0% encontró este documento útil (0 votos)
43 vistas137 páginas

Luna - Carlos Bassas

Luna narra la historia de tres generaciones de mujeres: Luna, Sara y Adoración, quienes viven en una casa llena de secretos y silencios, marcadas por la presencia del abuelo fallecido. Cada una enfrenta sus propios deseos y traumas, desde la confusión de la adolescencia hasta los recuerdos dolorosos de la maternidad y la vejez. La trama se desarrolla en un pueblo de Castilla-La Mancha durante el verano de 1982, explorando las complejidades de la memoria y el pasado familiar.

Cargado por

wattyswatt191
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
43 vistas137 páginas

Luna - Carlos Bassas

Luna narra la historia de tres generaciones de mujeres: Luna, Sara y Adoración, quienes viven en una casa llena de secretos y silencios, marcadas por la presencia del abuelo fallecido. Cada una enfrenta sus propios deseos y traumas, desde la confusión de la adolescencia hasta los recuerdos dolorosos de la maternidad y la vejez. La trama se desarrolla en un pueblo de Castilla-La Mancha durante el verano de 1982, explorando las complejidades de la memoria y el pasado familiar.

Cargado por

wattyswatt191
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Luna es la historia de tres mujeres.

Es la historia de Luna, también la de Sara


y la de Adoración, nieta, madre, abuela, abocadas a convivir en la misma casa
llena de silencios, colmada de olvidos y habitada por una presencia del
pasado, la del padre de Sara, el marido de Dora, el abuelo de Luna, que
guarda un secreto.
También ellas esconden el suyo, el de una niña que no sabe aún cómo
nombrar su deseo, un ansia oscura que la devora, que no puede, ya no quiere,
controlar; el de una madre que ha desterrado de su memoria un acto atroz para
salvarse; el de una abuela que ha hecho de todo por olvidar sus pecados para
sobrevivir.
Eso es Luna, tres historias, tres miradas contadas a través de sus voces únicas,
la de una adolescente fría y caprichosa; la de una madre muerta de miedo; la
de una abuela temerosa del silencio de Dios. Tres generaciones de mujeres
surgidas de un útero maldito.

Página 2
Carlos Bassas

Luna
ePub r1.0
Titivillus 25.02.2025

Página 3
Carlos Bassas, 2024

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

Página 4
Para Alexis

No soy el primero,
tampoco seré el último.
Siempre estarás
en tus palabras
y en mi memoria,
por eso la muerte no tendrá dominio.

Página 5
NOTA DEL AUTOR (1)

Los fantasmas existen, también los espíritus y los espectros, pero no habitan
las casas, sino que viven dentro de nosotros. Es tan cierto como que la
memoria es una gran mentirosa. Tan cierto como que uno puede intentar
empezar de cero en la distancia, pero jamás en esa memoria.

Página 6
Esta historia sucede en un pequeño pueblo imaginario de Castilla-La
Mancha a lo largo del verano de 1982.
Es el año del Mundial de España.
Un año después de la aprobación de la ley del divorcio.

Página 7
I

Qué pasa, que es la primera vez que ves un bicho muerto, dice él; no es una
pregunta, es una afirmación, eso cree ella al escucharle, ese es en efecto su
propósito, tampoco ha hecho mucho por velarlo. Tras ella se esconden varios
matices, los detalles son importantes, es lo minúsculo lo que prende el
incendio, es lo insignificante lo que hace que arda: eres una chica, ese ha sido
el primero que le ha venido a la cabeza, y las chicas sois unas cagonas y sentís
asco al contemplar la muerte tal como es, sucia y fea, es asquerosa y apesta:
eres de ciudad, ese ha sido el segundo, allí escondéis la muerte, en los
hospitales y tanatorios, también en los supermercados, la cubrís con plástico
para hacerla aséptica, la empaquetáis para que no huela; no entiende aún, lo
hará más tarde, demasiado, que el gesto de esa niña-pija-de-ciudad no es de
asco, sino de fascinación, la de quien contempla sin subterfugios la única
certeza de este mundo, por eso se sorprende cuando ella se arrodilla, una
genuflexión leve para observarlo de cerca, no quiere perder detalle del animal
rapiñado, de la extremidad quebrada por el mordisco del cepo, del cuerpo
desguazado por una jauría de carroñeros. No es un conejo, es una liebre, dice
él, que se siente en la obligación de aclarárselo porque ella es una niña-pija-
de-ciudad y las niñas-pijas-de-ciudad no tienen ni idea de estas cosas; se sabe
por el tamaño de las orejas y las patas, añade. La diferencia más importante
no es esa, responde ella. Él la mira desafiante, tú qué sabrás, no tienes ni idea,
niña-pija-de ciudad, piensa; no puede permitirse el lujo de dejarse vencer en
su propia cancha. ¿Y cuál es, a ver, sabionda? Las crías de conejo nacen
ciegas y sordas y son inútiles, las de liebre se las apañan solas desde el
principio, sentencia ella. No sabe en qué momento han cambiado de interés
sus ojos, cuándo han dejado de estar fijos en el cadáver para escrutarle; siente
entonces un escalofrío que nada tiene que ver con el azul de sus ojos, quizás
sí, también sea eso, sino más bien con la ausencia de algo en ellos, no sabe de
qué, pero lo teme tanto como le atrae. Te lo has inventado, dice sin tener ni
idea de si es verdad o no. Ella encoje los hombros; allá tú, me da igual,
piensa, pero no lo dice.

