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La Unción de Los Enfermos

La Unción de los enfermos es un sacramento católico instituido por Jesucristo para confortar a los enfermos y purificarlos del pecado, reflejando la importancia de la enfermedad y la muerte en la vida humana. A lo largo del tiempo, la percepción de la muerte ha cambiado, pasando de ser un evento comunitario y ritualizado a un tema tabú en la sociedad contemporánea, lo que complica la aceptación de la muerte y el proceso de morir. Se enfatiza la necesidad de entender la salud como un concepto integral que incluye dimensiones espirituales y emocionales, además de las físicas.

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La Unción de Los Enfermos

La Unción de los enfermos es un sacramento católico instituido por Jesucristo para confortar a los enfermos y purificarlos del pecado, reflejando la importancia de la enfermedad y la muerte en la vida humana. A lo largo del tiempo, la percepción de la muerte ha cambiado, pasando de ser un evento comunitario y ritualizado a un tema tabú en la sociedad contemporánea, lo que complica la aceptación de la muerte y el proceso de morir. Se enfatiza la necesidad de entender la salud como un concepto integral que incluye dimensiones espirituales y emocionales, además de las físicas.

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LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

Dios Padre nos ama tanto que ha querido dejarnos un


sacramento especial para cuando nos acercamos a ese momento
difícil para cualquier hombre: la muerte. Este Sacramento puede ser
el último y gran regalo que Dios te da en la vida. Por eso nos interesa
estudiarlo, conocerlo y amarlo.
La Unción de los enfermos es un sacramento instituido por
Jesucristo, insinuado como tal en el Evangelio de san Marcos (cfr. Mc
6,13), y recomendado a los fieles y promulgado por el Apóstol
Santiago: «Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros
de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del
Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se
levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St
5,14-15). La Tradición viva de la Iglesia, reflejada en los textos del
Magisterio eclesiástico, ha reconocido en este rito, especialmente
destinado a reconfortar a los enfermos y a purificarlos del pecado y
de sus secuelas, uno de los siete sacramentos de la Nueva Ley.
Cuando abrimos el Catecismo de la Iglesia católica para
estudiar este Sacramento, lo primero que nos encontramos es un
párrafo tomado de la Lumen Gentium:
1499 "Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración
de los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a los enfermos
al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso
los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo; y
contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios" (LG 11).
Y luego, en los números siguientes, una visión antropológica-
cristiana sobre la enfermedad en la vida humana
1500 La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre
entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la
enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su
finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.
1501 La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue
sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión
contra Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla
a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que
lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda
de Dios, un retorno a Él.

Finalmente unas notas sobre cómo el cristiano debe mirar la


enfermedad. Como buenos hijos de la Iglesia vamos nosotros también
a seguir esas pautas.
Antiguamente, en nuestros pueblos los niños crecían en medio
del campo, entre la naturaleza vegetal y animal, entre madres que
engendraban y daban a luz y entre abuelos que enfermaban y morían
en casa. La vida brotando y la muerte llegando eran elementos de
experiencia que integraban la vida diaria. La cercanía de la muerte
transformaba la habitación del enfermo terminal en un lugar sagrado,
abierto y público. Pasaban familiares y amigos a visitarlo. Con
frecuencia la muerte era ocasión para una emotiva ceremonia ritual,
en la que el sacerdote tenía un papel relevante. Pero el papel
principal lo tenía el mismo moribundo. Se despide de sus hijos,
esposa o esposo, padres, hermanos y amigos. Les pide perdón. Les da
la bendición. Recuerda el testamento y aconseja. Y de todos se
despide. Yo, en mi ciudad natal, no he vivido esas cosas, pero sí me
contaban ancianos que en sus tiempos, cuando iban a visitar a un
moribundo, éste se despedía de ellos con un «adiós» y así lo hacían a
cuantos pasaban a visitarlo. Una vez muerto, en su entierro
participaba la población entera convocada por el doblar de las
campanas de la Iglesia. Eso sí lo he vivido yo en mis pueblos de
España. La gente venía de la ciudad a velarlo al pueblo, porque toda
la gente iba a velar al difunto. Rezábamos el Rosario y luego teníamos
el entierro en silencio meditativo. La gente quedaba en su dolor, muy
agradecida y muy confortada.
Y un anciano me decía: En aquellos tiempos a los niños se les
decía que venían de la cigüeña, pero asistían a la gran escena de
despedida en la habitación del moribundo. Hoy, por el contrario, se
inicia a los niños, desde la más temprana edad, en la fisiología del
sexo y del nacimiento (los niños tienen estas asignaturas de un modo
u otro en las escuelas), pero se les oculta el tema y la realidad de la
muerte. Cuando muere el abuelito o la abuelita se les dice a los niños
que «Jesús se lo ha llevado al cielo», o cosas parecidas.
En la mayoría de las culturas antiguas había una aceptación de
la muerte. Se comprendía que la muerte llegaba a todos, que era
inevitable e irremediable. Se veía la muerte como parte del ciclo total
de la vida, desde la infancia hasta la vejez. Y, como sabemos, la
medicina podía hacer muy poco en lo referente a sanar el cuerpo o a
prolongar la vida. Aunque la muerte era temida, también era bien
aceptada, y cuando ocurría había formas de hacerle frente por medio
de rituales comunitarios, modelos culturales y maneras de entenderla
dentro del contexto de la vida individual y social para darle un
sentido.
La ciencia médica ha venido a cambiar esta situación casi por
completo. Ha alcanzado grandes éxitos en la lucha contra la muerte.
La medicina empezó a curar a los enfermos. Uno de los mayores
triunfos fue el descubrimiento y utilización de los antibióticos, que ha
logrado la victoria sobre las enfermedades infecciosas, reduciendo la
mortalidad infantil. Sin embargo, se ha producido un aumento de las
enfermedades crónicas y degenerativas.
A medida que esto ocurría, ha dicho algún estudioso, «se
echaban por tierra la mayoría de los códigos significativos, simbólicos
y rituales que intentaban dar una respuesta a la muerte y al hecho de
morir. El morir se hizo más privado e individual, y especialmente, se
individualizaron y privatizaron los esfuerzos por determinar el sentido
de la muerte. Estos se consideraban propios de personas con
creencias religiosas, y hoy se piensa que acuden a sus iglesias,
sinagogas o mezquitas para tratar de los problemas de los códigos y
su significado. De las sociedades occidentales han desaparecidos los
rituales colectivos sobre la muerte. En realidad, se tiende a ocultar la
muerte, a encerrarla tras las puertas de unas determinadas
instituciones»1. La muerte empezó a ser vista como un enemigo.
En este enfrentamiento con la muerte se hace cada vez más
difícil saber dejar morir a los pacientes, a pesar de los grandes
avances de la ciencia médica. La medicina y la muerte no se llevan
muy bien. Porque, en realidad, la muerte se presenta como un
fracaso de la medicina.
En la sociedad contemporánea todo va cambiando. Todo es
diferente. Incluso se trata de silenciar la enfermedad terminal y la
muerte. Son un drama, algo inevitable que hay que esquivar y no
afrontar, porque cuestiona nuestra vida y tambalea nuestros valores.
Al tabú del sexo de los tiempos antiguos lo ha sucedido el tabú de la
muerte. Ahora se pueden contemplar escenas eróticas en cualquier
medio y sin embargo está «prohibido» hablar de la muerte. Yo mismo
me he encontrado con personas adultas que nunca han visto un
cadáver ni quieren verlo.
Indudablemente, el tema sobrecoge. Con razón el Concilio
Vaticano II decía: «El máximo enigma de la vida humana es la
muerte» [GS 18]. El hombre sufre no solo con el dolor sino también
con la disolución progresiva de su cuerpo. Su máximo tormento es el
miedo a desaparecer.
Por eso, el hombre o la mujer de hoy vive ignorando la muerte,
vive como si no tuviera que enfermar y morir. Se amarra a las cosas,
posesiones, proyectos, negocios, dinero, seguridad, bienestar… como
si fueran perdurables. Aunque todo el mundo sabe que ha de morir,
sin embargo, en la práctica nadie se lo cree. Vive como si la muerte
no existiera, como si fuéramos eternos en este mundo. No se piensa
que en cualquier momento podemos morir, sea por una enfermedad o
por un accidente. Si nos creyéramos que vamos a morir, sin duda,
viviríamos de otra manera. Si asumiéramos con naturalidad y
realismo que vamos a morir, aprenderíamos a vivir y convivir mejor.
En una encuesta que un sacerdote realizó en Guatemala en el
año 2011, a la pregunta «¿Piensa usted que tarde o temprano ha de
morir?, ¿teme a la muerte?», el 83,4% dicen temer a la muerte. La
razón: porque no quieren desaparecer (42,8%); porque les da miedo
el dolor (35,7%); porque temen a lo que habrá después de la muerte
(14,2%). Las mujeres señalan además que temen a la muerte por el
sufrimiento que la separación provocaría en la familia. Los que no
temen a la muerte (16,6%) señalan que si han cumplido su misión en
la tierra, pervivirán más allá de la muerte y alcanzarán la plenitud de
la felicidad. Manifiestan, asimismo, su esperanza de encontrarse con
Dios y sus seres queridos que ya dejaron este mundo.

1
Callahan, D. «El problemático sueño de la vida: en busca de una muerte
tranquila», en Fundación de Ciencias de la Salud (eds.). Morir con dignidad: dilemas
éticos en el final de la vida, Doce Calles, Madrid 1996, 91-105.
El 70% de los encuestados consideran la muerte como el
término natural de la vida; aunque la temen y no quieren pensar en
ella, tienen conciencia de que así es la vida, que es un fenómeno
natural. Sin embargo, el 30% la consideran como algo inaceptable, la
ven como un absurdo. No la aceptan, aunque saben que pasarán por
ese trance. La idea de dejar de existir es rechazada, negada, y la
muerte se convierte en un acontecimiento temido. Cuando su
representación emerge, la fuerza vivencial lleva a extremar
mecanismos defensivos2.
Hablaremos de esto más abundantemente.
Por el momento, veamos que nosotros como cristianos
debemos, en primer lugar que es conveniente introducir el
Sacramento de la Unción de los Enfermos con el misterio y el
ministerio de sanación tal y como aparece en la Biblia, en general;
pero también tal y como aparece en la vida de Nuestro Señor
Jesucristo. Es lógico que lo hagamos así porque así actúa la Iglesia. En
el Ritual de la Unción de los enfermos el sentido de la enfermedad del
hombre, de sus sufrimientos y de la muerte, se explica a la luz del
designio salvador de Dios, y más concretamente a la luz del valor
salvífico del dolor asumido por Cristo, el Verbo encarnado, en el
misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección 3. El Catecismo de la
Iglesia Católica ofrece un planteamiento similar: «Por su Pasión y su
Muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde
entonces éste nos configura con Él y nos une a su Pasión redentora»
(Catecismo, 1505). «Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando
a su vez su Cruz (cfr. Mt 10,38). Siguiéndole adquieren una nueva
visión sobre la enfermedad y sobre los enfermos» (Catecismo 1506).
Cuando leemos la Biblia en este sentido, en seguida nos damos
cuenta que la palabra “salud” está muy relacionada con la palabra
“salvación”. Este es un primer dato que encontramos en varias
lenguas.
Así por ejemplo, la palabra salud, en latín alude, en primer lugar
a salud; pero esa salud luego se irradia semánticamente más allá de
lo puramente corporal. Esta idea de que la salud no es solamente un
asunto físico, sino que incluye otras dimensiones menos corporales o
materiales, es muy tomada en serio hoy por muchas personas.
Digamos que en la medida que se logra esclarecer la interrelación
entre lo mental y lo corporal, más gente toma en serio que la salud no
es simplemente un problema de sustancias, corrientes eléctricas,
hormonas, transmisores… sino que también tiene que ver con otras
realidades que nosotros solemos llamar “espirituales”.
Vamos a detenernos en este mundo porque vivimos en una
época en lo que lo científico tiene una enorme repercusión, lo
científico casi se convierte para muchos en la única voz reconocida y
autorizada públicamente.

2
Gómez, M. Medicina paliativa. La respuesta a una necesidad, Arán, Madrid 1998, p.
47.
3
Cfr. Ritual de la Unción de enfermos, Praenotanda, 1-2.
¿Qué sucede, por ejemplo, cuando una persona tiene una
preocupación o tiene una angustia?
La manera cómo nosotros reaccionamos frente a las
preocupaciones es muy semejante a la manera cómo reaccionamos
frente a los peligros visibles. Es decir: la reacción que tengo cuando
un perro rabioso me va a atacar es muy parecida a la reacción que
tengo cuando me llega la noticia de que me van a quitar la casa. En
ese momento no estoy viendo a un animal que me está atacando, y
sin embargo eso produce una serie de respuestas hormonales, como
por ejemplo, la famosa descarga de adrenalina, el aumento de
presión arterial, el aumento de la circulación periférica y otro tipo de
elementos que son propios de nuestra realidad fisiológica.
¿Qué pasa cuando una persona es atacada por un perro? Eso
termina bien o mal, pero pronto. En cambio cuando una persona sufre
un dolor permanente, por ejemplo, por causa de una depresión,
cuando una persona recibe la noticia de que un pariente cercano ha
sido secuestrado, eso no tiene una resolución pronta. Quiere decir
que el estado fisiológico alterado a base de estas hormonas,
constriccion de vasos sanguíneos, aumento de presión arterial, va a
durar mucho más tiempo y eso le hace daño al organismo; de manera
que las preocupaciones, las tristezas, las iras y otras emociones –
según ya tenemos suficiente base científica- tiene una repercusión en
nuestra condición de salud.
Incluso hay estudios muy interesantes que muestran que las
personas que tienen una orientación de servicio a los demás, por
ejemplo porque dentro de la comunidad prestan un determinado rol,
son personas que suelen vivir más. Es decir que hay cuadros o
estadísticas que indican que las personas que solo se dedican a sí,
viven menos que aquellas que se dedican, por ejemplo, a la docencia,
a la enfermería, a la capellanía es una persona que vive más. Eso
indica que el ser humano definitivamente tiene una unidad profunda
y por eso hoy se utiliza mucho la expresión “psicosomático” para
indicar que lo espiritual tiene repercusión en lo físico. Y también
sucede lo contrario: si una persona se encuentra en una mala
condición de salud, eso tiene una repercusión emocional muy fuerte.
Este es un campo de investigación muy interesante que en occidente
se explora poco y que valdría la pena profundizarlo más. En Oriente,
en cambio, tanto en la India como en la China se han adelantado
explicaciones que van por la línea del hinduismo, como no del
budismo y de otras enseñanzas que tienen que ver con la salud.
Uno como católico ve que esas explicaciones van vinculadas a
un tipo de pensamiento que no sólo es ajeno, sino que va muchas
veces en contra del pensamiento cristiano. En este sentido una
expresión que suena mucho es esa de los “chacras”. Los chacras son
algo así como lugares que hay dentro del organismo en los que se
concentra energía, en los que se distribuye energía. Y esos chacras
vienen a convertirse entonces en centros en donde se detecta y
donde se debe tratar, por ejemplo la enfermedad. Uno se da cuenta
que una cosa es tener una confusión mental, otra es tener una
decepción amorosa y otra cosa es tener un vacío existencial. Son
cosas muy distintas. Entonces estos teóricos d elos chacras le asignan
a distintos lygares del cuerpo humano esa clase de experiencias,
entonces dirán que en la mente –en la frente entre los ojos- hay un
chacra; o que en el pecho, cerca del corazón hay otro, y dirán
también que en las entrañas hay un chacra. Porque son distintos
niveles de dolor. Y realmente uno no puede negar que algo de eso
existe. El problema más bien –aunque no me queiro detener mucho
en esto- es que la enseñanza de los chacras se intenta explica con
palabras como energía vital y esa energía vital que circula entre los
chacras nunca se llega a demostrar científicamente y luego esa
energía vital al secuestra la Nueva Era para decir que cuando yo hago
meditación me vuelvo uno con el universo, cosa que como cristiano
no puedo creer, ni admitir ni verlo probable. Necesitamos verdaderos
cristianos que estudien estos temas y que puedan sacar a luz qué es
lo que es real ahí desde una perspectiva filosófica y antropológica que
no esté sesgada por el materialismo. Cosa que no resulta fácil.
Esto mueve a mucha confusión porque los hay que imbuidos
por unas filosofías orientales lo ponen en relación con la vida humana,
pero que la mayoría de ellos terminan en un panteísmo o en un
sincretismo horrible; y el otro extremo es el materialismo típico de la
medicina occidental que niegan entonces la existencia de todas estas
energías y fuerzas, pero nos dejan cojos para responder a este tipo de
experiencias que sí se dan en el hombre.
DE todo este discurso sobre los chacras, una cosa que llama la
atención –a mí la que más- es el tema de lo que ellos llaman el
“chacra profundo” que se encuentra en las entrañas. ¿Por qué? Pues
porque en la Biblia muchas veces se habla de los riñones. Pero los
riñones no indica que los hebreos hayan tenido una capacidad
quirúrgica para ver dónde están esos órganos en nuestro cuerpo. Se
trata más bien de una alusión de algo que es muy profundo dentro de
uno, de las entrañas en fin, y eso es cosa de dolores muy profundos.
Y en ocasiones, cuando uno siente dolores muy profundos, llega el
colapso. Uno no puede comer, por ejemplo.
Ante todo debemos entender que en el ser humano hay una
realidad muy compleja en este tema y que está muy relacionado lo
somático con lo espiritual.

¿Qué trae el pecado?


