
fieles divorciados vueltos a casar, que tendría como fin la
reconciliación sacramental con Dios y luego la comunión eucarística.
El Papa Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Familiaris
consortio (n. 84) ha considerado tal posibilidad y ha precisado las
condiciones: «La reconciliación en el sacramento de la penitencia –
que les abriría el camino al sacramento de la Eucaristía– no puede
darse sino a aquéllos que se han arrepentido de haber violado el
signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, y están sinceramente
dispuestos a una forma de vida que no esté en contradicción con la
indisolubilidad del matrimonio. Esto implica concretamente que,

11
Cardenal De Paolis, Velasio, Unioni irregolari e cura pastorale, Conferenza a
Madrid, 26 de noviembre de 2014.
cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, –como, por ejemplo,
la educación de los hijos– no pueden cumplir la obligación de la
separación, asumen el compromiso de vivir en plena continencia, es
decir, de abstenerse de los actos propios de los esposos» (cf. también
Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 29).
El camino penitencial que ha de llevarse a cabo debería tomar
en cuenta los siguientes elementos:
1- Verificar la validez del matrimonio religioso respetando la
verdad, evitando en todo momento dar la impresión de que se
produce una especie de «divorcio católico».
2- Ver eventualmente si las personas, con la ayuda de la gracia,
pueden separarse de sus nuevas parejas y reconciliarse con aquellos
de quiénes se habían separado.
3- Invitar a las personas divorciadas vueltas a casar que, por
motivos serios (por ejemplo, los hijos), no pueden separarse de
aquellos a quienes están unidos, a que vivan como «hermano y
hermana».
En cualquier caso, la absolución no puede ser dada sino a
condición de asegurarse de una verdadera contrición, es decir, «del
dolor interior y de la detestación del pecado que se ha cometido, con
la resolución de no pecar más en el futuro» (Concilio de
Trento, Doctrina sobre el Sacramento de la Penitencia, 4). En esta
línea, no se puede absolver válidamente un divorciado vuelto a casar
que no asume la firme resolución de «no pecar más en el futuro» y
por tanto de abstenerse de los actos propios de los casados, haciendo
en este sentido de su parte todo cuanto esté en su poder.
Luis Ladaria, sj, arzobispo titular de Thibica, Secretario.
Roma, 22 de octubre de 2014”.

La única actitud posible frente a esta dolorosa situación la


resumía de forma muy clara y sencilla la Conferencia Episcopal
Italiana, en el Directorio de pastoral familiar para la Iglesia en Italia,
diciendo: “Solamente cuando los divorciados vueltos a casar cesen de
ser tales pueden ser readmitidos a los sacramentos. Es necesario, por
ello, que se arrepientan de haber violado el signo de la alianza y de la
fidelidad a Cristo y estén sinceramente dispuestos a una forma de
vida que no esté en contradicción con la indisolubilidad del
matrimonio o con la separación física y, si fuese posible, con el
retorno a la convivencia matrimonial original, o con el compromiso
por un tipo de convivencia que contemple la abstención de los actos
propios de los cónyuges… En este caso pueden recibir la absolución
sacramental y acercarse a la Comunión eucarística, en una iglesia
donde no sean conocidos, para evitar el escándalo” [Conferencia
Episcopal Italiana, Directorio de pastoral familiar para la Iglesia en
Italia, 1993, n. 220.].
LOS DESAFÍOS ACTUALES DE LA
FAMILIA (P. MIGUEL ÁNGEL FUENTES,
IVE)
FEBRERO 27, 2015

Considero que la familia, tanto en su


dimensión religiosa como natural, está hoy en día bajo
ataque. Y habría que aclarar: bajo un ataque furioso que no se
explica sino por un odio que tiene mucho de satánico. No
quiero abundar en datos, que solo pueden dar una visión
parcial del tema y son, por otra parte, cambiantes. En enero
de 2008 se afirmaba que solo la última ley dictada el año
anterior en España favoreciendo el “divorcio express” había
destruido en solo seis semanas más de noventa mil familias;
la misma fuente informaba que en algunos lugares del norte
de Europa, como en Suecia, el 70% de las personas viven
solas, a merced de la falta de sentido de la vida y del
alcoholismo[1].
Veo dos tipos de amenazas y desafíos. Los que vienen de
afuera y los que atentan desde adentro de la misma familia.
Para poder hacer adecuadamente frente a todos ellos,
debemos conocerlos bien. Al menos intentemos presentarlos
brevemente.

1. Desafíos externos
Los desafíos exteriores que se presenta hoy en día los
podemos resumir en tres principales.
a) La anticultura de la vida
El primero es el proyecto que se lleva a cabo a nivel mundial
en contra de la vida humana; proyecto en el que están
activamente embarcados numerosos gobiernos, y al que se
suman muchos más por debilidad ante las presiones
económicas e incluso militares de los más poderosos. La
tentación frente a este vastísimo fenómeno mundial es pensar
en una formidable conspiración contra la vida. No me toca a
mí, ni tengo la capacidad para formular tal tipo de hipótesis.
Solamente podemos decir que, al margen de que exista una
conjura contra la vida centralizada en algún poder particular o
bien se trate simplemente de una ideología que ha ido
penetrando en la mayoría de los poderosos de nuestro
tiempo, lo cierto es que no puede dudarse en absoluto de que
estamos ante un fenómeno mundial y arrollador contra la vida
humana. Basta observar al respecto las campañas llevadas a
cabo en el último medio siglo para imponer el aborto, la
anticoncepción, la esterilización, la eutanasia, etc. Esto se ha
llevado a cabo con políticas explícitas, implacables e
inclementes, destruyendo millones de vidas, de familias, de
hombres y mujeres.

Los fines han sido en muchos casos económicos, en otros


políticos y geopolíticos. Pueden pensarse también en muchas
otras motivaciones que ciertamente han movido a grupos y
personas, como el afán de notoriedad, de experimentación,
de jugar, como suele decirse, a hacer el papel de dioses.

La familia de nuestro tiempo se ve obligada a luchar contra la


imposición de una mentalidad antinatalista, antivida,
inmisericorde, hedonista y cerrada en el horizonte de este
mundo. No es fácil batirse contra tales enemigos que tienen
poder, dinero, influencia y que a menudo consigue imponer
sus políticas contra la misma voluntad de las personas, como
se ha visto en las campañas masivas y violentas de
esterilización femenina que hacia fines del siglo XX han sido
implementadas en países como India, Brasil y Perú, y que se
siguen llevando a cabo en muchos lugares. Piénsese en la
política del hijo único y del aborto obligatorio de los demás
hijos en países como China que representa nada menos que
el 20% de la población mundial[2].

b) La imposición del
homosexualismo
Una segunda amenaza contra la familia viene en nuestros
días de lo que se denomina “agenda gay” y el “lobby gay”
que no tiene por objeto lograr el respeto por las personas que
padecen tendencias homosexuales, sino, por un lado, imponer
el reconocimiento de la homosexualidad como una opción
naturalmente válida y lícita y, por otro, empujar a numerosas
personas, incluyendo niños y adolescentes, a la práctica de la
homosexualidad.

Esta es una verdad totalmente comprobada y comprobable.


“Existe un proyecto cultural preciso y sistemático por parte
del lobby homosexual, cuyo objetivo declarado es penetrar
profundamente en la mentalidad de la gente”, dice una fuente
autorizada en estos temas[3]. Hoy en día asistimos a lo que
se llama un “proceso de reingeniería social anticristiana”, es
decir, un plan por el cual se quiere introducir en nuestra
cultura un nuevo concepto de sociedad, de familia, de
sexualidad, de varón y de mujer, de bien y de mal, etc. Y este
plan viene impuesto “por las Naciones Unidas y otros
organismos internacionales, que se desarrolla sin pausa”[4].
Hay grupos que hacen mucha presión para que se introduzca
en la legislación lo que ellos llaman “crimen de odio”, es
decir, acusar y condenar a quienes afirmen “que los actos
homosexuales constituyen un desorden antinatural”[5].
Deberían, pues, empezar por mandar a la cárcel a San Pablo.
Y más todavía: “se pretende que sean castigados también
aquellos de los que se sospeche un «ánimo homofóbico», y no
sólo los que comentan «actos de homofobia» («ánimo
homofóbico» es el que se sospecha, por ejemplo, de toda
persona que no acepta la «normalidad» de la
homosexualidad; que rechaza el «matrimonio homosexual» y
la adopción de niños por parejas de homosexuales; se
sospecha también de ese «ánimo» de todos aquellos que
deban enseñar la doctrina católica sobre la homosexualidad,
etc.)”[6]. Y yendo más lejos todavía, un documento oficial de
la Organización de los Estados Americanos (OEA) introduce la
inversión del onus probandi (o carga de la prueba), lo que
significa que cualquiera nos puede acusar de odio contra los
homosexuales, sin necesidad de probar que su acusación es
verdadera; la obligación de probar que es inocente pasa al
acusado, aunque la acusación se base en simples
sospechas[7]. Todo esto significa, por un lado, la perversión
del sistema jurídico, y, por otro, la intención deliberada de
preparar las armas para una verdadera y terrible persecución
contra todos aquellos que quieran seguir profesando, sobre
estos temas, las enseñanzas de la Biblia, del Magisterio de la
Iglesia y de la ley natural.
¿Qué se busca en el fondo de todo esto? Se pueden proponer
muchas hipótesis. Puede ser el enconado plan de un grupo
minoritario de personas que quiere que todo el mundo sea
como ellos; puede pensarse también en intereses económicos
y políticos; y pueden proponerse otras explicaciones. Pero no
hay que dejar de lado la intención del enemigo de nuestra
naturaleza, el diablo, que sabe que la destrucción de nuestra
naturaleza pasa por la degradación sexual de la misma. A
este propósito menciono el testimonio de una importante
convertida del satanismo, que escribió recientemente un libro
titulado Escapada de Satanás, donde señala la fuerza que el
satanismo auténtico pone en esta obra; ella misma fue
inducida a practicar el lesbianismo a pesar de no haber
sentido jamás atracción por personas de su propio sexo:
“Recuerdo sobre todo, dice, la exaltación de la
homosexualidad y de la violencia, que luego he comprendido
que representaba para la secta el mejor modo de glorificar a
Satanás y ofender a Dios”[8].

c) El ataque contra la fe y la
religión
El tercer desafío viene de los ataques contra la religión y en
particular contra el cristianismo y el catolicismo. Son
conocidas de todos las noticias que diariamente se difunden
sobre el tremendo martirio que están sufriendo muchos de
nuestros hermanos en algunos países árabes. Discriminación,
miseria, cárcel y muerte, asechan cada día a muchos
cristianos en Irak, Egipto, Paquistán, Indonesia, Sudán,
Palestina, India, etc. Y esto solo por creer en Cristo.
Indudablemente, podrá atribuirse este acosamiento a grupos
fundamentalistas y no a todos los que practican otra religión;
pero no por eso deja de ser una situación tremenda. Hay
algunos lugares, como el actual Irak, donde el cristianismo se
remonta a los primeros siglos de nuestra era, y hoy está
reducido a escombros y amenazado de muerte. Así como el
norte africano fue en los primeros siglos de nuestra era una
de las glorias más grandes de la cristiandad y después de la
invasión del Islam, no ha quedado sino cenizas, lo mismo
sigue repitiéndose hoy en día. Lo mismo hace el comunismo
en China, como lo hiciera antes en el mundo soviético.

