Tema 4
Fundamentos Jurídicos y Culturales de los ADR
Tema 4. Origen del arbitraje
en Occidente
Índice
Esquema
Ideas clave
4.1. Introducción y objetivos
4.2. El arbitraje en Atenas
4.3. El arbitraje en Roma I: arbitrajes de derecho privado
4.4. El arbitraje en Roma II: arbitrajes de derecho público
4.5. Buena fe en pactos, contratos y arbitrajes
4.6. Referencias bibliográficas
A fondo
Lima Arbitration
Arbitraje compromisario
Contenido del compromissum
Arbiter romano
Receptum arbitri
Arbitraje y abuso del derecho
Museo de Zaragoza
Test
Esquema
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Tema 4. Esquema
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Ideas clave
4.1. Introducción y objetivos
A lo largo de estas páginas vamos a centrar nuestra atención en el origen del
mecanismo extrajudicial de resolución de conflictos principal de este máster: el
arbitraje. Observaremos cómo el mismo fue contemplado en el derecho ático
recibiendo posteriormente su plena regulación en el derecho romano a través de una
evolución, sobre todo en materia del arbitraje compromisario, que establece las
bases jurídicas de su reglamentación actual. Nos detendremos para ello en el
análisis de los distintos arbitrajes de naturaleza privada que precedieron en el tiempo
al arbitraje compromisario para estudiar con especial atención este último estadio de
la evolución arbitral romana.
Nos acercaremos asimismo a los arbitrajes de naturaleza pública que fueron
surgiendo en las distintas épocas romanas tanto como mecanismos para resolver
conflictos con otras comunidades independientes como entre diferentes entidades
locales integrantes del Imperio romano, así como al arbitraje legal de naturaleza
mixta. En la parte final del tema examinaremos el papel que el principio de la buena
fe tuvo en la configuración de la protección jurídica del arbitraje y expondremos una
síntesis de los fundamentos romanos que presenta su regulación actual.
Por tanto, podemos sintetizar los objetivos que se pretende conseguir en los
siguientes:
▸ Conocer el origen ático del arbitraje.
▸ Analizar los distintos tipos de arbitraje privado, principalmente, el arbitraje
compromisario.
▸ Identificar los diferentes tipos de arbitrajes públicos.
▸ Entender el papel de la buena fe en la regulación del arbitraje.
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Tema 4. Ideas clave
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Ideas clave
▸ Extraer los fundamentos romanos del arbitraje actual.
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Tema 4. Ideas clave
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Ideas clave
4.2. El arbitraje en Atenas
En Atenas, está constatada la existencia de arbitrajes voluntarios para multitud de
cuestiones civiles, junto con los procesos regulares y las decisiones asamblearias
encargadas de juzgar los delitos cometidos por los enemigos de la comunidad ya en
la época prehomérica, resolviéndose la mayor parte de conflictos privados a través
de árbitros privados a partir de la época presolónica, salvo los casos atribuidos en el
ámbito semipúblico del derecho de familia y sucesiones al arconte epónimo (PALAO
HERRERO, 2007: p. 41 y ss.).
En la época homérica, el arbitraje aparece junto a la jurisdicción como mecanismo
extrajudicial de resolución de conflictos civiles en numerosos pasajes de La Ilíada y
La Odisea, en los que personajes de la realeza o el ejército eran requeridos en una
época primitiva como árbitros por las partes contendientes, produciéndose
paulatinamente una evolución en la condición de los árbitros, que pasaron a ser
personas anónimas con capacidad suficiente, elegidas por las partes entre personas
próximas (parientes, amigos o vecinos) para resolver de manera imparcial una
controversia de la que frecuentemente conocían las circunstancias, siendo su laudo
inapelable (Demóstenes 21.94) y garantizándose su cumplimiento mediante la
constitución de prendas o fiadores (EMERSON, 1970: p. 156; FERNÁNDEZ DE
BUJÁN, 2014: pp. 40-41 y pp. 49-50).
Este arbitraje voluntario se solía acordar en un contrato que se depositaba ante un
tercero o ante el propio árbitro, oscilando su número entre uno o tres, en cuyo caso,
cada parte nombraba a uno y el tercero era elegido por los árbitros designados por
las partes. A estos árbitros privados no se les exigía juramento del correcto
desempeño de su función y los arbitrajes se celebraban en un templo o lugar de
especial relieve como el Pórtico de las Pinturas (PALAO HERRERO, 2007: p. 399;
FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: pp. 50-51).
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Ideas clave
Las ventajas del arbitraje eran tales que el propio Platón en su libro sobre las Leyes,
diseñó un sistema jurisdiccional ideal para Atenas en el que consideraba propicia la
intervención de árbitros voluntarios en la primera instancia, resolviéndose las
siguientes ante tribunales regulares; y Aristóteles, en su Retórica, resalta las
ventajas del arbitraje de equidad frente a la aplicación de la ley por el juez,
considerando en su Política al árbitro como una persona digna de confianza para
ambos contendientes (ZAPPALÀ, 2010: p. 199; FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p.
51).
Frente al arbitraje voluntario, el arbitraje público obligatorio, se configura como un
arbitraje legal para determinados supuestos y caracteriza el sistema jurisdiccional
ático a partir del siglo VI a.C., promulgándose la ley sobre arbitrajes públicos en el
año 403 a.C. (PALAO HERRERO, 2007: p. 333).
A diferencia de los árbitros privados, los públicos debían prestar juramento ante la
piedra sacra, donde la ciudad realizaba los sacrificios de realizar su cargo con justicia
y conforme a las leyes, siendo numerosas las causas privadas para las que se les
reconoce competencia: filiación, patria potestad, tutela, declaración de herederos,
servidumbres, reclamación por deuda líquida, reclamaciones por vejaciones,
acciones por daños contractuales, extracontractuales y procesales, acciones contra
los fiados para exigir la garantía prevista, ejecución de sentencia en una causa
pública, rendición de cuentas de tutores, acción por injurias o calumnias o acción a la
víctima por robo.
El resto de acciones civiles ordinarias se tramitaban ante los tribunales sumarios de
causas mensuales cuya implantación supuso la atribución del conocimiento de
cuestiones que antes se resolvían ante los árbitros públicos (causas comerciales,
mineras, tributarias, de tráfico marítimo, relación de dote, saneamiento y vicios
ocultos, etc.), si bien estos, como se ha visto, mantuvieron su competencia en
muchos procedimientos relativos a la ciudadanía, derechos personales, familiares y
parentales (FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: pp. 44-45).
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Ideas clave
En estrecha relación con los árbitros públicos se encontraba el denominado Tribunal
de los Cuarenta jueces, compuesto por cuatro ciudadanos de cada tribu, que
resolvían jurisdiccionalmente y sin apelación todas las causas civiles de cuantía
superior a diez dracmas, remiendo las demás a los árbitros públicos (PALAO
HERRERO, 2007: p. 332 y ss.).
Su estrecho vínculo reside en el hecho de que cada año, este tribunal consultaba la
lista de ciudadanos exentos del servicio en el ejército por haber cumplido sesenta
años, los cuales asumían con carácter obligatorio la condición de árbitros públicos,
salvo que desempeñasen una magistratura o estuvieran fuera del país por causa
justificada, entre los que se procedía por sorteo al reparto de las causas que
competían a los árbitros públicos. La negativa del árbitro a desempañar el cargo o a
emitir el laudo, así como su responsabilidad por la comisión de ilícitos en su
actuación se sustanciaba ante el colegio arbitral y se castigaba con la pérdida de los
derechos civiles o atimia (FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 45 y p. 48).