En principio es una ruptura con Dios, con el plan de Dios. Pero si
es verdad, dentro de una perspectiva antropológica i8ntegral, que el
ser humano está profundamente conectado con todas sus realidades
visibles e invisibles, uno puede esperar que el pecado tenga
repercusiones. El pecado no puede quedar únicamente como un dato
en la historia de uno, tiene repercusiones. Esas repercusiones las
muestra la Sagrada escritura y yo quiero mostrarles algunos pasajes
respecto a esto, es decir pasajes en los que se conecta el pecado con
la enfermedad, pero vamos a descubrir que aunque de modo
ordinario, la enfermedad es una consecuencia de que hay pecado en
el mundo; tampoco la conexión es uno a uno. No se puede
directamente concretar cada pecado con cada enfermedad, o
viceversa.
Un pasaje muy interesante es el que nos cuenta la escritura
cuando los dos hermanos (Aarón y Miriam) de Moisés se rebelan
contra él. Esto está escrito en el libro de los Números 12.
1
María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer
cusita que había tomado por esposa. Decían: 2«¿Ha hablado el Señor
solo a través de Moisés? ¿No ha hablado también a través de
nosotros?». El Señor lo oyó.
3
Moisés era un hombre muy humilde, más que nadie sobre la
faz de la tierra. 4 De repente, el Señor habló a Moisés, Aarón y María:
«Salid los tres hacia la Tienda del Encuentro». Y los tres salieron. 5El
Señor bajó en la columna de nube y se colocó a la entrada de la
Tienda, y llamó a Aarón y a María. Ellos se adelantaron 6 y el Señor
les habló: «Escuchad mis palabras: si hay entre vosotros un profeta
del Señor, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; 7 no
así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. 8 A él le hablo
cara a cara; abiertamente y no por enigmas; y contempla la figura del
Señor. ¿Cómo os habéis atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?».
9
La ira del Señor se encendió contra ellos, y el Señor se
marchó. 10 Al apartarse la Nube de la Tienda, María estaba leprosa,
con la piel como la nieve. Aarón se volvió hacia ella y vio que estaba
leprosa. 11 Entonces Aarón dijo a Moisés: «Perdón, señor. No nos
exijas cuentas del pecado que hemos cometido insensatamente. 12 No
dejes a María como un aborto que sale del vientre con la mitad de la
carne consumida».13 Moisés suplicó al Señor: «Por favor, cúrala». 14 El
Señor respondió a Moisés: «Si su padre le hubiera escupido en la
cara, ¿no habría tenido que pasar siete días de vergüenza? Que
quede siete días fuera del campamento y luego se incorpore de
nuevo». 15 María quedó siete días excluida del campamento. Pero el
pueblo no partió hasta que ella se reincorporó. 16 El pueblo marchó de
Jaserot y acampó en el desierto de Farán.
Este pasaje es muy interesante, porque el castigo sobre Miriam
es una enfermedad, la lepra. Es interesante porque en la Biblia el
tema de la lepra está particularmente asociada al pecado. Y también
porque nos muestra cómo el pecado en general está asociado al tema
de la enfermedad.
Otra escena. Un nuevo pecado. Esta vez nos vamos al II Sam y
es en torno a la figura del Rey David. Este rey, en lugar de estar
atendiendo los asuntos del Palacio o del estado, se está paseando por
la azotea de su palacio y ve a una mujer hermosa, llamada Betsabé, y
utiliza su autoridad de rey para tener relaciones carnales con esa
mujer y como resultado de eso, ella se queda embarazada. Entonces
David el rey trata de tapar su pecado haciendo parecer que Urías, el
verdadero esposo, es el papá de la criatura que ha engendrado David
en el seno de Betsabé. Y como va a pasar mucho tiempo hasta que
descubran el ADN y descubran quién es el verdadero papá, David
queda tranquilo. Pero Urías no entró en el juego, más bien le malogró
el plan a David porque, habiéndolo hecho llamar David para que esté
con su mujer, Urías no quiere estar con ella, porque la ley manda que
en tiempos de guerra, no hay que yacer con mujer alguna. Esto es
muy sintomático porque resulta que Urías no pertenece en realidad al
pueblo de Israel, sino que es hitita. Pero el extranjero es más fiel que
el propio Rey David, el ungido del Señor. Ya sabemos que David
manda matar a Urías y ya quedó todo tranquilo. Pero Natán trae el
mensaje de Dios que descubre el pecado de David. De ahí nace el
famoso Salmo 50 que empieza diciendo: Misericordia, Dios mío, por tu
bondad. En II Sam 12; 13 se indica: David respondió a Natán: «He
pecado contra el Señor». Y Natán le dijo: «También el Señor ha
perdonado tu pecado. No morirás.
Al parecer el pecado queda perdonado, pero la consecuencia
del pecado sigue. Porque Betsabé sigue su embarazo, nace el niño y
el niño se enferma.
Tratemos de recapitular los hechos, porque aquí hay una
enseñanza muy rescatable respecto a todos los pecados que se
llaman de curación.
Hay un pecado cometido. Hay un arrepentimiento del pecado.
Hay un perdón del pecado que queda clara con la declaración del
profeta Natán. Y sin embargo hay una consecuencia del pecado que
sigue viva.
Esto es muy importante para la teología de las indulgencias que
ya estudiamos cuando vimos el Sacramento de la Reconciliación.
Porque precisamente esa teología se inscribe en esto que estamos
presentando: las indulgencias. Las indulgencias no son para perdonar
lo que ya está perdonado, sino que, estando perdonado el pecado,
quedan unas consecuencias y ahí actúan las indulgencias. En una de
sus catequesis, san Juan Pablo II (29-09-1999) explicaba esto y en
algún momento lo relaciona con el pecado de David y sus
consecuencias:
El punto de partida para comprender la indulgencia es la
abundancia de la misericordia de Dios, manifestada en la cruz de
Cristo. Jesús crucificado es la gran «indulgencia» que el Padre ha
ofrecido a la humanidad, mediante el perdón de las culpas y la
posibilidad de la vida filial (cf. Jn 1, 12-13) en el Espíritu Santo (cf. Ga
4, 6; Rm 5, 5; 8, 15-16).
Ahora bien, este don, en la lógica de la alianza que es el núcleo
de toda la economía de la salvación, no nos llega sin nuestra
aceptación y nuestra correspondencia.
A la luz de este principio, no es difícil comprender que la
reconciliación con Dios, aunque está fundada en un ofrecimiento
gratuito y abundante de misericordia, implica al mismo tiempo un
proceso laborioso, en el que participan el hombre, con su compromiso
personal, y la Iglesia, con su ministerio sacramental. Para el perdón
de los pecados cometidos después del bautismo, ese camino tiene su
centro en el sacramento de la penitencia, pero se desarrolla también
después de su celebración. En efecto, el hombre debe ser
progresivamente «sanado» con respecto a las consecuencias
negativas que el pecado ha producido en él (y que la tradición
teológica llama «penas» y «restos» del pecado).
A primera vista, hablar de penas después del perdón
sacramental podría parecer poco coherente. Con todo, el Antiguo
Testamento nos demuestra que es normal sufrir penas reparadoras
después del perdón. En efecto, Dios, después de definirse «Dios
misericordioso y clemente, (...) que perdona la iniquidad, la rebeldía y
el pecado», añade: «pero no los deja impunes» (Ex 34, 6-7). En el
segundo libro de Samuel, la humilde confesión del rey David después
de su grave pecado le alcanza el perdón de Dios (cf. 2 S 12, 13), pero
no elimina el castigo anunciado (cf. 2 S 12, 11; 16, 21). El amor
paterno de Dios no excluye el castigo, aunque éste se ha de entender
dentro de una justicia misericordiosa que restablece el orden violado
en función del bien mismo del hombre (cf. Hb 12, 4-11).
En ese contexto, la pena temporal expresa la condición de
sufrimiento de aquel que, aun reconciliado con Dios, está todavía
marcado por los «restos» del pecado, que no le permiten una total
apertura a la gracia. Precisamente con vistas a una curación
completa, el pecador está llamado a emprender un camino de
purificación hacia la plenitud del amor.
En este camino la misericordia de Dios le sale al encuentro con
ayudas especiales. La misma pena temporal desempeña una función
de «medicina» en la medida en que el hombre se deja interpelar para
su conversión profunda. Éste es el significado de la «satisfacción»
que requiere el sacramento de la penitencia.
El perdón no se debe entender como “borrón y cuenta nueva”,
sino que más bien significa el comienzo de una nueva historia. En el
Salmo 50 se habla de “crea en mí un corazón nuevo”. El perdón no es
un retroceder la historia como quien dice: aquí no ha pasado nada. Si
usted me golpeó y me sacó la muela, pues yo le perdono, pero me
falta una muela. Al perdonarle no me regresó la muela. Aquí sí pasó
algo. Eso nos muestra la historia de David. Él queda perdonado, pero
hay una consecuencia del pecado. La consecuencia del pecado tiene
que ver con lo que se llama “pena temporal” del pecado. Y la pena
temporal del pecado tiene que ver con las indulgencias. Y la doctrina
y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están estrechamente
ligadas a los efectos del sacramento de la penitencia: Enseña el
Catecismo n° 1471: "La indulgencia es la remisión ante Dios de la
pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa,
que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones
consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de
la Redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las
satisfacciones de Cristo y de los santos".
Nosotros podemos decir que una indulgencia es el ingreso en la
historia humana de una fuerza de bondad que supera las
consecuencias de la maldad. Es lo mismo que decir: la abundancia de
bien que trae el don de la indulgencia supera las consecuencias de la
maldad. De modo que las consecuencias del mal que yo hice estarán
ahí, pero son superadas –según aquello de san Pablo que “donde
abundó el pecado, sobreabundó la gracia”-.
En David las consecuencias del pecado se ven en el hijo que
está enfermo. Y vemos que David ora intensamente, hace ayuno, se
concentra con todo su ser para que ese niño pueda vivir; pero el niño
muere. El pecado trae enfermedad, el pecado trae muerte. (Cfr. II
Sam 12, 15-22). Esta manera de actuar desconcierta a la gente, pero
David vive un luto sereno teniendo claro que eso es lo que ha
dispuesto el Señor y está bien. En este sentido David es un personaje
desconcertante que en el fondo desde l punto de vista teológico nos
habla de que la gracia siempre supera las expectativas y
razonamientos humanos.
DE hecho se ve claramente la relación entre pecado,
enfermedad y muerte en esta historia que hemos analizado.
El último caso que vamos a mencionar se encuentra en las I
Carta a los Corintios. En este pasaje, refiriéndose a la Eucaristía, dice
el Apóstol san Pablo que cada uno debe examinarse “Porque quien
come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su condenación”.
Vamos a leer este pasaje: I Cor 11, 20- 29: 20Así, cuando os
reunís en comunidad, eso no es comer la Cena del Señor, 21 pues
cada uno se adelanta a comer su propia cena, y mientras uno pasa
hambre, el otro está borracho.
22
¿No tenéis casas donde comer y beber? ¿O tenéis en tan poco
a la Iglesia de Dios que humilláis a los que no tienen? ¿Qué queréis
que os diga? ¿Que os alabe? En esto no os alabo. 23 Porque yo he
recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he
transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser
entregado, tomó pan 24 y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió
y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto
en memoria mía». 25 Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar,
diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto
cada vez que lo bebáis, en memoria mía». 26 Por eso, cada vez que
coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del
Señor, hasta que vuelva. 27 De modo que quien coma del pan y beba
del cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del
Señor. 28 Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma
así del pan y beba del cáliz. 29 Porque quien come y bebe sin discernir
el cuerpo come y bebe su condenación.
Hasta aquí, todo está muy interesante, pero uno se pregunta
¿por qué leemos este texto? ¿Qué relación tiene este texto con lo que
estamos estudiando?
Pues la sorpresa nos viene cuando leemos el versículo
siguiente, el 30:
I Cor 11, 30: Por ello hay entre vosotros muchos enfermos y no
pocos han muerto.
Fijémonos que san Pablo está poniendo un vínculo muy
profundo entre la profanación continua de la fracción del pan
(comulgar de cualquier manera, injusticia, ignorancia, inmoralidad
sexual…) y la enfermedad. Comulgar así trae consecuencias para la
vida y esa consecuencia se llama enfermedad.
Entonces queda claro en la Biblia que hay un vínculo entre el
pecado y la enfermedad.
Vayamos a un texto más, está en el evangelio de san Juan,
cuando nos cuenta el gran milagro del ciego de nacimiento. Jn 9.
Leamos Jn 9, 1-2: 1 Y al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de
nacimiento. 2 Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó:
este o sus padres, para que naciera ciego?».
Esta pregunta de los discípulos indica que ellos tienen
conciencia de que hay un vínculo entre pecado y enfermedad.
Es muy interesante, cuando en los Libros de los Macabeos,
cuando se nos narra la historia de Antíoco IV Epífanes, uno de los más
grandes blasfemos y enemigos de la fe de Israel. ÉL quería imponer a
toda costa la religión helenística al pueblo de Dios, cuando se muere,
muyere cubierto de llagas. Lo mismo cuando muere Herodes. Todo
esto nos indica, una vez más, que cuando pecas, tu cuerpo se arruina.
No es de extrañar que los discípulos le pregunten a Jesús: ¿quién
pecó?
Nos interesa la respuesta de Jesús: Jn 9,3: Jesús contestó: «Ni
este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras
de Dios.
La enseñanza que sacamos de todo este panorama bíblico, es
que, en general, hay una relación entre pecado y enfermedad, pero
esa relación –como lo muestra la respuesta que Jesús acaba de dar a
los discípulos- no es una relación de uno a uno. ¿Qué queremos decir
con esto de uno a uno? Pues que como pequé ayer, hoy debo de
quedarme ciego, o empiezo a toser. Pues no. Si eso fuera así, pues
sería muy fácil reconocer a los pecadores. NO. La cosa no es así. Y la
Biblia sabe que eso es así, porque recordemos que hay Salmos en
que se alude a eso: ¿Por qué a los malos les va bien? Leamos el salmo
73, 2-5: 2Pero yo por poco doy un mal paso, casi resbalaron mis
pisadas: 3porque envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los
malvados. 4 Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos; 5 no
pasan las fatigas humanas, ni sufren como los demás.
En este sentido sería muy interesante un estudio sobre el Libro
de Job. Si no has leído este libro, te has perdido gran parte de la
lógica espiritual judía sobre el dolor y el sufrimiento. No voy narrar
por completo la historia, pero en resumen a Job le tocó pasar
tremendas calamidades, perdió sus bienes, sus servidores, a toda su
familia e incluso sufrió de una herida que le llegaba desde la planta
de los pies hasta la cabeza. La explicación que el libro da a todo lo
que le ocurre a Job, es que el “enemigo” lo tienta por medio de la
prueba y el sufrimiento para hacer que reniegue y maldiga a Dios.
El relato explica que él intentó buscar respuestas, todas ellas
sin renegar ni maldecir a Dios, pues Job sabe que Dios es bueno.
Entre su pena, desolación, confusión y enojo disparaba para todos
lados sin dar en alguna consolación. Incluso un par de amigos
acudieron a él para consolarlo, pero lo vieron tan extenuados que no
pudieron ni pronunciar palabra. Leamos Job 2, 12-13: 12 Al verlo de
lejos y no reconocerlo, rompieron a llorar, se rasgaron el manto y
echaron polvo sobre sus cabezas y hacia el cielo. 13 Después se
sentaron con él en el suelo y estuvieron siete días con sus noches,
pero ninguno le decía nada, viendo lo atroz de su sufrimiento.
Finalmente ellos van a aducir que si está sufriendo esto, es por
algo. E Incluso, Job, imbuido de estos pensamientos, llega a retar a
Dios: manifiéstate, dime ¿qué he hecho? ¿Qué has hecho? Si soy
inocente, ¿por qué sufro?
En el Capítulo 38 Dios se manifiesta a Job con una respuesta no
fácil de entender. Dios le muestra que “Yo soy el Señor”. Es decir: una
manifestación de la grandeza de Dios. Algo así como: usted no lo va a
entender porque como Dios rebaso completamente sus pensamientos
y la manera de que usted pueda entender porqué yo obro así.
Job admite a Dios con estas palabras sublimes: Job 40, 3-5: 3 Job
respondió al Señor: 4 «Me siento pequeño, ¿qué replicaré? Me taparé
la boca con la mano. 5 Hablé una vez, no insistiré; dos veces, nada
añadiré». Y más adelante: Job 42, 5-6: 5 Te conocía solo de oídas,
pero ahora te han visto mis ojos; 6 por eso, me retracto y me
arrepiento, echado en el polvo y la ceniza».
La humildad de Job frente a la Majestad Divina hace que él se
rinda frente a una providencia que no puede comprender. No puede
terminar de comprender porque llega lo bueno, porque llega lo malo a
su vida. Pero al llegar esto, Job lo toma como una bendición de Dios y
así concluye el libro de Job.
Dos cosas, por lo menos, podemos aprender de este
interesantísimo relato:
1) Yo me pongo a pensar qué hago con mi vida y hago mi plan.
Luego me voy a la oración y le presento mi plan a Dios. Lo que le pido
a Dios es que lo bendiga sin cambiar en nada aquello que tan
inteligentemente preparé. Es decir que el hombre propone y a Dios no
le queda más remedio que bendecir lo que el hombre propone. Pero
el refrán no dice eso, sino que dice: El hombre propone y Dios
dispone. Entonces lo lógico sería que yo me ponga junto al Señor, me
tomo el tiempo de discernir cuáles son sus planes y yo hago todo lo
posible para que se hagan realidad, para que de esta forma su
bendición me acompañe. Somos nosotros los que ayudamos en el
“gran plan” de Dios y nuestra participación y el descubrimiento de
nuestro propósito ayuda en la realización de su voluntad, no al revés.
Fuimos hechos para Dios y no al contrario. Dice el Catecismo en el nº
27: «El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque
el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de
atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la
verdad y la dicha que no cesa de buscar».
2) La tomamos de san Agustín que enseña: “Nunca Dios
permitiría un mal si no fuera lo suficientemente poderoso para sacar
de ese mal un bien mayor”.
Ante cualquier situación difícil, o de enfermedad, o de muerte,
hay que procesar todo con calma. Descubrir los propósitos de Dios no
es un asunto de un par de minutos rezando y listo. Dios sabe eso y
espera a que te acerques a hacer las preguntas necesarias, que
cuestiones, que dudes, pero que finalmente aceptes, aun sin
comprender mucho. Su voluntad, aunque indescifrable tantas veces,
es maravillosa para nuestras vidas, y que cada cosa que nos ocurre,
aunque nos cuesta entenderla, tiene sentido dentro de su plan. «Por
eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben
sufrir momentáneamente, así la fe de ustedes puesta a prueba, será
muchas más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego y
se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la
Revelación de Jesucristo» (I Pd, 6-7).
«La tribulación es un regalo de Dios, uno especial que da a sus
amigos especiales» (Santo Tomás).

Resulta evidente entonces que no hay una conexión uno a uno


entre el pecado y la enfermedad. Si la enfermedad simboliza el
estado actual de pecado, enfermedad y muerte en que se encuentra
la humanidad, las curaciones simbolizan el estadio final al que está
llamada por la obra redentora de Cristo y que se anticipa de alguna
manera: Cristo abre al ciego los ojos de la carne y los de la fe (Jn
9,35-40), y libera al paralítico de la inmovilidad de sus miembros y de
la esclavitud del pecado (Mc 2,1-12 par). Es muy interesante recoger
esta afirmación que hace san Ignacio de Antioquía sobre Jesús como
médico divino: «Nuestro médico es uno solo, corporal y espiritual,
engendrado y eterno, Dios existente en la carne, vida verdadera en la
muerte, nacido de María y de Dios, antes pasible y ahora impasible:
Jesucristo nuestro Señor» (Efl, 2).
Tenemos que concientizarnos que las curaciones proclaman el
poder del amor de Cristo y su confianza en el Padre, y manifiestan la
presencia continua de Cristo en sus discípulos. Están siempre
ordenadas a la fe. No se trata sólo de un acontecimiento milagroso
que confirma la fe; es sobre todo la experiencia del poder del amor de
Cristo como revelación de la providencia amorosa del Padre celestial.
Cristo suscita la fe mediante su mensaje de salvación, que va unido
siempre a su solicitud por los hombres y al poder curativo de su amor
y su confianza. Su actividad curativa está también en relación con la
fe de las personas, con su apertura y con su reconocimiento de que
todo, incluida la salud, es don inmerecido de Dios»18. Jesús en sus
curaciones manifiesta de modo progresivo el núcleo central de la
buena nueva, es decir, el inmenso amor de Dios Padre y la respuesta
a ese amor por parte del hombre, que consiste en amar a Dios,
descubriendo su presencia misteriosa en el hermano que sufre a su
lado.

Vamos a hora a analizar un pasaje del Libro de Isaías, pero lo


vamos a estudiar desde una página del Evangelio. Porque estando
nuestro Señor en la Sinagoga le dan un rollo en el que se encuentra
este texto del profeta Isaías que nuestro Señor no rechaza, sino que
lee. Vamos a ese pasaje: Lc 4, 16-21
16
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga,
como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la
lectura. 17 Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo,
encontró el pasaje donde estaba escrito: 18 «El Espíritu del Señor está
sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los
pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos; 19 a proclamar el año de gracia
del Señor». 20 Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba,
se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. 21 Y él
comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis
de oír».
Dice aquí el Señor que se ha cumplido esta Escritura. Y esa
Escritura dice que el Señor ha sido enviado para evangelizar a los
pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos.
Bien rescatamos tres palabras ahí: pobres – cautivos –
enfermos. Dicen los exegetas que este pasaje resume el programa de
vida de Cristo. Luego en Hc 10 el apóstol san Pedro va a resumir la
vida de Cristo diciendo que pasó haciendo el bien. El “pasó haciendo
el bien” de Cristo está claramente relacionado con esta trilogía que
incluye a los enfermos, los pobres y a los cautivos.
Es interesante tomar esta trilogía así unida porque nos damos
cuenta de que la enfermedad es como una especie de pobreza. La
persona que está enferma carece de recursos, sobre todo interiores.
Cuando uno está enfermo no puede hacer muchas cosas. La
enfermedad es una especie de pobreza. Pero también nos damos
cuenta que la pobreza es una especie de cautividad. En un sistema
económico como el que vivismo, la pobreza es un límite, la persona
pobre cuenta con muchos menos recursos para salir de la misma. Si
eres pobre tienes muy pocas oportunidades de salir de tu pobreza,
uno se siente cautivo de eso. Se ve muy claro en la triste paradoja de
los préstamos bancarios. Si quieres que te presten dinero, tienes que
tener dinero. Y si no tienes como pagarme el préstamo pues púdrete.
Está uno como en prisión porque si te prestan, te pasas la vida
endeudado pagando ese préstamo. Y si no pagas, te meten en prisión
o te lo quitan todo, te quedas en la calle. Uno está cautivo en su
pobreza. Y claro, el que está en prisión es un elemento mal mirado,
no me acerco, no me toques. Nosotros tratamos a los que están
cautivos, como a un contagiado, como a un enfermo. Hay una gran
relación entre estas tres palabras: cautivos-pobres-enfermos. Esta
interrelación se da en las personas y se da también en las sociedades.
Los sectores más pobres son los más enfermos y también estos
sectores más pobres son los que acaban más en prisión.
Quisiera recordar que la palabra enfermo, proviene del latín, de
in-firmus. El infirmus es el que no está firme, el que carece de
firmeza, el que no tiene en qué apoyarse. En el pasaje de san Lucas,
Cristo hace relación a esta trilogía.
Digamos en primer lugar algo sobre el tema de Jesús la
sanación. Porque este tema produce un gran efecto sobre las
personas. El mismo evangelio de san Lucas nos hace notar que la
gente se le echaba encima porque de Él salía una fuerza que los
curaba a todos.