Pero hay otra persecución que quiere pasar desapercibida en


occidente, y es la del laicismo que debería ser mejor llamado
paganismo moderno o incluso ateísmo militante.
Constantemente se dictan leyes en los países occidentales
que vulneran los derechos del cristianismo y en particular del
catolicismo, tratando de que este se deba esconder en la
esfera puramente privada y ni aún allí pueda vivir. Se
persiguen los signos religiosos como la cruz o los pesebres, se
discrimina a las personas que proclaman los valores
enseñados por Jesucristo en los evangelios o por los apóstoles
en sus cartas; se ataca furiosamente y se mancha la figura
del Papa y del sacerdocio católico. Se ponen exigencias
políticas que hacen casi imposible a los católicos aspirar a
trabajar en la política a menos que claudiquen de principios
fundamentales de la fe y de la moral católica o natural. Se
hace cada vez más difícil tener colegios y universidades
donde se enseñe la verdad, se vivan los diez mandamientos y
eduque cristianamente. Se intenta por todos los medios de
privar a los padres para que eduquen a sus hijos según la ley
de Dios.

Todo esto hace que en nuestro tiempo sea realmente muy


difícil a la familia cristiana mantener su identidad católica.

2. Desafíos internos (las


cosas que están en crisis)
Pero pasemos ahora a los desafíos que la familia encuentra en
su mismo seno, los cuales son muchos que, por razón de
síntesis, vamos a reducir a algunos principales.

a) No dejarse vencer por los


enemigos interiores de la familia
Empiezo por lo negativo, que son las amenazas que a la
familia le llegan desde su mismo seno y que son todos los
factores desintegradores del amor. No los podemos
desarrollar largamente, pero al menos hagamos el intento de
señalar los más serios.
Ante todo, la infidelidad del corazón. Muchos matrimonios
fracasan porque los cónyuges reducen la fidelidad a los actos
externos, es decir, a no pecar con otra persona
externamente; pero no cuidan de ser fieles en las miradas y
en los pensamientos. Esto equivale a los gusanos que se
introducen en el carozo de la fruta; esta, de afuera, parece
sana, pero está ya corrompida de adentro. Por eso dijo Jesús:
“el que mira a una mujer, deseándola, ya cometió adulterio
con ella en su corazón” (Mt 5,28). La fidelidad debe vivirse en
todos los niveles: los actos externos, el modo de vestirse, las
miradas y los afectos del corazón.
Otra amenaza es la separación y el divorcio, verdadera plaga
de nuestra sociedad. Sus consecuencias son tremendas:
–multiplica los problemas de los hijos: un autor ha escrito que
“el choque psíquico sufrido por los hijos de quienes se
vuelven a casar es más fuerte que el choque físico sufrido por
una poliomielitis”; muchos de estos niños dejan de creer en la
familia y cuando llegan a grandes no quieren pasar por el
mismo drama y por eso son reacios al matrimonio.


aumenta la delincuencia precoz; hay que tener en cuenta que
los especialistas señalan estos datos tremendos: el 97% de
los neuróticos no tuvieron un ambiente familiar normal; el
90% de los delincuentes juveniles provienen de hogares con
graves perturbaciones familiares; en la década de 1920, una
encuesta evidenciaba que el 80% de los criminales
adolescentes en el estado de California eran hijos de
divorciados; hace unas décadas atrás en Estados Unidos se
manejaba el dato de que, sobre 200.000 delincuentes
menores, 175.000 eran hijos de divorciados.
–aumenta la tendencia al suicidio.

–aumenta la proliferación de concubinatos y, con frecuencia,


ocasiona una poligamia sucesiva.
Otra sombra que intimida el matrimonio y la familia es
el aborto y la anticoncepción, la más grande tragedia de
sangre de todos los tiempos que cada año se cobra 60
millones de niños muertos por abortos quirúrgicos y cerca de
500 millones de homicidios causados por dispositivos
intrauterinos y píldoras abortivas. Sólo contando los abortos
quirúrgicos, se realizan en el mundo casi 2 (dos) abortos por
segundo, y si contamos todos los abortos reales (porque los
producidos por píldoras también son abortos), se puede decir
que se realizan como mínimo 16 abortos por segundo.
Esto está sumando al mundo en un verdadero envejecimiento
y en muchos casos en despoblación. Actualmente hay más de
50 países, que representan casi la mitad de la población
mundial, que no logran reemplazar sus generaciones, entre
los cuales están Estados Unidos, Canadá, Cuba y la mayoría
de las islas caribeñas, Georgia, Tailandia, China, Japón y
Corea del Sur, Australia, la casi totalidad de los 40 países de
Europa[9]. Para que tengan una idea, en nuestros días, el país
que más está creciendo económicamente es China, pero los
estudiosos afirman que China se hará vieja, antes de llegar a
rica, porque con su política de un solo hijo por mujer, de aquí
a pocos años, será un país de viejos con pocos jóvenes, en
proporción, para poder mantenerlos[10].
Por último, destaco como amenaza cada vez más creciente en
el matrimonio, la violencia, es decir, el uso deliberado de la
fuerza para controlar o manipular al cónyuge o a los hijos.
Abuso que se da a veces de modo físico, pero que está más
extendido como violencia psicológica y sexual. Pensemos,
pues, no solo a los golpes y heridas, sino también a los
insultos, humillaciones, desprecios, amenazas, intimidaciones,
gritos, control injusto del dinero, celos, exigencias para el
cónyuge realice prácticas sexuales humillantes, o
anticonceptivas, e incluso para que aborte. A menudo la
violencia familiar se relaciona con el abuso del alcohol y las
drogas, pero otras veces se debe solo a malos hábitos,
caprichos, mal carácter, y falta de virtud. Esta situación es tan
seria, que afecta, dicen los expertos, a un porcentaje que va
del 33 al 66% de todos los adultos que viven bajo un mismo
techo, independientemente de la edad, raza, el sexo, la
religión, el estado marital o el nivel académico, económico o
social[11]. ¡Y es contagiosa!: porque en los hogares donde un
cónyuge maltrata a otro, se dan muchas probabilidades de
que el maltrato se extienda a los hijos, por parte de los dos
padres y que esos hijos, criados entre peleas, discusiones y
golpes de sus progenitores, se vuelvan ellos mismos violentos
con el prójimo y maltraten a sus esposas o esposos el día que
ellos se casen.
Todos estos actos se oponen gravemente al amor y a la
familia. Es un principio más que evidente que el amor no
debe doler. El amor implica confianza, protección, respeto,
diálogo, compartir la vida. La violencia en la familia es el anti-
amor.

b) Comprender la vocación
matrimonial
Hablando ahora en positivo, es más importante es el desafío
de comprender la naturaleza y la vocación matrimonial y
familiar. Puede parecer descabellado pero la realidad es que
muchas familias ignoran lo que son.

Desconocen la naturaleza del matrimonio como institución


natural y el verdadero y último sentido del sacramento que
los constituye.

El matrimonio es una institución de orden natural, querida por


Dios desde el principio del mundo y que todo hombre y toda
mujer lleva grabada en su naturaleza como una inclinación
natural. Por esta razón el matrimonio es y tiene que ser, la
unión de un hombre con una mujer para siempre. Ninguna
otra realidad (como la unión entre dos personas del mismo
sexo, o la relación puramente temporal entre personas del
mismo sexo, o el practicar la sexualidad sin compromiso
alguno), puede equipararse a ella, y no está inscrita en la
naturaleza, lo que equivale a decir que es antinatural.

Esta realidad ha sido elevada por Jesucristo a la dignidad de


sacramento, es decir, lo ha constituido en un signo eficaz del
amor que Él tiene hacia la Iglesia. Por eso los esposos unidos
por el sacramento son una imagen visible del amor indisoluble
que Cristo tiene por todos nosotros, los bautizados. De ahí
que este signo, para no ser mentiroso, tiene que ser,
necesariamente: indisoluble, personal, marcado por el amor y
fecundo. Porque tales son las características del amor de
Cristo hacia la Iglesia.

El matrimonio es el núcleo que da origen a la familia sin la


cual no puede subsistir la sociedad humana. La familia es
célula de la sociedad, lo que equivale a decir que es el origen
y el sostén de la sociedad. Es célula biológica, porque las
sociedades crecen y viven si hay familias verdaderamente
constituidas y perece si desaparecen las familias; es célula
cultural, porque la cultura se transmite en la familia, al
transmitir la lengua, la historia, las tradiciones; es célula
moral, porque las virtudes, los modales y los principios se
aprenden en la familia. De ahí que una sociedad en que los
matrimonios verdaderamente constituidos, decae, es una
sociedad decadente.

3. Nuestra reacción
Frente a estos desafíos debemos responder con la altura
requerida. Menciono solo dos actitudes que Dios espera de
todos nosotros.
a) Luchar por nuestras familias
La primera es la firme voluntad de salvar nuestras familias.
¿Nos hemos preguntado por qué no se extinguen algunas
especies más débiles en las selvas cuando las hembras dan a
luz? Las hembras están en esos momentos debilitadas por el
parto, y sus cachorros son frágiles y fácil presa de los
depredadores que siempre las asechan. ¿Por qué subsisten?
Sobreviven porque mientras la hembra está débil el macho la
defiende incluso dando su vida por ella y por sus crías. Y
luego se encarga la misma madre. ¡Ay de quien intente quitar
un cachorro a una leona de la selva! ¿Por qué luchamos
menos los humanos cuando se trata de salvar nuestras
familias o nuestros hijos? Alguno me podrá decir: ¡no es
cierto, somos capaces de dar la vida por nuestros hijos! ¡En
cierta manera es verdad…! Somos capaces de pelear contra
los enemigos externos de la familia: contra los asaltantes y
los asesinos. Pero no hacemos lo mismo cuando los enemigos
están dentro de la casa y dentro del propio corazón: son
nuestros vicios, nuestros defectos, nuestras pasiones…
¿también luchamos como una leona cuando son nuestras
pasiones las que pueden hacer daño a nuestras familias?
¿Estamos dispuestos a arrancar con furor esos vicios que son
los que resquebrajan los cimientos de la familia: nuestra
arrogancia, nuestra pereza para dedicar el tiempo a nuestras
esposas o esposos, nuestras malas amistades, nuestra
sensualidad, el descuido de nuestras miradas y afectos hacia
personas que no son nuestros legítimos o legítimas consortes,
la afición al alcohol o las drogas, las ocasiones de pecado,
etc.?