Designado el árbitro público obligatorio, la causa de desarrollaba igualmente en
lugares destacados como el Pórtico de las Pinturas, la Heliaia o el Hefesteo. Con
carácter previo el árbitro trataba de que las partes llegasen a una transacción que
evitase el arbitraje, siendo posible asimismo una confesión con efectos
transaccionales. Si no los convencía, se procedía a la tramitación del procedimiento
en el que la demanda debía ser concisa y las partes trataban de convencer con sus
discursos a los árbitros, siendo posible el planteamiento de excepciones (pago,
prescripción, cosa juzgada, inexistencia de acción, etc.), así como el interrogatorio a
los contendientes, bien de oficio o a instancia de parte.
También se admitían como prueba el interrogatorio bajo juramento indecisorio y la
confesión con juramento decisorio, siendo la prueba testifical la de mayor
relevancia; tanto es así, que los testigos están obligados a declarar bajo sanción de
mil dracmas y su inscripción en el registro de deudores públicos, haciéndoles
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Ideas clave
responsables de los daños y perjuicios causados si no comparecen, y se permitía
incluso la tortura cuando los testigos eran esclavos o extranjeros. Tras la fase de
prueba, los árbitros prestaban su juramento y emitían su voto utilizando piezas de
bronce, agujereadas o macizas, según el sentido del mismo, emitiéndose el laudo sin
necesidad de motivación y guardándose todas las actuaciones en una caja
(FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: pp. 46-48).
Era posible plantear la nulidad de las actuaciones en el plazo de diez días desde
que se hubiera dictado el laudo, a través de una excepción que, de estimarse,
provocaba que el arbitraje se tuviera que tramitar de nuevo. Asimismo, a diferencia
de los arbitrajes privados voluntarios, los arbitrajes públicos eran susceptibles de
apelación. El mismo día en que el árbitro notificaba el laudo, las partes debían
decidir si estaban conformes con el mismo, en cuyo caso, el árbitro entregaba el
laudo al Tribunal de los Cuarenta para su archivo, lo cual le confería carácter
ejecutivo, o si recurrían al Tribunal de los Dicasterios, cuya resolución era definitiva.
Si el laudo era recurrido se introducían en dos cajas —una del recurrente y otra del
recurrido— los testimonios, certificaciones de leyes y requerimientos. Tras ser
selladas, se añade la tablilla con el laudo arbitral y se entrega todo a los cuatro
jueces de los Cuarenta encargados de los arbitrajes de la tribu del recurrido, a fin de
que las elevara a los Dicasterios que debían resolver con el contenido de las cajas,
sin posibilidad de utilizar otras pruebas, proposiciones de parte o leyes diferentes a
las contenidas en ellas y recibidas del árbitro (FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: pp.
48-49).
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Ideas clave
4.3. El arbitraje en Roma I: arbitrajes de derecho
privado
Se denomina arbitraje de derecho privado aquel en el que son los
sujetos particulares los que deciden someter su controversia a la
decisión de uno o varios árbitros.
Podemos distinguir los siguientes:
Figura 1. Tipos de arbitraje de derecho privado. Fuente: elaboración propia.
El arbitraje primitivo alude a la forma más antigua de arbitraje en la que el arbiter
actúa como un tercero mediador que evita el empleo de la violencia en un conflicto
entre dos personas con intereses contrapuestos, siendo un testigo y conciliador tanto
en el ámbito privado como público, pero sin tener el mandato explícito de poner fin a
una controversia a través de una sentencia (DE RUGGIERO, 1971: pp. 12-17).
Asimismo, el árbitro intervendría como mero testigo en la realización de un
determinado acto, sobre todo en conflictos de vecindad relativos bien a límites o bien
a la propiedad sobre un determinado objeto (BUIGUES OLIVER, 1990: pp. 25-26;
FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: pp. 51-53).
Una etapa intermedia la constituye el arbitraje extraprocesal de una persona justa
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(arbitrium boni viri) en el que el arbiter, caracterizado por su honestidad y buen
criterio, tampoco dicta sentencia sino que se limita a precisar, clarificar o concretar
hechos o circunstancias indeterminadas que afectan a determinadas personas
aplicando criterios de equidad o bien da su opinión cualificada sobre la realización de
un negocio jurídico o sobre aspectos indeterminados de una relación contractual que
no han sido determinados por las partes a la hora de su realización, como la renta en
un contrato de arrendamiento, la cuantía de una dote, la cuota de participación en las
pérdidas y ganancias en una sociedad, diferentes aspectos concernientes a legados
o fideicomisos o el precio en una compraventa, pudiendo ser su decisión impugnada
en juicio a través de una acción de buena fe si de la misma resulta una manifiesta
iniquidad (BUIGUES OLIVER, 1990: p. 28 y ss.; FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: pp.
53-55).
Por su parte, algunos autores distinguen una tercera tipología en el arbitraje no
formal consistente en un simple pacto que, pese a carecer de tutela jurídica, fue muy
utilizado al menos antes del surgimiento del procedimiento formulario en el ámbito
negocial por el que dos personas convienen, extrajudicialmente, someter su
controversia a un tercero de confianza y cuya ejecución encuentra su fundamento en
la fides y en la moral ciudadana (DE RUGGIERO, 1971: p. 20 y ss.).
Este arbitraje no formal acabó por integrarse en el arbitraje de ius gentium
aplicado para la resolución de conflictos en la interpretación y/o aplicación de
pactos entre extranjeros y ciudadanos romanos, protegidos por el pretor a través
de la denegatio actionis y la exceptio actionis y que, en determinados supuestos, fue
reconocido como una institución del ius civile. En efecto, de los arbitrajes surgidos en
el ámbito de la protección del pretor a las prácticas comerciales propias del ius
gentium, basadas no en el ius sino en la fides, matizada en la nueva expresión de
bona fides, se habría pasado a su incorporación al ius civile como bonae fidei.
Ahora bien, habría que distinguir aquellos juicios de buena fe correspondientes a
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figuras jurídicas propias del ius civile como la tutela o la fiducia en las que el ius, los
mores y la jurisprudencia habrían cumplido un papel importante, de aquellas otras
propias del tráfico comercial, como la compraventa que se habría configurado en
origen como un negocio del ius gentium (FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: pp. 57-59).
Finalmente, el último escalafón en la evolución de los arbitrajes de derecho privado lo
constituye el arbitraje compromisario. Como hemos visto, consistía en un arbitraje
de notorio carácter contractual, regulado por vía pretoria al menos a partir del siglo
II a.C., en el que dos o más personas convenían resolver su conflicto ante uno o
varios árbitros elegidos por ellos o designados por el pretor, colaborar en la
instrucción del arbitraje y cumplir la decisión arbitral: conventio o compromissum (DE
RUGGIERO, 1974: p. 12 y ss. y p. 138 y ss.; LINARES PINEDA, 1998: p. 495 y ss.).
D. 4.8.42: «No en virtud de todas las causas por las que no se obedeció a la sentencia
del árbitro se incurre en la pena del compromiso, sino tan solo por aquellas que
respectan al pago de una cantidad o la ejecución de hechos. Asimismo, podrá el árbitro
castigar la contumacia de un litigante mandando que dé a su adversario una cantidad».
Por su parte, el arbiter una vez aceptado el encargo, se comprometía a dictar
sentencia ajustándose al ámbito objeto de la controversia (receptum), pudiendo el
pretor forzarle a través de multas, embargos de bienes o prendas en caso contrario
(PARICIO, 1984: p. 283 y ss.; GUTIÉRREZ GARCÍA, 1991aª: p. 148 y ss.; OVALLE
FAUNEZ, 1996: p. 135 y ss.; ZAPPALÀ, 2010: p. 193 y ss.). La intervención del
pretor solía ser a instancia de parte, aunque las fuentes también recogen testimonios
de intervención de oficio. Por otra parte, la intervención no solo consistía en obligarle
a dictar sentencia cuando el compromiso fuese válido o a ejecutar la ya dictada, sino
que también podía prohibirle dictar sentencia o ejecutar la dictada y, asimismo,
controlaba el cumplimiento de las condiciones de validez del compromissum y del
receptum mediante una cognitio de las circunstancias que se le platean
(GUTIÉRREZ GARCÍA, 1991aª: pp. 147-158; BUIGUES OLIVER, 1990: p. 225 y ss.;
FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 159 y ss.).
