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Evo - Materia

La adolescencia es un periodo de transición caracterizado por cambios físicos, psicológicos y sociales, donde el individuo busca separarse de su familia y construir su identidad. Este proceso varía en duración y características según el contexto cultural y socioeconómico, y ha sido conceptualizado de diferentes maneras a lo largo de la historia. Es esencial entender la adolescencia no solo como un paso hacia la adultez, sino como una etapa compleja que implica desafíos únicos y la influencia de factores sociales y familiares.

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Evo - Materia

La adolescencia es un periodo de transición caracterizado por cambios físicos, psicológicos y sociales, donde el individuo busca separarse de su familia y construir su identidad. Este proceso varía en duración y características según el contexto cultural y socioeconómico, y ha sido conceptualizado de diferentes maneras a lo largo de la historia. Es esencial entender la adolescencia no solo como un paso hacia la adultez, sino como una etapa compleja que implica desafíos únicos y la influencia de factores sociales y familiares.

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Lección 2 de 4

Adolescencia

El término deriva del latín adolecens, que significa hombre joven, y encuentra
su variante en adolescere, que hace referencia a crecer, padecer o sufrir. Esta
noción designa una época de conflicto y crisis y es el momento en el que el
sujeto debe separarse de su familia. Incluso, algunos autores la consideran
un segundo nacimiento. Es un proceso que puede tener distinto ritmo y, por
lo tanto, no se experimenta siempre el mismo comienzo o la misma
finalización. Una de las mayores discusiones en torno al tema es si la
adolescencia coincide con la pubertad; es decir, si el hecho de pasar por los
distintos cambios mentales y físicos es lo que permite ser adolescente y qué
sucede si no se dan en tiempo y forma.

Según Griffa y Moreno, la pubertad es la primera fase de la adolescencia, en


la que se producen las modificaciones propias del paso de la infancia a la
edad adulta, y aluden especialmente a los cambios corporales como
disparador del comienzo. La palabra pubertad deriva del latín pubertas y esta
viene de pubis que significa vello, viril, o bajo vientre, que relacionamos con
transformaciones observables en el desarrollo del cuerpo de los jóvenes
(2005).
Claramente, la adolescencia implica un periodo de cambios en diversos
planos de la vida de las personas y cuenta con particularidades que la
diferencian de otras etapas. Por eso, buscaremos identificar cuáles son las
características específicas y tendremos en cuenta qué otros procesos están
involucrados, además del desarrollo biológico.

¿Por qué comenzamos con el tema de la especificidad para hablar de


adolescencia?

Porque nos interesa desarrollar aquello que la adolescencia tiene de propio,


que la caracteriza y la distingue de las otras etapas. Por eso, es muy
importante que el concepto de especificidad se tenga en cuenta a lo largo de
todo el recorrido de la materia. Intentaremos descubrir lo que es propio a
esta etapa a tal punto que llegue a diferenciarse de otros momentos del ciclo
vital.

No obstante, tomaremos lo que propone Aguirre Baztán (2009) para afrontar


el estudio “de la psicología de la adolescencia desde tres perspectivas
básicas: enfoque histórico de los estudios sobre la adolescencia, las etapas
del desarrollo adolescente y la cultura adolescente” (Aguirre Baztán, 2009,
[Link]

Es por esto que si bien la definición de la OMS comienza indicando la


existencia de ciertos marcadores biológicos (los cuales son universales),
luego explicita que “la duración y las características propias de este periodo
pueden variar a lo largo del tiempo, entre unas culturas y otras, y
dependiendo de los contextos socioeconómicos” (OMS, 2017). De aquí la
necesidad del estudio de la adolescencia como un fenómeno en sí mismo ya
que, por ejemplo, un adolescente de hoy no es igual al de hace 20 años, ni un
adolescente de Latinoamérica es idéntico a un adolescente de Medio
Oriente.

Invención de la adolescencia

Aguirre Baztán (2009) nos cuenta que la adolescencia como tal es una
“invención” occidental, ya que en “sociedades no desarrolladas” la
adolescencia es un tránsito representado en ritos de iniciación (desde la
infancia hacia la adultez).

La formación del adolescente para la vida adulta, tan presente


en los ritos iniciáticos, ha sido dejada un tanto a suerte y las
evaluaciones se centran solamente en el rendimiento cognitivo,
separado de la tarea de la búsqueda de identidad y de la
construcción de la personalidad madura. (Aguirre Baztán, 2009,
[Link]

La adolescencia, hasta mediados del siglo XX, fue considerada solo como un
paso hacia el mundo adulto. Se la hacía coincidir con la pubertad y duraba
muy poco, uno o dos años. Incluso, en algunas culturas en las que hay ritos
de iniciación, el tiempo de pasaje es equivalente a la duración de los rituales,
ya sean semanas, meses o un solo acto corto. Los ritos de iniciación son
usados en algunas culturas para que mediante alguna ceremonia se
represente el paso de la niñez a la vida adulta, en que las niñas se convertían
en mujeres y los niños en hombres. Esas costumbres eran compartidas y
aceptadas por toda la comunidad.

Teorías explicativas

Distintos autores caracterizan la adolescencia según los aspectos que


destacan en el proceso. Este tema lo veremos con mayor profundidad en la
lectura 2 de este módulo.

Jean Jacques Rousseau es considerado el creador moderno de la noción de


adolescencia y, en su libro Emilio o de la educación, dedica un capítulo a esta
etapa y los cambios que experimentan los jóvenes al llegar a esa edad
(2005).

Por su parte, Carvajal Corzo caracteriza la adolescencia como un período del


ciclo vital, con grandes cambios y crisis, que abarca la segunda década de la
vida. El autor también dice que este momento de la vida se puede estudiar
desde distintos ángulos como: una organización o reorganización de las
defensas contra las pulsiones de la pubertad, una segunda fase de
separación de las figuras parentales o una búsqueda de la autosuficiencia y
la independencia adulta. Este modo de abordar la adolescencia hace
hincapié en los aspectos individuales a la hora de explicar el fenómeno
(Carvajal Corzo, 1993).
A su vez, Griffa y Moreno describen esta etapa, en el texto Claves para una
psicología del desarrollo, no solo como una adaptación a las
transformaciones del desarrollo, sino como un período decisivo del ciclo vital
que cuenta con tareas específicas, como la búsqueda de la autonomía
psicológica y espiritual y la inserción en el mundo social sin la mediación de la
familia. Destacan los autores la complejidad de este proceso no obstante
observar algunos trabajos fundamentales que deben darse en él tales como
la búsqueda de la identidad y la búsqueda de sentido de la vida, ambos
favorecidos por el desarrollo intelectual.

La adolescencia no siempre fue analizada como un periodo más en la vida de


las personas, ya que encontramos referencias que datan de las primeras
civilizaciones y le otorgan una connotación negativa, que perdura aún en
nuestros días.

La primera mención ya negativa de los jóvenes se remonta a 4000 años


atrás: la podemos leer en una tablilla encontrada en Ur, en Caldea, con la
siguiente inscripción: “nuestra civilización está perdida si dejamos continuar
las acciones inauditas de nuestras jóvenes generaciones” (Lutte, 1991, p.
18).

Las referencias anteriores son breves descripciones escogidas para ilustrar


que diferentes autores, desde diversos ángulos y desde hace muchos años,
vienen pensando en esta etapa como una fase específica. En este punto nos
detendremos y, a lo largo de la materia Psicología Evolutiva II, intentaremos
descifrar las especificidades que la caracterizan.
Para comprender cómo se ha llegado a profundizar en este periodo, es
necesario desarrollar el segundo concepto que trabajaremos en este módulo:
las teorías en las que hacen hincapié los distintos autores para explicar este
momento del ciclo vital. Algunas destacan los aspectos internos y otras
ponen el peso en los aspectos sociales o las defensas que se utilizan, por
ejemplo.

Inicio y final de la adolescencia

A partir de lo comentado antes, intentaremos identificar el inicio y el final de


esta etapa. En qué momento podemos decir que un niño ingresa en este
periodo o cuáles son los elementos que se tendrán en cuenta para
determinar que se salió de la conflictiva adolescencia: ¿se inicia con los
cambios corporales?, ¿implica solo los cambios corporales? Para determinar
la salida de esta fase, ¿cuáles serán los factores más relevantes?, ¿es la
edad cronológica, el comienzo de un trabajo o la formación de una familia?

Luego del recorrido que realizaremos en este primer módulo, a lo largo de las
siguientes lecturas y módulos iremos viendo que las preguntas anteriores no
son preguntas que cuenten con una respuesta unívoca. Por lo tanto, se
requiere de un desglose de determinantes y características de esta etapa,
como las que mencionamos a continuación.
Características generales de la adolescencia

Por distintos motivos que iremos viendo a lo largo de esta asignatura podría
decirse que la adolescencia también es un período “de riesgo”, situación que
bien menciona el artículo de la OMS en relación, por ejemplo, a presiones
grupales para asumir conductas de riesgo:

…un adolescente no es plenamente capaz de comprender


conceptos complejos, ni de entender la relación entre una
conducta y sus consecuencias, ni tampoco de percibir el grado
de control que tiene o puede tener respecto de la toma de
decisiones relacionadas con la salud, por ejemplo decisiones
referidas a su comportamiento sexual. Esta incapacidad puede
hacerlo particularmente vulnerable a la explotación sexual y a la
asunción de conductas de alto riesgo. (OMS, 2017,
[Link]

Transformaciones en el cuerpo

Es decir, cuáles son los principales cambios que le toca atravesar al joven en
su propio cuerpo, ya que son transformaciones tan relevantes que algunos
autores mencionan esta fase como una de las etapas de mayores cambios
de la vida.

Duelos

Estos cambios corporales son vivenciados de diferentes maneras, modifican
la situación del adolescente en el mundo e implican una tarea fundamental:
los duelos, entendidos como un trabajo psíquico que el propio joven debe
realizar, en la medida que los cambios que sufre implican pérdidas en relación
con el cuerpo del niño, su identidad y los padres de la infancia (Griffa y
Moreno, 2005).

Posmodernidad

Ahora bien, los sentimientos que movilizan estos cambios y la forma en que
los recibe y los acepta el joven deben pensarse en relación con la época en la
que le toca vivir: la posmodernidad. Esta época tiene características
particulares y propone modos de ver y pensar la adolescencia que no son los
mismos que se usaban en la modernidad, por ejemplo.

Patología vs. normalidad



A partir de este recorrido, intentaremos plantearnos qué se considera
normalidad y qué se considera patología en la adolescencia, juego de
palabras que plantea Knobel para referirse al síndrome normal de
adolescencia. Con ese material teórico trataremos de establecer relaciones
que nos permitan construir un modelo para pensarla. Como todo modelo,
planteará sus limitaciones, pero nos introducirá variables que no podremos
dejar de considerar.

Trabajos del adolescente y sus fases



Con el avance de los estudios de la adolescencia, esta etapa se empezó a
estudiar por periodos y ya no en bloque. Por lo tanto, es posible reconocer
fases con ciertas particularidades, tal como establecen Griffa y Moreno:
“actualmente la mayoría de los autores distinguen tres fases de la
adolescencia: ‘adolescencia inicial o baja’, ‘adolescencia media o propiamente
dicha’ y ‘adolescencia alta o final’” (2005, p. 41). Cada fase le plantea desafíos
diferentes al joven que la está atravesando.

Identidad

También veremos cómo el adolescente tiene que realizar tareas
fundamentales en este proceso, tales como la búsqueda de la identidad, que
no comienza ni termina en la adolescencia pero sí cumple un rol especial en
esa etapa, en función de los grandes cambios, tanto físicos como
psicológicos y sociales. Estos cambios llevan al sujeto a no saber quién es ni
cómo será. Para descubrirlo, cuenta con el desarrollo del pensamiento, que
logra aportarle más herramientas para afrontar este proceso. El pensamiento
lógico formal permite lograr abstracciones que son fundamentales a la hora
de buscar quién se es.

Grupos

Otro fenómeno de gran importancia a esta edad es la función que tienen los
grupos. Estos operan como un intermedio entre la sociedad y la familia y se
representan como el lugar donde el joven se reúne con pares para transitar su
etapa conflictiva. Por lo tanto, cumplen un rol muy importante en la
configuración de la identidad y la salida del joven a la sociedad. Podemos
pensar en estos como el espacio de los primeros ejercicios que va a hacer
cada persona antes de desprenderse del ámbito familiar e ingresar, sin la
mediatización de los padres, en la sociedad global.

Sociedad y cultura

En el módulo relacionado con la sociedad, intentaremos pensar el rol de la
cultura en la adolescencia. Veremos cómo las características de la cultura
hacen que un mismo fenómeno, como la maduración sexual, pueda ser visto
de diferentes maneras, según la sociedad en la que el joven se encuentra
inmerso. A su vez, el modo en que la cultura visibiliza un determinado
problema tendrá incidencias en cómo el joven vive y siente sus cambios.

En relación a lo que menciona la OMS (2017) sobre la salud del


adolescente, y también como mencionamos en párrafos
anteriores, dentro de la posmodernidad y las características de
cada cultura y sociedad también se encuentran dificultades. En
algunas culturas los trabajos psíquicos que deberá hacer el
adolescente quizá cobren mayor trabajo que en otras.

Familia

Desarrollaremos el tema de la familia en la adolescencia. Suele pensarse que
la familia no es un elemento importante en esta etapa o no tiene tanta
trascendencia. Sin embargo, la presencia de un adolescente en una familia
genera inquietudes entre sus miembros y desorientación, porque los padres
no saben qué hacer con ese joven que desconcierta y, a su vez, el joven
tampoco sabe manejarse adecuadamente en su entorno familiar. Su proceso
de maduración indica que tiene que salir de ella, pero no es una tarea fácil, ya
que le plantea nuevos desafíos y hace que los vínculos que venían más o
menos establecidos de determinada manera ahora deban cambiar. Estos
cambios reconfiguran las relaciones y las familias cumplen funciones
distintas a las que tenían en otro momento, pero no dejan de tener un rol de
importancia en la vida de los adolescentes. Cabe aclarar que existen
diferentes tipos de familia y que, de acuerdo con su tipo, pueden favorecer u
obstaculizar el desarrollo del joven.

Contexto social

Finalmente, consideraremos el contexto en donde transcurre la vida del joven,
intentando analizar factores que vuelven al adolescente un ser particular e
individual.

Consideramos importante destacar el último punto que retoma el artículo de


la OMS respecto a la salud del adolescente: “Los padres, los miembros de la
comunidad, los proveedores de servicios y las instituciones sociales tienen la
responsabilidad de promover el desarrollo y la adaptación de los
adolescentes y de intervenir eficazmente cuando surjan problemas” (OMS,
2017, [Link] Lo iremos viendo a lo largo de la asignatura,
pero así como los padres, familia y comunidad pueden promover el desarrollo
y la adaptación de los adolescentes, también pueden entorpecer el desarrollo
de esta etapa.

Si bien hemos reconocido que no hay una postura unívoca para determinar
qué se entiende por adolescencia y cuáles son los criterios y las
características que la identifican como tal, tomaremos las palabras de Griffa
y Moreno, quienes recuperan, a modo de conclusión, aspectos que deben
tenerse en cuenta para continuar con la lectura:
...el cambio adolescente puede ser lento o abrupto, puede variar
tanto en ritmo como en intensidad, pero requiere su tiempo para
que sea felizmente concluido. La adolescencia no puede
describirse como una mera adaptación a las transformaciones
corporales, sino como un período decisivo del ciclo vital, en el
que se alcanzan tanto la autonomía psicológica y espiritual,
como se logra la inserción en el mundo social, pero ya sin la
mediatización de la familia [negritas añadidas]. (Griffa y
Moreno, 2005, p. 9).

Para pensar la adolescencia en nuestro contexto social contemporáneo, es


necesario realizar un recorrido por las consideraciones teóricas que se han
realizado sobre ella a lo largo de la historia. Hay que entender que esta no es
una mera etapa de transición entre la infancia y la adultez, sino que impone
una necesaria profundización de estudio para comprenderla como un
fenómeno en sí mismo con sus particularidades, sus procesos y sus cambios
específicos.

C O NT I NU A R
Lección 2 de 5

Distintas teorías sobre adolescencia

En la literatura romántica del siglo XIX podemos encontrar obras como


Wilhelm Meister de Goethe, El Príncipe de Maquiavelo, Emilio de Rousseau, los
personajes Paolo y Francesca de Dante Alighieri (La Divina Comedia), Calisto
y Melibea de Rojas (La Celestina), Romeo y Julieta (Shakespeare)… y
podríamos seguir mencionando diferentes obras en las que “se pone de
manifiesto la turbulencia, la melancolía, el amor y la incomprensión paterna”
(Aguirre Baztán, 2009, [Link] que aparece en la
adolescencia. Incluso podríamos decir que, varios siglos después, la
pregunta de Zabo sobre “¿qué es un adolescente?” y su frase introductoria
“alguien en alguna parte tiene que estar pasando por lo mismo” (2019),
acompañan esto que se pone de manifiesto en la literatura clásica.

También en la literatura, pero ya en una literatura educativa y más


académica se encuentran teorías e hipótesis explicativas del proceso
psíquico, emocional, biológico de la adolescencia.

Esta distinción es fundamental, ya que la idea de adolescencia ha cambiado


a lo largo del tiempo, las sociedades y la cultura, pero hasta mediados del
siglo XX concordaba con la de pubertad (Griffa y Moreno, 2005). Con el
desarrollo de los estudios, se fue extendiendo el final de la adolescencia,
puesto que para determinar su duración ya no se tienen en cuenta solo
elementos biológicos, sino también sociales y psíquicos.

Jean Jaques Rousseau

Se considera a Jean Jaques Rousseau (1712-1778) el descubridor de la


adolescencia de la era moderna. Sus pensamientos tuvieron lugar hacia
fines del siglo XVIII y se enfocaron en lo que sucede cuando un niño asume
las responsabilidades de un adulto. La obra de Rousseau, Emilio o la
educación, escrita en el año 1762 y compuesta cinco libros, se explaya sobre
los métodos educativos apropiados para cada etapa; en el cuarto tomo, más
específicamente, describe cómo el personaje transita la adolescencia.
Debemos tener en cuenta que el lugar que ocupaba esta etapa del ciclo vital
en el siglo XVIII no es el mismo que ahora, ya que la expectativa de vida era
menor y muchos niños morían sin haberla transitado. Para Rousseau, la
adolescencia tenía lugar entre los 15 y los 20 años, luego la etapa final entre
los 20-24 entendida como una etapa para un “noviazgo con la sabiduría”:

Los mayores peligros de la vida están en sus principios, y quien


menos ha vivido, menos esperanza de vivir puede tener. De los
niños que nacen, solo más de la mitad llegan a la adolescencia, y
quizá vuestro alumno no llegue a la edad del hombre.
(Rousseau, 2005, p. 37).
Es decir, no solo el contexto social, cultural, político y económico determina lo
que se piensa en relación con la noción de adolescencia, sino también las
condiciones de vida y supervivencia que hacen que esta etapa tome mayor o
menor relieve en el marco del ciclo vital de las personas y aquello que se
espera de ellas en cada momento. Aquí cabría la pregunta: ¿es lo mismo un
adolescente de 16 años en el siglo XVIII en Europa, que este mismo
adolescente en el siglo XIX en Latinoamérica? Claramente no, cada uno
tendrá sus adversidades y condiciones de vida, pero ya desde el primer
estudio de la adolescencia hay algo que queda claro y es la importancia de
contextualizar las concepciones teóricas.

Rousseau entiende que el niño es débil y en su desarrollo adolescente reúne


las condiciones que lo fortalecen y le dan las herramientas para
desenvolverse en su adultez. Además, comprende que este proceso es
inevitablemente caótico y cargado de confusiones y destaca que es un
periodo en el que la persona se abre a los sentimientos de piedad, amistad y
generosidad; también es el momento de recibir educación moral.

La adolescencia no es la edad de la venganza, ni de la


enemistad, sino de la consideración, de la clemencia y la
generosidad. Lo sostengo, y no creo que la experiencia me
desmienta. Un niño que no es de mala índole, y que ha
mantenido su inocencia hasta los veinte años, a esta edad es el
más espléndido, el mejor, el más amante, y el más amable de
los hombres. Creo que nunca os lo han dicho. Educados
nuestros filósofos en la corrupción de los colegios, están muy
lejos de saber esto. (Rousseau, 2005, p. 147).

El autor identifica diferencias entre pubertad y adolescencia y entiende la


primera como la última fase de la niñez en la que el joven experimenta la
pasión sexual y los sentimientos positivos:

A los dieciséis años el adolescente ya sabe qué es padecer,


porque ya ha padecido, pero apenas sabe que también padecen
otros seres, pues verlo sin sentirlo no es saberlo, y, como he
repetido infinidad de veces, el niño que no imagina lo que sufren
los demás, no conoce otros males que los suyos. Pero cuando el
primer desarrollo enciende en él el fuego de la imaginación,
comienza a sufrir con sus dolores. Entonces la triste pintura de
la humanidad doliente debe despertar en su pecho la primera
ternura. (Rousseau, 2005, p. 148).

Zabo coincide bastante con Rousseau en este punto, respecto de saber que
es un padecimiento. Es más, elige escribir un diario, un blog, para contar sus
tragedias, compartirlas con otros porque “alguien en alguna parte tiene que
estar pasando por lo mismo” (2019)

Stanley Hall
Por su parte, Stanley Hall (1844-1924), psicólogo y pedagogo
estadounidense, fue el primero en escribir un tratado sobre adolescencia a
principios de 1900. Para Hall, la adolescencia trascurre desde los 12 o 13
años hasta los 22 o 24, cuando se muestran los rasgos más evolucionados
del ser humano, que se eleva a un nivel superior y concilia sexualidad y ética.
El autor considera la adolescencia como un segundo nacimiento, en virtud de
las transformaciones bruscas que implican estos cambios.

Hall elabora una teoría psicológica con una perspectiva darwinista es decir
“de la misma forma que la humanidad ha evolucionado a través de etapas, el
individuo desarrolla unas fases hasta llegar a la adultez” (Aguirre Baztán,
2009, [Link]

Implica un desarrollo sensorial


Infancia (0-4 años)
de autoprotección intuitiva.
El niño juega al escondite,
vaqueros e indios, construye
Niñez (4-8 años)
chozas y cuevas, etcétera.

Edad de entrenamiento
exterior y mecánico, se
Juventud (8-12 años)
desarrolla una vida
educativa monótona.

La sexualidad será el gran


motor adolescente que
permitirá pasar del amor a
Adolescencia (12-22/25 años)
sí al amor a la humanidad
y hasta al amor a Dios
(sic).
“Al igual que Rousseau, Hall vincula la pulsión sexual adolescente con la
civilización y con el amor a la Humanidad” (Aguirre Baztán, 2009,
[Link]

Sigmund Freud

En el siglo XIX, Sigmund Freud (1856-1939) dijo que las transformaciones


somáticas de la pubertad desencadenan los cambios psicológicos de la
adolescencia. Dichos cambios rompen con el equilibrio de la latencia y logran
su conformación normal definitiva. Para este autor la niñez y la adolescencia
son períodos filogenéticos y por ello estas etapas son necesarias y
biológicamente universales (Aguirre Baztán, 2009).

Un ejemplo de esto podemos analizarlo en relación con la pulsión sexual, uno


de los conceptos abordados en Psicología Evolutiva I. En la adolescencia,
esta noción tiene algunos cambios:

en cuanto a objeto: pasa del autoerotismo al encuentro de un


objeto sexual fuera del propio cuerpo;

en cuanto a zona: es el primado de la zona genital, que según


Freud está al servicio de la reproducción, se vuelve altruista y el
objeto sobre el que caen las fantasías (fundamentalmente, los
padres) se vuelve incestuoso por lo que se debe dirigir a un objeto
exogámico.

Para Freud, la infancia (los primeros cinco años) sigue siendo la etapa más
importante en la vida del ser humano y en la adolescencia se resignificarían
los sucesos acaecidos en aquella época. Esta modificación posterior se
desencadena debido a la aparición de determinada situación y una
maduración orgánica que le permite al sujeto reelaborar su experiencia
anterior.

La aparición de la adolescencia está marcada por el


protagonismo de la sexualidad y Freud llegó a definirla como
una segunda etapa edípica (…) La adolescencia supone para
Freud el «logro de la primacía genital y la consumación del
proceso de búsqueda no incestuosa del objeto. (Aguirre Baztán,
2009, [Link]

Anna Freud

En el siglo XX, Anna Freud (1895-1982), hija de Sigmund Freud, dedicó gran
parte de sus reflexiones a la adolescencia. Destacó la vida fluctuante del
adolescente y analizó la oscilación entre cualidades antitéticas. Algunos
ejemplos son: exaltación-indiferencia, actividad-pasividad, egoísmo-
generosidad y altruismo, aferrarse a lo material-espiritualismo
desencarnado, soledad y aislamiento-intensa vida grupal, sumisión ciega-
rebeldía, optimismo-pesimismo, ascetismo-descontrol afectivo, hedonismo.
Otro ejemplo son los mecanismos de defensa que se ponen en marcha ante
la embestida de lo pulsional y que Sigmund Freud definía como “aquellos
medios psicológicos que el yo utiliza para solucionar los conflictos que
surgen entre las exigencias instintivas y la necesidad de adaptarse al mundo
de la realidad bajo determinadas influencias del ambiente familiar y social.”
(1936). La autora describe dos mecanismos: “la intelectualización y el
ascetismo, como los principales a la hora de controlar el incremento de la
actividad pulsional ya desde la pubertad” (Griffa y Moreno, 2005)

Mediante la intelectualización, se expresa el conflicto afectivo y su defensa a


través de la discusión teórica. Por ejemplo, la manifestación de interés por
discutir el rol del Estado o las diversas ideologías políticas y, así, ocultar en el
interés intelectual su conflicto con la autoridad y, fundamentalmente, con sus
padres. Esto se debe al desarrollo logrado a través de un mundo simbólico y
las facultades intelectuales del adolescente. La intensificación de sus
energías sexuales o agresivas suele llevarlo a adherir a distintas ideologías.
Zabo bien lo menciona a esto cuando se pregunta ¿Por qué debería ser algo
malo que los adolescentes se sientan invencibles? “defendemos a capa y
espada nuestras creencias e ideologías si sentimos que es lo correcto”
(Zabo, 2019) También hace mención a esos adultos “detestables” que hablan
de él y sus contemporáneos como si fuesen unos “monstruos chupasangre”.
Es decir, está constantemente este relato que da cuenta del compromiso
adolescente con una causa (incluso hasta crear un blog llamado “yo
adolescente” y plantear que es ser adolescente en esa época) y cómo esto le
ayuda a expresar el conflicto afectivo que siente, que representan también
sus padres, los docentes o incluso el noticiero.

El otro mecanismo frecuente es el ascetismo, es decir, la oposición a toda


clase de placer sexual de goce pulsional, como forma de controlar las
pulsiones y consecuentemente la descarga motora. Este es un mecanismo
extremo frente a la invasión de las tendencias impulsivas y puede ser
expresado tanto en conductas que anulen este goce pulsional (anorexia,
sacerdotismo, etcétera) como en conductas de descontrol afectivo o placer
hedonista. Por ejemplo, Zabo cierra este primer relato con un claro ejemplo
de ascetismo “Si sentir significa que estamos vivos, sentir en demasía no
puede ser algo malo entonces” (Zabo, 2019)

Erik Homburger Erikson

Como parte de este proceso de construcción de la individualidad, nos


encontramos en la segunda mitad del Siglo XX con teorías como la de Erik
Erikson (1902-1994), psicoanalista estadounidense que estableció que, así
como para el bebé es indispensable desarrollar el sentido de confianza y el
sentimiento de fe en el mundo que lo rodea y lo cuida, para el adolescente es
indispensable desarrollar el sentido de identidad, puesto que se cuestiona
acerca de su futuro y se pregunta cómo y en qué contexto puede
desarrollarse. Para lograr su confianza, debe saber acerca del lugar que
ocupa en el presente y el que ocupará en el futuro. Erikson considera que el
logro de este proceso es la tarea fundamental que tiene que desarrollar el
adolescente y la que le permitirá salir del estado de confusión (Griffa y
Moreno, 2005).

Un concepto fundamental de este autor, planteado para favorecer el logro de


la identidad, es el de la moratoria psicosocial, a través de la cual el joven se
toma un tiempo de reflexión para integrar los elementos de la identidad y
dejar para más adelante los compromisos de la vida adulta: “es un período
más de juego de roles que de realización de proyectos” (Griffa y Moreno,
2005)

Esta moratoria es un tiempo intermedio entre la dependencia y la


independencia dónde el/la adolescente se prepara para la autonomía,
mientras recibe apoyo de los padres y aún sin la exigencia de la vida adulta.
De manera explícita, Zabo cuenta esto de la moratoria social, solo que él lo
empieza a juzgar de manera escrita como si se tratase de lo que sí se puede
hacer y lo que no se puede hacer. El personaje está documentando todo lo
que piensa, siente y observa. ¿Por qué? sería la pregunta a la que el
adolescente responde “¿por qué no? Una especie de ensayo acerca de lo que
es ser adolescente en mi época”

Arminda Aberastury

En la segunda mitad del siglo XX también nos encontramos con la labor de


Arminda Aberastury (1910-1972), psicoanalista argentina y pionera en
psicología de niños y adolescentes. Para esta estudiosa “el signo
característico de esta etapa es la necesidad de entrar y formar parte del
mundo adulto” (Griffa y Moreno, 2005). Al mismo tiempo, vive su crecimiento
corporal y el desarrollo de los órganos sexuales “como la irrupción de algo
desconocido que conlleva un nuevo rol” (Griffa y Moreno, 2005, p. 21),
modificándose así su rol frente al mundo, que lo compromete con él.

“El nuevo adolescente experimenta tres tipos de pérdidas que lo abocan a un


triple duelo: la pérdida del cuerpo infantil, de la identidad infantil y de los
padres de la infancia” (Aguirre Baztán, 2009, [Link] Tan así
que nuestro adolescente del caso práctico hace pocos días cumplió años y
ya se está preocupando por su siguiente cumpleaños “no quiere abandonar
la edad que tiene ahora, que es la que siempre quiso tener”; también escribe
sus memorias, para cuando se convierta en un adulto de esos que le
molestan: “estas van a ser mis memorias, las que voy a leer con nostalgia y
melancolía el resto de mis días”.

Si bien nos adentraremos en esta temática en el módulo 2, veamos un poco


esta teoría. Por regla general, ante la pérdida de una persona amada, un
objeto o una abstracción investida de líbido, el sujeto “sano” atravesará una
serie de etapas del llamado duelo normal, es decir dolor (el sujeto se refugia
en los recuerdos y pierde el interés por el mundo exterior), renuncia (al objeto
y se readapta a la vida sin este) y resignificación (busca nuevos objetos
donde redireccionar esta líbido). Sin embargo, así como hay un duelo normal,
también los hay patológicos, y el sujeto entra en un estado melancólico
donde esa líbido no puede ser redireccionada y deja de interesarse por el
mundo exterior al mismo tiempo que pierde la estima en sí mismo.

Mauricio Knobel

El doctor Mauricio Knobel (1922-2008), quien compartió parte de su obra con


Aberastury, consideró a los adolescentes los receptores de una gran
cantidad de fenómenos sociales patológicos y entendió que la sociedad
deposita en ellos aspectos que rechaza del mundo adulto y eso los vuelve
vulnerables y los pone en riesgo.

El autor planteó que los adolescentes tienden a llevar a cabo las


transgresiones a las leyes que los adultos solo se permiten fantasear, pero
asumen un rol permisivo frente a estas. Debido a que son una población
vulnerable, los fenómenos sociales como la delincuencia, la adicción a las
drogas, la prostitución o la promiscuidad sexual suelen afectarlos en mayor
medida. Para que se produzca un cambio en ellos, deben producirse
modificaciones en el mundo adulto, que es el encargado de contribuir a estas
situaciones, cuando, por ejemplo, les provee drogas, los explota
laboralmente o los introduce en la prostitución (Aberastury y Knobel, 1991).

Knobel sostuvo que este periodo debe considerarse una etapa con un bagaje
biológico individualizante, pero cuyas manifestaciones adquieren
características particulares, en función de la época y el lugar en los que se
manifiestan (Aberastury y Knobel, 1991). En el capítulo 2 de su libro, el autor
se refiere a lo que considera normal y patológico en la adolescencia. Este
autor será retomado en el siguiente módulo para debatir sobre el tema.

Octavio Fernández Mouján

Otro autor argentino, Fernández Mouján (1931-act.), un estudioso de la


problemática adolescente, ya hacia finales del siglo XX, establece su análisis
desde un enfoque situacional y considera elementos somáticos, psíquicos y
sociales como factores que intervienen en esta etapa. Además, destaca la
importancia de los duelos en este momento evolutivo y hace mención a que
el adolescente no solo es sujeto, sino también un objeto de duelo, ya que los
adultos también duelan al niño que ya no tienen. El autor también manifiesta
el conflicto que se genera entre el adolescente y su mundo externo, ya que
abandonar una posición les provoca sufrimiento.

Según Fernández Mouján, los cambios que debe afrontar corresponden al


área corporal, social y de la mente. En cuanto a lo corporal, irrumpen varios
estímulos desde su cuerpo; en el área social, debe asumir nuevos roles y ser
receptor de mensajes indirectos, y en el área de la mente, el adolescente
debe abandonar sus identificaciones infantiles. Todos estos cambios hacen
que estas nuevas situaciones no encuentren límites ni relaciones definidas;
por eso, el joven debe atravesar un período de confusión que lo lleva a
preguntarse quién es él y cuál es su identidad (Fernández Mouján, 1993) o,
como se lo pregunta Zabo, “¿Qué es un adolescente?”.
Si bien existen numerosos estudios que reflexionan sobre esta etapa del
ciclo vital, de los autores citados nos interesa recuperar sus estudios sobre la
especificidad de este periodo en relación con la infancia, la pubertad y la
adultez, según cada abordaje. Entre ellos existen discordancias, como en el
caso de Aberastury o Erikson respecto de algunos puntos de la teoría
freudiana. Sin embargo, todos han echado luz sobre lo que entendemos
como adolescencia y hoy nos permiten considerarla un objeto de estudio
específico en el campo de la psicología evolutiva.

