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Karen Rose - Serie Suspense 15 - Vigila Tu Espalda

Stevie y Emma se encuentran en un restaurante donde conversan sobre sus vidas y las dificultades que enfrentan tras experiencias traumáticas. De repente, un tiroteo interrumpe su reunión, dejando a varias personas heridas, incluida una camarera, mientras Stevie intenta mantener la calma y coordinar la respuesta de emergencia. La situación se vuelve crítica cuando se revela que Stevie ha sido el objetivo de un ataque, lo que genera una creciente sensación de peligro a su alrededor.

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Karen Rose - Serie Suspense 15 - Vigila Tu Espalda

Stevie y Emma se encuentran en un restaurante donde conversan sobre sus vidas y las dificultades que enfrentan tras experiencias traumáticas. De repente, un tiroteo interrumpe su reunión, dejando a varias personas heridas, incluida una camarera, mientras Stevie intenta mantener la calma y coordinar la respuesta de emergencia. La situación se vuelve crítica cuando se revela que Stevie ha sido el objetivo de un ataque, lo que genera una creciente sensación de peligro a su alrededor.

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porque aún seguimos encontrando brillantina por todas partes, en nuestra

ropa, en el pelo, en los zapatos...


—Me gustaría poder verla —dijo Emma con melancolía. —Pero prometí
a Christopher llegar a Las Vegas a tiempo para verle dar una charla en el
simposio al que asiste. Tengo que estar en el aeropuerto a las cuatro y
media. Espero no haberte estropeado nada con el cambio de hora.
—No. Izzy ha estado llevándola a ballet desde el tiroteo, así que mi
horario es flexible.
Emma se inclinó un poco hacia
adelante. —¿Cómo está Cordelia?
Volviéndose un poco más frágil cada día.
—Demasiado seria —su bebé había pasado por
mucho. —¿Está ayudando el psicólogo?
—Eso creo. La llevo cada semana, algunas veces dos veces a la semana.
Sus pesadillas se están haciendo menos frecuentes. Unas pequeñas
vacaciones podrían hacerle algún bien. Tal vez ella y yo podamos ir a Florida
a verte a ti y a tus chicos pronto. ¿Cómo están los chicos? ¿Y Megan?
—Megan adora la universidad. CJ recibió un juego de química por
Navidad. No he tenido que llamar a los bomberos ni una vez, lo cual me hace
feliz. Liam recibió un equipamiento de fútbol de la NFL del padre de Will.
Will había sido el primer marido de Emma. Como Paul y Paulie, Will
había sido asesinado en el robo de una tienda de conveniencia que fue
muy mal. Su experiencia compartida era la razón por la que Stevie y Emma
habían decidido reunirse la primera vez. Pero a diferencia de Stevie, Emma
se las había arreglado para seguir adelante, casándose con su amor del
instituto, Christopher, y teniendo dos hermosos hijos con él. Había
aceptado a la hija de Christopher de un matrimonio anterior como suya.
Stevie estaba ferozmente feliz por ellos a pesar de envidiar su felicidad.
Entonces frunció el ceño al captar las palabras de Emma.
—Espera. ¿El padre de Will le dio el balón? ¿No el padre de Christopher?
—El padre de Will compró ese balón al minuto de que Will y yo anunciáramos
nuestro compromiso —dijo Emma con una triste sonrisa. —Will era su único hijo,
pero sus padres siempre me consideraron su hija. Tratan a mis hijos con
Christopher como sus propios nietos. Es realmente adorable. El padre de Will ha
estado guardándolo todos estos años, solo esperando un nieto –el nieto correcto–
para dárselo. CJ no lo habría apreciado del modo que Liam lo hace y Megan
ya había perdido el interés por el fútbol para cuando Chris y yo nos casamos.
—A Cordelia no le gustan los deportes. Adora el ballet, pero sospecho
que es principalmente por las zapatillas y los tutús —Stevie tragó saliva. —
El padre de Paul aún guarda los juguetes que nunca logró darle a Paulie.
Le he dicho que los done, pero nunca ha llegado a hacerlo.
—Tal vez... —empezó Emma, pero la camarera la interrumpió para
tomar su pedido, lo cual hicieron sin siquiera mirar el menú– una ventaja de
reunirse en el mismo restaurante cada año.
—Lo que iba a decir —dijo Emma cuando la camarera se hubo ido, —era que
tal vez el padre de Paul se está aferrando a ellos como el padre de Will tenía el
balón para Liam. Nunca sabes lo que va a picar. Solo tienes treinta y seis años.
Podrías tener más hijos algún día —dijo con un gangueo. —Aún te quedan unos
años buenos para criar niños y tienes un par decente de caderas —sonrió. —Eso
es lo que el padre de Christopher me dijo justo antes de nuestra boda.
—¿Y aún le hablas? —preguntó Stevie secamente.
—Seguro. Es genial con los chicos. Esta semana son las vacaciones
de primavera de los chicos y los cuatro abuelos los llevan a Disney World.
—¿Uniendo fuerzas para que los chicos no los dejen por fuera?
—Tienes razón. Mientras tanto, Christopher y yo tenemos vacaciones en
Las Vegas. Solos. Sin niños. Él tendrá su dosis de química en el simposio
durante el día, y yo tendré la mía por la noche —sus ojos se volvieron astutos.
—Podrías venir conmigo y levantarte a uno de los amigos de Christopher.
Stevie entrecerró los ojos.
—No empieces, Em. Lo digo en serio. No estoy interesada en citas a ciegas.
—Vale, vale —Emma alzó las manos en señal de rendición. —Sólo pensé que
deberías estar abierta a alguien nuevo ya que rompiste con el detective privado.
Stevie parpadeó con sorpresa. Clay Maynard. Instantáneamente la mente
de Stevie se inundó con el recuerdo de despertar en el hospital para
encontrarle sentado junto a ella, sus ojos oscuros aliviados de que finalmente
hubiera recuperado la conciencia, que viviría. Pero se habían llenado de dolor
cuando le dijo que se fuera, que encontrara alguna otra a la que amar.
Ella había llorado después de que se fuera. Deseó poder tragarse sus
palabras. Pero no podía, no debía y no lo había hecho. Había hecho lo que
había que hacer. Era lo mejor. Para ambos.
Solo que pensar en Clay hoy, de todos los días, la hacía sentirse
culpable. Nadie podía acercarse a ocupar el lugar de Paul. Permitir que
Clay lo intentara sería desastroso... para ambos. Nunca le amaría del modo
que había amado a Paul y con el tiempo...
Me odiaría. Preferiría que la odiara ahora a después de haberse
permitido interesarse por él. Se le rompería de nuevo el corazón. Y más
importante el de Cordelia.
Todo lo cual no es asunto de nadie salvo mío. Ni siquiera de Emma.
—¿Cómo supiste lo del investigador privado? —dijo Stevie,
manteniendo su irritación bajo control.
Emma se encogió de hombros.
—Tu hermano me contó que rompisteis cuando estabas en el hospital.
Sorin, voy a darte una bofetada. Su mellizo era peor cotilla que
cualquier mujer. También estaba aterrado de que ella acabara vieja y sola y
continuaba dando la matraca para que recuperara a Clay.
—Nunca hubo nada que romper, no importa lo que te hayan dicho —dijo, y
esa era la verdad. —Nunca tuvimos una cita. Me besó una vez, en el hospital.
Eso es todo. Él estaba ahí colgado como un perro perdido, esperando que le
aceptara. Así que corté por lo sano —más duramente de lo necesario. Pero no
podía aceptar la posibilidad de que él mantuviera la esperanza. No era justo.
¿Para quién? ¿Para él? ¿O para ti?
Emma estaba mirándola cuidadosamente y Stevie sospechaba que su
fachada no era tan convincente como había esperado.
—¿Por qué cortaste por lo sano, Stevie? ¿Era desagradable? ¿Poco atractivo?
¿Poco atractivo? Dios, no. El corazón de Stevie daba un salto cada vez
que pensaba en él. Alto, moreno, musculoso. Su cara era... hermosa. Su
corazón lleno de compasión y honor.
Salvó mi vida, arriesgando la suya. Clay había corrido a su lado mientras
Marina aún estaba disparando en las escaleras del tribunal, deteniendo la
hemorragia que los doctores habían estado de acuerdo que podría haberla matado.
Anclándola a la vida cuando casi se había ido. No morirás, maldita sea. No me
dejarás. No dejarás a Cordelia. Maldición, Stevie, te necesitamos. Te necesito.
¿Desagradable? No, si acaso, era demasiado amable. Demasiado
paciente. La habría esperado... por siempre.
Y eso no podía permitirlo. Él merecía una vida. Más de lo que ella podía darle.
—Emma… —expulsó un silencioso suspiro. —Por favor. No puedo
discutir esto hoy, de todos los días.
—Vale —dijo Emma, pero sus ojos aún estaban calculando. —Esta
también es la semana de vacaciones de primavera de Cordelia, ¿verdad?
¿Por qué no compras dos billetes a Orlando, saliendo esta noche? Yo iré a
Las Vegas, estaré con Christopher durante su charla, después vuelo de
regreso a Florida y nos reunimos mañana. Podemos unirnos a los chicos y
sus abuelos para sus vacaciones. A Cordelia le encantará.
Stevie sintió una suave llamarada de
pánico. —No.
—¿Por qué no? Dijiste que la traerías a Florida alguna vez
pronto. —Dije pronto. No quería decir mañana.
—Si es cuestión de presupuesto, no te preocupes. Yo lo tengo.
—No es el dinero —Stevie alzó la barbilla, una postura defensiva que
reconoció pero no pudo parar. —No voy a poder caminar suficientemente
bien durante mucho tiempo.
—Alquila una scooter —no había simpatía en los ojos de Emma. —Las
ves por todas partes.
La irritación le picó las tripas.
—No voy a usar uno de esos malditos scooter.
—¿Por qué no? ¿Puedes ponerle brillantina para que vaya a juego con
tu bastón?
—Dije no —repitió Stevie, luchando por no apretar los dientes. —Esto
— señaló el bastón cubierto de brillantina— es temporal.
—El scooter también lo sería —dijo Emma. —Podrías pasar una buena
temporada con Cordelia en lugar de trabajar en viejos casos cuando se
supone que estás recuperándote. Podrías estar desayunando en el castillo de
Cenicienta en lugar de repeler matones y sus cuchillos con tu brillante bastón.
Los ojos de Stevie se entrecerraron.
—No es asunto tuyo, Emma —advirtió con
frialdad. Los ojos de Emma destellaron.
—Al infierno que no lo es. ¿Y si el siguiente atacante tiene éxito? ¿Y si el
próximo asaltante te apuñala por la espalda antes de que puedas luchar? Tuviste
suerte ayer. ¿Y si la próxima bala no falla y tu investigador privado no está
ahí para salvar tu vida porque le echaste?
Con un gran esfuerzo, Stevie contuvo su enfado.
—Sorin —murmuró oscuramente y se preguntó cuánto habían
planeado su hermano y Emma de lo que ella diría esta tarde. —No tenía
ningún derecho a contarte nada de esto. Ni de mi salud, mi vida amorosa, o
mi trabajo. No tenía derecho.
—No, no lo tenía. Pero eso no hace menos cierto lo que dijo. No estoy
segura de por qué tienes ese deseo de morir, Stevie, pero si sigues presionando
con esos viejos casos, con el tiempo tu deseo se hará realidad. Alguien va a
apuñalarte o dispararte o a mandar tu coche directo al infierno contigo dentro.
¿Y mientras estés muriendo? —los ojos de Emma se llenaron de lágrimas. —
Podrías desear no haber cortado con tu investigador privado. Definitivamente
desearás haber tenido ese desayuno de Cenicienta con tu hija. Pero será
demasiado tarde porque finalmente tendrás tu deseo. Estarás muerta.
Stevie se tragó el torrente de palabras de las que nunca podría
retractarse. —Tengo que usar el baño.
Tenía que retomar las riendas de su temperamento que parecía
volverse más volátil cada día. Tambaleándose sobre los pies, agarró el
maldito bastón brillante y se dio la vuelta, solo para toparse cara a cara con
la camarera, cuya bandeja pesaba llena de vasos.
Mientras ella y la camarera caían en un estruendo de metal y cristales rotos,
Stevie oyó gritos. Y la voz de Emma gritando su nombre. Stevie se puso a gatas
para ver si la camarera estaba bien. La mujer estaba de espaldas, mirando
fijamente al techo, con cristales rotos a su alrededor. Ni parpadeaba.
Un lado de su cabeza estaba chorreando sangre.
Lo cual no tenía sentido. Eran solo unos pocos vasos de vino rotos.
Stevie se incorporó para agarrar una servilleta de la mesa para detener la
sangre y se quedó helada.
La ventana junto a la que habían estado sentadas estaba hecha añicos
y Emma no estaba.
—¡Emma! —gritó Stevie.
—Estoy aquí. Detrás de ti —Emma estaba arrodillada junto a la mujer que
había estado sentada en la mesa junto a la de ellas. Ahora la mujer estaba
tumbada de espaldas, justo como la camarera. Emma tenía los dedos
presionados contra la garganta de la mujer tomando su pulso.
El acompañante de la mujer estaba arrodillado al otro lado,
presionando servilletas contra la herida, tratando de detener la hemorragia,
con lágrimas rodando por su aterrorizada cara.
—Elisa, quédate conmigo —exigió, con voz temblorosa. —Quédate
conmigo. No me dejes —su voz se quebró cuando ella continuó mirando el
techo. —Por favor, cariño. No me dejes.
Stevie oyó la voz de Clay en su mente, rogando por ella mientras ella
estaba tirada sangrando en las escaleras del tribunal. No te atrevas a
dejarme. Se devolvió a si misma al presente.
—¡Todo el mundo al suelo y quédense ahí! —ordenó, después marcó
el 911 en su teléfono. —Soy la detective Mazzetti, Homicidios. Tenemos
disparos y víctimas de herida por arma de fuego en el Restaurante Harbor
House. Una víctima es una mujer caucásica, de unos cincuenta. Herida por
arma de fuego en el pecho.
Stevie buscó el pulso de la camarera. No había ninguno.
—La segunda víctima es también una mujer caucásica, alrededor de
veinticinco. Herida de arma de fuego en la cabeza —en una inspección
más cercana, pudo ver que la parte de atrás de la cabeza de la camarera
había desaparecido. La mujer estaba muerta. Arrastrándose a la ventana,
Stevie echó un vistazo sobre el borde, evaluando el ángulo de entrada. —El
tiro debe haber sido disparado desde el tejado del edificio del otro lado de
la calle —dijo al operador. —Sin señal del tirador.
—Dijo víctimas por arma de fuego —dijo el operador, con voz calmada.
— ¿Hay alguna otra? —Stevie miró a su alrededor, vio docenas de
personas aterrorizadas devolviéndole la mirada. —¿Algún herido más?
Al principio nadie respondió. Entonces un hombre señaló a
Stevie. —Usted. Su brazo.
Stevie miró hacia abajo a su bíceps. Su jersey estaba empapado con
sangre, y... Ouch. El brazo ardía como el fuego. Pero no era malo. Había
sido peor en el pasado.
—Solo yo —dijo al operador. —Y es un arañazo. Estoy bien.
—Tenemos ayuda en camino, detective —dijo el operador. —Estará ahí
en menos de cinco minutos. Quédese en línea conmigo hasta que lleguen allí.
—Lo haré. Por favor solicite que el detective JD Fitzpatrick y el teniente
Peter Hyatt vengan al escenario.
Stevie tomó aliento. Su compañero y su jefe la ayudarían a dar más
sentido a esto.
Excepto que tenía sentido. Ayer me dispararon. Hoy de nuevo. Stevie
mantuvo desesperadamente la calma. Están tratando de matarme y
mataron a otros en su lugar. Nadie está a salvo a mí alrededor.
—La ayuda estará aquí en un minuto o dos —dijo a Emma, quien ahora
presionaba pañuelos contra el pecho de la mujer mientras el hombre
realizaba maniobras de resucitación.
Emma giró la cabeza para encontrarse con los ojos de Stevie, los
suyos llenos de horror.
—Creo que es demasiado tarde —dijo con voz vacía. —Creo que está muerta.
Capítulo Tres

Baltimore, Maryland. Sábado 15 de marzo, 14.18

Mierda. Mierda. Mierda. Henderson guardó el rifle en su estuche con


rápidos y prácticos movimientos. No puedo creer esto.
Disparar a Mazzetti debería haber sido como robar un caramelo a un
niño. Robinette estaría disgustado. Consideraba que la retirada era un fallo.
Pero algunas veces era más inteligente retroceder e intentarlo de nuevo
desde un ángulo diferente.
Entonces aléjate. ¡Muévete! Pronto toda el área estaría repleta de policías.
El tiro por la ventana debería haber sido perfecto. El dedo de
Henderson había estado en el gatillo, preparado... apretando...
Y entonces súbitamente Mazzetti había saltado, tropezó con una
camarera y ambas cayeron. Solo había habido tiempo suficiente para hacer
un segundo disparo.
Creo que la alcancé. Pero no la maté. Maldición. Alguien podría decir
que la mujer tenía algún hechizo, pero Henderson no creía tal estupidez.
Mazzetti sencillamente era afortunada. Extremadamente afortunada.
Que la mira pudiera haber temblado un milímetro por manos temblorosas era
una posibilidad demasiado mínima para considerarla siquiera. No fue mi culpa.
Henderson se deslizó por la puerta que conducía a la calle. Nadie por allí.
Sin testigos que tenga que matar. Así que supongo que también tengo suerte.
Era hora de ir al plan B porque la policía estaría doblemente alerta.
Acercarse furtivamente a ella no sería fácil. ¿Acercarse furtivamente a la
cría? Bastante más fácil.
Especialmente ya que se donde está la cría justo ahora. Contrariamente a
donde Robinette había prometido que estaría. Saber que Cordelia Mazzetti no
estaba en el ballet no tenía nada que ver con la suerte, sin embargo. Era solo
pensamiento inteligente y planeamiento avanzado.
Lo que pasaba con la suerte era que, con el tiempo, salía huyendo. El
pensamiento inteligente era una habilidad permanente.
Henderson llegó al Camry blanco, lo puso en marcha, y tomó un sorbo
de la botella plástica en el porta botellas. El claro contenido ardía mientras
bajaba y calmó todo.
Gracias a Dios por el vodka. Lo mejor que habían hecho los rusos.

***

Hunt Valley, Mariland. Sábado 15 de marzo, 14.20

Clay encontró a Cordelia Mazzetti en la segunda casilla de la derecha,


como Izzy le había dicho, cepillando activamente un caballo oscuro con una
estrella blanca en la frente. Clay se quedó en la puerta de la casilla un largo
rato, dudoso de hablar, no queriendo sobresaltar al gran animal.
No con una niña del tamaño de Cordelia allí sola, desprotegida. No
debería estar allí sola. ¿Quién estaba vigilándola? El establo estaba
desierto. Ningún adulto a la vista y...
Oh. La casilla se abría a una pista de carreras cercada. Sentada en un
taburete a mitad de camino, pretendiendo pulir una silla mientras sus ojos nunca
abandonaban a la niña, estaba Maggie VanDorn, la directora de la granja.
Que Maggie VanDorn estuviera vigilando a la pequeña Cordelia no
llegaba a ser una sorpresa. Cordelia Mazzetti había pasado por mucho en
sus casi ocho años. Perder a su padre antes de siquiera conocerle, ser
acechada por un asesino en serie dos años antes. El último año, había sido
apuntada con un arma por un hombre en el que una vez había confiado... el
compañero de Stevie. Su mentor. Su amigo. Un policía sucio.
Las tripas de Clay ardieron de furia impotente. Parte de él deseaba que
Silas Dandridge no hubiera muerto ese día porque quería matarlo él mismo.
Silas había tenido intención de matar a Cordelia mientras su madre miraba.
Que Silas peleara por la vida de su propia hija era insustancial.
No se cambia una vida por otra. Especialmente la vida de un niño.
Hizo una mueca, entonces miró hacia abajo y se dio cuenta que agarraba la
puerta de la casilla con tal fuerza que se había clavado una astilla en el dedo. En
silencio la sacó y chupó la herida, escuchando la voz de Cordelia, pequeña pero
fuerte. Y dulce. Como música. No fue hasta que Clay se concentró que se dio
cuenta que las palabras que pronunciaba en tono cantarín eran cualquier
cosa salvo alegres.
—Al menos, no grité —confiaba al caballo, —así que no desperté a mi mamá.
Pero no pude volver a dormirme. Después era hora de ir a la escuela y tía Izzy me
hizo levantarme y yo estaba tan cansada que me quedé dormida en clase de
lectura y el profesor me gritó. Dijo a tía Izzy que yo no estaba prestando atención y
entonces me metí en problemas —su voz tembló. —No fue justo. Pero mamá dice
que la vida no lo es, así que tenemos que lidiar con ello —sorbió y después se
aclaró su pequeña garganta. —¿Tú sueñas? Si lo haces, espero que sea sobre
comer todo el heno que quieras y correr tan rápido como puedas.
—Hola, Cordelia —dijo Clay suavemente.
Ella espió alrededor del poderoso pecho del caballo y sus oscuros ojos
se abrieron completamente, sus mejillas enrojecieron de forma preciosa.
—¡Señor Maynard! No sabía que estaba aquí.
—Eso nos convierte en dos. Yo no sabía que tú estabas aquí, tampoco.
¿Quién es tu amigo?
Ella presionó la mejilla contra el cuello del
caballo. —Esta es Gracie.
Clay sonrió.
—Ese es un bonito nombre.
—Daphne nombra a sus caballos por actrices famosas. Gracie se llama
así por Grace Kelly. Fue famosa hace mucho tiempo. Antes, cuando las
películas tenían guión —añadió con firmeza.
La sonrisa de Clay se amplió.
—¿Quién dijo eso? ¿La parte del guión?
—Mi abuela. Dice que las películas hoy son tripa inútil. ¿De todos
modos, qué es tripa?
—El estómago de las vacas, creo.
—Asqueroso —dudó, luego suspiró. —Me escuchó hablando con
Gracie, ¿verdad?
—Solo si tú quieres. De otro modo, no escuché nada.
La boca de Cordelia se curvó con tristeza, y el corazón de Clay se
rompió un poco.
—No importa —murmuró. —Los niños pequeños tienen malos sueños.
No significan nada. Solo tengo que aprender a tratar con ello.
Clay se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos en la puerta de
la casilla. —¿Y quién dijo eso?
—Mi mamá.
—Bueno, tu madre tiene razón sobre aprender a tratar con ello —dudó,
reacio a corregir la forma de educar de Stevie. —No estoy seguro de que
tenga razón en que no signifiquen nada, sin embargo. O tal vez ella no tiene
el mismo tipo de sueños que yo. Porque yo sueño, Cordelia. Con frecuencia.
Ella alzó la mirada, aguda.
—¿Lo hace? ¿Sobre qué?
—A veces cosas estúpidas, como zombis robando mi crema de queso
cuando justo acabo de comprar rosquillas o que estoy de vuelta en el
colegio y no he estudiado para el examen final. Algunas veces sin
embargo, no son realmente sueños. Son más como... recuerdos que no se
van —los ojos de ella se entrecerraron y él supo que había dado en el
nervio correcto. —Como alguien reproduciendo en vídeo mis momentos
más aterradores una y otra vez. Eso no es ‘nada’. Es un gran algo.
—¿Qué sueña? Cuando es el vídeo —aclaró. —No los zombis. Aunque
los zombis son aterradores también —dijo ella con amabilidad, como no
queriendo hacerle sentir estúpido. Otro pedazo de su corazón se desmoronó.
—Cosas que pasaron en la guerra —dijo con
honestidad. —¿Estuvo en la guerra?
Él asintió.
—Somalia, está en África. Fue malo y vi un montón de cosas aterradoras.
Después fui policía y vi más cosas aterradoras. También sueño sobre eso.
—Ahora es IP —la frente se le arrugó mientras pensaba. —Eso
significa ‘investigador privado’. Su compañero fue asesinado. No la señorita
Paige, sino el otro.
¿Cuál? Estaba en la punta de la lengua pero se lo tragó. Había perdido dos
compañeros, ambos amigos, ambos asesinados. Tres meses atrás había
encontrado a Tuzak desechado como basura en un callejón, casi decapitado. Hace
dos años había encontrado a Nicki destripada y abandonada para pudrirse. Aún se
despertaba gritando cuando su mente repetía las escenas. Pero otro vídeo se
reproducía en un bucle sin fin en su mente durmiendo y despierto.
Sospechaba que un sueño similar atormentaba a Cordelia.
—¿Qué sueñas Cordelia?
Una súbita inspiración salió de ella.
—Veo a mi mamá siendo herida, casi cada noche. Incluso cuando no
puedo dormir —añadió en un susurró torturado. —Vi lo que sucedió en TV.
En las noticias.
Dios mío. No se había dado cuenta que realmente había visto la
cobertura televisiva de cuando dispararon a su madre.
—¿Viste cundo dispararon a tu
madre? Ella asintió.
—Ahora tía Izzy no me deja ver nada salvo DVD’s. Pero aún puedo
verla... la veo siendo disparada, una y otra vez.
—¿Y? —preguntó gentilmente.
—Y no se levanta —una lágrima rodó por su cara. —En mi sueño, no
se levanta.
—Lo sé —murmuró. —Es el mismo sueño que yo tengo,
cariño. Ella le miró, con los ojos anegados.
—Pero tú la salvaste. Eres un héroe.
Su admiración hizo que el pecho se le hinchara.
—No tanto un héroe. Solo soy un hombre asustado también. No te mentiré.
Me sentí muy impotente ese día. Creo que eso es lo que se mete en mis
sueños. Cuando me despierto, a veces estoy temblando, de lo real que es.
—Yo, también —susurró ella.
—Daría todo por haber evitado que vieras a tu madre siendo herida de
ese modo. Pero lo hiciste, y no podemos volver atrás.
—Lo sé —dijo ella malhumorada, haciéndole sonreír, pero con tristeza.
—Ahí, sin embargo, es donde tu madre tiene razón, cariño. Tienes que
aprender a tratar con los recuerdos. Con el tiempo se desvanecerán, pero tienes
que aprender a tratar. Eres una niña que está creciendo que necesita dormir.
Tienes que aprender cómo luchar con los sueños, así podrás dormir de nuevo
sin preocuparte por tener ese sueño de nuevo. ¿Sabes cómo hacer eso?
Ella negó con la cabeza.
—No, señor.
—Bien, te harás un nuevo final. Tienes el poder para hacer eso.
¿Cuándo veas a tu madre herida en tu sueño y después tú te quedes
despierta, asustada? Imagínatela levantándose y limpiándose. Tal vez
incluso hace un pequeño baile. ¿Puedes hacer eso?
Pareció pensarlo un minuto. Entonces
dijo: —Puedo intentarlo.
—Eso está bien. ¿Qué más sueñas?
—Que estoy con hombre... —hizo una mueca. —Con el señor Silas y
tiene un arma. Está… —apartó la mirada, con la barbilla temblando.
Está incrustada en su costado. Le costó, pero Clay mantuvo su voz
calmada. —Está bien, Cordelia. Ya no tienes que decirlo.
—Y mamá no me alcanza a tiempo y él me dispara —dejó escapar a
borbotones, como si él no hubiera hablado.
Por millonésima vez, Clay quiso matar a Silas Dandridge.
—Creo que la mayoría de la gente que ha tenido un arma apuntándole
tiene sueños como ese.
—Mamá no. Ella es valiente —se encogió de hombros. —No es que
usted no sea valiente. Porque lo es.
Él la sonrió.
—Creo que tú también lo eres.
—No, no lo soy. Solo me quedé ahí sentada. No hice nada.
Oh, cariño. Los ojos empezaron a picarle. Ella solo era un bebé. Y que
estuviera teniendo todos esos pensamientos... tuvo que tragar saliva antes
de hablar.
—Bueno. Conoces a la señorita Paige, ¿verdad? ¿Mi
compañera? Ella asintió con solemnidad.
—Por supuesto. La tengo en la escuela de karate, cada semana —alzó
la barbilla con orgullo. —Tengo cinturón amarillo. Sensei Holden dice que
tengo una patada asombrosa.
—Excelente —dijo él con aprobación. —Entonces, ¿crees que Sensei
Holden es valiente?
—¡Por supuesto! —los ojos de Cordelia se abrieron con sorpresa.
Su espantada respuesta le hizo sonreír. Después se puso serio,
necesitaba que creyera lo que iba a decir.
—A Sensei Holden le apuntaron con un arma una vez, antes de que se
trasladara a Baltimore.
Ella buscó en su cara, como preguntándose si decía la
verdad. —¿Qué pasó?
—Ella no pudo escapar, y resultó herida. Ahora está bien, pero necesito
que pienses en esto. Ella es cinturón negro y no pudo hacer nada tampoco.
Así que ¿cuando oigas esa voz en tu cabeza que dice que no eres valiente
porque no peleaste con el señor Silas? Di a esa voz que se calle.
Sus ojos se pusieron redondos como
platos. —No se me permite decir ‘cállate’.
Él se tragó una sonrisa, manteniendo seria la expresión.
—Entonces solo dile que se vaya. Dite a ti misma que eres valiente.
Dilo en voz alta. Dilo ahora, justo ahora.
De nuevo su barbilla subió.
—Yo soy valiente —resonó su voz y él le dirigió un asentimiento orgulloso.
—Muy bien. Ahora, sobre los sueños con el arma. Yo los tuve también,
y me asustaban.
—¿Cuántos años tenía? ¿Cuándo estaba asustado?
Brevemente consideró una mentirijilla, pero cambió de idea. Esta niña
merecía su honestidad.
—Cuarenta y uno —dijo y ella parpadeó, claramente no esperado esa
respuesta.
—¿Cuántos años tiene ahora? —preguntó tentativamente.
—Cuarenta y uno —dijo con sequedad, y sus labios se retorcieron. —
¿Lo que funciona para mí? Repetir la escena de nuevo en tu cabeza,
excepto hacer que el arma dispare flores en lugar de balas. O hacer que
escupa Skittles o cachorros tiernos o algo que realmente te guste.
Conviértelo en algo que no asuste. Algo que incluso te haga reír.
Ella le frunció el ceño. Después asintió lentamente.
—Podría hacer eso. Podría intentarlo en todo caso.
—Eso es todo lo que cualquiera puede hacer, Cordelia. Solo intentarlo.
Ella arrugó la nariz.
—Eso es lo que mi psicólogo dice.
—¿Has hablado a tu psicólogo de los sueños?
—Un poco. Pero… —se encogió de hombros. —Mi mamá también
está ahí. —¿En la habitación contigo? —preguntó Clay, sorprendido.
Clay estaba a punto de obligarse a contarle la verdad, pero fue salvado
por la frenética voz de Izzy.
—¿Cordelia? ¿Cordy?
Clay hizo una señal a Izzy, que había entrado corriendo en el
establo. —Está aquí, Izzy. ¿Qué pasa?
—Nada —Izzy se deslizó hasta detenerse junto a la puerta de la casilla
de Gracie. —Solo tenemos que irnos a casa.
—¿Por qué? —chilló Cordelia, angustiada. —No hemos estado aquí
tanto tiempo. No he montado.
—Lo sé y lo siento, pero tengo que ir a casa ahora y cambiarme. Acabo
de recibir una llamada sobre una boda. El fotógrafo que contrataron tiene
envenenamiento alimentario y les dio mi nombre como resguardo —miró a
Cordelia sin expresión. —Necesito el dinero, Cordy. Lo siento.
—Yo puedo llevarla a casa —dijo Clay. —No es
problema. Cordelia e Izzy cruzaron miradas.
—Cogeré mis cosas —susurró la pequeña
desanimada. Frunciendo el ceño, Clay se volvió a Izzy.
—¿Qué hay de malo en que la lleve a
casa? Izzy se removió incómoda.
—No eres tú. Bueno... en cualquier caso no es lo que estás pensando.
—Entonces cuéntame qué debería estar pensando —exigió.
Izzy dudó, entonces dio un paso al otro lado del pasillo, moviendo a
Clay a seguirla.
—Se suponía que Cordelia no está aquí, ¿vale? Stevie... mierda. Stevie
cree que está en clase de ballet.
El ceño de Clay se
profundizó. —¿Por qué?
—Porque Stevie no la
quiere aquí, en la granja —
Izzy alzó la barbilla
desafiante. —Incluso
aunque estar con caballos
sea una excelente terapia
que yo creo que Cordelia
necesita.
Clay estaba perdiendo la paciencia.
—¿Por qué Stevie no la quiere aquí? ¿Odia los caballos?
—No —resopló. —Es... bueno eres tú, Clay —dijo en voz baja. —Stevie
no quiere que Cordelia esté donde pueda estar cerca de ti.
Clay se encogió, primero atónito, luego horrorizado. Después disgustado. —
¿Por qué? Yo nunca le haría daño. ¿Realmente cree que le haría daño? —
No. Stevie sabe que nunca harías daño a Cordelia. Realmente lo sabe.
—Maldición, entonces ¿por qué? —tronó.
—Ssshh. Porque Cordelia te venera. Te llama ángel guardián. Stevie
no quiere que se encariñe contigo.
Ángel guardián. Clay pensó inmediatamente en el frigorífico de su cocina.
Sujeto con imanes, centrado y en el medio, estaba el dibujo que Cordelia había
hecho con crayones de cera cuando su madre había estado en el hospital luchando
por su vida. Había dibujado a Stevie en la cama, sangrando por la pierna. Clay de
pie junto a ella, un halo sobre su cabeza. Planeaba guardar el dibujo para siempre.
Se frotó la frente, exhalando pesadamente.
—Maldición, Izzy. No puedes ocultar esto a Stevie. No es correcto
poner a Cordelia en medio así. ¿Cuántas veces la traes aquí?
—Cada sábado por la tarde. Ha estado viniendo unos meses. Desde que...
—Desde que dispararon a Stevie. Me dijo que lo vio en TV.
—Stevie no sabe eso. Le mataría saber que Cordy vio cuándo le
dispararon. La traje cuando empecé a tomar las fotos para el folleto de
Daphne. Maggie tomó a Cordy bajo su ala y la he visto mejorar. Solo grita
en sueños unas noches a la semana en lugar de todas —dijo con
amargura. —Las pesadillas se han vuelto menos frecuentes.
No, pensó Clay, recordando lo que Cordelia había estado murmurando
al caballo. Solo ha aprendido a suprimir los gritos así no os despierta.
—¿Sabe Stevie cómo se han hecho menos frecuentes?
—Sí. Ha estado llevándola a un terapeuta durante el pasado año y cree
que finalmente está funcionando. Pero esta terapia equina es lo primero
que realmente ha marcado la diferencia. Ella necesita estar aquí.
—Se que necesita estar aquí —porque sospechaba que no había contado al
psicólogo todo lo que había compartido con el caballo Gracie. Necesitaba algún
lugar para compartir sus pensamientos que fuera realmente privado. —Déjame
manejar esto. Llevaré a Cordelia a casa. Y me aseguraré de que Stevie sepa que
en el futuro permaneceré alejado los sábados por la tarde. Aclararé el camino.
Izzy se mordió el labio.
—Stevie sabrá que la mentí. Valía la pena, por Cordelia, pero Stevie va
a enfadarse realmente conmigo.
—Conoces las normas, Izzy. Tú cometes el crimen, tu cumples la pena
—Clay palmeó su hombro. —De todos modos, lo habría averiguado tarde o
temprano. Tu hermana no es estúpida.
—No estoy demasiado segura sobre eso. Te dejó ir —Izzy buscó sus
ojos, los de ella tristes. —Ella solo está asustada, Clay. Dale algo de tiempo.
—No. No va así, Izzy —apretó la mandíbula. —Ella dijo no y eso
significa no. No soy la clase de hombre que fuerza la mano de una mujer.
Así que déjalo pasar. Por favor.
—Bien —dijo en un tono que decía que nada de eso. —Tengo que irme de
todos modos. Tengo el tiempo justo para cambiarme de ropa y llegar a la boda —
se puso de puntillas para dar un impulsivo abrazo a Clay. —Gracias. Por todo.
—De nada —murmuró él con aspereza. Cuando se hubo ido, se inclinó
sobre la puerta de la casilla para ver a Cordelia apartando sus cepillos. —
Cambio de planes, chica. Puedes quedarte.
Los ojos de la pequeña eran
cautos. —¿Cuánto tiempo?
—Tanto como quieras. Yo te llevaré a casa. Y me aseguraré de que tu
madre no se enfade contigo.
—Porque estará enfadada con usted en su lugar —dijo Cordelia.
¿Y? ¿Cuál es la novedad?
—Soy un chico grande. Lo aguantaré. Ahora ve... ensilla o lo que sea
que hagas cuando estás aquí.
Su sonrisa reapareció.
—Gracias, señor Maynard —dijo educadamente.
—De nada. En el futuro, cuenta la verdad a tu madre, incluso si te
asusta. Ella no merecer que la dejen a oscuras así.
—Sí, señor —dijo mientras corría para buscar a Maggie VanDorn y
coger su silla.
Durante un largo rato la miró, pensando en lo que diría a Stevie. Deseando
que su corazón no hubiera empezado a latir más fuerte por la anticipación de
verla de nuevo. Incluso si solo era para oírla decir de nuevo que se alejara.

***

Baltimore, Maryland. Sábado 15 de Marzo, 14:42

La mujer iba a morir. Sentada en el suelo, lejos de la ventana hecha


pedazos, Emma vio trabajar a los médicos en la mujer herida mientras su
marido permanecía en pie impotente, con lágrimas cayéndole por la cara.
Emma no había podido encontrar el pulso de la mujer. Los médicos habían
encontrado uno, pero era débil. Había perdido mucha sangre. Demasiada.
—Malditos sean todos los infiernos —susurró
Emma. —Estoy de acuerdo.
Alzó la mirada, poco sorprendida al ver a un detective arrodillándose
junto a ella. Había conocido al nuevo compañero de Stevie largo tiempo
atrás, mucho antes de que ellos fueran emparejados en la división de
homicidios del Departamento de Policía.
Había sido como unos siete años antes, en el bautizo de Cordelia. JD
Fitzpatrick era el padrino de Cordelia. El camino de Emma no se había cruzado
con el de él hasta hoy. Se preguntaba si sabía quién era ella, si Stevie había
hablado a alguien fuera de su familia inmediata sobre su almuerzo anual.
Conociendo a Stevie, probablemente no. Stevie era una mujer
intensamente reservada. Lo cual era parte del problema. Stevie era
demasiado reservada. Y demasiado intensa.
Y ciertamente yo no ayudé. Hora de irse, Dra. Walker. Había
pretendido confrontar a Stevie con su comportamiento auto destructivo con
mucha más sutileza. Pero me enfadé. Suspiró interiormente. Y después la
enfadé a ella. No quería disgustarla.
Fitzpatrick sacó una libreta de su bolsillo. —
Necesito hacerle unas pocas preguntas, señora.
—Lo haré lo mejor que pueda. No creo
que sea de mucha ayuda, sin embargo. No vi
al tirador —su voz permaneció calmada, pero
su cuerpo se estremeció. Stevie podía haber
sido asesinada. Como la camarera. Como la
pobre mujer a la que he tratado de ayudar
pronto lo será.
—Solo dígame lo que pueda. Mi nombre es Detective Fitzpatrick.
—Lo sé. Es su compañero —miró a través de la habitación a donde
Stevie estaba discutiendo con otro par de médicos. —No querrá ir al
hospital. Por favor haga que vaya.
—¿Estaba sentada con la Detective
Mazzetti? —Sí.
Él esperó que ella se explicara y cuando no dijo nada, frunció
el ceño. —¿Y usted es?
—Emma Walker. Dra. Walker —aclaró. —Usted y yo nos hemos
encontrado antes, una vez. En el bautizo de Cordelia. Stevie me presentó
como Dra. Townsend. Soy la terapeuta de duelo que ayudó a Stevie a iniciar
los grupos de apoyo de duelo que montó en el departamento de policía.
Sus ojos se entrecerraron mientras hacía la conexión.
—Dra. Emma Townsend. Escribió el libro que Stevie usaba en los grupos de
duelo que hacía con policías. Lo leí. Ayudó cuando perdí a mi primera esposa.
—Me alegro —dijo ella con tranquilidad.
La expresión de Fitzpatrick se había suavizado.
—La ayudó a pasar el asesinato de Paul. Y el de Paulie —añadió con
aspereza, entonces cerró brevemente los ojos. —Hoy es el aniversario.
¿Cómo pude olvidarlo? Siempre llevo a Cordelia a tomar un helado en el
aniversario. Lo olvidé. Maldición.
—Tiene un bebé, ¿no? ¿De solo tres
meses? —Jeremiah —confirmó.
Emma le dirigió una sonrisa alentadora.
—Stevie me habló sobre él. Estaba tan asustada cuando le pidió que
fuera su madrina. Imagino que ha pasado muchas noches sin dormir.
—Esa no es una excusa. Cordy es mi ahijada. Debería haberlo recordado.

—Creo que lo entenderá, Detective. Cordelia tiene buen corazón.


—Aparentemente, usted también —hizo un gesto hacia su
blusa que había sido de color marfil pero ahora estaba veteada de
rojo. —Nada de esa sangre es suya, ¿verdad? Los médicos
dijeron que estaba ilesa.
—En su mayor parte es de Elissa —Emma no creía que siquiera olvidara el
modo en que su esposo había gritado el nombre de su esposa, tratando de hacer
que se quedara con él. —La víctima de más edad. Un poco pertenece a Stevie.
—El director dijo que trató de detener la hemorragia de la víctima, que
mantuvo al marido relativamente calmado mientras la Detective Mazzetti
aseguraba la escena.
—Stevie es increíble, haciéndose cargo de esa manera. Nunca la vi
antes en acción.
Después de llamar al 911, Stevie se había dejado caer contra la pared y
Emma pensó que estaba débil por la pérdida de sangre. Pero su amiga había
estado evaluando la situación y en segundos estaba ladrando órdenes,
acorralando a los comensales en una habitación sin ventanas. Había atado
una servilleta alrededor de su propia herida, después hizo que los empleados
cerraran todas las cortinas en caso de que el tirador aún estuviera allí fuera.
—Tiene una cabeza equilibrada —Fitzpatrick estuvo de acuerdo. —Ha
sido entrenada para manejar situaciones como esta.
—Desafortunadamente su equilibrio no se extiende a ella misma. Está
diciendo a los médicos que es ‘solo un arañazo’, que las ha tenido mucho
peores. Lo cual es cierto pero irrelevante. Cree que puede convencerlos
para evitar la visita al hospital.
—No se preocupe, irá. Él se ocupará de ello —Fitzpatrick señaló la
puerta, donde un alto y barrigudo hombre calvo permanecía en pie, con los
puños en las caderas y ceño en su cara. —Es nuestro jefe.
—Peter Hyatt —murmuró. —Lo conocí también en el bautizo.
—Así que tú y Stevie habéis seguido siendo amigas todo este tiempo.
No lo sabía.
—No pensé que lo compartiera. Hemos comido juntas en el aniversario de su
pérdida cada año. Al principio fue porque ella estaba buscando su camino, después
porque había iniciado los grupos de duelo en el departamento de policía y yo
consultaba con ella. Ahora... somos amigas. Nos juntamos en Florida de tanto en
tanto. Ha pasado tiempo, sin embargo. Lo siento, estoy divagando, ¿verdad?
—Eso es normal —dijo él con firmeza. —No me preocupa. Dígame lo que vio.
—Stevie y yo estábamos sentadas justo ahí. Discutiendo —dijo
encogiéndose de hombros. —Entonces fuera en alguna parte... boom. La
ventana se hizo añicos y todos empezamos a gritar. Durante un segundo me
quedé sentada ahí, mirando el agujero donde había estado la ventana. Era
como si estuviera...
—¿En shock? —ofreció Fitzpatrick amablemente.
—Supongo. Entonces mi cerebro finalmente reconectó y me tiré al suelo.
Vi que la mujer junto a mi estaba herida, gateé y empecé a ayudar. Stevie
gritó mi nombre y pude ver que estaba sangrando, también. Pero no tan mal
como la mujer a la que estaba ayudando así que me quedé donde estaba.
Stevie llamó al 911, entonces puso a todos a salvo. No fue hasta que todos
estuvimos fuera que me di cuenta que la camarera estaba muerta.
—¿Qué sabe sobre la pareja sentada junto a usted?
—Solo lo que el marido me dijo mientras estábamos esperando a que
llegara la ayuda. Elissa y Al Selmon. Estaban aquí por su aniversario de boda
—su voz se quebró y se ella se aclaró la garganta con aspereza mientras los
ojos de Fitzpatrick brillaban con simpatía. —Era su cuarenta aniversario.
—¿Dio él algún indicio de que sospechara quien había disparado a su
esposa? Ella parpadeó.
—No. Para nada. Asumí... pensé que Stevie era el
objetivo. —¿Por qué pensaría eso? —preguntó él.
Ella dejó que sus ojos se cerraran débilmente.
—Porque ha sido atacada tres veces la pasada semana, lo cual estoy
segura que sabe. Porque el último atacante, un tirador con afortunadamente
puntería realmente mala, huyó. Y porque cuando el primer tiro falló hoy, este
tirador lo intentó de nuevo —alzó sus pesados párpados, miró a Fitzpatrick. —
¿Por qué pensaría usted que ella no era el objetivo?
—Porque ustedes dos estaban sentadas delante de la ventana. Si
alguien la hubiera querido muerta, era un blanco perfecto. En su lugar
apenas tiene un arañazo en el hombro. Podía haber sido un tiroteo
aleatorio. El objetivo podría incluso haber sido usted, Dra. Walker.
Emma frunció el ceño, entonces rechazó la idea, dándose cuenta que
él no lo creía tampoco.
—Stevie es la única con todos esos enemigos. Es bastante más probable
que el tirador fallara. Nosotras estábamos discutiendo. Dije algunas cosas que la
pusieron furiosa conmigo. Ella se levantó abruptamente, girándose, chocó
con la camarera, y ambas cayeron al suelo.
—¿Sobre qué
discutían? Ella dudó.
—No soy su terapeuta. ¿Sabe? Soy su amiga.
—Entonces nada de lo que me diga viola la confidencialidad. Lo pillo.
¿Sobre qué discutían?
Emma suspiró.
—Sobre la mayor parte de las elecciones que ha hecho últimamente.
No descansando lo suficiente, investigando los viejos casos de su
compañero, poniéndose a si misma en peligro.
—Tuve la misma discusión con ella. No la hice enfurecerse conmigo.
Solo se disgustó.
—Yo saqué a relucir su vida amorosa. O la falta de ella. Realmente
preferiría dejarlo así.
Las cejas de Fitzpatrick se alzaron.
—¿Usted le reclamó lo de dar a Clay Maynard el pasaporte de
despedida? Ella parpadeó de nuevo.
—¿Sabe del señor Maynard?
—¿Quién no? Pero no fui suficientemente valiente para confrontarla sobre
ello.
—Yo herí sus sentimientos. No quería. Como dije no soy su terapeuta.
Soy su amiga. Me disgusté y lo manejé muy mal. Real, realmente mal.
—Sobrevivirá. Figurada y literalmente. Si no hubieran discutido ella habría
estado sentada en el punto de mira cuando la bala atravesó la ventana. Entonces...
este almuerzo anual de ustedes. Hábleme de ello, de la logística. ¿Dónde
se reúnen?
—Siempre aquí, y siempre a las tres. Excepto este año —Emma frunció
el ceño. —Este año nos encontramos a las dos. Se suponía que yo iba a
salir para Las Vegas cuando acabara el almuerzo.
—¿Por qué Las Vegas?
—Mi esposo está allí, en una convención.
—Así que su rutina se vio alterada. ¿Quién sabe sobre sus almuerzos?
—Mi esposo e hijos, Izzy, Cordelia. El hermano de Stevie. Mis
padres. Tal vez también los suyos.
—¿Por qué son sus padres un ‘tal vez’?
—Son personas adorables y ellos quieren a Stevie. Solo que ellos no
se les da bien hablar de duelo. No todos pueden. Esa es una de las
razones por las que Stevie y yo nos reunimos cada año. Para hablar.
—Entiendo. ¿Quién sabía que habían cambiado la hora?
—Mi esposo lo sabía. El restaurante lo sabía, porque llamé para
cambiar la reserva. Del lado de Stevie, no lo sé. Tendrá que preguntarle.
—Lo haré. Gracias, Dra. Walker —Fitzpatrick se puso en pie. —¿Puedo
llevarla a algún sitio?
—Al hospital. Voy a ir con ella.

***

Hunt Valley, Mariland. Sábado 15 de marzo, 17:00

Clay comprobó su espejo retrovisor y frunció el ceño. El Camry blanco


aún estaba allí.
Alec estiró el cuello y miró por la ventanilla trasera.
—¿Cuánto ha estado siguiéndonos? —preguntó con voz solo
ligeramente más alta que un susurro.
La cabina de la camioneta de Clay estaba en silencio, Cordelia se
había quedado dormida en el asiento trasero.
—Al menos desde que dejamos la floristería —murmuró Clay. Se
habían detenido en una floristería en el centro de Hunt Valley después de
que Cordelia hubiera acabado su lección de equitación.
Clay había cogido los narcisos para la tumba de su madre y Cordelia
había preguntado si podía llevar algunas flores a su madre, esperando
agradarla para que no se enfadara con ella por la terapia equina.
El ramo de capullos de rosa que había elegido para Stevie descansaba
junto a ella en el asiento trasero. Clay esperaba que hicieran la magia y que
si Stevie se enfadaba, la tomara con él y no con su hija.
—Pensé que los habíamos perdido en la heladería —siguió, —pero el
conductor solo estaba jugando con nosotros —quienquiera que los seguía
sabía lo que estaba haciendo, quedándose atrás lo suficientemente lejos
para evitar que vieran el número de matrícula.
—Ninguno de nuestros casos actuales involucra a un Camry blanco —
dijo Alec. Alzó su teléfono. —Comprobaré nuestra base de datos.
—Gracias —Clay comprobó el espejo de nuevo. El Camry estaba dos
coches más atrás. —¿Tiene aun puesto Cordelia el cinturón?
—Sí. ¿Por qué?
—Porque voy a tratar de perder a ese gilipollas en la Avenida —se
metió en el sexto carril de la autopista y esperó a que el Camry lo siguiera.
Cuando lo hizo, esperó hasta que la siguiente salida estuviera a la vista y
en el último minuto se puso a la orilla y se detuvo en seco. El Camry pasó
disparado, incapaz de hacerse a un lado a tiempo de tomar la rampa de
salida. Clay salió por la rampa, satisfecho. —Nos llevaré de vuelta a la
carretera. Nos llevará un poco más de tiempo llevar a Cordelia a casa, pero
será seguro. No quiero conducir a quien quiera que sea a casa de Stevie.
Alec miró sobre su hombro.
—Aún duerme. No puedo creer que no se despertara.
Cordelia no se había movido, aún acurrucada en un rincón del gran
asiento trasero.
—No ha estado durmiendo bien —dijo Clay. —Supongo que eso le ha
afectado.
—No puedo decir que esté sorprendido —dijo Alec con tranquilidad. —
La chiquilla las ha pasado canutas —su teléfono pitó y él lo comprobó. —Es
alquilado. El Camry blanco, quiero decir.
Clay le lanzó una mirada
sorprendida. —¿Cómo sabes eso?
—Cogí el número cuando nos pasó. Lancé la búsqueda.
—En tu teléfono. Dios, que viejo estoy. ¿Quién lo rentó?
—Esta herramienta de búsqueda no me da el nombre. Tendremos que
comprobarlo en la agencia de alquiler.
—Los sitios de alquiler en el aeropuerto aún estarán abiertos un sábado por
la noche. Podemos dirigirnos a BWI después de dejar a Cordelia con su madre.
Era un alivio tener una tarea lista esperándole, porque mantenerse
ocupado parecía ser lo que le mantenía cuerdo cada vez que Stevie
Mazzetti lo echaba de su vida. Que lo haría de nuevo esta noche era una
certeza. Estaba tranquilo conduciendo hacia un tornado sabiendo el coste.
Y si no era verdadera locura, no estaba seguro de lo que sería.
Capítulo Cuatro

Baltimore, Maryland. Sábado 15 de marzo, 17:30

—Hey, ¿mamá? —de pie en la cocina de su madre, el oficial Sam


Hudson abrió la puerta del sótano. —¿Estás ahí abajo, mamá?
—Si, hijo —dijo sin respiración, estaba peleando con la cesta de la ropa.
Oh, por el amor de Dios.
—Mamá, deja eso —bajó las escaleras de dos en dos y levantó la
cesta de sus manos. —Se supone que no debes llevar cosas pesadas.
Acaban de operarte del corazón. Triple bypass. ¿Recuerdas? —irritado
empezó a subir las escaleras sin esperar su réplica.
Esto era por lo que se detenía de camino a su apartamento después de
cada servicio y también en sus días libres. Medio esperaba encontrarla en
la base de las escaleras, desmayada bajo un montón de ropa. Por
supuesto sería ropa limpia. Su madre estaría demasiado avergonzada de
ser encontrada desmayada bajo ropa sucia.
—Sí, hijo —repitió ella, subiendo las escaleras detrás de él. —Lo recuerdo.
Yo estaba allí, justo en la mesa de operaciones. Justo como estaba cuando tu
naciste. Hmm. ¿Cuándo sería? Déjame pensar. Oh, sí. Solo hace treinta años.
Yo tengo sesenta y dos, la última vez que lo comprobé. Lo cual me hace mayor
y tu madre. Así que deja de decirme qué hacer. Ese es mi trabajo.
Él dejó la cesta sobre la mesa de la cocina. —
¿Decirme a mí que hacer o decírtelo a ti misma?
—Ambos —le empujó fuera de su camino para abrir el horno
permitiendo que escaparan maravillosos aromas. —Y tengo antigüedad así
que no vas a tener mi trabajo.
Él olisqueó apreciativamente.
—Hiciste asado. Eres una reina entre las madres.

—Lo sé —dijo ella regiamente, después rió.


Sam sonrió, encontrando satisfacción en
el sonido. Había estado tan asustado de
perderla durante la cirugía, de que nunca
oiría de nuevo su risa.
—También eres una serpiente, usando el aroma del asado para
distraer mi atención de tu mal comportamiento.
—Siempre que funcione —dijo ella alegremente. —Si quieres
ayudarme, entonces pon la mesa.
Sam cogió los platos de la alacena, haciendo una pausa cuando el fino
sobre de burbujas sobre la encimera captó su mirada. El sobre estaba
incrustado entre el salero y el pimentero del Monumento a Washington que
había comprado para su madre en un viaje de estudios a DC cuando tenía
once años. Eran solo recuerdos baratos, pero los había comprado con
dinero que había ganado él mismo porque se acercaba su cumpleaños.
Y porque sabía que su padre se habría olvidado porque estaba
drogado o por ahí buscando su siguiente dosis. Su madre había montado
un escándalo por esos recuerdos baratos como si le hubiera comprado oro
sólido y los había dejado en la encimera desde entonces.
Sam cogió el sobre que rezaba Samuel J. Hudson, limpiamente escrito
en la dirección.
—¿Cuándo llegó esto, mamá?
Ella levantó la mirada de las patatas que estaba lavando.
—Hoy. No hay remitente. Pensé que podía ser basura, pero no estaba
segura. Hay algo dentro. Demasiado pesado para ser ántrax.
Sofocó la risa porque sabía que ella iba en serio. Su madre
verdaderamente veía demasiada televisión.
—Vamos, mamá, ¿Quién me enviaría ántrax?
—Eres policía. Tal vez hiciste que alguien se enfadara contigo —dijo
ella encogiéndose de hombros.
—No es ántrax —murmuró, abriendo el sobre.
—¿No es eso lo que dije? ¿Entonces qué es?
—Averigüémoslo —cuidadosamente vació el contenido en la mesa.
Y escuchó su jadeo. Había una vieja gorra de los Orioles que Sam
inmediatamente reconoció, y una docena de viejas fotos desgastadas. Y
encima de las fotos había una lisa alianza de boda.
Permaneció de pie, pálida como un fantasma, la mano cubriendo su
boca. Sus ojos llenos de lágrimas.
—Oh, Dios mío —susurró. —Sam. Dios Santo.
Con mano temblorosa, ella recogió el anillo entre sus dedos.
—Es suyo. Es de tu padre. Tiene sus iniciales. Lo grabaron el día de
nuestra boda.
Sam desparramó las fotos sobre la mesa. Eran retratos tamaño cartera
o fotos recortadas para que se adaptaran. Sus padres el día de su boda.
Un retrato de Sam y su madre llevando collares de flores, llevados por su
padre a sus únicas vacaciones familiares a Hawai. Las fotos de Sam eran
retratos escolares, todas de la escuela primaria.
Cuando aún eran una familia. Antes de que su padre se convirtiera en
un yonki que les había robado, les había mentido. Usado sus puños en
ellos cuando necesitaba una dosis.
La única foto reciente era una tomada en la academia de policía, el día
que Sam se había graduado. Su padre había aparecido, afeitado y sobrio. Se
había comportado y Sam y su madre habían tenido esperanza una vez más.
Seis meses más tarde su padre estaba drogándose de nuevo. Y
entonces un día simplemente había desaparecido sin dejar rastro. Sin una
palabra. No había habido contacto de ninguna clase... hasta hoy.
—¿Por qué? —gritó su madre. —¿Qué significa esto?
—No lo sé, mamá —dijo Sam con tranquilidad, pero no era cierto. Sabía
exactamente qué significaba, –y sospechaba que ella también lo hacía.
Significaba que su padre estaba muerto y tal vez hace mucho tiempo. Que
alguien o bien había encontrado sus cosas o bien se había decidido a enviarlas.
—Él tenía su anillo —su voz se rompió, sus hombros se sacudían con ásperos
y pesados sollozos. —Él tenía su anillo. Yo ... Oh, Dios, Sam. Le acusé de
venderlo. Por su hábito. Me juró que no, pero no lo llevaba la última vez que lo vi.
Sam nunca había sido capaz quedarse de pie viendo llorar a su madre,
incluso aunque tenía mucha práctica, que era solo una de las razones por
las que odiaba tanto a su padre. Gentilmente la atrajo a sus brazos
palmeando su espalda. Deseando saber qué demonios decir.
¿Cuántas veces habían hecho lo mismo? ¿Cuántas veces había palmeado su
espalda impotente mientras ella sollozaba desgarradamente? No en ocho años.
No desde que su viejo se había ido sin una mirada atrás. Que alguien
hiciera pasar por esto a su madre ahora...
Con el anillo apretado en su puño, ella presionó la cara en la camiseta de Sam.
—Fue el colmo, ver su dedo desnudo. Tenerle mintiéndome sobre no
venderlo. Le dije que saliera de mi vida. Que nunca regresara. Y nunca lo
hizo. Dios me ayude, nunca lo hizo —sus sollozos se volvieron más
desesperados, cada aliento que tomaba más duro que el anterior hasta que
la impotencia de Sam se convirtió en temor.
—Mamá, por favor. Tienes que calmarte. Tendrás otro ataque al corazón.
—No mintió. Aún lo tenía. ¿Por qué no lo llevaba? —dijo ella negando
con la cabeza.
Solo Dios sabía por qué su padre había hecho cualquiera de las cosas
que había hecho.
—No lo sé, mamá. No lo sé. Pero echarle era algo que tenías que
hacer. Nunca iba a lograr limpiarse.
Sus sollozos se amortiguaron hasta pequeños gemidos.
—Pero podría estar vivo si le hubiera permitido quedarse.
—No sabes eso —dijo Sam gentilmente. —Era un adicto. No iba a
cambiar. No tenía nada que ver contigo o con lo que dijiste.
Otro pesado suspiro.
—Supongo.
—Yo lo sé —alzó la barbilla de su madre. —Ve a lavarte la cara.
Acabaré de triturar las patatas y de poner la mesa.
Enderezando los hombros, ella se volvió hacia el aseo, su paso era incluso
menos firme de lo que había sido, y una vez más Sam maldijo a su padre.
Incluso muerto, el viejo se las arreglaba para romper el corazón de su madre.
Él abrió el sobre para meter la gorra y las fotos dentro, pero hizo una
pausa. Encajado en el fondo del sobre, enganchado por las burbujas había un
estuche de cerillas. Cuidadosamente lo desenganchó y lo sacó. Se quedó
helado. Una de las caras del estuche era un dibujo de una mujer desnuda
salvo por sus orejas de conejo, con ‘The Rabbit Hole’ impreso debajo.
Su corazón súbitamente estaba latiendo tan fuerte que era todo lo que
podía oír. Rabbit Hole. La puerta del aseo aún estaba cerrada. Su madre
no lo había visto. Gracias a Dios.
Que el estuche de cerillas estuviera entre las cosas de su padre no debería
haber sido una sorpresa. Habría sido la clase de lugar sórdido del que su padre
habría sido cliente, pero no era la clase de sitio que Sam frecuentaba. Su madre
le había educado mejor que eso. Sam nunca había estado en el lugar.
Excepto esa única vez.
Esa única noche. La noche que se había obligado a olvidar.
Oh, Dios mío. Pensó en el momento de la llegada del sobre a su mano
y tuvo que tragarse una oleada de nauseas.
No es posible. No lo es.
El agua se detuvo y escuchó a su madre arrastrando los pies en el pasillo.
Sintiéndose culpable, metió el estuche de cerillas en el bolsillo del pantalón.
Pareciendo más agotada de lo que la había visto en semanas, su
madre regresó a la cocina y se dejó caer en una silla. Abrió el puño cerrado
y miró fijamente el anillo en su palma.
—Lo que no entiendo es por qué hoy precisamente, entre todos los
días — dijo débilmente. —¿Quién sería tan cruel? ¿Quién lo sabría? —no
apartó la mirada del anillo. —¿Cuándo fue enviado el sobre?
Las manos de Sam temblaron mientras giraba el sobre para comprobar
la fecha.
—Ayer —Oh Dios mío. Esto no está pasando. No es posible. Pero
estaba pasando. —Desde Baltimore.
—Ayer —repitió ella lentamente. —El día que le eché fue ayer hace
ocho años.
Sam tuvo que bloquear sus rodillas para evitar que se doblaran.
—No sabía que ese fue el día que le echaste. Pensé que le habías
echado meses antes.
—Lo hice. Pero regresó esa noche, sin llevar su anillo. Así que le eché
y le dije que nunca regresara. Y no lo hizo.
Esa noche... esa noche que él había ido al Rabbit Hole había sido ayer
hace ocho años.
La noche anterior a la mañana en que se había despertado solo en una
sucia habitación de hotel en el lado equivocado de la ciudad, con resaca y
oliendo como una destilería.
Con un revolver en el suelo junto a él. Un revolver que no era su arma
de servicio del Departamento de Policía de Baltimore. Un revolver que
había sido disparado recientemente.
La mañana que había despertado no había sido la mañana del día
siguiente. Había despertado justo antes del amanecer, treinta horas más
tarde. Ni un solo momento del cual tenía recuerdo alguno de lo sucedido.
Había perdido un día de su vida. Había perdido este día de su vida,
hace ocho años.
Papá, ¿qué coño hiciste? Cuidadosamente Sam exhaló. Y ¿qué coño hice yo?

***

Sábado 15 de marzo, 18:05

Dos mujeres estaban muertas, sus caras estaban grabadas en la mente de


Stevie. La mujer que no había hecho nada más que aparecer para un almuerzo de
aniversario de boda con su marido había muerto en la ambulancia de camino al
hospital. Como la camarera, quien no había hecho más que aparecer para trabajar.
Porque las balas eran para mí.
Stevie hizo una pausa en la base de los escalones de su porche
delantero, mirando su casa con cansada determinación. Dèjá vu. Había
estado de pie de este modo hace unas horas, mirando las escaleras que
conducían a la puerta principal del Harbour House, maldiciendo cada escalón,
su pierna inútil, y a la loca bruja adolescente que le había disparado hace tres
meses. Ahora estaba maldiciendo los escalones, su pierna inútil, el brazo que
le latía y ardía como un demonio, a la loca bruja adolescente que le había
disparado hace tres meses, y al francotirador que le había disparado hace
cuatro horas. No había sido más que un arañazo. Pero aún dolía.
Pero estás viva. A diferencia de Elissa Selmon y Angie Thurman. Las
lágrimas le picaban los ojos y parpadeó para hacerlas retroceder. Maldición.
La casa estaba a oscuras. En silencio. La furgoneta no estaba en el
camino de entrada. Cordelia e Izzy aún no estaban en casa. Lo cual sería
perfecto excepto que Stevie no tenía idea de donde estaban porque Izzy no
había respondido a ninguno de sus mensajes, mensajes de voz o correos.
Maldición Izzy. ¿Dónde estás? ¿Dónde está mi hija? Por favor que esté
bien. Por favor que no esté herida. No permitas que esté...
Detente. No será bueno para nadie que entres en pánico. Cordelia está
bien. Tenía que estar bien. Donde quiera que ella e Izzy estén.
Que al menos no era aquí. Stevie no las quería cerca de ella. No quería
a nadie cerca de ella. Han puesto precio a mi cabeza. Y la oficina de
recaudación no parecía muy preocupada por los daños colaterales.
—Mmm, ¿Stevie? —la calmada voz de Emma llegó desde detrás de
ella, a su derecha. —Aún eres un objetivo, cariño. Deja que te ayude a
subir las escaleras y entrar en casa.
—O te pondré sobre mi hombro y te llevaré —añadió JD severamente a
su izquierda.
Stevie apretó los dientes, pero hizo lo que él le había dicho,
impulsándose escaleras arriba.
—No necesito ni un guardaespaldas ni una niñera. Si me tocas, JD,
estarás cantando como una soprano durante una semana.
—Ya, lo que sea —musitó JD. —Por última vez, Stevie. Ve a la maldita
casa refugio.
—Por última vez, JD, no. No me sacarán de mi casa —Stevie siseó una
maldición cuando la llave no entró en la cerradura. Su mano estaba
temblando, maldición. Como la de una anciana.
O como una persona que acababa de ver morir a dos personas. Porque
tú no ibas a dar marcha atrás. Tenías que perseguir los viejos casos de
Silas. Tenías que saber. No lo dejarás en paz.
La voz interior que se lo echaba en cara se metamorfoseó en la de su mellizo.
Sorin estaba tan disgustado cuando había llamado la noche anterior para rogarle
de dejara las investigaciones que estaban sacando a la luz el fango. Le rogó que
dejara que los demás policías revisaran todos los viejos casos de Silas.
Había oído el amor y el temor en su voz... y después el furioso disgusto
cuando ella había rechazado retroceder, porque el Departamento de Policía
de Baltimore estaba investigando. Habían formado un equipo especial que
había pasado el último año reabriendo docenas de casos llevados por policías
sucios trabajando en secreto para un abogado defensor incluso más sucio.
Pero había demasiados casos y Silas no había sido el único poli sucio.
Pero él era mi compañero. Mi responsabilidad. No podía, no se apartaría.
¿Y ahora? ¿Ahora que sabía que la docena de casos que el
Departamento conocía podrían ser solo la punta del iceberg? ¿Ahora que
sabía que más polis sucios aún caminaban por la calle? ¿Que aún llevaban
una placa, igual que Silas había hecho durante todos los años que habían
sido compañeros?
No podía apartarse.
Pero nada de esto había sido capaz de compartirlo con su hermano. En
su lugar, había aguantado su rabia en silencio, lo que él había interpretado
como hosca tozudez.
Si no te preocupa tu propia vida, ten la decencia de pensar en las vidas de
todos los que te rodean. Nuestra hermana. Nuestros padres. Tu hija. Si la siguiente
bala te da, lo lamentaremos. ¿Y si la próxima bala falla y da a uno de ellos?
¿Entonces qué? Su voz se había roto, sus siguientes palabras ahogadas con las
lágrimas. Te queremos, Stefania, y verte destruirte a ti misma está matándome.
Un sollozo creció en su pecho. Se obligó a tragárselo. Él tenía razón.
Tenía tanta razón. Dos mujeres estaban muertas. Lo siento. Realmente lo
siento. Pero no cambiaba nada.
Sorin no lo entendía. Nadie lo entendía. No podía dejar de investigar.
Estaba esta presión en su mente, en su corazón, empujándola hacia
adelante. Demasiadas injusticias. Demasiados inocentes pagando por los
crímenes de otros. Y todo bajo sus narices. Durante todos estos años...
Tenía que hacer lo correcto.
Las lágrimas emborronaron sus ojos y la llave falló de
nuevo. —Joder —susurró.
Emma tomó la llave de su mano y sin palabras abrió su puerta principal. JD
comprobó el primer piso, después esprintó escaleras arriba al segundo piso, con su
arma. Estaba comprobando los monstruos bajo la cama, según su naturaleza.
Emma cerró la puerta y empezó a cerrar las persianas y correr las
cortinas, dejando la sala en la semi-oscuridad.
—Siéntate —dijo con tranquilidad. —Estás herida.
Stevie obedeció, haciendo una mueca mientras se sentaba en el sofá.
Elissa, Angie, lo siento tanto.
Pero nada las traería de vuelta. Todo lo que podía hacer para hacer lo
correcto era atrapar al tirador y apartarlo para siempre. Lo cual no podía
hacer desde una maldita casa refugio.
Con un ojo en Emma, Stevie comprobó su teléfono móvil por milésima
vez en las últimas dos horas. Y frunció el ceño.
—¿Ninguna respuesta de tu hermana? —preguntó Emma.
—No. La clase de ballet de Cordy acabó hace horas. Deberían haber
estado ya en casa —tomó el teléfono inalámbrico de su sitio. Ninguna llamada
de Izzy. — Debería haberme llamado. Lo sabe. Sabe que me preocupo.
—Stevie, escucha. Hoy fue un día estresante para ti, incluso antes de toda
la locura del restaurante. Pero también fue un día estresante para Cordelia.
—Ella perdió a su padre —murmuró Stevie. —Nunca lo conoció.
—Bueno, eso también. Pero sospecho que su estrés procede en su
mayor parte de saber lo infeliz que eres.
—Ella no lo sabe. No le permito verlo.
Las cejas de Emma se alzaron como si Stevie fuera la mujer más tonta
que jamás hubiera visto.
—Sigue pensando eso si te hace sentir mejor. Mira. Apuesto a que Izzy
la llevó a algún sitio para apartar las cosas de su mente. Tal vez fueron a
ver una película. Izzy habría apagado su teléfono en el cine.
Stevie cerró los ojos, dejando que las palabras de Emma calaran en
ella. Pero la sensación de presentimiento no amainó.
—¿Pero y si algo les ha pasado? Nunca me lo perdonaría.
—La policía tiene sus descripciones, ¿correcto? Si algo hubiera pasado
ya lo sabrías. Es más probable que estén divirtiéndose.
Stevie tomó un agudo y áspero aliento.
—Tienes razón —se centró en el siguiente punto de su lista: Emma.
Que tampoco debería estar aquí. —Perdiste tu avión.
—Está bien. Llamé a Christopher, le conté lo que pasó y que
necesitaría quedarme contigo unos días.
¿Unos días? Bajo otras circunstancias Stevie habría disfrutado con la idea
de pasar unos días con Emma. Pero no ahora. Y no podía imaginar al marido de
Emma entusiasmado con la idea de su esposa sentada en la línea de fuego.
—¿Y está de acuerdo con eso?
La ligera duda de Emma fue la respuesta.
—No está de acuerdo, pero tampoco está en desacuerdo.
—Ah-hah.
—Está asustado, por supuesto. Solo le permití los ‘y si’ hasta que depuró
todos los posibles escenarios mortales de su mente. Entonces le aseguré que
yo estaba bien, que tú estabas bien —suspiró. —Y entonces no discutí
cuando él insistió en tomar el vuelo nocturno a Baltimore esta noche, tan
pronto como haya dado su charla. Le recogeré en el aeropuerto mañana.
—Yo tengo una idea mejor. Que vuele de vuelta a Orlando. Tú tomas el
siguiente vuelo a Orlando. Entonces puedes recogerle en el aeropuerto y
tenéis unas maravillosas vacaciones con tus chicos.
Emma parecía medio divertida, como si hubiese esperado
mucho más. —Buen intento. No voy a ningún sitio.
—Maldición, Emma, no deberías estar aquí. No en Baltimore y realmente
no aquí. En mi casa. Deberías estar en tu hotel. Donde estarías a salvo.
Emma buscó sus ojos, suspicaz.
—Así que tú no irás a una casa segura, pero pondrías a todos aquellos
por los que te preocupas en una. ¿Verdad?
—Pues sí —dijo Stevie sin disculparse. —Así que cuando JD se vaya,
puede llevarte con él.
—Lo siento, eso no va a pasar. Me quedo.
Emma se sentó en una butaca en el rincón, lejos, notó Stevie, de la
ventana. Incluso con las cortinas cerradas, Emma no daba oportunidades.
—Emma. Se razonable.
Emma resopló.
—Tienes que estar tomándome el pelo. ¿Quieres que yo sea razonable?
¿Me quieres en una casa segura? Entonces ven conmigo. Y antes de que
amenaces con sacarme por la puerta, solo recuerda que yo estaba ahí cuando
el médico de urgencias te examinó y se todos los lugares por los que sangrabas
y/o estabas lastimada. Un buen codazo y estarás lista para la cuenta atrás.
—Me gusta —JD bajó por las escaleras. —Ella
es lista. Stevie los miró fijamente.
—Ella es un terco dolor en el culo.

