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Mzjsks

Luis observa una estación de tren vacía que no aparece en los mapas y comienza a obsesionarse con ella. Un día, tras descubrir una postal antigua relacionada con su infancia, decide bajar en la estación, donde se da cuenta de que representa un umbral entre su vida actual y sus recuerdos olvidados. Al abordar un tren antiguo que se detiene allí, Luis finalmente acepta su pasado y se aleja de la estación, que desaparece tras él.

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Luis observa una estación de tren vacía que no aparece en los mapas y comienza a obsesionarse con ella. Un día, tras descubrir una postal antigua relacionada con su infancia, decide bajar en la estación, donde se da cuenta de que representa un umbral entre su vida actual y sus recuerdos olvidados. Al abordar un tren antiguo que se detiene allí, Luis finalmente acepta su pasado y se aleja de la estación, que desaparece tras él.

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“La estación sin nombre”

Había una estación en la que nadie bajaba. Tampoco subía nadie. El tren pasaba cada día a
la misma hora, frenaba unos segundos, dejaba escapar un leve suspiro metálico y luego
continuaba. Ningún anuncio sonoro la mencionaba, y en el mapa de la línea solo quedaba
un espacio en blanco entre dos nombres.

Luis la observaba todos los días desde su asiento, siempre el mismo: ventanilla izquierda,
segundo vagón. Al principio no le prestó atención. Era solo otra parada entre muchas, y él
tenía prisa como todos. Pero un día, cuando el tren se detuvo allí durante más de lo
habitual, notó algo extraño. No había anuncios, ni bancos, ni papeleras. Solo una plataforma
de cemento envejecido, una farola que parpadeaba aunque fuera de día, y un reloj sin
manecillas.

Fue entonces cuando empezó a imaginar cosas. ¿Y si alguien vivía allí? ¿Y si esa estación
existía solo para quienes habían olvidado algo importante? Una idea absurda, pensó. Pero
la estación seguía apareciendo cada día. Siempre igual. Siempre vacía. Siempre detenida
entre dos lugares que sí tenían nombre.

Luis comenzó a obsesionarse. Llegaba antes para asegurarse de sentarse en su sitio.


Cronometraba el tiempo exacto que el tren permanecía allí: 17 segundos. Nunca más,
nunca menos. Un día, decidió no llevar auriculares. Quería escucharla. Pero no había
sonido alguno. Ni viento, ni grillos, ni trenes lejanos. Solo un silencio grueso, como si allí el
tiempo estuviera detenido.

Una noche, mientras ordenaba papeles viejos en su casa, encontró una postal sin
remitente. Tenía una foto en blanco y negro de la misma estación, solo que más nueva.
Había personas en la imagen. Una mujer con sombrero, un niño de pie junto a una maleta,
un perro sentado con la lengua afuera. Detrás, una fecha escrita a lápiz: 3 de junio de 1987.
El mismo día en que, según su madre, Luis había desaparecido por unas horas cuando era
niño y nadie supo dónde había estado.

No pudo dormir esa noche.

La mañana siguiente, llegó más temprano de lo habitual. El tren estaba más lleno, pero
nadie ocupó su sitio. Mientras se acercaban a la estación sin nombre, el corazón le
palpitaba con fuerza. El tren se detuvo. Esta vez, Luis se levantó. Nadie más lo hizo.
Caminó hacia la puerta y, cuando esta se abrió, el aire de la estación lo golpeó con una
calma extraña. No era frío ni calor. Era… ausencia.

Bajó.

La plataforma crujía bajo sus pasos. Nadie lo miraba desde el tren. De hecho, cuando giró
la cabeza, ya no estaba. Ni tren, ni raíles. Solo la estación, el reloj sin manecillas, y un
banco de madera. Y silencio.

Luis caminó por el andén, esperando algo: un sonido, una voz, una señal. No ocurrió nada.
Pasaron minutos, u horas, o quizás días. El tiempo parecía derretido. Finalmente, se sentó
en el banco. Frente a él, al otro lado de la vía inexistente, apareció un cartel oxidado.
Apenas visible, pero ahí estaba: su nombre.

“Luis”.

Nada más.

Y entonces entendió. Aquella estación no estaba en ningún mapa porque no era un lugar
físico. Era un umbral. Un sitio intermedio entre seguir con la vida o quedarse atrapado en lo
que pudo haber sido. Luis había vivido todos esos años huyendo de algo que nunca
entendió, ignorando sus propias ausencias, dejando preguntas sin hacer y recuerdos sin
completar. La estación no era para él porque había olvidado. Era para él porque, por fin,
había recordado.

Cuando se levantó del banco, el suelo volvió a vibrar. Un tren se aproximaba, pero no era el
de antes. Este era antiguo, de madera y vapor, y tenía ventanas redondas. Se detuvo frente
a él, con las puertas abiertas. Dentro, había personas. Algunas le sonaban de algo. Un
profesor del colegio. Un vecino de la infancia. Su abuela.

Subió sin dudar. Esta vez, no preguntó a dónde iba. No hacía falta.

El tren partió, y la estación desapareció tras él, envuelta en niebla, como si nunca hubiera
estado allí.

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