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Universidad Autónoma Metropolitana: Animalidad Y Conocimiento. La Producción Del Otro en El Quehacer Científico

La tesis de Alberto Alejandro Medina Jiménez analiza la producción de animales en la investigación científica biomédica, enfocándose en las interacciones entre humanos y animales en laboratorios de farmacobiología y neurociencias en la Ciudad de México. Utilizando una perspectiva transdisciplinaria, se examinan las condiciones sociales y simbólicas que configuran la animalidad y se propone una reflexión crítica sobre la subjetividad en el contexto de la ciencia. El trabajo busca evidenciar cómo los animales son actores activos en la producción del conocimiento científico, cuestionando su rol tradicional como meros objetos de estudio.

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Universidad Autónoma Metropolitana: Animalidad Y Conocimiento. La Producción Del Otro en El Quehacer Científico

La tesis de Alberto Alejandro Medina Jiménez analiza la producción de animales en la investigación científica biomédica, enfocándose en las interacciones entre humanos y animales en laboratorios de farmacobiología y neurociencias en la Ciudad de México. Utilizando una perspectiva transdisciplinaria, se examinan las condiciones sociales y simbólicas que configuran la animalidad y se propone una reflexión crítica sobre la subjetividad en el contexto de la ciencia. El trabajo busca evidenciar cómo los animales son actores activos en la producción del conocimiento científico, cuestionando su rol tradicional como meros objetos de estudio.

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Universidad Autónoma Metropolitana

Unidad Xochimilco.

División de Ciencias Sociales y Humanidades.

Doctorado en Ciencias Sociales.

Animalidad Y Conocimiento. La Producción Del Otro En El Quehacer


Científico.

Tesis que para obtener el grado de

DOCTOR EN CIENCIAS SOCIALES CON ESPECIALIDAD EN PSICOLOGÍA


SOCIAL DE GRUPOS E INSTITUCIONES.

Presenta

Alberto Alejandro Medina Jiménez

Directora de Tesis

Dra. Frida Gorbach Rudoy

Ciudad de México, marzo del 2022.

1
Resumen.
El objetivo general de este trabajo es analizar el modo en que se producen los
animales en el contexto de la investigación científica dentro del campo biomédico.
Considerando el modo en que se configuran determinadas formas de animalidad en
ciertas condiciones sociales, tanto simbólicas como materiales.
Para esta finalidad se realizó trabajo de campo en dos laboratorios, uno de
farmacobiología ubicado en el CINVESTAV sede sur, y el otro de neurociencias en
el Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, ubicados ambos en la Ciudad de
México. Se realizaron entrevistas y observación participante en ambos espacios
para analizar las formas de interacción entre humanos y animales bajo el contexto
de la experimentación.
Se realizó un análisis de las condiciones de producción en los bioterios y en los
laboratorios, antes, durante y después de la experimentación para conocer los
procedimientos en los que se ven involucrados los animales y las formas de relación
que se dan entre estos y los humanos, a la vez que se encuentran inmersos en una
serie de relaciones semióticas y materiales.
A partir de una perspectiva transdisciplinaria y apoyándose en nociones
provenientes de la teoría posestructuralista, se fue pensando la problemática desde
diferentes campos, como son los animal studies, la antropología del giro ontológico,
así como las discusiones llevadas a cabo en el constructivismo y el neomaterialismo
desde la sociología y la historia de la ciencia. Todo esto para arribar a una
perspectiva teórica que permitiera pensar a los animales como parte constitutiva de
la producción científica, entendiendo esta como una actividad social de
interacciones múltiples.
Con base en esto se realiza una reflexión crítica desde la psicología social para
repensar la noción clásica de subjetividad para proponer nuevas formas de
(re)conocimiento que involucren a los animales en estas áreas.
Palabras Clave: Animales, Ciencia, Laboratorio, Conocimiento, Subjetividad.

Aprobación por parte de la directora: Dra. Frida Gorbach Rudoy.

2
Abstract.
The general objective of this work is to analyze the way in which animals are
produced in the context of scientific research within the biomedical field. Considering
the way in which certain forms of animality are configured in certain social conditions,
both symbolic and material.

For this purpose, fieldwork was carried out in two laboratories, one of
pharmacobiology located at CINVESTAV sede sur, and the other of neuroscience at
Instituto de Fisiología Celular of UNAM, both located in Mexico City. Interviews and
participant observation were conducted in both spaces to analyze the forms of
interaction between humans and animals in the context of experimentation.

An analysis of the production conditions in the vivarums and in the laboratories was
carried out, before, during and after the experimentation to know the procedures in
which the animals are involved and the forms of relationship that occur between
them and humans, while they are immersed in a series of semiotic and material
relationships.

From a transdisciplinary perspective and relying on notions from poststructuralist


theory, the problem was thought from different fields, such as animal studies, the
anthropology of the ontological turn, as well as the discussions carried out in
constructivism and neomaterialism from sociology and the history of science. All this
to arrive at a theoretical perspective that would allow thinking of animals as a
constituent part of scientific production, understanding this as a social activity of
multiple interactions.

Based on this, a critical reflection is carried out from social psychology to rethink the
classical notion of subjectivity to propose new forms of knowledge that involve
animals in these areas.

3
A mis padres.

4
Agradecimientos.

A mis padres, hermanos y sobrinos por su apoyo y cariño.

A mis amigos y compañeras del doctorado por compartir este proceso.

A Uma, mi gata, por enseñarme otras formas de cariño.

A las ratas de los laboratorios por enseñarme el valor de una vida.

A Ariadna por ser guía en este laberinto.

A las investigadoras e investigadores que


me permitieron entrar en su espacio de trabajo.

A mi directora Frida por su motivación constante.

A mis lectores quiénes participaron en la realización de este trabajo.

5
Tabla de contenidos.

Animalidad Y Conocimiento. Introducción. .................................................................... 7


Siguiendo El Rastro De Los Animales.................................................................................... 15
La discusión naturaleza-cultura. .............................................................................................. 18
El animal como ausencia. ......................................................................................................... 21
El animal como representación................................................................................................ 24
El animal como agente. ............................................................................................................ 28
Los animales de laboratorio. .................................................................................................... 31
Problematizando Los Animales En Los Laboratorios. ............................................................ 33

Capítulo I.- Crianza, Vida Y Reproducción En El Bioterio. La Producción Corporal De Un


Instrumento. ............................................................................................................... 56

Capítulo II. Bioética En El Laboratorio. La Regulación Moral De La Experimentación


Animal. ....................................................................................................................... 79

Capítulo III. Afectos En El Laboratorio E Imaginarios Animales...................................... 97

Capítulo IV. Modelado Y Estandarización De La Vida Animal. .................................... 116

Capítulo V. La Producción Escópica De La Evidencia. Observar Conductas Y Tejidos. .. 132

Capítulo VI. Diferencia Y Similitud. La Producción De La Otredad Animal En El


Laboratorio. .............................................................................................................. 150

Reflexiones finales. ................................................................................................... 174

Posfacio. ................................................................................................................... 187

Referencias. .............................................................................................................. 194

6
Animalidad Y Conocimiento. Introducción.

Ha tomado el lugar del lobo, su verdadero lugar. El hombre


Occidental es el lobo de la ciencia.

Michel Serres

El ambiente de controversia que suscita el trato a los animales y la exigencia de


supresión de su uso en diferentes ámbitos humanos, incluida la investigación
científica, parece caracterizar las discusiones vigentes sobre los animales en la
sociedad. Los grupos animalistas cobran cada vez más visibilidad en los mass
media y sus exigencias legales toman cada vez mayor eficacia. Al mismo tiempo
que los animales se han convertido en objeto de diferentes disciplinas no biológicas,
se entrevé una preocupación social cada vez mayor, no sólo por dichos grupos
activistas sino también por las instituciones estatales y organismos internacionales.
Las normatividades en contra del maltrato animal son cada vez más numerosas y
su implementación más rigurosa. No obstante, nos encontramos en una época en
la que el comercio de carne animal produce aproximadamente 2,000 muertes por
segundo a nivel mundial. Cifra que genera un gran número de contaminantes que
se suman a la crisis planetaria del calentamiento global y a la extinción masiva de
especies. Tiempos, estos, en que la destrucción planetaria camina de la mano con
la crueldad exacerbada hacia animales. Donde cohabita un crecimiento en el
número de personas veganas al mismo tiempo que aumenta el consumo de la
carne, subiendo de 23 kg per cápita de carne al año en 1970 a 65 kg al 2018
(Consejo Mexicano de la Carne, 2018). El tráfico de especies es actualmente uno
de los negocios más lucrativos y la extinción masiva de animales se torna inminente
debido a la extinción de hábitats naturales causada por actividad humana (Suárez,
2019). En la situación actual de la pandemia por la COVID-19 se hace necesario
cuestionar el lugar que los animales tienen en la sociedad, tanto a nivel su

7
explotación y destrucción de sus hábitats, como del lugar que ocupan en las ciencias
biomédicas.

Dentro de este panorama contradictorio encontramos las polémicas desatadas en


torno a los animales de laboratorio, terreno en el que se han implementado
legislaciones cada vez más rigurosas para evitar su sufrimiento mientras que
algunos abogan por la supresión total de su uso para fines humanos. El tema de la
animalidad ha cobrado relevancia no sólo a nivel teórico, normativo y cultural, sino
se ha puesto en duda si el uso de animales es realmente necesario para el
desarrollo de avances científicos al mismo tiempo que se sofistican los mecanismos
de control y producción de estos animales. La temática de los animales no puede
pasar desapercibida en el ámbito actual.

Las disciplinas del saber sobre lo humano no han permanecido indiferentes ante
esta situación. A la par del aumento en la preocupación por el trato a los animales,
las disciplinas sociales y humanistas cada vez amplían más sus perspectivas hacia
esos otros que cohabitan con nosotros el mundo, en donde cada vez menos existe
un lugar en el que la actividad humana no intervenga.

En relación con los animales de laboratorio la literatura sobre ética animal abarca la
mayoría de las páginas escritas al respecto. La apuesta es generar un uso cada vez
más racional de los animales que evite sufrimiento y muertes innecesarias. En el
terreno de su puesta en práctica, en México, la implementación de la norma 062
(NOM-062-ZOO-1999) en el año de 1999 ha suscitado una serie de modificaciones
en la práctica científica. Aunque no es el objetivo particular de mi investigación
conocer el modo en que se ha implementado esta norma, el modo en que ha
trastocado la forma de hacer ciencia forma parte del panorama en que se desarrolla
mi investigación.

Sin embargo, mi objetivo se centra más en el modo en que se produce el saber


científico y el lugar que ocupan los animales en el mismo. Está por demás señalar
la relevancia que ocupa dicha forma de conocimiento en el mundo occidental
globalizado. De manera específica, la industria farmacéutica, un ámbito en el que
se ha centrado mi investigación, es una de las industrias con mayor lucro a nivel

8
mundial, movilizando más de 700 mil millones de dólares hasta el 2014 (Borja,
2018). Su intervención en la vida de los humanos es ya un acto ineludible en la vida
cotidiana, determinando formas específicas de sociabilidad y política. De igual
modo, los animales usados para experimentación forman parte de la vida cotidiana
de los laboratorios en ciencias biomédicas. Se estima que se mataron 192.1
millones de animales en el contexto de investigaciones científicas en el 2015 a nivel
mundial. (Taylor y Rego, 2020)

Sin embargo, los estudios de la ciencia desde una perspectiva social son más o
menos recientes. Las perspectivas críticas que evitan la separación de los aspectos
técnicos e intelectuales de los propiamente sociales (Latour y Woolgar, 1995)
abordando el tema de los animales de laboratorio como eje central son una línea
poco explorada en nuestro país. Esta perspectiva puede contribuir al modo en que
los científicos perciben su propia práctica, ya que generalmente los estudios
sociales son vistos como ajenos a la misma (Latour y Woolgar, 1995). Pensar a los
animales desde esta perspectiva favorecería la comprensión del modo en que la
ciencia se construye desde un universo material y simbólico que es ubicable de
manera sociohistórica, tomando en cuenta los distintos actores humanos y no
humanos que constituyen dicho proceso, en el que los animales ocupan un lugar
específico. Pero también, en el mejor de los casos, abonaría al debate desde una
perspectiva diferente, donde más que polarizar la discusión, aunaría al modo en que
la ciencia se vuelve una actividad propia, no sólo de los científicos sino de la
sociedad en general, y el modo en que los animales forman parte de esta.

La presente investigación surge de un cuestionamiento sobre el lugar que los


animales ocupan dentro de lo social. Mi trabajo se centra en un modo particular de
actividad humana, la producción del conocimiento científico-biomédico. De este
modo se persiguen dos objetivos, que en realidad ya han sido trabajados en las
disciplinas sociohumanistas; por un lado, demostrar que el conocimiento científico
duro se elabora de manera blanda, es decir, desde un contexto sociocultural; por
otro lado, y en el mismo sentido, demostrar que la animalidad es una coproducción
entre humanos y no humanos. Sin embargo, aquí estas demostraciones no implican

9
una explicación cabal desde las disciplinas propias, pues estas no salen ilesas del
cuestionamiento que plantean los objetos de esta investigación: animales y formas
de conocimiento. Así lo social y lo humano serán conceptos abordados desde
aquello que reprimen y retorna en forma de pregunta.

Si se trata de definir de manera más precisa el objeto de esta investigación,


entonces, hablaríamos de la relación entre animalidad y conocimiento científico o,
dicho de otro modo, la producción social de los animales en la práctica científica. Es
decir, con animalidad me refiero al modo en que los animales son producidos de
cierta forma (imaginaria, simbólica o materialmente) dentro de un contexto
sociocultural, ya sea por dispositivos institucionales, discursivos o instrumentales.
De igual modo, el conocimiento científico lo ubico como una práctica concreta en la
que se elaboran una serie de procedimientos realizados bajo cierto ordenamiento
social (o colectivo) para obtener una forma específica de saber. Dentro de esta
práctica se realiza un proceso en particular donde los animales son actores
principales; la experimentación. Así, podemos considerar a los animales de
experimentación como una producción social y no sólo como un dato biológico.

Pero, aquí se hace necesaria una aclaración sobre la acepción de animalidad. Al


pensar en el animal de experimentación como una producción, me alejo,
precisamente, de una concepción en que este sería visto como un producto pasivo.
Por el contrario, considero que juega un papel activo en la constitución de las
prácticas sociales. Se trata de la capacidad de agencia que este tiene. A lo largo de
la investigación se problematizará esta característica, al mismo tiempo que se
cuestionará la conceptualización que se le ha dado desde las ciencias sociales.
Generalmente esta se ha relacionado con los términos de subjetividad, acción y
estructura. Desde la posición adoptada aquí, quizá sin abandonar por completo
dichos términos, en cambio, se trataría de una posición relacional en dónde el
agente forma parte imprescindible de una serie de procesos que constituyen lo
social o, mejor dicho, la vida misma (Ingold, 2010). Se tratará entonces de ver el
modo en que el agente participa en estos procesos, cómo se relaciona con otros
actores para esta finalidad, y cómo en esta relación se constituye a sí mismo; cómo

10
se produce al mismo tiempo que participa; no se trata de definir su esencia o forma
específica, sino de explicar los flujos que este sigue, los procesos de formación que
desencadena.

Al reconocer la agencia o, más correctamente, la vida de los animales de


laboratorio, no me estoy ocupando por el modo en que estos logran modificar la
estructura que los sobrepasa, sino por el modo en que estos constituyen redes de
acción. Así, también, la diferencia entre personas y animales no opera en el sentido
de que los primeros actuarían por sobre los segundos, dotándoles de forma, sino
más bien pensando una interacción donde animalidad y humanidad son dos polos
más bien porosos que se conectan entre sí mediante flujos materiales-simbólicos.

Al mismo tiempo que me pregunto sobre el modo en que el animal participa en la


construcción del conocimiento es, también, una pregunta por mi propia manera de
hacer investigación. Por la forma en que yo como investigador produzco
conocimiento desde las disciplinas propias, tratando de explicar el animal. ¿De qué
manera metodológica y teóricamente puedo tener una aproximación al mismo? Sin
duda ha sido una pregunta central en esta investigación y recorre los resultados de
esta.

Así esta investigación se desprende de una experiencia en campo dentro de dos


laboratorios dónde pude observar los procedimientos en que los animales se ven
inmiscuidos, así como platicar y entrevistar a los investigadores, laboratoristas y
criadores que trabajan con ellos. Dentro de estos dos laboratorios los informantes
clave con quienes pude trabajar más directamente son principalmente estudiantes
de posgrado; al encontrarse en un proceso de formación y, de cierto modo,
aprendiendo la cultura dentro del laboratorio, me permitió tener un acceso en el que
yo también entré en un proceso de formación dentro de la cultura científica.

El primer laboratorio se encuentra en el CINVESTAV sede Sur, dentro del


departamento de farmacobiología, trabajando de manera específica conducta
sexual en ratas. El segundo está en el Instituto de Fisiología Celular en el
departamento de neurociencias, trabajando procesos neuronales con ratas y
ratones. También tuve acceso mediante entrevistas a otro laboratorio del

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CINVESTAV donde trabajan de manera más específica farmacología de la conducta
sexual en ratas, así como pude observar y realizar entrevistas. En ambos casos
pude entrevistar a los encargados de los bioterios donde se lleva a cabo la crianza
de estos animales.

Respecto a este último punto en el primer capítulo describo el modo en que los
animales son criados bajo una serie de dispositivos que contienen y moldean su
cuerpo. Se trata de la elaboración de un instrumento, o mejor dicho de un bio-
indicador. La confinación de los animales y el control de las condiciones de crianza
se encuentran dirigidos a la elaboración de un material neutro, cuyas variables
puedan controlarse y permitan la elaboración de indicadores biológicos. El proceso
de homogenización, es decir, tratar que los ejemplares sean lo más parecido posible
entre sí, corre a la par de una disposición corporal a la experimentación. Dentro de
este proceso me pregunto sobre el modo en que sus cuerpos son producidos bajo
una serie de controles dirigidos a conformar su cuerpo como una hoja en blanco, o
bien, con una escritura fija, que permita controlar lo impredecible.

A su vez, estas acciones se encuentran reguladas por un marco reglamentario


basado en preceptos éticos que serán discutidos en el segundo capítulo. El animal
para poder abandonar el bioterio y llegar a los laboratorios debe pasar por un
escrutinio de comités bioéticos que avalen la pertinencia de su uso en la
investigación. Así el control que se despliega en sus cuerpos se encuentra ordenado
bajo una racionalidad ética. La estancia de los animales desde su crianza en el
bioterio, como en los vivarios (habitaciones dentro del laboratorio donde los
investigadores pueden controlar de mejor forma sus variables biológicas) y en el
momento de la experimentación, se encuentra ordenada bajo una serie de
condiciones que otorgan a los animales una consideración ética. Por un lado, es
necesario preguntarse por el modo en que los animales son conceptualizados y
objetivados desde esta posición ética para, al mismo tiempo, conocer los
dispositivos que ordenan sus cuerpos bajo ciertas condiciones.

Así en el tercer capítulo me pregunto por el trato que le es dado a los animales, en
términos prácticos. Es decir, la bioética configura una serie de prácticas en torno a

12
los animales que están reguladas normativamente, pero el modo en que los
investigadores y laboratoristas interactúan con los animales se relaciona más a un
ethos científico y al modo en que se da una interacción cuerpo a cuerpo. Dentro de
la práctica científica los investigadores aprenden una serie de conceptos que
definen una forma particular de comprensión del mundo y de los materiales con los
que trabaja, lo que se podría llamar una cosmogonía en términos clásicos de la
antropología o paradigma en términos científicos. Sin embargo, el modo en que
trabajan, también responde al modo en que estos mismos materiales, incluyendo
los animales de laboratorio, requieren una disposición corporal específica del
investigador. Así los conceptos dados sobre los animales adquieren significaciones
más específicas de acuerdo con la experiencia que se suscita entre investigador y
animal, conformando ciertos imaginarios.

El animal, si bien es producido desde el bioterio como una hoja en blanco, su


proceso de inscripción que permite elaborar conocimiento (en forma de escritura)
no se constituye sino hasta el momento de la experimentación donde este pasa a
ser un modelo biológico. Este proceso extrae una serie de números y marcas del
animal que permite al investigador leer los indicadores que el modelo produce. Para
esta finalidad el investigador debe delimitar su hipótesis, de la cual el experimento
resultará como comprobación o refutación. Pero además de esta elaboración
teórica, se requiere una preparación del cuerpo de los animales. Dependiendo de la
finalidad del experimento se elegirán ciertas características o se harán
modificaciones al cuerpo del animal para controlar las variables. La conformación
de este modelo responde a la necesidad de reproductibilidad, es decir, que el animal
responda del mismo modo al experimento sin importar que sean individuos
diferentes. En este capítulo me preguntaré sobre la constitución de estos modelos
y su relación con el principio experimental de repetición.

En el quinto capítulo me centraré en la forma en que, para poder registrar los


resultados de este experimento y una vez aisladas las variables, es necesario poder
verlas. Si bien los investigadores consideran que se tratan de hechos dados en sí
mismos, se hace necesario un entrenamiento previo para poder observar y registrar

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los datos. El animal por su parte ofrece una serie de cualidades y respuestas que,
si bien se han buscado homogenizar, no son las mismas en todos los individuos,
por lo que fijarlas en la escritura se dificulta. En esta articulación ojo – animal se
hace necesaria la interpretación correcta de lo que se observa. Por un lado, para
observar las conductas se hace necesario un proceso de entrenamiento de los
animales y de los investigadores para homogenizarla. Posteriormente la conducta
debe ser aislada en términos fisiológicos para poder ver su origen molecular. Se
extrae el cerebro y mediante el microscopio y diversas técnicas de uso de
sustancias químicas se observa la actividad neuronal. Lo mismo ocurre con la
investigación in vitro que aísla las neuronas de los animales para excluir las
variables incontrolables que el animal vivo representa. Sin embargo, se considera
que la neurona continúa viva, y lo que se intenta explicar es, precisamente, la vida
¿De qué modo se relaciona lo que el investigador produce como evidencia y lo que
observa con la materialidad viva propia del animal? ¿Es esta materialidad viva lo
que constituye el conocimiento biomédico?

Desde las ciencias biomédicas, es precisamente la materialidad la que permite


comparar al modelo animal con el humano. El aislar conductas, procesos
fisiológicos, células, moléculas y proteínas, permite comparar al animal no humano
con el humano, en tanto que estas características están en ambos lados. En el
capítulo sexto me preguntaré por la relación humano-animal que se vive en la
investigación científica. Si bien se ha problematizado la forma en que las ciencias
biomédicas han formado una idea específica de humanidad y animalidad, dentro de
la práctica científica aparece como una pregunta constante que debe responderse
de manera particular. La continuidad corporal y la separación espiritual entre
humanos y animales no humanos característica del pensamiento occidental, en
realidad es un camino sinuoso y con poca claridad. No es lo mismo la separación-
continuidad que establece un investigador con un cultivo neuronal que con una rata.
En este capítulo exploraré las distintas concepciones que se tienen de lo animal y
el distanciamiento que se requiere, de manera epistemológica y social, para la
conformación del animal como un objeto de saber.

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Al final de la investigación el resultado es un escrito sobre el proceso mismo de la
investigación. La parte experimental es totalmente imprescindible pues la evidencia
es requisito para que la investigación sea considerada como tal. ¿Qué tanto la
experimentación, como producción de evidencia, legitima a la ciencia cómo saber?
¿De qué manera participan los animales en esto? Por un lado, la farmacología no
sólo genera conocimiento escrito en papel sino se dirige a crear sustancias que
modifican las escrituras corporales de los humanos. Las ciencias básicas, por su
parte, sólo buscan dar explicaciones certeras del mundo; sin embargo, se dice que
dirigen de algún modo las investigaciones aplicadas. Se reconoce que sin los
animales estas modificaciones mediante fármacos serían quizá imposibles de
realizar, pues se necesitan de cuerpos para su conformación.

Siguiendo El Rastro De Los Animales.

A continuación, haré un breve recorrido del modo en que el tema de investigación


fue derivando en el proyecto actual. La ruta que he seguido para este propósito
consta de las diferentes perspectivas que ha adquirido el proyecto de acuerdo con
las emergencias que han surgido del trabajo de campo.

El primer tema que había considerado estudiar fue el del veganismo como forma de
subjetivación, destacando el tema de la alimentación. Me interesaba de manera
particular la relación humano-animal que se establecía mediante la ética
alimentaria, apoyada esta, hipotéticamente, en una relación afectiva. Después de
un breve acercamiento al campo noté que, en dicha relación, aunque mediaban las
concepciones sobre los animales y lo animal, empíricamente no existía una
interacción con estos.

En algunos casos la interacción que ocurría con los animales podía observarse en
otras actividades como el rescate y reubicación de animales callejeros de compañía.
La dimensión afectiva, en este caso, cobraba particular relevancia al tratarse de una
relación de ida y vuelta, en la que los animales no sólo aparecían como una
representación abstracta y general, sino que la interacción dependía, en gran
medida, de la particularidad de cada animal.

15
De este modo la temática se amplió hacia la relación de personas animalistas con
animales de compañía. Sin embargo, parecía existir cierto vacío en torno a mi
interés sobre la animalidad, es decir, el animalismo parecía seguir siendo el foco de
la investigación mientras que los animales aparecían sólo en un segundo plano. De
alguna manera comencé a observar más a los animales que a los humanos y el
modo en que estos se comportaban, lo que al mismo tiempo implicaba,
personalmente, una lectura interpretativa de su conducta sin poderla separar del
contexto social en el que se veían inmersos. Así noté que su corporalidad y su
conducta (al igual que la de los humanos) se encontraba configurada por la
interacción que estos tienen con el medio y, siendo el caso de estos animales, el
medio se trataba de uno creado por humanos, es decir, un contexto social.

Esta configuración social de lo animal la pude observar en la diferenciación entre


gatos ferales y gatos adoptables. Los primeros al no tener una socialización con
humanos durante su infancia son considerados como animales salvajes e
indomesticables, diferenciándose el trato que reciben con el de los gatos
adoptables. Los primeros son controlados mediante esterilizaciones, alimentados y,
en algunos casos, atendidos con tratamientos médicos; vigilados y cazados
mediante trampas para dicho control. En el caso de los segundos son llevados a
refugios con la esperanza de que su destino sea un hogar humano. ¿Cómo una
misma especie muestra configuraciones sociales y corporales tan distintas? Por un
lado, esto responde a características específicas de los animales ya que, aunque
los gatos ferales se intentaran domesticar se tornaría una tarea casi imposible. Esta
característica propia del animal a la vez es interpretada desde un contexto
sociohistórico específico. El gato como un animal considerado en situación de calle
y cuya encomienda estatal no es el exterminio sino su cuidado, manutención y
reubicación en hogares humanos, en realidad es un fenómeno reciente. Por otro
lado, esto que podríamos considerar como una construcción social delimita formas
de acción específica dirigida a los animales, en la interacción de estos con los
humanos y con diferentes instrumentos y espacialidades, se configurarán
determinadas corporalidades y formas de conducta en los animales, como aquellas

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de escape y proximidad de los gatos ferales, o aquella claramente domesticada del
gato considerado como mascota.

A esta serie de redes simbólicas y materiales que configuran una determinada forma
en los animales, como profundizaré más adelante, le conferí la denominación de
animalidad. Así el tercer cambio de foco en mi investigación se dirigió a la
configuración de estas animalidades. En este punto el animalismo resultaba
estorboso para mi planteamiento así que opté por restarle importancia, dirigiendo
mi atención a diferentes animalidades que se configuran en el espacio urbano. De
esta decisión elegí varias duplas de configuraciones de animalidades distintas en
una misma especie o familia, por ejemplo, los ya mencionados gatos ferales y gatos
mascota, también consideré los peces para comer y los peces usados como
ornamento, los roedores de laboratorio y los roedores considerados como plaga.
Para esta perspectiva lo importante era analizar comparativamente las diferentes
configuraciones para apoyar mi hipótesis de las diferentes animalidades y
sistematizar la perspectiva teórica y metodológica resultante de esta exploración
empírica. De algún modo mi objeto se tornaba más bien conceptual, apelando a una
generalidad de casos para problematizar dicho concepto.

En esta exploración fue que comencé a realizar entrevistas a científicos que trabajan
con ratas para acercarme a la dupla mencionada de roedores. En estas entrevistas
también tuve acceso a la observación de un laboratorio y una cámara de estancia
de roedores. El concepto de animalidad mencionado me fue útil para pensar un
sinnúmero de relaciones entre los roedores y la actividad científica. Sin embargo,
una vez más las especificidades del campo desbordaron mi planteamiento. En este
caso la producción del conocimiento científico que corría a la par de la producción
de cierta animalidad capturó mi interés pues me permitió observar ciertas
especificidades en relación con la configuración de esta animalidad. Consideré que
en la comparación entre diferentes casos no me permitiría tal profundización, por lo
que más que entrever como relevantes las similitudes entre estos, me pareció de
mayor importancia la especificidad de cada caso. De este modo decidí profundizar
en la producción del conocimiento científico y su relación con la producción de una

17
forma específica de animalidad. Es decir, el centro de mi tema ya no era el concepto
mismo sino la práctica que lo produce.

De este modo la delimitación de mi tema se fue dando principalmente por


emergentes del trabajo de campo, aunque este se encontraba entretejido con la
perspectiva teórica que fui desarrollando. Me ha parecido pertinente para este
escrito conjuntar las perspectivas teóricas que he recorrido con el estado de la
cuestión, pues de algún modo se trata de las diferentes perspectivas con las que se
trabajan los animales desde las ciencias sociales. Al final hablaré de algunos
estudios que versan sobre la producción del conocimiento donde se puede ampliar
la perspectiva a los animales.

La discusión naturaleza-cultura.

De Freud a Levi-Strauss el humano es tal por haber renunciado a su condición de


naturaleza y a su inmersión en el mundo de la cultura y la Ley. Si bien ambos autores
de algún modo buscan evadir la dicotomía producida por la modernidad, entre
cuerpo y mente en el caso del psicoanalista, y entre civilización y salvajismo en el
caso del antropólogo, sus teorías se topan con la dicotomía que subyace a estas
entre naturaleza y cultura. Mi interés inicial surge de estos campos, en donde la
animalidad es vista, o bien como el resto (interno) de un proceso de culturización,
como es el caso del concepto de ello en Freud (1992), o se trataría de un estar fuera
de la cultura, un quedarse en estado de naturaleza (como externo) aparentemente
universal, como en los ejemplos de niños salvajes que da Levi-Strauss (1993).
Desde esta perspectiva las ciencias humanas delimitarían su campo en lo
propiamente humano, lo social, la psique, el alma, la razón o el deseo. El abordaje
de lo que permanece en sus márgenes: como la locura y el cuerpo, quedarían
subsumidos a otros campos, como la patología y la biología.

Es cierto que han existido varias teorías que intentan dar cuenta de la relación entre
naturaleza y cultura. De acuerdo con Descola y Palsson (2001) podrían ubicarse
dos perspectivas, la que explica lo social desde la naturaleza como lo es la
sociobiología, la ecología cultural y la antropología marxista; y la que explica la
naturaleza a partir de lo social como la antropología estructuralista y simbólica. Sin

18
embargo, de acuerdo con el autor, ambas perspectivas repiten la misma dicotomía
al considerar a lo natural como aquello considerado universal desde las disciplinas
occidentales, mientras que las variaciones serían cuestiones totalmente relativas y
culturales.

De acuerdo con estos autores, ambas corrientes dan cuenta del modo en que la
concepción misma de naturaleza se ha ido modificando. Mientras que algunas
ciencias, como la sociobiología, consideraban a la naturaleza como un objeto
inalterable, pero al mismo tiempo como motor del progreso social, cuestión muy
ligada al Darwinismo, esta respondía a un contexto en el que se entendía que la
sociedad debía evolucionar de manera natural a un estado mayor de perfección. La
explotación de la naturaleza como recurso, y la competencia como sistema de
adaptación, ya sea entre la misma especie o con otras, aparece como un hecho de
la naturaleza propia del hombre.

Este ideal que se ve roto ante la crisis ambiental de mediados del siglo XX, ligada a
la escases de recursos y a la contaminación, producidos por la idea de progreso
(compartido tanto por las posiciones liberales y marxistas), y donde bajo evidentes
daños ambientales (como la marea negra, muertes masivas por contaminación e
intoxicación, accidentes nucleares, epidemias, agujero en la capa de ozono y el
calentamiento global) harán prevalecer la idea, sobre todo en el primer mundo
altamente industrializado, de un daño ambiental profundo producido por el ser
humano a escala global y que de no revertirse provocará el fin de la humanidad: el
Antropoceno (Trischler, 2017). La promoción de la ecología como ciencia, la difusión
científica internacional, el movimiento ambientalista y la preocupación ambiental por
parte de organismos internacionales conformarán el escenario donde se produce
una modificación en la concepción de naturaleza-cultura occidental (Estenssoro,
2007), pues el primero de estos términos ya no aparecerá como algo independiente
del segundo, sino por el contrario, se generará una interdependencia donde la
naturaleza aparece como algo plenamente modificable por la cultura y cuya
existencia depende de ella, por lo que la humanidad se convierte en guardián o
destructor de la misma (Arnold, 2000, citado por Estenssoro, 2007); Los avances en

19
genética, farmacología y trasplantes médicos, reforzarán la idea de la naturaleza
como algo maleable en función de la técnica, abonando a la idea de dominio sobre
ella, aunque también aumentando la discusión sobre la de responsabilidad
compartida (Haraway, 1991).

Esta crisis ambiental tendrá como contemporánea la crisis del humanismo, que se
verá reflejada en planteamientos e investigaciones tanto de las humanidades como
de las ciencias sociales. En donde la figura del hombre “en términos de sujeto
representativo, autónomo y propietario, que “objetiva” el mundo en ese espacio
interior de la conciencia” (Cragnolini, 2014, p.18) será fuertemente cuestionada,
interrogando a su vez las mismas fronteras disciplinarias. Dentro de este contexto
es que la animalidad, desde las ciencias humanas, será considerada ya no sólo
como algo a-cultural, que descansa incluso en el mismo humano mediante su
corporalidad, sino como producto, a la vez que productor, de un ordenamiento
cultural que establece ciertas relaciones, prácticas y formas de comprensión.

Mi acercamiento a este campo fue, inicialmente, por vía de la filosofía,


principalmente por el concepto de biopolítica. Término referido por Foucault (2007)
para explicar el modo en que la vida se tornó objeto de la política, explicando el
modo en que se gestiona ésta en las sociedades modernas, principalmente a partir
de la consideración del humano como especie en su biología, es decir en su
animalidad producida culturalmente. De este concepto se han desprendido más
reflexiones, en donde la vida no sería sólo objeto pasivo de la política, o bien un
dato biológico. Esposito (2005), por ejemplo, postula la biopolítica como un proceso
de inmunización en la que, bajo la consigna de preservar la vida, se expulsa lo
considerado otro de lo delimitado como propio, pudiendo constituir regímenes que
desembocan en un poder tanatopolítico, sin embargo, propone también una
biopolítica afirmativa (2006), no de poder sobre la vida sino de poder de la vida. La
vida pensada no sólo como objeto pasivo sino como potencia y creación, como
inmanencia, al modo en que propone Deleuze (2007). De cierto modo me parece
que este concepto, el de biopolítica, permite pensar de un modo no dicotómico la
relación entre naturaleza y cultura, sin subsumirlos a una equivalencia, sino más

20
bien pensando el nudo del conflicto entre ambas. De algún modo esta línea de
pensamiento me permitió concebir el modo en que la vida no queda reducida a un
carácter propiamente biológico y universal, ni tampoco a su producción semiótica o
cultural. Lo natural se vuelve también objeto de las ciencias humanas una vez que
el hombre no ocupa el centro. La animalidad entonces no sería aquello separado de
la cultura, sino que está en el corazón mismo de esta, latiendo. ¿Se vuelve entonces
posible no sólo el estudio de la animalidad del hombre como una producción de la
cultura sino de los animales mismos dentro de esta o como productores de la
misma? Así al preguntarme por el lugar social de los animales me pregunto por la
producción de su animalidad, producción tanto en el sentido pasivo como en el
sentido activo de la palabra, es decir, donde los animales participan activamente.
Lo social en este caso, de igual forma que lo animal, se trataría entonces de una
relación no sólo entre humanos o fuera de estos, sino entre humanos y no humanos.

El animal como ausencia.

De algún modo al plantear mi campo buscaba el modo de realizar una crítica, a la


vez que una alternativa, a los planteamientos de las éticas de corte naturalista que
prevalecen en las teorizaciones sobre la relación humano-animal en las sociedades
occidentales y que me fui encontrando en muchos grupos de veganismo. Cierta
crítica desde la propia filosofía ya había sido trabajada por estudios sobre animales
desde una perspectiva posestructuralista. Desde donde las relaciones éticas con
los animales de corte naturalistas aparecen como posturas reproductoras del
humanismo y de la metafísica occidental al fundamentar sus principios éticos en la
consolidación del hombre, blanco y racional, como el encargado de establecer
quiénes pertenecen a la comunidad política y quiénes quedan fuera; reproducción,
pues, del pensamiento dicotómico identitario. Así el Hombre aparece como el centro
y modelo moral de donde se iría expandiendo la consideración hacia otros seres
con base en las semejanzas con éste (González, 2016). Se trataría de una postura
universalista en tanto se busca el establecimiento del derecho basado en una
reducción de la corporalidad a su biologización y su sufrimiento, colocando a los

21
humanos bajo la misma consideración legal universalista que a los animales
(Badiou, 2008)

El posestructuralismo por su parte no tratará directamente el tema de la


consideración moral a los animales, sin embargo, se establecerá como una crítica
radical al humanismo al descentrar al Sujeto como soberano y sostén de todas las
representaciones (Yelin, 2015). Por el momento, ubicaré a dos filósofos
posestructuralistas que tratarán el tema de la animalidad de manera central y de los
cuáles derivan dos perspectivas que seguirán otros investigadores.

Por un lado, Agamben (2006) ubicará el tema de la animalidad en el contexto


biopolítico, es decir, la animalidad será una forma de clasificación establecida por el
poder que atraviesa la definición propia del ser humano. El filósofo italiano retomará
el concepto empleado por Foucault al que referí anteriormente, para buscar el origen
genealógico de dicha acepción en el pensamiento occidental, remitiendo al modo
en que, desde el pensamiento clásico griego, ya se avizoraba una distinción entre
la vida propiamente biológica o animal y la vida política (zoe y bios
respectivamente); por lo que se establece, desde entonces, un sistema de
exclusión-inclusión de la propia animalidad del ser humano en el campo político; la
inclusión del animal quedará en su equiparación biológica en el cuerpo y su
exclusión en la diferencia del alma. El establecimiento sobre qué es lo propiamente
humano y lo animal como aquello que queda excluido, se produce en el espacio
político, a lo que él llamará máquina antropogénica. De este modo lo animal
constituirá el reverso de lo humano, estableciéndose sistemas de clasificación y
jerarquización respecto a las formas de vida, en tanto animalización, humanización
o estados vegetativos. Lo que culminará en la modernidad, según el autor, con su
máxima expresión, en los campos de concentración nazi: en donde sucede una
animalización tal de una raza que hace posible su plena aniquilación.

Derrida (2010) por otra parte, retomará el tema para realizar una crítica
deconstructiva al antropocentrismo del pensamiento filosófico occidental,
mostrando como el tema de la animalidad devela lo que llama el sistema de poder
carno-falo-logocéntrico. Para este autor el animal será una metáfora empleada en

22
el pensamiento filosófico occidental para definir lo propiamente humano mediante
una diferenciación jerárquica, excluyendo a los animales de una consideración ética
ya que, en tanto son considerados autómatas, carecen de respuesta, pues tan sólo
reaccionan: son mirados, pero no miran: otredad radical que queda excluida de toda
relación ética (Derrida, 2008). Se establece de este modo una dualidad identitaria
en la que prevalece la soberanía de uno sobre otro. Así la figura del soberano
implicará un poder tal que lleva al sacrificio del animal y a la vivisección de su carne
para su apropiación en un saber-tener. Este modelo político conforma la figura del
Soberano como un hombre, blanco y racional, que se encuentra autorizado a
disponer del cuerpo de los considerados Otros para su control y sacrificio (Derrida.
2010). Lo que incluye a los animales, pero también a otros cuerpos sub-
humanizados como el de la mujer y el del esclavo. Pensando la relación intrínseca
entre la figura del soberano y la bestia, como formaciones del pensamiento
occidental.

La animalidad para estos autores se ubica no en términos naturalistas sino en el


campo de la representación, es decir, se trata de examinar su significado y sus
implicaciones ético-políticas; a diferencia de autores anglosajones, el animal no
precede a su categorización. Remite a un campo de producción de lo propiamente
humano. El cuestionamiento a la dupla humano-animal es un intento de derrumbar
los edificios del pensamiento occidental y la violencia que este ha engendrado
históricamente hacia los producidos como Otros.

Desde la línea biopolítica se seguiría cierta línea teórica que analiza el modo en que
las conceptualizaciones sobre lo animal inciden en ciertas prácticas que llevan a los
seres clasificados bajo este término, generalmente, hacia su explotación: ya sea
corporal o epistémica, y a su sacrificio; sin dar por hecho la naturaleza propia del
animal, como en el caso de las teorías anglosajonas. Considerando su explotación
en el contexto político y no sólo en relación con la obligatoriedad moral. Desde mi
perspectiva, en esta línea de estudios se inscribiría Donna Haraway (1991) en su
estudio sobre la ciencia moderna, Gabriel Giorgi (2014) en su estudio sobre las

23
representaciones literarias de los animales, o en relación a su producción y
consumo, propuesta realizada por Nicole Shukin (2008) .

Me parece que Derrida da con un punto central que atraviesa todo el tema de la
animalidad en occidente: la otredad. Ya sea que se busque definirlos como sujetos
de consideración moral, o bien, se genere una serie de dispositivos alrededor de
ellos para su clasificación y separación con lo humano, el tema de la otredad
atraviesa todos estos campos. En este sentido han sido importantes los estudios de
la animalidad en el pensamiento de Derrida o desde una perspectiva derridiana,
tales como los de Leonard Lawlor (2007), Mónica Cragnolini (2012, 2016), Julieta
Jelin (2015) y Anahí González (2016). La consideración ética hacia los animales
desde esta perspectiva estaría basada en la diferencia más que en la posible
semejanza; se cuestiona el régimen que produce dicha diferencia como inferior a la
vez que se cuestiona el lugar que esa otredad tiene en la constitución de lo propio.

Derrida planteará el modo en que la filosofía ha suprimido a los animales como


seres vivientes diversos y capaces de responder, reduciéndolos a una metáfora de
lo animal como aquello que se diferencia del hombre y a su vez le da su esencia:
razón, rostro, cultura. Así en el pensamiento filosófico de occidente operaría una
especie de vacío, una privación y que según el autor tan sólo vuelve por vía de la
poesía (Rodríguez, 2015). Si bien para el filósofo la posibilidad de pensar a los
animales se encuentra en las letras, en la poesía se constituyen no sólo formas de
pensar sino formas de hacer. A diferencia del filósofo, el poeta busca efectuar sus
discursos, performativamente. Quizá por eso Derrida encuentra ahí la posibilidad de
pensar a los animales y de ahí su esfuerzo propio por construir una filosofía
performativa centrada en la idea de huella. Estas perspectivas que, de algún modo,
cuestionan la animalidad desde el lenguaje, dejan en suspenso las acciones que en
lo material se viven con los animales en el campo de lo social, pero nos permiten
pensarlas de otros modos.

El animal como representación.

La relación con los animales en el campo de la psicología social parece ser un tema
marginal. Desde la psicología social Moscoviciana (Navarro, 2016) se han estudiado

24
las representaciones sociales que se elaboran del veganismo como práctica que
establece una relación ética con los animales. Sin embargo, este estudio, desde mi
perspectiva, se centra en los estados mentales de los sujetos y no se trata de un
estudio de los animales dentro de la cultura sino del modo de representar a los
animales, repitiendo la dicotomía entre naturaleza y cultura que hablé
anteriormente.

En los debates e investigaciones actuales de la antropología social es en donde


más se ha suscitado el debate de la relación entre naturaleza y cultura. De manera
autocrítica la antropología ha realizado propuestas que buscan superar la dicotomía
entre ambas instancias y más bien pensar sus relaciones. Desde la etnobiología,
una subdisciplina derivada de la antropología cognitiva, se ha realizado diversos
estudios cuya finalidad es comprender la relación entre las culturas y su sistema
biótico o natural (Berlin, 1992), incluyendo a los animales; derivando de aquí la
etnozoología, entendiendo a esta como la rama científica en la cual se “Busca
principalmente documentar y explicar cómo es que los seres humanos conciben,
clasifican, representan, utilizan y manejan los recursos animales desde un enfoque
cognitivo-simbólico y utilitarista” (Gutierrez et. al., 2012, p. 56)

A pesar de que se trata de una subdisciplina que ha tenido estudios especializados


desde mediados del siglo XX y que hasta el 2011 se habían publicado 374 títulos
sobre el tema en México (Santos-fita, et.al., 20012), debo de mencionar que la
mayoría de estos estudios son realizados por investigadores pertenecientes a las
ciencias biológicas, por lo que los datos científicos de las especies y las
descripciones de los factores bióticos se convierten en el foco principal; en segundo
lugar, estas investigaciones se realizan, prácticamente en todos los casos, en
poblados rurales. Como bien señala Hernández-Escampa (2013) en su tesis de
doctorado, esto se debe a que la etnobiología en los últimos años ha adquirido un
papel preponderantemente político cuya finalidad se ha establecido como la
recuperación de saberes no occidentales que perviven en zonas no urbanizadas,
principalmente referentes a poblaciones consideradas indígenas.

25
Indudablemente es necesario poner en discusión la relación entre urbanización y
occidentalización, para considerarlo como un factor que se ha implantado a escala
global, pero también para salir de una dicotomía que obedece más a la
consideración del investigador que a su campo empírico. Es común que se asocie
desde estas disciplinas a las relaciones con la naturaleza en el espacio urbano con
lo propiamente científico o racional y a lo rural con otras formas de relación más de
carácter mítico, mágico, religioso o espiritual. Inclusive Viveiros de Castro (2013)
afirma que para estudiar la cosmogonía en espacios urbanos es suficiente estudiar
el pensamiento científico occidental. Esto supondría que en el espacio urbano la
dicotomía entre naturaleza y cultura, así como la hiper-racionalización de lo natural,
no opera solamente en el plano del pensamiento científico disciplinario, sino que se
experimenta en la vida social; reproduciendo además la idea de una dicotomía entre
espacio urbano y rural. Me parece que esta concepción evita abordar tal cuestión
desde una perspectiva más compleja en la que no aparecen estas dicotomías de
manera empírica límpidamente, pues evade los procesos sociohistóricos de
occidentalización (colonización) de los espacios rurales, así como las resistencias
o desfases en los espacios urbanos. Es como si existiera una línea claramente
delimitada entre ambos espacios, en dónde uno se sigue relacionando con lo
originario y lo otro con lo moderno. En este sentido me parece relevante la
señalización que realiza Hernández-Escampa (2013) en su investigación de los
perros xoloitzcuintles en contextos urbanos donde concluye que en estos espacios
se reproduce un imaginario nacionalista de la raza xoloitzcuintle que no es
precisamente un conocimiento científico sobre el mismo. Lo anterior coloca la
relación humano-animal en los contextos urbanos no solamente como determinada
por su concepción científica sino que apela a elementos irracionales como mitos y
tabús, pero también ubica la discusión en un nivel político e histórico distinto, pues
resalta los fines y estrategias que se ciñen sobre la figura de un animal para la
constitución de cierto régimen de poder (en este caso, el Estado Nación) así como
las disputas internas llevadas a cabo por distintos actores sociales.

Me parece de gran relevancia los aportes de la etnobiología para la comprensión de


la relación humano-animal que sobrepasa las concepciones consideradas como

26
meramente racionales, para arribar a modos específicos de simbolización
diferenciada de ciertos animales y la comprensión del papel que estos desempeñan
en la cultura. Sin embargo, al referirse a los universos simbólicos como algo que se
modifica dependiendo de la cultura y a la biología como el contenido de estas
categorías también se corre el riesgo, como Descola (2001) lo plantea, de generar
una universalización de lo natural y de relativismo extremo en las formas culturales.
Es decir, se considera una dicotomización entre naturaleza y cultura que concibe a
la naturaleza como un espectro de la cultura, es decir, como un lugar neutro a
objetivizarse y que, según Descola, esa objetivación de los no-humanos está
íntimamente relacionada con la objetivación de los humanos en las ciencias
sociales.

Para la comprensión de las conceptualizaciones o representaciones de los no-


humanos, a lo que llama ecología simbólica, Descola (2001) propone no una
categorización taxonómica sino la identificación de esquemas de praxis, que según
el autor “Se expresan contextualmente en acciones e interacciones cotidianas, en
conocimiento vivido y técnicas del cuerpo, en elecciones prácticas y rituales
apresurados” (p. 106), lo que conformará un corpus de ideas no necesariamente
coherente y sistemático. Estos esquemas se determinarán por modos de
identificación, modos de relación y modos de categorización. Si bien Descola utiliza
estos conceptos para comprender el totemismo y el animismo como formas no
occidentales de relacionamiento con los no-humanos, también lo considerará
aplicable al naturalismo propio de occidente. La forma de identificación en el
animismo y el totemismo propone una indiferenciación otológica entre humanos y
algunos no-humanos contrario al dualismo de occidente, sin embargo, tal
separación en términos prácticos se hace cada vez más cuestionable en el mundo
occidental considerando la gran proliferación de híbridos entre naturaleza y cultura
(Latour, 2007) o bioartefactos (Parente, 2014) como aquellos posibilitados por la
manipulación genética. Así las formas de relación como el proteccionismo (Descola,
2001) o el paternalismo (Palsson, 2001) propio de las sociedades occidentales
donde continúa una posición jerárquica hacia los no-humanos, parecen ser
cuestionadas en últimas fechas y dirigidas a formas de reciprocidad y de

27
comunalidad, al menos en teoría; pero que también puede dirigirse a una forma de
dependencia tal que ya la naturaleza no sea sólo considerada como objeto sino
como artefacto (Almazán, 2017). Es decir, se trataría de investigar, como Descola
sugiere, el modo en que las conceptualizaciones de los no humanos animales son
puestas en juego dentro de contextos específicos a partir de conocimientos vividos,
elecciones prácticas y técnicas del cuerpo, es decir, desde las prácticas cotidianas.

