Anuario del Instituto de Historia Argentina, (Universidad Nacional de la
Plata): EN PRENSA, 2024
La política económica y el Banco Central en tiempos del Austral (1986-
1988): una espera pasiva de las reformas estructurales hacia el Plan
Primavera
Economic policy and the Central Bank in times of the Austral (1986-1988):
a passive wait for the structural reforms towards the Spring Plan
Ignacio Andrés Rossi1
Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) de la provincia de Buenos Aires
y Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS)
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-3870-1630
[email protected]
Becario Doctoral de la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) de la
provincia de Buenos Aires. Realiza el Doctorado en Ciencias Sociales en la
Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) y el Instituto del Desarrollo
Económico y Sociales (Ides). Investigador junior de la Red Nacional de
Investigadores en Economía (RedNIE)
1
Solicito el siguiente agradecimiento: La confección de este trabajo, y eventualmente la publicación del
mismo tal como se lo presenta, no hubiera sido posible sin la colaboración de los evaluadores externos y
su compromiso para con la Historia y las Ciencias Sociales. También debe agradecerse al equipo editorial
del Anuario del Instituto de Historia Argentina, que, sin descuidar los estándares de rigurosidad
académica, me han incentivado con mis trabajos.
La política económica y el Banco Central en tiempos del Austral (1986-
1988): una espera pasiva de las reformas estructurales hacia el Plan
Primavera
Resumen
La historia económica argentina concentró su atención en el estudio del Plan
Austral dentro de la etapa de gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989). Menos
cuidado recibieron otros episodios histórico-económicos en aquellos años de
transición, como los sucesivos intentos estabilizadores desarrollados entre
1986 y 1988, imprescindibles para comprender la dinámica de la política
económica. En este artículo se abordan las principales vicisitudes de aquellos
años a partir del estudio, principalmente, de las memorias del Banco Central de
la República Argentina (BCRA) y su relación con el contexto macroeconómico.
Esta fuente permitió detenernos en la visión de las autoridades del Banco,
como en el registro de las variables fundamentales, para revisar la dinámica
política económica practicada. Entre los principales resultados, destacamos
que la inflación fue una variable controlada, en el corto plazo, con los sucesivos
intentos de estabilización; que la combinación de diferentes factores políticos y
económicos explicaron los sucesivos fracasos de los planes económicos y que
las instituciones financieras internacionales tuvieron un papel central al
momento de explicar estos últimos. Aunque se pudo verificar que el periodo
muestra una multiplicidad de factores políticos y económicos que explican los
fracasos estabilizadores, se concluye en que la espera el rol pasivo del BCRA
muestra una débil estrategia de articulación económica post Austral.
Palabras clave: Inflación; Deuda externa; Democracia; Estabilización; Fondo
Monetario Internacional.
Abstract
Argentine economic history focused its attention on the study of the Austral Plan
during the government stage of Raúl Alfonsín (1983-1989). Other historical-
economic episodes received less care in those years of transition, such as the
successive attempts to stabilize between 1986 and 1988. This article deals with
the main vicissitudes of those years, based on the study, mainly, of the reports
of the Central Bank of the Argentine Republic (BCRA) and its relationship with
the macroeconomic context. This source allowed us to stop at the vision of the
Bank's authorities, as well as in the registry of the fundamental variables, to
review the dynamic economic policy practiced. Among the main results, we
highlight that inflation was a controlled variable, in the short term, with
successive stabilization attempts; that the combination of different political and
economic factors explain the successive failures of the economic plans and that
the international financial institutions played a central role in explaining the
latter. Although it was possible to verify that the period shows a multiplicity of
political and economic factors that explain the stabilizing failures, it is concluded
that the passive role of the BCRA shows a weak post-Austral economic
articulation strategy.
Keywords: Inflation, External debt, Democracy, Stabilization; International
Monetary Fund.
Introducción
Considerando que la segunda parte del gobierno de Alfonsín (1986-
1989) fue menos estudiada de forma específica por los trabajos de sociología e
historia económica, proponemos revisar la política económica del Banco
Central de la República Argentina (BCRA) en relación a las medidas de
estabilización y reforma estructural. Los años analizados estuvieron
caracterizados por una dinámica alta de tensiones económicas y políticas que
azotaron constantemente al gobierno alfonsinista limitando su accionar frente a
las presiones corporativas. Los estudios se concentran, principalmente, en el
Plan Austral de 1985, dado la originalidad de sus medidas de política
económica como su relativo éxito y estrategia antinflacionaria -en sintonía con
lo novedoso de sus planteos como fue contemporáneamente el caso del plan
de estabilización de Israel, y otros similares lanzados posteriormente en la
región- (Libman, Palazzo y Rodriguez, 2022). Sin embargo, la fase posterior de
desarme del Austral, las dificultades de 1987 e, incluso, el posterior Plan
Primavera (1988), son analizadas como parte del inevitable deterioro
macroeconómico y de la pérdida de legitimidad política del gobierno combinada
con las presiones sectoriales de las corporaciones sindicales, militares y
empresariales, reduciendo la discusión a la incapacidad de realizar un ajuste
fiscal consistente (Novaro, 2021; Vistinini, 2022).1
En términos de largo plazo, los trabajos más leídos de historia
económica han enfatizado en esta etapa las dificultades en redimensionar un
desequilibrado Estado (Cortés Conde, 1997; Gerchunoff y Llach, 2019).
Particularmente, tras el desborde de las amplias funciones productivas que
este cumplió durante la posguerra con el desequilibrio macroeconómico de los
ochenta. En este marco, Gerchunoff y Llach (2019) entendieron que el gobierno
de Alfonsín se encontraba encerrado en un cortoplacismo de intentos
insuficientes de estabilización con ajustes y privatizaciones ante la inexistencia
de un modelo nuevo de Estado. Así, la sucesión de ajustes económicos, más o
menos decididos, marcaron la segunda mitad del gobierno de Alfonsín como
una etapa donde, tanto la coyuntura internacional como las presiones internas,
habrían impedido un ajuste que evitara la hiperinflación que finalmente llegó en
1989 (Machinea y Fanelli, 1988; Machinea y Sommer, 1994). La menor
legitimidad política desde 1987, la escasa cooperación internacional y la
incertidumbre del periodo electoral hacia 1988 habrían sido las causas que
minaron las posibilidades de hacer política económica para el gobierno
(Visintini, 2022).2Esta posibilidad, recién desembocaría en una nueva etapa con
la era de Carlos Menem (1989-1999) (Belini y Korol, 2020) pero que, durante la
segunda mitad se encontró encerrada en un círculo de intentos insuficientes.
En este contexto, el objetivo particular de este trabajo es analizar, a
partir del BCRA, la evolución de la política económica en el periodo post
Austral, buscando darle mayor protagonismo a la etapa 1986-1989. Menos
estudiada de forma específica, se busca dar cuenta de las dificultades múltiples
del gobierno en política y economía, pero también del diagnóstico formulado
por los funcionarios económicos, principalmente del BCRA. Respecto a este
último punto, se propone como principal fuente de abordaje las memorias del
BCRA, dado que estas piezas, aunque acompañadas de otras fuentes
primarias y secundarias que articulen el análisis, constituyen un reservorio de
enorme riqueza histórica para analizar la valoración de la coyuntura histórica y
la sistematización de datos de la economía desde los actores en el gobierno.
La importancia del BCRA en la economía, especialmente en la política
cambiaria y financiera, aunque también en el desarrollo, tiene una relevancia
histórica desde su creación (Rougier y Sember, 2018), aunque sus memorias
anuales no cuentan con abordajes específicos. 3 Estas, permiten detenerse en
el diagnóstico de los funcionarios y las acciones implementadas en materia de
estabilidad monetaria y financiera en un periodo determinado. A su vez, y dado
la importancia de la institución y su directorio en el proceso económico, se
enmarcan en los acontecimientos vinculados a las decisiones en el Ministerio
de Economía y el gobierno nacional, que lógicamente deben considerarse
como parte del examen histórico.
Como principio rector, nos basamos en la hipótesis de que el BCRA tuvo
una actitud de “espera pasiva” frente a la falta de concreción de las reformas
estructurales que debía impulsar, como se esperaba, el Ministerio de
Economía. Así, la actividad desarrollada por el BCRA, como la emisión-
contracción monetaria, la política de redescuentos, entre otras, no mostraba
una articulación concreta ni iniciativas independientes para mitigar los efectos
negativos provocados, en lo inmediato, por la inflación. Más bien, como parte
de su “espera pasiva”, mostraba un acoplamiento a los problemas inmediatos
de la coyuntura económica reaccionando a las señales de corto plazo dadas
desde el ministerio de Economía, dejando en un segundo plano cualquier
política activa que hubiera significado emprender iniciativas independientes, o
bien de reforma financiera profundas, en materia de tasas de interés, control
monetario, canalización del crédito y política cambiaria. Entendemos que la
institución actuó de esta manera, en gran medida, por la convicción de que no
era posible avanzar en una política activa sin la previa iniciativa de las reformas
estructurales desde Economía, que permitirían habilitar recursos al Estado y
dinamizar la actividad con inversión, crecimiento, disponibilidad de capital, y
otros factores, dando mejores márgenes a la política monetaria. De esta
manera, los objetivos que se enmarcaban en la competencia del BCRA en este
contexto, principalmente la liberalización y apertura del sistema financiero para
generar mejores condiciones y credibilidad, fueron truncadas.