Aprovechamos estos momentos de catequesis para analizar la


obra de Cristo. Nos preguntamos: ¿qué sucede cuando Jesús sana?
Empecemos recordando algunos textos que nos muestran lo
que sucede cuando Jesús sana.
Cuando pienso en este tema no puedo dejar de recordar un
pasaje: cuando está Jesús cerca de Jericó, y hay un ciego, un ciego
que oye el paso de Jesús, y el tumulto. Y este hombre pregunta qué
sucede, y le dicen: "Es Jesús que pasa". Y él empieza a gritar: "¡Jesús,
Hijo de David, ten compasión de mí!" (Mc 10, 47).
La gente le decía al ciego que se callara; pero él gritaba más
fuerte, ¿qué era lo que gritaba?: "¡Jesús, Hijo de David, ten compasión
de mí!" (Mc 10, 48).
Finalmente, Jesús lo mandó llamar y le hizo una pregunta:
"¿Qué quieres que haga por ti?". Y el hombre respondió: "Que yo
vuelva a ver" (Mc 10, 51).
Notemos bien que se trata de un hombre que había tenido
vista, y la había perdido. Y entonces Jesús sana a este hombre, y él
empieza a seguir a Cristo por el camino.
Creo que vamos a retener en nuestra memoria estas frases,
porque aquí hay una enseñanza. ¿Qué fue lo que le preguntó Jesús?
"¿Qué quieres que haga por ti?". Y el hombre respondió: "Que yo
vuelva a ver".
¿Por qué retenemos la primera frase que es la petición: Jesús,
Hijo de David, ten compasión de mí?
Hay varias razones. ¿Por qué este hombre llama a Jesús "Hijo de
David"? ¿Cuál es ese David? El rey David, ¿y por qué el ciego le dice a
Jesús "Hijo de David?. Porque Hijo quiere decir ahí, el descendiente.
Efectivamente, San Mateo dice que Jesús era descendiente de David,
pero quiere decir más que eso.
Hijo de David quiere decir: "Tú eres el nuevo David". ¿Y por qué
es tan importante David? Porque David es el modelo del rey. David es
el gran rey que todos recordaban. David es como la referencia de lo
que es un verdadero rey. Y la época de David quedó siempre como
una referencia, como un recuerdo imborrable para el pueblo porque
en aquella época la gente pudo experimentar el reinado de Dios, la
protección, el poder y la bendición de Dios.
Porque David logró dos cosas: Frenar a los enemigos, que eran
los filisteos, y traer un tiempo de bendición y de abundancia. Por eso
David es la referencia; no hubo otro rey como David.
Entonces cuando se le dice a Jesús: "Hijo de David", lo que se
está diciendo es: "Tú eres el nuevo David, tú eres el Mesías de Dios,
tú eres el que Dios nos envía, tú eres el que trae la protección y la
bendición de Dios". Es una confesión mesiánica. Esto significa que en
el ministerio de Jesús para con los enfermos se confirma que él es el
Mesías, el Hijo de Dios y proclama, confirma y realiza eficazmente la
presencia del Reino. Recordemos aquel pasaje de san Lucas en el que
le preguntan si Él es el Mesías o se debe esperar a otro: (Lc. 7, 19-
23). “Llegados a Él, le dijeron: Juan Bautista nos envió a ti, para
preguntarte: ¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?
En aquella misma hora, [Jesús] curó a muchos de enfermedades, y de
llagas, y de espíritus malignos, y dio la vista a muchos ciegos. Y
respondiendo, les dijo: Id a referir a Juan lo que habéis oído y visto:
los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los
sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia el
Evangelio; y bienaventurado aquel que no se escandaliza a mi
respecto”. El hecho de que se den estas curaciones es señal
inequívoca de que el reino de Dios ya está entre nosotros y con el
reino, el Rey.
El ciego le está diciendo a Jesús que es el Mesías, el Hijo de
David. Pero lo está diciendo a gritos.
Él gritaba, la gente quería que él se callara; pero el hombre no
se calló, él siguió gritando más fuerte, Jesús lo llamó, y Jesús le hizo
una pregunta, y esa pregunta es: "¿Qué quieres que haga por ti?". Si
resulta tan evidente lo que le sucede a este señor que está ciego,
¿por qué le pregunta Jesús qué quieres que haga por ti?
Lo que la gente ve es una cosa y lo que Jesús ve es otra cosa.
Volviendo una vez más al pasaje de aquel paralítico que es
descolgado por el techo por sus amigos, lo que despertaba ese
paralítico a la vista de todos es compasión por estar en la camilla.
Todo el mundo podía ver con claridad que le ataba una enfermedad,
pero Jesús veía más allá, veía que lo que le ataba en realidad era el
pecado.
¿Se notaba que ese hombre era paralítico? Sí. ¿Se notaba que
era pecador? No. Todo el mundo podía darse cuenta que ese era un
paralítico, pero no todo el mundo podía darse cuenta que él era un
pecador. Entonces, hay males, o dolencias que se ven, y hay
dolencias y males que no se ven. Entonces Jesús enseñó a la gente
que sanar los pecados es más importante que sanar la parálisis, pero
que Dios puede con todo. .
Si volvemos a nuestro pasaje, vemos a un ciego que no ve; pero
no vemos que tiene pecado. Entonces, con lo que hemos aprendido
del pasaje del paralítico, lo más importante para Jesús es quitar el
pecado, lo más urgente, lo principal. Y ahora Jesús le pregunta al
ciego: ¿qué quieres que haga por ti? ¿Qué respuesta esperaría de
este ciego Jesús? Quizá empezamos a tener un poco de tristeza
interna cuando descubrimos que lo que le pide el ciego: "Que yo
vuelva a ver" (Mc 10, 51). ¿Y por qué pidió tan poquito? Es verdad
que para un ciego, ver, es mucho; pero en realidad es poquito.
Me explico y para hacerme entender, me voy a atrever cambiar
un poco la pregunta de nuestro Señor. ¿Qué tal que Jesús le
preguntara esto a este hombre y a ti?: "¿Hasta dónde quieres que
llegue en tu vida?" Eso es lo que Jesús le está preguntando. Lo
expresamos de otra manera: "¿Cuánto esperas recibir?" Cuando uno
cambia la pregunta de este modo, empieza a ver que la respuesta del
ciego, a pesar de que nos parece muy grande, en realidad era muy
pequeña.
"¿Cuánto esperas recibir de mí?" "¿Qué quieres que haga por
ti?" "¿Hasta dónde quieres que llegue en tu vida?" Lo que podemos
suponer es esto: Que Jesús veía las cosas de una manera, y el ciego,
a pesar de que estaba ciego, veía las cosas de otra manera.
Seguramente, Jesús, lo mismo que en la historia del paralítico que fue
bajado por el techo, seguramente, Jesús, veía en este hombre muchas
más cosas que necesitaban ser curadas, muchas más cosas que
necesitaban ser bendecidas, muchas más cosas que necesitaban ser
sanadas.
Nosotros, cuando nos miramos a nosotros mismos, miramos un
pedacito, un poquito, pero Jesús mira mucho. El hombre tenía en su
mente, en su corazón, una sola preocupación: recuperar su vista
física, que sus ojos fueran sanados, pero ese no era el único problema
que él tenía; por lo menos, no era el problema más grave.
La pregunta de Jesús ¿qué quieres que haga por ti? es una
pregunta bastante profunda.
Hay otro pasaje en la Biblia en que encontramos a Dios
preguntándole a alguien qué quiere. El Hijo de David, que le sucedió
en el trono, se llamaba Salomón. Este rey era muy joven cuando
subió al trono, y en un sueño se le apareció Dios, y le dijo algo
parecido a lo que Jesús le dijo al ciego. Dios le dijo a Salomón:
"Pídeme un deseo", "pide algo que quieras" (I Re 3, 5-9), y Salomón
pidió sabiduría, aunque la traducción primera y original dice:
"Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu
pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá
hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
Dios lo felicitó (I Re 3, 10-13): "Porque me has pedido eso y no
has pedido largos años, grandes victorias, o la muerte de tus
enemigos, yo te concedo esa sabiduría".
O sea que Dios le puede preguntar a uno a veces: "¿Qué
quieres que haga por ti? Y esa pregunta es muy peligrosa porque lo
deja a uno en manos de su propio deseo. Si tu deseo es santo y
perfecto, aleluya; pero si tu deseo es pobre, pequeño, mezquino, si tu
deseo se queda a corto plazo, vas a recibir muy poco.
Hay otro hombre que pidió mejor que el ciego este de Jericó.
Cuando Jesús estaba en la cruz, tenía a su lado dos ladrones que
habían sido castigados por sus muchos crímenes. Uno de los ladrones
criticaba a Jesús, lo injuriaba; otro, en cambio, le hizo una petición a
Jesús: "Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino" (Lc 23, 42). Es
muy interesante esta súplica, porque ese hombre que estaba
crucificado, y que estaba sufriendo espantosamente, lo que pidió no
fue: "Quítame este tormento",, sino que lo que pidió fue: "Acuérdate
de mí cuando llegues a tu Reino"; pidió algo que dura para siempre,
algo que nadie le puede arrebatar jamás. Quizá ahora ya entendemos
mejor que el ciego de Jericó pidió muy poquito.
El ciego de Jericó seguramente pensaba: "Con que yo recupere
la vista, yo con eso me defiendo", y así hay muchas personas que
dicen: "Con que yo consiga un buen marido, con eso me contento", y
el otro dice: "Con que yo consiga un buen préstamo del banco; un
buen trabajo, con eso yo arranco, con eso tengo para empezar", y el
otro dice: "Con que se me quite un poco como esta tontina que tengo,
como que se me quite esta depresión, y ya verá que yo me defiendo",
y el otro dice: "Con que se me quite este dolorcito que tengo en la
columna, se me quita este dolor, y yo con eso me defiendo".
"Jesús, me arreglas el problemita. Así le hablamos a Jesús.
¿Qué es lo que tú le vas a pedir a Jesús? Np conviene pedirle a
Jesús para unos minutos, para unas horas, para unos meses, para
unos años. Conviene pedirle a Jesús para la vida eterna.
Comenta Santa Catalina de Siena, refiriéndose a la escena de la
Anunciación, que Dios tocó a la puerta del corazón de María, y no
sucedió el milagro de la Encarnación, sino cuando Ella dijo: "Hágase
en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). La Encarnación sucedió en las
entrañas purísimas de María, pero sobre todo sucedió el centro, en la
intimidad, en lo más profundo del ser de María, y Dios le pidió
permiso a María para llegar a su centro.
Y Dios hoy te pide permiso para llegar a tu centro, "¿quieres
que te haga una reparación exterior? ¿O quieres que llegue al centro
de tu corazón?" Eso es la verdadera sanación.

¿Qué clase de efecto trae la obra de sanación de Cristo?


1) El asombro, la admiración. La gente dice: “nunca hemos visto
algo así”.
El asombro es importante porque eso hace que tu corazón y tu
mente se abra a un anuncio, a una realidad nueva. Una de las
características de la persona en pecado, de la persona enferma es: yo
soy así, qué me toca, el que me quiera, que me acepte. El asombro es
como un misil que revienta ese esquema cerrado, pesimista,
derrotista al que te llevó la enfermedad, al que te llevó la pobreza o la
cautividad, finalmente el pecado. El asombro es clave y por eso, una
de las características que debe tener la Iglesia es ser asombrosa,
tener la capacidad de impactar. Hay asombros que son externos y
asombros que son internos. Los asombros externos o de fachada –
creo yo- traen más problemas que soluciones. Pero los asombros
internos traen grandes bendiciones a la Iglesia. Eso sucede con la
historia de san Francisco de Asís o con Madre Teresa de Calcuta.
Cuando uno lee la vida de esta santita de Calcuta y se siente
interpelado de una manera o de otra, o bien tiene que drogar la
conciencia. Cuando san Ignacio de Loyola lee la vida de san Francisco
de Asís se dice: ¿por qué no puedo yo ser así?
Se cuenta de la vida de san Bernardo –que vivió cien antes que
san Francisco de Asís (1090-1153)- que él tenía un extraordinario
carisma de atraer a todos hacia sí. Amable, simpático, inteligente,
bondadoso y alegre, incluso muy apuesto, pues sabemos que su
hermana Humbelina le llamaba cariñosamente con el apelativo de
"ojos grandes". Durante algún tiempo se enfrió en su fervor y empezó
a inclinarse hacia lo mundano. Pero las amistades mundanas, por más
atractivas y brillantes que fueran, lo dejaban vacío y lleno de hastío.
Después de cada fiesta se sentía más desilusionado del mundo y de
sus placeres.
Una noche de Navidad, mientras celebraban las ceremonias
religiosas en el templo, se quedó dormido y le pareció ver al Niño
Jesús en Belén en brazos de María, y que la Santa Madre le ofrecía a
su Hijo para que lo amara y lo hiciera amar mucho por los demás.
Desde este día ya no pensó sino en consagrarse a la religión y al
apostolado. Un hombre que arrastra con todo lo que encuentra,
Bernardo se fue al convento de monjes benedictinos llamado Cister, y
pidió ser admitido. El superior, San Esteban Harding lo aceptó con
gran alegría.
San Bernardo volvió a su familia a contar la noticia y todos se
opusieron. Los amigos le decían que esto era desperdiciar una gran
personalidad para ir a sepultarse vivo en un convento. La familia no
aceptaba de ninguna manera. Pero Bernardo les habló tan
maravillosamente de las ventajas y cualidades que tiene la vida
religiosa, que todos quedaron asombrados porque ignoraban toda esa
riqueza, de manera que logró llevarse al convento a sus cuatro
hermanos mayores, a su tío y 30 compañeros de la Nobleza que
dejaron todo para unirse a Cristo. Dicen que cuando llamaron a
Nirvardo el hermano menor para anunciarle que se iban de religiosos,
el muchacho les respondió: "¡Ajá! ¿Con que ustedes se van a ganarse
el cielo, y a mí me dejan aquí en la tierra? Esto no lo puedo aceptar".
Y un tiempo después, también él se hizo religioso del Cister.
Antes de entrar al monasterio, Bernardo llevó a su finca a todos
los que deseaban entrar al convento para prepararlos durante varias
semanas, entrenándolos acerca del modo de cómo debían
comportarse para ser unos fervorosos religiosos. En el año 1112, a la
edad de 22 años, entra en el monasterio de Cister. Más tarde,
habiendo muerto su madre, entra en el monasterio su padre. Su
hermana Humbelina y su cuñado, de mutuo acuerdo decidieron
también entrar en la vida religiosa.
En la historia de la Iglesia es difícil encontrar otro hombre que
haya sido dotado por Dios de un poder de atracción tan grande para
llevar gentes a la vida religiosa, como el que recibió Bernardo. Las
muchachas tenían terror de que su novio hablara con el santo. En las
universidades, en los pueblos, en los campos, los jóvenes al oírle
hablar de las excelencias y ventajas espirituales de la vida en un
convento, se iban en numerosos grupos a que él los instruyera y los
formara como religiosos. Durante su vida fundó más de 300
conventos para hombres, e hizo llegar a gran santidad a muchos de
sus discípulos. Lo llamaban "el cazador de almas y vocaciones". Con
su apostolado consiguió que 900 monjes hicieran profesión religiosa.
Ahí tenemos la capacidad de asombrar desde lo interior.
2) Otra cosa que despertaba Cristo a su paso era la alegría. La
alegría es muy importante porque como dice Chesterton, en la
tristeza florece el pecado, es la tristeza como una especie de
enfermedad de la psyché humana. Como la tristeza es anormal,
cuando una persona está triste de manera prolongada empieza a
buscar consuelos, pues en el placer, en algún consuelo humano, en
sentirse grande por la fama, o busca encerrarse en alegrías que
hacen olvidar como el alcohol, o la droga, o ir a los prostíbulos. Con la
tristeza es muy fácil llegar al pecado. En cambio, la alegría es como
un blindaje contra la tentación. Tentar a una persona alegre es muy
difícil. Si una persona está gozosa en el Señor, como ya tiene lleno el
corazón, pues no es fácil hacerle buscar otros consuelos. Por eso
decía santa Catalina decía que cuando una persona está empezando
su vida espiritual, tiene miedo al demonio; pero cuando está muy
metida en la vida espiritual es el demonio quien le tiene miedo a ella.
Los milagros de Jesús producían alegría a los que curaba, pero lo
curioso de Cristo es que a muchos de los sanados, les dice: no se lo
digas a nadie. Cristo no quiere que la curación traiga bulla. “YO
necesito que, como no se lo vas a decir a nadie, vas a disfrutarlo
contigo mismo y ahí te encuentras con el Señor. Recuerdan aquel
pasaje del paralítico que estaba junto a la piscina de Betesda. Le dice
Cristo: “Mira”, es una expresión de pon atención, como cuando un
papá le dice a su hijo: Mira, no peques”. Cristo quiere que el milagro
nos e quede únicamente en milagro, quiere que nos lleve a
conversión. Por ahí podemos ir entendiendo lo que se dice en
Santiago 5, 14-15: 14 ¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los
presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en el
nombre del Señor. 15 La oración hecha con fe salvará al enfermo y el
Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será
perdonado. Ven. Sobre la enfermedad viene la oración de los
presbíteros y la unción sobre el enfermo, y esta oración hecha con fe
salvará al enfermo (recobrará la salud corporal) y si hubiera pecado,
salvará el alma. Eso quiere decir que los discípulos entendieron bien
la doctrina de Jesús. Cristo quería que nosotros vayamos más allá del
simple dato de la salud, pero de Él brota esa fuerza de sanación.
En el resto del Nuevo testamento encontramos una gran
presencia de la recuperación física y la restauración de la persona
humana en varios pasajes.
Especialmente hay que mencionar a san Pedro y san Pablo.
Hc 2 nos narra el pasaje de Pentecostés que viene a ser como
un nuevo comienzo, sobre todo para los discípulos. En el capítulo 3 de
Hechos nos narra la curación del paralítico que estaba junto a la
puerta llamada hermosa en el templo de Jerusalén.
Podemos leerlo así: después de contarnos san Lucas el pasaje
de Pentecostés, nos narra la curación de este paralítico. Luego le
llama la atención a san Luca lo que escribe en Hc 5, 15: La gente
sacaba los enfermos a las plazas, y los ponía en catres y camillas,
para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre
alguno. Con esto queremos decir que el poder de la sanción era un
elemento constitutivo de la evangelización primera. Y esto se repite
en la historia de los primeros evangelizadores de distintos lugares de
la Iglesia. Son famosas las curaciones de san Patricio cuando lleva por
vez primera el evangelio a Irlanda. Lo mismo sucede con santo
Toribio de Mogrovejo o san Martín de Porres. Cuando hemos estado
por esas tierras de Yauyos, se cuenta que santo Toribio de Mogrovejo
estuvo evangelizando esos lugares, especialmente en san Jerónimo
de Mas y Catahuasi. Se cuenta que esos lugares estaban infectados
de una enfermedad que llamaban de las verrugas que dejaba tullidos
a muchas personas. Y que santo Toribio fue atacado de eso y también
sus criados. Y teniendo que continuar su labor apostólica, le mandó a
sus criados que se apresuraran a recoger las cosas para poderse ir,
pero ellos no podían moverse de la cama por estar llenos de verrugas.
Entonces santo Toribio les impuso las manos y quedaron todos
curados, así como otros vecinos de la aldea. Eso produjo muchas
conversiones y cambios de vida en las gentes de aquel lugar. De los
milagros de san Martín ni hacemos mención porque sería inacabable.
3) sentir que Dios está cerca. La experiencia de estar enfermo
es muy desagradable. La enfermedad es como un huésped
indeseable que se ha quedado en mi vida. Yo quiero que se vaya,
pero no lo consigo. Cuando Jesucristo sana a tantas personas, cada
una siente que actúa el poder de Dios. Es algo realmente poderoso.
Es sentir que yo sí le importo a Dios. Con mucha frecuencia Jesús
tocaba a los enfermos. Este gesto no era indispensable para la
curación, pero Jesús lo usa muchas veces. El signo exterior
correspondía a la acción interior. Porque cuando una persona es
sanada, siente que Dios la está tocando. Esa experiencia de ser
tocado no se puede cambiar por nada. Es una experiencia que queda
grabada y es inolvidable. Pensemos en una persona que se cura de
un cáncer. Yo he conocido personas que se han curado con una
oración, personas que no podían mover uno de sus miembros. En
algunas ocasiones hemos podido escuchar testimonios de grupos de
oración en los que, tras un rato largo e intenso de oración, se
escuchan testimonios. Me explicaban el caso de un señor ya anciano,
de edad, con artrosis, no podía mover sus huesos, pero una noche
salió en medio de todos y ya podía. Los médicos ya no le daban
ninguna esperanza, pero Dios es más grande que los médicos. Piensa
lo que ha ocurrido en la vida de ese hombre. Si después él se
encuentra con un amigo que le presenta un libro muy grueso lleno de
razones para no creer en Dios, con todo lo que han dicho los ateos
más inteligentes del mundo, ese libro no significa nada para el señor
que ha sido curado, porque él ha experimentado en su propia carne el
obrar de Dios, cosa que vale más que cualquier argumento.
La Sagrada Escritura nos cuenta cosas parecidas cuando, por
ejemplo, el profeta Eliseo curó a Naamán el leproso. Era un pagano y
se lavó 7 veces en el río Jordán. Su enfermedad quedó aniquilada, por
lo que el sirio sacó una conclusión: no hay otro dios que el Dios de
Israel. La sanación que él experimentó le llevó a descubrir un Dios
cercano. Todo el paganismo que había aprendido desde niño cayó por
tierra. Por eso decimos que la sanación es muy poderosa para la
Evangelización. LO mismo debemos decir del ciego de nacimiento
sanado por Jesús, relato que narra el evangelio de san Juan (cap. 9). A
aquel ciego no le sirven los argumentos de los fariseos, sino el gesto
de nuestro Señor.
4) muestra que el bien es más fuerte que el mal. Esto se nota
especialmente cuando la persona se cura de lo que parecía imposible
curarse. Podemos decir que la sanación es un testimonio de la
soberanía de Dios. Se dice que el lema del Arcángel san Miguel es
“Quien como Dios”. Y esa es la experiencia que tiene la persona que
se sana. No hay Dios como Dios. Y esa grandeza del poder de Dios
facilita la fe. Por eso la sanación ayuda la Evangelización.
5) Con mucha frecuencia las personas que se curan son las más
pobres. Las personas más humildes suelen tener una fe más pura.
Fácilmente podemos darnos cuenta, si acudimos a reuniones de
oración y sanación que las llaman, que la mayoría de los que allí
acuden, son muy pobres. No tienen el dinero ni los recursos para
buscar ayuda. El capítulo del Evangelio según san Lucas dice que
Cristo ha venido a dar la buena noticia a los pobres. Eso se cumple
especialmente en la sanación.
6) El valor simbólico que tienen las sanaciones. El Evangelio nos
cuenta el ejemplo de un paralítico que fue llevado por cuatro amigos
hasta la casa adonde estaba Jesús predicando. Como había tanta
gente reunida, no podían acercar el enfermo a Cristo. Tuvieron que
quitar una parte del techo. Cuando finalmente el paralítico estuvo
delante de Cristo, lo primero que le dijo nuestro Señor fue: tus
pecados están perdonados. Observemos cómo este hombre, que era
paralítico en su cuerpo, era pecador en su alma. La gente se extraña
de que Jesús perdone pecados, pero cuando sucede la sanación física
sirve de señal de la obra espiritual que Cristo realiza. Lo mismo se
nota en el caso de la curación de leprosos. La lepra era como una
imagen del pecado porque la lepra destruye a la persona poco a
poco, la incapacita para vivir como persona humana y según la ley de
Moisés, la aísla de los demás. Cristo vence a la lepra. La persona
curada de su enfermedad puede volver a su vida normal, puede
integrarse de nuevo a su familia. El milagro físico es como una señal
de la obra espiritual. Por eso decimos que la 5° ventaja de la sanación
es que lo exterior sirve de señal para lo interior.
Una vez analizado todo esto conviene hacernos una pregunta:
¿por qué al comienzo del Evangelio hay tantos milagros y a medida
que avanzamos las páginas del Evangelio hay menos y menos
milagros? ¿Por qué Cristo dejó de hacer sanaciones? Si hay tantas
ventajas en la sanación ¿por qué dejó de hacerlas Cristo? Es una
pregunta interesante y difícil. Para responder tenemos que hablar de
las desventajas, porque lamentablemente no todo son ventajas.
1. DESVENTAJAS DE LA SANACIÓN.
En el Evangelio encontramos este pasaje. En un cierto momento
Jesús se queja de la respuesta de la gente. Jesús se queja de algunas
ciudades donde había hecho muchísimos milagros. En este momento
recuerdo las poblaciones de Corozaín y Betsaída. Jesús compara esas
ciudades con ciudades paganas. Las ciudades paganas de Tiro y de
Sidón. Y Jesús dice que las ciudades paganas hubieran respondido
mejor. Por eso tenemos que preguntarnos qué falló.
Ciertamente Jesús no falló. Él se entregó con un amor sin límites
a curar muchísimas personas. Eran jornadas muy pesadas.
Probablemente cientos de personas cada día. ¿No se suponía que
todas esas personas debían convertirse? Ahí es donde está el
problema: A veces queremos sanarnos y no queremos convertirnos. Y
si preguntamos por qué sucede así, hay una respuesta. Sanarse es
como recuperar la integridad de mi cuerpo y de mi vida. Pensemos en
una persona paralítica. Cuando esa persona es curada ahora ya
puede moverse. Ha recuperado la integridad de su cuerpo. Pero hay
un problema: ahora que puede moverse, ¿adónde va a ir? Lo mismo
sucede con el que se cura de la ceguera. Ahora sus ojos ven. ¿Para
qué los vas a usar? O cuando un mudo recupera la palabra. Ahora que
ya puede hablar ¿qué era todo lo que querías decir? Es decir: la
sanación nos da nuevas posibilidades. Esto se nota especialmente en
la sanación física. Pero luego veremos que también sucede en la
sanación interior. La sanción te da nuevas posibilidades, pero ¿qué
pasa con tu corazón? Es decir: ¿cómo vas a usar esas nuevas
posibilidades?
En los Evangelios encontramos indicaciones de cuál era la
intención de Cristo. Por ejemplo, curó a un endemoniado en Gerasa.
Agradecido, el endemoniado quería seguir con Cristo, pero Él le dijo:
más bien quédate a dar testimonio a tu familia. Se ve que para Cristo
la curación era el comienzo de una vida de testimonio.
Hay otro pasaje muy interesante. Lo recordamos muy bien: los
10 leprosos. Diez leproso le pidieron la curación a Cristo y Cristo los
curó. Luego los envió para que dieran testimonio a los sacerdotes.
Sólo uno de los diez volvió donde Cristo. Es interesante resaltar lo que
destaca Cristo de ese acto. Usualmente se ve este pasaje como un
elogio de la gratitud, como una manera de animarnos a ser bien
agradecidos; pero la frase de Cristo es distinta. Cristo habla de darle
la gloria a Dios. Lo que le llama la atención a Cristo de ese acto es
que ese leproso curado le da la gloria a Dios. Se ve que para Cristo
este es el orden apropiado de las cosas. Ahora que he sido curado, le
doy la gloria a Dios con mi vida y me dedico a dar testimonio.
Lamentablemente eso sucedió muy pocas veces.
Jesús trataba de que la gente percibiera el significado de los
milagros, que no se quedaran únicamente con la curación, que
entraran en sí mismos para descubrir a un Dios bondadoso. No te
quedes en los milagros de Dios. Quédate con el Dios que hace esos
milagros. Eso era lo que Jesús quería, pero con mucha frecuencia la
gente se queda sólo en los milagros.
Cuando las personas se concentran solo en los milagros,
pueden llegar incluso a promocionar en sí una mentalidad prodigiosa
o mágica, o a cambiar de religión. Eso lo hemos visto en algunas
personas. Hay gente que escucha que en grupos protestantes se dan
muchos milagros y se van a esos grupos a buscarlos. En ese caso, los
milagros no sirven para la Evangelización, sino al contrario. No es que
los milagros sean malos, sino que si uno se queda solamente con los
milagros, si uno se concentra únicamente en curarse, no llega a una
verdadera conversión. Esa es la desventaja principal de la sanación.
Hay otra desventaja más sutil. Yo he conocido personas que se
vuelven adictas a la sanación. Hay gente que le debe mucho a la
Renovación carismática y viven agradecidos con ese movimiento. Y
asisten a muchas reuniones de los Carismáticos católicos. Pero luego
me han contado que muchísimas personas se vuelven adictas a la
sanación. Siempre tienen que estarse curando de algo. A veces hay
una dimensión psicológica en esto. Cuando una persona busca
sanación, también busca que le pongan cuidado, que le presten
atención. Así como hay niños que hacen tonterías para llamar la
atención de los papás, pasa también que hay personas inmaduras
emocionalmente que se pasan la vida entera de sacerdote en
sacerdote para que terminen de curarlos de todas sus dolencias, o
para que los liberen de maleficios y cosas que les han hecho los
brujos, o para que les liberen de sus traumas de la infancia. Se pasan
toda la vida curándose. Yo creo que cuando terminen de curarse se
van a morir. Por eso decimos que son adictos a la sanación.
Por ejemplo: la gente compara entre sacerdotes. Cuando vino
tal padre oró por mí. Su oración fue poderosa y me caí. Luego vino
otro padre y también oró por mí. Me caí y reboté. Esa manera de
obrar no le da la gloria a Dios. Uno ve que es un pretexto para atraer
la atención de otras personas, sobre todo la atención de sacerdotes.
Por eso hay desventajas, no en la sanación, sino en la manera de
recibirla.
Hay otro problema con la sanación: el último que queremos
mencionar. Cuando era niño encontré en una biblioteca un libro muy
antiguo de religión. Un libro que se veía utilizado, seguramente por el
dueño de esa biblioteca. Un libro muy bien escrito, sobre todo llevaba
muy bien ordenadas las cosas. El autor era un sacerdote que tenía
enorme amor a la Iglesia católica. Me gustaba sentir en las páginas
de ese libro ese amor. Porque así como cuando una persona habla se
le nota el amor, así también se nota muchas veces en lo que
escribimos. Pero hubo una cosa que no me gustó. Este sacerdote
quería defender a toda costa a la Iglesia católica. Escribía con mucha
fuerza y mucho entusiasmo, pero sus argumentos, a veces, no eran
los mejores. Por ejemplo: en cierto lugar estudiaba el tema de la
sanación. Propiamente hablaba de curaciones y milagros. La palabra
sanación no era tan frecuente antes. Se usaba más los términos de
milagros y curaciones. Y la pregunta que se intentaba resolver era
esta: ¿por qué suceden tan poquitos milagros hoy en día? La
respuesta que daba el sacerdote era que los milagros eran necesarios
únicamente para dar el primer cimiento de la fe. Como diciendo que
para los primeros cimientos de nuestra fe Católica se necesitaban
milagros, pero que ya después no se necesitan. Yo creo que ese
argumento es insuficiente. Yo creo que un buen milagro nunca viene
mal. Las ventajas de las que hemos hablado siguen siendo válidas
hoy. Hay personas que han cambiado para siempre su vida.
Pensemos en Alexis Carrel. Sintieron que Dios tocaba su historia y su
vida con amor. Me contaron el caso de una niña de Bolivia que tenía
un problema de asma y quedó completamente curada en una Misa.
Había pasado gran parte de su infancia sufriendo el asma con muchos
tratamientos y medicinas. Cuando regresó a su casa, ya curada, no
necesitaba absolutamente nada. Su juventud cambió por completo. El
sacerdote que me explicaba esto había seguido la historia de esta
joven. En diez años no había tenido que tomar ninguna medicina
contra el asma. No podemos negar el poder de evangelización que
esta historia tiene. Esta joven entregó su vida a la Iglesia como laica
comprometida. Después de tener tantos problemas de respiración,
ahora sirve a la Iglesia con el canto. No debemos ser escépticos ni
pensar que, para madurar en la fe, debemos creer menos en los
milagros. Nuestro Señor dice que debemos ser como niños y los niños
se gozan confiando en el amor del papá. Nuestro padre Dios se
preocupa por todo lo que soy. ¿Acaso juzgaríamos bien a una madre
que no se preocupara por la salud de una madre? El amor de una
madre es integral. Una buena mamá quiere la salud física,
psicológica, espiritual…. Toda forma de salud la quiere para su hijo.
Así es Dios para con nosotros. Recuerda lo que dice el profeta Isaías:
aunque una madre se olvide del hijo de sus entrañas, yo jamás me
olvidaré de ti (Is 49, 15). Y dice con mucha ternura que nuestro
nombre está escrito en la palma de su mano. Todo cristiano tiene
derecho a apropiarse de ese texto. Es bueno que sepas que tu
nombre está escrito en la mano de tu Dios.
Pero vamos a hacernos una pregunta: ¿por qué dice que está
escrito en la mano y no en la frente o en el corazón? Si lees el Antiguo
testamento uno se puede dar cuenta de una cosa: siempre que se
refiere a la mano o al brazo es para referirse al modo de actuar. Por
ejemplo se dice que Dios extendió su brazo que es una manera de
decir que entró en acción. Si mi nombre está escrito en la mano de mi
Dios es porque Él ya está obrando y siempre quiere obrar en mi vida.
Esta relación de ternura de Dios es muy propia de nuestra fe. No
existe nada parecido en ninguna de las grandes religiones del mundo.
A veces los musulmanes se acercan a nuestro lenguaje. Pero para
ellos la ternura de Dios está reservada solo para los musulmanes.
Nosotros creemos que derrama su ternura, incluso sobre aquellos que
le ofenden. Si de verdad tenemos esta fe ¿cómo podemos dudar de la
sanación que Dios nos regala? No hay razón para dudar de Él. No hay
razón para dudar de que quiere, sabe y puede obrar en nosotros.
Estos tres verbos los usa mucho santa Catalina: Dios quiere, sabe y
puede obrar en nosotros.
Querer es propio de la voluntad y del amor, y corresponde al
Espíritu Santo.
Saber tiene que ver con el acierto y la verdad, y tiene que ver
con el Hijo.
Poder tiene que ver con el Padre.
Todo el Misterio Trinitario tiene que ver con nuestra existencia.