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Desde finales de la República, los árbitros se aproximan a los jueces ordinarios
apareciendo descritos en las leyes como una categoría de juzgadores, reflejándose
en las fuentes, sino con anterioridad, sin duda desde la legis actio per arbitrive
postulationem una cierta indistinción entre la figura del juez y la figura del árbitro,
dentro incluso del sistema de los juicios privados (VALIÑO, 1996: p. 536).
En época clásica, el proceso arbitral se configura a semejanza de los juicios y,
manteniendo la estructura del compromissum y del receptum arbitrii, tiene por
finalidad la resolución de los conflictos, con una regulación legal o jurisprudencial
caracterizada por su tono principalmente dispositivo, por el respeto a la autonomía de
la voluntad de las partes y por la escasa participación de la autoridad jurisdiccional
en su tramitación (FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 222 y ss.):
D. 4.8.1: «Redúcese el compromiso a una semejanza de juicio y tiene por objeto terminar
los pleitos».
D. 5.1.81: «El que ni ejerce jurisdicción, ni fue investido de alguna potestad por el
príncipe, ni fue nombrado por el que tiene facultad de nombrar jueces, ni fue elegido en
virtud de compromiso o confirmado por alguna ley, no puede ser juez».
En las épocas postclásica y justinianea, se produce un incremento de su empleo
como consecuencia del deterioro de la administración de justicia, a la vez que tienen
lugar importantes cambios respecto a su configuración y efectos, siendo en época
justinianea cuando se produce la mayor equiparación entre el proceso y el arbitraje,
puesto que la concesión de una acción in factum y la exceptum veluti pacti,
supusieron que el laudo arbitral tuviera el reconocimiento de cosa juzgada
(PARICIO, 1984: p. 283 y ss.; MOLINA GUTIÉRREZ, 1988: pp. 218-219;
FERNÁNDEZ BARRERIO Y GARCÍA CAMIÑAS, 2011: p. 577 y ss.; LÓPEZ
HUGUET, 2018: p. 38 y ss.).
C.J. 2.55.5 pr.: «Con frecuencia se respondió por rescriptos que no se puede apelar
la sentencia del árbitro al cual se recurrió en virtud de compromiso legalmente hecho,
porque tampoco se puede dar en virtud de ella la acción de cosa juzgada y por esto
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se promete por ambas partes una pena para que por miedo a ella no se separe
ninguna de lo convenido».
Asimismo, a partir del siglo IV d.C. se generalizan los arbitrajes confesionales en los
que intervienen obispos o patriarcas a través de la Episcopalis Audientia, que se
mantendrán en el Medievo gracias al Decreto de Graciano, que reconoce la
jurisdicción arbitral de la iglesia en determinadas materias profanas (FERNÁNDEZ
DE BUJÁN, 2014: p. 67).
Realizada esta breve evolución histórica, nos detendremos algo más en el análisis de
algunos extremos de este tipo de arbitraje:
Figura 2. Partes del arbitraje de derecho privado. Fuente: elaboración propia.
En relación con el compromissum, los términos de este acuerdo constituían un
pacto recogido por escrito cuyo contenido solía reforzarse mediante estipulaciones
recíprocas comunes o penales, de carácter accesorio, exigibles mediante la actio ex
stipulatu que comportaba para el litigante incumplidor el pago de la pena pecuniaria
establecida o el resarcimiento del perjuicio causado o la obligación de depositar
objeto de la controversia en manos del propio árbitro (Daza Martínez, 1990: p. 89 y
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ss.; OVALLE FAUNEZ, 1996: p. 193 y ss.; VALIÑO, 1996: pp. 535-536).
A diferencia de la litis contestatio del proceso ordinario, en la que en juicios privados
el magistrado fijaba los términos del litigio, el contenido y concreción del compromiso
era competencia exclusiva de las partes, se desarrollaba en un ambiente de máxima
libertad y casi de espaldas al sistema procesal civil ordinario (FERNÁNDEZ
BARREIRO Y GARCÍA CAMIÑAS, 2011: p. 577 y ss.; VALIÑO, 1996: pp. 535-536;
ZAPPALÀ, 2010: p. 193 y ss.). La incapacidad sobrevenida de las partes durante el
desarrollo del proceso arbitral impedía al árbitro dictar sentencia salvo que su hubiera
nombrado un curator y se pronunciara en su presencia (BUIGUES OLIVER, 1990: p.
220 y ss.).
Podía ser objeto de compromissum cualquier cuestión litigiosa de las denominadas
de libre disposición de las partes, quedando excluidos los delitos que llevasen
aparejada la nota de infamia, los asuntos sobre los que existía una acción pública,
los supuestos perseguibles mediante acciones populares, las cuestiones de estado
(libertad e ingenuidad), la integrum restitutio y algunas acciones (DAZA
MARTÍNEZ, 1991: p. 64 y ss.).
En este punto, precisa la doctrina, que los compromitentes podían decidir someter a
arbitraje una controversia concreta o todas las existentes entre ellas relacionadas
con la situación objeto de este (compromissum plenum), pero no podían incluirse
las cuestiones futuras ajenas o sobrevenidas al compromiso ya realizado. Entre las
cuestiones más comunes, como indica el autor, se encontraban, entre otras las
relativas a la propiedad, tutela, posesión, elecciones, préstamos o linderos entre
fincas (GUTIÉRREZ GARCÍA, 1991: p. 148 y ss.; VIDAL RAMÍREZ, 2003: p. 570;
FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 139 y ss.).
Respecto a la condición de árbitro, al arbiter se le exigían prácticamente las
mismas condiciones de capacidad que a los jueces privados, pero tenía que
obligarse expresamente a resolver (receptum arbitrii), actuando en cierto modo como
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encargado de las partes, en una posición jurídica no muy diferente a la de un
mandatario, que puede verse obligado incluso a resolver una controversia entre los
herederos de quienes le designaron (VALIÑO, 1996: p. 536; DAZA MARTÍNEZ,
1991: p. 59 y ss.).
La función de árbitro era personal e intransferible, debiendo ser su persona
perfectamente determinada bien por las partes, bien por una de ellas o bien
encomendando con su acuerdo esa designación a un tercero. Las partes podían
designar libremente el número de árbitros, aunque se recomendaba que dicho
número por razones prácticas fuera impar. Su función hasta la época clásica fue
gratuita, pasando a ser remunerada a partir de la posclásica como consecuencia de
su inclusión en la estructura administrativa estatal. En términos generales, podían
asumir la función de árbitros los varones libres mayores de veinte años, sometidos o
no a patria potestad, que tuvieran plena capacidad de obrar, con independencia de
su condición inmoral o ignominiosa, siempre que no fueran jueces del asunto, ni
parte implicada en el mismo, los cuales además podían abstenerse o ser recusados
de dictar sentencia si habían sido difamados por los litigantes o no tenían
definitivamente clara la solución del asunto confiado (previa cognición de causa), si
hubiera una enemistad manifiesta con alguno de ellos, en caso de enfermedad, si se
hubiera planteado la controversia ante otro árbitro o juez ordinario o si el propio
árbitro tenía pendiente un juicio propio que le impidiese ocuparse del arbitraje.
Estaban excluidos los locos, pupilos, sordos y mudos (BUIGUES OLIVER, 1990: p.
101 y ss.; MOLINA GUTIÉRREZ, 1988: p. 215 y ss.).