El animal como agente.

Mi búsqueda de los animales en el plano de la investigación me llevó al encuentro


con los animales reales de manera empírica. Así mantuve especial interés en los
estudios de las ciencias sociales y humanidades donde los animales aparecen como
agentes activos. Ya que incluso en la biología cada vez más se acepta el hecho de
que la naturaleza no es pasiva ante los cambios evolutivos, sino que los animales y
demás seres vivos participan de esta en la formación de nichos ecológicos, así las
perspectivas holísticas en ecología, la etología y la epigenética cobra mayor
relevancia en los estudios científicos.

Desde la ya mencionada antropología social, esta capacidad de los animales


quedaba más o menos clara, ya que basándose en otras formas de pensamiento y
de estructuración social no occidentales los animales toman parte activa en el
entramado social. Como es el caso de los estudios de Viveiros de Castro (2010)
donde los animales aparecen incluso como personas, aunque con una implicación
muy distinta al concepto de persona occidental, ya que en estas concepciones el
alma es universal y el cuerpo particular, por lo que los jaguares, en el caso del
chamanismo amerindio, aportarían una perspectiva particular dada su corporalidad
específica.

En la tesis de maestría de Pavel García (2015) sobre el lugar social de las ranas en
comunidades mayas de Yucatán, se pregunta si estos animales tienen en su canto
la posibilidad de enunciación, ya que crean la lluvia en sus rezos sonoros. La
atribución de alma a estos animales y su relación con el clima les da una posibilidad
de agencia en sus comunidades habitadas por humanos. Sin embargo, también en
contextos urbanos u occidentalizados es posible pensarse una agencia en los

28
animales. En el estudio llamado antropozoológico de Ana Ramírez (2009) sobre
espectáculos con rumiantes (toros y caballos principalmente) plantea la agencia de
los animales en la performática de tales eventos, pensando así su lugar activo en
este. Que el toro sea capaz de defenderse es considerado por la tauromaquia como
un arte, mientras que la victimización del animalismo lo considera sólo como
paciente. La autora propone a la figura del animal como una frontera donde ambos
puntos se encuentran; al igual que en el caso de los caballos que bailan, la autora
se pregunta por el significado que este baile, o bien la tauromaquia, tienen no sólo
para el público o para el domador, sino para el animal mismo. De algún modo estos
estudios son fuertemente apuntalados por la propuesta de Eduardo Kohn (2017)
quien establece la posibilidad de comprender los procesos semióticos en los
animales al estudiar la relación de pueblos amazónicos con sus perros.

Jason Hribal (2014) desde los estudios culturales cuestiona la falta de agencia
atribuida a los animales desde los estudios sociohistóricos de estos, atribuye el
motivo de esta carencia a la falta metodológica para conformar una historia desde
abajo que considere el lugar activo de los animales en los procesos históricos. Así
él realiza su estudio pensando el modo en que los animales forman parte de la clase
trabajadora a inicios del capitalismo del siglo XVI en la Europa rural, ya que
considera que los animales se convirtieron en trabajadores al ser convertidos en
carne (meat), y al trabajar en la locomoción de maquinarias y herramientas. De
acuerdo con este autor sin los animales no hubiera sido capaz de establecerse el
capitalismo ni hubiera sucedido la revolución industrial.

Desde los estudios culturales también Donna Haraway (2003) plantea el estudio de
los animales de compañía. Concepto que emplea para referirse a la relación que se
establece entre el humano y otras especies. La autora plantea que el término de
compañía es polisémico en tanto representa la forma capitalista de explotación, y
en la cual los animales han quedado inmersos en relación a los saberes, a la
industria y a su comercialización; aún como mascotas; sin embargo, compañía
también remite a formas de estar-con, refiriéndose a la relación en la que existe
una mutua modificación tanto a nivel somático como a nivel semiótico, configurando

29
prácticas y formas de interacción que no estaban predeterminadas antes del
encuentro con la alteridad animal. Prácticas que arriban a una otredad significativa,
en que el animal aparece como agente de procesos de creación.

Sin duda estos planteamientos llegan a la problemática de la posibilidad de agencia


de los animales, la cual no pasaría por el acto de equiparar las características
humanas a los animales sino de pensar lo que pueden realizar estos (Deleuze.
2015). Así estaríamos pensando en el modo en que el animal forma parte de un
mundo que lo configura, pero al cual también afecta. Siguiendo esta línea de
pensamiento, pero regresando al término referido anteriormente de biopolítica, para
pensar el modo en que el animal se inserta en el mundo social, desde un
planteamiento más bien Nietzscheano, Cragnolini (2014b) plantea pensar las
formas en que la vida misma resiste ante el combate que busca su sofocamiento.
De este modo la vida sería una restancia que resiste, es decir, se manifestaría como
forma excedente de vida ante los dispositivos de poder, potencia, entonces, de alter-
ar el poder. Aunque en el caso de los animales quizá esa alteración no implique una
capacidad propia de modificar los mecanismos y formas de dominación que el
humano ha edificado sobre ellos (aunque también, en muchos casos, logran
eludirlas) sino más bien se trataría de pensar el modo en que su alteridad afecta y
genera modos de ser específicos con el humano.

Como Latour (2008) sugiere entonces lo social ya no sería entendido como una
característica del alma humana, sino más bien estaríamos hablando de
asociaciones en las que diferentes actantes, incluidos humanos y no humanos,
conforman redes de acción y afección. Pues como plantea el autor a pesar de que
la modernidad en la teoría separaba al mundo en dos, en la práctica los híbridos
entre naturaleza y cultura no han dejado de fluctuar

De este modo no estaría pensando en el estudio de la animalidad como el análisis


de los animales por fuera de la relación con los humanos, pues me interesa el modo
en que sus cuerpos son producidos por ciertas relaciones de poder que se ciñen
sobre ellos, pero al mismo tiempo intentaría pensar el modo en que sus cuerpos
producen afecciones, irrumpen, crean y configuran el espacio social.

30
Los animales de laboratorio.

En mi recorrido encontré pocas investigaciones que aborden el tema de los


animales de laboratorio desde una perspectiva social. Más allá de la numerosa
bibliografía sobre animales de laboratorio desde una perspectiva biomédica, la gran
mayoría de la producción investigativa accesible en México consta de trabajos
realizados en el campo de la bioética. En su gran mayoría, se basan en posiciones
bienestaristas, línea ética que describiré más adelante. Aun así, es posible de
establecer algunas diferencias en cuanto a las tendencias. Algunas publicaciones,
sobre todo durante los años 90s se centran en la preocupación ético-legal y la
necesidad de legislar (Contrepois, 1998. Sánchez, 1990). Posteriormente a las
legislaciones en la mayor parte de Latinoamérica, la problemática ya gira en torno
a los principios éticos y a las prescripciones tipo manual (Rodríguez, 2008.
Betancourt, et. al., 2015. Navarro, et. al., 2012. Morales, et. al., 2010) Algunos
autores rescatan las controversias éticas a favor y en contra del uso de animales en
la ciencia (Pardo. 2005. Ortiz, 2016.) Así como también existen publicaciones
explícitamente en contra de la experimentación desde una postura abolicionista
(Tettamanti, 2017).

Desde los estudios culturales, las referencias de Haraway a los ratones de


laboratorio son sugerentes en tanto que plantea la idea de que la modificación
genética en ratones constituye un innovador pilar donde se edifica el conocimiento
científico más allá de la modernidad clásica. Así esta coproducción del animal
confiere otra naturaleza, o una naturaleza otra, como lugar de hábitat de los
mamíferos: la del laboratorio. Este cambio de naturaleza constituye otro orden en
donde las tecnociencias se configuran desde una perspectiva más artefactual que
objetiva (Haraway, 2004).

Pero sin duda la investigación más significativa para mi investigación es la de


Bischur (2011) en dónde plantea desde una postura fenomenológica el modo en
que las corporalidades de los científicos constituyen modos de producción del
conocimiento, en donde la interacción afectiva con los animales constituye una de
las actividades corporales más significativas en dicho proceso. De este modo refiere

31
a la ambigüedad en el ejercicio científico de producir al animal como un instrumento
de laboratorio matematizable y que responde a las necesidades específicas de la
ciencia, objeto ante el cual el científico puede adquirir una postura racional y
objetiva; pero al mismo tiempo los animales responden como cuerpos vivos
naturales, que no se acoplan de manera perfecta a las demandas científicas. De
este modo el ejercicio científico es una actividad encarnada (embodiment) en la que
los científicos se confrontan con los animales vivos, lo que genera una relación
intersubjetiva empática lo que requiere de una consideración ética, aunque al mismo
tiempo se ejerce la apelación a una racionalización sustancial. Esta investigación
se muestra clave para mis propios fines pues muestra el modo en que los animales
de laboratorio son producidos en el ejercicio científico y cuya animalidad resultante
forma parte esencial del mismo; sin embargo, sin eludirla, trataré de distanciarme
de la posición teórica en que los animales son estudiados desde fuera de la práctica
experimental y las consideraciones científicas sobre este, para arribar al modo en
que se constituyen enmarañados más complejos donde los científicos son
descentrados de su papel de actor y los animales cobran relevancia en el propio
experimento, como trataré de explicar más adelante.

Como se ha visto hasta aquí el tema se fue delimitando en relación con los
emergentes del campo y un afinamiento de los intereses teóricos. Conjuntando
ambos aspectos ha derivado en la constitución de un tema completamente distinto
al primero. Pero que, sin embargo, continúa con la pregunta del lugar que los
animales ocupan en lo social dentro de la producción del conocimiento.

32
Problematizando Los Animales En Los Laboratorios.

De esta manera, seguir el rastro de los animales me condujo a los laboratorios


biomédicos, donde se alberga una forma específica de animalidad. El aparente
contraste entre la pulcritud del objetivismo científico, por un lado, y el fétido olor de
la orina de ratas, por el otro, generó en mí una serie de interrogantes sobre la forma
en que aquel animal bestial y grotesco que, en los cuentos de Lovecraft conducen
a la “más tenebrosa oscuridad”, era despojado de cualquier muestra de inmundicia
para conducir al camino elevado y luminoso del conocimiento.

Como podrá observarse en mi investigación la cuestión del conocimiento científico


se hace presente en cada una de las interrogantes sobre el animal, sin embargo, es
preciso señalar que mi propuesta queda muy corta en ofrecer respuestas de tipo
epistemológico. Se trata, más bien, de la pregunta constante sobre el lugar que
ocupan los animales, o de manera más precisa: las ratas, en la red de relaciones
que configuran la subjetividad. El conocimiento científico funciona, por lo tanto, a
manera de contrapunto. Es el lugar desde donde interrogo al animal para pensar en
su producción. A su vez, esta forma de conocimiento, como cualquier otra, parte de
una práctica en concreto, del locus que son los laboratorios. Estos últimos
comprenden el lugar específico en el que las ratas son configuradas y producidas
como animales. Se trata de un entorno objetivante, que convierte, en el sentido
literal de la palabra, a las ratas en objetos. Por lo tanto, en mi investigación el animal
no es un ser biológico, sino el resultado de una práctica social.

Como pude expresarlo en el apartado anterior, a partir de la exploración teórica que


realicé, quedé envuelto en una serie de discusiones sobre lo animal, que desde las
disciplinas sociohumanistas tratan de dar cuenta de este. Sin embargo, es necesario
preguntarse ¿Son estos discursos, también, objetivantes de los animales?
¿Participan, o no, de su captura y, por lo tanto, de la violencia hacia ellos? ¿Qué los
distingue de otras prácticas objetivantes y aniquiladoras? ¿o me encuentro,
también, intentando ocupar la posición que Derrida (2010) describiría como
soberana desde mi lugar de saber-poder? Estas preguntas que son al mismo tiempo
epistémicas que ético-políticas, atraviesan mi lugar como investigador y orientan mi

33
posición que, desde la disciplina de la psicología social, tratarían de arrojar luz al
camino. Aunque, más bien, se trataría, como en el cuento citado, de seguir a las
ratas por esa oscuridad y e ir registrando sus huellas para arribar ante la
monstruosidad que suscitan, con sus características indescriptibles a la vez que
dislocantes.

De este modo la disciplina de la cual parto fue sometida a su desmoronamiento y a


su reedificación, sin que ambos procesos hayan sido concluidos. Sería erróneo
negar que es desde una psicología social desde donde parto y a la vez de donde
me alejo para la elaboración de esta investigación. Forma parte de mi propio locus
donde, en conjunto con otras fuerzas (investigadores, docentes, textos,
instituciones) he tratado de producir un conocimiento sobre lo animal. Es una
tradición institucional en la UAM Xochimilco colocar como el objeto propio de la
psicología social a la subjetividad, entendiendo a esta, desde mi perspectiva, como
el nudo problemático entre lo psíquico y lo social. Esta particularidad de la disciplina
que pone en juego ambos conceptos de manera indisociable debe ser cuestionada
al mismo tiempo que captar su potencialidad de análisis, para explicar el modo en
que sus límites y alcances se fueron desplegando en mi proceso de investigación.

Como Derrida (2010) explica respecto a Lacan, la construcción conceptual de la


psique que propone el psicoanálisis lacaniano introduce una cuestión crucial para
su concepción en las disciplinas humanas, que permite liberar su entendimiento de
la disciplina biológica pero que implica también una perspectiva antropocéntrica al
colocar la condición humana como una superación de la condición animal. Al liberar
la noción de instinto, como una cuestión innata, y suplantarla por la noción de deseo
que alude a la supremacía del significante, Lacan ubican al humano como una
condición no sólo diferenciada respecto al animal sino también superior. De este
modo tanto la psique como la subjetividad es propia del humano y no del animal, ya
que es entendida “la subjetividad como orden del significante desde el lugar del
Otro" (Derrida, 2010, p. 157). Esta implicación no es propia del psicoanálisis, sino
que la psicología social en su conjunto ha optado por dicha perspectiva, arrojando
así a los animales de su incumbencia dado que no cuentan con una subjetividad al

34
ser excluidos del mundo simbólico propiamente humano. A pesar de los alegatos
lacanianos para diferenciar al psicoanálisis de la psicología, podría decirse que ese
apellido de la psicología como social agrega a la disciplina un talante
antropocéntrico pese a la buena intención de otorgarle al humano un lugar distinto
de aquel que la biología le propició durante décadas y que, como Derrida explica,
se encontraba ligado al racismo occidental, motivo por el cual las disciplinas
sociohumanistas se empecinaron en replantearlo, intento del cual también fue
resultado la perspectiva llamada posestructuralista.

El problema de tomar esta concepción de subjetividad no es que el animal no la


posea, y que, por lo tanto, se trate de atribuirle al animal una en sentido teórico o
práctico, es decir, otorgarle un psiquismo producto del orden simbólico determinado,
la cuestión es que el lugar del Otro en la subjetividad humana, al que refiere Lacan
es siempre el de un humano que arroja al animal fuera de sí. La constitución social
de la subjetividad humana implica, por lo tanto, la exclusión de otros existentes no
humanos. De ahí no sólo la dificultad de pensar en una teoría psicológica de los
animales sino también de una teoría social subjetiva que los incluya.

De este modo, tomo la subjetividad como un interrogante más que como un


concepto del cual debería de dar cuenta en mi investigación. Refiere a la relación
con los animales y cómo esta relación genera efectos, trastoca a los actores de esta
relación y constituye así un espacio social ¿Es posible concebir al animal como un
Otro constitutivo de la subjetividad? Lo que implicaría considerar a los animales
como un otro que no queda excluido de la cultura y del cual dependemos como
seres humanos. Para considerar la subjetividad de este modo se hace necesario un
constante trabajo de cuestionamiento hacia el trabajo disciplinar y el lugar que le es
designado a los animales como otros radicalmente excluidos de la subjetividad
humana. Es esta constitución la que trato de explorar en el contexto del quehacer
científico biomédico, pues este como práctica social pone en su centro al animal;
pero al mismo tiempo es el lugar desde donde trato de pensar la teoría. Pues es
necesario un replanteamiento del lugar que el animal ocupa en las relaciones
concretas de lo social, al mismo tiempo que intentar descentrar al humano del

35
concepto de subjetividad. Si podemos afirmar que el humano se conforma por esta,
la pregunta es por el modo en que el animal la constituye. De este modo mi pregunta
es por la subjetividad, pero no como una característica intrínseca del sujeto sino
como una construcción de relaciones en las que el sujeto participa y sin la cual el
sujeto mismo no existiría como tal. En otras palabras, me preguntaría si para
hacerse humano, este necesita del animal y de qué modo. Así lo social y lo subjetivo,
en mi definición, están fuertemente imbricados.

En este último cuestionamiento es que se inserta la discusión del cuerpo, como el


resto animal que al quedar excluido forma parte de la constitución antropológica
(Agamben, 2006) del ser humano. En este sentido es que el saber biomédico forma
parte de dicha pregunta, pues la concepción del cuerpo cómo máquina que escindió
al sujeto occidental en dos cosas distintas, como también Derrida plantea, responde
a la modernidad cartesiana que permitió el acceso a la racionalidad científica,
conformación así de la idea de naturaleza como aquello fijo donde lo animal fue
depositado. Por otro lado, no es solamente lo animal del humano, sino los otros
seres que entran en esta categoría a quienes se dirige la pregunta por la
subjetividad.

Mi intención es, por lo tanto, desnaturalizar al animal para poder incorporarlo al


campo teórico de la psicología social, lo que implicaría un replanteamiento de la
disciplina, o aún mejor, el derribamiento de sus límites y la conformación de saberes
más bien porosos, abiertos al animal. Tarea que confieso totalmente inacabada en
esta investigación, pero, sin embargo, espero al menos abrir una pequeña fisura
que permita líneas de fuga. Como se ha visto hasta aquí, el movimiento
posestructuralista o, mejor dicho, las discusiones suscitadas en este, han sido el
bastión teórico que me ha llevado a intentar este objetivo. Son quizá, Derrida,
Deleuze, Guattari, Lacan y Foucault, los autores desde los cuáles miro al animal, y
de manera más precisa desde el concepto de biopolítica planteado por el último.

Es la relación entre política y vida la cuestión central de este texto. Sin embargo, no
utilizó aquí este concepto como una categoría precisa que bien podría definirse
mediante su desarrollo histórico (Lemke, 2017) o mediante la definición propia del

36
autor (Foucault, 2007) sino más bien como una noción araña. Foucault (2011)
utilizará esta palabra respecto a la pharresía, la cual define del siguiente modo:

Es una noción que, si se quiere, no se integra de manera identificable y


localizable dentro de tal o cual sistema conceptual o doctrina filosófica. Es un
tema que corre de un sistema a otro, de una doctrina a otra, de tal modo que
es bastante difícil definir con exactitud su sentido e identificar su economía
precisa. (p.49)

No me parece fortuito que Foucault utilice la idea de un animal, que en este caso se
desplaza sobre una red al mismo tiempo que la crea. Por otro lado, la biopolítica ha
sido uno de los temas planteados por él de más difícil asimilación por parte de la
academia, al punto de construir una serie de discusiones y términos tan disímiles
entre sí, que van de análisis del autoritarismo a la potencia de la vida. Por este
motivo me permito pensar este concepto como una noción araña. Desde mi
perspectiva, al introducir la cuestión de la vida en el ámbito político se genera
irremediablemente una dificultad para formar una noción fija y localizable de este
término. Como avizora Malabou (2018) los teóricos de este término tienden a pensar
lo biológico como una sustancia pasiva a la disposición del poder, pero el carácter
contradictorio y complejo de la vida entendida así no sólo designa el vehículo
ideológico de la soberanía moderna sino también sus límites. Esta característica
hace de la biopolítica un término escurridizo, capaz de correrse por distintas
instancias de problematización y de una disciplina a otra.

De este modo he llevado este término a la discusión propia de la subjetividad, para


comprender el modo en que la separación conceptual entre animal y humano
responde a un ordenamiento del poder y conforma efectos sociales concretos, pero,
al mismo tiempo, la potencia propia de la vida conforma una posibilidad política de
su comprensión. Lo que me ha llevado a pensar la separación entre naturaleza y
cultura como el producto histórico que genera las escisiones subsecuentes como
son las de humano y animal, mente y cuerpo. Intentando no plantear estas de
manera general y abstracta, pues se corre el riesgo de universalizar aquello que se
busca cuestionar, más bien centrarme en la especificidad de mi campo empírico, ya

37
que, aunque sean procesos relacionados, no es el mismo proceso que genera a la
rata blanqueada del laboratorio y acendrada para su sacrificio, que la que es
exterminada por ser considerada plaga.

Por este motivo he preferido usar el término de animalidad en lugar del de


subjetividad para descentrar el humanismo implícito en dicho término, así como
plantear a los animales como parte de esa red de relaciones que configura efectos.
De algún modo me sigo cuestionando por la pregunta clásica de lo grupal en la
psicología social, aunque más cercano a lo grupuscular planteado por Guattari
(1976) para descentrar al sujeto y pensar en la apertura de ese grupo para
multiplicarse al infinito y, de manera rizomática, perder el centro. El grupo se ha
planteado en la psicología social clásicamente como un punto intermedio (con las
ideas de pasaje y mediación) entre lo psíquico y social (Fernández, 2002), pero por
el motivo antes mencionado podemos considerar como ambas categorías quedan
cortas por su talante antropocéntrico para incorporar a los animales en su
constitución. Antropocentrismo del cuál, incluso Guattari (1976) no quedaría ileso al
plantear la noción de grupo-sujeto, la ley en el caso de institución o el munus al
pensar la comunidad (Esposito, 2006)1. Sin embargo, haciendo uso de ciertos
elementos planteados por estos teóricos, es que podemos pensar en esa
multiplicación infinita, cuyas líneas van extendiéndose hasta perder el punto de
origen (que no existe realmente) y abrir más bien nuevas líneas de indagación. El
grupo como un no-lugar, la subjetividad como problemática y no como respuesta, la
comunidad como apertura, la psicología social como una disciplina no disciplinaria2.

Por todo lo anterior es que en este texto no se encontrará una línea recta y clara de
cierto despliegue teórico, o un marco bien delimitado, más bien el concepto de

1
La cuestión de la comunidad es uno de los problemas centrales para la psicología social, pero también ha
sido motivo de discusión en el terreno filosófico de los animal sutdies para pensar la posibilidad de una
comunidad que incluya a los animales. Desde mi perspectiva es necesario desmontar el concepto de
comunidad ya que guarda un talante antropocéntrico como puede apreciarse en el término de munus sobre
todo en la versión de Esposito respecto a la norma en un sentido negativo o de falta constitutiva, con una
tácita influencia de Lacan.
2
Respecto a este último punto diría Ibáñez (2001) que la interdisciplina en la psicología social se ha vuelto no
sólo indispensable, sino que se ha convertido en un arma para desmontar el ideal disciplinario mismo, así
como Pavón-Cuellar (2019) dirá que toda psicología crítica termina por volverse contra sí misma al grado de
no saber ya si se sigue haciendo psicología.

38
biopolítica irá como araña recorriendo las líneas de la red que se va extendiendo al
mismo tiempo que la recorre. De este modo, se encontrarán en esta investigación
distintas perspectivas teóricas que pudieran ser extrañas las unas respecto a las
otras, que provienen de disciplinas y discusiones teóricas bien diferenciadas. Pero
que, sin embargo, mi propio recorrido me fue llevando de una a otra, obligándome
a desplazarme por distintos campos conceptuales. Por lo que fui usurando en cada
una de ellas encontrando lo qué podría servirme para mi planteamiento sin
necesariamente buscar una coherencia cerrada entre todas ellas. Más bien
considerando la teoría como una caja de herramientas (Foucault, 1985)3 para
interrogar al campo más que para ofrecer respuestas.

Y sin embargo, hay cierta relación entre cada uno de mis planteamientos, hay
puntos de unión que fui tejiendo alrededor de la biopolítica, y es que si bien política
y vida no serían dos polos que se oponen o se evitan, tampoco pueden reducirse el
uno al otro; hay cierta imposibilidad entre uno y otro término, de confundirse el uno
con el otro que requiere la insistencia, una y otra vez preguntarse por su relación,
en cada una de las situaciones donde se intersecan, respecto a cada particularidad
que se presenta. Para construir estos puntos de unión fui tomando como referente
la problemática de la animalidad como irrupción dentro de ese campo que cuestiona
el ordenamiento tácito del saber-poder. No es relevante, para esta investigación, el
despliegue de cada una de las discusiones en las que se encasilla tal problemática,
sin embargo, eso no implica que los nudos que se fueron elaborando no provengan
de redes anteriores, sino todo lo contrario. Estos antecedentes pueden irse
rastreando hacia atrás también de manera infinita, por lo que la cuestión se vuelve
inagotable.

De los antecedentes citados podría mencionar dos perspectivas que engloban, a su


vez, diferentes posturas teóricas que se ven imbricadas en esta investigación. Por

3
El autor dice al respecto:” Entender la teoría como una caja de herramientas quiere decir: que no se trata de
construir un sistema sino un instrumento, una lógica propia a las relaciones de poder y a las luchas que se
comprometen alrededor de ellas.” (Foucault, 1985, p.85)

39
un lado, está la cuestión de los animales y la animalidad, y por el otro, la cuestión
del conocimiento y los laboratorios científicos.

Respecto a los primeros ya mencioné el giro ontológico, así como los animal studies.
Desde una fuerte impronta antropológica del primero y filosófica de los segundos,
se han encargado de cuestionar el antropocentrismo propio del pensamiento
occidental y de sus propias disciplinas para arribar a planteamientos novedosos
para pensar la cuestión animal. Sin duda han formado parte importante en mi
investigación ya que ofrecen una salida al callejón formulado por el humanismo
imperante. En contra de una perspectiva culturalista, esta perspectiva defiende la
posibilidad de considerar las diferencias entre sociedades no como meros
agregados culturales ligados sólo a la interpretación que los sujetos hacen de sus
referentes para explicar la realidad, sino que existiría una pluralidad ontológica, es
decir, no existiría una realidad que se interpreta de diferentes formas de acuerdo al
contexto cultural sino más bien existen distintas realidades ontológicas que derivan
de entrecruzamientos simbólicos y materiales que se configuran por la relación que
los sujetos tienen con otros seres orgánicos e inorgánicos (Descola en Khon, 2009).
Como lo había explicado en el apartado anterior, tanto el término de esquema de
praxis de Descola (2001) como el de perspectivismo de Viveiros de Castro (2010)
inspiraron mi formulación de la animalidad como una configuración relacional, así
como me hizo pensar la línea entre humanos y animales de un modo no centrado
sólo en las concepciones que los primeros tienen de los segundos, sino más bien
plantear el modo en que esta relación produce ciertas realidades que se pueden
ubicar bajo el nombre de científicas. Es la perspectiva semiótica de Kohn (2017) la
que me permitió pensar la forma en que se presenta esta relación y de la cuál
ahondaré más adelante. Sin embargo, las limitaciones que encontré de esta
perspectiva quizá se encuentren en la diferencia con los animal studies. Es en esta
diferencia donde también podría ubicar cierto distanciamiento propio con ambas
corrientes, sin que por ello se omita su aporte.

Los animal studies parten, al igual que los anteriores, del cuestionamiento a la
separación entre naturaleza y cultura que genera una forma específica de trato

40
hacia los animales. Parten, generalmente, de postulados posestructuralistas, tanto
biopolíticos como deconstruccionistas, para analizar el modo en que los animales
no humanos han sido explotados y aniquilados principalmente por las sociedades
occidentales. Por este motivo parten de una postura política muy clara, y que en
Latinoamérica se ha conformado bajo el nombre de estudios críticos animales
“campo de estudio dedicado a la abolición de la explotación animal y ecológica, la
opresión y la dominación, cuyo objetivo es la supresión de la subordinación en
diferentes ámbitos.” (Revista Latinoamericana de estudios críticos animales).

Viveiros de Castro comenta en una entrevista (2013) que lo político no forma parte
de su principal preocupación, sino que busca la potencia de su pensamiento en el
pensamiento mismo sin perseguir una finalidad política específica, lo cual lo ha
llevado a pensar otras formas de vida que se configuran fuera del ámbito occidental
más que dedicarse a criticar este. Podría decirse que, mientras que los animal
studies tratan de desmontar el sistema de representación occidental desde dentro,
el giro ontológico buscan generar concepciones sobre lo animal y la naturaleza no
provenientes del pensamiento occidental.

Por otro lado, una diferencia que apenas alcanza a entreverse es la disciplina a la
que se adscriben ambos. Mientras que los animal studies han priorizado el enfatizar
la opresión y la dominación de los animales lanzando su crítica contra el
pensamiento filosófico, entendiendo al animal como una categoría occidental que
se ha universalizado4, los estudios antropológicos considerarán a esta posición
necesaria de ser entendida en contextos específicos, ya que existe el riesgo de
establecer generalizaciones, como es el caso de la consideración de los animales
como pacientes (morales), lo que implicaría repetir una vez más una concepción
universalista. También se criticaría de la perspectiva propiamente filosófica su fuerte
énfasis en la cuestión de la representación excluyendo la materialidad de estos
seres y la dimensión empírica de las investigaciones (Ramírez, 2009), es decir, bajo
una perspectiva ontológica se buscaría descentrar el concepto de lo animal a través

4
Motivo por el cuál la mayoría de los postulados, para estos estudios, derivará en formulaciones ético-políticas
que buscan la inclusión de los animales, siendo el sistema moral y jurídico uno de los más problematizados.

41
de las situaciones específicas y no de una crítica al pensamiento universalista
propiamente dicho. Por otro lado, como ya lo había comentado, el énfasis en las
culturas no occidentales del giro ontológico, podrían conferir la impresión de que en
las culturas occidentales prevalece lo que Descola (2001) describe como
pensamiento naturalista, lo que puede implicar una simplificación del pensamiento
occidental y una delimitación clara del mismo que no opera en lo concreto
(Bartolomé, 2015).

Desde mi perspectiva, esta diferencia entre ambas posiciones pone a flote sus
limitaciones disciplinarias más que conceptuales ya que son más los puntos de
coincidencia que los de separación y la influencia entre ambas es evidente. Por mi
parte, me han permitido formular una concepción del animal que problematiza la
distinción entre naturaleza y cultura con sus implicaciones políticas en el
pensamiento occidental, así como me han hecho reflexionar sobre dicha
problematización respecto a un caso concreto y situado en un campo empírico. No
se trataría de una complementariedad sino de distintas líneas de exploración que
se abren, pero que confluyen en mi campo. En mi caso no podría ubicarme
plenamente respecto a una pues mi investigación, aunque preocupada por el lugar
político de los animales, queda corta para ser planteada como un intento de
abolición. Esa intención fue cuestionada todo el tiempo durante mi investigación y
se fue modificando, por lo que la abolición se convirtió en una problemática y un
punto de llegada más que en el punto de partida.

Esta doble disposición, me condujo a las discusiones que se llevan a cabo dentro
del neomaterialismo. Esta corriente, desde mi concepción, retoma la problemática
de la separación entre naturaleza y cultura para plantearla en un sentido bastante
concreto, desde problemáticas antropológicas e históricas, pero partiendo de
supuestos distintos a los planteados anteriormente. Para mi reflexión sobre la
animalidad ha sido imprescindibles los planteamientos de Tim Ingold, quien parte
de una posición materialista más cercana a Spinoza que a Marx (Carvalho y Steil,
2018) y que plantea pensar la materialidad no desde sus cualidades sino desde sus
propiedades, lo que pluraliza la materia misma, pensándola no cómo un receptor

42
inerte que sería moldeado por un agente externo con base en sus cualidades, sino
que la materia misma pulsa en cierta dirección y con su propia potencia. Desde esta
perspectiva, Ingold (2010) crítica la idea de sujeto implícita en la idea de
agenciamiento, donde este sólo es plausible mediante una fuerza externa y humana
colocada en el objeto, por lo que para este autor en lugar de hablar de objeto
introduce la noción heideggeriana de cosa. De este modo no se trataría sólo de
pensar la objetivación del animal sino en su propio direccionamiento dentro de la
red de flujos que lo conforman. En otras palabras, la agencia no se origina en sí
misma, a manera animista, sino que se constituye en esa serie de relaciones. Lo
que plantea una idea distinta de la de interacción entre animales y humanos, donde
se ubican como organismos plenamente distinguibles.

A una antropología funcionalista, que acaba por subsumir la parte en un todo


sistémico constituido por relaciones entre los objetos, los cuerpos y los
sujetos, él contrapone una antropología de los materiales, cuyo foco está en
el flujo y en las trayectorias de los materiales que pulsan y se entrelazan en
las formas que los organismos adquieren en la atmósfera. (Carvalho y Steil,
2018, p. 114)

Esta característica del neomaterialismo también ha sido trabajada de manera fuerte


en los estudios sobre laboratorios, pues ya no se trataría sólo de concebir la
subjetividad de los científicos como el pilar en la construcción del conocimiento, sino
más bien se presentaría una serie de entrelazamientos entre distintas
materialidades que configuran redes complejas. Entre estas perspectivas destacan
la de Shapin y Schaffer (2005) quienes, como ya lo he descrito, bajo una perspectiva
histórica demuestran el modo en que el conocimiento se constituye desde lo social
sin centrarse en una perspectiva culturalista. Pero, desde mi perspectiva, lo
interesante no es solamente este aporte, sino el modo en que para hacerlo
desmontan la idea de evidencia mediante la conformación de un instrumento: la
bomba de vacío participa de esta construcción. La discusión epistemológica se
ancla en las condiciones materiales y políticas de su época, pero también en la
materialidad propia del laboratorio. Estos autores demuestran como el laboratorio y

43
la idea de evidencia que se liga a este para la ciencia moderna, son construcciones
en las que los instrumentos se vuelven indispensables de ser interrogados. De este
modo mi pregunta se enfocó en la forma en que el animal, con las materialidades
que implica, participa de esta construcción. Siguiendo esta línea Latour y Woolgar
(1995), desarrollaron su teoría en la misma dirección, partiendo de la idea que lo
social pareciera quedar excluido para quienes hacen la ciencia, perspectiva de la
que participan algunos estudiosos de la ciencia por omitir el modo en que las
relaciones entre diferentes actores no-humanos pueden prescindir de la
intervención humana, sin que por ello deje de ser una serie de relaciones sociales.
Woolgar (1991) propone que este giro social alude a la teoría postestructuralista sin
que quede reducida a ella, pues implica un descentramiento del lenguaje que había
dejado de lado la materialidad propia con la que se elabora el conocimiento, al
centrarse en la idea de representación.5

También ha sido importante la contribución del feminismo sobre todo por medio de
la autora Donna Haraway, quién concibe una importante reflexión sobre la forma en
que la biopolítica ha dado paso a una nueva constitución subjetiva que denomina
como Cyborg (Haraway. 1991), concepto este no sólo de carácter descriptivo o
ficticio, sino que propone desarmar la visión dualista entre teorías naturalistas y
teorías construccionistas sociales que permeaba a inicios de los años noventa,
sostenida esta división en el humanismo que dicotomiza naturaleza y cultura. Su
obra me permitió cuestionar el lugar que tiene el discurso biológico y desnaturalizar
aún más los conceptos que emergen de esta disciplina, no sólo el de animal, sino
los de cuerpo, especie y organismo. Como señala la autora:

Los cuerpos, por lo tanto, no nacen, son fabricados (…). Han sido
completamente desnaturalizados como signo, contexto y tiempo. Los
cuerpos de finales del siglo xx no crecen de los principios internos armónicos

5
Lo que implicaría también un replanteamiento de lo social y lo psicológico, comenta Woolgar (1991) al
respecto: “No se trata de que la ciencia tenga sus aspectos sociales (lo cual implicaría que una parte de la
misma -su mismo núcleo- procediera sin verse corrompida por factores no-científicos -sociales, por ejemplo-
que le son ajenos) sino de que la propia ciencia es constitutivamente social. Por ello, si abandonáramos la
concepción de la ciencia como dominio de actividad e investigación privilegiado, e incluso separado, también
deberíamos modificar sustancialmente nuestra noción de lo social”. (pág. 18).

44
teorizadosen el romanticismo, ni son descubiertos en los terrenos del
realismo y del modernismo. Una no nace mujer, dijo correctamente Símone
de Beauvoir. Al campo epistemológico-político de la postmodernidad le tocó
responder, en un co-texto, al texto de Beauvoir: uno no nace organismo. Los
organismos son fabricados, son constructos de una especie de mundo
cambiante. (Haraway, 1991, p.367)

Cabe señalar que mi aproximación a este campo de estudios fue conducido por los
animales, lo que ha implicado, tal vez, una falta de profundización en las tradiciones
que les dan fundamento, por lo que los estudios referentes a la ciencia no han sido
abordados, quizá, con la complejidad debida, ya que retomo de estos algunos
elementos para pensar la producción de los animales y no tanto para abordar la
ciencia como objeto; por otro lado, las discusiones en el campo de la fenomenología
tampoco fueron abordadas debido al desconocimiento propio sobre el mismo y la
dificultad que me ha implicado tener una comprensión cabal de sus postulados.
Queda, para futuras investigaciones, ahondar en estas perspectivas para continuar
con la indagación de este tema.

Sin embargo, varios puntos que retomé de estas perspectivas fueron permitiéndome
pensar algunas cuestiones respecto a mi trabajo de campo y la forma en que me fui
sumergiendo en la misma serie de relaciones que trataba de describir. Es decir,
conforme fui incorporándome al trabajo dentro de los laboratorios, se volvió cada
vez más necesaria la búsqueda de elementos teóricos que permitieran orientar las
preguntas que surgían desde mi propio posicionamiento, lo que me llevó a una
pregunta más básica ante lo que observaba ¿Cómo se construye el conocimiento?
Por lo que fue necesaria mi inmersión en cuestiones de tipo epistemológico sin que
fuera propiamente mi interés inicial, el campo mismo me lo fue demandando. Esta
pregunta implicaba pensar el modo en que los animales eran parte activa en esta
construcción, al mismo tiempo que me preguntaba cómo yo podría construir un
conocimiento sobre ellos. Aunque esta pregunta queda escueta se hizo necesaria
una revisión sobre lo que implica decir que el conocimiento es construido.

45
Estas cuestiones me condujeron al constructivismo, en especial a la perspectiva
crítica del autor Ian Hacking, en quien encontré, en gran medida, un reflejo de las
mismas cuestiones que encontraba en el laboratorio. Este autor concibe el
conocimiento científico como una construcción perfectamente ubicable en un
momento histórico dado, distinguiendo así la actividad científica de la propia ciencia
como aglomerado de conjeturas (Hacking, 2001); al mismo tiempo que considera
esta actividad como una relación entre el sujeto y el objeto sin que este último sea
un ente pasivo, sino, por el contrario, le otorga su estatuto ontológico por lo que esta
actividad no responde ni a la perspectiva realista que consideraría a la realidad
como inmutable y fija, pero tampoco a las corrientes posmodernas que concebirían
la construcción social como algo que ocurre solamente a un nivel nominalista de
forma clásica6. Este autor me permitió pensar el modo en que la materialidad es,
también, construida en la actividad científica. Pues no se trataría de ver los
instrumentos y las sustancias como algo que permanece fijo y que el científico
descubre o utiliza, pero tampoco como aquello que sólo existe en tanto pueda ser
teorizado, sino la pregunta es cómo se construye aquello que es observado. Para
lo cual es necesaria la intervención del científico y la respuesta de aquello que se
observa. Este autor se opone tanto a un realismo ingenuo como al nominalismo,
para apoyar la idea que la naturaleza es intervenida por aquel que busca conocerla
(Hacking, 1996). Lo que ocurre no sólo a un nivel conceptual, es decir, el científico
no construye una realidad a priori e hipotética que después sólo comprueba
empíricamente, sino que esa realidad es materializada y la intervención que hace lo
comprueba, sin que por ello implique que exista una realidad más allá de la que el
investigador construye en su evidencia7. Este autor me hizo preguntarme acerca del
modo en que los animales participan de esta constitución, si la evidencia es una co-
creación, en el caso de las ratas ¿Son ellas creadoras o sólo son creadas? Para
responder esta pregunta es necesario, una vez más, desplazar la idea de sujeto
como aquel que mediante su intervención construye el objeto, más bien, es

6
Para una discusión más detallada véase Hacking, I. (2001) ¿La construcción social de qué?. Paidós. Barcelona.
7
Dice Hacking al respecto “Mi ataque contra el antirrealismo científico es análogo al ataque de Marx contra
el idealismo de su tiempo. Ambos dicen que lo importante no es comprender al mundo sino cambiarlo.” (1996,
p.303).

46
necesario considerar las propiedades de los animales y la forma en que la
observación se vuelve una red de tránsitos entre cuerpos, conceptos, instrumentos
y ratas.

Estos autores que escriben sobre los laboratorios han sido parte fundamental en mi
investigación, las discusiones epistemológicas que plantean sostienen la idea que
lo social es inseparable del conocimiento científico en tanto condiciones de
producción. Cómo bien propone la autora Cházaro (2011) “donde el conocimiento
no es producto de una sola comunidad, época o entidad sino del desigual y complejo
intercambio, iniciado en los tiempos coloniales, de objetos, materialidad y
conocimientos.” (p. 72). Al igual que Hacking, Cházaro (2018) propone estudiar la
materialidad de los instrumentos y el modo en que estos conforman la construcción
de la mirada del científico. De acuerdo con la autora, no se trataría entonces de un
simple uso del instrumento sino de un encuentro cuerpo a cuerpo, por lo que
propone el uso de la perspectiva Agambiana de dispositivo8 para pensar el modo
en que estos producen nuevas materialidades y saberes.

Debo mencionar aquí, que la sociología e historia de la ciencia fueron campos


nuevos para mí, y que es probable que no haya alcanzado a generar una discusión,
propiamente, dentro de estos ámbitos, sin embargo, fueron indispensables para
pensar el modo en que los animales quedan insertos dentro de la práctica científica
y el modo en que su materialidad es transformada dentro de ese intercambio al que
refiere la autora citada. Es también, con Cházaro, que pude pensar el modo en que
la instrumentalización de los animales no implicaba necesariamente un lugar pasivo
del animal donde este sólo sería objeto de transformación, sino más bien,
retomando a Descola (Kohn, 2009) pensar en el proceso de objetivación que este
atraviesa y la forma en que se configura la realidad que es observada con
participación de otras materialidades que van desde las pinzas de disección, el
microscopio y sustancias químicas hasta el ojo mismo del observador.

8
“Llamo dispositivo a todo aquello que tiene, de una manera u otra, la capacidad de capturar, orientar,
determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos
de los seres vivos.” (Agamben, 2011, p.257)

47
Esta consideración Agambiana además implica pensar la forma en que el animal
mismo es capturado por estos dispositivos, lo que me condujo de nuevo, de manera
irremediable, a la biopolítica, para pensar el modo en que los animales son
producidos dentro de un momento y lugar históricamente situado por un poder
determinado, para lo que comencé a pensar el contexto en el que se suscita mi
intervención. Las condiciones propias de los laboratorios mostraban la relación
entre lugares constituidos como centros y otros como periféricos. Así tuve un
acercamiento a los estudios sobre ciencia destinados a pensar las categorías de
centro y periferia. Kreimer (2006) y Matharan (2016) fueron los principales autores
que me permitieron pensar en la forma en que estos conceptos no sólo constituyen
formas específicas de relación entre las instituciones de investigación y el exterior,
sino que las constituye ciertas formas de interacción entre los sujetos y las
instituciones, haciendo que estas distinciones se consoliden en las prácticas
mismas que se realizan y por lo tanto en las subjetividades y materialidades que
conforman. Sin embargo, una vez más, quedan por explorarse estas líneas para
futuras investigaciones que logren ampliar el reducido panorama sociológico que
ofrezco en esta investigación, donde me centré en lo molecular quizá desatendiendo
su relación con lo macro. De cierto modo la universalización del conocimiento
científico se basa en la estandarización de sus prácticas, lo que trataré de demostrar
mediante la conformación del animal como instrumento de laboratorio, queda
responder para futuras investigaciones si esta pretendida universalización se vuelve
más bien particular por la especificidad de los laboratorios en los que se lleva a cabo
la estandarización y de qué modo se insertan en contextos específicos más amplios.

Toda esta serie de reflexiones fueron conformando los cuestionamientos con los
que recorrí mi campo. Quedando como preguntas generales que atraviesan esta
investigación ¿De qué modo se constituye la animalidad de las ratas en los
laboratorios? ¿De qué modo participan en esta práctica enfocada a la construcción
de conocimiento? ¿De qué modo poder ubicar esto en un contexto biopolítico en
sus dos vías: el control y la potencia de lo vivo?

48
Cabe describir ahora ciertas particularidades de mi trabajo de campo, para poder
ubicar mejor el contexto de los laboratorios en los que realicé este, así como las
limitaciones a las que me enfrenté. Para comenzar mencionando estas, diré que el
tema del animalismo formó parte de mi dificultad para acceder a los laboratorios. En
un comienzo realicé entrevistas a una estudiante de doctorado9 y a un técnico de
investigación10 pertenecientes al CINVESTAV sede sur del área de farmacobiología.
En ambos casos me solicitaron guardar la confidencialidad de su identidad debido
a la controversia que se suscita en el ámbito científico el tema del animalismo,
cuestión que se repitió constantemente. Estela me comentó que la responsable de
su laboratorio les había pedido no participar en investigaciones de grupos
animalistas, pensando sobre todo en investigaciones de tipo periodístico. Ella me
comentó que al ser estudiante de doctorado comprendía la dificultad que a veces
representa encontrar a personas que deseen participar en una investigación
académica por lo que acepó que le realizara entrevistas siempre y cuando se
mantuviera su identidad como anónima, realizándole un total de cinco entrevistas.
Ella me contactó con el técnico de laboratorio quien me solicitó también la
confidencialidad por el mismo motivo. Con él realicé sólo tres entrevistas debido a
que los tiempos de los que disponía fuera del laboratorio eran pocos.

Después de realizar un contacto a través de la doctora Laura Cházaro, un estudiante


del Departamento de Investigaciones Educativas que había realizado trabajo de
campo en un laboratorio de la sede, Cristian Quintero, logró ponerme en contacto
con una estudiante de doctorado11 de otro laboratorio perteneciente al área de
farmacobiología de esta institución, quien aceptó entrevistarse conmigo aún sin
conocerme, la idea era que ella me contactará con el responsable de laboratorio
para tener acceso al mismo de manera presencial. Ante nuestro encuentro, y
después de comentarle sobre el tema de mi investigación, ella mencionó que era un
tema que había desatado controversia dentro de la comunidad del departamento ya
que se habían reportado casos de activismo en contra de ellos, sin embargo,

9
De ahora en adelante nombrada Estela.
10
De ahora en adelante nombrado Esteban.
11
De ahora en adelante nombrada Ariadna.

49
comprendía que mi intención no era esa, así que accedió a ayudarme a entrar a su
laboratorio. Tuve una entrevista con el responsable de este quién, una vez más,
mencionó la controversia de mi tema y la dificultad para abordarlo. Al comentarle
que mis intenciones eran más de tipo epistemológico que político, y al mencionar a
la dra. Cházaro como referente, accedió a dejarme visitar las instalaciones algunos
días a la semana “siempre y cuando no muestres imágenes o temas que puedan
ser controversiales” insistió. Ante mi pregunta sobre si podría referirme al número
de laboratorio me preguntó si era realmente necesario para la investigación, en ese
momento le respondí que no era imprescindible, así que me pidió no decirlo. Este
elemento de secrecía me hacía tener cierta sospecha sobre las prácticas llevadas
a cabo en los laboratorios, sin embargo, como me daría cuenta más adelante, la
sospecha se vertía sobre mí como alguien que podría poner en riesgo su práctica
científica. Con mi primer informante, Estela, traté de realizar la misma acción, es
decir, le pedí que me contactará con la responsable de su laboratorio para pedirle
que pudiera entrar a sus instalaciones, me dijo que le comentaría a la responsable,
unos días después me dijo que su respuesta fue negativa. “Me dijo que no pueden
entrar más personas al laboratorio, pero sospecho que es por el tema que trabajas.”
Me comentó.

De esta manera visité al laboratorio al cual se me permitió el acceso, donde además


de Ariadna, quien se encontraba realizando su investigación sobre conducta
homosexual en ratas macho, también se encontraba otra estudiante de doctorado12
realizando investigación sobre conducta sexual en ratas hembra con diabetes;
Además de ellas, también pertenecían al personal de este laboratorio: la técnico de
laboratorio13 y la designada como administradora14 del mismo, a quienes les
pregunté si preferían que guardara la confidencialidad de su identidad y me
respondieron afirmativamente. El responsable rara vez entraba al laboratorio y sólo
entraba a su oficina de vez en cuando para hablar con el personal. Asistí tres veces
por semana en un total de ocho meses (de enero a octubre del 2019), tuve un

12
De ahora en adelante nombrada Karen.
13
De ahora en adelante nombrada Rosa.
14
De ahora en adelante nombrada Lurdes.

50
periodo de dos meses aproximadamente al que no pude asistir por motivos de salud
y posteriormente se vio interrumpido mi trabajo por la pandemia de COVID 19. En
este laboratorio realicé cinco entrevistas formales a Ariadna, dos entrevistas a
Karen, tres entrevistas a la técnico de laboratorio, Rosa, y dos entrevistas a Lurdes,
la administradora. Además de múltiples pláticas informarles con las mismas, así
como observación constante de sus prácticas, experimentos y capacitaciones que
ofrecían a estudiantes de maestría. El laboratorio se dedica al estudio de la
conducta sexual en ratas, enfocado principalmente a trastornos psiquiátricos. No
logré concretar una entrevista con el responsable debido a sus tiempos, sin
embargo, me percaté que su participación dentro del laboratorio era más bien
indirecta, pues él aprobaba y supervisaba las investigaciones, así como dirigía las
mismas, sin embargo, no participaba ni de los experimentos ni de la manipulación
con los animales.

