Título: El Susurro del Bosque
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Lucía siempre había sentido que el bosque escondía secretos. Desde
que tenía memoria, escuchaba a los mayores hablar del “Bosque del
Silencio” como si fuera una frontera invisible entre la realidad y lo
imposible. “Allí se pierde el sonido, y también la razón”, decían en el
pueblo. Pero Lucía no creía en esas historias. Para ella, el bosque era
un mundo por descubrir.
Esa mañana de otoño, mientras las hojas caían como suspiros desde
los árboles, Lucía se despertó con un sonido extraño: un susurro leve,
como si el viento hablara directamente en su oído. “Ven al bosque…
ven sola.” Abrió los ojos de golpe. No había nadie. Pero el mensaje se
había quedado grabado como un eco vibrando dentro de su pecho.
Decidió seguir su intuición. Preparó su mochila con una linterna, su
cuaderno de dibujos, una botella de agua y una chaqueta. No le dijo
nada a sus padres; sabía que no lo entenderían. Cruzó el pueblo, pasó
la verja oxidada que separaba el mundo humano del bosque, y entró.
El aire allí tenía un olor distinto. Fresco. Antiguo.
Y entonces, el silencio cayó de golpe.
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En cuanto dio los primeros pasos, el sonido desapareció. No había
canto de aves, ni crujido de ramas, ni siquiera sus propios pasos.
Lucía miró hacia atrás, y la entrada había desaparecido, como si el
bosque la hubiera absorbido.
Continuó caminando, confiando solo en su instinto. Pronto notó que
los árboles parecían observarla. No era imaginación: había algo en la
forma en que sus ramas se inclinaban levemente, como si se
comunicaran entre sí cuando ella pasaba.
De pronto, vio un destello plateado entre los arbustos. Se detuvo. Un
zorro, de pelaje brillante y ojos dorados, salió lentamente, sin miedo.
Lucía contuvo la respiración. El animal la miró fijamente y, tras unos
segundos, se dio la vuelta y empezó a caminar, como si la guiara.
Lucía no dudó y lo siguió. Cada vez que el zorro se detenía y la
miraba, algo en su interior le decía que iba por buen camino.
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Caminaron durante horas, pero Lucía no sintió cansancio. A medida
que avanzaban, el bosque cambiaba. Los árboles se volvieron más
altos, más densos, y el suelo comenzó a brillar tenuemente con una
luz azulada. Era como si caminaran sobre una alfombra hecha de
estrellas.
Finalmente, llegaron a un claro escondido. Era un círculo perfecto
rodeado de árboles inmensos que parecían custodiar el centro. En
medio, un lago de agua cristalina reflejaba algo que no era el cielo.
Lucía se acercó y miró. En lugar de su reflejo, vio imágenes de su
abuela: cocinando, riendo, leyéndole cuentos. Lágrimas brotaron de
sus ojos. Su abuela había muerto hacía dos años, y verla de nuevo,
aunque fuera así, era como una caricia al alma.
El zorro se sentó a su lado, en silencio. Lucía entendió entonces que el
bosque no solo escondía secretos; también guardaba memorias.
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Del centro del lago, sin hacer una sola onda, emergió una figura.
Estaba hecha de ramas, musgo, piedras y puntos de luz. Era alta,
majestuosa y completamente silenciosa. Sus ojos brillaban como
luciérnagas, y su presencia imponía respeto sin causar miedo.
“Eres la primera en mucho tiempo que escucha”, dijo la criatura con
una voz que no salió de su boca, sino que resonó dentro del corazón
de Lucía. “Soy el Guardián del Bosque.”
Lucía no podía hablar. Asintió lentamente, sintiendo que no
necesitaba palabras. El Guardián levantó una mano y de ella surgió
una semilla que brillaba como si contuviera un pequeño sol.
“Este bosque está muriendo, porque el mundo ha olvidado cómo
escuchar. Esta semilla contiene la memoria de la vida. Debes
plantarla donde todos puedan verla, y recordar. Solo así renacerá la
conexión.”
Lucía tomó la semilla entre sus manos. Estaba caliente, palpitaba
suavemente.