Página 8
Avanzan ahora en silencio hacia la alberca; varios saltamontes brincan
como delfines cabriolando en un mar seco, también un grillo hace destellar su
coraza en medio del secarral; todo está tan agostado que cruje, los romeros,
los tomillos y los cantuesos; los espartos, las escobas y la aulaga; también el
suelo, que se quiebra como caramelo al pisarlo. La pequeña tolvanera
suspendida tras ellos indica su destino a ojos expertos, unos que les observan
desde hace rato sin que ninguno de los dos sepa si pertenecen a una partida de
sioux o una de navajos; tal vez se trate de un solo apache apostado tras una
breña; el sol está a punto de alcanzar su cénit; arde sobre sus cabezas aunque
esté a una distancia sideral. Dice mi abuelo que es la peor sequía que recuerda
en años, continúa él, que no se ha acomodado aún a la mudez tozuda de esa
niña-pija-de-ciudad-de-ojos-tan-azules. Apenas llevan unos días en el pueblo
ella y su madre, llegaron la noche de San Juan, solas con sus bultos en un
coche marrón claro —quién se compra un coche de ese color, pensó nada más
verlo—; que como nos descuidemos, sigue, a este paso arde todo; y entonces
comprende lo que le inquieta de esos ojos-tan-azules, no sabe explicarlo de
otro modo: son frío y calor a un tiempo, como cuando aprietas la nieve con
las manos, piensa mientras se fija en el hilo rojo que contornea su tobillo y
cuyos extremos anudan la silueta de un corazón exangüe. ¿Tienes novio?,
dice. La pregunta le brota así, sin filtro. No, ¿por qué?, contesta ella. Por
nada.
La alberca está rodeada de encinas que le dan sombra, también ayudan,
poco, a evitar la evaporación; algo más allá crecen una carrasca y un
alcornoque en medio de una tierra vieja y exhausta de ocres apagados, canelas
mustios y barbechos. Apenas contiene agua la pileta, la justa para que cubra
por debajo de las rodillas de un niño, por encima de los tobillos de un adulto.
Espera, dice, primero hay que echar la escalera o después cuesta salir; no a él,
que tiene dieciséis años y puede trepar sin problemas, pero ella es una niña-
pija-de-ciudad y lo más seguro es que no tenga la fuerza suficiente para
hacerlo sola después. La escala no es más que un ingenio hecho con unas
tablas sujetas por dos cuerdas; ella se quita las zapatillas, la camiseta y el
pantalón corto mientras él la mira tratando de que no le descubra, incapaz de
apartar sus ojos de la tela ceñida, ese bañador rojo sobre su piel encalada;
siente algo ahí abajo, una culebra que se despereza y le empieza a crecer
dentro del pantalón; ella es como una de esas casitas de isla griega, los muros
albos y el tejado añil como sus ojos; lo sabe por una postal de casas blancas y
bulbos garzos de Santorini, Grecia, pone al dorso; su hermano es ingeniero y
viaja por todo el mundo, así que le manda una de cada sitio al que va, y