¡Dios quiera que todos seamos leones defendiendo lo más


sagrado que tenemos en este mundo, después de Dios y de la
Iglesia, y que sólo puede ser destruido por los ladrones
interiores!
Debemos, pues, esforzarnos por ser virtuosos y vencer
nuestros defectos y vicios personales.

b) Rezar en familia
La segunda medicina que salva la familia la quiero explicar a
la luz de una famosa pintura. ¿Quién no ha sentido hablar de
la Capilla Sixtina pintada por Miguel Angel en los palacios
Vaticanos? La parte más importante es el inmenso fresco que
adorna la pared sobre el altar representando el Juicio Final. En
lo alto está Cristo en actitud de juzgar a los vivos y a los
muertos; a su lado, la Madre intercesora y los apóstoles. En la
parte inferior la resurrección de los muertos y a la izquierda
del espectador los condenados y a la derecha los que se
salvan. A diferencia de muchos cuadros de la antigüedad ni
los condenados de Miguel Angel llevan consigo los elementos
que identifican los vicios por los que se condenan (fray
Angélico representaba a los ladrones y avaros con bolsas de
oro en sus cuellos, mordiéndose las manos a los iracundos,
etc.) ni los salvados están representados con los medios que
los han salvado… salvo un matrimonio de ancianos que está
siendo levantado hacia el cielo por un ángel, pero no es una
cuerda lo que utiliza sino ¡un Rosario de gruesas cuentas! El
pintor, gran devoto de la Virgen Santísima, ha querido dejar
plasmado de esta manera que la oración es el instrumento de
salvación no sólo para cada individuo sino para las familias
(no pintó un hombre o una mujer sino un hombre abrazado a
su esposa).

La oración es el gran medio para que los fermentos de muerte


no destruyan nuestras familias, y también para curar los
matrimonios y las familias que ya están enfermas. Si dice san
Alfonso que «el que reza se salva y el que no reza se
condena», ¿no podremos decir lo mismo de las familias?

* * *
San Juan Pablo II poco antes del fin del anterior
milenio dijo: “en torno a la familia y a la vida se libra hoy la
batalla fundamental de la dignidad del hombre” [12].
Muchos creen que esta batalla no se puede ganar porque los
enemigos son poderosos y a muy pocos les interesa esta
lucha. En realidad todo depende del punto de vista. Se dice
que en una oportunidad el director de una fábrica de zapatos
envió a uno de sus empleados a un país culturalmente muy
atrasado, para que le informara sobre la posibilidad de
establecer allí un buen mercado de zapatos. A los pocos días
el empleado le envió un telegrama: “Imposible vender
zapatos, todos van descalzos”. Pero el director de la empresa
decidió enviar a un segundo empleado con el mismo encargo.
A los pocos días este le envió otro telegrama: “¡Aquí el
negocio va a ser un éxito, porque todos necesitan zapatos!”

Esto nos enseña que podemos decir que todo está tan mal
que nada podemos hacer, o que todo está tan mal que por
más que hagamos un poco eso poco será un gran negocio.
Jesús obró de la segunda manera; nosotros podemos imitarlo
a él intentando salvar las familias de nuestro tiempo, o bien
cruzarnos de brazos. La elección ya es de cada uno de
nosotros.
I. EL CAMINO AL MATRIMONIO: EL NOVIAZGO

1. NOVIAZGO, TIEMPO DE PREPARACIÓN

¿Qué es el noviazgo? El noviazgo es el tiempo de


preparación para el matrimonio. El matrimonio es una cosa
muy grande, una gran responsabilidad y una realidad que
impone a menudo muchos sacrificios (como todas las cosas
que realmente valen la pena en este mundo). Precisamente
por eso exige una preparación. Esta preparación tiene tres
etapas fundamentales: una preparación remota, otra
próxima y una inmediata1 .

La preparación remota al matrimonio comienza en


la infancia, en la juiciosa pedagogía familiar orientada a
conducir a los niños a descubrirse a sí mismos como seres
dotados de una rica y compleja psicología y de una
personalidad particular con sus fuerzas y debilidades. Es el
período en que se imbuye la estima por todo auténtico
valor humano, tanto en las relaciones interpersonales como
en las sociales, con todo lo que significa para la formación
del carácter, para el dominio y recto uso de las propias
inclinaciones, para el modo de considerar y encontrar a las
personas del otro sexo, etc. La preparación próxima
comporta -desde la edad oportuna y con una adecuada
catequesis- una preparación más específica para celebrar y
vivir moral y espiritualmente como corresponde el
sacramento del matrimonio. Coincide con la etapa que
propiamente llamamos “noviazgo”. Finalmente, la
preparación inmediata es la que reciben en los meses
próximos a la celebración de las nupcias.

Muchos fenómenos negativos que se lamentan hoy en


la vida familiar y social (como el divorcio, las separaciones,
las incompresiones, etc.) pueden solucionarse con una
adecuada preparación al matrimonio.

El que no sabe en qué o hacia dónde se embarca, mal


se embarca y tiene naufragio en puerta. El que pretende
casarse ha de saber qué es casarse. Muchos saben con
quien quieren casarse sin haber tomado conciencia de lo
que van a realizar al casarse. Para eso está el noviazgo. El
noviazgo apunta a tres cosas fundamentales: aprender qué
es el matrimonio, conocer a la que –o al que– será “la otra
parte” del matrimonio y, por último, adquirir todo lo
necesario para que la empresa tenga feliz navegación y
mejor fin.

1) Conocer lo que es el matrimonio

Lo primero es aprender a conocer lo que es el


matrimonio. Éste es un sacramento y una sociedad de por
vida. Un contrato para amarse y ayudarse para toda la vida
y para engendrar y educar hijos. Durante el tiempo de
noviazgo, los novios han de aprovechar para interiorizarse
con la realidad a que darán lugar con la celebración
matrimonial.

Tienen que aprender (formándose, leyendo,


hablándolo entre ellos, consultando con quien corresponda,
refrescando su catequesis sacramental) lo que significa la
unidad del matrimonio, la indisolubilidad, la fecundidad; el
modo de educar el día de mañana a sus futuros hijos.

Tienen que proyectar cómo será su propio matrimonio;


tienen que hablar de las dificultades que tarde o temprano
tendrán que enfrentar en el plano material, psicológico y
espiritual; y hablar del modo en que habrán de superarlas y
econtrarles solución. Tienen que hablar del lugar que han
de dar a Dios en la vida matrimonial; del lugar que tiene la
Iglesia, de su propia función en la Iglesia.

2) Conocerse entre sí

El matrimonio es la unión de uno con una para


siempre. Tienen que conocerse lo suficiente para saber
quién es ese o esa que los acompañará durante todo el
camino de esta vida. Conocer significa tomar conciencia,
darse cuenta de quién es y cómo es el otro. Conocer su
psicología, sus defectos, sus virtudes, sus reacciones.
También sus ideas, especialmente en lo concerniente a la
fe, al matrimonio y a los hijos.
Este conocimiento es, sin embargo, un conocimiento
limitado2 . El conocimiento durante el noviazgo es relativo
y sólo podrá ser absoluto y total recién en el matrimonio.
Este conocimiento se logra mediante el respeto total. Para
conocer al novio o a la novia no sólo es inútil cualquier trato
o familiaridad excesiva, sino que es absolutamente
necesario evitarlas. Estas no dan mayor conocimiento sino
que engendran, por lo general, desprecio. “El exceso de
familiaridad engendra desprecio”, dice el dicho. También
vale para los novios. El noviazgo, por eso, no da derecho a
ningún tipo de impureza.

Es más, lo principal que ha de conocer uno del otro, es


su capacidad de sacrificio y autodominio. “¿Es él o ella
capaz de dominarse y negarse ante los impulsos de la
pasión? ¿O, por el contrario, es un –o una– incontinente?”.
Esto es fundamental saberlo, porque de ese modo se
estarán previendo los comportamientos futuros en el
matrimonio. Si él es capaz de dominarse con su novia;
también será capaz de guardarle fidelidad cuando sea su
esposa. Si ellos son capaces de acompañarse con pureza,
también serán capaces de acompañarse mutuamente
cuando los tiempos, las enfermedades, las dificultades o
cualquier otra eventualidad, les impongan sacrificios,
distanciamientos físicos o afectos de orden exclusivamente
espiritual. Si él no es capaz de dominar su instinto sexual
en sus más mínimas expresiones (afectos, caricias
indebidas, besos), difícilmente dominará sus pasiones de
ira, de desprecio, de gritos, y, si se le presenta la
oportunidad o se encuentra en un ambiente propicio, le
será arduo resistir a la tentación del alcoholismo, del
adulterio, e incluso de la misma droga (que es la gran
tentación para “evadir” las dificultades de la vida moderna).

3) Adquirir los medios necesarios

Para llevar a cabo esta empresa se necesitan muchos


medios.

El primero son las virtudes. La inmensa mayoría de


los fracasos matrimoniales (si no todos) provienen de la
falta de virtud de uno o de ambos cónyuges. El matrimonio
exige virtud y desde el primer momento. Tal vez al principio
no se note tanto porque se vive en una especie de idilio
inicial, pero incluso en los mismos principios se suele sentir
su necesidad. Por eso, hay que llegar al matrimonio con las
virtudes adquiridas; quien pretenda alcanzarlas después,
podrá hacerlo si se empeña, pero resultará ciertamente
más difícil.

¿Qué virtudes? Las propias de la convivencia entre un


hombre y una mujer. Paciencia frente a los defectos que se
van descubriendo en la vida; acompañamiento en los
momentos de dolor; dominio sobre las propias pasiones.
También la virtud de la franqueza, del esfuerzo, de la
laboriosidad, etc. Especialmente es el tiempo del
crecimiento o de la adquisición de la caridad y de la
misericordia y de la mutua generosidad.

En segundo lugar, para llevar adelante un matrimonio


es necesaria la capacidad de amistad, puesto que el
matrimonio es un amor de amistad especial: singularísima
amistad para toda la vida. Relacionado con esto es
necesaria también la capacidad para el diálogo. Muchos
matrimonios desconocen el auténtico diálogo entre los
esposos y, como consecuencia, el diálogo entre los padres y
los hijos. Esa capacidad para dialogar debe ser adquirida
durante el período del noviazgo, al menos en parte.