Emma se encogió de hombros.


—Le dijo la sartén al cazo.
Entonces, Detective Fitzpatrick
¿tenemos que preocuparnos
porque el hombre del saco
salga del armario cuando
vayamos a dormir esta noche?
—No. Al principio pensé que alguien había revuelto la habitación de
Izzy, pero creo que fue Izzy. Hay ropa por todas partes. La mitad de su
armario está en la cama.
Stevie frunció el ceño.
—Su habitación estaba recogida cuando salimos hoy.
—Entonces o ella ha estado en casa para cambiarse, o Ricitos de Oro
se probó su ropa, se puso su maquillaje, y revolvió su joyero antes de irse.
—Lo comprobaré —dijo Stevie y se puso de pie.
—¿Cómo sabes que alguien pudo ponerse su maquillaje? —preguntó Emma.
—Sus brochas de maquillaje aún estaban húmedas y había pañuelos cubiertos
de carmín por toda la cómoda —JD alzó un hombro. —Tengo una esposa a la que
le gusta llevar maquillaje. Siempre estoy apartando las brochas de Lucy del medio
solo para poder tener unos centímetros de encimera para afeitarme.
—Pobrecillo —murmuró Stevie. Pasó más allá de él y subió las
escaleras, con Emma detrás de ella y JD a la zaga. La habitación de Izzy
era un desastre, muy poco característico de su escrupulosa hermana. —
Parece como si un tornado hubiera pasado por aquí.
—¿Falta algo? —preguntó JD.
Stevie entró en el armario de Izzy.
—Sus zapatillas de cristal no están.
Emma metió la cabeza por la puerta del armario.
—¿Izzy tiene unas zapatillas de cristal?
—Realmente son acrílicas o algo así, pero Cordelia decía que son de cristal
cuando era un bebé y así se quedó. Izzy las lleva con su mejor vestido —Stevie
sorteó la ropa. —Que tampoco está —revisó los estantes. Señaló un espacio
obviamente vacío. —Su cámara no está. Todas sus lentes y filtros tampoco.
—¿Tal vez hizo fotos de la clase de ballet de Cordelia? —sugirió Emma.
—Tal vez. Pero solo es una clase. El recital de Cordy no es hasta el mes
próximo —¿O ya fue? Oh Dios, por favor no permitas que haya sido hoy. Ya había
llamado a la profesora de ballet cuatro veces, pero la profesora normalmente no
devolvía las llamadas hasta que sus clases de la tarde acababan. Como ya debería
haber sucedido para ahora. Apresurándose a la habitación de Cordelia,
Stevie marcó de nuevo.
Reva Stanislasky respondió mientras Stevie abría la puerta del armario
de Cordelia. Sus leotardos y zapatillas de prácticas no estaban, pero el tutú
rosa que llevaba en los recitales estaba colgando ahí imperturbable.
—Señora Stanislasky, hola. Soy Stevie Mazzetti, la madre de
Cordelia. —Señora Mazzetti. Que bueno escucharla. Espero que
Cordelia esté bien. Stevie frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir? Usted la vio hace unas horas. ¿No estaba bien
entonces? —hubo una pausa durante la cual el corazón de Stevie empezó
a acelerarse. —¿No estaba bien hoy?
—No la vi hoy, señora Mazzetti. No he visto a Cordelia en casi dos meses.
—No... No lo entiendo. Ella va a clase, cada sábado por la tarde. Mi
hermana Izabela ha estado llevándola.
—Izabela la retiró de mi clase a principios de enero, justo después de
Año Nuevo. Cordelia parecía estar teniendo algún problema.
—¿Qué clase de problema? —preguntó Stevie sin entonación.
—Parecía disgustarse con facilidad. El más pequeño error y ella
estallaba en lágrimas.
Las defensas maternales de Stevie se pusieron en
alerta. —Quizás era el modo de las correcciones.
—Nunca la corregí —dijo la señora Stanislasky con tristeza. —Cordelia
era más que consciente de sus propios errores. Traté de lograr que se
relajara. Se divirtiera. Pero cada vez estaba más...
—Frágil —murmuró Stevie.
—Sí, esa es la palabra que estaba buscando. Así que su hermana la retiró de
mi clase. Dijo que Cordelia iba a tomarse un descanso. Asumí que usted lo sabía.
—No. No lo sabía. Gracias, señora Stanislasky. Yo... bueno, gracias —
Stevie colgó y lentamente se giró del armario de Cordelia a donde JD y
Emma esperaban, con expresión confusa. —Izzy no ha llevado a Cordy a
ballet en meses. Pero han salido cada sábado por la tarde.
—Estoy seguro que Izzy tiene una buena explicación —dijo JD con
tranquilidad.
Stevie se mordió el interior de la mejilla, con creciente enfado.
—Si algo iba mal con Cordelia, Izzy debería habérmelo dicho —oyó el
motor fuera al mismo tiempo que JD. Juntos se apresuraron a la ventana,
cada uno a un lado. —Emma, espera en el pasillo.
—Ya estoy ahí —dijo Emma. —No soy estúpida, Stevie.
Emma había sospechado que Cordelia estaba teniendo problemas y no
la había visto en un año. No, su amiga estaba lejos de ser estúpida. Yo, por
otro lado...
Stevie se quedó inmóvil ante la visión de una camioneta negra aparcando
delante de su casa. Había algo en el conductor. Algo familiar. Detuvo la
camioneta y alzó la mirada, sus ojos revisando las ventanas. Su corazón se
saltó un latido. De ningún modo. De ninguna jodida manera. No puede ser él.
—¿Quién es ese? —preguntó JD, después exhaló un callado. —Oh —
cuando el conductor emergió.
Oh. Como en Oh Dios mío.
El vacilante corazón de Stevie simplemente se detuvo ante la visión del
hombre de pie en su camino de entrada. Era él. Moreno. Grande. De
grandes hombros. Capas de músculo. Él era... era demasiado.
—¿Quién es? —preguntó Emma impaciente desde el pasillo. —¿Tengo
que llamar al 911?
JD dio a Stevie unos segundos para responder. Cuando estuvo claro
que no iba a hacerlo, respondió él.
—Es Clay Maynard. El Investigador Privado.
—¿De verdad? ¿Qué está haciendo aquí? —Emma entró en la
habitación, deteniéndose detrás de Stevie para fisgar cautelosamente sobre
su hombro. —Oh Dios —murmuró apreciativamente. —Oh Dios, oh Dios.
Oh Dios era correcto. Clay parecía ásperamente tallado, como si su cara
hubiera sido excavada en roca sólida. Pero Stevie sabía que no era cierto.
Sabía que sus labios eran suaves, su piel era cálida y vital, y sus ojos veían
más de lo que ella quería que nadie viera. Una vez más. Y cuando él la
miraba... ella sentía más de lo que jamás quiso sentir de nuevo.
Hoy no. Por favor. No puedo hacer esto hoy. Clay rodeó la camioneta
para abrir la puerta del asiento trasero y Cordelia salió de un salto, con una
adorable sonrisa en su rostro.
Stevie se quedó mirando con la boca abierta. Súbitamente el engaño de
Izzy sobre la clase de ballet tenía perfecto sentido. Su hermana nunca había
aprobado que no aceptara a Clay. Izzy le había rogado que ‘viera la luz’.
Cordelia había estado con Clay. Todo este tiempo. Después de que yo
lo prohibiera explícitamente.
Cordelia pensaba que el hombre colgó la luna. ¿Y por qué no debería? Ella
sabía que Clay había salvado la vida de su madre. Era natural para una niña de
siete años ponerlo en un pedestal. Lo cual merece. Porque él salvó tu vida.
Y estoy agradecida. Solo que no le quiero en mi vida.
Lo cual Izzy no había respetado, maldita fuera. Si cree que
consiguiendo que Cordelia se encariñe con él hará que le permita meterse
bajo mi piel, ya puede cambiar de idea.
Esto no era correcto. No era justo. Ni para Cordelia ni para Clay. O para mí.
Stevie no era la fría piedra que todos pensaban que era. Ella estaba
sola. Anhelaba compañía. Compañía masculina. Anhelaba a Clay. ¿Qué
mujer en sus cabales no lo haría? Pero ella sabía que nunca le amaría, no
del modo que había amado a Paul. Y Clay merecía algo mejor que eso,
incluso si ella no lo aceptaba. Si permitía que esto siguiera, él acabaría
herido. Cordelia acabaría herida. Y yo también. Ya lo estoy.
Porque ahora tengo que rechazarlo, de nuevo. Iba a ser incluso peor la
segunda vez. Así que hazlo. Solo acaba con ello.
La resolución de Stevie cogió velocidad, la furia haciendo latir su pulso. Izzy,
voy a matarte. Salió a las escaleras a la carrera, ignorando el ardiente dolor de
su pierna junto a los chillidos asustados de Emma y los gritos de pánico de JD.

***

Sábado 15 de marzo, 18:15

—Pasé un rato muy agradable, señor Maynard. Gracias.


Clay miró a la hija de Stevie, tomándose un último momento para atesorar la
sonrisa de su cara. Sería la última vez que la vería. Stevie quería evitar que su
hija se encariñara con un hombre que no tendría sitio en sus vidas. Él entendía
su deseo y haría honor a él. Pero dolía. Estaba sorprendido de cuanto dolía.
Le gustaba Cordelia Mazzetti. Era lista y divertida y le hacía desear una
y otra vez que Stevie sintiera por él lo que él sentía por ella. Que Cordelia
le mirara con una combinación de gratitud, afecto y reverencia... hacía
incluso más difícil alejarse. Podía ser un padre para esta niña.
Podía.
Pero no iba a serlo. Tragando saliva, le devolvió la sonrisa.
—De nada. Déjame coger eso —añadió cuando Cordelia alcanzó la bolsa rosa
de Campanilla que contenía su equipo de ballet. Ella había querido ponerse sus
leotardos y zapatillas como hacía cada sábado por la tarde antes de ir a casa, pero
él no lo permitió. Cordelia tenía que ser clara con su madre sobre la terapia equina,
así que aún llevaba las botas desgastadas que Izzy había comprado usadas en
eBay con dinero que no le sobraba. Porque amaba a su sobrina.
El corazón de Izzie estaba en el lugar correcto. Pero Stevie no merecía
que la mintieran.
Stevie. Está aquí. En la casa. La necesidad de Clay de verla bordeaba
la desesperación. Pero lo temía al mismo tiempo. Temía el dolor de mirarle
a la cara. De ver lo que había querido durante tanto tiempo de pie justo
delante de él. Y no poder tocar.
Temor de cuanto dolería alejarse. De nuevo.
Esto no es por ti, se recordó. Esto era lo mejor para Cordelia. ¿Pero cuándo
será por mí? Justo ahora, parecía que nunca. Se aclaró la garganta con aspereza.
—No olvides tus flores —dijo a Cordelia.
—Las tengo —sostenía el ramo de capullos que había elegido. —Le
gustan las flores. Espero que ayude a que no se enfade conmigo.
Clay se echó al hombro la bolsa rosa con hadas y enderezó la espalda. —
Creo que estará más enfadada conmigo. Trataré de suavizar las cosas.
Habían dado dos pasos cuando la puerta delantera se abrió. Stevie se
tambaleó escaleras abajo, agarrando la barandilla con una mano y un bastón
cubierto de brillantina con la otra. Se enderezó cuando sus pies tocaron el
suelo, caminando hacia ellos, sin desalentarse por su paso irregular.
Estaba furiosa. Hermosa y furiosa. Justo como la primera vez que la
había visto. A Clay se le hizo agua la boca y tuvo que apretar los dientes y
cerrar los puños para evitar alcanzarla y agarrarla. Porque una vez que la
agarrara, él... Dios. La besaría hasta que no pudiera respirar. Hasta que
ninguno de ellos pudiera respirar.
A ella le gustaría. Le había gustado su beso antes. Esa única vez que
había tocado sus labios con los suyos. Pero ella había odiado que le
gustara. Odiaba haberlo deseado. Haberle deseado a él.
Una parte de él no le importaba que ella no hubiera querido desearle.
Esa parte quería hacerle ver, hacerle saber. Hacerle rogar.
Pero no podía. No lo haría. Por la razón que fuera, Stevie le había
dicho no. Así que se haría a un lado. No importaba cuanto doliera. Esto...
esto va a doler como un demonio.
Stevie se detuvo a mitad de camino entre la camioneta y la casa. Su
pecho subía y bajaba con cada respiración que hacía, una combinación de
esfuerzo y enfado.
Cordelia se aproximó lentamente, rodeando la camioneta, con el ramo
de capullos agarrado a su espalda. Su pequeña mano temblaba y el
corazón de Clay se rompió.
—Stevie, no es culpa suya... —comenzó, pero ella le cortó, cortando el
aire con una mano.
—Vete a tu habitación, Cordelia. Aparentemente tengo que explicar las
cosas al señor Maynard. De nuevo.
Clay se encogió. Esto iba a doler incluso más de lo que había anticipado.
Cordelia palideció. Asintió. Entonces sacó las flores de detrás de ella.
—Son para ti —susurró. —Lo siento, mamá. No debería haberte
mentido. Solo quería ver los caballos.
Stevie miró las flores como si jamás hubiera visto alguna antes. Como
si estuviera teniendo problemas para averiguar qué eran. Comenzó a
alcanzar el ramo, pero envolvió los brazos alrededor de Cordelia en un
fuerte abrazo en su lugar, las flores se aplastaron entre ellas.
Clay apartó la mirada, la visión hacía que le doliera el pecho. Mientras
exhalaba un largo aliento, vio aproximarse un coche. Un coche normal. Un Chevy
Impala rojo, de cinco años. Yendo a unos cuarenta por hora en una calle
residencial. Nada especial. Pero el coche se ralentizó y el pelo de su nuca se erizó.
Los segundos empezaron a sonar en su cabeza, cada uno más alto que el anterior.
Tick. El conductor llevaba máscara de esquí.
Tack. Estaba sacando un brazo por la ventanilla para apoyarlo en la
puerta del coche.
Tick. El brazo se alzó, una mano enguantada llevaba una pistola.
Clay embistió, volando por el aire antes de placar a Stevie y su hija,
lanzándolas contra el suelo. Con el brazo izquierdo tiró de ellas contra
su cuerpo, esperando amortiguar lo peor de la caída con su hombro
mientras con la mano derecha sacaba el arma de su funda.
Oyó el crujido de la madera. Un aterrado grito desde el porche
delantero. Un aterrado chillido debajo de él.
Cordelia.
No estés asustada, pequeña. Te tengo.
Pero antes de que pudiera sacar las palabras por su garganta, el aire
fue expulsado de sus pulmones, su cuerpo fue propulsado hacia adelante.
Dos impactos en rápida sucesión. Dos tiros.
Clay encorvó la espalda mientras el chaleco que nunca dejaba en casa
absorbía la fuerza de las balas. Alzando el brazo, centró al conductor del
Chevy rojo en su mira e hizo un solo disparo. Creyó ver encogerse el
hombro del conductor, pero agachó la cabeza de nuevo ante el sonido de
las balas sobre metal y cristales rotos.
El tipo estaba disparando a su camioneta. Alec está dentro. Rogando
que Alec tuviera tiempo de ocultarse, Clay se encogió como una pelota,
protegiendo a las dos debajo de él primero.
Llegaron maldiciones desde el porche, después un gran pie pasó junto
a su cabeza hacia la calle. El motor del coche se aceleró. Los neumáticos
chirriaron. El tirador estaba escapando. Maldición.
Clay permaneció donde estaba, contando los latidos en su cabeza.
Podía oír a Cordelia respirando irregularmente, respirando a golpes. Stevie
aún estaba inmóvil contra él. Sus brazos aún tensos alrededor del cuerpo
de su hija, pero no podía oírla respirar. Sin embargo podía sentirla,
pequeños jadeos poco profundos contra su propia garganta.
Un cálido cuerpo se arrodilló junto a él.
—Se han ido —dijo un hombre. —¿Algún herido?
Clay se incorporó sobre sus manos y rodillas, colgando sobre Stevie y la niña
que se aferraba a su pecho. Sus ojos oscuros estaban abiertos al encontrarse con
los de él. Abiertos pero alertas. Y curiosamente no sorprendidos.
—¿Todas bien? —dijo con aspereza, sus pulmones aún tenían que llenarse.
—Eso creo —Stevie alzó la mirada hacia el hombre junto a ellos. —
Clay fue alcanzado. Dos veces.
Clay alzó la mirada para ver a JD Fitzpatrick evaluándolos con ojos
entrecerrados.
—¿Puedes ponerte en pie?
—Sí —levantándose, Clay vio el desastre que el jodido había hecho
con su coche. Todas las ventanas estaban hechas añicos y había agujeros
acribillando las puertas. Alec no estaba a la vista.
—¡Alec!
—Estoy bien —respondió Alec con voz temblorosa. Pero vivo. Gateó
alrededor de la parte delantera de la camioneta y Clay tuvo que bloquear
sus rodillas para evitar que se doblaran. Dios. —Estaba justo detrás de ti —
dijo Alec. —Me dejé caer cuando saltaste.
Si hubiera estado en la camioneta estaría muerto. Clay expulsó la idea de
su cabeza. Alec no estaba en la camioneta. Estaba bien. Todos estaban bien.
—Entra en la casa. No te pares a revisarme —Clay se agachó, tomó a
Cordelia en sus brazos, manteniendo el arma en la mano. Solo por si el
tirador regresa. — Lleva a Stevie a la casa —dijo a JD, después fue directo
a la puerta, mirando sobre el hombro para asegurarse que JD y Stevie
estaban siguiéndole. Solo que volverse para mirar dolía como un demonio.
El chaleco podía haberle salvado la vida una o dos veces o tres, pero los
disparos aún dolían. Estaría magullado y dolorido durante días. Miró a la pequeña
en sus brazos. Ella le miraba, sus ojos sin ver, sus dientes castañeteaban.
Las flores estaban aplastadas en su chaqueta.
Rabia sin diluir hirvió dentro de él, pero la mantuvo suficientemente
lejos de sus ojos para no asustarla incluso más. JD estaba sosteniendo el
peso de Stevie mientras ella cojeaba, pero mientras Clay llevaba a Cordelia
dentro, JD se puso a Stevie sobre el hombro como un bombero y corrió el
resto del camino, cerrando la puerta tras él.
Alec se sentó con la espalda en la pared, y las rodillas contra el pecho.
Alerta. Ileso.
Una pequeña mujer rubia que Clay jamás había visto antes se sentó junto a
Alec, agarrando un teléfono contra su oreja. Estaba hablando con el operador del
911. Su voz estaba calmada pero su cara estaba blanca como el papel mientras
presionaba la otra mano contra su clavícula. Su blusa estaba llena de sangre.
—¿Está herida? —exigió Clay y ella negó con la cabeza.
—Es de antes —dijo JD cansado. —Este es el segundo tiroteo de
Stevie hoy. El tercero desde ayer.
—Su tercer... —Clay casi se tambaleó, pero se mantuvo derecho.
Mantuvo a Cordelia a salvo en sus brazos. —¿Qué demonios, JD?
—Tendrás que preguntar a Stevie. Ella sabe más que cualquier otro —
JD dijo las palabras amargamente mientras dejaba a Stevie en el sofá.
Inmediatamente ella se enderezó y se estiró por su hija. El dolor brilló
en sus ojos oscuros y encogió el hombro izquierdo, pero su brazo
permaneció estirado, esperando.
Fue entonces cuando Clay vio la sangre empapando la manga de su
camiseta de la Policía de Baltimore. Una venda blanca asomaba por debajo
de la manga. Tres tiroteos en dos días. Había sido alcanzada.
—Dámela. Por favor —añadió ásperamente.
Clay depositó a Cordelia en sus brazos y dio un
paso atrás. —¿Mantas?
—Arriba —susurró Stevie. —Armario del
pasillo. JD agarró el brazo de Clay.
—Yo las traeré. Tú siéntate. Estás hecho una mierda.
—La policía estará aquí en menos de tres minutos —dijo la rubia.
Enfundando su arma, Clay se sentó en el otro extremo del sofá. Sus
pulmones estaban empezando a funcionar de nuevo, las costillas no. Hizo
unas respiraciones poco profundas, entonces volvió los ojos hacia Stevie.
Sus ojos estaban cerrados, acunaba a su hija en pequeños
movimientos de los que no estaba seguro que fuera consciente. Sus labios
se movían sin silenciosamente, todo el color desaparecido de su cara. La
había visto más pálida el día que casi se desangra en sus brazos en las
escaleras del tribunal. Pero no mucho más pálida.
Se centró en su boca, en las palabras que sus labios formaban. Lo
siento, estaba diciendo. Una y otra vez mientras se balanceaba.
Un tiroteo ayer. Dos más hoy. Hoy, el aniversario del asesinato de su marido.
Parecía demasiada coincidencia. Clay nunca había creído en las coincidencias.
—Stevie —dijo suavemente, no queriendo angustiar a Cordelia que
ahora gemía contra el hombro de su madre.
Stevie buscó sus ojos sobre la cabeza de Cordelia. Ya no parecía
aterrorizada. Parecía atrapada. Culpable.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Capítulo Cinco

Baltimore, Maryland. Sábado 15 de marzo, 18:19

Stevie abrió la boca, pero no surgieron palabras. Clay estaba mirándola


airado, sus ojos duros, la mandíbula apretada. Respiraba superficialmente.
Pero al menos respiraba.
Había recibido dos balazos. Por mí. Apretó a Cordelia más cerca de su cuerpo.
Por nosotras.
—Yo... yo —se ahogó con las palabras, sacudiendo la cabeza. Acunando a su
hija.
La expresión de Clay se suavizó, la ira se volvió preocupación.
Manteniendo la cabeza lejos de la ventana, se deslizó fuera del sofá para
arrodillarse delante de ella.
—¿Estás bien? —murmuró.
Ella se las arregló para asentir.
Él dudó, después pasó un dedo bajo la manga de su camiseta,
levantándola para exponer la venda que el médico de urgencias le había
puesto, hace lo que parecía toda una vida.
—Estás sangrando. ¿Qué tan malo es?
—Tiene cinco puntos —dijo Emma desde la pared. —El médico de
urgencias quería dejarla en observación, pero ella rehusó.
Clay asintió, manteniendo el contacto visual con Stevie.
—Una herida de cinco puntos no es tan mala —pasó gentilmente los
dedos por el pelo de Cordelia. —¿Oíste eso, Cordelia? Cinco puntos es
prácticamente nada. Tu mamá está bien. Asiente si me escuchas.
Cordelia mantuvo la cara presionada en el hombro de Stevie, pero asintió una
vez.
—Bien, cariño —dijo Clay, suavizando su voz. —Eso es bueno. ¿Estás
herida en algún sitio? Sé que peso mucho. Pero necesito saber si te aplasté.
Cordelia negó con la cabeza y la constricción en la garganta de Stevie se aflojó.
—Bien, me alegro —acarició el pelo de Cordelia de nuevo. —
Aplastarte habría sido malo.
Cordelia giró su cara unos centímetros.
—Mis flores —susurró. —Se aplastaron.
—Conseguiremos más —murmuró Clay. —Tu mamá sabe que las
trajiste para ella y eso es lo importante —alzó sus ojos hacia Stevie una vez
más. —¿Estás herida en algún otro lugar?
Estaba dolorida por todas partes, pero no sabía si alguno de los dolores
era nuevo o no.
—No creo.
—Muy bien —miró sobre su hombro, encogiéndose con el movimiento.
—No creo que nos conozcamos —dijo a Emma. —Soy Clay Maynard. Ese
es mi asistente. Alec Vaughn.
—Yo soy Emma, amiga de Stevie. Parece que le duele el hombro. Le
traeré hielo.
Alec se puso en pie.
—No, yo lo haré. Comprobaré la cerradura de la puerta de atrás mientras estoy
ahí. No vale la pena acomodarse aquí si cualquiera puede entrar —fue a la cocina
mientras JD bajaba las escaleras, con una pila de mantas en los brazos.
—Vigilé la calle durante un minuto —dijo JD. —No vi el Chevy rojo pero
llamé con la descripción del coche, lo que pude ver del conductor, y el ar...
Clay tosió sonoramente.
—Caramelos —dijo firmemente. —Arcoiris y flores.
Stevie frunció el ceño, pero Cordelia parecía saber exactamente de lo
que estaba hablando.
—Y cachorritos —susurró su hija, aún ocultando su cara. —Me gustan
los cachorritos.
—Bien, ¿y a quien no? —preguntó Clay pragmático.
Cordelia giró su frente sobre el hombro de Stevie para mirar
a Clay. —Mamá dice que babean.
Stevie se encogió ante la no muy hábilmente velada crítica, pero Clay
solo sonrió.
—Naa —dijo. —Los cachorritos no babean. Los cachorritos
mordisquean. Destruirán todos tus zapatos, pero solo uno de cada par. Son
diabólicos. Ahora bien, los perros grandes babean. Grandes hilos de baba
que arruinarán tu ropa. Y no hablemos de sus estornudos —apartó el pelo
de la mejilla de Cordelia, serio ahora. —Piensa en perritos, Cordelia.
Pequeños y listos mordisqueadores perritos. Prométemelo.
—Lo prometo —susurró ella fieramente.
—Buena chica —cogió una de las mantas del montón de JD y la
envolvió alrededor de las dos, entonces se sentó sobre sus talones. —
Cuándo estará aquí la policía?
—Están aquí —dijo Emma, colgando el teléfono. —Eso dijo el operador del
911.
Alec apareció por la esquina con varias bolsas de guisantes
congelados. —Los vi llegar.
—Están comprobando el patio delantero y levantando bloqueos por el
coche rojo —dijo JD. —Les dije que teníamos las cosas más o menos bajo
control por aquí. Estarán llamando en unos minutos para tomar declaraciones.
Cuando lo declaren todo despejado, los de emergencias te revisarán, Clay.
—Estoy bien. Pero aparentemente hambriento de guisantes —añadió
con ceño.
—No vi bolsas de hielo —dijo Alec. —Pero los guisantes congelados
funcionan igual de bien. Quitemos tu chaqueta.
Puso los guisantes congelados en el suelo y ayudó a Clay a quitarse su
chaqueta de piel, revelando una camisa Oxford color lavanda. En un montón de
hombres una camisa lavanda podría haber parecido menos masculina. En Clay...
Stevie no estaba segura de que un hombre pudiera parecer otra cosa que
completamente masculino. Se lo había parecido incluso mientras sostenía
su pequeña bolsa rosa de niña de Campanilla, lo que hacía cuando ella
había salido volando de la casa.
Como una idiota. Cerró los ojos. Y no podría hacerme un objetivo más
accesible si me hubiera pintado DISPÁRAME en la espalda. Y por eso Clay
había recibido un tiro en la espalda. Debía llevar un chaleco y gracias a
Dios por eso. No más sangre en mis manos, por favor.
—No estoy seguro de que puedas salvar la chaqueta, Clay —dijo Alec.
Abrió los ojos para ver a Alec hurgando con dos dedos por los
agujeros de bala en la piel.
—Seguro que puedo —Clay desabotonó su camisa lentamente, con
movimientos rígidos. —Esa chaqueta ha sido parcheada diez veces desde
que la conseguí en el 95 —hizo una mueca.
—Buen Dios. ¿ Ninguno de vosotros sabe pedir ayuda? —demandó
Emma. Se aplicó a la tarea de quitarle a Clay la camisa y...
Demonios. La visión de las pequeñas manos de su amiga quitándole la
camisa a Clay hizo que se le retorcieran las tripas a Stevie. Lo cual era absurdo
a todos los niveles. Emma estaba felizmente casada. Y Clay... no es mío. Podría
haberlo sido, pero lo rechacé. Por su propio bien. Lo hice por su propio bien.
Sus pensamientos se hicieron añicos cuando la cara de él se retorció de dolor.
Alec y Emma estaban quitándole el chaleco. La mueca de Alec la dijo que era malo.
Cordelia se movió y Stevie supo que estaba mirando. Clay también
debió notarlo, porque hizo a Cordelia un brusco asentimiento.
—Esto es temporal —dijo. —Es solo un feo arañazo. Ni siquiera
sangra, ¿verdad, Alec?
—Es cierto —Alec levantó el chaleco, así el interior era visible. —¿Ves,
Cordy? Ni siquiera una gota de sangre —entregó a JD el chaleco y agarró
una bolsa de guisantes congelados en cada mano. —Hielo por veinte
minutos y luego se retira. ¿Listo? —no esperó una respuesta afirmativa
antes de poner una bolsa en cada hombro de Clay.
Clay se encogió, flexionando sus pesados
pectorales. —Sí —dijo con sequedad. —Estoy listo.
—Los guisantes se adaptan a la zona dañada —dijo Alec. —Mejor
contacto que con una bolsa de hielo.
—Tiene razón —dijo Emma. —Yo guardo unas bolsas en mi
congelador para reparaciones post lloraderas.
Clay le echó una mirada de 'qué
demonios'. —¿Lloras mucho?
—Oh no, yo no. Mi hija era, hasta hace poco, una adolescente.
¿Rupturas dramáticas, una cita en una noche de baile, la puñalada por la
espalda de un amigo? Una bolsa de guisantes volverá los ojos hinchados
en normales en un instante.
—Me alegro tanto de que tengamos un chico —murmuró JD.
Comprobó la pantalla de su móvil. —Un mensaje de Hyatt. Quiere
tomarnos declaración. ¿Podemos hacer eso en la cocina, Stevie?
—Por supuesto —Stevie se movió, pretendiendo ponerse en pie, pero Cordelia
enroscó sus brazos al rededor de su cuello y se sujetó. Estaba temblando de
nuevo. —Cordy, nena, tengo que hablar con mi jefe. No saldré de casa. ¿Vale? —
trató de apartar los brazos de su hija del cuello, pero Cordelia se resistió,
quejándose. Stevie casi pidió ayuda a Clay, entonces recordó por qué no podía.
El hombre estaba ahí, en su casa. Y después de ni siquiera quince
minutos, era como si perteneciera al lugar. Pero no lo hacía. No podía. No
pertenecía a ese lugar.
—¿Emma? —dijo Stevie suavemente. —Podría necesitar una
mano. Emma se sentó en el sofá.
—Ven a sentarte conmigo, Cordelia. Nos sentaremos justo aquí, así
puedes ver a tu mamá en la mesa de la cocina —Cordelia se relajó
mientras Stevie la transfería al regazo de Emma. —Tengo algo para ti, de
mis chicos. Cuando estemos solas, te lo daré.
Las cejas de Cordelia se
alzaron. —¿Por qué a solas?
Emma le besó en la cabeza.
—Porque si tu mamá lo ve, se comerá hasta el último bocado.
—Me alegro tanto de que estés aquí —murmuró Stevie y Emma sonrió.
—Haz lo que tengas que hacer, Stevie. Cordy y yo estaremos bien.
El timbre de la puerta sonó mientras JD ponía en pie a Stevie. Alec
abrió la puerta mientras Stevie se agarraba al brazo de JD para
estabilizarse, sintiendo los ojos de Clay en ella todo el tiempo.
—¿Dónde está mi bastón? —preguntó.
—Justo aquí —Hyatt entró en la habitación, con el brillante bastón en la
mano. —Lo dejaste caer fuera en el suelo —hizo una breve inspección
visual de Clay, entrecerrando los ojos ante las bolsas de guisantes. Con
una sacudida de su cabeza, se volvió hacia JD y Stevie. —He apostado
agentes delante y detrás mientras procesamos la escena del crimen.
Tenéis que contarme qué demonios pasó aquí.
***

Sábado 15 de marzo, 18:25

Hijo de puta. Henderson condujo como un loco por el pequeño


vecindario, con una mano en el volante. La otra mano estaba entumecida.
Mi brazo entero está entumecido. El hijo de puta me alcanzó.
La sangre goteaba de la herida de su hombro y por un instante, la
carretera se volvió borrosa. Solo aguanta.
Los vecindarios ordenados se convirtieron en campo abierto, después
finalmente en bosque. Henderson suspiró de alivio cuando el desvío a la
carretera lateral estuvo a la vista. Aparcado entre los árboles estaba el
Camry blanco alquilado. Exactamente donde lo dejé.
Saliendo de la carretera, Henderson se tambaleó fuera del Chevy rojo
robado, su robo lo había puesto más fácil el propietario rural al colgar las
llaves en un gancho junto a la puerta sin cerrar de una cocina. Debería
amar el campo. Nadie cierra las puertas.
Atar un torniquete alrededor de la herida no era tarea pequeña, pero
finalmente fue consumada, dejando a Henderson respirando con dificultad.
Pero estable. Y no sangrando por todas partes.
La siguiente pregunta era, ¿qué hacer con el Chevy rojo? La sangre
había goteado en el asiento de vinilo. Mi sangre. Pero podía ser peor.
Robinette había asegurado que su equipo presentó el papeleo para
borrar su ADN de la base de datos militar cuando fueron licenciados y la
policía tampoco tenía nada en la suya.
Porque he sido cuidadoso. Nunca dejé sangre o pelo detrás en un trabajo
antes. Nunca me acerqué lo suficientemente a la víctima para que la policía
encontrara algo incluso aunque hubiese dejado algún rastro. La distancia era el
mejor amigo de un francotirador. Pero aparentemente hoy no. Deshazte de esa
sangre. Solo porque la policía no pueda cotejarla con nada de su preciosa base
de datos no era razón para darles evidencias que pudieran usar más tarde.
Con los dientes apretados contra el dolor, Henderson separó el asiento
de su marco y lo tiró al maletero del Camry, mojó con gasolina el césped
alrededor del Chevy y echó una cerilla.
Para el momento en que el Camry estaba en la carretera principal, las
llamas llegaban más alto que los árboles. Nada había quedado en el
Chevy. Pero había estado cerca. Demasiado cerca.
Finalmente a una distancia segura, el temperamento de Henderson estalló.
¿Quién era el maldito tipo de antes? Que ese tipo se las hubiera arreglado para
escabullirse en el Parkway había sido suficientemente malo, ¿pero lanzarse sobre
Mazzetti y la cría? Mucho peor. ¿Y disparar como un jodido Ranger de la Armada?
Disparó mejor que yo. Era humillante.
A menos que Henderson hubiera tenido una suerte extraordinaria, la
Detective Stevie Mazzetti aún respiraba. Dios maldijera a esa mujer. Tenía
más vidas que un jodido gato. Robinette estaría poco feliz.
Una mirada a la botella en el salpicadero reveló que estaba vacía, todo el
vodka agotado. Henderson curvó los temblorosos dedos alrededor del volante
y lo sujetó con fuerza. Solo ve a casa. Podrás relajarte cuando llegues a casa.

***

Sábado 15 de marzo, 18:30

Stevie echó una última mirada sobre su hombro hacia la sala de estar
antes de sentarse a la mesa de la cocina con los otros. Cordelia estaba
acurrucada en el regazo de Emma, con la cabeza en el hombro de su amiga.
—¿Stevie? —retumbó Hyatt. —Te necesito conmigo. Ahora. Puedes
ver a tu hija más tarde.
—Lo sé —Stevie se sentó cuidadosamente en la cabecera de la mesa
entre su jefe y su compañero, con cada músculo de su cuerpo gritando por
una bañera caliente.
Clay se sentó frente a ella, los codos sobre la mesa, la cabeza gacha,
encogido, las bolsas de guisantes aún en sus hombres. Alec se sentó a su
lado, echando preocupadas miradas a su espalda.
—Señor Maynard —empezó Hyatt, —parece tener el hábito de
aparecer al lado de la Detective Mazzetti en momentos tensos.
Clay le lanzó una corta mirada.

—Eso es una maldita mentira.


Los labios de Hyatt se
torcieron, solo un pelo.
—Entonces, dígame cómo vino a aparecer en el jardín delantero de la
Detective Mazzetti esta tarde. Con un arma.
Stevie se inclinó hacia adelante.
—También me gustaría saber eso. No es que no esté agradecida, por
supuesto. También me gustaría saber donde está mi hermana. He estado
tratando de contactar con ella toda la tarde.
La cara de Clay se había vuelto inexpresiva, de nuevo recordándole
una roca tallada. Él miró a Hyatt.
—Izzy consiguió un trabajo de último momento en una boda. Le dije
que yo traería a Cordelia a casa.
Un latido de silencio pasó.
—¿De donde? —interrumpió Stevie, esperando que no dijera ‘del
ballet’. Que ella supiera, Clay Maynard nunca le había mentido. Por favor,
no empieces ahora. Por favor.
—De la heladería —trasladó su mirada a JD. —Dijo que siempre la llevas a por
un helado el día que su papá murió, pero que probablemente lo habrías olvidado.
JD hizo una mueca.
—Tiene razón. Siempre la llevo a tomar un helado. Y lo
olvidé. Stevie dio unas palmaditas a JD en la mano.
—Ella entiende lo del bebé.
—Lo hace —confirmó Clay. —Dijo que no estabas durmiendo demasiado
y que te lo recordaría en unas semanas. Y tal vez te sentirías tan mal que la
conseguirías un helado de frutas y nueces en lugar de solo un cono.
—Guau, es lista —murmuró JD.
—Sí, lo es —dijo Clay de modo triste que indicaba que hablaba de algo
más que un helado. —Antes de ir a la heladería paramos en una floristería.
Yo estaba comprando flores y ella preguntó si podía comprar unas flores
para su madre. Así no estaría tan enfadada con ella.
Stevie frunció el ceño, recordando los instantes antes de que Clay las tirara
al suelo. Antes de que las balas empezaran a volar. Lo siento, mamá. Yo solo
quería ver los caballos. Stevie se giró en su silla para ver los pies de Cordelia.
—Lleva botas. ¿Por qué?
—Porque Izzy ha estado llevándola a montar los caballos de
Daphne —dijo Clay con tranquilidad.
—Terapia equina —añadió Alec. —Izzy cree que es mejor para
Cordelia que un psicólogo.
—Ya veo —Stevie se dijo a sí misma que probablemente Izzy tenía
razón. — ¿Sabes desde cuando ha estado pasando esto?
—Unos meses —Clay dirigió esa respuesta y la que siguió a Hyatt. —
Fui a la granja a hacer una actualización del sistema de seguridad de
Daphne. Cordelia e Izzy estaban allí.
—¿Por qué necesita Daphne un sistema de seguridad en la granja? —
preguntó Hyatt.
—Por su nuevo programa de terapia equina —le dijo Clay. —En un
mes tendrá chicos, terapeutas, entrenadores de caballos, y Dios sabe quien
más en la granja. Lo mantendré seguro.
Y era una responsabilidad que claramente se tomaba muy en serio,
pensó Stevie.
—¿Así que a Izzy le llamaron para un trabajo en una boda y tú te
ofreciste voluntario para traer a Cordelia a casa?
La respuesta de Clay fue un breve asentimiento, de nuevo hacia Hyatt. No a
mí.
—¿Cómo supo que tenía que protegerlas del tiroteo? —preguntó Hyatt.
—Instinto, supongo —dijo Clay. —Vi el coche rojo, vi al conductor
llevando una máscara de esquí y hoy no hace frío. Había empezado a
moverme, creo, antes de ver el arma.
Caramelos, arco iris, flores y perritos mordedores de zapatos, pensó Stevie. Él
y Cordelia obviamente habían tenido algún tipo de conversación sobre el temor de
Cordelia a las armas y parecía haber dicho algo que impresionó a su hija.
—Instintos malditamente buenos —dijo JD bruscamente. —Buen
disparo, también.
—JD dijo que disparó una vez al coche rojo —Hyatt frunció el ceño. —
¿Cree que le dio al conductor?
Clay se encogió de hombros haciendo que una de las bolsas de
guisantes se deslizara hasta la mesa.
—No lo sé. Creo que le vi encogerse, pero sucedió demasiado rápido.
—Exactamente —dijo Hyatt aún ceñudo. —Parecía usted
remarcadamente preparado. Como si esperara problemas. ¿Por qué?
Alec abrió la boca para protestar, pero Clay le indicó silencio.
—Es justo, Alec. Disparé un arma. Esperaba la pregunta —buscó los
ojos de Hyatt. —Ya estaba bastante nervioso y alerta, y eso aumentó al
notar el coche y llevar a cabo la acción apropiada.
—¿Nervioso y alerta por qué? —preguntó Hyatt.
—Nos siguieron de camino aquí. Perdimos el coche y tomé una ruta más larga.
Sucede cuando estás en seguridad. Los clientes potenciales quieren saber lo
bueno que eres y te ponen a prueba. O a veces cabreas a alguien. Dependiendo
de quién sea podría confrontarlos, pero teníamos a la niña en la camioneta así que
cogimos el número de matrícula e íbamos comprobarla más tarde.
—¿No era el coche rojo? —
preguntó JD. —No, era blanco.
Stevie saltó hacia atrás como si hubiera tocado un
cable. —¿Blanco qué?
Clay la miró ahora, por sus ojos entrecerrados.
—Un Camry blanco, ¿por qué?
Respira. Tuvo que forzar al aire a salir de sus
pulmones. —Oh Dios.
JD se había quedado inmóvil. —
¿Dices que cogisteis su matrícula?
Clay asintió, entonces asintió hacia
Alec. —Dásela.
—Era alquilado —dijo Alec y dijo la matrícula de carrerilla.
JD se puso en pie, marcando en su teléfono mientras se alejaba un
paso de la mesa.
—¿Qué está pasando aquí? —demandó Clay. —Y no me digáis que no
es asunto mío. Los agujeros en mi chaqueta dicen otra cosa.
Hyatt se inclinó, bajando la voz porque JD estaba transmitiendo el
número de matrícula.
—El conductor de un Camry blanco disparó a la Detective Mazzetti ayer
y huyó de la escena.
Los ojos de Clay se dispararon a la cara de Stevie, pero
no dijo nada. JD volvió a la mesa.
—Gracias, Alec. No teníamos una matrícula. Ni ayer,
ni hoy. Stevie sacudió la cabeza con fuerza.
—¿Hoy? Espera. ¿Estaba el coche allí, hoy? ¿En Harbor House?
—Sacamos la grabación la cámara de la ciudad —dijo JD asintiendo.
—Vimos un Camry blanco en la calle alrededor de la hora que entraste en
el restaurante. El tráfico era muy denso a las dos cuando te encontraste
con Emma, y la matrícula del Camry estaba oculta por el coche tras él.
Ninguna de las cámaras estaba bien situada para obtener una visión clara
de la placa antes del tiroteo. Después, ninguna de las cámaras la captó.
Clay se quitó la otra bolsa de guisantes del hombro y la tiró sobre la
mesa, girando el hombro.
—¿Así que estás diciendo que el mismo tipo ha tratado de matar a la
Detective Mazzetti tres veces? —preguntó, mirando de JD y Hyatt, con voz
muy tranquila.
—Sí —dijo JD lúgubre.
Por un momento hubo silencio alrededor de la mesa.
—Pero el Camry blanco no estuvo siguiendo a la Detective Mazzetti las
últimas horas —dijo Clay, su voz disminuyó a un áspero susurro. —Estaba
siguiendo a Cordelia, sabiendo que con el tiempo las dos estarían juntas.
Stevie sintió que la sangre desaparecía de su cara del todo de nuevo
mientras los acontecimientos en el jardín delantero giraban en su mente.
—También la habría matado —entonces el significado de sus palabras
caló. — ¿Cómo sabía que Cordelia estaba contigo?
Finalmente la miró, la miró de verdad, y ella vio el temor en sus ojos.
Temor por mi hija. Y por mí. Pero cuando habló, fue con calmado control
que la tranquilizó.
—Obviamente ya sabía donde vivías. No me siguió hasta aquí. Lo había
perdido en el Parkway. Asumiendo que este tipo fuera el mismo que estaba tras
de ti, debe haberse deshecho del Camry y cambiado por el Chevy rojo y vino
directo aquí. Podría haber estado aquí antes hoy y seguido a Izzy a la granja.
Stevie se obligó a pensar así el terror no la
paralizó. —¿Dónde está la granja de Daphne?
—Hunt Valley —dijo Clay.
—El tiempo podría encajar —Stevie asintió. —Izzy y Cordelia se fueron antes
que yo. Habría estado a tiempo para llegar a Hunt Valley, después en la ciudad a
las dos. Después de disparar, había demasiados vehículos de urgencias, después
estuvimos en urgencias... tendría sentido que el tirador se echara atrás, sabiendo
que yo estaría con Cordelia en algún momento. Pero ¿por qué no venir directo aquí
después del restaurante si sabía donde vivía? ¿Por qué seguirte?
Clay cerró los ojos, su cara empalideciendo bajo su bronceado invernal.
—Habrías estado alerta a cualquier peligro tu misma para ese momento. Pero
si salieras a encontrarte con Cordelia cuando llegara a casa, serías vulnerable.
—Pero yo corrí fuera porque estabas con ella —dijo Stevie, sin
preocuparse por lo que JD y Hyatt consideraran. Clay pareció
absolutamente enfermo, y ella necesitaba entender lo que estaba
pensando. —¿Cómo podía haber sabido que haría eso?
Clay abrió los ojos, sosteniendo los de ella. Ella no podía haber
apartado la mirada si hubiera querido.
—No tenía que saber, Stevie. No si pretendía obligarte a correr fuera.
Y entonces ella entendió. Oh Dios mío. Oh Dios mío. Una agitada respiración
abandonó sus pulmones mientras trataba de respirar. Trató de evitar desmayarse.
—La habría disparado en el jardín y yo habría corrido hacia ella. Iba a
usar a mi bebé como cebo.

***

Sábado 15 de marzo, 18:50

Finalmente lo entendió. Pero Clay deseó no haber puesto esa mirada


de terror en su cara.
Tú no la aterrorizaste. El bastardo que trató de matarla a ella y su hija
lo hizo. Pero la lógica valía menos que la mierda cuando la mujer a la que
nunca había dejado de querer parecía como si hubiera sido abofeteada.
Pero sus ojos nunca dejaron los de él. Ni siquiera cuando su teniente
cubrió su mano con la suya propia.
—No dejaremos que nada le suceda a Cordelia —dijo Hyatt. —Pero
tienes que prometer que dejarás de investigar. Estás de baja. Se supone
que te estás recuperando. ¿Tengo tu palabra?
Ella asintió lentamente, su mirada aún clavada en la cara
de Clay. —Si. Por supuesto.
Al otro lado de ella, JD suspiró pesadamente.
—¿Irás ahora a una casa refugio?
Su asentimiento fue automático.
—Sí por supuesto. Empacaré nuestras cosas en unos minutos.
—Tú siéntate aquí. Haré que una de las agentes de uniforme lo haga por ti —
Hyatt se levantó para dar la orden, entonces se detuvo en el umbral. —Gracias,
señor Maynard. Me alegra que siempre parezca estar alrededor únicamente en
momentos de estrés. ¿Ha considerado volver al departamento de policía?
Clay le miró, mayormente con respeto, antes de volver su mirada a
Stevie. —De nada, teniente. Y no, señor. Ni siquiera una vez.
La sonrisa de Hyatt fue triste.
—No lo creo. JD, ¿acompañarás a Stevie a la casa segura?
—Sí, señor —dijo JD. Cuando Hyatt se hubo ido, JD se inclinó más
cerca. — ¿Dónde vas a ir realmente?
—A un sitio seguro. Pero no a una casa refugio —tan suavemente, que
Clay apenas la escuchó.
—¿Por qué? —susurró JD.
—Porque no las he encontrado a todas —dijo en el mismo tono.
Clay tomó la silla que Hyatt había dejado. Con un gesto de la cabeza
envió a Alec a vigilar a Cordelia, quien se acurrucaba alrededor de Emma
como una enredadera.
—¿Encontrar todas qué? —preguntó Clay.
—Las víctimas de Silas. He estado investigando sus viejos casos y
encontré cuatro nuevos casos donde inculpó a hombres inocentes por
crímenes que no habían cometido. Se hicieron cuatro arrestos esta semana.
—¿Por qué estás investigando sus viejos casos? —Clay frunció el ceño. —
Pensé que teníais una lista, dejada por ese abogado para el que estaba trabajando.
Lippman. Pensaba que el Departamento conocía todos los casos que
Lippman amañó y todos los policías involucrados.
—No, no todos. La lista no era completa. Cuando empecé a escarbar
en los viejos casos de Silas, encontré inconsistencias. Casos que Lippman
le pagó por amañar, pero no pudo haber amañado solo porque estaba
conmigo todo el tiempo. En alguno de ellos pudo haber sido ayudado por
conocidos polis sucios, pero no todos. Creo que hay unos pocos polis
sucios que no aparecen en la lista de Lippman.
Ella apartó la mirada y Clay se dio cuenta que había respondido todas
sus preguntas salvo una: por qué demonios estaba re-investigando los
viejos casos de su compañero para empezar. Lo averiguaría. Más tarde.
JD parecía agotado.
—¿Se lo contaste a Asuntos Internos?
—Sí, lo hice. Se lo conté a Hyatt tan pronto como averigüé lo que estaba
viendo. Eso fue el lunes y él y yo fuimos a ver a Asuntos Internos ayer por la
mañana. Los ataques empezaron al martes. No es difícil unir los puntos. Hay
una filtración en algún lugar del departamento. JD, sé que puedo confiar en ti.
En Hyatt también. Pero no estoy segura de confiar en los policías en los que
los dos tenéis que confiar para mantener a salvo una casa refugio.
—Entonces, una vez más —dijo JD. —¿Dónde vas a quedarte?
—No lo sé. Pero no voy a esconderme en tu casa, JD —miró a su compañero
resuelta. —Tampoco voy a poner a Lucy y al bebé en peligro. Y no me digas que
no estabas preocupado por eso. Quien sea que me quiera... —miró por encima del
hombro a Cordelia en la sala de estar, después articuló la siguiente palabra: —
...muerta, obviamente no está preocupado por la seguridad de los
espectadores — presionó su boca con los dedos que súbitamente temblaban.
—Esas dos mujeres del restaurante murieron hoy y Cordelia podría haber
muerto también. No quiero la sangre de nadie más en mis manos.
Clay recordó la sangre en la blusa de
Emma. —¿Qué pasó en el restaurante?
—¿No has oído las noticias? —preguntó JD alzando las cejas.
—No. Mantuve la radio apagada en la camioneta. Cordelia estaba
dormida en el asiento trasero. ¿Qué pasó?
—Un tirador —dijo JD. —Situado en el tejado del edificio al otro lado de
la calle. Disparó a través de la ventana hiriendo a Stevie y matando a una
mujer. Disparó de nuevo, matando a una segunda mujer.
El corazón de Clay empezó a latir de nuevo, no tan rápido esta vez, pero
fuerte. Tan fuerte que dolía. Ella había estado tan cerca de morir hoy. ¿Cuántas
balas había eludido? La había sostenido en diciembre, viendo su sangre
derramarse en el pavimento. No podría manejarlo una segunda vez. Había
estado cerca de perderla de nuevo. Excepto que no es tuya para perderla.
La realidad le golpeó como un bate en la cabeza. El infierno no lo es.
Había sido puesto en su camino demasiadas veces ‘únicamente en
momentos tensos’. Llámalo Destino, el Universo, los duendes... ¿Tal vez incluso
Dios? aunque realmente no importaba quien o por qué. O incluso cómo.
Porque es mía y pelearé por retenerla. Pero cómo la retendría era la
verdadera pregunta.
Definitivamente la mantendría viva. ¿Y para retenerla a su lado? Si.
Eso, también.
—Su sangre no está en tus manos, Stevie —estaba diciendo JD
seriamente. — Tú no las mataste.
—Lo sé. Pero ahora que sé que está ahí fuera y lo determinado que está, la
culpa por cualquiera al que hiera a causa de su proximidad a mi –emocional o
físicamente– recaerá sobre mí. No te preocupes, JD. Encontraré un lugar al que
ir que no ponga a nadie que me importe en peligro. Eso te incluye a ti.
JD abrió la boca para discutir y Stevie alzó una mano para detenerle.
—¿Crees que permitiría que Lucy pasara por lo que yo pasé hace ocho
años? —demandó con tranquilidad. —Tu hijo tendrá un padre. Tu… —su
voz se rompió y ella tragó saliva. —Tú tendrás un hijo.
—No puedes limitarte a desaparecer —murmuró JD. —Necesito saber
que estás a salvo. Si no sé donde estás, al menos necesito saber con quién
estás así puedo contactar contigo si lo necesito.
El latido que Clay había oído en su cabeza la mayor parte del día se
silenció súbitamente.
—Conmigo —dijo. —Ella va a venir conmigo. La mantendré a ella y a
Cordelia a salvo mientras averiguamos quien está disparándolas.
Con los ojos muy abiertos, JD miró a Clay, después a Stevie, cuyos
ojos estaban incluso más abiertos. El policía se apartó de la mesa.
—Creo que esta es mi señal para que me vaya. ¿Tienes una bolsa de
gimnasio en la camioneta, Clay? Puedo conseguirte un cambio de ropa. Si
no, tengo una camiseta que puedo dejarte.
—Si, tengo una bolsa del gimnasio con algo de ropa en el asiento
trasero. Gracias, JD.
Y él y Stevie estaban solos. Esperó a que ella hablara. No tuvo que
esperar mucho.
—Aprecio la oferta, Clay, pero no puedo
aceptar. —¿Por qué?
Ella cerró los ojos.
—No puedo hacer esto hoy.
—No tienes elección —dijo agudamente, haciendo que sus ojos se abrieran
para encontrar los de él. —Tú y tu hija casi mueren hoy. Dices que no quieres
poner en peligro a nadie por el que te preocupes, entonces ¿Dónde irías? ¿Con
tus padres? ¿Con Grayson y Paige? ¿Los pondrías en peligro?
Sus labios se estrecharon con rebeldía.
—La casa de Grayson tiene un sistema de alarma. Y un gran perro.
Clay casi sonrió. Stevie odiaba los perros, pero eso no iba a impedir que usara
el rottweiler de Paige para ganar un punto. Excepto que esto no era un juego.
—¿Así que planeas mantener a tu hija prisionera en casa de Grayson hasta
que atrapes a ese tipo? ¿Qué impedirá que elija como blanco a cualquiera que
entre o salga de casa de Grayson para sacarte fuera? Se ha hecho antes de hoy.
Ella se encogió y supo que había dado en
nervio. —Eso fue un golpe bajo, Clay.
Porque había sido su antiguo compañero Silas quien había hecho eso mismo
el año anterior cuando Grayson y Paige habían sido sus objetivos. Silas había
disparado en el jardín delantero de Grayson para sacarlo fuera. Stevie había
perseguido al tirador y dado de cara con Silas. Había averiguado antes esa misma
mañana que el hombre en el que había confiado estaba sucio, pero Clay no
pensaba que ella lo hubiera creído hasta que Silas la apuntó con un arma y huyó.
Clay había seguido a Stevie esa mañana, para cubrir sus espaldas, llegando
mientras Silas se iba. Había vigilado mientras ella llamaba con la descripción y
el número de matrícula del coche que Silas estaba conduciendo, con voz firme y
clara incluso mientras las lágrimas caían por su cara.
Había roto el corazón de Clay verlo. Casi la había cogido en sus
brazos. Había tenido el presentimiento de que no la habría importado.
Entonces. Pero más tarde ella le había rechazado. Justo mientras estaba
en su cama del hospital tres meses más tarde.
Había aceptado su rechazo. Había sido un buen chico. Lo cual no
parecía funcionarle demasiado bien. Así que ¿asestarle un golpe bajo?
Odiaba hacerlo, pero... demonios. Cualquier cosa que funcione.
—Que sea un golpe bajo no lo hace menos relevante. Es una táctica
muy usada porque funciona.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho, había desesperación en
el gesto. —Yo puedo cuidar de mi hija.
—Se que puedes —pero ¿Quién cuidará de ti? quiso preguntar. Sabiamente
se refrenó. —Pero ¿y cuando salgas a investigar? ¿Quién vigilará a tu hija
entonces? Y ni siquiera consideres decirme que te apartarás de esto solo porque tu
jefe te lo pidió. Puedo no gustarte, Stevie, pero por favor no insultes mi inteligencia.
Sus ojos brillaron salvajemente por unos
segundos. —Nunca dije eso —susurró ella.
—Al menos me concedes eso —murmuró él. —No quieres poner en
peligro a nadie por el que te preocupes, ¿correcto? Entonces yo debería ser
la elección perfecta. No tengo hijos a los que proteger, ni esposa, ni nadie.
Los ojos de ella se cerraron, lanzando una lágrima por su mejilla. Le
tomó todo lo que podía en él para no limpiársela, tomarla en sus brazos y
decirle que todo estaría bien.
—¿Por qué? —preguntó ella con voz ronca. —¿Por qué estás tan
malditamente determinado a salvarme?
Él se tragó la respuesta que ardía en su lengua. Se lo había dicho una
vez. No planeaba hacerlo de nuevo hasta estar seguro de que su respuesta
sería la que quería oír. Soy un hombre paciente, se dijo. Puedo esperar.
—Porque tu hija sueña cada noche —dijo en su lugar. —Le aterra
quedarse dormida.
—Sueña con Silas —dijo Stevie, con los ojos aún cerrados. —Le
apuntó con una pistola.
—Y solo por eso le mataría si no estuviera ya muerto. Pero eso no es con lo
que está soñando últimamente. Sueña contigo, Stevie. Siendo disparada en las
escaleras del tribunal. Lo vio en TV. Te vio caer. En sus sueños nunca te
levantas de nuevo.
Sus ojos se abrieron, llenos de nuevo horror. Y lágrimas.
—¿Ella vio eso? Oh Dios mío. No lo sabía. Pensé que se lo habíamos evitado.
—Difícil de hacer. Salió en todos los canales. Cordelia dijo que desde que
Izzy averiguó que lo había visto, solo le permite ver DVDs —la dejó llorar un
minuto que pareció una vida entera. —Stevie, escúchame. Hoy, las pesadillas
de tu hija casi se hacen realidad. No pretendo permitir que eso suceda. Sé que
no quieres que se encariñe conmigo. Izzy me lo dijo. Me dijo que eso es por lo
que no la querías donde Daphne. Es por eso por lo que traje a Cordelia a casa.
—¿Para decirme lo equivocada que estoy? —preguntó ella con amargura. —
Porque me parece que yo lo he jodido todo y casi mato a mi hija en el proceso.
—No, iba a decirte que Cordelia necesita el programa de Daphne. Que
está herida pero no quiere hacerte daño, así que no te permite verlo. Iba a
decirte que respeto tu deseo de evitar que se encariñe conmigo, que estaré
lejos de donde Daphne los sábados.
—Solo escucho 'ibas a'. ¿Qué hay de ahora?
—No puedo permanecer de brazos cruzados y permitir que sea herida.
Si se encariña conmigo en el proceso, que así sea.
—¿Que así sea? ¿Permitirías que se encariñara y entonces solo te
marcharías? ¿Podrías hacer eso?
Él no pudo evitar encogerse.
—No, solo 'me alejaré'. Pero si tú decides que no puedo verla después de
todo, no tendré elección. Tú eres su madre. Yo solo soy... —se encogió de
hombros, obligándose a decir las palabras que no quería creer. —Soy poco más
que un extraño. No querría permitir que se encariñara, solo para tener que
desaparecer. Se lo que se siente. Pero preferiría verla viva a odiarme después,
así que mi respuesta es sí. Podría hacer eso si significa mantenerla a salvo.
Stevie apartó la mirada. Fue un silencioso y largo momento. Finalmente
exhaló, hundiendo los hombros.
—¿Dónde iríamos?
¡Si!
—Tengo algunas ideas. Hablaremos de ello de
camino. Aún no le miró.
—Esto no cambia lo que dije antes. Cuando
estaba en el hospital. Necesito que sepas eso. Y
lo creas.
Él asintió con seriedad. —
Entiendo —y lo entendía.
Ella buscó sus ojos y él supo que ella había visto a
través de él. —Estoy haciendo esto por Cordelia.
—Como yo —empezó a levantarse pero ella puso la mano en su brazo,
tan brevemente que debería haber pensado que lo imaginó salvo por la forma
en que su piel ardió ante el contacto. Y por la forma que ella echó su mano
hacia atrás, acunándola con la otra como si ella también lo hubiera sentido.
—Espera —dijo. —Quiero una promesa tuya.
Sus cejas se alzaron significativamente.
—¿Quieres que prometa no tratar de hacerte cambiar de
idea? Sus mejillas ardieron.
—No. Quiero decir, sí, quiero eso, también, pero… —dejó escapar un
suspiro que lanzó a volar el flequillo sobre su frente. —Quiero que me
ayudes a averiguar quién está haciendo esto.
—Ya lo había planeado.
—No sé en cuáles policías puedo confiar. Ayudarme podría significar
hacer cosas que no son totalmente… honradas.
Él sonrió.
—¿Se supone que eso me
asustaría? Ella retorció sus labios.
—De algún modo pensé que eso es lo que
dirías. Él se puso serio.
—Si no atrapamos a quien sea que está tras de ti, estarás ocultándote
para siempre.
Sus ojos se entristecieron.
—¿Y si me voy y me llevo a Cordelia conmigo cuando esto se acabe?
Él se encontró con que tuvo que tragar con fuerza antes de hablar.
—Sobreviviré. Hasta entonces, te guardaré las espaldas —empezó de nuevo a
levantarse y esta vez ella no lo detuvo. —Haré los arreglos con JD —empujó una
de las bolsas de guisantes, ya no congelados pero aún fríos. —Deberías ponerte
esto en la cara si no quieres que Cordelia sepa que has estado llorando.
Capítulo Seis

Baltimore, Maryland. Sábado 15 de marzo, 19:00

—Lo tiene mal con ella —dijo Alec suavemente.


Emma apartó la mirada de su estudio sobre Clay y Stevie en la mesa
de la cocina hacia el joven sentado junto a ella en el sofá.
—Puedo ver eso —ajustó su abrazo sobre Cordelia, ahora dormida. —
Te preocupas por él.
—Ella le rompió el corazón. Y aquí está, alineado para que se lo rompa
de nuevo.
—Es un adulto, Alec. No estoy segura de que puedas hacer mucho
para hacerle cambiar de idea.
—Tiene una cabeza muy dura.
—Entonces esto debería ser interesante, porque la cabeza de Stevie
está hecha de sólido hierro fundido.
Los labios de Alec se curvaron.
—La conoces desde hace mucho tiempo,
entonces. —Ocho años.
—Desde que su marido murió —él asintió. —¿Normalmente te haces
amiga de tus lectores?
Ella parpadeó hacia él.
—¿Cómo supiste...?
—Te busqué en Google. Tu marido murió en un robo, justo como el de Stevie.
—Es cierto. Su hermano, Sorin, me envió un correo sobre ella,
pidiéndome conocerla. ¿Sabes lo que es conocer a alguien y sentir que la has
conocido durante años? Así fue para Stevie y para mí. Ella es una cabeza
dura, pero también es una de las personas más genuinas que he conocido.
En la cocina, Clay se puso en pie, su cara era una máscara inexpresiva. Pero
no había sido así un momento antes. A lo largo de su conversación con Stevie, un
rango completo de emociones había atravesado su cara, de la pena a la
ira. De la ansiedad a la triste resignación.
Emma alzó la mirada hacia Clay cuando se detuvo delante
de ella. —¿Cuál es el plan? —preguntó.
—¿Dónde están los policías?
—Fuera, procesando la escena del crimen —respondió Alec. —
Tenemos agentes en las puertas delantera y trasera. Una policía escaleras
arriba, empacando para Stevie y Cordelia.
Agachándose, Clay los miró.
—Ellas vienen conmigo —dijo tranquilamente.
—¿A donde? —preguntó Emma en el mismo tono
conspirativo. —No quiero decirlo hasta que nos hayamos ido.
—Bien entonces, asegúrate de que tu vehículo sea bastante grande
para uno más, porque yo voy.
—Deberías irte a casa, con tus hijos —dijo él después de negar con la cabeza
—Mis hijos están divirtiéndose con sus abuelos en el ‘Lugar más Feliz
del Mundo’. Solo estaría en el medio de su desmadre anual. Estoy libre, al
menos por unos días.
Clay frunció el ceño a la dormida Cordelia.
—Tengo que hablar contigo, lejos de sus
oídos. —Está dormida.
—Tal vez —dijo, tomando a Cordelia en sus brazos con una gentileza
que apretó el corazón de Emma.
Había algo en un hombre tosco en camiseta sosteniendo a una criatura
durmiendo que hacía revolotear a todas las mujeres. ¿Por qué había
rechazado Stevie a este hombre cuando ella sentía tan claramente algo por
él? Había estado todo en su cara en el restaurante en los momentos
anteriores a que la ventana se hiciera añicos.
Haciendo añicos vidas con ello. Así que muévete, Emma. Hay cosas
importantes que hacer.
Ella se alejó del sofá, así Clay pudo acomodar a Cordelia en él. Él lo
hizo, asegurándose de que la manta estaba apretada a su alrededor.
—No te apartes de su lado —dijo a Alec.
Cordelia abrió los ojos, entrecerrándolos.
—Quiero saber qué está pasando —dijo.
Los labios de Clay se torcieron.
—Imaginé que estabas fingiendo. Cuando sea seguro, te contaré lo que
pueda.
—Eso es lo que los adultos siempre dicen —se quejó.
—Lo sé. Pero yo no soy la mayoría de los adultos. Cuando pueda, lo haré. Lo
prometo. Puedo decirte ahora que vamos a sacaros a tu madre y a ti de esta casa.
El alivio en sus ojos fue inconfundible. —
¿Porque el hombre con el arma regresará?
—Tal vez. No voy a jugármela con tu seguridad. O la de tu madre —
apartó el pelo de su cara. —Si hay algo que quieras llevar, algo sin lo que
no puedas dormir, díselo a Alec. Él se asegurará de que es empaquetado.
Con eso se levantó e indicó a Emma que le siguiera. ¿Al baño?
Verdaderamente, ahí es donde estaba indicándole que debería ir. Él cerró
la puerta tras ellos y la movió hacia el lavabo.
—Esta es la única habitación con puerta en este piso y hay un policía
arriba. Deberías sentarte.
Ella le obedeció estudiándole mientras él la estudiaba a
su vez. —¿Qué tienes que contarme?
—¿El coche rojo, el que nos disparó? El conductor ha estado
siguiéndonos a Alec, a Cordelia y a mí, pero en un coche diferente. Lo perdí,
pero cambió los coches y vino aquí. También estaba en el restaurante. Ya
que perdió a Stevie, entonces, creo que planeaba disparar a Cordelia, así
Stevie saldría fuera. Él tuvo suerte cuando ella salió corriendo a gritarnos. Ella
estaba expuesta y demasiado enfadada para tener cuidado. Emma, necesito
que escuches. Estaba dispuesto a matar a una cría para coger a Stevie.
—Me alegro de que me dijeras que me sentara —y entonces las
implicaciones se hicieron claras y su corazón empezó a acelerarse, un nuevo
terror cayendo sobre ella. —¿Piensas que también podría ir tras mis hijos?
—Creo que es despiadado. O bien odia a Stevie o le paga alguien que
lo hace. Si tú o tus hijos fuerais heridos la mataría. No nos pongas a
ninguno en esa posición. Por favor ve a casa.
Emma se frotó la frente, todos sus pensamientos eran un revoltillo.
—Este ha sido realmente un día de
mierda. —Háblame de ello.
Se obligó a pensar con lógica.
—Mis hijos están en Disney-World con mis padres y mis suegros. Ninguno
de ellos es ‘Townsend’, mi seudónimo, así que sería difícil encontrarlos en su
hotel. Mantengo la privacidad de mi familia. No hay fotos de mis hijos en la red.
Tendrían que excavar para encontrarlos. Creo que estarán más seguros si no
llevo a asesinos locos hacia ellos, ¿no estás de acuerdo?
Clay pareció considerar eso.
—Posiblemente. Pero ¿quieres correr ese riesgo? Estabas con Stevie
esta tarde y de nuevo esta noche. Te ha visto dos veces. Claramente eres
importante para ella.
Ella entrecerró los ojos.
—Eres bueno. Ahora veo como la convenciste para ir contigo.
Su encogimiento de hombros fue modesto, pero sus ojos eran agudos.
Era mucho más que un caramelo para los ojos, eso seguro.
—Mi primera inclinación es correr a casa tan deprisa como mis piernas me
lleven —dijo ella con honestidad. —O un avión sirve, también —eso la ganó una
renuente sonrisa del hombre de aspecto severo. —Mi segunda, y quizás más
inteligente, inclinación es contratar seguridad privada para mi familia. Con
suerte, esto acabará pronto y todo lo que los chicos recordarán es haber hecho
que sus abuelos vomiten en las tazas giratorias. Algunas veces tengo
acosadores, así que ya tengo un servicio de seguridad —ella encontró su
mirada. —Necesitas a alguien que se quede con Cordelia cuando estés
investigando. Alguien en quien ella confíe. Este no es el momento de traer a
extraños a vigilarla y tú no quieres desperdiciar a tu mejor talento haciendo de
niñera. Yo puedo hacer esto. Y también puedo manejar un arma. Nunca salgo
de mi casa desarmada cuando estoy en casa —ella alzó las cejas. —Ya que tu
estado no me concede permiso para llevarla, estoy desarmada. Si no cuentas
esto —sacó una navaja de su cartera, abriéndola. Miró sus ojos abiertos. —He
sido amenazada antes, así que fui a clases de defensa personal. No soy
cinturón negro como tu compañera, Paige, pero no me asusta una pelea sucia.
Él echó una ojeada a su cuchillo cuidadosamente.