Página 9
aunque lleva mucho tiempo sin verle, le escribe de vuelta a un apartado de
correos de Madrid.
No es el único que la observa; una vez desvestida, la niña-pija-de-ciudad
se vuelve y descubre a un chaval parapetado tras la carrasca, la boca abierta
para dar cabida a todos sus dientes, piezas arrojadas sin orden sobre las
encías; paletas, colmillos y muelas peleándose por hacerse un hueco. Es el
pequeño de los M., dice él; no te preocupes, es inofensivo, es mongólico,
añade para afianzar su inocuidad. El recién llegado no se mueve, tampoco
aparta la mirada al verse descubierto, lo que provoca que ella se sienta
desnuda y le entre la necesidad de cubrirse; jamás se ha visto tan expuesta,
esa mirada la hiere de un modo extraño, no hay maldad en ella, no es eso, solo
claridad, por eso es tan espantosa; también le aterran esos dientes que parecen
dispuestos a devorarla. Que se vaya, dice. Pero si no hace nada. No me gusta
cómo me mira. El momento está a punto de arruinarse, piensa él, incapaz de
otra cosa que no sea recorrer esa piel moteada, tocar ese cuerpo que ya es casi
de mujer y desanudar el hilo rojo del que pende ese corazón vacío que
pretende llenar si el verano se le da bien. La culebra se despereza, se agita y le
repta por el calzoncillo mientras trata de espantar al mirón. Vamos, vete, dice,
fuera de aquí; pero el espía permanece oculto, vigía de maravillas a las que no
está acostumbrado. Emajéd, oreiuq rarim, habla al fin. ¿Qué ha dicho?,
pregunta ella. Que quiere mirar. ¿Siempre habla así? Bueno, cuando quiere ya
sabe pedir bien las cosas, responde él mientras avanza y le cubre con su
sombra; el chaval se agarra tan fuerte al tronco que lo descascarilla. Ya no me
ves, ya no estoy, no quiero irme, quiero seguir mirando a la chica del bañador
rojo y los ojos azules, parece querer decir; más bien lo suplica, pero lo que al
final dice sin sacar la mano del pantalón es: emajéd. ¡Que te largues, guarro!
El chico de los M. se ovilla, su amigo le ha gritado otras veces, pocas, alguna
voz suelta, pero nunca así; no es solo el volumen, son el timbre y el gesto de
apremio que lo acompañan; ahí encogido, parece una cochinilla del carmín,
tan desamparado, el pobre, piensa el chaval mientras le espanta, siente que las
tripas se le retuercen, pero esta vez no se trata de una culebra, sino de una boa
que astringe sus vértebras hasta sofocarlo; así es la culpa, un runrún que no te
deja ni a sol ni a sombra, zumbido que no cesa, estática constante; pero al
final pesa más el deseo que la crueldad, por eso le ordena: corre, vete, y como
se lo digas a alguien te vas a enterar. Ella le observa como ha hecho con la
liebre muerta, intuye su malestar y le estudia, el entendimiento de la conducta
humana le parece inasequible, por eso la consigna cada vez que puede, aún no
comprende su propósito, tampoco sus interacciones ni sus reglas, ella tiene las

Página 10
suyas propias, por eso trata de aprender cada vez que tiene ocasión. Gracias,
dice una vez libre de esa mirada que tanta inquietud le ha provocado, y a
modo de premio vuelve a despojarse de la camiseta. ¿No se estropeará?, dice
él señalando el corazón vacío mientras baja por la escalera. Ella niega con la
cabeza. ¿Qué significa?, pregunta él finalmente. Es el hilo rojo del destino,
responde ella.

Página 11
II

—No eres nada sin un hombre.


—¿Y usted, madre?
—No es lo mismo, yo soy viuda, a tu padre se lo llevó Dios antes de
tiempo.
—Ya.
—No es natural. La esposa debe estar con el marido.
—Dejémoslo, madre.
—¿Qué ejemplo le estás dando a la niña?
El olor que procede de la cocina se abre paso por la casa como una
miasma, avanza ingrávido por el pasillo, alcanza el zaguán y allí se bifurca;
una parte escapa a la calle por debajo de la puerta de entrada mientras la otra
trepa por las escaleras y se estanca en habitaciones en las que ya ha sucedido
todo, en las que todo está aún por suceder. La casa no es muy grande, a
excepción del patio que alberga los corrales y el cobertizo que custodia los
aperos, pero sí lo suficiente para que cada una tenga su cuarto, incluso
dispone de un comedor en el que se hacinan varios trastos junto a los muebles
buenos, el salón clausurado con la mesa de patas felinas y sus sillas a juego, el
aparador macizo, la vitrina con volutas, porque desde que falta el hombre de
la casa todo se hace en la cocina, sala de máquinas, corazón de la casa.
—Anda, vete a despertarla, que no son horas.
La presencia de su hija y de su nieta la perturban; Adoración se ha
acostumbrado a la soledad y su silencio, ha tapado con él los muebles, forrado
las paredes y cubierto los suelos haciéndose a una monotonía balsámica tejida
a base de repeticiones, intrigada con mentiras y engaños, colmada de olvidos,
y su irrupción ha venido a romper esa paz que tanto le ha costado construir, a
trastocar esa desmemoria que tanto bien le hace. Sara, que así se llama su hija,
alcanza la habitación de Luna, que así se llama su nieta, golpea la puerta con
los nudillos y espera; de un tiempo a esta parte ha aprendido a respetar su
intimidad, lo supo el día en que la niña instaló el pasador y colgó el cartel de
¡PELIGRO! junto al marco de su habitación en Madrid; así es el cuarto de una