Analizar el crisol de teorías nos permite tener herramientas para reflexionar


sobre el adolescente de la época posmoderna (que es el que nos convoca) y
tener en cuenta que este contexto determina, de un modo u otro, que la
adolescencia se dé de una manera diferente y con ciertas particularidades,
que son independientes a la etapa evolutiva del joven. Bien lo dice Zabo
también: “ninguno de ellos [padres, profesores, adultos] puede hablar a
ciencia cierta acerca de lo que es ser adolescente. No solo porque parece
que lo olvidaron, sino porque lo fueron en una época totalmente diferente a la
nuestra” (Zabo, 2019)

C O NT I NU A R
Lección 2 de 3

Determinantes culturales del comienzo y fin de la


adolescencia

El inicio de la adolescencia está signado por una serie de cambios de


características espectaculares que se hacen muy notables, ya que el ritmo
de crecimiento de la niñez es diferente. Todos los seres humanos pasan este
periodo a determinada edad, pero no siempre los cambios físicos se dan de
la misma manera y esto depende no solo de la edad, sino también del estado
de salud general de la persona.

Respecto al fin de la adolescencia, no es un periodo que esté determinado


por un hecho puntual o un conjunto de signos que dan cuenta de los cambios
que lo movilizan, como parecería ocurrir al comienzo. Una de las dificultades
es situar la etapa en un tiempo cronológico del ciclo vital (Griffa y Moreno,
2005) y, a pesar de separarse en fases según la edad, también se sitúa en
tiempos lógicos según el trabajo psíquico que esté realizando la persona. A
su vez, según la época y/o la sociedad en dónde este adolescente al fin de
esta etapa vital se encuentre, el criterio para determinar su finalización
puede relacionarse con indicadores tales como: la inserción laboral, la
responsabilidad jurídica, la separación de los padres, el casamiento o el logro
de un título universitario.
Los aspectos específicos de las fases de la adolescencia (inicial o baja,
media o propiamente dicha, final o alta) los veremos en el módulo 3, y
durante el módulo 2 iremos adentrándonos en algunos aspectos
mencionados en la lectura 1. No obstante, en vistas de la adolescencia como
fenómeno multivariable, en esta lectura nos detendremos en aspectos
relacionados a la historia de la adolescencia y su correlato cultural.

Aguirre Baztán (2009) nos cuenta que la adolescencia como tal, es una
“invención” occidental, ya que en “sociedades no desarrolladas” es un tránsito
representado en ritos de iniciación (desde la infancia hacia la adultez).

La formación del adolescente para la vida adulta, tan presente


en los ritos iniciáticos, ha sido dejada un tanto a suerte y las
evaluaciones se centran solamente en el rendimiento cognitivo,
separado de la tarea de la búsqueda de identidad y de la
construcción de la personalidad madura. (Aguirre Baztán, 2009,
[Link]

Pensamiento que también comparte el autor de la nota periodística, ya que


desde este punto comienza a escribir “el término adolescencia… se trata de
una construcción cultural, históricamente fechada” (Pujó, 2010,
[Link]

Cultura
La adolescencia, hasta mediados del siglo XX, fue considerada solo como un
paso hacia el mundo adulto. Se la hacía coincidir con la pubertad y duraba
muy poco, uno o dos años. Incluso, en algunas culturas en las que hay ritos
de iniciación, el tiempo de pasaje es equivalente a la duración de los rituales,
ya sea semanas, meses o un solo acto corto. Los ritos de iniciación son
usados en algunas culturas en las que, mediante alguna ceremonia, se
representaba el paso de la niñez a la vida adulta, las niñas se convertían en
mujeres y los niños en hombres. Esas costumbres eran compartidas y
aceptadas por toda la comunidad.

Margaret Mead (antropóloga), realizó una investigación sobre la


adolescencia en Samoa y la describe como un proceso no traumático,
diferenciándola así de la adolescencia del mundo occidental. Los
adolescentes de Samoa viven este paso por la “adolescencia” cuidando de
los más pequeños mientras los más grandes los cuidan a ellos: “todos tienen
una responsabilidad en la cadena familiar. Mientras que, entre nosotros, se
pasa bruscamente de la sumisión a la dominación, de la traumática sumisión
al padre hasta la estresante responsabilidad de fundar una familia” (Aguirre
Baztán, 2009, [Link] es decir, implica una crisis y un estrés
emocional, lo que también hace que sea un proceso con un alto gasto
psíquico.

Es por esto que, para Mead, la adolescencia no es un desarrollo biológico de


carácter determinista sino una configuración cultural y cada cultura
construirá su adolescencia, por lo que estudiarla requiere un análisis
transcultural (Aguirre Baztán, 2009). Esta postura antropológica se opone al
biologismo de Freud y Hall, ya que en ella la sintomatología adolescente o las
psicopatologías, al igual que su etiología, tendrían elementos particularmente
culturales.

Si bien es cierto que a nivel biológico todos los adolescentes “naturalmente”


atraviesan una serie de cambios físicos, en cada cultura son exacerbados o
minimizados de diferentes maneras. Por ejemplo ¿cómo se explica que en
nuestra sociedad se ponderen los cuerpos de las jóvenes muy delgadas? En
su nota, Pujó trae a mención cómo esto podría influir en el “comienzo” de la
pubertad: “la estética distintiva, se manifiestan mucho antes de la pubertad”
(2010, [Link] La delgadez puede demorar o dejar
truncados los fenómenos de la pubertad y, por otro lado, hace que lo
esperable, como el ensanchamiento de caderas en las mujeres, sea vivido de
una manera terrible, ya que es tomado como signo de gordura y no de
maduración sexual. En otra época ese “signo”, hoy asociado a la gordura, era
un signo de fertilidad. La diferencia se sostiene también en las expectativas
de vida, que hace tiempo determinaban que una mujer de 16 años sin
casarse y sin hijos iba a quedar sola por el resto de su vida (hasta los 40
años, por ejemplo), mientras que hoy la expectativa de vida es mayor y las
responsabilidades van cambiando. Por ejemplo, hoy consideramos que una
mujer embarazada a los 16 años es un problema social, ya que debe “crecer
más rápido” y, en algunos casos, abandonar sus estudios.

Pujó nos recuerda que “las diferencias etarias fueron siempre discriminadas
y nominadas de manera distintiva en la historia de Occidente desde la
Antigüedad” (2010, [Link] y allí realiza un brevísimo
recorrido por algunos siglos con las características respectivas y la valoración
cultural que le dan a la adolescencia.

Entonces, ¿es el fenómeno biológico determinante del comienzo de la


adolescencia? Si y no, ya que cada cultura también le dará una significación
especial a estos cambios físicos/biológicos. Concomitantemente, esto
afecta la formulación de los estadios o fases de la adolescencia, como bien
vimos en la lectura anterior y las diferentes posturas teóricas. Muus afirma al
respecto que

En las culturas occidentales, la sociedad intensifica estas etapas


de desarrollo a través de instituciones sociales, organizadas en
derredor de las mismas: grados escolares, ciclos de enseñanza
y el concepto legal y moral de "minoría de edad". El paso de un
nivel de edad o de escolaridad al siguiente, trae consigo cambios
de conducta socialmente esperados. Dichos cambios son
frecuentemente, de índole discontinua, especialmente los de la
adolescencia, cosa que confirmaría la teoría de las etapas
evolutivas. (Aguirre Baztán, 2009, [Link]

Otro ejemplo en nuestra cultura y aquellas mediadas por tecnología es la


influencia que esta tiene sobre los procesos del desarrollo. Es una variable de
exploración en la adolescencia de la postmodernidad. Si bien exploraremos
en profundidad la postmodernidad en el módulo 2, veamos algunos
aspectos: Arnett (2008) afirma que hay evidencia de la influencia de la
tecnología en el inicio de la pubertad, ya que existen registros históricos que
prueban una tendencia secular: la edad promedio de la menarquía o primera
menstruación disminuyó en los últimos 150 años en los países occidentales.

Familia y sociedad

Ya dijimos que Mead cuenta que en Samoa: “todos tienen una


responsabilidad en la cadena familiar” (Aguirre Baztán, 2009,
[Link] es decir en los procesos evolutivos y de desarrollo la
familia y/o el grupo social primario más cercano siguen siendo el centro de
contención desde donde se desprenden y se sostienen las distintas fases
evolutivas. Y, por el hecho de formar parte de un grupo (familiar y/o social), el
crecimiento de un individuo tendrá efectos en el resto de los individuos. El
modo en que lo hará, como venimos explicando, variará de cultura a cultura.
En la nuestra, esta metamorfosis de la pubertad afecta especialmente a los
padres del joven. Así como los adolescentes tienen que ajustarse a los
cambios que ocurren en su cuerpo, los padres tienen que adaptarse a la
nueva persona en la que se está convirtiendo su hijo.

No obstante, dentro de la cultura occidental también hay variaciones, por


ejemplo, entre Latinoamérica y Norteamérica. Arnett, en sus publicaciones e
investigaciones realizadas en Estados Unidos hace referencia a que los
cambios físicos provocan la modificación en las relaciones y no la edad por sí
sola. El autor se pregunta por qué cambian las relaciones entre padres e hijos
en la pubertad y, en ese punto, recupera el trabajo de otros autores que
sostienen que la mayor distancia entre ellos tiene una base evolutiva y puede
deberse a un mecanismo de adaptación de los jóvenes, ya que una vez
alcanzada la madurez sexual pueden aparearse y reproducirse por fuera de
la familia. Esta teoría se denomina hipótesis del distanciamiento. No
obstante, hay otras investigaciones que establecen que este distanciamiento
no se da en todas las familias y sería típico de la sociedad estadounidense y
no tan común en las familias latinas.

¿Y en relación al fin de la adolescencia? También hay factores evolutivos


psíquicos, cognitivos, sociales y culturales. Por ejemplo, en Occidente, el
joven comienza a establecer vínculos fuera del ámbito familiar que, en esta
etapa de conflicto, no suelen ser aprobados por las familias. Esto da lugar (a
veces) a la rebeldía, importante en esta etapa, porque para incorporarse al
mundo adulto es necesario separarse de los padres, por lo menos de la
manera en que el sujeto se había relacionado cuando era un niño. Un
ejemplo de esto es la fuga del hogar cuando no encuentra otra alternativa a
la incomodidad en la relación con sus padres.

Sin embargo, esta capacidad de salir del ámbito familiar para formar su
propio espacio y, así, buscar su modo de estar en el mundo basado en su
propia decisión e identidad, no se hace sin contratiempos; y como
mencionamos anteriormente, una de las posibles manifestaciones ante este
conflicto es la rebeldía. Esta suele ser considerada una consecuencia obvia
de la adolescencia, pero sabemos que no siempre es así y que muchas veces
es instrumental, pero otras veces o bien no se manifiesta o es entorpecedora
del proceso evolutivo del adolescente.
Ahora, a nivel social, nuestras normas dispuestas en el Código Civil y
Comercial de la Nación (vigencia desde 2015) establece que:

ARTÍCULO 25.- Menor de edad es la persona que no ha cumplido


dieciocho años. Este Código denomina adolescente a la persona
menor de edad que cumplió trece años.

ARTÍCULO 26.- La persona menor de edad ejerce sus derechos a


través de sus representantes legales. No obstante, la que
cuenta con edad y grado de madurez suficiente puede ejercer
por sí los actos que le son permitidos por el ordenamiento
jurídico. En situaciones de conflicto de intereses con sus
representantes legales, puede intervenir con asistencia letrada.

La persona menor de edad tiene derecho a ser oída en todo


proceso judicial que le concierne, así como a participar en las
decisiones sobre su persona.

Se presume que el adolescente entre trece y dieciséis años


tiene aptitud para decidir por sí respecto de aquellos
tratamientos que no resultan invasivos, ni comprometen su
estado de salud o provocan un riesgo grave en su vida o
integridad física.

Si se trata de tratamientos invasivos que comprometen su


estado de salud o está en riesgo la integridad o la vida, el
adolescente debe prestar su consentimiento con la asistencia
de sus progenitores; el conflicto entre ambos se resuelve
teniendo en cuenta su interés superior, sobre la base de la
opinión médica respecto a las consecuencias de la realización o
no del acto médico.

A partir de los dieciséis años el adolescente es considerado


como un adulto para las decisiones atinentes al cuidado de su

propio cuerpo1.

[1] Ley 26.994 (2014). Código Civil y Comercial de la Nación. Honorable Congreso de la

Nación Argentina.

A su vez, el Código Civil y Comercial de la Nación obliga al progenitor a que


cuide, alimente y eduque a sus hijos hasta los 21 años, incluso, esta
obligación puede extenderse hasta los 25 años, si el hijo mayor de edad se

capacita2.

[2] Arts. 662-663. Ley 26.994 (2014). Código Civil y Comercial de la Nación. Honorable Congreso de la Nación

Argentina.

Educación y trabajo

En relación al inicio de la adolescencia, el trabajo y la educación, podemos


establecer ciertos ítems como la extensión de la educación, y con ello la
extensión de la independencia, o las desigualdades socioeconómicas que
llevan a que jóvenes de 10, 11, 12 años tengan responsabilidades laborales.
Sin embargo, en relación a la educación y el trabajo, donde mayormente se
ve la influencia es en la finalización de la adolescencia.

Si rastreamos en las reflexiones de los distintos autores, encontramos


diferentes posturas en relación con los principales indicadores para designar
el fin de la adolescencia.

En los años 80, Françoise Dolto, médica pediatra y psicoanalista francesa,


describió una postadolescencia, es decir, una adolescencia después de la
adolescencia. Esta idea encuentra su origen en una problemática que
percibía en su consultorio, al que concurrían personas que rondaban los 30
años que no habían logrado una independencia mínima, una estabilidad
afectiva o una identidad clara, es decir, manifestaban indicadores de una
conflictividad adolescente persistente (1991).

Uno de los criterios para reconocer esta falencia tenía que ver con la
independencia económica, pensada en el marco de una Francia en la que
escaseaban los puestos de trabajo. Un fenómeno social como el desempleo
puede demorar la salida de esta etapa y Dolto enfatiza la importancia de la
independencia económica. La sociedad funciona como condicionante.

Por su parte, Louise Kaplan, autora y psicoanalista neoyorquina nacida en


1929, plantea que no existe claridad sobre la temporalidad de la
adolescencia, ya que su duración se extiende desde una semana en las
culturas primitivas, hasta los 23 años en las culturas occidentales (Griffa y
Moreno, 2005).

Otros autores como Obiols y Di Segni de Obiols destacan, entre las posibles
causas, la prolongación de los estudios o la glorificación de la adolescencia.
Es decir, la adolescencia es entendida como un momento en el que los
jóvenes se detienen y generan logros propios y deja de ser solo una época
transitoria (1995). Esto es algo que ya Doltó destacaba en los años 80,
cuando sostuvo que la Revolución Industrial, el Capitalismo, la globalización,
ante la escasez de vacantes laborales exigieron una mayor capacitación
década tras década; algo que también menciona Pujó en su nota:

La formación en instituciones educativas y la prolongación de su


permanencia en el seno del grupo familiar delimitan las
coordenadas donde la adolescencia irá encontrando los rasgos
que la especifican como entidad dentro del rango más amplio de
la juventud. (2010, [Link]

Muchas depresiones aparecen porque no todo el mundo tiene «capital»


psíquico para afrontar individualmente (como lo demanda la democracia
igualitaria pero competitiva) su responsabilidad. Una adolescencia
excesivamente individualizada, expuesta constantemente a la
competitividad presente y futura, lleva a un estrés emocional que no todos
pueden soportar; como si fuese una carrera de ver quién madura solo/a y
primero/a. Nuestra sociedad occidental, con un cambio acelerado y en una
cultura de competitividad e individualismo consumista, ha construido un
modelo de adolescente de estrés y tensión (de «crisis»), creando en el
adolescente una constante interrogación en torno a su identidad, a veces
sustituida por la «marca» singular que fabrica el consumo (Aguirre Baztán,
2009).

Entonces, ¿cuándo comienza y cuándo termina la


adolescencia?

Como hemos observado en lecturas anteriores, los procesos que forman el


ciclo vital de las personas difieren en cada individuo y según cada contexto, y
existen numerosas variables que entran en juego. El inicio de la adolescencia
puede estar indicado por cambios físicos que evidencian que el cuerpo del
niño comienza a transformarse; hormonales, que influyen en su conducta, y
modificaciones psicológicas que establecen nuevos parámetros para
determinar las relaciones con el entorno y con uno mismo. Sin embargo,
insistimos en que estas variables no son excluyentes ni tampoco
independientes unas de otras. Los motores de estos cambios tienen un lugar
en el ciclo biológico, pero los niños también reciben estímulos del círculo
social, cultural y afectivo en el que se desenvuelven.

Y en el otro “punto” de la adolescencia, en el fin de esta etapa, se deben


considerar varios factores: biológicos, sociales, psicológicos, culturales y
legales, entre otros. En esta etapa, se intenta resolver el conflicto
profesional-ocupacional. La elección de una carrera es uno de los problemas
que tiene que afrontar el adolescente en forma individual. Este ensaya y
consolida su modo de vida y su relación con los demás, y prevalece la
búsqueda de la intimidad, es decir, aquello que representa lo más interno de
la persona.

Bien lo dice Pujó (2010) al finalizar su nota: “la adolescencia es un hecho de


cultura y por lo tanto no puede tener una descripción estructural de alcance
universal, se manifiesta de diferentes modos, según la expresión cultural de
ese grupo al que pertenece el/la adolescente” (2010,
[Link]

C O NT I NU A R
Lección 2 de 4

Métodos y técnicas para el estudio adolescente

Psicología científica

La psicología nació en el siglo XIX, una época positivista, y busca en este


entonces posicionarse como una ciencia experimental (tal como la física o la
biología), lo que lleva a que intente conseguir “objetividad” y para ello
implemente esquemas experimentales, de precisión, estadísticos, etcétera.
Desde esta mirada, los aspectos históricos e individuales dejan de tenerse en
cuenta (Lutte, 1991). Recién en los años 60 los psicólogos occidentales
tomarán en consideración estos aspectos y dirán que “no puede
comprenderse el desarrollo de los individuos sin incluirlo en la historia de la
sociedad” (Lutte, 1991).

Esta perspectiva histórica incluida en el estudio del desarrollo humano


muestra que, al igual que la evolución histórica, este puede ser contado o
interpretado, pero no explicado desde leyes que se basen en las ciencias
naturales; es decir, los sujetos se vuelven también sujetos productores de su
historia. Con esta nueva postura de la ciencia de la psicología, surge
nuevamente la discusión respecto a la “subjetividad del investigador”, el cual
es considerado un actor que interpreta la realidad, infiriendo significados,
contando los acontecimientos, e integrándolos en una estructura, al mismo
tiempo que explica la complejidad de multivariables confluyentes. “Así pues
la temporalidad, que es la estructura del desarrollo humano, hace de la
psicología una ciencia histórica y no experimental; aunque, como la historia,
puede utilizar métodos experimentales” (Lutte, 1991)

La práctica científica en psicología y las teorías respecto a la adolescencia


que hemos visto en la lectura anterior han atravesado diferentes fases.
Siguiendo a Lutte (1991) podríamos agrupar en categorías las teorías sobre
la adolescencia, en función de tres orientaciones que detallamos a
continuación.

1 Orientación biológica: considera la adolescencia como una fase


natural y universal del desarrollo humano.

2 Orientación cultural: interpreta la adolescencia como una invención


necesaria para el pleno desenvolvimiento de la personalidad y la
supervivencia de sociedades evolucionadas.

3 Orientación histórica y cultural: analiza la adolescencia como un


período de marginación y de subordinación que deriva de unas
estructuras socioeconómicas basadas en el provecho y el poder de
unas minorías privilegiadas (estudios derivados de movimientos
sociales).
Pero, ¿cómo estos científicos y científicas han llegado a estos estudios y
construcciones teóricas? Veamos algunos métodos y técnicas para el
estudio de los fenómenos analizados en la psicología del desarrollo.

Diseños de investigación en la psicología del desarrollo

La Psicología del Desarrollo es un campo de investigación específico que


estudia los cambios evolutivos de los seres humanos (conductuales,
cognitivos, biológicos, etcétera) a lo largo de las diferentes edades biológicas
y cronológicas. Este campo no cuenta con un solo método de estudio, sino
que existen diversas aproximaciones metodológicas que permiten estudiar
el desarrollo del ser humano con sus especificidades: “por ejemplo, no
pueden aplicarse los mismos métodos al estudio de los bebés que al estudio
de los adolescentes” (Gutiérrez Martínez y Vila Chaves, 2015)

No obstante, todas las derivaciones surgen del método científico, también


llamado “método hipotético-deductivo, en referencia a sus principales fases:
A) formulación de hipótesis (inducción); B) derivación de predicciones
(deducción); C) comprobación empírica de las predicciones” (Gutiérrez
Martínez & Vila Chaves, 2015). De esa manera, se pretende establecer un
conocimiento descubriendo lo subyacente a los hechos y fenómenos de
objeto de estudio, para así desarrollar leyes y teorías que expliquen (en parte)
la realidad.
Entre los diseños de investigaciones en la psicología evolutiva, podemos
encontrar estudios intra-grupos y estudios inter-grupos. Los primeros toman
un solo grupo que es estudiado y medido sobre la misma variable
independiente (variable que introduce quien investiga), y los segundos
responden a un grupo distinto para cada variable independiente. De allí se
derivan dos diseños característicos de este campo:

el diseño transversal como estrategia intergrupo, en el cual se


compara en un único momento temporal distintos grupos etarios o
distintas generaciones;

el diseño longitudinal como estrategia intragrupo, en el cual se


realiza el seguimiento de los mismos sujetos a lo largo de un cierto
período de tiempo. La muestra se compone de individuos de una
misma generación de los que se obtienen medidas en distintos
momentos temporales, es decir a lo largo de los años (Gutiérrez
Martínez y Vila Chaves, 2015).

Por ejemplo, retomando la publicación de Sandler (2004), si quisiéramos


estudiar los efectos de las intervenciones respecto del uso y abuso de
sustancias por parte de los adolescentes, tendríamos que realizar un diseño
longitudinal, a fin de ver el impacto de la intervención y la forma en que los
adolescentes se comportan, como así también un diseño transversal para
determinar cómo se manifiesta el uso y abuso de sustancias en
adolescentes de distintos grupos etarios, ya que no será lo mismo el
consumo en adolescentes de 12-13 años que en los de 21-22 años.
Al estudiar al ser humano en psicología del desarrollo, han de tenerse en
cuenta variables como la edad, momento de la observación (contexto
sociohistórico) y la generación del sujeto observado.

Limitaciones de los diseños longitudinales y transversales

Los estudios transversales son más frecuentes que los longitudinales, ya que
son más prácticos y no requieren tantos recursos. No obstante, el problema
de los datos transversales es que “al no reflejar directamente la función
evolutiva individual- no siempre constituyen una buena aproximación a lo que
se obtendrá con un estudio longitudinal” (Gutiérrez Martínez y Vila Chaves,
2015). Otra de las limitaciones características es que observar al mismo
tiempo grupos etarios muy distintos puede dificultar el estudio de ciertas
variables al no resultar equivalentes: se dificulta distinguir si lo observado es
propio de la edad o más bien de una cuestión generacional (Gutiérrez
Martínez y Vila Chaves, 2015).

Por su parte, los diseños longitudinales y su selección de muestra con un solo


grupo etario muestran tanto un aspecto positivo como una limitación: por un
lado evitan el sesgo selectivo (los sujetos son comparados desde el punto de
vista generacional) y por el otro se dificulta la generalización a otras
generaciones (representatividad).

Por otro lado, nótese que de la misma manera que en los


diseños transversales el único momento de la medida obliga a
disponer de varias muestras de edad, en los diseños
longitudinales, por el contrario, es el hecho de limitarse a una
sola muestra generacional el que impone la necesidad de
múltiples momentos de medida para poder observar cada edad;
es decir, el tiempo en que medimos es distinto para cada una de
las edades. Así, y también de forma análoga, se produce
inevitablemente una confusión entre los efectos de ambas
variables: en este caso entre edad y momento de la medida. En
otras palabras, al no incluir grupos con distintas «historias», este
tipo de diseño no permite separar los efectos madurativos y los
derivados de la experiencia vivida hasta los distintos momentos
de medida. (Gutiérrez Martínez y Vila Chaves, 2015, p. 107).

Técnicas de estudio del desarrollo

Las técnicas de estudio refieren a la forma en la que se observará y se


registrarán las conductas de los sujetos de muestra en los diseños
mencionados anteriormente. Entre ellas, podemos encontrar las que se
detallan a continuación.

Observación

Como método es relativamente directo y se lleva a cabo en una situación
natural, a fin de que el investigador no altere las condiciones del escenario de
observación y pueda registrar la conducta y cómo se produce (su objetivo es
descriptivo).

Medición

Es más bien una observación sistemática y con mayores controles que la
observación directa. Implica instrumentos y procedimientos con consignas
más cerradas (test, escalas, cuestionarios, etcétera). También pueden
implementarse procedimientos relativamente abiertos, pero cuyo fin es la
medición y el uso de instrumentos de la auto-observación y el auto-informe.
Aquí se incluye el método clínico.

Experimentación

Es una técnica que surge a partir de las dificultades de saber lo que piensan y
sienten los individuos, informaciones inaccesibles a la observación directa
(las variables evolutivas del desarrollo responden a una observación directa).
Sin embargo, esta técnica también presenta sus dificultades a la hora de
investigar en psicología del desarrollo; por ejemplo, las dificultades
específicas y limitaciones que tengan los sujetos para la comprensión y
expresión de ciertas variables, según su fase evolutiva.

La clasificación de “relaciones” que realiza Sandler (2004) en parte muestra


la necesidad de emplear diferentes técnicas de estudio. Por ejemplo, se
podría implementar la técnica de observación para temas como la agresión
escolar y técnicas de medición (autoinforme) para asuntos como la
sexualidad adolescente.

A estas técnicas previamente mencionadas, en la modernidad se pueden


sumar las posibilidades que brindan los avances tecnológicos, con técnicas
de simulación y neurofisiológicas.

Este recorrido “veloz” entre los métodos de investigación en el campo


específico de la psicología del desarrollo, dan cuenta de la importancia de
saber utilizar los instrumentos y técnicas, al mismo tiempo que realizar un
estudio multivariable de un fenómeno tan complejo y dinámico como lo es el
desarrollo humano. Puntualmente en relación a la adolescencia, esto se ve
reforzado por aquello que se vio en la primera lectura de este módulo y la
importancia de la especificidad y de comprender que estudiar esta etapa
evolutiva desde una mirada biologicista es reduccionista. Esto se debe a que,
como se explicó en la lectura anterior, las variables cultura, generación y
sociedad no solo influyen cuándo y cómo inicia y termina esta etapa, sino en
la forma en que se desarrolla.

C O NT I NU A R
Lección 2 de 4

Desarrollo físico en la adolescencia

La pubertad es una etapa con cambios que sobrepasan los perceptibles en


los órganos genitales y la sexualidad. Hay modificaciones en el sistema
cardiovascular y, por lo tanto, en el corazón (que aumenta su tamaño casi el
doble), en los pulmones, en el tamaño y fuerza de los músculos, etcétera. Es
por ello que esta etapa debe considerarse “como un acontecimiento en la
vida física del cuerpo con implicaciones de gran amplitud” (Coleman, 2013).

Scammon (en Aguirre Baztán, 2009) define cuatro tipos básicos de


crecimiento y maduración en tanto especie y a lo largo de las etapas
evolutivas del ser humano, en los que se puede comprobar la discronía:

tipo linfoide: crecimiento rápido y máximo entre los 11-12 años;

tipo neural: refiere al cerebro y estructuras anexas (médula espinal,


aparato óptico, auditivo, etcétera); en los primeros cinco años la
curva de crecimiento es rápida, sin embargo el cerebro se sigue
desarrollando hasta la adolescencia tardía;

tipo general: crecimiento rápido los primeros años, luego un


intervalo más bien lento, para luego desarrollar un crecimiento
notable en la adolescencia;

tipo genital: con brusca aceleración en la pubertad.

Todos estos cambios biológicos hacen su “metamorfosis final”, en la


adolescencia. Por eso, estos cambios le ocurren a todos los adolescentes, sin
importar la raza o cultura a la que pertenezcan. Sin embargo, no existe una
causalidad lineal entre la maduración biológica y el desarrollo psíquico.

Freud destacó la importancia de los cambios de la pubertad y sostuvo que


son las modificaciones biológicas de esta etapa las que imponen la madurez
sexual del individuo e intensifican todos los procesos psicobiológicos que se
viven a esta edad (Abersatury y Knobel, 2006).

Marcelo Viñar, en el artículo titulado “Las adolescencias del siglo XXI”, señala
que:

Lo biológico no es la causa que determina efectos psicosociales


(intrapsíquicos y vinculares), que vendrían por añadidura. Este
determinismo lineal es mecanicista y simplificador. Es mejor
pensar que la tormenta hormonal pubertaria es el gatillo que
dispara, que desata un trabajo mental, inédito (inaugural quizás),
que cada individuo y grupo humano deben transitar, tramitar o
resolver. Y que una vez desatada la tormenta puberal, biología y
cultura interactúan en un paradigma complejo sin prioridad
lógica de unos sobre otro. (2009, p. 96).
Se suele llamar a estos cambios la revolución biológica de la pubertad, ya que
se dan de una forma acelerada y no mantienen el ritmo de la niñez. Estos
modifican la anatomía, la fisiología y la apariencia física del adolescente, le
dan al conjunto del cuerpo un aire desgarbado y traen aparejada la torpeza
en los movimientos. Los jóvenes suelen tener dificultades para incorporar el
crecimiento acelerado de sus miembros y, por eso, se llevan por delante las
sillas o dejar caer las cosas cuando intentan agarrarlas.

Según Griffa y Moreno (2005), estos cambios corporales son una expresión
de lo dado; es decir, surgen de factores endógenos y dependen parcialmente
de factores ambientales. No obstante, las influencias climáticas (radiación
solar o temperatura), alimenticias y sociales son importantes en cuanto al
momento de su manifestación.

Los autores citan a Ausubel (autor estadounidense que vivió entre 1918 y
2008), quien distingue tres niveles en los cambios corporales. Observa su
detalle en la tabla 1.

Tabla 1: Niveles propuestos por Ausubel para los cambios corporales en la


adolescencia

Niveles Cambios corporales


Activación de las hormonas gonadotróficas de la
Nivel 1 hipófisis. Estimulan y desencadenan los cambios
corporales y sexuales.
Nivel 2 Secreción de la hormona del crecimiento.
Producción de óvulos y espermatozoides.

Incremento de la corteza suprarrenal.


Desarrollo de las características sexuales
primarias
Nivel 3

Desarrollo de los caracteres sexuales secundarios


Fuente: Girffa y Moreno, 2005.

Los cambios se producen cuando se pone en marcha el sistema endócrino,


las glándulas liberan hormonas y los incrementos en las concentraciones
hormonales producen las modificaciones en el cuerpo del adolescente y son
las responsables de que se den de esa manera tan vertiginosa:

La pubertad se inicia aparentemente en la hipófisis anterior,


órgano productor de varias hormonas y regulador de otros
órganos endocrinos productores de otras tales como tiroides,
suprarrenales y gónadas. La hipófisis segrega las hormonas
gonadotrópicas (LH y FSH) existiendo además un aumento de la
secreción de los andrógenos producidos por las glándulas
suprarrenales. Los conocimientos neuronales actuales indican
que el inicio de la pubertad se produce cuando existe un
incremento en la secreción nocturna de gonadotropinas.
(Aguirre Baztán, 2009, [Link]
Diferencias en el inicio de manifestación de los cambios en
niñas y niños

Griffa y Moreno (2005) mencionan que los cambios se inician en lo que ellos
denominan la preadolescencia (estirón puberal) y los niños y niñas la
inauguran en diferentes etapas.

El estirón refiere a “la tasa acelerada de aumento en talla y peso que se


produce durante la adolescencia temprana” (Coleman, 2013). En las niñas
este proceso puede comenzar desde los siete u ocho años, incluso entre los
12-14 años; y en los niños desde los nueve años o incluso también alrededor
de los 15 años.

En esta primera etapa, el aumento de la altura y el peso son muy variables


entre un sexo y otro. El promedio de aumento de peso es de 5 kilos por año.
En cuanto a la altura, las niñas crecen entre 7 y 10 centímetros y los niños
entre 9 y 12 centímetros. No obstante, hay una polémica respecto a las
publicaciones científicas e investigaciones sobre estos temas: algunos
autores sostienen que los cambios puberales significativos se producen
antes de los dos o tres últimos decenios (Coleman, 2013).

La producción de GH (hormona del crecimiento) y la tiroidea tiene impacto en


la maduración biológica de los humanos. Producto de ello se genera la
diferencia morfológica y dimensional que empieza a establecerse entre
varones y mujeres. Algunas de estas transformaciones evidencian la
maduración sexual, asociada a la aparición de los caracteres sexuales
secundarios: tradicionalmente en los varones se da el vello púbico, axilar y
facial, desarrollo de la genitalidad, cambio de la voz y primera eyaculación. Y
en las mujeres, vello púbico y axilar, desarrollo mamario y primera
menstruación (menarquía).

Figura 1: Estadio de caracteres sexuales secundarios

Fuente: Aguirre Baztán, 2009, [Link]


Aquí un paréntesis: el período puberal, como se observó, es producto de una
gran interacción de sistemas, entre ellos el endócrino y el reproductor; por lo
tanto, la producción de hormonas como andrógenos y estrógenos tienen una
fuerte implicancia en estas características sexuales “tradicionales”. En
aquellos adolescentes que estén en tratamientos hormonales por distintos
motivos esto podrá variar. Aquí nos referimos al sexo biológico tradicional y
binario en términos de masculino (testículos) y femenino (ovarios) (cabe
aclarar que ambos sexos y órganos producen los diferentes tipos de
hormonas, lo que variará es la cantidad de cada una de ellas). No obstante
(con más o menos complicaciones) las modificaciones corporales y de
crecimiento en todos los adolescentes tienen un impacto tanto a nivel
biológico como psíquico, emocional y social. Algunos aspectos en relación a
la identidad, sexualidad y género los exploraremos en el módulo 3.

Crecimiento del esquema corporal físico

También sucede que durante el estirón de crecimiento no todas las partes


del cuerpo progresan al mismo ritmo ni en los mismos tiempos, esto se
denomina asincronía del crecimiento. Por ejemplo, las extremidades son las
primeras en alcanzar el estirón, pero algunas crecen más que otras. Así, las
manos y los pies crecen más rápido que los brazos y las piernas y, a su vez,
las piernas terminan de crecer antes que los hombros y eso hace que, en
algunos momentos del crecimiento, los jóvenes tengan un aspecto
desproporcionado y desgarbado.
Ahora bien, todos estos cambios del cuerpo generan diferentes reacciones
en los adolescentes, ya que implican una reelaboración del esquema
corporal. Este, según Griffa y Moreno (2005), es la imagen mental o la
resultante intrapsíquica de la realidad que el sujeto tiene de su cuerpo, es
decir, una representación mental que se elabora como consecuencia de las
experiencias que se tienen del cuerpo.