En todo caso, al igual que ocurría con los jueces privados (aunque el régimen no era
del todo similar sí que se aplicaron a los árbitros por analogía algunas reglas
vigentes para los jueves del ordo), las excusas para abstenerse de dictar sentencia
no constituyeron un numerus clausus, pudiéndose incluir, previa cognición del
magistrado, otras sobrevenidas que impidieran al árbitro dictar sentencia, y en
función de su prolongación en el tiempo, podrían ser provisionales, lo que supondría
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un aplazamiento del procedimiento arbitral (diffissio), o definitivas lo que daría lugar
a la necesidad de un nuevo compromiso, exigiéndose al árbitro el juramento sobre la
veracidad de la excusa alegada para no incurrir en responsabilidad (PARICIO, 1987:
p. 101 y ss.).
En cuanto al desarrollo del procedimiento arbitral, no era obligatorio que el
proceso fuese público, correspondiendo normalmente a las partes la determinación
del lugar donde celebrar el arbitraje, siendo solo concretado por el árbitro en el caso
de que no se pusieran de acuerdo pudiendo, asimismo, citarlas en un lugar cercano
a la ciudad acordada en el compromiso. Era necesaria su comparecencia o la de sus
representantes a la hora de dictar sentencia y las consecuencias del incumplimiento,
incurriendo la parte no compareciente en responsabilidad salvo que alegasen una
justa causa: asunto público, magistratura, enfermedad (DE RUGGIERO, 1974: p. 184
y ss.; DAZA MARTÍNEZ, 1991: p. 59 y ss.; FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 164 y
ss.).
El árbitro no podía hacer nada no previsto en el compromiso y debía resolver el
asunto a través de criterios de equidad, disponiendo de una discrecionalidad y una
mayor libertad que el juez ordinario que le autorizaba, en época clásica, a dictar
sentencias no pecuniarias (BUIGUES OLIVER, 1990: p. 34 y ss. y p. 132 y ss.). El
plazo y la eventual prórroga para dictar la sentencia eran asimismo consensuados
por las partes en el compromiso y, en su defecto, a petición del árbitro en un
momento posterior salvo en los supuestos en los que la prórroga estuviera prevista
en la normativa, como ocurría en el caso de enfermedad de uno de los
compromitentes, quedando prohibido anticipar la sentencia en contra de la voluntad
de las partes, equiparándose los días hábiles arbitrales a los días hábiles judiciales
(FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 170 y ss.).
Una vez pronunciada la sentencia, el árbitro no podía modificarla, aunque hubiera
incurrido en un error, y si la sentencia dictada no era cumplida en un breve espacio
de tiempo era posible exigir a la parte que no había cumplido el pago de la pena
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económica acordada o la responsabilidad derivada de la estipulación in faciendo, por
los daños y perjuicios causado (PARICIO, 1984: p. 283 y ss.).
La sentencia arbitral era inapelable (DAZA MARTÍNEZ, 1990: p. 109 y ss.;
FERNÁNDEZ BARREIRO Y GARCÍA CAMIÑAS, 2011: p. 595; ALISTE SANTOS,
2016: p. 52). Ahora bien, podía oponerse la exceptio doli contra la actio ex stipulatu
para exigir la responsabilidad por incumplimiento y lograr revocar la sentencia arbitral
si el árbitro hubiera actuado de mala fe, de forma venal, corrupta o con parcialidad
manifiesta. Asimismo, se tendrá por no dictada la sentencia si hubiese añadido otro
árbitro no previsto en el compromiso o si se compareció en el día acordado y el
árbitro fijase una nueva fecha para la comparecencia, siendo nula la sentencia
pronunciada con posterioridad al día señalado.
Se consideraba inválida también la sentencia indeterminada, la que consistiese en
una mera valoración no decisoria, la dictada sobre asuntos propios del árbitro cuando
la misma es condicionada por las partes o cuando se pronuncia (salvo pacto) en
ausencia de las partes. En cambio, si el árbitro se extralimitaba del contenido del
compromiso o resolvía cuestiones no susceptibles de arbitraje, si bien no era lícito,
no invalidaba los aspectos sí sometidos y previstos entre los extremos del
compromissum (FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 182 y ss.).
Finalmente, siguiendo a LINARES PINEDA (1998: p. 495 y ss.), en cuanto a la
ejecución de la sentencia arbitral, como hemos indicado supra, en época clásica el
arbitraje de compromiso no daba origen a una acción ejecutiva que permitiera exigir
el cumplimiento de la sentencia. Por ello, la exceptio pacti conventi o excepctio
pacti compromissi no impedía que las partes pudieran someter el asunto objeto de
arbitraje a un procedimiento ordinario. Ahora bien, si las partes habían reforzado y
garantizado el pacto de compromiso con una estipulación pura o penal, en caso de
incumplimiento o no colaboración con el árbitro en el desarrollo del procedimiento, la
parte perjudicada podía interponer la actio ex stipulatu para exigir los perjuicios e
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intereses causados o la cosa prevista a título de pena.
En época posclásica, la sentencia arbitral también careció de fuerza ejecutiva y del
valor de cosa juzgada, siendo más infrecuentes las estipulaciones en la medida en
que la pena se convierte en elemento esencial del acuerdo. Solo en época de
Justiniano se integra el pacto de compromiso en la categoría de pactos legales
dotándolo de eficacia obligatoria, de acción para exigir su cumplimiento y se
reconoce a la sentencia arbitral carácter ejecutivo y valor de cosa juzgada, siempre
que las partes hayan prestado juramento de acatar la sentencia o el árbitro haya
prestado juramento de dirimir la controversia con entera verdad o las partes recojan
en un documento la elección del árbitro y la aceptación de su sentencia y no lo
impugnaran en los diez días siguientes, produciéndose una mayor aproximación y
equiparación en sus efectos al procedimiento ordinario (FERNÁNDEZ DE BUJÁN,
2014: p. 186 y ss.).
Tanto es así que se reconoce una exceptio veluti pacti a favor del demandado
compromitente para paralizar la acción de la contraparte dirigida a iniciar un
procedimiento ordinario sobre la cuestión conocida en arbitraje y una acción in
factum, en caso de incumplimiento de la sentencia arbitral, que podía exigirse
además mediante la interposición de una condictio ex lege o una actio utilis in rem
(PARICIO, 1984: p. 283 y ss.; OVALLEZ FAUNEZ, 1996: p. 193 y ss.; FERNÁNDEZ
DE BUJÁN, 2014: p. 186 y ss.):
C.J. [Link]: «Y sea lícito en todos estos casos intentar o la acción por el hecho o la
condición nacida de la ley o la acción real útil, según lo exigiere la naturaleza del hecho».
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4.4. El arbitraje en Roma II: arbitrajes de derecho
público
A diferencia de los arbitrajes de derecho privado, como indica FERNÁNDEZ DE
BUJÁN (2014: p. 102), en los arbitrajes de naturaleza pública, son los entes públicos
quienes, en el ejercicio de su poder, acuerdan someter la solución de sus
controversias a la opinión de uno o varios árbitros siguiendo el modelo de los
arbitrajes privados. Más extensamente podemos considerar de derecho público los
arbitrajes que afectan a las relaciones entre entidades públicas, aquellos en los que
el objeto es público o ambos lo son y vienen ejercidos, como regla general, por
órganos públicos, siendo menos antiguos que los arbitrajes de derecho privado sobre
los que se moldean (BUIGUES OLIVER, 1990: p. 32 y p. 67 y ss.).
Entre ellos, podemos diferenciar los siguientes:
Figura 3. Tipos de arbitraje de derecho público. Fuente: elaboración propia.
En los tratados internacionales de amistad que Roma suscribía con comunidades
independientes, fue frecuente la inclusión del arbitraje como mecanismo para dirimir
las controversias surgidas en las transacciones comerciales. El procedimiento de
este arbitraje internacional cercano a la mediación se basaba más en los usus del
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tráfico mercantil que en el ius o la equidad y, aunque el cumplimiento de la sentencia
arbitral no tenía equiparación con la sentencia judicial ni se garantizaba mediante
una stipulatio poena, la diplomacia, el uso de la fuerza en caso de incumplimiento y
la reciprocidad tuvieron una gran eficacia (DE RUGGIERO, 1974: p. 51 y ss.;
BUIGUES OLIVER, 1990: p. 74 y ss.; FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 103 y ss.).