—¿Cómo conoces a mi compañera?


—Te busqué en Google. No eres difícil
de encontrar en la red. Ustedes chicos, no
tenéis perfil bajo.
Después de un momento él asintió.
—Haz que tu firma de seguridad contacte conmigo. Les
informaré. —Eso puedo hacerlo. Aprecio la ayuda.
—No te apartaré de tu familia demasiado tiempo, pero estoy agradecido por
tenerte con Cordelia y Stevie esta noche. Gracias, Emma. Lo digo en serio.
—Hmm, solo mantén que voy con vosotros entre nosotros por ahora,
¿vale? Stevie se pondrá furiosa y descubrirá nuestra tapadera —parpadeó
ante él. — Mira, aprendo rápido.
—Puedo ver eso —abrió la puerta, entonces le indicó que fuera
delante. — Después de ti.
Ella tuvo una idea mientras pasaba bajo su
brazo. —¿Qué hay de Izzy?
—Me olvidé de ella —dijo él haciendo una mueca. —Está fotografiando
una boda. Me envió un mensaje de que la recepción se extendería más allá
de la media noche y le pidieron que se quedara, pero fue antes de que todo
esto sucediera. Dejaré que Stevie decida qué contarle.
—No va a ser bonito, ver como Izzy le mintió. Pero Izzy cometió el
crimen — dijo con un encogimiento. —Tendrá que cumplir la condena.
—Eso es exactamente lo que le dije. Creo que nos va a ir bien, doctora
Walker.
Ella le sonrió con dulzura.
—Haz daño a mi amiga y no será así —se giró hacia las escaleras, sus
carcajadas le hicieron sonreír. Entonces su sonrisa se desvaneció cuando
consideró como iba a dar las noticias a Christopher. Estaría aterrorizado, lo
cual era comprensible. Porque yo también lo estoy.

***

Sábado 15 de marzo, 17:00


Robinette frunció el ceño a su reflejo en el espejo de la pared de su
dormitorio. Stevie Mazzetti aún respira. Henderson había fallado. No
solo una, sino dos veces. Robinette no podía recordar que hubiera
sucedido antes, lo cual le hizo preguntarse si Henderson estaba
bebiendo de nuevo.
Eso había sucedido antes, el soldado terminando en serios problemas.
Problemas del tipo de corte marcial. Problemas que Robinette había hecho
desaparecer. Como magia. O como ocultar un cuerpo en el desierto en
mitad de la noche, poniendo a Henderson en deuda con él para siempre.
Hasta hoy, la deuda había sido pagada con intereses. Pero hoy... el fallo de
Henderson había hecho la situación mucho peor de lo que había sido antes.
Antes solo había la posibilidad de que el incesante escarbar de Mazzetti
resultara en una conexión con Robinette. Pero ahora más gente estaba muerta.
Dos cuerpos habían sido retirados de ese restaurante esta tarde.
Robinette no sabía sus nombres. No le preocupaba. Pero la policía estaría
buscando al tirador. El alcalde apoyaría al comisionado de policía hasta que el
Departamento de Policía apareciera con un sospechoso razonable. No era
bueno para el turismo tener a gente inocente siendo disparada mientras
almuerza, especialmente en restaurantes caros del registro histórico.
La policía de Baltimore no dejaría ‘piedra sin remover’. Eso había
proclamado el comisionado a las dos docenas de reporteros en su
conferencia de prensa esa tarde. Pomposo pavo real.
Afortunadamente algunos de la armada de policías del comisionado
tenían estilos de vida más extravagantes de lo que sus lamentables
salarios de la ciudad podían soportar. Los suplementos salariales de
Robinette aseguraban que obtenía información de modo oportuno. Y que
todos y cada uno de los problemas eran rápidamente contenidos.
Si hubiera tenido hace ocho años el dinero que tengo ahora, no estaría
en este lío para empezar. Habría tenido a Mazzetti neutralizada en silencio.
Pero era pobre y estaba desesperado.
Nunca sería ninguna de esas cosas de nuevo.
Desafortunadamente, los fallos de Henderson habían alborotado el avispero.
Debía haber disparado a Mazzetti después de que dejara el restaurante, y llevado
luego a algún lugar aislado donde la bala pudiera ser retirada de su cuerpo.
No habría habido necesidad de conducir delante del jardín delantero de la
mujer. No habría casquillos de bala de camino al laboratorio forense en este
instante. Dos balas en el restaurante. Solo Dios sabía cuantas habían quedado en
el césped del jardín delantero de Mazzetti, incrustadas en la casa. Al menos dos
habían impactado en el tipo que la había protegido. Quien quiera que fuera.
Hasta ahora, nadie estaba hablando. Ninguna de sus fuentes sabía su nombre.
No era policía, de eso estaba seguro. Todo lo que sabían era que llevaba chaleco
anti balas. ¿Quién da una vuelta por la ciudad llevando un maldito chaleco?
Todas las balas eran ahora –gracias a Henderson– evidencia en una
serie de tiroteos de alto perfil. Costaría a Robinette una suma considerable
hacerlo desaparecer. Si podía arreglarlo todo.
Era momento de hacer un cambio de equipo. Hizo rápidamente las
llamadas necesarias. Primero, a la caseta del guardia para impedir la futura
entrada de Henderson. Segundo, a Fletcher y Brenda Lee, informándoles
que no tenían nada que hacer con su antiguo colega. La llamada final fue a
Westmoreland ordenándole destruir todo lo que relacionara a Henderson
con ellos. Incluyendo a Henderson.
—Todd, cariño, llegarás tarde a tu propia cena de entrega de premios
—la esposa de Robinette estaba de pie en la puerta del dormitorio, vestida
y enjoyada. —Qué te está llevando tanto tiempo?
Dejando caer el teléfono en su bolsillo, levantó impotente las
manos. —No puedo anudar la corbata.
Lisa sonrió, deslizándose por la alfombra que había costado más de lo
que su viejo había ganado en su mejor año en esa granja olvidada de Dios
que llamaba hogar. Más bien el infierno en la tierra. Había recorrido un
largo camino, chico. Una casa grande. Una hermosa y despistada esposa
de la alta sociedad. Un negocio de éxito. Respeto. Todd Robinette se había
ganado el respeto de esta ciudad.
—Déjame ayudarte con eso —dijo, anudando competentemente la
corbata. La enderezó con un tenso tirón. —¿Tienes preparado el discurso?
—Tengo el discurso —se dio una palmada en el bolsillo de su esmoquin. No era
el que Lisa había preparado, sino en su lugar el discurso corto, dulce, y al grano que
su jefa de relaciones públicas había escrito para él. Capaz de dar la vuelta a cualquier
desastre, Brenda Lee valía su peso en oro. Había sido idea suya empezar a donar
vacunas a países pobres desde el principio, estableciendo después una serie de
clínicas de rehabilitación en la ciudad para ayudar a adictos adolescentes a limpiarse
como un tributo a su hijo perdido. Lentamente pero con seguridad le habían
transformado de un hombre que había sido investigado por el asesinato de
su segunda esposa a un filántropo muy querido, honrado por los líderes de
la ciudad.
Brenda Lee era un jodido genio. Lisa era lista, pero tenía un largo
camino para superar a Brenda Lee.
No estaría feliz porque no hubiera usado su discurso, pero limaría
asperezas más tarde.
—Entonces deberíamos irnos —Lisa le lanzó una mirada seductora. —
Así podremos volver a casa.
Tomó su brazo, consciente de la imagen que transmitían juntos. Les
llamaban una ‘hermosa pareja’. Los hombres con los que se encontraría
esta noche le envidiarían. Las mujeres le querrían.
Esta sería una buena noche. Excepto que la idea de Stevie Mazzetti
viva, libre para meter la nariz donde no le llamaban era suficiente para dejar
un sabor amargo en su lengua.
Lisa tiró un poco hacia atrás, frunciendo el
ceño. —¿Qué va mal, Todd?
Se dio cuenta que había permitido que asomara su ira.
—Solo un problema de negocios. Nada que no pueda arreglarse.
Henderson está fuera, Westmoreland dentro. Y si Wes no puede
manejarlo, lo haré yo mismo. Robinette encontraba la idea extremadamente
atractiva. Probablemente porque era lo que había querido todo el tiempo.
Curvó la mano sobre su arma. —

Vamos. Voy a impresionarles.

***

Sábado 15 de marzo, 20:45

Dejaron la casa de Stevie en dos vehículos. Ella y Cordelia estaban con


JD. Paige había recogido a Clay, Alec y Emma en su vieja camioneta pick-
up mientras la camioneta de Clay –ahora acribillada a balazos– había sido
llevada a la comisaría.
Tomaron caminos separados, Clay y Paige llevaron a Emma a su hotel y Stevie y
JD supuestamente se dirigieron a la casa segura que Hyatt había preparado, con ella
y Cordelia en el asiento trasero. Su hija llevaba puesto el cinturón de seguridad pero
Stevie no. Con el arma en la mano, estaba sentada tan cerca de Cordelia como podía
sin sentarse encima de ella. Cordelia apretaba su conejo de peluche favorito, un
regalo que Paul le había comprado antes de ser asesinado. Su hija no podía dormir
sin él. Stevie no había pensado en llevarlo con ellas, pero Clay se había asegurado
que su hija tuviera cualquier cosa que necesitara para dormir.
Después de dejarla sentada en la mesa de la cocina, había estado al
teléfono sin parar, planeando. Lo único que ella tuvo que hacer fue contárselo a
su familia para que no se preocupara. Y no tratara de encontrarlas. A donde
quiera que estuvieran yendo, Clay no se lo había dicho, lo cual era enfurecedor.
Pero lógico. No lo había dicho en voz alta, por lo tanto nadie lo sabría salvo él.
¿Qué demonios estoy haciendo? ¿Cómo la había convencido de esto?
¿De que confiara en él? Había dirigido esos tristes ojos oscuros hacia ella,
flexionado los pectorales para distraerla, presionado el botón maternal de la
culpa... Epa. Detente justo ahí.
Él no había hecho ninguna de esas cosas. Sus ojos estaban tristes
porque él estaba triste. La flexión de sus pectorales era algo que Stevie
había notado porque él estaba sentado a la mesa sin camisa todo el tiempo
y ¿qué mujer con pulso no lo habría notado?
Y no había pulsado el botón maternal de la culpa. Ni una vez.
Le había dicho la verdad. Por mucho que doliera, él le había dicho la
pura verdad. Y usado la lógica.
Normalmente le gustaba la lógica. La respetaba. Pero no cuando era usada
para doblar su voluntad. Y no cuando ella estaba equivocada. Y lo estaba.
Depositó un beso en la cabeza de Cordelia. Su hija había estado sufriendo y
ella no lo había entendido. No había visto lo que su propia hija necesitaba.
—Te quiero, cariño —susurró.
—Yo también te quiero, mamá. No tengas miedo. Todo
estará bien. —Lo sé, cariño. Lo estará.
—Pedí al señor Maynard que te consiguiera un bastón negro —dijo
Cordelia. —Creo que el brillante es precioso, pero no es seguro. Cualquiera
podría verte venir desde lejos.
Stevie se encontró con que aún podía sonreír.
—Eres una chica lista, ¿sabías eso?
La dulce sonrisa de Cordelia fue un bálsamo para su
corazón. —Cuando esto acabe, ¿puedo ir a ver los caballos?
Stevie rió suavemente. Chica astuta.
—Eres hija de tu padre. Podía encantar al canto de un pájaro. Pero
entonces lo devolvía, porque se sentía mal por el pájaro.
Cordelia se tocó el relicario alrededor de su cuello.
—Tío JD, tengo el relicario que me regalaste —regalo de JD por su
graduación en el parvulario, el relicario contenía un retrato de su padre. —
El señor Maynard dijo que debería coger todo sin lo que no pudiera dormir.
Stevie pensó en la mochila junto a sus pies. Clay le había dicho lo mismo a
ella y había tenido menos de cinco minutos para considerar cuáles serían esas
cosas favoritas. Cosas prácticas. Cosas preciosas. Cosas irreemplazables. Su
ordenador. La camiseta favorita de Paul que nunca había lavado y aún tenía un
leve indicio de su aroma. El oso de peluche de su hijo. Había permanecido de
pie en el dormitorio que había compartido con Paul, casi congelada durante tres
de esos cinco minutos, tratando de decidir que coger. Los dos minutos finales
los había pasado buscando las cosas que finalmente había guardado. A
Cordelia le había llevado menos de treinta segundos. Había agarrado el conejo
de peluche y el relicario que Emma había tenido que abrochar alrededor de su
cuello. Las manos de Stevie aún temblaban demasiado para manejar el cierre.
JD las miró por el espejo retrovisor.
—Eso está bien, cariño. Tienes a tu papá en el relicario, justo ahí contigo.
—Y tu también. Saqué mi foto del otro lado y puse la tuya en su lugar.
Yo puedo verme todo el tiempo. Entonces... ¿Dónde vamos?
—A algún lugar seguro, Cordy. Eso es todo lo que sé —dijo él
seriamente, pero su voz había suprimido la risa. Cordelia era muy buena
sacando información a la gente.
—No lo sé —dijo Stevie antes de que Cordelia pudiera volver la
pregunta hacia ella. —De verdad. Ni idea.
El suspiro frustrado de Cordelia se hizo eco exactamente de los
sentimientos de Stevie. Después de conducir en círculos casi una hora, él
había girado en una carretera particularmente solitaria, cerca del
aeropuerto, pero lejos de la autopista principal.
Los faros detrás de ellos tenían tensa a Stevie. Tensó el agarre sobre
su arma, su corazón se puso al galope cuando un SUV rojo salió de una
carretera lateral delante de ellos. Estaban encerrados.
—Relájate, Stevie —dijo JD con suavidad. —Todo es parte del plan.
El SUV de color rojo se ralentizó más adelante de ellos y más faros
aparecieron detrás de ellos. Todos los vehículos habían salido de la misma
carretera lateral. Dos Escalades negros les adelantaron, uno de cada lado
del vehículo de JD. Entonces Stevie se relajó. Reconocía los Escalades.
Uno pertenecía a Grayson Smith, que trabajaba para la oficina del
Fiscal del Estado. Había sido su amigo durante años. El otro pertenecía a
Joseph Carter, hermano de Grayson y agente especial del FBI. Confiaba en
ambos hombres implícitamente.
Por supuesto también había confiado en Silas. Entonces ¿qué tan
buenos son tus instintos?
No. No vayas por ahí. Se obligó a dudar de si misma. Cordelia la
necesitaba alerta y consciente. No auto-compadeciéndose. Cuando JD se
detuvo, ella miró tras ellos, sin sorprenderse al ver la vieja camioneta pick-
up de Paige con Paige detrás del volante y Clay cargando la escopeta.
Estaban protegidas por todos los lados.
El conductor salió del SUV rojo delante de ellos y Stevie parpadeó. A la
luz de los faros el hombre parecía... diferente. Como si hubiera salido de
una película de acción. Tenía el pelo blanco y llevaba un abrigo negro de
piel que ondeaba al viento.
—¿Quién es
ese? JD rió.
—Agente Especial Deacon Novak. Trabaja para Joseph. Trabajé con él
en diciembre cuando estabas en el hospital. Es todo un carácter —una
mujer pelirroja salió del lado del pasajero. Ambos llevaban chaleco táctico y
rifles automáticos. — Esa es la Agente Especial Kate Coppola —añadió JD.
—Joseph confía en ellos. Así como yo.
—Ellos significan negocios —murmuró Stevie, conmovida y confortada.
Y sintiéndose segura.
Joseph salió del SUV hacia su izquierda y abrió la puerta del pasajero
tras él antes de abrir la puerta de Cordelia.
—Hey Cordy —dijo. —Oí que has tenido un día excitante.
—Cuéntamelo a mí —dijo ella con dramatismo, haciéndola sonreír.
—¿Vas a ir con nosotros?
—No. Pero tú vas a ir en mi Escalade. Tiene cristales anti balas —añadió
para Stevie. —Como el de Grayson. No a prueba de balas, pero es lo más cerca
2
que vas a conseguir a menos que vivas en el 1600 de la Avenida Pennsilvania.
—Entonces, está muy bien —dijo Stevie, contenta de que su voz no
temblara. —Gracias, Joseph.
—Sabes bien que no tienes que dármelas —dijo él con aspereza. —
Has salvado suficientes vidas, Stevie. Es nuestro turno de ayudarte.
Stevie supo que hablaba de la bala que había metido en la cabeza de
Marina Craig en diciembre. La siguiente bala de Marina tenía el nombre de
su prometida Daphne.
Él abrió sus brazos a Cordelia.
—Vamos, chiquitaja. Pongamos esta película en movimiento.
Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello.
—¿Está Tasha
dentro? Él resopló.
—Sí, como no. Tu madre me haría daño.
—¿Quién es Tasha? —preguntó Stevie.
—El perro de Daphne —dijo Cordelia con un pequeño gemido. —Ella
también salva vidas —añadió brillantemente. —Salvó la vida de Ford una
vez. Pregunta a Joseph. Él estaba allí.
—Es cierto —dijo Joseph, haciendo un guiño a Cordelia. —Los perros
son una excelente compañía para las niñas.
—Dios, eres tan hija de tu padre —murmuró Stevie mientras se deslizaba
fuera del asiento trasero de JD. Hizo una pausa cuando él bajó su ventanilla.
—Así que ¿lo hicisteis de este modo para poder decir honestamente a Hyatt
que me había fugado y no tenías idea de donde iba? Listo. Da a Jeremiah un
beso de su madrina. Estaré pronto para hacerlo en persona.
—Mejor que lo hagas —dijo JD con fiereza.
—Tenemos que irnos. Encontraré un modo de contactar contigo
cuando estemos acomodadas.
2
- dirección de la Casa Blanca.
El otro Escalade bajó su ventanilla, revelando a Grayson detrás del volante.
—Vamos a trabajar en esto día y noche —dijo. —No te preocupes. Te
tenemos.
—Puedo verlo. Estoy… —tragó saliva. Conmovida. —Gracias.
Paige salió de su camioneta, ayudó a Emma a salir del asiento trasero,
y la escoltó al SUV de Joseph, haciendo fruncir el ceño a Stevie.
—Emma. Se supone que no estarías aquí.
—Es más seguro así —dijo Emma. Se subió al asiento delantero con
expresión ceñuda. —Mi habitación del hotel ha sido asaltada. Todo está revuelto.
Stevie contuvo el aliento.
—¿Cuántas sucedió?
—En algún momento de esta tarde después de las dos. Que es cuando
el servicio arregló la habitación.
Todos los posibles escenarios pasaron por la mente de Stevie.
—Podrías haberte topado con ellos. Te habrían matado.
—No, no podía, porque yo no entré en la habitación. Paige lo hizo. Le
había dado mi llave porque iba a recoger mis cosas.
Stevie miró a Paige, quien asintió.
—Era un desastre —confirmó. —Alguien realmente revolvió el lugar.
Llamé a seguridad del hotel y Clay llamó a Hyatt para informarle. Está en ello.
—¿Pero qué estaban...? —el resto de la pregunta se atascó en la
garganta de Stevie porque sabía qué estaban buscando. A quien estaban
buscando. —Tú. Emma. Te querían a ti, porque podías conducirles hasta
mí. Estabas conmigo en el restaurante y ahora también eres un objetivo.
Tienes que salir de aquí. Tienes que ir a casa.
Emma estaba temblando, pero el brillo de sus ojos indicaba que había
ira junto con el temor.
—Estoy más segura aquí, por ahora.
Clay no había pulsado el botón de la culpa en ella, pero Stevie estaba
más que cómoda pulsándolo en Emma.
—¿Entonces qué hay de tus hijos? ¿Están más seguros?
—Sí, lo están. Si alguien busca en mi habitación, podrían estar vigilándome en
los aeropuertos esperando que vaya a casa. Si lo hago, los guiaré directos a ellos.
Nadie sabe donde están ahora mismo excepto sus abuelos y Christopher. Las
reservas del hotel en Disney de mis padres y los planes de viaje de Christopher
estaban en mi portátil, pero los ladrones no lo tienen porque no lo traje conmigo.
Prometí a Christopher unas vacaciones sin trabajo cuando fuera a Las Vegas, así
que lo dejé en casa. Se lo he notificado a la policía de nuestro barrio en Florida.
Nuestra casa está intacta. Hice que un amigo entrara y sacara mi portátil de allí.
—También ha contratado seguridad privada para cuidar de su familia —dijo
Paige. —Pero sus hijos son irrastreables. Tu amiga es una chica lista, Stevie.
Y terca como una mula, Stevie lo sabía. —
Emma, siento muchísimo que esto sucediera.
Emma se giró en su asiento para clavarle la mirada.
—Esto no es culpa tuya. No me hagas decírtelo de nuevo, o te haré
daño. Stevie echó una mirada a su pequeña amiga y giró los ojos.
—Como si pudieras.
—No menosprecies a la doctora —dijo Paige. —La chica tiene ciertas
habilidades. Veré que tenga algo de ropa, Emma. Y recogeré a su esposo en el
aeropuerto mañana. No se preocupe —captó la mirada de Cordelia e hizo una
reverencia. —Te esperaré de vuelta en clase la semana que viene. ¿Vale?
—Si. Sensei Holden —dijo Cordelia respetuosamente.
Paige se asomó dentro del Escalade.
—El VCET encontró el Chevy rojo —dijo en un bajo murmullo.
Stevie frunció el ceño. El VCET era el Equipo Conjunto para Crímenes
Violentos, una fuerza conjunta FBI/Policía de Baltimore, dirigida por Joseph Carter.
—¿Cuántas se hicieron cargo del caso?
—Probablemente mientras estabas en Urgencias —Paige frunció el ceño de
nuevo. —Que es cuando deberías habernos llamado. Habríamos estado allí por ti.
—Lo siento —dijo Stevie, bajando la mirada. —Debería. No estaba pensando.
—Lo sé. Fuiste atacada y tu cerebro se frió. Pensé que Hyatt te habló
del VCET.
—Debería, pero no lo hizo. Nadie me dijo nada. Lo que no
está bien. Paige se encogió de hombros.
—Están tratando de cuidar de ti, tratando de asegurarse
de no disgustarte más. Están siendo parcos con la
información. Estoy en desacuerdo con sus tácticas.
—Yo también —y confrontaría a Clay sobre ello cuando quiera que
llegaran a donde demonios fueran. —¿Dónde encontraron el Chevy rojo?
—A unos treinta kilómetros de tu casa, junto a la carretera —Paige se
encogió un tanto. —Quemado.
—Mierda —cualquier evidencia forense voló como el humo.
—Lo sé —Paige miró sobre su hombro. —Viene Clay. Puedes gritarle
por ocultarte secretos más tarde.
—Lo haré. Gracias, Paige. Lo aprecio.
Clay se puso detrás del volante del Escalade de Joseph y su pequeño
convoy empezó a moverse, todos los vehículos moviéndose alrededor, así
su SUV estaba en el centro de nuevo.
—¿Cuál es el plan, Clay? —preguntó Stevie con firmeza.
—Conduciremos hasta que lleguemos allí. Cogemos a los chicos
malos. Seguimos vivos. Fin.
—Divertido. Tienes que dejar de ocultarme información por mi propio
bien. Por favor.
—Bien. Vamos al este. Tengo un sitio seguro para ocultarnos con Cordelia y
planear nuestros siguientes pasos. Está localizado en una pequeña ciudad en la
costa este de la que probablemente nunca hayas oído hablar. La propiedad es
accesible por tierra por una carretera de grava y por mar por un solo muelle.
—Defendible —murmuró
ella. —Esa es la idea.
—¿A quien pertenece? —
preguntó. Él dudó.
—A mi padre.
Stevie parpadeó sorprendida. Nunca había oído a Clay hablar de su
familia. —¿Y tu madre?
—Murió —dijo quedamente. —Hace unos años.
—Le gustaban las flores amarillas —susurró Cordelia. —El señor
Maynard compró algunas para ponerlas en su tumba. Pero no lo consiguió.
Porque alguien nos disparó en mi jardín delantero, pensó Stevie, las
flores que Cordelia había sostenido ahora tenían más sentido.
—Lo siento —dijo y él se encogió de hombros.
—Cosas que pasan —se aclaró la garganta. —En cuanto al resto del
plan más inmediato, cuando lleguemos a la carretera principal, nos
separamos. Paige volverá al hotel de Emma. Se quedará en la habitación
por si quien quiera que la revolviera regresa, esperando encontrarte allí.
—¿Es el cebo? —preguntó Stevie, horrorizada.
—Es un cebo entrenado —replicó Clay. —Si una persona puede cuidar
de si misma, esa es Paige.
—¿Grayson sabe esto?
—Fue idea suya.
—En realidad, Paige le hizo creer que fue idea suya —corrigió
Emma. Clay se encogió de hombros.
—Como sea. El resultado es el mismo. —
¿Qué hay de Alec? —preguntó Stevie.
—Lo dejamos en mi oficina —dijo Clay. —Podemos necesitarle para
hacer búsquedas para nosotros una vez empecemos a escarbar más
profundamente en esta situación.
—¿No tiene un portátil?
—Por supuesto, pero puede buscar más rápido desde el ordenador en
la oficina.
—Estoy preocupada por él. Estaba allí cuando pasó el tirador, justo
como Emma. ¿Y si le persiguen?
—Alec es más resistente de lo que parece —dijo Clay suavemente, —
Grayson y Joseph irán a casa de tus padres. Hyatt les cedió un equipo de
protección, pero no vamos a correr ningún riesgo. JD está conduciendo a la
casa segura que Hyatt ha preparado para informarle de que no vas.
—Hyatt va a disgustarse —dijo Stevie, mordiéndose el labio. —No me
gusta engañarle. Pero no sé a quien ha metido en esto.
—JD está preparado para aceptar lo que sea que Hyatt
reparta. —Lo sé, pero...
Emma suspiró sonoramente.
—Tú harías lo mismo por JD, Stevie, y lo sabes. Así que cállate.
Sí, haría lo mismo por JD, pero a él no le gustaría más de lo que le
gustaba a ella. Lo que no era todo.
—¿Qué hay del SUV rojo, el de la gente de Joseph?
—Nos siguen todo el camino y permanecen en guardia —
dijo Clay. —¿Durante cuánto tiempo?
—Durante el fin de semana, al menos. Se ofrecieron voluntarios para el
trabajo.
—Pero… —frunció el ceño. —Nunca me han conocido.
—No lo necesitaban —dijo Clay quedamente. —Guardan las espaldas
de Joseph y Joseph la tuya. Esos dos harán el turno de noche. Dos más
harán el de día. Tampoco te conocen. Tienes un montón de amigos, Stevie.
No tienes que hacer esto sola.
Se le cerró la garganta, con la emoción
abrumándola. —Oh —fue todo lo que pudo decir.
—¿Alguna pregunta más? —preguntó Clay. Amablemente,
pensó ella. —No. No por el momento.
Capítulo Siete

Baltimore, Maryland. Sábado 15 de Marzo, 21:45

Finalmente Sam Hudson había sido capaz de conseguir que su madre se


durmiera. Su pecho subía y bajaba con normalidad, pero sus mejillas estaban
surcadas por las lágrimas que había derramado mientras lloraba al dormirse.
¿Cuántas veces de niño había estado tumbado en su cama, escuchando
los sollozos que ella trataba de amortiguar? Demasiadas. Se había tapado los
oídos cuando era joven. Después, se había obligado a escuchar, a imaginar
los morados en su cara. Y había fantaseado con todas las formas en que
podía matar a su padre y hacerle verdaderamente daño.
Mirando el anillo que su madre había dejado tan cuidadosamente en su
mesilla, Sam recordó cada una de esas fantasías. Cuando había sido más
joven le habían traído una especie de honda satisfacción.
Esta noche, sin embargo, le habían llenado de pánico. Había deseado
desesperadamente que su padre muriera. Sobre la base del paquete que le
había sido enviado, parecía que su deseo se había hecho realidad.
¿Cómo había muerto su padre? ¿Sobredosis de drogas? ¿Asesinado?
¿Quién lo había hecho?
El pánico le atravesó de nuevo junto con el vívido recuerdo de despertarse
solo en una sucia habitación de hotel junto a un arma recientemente disparada.
Su padre había desaparecido al mismo tiempo. Ocho años como policía habían
enseñado a Sam la improbabilidad de las coincidencias.
¿Yo? ¿Pude haber sido yo?
No. Yo no pude. Su madre había amado al bastardo, por razones que
Sam nunca había sido capaz de entender. Sam no habría separado a su
padre de ella. Pero algo... ¿alguien?... lo había hecho. La incertidumbre le
hizo temblar. Dios me ayude, ¿pude haber sido yo?
Deja el pánico. Cálmate y piensa como un maldito policía.
Cerró la puerta de su madre y se deslizó escaleras abajo a su sala de
estar. Con mano temblorosa, saco la caja de cerillas del bolsillo, la dejó en
la mesita del café, y después se hundió en el sofá mirando el vacío.
El Rabbit Hole. La caja de cerillas trajo el recuerdo de aquella noche
con sorprendente detalle, la primera hora, al menos. Solo había ido al bar
porque un viejo compañero tenía allí su despedida de soltero. Pero cuando
había llegado, no había encontrado la fiesta. No estaba allí.
Bueno, había un montón de gente allí, pero nadie a quien conociera.
Nadie a quien quisiera conocer.
Había pensado que la fiesta aún no había llegado, así que había pedido una
cerveza. Si sus amigos no habían aparecido para cuando se acabara la cerveza,
iba a irse. Mantuvo los ojos hacia si mismo, no queriendo mirar a ninguno de los
otros clientes cuyos ojos estaban pegados a las estríper en el pequeño
escenario. Solo había levantado la mirada una vez. Una camarera le había
servido su cerveza, después le había preguntado si quería comprar un baile.
Cuando le había mirado a la cara, había sentido una confusa mezcla de lujuria,
pena y repulsión. Ella tenía tal vez dieciocho años y ya tenía la mirada de una
vieja prostituta usada. Le había dado uno de veinte y dicho que se alejara.
Lo siguiente que Sam había sabido fue treinta horas después y estaba
despertándose, congelado y apestando a bebida agria.
Justo como su viejo. Había sido su primer pensamiento. Soy como mi viejo.
Entonces su mirada había recaído en el arma en el suelo junto a él y su auto
desprecio había cambiado abruptamente a temor. Oh Dios mío. ¿Qué he hecho?
La entrega de esa caja de cerillas era un mensaje, uno que se sentía
como una amenaza. Para mí.
¿Qué había hecho? Sam respiró profundamente y se puso en pie. Era
hora de averiguarlo.
Bajó las escaleras del sótano, pasó la lavandería de su madre, sus
pasos eran infalibles incluso en ese negro agujero. Había hecho ese
recorrido bastantes veces en su vida para conocer el camino a ciegas. Se
detuvo en el viejo espacio que su familia usaba como almacén. En algún
lugar, en todas las cajas, estaban los recuerdos de tiempos mejores.
Fotografías de Sam como bebé, como niño pequeño, como párvulo. Todas
tomadas antes de que su padre se hubiera convertido en adicto.
Todas las cajas estaban vacías de cualquier cosa valiosa. Su padre
había rebuscado en las cajas durante años, empeñando las pertenencias
de la familia para comprar drogas.
Sam no había estado exento. Su colección de cromos de béisbol había
desaparecido de una de las cajas, junto con la cartera que había heredado de
su abuelo materno. Su padre había robado incluso el tarro de monedas que
había ganado cortando el césped. Amargado, Sam se había vuelto inventivo.
Se movió agachado entre las cajas, sintiendo el camino a lo largo de
los ladrillos que formaban la pared trasera del espacio de almacenamiento.
Empujando el decimocuarto ladrillo, lo sacó de la pared y cuidadosamente
lo dejó en el suelo. Cuatro ladrillos se unieron al primero, revelando el
pequeño agujero que había excavado en la suciedad a los trece años,
determinado a que su padre no le robara más.
Su padre nunca había encontrado el escondite. Nadie lo había hecho.
La caja de metal estaba fría para sus dedos mientras Sam la sacaba. Era
pesada, llenándolo de temor y alivio. Sacando su teléfono móvil iluminó la caja
con él mientras cuidadosamente la levantaba y miraba dentro. Envuelto en papel
de periódico estaba el revólver, sus seis recámaras vacías. Las cuatro balas que
había encontrado cargadas estaban en una bolsita, también en la caja.
Como poli novato en ese momento, había comprobado ávidamente a
diario los informes policiales durante semanas después de despertar en
esa habitación de hotel en busca de heridos en tiroteos cuya arma no
hubiera sido encontrada, pero nada había surgido. Finalmente había
concluido que el arma no había alcanzado a nadie.
Pero ahora, con el momento de esta entrega... tenía que preguntarse si
había concluido correctamente.
Había odiado tanto a su padre entonces. Su temor secreto siempre
había sido que hubiera matado al hijodeputa en un ataque de rabia etílica.
¿Y si lo hiciste? ¿Se lo dirás a tu madre? ¿Se lo contarás a alguien?
Sam dejó escapar un suspiro. Sí. No. Demonios, no lo sé.
No sabía las respuestas a ninguna de esas preguntas. Justo ahora
necesitaba una respuesta concreta, qué, si los había, crímenes se habían
perpetrado con este arma concreta.
Subió por las escaleras y salió a su coche, guardando la caja de metal
en el maletero. Mañana pondría las ruedas en movimiento. Rogaba que el
resultado no arruinara su vida.
***

Sábado 15 de marzo, 23:30

Apretando los dientes, Henderson se centró en la opaca pintura de un


paisaje en la pared de la habitación de hotel y se las arregló para no gritar.
—Maldita sea, esa aguja duele.
Fletcher alzó la mirada con una mueca que era a la vez hostil y airada.
—Si lo quieres sin dolor, ve a un hospital. Tú me llamaste para coserte,
¿recuerdas?
Porque Henderson no había sabido a quien más
llamar. —Me sorprende que aparecieras.
Fletcher estaba concentrado en el hombro de Henderson, y si la
expresión de la cara del director químico de Robinette era un indicativo del
diagnóstico, no parecía bueno.
—Supongo que una vez doctor, siempre un estúpido —musitó Fletcher.
—Me pusiste en un compromiso al llamarme.
—No pude conseguir que Robinette respondiera a mis llamadas. Me estaba
desesperando. Traté de llegar a mi apartamento pero había un incendio cerca.
Demasiados vehículos de emergencia para arriesgarse a acercarse.
—Robbie fue a una cena de entrega de premios. Yo llegué tarde.
—Oh. Me olvidé de eso. De todos modos, me figuré que aún sabes
cómo coser una costura recta. Nos cosiste a todos más de una vez —el
confinamiento en la tienda médica era uno de los mejores recuerdos de la
guerra de Henderson. El dolor había sido horroroso, pero la tienda había
ofrecido un... santuario. Un poco de paz, algo de tiempo para reponerse
antes de coger sus armas y volver fuera de nuevo.
—Y mira donde me llevó —fue la gélida réplica de Fletcher.
Fletcher era una de las víctimas de la guerra, pero del tipo que gustaba
barrer bajo la alfombra.
Después de remendar demasiados cuerpos desgarrados, Fletch había
sufrido una crisis mental. Una mala. De la clase que venía con una licencia
médica por 'desorden mental', evitando que Fletcher practicara la medicina
como civil durante años, tal vez para siempre.
—No creí que el jefe apreciara que me dejara caer en un hospital —dijo
Henderson, cambiando de tema cuando Fletcher empezó a suturar de
nuevo. — Tendrían que informar de un agujero de bala.
La barbilla de Fletcher subió, sus ojos se encontraron. Y las tripas de
Henderson se hicieron un nudo.
—¿Qué? —exigió Henderson. —¿Qué no me estás diciendo?
La mirada de Fletcher cayó. Retomando de nuevo la sutura.
—Robinette estaba muy enfadado con tu... ejecución de sus
órdenes. —¿Qué tan enfadado?
—Estás... estás fuera.
—Fuera. ¿Como fuera de rotación? Eso es una
mierda. Fletcher no alzó la mirada.
—No, fuera. Te despidió. Asignó Mazzetti a Westmoreland.
Henderson saltó y la aguja de Fletch pinchó un nervio, irradiando dolor
por todas partes.
—¿Qué demonios? ¿Me despidió? —nadie había sido despedido de la
organización antes. Nadie. —Limpio los desastres de Robinette cada día y
cometo un error y ¿me despide?
—No cometiste un error, Henderson. Cometiste dos realmente grandes.
Ambos en las noticias. Ambos crearon enemigos en la policía. Y ambos
dejaron evidencias detrás.
—Esas balas no eran rastreables y tú lo sabes.
Fletcher se encogió de hombros sin comprometerse.
—Todo es rastreable si eres lo bastante listo. ¿Qué hay de esta herida?
Tuviste que dejar un rastro de sangre hasta aquí.
—No lo hice. Me ocupé de la herida personalmente, y después me
deshice del coche. Nadie encontrará una gota de sangre que puedan usar
contra mí. No puede despedirme.
—Notificó a la caseta de guardia que nunca habías sido personal de la
empresa. Limpió tu despacho en las instalaciones. Si tratas de iniciar un
contacto, te delatará como un veterinario al que una vez conoció, pero que
sabe que está mentalmente desequilibrado. Todos y cada uno de los
disparos que hiciste hoy son tu total responsabilidad. Y... ¿el incendio cerca
de tu apartamento? era tu apartamento. Dio la orden de quemarlo.
La mandíbula de Henderson cayó de la
sorpresa. —¿Quién preparó el fuego?
—Probablemente Westmoreland. Siempre has sabido el precio del fallo —
Fletcher asintió con amabilidad. —Nada de esto debería ser una sorpresa.
—Hice lo que me dijo que hiciera. —
Abriste fuego en un restaurante
repleto. —Él me dijo que fuera allí.
—A esperarla. Para seguirla a algún lugar aislado y matarla allí. No
seguirla a su casa a su jardín delantero y dispararla delante de testigos.
Cinco, si incluyes a su hija.
—No fue específico. La quería muerta. Muchas personas estaban
disparándole. Pensé que un despliegue público encajaría con los otros intentos.
—Podría, excepto que la policía sabe que te hirieron. Han emitido una
orden sobre ti en todos los hospitales y clínicas de la zona.
—¿Sobre mí, específicamente? —la mano de Fletcher estaba fría
contra la frente de Henderson. —¿O sobre cualquiera al acecho?
—Sobre cualquiera con una herida de bala. No saben tu nombre —
Fletcher frunció el ceño. —Estás ardiendo. Esta herida está infectada. No
tengo ninguna medicina para tratarla.
Era cierto. El hombro de Henderson estaba en
llamas. —¿Puedes traerme algo?
—Solo el vodka que te traje de mi propio mueble bar. Se supone que ni
siquiera estoy aquí. Fletcher levantó la vista, frustrado.
—Robinette prohibió a todos ayudarte. Estás fuera.
Fuera del trabajo. Fuera de la única familia que Henderson había
conocido. —Entonces ¿por qué estás aquí?
Fletcher cortó la sutura final, después vendó la herida.
—¿Porque soy un jodido loco?
—Solo en la mayoría de términos médicos —dijo Henderson
irónicamente y Fletcher se rió.
—Te echaré de menos, Henderson —el ex-médico hizo un rápido
trabajo recogiendo los suministros usados.
—Lo digo en serio. ¿Por qué te arriesgaste viniendo a
ayudarme? Fletcher apartó la mirada.
—Porque él está equivocado despidiéndote. Robinette olvidó la regla principal
‘no dejamos a nadie atrás’. Me pregunto si está empezando a creer su propia...
—¿Su propia qué?
Una sacudida de cabeza puntualizó las siguientes
palabras. —No. no voy a ir por ahí.
—¿Su propia prensa? ¿Tal vez Brenda Lee hizo demasiado buen trabajo
de relaciones públicas rehabilitando su imagen? ¿Tal vez está empezando a
creer que realmente es un buen tipo? ¿Es eso lo que ibas a decir?
—Déjalo, Henderson.
—No puedo. No es como si fuera a conseguir un trabajo en cualquier
otro sitio, ya sabes. O antibióticos, ya que estamos. Esto no es correcto,
Fletch, y ambos lo sabemos.
—Me voy ya.
Henderson se giró para ver a Fletcher dirigiéndose a la puerta de la
habitación del hotel.
—¿Y Lisa? ¿Entró ella en tu decisión?
Fletcher se giró con ojos fríos y
entrecerrados. —¿Perdón?
—Vamos. Un tonto podría ver cómo te sientes acerca de Robinette.
Y Lisa. —El es mi jefe. Lisa es su esposa.
Esposa fue dicho con suficiente amargura para confirmar las
sospechas de Henderson. Si Fletcher se enfadaba lo suficiente, Henderson
podría ser capaz de hacer del ex-médico un aliado interno.
—Fue a esa cena de corbata negra para honrar su ‘filantropía’ esta noche con
Lisa colgada de su brazo, engalanada con las joyas de su papi. Es rica, le consigue
entrar en los círculos correctos. Está orgulloso de llevarla del brazo. Y
también escuché que es una tigresa en el catre.
Fletcher se encogió, empalideciendo.
—Tú, desagradecido pedazo de mierda. Corro el enorme riesgo de
venir aquí, y ¿así es como me lo pagas?
Mierda. Demasiado tarde Henderson se dio cuenta del error de
presionar los botones de Fletcher.
—Lo siento, Fletch. Me enojé y
salté. Un frío asentimiento.
—Atribuiré tus comentarios a la fiebre que desafortunadamente no va a
matarte. Pero aún puedo tener la esperanza de que duela como un demonio.
—Es justo. Y como sabes, duele como un demonio. ¿Vas a contar a
alguien que estoy aquí?
—No. Porque tienes razón. Robinette nunca hará pública nuestra relación.
No es esa clase de hombre. Si me quedo con él, es con total conocimiento de
ese hecho —las cejas de Fletcher se alzaron. —Y porque estoy a punto de
hacerle ganar una burrada de dinero, el veinte por ciento del cual es mío. No voy
a ceder con el dinero, no importa que culo tenga que besar. Mantén las suturas
secas. Si puedes conseguir penicilina, tómala. Si no puedes, mantén la herida
limpia y usa agua oxigenada cuando cambies las vendas.
Henderson soltó el aliento cuando la puerta se cerró silenciosamente. Fletch
estaba enamorado de Robinette. Henderson se preguntó si su jefe lo sabía.
Ex-jefe. Porque me han dejado de lado. Henderson se preguntó con
amargura si un golpe limpio con Mazzetti podría arreglar las cosas con
Robinette. ¿Pero regresaría?
Vergonzosamente la respuesta era sí. En parte porque Robinette había sido
el jefe tanto tiempo que Henderson aún no podía pensar en trabajar para nadie
más. En parte porque la deuda de Henderson con Robinette iba más allá de la
simple gratitud. Me salvó la vida una vez. Me salvó de una corte marcial.
Pero mayormente por el dinero. Fletcher iba a conseguir el veinte por
ciento de lo que quiera que el laboratorio hubiera estado desarrollando el año
pasado. Henderson había arriesgado la vida y miembros entregando artículos
extremadamente ilegales y peligrosos de Robinette en los rincones más
sucios y dejados de la mano de Dios de la tierra durante los últimos siete
años. Nunca se me ofreció un veinte por ciento. Solo conseguí la paga.
Si regresara, sería como socio. Henderson se preguntó por el
escándalo que había atormentado a su jefe ocho años antes.
¿Puedo usarlo contra Robinette? ¿Puedo hacer que me dé un
porcentaje? ¿Puedo siquiera confiar en él de nuevo? Lo último era un gran
y gordo no. Pero regresar con los ojos totalmente abiertos ofrecía algún
atractivo. El menor del cual era la venganza.
Quitarme el trabajo, joder. ¿Me borra de los registros como si nunca
hubiera vigilado su espalda durante de dos viajes al infierno? Le veré
muerto antes de dejarle hacerme a un lado así.
Pero la idea de Robinette muerto... no. No puedo hacer esto. Por mucho
que le odie, no puedo matarle a sangre fría. Lo cual era raro, tenía que admitir
Henderson. Como jefe de la plantilla de limpieza de Robinette, Henderson
había asesinado a sangre fría en el pasado. Pero eso no incluía a Robinette.
Si él me apuntara con un arma, tal vez podría matarle. Pero ¿de otro
modo? No. No puedo hacer eso.
Yaciendo en la cama, Henderson hizo a un lado todas las cuestiones,
la furia y la confusión. Ahogó toda esa emoción en el vodka de alta calidad
que Fletcher había dejado.
Habría tiempo para planear mañana. Esta noche era para dormir.

***

Wight´s Landing, Maryland. Sábado 15 de marzo, 23:45

La casa de playa de dos pisos se parecía a muchas de las otras que


habían pasado. Excepto por los dos metros de valla de hierro que la
rodeaban. Ninguna de las otras casas tenía una valla como esa.
Segura, había prometido Clay. Había cumplido. La sensación de Stevie
de bienestar subió otra muesca. Junto con su admiración hacia el hombre
tras el volante. No quería estar impresionada por él. Agradecida hacia él.
Pero lo estoy, ambas.
El camino de entrada estaba bloqueado por una puerta enorme, la cual
se abrió cuando Clay activó un control remoto. Entró en el recinto y esperó
a que la puerta se cerrara antes de levantar la puerta del garaje, revelando
un gran espacio vacío ocupado por un único sedán último modelo.
El SUB rojo que los había seguido todo el camino desde Baltimore se detuvo
del otro lado de la puerta, aparcando en diagonal para bloquear el camino. Stevie
se giró en su asiento para ver emerger a los dos agentes especiales que
trabajaban para Joseph, rifles en mano, para empezar a recorrer la propiedad.
Entonces la puerta del garaje bajó y Clay apagó el
motor. En el silencio, Cordelia suspiró.
—¿Finalmente estamos aquí?
—Estamos —respondió Clay. —Justo a tiempo para la hora de dormir
de una niña. Vamos dentro. Mi padre debería tener todo preparado para ti.
—Tiene baño, ¿verdad? —preguntó Cordelia. —Porque de verdad, de
verdad tengo que ir.
—Tiene tres baños —dijo Clay, ayudándola a salir del vehículo.
Stevie reunió su mochila y el bastón, preparada para abrir la puerta, pero
Clay la echó atrás, abriendo primero la puerta de Emma, después la suya.
Emma salió de su asiento con una mueca.
—Espero que uno de esos baños tenga una bañera. Vendería mi alma
por un baño caliente —se apresuró a entrar a la casa, dejándolos solos.
Stevie miró la mano que le tendía, debatiendo sobre lo juicioso de tocarle.
—Es una mano —dijo, la impaciencia agudizó su tono. —No una
proposición de matrimonio.
Se reforzó a sí misma y tomó su mano, arreglándoselas para sofocar
su aliento contenido, pero no el estremecimiento que recorrió su espina
dorsal. Su mano estaba caliente. Repentinamente, lo estuvo ella. No estaba
sorprendida por su respuesta a él. Sucedía cada vez que le tocaba.
Tan pronto como sus pies estuvieron firmes en el suelo de cemento, él
la soltó, dando un paso atrás.
—Te mostraré donde dormirán —se giró hacia la puerta, llevándose la
calidez con él.
Ella se estremeció de nuevo, esta vez de frío, tanto por la temperatura
en el garaje como por la fría recepción que él había presentado.
—Me gustaría quedarme con Cordelia —dijo a su espalda. —Por favor.
—Supuse que eso harías. Está arreglado —sostuvo la puerta de la
casa abierta para ella. —¿Puedes arreglártelas sola con las escaleras?
Había dos escalones para llegar a la casa y ningún pasamano para que
se sujetara. Soltó un frustrado aliento.
—No esta noche —admitió. —Estoy demasiado cansada.
Antes de que pudiera parpadear, él envolvió el brazo alrededor de su
cintura, subiéndola sin esfuerzo los dos escalones, y la soltó. De nuevo, dio
un paso atrás, indicándole que le precediera.
—Después de ti.
Había dado unos torpes pasos cuando escuchó el sonido de múltiples
cerrojos. Pero cuando miró sobre el hombro, él estaba moviendo el único
cerrojo de la puerta. La curvada manilla era la única otra pieza visible.
—¿Qué hiciste?
—Puerta de seguridad —dijo sucintamente, mostrándoselo. —Tiras de
la manilla hacia arriba y unas barras se extienden verticalmente desde la
parte superior e inferior de la puerta. Se cierran en la jamba, que es de diez
centímetros de acero. El cerrojo extiende barras horizontalmente. Romper
la puerta requiere un martillo neumático.
Guao.
—¿Son todas las puertas como
esta? —Sí.
—¿Y las ventanas?
—Resistentes a las balas, incluyendo rifles de alta velocidad. Nadie va
a entrar en esta casa. Puedes dormir esta noche, Stevie. Os prometí que tú
y Cordelia estaríais seguras. Aquí, lo estaréis.
Sus hombros se hundieron.
—Gracias —entonces su corazón se elevó ante el sonido de la risa de Cordelia.
Había pasado mucho tiempo desde que había oído ese sonido. Demasiado.
Se apresuró a cruzar la gran cocina tan rápido como se lo permitió su
pierna, haciendo una pausa tan solo para olisquear el aroma que venía de
la burbujeante olla al fuego.
—Dios, eso huele bien.
—Estofado de carne —dijo Clay. —Papá supuso que estaríais hambrientas.
—Supuso bien —abrió la puerta batiente y se encontró en una gran
habitación con techos altísimos y una ventana gigante que miraba a la bahía de
Chesapeake. Imaginaba que las vistas serían increíbles cuando salía el sol.
Se preguntó cuánto había costado un cristal resistente a las balas para
una ventana de ese tamaño. Y por que la casa de playa del padre de Clay
Maynard tenía cristales resistentes a las balas y estaba preparada como
Fort Knox. Pero por el momento, realmente no le preocupaba el por qué.
Solo estaba agradecida por ello.
Y entonces vio la razón de la risa de Cordelia. Su hija estaba
arrodillada en un rincón de la gran sala donde cuatro perritos retozaban. El
que había cogido estaba lamiendo afanosamente su cara.
—Por supuesto tenías que tener perros —murmuró Stevie con un suspiro.
Pero entonces Cordelia chilló, riendo salvajemente, y Stevie se
encontró agradecida también por los perros.
Cordelia miró sobre el hombro con una sonrisa
encantada. —¡Mamá, tiene perritos!
Stevie fue incapaz de no devolverle la
sonrisa. —Lo sé, cariño. Puedo verlos.
Y podía sentir a Clay. Él estaba de pie junto a ella, justo lo suficientemente
cerca para que el calor de su cuerpo enviara otro estremecimiento por su piel.
—Perdón —dijo él y caminó rodeándola, teniendo cuidado de no tocarla.
Se arrodilló junto a Cordelia y cogió uno de los otros cachorros,
sosteniéndolo contra su ancho pecho.
—Han crecido. La última vez que los vi eran la mitad que ahora.
—¿Qué edad tienen? —preguntó Cordelia. —¿Son chicos o chicas?
¿Qué clase de perros son? ¿Cómo se llaman? ¿De quien son? ¿Dónde
están su papá y su mamá?
Clay se echó a reír.
—Alrededor de ocho semanas. Dos de cada. Son Retrievers de la
Bahía de Chesapeake. Tú tienes a Mannix. Esos son Rockford y Pepper.
Yo tengo a Beckett —frunció el ceño. —¿Qué más preguntaste? Oh.
Pertenecen a mi padre. Y sus padres están por ahí en alguna parte.
La puerta de atrás se abrió, permitiendo la entrada de un chorro de frío aire
salado, así como a un hombre que llevaba una gorra de béisbol de los Orioles, y
dos grandes perros castaños cuyos rizados pelajes estaban jalonados de gotas
de agua. Los perros empezaron a correr hacia Clay, pero el hombre ladró.
—Lacey, Colombo, siéntense —y los perros obedecieron al instante. El
hombre los secó con una toalla, después los soltó.
—Vale —dijo y los perros saltaron hacia Clay y Cordelia.
Este debe ser el padre de Clay, pensó Stevie y sintió una punzada de
pánico. ¿Le había hablado Clay de ella? ¿Sabía que había rechazado a su
hijo? Tuvo su repuesta un momento más tarde después de que él se
quitara el impermeable y colgara la gorra en un gancho junto a la puerta.
Cruzó hasta donde ella estaba en pie, estudiándola con un nivel de
escrutinio que hizo que quisiera esconderse. Era de altura y constitución media.
Moreno de piel y cabello gris en su mayor parte, tenía unas pocas hebras
pelirrojas recorriendo su pelo cortado al estilo militar. Sus ojos eran claros y
azules, su boca no sonreía. No había ningún parecido entre padre e hijo.
—Así que usted es la detective —dijo él tranquilamente.
—Soy Stevie Mazzetti —dijo ella, igual de tranquila. —Gracias por
admitirnos, señor Maynard. Estoy en deuda con usted.
—No hay de qué y no, no lo está. Lo está con él —señaló a Clay con una
inclinación de la cabeza. —Y no soy señor Maynard. Mi nombre es Tanner.
Stevie miró a sus pies, después alzó la mirada de
nuevo. —Entonces gracias, señor Tanner.
—No señor, solo Tanner.
Clay se puso en pie.
—Este es mi padre, Tanner St James. Papá esta es Cordelia
Mazzetti. Tanner se giró para saludar a su hijo con un asentimiento.
—Me alegra que estés aquí —dijo, y sonó como si quisiera decir eso
mismo. —Pensaba que había una más. ¿Otra dama?
—Está en el baño —dijo Cordelia en un fuerte susurro. —Tomó
demasiado café.
Los labios de Tanner se torcieron. —
Eso será. ¿Tienes hambre, pequeña?
Cordelia miró a Stevie para su aprobación antes de
asentir. —Si, señor.
—Entonces vamos. Te prepararé algo de estofado así puedes irte a dormir con
la tripa llena. Deja los cachorros aquí y lávate las manos —dio la espalda a Stevie y
empujó la puerta batiente para Cordelia, entonces la dejó cerrarse en la
cara de Stevie.
Sip. Sabe algo de mí, muy bien.
—Lo siento —dijo Clay. —Es mi padre. Estaba… um, molesto contigo.
En mi nombre.
—Es justo. Probablemente yo habría hecho lo mismo, también.
La puerta de la cocina se abrió y Tanner reapareció sosteniendo una
gran bolsa que sin palabras entregó a Clay antes de volver a la cocina.
Clay alzó la bolsa.
—Nuestra cena. Vamos a comer mientras hablamos —caminó hacia la
puerta trasera a través de la cual su padre había entrado con los perros,
entonces frunció el ceño cuando vio que ella no se había movido. —Necesito
saber exactamente con lo que estoy tratando. Así que, por favor, ven conmigo.
Sintiéndose un poco como si estuviera caminando por la plancha,
Stevie obedeció.

***

Domingo 16 de marzo, 00:05

Clay echó un rápido vistazo a la playa antes de cerrar y trabar la puerta


detrás de ellos. Estaba vacía en tanto en cuanto podía verse. Él no vio
ningún bote en el horizonte, pero la noche era ventosa. Pocos se
aventurarían fuera en una noche como esta sin una buena razón.
O un asesinato sin finalizar que cometer.
—Quédate cerca —dijo él, sacando su pistola de la pistolera. Ella había
sacado la suya también, pero cojeaba lentamente, su bastón se hundía en la
blanda arena. Él frunció el ceño mientras su bastón reflejaba la luz de la luna. —
Necesitas un bastón negro. Bien podrías estar llevando una maldita bengala.
—Cordelia dijo que te preguntó por ello. Nos preocuparemos por ello
más tarde. ¿Dónde vamos?
—A la caseta de los botes, ahí en el muelle.
Su barbilla saltó mientras miraba fijamente la pequeña estructura al
final del largo muelle de sesenta metros, con consternación evidente.
—¿Por qué?
—No te asusta el agua, ¿verdad? —dijo él
sorprendido. Sus cejas bajaron.
—Por supuesto que no. Es solo que... ¿por qué no nos quedamos en la casa?
—Porque voy a hacer preguntas de las que dudo que quieras que
Cordelia oiga las respuestas.
—Es una casa de dos plantas, Clay —dijo ella, con exagerada
paciencia. — Subamos las escaleras.
Una imagen se formó inmediatamente en su mente: ella, en su cama.
Sonriéndole, saciada y feliz. La imagen era familiar, sólo porque le burlaba
en sus sueños con consistente regularidad. Le burlaba ahora, pero su
cuerpo aún respondía. Justo como siempre hacía.
Alzó las cejas, aliviando algo de su frustración con sarcasmo.
—Todas las habitaciones escaleras arriba son dormitorios. Sin
embargo, podemos si quieres —él vio sus ojos abrirse con ultraje, después
entrecerrarlos y sus mejillas enrojecer. Abrió la boca para decir algo que
también dudó que hubiera querido que escuchara Cordelia, pero la cortó.
—Tengo el equipamiento de seguridad fuera en el cobertizo de los botes.
Necesito mostrarte como opera, en caso de que estés aquí sola.
—Podrías haber dicho eso —murmuró, sacudiendo la cabeza con
disgusto. Con una determinada afirmación de sus hombros, salió de la
arena a un paso tan lento que era doloroso mirarlo.
Está cansada, pensó él. Consideró cogerla y llevarla, pero el breve
contacto que habían tenido cuando la había ayudado a subir las escaleras
del garaje había sido demasiado. Pero solo porque no era suficiente ni de
cerca y a menos que ella cambiara de idea, nunca lo sería. Aún así...
—¿Quieres que te ayude? —preguntó
quedamente. Su barbilla se disparó hacia arriba,
con ojos cautelosos. —¿Cómo?
—Mañana pondré madera contrachapada por la arena, para hacer más
fácil para ti caminar. Ahora... —contuvo el aliento mientras ella miraba
fijamente su brazo extendido como si pudiera echar pinchos de veneno.
Después de unos segundos, ella se agarró, enterrando los dedos en su
piel. No solo estaba cansada, le dolía. Demonios.
—Sujeta esto —dijo, entregándole la bolsa de la cena. —Y no me grites.
La cogió en sus brazos y la llevó la distancia restante, por la arena y
hacia el muelle a la puerta de la caseta de los botes. Cuando la bajó, ella
estaba temblando. Cuanto era por agotamiento no lo sabía. Sin embargo
sospechaba que la mayoría era rabia.
—No te atrevas a hacer eso —siseó mientras él abría la puerta. —
Jamás. De nuevo.
—Entra —fue todo lo que dijo. Todo lo que podía decir. Necesitaba un
momento para recuperar el control, para evitar alcanzarla de nuevo. Porque
ella se ajustaba contra él justo como siempre había sabido que lo haría.
Perfectamente.
Señaló una silla plegable.
—Siéntate. Esto nos llevará un rato —arrastró una pequeña mesa a su
lado y desempaquetó el estofado. —Debería haber termos también.
Su expresión se quedó inmóvil rebelde. —
¿Cómo tenía tu padre ya preparada la bolsa?
—Le pedí que la tuviera preparada cuando le dije que venían. Él sabía
que necesitaba hablar contigo. En privado.
—Oh —ella escarbó en el estofado, sin decir nada más mientras él
apartaba los salvavidas y las lonas que camuflaban su equipo. Lo abrió y
abrió las puertas. Tampoco él dijo nada mientras accionaba interruptores y
encendía monitores de ordenador, suponiendo que sería solo cuestión de
minutos antes de que su curiosidad superara su ira.
Fueron más como treinta segundos. —
¿Qué mierda es este sitio? —susurró.
—Más seguridad. Si quieres venir aquí, te enseñaré como asegurarte
de que nadie se cuele furtivamente hasta ti y Cordelia desde el agua.
Ella cruzó el pequeño espacio, arrastrando la silla plegable con ella.
Cuando se sentó, él empezó.
—Estos monitores muestran imágenes desde seis cámaras
submarinas, sujetas en pilotes situados en formación piramidal. Este
monitor es la imagen termal de las cámaras. Y este monitor...
—Para. Solo... para. Tienes una valla, una barrera. Ventanas a prueba
de balas y puertas de cámara acorazada.
—Ventanas resistentes a las balas —corrigió.
—Lo que sea. ¿Y ahora qué es este sitio? Siento como si acabara de
entrar en una película de James Bond. ¿Quién es tu padre, que necesita
esta clase de protección? No estoy metida en política, pero creo que
incluso yo recordaría si tu padre soliera ser el presidente de los Estados
Unidos. Lo cual no era. ¿Es una celebridad de la que nunca haya oído?
¿Tal vez un rey exiliado? Esta es una casa de playa, por amor de Dios, no
el jodido Fort Knox. ¿Así que, qué demonios es esto?
Clay se sentó a horcajadas en la otra silla plegable.
—La valla y los detectores de movimiento eran por mi madre,
mayormente. El resto es negocios. Mis negocios.
Ella frunció el ceño.
—¿Así que no vas a decírmelo?
—No, quiero decir que es mi negocio. Lo que hago
para vivir. —Eres investigador privado.
—También soy especialista en seguridad. Mi primer compañero y yo
conseguimos la licencia para comprobar los antecedentes de los
empleados de nuestros clientes.
—¿Tu primer compañero? ¿Nicki?
Escuchar el nombre de Nicki aún dolía, después de todo este tiempo. Stevie
nunca la había conocido, pero ella y JD Fitzpatrick habían cogido al hijo de puta
que había destripado a Nicki en su propia cama y la había dejado para pudrirse.
—No. Mi primer compañero era Ethan Buchanan. Vive en Chicago ahora con
su mujer e hijos. Él y yo servimos juntos, allá en los noventa. En Somalia. Yo lo
dejé después de dos rondas, volví a casa al Cuerpo de Policía de DC. Él se quedó,
planeando hacer carrera en los Marines. Pero resultó herido en Afghanistan. Volvió
a casa para cuando renuncié a la Policía, así que nos metimos juntos en negocios.
Yo entrenaba personal de seguridad para particulares y negocios.
—Gente rica.
—La mayor parte de ellos, sí. Ethan tenía algunos contactos que
lograron que empezáramos. Tuvimos mucho éxito. Ethan hacía la
seguridad informática. Es un ‘sombrero blanco’.
—Un hacker bueno.
—Sí. Su especialidad es hackear servidores seguros y mostrar a las
empresas lo vulnerables que son al ataque. Las empresas siempre le contratan
para arreglar los agujeros de sus redes. Nunca hicimos ninguna investigación
real hasta… —él frunció el ceño. —Hasta que Alec fue secuestrado.
Sus ojos se abrieron con sorpresa. —
¿Qué? ¿Cuándo? ¿Quién le secuestró?
—Sue Conway, una de las mujeres más atroces que jamás he tenido la
desgracia de conocer. Fue hace seis años. Mira, Ethan es el padrino de
Alec. Cuando averiguó que Alec estaba desaparecido, empezó a buscar.
Yo ayudé. Sucedió aquí. En esta casa, de hecho.
Sus ojos se entrecerraron.
—¿La cual pertenece ahora a tu
padre? Su sonrisa tenía filo.
—Uno de esos pequeños giros del destino. Esa es la razón principal
por la que Alec no vino con nosotros. Le necesito en la oficina, pero aún
tiene asuntos con esta casa.
—Comprensible, supongo —murmuró.
Clay se preguntó si se daba cuenta lo parecida que era la situación de
Cordelia a la de Alec. La hija de Stevie odiaba su casa. Lo cual era
comprensible dada la violencia que había ocurrido allí.
—¿Cómo acabó tu padre viviendo aquí? —preguntó. —¿Y por qué los
juguetes de James Bond?
—Bien, como dije, la valla y el sistema de alarma fueron por mi madre.
Ella y papá compraron este lugar unos años después del secuestro. Mi madre
se enamoró de la vista y papá accedió porque el precio era correcto, pero eso
fue porque la casa había estado en el mercado durante dos años. El agente
no les contó lo de los crímenes que sucedieron aquí. No la habrían comprado.
Papá fue policía durante veinticinco años. No tenía deseos de vivir en una
casa que había sido el escenario de un secuestro y un asesinato.
De nuevo sus ojos se abrieron.

—¿Quién fue asesinado?