Así, la principal apuesta del trabajo consiste en aportar una mirada más
profunda sobre el conocimiento de esta etapa histórica, que habitualmente
ocupa un lugar menor en los trabajos clásicos de historia económica y que es
entendida como la consecuencia ineludible del deterioro político y económico
del gobierno alfonsinista. Sin negar esto último, se intentará dar un mayor
protagonismo histórico a los años post Austral, buscando comprender el
entendimiento de los actores y la dinámica de inestabilidad en que se
desempeñaron con mayor atención analítica. En definitiva, se propone, como
nueva forma de entender el proceso histórico, detenerse en las memorias
anuales del BCRA para captar la visión de los contemporáneos y así
desarrollar más acabadamente las limitaciones enfrentadas en el área de la
política económica entre 1986 y 1989. Atendiendo a esta propuesta, se
estructuró el trabajo en tres partes. En el primer apartado se retoma el
diagnóstico económico producido por el BCRA en los años 1986 y 1987 luego
de la estabilización del Plan Austral. Teniendo en cuenta que el Austral lanzado
en junio de 1985 constituyó una inflexión, tanto en la política económica tal
como se la venía practicando como de la estrategia del gobierno de Alfonsín,
se busca captar cómo los titulares de la institución comprendían el devenir de
la coyuntura política económica luego del Austral. Así, se describen las
concepciones de la política económica instaladas desde aquel entonces, las
explicaciones sobre los fracasos y los sucesivos proyectos en términos de
estabilización. En el segundo apartado, realizamos una breve reseña del
contexto económico en que se desarrolló el Plan Primavera de 1988, buscando
entender el marco en que se lanzara un intento final de estabilización
reformista. En el último apartado, analizamos la evolución concreta de su
impacto y un conjunto de indicadores socioeconómico que nos permiten valorar
la etapa generalizada de deterioro económico característica de 1988 y la
comprensión histórica de los funcionarios del BCRA en aquella coyuntura
puntual.
Algunas precisiones sobre el contexto económico y las políticas de
estabilización en tiempos de Alfonsín (1983-1989)
La transición a la democracia con el gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989)
puede entenderse como un periodo de clivajes en el funcionamiento de la
economía en general dado sus agudos desequilibrios.4 El periodo
inmediatamente anterior al gobierno, especialmente la última fase de la
dictadura militar (1976-1983), dejaba el cierre de los mercados financieros
internacionales tras la ya clara retracción la crisis de la deuda externa y la
Guerra por las Islas Malvinas (1982) con Inglaterra. Así, Alfonsín heredó una
“doble brecha” del régimen militar, externa -en concepto de deuda externa- y
fiscal -déficit fiscal- que, combinadas, implicaban un desequilibrio crónico
replicado en varias economías de América Latina durante los ochenta. En
Argentina, el fuerte endeudamiento externo respondió durante los setenta y
parte de los ochenta a fenómenos de raíz financiera que, facilitados por la
dictadura, promovieron el libre movimiento especulativo de portafolios atraídos
por el atraso cambiario y las altas tasas de interés locales, el acceso
desregulado al crédito externo por parte de empresas y organismos públicos,
con su correlato en la “fuga de capitales posteriores”. 5Estos factores
contribuyeron a crear una enorme brecha externa, que no llegaba a ser
cubierta con superávits comerciales en un contexto de baja de los términos de
intercambio. Por otro lado, la brecha interna, que era de naturaleza fiscal,
respondía a los altos intereses de la deuda externa -materializados en una
deficitaria cuenta de capital-, ya que el sector estatal había asumido como
propia, mediante diferentes mecanismos cambiarios, los pasivos privados .
Este proceso, común a la mayoría de los países latinoamericanos, se
agravaba en el caso argentino dado que el excedente de las divisas generadas
vía ajuste del balance de pagos debía ser comprado al sector privado. En la
medida en que esta “transferencia doméstica” (Damill, Fanelli y Frenkel, 1994:
22) no se producía, el sector público debía recurrir a la deuda interna o la
emisión monetaria para cubrir la brecha fiscal, antes que a absorciones por
encima de la capacidad del ingreso nacional. La economía argentina, como
varias de las latinoamericanas, enfrentaba aquellas condiciones adversas con
políticas de “ajuste caótico” (Frenkel, Fanelli y Sommer, 1988: 15). Este tipo de
ajuste, desarrollado entre 1982 y 1986, se tradujo en un esfuerzo por reducir
importaciones (-46%) y aumentar exportaciones (28%). No obstante, con un
deterioro de los términos de intercambio del 35% en el periodo, no se lograron
beneficios sustantivos para saldar la deuda externa (que aumentó en 10.000
millones de dólares en estos años), aun a pesar del superávit comercial
acumulado de 15.000 millones de dólares. Así, el gobierno de Alfonsín
heredaba una deuda externa que, en 1983, representaba con 45.000 millones
de dólares casi el 60% de las exportaciones (o 17% del PBI), 6 y una inflación
que alcanzaba los tres dígitos anuales y que en 1983 cerraba en 433 %
(Rapoport, 2020: 740).
La nueva democracia estuvo plagada de dificultades de insolvencia
estructural inéditas, atravesada por negociaciones con los acreedores privados
y el Fondo Monetario Internacional (FMI) dificultosas, donde estos últimos
eludían cualquier tipo de reestructuración. Por el contrario, se promovían
ajustes macroeconómicos y negociaciones directas con el mercado
(acreedores externos) que implicaban reducidos cronogramas de repago y
montos de financiamiento (Boughton, 2001: 400-403). En este marco, el
gobierno de Alfonsín practicó varias estrategias macroeconómicas, desde el
Plan keynesiano de Bernardo Grinspun (1983-1989), 7 hasta el más duradero y
heterodoxo Plan Austral en 1985.8Sin embargo, la inflexibilidad de las
instituciones financieras, las tensiones políticas -principalmente con los
sindicatos- y los desequilibrios fiscales se combinaban con el impacto de un
contexto internacional de altas tasas de interés internacionales (del orden de
entre el 8% y el 6% durante la década de 1980 contra el promedio del 2% de
los 1970)9, producto de la política de lucha antiinflacionaria norteamericana..
Sin embargo, y a diferencia del Plan Grinspun, el Plan Austral, bajo el impulso
de Sourrouille, inició un cambio de rumbo económico en el gobierno. El nuevo
ministro, formado en el estructuralismo de posguerra, pero diferenciado de
Grinspun por formar parte de una línea económica más “técnica” (Torres, 2021:
120), llegó al ministerio de Economía con un equipo de colaboradores entre los
que se encontraban Adolfo Canitrot, José Luis Machinea, Mario Brodersohn,
Roberto Frenkel, entre otros. En su mayor medida formados en el Instituto del
Desarrollo Económico y Social (Ides), el nuevo equipo económico, que integró
al sociólogo Juan Carlos Torres como asesor de discursos políticos, formaban
parte de un riñón extrapartidario a la Unión Cívica Radical (UCR) de Alfonsín,
pero integrados en una segunda línea en la Secretaría de Planificación
Económica. Luego de un periodo de incertidumbre y alta inflación durante la
primera parte de 1985, se lanzó un shock de congelamiento de precios, el
cambio de signo monetario y otras medidas combinadas con medidas de
reducción del déficit fiscal, la emisión monetaria y reacomodamiento de precios
concertadas con el FMI que conformaron el Austral. El Plan Austral, permitió al
gobierno, a pesar del deterioro progresivo de su gestión de política económica,
mantener una línea económica fija en la que se practicaron sucesivos intentos
estabilizadores de menor magnitud al de junio de 1985.
No obstante, a pesar de los logros endebles de estos intentos por
convivir con la renegociación constante de la deuda externa, el contexto
macroeconómico fue cambiando a medida que la economía se deterioraba en
sus principales indicadores y avanzaba con más firmeza en el orden
internacional y nacional el debate sobre la instrumentación de reformas
estructurales centradas en la apertura comercial y financiera, como en la
privatización de empresas públicas y la desregulación de los mercados como
estrategia para solucionar el problema de la deuda, el déficit fiscal y dinamizar
la economía.
Durante el contexto post Austral, especialmente con el creciente rebrote
inflacionario durante la segunda mitad de 1986 (que cerró en 81,9% anual) y la
primera de 1987, el gobierno fue ensayando varios intentos de ajuste con
menor firmeza. Durante agosto de 1986, con el recambio de Alfredo
Concepción (quien respondía a la línea partidaria de la UCR) por Machinea en
el frente del Banco Central de la República Argentina (BCRA), se practicó una
política monetaria más restrictiva y la búsqueda de tasas reales de interés
positivas. Sin embargo, estas medidas al combinarse con una desmejora de la
recaudación por la reducción de los precios de productos exportables (que en
1987 redujeron el saldo comercial de más de 2.000 millones de dólares a
alrededor de 500) y su impacto en el déficit fiscal con un aumento de los
encajes bancarios hacían inflexible a la baja el gasto (Rapoport, 2020: 747),
perdieron efecto potencial de estabilizar la economía.
También debe considerarse el papel de la puja distributiva en aquellos
años, desarrollada en la inexistencia de la negociación salarial colectiva -
entonces orquestada por el Estado mediante decreto-, la cual generaba
presiones sindicales por revisar salarios nominales sumando otra instancia de
presión al gobierno. Hacia febrero de 1987 se lanzó un nuevo congelamiento
de precios y salarios, una minidevaluación y el constreñimiento de la política
monetaria que sin las herramientas practicadas en 1985 -como la
desindexación salarial, el reajuste de las tarifas y la legitimidad electoral entre
otras medidas que solventaron el Austral- fracasó rápidamente. Paralelamente,
el gobierno impulsaba medidas para sanear las cuentas de las empresas
públicas e involucrar al capital privado en estas.