En tercer lugar, es el momento de poner a punto el


dominio sobre la propia afectividad, es decir, sobre el
apetito de placer. A causa de las heridas dejadas por el
pecado original, ésta es una de las inclinaciones más
desordenadas del hombre. En razón de ello, si no se posee
la virtud que la regula, se caerá bajo el dominio del vicio
opuesto: o se es templado o intemperante, o casto o
lujurioso. Por su misma naturaleza, el período de noviazgo
es un tiempo donde no faltan tentaciones contra la
castidad; es, pues, el momento en que se deben ejercer los
actos propios de la virtud de la castidad (y de sus auxiliares
como el pudor y la modestia).
Pero fundamentalmente es el momento para buscar
acrecentar la vida de la fe. No hay matrimonio que
perdure si no lo sostiene la vida sobrenatural. Por eso, el
hablar y planear la vida de la fe es un aspecto esencial que
debe ser aclarado en el tiempo de noviazgo. El matrimonio
será un acompañamiento de uno al otro también en la vida
espiritual; pero eso debe empezar antes.

2. LAS RELACIONES PREMATRIMONIALES

1) El problema actual

Uno de los grandes problemas que enfrenta un


noviazgo serio en nuestros días es la falsa idea moral sobre
la relación prematrimonial, es decir, el acto sexual
completo entre los novios que tienen intención seria de
contraer matrimonio o al menos que están planteando
seriamente la posibilidad de hacerlo. La extensión de este
tipo de relaciones entre los novios ha tomado, en muchos
lugares, una proporción tal que muchos lo juzgan como una
actitud “normal”, con carta de ciudadanía en todo noviazgo.
Las causas de su propagación pueden verse en distintos
fenómenos de nuestra época como:

-La reducción del amor al sexo.


-La reducción del sexo a la genitalidad.
-La prolongación indefinida de algunos noviazgos.
-El bombardeo de pornografía en los medios de
comunicación social.
-La facilidad del recurso a los medios anticonceptivos y
la mentalidad anticonceptiva y abortista dentro del mismo
matrimonio.
-La pérdida del sentido de la castidad y de la
virginidad.
-La falta de educación del carácter y de la afectividad
en general.

Sobre la ilicitud de la fornicación el juicio moral no


ofrece lugar a discusiones: “La fornicación es la unión
carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio.
Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de
la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de
los esposos, así como a la generación y educación de los
hijos. Además, es un escándalo grave cuando hay de por
medio corrupción de menores”3 . En cambio, para algunos
moralistas y muchos fieles católicos las relaciones
prematrimoniales no entrarían en la misma categoría.
Según algunos el motivo es que deberían juzgarse dentro
del proyecto de amor del futuro matrimonio. Así como no se
puede negar que los novios que van a casarse se amen
verdaderamente, así tampoco podría decirse que tales
relaciones quedan fuera de su amor. “Muchos, dice un
documento de la Iglesia, reivindican hoy el derecho a la
unión sexual antes del matrimonio, al menos cuando una
resolución firme de contraerlo y un afecto que, en cierto
modo, es ya conyugal en la psicología de los novios piden
ese complemento, que ellos juzgan connatural” 4 . Pero, ¿es
así?

2) Juicio moral

Las relaciones prematrimoniales están mal en sí


mismas, y, si bien, no puede negarse que los novios se
amen, sí puede afirmarse que la relación sexual no es una
manifestación auténtica del amor en esa etapa de sus
vidas.

¿Por qué? Fundamentalmente porque la “relación


sexual” es la manifestación plena y exclusiva de la
conyugalidad (la “conyugalidad” es la unión física, psíquica
y espiritual entre personas de distinto sexo unidas en
matrimonio indisoluble), y los novios carecen de la
conyugalidad aunque se ordenen a ella y se estén
preparando para ella. La relación sexual es la manifestación
plena del amor conyugal, porque es en ella donde los
esposos alcanzan la máxima unión física y, a través de ella,
fomentan la máxima unidad afectiva y espiritual. Allí son
“una sola carne” y mediante este acto también “un solo
espíritu”. Pero es también la manifestación exclusiva de la
conyugalidad porque sólo dentro del matrimonio es lícito
realizar la sexualidad.
¿Por qué sólo dentro del matrimonio? Por el lenguaje
del cuerpo. El acto sexual es parte del lenguaje humano;
tiene un significado único, irrepetible e irrenunciable; y lo
que ese acto “dice” sólo es verdad cuando hay de por
medio un compromiso matrimonial definitivo. ¿Qué es lo
que dice ese acto? Dice donación total. Una donación es
total cuando incluye:

-todo cuanto se tiene


-de modo exclusivo
-en el estado más perfecto en que puede estar lo que
se dona
-para toda la vida

Ahora bien, la donación entre los esposos es total


cuando incluye: todo cuanto se tiene (cuerpo, alma,
afectividad, presente y futuro); de modo exclusivo (es decir,
a una sola persona con exclusión de todas las demás); en
estado perfecto (no disminuido o deteriorado, como ocurre
cuando las capacidades han sido anuladas previamente por
medio de anticonceptivos o esterilizantes); para toda la vida
(lo cual es garantizado sólo tras el compromiso público que
se da en el consentimiento matrimonial). Estos elementos
sólo pueden ser vividos en el matrimonio válidamente
celebrado.

En la relación prematrimonial, en cambio:

-No se da todo lo que se tiene: porque no ha dado todo


quien aún no ha pronunciado públicamente el “sí
matrimonial” ante la sociedad: no ha dado su futuro, no ha
dado su nombre, no ha dado su compromiso; de hecho el
verdadero amor es un acto “oblativo”, un don total de sí al
otro; en cambio, en la relación sexual prematrimonial (y lo
mismo se diga de la extramatrimonial) lo que prima
psicológicamente no es la oblatividad sino la búsqueda
egoísta del placer: el “otro” no es aquél a quien se da sino
aquello que se toma para uno;
-No es exclusivo, o al menos no es necesariamente
exclusivo: pues la falta del compromiso matrimonial lleva
muchas veces a la ruptura del noviazgo (incluso los más
serios) y a la instauración de nuevos noviazgos; de este
modo las relaciones prematrimoniales se tienen con
distintas mujeres o distintos hombres;
-No se da generalmente en el estado más perfecto:
“las más de las veces excluyen la prole”5 ;
-No es para toda la vida: pues falta rubricarlo por el
único acto que hace irretractable el compromiso, el cual es
la celebración válida del matrimonio.

De ahí que puedan establecerse las siguientes normas


morales para regular la conducta de los novios:

-Son lícitas las demostraciones de afecto, aceptadas


por las costumbres y usanzas, que son signo de cortesía,
urbanidad y educación;
-Son, en cambio, inmorales e ilícitas las expresiones
púdicas (abrazos, besos, miradas, pensamientos, deseos)
con la intención expresa y deliberada de placer venéreo o
sexual, aunque no se tenga voluntad de llegar a la relación
sexual completa;
-Con más razón son inmorales e ilícitas las
expresiones impúdicas y las relaciones sexuales completas.

En resumen, los novios “reservarán para el tiempo del


matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del
amor conyugal”6 .

3) Consecuencias de las relaciones


prematrimoniales

El anterior es el argumento central y definitivo. Sin


embargo, el análisis de las consecuencias más comunes de
las relaciones prematrimoniales refuerza el juicio negativo
que de ellas hemos hecho. Entre éstas pueden señalarse 7 :

a) En el orden biológico. Podemos señalar, como


consecuencias biológicas:

-Frigidez: la actividad sexual ejercida por jovencitas de


15 a 18 años puede ser causa de frigidez en épocas
posteriores; en algunos estudios, el 45% de las mujeres
interrogadas se refirieron a la falta de capacidad de
reacción sexual como una consecuencia temible de las
relaciones previas al matrimonio; está comprobado que
muchas mujeres no son frígidas por constitución, sino a
causa de inadecuadas experiencias sexuales antes del
matrimonio. Esto provoca en algunos casos el fenómeno de
las seudo-lesbianas y de las anfibias, es decir, de las
mujeres que buscan el encuentro amoroso con otras
mujeres, porque se han quedado decepcionadas de los
hombres, o bien alternan indiferentemente la compañía
íntima de los hombres con la de las mujeres.

-Enfermedades venéreas: “entre los millares de casos


venéreos cuidados –afirma Carnot– nunca encontré uno solo
que no tuviese por origen directo o indirecto un desorden
sexual”. Entre éstas las más extensas son la sífilis, la
blenorragia y actualmente el Sida.

-Embarazos: aunque la mayoría de los novios recurren


a la anticoncepción, ésta –como ya se sabe– no es capaz de
evitar los embarazos incidentales.

b) En el orden psicológico

-Crea temor: como por lo general las relaciones tienen


lugar en la clandestinidad, crean un clima de temor: temor
a ser descubiertos, temor a ser traicionados después, temor
a la fecundación, temor a la infamia social. Además crean
otra alteración pasional que es el temperamento celoso: la
falta de vínculo legal hace siempre temer el abandono o
desencanto del novio o novia y la búsqueda de satisfacción
en otra persona; de hecho no hay ningún vínculo que lo
pueda impedir; por eso la vida sexual prematrimonial
engendra en los novios un clima de sistemática sospecha
de infidelidad.

-Da excesiva importancia al sexo, al instinto sexual, al


goce sexual. Esto produce un detrimento en la otras
dimensiones del amor: la afectiva y la espiritual.
Normalmente esto resiente el mismo noviazgo y luego el
matrimonio. Asimismo, esta centralización del amor en el
sexo frena el proceso de maduración emocional e
intelectual. “Una relación sexual precoz, llevada a cabo
regularmente... ejerce también su efecto inhibidor sobre el
desarrollo intelectual y la evolución consecutiva de la
mente...” (Tumlirz).

-Introduce desigualdad entre el varón y la mujer. De


hecho nadie puede negar que en la práctica de las
relaciones prematrimoniales quien lleva la peor condición
es la mujer. Ésta, en efecto: “pierde la virginidad; se siente
esclavizada al novio que busca tener relaciones cada vez
con mayor frecuencia; no puede decirle que no, porque
tiene miedo que él la deje, reprochándole que ella ya no lo
quiere; vive con gran angustia de que sus padres se
enteren de sus relaciones; participa de las molestias del
acto matrimonial, sin tener la seguridad y la tranquilidad
del matrimonio”8 ; vive en el temor de quedar embarazada;
si queda embarazada es presionada para que aborte por el
novio que la deja sola ante los problemas del embarazo, por
familiares y amigos e incluso por instituciones
internacionales, fundaciones y asociaciones que luchan por
la difusión del aborto en el mundo9 .

c) En el orden social

-Casamientos precipitados. La experiencia lo


demuestra hasta el cansancio. Los embarazos
inintencionales, la infamia social, lleva muchas veces a
precipitar el matrimonio cuando se carece de la debida
madurez para enfrentarlo y éste a su vez termina en una
ruptura ya irreversible.

-Abortos procurados. La experiencia también nos


muestra el número cada vez mayor de abortos y sobre todo
la relación entre la mentalidad abortista y la mentalidad
anticonceptiva10 . Ahora bien, nadie puede negar que ésta
última es el ambiente más común para quienes practican el
sexo prematrimonial; consecuentemente, también el aborto
será una de sus más nefastas consecuencias.

