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Pmis U3 A1 Jocr

El documento presenta una propuesta para la construcción de un modelo de intervención social, enfatizando la importancia de un marco teórico sólido y un diagnóstico participativo que involucre a la comunidad. Se destacan estrategias clave como la capacitación comunitaria, el fomento de redes y la promoción del liderazgo social, así como la necesidad de una evaluación integral para asegurar la sostenibilidad del modelo. En un contexto de creciente desigualdad, estos modelos son esenciales para abordar problemáticas sociales complejas y fomentar el empoderamiento comunitario.

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El documento presenta una propuesta para la construcción de un modelo de intervención social, enfatizando la importancia de un marco teórico sólido y un diagnóstico participativo que involucre a la comunidad. Se destacan estrategias clave como la capacitación comunitaria, el fomento de redes y la promoción del liderazgo social, así como la necesidad de una evaluación integral para asegurar la sostenibilidad del modelo. En un contexto de creciente desigualdad, estos modelos son esenciales para abordar problemáticas sociales complejas y fomentar el empoderamiento comunitario.

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Unidad III.

La construcción teórico metodológica de los modelos de intervención


social.
LICENCIATURA EN POLÍTICAS Y PROYECTOS SOCIALES
ALUMNO: JOSE ALFREDO CUPUL RODRIGUEZ
Actividad 1. Elementos de integración de una propuesta del modelo de
intervención social.
ASIGNATURA: Modelos de Intervención Social
Tercer semestre
Matricula: ES241101469

Propuesta de modelo de intervención social:


Diseñar un modelo de intervención social implica un proceso complejo que requiere una
sólida base conceptual y una comprensión clara de las dinámicas sociales que se desea
modificar. La intervención social se define como un conjunto planificado de acciones
orientadas a enfrentar problemáticas sociales específicas, por lo cual es necesario analizar
el contexto, identificar actores relevantes y establecer estrategias efectivas. Como afirma De
Robertis (2006), “toda intervención social comienza con el reconocimiento de un problema
que incide negativamente sobre un grupo o comunidad, lo que exige una respuesta
organizada desde el ámbito profesional y colectivo”

Este documento propone un esquema general para construir un modelo de intervención


social, sustentado en marcos teóricos relevantes como la planeación participativa, la
inclusión comunitaria y la justicia social. A lo largo del texto se plantean elementos
metodológicos y se discuten los fundamentos que deben guiar toda intervención orientada
al desarrollo colectivo. La intención es ofrecer una propuesta aplicable a procesos de
política pública y programas sociales en contextos comunitarios.

1. Marco teórico que sustenta el modelo

Todo modelo de intervención debe apoyarse en un análisis crítico de las estructuras


sociales que perpetúan la desigualdad. Castel (1997) señala que las nuevas expresiones de
exclusión social están determinadas por “la pérdida de vínculos tradicionales y la falta de
protección social, lo cual genera nuevas formas de precariedad”. Desde esta perspectiva,
una intervención eficaz debe ir más allá de los enfoques asistenciales y orientarse hacia el
fortalecimiento de las capacidades de las personas y colectivos.

Es fundamental incluir una visión basada en los derechos humanos, equidad de género e
interseccionalidad. Estos enfoques permiten abordar las problemáticas sociales de manera
integral y contextualizada. La participación de la comunidad es esencial. En palabras de
Freire (1970), “nadie libera a nadie, nadie se libera solo, las personas se liberan en
comunión” (p. 96), destacando que el cambio social requiere la implicación activa de
quienes viven la realidad que se quiere transformar.

2. Diagnóstico participativo como base inicial

El primer paso en la creación de cualquier modelo de intervención debe ser el diagnóstico


de la situación social. A diferencia de una evaluación técnica, el diagnóstico participativo
involucra a la comunidad en la identificación de sus problemas, recursos y aspiraciones. De
este modo, se evita imponer soluciones externas y se fortalece el compromiso con el
proceso de cambio.

Según Serrano (2015), “el diagnóstico participativo es una herramienta que promueve la
construcción conjunta del conocimiento entre profesionales y población, lo cual facilita la
identificación de alternativas de solución desde lo local”. Por ello, el modelo debe apoyarse
en herramientas como entrevistas cualitativas, talleres colaborativos, mapas comunitarios y
grupos de discusión, que permitan comprender el contexto desde la mirada de los actores
sociales involucrados.