Coloquialmente, se denomina a la adolescencia “la edad del pavo”. Esta


denominación responde a algunas características como el hecho de que el
adolescente siente que está cambiando y, como estos cambios son tan
bruscos, le generan pérdida de confianza en el dominio de las funciones
corporales. Primero, adquiere manos y pies de adulto, aunque eso no sucede
con los brazos y las piernas, y desarrolla una fuerza muscular que le provoca
torpeza motora. Todos estos cambios de forma, fuerza y coordinación
producen los desajustes con el “nuevo” cuerpo ya que, si bien es el mismo,
los cambios hacen que se tenga la sensación de que es un cuerpo
desconocido y, frecuentemente, no es percibido como una continuidad. Ya
veremos, en otras lecturas, que hay autores que aseguran que a partir de los
cambios corporales el joven debe hacer un duelo por el cuerpo infantil
perdido, ya que ahora tiene “otro” cuerpo con formas y funciones muy
diferentes. Esos cambios hacen que el adolescente no se reconozca, que se
pregunte quién es y que no sepa qué le está pasando; esto muchas veces le
provoca angustia.

Es tan importante como impactante observar estos cambios, que los


creadores de la serie mencionada han llamado “monstruos de las hormonas”,
que acosan, aparecen de la nada y guían a los jóvenes por sus cambios
hormonales y excitaciones constantes. Tal como ocurría con los monstruos
en la niñez, los cambios pueden ser aterradores o dar “algo de valentía” para
enfrentarlos. Lo seguro es que los adolescentes deben convivir con estos
monstruos que les estarán preguntando quiénes son, o estas hormonas les
incitarán a “querer hacer, desear” aún cuando su esfera psíquica y emocional
se encuentre en maduración. Un proceso bastante confuso y angustiante la
mayoría de las veces.

Además de las valoraciones personales, en función de cómo se den esos


acontecimientos en relación con los otros, el joven puede sentirse diferente y
lo distinto suele ser vivido como lo anormal, en el sentido de que está fuera
de la norma; entonces, los cambios puedan tener una valoración negativa.
Por ejemplo, en nuestra sociedad aún hay modelos de “cómo debería lucir un
cuerpo joven” y se muestra estereotipadamente en diferentes anuncios. El o
la joven que es diferente de este estereotipo puede tener sensaciones de
incomodidad e inseguridad, al mismo tiempo que realiza una comparación
entre sus pares contemporáneos. A su vez, producto de los valores
culturales, los estudios (Coleman, 2013) han demostrado que para los
varones la maduración temprana tiene ventajas sociales a diferencia de la
maduración tardía. Para las mujeres es más complejo, ya que la maduración
temprana puede reflejar tanto ventajas (status social, mayor confianza,
etcétera) como desventajas (síntomas psicosomáticos, problemas
alimenticios, depresión, etcétera). Los efectos, muy probablemente, tendrán
repercusiones en su desarrollo social y por lo tanto psíquico, de modo
paralelo al propio desarrollo psíquico de esta etapa.
Los estudios clave se pueden encontrar en dos números
especiales de Journal of Youth and Adolescence (BROOKS-
GUNN y cols., 1985). Dos temas particulares tratados en ellos
incluyen, en primer lugar, el significado de la pubertad para el
individuo y para los que se encuentran en su ambiente
inmediato y, en segundo lugar, los factores que afectan al
momento en que tiene lugar la pubertad. (Coleman, 2013, p.
39).

Como lo expresa Brega en el artículo del diario en una primera referencia “la
infancia es una etapa siempre idealizada por el cine y la TV” (2017,
[Link] y esta réfleja los valores sociales, así como también
lo social replica dichos estereotipos ficticios.

Un elemento central en las transformaciones del cuerpo es la menarquía en


las niñas y la producción de semen en los varones, con ciertas
particularidades en la significación que tales fenómenos implican. Por
ejemplo, la menarquía suele ser vivida –en nuestra cultura– como algo
peligroso y dañino que hace que aumente la ansiedad en la joven. No se da
siempre, pero en muchas niñas se observa este sentimiento desagradable
frente al sangrado menstrual. En este sentido, la actitud que tengan los
padres o los representantes adultos en la aceptación de las etapas
anteriores y en el acompañamiento del proceso puede incentivar la
aceptación de la sexualidad femenina y hacer que el inicio de la genitalidad
tenga una connotación positiva. Es decir, a diferencia de lo que se creía en
otras épocas, las niñas también atraviesan por períodos hormonales
“monstruosos” y la menstruación, además de poseer un valor biológico y de
maduración reproductiva, en nuestras sociedades occidentales tiene una
connotación social; simpática la “monstrua de las hormonas”.

Otro elemento condicionado por las transformaciones del cuerpo es el


contacto con el otro sexo, ya que las posibilidades de tener relaciones
sexuales ya no son una fantasía sino una realidad. La intensidad de los
deseos sexuales dificulta la comunicación y, por otro lado, requiere de mayor
información y esclarecimiento para el joven, lo que busca en su entorno.

Sintéticamente, podemos decir que las modificaciones corporales producen


temores y deseos. Si el crecimiento se da muy rápido, los jóvenes pueden
temer ser gigantes o personas deformes y eso puede provocar que se aíslen
para que no les vean o intenten pasar desapercibidos. Asimismo, pueden
sentir angustia si ven que su cuerpo no se desarrolla al mismo ritmo que en
el resto de compañeros o amigos de la misma edad.

En general, en la etapa de los cambios físicos marcados, los jóvenes tienden


a sentirse observados, les suele molestar la mirada de los otros y, a su vez,
les preocupa saber si agradan o no físicamente a los demás.

Correlativamente, a nivel psíquico se ve afectada la relación entre el yo, el


ello y el superyo. A este respecto:

Anna Freud ha señalado que la genitalidad determina


modificaciones del yo que se ve en graves conflictos con el ello,
obligándole a recurrir a nuevos y más específicos mecanismos
de defensa. Melanie Klein sostiene que la resurgencia de libido
que sigue a la latencia, refuerza a las demandas del ello al
mismo tiempo que las exigencias del superyó se incrementan. El
compromiso entonces no sólo cubre al yo y al ello, sino que hace
intervenir al superyó, desde el primer momento intervienen los
padres, son estas luchas con las figuras parentales mediante los
procesos de identificación con las mismas, las que van a llevar a
la cristalización final de la identidad adolescente, preparándola
para ser una identidad adulta. (Aberastury y Knobel, 2006, p.
59).

En síntesis, los cambios de la pubertad, con la indiscutida presencia de la


menstruación o la aparición de semen, producen gran ansiedad y
preocupación. Hacen que la necesidad de aceptación de la genitalidad surja
con fuerza y se le imponga al adolescente adquirir el rol genital vinculado con
la procreación y la correspondiente definición sexual.

Después de analizar los cambios físicos de los jóvenes y lo que les sucede
también desde el punto de vista psicológico, nos detendremos en otra de las
tareas que tiene que realizar, paralelamente, el adolescente durante esta
etapa: el duelo.

Quizá te preguntes por qué esa nota periodística hace mención a una serie
sobre los/las monstruos/as hormonales (quizá no). Lo destacable aquí es
que es tan complejo e importante este cambio biológico que atraviesan las
personas durante la pubertad, que da material para realizar una producción
audiovisual con gran recurrencia y a su vez crear personajes que muestren,
hablen, actúen, todos estos cambios.

Cerebro adolescente

La madurez cognitiva, emocional y física, irá determinando la adultez que el


sujeto alcanzará en algún momento. Dentro de la madurez cognitiva
podemos encontrar los tipos de pensamiento (lectura 2), en la madurez
emocional los diferentes cambios y procesos psíquicos (duelos y trabajos,
por ejemplo), y en lo que respecta a la madurez física, esta comienza por la
pubertad y lo hemos mencionado hasta ahora.

Aun así, los cambios neuroanatómicos y neurofisiológicos no son menores


en cuanto a las implicancias evolutivas; sobre todo si comprendemos al ser
humano como un ser bio-psico-social. Y como bien vimos en el módulo
anterior, una de las dificultades para estudiar el crecimiento y el desarrollo
son las implicancias culturales (que también tienen impacto en los hechos de
evolución biológica). No obstante, la adolescencia es un periodo significativo
en las estructuras y funcionalidades del organismo, en particular el cerebro.

Durante la preadolescencia (10-12 años) y la adolescencia temprana (12-14


años) tiene lugar un fenómeno conocido como “poda neuronal” de aquellas
conexiones neuronales que no se consolidaron.
Estos cambios del cerebro a nivel estructural se asocian con
enormes mejoras en las habilidades cognitivas básicas y en el
razonamiento lógico, como evaluar los pros y contras de gastar
todo el sueldo en una PlayStation o usarlo para pagar los
impuestos. (Godoy, 2017, p. 56).

Ya en la adolescencia tardía (16-18 años) y la adultez temprana (+19 años),


“se produce un incremento de la sustancia blanca en la corteza prefrontal”,
proceso denominado (en este caso) “mielinización”, lo que permite una
comunicación con mayor eficacia entre neuronas. Por lo tanto, habrá una
mejor comunicación entre las diferentes áreas de la corteza prefrontal y una
mejora en la correcta ejecución de sus funciones.

La vinculación que se produce entre la corteza prefrontal y el desarrollo del


sistema de recompensa se vincula directamente con la regulación de las
emociones y el desarrollo del autocontrol.

En conjunto, la poda neuronal y la mielinización tienen lugar de


manera progresiva en las áreas en las que se alojan los
sistemas implicados en el desarrollo de conductas adictivas
(sistema de recompensa), en el hipocampo (responsable de la
memoria y el aprendizaje espacial) y, finalmente, en la corteza
prefrontal (Crews y otros, 2007). (Godoy, 2017, p. 57).

Sumando esto a lo que sostiene Knobel sobre el riesgo en el que se


encuentran los adolescentes como portadores de los aspectos patológicos
de la sociedad, podemos afirmar que la adolescencia es un período de
vulnerabilidad frente a la exposición a diferentes sustancias.

Esto es un pequeño acercamiento a los cambios en el cerebro adolescente, a


los fines de tener en cuenta las diferentes variables que se ponen en juego
en esta etapa. En la lectura siguiente veremos “el pensamiento adolescente”
y algunos de los comportamientos relacionados a cada etapa de este
período evolutivo. Todas estas características no se dan aisladas ni son
causalmente lineales, sino que poseen manifestaciones correlativas a nivel
cognitivo, físico, y emocional: por ejemplo, es entendible que, si los sistemas
implicados en el desarrollo del sistema de recompensa se encuentran en
desarrollo, los adolescentes tengan tendencia a conductas impulsivas así
como también a aquellas que “satisfacen más rápido” o “activan más rápido”
este sistema de recompensa aún en desarrollo.

C O NT I NU A R
Lección 2 de 4

Características cognitivas

Lo cognitivo, entendido como aquello referido al pensar y conocer que


implica una serie de procesos mentales complejos, posee sus
especificidades en diferentes etapas evolutivas, pero principalmente
consiste en el uso de dos funciones básicas: organización y adaptación.

En la etapa de la niñez la persona cambia con bastante rapidez, incluso de un


mes a otro. En la adolescencia y la adultez la forma de pensamiento se
asemeja bastante a aquella forma de conocimiento científico (lo que se
entiende por tal en nuestra cultura occidental). Más bien, en la adolescencia
se comienza a desarrollar el pensamiento adulto, que es capaz de dejar de
depender solo de la percepción sensorial. Poco a poco el adolescente
abandona el razonamiento empírico de la etapa anterior para pasar al de
carácter hipotético-deductivo. Cabe recordar que la estructura cognitiva del
sujeto proviene de lo adquirido en etapas anteriores –los cuatro estadios de
desarrollo son: sensoriomotor, preoperacional, operaciones concretas y
operaciones formales–, cimientos de las nuevas formas de conocimiento
(Aguirre Batzán, 2009).

En síntesis, antes de ir directamente a la experimentación como en etapas


anteriores, el sujeto evalúa mentalmente posibles soluciones y escenarios en
base a las variables que percibe como intervinientes, y recién entonces se
dirige a la comprobación experimental. Es decir, pasa de un pensamiento
lógico concreto (pensamiento empírico inductivo) a un pensamiento lógico
formal (pensamiento hipotético deductivo) (Aguirre Batzán, 2009). El
adolescente podrá empezar a operar con conceptos abstractos, como
libertad, justicia y otros ideales, utilizar la metáfora y el sarcasmo –que son
formas de comunicación que tienen más de un significado posible–, percibir
distintos y múltiples aspectos de un mismo fenómeno y/o situación y pensar,
reflexionar e incluso razonar acerca de sus propios pensamientos.

Pensamiento lógico formal

¿No sería acaso paradójico este proceso de adquisición de pensamiento


abstracto, que gran parte del conocimiento de nuestro medio se consolide de
forma sensorial? “La estructura cognitiva adolescente constituye un
complejo entramado de esquemas sensomotores, esquemas cognitivos y
operaciones lógicas, que le permiten poseer una imagen del mundo
consistente en sí misma y relativamente permanente” (Aguirre Batzán, 2009,
[Link] Ahora, el adolescente subordina los datos
sensoriales a los razonamientos lógicos, propios de esta nueva estructura
cognitiva.

Las características funcionales del pensamiento formal son las que se


detallan a continuación.
El mundo de lo posible frente al mundo de lo real

Los objetos del mundo de lo real comienzan a formar parte del mundo de lo
posible.

El pensamiento hipotético deductivo



Posibilidad de crear mentalmente hipótesis y soluciones para luego
contrastarlas con la realidad. El sujeto es capaz de deducir conclusiones por
observación de la realidad, experiencia o por hipótesis.

El pensamiento proposicional

Manejo de operaciones lógicas que contienen resultados de otras
operaciones más concretas. En el discurso se escuchan expresiones de
proposiciones implicativas (si..., entonces…), proposiciones disyuntivas (o
esto o lo otro), y también combinaciones (si… entonces… pero… entonces...).

El uso de la combinatoria

Capacidad de someter a análisis dos o más variables intervinientes y con ello
imaginar o pensar soluciones o escenarios posibles (Aguirre Batzán, 2009).
Básicamente

…el pensamiento formal consiste en una nueva forma de


conocimiento consistente en «una orientación generalizada, a
veces explícita, a veces implícita, para la resolución de
problemas: una orientación hacia la organización de los datos
(análisis combinacional), hacia el aislamiento y control de
variables, hacia lo hipotético y hacia la justificación y la prueba
lógicas» (Flavell, 1963. Trad: 1982, pág. 230-231). (Aguirre
Batzán, 2009, [Link]

No obstante, cabe recordar que no todos los adolescentes logran este tipo de
pensamiento; al igual que sucede con otros procesos. Variables como el
ambiente, la fortaleza yoica, etcétera, nos mostrarán si este alcance tardío o
nulo de este tipo de pensamiento forma parte de un cuadro patológico o
simplemente de la subjetividad de esa persona.

Pensamiento adolescente

El pensamiento adolescente implica la puesta en juego de una


serie de operaciones simbólicas: apropiarse del cuerpo a partir
del sentimiento de extrañeza corporal, reestructurar las
identificaciones y constituir un Ideal del Yo como proyecto
abierto al futuro, adquirir el derecho legítimo de tener
pensamientos propios y acceder al disfrute sexual asumiendo la
alteridad. (Monserrat y Utrilla, 2013, p. 39).

Todos los sucesos biológicos y hormonales por los que es empujado él ya no-
niño hacia la adolescencia le exigen un nuevo modo de pensar y, con ello, la
apertura hacia el camino de la identidad, del self, pasando por la
desidentificación, los duelos, etcétera. Este pensamiento pone a prueba la
estabilidad de la identificación realizada hasta el momento (lecturas 3 y 4).

El acceso al razonamiento lógico formal permite, entre otras cosas, utilizar un


pensamiento deductivo. Pero, para apropiarse del pensamiento el sujeto
debe “llevar a cabo la operación simbólica de “decir no” a las significaciones
parentales” (Monserrat y Utrilla, 2013), que es uno de los aspectos del
proceso de desidentificación.

El pensamiento tendrá aspectos psicoemocionales particulares en esta


etapa del ciclo vital, especialmente durante la mediana adolescencia o la
fase media. Esto dado que le permitirá al Yo, durante el duelo, elaborar y
aceptar la pérdida, como así también discriminar su mundo interno del
externo para luego volver a relacionarse con los nuevos objetos (Fernández
Mouján, 1993). Pero, además, se lleva a cabo la adquisición de cierta
maduración que le permitirá al yo evolucionar en cuanto a sus bases
cognoscitivas
La evolución cognitiva le va a permitir al sujeto aplicar la nueva forma de
pensar a determinados temas sociales; por ejemplo, para fomentar la
manera en la que piensan acerca de otros sujetos, las instituciones y las
relaciones sociales en general. Esto da lugar a que puedan mejorar la
capacidad de entender los sentimientos y los pensamientos que tienen otros
individuos, lo que se denomina toma de perspectiva. Ello, según Selman
(citado en Arnett, 2008) es el resultado de la evolución del egocentrismo que
estuvo presente en la niñez.

En relación al egocentrismo Arnett (2008), citando a Elking señala que en


esta época va estar presente, pero con ciertas características específicas.
Afirma que va a tener un aspecto que llama audiencia imaginaria, fruto de la
limitada capacidad que tienen los jóvenes para distinguir acerca de lo que
piensan sobre sí mismos y lo que piensan sobre los pensamientos de otros,
los que lo lleva a concluir que los otros piensan mucho en ellos porque ellos
dedican mucho tiempo a pensar en sí mismos.

Y un segundo aspecto, la fábula personal, se construye sobre la audiencia


imaginaria, dando como resultado la creencia de que todo lo que sucede es
algo único y producto de un destino personal. Este aspecto, puede ser el
causante de angustia, ya que como no puede compartir sus experiencias, el
adolescente sentirá que nadie lo entiende. Otras veces, puede conducir a
realizar conductas arriesgadas, dado que creerá que no le sucederá nada ya
que es un ser singular (Arnett, 2008).
Es esperable que ambos aspectos disminuyan con la edad, aunque nunca
desaparecen del todo.

Por otra parte, desde el psicoanálisis y los aportes de Fernández Moujan


(1993) es posible entender la importancia que adquiere el pensamiento
durante la adolescencia y su valor a la hora de realizar las distintas tareas
propias de este periodo. Según este autor, en el estadio propuesto por Piaget
de las operaciones formales, en el cual el pensamiento se transforma en
lógico-formal, se produce una expansión del Yo. Esto ocurriría especialmente
durante la segunda fase, la adolescencia media, en la cual el adolescente
sale de su contexto familiar y comienza a insertarse en el grupo de pares y el
mundo del trabajo.

En ese momento particular, el adolescente vivirá una confusión normal entre


las palabras e ideas, hechos e ideas, como así también respecto de la forma
y el contenido del lenguaje. A esto, Fernández Mouján (1993) lo
denomina período mágico del pensamiento adolescente.

En ese sentido, las ideas y palabras serán los objetos transicionales, dado
que tendrán la función de control, tanteo, evaluación y elaboración de la
pérdida. Estas se convierten en un medio de evacuación, un instrumento de
comunicación y control omnipotente de la realidad. Además, el pensamiento
reflexivo ayudará al adolescente, poco a poco, a elaborar teorías que le
permitan disminuir la persecución que comienza a vivir tras los cambios.
Por último, el pensamiento adolescente adquiere un fuerte carácter grupal,
estableciendo lo que Fernández Mouján (1993) denominó período de
pensamiento mesiánico. El adolescente se une a grupos que expresan ideas
redentoras, salvadoras y semejantes a las suyas. Este tipo de pensamiento,
de a poco, dará lugar a la entrada de la adolescencia tardía a un pensamiento
más creador y realizador, es decir, más flexible, personal, que hace al sujeto
capaz de interrogarse por el futuro.

Características psicoemocionales

Antes de definir las características psicoemocionales en la adolescencia,


diremos que la afectividad está compuesta de tres elementos: “lo corporal,
es decir, el campo de la reacción orgánica y fisiológica; lo actitudinal, que se
refiere a la manera de ser y percibir el entorno; y lo comportamental, o sea, la
acción y la reacción” (Aguirre Batzán, 2009, [Link] Es decir,
la afectividad como experiencia global no puede diferenciarse entre sujeto y
datos exteriores (solo de manera didáctica) sino que se “considera a la
persona completamente implicada en cada situación, en un mundo de
relaciones significantes, de valores, no de objetos” (Aguirre Batzán, 2009,
[Link]

Ahora bien ¿dónde surge o nace la vida afectiva? Esta nace de tonalidades o
reacciones básicas (Freud, por ejemplo, hablaba de pulsión placer-displacer o
de reacciones apuntaladas en necesidades básicas). Por lo tanto, se
desarrolla y organiza desde la experiencia y el condicionamiento (dos
elementos inevitables). No obstante “son las funciones cognitivas las que
van a reconducir y estructurar la afectividad” (Aguirre Batzán, 2009,
[Link] y es por esto mismo que a modo didáctico o
explicativo solo pueden diferenciarse entre objeto y concepto.

Adolescencia y afectividad

Entre uno de los primeros problemas que tienen los adolescentes es el de


manejar y entender sus emociones (influenciados por los cambios
hormonales, neuroanatómicos, y neuroquímicos, como vimos en la lectura
1). Los adolescentes tienen más extremos emocionales que los púberes o
los adultos (Arnett, 2008).

Larson y Richards dicen que la “experimentación de múltiples cambios de


vida y transiciones personales durante la adolescencia contribuye a la
inestabilidad emocional de los adolescentes. No obstante, subrayan que lo
que explica la volatilidad emocional de los adolescentes es cómo las
experimentan y las interpreta” (Arnett, 2008).

Son varios autores en discordancia respecto a si la adolescencia posee una


afectividad específica. Hay quienes consideran que sí y otros que no, ya que
en palabras de Mussen “la adolescencia, comienza en la biología y termina
en la cultura” (Aguirre, Batzán, 2009, [Link] Aunque sí se
podría establecer que los tres elementos constitutivos de la afectividad se
dan en lo corporal, lo actitudinal y lo comportamental.
Caracterizar este aspecto en relación a esta etapa es una de las tareas más
relegadas por estudiosos del área de la psicología evolutiva, por lo que nos
referiremos a tareas de la afectividad.

La tarea fundamental de la adolescencia es la conformación de (y la lucha


por) la identidad (en el módulo 3 se profundizará al respecto). Esto implica la
búsqueda de sí mismo, la sexualidad, la elección de proyecto futuro y con ello
la elección vocacional, etcétera. Y resalta cómo uno de los elementos
inevitables de la afectividad es la experiencia; la búsqueda de identidad es
esencialmente un asunto de interés a la afectividad.

Variables que aportan a los elementos de la afectividad, han de ser el tipo de


grupo familiar y el grupo de pares. En este camino a lograr la identidad, el
self, la autonomía afectiva será importante y esta variará según el tipo de
familia. A su vez, como parte del proceso de identificación la atención se
traslada de la familia al grupo de pares, quienes acompañarán al sujeto en la
compleja tarea del descubrimiento del yo:

El simple estar con los demás no es suficiente, pues no resuelve


los problemas. Es necesario vivir con los iguales, con sus valores
y experiencias, intimar, participar de sus emociones... Es así
cómo el grupo se convierte en el laboratorio en el que se
experimenta la afectividad del adolescente. Gracias al grupo, se
libera de la propia soledad y se hace capaz de asumir la
identidad adulta. (Aguirre Baztán, 2009, [Link]
Estos aspectos, como se viene reiterando, serán profundizados en los
módulos venideros. A pesar de ello, es importante también que distingas que
al tratarse de adolescentes y grupos no son todos los casos iguales ni
idénticos (grupo grande vs. pandilla vs. amigos):

Desde el punto de vista de la evolución afectiva, es necesario


afirmar que son los amigos íntimos quienes más contribuyen a
la misma. Y, en este sentido, la sexualidad se ofrece como
campo privilegiado del desarrollo afectivo: indica el camino a
recorrer desde el narcisismo a la alteridad, desde el apego al yo
a la fusión con el otro. Este proceso implica el descubrimiento de
la riqueza afectiva plena (Aguirre Baztán, 2009,
[Link]

Análisis del caso práctico profesional

Retomaremos las palabras de Fernandez Mouján, ya que el análisis que este


propicia es bastante claro al respecto:

Luis 12 años:

Muestra la dificultad de evadirse de lo concreto (aún hay


aspectos del pensamiento lógico formal concreto). Busca
adivinar lo que hay en la lámina y por ello se limita a describirla,
sin vestigios de alguna probabilidad. El pensamiento mágico
propio de esta edad se muestra en lo que dice Luis de la lámina,
y supone que hay algo oculto, misterioso, que tiene que
desentrañar.

Daniel 15 años:

Aquí ya podemos ver un pensamiento sin imágenes concretas,


es decir el pensamiento lógico formal ya se está desarrollando.
Las historias son sobre un carácter mesiánico, de héroe, y/o
misterioso, propio de la edad y los procesos de desidentificación,
construcción del self, etc.

Mirta 18 años:

Aquí el pensamiento lógico formal ya se encuentra asentado;


características como pensar sobre ideas que buscan realizarse y
partir de lo real se ven claramente en sus respuestas. Mirta
puede pensar sobre las ideas, mundo de posibilidades. Lo
mesiánico es ubicado en el campo de lo real, es decir dentro de
sí; y en esta fase de la adolescencia el camino a la formación de
la identidad ya está más bien avanzado, y el proceso de
construcción del self es para consigo y la proyección de vida
futura. (Fernández Mouján, 1993).

C O NT I NU A R
Lección 2 de 5

Normalidad y patología en la adolescencia

“La adolescencia constituye, por definición, una interrupción del plácido


crecimiento que recuerda aparentemente diversos problemas emocionales y
trastornos estructurales... Tanto que ser normal durante la adolescencia es
por sí mismo anormal” (Freud, en Aguirre Baztán, 2009,
[Link]

Arminda Aberastury y Mauricio Knobel (1998) son los compiladores del libro
La adolescencia normal. Un enfoque psicoanalítico. Tomaremos el capítulo II
de este, llamado “El síndrome de la adolescencia normal”, como guía para
desarrollar esta lectura. En ese apartado, Knobel destaca que para estudiar
la adolescencia es importante considerar su exteriorización como un
fenómeno específico dentro del desarrollo del ser humano, al que denomina
la circunstancia evolutiva de la etapa y, por otra parte, su expresión
circunstancial de tipo geográfico y temporal.

Esta es una invitación de los autores a pensar que los adolescentes pueden
parecernos locos, excéntricos o enfermos y, sin embargo, el proceso que
atraviesan implica estas manifestaciones. Nos preguntamos de qué manera
nos acercaremos para escucharlos y ver qué les sucede. ¿Es normal, es
patológico o es esperable y necesario que así sea?
Este síndrome se caracteriza por poseer la “sintomatología” que
desarrollaremos a lo largo de la presente lectura.

Búsqueda de sí mismo y de la identidad

Es también una tarea fundamental de esta etapa, debido a que cuestiones


como la maduración sexual y la capacidad de procrear hacen que la
identidad y la seguridad que se tenía hasta ese momento tambalean y
generen la sensación opuesta.

Ante la búsqueda de identidad, el adolescente puede recurrir a mecanismos


o conductas que parecen extrañas (a los ojos de algunos adultos), pero que
obedecen a una crisis que estaría dada por el sentimiento de no saber quién
es y la necesidad de buscar una nueva identidad.

Tendencia grupal

En el grupo de pares se “ejercitan” conductas. Dentro de este, utilizan la


uniformidad para lograr similitud con el resto de los integrantes y eso les
brinda seguridad y estima personal. Otra actitud es la doble identificación
masiva (en algunos casos llamada sobreidentificación masiva), en la que
todos se identifican con cada uno y el adolescente se inclina a los dictados
del conjunto respecto de las modas, las costumbres, las preferencias,
etcétera. Otras veces recurren a aquello que Eric Erikson denominó una
identidad negativa. En este caso, la identificación se produce con figuras que
pueden ser desfavorables pero tienen existencia verdadera. También puede
recurrirse a una identificación con el agresor, cuando se adoptan las
características de quienes actuaron agresivamente con ellos. En otros casos
recurren a seudoidentidades, mediante las cuales expresan qué quieren ser y
ocultan la identidad verdadera, si bien todavía no lograron desarrollarla
completamente.

La “barra” de pares suele ser el centro del adolescente: le cuesta separarse


de ella y esta adquiere más importancia que la familia. También se presenta
como el lugar donde el joven puede expresar su actitud social reivindicatoria
y sus actitudes combativas sobre lo establecido por la sociedad y, muchas
veces, por la familia, ante las cuales él necesita oponerse y reclamar como
un intento de diferenciarse e introducir cambios.

Es posible que, en la búsqueda por transitar estos procesos, los jóvenes


adopten distintas identidades, en forma sucesiva o simultánea, según las
circunstancias. Incluso, pueden optar por identidades transitorias, que son las
adoptadas durante un cierto periodo, identidades ocasionales, que son las
que se dan frente a situaciones nuevas, e identidades circunstanciales,
basadas en identificaciones parciales y transitorias (Psicologíadeldesarrollo,
s.f.)

El grupo también facilita la conducta psicopática normal del adolescente. Es


decir, aparecen conductas de desafecto, crueldad e indiferencia que le
ayudan a elaborar el duelo de la etapa infantil y que –en este periodo– son
transitorias y, por lo tanto, normales (Aberastury y Knobel, 2006).

Necesidad de intelectualizar y fantasear

Se trata de conductas que sirven para compensar las pérdidas de esta etapa.
El adolescente recurre al pensamiento como modo de compensar los
intensos cambios. Fantasear e intelectualizar son mecanismos defensivos.

Anna Freud destaca que la intelectualización es un mecanismo de defensa


típico de esta edad y la entiende como la forma de ligar fenómenos
instintivos con contenidos ideativos para hacerlos accesibles a la conciencia
y fáciles de controlar.

En esta etapa es frecuente la huida al mundo interior que, junto con la


intelectualización, conducen a preocupaciones por principios éticos,
filosóficos y sociales, y llevan al adolescente a plantearse un plan de vida
distinto al que tenía. Este suele ser el periodo en el que los adolescentes
comienzan a escribir versos y novelas y se interesan por actividades
artísticas.

Crisis religiosas (desde el ateísmo hasta el misticismo, polos)


También como efecto de aquello que le permite la posibilidad (con tintes de
necesidad) de intelectualizar y fantasear, el joven se ve sumido en crisis
religiosas y lo cambiante de su mundo interno puede manifestarse en
conductas dispares. Puede manifestarse en distintos momentos, entre ateos
y místicos.

Desubicación temporal (pensamiento característico de esta etapa, lectura


2)

El joven experimenta una variación en la percepción de la temporalidad y, en


un intento de manejar esta situación, convierte al tiempo en presente y
activo. Las urgencias son enormes y las postergaciones suelen ser
irracionales; por eso, suele incurrir en conductas que desconciertan al adulto.

Evolución sexual manifiesta (autoerotismo-genitalidad adulta)

Recordando lo abordado en la lectura 1 de este módulo, el adolescente oscila


permanentemente “entre la actividad de tipo masturbatorio y los comienzos
del ejercicio genital” (Aberastury y Knobel, 2006). Recordemos que hay un
“más allá” de la genitalidad procreativa (rol a asumir más bien en la etapa de
la adultez) y, por lo tanto, más de un contacto genital de tipo exploratorio y
preparatorio.
Cuando surgen las relaciones genitales más de tipo exploratorio y de
aprendizaje, la mayoría de los adultos suelen ignorarlas, minimizarlas o
dificultarlas, manifestación que niega la genitalidad de los hijos. También
suelen ser fuente de preocupación en los adultos las conductas asociadas
con la bisexualidad y la masturbación. Respecto de la bisexualidad, aparecen
aspectos femeninos en el varón y masculinos en la niña. Cabe recordar que
aquí no nos referimos a la orientación sexual sino a los tipos de vínculos y
conductas asociadas; tal como se aclaró en la lectura 1 de este módulo, el
esquema refiere a la heterosexualidad como masculino y femenino. La
sexualidad exige procesos de fluctuaciones y aprendizaje, por lo tanto, de
maduración y crecimiento. Este es uno de los aspectos de la identidad que se
construye a lo largo de la vida y es mucho más que la genitalidad.

Si bien la masturbación no comienza en esta edad, adquiere en esta etapa


ciertas características: le permite al adolescente considerar sus genitales
como ajenos a sí mismo, aunque luego trata de recuperarlos e integrarlos a
todo el concepto de su persona. Según Knobel, todas estas fluctuaciones en
la sexualidad son las que le dan la característica de normal y hacen que
pueda “ir formando realmente una identidad genital adulta con capacidad
procreativa, independencia real y capacidad de formar una pareja estable en
su propio espacio y en su propio mundo” (Aberastury y Knobel, 2006, p. 64).

Actitud social reivindicatoria


La sociedad le impone restricciones al adolescente. Es más, asocia la
adolescencia con la rebeldía, casi que a anarquía también. Se trata de una
proyección de los adultos sobre su propia incapacidad de controlar lo que
está ocurriendo en su contexto sociopolítico. Así, el adolescente tiene tanto
la obligación como el trabajo psíquico (y con la fuerza reestructuradora que le
habita en este momento) de cambiar la sociedad, más bien lo que está
viviendo constantemente.

“Las actitudes reivindicatorias y de reforma social del


adolescente pueden ser la cristalización en la acción de lo que
ha ocurrido ya en el pensamiento. La intelectualización,
fantasías conscientes, necesidades del yo fluctuante que se
refuerza en el grupal, hacer que se transformen en pensamiento
activo, en verdadera acción social, política, cultural” (Aberastury
y Knobel, 2006, p. 69).

“En la medida en que el adolescente no encuentre el camino adecuado para


su expresión vital y la aceptación de una posibilidad de realización, no podrá
nunca ser un adulto satisfecho.” (Knobel, 2006)

Contradicciones sucesivas en todas las manifestaciones de la conducta

Todos los cambios que hemos desarrollado en esta lectura están signados
por contradicciones sucesivas en todas las manifestaciones de la conducta.
La manera de comportarse del adolescente está dominada por la acción y
constituye una forma de expresión característica. Una línea de conducta
determinada indicaría una alteración de la personalidad, y esto le da el
carácter de una normal anormalidad, que es justamente la inestabilidad
permanente del adolescente.