Hay que evitar el extremo de los que son adictos a la sanación y


hay que evitar el extremo de los que son escépticos a la sanación. No
queremos ser ni adictos ni escépticos. Queremos una actitud
equilibrada. ¿En qué consiste ese equilibrio? Ante todo consiste en
reconocer que Dios es Señor.
El Papa Benedicto tiene una enseñanza muy importante sobre
los milagros físicos. Dice: Si negáramos que Dios puede hacer
milagros físicos, estaríamos diciendo que Dios no es Señor de la
materia. Precisamente porque Él es Señor de cielos y tierra,
precisamente porque su Soberanía abarca todo lo material, no tiene
nada de extraño que sucedan esos milagros. No somos nadie para
ponerle límites al poder de Dios.
Así que el punto de partida es reconocer que esta clase de
curaciones es posible. Aún más: debemos reconocer que las
necesitamos. Muchas veces nuestra vida está bloqueada por traumas,
enfermedades o problemas. No tiene nada de extraño que un hijo le
ruegue a su papá. Y no tiene nada de extraño que el papá le responda
al hijo. Esta sanación debe ser un encuentro con el amor de Dios. Lo
importante no es tanto lo que sucede, sino de quién lo recibimos.
Todo milagro debe ser una oportunidad para unirnos mucho más a
Dios y una ocasión para aprender a dar más testimonio.
Otro punto a tener en cuenta es el siguiente: siempre habrá
cosas que pueden mejorar en nuestra vida. No debemos esperar a
estar perfectos para empezar a trabajar. Recuerda el capítulo décimo
de san Mateo. Jesús envía a sus discípulos a predicar. Eran
terriblemente imperfectos, egoístas, envidiosos, mentirosos,
orgullosos, vanidosos, perezosos; pero Jesús ya les puso un pequeño
trabajo. Hay que irse sanando e ir trabajando a la vez. El camino
cristiano no consiste en sentarse y esperar a estar perfecto. Como
pensando: cuando ya sea perfecto voy a empezar a trabajar. Porque
eso sería ser un perfecto inútil. A medida que nos vamos sanando,
vamos dando testimonio. Somos imperfectos y lo sabemos.
Necesitamos sanación y lo sabemos. Pero mientras van llegando los
regalos de Dios, ya ponemos a trabajar los regalos que Él mismo nos
ha dado.
Además hay algo muy importante con lo que vamos a terminar.
No pensemos que todas las sanaciones suceden en momentos de
oración. A veces Dios nos sana con el amor que damos a otros. He
conocido muchas personas que tuvieron una infancia triste. Por
supuesto, esto les ha dejado heridas emocionales. Y se han sanado de
muchas de estas heridas no sentándose a esperar que Dios haga
todo; amando, sirviendo y ayudando a otros se han convertido en
tubos que transportan el amor de Dios. Recuerda lo que hemos oído
en un Evangelio. Jesús dijo: dad y se os dará. Eso hay que tomarlo en
serio. A medida que vamos entregando amor, vamos recibiendo
muchísimo más amor. Y ese amor también sana.
En nuestra siguiente charla vamos a hablar específicamente de
la sanación interior. Pero quiero que ya quede claro una cosa: esa
sanación siempre supone amor a Dios y al prójimo. La sanación
interior no es cerrarme en mí mismo para que cuando yo esté curado
pueda amar a otros. Dios nos va sanando y nos va convirtiendo en
instrumentos de sanación.
Por eso el Catecismo de la Iglesia nos enseña:
1503 La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus
numerosas curaciones de dolientes de toda clase (cf Mt 4,24) son un
signo maravilloso de que "Dios ha visitado a su pueblo" (Lc 7,16) y de
que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder
para curar, sino también de perdonar los pecados (cf Mc 2,5-12): vino
a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los
enfermos necesitan (Mc 2,17). Su compasión hacia todos los que
sufren llega hasta identificarse con ellos: "Estuve enfermo y me
visitasteis" (Mt 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos
no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy
particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y
en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por
aliviar a los que sufren.
Quizá, después de toda esta reflexión, llega el momento de
resumir conceptos, como lo suele hacer un catecismo, a base de
preguntas y respuestas:

1 - ¿QUÉ ES LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS?


Dios Padre nos ama tanto que ha querido dejarnos un
sacramento especial para cuando nos acercamos a esos momentos
tan difíciles para cualquier persona: la enfermedad grave y la muerte.
La unción de los enfermos es el sacramento que da fuerza, ánimo y
consuelo a una persona enferma y la prepara, si es necesario, para
una santa muerte.
2 - ¿CUÁNDO EMPEZÓ LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS?
Los Santos Padres han visto un anuncio anticipado del
sacramento de la Unción de los Enfermos en el texto de Marcos 6,
12-13, el cual dice que los Apóstoles, enviados por Cristo a misionar
por la Galilea, y en conformidad con sus instrucciones, predicaban la
penitencia, arrojaban muchos demonios y ungían con óleo a muchos
enfermos y los curaban.
Lo interesante de este texto es que está inserto en la primera
misión de Jesús, en la que se destaca el tema de la conversión y la
curación espiritual mediante la expulsión de los demonios. Añade a
este ministerio el de la unción con óleo a los enfermos. Nos movemos
en un ambiente, en el que se percibe la enfermedad en estrecha
conexión con el pecado, y la salvación se espera de forma milagrosa,
como remedio para el mal. En este contexto religioso, el servicio
hecho por los discípulos se presenta como acontecimiento milagroso
de gracia y curación en la doble perspectiva de curación física y
espiritual. No parece que haya que ver en este pasaje la institución
del sacramento de la unción, aunque represente el precedente
evangélico más ejemplar de la unción , a la que la Iglesia llamará
sacramento.
Pero es en la Carta de Santiago donde se ha visto la
promulgación de este sacramento, según las enseñanzas de la
Iglesia, sobre todo las del Concilio Tridentino. Después de exhortar a
la fortaleza en las pruebas, mediante la paciencia y la oración, añade:
«¿Está afligido alguno entre vosotros? Ore. ¿Está de buen ánimo?
Salmodie. ¿Alguno entre vosotros enferma? Haga llamar a los
presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con óleo en el
nombre del Señor, y la oración de la fe salvará al enfermo y el Señor
le hará levantarse y los pecados que hubiere cometido le serán
perdonados» (Sant. 5, 13-15).
El apóstol alude en este texto a un rito usual en tiempo de
Cristo, al que Él dio un contenido nuevo del que carecía hasta
entonces. El rito es muy sencillo: oración y unción con óleo; gracias a
él, el enfermo curará. Esta curación no es ni sólo corporal ni sólo
espiritual sino integral, es decir: se refiere a la salud del hombre
completo, destinado a la plenitud de Dios. La salud debe entenderse
en sentido amplio: la oración de la fe y la unción concederán a cada
uno lo que aquí y ahora es salud para él. Para unos, la salud puede
ser la curación de la enfermedad; para otros, la muerte temprana.
El verdadero bien es llegar al Señor, poseer el reino de Dios. Si
la consecución de este bien exige el aplazamiento de la muerte, Dios
la aplazará. Por tanto, la oración y la unción no obran sólo ni
primariamente la salud del cuerpo, sino el bien sobrenatural del
hombre completo unido a Cristo. A este bien pertenece también el
perdón de los pecados, si existen.
También conviene anotar que se trata de una enfermedad de
relativa importancia, que impide al enfermo salir de casa, pues hace
llamar a los presbíteros. Es curioso resaltar el hecho de que el
término utilizado para designar la enfermedad (asthenein) se
encuentra 68 veces en la versión griega del Antiguo Testamento y
sólo 5 veces tiene el sentido literal de padecer una enfermedad, y sin
ninguna referencia a la gravedad; en la práctica totalidad de los casos
significa debilitamiento, decaimiento, angustia, desolación 4. En el
Nuevo Testamento aparece 33 veces y en 19 hace referencia al
estado de enfermedad, pero cuando quiere indicar enfermedad de
muerte lo especifica de alguna manera 5. El segundo término —kamnó
— indica, en el griego clásico, el cansancio del trabajo, hacer algo con
esfuerzo, caer enfermo y, en plural, designa a los muertos. En la
versión de los LXX se usa cuatro veces 28, y en el Nuevo Testamento
sólo aparece en el texto de Santiago (5,14-15) y en Hb 12,3. De este
breve estudio se desprende, como hemos dicho, que ninguno de los
dos términos -enfermedad, enfermo- implica una enfermedad con
peligro inmediato de muerte, aunque suficientemente grave, de modo
que el enfermo no pueda desplazarse, y sea necesario llamar a los
presbíteros, para que oren por él (v. 14). Si comparamos el término
«enfermo» del v. 14 y 15 y tenemos en cuenta la utilización y sentido
del v. 15 -estar cansado, sufrir, estar agotado- parece deducirse que
se trata de una enfermedad grave, con repercusión psíquica y moral,
que afecta al hombre entero.
Los presbíteros, de que habla la carta, son los responsables de
la comunidad, elaboran una función “en nombre del Señor”. La
intervención de los presbíteros es doble: en primer lugar orar sobre el
enfermo y por este sobre se entiende con imposición de manos sobre
el enfermo; y, aunque no se expresa en qué consistía, se entiende
que se trataba de pedir fortaleza y curación. En segundo lugar, ungen
con óleo -aceite de oliva- al enfermo, cuya finalidad religiosa aparece
porque se hace «en el nombre del Señor», significando su presencia
que actualiza la salvación por la fuerza de la invocación de su
nombre. Ambos datos han de realizarse como una «oración de la fe»,
tanto por parte de los presbíteros como de los enfermos. Esa oración
y esa unción tienen como efectos un alivio del enfermo y un perdón
de sus pecados. Nos hallamos claramente con todas las
características de un sacramento: signo sensible (materia: unción;
forma: oración) y efectos espirituales (perdón de los pecados) sin que
se desdeñen en ese caso los corporales (alivio).
Con estas palabras, Santiago pone de relieve la eficacia
sacramental del rito: el perdón de los pecados y la salud corporal son
producidos por un acto que en sí mismo no tendría eficacia ni para
una ni para otra cosa, si Dios no se la hubiera dado.

LA DOCTRINA Y LA PRAXIS LITÚRGICA DE LA TRADICIÓN

4
Cfr.2 R 13,4; 2 Cro 28,15; Sal87,10; 104,37; Dn 8,27. Cfr. Stahlin G„ «ast- henes»,
GLNTI, pp. 1303-1312.
5
Cfr. Jn 4,46; Flp 2,26; Hch 9,37.
La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos,
existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los
atribulados por la enfermedad: la unción de los enfermos. Este
sacramento se considera al principio como un rito completivo de la
penitencia, por eso los Padres insisten más en ella que en su
complemento. El lugar propio para el desarrollo de este sacramento
sería el comentario a la carta de Santiago, pero son escasos esos
comentarios y se han perdido los de Clemente y Cirilo de Alejandría,
así como los de Dídimo y san Agustín. La tradición de los primeros
siglos se contiene especialmente en la praxis de la unción de los
enfermos y en las fórmulas para la bendición del óleo en la liturgia de
la Iglesia y en los testimonios explícitos sobre este sacramento.
Podemos dividir la historia de la praxis eclesial latina en tres grandes
períodos:

1. Desde la época apostólica hasta la época carolingia


En este primer período se distingue el momento de la bendición
del óleo, que se identifica con el sacramento, y el de su aplicación al
enfermo. Esta bendición, hecha por el obispo al final del canon de la
misa, invoca al Espíritu Santo para que se pose sobre el óleo y lo llene
de su fuerza de curación y de gracia. Es un sacramento para los fieles
o bautizados; no para los catecúmenos, ni tampoco para los
penitentes. Los fieles, que recogieron el óleo bendecido, son
frecuentemente los mismos que lo aplican, al menos en Occidente,
durante los cinco primeros siglos y no se limita su utilización a los
casos graves. En la Galia se añade la imposición de las manos. En
cuanto a los testimonios, recordemos las diferentes fórmulas de
bendición: la Tradición apostólica de San Hipólito (c. 215) recoge este
texto sobre la unción de los enfermos: «Oh Dios, Tú santificas el
aceite y lo das para la santidad de aquéllos que lo usan y lo reciben.
Por medio de él Tú has conferido la unción a los reyes, a los
sacerdotes, a los profetas; haz que también este aceite dé fuerza a
los que de él gusten y salud a los que lo usen». Lo mismo testimonian
la tradición romana, la galicana, la milanesa y la visigótica.
Encontramos explicaciones catequéticas –podríamos decir- de la
administración de este sacramento en el siglo III en escritos de
Orígenes que explican el texto de Santiago en este sentido. San Juan
Crisóstomo, en su tratado del sacerdocio, alude varias veces a la
Unción de los Enfermos realizada por los sacerdotes, a quienes
considera ministros propios. En una homilía sobre el Evangelio de San
Mateo, al comparar la Iglesia con una casa privada, dice: «¿Qué hay
aquí que no sea grande, que no sea tremendo?; pues esta mesa del
altar es mucho más honorable y más suave que la tuya; y esta
lámpara, más que la tuya. Esto lo saben bien todos aquellos que,
mediante la fe, ungidos tempestivamente con aceite, han sido
librados de sus enfermades».
San Cirilo de Alejandría († 444) alude también en varias
ocasiones al texto de Santiago, relacionándole con los enfermos. Lo
mismo ocurre con San Hilario de Poitiers (c. 315-366) y San Ambrosio
(333-397).
Pero el testimonio más explícito es el del Papa Inocencio I en la
Carta que escribió, en el 416, al obispo de Gubio, Decencio, como
respuesta a las cuestiones que le había presentado:
«No hay duda de que el pasaje de Santiago (5,13-16) debe
tomarse o entenderse de los fieles que están enfermos, los cuales
pueden ser ungidos con el sagrado aceite de la unción, que, hecho
por el obispo, pueden usar no sólo los sacerdotes, sino también todos
los cristianos en necesidad propia o de los suyos. Por lo demás,
vemos que se ha introducido una cuestión vana, cual es dudar de que
el obispo pueda hacer lo que es lícito a los presbíteros. Porque, si se
dice a los presbíteros, es porque los obispos, impedidos por otras
ocupaciones, no pueden acudir a todos los enfermos. Por lo demás, si
el obispo puede o cree conveniente visitar por sí mismo a algunos, sin
duda alguna puede bendecir y ungir con la unción, puesto que puede
consagrar el Crisma».
Para entender bien estos textos hay que tener presente que
desde muy antiguo era praxis habitual que los fieles llevasen a sus
casas óleo bendecido para realizar unciones en determinados casos,
como la enfermedad. Sin embargo, sólo era un rito verdaderamente
sacramental cuando los presbíteros y, por supuesto, los obispos,
ungían a los enfermos.
San Cesáreo de Arles (c. 470-543) tiene un texto de gran
belleza: «Siempre que ocurra alguna enfermedad, que reciba el
Cuerpo y la Sangre de Cristo el que está enfermo y que unja su
cuerpo débil, para que en él se cumpla aquello: ¿Enferma alguno... ?
Mirad, hermanos: el que en la enfermedad se acogiere a la Iglesia,
merecerá recibir la salud corporal y el perdón de los pecados».
El Eucologio de Serapión de Thumis, en Egipto (siglo IV),
contiene tres fórmulas relativas al aceite de los enfermos.
Las dos primeras se refieren a la bendición del aceite, que tenía
lugar en la celebración eucarística, después de la bendición del
pueblo una vez terminada la acción de gracias por la comunión
eucarística. La tercera parece que se recitaba en el momento de la
misma unción al enfermo. He aquí los textos:
«Oración por la ofrenda del aceite y del agua: Bendecimos en
nombre de tu Hijo Único, Jesucristo, estas ofrendas; invocamos sobre
el aceite y sobre el agua, al que sufrió, fue crucificado y resucitó y
está sentado a la diestra del Dios increado: concédeles la virtud de
curar, para que alejen toda fiebre, todo demonio y toda enfermedad.
Que lleven a quienes las reciban, en nombre de tu Hijo,
Jesucristo, curación y salud; por El te sean dadas gloria y poder en el
Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén».
Imposición de las manos después de la bendición del agua y del
aceite: «Dios de verdad, que amas a los hombres, guarda a tu pueblo
en la comunión del Cuerpo y de la Sangre; conserva vivos sus
cuerpos y puras sus almas.
Concede tu bendición para guardarlos en tu comunión,
asegúrales la fuerza de la Eucaristía, únelos en la alegría y haz de
ellos elegidos, por tu Hijo único, Jesucristo, en el Espíritu Santo, ahora
y por los siglos de los siglos. Amén».
«Oración por el óleo de los enfermos, el pan y el vino: Te
rogamos a Ti, que posees toda fuerza y todo poder, Salvador de todos
los hombres, Padre nuestro Señor y Salvador Jesucristo: te
suplicamos que un poder de curación se difunda sobre este aceite
desde el Cielo de tu Hijo Único; que quienes reciban la unción o
participen de estos elementos sean liberados de todo mal y de toda
enfermedad para triunfar sobre toda potencia satánica, alejar todo
espíritu impuro, expulsar todo espíritu malo, extirpar toda fiebre,
temblor y debilidad, conceder la gracia y la remisión de los pecados,
recibir el remedio de la vida y la salvación, procurar la salud y la
integridad del alma, del cuerpo y del espíritu y la plenitud de la
fuerza.
Que toda empresa diabólica, Señor, todo poder satánico, toda
emboscada del Adversario, toda plaga, todo suplicio, toda pena,
golpe, choque o sombra mala teman tu nombre, que invocamos, y el
nombre de tu Hijo Único. Que se alejen del interior y del exterior de
tus servidores, para que sea santificado el nombre del que por
nosotros fue crucificado y resucitó, asumió nuestros males y nuestras
enfermedades, Jesucristo, que vendrá a juzgar a los vivos y a los
muertos.
Por Él te sean dados gloria y honor, por los siglos de los siglos.
Amén».
Después del siglo XI la reflexión teológica comienza por
comprender el sentido de este sacramento e intenta integrar en
síntesis coherente los diversos elementos dispersos en cuanto a los
destinatarios y a los efectos que descubren en el estudio de los datos
positivos anteriores. Autores como Pedro Lombardo y san Alberto
Magno se pronunciaron por el principio de que la unción es el
sacramento propio de los moribundos. Para san Buenaventura debe
administrarse en el momento de la muerte, porque perdona el último
pecado venial cometido durante la vida e introduce en la gloria.
También santo Tomás considera el sacramento como el último
remedio que la Iglesia puede ofrecer.
A partir del siglo XIII tienden a unificarse los distintos rituales
de las iglesias locales, buscando un tipo único para todos. Se
considera la unción como el sacramento consummativum totius
spiritualis curationis, cumplimiento de toda la vida cristiana
(penitencia, viático y unción) en analogía con los ritos de la iniciación
y con ello, se convierte en la extrema unción. Por eso la primera
teología de este tiempo se limita a una visión casi exclusivamente
penitencial y de disposición a la muerte. Desde el primer momento, la
unción aplicada por los sacerdotes -no la de los laicos- aparece como
uno de los sacramentos. En el siglo XII se atribuye casi
unánimemente su institución a los apóstoles; en cambio, ya en el XIII,
santo Tomás tiene como más probable que fue Cristo quien lo
instituyó, aunque su promulgación se deba al apóstol Santiago.
Sobre la materia no había duda: es el óleo, cuya fuerza
sacramental proviene de la consagración por el obispo.
Como fórmula sacramental, cuya diversidad no era desconocida
del santo, se empleaba tanto la deprecativa como la indicativa.
Determinar los efectos del sacramento llevó consigo más dificultades,
porque algunos autores dudan en considerar la curación como efecto
y la atribuyen sólo a la oración de fe. En cambio la mayoría de los
autores medievales consideraban como efecto del sacramento la
remisión de los pecados y, para algunos, se trataba de un aumento
de la gracia, de una gracia especial del Espíritu, de una preparación
para la visión beatífica. Para santo Tomás, el efecto no consistía en el
perdón de los pecados, porque ese efecto es propio del bautismo y de
la penitencia, sino que se trata más bien de que este sacramento
concede al enfermo el apaciguamiento de todos los obstáculos para
poner los actos propios de la vida espiritual, superando el
decaimiento que produce tanto el pecado original como el personal, y
así poder entrar en la gloria. Por tanto, la gracia de la unción consiste
en curar la debilidad espiritual del cristiano, agravada aún más por la
enfermedad.
El pensamiento de santo Tomás fue recogido por el concilio de
Florencia, que propone la extremaunción como uno de los siete
sacramentos (DH 1310.1311.1324-1325). Al parecer dada la manera
de hablar de los teólogos vemos que el nombre del Sacramento va
cambiando, de unción pasa a extremaunción, es decir lo último que la
Iglesia puede ofrecer al enfermo de gravedad, previo a la muerte.
Más que enfermo, moribundo.
El concilio de Trento ofrece la doctrina sobre la extremaunción
en la sesión XIV junto a la penitencia, de acuerdo con la lógica que
interpretaba la unción de enfermos como «consumativo no sólo de la
penitencia, sino también de toda la vida cristiana, que debe ser
perpetua penitencia». Lutero y los reformadores dicen que en el
evangelio no consta la existencia de este sacramento, y se extraña
del cambio que la Iglesia ha realizado con la interpretación del texto
de Santiago, dado que «ni la forma, ni su aplicación, ni el efecto, ni el
fin perseguido se compaginan con nuestro sacramento» 6. De hecho
Santiago propone una unción general para todos los enfermos y no
sólo para los moribundos y en función simplemente de que alcance la
salud. Se trata, en definitiva, de un consejo del apóstol, tomado del
evangelio de Mc 6,13 y que atribuye la curación a las oraciones.
Las enseñanzas conciliares, propuestas frente al pensamiento
protestante, fueron reducidas a las cuatro siguientes:
a) Es un sacramento instituido por Cristo, insinuado en Mc 6,13
y promulgado en el texto de Santiago 5, 14-15 39.
b) Materia del sacramento es el óleo bendecido por el obispo,
que expresa la gracia interior del Espíritu Santo; la forma es la
6
Lutero,De captivitate babylonica,WA,VI,Weimar 1888,pp. 570-571.
fórmula tradicional: «Por esta santa unción y su piadosísima
misericordia te perdone el Señor lo que por medio de las manos (se
nombraba la parte del cuerpo ungida) pecaste»,
c) La gracia de este sacramento es «gracia del Espíritu Santo
cuya unción limpia las culpas si alguna queda aún por expiar, y las
reliquias del pecado, y alivia y fortalece el alma del enfermo,
excitando en él una gran confianza en la divina misericordia por la
que, animado el enfermo, soporta con más facilidad las
incomodidades y trabajos de la enfermedad, resiste mejor a las
tentaciones del demonio, que acecha a su calcañar, y a veces,
cuando conviene a la salvación del alma, recobra la salud del
cuerpo».
d) Los ministros del sacramento son los obispos y los
presbíteros; el sujeto del sacramento es el enfermo, especialmente el
enfermo grave, y por esta razón se llama también sacramento «de los
moribundos». En este aspecto el concilio es claramente tributario de
la teología medieval.
EL CONCILIO VATICANO II.
El Vaticano II sigue la doctrina del Concilio de Trento con
algunas aportaciones que enriquecen la perspectiva del sacramento.
Son numerosas las veces que habla de él. Trata el concilio de este
sacramento en el contexto del ejercicio del sacerdocio común de los
fieles (LG 11), al hablar de la actividad del presbítero (PO 5 y LG 28).
Pero sobre todo es en la Sacrosanctum Concilium donde más se
explaya. Los artículos 73-75 de la Constitución «Sacrosanctum
Concilium» del Vaticano II se refieren a la Extremaunción o Unción de
los Enfermos. El artículo 73 dice que «la extremaunción que también,
y mejor, puede llamarse unción de los enfermos, no es sólo el
sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su
vida. Por tanto, el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el
cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por la enfermedad
o vejez».
No se trata de un cambio meramente terminológico. Los Padres
conciliares, en efecto, pretendieron poner fin al problema pastoral
que llevaba consigo la praxis anómala de conferir la Unción «in
extremis», que olvidaba uno de sus posibles efectos: la curación. La
Unción de Enfermos comenzó a llamarse «extremaunción» hacia los
siglos XII-XIII, como consecuencia de que, desde unos dos siglos
antes, existía la práctica de administrar este sacramento en los
últimos instantes de la vida. Ya en el Concilio de Trento algunos
Padres conciliares consideraron inoportuno el nombre de
extremaunción, aunque prevaleció la opinión del Legado Papal, que
se apoyaba en el hecho de que el mismo Concilio ya lo había
empleado. De hecho, el Concilio de Trento, como hemos visto, afirma
que es el sacramento de los enfermos, principalmente de los que se
encuentran en un estado tan grave que parece el final de su vida.
El artículo 74 trata del rito continuado para el mejor cuidado
pastoral de los enfermos: «Además de los ritos separados de la
Unción de los Enfermos y del Viático, redáctese un rito continuado,
según el cual la Unción sea administrada al enfermo después de la
confesión y antes de recibir el Viático». El Ritual anterior preveía que,
en tales casos, se diese la Extremaunción después del sacramento de
la Penitencia y de la Eucaristía, conforme a una costumbre general
que se introdujo hacia los siglos XII-XIII. Con la redacción de un rito
continuado, como fue habitual hasta esos siglos, se evitaban
repeticiones y se establecía un orden más conforme con la doctrina
de la Iglesia, ya que el sacramento de los moribundos era la sagrada
Eucaristía en forma de Viático, «medicina de inmortalidad y antídoto
para no morir», como decía San Ignacio de Antioquía.
El artículo 75 se refiere al número de las unciones. En la
práctica anterior al siglo XIII, se permitía la iterabilidad. El Código de
1917 decía que «en la misma enfermedad no se puede repetir este
sacramento a no ser que el enfermo se cure después de haber
recibido la Unción y caiga en otro peligro de muerte» (c. 940, 2). El
nuevo Código es más amplio y permite recibirlo otra vez si, durante la
misma enfermedad, el peligro se hace más grave (c. 1004, 2).
Finalmente el nuevo Ritual afirma que la carta de Santiago
enseña que la Unción se confiere a los enfermos para aliviarlos y
salvarlos. Es necesario, por tanto, preocuparse diligentemente de que
los fieles que empiezan a tener la vida en peligro, por enfermedad o
vejez, reciban
tempestivamente este sacramento.
Ciertamente, no es suficiente que un cristiano esté enfermo
para que se le pueda aplicar el remedio de que habla Santiago. Es
necesario que su vida esté, de una u otra forma, en peligro grave. La
gravedad, sin embargo, no puede provocar angustias de conciencia,
siendo suficiente un juicio prudente, el cual puede formarse con la
opinión del médico.
Este principio determina que sean sujetos aptos para recibir la
Unción:
a) todos los adultos que se encuentran gravemente enfermos;
b) los que van a someterse a una intervención quirúrgica,
siempre que el motivo sea una enfermedad peligrosa;
c) los ancianos, por su natural debilidad, aunque no tengan una
enfermedad que haga temer por su salud;
y d) los niños que tengan el suficiente conocimiento para
recibirla con fruto.
La Unción puede iterarse si hubiere existido una mejoría dentro
de la misma enfermedad o, por el contrario, cuando el peligro se
agrava.
A los enfermos que han perdido el uso de la razón, se les puede
administrar la Unción cuando se supone que, caso de estar
conscientes, la pedirían por ser creyentes.
Cuando el sacerdote acude junto a un enfermo que está
muerto, rogará a Dios por él, para que le perdone los pecados y le
admita misericordiosamente en su reino, pero no le administrará la
Unción. No obstante, si duda positivamente si está muerto, puede
administrarle el sacramento bajo condición.
El Código, con palabras de la Const. Lumen gentium (n. 11), indica la finalidad
del sacramento a la vez que precisa la materia y la forma, reguladas definitivamente por
Paulo VI en la Const. Sacram Unctionem Infirmorum del 30-XI-1972.

1. La materia

La materia remota es el aceite de oliva bendecido por el obispo


en la Misa Crismal del Jueves Santo (cfr. CIC, c. 1000).
En caso necesario, es materia apta cualquier otro aceite vegetal,
sobre todo porque en algunas regiones falta o es difícil de conseguir
el aceite de oliva.
Aunque el obispo es quien habitualmente bendice el óleo que se
emplea en la unción, pueden también hacerlo los que jurídicamente
se equiparan a él, o en caso de necesidad cualquier presbítero, pero
dentro de la celebración del Sacramento (cfr. CIC, c. 999 & 1).

La materia próxima es la unción con el óleo santo.


Están previstas por las normas litúrgicas unciones en la frente y
en las manos, y por tanto, estas unciones son las exigidas para la
licitud.
En caso de necesidad, para la validez basta una sola unción en la
frente o en otra parte del cuerpo.
El Catecismo Romano señala razones de conveniencia sobre el
uso del aceite en este sacramento: “así como el aceite sirve mucho
para aplacar los dolores del cuerpo, así también la virtud de este
sacramento disminuye la tristeza y el dolor del alma. El aceite
además restituye la salud, causa dulce sensación y sirve como de
alimento a la luz; y, por otra parte, es muy a propósito para reparar
las fuerzas del cuerpo fatigado. Todo lo cual da a entender los efectos
que se producen en el enfermo por virtud divina cuando se
administra este sacramento" (p. 2, cap. 6, n. 5).

2. La forma
La forma del sacramento son las siguientes palabras, prescritas
por el ritual y pronunciadas por el sacerdote: "Por esta santa unción y
por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del
Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación
y te conforte en tu enfermedad" (cfr. Catecismo, n. 1513).
Estas palabras determinan el sentido de lo que se hace para que,
junto con la unción, se exprese el significado del rito, se realice el
signo sacramental y se produzca la gracia.

1. EFECTOS DEL SACRAMENTO

Enseña Santo Tomás de Aquino que la unción de los enfermos es


"como una inmediata preparación para la entrada en la gloria" (S. Th.,
III, q. 65, a. 1, ad. 4).
El enfermo, abandonado a sus solas fuerzas, estaría tentado a
desesperar, pero, en ese momento supremo, viene Cristo, Él mismo, a
reconfortar a sus fieles con su omnipotencia redentora y con la
proximidad de su presencia.
Acudimos en este momento al Catecismo de la Iglesia Católica,
n°1520 donde se nos enseña que: “Un don particular del Espíritu
Santo. La gracia primera de este sacramento es una gracia de
consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del
estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia
es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en
Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno,
especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la
muerte (cf. Hb 2,15). Esta asistencia del Señor por la fuerza de su
Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero
también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios (cf Concilio de
Florencia: DS 1325). Además, "si hubiera cometido pecados, le serán
perdonados" (St 5,15; cf Concilio de Trento: DS 1717)”.
La gracia primera de este sacramento es una gracia de
consuelo, de paz y de ánimo.
Está claro que uno de los mayores consuelos que podemos tener
es el sabernos acompañados. Hay algo peor que el sufrimiento y es el
sufrimiento en soledad.
La gracia primera de este sacramento es una gracia de consuelo,
de paz y de ánimo.
Está claro que uno de los mayores consuelos que podemos tener
es el sabernos acompañados. Hay algo peor que el sufrimiento y es el
sufrimiento en soledad.
Entre los dones del Espíritu Santo está el don de fortaleza, que
a veces pensamos que es un don que se aplica a las acciones que
tenemos respecto a los demás, pero es un error muy grande, porque
lo principal es ser fuerte con uno mismo para poder sobrellevar las
dificultades de la vida.
En el caso del sacramento de la Unción se recibe este don de
Dios para saber acometer las enfermedades y hacerlas frente.
Un don que nos asegura contra el temor a las dificultades, a los
peligros que se presentan en nuestra vida. El don de fortaleza se nos
es dado a través de muchas formas, se nos da en la oración, o
también en la participación en la liturgia, pero en este caso en
concreto se nos da como un efecto de la Unción de los Enfermos. Un
don que nos permite vencer las tentaciones del maligno: el
desaliento, la angustia ante la muerte, la desesperación, el
pensar que la vida ya no vale para nada, o el estar
continuamente diciendo que uno no puede más.
Hay testimonios admirables de algunas personas, que nos llevan
a preguntarnos de dónde habrán sacado el ánimo y la paz para llevar
adelante esas dificultades en enfermedades graves. ¿Puede haber
condicionantes de tipo psicológico? Claro que sí, porque es evidente
que uno es hijo de su temperamento, de su carácter, y por eso
tenemos que tener mucha discreción y prudencia a la hora de juzgar
las situaciones personales, y saber que el interior de las personas solo
Dios lo puede juzgar, y el grado de culpabilidad que pueda tener una
persona en su desesperación, en su falta de ánimo, es algo que no
podemos medir y juzgar. Ahora bien, lo que sí podemos decir es
que NO UNICAMENTE EL FACTOR PSICOLÓGICO ES LO QUE
INFLUYE para que una persona esté vencida por el desánimo, o la
desesperación. Además de factores psicológicos, también hay
factores morales en los que se pone en juego nuestra
respuesta a la gracia de Dios, a la apertura al Espíritu Santo
que nos quiere dar el don de fortaleza. Es decir, también hay
una lucha moral entre la confianza en Dios y la tentación del
temor y la desesperación.
Sabemos que hay una frontera entre lo psicológico y lo moral,
aunque nosotros no podamos conocer donde está concretamente
para aplicarlo a una persona concreta, pero sabemos que existe.
Entonces, en toda situación no vale escudarse en tales factores
psicológicos (que se suelen expresar en la forma de “es que yo soy
así de temeroso, de inseguro”) para no dar la batalla , porque Dios
nos ha dado, a cada uno, una voluntad y una inteligencia para que
nos dejemos ser guiados por la luz de la fe, de forma que crezcamos
con Cristo resucitado, a la imagen del hombre nuevo que vence al
hombre viejo.
Y por la gracia de la resurrección llevemos la enfermedad de una
manera distinta.
San Pablo, en su carta a los Colosenses nos dice que “si habéis
resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba”. Luego
si hemos resucitado con Cristo debemos sobrellevar también la
enfermedad de una manera nueva, resucitada, teniendo un estilo
pascual. Eso no quiere decir que nos vaya a doler menos, sino que
quiere decir que, desde la Resurrección de Cristo, hay una luz
especial del Espíritu Santo para afrontar las enfermedades.
Tenemos que recibir el testimonio de aquellas personas, que en
circunstancias más complicadas a las que nosotros tenemos llevan
adelante sus enfermedades con ánimo admirable, reconociendo que
lo han conseguido, no porque hayan nacido así de fuertes, sino
porque el Señor ha podido hacer eso con quienes han sido dóciles a
su gracia. El Señor puede, si le dejamos, ayudarnos a llevar esa cruz
de la enfermedad con otro tono distinto, dejándole que Él sea nuestra
paz, que Él sea nuestro ánimo. Es un gran don el del olvido de sí
mismo a la hora de llevar la cruz.

Hay dos maneras de vivir la enfermedad: una es vivir en


continua presencia de esa enfermedad, me refiero con esto a aquellas
personas que están continuamente pensando en su situación de
enfermos, viven con el único horizonte de ver la vida desde su
enfermedad, lo que acaba desembocando en la angustia, al ser lo
único que se tiene en la cabeza desde que uno se acuesta hasta que
se levanta.
Además, cuando uno está pensando continuamente en su
enfermedad, tiene un gran peligro de egocentrismo. (pero qué mal
que estoy, es que todo me toca a mí, pero que desgraciado que soy).
Incluso hay una enfermedad psicológica llamada hipondría que ya
implica un pequeño trastorno psicológico en el que el enfermo, (lo
esté o no). La característica esencial de la hipocondría es la
preocupación y el miedo a padecer, o la convicción de tener una
enfermedad grave, a partir de la interpretación personal de alguna
sensación corporal u otro signo que aparezca en el cuerpo. Puede
ocurrir, por ejemplo, con lunares, pequeñas heridas, toses, incluso
latidos del corazón, movimientos involuntarios, o sensaciones físicas
no muy claras. Aunque el médico le asegure que no tiene nada, el
hipocondríaco solamente se queda tranquilo un rato, pero su
preocupación vuelve de nuevo. Es una terrible enfermedad de la cual
todos padecemos un poco debido a es terrible consecuencia del
pecado original de mirarnos siempre un poco a nosotros con más
facilidad que a Dios, fruto de la soberbia y del ensimismamiento 7.