Por su parte, el arbitraje federal tuvo un contenido predominantemente militar o
político, en la medida en que fue articulado en el seno de la Liga Latina constituida
por aquellas ciudades aliadas de Roma a las que, si bien se reconoce como
independientes, sobre las mismas se manifiesta una cierta hegemonía romana en la
medida en que, por ejemplo, Roma era la única con prerrogativa para declarar la
guerra, para sancionar a los infractores del tratado o para firmar acuerdos
económicos (DE RUGGIERO, 1974: p. 68 y ss.; BUIGUES OLIVER, 1990: p. 80 y
ss.; FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 105 y ss.).
En cambio, el arbitraje administrativo presentó carácter obligatorio y de acto de
gobierno. Era el empleado tanto por las autoridades municipales para dirimir los
incumplimientos de las obligaciones de los contratos administrativos o el importe de
los daños ocasionados con la ejecución del contrato, como el utilizado en el ámbito
de las relaciones internas de la comunidad política romana en los conflictos entre
ciudades, municipios o colonias que se encuentran en situación de dependencia
respecto de Roma, o bien entre alguna de estas entidades y ciudadanos romanos o
extranjeros residentes en su territorio.
Entre las materias objeto de este tipo de arbitraje se encontraban las disputas sobre
límites territoriales, división de cosas comunes, asuntos de naturaleza tributaria,
conflictos de orden interno entre comunidades públicas, discrepancias entre
ciudadanos y entes públicos, desvío de utilización de aguas y ríos públicos, así como
allanamientos de terreno público, siendo frecuente que en el arbitraje entre ciudades
se designase como árbitro al senado de Roma, al senado de una tercera ciudad
neutral, libre o federada, o al gobernador de la provincia en la que estuvieran
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integradas las entidades en conflicto (DE RUGGIERO, 1974: p. 79 y ss.;
FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 108 y ss.).
El caso probablemente más conocido de arbitraje administrativo sea el mencionado
en la tábula contrebiense en la que se recoge una controversia entre dos
comunidades indígenas de la península ibérica, situadas en la zona de confluencia
del río Ebro y sus afluentes Jalón y Huerva: es el conflicto entre los alavonenses y
los salvienses, a propósito de la construcción de una acequia o canalización de agua
que pretendían realizar los salvienses, en territorio sosinetano y de ahí derivar la
conducción a su propia tierra, no obstante la oposición de los alavonenses
(FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 113 y ss.).
Conozcamos algo más el caso a través del siguiente vídeo Bronce de Contrebia.
Accede al vídeo:
[Link]
468c-90eb-ae9b00e5d199
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Por último, entre este tipo de arbitrajes, se incluye el arbitraje legal, así denominado
por ser la ley la que establece someter a un árbitro determinados asuntos. Ya
conocido en la Ley de las XII Tablas respecto al reparto de una herencia a través de
l a legis actio per iudicius arbitrive postulationem, la Ley Licinia del año 210 a.C.
estableció su nombramiento para todos los supuestos de división de una
copropiedad y Cicerón alude al mismo con motivo de la reclamación de una deuda
indeterminada o de un incertum.
Este arbitraje se conformó con posterioridad siguiendo la estela del arbitraje
compromisario pero, pese a ser un arbitraje de equidad, otorgando al árbitro una
mayor discrecionalidad que la atribuida a un juez ordinario y revistiendo,
probablemente, la sentencia arbitral carácter constitutivo, la amplia discrecionalidad
del árbitro no podría apartarse de la legalidad vigente por lo que sería más preciso
considerar que este tipo de arbitraje tenía una naturaleza mixta, privada en relación a
las partes en cuanto sujetos particulares y pública en cuanto a su previsión legal y el
carácter ejecutivo de la sentencia (BUIGUES OLIVER, 1990: p. 84 y ss.;
FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 129 y ss.).
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4.5. Buena fe en pactos, contratos y arbitrajes
La fides como principio ético-moral en Roma
El derecho humano, llamado aequitas e identificado con el ius humanum, está
compuesto para los romanos por aequitas-natura y aequitas-norma, es decir, por
reglas de ética jurídica que se fundan sobre valores de comportamientos
generalmente reconocidos y por reglas del formalismo jurídico, formando un mundo
jurídico interconectado al servicio del hombre. En el ordenamiento jurídico romano, la
fides, como valor de la aequitas-natura, cumple una extraordinaria función social que
prima sobre el desarrollo mismo del derecho con la introducción de específicas
instituciones en la sanción jurídica (LABRUNA, 1998: pp. 40-41).
La impregnación de valores éticos como la pietas, el officium, la humanitas o la fides
en el ordenamiento jurídico romano a través de la jurisdicción pretoria delimitadora
de la realidad para configurar una disciplina precisa de las relaciones jurídicas frente
a l ius strictum, constituye «un prius del concepto jurídico» (SALAZAR REVUELTA,
2015: p. 112-114).
No en vano se ha afirmado que el pueblo romano fue el pueblo del derecho y de
la fides, gracias a la cual Roma pudo ser tan fecunda en la creación jurídica
(BONFANTE, 1926: p. 188; CASTRESANA, 1991: p. 9 y pp. 64-65). La fides, por
tanto, forma parte de la virtud romana —mos maiorum—, es decir, de la vieja moral
de la ciudad antigua, a la que se mantuvieron fieles los romanos de la República y en
el seno familiar.
Depositario de esta virtud, el ciudadano romano aprende desde la infancia la
importancia de su respeto (AGUDO RUIZ, 1999: p. 37 y ss.). Es un término básico en
derecho, sobre el que se asientan «aspectos basilares» de la vida social como la
propia convivencia ciudadana o las relaciones entre los cives y extranjeros (BLANCH
NOUGUÉS, 2017: p. 267). Constituye una noción esencial del pensamiento político y
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jurídico del mundo romano, así como el fundamento de todas las obligaciones no
formales (D’ORS, 1997: pp. 61-62).
L a fides es, por tanto, una expresión típica entre los romanos, manifestándose en
ámbitos muy diferentes, pero también entre los pueblos con los que mantiene
relaciones comerciales. En efecto, no solo fue el fundamento de muchas instituciones
de ius civile que se consideran de validez general porque se basan en el principio de
la palabra dada más que en la forma, sino que, en las relaciones entre cives y
peregrini, la fides representaba una protección y una seguridad en el cumplimiento
de lo acordado, esto es, el deber moral de actuar correctamente en el tráfico
comercial internacional y, a través de la misma, tales negocios adquirieron protección
jurídica (CARCATERRA, 1964: p. 196 y ss.; NÖRR, 1991: p. 1 y ss.; NEME
VILLARREAL, 2010: p. 32 y ss.).
Etimológicamente, el término fides deriva de fit, que alude a lo que se cumple o se
hace. Evoca la idea de ligamen, de vínculo, e indica un modo de comportarse en la
vida idóneo para inspirar confianza y para constituir el fundamento más profundo de
las relaciones (WALDE Y HOFMANN, 1982: p. 493; NICOLETTI, 1957: p. 293). Por
ello, convenimos en sintetizar el núcleo semántico esencial del término fides e n la
obligación ético-moral de hacer corresponder estrictamente el comportamiento
al contenido de la palabra (CASTRESANA, 1991: pp. 13-14; FACCO, 2013: p. 36 y
ss.; FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p. 79 y ss.):
CICERÓN, De re publica, 4.7.21: «Me parece que se cumple la auténtica etimología de
fides cuando se hace lo que se dice».