Separación progresiva de los padres

Durante este proceso, la intensidad y la calidad de la angustia con la que se


da esta separación depende de la relación con ellos, la actual y la previa, y
cómo los padres manejan la separación y la genitalidad de sus hijos. Los
términos y los entendimientos de estas relaciones determinarán la manera
en la que se resolverá este cambio

Constantes fluctuaciones del humor y del estado de ánimo

Similar a las contradicciones sucesivas en todas las manifestaciones de la


conducta, sucede con las constantes fluctuaciones del humor y el estado de
ánimo. Estas transcurren en el repliegue del adolescente en sí mismo y los
sentimientos de soledad y tristeza afloran cuando se ve sumido en
desesperanzas o logra elaborar satisfactoriamente los duelos, que suelen
acompañarse de estados de gran alegría y un equilibrio resulta difícil.
En resumen, muchas veces los adultos no toleran los cambios y las
contradicciones del comportamiento adolescente, no aceptan que pueda
asumir diferentes identidades o adherir a distintas modas y le exigen una
identidad estable y adulta. Una línea de conducta determinada con rigidez
hablaría de un adolescente enfermo, o más bien con algunas dificultades en
su construcción subjetiva e identitaria.

Entender que los cambios en las conductas adolescentes tienen una


finalidad exploratoria, de aprendizaje y preparatoria nos permite tener una
mirada comprensiva de esta etapa sin caer en las frases comunes
denigratorias o desvalorizantes, cuando no patologizantes, de este
fenómeno, que no facilitan este proceso evolutivo. Los cambios son la
identidad adolescente misma y es el proceso evolutivo necesario que hará
que el joven asuma nuevos roles que le permitirán lograr la identidad adulta.

Ejes organizadores de corrientes de trabajo psíquico

De distinto modo que Aberastury y Knobel, Urribari (2014) propone tres ejes
para separar las corrientes de trabajo psíquico “normal” que se da en la
adolescencia.

Este autor concibe la adolescencia como un proceso, reestructuración,


consolidación y especialización de las instancias psíquicas (a la vez que
intresistémico). Estos procesos se dan de manera simultánea aunque por
momentos alguno prima sobre otro. Dichos ejes son: sobre el impacto de los
cambios corporales, sobre familia, identificaciones e historia, y sobre
autoridad, autonomía y subjetivación.

Sobre el impacto de los cambios corporales

Los cambios puberales se imponen de modo que el joven los vive como
provenientes del exterior y, por lo tanto, superan la posibilidad de dominio del
Yo. Ante esto, el Yo se defiende mediante una regresión (operando de
manera alternante y confusa) o incluso también de manera paranoide
cuando la vivencia de ajenidad se torna hostil: “se presenta un peculiar
entramado entre lo conocido, lo novedoso y lo porvenir… existe un
desconcierto y una desorganización que el yo arduamente tratará de
resolver” (Urribarri, 2014, [Link] En la pubertad el
crecimiento del cuerpo es disarmónico en relación con los tiempos psíquicos.
Por ello (entre otras cosas) es un trabajo la reestructuración del esquema e
imagen del cuerpo (a nivel orgánico y biológico, como así también a nivel
subjetivo, psíquico e identitario). Mucho de eso refiere a lo que veremos en la
siguiente lectura en relación al duelo por el cuerpo infantil y ciertas conductas
como mirarse con frecuencia al espejo (la cual puede ser malentendida
como narcisista o psicótica si no se tienen en cuenta estos elementos).

Tras este pasaje de la sexualidad infantil, al período de latencia y luego a la


pubertad, “el desafío o tarea central a la que debe abocarse el joven podría
ser denominada «reapropiación de su cuerpo»” (Urribarri, 2014,
[Link]
Sobre familia, identificaciones e historia

Anteriormente cuando pequeños/as las historias y la significación de los


eventos se los daban principalmente y estos/as hoy jóvenes han ido
creciendo con una historia contada. Junto a los cambios corporales que
experimentan y el apropiarse de este nuevo cuerpo y la construcción
identitaria, el período de la adolescencia es un período dónde se comienza a
explorar, preguntar sobre los orígenes de ellos/ellas mismo/as, de la historia
familiar, etc.: “Como si buscaran contrastar con el relato transmitido por los
padres durante la infancia y en la actualidad (…), se cuestionan sobre su vida
y la de su familia” (Urribarri, 2014, [Link]

Esta indagación es otro modo de procesar lo que le sucede a sí mismo, y de


allí la búsqueda de diferencias o similitudes físicas con sus familiares y
antepasados. Este “raconto histórico” en esta etapa le permite al
adolescente no convertirse en un extraño respecto de lo que fue:

Señala [Piera Aulagnier] el decurso adolescente en dos etapas:


la primera reorganiza el espacio identificatorio, y define
posiciones seguras y estables que le permiten incursiones en
campos novedosos sin riesgo de desconocerse; la segunda,
posibilitada por el logro de la primera, reorganiza el espacio
relacional y, por consiguiente, “la elección de los objetos que
podrán ser soportes del deseo y promesa de goce”,41 ambos
corolarios de la constitución de lo reprimido. (Urribarri, 2014,
[Link]

Si bien es cierto que este proceso puberal y de la adolescencia se dará sobre


los cimientos de lo infantil, Urribarri considera igual de importantes los
nuevos vínculos y experiencias, ya que:

…pueden posibilitar la remoción y la superación de fijaciones


tempranas, como una segunda oportunidad de resolución, y
abrir nuevos campos relacionales que no se determinan por lo
pasado, sino que se definen en el intercambio presente con el
otro (como ya señalara respecto de la sexualidad) y que puede
extenderse al plano relacional, familiar y social. (2014,
[Link]

Como todos los procesos psíquicos, esto tiene un costo. Las nuevas
identificaciones entran en conflicto al producirse esta “limpieza” y
resignificación del árbol identificatorio y la historia familiar. Este proceso de
desidentificación produce un cierto vacío y el yo pierde apoyaturas, lo que
promueve que el joven busque nuevas identificaciones sustitutas para
atravesar el cambio. Sin embargo, esto puede ser dirigido a situaciones
destructivas (por ejemplo, identificarse con líderes psicopáticos o adictos) o a
una fortaleza de un narcisismo trófico y promover el fortalecimiento vital del
sujeto. Por esto, también cobran importancia los nuevos vínculos, ya que son
posibles de convertirse en apoyaturas para ese yo “con media pata”.
En este eje se ve reflejada la apertura exogámica, la reubicación en y para
con la familia, la identificación y desidentificación con sus padres y
sustitutos: “podríamos definir los procesos que encara el joven en este eje
como la reapropiación de su historia” (Urribarri, 2014, [Link]

Sobre autoridad, autonomía y subjetivación

Con la maduración puberal y la reactivación edípica, el joven debe resignar a


los padres como objeto sexual, y con ello decactetizar las imagos parentales
(Urribarri, 2014).

Antes los padres eran referentes normativos, identificatorios, etcétera.


Ahora, el grupo de pares pasa a serlo (como se verá en la construcción del
nosotros, desarrollada en el Módulo 3): “pasa a ser el referente primordial, el
lugar de intercambios y procesamientos, lo que implica un desplazamiento
catéctico considerable” (Urribarri, 2014, [Link]

Así, también ejerce su función el superyo, permitiendo el segundo tiempo de


la sexualidad, reforzando la prohibición del incesto y posibilitando dicha
salida exogámica. A su vez, esto se puede ver reflejado en cuestiones
abstractas como la regulación social organizada por la ley, mediante el
cumplimiento o incumplimiento de dichas normas.

Lo característico de este eje es que “el joven se apropia de su vida,


alejándose no solo de la autoridad parental, sino también del proyecto
identificatorio y los ideales parentales.” (Urribarri, 2014,
[Link] esto le permite también la creación del proyecto
futuro y la inserción social.

Tareas fundamentales en la adolescencia

Según Griffa y Moreno (2005) una de las tareas esenciales de esta etapa
“consiste en alcanzar una definición de sí mismo y una valoración personal”
(Griffa y Moreno, 2005). La identidad se instituye como tarea y a partir de ella
(e incluso en el proceso de construcción identitaria) se desarrollarán los
aspectos mencionados anteriormente como saludables y normales.

Nos detendremos en los aspectos de la identidad adolescente en el módulo


3, pero adelantemos algunas cuestiones: “la adolescencia está signada por el
pasaje de una identidad reconocida a una identidad asumida… [es decir] un
lugar descubierto y apropiado desde sí” (Griffa & Moreno, 2005) Se trata de
ocupar un lugar (en lo social, lo psicológico, el cuerpo, lo individual, etcétera)
desde el cual, finalizada esta etapa, desarrollarse como persona adulta.

Las pérdidas y duelos (lectura 4, Módulo 2) son desencadenantes de las


crisis de identidad, y es por esto mismo que la pérdida de la búsqueda de la
identidad en un adolescente es un síntoma de un adolescente enfermo o por
lo menos sufriente y con un pase a un posible cuadro patológico.
Una de las manifestaciones que a veces suele verse como “patológica”, es la
rebeldía. Sin embargo, aquí se pierde de vista que la identidad puede lograrse
por identificación o por diferenciación, y parte de la exploración en esta tarea
esencial puede ser la rebeldía (lectura 4, módulo 2): en pocas palabras ¿es la
rebeldía patológica? En primera instancia no. La psicopatología adolescente
es más compleja y requiere de varias materias, estudios y bibliografías
aparte para entenderla. Decimos que “en primera instancia no” porque como
conducta en sí misma no es patológica; después habría que explorar el caso
a caso y la conducta de cada joven, pero eso no nos compete aquí.

El grupo social y la cultura podrán favorecer o entorpecer estos procesos,


otorgándole al adolescente una orientación o “modelos de inspiración”, para
que pueda ir explorando aquello que Erikson llamó moratoria social y así
acercarse a una (primera) identidad.

Fases de la adolescencia

Durante el módulo 3 exploraremos las características específicas de las


fases de la adolescencia. No obstante, parte de esta normalidad es
atravesarlas (Griffa & Moreno, 2005).

Adolescencia inicial o baja



incluye la pubertad, 11-13 años

transformación brusca del organismo

diferencia entre sexos: caracteres sexuales primarios y secundarios

grupos de pares unisexuales/homosexuales

familia como centro

Adolescencia media o propiamente dicha


12/13-16 años

El cuerpo va tomando proporciones adultas

grupos heterosexuales

distanciamiento afectivo de la familia

Adolescencia alta o final


difícil de situar cronológicamente, ya que varía según el criterio que se


adopte, aunque la mayoría se basa en la independencia (ya sea
económica, afectiva, laboral/profesional, etcétera)

logros propios del período, identidad y capacidad de establecer vínculos


de intimidad
Continuación del caso práctico profesional

Análisis

Tal como nos explican Aberastury y Knobel respecto al “síndrome de la


adolescencia normal”, hay conductas esperables y/o propias de esta etapa, y
una tiene que ver con la diferencia respecto a sus padres o la conformación
del grupo de pares como agente identificatorio.

El adolescente de 16 años, claramente se encuentra en la fase


de “Adolescencia como tal”, etapa apta para su edad, además
de mostrarlo en sus respuestas, mismo que refleja que -en
cierta forma- siente vergüenza de sus padres, lo cual lo lleva a
una postura narcisista que lleva implícito arrogancia y rebeldía,
lo que se ve perfectamente al decir que prefiere estar con sus
amigos o ver la televisión, antes de hacer algo con su familia.

De igual forma, muestra arrogancia al decir que -sobre temas de


sexualidad- no tiene dudas. (Baz, 2020, [Link]

Más que arrogancia, muestra el tipo de pensamiento que suelen tener los
jóvenes en esta etapa (como se vio en la lectura 2). También podría tener
que ver con evitar hablar sobre la sexualidad, ya que eso pone en evidencia
su crecimiento (camino a la adulta).
Se ve claramente un foco del adolescente en el Yo, enfatizando
la incomprensión de sus padres en sus intereses y actividades,
resumiendo su comunicación a la hora del almuerzo y sobre
temas escolares.

El adolescente reconoce el símbolo parental, pero no como


figuras de confianza, sino como de autoridad. De igual forma,
podemos ver que se ha desprendido de los objetivos primarios
típicos de la infancia, y los ha sustituido por las actividades con
sus amigos, así como por aquellas que le permitan estar aislado,
como -por ejemplo- estar en internet o ver la televisión. (Baz,
2020, [Link]

Y muy relacionado a los últimos dos ejes propuestos por Urribarri, el autor
propone que:

Su proceso de separación es claro y se muestra en sus


respuestas, por ejemplo, al decir que no va al cine porque tiene
que ver algo que le guste a su hermana, siendo esta una
muestra de que el adolescente busca sus propias actividades,
sin pensar en la convivencia familiar.

De igual forma, su independencia se muestra al saber que


puede recurrir a sus padres a tratar cualquier tema, como el de
la sexualidad, pero rechazando hacerlo, argumentando el sabe
todo y no tiene dudas. Esto es una muestra de que el
adolescente cada vez se siente más independiente de que
puede tratar sus temas por su parte, sin la necesidad de
involucrar a sus padres. Otro “síntoma” normal, es la separación
paulatina de los padres.

Lo más relevante sobre la independencia de los padres que


mostró el adolescente, fue al ser cuestionado sobre la
confianza, separando -inmediatamente- el rol de la mamá con la
del papa:

“Depende del tema, pero mi mamá está más atenta a lo que


pienso y digo, y mi papá a lo que hago”.

Por lo que se puede ver de la entrevista, el adolescente utiliza


varios mecanismos de defensa de forma permanente.

Comencemos por la intelectualización: El adolescente muestra


este mecanismo de defensa en temas de sexualidad, al
establecer que no tiene dudas sobre el tema, algo que es ilógico
ya que a los 16 años nadie es un experto en el tema, pero
prefiere decir que no tiene dudas, a tener que hablar sobre este
sensible tema con sus padres

Por otro lado podemos ver el conformismo o uniformismo,


mismo que se ve reflejado en conformarse con tener que ir a
ciertas actividades con sus padres, como eventos familiares, u
optar por no ir al cine con su familia para no tener que ver las
películas que le gustan a su hermana.

Por último, podemos ver el negativismo, mismo que se muestra


durante toda la entrevista, así como en sus respuestas, al igual
en las de la madre. El adolescente muestra todas sus
respuestas en sentido negativo, optando por aislarse, sobre todo
en temas de comunicación con sus padres. (Baz, 2020,
[Link]

C O NT I NU A R
Lección 2 de 5

Duelos

Para referirnos a los duelos, comenzaremos por una expresión que se volvió
clásica y es la que planteó Freud como trabajo del duelo, que hace referencia
al proceso intrapsíquico consecutivo a la pérdida de un objeto y por medio del
cual el sujeto busca desprenderse progresivamente de este (Laplanche y
Pontalis, 1981).

Según Freud, el duelo es, por regla general, la reacción frente a la pérdida de
una persona amada o una abstracción que haga sus veces, como la patria, la
libertad, etcétera (Laplanche, y Pontalis, 1981).

La elaboración (término que suele ser usado en psicoanálisis como sinónimo


de trabajo) o trabajo de duelo normal tiene diferentes momentos. En primer
lugar, ante la pérdida de un objeto, el sujeto se refugia en los recuerdos y
decae su interés por el mundo que lo rodea. Sin embargo, la realidad se
impone, le muestra que el objeto ya no existe y la libido se retira del recuerdo
de dicho objeto. Si bien en este momento se suele oponer resistencia,
generalmente se impone la realidad, es decir, la aceptación de la pérdida del
objeto, que implica la aparición del sentimiento de dolor a medida que se
produce el desprendimiento de los recuerdos del objeto. Este es un trabajo
que tiene que hacer el adolescente sobre cada objeto en los que se
encontraba la libido ligada, y recién después de que realice el trabajo de
duelo podrá unirse a nuevos objetos.

La importancia del duelo es justamente la posibilidad de que aparezca lo


nuevo, y aceptar la pérdida permite crecer.

Arminda Aberastury refiere al “carácter invasivo que las modificaciones


corporales y las exigencias ambientales tienen para el adolescente… los
cambios en los que el niño pierde su identidad implican la búsqueda de una
nueva” (Urribarri, 2014, [Link] Estos cambios son vividos por
el adolescente como la irrupción de algo desconocido que conlleva un nuevo
rol, que modifica su posición frente al mundo y lo compromete en todos sus
planos de convivencia (Griffa & Moreno, 2005). Para esta autora, el signo
característico de la adolescencia es la necesidad de entrar y formar parte del
mundo adulto.

Los cambios y modificaciones en el cuerpo “promueven la estructuración de


un yo corporal, la búsqueda de su identidad y el cumplimiento de nuevos
roles” (Urribarri, 2014, [Link] Los cambios en el modo de
relacionarse serán para consigo, para con sus padres y por ende para con la
sociedad: “el adolescente tiene que dejar de ser a través de los padres para
llegar a ser él mismo” (Urribarri, 2014, [Link]

Siguiendo las ideas de Aberastury, Mauricio Knobel plantea que en la


adolescencia se realizan tres duelos fundamentales: por el cuerpo infantil,
por el rol y la identidad infantil y por los padres de la infancia. El autor los
relaciona con los tres períodos de duelo de Bowlby: el de protesta, el de
desesperación y el de desapego y búsqueda de nuevos objetos.

Duelo por el cuerpo infantil



Las transformaciones que se le imponen al cuerpo en la pubertad hacen que
el adolescente sienta que su cuerpo, el que lo acompañó hasta entonces, ya
no es el mismo. Las modificaciones son intensas y el joven no puede dejar de
percibirlas, ni el entorno de observarlas. Muchas veces el joven siente sus
cambios como algo externo frente a lo cual se encuentra como espectador e
impotente ante aquello que ocurre en su propio organismo.

Duelo por el rol y la identidad infantil



“La identidad entendida como aquello en lo que nos constituimos como
distintos entre aquellos que nos asemejamos, la adolescencia muestra un
punto de inflexión con lo que traíamos como identidad infantil” (Griffa y
Moreno, 2005, p. 24). El joven descubre quién es, de otra manera, en relación
con otros que ya no son sus padres o sus hermanos. Los descubrimientos
que le provocan los cambios de la pubertad hacen que no sepa qué hacer ni
quién es ante este nuevo cuerpo y estas nuevas circunstancias. Los deseos y
las sensaciones lo obligan a una renuncia de la dependencia y una
aceptación de responsabilidades que muchas veces desconoce. En este
momento puede sentir la angustia ante la pérdida de una identidad clara.

En el cuento corto Dani por momentos está inmerso en su compu o el celu,


pero en otro momento su camión grande de cuando tenía 5 años le recuerda
esa identidad infantil que está dejando y no quiere que sea regalado (ni él ni el
juguete). Al ser apenas un púber, este pasaje todavía se encuentra en un ida y
vuelta “aunque ya era grande, podía jugar a ser chico un tiempito más” (“El día
en que Dani se volvió aburrido”, un cuento sobre la adolescencia, 2019,
[Link]

Duelo por los padres de la infancia



El adolescente debe dejar los padres protectores de la infancia, con los cuales
tenía, fundamentalmente, una relación en la que estaba sujeto a las
condiciones, las limitaciones o las restricciones que le imponían, tanto sus
padres como los adultos de los que dependía, y debe ir hacia una relación con
ellos y con el entorno basada en una mayor autonomía y en buscar obrar
según su criterio independientemente de la opinión o la voluntad de los
adultos.

Esta búsqueda de independencia suele ser difícil de resolver porque, además


del duelo que deben hacer los jóvenes, los padres deben aceptar sus propias
pérdidas, su propio envejecimiento y que sus hijos ya no son niños, sino que
están convirtiéndose en adultos.

Esta situación, en ocasiones, hace que, por un lado, el joven busque ser más
autónomo y, por momentos, añore la dependencia. Los padres, quieren que
el hijo crezca para que logre su independencia, pero, por otro lado, esperan
que siga siendo chiquito para no sentir todo aquello que implica que ya es
grande. Esto expone a los integrantes de la familia a contradicciones difíciles
de sobrellevar. En nuestro cuento corto no sabemos si para esa madre es
una contradicción, pero seguro que sí lo es la actitud de Dani de pasar de
estar ocupado en la compu a jugar con un camión de juguete de su infancia.

Además, el pasaje tiene distintos tiempos (desubicación temporal, lectura 3);


por ejemplo, el adolescente es grande para salir y tomar alcohol, pero le
pregunta a la madre en dónde puso sus medias o le pide que lo despierte a la
mañana o le reclama porque no le recordó tal o cual cosa.

En síntesis, la elaboración de este duelo desorienta a los padres, las madres


y los adolescentes. Los primeros manifiestan distintos tipos de conductas
(nos explayaremos al final de la lectura sobre esto), incluso las más
negadoras de esta realidad, a partir de las cuales se vinculan con su hijo
como cuando era niño, y le indican qué tiene que hacer, evitan hablar de la
sexualidad y utilizan el modelo autoritario: se hace lo que yo digo. Por otro
lado, también suelen darse los casos opuestos, en los cuales el niño es
“soltado” de tal manera que solo quedan en relieve sus deseos de separarse
y los padres no intervienen en ninguna de sus decisiones ni participan de sus
actividades. Ninguna de estas modalidades ayuda a que se comprenda el
complejo proceso en el que aparecen los dos aspectos fundamentales de
esta etapa: la voluntad de independencia y el deseo de autonomía. La puja
entre ambos continúa hasta que se termina el trabajo de duelo.

En el cuento, Dani es apenas un púber, y quizá en el desconcierto de su hijo


ocupado por la compu o el celu, la madre “agarró una caja enorme y empezó
a meter en ella los juguetes viejos de Dani. ‘¿Qué hacés, Ma?’, preguntó Dani.
‘Voy a regalar tus juguetes viejos, si total vos ya no los usás. Ya sos un chico
grande’ ” (“El día en que Dani se volvió aburrido”, un cuento sobre la
adolescencia, 2019, [Link] Esto podría leerse como una
manera abrupta de colocar a Dani en el proceso de la adolescencia cuando
apenas está comenzando y de manera unilateral decidir qué es de niño
pequeño y qué es de grande como una forma de ubicar a Dani en una etapa,
ante el desconcierto de este hijo que está ocupado como para jugar con su
hermano menor.

Observarás cierta relación entre las tareas fundamentales y aquellos


indicadores de “normalidad del síndrome adolescente”. Pues bien,
recordemos que estos procesos son simultáneos y algunos sucesivos. No
son ordenados de modo sistemático, sino se asemejan bastante a la
adolescencia en sí: como una revuelta de eventos.

Aberastury añade un cuarto duelo, que es el de la pérdida de la bisexualidad


de la infancia, en la medida en que se madura y se desarrolla la propia
identidad sexual (como se cita en Obiols y Di Segni de Obiols, 1998).

Debemos también considerar los planteos de otro autor dedicado al estudio


de la adolescencia, Octavio Fernández Mouján (1993), en su libro Abordaje
teórico y clínico del adolescente.

En el capítulo I, “Naturaleza de la adolescencia”, el autor plantea que el duelo


es uno de los fenómenos más comunes de la vida de todo individuo y su
importancia está dada por la redefinición que aporta a los procesos de
desarrollo y la reconfiguración objetal que provoca cualquier pérdida: el duelo
es “un difícil proceso que realiza el Yo de una manera consciente e
inconsciente ante la pérdida de un objeto” (Fernández Mouján, 1993,
[Link]

Fernández Mouján define a la adolescencia como aquel período con


“vicisitudes de pérdidas manifestadas en todas las áreas de relación: con el
cuerpo, con los objetos externos (familia y medio ambiente) y con los objetos
internos (las identificaciones y sus configuraciones)” (Urribarri, 2014,
[Link] Esto significa que para que exista un verdadero
cambio, debe modificarse la estructura interna del sujeto (Fernández
Mouján, 1993).

Su reconstrucción o elaboración está relacionada con las posibilidades del


individuo ante el cambio, que tiene lugar si el adolescente decide renunciar a
las estructuras internas que hasta ese momento le daban seguridad. Tener
que esperar en estos espacios y tiempos de reconstrucción y/o elaboración
le puede generar tres tipos clásicos de ansiedad: de persecución, depresiva y
confusional (Urribarri, 2014).

Si bien los duelos son simultáneos, Fernández Mouján liga el duelo a tres
etapas de la adolescencia:

pubertad: el duelo se centra en el cuerpo y en la pérdida del cuerpo


físico tangible y el esquema corporal (y con ello pierde el cuerpo del
adulto idealizado);

adolescencia media, 15 años: el duelo se centra en el yo


psicológico, es decir en las identificaciones y la función imaginativa
y pensante;

adolescencia final: desplazamiento hacia nuevos objetos y el logro


de una identidad básica (posibilidad de estar solo)

En la pubertad prima el retiro del objeto; en la mediana adolescencia


predominan las tendencias narcisistas, la idealización yoica, las ilusiones y la
participación en identidades grupales o totalidades; en el final de la
adolescencia encontramos la vuelta al ‘objeto externo’ (Fernández Mouján en
Urribarri, 2014).

En esta dirección, existen ayudas que el adolescente recibe durante el


proceso de duelo, que funcionan como continentes a través de los cuales se
elaboran las ansiedades ligadas a los contenidos que se necesitan proyectar
para que estos puedan ser modificados: el adolescente cuenta con algunos
continentes, tales como el grupo, el pensamiento, los rasgos de carácter y las
pseudoidentidades que le permiten elaborar el proceso. Un indicador de que
estas conductas están al servicio de la elaboración del duelo es que son
transitorias y no se prolongan en el tiempo (Fernández Mouján, 1993).

El término continente o contenido surge de un modelo propuesto por el


psicoanalista inglés Wilfred Bion (1897-1979). Según la regla de contenido y
continente, el lactante proyecta una parte de su psiquismo, en especial sus
emociones incontrolables que funcionan como contenidos, en el pecho
bueno o continente de la madre, que si es una madre “buena” o “lo
suficientemente buena” se las devolverá elaboradas y él podrá recibirlas de
vuelta desintoxicadas y, de esa manera, tolerarlas (Grinberg, Dor, y Tabak de
Bianchedi, 1991).

Fernández Mouján cita un ejemplo muy típico de la adolescencia: un joven


puede dejar su casa y declararse autónomo, definir que ya es capaz de
actuar según su propio criterio, sin la opinión de los mayores y que es
independiente Por eso, puede obrar y pensar por sí mismo sin tener que
rendirle cuentas a nadie. Pero aquello que determinará que estos cambios y
movimientos del joven están insertos en un marco saludable y que lo
ayudará al crecimiento será su capacidad de que estas conductas vayan
acompañadas de cierta elaboración (o trabajo de duelo): si no hay
posibilidades de que este trabajo se realice, tampoco lo harán las estructuras
que determinan sus vínculos y, lejos de lograr independencia y autonomía,
con estas manifestaciones externas solo conseguirá trasladar la
dependencia familiar a otros vínculos más amplios, por ejemplo, el trabajo, la
pareja o las amistades.

El duelo acompaña a toda la adolescencia como un proceso normal, ya que el


adolescente lucha por restablecer el equilibrio roto por las pérdidas que sufre
en este periodo, así caracteriza Fernández Mouján (1993) al duelo según la
etapa que el joven atraviesa.
El autor plantea que:

...el duelo alcanza su culminación después de los 17 años,


cuando la desesperación se va convirtiendo en soledad. La
separación es definitiva y el compromiso con el otro sexo, con la
propia identidad y con la sociedad se realiza de una manera más
personal. (1993, p. 71).

Es necesario destacar que, en esta etapa del ciclo vital, el adolescente se


enfrenta a situaciones de decisión, muchas veces contradictorias, en las que
se pone en juego el desarrollo de su identidad y sus mecanismos de
autonomía. Es un proceso en el que el sujeto reconfigura sus vínculos y en la
medida en que crea algunos nuevos, pierde aquellos que había sostenido a lo
largo de su vida. Debemos tener en cuenta que el individuo no atraviesa este
momento solo, sino que es determinante el modo en que se establecen los
espacios familiares, de amigos o parejas. Todos estos factores definirán el
duelo inevitable de esta etapa y lo formarán para los siguientes procesos de
su vida.

Replanteos teóricos sobre el proceso de duelo

Todos estos autores, Freud, Aberastury, Knobel, Fernández Mouján,


proponen una concepción teórica del duelo (en todas sus lecturas), desde la
pérdida. Incluso proponen fases sucesivas o simultáneas según la teoría, con
dimensiones, etcétera. Urribarri (2014), realiza una crítica de esto, a modo de
poner a prueba las teorías, y trae otra mirada sobre aquello que sucede en la
adolescencia.

Según este autor, los cambios que experimenta el adolescente incluyen y


modifican el pasado infantil. Entonces no habría pérdida, ergo tampoco
duelo:

…el adolescente no pierde, sino que cambia, se transforma. Si


bien le cuesta dejar lo conocido (infantil), desea fervientemente
lo nuevo y puja por lograrlo y ejercitarlo (…) Es decir que lo infantil
se modifica, complejiza y organiza bajo una nueva forma. En
otras palabras, se produce una transmutación que, de alguna
manera, incluye lo anterior. (Urribarri, 2014, pp. 56-57).

Por ejemplo, en el cuento, Dani no pierde un camión de juguete, sino que


cambió de juguete: el camión por la computadora o el celular.

Desde esta perspectiva, el sujeto motoriza su cambio y desarrollo; y si se


comprende esta etapa como de duelos, el riesgo de patologizar conductas
normales como conductas psicopáticas o reacciones maníacas se encuentra
rápido.

Los desacuerdos teóricos son eso: diferentes modos de comprender


realidades y procesos. Conocer las bases epistémicas de cada uno permitirá
abordar el fenómeno de determinada forma. Algunos colegas estarán de
acuerdo con el posicionamiento de este autor y otros con los de los primeros
autores mencionados; pero conversar al respecto es un trabajo para el aula,
plenarios y, por qué no, un café entre colegas.

No obstante, Urribarri (2014) no sostiene que no haya duelos en lo absoluto,


sino que propone procesos conexos con el duelo (duelos diferentes a los
anteriormente propuestos). Para profundizar en el tema te sugerimos
recurras a los apartados del capítulo 3 “¿Qué se pierde o duela en la
adolescencia?” y “Procesos conexos con el duelo en la adolescencia”.

Rebeldía y autoafirmación

Producto de los acontecimientos del proceso de búsqueda de identidad,


aparece la rebeldía:

Con el despertar de la personalidad el adolescente toma


conciencia de ser alguien diferente a los demás y este afán de
autoafirmación y diferenciación lo lleva en innumerables
oportunidades a rebelarse contra la autoridad y a desconfiar de
lo que dicen los otros, especialmente sus padres, ya que los
considera representantes del mundo adulto. (Griffa y Moreno,
2005, p. 52).

El momento más agudo de este fenómeno suele darse entre los 14 y los 17
años y podríamos separarlo en dos etapas: intrafamiliar y extrafamiliar. La
primera suele darle en las primeras fases de la adolescencia, mientras que la
segunda tiene mayor predominancia en la adolescencia tardía y juventud (la
manifiesta oposición a las estructuras sociales, costumbres, tradiciones y
valores se ve claramente, e incluso puede llegar a influir en una símil/seudo
elección de proyecto de vida). “La rebeldía tiene por finalidad que lo dejen de
considerar un niño y lo ayuden a separarse” (Griffa y Moreno, 2005); sin
embargo, rebeldía y dependencia son dos caras del mismo proceso.

Cabe aclarar y recordar que la rebeldía no implica violencia, aunque muchas


veces se den manera conjunta. Parte del estigma respecto a la rebeldía se
suele trasladar a los jóvenes, lo que refuerza la actitud social reivindicadora
de estos (lectura 2). La rebeldía refiere a un tipo de manifestación de
autoafirmación e independencia, donde el joven culmina el proceso de
separaciones sucesivas de su familia y comienza a forjar un camino
identificatorio, de construcción del yo ideal, una subjetividad adulta.

Mariano Yela propone cuatro tipos de rebeldía juvenil (Griffa & Moreno, 2005),
que se detallan a continuación.

Regresiva: es una rebeldía muda y pasiva; es la rebeldía del


adolescente asustado. Su temor a actuar y asumir nuevas
responsabilidades lo llevan a recluirse y encerrarse sobre sí mismo.
Fantasea el retorno a la vida infantil, ya que allí ha sido cuidado y
los adultos se hacían cargo de él; momentos de despreocupación y
ausencia de responsabilidad.
Agresiva: es la exposición violenta; es la rebeldía del adolescente
débil, frágil e inseguro. La búsqueda de autoafirmación mediante la
violencia es síntoma de inseguridad; por debilidad y fragilidad yoica
no soporta las crisis y las dificultades. Y esto suele expresarlo
mediante la destrucción de sus vínculos más significativos; la
ruptura con los padres es vivida como definitiva y total y así aniquila
al otro para no ser aniquilado por este. La omnipotencia le sirve
como coraza y la violencia como espada.

Transgresiva: el adolescente cuestiona y se opone a las normas


sociales. Orientada principalmente a lo extrafamiliar. Pretenden
desarrollarse negando y destruyendo todo lo anterior a sí, todo lo
dado, ignorando que solo se puede crecer a partir de las propias
raíces. Por lo tanto, la “rebeldía” se transforma en la peor sumisión,
es una verdadera esclavitud.

Progresiva: ayuda a crecer, a superar las crisis y dificultades propias


de la etapa. Es producto de la toma de conciencia de la necesidad
de adoptar una actitud de búsqueda activa para lograr un puesto en
el mundo. Implica aceptar la realidad, pero también luchar para
modificarla; es decir, acepta las normas y tradiciones, pero con un
compromiso responsable e incluso se atreve a cuestionarlas para
“evolucionar”.

Actitudes paternas y maternas que incrementan las diversas


formas de rebeldía
Como bien venimos explicando a lo largo del módulo, los adultos también
deben atravesar ciertos duelos cuando el adolescente se transforma en tal.
Los jóvenes tendrán actitudes, comportamientos y cambios que pueden
producir desconocimiento en estos adultos, los cuales pueden favorecer o
entorpecer los procesos adolescentes, buscar promoverlos, inducirlos o
forzar su progresivo cumplimiento.

No solamente los padres y madres sino toda la familia, de modo satelital,


vive el proceso de cambios y duelos de la adolescencia. En nuestro cuento
corto Marcos bien lo cuenta “el mismito día en que los cumplió, se volvió
aburrido. Antes, Dani jugaba a los autitos con Marcos, y ahora decía que ya
no le gustaban” (“El día en que Dani se volvió aburrido”, un cuento sobre la
adolescencia, 2019, [Link] Un hermano menor que
desconoce a su hermano mayor se volvió aburrido.