—El prometido de la
terapeuta del habla de Alec
fue asesinado aquí, en la
caseta de los botes, pero
no en el que estamos
ahora. La vieja caseta de
los botes estaba en la
playa. Y era realmente una
caseta para los botes.
—No la Central del Equipo Seis de Comandos —dijo ella secamente.
—No he olvidado mi pregunta original, que fue ¿por qué tus padres
compraron este lugar concreto? ¿Eres de esta ciudad?
—No, nací en Nueva York, pero crecí a las afueras de DC. Mi padre se casó
con mi madre cuando yo tenía cinco años y nos trasladamos a su casa. Era
policía en DC, así que teníamos que vivir cerca de la ciudad —dudó, entonces
se encogió de hombros. —Mi ex-prometida vive aquí, en Wight´s Landing. Mis
padres compraron la casa cuando pensaron que también me trasladaría aquí.
Los ojos de Stevie se abrieron después se
entrecerraron. —¿Tuviste una prometida?
Sonaba un tanto molesta y a Clay le gustó
eso. —La tuve. Acabamos hace cuatro
años. —¿Por qué?
—Por que éramos mejores amigos que esposos y fuimos lo suficiente
afortunados para averiguar eso antes de arruinar nuestra amistad.
—¿Aún vive por aquí?
—Si. Lou Moore es la sheriff. Has conocido a su hermana, Alyssa. Mi
asistente administrativo.
Ella aún fruncía el ceño.
—Recuerdo a Alyssa. ¿Qué pasó con ella?
—Aún trabaja para mí, pero está de vacaciones. Su novio es estudiante
y está de vacaciones de primavera. Fueron de acampada —se encogió de
hombros. — Con tiendas.
—¿No te gusta la acampada?
—Tuve mi cupo de tiendas de campaña y dormir en el suelo en el Cuerpo.
—Vale, así que tus padres compraron esta casa como sorpresa, pero
tú cancelaste la boda.
Técnicamente Lou lo hizo, pero Clay no pensaba añadir el hecho a la
conversación.
—Y después no pudieron venderla porque los compradores siempre
escucharían la historia de los lugareños. Si mis padres no hubieran querido
mantenerlo tan en secreto para sorprendernos, alguien se lo habrían
contado también. No pudieron trasladarse porque todos sus ahorros del
retiro estaban enterrados en esta casa.
—Eso apesta —señaló los monitores, que por el momento al menos,
estaban completamente estáticos. —¿Y los juguetes de James Bond?
Suspiró.
—La mujer que secuestró a Alec asesinó a más de una docena de
personas antes de que acabara su festín asesino. Alec casi es uno de ellos.
Así como la esposa de Ethan, Dana.
—¿Dónde está la asesina ahora?
—Sue Conway está cumpliendo perpetua en una prisión estatal de
Illinois, donde ha desarrollado un gran culto de seguidores. Tenemos un
montón de locos por aquí, deseando ver el lugar donde Sue ‘empezó su
búsqueda de venganza’. Al principio solo era sorprendente. Entonces uno
de los locos entró en la casa y durmió en una de las camas. Mi madre
estaba realmente agitada. Al día siguiente instalé la seguridad.
—Las vallas y las alarmas.
—Y las cámaras en el exterior de la casa así como los detectores de
movimiento en la playa. La hacían sentirse más segura. Entonces me di
cuenta que estaba vendiendo muchos más de estos mismos artículos de
seguridad a mis clientes de lo que había hecho antes. Podía decir, 'esto es
lo que puse en casa de mi propia madre y sé que funciona'. Con el tiempo
pregunté a mamá y papá si podía instalar más artículos de seguridad, solo
para probarlos. A mamá le gustó la idea. Papá quería un tanque así podía
aplastar a los locos —sonrió con el recuerdo. —Mamá se plantó en eso.
Sus labios se curvaron en una pequeña
sonrisa. —Apuesto a que lo hizo.
—Algunas veces un cliente rico quiere algo especial con lo que no tengo
experiencia. Hago una versión de prueba para mí mismo, y vendo un montón de
ellos más tarde. Así es como conseguí este 'Equipo Seis' como lo llamaste. Una
celebridad tenía un frente de playa complicado y quería mantener alejados a los
paparazzi. Cuando los fotógrafos empezaron a bucear desde botes y entrar
nadando, el cliente se enojó. Ahora ha conseguido todo esto, solo que más y
modelos más caros. Su familia está segura.
—Y mi hija también. Cuando veas a ese cliente de nuevo, dale las gracias
por
mí.
—Lo haré.
Su mirada se apartó, después giró de nuevo, buscando sus ojos con
determinación.
—Tu padre tenía razón. Estoy en deuda contigo, Clay. Gracias. Esto...
esto es más de lo que esperaba.
Algún día... algún día me dirás eso a mí. Que soy más de lo que
esperabas. Le dolía físicamente el pecho, pero lo ignoró.
—No hay de qué. Ahora tengo preguntas para ti.
—Lo sé. Pregunta lo que necesites. Responderé lo mejor que
pueda. —¿Por qué alguien está disparándote?
Ella se echó a reír, sorprendiéndolo.
—Supongo que eso es ir directo al asunto —se puso seria, soltó el
aliento. — Te dije a ti y a JD que hice una visita a Asuntos Internos ayer.
Creo que tenemos más policías ahí fuera que podrían haber estado
involucrados en los crímenes de Silas Dandridge.
—Lo hiciste pero estoy confuso. Pensé que todos los polis sucios
fueron nombrados en ese informe post-mortem del abogado defensor.
¿Stuart Lippmann, correcto? Pero antes, cuando estábamos en tu cocina
dijiste que no los tenías a todos.
—Lippman no solo se chivó de los policías corruptos. También tenía
ex-convictos trabajando para él. Y otros abogados. Pensamos que había
dado todos los nombres, pero yo descubrí que había otros.
—¿Cómo?
—Silas tenía una caja de seguridad en el suelo de su dormitorio. En
ella había pistolas de usar y tirar y un libro mayor con los depósitos que
había hecho en una cuenta del extranjero.
—¿Pagos de Lippman por los servicios prestados? —preguntó Clay.
—Exactamente. Silas listó cantidades y fechas, pero ningún detalle
sobre que trabajos eran. Cuando Lippman fue asesinado y su informe fue
hecho público, Asuntos Internos trabajó desde ahí. El libro mayor fue
entregado a un contable forense para rastrear el dinero.
—Supongo que con el tiempo alguien se dio cuenta que los depósitos
no encajaban con todo lo dicho por Lippman —dijo Clay y ella asintió.
—Yo lo hice. El contable acabó con el libro –nunca encontraron su
escondite– y devolvió el libro a la sala de pruebas. Me enviaron una copia en
un CD. No lo miré hasta que no salí del hospital en diciembre. Hice solo una
cuenta rápida de los depósitos y me di cuenta que había dos veces más
pagos de los trabajos que Silas había hecho, de acuerdo con el informe de
Lippman. Se lo conté a AI y ellos trabajaron en ello, pero para empezar hay
demasiados casos en el informe. No estaban logrando revisarlos muy rápido.
—Así que empezaste a mirarlo tú misma. ¿Por qué? ¿Por qué no dejar
que AI haga su trabajo?
—Porque no estaban logrando revisarlo muy rápido —dijo ella de nuevo
impaciente esta vez. —Yo estaba en casa, recuperándome, y todo lo que podía
pensar era en todos las personas inocentes en prisión a causa de Silas y Stuart
Lippman. Y todas las personas culpables caminando por ahí sonrientes porque
se libraron de ello. Me enfadé. Así que me puse a trabajar. Encontré tres
violaciones y un robo a mano armada que parecían raros porque lo eran. Di los
detalles a AI con los sospechosos que deberían haber estado en la parte
superior de la lista. Cuatro personas inocentes han estado años en prisión.
—Pero tú rectificaste esa situación. Esas personas inocentes saldrán
de la cárcel y los autores reales obtendrán lo que se merecen.
—Si. Pero entonces miré la línea temporal de una de las violaciones. Silas
no pudo haber plantado las evidencias porque él y yo estuvimos en una
vigilancia ese fin de semana. Yo estuve con él todo el tiempo. Traté de averiguar
cuáles de los policías de la lista de Lippman plantaron realmente las evidencias
en los cuatro nuevos casos, pero en dos de ellos no pude encontrar ningún poli
sucio conocido que no estuviera en algún lugar en ese momento concreto.
—Así que crees que otros policías están involucrados —murmuró Clay.
—No quiero pensar eso. Pero pocas horas después de dejar AI, alguien
me disparó. Hoy, lo mismo, dos veces y con más astucia.
—Claro que no me gusta la coincidencia, pero podría ser alguien más
que sabe que estás escarbando. Tal vez el autor de un caso que aún no
has encontrado.
—Eso es posible, también. O podrían ser ambos —ella echó una
mirada al techo, después le miró por el rabillo del ojo. —Los ataques
empezaron antes de que fuera a AI, pero cogimos a ambos tipos.
—¿Ambos? ¿Has sido atacada en cinco ocasiones distintas? ¿En
una semana? —Suena realmente horrible cuando lo dices de esa
manera.
Él parecía exasperado.
—Demonios, Stevie. Entonces, ¿qué fue de los dos primeros?
—Un tipo tenía un cuchillo. El otro solo tenía puños duros. Ambos están
bajo custodia.
—¿Escapaste y pediste
refuerzos? Ella alzó la barbilla.
—Los esposé. El bastón puede manejarse para más que
caminar. Él la sonrió abiertamente.
—¿Los golpeaste con el bastón?
—Lo hice. Ambos atacantes estaban relacionados con casos que no
estaban en la lista de Lippman. Ninguno quería que continuara la investigación.
—¿Sabía Hyatt de tu visita ayer a AI? —preguntó Clay.
—Sí. Me di cuenta que podría haber más polis sucios el lunes y llevé la
información directa a él ese día. Fue conmigo a ver a AI ayer. Eso es por lo que
estaba sorprendida de que insistiera en una casa segura. Él sabía por qué no
confiaría en ir a una. Espero que no se desquite con JD. ¿Alguna otra pregunta?
—¿Dónde están tus archivos?
—La mayor parte de ellos en el maletín que moviste del maletero del
coche de JD al SUV. Todo lo que descargué está en mi portátil, que está en
mi mochila. Lo dejé en casa de tu padre.
—¿Tienes alguna idea de que policía –o policías– están involucrados
en esos nuevos casos?
—No. AI no lo contaría. Tampoco Hyatt. ¿Algo más?
Él la miró directamente a los ojos. Se permitió mirarla fijamente hasta
que finalmente ella apartó la mirada.
Si. ¿Por qué no me quieres? ¿Y qué tengo que hacer para que cambies de idea?
Pero por supuesto tampoco hizo ninguna de esas preguntas. Se puso
en pie, dobló su silla, y la apoyó contra la pared.
—No —mintió él con brusquedad. —Volvamos ahora. Con suerte
Cordelia ha tenido suficiente con los cachorros. Estoy seguro que estáis
cansadas. Necesitáis acostaros.
Como yo, pensó, abriendo la puerta. Solo. Estoy tan malditamente
cansado de estar solo.
—Clay, espera.
Él no la miró.
—No necesitas seguir dándome las gracias, Stevie.
—No iba a hacerlo, aunque debería. Iba a decir que estabas
equivocado sobre algo.
—¿Qué era eso?
Pudo oírla exhalar lentamente.
—Cuando estabas tratando de convencerme de venir aquí, dijiste que
sabías que no te gustaba. Eso no es cierto. No me siento respecto a ti del
modo que tú quieres, pero nunca me disgustaste. Eres un buen hombre.
Necesito que sepas que creo eso.
Le rechazaría más fácilmente esta vez. Aún así... respirar dolía de verdad.
—Olvidaste decir ‘Seré un maravilloso marido para alguna mujer
afortunada’ —dijo con amargura.
—Lo serás. Y ella será afortunada.
—Solo que no eres tú.
—No. No puedo ser yo —dijo las palabras con tanta tristeza que él se
giró para enfrentarla, dando la espalda al frío aire de la noche. Ella aún
estaba sentada en la silla, con los hombros hundidos, con expresión tan
abatida que él sintió una chispa de esperanza.
—¿No puedes o no lo
harás? —¿Importa?
—Sí, importa. Me importa a mí.
Ella se puso en pie, inclinándose pesadamente en el
bastón. —Es tarde. Tengo que acostar a Cordelia.
La esperanza dio paso a ira frustrada y él dio un paso adelante,
bloqueando su salida.
—No —se acercó más, llenando tanto su espacio que ella tuvo que
mirarle hacia arriba. —No puedes seguirme diciendo eso sin una razón.
Quiero saber por qué, Stevie. Al menos me debes eso.
Ella le miró ferozmente, pero el pulso en el hoyuelo de su garganta palpitó.
—No te debo nada.
—Sí, me lo debes —dijo él suavemente. —Lo dijiste tu misma, no hace
ni diez minutos. ‘Te lo debo, Clay’ fueron tus palabras exactas. Esto es
como quiero que me pagues. Quiero la razón por la que crees que no
puedes ser tú. Y la quiero ahora.
Capítulo Ocho

Wight´s Landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 00:25

Stevie no podía respirar. Clay era grande, tan grande que no podía ver
nada salvo a él. Grande de un modo que Paul nunca había sido. Tal vez
era porque Paul nunca se cernió sobre ti, mirándote tan fiero.
Paul la había tratado con encanto, nunca así. Clay estaba de pie nariz con
nariz, inclinándose tanto que descollaba. Forzándome a alzar la mirada. O a
apartarla. Pero se encontró con que no podía apartarla. Sus oscuros ojos retenían
los de ella, exigiendo una respuesta, y ella sabía que no cedería hasta que le diera
lo que quería. Había una pequeña parte de ella que se sentía retada. Excitada.
Una pequeña parte encendida. Lo cual está mal por mi parte.
Me lo debes, había dicho. E incluso aunque se lo hubiera negado,
sabía que tenía razón.
—Nunca quise herirte, pero sé que lo hice. Lo
siento. Él no movió un músculo.
—Esa no es una respuesta.
—Lo sé —se rindió a la urgencia de retirarse, dando un paso atrás. No ayudó.
Aún no puedo respirar.
—¿Puedes darme algo de espacio? Estás
empeorando esto. Él se enderezó un tanto.
—Deja de dar rodeos, Stevie.
—Yo amaba a mi marido.
—Se que lo hacías. Estoy seguro que aún lo
haces. ¿Y? Ella parpadeó, desequilibrada/
—¿Y? ¿Y no te molesta?
—Si no le hubieras amado, no deberías haberte casado con él. No le habrías
llorado —dudó. Alzó un hombro en un gesto que fue todo menos descuidado. —
No puedes solo dejar de amar a alguien solo porque se haya ido. O porque
no te quiera.
Ella cerró los ojos, lo que quería decir estaba
claro. —No amaré a nadie del mismo modo que
amé a Tom. —Por supuesto que no lo harás.
Ella le miró, frustrada.
—Deja eso. Deja de estar de acuerdo
conmigo. Una ceja se levantó
enloquecedoramente. —¿De verdad?
Ella apretó los dientes. —
Me estás volviendo loca.
—Únete al club —dijo con ironía. —Así que aún le amas. Él no está
aquí, Stevie. Se ha ido. No va a regresar. ¿Crees que él querría que
estuvieras sola para el resto de tu vida?
—Ese no es el punto.
—Aún estoy esperando el punto.
—El punto es que nunca podría sentir por ti lo mismo que sentí por
Paul. Serías el segundo. Siempre. Y con el tiempo llegarías a odiarme.
Algo brilló en sus ojos y ella no estuvo segura de si era ira o
dolor. —No estás siendo racional.
Ella suspiró.
—Es solo que no te gusta mi respuesta. He respondido a tu demanda,
ahora por favor deja que me vaya.
Pero él permaneció firme.
—Quiero que pienses algo. Considéralo seriamente. Ese día no solo
perdiste a tu marido. También perdiste a tu hijo.
Ella aspiró sorprendida, sin
inmutarse. —¿Y?
—Tienes a Cordelia. ¿La quieres menos? ¿Es la segunda para ti?
Stevie se quedó boquiabierta, fallándole las palabras mientras lo
miraba fijamente entumecida.
—Hijo de puta —susurró. —¿Cómo te atreves? —entonces la furia
atravesó el entumecimiento. Le empujó, pero él no se movió así que agarró
el bastón como un bate. —Déjame ir o te haré daño y lo digo en serio.
Finalmente él dio un paso a un lado. —
Solo considéralo —repitió. —Por favor.
Ella deseo poder salir con la cabeza alta, pero le dolía la pierna y solo
pudo cojear. Se detuvo en la puerta, sin mirar atrás.
—Aprecio el uso de esta instalación esta noche —dijo rígidamente. —
Encontraré otro lugar para esconderme con Cordelia mañana.
—Como desees —dijo él quedamente.
Ella miró fijamente el muelle, escuchándole cerrar la puerta del
cobertizo tras ellos, consciente de él siguiéndola. Aún vigilando mi espalda.
Quiso gritarle, decirle que se jodiera. Pero la verdad era que necesitaba su
cobertura por el momento. Era eso, o dejarle cogerla de nuevo y llevarla.
Se había sentido bien antes. Demasiado segura. No va a suceder de
nuevo. Además, con todo ese equipamiento James Bond allí dentro, no
había modo de que nadie se acercara lo suficiente para dispararle.
Llegó al final del muelle y se detuvo, llena de temor. El trecho de arena
era de solo unos cincuenta metros, pero parecían miles de kilómetros.
Alzando su barbilla, dio el primer paso.
Y su pierna se dobló, justo debajo de ella, cayendo de cara contra la arena.
Atónita, se quedó allí tumbada un momento, girando solo su cabeza así
pudo respirar mientras un sollozo empezaba a subir desde su pecho.
Apretó la mandíbula, tragándoselo. No llorarás.
Pudo oírle detrás de ella, lo sintió. Pero él no dijo nada.
Se puso de rodillas y se limpió la arena de la cara, su pecho se tensó
mientras luchaba por no llorar. Fuertes manos agarraron sus hombros y se
encontró puesta de pie. Sus manos desaparecieron, pero podía sentir su
calidez a su espalda. Aún sin decir nada.
Perdiste a tu hijo. ¿Es Cordelia la segunda en tu corazón?
De repente eso simplemente fue demasiado. El día. Los tiroteos. Las dos
mujeres muertas. Su palpitante brazo. Su maldita pierna que temblaba
dolorosamente bajo su pecho.
Se hundió sobre sus rodillas, escapándosele el sollozo. Envolviendo los
brazos a su alrededor, encorvó los hombros acunándose adelante y atrás,
deseando que él no estuviera allí para verla de esa manera.
Se alegró de que estuviera.
Un momento después estaba en sus brazos de nuevo y estaba
llevándola por la arena. Ella giró la cara en su pecho, amortiguando los
patéticos sonidos que ya no podía contener dentro.
Les franqueó la entrada por la puerta, pero en lugar de ir hacia la casa,
la llevó al columpio del porche y se sentó con ella en brazos, acunándola.
Columpiándolos gentilmente, la dejó llorar.
Finalmente las lágrimas se fueron gastando y ella se sintió vacía. Él
debería estar enfadado. Debería odiarla. Aún sosteniéndola tiernamente y
Stevie se odió a sí misma.
—Maldito seas —susurró.
—Lo sé —respondió él.
—¿Por qué no puedes odiarme?
Su risa retumbó en su pecho, haciéndole cosquillas en la
mejilla. —Lo intenté. De verdad lo he intentado.
Ella dejó escapar un suspiro.
—No quiero que Cordelia me vea de esta
manera. —¿Sentada en mi regazo?
Stevie sintió sus mejillas calentarse. Eso, tampoco.
—Quise decir que no quería que supiera que he estado
llorando. Él alzó su barbilla. Se encogió un poco.
—Creo que va a saberlo. Sin embargo, podría tener unos algunos
guisantes congelados en la nevera.
Le sonrió con tristeza.
—Desearía que fueras un hombre mezquino.
—Si los deseos fuera caballos —murmuró. —¿Lista para entrar?
—Sí. Ha sido un largo día —pero ella no se movió. Durante un
momento solo le permitió sostenerla y se empapó en la sensación. Porque
se sentía bueno. Demasiado bueno. Vas a hacerle daño de nuevo.
De cualquier modo que esto avanzara, sabía que sería cierto. Si le
rechazaba de nuevo y por las razones correctas ahora, él resultaría herido. Si
le permitía agotarla, si tenían una relación, estaba segura de que se
disgustaría. Con el tiempo, en todo caso. Se iría y todos acabarían heridos.
Especialmente Cordelia. Que no es la segunda en mi corazón. Obligó a su
cuerpo a levantarse de su regazo, probando su pierna antes de dar un paso.
—¿Estás bien? —preguntó él.
No. Ni siquiera cerca.
—Sí, gracias.
—Entonces te mostraré donde dormirás. Te llevaré donde quieras ir mañana.

***

Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 02:30

El pequeño bip le despertó. Robinette rodó alcanzando su


teléfono. —¿Quién es? —preguntó Lisa adormilada.
Él pasó un dedo a lo largo de su espalda, depositando un beso en
su sien. —Un mensaje de Jimmy Chan en Hong Kong. Tengo que
llamarle. —¿Qué hora es?
—Solo las dos y media de la mañana. Es por la tarde para Chan.
Vuelve a dormir.
El salió de la cama, se puso los pantalones, y se dirigió a su despacho.
Marcó rápidamente, excepto que no fue al señor Chan de Hong Kong
Exportaciones a quien llamó. El mensaje venía de una fuente dentro del
Departamento de Policía de Baltimore.
—¿Qué es? —preguntó Robinette.
—Una dirección para la casa segura de Mazzetti.
—Es bueno saberlo. ¿Hora de llegada? —dijo Robinette
sonriendo. —Está allí ahora con su hija.
—¿Sola?
—Si. Puso esa condición para ir: que nadie fuera a perturbar su privacidad.
Eso sonaba a la detective que había hecho de su vida un infierno.
Creída y mandona. A su manera o nada.
—Envía un mensaje con la dirección al 301-555-1592 —el número de
Westmoreland.
Robinette tenía bastante confianza en que Westmoreland fuera
suficientemente listo para aprender de los errores de Henderson. Mazzetti
estaría muerta en una hora.
—Lo haré.
Robinette colgó el teléfono, satisfecho. Ahora la vida podía volver a la
normalidad. Y yo puedo regresar con Lisa. Encontraba esas cenas benéficas
infernalmente aburridas, pero su esposa se crecía con los vestidos y las joyas
y las miradas de todas las mujeres envidiosas y los hombres lujuriosos del
lugar. Si jugaba sus cartas correctamente –y esta noche lo hizo– su excitación
se desbordaría en su cama. Ella aún era joven y emprendedora con un
cuerpo hecho para el pecado, cuando estaba de humor.
¿Y cuando Lisa llegaba a su cama con dolor de cabeza? Allí estaba
Fletcher para rascar su picazón.
Siempre habían sido buenos en la cama, él y Fletcher. Y mientras a Fletch
no le gustaba Lisa, su químico era suficientemente listo para no cruzar nunca la
línea y exigir más de su mutuamente beneficiosa, aunque clandestina, relación.
Él y Fletcher podía tener su pastel y comérselo, también.
Podían tener muchísimo pastel, de hecho. La fórmula mejorada de
Fletch estaba a punto de hacer rico a Fletcher y a Robinette incluso más.
Y con un dinero como ese, Robinette no se preocupaba por el estado
de su matrimonio. Si se cansaba de Lisa, solo conseguiría otra esposa más
hermosa, más socialmente aceptable, y más importante, más dócil.
Hizo una pausa a mitad de las escaleras, la idea había llegado como una
sorpresa. No se había dado cuenta de que se estaba aburriendo con Lisa
hasta ese momento. Se preguntó cómo hacer que funcionara su divorcio.
Sus primeras dos esposas habían muerto, después de todo. Una
tercera esposa renovaría el escrutinio público, levantaría sospechas, algo
que evitaría a toda cosa. Pero tenía tiempo para preocuparse por eso más
tarde. Lisa estaba en su cama, cálida y complaciente. Fletcher estaba en el
laboratorio, trabajando, ganándole dinero.
Y Stevie Mazzetti pronto estaría muerta. Considerándolo todo era una
buena noche.
***

Wight´s Landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 03:40

Era un sonido leve. Un sonido amortiguado. Clay levantó la cabeza de


la almohada, alerta al instante y en medio segundo de pie, con el arma en
la mano. Todas estaban en uno de los dormitorios, excepto su padre que
hacía guardia escaleras abajo.
En silencio Clay salió por la puerta del dormitorio y exhaló un silencioso
suspiro.
Cordelia estaba sentada en el suelo del pasillo fuera de su habitación, de
espalda a la pared. Se había llevado las rodillas hasta su cuerpo y tenía la
cara enterrada en su camisón. Sus hombros se sacudían con los sollozos.
Parecía que iba a confortar a otra llorosa fémina Mazzetti. La que
estaba triste ahora era Cordelia. A ella, podía ayudarla. Ver a Stevie llorar
sencillamente le hacía trizas por dentro.
Junto a ella, una cabeza canina se alzó vigilante. Colombo, el retriever
de la Bahía de Chesapeake de su padre, había dormido en su habitación, a
los pies de la cama que ella había compartido con su madre. Stevie no
había discutido la presencia del perro después de que Cordelia le dijera
que el perro siempre dormía allí.
—Estamos durmiendo en su cama, mamá —dijo directamente.
Técnicamente, estaban durmiendo en la cama de Clay, pero no les
había dicho eso. Era la más cómoda de todas las camas de la casa y
quería que Stevie tuviera una noche de sueño decente.
Parecía como si Cordelia hubiera tenido la misma idea. Levantó la
cabeza cuando él se sentó junto a ella, llevándose el dedo a los labios.
—Sssh. Mi madre está dormida —susurró a través de las lágrimas.
Entonces bajó la cara a las rodillas de nuevo.
—No la despertaremos —prometió Clay. Estiró las piernas, tendiendo
una mano tentativa para acariciar el pelo de Cordelia. Ella se estremeció y
se inclinó hacia él, así que él puso el brazo sobre sus hombros, besándole
la cabeza. —¿Un mal sueño, cariño?
Ella asintió.
—Siento haberle despertado —susurró, estirando sus piernas como él.
Los pies, que solo alcanzaban sus rodillas, eran pequeños comparados con
las botas que él llevaba. —Pero esperaba que saliera. Tía Emma está bien,
pero... usted entiende.
La calidez se desplegó en su pecho. —
¿Quieres contarme de qué iba el sueño?
Ella apoyó la cabeza contra él, cerrando los ojos con un tenso
suspiro. —El señor Silas.
—¿En la cocina de tu casa?
De nuevo un asentimiento.
—Odio esa cocina —confesó ella.
Clay vio a su padre fisgando a los pies de la escalera, las cejas
interrogativamente alzadas. Con una inclinación de la cabeza, Clay hizo un
gesto a su padre de que volviera abajo.
—Estamos bien —vocalizó.
La cabeza gris de su padre desapareció, sus pasos en las escaleras
casi silenciosos.
—Yo también odiaría esa cocina, si fuera tu —murmuró Clay.
—Es donde… —Cordelia dejó de respirar, hinchando el pecho. —Es
donde me puso una pistola en la cabeza. El señor Silas, quiero decir.
—Lo sé —Clay mantuvo la voz calmada. Por dentro, se agitaba
la furia. Ella se giró para mirarle, con curiosidad en los ojos.
—¿Cómo lo sabe?
—Paige estaba allí, ¿recuerdas? Me lo contó más tarde —de algún modo
se las habían arreglado para mantener a Cordelia lejos de los periódicos, así
que nunca tendría que preocuparse porque nadie más lo supiera. —
¿Pensaste en flores o cachorritos saliendo del arma después del sueño?
—Sí —se acomodó contra él de nuevo. —No funcionó. Aún estoy
asustada — pero bostezó.
—¿En qué pensaste? ¿Cachorritos o flores?
—Ambos —bostezó de nuevo. —Tal vez la próxima vez probaré con
Skittles. O M&Ms.
—Los M&Ms deberían funcionar realmente bien. Eran los favoritos de
mi madre.
—No llegó a poner las flores amarillas en la tumba de su madre. Lo siento.
—Está bien —alborotó su pelo afectuosamente. —Creo que mi madre
lo habría entendido.
—No ponemos flores en la tumba de mi padre —se detuvo. —O la de
mi hermano. Creo que mi madre va de visita, pero nunca me lleva con ella.
—Probablemente piensa que te
disgustaría. —¿Porque la disgusta a ella?
Aún amo a mi esposo, había dicho. Tú serías el segundo. Clay tuvo
que tragar saliva.
—Tal vez. A ella no le gusta que le veas llorar.
—Yo le haría sentir mejor. Puedo hacer eso —apretó su pequeño puño.
— Tengo que hacer eso.
Lo había dicho muy determinada.
—¿Por qué? ¿Por qué tienes que hacer eso?
—Porque yo soy todo lo que le queda —susurró Cordelia.
—Corazón... no lo eres. Tu madre tiene una gran familia. Tus abuelos, tía Izzy,
tío Sorin. Tiene montones de amigos que la quieren. No eres todo lo que le queda.
Los ojos de Cordelia eran sabios y tristes.
—Pero no es lo mismo. Algunas veces va la habitación de mi hermano
y llora. Ella no sabe que yo lo sé. Pero después, yo la hago sentir mejor.
Clay suspiró. Lo intentó de nuevo.
—Tú no eres responsable de la felicidad de tu madre. Ella es la adulta.
Ella es responsable de ti.
Ella sacudió la cabeza.
—Porque yo soy todo lo que le queda —insistió.
Se había equivocado. Habría preferido con mucho confortar a Stevie,
incluso aunque eso le rompiera en pedazos. Esta cría llevaba una carga
que rompía su corazón. Porque eso también lo entendía.
—Yo también pensaba de esa manera, hace mucho tiempo —dijo
suavemente. —Mi madre era una madre soltera, justo como la tuya.
Excepto que mi padre no murió. Solo que no le importaba y se fue.
—Lo siento.
—Está bien, de verdad. Resultó incluso mejor, porque ella conoció a
Tanner St. James. Ella pensaba que nunca conocería a un hombre que
quisiera a una mujer ya con un niño pequeño, pero él si. Y él... él es el
mejor padre que yo hubiera podido tener. Pero antes de Tanner, solía
sentirme como tú. Como si tuviera que cuidar de mi madre. Como si tuviera
que hacerla feliz —dudó. — Algunas veces incluso me preguntaba si
realmente ella me quería. Si su vida sería más fácil si yo no estuviera allí.
Cordelia le miró repentinamente, con los ojos muy abiertos. Después su
mirada se alejó, diciéndole todo lo que necesitaba saber.
—No era cierto para mi madre —dijo con urgencia. —Tampoco es
cierto para ti. Ella te quiere con todo su corazón, Cordelia.
Ella asintió, presionando la cara contra su costado.
—Lo sé —entonces tan suavemente que casi no la escuchó, añadió: —
Porque soy todo lo que le queda.
Oh, Señor . Le picaban los ojos y no tenía ni idea de cómo responder.
Así que solo se sentó allí, con los ojos cerrados mientras la sujetaba contra
su costado, escuchándola respirar. En unos minutos su respiración se
niveló, su pequeño cuerpo finalmente se relajó al dormirse.
El crujido del suelo hizo que sus ojos se abrieran. Su corazón se
hundió. Stevie estaba de pie en la puerta de su dormitorio. Pálida. Afligida.
Él miró a Cordelia, asegurándose de que dormía y no estaba fingiendo
de nuevo. Parecía estar verdaderamente dormida esta vez.
—¿Cuánto escuchaste? —preguntó quedamente.
Stevie cruzó sus brazos sobre el pecho, abrazándose
fuertemente. —Todo. Excepto lo último. ¿Qué te dijo?
Clay suspiró de nuevo.
—Llevémosla a la cama y bajaremos a hablar.

***

Wight´s Landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 04:10


Stevie estaba sentada a la mesa de la cocina apretando su teléfono
en el puño mirando a Clay remover un cazo en el fuego. Chocolate
caliente. El hombre estaba haciéndole chocolate caliente. Del rayado.
—De bolsa habría estado bien —murmuró débilmente. Había un
entumecimiento en su pecho... estaba respirando, pero era todo lo que
podía sentir. Soy todo lo que le queda.
Podía escuchar las intensas palabras de su hija, haciéndose eco en su mente.
Después esa mirada que Cordelia le había dirigido cuando él le había dicho que él
se había preguntado si la vida de su madre habría sido más fácil de no haber
estado él allí... Oh Dios mío. Mi pequeña piensa eso. ¿Cómo puede pensar eso?
¿Y qué había dicho al final para hacer que Clay pareciera haber sido golpeado?
Tu madre te quiere con todo su corazón. ¿Qué había replicado Cordelia?
—Papá no cree en ello —dijo Clay, con quedo afecto en su tono. —
Siempre dice que todo lo que vale la pena hacerse vale la pena hacerlo bien.
—Quieres a tu padre. Tu padrastro, quiero
decir. Él la miró por encima del hombro.
—Tanner St James es mi padre de todas las formas que importan —se
giró al fuego, batiendo la mezcla en el cazo, después moviéndose
fluidamente, como siempre, cogió dos tazas de un alto estante.
—¿Entonces por qué tu apellido es aún Maynard?
—Él quiso adoptarme, cambiar mi nombre, pero mi padre biológico fue al
tribunal para detenerlo. Clayton Maynard Senior, podía no querernos a mi
madre o a mí, pero era lo bastante egoísta para querer que el nombre de su
familia continuara. En esos días, eso era suficiente para un juez. Pero está
bien —le lanzó una sonrisa. —Clay St. James suena como una estrella porno.
Ella se rió sorprendida.
—Realmente sí.
Él deslizó una taza delante de ella y tomó asiento. Demasiado cerca.
Estaba enteramente demasiado cerca. Pero él era cálido. Y Stevie estaba
tan tentada de inclinarse hacia él.
En su lugar sorbió el chocolate, encontrándolo delicioso, lo cual no era
una gran sorpresa. Todo lo que él hacía parecía estar bien. Y todo lo que
yo hago últimamente parece acabar mal.
—¿Qué dijo, Clay? ¿Cuándo dijiste que la quería con todo mi corazón,
qué dijo?
—Ella dijo, 'Lo sé. Porque soy todo lo que
le queda.' Stevie se encogió.
—¿Qué? Oh Dios mío —apartando la taza a un lado, se cubrió la boca
con una mano temblorosa. Dolor y negación y horror se mezclaron, subiendo
a su garganta, amenazando con expulsar el chocolate que había bebido. —
Ella cree que solo la quiero porque ella es... —Todo lo que me queda.
Buscó los ojos de Clay, vio su tristeza.
—Nunca le he dicho eso —dijo Stevie con voz temblorosa. —Ni una
sola vez. Nunca.
—Lo sé. No lo harías.
—Supongo que no tuve que hacerlo. Ella es todo lo que me queda. De
Paul, en todo caso. Pero eso no es... eso no tiene nada que ver con que la
quiera. Ella es mi hija.
—Lo sé —dijo él gentilmente.
—Pero eso no importa en tanto Cordelia lo piense —murmuró Stevie y
él alzó un hombro en conformidad. —¿Qué puedo hacer para convencerla
de que no es cierto?
—No lo sé. No tengo experiencia con estas cosas.
—Pareces estar haciéndolo bastante bien con ella —musitó Stevie,
después suspiró. —Lo siento. No quería decirlo de esa manera. Me alegro
de que hablara contigo. No habla con su terapeuta.
—Porque cree que su terapeuta te contará todo, porque sois
amigos. Stevie resopló una risa amarga.
—Es demasiado lista para su propio bien. Piensa demasiado —le miró,
vio lo que él estaba pensando pero era demasiado educado para decir: —
Justo como su mamá.
Él levantó un hombro en conformidad. Pero no dijo nada, solo que
quedó ahí sentado, sorbiendo su chocolate.
—Hablaré con ella, una vez averigüe qué decir —miró fijamente su teléfono.
—Me despertó el teléfono —no el hecho de que su hija hubiera tenido una
pesadilla y hubiera dejado el dormitorio para ser confortada por alguien más. —
Me entró el pánico hasta que vi que estaba contigo. Sabía que estaba a salvo.
—Gracias —murmuró él.
—Gracias por estar aquí para ella. Y para mí —puso el teléfono en
la mesa. — Era un mensaje de JD. Quiere que le llamemos por una
línea segura. Supuse que tendrías uno de esos.
Él ya estaba a medio camino de la puerta de la
cocina. —Espera aquí. Enseguida regreso.
Se había quedado sola con sus pensamientos y una taza de chocolate.
Como con tanta frecuencia había sucedido cuando estaba preocupada por
Cordelia, la cara de Paul venía a su mente.
—He fastidiado las cosas —le susurró. —Convertí a nuestra hija en... —¿Qué?
Cordy era una gran niña, atenta y amable. Y aterrorizada de irse a dormir,
convencida de que su propia madre solo la quería porque no tenía a nadie más.
Paul no lo habría aprobado.
Pero tú no estás aquí, ¿verdad? Pensó enfadada. Estoy improvisando
esto sola, compañero. Porque tú no estás aquí. Y Clay tenía razón. Paul
nunca iba a regresar.
Cansada apoyó la cabeza en la mesa, la mejilla contra la fría madera.
—Mierda —dijo en voz alta mientras la puerta se abría y Tanner St
James entró con un teléfono fijo pasado de moda. Le dirigió una mirada de
simpatía, bastante diferente de su mirada previa.
—¿Estás bien? —preguntó mientras enchufaba el cordón en la pared.
—Sí, gracias —no quería saber lo que él sabía. —¿Qué pasa con esa
antigualla?
—Clay dijo que ustedes necesitaban una línea segura. Los
inalámbricos no son seguros.
Clay regresó, con un altavoz en la mano.
—Tengo sensores en las líneas de teléfono para asegurarnos que no
estamos pinchados —se sentó junto a ella y enganchó el altavoz al viejo
teléfono. — Llámale.
JD contestó a la primera llamada. —
¿Qué les llevó tanto tiempo? —soltó.
—Lo siento —dijo Stevie. —Acababa de dar el mensaje a Clay.
¿Qué pasa? —Un poli muerto, eso es lo que pasa.
Ella y Clay intercambiaron una mirada preocupada.
—¿Quién?
JD soltó un frustrado aliento.
—Su nombre era Justine Cleary. Era una policía encubierta, uno
sesenta y siete de alta, pelo largo castaño.
Stevie tiró de su propio pelo castaño insegura. —
¿Dónde fue asesinada? ¿Cuándo? ¿Y por quien?
—En una habitación de hotel en Silver Spring —que estaba a cuarenta
y cinco minutos de Baltimore, en dirección opuesta a la casa de la playa de
Clay. —Hace hora y media. Por otro policía, que ahora está bajo custodia.
Está en el hospital, en condición crítica, con múltiples heridas de bala.
—¿Estabas allí? —preguntó Stevie tranquilamente, algunas de las
piezas cayeron juntas.
—Sí —la voz de JD era plana. —Yo le disparé. Después de que matara
a Cleary a sangre fría.
Stevie exhaló cuidadosamente.
—Por eso es que Hyatt quería que fuera a una casa segura y no preguntó
cuando accedí tan rápidamente. Preparó un señuelo. ¿Lo sabías, JD?
—No hasta que estuve allí. Pensé que Hyatt estaría disgustado, pero él
tenía todo preparado.
Clay parecía lúgubre.
—¿Cómo supo el policía que la casa segura era ese hotel?
—Aún no lo sabemos. Hyatt piensa que podríamos tener una filtración,
así que lo preparó de esta manera para trazar el flujo de información. Justine
tenía una gran puntería. Era un maldito tiro claro que debería haber sido
capaz de cuidar de sí misma. Pero el poli que entró sabía la contraseña. Ella
le abrió la puerta y estaba muerta antes de que pudiera decir una palabra.
—¿Estás bien JD? —susurró Stevie. —Lo siento de
verdad. —Esto no es culpa tuya —dijo Clay firmemente.
—Tiene razón —dijo JD, suavizando la voz. —Puedes sentir su
pérdida, pero tú no jugaste ningún papel en su muerte, Stevie. Ese está
todo en el policía que la disparó y cualquiera que le diera la información.
—Lo sé. Sin embargo, siento su pérdida. Y que tú tuvieras que informar
a su familia solo.
—Yo no estaba solo. Hyatt vino conmigo.
A Hyatt no se le daba mal informar a las familias. Esto lo sabía por
experiencia, profesional y personal. Fue hace ocho años que había levantado
la mirada de su escritorio para ver a Hyatt de pie delante de ella, con los ojos
llenos de dolor al tener que decirle que Paul y Paulie se habían ido.
—¿Quién es el poli sucio? —preguntó poco firme.
—Tony Rossi. Es detective en la división de robos.
—No le conozco —Stevie negó con la cabeza. —Nunca había oído su
nombre. —Bien, él quería silenciarte para siempre —dijo JD. —Y hay más.
El temor creció, la bilis ardía en su
garganta —¿Qué?
—Disparó a Justine dos veces, después siguió disparando a la cama.
Habíamos puesto una gran muñeca bajo las mantas, así parecería una niña
durmiendo. Si hubiera sido Cordelia...
El corazón de Stevie se detuvo.
—Estaría muerta. La quiero lejos. Como en la maldita luna —estaba a
punto de hiperventilar. —Oh, Dios.
Clay palmeó su mano, después se apartó. —
JD, ¿qué quiere hacer Hyatt a continuación?
Stevie se sentó hacia atrás en la silla, sus ojos abiertos congelados, la
mano presionada contra la boca, tratando de no llorar. Aún así unas pocas
lágrimas se filtraron bajo sus pestañas. Una cálida mano se cerró sobre su
hombro, y sus ojos se abrieron para encontrar a Tanner ofreciéndole
silenciosamente un pañuelo de papel.
—Gracias —susurró.
Un gentil apretón final en su hombro fue la única respuesta.
Clay estaba dando unos golpecitos en el teléfono porque JD no había
respondido a la última pregunta.
—¿JD?
—Lo siento —dijo JD. —Tenía que encontrar una habitación tranquila. Una
pareja de federales acaban de llegar, un préstamo del equipo de Joseph. Están
relevando al hombre de los teléfonos. Preparamos una línea caliente para
informar del tiroteo de esta tarde y los teléfonos han estado sonando sin parar.
—¿Alguna pista? —logró decir Stevie, con voz más
firme. —Aún no, solo los locos habituales saliendo del suelo.
Vale.
Escucharon el crujido de una silla y movimiento de papeles por detrás.
—Preguntaste sobre nuestros próximos pasos. Las prioridades son rastrear
la filtración, dar con todas las manzanas podridas del departamento de Hyatt, y
mantener a Stevie y Cordelia a salvo, no necesariamente en ese orden.
Pero todas conectadas, pensó Stevie. —
¿Está asumiendo que hay más polis sucios?
—Más seguro asumir que están ahí que negar su existencia —dijo JD. —
Alguien filtró los detalles de la casa segura. En el peor de los casos, tenemos
una red de policías cubriéndose unos a otros. En el mejor, esa persona lo hizo
sin saber, pero aún tienen que ser identificados. Rossi no estaba en posición de
saber donde estaría Stevie esta noche. Está en la división de robos.
—¿Fue Rossi el tirador en el restaurante? —preguntó Clay y Stevie le echó
una segunda mirada. Ella había asumido automáticamente que los disparos habían
sido hechos por un mismo tirador. Clay tenía razón al asumir que no lo eran.
—No hay suficientes evidencias para decirlo definitivamente, aunque estoy
bastante seguro de que no fue quien disparó en el jardín delantero de Stevie.
—¿Por qué? —preguntó Clay.
—Por un lado, no coincide con su tipo de cuerpo. Vi el brazo del tirador
cuando disparó desde el Chevy rojo. El brazo de Rossi es corto y grueso.
El pistolero que conducía el coche rojo era más delgado. Pero por supuesto
comprobaremos las huellas de Rossi en el Toyota blanco que los siguió, a
ti, Alec y Cordelia, y el Chevy rojo que pasó por el jardín de Stevie. Lo que
quede de ello, en cualquier caso. El Chevy fue abandonado a treinta
kilómetros de tu casa, quemado.
—Lo sé —dijo Stevie. —Paige me lo contó. ¿Han conseguido algo los
forenses de él?
—Aún no, pero van a revisar cada centímetro cuadrado de él. Había
algo bueno, sin embargo.
—¿Qué es? —preguntó Stevie.
—El asiento del conductor del Chevy estaba desaparecido. El marco
retirado, pero la cubierta del asiento y todo el relleno habían sido retirados.
Los ojos de Clay destellaron.
—Entonces le di.
—Diría que lo hiciste —dijo JD, satisfecho.
—Porque la única razón para que quitara el asiento era si hubiera
dejado evidencias tras él —dijo Stevie pensativa. —Como sangre.
¿Comprobamos las calles unas casas más arriba de la mía? Su brazo
colgaba por la ventanilla. Tal vez goteó algo mientras huía.
—Lo más probable es que le alcanzara en el hombro y la mayor parte de
la sangre goteara en el coche —dijo Clay. —Pero merece la pena intentarlo.
Entiendo que no han ingresado heridos de bala en los hospitales de la zona.
—Solo el que envié yo. Rossi no estaba herido cuando llegó a la casa
de seguridad. Hyatt y AI están esperando a que salga de cirugía. Tan
pronto como esté consciente, le asarán a preguntas por los detalles.
Stevie frunció el ceño.
—¿Pero Rossi no esperaba que yo tuviera refuerzos en la casa segura?
—No. Hyatt dejó caer a muy pocas personas que estarías sola porque
eras 'demasiado terca' para permitirles protegerte. Cualquiera que te
conozca no dudó de él.
Stevie quiso ofenderse, pero no
pudo. —Es un poli justo, supongo.
—Estaba dejando caer miguitas de pan y queríamos que fueran
creíbles. Ahora tiene algunas pistas de la filtración.
—¿Cómo está? —preguntó Stevie en voz baja. Había trabajado para
Peter Hyatt durante mucho tiempo. Era gruñón y a veces un dolor en el
culo, pero en el fondo se preocupaba. Que hubiera puesto a una oficial en
una situación que le hubiera costado la vida sería un gran peso para él.
—Enfadado como un demonio. Había esperado estar equivocado, ya
sabes. Que no hubiera más policías involucrados. Ahora sabe que los hay y
uno de los buenos está muerto.
Por un momento nadie dijo nada.
—Eso hacen tres hoy —dijo Stevie rompiendo el silencio. —Tres muertos
y aún tenemos al menos un tirador ahí fuera, libre. Hasta que le atrapemos
soy un objetivo y también convertí a Cordelia en uno. Y a Emma —su voz
tembló y se aclaró la garganta con aspereza. —Podría ser cualquiera.
—No solo cualquiera —dijo JD. —Alguien que esté conectado con
Stuart Lippman y Silas. O uno de los crímenes que perpetraron. Veo, sin
embargo, un beneficio en todo esto.
Stevie necesitaba desesperadamente un lado
positivo. —¿Qué es?
—El asesinato de un policía en una casa segura por otro policía airea
este asunto de par en par. Quien quiera que te pusiera la diana para evitar la
investigación de esos crímenes que no llegaron a la lista de Lippman ahora
sabe que no solo tú estás buscando. No pueden silenciarnos a todos.
El corazón de Stevie dio un salto en su pecho. Todo lo que podía ver
en su mente era más matanzas.
—Ese no es un lado brillante, JD —dijo con aspereza.
—Aparta el foco de ti —dijo él con voz ronca. —Hyatt y AI deberían haber
hecho esto público de inmediato. El maldito velo de secretismo te puso en peligro.
—Tienes razón —dijo ella, dejando de lado el temor. —Ahora nosotros
–todos nosotros juntos– tenemos que arrancar esta podredumbre del
departamento antes de que nadie más resulte herido —pensó en Justine
Cleary, la policía encubierta que había muerto en su lugar. —O peor.
—La respuesta está en algún lugar de esos archivos que trajiste
contigo —dijo Clay a Stevie. —Apuesto que vamos a ver un caso que aún
no has descubierto. Si fuera uno de los casos de la lista de Lippman, AI ya
lo tendría, así que habría tenido más sentido matar a uno de ellos. Tiene
que ser uno de los casos que no están en la lista.
—Estabas cazando fuera de la lista —añadió JD. —Era solo cuestión
de tiempo antes de que los expusieras.
—Entonces expongámoslos ahora —Clay captó la mirada de Stevie, la suya
ahora aguda. —¿Cuánto hace que empezó a trabajar Silas para Lippman?
—Hace nueve años —dijo ella.
—¿Y los otros polis que sabes que estaban sucios? ¿Cuánto tiempo
hace que llevaban en esa actividad?
—Todos los archivos que Lippman dejó atrás registraron el primer
trabajo hace once años. Empezó con dos policías en nómina, los detectives
de homicidios Riddick y Payne. Eran compañeros en ese momento. Riddick
se retiró hace cinco años, pero murió enseguida. Payne ha estado bajo
custodia durante los últimos seis meses. Fue de los primeros arrestados.
—¿Y después de eso? —preguntó Clay. —¿A quien reclutó Lippman
después de eso?
—Esa habría sido Elizabeth Morton, también de Homicidios. Lippman
hizo que alguien de los suyos atropellara a su hijo pequeño con un coche
hace diez años. Se aseguró su cooperación amenazando con hacer más
daño al chico ‘la próxima vez’. No tenía ni tres años entonces.
—Hijo de puta —murmuró Tanner desde detrás de ella. —¿Quién hace
eso? ¿Quién atropella bebés? ¿Quién dispara a camas esperando matar una
niña pequeña? Dios mío. Fui policía durante veinticinco años y pensaba que
nada podría sorprenderme, pero ... demonios. Me enferma que esos tipos
lleven placa. A la madre del chico podría entenderla, pero aún así.
—No pierda demasiado tiempo entendiéndola —dijo Stevie. —Elizabeth solo
lo empeoró para sí misma. Mató a Silas para evitar que nos diera la identidad de
Lippman. En mi sala de estar, nada menos —aún recordaba la forma en que su
antiguo compañero cayó después de que Elizabeth Morton le disparara.
—¿Por qué? —preguntó Tanner, confuso.
—Porque —dijo: —Lippman se aseguró de que todos sus operativos
supieran que si era capturado o asesinado, todos serían expuestos. Teníamos a
Silas rodeado y tenía un excelente incentivo para entregar a Lippman – Lippman
hizo buena su vieja amenaza y secuestró a la hija de Silas.
—Ese fue el caso donde Paige conoció a Grayson —dijo Clay a su padre. —
Recuerda, te habló sobre ello la vez que trajo aquí a Grayson para conocerte.
Paige y Grayson se habían acercado demasiado a Lippman y el bastardo había
ordenado a Silas matarlos. Secuestrar a la hija de Silas fue la palanca de
Lippman, pero entonces el perro de Paige derribó a Silas y se encontró mirando
un montón de armas. Supo entonces que iba a ir a la cárcel y que Stevie,
Grayson y Paige eran su única esperanza de lograr el regreso de su hijita.
—Ahora lo recuerdo. Paige mencionó que otro policía mató a Silas —
dijo Tanner asintiendo.
Stevie frunció ligeramente el ceño, encontraba la idea de Grayson y Paige
visitando al padre de Clay levemente incómoda. Grayson había sido amigo de
Stevie durante años, aunque él nunca hubiera mencionado esta relación. ¿Tal
vez porque involucraba a Clay y Grayson sabía que yo le había rechazado?
O ... tal vez porque yo me aislé de mis amigos. Pensó en ese momento en que
todos ellos se habían organizado alrededor de ella, en la carretera. Apoyándola. Se
había sorprendido, pero no debería haberlo estado. Ellos siempre habían
estado allí. ¿Cuántas me cerré a ellos?
Sus amigos... el dolor de Cordelia... ¿Qué más se había perdido?
—Elizabeth sabía que si Silas delataba a Lippman, ella iría a la cárcel —dijo
ella a Tanner, —y ella no quería eso. Ganó algunos puntos al final. Mató a Lippman
para salvar otras vidas. Pasará el resto de su vida en prisión, pero el Fiscal del
Estado lo arregló para que ella pasara su condena cerca así su hijo puede visitarla.
—Recuerdo claramente a Elizabeth Morton —dijo Clay. Él y Joseph Carter
habían sido responsables de su captura. —Estar en prisión le da una coartada
malditamente buena, sin embargo. Obviamente ella no es la tiradora. No filtró la
localización de la casa de seguridad. Así que volvemos a Rossi. JD, ¿puedes
echar mano al archivo personal de Rossi? Retrocede al menos once años, al
inicio de los crímenes de Lippman. Veremos si Rossi está conectado de alguna
manera a los casos de Silas que Stevie ha estado revisando. Tiene que ser uno
de esos casos, de otro modo no habría razón para matarla.
—Requerí el archivo de Rossi de vuelta del escenario —dijo JD. —
Debería tenerlo en una hora, como mucho.
Entonces, hubo un momento de silencio. Stevie estaba procesando
mentalmente, haciendo listas, tratando de pensar que más preguntar. Se
figuraba que JD también. Pero Clay fruncía el ceño, tamborileando con los
dedos en la mesa obsesivamente.
—¿Qué? —le preguntó suavemente.
El pecho de Clay subió y bajó con la profunda respiración que hizo.
—Bien. Voy a decir lo que aún no hemos dicho, pero que estoy seguro
todos estamos pensando porque ninguno somos estúpidos. Contaste a
Hyatt tus sospechas de más polis sucios y fuiste atacada. Dos veces. Se lo
contaste a AI pocos días después y empezaron los tiroteos. Hyatt prepara
una casa segura y ahora una policía está muerta. Seguro que hay una
filtración en el Departamento de Policía. ¿Pero cómo sabemos que Hyatt es
de confianza? ¿Cómo sabemos que AI no está sucio también?
Stevie buscó directamente los ojos de Clay.
—No lo sé. Por eso he estado buscando por mí
misma. El pesado suspiro de JD llegó por el altavoz.
—De AI puedo aceptarlo. Pero ¿también Hyatt?
—No quiero pensarlo —dijo Stevie quedamente. —Tampoco quería
creer que Silas era culpable. Pero ¿por salvar a mi hija? —miró el
altavoz. —Confío en ti, JD. Con mi vida. Con la vida de Cordelia. Sí,
consideraré la idea de que Hyatt está involucrado. Al menos tendré
cuidado de lo que le cuento —él había puesto su vida en juego por ella
más de una vez, algo que Silas nunca había hecho. Algo que Hyatt
nunca había hecho.
Pero, algo que Clay también había hecho. Una vez más buscó sus
ojos. Él merecía escucharle decir las palabras en voz alta.
—Y en ti Clay. Con mi vida y la vida de mi hija.
Su expresión se endureció, sus ojos se oscurecieron. Por un momento
no pareció respirar.
—Gracias —dijo él, su voz casi inaudible.
Stevie le dirigió un duro asentimiento mientras JD suspiraba de nuevo,
trayéndolos de regreso al asunto que tenían entre manos.
—Stevie, ¿Quién conoce el ámbito de tu investigación personal? ¿Además de
AI?
—Hyatt, por supuesto. El departamento de archivos, porque pedí
copias de todos los informes. La sala de pruebas. El tipo de la
fotocopiadora. Un montón de gente —se dio cuenta. —Maldición.
—Eso es lo que me preocupaba —dijo JD seriamente. —Descifraremos esto.
Hasta que lo hagamos, necesito que mantengas la cabeza gacha y sigas viva.
—Puedes contar con eso —prometió Stevie. —Gracias, JD.
Clay desconectó, entonces le lanzó una mirada irónica.
—¿Con qué puede contar? ¿Que mantendrás la cabeza gacha o que
seguirás viva?
—Lo segundo. Hasta que esto esté asentado, mi hija está en peligro.
No voy a sentarme a morderme los dedos mientras espero. Pero no correré
riesgos estúpidos. Eso lo prometo.
Él asintió.
—Muy bien entonces. Vayamos a trabajar.
—Vamos a necesitar algo más fuerte que el cacao —dijo Tanner desde
detrás de ellos y había algo diferente en su voz. Toda su censura previa
había desaparecido.
Stevie miró por encima de su hombro.
—¿Burbon?
Él negó con la cabeza.
—Café. Extra fuerte.
Clay se apartó de la mesa.
—Iré a por el maletín con tus archivos. Papá, mejor que hagas un gran
cazo. Esto va a llevar un rato.

***

Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 04:15

Robinette se despertó una vez más por el suave bip de su teléfono. Esta vez Lisa
no se removió. La había agotado y tal vez incluso dejado algunos arañazos. Rodó
sobre sí mismo y comprobó el mensaje. Entonces miró un mensaje de Westmoreland
con disgusto. COMPLICACIONES. 411. Tan pronto como sea posible.
¿Westmoreland también había fallado? Santo Dios, ¿era Mazzetti un
maldito gato?
Bajó a su oficina para hacer la llamada, una concesión que Westmoreland
había exigido, razonando que si a Henderson se le había permitido fichar
después del primer fallo, el segundo podría no haber sucedido. Como quiera.
—¿Qué mierda, Wes? —siseó Robinette.
—Era una trampa. No estaba en la casa segura. Los policías prepararon
un cebo, una mujer policía que se le parecía junto al compañero de Mazzetti,
Fitzpatrick. Un policía llamado Tony Rossi se tragó el anzuelo. Ahora la mujer
policía está muerta. Fitzpatrick disparó a Rossi, que ahora está en la UCI. Los
policías sabían que tenían un topo y estaban limpiando la casa.
—¿Cómo demonios supo Rossi donde encontrarla? —exigió Robinette.
Toni Rossi no era su fuente en la Policía de Baltimore.
—Tu mismo dijiste que un montón de gente la quería muerta. Supongo
que la fuente de Rossi lo supo antes que la tuya. Rossi debe ser un poli
sucio que quería callarla.
Robinette tomó aliento, obligándose a pensar.

—¿Qué te advirtió de que era una trampa?


—Nada. Yo habría sido el atrapado,
pero Rossi me batió. Llegué allí un minuto
después que él y cuando las balas
empezaron a volar, huí. La zona estaba
malditamente abarrotada de policías.
—Mierda.
—Sí, eso es lo que pensé cuando las balas empezaron a volar. ¿Es posible
que tu fuente también avisara a Rossi? ¿Que fuera pagado por ti y otro policía?
—¿Doble ingreso? O doble engaño —añadió Robinette oscuramente. —
Es posible. Una vez un poli cae nunca puedes confiar realmente en él. Si hizo
doble juego, y Rossi vive para hablar, entonces mi fuente será sospechosa.
La policía debe haber entregado falsa información, esperando atraparle.
—¿Puede tu fuente ser rastreada hasta ti?
—No directamente, pero si obtienen alguna evidencia de los chapuceros
intentos, podrían conseguir suficiente para un caso circunstancial. No quiero
arriesgarme. Encárgate de él. Te enviaré su información de contacto.
—Vale. ¿Qué hay de ella?
—Aún quiero que te encargues de ella,
también. Una ligera vacilación.
—Bien por mí. ¿Tienes alguna idea de donde se está ocultando Mazzetti?
—No, pero probablemente esté con sus amigos. El Ayudante del Fiscal
Grayson Smith tiene un lugar en Fell´s Point. Su familia tiene una finca a
las afueras de la ciudad. Si está allí, no la tendrás hasta que salga.
—¿Buena seguridad?
—De primera. Diseñada por un federal con habilidad para los sistemas. El
Agente Especial Carter está relacionado con la ayudante del Ayudante del Fiscal
Daphne Montgomery. Ambos son amigos de Mazzetti. Ambos más ricos que Dios.
Si Mazzetti necesitaba un lugar donde esconderse o dinero para huir, iría a ellos.
—Les comprobaré.
—Bien. De acuerdo con mi fuente, el tiroteo en su casa fue visto por cuatro
personas. Una era la doctora Townsend, la psicóloga con la que se reúne cada 15
de marzo. Otra era el compañero de Mazzetti, Fitzpatrick. Los otros eran dos
hombres, no identificados. Averigua quienes eran. Probablemente está con uno de
los otros amigos de aquí, pero esos dos podrían tener un ángulo. Townsend vive
en Florida. Hay una posibilidad de que Mazzetti pueda estar ocultándose con ella.
—Si tiene amigos ricos, uno de los cuales es del FBI, podría estar ya
fuera del país. Si está más allá de nuestras fronteras, ¿quieres que la siga?
—No hasta que sepamos sus planes a largo plazo. Si huye, huirá a
algún lugar civilizado. Solo mantén la vigilancia sobre ella. Especialmente
sobre la niña. Si tenemos a la chica, Mazzetti vendrá a nosotros.
Capítulo Nueve

Wight´s Landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 5:45

—¿Está bien? —murmuró Tanner


De pie en la puerta de la cocina, Clay miró sobre su hombro a donde
Stevie se acurrucaba bajo la manta en el sofá de la sala de estar.
—Está dormida —golpeó la mesa de la cocina donde Emma se había
dormido, con un montón de carpetas por almohada. —Emma, despierta.
La barbilla de Emma saltó hacia arriba, sus ojos abiertos y groguis.
Parpadeó fuerte, entones se apartó el pelo de la cara y se sentó derecha,
con expresión disgustada.
—Demonios. Me quedé dormida —había bajado dos horas antes,
atraída por el olor del café recién hecho. Echando una mirada a la mesa
cubierta de informes policiales, se remangó y se puso a trabajar, hasta que
sus ojos habían estado demasiado pesados para mantenerlos abiertos. —
Solo conseguí pasar cinco informes antes de desplomarme.
—Está bien —dijo Tanner, señalando la sala de estar. —Stevie no
aguantó mucho más.
—Pobre Stevie. Debe haber estado completamente rendida para
permitirse dormir.
Clay puso las carpetas que Stevie había estado revisando en su lado
de la mesa y se sentó.
—Ella no se 'permitió' dormirse. Solo se desplomó hacia adelante —había
tratado de despertarla lo suficiente para que regresara a la cama, pero ella no
había respondido. —Por un minuto pensé que estaba inconsciente.
—Bueno, si pudo despertase lo suficiente para caminar hasta el sofá —
dijo Emma. —estoy segura que está bien.
—Ella no caminó hasta el sofá —le dijo Tanner en un exagerado
susurro. — Clay la llevó.
Clay lanzó a su padre una mirada de aviso. Tanner respondió con un parpadeo
sudespistado, haciendo sonreír a Emma. Clay, sin embargo, no estaba sonriendo,
su pecho aún estaba tan tenso que apenas podía respirar. Había empezado a
llevar a Stevie escaleras arriba, pero ella le había abrazado en sueños, haciéndole
desear mucho más que sostenerla. ¿Llevarla a una cama de verdad? No podía
hacerlo. Así que se había decidido por el sofá, temblando mientras la dejaba. Aún
estaría temblando si no hubiera contraído cada uno de sus músculos.
—Eso fue muy bonito por tu parte, Clay —dijo Emma, entonces frunció el
ceño. —Espera. ¿Cómo sabes que no estaba inconsciente si no se despertó?
—Abrió los ojos lo suficiente para mirarme cuando la cubría con una
manta, murmuró algo acerca de 'descansar un segundo', entonces se giró y
empezó a resoplar.
Pero antes de girarse, él había visto algo en su mirada. Un momento de
aceptación indefensa. Un parpadeo de calor. Por ahora era suficiente.
Suficiente para hacerle saber que cuando se las arreglara para romper sus
barreras, la encontraría dispuesta. Por favor Dios, tal vez incluso ansiosa.
—Muy bien —dijo Emma con un bostezo. —Cuántos informes más
tenemos que resumir?
—Stevie hizo la mayoría durante las pasadas semanas —dijo Clay. —
Hicimos varios más antes de que se durmiera y probablemente tenemos
otras cinco horas por delante. Hasta ahora, ninguna mención a Rossi.
Tenemos que buscar los enlaces por todas las notas de los casos. Los
enlaces pueden ser secundarios, pero Rossi está implicado de alguna
manera. De otra manera no tendría razón para atacar la casa segura.
Emma se mordió el labio.
—Estáis asumiendo que Rossi trabajó en uno de estos casos
oficialmente. Puede no haber sido nombrado en alguno de estos informes.
Podría estar protegiendo a alguien más.
Clay lo consideró.
—Posible. Entonces esa persona sería una conexión
secundaria. —¿Cómo qué? —presionó Emma.
—¿Cómo están dos personas conectadas? Trabajo, familia, amigos, aficiones,
geografía. Tal vez él y Silas tuvieron un compañero en común. Tal vez jugaban en
el mismo equipo de béisbol o vivían en el mismo barrio. Lippman llegó a estos tipos
a través de sus familias. Amenazó a la hija de Silas y también al de Morton. Tal vez
Rossi tiene un hijo. Tal vez sus hijos jugaban en el mismo equipo de fútbol.
Demonios, no lo sé. Pero Tony Rossi está en uno de estos archivos, en
alguna parte. Lo que fuera que hiciera, tuvo que ser grande. Como un gran
delito mayor. Atacar la casa segura fue un riesgo enorme.
—Tienes razón —dijo Emma pensativa. —Tenía que saber que sería
acusado de asesinato si era atrapado. Intento de asesinato al menos si
hubiera tratado y no hubiera conseguido matar a Stevie. Como están las
cosas, será acusado de asesinato de una policía encubierta.
—Y ahora que ha sido atrapado, es cuestión de tiempo que alguien le
conecte con su crimen —dijo Tanner. —Ya sea por los esfuerzos de AI o
los vuestros, dirigió la atención sobre sí mismo al atacar la casa segura.
—Creyó que los beneficios superaban el riesgo —dijo
Emma. Tanner negó con la cabeza.
—Es más probable que creyera que no le cogerían.
—Lo que pone a AI bajo más sospecha —dijo Clay con cansancio—
Cuando ellos estaban haciendo la investigación, nadie fue atacado. Cuando
Stevie descubrió que la lista de Lippman no estaba completa, empezaron
los ataques. Rossi no pensaba que sería atrapado cuando AI tenía las
riendas —hizo una mueca. —Quiero creer que AI solo es incompetente y
no corrupto, pero no podemos asumir eso.
—Estoy de acuerdo —el suspiro de Emma fue frustrado. —Podríamos
estar leyendo informes hasta que las ranas críen pelo si no sabemos lo que
estamos buscando. Es demasiado malo que toda esta mierda no esté en
un ordenador en alguna parte.
Tanner levantó una página de uno de los informes.
—Lo está. Ha salido del ordenador del Departamento de Policía de Baltimore.
—Bueno, sí —dijo ella, —pero eso no es lo que quiero decir. Podemos
imprimir los informes, pero estaría bien pedir al ordenador que encuentre la
conexión por nosotros.
Clay sintió como si le golpearan la cabeza. Había pasado por alto la
solución obvia.
—Podemos. Esta es la clase de cosa que Alec hace mejor —marcó el teléfono
de Alec desde la línea segura, poco sorprendido cuando el chico respondió
inmediatamente, a pesar de la temprana hora. —Necesito tu ayuda —habló a Alec
sobre los informes en la que habían estado buscando. —Podemos estar buscando
un caso en el que ni Stevie ni Silas trabajaran, uno que Lippman contratara,
pero nunca añadiera a su lista. ¿Puedes hacer vudú en tu ordenador?
Alec se rió.
—No es vudú, pero puedo introducir todos los nombres y claves que
encontréis en los informes en una sencilla base de datos. Añadir lo que sea
que pueda conseguir de sus archivos, Google para lo que pueda encontrar
de sus vidas personales y cruzar referencias. No llevaría mucho,
especialmente ya que habéis resumido los informes. Envíame por fax las
notas que tienen, sigan resumiendo, después envíame el resto cuando lo
hayáis hecho. Estaré en contacto. Adiós por ahora.
Tanner reunió las notas.
—Las enviaré por fax desde mi oficina —fue a lo que había sido el comedor de
la madre de Clay, ahora la oficina donde dirigía su negocio de charters de pesca.
—Esto debería ahorrarnos tiempo a largo plazo —dijo Clay cuando
cortó la llamada. Puso la pila de informes que aún no habían leído al final
de la mesa donde se sentaba. Una carpeta permaneció fuera del resto, su
brillante color verde contrastaba con todo el manila.
—Stevie tenía que empezar a leer este juego de informes —dijo Clay.
—Pero siguió cambiando de idea.
—¿Qué hay en la carpeta, Clay? —preguntó Emma.
Clay abrió la carpeta y soltó el aliento cuando vio las fechas de los
informes. El primero fue completado dos semanas después de las muertes de
su marido y su hijo, el último como un año más tarde. Estos fueron los casos
que Silas investigó mientras ella estaba de duelo y baja de maternidad.
Los hombros de Emma se hundieron.
—¿Está el informe de los asesinatos de Paul y
Pauli ahí? —No.
—Bueno. Al menos no tuvo que
leerlo. Clay la miró.
—¿Realmente crees que no lo ha
hecho? Emma suspiró.
—Tienes razón. Estoy segura que lo ha hecho. Pero al menos no ha
tenido que hacerlo de nuevo. Dame la carpeta. Los revisaré.
Clay negó con la cabeza.
—Podemos hacerlo juntos.
Extendieron la carpeta verde, cada uno tomando la mitad, trabajando
en silencio hasta que Tanner volvió a la mesa.
—El fax está enviado —dijo. —Pásame uno de esos informes.
Clay así lo hizo con una mano, cogiendo el teléfono que sonaba con la
otra. Era Alec.
—Tengo el fax —dijo. —Debería poder dar una vuelta a esto en unas horas.
—Bien —dijo Clay. —Porque tengo algo más que quiero que hagas
cuando hayas acabado. ¿Cuánto de la instalación de esa cámara hiciste
donde Daphne ayer?
—Cómo la mitad, ¿por qué?
Clay pensó en Rossi disparando a la cama en la casa segura, creyendo
que estaba disparando a una niña de siete años. Su mero intento podría
ser suficiente para disuadir a cualquiera de atacar a Stevie. Como JD había
dicho, todo el Departamento de Policía de Baltimore sabía ahora que había
más polis sucios y una filtración en el departamento. Eso podría ser
suficiente para asegurar su seguridad.
Pero Clay no podía permitirse contar con eso. Y si los ataques a Stevie
continuaban, sería más seguro para Cordelia no estar cerca de Stevie. Stevie
podría no estar de acuerdo, pero quería tener un lugar listo en caso de que lo
hiciera. Él había prometido que las mantendría a salvo y no rompía sus promesas.
—Quiero que regreses a la granja y lo acabes hoy. Una vez las
cámaras estén instaladas, la granja será bastante segura para Cordelia, y
ella puede continuar su terapia con los caballos.
—¿Vendrá Stevie con ella? —preguntó Alec.
—Aún no lo sé. Ten preparada la granja para Cordelia, y lo
resolveremos desde ahí.
—Vale. ¿Estaré solo en la granja o tendré ayuda? Si tengo que hacerlo
solo, me llevará más de un día entero.
—Tendrás ayuda —De Marco y Julliard darían la bienvenida a la
paga. El padre de Clay le dirigió una mirada afilada cuando colgó.
—¿Vas a dejar que Stevie se vaya?
Demonios, no. Clay mantuvo su cara tan inexpresiva como pudo,
ignorando la mirada astuta de Emma.
—No puedo mantenerla aquí. Es libre de ir donde
quiera. —Eso no es lo que quería decir —dijo Tanner. —Y lo
sabes.
—Se lo que querías decir. Y yo quería decir lo que dije. Ella no es una
prisionera. Ahora volvamos al trabajo, por favor.
Clay dejó caer sus ojos en el informe delante de él, pero su mente ya había
empezado a trabajar en la logística para mover a Cordelia a una localización
alternativa. ¿Por tierra o por mar? Tenía que ser realista. Una vez que quien
quiera que fuera tras Stevie averiguara que no había estado en la casa de
seguridad, empezarían a buscar por algún otro lugar. Que él había estado con
ella en su jardín delantero se filtraría al chivato de la Policía más pronto que
tarde. Y aunque este sitio era seguro, había formas de conectar este lugar con
Clay a través de sus padres, si alguien estaba bastante determinado.
¿Cuatro tiroteos en dos días? ¿Y uno en una casa segura?
Estaban bastante determinados. Era solo cuestión de tiempo que fuera
rastreada hasta aquí. La propiedad era segura, pero cualquiera tan
determinado podía ser bastante paciente para esperar en la carretera para
abordar un coche que llevara a Cordelia. Y a Stevie, si decidía irse también.
La carretera no era segura. Ir por el agua sería probablemente más seguro.
Ahora sabía exactamente lo que haría y exactamente a quien llamaría
para poner en marcha su plan. Precisado eso, parpadeó fuerte y obligó a
sus ojos a centrarse en la página ante él.

***

Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 06:58

Sam Hudson se apartó de la pared en la que se había estado apoyado


durante la mayor parte de una hora, esperando que llegara el turno de mañana.
—Hey, Dee.
Dina Andrews miró sobre su hombro y una sonrisa iluminó su cara.
—Sammy. ¿Qué te trae a esta tumba tan temprano por la mañana?
Habían tenido una cita una vez, hace cinco años. Dina era una de las rarezas
según la experiencia de Sam, una mujer honesta en el mundo de las citas. Había
sido honesta con el hecho de que estaba buscando algo a largo plazo. A Sam le
había gustado, pero no de esa manera. Así que habían quedado como
amigos y pocos eran más leales que Dina.
—Vengo portando regalos —le tendió una bolsa y una taza del Starbucks de
la esquina. —Pan de calabaza casero de mi mamá y una taza de descafeinado.
Ella aceptó los regalos con una entrecerrada mirada de
sospecha. —¿Por qué?
—Porque necesito un favor —la siguió a su cubículo, entonces le tendió
la bolsa de pruebas con el revólver. —¿Puedes comprobar esto?
Ella cogió la bolsa, alzando las cejas.
—¿Hay un informe junto a ello?
—Aún no. Me lo dejaron. No demasiado lejos de donde estaba durmiendo.
No era una mentira. Técnicamente. El revólver había sido dejado para
él, a diez centímetros de donde había dormido más de treinta horas como
un muerto, hace ocho años.
—¿Tal vez alguien en el vecindario?
—¿Quién sabe? —replicó. —Tal vez una conciencia culpable o un
espectador inocente.
Ella le estudió de frente y supo que ella adivinó que se estaba
guardando secretos.
—Vale. Te llamaré cuando tenga
algo. —Gracias, Dee. Eres la mejor.
Sam se alejó, el temor reunido en sus tripas. Ella encontraría algo. Lo
sabía. Debería haberlo comprobado ocho años antes, pero estaba
demasiado asustado de lo que encontraría. Así que no había dicho nada.
Por favor Señor, susurró en su mente. Por favor no permitas que haya
algo que no pueda arreglar. Por favor.