Desde 1985, y en el marco de la preparación del Plan Austral, Alfonsín
había anunciado una propuesta de privatizaciones con el principal objetivo de
descomprimir las arcas públicas. Una de las principales iniciativas fue el
llamado Plan Houston anunciado en marzo de aquel año en EE. UU. Se
prevería que la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF),
permitiera a empresas extranjeras firmar contratos de exploración (no
explotación) en subastas, aunque no se reconocerían precios internacionales
para los inversores.10 Los resultados de esta política, controversial en el
radicalismo, fueron modestos (Gerchunoff, 2022: 301). Otras de estas políticas,
denominadas por la prensa como “privatización del crecimiento” (Lemoine,
1987), fue el llamado Plan Megatel que incorporaba a empresas privadas a la
provisión de equipos, suministro de materiales y construcción de instalaciones
al servicio de la estatal Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTEL)
dado la alta demanda de teléfonos (más de 1 millones de solicitudes en 1987) y
las demoras del proceso de instalación (de entre 40 y sesenta meses)
(Zlotogwiazda, 1986: 13).11
En 1986 también se anunciaron dos privatizaciones, en esta ocasión en
el sector industrial, la de Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina (SOMISA) y la
de la Petroquímica General Mosconi (junto con otras firmas del mismo sector
en Bahía Blanca). En el primer caso, no se pudo avanzar dado que hubo
disputas entre el equipo Sourrouille y quienes respondían al radicalismo (en el
directorio de la empresa) por la valuación de la firma. Mientras que los primeros
estimaron el valor de la misma en unos 800 millones de dólares, los segundos
la apuntalaron en 4.000, truncándose la operación. - En el segundo caso,
avanzar fue dificultoso dado la falta de acuerdos parlamentarios con la
oposición peronista, por lo que la iniciativa se vio dificultada dentro del mismo
gobierno, como se explica en la nota 8 (Machinea, 2022).
Los intentos por emprender privatizaciones se hicieron más firmes en
julio de 1987 con los anuncios de Sourrouille y Rodolfo Terragno, ministro de
Obras y Servicios Públicos, para concretar la venta del 40% de la empresa
telefónica Entel a capitales españoles y de transporte Aerolíneas Argentinas a
la escandinava Scandinavian Air System (SAS). Estas medidas, entre otras, 12
no atravesaron finalmente el acuerdo parlamentario, que al contar con la
oposición mayoritaria del peronismo en el Congreso no llegaron a aprobarse
(Lemoine, 1987). Mientras la macroeconomía se deterioraba en 1988, hacia
mitades de año se decidió el lanzamiento de un último intento estabilizador con
el llamado Plan Primavera, que incluyó un ajuste estructural con reformas
acordadas con el Banco Mundial (BM) de apertura comercial y desregulación
financiera progresiva (nuevos intentos con un sesgo más acuerdista entre el
sector asalariado y empresario). En lo coyuntural, también se acordó un control
de precios con cámaras empresarias y un desdoblamiento cambiario para
fortalecer las reservas, entre otras medidas, que finalmente fracasaron. A pesar
de las expectativas, que en el corto plazo redujeron la inflación que llegaba a
niveles críticos en agosto, el programa se vio dificultado por la oposición de
sectores rurales al desdoblamiento, como por las dificultades con el
sindicalismo por concretar las reformas, dejando en una extrema vulnerabilidad
al gobierno que ya se encontraba en default con los acreedores privados para
finalmente, sin poder de intervención en el mercado cambiario desde el BCRA,
propiciar una hiperinflación.
Los años post Austral: administración de la dinámica inflacionaria y
diagnóstico económico del BCRA (1986-1988)
Las autoridades del BCRA hacia 198613 consideraban que el Austral había
formado parte de un “programa de reforma económica [que] evitó caer en la
hiperinflación y permitió comenzar […] un proceso de recuperación del nivel de
actividad económica y el empleo”.14 En cierta medida, el Austral devolvió las
esperanzas de retomar un sendero de crecimiento, ya que la desinflación que
produjera mediante un shock permitió registrar en 1986 un crecimiento del PBI
del 5,3% (desestacionalizado del 2,4%) y de la inversión bruta fija del 10.1%,
con una expansión de la industria manufacturera de más del 10%. 15La
recuperación de la actividad económica era notable. Sin embargo, la amenaza
inflacionaria seguía latente, ya que las tasas de crecimiento de precios al por
menor habían registrado en 1986 una suba de alrededor del 80% anual y al por
mayor 57%.16 Aunque estas seguían siendo las menores en más de una
década, la brecha cambiaria entre el dólar y el Austral volvía a superar el 50%
entre 1986 y 1987 y, aunque en el marco de una disminución de los conflictos
laborales en la etapa posterior al Austral (Villanueva, 1994), 17 la puja
distributiva seguía alimentando la inflación. Como tenían en cuenta desde el
BCRA en 1986, el dilema de la economía fue salir del congelamiento que regía
desde el austral en junio de 1985 sin causar desórdenes en los precios
relativos, especialmente a sabiendas de que la reactivación de la puja
distributiva retomaría la dinámica inflacionaria, la cual venía siendo motivos de
arduas discusiones desde fines de 1985. Finalmente, cuando en abril de 1986
se saliera de este, se lo hizo con una política de administración de los precios,
acompañada posteriormente en agosto con la llegada de Machinea de una
política monetaria pasiva, considerada necesaria “para evitar un proceso de
indexación generalizado”.18 Este no fue un tema menor, ya que como se explica
en la nota 11, la llegada de Machinea al BCRA permitió incorporar a Marcelo
Kiguel, Roberto Eilbaum, Ernesto Feldman, Mario Vicens y Daniel Marx en la
planta, dejando atrás al equipo de Concepción y permitiendo un mayor nivel de
coordinación, al menos ideológicamente, dado la afinidad del equipo de
Sourrouille en ambas instituciones -BCRA y Ministerio de Economía- (Torres,
2021: 346).En el frente fiscal se continuó con los intentos de reducir los gastos,
como también de implementar una reforma tributaria con diferentes proyectos
enviados al Congreso, que como se mencionó en la introducción, finalmente no
se concretaron. Por otro lado, ya se consideraban “las necesarias reformas
estructurales en el área de las empresas públicas”19que, posteriormente,
tendrían diferentes avatares.
Sin embargo, a pesar del éxito del Austral en reducir los índices de
inflación, la dinámica inflacionaria alimentada por la puja distributiva, en última
instancia entendida como la desarticulación de la burguesía local y la puja entre
acreedores y los sectores más concentrados del capital nacional y extranjero
de Argentina (Massano, 2022), no cesaba. Así, la dinámica inflacionaria
retornaba su ciclo alcista impulsando una inflación que pasaba del 1,7%
mensual en lo inmediato del Austral en 1985 al 4% hacia fin de año). Para los
funcionarios del BCRA, esto se debía a “los movimientos del tipo de cambio,
las tarifas y los salarios”20que debieron implementarse para salir del
congelamiento sin perjudicar a los actores, pero a costa de un regreso a la
indexación que, efectivamente, parecía manifestar una falta de soluciones de
mediano plazo.
Vale aclarar, en este sentido, que la puja distributiva tuvo un papel
fundamental en los precios a la salida del congelamiento y la flexibilización del
Austral desde abril de 1986, incluso antes. Dado que desde marzo de 1986 el
déficit fiscal superaba 4% del PBI, en abril se decidió salir del congelamiento y
ajustar precios. El aumento del 15% de las jubilaciones y del 20% al personal
militar (extendido a docentes y salud) acordados previo a las elecciones de
noviembre de 1985 (Belardinelli, 1995) más la política expansiva en las
inversiones de YPF como de Concepción en el BCRA, alteraron el esquema del
congelamiento, desarticularon el acuerdo fiscal con el FMI e incentivaron la
inflación demandando flexibilizar el Austral. Además, como destacó Thompson
(1988), el Plan Austral, y el apoyo social suscitado por este luego de las
medidas, hizo que el gobierno dejara en un segundo plano la búsqueda de
concertaciones con el sindicalismo, que hacia fines de 1985 reclamaba
(principalmente) por la derogación de las leyes que facultaban al ejecutivo a
fijar salarios por decreto (herramienta a la que el gobierno se aferraba y
defendía en el marco de la crisis económica) y el restablecimiento de las
convenciones colectivas de trabajo. Luego de los conflictos a partir de los paros
generales de la Confederación General del Trabajo (CGT) en enero y marzo de
1986, y en vísperas de uno nuevo en abril, se intensificaron las negociaciones
entre el gobierno y la CGT, para abrir la negociación colectiva con pisos y
techos salariales, que de todas maneras no desembocaban en acuerdos (por
ejemplo, en marzo de 1986 la CGT reclamaba un aumento de cuarenta
australes sobre un salario mínimo de 120, y el gobierno aprobó un aumento de
110 australes total).
De esta manera, aunque el déficit cuasi fiscal fue reducido, se reconocía
que “la política monetaria no puso un límite a esta aceleración inflacionaria
[pues] la expansión de la base monetaria obedeció principalmente al aumento
de los redescuentos otorgados y al manejo de los encajes mínimos [que en
definitiva] actuaron como un medio de transferencia de ingresos entre
sectores”.21Esta referencia muestra sin dudas, la reciente llegada de Machinea
al directorio, que acababa, aunque tardíamente, con la presidencia del radical
García Vázquez y posteriormente de Concepción, funcionarios radicales que se
negaban a practicar una política monetaria contractiva.
Aunque las autoridades monetarias también atribuyeran la causa de la
aceleración inflacionaria post descongelamiento entre abril y junio a la
contracción de la oferta de la carne y su impacto en los precios, también debe
considerarse el reinicio de una puja distributiva con aumentos fijados de precios
en alrededor del 3% (por ejemplo, los industriales), pautas salariales en
porcentajes similares y devaluaciones proporcionales del tipo de cambio
(crawling peg).22 Si bien, luego de un nuevo congelamiento, la inflación de
agosto de 1986 alcanzó un 8% y para diciembre se redujo a poco más de 4%,
se hacía evidente que la administración de los precios se tornaba vulnerable a
las presiones de los actores.