Básicamente, los padres y las madres pierden al hijo anhelado, y ello


promueve una modificación en los primeros que podría plantearse como
duelo (Urribarri, 2014).

Urribarri propone tres importantes procesos, que se especifican abajo.

Acomodación, a la independencia paulatina del hijo. Los adultos


dejan de ser soporte concreto o suministro narcisista. Es un
proceso de individuación mutua, paralela, y concomitante con la
resolución edípica.
Lo temporal y lo generacional, los cambios físicos de los jóvenes
confrontan a los adultos con su físico y sus señales de
envejecimiento, proyecto de vida acotado, proyectos e ideales
(crisis de la edad media). A veces sucede al mismo tiempo la vejez
y pérdida física de los padres, que hacen frente al pasado
adolescente mediante su hijo y viven la proyección de la muerte y
la vejez con sus padres.

Reacomodación en los cónyuges como pareja y no tanto como


dupla parental. Hay un posible reencuentro de la pareja, aquella
relegada parcialmente para dar curso a la parentalidad.

Según como atraviesen estos procesos conexos será el tipo de respuesta


que tengan a los cambios, duelos y procesos de sus hijos.

Algunos adultos tienen dificultades para admitir el crecimiento de sus hijos y


preferirían que se prolongue de forma indefinida la infancia de estos; deciden
por ellos y resuelven sus problemas para negar su autonomía (en lugar de
ayudarles): se pasa de la protección en la infancia a la sobreprotección en la
adolescencia. Son padres con una actitud negadora del desarrollo del
adolescente, con actitudes sofocantes, lo que promueve la rebeldía agresiva,
y en pocos casos el/la adolescente adopta una rebeldía regresiva (Griffa y
Moreno, 2005).

De modo similar, pero con mucha más censura, están aquellos padres que
hacen uno arbitrario y abusivo de su autoridad. Justifican sus órdenes y
actitudes con el apotegma de “porque soy tu madre/padre”, sin tener en
cuenta la edad o evolución de su hijo; estos son vividos por aquellos como
propiedad y de posesión absoluta (Griffa y Moreno, 2005).

La actitud de la madre de Dani, al exigirle que use sus juguetes si no quiere


que los regale, está entre estos dos tipos de actitudes, pero sobre todo en la
negadora del desarrollo. La asociación previa que realiza la madre es que va
a regalar los juguetes porque Dani ya no los usa y la afirmación “sos un chico
grande” hacen alusión a que los juguetes son asunto para un niño pequeño.
Luego, cuando Dani “rescata” un juguete que tenía hace mucho tiempo (el
cual, dijimos, le recuerda a parte de su identidad infantil), la madre le dice que
si no quiere que los regale que los use, es decir que use los juguetes de chico
pequeño. De allí mismo Dani deja de ser aburrido y decide que aunque ya era
grande, podía jugar a ser chico un tiempito más. Como repetimos varias
veces, el personaje de este cuento apenas es un púber, ya no es un niño, y se
ve “forzado” por esta madre a elegir entre ser un chico pequeño o un chico
grande, una madre que compulsiva y unilateralmente decide guardar los
juguetes, forzando al adolescente a ser chico un tiempito más, cuando quizá
podría haber sido (acompañado por su madre) un chico grande jugando con
un camión con su hermano pequeño.

Siguiendo con los tipos de actitudes de los progenitores, en otra versión


diferente a la sobreprotección o la autoridad abusiva, están aquellos padres
que evitan el ejercicio de la autoridad paterna. Este tipo de actitud en estos
adultos es característico de la posmodernidad en sectores medios y altos de
la sociedad (Griffa y Moreno, 2005) y se sostiene bajo la excusa de que el
hijo, al expresar libremente su rebeldía, logra madurar su espíritu crítico
(Griffa y Moreno, 2005). El problema de esto es que no hay contención (Bion)
alguna para el adolescente, ni límites, ni bordes; ignoran que la rebeldía es
parte también de aceptar la autoridad, por lo que entorpecen el desarrollo del
juicio crítico de la realidad. Así es como, además, sus hijos no ven en esta
figura materna un modelo de identificación claro, fuerte y seguro.

Esta rebeldía de los padres hacia el ejercicio de sus roles


familiares es más peligrosa que la rebelión de los adolescentes
y promueve, entre otras cosas, el pasaje de la rebeldía juvenil
natural a su expresión violenta. (…) La autoridad de los padres es
una ayuda necesaria e imprescindible para los hijos que reclama
una obediencia inteligente y activa, no una mera subordinación.
(Griffa y Moreno, 2005, p. 57).

C O NT I NU A R
Lección 2 de 3

Fases de la adolescencia

El modelo de estudio sobre las bases de la adolescencia puede dividirse en


enfoques biológicos y enfoques culturales (casi excluyentes entre sí);
también hay perspectivas psicoanalíticas y cognitivo-morales, incluso
análisis desde la psicología social-cultural (Aguirre Baztán, 2009).

Enfoque biologicista

Arnold Gesell propone una teoría en donde realiza un paralelismo entre la


evolución de la raza humana y el desarrollo infanto juvenil. Para este autor, la
adolescencia va desde los 11 hasta los 24 años (Aguirre Baztán, 2009). Su
teoría es algo reductiva y distorsionante, ya que concibe etapas inmutables y
comunes a todos los jóvenes; esto lo hace desde los conceptos de
crecimiento y maduración.

El crecimiento, como proceso de cambio formal y funcional, está


sujeto a las leyes biológicas, es producto de la maduración. (…)
Es la biología y no los factores ambientales, lo que determina los
rasgos del desarrollo, y la maduración, debida sólo a procesos
genéticos es la que hace posible el ulterior aprendizaje. (Aguirre
Baztán, 2009, [Link]

En su obra Youth: The Years from ten to sixteen (Juventud: la edad desde los
10 a los 16 años), Gesell realiza una descripción año por año (Aguirre Baztán,
2009); esto es posible desde su comprensión de las fases adolescentes
como sucesivos procesos de maduración biológica.

Enfoque cultural

Por su parte Eric Erikson, a partir del planteo de las fases propuesto por
Freud, realiza una reelaboración (entre la década del 50 y del 60) sumando su
enfoque antropológico y extendiendo esas etapas a todo el ciclo vital. “Su
aportación más importante es el desplazamiento del tema de la sexualidad
al de la identidad como núcleo de la personalidad adolescente” (Aguirre
Baztán, 2009, [Link]

Este autor propone ocho grandes etapas a lo largo del ciclo vital, y similar a lo
propuesto por Piaget:
Cada etapa se asienta en los logros de la anterior y los integra,
porque cada una de las etapas consiste en la vivencia y solución
de un estado de crisis que provoca una situación negativa
(vulnerabilidad y desequilibrio), que es sobrepasada por una
situación positiva (solución e integración). (Aguirre Baztán, 2009,
[Link]

En relación a la adolescencia, Erikson hace el tema de la identidad el centro


de “crisis” de esta etapa:

De todo ello se infiere, que sólo un sentido de identidad que


crezca paulatinamente y tenga sus bases en la salud social y en
la solidaridad cultural, obtenidas de cada una de las crisis
mayores de la niñez, permite esperar ese periódico
restablecimiento del equilibrio en la vida del hombre, que dé
sentido a la condición humana en la integración de las etapas
evolutivas del yo. Pero, cuando este sentido se pierde, cuando la
integridad cede ante la desesperación y la adversidad, cuando la
fecundidad cede ante el estancamiento, la intimidad ante el
aislamiento y la identidad ante la difusión, se movilizan toda una
serie de temores infantiles, porque el superyó es la
internalización de la desigualdad eterna entre el padre y el hijo, y
sólo una identidad del yo firmemente arraigada en el
"patrimonio" de una identidad cultural puede contrabalancear al
superyó y producir un equilibrio elaborable». (Aguirre Baztán,
2009, [Link]

Enfoques actuales

En el estudio de las fases de la adolescencia, podría decirse que los tres


enfoques más importantes son el (Aguirre Baztán, 2009):

Recoge toda la problemática


Psicoanalítico
de la afectividad y la identidad.

Descubre los procesos de


socialización y
Psicosocial
enculturación, de vivencia
grupal y de interacción
social.

Especialmente fructífero en
Cognitivo los campos de estudio del
desarrollo cognitivo y moral.

Perspectiva psicoanalítica

Durante mucho tiempo, las teorías psicoanalíticas negaron u obviaron el


estudio e incluso la existencia de la adolescencia. Las teorías existentes
responden más bien a estudios de la década del 80 en adelante. Algunos
psicoanalistas sostienen que la adolescencia es un invento adultocentrista,
“ya que la adolescencia es un valor en alza en la sociedad actual” (Aguirre
Baztán, 2009, [Link] es más bien un estado de la
personalidad antes que un estadio del desarrollo del individuo.

Por su parte Peter Bloss, en su obra On Adolescense. A Psychoanalytic


Interpretation (1962) distingue cinco estadios relativos a la adolescencia
(Aguirre Baztán, 2009):

preadolescencia

primera adolescencia

adolescencia

final de la adolescencia

postadolescencia

Según Fernández Mouján (1993), es posible reconocer tres fases sucesivas:


la adolescencia inicial o baja, media y superior. El autor entiende que estas
son una característica específica de la adolescencia, al igual que otros temas
a desarrollar como identidad, pensamiento y grupo.

Las tres fases presentan particularidades. Estas últimas dependerán del


proceso de duelo, el cual tomará diferentes manifestaciones. De esta
manera, siguiendo al autor se pueden identificar diferentes cambios,
especialmente de carácter, en el pensamiento y en las conductas sociales.
Dichos cambios serán distintos de acuerdo a la fase que esté atravesando el
adolescente.

Por otra parte, cabe señalar que la división que realiza Fernández Mouján es
de modo esquemático y desde una visión de lo que considera como
adolescencia normal. Es posible encontrar distintas conceptualizaciones de
acuerdo a los diferentes autores que se ocupan del tema y al contexto socio-
cultural en el que esté inserto el adolescente; como así también diferentes
caracterizaciones de cada etapa, principalmente en cuanto a la edad
cronológica que abarca.

Fase inicial
De acuerdo a Fernández Mouján (1993), la primera etapa se denomina fase
inicial o pubertad. Esta comienza en las mujeres entre los 11 y 12 años,
mientras que en los varones empieza entre los 12 y 13 años, abarcando en
ambos sexos hasta los 15 años de edad. Su principal característica es que el
sujeto que la transita está realizando el duelo en el cuerpo como objeto.

La psicoanalista inglesa Melanie Klein describió los mecanismos


inconscientes del Yo para elaborar estas ansiedades, y transitar y elaborar
duelos. En esta instancia, el púber se disocia y proyecta hacia el exterior todo
lo malo y en otros momentos retiene e introyecta lo bueno. Luego va a
intercalar momentos de integración, intentando recuperar la identidad
perdida, lo cual genera desesperación al unir lo amado y lo rechazado. Por
esa razón, una de las características de esta fase son los períodos de rabia y
persecución, en las que el sujeto muestra un Yo pasivo ante el contexto y
recurre a defensas más individuales y primitivas (Fernández Mouján, 1993).

Es decir, desde lo propuesto por Bowlby (citado en Fernández Moujan, 1993),


el púber está atravesando un período de protesta en el que el Yo
principalmente intenta recuperar al objeto, manifestándose decepcionado e
irritado.

En este caso y, como ya se mencionó, al ser el cuerpo el objeto de duelo por


los intensos cambios que ocurren, los adolescentes comenzarán a vivirlo
como peligroso. En el cuerpo comienzan a manifestarse los cambios
morfológicos y fisiológicos propios de la maduración sexual. Irán
apareciendo los caracteres primarios y secundarios, produciéndose una clara
diferenciación de los sexos.

Además, como afirma Arnett (2008), en esta fase la apariencia física se


vuelve un aspecto de importancia para los adolescentes. Tal es así que
sostienen que existe una relación fuerte entre cómo siente el joven su cuerpo
cambiante y la autoestima. Es por ello que esta última se verá afectada en la
pubertad, disminuyendo considerablemente durante este período, dado que
la aceptación y valoración de los pares juega muy importante y le dan
prioridad. En la adolescencia media y tardía se irá restableciendo.

Por estas razones, el púber intentará controlar su propio cuerpo a través de


diferentes actividades, como los deportes y el baile. Incluso, utiliza
identificaciones pasajeras a modo de defenderse de la asunción de la
identidad sexual que le impone la cultura. Las identificaciones pasajeras le
permiten un compás de espera dentro del proceso de duelo que está
atravesando.

Cabe mencionar que Fernández Moujan (1993) refiere algunas


identificaciones como rasgos de carácter, fenómenos transitorios que no son
asimilados al Yo.

En relación a los rasgos de carácter, el autor indica que en el varón son


característicos los rasgos pasivos-compulsivos. Se muestran ante las
mujeres como sumisos, con poca iniciativa y tendencia al deporte. Sin
embargo, podrán observarse formaciones reactivas debido al rasgo
compulsivo a través del cual se manifiestan rebeldes utilizando la violencia o
bien pueden uniformarse en grupos para evitar la diferenciación sexual.

En las mujeres predominan los rasgos fálicos-narcisistas. Es decir, podrán en


momentos mostrarse decididas, rechazando todo lo sensible, y por los
rasgos narcisistas pueden mostrarse cariñosas, seductoras y protectoras,
para convertirse en objeto deseado por el sexo opuesto (Fernández Moujan,
1993).

Fase media
Una vez aceptados los cambios del cuerpo, sigue una segunda fase también
conocida como mediana adolescencia. Esta comprende desde los 15 años de
edad hasta los 17. La principal característica tiene que ver con la resolución
del conflicto edípico genital, es decir con la identidad sexual. Es por ello que
Fernandez Moujan (1993) señala que los 15 años son una edad clave en la
crisis del adolescente.

En ese período, el adolescente cuenta con un Yo lo suficientemente


discriminado que le permitirá enfrentar el proceso de duelo. Además, el
desarrollo del pensamiento formal lo ayudará a atravesarlo.

En esta fase, según Fernández Moujan (1993) las identificaciones


transitorias o pseudoidentidades serán fundamentales, dado que son
aspectos adultos aún no asimilados por el Yo que le permitirán al
adolescente enfrentarse al contexto con una identidad sexual que aún no
será percibida como propia.

Para ello, será esencial, como ya se mencionó, haber desarrollado el


pensamiento lógico formal y principalmente su grupo de pares. En este
momento, los jóvenes ya han comenzado a separarse y distanciarse
afectivamente de la familia, dejando de ser esta lo más importante e incluso
mostrando hacia los integrantes del grupo familiar actitudes de rebeldía
(Fernández Moujan, 1993).

Siguiendo al autor, decimos que son los grupos de pares los que le permitirán
al sujeto enfrentar la desesperación que está atravesando. A través del
grupo, los adolescentes potencian su acción social, facilitando la
construcción de un “yo grupal” y construyendo sus propias normas a las
cuales adhieren para diferenciarse del resto de los grupos. El grupo, además,
le permitirá realizar los primeros vínculos y tener contactos heterosexuales;
de esta forma, se aproximan al sexo opuesto.

Fase superior
La última fase, denominada superior o adolescencia tardía, abarca desde los
17 años en adelante. Actualmente, el tiempo cronológico que comprende
esta fase es un tema de discusión que varía según el criterio de cada autor y
también está influido por los cambios de cada época.

A diferencia del resto de las fases, en este período el adolescente habrá


convertido sus sentimientos de desesperación en soledad. Lo que le habrán
permitido la separación y el compromiso con el sexo opuesto, aceptando que
sus parejas no son perfectas aceptando sus propias limitaciones y
responsabilidades. Además, ya habrán construido y aceptado una identidad
propia.

Es por ello, que los roles sociales se vuelven nodales para esta etapa. Dado
que habrán comprendido, a diferencia de la mediana adolescencia, que las
ideologías no son absolutas, que los roles son fundamentales ya que son
logros personales. De esta manera, comenzarán a tener distintos
comportamientos que denotan sentido de responsabilidad y espíritu de
solidaridad.

Otro aspecto característico de este momento es que los adolescentes


comienzan a plantearse la conflictividad profesional, ocupacional y
vocacional. Conflicto que deberán resolver de manera individual.

A modo de síntesis, existe un doble movimiento: hacia el exterior para buscar


entre sus pares el contacto con el sexo opuesto o sus posibles parejas y por
el otro hacia el interior e intimidad en busca de sus propios ideales.

Perspectiva psicosocial

Allison Davis, en su trabajo Socialization and Adolescent Personality (1944),


con base antropológica, propone que en la socialización “el individuo aprende
y adopta normas, creencias, valores y cultura formal, para incorporarlos a su
personalidad” (Aguirre Baztán, 2009, [Link] Este proceso de
socialización o enculturación varía de una cultura a otra por lo que las fases
de la adolescencia dependerán del particularismo histórico. No obstante, el
proceso de enculturación hace que el sujeto viva una coacción cultural ante
el objetivo de integración social del adolescente que tenga cada cultura. Esto
es denominado por Davis como “ansiedad socializada” (Aguirre Baztán,
2009).

Robert Havighurst en Developmental Taks and Educatión (1915) propone que


las motivaciones sociales guían el desarrollo adolescente, ya que este es un
ida y vuelta entre la necesidad individual y la exigencia social (Aguirre Baztán,
2009).

Esta perspectiva y sus teóricos sostiene que


…el origen de los cambios adolescentes es, fundamentalmente,
imputable a determinaciones externas, es decir, a interacciones
sociales y a la necesidad de adaptarse a los nuevos roles. En
este sentido, se pone de manifiesto que el propio adolescente
tiene que desempeñar roles contradictorios (vg.: de chico
rebelde para con sus compañeros y de hijo sumiso para con su
padre), lo que repercute notablemente en la vivencia de su
identidad. (Aguirre Baztán, 2009, [Link]

En la lectura 4 de este módulo, retomaremos el tema de grupalidad y


adolescencia, por lo que volveremos sobre este enfoque y las fases
propuestas por Dexter Dunphy.

Perspectiva cognitiva

El origen de los estadios en la adolescencia, en parte se debe a


transformaciones internas, y en parte a transformaciones biológicas o
psíquicas externas, pero ambas poseen una base de desarrollo de las
competencias operatorias.

Inhelder y Piaget en la obra De la logique de l’enfant à la logique de


l’adolescence (1955) “centran el estudio de los estadios del desarrollo infanto-
juvenil a través de los progresos del pensamiento: sensoriomotor (0-2 años),
preoperacional (2-7 años), operaciones concretas (7-11 años) y operaciones
formales (11-15 años) dejando para ulteriores investigaciones el periodo 15-
20 años” (Aguirre Baztán, 2009, [Link] Reduce esta teoría la
etapa cognitiva de la adolescencia al estadio de las operaciones formales
(11-15 años) (módulo 2), y no hay investigaciones sobre las otras etapas
adolescentes.

De modo similar sucede con el desarrollo de las etapas “del desarrollo moral”.

Temporalización del proceso adolescente

A lo largo de los módulos anteriores se explicó la importancia de la cultura en


la separación de fases de la adolescencia ¿Por qué? Porque un joven de 18
años de hoy no es el mismo que en la modernidad. Las responsabilidades
económicas y educativas, además de los roles sociales, van cambiando con
el tiempo, y con ello también la posibilidad y disponibilidad de espacios
(psíquicos, culturales, grupales, etcétera) para elaborar diferentes procesos
propios de esta etapa.

Inspirándose en Dunphy, Aguirre Baztán (2009) propone la división de sub-


fases en la adolescencia que se detallan a continuación.
Pubertad y preadolescencia

Entre los 11 y 12 años; vinculada a:

un desarrollo puberal: transformaciones experimentadas en el cuerpo


humano, cambios físico-corporales;

un despertar pulsional: ruptura del período de latencia y la capacidad de


investir un amor objetal;

una elaboración del duelo: por la pérdida del cuerpo infantil, de la


identidad infantil, y de la percepción infantil de los padres (módulo 2).

Protoadolescencia

Entre los 12 y 15 años. Período en que el grupo sustituye a la familia.
Comprende tres subfases de posible yuxtaposición:

homosexualidad individual (12-13 años): proceso de interacción


individual con otra persona del mismo sexo, por ejemplo el mejor amigo.
Supone un reforzamiento de la identidad sexual;

homosexualidad colectiva (13-14 años): similar a la subfase anterior,


pero en términos de grupos primarios;

heterosexualidad colectiva (14-15 años): de manera colectiva comienzan


a relacionarse en grupos heterosexuales. Constituye la plataforma de la
futura pareja.

Sobre la terminología utilizada, el autor advierte: “he dudado mucho sobre el


término «Homosexualidad», pues puede llevar a equívocos, pero lo he
preferido a otros como «homoafectividad» y similares.” (Aguirre Baztán, 2009,
[Link] Se refiere a un aspecto meramente afectivo y no
genital.

Mesoadolescencia

Entre los 16 y 22 años el sujeto comienza con el duelo por la pérdida de la
vida grupal. Este duelo suele ir acompañado de estados depresivos y
dificultades de carácter angustioso. La primera parte de esta fase es la de
riesgo, por antonomasia, por las dificultades inherentes a la construcción de
identidad. A lo largo de la etapa se abandona la heterosexualidad colectiva
para pasar a una individualizada, que posibilita la pareja y la elección del rol
social-profesional.

A pesar de que los mesoadolescentes comienzan a disfrutar de


creciente autonomía «económica» (dinero para divertirse), de la
casa parental (viajes, llegar tarde), afectiva (relaciones de pareja,
de amigos), etc., conviene no perder de vista muchos de los
importantes problemas que surgen: maternidad precoz, abortos,
fugas de casa, mortalidad en accidentes de tráfico, drogas y un
largo etcétera y que hacen de la mesoadolescencia una
constante preocupación para los padres. (Aguirre Baztán, 2009,
[Link]

Postadolescencia

Entre los 23 y los 29 años, en el contexto y realidad sociocultural, transcurren
la prolongación de los estudios, dificultades económicas para acceder a la
independencia material y/o de bienes, los cuestionamientos respecto a la
elección del proyecto de pareja y/o familia, etcétera, que hacen que los
postadolescentes o jóvenes adultos extiendan la dependencia económica y
psicológica.

Este no es un período en sí, sino más bien una etapa de permanencia o


transición con influencias altamente sociales, culturales y políticas. Los
temas que le dan contenido a esta fase son la consolidación de la pareja
(como acto exogámico) y el acceso a la independencia económico-social
(resolución de algunos problemas de la mesoadolescencia, realización
laboral-profesional).

La postadolescencia es un fenómeno propio de la postmodernidad (módulo


4), por lo que ha sido poco estudiado. Será necesario realizar futuras
investigaciones integracionales para caracterizar esta fase junto con las
dificultades que pueden aparecer en la interacción de variables. No obstante,
podríamos decir que lo que caracteriza el fin de la adolescencia como etapa
del ciclo vital es la independencia social, económica y psíquica: la autonomía.

C O NT I NU A R
Lección 2 de 4

Identidad y adolescencia

La etapa de la adolescencia es conocida por ser un período de crisis en el


ciclo vital. Es por ello que la psicología evolutiva le presta especial
importancia a los fenómenos que allí suceden. Uno de ellos, el cual ya ha sido
desarrollado es el de duelos por los cuales atraviesan los jóvenes y el
segundo, la identidad. Esta última se puede considerar la contracara de los
procesos de duelo.

Tal es así que Fernández Mouján (1993) considera que el logro de la


identidad es una de las tareas fundamentales que debe realizar el
adolescente durante esta etapa. Esta, sin duda recae sobre el Yo, es por ello
que el autor además señala que el sujeto, una vez culminada esta etapa,
debiera haber podido conseguir una jerarquización de las funciones yoicas a
modo de lograr una integración psíquica.

En otras palabras, integración e identidad son términos que van de la mano,


considerando la identidad como el “logro de una integración entre el ideal de
vida para el yo y el de la sociedad en la que el hombre vive” (Fernández
Mouján, 1993, p.75). Es decir, el joven comienza a preguntarse a sí mismo
quién es, en qué cree, cuál es su lugar en el mundo y hacia dónde va su vida
(Arnett, 2008). De esta forma, el individuo logrará el sentimiento de sí mismo
en el tiempo y el espacio (Fernández Mouján, 1993). En esta definición se
observa una relación de tres elementos clave: la continuidad filo y
ontogenética, la cohesión interna con adecuación al ambiente y el logro de
un proyecto vital o metas (Fernández Mouján, 1993).

Por su parte Fernandes entiende a la identidad como el resultado de “la


apropiación, asimilación e interiorización de las distintas identificaciones
procesadas por el propio individuo, mediante constantes y sucesivas
interacciones psicoafectivas, emocionales y sociales que hacen que tome
conciencia de sí mismo” (Aguirre Baztán, 2009, [Link]

Ahora bien, en esta instancia será necesario entender ¿Por qué la etapa de la
adolescencia se conoce como una crisis de identidad? ¿Por qué la identidad
es una tarea que recae sobre el Yo? ¿Cuál es la relación directa entre los
duelos y el logro de la identidad? ¿Cuál es la relación y las tareas que deberá
realizar el Yo para lograr la integración en las tres áreas (mente, cuerpo y lo
social)?

Estos interrogantes son los que guiarán esta lectura a modo de lograr una
síntesis de los procesos psíquicos que ocurren en este momento evolutivo.
Teniendo en cuenta que siempre se esboza es una aproximación al
desarrollo normal o esperable. Entendemos que dichos procesos, desde la
psicología, son fundamentales a modo de considerarlos como hitos
evolutivos, que en el futuro permitan comprender y ser tenidos en cuenta al
momento de ahondar en la clínica y especialmente, al momento de pensar
en una posible psicopatología en los jóvenes.
Crisis de identidad

Erickson y su teoría (como se cita en Arnett, 2008) son claves para


comprender y entender el concepto de crisis, ya que este creía que en esta
etapa se agudiza la búsqueda de la identidad. Creía necesaria la crisis, como
“motor” de búsqueda de la identidad y necesaria para que el joven venza la
difusión de la identidad (Coleman, 2013).

Tabla 1: Crisis de identidad

Fuente: elaboración propia a partir de Aguirre Baztán, 2009.

Justamente, ese problema (atravesar lo que implica una crisis) será el logro
de la identidad como resolución al conflicto que es innata a la etapa anterior,
la adolescencia. Desde esta perspectiva, será fundamental que el joven
pueda comprometerse con tres aspectos: el amor, la ideología y el trabajo, a
modo de evitar caer en una confusión (Arnett, 2008); después de todo,

Los medios por los que el adolescente entra en relación con la


sociedad son, principalmente, los roles ocupacionales,
ideológicos y sexuales, y es en gran parte por estos caminos
como se ha explorado el proceso de formación de la identidad.
(Coleman, 2013, p. 70).

Esta relación que establece con la sociedad se efectúa mediante un periodo


que el autor denomina moratoria psicosocial, que le permite al joven explorar
diferentes opciones respecto de los aspectos antes señalados para que
después pueda comprometerse con sus elecciones. Sin embargo, el proceso
de búsqueda de la identidad es constante, es decir no termina en esta etapa
sino que se continúa a lo largo de la vida (Arnett, 2008).

En base a las dimensiones conceptuales de crisis y compromiso de Erickson,


Marcia (Coleman, 2013) define cuatros niveles o estadios de identidad:
difusión, hipoteca, moratoria, consecución (logro). Estos cuatro niveles
pueden verse consecutivamente, aunque no necesariamente uno se sucede
como prerrequisito del anterior.
La propuesta del autor ha producido gran cantidad de investigaciones, en
relación a la identidad y otras variables como formación y desarrollo de la
identidad, ansiedad y trastornos mentales, identidad en el tiempo, etcétera.

Siguiendo con lo propuesto por Erickson, se establece que sus


conceptualizaciones tienen relación directa con el contexto socio-cultural al
que pertenece y se desarrolla el joven. Por tal motivo, por los cambios
culturales y las transformaciones de la sociedad es que Fernández Mouján
(1993) describe la identidad como una empresa temporaria. Lo cual significa
que la crisis no solo recae en el adolescente: abarca también la familia, las
instituciones y la sociedad.

Tabla 2: Doctrinas que estudian la adolescencia

PSICOANALÍTICA SOCIOPSICOLÓGICA
- Centrada en el desarrollo
- Acontecimiento están
Doctrinas psicosexual
fuera del individuo
explicativas del
fenómeno - El brote pulsional altera el
- Conflicto entre
transicional equilibrio psíquico
presiones del exterior y
adolescente
expectativas del
- Segundo proceso de
entorno inmediato
individuación
Crisis de - Provocada por factores - Provocada por la
identidad internos: sociedad:
i. desequilibrio psíquico por i. conflicto al tener que
las distintas pulsiones adoptar decisiones
fundamentales
ii. ruptura de los vínculos respecto a su vida
familiares y falta de
modelos identificatorios ii. ambigüedad de
status
Fuente: elaboración propia a partir de Aguirre Baztán, 2009.

Desde los aportes de este último teórico es que se puede comprender la


relación existente entre crisis, duelo, identidad y lo planteado por Erickson en
relación al tema de la confusión. Esto dado que la confusión y desesperación
que vive el adolescente recae en el Yo, el cual deberá romper con la identidad
infantil y enfrentarse a los nuevos objetos, ansiedades e impulsos. De esta
manera Fernández Mouján indica que “el proceso de duelo adolescente es
una lucha por la identidad, contra el medio y contra las propias tendencias a
permanecer en lo establecido” (Fernández Mouján, 1993, p. 20).

En otras palabras, el Yo en esta etapa atraviesa cambios en su percepción a


lo largo del tiempo, es decir su continuidad, en su unicidad o en el propio self
y, por último, en su mismidad (en la relación establecida con la familia y
sociedad) (Fernández Mouján, 1993).

Esta crisis se despliega en las tres áreas:


en el cuerpo, el cual es percibido como extraño e impone lograr la
construcción de un nuevo esquema corporal;

en su mente, porque el adolescente se percibe a sí mismo diferente


y tendrá que construir su nuevo mundo interno;

en lo social, ya que siente que los demás no lo perciben como antes


(Fernández Mouján, 1993).

Para ello, según Fernández Mouján (1993), las funciones yoicas tendrán
como objetivo tratar de discriminar, controlar y fluctuar a modo de poder
tolerar la ansiedad que le provoca este período. La tarea es poder separar lo
viejo para ir integrando lo nuevo. Es por ello que las defensas
esquizoparanoides son fundamentales para esos propósitos,
particularmente las identificaciones introyectiva y proyectiva. Así, el
adolescente podrá adquirir nuevas identificaciones, recuperar aspectos
perdidos y desplazar hacia nuevos objetos sus intereses (Fernández Mouján,
1993).

Al mismo tiempo, la capacidad de introspección propia de esta etapa


contribuirá para que el adolescente pueda comenzar a ahondar sobre sus
incertidumbres y temas que competen a la consolidación de la nueva
identidad (Arnett, 2008).

Identidad: lo social, lo psicológico y el cuerpo


Como se mencionó en el apartado anterior, la crisis de identidad se despliega
en las tres áreas: lo social, lo psicológico o mental y el cuerpo. A la vez que se
ponen en juego los tres sentimientos que componen la identidad:

continuidad (yo psicológico)

mismidad (yo social)

unidad (yo corporal)

Debe tenerse en cuenta que el Yo es básicamente corporal en la


protoadolescencia, psicológico en la mesoadolescencia y social en la
postadolescencia. (Aguirre Baztán, 2009, [Link]

En este sentido Aguirre Baztán (2009) propone dos aspectos de la crisis de


identidad, que desarrollamos a continuación.

1 Aspecto individual

afirmación del yo, manifestado mediante:

tendencia a la soledad

excentricismo
2 Aspecto social

rebelión contra el sistema de valores de los adultos:

porque atentan contra su independencia

por la falta de comprensión

El propósito ahora será comprender un poco más cómo suceden cada una de
estas luchas en el proceso de construcción de la identidad. De esta lógica
descripta, es que Fernández Mouján (1993) considera que, para configurarse
la identidad de Yo, debió haber existido previamente una identidad del yo
corporal, luego la identidad del yo psicológico y finalmente la identidad del yo
social.

Retomando las fases de esta etapa y pensando en esta configuración


analógica de la identidad del Yo, los sentimientos y las aéreas de modo
analógico se puede realizar una síntesis de lo que ocurre en cada una de
ellas.

En la primera fase, pubertad o fase inicial, debido a que son los cambios
corporales y el duelo del cuerpo como objeto lo que predomina, se construye
la identidad del yo corporal. Es por ello, que en este período la principal
disociación instrumental que existirá será la de mente-cuerpo. En relación a
los sentimientos implicados, esta disociación se reflejará en determinadas
conductas. Por ejemplo, la pérdida del sentimiento de unidad través de los
deportes y la manía por mirarse al espejo, la necesidad de fortalecer la
continuidad a través de los juegos de palabras o sueños diurnos y la
mismidad mediante la búsqueda de unirse a pandillas o grupos a modo de
evitar reconocer sus fantasías polimorfas perversas (Fernández Mouján,
1993).

En la segunda fase, mediana adolescencia o fase media, como los


principales objetivos serán el logro de la identidad sexual y el logro de la
independencia respecto a la familia, el proceso de identidad se reflejará en el
yo psicológico. Para ello, la disociación instrumental utilizada por los
adolescentes será la disociación pensamiento-acción. Entre los
comportamientos que reflejan los sentimientos implicados durante este
proceso se pueden observar el uso de vestimenta del tipo unisex a modo de
conserva la unicidad. También pasarán largas horas reflexionando o
adentrándose al mundo abstracto o de las ideas a modo de lograr
continuidad. Y mediante el acercamiento a sus pares primero y luego a otros
adultos intentará que lo reconozcan a modo de sentir mismidad (Fernández
Mouján, 1993).

Por último, en la fase superior o adolescencia tardía se consolida la identidad


del yo social, utilizando de manera instrumental la disociación individuo-
sociedad. Para esta tarea, se apoyará en las otras identidades adquiridas de
las otras etapas: la identidad del yo corporal y la del yo psicológico. Y,
además, sobre los sentimientos consolidados la unidad y continuidad para
lograr construir el sentimiento de mismidad, es decir, lograr su propia
individualidad (Fernández Mouján, 1993).
Por estas causas es que durante este período las conductas que pueden
manifestarse en un adolescente tendrán que ver con la necesidad de
autovalerse o buscar el reconocimiento de manera activa; ya sea a través de
trabajo, estudio y pareja. De la misma forma, comienza a surgir el interés
hacia actividades políticas y sociales junto con la necesidad de buscar sus
propios ideales y valores. Confluyendo, se trata del principal conflicto que
deberá atravesar de manera individual referido a su vocación profesional y su
proyecto vital. La construcción de este yo social va acompañada del
concepto de identidad étnica (Coleman, 2013); factor importante y no menor
para el entendimiento del proceso de la formación de identidad.