3. Definición de objetivos y orientación del modelo

Una intervención bien estructurada debe contar con objetivos definidos que respondan a
criterios de especificidad, medición, factibilidad, relevancia y temporalidad. Además, es
necesario explicitar el enfoque del modelo, es decir, los valores y principios que orientarán
su implementación.
En esta propuesta, se opta por un enfoque de desarrollo comunitario que prioriza la
organización local, la creación de vínculos solidarios y la autonomía colectiva. Esta
perspectiva reconoce a los actores sociales como protagonistas de su propio proceso de
mejora. En este sentido, Ander-Egg (2003) señala que “intervenir con la comunidad no
implica imponer transformaciones externas, sino acompañar su desarrollo desde sus
saberes y fortalezas”.

4. Estrategias y acciones clave del modelo

Las estrategias definidas dentro del modelo deben estar alineadas con el diagnóstico y los
objetivos establecidos. Algunas de las acciones principales pueden ser:

Capacitación comunitaria: Brindar formación adaptada a las necesidades locales, mediante


actividades educativas y talleres que fortalezcan habilidades y saberes de la población.

Fomento de redes: Generar articulaciones entre actores gubernamentales, sociedad civil y


comunidad, promoviendo el trabajo colaborativo y el intercambio de recursos.

Promoción del liderazgo social: Impulsar la participación activa de sectores históricamente


excluidos, como mujeres, jóvenes e indígenas, en procesos de toma de decisiones.

Monitoreo y ajuste constante: Implementar sistemas de evaluación continua que permitan


medir avances, identificar obstáculos y adaptar las acciones cuando sea necesario.

Cada estrategia debe considerar las particularidades culturales, económicas y políticas del
territorio donde se implementará el modelo.

5. Evaluación integral y sostenibilidad del modelo

La evaluación constituye una dimensión imprescindible de cualquier intervención social. No


debe limitarse a la verificación de resultados cuantitativos, sino que debe incluir la reflexión
crítica sobre los procesos, impactos y aprendizajes generados. Es aconsejable utilizar
metodologías mixtas que combinen datos estadísticos con valoraciones cualitativas
obtenidas a partir del testimonio de los participantes.

La permanencia de los efectos positivos del modelo dependerá de la apropiación


comunitaria, del respaldo institucional y de la articulación con políticas públicas. Según
Kaztman (2001), “una intervención será sostenible si logra consolidar capacidades locales y
estructuras sociales que trasciendan los límites del financiamiento o de los periodos
gubernamentales” Por lo tanto, es necesario pensar el modelo como un proceso de largo
plazo que promueva el empoderamiento y la resiliencia comunitaria.

El desarrollo de un modelo de intervención social implica una mirada crítica sobre las
condiciones de desigualdad, así como la creación de herramientas éticas y técnicas que
permitan generar cambios positivos. La clave para una intervención exitosa radica en la
participación activa de los sujetos sociales, el respeto por su diversidad cultural y el
reconocimiento de su capacidad para transformar la realidad. Con una planificación sensible
al contexto, metodologías participativas y procesos de evaluación constante, es posible
contribuir de manera efectiva al bienestar social y al fortalecimiento de la cohesión
comunitaria.
En los últimos años, el crecimiento de la desigualdad, la exclusión de grupos vulnerables, y
el debilitamiento de las condiciones de vida en distintos sectores ha evidenciado la
necesidad de contar con herramientas que orienten la acción social de forma estructurada.
En este sentido, los modelos de intervención social se han consolidado como guías
fundamentales para diseñar, ejecutar y evaluar acciones que buscan transformar
situaciones complejas en diversos contextos sociales.

Estos modelos no son simples esquemas técnicos; representan marcos teóricos y prácticos
que permiten analizar, interpretar y transformar realidades. Su relevancia reside en su
capacidad de brindar una estructura metodológica para abordar problemas sociales desde
sus raíces, formular respuestas pertinentes y medir sus efectos. Como mencionan
Rodríguez y Marín (2013), estos modelos facilitan la conexión entre la teoría social y la
práctica profesional al articular recursos, estrategias y objetivos para incidir en las
condiciones sociales.