Página 12
adolescente, una jaula de Faraday, nada entra sin permiso, nada sale sin
quererlo.
—Luna, es tarde y la abuela quiere ir a la iglesia.
La mujer va todos los domingos a misa, monotonía balsámica, rutina
abrumadora, deja la comida hecha, se arregla, se cambia de zapatos, se pone
los de tacón bajo, las medias negras, el vestido con el que despidió a su
marido y adopta una expresión atribulada antes de hacerse a la calle; al
acabar, se acerca al cementerio para hablar con él, asea su tumba, se asegura
de que su lápida descolle y el sepulcro luzca sin mácula, por eso aparta las
escamas arrojadas por el ciprés que lo guarda, las agujas de pino traídas por el
viento, mientras dice: la niña ha vuelto. Eso solo traerá desgracias, le dice
después. Ninguna cría regresa al nido una vez adulta, no es natural, añade.
No, no señor, no es natural, se reafirma. No es bueno remover el pasado,
remata.

El chaval juega con el chico en la plaza, el calor aprieta; el chaval se


llama Toño, el chico se llama Javier; juegan a indios y vaqueros, uno es el
general Custer y el otro es Toro Sentado, ninguno de los dos ha ido a misa,
uno por mala hierba, su abuelo era rojo, el padre es comunista, qué se le va a
hacer, y el otro porque a pesar de ser una criatura de Dios, eso dice don
Anselmo, el cura, también lo es del pecado, por eso el Señor castigó a su
madre con un vástago subnormal; sus penitencias son tan inescrutables como
sus caminos, tan incognoscibles como su palabra, hijo de puta. Luna les
observa desde lejos; no se atreve a acercarse, el chico sigue espantándola con
esa boca de pez abisal, por mucho que ahora le parezca inofensivo
correteando a lomos de ese caballo invisible mientras se golpea los labios
para trocear el aullido que le surge de lo más profundo; así lo hacen los
indios, es su canto de guerra, u-u-u-u-u-u-u, explica Javier cada vez que
alguien se lo requiere. El general Custer está rodeado, las flechas vuelan por
encima de su cabeza, también un par de balas, algún traidor ha vendido
winchesters 73 al enemigo y todos sus hombres han caído, solo queda él, tan
orgulloso como inútil, consciente de que es su soberbia la que los ha llevado a
la muerte cuando un proyectil le alcanza al fin en el pecho; Toño hinca las
rodillas, emite un gruñido fatal, simula un estertor de muerte y se desploma
mientras Javier alza los brazos en señal de victoria; u-u-u-u-u-u-u; después se
detiene, desmonta, se acerca, le arranca la caballera y la alza para que todos
puedan contemplarla.

Página 13
Estando en el suelo, Toño descubre a Luna parapetada tras la cantonera
del bar de Isidoro; se pone en pie, se sacude la tierra, se enjuaga el sudor y se
peina con los dedos la cabellera recién recuperada mientras Javier se queja.
Sátse otreum, on elav. Has ganado, se acabó, responde Toño, pero Javier no
parece dispuesto a dejarlo; Toño es el único del pueblo con el que puede jugar
a indios y vaqueros, también a polis y cacos y a fútbol, aunque no le gusta
andar con el balón, se siente torpe, sabe que lo es, pero por un rato se intuye
normal al hacerlo. A Javier, la única actividad física que se le da bien es
trepar, es capaz de subirse a cualquier árbol, da igual lo alto que sea o lo
intrincadas que tenga las ramas. Lo dejamos por hoy, que estoy cansado, dice
Toño. Javier, que también ha reparado en Luna, sabe que es por su culpa;
desde que ha llegado al pueblo Toño parece un conejo en celo, piensa
mientras se estira la camiseta de Naranjito que le ha regalado, no le gusta la
chica-de-ciudad-de-ojos-tan-azules, esconde algo, es bonita por fuera, pero
fea por dentro. ¡On! ¡Aroha!, protesta de nuevo. Te prometo que esta tarde
jugamos un rato más, va, y luego vemos el partido, que hoy toca Alemania
contra Chile, y así la cosa queda zanjada.