Una vez realizados todos estos procesos, el Yo dejará de emplear las


disociaciones instrumentales y podrá integrar al Yo viejo todo lo nuevo en
una misma unidad espacial consigo mismo en el tiempo y con la sociedad.

La vivencia de lo corporal, identidad y crisis

Como hemos visto en lecturas anteriores, presionados por las


transformaciones corporales los jóvenes deben por un lado asimilar este
nuevo cuerpo, forjar una imagen con él, descubrir sus “nuevos
funcionamientos” etcétera. Es decir, estructurar un nuevo Yo corporal y por lo
tanto una nueva identidad (duelos, módulo 2). A su vez, así como sienten
extrañeza por el cuerpo, suelen sentir extrañeza por quienes son, que les
gusta, que quieren, etcétera, tal como se viene describiendo.
En esta etapa, la corporalidad es el límite entre el Yo y el mundo exterior, y es
por ello que los jóvenes buscan explorar nuevos espacios, experiencias,
como si a medida que construyen el mundo exterior o el Yo social,
construyen el Yo interno (aspectos de la identidad). Es así que resultado de la
proyección de estas vivencias corporales, la habitación y el grupo de amigos
(yo colectivo) toman especial relevancia (Aguirre Baztán, 2009).

Otra manifestación común es aquella que muestra el proceso del narcisismo


secundario, se pasan horas delante del espejo:

El verse reflejado en un espejo ayuda a delimitar la realidad


corporal, y vivenciarse como una totalidad. Ahora bien, permite a
su vez defenderse de la angustia que crean unas modificaciones
corporales sentidas como fuente de distorsión. De ahí el no
reconocerse en ocasiones por discrepar la vivencia corporal
imaginaria con la imagen fotográfica y «real». (Aguirre Baztán,
2009, [Link]

El cuerpo es un medio privilegiado de expresión, ya sea como expresión en


relación al entorno social o como expresión de la conflictiva psíquica.

Proyecto de vida
Junto con esta búsqueda de la identidad en sus diferentes aspectos y
representaciones (identidad al fin), los adolescentes inmersos en su contexto
cultural y social elaboran un plan de vida. Al comienzo como una fantasía en
este camino dialógico entre el ideal del yo y el yo ideal, y ya en la
mesoadolescencia este proyecto de vida tiene mayores posibilidades de
concreción, lo que implica alcanzar un cierto grado de madurez e identidad
relativamente establecida.

La elaboración de plan de vida supone autoconocerse y aceptarse, querer


realizarse (anhelo de ser grande), elegir y afrontar (deuteroelección) (Griffa y
Moreno, 2005). Uno de los desafíos grandes en estos “pasos” de la
elaboración del plan de vida es la elección profesional-ocupacional.

En esta elección se pondrá en juego el plan de vida elegido y, a su vez,


implica un conocimiento del medio ocupacional, las demandas sociales,
etcétera:

“Las elecciones rápidas y superficiales suelen ser frecuentes en quienes no


toleran la confusión o la ambivalencia de las dudas propias de los primeros
momentos de todo proceso de elección” (Griffa y Moreno, 2005). A su vez, los
adolescentes se tornarán personas insatisfechas, realizando un trabajo
esforzado, con poco o sin ningún lugar para el placer y la creación (bien
sabemos que ello conlleva altos costos psíquicos, emocionales e incluso
corporales). Mientras que “aquella persona que elige adecuadamente su
vocación se entrega al quehacer profesional con entusiasmo” (Griffa y
Moreno, 2005)

Esto último es objeto de observación por parte de los adolescentes, lo que


también puede influir a la hora de elegir un plan de vida, y la ansiedad que
genera la elección vocacional “elegiré bien y seré feliz, o elegiré mal y estaré
insatisfecho”.

Por último, cabe recordar que la elección profesional, el proyecto de vida, es


un proceso largo que se intensifica en la adolescencia por todos los
movimientos que suceden, pero se transita a lo largo de la vida. A su vez,
puntualmente en esta área vocacional-profesional, las experiencias
educativas tienen altas incidencias en la elaboración de dicho proyecto de
vida.

Por el relato que podemos observar en el caso práctico de Lady Bird, esta
joven ya en la mesoadolescencia atraviesa el proceso de construcción de
identidad (elegir un nombre de ella para ella), y de proyecto de vida (querer
irse de esa ciudad). La relación con su madre también muestra lo complejo
de este proceso, que tiene sus efectos colaterales para los adultos
circundantes.

C O NT I NU A R
Lección 2 de 3

Conceptos básicos de la sexualidad humana

Las relaciones con los demás, experiencias del desarrollo a lo largo de la


vida, la cultura, como así también la anatomía y la fisiología de una persona
dan cuenta de aquel constructo tan amplio como la humanidad misma: la
sexualidad.

La sexualidad depende de cuatro factores sexuales interrelacionados que se


desarrollan a continuación.

Identidad sexual

Patrón y características sexuales de un individuo (cromosomas, genitales
externos, composición hormonal, gónadas, y características sexuales
secundarias). Aquí se contemplan los criterios binarios de clasificación
médico jurídico (varón-mujer), como así también la intersexualidad.

Identidad de género

Según Robert Stoller, la identidad de género «conlleva aspectos psicológicos
de la conducta relacionados con la masculinidad y la feminidad». Este autor
considera que el género es un constructo social y el sexo, biológico.

Orientación sexual

Describe el objeto de los impulsos sexuales del individuo: heterosexual (sexo
opuesto), homosexual (mismo sexo) o bisexual (ambos sexos). También se
encuentran quienes se describen a sí mismos como pansexuales,
demisexuales, e incluso asexuales; aunque algunos investigadores
consideran que en algunos casos se pude tratar de una manifestación de un
trastorno del deseo.

Conducta sexual

Implicaciones del sistema nervioso central, la interacción hormonal, y las
respuestas fisiológicas.

Figura 1: The Genderbread Person


Fuente: [Imagen sin título sobre] (s. f.). Recuperado de [Link]

“La sexualidad es algo más que el sexo físico, ya sea coital o no coital, y
menos que la suma de todas las conductas orientadas a obtener placer”
(Kaplan Y Sadock, 2015). No obstante:

Hacerle un sitio a la sexualidad adulta es un proceso que no es


lineal, hay avances y retrocesos. La mayoría de los adolescentes
van progresivamente renunciando al cuerpo infantil, integrando
los cambios, abriéndose al deseo y buscando la satisfacción
sexual con un objeto prohibido, no incestuoso. (Monserrat y
Utrilla, 2013, p. 26).

Sexualidad en la adolescencia

El desarrollo sexual es uno de los pilares de esta etapa de la vida, sin


embargo no refiere solamente a los cambios biológicos (módulo 2), sino
también implica “crecimiento y maduración en los mundos social y
emocional” (Coleman, 2013).

La sexualidad adolescente puede producir ansiedades tanto en ellos mismo


como en los adultos que les rodean, por lo que va a estar influenciada por
factores tanto internos como externos.

Uno de los factores, no menor, a observar es el contexto social, junto con las
conductas de los adultos, ya que el comportamiento sexual de los jóvenes
tiene lugar en el contexto de dichas actitudes. “No podremos comprender la
sexualidad adolescente a menos que reconozcamos el contexto en el que se
produce y admitamos las importantes influencias de la sociedad adulta.”
(Coleman, 2013). Las disposiciones parentales respecto a los componentes
de la sexualidad, influirán en el desarrollo sexual del joven.

Otro de los factores externos en el desarrollo de este aspecto de la vida son


los roles de género. Generalmente, a los varones se les fomenta la
sexualidad genital y se les toleran ciertas conductas que a las mujeres no, lo
que puede influir en ciertos comportamientos y sentimientos (Coleman,
2013). El camino es diferente (y por ende consecuencias directas y laterales
diferentes) pero en ambos roles asignados socialmente, los resultados de
ciertas exposiciones o controles sociales, pueden ser ansiedad e inhibición o
su polo de exposición y conductas de tipo maníacas. En las sociedades
actuales, hablar de sexo, sexualidad, género, etcétera, ha dejado de ser tan
tabú como en otros tiempos, eso también colabora con reducir algunos de
estos efectos y acompañar el desarrollo de la sexualidad de los jóvenes de
nuestras sociedades.

Psicosexualidad

La psicosexualidad o el comportamiento psicosexual evoluciona desde que


el sujeto descubre la dualidad de los sexos (elemento biológico) hasta que
descubre la reciprocidad (tendencia erótica) propia de la adolescencia. La
interacción social de los adolescentes será un factor importante en acelerar,
retrasar o diferenciar de modo significativo este comportamiento
psicosexual (Aguirre Baztán, 2009).

Este aspecto es un fenómeno complejo e interactivo entre lo biológico, lo


emotivo, y lo sociocultural:

el organismo como estimulante de los impulsos sexuales


adolescentes;
el componente emotivo y su integración en la sexualidad;

la integración madurativa de los componentes biológicos y


eróticos, el desarrollo de este último, dependerán del proceso
unitario de cada sujeto;

la adquisición de las correspondientes pautas de comportamiento


sexual como resultado de un proceso de aprendizaje psicosocial.

A su vez, estos diferentes niveles se observarán en la maduración


psicosexual durante la adolescencia. Hay tres tipos de comportamiento
psicosexual característico de esta etapa: masturbación, relaciones
homoeróticas o isofílicas, relaciones heterosexuales. La primera funciona
como una descarga, por lo que ha de tenerse en cuenta su extensión y
frecuencia, sus motivos y su significado profundo; es una etapa física, genital
(Aguirre Baztán, 2009).

El segundo comportamiento se relaciona con la aparición de amistades


significativas afectivamente del mismo sexo (lectura 4); se pasa de la
búsqueda del placer a la búsqueda de relación con el otro del mismo sexo, es
una etapa emotiva y erótica. Estas relaciones significan el proceso de
abandono de las imágenes parentales y con ello el desplazamiento de la
sexualidad a nuevos objetos de amor e identificación. Aquí el amigo íntimo o
mejor amigo es importante, sostiene el Yo o más bien es otro yo (yo auxiliar),
es “un yo idealizado que reenvía al adolescente a una imagen aseguradora
de sí mismo” (Aguirre Baztán, 2009, [Link]
El tercer comportamiento refiere a una relación de tipo afectiva y un
abandono del comportamiento anterior. Se pueden diferenciar cuatro etapas:
fase de idealización/romanticismo, fase de heterosexualidad en grupo, fase
de enamoramiento y fase de noviazgo. La necesidad de comunicación es
una de las variables con mayor influencia en este tipo de relaciones: los
jóvenes descubren las relaciones con un otro en donde hay profundidad,
entrega y comunicación (descubrimientos extrafamiliares propios de la
edad); por esto mismo esta etapa también implica intención de coqueteo, de
deseo y de ser deseado.

Sexualidad, adolescencia y sociedad

Proceso de enculturación en el género

Es posible explicarlo desde tres corrientes (Aguirre Baztán, 2009).

1 Psicoanálisis: el desarrollo psicosexual se asienta en la resolución


del complejo de Edipo (y Electra), mediante la identificación.

2 Conductismo: la adquisición de la identidad se da como cualquier


otro proceso de aprendizaje (patrones aprendidos, tipificación de
estos y puesta en práctica).

3 Cognitivismo: autocategorización de la identidad de género como


organizador de la información del mundo externo, actitudes y sus
conductas futuras. El proceso de identificación psicosexual
implica desarrollo cognitivo de identidad/constancia de género,
elección de sujetos como modelo a imitar en roles y estereotipos
sexuales, adhesión al modelo elegido.

En este proceso incluye factores constitucionales (edad, nivel de desarrollo,


sexo) como sociales (familia, escuela, grupo). Estos factores van
interrelacionándose entre sí para conformar la identidad de cada individuo
(Aguirre Baztán, 2009).

Estereotipos y roles de género

Los estereotipos de género tienen una función orientadora en el mundo


social, pero son

como una imagen mental muy simplificada, acerca de las


personas, en función de la dicotomía sexual que re- fleja las
creencias populares sobre los rasgos físicos, las actividades y
los roles que caracterizan a hombres y mujeres (y que, sin
embargo, no siempre coinciden con la realidad). (Aguirre Baztán,
2009, [Link]

La perspectiva funcionalista de los roles de género, los entiende como


complementarios e independientes al mismo tiempo, roles instrumentales
para los hombres y roles expresivos para las mujeres. Esta perspectiva se
fundamenta en una disposición biológica de cada sexo. Por otro lado, la
teoría de la conflictiva social establece una relación entre los papeles
reproductores, la subordinación de la mujer y la explotación social,
patriarcado, ideología y relaciones sociales entre los sexos (Aguirre Baztán,
2009): “los patrones normativos de los roles de género estarían al servicio de
la dominancia de un grupo” (Aguirre Baztán, 2009, [Link]

Estos estereotipos y roles de género influyen claramente en las posibles


identidades “a elegir”, a identificarse de los jóvenes, aunque también son
necesarios para el proceso de desidentificación. El problema aparece cuando
estos estereotipos se cristalizan y se ejerce violencia y sometimiento. En
nuestro país la Ley 26 485 refiere a la protección integral para prevenir,
sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que
desarrollen sus relaciones interpersonales.

En concordancia con los aspectos centrales del proceso de adolecer, la


imagen corporal y la expresión corporal en la adolescencia tienden a reforzar
el género y los roles adjudicados y asumidos.

Posibles problemas/dificultades

Como hemos visto, los componentes de la sexualidad poseen espectros


amplios, y si bien todos son “normalidad” aún en la sociedad algunas
orientaciones sexuales o identidades de género se consideran anormales.
Vale aclarar que esa no es la postura ni de esta materia, ni de esta lectura,
pero se considera necesario reconocer estos fenómenos sociales ya que
generan malestar en las personas.

Algunos adolescentes pueden establecer su sexualidad desde temprano y


de forma clara, pero otros permanecen confusos e indecisos. Por lo general,
son quienes no responden a los mandatos heteronormativos de las
sociedades occidentales. Esto hace que los jóvenes desarrollen estrategias
de afrontamiento para hacerle frente a la hostilidad e ignorancia de quienes
ejercen, por ejemplo, homofobia (Coleman, 2013).

Por esto es importante conversar de “todos los temas” que abarca la


sexualidad, un aspecto de la vida para nada sencillo y con un mundo de
información; aquellos jóvenes más aislados de esto probablemente se
sientan inseguros, confundidos, e incluso pueden desarrollar grandes
sentimientos de angustia y culpa. Según algunas investigaciones, un 54 % de
los jóvenes aceptaría a un amigo que fuese homosexual mientras que un 27
% tendría relación con reparo o ninguna. El 40 % reprueba las leyes contra la
homosexualidad. Sin embargo, cuando se les preguntó sobre la aceptación
de la posibilidad de que ellos fuesen homosexuales, el 89 % respondió de
modo contundentemente negativo (Aguirre Baztán, 2009,
[Link]

Otra problemática en relación con la adolescencia y la sexualidad es la


paternidad y maternidad en este período. Los estudios realizados en
diferentes países no son extrapolables a otras sociedades, ya que las
posibilidades y dificultades socioeconómicas varían de un lugar a otro. No
obstante, un factor recurrente es que la tasa de natalidad en la población
adolescente se da mayormente en aquellas jóvenes con mayor desventaja
socioeconómica (Coleman, 2013). Esto representa un problema social
además, ya que a veces los y las jóvenes dejan sus estudios escolares por
ingresar al mercado laboral para “planificar” este hijo que está por llegar, lo
que los expone a condiciones laborales precarias. Paralelamente, las
personas gestantes se ven expuestas a posibles situaciones de aborto (y con
ello la muerte o lesiones reproductivas, sumado al daño emocional); mientras
más jóvenes las madres, mayor es el riesgo en la salud durante embarazo y
parto.

Se sugiere, para profundizar, la siguiente lectura:


[Link]
impacto-en-la-educacion-el-ingreso-y-en-la-participacion

En investigaciones como las de Osofky y sus colaboradores se demostró que


“las madres jóvenes están más deprimidas, son más variables en su afecto y
están menos inclinadas emocionalmente hacia sus bebés que las madres
mayores” (Coleman, 2013); desde el punto de vista del desarrollo
psicoemocional de los adolescentes esto es entendible.

Educación sexual

En nuestro país la educación sexual está contemplada en el marco


regulatorio de la Ley 26.150, que establece en su artículo primero que
Todos los educandos tienen derecho a recibir educación sexual
integral en los establecimientos educativos públicos, de gestión
estatal y privada de las jurisdicciones nacional, provincial, de la
Ciudad Autónoma de Buenos Aires y municipal. A los efectos de
esta ley, entiéndase como educación sexual integral la que
articula aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y

éticos1.

[1] Art. 1, Ley 26 150. (2006). PROGRAMA NACIONAL DE EDUCACION SEXUAL INTEGRAL.

Honorable Congreso de la Nación Argentina. Recuperado de [Link]

Es decir la educación sexual debe ser más que educación biológica y


reproductiva; debe también referir a elementos del contexto social,
relaciones y la ética del comportamiento sexual (Coleman, 2013).

Estos aspectos colaboran a algunos (o varios) de los problemas


mencionados anteriormente. Por un lado, la educación efectiva reproductiva
ayudará a una mejor planificación parental y de proyecto de vida; la
educación en materia de enfermedades e infecciones de transmisión sexual
permitirá que los jóvenes vivan una sexualidad con mayor responsabilidad
pero también con mayor libertad y salud; abordar la sexualidad con
perspectivas de género colaborará a aquellos jóvenes confundidos, ansiosos
e incluso angustiados en este proceso de descubrimiento; conversar y
educar respecto a los roles de género asignados posibilitará la expresión del
deseo como así también la disminución de las violencias ejercidas de un
género al otro, o incluso entre el mismo género (“los varones no lloran”, “las
mujeres deben ser madres”). Esto no significa que los sujetos se “librarán” de
las dificultades propias de la adolescencia, sino que el proceso de
conformación identitaria quizá pueda ser transitado sin tanta angustia o
culpa que llegue a enfermar.

“Los programas de educación sexual más efectivos proporcionarán a los


jóvenes información y además destrezas interpersonales, de modo que
puedan realizar elecciones informadas sobre lo que es correcto para ellos”
(Coleman, 2013).

Como se dijo anteriormente, los adolescentes necesitan espacios para


conversar con sus pares, escucharse e identificarse o desidentificarse. En
una época en que la información es masiva, estos espacios brindan
herramientas para saber cómo administrar dicha información y que entre
contemporáneos se acompañen.

C O NT I NU A R
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Relaciones sociales adolescentes

Durante los años de adolescencia, las amistades íntimas son más bien la
norma

La calidad de la relación que los adolescentes pueden


establecer con su grupo de amistad es importante. En la medida
en que los individuos puedan identificarse con un grupo e
integrarse en él, derivarán los beneficios correspondientes
desde el punto de vista del apoyo emocional, la ayuda y el
aprendizaje social, y es probable que esto se refleje a su vez en
su autoestima. (Coleman, 2013, pp. 151-152).

Por lo general, los compañeros de clase son quienes empiezan a formar


parte del grupo de amigos. Van y vienen entre diferentes grupos y con el
tiempo el vínculo se fortalece; sin embargo, algunos jóvenes, por falta de
confianza o habilidades sociales, tienen dificultades para establecer
relaciones fuera de la escuela y las que establecen con sus compañeros a
veces no son de vínculos afianzados.

“A medida que avanza la adolescencia, la conformación con la pandilla


disminuye mientras comienzan a producirse oportunidades sociales en
parejas y pequeños grupos de amistad fuera de la ‘cuadrilla’” (Coleman,
2013). Las similitudes entre amigos se deben o bien a los procesos o a
ciertas condiciones:

1 Condiciones sociodemográficas.

2 Selección diferencial.

3 Socialización recíproca (mutua).

4 Efecto de contagio.

5 Eliminación selectiva.

“Estos procesos pueden operar simultáneamente o en momentos diferentes


durante la existencia de un grupo, e indican la naturaleza flexible de las
amistades durante la adolescencia” (Coleman, 2013).

Como se dijo anteriormente, también están aquellos jóvenes rechazados o


que despiertan “aversión enérgica” entre sus pares; a veces poseen
habilidades sociales deficientes y otras veces son considerados “diferentes”
entre sus iguales, por lo que o se aíslan y o buscan enérgicamente formar
parte. Ambas conductas los apartan del grupo social, o simplemente son
ignorados y tímidos. De igual modo, están aquellos adolescentes incapaces
de mantener relaciones sociales por el montón de agresividad que manejan;
“están atrapados en el círculo de rechazo, hostigamiento y agresión que a
menudo comienza en la infancia” (Coleman, 2013). Esto nos lleva a otro
capítulo, que mencionaremos en el módulo siguiente, y es el tema del acoso
y la amenaza.

La ruptura de las relaciones sociales no solo dificulta el trabajo a realizar en


esta etapa, sino que también lleva a deficiencias en la salud mental, el
comportamiento social y el rendimiento académico.

Grupalidad

Ya Fernández Mouján (1993) –como se describió previamente– advirtió la


importancia de los grupos, principalmente en la fase inicial y en la media de
la adolescencia. En la primera, el duelo se centra fundamentalmente en el
cuerpo de la infancia, como una forma de evitar la diferenciación de los
sexos, eligiendo grupos unisex como manera de enfrentar el duelo por el
cuerpo como objeto. Y en la segunda, uniéndose a grupos que compartan su
misma ideología y normas a modo de salir de su núcleo familiar para concluir
con la resolución del complejo de Edipo y lograr su identidad sexual.
Por un lado, Fernández Mouján (1993) reconoce la importancia de la
construcción de un “Yo social” a través de la integración a los grupos y, por
otro lado, Ricardo Rodulfo (2004) ahonda un poco más acerca de lo que
sucede como procesos psíquicos entendiendo que, a través de la inserción
con sus pares, el adolescente estará produciendo un nuevo acto psíquico.
Este último se refiere a la inscripción o escritura de un nosotros.

Estas observaciones se relacionan también con la característica que poseen


las amistades, a diferencia del grupo familiar: estas primeras son simétricas,
implican reciprocidad y evolucionan con el tiempo

la noción central es que los amigos se cuentan mutuamente


casi todo lo que ocurre en su vida, y llegan a saber casi todo lo
que sucede en la vida del otro. Los amigos razonan juntos para
organizar la experiencia y definirse a sí mismos como personas.
(Coleman, 2013, p. 156).

Funciones del grupo

En lecturas anteriores hemos mencionado que el simple hecho de estar con


los demás no es suficiente, sino que es necesario vivir con los iguales. Por
esto y lo que se viene mencionado, podríamos decir que el grupo es un
laboratorio para experimentar la afectividad y asumir la propia identidad. Es
decir, el grupo cumple funciones importantes (Aguirre Baztán, 2009):

La conquista de la seguridad y la confianza.

La conquista de otros valores.

La dotación de una estructura que le permite experimentar la


independencia.

Este espacio vivencial en que se convierte el grupo servirá de


escenario psicosocial en el cual ritualizar y dramatizar el tránsito
adolescente, a través de unas propias manifestaciones
socioculturales (ideología, vestimenta, territorialidad)
canalizadoras de procesos intrapsíquicos que se actualizan o
bien aparecen como nuevos con la aparición en escena de la
adolescencia. (Aguirre Baztán, 2009, [Link]

Construcción del Nosotros

La mayoría de los autores psicoanalistas, por lo general, realizan foco en la


familia como agente subjetivante del individuo. Sin embargo, Rodulfo (2004)
toma cuatro agentes de subjetivación importantes durante la adolescencia.
Uno de ellos es la banda como grupo: allí el adolescente pondrá su ideal, por
lo que se desencadenarán múltiples procesos de identificación. El segundo y
quizás el menos estudiado: los pares y los amigos. El tercero, el cual
actualmente tiene un impacto mucho mayor que en años anteriores: el tele-
tecno-mediático.

Respecto a este último, el autor señala que lo que se ve como un progreso o


avance en los medios de comunicación para los adolescentes es un medio
de invención de la subjetividad. Además, indica que vulnera la distinción
entre lo familiar y no familiar. Y que además vulnera la diferenciación ficción
y realidad o campo fantasmático e imaginario y campo real. Es decir, para los
jóvenes los medios son una realidad en sí misma.

Y un cuarto agente son otros adultos. Como, por ejemplo: maestros,


profesores, etcétera. Estos agentes confluyen en lo que los autores Rodulfo
(2004) y Winnicot concuerdan en denominar como en un espacio transicional
que permite un nuevo acto psíquico en el Yo. Es decir, una nueva categoría
intrapsíquica: el “nosotros”. Esta es una de las principales hipótesis.

Pero, además, Rodulfo (2004) sostiene otra hipótesis que se basa en sus
escritos acerca del “niño y el significante”, en que hace hincapié en la función
del rol del juego durante la niñez. Entiende el autor que en la adolescencia
debiese estar presente el jugar como una cualidad. Es decir, el adolescente
debiera poder volcar algo de lo lúdico en el juego en el trabajo, a modo de
apropiación subjetiva y no como un sometimiento al goce del otro o el deseo
del otro.
Ahora, es necesario esclarecer qué entiende Rodulfo (2004) por la categoría
de “nosotros”. Para ello, a continuación, se expone una síntesis de sus ideas
en las cuales se refleja su pensamiento al respecto.

“El nosotros no solo como un vínculo relacional, conductual,


intersubjetivo, sino como una inscripción simbólica en el aparato
psíquico adolescente” (Rodulfo, 2004, p. 121).

Dicha categoría sirve para comprender determinadas patologías


graves, dado que en algunos casos esta aparece como fallida.

“En el nosotros hay una dimensión de ser con, de ser reconocido en


la alteridad del otro” (Rodulfo, 2004, p. 122). Es decir, necesita que
sus pares lo puedan reconocer y admirar.

El nosotros implica una especie de regresión arcaica, dado que se


da una fusión del tipo indiscriminada del adolescente con sus
pares.

El nosotros no se refiere a una diferencia oposicional, más bien se


refiere a que el adolescente se puede diferenciar de otro sin
necesidad de oponerse.

A través de los vínculos con sus pares, comienza un rito de


iniciación, que toma la categoría del nosotros como puente que
grafica el paso de la niñez a la adultez.
Mediante los grupos y el nosotros, los cuerpos se potencian
pulsionalmente.

Existe siempre una discursividad específica, ya que la unión a las


bandas como grupo, siempre implica determinados códigos,
significantes, motivos temáticos y determinados ritos de iniciación

Socialización

¿Recuerdas el enfoque psicosociológico de las fases adolescentes


mencionadas en la lectura 1? Estos teóricos proponen que “la socialización
se realiza en determinados «espacios» y a través de unos «medios» por los
cuales se realizan tales procesos” (Aguirre Baztán,
2009[Link]

La socialización es un proceso en que el individuo aprende e interioriza los


elementos de la cultura en la que vive, es decir normas, valores, símbolos,
reglas de conducta, etcétera, y los integra a su personalidad para adaptarse
a ese contexto social (Aguirre Baztán, 2009). Podría decirse que hay tres
tipos de socialización: primaria, secundaria, y terciaria. Básicamente la
socialización (Aguirre Baztán, 2009):

Es un proceso que abarca todo el ciclo vital.

Se basa en la interacción (bidireccional) con otras personas.


Se analiza en círculos concéntricos de interacción de la diada al
grupo y viceversa.

La influencia del sistema social se realiza por transmisión


interpersonal.

Entran en juego todos los aspectos del desarrollo individual


necesarios para participar, convivir y comunicarse.

Los principales agentes socializadores son la familia, el grupo de iguales, el


centro educativo y los medios de comunicación social.

Grupalidad en relación a las fases de la adolescencia, perspectiva


psicosocial

En 1963, Dunphy, mediante su obra The Social structure of urban adolescent


peer groups, realizó una investigación de campo sobre los grupos de pares
de jóvenes de clase media entre 13 y 21 años:

Grupos primarios o camarillas: de 3 a 9 miembros y la actividad es


comunicación directa.

Grupos secundarios o bandas: de 15 a 30 miembros, se realiza


mediante actividades sociales más organizadas, como excursiones
o encuentros.
A partir de este estudio, distingue cinco estadios del desarrollo adolescente,
que se detallan abajo.

1. Camarillas
unisexuales aisladas: esta fase corresponde a los
primeros años de la adolescencia.

2. Primeras interacciones entre camarillas unisexuales de grupos


entre sí: a partir de los 13-14 años.

3. Seinician las camarillas heterosexuales, donde solo los más


decididos realizan encuentros individualizados heterosexuales.
Es una fase de bandas en estructuración.

4. Camarillas mixtas,
asociadas en banda, formadas por camarillas
de diverso sexo y que actúan como bandas heterosexuales
consolidadas, de los 14-15 años en adelante.

5. Desgasteprogresivo de la banda mixta de la formación en su


seno de parejas heterosexuales estables, a partir de los 16 años.
(Aguirre Baztán, 2009).

Por su parte Robert y Lascoumes (1974) hablan de cuatro tipos de


agrupamientos en la adolescencia que se manifiestan como un continuum:
grupos de base institucional, grupos espontáneos construidos por
homogeneidad, cuasigrupos o concentraciones, bandas o grupos
espontáneos estructurados mediante acciones exteriores (Aguirre Baztán,
2009).
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Cultura y adolescencia

Como afirma Fernández Mouján (1993), desde los comienzos, el hombre y la


cultura son una unidad indisoluble, así como lo son el instinto y sus fantasías.
Esta unidad es esencialmente dinámica debido a las permanentes
contradicciones y conflictos a los que están sometidos ambos polos
(organismo-medio; hombre-cultura), los cuales llevan a la búsqueda de
nuevas síntesis.

Cabe aclarar que, para hablar de cultura y hombre, el autor parte de los
postulados de Freud, los cuales han sido volcados en su obra Tótem y
tabú, de 1913. Allí, Freud aplica las teorías y métodos propios del
psicoanálisis, realizando un paralelismo entre el desarrollo de las sociedades
primitivas y el desarrollo individual del ser humano. De esta manera, se
entiende la relación entre el totemismo y la exogamia, es decir, el conflicto
entre el deseo y la prohibición. Asimismo, se puede comprender la
ambivalencia que caracteriza la relación con el padre en el complejo de
Edipo, y su resolución o salida sería análoga al conflicto que daría origen a la
cultura. Los hermanos asesinan al padre, luego está la cena totémica del
padre asesinado, la cual simbolizaría la incorporación de la ley y la autoridad.
Según la teoría freudiana, habría un mismo origen para el superyó y la cultura
(Fernández Mouján, 1993).
Partiendo de este postulado, Fernández Mouján (1993) entiende que, al igual
que el hombre primitivo y un bebé, el adolescente necesita proyectar, en el
mundo exterior, su caos interno. La forma de manejar su entorno o medio
externo es de manera omnipotente, mientras va realizando un aprendizaje
que le permita su adaptación.

De esta manera, tal como el hombre primitivo, que en su fase animalista


controlaba la naturaleza mediante un padre poderoso, luego a través de
distintos sucesores religiosos y/o los magos —con los cuales creía que podía
dominar todo su medio circundante— el adolescente realiza lo mismo. Por
ello es posible observar en él diversos fenómenos que denotan el uso del
pensamiento mágico, como así también la realización de distintos rituales
obsesivos. En los varones, esto se exterioriza en los deportes; en las chicas, a
través de la seducción omnipotente; y en ambos sexos, mediante la
masturbación (Fernández Mouján, 1993).

A partir de lo expuesto, podemos entender que el púber, al igual que el


hombre primitivo, atraviesa una fase religiosa. A continuación,
profundizaremos en esta analogía para comprender lo que sucede en la
interioridad del adolescente.

En el hombre primitivo, la fase religiosa tiene lugar luego del crimen del
padre, celebrándose el culto al tótem. Esto se efectúa como una forma de
restringir los impulsos de odio, sexuales y la ambición. Por ello, Fernández
Mouján (1993) afirma que “si bien se ven rasgos religiosos, no lo son
totalmente, pues todavía el hombre controla el objeto dios en algunos
aspectos, aunque en otros (tótem) se somete (objeto transicional)” (p. 222).

En esencia, esto sucede también en el caso del adolescente, ya que


aparecen estos rasgos de la fase religiosa cuando disminuye la
masturbación, en el extremado narcisismo de sus vínculos, momento en el
cual el pensamiento mágico va dejando su lugar lentamente para que
comience a emerger el pensamiento reflexivo (Fernández Mouján, 1993).

En lo que respecta a la duración de esta fase, se entiende que transcurre


mientras el adolescente realiza el duelo por la bisexualidad. En este
momento, existe una disociación exagerada de cuerpo y mente, lo que le
permite al adolescente tomar distancia de su propia identidad sexual.
Fernández Mouján (1993) señala que, tanto en el varón como en la mujer,
estos fenómenos tienen una función discriminativa, de negación de culpa y
de resguardo.

Siguiendo al autor, es posible describir ciertos indicadores que darían cuenta


de la fase religiosa en la adolescencia. Por ejemplo, en el culto al héroe, otras
conductas reflejan cierta proyección de la omnipotencia como el
sometimiento a sistemas políticos y religiosos, estas proyecciones le
permitirían una pseudoadaptación social. Los jóvenes también suelen
proyectar poderes dejados en la masturbación al arte, la música y el baile, los
cuales se convierten en motivo de vida.
Volviendo al paralelismo entre el hombre primitivo y el adolescente,
Fernández Mouján (1993) menciona que las chicas se muestran más activas
y seguras, en contraposición a los varones, que se muestran más tímidos y
desvalorizados. Este fenómeno sería una repetición del período de
matriarcado, en el que los varones que asesinaron al padre tienen que negar
sus armas criminales, mientras que las mujeres están liberadas de culpa y se
defienden de su deseo con el narcisismo y la seducción.

Después de que se establece la exogamia y se constituyen las familias, se


empieza a percibir la fase científica en el hombre primitivo. Esto se evidencia
en la creación de instrumentos para dominar la naturaleza y en el desarrollo
de normas de convivencia y cooperación (Fernández Mouján, 1993).