7
Para entenderla más profundamente se puede pensar en cuáles son los procesos
psicológicos subyacentes en la hipocondría. En las sensaciones rige una ley similar
a la que hemos citado con los pensamientos: cuando no queremos sentirlas,
permanecen. Por ejemplo, cuando estás leyendo estás líneas, el resto de lo que
tienes alrededor seguramente no existirá para ti, pero en realidad puedes percibirlo,
La otra forma es vivir en presencia de Dios la enfermedad,
de forma que el tono de vida se traduzca en que uno se deja mirar
por Dios, sin que eso quiera decir que uno se olvide de su
enfermedad, cosa que es imposible, ni que se olvide de la visitas
médicas que tiene que realizar, ni que se olvide de las medicaciones
que debe de tomar.
Pidamos el don del olvido de nosotros mismos, que miremos al
Señor, y mirándole a Él nos olvidemos de nosotros mismos. Solo así

quizás con menos nitidez y claridad porque no está en tu foco de atención, pero
está ahí. Y ahora que se te ha llamado la atención sobre ello, seguramente no
podrás dejar de darte cuenta del resto de la página, ni de todo lo demás que ves, de
todos los estímulos que llegan a ti desde lo que te rodea, más allá de estas líneas.
Si luchas para conseguir no notarlos, se harán más presentes, siguiendo la misma
lógica de lo que ocurre con nuestros pensamientos. Si alguno de los elementos que
hubiese cerca de ti fuera un tigre suelto, las posibilidades de apartar la vista de él
serían mucho más pequeñas. Solamente cuando no nos importa percibir algo,
pueden venir otros estímulos a sustituirlo o podemos elegir fácilmente otro foco
para nuestra atención. Es más fácil huir de las sensaciones externas que de las
internas. Por ejemplo, para dejar de ver algo que nos desagrada podemos girar la
cabeza y no mirar. Las internas las llevamos dentro y no podemos dejar de
sentirlas. Veamos otro ejemplo: hasta este momento seguramente no notábamos
que teníamos lengua, pero nada más mencionarla se hace presente y la sentimos
claramente y no podremos olvidarla por mucho que nos esforcemos. Si nos
empeñamos en dejar de sentir la lengua, no lo conseguiremos. Solamente dejando
cualquier lucha para olvidarla y dedicándonos a lo que estábamos haciendo, la
sensación dejará nuestra conciencia en unos momentos.
Ante una determinada sensación nos puede ocurrir que el nombre que nos venga a
la mente sea muy amenazador. Podemos pensar, por ejemplo: “¿Y si fuera un
cáncer?”. Si, para no sentir ansiedad, caemos en la tentación de querer
asegurarnos cien por cien de que no es así podemos empezar a chequear
frecuentemente si la sensación está o no presente. Sabemos que si la sensación
está, por mucho que chequeemos no se va a ir. Es más, que si la buscamos la
encontraremos, como nos ocurre con los picores. Veamos, por ejemplo, cómo el
estar vigilantes para comprobar el funcionamiento del corazón puede introducirnos
en uno de esos círculos viciosos: supongamos que notamos algo raro en nuestros
latidos y dirigimos toda nuestra atención a ellos para comprobar que no nos va a
dar un infarto. Al incrementar nuestra atención para detectar un peligro solemos
detener la respiración. Cuando detenemos la respiración durante un rato, disminuye
el oxígeno disponible en nuestro cuerpo y el corazón ha de latir más deprisa para
mandar la cantidad de oxígeno que requieren nuestros músculos, posiblemente
aumentada por la tensión que tenemos en ese momento. Al sentir más latidos,
temeremos más el infarto e incrementaremos la atención, entrando así en un
círculo vicioso. Podemos tomar medidas más serias, como acudir a un médico para
que nos diga que no es nada. Cuando lo haga, puede que nos quedemos tranquilos
y que dejemos de observarnos. Pero, si seguimos intentando estar absoluta y
completamente seguros, pronto volverán nuestras dudas, porque la sensación está
ahí; aunque nos han dicho que no era nada no nos han dado explicación para ella y
nuestro miedo nos impulsará a seguir pensando que puede ser un cáncer. Es
posible que pensemos que el médico no ha sido capaz de entendernos, que no le
hemos dado toda la información, que ha pasado un tiempo y que puede que ahora
se haya desencadenado la enfermedad o que no nos ha hecho la prueba adecuada.
Nos habremos convertido en aprensivos o hipocondríacos.

2º) ¿Por qué se llega a ser hipocondríaco?


se puede vivir la enfermedad con paz y ánimo, y que podamos
apreciar otros valores.
Parece entonces evidente que a la hora de vivir la enfermedad,
la fe tiene que traducirse en confianza. No es suficiente una fe que
conozca el Catecismo a la perfección, muy intelectual y de libro, sino
que además esa fe tiene que valer para no caer en la desesperación,
una fe que sepa del abandono confiado en el Padre. Un hijo está
tranquilo cuando está en manos de su padre. Y esta confianza,
este abandono en las manos de Dios es uno de los efectos que
el don del Espíritu Santo quiere darnos en el sacramento de la Unción.
Dice un refrán que: “el que teme sufrir, sufre de temor”. Si uno
está continuamente temiendo verse solo en los momentos de
enfermedad, o tener que dar trabajo a los demás llegada la vejez, o
que alguien le saque de su casa para irse a otro sito, etc., pues antes
de que las cosas ocurran ya las está padeciendo. Estos temores son
otra de las tentaciones que hay que exorcizar, que hay que rechazar.
En la Sagrada Escritura, en Jeremías (un profeta del que todos se
reían y ridiculizaban, e incluso le llevan a prisión por haber dicho
palabras que no querían oír) hay un pasaje en que Dios le dice a
Jeremías “no les tengas miedo, que si no yo te meteré miedo de ellos”
(Jr 1, 17); es decir que como no tengas la fortaleza para hacer frente
a quienes yo te envío a profetizar, te voy a castigar haciendo que en
tu propio pecado encuentres el castigo, que en tu propio pecado esté
la penitencia. Si no hacemos frente al temor, cada vez nos
acobardará más, nos encogeremos más ante los miedos.
Hay otro pasaje en la vida de San Francisco Javier en Japón
cuando se presentaba ante los señores feudales y les dirigía un
discurso en contra de la veneración a los falsos ídolos y su vida
licenciosa, ante algunos de ellos samuráis que tenían la espada en la
mano, y lo hacía con una fortaleza increíble. Aquí se aplicaría lo que
le dice Dios a Jeremías.
¿Os dais cuenta de la de vueltas que les damos a las cosas en
nuestra cabeza por nuestros temores?

La interpretación catastrófica de los signos corporales es el mecanismo por el que


se dispara la hipocondría. Por qué se dispara ese mecanismo es difícil de
determinar. Se sabe que este trastorno afecta a menudo a ambientes familiares, es
decir, que muchos miembros de una familia tienden a estar afectados. Esto nos
puede indicar que hay familias que son especialmente sensibles y están muy
inclinadas hacia la interpretación de los signos de enfermedad en todos los ámbitos
de la vida. Durante las reuniones familiares no se habla más que de enfermedades,
se comenta constantemente si se está bien o mal, se vive con muchísima angustia
cualquier signo de enfermedad en alguno de los hijos, etc. etc. De esta forma los
miembros de la familia aprenden a interpretar de esa forma cualquier signo
corporal y lo asocian con angustia, miedo o ansiedad. Es una interpretación, aunque
también se podría pensar que existe una predisposición genética. Lo importante no
es el por qué, sino como solucionarlo.
Cuántos pensamientos en balde para que al final las cosas
resulten de una manera totalmente distintas a cómo las habíamos
pensado. Que nos demos cuenta de hasta qué punto el temor nos
está esclavizando. Por decían los antiguos que “las cosas son más
difíciles de pensar que de pasar”.
Nuestro Señor ha instituido, para la hora de los últimos
combates, un sacramento especial para acabar en nosotros su obra
de purificación, para sostener a los 'suyos' hasta el fin, para
arrancarlos de la influencia invisible del demonio e introducirlos sin
tardanza en la casa del Padre. La unción es el sacramento de la
partida. Allí está el sacerdote, in persona Christi, a la cabecera del
enfermo para perdonarle sus faltas y conducir su alma al paraíso.
Pero también para calmar las angustias del enfermo y dirigirlas hacia
la confianza y la esperanza, así como para indicar al enfermo que si
sufrimos con él, seremos también glorificados con él (Rom 8, 17).
Al parecer, por esta razón cita el Catecismo un texto muy
importante Hb 2, 11-15:
11
Porque el que santifica y los que son santificados, tienen todos
un mismo origen. Por eso, él no se avergüenza de llamarlos
hermanos, 12 cuando dice: "Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,
te alabaré en medio de la asamblea". 13 Y también: "En él pondré mi
confianza". Y además: "Aquí estamos yo y los hijos que Dios me ha
dado". 14 Y ya que los hijos tienen una misma sangre y una misma
carne, él también debía participar de esa condición, para reducir a la
impotencia, mediante su muerte, a aquel que tenía el dominio de la
muerte, es decir, al demonio, 15y liberar de este modo a todos los que
vivían completamente esclavizados por el temor de la muerte.
Cristo viene a liberar a los que, por temor a la muerte, están de
por vida sometidos a la esclavitud del miedo. Por tanto, recalquemos
que el temor nos somete a la esclavitud del miedo y eso hace que no
seamos capaces de gozar de la vida como consecuencia de los
miedos que nos tienen atados. ¿Y cómo nos libera Jesús? Asumiendo
nuestra condición humana para que nosotros, yendo detrás de él,
venzamos el temor a la muerte en su propio terreno.
¿Jesús tuvo miedo a la muerte? Sí que lo tuvo en Getsemaní,
pero Jesús “enseñó los dientes” a ese miedo pronunciando el
“hágase, que se haga la Voluntad del Padre. Confío en Ti”. Jesús nos
enseña a vencer el miedo a la muerte afrontándola de cara en la
confianza en Dios. Y ahora nos dice que nos unamos a Él, y que
unidos a Él, por la Gracia de este sacramento en concreto,
afrontemos ese temor.
Cristo glorioso no nos va a dejar solos a la hora de recorrer el
camino de la pasión concreta de cada uno.
El texto de Hebreos 2, 15 nos abre perspectivas de liberación,
porque aunque hay muchas formas de esclavitud, el miedo es una de
las mayores formas de esclavitud en las que el hombre puede estar
inmerso.
Esta forma que el Señor tiene de liberarnos y salvarnos me
recuerda aquel episodio del Caballo de Troya donde los griegos idean
una estrategia astuta para penetrar en una ciudad que estaba
rodeada por una gran muralla que la hacía inexpugnable, diciéndoles
que les van a regalar un caballo de madera inmenso y cuando abren
la puerta de la muralla se adentra el caballo de madera dentro del
cual iban los soldados que así penetran dentro de la ciudad y
conquistan la ciudad de Troya. Cristo se ha introducido dentro de la
muralla del temor a la muerte y desde dentro ha matado a la muerte;
el miedo ha sido vencido en su propio terreno como consecuencia de
que Dios ha asumido la condición humana, temerosa de por sí por su
naturaleza.
A veces hemos imaginado a Dios como una especie de hada
madrina que con su varita mágica nos está enviando algunos dones
de gracia, desde lo lejos. No, ese no ha sido el estilo de la
Encarnación, sino que Dios ha experimentado la condición humana,
con su miedo a la muerte, con su instinto de supervivencia y ha
aprendido sufriendo a obedecer, para que nadie pueda decir eso de
que “Dios no me comprende”.
Dios ha participado de nuestras angustias y las ha afrontado,
finalmente matando a la muerte desde dentro y para que en toda
situación de muerte, en todo sufrimiento humano, se esté plantando
la semilla de la resurrección y de vida eterna.
Acaba el punto del Catecismo 1520 diciendo que:
Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere
conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del
cuerpo, si tal es la voluntad de Dios (cf Concilio de Florencia: DS
1325). Además, "si hubiera cometido pecados, le serán perdonados"
(St 5,15; cf Concilio de Trento: DS 1717).
Además del don que es la gracia para superar el temor dándonos
la paz y el ánimo, este sacramento pide la curación del cuerpo,
si tal es la voluntad de Dios. No olvidemos que la enfermedad es
consecuencia del pecado que se introdujo en el primer pecado del
hombre. El plan primigenio de Dios era que el hombre, viviendo en
amistad con El en el paraíso terrenal, tuviese una vida natural en la
que no conociese la muerte. Por eso, este es un sacramento que,
como lucha contra el pecado, lucha contra las consecuencias del
pecado, que es la enfermedad. Además pide la sanación del alma,
que esto sí que es seguro voluntad de Dios, e incide en el perdón de
los pecados y concede la gracia de la absolución sacramental,
especialmente cuando una persona no puede confesarse dado su
incapacidad de expresión por la enfermedad, confiando, la Iglesia, en
que esa persona tiene una contricción interior y un propósito de
enmienda. En los demás casos una persona debe acercarse a recibir
la Unción de los enfermos habiéndose confesado antes.
Resumiendo. El punto 1520 del Catecismo nos recuerda los
efectos de este Sacramento que siempre hemos estudiado en el
Catecismo, a saber:
-aumento de gracia santificante;
-gracia sacramental específica;
-la salud corporal, cuando conviene a la salvación del alma;
-el perdón de los pecados veniales y la desaparición de las
reliquias del pecado.
-Secundariamente, puede producir el efecto de remitir los
pecados mortales.
Pero el Catecismo sigue avanzando y profundiza más en los
números siguientes.
Punto 1521:
La unión a la Pasión de Cristo. Por la gracia de este sacramento,
el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más
íntimamente a la Pasión de Cristo: en cierta manera es
consagrado para dar fruto por su configuración con la Pasión
redentora del Salvador. El sufrimiento, secuela del pecado original,
recibe un sentido nuevo, viene a ser participación en la obra salvífica
de Jesús.
Otro de los efectos de este sacramento es la unión a la pasión de
Cristo. El sufrimiento por sí mismo es malo y, como dice este punto,
consecuencia del pecado original. El sufrimiento no formaba parte del
plan primero de Dios en el paraíso. Lo que es impresionante es que el
Señor asumiese para Él lo que fueron las consecuencias del pecado.
Más aún, no habiendo sido él connivente con el pecado, puesto que
se había hecho en todo semejante a nosotros menos en el pecado, sin
embargo asume las consecuencias del mismo. Aquí se produce un
gran milagro de transformación: el Señor transforma lo que
en sí no era más que una desgracia, en un instrumento de la
gracia. El sufrimiento era una desgracia, pero desde que
Jesucristo lo asume como una expresión de amor en la cruz, el
sufrimiento deja de ser una desgracia para ser un camino de
gracia.
Este milagro de transformación es mayor que el que hizo en las
bodas de Caná (o quizás no haya que decir mayor, sino que hay que
decir que uno prefiguraba al otro). O también un cambio semejante a
la transformación que se produce en la eucaristía, cuando el pan y el
vino se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor. En la
transustanciación, Jesús está sobrenaturalizando algo que es natural,
al cambiar la sustancia del pan y el vino. En el caso del sufrimiento no
se cambia la sustancia, pero sí que claramente se cambia el sentido
del sufrimiento. Exteriormente hablando se sigue experimentando el
sufrimiento, porque ya dijimos que Cristo no viene a quitárnoslo con
una varita mágica, y el dolor sigue doliendo, y se sigue necesitando
de médicos y medicamentos, pero Jesús ha hecho un milagro de
mutación en la finalidad del sufrimiento, porque Cristo se sirvió del
sufrimiento para hacer una expresión de amor. Y el hombre está
llamado también a vivir el sufrimiento como una expresión de amor.
Esta es también una enseñanza clásica que encontramos en los
santos. Por ejemplo, Padre Pío dice: "Bendice el Señor por el
sufrimiento y acepta beber el cáliz de Getsemani”. “Sé capaz de
soportar las amarguras durante toda tu vida para poder participar de
los sufrimientos de Cristo”. "El sufrimiento soportado cristianamente
es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los
dones que conducen a la salvación, ha establecido para concedernos
la gloria”. Incluso algunos de ellos, ven en esto una gracia especial de
Dios para con ellos. Cuando santa Teresita tienen un conocimiento de
la enfermedad de su Padre estando ella ya en la clausura del
Carmelo, le escribe a su hermana Celina que la cuida: “Jamás
podremos darle gracias sufrientes a Dios por la enfermedad de
nuestro padre. Nos ha tratado como Dios trata a los grandes santos
enviándonos un sufrimiento enorme”. Eso es una gracia inmensa.
“Tendremos necesidad de toda la eternidad para darle gracias al
Señor por ese don tan grande”.
Repetimos entonces que otro de los efectos de la Unción de los
enfermos es el de poder vivir el sufrimiento en Cristo, uniéndonos a la
ofrenda de Cristo en el monte Calvario, configurándonos con Él y
entendiendo que nuestras cruces no son más que una prolongación
de la Cruz de Cristo; que no son cruces distintas sino que todo forma
parte del mismo plan de redención. Por eso insistimos tanto en estas
explicaciones en que para un cristiano no se desperdicia nada, nada
es inútil. Para un cristiano no hay sufrimiento sin sentido, no hay
absurdos en la vida, ni episodios vanos, desde el momento en que
son asumidos y unidos a la pasión de Cristo (sufrimientos corporales,
psicológicos, morales, espirituales, humillaciones, crisis, etc.). Este es
un gran don de la Unción de los enfermos. Tal es así que en cierto
modo, dice aquí, el enfermo es consagrado para dar fruto.
Aquí se hace una referencia al punto 1535:
1535 En estos sacramentos, los que fueron ya consagrados por
el Bautismo y la Confirmación ( LG 10) para el sacerdocio común de
todos los fieles, pueden recibir consagraciones particulares. Los que
reciben el sacramento del Orden son consagrados para "en el nombre
de Cristo ser los pastores de la Iglesia con la palabra y con la gracia
de Dios" (LG 11). Por su parte, "los cónyuges cristianos, son
fortificados y como consagrados para los deberes y dignidad de su
estado por este sacramento especial" (GS 48,2).
Es interesante este punto del Catecismo porque en él se nos
hace hincapié de que cada persona es consagrada para lo que es su
vocación. El sacerdote es consagrado para ser testigo de Jesucristo,
los esposos para cumplir con sus deberes de esposos y padres. En el
sacramento de la Unción hay una consagración para que se pueda
vivir la enfermedad, y que también se tenga una gracia de estado.
Confiemos en que la gracia de estado recibida en los sacramentos se
recibe para poder llevar a cabo las funciones que se encomiendan a
cada uno según su vocación. En concreto, en la Unción de
enfermos se da la gracia de estado para que el enfermo sea
capaz de unir su sufrimiento a la pasión de Cristo, de forma que
junto a Jesús el enfermo pueda decir con Él: “Padre en tus manos
encomiendo mi espíritu”, y para que la pasión de Cristo, sea además,
nuestro modelo para vivir nuestra pasión, asemejándose la nuestra a
la Pasión de Amor que fue la de Jesucristo. A esto se refiere con el
término consagración del enfermo. Esto vendría a ser lo que hemos
dicho más arriba: la gracia específica de este Sacramento para el que
lo recibe.
Tengamos siempre presente que la pasión de Cristo fue un
testimonio de amor, y la Resurrección de Cristo fue el testimonio de
verdad. En la Pasión se nos dio el signo adelantado de que Dios nos
ama, porque no se reservó a su propio Hijo sino que lo ofreció como
expresión de amor a nosotros. Y en la Resurrección se nos da el signo
de que además eso es verdad, que no solo es decir que te quiero
mucho, sino que además es que ese amor nos transforma y nos hace
capaces de ser hombres nuevos. La Pasión es signo de amor y la
Resurrección es signo del poder de Dios. Que ese amor ha sido
aceptado por Dios y que el Padre ha abrazado a su Hijo resucitándole
a una vida nueva, y con él nos ha abrazado a todos nosotros. Estamos
pues consagrados a esa muerte y resurrección de Cristo.
Lo que da valor a la pasión de Cristo es también la Resurrección.
La pasión por la pasión no sería salvífica. Lo que dio valor a la pasión
de Cristo fue EL OFRECIMIENTO DE ELLA AL PADRE (“Padre, en tus
manos encomiendo mi espíritu”), al mismo tiempo que la respuesta
del Padre que responde al Hijo con LA ACEPTACIÓN de ese
ofrecimiento, que es la Resurrección de su Hijo.
Recapitulando, por el sacramento de la Unción pedimos el
don de la salud, bien por los medios ordinarios de curación y
las causas segundas de las que Dios se sirve, ciencias
humanas que en última instancia son también gracia de Dios,
bien sea por un don milagroso de sanación, pero igual puede
ser que Dios, en su plan de salvación, no entre en ese
momento la sanación de esa enfermedad y lo que quiera es
que la enfermedad sea ocasión de que el enfermo dé gloria a
Dios configurándose con la Pasión de Cristo, hacer de ella una
expresión de amor, sufrir con Cristo doliente, ofrecer con El
nuestra vida por la redención del mundo. Todas esas
posibilidades existen y tenemos que estar abiertos a todas ellas. No
vale decirle a Dios que uno elige la primera, o la segunda. Ante Dios
nos debemos presentar con el corazón plenamente abierto y
disponible. En el sacramento todo eso junto se presenta como
petición a Dios, pero cuando uno pide, en el fondo, lo que debe
hacer es presentar, preguntar al Señor, para hacer un
discernimiento de cuál es la Voluntad de Dios en ese
momento de enfermedad.
Otro punto del catecismo que se nos ofrece aquí para la reflexión
es el 1499, que era el punto con que se introducía la explicación de
este sacramento:
1499 "Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de
los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a los enfermos al
Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso los
anima a unirse libremente a su pasión y muerte de Cristo; y
contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios" (LG 11).
Me fijo en que la Iglesia nos anima a unirnos libremente a la
pasión y muerte de Cristo. La enfermedad viene sin pedirnos permiso,
pero sí que se nos pide permiso para vivir el sufrimiento uniéndolo a
la pasión de Cristo. Hay un ejemplo bíblico muy gráfico para entender
esto, el episodio del buen ladrón y el mal ladrón. Ambos sufren su
crucifixión en contra de su voluntad (a diferencia de Jesús que
entregó voluntariamente su vida en rescate por la nuestra), y
habiendo partido de esa situación comienza a haber en cada uno dos
caminos distintos: el buen ladrón va teniendo un tránsito hacia
Jesucristo y se une libremente a la pasión de Cristo, al ser consciente
de que quien está muriendo a su lado es un justo que no ha hecho
mal, a diferencia de su sufrimiento que tiene algo de penitencia por
su propio pecado (nosotros pagamos por lo que hemos hecho), pero
el otro ladrón no se asocia y maldice su suerte, se desespera en ella,
no permite que su dolor, asociado al de Cristo y ofrecido por amor,
sea para él puerta de salvación.