Como parte de una estrategia económica defensiva, el año 1987 fue
considerado por las autoridades del BCRA como de adecuación a los
diferentes factores internos que fueron condicionando la política económica,
dando cuenta así de la falta de estrategias concretas de articulación del BCRA
con las directrices de Economía. Uno de los puntos principales en aquellos
condicionamientos, aunque no mencionado explícitamente por los funcionarios
de la institución, fue nuevamente la política salarial y su contribución distributiva
a la inflación. Vale recordar que, en marzo de 1987, en un cuadro de
agotamiento de las relaciones entre sindicatos y gobierno, este último
practicaría una estrategia de cooptación sectorial (Massano y Piva, 2020) que
desembocó en la incorporación al Ministerio de Trabajo al sindicalista peronista
Carlos Alderete (del gremio Luz y Fuerza), que logró el incremento salarial por
el que se venía discutiendo de 40 australes y, posteriormente, leyes sindicales
que buscaban restablecer el antiguo modelo de los años cuarenta.23 La
estrategia de incorporación del nuevo ministro, que representaba a los
sindicalistas reunidos en el “grupo de los 15” (agrupación que incluía sindicatos
fuertes como petroleros, bancarios, telefónicos, comercio, etc., contrarios al
sector del cervecero Saúl Ubaldini y “los 25”, de carácter más combativos),
finalmente fracasó con la derrota electoral de septiembre de 1987 (Thompson,
1988).24
En este cuadro, la única esperanza de la institución parecía seguir
intentando “el proceso de implementación de las reformas estructurales
necesarias para sentar las bases de un crecimiento económico con estabilidad
de precios en el largo plazo”.25Más particularmente, se decía que el gobierno
daba “una importancia fundamental al diseño de un programa de reformas
estructurales que, al aumentar la integración de la Argentina al resto del mundo
y crear nuevas oportunidades de inversión para el sector privado, permita
establecer las condiciones para el crecimiento económico sostenido”. 26En este
sentido, la estrategia parecía ser, administrar el conflicto monetario, cambiario y
financiero, hasta tanto la estrategia económica avance (lo que posiblemente
daba cuenta, a su vez, de los intentos de articulación Sourrouille-Machinea). Si
bien el crecimiento del PBI global fue menor en 1987 (2%), la inversión bruta
fija apuntó un crecimiento de más del 10% nuevamente. Pero era el aumento
de precios (que cerró el año con 174% para los minoristas y 181% para los
mayoristas) era el que amenazaba progresivamente la estabilidad como la
estrategia de espera del BCRA. Aunque las causas de este desajuste fueron
atribuidas, en primer lugar, a un deterioro de los términos de intercambio (que
apuntaban una reducción calculada de 4% del PBI entre 1984-1987), era
evidente que el BCRA se posicionaba en un rol pasivo desde la llegada de
Machinea en agosto de 1986.
Ante la amenaza que generaba en la estabilidad esta coyuntura, sobre
todo en materia de percepción de ingresos tributarios en el sector público, en
febrero se implementó un nuevo congelamiento de precios y salarios con
reducción del déficit fiscal público destinado a controlar la expansión de la
demanda y cortar la dinámica alcista de los precios: se logró reducir la tasa de
inflación promedio entre el primer trimestre y el segundo de un 7% a un 4%. No
obstante, la salida del congelamiento hacia mayo del aquel año impuso nuevas
dificultades, ya que durante el primer semestre del año los ingresos fiscales se
redujeron, y el déficit no lograba reducirse en más de un 4% del PBI
(considerando que las exigencias del staff del FMI rondaban, en lo inmediato,
una reducción de alrededor del 2%). Paradójicamente, la criticada expansión
de los redescuentos del Banco aumentó y la incertidumbre de las elecciones de
medio término hacia septiembre de 1987 amenazaban la estabilidad. Fue aquel
mismo año cuando, habiendo perdido aquellas elecciones, el gobierno lanzó un
nuevo programa económico que incluyó “un congelamiento de precios y
salarios, una enérgica acción para reducir rápidamente el déficit fiscal y el
establecimiento de reglas de largo plazo”.27Sin embargo, lo novedoso de este
último intento estabilizador era que se tornaba central “desregular los mercados
financieros institucionalizados a efectos de dotarlos de mayor competitividad y
transparencia [acompañado de] reformas estructurales tendientes a orientar la
economía hacia la solución de las dificultades que impiden el abatimiento de la
inflación y el logro de un proceso de crecimiento sostenido”. 28Así, se da cuenta
de la confianza del BCRA en el inicio de proceso reformista, vagamente
identificado con las posibilidades de reiniciar un proceso de crecimiento
económico, y altamente dependiente de las condiciones políticas más
generales.
En este sentido, aunque el gobierno logró reducir la tasa promedio de
inflación de un 25% en octubre hacia un 2,7% en diciembre, producto del nuevo
congelamiento, muchas medidas del anunciado plan de reformas estructurales
dependían de su aprobación en el mediano plazo en el Congreso, como las
modificaciones para aumentar los impuestos a las ganancias y patrimonios
netos y el control más férreo a otros impuestos considerados evadidos. Este no
resultaba un tema menor de las dificultades de política económica que
atravesaba el gobierno, sobre todo considerando que la cuestión de una
reforma tributaria estuvo presente y fue fruto de arduos debates desde los
inicios de la gestión radical (XXX, 2021). Su recurrente expectativa en 1987
muestra más bien el acorralamiento del gobierno, que hasta el momento no
había logrado avanzar en modificar el funcionamiento del sistema financiero
heredado de la dictadura, y como este se trasladaba a la política económica
produciendo la inmovilización del BCRA. Por otro lado, esto también explicaba
nuevamente la inflexibilidad a la baja del déficit fiscal y su consecuente
atropello con el cumplimiento de las metas ante el FMI. Lo mismo puede
decirse de las iniciativas destinadas a encarar “una profunda reforma del
Estado con el objeto de alcanzar un equilibrio permanente en las finanzas
públicas”.29Aunque estas incluían cierto control en las transferencias del Tesoro
a las provincias, el reordenamiento del Sistema Nacional de Previsión Social, el
control de las demandas de las empresas públicas y el incentivo al capital
privado a capitalizar estas últimas, entre otras medidas, parecían estar
circunscriptas a generar un genérico recorte estatal dejando a la política
económica a la espera de la concreción de las medidas.
Algunos indicadores económicos en 1988 y los efectos del Plan
Primavera
1988 cerró con una tasa de inflación del 408%, muy superior al 178% de 1987.
Esta, mostraba la subida general de los precios en todos los componentes de
la misma, de modo equiparable en los diferentes sectores. Por otro lado, el año
también cerró con una profunda caída del PBI global del -2,7%. Como puede
verse en el gráfico I, ni durante la primera mitad de 1988 ni durante la segunda
mitad protagonizada por el intento de estabilización del Primavera, la tendencia
se revirtió, a pesar de cierta ralentización observada a partir del último. Por otro
lado, también fue significativa la caída de la oferta en un -3,5%, la demanda del
-3,5%30 y de las importaciones en -11,4%.31
GRÁFICO I
P.B.I. Variación porcentual anual por trimestres (1987 y 1988)
4
2
0
1987 I 1987 II 1987 III 1987 IV 1988 I 1988 II 1988 III 1988 IV
-2
-4
-6
-8
PBI
Fuente: Elaboración propia en base BCRA, 1988 p. 30
Si nos detenemos en una foto de largo plazo de los sectores del PBI,
entre 1985 y 1988, puede notarse que entre los que peor desempeño tuvieron
se encontraban la construcción, el comercio y el transporte y las
comunicaciones. Estos tres tuvieron variaciones porcentuales negativas en los
últimos años, que respectivamente en 1988 arrojaron valores de -14%, -5% y -
2,7%, quedando por debajo de 1984. Por otra parte, la agricultura, medida en
los mismos términos experimentó cierta recuperación concentrada en 1987,
año en el que alcanzó los porcentajes de 1984, aunque en 1988 quedara en -
0,6% respecto de la recuperación del 3% el año anterior. La industria
manufacturera, por su parte, aunque recuperó un 13% en 1986, respecto del -
10% del año anterior, sólo quedó un -6% respecto a 1987 en 1988. La
explotación de minas y canteras tuvo, no obstante, una fuerte recuperación del
9% en 1988 y la electricidad, aunque más leve, mantuvo cifras siempre
positivas en todos los años.32
Las autoridades del BCRA consideraron que durante el primer semestre
del año, la política permanente de devaluaciones para mantener la
competitividad del sector exportador y la variación de precios para recuperar la
situación financiera de las empresas públicas conformó “un alto grado de
inercia en el proceso inflacionario, al cual se agregó la influencia de los
problemas de naturaleza cuasi fiscal, que se constituyeron en un elemento
endógeno de expansión monetaria”.33 Este parecía ser el costo de administrar
la política cambiaria a la espera de una férrea estrategia de económica desde
el gobierno, que aunque llegara con el Primavera lo haría en condiciones de
mayor debilidad.