Con relación a esta idea, es oportuno preguntarnos: ¿qué pasa en la


adolescencia con respecto al pensamiento científico? El autor plantea que
esta fase tiene rasgos sobresalientes. Por ejemplo: la desidealización de los
padres y la capacidad crítica adquirida le permite al adolescente alejarse y
reflexionar sobre las enseñanzas paternas y sobre el futuro; la
heterosexualidad se establece, lo que hace que la angustia de castración
deje de interferir en el nuevo conocimiento: el otro sexo; el superyó adquiere
características del Ideal del yo; necesita menos de la omnipotencia para
modificar la realidad, ya que tiene más confianza en sí mismo. Y la identidad
del yo implica ser uno mismo y, a su vez, requiere del reconocimiento de la
cultura.
Esta etapa en la vida del adolescente se caracteriza por el conflicto central
entre sociedad, familia y cultura. Esta última buscará expandir su libido,
mientras la primera intentará controlarla. Para lo cual la familia tiene que
ceder lugar al trabajo común para el progreso de la continuidad de la cultura y
toda la sociedad.

A modo de síntesis y en relación con todo lo expuesto, Fernández Mouján


(1993) concluye que para comprender esta etapa del ciclo vital es
fundamental tener un enfoque que incluya la cultura, la historia infantil y la
historia actual, dado que la tarea del individuo, en este momento, es
concretar su identidad. Retomando los aportes de Erickson, el autor señala
que la conducta del adolescente será generativa, justamente cuando entre
en contacto con la cultura y pueda expandir los intereses del yo, por lo que
renunciar a la identidad es renunciar a la cultura, y viceversa.

Sin embargo, debe considerarse y tenerse en cuenta que la cultura siempre


influye en el adolescente. Por ello, en esta instancia, es necesario aclarar qué
se entiende por cultura.

El diccionario de la Real Academia Española (2021) la define, en una de sus


acepciones, como “El conjunto de modos de vida y costumbres,
conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una
época o grupo social, etc.” (“Cultura”, 2021, [Link]
m=form).
Desde esta conceptualización puede interpretarse que la cultura
cambia con el correr de los años, es decir, su papel no es el mismo
en la época primitiva que hoy en la posmodernidad.

Resulta indispensable, entonces, describir el rol que tiene la cultura en el


desarrollo del yo en la adolescencia y en la adultez emergente. Arnett (2006)
señala que, pese a la existencia de diversas culturas, durante la pubertad,
todos los seres humanos atraviesan cambios físicos y biológicos. Además,
en esta etapa, se produce un desarrollo de la inteligencia que implica que los
jóvenes se empiecen a preguntar, de una manera más abstracta, quiénes
son, qué lugar ocupan en el mundo, qué valor tienen. Muchas veces, estas
respuestas están relacionadas con la cultura en la que el joven vive, ya que
esta influye en los conceptos del yo que el adolescente irá formando en esta
etapa de su vida.

Arnett (2006) postula que existe una relación entre los distintos tipos de yo y
las culturas. Así, las culturas individualistas promueven un yo independiente
y consideran que es bueno pensar en uno mismo, en quién es uno como
persona independiente y tener una buena opinión. Sin embargo, el autor
aclara que dicho pensamiento tiene limitaciones, ya que las culturas, en
general, no valoran el egoísmo o el egocentrismo. Un país que se destaca por
estar en consonancia con esta línea es Estados Unidos. De hecho, el término
“autoestima” fue propuesto por William James, un ciudadano
estadounidense.
En el otro extremo encontramos a las culturas colectivistas, en las cuales
predomina un yo interdependiente y en las que los intereses del grupo tienen
prioridad sobre los individuales, ya que las personas con elevada opinión de
sí mismas o que poseen mucha autoestima pueden sentirse inclinadas a
luchar por sus intereses personales en desmedro de los intereses colectivos.

En este tipo de cultura se inculca a los adolescentes que aprendan a


considerar los intereses y necesidades de las otras personas como igual de
importantes que los propios. Es decir, el yo no se considera como separado e
independiente, sino que estaría definido por las relaciones con los demás
miembros de la comunidad a la que el joven pertenece (Arnett, 2006).

Todo lo relacionado con la tecnología, la producción de alimentos y la


atención médica también es parte de la cultura. Estos factores, de acuerdo
con Arnett (2006), están impactando directamente en los púberes. Por
ejemplo, las dietas y la delgadez son cuestiones que influyen durante la
pubertad y, por otro lado, la cultura incide en su significado y en cómo se
interpretan y experimentan dichos cambios.

En cuanto a cómo esto incide en el comienzo de la adolescencia, el autor


destaca que las diferencias económicas dan lugar a diferencias en los
productos que se consumen y en la atención médica, lo que influye, por
ejemplo, en la edad de menarca en las mujeres.

En los sectores que cuentan con una buena alimentación y atención médica
adecuada, es decir, en los países industrializados, como Estados Unidos,
habría una tendencia secular a bajar la edad de inicio de la menstruación,
debido a las mejoras en la nutrición y en los avances médicos que
disminuyen enfermedades que retrasan su comienzo.

En las culturas actuales, estos factores también influyen, ya que,


comparando distintas regiones —en una misma época—, se encuentran
diferencias. Por ejemplo, en Estados Unidos, la edad promedio de la
menarquia es 12 años, mientras que en África la edad estaría rondando los
15 a 17 años.

También se observa diferencias entre familias ricas y familias más pobres de


un mismo país o de una misma localidad. Por lo tanto, se deduce que las
diferencias económicas influyen en el momento de la menarquia.

No obstante la influencia del medio, parece que hay un intervalo de reacción


establecido genéticamente, por lo que la edad de inicio de la menstruación
puede variar, pero siempre dentro de ese intervalo. Ejemplo de ello es que, a
una determinada edad, las niñas que viven en condiciones insalubres
comienzan a menstruar, siempre alrededor de lo esperado.

Por su parte, Fernández Mouján (1993) relaciona a cómo influye la cultura en


el adolescente, a través del proceso propio de esta etapa del ciclo vital: el
duelo. Entendiendo que este es el motor que hace que los jóvenes sufran y
luchen, por los objetos externos e internos que deben abandonar refiriéndose
al cuerpo y a la identidad infantiles, relacionándolo con lo que sucede en la
cultura. De esta manera, Fernández Mouján (1993) concluye que “otro tanto
sucederá en la cultura donde se vaya dando este proceso: el conflicto no solo
se crea entre cada adolescente y su ambiente, sino también entre cada
generación y su cultura” (p. 18).

Además, este autor entiende que el púber no solo es sujeto de duelo, sino
que, además, es objeto de duelo para los padres, por lo que la elaboración de
este excede al ámbito individual, entendiéndose, entonces, que el proceso de
la adolescencia es un fenómeno familiar y social (Fernández Mouján, 1993).

El autor afirma que la cultura tiene un rol fundamental en la formación del


adolescente. Así, por ejemplo, menciona que el periodo psicopatológico
masculino se da, fundamentalmente, en la pubertad, entre los 12 y los 15
años. Entre los motivos señala las características de las zonas genitales, la
intensa presencia del conflicto edípico, y también la existencia de una
presión social que se ejerce a través de distintos rituales de iniciación
instalados en la cultura y en las distintas sociedades, que tienen que ver con
la identidad sexual, las normas sociales, los roles asignados, las actitudes,
etc., y en los cuales se deja entrever el apremio cultural para que el varón
enfrente el conflicto edípico. Sin embargo, como el yo del joven está todavía
en crisis, lo percibe como angustia de castración.

Es decir, el incremento de pulsiones y el poco apoyo social para que el joven


se tome su tiempo para resolverlo y prolongue, en cierto sentido, su latencia,
no cuenta con el visto bueno de la sociedad, que aún hoy empuja, por decirlo
de alguna manera, e incentiva la sexualidad masculina.
En cambio, en las mujeres, la presión social comienza un poco más tarde,
alrededor de los 15 años, convirtiéndose en el período psicopatológico típico.
Dicha presión empuja a las mujeres a asumir su identidad sexual cuando aún
no está preparada, lo que puede ocasionar que se rompan las defensas que
había instrumentado para atravesar este período, dado que la sociedad va
estructurando, mediante exigencias y pautas, la modalidad de expresión de
la sexualidad (Fernández Mouján, 1993).

Si bien no es el objetivo de la lectura centrarnos en la psicopatología


adolescente, es fundamental pensar cómo distintos fenómenos o hechos
cotidianos, cómo determinadas posturas, actitudes sociales o convenciones
existentes en determinadas culturas impactan en el proceso de la
adolescencia y pueden afectar el desarrollo esperable en los adolescentes.

La cultura es, sin duda, un elemento central en todas las etapas de la vida; no
obstante, en la adolescencia, suele incrementar su influencia. Tal como lo
postula Fernández Mouján (1993), la búsqueda de la identidad que el joven
emprende suele quedar fuera de la norma y ser declarada “anormal”. Este
autor plantea que las normas surgen de los valores y conductas que el
sistema social intenta perpetuar para mantener y sostener las relaciones
entre sus integrantes. Cuando una conducta rompe con lo establecido, suele
ser tildada o etiquetada como “de enfermo”. Así, lo “enfermo” o lo “anormal”
se define como aquello que se sale de la norma, cuando, en realidad,
sostiene Fernández Mouján, la persona enferma debe ser conceptualizada
en función del sufrimiento que le provoca determinada condición a ese
individuo en particular.
En otras palabras, “al hombre enfermo lo define su propia mala existencia y
no los criterios ideológicos dominantes, sean de clase o de elites de
profesionales, que harán perder de vista a la persona” (Fernández Mouján,
1993, p. 44).

Por otro lado, la cultura está íntimamente relacionada con una de las tareas
fundamentales que debe realizar el adolescente: la lucha por la identidad. La
identidad está compuesta, según Fernández Mouján (1993), de tres
sentimientos básicos: unidad, mismidad y continuidad. El primer sentimiento
se basa en la necesidad del yo de integrarse y diferenciarse en el espacio; la
continuidad, en la necesidad de integrarse en el tiempo; y, por último, la
continuidad implica reconocerse uno mismo en el tiempo y en el espacio y
ser reconocido por los demás.

Respecto a este último sentimiento, el primer reconocimiento que


experimenta el adolescente tiende a ser por parte de sus pares (compañeros
de deporte, pareja, amiga íntima del otro sexo, amigos), y luego, por parte de
los adultos, a través de las formas del vestir, pensar y vivir propias de la
generación o grupos de pertenencia (Fernández Mouján, 1993).

Además, Fernández Mouján (1993) señala el reconocimiento que se hace de


alguien por ser parte necesariamente de valores familiares, sociales y
culturales que predominan en un momento determinado, los cuales son los
que permiten mantener un cierto equilibrio, ya sea en la familia donde vive el
adolescente, como en la sociedad y la cultura a la cual pertenece. Por esto,
los valores cuentan con cierta rigidez para mantener dicho equilibrio. Tan es
así que Fernández Mouján (1993) afirma que la lucha por la nueva identidad
se extiende también a la lucha por una nueva familia, nuevas instituciones y
nueva sociedad. Así, concluye que el rechazo de la mismidad afecta a uno de
los reconocimientos que el joven tiene, el generacional y el de las nuevas
ideologías que surgen de la cultura.

En otro capítulo de su obra, “El yo adolescente”, Fernández Mouján (1993)


destaca que, en muchas ocasiones, por medio de las instituciones, familias o
pautas culturales, se trata de imponer a los adolescentes determinadas
maneras de vivir. Esto no daría lugar a la elaboración y al surgimiento de la
verdadera identidad del joven, dado que el yo sucumbe a las exigencias
impuestas por el medio sin tener en cuenta su verdadera esencia,
abandonando todo lo que se siente como verdadero, provocando entonces
un deterioro en la búsqueda de la identidad. Siguiendo al autor, este hecho
lleva a que los jóvenes utilicen el mecanismo de la intelectualización como
una forma inconsciente que tiene el yo de defenderse de la opresión que
ejerce el medio, lo cual lo obliga a disociarse y a desconocer los aspectos que
rechaza, como la sexualidad, los afectos, el cuerpo, la acción política, entre
otros.

C O NT I NU A R
Lección 3 de 4

Contexto y adolescencia

El trabajo del psicólogo resulta tan complejo como la sociedad en que


vivimos. La formación teórica recae sobre pilares indispensables, como la
psicología evolutiva, la cual permite pensar o considerar determinados hitos
que nos indicarían cómo se constituyó y se está constituyendo el sujeto en
determinado ciclo vital.

Por otra parte, conocer las generalidades de una etapa o lo que sería
esperable encontrar en un determinado momento evolutivo de una persona
permite detectar posibles indicadores para ser tenidos en cuenta a la hora de
realizar una observación o intervención desde nuestra área de trabajo.

Ahora bien, las subjetividades de las personas se modifican debido a los


cambios socioculturales. Por esto, es posible pensar que la psicología
evolutiva da un marco de referencia que nos permite analizar el proceso por
el que atraviesa una persona, en este caso en particular, el adolescente. Sin
embargo, al reflexionar sobre dicho proceso y pensar en el adolescente que
vive en Argentina y en el que vive en Medio Oriente, por ejemplo, es visible
que existen claras diferencias culturales que demuestran que el proceso de
la adolescencia es diferente; cada uno tiene características propias.
Pero si se piensa en ejemplos no tan alejados geográficamente, se
encuentran claras diferencias en cómo se da este proceso adolescente en un
mismo territorio. A partir de esta idea, se desprenden numerosos
interrogantes: ¿tendrá las mismas características el proceso en la etapa de la
adolescencia de alguien que vive en una ciudad y el de alguien que vive en
una zona rural? ¿Las posibilidades de elaboración del proceso de duelo en la
adolescencia son las mismas en alguien de clase media o alta que en alguien
de clase baja?

A partir de estas preguntas, es necesario reflexionar acerca de los posibles


casos que toquen en el futuro en la clínica. Volviendo a lo antes expuesto,
¿de qué sirve lo aprendido en psicología evolutiva y psicopatología?

El desafío profesional es tener una visión crítica, es decir, considerar que lo


aprendido da un marco de referencia que sirve de modo orientativo para la
labor clínica, y que la mayoría de la bibliografía disponible a la cual
accedemos se basa en el proceso adolescente de jóvenes que pertenecen a
la clase media-alta de la cultura occidental.

Entre las generalidades que se plantean en el periodo de la adolescencia,


Griffa y Moreno (2005) señalan:

La adolescencia no puede describirse como una mera


adaptación a las transformaciones corporales, sino como un
periodo decisivo del ciclo vital, en el que se alcanzan tanto la
autonomía psicológica y espiritual, como se logra la inserción en
el mundo social, pero ya sin la mediatización de la familia. (Griffa
y Moreno, 2005, p. 3).

Es decir, no solo esta etapa tiene una fuerte connotación desde lo biológico,
sino que abarca la familia y la sociedad, por lo que los autores señalan que la
cultura también es un factor de impacto en esta etapa. En ese sentido, nos
situamos ante un proceso que puede tener distinto ritmo, no posee siempre
el mismo comienzo ni la misma finalización. ¿La adolescencia coincide con la
pubertad? ¿El hecho de pasar por la pubertad es lo que permite ser
adolescente? ¿En todos los jóvenes se manifiesta de la misma manera?

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la adolescencia como:

El periodo de crecimiento y desarrollo humano que se produce


después de la niñez y antes de la edad adulta, entre los 10 y los
19 años. Se trata de una de las etapas de transición más
importantes en la vida del ser humano, que se caracteriza por un
ritmo acelerado de crecimiento y de cambios, superado
únicamente por el que experimentan los lactantes. Esta fase de
crecimiento y desarrollo viene condicionada por diversos
procesos biológicos. El comienzo de la pubertad marca el pasaje
de la niñez a la adolescencia. (2021,
[Link]
ence/dev/es/).

Para el periodo que abarca esta etapa evolutiva, puede tomarse la definición
antes expuesta u otras. Por ejemplo, el Código Civil y Comercial de la Nación,

en su artículo 251, hace referencia a que el adolescente es una persona de


más de 13 años, que no ha cumplido los 18, y en otro de sus artículos
extiende el cuidado de los progenitores hasta los 25 años si el hijo está

estudiando2.

[1] Art. 25, Ley 26994. (2014). Código Civil y Comercial de la Nación. Honorable Congreso de la Nación Argentina.

Recuperado de [Link]

[2] Art. 663, Ley 26994. (2014). Código Civil y Comercial de la Nación. Honorable Congreso de la Nación

Argentina. Recuperado de [Link]

239999/235975/[Link]#6

Todos estos debates demuestran la diversidad de dicho fenómeno. Por eso,


en el ejercicio profesional, es posible encontrar ciertas particularidades que
se observan en función no solo de macrocategorías, como raza o país, sino —
inclusive—, en una misma ciudad, en diferentes barrios o zonas, o en una
misma región, según las particularidades que hacen a la constitución familiar,
nivel de estudios alcanzados o nivel socioeconómico, entre otros factores.
Por ello, la intención es brindar herramientas para acercarnos a la
complejidad de este fenómeno, ya que no nos encontraremos con la
adolescencia, sino con adolescentes. Cada uno contará con una
particularidad distinta, lo que obligará a cada profesional a interrogarse sobre
cuáles son las circunstancias de cada uno de ellos que los vuelven tan
particulares en su transitar adolescente.

Entonces, ¿por qué los hijos tardan tanto en irse de la casa? ¿Realmente
tardan en irse? ¿Qué implica “irse del hogar paterno/materno” en nuestra
cultura? ¿Qué variables habría que tener en cuenta para estudiar este
fenómeno?

A modo de cierre de esta lectura, podemos decir que, a la hora de pensar la


adolescencia, es muy importante tener en cuenta la cultura en la que tiene
lugar, ya que, de esta manera, podremos comprender algunas
particularidades de su manifestación y, de este modo, abordarla desde un
modelo teórico complejo y desde distintos ámbitos.

C O NT I NU A R
Lección 2 de 4

Modernidad

Durante la modernidad se consideraba al modelo de adulto como el pilar


principal, y el destino final del desarrollo de las personas y la niñez no tenía
demasiada importancia, salvo como una época dorada en la cual se buscaba
llegar a la vida adulta y no pasaban demasiadas cosas.

El psicoanálisis cambió esta perspectiva y consideró a la infancia como una


etapa de importancia fundamental. Entendió que en los primeros años de la
vida de los sujetos tienen lugar un cúmulo de sucesos que serían los
condicionantes de la neurosis del adulto. Si hasta entonces los momentos
relevantes en la vida de una persona estaban ligados la niñez y la adultez,
con la posmodernidad se abre un nuevo campo de estudios en el que el rol
del adulto como modelo a seguir se desdibuja y se entiende de manera más
compleja la evolución psíquica y física de las personas.

La adolescencia, desde entonces y hasta la actualidad, ocupa un lugar


destacado que fue ganado de a poco no solo desde el campo del
psicoanálisis, sino también en la cultura y la sociedad. Los medios de
comunicación y las empresas que fabrican productos o brindan servicios le
dedican un espacio central, ya que los adolescentes son grandes
consumidores. También se le da gran importancia en los estudios sobre las
consideradas “plagas sociales”, como la delincuencia, la droga y el sexo.

Esta nueva perspectiva sobre los procesos vitales de las personas implicó, en
lo social, la construcción de un modelo adolescente que sirve como pauta
para ser imitado y, fundamentalmente, como ideal que reúne buenas
cualidades. Nos encontramos, entonces, con la adolescencia como meta a la
cual alcanzar.

El perfil del adolescente cambió mucho desde aquel moderno que se


caracterizó por ser un sujeto en crisis, inseguro, introvertido, en busca de su
identidad y rebelde. Este adolescente tenía padres con los que entraba en
conflicto y esto evidenciaba una crisis y daba cuenta de la tan mentada
brecha generacional.

Surgimiento de la posmodernidad

No es fácil definir la posmodernidad; se puede decir que es un sentimiento,


más que una ideología o corriente filosófica. Es un sentimiento de vacío,
frustración, aburrimiento y falta de horizontes y motivaciones.

La posmodernidad se consolidó como una época caracterizada por la


búsqueda de una respuesta crítica a la modernidad. Recordemos que uno de
los ejes de este periodo fue el antropocentrismo, que fijó la mirada en el
hombre. El sujeto fue calificado como un ser racional, capaz de llevar a la
humanidad al progreso, y la ciencia era considerada infalible, ya que se creía
que era el camino que conduciría hacia la verdad y, consecuentemente, a un
futuro mejor. Estos principios que parecían que durarían para siempre
cayeron ante la mirada crítica de la posmodernidad, que los objetó, enfatizó
sus contradicciones y resaltó el malestar de la cultura.

En este contexto, surgió el perspectivismo, es decir, la imposibilidad de


separar al sujeto del objeto de conocimiento o al observador de lo observado.
Las certezas cedieron lugar a la aceptación de las incertidumbres, y las
verdades establecidas se pusieron bajo la lupa. En el plano científico, hubo un
cambio de paradigma, ya no se buscaban verdades absolutas. El sujeto se
volvió partícipe en la construcción del conocimiento y entendió que no se
puede conocer la realidad tal cual es y ajena a la impronta personal de quien
la conoce.

Ahora bien, ¿cuándo surge la posmodernidad? Su nombre indica que vino


después de la modernidad. El prefijo “pos” ya nos señala que está después
de algo. Algunos autores sitúan su origen en la ruptura entre la primera y la
segunda generación de la escuela de Frankfurt, y otros consideran que la
rebelión estudiantil en París en 1968 fue un factor muy importante, ya que se
cuestionaron todos los valores que imperaban hasta ese momento. Otro
fenómeno fue la revolución electrónica que trajo modificaciones en las
comunicaciones: la posibilidad de asistir a un mismo acontecimiento en el
momento que sucedía sin importar la parte del planeta en la que el hombre
se encontrara y sin considerar diferencias económicas, culturales ni de edad.
Lo mismo sucedía con las ofertas de productos o los ideales que se
planteaban a través de la pantalla, por ejemplo. El mundo se convirtió en una
gran vidriera donde hay que consumir, todo dura poco, así que hay que estar
de fiesta y divertirse; hay falta de límites; el deseo se impone sobre el
pensamiento; la palabra light tiene un gran protagonismo, ya sea en las
comidas o en las relaciones humanas; se hace una apología de lo joven; las
modas se masifican y hay que imitar la vestimenta, los deportes, el
vocabulario, etcétera.

La sociedad posmoderna se presenta como caótica, multidimensional,


globalizada, liberal y con manifestaciones de marginación y exclusión:
drogas, violencia, racismo y fundamentalismo religioso. La cultura toma
como valor el cambio, el zapping y el shopping. Es la era de la informática.

Algunas de las particularidades de la cultura posmoderna son:

época de desencanto;

fin de las utopías, no se persiguen los planes ni los grandes


proyectos;

conceptos como razón y verdad ya no son considerados


universales;

priman el individualismo, el egoísmo y la ausencia de


trascendencia;

se produce el auge de las tecnologías audiovisuales;


se enfatizan las diferencias y se crean grupos y asociaciones de
gordos, fumadores, argentinos, cubanos, etcétera;

las necesidades deben ser satisfechas de inmediato y sin esfuerzo;

es la era del “todo pasa”.

Griffa y Moreno (2005) analizan al personaje de la novela La villa, de César


Aira, escrita en el año 2001. Esta obra se ofrece como lectura de referencia
para la temática que abordamos. El protagonista es un joven llamado Maxi
que atraviesa diversas vicisitudes, y los autores toman las características de
este personaje como las del adolescente posmoderno. Por ejemplo, el
trabajo y el estudio no son valores importantes, la familia y el grupo no son
puntos de anclaje y la separación de la familia no se presenta como una
confrontación, sino que los padres ceden espacio, siempre y cuando el
adolescente no reclame y no les genere a ellos más dedicación. También
aparecen otras cuestiones de relevancia, como el culto al cuerpo, que es un
elemento importante en la posmodernidad, ya que esta se basa en las
apariencias sin importar qué sucede en el sujeto que porta ese cuerpo.

Además de las particularidades del personaje, hay un posicionamiento


acrítico y característico de la posmodernidad en el mundo donde conviven —
hasta con cercanía geográfica— la pobreza, la violencia, la hipocresía y la
droga.
Adolescencia posmoderna

Obiols y Di Segni de Obiols (1998) consideran que cuando Aberastury


describe a los adolescentes, los ubica en los años 60. En esa época luchaban
por alcanzar tres libertades: la de salidas y horarios, la de construir y
defender sus valores y la de lograr un trabajo y conformar una familia.
Además, estos autores se preguntan si existen duelos en la posmodernidad.
Este interrogante debe responderse en la época dominada por lo light, sin
dolor y con un sobrevuelo por la realidad. En ese marco, la respuesta sería
negativa, ya que los duelos implican dolor y tristeza (Griffa y Moreno, 2005).

Por otra parte, Obiols y Di Segni de Obiols (1998), en el capítulo II de su libro,


titulado “Ser adolescente en la posmodernidad”, plantean, al igual que otros
autores, la importancia de contextualizar a los adolescentes según la época
que atraviesan. A partir de esta perspectiva, destacan la particularidad de la
posmodernidad, ya que esta propone a la adolescencia como modelo social
a partir del cual se “adolescentiza” la sociedad misma. Rescatar esa
propuesta de los autores nos permite entender el porqué del surgimiento de
los estudios sobre adolescentes.

Hay características de este periodo que se toman como prototipos, por


ejemplo: el cuerpo del adolescente, su forma de vida, la música que escucha,
la ropa que usa, etcétera. Esta valorización hace que el deseo de permanecer
en él sea más fuerte que el de alcanzar la vida adulta, por eso, dura más
tiempo y ya no conforma, necesariamente, una etapa incómoda o de paso,
sino que suele ser una fase en la que los jóvenes llegan para quedarse
porque dejó de ser molesta. Este hecho incide fuertemente cuando
intentamos preguntarnos hasta cuándo dura o cuál es el fin de esta etapa.

Brecha generacional

Ahora bien, los autores denominan brecha generacional1 a la distancia que


hay entre una generación adulta y la adolescente, que está determinada por
la diferencia de épocas en las que a cada uno le ha tocado vivir y la diferencia
de la educación que recibieron. La existencia de esta brecha marcaría la
diferencia entre dos generaciones y permitiría al adolescente la
confrontación. En ese contexto, los adolescentes se preparaban para lo
nuevo que vendría y, para ello, adaptaban lo recibido de sus familias a sus
propias necesidades. En este sentido, rebelarse, confrontar y buscar su
propia síntesis era la tarea en la adolescencia.

[1] En Coleman y Hendry (2013), Capítulo V: Familias, aparece como “vacío intergeneracional”

La marcada brecha generacional definía a un adolescente que no solo debía


atravesar grandes cambios, sino que debía afrontar las consecuentes
pérdidas que estos implicaban o los duelos, en palabras de Aberastury, quien
plantea, como hemos visto en otras oportunidades, que el duelo se produce
ante la pérdida de un objeto amado e involucra un proceso que lleva al
renunciamiento de este. De manera sintética, diremos que en este periodo
son, fundamentalmente, tres duelos: el del cuerpo, el de la identidad y el de
los padres.

Sin embargo, ¿qué ocurre cuando la época que le toca vivir al adolescente
decretó el fin de las ideologías? Griffa y Moreno (2005) plantean que, en esta
época, los adolescentes no confrontan con las ideologías de sus padres, sino
que, por el contrario, la sociedad fomenta en ellos actitudes escépticas y
cínicas.

La cultura posmoderna encarna, según Obiols y Di Segni de Obiols (1998), los


conflictos que habían sido adjudicados a los adolescentes: un collage en
relación con la identidad, la crisis de los valores, la ambigüedad sexual y el
hedonismo. Estas características no le permitirían al adolescente entrar en
conflicto con el medio y los adultos. En este marco, los autores se preguntan
si esta situación permitirá o no que la personalidad del joven termine de
integrarse.

El proceso de adolescentización de la sociedad aparentemente se consolidó


en los últimos años. Esto significa que nuestra sociedad promueve un
hedonismo permanente y los adolescentes caracterizados como tales, que
solo se limitaban un grupo etario, actualmente exceden ese grupo
ampliamente, ya que la sociedad y la cultura incentivan las conductas y las
prácticas que en algún momento solo fueron características de los jóvenes
que aún no habían alcanzado su etapa adulta (Obiols y Di Segni de Obiols,
1998).
En este contexto se vuelve trascendental destacar que la descripción del
adolescente posmoderno parte, y tiene gran influencia, de la construcción
que los medios masivos de comunicación difunden sobre él. En programas y
publicidades se realiza una tipología que lo caracteriza y ya no solo es
definido por los expertos. En general, la imagen que difunden los medios de
comunicación se encuentra ligada a un adolescente menos problematizado
que el que se identificaba hace un tiempo atrás.

Los límites, los riesgos, los roles, el uso de las tecnologías, también se
consideran variables subjetivantes (un similar a los agentes subjetivantes
propuestos por Rodulfo; estos determinan modos de vivir el día a día de
todos los humanos de una sociedad, y con ello también el modo en que se es
y/o se atraviesa la adolescencia, la adultez, la parentalidad, etc.

Para concluir, podemos decir que el adolescente posmoderno no está


francamente en conflicto con sus padres. Ya no existe una necesidad de
ruptura manifiesta con ellos, ya que la brecha generacional se rompió, y
definir y limitar esta etapa es una tarea más compleja que requiere prestar
atención a variables sociales y culturales que operan sobre ella. Por otro lado,
la posmodernidad propone a la adolescencia como modelo social y algunos
autores hablan de adolescentización de la sociedad o plantean que ya no se
trata de una etapa, sino de un modo de ser que involucraría a toda la
sociedad.

C O NT I NU A R
Lección 1 de 3

Caso práctico profesional

Para la presente lectura, abordaremos las problemáticas actuales a partir de


un artículo de United Nations Development Programme: Human
Development Reports.

Cuál es el [Link]
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Fuente: Hardgrove, A. (7 de mayo de 2014). Juventud y vulnerabilidad desde una perspectiva global. Recuperado

de [Link]

perspectiva-global-1348/?pagina=6

Juventud y vulnerabilidad desde una perspectiva global

07 May 2014

By Abby Hardgrove*

*Investigadora asociada visitando a la Escuela de Geografía y


Medio Ambiente de la Universidad de Oxford.
A menudo, la juventud es foco de nuestra atención producto de
alguna crisis —ya sea por las tasas de desempleo, su
participación en actos violentos, la probabilidad a ser padre o
madre prematuros o por las enfermedades o infecciones de
transmisión sexual—. Me gustaría hablar sobre esto. No
pretendo contrariar la idea de que la juventud es vulnerable a
ciertos riesgos e incluso puede crear riesgos para sí mismos y su
contexto local. Sin embargo, me gustaría revisar la manera en
que la juventud, el riesgo y la vulnerabilidad son asociados, de
manera que los y las jóvenes aparecen como el problema (o la
solución), en lugar de ser vistos como integrantes de una
sociedad y comunidad mundial que están llenas de problemas.

Pero primero, ¿qué es ser joven? La respuesta corta es,


depende. Hay algunos desarrollos físicos, cognitivos y
psicosociales que delimitan el periodo del curso de la vida que
llamamos adolescencia, que tiene lugar entre los 13 y 19 años.
“Juventud” es más una edad social que un periodo de desarrollo.
Es ese periodo de transición entre la dependencia de la infancia
y las responsabilidades de la adultez. Esta fase social puede ser
más larga o corta dependiendo del contexto. Dicho esto, las
definiciones son necesarias (para las políticas públicas, por
ejemplo). La Organización de las Naciones Unidas usa las
edades entre los 15 y 24 años como un rango en el cual mucha
gente joven es considerada socialmente como “joven”. Estas
son pautas. La gente joven puede o no ajustarse a estas
definiciones basándose en las transiciones asociadas a cada
género y los aspectos socio-económicos de cada sociedad.

Entonces ¿qué es lo que hace que la juventud sea


especialmente vulnerable al VIH/SIDA o la participación en la
violencia y el conflicto? Una forma de responder estas preguntas
es pensar en lo que significa ser joven —vivir una rápida
transformación física, sexual, social y emocional—. La
adolescencia es un tiempo de formación de la identidad. Es el
tiempo donde muchas personas se vuelven activas
sexualmente y asumen más responsabilidades. En este periodo,
sin duda, la inestabilidad y el cambio aumenta la susceptibilidad
de los jóvenes a todo tipo de riesgos. Pero si nuestro análisis se
detuviese aquí, tenemos una edad y etapa basadas en un punto
de vista que conecta la vulnerabilidad a la condición de no ser lo
suficientemente maduro.

Sin embargo, esta es solo una cara de la moneda. Mientras los


jóvenes están desarrollando su cuerpo y su compromiso
psicosocial con su mundo, también están asistiendo o
abandonando las clases, yendo al trabajo y formando sus
propias familias. Una mirada a estas transiciones demuestra
que mientras los cuerpos y las mentes pueden experimentar un
desarrollo que traza una “línea de base” de vulnerabilidad en casi
toda la juventud, hay, a nivel de contexto, una serie de factores
interconectados que afectan a las vulnerabilidades de la
juventud. Entre las más importantes están el empobrecimiento,
la desigualdad y la exclusión social. En todo el mundo, la
juventud está viendo limitadas sus opciones a causa de la
inseguridad económica, el cambio tecnológico, los
levantamientos políticos, los conflictos y el cambio climático.

La pobreza sigue siendo una de las amenazas más graves a las


oportunidades de las y los jóvenes en países de bajos y
medianos ingresos, y también para un número significativo de
los que viven en países con altos ingresos. Esto se manifiesta de
varias formas. Por poner un solo ejemplo, la escasez de
alimentos tiene efectos generalizados y duraderos en el
bienestar y las oportunidades en la vida. La evidencia de Young
Lives, un estudio longitudinal sobre la pobreza infantil en cuatro
países, demuestra que la escasez de alimentos a los 12 años
está asociada con una serie de impactos que se manifiestan tan
solo tres años después. Estos incluyen un menor rendimiento
cognitivo y menor bienestar subjetivo.

Además, la población joven crece sobre todo en contextos


donde las vulnerabilidades son el resultado de una distribución
desigual de los recursos. Por ejemplo, los centros urbanos
cercanos casi siempre disponen de una mayor cantidad y
diversidad de bienes, servicios y oportunidades que las zonas
rurales. La magnitud de la disparidad en los países en desarrollo
puede ser muy significativa. En Liberia, la mitad de las escuelas
secundarias de todo el país están localizadas en la zona
metropolitana de la capital, Monrovia. Incluso en aquellos casos
donde existen escuelas en las zonas rurales, estos suelen
encontrarse a una distancia considerable de la casa de los niños
y las niñas. Los riesgos percibidos y reales del trayecto pueden
retrasar la matriculación y limitar la asistencia al colegio
especialmente de las niñas, lo que suele derivar en una atención
intermitente y el abandono anticipado.