***

Wight´s Landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 08:15

—¿Señor Maynard?
El pequeño susurro de Cordelia vino desde encima de su cabeza,
desde la mitad de las escaleras. Clay miró hacia arriba, entonces
guardó los archivos de Stevie en el armario de debajo de las escaleras.
Había crímenes en esas carpetas que los adultos jamás deberían tener
que ver, mucho menos una criatura de la edad de Cordelia.
Ya vestida, con el pelo peinado, estaba sentada en el escalón a la
altura de su cabeza, la cabeza presionada entre los barrotes.
—¿Donde está mi ma…? Oh. Está ahí.
Él miró sobre su hombro, siguiendo su mirada hasta el sofá donde
Stevie dormía sonoramente.
—Se levantó a trabajar esta noche y se quedó dormida en la mesa de
la cocina.
—A veces lo hace —dijo Cordelia, ofendida. —Dirá, 'Solo estoy
descansando los ojos,' después lo siguiente que tía Izzy y yo sabemos es
que está roncando, realmente fuerte. Ella dice que no ronca, pero lo hace
—la última palabra fue puntualizada con un fuerte asentimiento que hizo
sonreír a Clay. —¿Apartó todos sus informes para que yo no los vea?
La sonrisa se desvaneció.
—Sí —dijo, preguntándose porque seguía sorprendiéndole que está sólida
niña captara la realidad a su alrededor. —¿Alguna vez echas una mirada?
—No. Mamá dice esos papeles estropearán mi cabeza. Yo creo que ya
estoy bastante estropeada. Cachorros y Skittles —añadió con un dramático
suspiro que trataba de ocultar tanto dolor y temor.
—Y flores y arco iris. Lo siento,
cariño. Ella se encogió de hombros.
—Está bien. ¿Dónde está todo el mundo?
—La señorita Emma subió a dormir —Emma había aguantado otra
hora antes de que sus ojos se cerraran de nuevo. —Trató de trabajar pero
se quedó dormida sobre los informes.
—¿Dónde está el señor Tanner? ¿Y los perros?
—Fuera, a dar un paseo y a nadar. Papá pasea, los perros
nadan. —El agua está demasiado fría. Se pondrán enfermos.
—Nah. Están criados para nadar en agua fría. Estarán
bien. —¿Dónde están los perritos? —preguntó Cordelia.
—En su cama junto a la estufa —él señaló con el
pulgar por encima de su hombro y ella se esforzó por
encajar la cara entre los barrotes, tratando de obtener
un vistazo. —Se te va a atascar la cabeza —advirtió
suavemente, haciéndole reír tontamente. El sonido
levantó su corazón. Demasiado tarde, Stevie.
Demasiado tarde para que no me encariñe con tu
pequeña.
Estar cerca de la hija de Stevie le ponía feliz y melancólico, todo al
mismo tiempo. Yo debería haber tenido esto. Debería haber tenido una hija.
No se había dado cuenta hasta ese momento cuanto había esperado una
segunda oportunidad en la paternidad con Cordelia Mazzetti.
Y con un hijo que Stevie y yo pudiéramos haber hecho juntos. Pero
Stevie había sido muy clara en ese punto. Él podría no dejar de esperar
nunca, pero siendo realista tenía que aceptar que la familia que siempre
había querido podría no existir nunca.
Quería estar enfadado con Stevie, pero no podía. Ella estaba
protegiendo a su hija y a ella misma de la mejor forma que sabía. Tenía
que averiguar cómo hacer que dejara de hacerlo.
—Parece muy triste —dijo Cordelia en voz baja. —¿Por qué?
Prometiste que no la mentirías. No podía discutir sus problemas con
Stevie, así que le dio la única otra respuesta honesta que podía.
—Echo de menos a mi propia
pequeña. Los ojos de ella se abrieron.
—¿Tienes una niña pequeña? —
susurró. Él asintió.
—Ya no tan pequeña. Hará veintidós este
verano. Cordelia le estudió a través de los
barrotes. —¿Cómo se llama?
—Sienna —dolía decirlo en voz alta.
—¿Por qué la echa de menos? ¿Por qué no la ve?
—Es complicado. A ella... no le gusto —la subestimación
del siglo. —¿Por qué no? Yo creo que es usted agradable.
Eso le hizo sonreír.
—Tú eres muy agradable, también. Como dije, es complicado. Su
madre la apartó de mí. No se me permitió verla cuando estaba creciendo.
—¿Por qué? —ella sonó tan disgustada en su nombre que su propio
corazón se tranquilizó.
—Nunca pude conseguir que su madre me lo dijera. Ni siquiera supe
de Sienna hasta que fue mucho más mayor.
—Pero ahora ella es adulta, ¿no? No necesita el permiso de su mamá,
¿verdad?
—No, supongo que no. Su mamá ya no vive. He tratado de contactar
con Sienna, pero cada vez que aparezco para verla, ella está en otro lugar.
Vive en el oeste ahora, en California. Al menos esa fue la última dirección
que tenía de ella. Un apartado de correos en una tienda de UPS.
Cordelia extendió su pequeña mano y palmeó su mejilla
gentilmente. —Lo siento.
—Gracias —tragó saliva. —Voy a hacer gofres. ¿Quieres
ayudarme? —¿Usted sabe hacer gofres? —preguntó escéptica.
—Solo tienes que mirarme. Vamos —extendió su mano y ella saltó de
las escaleras, tomando su mano con un inesperado firme agarre. Él miró su
fiera carita y vio a Stevie en sus ojos. —¿Qué es, cariño? —preguntó.
—¿A donde voy a ir hoy?
—Aún no lo sé. Estoy esperando a hablar con tu madre cuando se levante.
Durante la próxima hora, puedes quedarte conmigo y te enseñaré la receta de
gofres de mi madre. Solía ayudarla a cocinar cuando tenía tu edad —olisqueó.
— Papá debe estar de vuelta de su paseo. Huelo a café recién hecho.
—A mi madre realmente le gusta el café. ¿Tiene chips de
chocolate? —¿Para el café? ¡Puaj!
Ella se rió de nuevo.
—No, tonto. Para los gofres.
—¿Chocolate en los gofres? —miró hacia abajo de nuevo, aliviado al
ver su fiereza reemplazada con una sencilla sonrisa. —¿De verdad?
—Oh, cielos, sí.
Stevie esperó hasta que la puerta de la cocina se cerró antes de sentarse en el
sofá. Estoy aprendiendo un montón espiando las conversaciones de mi hija.
Clay tenía una hija. Eso daba a Stevie algo en lo que pensar. Pero las
palabras que estaban en su cabeza eran las que había escuchado de Cordelia.
Soy todo lo que le queda, había dicho la noche anterior. ¿Y ahora?
Estoy bastante estropeada.
Dios mío. ¿Qué he hecho? La había puesto en peligro repetidamente,
eso es lo que había hecho. En su cabeza sabía que había estado haciendo
su trabajo, un trabajo importante. No había sido negligente.
No había dejado deliberadamente desprotegida a su hija.
Pero su corazón gritaba la verdad. Fallé en mantener a salvo a mi propia hija.
Empezó a seguirlos a la cocina, pero se quedó atrás, aún no preparada para
enfrentar a Clay. Miró el sofá recordando exactamente cómo había llegado allí.
Se había quedado dormida en la mesa, con una pila carpetas como almohada. Y
después fue llevada en fuertes brazos, depositada en el sofá con una ternura
que la llegó al alma, incluso en la niebla adormilada. La había arropado tan
cuidadosamente como si hubiera sido una niña. Apartado el pelo de su cara.
Había abierto los ojos para encontrárselo junto al sofá, mirándola con
un ansia que le quitó el aliento. Pero él no había dicho una palabra. No
había hecho un movimiento. Solo se dio la vuelta y regresó a la cocina. Y
ella se había quedado dormida de nuevo, sintiéndose a salvo.
Una parte de ella se rebeló ante la idea. No necesitaba que nadie la
mantuviera a salvo. Yo puedo cuidar de mi misma. Agarrando su bastón, se
puso en pie y giró el hombro, la herida de bala del día antes aún estaba
bastante fresca para arder como el fuego.
¿Puedes cuidar de ti misma? ¿De verdad? ¿Entonces como está
funcionando para ti?
Cállate.
Sintiéndose tonta, se dio la vuelta y alzó los ojos a la ventana... y se
quedó helada. Ante ella estaba el día más hermoso que había visto en
mucho tiempo. El sol se reflejaba en la Bahía Chesapeake en incontables
destellos de luz que brillaban como diamantes. El cielo estaba azul sin
nubes, roto solo por el perezoso vuelo de los pájaros.
Algo dentro de ella se asentó. Tranquilidad, se dio cuenta. Aquí se
estaba tranquilo. En otro día, bajo circunstancias diferentes, podría haber
incluso encontrado paz.
—Oh —exclamó. —Sabía que sería magnífico.
—¿La vista? —preguntó Tanner. Ella miró sobre su hombro para verle
aproximarse, con una humeante taza de café en cada mano.
—Es increíble —le dijo. —Puedes verlo siempre. El agua, las olas. Los
pájaros. Eres afortunado de poder verlo cada día. Gracias —añadió cuando
le dio una de las tazas.
—Ofrenda de paz. Fui grosero anoche cuando llegaste. Mi esposa no
habría aprobado mi comportamiento.
—Todo está bien. Entendí que estabas protegiendo a tu hijo.
—Clay no es un crío y yo estaba equivocado al tratarte con aspereza. Tuviste
un día infernal y yo no lo mejoré. Espero que te quedes tanto como necesites.
—Es muy amable por tu parte. Pero creo que Cordelia necesita estar… —
tomó un aliento de refuerzo. —Lejos de mí. Los chicos malos me quieren fuera
de la foto. No quiero que acabe herida porque yo soy demasiado terca para
admitir que alguien más puede protegerla mejor que yo en este momento.
—¿No porque la quieres lejos de Clay? —preguntó Tanner cuidadosamente
y su mirada saltó hacia arriba, bloqueando la del hombre mayor.
—No. Eso podría haber sido cierto hace veinticuatro horas, pero ahora
no es cierto. Tu hijo ha ayudado a mi hija más en un día… —otra
respiración de refuerzo. —Que yo en el pasado año.
—Yo no sé nada de eso. Pero él parece ponérselo fácil. Siempre fue
como un niño. Siempre tratando de ponérselo fácil a todos.
—¿Excepto a sí mismo?
—Sí —dijo él con brusquedad.
Ella tenía demasiadas preguntas, pero su expresión decía que él no
contaría historias.
—Hace reír a mi bebé. No la he oído reír en meses. Supongo que no la
he dado mucho por lo que reír.
—Te culpas por ello, ¿no?
La pregunta la sobresaltó.
—Sí —dijo ella, emulando su tono, haciéndole reír.
—No debes hacer eso —tomó un sorbo de café, mirando la Bahía. —
Solía culparme cuando tenía tu edad.
—¿Qué te hizo parar?
—Algo que aprendí hace tiempo. Los niños miran e imitan. Te culpas a ti
mismo de todo lo que sucede a tu alrededor, a ti, y esa pequeña hará lo mismo.
—Ya lo hace —susurró Stevie. —Tengo que hacer algunos cambios serios.
Por
ella.
—No. Por ti. Tienes que hacerlo por ti. Hazlo por ella y te resentirás por los
cambios y con ella por forzarte a hacerlos. Haz lo correcto porque te ayudará a
ser mejor persona y, a cambio, un padre mejor. Verá y sabrá que es real.
Stevie tuvo que tragar saliva. —
Gracias. Por el café y la sabiduría.
—No mi sabiduría —dijo bruscamente. —Mi esposa pasó los mejores años
de su vida metiéndomelo en la cabeza. Pero yo también era policía. Veía cosas
en el trabajo... demasiadas cosas que no podía arreglar, así como demasiadas
cosas que deseaba poder cambiar. Traía la presión a casa, incluso aunque no
quisiera. Entonces vi a Clay haciendo lo que yo hacía, culpándose a sí mismo.
Para entonces era demasiado tarde. Le había enseñado a ser el hombre que es,
un maldito buen hombre. No hay uno mejor en la tierra de Dios.
Su tono la retó a no estar de acuerdo.
—Se que es un buen hombre, Tanner. Así se lo dije anoche. Desearle
lejos de Cordelia no fue por él, el hombre que es. Era para proteger el
corazón de Cordelia. Se encariña con la gente. No quiero hacerle daño.
Él suspiró.
—Mi esposa me dijo lo mismo hace mucho tiempo.
Stevie oyó los ecos del dolor en su voz. Había oído esos ecos antes en
su propia voz cuando hablaba de Paul. Después de ocho años aún lo hacía
y la pérdida de este hombre era incluso más reciente.
—Clay me dijo que era una madre soltera. También dijo que tú eras su
padre, de todas las formas que importaban —añadió suavemente e
inmediatamente vio que había sido lo correcto.
—Gracias —él se aclaró la garganta. —Sabía que mi Nancy tenía un hijo
antes de preguntárselo, pero llevó más de un mes de citas antes de que me
presentara a Clay, e incluso entonces solo fue porque la había manipulado a ello
—sus labios se torcieron ante el recuerdo. —Se suponía que íbamos al cine,
pero ella lo canceló porque su niñera se puso enferma. Aparecí en su puerta con
tres entradas para el partido de los Orioles de esa noche. Cuando Clay vio esas
entradas, sus ojos se iluminaron como si fuera Navidad. Nancy estaba muy
enfadada conmigo, pero ella accedió a ir porque no podía disgustar a Clay.
Entonces no tenían nada. Ella estaba sirviendo mesas, llegando apenas a fin de
mes. Pero era orgullosa. Nunca aceptó ayuda. A menos que fuera por su hijo.
—¿Cuántos años tenía Clay?
—Cinco. Y que cabeza tenía ese chico. Conocía a cada jugador de ambos
equipos, sus estadísticas, todo. Pasamos la mejor de las tardes. Pero cuando
los llevé a casa y ella llevó a Clay a la cama, oh chico, hizo que las chispas
volaran. Me contó que hasta que supo que yo tenía material de marido, ella no
quería que su hijo me conociera. No quería que se encariñara, solo para que me
marchara —la miró intencionadamente. —Como su padre había hecho.
Stevie se erizó.
—Mi esposo no se marchó. Fue asesinado.
—Lo sé. Clay me lo dijo. Pero al final es lo mismo, ¿no? Se ha ido
dejando un hueco donde debería estar un padre. Tú quieres proteger a
Cordelia, justo como Nancy protegía a Clay.
Ella no creía que fuera lo mismo para nada, pero veía lo que él estaba
tratando de decir y apreciaba el intento.
—Entonces entiendes por que dije a Clay que no quería que tuviera
contacto con Cordelia. Mis deseos no tenían nada que ver con Clay. Él es
un buen hombre. Siempre he sabido eso.
—Bien. Ahora, porque él es mi hijo y le protegeré hasta mi último
aliento, necesito que sepas una cosa más. Tú no eres la única con un
pasado trágico. Clay también tiene cicatrices, la mayoría internas donde no
permite que nadie las vea. Nancy y yo esperamos durante años a que él
encontrara a alguien que lo sanara, que abriera ese corazón que sabíamos
que estaba ahí. Por la razón que fuera, fuiste tú.
Ella contuvo el aliento, no sabiendo qué
decir. Tanner la miró fijamente.
—No entiendo tus razones para no quererle, porque cualquier mujer debería
estar orgullosa de tenerle. Le hiciste daño cuando le rechazaste. Profundamente.
Ella sintió dolor en su corazón. Culpa. Arrepentimiento
Remordimiento. —Lo siento —dijo suavemente.
—Estoy seguro de ello. Aún así aquí
estás. La cólera se desató.
—Por Cordelia. Para mantenerla a salvo —algo que Tanner había dicho
hizo clic en su cabeza y ella entrecerró los ojos. —Clay usó el temor de mi hija a
perderme para manipularme a aceptar su ayuda. Ahora se donde aprendió
el fino arte de la manipulación.
Los ojos de Tanner brillaron, su boca se tensó. Entonces,
inesperadamente, sus labios se torcieron.
—Puedo ver a Clay haciendo eso y no puedo negar que lo aprendió de
mí. Por favor, solo se cuidadosa con él. Cuando te vayas trata de no herirle
de nuevo — tomó otro sorbo de café, entonces giró sobre sus talones. —
Creo que huelo gofres. Comamos antes de que todos desaparezcan.

***

Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 08:30

—¿Estás seguro? —preguntó Robinette, manteniendo su fría voz


calmada. Por dentro, su furia se agitó. De toda su gente, Fletcher era la
última persona que hubiera esperado que le traicionara. —¿No hay duda?
—Ninguna —dijo Westmoreland. —Conseguí una identificación positiva
de Henderson y de Fletcher del recepcionista del hotel. Puedo enviarte por
correo una copia del vídeo de seguridad del hotel si quieres pruebas.
—No, no lo mandes —Robinette no quería ninguna conexión que la
policía pudiera rastrear hasta él. Las conversaciones por teléfono móvil
eran bastante peligrosas. Incluso los teléfonos 'desechables' que usaban
podían ser rastreados si un policía era listo. Y Stevie Mazzetti era
demasiado malditamente lista para su propio bien. Y el mío. —Ponlo en
una unidad de memoria y tráemelo. ¿Dónde está Henderson ahora?
—Ido —dijo Westmoreland con disgusto. —El café en la taza junto a la
cama aún estaba caliente. El recepcionista admitió haber sido pagado para
estar atento a mí presencia y había llamado a la habitación.
—¿Dónde está el recepcionista?
—Muerto. Le hice abrir primero la caja fuerte y el registro, así parecerá
un robo. El sistema de vigilancia era de bucle cerrado, nada subido a un
servidor. Me llevé la grabación conmigo.
—¿Qué hay del coche de Henderson?
—El recepcionista admitió que Henderson llegó en un Camry
blanco, así que rajé sus ruedas de camino a la habitación de
Henderson. Cuando la encontré vacía, comprobé la grabación del
aparcamiento. Henderson robó un oxidado viejo Dodge. Le hizo un
puente en cinco segundos.
—Ya —dijo sarcásticamente impasible Robinette. —Henderson aún
tiene algunas habilidades.
—Encontré el Dodge abandonado un kilómetro más allá. Un montón de polis
rodeándolo. Me puso nervioso que hubieran identificado a Henderson, pero
estaban allí porque un repartidor denunció el robo de su camioneta. El
propietario estaba sujetando el anuncio magnético que llevaba en la puerta, así
que Henderson está ahí fuera con una camioneta blanca sin distintivos. Seguiré
buscando. Sin embargo tengo buenas noticias: una pista sobre Mazzetti.
—Habla —ladró Robinette.
—Justo antes traté con tu fuente en el departamento de Policía,
identificó a los dos hombres que estaban con Mazzetti cuando Henderson
hizo su jugada. Eran Clay Maynard y Alec Vaughn.
—¿Maynard? —frunciendo el ceño, Robinette tecleó en su portátil,
entonces miró fijamente la imagen fija tomada en los escalones del tribunal
el día que Mazzetti fue disparada por la adolescente psicópata. En la foto,
Mazzetti estaba tumbada sangrando mientras un hombre sin camiseta se
agachaba junto a ella. Clay Maynard. —Estaba allí también cuando le
dispararon en diciembre. El hijo de puta salvó su vida.
—Bueno, fue su ángel guardián también anoche —dijo Westmoreland.
—O su guardaespaldas.
—Posible. Dirige una empresa de seguridad. Por eso estaba en el
tribunal ese día. Uno de sus empleados había sido asesinado la noche
antes mientras custodiaba al hijo de Montgomery, la Asistente del Ayudante
del Fiscal, que había sido secuestrado. Maynard estaba allí para informarle.
Entonces, Stevie contrató un guardaespaldas. Lista.
—Hizo que su dinero mereciera la pena. Maynard fue alcanzado en la
espalda anoche por dos de las balas de Henderson para ella. Salvó su vida
de nuevo, y también la de su pequeña. He comprobado todos los demás
amigos que nombraste y no parece estar con ninguno de ellos. Hay
muchas posibilidades de que Maynard la tenga oculta en alguna parte.
—¿Qué hay del otro hombre? ¿Vaughn?
—Es solo un chico. Maynard es el jugador principal. Iré a su casa y
lo comprobaré.
—No encontrarás la dirección de Maynard fácilmente —dijo Robinette.
— Compró su casa a través de una corporación, oculta en un lío de otras
corporaciones. El tipo no es un principiante —buscó la dirección de
Maynard en su anticuado cuaderno de direcciones. No había hacker en el
mundo que pudiera colarse en su lista de contactos. —Apunta esto —dijo, y
leyó la dirección de Maynard.
—¿Cómo la conseguiste? —preguntó Westmoreland.
—Tengo mis maneras —en realidad había esperado en el exterior de la
oficina de Maynard una noche y le siguió a casa. Casi pierde al tipo tres
veces. —Ten cuidado. Tendrá un sistema de seguridad de alto nivel y está
bien armado. Lleva refuerzos.
Westmoreland mantenía un equipo de seguridad que custodiaba la planta
de forma continua. Permitir que las fórmulas especiales de Fletcher dejaran la
planta en las manos equivocadas podía hacer que les arrestaran. O peor.
—Ahora no puedo. Tengo a mi equipo buscando a Henderson, que
está dando vueltas ahora mismo disgustado. Eso me preocupa.
La censura en la voz de Wes acabó con la paciencia de
Robinette. —Crees que cometí un error.
—Bueno... podría haber sido una decisión precipitada. Yo no estaba allí, así
que no sé lo que falló, pero por lo que encontré sobre Maynard, es un profesional.
Entre su clientela se encuentran algunos de los hombres de negocios más ricos de
la Costa Este y ellos le confían su seguridad. Saber que es el guardaespaldas de
Mazzetti cambia el asunto. Si Henderson no tenía esa inf...
—Estás diciendo que juzgué a Henderson demasiado
duramente. Otra vacilación.
—Demonios, Robbie. Yo no sé si habría esperado que alguien saltara
delante de un chorro de balas. Pero ahora tenemos que tratar con
Henderson de muy mala leche. Mi equipo está vigilando aeropuertos y
hospitales. Por el vendaje que encontré en la habitación de ese hotel,
Henderson aún estaba sangrando bastante.
—Bien. Mantenme informado. —
Robbie, espera. ¿Qué hay de Fletcher?
—Yo me cuidaré de Fletcher.
Westmoreland suspiró.
—Demonios. Justo cuando las cosas estaban poniéndose bien.
Podríamos haber sido ricos.
Era cierto. Sin Fletcher, no tendrían producto. Sin producto, ni
negocios, ni dinero.
—No dije que mataría a Fletcher. Solo me aseguraré que esto no pasa
de nuevo.
Westmoreland suspiró de nuevo, esta vez de alivio.
—Es bueno saberlo. Siempre me gustó Fletch. Pero solo como amigo
—añadió con rapidez y Robinette encontró sus labios retorciéndose.
—Mantenme informado —Robinette colgó e inmediatamente marcó a la
caseta de seguridad. —¿Está el Dr. Fletcher en el laboratorio? —era
domingo, pero Fletcher a menudo trabajaba los fines de semana.
—No, el Dr. Fletcher no ha llegado todavía. ¿Debería llevar un mensaje?
—Sí, por favor. Diga al Dr. Fletcher que venga a mi oficina tan pronto
como sea posible.
Capítulo Diez

Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 09:00

Henderson estaba de muy mal humor. Me despidió. Quemó mi apartamento.


Ahora Robinette había ordenado un golpe. ¿Cree que voy a ir a la policía?
¿Cree que hay tanta mezquindad en mí? ¿Tanta estupidez?
Y además de todo, Robinette había enviado a Westmoreland a hacer el
trabajo. Eso solo era insultante. Westmoreland no podía acertar a una
iglesia llena de cuáqueros.
Me gustaría verle alcanzado por un disparo de la Detective Stevie
Mazzetti, pensó Henderson con desdén.
Mazzetti. El mismo nombre de la mujer sabía sucio.
O quizás ese sería el olor de los pañales sucios en la parte trasera de la
camioneta de reparto. Confía en mí para secuestrar una camioneta de reparto
de pañales. Maldición, desearía no haber oído nunca hablar de Stevie Mazzetti.
Mazzetti, sin embargo, era la menor de la lista de prioridades en ese
momento. La primera era encontrar un lugar para ocultarse. Segundo era
encontrar atención médica. Comida también estaría bien. Tengo que salir
de la ciudad. Canadá no estaría mal. Australia sería mejor. Tengo amigos
que no trabajan para Todd Robinette. Comenzaré de nuevo en algún otro
lugar. Por ahora, estar en algún lugar distinto de Baltimore sería inteligente.
Los policías odiaban a los asesinos de polis y los cazaban como perros.
Que Henderson no hubiera tenido éxito no compraría mucha
compasión, especialmente ya que Mazzetti era adorada por los medios.
Quien aparentemente se había contratado un jodido guardaespaldas.
Debería haberla buscado en Google antes del golpe en el restaurante.
Debería haber reunido mi propia jodida información.
Porque una búsqueda en Internet la noche antes dio docenas de
noticias y fotos de Stevie Mazzetti, la mayoría del día de diciembre cuando
recibió un disparo. ¿Y con ella en las escaleras del tribunal? El hombre que
detuvo dos balas por ella ayer – un tipo que suministraba guardaespaldas.
Mierda. Si hubiera tenido ese pedazo de información habría preparado
un golpe muy diferente. Para ser justos, el tipo no había estado en el
restaurante. Así que ese fallo recae sobre mí. Él había estado custodiando
a la niña. Mazzetti debió haber pensado que ella podía cuidar de sí misma.
Pero Robinette tenía que haber sabido del guardaespaldas. Y no me lo contó, ese
hijo de puta. Y después tiene la caradura de enviar a Westmoreland a... espera.
Henderson frunció el ceño. ¿Cómo supo Westmoreland donde encontrarme?
Fletcher. Pero Henderson conocía al químico desde hace mucho
tiempo. Nunca se había enterado de una sola mentira, una sencilla traición.
Con los ojos entrecerrados, Henderson marcó el teléfono de Fletcher.
—Te dije que no me llamaras más —siseó Fletcher. —¿Quieres que
también me despidan?
—¿Condujiste uno de los coches de Robinette anoche? —preguntó
Henderson.
—¿Qué? Por supuesto que no. Todos esos coches tienen dispositivos
de rastreo.
—Entonces ¿le dijiste a Robinette donde estaba?
—No. Dije que no lo haría. No le he visto desde ayer. Tenía esa... cosa
anoche, ese evento de etiqueta. Con Lisa.
—Bien, de alguna forma lo supo. Solo escapé de Westmoreland por un
pelo. Y no vino a traerme flores.
Un instante de silencio.
—¿Azuzó a Westmoreland contra tí? ¿Para matarte? ¿De verdad?
—Estoy conduciendo una camioneta de reparto de pañales, Fletch.
Tuve que usar mi creatividad para seguir con vida. Sí, de verdad.
—Mierda. Eso es... bien, no lo conté. Puedes creerme o no.
—Te creo, de verdad. Me ayudaste anoche cuando no tenías que
hacerlo. Así que ahí hay una propina, si Westmoreland supo que yo estaba
allí y tú no contaste nada a nadie, entonces o Robbie está siguiéndote o
tiene un rastreador en tu vehículo personal. Lo que significa que sabe que
me ayudaste. Yo no iría a la oficina hoy si fuera tú.
Fletcher contuvo el aliento.
—Demasiado tarde. Acabo de fichar en la puerta. Bien, eso explica por
qué quiere que vaya a su oficina, tan pronto como sea posible.
—¿Qué vas a hacer?
—Levantarme, cruzar los dedos y rezar. Y si nada de eso funciona, le
diré que tengo mis cuadernos de laboratorio guardados en algún lugar
seguro. Si quiere mi producto, me mantendrá vivo. Gracias, Henderson.
—Como dije, tú me ayudaste. Hablando de lo cual, ¿tienes idea de
donde puedo ir por más vendajes y algún antibiótico? ¿Algún lugar donde
no hagan preguntas? Por favor, Fletch.
Fletcher dudó.
—Maldición. Si. Hay una clínica en Largo, en Church Road, a unos tres
kilómetros del cementerio. Pregunta por Sean. Dile que yo te envío. Él lo arreglará.
—¿Por qué no me contaste esto anoche?
—Porque anoche no sabía que Robinette tenía un rastreador en mi
coche. Y tú no tenías que llamar para avisarme. Pero eso es todo,
Henderson. No más llamadas.
—No más, lo prometo. Gracias, Fletch. Ten cuidado,
¿vale? —Lo haré. Tú también.
Henderson colgó. Largo no estaba lejos. Solo tengo que estar alerta un
poco más.
—Maldita sea Mazzetti —murmuró Henderson. —Si solo se hubiera
muerto como se suponía, nada de esto habría sucedido. Aún tendría un chollo
de trabajo con un buen seguro. Dental, incluso. Esa mujer no merece todos
los problemas en los que me puso. Robinette puede matarla él mismo.
Robinette probablemente lo haría. Mazzetti había matado a Levi, el único
hijo de Robinette. Realmente quería muerta a la mujer. Ella valía algo para él.
—¿Cuánto vale para ti, Robbie? —murmuró Henderson. —¿Un billete
de avión a Australia?
¿Liberar a Westmoreland de su asignación? ¿Mi libertad? ¿Tal vez
incluso el veinte por ciento de los beneficios de la nueva fórmula de Fletcher?
Robinette se resistiría. No querría pagar. Y entonces ¿qué haría yo?
¿Matarla igualmente? ¿Subastarla al mejor postor? No, porque de cualquier
modo está muerta y él consigue lo que quiere. No, la amenaza tendría que ser
grande. Como contar a Mazzetti todos los secretos de Robinette y dejar libre a
la poli. Eso haría de mí un fugitivo, pero ya lo soy de todos modos.
Henderson preferiría con mucho que le persiguiera la policía y no
Robinette, porque Robbie conocía los secretos de todos sus empleados.
Sabían donde vivían, donde vivían sus familias, y a quienes llamaban amigos.
Ninguno de sus empleados –pasados o actuales– estaba
verdaderamente a salvo si Robinette los quería muertos.
¿Haría eso? ¿Revelar todos sus secretos a Stevie Mazzetti?
—Oh, sí —Henderson se rió finamente. —Supongo que si hay
mezquindad en mi después de todo.
Eso significaría secuestrar a Mazzetti. Atraparla y mantenerla viva. Una
Mazzetti muerta no tenía ningún valor negociador.
Si Westmoreland encontraba primero a Mazzetti, no habría modo de escapar a
una sentencia de muerte. A menos, por supuesto, que el verdugo dejara de existir.
El juez tendría que irse, también, antes de que asignara a algún otro. Si Mazzetti ya
no era un jugador, Westmoreland y Robinette tendrían que irse.
¿Pero podrías? ¿De verdad? ¿Podrías matar a Robinette?
Anoche la respuesta había sido no. Ahora... Henderson no tenía
certeza. Él te mataría sin pestañear. Ya lo ha intentado. Así que la
respuesta es si. Probablemente.
Pero no definitivamente. En cada uno de los otros trabajos Henderson
veía un objetivo, no una cara. No una persona. Pero con Robinette era otra
historia. Hasta anoche, todo fue bueno. ¿Cómo podía hacer esto?
¿Cómo pudo hacerme esto a mí?
Tal vez esté enfermo. Fue un pensamiento esperanzador. O loco. Tal
vez tiene un tumor cerebral.
O tal vez este era quien había sido Robinette todo el tiempo. Tal vez si
lo hubiera jodido años atrás, habría tratado de matarme entonces.
Imagínate apretando el gatillo. Hazlo. Pero la única imagen que venía a su
mente era una habitación cerrada, un cuerpo muerto y un montón de sangre.
Ninguna mía.
Y cerniéndose sobre la escena estaba Robinette, calmado y compuesto,
diciendo que todo estaría bien. Que él se ocuparía de todo. Que el cuerpo del
hombre al que Henderson había asesinado no sería encontrado.
Que no habría castigo. Ni prisión. Que mi vida continuaría siendo mía.
Si tengo que matarlo para sobrevivir, lo haré. Pero si puedo
evitarlo... Mazzetti es la clave para la libertad.
Cambia la vida de la detective por la tuya propia. Y hazlo rápido antes de que
te quiten la elección. Consigue hacer las paces, así puedes hacer que funcione.

***

Wight´s Landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 09:45

—Podría haber encontrado a Rossi —dijo Clay.


La charla de chicas alrededor de la mesa de la cocina de Tanner se
detuvo abruptamente. Stevie alzó la mirada hacia Clay que permanecía de
pie con la espalda contra la encimera, frunciendo el ceño a su teléfono.
Había estado muy silencioso durante la comida, hablando cuando le
hablaban, pero la mayor parte del tiempo había estado mirándola.
Ella había evitado su mirada durante todo el desayuno. Cobarde. Soy
una cobarde.
Tanner había desaparecido después de engullir un gofre para montar un
camino de madera contrachapada para ella sobre la arena, aún oía las palabras
del hombre mayor dando vueltas por su cabeza. Trata de no hacerle daño.
Pero Stevie sabía que esto terminaría con alguno de ellos herido. Él o yo.
Probablemente los dos. Trataré de no hacerle daño. Lo intentaré de verdad.
Besó la frente de Cordelia.
—¿Por qué tu y tía Emma no vais a comprobar a los
cachorritos? Cordelia pasó su mirada de ella a Clay.
—Quiero saber qué está pasando. ¿Quién es
Rossi? Stevie miró a Clay.
—¿La verdad? —murmuró y él asintió, sin decir nada. —Rossi es un
policía — dijo a su hija. —Un policía sucio que quería verme herida. Pero
JD le cogió. Ahora está en la cárcel.
Cordelia bajó la mirada, después la alzó resueltamente.
—Quieres decir que quería matarte, mamá.
Un frío escalofrío recorrió la espalda de Stevie.
—Así es. Pero ahora no puede. Le
dispararon. —¿Quien? ¿Tío JD?
—Eso no necesitas saberlo —dijo
Stevie. —Pero...
Clay se aclaró la garganta y la mirada de Cordelia viró a su cara. Él le
dirigió una severa mirada acompañada de una sacudida de cabeza.
Cordelia bajó la mirada de nuevo.
—No siento haber preguntado —dijo
tozudamente. Los labios de Stevie se curvaron.
—Me disgustaría si lo sintieras.
La barbilla de Cordelia se alzó, abrió los
ojos. —¿Qué?
—Eres hija de tu padre, pero también mía —tomó la mejilla de Cordelia
con tacto gentil, pero tono fiero. —Pregunta siempre y sigue preguntando
hasta que estés satisfecha de tener toda la información que necesitas. A
menos que yo te diga otra cosa. A veces vas a tener que confiar en mí.
Los labios de Cordelia se afirmaron.
—Vale. Quiero hacer una pregunta
diferente. Stevie sonrió.
—Vale.
—Si Rossi está en la cárcel ¿por qué dice el señor Maynard que lo encontró?
—Esa es una muy buena pregunta, chica —dijo Emma, sonando
impresionada. —Yo tenía la misma.
Clay se sentó en la silla frente a ellas.
—No creemos que estuviera trabajando solo, Cordelia. Tu mamá no le conoce,
así que revisamos sus archivos anoche para encontrar algo que explique por qué
estaba tan ansioso por mantenerla en silencio. Y a quien tiene detrás.
Los ojos de Cordelia se entrecerraron
pensativamente. —Queréis a su cómplice.
Clay trató de ocultar su sonrisa y falló.
—Esa es una gran palabra para una niña de casi
ocho años. Su barbilla se alzó desafiante.
—No soy un bebe, señor Maynard.
—¿Acaso dije que lo fueras? ¿Te di alguna razón para que creas que
siquiera lo pienso? ¿Alguna vez?
Cordelia pareció considerar la cuestión.
—No. Nunca. Muy bien, mamá. Iré a jugar con los perritos, pero eso no
va a llevar mucho tiempo —su expresión se volvió astuta. —Si me quieres
fuera de tu vista más tiempo, hay un ordenador en la habitación donde
estaba durmiendo. Está conectado a Internet. Conozco otras palabras,
también. Como 'terapia de compras'.
Emma se echó a reír.
—Dios, te quiero, Cordelia
Mazzetti. Stevie se rió.
—Yo también. Puedes elegir una cosa —levantó el dedo índice.
—Una. —¿Con zapatos? —retó Cordelia.
—Tienes que dejar de pasar tanto tiempo viendo Proyecto Pasarela
con tu tía Izzy. Bien. También zapatos, pero eso es todo. Lo digo en serio.
Tía Emma sabe donde puse mi tarjeta de crédito.
Emma puso el brazo alrededor de los hombros de Cordelia.
—Cuenta conmigo para un bolso. Puede ser un regalo de cumpleaños
anticipado.
Las dos se fueron, dejando a Stevie y Clay solos en la cocina.
Rápidamente se hizo el silencio.
—Eso era exactamente lo que tenías que decir —murmuró Clay. —Que
ella es tu hija. Eso la hace sentirse muy orgullosa.
—Gracias —con las mejillas calientes por su alabanza, Stevie miró su
plato. — Entonces. ¿Encontraste a Rossi en mis archivos?
—Indirectamente. JD finalmente envió el archivo personal de Rossi
hace unos minutos. Dijo que hubo algún problema para poner las manos en
él. Su representante puso una objeción oficial.
—Solía odiar la idea de la unión de representantes, pero el mío fue útil —ella
echó una mirada por la cocina, a todas partes menos a él. Pero él estaba
mirándola. Podía sentir su mirada, el calor brillando en su piel. —AI me investigó
después de lo que averiguamos de Silas y todos sus crímenes. Mi representante se
aseguró de que respetaran mis derechos. Un montón de gente no pudo creer que
yo fuera tan despistada como para no saber lo que mi propio compañero
hizo todos esos años. Un montón de gente aún no me cree.
—Confiabas en él —dijo Clay uniformemente. —Y era listo.
—Sí. Mis padres decían que cualquiera que realmente me conociera
sabría que yo no estaba involucrada. Que no podía haberlo estado. Pero
todos pensábamos que conocíamos a Silas y estábamos muy equivocados.
—Que es por lo que has presionado tanto con estas investigaciones.
Para probarte a ti misma.
—Una de las razones —distraídamente limpió un chip de chocolate de la
mesa. —Pero la mayor parte porque me acosan. Todas esas personas
inocentes victimizadas porque Silas era un maldito cobarde que permitió que
Lippman le forzara a sacrificar su integridad por la seguridad de su familia.
—Pero al tratar de hacer lo correcto, has puesto a tu propia familia en
la línea de fuego y te estás preguntando si lo merece.
Ella alzó la mirada entonces, buscó sus ojos. Oscuros, intensos y
centrados en su cara. Y tan llenos de entendimiento que le picaron los ojos.
—Sí —susurró. —Una ironía infernal, ¿no?
—Sí. Pero no podrías vivir contigo misma si miras a otro lado. No estás
hecha de esa manera —él se inclinó hacia adelante, su mano cubriendo la
de ella. —Eso es lo que te hace como eres. Y averiguaremos quien te ha
puesto una diana, no importa cuánto haya o cuánto tiempo lleve.
—Me haces creer que sucederá —dijo ella quedamente. —Había
empezado a dudar de mí misma.
—Lo sé. Todos se han permitido revolcarse un poco en la compasión
—apretó fuerte su mano antes de soltarla para echarse atrás en su silla. —
Hora de salir de ella.
—Tienes razón —cuadrando los hombros, ella se aclaró la garganta. —
¿Es el archivo personal de Rossi?
—Desde 2007 a 2009 fue compañero de un detective llamado Danny
Kersey en la división de robos. Kersey era el veterano, Rossi fue
promocionado de la patrulla.
—Tampoco conozco a Kersey.
—Silas lo hacía. Kersey aparece en uno de los
informes. Ella frunció el ceño
—¿Cuál?
—Uno de los informes de la carpeta verde.
Ella sintió enrojecer sus mejillas, esta vez de vergüenza.
—Debería haberlos mirado en primer lugar —pero no lo había hecho
porque las fechas de la carpeta la hacían sentirse incómoda.
—Siempre deseamos haber comprobado lo último en primer lugar —dijo él
amablemente y ella supo que él sabía por qué no los había mirado. —Kersey y
Rossi estaban investigando lo que parecía ser un allanamiento de hogar y robo
ordinarios. Entonces la hija del propietario fue encontrada violada y asesinada al
día siguiente. Entregaron el caso a Silas que estaba trabajando solo.
—Porque yo estaba fuera de baja. ¿Qué más?
—Silas arrestó a un sin techo por robo, violación y asesinato. Eso es
todo lo que Silas tenía en su archivo. Había una corta referencia a la
investigación de robo de Kersy. Una frase o dos, si acaso. Rossi nunca fue
mencionado, incluso aunque era compañero de Kersy.
Ella le lanzó una áspera mirada.
—¿Recuerdas el nombre de Kersey de todos esos informes?
—No. Ya me gustaría que mi memoria fuera tan buena. Tomé notas de los
informes de esa carpeta verde mientras estabas dormida. Alec escribió una base
de datos para comparar todos los nombres de las notas que has estado tomando,
con las mías de la noche pasada, y con lo que llamó documentación ‘ajena’. Cosas
como el archivo personal de Rossi, listas de clase de la Academia, mierda de esa.
—Guau. Que asistente tan útil.
—A veces —Clay sonrió. —Algunas veces solo es un dolor en el culo.
Se encontró a sí misma respondiendo a la sonrisa, cómoda con él,
ahora que estaban hablando de negocios y no de... sentimientos.
—¿Entonces donde está el informe con el nombre de Kersey?
—Guardado en el armario bajo las escaleras. No quería arriesgarme a
que tu hija los viera.
—Gracias. Aprecio eso. ¿Hay algún lugar donde podamos repasar la
caja de ficheros? ¿Dónde ella no oiga por casualidad? Accedió a ir arriba
fácilmente y sé por experiencia que tiene oídos como un murciélago. La
caseta de los botes es pequeña, pero no nos oirá allí.
—La caseta de los botes no tiene una mesa donde podamos extender
los ficheros, pero el bote lo tiene.
—¿El barco? Espera. Clay, espera —pero él se había levantado de la
silla y salido de la habitación antes de que pudiera parpadear.
Stevie no tenía elección así que agarró su bastón y lo siguió.

***

Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 09:45

—Y el martes cortas la cinta en la inauguración de un centro de rehabilitación


en Reston. Lleva tu Armani negro, con una corbata azul. Llevaste el Huntsman gris
con una corbata roja para el corte de cinta la semana pasada y queremos que cada
evento parezca diferente. Por los posts de Facebook, dontchanknow. Aquí está tu
discurso. He marcado todos los lugares en que necesitas atragantarte.
Robinette vio a Brenda Lee deslizar la página mecanografiada sobre la mesa,
pero su foco principal estaba en su portátil que mostraba la imagen de la cámara
que apuntaba a la puerta de la oficina de Fletcher. Fletch había llegado hace
cuarenta y cinco minutos y aún no se había presentado, como se le ordenó.
Que sus órdenes habían sido transmitidas no había duda. El guarda de
la caseta había informado, segundos después de que el coche de Fletcher
pasara por la puerta.
Ahora lamentaba no haber puesto una cámara en la misma oficina de
Fletcher. No lo había hecho porque la oficina de Fletcher era uno de los
lugares donde se reunían para el sexo y Robinette seguro que no pretendía
dar a sus guardas de seguridad un show. Pero eso era entonces.
Ahora era una historia totalmente diferente. Tendría instalada una
cámara al final del día.
—Después el miércoles —continuó Brenda Lee, —tienes un café a las
diez en el Capitol en DC con el congresista júnior de Louisiana para discutir tu
donación al sistema de educación pública en tu antigua parroquia. Sugiero
que vayas desnudo, con el culo pintado de rojo como el de un babuino.
Los ojos de Robinette se dispararon a Brenda Lee cuyas cejas rubio
fresa estaban levantadas con irritación.
—Estaba escuchando —gruñó, volviendo su atención a la pantalla. —
Lunes, planificador urbano para cenar a las seis. Martes, corte de cinta,
Armani negro, asegúrate de llorar. Ten a un tipo con el culo pintado de rojo
en mi zona de vestidor a las seis de la mañana el miércoles.
Brenda Lee se echó a reír. —
Me vuelves loca, ¿sabías eso?
—He hecho el trabajo, ¿no? —Vamos, Fletch. Abre la maldita puerta.
No tengo todo el día.
—Tengo que decir que sí. Anoche estuviste en la cima de tu juego.
Bonito discurso. Excelente entrega. Incluso yo me creí que eras humilde.
—No, no lo hiciste.
—No, lo hice. Te conozco demasiado bien —dudó. —Robbie, ¿estás
bien? Pareces un poco... desconectado los últimos días.
—Sí, bien —excepto por el hecho de que Henderson se desbocó,
Fletcher me apuñaló por la espalda, y Stevie Mazzetti aún está viva. Echó
una mirada a Brenda Lee. —De verdad.
—Vale, lo que tú digas. Tengo el resto de tu horario aquí. Puedes
revisarlo en tu tiempo libre —dejó una carpeta al borde de la mesa. —
Llámame si tienes preguntas. O por cualquier otra cosa. Sé que esta no es
una semana fácil para ti, no importa como elijas jugarlo delante del equipo.
Perder un hijo nunca es fácil. Y tus circunstancias fueron más difíciles que
la mayoría. También perdiste a tu mujer y por manos de tu hijo.
Bueno, en realidad no había perdido a Julie por manos de Levi. Perdí a
mi esposa por mi mano. Porque ella era demasiado lista para su propio
bien. Y el mío, también. Había sumado dos y dos y se había dado cuenta
que había perdido a su primer marido, también por la mano de Robinette.
Su error había sido confrontarlo por el asesinato de Rene.
Lección número uno: nunca te enfrentes a un asesino. Se había asustado
tanto con su acusación que la había matado antes de pensarlo siquiera.
Lección número dos: cierra la puerta de tu oficina cuando asesines a tu
esposa. Porque su químico jefe había metido la cabeza justo entonces.
Así que por supuesto Robinette había tenido que matarle, también. Y
ahí fue cuando empezó su pesadilla con Mazzetti. La zorra lo había sabido.
De algún modo lo había sabido desde el primer momento.
Lección número tres: no dejes para mañana lo que puedas hacer
hoy.
Deberías haber matado a Mazzetti hace ocho años. Debería haber
encontrado la forma de hacerlo parecer un accidente. O incluso un suicidio.
Había estado tan deprimida después de que su marido y su hijo fueran
asesinados, que nadie lo habría dudado.
Pero había estado esperando el ‘momento adecuado’. Nunca era el momento
correcto. Debería haber sido listo y fabricar el momento adecuado. Pero Mazzetti le
había confundido. Ella había sabido que había matado a Julie y no dejaría de tratar
de probarlo. Le había entrado el pánico. La zorra había hecho que le entrara el
pánico. Pensaba que odiaba a Mazzetti por eso sobre todo lo demás.
Porque en su pánico había sacrificado a su hijo. Dirigir a la policía en
dirección a su hijo había sido duro. El chico había sido un yonki y cuando Julie
había muerto, el chico se había perdido, estando drogado todo el tiempo. Había
supuesto que Levi cumpliría una pequeña condena. Tal vez fuera sentenciado a
rehabilitación. No había querido que Levi muriera. No había anticipado que la
zorra de la policía mataría a su hijo. Pero lo había hecho.
Y cuando hubiera terminado con ella, vaya que si lo sentiría.
—No te preocupes por mí, Brenda Lee —murmuró Robinette,
consciente de su mirada preocupada. —He seguido adelante. Ya no pienso
en Julie. Ahora tengo a Lisa.
—Desearía creer eso —dijo ella con tristeza. —Pero no lo hago.
Ah. Por fin. La puerta del laboratorio se abrió y Fletcher apareció,
girando hacia el ascensor a la oficina de Robinette. Te llevó demasiado
tiempo, Fletch. Su químico estaría ahí en minutos.
Robinette prestó toda su atención a Brenda Lee, que parecía
alarmantemente cansada.
—¿Qué hay de ti, BL? ¿Estás
bien? Su sonrisa fue tensa.
—No me quejo, jefe.
—Tú nunca te quejas —sabía que estaba constantemente dolorida y lo
había estado desde el día que él la había sacado de un Humvee
destrozado a un lado de una carretera iraquí, segundos antes de que se
incendiara, habiendo sido alcanzado por el lanzamisiles de un insurgente.
Ella se encogió de hombros.
—No ayuda. Ahora si me disculpas, tengo una cometa que volar con mi
hijo — su silla motorizada zumbó mientras daba marcha atrás y hacía un
rápido giro.
—¿Perdón? ¿Tienes una cometa?
—La tengo. Dax y yo nos unimos a un club de cometas. Nos da tiempo
madre-hijo juntos. ¿Por qué no vienes con nosotros, Robbie? Es divertido,
y eso es algo que no has tenido últimamente.
Él sonrió. Brenda Lee era una de las pocas personas con las que podía
ser el mismo.
—¿Me creerías si dijera que estuve tentado?
—Sí, creo que lo haría. Pero no esperes demasiado. Marzo ya va por la
mitad y el tiempo de abril horrible para volar una cometa. ¿Puedes dar al timbre?
Robinette presionó el botón discretamente adjunto a su mesa, avisando
al recepcionista de turno en el exterior de su puerta. Inmediatamente la
puerta se abrió y Brenda Lee salió rodando. Escuchó el intercambio de
saludos con Fletcher fuera en el pasillo y luchó contra la urgencia de
tamborilear los dedos sobre el granito de su mesa. Permanece en calma.
No quería que Fletch sospechara que sabía lo de Henderson. Quería ver la
mirada en la cara de Fletch cuando lanzara su acusación.
Porque, suponía, una parte de él quería creer que Fletcher no era capaz
de tal completa y flagrante ignorancia de una orden directa. No quería creer
que su más antiguo amigo vivo iría a sus espaldas de esta manera.
El descuido de Henderson había abierto al resto de ellos a un potencial
escrutinio que podía mandarlos a la cárcel. O peor. Tenían que distanciarse
de cualquier atención policial. Henderson había sabido eso tan bien como
cualquiera de ellos y ahora tenía que ser contenido.
Fletcher cerró la puerta. Dirigió a Robinette un asentimiento
distraído. —Robbie, tengo que hablar contigo.
Robinette observó a Fletcher recorrer la longitud de su
oficina. —Mandé por ti —dijo con calma.
—Lo sé, pero déjame a mí primero —Fletcher se giró para enfrentarlo.
—Vi a Henderson anoche.
Robinette se las arregló para no parpadear aunque fue difícil. No había
esperado que Fletch fuera directo de este modo.
—¿Por qué?
—Recibí una llamada alrededor de las diez. Henderson había
tratado de llamarte a ti primero, pero tú estabas en ese evento.
—Te dije que rompieras contacto con Henderson. ¿Por qué no lo hiciste?
—Porque soy médico. Incluso aunque ya no practique, aún soy médico e
hice un juramento. Si alguien me pide que le ayude, no voy a decir que no. No
podría vivir conmigo mismo si permitiera que Henderson sufriera sabiendo
que podía haber hecho algo. Si estás enfadado conmigo, que así sea.
—Seré honesto. Estoy enfadado. Di esa orden para protegernos. No
respondí a las llamadas de Henderson anoche por la misma razón. Si
Henderson es atrapado y cuenta a las autoridades que la orden de tratar con
Mazzetti vino de mí, podíamos haber declarado ignorancia, que las acusaciones
eran de un descontento o quizás un antiguo compañero de armas mentalmente
enfermo. Ya que respondiste a la llamada, nos has puesto en una mala posición.
—Lo siento. Pero seré honesto. Dada la misma situación, probablemente
lo haría de nuevo. Y no es tan malo. Si alguien pregunta solo diré que estaba
respondiendo a un viejo compañero de armas necesitado, que ya no sea
médico trabaja en mi favor. No tengo que informar de heridas de bala.
—Pero que tú lo hayas contactado establece un enlace que la policía
puede seguir directamente a nosotros —Robinette suspiró, con una mezcla
de alivio y frustración. No había habido traición. Solo Fletcher siendo
Fletcher. Aún así, era un problema. —¿Qué voy a hacer contigo?
—¿Realmente necesitas hacer esa pregunta?
La ingle de Robinette se contrajo. Lo ignoró. En su mayor
parte. —¿Dónde te encontraste con Henderson?
—En el hotel Key.
Era el mismo hotel que informó Westmoreland. No había mentira ahí.
Ni duplicidad. Por tanto, no había necesidad de instalar cámaras en la
oficina de Fletcher después de todo. Aún así, necesitaba estar seguro.
Se movió para que Fletcher rodeara el escritorio, pulsando otro botón
discretamente situado para cerrar la puerta de su oficina. Fletcher
obedeció, cayendo de rodillas entre los muslos de Robinette.
—Odié saber que estabas con Lisa anoche —susurró Fletch.
Robinette miró esas capaces manos bajar su cremallera, estudiando,
mientras, todo el tiempo los ojos de su químico. Vio malestar, arrepentimiento
y culpa. Entendible y todo en total sincronía con el carácter de Fletcher.
—Lo sé. Pero Lisa es temporal, un medio para un fin. Tú y yo
seguiremos mucho después que ella solo sea un recuerdo —entonces
cerró los ojos y dejó que Fletcher... atendiera sus necesidades.
Cuando hubieron acabado, agarró la barbilla de Fletcher entre sus dedos.
—¿Has sabido algo de Henderson desde que dejaste el hotel anoche?
Los ojos de Fletcher centellearon, tan ligeramente que Robinette casi lo
pierde.
—No. Yo no tenía antibióticos en mi kit, pero le dejé algunos
analgésicos de mi última visita al dentista. Me sorprendería que Henderson
estuviera lo bastante despierto para llamar a nadie.
—Muy bien. Si te llama de nuevo...
—Lo sé. Te lo diré inmediatamente —Fletcher se levantó. —Estaré en
el laboratorio si me necesitas.
Robinette desbloqueó la puerta, sus ojos centrados en la puerta después de
que Fletcher se fue. Fletcher había mentido. Lo había visto en ese pequeño
brillo. Había habido contacto adicional entre los dos. Si una persona miente
sobre una cosa, era extremadamente probable que mintiera sobre otras.
Levantó su teléfono, llamó a su hombre del servicio técnico y ordenó
que una cámara fuera instalada en la oficina del doctor Fletcher antes del
anochecer. Entonces llamó a Westmoreland.
—¿Dónde estás? —exigió Robinette.
—A quince minutos de la casa de Maynard.
—Quiero actualizaciones cada hora —empezando ahora, mantendría a
sus operativos con una corta correa.
—Vale —dijo Westmoreland inseguro. —¿Por qué?
—Solo hazlo —Robinette colgó y miró hacia adelante. A la nada.

***

Wight´s Landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 10:05

Esto, pensó Clay, iba bastante mejor de lo que había anticipado. Había estado
observando a Stevie desayunar con su hija, incapaz de dejar de pensar en la
mirada de deseo sin reservas en sus ojos mientras le había mirado en ese
momento antes de que el sueño la reclamara.
Había estado preguntándose cómo lograr tenerla a solas, así podría
intentar conseguir esa misma mirada ahora que estaba despierta. A menos
que no estuviera pensando en mí.
El segundo mejor. Siempre serías el segundo mejor.
Clay apartó la duda a un lado antes de que pudiera enraizar. Se ceñiría
al plan. Protegerla hasta que la escoria que la podría herirla fuera
eliminada. Hasta que fuera ella misma de nuevo. Hasta que la pérdida de
su marido ya no fuera en lo primero que pensara cuando pensaba en ellos
juntos. Y ella había pensado en ellos juntos. Apostaría su vida a ello.
Por ahora, la tenía totalmente a solas.
—Este espacio es sorprendentemente grande —dijo Stevie, girándose
trescientos sesenta grados en mitad de la cabina del barco. —Y
sorprendentemente estable.
Clay rodó la maleta llena de informes a la pequeña mesa junto a la galera.
—La bahía está hoy en calma. Ayer habría estado más encrespado.
—Entonces me alegro de que no fuera ayer. Por un montón de
razones. ¿De quien es este barco?
—Papá y yo poseemos el Fiji juntos. Lo conseguimos después de que
mamá muriera. Él necesitaba algo que hacer y siempre adoró pescar. Se
divierte con sus clientes, complementa su pensión, y está socialmente
ocupado y no sentado ahí fuera solo, consumiéndose por ella. Al principio
me preocupó perderle, también. Estaba muy hundido sin ella. Siempre oyes
hablar de esposos que se va uno detrás de otro.
Demonios. Muy bien, sigue por ahí, charlatán. Podía haberse cortado
su propia lengua.
Ella miró sobre su hombro, sin sonrisa en la
cara. —¿Después de que uno de ellos muere?
—Lo siento. No pensé.
—Está bien. Sé que a mi familia y amigos les preocupaba que yo pudiera hacer
exactamente eso. Podría haberlo hecho si no hubiera tenido a Cordelia —miró de
nuevo a su alrededor, sus ojos estaban en todas partes salvo en él. —Eso está muy
bien por tu parte. Preocuparte tanto por hacer feliz a tu padre. Izzy, Sorin y yo
deberíamos encontrar algunas actividades para mi padre. Se retiró
recientemente y solo está volviendo loca a mi madre.
—Me gustan tus padres. Fueron muy amables conmigo cuando te visité
en diciembre.
—Tú les gustas también —dijo ella arrepentida. —Si te hace sentir mejor,
mi familia me echó una buena bronca por lo que te dije en el hospital ese día.
—Realmente me hace sentir mejor —dijo y ella se rió. Solo una pequeña
risa, pero le hizo sentir que medía dos metros y era a prueba de balas.
—Feliz de complacerte —ella se deslizó en el asiento de banco y sacó
su portátil. —¿Puedes darme el informe de Silas que menciona a Kersey?
Quiero encontrar el informe de Kersey de ese robo en la base de datos del
departamento. Habría tenido que cerrar su caso, aunque solo diga que lo
había pasado a Homicidios. ¿También tienes línea en este barco?
Habían sido unos minutos agradables, hablando con ella. Íntimos casi.
Pero ella se había movido con velocidad y claramente era hora de trabajar.
—La línea viene de la casa. ¿A quien quieres llamar?
—A JD. Quiero saber si Rossi está consciente y si está hablando.
Podría delatar a su fuente y nada de esto sería necesario.
—Hablé con JD justo antes de que te despertaras. Rossi aún estaba
inconsciente. Llamará cuando Rossi despierte. Aunque no parecía demasiado
optimista sobre que Rossi cuente nada. Sus últimas palabras a JD antes de
perder la conciencia anoche fueron ‘púdrete en el infierno, hijo de puta’.
—Rossi mató a una policía —dijo Stevie sin entonación, poniendo el
teléfono a un lado. —No creo que encuentre un jurado que se lo ponga
fácil. Con el tiempo hablará. Sin embargo, me gustaría estar cerca para
oírle. Si espera demasiado, tendré que salir de mi escondite. Más pronto o
más tarde uno de ellos tendrá suerte.
La piel de Clay se tensó sobre sus
huesos. —Ni siquiera lo pienses.
Ella mantuvo sus ojos en el informe.
—Tienes razón. Lo siento. Aún sigo imaginando a Rossi disparando la
cama de ese hotel, creyendo que Cordelia estaba en ella.
Él agarró su muñeca, esperando hasta que le miró antes de soltarla. —

Nosotros la tenemos, Stevie. Está a salvo. Si pierdes la cabeza, ella también.


—Lo sé —soltó el aliento, y pasó su dedo por la página. —Vale. El
doce de noviembre, hace siete años, el hogar de los Garden fue
asaltado. Los ladrones lograron joyas y una colección de armas.
Ninguna evidencia de entrada forzada. Tracy, su hija, había olvidado
cerrar la puerta cuando fue a clase a la universidad. Encontró el
desastre cuando volvió a casa.
—Silas dice que Kersey y ‘su compañero’ preguntaron a los vecinos
pero no lograron pistas. Entonces al día siguiente, la señora Gardner llegó
a casa del trabajo para encontrar la puerta trasera abierta y el cuerpo de
Tracy en el suelo de la cocina. Había sido apuñalada con un cuchillo de
carnicero. Uno estaba desaparecido del cajón.
Ella suspiró.
—La autopsia mostró que había sido violada, asfixiada, después apuñalada.
Silas preguntó de nuevo a los vecinos, entonces consiguió una pista de algunos
chicos jugando al baloncesto una manzana más allá. Habían visto a un sin techo
escondiéndose. Silas le rastreó, encontró el cuchillo y una de las pistolas
robadas en la mochila del hombre. Fue diagnosticado con esquizofrenia.
—¿Consiguió Silas una confesión?
—En cierto modo. ‘Al principio el sospechoso negó los cargos, pero una
vez la medicación ordenada por el tribunal hubo hecho efecto, se quedó
horrorizado al averiguar sus acciones y confesó’ —leyó ella.
—¿Qué le pasó al hombre? ¿Puedes comprobar los archivos del
tribunal? Stevie escribió en el buscador.
—Richard Steel fue sentenciado a una prisión de seguridad media
donde es forzado a tomar su medicación. Este caso no está en la lista de
Lippman. Ni Kersey, ni Rossi.
—¿Por qué crees que Lippman incluyó a algunos de sus operativos
pero no otros? —preguntó.
—No lo sé. Tal vez Lippman era perezoso y no se molestó en añadir a
todos los que contrató. Tal vez la sola amenaza de la lista era suficiente para
mantener a sus empleados en línea. Tal vez le gustaban algunos de los
policías más que otros. Tal vez Rossi sabe por qué —puso el informe de Silas
a un lado y escribió algo más. —Quiero saber lo que Kersey puso en su
propio informe —nos minutos después se echó atrás y buscó la mirada de
Clay. —Kersey anotó que Tracy Gardner había declarado que fue a clase el
día del robo, pero él tocó el capó de su coche mientras se iba y estaba frío.
—Interesante que lo hiciera, tocar el coche de la hija. Suena como si no
hubiera creído su historia desde el principio.
—Estoy de acuerdo. Tal vez porque ninguna de sus cosas fueron
robadas. No hay notas de seguimiento excepto que el cuerpo de Tracy fue
encontrado al día siguiente y el caso fue entregado a Homicidios.
El teléfono de Clay vibró y él comprobó el texto entrante.
—Kersey no es probablemente la filtración de Hyatt. Se retiró hace
cinco años. Vive en Scottsdale, Arizona.
Las cejas de ella se juntaron.
—¿Cómo sabes eso?
Él tendió su teléfono así ella pudo ver la pantalla.
—Alec me envió un mensaje. Y no me preguntes como lo supo.
Probablemente no quieres saberlo.
—¿Tu asistente también es
hacker? Él se encogió de hombros.
—Yo no diría hacker. Pero es malditamente
listo. Sus labios se torcieron.
—¿Este es el chico cuyo padrino es tu mejor amigo desde los Marines? ¿Tu
primer compañero detective privado, no? ¿El que es un ‘sombrero blanco’?
Que ella lo recordara le complació más de lo que probablemente debería.
—Alec debe haber pillado un truco o dos de Ethan. Pero ‘hacker’ es
una palabra dura, ¿no crees? —preguntó suavemente y ella sonrió,
iluminando su cara y quitándole el aliento.
—No lo diré —dijo ella, pero entonces su sonrisa se desvaneció. —
Podemos tachar a Kersey de la lista de polis sucios. De la lista activa en todo
caso. Sin decir si tuvo alguna relación con inculpar a Richard Steel por este
asesinato hace siete años, asumiendo que eso es lo que Silas y Rossi hicieron.
Tengo que pasar este a AI y seguir buscando a alguien que haya sido
compañero de Rossi en el pasado, quien podría haberle filtrado la información
de la casa de seguridad ayer. Cordelia y yo ahora somos objetivos.
Pero él pudo ver que la idea no le sentaba bien. Si AI era de algún modo
corrupto, este caso podría no ser resuelto jamás, asumiendo que este fuera uno de
los trabajos de inculpación de Silas. Como mínimo, con el ritmo al que AI estaba
investigando, este caso acabaría al final de una fila muy larga. Podían
pasar meses o incluso años antes de que se hiciera justicia.
—Solo llevará unos minutos llamar a Kersey —dijo Clay suavemente.
—Tal vez puedas corregir un error. Al menos sabrás. Después podemos
volver a nuestra búsqueda.
Ella se quedó inmóvil.
—Todos los demás siguen diciéndome que lo deje pasar. Que deje de
investigar. Que lo deje pero no puedo. Tu lo entiendes —dudó, entonces
añadió en un susurro renuente: —Tú me entiendes.
—Me gusta pensar eso —se obligó a sonreír levemente incluso aunque su
corazón estaba atronando en el pecho. —Eso es lo que estaba tratando de decirte.
—Buscaré a Kersey... —se detuvo cuando él le mostró el siguiente
mensaje de Alec. —Ya tienes la información de contacto. Por supuesto —
cogió el teléfono y marcó, conectando el altavoz, así él podía oír también.
—Hola, ¿puedo hablar con el Detective Kersey?
—En este momento no recibe llamadas —dijo firmemente una voz
femenina. —Oh. ¿Es usted la señora Kersey? ¿Puede darle un mensaje?
—Lo soy y puedo.
—Soy la Detective Mazzetti, Homicidios de Baltimore. Quería
preguntarle por un viejo...
—Espere. Quiere saber si usted puede hablar por Skype con él. Quiere
ver con quien está hablando.
Stevie pareció desconcertada.
—Seguro. Creo. Tengo que averiguar cómo.
—Yo puedo mostrártelo —dijo Clay y tuvo el placer de verla sonreír de
nuevo, esta vez triste.
—Por supuesto que puedes —murmuró. —Señora Kersey, llamaremos
de nuevo.
—Estará esperando.
Capítulo Once