A pesar del mejor desempeño del sector externo aquel año, aunque a un
costo alto de retracción de la actividad, el impacto sobre los precios y la
demanda interna de estos problemas comenzaban a tornarse recesivos: la
inflación llegaba a alrededor del 25% mensual en julio, el PBI registraba un
descenso de 0,7% (el industrial 5.5%) y la inversión bruta fija 15% respecto de
los trimestres anteriores: la desmejora era notable. 34 Ya no se trataba de una
aceleración inflacionaria con crecimiento, como se había visto en 1987 e
incluso con la gestión de Grinspun en 1984, sino con recesión económica. Las
condiciones de inestabilidad mostraban un nuevo ciclo donde los ajustes
permanentes, con escasez de reservas y el default, el cual provocaba una alta
incertidumbre, comprometía el frágil crecimiento que se mostró post Austral y la
delicada situación externa dado que las reservas internacionales no superaron
los 5.000 millones de dólares en todo el periodo.35
Como se menciona, la política salarial cambió en 1988, y la aguda
aceleración inflacionaria de los primeros ocho meses del año disminuyó el
poder adquisitivo de los salarios. El salario promedio industrial cayó más de
7%, el de la construcción más del 8% y el de comercio y bancos más del 10%
contra 1987.36 Si bien el poder adquisitivo del salario cayó sostenidamente
desde 1985, en 1988 la caída fue evidente, aunque existió cierta recuperación
que lo posicionó en niveles similares a los de 1987 concentrados en los últimos
cuatro meses de 1988 y que respondieron a la recuperación de las
negociaciones paritarias y cierta merma inflacionaria a partir del plan de
estabilización. Esto, como era de esperarse, estuvo acompañado de una
reducción del costo salarial del orden del 7,7% en 1988 (concentrado en su
mayor medida en los sectores de las industrias metálicas básicas y la química)
ante la disminución del salario relativo.37
Por su parte, mientras la tasa de desempleo para Buenos Aires rondaba
el 5,7%, la tasa de actividad mantuvo niveles cercanos al 40%, similares a los
de 1987.38 El desempleo se mantuvo inflexible a la baja respecto de 1984, con
cierto congelamiento de la tasa de actividad que seguramente manifestaba el
escaso dinamismo de la economía. Al llegar a más del 6% de la Población
económicamente activa (PEA), se superaba la barrera de menos del 5% que
rigió entre 1974 y 1981. Como sostuvo Palomino (2003), a pesar de considerar
que el salto de la hiperinflación en 1989 llevó la tasa a más del 7%, todavía
parecían síntomas coyunturales dado que en la década siguiente estos valores
se duplicarían. Sin embargo, la tasa de actividad, es decir, la parte de la
población que se incorpora al mercado de trabajo, también mostraba un cambio
de tendencia ya que solo desde la dictadura de 1976 se rompió la barrera de
poco más del 40% que se supo mantener.
Respecto de la política monetaria, esta trató de mantenerse en niveles
debajo de la evolución de la inflación como lo refleja el M1, aunque la caída en
las tenencias de la deuda pública por parte de los privados dificultó estos
objetivos.39 Por otro lado, también una dificultad adicional fue el incremento del
déficit cuasi fiscal generado a partir de la suba de la tasa nominal de interés
que durante el primer semestre buscó acompañar la aceleración de los precios
(al igual que a partir de septiembre con el Plan Primavera dado que llegó a ser
negativa en julio); un factor de crecimiento inercial de la base monetaria,
moderado en alguna medida con el Plan Primavera.40 A partir de dicho plan la
expansión de la base monetaria se redujo a 1.300 millones de australes (de
2.700), y si bien operaron en este sentido los controles y la astringencia
monetaria, el resultado se debió a la refinanciación de unos 60.000 millones de
australes debido a depósitos indisponibles.41 La mayor parte de esta, se
explicaba por los créditos al sistema financiero del país, como los depósitos a
entidades financieras, y solo en un lugar menor el gobierno nacional. 42Así, el
sector privado explicaba la mayor proporción de los factores de creación de los
recursos monetarios en un porcentaje de 123 millones de australes contra 81
en 1988, a pesar de que el discurso en favor del ajuste estructural no
consideraba estas variables en primer lugar. Estas últimas consideraciones
parecían mostrar que, a pesar de las medidas articuladas por el BCRA a tono
con las directivas económicas del gobierno y el ministerio de Economía, la
dinámica desregulada del sistema financiero no respondía a la astringencia
monetaria que se intentaba, y por lo tanto a generar un impacto en la reducción
de la inflación. La estrategia económica, carecía así, de bases sólidas en
términos políticos, dejando la operatoria del BCRA en un círculo estéril.
Las cuentas públicas, particularmente el déficit del sector público no
financiero -es decir, excluyendo los enormes intereses de la deuda externa-,
cerraron en 4.8% del PBI en 1988, similar al año anterior. Si bien con el
descalabro del primer semestre se llegó a superar el 7%, 43 con el Plan
Primavera se redujo. La causa del descalabro para las autoridades del BCRA
se encontraban en el deterioro de los ingresos impositivos: los ingresos del
sector público no financiero cerraron el año en 18,5% del PBI, 1,7% inferiores a
1987,44 muy posiblemente causado por la contracción del nivel de actividad que
como se dijo se hacía crónico desde 1988 junto a la aceleración inflacionaria
sobre los montos recaudados. Sin embargo, el déficit en aquel año fue cubierto
en su mayor medida en moneda extranjera con créditos del BCRA y atrasos en
pagos al exterior. Por otro lado, la financiación en moneda local, si bien fue
cubierta en el año mediante títulos del Gobierno Nacional y Letras del Tesoro
Nacional, se lo hizo acortando peligrosamente los plazos de vencimiento
concentrando títulos e indexando mayores proporciones a la evolución del dólar
estadounidense.45Así, ante la falta de respuesta en la generación de recursos
impositivos, el estrangulamiento externo y la falta de las esperadas reformas
estructurales, el BCRA perdía la iniciativa reformista que buscaba emprender
en articulación con el ministerio de Economía , empujándolo a peligrosos
márgenes de política monetaria.
Así, el sector externo arrojó un balance de pagos negativo hacia 1988 en
más de 1.300 millones de dólares, que contrastaba con el positivo de más de
4.000 millones de dólares del año anterior -explicado por una mejora en la
cuenta corriente (1.500 millones) y de la cuenta de capital (190 millones)-. 46 Sin
embargo, el balance comercial arrojó un superávit de 3.800 millones de dólares
y las exportaciones acumularon unos 9.000 millones de dólares anuales,
niveles sustancialmente superiores a los de 1987. 47La mejora en los términos
de intercambio aquel año impactaron positivamente en la contracción del valor
de las importaciones, producto también del retroceso del PBI. Por el lado de los
servicios financieros, el saldo era negativo en más de 5.000 millones de
dólares, 14% más que el año anterior explicado por el aumento de las tasas de
interés en los mercados internacionales.48 El tipo de cambio, por su parte, tuvo
dos periodos diferenciados por el Plan Primavera. Hasta julio se caracterizó por
cierta recuperación del tipo de cambio real, mientras que a partir de agosto se
observa una paulatina caída tanto en el mercado oficial como libre. En términos
anuales ambos habían caído 23 y 26 %. 49 Por su parte, la brecha entre el tipo
de cambio libre y el oficial rondó un 25% hasta el plan de agosto, con el que
llegó a caer a niveles del 18% post Primavera, pero finalmente volvió a
alcanzar el 22%.50Aunque el Primavera contó con una mejora externa notable,
no fue suficiente para contener el tipo de cambio y los precios: sin estrategia
clara para el BCRA, las señales de Economía no llegaban a pesar de los
anuncios, solo quedaba el abismo hiperinflacionario en 1989.
El Plan Primavera (1988): breve reseña de un intento final de ajuste
estructural y estabilización
Durante 1988, los titulares del BCRA, reconocían que el intento de
estabilización de octubre de 1987 había resultado fallido. En sintonía con los
que se viene diciendo, responsabilizaban a “las demoras en implementar las
medidas de reducción del elevado déficit fiscal público”51, lo que a su vez
condujo a una flexibilización de la política de precios cerrando el año con una
tasa de variación del Índice de Precios al Consumidor (IPC) de más del 100%.
Sin embargo, también sostenían que durante los primeros meses de 1988
seguía firme la convicción en implantar el programa de reformas de 1987 sobre
los pilares de “la integración de la economía argentina al mundo, la
modernización del Estado y la desregulación de los mercados”.52Así, la
evolución negativa de la economía y el difícil control de las variables,
manifestada en el aumento de la inflación, encerraba al BCRA aún más en la
estrategia de espera en el avance reformista destinado a generar algún
reacomodamiento que permitiera retomar el crecimiento económico sobre
bases más estables.
El año 1988 iniciaba como un año dificultoso para la economía del
gobierno. Vía Ministerio de Trabajo se aprobó la fijación de los incrementos
salariales privados fuera de la órbita del gobierno, dado que funcionaban por
decreto desde el régimen de 1976, dificultando la alineación de los salarios a
nuevos intentos de estabilización. Por otro lado, aunque se alcanzó un acuerdo
de capitalización de la deuda externa por un volumen de 1.450 millones de
dólares aquel año,53las negociaciones externas con el FMI y los acreedores
eran especialmente dificultosas,54mientras las reservas del Banco Central
rondaban solo unos 3.000 millones de dólares. Este no fue un tema menor,
pues al iniciar el año se debió enfrentar las resistencias del Fondo y los
acreedores a continuar con los desembolsos programados dado el
incumplimiento del gobierno argentino en las metas fiscales y monetarias, 55que
como se ha comentado, resultaban inflexibles.