Respecto a mis dos primeros informantes, Estela y Esteban, pertenecen a otro


laboratorio del mismo departamento donde también trabajan conducta sexual de
manera específica en ratas macho, dedicándose más a la relación entre ciertos
medicamentos y la conducta sexual, la estudiante de doctorado que entrevisté, por
ejemplo, realizaba su investigación sobre el uso de endocannabinoides y su
afectación en la conducta sexual de ratas macho. De cierto modo mi elección de
mis informantes fue fortuita y se dio en forma de copo de nieve, sin embargo,
también me fui percatando que eran sus prácticas mi principal interés, pues ellos
eran quienes tratan cuerpo a cuerpo con los animales, al contrario de los
responsables cuyo aporte es considerado más bien intelectual, lo cual por un lado
habla de las jerarquías que se establecen dentro.

También gracias a Cristian Quintero pude entrevistar al responsable del bioterio de


esta institución, quien igual que el resto, me pidió que no mencionara su nombre.
Con él realicé tres entrevistas y no pude negociar mi acceso al bioterio por las
restricciones de este, sin embargo, observé las instalaciones de lo que fue el bioterio
cuando se permitía el uso de perros y gatos como animales de experimentación,

51
por lo que vi las jaulas vacías, así como el lugar destinado al depósito de cadáveres
de los animales que se usan actualmente.

El número de entrevistas, por un lado, fue cuestión de disposición por parte de los
entrevistados, en el caso del responsable del bioterio fue más evidente, debido a
que expresaba su incomodidad por el tema que yo trabajaba. En otros casos fue
por agotamiento del tema, es decir, la información que compartían conmigo se
repetía y consideraba que dejaba de ser necesaria. Sin embargo, cuando accedí al
laboratorio donde realicé observación consideré que no era necesario realizar más
entrevistas, lo cual no fue así. En realidad, se dio una situación de bucle, donde la
observación hacia generarme una serie de preguntas por lo que sentía la necesidad
de hacer entrevista; al mismo tiempo esta información me permitía ver nuevas cosas
que hacía que surgieran más preguntas, por lo que las entrevistas con el personal
de este laboratorio fueron espaciadas y realizadas en distintos momentos de la
investigación. Quedaron pendientes algunas entrevistas, pero sólo una pudo ser
llevada a cabo de manera virtual en las condiciones de la pandemia antes de que
yo mismo enfermara.

Además de esta exploración dentro del laboratorio, también asistí a la Semana del
Cerebro en esta institución, un evento de difusión de la ciencia donde los diferentes
investigadores, en especial quienes trabajan neurociencias, exponen acerca de sus
temas y realizan un ciclo de conferencias donde hablan de las teorías actuales sobre
el cerebro. También existe difusión sobre la oferta académica del departamento
para estudiantes de distintos niveles educativos, por lo que los estudiantes preparan
exposiciones sobre sus investigaciones como forma de difusión. Este evento me
permitió conocer lo que hacen en los demás laboratorios y platiqué con algunos
investigadores que trabajan con otras especies como los ratones. Otro evento al
que asistí fue al examen doctoral de la estudiante que me introdujo al laboratorio, el
cuál fue en línea.

A la par de mi asistencia al laboratorio dentro del CINVESTAV también asistí por un


periodo más corto (de julio a octubre del 2021) al laboratorio del Instituto de
Fisiología Celular de la UNAM. Fue por una trabajadora del departamento de

52
Divulgación de la Ciencia, la dra. Luz Lazos, que me contactó con el responsable
de un laboratorio donde trabajan temas relacionados a neurociencias,
principalmente aspectos vinculados a la microglía neuronal. También a través de
ella realicé el contacto con uno de los laboratorios del Instituto que trabajan con
monos Rhesus, en este segundo caso no se me permitió el acceso por parte del
responsable por “ser un tema bastante controversial” por lo que el responsable
prefería evitar cualquier “malentendido”, utilizando las palabras que me dijo.
Respecto a este caso sólo tuve pláticas informales con uno de los investigadores
quien me contó brevemente como era trabajar con monos. En el primer caso, tomé
como estrategia para ser aceptado el decir por adelantado que, aunque mi
investigación era sobre los animales no era animalista, además de que guardaría el
anonimato tanto de los participantes como del laboratorio. El responsable me
permitió el acceso al laboratorio y me pidió que entrara a los seminarios que él
organizaba para los estudiantes de este laboratorio, donde se discutían temas
teóricos sobre las investigaciones que se realizaban ahí, “para que te familiarices
con los términos” me dijo. Él me comentó que tenía muchas ocupaciones porque
ser responsable del laboratorio era “más un puesto burocrático que académico” y
que por este motivo los seminarios eran, para él, el único espacio donde podía
seguir siendo académico. También por el mismo motivo me comentó que no
disponía de tiempo y que cualquier situación la resolviera con la técnico de
laboratorio15. Ella fue la que me presentó a los estudiantes, en este caso de maestría
y de doctorado, que realizaban su investigación en el laboratorio, al presentarme les
preguntó quién estaría dispuesto a participar en la investigación, ante un incómodo
silencio sólo una estudiante respondió que a ella. Entonces el plan fue estar
presente en las prácticas y experimentos que realizaran tanto Gertrudis (quien
preparaba los tejidos neuronales) como la estudiante de doctorado quien realizaba
su investigación sobre muerte neuronal16. Posterior a algunas observaciones con
Beatriz, donde me describía los experimentos que realizaba, le hice dos entrevistas,
y también ella me llevó a las salas de microscopios de alta resolución donde pude

15
En adelante nombrada Gertrudis.
16
En adelante nombrada Beatriz.

53
observar la forma en que operan estas máquinas. Por otro lado, con Gertrudis visité
el bioterio del departamento, sin acceder a su interior, sólo a los lugares destinados
para la entrega de animales. Ahí se estableció el contacto con la responsable del
bioterio a quién le realicé una entrevista sobre las condiciones de los roedores,
quedando pendiente otra entrevista pactada sobre el cuidado de los monos, la cuál
no se concretó debido a que no respondió los mensajes que le envié al correo que
me proporcionó para esta finalidad. Durante esta entrevista noté mucha negación a
hablar del tema pidiéndome que habláramos “primero de las ratas y ratones” y
haciendo mucho énfasis en que cumplían con todo los protocolos legales y éticos.
Probablemente mi acceso a este campo no fue el adecuado ya que Beatriz me
comentó, fuera del laboratorio, que se había corrido el rumor en otros laboratorios
de que estaba haciendo investigación desde una posición animalista, lo que yo vivía
de cierta forma al notar que las personas de esta unidad se negaban a hablar mucho
conmigo sobre cualquier tema relacionado a los animales, lo que además me hacía
sentir cierta incomodidad, como si estuviera fuera de lugar, o incluso como si yo
fuera un invasor del cuál tenían que guardar distancia, lo que no me pasaba en el
laboratorio del CINVESTAV. Sin embargo, mi relación con Beatriz y Gertrudis
siempre fueron cordiales y considero valioso el aporte que ellas realizaron a mi
investigación para pensar varios temas, principalmente referentes a los tejidos y a
las máquinas de visibilidad.

Existía la idea de visitar otro laboratorio, se trataba del laboratorio del Instituto
Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente, donde trabajan con monos Rhesus.
Entraría por el contacto con un profesor de mi Universidad. Sin embargo, debido a
la pandemia esto no fue posible ya que el acceso a cualquier laboratorio, por parte
de cualquier persona ajena al mismo, fue restringido. Motivo por el cual dejé de
asistir a los otros laboratorios. Es importante mencionar cómo esta epidemia frenó
mi trabajo de campo, no sólo por esta restricción sino también por las condiciones
materiales que suscitó. La falta de empleo, la enfermedad, la falta de contacto
social, la precariedad social de derechos básicos como salud y vivienda, la salud
mental colectiva, entre otras cosas, son parte de las dificultades que muchos
investigadores tuvimos que enfrentar y sería inadecuado no hacer énfasis en ellas

54
como parte vital de las investigaciones académicas. Esta es una línea también que
deberá explorarse en futuras investigaciones sobre la animalidad y la producción
del conocimiento.

55
Capítulo I.- Crianza, Vida Y Reproducción En El Bioterio. La Producción
Corporal De Un Instrumento.

Una araña ejecuta operaciones que semejan a las


manipulaciones del tejedor, y la construcción de los panales
de las abejas podría avergonzar, por su perfección, a más de
un maestro de obras. Pero, hay algo en que el peor maestro
de obras aventaja, desde luego, a la mejor abeja, y es el hecho
de que, antes de ejecutar la construcción, la proyecta en su
cerebro.

Karl Marx.

Para la elaboración de este capítulo realicé entrevistas a los encargados de los


bioterios de donde son extraídos los animales que son utilizados en los laboratorios
donde realicé trabajo de campo (CINVESTAV e IFC). Si bien esta técnica de
investigación tiene como objeto el discurso producido por los interlocutores, lo que
busqué conocer mediante las entrevistas fueron descripciones sobre los espacios y
procesos más que interpretaciones o percepciones particulares. Sin embargo,
tampoco se tratan de procesos separados, ya que, con los encargados de dichos
bioterios, al producir dichas prácticas y vivir los espacios, estaría buscando conocer
lo que Descola (2001) denomina “esquemas de praxis”, que según el autor “Se
expresan contextualmente en acciones e interacciones cotidianas, en conocimiento
vivido y técnicas del cuerpo, en elecciones prácticas y rituales apresurados” (p. 106),
esta ecología simbólica me permitirá trazar relaciones entre humanos y no humanos
enfocados en la crianza de los animales de laboratorio.

Primero me centraré en la crianza de las ratas, como principales actores dentro de


los laboratorios donde realicé observación, para finalmente hacer una comparación
entre estos y otros animales que, si bien son producidos para fines similares,
alcanzan a esbozarse algunas diferencias respecto a su producción como modelo
de experimentación.

56
Tanto investigadores como criadores, saben que la rata es quizá la más fácil y
barata de criar. Por un lado, su pequeño tamaño y bajos requerimientos van
acompañados de un animal dócil y sociable. “Son el modelo ideal, son los más
utilizados porque son muy prolíficos, alcanzan su madurez sexual en pocas
semanas, pueden ser criados en cautiverio y llevan muchos años criados en
cautiverio y homogenizados17.” Cómo veremos en este capítulo, la crianza de las
ratas debe ser un proceso controlado cuya finalidad es la homogenización entre los
distintos animales de esta cepa18. Para esto es requisito tener un control detallado
de cada factor que intervenga en el desarrollo del animal, la facilidad para realizarlo,
en el caso de las ratas, hacen de esta uno de los animales más usados en los
laboratorios, solamente superado en número por el ratón. Dentro de los bioterios a
los que asistí, estas ocupan el mayor número de animales criados en sus
instalaciones, en el caso del CINVESTAV llegando a un 90% de su producción.

Los factores que deben controlarse responden a las necesidades primarias de los
animales, pero estas deben ser estandarizadas para evitar que los animales tengan
un desarrollo diferenciado entre sí. Uno de los responsables de los bioterios clasifica
a estos en físicos, químicos, medioambientales, biológicos y genéticos.

En los físicos se ubicarían los espacios o recipientes en los que son alojados, deben
de tener un tamaño mínimo de 110 cm2 de área de piso y 18 cm de altura mientras
las ratas sean pequeñas, cuyo tamaño del recipiente debe ir agrandándose en
correspondencia con el tamaño de la rata hasta llegar a 452 cm2 de área de piso y
20 cm de altura. El material es de plástico transparente ya que debe existir una base
sólida y fácil de limpiar al mismo tiempo que permita ver a los animales, con una
tapa de reja de metal que permita tener ventilado el lugar y tener ranuras para ser
alimentadas y suministrarles agua por medio de ellas. También debe ser seguro con
bordes y aristas redondeados y alojar un número aceptable de roedores (no más de
10 ejemplares) que les permita tener conductas de socialización como establecer

17
De aquí en adelante todas citas textuales que colocare en forma de diálogo son emitidas por el director del
bioterio del CINVESTAV sede sur, en caso que no sea así especificaré de quién se trata.
18
Por cepa me refiero a las características comunes de un grupo de animales que han sido el resultado de
crianza selectiva o modificaciones genéticas.

57
jerarquías y tener la posibilidad de escape ante posibles riñas entre ellas. La cama
o sustrato debe ser absorbente y gruesa, y debe cambiarse cada tercer día.

Dentro de los factores químicos se busca tener un control de las sustancias con las
que interactúa el animal, así las cajas deben ser limpiadas con productos no
irritantes, los trabajadores del bioterio deben evitar usar emulsiones o productos con
mucho olor. La luz, temperatura, humedad y ruido son factores medioambientales
que deben estar estandarizados; así la temperatura se mantendrá entre 18 y 26°, la
humedad entre 40 y 70% y la luz debe periodizarse en 12 horas de luz tenue y 12
de oscuridad, el ruido debe ser contenido y controlado para evitar que los animales
se estresen. Este periodo de luz en el caso de las ratas se encuentra invertido, es
decir, que durante la noche se iluminan las habitaciones mientras que en el día
permanecen en oscuridad (con luz infrarroja que es invisible para los roedores), esto
para que, al tratarse de animales nocturnos, ellas muestren mayor actividad durante
el día, lo que facilitará su uso en el laboratorio.

Biológicamente debe controlarse su alimentación mediante la suministración de


pellets específicos para animales de laboratorio importados de los Estados Unidos,
ya que debe contar con un aporte nutricional estandarizado y certificado para cada
especie. Se debe contar con este alimento y agua ad libitum. El animal debe estar
en buenas condiciones de salud y no tener parásitos internos o externos, por lo que
son supervisadas por médicos veterinarios.

Genéticamente debe existir un control de su reproducción, separando machos de


hembras en edad reproductiva, así como sólo se deben cruzar animales de la misma
cepa. Cuidando, de este modo, que genéticamente no se pierdan las características
originales de esta. Esto se logra en los bioterios mediante la compra e introducción
de especímenes criados en laboratorios estadounidenses que, debido a su
monitoreo genético y calidad en la crianza, se acercan más a las cepas originales y
permiten renovar las colonias.

Todo esto se logra, por un lado, mediante prácticas que los trabajadores del bioterio
realizan de manera rutinaria. Pero también mediante un acomodo espacial que
permite la manipulación y control de dichos factores. Este ordenamiento establece

58
relaciones entre el adentro y el afuera del bioterio. Deben establecerse barreras que
aíslen lo más posible al animal en cuestión. “Entre más estrictas sean las barreras,
los animales serán más homogéneos entre sí, más fácil de controlar sus variables
biológicas y más caros”, tal como comenta el encargado del bioterio. El espacio
arquitectónico del edificio de un bioterio debe estar separado de otros edificios, sean
de laboratorios o cualquier otro uso, y toda entrada a ese espacio debe estar
regulada. El aire debe estar filtrado. Todo objeto, utensilios, alimentos, sustrato,
agua, etc. deben estar esterilizados. Los trabajadores deben asearse antes de
entrar y usar trajes especiales y estériles que cubran su ropa, cara y cabello. Del
mismo modo debe existir un cuarto destinado para cuarentenar cualquier nuevo
animal antes de ser integrado a las colonias establecidas. El lugar que los animales
habiten debe estar aislado de otras habitaciones destinadas a almacén, limpieza,
oficinas o cirugías. El área de deshecho de cadáveres u otros materiales debe estar
totalmente separada y aislada del resto.

Así, esta distinción clara entre un adentro y un afuera permite regular las entradas
y salidas y constituir un adentro controlado y diferenciado del exterior. Constituye
un medio artificial donde la vida se puede generar de un modo específico. Sin
embargo, este interior constituye a la vez, un exterior para el animal. Por un lado,
como parte del ambiente en el que el organismo se desenvuelve, pero también,
como un regulador totalizante de la vida de las ratas. Estas se encuentran, al mismo
tiempo, dentro de los contenedores, separadas y clasificadas. El recipiente
transparente permite una visibilidad que permite la vigilancia, pero al mismo tiempo
separa a las ratas de los humanos. Esta totalización de la vida coincide con las
perspectivas que comparan las teorizaciones de Agamben (1998) sobre la nuda
vida y los campos, con los lugares destinados a la producción y muerte de animales
para consumo humano (Shukin, 2009) como espacios de excepción. Más adelante
discutiré más a fondo dichas ideas, por el momento me gustaría señalar al respecto
que, si bien corresponde la configuración espacial del bioterio con técnicas de
control para producir una vida excepcional, en el caso específico del animal de
laboratorio, el control que se ejerce sobre los animales, más que generar una vida
que se ubicaría como fuera de la norma, se busca constituir un modelo de

59
investigación que responda a cierta normalización. Es decir, la finalidad de esta
configuración no es crear vidas desnudas para la muerte, más bien, se construye
una forma específica de vida que permita la intervención científica para la
generación de conocimiento, es decir, se trata de una modificación epistémica del
cuerpo de los animales. En este espacio, como lo expresa uno de los responsables
de los bioterios, se genera una eterna primavera, “Es casi un paraíso para los
animales que están aquí”, espacio en dónde los animales, al encontrarse en un
entorno absoluto, su cuerpo se convierte, también, en un ideal19.

Sin embargo, este modelo que se busca producir es considerado una herramienta
biológica. No basta con conceptualizar al animal, sino que debe producirse
materialmente esta elevación espiritual del mismo. Así, a la par que el cuerpo de la
rata debe corresponder al ideal epistémico, este se debe materializar en el animal.
Como trataré de explicar, esto responde a la forma en que el conocimiento
biomédico es planteado, pues busca aislar corporalmente a la rata para controlar
sus variables biológicas, pero al mismo tiempo, genera una corporalidad específica
que permite aislar conceptualmente a la vida.

Este aislamiento, en el que se ve envuelto el animal de laboratorio, busca producirlo


bajo un modelo ideal de corporalidad, donde ningún factor externo modifique su
supuesta originalidad. Como he explicado anteriormente, se busca que la genética
de cada individuo sea lo más parecida entre cada individuo, al mismo tiempo que
se modifique lo menos posible a través de las generaciones. Esto se logra mediante
los procesos descritos aquí que modifican el cuerpo del animal para su
homogenización y la búsqueda de su conversación.

19
Aquí podría introducirse, también la discusión de Agamben sobre los dispositivos (2011) como productores
de subjetivación y desubjetivación. Para este autor dichos procesos implican la superación del estado animal
hacia lo abierto (para más profundización en el tema puede leerse: Agamben (2006) “Lo abierto: el hombre y
el animal”), sin embargo, si cuestionamos esta perspectiva antropocéntrica, debemos preguntarnos si
entonces los animales no estarían conformados por tales dispositivos y no habría un encuentro cuerpo a
cuerpo entre estos y los animales que derive en procesos de poder y por lo tanto de subjetividad. Respecto a
esto la idealización a la que refiero coincide con lo que Agamben concibe como sacralización, es decir, como
separación o relegación de lo mundano, y que refiere a lo que trabaja Shukin (2009) como la constitución del
animal como insacrificable; sin embargo, difiero de este último planteamiento al pensar que no se trata de
una reducción a “pura carne” sino, en el caso de los animales de laboratorio, en una elevación a algo más que
carne.

60
También, vemos operar concepciones específicas del campo de las ciencias
biológicas: por un lado, la diferencia entre naturaleza y cultura, y por otro, el
concepto evolucionista de la genética. Como señala Ingold (2011), el segundo de
estos apela a una continuidad entre los diferentes seres vivos, por lo que su
contraste con la diferencia esencial entre humanos y no humanos (vivos) genera un
diálogo entre la posición dicotómica y la posición continuista. Lo que se constituye
como base de las ciencias biológicas.

Como comenta el responsable del bioterio: “Un investigador busca conocer los
procesos biológicos en su estado puro, por eso hay que aislar cada variable y
controlarla, así se logra conocer como es el proceso orgánico y como interactúa con
lo que manipula el investigador” Es decir, esta pureza remite a lo que el organismo
realiza en sí mismo, de manera independiente de las variables externas. Esta
concepción de corporalidad responde a la división disciplinar entre ciencias
biológicas y sociohumanistas. Las primeras destinadas a investigar el aspecto físico
y las segundas el espíritu humano. Como Latour y Woolgar (1995) proponen, los
científicos generalmente creen que los hechos que estudian se encuentran
separados del contexto sociohistórico en el que se producen. De hecho, se trabaja
constantemente en los laboratorios para tratar de demostrarlo. La rata de laboratorio
no sólo es conceptualizada bajo esta creencia, sino que debe producirse
corporalmente para esto. Su organismo debe dar cuenta de que no existe una
intromisión externa que no pueda ser predecible. Es decir, se debe producir esa
naturaleza del mundo físico, paradójicamente, aislándose de manera ideal. Así toda
intervención por parte del investigador será tomada como cierta acción que
interactúa con ese estado puro de la materia. Lo humano alteraría, con su
intervención científica, ese estado de naturaleza que en realidad es producido.

También ocurre con la deseada homogeneidad genética. De hecho, el conocimiento


biológico sobre como la genética se va modificando con cada generación, es el
motivo por el que se implementan los controles genéticos descritos anteriormente.
El fenotipo, como aquello que interactúa con el exterior, pasa a ser entendido como
copia del genotipo al que está supeditado el animal. Aquí parece operar lo que

61
señala Ingold (2011), respecto al modo en que el darwinismo ha configurado la idea
de vida como la de individuos que contienen en sí mismos un ensamblaje interno
que se transmite generacionalmente y cuyas modificaciones provienen del error. Así
la adaptación es entendida como aptitud individual para la sobrevivencia.

Sin duda, el darwinismo asume un proceso ontogenético mediante el cual la


información contenida en el genotipo se «copia» en la forma de los caracteres
adaptativos del fenotipo. Pero no tiene nada que decir sobre este proceso.
Sin duda, al suponer que la conjunción del genotipo más el fenotipo da lugar
a una explicación exhaustiva de la cosa viva individual, no se deja espacio
conceptual para las complejas relaciones fisiológicas que intervienen entre
uno y otro. (Ingold, 2011, p. 92)

De este modo al evitar modificaciones fenotípicas en las ratas, se está buscando la


conformación de individuos iguales cuya interacción con el medio no modifique su
cuerpo, conservando de este modo su pureza. El cuerpo de la rata de laboratorio
es entendido, de tal modo, como originalidad genética. Como un cuerpo extraído de
manera pura de un origen mítico para que el animal de cuenta de esa continuidad
fijada.

En realidad, estas situaciones ideales son, más bien, problemáticas, tanto en


términos técnicos como a nivel conceptual en quienes realizan dichos
procedimientos. El trabajo sobre los cuerpos de la rata se convierte en una exigencia
constante pues siempre existe el riesgo de que la homogenización no ocurra ya que
la vida implica, en sí misma, cambio. También, los principios mediante los que se
realiza la crianza son muchas veces ambiguos o poco claros cuando se vuelven
operativos.

Para los encargados del bioterio, es claro que se trata de una vida producida y no
una natural. “No es un animal natural, es un animal criado en condiciones
artificiales, se podría decir que es un animal artificial”. Se trata entonces de animales
cuyo organismo es modificado por las alteraciones en su medio. Si bien, en esta
expresión aún perdura cierta diferenciación entre un mundo natural y otro artificial,
expresa también una unión inseparable entre ambos terrenos dentro del cuerpo de

62
la rata. Más adelante regresaré sobre esta hibridación animal entre naturaleza y
cultura.

Respecto a las prácticas que se realizan en la crianza, estas exigen una interacción
humano-animal bien sistematizada. Pues, como he descrito, es necesaria una
estandarización rutinaria de cualquier elemento que intervenga en la producción
corporal de la rata. Se trata de una producción artificial que requiere precisión
disciplinaria tanto de los elementos mecánicos automatizados (termostatos,
humificadores, filtros) como de los procedimientos que requieren acciones
humanas. Dentro de estas, se busca que la socialización entre humanos y ratas sea
sistematizada y rutinaria, tomando en cuenta las características específicas del
animal. Por ejemplo: que el personal no despida olores que puedan resultar
irritantes para los roedores, que no emitan sonidos altos, así como se busca evitar
que existan factores estresantes en su medio, por lo que se cambia el sustrato sucio,
se les suministra alimento y agua de manera constante, se supervisa su conducta
para evitar riñas o enfermedades, y la manipulación debe ser suave y sólo realizarse
si es necesaria. Esta neutralización exigida para las prácticas humanas, en teoría,
buscaría generar un entorno apacible donde el contacto con el humano no genere
alteraciones corporales como estrés o enfermedades.

Sin embargo, también existe una necesidad de que el animal genere una adaptación
a este entorno humano y que no está dada solamente por las características
genéticas originales del mismo, sino que se trata de un proceso constante en el que
se establece una relación individual del animal con su medio, pero también se
actualizan procesos filogenéticos e históricos de generaciones animales y humanas
anteriores. Como comenta el responsable del bioterio, en realidad, el proceso de
domesticación en las ratas es un proceso que se remonta al siglo XIX cuando se
realizó la primera intervención quirúrgica, una adrenalectomía, y se continuó usando
para estudios fisiológicos, anatómicos y de nutrición. Aunque ciertamente, el primer
motivo de su crianza en Europa se remonta a su uso en espectáculos de pelea con
perros, donde se contaba el número de ratas que estos pudieran matar, este
proceso de domesticación ha llevado a que las ratas sean mucho más dóciles

63
(UAEH, 2018). Siendo esta característica una de las que hizo que la rata se
convirtiera en modelo para algunos tipos de investigación por sobre sus parientes
los ratones, mucho más ariscos y agresivos, tanto con los humanos como con su
propia especie. En cambio, la docilidad y fácil manejo de las ratas han hecho que
sean modelos adecuados para estudios de comportamiento y neurológicos. “No
sólo son buenos modelos por su homogeneidad genética sino porque se estresan
menos, son animales muy adaptables, entonces las alteraciones del cerebro son
menores que en otros animales”.

Al mismo tiempo que las cepas de rata ya contienen una predisposición para la
adaptación a la manipulación humana, también es necesario que el personal del
bioterio aprenda a interactuar con ellas para que estas se acostumbren al manejo.
A pesar de cierta impersonalidad con la que son tratadas, estas desarrollan cierto
apego o tolerancia por sus cuidadores, y cuando estos son cambiados, las ratas
pueden presentar conductas de estrés. “Por eso nosotros rotamos al personal, para
que el animalito no se acostumbre a uno sólo, ya cuando salen se pueden
acostumbrar más fácil a sus nuevos cuidadores, que son los investigadores”.
Además de esto, el personal debe observar constantemente la conducta de las ratas
para revisar que no haya ningún problema de salud. Aprenden el modo en que una
rata actúa normalmente. “En realidad los trabajadores no son etólogos ni
veterinarios, aunque siempre hay veterinarios que supervisan el estado de salud,
quienes están con ellas siempre en realidad son quienes las alimentan y son ellos
los que pueden darse cuenta más fácil si hay alguna alteración en su conducta que
indicaría que pueden estar enfermas”.

Estos procesos de socialización humano-animal se vuelven indispensables para la


conformación de la rata como modelo de investigación en los rubros mencionados
anteriormente. Se trata de animales que han tenido un proceso de domesticación
tanto generacional como individualizado, con la connotación de humanización que
esta implica (Casas y Parra, 2016), pues adquieren características bajo
requerimientos humanos, que no serían logradas en sus entornos originales.

64
Es aceptado que este proceso de domesticación supone una co-modificación. Por
el lado humano requiere una adecuación sociocultural para que el animal pueda ser
integrado a la vida humana. Por el lado de los animales esta modificación
generalmente se estudia del lado del genotipo y del fenotipo (Zarazúa. 2016). A
simple vista, en esta perspectiva, se nota que existe una separación entre la
modificación corporal supuestamente natural del lado animal y una modificación
cultural del lado humano. Cómo veremos más adelante esta separación es errónea
pues las modificaciones corporales que representa para los humanos la relación de
domesticidad con los animales de laboratorio son quizá la base de esta relación.
Pero por ahora me gustaría centrarme en las ratas, pues para estas existe una
modificación que sí bien se centra en sus características genotípicas, es su relación
con el entorno la que las constituye como tal, incluyendo la relación de socialización
anteriormente descrita. Se da en ellas una adecuación corporal cuyo resultado
rebasa cualquier dicotomía tradicional. Como lo explica Latour respecto a la
domesticación como ecología interiorizada:

Lo que quiero dar a entender con la expresión “ecología interiorizada" es la


intensa socialización, reeducación y reconfiguración de las plantas y los
animales, tan intensa que cambia su forma y su función, y a menudo, hasta
su genética. Al igual que ocurre con el resto de los niveles pares, la
domesticación no puede describirse como un súbito acceso a una esfera
material objetiva situada más allá de lo estrechos límites de lo social. (…) Si
lo que uno quiere es enrolar animales, plantas y proteínas para el colectivo
emergente, lo primero que ha de hacer es dotarlas de las características
sociales necesarias para su integración. (…) Los cambios que se producen
en este nivel son tan profundos que franqueamos el umbral de la historia y
penetramos profundamente en los de la prehistoria y la mitología. (Latour,
2001, p.249.)

De este modo la disposición de la rata entra en un proceso de modificación tal que


permite su incorporación a la actividad científica, al mismo tiempo que esta práctica
constituye el animal como parte fundamental de sus pilares, como veremos en

65
capítulos posteriores, la investigación en las ciencias biomédicas se constituye
como tal sobre la idea de modelo animal. En esta adecuación corporal de la rata a
la práctica científica, respecto a su proceso de domesticación, podemos decir que
la homogeneidad genética es considerada una de las características principales de
una determinada cepa, lo que se ubica como el mayor logro respecto a las
investigaciones biomédicas que buscan conocer procesos orgánicos o bases
biológicas de la conducta. De este modo se considera que el fenotipo no estará
alterado y los resultados en las investigaciones serán supuestamente más estables.

Esto se ha trabajado, en el caso de la rata de la especie rattus norvegicus , desde


el siglo XIX donde comenzó su uso principalmente en estudios fisiológicos,
anatómicos y de nutrición. Siendo hasta el inicio siglo XX que comienza la crianza
de linajes para la producción de una cepa por parte de Henry H. Donaldson
(considerado el padre de la rata de laboratorio), dentro de Wistar Institute en
Philadelphia, de dónde se extrajo la cepa Wistar, siendo la más usada tanto en los
laboratorios a los que yo asistía como a nivel mundial (Suckow. 2006).

Esta constitución de linajes permite una mayor estabilidad genética, que es lo que
se busca de manera insistente por parte de los criadores e investigadores. Sin
embargo, es el fenotipo, es decir, la relación con el ambiente, el que ha sido
trabajado principalmente en las ratas, y el que debe trabajarse de manera constante
con cada ejemplar producido en el bioterio. Si bien existen cepas mutantes
modificadas genéticamente, estas ocupan un muy pequeño grupo en su uso
comparado con aquellas logradas mediante la crianza selectiva. Así la interacción
cotidiana con los humanos les da a estos animales su característica principal.

De hecho, en su conformación como animales de laboratorio tiene más peso esta


interacción rutinaria con los humanos. Como bien explicaba uno de los encargados
de los bioterios, cualquier especie podría ser un animal de laboratorio si se cumplen
con las condiciones de su medio descritas aquí. “Un león podría ser un animal de
laboratorio si se le cría para eso, se le alimenta con alimento especial, se le tiene
en condiciones de laboratorio, pero eso obviamente no sería operativo”. De hecho,
en la Norma Oficial Mexicana de Animales de Laboratorio (NOM-062-ZOO-1999) se

66
establecen los parámetros que definen a estos como tal, y lo constituyen
principalmente su crianza y el conocimiento que se tiene de este para poder
controlar su organismo.

De tal modo. su condición genética, tan cuidada, es más bien el resultado de una
serie de procesos y no algo ya dado de manera natural. Su producción artificial en
realidad consiste en constituir una naturaleza distinta, una dada por el control de su
cuerpo, su conducta y su entorno, así como también es requisito una objetivación
tal que permita un conocimiento biológico y etológico cabal de su especie que
posibilite un control total sobre el mismo.

La homogeneidad genética es tan solo un resultado, y un elemento más de ese


estado ideal al que apela su transformación corporal, ya que su finalidad está más
bien dada por el objetivo de su crianza: construir su cuerpo en una herramienta de
investigación. De este modo se distingue de otros animales de laboratorio como
aquellos destinados para formación educativa (como son aquellos animales usados
en prácticas médicas o para conocer el funcionamiento del organismo) y aquellos
destinados para control de calidad de productos químicos o cosméticos. Ambas
prácticas cada vez menos aceptadas social y legalmente. Como todo instrumento
de laboratorio, este debe producirse en relación con aquello que supuestamente
devela. Pero eso que devela es al mismo tiempo una elaboración de dicho proceso.
Así se establece una coproducción entre el instrumento y el resultado que se busca.

La constitución de esta herramienta no se lleva a cabo de manera causal donde el


humano sería el agente que modifica al animal para una cierta meta. Como expresa
Latour (2001) respecto a la constitución de una herramienta, esta lleva en sí misma
una participación de diferentes actores que posibilitan la acción, siendo esta una
correlación de fuerzas que permiten establecer nuevas características y
competencias que no existían previamente.

Sencillamente, la acción no es una propiedad atribuible a los humanos sino


a una asociación de actantes, y este es el segundo significado de la
mediación técnica. Si podemos atribuir papeles provisionales "de actor" a los
actantes es sólo porque esos actantes se encuentran inmersos en un proceso

67
de intercambio de competencias, es decir, se están ofreciendo mutuamente
nuevas posibilidades, nuevas metas, nuevas funciones. (Latour, 2001. p.218)

Para lograr este objetivo, de convertir a la rata en un animal dado a la investigación,


se espera un control de las variables que intervienen en su cuerpo que permita
conformarlo como un elemento neutro para posteriormente poder llevar a cabo la
investigación. Así, este modelo ideal al que aspiran convertir al roedor dentro del
bioterio tiene como finalidad la homogeneidad de los resultados derivados de su uso
posterior en la experimentación. “Todas hembras, todas pesan lo mismo, están
acostumbradas a un ciclo de luz, temperatura y humedad, entonces los resultados
son muy parecidos, entre más tranquilito es el animal, bien alimentados, la misma
edad, el mismo sexo, tienes resultados más homogéneos. Todos comen lo mismo,
el mismo estado de salud, el mismo control de todo.” Es decir, su crianza tiene una
finalidad epistémica pues su cuerpo debe producir resultados trasladables al papel.
La relación que su cuerpo guarda con el saber lo constituye en un elemento
escritural.

Es decir, no existe un cuerpo a priori de la rata a la que posteriormente se le enciman


procesos técnicos que permiten develar su identidad en si, por el contrario, se trata
de una conexión singular entre distintos elementos que confieren una característica
específica, una configuración particular destinada a ciertos fines. Esta articulación
entre elementos tecnológicos, instrumentales, orgánicos y simbólicos, constituyen
a la rata misma. El bioterio opera como una máquina en términos de Deleuze y
Guattari (2002), entendiendo esto como un proceso donde el devenir rata de
laboratorio se encuentra marcado por las relaciones que la constituyen como tal y
no por lo que es en sí misma, como parte de un ensamblaje más amplio. En este
proceso podemos ubicar los medios tecnológicos que modifican y condicionan la
corporalidad del animal, al mismo tiempo que las interacciones entre humanos y
animales descritas aquí. Pero, dentro de estas coordenadas materiales-simbólicas
también es necesario ubicar la materialidad del lenguaje científico.

Como bien ubica Latour (1995) la práctica científica se trata sobre todo de una
actividad escritural, en donde los científicos elaboran mecanismos de inscripción

68
que producen significado mediante la producción visual de un texto específico
obtenido mediante distintos instrumentos. En capítulos posteriores me enfocaré en
el modo en que se producen estos regímenes de visualidad en el campo que me
encuentro describiendo. Por ahora me gustaría proponer que la producción de la
rata en el bioterio responde a esta necesidad de inscripción, pero se ubica en un
estado previo. Para la elaboración de dicha textualidad es necesario primero
configurar a la rata como una hoja en blanco donde el investigador pueda trabajar
su proceso escritural.

Como he descrito hasta aquí este blanqueamiento se relaciona con un


moldeamiento corporal que permita una homogenización entre diferentes
individuos. De modo que el estado corporal de la rata sea puro y originario, lo que
permitirá su estandarización. Esto constituye al animal de laboratorio como icónico
(Rader, 2004), pues su constitución homocigota debe permitir una reproducción
genética prácticamente inamovible lo que constituye su estandarización20. Aunque
también, como ícono cultural, su imagen se relaciona siempre con una rata (o ratón)
de color blanco, color resultado de cruces entre ejemplares albinos.

El jefe del bioterio comenta al respecto: “Estos animales albinos les llamaban la
atención y reproducían ejemplares que fueran albinos, primero fue para las peleas
de perro, así los perros veían más fácil al animalito y lo podían matar más fácil,
luego en el laboratorio se usó porque era más fácil marcar los linajes, viendo su
descendencia”.

Su color permite identificar la historia de domesticación que ha desarrollado su


corporalidad. Aquí ocurre, lo que Latour (2001) define como un proceso de
delegación. Es decir que, mediante una manifestación técnica, o que opera en un
plano material, se intercalan distintos procesos temporales que quedan delegados

20
Cómo también explica la autora esta estandarización tiene origen en conformar cierta ejemplaridad que
permita comparar ciertos casos, lo que en ciencia constituye la conformación de modelos que respondan a lo
que los mismos científicos creen que es importante estudiar para que sus investigaciones sean consideradas
como científicas, por lo que la ejemplaridad termina siendo una constitución social de la idea de validez, lo
que implica también un trabajo de simplificación en la idea que se tiene de la especie, lo que se puede avizorar
en otros modelos como el de bacterias o insectos, para profundizar al respecto léase: Rader, Karen. (2004).
Making mice. Princeton University Press. USA

69
en dicha acción. Así en el cuerpo de la rata se establecen procesos históricos en
los que ciertos actores humanos que intervinieron en la creación de estos se
encuentran ausentes y queda delegada esta finalidad en el roedor. Este proceso
que podría definir como de asignación, no es ni enteramente significativo ni
enteramente material (Latour, 2001). Constituye un nudo en donde se intercala por
un lado el color de la rata, conseguido mediante cruces controlados, y por otro, las
atribuciones de pureza, asepsia y originalidad.

De este modo el estado aséptico, en el que se busca conservar a la rata en el


bioterio, en conjunto con el proceso de domesticación, responde a la necesidad de
que su cuerpo se convierta en un material prístino. Se trata de una masa neutra, un
saco de moléculas y proteínas, órganos y tejidos que puedan ser intervenidos por
el bisturí del ojo biomédico. Al salir del bioterio la rata debe ser la hoja en blanco
donde la escritura que realice el investigador no se confunda con la escritura hecha
por el proceso mismo de la vida.

Aquí se encuentra una acepción más de su blanquitud, como se expresa en la frase


anteriormente citada del encargado del bioterio, también su color está relacionado
a su facilidad de ser matados. Aunque ya no se críen para los espectáculos con
perros, las ratas que son criadas en los laboratorios mantienen un destino funesto,
pues como trabaja (Probyn-repsey, 2013) este proceso de blanqueamiento en los
animales responde a una disposición para la muerte relacionado a la
visibilidad/invisibilidad de sus cuerpos. Por un lado, la homogenización convierte a
los individuos en una masa indistinta, una vida estandarizada es una vida
indiferenciada. Pero también su blanquitud permite una facilidad de ser vistos, en
este caso no por sus depredadores sino por los humanos, pues permite diferenciar
a un roedor de laboratorio de aquellos oscuros más relacionados a enfermedades y
plagas; justo lo opuesto que se busca en la rata de laboratorio. Se trata de vidas
excepcionales, en tanto que son seres sacrificables, su muerte es también
sistematizada.

Dentro del discurso científico se trata de evitar el término sacrificio y cambiarlo por
términos más seculares como el de eutanasia, sin embargo, se considera que ellos

70
dan su vida por un bien mayor, el del conocimiento, es decir, este no sólo define sus
vidas sino también sus muertes “No se puede hablar de sacrificio humanitario
porque sacrificio remite al concepto cristiano y de humanitario no tiene nada, en
realidad dan sus vidas estos animalitos, dan sus vidas por nosotros”.

En realidad, el bioterio también sirve como administrador de la muerte. En al menos


uno de los dos bioterios, los cuerpos ya muertos de las ratas regresan a una
habitación donde son pesadas, registradas y colocadas en refrigeradores. De ahí
sus cuerpos serán incinerados. En toda rata de laboratorio deberá producirse su
muerte, pues su vida es inviable e incluso potencialmente peligrosa para otros seres
vivos fuera del laboratorio. Una vez muerta, su cuerpo se convierte en un desecho
y es tratado con cautela para evitar desastres biológicos. Si el ejemplar queda con
vida podría ser aún peor el daño que produzca pues podría reproducirse y afectar
desde animales locales hasta contagiar cepas de virus a humanos.

Incluso algunos animales llevan en su cuerpo una programación hacia la muerte.


Existen cepas de ratas como la Wistar Kyoto, que tiene una predisposición innata a
la hipertensión, y que fue conseguida en 1971 para el estudio de esta enfermedad.
Un animal como este lleva en su producción genética una disposición a tener una
vida corta.

En estos casos donde los animales son programados para cumplir con ciertas
características genéticas, aparece una escritura en sus cuerpos previa a la
investigación. Se trata de una hoja que no está en blanco, pero que contiene una
escritura definida y predecible. En realidad, los cuerpos producidos de las ratas son
el resultado de investigaciones anteriores, incluso las cepas no mutantes, son
también el resultado de estudios y conocimientos previos. Ya en los bioterios, las
ratas representan una continuidad escritural. Son generadas por la ciencia para
producir más ciencia. Su crianza en cepas y su control corporal han sido
posibilitados por la propia investigación científica, al mismo tiempo que conforman
la posibilidad de hacer ciencia. Son producto y producentes. Según Rader (2004)
esta disposición fue posibilitada debido a que en el cuerpo de los ratones (de igual
modo que en las ratas) se pudo resolver la tensión entre naturalidad y artificialidad

71
generada en el interior de las ciencias biomédicas. Se trata de una hibridación entre
naturaleza y cultura, que como también indica Haraway (2004), se ha logrado
convertir en el pilar de la ciencia contemporánea, ayudando a diferenciarse de una
ciencia clásica basada en la idea romántica de la naturaleza como unívoca e
inalterable, dando paso a una en la que esta aparece como un espacio de
intervención y alteración.

Es esta conformación de los ratones la que los diferencia en algunas cosas de las
ratas. Como ya he mencionado, las ratas representan una ventaja para la
investigación en algunos procesos por su docilidad, pues permite una mejor
manipulación y menos estrés, pero también su tamaño facilita procesos de
intervención quirúrgica por lo que resultan más adecuadas en estudios de fisiología.
En el caso de los ratones, es su disposición y facilidad de manipulación genética la
que los hace indicados en estudios genéticos. En realidad, los ratones pasan por
los mismos procesos que las ratas, a excepción de que estos no pueden ser
alojados con más de un macho por jaula. También su adquisición y control genético
se vuelven más rigurosos. Las cepas deben renovarse y monitorearse
genéticamente con mayor frecuencia.

De este modo la disposición corporal de cada especie de los roedores se ubica


también en sus características como especie, con las que los científicos se ven
obligados a intervenir para lograr las modificaciones pertinentes. Así en el caso de
los ratones, la mirada científica se centra en escalas aún más pequeñas que en las
ratas. Su mayor capacidad de hibridación entre naturaleza y cultura, lo convierte en
el modelo icónico (Rader, 2004) por excelencia. Ya que su genética es también
icónica en el mismo sentido que aludí a la rata, pero con un mayor énfasis en su
mutación.

La historia de su domesticación se vincula a una facilidad humana por avizorar sus


modificaciones corporales, pues su reproducción encaminada a lograr cierto color
en el pelaje es aún anterior a la era cristiana. Esto permitió que a inicios del siglo
XX fuera el modelo favorito para probar hipótesis respecto a la herencia genética
mendeliana, y que posteriormente, en el mismo siglo, comenzara la creación de

72
ejemplares mutantes, poniéndose de moda por sobre las moscas de fruta quienes
dominaban la escena anteriormente, debido a su relación con estados patológicos
en el humano (Rader, 2004).

En un manual de genética se habla de su adecuación corporal para los


experimentos del siguiente modo:

“Tiene varias características que, cuando se las considera en conjunto lo


hacen un modelo único para la genética experimental. De esas
características hay tres que vale la pena hacer resaltar:

(i) Debido a que soportan bien la consanguinidad, es posible obtener (por


medio de cruzas repetidas entre individuos emparentados) líneas de
individuos genéticamente idénticos, virtualmente homocigotas para todos
(…).

(ii) El ratón es inusual en el sentido de que es posible criar híbridos viables y


fértiles acoplandolas líneas de laboratorio con varias especies derivadas de
animales salvajes (…).

(iii) Se ha conseguido el desarrollo de técnicas de mutagénesis dirigida (del


inglés gene targeting) que producen alteraciones heredables del genoma casi
“a pedido”, cosa que, por el momento, no es posible en ninguna otra especie
de laboratorio.” (Benavides y Guenet, 2003, p.91)

En el punto uno vemos la misma disposición que en las ratas a ser estandarizados
genéticamente. Pero, en el segundo y tercer punto se distingue una diferencia con
estas que es su facilidad para generar diversidad. Esta diversidad genética facilita
la experimentación en estos rubros. Al contrario de los experimentos fisiológicos
donde el cuerpo a nivel orgánico debe ser prácticamente el mismo para conocer los
procesos en este orden como lo vimos en la rata, los estudios genéticos se basan
en gran medida en la posibilidad de manipular y alterar estos procesos.

Así, por ejemplo, mientras que en la rata de laboratorio se ha usado una sola
especie, los ratones de laboratorio son el resultado de cruces entre varias
subespecies como mus musculus domesticus, mus musculus musculus y mus
73
musculus casteanus. Así en el punto dos se remite a su facilidad de hibridación
entre distintas subespecies de laboratorio y salvajes, lo que permite un mapa
genético más polimorfo y por lo tanto con más posibilidades de intervención, por
ejemplo, estos ejemplares son utilizados para probar la resistencia a ciertos
patógenos y analizar como diferentes genes reaccionan al mismo.

Aunque es necesario aclarar que esta diversidad en realidad debe ser controlada y
estandarizada. Si bien se trata de una diversidad de escritura que contiene la hoja-
cuerpo en la que trabajará el científico, este debe tener un pleno conocimiento de
esta. La hoja debe ya estar escrita en función de lo que el investigador piense
escribir sobre ella. Al igual que en la rata se trata de un proceso escritural anterior
derivado de lo que otros investigadores han realizado, es un proceso intertextual.
Así, el punto tres ilustra con mayor precisión esta situación, pues se solicita el
cuerpo del ratón a pedido. Esta capacidad genética de ser modificados sin la
necesidad de un largo proceso biológico de crianza selectiva (pues se altera
generalmente con radiación) hacen del ratón un modelo que pareciera elaborarse
prácticamente a voluntad humana. Esta ilusión de control logra un poder de
legitimación social que no es obtenido con otros animales.

No es de extrañarse que sean laboratorios de primer mundo los principales


productores de estos últimos ratones. Lo que habla de la diferenciación entre la
investigación entre los distintos países de acuerdo con su ubicación geopolítica. El
jefe del bioterio del CINVESTAV me contó como en los años 80s, en el instituto
Miles de México (laboratorio que dará origen al CINVESTAV sede sur), trabajaban
para empresas farmacéuticas internacionales que tenían como finalidad probar los
efectos de sus fármacos en animales, evidenciando la significativa diferencia entre
los laboratorios de primer mundo donde se elaboraban las patentes y los de tercer
mundo donde se realizaban las pruebas clínicas21.

21
En los laboratorios donde realicé trabajo de campo, en ambos casos, los fundadores del instituto eran
investigadores que realizaron sus estudios de posgrado en el extranjero, concretamente en la Universiad de
Michigan, y fundaron sus líneas de investigación con los intereses y métodos que aprendieron durante sus
estancias en el extranjero. Lo cual fue posible por las relaciones que se establecieron entre estudiantes
mexicanos de esta universidad con el jefe de departamento de dicha universidad (Villarreal, 1987).

74
En los bioterios de las dos instituciones a las que acudí, se crían cepas de ratones
estandarizados por cría selectiva y no por mutación genética: “Aquí criamos ratones
más comunes, que se suelen usar porque se usan también en otros laboratorios y
permiten comparar resultados, algunos si se alteran en el laboratorio, pero ya a nivel
de tejidos. Los ratones modificados se tienen que pedir a laboratorios de Estados
Unidos, pero son muy muy caros, entonces se tiene que justificar mucho por qué se
necesita un ratón de esos, por eso es muy raro que se haga” “Tenemos ratas sin
pelo que tienen una predisposición natural al cáncer y como están desnudas es más
fácil trabajar con ellas, pero, así como tal, cepas mutantes, son muy caras, sólo en
Europa y Estados Unidos”. La constitución de cepas también responde a la
producción de conocimiento que se busca generar en el orden geopolítico.

Un trato muy distinto se les da a los primates no humanos en estos espacios,


específicamente me refiero a los macacos Rhesus (macaca mulatta), esbozaré aquí
algunas ideas extraídas de la norma oficial mexicana que regula su alojamiento en
bioterios y laboratorios, ya que no pude obtener información directa de los bioterios.