Dentro del trabajo social y disciplinas afines, los modelos de intervención actúan como
mapas de ruta para implementar acciones frente a desafíos sociales. Estos proporcionan
una base para organizar procesos, definir objetivos y establecer criterios claros para la
evaluación. Esto asegura que las intervenciones no se realicen de manera improvisada,
sino que sigan una planificación sólida basada en información concreta y análisis riguroso.

También permiten establecer indicadores de logro, metas alcanzables y criterios de


evaluación de impacto. Así, se facilita una gestión social más eficiente y transparente, que
puede ser evaluada tanto por la comunidad como por las instituciones responsables. En
definitiva, los modelos contribuyen a la profesionalización de la intervención social y a su
alineación con estándares éticos y metodológicos.

Una de las virtudes más destacadas de los modelos de intervención radica en su capacidad
para fomentar la participación de los actores involucrados. Lejos de reproducir dinámicas
verticales, estos modelos promueven la colaboración y el empoderamiento de las
comunidades mediante procesos de diálogo, reflexión y acción colectiva. La participación no
solo mejora la eficacia de las intervenciones, sino que también fortalece el sentido de
pertenencia y compromiso de las personas con los procesos de cambio.

Cuando las propuestas surgen del diálogo con la realidad local y se apoyan en los saberes
propios de la comunidad, se incrementa la posibilidad de que las transformaciones sean
sostenibles. López (2011) subraya que las intervenciones sociales tienen la capacidad de
modificar tanto las condiciones materiales como las relaciones sociales y culturales de los
sujetos involucrados. Por tanto, los modelos también son vehículos de transformación
cultural y social profunda.

En países como México, donde existen múltiples brechas sociales los modelos de
intervención resultan imprescindibles para atender problemáticas complejas. Fenómenos
como la violencia, el abandono escolar, la pobreza extrema o la discriminación estructural,
requieren estrategias integradas que involucren a instituciones públicas, organizaciones
civiles y comunidades.

Estos modelos permiten priorizar necesidades, optimizar recursos disponibles y articular


esfuerzos desde distintos sectores. También sirven como una herramienta de enlace entre
la práctica profesional y las políticas públicas, al permitir que principios como la equidad y la
inclusión se traduzcan en acciones tangibles.

Es importante señalar que los modelos de intervención no son estructuras fijas. Son
instrumentos que se adaptan y se transforman con base en la experiencia, el análisis crítico
y los resultados obtenidos. Su carácter flexible permite ajustarlos a nuevas realidades y
replicarlos en diferentes contextos, enriqueciendo continuamente su efectividad.

Este componente dinámico es crucial, especialmente en una época donde los desafíos
sociales son cambiantes y multifactoriales. Bourdieu (1999) menciona que intervenir
socialmente implica romper con rutinas institucionales y abrir espacio para nuevas prácticas
que respondan a las necesidades reales (p. 94). De este modo, los modelos se convierten
en catalizadores de innovación social.

En resumen, los modelos de intervención social tienen una importancia significativa porque
brindan estructura y dirección a las acciones que buscan mejorar las condiciones de vida de
personas y comunidades. Son herramientas que combinan teoría y práctica, permiten
diseñar estrategias efectivas y promueven procesos participativos. Su implementación
adecuada contribuye al fortalecimiento del tejido social, la generación de aprendizajes
colectivos y la construcción de soluciones sostenibles frente a problemas estructurales. En
un contexto donde los desafíos sociales son cada vez más complejos, contar con modelos
de intervención sólidos no solo es útil, sino esencial para promover una sociedad más justa
e incluyente.

Referencias Bibliográficas

Ander-Egg, E. (2003). Introducción al trabajo social. Humanitas.

Castel, R. (1997). La metamorfosis de la cuestión social: una crónica del salariado. Paidós.

De Robertis, C. (2006). Métodos y técnicas del trabajo social con grupos. Lumen.

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.

Kaztman, R. (2001). Seducidos y abandonados: el aislamiento social de los pobres urbanos.


CEPAL.

Serrano, F. (2015). Diagnóstico participativo: guía metodológica. Universidad Autónoma de


Madrid.

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