Wight´s Landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 10:30

—Solo haz clic aquí en el icono —dijo Clay, estirándose sobre su


hombro para pulsar el ratón de su portátil. Él se había movido, ahora de pie
detrás de ella, tan cerca que podía sentir su calidez.
No se había dado cuenta del frío que tenía.
O lo bien que él olía. Lo cual no debería importar. Pero lo hacía. Porque
por más que ella quisiera hacer lo correcto y no herirle, deseaba mucho
apoyarse en él. Presionar su mejilla contra la dura fortaleza de su brazo.
¿Cuánto había pasado desde que había sentido los brazos de un
hombre a su alrededor? ¿Desde que sencillamente había sido abrazada?
La respuesta fue como un rayo en su mente. Anoche. Clay la había
abrazado anoche, dejándola llorar. Sin exigir nada a cambio. De repente
deseó que lo hiciera.
Solo para equilibrar la balanza. Si. Eso era. No era porque oliera bien o
le hiciera desear cosas que no eran asunto suyo. Era porque no le gustaba
sentirse obligada con nadie y Clay estaba consiguiendo el pagaré en una
proporción alarmante.
Sigue diciéndote a ti misma eso si te hace sentir mejor, dulzura. La
cosa era que no lo hacía.
Oh, Dios. Esto no iba a acabar bien.
Se arriesgó a decir algo, agradecida cuando su voz
salió firme. —Nunca te tomé por un friki.
—Eso es porque no lo soy. Los ordenadores me dan urticaria.
Él se cernió sobre ella, suficiente cerca para tocarla, pero bastante lejos
para que pudiera ser accidental. Bastardo astuto. Tenía, sin embargo, que
concedérselo. Su aproximación estaba funcionando.
—Después de ver tu instalación en la casa de los botes, encuentro eso
difícil de creer —dijo irónicamente.
—El equipo de seguridad puedo manejarlo porque tiene sentido, ¿pero la
mierda como Facebook y Skype? —sonó medio horrorizado, haciéndole sonreír.
—No son para ti, ¿eh?
—No. Alyssa preparó mi ordenador y me enseñó a usar el teléfono móvil.
Ella y Alec están tratando de arrastrarme al siglo veintiuno —añadió con una
risa de desaprobación. —Vale. Ahora estás conectada. Verás al Detective
Kersey tan pronto como responda. Él verá tu cara, pero nada por debajo de
aquí —tocó su pecho, varios centímetros por encima de sus pechos. Aún así,
su piel hormigueó con el breve contacto. —Yo estaré fuera de la imagen.
Él se movió, pero aún permaneció de pie lo que habría sido demasiado
cerca apenas unas horas antes.
Sabe exactamente lo que está haciendo. Pero no pudo hacer que le
importara. Ni siquiera estaba segura de que pudiera centrarse en la
llamada, pero cuando la imagen se conectó quedó atónita.
Kersey estaba sentado en una silla de ruedas con soporte para la
cabeza. Estaba demacrado, sus huesos faciales pegados a la piel. Pero
sus ojos eran claros y agudos. Su esposa permanecía en pie junto a su
codo, ajustando el micrófono cerca de su boca.
—Detective Kersey —dijo Stevie. —Soy la Detective Stevie Mazzetti.
Gracias por su tiempo.
—No hay de qué —dijo él con voz rasposa. —Han tenido algo de
excitación, Detective.
—Oímos hablar sobre Tony Rossi —dijo la señora Kersey. —Nos
mantenemos en contacto con el antiguo equipo de Danny. Las palabras
viajan deprisa. Sentimos lo de la oficial de policía que fue asesinada, pero
nos alegramos de que usted esté bien.
Su marido asintió después de que ella acabara y Stevie se dio cuenta
de que su esposa se había acostumbrado a ayudarle a comunicarse.
—Gracias. ¿Esperaba mi llamada?
—No —susurró Kersey al micrófono. —Pero no estoy sorprendido. Fui
compañero de Rossi.
—Lo sé. Quería hablar con usted sobre un caso. Tracy Gardner. ¿La
recuerda? Kersey cerró los ojos lentamente.
—Sí.
—El día que usted y Rossi respondieron a su llamada al 911 sobre la
intrusión en casa de su familia, ¿creyó su historia? Ella había dicho que
había estado en su clase de la Universidad, que había llegado a casa para
encontrar el robo. Pero usted tocó su coche y dijo que estaba frío. ¿Por qué
hizo eso?
—No la creí. No pudo mirarme a los ojos —Kersey se quedó inmóvil,
pero alzó su dedo índice. —Algunas veces me quedo sin respiración. Es
3
ELA , maldita sea. La de Gehrig, ya sabe.
—Lo siento —murmuró Stevie. No sabía mucho sobre el mal de Gehrig,
excepto que era un deterioro de los nervios y siempre era fatal. Ahora
podía ver los inmisericordes estragos que causaba en un cuerpo de una
persona. Detrás de ella, Clay apretó sus hombros.
—Yo, también —susurró Kersey. —Tracy Gardner dijo que fue a clase,
volvió a casa, y llamó al 911. Dos agentes aparecieron antes de que
llegáramos allí. Rossi y yo llegamos allí una hora después —se detuvo de
nuevo, con respiración trabajosa.
—¿Debería llamar más tarde? —preguntó Stevie, preocupada por que
fuera a desmayarse.
—No. Necesito hacer esto hoy. Necesito hacer lo correcto —su esposa
tocó su cara. —Tú no hiciste nada malo, Danny.
Kersey sonrió débilmente.
—Pero aún puedo hacer lo correcto. Uso Skype para ver a mis nietos.
Anhelo verlos. Me levanta el ánimo.
—Me alegro —dijo Stevie simplemente, preguntándose si su mente
desvariaba.
—Hablo con mis amigos del equipo por teléfono. No quiero que me
vean así. Pero usted... quería ver su cara. Necesitaba ver si eso era cierto.
—¿Qué era cierto, señor? —preguntó Stevie.
—Que ha estado investigando los casos de su antiguo compañero
porque se siente culpable. Porque miró para otro lado o fue descuidada.
Stevie se quedó inmóvil, sintió a Clay tensarse tras ella. Había oído los
susurros y rumores de los policías, trató de no permitirles hacerle daño.
Pero lo hacían.
—¿Y es cierto? —preguntó ella.
3
- Esclerosis Lateral Amiotrófica.
—No lo creo. Sé que puedes trabajar junto a alguien y no saber que
está sucio. Y cuando dije que necesitaba hacer lo correcto, lo entendió.
—Vi a las víctimas —dijo ella. —Y a sus familias. Ellos no consiguieron
justicia. Y hombres y mujeres inocentes están en prisión. No puedo permitir
que continúe sin tratar de hacer lo correcto.
—Aún veo la cara de esa chica. Tracy Gardner. Y la cara de la madre.
Ella la encontró, ya sabe.
—Lo sé. ¿Quién cree que la mató?
—El novio. Le pillé en un minuto. El coche de Tracy estaba frío, así supe que
no lo había conducido, pero pudo conseguir que la llevaran. No pregunté porque no
quería que supiera que no la creía. Fui a la facultad de Tracy a la mañana
siguiente. Hablé con su profesor. No estuvo en clase el día antes ni ese día. Dijo
que no iba a clase con frecuencia, pero un montón de chicos tampoco lo hacían.
—Así que le mintió. ¿Piensa que estaba en casa durante el robo?
—Pensé que podía haber estado. Sabía que no estaba donde ella había dicho
que estaba. Pero nunca tuve la oportunidad de seguir porque fue asesinada ese
día más tarde. Ahora, sobre el novio. Edward Ginsberg, conocido como Eddie.
—¿Berg con ‘e’ o ‘u’? —preguntó Stevie.
—’E’ —dijo Kersey frunciendo el ceño. —Está en el
informe. Fue el turno de Stevie de fruncir el ceño.
—No, no está. Su informe es muy corto, menos de una
página. Los ojos de Kersey brillaron.
—Hijo de puta —entonces empezó a jadear sin
aliento. Su esposa dio un paso adelante.
—Baja el tono o acabaré la llamada y podrás escribirle un correo. Lo
digo en serio.
Miró a la cámara.
—Lo siento, Detective Mazzetti. Su salud va
primero. —Por supuesto —dijo Stevie.
—Estoy calmado —dijo Kersey con voz áspera. —Maldición, mujer. No me
trates como un crío —le llevó unos momentos recuperar la respiración. —Mi
informe era más largo de una página. En algún momento ha debido ser alterado si
eso es todo lo que encontró. No necesito ser un detective para averiguar
quien lo hizo.
—Rossi —dijo Stevie. —Encontré discrepancias en algunos informes de Silas,
también. Me alegro de haber guardado mis notas. Hábleme de Eddie Ginsberg.
—El padre de Tracy sospechaba de Eddie, pero Tracy le defendió. La
familia de Eddie tenía dinero, dijo ella. Eddie no tenía una razón real para robar.
Lo cierto era que Eddie era un punk rico con demasiado tiempo libre. Rossi y yo
fuimos a su casa después de dejar la escuela. Estaba jugando videojuegos,
incluso aunque debería haber estado en clase. Le dije que el padre de Tracy
sospechaba de él. Dijo que Tracy podía ‘manejar a su papi’. Ni lo confirmé ni lo
negué y Eddie se enfadó. Entonces se lo tomó a risa, diciendo que no importaba
lo que la zorra dijera, que tenía tres tipos que jurarían que estaba con ellos,
viendo la TV. Teníamos los nombres, entonces Rossi y yo nos fuimos a comer
—Kersey parecía dolido. — Desearía no haber ido a comer.
—¿Qué pasó?
—Fuimos a su casa después de comer a confrontarla. Golpeamos la
puerta. No había nadie en casa. Regresamos a la comisaría para empezar
a llamar a las tiendas de empeño, tratando de rastrear las cosas robadas —
hubo otra pausa mientras Kersey tomaba aliento. —Regresamos a casa de
los Gardner sobre las cuatro, pensando pillar a la madre. La madre estaba
allí. También estaba el forense.
—Tracy estaba muerta para entonces —dijo Stevie. —Violada,
asfixiada y después apuñalada. ¿Crimen de rabia?
—Eso pensé. Mi primer pensamiento fue, ‘Eddie hizo esto. Le incité y él
la mató.’ Pero Silas encontró al sin techo y me sentí aliviado. No había
empujado a Eddie a asesinar —su cara se arrugó, sus estrechos hombros
se agitaron. — Ahora... Dios.
—Si Eddie asesinó a Tracy, entonces fue culpa de él —dijo Stevie. —
No de usted.
—Todos decimos eso porque nos hace sentir mejor. Pero gracias por
intentarlo —apartó la mirada unos segundos, recuperando la compostura.
— Entonces apareció Homicidios. Silas Dandridge.
—¿Habló a Silas de Edward Ginsberg y el hecho de que Tracy mintió
sobre la clase?
—Sí. Y que pensaba que Eddie era culpable del crimen. Pero Silas
encontró al sin techo, Richard Steel, con el arma del crimen. Tenía un c…
—jadeó en busca de aire— caso redondo.
—¿Pensó que Richard Steel era culpable del asesinato de Tracy
Gardner? — preguntó Stevie.
—Tenía el cuchillo ensangrentado y Silas dijo que Eddie tenía una coartada,
pero me preocupó. Sin embargo, Silas era un hacha de Homicidios. Lo cual
estoy seguro que sabe ya que fue su compañera durante tanto tiempo.
—El Buscador —recordó Stevie severamente. —Solíamos llamarle así
porque tenía un don para encontrar lo que se convertiría en la pieza clave
de la evidencia. Ahora sabemos cómo lo arreglaba. Es fácil encontrar los
huevos si eres el Conejo de Pascua. ¿Sospechó de Rossi?
—No al principio. Al final, si. Nada tangible —dejó de respirar de nuevo.
—Está cansado —dijo la señora Kersey. —Tiene que darse prisa.
—Creemos que Rossi podría haber estado trabajando con alguien —
dijo Stevie. —¿Tiene alguna idea de quien podría haber sido?
—Era muy amigo de Scott Culp. Tampoco confiaba en él.
Santo Cielo, pensó Stevie, parpadeando con sorpresa. ¿Scott Culp?
Ese nombre era muy familiar.
—¿Por qué no confiaba en Scott Culp?
—Salían juntos en sus días libres, eran más que amigos. Pensé que eran gay,
lo que era asunto de Rossi, así que lo dejé estar. Pero siempre había algo de Culp.
Bastardo presumido. Llevaba zapatos elegantes. Trajes italianos. Rossi también.
Algunas veces vi a Rossi con fajos de dinero en efectivo. Decía que había ganado
a las carreras. Demonios —Kersey cerró los ojos, claramente fatigado. —Se
encargará de que Tracy Gardner y Richard Steel obtengan justicia.
No era un ruego.
—Lo haré. Lo prometo.
—Bien —se hundió hacia atrás en su silla de ruedas, lejos del
micrófono. —Lo siento, tomé mucho de su tiempo —dijo Stevie.
—Y de su energía. La señora Kersey sacudió la cabeza.
—Esto es todo lo que hablará hoy, pero sé que considera que merece la pena.
No esperaba su llamada, Detective Mazzetti, pero le preocupaba tener noticias de
AI desde que Silas Dandridge fue expuesto. Recuerdo el caso de la chica Gardner,
Danny tumbado en la cama, mirando el techo, preocupado por lo que
hacer. Pero como él dijo, Silas tuvo un tiro fácil.
—Todas las inculpaciones de Silas fueron tiros fáciles —dijo Stevie con
amargura. —He pasado mi parte de horas mirando al techo,
preocupándome. Contactaré con usted cuando tenga noticias. Cuídese.
—Usted también, Detective Mazzetti —dijo la señora Kersy. —Adiós.
Stevie colgó, girándose para encontrar a Clay enviando un mensaje en
su teléfono.
—¿Qué estás haciendo?
—Conseguir información de Scott Culp —
dijo. —No tienes por qué. Le conozco.
Clay apoyó la cadera contra la mesa, una vez más invadiendo su
espacio. —¿Quién es?
—Estaba en la división de Robos. Pasó algo de tiempo en Antivicio.
Ahora está en AI.
Los ojos de Clay se abrieron como platos.
—Tienes que estar bromeando.
—Me gustaría. Y Kersey tiene razón. Culp es un bastardo presumido.
Estaba allí el viernes cuando dije a AI que más policías estaban involucrados
en la lista de Lippman. Les dije que ya había sido atacada dos veces esa
semana. Más tarde esa tarde alguien –tal vez Rossi– me disparó. Dos veces
ayer, más disparos. Entonces anoche Rossi disparó, pensando que era yo.
El color subió a sus mejillas.
—Culp es la filtración de Hyatt. Un tipo de AI dijo a Rossi donde encontrarte.
—Las posibilidades son malditamente buenas. Necesito hablar con
Hyatt — empezó a levantar el auricular del teléfono, entonces lo pensó
mejor y colgó de nuevo. —Si alguien en AI filtró la localización de la casa
segura, Hyatt está en la obligación de contarlo. Pero inadvertidamente AI
podría dar a Culp el aviso. Abandonará.
—Las posibilidades son malditamente buenas —haciéndose eco
irónicamente de sus palabras.
—Quiero comprobarle yo misma. Pero no quiero dejar a Cordelia —Stevie
apretó los dientes. —Es un círculo vicioso. E incluso si Culp dijo a Rossi donde
encontrar la casa segura, aún no sabemos quien cometió el tiroteo de ayer. O el
del restaurante —dejó caer la cabeza entre las manos. —Esto es una
pesadilla y estoy atrapada aquí porque saben que no dejaré a mi hija.
—Stevie, escúchame —la voz de Clay tenía un filo de acero, exigiendo su
atención, y cautelosamente ella levantó la cabeza. —Tenemos a dos agentes
Federales vigilando delante y a mi padre dentro de la casa, armado con un arsenal
impresionante —Clay se inclinó hacia adelante hasta que su cara estuvo a unos
centímetros. —Cordelia está a salvo aquí, incluso si sales unas horas. Estará a
salvo mañana —se acercó aún más, hasta que su cara fue todo lo que ella pudo
ver. — La mantendremos a salvo hasta que la amenaza sea eliminada. Y yo te
tengo a ti, sin importar lo que tengamos que hacer para hacer que suceda.
Su temor se retiró mientras sus palabras enraizaban. Este no era un
hombre descuidado. Planeaba para las contingencias. Cubría todas las
bases. Se había probado a si mismo una y otra vez.
Confiaba en que la ayudara. Y después, si ella elegía apartarse, él se lo
permitiría.
Le he echado de menos. El pensamiento parecía venir de ninguna
parte. Pero ella lo sabía bien. Le había echado de menos desde diciembre.
Había echado de menos saber que había alguien de quien podía depender,
alguien que estaba ahí cuando le necesitaba. Y había echado de menos la
tensión que sentía en el estómago cada vez que sabía que iba a verle de
nuevo. Había echado de menos su cara.
Esa cara que siempre pensó que parecía labrada en sólida roca. Inamovible.
Irrompible. Pero si se podía romper. Yo le rompí. No, ella le había herido. No
estaba roto. Lejos de eso. Estaba hecho de materia más fuerte que esa. Como yo.
Stevie estaba haciendo respiraciones cortas y poco profundas porque
no parecía haber aire. Los ojos de él se calentaron, pero no movió un
músculo. Aguantó su mirada con enfoque firme y esperó.
Justo como había esperado durante meses desde diciembre. Y mucho
antes de eso.
Como todo lo que podía ver era su cara, se dio el gusto, mirándole a
placer. Era demasiado tosco para ser clásicamente atractivo, pero había
belleza en cada tosco plano de su cara. Le hormigueaban los dedos por
tocar, su mano pareció levantarse por su propia voluntad.
Pasó los dedos por su mejilla, por su piel caliente y flexible. Vivo. Él dio un
ligero respingo pero no se movió. Como si fuera una criatura salvaje, le permitió
que se acostumbrara a él. Ella se sentía así a veces. Salvaje. Atrapada y sola.
No tienes que estar sola. Es tuyo para tomarlo. Esa era una idea
embriagadora. Demasiado embriagadora para considerarla en ese
momento, cuando todo lo que podía lograr eran esas respiraciones
superficiales. Tocó su mandíbula, ya oscurecida de barba. El permaneció
inmóvil. Aguantando su mirada. Conteniendo el aliento.
Hasta que ella acunó su mandíbula en la mano. Él se estremeció,
extrayendo el aire de sus pulmones en un doloroso soplo que dejó
temblando sus hombros. Poniendo la mano en la mesa, cerró los ojos y
dejó caer la cabeza, hundiéndose en su caricia.
Como si estuviera muriéndose por el contacto. Mi contacto. No sabía
que un corazón pudiera sentir pena y alegría al mismo tiempo, pero
mientras ella movía la otra mano hasta su cara, eso era exactamente lo que
sentía. Manteniendo la primera mano donde estaba, recorrió su ceja, la
línea de su nariz. Sus labios. Tan suaves. Sus labios eran tan suaves.
Durante todo ello él no hizo otro movimiento. Mantuvo una mano en la
mesa aún agarrando su teléfono. La otra mano descansaba a su costado.
Dejándoselo todo a ella. Para que, entonces, sea mi decisión.
De nuevo un embriagador pensamiento que la dejó necesitada y
dolorida, aún sintiéndose poderosa. Vigorizada.
Pero la pena permaneció. Yo hice esto. Aparté esto de él. Le aparté de esto. El
contacto, la cercanía que no había tenido con nadie más. Porque él esperó. Por mí.
—No quiero hacerte daño de nuevo —susurró. —Pero me temo que lo haré.
Sus ojos se abrieron y ella fue golpeada totalmente con la desnuda
magnitud de su hambre.
—Me arriesgaré —fue su áspera réplica. Y entonces su boca estuvo en
la suya, duro y rápido. Y bueno. Tan bueno. La mano que había mantenido
en el costado estaba súbitamente en su pelo, acercándola incluso más.
Su teléfono golpeó la mesa, su otra mano de repente acariciaba el
costado de su pecho de camino a su espalda y ella fue alzada sobre sus
pies, sin romper el beso. Su boca... Dios, el hombre sabía besar.
Como si se estaba muriendo de hambre, pensó ella de nuevo, más
débilmente esta vez.
Como estoy yo. Dios, como estoy yo. Envolvió los brazos alrededor de
su cuello y se colgó, lanzándose en su calor, devolviéndole el beso.
Haciéndole gruñir, profundamente en su garganta. Enviando una vibración
por su pecho que ella sintió contra sus pechos.
Más que cosquillas, más que una caricia, la breve sensación hizo que sus
pezones se endurecieran, y ella quiso más. Presionó más cerca y sus manos
se deslizaron por su espalda, cerrándose sobre su trasero, alzándola más alto
contra él con facilidad. Pero no bastante alto. Ni siquiera cerca.
Él apartó la boca lo suficiente para permitirles llenar sus pulmones,
mirándola fijamente, su boca húmeda por la de ella.
—¿Más? —preguntó, la palabra apenas inteligible.
Ella se lamió los labios, saboreándole. ¿Más? Demonios, si. Pero él
estaba esperando que respondiera. Que dijera la palabra.
—Sí...
No la dejó terminar, hundiéndose de nuevo, dándole más. Más. Era una
pulsación en su cabeza, haciendo caso omiso cualquier otro pensamiento,
extendiéndose a sus pechos, entre sus piernas. Él pivotó, levantándola
para sentarla al borde de la mesa, empujando a ciegas su portátil fuera del
camino. Bajó las temblorosas manos por sus piernas, abriéndoselas para
poder moverse más cerca, todo mientras se comía su boca con besos que
hicieron vibrar cada uno de sus nervios.
Vibrar. Algo estaba vibrando. Atravesó la niebla sexual y ella tanteó la
mesa buscando la fuente. Teléfono móvil.
Se apartó lo suficiente para
susurrar. —Es el tuyo.
Respiraba con dificultad.
—Deja que llamen de nuevo —dijo. Entonces gruñó. —No. Dámelo.
Ella se lo entregó, agarrando su hombro con la otra mano para
mantener el equilibrio cuando su cuerpo amenazó con desplomarse.
—Habla rápido —susurró.
—Lo haré —con expresión de suprema irritación comprobó la pantalla
de su teléfono. Entonces se quedó abruptamente inmóvil, la frustración
sexual se volvió calma letal en un parpadeo.
Stevie enderezó la espalda, una sacudida de adrenalina aclarando su mente.
—¿Qué es? —preguntó, pero él ya estaba corriendo escaleras arriba al
muelle, con el arma en la mano.
—Las cámaras termales subacuáticas —gritó sobre su hombro. —
Alguien viene. Quédate aquí hasta que te diga que todo está libre.
Ella abrió la boca para decirle lo que podía hacer con su ‘Quédate
aquí,’ pero años de entrenamiento se impusieron.
—Piensa —murmuró para sí misma porque Clay estaba lejos. Pero el
pensamiento racional era difícil con cada instinto maternal que poseía
urgiéndola a moverse. Para proteger a su hija.
Cordelia está en la casa. La casa con ventanas resistentes a las balas
y puertas de seguridad. Está a salvo en tanto permanezca en la casa.
La orden de Clay aún dolía, arañando su orgullo, pero en el fondo tenía
sentido. El tirador del restaurante probablemente aún estaba ahí fuera. Y el
disparo de las alarmas subacuáticas llegó tan rápidamente después de su
llamada a Kersy que alzó una bandera roja en su mente. Kersey podía
haber estado jugándosela, dándole información para empujarla a hacer un
movimiento en abierto.
Pero eso era ridículo. No había forma de que hubiera rastreado su llamada,
ni por teléfono, ni por Skype. Las líneas de comunicación de Clay eran seguras.
Además, había creído cada palabra que él había dicho. ¿Porque se
está muriendo? No, no era eso. Era porque se reconocía a si misma en sus
ojos, en su tono.
Además, quien quiera que viniera habría empezado a ponerse en
camino mucho antes de que ella llamara a Kersey. Los buceadores tenían
que venir desde barcos y eso llevaba algo de tiempo.
Stevie miró a su alrededor por su bastón, lo encontró apoyado contra el
horno en la galera. No era estúpida. No se convertiría a si misma en un
blanco de nuevo. Estaría fuera de la vista hasta que supiera qué era qué. Y
las escaleras le llevarían tiempo. Mejor estar esperando arriba de las
mismas si se desataban todos los infiernos que estar abajo.
El policía dentro de ella –así como la mujer– no tenía intención de
permitir que Clay Maynard recibiera más balazos por ella. Moviéndose tan
rápido como pudo, le siguió.

Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 10:55

Había pasado una hora y cinco minutos y Westmoreland no había llamado.


Robinette no era feliz. Recorrió la longitud de su oficina, repasando mentalmente
su plantilla de empleados. Determinando quién era sospechoso y en quién
podía confiar. En la mayoría de ellos no confiaba simplemente porque no
los conocía suficientemente bien. Pero esos de su plantilla no tenían
acceso a ninguna información confidencial y/o dañina.
¿De su círculo interno, aquellos con los que había servido en el
desierto? Aún confiaba en Brenda Lee. Ya no confiaba en Henderson o
Fletcher. Robinette estaba indeciso respecto a Westmoreland por el
momento. Había especificado una hora para las actualizaciones. No
debería haber sido difícil para Wes enviarle un mensaje o un correo.
A menos que estuviera en problemas. O tuviera las manos ocupadas con
Mazzetti. O tal vez simplemente no había ido a la casa del guardaespaldas.
Wes no había aprobado la forma como Robinette había manejado a
Henderson o Fletch.
Tal vez Westmoreland había tomado el asunto en sus propias manos.
Últimamente su equipo le había estado guiando para dar prioridad al
esmoquin de lujo y los eventos formales. Si no tenía cuidado, los corbatines
le cortarían la circulación hacia el cerebro. Se estaba ablandando.
En aquel momento, Robinette lo había atribuido a la amabilidad.
¿Pero y si iban en serio? ¿Y si estaban hablando a sus espaldas?
¿Y si pensaban que podían hacerlo mejor? ¿Y si trataban de tomar el
control? Entre ellos, sabían todo lo relacionado con sus negocios. Todas
las fórmulas – legales y de otro tipo, los clientes, los precios... todo. Su
círculo interno era capaz de enterrarle como a Stevie Mazzetti.
¿Dónde estaba Westmoreland justo ahora? Robinette se sentó a su mesa
y abrió la página web que usaba para rastrear los movimientos de los
vehículos de su flota corporativa. Westmoreland estaba conduciendo uno de
esos vehículos – un Toyota Sequoia negro. Robinette lo seleccionó y esperó a
que el satélite conectara con el rastreador. Vehículo no encontrado.
Robinette parpadeó fuerte. Fue como si una pequeña banda elástica
acabara de chasquear en su mente.
Antes de que te vuelvas loco, asegúrate de que el maldito sitio web
está funcionando correctamente. Una búsqueda del resto de vehículos de
la flota devolvió resultados. La mayoría estaban aparcados allí, en la
propiedad. Unos pocos estaban fuera haciendo recogidas y entregas,
preparándose para el inicio de la nueva semana de trabajo.
Escribió una contraseña especial y encontró el coche de Lisa. Tenía almuerzo
dominical con su familia cada semana. Y... si. Su Jag estaba aparcado delante de
la fea mansión como un mausoleo de sus padres, exactamente donde se suponía.
Una vez más buscó el Sequoia. Vehículo no encontrado.
Westmoreland había deshabilitado el rastreador del Sequoia. Eso no
presagiaba nada bueno.
No me he ablandado. Y si su equipo necesitaba que le recordaran ese
hecho, Robinette los complacería felizmente. Abrió su caja de seguridad y sacó
la caja del tamaño de una caja de zapatos donde guardaba sus armas, presionó
su pulgar en el lector de huellas para abrir el pestillo. Sacó las armas que solo
habían sido disparadas en su tiro al blanco privado. Eran irrastreables.
No es que planeara usarlas. Incluso con silenciador, había formas
menos ruidosas de tratar con obstáculos humanos. Pero nunca hacía daño
estar preparado.
También deslizó su pequeño cuaderno de direcciones en su bolsillo. En el
cuaderno había nombres y direcciones importantes. Como la familia y los
amigos de Stevie Mazzetti, incluyendo al señor Maynard. Y la familia y amigos
de su círculo interior. Solo en caso de que se requiriera una pequeña palanca.
Finalmente, tomó un juego de llaves de coche. Guardaba un vehículo
que no tenía rastreador y había sido fabricado antes de la llegada de los
automóviles con GPS. Adoraba los gadgets y la tecnología tanto como
cualquiera, pero algunas veces la vieja escuela era la forma de avanzar.
Capítulo Doce

Wight´s Landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 10:55

Clay fue por las escaleras del muelle en dos saltos, maldiciéndose a sí
mismo. Había prometido que estaría a salvo, pero casi había ignorado la
alarma que la mantendría así. Eres un idiota, Maynard.
Excepto que... finalmente la había tenido en sus brazos. Y había sido
incluso mejor de lo que había esperado. Fue como si hubiera girado un
interruptor, despertándola. Encendiéndola. Definitivamente, había estado
encendida. Definitivamente, lo había deseado. Me deseó. Gracias, Dios.
Sacudió la cabeza para aclararla. Presta atención o no estará viva para
desearte. Golpeó la cubierta al correr, solo para detenerse con un patinazo.
Su padre estaba de pie en el muelle, mirando su reloj de pulsera.
Tanner alzó la mirada, con ligera desaprobación.
—Te llevó bastante tiempo —sus ojos se entrecerraron. —Aunque, supongo
que debería felicitarte por tu tiempo de respuesta. Podrías haber querido ordenar tu
cabello despeinado. O saltar al agua. Debería estar bastante fría para desinflar...
cosas.
¿Qué mierda? Si, aún estaba más duro que una piedra, pero... ¿Qué
mierda? —Papá, vuelve a la casa. Tenemos un buceador aproximándose.
—Lo sé. Puedes apartar el arma. Solo es Lou.
Por un momento Clay solo pudo mirar fijamente. Entonces lo
pilló. —¿Quieres decir que esto es un maldito ejercicio?
—Sí. Lo cual, si guardaras tus hormonas, recordarías que pediste
específicamente. Si hubiera sido real, habrías llegado por los pelos, hijo.
Clay enfundó su arma y aplacó su temperamento. Él había sugerido un
ejercicio, asegurarse que el sistema funciona apropiadamente. No había
esperado que su ex-prometida fuese con quien lo probara.
Pensó en Stevie, bajo la cubierta. Sabía que no había forma de que se quedara
allí abajo. No estaba en su naturaleza. Estaba sorprendido de que no hubiera
aparecido ya. Probablemente solo porque le está llevando un minuto subir
las malditas escaleras.
Parecía que le presentaría a su ex más pronto de lo que había
planeado. Dio un paso al muelle y miró al agua, esperando preparar a Lou
antes de que Stevie apareciera. Él y Lou ya no eran pareja, pero aún eran
amigos y Lou era sobre protectora en extremo. Desafortunadamente,
también sabía lo que había pasado en diciembre.
Porque Alec había estado esperándole fuera del hospital cuando Stevie le
rechazó. El chico había echado una mirada a la cara de Clay, sabiendo al
instante lo que había sucedido incluso aunque Clay no había dicho una
palabra sobre ello. Alec y Alyssa eran uña y carne, así que su administrativa
lo supo poco después. Y lo que quiera que Alyssa supiera, su hermana lo
sabía al instante. Decir que Stevie no era la persona favorita de Lou era poco.
El agua burbujeó y dos buceadores encapuchados emergieron en la
superficie. Ambos llevaban trajes de neopreno diseñados para inmersión en
agua fría con máscaras completas cubriendo sus caras.
—¿Quién es su compañero? —preguntó Clay severamente. Lou sabía
que él estaba ocultando a Stevie y Cordelia porque solo horas antes había
pedido su ayuda para llevar a Cordelia a la granja. Pero había esperado
que Lou evitara cualquier invitado con él.
—Nell Pearson, la nueva ayudante —dijo su padre. —Nell está bien. La
comprobé yo mismo.
—Bien —ladró Clay. —Pero la próxima vez, no me sorprendas. Podría
haberles disparado.
—Por eso estoy aquí, hijo —el tono de su padre desafiaba más
reproches, cruzando la línea de la paternidad a la condescendencia, y Clay
sintió que tenía diez años de nuevo.
Poniendo los ojos en blanco, Clay esperó hasta que los dos buceadores
hubieron casi subido la escalera antes de extender la mano para subirlos al muelle.
Lou se quitó la máscara.
—Mierda, el agua está helada. ¿Saltó tu alarma?
—Lo hizo —dijo su padre. —En la primera cámara. Todas las otras se
dispararon después de esa.
Lou se sacó la mascarilla.
—Un buceador más avanzado podría nadar un poco más rápido
que nosotras, pero deberíais tener tres minutos para prepararos antes
de que los huéspedes no invitados emerjan —Lou miró a Clay. —¿Por
qué no pareces feliz, cariño? Tu sistema funciona como un encanto.
—Deberías haberme dicho que ibas a venir —dijo Clay calmadamente.
Lou sonrió inocentemente, palmeando ligeramente su mejilla con la
mano plana.
—Entonces no habría sido una prueba real —miró sobre su hombro. —
Además, quería conocer a la Detective Mazzetti.
Clay se giró para ver a Stevie de pie en cubierta, apoyándose
pesadamente en su bastón. Pareciendo nada satisfecha.
—¿Qué está pasando? —preguntó Stevie.
Él la ayudó a llegar al muelle, sujetando su codo hasta que estuvo
equilibrada. —Era un ejercicio.
—Un ejercicio —repitió sin entonación.
—No lo sabía. Te juro que no te habría asustado de esa manera.
—Está bien —Stevie echó un vistazo a Lou, que se estaba quitando
sus aletas. —¿Y ella es ...?
Lou dio un paso adelante, con expresión fríamente distante.
—Soy la Sheriff Moore. Esta es la ayudante Pearson.
Nell Pearson una rubia que parecía en la mitad de los cuarenta,
permanecía en pie a su lado, sin decir nada. No hubo movimiento para
tender manos de parte de ninguna de las mujeres.
Clay quiso golpear algo pero se contentó con poner los ojos en blanco
en su lugar.
—Lou, tú y tu ayudante tienen que ponerse ropa caliente. Cámbiense
en la caseta de los botes. No toquen nada.
Lou entrecerró los ojos.
—Bien. Tenemos ropa seca en la
mochila. Su padre entregó a Lou
unos termos. —Les hice algo de café.
Lou se inclinó para besar su mejilla.
—Gracias, Tanner. ¿Puedes llamar a Guthrie? Dile que hemos
llegado y que traiga el bote para recogernos.
—¿Quién es Guthrie? —preguntó Stevie. Ella estaba estudiando a Lou
con expresión engañosamente suave.
—Su otro ayudante —dijo Clay.
Stevie mantuvo su suave fachada, manteniendo su voz equilibrada,
cordial incluso. Pero el brillo de ira en sus ojos la delataba.
—Demonios, un montón de gente sabe el secreto de nuestro escondite, Clay.
Lou se detuvo en su camino. Cuando se giró, su expresión era un
espejo de la de Stevie. Cuando habló, su tono fue igualmente suave. De
haber estado sucediendo esta situación a algún otro, Clay podría haberse
reído. Pero estaba sucediéndole a él y todo lo que quería era hacerlo parar.
—Detective Mazzetti, se me ha pedido que provea de ayuda y respaldo. Mis
ayudantes serán parte de esta ayuda de cualquier modo que yo considere
conveniente. Pero para que conste, el ayudante Guthrie no la conoce y no sabe
que su hija existe, mucho menos que están escondiéndose aquí. Ciertamente yo
no habría esperado que tú te estuvieras exponiendo permaneciendo a
descubierto, especialmente después de los sucesos de ayer.
Stevie enderezó la espalda y Clay cerró los
ojos. —Lou —él murmuró, —no.
—¿No qué? —preguntó Lou con acidez. —¿No tiene sentido? Dos
personas murieron ayer cuando un tirador le disparó, Detective. A su hija casi
le disparan en su jardín delantero. Una policía murió mientras ocupaba su
lugar en una casa segura anoche. ¿Cómo sabe que no está siendo apuntada
en este momento? ¿Cómo sabe que no nos está poniendo a todos en riesgo?
Dos manchas escarlatas tiñeron las mejillas de Stevie, su cuerpo
estaba tan rígido que era un milagro que no saltara en pedazos.
—Supongo que no lo sé. Me disculpo Sheriff Moore.
—No creo que sea yo la única con la que debería disculparse. Pero gracias, en
todo caso. Tiene unos minutos antes de que el Ayudante Guthrie llegue, si quisiera
ponerse a cubierto. Parece como cerrar la puerta del establo después de que el
caballo ha sido robado, pero si le hace sentirse mejor, solo siga adelante.
Clay exhaló pesadamente. Lou no solo había enfurecido a Stevie,
también la había avergonzado. Y ese último golpe fue simplemente vil.
—Lou, retrocede. Aseguré a la Detective Mazzetti que ella y su hija
estarían a salvo aquí. Nadie se acercará lo suficiente para apuntar a nadie.
La prueba de la vigilancia subacuática fue un éxito, así que hemos
acabado. Retirémonos todos a nuestras respectivas esquinas.
Esperaba que Stevie hiciera su salida, pero no se movió. Tampoco dijo
una palabra, y eso le preocupó.
—¿Estás bien? —murmuró.
Ella asintió silenciosamente y fue cuando notó que estaba derecha, con
el bastón escondido tras ella, y lo entendió. Cualquier dirección que eligiera
para retirarse presentaba obstáculos, y no quería que Lou y su ayudante la
vieran tambalearse. Pero Lou no se dio cuenta y no lo haría, si él tenía algo
que decir sobre ello.
—Lou, podemos hablar cuando no estés temblando. Ve a ponerte ropa seca.
Lou le dirigió una mirada de lástima, como si él fuera el hombre más
estúpido de la existencia. Pero cambió de tono, sonando profesional. Por fin.
—Traeré el bote mañana a las cinco de la mañana. Tú encárgate de
tener a la niña preparada y yo asumiré la responsabilidad de transportarla.
Clay se encogió. Había pretendido compartir sus planes con Stevie
cuando estuvieran en el barco de su padre, pero entonces ella le tocó y...
¿Quién podía culparle por olvidarlo? Casi olvida su propio nombre. Miró a
Stevie, quien le miraba fijamente, atónita. E incluso más enfadada que antes.
Obviamente ella podía, y lo hizo, culparle por olvidarlo.
—¿La niña? —siseó entre dientes. —¿Qué niña? ¿Mi hija? ¿Qué
demonios? Lou realmente parecía arrepentida.
—No sabía que usted no lo sabía. Iré a cambiarme.
—Sí, ve a hacer eso —murmuró Clay. —Demonios.
—Estoy esperando, Clay —dijo Stevie tranquilamente cuando la puerta
de la caseta se cerró tras Lou.
Él inclinó la cabeza hacia ella, sin sorprenderse cuando ella se inclinó
hacia atrás lejos de él.
—Hablemos sobre esto en privado. Te lo explicaré.
Una garganta se aclaró delicadamente. La Ayudante Pearson había
permanecido a un lado, pareciendo muy incómoda.
—No quiero inmiscuirme —dijo. —Detective Mazzetti, no revelaré su
presencia aquí a nadie. Yo tengo un hijo y solo puedo imaginar por lo que ha
estado pasando las últimas veinticuatro horas. Puede confiar en mi discreción.
—Gracias —dijo Stevie. —Lo
aprecio. Pearson miró a Clay.
—Yo voté por contarte lo del ejercicio, pero tu padre y la sheriff lo
rechazaron. Lou no sabía que no habías tenido tiempo de informar a la
detective de sus planes —le sonrió arrepentida. —Es bueno conocerte por fin,
aunque desearía que las circunstancias hubieran sido diferentes. Tu padre me
ha hablado tanto de ti que siento como si ya te conociera. Ahora si ambos me
excusan, voy a quitarme este traje porque ya no siento los dedos.
En el momento que la puerta de la caseta se cerró detrás de Pearson,
Stevie giró sobre el talón de su pierna buena y empezó a caminar por el
muelle hacia la casa.
—Si quieres gritarme —dijo Clay, —es mejor hacerlo en el barco.
Cordelia no oirá.
Ella se volvió lentamente, despidiendo fuego por los ojos.
—No te atrevas a usar a mi hija para manipularme y hacerme ir donde
quieres que vaya.
Él alzó las manos en señal de rendición.
—Bien. Tienes razón. ¿Por favor irás al barco para que podamos
resolver esto? Además el ayudante Guthrie estará aquí en un minuto. A
menos que quieras que te lleve, no puedes llegar a la casa tan rápido.
Le miró, ofendida.
—¡Eso es cruel!
—Cruel, pero certero. Tienes que elegir.
Su mirada se afiló mientras le sobrepasaba camino del barco.
—No me toques —soltó, apartando su mano cuando él trató de
ayudarla a bajar a cubierta. —Preferiría caerme.
No se cayó, aunque estuvo a punto cuando el extremo de su bastón dio
en un charco del muelle. Se las arregló para mantener el equilibrio y bajó a
la cabina sin mirar atrás.
—Tiene temperamento —comentó su padre casualmente.
Clay se giró, dedicando a su padre la misma mirada que Stevie le
había dirigido.
—¿En qué demonios estabas pensando, haciendo venir a Lou aquí?
—No pensé que Lou sería tan abiertamente hostil. Lo siento, Clay.
—Sí, bien podría no importar que lo sientas. Tu coordinación apesta, papá.
—Siento eso, también. Pero si pudieras haber visto la mirada en tu
cara… — Echó una mirada a la cara de Clay y dio un paso atrás. —Bien.
Volveré y comprobaré a la chica.
—Sí, haz eso. Corre como el cobarde que eres —musitó Clay, con su
padre ya a mitad de camino del muelle. Clay esperó, vigilando la caseta de
los botes, con los brazos cruzados fuertemente sobre el pecho.
Lou emergió, vestida con pantalones y pareciendo muy
sumisa. —Lo siento. De verdad.
—¿Por qué lo hiciste, Lou? —preguntó. —¿Por qué la has saeteado de
esa manera? Ha tenido veinticuatro horas infernales y tú la sacas de quicio.
No había necesidad.
—Lo sé —Lou suspiró miserablemente. —Soy una persona terrible.
—En este momento me vería obligado a estar de acuerdo.
Ella frunció el ceño, su fácil aquiescencia claramente la sorprendió.
—Ella tiene mucha cara para venir bailando aquí como si el lugar le
perteneciera. Está usándote.
Él pensó en esos momentos en la cabina del barco. Ser usado por
Stevie Mazzetti había sido una de las mejores experiencias de su vida.
Podía usarle hasta que no fuera más que una colilla reseca.
—Yo la invité a venir.
—Tenía otros sitios a los que ir. Otras personas en las que apoyarse. ¿Por qué
tú?
—Porque la manipulé para ello —dijo él con honestidad. —Es asunto
mío, Lou. No tuyo.
—Pero... —suspiró de nuevo, frustrada. —Te rompió el
corazón. Clay tuvo que reírse.
—Como tú. Rompiste conmigo seis semanas antes de nuestra boda y
te casaste con otro, pero no me ves molestando a tu marido.
Ella tuvo el buen sentido de estar avergonzada.
—Sí. Rompí contigo pero no te rompí el corazón. No podía romperte el
corazón.
Su sonrisa desapareció.
—¿Por qué? ¿Porque está hecho de piedra?
—No. Eso es ridículo —golpeó su pecho con el puño. —Puedes ser de
piedra por fuera, pero no eres si no una gran nube de azúcar por dentro.
—No se lo cuentes a nadie —susurró él.
—No lo haré —dijo ella con una sonrisa, entonces se puso seria. —No
podía romperte el corazón porque nunca estuviste enamorado de mí. No
como lo estás de ella.
Clay miró al barco. Solo saber que Stevie estaba allí, esperándole,
incluso enfadada como estaba... le ponía contento.
—Creo que lo supe en el momento que la vi.
—Por favor, no me digas que fue amor a primera vista. Me estás dando
náuseas.
—Bien. No fue a primera vista. Más bien la tercera —él sonrió con el
recuerdo. —Estaba inclinada sobre la silla de mi oficina, haciéndome trizas
de nuevo. Lo cual merecía totalmente.
—¿Qué hiciste?
—Puse en peligro a su hija porque fui un idiota. ¿Recuerdas al hombre
que mató a Nicki?
—¿Cómo podría olvidarlo? Pobre Nicki. Hizo terribles elecciones, pero
nadie merece eso.
—No, nadie. Yo sabía quien mató a Nicki y quería atraparlo yo mismo.
No le denuncié a la policía como debería haber hecho. También estuvo
acosando a Cordelia.
Lou aguantó la respiración.
—Yo habría hecho más que hacerte una cara nueva, Clay.
—Lo sé. Pero una vez que supe lo demás que él había hecho, hice lo correcto.
Les di la identidad del asesino y Cordelia salió ilesa. Stevie fue como una mamá
osa... haría cualquier cosa para proteger a su hija. Y yo también. Son importantes
para mí, Stevie y Cordelia. No ataques a Stevie así de nuevo. Nunca.
Lou agarró su camiseta en un puño.
—Solo es que no quiero que resultes herido.
—Y aprecio tu preocupación, pero no es asunto tuyo. Es el mío. Y
aceptaré el riesgo.
Ella sacudió la cabeza.
—Solo prométeme una cosa. No la permitas defraudarte. Te mereces
una vida, no solo un revolcón o dos en la cabina de tu barco.
Él parpadeó.
—¿Qué te hace pensar que tuve un revolcón?
—Bueno, revolcón interruptus, en todo caso —dijo Lou con una sonrisa
malvada. —Tu pelo era un desastre cuando llegaste aquí. Viví contigo
durante un año y nunca vi un solo pelo fuera de sitio. Y estabas... —sus
ojos echaron una mirada más abajo, después subieron de nuevo. —Sí.
Recuerdo esa parte muy claramente.
Clay se acobardó.
—No digas eso nunca delante de ella. Por favor.
—No lo haré. No lo haré. Jesús. Pero prométeme que te asegurarás de
que te ama y no es solo para rellenar su tanque vacío. O peor, solo porque
está agradecida por tu ayuda.
Clay hizo una mueca de
dolor. —¿Ya terminaste?
—Supongo. Ahora eres un chico grande. He tenido que dejarte ir. Trata
de no permitir que los chicos grandes te quiten el dinero del almuerzo —
Lou le dio una palmada en la mejilla. —Dile que lo siento.
—Lo haré —señaló a Guthrie que empezaba a aproximarse al muelle.
—Tu transporte está aquí.
—Vale. Te veré mañana cuando venga a por Cordelia. Buena suerte
con Stevie.
—Gracias. Voy a necesitarla.

***

Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 11:35


La tecnología era extremadamente útil, pensó Robinette mientras aparcaba
su coche a cuatrocientos metros de su destino final. Apreciaba especialmente
los beneficios de la tecnología de rastreo. Podía controlar todo su personal con
solo presionar un botón. El problema era, que la misma tecnología podía ser
usada para que cualquiera le rastreara también. Lo cual no era aceptable.
Recorrió la calle hasta el depósito que había tenido desde que había
vuelto a casa como ex soldado, licenciado con honores, pero sin
habilidades que le permitieran construir su fortuna. Con sus credenciales de
Policía Militar, podía haber sido poli, cierto. Pero a menos que estuvieran
sucios, los policías no ganaban una mierda. Había encontrado otra manera
de hacer dinero, y ahora poseía sus propios polis sucios.
Le gustaba la ironía de eso.
Encontró su depósito y abrió la puerta, revelando un Chevy Tahoe de 1999.
No era un coche deportivo, pero tampoco tenía GPS. Nadie de su equipo sabía
que lo tenía. Había pertenecido a su primera esposa. La madre de Levi. Ella lo
había dejado para que se oxidara en el garaje de su padre alcohólico.
Robinette lo había conducido de regreso desde Louisiana después de
enterrar a Levi, junto a la madre del chico que había tomado una sobredosis
cuando Levi tenía nueve años. Había sucedido mientras Robinette había
estado desplegado y sus amigos habían estado allí para él, compartiendo su
duelo. No le había importado una mierda la zorra que había dado a luz a su
hijo, pero no había permitido que su equipo supiera eso.
No había esperado que acudieran al funeral de Levy y le había llegado al
alma que Brenda Lee reuniera a la vieja banda junto a él en el entierro.
Habían hecho planes después del funeral, planes que finalmente estaban
llegando a buen término hoy. Pero en aquel tiempo había necesitado algún
tiempo para pensar. Después de contarles que había planeado alquilar un
coche y conducir hasta casa, robó el Tahoe justo bajo las narices de su primer
suegro y lo trajo aquí. Usaba el vehículo cuando iba a lugares que quería
mantener en secreto. De putas, habitualmente. Sus gustos probablemente no
habrían encontrado la aprobación de su actual suegro. Pero también usaba el
Tahoe cuando espiaba a su propia gente. Como hoy.

***
Wight´s landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 11:35

Clay bajó las escaleras a la cabina de una en una, dando a Stevie aviso
de que podía preparar sus pulmones para la arenga que él merecía. Cuando
llegó a la cabina, la encontró de pie tan lejos de las escaleras como podía. Lo
cual no era muy lejos considerando que era la cabina de un barco pequeño.
Dos pasos más y estuvo de pie junto a ella suficientemente cerca para besar
su nuca – expuesta solo porque su cabeza colgaba hacia abajo abatida.
—Stevie, lo siento. Iba a contártelo, lo juro. Es solo que me
tocaste y… Su mano libre cortó el aire, deteniendo sus palabras.
—Se que ibas a informarme.
Aliviado de que le creyera, dio uno de los dos pasos que necesitaba para estar
más cerca de ella. Entonces frunció el ceño cuando sus palabras calaron en él.
¿Informar?
—No entien…
De nuevo la mano, de nuevo cortándolo.
—Supongo que la pregunta es ¿cuándo ibas a informarme? ¿Mientras
estabas despachándola en un bote, permitiendo que gente a quien no
conozco se lleve a mi hija?
Oh, su mamá no crió a un tonto. Ahora entendía.
—No. Te habría explicado tus opciones mucho antes. Antes incluso de
que hubiéramos dejado este barco.
Ella rió con amargura.
—Oh, no. No te librarás de esta. Explicar mis opciones, mi culo. No tengo
opciones. No las he tenido desde que me salvaste la vida ayer, ¿verdad?
Él abrió la boca, entonces la cerró. Esta era una situación en la que no
podía ganar.
Su cabeza saltó hacia arriba, lanzando su oscuro cabello volando para
cubrir la nuca que él había querido besar.
—¿Bien? —exigió.
—No sé qué responder a eso —dijo él con cautela. —Si estás esperando
que me disculpe por salvarte la vida, estarás esperando mucho tiempo.
Ella giró sobre sus talones, clavando el bastón en el suelo de la cabina con
fuerza suficiente, para que él sintiera la vibración bajo sus pies. Sus labios estaban
fuertemente apretados, sus ojos entrecerrados. Y rojos. Había estado llorando.
—No te atrevas a hacer juegos de palabras conmigo, Clay.
—Vale. Sí, tienes opciones. No, no tienes muchas. Específicamente
dijiste anoche que teníamos que encontrar un sitio más seguro para ocultar
a Cordelia. 'Incluso más seguro que este' —puntualizó con los dedos en el
aire. —Yo hice lo que me pediste.
—Sin consultarme.
—Por eso me disculpo. Pensé que necesitabas dormir. Estaba tratando
de ser considerado.
—¡Por supuesto que lo estabas! —dijo entre dientes. —Eso es todo lo
que has sido, considerado. Estoy tan malditamente cansada de que sean
considerados conmigo que podría gritar.
El fastidio quedó libre y él se llevó los puños a las caderas.
—¿Quieres que os lleve a ti y a Cordelia a la estación de autobuses
más cercana y os deje allí con un sándwich y un billete de autobús? Tal vez
cuelgue carteles alrededor de vuestros cuellos que digan 'Mátame ahora'?
¿Eso me haría menos considerado?
Abruptamente, ella dio un paso atrás, con labios temblorosos, sus ojos
oscuros súbitamente brillantes. Apoyándose en los dedos de su pie bueno,
enterró el dedo índice en su pecho.
—No seas condescendiente conmigo.
Clay tomó aliento, lo dejó salir. Hizo lo imposible por ignorar sus lágrimas.
—Entonces deja de comportarte como una cría con un berrinche —
soltó él. — Iba en serio sobre protegerte a ti y a tu hija. Cuando tú también
lo hagas, siéntete libre de unirte a la fiesta.
Ella dio un respingo como si la hubiera golpeado, entonces se giró tan
rápidamente que se tambaleó. Agarrándose al borde de la mesa, recuperó
el equilibrio. Había perdido el agarre del bastón, ahora sujetándolo por la
mitad en lugar de la parte superior. Se quedó de pie de espaldas a él.
—¿No crees que sé que estoy actuando como una idiota? —exigió en un susurro.
—¿No crees que desearía poder detenerme? Durante casi ocho años hemos sido solo
Cordelia y yo. Y yo he cuidado de ella. Yo sola. Sin marido. Nadie a
quien pedir consejo —titubeó. —Salvo por Izzy. Quien de muchas maneras
resulta ser una madre mejor que yo. ¿Quién sabe?
—Eso no es cierto —murmuró él, pero ella golpeó el aire con el bastón
y él dio un paso atrás.
—Mi punto es, que estaba haciendo un maldito buen trabajo. Estábamos
bien. Ahora, nada está bien. Todo lo que toco va mal. Cada vez que me doy la
vuelta alguien está apuntando a mi hija para atraparme. ¿Crees que quiero
necesitar protección? ¿Crees que quiero vivir en un lugar que tiene cristales a
prueba de balas? —extendió el brazo, aún agarrando su bastón, recordándole
a Moises abriendo las aguas del Mar Rojo. —Y si dices ‘resistente a las
balas’, te romperé la cabeza con esta jodida cosa.
—Ni se me ocurriría —dijo él en voz baja, porque su voz era fina por las
lágrimas.
—Gracias —aguantó el aliento, pero se le escapó un sollozo. —Dios,
sueno tan patética. Sentir pena de mí misma en un momento como este.
Debería estar diciendo, ‘Gracias, Clay,’ y caer de rodillas en el suelo para
besarte los pies. ¿Por qué estoy siendo así?
—¿Tal vez, porque tu mundo no ha dejado de dar vueltas sin control
durante el pasado año?
Ella se rió, pero fue un sonido atormentado.
—Sí —estuvo callada un momento, recuperando la compostura. —
Entonces. Este plan tuyo. Me gustaría concreción. Por favor.
—Muy bien. Conoces el programa de terapia equina de Daphne. Ha estado
ofreciéndoselo a chicos que han sido víctimas de la violencia. He estado
montando su seguridad. La última semana terminamos la valla eléctrica que
rodea la propiedad. Tiene tres metros de alto, acabada con alambre de púas, y
entre los árboles, así que no es obvio para los transeúntes.
—¿Para mantener a los chicos dentro?
—No. Para mantener a los depredadores fuera. Pusimos también una
pesada puerta, de la clase que ves en instalaciones militares. Daphne
escogió una con preciosas florituras así no parece tan opresiva.
—Ella pensaría en eso —fue dicho con amabilidad, con una nota de
triste afecto. —¿Es rosa?
Él sonrió, aliviado.
—No, tenía que trazar la línea en algún sitio. Hoy Alec está acabando de
poner las cámaras y estableceremos un centro de seguridad. Mañana
añadiremos detectores de movimiento y equiparemos la casa de Maggie con
puertas seguras. Nada de cristal a prueba de balas, lo siento. Se han pedido,
pero no estarán en semanas. Con las otras precauciones, con suerte no lo
necesitaremos.
—Suena muy seguro. ¿Quién manejará este centro de seguridad?
—Por ahora, Paige y Alec. Si necesitamos más apoyo, mi mejor amigo,
Ethan Buchanan, está a la espera. Estará aquí en el primer vuelo que salga
de Chicago si le llamo.
—¿Sólo así? ¿Tú lo llamas y él viene?
—Yo haría lo mismo por él. Haría lo mismo por él de nuevo en un latido.
—Vale —ella asintió. —No quería ofender, pero Silas Dandridge era uno de
mis mejores amigos. ¿Cómo se que tu mejor amigo Ethan es digno de confianza?
—Puedo darte referencias. Un trabajador social, un abogado de familia,
un profesor, una psiquiatra, un investigador de incendios, un bombero y
media docena de policías. Puedes llamarle y preguntar tu misma.
—¿Y si no estoy cómoda con que el señor Buchanan vigile a mi hija?
—Entonces no lo haremos —dijo él simplemente. —O irás con ella. O se
quedará aquí con mi padre y Emma. O cualquiera por encima de tus padres o Izzy.
—¿Por qué planeaste esto? Sé que dije que quería un lugar seguro para
ella, pero estaba hablando el miedo. ¿Por qué arriesgarnos a moverla?
—Porque con el tiempo alguien te conectará conmigo y a mí con esta
casa. Está a nombre de papá y aunque no esté listado en mi certificado de
nacimiento, es bastante fácil rastrearme si una persona está buscando.
—Tal vez nadie más estará buscando. Tal vez se den cuenta que no hay nada
que ganar matándome. Que demasiada gente sabe de los polis sucios ahora.
—¿Realmente crees eso?
Los hombros de Stevie se hundieron.
—No. ¿Cuándo decidiremos si quiero mover a Cordelia?
—No en este momento. La gente de Joseph está fuera vigilando la parte
delantera. Nos dirán si ven a alguien sospechoso en la carretera dirigiéndose a la
casa. Ella puede quedarse indefinidamente si este lugar no se ve comprometido.
—Pero si lo está, será demasiado tarde para sacarla.
—No si la sacamos por barco, que es por lo que Lou iba a venir
mañana con su barco. Pero, Stevie, si no quieres mover a Cordelia,
puede quedarse aquí. La granja puede ser nuestro plan B.
—Me gustaría eso —dijo ella. —La granja es un buen plan B. los
caballos serían buenos para ella. Especialmente con toda esta tensión.
¿Qué hay del transporte?
—Cuando esté lista, Paige conducirá el Escalade de Grayson a casa
de Lou, que también tiene muelle. El Escalade de Grayson está equipado
con las mismas ventanillas que el de Joseph.
—Que, de acuerdo con Joseph, lo más resistente a las balas que
obtendrías si tu dirección no es el 1600 de la Avenida Pennsilvania —dijo
Stevie secamente. — Lo entiendo.
—Cordelia conoce a Paige, así que no estará asustada. Paige se
reunirá con Lou a las cuatro y media de la mañana, cualquier mañana que
elijas, así tendrán la cobertura de la oscuridad. Lou traerá su barco aquí,
recogerá a Cordelia, regresará a su casa así la transferencia se hace antes
de las primeras luces. Cordy llega a la granja a tiempo del desayuno, y los
gofres de Maggie son casi tan buenos como los míos.
Sus hombros se habían enderezado ante la mención de Lou, pero
cuando habló, su voz fue extremadamente razonable.
—Suena como un buen plan, Clay. Gracias.
—Siento no habértelo contado antes de que lo hiciera Lou. Ella es... bien,
la delicadeza no es su fuerte —se arriesgó poniendo las manos en sus rígidos
hombros y soltó el aliento cuando ella no se las quitó de encima. —Debería
haberme dado cuenta de que esta situación sería incluso más dura para ti.
Ella se quedó inmóvil. —
¿Por qué incluso más dura?
—Porque tú estás acostumbrada a… —estar arriba, fue lo que casi dijo,
pero eso puso toda clase de imágenes en su cabeza. —Llamar a los tiros
—dijo en su lugar.
Su risa de auto desprecio le hizo
encogerse. —En otras palabras, soy una
bruja mandona. —Yo no dije eso.
—Está bien. Es cierto. Supongo que la delicadeza tampoco es mi ‘fuerte’.
Bueno, al menos eres consistente con el tipo de mujer por la que te sientes atraído
—se apretó el puente de la nariz. —Dios, ahora escúchame. Eso fue
malintencionado por mi parte. E injusto. Lo siento, Clay.
Él alzó las cejas.
—¿Detecto algo de celos? —le complacía más de lo que debería.
—¿No se suponía que me sentiría celosa? —respondió ella y él tuvo
que darle puntos por eso.
—Ese podía haber sido el intento de papá. Ya sabes, mira a lo que
renunciaste.
—Era tu prometida.
Él escuchó la pregunta incluso antes de que ella hubiera hecho una.
—Me dejó seis semanas antes de la boda porque se dio cuenta que no me
amaba del modo que debería hacer para esa clase de compromiso. Acabó
casándose con un médico y son muy felices. Sigo pensando que en el momento
debí estar disgustado, pero me di cuenta que estaba más aliviado porque sabía
que tenía razón. Ella solo lo averiguó antes que yo. Y tuvo el coraje de verbalizarlo.
Ella no dijo nada, pero cuando él se inclinó para ver su perfil, ella
estaba mordiéndose el labio. Él quiso hacer ese trabajo particular por ella.
En su lugar, él masajeó amablemente sus hombros.
—¿Qué es lo que te preocupa, Stevie?
—No lo sé. Quiero pensar que tuve la urgencia de clavarle las uñas en
la cara porque ella fue malintencionada conmigo. Porque lo fue.
Él se inclinó tan cerca que ella pudo sentir su respiración contra su
cuello. Su estremecimiento hizo un montón para su ego.
—De acuerdo. ¿Pero?
—Sin ‘peros’. Nada a lo que tenga derecho, en cualquier caso —añadió
por lo bajo.
Él quiso echar el puño al cielo, gritando victoria a pleno pulmón, pero
mantuvo la voz ronca mientras rozaba sus labios contra su piel.
—Adelante. Di lo que quieras decir —besó la curva de su cuello. —
Estamos solos tú y yo aquí.
—Eso es lo que me preocupa —murmuró. Pero permitió que su cabeza cayera
a un lado, desnudando su cuello en busca de más, exhalando lentamente cuando
él accedió. Como si hubiera estado esperando. Fue como un azote a su cuerpo
urgiéndole. Para tomar. Para darse un banquete. Pero mantuvo sobre sí una tensa
contención y fue recompensado cuando ella se relajó, girando la cabeza
para apoyarla en su pecho.
—Compláceme —murmuró él, deslizando las manos por sus costados para
cubrir su estómago mientras continuaba depositando suaves besos desde el
cuello a la mandíbula. —Querías clavarle las uñas en la cara. ¿Por qué?
—Realmente no quería clavarle las uñas —dijo afinando la voz. —Tal
vez solo una fuerte bofetada.
—¿Por qué estuvimos
comprometidos? Ella alzó un hombro.
—Es la intimidad. Los momentos compartidos. Cosas que no quieres
imaginar a dos personas compartiendo cuando tú... quiero decir, sabe
cómo eres… —Giró la cabeza abruptamente, apartando la mejilla de su
solícita boca. —Voy a detener esto. Ahora mismo.
Pero no se movió. Él la habría soltado al instante si lo hubiera hecho.
—Vivimos juntos durante un año, Stevie. Teníamos intimidad. No puedo
regresar y cambiar eso. No lo haría si pudiera. Ella es parte de mi pasado.
—Y de tu presente.
Él se dio cuenta de su progresivo alejamiento.
—Cierto. La veo de vez en cuando, tanto por asuntos de negocios
como personales. Si te molesta, lo siento.
Ella se giró abruptamente, dándose la vuelta para así poder enfrentarlo.
Alzando la mirada, buscó sus ojos.
—No deberías tener que sentirlo. Lo que quiera que yo sienta es mi
problema, no el tuyo. Y no tengo derecho.
—¿Qué sientes, Stevie?
Apartando la mirada, Stevie cerró los ojos, el color inundando sus mejillas.
—Maldita sea Clay. Yo también traigo un pasado conmigo. Un marido. Un
amante. Alguien con quien compartí esas mismas intimidades. Eso es lo que
quería decir. Así es como te haré daño. Querré de ti lo que yo no puedo darte.
—¿Qué sientes? —repitió
él. —Suéltame. Por favor.
Inmediatamente, él dio un paso atrás, dejando caer los brazos a los
lados, y mirándola alejarse cojeando, inclinándose en ese ridículo bastón.
—Stevie, detente —era una voz que raramente usaba, una que había
perfeccionado allá en el Cuerpo. —Por favor —añadió suavemente. Stevie
se detuvo, pero ella aún estaba a punto de abandonar. —¿Qué sientes?
Ella rió en silencio, auto despectivamente.
—Que soy la peor madre del planeta. Antes de que regresaras, no estaba
pensando en Cordelia yendo a algún lugar presumiblemente más seguro que aquí.
Estaba pensando en cuánto odiaba a la Sheriff Moore. Porque ella era mala.
Porque me redujo con unos cuantos ganchos. Porque tenía razón —una larga,
larga pausa. Después el más vago de los suspiros, como si ella quisiera que él
supiera, pero esperara que no lo oyera. —Pero principalmente porque ella te tuvo.
Ella dio un paso hacia las escaleras, pero él estuvo junto a ella antes
de que bajara un pie.
—Stevie —le agarró el brazo ileso, su voz quebrándose alto y fuerte. —
¿Qué sientes?
Su mirada azotó la de él, llena de fuego. Desafío. Lujuria. Lo que él
solo había vislumbrado antes, ahora le golpeaba como un ladrillo.
—Te deseo, ¿vale? —casi le gruñó. —Te deseé la primera vez que te
vi. ¿Estás satisfecho ah…?
La besó, fuerte. Sin amabilidad. Sin fineza. Solo pura y brutal necesidad.
¿Estás satisfecho ahora? Demonios no. pero seguro como el infierno que lo estaré.
Lo había sabido. Había sabido que le había deseado. Deseado esto .
Pero escuchar las palabras arrancadas de sus labios desató la bestia que
le había desgarrado tan inexorablemente durante tanto tiempo. La había
deseado durante mucho, mucho tiempo.
Frena. La pequeña voz zumbó en su cabeza como una mosca. La
ignoró. O lo intentó.
No hagas esto. No esto. No con ella. Nunca con ella. Te odiará.
Empezó a apartarse, su control colgando de un solo hilo. Un hilo muy fino y
raído. Pero entonces su bastón golpeó en el suelo mientras ella se aferraba
al borde de su chaqueta para tirar de él hacia abajo, besándolo a su vez, su
necesidad tan salvaje como la de él.
El hilo se rompió. Apretando las manos sobre su trasero, la levantó
contra él, empujándola a ciegas contra la puerta en la base de las
escaleras. Se colgó su pierna buena sobre la cadera y empezó a empujar
contra ella, duro y rápido. Implacable.
Ella enroscó el brazo alrededor de su cuello, agarrándose bien.
Hundiendo los talones en la parte de atrás de su muslo para apalancarse,
se encontró con él empujón a empujón. Esto no era preparación lenta, ni
balanceo, ni ondulación erótica. Más tarde. Harían eso más tarde. Esto era
gratificación inmediata y animal.
Pero no era suficiente ni de cerca.
—Dios, Stevie. Las cosas… —roncas y ásperas palabras, fragmentos
entrecortados de frases entre dientes entre frenéticos besos que patinaban
entre el placer y el dolor— ...que quiero hacer... te. Dentro de ti. Necesito
estar dentro de ti. Ahora.
Enroscando su pelo alrededor de los dedos, él tiró hacia atrás lo
suficiente para ver sus ojos. Aun habiendo llegado tan lejos, sabía que
tenía que estar seguro de que ella estaba con él.
—Dime que sí —exigió.
Ella respiraba con dificultad, con los ojos entrecerrados,
considerándolo. Entonces asintió con gesto adusto.
—Sí.
Capítulo Trece

Wight´s Landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 11:50

Si. Finalmente, Stevie había dicho si. Clay reclamó su boca y,


agarrando de nuevo su trasero, aguantó su peso con una mano mientras
cerraba la puerta con la otra. Su sangre ardía y podía sentir el inicio de un
orgasmo tirando en la base de su columna. Maldita sea, aún no.
Cama. La necesitaba en una cama. Afortunadamente tenía una, a unos
pasos. Apoyándose en una rodilla la bajó sobre el colchón, subiéndole la
camiseta y luchando con el cierre frontal de su sujetador mientras se encajaba
entre sus muslos. Ella apartó sus manos, soltó el cierre y se quitó la camiseta y
sujetador por la cabeza, lanzándolos sobre la cama junto a ellos. Entonces le
sorprendió quitándole la camisa también, dejándola caer encima de la suya.
Durante unos segundos, él colgó allí, mirándola. Mirándola a placer
después de solo imaginar durante tanto tiempo.
Estaba delicadamente hecha. Perfectamente hecha.
Dejó caer la cabeza, metiéndose un oscuro pezón en la boca y chupó
larga y profundamente. Ella gritó, separando las caderas del colchón para
presionarse contra su pecho, haciéndole gruñir. Han sido años para ella.
Demasiados años. Ve despacio. Despacio joder.
Pero tenía demasiada hambre. Había esperado demasiado. Había hecho
todo salvo perder la esperanza. Chupó el otro pezón y ella metió los dedos
entre su pelo, acercándolo incluso más, susurrando impacientes plegarias
mientras sus caderas continuaban girando y arremetiendo debajo de él.
Se inclinó ligeramente a un lado para alcanzar los botones de sus
vaqueros mientras chupaba y lamía su pecho.
—Preciosa —dijo con la boca llena de ella. —Tan malditamente
preciosa. Levanta —ella obedeció, levantando las caderas mientras él le
quitaba los pantalones. Había bajado hasta las rodillas cuando se detuvo,
respiró apreciativamente, y gruñó de nuevo. Resistiendo sus esfuerzos por
atraerle de nuevo, él soltó su pecho para así podía mirar su cara.
Sus ojos estaban cerrados, su cabeza hacia atrás. Sus labios
hinchados por sus besos, abiertos mientras jadeaba, su pulso era un aleteo
en el hueco de su garganta.
—Puedo olerte —susurró él. Ella se estremeció, lamiéndose los labios.
Pero sin decir nada. —¿Estás mojada? —murmuró.
Ella dudó, entonces asintió.
No le iba a permitir escabullirse tan fácilmente.
—¿Qué tan mojada estás, Stevie? —pasó la lengua por la curva de su
arqueada garganta, soltando una oscura risita cuando sus caderas se
alzaron de nuevo, buscando el contacto con su mano. Él estaba a tres
segundos de complacerla, pero la quería con él. Necesitaba saber que
estaba con él. —Dime pequeña, ¿Cómo estás de mojada?
Ella abrió los ojos para mirarlo fieramente, haciéndole sonreír.
—Mucho —dijo ella, primero con tono de advertencia, después un
ruego desesperado. —No me provoques. Por favor.
Él pasó sus dedos que ahora temblaban sobre el borde de encaje de
sus bragas negras, nada prácticas por cierto. Bragas con una reveladora
mancha donde su excitación las había empapado. Dios.
—Si te toco, ¿te correrás para
mí? Su trago fue audible.
—Sí.
Él deslizó los dedos bajo el encaje, su propio trago fue audible cuando
tocó los rizos. Enterró el dedo índice en su hendidura, jurando por lo bajo
ante su suavidad. Estaba preparada para él. Justo ahora. Podría entrar en
ella de un solo golpe y no le haría daño.
Frena, joder.
—Quiero verte —susurró él. —Quítatelas.
Sin otra palabra ella se quitó los zapatos, bajó las bragas por las
rodillas, entonces liberó su pierna buena. Entrecerrando los ojos con
determinación, tiró la ropa al suelo.
Y entonces estuvo desnuda. Por fin. Su corazón estaba latiendo tan fuerte
que se sentía mareado. Por fin la tengo desnuda en mi cama. Era hermosa.
Caliente. Más sexy que la más poderosa de las fantasías. Aguantando la
respiración deslizó un dedo dentro de ella. Profundo. Tan húmeda.
Casi se corrió allí y en ese momento.
Un gemido escapó de su garganta y ella movió sus caderas
impaciente. —Deja de provocarme.
Él le miró a la cara mientras metía y sacaba su dedo. Más fuerte, más
rápido. Sus ojos estaban cerrados, fuerte. Así como sus puños, enterrados en el
colchón. Los dientes hundidos en el labio inferior mientras se acompasaba a su
ritmo, saliendo al encuentro de cada acometida. Quitándole la respiración.
—Más. Por favor.
Añadió un segundo dedo y ella gimió, haciéndole alegrarse de no
haberse quitado aún sus propios vaqueros, incluso aunque su erección
estaba palpitando dolorosamente. En el instante en que estuviera desnudo,
estaría dentro de ella. No sabía cuánto se las arreglaría para aguantar
después de eso. Y necesitaba que esto durara.
—Más rápido —susurró ella. —Por favor. Ha sido demasiado tiempo.
Por favor.
Bueno. Dios. Seguro de que su polla tenía la impronta permanente de
una cremallera, obedeció, añadiendo su pulgar al movimiento, presionando
fuerte contra ella, apretando los dientes cuando ella se arqueó en la cama.
En un bajo y estrangulado gemido ella se corrió, sus dos dedos sintiendo
todas y cada una de las contracciones. Cerró los ojos, imaginando esas
contracciones apretando su polla. Pronto. Otro minuto.
Ella se desplomó sobre la espalda, su pecho bombeando mientras
luchaba por recuperar la respiración. Lentamente su cuerpo se relajó, con
las manos descansando limpiamente a los lados.
—Oh Dios mío —dijo con voz áspera. —Gracias. Había olvidado lo
malditamente bien que se siente —y entonces ella estaba tocándole, por
fin, una mano deslizándose por su pecho hacia arriba para abrirse sobre su
hombro, la otra bajando para rodear su erección a través de sus vaqueros,
haciéndole sisear entre dientes. Lo que hizo que sus labios se curvaran con
maldad. —¿Por qué aún llevas ropa?
Con manos temblorosas, hizo saltar el botón de sus vaqueros, bajó
cuidadosamente la cremallera antes de bajarse los pantalones y quitárselos de
una patada. Entonces estuvo sobre ella de nuevo, con las manos en su pelo, la
boca devorando la suya, y su polla empujando suavemente en su entrada.
Mía. Stefania. El nombre que ella nunca usaba, uno por el que la había
llamado una sola vez antes. A la cara en todo caso. En sus fantasías lo murmuraba
una y otra vez mientras se movía dentro de ella. Mientras le decía que la
amaba. Porque en sus fantasías, ella también había dicho las palabras.
Ahora... esto no era una fantasía. Ella era real. Estaba aquí. Era suya.
Mía. Se movió, posicionándose para ir a casa. A casa. Mía.
Ella apartó la boca, abriendo los ojos,
parpadeando. —Clay, espera.
Él saltó hacia atrás como si hubiera sido
electrocutado. —¿Qué?
—¿Tienes protección? —preguntó ella fieramente. Desesperadamente. —
Mierda. Me han examinado —dijo, escuchando su propia desesperación.
—Y yo he sido célibe durante ocho años —respondió ella de sopetón.
—Pero aún no estoy tomando la píldora.
Parte de él se emocionó con la idea de Stevie embarazada. De mi hijo. Pero
estaba adelantándose demasiado. Solo necesito entrar en ella. Ahora. Maldijo de
nuevo, esperando haber dejado algunos condones en el cajón la última vez que
había tenido a una mujer en su cama hace demasiados años, sus hombros se
agitaron con alivio cuando sus dedos encontraron varios resbaladizos paquetes de
aluminio. Un vistazo a la fina impresión hizo que su corazón volviera a latir.
—No caducados. Están bien.
—Gracias a Dios. Pensé que íbamos a tener que parar antes de ponerme al
día.
Clay arregló lo del condón, entonces volvió su atención a su boca,
lamiendo las marcas que sus dientes habían dejado en el labio inferior,
haciéndole estremecerse.
No pararía por nada. Extendió la mano entre ellos, asegurándose de
que ella estaba lista.
—Te he esperado demasiado tiempo. No voy a parar pronto en ningún
momento.
—Es bueno saberlo —zumbó en voz baja cuando él la tocó, la encontró
tan mojada como antes. —Ha pasado mucho tiempo. Podría llevar un rato
rellenar el tanque. Oh Dios mío —sus uñas se clavaron en sus hombros
cuando presionó su polla contra ella, dándole un momento para que se
acostumbrara a la sensación de él antes hundirse en ella. —Pero estoy
segura que tú estás preparado para la tarea.
Llevó un segundo que sus palabras se filtraran a través de su cerebro
nublado por el sexo, pero cuando lo hicieron se quedó helado.
—¿Qué? ¿Qué
dijiste? Ella parpadeó.
—¿Por qué paraste?
—¿Qué dijiste?
Stevie abrió la boca, la cerró.
—No lo sé. No lo recuerdo. ¿Que había pasado mucho tiempo? Tú
sabías eso. Sabías que no había estado con nadie desde Paul.
La confusión había llenado sus ojos y Clay se sintió como un canalla.
Pero tenía que saber.
—Eso no. Dijiste algo sobre un tanque —pero era la voz de Lou en su
mente, tan alta y clara como la campana de una iglesia. Te mereces una
vida. No alguien para rellenar su tanque.
La confusión dio paso a la aprensión.
—Creo que dije que tomaría un rato hacer rellenar mi tanque. Algo que
no se suponía que iba a enfadarte tanto. ¿Qué pasa contigo?
Él se alzó sobre los brazos, flexionando los hombros para soltarse de
sus uñas. El dolor brillaba en sus ojos, pero él tenía que saber.
—¿Por qué estás aquí, Stevie? ¿Conmigo, justo ahora?
La aprensión de ella se convirtió en enojo mezclado con una saludable
dosis de sarcasmo.
—Bueno, demonios, Clay, analicemos esta situación. Estamos en la
cama. Estoy desnuda. Tú estás desnudo y encima de mí, llevando un
condón. Por Job, Sherlock, creo que esto significa que estoy aquí para
tener sexo contigo. ¿Qué demonios está mal contigo?
Mereces una vida. Por odiosa que hubiera sido Lou, tenía
razón. —¿Y después de eso?
—¿Después del sexo? No lo sé. ¿Regresamos a casa de tu padre y
fingimos que no estábamos en este barco follando como conejos
adolescentes? ¿Qué quieres que diga?
Que me amas. Pero ella no lo haría. Para empezar, demasiado tarde
consideró la forma en que ella había accedido a todo esto. Ella había estado
seria. Como si la hiciera caminar por la plancha o algo así. Clay cerró los ojos.
—Esto es un error.
Él se apartó de la cama. De ella. Ella no se movió, solo se quedó allí
tumbada mirándole, las piernas aún extendidas, la boca ligeramente abierta
por la sorpresa. Cuando él empezó a alejarse, ella se puso en acción,
alzándose para agarrar su brazo, su furia de repente en llamas.
—Oh, no. No vas a escapar de esto, amigo. Me presionaste. Me
acosaste. Me hiciste llorar —el desprecio goteaba en cada palabra y él
comprendió que estaba enfadada porque él le había hecho perder el
control, no porque hubiera herido sus sentimientos.
Dios me libre de que ella hubiera sentido algo, pensó él con amargura.
—¿Qué sientes, Stevie? ¿Qué sientes? —estaba imitando ella en voz
baja. — Hasta que finalmente me manipulaste para admitir que te deseaba.
Entonces me arrastras a la cama como si estuvieras en llamas, me das un
orgasmo muy agradable, y entonces tu... ¿qué? ¿Te enfadas conmigo
¿Eres alguna clase de lunático?
—No —dijo él tranquilamente. —Solo un hombre muy tonto que quería
algo tanto que se convenció a sí mismo que había oído lo que quería oír.
Tenías razón desde el principio. Esto nunca va a funcionar.
Ella se mordió las mejillas. Dejó caer la mirada deliberadamente.
—Entonces creo que necesitas tener una firme conversación con el
Señor Feliz. Porque aún cree que me desea.
La cara de Clay ardía. No tenía que mirar hacia abajo para saber que
su polla aún estaba en posición de firmes.
—Una ducha fría debería remediar eso. Si me esperas, te ayudaré a
regresar a la casa.
Sin esperar respuesta, despegó cuidadosamente sus dedos del brazo y
entró en el pequeño cuarto de baño, cerrando la puerta tras él.