En esta se especifica que “Los primates no humanos son los animales


filogenéticamente más cercanos al hombre, lo cual los coloca en una situación
ambivalente tanto en su uso con fines de investigación como en el trato y manejo
que se les da.” (NOM-062-ZOO-1999. Punto 5.4) Aunque no se especifica a que se

Esta línea de investigación y forma de trabajo tuvo impacto en la fundación de diferentes laboratorios de la
Ciudad de México, donde también se realizaron pruebas de distintos fármacos como el Sildenafil o se
buscaban efectos de medicamentos psiquiátricos en la sexualidad masculina como en el Instituto de
Psiquiatría, como comenta uno de los asistentes de laboratorio que trabajaba en dicha unidad durante los
años 90s, al mismo tiempo que ocurrían las pruebas clínicas que comenta el jefe del bioterio. Sin embargo,
ante la compra del Instituto Miles por parte de Bayer en 1982, los investigadores que habían estudiado en la
Universidad de Michigan como el Dr. Julián Villareal y el Dr. Enrique Hong, tuvieron que renunciar a dicha
institución y, después de adherirse al CINVESTAV y pasar por diferentes estancias en laboratorios ya
establecidos (CINVESTAV Zacatenco, Bayer e Instituto Nacional de Psiquiatría) establecieron laboratorios en
este centro de investigación en la sede sur, fundada en el año 2000, donde se formarían investigadores dentro
del área de farmacología que se enfocarían a la generación de conocimiento en ciencias básicas para aportar
al desarrollo de nuevos conocimientos locales (Quintanar, 2019). Aquí podría avizorarse lo que Kreimer (2006)
denomina integración subordinada, considerando este periodo (que inicia en los años 80) como la
reproducción de datos en los laboratorios periféricos para la constitución de conocimiento en laboratorios
centrales, sin embargo, debe considerarse lo que Vissuri (en Matharan, 2006) concibe como un intento de
descentramiento por parte de élites locales, que posibilitaría superar la perspectiva difusionista de producción
de conocimiento.

75
refiere dicha ambivalencia, a lo largo de los siguientes puntos se insinúa que,
aunque por un lado esta similitud es idónea para la investigación, pues permite una
mejor extrapolación con el humano, también requiere que sus cuidados sean más
meticulosos y se le brinde una mayor calidad de vida. Lo que resulta en una mayor
dificultad y exigencia en su cuidado y un mayor costo económico.

Esto es resultado, por un lado, al tratarse de animales más grandes y que han tenido
un proceso de domesticación menor, por lo que las condiciones mínimas de
bienestar son mayores respecto a animales más acostumbrados al cautiverio como
los roedores. Sin embargo, también la similitud con los humanos genera una
responsabilidad ética diferenciada, pues se considera que además de las
necesidades físicas que requieren los animales, en el caso de los primates también
es necesario cubrir sus necesidades psicológicas, pues estas tienen un grado de
complejidad mayor (o más parecida a la humana) que otros animales “Las medidas
para proteger su estabilidad psicológica deben tener la misma prioridad que
aquellas concernientes a su salud física.” (NOM-062-ZOO-1999. Punto 5.4.1)

De este modo el manejo ambiental debe estar enriquecido, personal de los


laboratorios me comentaron que los primates en los bioterios “viven en un paraíso
para monos”. Las jaulas deben de ser de buen tamaño para que los macacos
puedan trepar y tener actividad social, así como enfrentar retos o tener juegos para
que no se depriman o estresen. Su alimento además del pienso especializado debe
de contar con frutas y verduras naturales.

Así, también debe de llevarse a cabo todo el proceso de control aséptico descrito
en los otros animales. El edificio en el que se alojan debe de estar aislado del resto
de animales debido a su propensión a enfermar. También debe existir un control
sanitario más riguroso, deben estar vacunados de tuberculosis y contar con un
certificado médico para evitar contagios entre ellos y, sobre todo, con humanos.

Su introducción se hace generalmente por compras que deben estar certificadas y


ser reportadas a las autoridades correspondientes, o bien deben de existir espacios
destinados únicamente a la reproducción con personal especializado para esto. De
cualquier modo, para su introducción en los bioterios, se debe hacer un proceso de

76
cuarentena riguroso y entregar informes escritos sobre esta y sobre su estado en
cada momento. También se requiere de identificaciones individualizadas por medio
de tatuajes y ante su muerte debe de hacerse un certificado y un examen de
necropsia para conocer el motivo.

Respecto a su manejo este debe evitar cualquier situación de dolor o estrés, por
eso ante la necesidad de contacto se sugiere realizar con métodos químicos, es
decir, mediante el uso de dardos u otros mecanismos a distancia que permitan
suministrar algún sedante al animal. La interacción por contacto se ve como algo
que debe evitarse lo más posible debido al estrés que pudiera generar, pero también
por el posible peligro que representaría para el personal humano. Así el cambio de
jaulas se sugiere realizar mediante acciones mecánicas de atraer al animal a la
nueva jaula sin necesidad de tocarlo.

Como se observa, su similitud al humano exige condiciones más rigurosas tanto por
una cuestión ética que requiere una mayor consideración a sus necesidades, en
este caso psicológicas (aspecto que no se habla con los demás animales en la
Norma), pero también por la posibilidad de contagio que representan. Este
parentesco al mismo tiempo se establece como el criterio para su uso en la
experimentación. Estos son empleados principalmente en estudios farmacológicos,
toxicológicos, de enfermedades infecciosas y fisiológicos reproductivos y
neuronales. Estos últimos son el motivo por el que son empleados en
investigaciones en el laboratorio del IFC. Algunos de los procesos cerebrales
considerados mayores, no son posibles de ser encontrados en otras especies.

En este caso la particularidad de la hoja sobre la que ha de trabajar el investigador


pareciera ser un autorretrato donde se puede mirar a sí mismo. En los primates, el
objetivo de la estadía en el bioterio, de modo similar al de los otros animales, es
ofrecer una imagen inalterada de este retrato. Si en épocas anteriores, como
describe Agamben (2006) esta imagen especular del mono y el humano remitía a
una máquina óptica donde “el hombre, mirándose, ve su propia imagen deformada
en rasgos de mono” (p. 59), es decir, cuya corporalidad siempre remitiría a la del
Homo como primate; en la actualidad esta maquinaria espacial, que es el bioterio,

77
genera una dispersión poco clara de la autoimagen humana, donde la continuidad
humano-animal no es sólo corporal sino mental. La producción como instrumento
del macaco en especial, aunque también en otros animales como veremos en
capítulos siguientes, debe permitir un dominio del saber biomédico en un terreno
que siglos atrás pertenecía a las humanidades.

Ratas, ratones y macacos, entre otros muchos animales de laboratorio son


producidos en grandes cantidades con fines de investigación. El bioterio constituye
un espacio de asepsia y control que busca generar corporalidades igual de
asépticas y controladas. Estas matrices generan híbridos entre instrumentos y seres
vivos que constituirán en gran parte la base para las ciencias biomédicas. En el caso
de los laboratorios que estudio estos son pilares fundamentales para poder realizar
sus actividades.

El hecho de que estos instrumentos sean seres vivos, por un lado, potencia la idea
de poder capturar la vida mediante el conocimiento, sin embargo, también arroja
una serie de retos y consideraciones que harán diferente a la investigación en este
campo de otras ciencias. De este modo, para que el animal salga de esta matriz
hacia la luz del conocimiento será necesario un escrutinio ético, que avale su uso
en las investigaciones. Pero este campo filosófico deberá mezclarse con la somática
del animal para poder operar.

78
Capítulo II. Bioética En El Laboratorio. La Regulación Moral De La
Experimentación Animal.

En lo que respecta a los animales, no tenemos deberes


directos para con ellos. No son conscientes de sí
mismos, y están ahí meramente como un medio para
un fin. Ese fin es el hombre.

Emmanuel Kant.

En este capítulo me centraré en dos preguntas sobre el modo en que la ética


constituye una parte fundamental en la modelización del animal como instrumento
de laboratorio. La primera de ella tiene que ver con la objetivación que se realiza del
animal a partir del saber biomédico y que constituye el fundamento del código que
regula su trato en la práctica científica. La segunda cuestión refiere al modo en que
estos principios se materializan en una serie de relaciones entre humanos y
animales no humanos, que se suscitan en el contexto de la investigación biomédica
y que, a su vez, la fundamentan.

En el capítulo anterior describí el modo en que los animales son criados bajo
circunstancias altamente controladas para poder generar en sus cuerpos un modelo
destinado a la escrituración científica. Para que puedan abandonar el bioterio
deberán pasar por un escrutinio ético que regulará el modo en que estos cuerpos
pueden ser empleados para la investigación. Por un lado, los comités bioéticos
deciden la pertinencia de su uso en una investigación científica, pero también,
regulan las prácticas científicas, reglamentando las condiciones de vida de los
animales una vez habiendo salido del bioterio y el modo en que se realizan los
procesos de experimentación con ellos.

Estos principios éticos se encuentran sostenidos por una serie de conocimientos


provenientes del mismo saber biológico y que conceptualizan al animal de acuerdo
con sus premisas teóricas. Se parte de la idea de que la biología permite conocer lo
que el animal es y desde ese lugar se establece la forma correcta de tratar a los
79
animales dadas sus características esenciales. Desde mi perspectiva, como trataré
de demostrarlo, este proceso sucede más o menos a la inversa; son los principios
del saber biológico lo que le da cierto estatuto ontológico al animal y desde esa
consideración se va conformando, mediante distintos procesos, lo que el animal
debe ser o, en otras palabras, el animal se va configurando de acuerdo con esa
aquello que le confiere el saber.

De este modo primero es necesario ubicar el tipo de ética que se ha establecido


como hegemónica, la cual se ha distribuido normativamente prácticamente del
mismo modo en los distintos países que regulan la práctica científica, replicando el
modelo anglosajón de la Guía para el Cuidado y Uso de Animales de Laboratorio
editado por primera vez desde los años 60s en los Estados Unidos de Norteamérica.
En México los códigos éticos se ubican en la norma NOM-62-ZOO-1999 donde se
establecen las condiciones de tenencia para bioterios mencionados en el apartado
anterior, pero también establece las pautas para la toma de muestras,
administración de sustancias, anestesia y eutanasia.

Un elemento que se destaca en estos códigos es la necesidad de establecer


condiciones de trato en las que el dolor y el malestar se minimicen al máximo
durante la vida de los animales, incluyendo los procedimientos de experimentación
y su muerte. Se trata de una ética bienestarista, corriente de pensamiento de origen
anglosajón que ha tenido mayor aprobación y más extensión a nivel mundial
referente a las regulaciones normativas que legislan el uso de animales en cualquier
ámbito, incluyendo el laboratorio. Si bien se trata de una corriente que comparte sus
principios con otras que se han difundido ampliamente en los movimientos de
liberación animal, esta es la que mayormente se ha empleado en las normativas
estatales debido a que no impide el uso de animales, sino que lo regula. A diferencia
de otras posturas que sostienen que ningún tipo de uso podría ser ético por ser
considerado explotación, estas corrientes proponen regular la misma, por lo que se
mantienen en confrontación con otras perspectivas éticas. Tataré de explicar este
debate.

80
Como antecedente de estas corrientes podemos ubicar a Jeremy Bentham
(Francione, 2010), creador del utilitarismo, que éticamente se traduce como reducir
el sufrimiento lo mayormente posible en el mundo, y que a inicios del siglo XIX
colocará la posibilidad de los animales de experimentar dolor como la base para su
consideración moral. Sin embargo, sus ideas no prosperarán mucho ya que él
mismo marcará diferencias sustanciales con las consideraciones morales hacia los
seres humanos con base en su razón. Será hasta los años 70 ́s cuando Peter Singer
publicará Animal Liberation, en donde recuperará el principio utilitarista de Bentham
y lo sustentará científicamente en la presencia del sistema nervioso central como
garante del dolor y, por lo tanto, de la consideración moral hacia los animales
(Herrera, 2001). Al sugerir el vegetarianismo como forma ética de relacionamiento
con los animales, se verá involucrado directamente con los principios del
veganismo. Aunque este autor rechazará el uso de animales para investigación en
laboratorios por considerarlas poco útiles, más adelante permitirá el desarrollo de la
corriente bienestarista que se propone como horizonte ético la reducción de dolor y
sufrimiento en los animales. Para este autor sería éticamente correcto usar a los
animales siempre y cuando estos no sufran, por lo que cualquier actividad,
incluyendo la experimentación puede ser vista como moralmente correcta si el
animal ha sido criado bajo buenas condiciones de vida sin ser dañado físicamente
y sacrificado humanitariamente sin dolor.

Debido a esto muchos movimientos por la liberación animal, tanto


antiviviseccionistas como veganos22, se alejarán de esta corriente, aunque
retomarán un concepto usado por este autor: el especismo. Considerándolo como
una forma de discriminación hacia los animales por considerarlos seres inferiores.
Bajo la mirada del bienestarismo el sistema nervioso central será el criterio que
coloca a humanos y (ciertos) animales en una relativa horizontalidad para su
consideración moral en tanto seres sintientes.

22
Para Hribal (2014), en ambos movimientos podrían entreverse prácticas disgregadas sobre todo
relacionadas al vegetarianismo promovido por religiones orientales y corrientes pitagóricas, sin embargo, el
antiviviseccionismo podría ubicarse con el comienzo de la ciencia moderna dentro de las sociedades
capitalistas, donde también tomarán fuerza movimientos veganos, para mayores detalles consúltese: Hribal,
Jason. (2014). Los animales son parte de la clase trabajadora y otros ensayos. Ochodoscuatro ediciones

81
Posterior mente, en los años ochenta, Tom Regan apelará a la consideración moral
sobre los animales desde una perspectiva deontológica kantiana, intentando arribar
a un principio universalista (Herrera, 2001). Para Regan ciertos animales son
sujetos de una vida al contar con valores intrínsecos, por lo que no basta con reducir
su sufrimiento, sino que su interés por la vida es motivo suficiente para no dañarlos,
siendo la muerte el máximo daño posible. Para sustentar esta guía moral se basará
científicamente en su cognición y no solo en su sensación como lo hace el
bienestarismo. Que un animal tenga conciencia de su propia vida implica que este
pueda tener derechos morales y, por lo tanto, el humano tener obligaciones morales
con aquel. Esto excluiría a ciertos animales de la consideración moral,
estableciendo una jerarquía de acuerdo con su nivel de cercanía cerebral a la del
humano (Herrera, 2001).

En los 90 ś Gary Francione (2010) sostendrá una perspectiva abolicionista donde,


del mismo modo que Regan, apelará a un principio universal de derecho moral; pero
basándose solamente en la sensación y no en las capacidades cognitivas. El interés
propio de un animal estará basado en su capacidad de experimentar dolor por lo
que el sacrificio de un animal con sistema nervioso central será inconcebible bajo
cualquier perspectiva, al ser vulnerado su interés intrínseco como sujeto de una
vida. Del mismo modo cualquier forma de utilización de algún animal para beneficio
del interés humano, al no responder al interés propio del animal, será considerado
como explotación; lo que incluiría la equitación, el cautiverio e incluso a los animales
de compañía. Esta corriente apostaría por una abolición total de la explotación
animal y no sólo a su regulación (Francione, 2010). Aunada a esta perspectiva Joan
Dunayer (2010) ampliará el término de especismo, forma de discriminación que
estaría basada en las diferencias taxonómicas entre humanos y otros animales de
acuerdo con su cercanía o lejanía evolutiva con el humano, mostrando una
jerarquización desde el punto de vista cognitivo, o con base en la posesión o no del
sistema nervioso central desde el punto de vista de la sensación. Esta autora alega
que las diferentes formas de cognición y de sensación deben ser consideradas del
mismo modo y no establecer diferencias morales respecto a ellas. Así la
consideración a los animales como sujetos de una vida, se ampliaría a aquellos

82
animales que sienten de manera distinta a los que tienen un sistema nervioso
central, o sea, incluiría a los invertebrados. Para esta autora existen datos científicos
suficientes para percatarse de que los invertebrados, aunque de manera diferente
a los vertebrados, tienen cierto nivel se sensación y de autoconciencia (Dunayer,
2010).

Como se ha visto hasta aquí todas estas corrientes comparten la mirada biologicista
sobre sus principios éticos. En la ciencia se busca el principio que determinaría el
límite entre quienes pueden tener consideración moral y quiénes no. El animal sigue
perteneciendo al reinado de la biología, y la moral, como ejercicio social, se refiere
exclusivamente a los humanos. Sin embargo, la mayoría de los debates que se
llevan a cabo a nivel institucional en relación con modificaciones legales y
normativas, ocurren bajo este campo y de ahí su relevancia de comprensión. Desde
mi perspectiva, estas discusiones omiten la parte del contexto social en las que se
llevan a cabo, de algún modo repiten premisas occidentales sin cuestionarlas;
aluden a formas de comprensión de los animales bajo premisas biologicistas
mientras que lo social es cuestionado con base en una falta de progreso hacia una
ética superior y claramente universalista. La parte cultural en la que se insertan, no
sólo estas discusiones a nivel teórico sino las prácticas que se desprenden de ellas,
omiten no sólo el contexto sino también las relaciones con los animales que pasan
por aspectos afectivos o considerados irracionales.

Para los investigadores con quienes trabajé, refieren a este trato ético como un eje
rector de su actividad, pero también es visible el modo en que esta configuración
ética establece concepciones en los investigadores sobre lo que los animales son.
Se establece una designación ontológica que permite operar sus cuerpos y, al
mismo tiempo, convertirlos en modelos de conocimiento. Por un lado, siempre se
resalta el hecho de que los animales son seres sintientes, que pueden sentir dolor
y sufrimiento, por lo que sus condiciones de vida y los procedimientos a los que son
sometidos no deben de causarles estas circunstancias. Por otro lado, esta
consideración también les confiere cierto valor en tanto seres vivos. Su capacidad
de responder ante ciertas circunstancias es lo que permite su utilización en algunos

83
casos que los hace equiparables a los humanos. “Hay que apreciar y respetar
mucho a los animales, porque de ellos uno come, de ellos uno vive, y sin ellos no
habría resultados, no tendríamos muestras”. Comenta Rosa, técnico de laboratorio.

Para poder constituirse en modelos, los animales requieren esta doble concepción.
Ser lo suficientemente parecidos al humano, sin que lleguen a serlo por completo,
y poder marcar esa distancia con él, lo que se materializa en el respeto que el
investigador le confiere al animal mediante el trato digno. Como bien analiza Aboglio
(2017), este tipo de ética y de legislación que se sostiene en el pensamiento
bienestarista, permite una concepción del animal que, al mismo tiempo que aboga
por una consideración ética a los animales no humanos, permite y legitima su
utilización y explotación por parte de estos. Más allá de entrar en un debate ético
sobre si esto es correcto o no, me interesa destacar el modo en que opera esta
utilización basada en el código ético encontrado en los laboratorios. En el medio
científico este adquiere características específicas, puesto que no sólo regula el
trato bajo una consideración moral sino también bajo una consideración epistémica.

Para la mayoría de los investigadores que entrevisté, evitar el dolor y el estrés en


un animal no sólo evitará el sufrimiento, es decir, el interés en reducir este no es
sólo por una cuestión de consideración moral, sino que también permitirá que los
resultados sean más precisos, pues estos estados son concebidos como
alteraciones al hacer que el cuerpo libere sustancias a nivel neuronal y hormonal, lo
que puede afectar los resultados esperados en los experimentos. “Debes de tratar
bien a tus animales para obtener buenos resultados” “Si tú los estresas se pierde el
balance en su cerebro y se alteran tus resultados”. Comentan Rosa y Esteban,
técnicos de laboratorio que trabajan con ratas.

Así, esta regulación ética forma parte de la producción corporal que traté en el
capítulo anterior, en donde se busca la mayor neutralidad posible para poder
generar una hoja en blanco donde se puedan generar las intervenciones
pertinentes. De este modo los desbalances generados por el dolor y el estrés
también pueden ser regulados en los casos donde estos forman parte del mismo
procedimiento experimental. Como ejemplo de esta situación podría mencionar el

84
caso de Ariadna, estudiante de doctorado que busca conocer el modo en que el
estrés en ratas en proceso de gestación puede o no modificar la preferencia sexual
en sus descendientes. En este caso el estrés es producido colocando a la rata en
un cilindro que imposibilita su movimiento. El momento de la experimentación es el
único momento en la vida del animal donde está justificado que se exponga a
situaciones de dolor o estrés ya que forman parte de los datos a ser analizados. Sin
embargo, esta situación debe estar muy bien regulada numéricamente, pues no se
puede mantener a un animal con vida si experimenta cierto grado de dolor o si su
sufrimiento rebaza ciertos límites de grado o de tiempo23. Independientemente de
cómo son medidos, me interesa señalar la manera en que su regulación forma parte
de la neutralidad esperada en el cuerpo del animal, neutralidad que debe permitir
cierta regularidad en los resultados. “Por ejemplo, los conejos son sumamente
estresables, son muy delicados, como decimos: no tiene palabra de honor. Como
te puede salir algo un día como otra cosa al otro día.” Comenta Esteban.

Los animales ante el dolor y el estrés generan respuestas diversas que deben de
ser evitadas o reguladas. Su respuesta debe ser predecible y estable, por lo que la
especie forma parte del conocimiento que se tiene sobre cada animal, por ejemplo,
de las ratas se sabe que se adaptan más a situaciones de manipulación y de
cambios en su ambiente que otros roedores, lo que las hace indicadas para cierto
tipo de experimentos. Si bien, en el código ético de los laboratorios se establecen
patrones más o menos homogéneos de comportamiento para regular el trato hacia
los animales, la diferencia entre las respuestas que los animales generan ante las
situaciones a las que son expuestos exigen que el investigador regule su trato
diferenciadamente, de acuerdo con la especie. Como comenta Esteban “Vas
aprendiendo como tratar a cada animal para no estresarlo, no puedes tratar igual a

23
Durante mi trabajo de campo platiqué con un investigador de un laboratorio distinto al que acudía dentro
del CINVESTAV, el cual trabajaba con ratones para conocer el modo en que ciertos fármacos funcionan para
evitar el dolor, para esta finalidad los ratones eran sometidos a pruebas de dolor. Las escalas estaban
determinadas no por la sensación causada al animal sino por el daño que generan los instrumentos al emitir
descargas eléctricas, por lo que se considera que cierto nivel de carga es suficiente para inducir un grado
determinado de dolor. En su caso se emitía un nivel de descarga considerado como insoportable donde si el
animal mostraba señales de dolor a pesar de haber sido administrado con el fármaco se procedía a ejecutarlo
para evitar el dolor. En este ejemplo es muy visible como el dolor se constituye como la base moral para el
trato a los animales pasando a un segundo plano su propia vida.

85
un pez que a una rata, o a una rata que a un ratón”. Poder generar respuestas
estables y repetitivas en los animales se establece como una de las finalidades del
trato ético señalado, es decir, se espera que el animal responda pero que esta
respuesta sea bajo los propios cánones deseables, de ahí que se espera que el
animal tenga palabra de honor24.

Esta consideración práctica del trato a los animales también se percibe como un
ahorro en tiempo y esfuerzo dentro del ejercicio científico que permitirá un mejor
desempeño. Comenta Esteban: “Si tú haces bien tu trabajo a la primera no vas a
tener que repetirlo, si lo haces mal entonces usas animales a destajo y eso es más
costo en tiempo y dinero”. La ética entonces responde a un modelo que debe
permitir generar mejores resultados aumentando el beneficio y reduciendo el costo,
de este modo el uso de las ratas dentro de la experimentación se inscribe en una
lógica productiva y bajo valores de producción. La racionalización del uso de
animales mejora la eficiencia, en términos económicos. También, por ejemplo, la
regulación de las muertes permitirá que se use una menor cantidad de ejemplares,
lo que significa menor gasto económico en su crianza25.

Algunos investigadores relatan el modo en que años atrás se utilizaban perros y


gatos callejeros y estos se adquirían por vía informal, solicitándolos a perreras o
incluso comprándolos a bajo costo a personas que desearan venderlos, lo que
incluso llegó a generar que algunas personas robaran mascotas para este fin. Si
bien no existe una prohibición como tal de experimentar con estos animales, la
implementación en México de la Norma Oficial mencionada modificó
sustancialmente su uso, ya que se establece que los animales deben de ser criados
bajo circunstancias muy específicas que resultan muy costosas e insostenibles en

24
Es interesante que se haga uso del término palabra para designar esta estabilidad en sus respuestas. Cómo
Derrida (2010) expresará, dentro de la ética occidental moderna, desde Descartes, es condición que el otro
responda, mientras que al animal sólo se le ha conferido la capacidad de reacción maquínica, por lo que, para
Lacan, estas reacciones (aunque semióticas) están codificadas de antemano y son inalterables, de ahí la
incapacidad de un animal de mentir.
25
En este sentido se hace necesario pensar en futuras investigaciones el papel que los animales tienen dentro
de lo que se entiende por capitalismo cognitivo (Córdoba, et. al. 2018) donde el animal conformaría una
especie de fábrica de conocimiento por lo que su valor no se define en sí mismo sino por su capacidad de
generar otros bienes económicos.

86
el caso de estos animales. También se relata en los laboratorios que la presión de
grupos animalistas y las recientes leyes sobre crueldad animal implementadas en
la Ciudad de México influyeron para que se dejaran de usar estos animales y se
sustituyeran completamente por roedores y animales criados en bioterios. Si bien
estos roedores resultan mucho más fáciles de criar y sus costos económicos son
mucho menores a los que serían los de un perro o un gato, en realidad resulta más
caro producir uno de estos roedores bajo las condiciones mencionadas en el
capítulo anterior, que la extracción más o menos ilícita que se realizaba de perros y
gatos o la crianza de roedores sin restricciones tan estrictas. Caso ejemplar es el
de los primates, ya que su obtención, crianza y manutención resulta tan costosa que
su uso es bastante menor a cualquier otro animal de laboratorio, las restricciones
que se emplean para su trato están basadas en un mayor parentesco con el humano
lo que implica una consideración ética mayor y, por lo tanto, requieren mayor
esfuerzo y tiempo. “Lo más difícil de tratar con monos es que tienes que tratarlos
con mucho cuidado porque si se estresan ya no quieren trabajar, tienen que
familiarizarse mucho con el personal y con el experimento, es mucho trabajo tener
que estarlos enseñando poco a poco a que se acostumbren y no se estresen, tienes
que considerar mucho que estén en buenas condiciones, sin estrés, casi como si
fueran un niño.” Comenta uno de los investigadores del IFC que trabaja con mono
Rhesus.

Estas modificaciones normativas representaron un cambio tanto en la producción y


obtención de estos animales como en su utilización, puesto que influyó en el modo
de percibir la confiabilidad de los resultados en los experimentos. “Se hacían cosas
muy faltas de ética, por ejemplo, se recogían perros de la calle y con todo lo que
eso implica, que estuvieran enfermos, estresados, y se les causaba a veces mucho
dolor, y no se pensaba que eso afectaba los resultados, no se obtenían resultados
confiables.” Comenta el jefe del bioterio del CINVESTAV. De esta manera, estos
nuevos códigos éticos resultan funcionales al mismo campo científico, por un lado,
responden a las exigencias sociales de ofrecer un trato digo a los animales en tanto
seres sintientes, y por otro, permiten un mayor control de estos para poder producir
sus cuerpos de manera adecuada a la experimentación.

87
Más allá de esto, el trato que las ratas reciban de los científicos no es regulado más
que por la ética personal que ellos practiquen, pues no existe una inspección
durante los experimentos. Así los científicos deben autorregular sus acciones si
desean darles el mayor bienestar posible a los animales. Los científicos que
entrevisté señalan de manera insistente el modo en que ellos cumplen con el código
ético sin que se le haya preguntado al respecto. Esta necesidad por evidenciar su
buen comportamiento parece responder a que en la actualidad existen numerosos
grupos animalistas que se oponen a la experimentación, por lo que se intenta
demostrar que sus prácticas son éticamente aceptables. Sin embargo, también la
referencia a la ética ocupa un lugar importante para el ejercicio de la
experimentación propiamente, pues a partir de esta consideración se evita cualquier
tipo de ambigüedad respecto a las responsabilidades que se tiene con estos
animales.

Los científicos perciben el dolor de las ratas pues estas chillan y se retuercen,
también identifican si el animal está estresado por medio de signos como la
respiración o incluso si están deprimidos pues su comportamiento se muestra más
pasivo. La normativa ética, en estos casos, regula la práctica científica, sin embargo,
no aparece como un marco prohibitivo sino por el contrario es posibilitador de la
misma práctica en tanto da un ordenamiento racional a las respuestas de los
animales y permite que el científico tome decisiones de acción. Así los animales
aparecen como seres sintientes que experimenta dolor y sufrimiento, pero estos no
deben evitarse sino más bien regularse, del mismo modo esto ocurre con su muerte,
pues si bien debe evitarse el uso de ratas de manera injustificada, sus muertes son
inminentes y deben ser acotadas.

Para la ética bienestarista, al igual que el dolor y el sufrimiento, la muerte está


justificada si responde a un bien mayor. De este modo el comer carne, por ejemplo,
es justificable si el animal no experimenta dolor y sufrimiento, pues su muerte se
produce para permitir satisfacer al ser humano de una de sus necesidades básicas.
En la experimentación también se justifica la muerte de los animales ya que el
conocimiento científico es visto como un bien mayor que puede salvar vidas o

88
reducir el sufrimiento de más individuos, sobre todo de la especie humana. Algunas
críticas a este posicionamiento provienen de la misma corriente de pensamiento,
por ejemplo, Singer (2018) considera que los experimentos son innecesarios sobre
todo porque no se pueden tener resultados confiables dada la dificultad de
extrapolación entre humanos y animales, por lo que no existe un bien mayor que
resulte de esta actividad. Sin embargo, también se reconoce que existen
aportaciones importantes desde este campo que benefician a la humanidad e
incluso a otros animales, como es el caso de la investigación veterinaria, por lo que
de este modo se considera que la muerte de los animales son un sacrificio necesario
para un bien mayor, otorgado por el progreso de la ciencia. “Por eso los animales
son muy importantes, sin ellos no podríamos encontrar nada, un modelo matemático
o un modelo de Software jamás podrían sustituir al modelo animal, muchos de los
avances científicos no serían posibles, a menos que experimentemos con humanos,
experimentar con animales evita que lo hagamos con humanos”. Comenta Esteban.

Más allá de entrar en la discusión de si los resultados obtenidos en la


experimentación con animales son o no válidos y confiables, como lo realizan Singer
(2018) y Tettamanti (2003), me interesa señalar el modo en que esta ética al mismo
tiempo que permite justificar la muerte de los animales, permite una legitimación del
conocimiento científico, basada en la obtención de resultados benéficos para los
humanos, y que incluso las críticas de los autores mencionados sostienen su
discusión en torno al término de utilidad posible del animal. Es decir, el animal es
percibido como recurso.

Algunas posiciones abolicionistas critican esta postura utilitaria del bienestarismo,


argumentando que el animal es conceptualizado como mero objeto, y no como un
sujeto de derecho (Francione, 2010) por lo que su explotación queda justificada.
Como explica Aboglio (2017) esta cuestión a nivel legal implica la discusión del
derecho romano basada en la distinción entre cosa y persona, y que tiene
implicaciones más profundas basadas en el pensamiento occidental. De acuerdo
con esta autora el jurista romano Gayo define la centralidad del derecho en estas
figuras y establece un sistema donde ambas se definen mutuamente sin posibilidad

89
de exclusión de ambos términos. O se es persona o se es cosa. Lo que define a la
persona es, precisamente, su posibilidad de dominio sobre la cosa, convirtiéndola
en propiedad. Siguiendo a Esposito, considera que el pensamiento occidental fue
elaborando el concepto de persona a partir de esta escisión del derecho romano,
aunada a la de cuerpo y alma del pensamiento cristiano y a la de sustancia extensa
y sustancia pensante de la filosofía moderna (Aboglio, 2017) 26. De este modo en el
derecho, mientras los animales no entren en la categoría de persona continúan
perteneciendo al mundo de las cosas. La consideración reciente que se establece
en algunas normas a nivel internacional, como la de la Ciudad de México, donde se
le designa a los animales el estatuto de seres sintientes, no modifica en lo sustancial
su empleo como recursos, pues el concepto de persona continúa ligada a la idea de
razón que debe ejercer dominio por sobre lo irracional de las cosas, vistas como
propiedad.

Además de lo mencionado por esta autora me interesa destacar, al mismo tiempo


que discutir dos puntos: el primero de ellos es el reconocimiento de la respuesta
que los animales tienen ante el dolor y el sufrimiento, pero también de sus
capacidades cognitivas que han generado las políticas bienestaristas de trato a los
animales. Para ella, esta respuesta se encuentra colonizada por el pensamiento
occidental mediante el lenguaje del derecho que mantiene la dicotomía entre
persona-razón y animal-cosa. El segundo punto atañe al modo en que recupera el
planteamiento de Esposito para pensar el modo en que la objetivación de la cosa,
en este caso del animal, lo desmaterializa, al mismo tiempo, reduciéndolo a su
condición de ideal como subordinado al sujeto.

Repensando estos puntos desde la experiencia en el laboratorio, respecto al


primero cabe señalar que, si bien esta colonización de la que habla se encuentra
presente, el animal no es producido propiamente como cosa, sino que es más bien
la consideración de su respuesta ante las circunstancias producidas en el

26
Es importante mencionar que para Esposito (2017), no se trataría de que la separación entre persona y cosa
ponga el alma del lado de la persona y al cuerpo del lado de la cosa, sino más bien esta separación implica una
eliminación del cuerpo en ambos casos, como él comenta: “ la cosa ha sido en cierta forma ‘descorporeizada’
al ser disuelta en la idea o la palabra” (pág. 26), por lo que el cuerpo quedará siempre en una relación de
subordinación pero, al mismo tiempo, suprimido bajo las categorías que no pueden dar cuenta del mismo.

90
laboratorio la que los dota de valía para la experimentación. Es decir, la
consideración de los animales como seres sintientes es condición para su
incorporación al plano epistémico. Del animal se espera que responda, se trata de
su consideración como agente activo del proceso, tal como lo teoriza Ramírez
(2009), no se trata del animal como un agente pasivo sobre el cual se despliega una
acción. Desde mi perspectiva, este papel que juega el animal dentro de la normativa
bienestarista y lo que la autora señala como colonización de su respuesta, responde
no sólo a la consideración jurídico moral de la misma, sino que se remonta al plano
científico que busca delimitar ontológicamente al animal con base en su
consideración biológica. De modo similar, la desmaterialización de la que habla la
autora, por vía de la objetivación, no parece corresponder con la construcción
material que acontece en el cuerpo de los animales de laboratorio. Considero que
la posición designada al animal no es plenamente la de objeto, sino que es
precisamente la de ser sintiente la que le otorga su capacidad de ser empleado
como recurso y objeto de la ciencia. Es decir, que su concepción de cuerpo sigue
refiriéndose a una perspectiva biologicista y eso implica su objetivación moderna.
Para el bienestarismo el animal se continúa definiendo por su posible uso ante el
humano no porque lo reduzca a una cosa-objeto, sino porque esta definición
jurídico-moral del animal se acopla con cierto fundamentalismo biológico que define
la respuesta del animal bajo sus propios términos. Trataré de explicar cómo se
suscita esta designación desde la biología, para, posteriormente, esbozar el modo
en que opera por medio de la bioética en la relación humano-animal de los
laboratorios de investigación biomédica.

Como plantea Ingold (1994) el pensamiento occidental trata de definir al animal


desde la problemática de sus límites, planteando estos generalmente desde la
distinción entre animales y humanos, plantas y animales, y seres animados e
inanimados. Generalmente se considera que en la biología se repite la dicotomía
planteada por Descartes entre sustancia pensante y sustancia extensa que permitió
la definición, por este filósofo, de los animales como máquinas animadas, que,
aunque fueran capaces de movimiento y reacción, carecían, desde esta
perspectiva, de la capacidad de sufrir debido a que quedaban excluidos de la

91
sustancia pensante, y, por lo tanto, de la conciencia de su propia existencia. Si bien
esta última idea se mantuvo en algunos momentos de la historia de la biología, la
consideración del dolor y el sufrimiento modificó este argumento cartesiano que
negaba el sufrimiento a los animales, pero sin que se modificara por completo la
perspectiva del animal como autómata, pues el dolor se entendió como una
respuesta mecánica ante un estímulo externo, mientras que el sufrimiento se
catalogó como una reacción del organismo. La idea del sufrimiento si bien tiene
cierta base en la noción de conciencia, esta quedó de nuevo ubicada en las
reacciones cerebrales. De este modo la distinción del animal con el humano se
movió de una idea de posesión innata de la capacidad pensante, en este último, a
la de adquisición de la cultura, posibilitada por una capacidad superior desarrollada
en el ser humano, de mediación y representación (Ingold, 1994). Según este autor,
este neo-racionalismo en la biología dotará de capacidades racionales a ciertos
animales para asemejarlos a los humanos en este punto, sin que se abandone la
dicotomía cartesiana, ahora representada en binomios como genotipo-fenotipo y
organismo-ambiente. Para esta biología la distinción entre ciertos animales,
incluyendo el humano, y un autómata, es la intencionalidad, es decir, poder
adelantar sus acciones o verlas en retrospectiva mediadas por representaciones
mentales que permitan dirigir la acción, y que sólo en el humano estarían mediadas
culturalmente.

Para Goodwin (1994) esta dualidad de la biología mantiene la dicotomía cartesiana


entre mente y organismo, pues este último se distinguiría del primero por su
pasividad y falta de dirección de la acción. En otras palabras, el animal no es sujeto
de su proceso autocreativo, sino que es objeto de distintas intervenciones que lo
condicionan. Como también reflexiona Coy (1994) esta consideración desde la
biología ha implicado en el terreno moral que se planteen a los animales como
pacientes morales dada su condición de falta de intencionalidad y pasividad ante el
medio.

De este modo la conceptualización de ser sintiente más que implicar una


consideración del animal que escape a la colonización occidental de su respuesta,

92
forma parte del dispositivo que lo mantiene en condición de recurso, pero bajo la
concepción de este como organismo. Percibo en muchas de las discusiones ético-
legales sobre el sufrimiento animal un reajuste al modelo biológico contemporáneo,
más que una verdadera ruptura metafísica con la separación entre naturaleza y
cultura.

Ahora bien, en la práctica científica biomédica, como he mencionado, esta acepción


de organismo tendrá principal relevancia dado que es la base de su propio
conocimiento. No se trata del animal como cosa pasiva, sino que, como vimos, se
mantiene la idea de que el animal se ubica del lado de la sustancia extensa, pero,
al mismo tiempo, se vincula con el bios del cual el humano también forma parte
(dada su corporalidad, incluyendo su sistema nervioso central y el cerebro) bajo la
idea de respuesta a agentes externos, ya sean genéticos o ambientales. Con la
acepción que, en el humano, mientras que una parte de este responde a su
basamento biológico, otra parte la supera, sea por la cultura o la voluntad.

En el laboratorio esto se materializa en la concepciones y prácticas que el personal


tiene sobre los animales. Como he mencionado hasta aquí, se ponen en circulación
ideas sobre el sufrimiento del animal, vinculado a los conceptos de especie e
individuo. Conformando una línea de asociaciones entre estos tres conceptos en
vía de considerar al animal como un organismo sintiente y su trato ético quedará
anclado a esta acepción neomecanicista.

El dolor y el sufrimiento para el bienestarismo quedan atrapados bajo la idea de


organismo biológico. Los investigadores con quienes trabajé se percatan de estos
fenómenos en los animales que utilizan. Ante distintos procedimientos en el
laboratorio los animales chillan, se retuercen, tratan de huir, se esconden, se
muestran cabizbajos o desesperanzados. “Cuando las inyectas (a las ratas) les
duele el piquetito, como cuando inyectan a uno, pero se les pasa, algunas chillan y
otras ni eso. Las tienes que aprender a sujetar bien, yo las agarro con un trapito,
aunque ni muerden. Los ratones son más inquietos y te llegan a morder. Pero todo
el dolor es controlado y se tiene que justificar todo, no puedes hacerlas sufrir nada
más porque sí “, comenta Estela. Estas respuestas deben de ser controladas para

93
ser minimizadas o poder ser consideradas como variables. El sufrimiento, por
ejemplo, refiere a la idea somática de estrés, que puede ser medida mediante
hormonas como el cortisol. El dolor, por su parte, tiene una medición por el análisis
conductual del animal, es decir, observar de qué manera el animal responde a cierto
estímulo. En otros términos, la idea de dolor y sufrimiento más que considerarse
como una respuesta (que implica siempre la incertidumbre) del animal a la cual debe
de atenderse, se espera de este una reacción controlable. Por este motivo el
bienestarismo considera al animal como un paciente moral y no como un agente.
Lo que controla el investigador es su conducta, prácticamente de manera unilateral.
En esta relación moral, no hay dos, sino uno.

Por otro lado, el dolor causado a un animal es considerado como tolerable, para el
humano, a partir de su especie. Por ejemplo, el dolor o estrés infligido a una rata es
más tolerable por los humanos que el que se puede ocasionar a un mono, incluso
es menos tolerable el dolor infligido a una rata que el que se puede generar a un
invertebrado o un pez. Esta consideración se basa en una escala producida a partir
de la idea de evolución y el supuesto menor o mayor desarrollo del sistema nervioso
central. Esta concepción contribuye a generar cierto grado de empatía de manera
diferenciada en relación con su cercanía o alejamiento del humano. “Trabajé con
caracoles y al ser una especie tan alejada del humano, pues no piensas en si le
duele o no porque ni te das cuenta, de hecho, pues sabes que no sienten igual, una
rata ya está más cercana evolutivamente hablando y tienes idea de cómo le duele,
pero trabajar con simios debe ser más difícil porque ya también piensas en como
sufren de manera muy similar a nosotros.”. Comenta Esteban.

De acuerdo con Clark (1994), esta concepción evolucionista de especie se sostiene


en un ideal taxonómico, que no siempre corresponde al propiamente científico, sino
que vincula a las características de cierta especie de manera comparativa con
atributos de otra especie. Estas correspondencias suelen considerarse en relación
con el humano, lo que de algún modo remite a un antropocentrismo de la biología
donde el humano aparece como cúspide de la evolución, claramente distinguible
del resto de animales. Al mismo tiempo supone una idea de especie basada en

94
atributos individuales bajo la idea de cierta normalidad ideal, es decir, cada individuo
de la especie debe de tener ciertas cualidades suficientes para ser considerado
dentro de ese taxón. Se trata pues de una consideración del individuo biológico
limitado a su propia corporalidad. De este modo las relaciones que se establecen
entre distintos seres y que conjugan sus características particulares quedan veladas
para dar paso a la concepción de un organismo cerrado en sí mismo. Moralmente
esto implica que el humano no establezca una relación ética con los animales no
humanos, sino solamente puede controlar su nivel de intervención sobre estos a
nivel corporal. Tal como comentan Esteban y Estela, respectivamente: “Los
animales son tu instrumento, debes aprender cómo tratarlos, pero, no son
máquinas, debes tratarlos bien si quieres tener buenos resultados” “A veces si
responden de manera diferenciada, hay algunos que se comportan de manera
distinta, pero lo importante es que respondan como todos los demás lo hacen, para
que puedas controlarlos, sino se te sale de control el experimento”. De este modo,
no sólo la muerte y el sufrimiento quedan recluidos bajo este orden organicista, sino
también su muerte no representará ninguna controversia pues el animal no humano
no es consciente de ella27.

Hasta aquí he tratado de demostrar que la cuestión de esta ética no es la de


convertir a los animales en cosas, sino que se espera una respuesta de los
animales, aunque, esta debe ser traducida al lenguaje científico para poder ser leída
en sus propios términos. Los investigadores deben poder trabajar con la
ambigüedad de considerar el dolor y el sufrimiento de los animales sin que esto
implique una relación ética con otro que es capaz de responder desde su propia
agencia, sino más bien la acción del investigador debe ubicarse moralmente bajo
ciertos códigos de conducta. Por este motivo el afecto aparece como un
impedimento para la investigación. “Una debe de encontrar un punto medio, ni
encariñarte ni pensar que son cosas, debes respetar al animal pero si te encariñas
no podrías sacrificarlo.” Me dice Estela al respecto.

27
Lo que Derrida (2010) criticará respecto al pensamiento Cartesiano, pero también al de Heidegger y Lacan
por considerarlos logocentristas en el sentido de negar al animal su posibilidad de muerte basándose en la
sapiencia.

95
De este modo el animal queda atrapado en ese intersticio, ni cosa ni persona, ni
objeto ni sujeto. Es quizá, esta condición híbrida la que permite su manipulación
para ser convertido en un modelo epistémico. Se ubica en los límites de los dos
mundos creados por el humano y de este modo también se establecen
equivalencias entre humanos y animales a partir del dolor y el sufrimiento, mientras
que la muerte indica un punto de separación. Los científicos son responsables de
las vidas de las ratas, pero no de sus muertes. La vida animal en su límite se somete
a los valores científicos del conocimiento, la veracidad y la legitimidad. La vida en
su positividad, que genera a partir de la idea de similitud una idea de responsabilidad
hacia el animal, debe ser gestionada también en relación con estos valores.

La ética ofrece una claridad racional sobre qué hacer con los animales y posibilita
así que para los científicos la provocación de dolor, sufrimiento y muerte no
represente ningún dilema. Sin embargo, este esquema ético sólo es parte de la
disposición que deben elaborar los investigadores y de su relación que establecen
con los animales no humanos, pues esta atraviesa también aspectos irracionales
que tensionan los imperativos delimitados por la razón científica, conformando
redes complejas ubicadas en los límites de lo humano.

96
Capítulo III. Afectos En El Laboratorio E Imaginarios Animales.

No niego, sin embargo, que los brutos sientan; pero sí niego


que por eso no nos sea lícito proveer a nuestra utilidad y usar
de ellos según nos plazca, y tratarlos como más nos
convenga; puesto que no concuerdan con nosotros en
naturaleza, y sus afectos son por naturaleza diversos de los
afectos humanos.

Baruch Spinoza.

En todas las entrevistas que realicé a investigadores aparece la exigencia de


objetividad en la experimentación ligada a una necesidad de suprimir la subjetividad
propia. Como he mencionado en capítulos anteriores, esta se liga a una necesidad
de materializar al animal como un objeto-instrumento de conocimiento y, al mismo
tiempo, es requisito que el investigador se coloque fuera de este objeto para permitir
dicha objetividad. Sin embargo, en este capítulo trataré de explicar el modo en que
los investigadores ponen en juego su propia subjetividad. No como un error que
aparece de manera inevitable y que debe reducirse para ser lo más objetivo posible,
sino más bien como parte fundamental de la práctica científica.

Para esta finalidad más que discutir el término mismo de subjetividad, me gustaría
emplear este concepto del modo en que los investigadores parecen designarlo en
su relación con los animales. Es decir, lo empleo no como un concepto teórico al
que apelo para explicar el fenómeno en cuestión, sino lo entendería desde la
perspectiva emic, aunque sin dar este concepto por sentado desde la perspectiva
de mis interlocutores, que en este caso son científicos, más bien problematizándola
y contrastándola con mis propias herramientas teóricas.

Adelantándome a la explicación de la subjetividad desde la perspectiva de los


investigadores, podría definirla de dos maneras: por un lado, representa juicios
valorativos provenientes de afuera del ámbito científico que tienen un impacto a

97
nivel personal, lo que podríamos designar como imaginarios28; y, por otro lado, hace
referencia al ámbito afectivo y emocional29 de los investigadores. Para éstos, los
dos ámbitos deben ser evitados para obtener la objetividad deseada, sin embargo,
trataré de demostrar el modo en que estos se producen dentro del laboratorio,
generando imaginarios y afectos propios de este espacio.

Tal como lo hablé en el capítulo anterior, los investigadores necesitan establecer


una consideración moral con los animales, es decir, necesitan establecer cierta
empatía. Si bien, esta consideración es instrumental, como lo expuse anteriormente,
no excluye el pathos que resulta de la interacción con un ser vivo que reacciona a
los estímulos generados por el investigador de manera intencional o no. El
investigador necesita leer las respuestas que el animal realiza, tanto a nivel orgánico
como conductual. Necesita conocer a los animales con los que trabaja, saber
tratarlos, generar en ellos las respuestas deseadas. Sin embargo, también existe
una serie de inconsistencias en las respuestas, reacciones molestas o inesperadas.
El investigador se ve afectado tanto por las respuestas deseadas como por las
indeseadas. Los animales, menos preparados por la formación científica, también
establecen lazos afectivos, con investigadores y otros animales. Reaccionan,
incluso, a los instrumentos, a las máquinas, se acostumbran a ellas, a que limiten y

28
La discusión sobre lo imaginario suscitó un extenso desarrollo por parte del filósofo Castoriadis, buscando
oponerse al concepto ofrecido por Lacan y tratando de superar al de Sartre. Sin embargo, uno de los
elementos que se pueden encontrar en los tres autores es el del imago como componente del sentido. En el
caso de Castoriadis este atribuye a la noción de imaginario la inminente relación con la significación, por lo
que el atributo de social (respecto a las significaciones imaginarias sociales) refiere a los procesos simbólicos
configurados históricamente de los cuáles carecería cualquier otra especie, lo que representa un claro
antropocentrismo. De este autor podemos rescatar la idea de que existe en lo social cierta fijeza en los
sentidos que se establecen sobre todo de manera institucional, así como la posibilidad de ruptura basada en
ciertas fuerzas que el denomina imaginario radical. En esta investigación el término de imaginario tiene
inspiración en dicho autor, pero sin negar la noción de sentido común que se asocia con algo que no es real,
pero tomando esta acepción como una construcción. Además, para evitar estas consideraciones que critico
del autor no utilicé el adjetivo de social, tratando de pensar, más bien, la constitución de sentido que se
establece en una serie de relaciones semióticas y materiales situadas en una práctica en concreto,
considerando así la dimensión afectiva o emocional que suscita. En este último punto también se distingue de
la noción de imaginario ofrecida por Bloor (1998) quien las entiende como metáforas. Para profundizar más
en el concepto de imaginario en Castoriadis léase: Castoriadis, C. (2002). La institución imaginaria de la
sociedad: El imaginario social y la institución. Tusquets editores. Buenos Aires.
29
En este caso utilizaré la noción de afectos para resaltar el papel activo que los animales juegan en la
constitución de ciertas redes relacionales, las cuáles analizo en este capítulo, sin descartar que también
pudieran analizarse como emociones.