-Maternidad ilegítima. Cuando no se efectúa el aborto


y no se opta por el casamiento apresurado, se termina
arrastrando una maternidad ilegítima. También es una de
las preocupaciones más acuciantes de nuestra época el
problema de las madres solteras adolescentes.
Precisamente es uno de los argumentos que se esgrimen a
favor de las leyes de educación sexual que reducen ésta a
la gratuita instrucción y reparto de anticonceptivos. En
general, según algunas estadísticas, el mayor porcentaje de
hijos ilegítimos que no son segados por el aborto
corresponde a las jóvenes de 15 a 19 años, luego siguen las
que tienen entre 20 y 24 años; la tasa más baja es el de las
menores de 15 años.

3. GUARDAR LA CASTIDAD ANTES DEL MATRIMONIO

La castidad perfecta antes del matrimonio es esencial


al amor: “Los novios están llamados a vivir la castidad en la
continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento
del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la
esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán
para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de
ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse
mutuamente a crecer en la castidad” 11 . Entre otros motivos
podemos indicar los siguientes:

1) La castidad es el arma que tiene el joven (o la


joven) para ver si es realmente amado por su
novio/a.

Esto por varias razones:

-Porque si realmente uno ama al otro no lo llevaría al


pecado sabiendo que lo degrada ante Dios, le hace perder
la gracia y lo expone a la condenación eterna.
-Porque es la única forma que tiene un joven o una
joven de demostrar verdaderamente que quiere reservarse
exclusivamente para quien habrá de ser su cónyuge. En
efecto, al no aceptar tener relaciones con su novio/a, con
quien más expuesto a tentaciones está, menos probable es
que lo haga con otro. En cambio, si lo hacen entre sí
sabiendo que esto puede llevarlos a un matrimonio apurado
o a cierta infamia social, ¿qué garantiza que no lo haga
también con otros u otras con quienes no tiene compromiso
alguno? El no consentir en las relaciones prematrimoniales
es un signo de fidelidad; lo contrario puede ser indicio de
infidelidad.
-Finalmente, porque el hacer respetar la propia
castidad es el arma para saberse verdaderamente amado.
En efecto, si la novia solicitada por su novio (o al revés) se
niega a tener relaciones por motivos de virtud, pueden
ocurrir dos cosas: o bien que su novio respete su decisión y
comparta su deseo de castidad, lo cual será la mejor
garantía de que él respeta ahora su libertad y por tanto, la
seguridad de que la seguirá respetando en el matrimonio; o
bien que la amenace con dejarla (y que tal vez lo haga), lo
cual solucionará de antemano un futuro fracaso
matrimonial, porque si el novio amenaza a su novia (o
viceversa) porque ella o él deciden ser virtuosos, quiere
decir que el noviazgo se ha fundado sobre el placer y no
sobre la virtud, y éste es el terreno sobre el que se edifican
todos los matrimonios que terminan desmoronándose.

2) La castidad es fundamental para la educación


del carácter

El joven o la joven que llegan al noviazgo y se


encaminan al matrimonio no pueden eludir la obligación de
ayudar a su futuro cónyuge a educar su carácter. La
maduración psicológica es un trabajo de toda la vida.
Consiste en forjar una voluntad capaz de aferrarse al bien a
pesar de las grandes dificultades. Así como los padres se
preocupan de ayudar a sus hijos a lograr esta maduración,
también el novio debe ayudar a su novia (y viceversa) y el
esposo a su esposa. El trabajo sobre la castidad es esencial
para ello; porque es una de las principales fuentes de
tentaciones para el hombre; consecuentemente es uno de
los principales terrenos donde se ejercita el dominio de sí 12 .
Quien no trabaja en esto no sólo es un impuro sino que
puede llegar a ser un hombre o una mujer
despersonalizados, sin carácter13 . Y así como no tiene
dominio sobre sí en el terreno de la castidad, tampoco lo
tendrá en otros campos de la psicología humana. El que
tiene el hábito de responder a las tentaciones contra la
pureza cometiendo actos impuros, responderá a las
tentaciones contra la paciencia golpeando a su esposa e
hijos, responderá a las dificultades de la vida
deprimiéndose, responderá a la tentación de codicia
robando y faltando a la justicia, y responderá a la tentación
contra la esperanza suicidándose.

3) La castidad es esencial porque la verdadera


felicidad está fundada sobre la virtud

Ahora bien, las virtudes guardan conexión entre sí. No


se puede, por tanto, esperar que se vivan las demás
virtudes propias del noviazgo y del matrimonio si no se vive
la castidad. Si no se vive la castidad, ¿por qué habría de
vivirse la fidelidad, la abnegación, el sacrificio, el
compañerismo, la esperanza, la confianza, el apoyo, etc.?
La castidad no es la más difícil de las virtudes; al menos no
siempre es más difícil que la humildad o la paciencia
cuando la intimidad matrimonial empieza a mostrar los
defectos del cónyuge que no se veían en el idilio del noviaz-
go. Por eso la guarda de la pureza es garantía de que se
está dispuesto a adquirir las demás virtudes.

Podemos concluir: el amor que no sabe esperar no es


amor; el amor que no se sacrifica no es amor; el amor que
no es virtud no es amor.
II. LA FAMILIA Y LA SOCIEDAD14

La institución familiar ha sido objeto de muchos


ataques demoledores en lo que va del siglo. Basta sólo
recordar algunos juicios satíricos o críticos contra ella, como
por ejemplo15 :

-H. von Doders: “Quien a familia se expone, en ello


muere”.
-Kurt Tuscholsky: “La parentela es una plaga que Dios
impuso a los hombres sanos para que no fueran tan
arrogantes”.
-Sebastián Hoffuer: “Como guardería infantil, el
matrimonio es irremplazable”.
-A. Strindberg: “Familia, hogar de todos los vicios
sociales”; “La familia es un infierno de los niños”.
-I. Agnoli: “Los reales enemigos de la democracia hoy
son el matrimonio y la familia”.
-I. Haller: “La familia es una organización deficitaria”.
-V. Gerhardt: “Familia, una nada pedagógica”, etc.

El origen de la familia es tan antiguo como la


humanidad. En la mayoría de los pueblos civilizados la
historia nos la presenta en su forma monogámica (uno con
una) y regida bajo la autoridad del padre. La familia
polígama (uno con muchas o una con muchos) es una
rareza y aparece sobre todo en civilizaciones decadentes.
Esto no puede dejar de hacernos reflexionar.

¿Qué funciones cumple la familia en la sociedad?

1. LA FAMILIA ES UNA SOCIEDAD NATURAL

¿Qué es la familia? La familia es la comunidad de los


padres y de los hijos. Tiene su origen en inclinaciones de la
misma naturaleza humana que hace que un hombre se una
para siempre a una mujer y su unión florezca en la
fecundidad de nuevas vidas: los hijos.
Cuando decimos que la familia es una sociedad
natural, estamos diciendo que no es un invento de los
hombres. Los hombres han inventado los bancos, los clubes
de futbol y los restaurantes... pero no han inventado la
familia. La familia es algo natural, como es natural la
inclinación del varón hacia la mujer y de la mujer hacia el
varón. Por eso hay familia dondequiera que hay hombres.
No es el Estado, los Gobiernos o las Naciones quienes han
creado la familia, sino que ha sido la familia la que ha
hecho las Naciones, los Gobiernos y los Estados.

Todas las sociedades que han intentado destruir la


familia han terminado destruyendo al mismo hombre y a la
misma sociedad. Por eso decía Chesterton: “este triángulo
de padre, madre e hijo, es indestructible; pero puede
destruir a las civilizaciones que los menosprecien”.

Es por este motivo que el hombre tiene derecho


natural a la familia. Es uno de sus derechos fundamentales.
Todo hombre, si es capaz, tiene derecho a formar una
familia. Y de modo paralelo, aunque hoy no sea respetado,
todo hombre tiene el derecho a nacer dentro de una
familia: lo requiere su dignidad humana y lo exige su
formación humana y espiritual. Porque así como un ser
humano no puede ser formado si no es dentro del útero de
una mujer, su madre, así tampoco puede ser formado ni
puede madurar afectiva, moral y espiritualmente si no es
dentro de una familia bien constituida. Los antiguos decían
que la familia es como “un útero espiritual” (Santo Tomás
de Aquino). No negamos que haya casos y excepciones de
muchos niños que carezcan de una familia; la caridad de
otras personas podrán reemplazar el núcleo familiar en el
que deberían haber nacido. Pero que existan estos casos, y
aunque fueran la mayoría, no significa que ese sea el ideal.

La familia es una comunidad de vida. Es la


comunidad instituida por la naturaleza para el cuidado de
las necesidades de la vida cotidiana. Por eso ya decía
Aristóteles, citando a los poetas, que los miembros de la
familia son compañeros de mesa y de hogar. Son, en
realidad, compañeros de juego y educación, de expansión y
crecimiento psicológico y afectivo. Las primeras personas
con las que un niño juega al llegar a este mundo son sus
jóvenes padres, y más tarde sus hermanos. Los miembros
de la familia son compañeros en el intercambio espiritual,
en la hospitalidad, en la formación cultural. Es una tristeza
ver muchas modernas familias que han terminado haciendo
de su “hogar” sólo el lugar donde se duerme por la noche:
ni comen juntos, ni conversan juntos, ni se divierten juntos,
ni rezan juntos. Una familia así es un barco que se hunde.

2. LA FAMILIA Y LA SOCIEDAD

Pero la familia no sólo tiene una función esencial


respecto de cada uno de los individuos o miembros de la
propia familia (el padre, la madre y los hijos y hermanos)
sino también respecto de la sociedad humana a la que
pertenece: a la ciudad o pueblo, a la nación y a la
humanidad en general. ¿Qué función? Podemos destacar
una triple función que es ser célula de la sociedad en
sentido biológico, moral y cultural.

La célula es el elemento vital más pequeño y primero


que da vida a un ser. Hay seres que tienen una sola célula y
otros, como nosotros que tenemos millones de ellas. Pero
vivimos porque esas células viven, se reproducen, crecen.
Cuando empiezan a morir las células de un individuo, éste
empieza a envejecer y el proceso mortal de un individuo
termina cuando todas sus células mueren.

1) Célula biológica.

Cuando decimos que la familia es la célula biológica de


la sociedad queremos decir que es la unidad mínima que da
vida a una sociedad. Una nación, un país, vive y crece en la
medida en que tiene familias que viven y crecen y dan
origen a nuevas familias (es decir, cuando sus hijos se van
casando). Una sociedad perfecta, como es una nación, no
vive de individuos sino de familias. Los individuos pueden
llegar a dar origen a nuevos individuos, como hacen por
ejemplo los que tienen relaciones sexuales sin formar
familia. Pero estos no dan vida a una sociedad, porque
fuera de la familia los hijos no son buscados sino en casos
accidentales y aislados, y porque fuera de la familia los
hijos no reciben lo que necesitan para su formación
psicológica y afectiva, moral y espiritual: nadie sino unos
padres estables pueden dárselo. Por eso, en la medida en
que se destruye la familia, se destruye también la sociedad.