Responde a todo un cúmulo de valores que vinculan la justicia con la fidelidad, que
es su fundamento: «La sinceridad de las promesas y los convenios y su observancia
pura». Estos valores ligan, por ello la fides no está lejos de la noción de obligatio (ob-
ligare) relativo a la atadura de un ser con otro, pero actúan en niveles distintos
puesto que, mientras la obligatio es un nexum exigido por la actio desde el primitivo
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derecho quiritario, la fides entra dentro del campo de la lealtad, siendo «un vínculo
más etéreo y, por ello, más sagrado y universal: se cumple porque uno debe hacerlo
y quiere hacerlo». Pero no habrá técnicamente derecho sino solo una expectativa
privada hasta que la vinculación no se haga jurídica a través de la «procesalización»
del ámbito correspondiente (CASTRO SÁENZ, 2006: pp. 305-306).
De la fides a la bona fides en materia procesal, contratos y derecho
posesorio
L a fides como obligación ético-moral de amplia proyección social en el lenguaje
común, en el derecho internacional e intergentilicio y en los institutos prejurídicos fue
integrándose en el derecho romano de forma lenta y progresiva gracias a la labor
pretoria dando origen, como señala FACCO (2013: p. 37 y ss.), a la nueva expresión
de bona fides, a través de la cual comenzaron a tener reconocimiento jurídico ciertos
negocios no formales que no eran protegidos por el antiguo ius civile y se crearán
vías procesales eminentemente flexibles que otorgarán a jueces y magistrados un
esfera de discrecionalidad desconocida en época decenviral, para valorar e integrar
de manera equitativa las obligaciones resultantes y condenar o absolver según los
criterios del bonum et aequum.
Resulta evidente, en consecuencia, que no nos encontramos ante conceptos
sinónimos puesto que la bona fides sería la fides exigible judicialmente al bonus vir
cuando ha surgido un conflicto en una relación jurídica inter partes (LOMBARDI,
1961: pp. 179-181). Es decir, la bona fides es la misma fides a la que se había
vinculado el cumplimiento leal a la palabra dada en la conventio pero matizada en el
ámbito del proceso y, una vez surgido el conflicto inter partes, por la necesaria
medida de responsabilidad en la que puede incurrir la parte incumplidora del vínculo
de fidelidad (CASTRESANA, 1991: p. 56 y ss.). Se trata, en consecuencia, de una
creación procesal, un concepto nuevo que precisa en su funcionalidad jurídica el
significado de la fides (SALAZAR REVUELTA, 2015: p. 126 y ss.).
Clarificador en este sentido se muestra Fernández de Buján (2014: p. 85 y ss.) al
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entender que la buena fe sería la objetivación jurídica de la fides. Según el autor,
frente a la fides de caracterización subjetiva y que actuaba en la esfera de la libertad,
la fidelidad y el cumplimiento de la palabra dado, la bona fides tendría un matiz más
objetivo y objetivable, «en cuanto se enmarcaría en el cumplimiento de los usos del
tráfico, el respeto de la ética comercial, la bilateralidad y reciprocidad en la conducta
respecto a la persona con la que se establece la relación jurídica», siendo su ámbito
de actuación más patrimonial que internacional, constituyendo «un punto de
referencia y un elemento relevante en determinadas situaciones del campo
contractual, posesorio y procesal», manifestando una fuerza expansiva como
elemento informador e integrador de toda la materia contractual que no se ha
interrumpido hasta la actualidad.
En el ámbito procesal, en los denominados bonae fidei iudicia, la bona fides da
origen, no a la obligación de un comportamiento conforme al tenor de la palabra, sino
a la afirmación como concepto técnico-jurídico objetivo del deber ético de
comportarse en las relaciones humanas «ut inter bonos bene agier oportet et sine
fraudatione» lo que supuso un incremento de la discrecionalidad judicial y
jurisprudencial por la vía de interpretación, frente al legalismo formalista
(SCHIAVONE, 1987: p. 71 y ss.).
Esta mayor discrecionalidad o flexibilidad tenía como uno de sus corolarios que para
resolver el pleito se atendía a la situación instaurada en el momento de dictar
sentencia y no al momento de la litiscontestatio como sucedía en las acciones del
derecho estricto. Asimismo, otras consecuencias derivadas de la bona fides eran la
posibilidad de que el juez tomase en consideración instancias de parte como
excepciones, así como la posibilidad de imponer cargas al actor. No obstante, el
poder del juez no era absoluto sino que se trataba de un «poder-deber» sujeto a los
límites propios de la buena fe a la hora de valorar los intereses en juego, siendo
fundamental la labor del iurisprudentia como guía en la concreción judicial de la
buena fe en cuanto fuente de integración del contenido de la relación jurídica
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(FACCO, 2013: pp. 34-35).
Por otro lado, con amparo en la buena fe, se exige a las partes de la relación
jurídica no solo el cumplimiento literal de la promesa, sino el llevarla a cabo sin
dolo y con arreglo a relaciones leales y honestas, identificándose la buena fe
como elemento interno de determinadas relaciones jurídicas, en definitiva, como una
medida de comportamiento entre las partes y un criterio de responsabilidad
(CARCATERRA, 1964: p. 10 y ss.).
Esto lleva a diferenciar tres funciones de la buena fe en el ámbito contractual:
parámetro para evaluar la ejecución de un contrato y la conservación del vínculo
sinalagmático; criterio interpretativo para reconstruir la intención contractual de las
partes; y criterio integrativo del acuerdo de intereses determinado por los
contrayentes (PETRUCCI, 2018: p. 60 y ss.):
Figura 4. Funciones de la buena fe. Fuente: elaboración propia.
De todo lo expuesto, puede concluirse que, en un primer momento, la bona fides sirvió como fundamento
del carácter vinculante de aquellos acuerdos consensuales propios de las costumbres comerciales del ius
gentium y que, en un momento posterior:
«La bona fides permitió enriquecer el contenido de las obligaciones típicas nacidas del
contrato, con deberes añadidos o mediante la adecuación de los deberes
convencionalmente asumidos por las partes a un modelo comportamental caracterizado
por la honestidad y corrección (bonus vir). El cambio de esta función se observa de
manera estable ya a partir de Quinto Mucio Escévola (siglo I a.C.), y terminará siendo una
característica de continuidad del principio hasta los actuales derechos codificados»
(FACCO, 2013: pp. 40-41, citado en Salazar revuelta, 2015: p. 137 y ss.).
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Pero, como hemos tenido oportunidad de mencionar supra, la fuerza expansiva de la
bona fides trasciende del ámbito procesal y contractual y se proyecta también en el
campo posesorio, donde en relación con la posesión de buena fe en la usucapión
algunos autores han observado que la bona fides «se distancia de la realidad para
comenzar a instalarse en el terreno de la creencia o convencimiento del poseedor
sobre la legitimidad del transmitente y la celebración válida y eficaz de la iusta causa
possessionis» (CASTRESANA, 1991: p. 82).
En sede del poseedor usucapiente adquirente a non domino, se aprecia la buena fe
en sentido subjetivo en la medida que funciona como criterio que justifica el efecto
adquisitivo del poseedor que se cree propietario frente a terceros de lo que posee, al
estar convencido erróneamente de que no se ha producido ningún defecto jurídico en
su adquisición o al ignorar que daña derechos ajenos por desconocer que la cosa
pertenece a otro dueño (BLANCH NOUGUES, 2017: p. 156).
Fundamentos Jurídicos y Culturales de los ADR 29
Tema 4. Ideas clave
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No obstante, el jurista Paulo sostiene que la buena fe otorga al poseedor lo mismo
que la veritas, es decir, el verdadero dominio, salvo en los casos en que la ley lo
prohíba, de donde se desprende una objetivación de la buena fe en la situación
posesoria y la misma objetivación se desprende de la contraposición del jurista entre
poseedor de buena fe y poseedor de mala fe por lo que se puede afirmar la unidad
semántica del término en la medida en que:
«Si bien el conocimiento que se tuviera del dominio ajeno siempre es subjetivo, una vez
probado este, se transforma en un hecho objetivo del que se derivan inexorablemente las
consecuencias jurídicas previstas: la posibilidad o no de adquirir el dominio por usucapión
y el diverso tratamiento respecto a los daños, frutos e impensae en el momento de
restituir la cosa a su verdadero propietario» (SALAZAR REVUELTA, 2015: p. 140 y ss.).