Punto 1522:
Una gracia eclesial. Los enfermos que reciben este
sacramento, "uniéndose libremente a la pasión y muerte de Cristo,
contribuyen al bien del Pueblo de Dios" (LG 11). Cuando celebra
este sacramento, la Iglesia, en la comunión de los santos, intercede
por el bien del enfermo. Y el enfermo, a su vez, por la gracia de este
sacramento, contribuye a la santificación de la Iglesia y al bien de
todos los hombres por los que la Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo,
a Dios Padre.
Fruto de esa consagración, primero se nos permite unirnos a la
pasión de Cristo para dar sentido a nuestro sufrimiento. Cuando
decimos eso no nos referimos solo a que el enfermo se sienta bien, en
el sentido de encontrar un sentido para no quedar hundido, sino a dar
el sentido de que eso se hace por el bien de los hermanos, por otros
enfermos, por los no creyentes, por los sacerdotes y su ministerio
apostólico, por las familias que les cuesta trasmitir la fe a los hijos,
por los misioneros que transmiten la fe en lugares lejanos y en
situaciones duras. Démonos cuenta que dentro de ese misterio de la
comunión de los santos se le está permitiendo al enfermo contribuir a
ser conducto para la redención del mundo.
Con esto no estamos dando valor salvífico a algo humano, el
sufrimiento humano por sí solo no es salvífico, sino que lo salvífico es
unir a Cristo nuestro sufrimiento y que Cristo lo fructifique. El misterio
de la co-redención, en donde nosotros somos instrumento del que es
el único salvador.
¿Cuántas personas han descubierto que su enfermedad ha sido
un momento de capacitación apostólica impresionante? Hasta tal
punto que la Iglesia nombró como co-patrona de las misiones a Sta.
Teresita que ofrecía sus oraciones y sufrimientos en el Carmelo por
los misioneros.
Fruto de esta iniciativa teresiana surgen otras a cual más
hermosa dentro de la Iglesia. Conocido es el caso de una laica
francesa Margarita Godet. Nació el 23 de abril de 1899 en Mesnard la
Barotière (Francia), número trece de una familia campesina muy
cristiana. A la edad de 10 años tuvo un primer ataque de parálisis. En
1922 en una peregrinación a Lourdes, Margarita tuvo una revelación:
“Yo entendí, dice ella, la belleza y la fecundidad del sacrificio”.
Imbuida de la espiritualidad de santa Teresita del Niño Jesús se
decidió a “ayudar a los sacerdotes, los misioneros y a toda la Iglesia”.
A partir de entonces tiene el valor de vivir la enfermedad
respondiendo a Dios e invitando a otros a vivir la realidad de la
enfermedad como algo que no escapa al amor de Dios. Es así como
dio sentido a su vida dejándose llevar por el don del Espíritu Santo.
Por aquel entonces, Margarita Godet conoce a un seminarista del
Instituto de Misiones Extranjeras de París que iría, más tarde, como
misionero a China. Ella querrá estar detrás de toda su actividad
misionera y decide entregar todos sus sufrimientos 1.- La
santificación de los Misioneros, 2.- El aumento de misioneros, y 3.- La
conversión de las almas que no conocen a Cristo. Esto suscita un
grupo de enfermos que se unen a las mismas intenciones y poco a
poco la obra se va difundiendo por todo el mundo, hasta llega a
formar LA UNIÓN DE ENFERMOS MISIONEROS. En 1928 Mons.
Guébriant de Misiones Extranjeras de París rectifica los Estatutos de
La Unión de Enfermos Misioneros, que Margarita Godet había
elaborado.
Margarita durante 23 años estuvo crucificada por la parálisis
general. Además de la discapacidad, Margarita Godet contrajo
tuberculosis, y más tarde agotada a causa de ella, muere tuberculosa
a los 33 años, el 2 de noviembre de 1932. Hoy día la OBRA DE
MISIONES PONTIFICIA, además de pedir limosna para reforzar los
trabajos de distintos misioneros en el mundo entero, pide vocaciones
para que no queden lugares en el mundo donde no haya misioneros y
pide también enfermos que puedan añadirse a esta magnifica labor.
Entonces, esta Unión de enfermos misioneros es un servicio dentro de
OMP conformado por aquellos que aceptan el sufrimiento humano
como un hecho solidario con los misioneros y los más pobres del
mundo. Como un signo vivo de entrega, de amor ofrecido. Desde su
creación ha habido millones de enfermos que han ofrecido momentos
de dolor, operaciones que iban a realizarse en ellos. Especialmente
forman parte de esta asociación enfermos crónicos que en vez de
dedicarse a compadecerse a sí mismo hacen un ofrecimiento
misionero de todo su dolor, unido al de Cristo que se ofrece al Padre
en la cruz. El enfermo que se une místicamente a la pasión de Cristo
contribuye con una gran cuota al día del DOMUND, la del amor que
ofrece la enfermedad como una gran oportunidad para dar la vida.
Ser enfermo misionero se resume en dos palabras: LO ACEPTO (CON
CONFIANZA) Y LO OFREZCO (CON ESPERANZA).
Otro punto del catecismo que se nos ofrece para reflexión es el
953:
953 La comunión de la caridad: En la comunión de los santos,
"ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie
para sí mismo" (Rm 14, 7). "Si sufre un miembro, todos los demás
sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman
parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus
miembros cada uno por su parte" (1 Co 12, 26-27). "La caridad no
busca su interés" (1 Co 13, 5; cf. 1 Co 10, 24). El menor de nuestros
actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta
solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda
en la comunión de los santos. Todo pecado daña a esta comunión.
Yo incidiría aquí en lo de que ninguno muere para sí mismo. Igual
que en la vida Dios ha pensado en nosotros para que nos demos a los
demás (hijos, nietos, cónyuges, compañeros de clase, los niños de
catequesis, etc.) y uno no vive para encerrarse en su mundo, de
forma que se alcanza la felicidad cuando uno se entrega a todo eso,
lo mismo apliquémoslo a la muerte; también en la enfermedad, Dios
ha pensado en cada uno como instrumento de fecundidad para los
demás, que uno sea prolongación de la pasión de Cristo. Si un
enfermo sufre de esa manera se está uniendo al sufrimiento de, por
ejemplo, niños que se están viendo obligados a incorporarse a los
ejércitos de guerra, o a implicarse en la prostitución.

Punto 1523
Una preparación para el último tránsito. Si el sacramento de la
unción de los enfermos es concedido a todos los que sufren
enfermedades y dolencias graves, lo es con mayor razón "a los que
están a punto de salir de esta vida" (in exitu viae constituti; Concilio
de Trento: DS 1698), de manera que se la llamado también
sacramentum exeuntium ("sacramento de los que parten"; ibid.). La
Unción de los enfermos acaba de conformarnos con la muerte y
resurrección de Cristo, como el Bautismo había comenzado a hacerlo.
Es la última de las sagradas unciones que jalonan toda la vida
cristiana; la del Bautismo había sellado en nosotros la vida nueva; la
de la Confirmación nos había fortalecido para el combate de esta
vida. Esta última unción ofrece al término de nuestra vida terrena un
escudo para defenderse en los últimos combates antes entrar en la
Casa del Padre (cf ibid.: DS 1694).
Con este punto acabamos el tema sobre los efectos del
sacramento de la Unción de los Enfermos. Es hermoso que el
Catecismo se refiera en este punto a la muerte como el último
tránsito. Los cristianos hemos rebautizado el nombre de necrópolis (la
ciudad de los muertos), sustituyéndolo por el de cementerio
(dormitorio), mostrando que nuestra fe ve más allá de lo que
sensiblemente puede percibirse. Acordémonos de cuando Jesús dice
de la niña: “no está muerta, sino duerme”, y se rieron de Él. Nosotros,
con esa mirada de Jesús, somos capaces de ver un dormitorio, en el
lugar donde yacen los muertos, y no una necrópolis. Fijémonos
también cómo la tradición católica celebra el día de todos los Santos,
el día de su muerte, en el día en que nacieron para la vida eterna, el
día del tránsito. Démonos cuenta de que la ley de la fe ha
reconfigurado la percepción de la realidad, haciéndonos verla en su
plena dimensión.
Hemos insistido en que el sacramento de la Unción es un
sacramento de vivos, que no tenía sentido ofrecérselo a una persona
que hubiese fallecido, que la Iglesia recomienda que este sacramento
sea recibido, NO en el momento de la agonía, sino en caso de
enfermedad grave, operaciones, o cuando, con el paso de los años,
haya una circunstancia que haga discernir a la persona que es
momento de pedir la gracia al Señor para consagrarse, de manera
que la enfermedad, o el estado de deterioro sea llevado junto a la
pasión de Cristo, incluso para pedir el don de la salud, si es voluntad
de Dios.
Pero todo lo anterior no quiere decir que NO tenga sentido
celebrarlo en los últimos momentos, cuando el enfermo se debate en
agonía. De una cosa no se deriva la otra, aunque evidentemente
celebrado así ciertos aspectos del sacramento se quedan en la
penumbra, por ejemplo, aquello de que el Señor le conceda al
enfermo la paciencia de sobrellevar la enfermedad, o el de pedir la
salud. Pero, sin embargo no sería correcto caer en el extremo de
pensar que si el sacramento no se recibe en los estados habituales
deja de tener sentido.
Lo que se subraya en este punto es que, cuando se celebra en el
momento de la agonía es una unción del Señor para el último
tránsito. Este punto nos recuerda que hay tres unciones que
acompañan al cristiano en su vida: la primera la del Bautismo, donde
se nos selló a una vida nueva; segundo la unción de la Confirmación,
que nos fortalece la fe para el combate de la vida, pues el nacer es al
crecer como el Bautismo es a la Confirmación; y la tercera la Unción
de los enfermos que da la fortaleza para librar los últimos combates
previos a la entrada en la casa del Padre.
Se suele decir que hay tentaciones propias de la niñez, de la
juventud, del adulto, del jubilado, y las propias del que está en la
agonía de la proximidad de la muerte. El punto del Catecismo habla
en concreto de “un escudo para defenderse en los últimos combates”.
Esta expresión no se la saca de la manga el Catecismo, sino que
cuando Satanás tentó a Jesús en el desierto y este salió victorioso, el
Evangelio dice que “Satanás vencido se retiró hasta otra ocasión
propicia”, y esa ocasión propicia en la que vuelve al ataque es
Getsemaní y la pasión de Cristo, que es cuando Satanás intenta
desalentar a Jesús sobre el paso que va a dar. La lucha de Jesucristo
en la cruz, desde ese ¡Dios mío, por qué me has abandonado!
muestra la oración de alguien que lucha en el momento de la
desesperación, hasta que finalmente pronuncia “Padre, en Tus manos
encomiendo mi espíritu”. Es una lucha entre la sensación de
abandono e impotencia, y finalmente la confianza en Dios Padre. Ese
es el combate en el momento de la agonía donde la Iglesia quiere
acompañar al enfermo.
Cuando uno lee la vida de los Santos se da cuenta de que los
más santos suelen ser más tentados en el momento de su muerte,
porque Satanás ve que su acción tentadora ha sido inútil a lo largo de
toda la vida del santo. Es curioso cómo Santa Faustina, en la devoción
de la Divina Misericordia, insiste para que se pida, por los méritos de
la pasión de Cristo, especialmente por los enfermos en agonía, para
que sean capaces de abandonarse en aquel Cristo que se debatió en
agonía y que pronunció el abandono final.
En este sentido cobra una importancia especial el rezo de la
Coronilla de la Divina Misericordia. En el Diario de santa Faustina
leemos la importancia de ayudar a los agonizantes con esta oración,
especialmente porque son tentados de una manera muy particular.
Diario n° 811: Al entrar en mi soledad, oí estas palabras: "Defenderé
como Mi gloria a cada alma que rece esta coronilla en la hora de la
muerte, o cuando los demás la recen junto al agonizante, quienes
obtendrán el mismo perdón. Cuando cerca de un agonizante es
rezada esta coronilla, se aplaca la ira divina y la insondable
misericordia envuelve al alma y se conmueven las entrañas de Mi
misericordia por la dolorosa Pasión de Mi Hijo".
Oh, si todos conocieran qué grande es la misericordia del Señor y
cuánto todos nosotros necesitamos esta misericordia, especialmente
en aquella hora decisiva.
Y luego en el n° 1565 explica: Cuando entré por un momento
en la capilla, el Señor me dijo: "Hija Mía, ayúdame a salvar a un
pecador agonizante; reza por él esta coronilla que te he enseñado".
Al empezar a rezar la coronilla, vi a aquel moribundo entre terribles
tormentos y luchas. El Ángel Custodio lo defendía, pero era como
impotente ante la gran miseria de aquella alma; una multitud de
demonios estaba esperando aquella alma. Mientras rezaba la
coronilla, vi a Jesús tal y como está pintado en la imagen. Los rayos
que salieron del Corazón de Jesús envolvieron al enfermo y las
fuerzas de las tinieblas huyeron en pánico. El enfermo expiró sereno.
Cuando volví en mí, comprendí la importancia que tiene esta coronilla
rezada junto a los agonizantes, ella aplaca la ira de Dios.
Es también conocido el apostolado fecundo que elaboró san Luis
Guanella (1842-1915), padre de los pobres y apóstol de la caridad
que, además de fundar la Congregación de los Siervos de la Caridad y
también la de las Hijas de Santa María de la Providencia, para atender
a las necesidades de los desamparados y afligidos, y procurarles la
salvación eterna. († 1915), instituyó la Pía Unión del Tránsito de San
José . Esta institución surgió en el Templo de San José, del Barrio
Triunfal en Roma, el año 1913, y fue elevada a la dignidad de
Primaria por el Santo Padre San Pío X el año 1914, a la cual él mismo
se agregó.
Su fin principal es conseguir, por intercesión, de San José,
Patrono de los moribundos, la gracia de una santa muerte a los
agonizantes de todo el mundo, con la introducción en la Cristiandad
de la piadosa costumbre de socorrer a los moribundos, como lo es la
de los sufragios por los difuntos. No es muy exiegente su pertenencia.
Solo hay que comprometerse a rezar la siguiente jaculatoria (día y
noche): ¡Oh San José, padre adoptivo de nuestro Señor Jesucristo y
verdadero Esposo de la Santísima Virgen María, rogad por nosotros y
por los agonizantes de este día ( o de esta noche).
Todo son colaboraciones que hacemos dentro del Cuerpo místico
de Cristo en virtud de la llamada comunión de los santos. Nos
ayudamos para que en esos momentos decisivos no demos un paso
en falso. De todas maneras, si estamos unidos a Cristo, nada tenemos
que temer, porque Él no permitirá que seamos tentados por encima
de nuestras fuerzas. La tradición habla de esta unción como de un
escudo que nos hace invulnerables a la acción de la tentación.
El Catecismo nos remite a los siguientes textos del concilio de
Trento que nos habla de la doctrina de la unción de enfermos:
1694 Mas ha parecido al santo Concilio añadir a la precedente
doctrina acerca [del sacramento] de la penitencia lo que sigue sobre
el sacramento de la extremaunción, que ha sido estimado por los
Padres (2) como consumativo no sólo de la penitencia, sino también
de toda la vida cristiana que debe ser perpetua penitencia. En primer
lugar, pues, acerca de su institución declara y enseña que nuestro
clementísimo Redentor que quiso que sus siervos estuvieran en
cualquier tiempo provistos de saludables remedios contra todos los
tiros de todos sus enemigos; al modo que en los otros sacramentos
preparó máximos auxilios con que los cristianos pudieran
conservarse, durante su vida, íntegros contra todo grave mal del
espíritu; así por el sacramento de la extremaunción, fortaleció el fin
de la vida como de una firmísima fortaleza [can. 1]. Porque, si bien
nuestro adversario, durante toda la vida busca y capta ocasiones,
para poder de un modo u otro devorar nuestras almas (cf. 1P 5,8);
ningún tiempo hay, sin embargo, en que con más vehemencia
intensifique toda la fuerza de su astucia para perdernos totalmente, y
derribarnos, si pudiera, de la confianza en la divina misericordia,
como al ver que es inminente el término de la vida.
La Iglesia acompaña la celebración del sacramento con una
oración por los moribundos, pues sabe del momento tan
determinante que es el final de la vida. Muchas religiosas de clausura
suelen tener una oración especial por las almas agonizantes. ¿Nos
fijamos cuántas veces, a lo largo de nuestra vida, hemos pedido eso
de “Ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”? Miles
de veces, al rezar el Ave María. Pedimos a la Virgen que, en el
momento del tránsito nos custodie especialmente. Y la Iglesia que es
madre, y que está prolongando la acción maternal de la Virgen, hace
lo mismo que hace ella, rezando por los que se debaten en agonía.
Son aspectos que, en la medida que nos hemos secularizado, hemos
dejado en el olvido. Hemos ido olvidando la oración por las almas del
purgatorio, la oración por los que se debaten en agonía, como
consecuencia de haber olvidado de predicar la doctrina católica del
más allá de la muerte y la retribución por las obras, y la posibilidad de
salvación o condenación. Cielo, inferno u purgatorio son tres verdades
de fe católica que, si uno ha dejado de predicarlas, deja de tener
importancia la oración por los que están en agonía.
Entre las oraciones que hace la Iglesia por los moribundos está la
llamada ENTREGA DE LOS MORIBUNDOS A DIOS, O RECOMENDACIÓN
DEL ALMA. Primeramente esta oración se introduce con unas fórmulas
breves a modo de jaculatorias, textos bíblicos en los que se nos
quiere dar rayos de luz que sean consoladores para la persona que se
debate en agonía. Como no se trata de un sacramento, esta oración
puede ser hecha por un seglar, si no está el sacerdote. Se ofrecen las
siguientes jaculatorias:
¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? (Rm 8, 35)
En la vida y en la muerte somos del Señor (Rm 14, 8)
Tenemos una casa que tiene una duración eterna en los cielos (2
Co 5, 1)
Estaremos siempre con el Señor (1 Ts 4, 17)
Veremos a Dios tal cual es (1 Jn 3, 2)
Hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los
hermanos (1 Jn 3,14)
A ti, Señor, levanto mi alma (Sal 24,1) El Señor es mi luz y mi
salvación (Sal 26, 1)
Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida (Sal
2,13).
Mi alma tiene sed del Dios vivo (Sal 41, 3)
Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas
conmigo (Sal 22. 4)
Venid vosotros, benditos de mi Padre, dice el Señor Jesús,
heredad el reino preparado para vosotros (Mt 25, 34)
Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso, dice el Señor
Jesús (Lc 23, 43)
En la casa de mi Padre hay muchas estancias, dice el Señor Jesús
(Jn 14, 2)
Dice el Señor Jesús: Voy a prepararos sito y os llevaré conmigo
(Jn 14, 2-3)
Este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, dice
el Señor Jesús (Jn 17, 24)
Todo el que cree en el Hijo tiene vida eterna (Jn 6, 40)
A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu (Sal 30, 6a)
Señor Jesús, recibe mi espíritu (Hch 7, 59)
Santa María, ruega por mí.
San José, ruega por mí
Jesús, José u María, asistidme en mi agonía.
Especialmente me quiero fijar en la última jaculatoria: Jesús, José
y María, asistidme en mi agonía. A la agonía de José, podemos
buenamente pensar, que asistieron Jesús y María y le acompañaron
en ese tránsito. Más tarde fue María la que asistió a la agonía de
Jesús, y le ayudó en ese tránsito con su presencia al pie de la Cruz. Y
luego fue Juan y la Iglesia primera quienes acompañaron a María en
su tránsito, en su dormición. Es decir que forma parte de la comunión
que tenemos el asistirnos en ese tránsito. Por eso la Iglesia recuerda
los santos nombres. Es verdad que Dios puede permitir que una
persona muera sola, sin estar físicamente acompañada, pero aún si a
alguien el Señor le permite pasar esa prueba, por ejemplo estoy
pensando en Francisco y Jacinta, que les pidió el sacrificio de morir
solos en un hospital alejados de Fátima y la presencia de sus padres.
Pues incluso en ese sacrificio tan grande de la soledad en el momento
de la muerte, no olvidemos que junto a esa persona que se debate en
agonía, están sus santos ángeles asistiéndole, está la Iglesia en su
cuerpo místico, está María. La Iglesia es madre y da a luz para la vida
eterna, y hace de introductora para la vida eterna en ese
acompañamiento en la agonía. Es curioso que San Esteban, que fue el
primer mártir, imitó la muerte de Cristo de muchas maneras, y
nosotros estamos llamados a imitar la pasión de Cristo en nuestra
vida y a tener los mismos sentimientos de Cristo en el momento del
tránsito. Por eso la Iglesia le dice al enfermo en agonía la misma
palabra que dijo Cristo al buen ladrón: Te lo aseguro hoy estarás
conmigo en el paraíso. Y también le dice: Venid vosotros, benditos de
mi Padre, dice el Señor Jesús, heredad el reino preparado para
vosotros (Mt 25, 34). La Iglesia invita al enfermo en agonía a poner
sus pies donde Cristo ha dejado sus huellas. Lo angustioso para un
niño no es la oscuridad, sino la oscuridad en soledad.
Por eso la Iglesia le dice al enfermo: Aunque camine por cañadas
oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo (Sal 22. 4).
Dice el ritual que se recomienda también la oración de la letanía
de los santos, incluyendo especialmente el patrono de ese enfermo
que se debate en agonía:
Si el moribundo en agonía pudiera soportar una plegaria más
larga, es aconsejable que, según las circunstancias, los presentes
recen por él recitando las letanías de los santos (o algunas de sus
invocaciones) con la respuesta «ruega por él», haciendo especial
mención del santo o de los santos patronos del moribundo o de la
familia. Pueden también recitarse algunas de las oraciones más
conocidas. Cuando parece que se acerca el momento de la muerte,
alguien puede decir, según las disposiciones cristianas del
moribundo, una o varias de estas.
¡Qué importancia tiene todo esto! porque en la medida que
dejamos de rezar, cuando un familiar se debate en la agonía, no
sabemos qué rezar por el para acompañarle. Dentro de las oraciones
que se ofrecen, la más frecuente es la siguiente:
Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de
Dios Padre todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo,
Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo,
que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada
esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen,
Madre de Dios, con San José y todos los ángeles y santos.
Fijaos que la Iglesia se atreve a mandar al agonizante que “se
marche de este mundo”. Acordémonos en este momento de la frase
de Jesús, cuando dijo que a “él nadie le quitaba la vida sino que él la
daba voluntariamente”. Es verdad que en el momento de la muerte la
enfermedad arrebata la salud, pero al mismo tiempo nosotros
entregamos nuestra vida a Dios. Igual que a Jesús en la cruz, por una
parte le arrebataron la vida, pero al mismo tempo Él la entregaba
voluntariamente, así nosotros imitamos a Jesús en el momento de la
agonía haciendo lo mismo cuando, más allá del acontecimiento físico,
entregamos nuestra vida, y la Iglesia dice: ¡alma cristiana, vete, que
Dios te espera! Nosotros tenemos esa libertad espiritual para ver que,
más allá de los acontecimientos históricos, está teniendo lugar una
respuesta libre a la llamada de Dios, de forma que uno puede
entregar voluntariamente la vida.