***

Domingo 16 de marzo, 12:20


Lunático. Este hombre es un lunático. Un loco declarado.
Stevie se lanzó de espaldas desde la cubierta del barco al muelle,
aterrizando sobre su trasero. No fue gracioso, pero más seguro que confiar
en sus piernas. Ninguna de ellas. Ambas estaban temblando.
Toda ella estaba temblando. Durante unos minutos había... Dios. Se
había sentido tan... normal. Viva. Ni siquiera había sabido lo que estaba
diciendo, pero obviamente él había tenido suficiente control para escuchar. Y
confabular cualquier ilusión que se hubiera hecho. El hombre era un lunático.
Y tú eres una tonta, Stevie. Una maldita tonta.
Agarrando su bastón, se echó la mochila al hombro y luchó por ponerse en
pie. Comprobó su teléfono. Había estado fuera durante unas dos horas en total.
Y ahora no podía siquiera recordar lo que había estado a punto de hacer.
Estabas a punto de tener sexo.
Antes de eso, pensó con acritud. Antes de haber sido lo bastante
estúpida para tocar su cara en primer lugar. Empezó a caminar, sus ojos
fijos en el final del muelle. Cada paso hacia la casa estaba un paso más
lejos de ese loco. Que le había hecho sentir tan malditamente bien.
Piensa Mazzetti. Tony Rossi, esa escoria, a quien JD disparó después
de que matara a una policía y siguiera disparando, pensando que estaba
matando a Cordelia. Vale. Ese era el cubo de agua fría que necesitaba.
Protege a tu hija. Después odia a Clay Maynard.
Llamada telefónica a Danny Kersey. Inculpando a Richard Steel del
asesinato de esa chica... Tracy Gardner. Mejor sospechoso, su novio.
Frunció el ceño. Eddie Ginsberg. Ahora estaba regresando.
Scott Culp. Entrecerró los ojos. Compañero de Rossi en el crimen.
Ahora miembro de AI. Él filtró la localización de su refugio seguro a Rossi.
Estaba convencida de ello. Ahora solo necesitaba probarlo.
Hizo una pausa al final del muelle. El camino de madera que Tanner
había dispuesto esa mañana ahora estaba cubierto de una fina capa de
resbaladiza arena. Concentrándose, dio cuidadosos pasos mientras
atravesaba la playa. Caerse ahora daría un golpe mortal a su orgullo.
Atravesó la puerta y se encontró mirando fijamente el balancín del
porche trasero. Clay la había sujetado allí anoche. La dejó llorar.
Ya he acabado de llorar. Se obligó a sentarse en el balancín. Es hora
de ser de nuevo un poli, Stevie.
Marcó a JD, aliviada cuando él respondió a la primera
llamada. —¿Estás bien? —preguntó él.
Demonios, no. No estoy bien ni de cerca.
—Estoy bien. He conseguido algo para ti.
Le contó la llamada de teléfono a Kersey. Cuando llegó a Culp, JD silbó.
—Culp está en AI —dijo. —Informa directamente al tipo de arriba.
—Sí. Lo sé. Kersey dijo que Rossi y Culp tuvieron algo hace años. Algo
que permitía a Rossi llevar un fajo de billetes encima.
—Si cogemos a Culp, solo lo
negará. —Lo sé. ¿Puedes
hacerme un favor? —Dilo.
—¿Puedes rastrear a Culp, asegurarte que no sale de la ciudad? —si no lo
había hecho ya. Si escapó mientras estaba perdiendo el tiempo con Clay, yo...
exhaló, conteniendo su temperamento. Cruzaría ese puente cuando
llegara. — Quiero hablar con él. Quiero ver su reacción cuando me vea.
Voy a regresar a la ciudad. Solo dime donde encontrarte.
—¿Qué hay de Hyatt? —preguntó JD titubeante. — ¿Se lo contamos o
no? Tú mandas.
Stevie se mordió el labio.
—¿Y si llamamos a Hyatt, pero después de que llegues a casa de
Culp? Si Culp trata de escapar después de que llames a Hyatt, entonces
sabremos que tenemos más problemas de los que pensábamos.
—Eso tiene sentido. Puedo hacer eso. ¿Qué hay de Cordelia?
—La dejaré aquí con Tanner y Emma. Por ahora estará segura aquí y
tenemos un plan para trasladarla a otra localización segura si esta se ve
comprometida —no planeaba botar el grano con la paja. Estaba enfadada
con Clay Maynard, pero su plan parecía sólido. —Conduciré de regreso a la
ciudad y me reuniré contigo donde Culp.
—¿Qué hay de Clay? —preguntó JD en voz baja.
—Es un chico grande —soltó ella. —Puede encontrar su propio camino
a casa. Silencio.
—Vale. Llámame cuando estés cerca de la ciudad. Hazme un
favor. —Lo que sea —a menos que él quisiera que llevara a Clay.
—Lleva el Escalade de Joseph. No quiero que te alcancen más balas.
—Ya somos dos —Stevie colgó, entonces miró sobre su hombro
cuando la puerta se abrió. Emma salió, con aspecto elegante con
pantalones de lana, una blusa de seda y una suave bufanda artísticamente
envuelta alrededor de su cuello. —Me alegro de verte, Em.
—Si, te alegras. No tienes idea de cuánto —Emma desenrolló la
bufanda de su cuello y la envolvió alrededor del de Stevie. Tiró de ella
hacia arriba. —Ahí. Eso servirá.
—No va con mi conjunto Hanes —dijo Stevie con cara de palo. —
Choca con mi camiseta.
—Sí. Pero cubre el chupetón en tu cuello lo suficiente para que consigas
pasar junto a tu hija de siete años que está al otro lado de esta pared.
Los ojos de Stevie se abrieron ampliamente, con la mano pegada a
su cuello. —Tienes que estar bromeando.
Emma le dirigió una mirada exasperada.
—Como si no lo supieras ¿Estuviste dormida todo el
tiempo? Ella apretó los dientes.
—Maldito sea ese hombre. ¿Cómo lo sabías?
—Lo vi —contestó Emma. —Cuando estaban en el
muelle. Stevie frunció el ceño.
—A menos que estuvieras espiándome con binoculares, ahora estás
tomándome el pelo.
—Tenía binoculares, ¡pero estaba observando a los pájaros! —añadió
a la defensiva cuando Stevie lanzó una maldición.
—¿Lo sabe Tanner? —preguntó Stevie oscuramente.
—¿Quién crees que me dio los binoculares? Pero Cordelia no lo sabe.
La distrajo con los cachorros.
—Al menos hay eso. Por favor, Dios, que haya metido en la maleta
algo con cuello cisne.
—Puedes tomar prestado uno de los míos si no lo hiciste. ¿Dónde vas?
— preguntó cuando Stevie se levantó del balancín.
—A cambiarme de ropa, después de vuelta a Baltimore. Tengo una
pista.

Domingo 16 de marzo, 12:20

La ducha fría no había ayudado. Y había sido fría. Clay miró su


erección con desdén.
¿Qué había en él que estaba determinado a ir tras mujeres que no le querían?
Stevie no era la primera. Lou no había sido la primera, aunque no estaba
seguro de que ella mereciera estar unida a las otras dos. La primera había sido la
peor, o eso había creído él. Solo podía ir hacia arriba. O eso había creído siempre.
Su ex-mujer había sido una niña de papá echada a perder que Clay
verdaderamente había creído que crecería con el tiempo. Había estado
equivocado en tantos niveles. Y se habían arruinado vidas.
Había habido mujeres entre ellas. No una horda, pero siempre había
tenido su cuota. Mujeres agradables, bonitas, y listas. Mujeres que le
habían querido. Él había tratado de no conducirlas a ello. Había tratado de
no romperles el corazón. Recordaba todos sus nombres. Y todas sus caras.
Dirigió a la papelera situada fuera de la ducha una mirada perpleja. No
tenía ni idea de cuál de ellas había dejado condones en la ducha, sin
embargo. No podía pensar en una sola amante que hubiera llevado
condones con sabor a chocolate, salvo el que se había quitado él.
Tal vez no había sido un compañero tan considerado como había
pensado, porque parecía algo que debería recordar. Solo esperaba que
hubiera acabado todas las relaciones con la consideración que merecían.
Rogaba que ninguna de las mujeres que había llevado a su cama en el
pasado se hubiera quedado sintiéndose como hacía él ahora.
Todo lo que quería era una maldita familia, pensó cansadamente. La
gente se casaba, formaba familias cada día por todo el mundo. ¿Por qué
era tan difícil para él?
Cuando había conocido a Stevie, él había... sabido que ella era la que
había esperado. Nada de relámpagos, ni campanas.
Solo una sensación de corrección que le había sostenido durante dos
largos años. Había sido la primera a la que verdaderamente había querido
alguna vez. Dios le ayudara, había rogado tanto que ella le quisiera a su vez.
No parecía que Dios estuviera de su lado en esto.
Debiste tomarla cuando tuviste la oportunidad. Había estado tan cerca. Y ella
había estado tan dispuesta. No, no dispuesta. Más bien furiosamente resignada.
¿Estás satisfecho ahora?
No, y no parecía que fuera a estarlo. Solo deberías haberlo hecho. ¿Y cuando
hubiera acabado dentro de ella? ¿Saber que todo lo que había significado para ella
fue rascarse una picazón, una ducha para acabar una ‘temporada de sequía’,
cuando para él había sido mucho más? Se había sentido engañado.
Sucio, incluso. Si, pero al menos no habrías estado dolorido porque tus
malditas pelotas están azules.
Se miró la palma de la mano, sabiendo que iba a tener que acabar el mismo
antes de ir a ninguna parte. Pero mayormente porque necesitaba concentrarse.
Necesitaba eliminar las amenazas en su vida así ella podía estar libre de peligro.
Y libre de mí. Cuanto más se alejara de ella, más deprisa su vida
volvería a la normalidad. Lo que quiera que fuera ‘normal’.
Haciendo una mueca, se agarró la polla y bombeó. Hasta que sus
4
dedos tuvieron calambres y sintió la carne viva. Nada. Nada . Sin alivio.
Frustrado. Se pasó las manos por la cara y se detuvo a mitad de camino.
Podía olerla en sus manos. Maldición. Sintiéndose como un tonto
pervertido, se llevó los dedos a la boca. Y la saboreó. Al instante su mente
se llenó con la imagen de ella corriéndose, el cuerpo arqueado, sus firmes
pechos ruborizados, el labio atrapado entre sus dientes.
La parte de atrás de su cabeza golpeó la pared de la ducha, su cuerpo
se tensó como un arco mientras el orgasmo le atravesaba. Cuando
finalmente estuvo gastado, recogió la pastilla de jabón y se enjabonó,
aclarándose con mecánica eficiencia. Observó mientras la espuma se
llevaba por el desagüe la evidencia de su obsesión.
Cerró el agua, vacío por dentro. Y más solo de lo que nunca había
estado en su vida.
Cuidadosamente se peinó el pelo, mirando su cara en el espejo. El
hombre que le devolvió la mirada era un extraño con ojos tan desolados
que Clay se sintió cansado solo de mirarle.
Tenía que sacar a Stevie Mazzetti de su sistema de alguna manera. O
ella acabaría matándole.
4
-en castellano original.
Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 12:20

Robinette no estaba impresionado. Había ido completamente


preparado para flexionar sus músculos solo para encontrar la puerta lateral
del garaje de Maynard abierta. Como estaba la puerta al cuarto de lavado.
Estoy seguro de que no le contrataré para hacer mi seguridad. Solo
probaba lo que siempre había sabido – la mayor debilidad en la seguridad de
cualquier organización eran los humanos que vivían y trabajaban en ella, el
más extraordinario sistema de alarma del planeta podía ser neutralizado más
fácilmente si un empleado dejaba abierta la puerta trasera para tomarse
descansos para fumar. O simplemente olvidaba cerrar la puerta.
Manteniendo la cabeza gacha, Robinette deslizó la gorra de béisbol en su
cabeza, ocultando sus rasgos con la visera mientras tiraba de la máscara de esquí
para cubrir su cara, todo en un movimiento. No había porque dar oportunidades.
Incluso si Maynard había olvidado cerrar la puerta, podría tener cámaras.
Entra rápido, sal aún más rápido. Robinette entró en la sala de estar
desde el cuarto de la colada y se giró en un lento círculo, captando el plano
de la planta, las estanterías, el gabinete chino de la pared más lejana. Si
Mazzetti no era más que un cliente, el archivo listando la localización en la
que Maynard la había escondido probablemente habría sido guardado en la
oficina del hombre. Pero Robinette había visto la grabación del tiroteo de
diciembre más de una vez. Había visto la desesperación en la cara de
Maynard mientras administraba primeros auxilios a la detective.
Maynard estaba enamorado de ella, lo que le hizo elegir empezar aquí
en lugar de la oficina. Maynard no se arriesgaría a ocultar a Mazzetti en
cualquier sitio. Sería especial. Extra-seguro.
El vistazo de Robinette a la cocina de Maynard confirmó su conclusión.
En la nevera había un dibujo, medio roto, pero sujeto con imanes así las
mitades quedaban unidas. La firma garabateada por una mano infantil era
la de Cordelia Mazzetti. Maynard exhibía la muestra artística de la niña en
su frigorífico. Un hombre no podía estar más atontado que eso.
El lugar que Maynard había elegido para esconder a madre e hija sería
personal, al igual que la relación. Después de dar una rápida mirada a las paredes
en busca de una caja fuerte, Robinette buscó en los armarios y gabinetes una caja,
una pila de carpetas, una pila de papeles que pudieran contener escrituras
de propiedades o contratos de alquiler.
Y no encontró nada. Excepto que alguien ya había estado allí mirando. Los
cojines del sofá de la sala de estar habían sido ahuecados, colocados de
cualquier manera. El contenido de la mesa del dormitorio de Maynard había sido
volcado sobre la alfombra, el contenido del armario esparcido. Los libros habían
sido movidos de las baldas, la ropa sacada de los cajones, el colchón apartado
de la cama y cortado. El relleno esparcido por el suelo. El somier también había
sido apartado. Las fotos habían sido retiradas de las paredes, los cristales rotos,
las imágenes apartadas de los marcos y abandonadas donde habían caído.
El caos era ordenado, metódico. Robinette reconoció la técnica.
Westmoreland ya había estado allí. Y había elegido no informarle.
No hubo rabia. No más sentimientos de traición. En ese momento,
Robinette dio mentalmente de baja a un miembro más de su 'círculo
interno'. Westmoreland, Henderson, Fletcher... no eran más importantes
para él que un extraño de la calle.
Esta era la manera en que Todd Robinette avanzaba. Engañado una
vez, culpa mía. Engañado dos veces... no va a suceder. Cualquiera en el
que confiara tenía una oportunidad de joderle. Si lo intentaban, los sacaba
de su vida rápida e irrevocablemente, como si nunca hubieran estado. Y
entonces trataba con la traición.
Nadie era perdonado. Ni sus amigos. Ni siquiera su esposa, como Julie
había aprendido del modo difícil. Las acusaciones y traiciones de su segunda
esposa habían hecho fácil matarla ocho años antes. Pero... el primer marido
de Julie, Rene... había sido lo peor. ¿El desastre en que ahora se encontraba
Robinette? Empezó con Rene. El hombre había sido una vez su amigo más
antiguo. Había permitido a Rene criar a Levi mientras él había estado en la
guerra. Rene le había dado un trabajo cuando había vuelto a casa.
Pero había sido un trabajo de mierda. Todo el mundo empieza por
abajo, Todd. Tienes que aprender el negocio desde abajo, Todd. Rene le
había iniciado en el maldito almacén informando a expulsados del instituto.
¿Y cuando Robinette había encontrado una forma de hacer que el trabajo
funcionara para él? Rene le había acusado de robar propiedad de la
compañía. Había amenazado con denunciarle a la policía.
Eso fue. Acabó con la amistad. Robinette había matado a Rene sin planear
hacerlo. Cuando Julie lo había averiguado todo y le acusó, amenazándole con
entregarle... matarla había sido más fácil incluso. Nadie amenaza a Todd
Robinette y se libra de ello.
Stevie Mazzetti estaba a punto de averiguarlo. Ayer había deseado
poder tratar personalmente con la zorra de la poli que había matado a su
hijo. Mira como consigo mi deseo. Una vez que la encuentre.
Y lo haría. Tenía que haber algo en casa de Maynard que señalara
donde la había llevado el detective, o al menos señalara a alguien más a
quien Maynard quisiera. Alguien que pudiera ser usado como palanca para
hacer hablar a Maynard.
Robinette se agachó, recogiendo fotos del suelo, teniendo cuidado de
manejar solo los bordes. No confiaba en los científicos forenses. Ahora
podían sacar huellas de la fruta. Una huella dejada a través de los guantes
sería un juego de niños.
Repasó las fotos hasta que una captó su mirada. Maynard con un
hombre mayor, de pie en el muelle de un barco. Parecía reciente. Robinette
alzó la mirada, vio la maqueta del barco que Maynard había expuesto en su
estantería había sido hecha añicos. De lo que quedaba de la destrucción,
pudo ver que el modelo se parecía mucho al barco de la foto.
Robinette había guardado las fotos en su mochila cuando vio otro marco
en medio de la basura. Esta le hizo fruncir el ceño. Eran medallas al valor y al
coraje – un Corazón Púrpura y una Estrella de Plata. Habían sido concedidas
a Maynard. Su sitio no era el suelo. Robinette podía no servir ya a su país,
pero aún respetaba a aquellos que lo habían hecho, especialmente a
cualquiera que hubiera sido herido en cualquier horroroso lugar en el que
hubiera servido. ¿En qué había estado pensando Westmoreland?
Robinette retiró el cristal roto del marco y lo inclinó contra la cómoda,
entonces regresó a la cocina y comprobó el cubo de la basura. Estaba lleno
de harina y azúcar, sal y té. Westmoreland había volcado todos los botes
en la basura en lugar de verter todo el polvo en el suelo y arriesgarse a
dejar huellas de pisadas. Le he enseñado bien.
Robinette no había encontrado nada definitivo escaleras arriba que
indicara donde había escondido Maynard a Mazzetti, pero aún había un
sótano que comprobar. Espera. Se quedó helado, alzando la cabeza para
escuchar. El golpe de la puerta de un coche. Voces bajas. Alguien venía.
Se encaminó al cuarto de estar, caminando hacia el lateral de la puerta
deslizante de cristal, así quedaba oculto por la cortina. Y justo a tiempo. La puerta
se abrió y entró un policía. Debo haber disparado una alarma silenciosa. Buena
cosa que hubiera ocultado su cara. Parecía que Clay tenía una seguridad
decente después de todo.
Robinette se aseguró de que su pistolera no estaba bloqueada. No
usaría la pistola a menos que tuviera que hacerlo, pero si tuviera que
hacerlo, quería un rápido acceso.
Esperó a que el policía pasara por la puerta, se estiró, agarró la cabeza
del policía y... Giró.
Robinette dio un salto, el sonido del cuello del policía rompiéndose le llenó de
intensa satisfacción. Dejó caer el policía al suelo con un golpe sordo y escuchó.
La puerta del cuarto de la colada crujió abriéndose lentamente. Los
compañeros se habían separado, tomando cada uno una puerta. Robinette
cruzó la habitación mientras el compañero entraba, agarró su cabeza y...
Giró. Otro que mordía el polvo. Era su especialidad, afinada durante años en el
desierto. Henderson había sido su tirador. El arma elegida de Westmoreland había
sido siempre una daga. La de Fletcher, el veneno. Las armas más letales de
Robinette estaban en sus propias manos desnudas. Pero, como a Westmoreland,
también le gustaban los cuchillos. Las pistolas eran el arma de último recurso.
Cortó sus gargantas para asegurarse que estaban muertos. Tomando
sus radios, agarró su mochila, cerró la puerta corredera, entonces salió por
el garaje, el mismo camino por el que había entrado. Cualquiera que le
viera ahora solo vería a un trabajador. Empujó la máscara de esquí bajo la
gorra, manteniendo baja la cabeza. Entonces llegó a su Tahoe y se alejó.
Su antiguo equipo podía creer que se había ablandado. Robinette sospechaba
que los dos policías muertos en la sala de estar de Maynard disentirían.

***

Wight´s Landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 12:25

Clay envolvió una toalla alrededor de sus caderas ya que había dejado
sus ropas en la cabina con Stevie. Fortaleciéndose para otra confrontación,
salió del pequeño baño del barco a la cabina.
Estaba desocupada.
La cama había sido hecha, con precisión militar. Los archivos en
los que habían estado trabajando habían sido empacados en la maleta
con ruedas, que descansaba en la base de las escaleras. Su ropa
estaba limpiamente doblada sobre una silla, justo bajo sus calcetines.
Sus zapatos habían sido precisamente alineados. Sobre la mesa en la
que habían trabajado estaba su teléfono, también precisamente
alineado.
Stevie, su portátil, y su bastón se habían ido. Con excepción del gran
maletín, nadie habría sabido que había estado allí.
Clay olió sus dedos, aliviado cuando el aroma dominante fue el del jabón.
Pero ella aún estaba ahí, por debajo del Old Spice. Sácala de tu mente. Ahora.
Se vistió rápidamente, entonces comprobó su teléfono. Gruñó. Cinco
llamadas perdidas, ocho mensajes de texto, la mayoría en los últimos cinco
minutos. No podía siquiera tomar una maldita ducha sin que alguien le
molestara. Entonces frunció el ceño. Las llamadas eran de Paige como lo
eran la mitad de los mensajes y su compañera no era una histérica.
Tan pronto como vio los otros mensajes, supo exactamente lo que
había pasado. En cualquier otro día habría estado atónito. Sorprendido
hasta la inmovilidad. Pero no era cualquier otro día.
Alguien había irrumpido en su casa, el sistema de alarma enviaba
mensajes a su teléfono.
—Mierda —agarró el maletín y lo subió por las escaleras. Una vez en el
muelle, empezó a correr arrastrándolo mientras marcaba a Paige.
—¿Dónde has estado? —exigió ella.
—Ocupado —soltó. —Necesito detalles y los necesito ahora.

***

Domingo 16 de marzo, 12:30

Stevie entró en la casa y subió directamente las escaleras, esperando


que Emma cogiera la indirecta y la dejara a ella y su maldito chupón solos.
No hubo esa suerte.
—¿Qué pistas encontraste? —preguntó Emma, pegándose a ella todo
el camino escaleras arriba.
—La filtración es AI —Stevie trató de cerrar la puerta del dormitorio
pero Emma la empujó.
—Frena un segundo —dijo Emma, sentándose en la cama. —
Hablemos de los detalles.
Stevie le lanzó una sesgada mirada de aviso mientras buscaba algo
con cuello cisne, tirando ropa de su bolsa por todos lados.
—¿Debemos?
—Sí, debemos. Dijiste que encontraste la filtración —dijo. —
¿Quien? Stevie le habló sobre Scott Culp.
—Lo cual explica mucho sobre la falta de urgencia en las
investigaciones de AI el año pasado. Maldición. No hay nada con cuello
cisne —demasiado malo que no hubiera empacado para tener sexo. Lo
cual técnicamente ella no había tenido. Al menos hay eso, —¿Tienes algo
en tu maleta que no me cueste un mes de salario reemplazar?
—No, pero puedes tomarlo prestado de todos modos —Emma quitó la
bufanda del cuello de Stevie y sacudió la cabeza.
—¿Cómo pudiste no saber que Clay te hizo eso?
—Estaba ocupada —teniendo un orgasmo. —Solo... arréglalo, ¿vale?
Y deja de sonreírme.
—Lo siento. Me alegro de que te hayas divertido —pero cuando Stevie
no replicó, Emma dejó de revolver en la bolsa y se volvió frunciendo el
ceño. —No te divertiste. Él... ¿Estás bien?
—Estoy bien. Él solo… —suspiró Stevie. —Consigue resultados.
¿Puedes permitirme dejar eso?
—Por ahora —dijo Emma suavemente. —En tanto no me dejes fuera
para siempre.
—Yo no dejo a la gente fuera.
Emma rió con amargura.
—Ya, claro. Y yo soy una estrella del baloncesto. —Tiró un jersey sobre
la cama. —Quítate la camiseta.
Stevie frunció el ceño. —
Puedo vestirme sola, mamá.
—Estás sangrando,
Stevie. Déjame ayudarte. No
te quiero sangrando en mi
jersey —añadió ligeramente,
pero Stevie escuchó la
preocupación esencial.
En silencio, Stevie se sacó la camiseta por la cabeza, sin permitirse
pensar en sí misma haciéndolo delante de Clay. Estaba no pensando en
ello. Demonios. Ahora eso era todo en lo que podía pensar.
Emma hizo un sonido angustiado.
—Se te abrieron dos puntos. ¿Estás segura de que estás
bien? —Emma —murmuró pesadamente. —Por favor.
Emma murmuró algo sobre que Stevie no estaba teniendo el sentido de
salirse de la lluvia.
—Quédate aquí. Tengo que conseguir agua oxigenada —estuvo de
vuelta en menos de un minuto y procedió a cambiar el vendaje de Stevie
con manos capaces, todo el humor desaparecido.
—¿Estás segura de que no eres doctora en medicina? —preguntó
Stevie, tratando de aligerar el humor.
—He tenido dos chicos que adoran pelear. Lo sé todo sobre vendajes —agarró
el chaleco antibalas que Hyatt había dado a Stevie la noche antes y guió el brazo
herido de Stevie dentro de una manga, esperando mientras Stevie metía el brazo
bueno en la otra, abrochando después los cierres de velcro del chaleco.
—¿Y si sangro sobre tu jersey?
—Maldita sea, Stevie —dijo Emma, apretando los dientes. —Eres
una idiota. —¿Perdón?
—Vas a salir allí donde hay gente tratando de matarte mientras no
estás pensando con claridad. Estás disgustada con Clay, lo cual te ha
desequilibrado. Ya has aceptado que sangrarás de nuevo. Maldita seas. Tú
no eres a prueba de balas y yo no quiero enterrarte.
Emma estaba llorando y Stevie soltó el aliento, miró fijamente el jersey de
cachemira en sus manos, entonces frunció el ceño, cambiando su enfoque.
—No tenías esa maleta anoche.
Emma parpadeó entre lágrimas, con expresión
incrédula. —Ignoraste todo lo que acabo de decir.
Sí, lo había hecho. Porque algo no estaba
bien. —¿De donde vino esa maleta, Emma?
Emma sacudió la cabeza.
—Si estás tan desesperada por no enfrentar tu propia mortalidad, bien.
Hablaremos sobre estúpidas maletas. Los agentes de Joseph la trajeron
esta mañana cuando cambiaron de turno. Paige la envió con ellos. Ella se
quedó en mi hotel anoche y empaquetó mis cosas.
El cerebro de Stevie empezó a hacer clic.
—Aguanta. Paige estuvo anoche en tu habitación antes de reunirte
conmigo en la carretera. Ella descubrió el desastre de tu habitación del
hotel, no tú. ¿Dónde estabas?
Los ojos de Emma chasquearon con furia.
—Clay y yo fuimos directos desde tu casa al campo de tiro. Clay quería
que yo probara que podía manejar un arma así podía cuidar de tu hija. Lo
cual probé, muchas gracias. Paige nos dejó allí, después dejó a Alec en su
oficina, entonces fue a mi hotel a empacar mis cosas. Encontró que alguien
había irrumpido en mi habitación.
—¿Cuándo? ¿Cuándo hicisteis todo esto?
—Mientras JD estaba conduciendo dando vueltas, asegurándose de
que perdíais a cualquiera que os siguiera y dando a todos tus amigos
tiempo para reunirse en un lugar.
Stevie oyó la rabia en la voz de Emma y la ignoró.
—Planeabas venir conmigo todo el tiempo, incluso aunque te dije que
te fueras a tu maldita casa. Y Clay lo sabía. Me manipuló. De nuevo.
—Ya claro, lo hizo —la barbilla de Emma se elevó, sus ojos se
entrecerraron. —También es responsable de la adoración a Justin Bieber.
Es un maldito experto en control mental.
Stevie empuño su bastón, poniéndose en
pie. —Hablo en serio.
—También estás equivocada —Emma se acercó a su cara hasta que
estuvieron nariz con nariz. —Nadie te manipula para hacer nada. Tú haces
exactamente lo que quieres hacer. ¿Obedecemos tus órdenes? No. ¿Tratamos de
apoyarte? ¿De ayudarte? Culpables de todos los cargos, así que déjame sin
sentido. Pero no te manipulamos. Todo lo que has hecho durante todo el tiempo
que te he conocido, has querido hacerlo, y si alguien trata de ayudarte, lo apartas.
Stevie estaba temblando de nuevo, lo que la hizo enfadarse aún más. Se puso
el jersey de cachemir sobre el chaleco, ajustando el cuello así cubría el chupetón.
—Siento haberte disgustado —dijo rígidamente. —Estaré de vuelta
tarde esta noche y podemos discutirlo entonces.
Sin esperar una réplica, se echó al hombro la mochila y bajó las
escaleras donde encontró las llaves del Escalade en la encimera de la
cocina donde Clay las había dejado la noche anterior.
—¿Cordelia? —llamó. —¿Dónde estás?
Cordelia corrió desde el cuarto de la colada, con una gran sonrisa.
—Justo aquí, mamá. Jugando con los perritos —su sonrisa
desapareció abruptamente. —¿Dónde vas?
—A reunirme con tío JD. No es peligroso y estaré de vuelta antes de
que te des cuenta —acercó a Cordelia. —Tengo que hacer algunas cosas
para que estemos seguras de nuevo. Así podremos ir a casa.
Cordelia se lanzó sobre Stevie, aferrándose
fuerte. —Mamá, no quiero ir a casa.
Stevie cerró los ojos. No tenía tiempo para esto. Pero ¿cómo podía no
tener tiempo para esto?
—Se que te gusta estar aquí, y sé que te gusta el señor Maynard, pero
no podemos quedarnos aquí para siempre.
—Lo sé. Pero no quiero ir a casa. ¿Podemos tener una nueva
casa? —¿Una casa diferente? —preguntó Stevie, sorprendida.
—Sí. ¿Podemos?
Odio esa cocina. En su mente Stevie pudo oír la confesión susurrada
por Cordelia a Clay la noche anterior y su respuesta en murmullos. Yo
también odiaría esa cocina, si fuera tú.
Stevie sintió el pánico agarrándose a su pecho. Ella y Paul habían
elegido juntos esa casa, escatimando y ahorrando para el pago inicial.
Habían trabajado duro para renovarla, repararla. Él estaba por toda la casa.
No podía perderla. Sería como perderle de nuevo a él.
Pero su bebé estaba temblando.
—Sí, podemos. Podemos tener una casa diferente.
Cordelia retrocedió con sorprendida incredulidad en los ojos. Ella pensó
que diría no. Que elegiría la casa por encima de ella.
—¿De verdad?
—De verdad. Tú eres más importante que cualquier casa. Tiene
muchos recuerdos, buenos y malos. Encontraremos una casa nueva y
haremos nuevos recuerdos. Tú y yo. Cuando regrese de la ciudad, nos
conectaremos a Internet y buscaremos casas, ¿vale?
Cordelia brillaba.
—¿Puede venir también tía
Izzy? —Por supuesto.
—¿Podemos tener un perro?
Stevie rió, sorprendida de que aún pudiera. —
Ahora estás presionando. Dame un beso.
Cordelia estampó uno bien fuerte en su mejilla.
—Eso debería mantenerme un tiempo. Que el señor Tanner cierre la puerta
detrás de mí. Dile que tengo que ir a la ciudad, pero volveré pronto. Te quiero.
—Yo también te quiero, mamá.
—Stevie —Tanner bajó tronando las escaleras. —Espera. No dejes
la casa. Stevie miró al techo. Emma, maldita chismosa.
—No puedo esperar —dijo. —Tengo que irme.
Apresurándose al garaje, Stevie montó en el Escalade, ajustó el
asiento, totalmente consciente de que había estado conteniendo la
respiración. Termina con esto. Cuando inhaló, olió a Clay, como si no
hubiera sabido que lo haría. El aroma de su loción había perdurado.
Puedo olerte. Apretó los muslos cuando el calor entre ellos empezó a
latir. Podía ver su cara, intensa en su pasión, después... nada. Su
expresión se había quedado en blanco. Como si hubiera estado jugando
con el botón de pausa de un mando a distancia. ¿Por qué estás aquí?
¿Por qué había estado? ¿Había sido manipulada? ¿O ella había
controlando sus acciones todo el tiempo?
—Yo no aparto a la gente —dijo en el silencioso interior del SUV. Pero
sonó poco convencida, incluso para sí misma. Con un suspiro cansado,
pulsó el botón para activar la puerta del garaje. Hora de trabajar. ¿Entonces
por qué parecía que estuviera huyendo?
Cuando la puerta del garaje se hubo abierto completamente, arrancó el
motor y empezó a salir del garaje. Solo para que la puerta se cerrara de nuevo.
Preparándose para una discusión con el padre de Clay, se volvió en su
asiento... y se quedó helada.
No el padre, sino el hijo. Clay abrió la puerta del pasajero, entró, y cerró la
puerta de golpe lo bastante fuerte para sacudir el SUV. Su expresión era
furiosa, su cara tan dura como piedra. Golpeó el botón del control de la puerta
del garaje y miró directamente adelante mientras la puerta subía de nuevo.
—Conduce, detective. Tan rápido como puedas.
Capítulo Catorce

Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 12:30

Sam Hudson miró fijamente su teléfono móvil mientras vibraba sobre la


mesa del comedor de su apartamento. Después de dejar el arma en Balística,
había ido a comprobar a su madre. Entonces había regresado a casa, sabiendo
que si se quedaba en casa de su madre tiempo suficiente, ella sentiría su
inquietud y le fastidiaría hasta que le contara lo que estaba molestándole.
No podía decir las palabras en voz alta a nadie, menos a su madre.
Podría haber matado a tu inútil marido yonki, mamá.
No, no podía estar cerca de su madre hoy.
En su lugar se había sentado en su apartamento mirando el teléfono
que ahora vibraba con una llamada entrante. Del departamento de policía.
Probablemente de Balística.
Paralizado, Sam vio su teléfono moverse por toda la mesa hasta que la
llamada fue desviada al buzón de voz. Recogió el teléfono, contactó con el
buzón de voz y escuchó, conteniendo el aliento.
—Sam, soy Dina. Obtuve un resultado de esa arma. Llámame o pásate
por aquí. Estoy aquí hasta las cuatro.
Maldición. Hasta ahora, había sido capaz de compartimentar el arma
simplemente como ‘recientemente disparada’. Ahora como ‘usada en la
comisión de un crimen’.
Se un hombre, Sam. Mueve el culo y ve a la oficina de Dina. Averigua
de quien o de qué habían sacado esa bala que coincidía con... esa arma.
¿Y si el crimen cometido fue homicidio?
Trataré con eso cuando llegue a ello.

***

Wight´s Landing, Maryland. Domingo 16 de marzo, 12:40


Conduce, Detective. Tan rápido como puedas.
Stevie consideró hacer que Clay se explicara, pero una mirada a su perfil
hizo que rechazara la idea. Estaba tenso, pequeñas líneas blancas
enmarcaban su boca, y de alguna manera supo que esto no era sobre ellos.
Rodeó los coches del FBI y se encaminó a la carretera principal.
—Conduciré tan rápido como pueda, pero legalmente no puedo usar las luces,
Clay. Estoy de baja. Ni siquiera tengo mi placa. Si nos paran, estaremos jodidos.
—Tendremos escolta policial. Justo al llegar a la autopista.
¿Qué dem...?
—Vale. Averigua cuál de esos interruptores hace funcionar las luces del
salpicadero. Entonces comprueba el salpicadero y mira si Joseph tiene una
luz portátil.
Diez segundos después, había activado las luces de emergencia
incorporadas en el salpicadero de Joseph. Un minuto después, había
pegado una luz de emergencia azul en el techo del coche.
Las carreteras laterales estaban desiertas, entonces Stevie incrementó
su velocidad, más allá del límite legal.
—¿Quién es nuestra escolta y donde se reunirán con nosotros?
—Lou Moore. Está de camino a la autopista Queen Anne. Nos
precederá desde allí.
Por supuesto, tenía que ser la sheriff Moore. Déjalo pasar, Mazzetti.
Solo déjalo pasar.
—¿Precedernos a donde?
—Por el puente Bay Bridge, de vuelta a Baltimore. Una vez pasemos el
puente, tendremos otra escolta. Aún no se quien —añadió bruscamente,
antes de que pudiera preguntar.
—Vale. Cuéntame lo que ha pasado.
—Alguien irrumpió en mi sitio.
Ella le lanzó una mirada
sorprendida. —¿Casa u oficina?
—Mi casa. Tengo una alarma silenciosa que va a mi móvil. Si no respondo alerta
a mi refuerzo. Esa es Paige. Ella llamó a la policía y está de camino allí ahora.
—Primero la habitación de hotel de Emma, ahora tú casa. Están
buscándome. —Sí.
Lo siento, quiso decir, pero no lo hizo. Él encontraría un modo de
inclinar una disculpa en su ventaja.
—Dada la instalación tipo James Bond, estoy sorprendida de que
alguien entrara en tu casa.
—Yo, también.
Vale. Parecía que tendría que trabajar por cualquier
información. —¿Cómo fue disparada la alarma?
—De una o más de tres maneras.
Ella exhaló un frustrado aliento. —
¿Cuáles son esas?
—Una señal de teléfono que no es el mío, calor corporal, o una simple
rotura de los contactos en la puerta o las ventanas.
—¿Tienes una de esas lujosas puertas de
seguridad? —La tengo.
Ella empezó a sentirse enojada con él, pero supo que eso no ayudaría.
—Si era su teléfono móvil, ¿puede tu sistema acceder a su señal? ¿Conseguir
un nombre, proveedor y contactos? ¿Algo que pueda ayudarnos a identificarle?
Le sintió moverse, girarse a mirarla. Ella mantuvo los ojos en la
carretera. —Tal vez —dijo, al fin. Sonó impresionado de mala gana.
—¿Se tiene que hacer una llamada para disparar la alarma, o solo es la
señal misma?
—Solo la señal —se giró de nuevo a la ventana, en silencio de nuevo.
Stevie condujo como un demonio durante otros diez minutos, pero tuvo
que frenar cuando se aproximaron a los límites de Wight´s Landing. El
tráfico se abrió cuando los conductores vieron las luces del Escalade, pero
siendo una hermosa tarde de domingo, parecía que todos los residentes de
la ciudad se habían reunido en Main Street. Finalmente dejaron la ciudad y
vieron el coche de la sheriff esperando.
La sheriff Moore tomó la delantera y salieron disparados de nuevo.

Él hizo un rápido movimiento, respondiendo a su teléfono.


—Paige —dijo. —Estoy en el coche con Stevie. Voy a ponerte
en altavoz.
—Estoy en tu casa —dijo Paige, cerrando de golpe una puerta de coche. —
Peabody, conmigo. Y nada de comentarios sobre meter a mi perro a tu casa.
—No iba a hacerlo —dijo Clay. —Si hay alguien dentro, quiero que
tengas toda la protección que puedas conseguir.
—Ahora estoy en tu puerta delantera y... no escucho nada. Ningún
policía, ni nada.
—Pensé que llamaste a la policía hace media hora.
—Lo hice —dijo Paige. —Hay un coche patrulla aparcado en la acera
—un instante de silencio, un ruido de llaves, después una tensa aspiración.
—Oh, no — susurró ella.
Oh Dios. Pensó Stevie. ¿Ahora qué?
—¿Qué es, Paige? —demandó Clay cuando su compañera no
dijo más. Paige se aclaró la garganta.
—Los agentes parecen estar muertos.
Dos. Clay palideció.
—Sal de la casa, Paige —dijo apretando los dientes.
—Nunca entré. Me dirijo de vuelta a mi camioneta. Me encerraré dentro y
tengo un arma. Tengo que llamar al 911 ahora. Te llamaré tan pronto como pueda.
Paige desconectó, dejando a Stevie y Clay en completo y atónito
silencio. Entonces Stevie se inclinó sobre el acelerador.
—Llama a la Sheriff Moore. Dile que tenemos que ir más deprisa.

***

Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 13:18

Paige estaba esperando delante de la casa de Clay.


—Ambos policías están muertos. El CSU está ahí ahora, junto a
Joseph, Hyatt y el forense. Alguna gente de Joseph está detrás.
—¿Cómo murieron? —preguntó Clay, después de asegurarse que Stevie
estaba en el porche delantero donde estaba amparada por tres lados por la casa.
Su cuerpo la bloqueaba de la calle, así estaba completamente protegida.
Que esto hubiera sido una trampa para atraerle a casa –con Stevie a la
zaga– se le acababa de ocurrir.
—Vi gargantas cortadas —dijo Paige. —No sé nada más. Hyatt me
tomó declaración y dijo que era libre de irme —miró a Clay con mirada
preocupada. — ¿Estás bien?
Su compañera le conocía demasiado bien.
—Estoy bien. Solo cansado. No dormí mucho anoche.
—Bien, no vas a dormir aquí esta noche. Imagino que tendrán este sitio
envuelto como escena del crimen durante varios días. ¿Vas a volver esta
noche a donde quiera que estuvieras anoche?
—Sí —él asintió. —Mantendré a las Mazzetti a salvo hasta que esto
haya acabado.
—Bien, si necesitas un lugar donde quedarte más tarde, nuestra casa
está siempre abierta. Lo sabes —Paige miró a Stevie. —Tu también.
Grayson y yo estamos preocupados por ustedes.
—Estamos bien —dijo Stevie con tranquilidad. —Pero gracias.
Ella no estaba bien, Clay estaba seguro de eso. Cuando se había
subido al Escalade de vuelta en casa de su padre, había estado furiosa,
pero instantáneamente se había vuelto una profesional cuando se había
dado cuenta que era necesario.
Más profesional de lo que Clay había sido. Había estado hosco, poco
comunicativo.
Porque dolía. Estar en el mismo vehículo con ella durante esos
cuarenta minutos había enviado ácido ardiendo a sus tripas e iniciado una
sorda agonía detrás de sus ojos. Pero tenía problemas más graves que sus
tripas, su cabeza o incluso su corazón.
Dos hombres estaban muertos. Añadidos a las tres mujeres de ayer...
—No deberías ir a la oficina hasta que sepamos que es seguro —dijo
él. —Si irrumpió aquí, podrían haber intentado entrar en la oficina, también.
Paige negó con la cabeza.
—Aún no lo han hecho. Pedí a Hyatt que enviara un coche patrulla a
comprobar la oficina. No ha sido tocada. Imagino que los patrulleros
permanecerán allí un rato, en caso de que quienquiera que hiciera esto trate de
irrumpir allí. Con Alyssa fuera de la ciudad y Alec donde Daphne, ninguno de
nosotros necesita ir a la oficina justo ahora. Les envié un mensaje a ambos,
sin embargo, les dije que permanecieran lejos. Solo por si acaso.
—Bien. Gracias —al menos su gente estaba a salvo. Por ahora. —Quiero
a todos presentándose, cada hora. Sin excepciones. ¿Dónde vas ahora?
—Al aeropuerto. El marido de Emma está aquí. Se suponía que ya
tenía que haberlo recogido. Me mantendré en contacto, pero quiero que tú
hagas lo mismo. Vamos, Peabody.
Clay vigiló para asegurarse que ella llegaba a su camioneta a salvo,
entonces se volvió cuando su puerta delantera era abierta por el Teniente Hyatt.
—Entren —dijo Hyatt, indicando a Clay y Stevie que entraran, Joseph Carter
y la agente Brodie del laboratorio forense del VCET estaban agachados junto a
uno de los cuerpos, hablando con Neil Quatermain, el médico forense.
Los agentes asesinados descansaban en la alfombra de la sala de estar de
Clay, cerca de las puertas correderas de cristal que conducían a su terraza.
Eran tan jóvenes, pensó él. Que desperdicio.
—Ninguno de ellos superaba los treinta —dijo Hyatt y Clay se dio
cuenta que había dicho sus pensamientos en voz alta.
—¿Qué sucedió? —preguntó
Clay. Joseph alzó la mirada.
—Creemos que el atacante estaba de pie contra esta pared. Golpeó a
uno, después al otro, antes de que ninguno de ellos pudiera hacer una
llamada de socorro.
Los dos policías estaban tumbados boca abajo, las cabezas vueltas en
un ángulo poco natural. Las gargantas cortadas de oreja a oreja.
—Sin salpicadura de sangre —dijo Clay. —Estaban muertos cuando
les cortó. La agente Brodie miró hacia arriba.
—Sí —dijo ella simplemente.
—Les rompió el cuello primero —dijo Quatermaine. Aún bastante nuevo en la
oficina forense de Baltimore, había tomado el puesto de la esposa de JD cuando
Lucy cogió su baja por maternidad en diciembre. Su primer día en el trabajo había
sido ese fatídico día, de hecho. El día que Stevie había sido disparada.
Ahora Stevie estaba en pie paralizada a su lado, su mirada era aguda
mientras reparaba en los cuerpos, la habitación. Mis cosas.
Había soñado con el día en que la traería a su casa, compartiendo lo
que había acumulado durante años. A sí mismo. Nunca se la imaginó de
pie junto a dos cadáveres.
—Y estos tipos tienen cuellos musculosos —estaba diciendo Quatermaine. —
Estaban en buena condición física. Probablemente levantaban peso regularmente.
Su asesino era fuerte, probablemente experimentado en el cuerpo a cuerpo.
Podríamos estar buscando un luchador profesional o alguien con formación militar
—negó con la cabeza. —Aunque estoy seguro que no aprendí eso en el ejército.
—Yo lo hice —dijo Joseph en voz
baja. —Como yo —añadió Hyatt.
Clay se encogió de hombros.
—Como tengo una coartada inatacable, añadiré 'Como yo'.
—Casi me siento excluido —musitó Quatermaine, haciendo sonreír a
Joseph con gravedad.
—¿Lo habéis hecho en realidad? —preguntó Hyatt a Clay y Joseph,
con más que ociosa curiosidad en su voz. —¿Romper un cuello?
Joseph se volvió verdaderamente ocupado en comprobar las gargantas
cortadas de los policías muertos. El Federal había palidecido ligeramente
ante la pregunta, sus ojos parpadeando como si se hubiera ido a algún otro
lugar durante un segundo. Clay no sabía qué estaba recordando, pero no
era un lugar feliz. Quatermaine estaba dirigiendo una mirada de curiosidad
a Joseph. Brodie fue más simpática a sabiendas.
Clay decidió intervenir, para apartar la atención de
Joseph. —Sí, yo lo hice. ¿Por qué?
—Porque yo personalmente no —dijo Hyatt lisamente. —Necesito
entender que se requiere para romper los cuellos de dos agentes fuertes,
en sucesión. ¿Cuándo lo hiciste?
—En Somalia, cuando estuve en el Cuerpo —Clay no estaba seguro de
creer la razón del teniente para preguntar, pero el tipo podía conseguir los
detalles del historial de Clay bastante fácilmente si así lo deseaba. —Pero no
lo hice para mantener el sigilo, como probablemente fue aquí. Estábamos
siendo atacados y yo estaba luchando por permanecer vivo. Usé el único
arma que tenía en el momento, mis manos. No fue agradable, te diré. Y no
creo que pudiera haber golpeado a dos tipos en rápida sucesión como aquí.
—¿Por qué no? —preguntó Hyatt, con genuina curiosidad.
—Hay un componente emocional en ello —dijo Clay lentamente,
consciente de todos en la habitación mirándole e incómodo con la idea.
—Es difícil de admitir, incluso después de todos estos años, pero cuando
todo acabó, me tambaleé fuera y vomité. El sonido de la madera
quebrándose aún me hace encogerme. Ciertamente no hay diversión en
ello. Podría haber sido capaz de romper dos cuellos sucesivamente, dado
el chute de adrenalina que tenía, pero me alegro de no haberlo
averiguado nunca con seguridad.
La mandíbula de Joseph se tensó, y Clay supo de algún modo que, de quien
fuera que el Federal hubiera dispuesto en su pasado, él había disfrutado de la
acción. Si no alegría al menos satisfacción. Lo que quería decir que a quien
quiera que Joseph hubiera matado había tenido que ser un monstruo, porque
Joseph Carter era uno de los chicos buenos. Uno de los pocos hombres en los
que Clay confiaba tanto como confiaba en su viejo amigo Ethan Buchanan.
—Si solo rompiste el cuello de uno, ¿cómo dispusiste de los otros
siete? — preguntó Hyatt.
Clay entrecerró los ojos, con sus sospechas confirmadas. Hyatt había
sabido hacer la pregunta.
—¿Cómo supo que hubo otros?
—Me puse al tanto sobre ti hace dos años, Maynard. No estábamos
seguros de la clase de hombre que eras y qué, dado el caso, debería
hacerse contigo entonces. Habías obstruido la justicia, por tu cuenta sin
saberlo, pero hubo quien pensó que deberías haber sido acusado por ello.
—Probablemente, debería haberlo sido —dijo Clay francamente. Había
sabido la identidad del hombre que había asesinado a su antigua compañera,
Nicki Fields, y había querido hacer que el hombre pagara. En persona.
—Eres afortunado de que yo no estuviera de acuerdo —dijo Hyatt.
Solo porque no sabes la historia completa. Clay volvió su mirada a los
cuerpos. —¿Cómo se llaman?
—Hollinsworth y Loclear —dijo Hyatt. —Ambos tenían expedientes
ejemplares.
—¿A qué hora llegaron? —preguntó Stevie.
—Informaron de su llegada a las doce veinticuatro —dijo Hyatt, entonces
añadió severamente, —y a las doce veintiocho se recibió un informe de que
había sido una falsa alarma y hacían una pausa para almorzar.
Sorprendido, Clay hizo una rápida revisión visual por las radios de los
agentes. No estaban. Quien quiera que los matara se había conseguido
unos minutos para hacer un falso informe.
—Eso estrecha la hora de la muerte considerablemente —murmuró. Alzó la
mirada a su ventana deslizante, específicamente al agujero en el cristal donde
había estado la cerradura. —Ese era un cristal contra huracanes —dijo. —Quien
quiera que pasara por ahí habría necesitado una Sawz- all con hoja de diamante
para lograr pasar. Vinieron preparados. ¿Los vecinos han sido interrogados?
—Tengo a Novak y Coppola haciendo eso ahora —dijo Joseph. —Ya
que esto está relacionado con los atentados contra la vida de Stevie, está
relacionado con el ataque al restaurante, el tiroteo en tu casa, y el ataque a
la casa segura anoche todo bajo el paraguas de la jurisdicción del VCET.
Tienes cámara de vigilancia, asumo.
—Por supuesto. ¿Puedo coger un par de guantes? Gracias —dijo Clay
a Brodie cuando ella le entregó un par. Abrió el armario de los abrigos, se
arrodilló y apartó unas cajas de equipamiento deportivo del estante situado
a veinte centímetros del suelo y que recorría todo el armario. Bajo el
estante había varios pares de zapatos. Lanzándolos en la caja, separó el
estante de la pared lo suficiente para meter un dedo en el hueco,
despegando un panel que servía como pared trasera del armario.
—¿Tienes baterías de respaldo? —preguntó Joseph. —Porque te
cortaron la corriente y la corriente secundaria. También cortaron ambas
alarmas, dentro y fuera.
—La alarma va a un sistema backup diferente. Una vez salta la alarma o se
corta la potencia secundaria, me envía una alerta. La potencia de respaldo que
cortaron desde fuera se usa cuando hay un corte legítimo como una tormenta.
Las cámaras, térmicas y las alarmas tenían sus propias fuentes de potencia de
respaldo. Una está detrás de esta pared y la otra está en el sótano.
Clay hizo a un lado los abrigos que colgaban de la barra, entonces
agarró con cautela el panel y lo liberó, revelando su sistema de seguridad.
Joseph silbó.
—¿Tienes, también, una baticueva? ¿Con una barra de bomberos?
—Solo un sótano normal —dijo Clay secamente. —Las cámaras cubren
todo el interior de la casa y funcionan veinticuatro horas al día, siete días a
la semana — sacó el DVD del grabador. —Puedo ponerlo en mi ordenador
o puedes ponerlo en el suyo.
—El mío está listo aquí —dijo Brodie,
alcanzando el DVD. —Inícialo al mediodía.
—Paige no llamó al 911 por un coche patrulla hasta las doce —dijo Hyatt.
—Pero la primera alerta llegó a mi teléfono a las doce diez. Como no
respondí, la siguiente alerta saltó a las doce trece, tanto a mi teléfono como
al de Paige. Ella me llamó varias veces y cuando no respondí, llamó al 911
y empezó a dirigirse aquí ella misma.
—Ella me llamó justo después de llamar al 911 —dijo Hyatt, —pero
entonces me llegó el informe de la falsa alarma así que no salí. Ahora
sabemos que era falso.
—Tengo el vídeo preparado —dijo Brodie y todos se apelotonaron
alrededor del portátil.
—Espera un segundo —Clay llevó el portátil hasta su TV de cincuenta y dos
pulgadas y conectó los dos. —Pulsa play. La cámara tres te dará su aproximación
desde el patio trasero hasta las puertas correderas. La cámara cinco…
Brodie le indicó el portátil.
—Toma el control, Clay.
—Vale —eligió la cámara que enfocaba la puerta corredera desde el
exterior, avanzando rápido hasta que el hombre entró en el encuadre,
vestido con sobretodo y llevando una caja de herramientas. Llevaba una
gorra de béisbol sobre la cara, ocultando sus rasgos excepto sus orejas.
—Es suficientemente grande para romper dos cuellos —comentó Hyatt.
—Es un luchador —dijo Clay. —O era. Tiene orejas deformadas —
cambió a la cámara que señalaba a la calle y retrocedió un minuto antes de
que el hombre apareciera por detrás. El arcén estaba vacío hasta que el
hombre llegó en un soso Toyota Sequoia, con la matrícula delantera
oscurecida por lodo. —Mierda. No puedo distinguir la matrícula.
Cambió a la cámara enfocada a la puerta y miró mientras el intruso
subía descaradamente las escaleras a la terraza, y usando su caja de
herramientas como escalón, alcanzó a cortar los cables de la sirena.
—Esa es la primera alerta que me llegó a las doce diez.
—¿Por qué no viste las alertas? —preguntó Joseph.
Porque estaba casi teniendo sexo con Stevie. Clay evitó mirarla, para
no traicionarles.
—Estaba entrenando —No era totalmente incierto. Él había estado sudando y
sin respiración. —Me fui a la ducha y no salí hasta las doce veinticinco. Ahí es
cuando vi los mensajes y llamadas de Paige —señaló la pantalla de la TV. Sawz-
all. —El intruso estaba trabajando en el cristal con la sierra eléctrica de mano,
cortándolo en menos de un minuto. Tiene que ser una hoja de los demonios.
—Vino preparado justo como dijiste —dijo Joseph asintiendo con la cabeza.
—Incluso lleva protección para los ojos —añadió Quatermaine con
amargura. —Tienes que amar a los asesinos conscientes de la seguridad.
El hombre sacó un cuchillo mientras entraba en la casa. Su siguiente
movimiento fue localizar la sirena interior de la casa y cortar también los cables.
Entonces empezó a rajar los cojines del sofá, buscando metódicamente. Las gafas
que llevaba cubrían la mitad de su cara, las lentes distorsionaban la vista de sus
ojos. Una bufanda cubría la mitad inferior de su cara, haciéndole inidentificable.
—Consciente de la seguridad y creído como un demonio —murmuró
Hyatt mientras el hombre miraba directamente a la cámara y mostraba dos
pulgares hacia arriba. —Hijo de puta.
—Ni siquiera trata de apagar las alarmas. Solo quería silenciar las sirenas
— Clay cambió las cámaras, siguiendo al hombre por la casa, apretando los
dientes ante el camino de destrucción que dejaba a su paso. Volcó los cajones
del escritorio y el contenido del armario, acuchillando colchones, tirando fotos de
la pared, rompiendo los cristales y dejando fotos esparcidas. En el armario de su
dormitorio, el hombre encontró fácilmente la caja de seguridad de Clay. Se la
metió bajo el brazo y siguió buscando. —Mierda —siseó Clay.
—¿Qué hay en ella? —preguntó Joseph.
—Nada que le diga donde están escondidas Stevie y Cordelia —Clay
soltó el aliento, aplastando su temperamento. —Es mi colección de cromos
de béisbol de cuando era un crío. Por lo cual es un error enfadarse,
considerando que está a punto de matar a dos policías —siseó otra vez
cuando el tipo se aproximó a la maqueta de barco que había construido con
su abuelo St James hacía siglos. —No lo hagas. No ... —el tipo redujo la
maqueta a un montón de astillas de madera. — Maldito sea.
Joseph apretó brevemente su hombro.
Clay apretó los puños a los costados cuando el hombre cogió un jarrón
de cerámica de su mesilla de noche. Quiso cerrar los ojos, temiendo lo que
probablemente estaba por venir. Se encogió cuando el jarrón golpeó el
suelo y se rompió en docenas de pedazos. Maldición.
Un cuerpo caliente se acertó a Clay y no tuvo que mirar para saber
quien era. Reconocería su aroma en cualquier parte.
—Lo siento —susurró Stevie. —¿Quién hizo el
jarrón? —Mi madre. Justo antes de morir.
Stevie exhaló. —
Lo siento mucho.
Se preguntó qué era lo que sentía, pero no preguntó. No confiaba en su
voz. El bastardo estaba agachándose junto a la cerámica rota, moviendo
pedazos con el dedo. Recogió unos artículos de los escombros y los
sostuvo en alto a la luz que provenía de la ventana.
Una rabia impotente atravesó a Clay mientras veía al hombre tirar el
reloj y el anillo de su madre en su caja de herramientas sin cuidado.
—¿No los tenías en tu caja fuerte? —preguntó Brodie, con tristeza.
—Es un Timex de veinte dólares. El anillo se lo di cuando era un crío.
Realmente, no valían nada.
Y aún así, lo eran todo. Maldito cabrón. Si consigo ponerte las manos encima...
El intruso comprobó su reloj y miró por la ventana del dormitorio de
Clay a la calle. Encogiéndose, el tipo dejó el dormitorio y fue a la cocina
donde procedió a vaciar cada bote en la basura. Echó un vistazo a los
libros de cocina, dejándolos en el suelo. Entonces agarró el dibujo que
Cordelia había hecho con pinturas del refrigerador de Clay.
No lo hagas. No te atrevas a tocarlo. Pero el tipo estaba, girando el
papel, examinándolo de cerca. Sus hombros se movieron como si se riera.
Cuidadosamente rasgó el papel, después lo fijó de nuevo en el refrigerador
con más imanes.
—¿Qué es? —preguntó Hyatt.
Brodie palmeó el brazo de Clay.
—Lo traeré —regresó segundos después, mientras el hombre estaba
echando un vistazo al armario de los abrigos de Clay, el que contenía su
equipo de vigilancia. Se agachó, comprobando el panel, estando
peligrosamente cerca de encontrarlo.
—Es una amenaza —dijo Brodie.
—¿A quien? —preguntó Stevie.
Clay miró los dos pedazos de papel que sostenía Brodie.
—A ti, Stevie.
Stevie jadeó.
—Esa soy... yo. Y... —se inclinó más cerca. —¿Y tú?
Cordelia había dibujado a su madre en una cama de hospital y a Clay
de pie junto a la cama, con un halo sobre la cabeza. Uno sabía quiénes
eran los jugadores participantes porque Cordelia había sido lo bastante
considerada para escribir sus nombres con llamativas flechas señalando a
las personas que eran básicamente palotes.
—Cordelia lo hizo para mí cuando estabas en el hospital —dijo Clay
con voz ronca. Al menos era salvable, una vez lo recuperara de la sala de
pruebas del BPD. Si alguna vez lo hacía.
Míster cabrón había desgarrado la página, separando limpiamente la
cabeza de Stevie de sus hombros.
Clay obligó a su mente a volver a las cámaras. El hombre estaba en el
sótano pero no había nada para que destruyera ahí abajo. En un minuto,
estaba de vuelta en las escaleras y saliendo – esta vez por el garaje. La
cámara exterior delantera le mostró lanzando la caja ignífuga de Clay al
asiento del pasajero, y alejándose conduciendo.
El total de su ‘visita’ había durado no más de siete minutos.
—Vale —dijo Joseph lentamente. —¿Solo se fue? Quiero decir, ¿así?
—Tuvo que regresar —dijo Stevie. —Hollinsworth y Locklear no se
mataron ellos solos.
Clay avanzó el vídeo con rapidez, frenando cuando un Chevy Tahoe
color arena se detuvo en la acera. Un hombre diferente salió, también
vestido como un trabajador con sobretodo. Este tenía una mochila al
hombro. Él, también, llevaba una gorra de béisbol sobre la cara.
Míster Mochila subió a la casa de Clay, tocó en la puerta delantera.
Cuando no hubo respuesta, rodeó por un lado, donde abrió la puerta que el
primer tipo había dejado sin cerrar.
—¿Qué demonios? —murmuró Clay.
Míster Mochila entró tan fresco en el cuarto de la colada, tomándose un
momento para dar una vuelta, haciéndose con el lugar. Se bajó la visera de
la gorra de béisbol para cubrirse la cara mientras hurgaba bajo la gorra
para tirar de una máscara de esquí sobre su cara, en un movimiento fluido.
Como si lo hubiera hecho muchas veces antes.
Junto a él, Stevie se encogió.
—¿Qué? —preguntó Clay y ella se encogió de hombros.
—Es solo... hay algo en ese tipo que me da escalofríos.
Mochila siguió el mismo recorrido que había hecho Cabrón, comprobando los
escombros. En el dormitorio de Clay, el hombre examinó cuidadosamente las fotos
que Cabrón había dejado en el suelo, apartando el cristal, y las puso en su mochila.
—Hijo de puta —dijo Clay en un exabrupto. —
Se llevó tus fotos —dijo Brodie. —¿Por qué?
—No lo sé. No son sino fotos de mi madre, ni siquiera recuerdo
realmente todas las que tenía. Eran como ruido de fondo.
—Lo siento —murmuró Stevie de nuevo. —Son irremplazables.
—Realmente no. Tengo las fotos escaneadas en una unidad de
memoria que está guardada en mi caja de seguridad, junto con cualquier
otra cosa en la que podría haber estado realmente interesado.
—Bien, ¿qué sabes sobre eso? —murmuró Hyatt. —Mira.
El hombre hizo una pausa, sacando un marco estilo caja de los escombros.
—Mis medallas —dijo Clay. —Mi madre las había enmarcado para mí,
hace años.
Entonces el tipo le sorprendió colocando cuidadosamente el marco
contra la cómoda.
—Las encontramos allí —dijo Brodie. —Ni siquiera había considerado
que uno de esos tipos hiciera eso.
—Más que definitivamente formación militar —dijo Clay. —¿La forma
en el que fue cuidadoso con las medallas? Este tipo vio combate. Podría
incluso haber sido herido.
—¿Por qué? —preguntó Stevie, inclinándose más cerca de la TV,
tratando de ver las medallas más de cerca.
—Una es un Corazón Púrpura —dijo Hyatt. —La otra es una Estrella de Plata.
—El Corazón Púrpura es por ser herido en la línea del deber —dijo
Stevie. —La Estrella de Plata es al valor.
—Sí —dijo Clay, súbitamente incómodo.
Mochila estaba trotando por el pasillo, comprobando la cocina.
Entonces se detuvo. Ladeando la cabeza como si escuchara algo.
—Son las doce veinticuatro —dijo Hyatt, con temor en la voz.
En el vídeo, Mochila permaneció de pie a un lado de la puerta
corredera de cristal, esperando al policía que entrara por la puerta. Torsión.
Unos segundos más tarde el segundo policía entraba por el garaje. Torsión.
Todos los reunidos alrededor de la TV estaban encogidos, mirando
silenciosamente.
Mochila desenvainó un cuchillo, cortó las gargantas de los dos policías,
cogió sus radios, después salió tan fresco por la puerta del garaje. Clay
cambió a la cámara de la calle y le vieron entrar en el Chevy Tahoe y alejarse.
—Páralo —ordenó Joseph. —¿Puedes captar la placa trasera?
Clay ya había congelado la toma, y, con el corazón a toda velocidad,
tecleó en el teclado de Brodie para hacer zoom.
—¿Qué tal esto? —preguntó con satisfacción. A diferencia de la placa
delantera, el número de atrás estaba claro como el día.
—Perfecto —dijo Joseph severamente. Se alejó del grupo para llamar.
Clay pulsó ‘play’ de nuevo, mirando alejarse el Tahoe. Y entonces
sucedió algo inesperado.
—Joseph —le llamó Clay para que volviera a la TV. —
Mira esto. Joseph frunció el ceño.
—¿Qué demonios?
El Toyota Tahoe estaba de nuevo en la imagen literalmente. El SUV
había venido de la dirección opuesta, casi como si hubiera estado
esperando. Mochila corrió alrededor de la casa de Clay, subió las escaleras
a la terraza. Se detuvo fuera de las puertas correderas, alterado, pero aún
con suficiente control para mantener la cabeza gacha, ocultando la cara.
—Estaba esperando algo, pero no esto —dijo
Stevie. Clay frunció el ceño.
—Está esperándote a ti, Stevie. Eso es por lo que ni siquiera trató de
evitar la alarma. Sabía que la alarma atraería a la policía, a mí, y por
extensión, a ti. Probablemente planeaba dispararte cuando caminaras
desde la acera a la puerta principal.
—Dios —susurró Stevie. Entonces alzó la barbilla, endureciendo la
mandíbula. —Pero ya no estaba esperándome. Me pregunto donde fue.
Cabrón había seguido al Sequoia negro, el cual se alejó
rápidamente. Clay se obligó a apartarse de ella, volviendo su atención
a Brodie y Hyatt. —¿Necesitas que me dé una vuelta? ¿Que averigüe
que falta?
Hyatt asintió.
—Ve con la Agente Brodie. Necesito hablar con la Detective Mazzetti a solas.