La bona fides y la aequitas en los pactos y en el arbitraje romano
La mayor parte de la doctrina acepta la tesis relativa a que las nociones de la buena
fe y del aequum et bonum penetraron a través de los arbitrajes privados en la
jurisdicción pretoria y de ahí se habría producido la derivación en iudicia bonae fidei
(LOMBARDI, 1961: p. 197 y ss.; CASTRESANA, 1991: p. 56 y ss.; FERNÁNDEZ DE
BUJÁN, 2014: pp. 90-99).
En línea con esta postura, en un primer momento, los pactos o convenciones
propias del derecho de gentes producirían inter partes, una vinculación no
jurídica respecto a lo acordado, basada en la fides, la ética comercial y los usos
propios del tráfico. Su reconocimiento en los edictos pretorios (primero peregrinos y
posteriormente urbanos) comportó la sanción de su juridicidad con la
correspondiente protección procesal a través de la exceptio y la denegatio actionis
(siempre que no fueran contrarios a las disposiciones legales, causaran daño a
particulares o supusieran una actuación dolosa o fraudulenta) y la concesión de
arbitria honoraria en los casos de discrepancia en su interpretación o aplicación,
aplicando los criterios de la bona fides y de la aequitas propias del ius pretorium,
llegando incluso alguno de esos pactos a ser asumidos por el ius civile como
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negocios iuris gentium o como contenido de algunos contratos (pacta adiecta) y
dotados, en consecuencia, de la correspondiente acción (FERNÁNDEZ DE BUJÁN,
2014: p. 76 y ss.).
En materia de arbitraje la buena fe se manifiesta en primer lugar en la voluntad de
las partes de poner fin a su controversia acudiendo a un tercero imparcial y en la
mayor autoridad moral de la persona elegida como árbitro. Al remitir sus
discrepancias a un árbitro, las partes litigantes pretendían no solo demostrar su
derecho en un determinado asunto, sino también su comportamiento dispuesto y leal
(esto es, su buena fe) en la búsqueda de una solución, renunciando a su
autodefensa por la confianza que les suscitaba esa tercera persona (GUTIÉRREZ
GARCÍA, 1991a: pp. 150-151).
Respecto a la decisión arbitral, la buena fe se postula como criterio que el árbitro
debe tener en cuenta a la hora de resolver el conflicto. Así las cosas, en el arbitraje
no formal, que acabó por integrarse en el arbitraje de ius gentium, en caso de
discrepancia en los pacta conventa reconocidos y protegidos por el pretor peregrino,
es probable que se nombrase un arbiter por parte del pretor o a instancia de las
partes, que daría su opinión (arbitrium o aestimatio) con arreglo a criterios de
equidad y buena fe sobre su interpretación y/o aplicación con un amplio margen de
discrecionalidad. Por su parte, en el arbitraje compromisario, el arbiter asimismo
podía y debía tener en cuenta todo lo que emanase de la buena fe y de la equidad no
siendo equivalentes la idea de emplear la equidad como criterio de interpretación de
una norma o cláusula y el arbitraje de equidad (FERNÁNDEZ DE BUJÁN, 2014: p.
90 y ss.).
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jueces privados. Madrid: Cuadernos Civitas, 1987.
PETRUCCI, A. Fondamenti romanistici del diritto europeo. La disciplina generale del
contratto. Turín: Giappichelli Editore, 2018.
SALAZAR REVUELTA, M. Formación en el derecho romano y en la tradición
romanística del principio de la buena fe y su proyección en el derecho comunitario
europeo. En: Ridrom. 2015, pp. 112-114.
SCHIAVONE, A. Giuristi e nobili nella Roma Repubblicana. Roma-Bari: Laterza,
1987.
VALIÑO, A. Notas sobre el arbiter y iudex en el proceso del ordo. En: VV. AA
(Lorenzo Prats, Coord.). Estudios en homenaje a la profesora Teresa Puente . Vol. II.
Valencia: Universidad de Valencia, 1996.
VIDAL RAMÍREZ, F. El convenio arbitral. En: Derecho PUCP. 2003, núm. 56.
WALDE, A. Y HOFMANN, J. B. Lateinisches Etymologisches Wörterbuch I. Quinta
edición. Heidelberg: Carl Winter’s Universitätsbuchhandlung, 1982.
ZAPPALÀ, F. Universalismo histórico del arbitraje. En: Universitas. 2010. Bogotá,
Colombia, núm. 121, p. 193 y ss.
Fundamentos Jurídicos y Culturales de los ADR 35
Tema 4. Ideas clave
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A fondo
Lima Arbitration
Lima Arbitration. Página web oficial: [Link]
Lima Arbitration es una revista online sobre arbitraje que pertenece al Círculo
Peruano de Arbitraje, una asociación civil sin fines de lucro dedicada a la promoción,
desarrollo, estudio, investigación y divulgación del arbitraje. En el enlace al número
de la revista de 2007 se encuentran dos interesantes artículos relacionados con la
materia de nuestro tema relativos a la aplicación de la lex mercatoria (TOVAR GIL,
Mª.C. Aplicación de la lex mercatoria internacional por los árbitros, p. 106 y ss.) y a la
aplicación del principio de la buena fe en el arbitraje internacional y en el arbitraje de
inversiones (DE TRAZEGNIES GRANDA, F. Arbitrando la inversión, p. 148 y ss.), en
los que se muestra la influencia y tradición romana en la configuración y aplicación
de este principio en materia arbitral.
Fundamentos Jurídicos y Culturales de los ADR 36
Tema 4. A fondo
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A fondo
Arbitraje compromisario
FERNÁNDEZ BARREIRO, A. Y GARCÍA CAMIÑAS, J. Arbitraje y justicia ordinaria.
Los arbitrajes compromisarios en derecho romano. En: AFDUC. 2011, núm. 15, p.
577 y ss. Recuperado
de: [Link]
t%[Link]?sequence=1&isAllowed=y
A través de este artículo podrás profundizar en el reconocimiento oficial del arbitraje
por parte del derecho pretorio en el período romano-republicano y en la elaboración
de su régimen jurídico por parte de la jurisprudencia de la época del Principado, con
especial énfasis en el análisis de la base negocial de los arbitrajes, constituida por el
compromissum y el receptum arbitrii, las peculiaridades del procedimiento en relación
con la legalidad procesal civil y los efectos de la sentencia arbitral.
Fundamentos Jurídicos y Culturales de los ADR 37
Tema 4. A fondo
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A fondo
Contenido del compromissum
DAZA MARTÍNEZ, J. Compromissum. Contenido (Segunda Parte). En: Anales de la
Universidad de Alicante: Facultad de Derecho. 1991, núm. 6, pp. 59-102.
Recuperado de:
[Link]
Este artículo te permitirá conocer con detalle el contenido fundamental que se
comprendía en el compromissum: el nombramiento del árbitro y sus causas de
incapacidad, el objeto del compromiso y las causas que no podían ser objeto del
mismo, su alcance para una cuestión concreta o para todas las controversias
existentes entre las partes (compromissum plenum), la fijación concreta de los
términos de la controversia, estableciendo un programa al cual debía someterse el
árbitro y ceñir su sentencia, la fecha de la vista ante el árbitro y la posibilidad de
prórroga sin acuerdo de las partes, así como el lugar donde debía celebrarse el
juicio. Podrás detenerte en el estudio de las personas que podían hacer un
compromiso y de las causas de incapacidad para el mismo, en las obligaciones de
las partes antes y después de la sentencia, así como en los efectos de esta relativos
al pago, a la imposibilidad de apelación, la prescripción y litispendencia, para concluir
con las causas por las cuales podía extinguirse el compromiso.