Es hermoso escuchar en esos momentos la oración que la Iglesia


nos dice: Querido hermano, te entrego a Dios, y, como criatura suya,
te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo
de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María
y todos los ángeles y santos.
Vemos en esta oración un diálogo de una madre con un hijo que
se va a ir de casa y recibe los últimos consejos. La Iglesia le dice a su
hijo que hasta ese momento ella le ha hablado de Jesús, que ha
tenido noticia de Jesús a través de la Palabra de Dios, de los
Sacramentos, pero que en ese momento ese hijo que está a las
puertas de la muerte, se va a encontrar directamente con Dios. La
Iglesia Madre no es posesiva porque ella no ha formado a los hijos
para la propia Iglesia, sino para Dios. Fijaros como se recuerda el acto
creador de Dios, que es nuestro Hacedor y Creador. Dios nos hizo del
polvo de la tierra. El momento de la muerte es para tener en cuenta
que, el Dios creador que nos hizo de la nada, nos llama ahora para la
vida eterna.
No sería justo que en el momento de la muerte estemos
desconfiando y resistiéndonos porque se nos haya pedido la vida.
Gratis la recibimos, pues gratis la debemos de devolver. El que por
puro amor nos creó de la nada es el que nos llama a estar con Él. A
veces podemos haber caído en el olvido de que la vida recibida es un
don de Dios que se nos dio como un talento para trabajarlo, y cuando
se nos vuelve a reclamar el talento de la vida nos contrariamos,
porque pensamos que la vida era nuestra, o que era para siempre. Si
nos creemos que la vida es un derecho nuestro, cuando se nos quite,
creeremos que es una gran injusticia. Pero la vida es un don que se
nos ha dado, advirtiéndonos de que era fugaz y transitoria, y que
estábamos llamados a vivirla con una conciencia grande de
indignidad. Por eso la Iglesia nos recuerda que el Hacedor no quita el
don de la vida, no volvemos a la nada, sino que nos adentra en la
vida definitiva.
También es hermoso que la Iglesia nos recuerde en esta oración
cómo salen a nuestro encuentro la Virgen María con todos los ángeles
y santos. En la iconografía (entierro del Conde Orgaz) es muy común
que se represente cómo en el momento de la muerte de los santos, la
Iglesia entera sale en su búsqueda. Es verdad que en la vida eterna
es la visión de Dios la que colma el alma de felicidad, pero también es
verdad que una felicidad añadida la da el gozo de reencontrarnos con
los seres queridos, de compartir la comunión de los santos en el cielo.
No es que eso complete una felicidad incompleta de ver a Dios, pero
es cierto que esa comunión nos lleva a comprender más plenamente
el gozo de la contemplación de Dios en el cielo.
1. Aumento de gracia santificante
Como todo sacramento de vivos, la unción de enfermos produce
un incremento de la gracia santificante en el alma del que lo recibe.
Como veremos después, secundariamente o per accidens, puede
causar la infusión de la gracia al alma en pecado mortal.

2. Concesión de la gracia sacramental


La gracia sacramental específica de la unción de los enfermos
"es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las
dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad
de la vejez.
Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza
y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno,
especialmente la tentación de desaliento y de angustia ante la
muerte" (Catecismo, n. 1520).

3. La salud corporal, cuando conviene a la salvación del


alma
La gracia sacramental propia de la unción tiene como efecto la
curación, si ésta conviene a la salud del cuerpo. "Esta asistencia del
Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la
curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad
de Dios" (Catecismo, n. 1520).
La unción de los enfermos "no produce la salud corporal en
virtud de las propiedades naturales de su materia, sino por el poder
de Dios, que actúa de modo razonable; y como un agente dotado de
inteligencia nunca induce un efecto secundario sino en cuanto
ordenado al efecto principal, de ahí que no siempre se consiga la
salud del cuerpo, sino sólo cuando conviene para la salud espiritual"
(S. Th., Supp., q. 30, a. 2).
También por este motivo no se debe esperar el último momento
para administrar este sacramento, porque equivaldría a poner un
óbice a este aspecto de su eficacia, ya que los sacramentos no
existen para causar milagros.

4. El perdón de los pecados veniales y la remisión de las


penas del purgatorio
Ambas cosas son obstáculos para la inmediata entrada del alma
en el cielo; aunque este efecto depende de la debida disposición, es
decir, del sincero dolor por los pecados veniales.
La indulgencia plenaria, que suele acompañar al sacramento,
perdona la pena temporal (cfr. 5.9).
5. Indirectamente puede perdonar los pecados mortales
La unción de los enfermos es un sacramento de vivos y, por
tanto, no ha sido instituido para devolver al alma la gracia perdida. Su
finalidad no es, pues, perdonar los pecados mortales, para lo que ya
está el sacramento de la penitencia. Sin embargo, si no es posible
recibir la confesión y la persona está arrepentida, aunque sólo sea
con contrición imperfecta, la unción también perdona los pecados
mortales:
-así lo enseña el Magisterio de la Iglesia (cfr. Concilio de Trento,
Dz. 909);
-así lo insinúan la Sagrada Escritura (cfr. el texto ya citado de
Stgo 5, 15, donde la expresión griega  traducido como
pecados, se usa habitualmente en la Escritura para designar los
pecados graves) y la Tradición, atestiguada por diversos textos de los
Padres.
Se puede, por tanto, decir que la unción es primariamente un
sacramento de vivos, pero que consecuentemente, por su específica
razón de ser, es también un sacramento de muertos.
Si más adelante se supera la imposibilidad de acudir a la
confesión, el enfermo está obligado a confesar íntegramente los
pecados.

2. NECESIDAD DE RECIBIR ESTE SACRAMENTO

Este sacramento no es necesario por sí mismo para la salvación


del alma, pero a nadie le es lícito desdeñar su recepción, y por tanto
ha de procurarse con esmero y diligencia que los enfermos lo reciban
cuando están en plenitud de sus facultades mentales.
Esta obligación se considera leve ya que no hay ninguna
indicación en contrario en la Sagrada Escritura en la Tradición o en el
derecho de la Iglesia; sin embargo, si se rechazara con peligro de
escándalo o con desprecio se puede llegar a cometer un pecado
grave.
Es obligación de todo cristiano prepararse del mejor modo para
la muerte, y los que rodean a un enfermo tienen el deber -que es
grave- de darle a conocer su situación peligrosa y de sugerirle la
conveniencia de recibir el sacramento. Ha de administrarse en un
momento prudente: ni demasiado pronto, ni demasiado tarde,
obrando con sentido común y caridad cristiana.
El temor a asustar, que puede proceder de una visión poco
cristiana de la muerte, se demuestra además infundado, porque la
experiencia hace ver que los únicos que se asustan son los que
rodean al enfermo, el cual recibe con gran serenidad la noticia y que
con el auxilio del sacramento, obtiene una mayor paz.
El cristiano debe recordar, y hacer ver a los demás, que "en la
unción de los enfermos... asistimos a una amorosa preparación para
el viaje, que terminará en la casa del Padre" (S. José María Escrivá,
Es Cristo que pasa, n. 80).
De lo anterior se sigue que no debe aguardarse al último
momento para recibir la unción:
1) Porque en la inminencia de la muerte las facultades están
debilitadas, y no se obtiene el mismo fruto, pues faltan las
disposiciones ex opere operantis que aumentan la eficacia
del sacramento: el Ordo Unctionis Infirmorum insiste que
no se retrase para que el enfermo "con plena fe y
devoción de espíritu pueda robustecerse con la fuerza del
sacramento en plena lucidez" (n. 13; cfr. n. 27).
2) Porque la curación corporal no se hace por milagro, sino
"que el fortalecimiento del espíritu estimula el proceso
corporal de curación o Dios favorece tal proceso mediante
una ayuda especial. Por, tanto, el estado del enfermo ha
de ser tal que aún sea posible la curación naturalmente"
(SCHMAUS, M., Teología dogmática, VI, p. 655). El
Catecismo Mayor de San Pío X dice que "no ha de
aguardarse a que el enfermo esté desahuciado" (n. 812).

Por último, “a los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece,
además de la unción de los enfermos, la Eucaristía como viático.
Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del
Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una
importancia particulares.
Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las
palabras del Señor: 'El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene
vida eterna, y yo lo resucitaré el último día' (Jn. 6, 54). Puesto que es
sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí
sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre"
(Catecismo, n. 1524).

3. MINISTRO DEL SACRAMENTO DE LA UNCIÓN DE LOS


ENFERMOS

Catecismo, Punto 1516


Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la
Unción de los enfermos (cf Concilio de Trento: DS 1697; 1719; CIC,
can 1003; CCEO. can. 739,1). Es deber de los pastores instruir a los
fieles sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben
animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este
sacramento. Y que los enfermos se preparen para recibirlo en buenas
disposiciones, con la ayuda de su pastor y de toda la comunidad
eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente a los
enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas.
Los diáconos, que sí pueden celebrar bautismos y matrimonios,
no pueden administrar este sacramento en concreto, así como
tampoco la eucaristía, ni la confesión. Tampoco es celebrable por otro
laico, a diferencia del bautismo donde cualquier fiel laico, en caso de
necesidad, puede celebrarlo en el nombre de la Iglesia. ¿Por qué
ocurre esto? Pues porque la Iglesia favorece al máximo la
administración del Bautismo, el sacramento que es la puerta para
entrar en el seno de la Iglesia y para iniciar el camino de la salvación
eterna. Sin embargo, la Unción de los enfermos no tiene el mismo
grado de necesidad para la salvación, por eso nunca ha formado
como parte de la Tradición de la Iglesia que pudiera ser administrado
por persona distinta al sacerdote.
Nos cita este punto las referencias:
1003 § 1. Todo sacerdote, y sólo él, administra
válidamente la unción de los enfermos.
§ 2. Todos los sacerdotes con cura de almas tienen la
obligación y el derecho de administrar la unción de los
enfermos a los fieles encomendados a su tarea pastoral; pero,
por una causa razonable, cualquier otro sacerdote puede
administrar este sacramento, con el consentimiento al menos
presunto del sacerdote al que antes se hace referencia.
§ 3. Está permitido a todo sacerdote llevar consigo el óleo
bendito, de manera que, en caso de necesidad, pueda
administrar el sacramento de la unción de los enfermos.
Así coso un sacerdote no puede administrar válidamente el
sacramento del matrimonio fuera de su parroquia, sin haber recibido
la jurisdicción por parte del párroco de la parroquia, y si lo hace esa
boda es nula, eso no ocurre con la Unción de los enfermos.
Este punto también menciona la importancia de que se instruya
sobre los beneficios de este sacramento, incluso que se haga una
preparación previa para mejor disponerse a recibir el sacramento.
Especialmente por el día del enfermo, el 11 de febrero. No es
correcto que una persona decida de manera casi instantáneo que va
a recibir la Unción de los enfermos y que lo haga razonando de esta
manera: ¡pues lo recibo porque mal no se hará! A veces se corre el
peligro de recibir los sacramentos con ligereza, sin una preparación
sobre su conveniencia.
Tenemos el peligro de la trivialización. En este afán de instruir
sobre los sacramentos viene bien hacer una distinción teológica
sobre la eficacia de los sacramentos. La teología distingue entre dos
términos latinos: ex opere operato, que quiere decir que un
sacramento tiene unos efectos por la propia fuerza del sacramento,
que el sacramento, por sí solo, produce unos efectos por la propia
acción del Espíritu Santo, independientemente de que seamos
mejores o peores, e independientemente de la buena o mala
disposición del sacerdote que lo administra, o del fiel que lo recibe.
Por ejemplo, el sacramento del bautismo, independientemente de que
una persona esté mejor o peor dispuesta, o que el sacerdote que lo
administre sea más o menos santo, o incluso que sea un pecador, sin
embargo esa persona que ha recibido el bautismo, por la propia
virtud del sacramento, Dios se ha comprometido a que ese
sacramento sea eficaz y válido, y la persona que lo ha recibido se
hace miembro de la Iglesia, queda sin pecado original y es hijo de
Dios. Entonces podríamos preguntarnos ¿eso quiere decir que los
sacramentos van a tener la misma eficacia, el mismo fruto, aunque
sean celebrados con buena o mala disposición de quien los recibe,
independientemente de nuestra preparación interior? Pues hay que
decir que NO, porque es verdad que al mismo tiempo la teología ha
hablado del ex opere operanti, que quiere decir que dependiendo
de nuestra colaboración, disposición, apertura a esa gracia objetiva
sacramental que se nos da, el sacramento tendrá más eficacia y dará
más fruto en nosotros.
O sea que hay que afirmar las dos cosas a la vez: que un
sacramento tiene una eficacia por sí mismo, por ser un conducto
objetivo instituido por Cristo para hacer llegar su Gracia a nosotros
(aunque es verdad que para algunos sacramentos se requiere un
mínimo grado de colaboración, como la confesión que para que sea
válidamente recibido necesita de un mínimo grado de
arrepentimiento), pero al mismo tiempo hay que añadir que cuanto
mejor sea nuestra disposición esa gracia objetiva y eficaz dará más
fruto al encontrar un corazón mejor dispuesto al estar más receptivo
y dispuesto a acoger esa gracia.
Por eso es tan conveniente administrar el sacramento de la
Unción de enfermos con la mejor preparación posible. Y por eso, no es
bueno querer que los enfermos reciban la Unción cuando “estén ya
sedados y no se enteren de nada para no asustarles, y no se pongan
nerviosos al ver al sacerdote”.

Entonces, el ministro válido es el Obispo o el sacerdote. Consta


así tanto por las palabras de la Epístola de Santiago, como por las
definiciones que citan e interpretan este texto de los Concilios de
Florencia (Dz. 700) y de Trento (Dz. 910 y 919).
Como ya hemos dicho, ordinariamente son los sacerdotes con
cura de almas quienes tienen la obligación y el derecho de
administrarlo a los fieles que tienen encomendados.
Sin embargo, por una causa razonable cualquier otro sacerdote
puede dar la unción, con el consentimiento al menos presunto del
sacerdote que tiene la cura de esa alma.
Para facilitar la administraci6n del sacramento, todo sacerdote
puede llevar consigo el óleo bendito.

4. SUJETO DEL SACRAMENTO DE LA UNCION DE LOS


ENFERMOS

"Se puede administrar la unción de los enfermos al fiel que,


habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro por
enfermedad o vejez" (CIC, c. 1004 & 1; Catecismo, n. 1514).
Para juzgar la gravedad de la enfermedad, basta con tener un
dictamen prudente y probable de peligro de muerte, aunque no sea
necesariamente inminente el desenlace.
Las condiciones que ha de reunir el sujeto son:
a) estar bautizado.
Quien vaya a recibir el sacramento, como en el caso de todos los
demás, debe estar bautizado. Si se hubiera bautizado en aquel
momento, podría recibir inmediatamente la unción pues de esa
manera se recibe un aumento de gracia que es muy necesaria para
resistir a las posibles tentaciones.

b) haber llegado al uso de razón.


También es necesario que el sujeto tenga uso de razón y, por
eso, capacidad de cometer pecado personal.
En la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso de razón, se
le debe administrar el sacramento. (cfr. CIC, c. 1005).

¿Cuándo se considera oportuno recibir la Unción? Aquí se nos


citan los siguientes puntos del Código de Derecho Canónico: 1004 Se
puede administrar la unción de los enfermos al fiel que,
habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro
por enfermedad o vejez. Por tanto, no se le puede administrar el
sacramento a un niño que no haya llegado al uso de razón, porque es
un sacramento no solo para pedir la salud, sino también para pedir el
perdón de los pecados y ese niño que no ha llegado al uso de razón
no tiene pecados, como no tendría sentido darle el sacramento de la
penitencia. Al infante, el bautismo le es suficiente para que alcance la
vida eterna, aunque ha de administrársele la confirmación para
aumentar la gracia (cfr. 3, 7).
La vejez, téngase o no enfermedad grave, ya es un motivo para
recibir el sacramento de la Unción porque sabemos que la vejez es
una llamada, por la cercanía de encuentro con el Señor, y uno se
prepara para ese encuentro.
1005 En la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso
de razón, sufre una enfermedad grave o ha fallecido ya,
adminístresele este sacramento. Añade este punto que este
sacramento NO se puede administrar a alguien que haya fallecido
porque es un sacramento de vivos. Otra cosa es que haya una cierta
duda sobre si ha fallecido o no. Incluso también existen discusiones
sobre la diferencia entre muerte clínica y real. Entonces en caso de
duda sí se le puede administrar sub condicione, bajo condición de que
esté vivo. Lo mismo ocurre cuando existe la duda sobre una persona
está o no bautizada, porque igual no lo registraron en los libros. Ante
la duda se le bautiza sub condicione. Si la persona ya ha muerto lo
lógico es hacer la oración de recomendación del alma a Dios. El sub
condicione puede darse cuando ocurre un accidente, se le permite al
sacerdote llevar consigo los oleos para la unción. Puede darse el caso
de que en el trance de un accidente el sacerdote administre la Unción
sin saber con certeza si el accidentado está bautizado. En ese caso el
sacramento no tendría los efectos propios porque nadie puede recibir
un sacramento sin haber sido bautizado.
1007 No se dé la unción de los enfermos a quienes
persisten obstinadamente en un pecado grave manifiesto. Si
una persona ha perdido la conciencia y se le administra el
sacramento también se está haciendo bajo condición de que esa
persona tenga la disposición debida para recibir el sacramento,
porque uno no sabe si tiene el arrepentimiento y la debida disposición
para recibir un sacramento que es para el perdón de los pecados. Por
tanto, se puede administrar bajo condición y Dios sabrá si esa
persona puede recibir el sacramento válidamente porque esté
arrepentida en su fuero interno. Ahora bien, imaginemos que una
persona está consciente, pero no está arrepentida de su odio, y es
más, permanece obstinadamente en ello. Pues a esa persona no se le
debe administrar el sacramento. Los sacramentos son para
santificarnos, pero también requiere una disposición para recibirlos.

c) tener intención de recibirlo.


Para recibirlo válidamente, es necesaria en el sujeto la intención.
Si se trata de un enfermo que carece ya del uso de razón, se le debe
administrar si "cuando estaba en posesión de sus facultades, lo pidió
al menos de manera implícita (cfr. CIC, c. 1006).
Aunque ordinariamente es necesaria la intención habitual, es
decir, la que se ha tenido una vez y no ha sido retractada, en estos
casos basta la intención habitual implícita, es decir, la que se incluye
en la práctica de la vida cristiana; por tanto, esta intención debe
siempre presumirse en cualquier bautizado católico, mientras no se
demuestre lo contrario.

d) peligro de muerte por enfermedad o vejez.


No hace falta, como ya dijimos, que el peligro de muerte sea
grave y cierto, basta que comience.
En cambio sí hace falta que ese peligro se deba a enfermedad o
vejez.
Podemos precisar un poco más esta idea:
- puede darse la santa unción a un enfermo que va a ser
operado, con tal de que una enfermedad grave sea la causa de la
intervención quirúrgica;
- también a los ancianos, cuyas fuerzas se debilitan seriamente,
aunque no padezcan una enfermedad grave;
- e igualmente a los niños enfermos que han llegado al uso de
razón, a condición de que comprendan el significado del sacramento.

No es sujeto del sacramento el hombre sano, aunque esté en


inminente peligro de muerte por causa externa, por ejemplo, el
soldado antes de entrar en batalla.
La razón de lo anterior la clarifica Santo Tomás de Aquino:
"Aunque haya quien esté en peligro de muerte sin enfermedad (...)
este sacramento sólo se ha de administrar al enfermo, puesto que se
administra como una medicina corporal, la cual corresponde
únicamente a quien está corporalmente enfermo, pues es
conveniente observar la significación del sacramento" (C.G., 4, q. 73).
Vale la pena recordar aquí que la 'significación' de cada sacramento
es de institución divina, y como tal, inalterable.
Y de una manera más resaltante el Catecismo en el
Punto 1515
Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede,
en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este
sacramento. En el curso de la misma enfermedad, el sacramento
puede ser reiterado si la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir
la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Y esto
mismo puede aplicarse a las personas de edad avanzada cuyas
fuerzas se debilitan.
En la parroquias ocurre con frecuencia que a la hora de
discernir si una persona tiene o no una circunstancia que justifique el
reiterar la recepción del sacramento hay cierta duda. A veces
tenemos una cultura en la que no estamos acostumbrados a discernir
de manera propia y queremos que el sacerdote nos lo dé hecho. Para
evitar la trivialización en la administración del sacramento, los
sacerdotes a veces recurren a administrarlo un año sí y otro no. Claro
que esto no es lo ideal. Lo ideal sería que cada uno tuviese la
capacidad de discernir sus circunstancias personales, pero no es así.
Atengámonos, en cuanto a la reiteración del sacramento, a esas
reglas concretas que nos muestra el catecismo.

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