¿Qué ejemplo más claro necesitamos que el que nos


ofrecen los países donde la familia es ya una anécdota del
pasado y se habla de “modelos familiares alternativos”
como: “familia adoptiva”, “familia sucesiva”, “familia
parche”, “familia abierta”, “familia de escombros”, “familia
fachada”, “familia fragmento”, “familia rica en padres”,
“familia monoparental”, etc.? Disminuyen los nacimientos,
aumentan las tasas de mortalidad, cada vez hay más
ancianos y menos niños. Es igual al cuerpo de un viejo que
se va arqueando por el peso de los años, se hace lento, va
paralizándose y finalmente cae en cama enfermo y muere.
Si económicamente le va mejor (como ocurre con algunos
países) no quiere decir nada: también hay personas que
mientras más envejecen y más avaros se vuelven, más
dinero tienen, pero esto no los hace más jóvenes ni más
felices ni retrasa la hora de su muerte. Esto es una seria
advertencia para los países ricos pero profundamente
egoístas que han puesto su ideal en una sociedad
materialista, sin matrimonio estable, sin familia, sin hijos
molestos... y ahora, gracias a los asilos y a la eutanasia, sin
viejos que atender... Pero que se van muriendo como
sociedad.

2) Célula moral.

La familia no es sólo la célula de la sociedad en


sentido biológico. Es también célula en el sentido moral.
¿Qué quiere decir esto? Que la adquisición y el desarrollo
de todas las fuerzas espirituales y morales del hombre es
una cuestión de educación familiar. De modo muy acertado
Theodor Heuss (primer presidente alemán después de la
segunda guerra) la llamó “Posada de la Humanidad”. Es en
la familia donde cada hombre y cada mujer adquiere los
principales fundamentos de la riqueza interior y espiritual
que luego podrá difundir en la sociedad. Quiere decir
también que es en la familia donde adquiere las principales
virtudes sociales. Una sociedad anda bien si sus miembros
son virtuosos socialmente, es decir: si practican la justicia y
el amor al prójimo, si saben practicar adecuadamente la
autoridad y la obediencia a las leyes. Pero esto no lo
enseña la sociedad sino la familia. Los que en su familia han
recibido ejemplo de violencia y despreocupación, son
también así en la sociedad. Los que no han tenido familia y
se han criado en la calle, abandonados de sus padres,
corren enormes riesgos de no adaptarse socialmente.

La familia es insustituible desde el punto de vista de la


pedagogía social: es la familia la que enseña a una persona
a ser buen ciudadano. Es respetando a sus padres y
hermanos como un niño aprende a respetar a su patria. Es
aprendiendo a proteger a sus hijos y a su esposa como un
hombre aprende a sacrificarse por su tierra. Es practicando
la sinceridad con su familia, la sociabilidad con ellos, el
sacrificio, el compartir la pobreza y el dolor, como una
persona se hace útil a la sociedad.

Cuando un país combate la familia, o no la protege o


no la beneficia, está criando cuervos que le comerán los
ojos a la patria; está educando viciosos y corruptos que
luego descompondrán su propia sociedad.

3) Célula cultural

Finalmente la familia es célula de la sociedad en su


aspecto cultural. Una nación se identifica y se distingue de
las demás por sus valores culturales propios; y puede
enriquecer a los otros pueblos porque tiene cosas propias,
bellas y hermosas que los demás no tienen. Nos gusta
visitar países diversos del nuestro porque tienen usos y
costumbres pintorescos, propios: cantos, bailes, lengua,
usanzas, vestimentas, pintura, arquitectura, historia,
instituciones... Cuando estamos fuera de nuestra patria la
recordamos con nostalgia porque nos encontramos en un
lugar distinto del nuestro: lejos de nuestra lengua, nuestra
historia, nuestras costumbres.

Pero ¿qué es lo permite que una cultura se mantenga?


¿qué mantiene viva la lengua, los ritos, las leyendas, las
costumbres? No es el Estado, es la familia. Una lengua se
transmite de padres a hijos; las historias se cuentan de
abuelos a nietos; las costumbres se aprenden mirando los
mayores; las anécdotas se aprenden en las noches de
invierno junto a la estufa... Destruida la familia, una
sociedad, un pueblo, una nación se convierte en una
convención de extranjeros y extraños...

Por eso es una ley de la sociología que un pueblo que


va disminuyendo paulatinamente el número de los
matrimonios y de los nacimientos, es un pueblo con una
cultura decadente.

3. CONCLUSIONES

Todo esto explica porqué allí donde los movimientos


revolucionarios han tratado de excluir o sustituir la familia,
ello ha sido temporalmente posible sólo con la ayuda de un
enorme convencimiento ideológico y/o una permanente
presión y violencia políticas16 .

Podemos sacar de lo dicho importantes conclusiones.

La primera es que a la sociedad civil le va su misma


vida en el mantenimiento y fomento de los valores
familiares. Mantener y fomentar la familia, ayudarla a
progresar y a que viva dignamente es una cuestión de vida
o muerte de una nación. “Existen buenos motivos para
suponer que si la familia... no fuera ya adecuada a nuestra
sociedad, antes que la familia sería la sociedad la que
dejaría de existir” (Theodor Lidz).

La segunda es que toda reforma social que apunte a


regenerar o a mejorar la sociedad se debe centrar en una
adecuada política familiar.

La tercera es que la defensa de la familia es el deber


primordial de cualquier política racional y sana. Y forma
parte del instinto de conservación de la sociedad.

La cuarta y última que señalo es que debemos tomar


conciencia que toda política que tenga entre sus programas
el divorcio, el antinatalismo, el aborto, la eutanasia, etc., es
una política esencialmente disgregadora y desintegradora
de la patria y de la sociedad en general. No nos debemos
dejar engañar por los slogans falaces y antisociales.
III. EL AMOR MATRIMONIAL

1. QUÉ ES EL AMOR MATRIMONIAL.

¿Qué es el amor de los esposos? ¿Qué tiene de propio?


¿Por qué, tantas veces, se enfría con el correr de los
tiempos? ¿Cómo hacer para que no suceda así?

Ante todo, el amor de los esposos es


simplemente eso: un amor. El amor es un dinamismo
unitivo, un movimiento que hace que un ser tienda hacia
una cosa como a su bien. Ve en algo su bien, y quiere salir
para buscarlo. Es un salir de sí para unirse a lo que ama,
para formar una sola cosa con ello.

Es un dinamismo total; un ser ama con todas sus


fuerzas. Un ser vegetal “ama”, es decir, tiende hacia su
propio bien con la fuerza de su inclinación natural. Un
animal “ama” con una tendencia sensible, es decir, tiende a
lo que su conocimiento sensible le presenta como un bien.
En un grado superior, el hombre también ama, pero su
amor es fundamentalmente espiritual, como su alma, como
su voluntad; su amor es libre. Es la inteligencia la que le
presenta el bien, y su voluntad se mueve libremente hacia
él; ama porque quiere amar.

Amor de benevolencia. El amor de los esposos es un


amor, pero ¿qué amor? Hay dos tipos de amores: uno que
busca sólo el bien personal (“mi” bien); es el amor egoísta.
Otro es el amor que busca el bien de lo amado; se lo llama
amor de benevolencia. Es un amor generoso. Nadie
considera como perfecto el primero. Todos quieren ser
amados del segundo modo: no queremos que nos busquen
como objeto de placer sino por lo que valemos, por lo que
somos. Reconocemos, pues, que el amor verdadero tiene
que ser el de benevolencia.

Amor de amistad. El amor de benevolencia tiene


también grados. El más alto de esos grados es el amor que
se torna recíproco o mutuo; es el que llamamos amor de
amistad. Esto es lo propio de los amigos: el amigo es amigo
del amigo. La caridad, por ejemplo, es un amor de amistad:
Ya no os llamo siervos sino amigos (Jn 15,15). También el
amor de los esposos es un amor de amigos. Esto significa
que es mutuo. No hay amistad cuando el amor no es
correspondido: tampoco hay amor entre los esposos cuando
no se “corresponden” en el amor..

Amor selectivo. Por último, es un amor selectivo. Es


decir: elige. Elige a uno entre muchos y a una entre
muchas. Elige a esa y a ese solos. ¿Con qué criterios? ¡Con
los criterios del corazón! Y esto nadie lo puede determinar.
Las razones del corazón son muy especiales:

Es amor fuerza tan fuerte


que fuerza toda razón... (Jorge Manrique)

Elige por las virtudes; nunca se ama a una persona por


sus vicios o defectos. Se ama a una persona porque es
buena, sincera, simpática, humilde o casta; no por ser
orgullosa, mentirosa, vengativa o lujuriosa. Las virtudes
(naturales o sobrenaturales) se encuentran en cada
individuo de modo diverso: uno tiene más de una y menos
de otra. ¿Por qué a un joven lo enamora la combinación de
cualidades que encuentra en una joven y no la que ve en
otra? ¡Eso sólo lo sabe el corazón! Pero insisto: no se aman
los vicios. Es más, el amor tapa los defectos: la caridad
todo lo excusa (1 Cor 13,7).

2. PSICOLOGÍA DEL AMOR

Con lo dicho podemos ya caracterizar el amor del


matrimonio; y también algunas de sus tentaciones
contrarias.

1) Primero, tiene que ser total

¿Por qué? Por ser amor. La totalidad es parte de la


naturaleza del amor. Cada ser ama según lo que él es, pero
ama con la totalidad de lo que él es. El vegetal ama con un
amor natural, pero ama con todo su ser; el animal ama
como animal, sólo sensible y pasionalmente, pero ama con
toda su sensibilidad y su pasión. El hombre debe amar
como hombre, es decir, con todo su ser: alma y cuerpo.
Incluso el amor de Dios es así: “es propio de la perfección
del amor de Dios el que el hombre se dirija a Él no sólo con
su voluntad, sino también por los afectos sensibles, como
dice el Salmo: mi corazón y mi carne saltan de júbilo por el
Dios vivo (Sal 84,3)”17 . Total quiere decir “sin reservas”. El
hombre debe dar a su esposa, y la mujer al esposo, todo
cuanto tiene: su alma, su cuerpo, sus afectos, su presente,
su futuro.

Desde este punto de vista, todo “recorte” es enemigo


del amor matrimonial. Cuando se pretende dar el afecto
pero no la capacidad de procrear, se está recortando la
entrega; igualmente cuando empiezan a retacearse los
afectos; cuando los esposos no se acompañan
espiritualmente; cuando la unión es sólo corporal pero las
almas están distantes...