Por último, una buena parte de la vulnerabilidad surge de la


forma en que grupos de personas son tratados por el resto de la
sociedad. Las minorías socialmente excluidas son más
propensas a sufrir un acceso desigual a los recursos y las
oportunidades debido a lo que son o a cómo son percibidos. La
interconexión de la exclusión social, la desigualdad y la pobreza
tienden a reforzarse mutuamente. Así, por ejemplo, la
vulnerabilidad se agrava si la persona joven es mujer, de un
grupo étnico minoritario y vive en una zona rural. Las
vulnerabilidades que se derivan de la marginación social y la
pobreza arraigada se extienden a lo largo de la vida de los y las
jóvenes, sus familias y comunidades, y son transmitidas a través
de las generaciones.

Las limitaciones, las oportunidades y los medios a través de los


cuales la juventud negocia las transiciones a una mayor
responsabilidad y adultez nos dicen, por lo tanto, mucho sobre
las condiciones de las comunidades locales y globales en las
que vive. La juventud es vulnerable no solo porque son jóvenes o
están en una fase en la que se experimentan transiciones
rápidas. Quizás algo más importante, es que la juventud es
vulnerable porque son personas que viven en un mundo
desigual donde los valores y las instituciones sociales que
favorecen oportunidades de todo tipo no son accesibles para
todo el mundo.

¿Qué significa esto para la política? Muchas cosas, pero lo que


quiero destacar es que las vulnerabilidades que la juventud
experimenta son, en muchos aspectos, parte de las
vulnerabilidades que son producidas y reproducidas en sus
comunidades, naciones y nuestro mundo. Parece que responder
a los riesgos que la juventud experimenta y presenta significa
responder a las fuerzas generalizadas e interconectadas que
mantienen la pobreza, reproducen la desigualdad y mantienen la
exclusión social. Abordar los riesgos y vulnerabilidades
asociadas con la juventud significa abordar las disparidades y
desventajas sistémicas que disminuyen las oportunidades en la
vida a escala local y mundial. (Hardgrove, 7 de mayo de 2014,
[Link]
juventud-y-vulnerabilidad-desde-una-perspectiva-global-1348/?
pagina=6).

C O NT I NU A R
Lección 2 de 3

Conductas de riesgo y vulnerabilidad

La mayoría de los adultos considera que los adolescentes realizan conductas


innecesarias y riesgosas, y que sus amigos/as potencian dichas conductas.
¿Esto es realmente así? Una explicación posible sería que

Los cambios que ocurren en la vía que va desde el sistema de


recompensa a la corteza prefrontal generan una suerte de
cortocircuito en la comunicación entre estas zonas. Esto da
como resultado un aumento de la sensibilidad a las
recompensas y, por lo tanto, una propensión a la toma de
decisiones impulsivas… [e incluso] un período crítico para la
vulnerabilidad a la adicción. La hipersensibilidad al placer y la
búsqueda de experiencias novedosas forman parte de la
naturaleza intrínseca del adolescente. (Godoy, 2017, p. 58).

Otra explicación de “asunción de riesgos” puede darse en tres categorías


(Coleman y Hendry, 2013):
1 Hay comportamientos de búsqueda de emociones: son conductas
excitantes o de búsqueda de sensaciones que activan y ponen a
prueba los límites de las propias capacidades.

2 Hay comportamientos de asunción de riesgos controlados por la


audiencia: para ser aceptados, encontrar un lugar en un grupo de
compañeros y establecer una posición social, las personas tienen
que demostrar algunas cualidades y capacidades.

3 Hay comportamientos de asunción de riesgos que son conductas


irresponsables: no se realizan a causa del peligro que suponen, sino
a pesar de él, para lograr otras metas deseadas. Estos
comportamientos irresponsables demuestran la incapacidad de los
individuos para ver las consecuencias a largo plazo o, si estas son
evidentes, su falta de disposición para abstenerse de estas
actividades a causa de las ventajas a corto plazo percibidas.

Queda claro que la adolescencia, debido a los propios procesos intrínsecos


psíquicos, biológicos y cognitivos, presenta un escenario de vulnerabilidad y
problemáticas también específicas de esta etapa.

Conducta antisocial y violencia


“Uno nace agresivo y se vuelve violento”.

Balbi y Boggiani (2015)

Para empezar, debemos distinguir1 entre comportamiento antisocial,


trastorno psicosocial, conducta problema, y trastornos del comportamiento,
sobre todo, entre aquel comportamiento antisocial durante la adolescencia y
aquel que persiste a lo largo de la vida.

[1] Ver Coleman y Hendry (2013), pp. 189-190.

A pesar de que las estadísticas no muestran una distribución igual entre el


comportamiento social y la adolescencia, culturalmente sigue asociándose el
vandalismo, la delincuencia, y conductas antisociales a la juventud; pero

¿Por qué está asociado tan estrechamente con el período


adolescente, y por qué disminuye de manera tan acusada
cuando los jóvenes llegan a la edad adulta? Aunque no hay
respuestas claras a estas preguntas, los autores han avanzado
[en] diversas propuestas. Así, algunos sostienen que los vínculos
sociales que estimulan el comportamiento de obediencia a la ley
son más débiles durante la adolescencia que en otras épocas
(Gottfredson y Hirshi, 1990), mientras que otros creen que los
procesos en el grupo de iguales o una confrontación inevitable
con la autoridad subyacen al comportamiento antisocial en este
estadio (Emler y Reicher, 1995). (Coleman y Hendry, 2013, p.
191).

No obstante, entre los factores de riesgo que se pueden asociar a los


comportamientos antisociales podemos encontrar la edad, el género, el
origen familiar, el barrio, la escuela, los grupos de iguales (antisociales)
(Coleman y Hendry, 2013). Por ejemplo: los hombres cometen delitos con
mucha más frecuencia que las mujeres. ¿Te acuerdas de la lectura sobre
sexualidad y género, y los estereotipos y roles de género? Bueno, si a eso le
sumamos los factores culturales y contextuales (Lectura 1), podemos pensar
en la siguiente hipótesis: “los grupos de iguales de ambos sexos funcionan
de manera diferente, comprometiéndose más los muchachos en
comportamientos de asunción de riesgos, competitivos y claramente
machistas, y facilitando, de ese modo, la actividad contraria a la autoridad y
delictiva” (Coleman y Hendry, 2013).

Varias son las hipótesis que le adjudican una u otra cualidad a ambos
géneros y de allí se explican dichas conductas. Otras hipótesis refieren de
modo indirecto a esto al considerar que los funcionarios de la justicia tienen
tratos diferentes con mujeres y hombres, y esto también haría que “las cifras
de registro de delito” sean más altas en varones. Aun así, los roles de la
posmodernidad han achicado estas diferencias, pero donde sí se encuentran
las diferencias es en el tipo de comportamientos antisociales que poseen
unos u otros (varones, comportamientos antisociales más violentos;
mujeres, comportamientos antisociales asociadas al desorden público).

Balbi y Boggiani (2015) afirman que

en los adolescentes, el comportamiento agresivo no indica por sí


mismo una situación de trastorno, ni es necesariamente
precursor de una conducta violenta o antisocial. Se trata de una
exigencia de desarrollo. Cuando la agresividad pierde su
significado evolutivo y se escapa al control, se vuelve peligrosa
para uno mismo y para los demás. En una palabra, se convierte
en violencia. (p. 34).

Cabe aclarar que esa violencia puede tomar diferentes formas; puede estar
dirigida, por ejemplo, a compañeros, a sus padres, o si se suman variables
como los estereotipos y roles de género, puede tomar la forma de violencia

de género hacia las primeras parejas2, como también hacia aquellos


compañeros/as de clase que pongan en jaque su identidad sexual, de género
e incluso su orientación sexual.

[2] Sobre violencia en el noviazgo adolescente, consultar:


Instituto de Género y Promoción de la Igualdad. (2018). Violencia en el Noviazgo Adolescente. Recuperado de

[Link]

Defensor del Pueblo de la Provincia de Córdoba. (2013). Violencia en el Noviazgo Adolescente. Una primera

aproximación sobre la violencia en las relaciones de noviazgo adolescente. Recuperado de

[Link]

La violencia está arraigada desde tiempos bélicos en nuestra cultura. La


diferencia está en que los fenómenos culturales por un lado se vuelven
facilitadores y variables para un posible crecimiento social, pero también
dónde pierde este significado evolutivo, los fenómenos culturales
“visibilizados” se vuelven foco de ataque violento.

Rol de la familia

La familia es un factor sumamente significativo en los comportamientos


antisociales de los jóvenes; según como actúe, puede ser un factor de riesgo
o de protección (en la Lectura 4 profundizaremos sobre las modalidades
familiares). Loeber y Stouthamer-Loeber (1986, como se citó en Coleman y
Hendry, 2013) resumieron cuatro formas en la que la familia podría estar
asociada a este tipo de comportamientos:

1 Negligencia por parte de los padres, por no supervisar o por


implicarse poco.
2 Conflicto en el hogar, por agresión directa, falta de armonía,
violencia, o una disciplina severa, errática e incoherente.

3 Comportamiento o valores desviados de los padres, por ejemplo,


historial delictivo de alguno de los progenitores.

4 Paradigma de la perturbación, “la negligencia y el conflicto pueden


surgir en la familia a causa de la discordia matrimonial, o por la
separación, la enfermedad parental o la ausencia de uno de los
padres” (Coleman y Hendry, 2013), aunque algunos autores
proponen que no son los conflictos en sí, sino las consecuencias
que de ellos derivan (negligencia).

Otro factor significativo es la predicción del comportamiento antisocial,


siendo aquí la familia, sociedad, escuela, etc. “adultos significativos capaces
de ser responsables”, los designados en detectar estas conductas a tiempo.

Grupo de iguales

La asociación de los comportamientos antisociales o delictivos y el grupo de


pares, aunque es un factor significativo, no está del todo claro; dicen
Coleman y Hendry (2013) “no podemos estar seguros de que los jóvenes se
estimulen mutuamente, o si simplemente es más probable que los delitos se
cometan en grupo que en solitario”, por lo que no sería prudente decir que el
grupo de iguales lleva a delinquir (es decir que sea una causa), sino más bien
que “tener amigos delincuentes es un indicador de delincuencia” (Coleman y
Hendry, 2013).

Factores sociales y ambientales

Los juicios sociales estigmatizan a la clase baja con la delincuencia, pero


más bien parecen ser los factores asociados a la vida en circunstancias de
desventaja la variable de asociación (Coleman y Hendry, 2013)
(íntegramente relacionado con el rol de la familia):

1 Cuando las familias viven en barrios empobrecidos, la efectividad


de los padres al proporcionar apoyo y control de la conducta de sus
hijos es menor (Sampson y Lamb, 1994, como se citó en Coleman y
Hendry, 2013).

2 La pobreza debilita el tejido social de un barrio, haciendo más difícil


que los adultos proporcionen modelos de rol, actividades de ocio y
caminos para que los jóvenes entren en la edad adulta (Bolger y
cols., 1995, como se citó en Coleman y Hendry, 2013).

3 La pobreza y el desempleo están estrechamente relacionados, y el


desempleo hace más difícil que los varones jóvenes encuentren
roles apropiados, y estimula, además, el comportamiento agresivo
como una señal alternativa de posición social y poder en la
comunidad (Fergusson y cols., 1997, como se citó en Coleman y
Hendry, 2013).

4 Existe una elevada incidencia de violencia en las áreas de gran


pobreza, y la exposición a ella, sea en casa o en el barrio, tiene un
efecto sobre el comportamiento de los jóvenes.

Maternidad y paternidad adolescente

Los estudios realizados en diferentes países no son extrapolables a otras


sociedades, ya que las posibilidades y dificultades socioeconómicas varían
de un lugar a otro. No obstante, un factor recurrente es que la tasa de
natalidad en la población adolescente se da mayormente en aquellas
jóvenes con mayor desventaja socioeconómica (Coleman y Hendry, 2013).

Esto representa un problema social3, ya que, a veces, los y las jóvenes dejan
sus estudios escolares por ingresar al mercado laboral para “planificar” este
hijo/a que está por llegar, lo que los expone a condiciones laborales
precarias. Paralelamente, las personas gestantes se ven expuestas a
posibles situaciones de aborto (y con ello, a la muerte o lesiones
reproductivas, sumado al daño emocional), mientras más jóvenes corren
riesgo en la salud durante embarazo y parto, entre otros riesgos.

[3] Se sugiere leer: Ministerio de Salud. (3 de marzo de 2020) El embarazo adolescente tiene impacto en la

educación, el ingreso y en la participación laboral de las mujeres. Recuperado de

[Link]

participacion
En investigaciones como las de Osofky y colaboradores, se demostró que
“las madres jóvenes están más deprimidas, son más variables en su afecto y
están menos inclinadas emocionalmente hacia sus bebés que las madres
mayores” (Coleman y Hendry, 2013); desde el punto de vista del desarrollo
psicoemocional de los adolescentes, esto es entendible.

Salud-enfermedad sexual adolescente

La iniciación de la vida sexual

Implica el descubrimiento de un nuevo ámbito de socialización y


aprendizaje, los primeros vínculos de pareja y el acercamiento al
mercado matrimonial y un proceso de entrada a la vida adulta,
entre otras cuestiones.… [En los estudios epidemiológicos, la
edad de la primera relación sexual es considerada un] indicador
epidemiológico relacionado con la salud de la población y el
riesgo a las Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS). (Di
Marco, Ferraris y Langsam, 2018, p. 2836).

Dado que la adolescencia suele ser la etapa de iniciación sexual, varias han
sido las investigaciones al respecto: el grupo de mayor riesgo de contraer
ETS es el de entre 15 a 24 años, y a su vez, las intervenciones en este grupo
poblacional han demostrado un impacto social y económico positivo en
futuras generaciones (Di Marco, Ferraris y Langsam, 2018).

A los 15 años, el 40 % de los adolescentes varones ya se ha iniciado


sexualmente, mientras que las mujeres se inician alrededor de los 17 años.
Las “tradiciones” sociales y culturales, junto con los estereotipos de género
ligados a la cultura patriarcal, probablemente tengan que ver con estas
cifras, además de que expone a los y las adolescentes a diferentes tipos de
prácticas sexuales y sus consecuencias: “una tradicional masculinidad
asociada a una necesidad de iniciarse lo más temprano posible, en tanto una
feminidad relacionada con posponer el inicio” (Di Marco, Ferraris y Langsam,
2018, p. 2838).

Pero, ¿por qué es importante enfocarse en los jóvenes? Además de que es


una realidad y en esta etapa comienzan a tener una participación más activa
en su vida sexual, veamos un ejemplo. En 1980, la “llegada” visibilizada del
SIDA/VIH produjo un profundo cambio en las actitudes hacia el sexo, como,
por ejemplo, prestarle mayor atención a los tipos de prácticas seguras e
inseguras, sobre todo en los jóvenes, y como consecuencia, la educación e
instrucción al respecto. En las décadas siguientes, la preocupación sobre
esta enfermedad de transmisión sexual disminuyó a comparación de la
década del 90 (Coleman y Hendry, 2013).

Los jóvenes no están exentos de sufrir enfermedades de transmisión sexual;


las estadísticas muestran que “en América Latina, se producen anualmente
unos 89 millones de nuevos casos de ETS en personas de 15 a 49 años.
Estas enfermedades afectan a 1 de cada 20 adolescentes” (Di Marco,
Ferraris y Langsam, 2018, p. 2842). El desconocimiento, la falta de
información (correcta), los espacios de consulta al respecto, la impulsividad
en sus conductas, los expone a tener prácticas inseguras con y sin
desconocimiento de ello.

Así como en 1980 el SIDA/VIH tuvo un crecimiento y luego una disminución,


en Argentina, entre 2015 y 2019, hubo un crecimiento de infecciones por
sífilis, y se observa la tasa de índice más alta en población de entre 15 y 24
años (Dirección de Respuesta al VIH, ITS, Hepatitis Virales y Tuberculosis,
2020). ¿Será la sífilis una de las ETS a las que los jóvenes posmodernos
están más expuestos?

Adicciones y drogas en la adolescencia

Hay drogas legales e ilegales. Sucede que tenemos tan naturalizado el


consumo de alcohol o tabaco (legal) que se olvida o se evita nombrarlo como
una droga. En la era de la posmodernidad, la drogadicción es uno de los

mayores problemas de nuestra sociedad4:

[4] Tanto es así que en la última modificación de la Ley de Salud Mental se incluyeron los consumos

problemáticos. Ley 26657. (2010). Salud Pública. Honorable Congreso de la Nación Argentina. Recuperado de

[Link]
Intentar centrar el estudio del fenómeno en causas o factores
que ponen el acento solo en lo individual y o familiar, sería
minimizar la influencia que el contexto socio-cultural e histórico
tienen, no solo en la configuración de nuestra subjetividad, sino
en la dinámica de las instituciones que, por formar parte de él,
implementan, consciente o inconscientemente, los códigos
surgidos de [este], y que son propios de ese momento histórico.
(De Guiñazú, 2010, p. 19).

Ya dijimos que las modificaciones que van desde el sistema de recompensa


a la corteza prefrontal pueden colaborar al consumo de sustancias en los
jóvenes. Ahora bien, las adicciones en general, el consumo, refiere a una
interacción tríadica entre el sujeto, el contexto y el agente (De Guiñazú,
2010). Y las adicciones a los que se exponen los jóvenes poseen las
características de la posmodernidad (lecturas 1 y 2), como la inmediatez, los
roles desdibujados, etc.

Citando a Souza, sostiene De Guiñazú (2010) que “el problema de la droga no


es la droga en sí, sino el motivo por el cual el sujeto la busca y la consume… la
droga se instala donde existe una falta en el sujeto”, es decir, donde hay
carencias; es algo similar a lo que sucede con los comportamientos violentos
y antisociales.
En este contexto de megacomunicación, de inmediatez, de globalización, la
droga se ubica en los adolescentes como representante de transgresión a la
norma impuesta, como búsqueda de sensaciones y límites, algo normal en el
proceso de crecimiento adolescente, ¿no? El “problema” emerge cuando las
conductas por las que buscan dichas acciones, tareas adolescentes, los pone
en un alto riesgo, como sucede con el consumo de sustancias (De Guiñazú,
2010)

C O NT I NU A R
Lección 2 de 4

Desarrollo de la autonomía

Antes de comenzar con el lugar y la función de la familia como grupo y sus características tipológicas, veamos
un momento de qué hablamos cuando decimos que la tarea clave de la adolescencia es el desarrollo de la
independencia/autonomía.

La formación de la identidad y el logro de la independencia están atravesados por diferentes variables, las
cuales han ido desarrollando sus perspectivas teóricas con el paso de las décadas.

En un primer momento, el enfoque psicoanalítico consideraba “que la ruptura emocional con los padres era un
elemento fundamental del paso hacia la independencia y que, a menos que se produjera separación y
desvinculación, no era posible convertirse en un adulto maduro” (Coleman y Hendry, 2013).

Luego, en la década del 60, investigaciones mostraron que, en realidad, las relaciones padres-hijos eran mucho
más positivas de lo que se creía (en comparación con la época victoriana). Esta investigación plantea una
nueva perspectiva teórica en la que se cree que es posible desarrollar la autonomía sin la ruptura que plantea el
enfoque psicoanalítico:

Así, Greenberger (1984) sostuvo que la responsabilidad social (que implicaba sentimientos de
comunidad y proximidad a otros) iba de la mano con el desarrollo de la autonomía. Youniss y
Smollar (1985) hablaron de interdependencia, un estadio durante el cual tanto el padre como el
adolescente trabajaban juntos para definir de nuevo su relación. En este estadio, se mantenían
estrechos lazos, sin que el crecimiento de la individualidad del joven resultara amenazado.
(Coleman y Hendry, 2013, pp. 82-83).

La teorización de Grotevant y Cooper (1986, como se citó en Coleman y Hendry, 2013) sintetiza este enfoque
con la propuesta de un sistema de cuatro partes para codificar los patrones familiares:
En su sistema, la individualidad se refleja en expresiones de separación y autoaserción, mientras
que la conexión se manifiesta por medio de mutualidad y permeabilidad. Los resultados de sus
estudios (Grotevant y Cooper, 1985) apoyan la idea de que, con la exploración de la identidad
adolescente y el desarrollo de destrezas de adopción de perspectivas, se asocia una combinación
efectiva de cohesión y separación. (Coleman y Hendry, 2013, p. 84).

A su vez, Aguirre Baztán (2009) desarrolla las principales teorías explicativas del proceso de crisis de
emancipación y autonomía emocional y de conducta:

1 El desarrollo e independencia emocional y de conducta en la adolescencia como un proceso


ligado a la ruptura de los vínculos primarios y búsqueda de nuevos objetos de identificación.

2 El desarrollo de la independencia y autonomía como un proceso ligado al descubrimiento y


exaltación de sí.

3 El desarrollo de la independencia y autonomía emocional y de conducta en la adolescencia como


un proceso de desatelización.

La familia como grupo

Aunque la familia es el primer agente subjetivante del individuo, probablemente, el rol más decisivo lo tenga en
los primeros años de vida del sujeto. Pese a ello, en la adolescencia también tienen un rol de importancia.

La palabra “familia” remite a un sinnúmero de conceptualizaciones, que varían de acuerdo al autor y la cultura,
y sobre todo hoy, cuando hay diversos tipos de familias. Sin embargo, es importante entender qué se entiende
por “familia”, desde el psicoanálisis y en este momento evolutivo. Por tal motivo, Fernández Mouján (1993) la
considera como un grupo operativo durante el proceso adolescente, dado que la principal tarea o rol es ayudar
o colaborar para que el adolescente logre su adultez. Sin embargo, lo social y personal también forman parte
del proceso. Por ello, el autor considera al adolescente como un hecho individual, es decir, del propio
adolescente, y también como un hecho grupal, es decir, lo que significa el proceso de la adolescencia para la
familia.

Transitar la adolescencia implica necesariamente transitar una crisis, crisis que también vive el grupo familiar.
Entonces, este ve perturbados su unidad y sus tres componentes: estabilidad, identidad y satisfacción, ya que
el adolescente emerge como agente extraño y elemento transformador de la estructura familiar.

En este punto, es preciso aclarar cuál es el rol del contexto y la relación que tiene con lo familiar. Fernández
Mouján (1993) señala que el “fenómeno adolescente surge justamente de ubicar en el contexto social y de que
según, sea esta ubicación (entidad pasiva o activa en el proceso social), dependerá la relación contexto-familia”
(p. 162).

Entonces, ¿cuál es el rol de la familia en este momento del proceso de la adolescencia? La familia, como
unidad o campo operativo, siguiendo las ideas de Fernández Mouján (1993), debe desempeñar dos funciones
básicas: identidad propia y estructura estabilizadora y satisfactoria.

La estructura estabilizadora se relaciona directamente con los roles y las formas de asumirlos, es decir, con las
interacciones entre sus miembros, aunque también se relaciona con las normas o la ideología familiar, con la
concepción que tiene la familia sobre cómo deben ser las cosas y su relación entre sí.

En esta etapa, lo esperable es que la relación o transacciones complementarias (en estas relaciones
predominan la autoridad y la asimetría de roles) entre padres e hijos se vayan volviendo concordantes (en las
que se achican las diferencias y se resuelven a través del consenso), es decir, de una relación vertical se
evoluciona a una horizontal. En ese periodo, la satisfacción tiene que ver con poder transformar las relaciones,
teniendo en cuenta que la adjudicación de roles también está determinada por la situación sociopolítica.

En cuanto a la primera función, la identidad, el papel de la familia es ser un continente para el adolescente,
dado que la fragmentación instrumental del yo y el uso de los mecanismos proyectivos e introyectivos tiene
como uno de sus blancos al grupo familiar. De esto se desprende que de la elaboración que la familia le dé a
estas proyecciones de su hijo adolescente dependerá la tarea transformadora.

Por un lado, el adolescente sentirá que sus vivencias acerca de esos padres de la infancia no coinciden con la
realidad, mientras que para la familia del adolescente despiertan tres sentimientos, según Fernández Mouján
(1993), curiosidad y miedo por los aspectos instintivos del adolescente; admiración, envidia y celos por la
posibilidad del joven, y ambivalencia, es decir, odio porque rompen con lo establecido en la familia al mismo
tiempo que lo ven con amor, ya que es una oportunidad para romper con lo viejo e instaurar algo nuevo.

El trabajo en conjunto para elaborar tanto las ambivalencias por parte de los adultos como del joven son
fundamentales. Si el joven puede realizar las transformaciones en el seno de la familia, esta lo ayudará a
conservar el sentimiento de continuidad fundamental para la identidad del yo.

Como señala Fernández Mouján (1993), “para una familia comprometida socialmente, tener un hijo
adolescente sería, al mismo tiempo, una despedida y una bienvenida” (p. 168). Sin embargo, existen distintos
tipos de familia: unas que dificultan y otras que facilitan este proceso transformador.

Diferentes tipos de familia

La familia cumple un rol muy importante en la adolescencia. Fernández Mouján (1993) plantea que constituye
un grupo operativo que tiene la función de continente para que el adolescente pueda atravesar los distintos
duelos, especialmente, el de los padres de la infancia.

Pero, además, el joven debe salir del ámbito familiar hacia el mundo exogámico, a fines de que pueda resolver
su identidad sexual, hasta, finalmente, lograr consolidar su identidad. Sin embargo, no en todas las familias es
un asunto fácil de transitar.

La estructura y el funcionamiento de cada familia son distintos, por lo que cada adolescente transitará este
proceso con las particularidades propias y con las particularidades de la familia en la que se encuentra inserto.

En este punto es preciso aclarar que existen distintas clasificaciones y más en el momento actual en el que
prima el paradigma de la diversidad. En esta lectura desarrollaremos las clasificaciones que propone
Fernández Mouján (1993), quien elabora una clasificación según cómo la familia y sus miembros están
insertos en el contexto social y cultural, los roles, su ideología familiar y el modo de interacción.

A continuación, detallamos la caracterización de cada una de las familias: aglutinadas, uniformadas, aisladas,
mixtas e integradas, y además, algunos problemas o dificultades clínicas observadas en adolescentes según el
tipo de familia.
Familias aglutinadas

En este tipo de familia, las principales características son:

Tienen una fuerte tendencia hacia la indiscriminación entre sus miembros, por lo que la
búsqueda de individuación se realiza de maneras accesionales;

Las interacciones son estereotipadas.

Existe un absolutismo del rol materno.

Hay un predominio de las normas maternas.

Los mensajes son de tipo concreto, por lo que tiene una importante carga emocional en
detrimento de la capacidad reflexiva.

La ideología familiar predominante es la del estilo clan, entonces, todo lo nuevo es vivido como
violencia.

De acuerdo a estos rasgos, durante la adolescencia se pueden observar algunos aspectos. Uno de ellos es que
será muy difícil que la relación entre padres e hijo se vuelva concordante. Esto da origen a transacciones
cruzadas, es decir, el padre se va a dirigir al adolescente como si este fuera un niño, o bien el adolescente le
contesta como si ya fuera un adulto.

Además, existen dificultades para la elaboración de la sexualidad y la agresión adolescente. En relación con
este aspecto, a continuación, puntualizaremos algunas cuestiones que señala Fernández Mouján (1993).

Existe un déficit en la instrumentación de la agresión y la sexualidad, y algunas consecuencias


son: uso excesivo de racionalización defensiva, mal manejo del cuerpo, poca imaginación.

La sexualidad es de tipo indiscriminada, de tipo matriarcal. Es decir, toda agresividad se reprime,


favoreciendo el desarrollo de personalidades depresivas, psicopáticas. También tomará
modalidades pasivas, poco definidas y con predominio de lo tierno.
Prima el pensamiento concreto, por lo que se evidencia una falla en la simbolización; es un
pensamiento defensivo.

La violencia que proyecta el adolescente se anula o desvirtúa.

La pubertad, para esa familia, es la edad idealizada.

Familias uniformadas

En cuanto a estas familias, las principales características, siguiendo a Fernández Mouján (1993), se pueden
resumir en los siguientes puntos:

Predomina la tendencia a la individuación y a la autonomía de manera agresiva, y hay un


sometimiento a alguno de sus miembros —generalmente, el padre— que intenta imponer su
punto de vista.

La interacción entre los miembros de la familia —al ser impuesta— resulta repetitiva, rígida e
insatisfactoria.

Prevalece el rol paterno, con idealización de lo masculino.

Hay diálogo entre los integrantes, ya que cuenta con cierta capacidad de abstracción, los
mensajes presentan una carga emocional controlable y escasa capacidad reflexiva.

La ideología familiar es elitista y dominante.

Por estas características, al igual que en la familia aglutinada, predominan las transacciones cruzadas.
Además, la agresión, a diferencia del tipo anterior, será aceptada, pero para controlar la sexualidad e
incomunicar.

En cuanto a la sexualidad, esta es reprimida, ya que lo nuevo que puede traer el joven o que puede surgir de la
unión debe dominarse, dando lugar a una sexualidad cargada de agresión.
Hay comunicación con el exterior, con ciertas limitaciones, pero se lo puede utilizar para elaborar ciertas
situaciones.

El pensamiento logra cierto grado de abstracción, se acepta lo posible, pero falla su materialización; tiene
características evasivas.

Familias mixtas

Esta tipología surge de una combinación de las características de las familias aglutinadas y las uniformadas. En
esta clase de familia se da una particularidad, la sexualidad y la agresión no están tan disociadas. Y otro rasgo
característico es que la represión es más indiscriminada y se da con menor violencia que en las anteriores dos
tipologías.

En estas familias, los adolescentes pueden elaborar la agresión y la sexualidad y se cumplen determinadas
formalidades, ya que lo nuevo se vive como peligroso en este grupo familiar, por lo que el joven encuentra la
elaboración tras una disociación mente-cuerpo. Además, los padres de estos son, por lo general, parejas
complementarias, por lo que no los contienen demasiado; esto da origen a la probabilidad de que se conviertan
en adolescentes obsesivos compulsivos o desconfiados.

Familias aisladas

De acuerdo a lo planteado por Fernández Mouján (1993), las particularidades presentes en estas familias son:

Hay escasa identidad grupal y cierto estancamiento de las identidades individuales, ya que
predominan las individualidades.

La estructura grupal es estereotipada producto de que las interacciones entre los miembros son
meramente informativas, funcionan de manera aislada.

Las normas no tienen demasiado valor, ya que cada miembro hace su vida y no debe cumplir,
necesariamente, con el rol asignado. Mientras esto no moleste a algún miembro del grupo, nadie
va a reclamar. De esta manera, las relaciones pueden ser satisfactorias, ya que las metas son
limitadas.

Los mensajes tienen escaso contenido afectivo.

La ideología familiar es individualista y adaptativa.

Por lo expuesto, en relación con el proceso adolescente predomina la represión de la sexualidad y de agresión
producto del uso excesivo de la identificación proyectiva, lo que fundamenta el aislamiento de sus miembros,
ya que, una vez proyectado, no se elabora grupalmente. Además, en este tipo de familias no tendrá lugar la
concordancia de roles, ya que la interacción entre padres e hijos es rígida y distante; el adolescente la elabora
de manera individual con el mundo externo.

La elaboración de los impulsos tendrá lugar en lo imaginario, el autoerotismo está muy desarrollado. Si los
adolescentes que pertenecen a este tipo de familia no presentan una patología severa, la conexión con el
mundo externo —que no se pierde— puede facilitarles la resolución de las tareas específicas de esta etapa
evolutiva.

Familias integradas

Siguiendo a Fernández Mouján (1993), entre los principales rasgos de las familias integradas se destacan:

Hay un equilibrio entre las identidades individuales y grupales.

Capacidad de afrontar los problemas que surgen a través de la contención.

Equilibrio y flexibilidad entre los roles asignados y asumidos.

Hay diálogo transformador, es decir, las discusiones permiten la reflexión, hay una carga
emocional regulada.

La ideología familiar acepta los cambios generacionales, por lo que tiene la capacidad de
transformar lo que ya está establecido.
En este tipo de familia, el proceso de elaboración de los impulsos de agresión y sexualidad se realiza de
acuerdo a lo esperable. La familia funciona como un grupo operativo, transformándose la estructura familiar y
personal de cada uno de los miembros. Las transacciones llegan a ser concordantes, es decir, la relación
padres-niño se puede convertir en relación padre-adolescente, por lo que comienza a existir una relación espiral
entre ambos.

En otras palabras, para que esto suceda, como afirma Fernández Mouján (1993), la familia debe cumplir tres
funciones. La primera es contener, es decir, recibir las proyecciones del adolescente, dando lugar a que este
pueda autopercibir su sexualidad y su agresión como algo no tan peligroso. La segunda es reprimir, en otras
palabras, la familia pone límites flexibles capaces de permitir un nivel de frustración adecuado capaz de
mantener —a su vez— la fuerza de los impulsos. Y la última, instrumentar, se trata de enseñar a tramitar de otra
manera los deseos y necesidades; solo será posible esta función a través de diálogo.

Identidad y entorno familiar

Como venimos viendo, el adolescente atraviesa un período de búsqueda, distanciamiento y comparación con
su grupo familiar, a fin de establecer su independencia o autonomía. Mussen describe hasta seis patrones de
conducta paternos, cuya incidencia en la autonomía afectiva del adolescente es decisoria (Aguirre Baztán,
2009):

1 Patrón autocrático:

El cometido paterno se reduce a indicar lo obligado, es decir, aquello que debe ser hecho sin más.

2 Patrón autoritario:

Los padres participan, llegan a discutir, pero no admiten como discutibles decisiones que están
tomadas desde un principio.

3 Patrón autoritativo (o democrático):

Los padres participan libremente en la discusión.


4 Patrón igualitario:

Supone ya una mínima diferencia entre padres e hijos.

5 Patrón permisivo:

La balanza se inclina por el lado de los hijos.

6 Patrón laissez-faire:

Se coloca en el reverso del autocrático: son los hijos quienes gozan de la libertad de atender el
deseo paterno.

Los patrones más extremos, autocrático y autoritario, pueden producir en los jóvenes comportamientos y
afecciones como las neurosis obsesivas, mientras que los patrones más permisivos o laissez-faire, pueden
producir percepciones. En ninguno de estos modelos extremistas (por déficit o exceso) se pone en juego la
independencia cooperadora, “lo que implica la ausencia de «imagos» que posibiliten la identificación con
adultos, salvando, al menos, dos aspectos: la cooperación y la autonomía” (Aguirre Baztán, 2009).

En cambio, el modelo autoritativo (o democrático) muestra mejores conclusiones positivas para el


comportamiento adolescente: “hijos asumen modos de comportarse reglados, seguridad en las expectativas y
una independencia razonable” (Aguirre Baztán, 2009).

Para terminar, podemos decir que esta lectura nos acerca a la importancia y las vicisitudes que plantea la
familia para el adolescente, y la importancia que ella tiene en la resolución de esta etapa.

C O NT I NU A R

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