Recién en febrero de 1988 se logró reprogramar estas mediante
modificaciones en las proyecciones y destrabar la tercera cuota del stand by
con el FMI por 540 millones de dólares, más un préstamo por caída de las
exportaciones de 320 millones de dólares. La banca acreedora, por su parte, se
vio habilitada a efectuar la tercera cuota pendiente de 550 millones de dólares
(Brenta, 2022: 103). Sin embargo, los problemas no tardaron en llegar, ya que
durante el segundo trimestre de 1988 (mes de mayo), se generaron atrasos y
desde abril se dejó de pagar intereses a los bancos y al Club de París. 56Como
sostuvieron Ortiz y Schorr (2021), este sentaría un precedente importante en la
posterior hiperinflación desatada en 1989 dado que las pujas que se generaban
entre los acreedores externos y la burguesía local por los recursos obtenidos
desde el Estado (ver nota 8) llegarían a un límite con la escasez de las
reservas. No obstante, el BCRA, que mantenía un delicado equilibrio en este
sentido, proyectaba una mejora en el saldo comercial en curso (en 1988 este
cerró en más de 3.800 millones contra los 500 de 1987), 57 pero afirmando que
el gobierno entró en el dilema de fortalecer la política cambiaria o reprogramar
los vencimientos, optando por una moratoria de hecho hacia junio de 1988 58que
llevó a acercar posiciones con el BM y el Banco Interamericano de Desarrollo
(BID) por nuevos fondos y avance en las reformas. 59En definitiva, el frente
externo entraba en una situación conflictiva, en un cuadro en que el BCRA no
mostraba una articulación concreta, ni iniciativas independientes para mitigar
los efectos negativos en materia inflacionaria.
Así, la aceleración inflacionaria de la primera mitad de 1988 complicó el
panorama inmediato de la estabilización. Como puede verse en el gráfico 1,
hasta el mes de agosto aceleró a un ritmo de más del 25% mensual, lo que
finalmente motivó el lanzamiento del Plan Primavera, un último intento de
estabilización económica acompañado de la esperada reforma estructural. Este
programa, entendido ya por el BCRA abiertamente como “un plan de ajuste” 60-
denominación que, aunque resultaba negativa para gran parte de la prensa
progresista pudo estar motivada por el avance de la crisis, - se fue gestando al
calor de las sucesivas dificultades en las negociaciones externas y control de la
inflación desde 1985.
GRÁFICO I
Inflación 1988. Variación porcentual respecto a 1987 (1980-100)
30
20
10
0
ro er
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Inflación
Fuente: elaboración propia en base a datos BCRA, 1988, p. 59.
Durante el primer semestre de 1988, los funcionarios del BCRA
mantenían la férrea convicción de que “un factor decisivo en los fracasos por
estabilizar la economía ha sido la permanencia de los desequilibrios de las
finanzas públicas [lo que ameritaba una] trascendental reforma de la estructura
de gastos e ingresos del sector público”.61 En definitiva, el Primavera puede
inscribirse como parte de la iniciativa económica principal del gobierno, que
aunque en condiciones menos favorables que el Austral se articulara, ahora,
con la espera de un BCRA que las reivindicaba hacía al menos dos años.
Sobre las medidas concretas tomadas durante la primera mitad del año,
el BCRA destacaba los esfuerzos en la reducción de la inversión pública
postergando la realización de proyectos y de transferencias a las empresas del
Estado como parte del ajuste necesario, aunque dificultoso al interior del
gobierno radical (Fair, 2009). Más puntualmente, sobre estas últimas destacaba
el estudio tendiente a generar la privatización mencionada de ENTEL),
Aerolíneas Argentinas y Ferrocarriles Argentinos. También se mencionó la ley
23.548 de Distribución de Recursos Fiscales entre la Nación y las provincias,
aunque parece no haber establecido cambios contundentes respecto de cómo
se venía desarrollando la coparticipación dado que no pudo
implementarse.62Otra medida, no menos importante, fue la alineación del precio
interno del petróleo crudo a los internacionales en un intento de saneamiento
del mismo que, sin embargo y como única medida concretada, con su suba
fomentó posteriormente su aumento local (y finalmente la regresión de esta
medida).63Aunque el Banco consideraba que el gobierno avanzaba firmemente
en las reformas estructurales, la realidad parecía mostrar la fragilidad de un
gobierno que no podía enviar señales claras al Central.
Así y todo, en un contexto de alta incertidumbre, desmejoramiento de las
cuentas fiscales, suspensión del financiamiento con una mora de hecho, se
intentó un último plan económico con el apoyo de las cámaras industriales y el
BM. En los albores del Plan Primavera, la inflación superó el 20% mensual, la
recesión económica hacia mitades de 1988 llegó al -2% del PIB y la caída
salarial desde 1984 acumulaba un 30%.64 Además, la desocupación superaba
la barrera del 6%, con casi 9% de subocupación. La deuda externa, por otro
lado, aumentó a más de 50.000 millones de dólares y el déficit fiscal se
mantuvo en niveles de más del 5% del PIB, mientras el gobierno enfrentaba
una cantidad inédita de paros sindicales.65El nuevo Plan tuvo como novedad
que se sustentó en el apoyo de las entidades industriales de la Unión Industrial
Argentina (UIA), la Cámara Argentina del Comercio (CAC) y la Confederación
General de la Industria (CGI), aunque con la oposición de la Sociedad Rural
Argentina (SRA) ante el inconformismo con el desdoblamiento del mercado
cambiario que se instrumentaba.66
Con estas cámaras se acordó la política de desindexación de precios,
bajo la pauta de no superar incrementos de más de 4%, a cambio de reducir el
Impuesto al Valor Agregado (IVA) del 18 al 15%. Las tarifas públicas fueron
incrementadas en el orden del 30%, la devaluación del tipo de cambio fue del
11% (a tipo de cambio oficial quedaba en 12 australes por dólar) para
congelarse por dos meses -22% para las exportaciones y 33% paras las
importaciones-.67 Las medidas produjeron una desinflación entre agosto de
1988 y febrero de 1989 (del 25% al 6% mensual), aunque las tarifas como el
tipo de cambio no tardaron en retrotraerse (los incrementos de precios, aunque
menores, entre agosto y diciembre de 1988 retrasaron a ambas).
La arquitectura del Plan Primavera, como entendían las autoridades del
Banco, tuvo la virtud de reducir los índices de inflación para el mes siguiente y
acumular reservas líquidas con la existencia de tasas de interés reales
positivas. Sin embargo, se consideraba que este último punto se tornaba
especialmente vulnerable dado que “se originó en su mayor parte en el ingreso
de capitales bajo la forma de anticipos o préstamos de financiación de
exportaciones”68en moneda mayoritariamente extranjera. Algo que se haría
evidente posteriormente con la escalada hiperinflacionaria.
Como novedad explícita, el programa apoyado por el BM -que aportaba
un financiamiento de 1.200 millones de dólares (bajo metas fiscales más laxas
que las del FMI)-, motorizaba la apertura comercial, la liberación de la tasa de
interés y la promesa de desregular el tipo de cambio al año siguiente con
proyectos de privatización de empresas públicas. Sin embargo, el solo anuncio
de las medidas no generó expectativas favorables en un contexto de alta
incertidumbre atravesado por el conflicto sindical, la oposición política e incluso
los levantamientos militares que enfrentaba el gobierno (en enero y en
diciembre de 1988). Ante la inflexibilidad del déficit fiscal, el acumulamiento de
vencimientos de la deuda pública, y la colocación forzosa de esta, el programa
perdió credibilidad. No menos importante resultaba la falta de acuerdos para
avanzar en las privatizaciones, o la lentitud de la reducción de los aranceles
comerciales que se llevaron a cabo en 1988. Así, finalmente, este terminó con
la escasez de reservas y una hiperinflación a comienzos de 1989.69
Comentario final
La visión del BCRA mostró desde el comienzo del periodo analizado una firme
convicción de que el problema fiscal se resolvería con reformas estructurales.
Estas, parecían estar orientadas más a descomprimir el gasto público y, en
segundo lugar, a dinamizar los mercados mediante la apertura y la
desregulación comercial y financiera. Aunque esto estuvo presente desde la
segunda mitad de 1980, la salida del congelamiento general que había
impuesto el Austral en junio de 1985 condujo a la política económica a retomar
un sendero de administración de precios que siguió incentivando la indexación
generalizada. Esto tiene cierta coherencia con la posición defensiva que
mostraba el BCRA a la hora de ajustarse a las presiones internas de la
economía nacional.
En los hechos, pareció reducir sus funciones de instrumentar la política
monetaria a la concreción de iniciativas del gobierno y el ministerio de
Economía que, a pesar de los anuncios e intentos, debieron esperar al Plan
Primavera. La articulación Sourrouille-Machinea no surtió efectos ante la
debilidad política que no permitió avanzar en las ansiadas reformas
estructurales dejando al BCRA en una estrategia pasiva. Resulta paradójico, ya
que la falta de control sobre esta institución en los inicios del Austral constituyó
una problemática central de la política económica, y así lo manifestaron los
actores, pero desde agosto de 1986 la debilidad política no permitió explotar el
directorio conquistado por el equipo de Sourrouille, o bien el lugar asignado se
inscribía desde un principio en aquella pasividad.
También debe destacarse la tendencia positiva que parecían mostrar los
congelamientos de precios intentados entre 1986 y 1987 en las sucesivas
estabilizaciones pero que, excluyendo las particularidades de 1988, parecían
malograrse frente al impacto fiscal del deterioro de los términos de intercambio
y la falta de contundencia en las negociaciones por la deuda externa. También
se inscribían en esta dinámica otras causas como los intentos por mejorar la
posición tributaria que, luego de la derrota electoral de 1987, se hacían
políticamente imposibles. En definitiva, los congelamientos, la coordinación y la
desindexación mostraron efectos positivos, siendo posiblemente necesarios en
un plan de estabilización, en reducir los índices de la inflación, pero
rápidamente se diluían sin condiciones de largo plazo que redimensionaran la
acumulación. Así, las reformas estructurales que se esperaron por varios años,
y a las que apostaba constantemente el BCRA, se convirtieron en la principal
dificultad para hacer sostenible la reducción de la inflación.