98
dirijan sus movimientos, les temen o les producen placer. Existe pues, una red de
afecciones, recíprocas, unidireccionales, activas o pasivas.

Es cierto que a este proceso en el que se establecen líneas entre distintos actores,
le precede un orden racional que regula sus prácticas. Los espacios están
determinados de cierto modo y las acciones están prefijadas para realizarse de
cierta manera. El investigador debe apegarse a una racionalidad que, además, debe
adoptar como propia. Existe una dimensión protocolaria que circunscribe esta red
de afectos. Sin embargo, esta delimitación ideal se ve desbordada por sus propios
actores, pues al mismo tiempo que se establece una interioridad definida, esta se
constituye necesariamente con relación al exterior. Este afuera no solamente está
delimitado espacialmente, sino también de manera temporal, pues existe una vida
previa de los investigadores (antes de dedicarse a la ciencia, o bien, referente a su
proceso de formación) y otra fuera de tiempo que refiere a los horarios en los que
no se encuentran en el laboratorio.

No existe una delimitación nítida entre el afuera y el adentro, sino que estas ideas
se traslapan y se tensionan todo el tiempo. Del mismo modo no se trataría de una
dimensión racional y otra imaginaria (como se supone ocurre de manera ideal) sino
más bien trato de explicar el modo en que esa racionalidad toma vida
necesariamente a partir de una dimensión imaginaria, es decir, constituyendo sus
propios imaginarios sobre la razón.

Como se alcanza a ver, tanto los imaginarios como los afectos que ocurren en un
laboratorio se constituyen de manera mutua, y conforman una red bastante amplia
y compleja, pues existen flujos de seres vivos, de símbolos, instrumentos,
sustancias y fenómenos diversos, así como una dimensión histórica bastante densa
que involucra dimensiones muy bastas tanto de tradición como económico-sociales.
Sin embargo, por el momento me gustaría centrarme en la relación entre los
investigadores y los animales de laboratorio; en lo que hace posible dicha relación
como en aquello que genera.

Como ya mencioné los investigadores señalan frecuentemente la necesidad de no


establecer vínculos afectivos con los animales:

99
Estela: “No debes encariñarte con ellos, debes de poder verlos como tu
instrumento de trabajo, como lo que son: animales, sienten dolor y debes
tratarlos bien, pero no encariñarte nunca.”

Entrevistador: “¿Cómo sería encariñarse?”

Estela: “Por ejemplo, hay compañeros que les ponen nombres y luego ya no
quieren sacrificarlos porque los ven como una mascota, o hay algunos que
no les gusta matar a las crías porque piensan pobrecitos. Debes de pensar
siempre: no son humanos, son animales y deben de ser tratados con respeto,
pero no con cariño.”

Entrevistador: “¿Y a una mascota sí se le puede tener cariño?”

Estela: “Sí, porque ya no es para investigación, ya en tu casa puedes ponerle


ropa de humano a tu perro si quieres, pero en el laboratorio no. (…) Yo tengo
una perrita y la quiero como si fuera mi hija, pero a las ratas de aquí no
puedes hacer eso, si no nunca podrías hacerles nada ni sacrificarlas.”

Como puede observarse en este fragmento de entrevista existe un marco prohibitivo


que permite la utilización de los animales en la experimentación. El cariño como una
relación posible entre humanos y animales debe evitarse a toda costa pues impide
el correcto manejo de los animales de laboratorio. Este encariñamiento hace alusión
a designar al animal cualidades humanas que permiten que dicha relación
acontezca. Los demás investigadores también hacen referencia a esta sensación
de empatía ligada a la cercanía de los animales con los humanos y las similitudes
entre ambos. Por ejemplo, Esteban comenta:

No debes humanizar a tus animales. A los perros y gatos los humanizan muy
fácil por eso ahora está prohibido experimentar con ellos. No debes
humanizarlos porque al final tendrán que ser sacrificados. Si les ves su carita
diciendo, pobrecitos les duele, o pobrecitos sufren porque quieren ser libres,
pobrecitos no quiero matarlos, entonces no puedes trabajar. Al final eso es lo
que tú crees que sienten no es lo que ellos sienten.

100
Debe de establecerse una escisión entre animales y humanos, donde a los primeros
se les debe de colocar en una esfera a parte para su consideración. Si bien, como
en el capítulo anterior señalé, el código ético establece ciertas pautas de
relacionamiento, la consideración ética y la empatía generada con los animales
debe ser diferenciada plenamente entre animales y humanos. Se abre un espacio
inconmensurable entre unos y otros. Espacio que se genera como un artificio, pues
debe distinguirse de otras formas de relación con los animales, como es el caso de
las mascotas. Con esto no quiero decir que el encariñamiento con los animales se
dé de manera natural, sino que ambas formas de relacionamiento son posibilitadas
desde diferentes contextos.

El caso de las mascotas también es importante de mencionarse porque los


investigadores hacen referencia a esta forma de relación con los animales de
manera recurrente y siempre de manera comparativa. Se hace referencia a que los
animales de laboratorio no son mascotas y que no deben ser tratados como tal. En
el caso de las mascotas existe una aparente humanización que permite ese
encariñamiento y que los investigadores conocen pues lo han experimentado en su
mayoría.

De este modo el tipo de empatía es diferente, pues el animal de laboratorio debe


ser separado tajantemente de la esfera de lo humano y evitar designarles
emociones y sentimientos que se entienden como propios del humano. Para esto
es necesario primero reconocer que existe la posibilidad que se presenten estas
emociones y sentimientos, pero al mismo tiempo reconocer que son propias y no de
los animales. Es decir, se trata de establecer una diferencia a la vez que una
separación. Generar un corte que impida esas afecciones. Es, por lo tanto, un
proceso a realizarse que debe ser aprendido. Existe una pedagogía de los afectos30
dentro del laboratorio que concierne la relación que se establece con los animales.

30
Por pedagogías de los afectos no me refiero a problemas concernientes a las instituciones educativas, como
se ha empleado en la pedagogía desde los años noventa (Trujillo. 2008). Más bien me inspiro en la obra de
Segato (2018) donde se refiere a las pedagogías de la crueldad como “todos los actos y prácticas que enseñan,
habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas.”(p. 13). Por lo que excede el
espacio educativo y se aplica a otras formas de estructura social. En mi caso no hablo directamente de

101
Dentro de este proceso de (des)afección se hace referencia a las mascotas pues
son la referencia cultural más inmediata de una relación donde humanos y animales
generan lazos empáticos significativos, y donde su humanización no sólo es
permitida sino fomentada, especialmente en tiempos recientes y en contextos
urbanos. De modo que los investigadores deben desaprender esta forma de
relación con los animales para permitir que el investigador pueda generar un modo
distinto de relacionamiento. Para esto deben aprender a diferenciar a los animales
de acuerdo con el espacio en el que estos se encuentren:

Yo tuve una rata mascota y son súper lindas, me la quedé de una práctica
que tuvimos en la licenciatura, después en la maestría tuve que experimentar
con ratas y sacrificarlas, sentía feo porque pensaba en mi ratita, pero aprendí
a decir; estas ratas no son manchita, son ratas de laboratorio. A manchita la
quise mucho y me costó diferenciar que las otras ratas son sólo animales de
laboratorio, no ponerme a pensar en si estarán felices, si estarán contentas,
si pobrecitas, porque eso es lo que yo quisiera para mi mascota y las ratas
no son mías. Ahora no me cuesta trabajar con ellas. (Karen. Estudiante de
doctorado).

Al contrario de las mascotas donde parece establecerse un tipo de filiación y


humanización, donde incluso se le designa un nombre al animal, en el caso de los
animales de laboratorio los investigadores deben replantear dicha relación,
diferenciar sus propios sentimientos de las de los animales, para de este modo
ponerles un freno. El control de los sentimientos propios deriva de cortar ese lazo
empático con el animal, colocarlo en la esfera de lo ajeno, de lo otro.

Además de este encariñamiento, esta pedagogía de los afectos también debe influir
en el modo en que los investigadores manejan otras emociones hacia los animales,
más bien de repudio, como el miedo y el asco vinculadas a ciertos imaginarios. Para
este caso también deben de mostrar neutralidad pues interfiere con la facilidad de
su manipulación. Existen ciertos imaginarios de los animales que deben ser

crueldad pues considero existen otro tipo de afectos que se ven involucrados que pueden ser menos violentos,
aunque no descarto la posibilidad de pensarlo también desde el lugar de la crueldad hacia los animales.

102
replanteados. Los investigadores deben afrontar el miedo y el asco que tienen de
manera culturalmente aprendida hacia animales como las ratas y ratones. “Antes
me daban miedo y no podía ni verlas porque me recordaban a las de la coladera,
pero la presión me hizo agarrarlas y poco a poco se me fue quitando el miedo.”
Comenta Estela. En este caso la diferenciación debe realizarse con animales
ferales que representan un peligro potencial. En el caso de las ratas es
característico de dicha especie su relación con la suciedad y enfermedades.

Para autores como Horta (2015), el repudio expresado y fomentado de manera


social hacia los animales, encubre el temor a la propia animalidad. Siguiendo las
reflexiones de Benjamin, este autor propone identificar el repudio como una base
que permite la diferenciación plena con el animal al reprimir la similitud con este, es
decir la animalidad propia del humano. Represión siempre en riesgo de ser rota y
expresada en repulsión. Desde esta perspectiva existen mecanismos políticos que
separan lo humano de lo animal y que generan una jerarquización de dominio. El
repudio no implica el alejamiento solamente, sino que permite instrumentalizar al
animal, es decir, poder verlo como recurso. Este autor se refiere de manera
específica al acto de alimentarse de otros animales. Aquí el cuerpo del animal es
transformado por la cocción haciendo la carne degustable, es decir, se hace posible
su conversión al orden de la cultura. De modo similar ocurre con los animales de
laboratorio, pues su cuerpo es transformado por los procesos descritos
anteriormente, y de este modo el repudio deviene en la posibilidad de emplear al
animal como un instrumento. Comenta Ariadna: “Yo le sigo teniendo asco a las ratas
de la calle, a las de laboratorio no porque están limpias y pues sé que no me van a
morder”.

Se hace necesario un proceso de domesticación. Sin embargo, en este acto se corre


el riesgo de encariñarse, de que el llevar a la casa ocurra de modo real como en el
caso descrito de Karen. Por eso, para que ambos sentimientos, el del cariño y el del
repudio, puedan conducir a la neutralidad deseada, es necesario separar al animal
de laboratorio, por un lado, de lo propiamente humano y civilizado, y por otro, de lo
propiamente animal. Esta queda en un lugar intersticial entre ambos, con el riesgo

103
de ser humanizado o de permanecer abyecto a la actividad humana. Por lo que más
que un proceso de desafección, la pedagogía de los afectos que viven los
investigadores se trata de un proceso de separación, en donde el animal de
laboratorio debe ser ubicado en su propio ámbito diferenciado del humano y de otros
animales.

Se trata entonces de evitar el apego y la repulsión. Por un lado, se debe evitar


humanizar al animal convirtiéndolo en mascota. Como expresan las investigadoras
este acto consistiría en designarle rasgos humanos a los animales, generando así
una relación empática, prácticamente filial, hogareña, perteneciente al campo de la
intimidad. En apariencia la línea que une al humano y al animal es cortada, pero de
manera casi paradójica debe permanecer unida. Pues no puede mantenerse el
sentimiento que impide tocar al animal, no sólo para poder manejarlo sino para
transformarlo. Si para alcanzar la neutralidad debe existir de manera teórica una
escisión entre dos mundos, el humano y el animal o no humano, en la práctica esta
separación adquiere una mayor complejidad, pues no son planos preexistentes que
logren separarse por completo.

Comencemos analizando la humanización a la que refieren las investigadoras.


Comenta Rosa: “Yo por eso nunca tuve mascotas porque mi papá compraba perros
y gatos para el laboratorio, desde chica tuve esa relación con los animales, de
mucho respeto, pero sin involucrar sentimientos porque ya sabía a lo que iban”.
Como se ha visto en otras entrevistas, el caso de las mascotas nos permite
vislumbrar una forma de relación con los animales que involucra sentimientos de
apego que impedirían a las investigadoras generar dolor y provocar la muerte a los
animales de laboratorio, evoca pues una forma de vínculo que de algún modo evade
la separación entre humanos y animales. Aquí el riesgo es considerar al animal
como humano, y de este modo establecer una relación más o menos simétrica a
nivel afectivo. Es necesario ubicar al animal en cuestión del lado Animal y no del
lado Humano. Por este motivo los investigadores tienen prohibido ponerles un
nombre a los animales y se les designa un número, para evitar que se destaque la
particularidad de ese animal y sea solamente uno más entre otros.

104
Pero este corte no se logra de manera nítida pues existen líneas que se corren de
un lado a otro inevitablemente. Por el lado del humano, no basta con que este no le
atribuya sentimientos humanos al animal, sino que también es necesario que el
humano mismo no los experimente. Cortar la línea empática lograría que tanto el
sujeto como el objeto permanezcan neutros. Hablamos entonces de una producción
específica de animalidad, pero también de una forma particular de subjetividad (o
humanidad), que en este caso se producen mutuamente, tratando de excluir la
animalidad del humano y la humanidad del animal.

Esta neutralidad se logra sólo en la superficie, por debajo el animal acecha “No me
gusta sacrificar a los animales, siempre pongo a otros a que lo hagan, me da tristeza
tener que matarlos después de cuidarlos tanto, para mí son como si fueran parte de
mi familia, los veo diario, les doy de comer, veo que estén bien y tanto para que al
final los vea morir” comenta Rosa. Si se hace tanta insistencia en impedir ver al
animal como mascota es por la facilidad con la que esta situación se da. Y es que,
a pesar de esta exigencia de separación, la necesidad de cuidar a los animales y
generar un lazo de dependencia, exigen una disposición corporal en los humanos
que genera líneas de continuidad entre unos y otros,

Esta supuesta neutralidad del investigador también hace alusión a los afectos que
generan aversión hacia el animal. Es, por lo tanto, una neutralidad cuyo objetivo es
acercar y no alejar. Además de los imaginarios que los investigadores preconciben
sobre ciertos animales, deben de lidiar con el peligro real de que los animales
puedan generarles algún daño o, mejor dicho, muerdan. Para evitarlo recurren a
distintas técnicas y mecanismos que disminuyen esa posibilidad. En el caso de las
ratas incluso puede disminuirse el empleo de estas técnicas acostumbrando al
animal a que sea manejado. Para que los investigadores ejerzan dominio sobre el
animal deben de hacerlo también sobre sus propias emociones, pero esto lo realizan
de modo similar al animal de laboratorio: acostumbrándose ellos mismos a los
procedimientos. Hablamos entonces de una transformación mutua para generar una
disposición corporal que permita cierto tipo de relación. Aunque esta disposición sea
vista como una objetivación tanto del cuerpo del animal como de la mente del

105
investigador, se trata más bien de un proceso de subjetivación específica, una
relación intersubjetiva o interanimal31.

En este sentido el animal de laboratorio es transformado para ya no ser un animal


salvaje, pero tampoco por eso humanizado. Más bien se mueve en la zona liminal
entre ambos registros. Requiere ser expulsado de lo considerado humano sin que
se aleje por completo de este campo. Por el lado de los humanos, estos también
requieren una transformación, excluir su animalidad, pero no por completo, pues es
de su disposición corporal que lograrán cierta conexión con el animal, se requiere
de una forma de humanidad específica. Lo humano y lo animal no están dados
previamente, su exclusión no ocurre de manera tajante y límpida, sino que se
producen en su interacción. Se requiere de cierta humanización del animal y de
cierta animalización del humano para adquirir una forma específica de animalidad y
de humanidad. O en términos de Ingold (2018) se requiere de humanar el mundo
entre ambos.

Es decir, no es –como lo querría una ontología más convencional con la


tradición occidental– sobreponer un orden preconcebido que le es propio a
un determinado substrato de la naturaleza. Más bien es un forjar su existencia
dentro del crisol de un mundo de la vida compartida. Su humanidad no está
dada desde el comienzo, como una condición a priori, sino que emerge como
una realización productiva –una en la que por lo demás tienen que seguir
trabajando continuamente a lo largo de toda la vida–, sin nunca llegar a una
conclusión final. (p. 167).

Si en teoría el ejercicio científico requiere de una mente humana y un cuerpo animal


polarizados y neutros, en la práctica la relación entre ambos es más bien porosa.
Existe una delimitación clara otorgada por la racionalidad científica, pero se filtra

31
Tomo de Ramírez (2010) este concepto “ya no sólo referido al pensamiento de Merleau-Ponty sino a la
existencia de quienes estamos viviendo: animales entre otros animales, siempre e indefectiblemente.
Interanimalidad es un concepto que denuncia la ilusión de la superación humana de la condición animal,
cuando por ella se entiende lo determinado, mecánico, instintivo y limitado a la mera corporalidad
constitución ontogenética), o un pasado evolutivo que ha quedado atrás con la adquisición de herramientas o
del lenguaje articulado (constitución filogenética), o la depuración y distanciamiento de nuestros espacios
vitales como espacios humanos, sin animales (constitución social, cultural e histórica).” (p. 34).

106
entre ambos espacios un sinnúmero de líneas afectivas. Esto ocurre de manera
informal en muchos casos, donde convergen distintas formas de concepción sobre
los animales. Ejemplo de esto ocurre con frecuencia en el laboratorio. Mientras que
las investigadoras comentan en entrevistas que no deben encariñarse con los
animales, una vez estando con los animales les hablan como si estos fueran niños
con apelativos como: chiquito, bebé, gordito, etc. Una investigadora tiene su
escritorio lleno de peluches y dibujos de ratas, al preguntarle el motivo ella contesta
que le encantan las ratas porque son muy tiernas y es su animal favorito. Un
practicante durante una demostración de un experimento sobre actividad sexual
sujeta a una rata macho y le dice mientras la acaricia: “Eres un campeón amiguito,
la vas a pasar muy bien”; al comentar que me encuentro realizando una
investigación de posgrado me dice: “yo sé que no debemos hablarles así a los
animales, mi tutor si me ve acariciarlos me regaña, pero para mí son animales muy
simpáticos.” Una investigadora estudiante de doctorado me cuenta bajo la promesa
de no revelar su identidad que se robó del laboratorio a una rata:

Ya era viejita y me encariñé con ella, no iba a vivir mucho y mejor me la llevé
a mi casa, era una rata que sabía que no podía causar ningún daño afuera,
que no se entrenó ni se le modificó nada. Es difícil que esto pase porque se
tiene un control de los cadáveres, uno anota el número de cadáveres y hasta
el peso para que los incineren, yo le puse que eran 12 pero entregué sólo 11,
no se dieron cuenta .

Existe un imperativo de neutralidad que es evadido por ciertos medios, la autoridad


es burlada y ocurren eventos que no deberían ocurrir. Sin embargo, también existe
una red afectiva que ocurre no como excepción sino como regla. Como ya he
mencionado, los investigadores deben aprender a interactuar con los animales,
pues estos responden a la conducta del investigador. “No es lo mismo, obviamente,
tratar con una rata que con un reactivo. Yo trabajé haciendo investigación con rocas
y es otra cosa. A la roca no la tienes que convencer de hacer nada, no tienes que
cuidarla para tener buenos resultados” comenta uno de los responsables del

107
laboratorio. El animal de laboratorio exige, como instrumento, de una disposición
específica por parte de los investigadores.

Desde esta perspectiva, existe la visión de que el laboratorio ocupa un lugar de


producción distinto a una fábrica moderna, debido a la disposición de convivencia
que se instaura en su interior, al tratarse de un espacio pequeño donde se da una
interacción mucho más personal y el trabajo exige una disposición de sus
productores más artesanal que en serie:

En la actualidad, la mayoría de los laboratorios científicos están organizados


como talleres, en el sentido de que son lugares de trabajo pequeños y con
relaciones cara a cara. El taller es el hogar del artesano, expresión que debe
entenderse históricamente en su sentido literal. En la Edad Media, los
artesanos dormían, comían y criaban a sus hijos en los lugares en los que
trabajaban. El taller, como tal y como hogar de las familias, era de escala
reducida, pues cada uno albergaba como máximo unas pocas docenas de
personas; el taller medieval no se asemejaba en nada a la fábrica moderna,
con espacio para centenares o millares de personas. (…) un lugar en el cual
el trabajo y la vida se entremezclaban” (Sennett, 2009. p.39)

Si bien los investigadores no viven de manera literal en los laboratorios, pasan la


mayor parte de su tiempo en ellos, ahí comen, establecen relaciones de amistad,
eróticas, tutoriales y de trabajo, festejan sus cumpleaños, logros y despedidas.
Existe un ambiente familiar en el que se desarrollan una serie de relaciones entre
humanos, donde su formación como científicos depende de ello, pues como Sennett
(2009) afirma, el trabajo artesanal implica el desarrollo de habilidades en donde se
hace necesaria la interacción cara a cara y el establecimiento de rutinas.

Este mismo requisito lo encontramos con el desarrollo de habilidades para el manejo


de animales, sólo que el cara a cara debe darse entre el investigador y el animal de
laboratorio. Los investigadores comentan que aprendieron técnicas de manejo de
otros investigadores. En muchos casos durante la licenciatura sus profesores les
enseñaban como emplear sus manos y algunos instrumentos como toallas para
sujetar al animal y evitar que este los mordiera, para de este modo poder suministrar

108
las sustancias o realizar los procedimientos pertinentes. En su gran mayoría
aprendieron con ratas y ratones. En algunos casos durante el posgrado ofrecieron
pequeños cursos para aprender a administrar inyecciones y sacrificar a los
animales. En otros casos fue dentro del laboratorio donde el personal técnico fue
quien les enseñó. “Aun así nunca aprendes más que practicando, te pueden decir
agárralo así, pero hasta que no lo agarras y ves que su piel se estira o que se puede
voltear y morderte, que te das cuenta cómo manejarlos bien” comenta Karen. Existe
una disposición corporal que no sólo pasa por el nivel del disciplinamiento, aunque
tampoco este queda excluido, pero se requiere de cierto tacto, de una interacción
cuerpo a cuerpo. “Con los ratones hay que medir mucho la fuerza porque son
diminutos y los puedes lastimar, pero si no los aprietas con fuerza se retuercen y se
zafan, es bien complicado”. Comenta Esteban.

Este tacto es una habilidad que debe desarrollarse, que requiere conocer al animal,
conocer su fuerza, su tamaño, su anatomía, su conducta, su estado de ánimo. Para
esto es necesaria la interacción cara a cara, acoplar el cuerpo propio al del otro. En
este caso los investigadores requieren desarrollar habilidades con sus manos para
acoplarse el cuerpo del roedor, tocar los puntos necesarios y evadir otros. Las
manos deben de coordinarse evidentemente con la atención y las capacidades
mentales de coordinación, pero también se requiere un aprendizaje de control
emotivo. Durante mis observaciones Ariadna me ofreció la oportunidad de aprender
a sujetar ratas adultas, logré tomar a la rata como me indicó, pues fue de la manera
más simple tomándola por la base de la cola para transportarla a otro recipiente, no
me pareció difícil, aunque en realidad era algo que ya había hecho previamente en
otros contextos. Sin embargo, le comenté que lo más difícil era controlar mis nervios
pues las manos me sudaban y sentía que podría estresar a la rata, a lo que me
respondió “e imagínate cuando tienes que inyectarles en la vena, es muy difícil y
sabes que les estás causando dolor, siempre lo más difícil es controlar esos nervios,
puedes practicar con un muñeco y hacerlo bien, pero saber que es un ser vivo ya te
pone en otro estado mental”.

109
Saber que se trata de un ser vivo implica responsabilidad, en el sentido de saber
responder al otro. Por lo que el control emocional que exige la manipulación no es
solamente un bloqueo, sino que exige una disposición hacia el otro. Se establece
una conexión no sólo a nivel somático en cuanto a coordinación sino también
afectivo. Los investigadores comentan que es necesario estar en un estado
emocional tranquilo para que los roedores no se estresen. Debe existir cierta
armonía entre investigador y animal para que la manipulación pueda darse sin
mayor problema. Esta sincronía a la que refieren no sólo implica acercarse a un
punto neutro o apático, sino que refiere a un estado mental ameno. “Creo que les
hablo bonito porque así siento que me llevo mejor, suena chistoso pero me he dado
cuenta que se portan mejor a que si llego y soy toda fría.” Comenta Ariadna.

Esta forma de conexión con el animal debe desarrollarse. A pesar de la importancia


de las técnicas que puede enseñarle un investigador a otro, es a partir de la
interacción que se genera o se logra esta habilidad y que en muchos casos es
requisito para la experimentación. “Hay quienes no tienen la habilidad de trabajar
con animales y nunca la desarrollan, no saben tratarlos, no porque seas doctor
investigador vas a aprender porque muerden, chillan, y menos si trabajas con
conducta, aquí sí necesitas tener esa habilidad, ni los grados ni los libros te van a
enseñar.” Comenta Rosa técnico de laboratorio. Cabe señalar que dos de los
laboratorios en los que realicé observación trabaja con conducta sexual en ratas. La
forma en que estos investigadores interactúan y se expresan sobre su experiencia
con el trato con animales tiene características distintas que la de otros
investigadores que, por ejemplo, tratan a los animales sólo por unos minutos antes
de sacrificarlos y extraer sus cerebros. Para los primeros la importancia de esta
conexión, con los animales de laboratorio, resulta mucho más significativa que para
los segundos. “Por suerte yo no tengo que cuidar a los animales, sólo los pido, ya
sé que están en buenas condiciones para usarlos, sé que no vienen estresados ni
enfermos, en el bioterio los cuidan muy bien y yo sólo los sacrifico, aunque también
tengo que hacerlo sin causarles estrés” me comenta Gertrudis, técnico de
laboratorio. En ambos casos se resalta la importancia de que los animales se
encuentren en buenas condiciones ya que es requisito para que el cuerpo del animal

110
pueda ser empleado como un indicador biológico al encontrarse en un estado
supuestamente neutro, como lo hablé en un capítulo anterior. Se destaca también
la importancia del buen trato que requieren los animales para que esto se logre. Sin
embargo, en el caso de los investigadores que tienen la necesidad de cuidar a sus
propios animales y cuyos resultados del experimento están ligados con su conducta,
hacen referencia a una conexión empática. No es que en el caso de los animales
que son sacrificados de manera inmediata no exista, pues es muy probable que los
cuidadores de los bioterios también desarrollen esta habilidad. Pero es importante
recalcar la importancia epistémica que tiene para los investigadores que trabajan
con conducta y la diferencia que implica que un objeto de experimentación sea un
ser vivo y cuente con algunas capacidades de respuesta que otros objetos no
tienen.

Hasta aquí he tratado de mostrar el modo en que los afectos confluyen de manera
ineludible en la práctica científica. Se generan líneas en forma de conexiones y
desconexiones entre animales humanos y no humanos. Por este motivo es que me
sirvo del concepto de afecto de Spinoza para ahondar en esta reflexión. Más que
realizar una explicación detallada de la teoría de los afectos de este filósofo me
interesa poder emplear su concepto para explicar el modo en que se desarrollan
relaciones afectivas y resaltar la importancia que estas tienen en la generación de
conocimiento durante la práctica. Baruch Spinoza (2009) define este concepto del
siguiente modo:

E.3.D.3. Por afectos entiendo las afecciones del cuerpo, por las cuales
aumenta o disminuye, es favorecida o perjudicada, la potencia de obrar de
ese mismo cuerpo, y entiendo, al mismo tiempo, las ideas de esas
afecciones. Así pues, si podemos ser causa adecuada de algunas de esas
afecciones, entonces entiendo por afecto una acción; en los otros casos una
pasión.

En primera instancia es importante considerar las afecciones como parte relevante


de la relación entre investigadores y animales de laboratorio, pues, aunque en
apariencia se trate de una relación unidireccional donde los sujetos actúan y

111
manipulan el objeto, en realidad existen distintos grados de afectación, pues ambos
cuerpos son trastocados en el encuentro cara a cara. En el caso de los animales
es evidente como son afectados ya que ese es el objetivo tanto de su cuidado como
de su empleo en la experimentación. Pero en el caso de los investigadores, como
ya lo vimos, también su cuerpo debe ser adecuado para su interacción con el
animal, lo que va desde la formación científica previa a la interacción con los
animales.

De esta afectación depende que en el cuerpo de ambos su potencia incremente o


disminuya. En el caso de los animales estos deben de contar con la vigorosidad
adecuada para su actuar en la experimentación. Debe tener salud y energía
suficiente, dada por las atenciones de sus cuidadores. De igual modo se le pueden
suministrar fármacos o exponerse a estímulos para que su cuerpo actúe de
determinada manera. El investigador por su parte deberá lograr esta interacción,
dirigir de manera adecuada este proceso.

En primera instancia dentro de esta relación el animal pareciera devenir como un


cuerpo pasivo, es decir, ser receptor de las pasiones en términos de Spinoza,
mientras que el investigador despliega afectos activos al generar por medio de sus
ideas las distintas afecciones que se realizarán hacia los animales. No obstante,
como he descrito, el investigador también requiere experimentar de manera pasiva
ciertas pasiones, pues es gracias a esta disposición corporal de ser afectado que
puede generar una conexión con sus animales. Sin esta capacidad la habilidad que
he mencionado no podría ocurrir. De acuerdo con esta concepción, la capacidad de
actuar, de afectar, está dada también por una capacidad de ser afectado. De este
modo el investigador requiere una disposición corporal que le permita medir su
fuerza, identificar los estados de ánimo del animal, adecuarse a los movimientos de
este, sentirse tranquilo y en un ambiente familiar, etc. Habilidades que puede
realizar solamente si es receptor de las capacidades que los animales de laboratorio
despliegan. Es en ese campo de interacciones donde distintas fuerzas se
encuentran y van conformando las acciones a llevarse a cabo para la
experimentación.

112
Al tratarse de un encuentro afectivo también se hace presente el deseo según
Spinoza (2009) “El deseo es el apetito acompañado de la conciencia del mismo, y
la esencia misma del hombre en cuanto es concebida como determinada a hacer
algo en virtud de una afección cualquiera (E2P9E)”. El investigador no sólo es
receptor de las disposiciones corporales de los animales sino también de las de
otros humanos: aunque este parezca ser el director entre los distintos actores
humanos y no humanos, en realidad está siendo afectado por distintas instancias y
requiere de adecuaciones para responder a los vínculos con otros humanos y las
demandas institucionales. Sin embargo, son sus deseos, esa epistemofilia entre
muchos otros, lo que lo mueve a ejecutar las acciones pertinentes.

Dentro de todos estos órdenes están los animales de laboratorio afectando el campo
y generando distintos encuentros. Estos animales por su parte también responden
a órdenes diversos y, aunque no podríamos descifrar los distintos deseos que
seguramente tienen dentro de los laboratorios, es evidente que también cuentan
con lo que Spinoza (2009) adjudicó al deseo, es decir el connatus o la capacidad de
perseverar en su ser. De ahí que el animal necesite afectos, entre ellos algunos
alegres, para conservar su potencia ante las distintas afecciones que los humanos
realizan sobre sus cuerpos. Aunque el desenlace, casi en la totalidad de las veces,
será que su cuerpo sea destruido dentro de este embate de encuentros. La muerte
vuelve a marcar el límite que separa a los investigadores de los animales de
laboratorio y de su propia animalidad. Para la composición del conocimiento se hace
necesaria la descomposición de los cuerpos de los animales. Si bien el cariño en
realidad es una huella infranqueable que los animales dejan, como una suciedad
indeseable, dentro de la aséptica idea de neutralidad científica, este se encuentra
acotado hasta el momento en que el cuerpo del animal es reducido a cenizas
(aunque ahí no terminará su papel dentro de la producción de conocimiento).

Esta capacidad de ser afectados, que los investigadores de manera necesaria


presentan, es también la fuente de la imaginación, pues como Spinoza propone es
esta inadecuación confusa, que presenta el encuentro pasivo del cuerpo con otros
cuerpos, la que hace necesaria un esfuerzo de la mente por adecuarse a los afectos

113
que ejercen fuerza sobre ella. De esta manera la mente imagina, crea. En el caso
que hemos mencionado en este capítulo podemos entrever como la idea de un
sujeto neutral, sin emociones ni afectos, que actúa sobre un cuerpo también neutral
bajo circunstancias controlables, es más bien un imaginario. Los investigadores con
base en las múltiples afecciones, no sólo causadas por los animales, sino también
por las exigencias jerárquicas e institucionales, es que conforman este imaginario.

De manera indirecta estas elucubraciones sobre la subjetividad me obligaron a


preguntarme sobre el lugar que ocupaba dentro del laboratorio donde yo también
buscaba producir un saber. Para mí, al igual que para los investigadores, los afectos
representaron una problemática, pues se ponían en tensión ciertos imaginarios
propios tanto sobre los animales como sobre la ciencia. Por un lado, la relación que
establecí con algunos de los investigadores impedía que tomara una posición
severa ante los actos que juzgaba como crueles en el laboratorio. Al mismo tiempo,
esta percepción de crueldad era propiciada por la empatía que sentía hacia las
ratas, me generaba molestia el saber que estas serían asesinadas incluso sin tener
un uso dentro del laboratorio, pues en algunos casos las ratas no cumplían con
ciertas condiciones y eran asesinadas sin ningún fin más que el ser desechadas.
Sin embargo, mi posición también tenía que apuntar a cierta neutralidad, sobre todo
ante la exigencia del campo de que no tomara una postura animalista o sería
expulsado del mismo. No obstante, también entablé una relación con varios
investigadores que trascendió el laboratorio, lo que de cierta forma me hacía sentir
más cómodo al estar más integrado al grupo de personas que laboraban en estos
espacios. Mi interacción con las ratas también fue modificando imaginarios que
tenía sobre ellas, despertando en mi cierta fascinación por sus comportamientos y
por las incógnitas que me despertaban, al grado de orientarme más hacia el
animalismo que tanto negaba al inicio de mi investigación.

De cierta forma mi escritura ha sido el lugar donde he desplegado estos afectos


contradictorios, tratando de mostrarme crítico ante ambas posiciones. Como lo
mencioné en la introducción, mi deseo se configuró apelando a la búsqueda de un
diálogo entre animalistas e investigadores sin decantarme por una posición. De

114
cierto modo este deseo es el producto de ese diálogo que constantemente se dio
lugar en mi propia persona. Sin embargo, aún terminado de escribir mi investigación
me sigo cuestionando si en realidad mi escritura ha podido dar cuenta de esos
afectos, no en el sentido de generar una escritura sentimental o que se centre en el
yo, sino, más precisamente, que dé cuenta del proceso de transformación que
ocurrió en mí para poder escribir este trabajo.

De manera contraria a los investigadores en las áreas biomédicas, en mi disciplina


se exige constantemente que abandone la idea de una escritura objetiva. Cosa que
me cuestiono haber logrado en esta investigación, sin embargo, queda a la reflexión
si esta dificultad no ha sido también producto de mi trabajo de campo, al constituirse
como un medio donde la exigencia de objetivación es bastante fuerte y en mi se
vivía un intento constante por comprender el mundo científico, como si estuviera por
un lado una necesidad de incorporarme al campo, pero también de tomar distancia.
Aunque, es precisamente producto de la relación que establecí con los
investigadores que pude percatarme que esa objetivación se produce a partir de un
conjunto de relaciones, institucionales, simbólicas, afectivas y materiales, en las que
me vi envuelto. En este sentido es que enfatizo la idea de que la racionalidad es un
imaginario producido, entre otros, en el laboratorio; al mismo tiempo que me
cuestiono qué tan distinta es esa racionalidad que me he construido desde las
ciencias sociales y qué condiciones institucionales la soportan.

Con esto no quiero entrar en la discusión de si entonces la subjetividad hiciera que


el conocimiento obtenido de la experimentación con animales fuera falso. Más bien
me interesa conocer el modo en que estos imaginarios son puestos en acción y
constituyen verdades. En los siguientes capítulos me centraré en describir y explicar
el proceso de construcción del conocimiento en que estos operan

115
Capítulo IV. Modelado Y Estandarización De La Vida Animal.

“Los hombres del experimento son como las


hormigas; recolectan y usan; los que razonan se
parecen a las arañas, que hacen telas de su
propia sustancia. Pero la abeja toma un camino
intermedio; junta material de las flores del jardín y
del campo, pero las transforma y las digiere con
sus propios medios.”

Francis Bacon.

El humano debe producir el conocimiento dentro de esta red de relaciones entre


distintos actores humanos y no humanos, vivos y no vivos. Su trabajo intelectual e
imaginario va de la mano con un trabajo artesanal, de manufactura, pues es a través
del manejo y la interacción con diversos materiales que se irá construyendo la
evidencia científica. El saber debe encarnarse primero antes de elevarse de nuevo
a los cielos de la abstracción y erigirse como verdad. Para poder observar
prístinamente desde arriba, el saber, primero debe de contaminarse con el mundo
caótico de la materia, conformando un orden que no es de arriba ni de abajo, sino
híbrido (Latour, 2007). En el caso que he venido mostrando, las ratas se convierten
en este engendro. El animal de laboratorio no es un mero dato, no proviene de la
naturaleza para hablarnos de su realidad, sino que es una producción propia de la
ciencia, lo que no implica que su decir sea mera ficción, se tratará más bien de
entender el proceso de su producción y su constitución como modelo, para
comprender de qué nos habla y qué es lo que pone en evidencia.

El contexto en el que se realiza esta producción es el modelo hipotético deductivo y


la experimentación como fundamentación del conocimiento mediante la verificación
o falsación de la hipótesis. En la actualidad este modelo se ha constituido como el
método hegemónico el cual reproducen los investigadores para generar

116
conocimiento considerado científico. Para Hacking (1996) este es un campo de
disputa entre perspectivas realistas e idealistas. Por un lado, el empirismo propio de
la experimentación otorga la certeza de que hablamos de un mundo real, pero al
mismo tiempo este ejercicio deriva necesariamente de una revisión teórica en donde
se ajusta a cierto modelo de conjeturas ya preestablecido. Una perspectiva nos dice
que la teoría no representa la realidad y la otra que esta es tal como la describe la
teoría. Al igual que este autor me decantaré por una perspectiva en la que no trataré
de demostrar a qué racionalidad responde el modelo animal, sino más bien mi
interés se centra en el hacer, pensar que se produce a partir de este. El animal de
experimentación en este campo se vuelve paradigmático, pues debe adecuarse a
ambos preceptos, convirtiendo su cuerpo en el punto bisagra entre teoría y empiria.

El animal hace su aparición principalmente en la parte de la experimentación, es el


escenario donde desempeña el papel principal. Para llegar a este punto el animal
debe haber pasado por una formación científica, la cual comienza con el proceso
de crianza, que he descrito anteriormente, para permitir generar su cuerpo como
una hoja en blanco y permitir la adecuación de su cuerpo a la hipótesis, es decir,
debe encarnar la teoría. Esta conformación de una zona neutra en los tejidos y
funciones del cuerpo animal son requisito para la elaboración del modelo biológico,
pues se trata de un proceso de escritura, de inscribir en su cuerpo las
determinaciones que permitirán un control del experimento.

Una vez que el animal cumple con los requisitos epistémicos y legales para salir del
bioterio y arribar al laboratorio comienza su preparación. Esta se encuentra
determinada por la necesidad del investigador de adecuar el cuerpo del animal a las
características requeridas. Algunas de ellas se encuentran dadas de antemano,
tales como la especie, el sexo o la edad. En estos casos se considera al cuerpo del
animal como la norma, como el grupo control, es decir, su neutralidad, que fue
producida, es considerada como el punto de partida y la referencia para analizar lo
considerado desviado en términos estadísticos. Esto último es producido,
generalmente, mediante una modificación del cuerpo del animal que puede ser
química, anatómica-fisiológica o conductual dependiendo de las variables que

117
busquen controlarse, existiendo también el caso de los modelos animales que
poseen una carga genética que producirá el desarrollo de alguna enfermedad.

En el caso de Estela se encuentra realizando una investigación sobre el modo en


que algunos fármacos modifican la química cerebral en ratas después de haber
tenido actividad sexual extenuante. Se parte de la hipótesis que al administrar estos
fármacos se verán modificados dos aspectos conductuales en las ratas: se
disminuirá su inhibición sexual y la sensibilidad a psicofármacos estimulantes de
endocannabinoides también se verá disminuida.

La mayoría de las investigaciones con animales parten de hipótesis generadas en


modelos animales conformados con anterioridad ya establecidos en distintas
investigaciones. En este caso el modelo, o llamado en inglés, el paradigm, con el
que ella está trabajando, consta de ratas macho a las que se les induce a copular
de manera repetida hasta que dejen de hacerlo por efecto de saciedad, y la rata
evitará repetirlo por al menos 72 horas, aunque se le presente la oportunidad. Lo
relevante para el experimento de este modelo es que bajo las condiciones
mencionadas la rata desarrolla una mayor sensibilidad a ciertos fármacos
psicotrópicos. Estela comenta que este modelo es útil para el estudio tanto de la
inhibición sexual como de la adicción y que a futuro podría servir para encontrar
tratamientos farmacológicos útiles para ambas afecciones. Estas desviaciones,
cuyo tratamiento se toma como objetivo (más que como objeto) de estudio, deben
de reproducirse en el cuerpo de la rata. El modelo opera como una ejemplaridad de
ciertas condiciones, generalmente patológicas, que se suscitan en la realidad fuera
del laboratorio, pero su forma de producirse materialmente en el animal está basada
en principios teóricos o, mejor dicho, en conjeturas lógicas contenidas en escritos,
resultado de investigaciones previas. El cuerpo se adecua a la letra.

Sin embargo, esta adecuación a la teoría no es íntegra ni total. Las intervenciones


que se realizan en el cuerpo del animal lo convierten en una reproducción del
modelo establecido, sin embargo, esta no es meramente ideal, sino que se elabora
en el cuerpo del animal a partir de intervenciones realizadas anteriormente en
animales. Es decir, el experimento es también resultado de experimentos anteriores,

118
en este sentido es que la investigación es siempre un proceso en devenir, que no
es exactamente lo mismo a decir que se trata de un proceso acumulativo y
progresivo, sino más bien es inacabo y secuencial.

Lo importante de señalar aquí es que el modo en que se construye un modelo animal


no es un proceso puramente teórico ni puramente experimental. En el caso de la
investigación de Estela, se trata de producir cuerpos animales en los que se puedan
apreciar los mismos fenómenos obtenidos anteriormente en otros experimentos:
ratas que tengan una conducta de apareamiento bajo ciertos parámetros de tiempo
y repetición para que, posteriormente, se dé una disposición cerebral de inapetencia
sexual y susceptibilidad farmacológica. De este modo poder intervenir en este
cerebro con endocannabinoides y obtener ciertas moléculas observables por
distintas técnicas e instrumentos. El poder observar las moléculas será la evidencia
que demostrará la hipótesis planteada y determinará que el experimento haya sido
exitoso y la teoría correcta. El modelo es condición para el experimento, pero no
proviene enteramente de deducciones, pues para que la susceptibilidad
farmacológica post saciedad sexual se convirtiera en un hecho, fue necesario haber
constituido este modelo animal y observar lo que ocurría. En este caso el fenómeno
producido por el modelo fue descubierto de manera accidental, al tratar de
demostrar otra teoría, la de la saciedad sexual como mecanismo de preservación.

Aquí radica la importancia de los modelos, permiten la articulación entre distintos


órdenes de sentido pues “son intermediarios, extraen algunos aspectos de los
fenómenos reales y los conectan, por medio de estructuras matemáticas
simplificadoras, a las teorías que gobiernan los fenómenos.” (Hacking, 1996, p.246).
En el caso de las ciencias biomédicas, el modelo al ser animal y no solamente
matemático como en el caso de la física o la química, necesita de una intervención
y manipulación material para su producción. Debe de cumplir con el requisito de
poder matematizarse, pero también de poder observarse de manera directa. El
modelo animal es requisito para la experimentación y no solamente una deducción
a partir de premisas lógico-matemáticas.

119
En esta fase de la investigación la predicción de los resultados es menos importante
que la fabricación del modelo, pues este es el resultado de una serie de acciones y
de actores que convergen como requisito previo al experimento. Aunque se habla
del modelo animal en singular, en realidad se trata de un proceso de interacción
entre animales, sustancias y máquinas. Para preparar a la rata macho cuyo corte
cerebral servirá como evidencia, son necesarios una selección y un entrenamiento
previo. La rata debe aparearse ante la vista del investigador, al ser introducido en
un cilindro de acrílico transparente de 50cm de diámetro por 50 cm de altura, ahí
debe cumplir con el requisito de copular con una hembra que previamente fue
inyectada con estradiol y 24 horas después con progesterona para que se encuentre
en un estado receptivo. El macho es evaluado dependiendo el tiempo que tarde en
realizar una copula completa (con penetración y eyaculación) y si es mayor a 30
minutos entonces será descartado, si es menor a este tiempo se repetirá la acción
hasta que lo haga en 15 minutos. En este proceso alrededor de 8 de cada 10 ratas
son descartadas, y serán usados en otros experimentos, para prácticas educativas
o, bien, se les realiza eutanasia. A las ratas que logren realizar la hazaña serán
considerados machos sexualmente expertos y serán candidatos para convertirse en
el modelo de saciedad sexual. La rata macho entonces será puesta de nuevo con
una hembra artificialmente receptiva para que copule con ella ad libitum hasta que
pasen 90 minutos sin que quiera repetir la acción, 24 horas después es colocado
con una nueva hembra receptiva y el macho no debe copular de nuevo, entonces
estará listo para la realización del experimento.

En este punto se espera que las ratas que fueron modeladas tengan una serie de
parámetros medibles más o menos iguales. Se requirió un entrenamiento para que
su conducta fuera lo más homogénea posible y tanto las respuestas como los
tiempos de respuesta respondieran a un criterio de normalidad estadística. Si este
criterio no se cumple, si alguna rata tiene una respuesta considerada anormal
entonces se descarta del experimento. Estela me contó que esto suele ocurrir, hay
ratas que quieren copular 24 horas después, aunque haya ocurrido la saciedad
sexual, o que, aunque hayan sido consideradas expertas sexualmente, no quieren
reproducirse a la hora del experimento, en este caso se descarta que sea la hembra

120
la que ocasiona el problema, pues en ocasiones al macho no le gusta la hembra o
esta puede ser agresiva y entonces se cambia a la hembra. Existe una serie de
determinaciones azarosas que deben de ser controladas o, incluso, eliminadas.

En la producción del modelo animal ocurre lo que Hacking (1991) llamó la


domesticación del azar en un sentido bastante literal, pues además del proceso de
domesticación al que me referí en el capítulo primero, al producir el modelo, este
debe de intervenirse para que cualquier conducta o reacción somática corresponda
con la esperada. De algún modo el modelo da cuenta de una realidad que no es
propiamente la del mundo fuera del laboratorio, sino de una producida dentro de él.
Sin embargo, esta realidad no responde sólo a los caprichos del investigador o de
la teoría, sino que se produce a partir de ciertos mecanismos preestablecidos que
son capaces de operar en el organismo del animal. Por eso sirve de base para la
elaboración del experimento.

Los científicos afirman que la realidad no es estática, sino que se encuentra en un


dinamismo constante, llámese evolución o entropía, lo cual no quiere decir que no
exista una frecuencia relativa medible, es decir, una probabilidad de que las cosas
ocurran de cierto modo y no de otro. Las intervenciones realizadas modifican la
anatomía, la fisiología o la conducta del animal para que esta probabilidad sea aún
más estable y por ello su medición más precisa. Si bien en la parte propiamente
experimental se realiza una medición de la frecuencia relativa o, siguiendo a Pierce
(Hacking, 1991), de la disposición de que un fenómeno se repita por probabilidad
matemática. En el caso de la conformación del modelo, este debe ser más bien
estático y uniforme. La realidad que produce no corresponde a una probabilidad
estadística que ocurriría de manera más o menos natural. Como ya vimos las ratas
sexualmente expertas son la minoría y no la media. La probabilidad de repetir el
fenómeno esperado debe ser total. ¿Esto quiere decir que el modelo no
corresponde con la realidad? Considero que la respuesta es más compleja que una
simple afirmación o negación, pues mi propuesta es más bien demostrar que el
modelo al formar parte del método, su objetivo no es encajar con la realidad, sino
producir fenómenos que permitan capturar el azar de la realidad. “Método y realidad

121
no se conforman por buena suerte o por una armonía preestablecida. Se definen
recíprocamente.” (Hacking, 1996, p.302).

La gran mayoría de las veces no se espera que los resultados del experimento sean
idénticos los unos con los otros, sino el objetivo es medir la frecuencia de repetición
con la que ocurre un fenómeno para obtener resultados cuantificables y susceptibles
de ser analizados probabilísticamente. Pero, para poder medir esta incidencia el
modelo animal debe ser el punto cero desde donde parten estas mediciones. El
control de variables debe ser minucioso. Pero también la modificación de alguna de
estas variables da origen a la creación de nuevos modelos y se espera que los
resultados experimentales sean distintos.

