Manual del holgazán
Tácticas y estrategias para obtener todo de su trabajo (sin dar nada a cambio)
Algo malo debe tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado.
CANTINFLAS
El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer.
OSCAR WILDE
Prólogo
La leyenda
Primero fue un rumor:
Había comenzado a trabajar en una lóbrega dependencia pública cuya oscuridad radicaba
en descubrir para qué servía. Por entonces aún era entusiasta, creía que el sistema se podía
cambiar, que uno pone buena voluntad las cosas se alegran. Trabajaba con esmero. No sabía bien
lo que hacía, pero lo hacía con vehemencia. Uno de mis compañeros, a quien el cansancio lo había
conquistado varios años antes, me palmeó la espalda y dijo:
-Vos deberías leer el Manual del holgazán.
Le pregunté a qué se refería, pero la directora de la oscura dependencia entró en la oficina. Mi
compañero agachó la cabeza, sumiso, y volvió a su escritorio. Más tarde, cuando la directora ya se
había marchado luego de su saludo matinal, le pregunté qué había querido decirme, y dijo no
recordar la situación. No insistí. Volví a mi escritorio: mi jefa acababa de asignarme una tarea
carente de sentido pero que, dijo, era urgente.
Luego el rumor insistió.
Los meses transcurrieron y, como les sucedía a todos en aquel lugar lindante con la Facultad de
Ingeniería, comencé a hartarme de no saber para qué trabajaba, cuál era la utilidad. La primera
reacción fue tristeza, un principio de melancolía. Llegaba a la oficina luego de no haber dormido en
toda la noche, de haber pensado en la cama si algo de lo que hacía tenía sentido. Ojeroso, arribaba
y me quedaba delante del monitor rumiando mi angustia. Fue entonces cuando el mismo
compañero volvió a palmearme la espalda, y dijo:
-Vos deberías leer el Manual del Holgazán.
Le pregunté de qué me hablaba.
Entonces nació la leyenda.
Supe, por este compañero, que los empleados de la dependencia compartían en secreto un
manuscrito. Leerlo implicaba, por así decirlo, socializar una voluntad: encontrarle sentido a un
trabajo que no lo poseía.
Antes de leerlo, claro, estuvo la preparación para lo sagrado.
El manuscrito, supe por mi compañero, se guardaba en el sótano de la independencia para ser
leído por cada integrante de la hermandad de empleados en cada ocasión en que su ánimo lo
requiriese. La lectura implicaba una obligación por parte del lector: aportar algo al manuscrito. Es
decir: cuando uno terminaba de empaparse del contenido, debía escribir al menos una línea más
que le sirviese a otro futuro lector.
El Manual del Holgazán estaba escrito por múltiples empleados de la dependencia; todos habían
ido dejando sus conocimientos, que implicaban sobrevivir al tedio, a la muerte en vida. Podría
decirse, entonces, que el Manual del Holgazán constituía un legado colectivo, una leyenda secreta
que no podía compartirse con los demás bajo el riesgo de que, de tomar estado público, perdiese
su eficacia o delatara quiénes habían hecho sus aportes.
Una tarde mi compañero me preguntó:
- ¿Listo?
Asentí. Él se incorporó, y me hizo una seña para que lo siguiese en silencio. Bajamos por escaleras
ennegrecidas por la suciedad -los servicios de limpieza estaban tercerizados, lo cual implicaba que
eran más económicos, pero también que no brindaban higiene-, mientras el resto de los habitantes
de aquella ballena de cemento nos observaban de reojo, atentos, como si supieran lo que estaba a
punto de suceder. De sucederme. Lo que me sucedió cuando llegamos al sótano y, de adentro de
un zócalo flojo, mi compañero extrajo un conjunto de papales añejos cosidos con hilo que,
sospeché, había sido utilizado para cerrar cajas de pizzas en alguna oportunidad. Sopló el polvo
que cubría el papel, y me lo tendió como quien entrega un recién nacido.
Lo leí en dos horas. Lo devoré.
El Manual del Holgazán, descubrí, era una guía de supervivientes, pero sólo en parte. Era,
fundamentalmente, una serie de consejos que constituían una metodología irrefutable para
obtener el máximo beneficio posible de una actividad que no reportaba ninguno salvo un salario
magro.
Al finalizar, mi compañero observó cuál era mi aporte y asintió. Mientras volvíamos a esconderlo
en el zócalo y las ratas chillaban a nuestro alrededor, dijo:
-Ahora, tu misión.
- ¿Mi misión no era escribir algo al finalizarlo?
Negó con la cabeza. Mi misión, dijo, era detectar a alguien que desconociese el Manual, que
padeciera en su trabajo tal como yo hasta entonces, para hacerlo conocer, para que, al igual que
nosotros, dejara de sufrir en su ámbito laboral, para que le sacara provecho y disfrutase de la vida.
Supe entonces, que había muchos otros Manuales del Holgazán. Uno por cada ámbito laboral.
Ministerios, municipios, tribunales, empresas privadas, call centers, bares, comercios: cada sitio
poseía su manual que compilaba los saberes de los trabajadores precedentes, el legado de cómo
sobrevivir y aprovechar el trabajo.
Entonces tuve una idea. Mi método de dar con quien necesitase del Manual no sería el mismo que
el de mi compañero, que aguardó a que mi buena voluntad se quebrase bajo el peso de la
inconsistencia burocrática. Por el contrario, podía maximizar el encargo: me dedicaría a reunir todo
los Manuales que pudiese conseguir para compilarlos para multiplicar su eficacia.
Fue una tarea de años.
El libro que tiene en sus manos es el fruto de uno arduo trabajo -con perdón de la palabra-. Tuve
que actualizar términos -algunos Manuales databan de la época de la Colonia-, uniformar criterios,
profesiones, hasta edificar un Manual único que puede serle de utilidad a las más variadas
actividades.
El legado, entonces, se ha materializado en estas páginas. Mi función termina en este preciso
instante.
Su función al haberlo adquirido es leerlo y, una vez que lo termine, compartirlo, recomendarlo,
regalarlo, dejarlo quizás en algún banco de la plaza o del subte para que lo encuentre otra persona.
Su función como lector es hacer del que habitamos un mundo mejor, tal como soñaban los
primeros que escribieron este Manual con prolijidad en tinta proveniente de una pluma, y también
todos lo que fueron engrosando sus páginas.
Es decir, aquellos que no se resignaron.