La bocina del tren de las diez destino Atocha, el Madrid del que la han
arrancado sin pedirle permiso, en el que su madre ha tratado de dejar atrás lo
único de lo que nadie puede desprenderse, la tristeza, el dolor y la vergüenza,
también la sensación de fracaso que la incordia desde hace tiempo, alcanza
hasta el último rincón del pueblo; se abre paso como una riada mientras la
plaza se llena de mujeres que, como su abuela, regresan de pasar el rato con
sus difuntos para contarles sus cuitas, también para ponerles al día de los
chismes y calmar sus soledades. La Prado es un mal bicho, como su madre, la
hermana no es mejor, su familia solo sabe sembrar cizaña. La Magdalena no
hace más que enredar, debería callarse, como si no supiera todo el pueblo a lo
que se dedican el marido y el hijo. La Dolores también haría bien en echarle
un ojo al suyo, todo el día detrás de las chicas, algunas dicen que las mira y se
toca y nadie le dice nada con la excusa de que, como el pobre es mongolo, no
sabe lo que hace. La hija de la Dora ha vuelto a casa sola, ha venido sin el
marido, dicen que ni está ni se le espera, era demasiado para ella, un chico de
buena familia, de la capital, se ha traído a la hija, esa cría rara, las tres en esa
casa llena de secretos, eso no va a acabar bien.
Luna las observa deambular con el cubo en una mano y el paño en la otra,
le parecen la santa compaña, todas de negro, cuervos de luto perenne; le dan

Página 14
repelús de tan ajadas con sus quejas y su andar penoso todo el día, su abuela
la que más; lo único que sabe de ella es que es viuda desde hace mucho, que
nació en el pueblo, que ha vivido siempre aquí y exhalará su último aliento en
la misma tierra de la que brotó como una mala hierba. A ratos intuye en ella
una maldad que cree reconocer, una especie de vileza, si eso es posible, que
se remonta al origen mismo de los tiempos; quizás todas las mujeres de su
familia carguen con ese destino, elucubra, un vientre perverso, un útero
maldito del que solo nacen mujeres condenadas. Su madre apenas habla de
ella, la teme, trata de que no se le note, pero un temblor de ojo la delata cada
vez que la tiene delante; se marchó del pueblo en cuanto pudo, como ha hecho
ahora de Madrid dejando atrás otra vida, puta cobarde, Sara, con la boca llena
de secretos y las heridas aún abiertas. Del abuelo solo ha oído que murió
cuando su madre tenía siete años, no sabe de qué; el hombre trabajaba como
jefe de estación de Mota del Alcázar [provincia de Ciudad Real, 1280
habitantes], un puesto de responsabilidad; la abuela conserva aún su gorra y el
fanal, incluso el revólver del veintidós que a veces llevaba al cinto por el
cargo, todo colocado con esmero junto a la foto de uniforme que preside el
comedor y que debió de costar un buen dinero; parece un general a punto de
la arenga, el gesto acorde al momento solemne, atento a los rostros de los
jóvenes que va a despachar a morir por nada; la patria, maldito Custer, seas
mil veces maldito. Trata de reconocer algún rasgo de su madre, también suyo,
en él, quizás el rostro ahusado, tal vez las cejas altas y pobladas y los pómulos
salidos, la boca algo triste quizás.
Luna ve venir a su madre acompañada del hijo de Aurora, Miguel-el-
invertido; fueron juntos a la escuela hasta que huyó del pueblo antes que ella,
incapaz de soportar más las habladurías e insultos; mirad, ahí va el marica, no
se esconde el sarasa, como si no tuviera suficiente con lo de no tener padre, te
digo yo que eso es un castigo de Dios.
—Veo que has hecho un amigo —dice Sara.
—No es un amigo.
—Entonces, ¿qué es?
—Alguien.
—Me alegro igual.
—No seas plasta, mamá.
—Perdone usted, señorita.
—¿Y tú? ¿Ya has encontrado a un sustituto para papá?
Sara se revuelve, herida por el tiro a bocajarro, tanto que, a esa distancia,
el proyectil le ha perforado la carne y se ha abierto paso hasta incrustarse en