Luego, hacia 1988, a las ya difíciles negociaciones con la banca
acreedora bajo las condiciones del FMI, se sumaron una mayor limitación de
desembolsos con las escasas reservas que se manejaban frente a los
abultados pagos de intereses. Justamente, este círculo que comenzó a
estrecharse aquel año, condujo al dilema previo del Plan Primavera por
suspender los pagos al exterior y sostener el tipo de cambio. El último Plan de
estabilización del gobierno, el Primavera, mostró la misma tendencia que los
congelamientos pasados al reducir la inflación pero sus anuncios de reforma
estructural más ambiciosos, y la imposibilidad de implementarlos mediante un
shock, lo condenaron a la inflexibilidad de la brecha fiscal y la externa, esta
última nuevamente en peor situación dado la moratoria de hecho y la escasez
de fondos aportados. Ahora, frente a una mayor inestabilidad política dado los
conflictos sindicales, militares y electorales, se hicieron evidentes dos cosas.
Primero, que controlar la inflación no parecía ser el problema de fondo en el
corto plazo -de hecho, esta se reducía con cada estabilización-, más bien la
falta de articulación del BCRA con otras instituciones económicas del gobierno
que lo condenaron a un rol pasivo de espera del avance reformista.
Posiblemente, el intento de lanzar un programa de reforma estructural de
esa envergadura, como ya lo constituía el Primavera, a pesar de las
convicciones duraderas del gobierno y el BCRA, como del apoyo
envalentonado del BM y las cámaras empresarias, terminó siendo una apuesta
arriesgada en las condiciones políticas del gobierno de Alfonsín -evidentemente
poco consideradas por las instituciones de crédito mundial-. Así, los datos de
desempleo y la evolución del PBI parecían mostrar una tendencia negativa
disruptiva de la de hacia una década atrás, que no se solucionaría con una
mayor contingencia monetaria y un ajuste fiscal del corto plazo como entendían
las autoridades del FMI, ni intentos reformistas sin sustento político y base
social como el BM.
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NOTAS
1
No obstante, otras miradas plantean las faltas de consenso en los actores económicos nacionales e internacionales para
avanzar en una reestructuración del modelo de acumulación intentado en alguna medida desde el Plan Austral (Peralta
Ramons, 2006; Massano, 2018)
2
El Partido Justicialista ganaba en esta una proporción importante de la Cámara de Diputados y la mayor parte de la
gobernación de las provincias argentinas, lo que le restó sustento político al radicalismo y los niveles de credibilidad que sí
había tenido el Plan Austral.
3
Si son parte imprescindible de los trabajos de historia económica como fuente de consulta de datos y materia prima para el
procesamiento de los mismos, no existen estudios puntuales que se detengan en los diagnósticos y visiones concretas de la
planta bancaria que las firma. Por ejemplo, un análisis que se acerca a esta forma de tratar la fuente puede ser XXX (2022).
4
Y particularmente del Banco Central, que pretendemos analizar en este trabajo, dado que difícilmente pueda sujetarse el
análisis del periodo a los enfoques vinculados al neoliberalismo, por un lado, o al keynesianismo, por el otro. Es decir, como
definieron Rougier y Sember (2018), estas dos vertientes, aunque exentas de pureza ideológica frente a las contingencias
de los contextos políticos y económicos, caracterizan el accionar el Banco Central en Argentina. Dos vertientes que han
mostrado las disputas por adoptar enfoques ortodoxos alineados a la estabilización monetaria o la promoción del desarrollo
económico con involucramiento directo de la institución.
5
De hecho, esta última se convirtió en un problema durante todo el gobierno de Alfonsín visible en una correlación con la
deuda externa y que, según las estimaciones de Ortiz y Schorr (2021), fue calculada en montos elevados con una evolución
que va de unos 35.000 millones a 53.000 millones de dólares entre 1983-1989.
6
De hecho, si bien Brasil y México eran los otros grandes deudores de la región, Argentina fue el único país en que la deuda
externa alcanzó las proporciones detalladas de las exportaciones (Devlin, 1989).
7
El Plan económico de Bernardo Grinspun se enmarcó en el contexto inicial del gobierno de Alfonsín, donde se conjugó un
diagnóstico que entendía que el principal problema de la economía se originaba en la alta desocupación, los deprimidos
salarios y la subutilización de la capacidad instalada que reducían la demanda agregada y la producción (Pesce, 2004) junto
con la deuda externa de la que se planteó férreamente investigar su legitimidad. El mismo buscó instrumentar un programa
keynesiano buscando la reactivación económica mediante el alza de los salarios, la reducción de las tasas de interés y otros
instrumentos buscando aumentar la recaudación e impulsar una nueva fase de crecimiento donde se podría tolerar niveles
moderados de inflación (Grinspun, 1989). Sin embargo, el error de diagnóstico sobre los cambios estructurales producido en
los nuevos sectores empresarios como en el sistema financiero socavaron el plan, que junto con los avatares en la
renegociación de la deuda externa que imponían los privados y el FMI (Brenta, 2022) empujaba a la economía argentina
hacia fines de 1984 a una hiperinflación.
8
El Plan Austral, por su parte, fue una estrategia decididamente antiinflacionaria elaborada por el ministro de Economía
entrante en enero de 1985 Juan Sourrouille (1985-1989) y un equipo reducido de colaboradores entre los que estaban José
Luis Machinea, Roberto Frenkel, Mario Bordersohn, entre otros. Este, consistió en la combinación de un conjunto de
medidas ortodoxas que incorporaban las metas promovidas por el FMI en el stand by de septiembre de 1984 -acordado con
Grinspun- en lo referido al ajuste fiscal, contención monetaria y repagos de la deuda externa con otras medidas heterodoxas
como el cambio de signo monetario del peso al Austral, el congelamiento indeterminado de los precios y salarios y un
desagio para reordenar los contratos luego del shock desinflacionario. El programa, que en el marco de las medidas
correctivas durante la primera parte de 1985 enfrentaba una precipitación hiperinflacionaria con más de 500% de inflación
anual, finalmente fue exitoso en reducir las tasas a niveles inéditos de un digito mensual.
9
Fondo Monetario Internacional, Tasa de interés real.
10
Los resultados fueron modestos, ya que entre 1985 y 1986 solo se recibieron unas 20 ofertas mientras la producción
petrolera caía. En 1987 se flexibilizó con mejores condiciones para los inversores y se logró incorporar unas 24 ofertas, de
las que solo se concretaron 10 perforaciones (Zlotogwiazda, 1987).
11
También se discutieron en aquel entonces, bajo la insistencia de Mario Brodersohn, la reforma de los regímenes de
promoción industrial -que insumían un 10% del PBI-. Ortiz y Schorr (2021: 133) sostienen que este porcentaje, equivalente a
unos 67.000 millones de dólares, era mucho mayor al total de transferencias realizadas en la etapa Alfonsín al exterior,
calculadas en 4% del PBI (27.000 millones de dólares). Sin embargo, como explica Machinea (2022), no llegaron a
presentarse los respectivos proyectos por la seguridad de que la oposición parlamentaria no los aprobaría.
12
En 1987 la imitativa conjunta entre Sourrouille-Terragno fue presentada como un avance reformista integral del Estado
(Gerchunoff, 2022), por lo que además de los casos más emblemáticos de Entel y Aerolíneas, estuvieron presentes otras
discusiones como la profundización del Plan Houston, la desregulación de algunas tarifas del transporte, la postergada
privatización de SOMISA y el alineamiento del precio local del petróleo con el internacional. Fue tal la resistencia, que esta
última fue la única que prosperó.
13
El año 1986 estuvo atravesado por la doble gestión en el BCRA de Alfredo Concepción (entre febrero de 1985 y agosto de
1986) y Machinea (entre agosto de 1986 y abril de 1989). Como sugiere Torres (2021, p. 191) en sus memorias, la
designación del radical Concepción en las vísperas del Austral resultó un problema para el equipo de Sourrouille dado que
no se controlaría esa cartera. Episodio similar demostraba, en aquel verano de 1985, la designación de Grinspun en la
secretaría de Planificación, que no convencía al nuevo equipo económico pero que estos entendían como parte de las
obligaciones del presidente con los colaboradores históricos de la UCR. Las pujas en este sentido se dirimían porque el
equipo de Concepción, y su entonces presidente del BCRA Jaime Bantrub, buscaban aumentar la liquidez en la economía,
que no entendían perjudicial en materia de inflación, mediante la reducción drástica de las tasas de interés (Torres, 2021:
345).
14
BCRA, 1986, p. 1.
15
BCRA, 1986, p. 2.
16
BCRA, 1986, P. 3.
17
Como demuestra Bonanote (1994) en la compilación de Villanueva (1994), los conflictos laborales disminuyeron
significativamente desde la implementación del Plan Austral, y se mantuvieron en niveles promedios hasta el final del
mandato. Si bien esto se produjo por la mejora en el salario real, especialmente industrial, post Austral, también influyó,
como destacó Massano (2022), la intervención del gobierno en conflictos puntuales y el control de la CGT por una protesta
unificada. Como interpretaron Massano y Piva (2020), la resistencia de la clase obrera a cualquier avance reformista, incluso
de reformas estructurales, limitó la integración de la burguesía mercadointernista con otras fracciones locales para concertar
reformas de ímpetu neoliberal.
18
BCRA, 1986. p. 4.
19
BCRA, 1986, pp. 10-12.
20
BCRA, 1986, p. 6.
21
BCRA, 1987, p. 7.
22
Puja distributiva que, como han señalado Massano y Piva (2022), se encontraba subsumida a la disputa por el excedente
entre bancos acreedores y fracciones del capital local (nacional y extranjero). En este marco, la presión obrera desbarataba
los planes de estabilización que cada vez más en el corto plazo intentaba el gobierno truncando, a su vez, los avances de
reforma estructural que esperaba como señal principal el BCRA.