¡Mírame los ojos!... ¡Nada!


¿Para qué? ¡Si ya no entiendo
lo que dice tu mirada!
No puedo ya ver, así
como en otro tiempo vi
tu voluntad escondida...;
¡los ojos que eran mi vida
ya están mudos para mí! ([Link]án)

2) Segundo, debe ser unitivo

Ya lo dijimos: el amor es una fuerza unitiva. Une dos


personas distintas, diversas, pero complementarias. Debe
darse entre los esposos un verdadero esfuerzo de unidad.
Unidad en primer lugar física: el acto conyugal es el acto
que simboliza todas las demás unidades; serán una sola
carne (Gén 2,24). Unidad afectiva: cada uno de los
esposos tiene una psicología especial, un carácter, un
temperamento; cosas que no pierden al casarse. Deben
acompañarse afectivamente. Decía también San Pablo:
¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? (2 Co 11,29).
Unidad espiritual; tienen que ser un solo corazón y una
sola alma, como se decía de los primeros cristianos: La
multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y
una sola alma (Hch 4,32).

¡Cuántos enemigos del amor por este lado! Las faltas


de respeto; los celos; la inestabilidad del corazón; la falta
de sacrificio. ¡Cuántas cosas hay que limar, que sacrificar,
que renunciar, por el amor verdadero! Decía Chesterton:
“Podría ser parangonado con el principio de la ascensión a
las cuestas. El principio consiste en lo siguiente: en todo
aquello que vale la pena obtener, aun en todo placer, hay
un momento de dolor o de tedio que debe ser superado, de
manera que el placer pueda sobrevivir y perdurar. La
alegría de la batalla sobreviene después de un primer
temor a la muerte: la satisfacción de leer a Virgilio, después
del aburrimiento de aprenderlo; el gozo del nadador,
después del primer choque helado que produce el contacto
con el agua, y el éxito del matrimonio sobreviene después
del fracaso de la luna de miel”18 . No hay amor sin cruz, ni
cruz que no sea amor:

Es placer en que hay dolores,


dolores en que hay alegría,
un pesar en que hay dulzores,
un esfuerzo en que hay temores,
temor en que hay osadía... (Jorge Manrique)

Pero, al fin, el amor tiene su propia paga.

3) Tercero, debe ser fructuoso

Donde no hay fruto no hay vida; donde hay vida hay


fruto: Es como árbol plantado a las orillas del agua, que a la
orilla de la corriente echa sus raíces. No temerá cuando
viene el calor, y estará su follaje frondoso; en año de sequía
no se inquieta ni se retrae de dar fruto (Jr 17,8). El amor
fructifica en la madurez interior de los esposos y en la
realidad exterior de los hijos:

¡Dichoso tú...!
Tu esposa será como parra fecunda
en el secreto de tu casa.
Tus hijos, como brotes de olivo
en torno a tu mesa (Sal 128,2-3).

No hay nada más absurdo que pensar que el amor de


los esposos puede salvaguardarse, conservarse o incluso
aumentarse, privándolo de su fuerza fructificante. Si así se
piensa, no se ha entendido el amor. Cuando el hombre o la
mujer buscan un amor esteril, sin fruto, esterilizan el mismo
amor.

4) Cuarto, ha de ser sincero

Debe vivir lo que expresa. El amor entre los esposos


se manifiesta (como todas las cosas entre los hombres) no
sólo con palabras sino con gestos. Los gestos son el
lenguaje del cuerpo. Los esposos “dicen” algo cuando se
relacionan físicamente. Como un apretón de manos dice
cordialidad, como un beso manifiesta confianza y amor,
como un puño levantado habla de venganza, como una
lágrima expresa dolor, como una palmada en el hombro de
un enfermo significa compasión. La unión sexual es una
“palabra” que dice “quiero darte todo”; es la máxima
entrega que una mujer hace a un hombre y que un hombre
hace a una mujer. Pero debe ser sincera: debe dar lo que
dice dar.

También aquí se puede mentir. No somos dueños de


hacer significar a las palabras y a los gestos lo que se nos
venga en gana. Judas traicionó el lenguaje de la amistad
usando un beso para vender al amigo. No tenía derecho.
Tampoco hay derecho para usar el lenguaje del cuerpo
distintamente a lo que él “habla”: él dice total donación;
debe ser, pues total donación: del cuerpo, del alma, de la
posibilidad de llamar a la maravilla de la existencia al
posible hijo. Decir que se da sin darse, o decir que se da
totalmente dándose parcialmente es una mentira. La
anticoncepción es una mentira; el acto sexual sin afectos es
también una mentira; la unión sexual de los que no se han
comprometido para siempre en el matrimonio, es otra
mentira. Lo mismo da que mienta uno o mientan los dos:
dos mentiras no hacen una verdad.
5) Quinto, ha de ser “eterno”; es decir, para
siempre

Naturalmente sabemos que el amor verdadero es para


siempre. La mayoría de las historias, novelas y películas son
historias de amor; en ellas, después de dificultades y
peripecias incontables, el joven héroe puede irse feliz con la
joven heroína dejando entrever que su felicidad no tendrá
fin. Toda historia de amor termina bien siempre y cuando
“no termine”. ¿Qué sabor nos dejaría si tras la última
escena un cartel nos anunciara: “... y fueron felices cinco
años, tras lo cual se divorciaron y cada uno se marchó por
su lado”? Nos decepcionaría, porque no han entendido lo
que es el amor. Ningún amor es verdadero si no tiene
intención de ser perpetuo. Tampoco si claudica a las
primeras dificultades. El amor verdadero no muere, ni
aunque se desplome el mundo.

3. LAS LEYES DEL AMOR19

Como todas las cosas, también el amor tiene sus


leyes. Leyes que hay que respetar para que el amor crezca
y no se marchite. ¿Cuáles son?

Ley de la lucha. El amor es una conquista; es


necesario luchar por él, luchar contra las tentaciones,
contra el desaliento, contra la monotonía.
Ley de la apertura. Es necesario vivir en estado de
inclinación hacia el otro. Amar es pensar más en el otro que
en uno mismo. El enemigo de la apertura es el egoísmo.
Ley de la vigilancia. En la vida cotidiana de todos los
cónyuges debe estar presente la vigilancia del corazón que
les impida corromper su libertad y dar marcha atrás en sus
promesas.
Ley de la adhesión. Habrá que esforzarse por
suprimir todo aquello que sea capaz de apartar al marido
de la mujer: malas amistades, apegos materiales, vicios,
defectos.
Ley de la esperanza. Hay que tener la certeza de
que todo amor bien vivido tiene como resultado la felicidad.
También hay que tener esperanza que toda tormenta pasa,
que todo problema se puede superar, que nada hay
irrecuperable.
Ley de la conquista cotididana. El amor exige que
cada uno se convierta en objeto fascinante para el otro. En
este sentido decía Pascal: “El amor no tiene edad, está
siempre naciendo”.
Ley del sacrificio. Para amarse siempre, habrá que
renunciar siempre a algo.
Ley de la alegría. Para que haya amor verdadero hay
que poner en común las alegrías.
Ley de la paz. Para garantizar la paz conyugal, hay
que estar dispuestos a renunciar a los egoísmos propios y
nunca esperar que el primero en renunciar sea el otro.
Ley del progreso. El amor progresa cuando apunta
hacia Dios. Porque entonces se hace infinito.

4. EL SÍMBOLO DEL AMOR

El amor conyugal tiene un símbolo: la Cruz. Como la


cruz está compuesta de dos maderas, una vertical y otra
horizontal, así también el amor humano y especialmente el
amor conyugal. El madero vertical está clavado en la tierra
y apunta al cielo. El horizontal apunta a los extremos del
mundo, pero está en el aire clavado en el madero vertical.
Quitemos el madero vertical. ¿Qué sucede con el
horizontal? Cae por tierra y se destroza.

El madero vertical es el amor a Dios. El horizontal es el


amor que une a todos los hombres; a los padres y los hijos;
al marido y a la esposa, a los hermanos entre sí. Pero sólo
se sostiene si está clavado en el amor de Dios. El amor de
Dios lo sostiene y lo eleva.

Este es todo el secreto del amor humano: que su única


alma posible es el amor divino. Nunca lo olvidemos.

* * *

¡Gran misterio es éste!, dice San Pablo. Gran misterio,


ciertamente. El matrimonio es el misterio del amor sagrado.
Siempre lo amenazarán grandes peligros como a todas las
cosas puras. Es probable que muchas veces en la vida, la
frágil barca del amor humano haga agua; pero no se saca el
agua del bote haciendo otro agujero sino con un jarro y
paciencia. En esos momentos hay que anclarse en el amor
de Cristo y poner amor, como decía el Marqués de
Santillana:

Ama y serás amado,


e podrás
façer lo que non farás
desamado,

Es entonces, cuando los esposos dejan envolver su


amor humano en el amor divino, cuando pueden exclamar
con la esposa del Cantar de los Cantares:

Porque es fuerte el amor como la Muerte,


implacable como el seol la pasión.
Saetas de fuego, sus saetas,
una llama de Yahveh.
Grandes aguas no pueden apagar el amor,
ni los ríos anegarlo.
Si alguien ofreciera
todos los haberes de su casa por el amor,
se granjearía desprecio (Ct 8,6-7).
X. LOS MEDIOS DE SANTIFICACIÓN DEL MATRIMONIO

El Concilio Vaticano II escribía: “Creemos que la Iglesia


es indefectiblemente santa, ya que Cristo, el Hijo de Dios, a
quien con el Padre y el Espíritu llamamos ‘el solo Santo’,
amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a sí
mismo por ella para santificarla (cf. Ef 5,25-26), la unió a sí
mismo como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del
Espíritu Santo para gloria de Dios. Por eso, todos en la
Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la
grey, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol:
‘Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación’
(1 Tes 4,3; Ef., 1,4)”76 .

Todos estamos, pues, llamados a la santidad:


sacerdotes y laicos, solteros y casados, viejos, jóvenes y
niños. El que no es santo debe considerarse un frustrado en
la vida; y el que vive la santidad, así haya perdido todo en
la vida, ha sabido administrarla bien, porque, como dice la
Sagrada Escritura, ha atesorado para el cielo (Mt 6,20).
¿Cuáles son los medios por los cuales los esposos alcanzan
esta santidad a la que Dios los llama? Los medios son los
sacramentos y la oración.

1. LOS SACRAMENTOS EN LA VIDA DE LA FAMILIA

Los esposos cristianos están llamados a santificarse a


través de los sacramentos que son los canales de la gracia
divina. ¿Cuáles son y cómo deben usarlos?