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El Guardián desapareció en silencio, igual que había llegado. El zorro
se levantó y empezó a caminar de nuevo, más despacio esta vez,
como si la despedida fuera cercana. Lucía lo siguió, con la semilla
guardada contra su pecho.
El regreso fue distinto. El bosque, que antes parecía interminable,
ahora abría un sendero claro. Los árboles se inclinaban a medida que
pasaba, en lo que parecía una reverencia muda. El viento volvió, y
con él los sonidos: ramas que crujían, hojas que caían, incluso un par
de pájaros cantando.
Cuando cruzó de nuevo la verja, era el atardecer. Sus padres no
sabían que había salido. Nadie sospechaba que había estado en un
lugar donde el tiempo no se medía igual. Lucía miró hacia atrás. El
bosque parecía dormido otra vez.
Pero ahora, ella llevaba parte de su espíritu dentro.
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Esa noche no pudo dormir. Se sentó en su escritorio, abrió su
cuaderno de dibujos y empezó a bosquejar lo que había visto: el
zorro, el claro, el lago de memorias, el Guardián. Llenó páginas
enteras sin darse cuenta.
Al amanecer, se dirigió a la plaza del pueblo. Allí, en el centro, había
un terreno abandonado que nadie usaba. Escarbó con las manos,
abrió un hueco y plantó la semilla. Luego se quedó sentada al lado,
esperando.
Los días pasaron. La gente comenzó a preguntarse qué hacía esa niña
cada tarde, sentada en el centro de la plaza. Algunos se burlaban,
otros la ignoraban. Pero Lucía sabía que algo se estaba gestando.
Y una mañana, algo brotó.
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No era un brote normal. Era una rama brillante, de un verde tan puro
que parecía casi irreal. En dos días se convirtió en un tallo. A la
semana, un pequeño árbol. Las hojas resplandecían levemente al caer
la tarde, como si absorbieran la luz del sol y la devolvieran convertida
en música.
Los niños del pueblo fueron los primeros en acercarse. Tocaban el
árbol y decían que sentían calor. Luego vinieron los adultos, curiosos.
Uno a uno, empezaron a recordar cosas que creían olvidadas: olores
de su infancia, canciones antiguas, risas de quienes ya no estaban.
El árbol se convirtió en un punto de reunión. Nadie entendía por qué,
pero todos querían estar cerca.
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Lucía nunca dijo nada sobre su viaje. Solo compartía dibujos y
cuentos que empezaron a hacerse populares en la región. Sus
historias hablaban de bosques vivos, de guardianes hechos de
estrellas, de animales sabios y semillas mágicas.
El árbol siguió creciendo. Con los años, el pueblo cambió. Plantaron
más árboles, cuidaron la tierra, escuchaban con más atención. El
bosque, aunque aún misterioso, dejó de dar miedo. La verja oxidada
fue restaurada y convertida en un arco con flores.
Lucía se convirtió en una joven admirada. A los dieciocho años,
organizó el primer Festival del Silencio, donde nadie hablaba, solo se
escuchaba: a la naturaleza, a los demás, a uno mismo.
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Una noche, mientras dormía, Lucía volvió a escuchar un susurro en su
oído. Esta vez, no era una voz extraña. Era familiar. El Guardián.
“Es hora de volver.”
Lucía se levantó sin miedo. Preparó su mochila, como aquella primera
vez. Cruzó el pueblo, el arco floral, y entró al bosque. El silencio volvió
a envolverla como un manto cálido. Caminó sin necesidad del zorro.
Ya conocía el camino.
En el claro, el Guardián la esperaba. Esta vez no estaba solo. Había
otros niños, otras personas. Todos con la misma expresión: habían
escuchado.
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Lucía se convirtió en Guardiana también. Su cuerpo, aún humano,
brillaba con la misma luz que el lago. Su misión era ayudar a otros a
recordar.
El bosque ya no era un lugar que asustaba. Era un santuario. Y
gracias a Lucía, su semilla, y su historia, el mundo poco a poco volvió
a escuchar.
Porque a veces, lo más importante no es hablar…
Sino saber escuchar lo que la Tierra susurra.