Página 15
el alma, donde se oxidará junto su miedo y su vergüenza; sabe que su hija es
consciente de la situación tan bien como sabe que ignora algunas cosas, de ahí
su crueldad, cree; la niña está enfadada, es normal, la entiende, se siente
perdida, obligada a dejarlo todo atrás de un día para otro, las raíces arrancadas
justo cuando comenzaban a florecer.
—Lo que ha pasado entre tu padre y yo es cosa nuestra, algún día lo
entenderás.
Luna se marcha dejándola con la palabra en los labios, aunque hace
tiempo que la boca de Sara se ha quedado vacía; Miguel nota el temblor de su
mano y la agarra, se le pasará, piensa; no te preocupes, quiere decirle; y está a
punto de hacerlo, pero calla una vez más, no ha dicho tantas cosas, de modo
que se limita a conducir la descarga como si su brazo fuera una toma de tierra;
entiende lo que es sentirse así, sin órganos que le rellenen las cavidades; hasta
a los muertos se les entierra con todas las vísceras aunque sea metidas en una
bolsa, piensa. Adoración se aproxima, es un vaivén cansado el suyo, el de un
barco que se escora; ve el rostro aún lívido de su hija cuando les alcanza, pero
no le importa, o quizás sí, es difícil saberlo, ella es otra que calla mucho,
tanto, por no decir todo, el pasado, pasado está, qué ganas removiéndolo, solo
trae desgracias, suele repetirse; también se lo suelta a otros toda vez que tiene
oportunidad.
—Don Anselmo quiere hablar contigo.
—¿De qué, madre?
—Qué voy a saber yo.
—Pues dile que no tengo nada que hablar con él.
—Díselo tú misma. Te conoce desde que naciste. Él te bautizó, te dio la
primera comunión y te casó, se lo debes.
—No le debo nada a nadie, madre.
—Tú veras, hija, daño no te hará.
Miguel la saluda, una inclinación exigua de cabeza que provoca que los
párpados se le vengan abajo; no le ha pasado desapercibido el mohín de
Adoración al verle junto a su hija. Deberías tener más cuidado de con quién te
juntas, le dice a Sara una vez libre del escrutinio de su madre; sabe que la
mujer no puede evitarlo, tampoco quiere, por qué va a hacerlo; a
determinadas edades uno se cree con derecho a todo; la memoria es así, sabia,
solo conserva lo que nos permite creer que el mundo y todos los que lo
habitan, por muy desconocidos que sean, por muy lejos que vivan, son los
únicos responsables de nuestra desgracia, también de nuestra miseria, sobre
todo de nuestro propio fracaso. ¿Por qué?, contesta Sara. Ya sabes cómo es

Página 16
este pueblo: aquí soy el sarasa, pobre la madre, le ha salido el hijo al revés,
mejor hubiera sido que fuera mongólico como el chaval de los M. o que se
hubiera muerto en el parto puestos a pedir, así hubiera ido al limbo al menos,
algo mal debió de hacer la Aurora, te lo digo yo, porque un hijo así no te sale
sin motivo, desgrana Miguel de corrillo. Pues yo soy ya oficialmente la
divorciada, replica Sara, no sé qué es peor. Algo había oído, dice Miguel, que
añade: que caiga sobre nosotros la ira de Dios, amén.

Luna regresa, ahora sin miradas que la juzguen, a ese cuerpo


descompuesto; la liebre desguazada la espera y acude a ella como el insecto a
la luz, la abeja al polen, la mosca a la muerte; esta vez acompañada de la
cámara Polaroid que su padre le regaló por su último cumpleaños; el aire
empieza a llenarse de ese olor previo a la lluvia; en las noticias han advertido
de chubascos localmente fuertes, por eso las hormigas se afanan sobre los
despojos, intuyen el aguacero y tratan de desmantelarlos a toda prisa. Luna
acerca la cámara, encuadra y dispara, y mientras espera a que el vientre de la
máquina expulse su contenido, se pregunta cómo debe de ser el momento
mismo de la muerte, también si es posible capturarlo de algún modo; y en ese
pensamiento sigue cuando el aroma de la tierra recién despertada por las
primeras gotas la embriaga, recuerda haber leído que alguien inventó un
nombre para eso, luego piensa en todas las cosas que aún no lo tienen; desde
hace un tiempo siente que las palabras no le alcanzan, son insuficientes para
externalizar lo que le arde por dentro; así es el lenguaje, un código
incompleto, una herramienta incapaz de nominar la lumbre de su locura. Lo
que para Luna es aún llanto somero enseguida deviene catástrofe para las
hormigas; ninguna, sin embargo, abandona; Luna, en cambio, se siente
huérfana, sola como está, atrapada en ese incendio al que no sabe poner
nombre. La imagen se revela mientras la protege con las manos; es bonita esa
carcasa vacía, armazón de huesos prácticamente deshabitado, piensa mientras
la tormenta amenaza con llevárselo todo por delante, de modo que decide
arrodillarse y tomar una última foto del bodegón siniestro. Es entonces,
mientras encuadra de nuevo, cuando piensa: ¿por qué no?