En el caso de Ariadna, su modelo es la combinación de dos modelos


preestablecidos. Ella trata de demostrar que la conjunción de dos factores que
inciden en el desarrollo cerebral de los fetos durante la gestación de una rata macho
aumenta la probabilidad de que las crías tengan una preferencia homosexual32.
Existen dos modelos que en cierto modo responden a una misma teoría, pero que
están diferenciados por su forma de producirse. La teoría general consiste en
adjudicar al estrés de la madre durante la gestación fetal el aumento en la
probabilidad de una preferencia homosexual en el hijo. La explicación es que esta
situación en la gestación condiciona el desarrollo cerebral del feto impidiendo la
producción de testosterona considerada normal para efectuar el proceso de
masculinización y desfeminización en el cerebro. La evidencia encontrada que
sostiene esta teoría consiste en la producción de dos modelos: en uno a la rata se
le induce un proceso de gestación y se le somete a un proceso de estrés que
consiste en colocarla dentro de cilindros inmovilizadores durante 30 minutos desde
el día 10 de la gestación hasta un día antes del parto. De este modo las crías

32
De acuerdo con Ariadna, el laboratorio en el que desarrolla su investigación, se fundó con la idea de analizar
la conducta sexual en las ratas macho, lo que respondía al interés científico de encontrar la forma en que las
hormonas tenían impacto en el desarrollo cerebral y este en la conducta sexual. Tanto la temática como los
métodos respondían a una tradición que se desarrolló a mediados del siglo XX en los Estados Unidos y Europa
donde se buscaba explicar el desarrollo normal de la sexualidad para conocer también las afecciones
patológicas y la conformación de fármacos para su tratamiento, por lo que el desarrollo de modelos animales
para analizar la conducta sexual tomó gran relevancia en la farmacología.

122
hembras son descartadas y las ratas macho son criadas en las condiciones
normales de laboratorio hasta los 3 meses, momento en que se realiza el
experimento de conducta sexual donde se ha encontrado un aumento en el número
de ratas con preferencia homosexual en relación con camadas de ratas que no
pasaron por este proceso de crianza. El segundo modelo responde a los mismos
principios teóricos pero su producción es diferente, pues a la rata en gestación se
le inyecta letrozol, que es un inhibidor de la aromatasa (que permite la formación de
testosterona a nivel cerebral) desde el día 10 de embarazo hasta el momento del
parto, para después seguir el mismo experimento sobre conducta sexual
encontrando resultados similares que los realizados con el otro modelo. Alrededor
del 50% de los machos producidos con ambos modelos tienen una preferencia
homosexual, por lo que si estos dos modelos se combinan se esperaría que el
porcentaje aumentara, puesto que acrecentaría la probabilidad de que el desarrollo
cerebral se viera afectado por las intervenciones realizadas.

En el capítulo siguiente me ocuparé de la construcción de evidencia como resultado


de los experimentos, y veremos que en este caso la hipótesis fue errónea. Por el
momento me interesa señalar que esta producción del modelo responde a
inferencias realizadas a partir de otros modelos donde es posible sistematizar los
resultados obtenidos, pero también plantea la posibilidad de intervenir en ellos para
conformar nuevos modelos y, por lo tanto, nuevos fenómenos, que a su vez sean
controlables, medibles y predecibles. El modelo es la condición previa del
experimento porque se trata de intervenir las variables de la realidad del cuerpo del
animal para poder hacerlas legibles en el sistema probabilístico abstracto.

Para esto es necesario un proceso semiótico-somático donde el animal es


interpretado e intervenido. Es interpretado a partir de distintos signos que se hacen
visibles tanto en su cuerpo como en su conducta y es a partir de ahí que se elaboran
inferencias. Es intervenido para poder generar una nueva interpretación. Se trata de
un proceso donde ambas partes se definen recíprocamente para otorgar al modelo
una consistencia. Esta cualidad de los modelos los hace poseer una mayor
estabilidad que la propia teoría “Es más, los modelos tienden a ser robustos en los

123
cambios de teoría; esto es, el modelo se mantiene, pero la teoría se descarta. Hay
más verdad local en los modelos inconsistentes que en la más elaborada teoría.”
(Hacking, 1996, p. 247).

Esto ocurre, como lo expresa Hacking en la cita, porque el modelo responde ante
una situación específica que es creada de cierto modo para poder aplicarse en este
contexto y se distingue de una teoría que aspiraría a ser aplicable a todo. El modelo
animal responde de manera constante porque las condiciones de su ejecución son
también constantes, lo cual no quiere decir que esta respuesta sea enteramente
una creación del investigador, es más bien el resultado de procesos de
interpretación e intervención previas en una realidad cambiante y azarosa.

La consistencia del modelo es transitoria pues en la fase experimental la respuesta


que este produce, es decir, el fenómeno que se observa debe ser diferente al ya
producido en el modelo. Si bien las intervenciones también serán controladas y el
resultado es previsible, la certeza sobre este constituiría una anulación de la
necesidad de experimentar, si el resultado es el mismo en el modelo que en el
experimento entonces no hay creación de conocimiento sino reiteración de este. El
modelo es el parámetro para capturar esta diferencia. En el caso de Ariadna se
espera que, al producir un nuevo modelo sumando más, pueda aumentar la
frecuencia de un fenómeno. Sin el modelo como un ente constante este incremento
sería imposible de registrarse.

El modelo debe capturar el azar, estabilizarlo, por eso se anulan las conductas y las
respuestas anormales. Las ratas pueden actuar de maneras inesperadas, o no
cumplir con los requisitos necesarios, y esto no debe llegar al experimento, pues es
considerado como error o ruido. Las variaciones entre respuestas deben ubicarse
dentro de cierto margen de variabilidad. En los casos descritos al estudiarse la
conducta del animal, este debe entrenarse, no se trata de conductas naturales que
las ratas realicen fuera del laboratorio, sin embargo, es necesario conocer las
características de la especie para saber que es esperable y que se puede lograr
mediante la intervención. Por eso los investigadores también deben entrenarse ellos
mismos para producir sus modelos.

124
Como lo describí en capítulos anteriores, el investigador debe saber relacionarse
con el animal, conocer sus estados de ánimo, sus capacidades y limitaciones. Poder
ubicar a los machos que serán buenos modelos dada su conducta en la cópula.
Poder realizar intervenciones quirúrgicas, suministrar fármacos causando la menor
alteración, saber cuándo las ratas están más disponibles para realizar su
entrenamiento, etc. Karen, por ejemplo, produce un modelo con ratas hembra a las
que se les produce diabetes tipo 2 mediante la administración de estreptozotocina
que destruye células específicas del páncreas produciendo una modificación en el
metabolismo concerniente a la glucosa. Este modelo le permitirá realizar
experimentos de conducta para conocer si el apetito sexual en las hembras
disminuye por la enfermedad inducida. A diferencia de los modelos que trabajan con
machos sexualmente expertos, en las hembras no es necesario realizar una
selección previa o un entrenamiento pues las hembras se mostrarán receptivas
mediante la administración de hormonas. Se podría decir que los ritmos que ocurren
de manera natural son inducidos de manera artificial, creando un ritmo propio que
responde a las demandas de investigación. Sin embargo, Karen sabe que debe
respetar otros ritmos, comenta que las cirugías de esterilización son un factor
estresante que impide realizar pruebas de apetito sexual por lo que se realiza con
varios días de antelación, la administración de los fármacos también debe ser
realizada 24 horas antes de la prueba pues es el periodo en que el cuerpo de la rata
metaboliza la hormona. Así una vez producida la enfermedad sabe que la
administración de fármacos debe ser más cuidadosa pues las ratas se vuelven más
sensibles y ariscas.

Ella ha trabajado con este modelo por varios años y sabe cómo producirlo mejor,
comenta que gracias a su experiencia desperdicia menos modelos que al inicio de
su investigación, pues por ejemplo una mala cirugía o una equivocada elección de
los machos arruinaría el experimento. El proceso de modelado más que una
creación a voluntad del investigador es una negociación constante con los animales
y con las condiciones del laboratorio para alcanzar los requisitos experimentales.
Modelo y experimento se definen recíprocamente como la materia y el producto final
se definen en el trabajo de un artesano.

125
Entre más experiencia tenga el investigador aprende a manejar de mejor modo los
materiales y a producir los efectos deseados, obteniendo así modelos que
respondan a los cánones deseados. Se trata de un trabajo de habilidad corporal y
no sólo intelectual, por eso un técnico tiene, generalmente, más habilidad para
producir modelos que un estudiante de posgrado o incluso que un investigador
reconocido. Esto es expresado repetidamente por los investigadores, por eso para
desarrollar su habilidad requieren, por un lado, convertirse en aprendices de alguien
más experimentado, quien generalmente es el técnico de laboratorio, y por el otro,
de realizar el modelado de manera repetida. Esto permite conocer mejor los
materiales, no sólo la disposición de los animales sino también de los instrumentos
como las jeringas o las máquinas, y de las sustancias químicas. Debe, además,
predisponer su propio cuerpo a estos materiales, desarrollar la coordinación manual
precisa, adecuar su olor y estado de ánimo para no estresar a los animales, adecuar
su vida y sus actividades fuera del laboratorio a los ritmos establecidos por los
procesos biológicos, etc. Es decir, al igual que el cuerpo del animal debe
estandarizarse para adecuarse al modelo, también debe hacerlo el del investigador;
debe modelarse a sí mismo. Según Peirce (Hacking, 1991) el proceso de
entrenamiento en los científicos reduciría la variación numérica pues aprenderían a
medir de mejor modo mediante una disposición psicológica que disminuiría el error,
pero también este efecto debe ser logrado con el entrenamiento corporal y no sólo
psicológico, para poder disminuir las variaciones que este tiene respecto a su
ejecución en las intervenciones.

Aunque el proceso de crear los modelos pueda realizarlo el técnico de laboratorio,


en el caso de las estudiantes de doctorado mencionadas han recibido la
capacitación para generar sus propios modelos, es parte de la formación en el
laboratorio. Los técnicos de laboratorio enseñan y apoyan a los estudiantes a
realizar todos los pasos necesarios y también producen modelos para facilitar el
proceso de investigación en donde el aumento en el número de modelos (lo que
llaman muestra) aumenta la creencia en los resultados (por el principio de
reproductibilidad). Como hemos visto, la producción de estos es tardada y laboriosa,
y puede llevar meses o incluso años desde que se entrenan los machos

126
sexualmente expertos hasta que las crías gestadas alcanzan la madurez sexual y a
su vez tienen decendencia. Los ciclos de vida de los animales, aunque sean
modificados, no pueden ser inmediatos. Gran parte de la estancia en el doctorado
consiste en aprender a producir sus modelos. De hecho, aún en el último año de
esta Karen y Ariadna seguían produciendo modelos.

En el caso de Beatriz, trabaja con tejidos cerebrales obtenidos de ratas recién


nacidas. A diferencia de las otras investigadoras, ella no realiza sus propios
modelos, aprendió a realizarlo en la maestría, pero ahora en doctorado es la técnica
de laboratorio, Gertrudis, la que diariamente se encarga de cultivar los tejidos para
abastecer las distintas investigaciones que se realizan en el laboratorio. ¿Esta
diferencia es solamente una cuestión de estilos en los distintos laboratorios? El
personal de los laboratorios no parece tener una respuesta clara, por un lado, se
habla que al ser un modelo más fácil de producir este puede hacerlo sin dificultad la
técnica de laboratorio y en el caso de los modelos de conducta sexual sería casi
imposible que una sola persona realizara todo el trabajo, pero para Ariadna este
proceso, de producir sus propios modelos, es esencial para el experimento, tal como
comenta:

Aprendes a manejar a las ratas, a familiarizarte con ellas y que ellas se


familiaricen contigo. No sé exactamente como suceda, pero los modelos que
yo hago logran hacer más rápido los experimentos, cuando me dan modelos
ya hechos entonces las ratas se ponen nerviosas, no se dejan agarrar, no
necesariamente falla el experimento, pero me tardo más. Yo creo que los que
trabajan con tejidos no tienen esos problemas.

De este modo la relación que se establece entre el investigador y los animales forma
parte del proceso de estandarización. La constancia en las respuestas que muestra
el modelo animal depende de un proceso formativo que va reduciendo la
variabilidad. El investigador debe responder a este nivel de complejidad en las
respuestas para poder controlarlas. A diferencia de un tejido donde las respuestas
son, en teoría, más homogéneas y están dadas de antemano, en los modelos de
conducta se requiere una mayor compenetración para conocer las respuestas de

127
los animales y ser capaz de dirigir sus acciones. La homogenización debe pasar por
una individuación de los animales. Algo muy similar a lo que Foucault (1988) llamó
poder pastoral33.

Los investigadores consideran que la vida se organiza de manera sistémica y que


a menor grado de complejidad en el sistema el azar disminuye y es más fácil de
controlar. Por eso el trabajo con modelos de tejidos se considera más preciso que
el de los modelos conductuales34. Su producción es menos exigente y más
mecánica, pero aun así requiere de una disposición corporal específica por parte
del investigador.

En el caso de Gertrudis diariamente realiza el mismo procedimiento ya por varios


años. Lo primero es preparar todos los materiales necesarios, las sustancias y los
instrumentos, todo debe estar listo para hacerlo de la manera más rápida. Se
recogen las crías de ratón de 8 días de nacidas previamente solicitadas al bioterio
y después debe extraerse su cerebro. Para quienes no estamos acostumbrados a
este tipo de procedimiento esta acción genera una impresión grotesca y
desagradable. Primero se decapitan las ratas vivas con una pequeña guillotina. El
cuerpo cae en un pequeño saco que se agita y se mancha de sangre durante todo
el tiempo en el que, alrededor de diez ratas son decapitadas y su cerebro es
extraído. Para realizar la cirugía con bisturí se desprende la piel con un corte largo

33
Este proceso de individuación al que refiere Foucault (1988) se constituiría por dos vías, el de la objetivación
y la del trabajo de sí, en el caso de los animales esta segunda resultaría compleja de pensarse, sin embargo,
la relación que establece el pastor con su rebaño en este tipo de poder coincide con el conocimiento que el
investigador debe entablar con cada individuo para poder guiar sus acciones, y su conjunción con un poder
globalizante centrado en la idea de población. Es evidente que Foucault se refiere a las sociedades humanas
bajo periodos específicos de la historia, un contexto muy distinto del cual hablo aquí, sin embargo, queda la
pregunta de si existe relación de esta forma de poder con la manera de constituirse de las ciencias biomédicas.
34
Esta diferencia también responde a criterios globales determinados por las comunidades científicas. Como
expresaron Ariadna y Estela, los modelos animales de conducta son considerados como atrasados por
comunidades científicas locales que son considerados como más integradas (Para la discusión sobre
integración a la ciencia léase: Kreimer, P. (2006). “¿Dependientes o integrados? La ciencia latinoamericana y
la nueva división internacional del trabajo”. Nómadas (Col), núm. 24, abril, Universidad Central Bogotá,
Colombia.) donde se utilizan modelos más innovadores por ser considerados más precisos. Lo que implica
reflexionar en futuras investigaciones acerca del modo en que la constitución de élites intelectuales determina
la conceptualización que se hace de los animales en función de su operatividad y el modo en que los conflictos
y flujos constituyen macroredes de conocimiento desatando conflictos y acuerdos entre actores (Kreimer.
2006) por lo que la idea de precisión estaría constituida, también, por intereses sociales y económicos y no
sólo responde a cuestiones objetivas.

128
y se abre el cráneo, se saca el cerebro y se disecciona el cerebelo, el resto es
desechado junto con el cuerpo de la rata en los pequeños sacos donde continúan
moviéndose por actos reflejos. Con un microscopio estetoscópico y mediante el uso
de pinzas y espátulas muy finas, se le quitan vasos y meninges sanguinolentos. Se
introduce en un medio con glucosa, suero fetal de bovino y butamina para que las
células se conserven con vida, para después cortarlo en pequeños cuadros, los
tejidos “Se hace picadillo”, comenta Gertrudis. Se mezcla y se centrifuga en la
máquina destinada para esta acción. El material ya separado se coloca “a baño
maría” en otro aparato para favorecer la separación celular. Se agrega un inhibidor
de la tripsina para evitar que se rompan ciertos elementos de las neuronas y se
vuelve a centrifugar, la sustancia resultante se pasa por un filtro ultrafino y el
resultado de todo este proceso serán neuronas vivas separadas de otros tejidos.
Las cuales deben sembrarse en pequeñas cajas de cristal con polimixina que
conformará una especie de maya donde las neuronas pueden adherirse.

Como puede apreciarse para conformar este modelo se requiere de un


conocimiento de las distintas sustancias e instrumentos, saber utilizarlos de la
manera correcta. El empleo de estas sustancias es el resultado de otras
investigaciones y su empleo remite a principios teóricos que predicen como se
comportarán los tejidos a partir de las distintas intervenciones realizadas. Sin
embargo, para la fabricación del modelo se puede prescindir de estos conocimientos
teóricos y cobra mayor importancia el conocimiento técnico. El entrenamiento del
personal permite que los cultivos celulares sean más estables, pues no todos los
contenedores tienen el mismo número de neuronas y muchas veces el proceso de
depuración puede fallar teniendo trazas de nervios u otros tejidos que generan ruido,
o incluso, en ocasiones, los cultivos no se logran y las neuronas mueren.

Aún a nivel celular existe cierto grado de variabilidad y el azar sigue


entrometiéndose, considerando que este entra por vía del error humano. Se tiene la
fantasía que en algún momento estos procedimientos podrán realizarse con robots
más precisos y entonces la variabilidad será reducida a cero. Un modelo ideal aspira
a ser exactamente igual a otro. Sin embargo, pareciera que en el caso de los

129
modelos de conducta esto no sólo sería imposible sino poco conveniente. La
relación humano-animal pasa a ser parte del método ya que la conducta es
imposible de volverse una constante estática.

De hecho, este estatismo buscado en el modelo es sólo ideal, es un requisito para


su matematización pues su realidad debe ser expresada en un lenguaje formal
lógico matemático, pero al mismo tiempo debe contener potencialmente el
movimiento. Si este requisito no se cumple sería porque el animal o el tejido no
estarían vivos. Las ciencias biomédicas requieren que su modelo contenga a la vida
y esta implica necesariamente variabilidad y dinamismo. En el momento del
experimento el azar debe volver a ponerse en juego, ya que la teoría debe ponerse
a prueba. Podría decirse desde una perspectiva Popperiana que:

Los experimentos se hacen para poner a prueba la teoría. Los mejores


experimentos ponen las teorías en mayor riesgo. De ahí que las mediciones
precisas deban ser los mejores experimentos, porque estos números tienen
mayor probabilidad de entrar en conflicto con las predicciones. (Hacking,
1996, p. 271).

Si bien en la cita esta medición se refiere a la parte experimental, es en el modelo


donde se elabora el ejercicio de matematización y, como he mencionado
anteriormente, es el punto que permite el contraste de las predicciones realizadas
en esta etapa con los resultados obtenidos en la experimentación. En realidad, en
la mayoría de los laboratorios más que una nueva teoría se busca desarrollar
nuevos fármacos u otros mecanismos de intervención biotecnológica. Siendo el
modelo su base y también el resultado de estos. Aprender a intervenir la vida
requiere conocer su movimiento para dirigirla35.

35
La forma en que se produce a los animales en las ciencias biomédicas parece estar dirigido a lo que
Versellone (2011) denomina como capitalismo cognitivo y que podría entenderse como “la acumulación de
conocimiento, pero con la particularidad de que es un conocimiento que nunca es un fin en sí mismo, sino
que es mediador, puede ser reintroducido en el sistema productivo para generar nuevos y más productos
cognitivos que transforman las relaciones sociales y los horizontes de acción de los individuos.” (Córdoba et.
al. 2018). Bajo esta consideración los animales no sólo son productos de consumo sino se convierten en
fábricas que se introducen en la cadena de producción. Es necesario pensar en futuras investigaciones el

130
El modelo animal, ya sea entero o mediante tejidos, ofrece esa variabilidad, esa
cantidad de azar necesaria para conocer la vida. Hasta el momento no se ha logrado
reproducir vida mediante intervenciones en el laboratorio y los investigadores se
reúsan a abandonar el uso de animales en la investigación ya que consideran que
si esto ocurre entonces aquello a lo que se refieren sus investigaciones ya no serían
a los seres vivos, y por lo tanto las tecnologías desarrolladas ya no podrían incidir
en ellos. Existe la idea que en un futuro se podrán sustituir los modelos animales
con simuladores programados con inteligencia artificial, pero entonces el azar
quedaría reducido a una serie de algoritmos. Si bien el modelo es la traducción de
la realidad a un lenguaje formal comprensible para el humano, los investigadores
saben que la matematización no es lo mismo que la vida, pues esta implica una
serie de respuestas aún desconocidas e impredecibles, lo inconmensurable. La
ciencia debe dirigirse hacia ese umbral para bordear el abismo.

De este modo el investigador más que un amo que crea los modelos desde una
posición superlativa debe imbuirse en la red de relaciones que se suscitan para
captar las distintas líneas y hacerlas converger. El modelo más que un producto
final es esa captura momentánea de una serie de relaciones y acciones de la vida
que se hacen posibles de ser medidas. El modelo animal encarna este proceso de
estandarización, es el punto en el que convergen distintas fuerzas, más que un
producto estático es un proceso de acción donde el investigador también es
modelado. La teoría baja y se mezcla por medio de distintas técnicas con las
conductas, órganos y moléculas para hacerlas medibles. El animal, o la célula,
deberá responder y moverse por el camino trazado ante las condiciones
experimentales, suscitando nuevos fenómenos, y el investigador deberá entrenar
su ojo para captar este dinamismo y construir la evidencia científica.

modo en que la constitución de modelos animales transforma el cuerpo de estos en fábricas no sólo
tecnológicas sino también cognitivas para producir, a su vez, mayor innovación en el mercado.

131
Capítulo V. La Producción Escópica De La Evidencia.
Observar Conductas Y Tejidos.

Al no distinguir esos dos principios del movimiento (el


mental y el corporal), y al ver que aquel que depende
únicamente de los espíritus animales y de los órganos
se da en los animales tanto como en nosotros, hemos
creído de manera inconsiderada que el otro, que
depende del espíritu y del pensamiento, también se da
en ellos

René Descartes.

El proceso de modelización que trabajé en el capítulo anterior produce un cuerpo


determinado en el animal, tanto a nivel material cómo simbólico. Pero, para su
inmersión dentro del campo del conocimiento científico este cuerpo debe poder ser
observado y registrado. Existe dentro de la epistemología de la ciencia (Hacking,
1996) la discusión clásica sobre si lo que observa el investigador parte de sí mismo
o es, más bien, un reflejo de la realidad; en otras palabras, si puede ser objetiva, o
no, una capacidad sensible del humano y si puede fundamentar así el conocimiento
llamado ciencia. Más que responder a este enigma epistemológico, lo que pretendo
es describir el modo en que el cuerpo se hace visible, es decir, se convierte en
objeto de la mirada. Pensando esta relación entre objeto y espectador como una
relación dual donde ambas partes se determinan en el proceso de visibilización para
conformar la evidencia científica.

Como ya lo he descrito, los roedores llevan un proceso de entrenamiento que irá


modificando sus conductas para actuar de determinada manera ante ciertas
situaciones impuestas por el investigador, y que de este modo su respuesta sea la
esperada, considerada así una constante dentro del experimento. Esta modificación
también debe ser llevada a cabo por parte de los investigadores hacia ellos mismos,
pues el proceso de estandarización también refiere a sus propios cuerpos, como lo

132
he mencionado, para poder manejar las máquinas y los animales requeridos, lo que
implica un acomodamiento corporal y subjetivo, donde se entablan redes de acción
encaminadas a un mismo fin. Este proceso involucra de manera especial el ojo del
investigador, ya que debe ser capaz de registrar con precisión lo que ocurre al
momento de la experimentación y previo a ella.

Si un lego como yo entra a un laboratorio al momento del entrenamiento de las ratas


que serán consideradas expertas sexualmente, observará a los roedores ejecutar
una serie de conductas que, al notarlo, son de apareamiento, sin embargo, muchas
acciones pasarán desapercibidas y no entenderá por qué los investigadores hacen
anotaciones en diferentes momentos. Tratando de entenderlo, el lego notará que
esto ocurre cada vez que la rata macho monta a la rata hembra, sin embargo, no
ocurrirá en todos los casos ¿Qué es entonces lo que están registrando? ¿Cómo
ellos logran ver algo que un lego no hace?

La respuesta a la segunda pregunta tiene que ver con el entrenamiento que tienen
los investigadores y con el cuál yo no contaba. Este acto se realiza generalmente
por medio de la enseñanza de otros investigadores, ya sean los técnicos del
laboratorio o estudiantes de grados más avanzados. En el caso que acabo de
describir, de las ratas sexualmente expertas, lo que los investigadores registran es
el número de veces que una rata logra eyacular y en cuánto tiempo lo realizan. El
tiempo que dura una rata macho montando a una rata hembra antes de eyacular
dura sólo unos segundos, y el investigador debe poner atención en detalles de su
conducta que indiquen que la eyaculación ocurrió puesto que muchas veces la
monta no llega a este momento. El investigador debe poner atención a si en la monta
ocurre en las hembras la conducta llamada lordosis que consiste en un arqueo de
la espalda, si esta no se da es muy poco probable que haya habido intromisión del
pene, pero que esta haya ocurrido no es suficiente prueba para la eyaculación pues
puede haber una sin la otra; para esto se debe poner atención en si la rata macho
es despedida hacia atrás. Este acto es en realidad muy rápido y para mí fue
imperceptible hasta después de observarlo repetidas veces. Para esto Karen nos

133
da un consejo muy útil: “si te fijas, cuando suena el aserrín generalmente es porque
la rata macho se echa para atrás, entonces es más fácil registrarlo”.

En este entrenamiento que presencie, Karen le pidió a su aprendiz, estudiante de


maestría, que registrara el número de intromisiones con eyaculación en un
determinado periodo mientras ella haría lo mismo y así compararían los resultados
de ambos para saber cuántas veces omitió anotar o si anoto de más; considerando
que el registro de Karen sería el más apegado a la realidad. Me pidieron hacer lo
mismo puesto que en mi caso no contaba con ningún tipo de entrenamiento previo
en ello, era la primera vez que observaba a dos ratas copular. El resultado fue más
o menos el esperado, de once veces que Karen registró, su aprendiz sólo registró
seis y yo dos. Ella nos comentó que es difícil al inicio, pero con la práctica su
aprendiz se daría cuenta más fácilmente. En tono de broma mencionaron que yo
era el grupo de control, es decir, similar a las ratas que no tienen alteraciones, sino
que entran en blanco al experimento para comparar con las ratas que han sido
modificadas o entrenadas. Ante este comentario les pregunté ¿Cuál es la
diferencia? Pensamos un poco y Karen dijo que en realidad no había ninguna y
reímos. Lo cierto es que el proceso de estandarización que modifica los cuerpos de
las ratas no es tan distinto al que modifica los cuerpos de los investigadores.

Si bien el órgano principal que debe ser entrenado es el ojo, en realidad es una
predisposición corporal más elaborada la que se requiere para poder observar de
este modo. Como lo he descrito el sonido también es importante, la integración vista
y oído a la hora de registrarlo. Pero este consejo, comentan los investigadores, no
está en ningún libro, sino que tiene que transmitirse de manera interpersonal. Las
relaciones que se establecen entre distintos órganos sensoriales, así como entre
estos y la selección mental y las ejecuciones cognitivas necesarias llevan detrás
también una red de relaciones interpersonales e interanimales que lo posibilitan,
donde el objeto no se encuentra sólo en la percepción sino que se constituye en la
interacción ecológica del medio36. Este tipo de relaciones, de transmisión de

36
Tal como lo comenta Ingold respecto al fenómeno de percepción que plantea Gibson. Véase: Ingold, Tim
(2000). The perception of the environment: essays on livelihood, dwelling & skill. New York: Routledge

134
conocimiento, de entrenamiento, de supervisión, se llevan a cabo de manera similar
entre los humanos y los roedores, pues no se trata sólo de observar como si el
investigador fuera un naturista en tierra virgen, sino más bien, él participa
activamente de la producción de eso que está observando, en conjunto con otros
actores, incluso no vivos. Como la caja transparente que limita el movimiento de las
ratas para facilitar su contacto, pero al mismo tiempo permite que los investigadores
observen. La observación de este modo es un acto de convergencia que es un
producto de ciertas relaciones más que una luz que captura cierta imagen para su
registro.

Ya en la experimentación es la mirada del investigador la que otorga un estatuto de


evidencia al acto generado en el laboratorio. A diferencia del entrenamiento, el
registro se realiza a través de fotografías y videos para evitar, supuestamente, un
sesgo individual y que pueda analizarse objetivamente. En el caso de Ariadna, ella
coloca en la caja a la rata macho que fue preparada desde su concepción mediante
el bloqueo de hormonas en la madre para incrementar su tendencia a una
preferencia homosexual. Esta caja tiene tres compartimentos separados, en el de
la derecha se encuentra una rata sexualmente experta entrenada previamente
amarrada a un arnés que impide su movimiento a los demás compartimentos; en el
de la izquierda está una rata hembra en celo inducido por hormonas inyectadas
previamente y también amarrada a un arnés. En el de en medio se coloca a la rata
macho posiblemente homosexualizada para ver a cuál de los compartimentos
prefiere ir. En algunos casos la rata sujeto preferirá ir con el macho sexualmente
experto y ser penetrado por este. De este modo, se mide su preferencia por medio
del número de veces que la rata entra a alguno de los dos compartimentos. Un
software registra el número de veces que esto ocurre, pero este no puede analizar
caso por caso lo que hace la rata cuando entra a cada compartimento, para esto es
necesario que el ojo de la investigadora registre si la rata copula, tiene eyaculación
o no, si la rata macho realiza lordosis para provocar al otro macho, o si sólo se
acerca a la otra rata sin interés sexual. Estas conductas son registradas por el video,
para que cualquier otro investigador pueda ver esta evidencia y asegurarse que fue

135
registrada correctamente. Investigadores que también debieron ser previamente
entrenados para poder ver estas conductas.

Posteriormente esta rata será ejecutada y su cerebro rebanado para poder observar
distintas características cerebrales. Entonces aparecen otros aparatos: el
microscopio que amplía la imagen y la hace visible, y una cámara fotográfica que
conformará el registro de cada una de las imágenes. El entrenamiento del
investigador también consiste en saber usar estos aparatos e interpretar las
imágenes que producen. Yo como un lego, al observar por la mirilla del microscopio
sólo pude observar manchas, que se fueron haciendo menos borrosas conforme
Ariadna manipulaba las lentes para enfocarlo mientras me explicaba cuáles eran las
estructuras cerebrales que se observaban, así como las proteínas que son teñidas
para poder verse. Estas imágenes, obtenidas mediante la técnica llamada
inmunohestoquímica, son elaboradas con los tejidos obtenidos del cerebro de la
rata y distintas sustancias y tinturas, lo cual es elaborado, en este caso por Rosa la
técnico del laboratorio. Se trata de un trabajo manual en el que se elaboran distintas
imágenes que serán analizadas como evidencia. Para esto es requisito la
preparación empírica para aprender a manipular los distintos materiales y obtener
el resultado deseado, como Rosa lo expresa “uno se vuelve experto en inmunos
hasta después de hacerlas, y así uno va haciendo ver lo queremos ver”.

Para realizar este procedimiento debe producirse la imagen antes de fotografiarse.


Previa a la captura de la luz por parte de la fotografía deben fijarse las sustancias
orgánicas, pues deben detenerse los procesos biológicos para que queden fijados
y puedan extraerse sin que se altere su composición. Para esto, inmediatamente
después del experimento, que en este caso es para determinar la preferencia de la
rata macho por uno u otro sexo, esta es anestesiada para realizarle un proceso de
perfusión, que consiste en poner un catéter directo a la aorta en el ventrículo
izquierdo del corazón para extraer toda la sangre, casi al tiempo que se introducen
otras sustancias, una para limpiar la sangre y otra para fijar los procesos orgánicos.
Al abrir el tórax del animal este muere, pero su corazón sigue latiendo así que de
este modo es posible realizar ese procedimiento sin que ciertas funciones colapsen

136
por completo. Después de un periodo de postfijación de 24 horas, en donde el tejido
se deshidrata con sacarosa, se rebanan los cerebros para obtener un corte en una
sustancia crioprotectora dentro de una caja de Petri y al final se coloca una resina
protectora que evitara la degradación del tejido. Antes de esto se agregó una
sustancia cuya misión es reaccionar ante determinadas moléculas presentes en el
tejido y así poder colorearlas, haciendo ver puntos de un color contrastante con el
fondo e identificar de manera cuantitativa cuantas reacciones se suscitaron en el
cerebro de la rata antes de morir. En este caso se analizaron receptores de
estrógenos y andrógenos y se observaron los distintos puntos que se tiñeron para
medir la cantidad de estos en el cerebro de una determinada rata, así como analizar
las áreas donde se encontraron. De este modo se realiza un barrido por todo el
cerebro, es decir, cada área del cerebro es localizada y rebanada hasta obtener una
representación total del cerebro. Si bien el cerebro es un órgano con un volumen
determinado, las imágenes que se obtienen son bidimensionales, por lo que se
realizan cinco cortes de la misma área con la finalidad de obtener una
representación más parecida a la tridimensional al juntar estos cortes. De este modo
se obtienen tres imágenes, una en la caja de Petri observable por medio del
microscopio, otra es la fotografía que se realiza y que se analiza por medio de un
software para calcular la totalidad del área iluminada, y por último una gráfica que
determinará las variaciones de los distintos receptores de acuerdo con la
preferencia sexual de la rata.

Si bien se trata de un proceso técnico y estandarizado que busca obtener una


representación del cerebro y sus procesos orgánicos que sea lo más fidedigna
posible con lo que ocurre en el ser vivo, su producción requiere un trabajo artesanal,
en el sentido que se ha elaborado anteriormente, pues requiere que la
investigadora, o en este caso la técnica, adecue su procedimiento a las
características de cada material y vaya de acuerdo con lo que se desee hacer
visible. El resultado depende de su destreza para iluminar determinadas zonas del
cerebro.

137
Rosa me muestra dos imágenes, en una se observa de manera clara las líneas de
la estructura del tejido cerebral, el contraste de estas con el fondo y los puntos
iluminados es muy evidente, mientras que en otra imagen el contraste es mucho
menor y el tejido cerebral es casi imperceptible. Ella me comenta que la diferencia
tiene que ver con la velocidad con la que se realiza la perfusión y la cantidad del
reactivo que tiñe los receptores, pues ambas alteran la degradación de los
materiales que desean verse. Por eso es importante evitar cometer errores, las
cantidades son tan pequeñas que su manipulación requiere, no solamente un
desarrollo motriz muy fino, sino también un estado emocional óptimo “Tienes que ir
muy bien anímicamente porque debes estar muy concentrado porque todo tiene que
ser exacto.” Las emociones, así, son consideradas como una variable más que debe
controlarse para lograr la estandarización, pues esta puede ocasionar el error, sin
embargo, en la práctica esta es inevitable, por lo que más bien busca reducirse “Por
ejemplo yo en un día hago inmunos de distintas muestras porque así se distribuye
el error, no es lo mismo que en una sola muestra te equivoques cinco veces a que
sea una vez en cinco muestras, eso ayuda a que el error sea menor”.

Esta exactitud responde a la idea de minimizar los errores para realizar el


procedimiento de la manera correcta, siguiendo los pasos estandarizados que
vienen en los manuales. Pero, como he comentado, también son necesarios ciertos
desvíos del camino trazado para adecuarse de una mejor manera a las
características propias de los materiales y conseguir el objetivo principal que es
generar una imagen determinada. Rosa hace una analogía con la actividad
gastronómica “Al final lo que hacemos es una receta, y como en toda receta tú le
agregas, que un poco de sal, que un poco de pimienta, para que quede mejor, al
final hacemos lo mismo, pero le vas cambiando un poco, eso sí, debes registrarlo
todo para que sepan cómo lo hiciste y puedan volver a hacerlo, es decir debe ser
repetible, pero sobre todo es mejorable, la receta te sirve de base pero la vas
mejorando, y por sí misma no alcanza, por ejemplo en el manual te dice: agrega dos
miligramos de esto, pero no te dice que lo tienes que hacer poco a poco y por partes
para que no se precipite. Todo se mejora con la práctica,”

138
En la expresión anterior de Rosa, se aprecia la idea clásica de replicabilidad y
perfectibilidad de la ciencia, sin embargo, lo que nos interesa es el modo en que
esto aplica para la producción de la evidencia. Es decir, la imagen que se busca
generar no es nunca definitiva y depende no sólo de la intención de quien la elabora,
sino de su destreza para producirla en la interacción con otros materiales. Esta
habilidad se desarrolla con la experiencia mediante la repetición de la acción que
permite ir conociendo los materiales, sus características, así como las herramientas
que se emplean y su forma de abordarlas. Sin embargo, aunque se tiene la idea
que esta repetición tiende hacia una mayor estandarización de la acción y que esta
pueda repetirse una y otra vez cada vez de manera más homogénea disminuyendo
el error, lo cierto es que siempre debe haber un espacio para la improvisación al
tratarse de situaciones que pueden variar y que, por lo tanto, también deben
responder ante esas variaciones. Rosa me comenta que, por ejemplo, las hormonas
antes de ser suministradas deben diluirse en diclorometano con dos gotas, pero que
después de más de mil veces de hacer este procedimiento notó que el tiempo entre
una y otra gota era crucial para que la hormona no se precipitara, o en otro caso,
ella modificó la cantidad señalada en el manual del antígeno que se coloca en la
muestra para lograr un mejor contraste en la imagen. La cantidad incluso depende
del laboratorio de donde provengan los antígenos pues estos muestran variaciones
muy pequeñas pero que interfieren en la producción de la imagen.

Que la imagen sea producida y no develada sin duda posiciona la discusión dentro
de la pregunta epistemológica de si lo que se observa es real o no lo es. Más que
adentrarme en este interminable debate epistemológico, al igual que Hacking (1996)
me pregunto sobre las condiciones de posibilidad que generan el fenómeno, que en
este caso es una imagen, ya que esta intervención en la realidad, como él la llama,
es posibilitadora del conocimiento más que una limitante. Aunque difiero con el autor
al pensar que la intervención es realizada por un sujeto sobre un objeto, mi interés
se dirige en otra dirección, al preguntarme por el modo en que diferentes actores,
incluyendo el investigador, las ratas, sustancias y máquinas, participan de esta
producción.

139
Hacking (1996) hace mención del microscopio como creador de fenómenos que no
serían posibles sin este aparato, pues su misión no es amplificar nuestra vista, en
el sentido que la imagen producida sería la réplica en una escala mayor de lo que
nuestro ojo percibe. Lo cierto es que, esa imagen que genera el microscopio es
producida por un fenómeno de la luz que es distinto al que genera nuestro órgano
ocular. Es decir, el aparato genera una imagen propia que nosotros podemos
interpretar por medio de nuestra vista. Sin embargo, esto no implica que lo que
observamos como resultado final sea algo creado exclusivamente por el
microscopio y, por lo tanto, distinto de la realidad del espécimen, sino que este
suscita un fenómeno donde diferentes ondas interactúan con este para rastrear sus
contornos, formas y texturas. Hacking (1996) cita un manual para microscopistas de
Slayer donde lo definen del siguiente modo: “la imagen ha de ser un mapa de
interacciones entre el espécimen y la radiación que crea imágenes”. (p. 229)

Si consideramos esta imagen como un mapa, el investigador se convierte en un


explorador que va rastreando distintos elementos para conformar imágenes que den
cuenta de algo. Como plantea Harley (2005) existe una perspectiva positivista del
uso de los mapas como una perspectiva objetiva del mundo, y de la cual, los
investigadores hacen uso en sus propios discursos. Sin embargo, también como el
mismo autor plantea, los mapas pueden ser vistos como una forma de conocimiento,
ya que su análisis se basa principalmente en el contexto, que por un lado está
sustentado en la matriz de pensamiento que generó este modelo, y por otro, en las
fuerzas, interacciones y agentes que lo posibilitan. Aún en la segunda perspectiva,
el realismo (del cual el autor intenta tomar distancia) no deja de exceder, por mucho,
el encuadre propio de la imagen cartográfica, es decir, la imagen opera como un
punto de intersección, producido por distintas instancias. El mapa es un
enmarañado dinámico y no una captura fija del mundo.

En este sentido, la imagen producida por un microscopio expresa, más que una
imagen directa del espécimen, las distintas relaciones que este produce en el
encuentro con la luz. Estas son posibilitadas, a su vez, por una matriz de
pensamiento que busca visibilizar algo. Los tejidos de la rata, cortados

140
micrométricamente, son, en realidad, transparentes. No reflejan la luz y un
microscopio convencional no da cuenta de estos ante el ojo humano. Por este
motivo es que deben teñirse para señalizar donde se encuentran sus diferentes
terminaciones. En el caso de Rosa ella debe inocular las tinturas y reactivos. La
imagen que produce debe ser convincente para otros. Ella sabría, por analogía, que
el corte corresponde a una determinada parte del cerebro, para esto ella registra
cada corte de acuerdo con un atlas cerebral que señala las coordenadas de cada
uno. Pero, si algún investigador desea observar sus muestras, el mero registro de
Rosa no es suficiente, debe cerciorarse por sus propios ojos que el tejido sea el que
corresponde con la coordenada. Entonces observaría los contornos cerebrales por
medio del microscopio para ver que esta muestra es real. Un lego lo que cree
observar son los tejidos y proteínas del cerebro, cuando en realidad observa la
relación entre distintas sustancias que fueron posibles por toda una elaboración
manual minuciosa, una intencionalidad de un grupo de investigadores y cuya
imagen relata un mundo microscópico que no es propiamente el nuestro, sino que
es contado por una máquina.

Así para Beatriz, quien estudia la muerte neuronal en el laboratorio de fisiología


celular, el microscopio ofrece aproximaciones parciales de un mundo prácticamente
inaccesible “Por eso necesitamos diferentes técnicas, para aproximarnos a lo que
realmente está pasando en la neurona, así observamos desde diferentes
perspectivas, lo que debemos tener claro los que nos dedicamos a la ciencia es que
lo que vemos en el microscopio no es la realidad del organismo, la neurona la
estamos sacando de donde deberían estar y un organismo es siempre más
complejo. En el departamento de microscopia hay microscopios que no necesitan
la luz, que es algo que también se notó afectaba los resultados, incluso a las ratas
pequeñas les podemos poner electrodos o hacer que el cerebro esté funcionando
mientras lo observamos aunque esté fuera de la ratita, todo eso lo hacemos aquí
para ver cómo funciona una neurona, pero observarla sin intervenir sería mucho
más complejo, no creo que se pueda, pero la célula tiene sus propios procesos
independientes del organismo y eso es lo que podemos conocer.” Beatriz, al
parecer, tiene una visión naturalista de la realidad cercana a la objetividad, sin

141
embargo, en sus palabras también recalca un aspecto importante que hemos
señalado: el microscopio genera imágenes diferentes de una misma cosa de
acuerdo con sus propios procesos. Más que develar la realidad como si se tratara
de iluminar algo ante nuestros ojos, muestra distintas formas de relación con el
espécimen que nuestros ojos no podrían captar de otro modo. Siguiendo, en parte,
la reflexión que inicia Beatriz, podríamos decir que la imagen que nos muestra el
microscopio es una realidad aparte. Pero esto no implica que la representación que
genera el microscopio este disociada de la realidad, como una perspectiva
positivista afirmaría (Hacking, 1996). Más bien se trata del modo en que se
interviene lo que posibilita una determinada forma de conocimiento.

Tanto Beatriz como Rosa son exploradoras, al mismo tiempo que creadoras, de este
mundo bioartefactual, siguen rutas dejadas por otros investigadores y, al mismo
tiempo, buscan nuevos caminos para configurar nuevos mapas. Pero esta destreza
para generar mapas no ocurre como un mero acto imaginativo sino también
depende de la relación que ellas establecen con los tejidos, sustancias y máquinas.
Como Rosa expresaba, esta habilidad proviene de la práctica más que de un
conocimiento teórico, incluso ella refiere a que sólo se necesitan conocimientos
básicos de química y biología “pero hasta tú podrías hacerlo, si te explico cómo y lo
vas practicando, poco a poco te va a ir saliendo mejor.” Mientras que, en el caso de
Beatriz, ella lleva sus muestras al área de microscopía donde cuentan con un
aparato Confocal Zeiss LSM800, que puede producir imágenes tridimensionales y
en movimiento, mediante escáneres de distintos tipos de rayos que logran
interactuar con moléculas más pequeñas, obteniendo imágenes con una resolución
mayor a cualquier microscopio convencional. Es el microscopista el que realiza una
serie de acomodos mediante un software para poder producir las imágenes que
Vanesa le solicita para sus requerimientos. Las sustancias que se administran al
tejido deben ser específicas para reaccionar con el tipo de rayos que genera el
microscopio. Si bien, el microscopio devela moléculas que ningún ojo podría ver
jamás, es posible siempre por una forma de intervención que los sujetos realizan.
La evidencia en este sentido no es solamente una forma de constatar la realidad,

142
sino una forma de intervención sobre ella. En otras palabras, las imágenes ofrecen
información, más que un veredicto, y esta información se obtiene interviniendo.

Entonces toma mayor relevancia la práctica que ellas realizan que la imagen en sí
producida como forma de evidencia, como explica Hacking (1996) “La práctica -me
refiero en general a hacer, no a ver- desarrolla la habilidad para distinguir entre los
artefactos visibles de la preparación o el instrumento, y la estructura real que se ve
con el microscopio. Esta habilidad práctica genera convicción.” (p. 228). Poder
diferenciar entre las características que remarcan las sustancias y los aparatos y las
características propias del espécimen, no se basan en lo que la imagen devela sino
en cómo se produce esta, en cómo el investigador conforma una red de relaciones
para bordear su objeto y aprender qué es lo que este le regresa en ese encuentro.
Por eso, si bien para un lego como yo, una imagen perfectamente definida del
cerebelo con partículas iluminadas (figura 1) ofrece una evidencia más creíble sobre
aquello que muestra, para los investigadores como Beatriz, tiene el mismo valor una
serie de líneas difusas obtenidas por un RCP para conocer el RNA neuronal (figura
2), pues ambas son tipos de aproximaciones. Son formas distintas de intervención
y, como tal, ambas son maneras de establecer una relación con el espécimen, es
decir, son formas distintas de conocimiento.

Las imágenes que genera el microscopio no son fijas, la lámina del cerebro
rebanado necesita colocarse en el microscopio, es decir, se necesita un actor que
lo coloque para producir esa imagen y luego, al retirarlo, esta se esfuma. Este tipo
de interacciones deben quedar fuera de la escena para sostenerse como evidencia
científica, pues esta requiere cierta fijeza. Por un lado, la extracción de información
numérica y su graficado cumplen con este requisito. Sin embargo, previa a esta
operación, es requisito el uso de la cámara para otorgar esta idea de fijeza a las
imágenes. La fotografía ofrece un registro que conforma la evidencia, pero también
la condiciona. Para la autora Kaja Silverman (2009), la cámara representa el “triunfo
del ojo” porque

confirma las leyes de la perspectiva que desde hace tanto tiempo constituyen
la norma occidental de visión: porque muestra lo que hemos aprendido a

143
aceptar como la realidad. Representa la tumba del ojo porque la produce un
aparato capaz no solo de ver esta realidad de un modo más preciso, sino de
hacerlo autónomamente. En este respecto la cámara podría decirse que no
tanto confirma como desplaza la visión humana de su aparente lugar de
dominio. (Silverman, 2009, p.138)

Siguiendo estas reflexiones la cámara más que representar una identidad entre el
ojo y la fotografía permite una perspectiva separada del espectador que la produce,
lo que genera una ilusión aún mayor de neutralidad. Por este motivo las fotografías
que genera Rosa pueden ser procesadas por un software que mide los puntos
reactivos para graficarlos. El procesamiento maquinal de la información liberaría de
los sesgos subjetivos que el ojo, como órgano humano, podría generar. De este
modo el proceso de construcción de la evidencia queda en un tercer plano,
prácticamente invisibilizado. Pero, también, por este motivo, para Beatriz las
distintas imágenes no son garantía de que aquello que muestran las diferentes
técnicas microscópicas sean la realidad tal cual es, sino más bien conforman una
realidad propia. Y es que Beatriz no desconoce el proceso de construcción. Al
intervenir para producir las imágenes ella puede salir, aunque sea parcialmente, de
la ilusión fotográfica, pues el ojo percibe una realidad no solamente en movimiento,
que dista de la fijeza fotográfica, sino también se enlaza con su cuerpo para producir
esas imágenes, con sus manos que mueven, diseccionan, juntan, su olfato que
percibe las sustancias químicas, su disposición emocional que debe controlar (y,
por lo tanto, conocer), etc. La evidencia no es estática ni definitiva sino un proceso
de construcción del cual el investigador forma parte, y las máquinas que generan
imágenes son también sólo un fragmento, incluso el resultado final generado por el
software no es definitivo, como Beatriz lo expresa:

Es como el cáncer, estamos muy lejos de encontrar una cura, porque sólo
podemos conocerlo parcialmente, y el cáncer es mucho más complejo. De
hecho, aunque encontremos la cura nunca vamos a dejar de aprender cosas
nuevas, seguramente habrá nuevas formas porque el cáncer depende mucho

144
del ambiente, entre otras cosas. Por eso la investigación es una tarea
interminable, lo que yo hago va a contribuir a que otro siga investigando.