***

Domingo 16 de marzo, 13:25

Robinette había metido el Tahoe en un aparcamiento a media manzana


de la oficina de Maynard. Había un coche patrulla aparcado delante de la
oficina, un pequeño edificio que tenía el aspecto de un banco. Tendría
sentido que un investigador privado arrendara un antiguo banco como su
lugar de negocio. Si el edificio había sido una vez un banco, probablemente
tendría muros reforzados con acero y una cámara acorazada donde
guardar los archivos. No había forma de que él pudiera entrar allí.
Maynard verdaderamente lo rentaba. Robinette había encontrado eso
en los archivos de la propiedad la primera vez que había sido consciente de
la existencia de Maynard – allá en diciembre cuando el tipo había salvado
la vida de Mazzetti en los escalones del tribunal.
Arrancó el motor, entonces se quedó helado. Un Toyota Sequoia
estaba pasando, con Westmoreland al volante. El SUV entró en un centro
de negocios a media manzana de donde Maynard en la otra dirección.
Robinette se agachó en su asiento, esperando que Westmoreland no le
hubiera visto por la ventanilla. Su teléfono móvil sonó y se contorneó para sacarlo
de su bolsillo. Era Westmoreland. Que amable por su parte llamar. Por fin.
—Se supone que ibas a llamarme hace horas. ¿O no fui claro en mis
expectativas cuando dije que quería que informaras cada hora?
—Lo siento, Robbie. He estado ocupado, entrando en la casa de
Maynard. Me llevó más tiempo de lo que esperaba. Tiene alarmas en capas.
—¿Cómo las evitaste?
—No lo hice. Supuse que tenía unos minutos para entrar y salir. Comprobé
cada habitación buscando contratos, la llave de una caja de seguridad, un
ordenador, demonios, incluso un anticuado cuaderno de direcciones. Lo único
que me llevé fue una vieja caja ignífuga que un niño de tres años habría abierto.
Robinette pensó en su anticuado cuaderno de direcciones. La
tecnología era buena, pero a veces era bueno saber que tú tienes la única
copia de algo. Que no pudiera ser descargado, hackeado o copiado.
—¿Qué encontraste dentro de la caja ignífuga?
—Su colección de cromos de béisbol. Tenía un cromo de Cal Ripkin, Jr,
de novato, que, por muy impresionante que sea, no nos dice nada sobre
donde podría estar ocultando a Mazzetti.
—¿Dónde estás? —le preguntó Robinette, porque no preguntar habría
parecido sospechoso.
—Sentado en un aparcamiento como a trescientos metros de la oficina
de Maynard. Hay un coche patrulla aparcado delante. Imagino que la
alarma de la casa hizo que Maynard enviara a la policía aquí a comprobar.
Tengo que ser honesto contigo, Robbie. La oficina de Maynard parece
malditamente bien protegida.
—¿Cómo así?
—Parece como que podría haber sido un banco en algún momento.
Podría entrar, pero llevaría tiempo. No quiero intentarlo con la policía
sentada fuera delante.
—¿Recomendaciones? —no podía esperar a oír lo que Westmoreland
tenía que decir.
—Hackeamos su servidor y comprobamos sus correos, documentos, tal
vez las facturas que paga. Si está pagando la factura eléctrica de algún otro
lugar además de su casa, ese podría ser donde Mazzetti se está ocultando.
Eso realmente tenía sentido, haciendo que Robinette se sintiera ligeramente
paranoico por englobar a Westmoreland con Fletcher y Henderson.
—¿Puedes hacer eso? ¿Hackear su servidor?
—Si cuento con el tiempo suficiente, sí. Y si no puedo entrar, tiene tres
empleados que sabrán acceder a la información. Son Paige Holden, Alec Vaugh,
es el chico que estaba con él ayer, y Alyssa Moore. Alyssa es la secretaria. Ella
sabría más sobre las finanzas de la oficina y las claves de acceso del ordenador
que los otros dos. Yo empezaría con ella, la haría hablar.
—Suena como un plan. ¿Regresarás aquí a la oficina?
—Puedo. O puedo trabajar desde casa o incluso desde una
cafetería. Podría ser mejor para mí no trabajar desde la oficina. Si la de
Maynard tiene alguna trampa en su servidor, podría rastrear mi IP
hasta mi localización. No quiero conducirle hasta ti.
—Eso sería una mierda —estuvo de acuerdo Robinette. —Bien. Trata
de hackearlo. Mientras tanto, quiero un rastreo de las tarjetas de crédito de
Mazzetti. Si deja la ciudad, quiero saberlo.
—Hecho. Te mantendré al día.
—Una cosa más —Robinette se aseguró que su voz sonaba solo
medianamente curiosa, sin contener nada de su preocupación residual
sobre la lealtad de Westmoreland. —Tengo que preguntarte donde estabas
porque el vehículo que cogiste ya no aparece en mi software de rastreo.
Una corta y embarazosa pausa.
—¿También estás comprobándome a mí, Robbie?
—Por supuesto. A, yo compruebo a todos. B, no llamaste cuando se
suponía. Henderson aún está ahí fuera y –como tú dijiste– representa un
peligro potencial para todos nosotros. Necesito estar seguro de que estás
ileso —Y no comprometido.
—Vale —dijo Westmoreland de mala gana. —Puedo aceptar eso, porque
eso es por lo que inhabilité el rastreador. Henderson también tenía las claves
para el sistema. No quería ser sorprendido, especialmente mientras estaba
irrumpiendo en la casa de Maynard. Piensa en lo que habría sucedido de
haberme encontrado Henderson aquí y me hubiera disparado. Los policías
habrían encontrado mi cuerpo y ¿Dónde les habría conducido eso?
—A mí —dijo Robinette severamente. —Ya debería haber cambiado
esas claves. Deberías habérmelo recordado.
—Lo siento. No lo pensé hasta esta tarde.
—Cambiaré las claves ahora. Llámame cuando entres en el servidor de
Maynard.
Robinette esperó hasta que Westmoreland saliera del aparcamiento y
se alejara antes de sentarse derecho. De todo su equipo. Wes era el mejor
con los ordenadores. Hackear el servidor de Maynard parecía una apuesta
poco probable, pero si alguno de ellos pudiera hacerlo, sería Wes.
Aunque la idea de Westmoreland tenía sentido, Robinette se había visto
sorprendido de que no hubiera sugerido quedarse a esperar en la casa y la oficina
de Maynard hasta que este apareciera. Los policías estaban obligados a
llamar a Maynard, especialmente ahora que había dos cadáveres en la
alfombra de la sala de estar del investigador.
Pero Wes no sabía lo de los cuerpos. Déjale jugar con los ordenadores.
Tú espera a Maynard. Con el tiempo volvería con Mazzetti y cuando lo
hiciera, Robinette le seguiría.
Las fuerzas del orden probablemente ya habrían llagado por ahora. El
informe de ‘ir a almorzar’ que había dado usando la radio del policía muerto
solo le había comprado suficiente tiempo para huir.
El vecindario de Maynard estaba escasamente poblado, muchos acres
entre casas. Significaba que nadie probablemente le había visto antes, pero
también significaba que destacaría como un pulgar dolorido si conducía
hasta la casa. Sería más seguro esperar al final de la calle de Maynard.
Vería a todos yendo y viniendo y podría tener suerte.
Capítulo Quince

Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 13:45

Stevie mantenía los ojos en los dos policías muertos. Por mi causa.
Estaban muertos. La mujer policía que había tomado su lugar anoche
también estaba muerta. Dos inocentes en el restaurante, muertos.
La casa de Clay destruida.
—Lo siento —murmuró, pero Hyatt negó con la cabeza.
—Esto no es tu culpa. La oficial encubierta asesinada anoche no fue tu
culpa. Sabía el riesgo que estaba corriendo. ¿Me entiendes? ¿Me crees?
¿Stevie me escuchas?
Ella asintió, ciñéndose a sus palabras mientras su mirada se pegaba a
la ancha espalda de Clay.
—Te escucho. Te entiendo. Y… —no podía decir que le creía. —
Necesitaba escuchar eso.
Él frunció el ceño, siguiendo la dirección de su
mirada. —¿Maynard te ha dicho algo diferente?
Ella rió huecamente.
—No. Pero él no es exactamente imparcial cuando se trata de mí —al menos
no lo había sido. No la había mirado desde que habían entrado en su casa.
¿Y puedes culparle? ¿Le rompiste el corazón y ahora esto? Esa mirada
golpeada que tenía cuando ese bastardo rompió el jarrón de su madre... y
ese dibujo de Cordelia. Se lo había oído a Izzy, sabía que Cordelia lo había
hecho para él. Sabía que su hija consideraba al hombre un cruce entre
ángel guardián y el Capitán América, pero...
Lo había guardado. En su nevera. Y había gruñido cuando el bastardo lo había
tocado. No creía que siquiera fuera consciente de que había hecho el sonido.
Verdaderamente era un buen hombre. Y le has rechazado ¿Cuántas veces
hasta ahora? De algún modo había sabido que regresaría las otras veces. Pero no
más. Había visto la resignación en sus ojos cuando se había apartado de
ella y dejado sola en esa cama.
Solo soy un tonto que quiso tanto algo que oyó lo que quería oír.
Dios. Quería gritar. Tirarse del pelo y llorar.
—JD me llamó —dijo Hyatt en voz baja, —para decirme que Scott Culp
de AI podría haber filtrado la localización de la casa segura a Rossi.
Ella vio la pregunta en sus ojos y no parpadeó.
—Quiere saber por qué no le llamé. No lo siento, señor. No puedo estar
segura de quien podría estar escuchando sus llamadas.
Su jefe sostuvo su mirada mucho tiempo y Stevie supo que había
adivinado que ya no confiaba en él. La culpa molestaba, pero se mantuvo
firme. Después de otro momento él apartó la mirada.
—JD ya no está vigilando la casa de Culp —dijo. —Está Bashears.
Las cejas de Stevie se dispararon hacia arriba. Bashears era uno de los
otros detectives de homicidios bajo las órdenes de Hyatt.
—¿Por qué?
—¿Hay algo malo en que enviara a Bashears?
Ella entendió lo que estaba preguntando. ¿Tampoco confías en Bashears?
No, no lo hacía. Lo cual era un poco hipócrita de su parte. Bashears había sido
compañero de Elizabeth Morton, una de los polis sucios de Stuart Lippman. Una
pequeña parte de ella quería gritar, ¿No sospechaste nada?
Sabía que un montón de polis aún decían eso de ella respecto a Silas
Dandridge. Bashears había sido exhaustivamente investigado por AI, justo
como Stevie. Por supuesto, la integridad de AI estaba lejos de ser un hecho
en este punto, así que su sello de aprobación en Bashears significaba poco.
—Bashears está bien —dijo finalmente. —Es solo que pensé que JD
iba a quedarse a vigilar.
—JD lo ha estado. Pero entonces Rossi despertó y JD fue al hospital a
interrogarle.
Los ojos de Stevie se abrieron ampliamente.
—¿Rossi está despierto? ¿Ha dicho algo?
—Aún no. JD probablemente acabará de llegar al hospital —Hyatt miró
a la izquierda cuando Quatermaine se aproximó. —¿Se los lleva?
Stevie había oído hablar de Quatermaine. La población femenina de la
comisaría estaba toda cotilleando en twiter del nuevo forense. Las mujeres
que en el departamento habían dicho efusivamente que él le daba una
vuelta a Brad Pitt parece ciertamente que no estaban equivocadas.
Alto, delgado, y rubio, le recordaba un poco a Paul. Habría esperado
que le doliera, pero no lo hacía. Habría esperado un estremecimiento de
anticipación, tristeza, algo en su piel. Pero parecía que sus respuestas
físicas solo se disparaban cuando estaba cerca de Clay.
Puedo olerte. Dios. O, parecía, en cuanto pensaba
en él. Quatermaine asintió.
—Tengo a mis mejores técnicos de camino a recoger los cuerpos. Tendré estas
autopsias tan pronto como sea posible, así podrán ser entregados a sus familias.
Hyatt cerró los ojos brevemente.
—Gracias. Iré a hacer las notificaciones cuando salga de aquí.
—Puede decir a las familias que los hombres no sintieron ningún dolor
—dijo gentilmente Quatermaine.
—Eso ayudará —dijo Hyatt. —Gracias.
Quatermaine volvió su atención a Stevie, extendiendo la mano.
—Detective Mazzetti, he oído hablar mucho de usted. Desearía que
nos hubiéramos conocido bajo diferentes circunstancias en el
departamento —hizo una mueca. —Pero, por otra parte, probablemente
nos habríamos conocido sobre otro cuerpo a pesar de todo, ¿no es así?
—Sin duda —Stevie aceptó su mano, el dolor en la parte superior del
brazo la confundió por un segundo. Oh si, la bala de ayer. Parecía hacer un
año. Y se había soltado dos puntos, retozando en la cama con Clay. Lo que
parecía hace un segundo. Se obligó a mirar los cuerpos de Hollinsworth y
Locklear. —Gracias por cuidar de nuestros chicos.
—Siempre —Quatermaine miró a Hyatt con mirada triste. —Y no
envidio su tarea y no puedo mejorarlo, pero con suerte puedo acelerar el
proceso, así pueden empezar a sanar.
Sanar. La palabra golpeó duro a Stevie mientras él se
alejaba. —Yo solía hacer esto —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Hyatt.
—Ayudar a la gente a sanar. O pensaba que lo hacía.
—Lo hacías. Los grupos de duelo que hiciste con policías fueron
uno de los ‘secretos’ más comentados del departamento. He recibido
un gran número de preguntas de policías, esposas, familias,
psiquiatras, todos queriendo saber cuándo empezarán los grupos a
reunirse de nuevo.
—Ni siquiera recuerdo cuando dejé de hacerlos. —
Justo después de Silas —dijo Hyatt en voz baja.
Oh. Claro.
—Supongo que estaba un poco liada después de eso.
—¿Tú crees? —preguntó él secamente y ella se las arregló para
esbozar una rápida sonrisa que al instante se metamorfoseó en lágrimas.
Avergonzada, se dio a si misma una pequeña sacudida.
—¿Quizás debería volver a reunir los grupos?
—Quizás deberías asegurar tu propia máscara de oxígeno antes de
tratar de ayudar a los pasajeros a tu alrededor —respondió Hyatt gentil,
pero firmemente, haciendo que su acuosa mirada buscara la de él. —No es
una orden, Stevie. Solo una sugerencia.
Ella tensó su mandíbula.
—Estás diciendo que debería ver a un
terapeuta. Le lanzó una mirada exasperada.
—No. Te estoy diciendo que deberías ver a un pedicuro. Maldita sea,
Stevie, para ser un policía listo... —puso los ojos en blanco. —Incluso si
esa pierna tuya estuviera al cien por cien, no regresarás a tu puesto hasta
que el psiquiatra del departamento así lo diga.
—Puedo tratar con los psiquiatras —insistió ella, alzando su propia barbilla.
—Porque demasiados de ellos son amigos tuyos, porque demasiados
de ellos respetan tu trabajo en grupos de duelo, ¿crees que te pondrán a
flote? Bzz —imitó el zumbido de uno de esos timbres de los programas de
competencia. — Respuesta incorrecta.
Sus mejillas se calentaron porque eso era lo que ella había estado pensando.
—Lo que sea. De vuelta a Scott Culp filtrando información a Rossi.
¿Qué va a hacer sobre él? ¿Se lo contó al jefe de Culp?
Hyatt exhaló.
—Eres una de las policías más tercas que jamás he ‘comandado’, y
uso ese término a la ligera. Bien, apartaremos el psiquiatra por ahora.
No acudí a AI. Acudí a Yates.
Ella parpadeó sorprendida. Entonces lo entendió. El Fiscal del Estado
Yates era el jefe de Grayson Smith.
—Él sería el indicado para manejar una investigación externa al
departamento de policía.
—Especialmente si AI está comprometido. Lo cual, tristemente, ha
sucedido antes. Yates está abierto a una investigación formal, pero sellada.
Todo muy secreto —él levantó un hombro con una despreocupación que
era totalmente fingida. —Y fisgué un poco. Entré en la página de Facebook
de Carla Culp. Es la ex-mujer de Scott. Parece que acaba de regresar de
un safari fotográfico en África. Y conduce un bonito y brillante Mercedes y
tiene una piedra en su dedo suficientemente grande para sacarte un ojo. El
registro de la propiedad muestra que recientemente cambió su dirección a
uno de los mejores códigos postales en Potomac.
Stevie silbó suavemente, impresionada tanto por la información como
por el hecho de que Hyatt supiera cómo entrar en Facebook. No era el tipo
más inteligente técnicamente.
—¿Se volvió a casar con un rico?
—No se ha vuelto a casar. Culp aún está pagando su pensión.
—Oh —Stevie inclinó la cabeza, pensando. — ¿Cuándo compró la
casa de lujo?
Él sonrió.
—Ahora eres la policía que recuerdo. Cerró la compra de la casa como un
mes después de la caída de Silas y que la lista de Lippman saliera a la luz.
—Culp no estaba en la lista de Lippman. ¿Pero tal vez su ex-mujer
podría probar que debería haberlo estado?
—Exactamente lo que pensaba. Yates está redactando citaciones para
su ex-mujer y sus amiguitos de compras en caso de que no cooperen.
—Me gustaría estar allí cuando sea interrogada. Quiero que ella le ponga
rostro a los crímenes que su marido ha cometido y que ella permitió por no
delatarlo. También quiero estar ahí cuando interroguemos al mismo Scott.
—A mí también me gustaría que estuvieras ahí. Quiero ver si hay algún
remordimiento en los ojos de Culp cuando le contemos que Rossi usó su
información en el intento de asesinato de una niña de siete años.
El estómago de Stevie se revolvió.
—Si me perdona, me gustaría echar un vistazo a la escena del
dormitorio antes de dirigirnos a la casa de Culp.
Se había alejado tres metros cuando la voz de Hyatt llegó tronando a
su espalda.
—Recuerda lo que dije sobre ponerte tú primero la máscara de
oxígeno, Stevie.
—Lo haré —dijo ella asintiendo.

***

Domingo 16 de marzo, 14:05

Sam Hudson se aproximó a la mesa de Dina Andrews en el departamento


de balística con paso pesado y una sensación de condena inminente.
Ella alzó la mirada cuando su sombra cayó sobre el
teclado. —¿Recibiste mi mensaje? —preguntó.
—Sí. El arma que te di esta mañana arrojó una coincidencia.
—Es un caso frío. El estriado coincidía con una bala extraída de un hombre
blanco encontrado flotando en el río Severn en mayo, justo casi hace ocho años.
No pude haber hecho esto. Recordaría haber arrastrado un cuerpo al
río Severn.
La sensación de condena inminente aún pendía
amenazadoramente. —¿Tienes el informe del forense?
—No. Acabo de sacar el informe policial. Tienes que ir a la oficina del
forense para el informe patológico. Sam, ¿estás bien?
—Muy bien —él asintió. —Gracias por hacer esto, Dina.
—De nada —ella le estudió. —Sabes quien te dejó el arma, ¿verdad? —

No, no lo sé. Solo que tuvo que ser alguien que sabía donde yo vivía.
Lo cual era cierto. Habían enviado el sobre a la dirección de
su madre y él había vivido una vez allí.
—Tengo que informar de mis hallazgos, lo sabes. No puedo solo olvidar esto.
—No te pediría eso a ti. Pero ¿puedes darme unos días? Necesito
tener una idea acerca de quien lo dejó para mí. Tengo una buena relación
con los compañeros del vecindario.
—Puedo darte cuarenta y ocho horas. Presentaré mi informe al final de
mi turno del martes.
Sam tomó el informe que ella había
recuperado. —Lo entiendo. Gracias.
Esperó hasta estar fuera del edificio para permitir que sus rodillas se
doblaran. Sentándose en un banco, leyó el informe. El cuerpo había sido
encontrado medio sumergido, enredado en un dique de castor en el parque
estatal. La víctima era un hombre blanco, de aproximadamente cuarenta y
cinco años. Altura aproximada, uno ochenta. Peso aproximado, ochenta kilos.
Se obligó a respirar. Su padre tenía cuarenta y cinco años cuando había
desaparecido. Medía uno ochenta y dos y pesaba más o menos ochenta kilos.
No. No puede ser. No puedo haberlo hecho. Pero ¿y si lo hice?
Había una herida de bala de entrada en la base del cráneo del hombre
no identificado. Quien quiera que hubiera sido el hombre, había sido
ejecutado. No pude haber hecho eso. Lo habría recordado.
Pero no lo recordaba. Había perdido un día y medio. Solamente...
desapareció.
Santo Dios, ¿qué he hecho?

***

Domingo 16 de marzo, 14:15

Aparcado detrás de una vieja gasolinera al final de la calle de Maynard,


Robinette miró pasar la furgoneta del forense, con los cuerpos de los policías
muertos dentro, presumiblemente. Con suerte Maynard ya habría aparecido. Con
suerte tendría a Mazzetti con él. Solo se habían ido dos vehículos, el forense y la
camioneta perteneciente a la compañera de Mazzetti, Paige Holden. Lo último lo
sabía porque había usado los minutos que había estado esperando para
hacer un pequeño reconocimiento, según la vieja escuela.
Dejando el Tahoe detrás de la gasolinera, se había deslizado a pie entre los
árboles, aventurándose solo lo suficientemente cerca de casa de Maynard para ver
las placas de matrícula de cada vehículo aparcado fuera con sus binoculares. De
vuelta en el Tahoe, había repasado todas las matrículas. Como esperaba, la
mayoría estaban registradas por la ciudad o agencias federales. Unas pocas eran
de propiedad privada, ninguna de Maynard. Pero si la forma en que el tipo había
ocultado su casa bajo capas de corporaciones ficticias era un indicativo, el
investigador no habría registrado su coche a su propio nombre para empezar.
Robinette cruzó los dedos para que Maynard estuviera en uno de los
vehículos. Si no lo estaba, era solo cuestión de tiempo que regresara a
casa a verificar los daños.
Un momento más tarde, pasó un sedán – el teniente Peter Hyatt, jefe de
Mazzetti. Hyatt no llevaba pasajeros, así que Robinette se quedó donde estaba.
Siguiendo a Hyatt había un Escalade negro, con ventanillas tan oscuras
que no podía ver quien había dentro. Robinette se enderezó. Como había
hecho su trabajo sobre Stevie Mazzetti, Robinette sabía que dos de sus
amigos conducían Escalades – el Agente Carter del FBI y Grayson Smith
de la oficina del fiscal. Ambos la habían visitado en el hospital y en su casa.
El Agente Carter fue el primer investigador del trabajo de Henderson en el
restaurante. También debía ser el primero en estos homicidios porque aparcado
delante de la casa de Maynard había un Chevy Suburban, registrado a nombre
de Ford Elkhart, el hijo de la ayudante del fiscal adjunto Montgomery. Quien, de
acuerdo con las fuentes de Robinette, era la nueva novia de Carter.
Era improbable que Carter estuviera en el Escalade negro. No
significaba definitivamente que Maynard estuviera pero las posibilidades
eran mejores que buenas. Siguiendo su instinto, Robinette puso el Tahoe al
ralentí y salió a una discreta distancia detrás de ellos.

***

Domingo 16 de marzo, 14:15

—Lo siento —dijo Stevie suavemente.


Clay miró al asiento del pasajero donde ella estaba sentada mirando por la
ventanilla. Estaban conduciendo desde su casa a la de Culp. Le había
sorprendido cuando se había subido al Escalade, pero Hyatt había resuelto el
misterio.
—La detective Mazzetti ha pedido venir conmigo —había dicho, —pero
creo que estará más segura en el vehículo del Agente Carter. ¿No está de
acuerdo, señor Maynard?
Clay lo hacía, pero no la quería con él. Habría parecido mal rehusar, sin
embargo, especialmente ya que ella ya estaba abrochándose el cinturón,
mientras miraba con ceño a su jefe.
¿No era maravilloso ser amado? pensó Clay amargamente. Ella había
estado en silencio durante la conducción, Lo siento eran las primeras
palabras que había pronunciado.
—No lo sientas —dijo él. —Son solo cosas —pensó en el jarrón, hecho
añicos en la alfombra del dormitorio. Cosas irreemplazables.
—Cosas irreemplazables —dijo ella, haciéndose eco de sus pensamientos.
Aún mirando por la ventanilla. —Pero eso no es por lo que dije que lo sentía,
aunque lo siento por eso también —tomó aliento. —No sé lo que dije para que te
disgustaras tanto conmigo. En el barco, quiero decir. Pero te disgusté y no
merecías eso. Así que lo siento. Después estaba frustrada y... avergonzada, y
arremetí contra ti. Así que también lo siento por eso. Tampoco merecías eso.
—No tienes nada que sentir —dijo él en voz baja, incluso aunque
dentro de él chillaba un tornado. —Fuiste honesta conmigo desde el
principio. Yo fui el que trató de cambiar las manchas del leopardo.
Ella se movió en su asiento y él pudo sentir su
mirada. —¿Qué significa eso?
—Tú no quieres una relación. Fuiste clara en ese punto. No sé si eso quiere
decir con cualquiera o solo conmigo. Para siempre o solo por ahora. Pero eso no
importa. Traté de hacerte cambiar de idea. Estaba equivocado al intentarlo.
—No te equivocaste al intentarlo. Solo escogiste a la chica equivocada
—su voz era ronca y abruptamente se giró de nuevo a la ventanilla. —Tú...
no lo intentarás de nuevo, ¿verdad?
Era una declaración, no una pregunta, llena de una certeza desolada
que le rompió el corazón una vez más.
—No. Tienes mi palabra.
—Yo no... —su voz se rompió. Le había ocultado la cara, pero él
pudo oír las lágrimas. —No te apartaré de Cordelia. Estará tan a
menudo donde Daphne como pueda llevarla allí. Tienes que saberlo.
Fue el dibujo, entendió. Se había sorprendido tanto al verlo en su
refrigerador. No estaba seguro de que incluso ahora hubiera calado en ella
que el primer intruso lo había convertido en un mensaje. Ella era un
objetivo y seguirían viniendo hasta que ella cayera.
Sobre mi cadáver. Eso no había cambiado.
—Gracias —dijo él. —Es una dulce criatura. Aprecio eso —aunque no
creía que fuera a seguir viendo a Cordelia después de esto. Con el tiempo
se le rompería el corazón en pedazos.
Volvieron al silencio, el zumbido de las ruedas en la carretera y el
silencioso llanto de Stevie sofocado por el incesante latido en su propia
cabeza. Había empezado como una sorda punzada cuando había paseado
por su arruinada casa, pero ahora apenas podía pensar en el dolor.
Cuando vio una farmacia metió el Escalade en una plaza de
aparcamiento justo junto a la puerta.
—Tardaré cinco minutos o menos. Mantén la cabeza agachada. Lo
digo en serio —salió de un salto y cerró.
Pero pasaron diez minutos antes de que regresara, la mitad de los
cuales los había pasado mirando la estantería de los condones. Finalmente
había elegido una caja, echándola en su cesta severamente. Había perdido
suficiente tiempo en Stevie Mazzetti. Tan pronto como esto hubiera
acabado, planeaba conocer a alguien nuevo y no iba a usar esos
desagradables condones con sabor a chocolate que de alguna manera
habían acabado en el cajón de la mesilla de noche del barco.
Paige tenía amigas que podía presentarle y Daphne había estado
tratando de conseguir que se fijara en una de las agentes del VCET
durante semanas. Lou probablemente tenía una lista completa de
posibilidades, también, con fotos. Elegiría una y empezaría de nuevo.
La cura para la resaca, después de todo. Pero incluso mientras los
pagaba, sabía que no iba a usarlos. Sabía que no permitiría que ninguno
de sus amigos le citara con otras mujeres. Sabía que tiraría la caja cuando
topara con sus ex, probablemente sin abrir.
Deslizó la bolsa de plástico con los condones en su bolsa del gimnasio,
después lanzó la bolsa con casi todo lo demás que había comprado sobre el
salpicadero junto al asiento del conductor. Sentándose detrás del volante,
encontró el analgésico y dos botellas de agua. Cogió cuatro de las malditas
píldoras, después pasó el frasco de las píldoras junto con una de las
botellas a Stevie.
—Para tu cabeza.
Ella cogió la medicina
agradecida. —¿Cómo lo sabías?
—Todo ese llanto tiene que haberte dejado con dolor de cabeza —le
entregó el bastón que también había comprado. —Ajustable en altura. Sin
brillo. Hay un lata de acabado mate en la bolsa así podemos evitar que
seas un faro. Las otras cosas de allí son tuyas también.
Ella fisgó dentro de la bolsa.
—Pañuelos y una barra Hershey —rió triste con un jadeo. — Y una
bolsa de verduras congeladas para mi cara. Pensaste en todo.
Puso el Escalade al ralentí. Sí. Era tan malditamente considerado, que
se provocaba vomito a sí mismo.
—No había guisantes. Solo tenían brócoli con salsa de queso en esas bolsas
individuales para microondas, pero tendrán que valer. Vayamos a donde Culp —
Cuanto antes taponaran todas esas filtraciones en la BPD y pillaran a quienes
querían a Stevie muerta, antes tomaría su propio camino. Hacia la próxima mujer.
La idea realmente le hizo querer vomitar.
Para el momento en que se detuvo en la acera de Culp, el latido en su
cabeza se había encontrado con su estómago revuelto y se hicieron amigos
rápidamente. Le dolía el cuerpo, pero había superado cosas peores. O eso se
dijo mientras ayudaba a Stevie a salir del Escalade. Stevie quería estar allí
cuando Hyatt confrontara a Culp, lo que era su derecho.
Clay estaba allí porque había prometido vigilar su espalda. No
pretendía echarse atrás ahora.
Hyatt salió de su coche, el ligero ceño de su cara profundizándose
cuando vio la cara de Stevie.
—¿Estás bien?
—Seguro, espléndida. ¿Dónde está el detective Bashears?
—Aparcado en la siguiente manzana así puede mantener un ojo en la puerta
trasera de Culp. Acabo de enviarle un mensaje de que vamos a llamar y que
debería estar listo en caso de que Culp trate de escapar —colocándose el
abrigo, Hyatt arrancó hacia el camino de entrada. Stevie le siguió y Clay a
la zaga, escudándola solo por si sus intrusos estaban esperando.
Clay no veía amenazas obvias escondidas, pero veía policías de paisano.
—¿Cuántos hombres tiene vigilando, Hyatt? —preguntó cuando
estuvieron en el porche delantero.
—¿Cuántos ha contado? —preguntó Hyatt, su agarre en el llamador
puso blancos sus nudillos.
—¿Qué, chicos malos o policías de
paisano? —Cualquiera. Ambos.
—Tres polis de paisano sentados en coches sin distintivos. Un rifle en
el tejado de la casa al otro lado de la calle. Y la señora con el cochecito.
—Di a la mujer —añadió Stevie, —que sería más creíble como madre
si mirara al cochecito de vez en cuando con algún ‘Gu-gu, gaga’.
—Me aseguraré de que ella reciba la sugerencia —Hyatt llamó fuerte.
— ¿Seguro que no quiere trabajar para mi, Maynard?
—Muy seguro —tan pronto como esto acabara, planeaba correr tan
lejos del Departamento de Homicidios de Baltimore tan rápido como sus
piernas le llevaran.
—Pensé que esto era secreto, Hyatt —dijo Stevie.
—Lo es. Esos no son mi gente. Con los dos policías muertos en el
suelo de la sala de estar y la muerte de la oficial en la casa segura anoche,
el Asistente del Fiscal Yates no quiere dar oportunidades. Son policías
estatales de Maryland. La mamá del cochecito es su teniente.
Cuando nadie se movió dentro de la casa, Hyatt golpeó de nuevo, más alto.
—Culp, soy Hyatt. Abre —pero nadie vino a abrir la puerta y los
segundos se convirtieron en minutos.
—La TV está encendida —dijo Stevie. —Y vi un coche aparcado en el
garaje cuando pasamos.
—Hay persianas en las ventanas —dijo Clay. —¿Cómo viste el interior
del garaje?
—Soy baja. Desde mi ángulo pude ver entre las lamas. Es una
furgoneta marrón.
—Culp conduce una —dijo Hyatt. —Una vieja Dodge Caravan.
—Podría ser un señuelo —murmuró Clay. —¿Tiene una orden para
entrar en la casa?
—Aún no —dijo Hyatt. —Estamos esperando a que el juez la firme. Esa
es la otra razón para la cobertura estatal. Si es culpable, no queremos que
se entere de ello y escape.
Clay se agachó detrás de las azaleas para poder echar un vistazo bajo
la persiana de la ventana, entonces siseó un juramento.
—Si ese es Culp, no va a escapar a ninguna parte. Alguien está
sentado en la butaca reclinable frente al TV. Puedo ver la punta de la bota
de un hombre y un montón de sangre en la alfombra.
—Mierda —Hyatt hizo tres rápidas llamadas, la primera para pedir un
equipo de urgencias y la segunda a la mujer con el cochecito. Rápidamente
ella se dirigió hacia ellos en una rápida carrera, con su equipo detrás de
ella. La tercera fue a Bashears, diciéndole que se uniera a ellos.
—¿No se acercó JD a la casa para mirar dentro? —preguntó Stevie.
—No —Hyatt apretó la mandíbula. —Quería, pero Yates no quiso mostrar
nuestra mano prematuramente y quería que yo fuera quien confrontara a Culp.
Estaba de camino aquí cuando recibí la llamada sobre Hollinsworth y Locklear.
Cuando Yates se enteró, insistió en la cobertura estatal antes de que
entráramos. Este es un barrio familiar. Necesitamos evitar daños colaterales.
—¿Teniente Hyatt? —preguntó la mamá del cochecito. —
Culp está o herido o muerto —señaló la puerta. —Ábrala.
Dos policías estatales patearon la puerta y la mamá del cochecito lideró
la entrada, con el arma a un lado. Su equipo se desplegó y unos segundos
más tarde dieron la señal de todo libre a Hyatt.
—Está muerto —ella se puso un guante y tocó el brazo de Culp. —
Cerca del rigor completo. Probablemente lleva muerto de diez a doce
horas. El forense puede decírnoslo con seguridad.
Hyatt hizo otra llamada, cancelando la ambulancia y reclamando al
forense. —Teniente Levine, esta es la detective Mazzetti y su...
—Guardaespaldas —proporcionó Clay tensamente. Junto a él, Stevie
se encogió.
Levine le dirigió una mirada especulativa antes de volverse a Stevie.
—Después de los recientes atentados contra su vida por oficiales
del DPB, no puedo decir que la culpe por externalizarse, detective.
Clay se movió para poder mirar detrás de Levine. Scott Culp estaba
desplomado en su butaca reclinable, caído a la derecha con un agujero de
bala en la base del cráneo.
—Hace de diez a doce horas fue poco después de que Rossi asesinara
a la oficial Cleary en la casa segura —dijo Clay. —Esto fue una ejecución.
—Alguien está atando los cabos sueltos —agregó Stevie. —Pero no
fue Rossi. Estaba en el hospital. Podrían haber sido Cosa Uno o Cosa Dos
desde casa de Clay. O el tirador del coche. O el del restaurante —cerró los
ojos cansada. —O cualquier otro que me quiera muerta.
—¿Cosa Uno y Cosa Dos? —preguntó Levine.
—Se lo explicaré —dijo Hyatt. —Primero déjeme tomar esta llamada —
respondió a su móvil, después se quedó inmóvil. —¿Estás seguro, JD? —sus
hombros se hundieron. —Entonces tráelo. Me reuniré contigo en interrogatorios.
Lentamente Hyatt colgó y guardó su teléfono. Parecía haber envejecido
veinte años en los últimos veinte segundos.
—Teniente Levine, ¿le importaría hacerme el favor de enviar a dos de su
equipo a casa de Carla Culp en Potomac y escoltarla a mi comisaría?
Necesitamos saber qué sabe sobre las pasadas actividades de su ex-marido.
—Haga que su asistente nos envíe la dirección y nos pondremos a ello
—dijo Levine. —¿Está usted bien?
—Estoy bien —dijo él. —Yo tengo la dirección de la señora Culp. Se la
enviaré en un mensaje. Perdóneme —se alejó un paso del cuerpo de Culp
e hizo otra llamada. —Carter, soy Hyatt. Necesito a Brodie aquí donde
Culp. Ayer. Y esos dos agentes que tienes preguntando a los vecinos de
Maynard?... si, Novak y Coppola. Haz que contacten con JD Fitzpatrick.
Necesita su ayuda. Fitzpatrick tiene la dirección. Gracias, Carter.
Stevie caminó hacia Hyatt, puso la mano en su
brazo. —¿Qué ha sucedido?
El suspiro de Hyatt fue pesado.
—Rossi despertó, se dio cuenta de que le habían pillado asesinando a
un policía y decidió cooperar. Dijo a JD que no había visto u oído nada de
Scott Culp en años.
—Está mintiendo —dijo Stevie. —Culp le avisó sobre la casa segura.
Culp tenía acceso a la información. Y Culp está muerto. Rossi está
mintiendo, de otro modo, Culp aún estaría vivo.
—Él tenía acceso, pero Culp no es quien advirtió a Rossi. No sé por
qué Culp está muerto, pero no tiene nada que ver con la casa segura.
Teniente Levine, ¿puede asegurar esta escena hasta que la Agente Brodie
del CSU de VCET llegue? Vamos a tener que decidir quien tiene
jurisdicción sobre la investigación del asesinato del Sargento Culp.
—¿A donde va? —preguntó Stevie mientras Hyatt arrancaba hacia la puerta.
—A notificar a las familias de Hollinsworth y Locklear —Hyatt parecía
derrotado.
—Señor. ¿Qué más le contó JD?
Hyatt hizo una pausa, con la mano en el
picaporte. —Rossi dijo que la filtración vino de mi
asistente. Stevie contuvo el aliento, palideciendo.
—No. Está mintiendo. No hay modo –
—Sí, lo hay, detective —soltó Hyatt. —Ahora, si me perdonan —se giró
sobre los talones y dejó la casa de Culp, dirigiéndose a su coche.
Stevie arrancó tras él, apoyándose sobre su bastón negro.
—Señor. Teniente —Hyatt siguió caminando y ella continuó siguiéndolo. —
Peter. Maldición, pare. Por favor.
Hyatt se detuvo cuando llegó al coche que había dejado aparcado en el
bordillo. Stevie le alcanzó, agarrando su brazo y tirando de él para que la mirara.
Clay la había seguido y ahora se elevaba sobre ella, proveyéndole de
la cobertura que ella había abandonado por si misma.
—Stevie, no puedes estar aquí fuera en campo abierto. Vamos.
Stevie le permitió tirar de ella, pero mantuvo sus ojos en la cara de
Hyatt mientras Clay la apresuraba hacia el Escalade.
—No crea a Rossi. No puede.
—No quiero hacerlo —ladró Hyatt. —Pero lo hago. Dejé caer miguitas
de pan, dando diferente información a unos pocos individuos seleccionados
porque necesitaba saber en quien podía confiar. Rossi sabía algo que solo
había contado a una persona.
Stevie se tambaleó.
—¿Sospechaba de su asistente? ¿Sospechaba de Phil?
—¡Sospechaba de todos! —gritó Hyatt con amargura. —Alguien,
múltiples alguien han tratado de matarte en múltiples ocasiones. Así que
sospechaba de todos. —con eso se subió a su coche, ejecutó un giro en U
en la calle, y salió en la dirección opuesta, dejando a Stevie con la boca
abierta y respirando pesadamente. Atónita.
Clay la levantó al peso, metiéndola en el SUV.
—Entra, maldita sea —cerró la puerta de golpe y corrió rodeando al
lado del conductor, intensamente consciente de que en cada lugar que
encontraban un cuerpo significaba que alguien que tenía a Stevie en su
punto de mira había estado allí primero.
Una manera infernal de sacarla a campo abierto. Abrió la puerta del SUV.
—Tienes que empezar –Stevie se lanzó sobre él, agarrando el cuello
de su camiseta, hundiéndose bajo la columna de dirección y tirando de él
con ella– justo mientras la ventanilla del pasajero saltaba en añicos. Un
escaso segundo después una ráfaga de dolor bajaba por su espalda. Él fue
lanzado hacia adelante, golpeando la frente contra el volante.
Él era consciente de ella moviéndose, arrastrándose hacia su lado
del coche. —¡Entra! —gritó ella.
—¡Agáchate! —ladró él, pero fue demasiado tarde. Stevie chilló,
presionando su mano contra su costado. Clay se lanzó detrás del volante,
echándola al suelo mientras cerraba su puerta de golpe. —¿Te ha dado?
—Estoy bien. Dio en el chaleco —le mostró su mano. —Sin sangre.
Solo un arañazo.
—¿Cómo supiste que estaba ahí?
—El francotirador estatal cayó del tejado. Supuse que el tirador estaba
oculto detrás de la casa de al lado y se levantó rápidamente. Eso le daba
un tiro limpio hacia nosotros.
Si no hubiera tirado de él hacia abajo, la bala que había transformado la
ventanilla del pasajero en miles de añicos de cristal habría ido hacia su cabeza.
Estaría muerto.
Clay se agachó, maldiciendo cuando vio la calle sin salida unas pocas
casas más adelante.
—Sin salida. Podemos quedarnos aquí o dar la vuelta y conducir más
allá de la casa de Culp de nuevo y salir de aquí.
—Aún estamos a su alcance si esperamos aquí. Supongo que vamos a
averiguar lo realmente resistente a las balas que es el coche de Joseph.
—Supongo que lo haremos. Aguanta, cariño. Esto podría no ser divertido.
Capítulo Dieciséis

Baltimore, Maryland. Domingo 16 de marzo, 15:00

Clay hizo un giro en U, lanzando el cuerpo de Stevie contra la pared


del SUV. —¿Estás bien? —le preguntó ella con urgencia.
—Eso creo. La segunda vez en dos días que algún bastardo me
dispara en la maldita espalda.
—¿También llevas un chaleco? —preguntó ella y él asintió.
—Lo cogí del armario de mi dormitorio cuando Brodie nos hizo el gran
tour de los restos que solían ser mis cosas —encogió su cuerpo, tanto que
apenas era capaz de ver sobre el volante.
Él pisó a fondo.
—Allá vamos, pasamos la casa de Culp.
Stevie se preparó para más tiros, aún así se encogió cuando llegaron.
Su lado del Escalade recibió los tiros, dos en la ventanilla delantera y uno
en el parachoques trasero.
Clay mantuvo el pie en el acelerador, relajando su cuerpo para ver
mejor por el parabrisas. Entonces se agachó de nuevo cuando la ventanilla
trasera recibió el impacto final.
—Diría que el auto de Joseph se portó bien —dijo Stevie. El cristal se
había agrietado alrededor de los puntos de impacto, pero las ventanillas
habían permanecido intactas. —Le daría cuatro estrellas y media sobre cinco.
Él se rió.
—Lo siento —dijo. —Es la adrenalina. No sé tú, pero estoy cansado de
que me disparen.
Ella se enderezó en su asiento y se puso el cinturón de seguridad.
—Yo también —tocó ligeramente la espalda de Clay, aliviada cuando
sus dedos salieron limpios. —Tampoco tú estás sangrando.
—Siempre es bueno saberlo.
—¿Viste si el francotirador se estaba moviendo?
—No, pero uno de los chicos de paisano se estaba moviendo alrededor de las
casas, hacia él. Saben que ha caído. Estoy seguro que ya han llamado por ayuda.
—Hyatt tiene que saberlo —dijo, marcando el número de su jefe.
—Quiero saber que está pasando con su asistente —dijo Clay.
—Déjame llamarlo, y después te lo diré. Tengo que decir que ese
estallido suyo al final me convenció de que está limpio.
—A mí, también —Clay
admitió. Ella alzó un dedo.
—Espera, está sonando.
—¿Qué es, detective? —preguntó Hyatt, sonando infeliz de que le
hubiera llamado.
—Acaban de dispararnos a Clay y
a mí. —¿Qué? ¿Cuándo?
—Justo después de que se fuera. Clay me había metido en el SUV
cuando el francotirador de la policía estatal en el tejado cayó. Clay fue
alcanzado en el hombro derecho y yo en las costillas, pero ambos
llevábamos chaleco. No sangramos pero tenemos que ser chequeados. No
sé el estado del tirador de la policía estatal.
Clay le dirigió una mirada fríamente severa.
—No. Yo no necesito ser chequeado.
—Sí. Lo necesitas. Podrías tener una escápula fracturada. Y se me saltaron
dos puntos de la diversión de ayer con pistolas —realmente se lo había hecho
cuando habían estado en la cama antes, pero no iba a mencionar eso ahora. —
Teniente, ¿puede conseguirnos una entrada segura a urgencias?
—Por supuesto. Llamaré a Levine para saber sobre el estado de su
francotirador y tendré la entrada a urgencias lista para vosotros. Stevie,
siento haberte gritado. Este asunto con Phil me tiene confuso. No planeaba
atraparle. Realmente no sospechaba de él específicamente.
—Tal vez no es cierto, señor. Tal vez Rossi miente.
—No. JD no creyó a Rossi al principio, pero Rossi dijo que lo demostraría. Dijo
a JD que consiguiera el teléfono que le habían quitado, que tenía mensajes de voz
y de texto de su fuente. Cuando JD llamó al laboratorio y pidió que lo verificaran,
le dijeron que no podían encontrar el teléfono. No había otros objetos
desaparecidos de la persona de Rossi o de su vehículo.
—Eso no quiere decir que Phil lo cogiera.
—Phil estuvo en el laboratorio esta mañana, Stevie. Les dijo que iba a
recoger un informe por el que yo había preguntado. Pero yo no había
preguntado por nada. JD está de camino a donde Phil ahora. Si encuentra
el teléfono, tendremos la prueba.
—¿Y si Phil tiró el teléfono de Rossi?
—Entonces buscaremos en su casa el teléfono que usó para hacer la llamada.
Te lo haré saber después de notificar a las familias de Hollinsworth y Locklear.
Repentinamente exhausta, Stevie colgó y se derrumbó en el asiento.
—No soy estúpida, pero sigo haciendo cosas estúpidas como
permanecer en la calle donde la gente puede dispararme.
—Estás aturdida —dijo Clay. —¿Por qué? ¿Quién es el asistente de Hyatt?
Ella dudó, después se encogió de hombros. Lo averiguaría más pronto
o más tarde.
—Phil Skinner.
La mirada de Clay se giró de repente para centrarse en su cara.
—¿Skinner? ¿El Skinner que era detective de homicidios hace dos
años? ¿El tipo que fue herido por el asesino de Nicki?
—Ese mismo.
—Mierda —murmuró, sacudiendo la cabeza en negación. —Maldición.
¿Cómo pudo traicionarte?
Stevie suspiró.
—No es el mismo hombre que era hace dos años, Clay. El dolor y la
pérdida pueden cambiar a la gente. Pero yo no habría esperado esto de él.
—Pérdida y dolor —negó de nuevo con la cabeza. —Esto es por mi...
—se interrumpió antes de decir culpa. —Yo causé su dolor y su pérdida.
Yo. No puedo creer esta mierda.
—Tú no le disparaste hace dos años, Clay. Y tú no eres responsable de
su cambio.
—Yo no apreté el gatillo. Pero aún es mi culpa. Si te hubiera dicho quien mató
a Nicki cuando viniste a preguntar... —estaba temblando, sus nudillos estaban
blancos al agarrar el volante. —Podrías haber cogido a ese hijo de puta
antes de que disparara a Skinner.
Dos años antes, Phil Skinner había estado cuidando de la esposa de JD,
Lucy, quien había sido víctima de un psicópata, inclinado a la venganza.
Después de asesinar a la antigua compañera de Clay, Nicki, el hombre había
agarrado a Lucy. Cuando Skinner le había perseguido, el asesino había
disparado, hiriéndole gravemente. JD había matado al tirador, pero
demasiado tarde para ayudar a Skinner. Había estado de baja durante meses
antes de volver a un trabajo de oficina, sin recuperar nunca toda su fuerza.
Stevie ahora sabía cómo se sintió.
—No sé si habríamos atrapado al asesino de Nicki antes de que
disparara a Skinner, y tú tampoco —dijo ella sin entonación. —No sabías a
cuanta gente había asesinado ese gilipollas.
—Sabía que había asesinado a una. Eso debería haber sido suficiente.
Debería haber avanzado.
—Debería, podría —dijo ella con tristeza. —Aún juego a ese juego.
Nunca puedes ganar.
Él le dirigió una aguda mirada de soslayo.
—Tú no tuviste nada que ver con el tiroteo de Skinner.
—No. Pero tuve todo que ver con que le dispararan a
mi hijo. Él parpadeó.
—¿Qué?
—Era mi noche de recoger a Paulie pero estaba trabajando hasta tarde
tratando de acabar todos mis informes antes que coger la baja por
maternidad. Pedí a Paul que le recogiera de la guardería. Por eso es por lo
que ambos estaban en esa tienda de 24 horas esa noche.
—Stevie... —él sonaba devastado. —Eso no tiene comparación con lo
que yo hice.
—Sí, bien, mi cerebro elige disentir. De todas formas, ‘podría, debería', es un
juego al que no puedes ganar. Me diste la información que poseías cuando te diste
cuenta del alcance de los crímenes de este tipo. Eso tiene que ser suficiente.
—No lo es. Supe la noche antes quien había asesinado a Nicki.
Debería haber avanzado.
—Vale, bien. Si, deberías. Pero incluso si lo hubieras hecho,
probablemente no lo habríamos arrestado de inmediato. Y de veras,
Skinner estaba fuera de juego ese día. Había estado levantado toda la
noche con un bebé enfermo. Lucy fue apartada cuando le dijeron que
alguien a quien quería estaba herido, pero Skinner debería haber sido
capaz de alcanzarla. Que ella corriera más deprisa que él fue revelador.
—Para empezar Lucy no habría corrido al peligro si hubiera sabido lo
que yo sabía.
—Cierto. Vale, tú ganas, tal vez puedas ganar el ‘debería, podría’. Pero
incluso si fueras responsable por el tiroteo de Skinner, no eres responsable
de que él filtrara información a Rossi.
—¿Por qué lo hizo?
—No lo sé. Supongo que tendremos que hacerle esa pregunta cuando
JD le traiga.
—JD también va a estar en conflicto. Skinner recibió un disparo
cuidando de la esposa de JD... esto es un desastre.
—Creo que eso es por lo que Hyatt pidió a Carter que enviara a sus
dos agentes.
—Novak y Coppola.
Stevie asintió.
—Sabía que esto desgarraría a JD. Él estaba bastante disgustado
cuando la esposa de Skinner le dejó y se llevó al bebé con ella.
Clay apretó la mandíbula.
—¿Su esposa también le dejó? ¿Cuándo? ¿Por qué?
—Como hace unos ocho meses. Como dije, Phil no es el hombre que
era. Regresó a un servicio liviano, pero solo parecía enfadado. Huraño —
ella miró su bastón. —Puedo entender porqué. Ser herido en el trabajo y no
poder regresar a plena actividad... Está matándome a mí, Clay. Creo que a
él le estaba comiendo por dentro.
Él estuvo en silencio un largo momento.
—Esa es la otra razón por la que has estado hurgando en los viejos
casos de Silas. Te hace sentir como una policía de nuevo.
—No soy tan difícil de desentrañar, supongo.
—Yo no diría tanto así —murmuró él. —¿Y ahora qué? ¿A donde vamos?
—A urgencias —dijo ella, entonces vio las comisuras de su boca
alzarse con risa resignada. Él no había querido referirse a justo ahora,
ella se dio cuenta. Debía estar refiriéndose al caso. Porque no quiso
decir nosotros. Conseguí lo que quería. Ya no hay más nosotros.
Ella se aclaró la garganta.
—¿Y después de urgencias? Tenemos que averiguar quien mató a
Culp. Porque quien quiera que le matara, de algún modo adivinó que iría a
hablar con él porque estaba esperando. ¿Cómo sabía eso? ¿Cómo supo
que yo estaría allí? Sabemos que Rossi no lo contó.
—Ahora esa es una maldita buena pregunta. Nadie debería saber que
tú estarías allí —su mandíbula se endureció aún más. —Solo lo sabía
Hyatt. Vosotros dos estabais susurrando en la esquina. Nadie más lo oyó.
Ella suspiró.
—Lo sé. Maldición. Odio preguntar sobre él, pero tengo que hacerlo —
se apretó el puente de la nariz. El dolor de cabeza por la llantina había
empezado a desvanecerse, pero ahora estaba de vuelta. —Volviendo a tu
teoría sobre la irrupción en tu casa... si alguien estaba esperando a que yo
regresara, podría habernos seguido. Entonces también podrían haber sido
uno de los dos tipos que estuvieron en tu casa.
De nuevo sus labios se curvaron.
—¿Cosa Uno y Cosa Dos?
—Soy una mamá. El Dr. Seuss es un clásico. Cordelia adora El Gato
en el Sombrero, pero mi favorito era Huevos Verdes y Jamón.
—¿Y Paulie? —preguntó amablemente. —¿Cuál era su favorito?
Su corazón se saltó un latido mientras tomaba un súbito aliento
doloroso, recordando.
—Paulie era más un chico de ‘Hay un molinillo en mi bolsillo’.
—Mi madre también me leía ese. Déjame pensar... mis favoritos eran
5
‘noothgrush on my toothbrush’ y el ‘vug under the rug’ .
—Lo siento —ella se obligó a hablar con voz ligera. —El ‘vug’ fue
lanzado debajo de la alfombra cuando reimprimieron el libro en los noventa.
Algunos de los monstruos que más asustaban fueron eliminados.
5
- libros infantiles del Dr. Seuss.
—Hmm —gruñó él. —Malditos censores. Bien, Cosa Uno y Cosa Dos
son mejor que Mochila y Cabrón, que es como les había estado llamando.
Ella resopló, cubriéndose la boca con la mano.
—Me gustan más los tuyos —se volvió a estudiar su perfil. —Gracias
por preguntar por Paulie. No mucha gente lo hace.
Él pareció confundido por eso. —
Tus padres debieron. Tu familia.
—No, no realmente. Mi familia adoraba a Paul y Paulie, pero cuando
desaparecieron, se suponía que yo seguiría adelante. Barbilla alta. No
pienses en el pasado. Es por eso por lo que me gustan tanto mis almuerzos
con Emma. Durante años ella me dejó hablar de ellos y ella hablaba sobre
Will, el marido que perdió. Era mi oportunidad de tenerlos conmigo de
nuevo, durante una hora o dos.
Clay frunció ligeramente el ceño.
—¿Sabían tus padres que te reunías con Emma cada año?
—No. No creo que supieran que habíamos mantenido el contacto. No
me habrían condenado por ello, pero no habrían entendido lo que sacaba
de hablarle sobre Paul. Y Paulie. Mi familia no cree en ‘hablar sobre tus
problemas’. Recoges y avanzas.
—¿Sabía Izzy sobre tu almuerzo con
Emma? —Sí. ¿Por qué?
—¿Quién más lo sabía? ¿Quién más sabía que estaríais en el
restaurante ayer?
—JD ya nos hizo a Emma y a mí esa pregunta, justo después del tiroteo.
—Eso fue antes del tiroteo en tu casa, una policía muerta en la casa
segura, dos policías muertos en la alfombra de mi sala de estar, un cuarto
policía de AI muerto, un francotirador de la policía posiblemente muerto, y
ahora esto —señaló la tela de araña en el cristal. —Así que compláceme y
dime que contaste a JD, si no te importa.
—No es que me importe, es solo que realmente no hay nadie a quien
mencionar. Izzy lo sabía, pero también es hija de nuestros padres. Izzy odia el
conflicto. No habría querido tratar de justificar ante nuestros padres por qué yo
necesitaba ver a Emma para empezar, así que dudo que se lo contara a nadie.
Cordelia lo sabía. El marido de Emma, Christopher lo sabía. Sus padres, también,
supongo, ya que les dejó la información de su hotel en caso de
emergencia. Eso es todo. Quiero decir, ni siquiera se lo dije a JD.
—El restaurante lo sabía.
Stevie tuvo que luchar contra la urgencia de
retorcerse. —No realmente.
—Ustedes hicieron las reservas, ¿verdad?
—Sí, pero... nunca hacemos las reservas bajo nuestros propios
nombres. —¿Por qué no?
—A Emma le gusta su privacidad. Algunas veces se la aproxima alguien que ha
leído uno de sus libros. Siempre es encantadora, porque si son lectores suyos, han
estado de duelo. Pero nuestro almuerzo es especial. Fuera de los límites, ¿sabes?
—Así que ¿bajo qué nombre hicieron la reserva?
—Cambian cada año, dependiendo que quien haga la reserva y qué tuviera en
mente en ese momento. Un año fueron Thelma y Louise. Otro año Lucy y Ethel. El
último año fueron Buffy y Willow porque Emma es fan de Buffy, Cazavampiros.
Este año... —miró por la ventanilla avergonzada. —Éramos Lara y Sarah.
Sus cejas se alzaron.
—¿Cómo en...? —preguntó, pero por su tono ella supo que lo había
averiguado.
—Vas a hacerme decirlo, ¿verdad? —puso los ojos en blanco. —Croft
y Connor.
Él sonrió.
—¿Lara Croft y Sarah Connor? Estaban listas para pelear, chica.
—Como dije, entiendo lo que le pasó a Phil Skinner. Salí de mi casa
ayer tan malditamente enfadada. Para empezar era el aniversario y mi hija
está teniendo pesadillas. Tengo este maldito bastón, y si eso no es
suficiente, tengo gente tratando de matarme. Así que, si, estaba de humor
para un poco de terminator. Yo era Sarah.
—Te hubiera tomado más como del tipo Lara
Croft. Ella rió disimuladamente.
—Tu sueñas —él se puso serio abruptamente, tensando la mandíbula,
y ella suspiro. Por supuesto que soñaba. Ese era el problema. —Demonios.
Me patearía mi propio culo si mi pierna funcionara bien.
—En otro momento —musitó él. —Mira, podrías pensar que nadie
sabía que ibas allí a almorzar ayer, pero obviamente alguien lo sabía.
Estaban en el tejado, disparándote.
Ella se quedó inmóvil.
—Espera. Yo habría asumido que me habían seguido desde mi casa,
pero si lo hicieron, no podrían haber seguido a Izzy y Cordelia a la granja
de Daphne. Salimos de casa al mismo tiempo y fuimos en direcciones
diferentes. Debía haber dos tiradores diferentes.
—Al menos tenemos tres sospechosos. Mochila, Cabrón y Conductor.
—Y los dos de hoy no pudieron ser Conductor, porque le disparaste. Ninguno
de los tipos de hoy tenía el hombro herido. Así que, vale. Tres sospechosos.
—Si están trabajando juntos, tu e Izzy fuisteis probablemente seguidas
ambas. O... —la miró. —¿Vais a ese restaurante cada año? ¿Al mismo?
—Sí —ella frunció el ceño. —¿Crees que alguien lo sabía? ¿Que han
estado vigilándome todo este tiempo?
—En este punto me inclino a creer que hay dos tiradores diferentes.
Más Rossi. Pero no podemos dejar ningún camino sin explorar. Es de tu
vida de lo que estamos hablando. Y la de Cordelia.
—Lo sé. Ahí está Urgencias. Dejemos que nos revisen y así podemos
regresar al trabajo.

***

Domingo 16 de marzo, 15:20

Robinette giró en una carretera lateral, detuvo el Tahoe en el hombro, y


cerró los ojos.
Lo hice. Ningún policía le había seguido mientras huía del vecindario de Culp,
pero esas eran las únicas buenas noticias. Maynard y Mazzetti habían escapado.
Maldición.
Robinette apretó los dientes. Ese Escalade negro estaba protegido
contra las balas. Había pensado que la tendría. Por fin. Había pensado que
la suerte de Mazzetti finalmente se había acabado.
Pero no. La mujer llevaba una maldita vida encantada. O era
cuidadosa. Lo último tenía más sentido, pero lo primero está pareciendo
más plausible a cada momento y cada fallo.
Debería haber acabado con ella en la farmacia, pero la droguería había
estado en una carretera principal y no había deseado arriesgarse a exponerse.
Realmente había pensado que les tenía cuando se detuvieron en la casa de
Culp. Que ellos sospecharan que Culp fuera la filtración en el DPB no había sido
una sorpresa. Robinette había esperado eso, que es por lo que había dado a
Westmoreland la orden de que se ocupara de Culp esa mañana. La comadreja
de AI habría cantado como un maldito canario para proteger su propio culo.
Había esperado tan pacientemente a que ella emergiera de esa casa...
pero la visión del tirador de la policía en el tejado le había sobresaltado.
Ese fue mi error. Robinette había disparado al tirador sin pensar en el modo
que caería el tipo – y fue la caída del tipo lo que había avisado a Mazzetti.
Lo perdiste, hombre. Perdiste la frialdad. Había estado tan
malditamente enfadado de que Maynard se la hubiera llevado que había
disparado al SUV cuando pasó en su camino de salida.
Y después había estado demasiado ocupado corriendo al Tahoe y
conduciendo como un murciélago saliendo del infierno para escapar de los
compañeros del tirador que salieron de casa de Culp como payasos de un
Volkswagen.
Ahora... Mazzetti y Maynard estaban ahí fuera. Debieron ir al hospital,
pero no podía arriesgarse a seguirlos. Demasiada gente conocía su cara.
Maldición. Si Henderson hubiera hecho bien el trabajo desde el
principio, no estaría ahora en este punto. Aunque Robinette tenía que
admitir sentir un poco de conmiseración con su tirador. Stevie Mazzetti
estaba probando ser condenadamente difícil de matar.
Podrías dejarlo pasar. Irte.
No, no podía. Su búsqueda en los viejos casos de su ex -compañero
había revelado lo que él había sabido desde que la lista ‘contando todo’ de
Lippman había salido a la superficie un año antes – que la lista estaba lejos
de ser completa. Todos los antiguos casos serían ahora revisados, el de
Julie estaba incluido. Era solo cuestión de tiempo.
Otro policía no habría echado un segundo vistazo al caso de Julie porque Levi
había sido acusado del asesinato de Julie, pero Mazzetti había estado determinada
a verle freírse hace ocho años. No podía permitirle hundir sus dientes en él de
nuevo. No podía arriesgarse a que fisgoneara en su factoría como había
hecho antes. Cada vez que se había dado la vuelta ella había estado ahí,
vigilándole. No podía permitirle hacerle eso de nuevo.
Especialmente ahora que estaban preparando la producción de la
nueva fórmula de Fletcher.
No, no podía abandonar. Solo tendría que tener un poco más de habilidad.
Un poco menos de compasión y mucha más rudeza. Era hora de centrarse en
su hija. Si tuviera a la hija, Stevie Mazzetti se arrastraría ante él de rodillas.
Necesitaba encontrar donde había ocultado Maynard a la cría. Sería un lugar
donde el investigador se sentiría a salvo. Las fotos que había cogido del dormitorio
de Maynard eran tan buen lugar para empezar como cualquiera. Demonios, era el
único lugar que tenía para empezar. No había nada más de interés personal en
casa de Maynard – a menos que Westmoreland lo hubiera cogido primero.
Consideró la idea, después la rechazó. Westmoreland era sólido.
Robinette confiaría en él, hasta que Wes le diera una razón para no hacerlo.

***

Domingo 16 de marzo, 16:30

—Eres muy duro con los vehículos, Maynard —dijo Joseph mientras se
aproximaba a Clay, quien permanecía fuera de las cortinas del cubículo en
urgencias. —Primero tu camioneta, después mi Escalade.
La expresión del Federal estaba tan alicaída, que Clay tuvo que
preguntarse lo que había sucedido ahora.
—Lo sé. Solo me alegro que el cristal aguantara. Se astilló pero
aguantó sin partirse.
—Yo también me alegro de que aguantara. Renové el cristal antes de
Navidad. La última vez que me dispararon, el cristal saltó en pedazos.
—Entonces supongo que somos doblemente afortunados —Clay miró
más allá de Joseph al área de urgencias rodeada por personal del hospital.
—¿Cómo está el tirador?
—Se fracturó una pierna y tiene rotura del bazo. Van a mandarle al quirófano
en un minuto o dos. Permaneció consciente lo suficiente para contar a su teniente
que no había visto la cara del tirador. El tipo tenía de nuevo una máscara
de esquí. ¿Están tú o Stevie heridos?
—Tenemos unos pocos arañazos —señaló a su espalda tras la cortina.
—A ella le están cosiendo de nuevo. ¿Por qué pareces tan serio? ¿Qué
más sucedió? —el pánico le alcanzó. —¿Cordelia?
—No, ella está bien —las puertas de entrada se abrieron y dos técnicos de
urgencias entraron empujando una camilla. La camilla estaba tan completamente
rodeada de médicos y enfermeras que solo eran visibles las piernas del paciente.
—Ese es Phil Skinner, asistente de
Hyatt. Un nuevo temor inundó a Clay.
—Pensé que JD y dos de tus hombres fueron a detenerle.
—Lo hicieron —Joseph miró al equipo de urgencias trabajando en
Skinner con objetividad clínica. Pero un músculo de su mandíbula tembló. —
Skinner se disparó a si mismo. JD trató de detenerle, incluso se las arregló
para quitarle el arma de la mano, pero Skinner tenía una de respaldo.
Oh Dios mío.
—¿Está vivo?

—Le trajeron aquí en lugar de llamar a Quatermaine, así que tiene


pulso. Los pulmones de Clay no estaban funcionando
correctamente. —Mierda.
—Lo sé —Joseph agarró el brazo de Clay cuando iba a alejarse. —Me dijeron
que probablemente te culparías. Eso no hará bien a nadie, así que no lo hagas.
—Es fácil para ti decirlo. No pusiste al tipo de
baja. —Tampoco tú —dijo Joseph firmemente.
La cortina detrás de él se abrió. Stevie se estaba bajando de la cama, con
un nuevo vendaje en el brazo. Se apoyó en un carrito para permanecer derecha.
—¿Dónde se disparó? ¿Con
qué? —En la boca con un 38.
Stevie se encogió.
—¿Recuperasteis el teléfono de Rossi que Skinner se llevó del laboratorio?
—Lo hicimos. Había un mensaje en él de Skinner, justo como dijo
Rossi que sería.
Ella encorvó los hombros.
—Realmente Skinner filtró la localización de la casa segura a Rossi
—dijo. — No quería creerlo —entonces frunció el ceño. —¿Entonces
por qué está muerto Culp? ¿A quien fastidió?
—Buena pregunta. Buscamos evidencias en casa de Culp y el laboratorio
está solucionándolo ahora. Lo mismo con la de Skinner. Ambos tipos vivían
como cerdos, así que repasar el montón de cajas de comida para llevar
requerirá tiempo. Pero el botiquín de Skinner estaba ordenado. Y lleno.
—Ni el Tylenol ni el Tums ocupan espacio —dijo Stevie en voz baja.
—Nada tan soso. Skinner parecía estar drogado cuando llegamos allí,
así que el agente Novak buscó en el apartamento de Skinner mientras JD
hacía la reanimación después de que Skinner se disparara. Skinner tenía
píldoras en su botiquín, en los cajones de su cómoda, bolsillos de trajes.
Oxy, Percocet, Ritalin, Adderall.
Clay se frotó la cara con las manos. Analgésicos y estimulantes. Porque
le habían disparado a Skinner. Porque yo no dije nada hace dos años.
—Las píldoras estaban en bolsitas —estaba diciendo Joseph, —no en
frascos de farmacia. Ya no iba a médicos a por recetas. Skinner estaba
comprando en la calle.
—¿Se enteró Rossi? —preguntó Stevie. —¿O era el camello de Skinner?
—No lo sé –aún. Con suerte Rossi se sentirá inclinado a ponernos al
corriente o en la búsqueda en casa de Skinner aparecerá algo que lo explique.
—¿Han informado a la esposa de Skinner? —preguntó ella.
—Hyatt está de camino allí ahora. Ha tenido una tarde ocupada con las
notificaciones.
Ella suspiró.
—Tal vez la esposa de Skinner pueda arrojar algo de luz sobre
esto. —¿Qué dijo antes de apretar el gatillo? —preguntó Clay.
Joseph se encogió de hombros.
—Como dije, parecía estar drogado. Despotricó acerca de cómo
alguien había arruinado su vida: Lucy por hacer que le dispararan, Hyatt
por darle un ‘trabajo caritativo’, JD por darle la espalda, e incluso tú, Stevie,
por fustigar a todos en un frenesí después de que Silas fuera descubierto.
—¿Algo más? —preguntó Clay, sin querer oír la
respuesta. Joseph buscó los ojos de Clay.
—No te mencionó.
—Eso es difícil de creer, ya que yo fui quien hizo que le disparan en
primer lugar.
—Cree lo que quieras, pero JD dijo específicamente que no te
mencionó. Clay asintió, aún no seguro de creerlo.
—Muy bien, entonces. ¿Qué hay del Tahoe? ¿Conseguimos algún
resultado de la matrícula que sacamos de mis cámaras de seguridad?
—Robada esta tarde temprano de un coche aparcado en la estación —
Joseph alzó las cejas. —Pero alguien a dos calles de la casa de Culp describió
un Tahoe color arena alejándose a toda velocidad después del tiroteo.
—Mochila —dijo Stevie con satisfacción. —Sabemos que mató a los
dos policías esta tarde. Rossi mató a la oficial Cleary. Eso deja aún sin
contar al tirador del restaurante y a quien quiera que matara a Culp.
—Y a los tiradores que trataron de alcanzarte y fallaron —dijo Joseph.
—No se olviden de ellos.
—El conductor en mi jardín delantero y el Camry blanco que me
disparó después de dejar la reunión con AI el viernes —ella se presionó las
sienes con los dedos. —Dios, esto me da dolor de cabeza.
—A mi también —dijo Clay severamente. —Tenemos que considerar
que el tirador del restaurante y el de tu casa podrían ser la misma persona,
uno que pudiera saber que estarías en esa localización con Emma.
Stevie hizo una mueca.
—No me gusta pensar que alguien ha estado siguiéndome desde el
año pasado.
—O más tiempo —dijo Clay en voz
baja. —No estás ayudando —murmuró
ella. Joseph se aclaró la garganta.
—Por mucho que adore los apodos que habéis dado a nuestros
tiradores, siempre he sido partidario de los nombres reales. Tom, Fred,
incluso Penelope. Ya sabes. Nombres.
Stevie le frunció el ceño.
—Tú eres el Federal. Tú tienes los recursos. Él es investigador privado
y yo solo soy una policía de baja que ni siquiera tiene su placa.
—No necesitas una placa —soltó Joseph, sin compadecerse. —Eres policía
lleves placa o no —se volvió a Clay. —Brodie dijo que tienes un StingRay.
—Sí. Lo mencioné cuando ella y yo estábamos examinando los
escombros en mi dormitorio.
—¿StingRay? —Stevie entrecerró los ojos.
—Te hablé de ello. Detecta cualquier teléfono móvil que no sea el mío y
activa la alarma.
—No me contaste que era un StingRay. Es el mismo chisme que hizo
torcer las bragas de los Federales el año pasado cuando fueron pillados
usándolo en un timo de fraude fiscal, ¿verdad?
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—Más bien torcidas las del ACLU —tronó Joseph. —El FBI tenía una orden.
Cualquier otro día Clay podría haber sonreído ante la irritación de Joseph.
—Es la misma tecnología —dijo a Stevie. —Pero yo no estoy
escuchando conversaciones o rastreando teléfonos individuales.
—Pero puedes —presionó ella. —Dijiste que podías de camino a tu casa.
—Dije que podría. Depende de si el teléfono de la persona responde
mientras está en la proximidad de mi dispositivo. Cosas Uno y Dos no estuvieron
allí tanto tiempo. Uno estuvo allí alrededor de siete minutos y Dos estuvo solo
cinco. Sus teléfonos pueden no haber enviado señales durante ese tiempo.
—Brodie se lo llevó con ella al laboratorio —dijo Joseph. —Uno de los
tipos de Informática está trabajando en ello.
—Le di el código de acceso. Si tiene algún problema, que me
llame. —¿Qué nos dará eso? —persistió Stevie. —¿Números
de teléfono? —Sí —dijo Clay, —pero solo si sus…
—Teléfonos responden —dijo ella agitando la mano. —Ya, ya. Lo
entendí. ¿Qué más? ¿Localización?
—Ninguna localización. Mi sistema es pasivo, solo recibe información
que es liberada a su alrededor.
—Pero el FBI lo usó para localizar a un sospechoso hace un año o así.
Recuerdo el alboroto posterior.
Clay miró a Joseph. El Federal estaba poniendo los ojos en
blanco. —Malditos jueces —murmuró Joseph.
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-ACLU- Unión Americana para las Libertades Civiles
—Los Federales se metieron en agua caliente —explicó Clay, —porque
hicieron que el proveedor de red del sospechoso alterara la tarjeta de Internet
en el teléfono de la compañía. Los federales enviaron una señal al teléfono
con sus StingRay y fueron capaces de triangular la localización de la tarjeta
inalámbrica cuando la tarjeta respondió. Así es como lo cogieron. Tenían una
orden para el proveedor de telefonía pero fueron un poco ligeros con la
información que dieron al juez que la firmó. Él no sabía las capacidades del
sistema del FBI. Estaban de caza. Yo solo estoy reuniendo información.
Sus labios se movieron un instante, entonces se quedaron
inmóviles. —¿Cuánto tiempo tomará hasta que sepamos si
enviaron una señal? —Tan pronto como Brodie pase el informe.
—¿Qué estás esperando encontrar? —le preguntó Joseph.
—Tu tienes el teléfono de Rossi, el de Culp y ahora el de Skinner.
Tendrás números recogidos del StingRay de Clay. Podemos conseguir los
registros de llamadas de todos los números, y ver si alguno de los policías
llamó a los tiradores o si alguno de los tiradores llamó a los otros. He
asumido que Restaurante, Conductor, Mochila y Cabrón están conectados.
Si se llamaron unos a otros lo sabremos seguro.
Joseph tosió, cubriendo una
risa. —Stevie.
—Hey, él los llamó Mochila y Cabrón. Yo estaba llamándoles Cosa Uno
y Cosa Dos.
Joseph sacudió la cabeza.
—Supongo que tenemos que reírnos —lanzó un juego de llaves a Clay.
—El Escalade de Grayson está aparcado enfrente. Llevaré el mío a reparar
tan pronto como sea posible. Después de esto estoy sin vehículos
resistentes a las balas, así que no hagan que le disparen a este, ¿vale?
—Haremos lo mejor que podamos —dijo Clay con ironía, pero sus
cejas estaban fruncidas de frustración. —Aunque parece que están
anticipando nuestros movimientos malditamente bien.
—¿Cómo supo el tirador que iríais a la casa de Culp? —preguntó
Joseph. Stevie se encogió de hombros.
—Clay y yo pensamos en esto. Asumiendo que el tipo que se alejó del
vecindario de Culp en un Tahoe después de dispararnos era el mismo tipo que
mató a esos dos policías, fue porque alguien le contó que estaríamos allí o
porque nos siguió. Apuesto por lo segundo.
Ella no quería creer que Hyatt estaba sucio, entendió Clay. Pero él
había prometido mantenerla a salvo, así que se aseguraría de que la
complicidad de Hyatt no era barrida bajo la alfombra.
—¿Quién pudo contárselo? —preguntó Joseph. —¿Quién sabía que irían allí?
—Solo Hyatt —dijo Clay. —Otras personas sabían que estábamos interesados
en Culp, pero Hyatt es el único que sabía que íbamos a ir en ese momento.
—Si alguien sabía que estaban interesados —dijo Joseph
racionalmente, —no sería un gran salto predecir que acabaríais allí en
algún momento. ¿Quién sabía que Culp era sospechoso?
—JD —dijo Stevie. —Hyatt, y el detective Bashears, quien se ocupó de
vigilar la casa de Culp cuando JD fue al hospital a interrogar a Rossi. Hyatt
se lo cont