Página 17
III

Sara se pregunta qué hace su madre todo el día en esa casa de silencio
perturbador, donde la soledad es la única constante mañana, tarde y noche;
nada sabe de las rutinas que la mujer se ha ido creando con los años para
sobrellevarla: el despertador a las siete, la ducha fría —no enciende el
calefactor para no gastar, también porque le tiene miedo—, vestirse,
desayunar y fregar los cacharros, así todos los días: despertador, ducha,
vestirse, preparar el desayuno, fregar el cacharro mientras la leche se templa
en el vaso, la cucharadita de Monky, después la de azúcar, la madalena,
aclarar la taza una vez terminado, recoger las migas; todo para evitar pensar
en nada que no sea la tarea que la ocupa en cada momento. A veces, pocas, se
permite el lujo de adelantar lo que está por venir: barrer el pasillo, quitar un
polvo que no ha tenido tiempo de acumularse, hacer la labor a pesar de que no
tiene destinatario, ir al colmado los martes, a la carnicería los miércoles, a la
frutería los jueves; una semana sí, otra también.
—¿Has ido ya a hablar con don Anselmo?
—No, madre.
Adoración no insiste, ya ha dicho lo que tenía que decir, allá tú, tampoco
puede obligarla; hace tiempo que su hija escapó de su control; Sara sabe que
el único modo de que la deje en paz es claudicar, quizás hasta pueda hacerle
pasar un mal rato al cura; recuerda cómo la miraba de pequeña, esa expresión
que decía: pobre niña, se ha quedado sin padre, no es bueno que una nena se
quede así huérfana de golpe como tampoco es bueno que una mujer abandone
a su marido, debe de pensar ahora.
Sara se encuentra con Miguel en mitad de la plaza. ¿Dónde va la señora
con esa cara de mustia? Sus ojos apuntan hacia la iglesia. Madre del amor
hermoso, se santigua Miguel. Cuanto antes, mejor, responde Sara, deséame
suerte, añade medio en serio medio en broma. Mejor se la deseo a don
Anselmo, se mofa Miguel. Sara aprieta el paso mientras recuerda la última
vez que pisó el templo durante el entierro de su padre, poco después de su
primera comunión, el pueblo entero reunido en ambas ceremonias,

Página 18
engalanados ellos y ellas, florecida la iglesia; se le vienen detalles a la cabeza
a medida que avanza: sus lágrimas retenidas, la mirada de Miguel, la única
buena, el resto todas mezquinas, el llanto sincopado de su madre, hiperbólico
y fingido, el féretro sobre los mismos caballetes que se usaban para las mesas
en fiestas, carne expuesta para la contemplación y el escarnio. También
rememora la liturgia de la palabra que solo consuela a quienes aún tienen
vivos por compartir, vacía para aquellos que solo sienten dolor y rabia,
parloteo fútil y desdeñable, bárbaro y cruel; más tarde la conducción y el
sepelio, quedarse sola tras los pésames de rigor. Aún no ha ido a ver la tumba
de su padre desde que ha vuelto, no quiere compartir ese momento con nadie,
mucho menos con su madre, que ha hecho de ella otro bastión, por eso lo ha
pospuesto.
Por eso y porque fue ella quien le mató.
Lo ha creído siempre.
No sabe cómo, tampoco por qué, aunque ha ido comprendiendo con la
edad, eso cree.
Tú le mataste, madre.

Dios lo ve todo; Dios lo sabe todo de todos en todas partes y en todo


momento, dice don Anselmo, el dedo alzado como si señalara una grieta en el
techo. Dios no tiene ni puta idea, padre. No seas blasfema, niña. A pesar de
haberle dicho que no a su madre, allí está, hablando con un cura en la casa del
Señor; quizás aún le resta algo de temor de Dios; no es eso, Sara solo le teme
al desamparo, pero aún no se ha sacudido de encima la necesidad de
complacer que le inculcaron de niña, a ella y a tantas otras, aunque a Sara solo
le importa la suya, que es la única que le duele. En las iglesias siempre hace
frío, piensa, y se azoga, es el silencio de Dios que castiga a quienes no creen
en él, a los que osan tomar su nombre en vano; su ira rezuma por cada
ladrillo, sillar y baldosa, por cada rasilla y dovela hasta pudrirte los huesos,
eso debe de ser la condenación eterna, silencio y frío, nada que ver con una
caverna llena de llamas y tormentos. No soy nada, padre; sin marido no soy
nada, eso dice mi madre, eso piensa usted, ¿no? Lo que ha unido Dios que no
lo separe el hombre, Mateo 19. Mateo era hombre, padre. ¿Qué quieres decir?
Que quienes escriben esas historias siempre son hombres, ellos dictan las
normas, en su mundo las mujeres solo podemos ser esposas devotas, madres
abnegadas o putas. Don Anselmo se remueve, después se frota la sotana para
alisar una arruga que no existe y sacudir una pelusa que no está. ¿Puedo