Fundamentos Jurídicos y Culturales de los ADR 38
Tema 4. A fondo
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A fondo
Arbiter romano
GUTIÉRREZ GARCÍA, C. Notas sobre el arbiter romano y su posible relación con el
iudex. En: Anales de la Universidad de Alicante: Facultad de Derecho. 1991, 6, 139-
146. Recuperado de: [Link]
Como hemos visto en la evolución del arbitraje compromisario, desde finales de la
República, los árbitros se aproximan a los jueces ordinarios apareciendo descritos en
las leyes como una categoría de juzgadores y, a partir de la época clásica, el proceso
arbitral se articula a semejanza de los juicios. Gracias a este artículo podrás
constatar la existencia de cierto paralelismo arbiter-iudex en lo que se refiere a su
función juzgadora, aun cuando existan diferencias notables entre uno y otro en virtud
de los diversos actos sobre los que deriva el nombramiento de cada uno de ellos.
Fundamentos Jurídicos y Culturales de los ADR 39
Tema 4. A fondo
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A fondo
Receptum arbitri
GUTIÉRREZ GARCÍA, C. Receptum arbitri. En: Anales de la Universidad de Alicante:
Facultad de Derecho. 1991, 6, pp. 147-158. Recuperado
d e : [Link]
df
Como hemos estudiado, en el arbitraje compromisario, el árbitro debe aceptar el
encargo de dirimir la controversia. Con este artículo podrás ahondar en la forma a
través de la cual debía realizarse este pacto de receptum arbitri, si era necesario o
no el juramento del árbitro, la aplicación por el pretor de medios coercitivos contra el
árbitro incumplidor y las diferentes teorías sobre la finalidad de este pacto tendente a
aumentar la responsabilidad del árbitro, como sostienen algunos autores, o a
mitigarla, como postulan otros, con un análisis detallado de dicha responsabilidad
antes y después de la intervención del pretor.
Fundamentos Jurídicos y Culturales de los ADR 40
Tema 4. A fondo
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A fondo
Arbitraje y abuso del derecho
Arbitraje y abuso del derecho. Cámara de Comercio de Bogotá, 23 de enero de 2018.
Recuperado de: [Link]
Conferencia organizada por la Cámara de Comercio de Bogotá en la que se debate
sobre el abuso del derecho en el arbitraje, tema que conecta directamente y
complementa la aplicación del principio de buena fe que hemos estudiado en este
capítulo como parámetro de conducta de todos los intervinientes en el procedimiento
arbitral, desde el derecho romano a la actualidad.
Fundamentos Jurídicos y Culturales de los ADR 41
Tema 4. A fondo
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A fondo
Museo de Zaragoza
Museo de Zaragoza. Página web oficial: [Link]
A través de la página web del museo de Zaragoza tendrás acceso a la Tabula
Contrebiensis, sus imágenes y su traducción. Ello te permitirá profundizar en un
documento que, como hemos visto en el desarrollo del tema, recoge un caso modelo
de arbitraje de derecho administrativo relativo a la canalización y trasvase de aguas
en la península ibérica.
Fundamentos Jurídicos y Culturales de los ADR 42
Tema 4. A fondo
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Test
1. Señala la respuesta incorrecta en relación con los arbitrajes privados de derecho
ático:
A. El arbitraje se solía acordar en un contrato.
B. No se exigía al árbitro privado el juramento.
C. El laudo era inapelable.
D. Solo podían ser árbitros privados personas de la realeza o del ejército.
2. Indica la respuesta incorrecta en materia de arbitrajes públicos de derecho ático:
A. Los arbitrajes públicos son anteriores a los arbitrajes privados.
B. A pesar de denominarse públicos, estos árbitros eran competentes para
conocer numerosas causas privadas.
C. Los árbitros públicos eran ciudadanos exentos del servicio militar por haber
cumplido sesenta años.
D. La negativa del árbitro público a desempeñar sus funciones se castigaba
con la atimia.
3. Señala la respuesta correcta en materia de arbitrajes públicos de derecho ático:
A. No se permitía la tortura de testigos.
B. El laudo arbitral exigía motivación.
C. Era posible plantear la nulidad de las actuaciones en el plazo de quince
días.
D. Los arbitrajes públicos eran susceptibles de apelación.
Fundamentos Jurídicos y Culturales de los ADR 43
Tema 4. Test
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Test
4. ¿Cuál de estas afirmaciones sobre los arbitrajes privados de derecho romano es
verdadera?
A. El arbitraje de una persona justa es la forma más antigua de arbitraje.
B. El arbitraje no formal era un pacto dotado de tutela jurídica.
C. El arbitraje de ius gentium fue protegido por el pretor a través de la
denegatio actionis y la exceptio actionis.
D. El arbitraje compromisario fue dotado en época justinianea de una acción
in ius para exigir su cumplimiento.
5. Indique la respuesta incorrecta en relación con el contenido del compromissum:
A. Su contenido y concreción era competencia exclusiva de las partes.
B. Solía reforzarse mediante estipulaciones recíprocas comunes o penales.
C. Los compromitentes podían someter a arbitraje todas las controversias
existentes relacionadas con la situación objeto de este.
D. Entre las cuestiones más comunes se encuentran las relativas a la
propiedad, tutela, posesión, préstamos, cuestiones de Estado y restitución por
entero.
6. Señale la respuesta falsa en relación con el árbitro compromisario:
A. Tenía que obligarse expresamente a resolver el asunto: receptum arbitrii.
B. La función de árbitro era personal e intransferible.
C. Podían ser árbitro los varones libres mayores de 20 años, incluso si eran
inmorales o ignominiosos, siempre que tuvieran plena capacidad de obrar, no
fueran mudos, ni sordos, ni jueces o parte implicada en el asunto.
D. Las excusas para abstenerse de dictar sentencia constituían un numerus
clausus: difamación por alguna de las partes, enemistad manifiesta,
enfermedad, juicio propio o interés en el asunto.
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Tema 4. Test
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Test
7. Señale la respuesta correcta en relación con el procedimiento del arbitraje
compromisario:
A. Era obligatorio que el proceso fuese público.
B. No era necesaria la comparecencia de las partes o sus representantes.
C. El árbitro, aunque tenía amplia discrecionalidad, no podía hacer cosas no
previstas en el compromiso.
D. El árbitro podía anticipar la sentencia en contra de la voluntad de las
partes.
8. La sentencia en el arbitraje compromisario:
A. Podía ser no pecuniaria.
B. Era apelable.
C. Era válida aunque fuese pronunciada con posterioridad al día señalado.
D. Era absolutamente inválida si se extralimitaba del contenido del
compromiso.
9. Indique la afirmación falsa en relación con los arbitrajes públicos en el derecho
romano:
A. El arbitraje internacional se basaba en los usos del tráfico mercantil, la
diplomacia, la reciprocidad y el empleo de fuerza en caso de incumplimiento.
B. El arbitraje federal tenía un contenido predominantemente militar o político.
C. El arbitraje administrativo presentó carácter obligatorio y de acto de
gobierno.
D. Pese a su nombre, en el arbitraje legal, el árbitro podía apartarse de la
legalidad vigente.
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Tema 4. Test
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Test
10. Fides y bona fides:
A. Son conceptos equivalentes.
B. Con amparo en la buena fe se exige a las partes de una relación jurídica,
no solo el cumplimiento literal de la promesa, sino el llevarla a cabo sin dolo y
con arreglo a relaciones leales y honestas.
C. En materia posesoria se puede distinguir una buena fe subjetiva y una
buena fe objetiva.
D. La buena fe permitió dotar de acción a los pactos de ius gentium que
anteriormente solo estaban protegidos mediante excepciones.
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Tema 4. Test
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