Silverman (2009) siguiendo su reflexión sobre la cámara agrega algunas nociones


lacanianas como los de pantalla y mirada para argumentar que la cámara no
solamente se constituye como una forma hegemónica de mirar sino también
conforma subjetividades en las que el sujeto se enmarca a sí mismo bajo la
producción de este aparato. En el caso de la evidencia científica podríamos notar
como la evidencia no solamente constituye una realidad para los otros, sino que
además coloca al investigador como detentor de una verdad. De alguna manera su
corporalidad se acopla y responde ante la producción de los requerimientos de la
imagen, pero también sería simplista decir que entonces la cámara determina y
condiciona la producción de evidencia. Más bien:

La cámara no es tanto una máquina, o la representación de una máquina,


como un complejo campo de relaciones. Algunas de estas relaciones son
extrínsecas a la cámara en cuanto aparato tecnológico, otras son intrínsecas.
Esto es, algunas se siguen de su emplazamiento en un campo social e
histórico más amplio, y otras derivan de su particular lógica representacional.
(Silverman, 2009, p.146)

Así que, no solamente los distintos tipos de microscopios generan diferentes tipos
de representaciones de un espécimen, sino que también requieren distintos
procedimientos, distintos tipos de relaciones que las produzcan, lo que incluye el
espécimen mismo, sus cuidados y producción, así como la propia subjetividad del
investigador, su contexto inmediato y el más amplio37. Esto se hace aún más

37
En este sentido es necesario también considerar la legitimidad que se conforma a través del uso de
imágenes dentro de las comunidades científicas, pero también pensar el modo en que estas responden a
intereses más amplios referentes a la producción del conocimiento en los centros y las periferias. Como
mencioné el modelo de conducta animal es considerado por algunos investigadores como atrasado pues este
carece de exactitud, se percibe como muy inestable, respecto a modelos más avanzados que permiten analizar
al animal en sus partes más elementales, como neuronas y genes, así como la capacidad para que estos
puedan seguir funcionando prescindiendo de la vida del animal, lo que se consigue no sólo mediante tejidos
celulares sino también mediante energía eléctrica en el caso de las neuronas y ciertos sistemas fisiológicos, o
introduciendo instrumentos en los animales para ver su funcionamiento en vivo. Sería necesario indagar en
futuras investigaciones el modo en que esta concepción de lo animal, que es establecido por agendas
internacionales, constituye o no una mayor integración del conocimiento al mercado. Para ampliar la discusión

145
evidente cuando el espécimen es un animal vivo y no sólo un tejido desprendido de
él. Como lo mencioné al inicio de este capítulo, la observación de su conducta es
registrada en este caso por una cámara de video, lo cual también es procesado por
un software para su matematización. La búsqueda de objetividad es la misma que
en las fotos de los tejidos, sin embargo, los investigadores refieren a que el trabajo
con conducta requiere una disposición muy distinta por parte de los investigadores,
pues los animales además de ser mucho más impredecibles, como lo he referido
con anterioridad, requieren una disposición emocional más exhaustiva. La cuestión
aquí es que esta relación también configura las imágenes que se producen al
respecto y que en este punto no puede omitirse la participación de la subjetividad
en el diseño de las imágenes. En este sentido es útil el término que Silverman (2009)
rescata de Lacan acerca de la mirada como un elemento importante en la
configuración del mundo subjetivo. “La mirada representa el punto desde el cual
irradia la luz y la presencia de los otros en cuanto tales.” (p. 143) pues esta introduce
la constitución simbólica de la otredad38. Esto nos dirige a preguntarnos como se
constituye esa otredad en la mirada científica, entendiendo esta no sólo como un
efecto óptico del ojo, sino considerando esa serie de relaciones y articulaciones con
la cámara como sostén de la veracidad de la evidencia.

Esta problemática como reflexionan, Daston y Galison (2007), remiten al uso de la


cámara en el siglo XIX donde la objetividad de esta se enfocaba en una especie de
imagen mecánica de la realidad sin intervención humana, y que fue remplazada a
finales de siglo por la búsqueda de funciones estructurales que pudieran dar unidad
a las casi infinitas variables entre los distintos especímenes. Sin embargo, es hasta
el siglo XX donde se define una forma de objetividad, la del juicio entrenado, donde
el científico debía aprender a diferenciar las irregularidades como un médico lo hace

respecto al centro y la periferia, así como la integración de comunidades científicas dentro del capitalismo
cognitivo, véase: Kreimer (2014), Matharan (2016) y Córdoba et. al. (2018).
38
Como ya expliqué en la introducción, para Lacan (1960) esta otredad hace referencia al espacio simbólico
como propiamente humano, sin embargo, en el ejercicio científico que describo aquí, considero que el animal
también hace parte de este, pues no existiría una concepción del humano como tal sin la participación de los
animales, más allá de la ipseidad que Lacan atribuye a los animales a partir del concepto de imaginario
(Derrida. 2010). Quedaría por explorar el concepto de Real en Lacan podría generar un descentramiento de
este aspecto antropocéntrico en su obra.

146
en una radiografía para discernir los estados normales de los patológicos. En este
caso la fotografía al mismo tiempo que permite el análisis estructural de los distintos
patrones neuronales representa también la infinidad posible de variaciones de
acuerdo con la diversidad que representa la vida, como otredad. Es por esto por lo
que es el ojo del investigador el que debe de aprender a diferenciar las desviaciones
al estándar más allá del instrumento que registra la imagen.

Por ejemplo, la observación de la conducta en la etología ha permitido generar una


visión de esta en términos científicos, donde uno de los principales errores que han
buscado resolverse es la antropomorfización de los animales, es decir, se busca
evitar inferir características humanas a los animales por medio de la interpretación
de sus conductas, buscando conocer los procedimientos comportamentales propios
de los animales; sin embargo esta visión oculta, de algún modo, la visión occidental
tanto de excepción humana como de objetivismo puro (Caicedo. 2017) pues genera
una escisión tajante entre humanos y animales como también oculta el lugar del
observador desde donde ejerce la objetivación de lo que observa, reproduciendo la
idea cartesiana de que mientras el Sujeto humano actúa en relación con una
voluntad, el animal sólo reacciona como un autómata (Ingold, 1994).

Como mencioné en capítulos anteriores esta antropomorfización de los animales es


vista, por los investigadores, como un obstáculo y debe evitarse. Sin embargo, para
Caicedo (2017) esta, en realidad, forma parte de la etología y constituye no sólo un
punto ético sino también epistemológico pues la observación etológica requiere de
puntos de referencia que permitan una comprensión del lugar desde donde se
observa, es decir, implica un cuestionamiento recurrente a lo que es considerado
como humano. Este ir y venir entre lo humano y lo animal ha permitido la
conformación de nuevas teorías en etología. Si bien, los investigadores con quienes
trabajé no se dedican propiamente a la etología, como lo mencioné al inicio,
requieren un entrenamiento propio para lograr observar la conducta de los animales.

Lo que por un lado implica una habituación del investigador a las condiciones del
laboratorio y un acompañamiento constante a los animales. Como Rosa comenta al
respecto: “Pues tú los cuidas, prácticamente desde que nacen, los vas conociendo,

147
y vas conociendo sus respuestas, así cuando una sale de lo normal te das cuenta,
tú para darte cuenta de los detalles tienes que pasar mucho tiempo para saber que
algo no anda bien.” O como Ariadna menciona:

pues son tus ratas y las conoces, antes de hacer el experimento debes
conocerlas para saber que sí lo harán como esperas, aunque también hay
conductas inesperadas muy pequeñas que hacen y te das cuenta porque
estás acostumbrada a ver muchas ratas y sabes cómo se comportan, y que
puedes investigar más adelante y puede ser un descubrimiento, como por
ejemplo hay ratas con preferencia homosexual que he visto que hacen
lordosis, o sea se arquean como hembras, eso es algo que no se ha
registrado mucho.

Por otro lado, este acompañamiento que permite aprender cómo se comportan,
implica también aprender cómo es que perciben las ratas. Estas no son objetos
pasivos, sino que también regresan la mirada. Los investigadores son estímulos
para las ratas, y necesitan adecuarse a estas, aprender a comportarse ante ellas
para condicionar sus respuestas. También como he mencionado anteriormente, los
investigadores consideran que ellos deben convertirse prácticamente en seres
neutros para las ratas, es decir, que ellos no condicionen sus respuestas, que no
sean estímulo dentro del experimento. Al igual que ante la cámara, ante las ratas,
ellos deben de invisibilizarse, salir de las relaciones que configuran la realidad del
experimento para que este actúe de manera autónoma a ellos. Esto se trata, en
realidad, de una posición subjetiva que conforma la escena, de la cual los
espectadores también formamos parte y muchas veces lo creemos. Me pregunto si
de alguna manera yo también trataba, en ocasiones, de pasar desapercibido al
negar, por ejemplo, cualquier rastro de animalismo, o al tratar de integrarme y
confundirme con los sujetos de mi campo, incluso para no perturbar los
experimentos con los animales. De algún modo se establece la ficción que para
observar se debe hacer desde un lugar externo, pero al mismo tiempo en mi campo
experimentaba la necesidad de entrar en este, de sentirme adentro para
comprender las relaciones que se suscitaban. Respecto a esto también me surgen

148
las interrogantes ¿De qué manera registrar la forma en que nosotros afectamos e
intervenimos al campo? ¿Es posible? ¿Sería necesario hacerlo? ¿Mi posición de
observador en una investigación es irremediablemente objetivante?

Sin embargo, la realidad de la que quiere dar cuenta la investigación biomédica con
estas ratas es la del cuerpo humano. A diferencia de mi investigación donde la
dificultad radica en pensar a los animales desde mis referentes humanos, la
evidencia producida en los laboratorios debe apuntar en la dirección contraria, y la
credibilidad de la escena se sostiene en la extrapolación entre humanos y animales
para dar cuenta del humano a través del cuerpo de un animal. Se trata sobre como
una rata cupulando puede hablarnos de nuestra realidad. Después de todo, en este
acto que se construye en el laboratorio, los animales también devuelven la mirada
generando interrogantes que deben tratar de resolverse.

149
Capítulo VI. Diferencia Y Similitud. La Producción De La Otredad Animal En
El Laboratorio.

El humano es una máquina natural sometida a la sucesión


estricta de causas y efectos, teniendo como propiedades
naturales el desear y obrar, es decir, deliberar y moverse en
función de la primera circunstancia que es el deseo.

Thomas Hobbes.

Dentro de la práctica de experimentación con roedores surge comúnmente la


pregunta sobre la extrapolación entre humanos y ratas, es decir, el modo en que
ciertas características son compartidas entre ambos y, por lo tanto, se puede
deducir que, si ocurre de este modo en determinada especie animal, ocurriría de
modo similar en el humano. Al mismo tiempo, esta similitud está delimitada por una
diferenciación entre la humana y el resto de las especies, lo que permite su
justificación ética. Mi interés en este capítulo es el de comprender los procesos de
similitud-diferenciación que se establecen entre humanos y animales no humanos,
en este caso con ratas. Parto de la idea que estos procesos no sólo se establecen
desde el saber de la biología, sino que es posible identificar como se llevan a cabo
de manera relacional, donde la biología es un saber que debe ser interpretado y
puesto en acción para llevar a cabo el ejercicio de experimentación. Por muy
protocolario que pueda resultar este proceso debido a las exigencias del método
científico, se trata en realidad de un proceso de creación que debe de resolverse en
el encuentro con otros humanos y no humanos y cuyo resultado, aunque predecible
hasta cierto punto, no está dado de antemano. Es decir, la similitud-diferenciación
entre humanos y animales no humanos no es tan sólo un a priori teórico del que
parte la experimentación, sino que esta debe actualizarse de algún modo a partir de
las relaciones que se llevan a cabo para que el científico pueda producir un
conocimiento nuevo al respecto. Es, por lo tanto, por medio de las ciencias sociales
desde donde podremos abordar la cuestión, sin que por ello se trate de aplicarlas,

150
sino que se hace necesaria una revisión crítica que nos permita abordar la cuestión
sin caer en un reduccionismo epistemológico.

Como hablé de ello en el estado de la cuestión, disciplinas como la antropología


estudian particularmente la relación entre humanos y no humanos, de manera tal,
que se descentra la diferenciación jerárquica entre ambos, aunque la mayoría de
las investigaciones son llevadas a cabo en contextos no occidentales, considero,
son útiles para pensar la especificidad de una práctica como la que describo. La
cuestión que me ha movido a preguntarme por la diferenciación-similitud entre
humanos y animales no humanos dentro de mi experiencia en el laboratorio resulta,
por un lado, de cuestionar si la separación que se establece desde la metafísica
occidental (Derrida, 2010) ocurre de manera concreta en la práctica científica
occidental y de qué modo se realiza.

Como lo he tratado de demostrar en los capítulos anteriores esta separación entre


humanos y no humanos no ocurre en la práctica, existen distintos tipos de relaciones
que se establecen entre ambos. Por otro lado, también mi interés responde a las
observaciones que realicé en los laboratorios, donde fui notando el modo en que las
relaciones entre humanos y animales no humanos se llevan a cabo en una zona
liminal donde las diferencias no están dadas de antemano, sino que van
constituyendo una determinada forma de conocimiento sobre lo humano. Es decir,
la constitución de la otredad que se conforma en un laboratorio biomédico, con
relación a los animales, no es reductible a la forma en la que se concibe
teóricamente desde la biología, más bien considero a esta como el discurso
hegemónico que define la animalidad en las sociedades occidentales sin que
totalice las relaciones entre seres vivos humanos y no humanos. Esto no omite que
en la práctica científica exista una marcada jerarquización de lo humano con
referencia a lo animal, trato de explicar el modo en que esta responde a principios
sociales y no solo biológicos. Aunque, al mismo tiempo, es menester propio el tratar
de cuestionar esta dicotomía disciplinar entre lo social y lo biológico para
comprender el modo en que se lleva a cabo esta jerarquización.

151
Cuando le pregunté a los investigadores sobre el modo en que sus experimentos
dan cuenta de lo que ocurre en la especie humana a pesar de que estos sean
realizados en otras especies, ellos referían al discurso biológico sobre las similitudes
anatómicas y fisiológicas entre especies, aunque al mismo tiempo reconocían las
limitaciones del método debido a las diferencias propias de cada una, por lo que
algunos investigadores prefieren hablar que sus experimentos hablan sobre lo que
ocurre en las ratas y no hacen la extrapolación con lo humano. Pero, en la mayoría
de los casos, tanto las similitudes como las diferencias las referían al proceso
evolutivo, y al lugar taxonómico que ocupan las especies respecto al humano. El
parentesco, entendido como esa aproximación o distanciamiento respecto al árbol
taxonómico, une y divide, al mismo tiempo, a humanos de otras especies animales.
Por un lado, esta similitud evolutiva genera conexiones entre la concepción de los
animales con el humano en tanto su cuerpo, considerando a este como sostén de
la parte biológica del ser humano, tal como lo expresan algunos de los
investigadores. Por otro lado, esta distinción genera una separación temporal que
permite tanto la justificación ética de su utilización en la experimentación y su
muerte, lo que, desde mi postura, representa un distanciamiento entre humanos y
animales no sólo biológico sino social. Es necesario discutir ambos puntos ante la
práctica en el laboratorio.

Para los investigadores el cuerpo del animal puede representar analogías con el
humano debido a que comparten características anatómicas, fisiológicas y
conductuales. Tal como comentan Estela y Karen respectivamente:

Comparten con nosotros una anatomía, que no es exactamente igual, por


ejemplo el tamaño del cerebro pues no se compara, y lo tienen liso, pero sí
tienen las mismas partes del cerebro que nosotros y tiene un funcionamiento
bastante similar, cuando comen, por ejemplo, se activa la misma parte del
cerebro que en nosotros, y también cuando usamos psicotrópicos en las ratas
son las mismas partes del cerebro que se activan, los neurotransmisores,
muchas cosas, son las mismas, obviamente el cerebro humano es más
complejo por su grado de evolución, pero ciertas funciones que son más

152
elementales se llevan a cabo igual en los modelos animales y en los
humanos.

Las ratas macho tienen las mismas conductas sexuales que los humanos
hombres, tienen excitación, búsqueda del estímulo, monta, inserción y
eyaculación. A partir de eso podemos hacer analogías con lo que ocurre en
el humano, al tener la misma anatomía y fisiología celular, podemos
establecer correlaciones entre lo que pasa en el cerebro y la conducta, así
vemos también como en el humano funciona su cerebro respecto a su
conducta sexual, aunque esta obviamente es más compleja.”

Como vemos en estas sentencias existe la idea de que el animal representa, por
así, decirlo, una parte del ser humano, a la que se le van sumando factores que lo
hacen ser más complejo. Es, por lo tanto, esta parte animal una forma menos
compleja pero que responde a principios generalizables a distintas especies. Por
eso, los modelos animales son elegidos, entre otros motivos, de acuerdo con la
complejidad que debe analizarse. Para analizar procesos genéticos, por ejemplo, al
tratarse de una cuestión generalizable a todas las especies animales, su estudio
puede realizarse en animales “inferiores” como los caracoles o las moscas, quienes,
aunque no compartan la misma anatomía ni fisiología sí comparten la organización
genética. Incluso ciertos experimentos genéticos (pensados en el estudio de la
genética humana) pueden ser realizados en formas de vida menos complejas como
son las bacterias. En el caso de enfermedades orgánicas o el estudio de fisiología
pensada para el estudio en humanos, es necesario que la organización de estos
principios sea más parecida a la humana por lo que se debe realizar en animales
superiores que sean vertebrados. En los estudios de conducta el parentesco debe
ser mayor, por lo que se utilizan necesariamente mamíferos, mientras que los
estudios cognitivos o de funciones cerebrales superiores requiere del uso de
primates, al ser estos los más cercanos al humano, taxonómicamente hablando.

Estos taxones constituyen la forma hegemónica en que se entiende la relación del


humano con los otros vivientes, pero también con su propio cuerpo, en el
pensamiento occidental. Constituye una forma de teorización que se ha ido

153
estableciendo en el pensamiento científico a partir de distintos hallazgos y
experimentaciones, pero que también, siguiendo a Agamben (2006) constituyen una
forma de organización política que establece una serie de regulaciones entre las
formas de relacionamiento entre los vivientes humanos y no humanos. Por lo que
será importante discutir las ideas del autor a la luz de las reflexiones que se
conformaron en el laboratorio para pensar el modo en que ese pensamiento
taxonómico que genera una continuidad-discontinuidad entre los distintos seres
vivos constituye formas de relacionamiento y cuestionar el modo en que responden
ante la conformación de un conocimiento del tipo científico.

Para el filósofo italiano, la concepción de vida que se tiene en las sociedades


occidentales retrata una forma específica de articulación y escisión entre los
distintos seres vivientes, desde esta perspectiva no se puede generar una definición
de vida que no sea aquella que clasifica las distintas formas que esta adopta.”
Parecería que, en nuestra cultura, la vida fuese lo que no puede ser definido, pero,
precisamente por esto, lo que debe ser incesantemente articulado y dividido.”
(Agamben, 2006, p.31) De este modo, los taxones que esquematizan las líneas
evolutivas son, al mismo tiempo, formas de división y juntura entre las distintas
formas que adquiere la vida y son designadas como especies. El parentesco
representa al mismo tiempo una inclusión y una exclusión. Pues las formas más
complejas de vida incluyen de algún modo a las inferiores, pero también se
diferencian de estas y quedan excluidas. Si bien, en cierta medida, esta forma que
adopta la jerarquización responde al paradigma darwiniano de la evolución, en la
práctica se trata de un esquema antropocéntrico que prioriza las distintas formas de
vida, lo que queda bien ilustrado en la bioética aplicada a la experimentación con
animales.

El taxón separa las distintas especies de la humana, pero en el caso de los


animales, estos quedan incluidos en la definición propia de lo humano, aunque se
refiera sólo a su parte biológica. De este modo el animal puede servir de modelo
para la construcción de conocimiento sobre lo humano pues el primero queda
incluido en el segundo. Es a partir de las características que tienen en común que

154
ocurre esta posibilidad. Involucra, por un lado, aquello que ocurre en el interior del
cuerpo y que responde a funciones automatizadas que el humano comparte con el
resto de los animales, como la respiración o la nutrición. Pero, también la respuesta
que el animal tiene a su medio, y que puede incluir la conducta, así como la
modificación de esas funciones automáticas referentes a lo patológico o, incluso, la
evolución.

Para Agamben, esta distinción es fundamental para entender la forma en que se


ejerce poder sobre la vida a partir de su definición. Ya que involucra una cesura en
el propio humano que ha podido generar la conformación del conocimiento
biomédico moderno ya que los científicos pudieron diseccionar y separar esa vida
orgánica y animal del propio humano y, al mismo tiempo, conservar su humanidad.
Para este autor es de vital importancia la definición que realiza el biólogo
decimonónico Xavier Bichat sobre la vida, en donde realiza tal separación.

El aislamiento de la vida nutritiva (que ya los comentadores antiguos llamarán


vegetativa) constituye un acontecimiento en todo sentido fundamental para
la ciencia moderna. Cuando, muchos siglos después, Bichat, en su
Recherches physiologiques sur la vie et la mort, distinga la “vida animal”
definda por la relación con el mundo exterior, de una “vida orgánica” que no
es más que una “sucesión habitual de asimilaciones y excreciones.
(Agamben, 2006, p. 33)

Para este autor la vida orgánica es una zona de excepción, comparable al concepto
de nuda vida de Aristóteles donde separa una vida cualificada y, por ello, política,
de una vida desnuda desprovista de estas cualidades. Para él, aunque la vida
animal representa una diferenciación de la vida orgánica, esta se diferencia del
humano de acuerdo con principios metafísicos como el alma, la sociedad o el
lenguaje. Estas características que de acuerdo con el momento histórico han ido
diferenciando al humano del animal en occidente, responden a un ejercicio de
configuración de lo humano donde lo animal queda incluido y excluido a la vez. Lo
que lo convierte en un ejercicio que responde no sólo a principios orgánicos sino

155
políticos, pues busca capturar y dar cierto sentido a la esencia de la vida en todas
sus dimensiones. Tal como expresa el autor:

La división de la vida en vegetal y de relación, orgánica y animal, animal y


humana pasa entonces, sobre todo, por el interior del viviente hombre como
una frontera móvil; y sin esta íntima cesura, probablemente no sea posible la
decisión misma sobre lo que es humano y lo que no lo es. Sólo es posible
oponer el hombre a los otros vivientes y, al mismo tiempo, organizar la
compleja -y no siempre edificante- economía de las relaciones entre los
hombres y los animales, porque algo así como una vida animal ha sido
separada en el interior del hombre, porque la distancia y la proximidad con el
animal han sido medidas y reconocidas sobre todo en lo más íntimo y
cercano. (Agamben, 2006, p. 35)

Siguiendo esta línea de pensamiento, para Agamben, esto explica el porqué es


posible que en la sociedad occidental el humano pueda perder su cualidad de ser
tal y animalizarse, o bien, ser reducido a una nuda vida, y por ello quedar expuesto
a su aniquilación. Si bien, estas reflexiones nos permiten explicar la jerarquización
que ocurre entre humanos y animales dentro del laboratorio, su relación dada por
su similitud con el humano en términos orgánicos y vitales, así como pensar la forma
en que esa frontera móvil genera intersticios donde, más adelante, consideraremos
una formulación propia de lo animal, también es necesario hacer algunas
precisiones y críticas a la teoría agambiana.

Para esta tarea es necesario mencionar que Xavier Bichat, el teórico al que refiere
Agamben como crucial para entender la vida en la ciencia moderna, era adepto a la
corriente vitalista de su tiempo, y que fue durante el siglo XIX donde se establecieron
las bases para considerar los estudios fisiológicos en animales como posibles de
ser abordados mediante la experimentación y su concerniente matematización.
Periodo en el cual se suscitó el debate entre un neomecanicismo (diferente al
cartesiano) y el vitalismo, lo que llevó al positivismo a establecerse como la forma
hegemónica en la ciencia biológica y que se tomara a la experimentación no sólo
como su método principal sino como la fundamentación de su conocimiento

156
(Coleman, 1983). Los fisiólogos del siglo XIX, sobre todo en Francia, continuaron la
tradición cartesiana de considerar al animal como una máquina. La escisión
cartesiana entre res extensa y res cogitans fue fuertemente cuestionada por los
científicos de la época y su resolución fue la de considerar los fenómenos del alma
como necesariamente vinculados a la materia. Este reduccionismo permitió que se
resolviera la problemática filosófica que separaba al hombre del animal respecto a
sus capacidades del alma, considerando así los fenómenos intelectuales como
también posibles de ser comprendidos desde el materialismo, lo que permitió
estudiar al humano como si este fuera un animal sin la complicación metafísica que
propuso Descartes. Así los estudios realizados en este tiempo apuntaban en la
dirección de considerar al animal de nuevo como una máquina, incluyendo la
concepción del cuerpo del ser humano (pues la cuestión metafísica religiosa pasó
a ser discutida en términos excluyentes a la disciplina), lo que permitió concebir al
organismo como reducible a sus principios físicos y químicos. De este modo la
biología adquiría una cualidad que como ciencia se sostenía en la posibilidad de
reducir el fenómeno de la vida a su mínima expresión concerniente a la ciencia más
elemental que es la física. Esto se suscitó debido a la consideración de que la
cualidad primordial del animal es la producción de una fuerza vital que lo moviliza,
ya no entendida a esta como una fuerza dada por dios, como en el cartesianismo,
sino más bien producida por la energía propia de la materia. De este modo ocurrió
una diferenciación esencial entre la vida vegetal y la vida animal, mientras que los
vegetales son aparatos de reducción que transforma las sustancias minerales en
sustancias orgánicas, los animales eran considerados como un aparato de
combustión, pues producen calor y electricidad para transformar las sustancias
orgánicas en sustancias minerales (Coleman, 1983).

Esta capacidad de producir energía, para muchos fisiólogos como William Bayliss
era visto como una cualidad de cambio perpetuo que diferenciaba claramente a los
animales de los vegetales. Por su parte el vitalismo consideraba que esta
característica no podía reducir la vida a un materialismo total, pues la cualidad de la
vida no podía reducirse al orden físico o químico, sino que poseía cualidades
propias que impedían que esa fuerza fuera producida por algo que no estuviera vivo.

157
Lo que permitió de algún modo resolver tal dilema fue la idea de la experimentación
que permitió la manipulación de distintas variables para producir ciertos fenómenos
como la combustión o la producción de sustancias químicas que se creía sólo
podían ser producidos por los seres vivos. De este modo, los fenómenos fisiológicos
podían reproducirse en los laboratorios y ser matematizados para encajar en el
lenguaje de la física, cuyas leyes, se creía debían replicarse también en el ser vivo.

La regularidad de la naturaleza era la presuposición necesaria del científico.


Llevar los fenómenos a un acuerdo con esas regularidades abría la
posibilidad de control sobre las condiciones que producían los fenómenos
deseados. Sólo allí, en un terreno donde gobernaran la precisión y la
predicción, sería posible la ciencia. Rehusando poner la vida bajo “cualquier
ley exacta, cualquier condición constante y establecida”, Bernard creía que
los sucesores vitalistas de Bichat no sólo habían afirmado que la esencia de
la vida es inescrutable, sino que también habían argumentado que nunca
podría crearse una ciencia real de la función orgánica. (Coleman, 1983, p.
263)

Desde esta perspectiva es la consideración mecanicista del organismo animal el


que permitió la incorporación de este en la biología haciendo de esta una ciencia
positiva. La experimentación que implicaba el control de los distintos factores
permitía, a sí mismo, el dominio del fenómeno orgánico. Poder controlar el cuerpo
permitió intervenir en este de tal forma que las explicaciones sobre su
funcionamiento lograron tener estabilidad, coherencia y predictibilidad. De algún
modo, desde la interpretación de Agamben, este cuerpo máquina, sería equiparable
a la función orgánica de Bichat y a la nuda vida de Aristóteles, sin embargo, para
los mecanicistas del siglo XIX es la respuesta que produce el organismo y su cambio
perpetuo, como lo expresaba Bayliss, y no su pasividad, lo que lo diferenciaría de
la vida vegetativa39. Controlar este cambio perpetuo es visto, en esta época, como

39
De hecho, en la época en que Bayliss desarrolla su pensamiento se acrecentó el número de movimientos
antiviviseccionistas en Inglaterra, debido a que aumentó el número de experimentos con animales y se usaban
aún estando con vida y en muchos casos sin el uso de anestesia. El mismo Bayliss se vio inmerso en una
controversia legal al ser acusado de crueldad por el caso del “perro marrón” que fue viviseccionado por el
científico para mostrar el funcionamiento de las glándulas salivales, por lo que estas fueron expuestas

158
el requisito para su conocimiento. La biopolítica que se establece en la
experimentación biomédica no es la separación entre una vida cualificada y una que
no lo es, sino una reducción de la vida a sus partes más elementales que permiten
el control de sus respuestas. Esta es la parte animal del humano, aquella que puede
domesticarse y modificarse para que responda de acuerdo con ciertos fines40.

En la actualidad esta parece ser la concepción imperante en los laboratorios


biomédicos, pues permite instrumentalizar a los animales para que develen los
misterios de la vida y del cuerpo humano. Esta acción, como hemos visto, es una
operación no solamente epistemológica sino también política, pues establece, de
manera muy clara, una relación de control. De este modo la escisión-relación que
se establece entre el humano y el animal compone una condición necesaria para la
experimentación que modifica las condiciones de vida de los animales y que, al
mismo tiempo, permite considerar al humano como tal, al ser también modificable.
Como lo expresa Lurdes, responsable de uno de los laboratorios:

Tienen los mismos órganos, las mismas funciones básicas y compartimos


creo que más del 90% de nuestros genes, entonces sabemos que algunas
funciones básicas ocurren igual que en los humanos y esperamos que en el
experimento ocurra lo mismo que ocurriría en el humano, no podemos
experimentar directamente con humanos, pero nos damos cuenta porque los
fármacos tienen el mismo efecto que en los humanos, o sea, podemos
inducir, por ejemplo, diabetes a una rata porque sus procesos patológicos

mientras el animal tenía muestras claras de un sufrimiento extremo. Al final el caso se resolvió en favor de
Bayliss pero grupos protectores de animales erigieron una estatua en su nombre, que tuvo que ser retirada
algunos años más tardes por el número de controversias que se suscitaron alrededor de ella (Kean. 2003)
40
Lo que coincide más con la definición de Haraway (1991) de biopolítica tecnológica donde los organismos
no son datos naturales sino son más bien son fabricados, como ella explica “Los cuerpos científicos no son
construcciones ideológicas. Siempre histórica y radicalmente específicos, tienen una especificidad y una
efectividad diferente y, por lo tanto, necesitan una intervención y un compromiso diferentes. La noción de un
«actor material y semiótico- busca destacar el objeto del conocimiento como parte activa del aparato de
producción corporal, sin implicar nunca la presencia inmediata de tales objetos o, lo que es lo mismo, su
determinación final o única de lo que se supone que es conocimiento objetivo de un cuerpo biomédico en una
ocasión histórica particular. Los cuerpos como objetos del conocimiento son nódulos generativos materiales y
semióticos. Sus límites se materializan en la interacción social. «Objetos» como los cuerpos no existen de
antemano. La objetividad científica (la situación y la visión de objetos) no trata del descubrimiento no
comprometido, sino de la estructuración mutua y normalmente desigual, de tomar riesgos (Haraway, 1991, p.
358).

159
son iguales y la respuesta que tienen ante la enfermedad y los fármacos
también son las mismas. O ver como se modifica la conducta, sexual en este
caso, con algunos fármacos y que muy probablemente pasará también en el
humano. Son organismos muy similares y lo importante es poder reproducir
lo que pasa en el humano, pero en tu modelo animal, digo, aunque este sea
un proceso artificial lo permite la experimentación porque tenemos las
mismas bases biológicas.

En la actualidad además de buscar los procesos químicos y físicos que ocurren en


el interior del organismo, se encuentra muy presente el requerimiento de estudiar la
genética y ontogenética que, desde el paradigma actual, muy ligado al de la
información, se propone como la forma más elemental que compone la vida. En la
mayoría de las investigaciones, aunque estas no sean propiamente genéticas, esta
ofrece tanto una base común como el distanciamiento evolutivo del humano
respecto a los demás animales. Por este motivo la gran mayoría de los
investigadores recurre a la similitud genética, como información mínima expresada
químicamente, como argumento para la extrapolación del modelo animal a la vida
humana. Mientras que la manipulación requerida para la producción del modelo y
del experimento queda, de cierto modo, naturalizada.

Por otro lado, los investigadores están conscientes de que estos paradigmas no son
ni los más actuales ni los definitivos. Ariadna por ejemplo expresa que:

La idea de que existía un gen gay era más bien por la moda que generó la
secuenciación del genoma humano, entonces se pensaba que la genética
iba a resolverlo todo, que había un gen de la obesidad, de las enfermedades
y de todo, y en parte sí, pero eso es muy reduccionista, existe un sinfín de
otras cosas que intervienen en la naturaleza para que las cosas pasen de
cierto modo, todo es multicausal, son muchos factores los que intervienen.

Es, por lo tanto, un conjunto de partes o factores los que permiten una compresión
más cabal del fenómeno. De algún modo, sigue prevaleciendo una mirada analítica,
en el sentido que se debe descomponer las partes en sus formas más elementales
para su comprensión. Pero lo relevante no es solo la cesura que se produce, sino

160
la forma en que se produce la sumatoria de estas partes para explicar el fenómeno
en cuestión.

Por ejemplo, en el análisis de la estructura cerebral de los roedores considerados


con preferencia homosexual, Ariadna y su equipo de laboratorio analizaron la
expresión de las células C-fos en diferentes estructuras cerebrales, como el núcleo
de accumbens, la amígdala media y el área preóptica media. Buscaron la relación
entre la expresión de estas células y la conducta sexual de la rata. Al mismo tiempo
pensaron en la relación entre las distintas áreas cerebrales para explicar de mejor
modo la conducta sexual. Los investigadores refieren a estas relaciones que se
establecen entre distintos factores como aquello por lo cual se requiere un modelo
animal y este no podría ser sustituido por modelos computacionales y algorítmicos
por muy avanzados que sean. Esa parte impredecible que ofrecen los animales, y
que expliqué en capítulos anteriores, es aquello que liga al humano con el animal,
aunque este sea pensado como una máquina, pues lo importante en este caso es
pensar las relaciones entre distintas partes y no sólo las parte en sí mismas. Se
trata de conocer la estructura dada, pero que al mismo tiempo es movible y
modificable.

Bajo esta metáfora del animal-máquina, la concepción biomédica del animal es más
cercana a la de los fisiólogos del sigo XIX que a la ofrecida por Agamben como nuda
vida. Pues a pesar de la cesura incesante entre los distintos elementos que la
conforman, lo interesante para el conocimiento es su funcionamiento, las relaciones
que se establecen y las fuerzas que lo mueven. Desde esta perspectiva el umbral
entre humano y animal se vuelve aún más movedizo y poco claro.

Para Canguilhem (1994) el mecanicismo cartesiano representó una etapa crucial en


la conformación de la ciencia, pero cuyos límites se hicieron presentes a partir del
vitalismo del siglo XVIII al mostrar que bajo este esquema no podrían considerarse
fenómenos que no resultaban explicables a partir del materialismo radical del
mecanicismo. El materialismo era fuertemente influido por una idea proveniente del
atomismo que consistía en considerar a la materia como conformada por partículas
duras e inmutables que creaban conjuntos estables. Para el autor francés, esta

161
concepción ofrecía una forma de explicación simplista que no lograba despegarse
del pensamiento teológico del cartesianismo.

En breve, parece ser que (Descartes) a pesar de las apariencias, falla en


poder ir más allá de lo teleológico. Ello se debe a que el mecanicismo puede
explicar todo después de que asumimos la existencia de máquinas que
fueron construidas de cierta manera, pero ello no explica por qué dichas
máquinas han sido construidas de esa manera. (Canguilhem, 1994, p. 231)

Y es que la concepción físico-mecanicista ofrecía un modelo, para este autor, que


colocaba la explicación de los fenómenos fuera de la vida del ser viviente, a partir
del soplo divino o causa primera que se sostenía a partir de una creencia teleológica
de la vida. Por su parte Canguilhem sostenía que la vida tiene una inmanencia
propia y que su fuerza se ubica en ella misma y no proviene de un agente externo.
Así él explica el modo en que autores como Willis y Procháska, vitalistas del siglo
XVIII ofrecieron la concepción de reflejo sostenida en una idea donde lo relevante
del organismo animal es la respuesta que este tiene a su medio, es decir, se concibe
como un mecanismo con autonomía propia pero que establece una relación con su
medio que no está predeterminada, sino que permite la improvisación y el cambio.
(Canguilhem. 1976). Es de este modo que para el autor el vitalismo permitió generar
explicaciones que no recurrieran sólo a lo visible, sino que responden a fuerzas o
relaciones invisibles, lo que permitió también su matematización. Por lo que la
ciencia no sólo esta sostenida por una premisa positivista de tipo (neo)mecanicista
sino que requiere de ese juego e improvisación que el organismo animal realiza.

Por otro lado, esa respuesta del animal a su medio es también una forma en que se
relaciona la vida y la técnica que ofrecen otras formas de concepción sobre la
máquina, y que Canguilhem (1976) relaciona con las explicaciones antropológicas
de Friedman sobre el modo en que el humano fue respondiendo a la
industrialización y la alineación entre cuerpo y máquina que se fue suscitando
durante la revolución industrial. Es decir, que no sólo existió una correspondiente
metaforización de la máquina para explicar el funcionamiento del organismo, sino

162
que también la ciencia fue generando un lugar común donde vida y técnica no son
excluyentes, por el contrario, exigen continuidad.

En resumen, considerando la técnica como un fenómeno biológico universal


y no solamente como una operación intelectual del hombre, nos vemos
llevados por una parte a afirmar la autonomía creadora de las artes y de los
oficios con relación a todo conocimiento capaz de anexárselos para aplicarse
allí o de informarlos para multiplicar sus efectos y, por consiguiente, por otra
parte, inscribir la mecánica en lo orgánico. (…). Propusimos que una
concepción mecanicista del organismo no era menos antropomórfica, a pesar
de las apariencias, que una concepción teleológica del mundo físico. La
solución que tratamos de justificar tiene la ventaja de mostrar al hombre en
continuidad con la vida por la técnica, más bien que insistir en la ruptura de
la cual él asume la responsabilidad por la ciencia. (…). Es muy claro que si
el ser vivo humano se ha dado una técnica de tipo mecánico, este fenómeno
masivo tiene un sentido que no es gratuito y por consiguiente no es revocable
a voluntad.” (Canguilhem, 1978, 40)

Desde mi perspectiva, la experimentación es el lugar donde vida y técnica han


podido articularse, de forma tal que el organismo, en este caso animal, ha permitido
no sólo la articulación entre estos sino también la manipulación fisiológica y del
cuerpo en su conjunto. El organismo máquina, entonces adquiere un sentido
distinto, pues permite por un lado una concepción físico-materialista del cuerpo y su
posible coyuntura con el concepto de fuerza vital. Para que de este modo la
intervención en el organismo permita matematizar sus respuestas, pero también
extraer su fuerza que hace de estas respuestas una predicción abierta al azar y a la
creación. El animal es, entonces, condición para el experimento, no sólo por su
similitud en cuanto a la base biológica, pues lo realmente necesario es su posibilidad
de respuesta ante la intervención experimental, sus fuerzas organizativas y la
capacidad de creación que resulta de ello, es decir, la articulación entre naturaleza
y técnica.

163
Esto no implica que la escisión entre humano y animal no ocurra en la práctica, pues
dentro del experimento la jerarquización es inminente, y la técnica es empleada por
el humano, sin embargo, la articulación entre vida y técnica, entre organismo y
máquinas, entre ratas y humanos, no se establece de manera antagónica sino de
forma tal que los límites se desdibujan y se reajustan de manera incesante. Así la
respuesta de una rata en su conducta sexual al ser inyectada con un fármaco da
cuenta de los posibles efectos del fármaco en el humano. Es la técnica la que ofrece
la similitud entre el animal y el humano y la que los separa al mismo tiempo. Si esto
ocurre de tal modo es porque esa frontera se está creando en el experimento,
porque conforma una zona liminal entre ambos que es co-creada por los distintos
actores humanos y no humanos que intervienen en este, lo que va más allá de la
voluntad propia del humano.

En lo que expresan los investigadores, de hecho, existen posturas que desdibujan


los taxones entre las diferentes especies y lo que aparece es un continuum entre
ellas con el humano. “De hecho esa idea de que los animales no tienen cultura no
lo creo, yo creo que más bien tienen formas distintas de cultura, que no es menos
evolucionada sino diferente, que responde más bien a su propia supervivencia”
comenta Ariadna. También, al respecto comenta Beatriz:

De hecho compartimos genes hasta con los vegetales porque la vida no es


tan distinta, yo creo que es más bien como se expresa la vida, así como se
expresan los genes y eso nos hace diferentes, así nosotros somos una
expresión distinta de la vida, no es que seamos únicos en el mundo, solo
somos una expresión más de la vida en su proceso evolutivo.

Algunas perspectivas biológicas de las últimas décadas (Haraway, 2019)


cuestionan la perspectiva clásica sobre la evolución entendida como competencia y
sus consecuencias políticas, de modo tal que teorías como la de la endosimbiosis
de Lyn Margulis, proponen, mediante datos y casos documentados por
microbiólogos, que la evolución de las especies no tiene que ver con el grado de
complejidad organizacional de la especie, a la que habitualmente le atribuimos una
mayor evolución, sino más bien es la simbiosis entre distintitos organismos

164
(principalmente a partir de las bacterias) la que constituye el factor clave para los
procesos evolutivos. Esto, junto con teorías de la ontogenética y de la ecología
evolutiva implica una concepción distinta de la taxonomía pensada como atributos
propios de la especie y de su concerniente evolución, sino que nos obliga a
considerar la relación entre distintas especies y el modo en que estas no sólo
transforman su ambiente sino el de otros que lo cohabitan y que sin esa cooperación
entre distintas especies la evolución no sería posible.

De algún modo para los investigadores, este tipo de explicaciones moviliza las
concepciones e imaginarios sobre los animales, pero al mismo tiempo sus prácticas
parecen responder a concepciones más parecidas al mecanicismo. Como ya lo
había mencionado, para Stephen Clark (1994), existe una diferencia marcada entre
una taxonomía científica y una popular (folk) que consiste en que la segunda
responde a un principio de modelo ideal más cercano a la filosofía platónica, donde,
entre otras características, considera a las especies como separadas y fijas
mientras que a partir del paradigma evolutivo, la taxonomía científica responde, más
bien, al suelo común genético, es decir a los linajes filológicos entre las especies,
permitiendo así un cambio permanente donde las fronteras entre especies se
desdibujan, ya que estas no responden a modelos ideales sino a posibilidades
evolutivas. De este modo la taxonomía popular e incluso el término de especie no
es una cuestión natural dada en sí misma, sino que se configura de atributos
sociales que permiten la identificación de los diferentes organismos para una
comunidad hablante. Aunque el interés de este autor es distinguir entre una y otra
forma de taxonomía, desde mi perspectiva su separación es mucho más compleja,
pues la ciencia también es una comunidad que necesita establecer un lenguaje
común, aunque sus criterios no sean exactamente los mismos a los de la población
en general y respondan a otro tipo de conocimiento. Aunque la distinción entre
ambas es más o menos clara, me parece que en la práctica no ocurre de manera
tan tajante, pues los investigadores comparten ambas formas de comunicación y la
forma en que consideran y se relacionan con los animales de laboratorio abarca,
más bien, ambos tipos.

165
Por un lado, los investigadores conciben a los animales como seres activos cuyas
respuestas les interesa conocer, así como el parentesco con los humanos es
ineludible. Sin embargo, por otro lado, la metáfora del animal como máquina lo
coloca en una posición de objeto intervenible y es usado como recurso. Esto es
posible porque se trata de una conformación epistemológica del animal que no es
propiamente popular pero tampoco es el resultado del conocimiento científico, se
trata más bien del animal como un proceso para la construcción de ese
conocimiento. El animal de laboratorio no es el del conocimiento popular pero
tampoco el del conocimiento científico, se podría decir que está en un umbral entre
ambas formas y la relación que se establece con ellos está en ese intersticio.

Si bien la similitud entre humanos y animales no humanos es pensada como


continuidad desde varias perspectivas biológicas, la cesura social dada entre ambos
ocurre de manera tal que la jerarquización entre ambos debe permanecer marcada
fuertemente. Esta diferenciación responde, entonces, a procesos sociales que
colocan a ambos en diferentes estatutos. Si bien, también es cierto que este empleo
del animal pensado como recurso es posible de ser visto en otras áreas al de la
ciencia, como en la alimentación o el entretenimiento, en este caso se trata de una
operación epistemológica que delimita no sólo la posibilidad del uso de animales
como tales (sostenida en una ética) sino también la conformación disciplinaria de
las ciencias biomédicas en la conformación del animal como objeto.

Para Fabián (2019) la cuestión de la conformación de la otredad en la antropología


depende directamente de la concepción del tiempo y de la forma en que este genera
un distanciamiento entre el sujeto cognoscente y el objeto cognoscible, lo que él
establece como negación de la coetaneidad entre el sujeto investigador y los sujetos
investigados. Para este autor la antropología al fundarse como ciencia buscaba
enmarcar su metodología lo más apegada posible a los paradigmas de las ciencias
naturales y positivistas. Como él mismo reflexiona esto se suscitó a partir de lo que
él llama la naturalización del tiempo, donde este debió despegarse de una idea lineal
de narración, donde la temporalidad dependía de los significados generados
alrededor de este y una tendencia teleológica enmarcada en este sentido. De modo

166
tal que la naturalización del tiempo y su secularización se dio dentro del contexto
del pensamiento evolutivo, no iniciado, pero si fuertemente difundido, por Darwin.
En este sentido, propongo que esa constitución ontológica que Fabián puede
avizorar en la antropología se encuentra también constituida en las ciencias
biomédicas con respecto a los animales y a la vida en general. Pues el
evolucionismo trajo consigo la idea de un distanciamiento temporal con las demás
especies, así como la posibilidad de su objetivación a partir de su visualización. En
el capítulo anterior expliqué el modo en que la observación constituye el punto
crucial para producción de la evidencia científica, pero en este caso me interesa
resaltar que ese ejercicio implica una separación del sujeto observador con los
animales observados que es de tipo temporal y que permite su objetivación.

Fabián explica el modo en que el evolucionismo constituyó una temporalidad


también espacializada, basada en la idea de un espacio lleno de objetos ordenados
posibles de ser avizorados por el sujeto cognoscente, por lo que la visión constituye
en gran parte esa idea de objetividad producida en un espacio natural donde
transcurre el tiempo ahora naturalizado y secularizado. Por lo que la aproximación
al objeto garantiza que este se encuentre bajo un ordenamiento temporal y espacial
bien definidos. Es por el ojo por donde se tiene acceso al objeto como tal pues
aparece relevado bajo un ordenamiento que el científico puede develar.

Como “fenomenalismo” este énfasis en la visión se convirtió en parte de las


teorías empiristas y positivistas del conocimiento. Pero antes de que pudiera
asumir el giro político que atribuyo al discurso antropológico, el visualismo
tuvo que ser expuesto en esquemas espaciales. El fenomenalismo empirista
presupone que la naturaleza, de todos modos, la naturaleza experimentada,
es atomista y que el conocimiento se deriva de miríadas de impresiones
sensoriales, especialmente de impresiones visuales. (Fabián, 2017, p.166)

Como hemos visto, en el caso del animal de experimentación, es tanto su


parentesco con el humano (cuya distancia se vuelve temporal) como la posibilidad
de manipular su ambiente y sus respuestas a este, lo que lo convierte en un
instrumento adecuado a los fines del conocimiento humano. Y son esas

167
características, en su sentido social-relacional, lo que permite que exista un
distanciamiento tal que sostenga tanto su justificación ética como posibilidad de una
objetividad científica bajo la mirada empírica. De este modo la objetivación sucede
gracias a la diferenciación y viceversa. Es un trabajo político y epistemológico, a la
par.

Sin embargo, algo queda de resto, en esa operación, pues lo impredecible de la


vida conforma posibilidades y abre esa espacio-temporalidad hacia nuevos
horizontes del conocimiento. Si bien, ese visualismo impera dentro del pensamiento
científico actual, en la práctica de la experimentación con animales, el ejercicio de
observación devuelve al sujeto cognoscente la mirada de ese otro, el animal, y que
como ya he mencionado con Daston (2007), la objetivación requiere de la
participación del investigador, por lo que se hace necesario pensar cómo esa
participación, en el caso de los animales, requiere relacionamiento. Comenta
Ariadna:

Las ratas saben que estamos aquí, observándolas, eso ya es un sesgo, no


podríamos omitirlo, aunque la cámara no fuera transparente nos olerían, Si
las dejamos solas entonces podrían escapar o hacerse daño, necesitamos
estar aquí y pues es algo que tenemos que estar conscientes, que ellas
también nos observan y que responden a lo que hacemos, porque de eso
depende que el experimento salga bien.

Para Kohn (2017) la definición de Latour (1993) sobre actores no humanos ofrece
una salida a la concepción antropocentrada en la fabricación del conocimiento
científico, pero problematiza esta definición para considerar que algunos de esos
actores son sí mismos con la capacidad de representar y no sólo de ser
representados, es decir que tienen un punto de vista y que son generadores de
signos, tienen su propio locus de referencialidad y por este motivo participan de
manera activa en la conformación de procesos semióticos. Lo que permite una
lectura que no dicotomicé lo material de lo significativo.

En el quehacer científico, tomado este como una actividad sociocultural, los


procesos que involucran animales contienen dicha particularidad: la interacción

168
entre distintos si mismos; el humano y el animal. Dentro de este proceso semiótico
trataré de explicar el modo en que se produce la diferenciación entre humanos y
animales de manera tal que la concepción mecanicista, evolucionista y visualista
impuesta sobre los animales se desdibuja y debe reconfigurarse en el encuentro
cara a cara.