1) El matrimonio

El primero es el mismo sacramento del matrimonio


que el hombre y la mujer reciben al casarse ante la Iglesia.
El sacramento del matrimonio especifica la gracia
santificante que los esposos ya han recibido en el bautismo
y esta gracia perfeccionará y elevará el amor humano.
Cuando un hombre y una mujer se acercan al altar de
Dios a casarse, si lo hacen estando en gracia, es decir, sin
pecado, reciben una gracia particular. La gracia es un don
de Dios que nos hace hijos de Dios, nos santifica y nos
ayuda a que vivamos como auténticos cristianos. El Espíritu
Santo, por medio de la gracia, derrama en nuestros
corazones la caridad (cf. Rom 5,5), hace que inhabite en el
alma la Santísima Trinidad (cf. Jn 14,23), nos hace
permanecer a nosotros en Dios (cf. 1 Jn 4,16), nos da una
verdadera amistad con Dios y nos hace conocer los
misterios divinos (cf. Jn 15,15), nos perdona los pecados (cf.
Jn 20,22), nos ayuda a cumplir los mandamientos divinos
(cf. Rom 8,14) y nos da la auténtica libertad de los hijos de
Dios (cf. 2 Cor 3,17). Esta gracia que reciben en el
momento de su casamiento (o cuando se confiesan, si es
que lo han recibido en pecado) no los abandona sino que
los ayuda a lo largo de su vida matrimonial para que
puedan afrontar las dificultades propias de la vida
conyugal: la educación de los hijos, los sacrificios económi-
cos, las incomprensiones, las cruces.

Del sacramento del matrimonio brota también una


auténtica espiritualidad conyugal. Los esposos deben
santificarse meditando especialmente aquello que ellos
representan en la Iglesia: el amor que Jesús ha demostrado
en la Cruz hacia su Esposa, la Iglesia, y hacia cada alma;
también la maternidad y la fecundidad de la Iglesia, la
paternidad y providencia de Dios. Ellos deben reconocerse
y sentirse signos y símbolos de ese amor de Cristo.

2) La Eucaristía

El segundo sacramento en que han de encontrar la


fuente de su santificación es la Santísima Eucaristía.
Jesucristo está verdaderamente presente en la Hostia
Consagrada: está allí presente con su Cuerpo, su Sangre, su
Alma, su Divinidad, su Poder, su Amor. Tiene allí las manos
que estiró por nosotros en la Cruz, más largas que nunca
para abrazarnos; tiene los pies que transitaron los caminos
de Israel, más inclinados que nunca para ir detrás de sus
ovejas perdidas; tiene los oídos que escucharon con
paciencia los pedidos de los ciegos, de los sordos, de los
paralíticos, de los hambrientos, de los sufrientes, y más
atentos que nunca para escuchar nuestras súplicas; tiene,
sobre todo, el Corazón que recibió a los pecadores, a los
miserables, a los atribulados, a los desesperados, a los
perseguidos, más dispuesto que nunca para recibir a los
esposos y esposas, a los hijos e hijas, a los padres y madres
que vayan a refugiarse en él: en su dolor buscando
consuelo, en su necesidad pidiendo ayuda, en su alegría
trayendo gratitud. A todos él repite: Al que venga a Mí, no
lo echaré fuera (Jn 6,37).

De esa presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, los


esposos, los padres y los hijos, han de sacar fuerzas para
santificarse. Especialmente del Sacrificio de Jesucristo en la
Cruz renovado en cada Misa. En la Misa se pone ante los
ojos de todo hombre y de toda mujer el amor y la oblación
que Jesucristo realiza por la Iglesia. Allí contemplamos cada
día cómo el Señor se entrega por nosotros hasta derramar
la última gota de su Sangre; contemplamos su caridad
desbordante. Y esto se convierte en aliento para la propia
entrega, para el propio sacrificio, para la propia caridad
conyugal.

En cada Eucaristía, los esposos y los hijos, tienen


también la posibilidad de unirse con Jesucristo en la
comunión y esa comunión con su Cuerpo y con su Sangre
se convierte en fuente de vida; por eso lo llamamos el pan
de los ángeles, alimento que da vida eterna.

3) La Reconciliación

El tercer sacramento al que los esposos deben


acercarse asiduamente para santificarse es el Sacramento
de la Reconciliación de los pecados o Confesión. Muchas
veces los hombres y las mujeres son infieles a la gracia y a
la santidad que han recibido en el bautismo. El pecado es
una triste realidad de nuestra vida. Nuestra falta de
coherencia con los mandamientos divinos es algo que se
hace patente a nuestras conciencias. Pero también es
patente la misericordia de Dios: Dios... es rico en
misericordia, dice San Pablo (Ef 2,4). Por eso escribía Pablo
VI de los esposos: “Si el pecado les sorprendiese todavía,
no se desanimen, sino que recurran con humilde perseve-
rancia a la misericordia de Dios, que se concede en el
sacramento de la Penitencia”77 .

Debemos aproximarnos a la misericordia con las


condiciones que hacen posible nuestro perdón: el
arrepentimiento, el dolor por el pecado cometido, el deseo
de conversión, de cambiar de vida y la sinceridad de
corazón para presentarnos tal como somos ante Dios y ante
el sacerdote que lo representa en la tierra.

2. LA ORACIÓN EN LA VIDA FAMILIAR

Pero no bastan los sacramentos. Es necesaria también


la oración y la oración en familia, que es el pilar sobre el
que se fundamenta una verdadera vida cristiana.

1) La necesidad de la oración

La oración es necesaria para salvarse; lo dice la


misma Escritura: Es necesario orar siempre y no
desanimarse (Lc 18,1); Vigilad y orad para no caer en
tentación (Mt 26,41); Pedid y se os dará (Mt 7,7). Es
evidente que estas palabras: Es necesario; orad; pedid,
significan y entrañan un precepto y expresan una
necesidad. Por eso San Alfonso decía: “No se puede negar
sin pecar contra la fe que la oración es necesaria a los
adultos para salvarse. Es doctrina evidentísima en las
Sagradas Escrituras que la oración es el único medio para
conseguir las ayudas divinas para la salvación eterna”. La
razón de esto es clarísima: sin la ayuda de la gracia de Dios
no podemos hacer bien alguno: Sin mí nada podéis hacer,
dice Nuestro Señor (Jn 15,5). Y San Agustín comenta: “No
dice que nada podemos terminar sino que nada podemos
hacer”.

La oración es necesaria para resistir las


tentaciones. Adán pecó porque no acudió a Dios en el
momento de la tentación; los ángeles rebeldes no
aprovecharon la gracia de Dios; y la falta de oración es el
comienzo de todas las historias personales de quienes han
caído en el pecado, de quienes han perdido la fe y de
quienes se han desesperado.

Por eso en la Sagrada Escritura se lee constantemente


cómo los santos levantaban los ojos a Dios (por la oración)
para ser librados de los peligros: Al Señor levanto siempre
mis ojos porque me arrancará de los lazos que me tienden
(Sal 24,16).

La oración es necesaria para cumplir los


mandamientos de Dios. Después del pecado de Adán
toda la raza humana ha quedado debilitada. Herida en su
inteligencia y en su voluntad; y más en su voluntad porque
a pesar de la dificultad que tenemos para conocer la
verdad, sigue siendo para nosotros más fácil –dice Santo
Tomás– conocer la verdad que practicar el bien. Por eso, sin
la ayuda de Dios nos resulta pesado el cumplir los mismos
mandamientos de Dios.

¿Quiere decir esto que los mandamientos son


imposibles? No, porque Dios quiere que cumplamos todos
los mandamientos pidiéndole a Él la fuerza para hacerlo.
Dice San Agustín: “Dios no manda cosas imposibles; por
eso cuando manda te exhorta a hacer lo que puedes y a
pedir lo que no puedes, y entonces te ayuda para que
puedas”. Sin Dios no podemos vivir santamente, ni
cristianamente, ni virtuosamente. Por eso nos exhortaba el
Apóstol Santiago: Si las fuerzas te faltan, ¿por qué no se las
pides al Señor? ¿No las tienes? Señal es de que no las has
pedido (St 4,2).

De aquí que San Alfonso diga con tanta fuerza y


seguridad: “el que reza se salva ciertamente, y el que no
reza, ciertamente se condena. Si dejamos de lado los niños,
todos los demás bienaventurados se salvaron porque
rezaron. Y los condenados se condenaron porque no
rezaron”.

2) La oración de la familia

Para una familia es necesaria no sólo la oración


personal, sino la oración en familia. ¿Por qué?
Porque la oración familiar tiene características propias.
Ante todo, es una oración hecha en común: marido y
mujer juntos, padres e hijos juntos. Si el sacramento del
matrimonio ha hecho de un hombre y una mujer una
“pequeña comunidad”, también el mismo sacramento exige
una oración en común. A ellos está dirigida la palabra de
Jesucristo: Os digo la verdad que si dos de vosotros os
uniereis en la tierra para pedir cualquier cosa, os lo dará mi
Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres
congregados en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos
(Mt 18,19).

Además, el contenido de esta oración familar es la


misma vida de familia. ¿Qué es lo que pide la familia
cuando reza? Pide por su felicidad y pide ayuda en medio
de su dolor. Cuando la familia se une para rezar pide por
sus hijos, por sus problemas, por sus cruces y sufrimientos;
da gracias por sus gozos, por sus alegrías, por sus
consuelos.

La oración de la familia debe extenderse también a la


oración litúrgica hecha en familia: ir juntos a Misa cuando
es posible, o asistir juntos al Rosario en la Iglesia, a la
predicación de las misiones. También es oración el leer el
Evangelio y asistir al culto en honor de la Virgen: sus fiestas
y procesiones, el Santo Rosario, etc.

3) Maestros de oración

Los padres cristianos, por su misión y dignidad, tienen


el deber específico de educar a sus hijos en la oración. Ellos
son los que deben enseñarles a rezar, enseñarles los
primeros misterios sobre Dios, enseñarles a dialogar con
Dios Padre. Es evidente que el medio más importante para
enseñarles es dándoles ejemplo de oración: cuando los
hijos ven rezar a sus padres, reciben la mejor enseñanza. El
Papa Pablo VI decía a los padres: “Madres, ¿enseñáis a
vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, de
acuerdo con los sacerdotes, a vuestros hijos para los
sacramentos de la primera edad: Confesión, Comunión,
Confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a
pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen
y de los santos? ¿Rezáis el Rosario en familia? Y vosotros
padres, ¿sabéis rezar con vuestros hijos, con toda la
comunidad doméstica, al menos alguna vez? Vuestro
ejemplo, en la rectitud del pensamiento y de la acción,
apoyado por alguna oración común vale una lección de
vida, vale un acto de culto de un mérito singular; lleváis de
este modo la paz al interior de los muros domésticos: ‘Paz a
esta casa’. Recordad: así edificáis la Iglesia” 78 .

No debemos olvidar nunca aquello que con toda


verdad se afirma: la familia que reza unida, permanece
unida.

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