23
Como narra Gerchunoff (2022), a estas alturas el alfonsinismo renunciaba a su política reformista en materia laboral,
aquella que se había truncado en 1984 con su primer ministro Antonio Mucci y el intento por disciplinar al sindicalismo con
reformas que propiciaran elecciones limpias y participativas al interior de los mismos. Pero también a la política posterior con
su tercer ministro de Trabajo Hugo Barrionuevo (sucesor de Juan Manuel Casella) que buscó, junto con el asesor Carlos
Figueroa, concertar reformas con el sector (mayor papel a los delegados, acceso a la información financiera de las firmas,
límites temporales al mandato de los dirigentes, entre otros).
24
A pesar de la salida de Alderete, las leyes presentadas durante su gestión para habilitar las Convenciones Colectivas de
Trabajo y Asociaciones Gremiales, fueron finalmente promulgadas en enero de 1988.
25
BCRA, 1987, p. 3.
26
BCRA, 1987, p. 3.
27
BCRA, 1987, p. 5.
28
BCRA, 1987, pp. 6-8.
29
BCRA, 1987, p. 7
30
Dentro de los componentes de esta cabe destacar que era la variación de existencias (diferencia entre mercancías y
materias primas) las que arrojaban un orden negativo en todos los años entre 1984-1987. Sin embargo, fue en 1988 cuando
se recuperara, junto con las exportaciones, en más del 50% respecto del año anterior. No obstante, la demanda global que
cerraría en 11.675 pesos en 1988 no alcanzó los niveles de más de 12.000 del año anterior. BCRA, 1988, p. 52.
31
BCRA, 1988, p. 30.
32
BCRA, 1988 p. 54.
33
BCRA, 1988, p. 8.
34
BCRA, 1988, p.9.
35
BCRA, 1989, p. 16.
36
BCRA, 1988, p. 9.
37
BCRA, 1988, p. 10.
38
BCRA, 1989, p. 20.
39
BCRA, 1988, p. 10.
40
Cabe destacar que dentro del total del financiamiento del BCRA al sistema financiero destacaba el papel del Banco
Hipotecario Nacional que en 1988 alcanzo más de 42.000 millones de australes. Esto se tornaba significativamente mayor
que el año anterior que había registrado casi 3.000 millones, y muy lejos de los sectores que más financiamiento recibían y
que no superaban los 10.000 millones. BCRA, 1988 p. 95.
41
BCRA, 1988, p. 11.
42
BCRA, 1988, p. 96.
43
BCRA, 1988, p. 97-98.
44
BCRA, 1988, p. 83.
45
BCRA, 1988, p. 97.
46
Desde el segundo trimestre de 1988 argentina había entrado en una cesación informal de pagos con los acreedores del
Comité de bancos por el incumplimiento de las metas fijadas por el FMI en la economía. Por tanto, el gobierno se
desenvolvía sin apoyo crediticio. Así, el déficit del balance de pagos fue financiado con unos 2.300 millones de dólares en
atrasos, 500 millones del FMI, 200 millones de refinanciamiento del Club de París y 390 millones de depósitos domésticos
en moneda extranjera. Esto había hecho crecer la deuda externa en 500 millones de dólares para 1988.
47
Así y todo, como muestra Brenta (2022) el saldo comercial arrojaba valores negativos todos los años entre 1984 y 1988 (-
2.015, -550, -2.163, -3.603 y -865, respectivamente) si se cuenta el pago de intereses (5.537, 5.132, 4.291, 4.145 y 4.678,
respectivamente) (103).
48
BCRA, 1988, p. 110.
49
BCRA, 1988, p. 111.
50
BCRA, 1988, p. 112.
51
BCRA, 1987, pp. 10-15.
52
BCRA, 1987, p.16.
53
Este acuerdo prescribía que la conversión de deuda externa que se haría con un 30% de fondos frescos y un 70% de
conversión de deuda sobre el proyecto de origen local.
54
Piénsese que durante la segunda mitad de 1987 se habían acordado con el FMI un crédito por 670 millones de dólares en
conceptos de caída de las exportaciones y regía un stand by por unos 1.500 millones que incluía cuotas de entre 300 y 200
millones. La banca acreedora había otorgado, a su vez, un crédito destinado a financiar los intereses de la deuda por unos
1.900 millones de dólares. Al cerrar el año en 1987 solo habían ingresado el préstamo por caída de las exportaciones, las
dos primeras cuotas del stand by y 1.200 millones de la banca perdiéndose 1.100 millones de reservas (CEPAL, 1989: 35)
para enfrentar desembolsos del orden de más de 4.000 millones (tanto en 1987 como en 1988).
55
Las diferencias fiscales eran sustanciales porque de un déficit de alrededor del 5% del PBI, el FMI exigía reducciones que
llegaran al 2% de forma trimestral.
56
A fines de 1983 la Argentina adeudaba al Club de París 5.500 millones de dólares, un 17% de la deuda externa pública.
Hacia 1985 se habían logrado liquidad alrededor de la mitad de ese monto, pero la deuda con esa entidad, medida en
millones de dólares, no había dejado de aumentar en 1986 (4.520), 1987 (5.303), 1988 (5.379) y 1988 (6.909). A pesar de la
cancelación de pagos, esto se debió a varios factores. Por un lado, la apreciación de las monedas alemana y holandesa que
solo durante el gobierno de Alfonsín habrían acumulado un 30%. Por otro lado, la capitalización de intereses y los recargos
por moras en los pagos. En segundo y tercer lugar, fueron importantes el financiamiento acordado con Alemania por 1.000
millones de dólares para la construcción atómica Atucha II (que se hizo efectiva desde 1986), y la cancelación de una deuda
de 500 millones de dólares con la empresa holandesa Consorcio Gasoducto Centro Oeste Sociedad Anónima (COGASCO)
por la construcción del gasoducto centro-oeste.
57
Sin embargo, cabe aclarar que era producto de la caída del PIB en 2.5% y la disminución de la inversión pública y privada
que contribuían a reducir las importaciones. Por su parte, el déficit de cuenta corriente se mantenía en niveles elevados de
más de 1.400 millones de dólares (Visintini, 2022: 219).
58
En junio de 1988 el FMI consideró incumplidas las metas acordadas, no obstante, los pagos al FMI fueron sistemáticos y
continuos hasta marzo de 1989, la moratoria era frente a los acreedores privados.
59
Este acercamiento, aunque no nuevo, pero sí más evidente desde 1988, se inscribe en un conflicto implícito entre los
titulares del FMI y el BM. Los últimos discutían el excesivo foco en las metas fiscales y monetarias concentradas en
revisiones estrictas trimestralmente inclinándose por prestar más atención a la introducción de reformas económicas de
fondo que redimensionaran esos déficits. Sin embargo, a pesar de haber negociados prestamos por casi 1.000 millones y
500 millones con el BM y el BID respectivamente, a lo largo del año se efectivizaron sólo unos 140 millones frente atrasos
que hacía junio alcanzaban los 5.000 millones.
60
BCRA, 1988, p. 4.
61
BCRA, 1988, p.6.
62
Producto de un vacío legal en el régimen de coparticipación, entre 1985 y 1987 el gobierno distribuía los recursos con las
provincias de forma discrecional enfrentando la capacidad negociadora de cada jurisdicción. Posteriormente, la Ley 23.548
de 1988 surgió como producto de la modificación de las fuerzas partidarias en el Congreso tras las elecciones de 1987, que
dio aún más ventajas al justicialismo. Este nuevo régimen, fijó los criterios de coparticipación en función de los montos que
recibían las provincias en los años setenta y, como argumenta Streb (2018), consolidó una “tributación sin representación”
(23) al haber beneficiado a provincias con menor densidad poblacional pero alta representatividad en la Cámara de
Diputados, siendo el ejemplo de la provincia de Buenos Aires el caso más representativo de esa desventaja ya que, a pesar
de tratarse de una de las provincias más pobladas recibía desde aquel entonces poco más del 30% del promedio de
recursos que recibían el resto de las provincias.
63
BCRA, 1988, p. 5.
64
BCRA, 1988, pp. 8-10.
65
Solamente, entre 1987 y 1988 se produjeron seis marchas contra el gobierno motorizadas por diferentes partidos de la
oposición, organizaciones sindicales y de otra naturaleza política. Como destacan Massano y Piva (2020), el gobierno debió
enfrentar un bloqueo sindical en la etapa que se canalizó en una intensa actividad huelguística contra cualquier intento
reformista.
66
Este último dejaba las liquidaciones del sector agropecuario a un tipo de cambio menor que en el segmento libre. Dicho
desdoblamiento se realizaba con la promesa de intervenir en el mercado de cambios para que la brecha entre ambos
segmentos no superara más del 25%. En el primer caso se liquidaban la totalidad de las exportaciones agropecuarias y el
50% de las industriales, mientras que, en el segundo, las correspondientes al sistema financiero, el resto de las
exportaciones, importaciones y los intereses de la deuda externa privados. Como entendía la SRA, si bien se habían evitado
las retenciones al principal sector exportador, este mecanismo funcionaba como una política impositiva implícita.
67
BCRA, 1988, p. 15.
68
BCRA, 1988, p. 7.
69
También debe considerarse la alta incertidumbre generada por el candidato ganador el opositor Carlos Menem (1989-
1999), quien anunciaba una moratoria de la deuda pública, y el levantamiento de militares rebeldes “carapintadas” en
diciembre de 1988. Estos factores contribuyeron a la alta incertidumbre que en los hechos produjo una corrida bancaria que
incrementó el dólar libre impidiendo al BCRA seguir vendiendo reservas en el mercado.