Kohn (2017) recurre al lingüista y filósofo Charles Pierce para explicar el modo en
que dentro de los procesos semióticos existen signos que no son precisamente
simbólicos, sino que hacen referencia a modos de representación más directos:

Este sistema reconoce la importancia central para las formas humanas de


referencia de aquellos signos que conocemos como símbolos y que
transmiten significado por medio de la convención (por ejemplo, la palabra
perro). También reconoce, sin embargo, cómo la referencia simbólica está en
realidad construida a partir de procesos de signos no simbólicos más básicos,
que no son exclusivos de los humanos, así como la manera en que la
referencia simbólica también se encuentra en constante interacción con estos
modos de referencia más fundamentales (Deacon, 1997: 69-101). Esos
procesos sígnicos más básicos involucran signos conocidos como iconos,
que encarnan semejanzas (por ejemplo, una fotografía o la coloración críptica
de la piel de un lagarto), y aquellos que Peirce etiquetó «índices» (por
ejemplo, una manga de viento o la llamada de alarma de un mono), los cuales
se ven afectados por los objetos que representan. Por lo tanto, estos
procesos son más susceptibles a las cualidades, eventos y patrones del
mundo que la referencia simbólica, cuyo modo de representación es más
indirecto.” (Kohn. 2017:282)

Para Kohn, todos los organismos biológicos son inherentemente semióticos en este
sentido, pues la adaptación requiere de un proceso en el que el organismo debe
interpretar su medio para su propia supervivencia y de este modo su propia
corporalidad constituye un vehículo sígnico encarnado que designa las
características relevantes de su entorno para ser incorporado por generaciones
siguientes. Entre estas formas indíciales e icónicas que no son necesariamente

169
simbólicas sino que se pueden encontrar encarnadas, el sistema simbólico propio
de los humanos, no es un sistema de referencialidad independiente y excluyente,
sino que existe continuidad entre los distintos tipos de representación, de modo tal
que también lo simbólico se encuentra en constante interacción y modifica los otros
sistemas, el mundo biológico lejos de ser un estado natural es un proceso en
constante construcción entre diferentes puntos de vista al igual que el mundo social.

Como he mostrado en capítulos anteriores, esta condición de intercambio semiótico


ocurre de manera más o menos clara en el laboratorio, pues el investigador debe
aprender a leer los distintos signos que son producidos por los animales para
interpretarlos y producir un conocimiento sobre ellos, sin embargo, en sentido
inverso esto también ocurre, pues los animales deben aprender a interpretar las
distintas formas en que los humanos intervienen dentro de sus ambientes y deben
generar adaptaciones a estos para poder desarrollarse en ellos. Los investigadores
deben aprender a leer los signos corporales de las ratas para poder cuidarlas y
producirlos como un modelo experimental. Sin esa interacción el experimento no
sería posible. Es en estos momentos donde la interacción entre los roedores y los
humanos se vuelve más íntima y cercana. Los investigadores deben conocer a sus
roedores en su propia singularidad, no sólo al producir su ambiente, sino que deben
entender como ellos están viviendo en ese ambiente. Las muertes repentinas, las
escapadas de las jaulas, los chillidos por un mal manejo, las conductas indeseadas
en el momento de experimentación, los olores y ciertos afectos que surgen, entre
otras cosas, no quedan registradas en los pappers de la investigación, donde el
animal aparece sólo en su generalidad, como un dato, observable en un esquema
o una gráfica y sin la posibilidad que este regrese la mirada.

Por experiencia propia, tanto en la manipulación que tuve con los animales como
en el estar presente mientras esto ocurría, pude constatar que el trabajo con
animales no es una tarea mecánica como podría serlo el trabajar con máquinas o
instrumentos predeterminados, todo el tiempo uno tiene que estar pensando en lo
que el animal quiere, puede y siente. Para esto uno debe de interpretar el
comportamiento de los roedores, aprender de algún modo su lenguaje, saber cómo

170
sujetarlos con una firmeza adecuada para lograr que estos no respondan de manera
agresiva, o que una manipulación insegura hará que estos también se sientan
inseguros y sean hostiles, sobre todo si se trata de un desconocido para ellos. De
cierto modo uno debe aprender de ellos, establecer un suelo en común, que podría
interpretarse como antropomorfización. Lo que en realidad me obligó a considerar
entrar en esa otredad que no es igual a mí pero que debo conocer para interactuar
con ellos. Entonces los límites claramente definidos por todo el aparato científico se
desdibujan por momentos e incluso se vuelven condición. Aunque sea su negación
lo que permita una idea de neutralidad es la relación entre distintos puntos de vista
la que posibilita la práctica científica. En este sentido es que podríamos hablar de
un devenir.

Una de las consecuencias de adoptar los puntos de vista de otros tipos de


seres es que conocer a los demás requiere habitar sus diferentes Umwelten.
Cuando uno hace esto, atributos y disposiciones se desprenden de los
cuerpos que los producen y los límites ontológicos se vuelven borrosos. Yo
llamo a este proceso transformador de difuminación un «devenir»” (Kohn,
2017, p.283.)

Como expresa Kohn, estos devenires no son necesariamente vistos como algo
positivo, sino que pueden representar un riesgo. En el caso de los investigadores
es claro que este devenir implica no solamente perder la objetividad, sino que la
jerarquización entre especies puede perderse. Sin embargo, estos procesos de
difuminación parecieran ser también necesarios en el experimento en el modo de
pensar que debe ocurrir del mismo modo en el humano que en la rata, de algún
modo es establecer una línea de continuidad entre humanos y animales no
humanos. Por ejemplo, en los casos de experimentos de conducta sexual, el poder
interpretar los signos de placer o de interés, son esenciales tanto en el
entrenamiento de las ratas como en el mismo experimento, leer los signos que, de
algún modo también se reproducen en el humano, es un proceso epistemológico
necesario. Entre chistes y bromas, aunque también en expresar cierta vergüenza
respecto al tema, los investigadores remiten a esta indistinción con los animales que

171
atraviesa el placer sexual. De este modo los investigadores, en momentos trasladan
estas identificaciones con los animales al terreno mismo del saber biológico y a la
comprensión de su propia dimensión humana. Comenta Rosa:

Para mí trabajar con animales me ha enseñado eso, que somos animales, y


nos pasa lo mismo que a ellos, que no somos tan diferentes de ellos, y
aunque parece extraño tengo más empatía con ellos, no solo porque son
parecidos a nosotros sino porque aprendes a entrar en su mundo, así como
dicen que cada cabeza es un mundo así creo que pasa con los animales,
aprendes a respetarlos como son y a comprenderlos, luego pienso; y esa
mosca como estará viviendo sus procesos de supervivencia, qué estará
pensando, que aunque es muy diferente a como yo pienso, no es tan distinto
de como yo estoy superviviendo. Eso te hace más humilde, sabes, porque
somos sólo una parte pequeñita de la vida y del universo, hay más cosas que
yo, y también ser humilde respecto a lo que conocemos porque es así una
muy pequeñita parte la que podemos conocer por medio de los animales es
apenas un indicio, en la ciencia no hay certezas solo indicios que apuntan a
algo.

En este caso el devenir animal no está sólo posibilitado por la diferencia y la


comprensión de ese otro punto de vista, sino también por la similitud que se
establece a partir del devenir máquina, en el sentido que hemos encontrado en
Canguilhem, pues la alineación con una técnica que es la del experimento, pero que
tiene como fin intervenir en el humano, crea una zona de indistinción con el animal
que no es necesariamente trágica como propone Agamben, sino que posibilita la
conformación de nuevas verdades y potencias.

¿Será posible establecer a partir de este devenir relaciones no jerárquicas y


aniquiladoras sobre los otros animales y sobre el umwelt41 que estamos creando en

41
Este concepto, que también ha sido retomado por Kohn (2017), es tomado del etólogo Von Uexküll , quién
también ha servido de referencia a distintos autores citados en este texto, incluyendo Agamben, Lacan,
Deleuze e Ingold. Cabe mencionar que ha faltado una mayor profundización hacia el pensamiento de este
autor, sin embargo, el término de medio ambiente (como usualmente se ha traducido umwelt) ha sido
relevante para los planteamientos que sugiero a lo largo de mi tesis. Considero que podría ser útil en futuras
investigaciones para plantear el modo en que los animales configuran su medio y pensar como se entrelaza

172
común con ellos? Entonces la animalización del hombre y la humanización del
humano no serían herramientas de occidente para el control sino modos de
cohabitar la existencia.

con el medio humano al que los hemos destinado. Es necesario mencionar que, en este sentido, me cuestiono
si mi investigación ha logrado salir de una perspectiva antropocéntrica, para lo cual el estudio etológico podría
ser una vía futura para continuar esta investigación, donde se busque comprender el modo en que los
animales constituyen sus propios signos, sin embargo, estos quizá son inconmensurables y ahí encontramos
los límites de nuestro conocimiento. Tal como el etólogo báltico menciona: “Sólo el entorno de un animal yace
ahí abierto ante nuestros ojos. Cuando nosotros lo investigamos, descubrimos en él las fuentes de los
estímulos, los que influyen sobre el animal. El medio ambiente, empero, es completamente invisible, pues él
existe solamente a partir de las marcas del animal, las que el animal mismo coloca. Nosotros vemos sólo
nuestras propias marcas, las que son configuradas a partir de nuestros signos.” (Von Uexküll. 1930: 130. Citado
en Muñoz. 2015).

173
Reflexiones finales.

Al menos, allí se abre un pasaje que puede conducirnos hacia


otro pensamiento sobre la naturaleza; al menos esa confusión
habla de otro registro del tiempo y, en consecuencia, quizás,
de una forma ya no “moderna” de relacionarse con la
naturaleza. Por lo menos, ese instante que de alguna manera
vuelve a la infancia hace que el deseo de abrirse al mundo
permanezca.

Frida Gorbach.

Soy un animal cuando miro, cuando escucho, cuando como,


cuando duermo. Soy un animal, cuando hablo, cuando canto,
cuando rio, cuando juego. Soy un animal cuando cambio,
cuando olvido, cuando ignoro, cuando espero, Soy un animal
cuando lucho, cuando caigo, cuando sueño, cuando quiero.

Alfredo Soderguit (cuento infantil).

Cómo he tratado de exponer hasta aquí, los animales de laboratorio entran en una
serie de flujos materiales y semióticos que los van constituyendo como tal, a la vez
que, son parte activa en la construcción del conocimiento científico, incluso su
fundamento. Quedaría pendiente responder si se ha logrado pensar, o no, los
distintos aspectos que van configurando a los animales y de qué modo participan
en este proceso. Más que responder a las preguntas iniciales que propuse, me
gustaría extenderlas para pensar en los hallazgos de esta investigación, explorando
el modo en que se fueron transformando las preguntas con las que partí y mi propio
lugar como investigador al ser contrastadas y puestas en tensión.

A lo largo de los capítulos fui describiendo el modo en que los animales desde su
nacimiento son introducidos en una red epistémica, que va modelando sus cuerpos

174
para que estos puedan ser usados dentro de la práctica científica, propuse
denominar a esta producción en los bioterios como una hoja en blanco, donde se
inscriben las características requeridas para la experimentación. Esta condición
hace necesario pensar el modo en que, por un lado, la red epistémica a la que me
refiero no se trata de una abstracción, sino es más bien una serie de procesos
semiótico-materiales que van dando forma a los animales. Esto sin duda nos
obligaría a repensar la manera en que Ingold (2010) critica el modo en que se ha
pensado la materia como dispuesta a que un sujeto le de forma sin tomar en cuenta
su propia agencia. Sin embargo, como he tratado de demostrarlo, este proceso de
producción requiere una interacción constante con la materialidad propia del animal.
No sólo entendiendo a esta como una corporalidad sino también como los actos,
intensidades e intercambios que suscita el animal mismo. Podríamos decir que, si
se necesitan de mecanismos de control tan estrictos, son precisamente, porque no
hay una determinación pura por parte de los sujetos humanos hacia los animales.
Sin embargo, esto no implica que estos mecanismos de control no funcionen como
tales, más bien esta determinación del sujeto humano y la reducción del
agenciamiento de los animales para la obtención de un objeto, son producciones
que deben elaborarse, no están dadas ni son a priori al conocimiento. La tabula rasa
es una construcción, no sólo ideal sino material. En este sentido es que me he
referido al proceso posterior de escritura no sólo en sentido metafórico, sino también
refiero a una disposición corporal, a su vez, producida por otros dispositivos, que
permitirán la intervención de esos cuerpos mediante la inscripción de otros
elementos, tales como la inoculación de sustancias, mutilaciones quirúrgicas,
condicionamientos conductuales, etc. Es decir, se trata de ponerle marcar sus
cuerpos para que posteriormente sean leídos e interpretados desde ciertos
referentes del conocimiento. No es sólo metáfora pero sí tiene una condición
metafórica, pensándola como un proceso donde el cuerpo de las ratas es
desplazado de su propia inmanencia (Deleuze, 2007) hacia una supuesta
originalidad donde se harán ciertas marcas legibles. Esta metaforización hará del
animal una escritura en su sentido literal, como representación material del
pensamiento que se extrae de la experimentación. Sin embargo, si cómo Derrida lo

175
hace (2008) cuestionamos esta visión logocéntrica de la escritura, debemos
preguntarnos no sólo por el modo en que al animal es escrito, sino también
preguntarnos si él escribe y de qué manera lo hace.

Esto nos conduce al proceso de relación entre los animales y los humanos dentro
del laboratorio, pues es ahí donde podemos avizorar esa participación de los
animales. Por un lado, describí el modo en que las relaciones se encuentran
prescritas por una serie de regulaciones institucionales plasmadas en códigos
morales, donde el animal es entendido como un organismo diferenciado por su
especie taxonómica, convirtiéndolo en un paciente moral, por un lado, y en un
instrumento, por el otro. Las relaciones en este contexto se tornan asimétricas, y se
establecen jerarquías que configuran la corporalidad y las acciones de los animales
encaminadas a su muerte. Dentro de esta estructura simbólica racional que regula
los intercambios entre hombres y animales, durante el trabajo de campo fui
encontrando ciertas fisuras donde se entreven acciones más bien consideradas
como irracionales por los mismos investigadores, pero que confluyen con los
procedimientos ordenados y forman parte de la creación de conocimiento. En este
caso designé como imaginarios y afectos a aquellas entidades irracionales que
expresaban los investigadores. En ambos casos me decanté por estos conceptos y
no por el de emociones dada la distinción que realiza Massumi (2002) donde
enfatiza el movimiento del lado de los afectos mientras que las emociones las remite
a la conciencia que estaría determinada socialmente. Más allá de las discusiones
respecto a la separación entre ambos conceptos42 considero relevante la distinción
que Massumi hace al concebir el afecto como una noción que no pasa por el orden
de la representación cultural, pero, al mismo tiempo que las críticas hacia este
modelo, consideré como ineludibles las concepciones culturales que se hacen sobre

42
Sarah Amhed ofrecerá una discusión al respecto, apostando por una no separación entre ambos términos,
como ella misma comenta: “En todo caso, para elaborar mi argumento era importante no suponer o crear
esferas separadas entre la conciencia y la intencionalidad, por un lado, y las reacciones fisiológicas o corporales
por el otro (por favor noten que no sugiero que las teóricas de las emociones suponen esta separación, sino
que la creación de una distinción entre afecto y emoción puede conllevar esta implicación” (pág. 312) Desde
mi perspectiva esta precaución es importante para entender que lo afectivo, como preverbal, no implicaría
solamente reacciones fisiológicas o corporales sino, como lo plantea Massumi (2002) se tratan de
relacionamientos entre distintos componentes que involucran reacciones fisiológicas pero que no se reducen
a ellas.

176
el animal, por lo que me referí al concepto de imaginario, en lugar de usar el término
de representación para contrastarlo con el de racionalidad. En este sentido es que
dentro de mi campo encontré representaciones racionales que delimitan formas de
actuar muy específicas respecto a los animales, ya delimitadas por el mismo campo
científico y ordenadas en discursos de saber y éticos bastante enfatizados, pero
traté de demostrar cómo junto a estas concepciones delimitadas existen
cristalizaciones sobre ciertos conceptos que no pasan por el orden de la
racionalidad científica, y que ofrecen otras formas de animalidad, tales como el
miedo, el asco y el cariño, lo que coincide con el sentido que Massumi (2002) le
atribuye a las emociones. Como este autor explica en el texto citado, no se trataría
de una escisión sustancial, sino más bien de distintas dimensiones de la experiencia
que se constituyen mutuamente. Es decir, mi distinción entre afectos e imaginarios
no es sustancial sino analítica. Lo que traté de mostrar es la forma en que estos
entramados afectivos e imaginarios forman parte de la práctica científica, aunque
aparezcan en esta en forma de denegación. Aquello que se considera subjetivo no
sólo es insuprimible sino que forma parte del núcleo mismo del saber. Los afectos,
en el sentido que los traté, consisten en la transformación necesaria no sólo corporal
sino de pensamiento que es resultado de distintos intercambios entre los diferentes
actores del laboratorio. En este sentido asumí el riesgo de regresar a Spinoza para
pensar en estas transformaciones, ya que no se trata sólo de las modificaciones
corporales del animal o del investigador, sino del proceso de creación mismo del
conocimiento donde los animales intervienen para la constitución de nuevas formas
de interpretar el mundo, es decir, nuevas representaciones. ¿La objetividad, en este
sentido, es un ideal que funciona como organizador de emociones y afectos, es un
punto de llegada más que el punto de partida de todo conocimiento científico? La
cuestión es que este arribo implicaría el sometimiento de la animalidad y su
negación, sin que por ello sea suprimida.

Para este ejercicio es necesario el proceso de modelización, como pude verlo en


los laboratorios, no se trata sólo de un proceso de abstracción, que permitiría
interpretar ciertos signos encontrados en el cuerpo del animal para traducirlos a un
lenguaje matemático, sino más bien el cuerpo mismo se transforma en

177
materialmente en modelo. Por un lado, esta modelización implica, como su nombre
lo dice, la anulación de la singularidad de cada animal, para convertirse en el tipo
en el que se basará la abstracción ideal de su cuerpo. Si embargo, también implica
el acto de la creación del modelo, que, si lo remitimos al arte, se trata de darle forma
para su posterior reproducción mediante el moldeado. Esto implica un trabajo por
parte de los investigadores donde deben adecuar la materialidad del animal a los
requerimientos del experimento, es decir, a otras materialidades, al mismo tiempo
que moldear la propia de acuerdo con los intercambios que tengan con los animales
y los objetivos del conocimiento. Estos procesos no son, por lo tanto, efectos de un
sujeto sobre un objeto. Si bien, el investigador se encuentra interviniendo en el
cuerpo del animal, la conformación del modelo responde a fuerzas que se
entrecruzan provenientes no sólo del lado del investigador, incluso tampoco del
animal, sino que se entrelazan con demandas institucionales, formas de saber,
sustancias químicas y otras materialidades. En los casos que presencie, la
construcción del modelo implica el conocimiento del animal, una disposición
corporal específica que no proviene de la formación racional de la ciencia sino de la
práctica y el intercambio con los animales. Esto no implica, como ya lo mencioné,
que no se trate de una relación de control, pues los animales deben de ser fijados
para la posterior extracción de conocimiento abstracto. Sin embargo, esta
domesticación del azar (Hacking, 1991) implica la concepción de su contrario, es
decir, el salvajismo y la impredecibilidad del animal que deben ser capturados. Es
el ejercicio de la captura y no sólo la fijeza lograda lo que es importante aquí. Pues
de este modo el movimiento que el animal suscita puede ser abstraído y colocado
como el punto cero desde donde se analizará el movimiento durante el experimento,
donde el dinamismo sigue siendo requisito. Aquí la pregunta que se abre es si ese
movimiento puede predecirse o si el animal obliga el desplazamiento. Si este es el
caso ¿Qué es lo que se corre de lugar?

En mi trabajo de campo lo que se corrió de lugar fue el lugar de la mirada, hasta


este momento me encontraba observando a los animales y a los investigadores ¿No
me encontraba yo en una situación similar al de los investigadores? Observando
conductas, interpretando gestos, registrando signos. De algún modo me encontraba

178
en una posición de metaobservador, posición que los investigadores ocupan
respecto a los animales. La forma en que distintos instrumentos de observación
generan distintas imágenes con las cuáles trabajan los investigadores me hizo
reflexionar sobre el lugar que ocupa la mirada en la producción del conocimiento.
Cómo trate de demostrarlo, los instrumentos de visualización como los microscopios
y las cámaras no solamente sirven como registros de lo que el investigador observa,
sino que es en la relación que se establece con estos instrumentos que se elaboran
las imágenes, es decir, no representan la realidad sino sirven como instrumentos
para intervenirla. Lo cual no implica una determinación por parte de las máquinas
sino más bien se establecen relaciones entre el espécimen, el ojo y la máquina
donde el investigador explora mundos posibles. Es necesario hacer énfasis en este
último punto pues la posibilidad que se abre no refiere a un estado original y estático
del cual los investigadores deben dar cuenta. El investigador debe establecer rutas
por las cuáles seguir el movimiento de los animales, los tejidos o las moléculas, que
le implica, también a él, movimiento y creación. Aunque, este recorrido busca, una
vez más, la fijeza del animal, se tratan de capturar y delimitar sus movimientos para
su abstracción en un papper como resultado del experimento. Es esta fijeza lo que
da cuenta, de manera autoritaria, de la realidad. Se trata de una relación de poder
que determina aquello que es el animal. El poder sobre el animal, una vez más
implica un saber sobre la vida, para poder definir sus contornos y sus aconteceres.
Remito al poder como interrogación sobre la forma en que yo, como investigador,
me posiciono.

Considero que la pregunta no puede quedarse sólo en la constitución del saber


mismo, sino extenderse a qué se hace con aquello que uno observa, o mejor dicho,
qué es lo que uno crea en ese relacionamiento que implica la producción de un
conocimiento. En este sentido es que el problema no es la posición objetiva en la
observación, sino más bien darla por sentada como forma de autoridad sobre los
otros. Abrir la mirada hacia su análisis, considero, abre la interrogación sobre el
proceso de poder que trae consigo. En este sentido es que he cuestionado si he
logrado salir de una posición de metaobservador con el simple hecho de cuestionar
la autoridad que ello implica. En caso de que la respuesta sea negativa, al menos

179
este cuestionamiento queda como apertura a posibilidades, para que en futuras
investigaciones y producciones de saber (incluso fuera de la academia) estas
apunten a otras formas de pensar los animales.

En este sentido, en el último capítulo de este trabajo he tratado de desmenuzar las


capas que se han impuesto sobre los animales para su concepción. Tratando de
ubicar la biopolítica contemporánea que se cierne sobre ellos. Desde mi
perspectiva, en los laboratorios se esgrime una forma determinada de animalidad
que no responde cabalmente con los planteamientos biopolíticos que ubican al
animal como meras funciones orgánicas, si bien, la idea de animal-máquina que
envuelve todo el pensamiento moderno en occidente ha constituido la roca más
difícil de demoler por el mismo pensamiento occidental, desde mi trabajo de campo
podría avizorar que se trata de una concepción distinta de máquina, ya no
perteneciente a una naturaleza inmutable, sino a una intervenible como propone
Haraway (1991) desde hace varios años. Por otro lado, la idea de fijeza no parece
definir al animal, sino por el contrario, es su movimiento el que pareciera constituirlo
en una fábrica de materiales (como fármacos) y discursos de saber. Sin embargo,
esta consideración que envuelve al animal no sólo se esgrime bajo el conocimiento
propio de la ciencia biomédica, esta como producto de un contexto social más
amplio reproduce ciertas marcas de diferenciación que podríamos denominar como
sociales. En este sentido es que las fronteras que se establecen entre humanos y
animales, en los laboratorios, se encuentran en constante riesgo de derrumbarse,
pues no están dados de antemano. Incluso pareciera una condición que esto ocurra
en ciertos momentos de la investigación. ¿Podríamos inferir que todo el aparato
institucional que delimita la práctica científica se trata de un esfuerzo para delimitar
y ordenar estos flujos? Al final las ciencias biomédicas parecen necesitar de los
animales no sólo como fundamento de su saber en términos abstractos, sino que
necesitan materializarlo de cierta forma para hacerlo su fundamento, así como su
legitimidad social depende de la manera en que puede intervenir su materialidad
para hacer de este el modelo de intervención humana.

180
En este sentido regreso a una de mis preguntas iniciales sobre la constitución de la
subjetividad respecto a los animales. En mi trabajo de campo pude encontrarme con
ellos y, sin embargo, no lograron salir de cierto anonimato. Las ratas que observé y
toqué durante mi estancia en los laboratorios al final quedaron designadas para mí
bajo el nombre genérico de su especie. Sin embargo, podría hablar del modo en
que me afectaron y cómo ese proceso de transformación que describía en los
investigadores ocurrió en mí. Ya he mencionado cómo comencé tratando de
mostrarme neutral hacia el sufrimiento de las ratas y al final mi investigación trató
de dar cuenta de ello, ya no cómo una mera descripción sino como un intento de
descentrar la noción misma de animalidad para entablar otras formas de
relacionamiento que no estén marcadas por el sometimiento. Es interesante pensar
cómo la animalidad fue una especie de traba al momento de relacionarme con los
investigadores y con la institución científica en su conjunto, como si esta tuviera que
defenderse no sólo de las acciones de activistas sino de los cuestionamientos
mismos, que no introducen los humanos como yo, sino los animales. En este sentido
podría decir que los animales ya me acompañaban aún antes de mi entrada al
campo. En gran medida el intento por demostrar como los animales constituyen
parte fundamental de la subjetividad de los investigadores viene de la forma en que
las ratas forman parte ya de la mía.

Por otro lado, también como lo he mencionado, con los investigadores tuve una
relación afectiva, aunque en este caso tendría que afirmar que fue con las
investigadoras, con quienes entablé una relación que incluso podría denominar
como pedagógica y de amistad, pues se convirtieron en compañeras e instructoras
para mi formación dentro de este campo que se mostraba nuevo para mí. De cierto
modo me incomoda la designación de ellas como informantes pues como observa
Derrida respecto a Lacan (2010) la función del lenguaje no es informar sino evocar.
Aspecto mismo que criticará Derrida para decir que esta evocación ha sido negada
a los animales por su supuesta carencia de lenguaje. Hasta aquí he tratado de
demostrar que los animales no solamente informan, como dice Lacan, en el sentido
que estos generarían ciertos signos legibles bajo una codificación estricta, que
implicaría una fijeza al posible sentido que estos producen en la ciencia. En términos

181
de la investigación biomédica podríamos decir que el investigador leería estos
signos para construir sus modelos matemáticos. Por el contrario, como he explicado
en esta investigación, los signos que producen los animales no pertenecen a un
sistema cerrado, los animales están abiertos a la creación y en ese sentido es que
las intervenciones hechas sobre ellos permiten que estos desarrollen una invención
creativa para afrontar los cambios en ese medio artificial43 que es el laboratorio. En
este sentido los animales no dejan de evocar, es decir, los signos que producen en
su interacción con nosotros y con su medio laboratorial son siempre ambiguos,
abiertos. Entre ambas evocaciones, las de los animales y las de los investigadores,
es que fui trazando mi propia ruta.

Sin embargo, debo de cuestionar este modelo de subjetividad para proponer uno
distinto a partir de estas reflexiones. Pues no se trataría solamente de confirmar que
el paso de los animales por mi mismidad terminó por constituirme cómo tal, o bien,
el mismo caso con las investigadoras con las que estuve en los laboratorios. Más
bien, se trataría de pensar las formas en que se construyó esta investigación. En
este sentido me descentro para dar pie al modo en que este escrito son las
resonancias de esos encuentros, y no sólo una autoconciencia que está
escribiendo. Cómo he tratado también de demostrar, lo racional y lo irracional no se
encuentran separados y aunque en gran parte este escrito es solamente mi
conciencia desplegando un discurso que trata de ser racional para un medio
académico también esa conciencia está excedida. No puedo omitir tampoco las
relaciones de poder que lo suscitan, pues es el resultado además de una serie de
dispositivos sociales e institucionales que me están configurando de este modo.

En este sentido es que los procesos que describo como una serie de intercambios
entre distintos actores, animales, humanos y no humanos, que configuran ciertas
formas de saber, ofrecen un modelo de subjetividad más cercano al que Guattari
(1996) ofrecería como un proceso de producción, en sus palabras se trataría de un

43
Para Massumi (2013) la creatividad se ha ligado a la capacidad del humano como una capacidad
autorreflexiva, sin embargo, el considera que esto ocurre en un nivel corporal prerreflexivo que se liga más
bien a la capacidad del animal de adaptarse a los cambios del medio. Los cuáles no pueden ser determinados,
sino que están abiertos constantemente a lo aleatorio del medio. Aunque, desde mi perspectiva, habría que
redefinir lo que entendemos por reflexión y considerar por qué lo animal sería algo previo a ella.

182
“Conjunto de condiciones por las que instancias individuales y/o colectivas son
capaces de emerger como Territorio existencial sui-referencial, en adyacencia o en
relación de delimitación con una alteridad a su vez subjetiva.”(p.20). El autor,
hablará por lo tanto de posiciones parciales que conforman procesos distintos de
acuerdo con las condiciones que constituyen esa forma determinada de
subjetividad, que pueden dar paso a una ipseidad pero que no se limitan a esta, así,
por ejemplo, podríamos hablar de una forma de subjetividad específica del ser
científico como instancia colectiva. Si bien esta definición aun parece insuficiente
para captar el modo en que los animales conforman la subjetividad tanto científica
como propia, resulta útil pensar el modo en que lo que él denomina heterogénesis
da forma a este proceso de producción. Es decir, hay una participación de no-
humanos que constituirán una especie de juntura, la cual producirá ciertos
agenciamientos, conformando los territorios de existencia. En este caso los
animales han solido ser excluidos de toda consideración subjetiva, como bien
plantea Derrida (2019) incluso en el pensamiento de Deleuze ciertamente
influenciado por Guattari. Sin embargo, podemos hacer uso de este concepto
guattariano reinterpretándolo (tal como su autor proponía) para cuestionar hasta
qué punto estas redes que conforman la experiencia de investigación (la biomédica
y la propia) son procesos de subjetivación.

De este modo no sería importante la individuación personalista que podríamos


hacer de los animales (aunque tampoco excluiría tal antropomorfización) sino la
afectación recíproca y los efectos de creación conjunta. Entendiendo la escritura, a
la que referí al inicio, no sólo como el efecto representativo de una conciencia sino
como las huellas que un viviente va dejando y que quedan aún después de su
muerte, tal como plantea Derrida respecto a la escritura (2019), también como este
autor propone, esto implicaría pensar la forma en que el animal (ya no sólo
entendido aquí como ficción occidental sino también como producción material) deja
de ser una máquina que reacciona a ciertos estímulos para pensarlo como un ser
que responde. Para Derrida, el pensamiento occidental omite esta respuesta, lo que
se puede ver en el psicoanálisis lacaniano y en el pensamiento de Deleuze cuando
niegan al animal la posibilidad de una divisibilidad, es decir, de hacer de su mundo

183
uno donde no hay falta constitutiva, donde sus reacciones se encuentran ya
determinadas y, por lo tanto, el animal quedaría fijado a las determinaciones del
medio. En otras palabras, como un ser carente de deseo.

Me gustaría terminar esta reflexión sobre mi investigación refiriéndome al deseo,


tanto en el sentido de mi propio deseo como en el de los animales. Respecto al
primero como diría Parrini (2018)

No como una configuración cerrada, sino más bien como un punto de


conexión de nuestros cuerpos con otras corporalidades, de nuestras
intensidades con otras (humanas y no humanas, conscientes e
inconscientes, espirituales y corporales, materiales e imaginarias) de
nuestros saberes y discursos con unos distintos. (p.24)

Esta concepción me parece crucial ya que abre la puerta para pensar la forma de
conexión que se suscitó con los otros, y que desembocaría en la constitución de
una escritura. La cuestión que abre el autor obliga a considerar ese espacio de
deseo como la posibilidad misma del saber, no como dominación sino como
encuentro. Considerar la escritura como aquello que se inscribe en el cuerpo y de
la cual se desprenden formas de conocimiento. Más adelante el autor se pregunta
sobre la forma en que debemos de reconocer la misma complejidad que registramos
en nosotros a las personas que investigamos y lanza la pregunta “¿Tenemos las
herramientas para dar cuenta de esa complejidad?” (Parrini, 2018, p. 437) lo que lo
lleva al campo de la analogía de la subjetividad propia con la del otro como
referencias cruzadas y al del resguardo de la sensibilidad sin la renuncia a la
racionalidad.

Debo de reconocer en este sentido que mis interlocutores siempre fueron los
investigadores, y que los procesos de afección que se suscitaron entre ambos
constituyen mi principal referencia, pues a la par que ellos, yo me encontraba
realizando una investigación al mismo tiempo que descubriendo ese campo llamado
científico. Sin embargo, los animales siempre aparecían de maneras inusitadas. En
ese sentido atraviesan cada una de las palabras de este investigación, son el motio
que impulsa mi escritura. Sin embargo, queda siempre la duda de si realmente he

184
podido dar cuenta de ellos; tal cómo notaba su ausencia en las gráficas que
elaboraban los investigadores, me pregunto si no ocurre algo similar respecto a mi
propia investigación. De cierta forma no tengo los elementos necesarios para
establecer analogías con mi propia subjetividad, sin embargo, no podría dejar de
largo su insistencia, la forma en que aparecían una y otra vez, no sólo de manera
presencial en los laboratorios sino también de manera fantasmática en ideas,
lapsus, imágenes. En este sentido me cuestiono si son posibles de ser pensados
como sujetos deseantes, y no puedo tener como referencia más que el deseo que
suscitaron en mí en forma de conocimiento, pero también en tanto vida, deseo de
vida, deseo que ellas vivan en lugar de ser asesinadas, deseo de constituir mundos
en común, deseo de conformar mundos donde la existencia compartida no sea la
de el aniquilamiento, deseo de desembarazar al soberano de la bestia. En este
sentido retomo del concepto de Guattarí (2006) “propondría denominar deseo a
todas las formas de voluntad de vivir, de crear, de amar; a la voluntad de inventar
otra sociedad, otra percepción del mundo, otros sistemas de valores” (p. 255). Ese
deseo que queda inscrito en mi cuerpo, en mi inconsciente, esas huellas de todos
los animales vivos y muertos que constituyen una escritura más allá de una razón
logocentrada.

Esta producción de deseo también ha sido la que he encontrado en el campo en


referencia a la producción de conocimiento, y es para mí el hallazgo más valioso.
Pese a la muerte que atraviesa y distingue a los animales de los humanos, podría
avizorar cierta intensidad que no se deja domesticar del todo. Para Derrida (2010)
esta condición que se suscita en la huella, como exposición de los vivientes ante la
vulnerabilidad del cuerpo es aquello que permite compartir un destino ético.
Considero así que, si tuviéramos una ética y una política basada más en el deseo
que en la razón podríamos tener mayor unidad como seres vivos, una forma de
relación bien pensada pero no basada en una supuesta razón universal que
conduce necesariamente a pensar que el otro está equivocado. Después de todo
nuestro deseo de persistencia es más fácil de compartir con el otro, humano o no
humano.

185
Considero que el animal, entendido como producción material y semiótica, está en
el centro de todo conocimiento biomédico, no sólo en sentido de discurso, sino
también referente a las prácticas y técnicas que se desprenden de este. La pregunta
sería si esta centralidad de los animales también estaría del lado de las ciencias
sociales, aunque más en forma de negación. Las respuestas de tipo epistemológico
quedan cortas en esta investigación y considero deberían ahondarse más en ellas
¿Cómo el animal constituye formas de conocimiento no humano? ¿Qué verdades
se desprenden de estas concepciones? ¿Sería necesario redefinir el concepto de
verdad despegado de un logocentrismo? ¿Se puede prescindir de esta relación de
dominación para la constitución del conocimiento biomédico? También quedan
pendientes muchas preguntas respecto a cómo este deseo del que hablé se
produce bajo contextos específicos, la mirada macro fue quizá la parte que menos
trabajé en esta investigación y que se hace necesaria de revisar. Por otro lado, el
aspecto etológico debería ser revisitado para ahondar más en la perspectiva propia
de los animales. Quizá la perspectiva biopolítica, sigue siendo muy dicotomizante y
debería pasar a otras perspectivas que escindan menos la cuestión entre la vida y
lo social o arribar al concepto de zoopolítica propuesto por Derrida (2010) para
pensar más en la vulnerabilidad que en la ficción de soberania. Sin embargo, esta
investigación me obliga a preguntarme si el animal no continúa siendo el límite de
toda perspectiva social y si debemos conformar otra perspectiva para pensarlo, que
incluso podría ubicarse por fuera del ámbito académico.

186
Posfacio.
El animal constituye un lugar límite en relación con lo humano. La conceptualización
que se ha hecho de este desde el pensamiento occidental coloca a los animales en
una situación de desventaja y explotación que coloca al hombre blanco y
heterosexual como soberano y amo, de los otros cuerpos. Para ocupar esta posición
es necesaria la objetivación, el soberano es amo de la verdad y así es que occidente
constituyó en la ciencia su herramienta perfecta para la objetivación de lo otro. Sin
embargo, la constitución social de esa verdad hace que la situación se torne en un
tablero de juego, donde las estrategias y la resolución no se encuentran dadas, ya
que los actores que nos ubicamos en el tablero generamos movimientos
insospechados para los brazos del poder.

Así mi exploración comenzó por medio de una pregunta sobre el animal, que soy y
no soy al mismo tiempo, la extrañeza y la empatía se ponen en juego dentro de un
solo cuerpo, que me afecta y me genera una pregunta por mi propio saber. El saber
y el animal se conectaban desde entonces ¿Cómo conocer a los animales sin
replicar la posición del soberano? El camino ha sido extraer del saber biomédico al
animal para colocarlo bajo mi propia lupa, la de las ciencias sociales, mi formación
como psicólogo social aspirante a un título académico. Lugar en el que algunas
veces puedo fingir ser ese soberano que ilumina la oscuridad del otro. Pero los
animales lo que me regresan con sus propias incertidumbres y saberes es que esa
posición es insostenible. Nos encontramos cohabitando un mismo suelo, no sólo
material sino epistémico, en el que su mismidad es mi propio límite, como lo es
cualquier mismidad con la que me encuentro incluso en mí propio ser.

De este modo comencé este recorrido de la mano de diversos animales, con los
que cotidianamente interactúo muchas veces sin notarlos. Están ahí, entre nosotros,
ellos, conformando nuestra realidad sin que nos percatemos. Son nosotros. Es algo
tan evidente que ha pasado desapercibido, muchas veces, por las ciencias sociales,
acostumbradas a pensar ese espacio como uno habitado sólo por nuestras
capacidades humanas, sin percibir las capacidades que ellos nos otorgan, a veces,

187
para permanecer habitando el lugar en el que estamos, aún en el plano llamado
simbólico.

Mi recorrido me llevó a esos lugares, en los que se genera el conocimiento, es un


lugar extraño y familiar al mismo tiempo. En nuestra educación escolarizada
siempre tratan de instruirnos sobre el modo en que funcionan, tomando
instrumentos, midiendo sustancias. No es extraño que convirtamos en juguete ese
espacio, pues aún antes de conocer las verdades explicativas sobre el universo,
que se plasman en los laboratorios, tenemos esa cercanía con nuestras manos
sobre los artefactos, las sustancias y en algunos casos los animales. Miramos con
asombro, como se transforman ante nuestros ojos, como el cuerpo del animal se
abre y devela otro mundo, y nos dicen que ese mundo está también dentro de
nosotros.

La familiaridad del laboratorio es también la de mi propia formación, como


estudiante de posgrado, de buscar la creación de un escrito que, de cuenta de mi
propio aprendizaje, de explorar otras realidades, de conocer otros mundos para
llevarlo a un papel y afirmar que las cosas son de tal modo. Mi encuentro con los
animales se dio por medio de otros que también los estudian, los cuidan, intervienen
sus cuerpos y también los matan. Ellos hablan en un lenguaje muchas veces
desconocido, el de su propia disciplina, el de la ciencia, y de algún modo me convertí
en aprendiz de científico.

Sin duda el asombro, que parte de un lugar de ignorante, fue lo que prevaleció
durante mi investigación. También el aburrimiento causado por lo repetitivo que
puede ser el montar un experimento. Hablo de montaje, pero es quizá más bien un
ensamblaje, el papel del investigador es juntar distintas piezas, de diferentes
órdenes y generar un mecanismo que haga que esa juntura cree algo, que se
establezcan relaciones entre estas piezas, y esa relación no depende por entero del
investigador, sino que cada una tiene su propia potencia, su propia forma de actuar
y es lo que hace divertido el experimento, que el resultado se genere solo, como por
arte de magia, ante nuestros ojos.

188
Los animales, por este motivo, son el actor principal. La primera vez que entré a un
vivario al ver tantas ratas juntas mi asombro fue mayor, cientos de cuerpos
moviéndose sin sincronía. Una multitud de animales enjaulados, retenidos, pero que
no dejan de moverse. Mis ojos no sabían a donde mirar y se perdían entre la
particularidad de cada animal, pese a que estos sean producidos en masa con la
finalidad de ser homogéneos. Y es que siempre los animales me han generado esa
sensación de asombro, en los zoológicos, en los acuarios, incluso muertos y
colgados en un mercado. Que se muevan o ya no lo hagan hace que los ojos tengan
que moverse para seguirlos. A diferencia de los humanos quienes nos ponemos
frente al otro para que la mirada quede fijada en un punto, los animales se vuelven
impredecibles.

Por eso mi extrañeza al escuchar que los investigadores hablaran de ellos como
instrumentos, como bioindicadores, como algo que más que hablar de su propia
singularidad hablaría de algo general, homogéneo, inamovible y considerarlos como
una base en lugar de ser lo que cambia. Con el pasar de los días fui dándome
cuenta de que esa forma de expresarse de los animales no correspondía del todo
con la actividad que realizaban con ellos. Entonces era más bien como si jugaran
con ellos, como si los cuidaran, como si de niños se trataran. Los animales
homogenizados y controlados se convertían en una criatura con su propia fuerza,
con su propia vida. Su capacidad de responder es lo que hace que puedan jugar
dentro del escenario experimental. El investigador entonces debe, no sólo de
aprender la forma en que este jugador mueve sus piezas, sino también a saber
responder ante jugadas inesperadas. El investigador debe dejarse afectar, pese a
que la neutralidad científica le diga que eso no debe ocurrir. Por mi parte era algo
imposible de eludir al volverme aprendiz, para mí el poder cargar una rata implicaba
algo nuevo y no podía percibirlo como una acción mecánica sino como el poder
interactuar con otro ser que era probable que me mordiera.

Estas ratas, que se alejan mucho de la idea de una naturaleza originaria, debían ser
manipuladas para ser intervenidas y configurar su cuerpo de acuerdo con la técnica
propia del experimento, esta alineación implica que estos animales disten mucho de

189
ser aquellos que imaginamos como por fuera de nuestro mundo social, que
pensamos vienen de fuera del mundo natural para poderlos contemplar. Son más
parecidos a los perros con los que convivimos o a las vacas que comemos. Son
conformados en la búsqueda de una satisfacción humana, en este caso
epistemofílica. Conformados por la técnica humana e insertos en procesos técnicos
experimentales, estos animales parecieran ser más una base de carne sobre la que
desplegamos nuestro poder para que sean y hagan lo que nos plazca. Esta idea
imaginaria, como todo narcisismo, se sostiene muy poco. Los animales aún bajo
estas condiciones no cumplen nuestros caprichos. El investigador debe hacerse
consciente de esto para capturar esa parte rebelde del animal, eso que no se puede
configurar con la pura técnica y por lo que se hace necesario que el animal se
convierta en modelo. Los investigadores con los que pude involucrarme son
humildes en este sentido. Están conscientes que su saber y su poder sobre el
animal nunca son totales y es lo que mantiene avivado el deseo por conocerlos, por
explorarlos.

Esto no implica que la aspiración de la ciencia, así en abstracto, no sea la de


constituirse como verdad, y que para esto no tenga que objetivar al animal y
someterlo a una serie de intervenciones por medio de distintos dispositivos, tanto
químicos como orgánicos hasta llegar al punto de su muerte. Los animales entonces
quedan capturados ya no por los dispositivos de contención para limitar sus
movimientos sino por dispositivos visuales que permiten extraer de ellos esa verdad
de la que hablaban mientras vivían. Pero el investigador sabe que aún esas
imágenes son una creación de ellos, que continúan en el juego. Aunque no lo digan,
lo saben, pues para eso necesitan prepararse y aprender a mirar para, a partir de
ahí, rastrear lo que esos nuevos mundos ofrecen. Solo explorando esos caminos es
que uno aprende a mapearlos, y que no estén ya plasmados en alguna parte hace
que recorrer esa tierra inexplorada tenga valor para el conocimiento. Aunque esos
mapas no sean más que impresiones que queden del camino real, y los
investigadores lo saben. Para la mayoría de nosotros un mapa nos conduce al lugar
deseado, pero cuando ese lugar es desconocido entonces los mapas no son más

190
que señales para un recorrido quizá permanente. Los animales, siempre se corren
de lugar.

Por ese movimiento constante es que nos identificamos con ellos, pero también por
el que podemos tomar distancia. Es cada vez más común escuchar que somos
animales, pero los límites que establecemos con los demás animales implican
también nuestro poder sobre ellos. Menos complejos, menos evolucionados, menos
inteligentes, con menos capacidades. El animal es siempre una resta, o un resto,
es nuestro propio yo arcaico que retorna, desde el pasado, para acecharnos y
recordar nuestra propia finitud. Me vienen a la mente aquellos cuentos y pesadillas
infantiles donde el animal es aquel que nos aniquila o nos enferma. Es un lugar que
incomoda a la idea de futuro. Por eso lo colocamos en el pasado evolutivo, como
inferior y como algo que debemos evitar. Esta fantasía la vemos también como la
condición de poder conocerlos, que, a la vez, es conocernos a nosotros mismos.
Sin embargo, de manera contradictoria, son también el futuro, de ellos depende
nuestra vida, por medio del progreso científico.

Pero, si bien, esta distancia que permite su objetivación es condición para hacer
ciencia, como toda fantasía, se desdibuja con el encuentro cara a cara. Quien
decida conocer los secretos de la vida debe también poder mirar de cara a la muerte.
Si somos animales, compartimos los mismos mecanismos que ellos, somos
ensamblajes de fuerzas que tenemos y que nos sobrepasan, y cuyo movimiento
también tiene un fin, la máquina está sujeta al tiempo y se deteriora y se
descompone. Quizá lo más difícil de imaginar es como esa maquinaria implica
conexiones con otras máquinas, si lo que nos une al animal es el destino funesto,
lo que nos separa es la forma en que decidimos ignorar este hecho.

Por eso la promesa de la ciencia, en especial de la biomédica, nos remite a la


muerte, de manera constante, evitar enfermarse, evitar morir, teniendo como centro
la muerte de los animales. El poder que se constituye a partir de ese conocimiento
no sólo los objetiva y aniquila, sino que se impone como una forma de poder
gestionar la vida. Ese poder no es solamente entre humanos y los otros animales,
sino que diferencia a los humanos de acuerdo con condiciones que muchas veces

191
también son interpretadas como naturales. Como he tratado de mostrar en este
trabajo esas condiciones remiten a un contexto sociohistórico, y el peso que este
tiene sobre la producción del mismo conocimiento es cada vez más limitante. La
técnica que es posible de ser generada por el saber científico distribuye el poder de
manera tal que esta misma termina acentuando más las diferencias entre seres
vivientes, humanos y no humanos.

El dominio del conocimiento es el dominio de las condiciones de vida. No podemos


ya pensarnos como seres separados unos de otros, humanos o no, vivos o no. Los
animales no están en la naturaleza y la tecnología no nos separa de ella. En este
escenario donde una vez más el soberano busca detentar el destino de los otros, la
ciencia y su poder creativo, no sólo en términos ideales, sino en términos materiales,
tiene una tarea importante: ser capaz de crear mundos nuevos, y para esto debe
remover algunos principios que la orientan a la reproducción de un orden ya
determinado por el poder capitalista. Las ciencias sociales por su parte deben
aprender a ver que la naturaleza no está por fuera de su objeto, sino que siempre
ha estado ahí, también ejerciendo poder sobre esta.

En ambos casos los animales se insertan como cuestionamiento. La interrogación


no viene de nosotros hacia ellos sino de ellos a nosotros. Entonces, se trata más
bien de aprender a escuchar una otredad que se nos muestra como radical o
inaccesible y comprender esa separación desde la propia constitución subjetiva.
Quizá el aprendizaje sea precisamente el límite de eso que llamamos sujeto (de la
acción, del conocimiento) y no necesariamente la expansión de este.

En el laboratorio cuando vi aquella imagen de una rata acicalando a otra, mientras


ésta convalecía después de una cirugía donde le extrajeron la matriz, fue imposible
pensar en una analogía conmigo como humano. Más allá del significado que pueda
representar para mí, respecto a mis procesos cognitivos y de memoria, sentí una
identificación con ellas respecto a la vulnerabilidad, pero también respecto al
cuidado. Esa posición que me arrebata del lugar de amo y me coloca a la disposición
de otros, bajo una red infinitamente compleja de determinaciones humanas y no
humanas (mucho más las segundas que las primeras), que superan mi simple

192
existencia al mismo tiempo que la hacen posible. La rata que trataba de animar a
su compañera se encontraba también aún bajo los efectos de la sedación y sin
embargo se esforzaba por lamerla. Este gesto, además de vulnerable me pareció
potente, pero justo una potencia que no está ceñida bajo el mandato del poder y de
la crueldad con la que tratamos, generalmente, a los animales; sino que, por el
contrario, trataba de evitarla. En ese momento, tal vez, la capacidad de representar
la muerte de las ratas (capacidad que tanto se ha negado a los animales) era
expresada no por la vía de la palabra descarnada sino por el tacto entre ambas. La
biología ha explorado poco la política relacionada a la vida, y es quizá en el
intersticio entre los cuerpos vivientes y la indistinción que se suscita entre ellos (y
no en su supuesta interioridad separada del exterior) donde esa continuidad entre
humanos y animales más se hace presente.

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