Página 19
hacerle una pregunta, padre? Don Anselmo asiente, aunque la teme. ¿Qué les
dice a ellos? ¿A quiénes? A los maridos, ¿qué les dice cuando le confiesan
una infidelidad o le cuentan que le han dado una paliza a su mujer? Don
Anselmo carraspea, alisa otra arruga invisible, sacude una nueva pelusa. ¿Y a
ellas? Dígame si me equivoco: debes aguantar, hija, los hombres son así, él te
quiere, el matrimonio no es fácil, hay que tener paciencia, saber perdonar, por
él, por los hijos; ¿lo ve, padre?: esposas devotas, madres abnegadas o putas.
El divorcio es una aberración a los ojos del Señor, Sara, atenta contra uno de
sus sacramentos más importantes. La ira también es un pecado mortal, padre.
No es lo mismo, se defiende don Anselmo; los sacramentos de la Santa Madre
Iglesia son un símbolo directo de la gracia de Dios y dejan una marca
indeleble, no pueden borrarse, son para siempre, hija. Sara sabe que no sacará
nada en claro de la charla, tampoco lo espera, no ha venido a eso, se dice
mientras piensa en que este país sigue regido por sotanas y uniformes,
gobernado por cetros y banqueros, nada ha cambiado, quizás en la ciudad,
pero no en el campo, aquí siguen siendo gente de bien, sonríe para sus
adentros, humilde y temerosa de Dios sin más yugo que el ceñido por
voluntad propia, y aquí está ella, cautiva como el resto, poco importa que sus
circunstancias sean otras, lo peor es que has arrastrado a tu hija contigo, Sara.
¿Cuánto es, padre?, dice al fin. ¿El qué? La penitencia. De nada sirve imponer
una penitencia si no hay propósito de enmienda, ya lo sabes. Sara asiente, se
pone en pie y le mira. ¿Qué soy yo entonces, padre?, dígame: esposa devota,
no; madre abnegada, tampoco; puta entonces, supongo.
Sus pasos resuenan del suelo al artesonado cuando enfila la nave camino
de la salida; al menos sigo viva, piensa al oírlos; vacía, pero viva; vacía, pero
viva; vacía, pero viva, se repite cuando la alcanza el sol de la plaza. ¿Qué eres
tú?, pregunta a Dios antes de dejarlo del todo atrás: ¿calor, sol y vida, o
silencio, frío y muerte?

Miguel la ve venir a través del ventanal del Isi y reconoce la cara que trae,
esa angustia colgada de los hombros mientras recuerda que estuvo enamorado
de ella un tiempo antes de saber que no podía ser; después, ya sí, lo estuvo de
Isidoro, el dueño del bar, aunque gracias a Dios se le pasó pronto, piensa
mientras le observa trastear, el cuerpo inflado, inflado el cuello, inflados los
carrillos y la papada e inflado el vientre que se le derrama sobre el pubis
como un faldón de gelatina; inflados también los pechos, la piel dada de sí,
adaptada a sus excesos igual que la ropa que le cubre. Sabe que fue él quien

Página 20
reveló su secreto tras besarle mientras le hacía una paja a resguardo, el pobre
se corrió a calambrazos sobre su mano y se le fueron los ojos para arriba
mientras dejaba escapar un ruidito de gorrino de lo más gracioso. ¿A qué
sabe? No sé, pruébalo y lo verás, después lo apartó de un manotazo, qué
haces, guarro, eres un puto pervertido, déjame en paz, sarasa de mierda, yo no
soy maricón como tú, ¿te enteras? Miguel sabe que una vez por semana toma
el tren a Madrid, lo ha visto alguna vez por el Griffin’s, el Black and White, el
Rímel y La Bubu; también ha visto al hermano ingeniero de Toño por
yonquilandia, así lo llaman, más muerto que otra cosa; la gente vive sus
secretos a su manera, no será él quien diga nada por mucho que sabe que
podría vengarse, devolverles el dolor con intereses, pero hace tiempo que sus
cicatrices sanaron. Qué, ¿cómo ha ido?, pregunta. Mejor de lo esperado,
responde Sara. Ya veo: ni combustión espontánea ni nada de nada, Dios ya no
es el que era, bromea, ¿qué tomas?, pregunta después. Lo mismo que tú.
Miguel hace un gesto a Isidoro mientras recuerda su gorjeo al correrse, ese
temblor como de flan que precede al estallido final, después sonríe y se lo
imagina mamándosela a un desconocido en alguna boîte. Otra cerveza, por
favor. Aquí, el amigo, que vaya maricona está hecho, dice. Mira quién fue
hablar. A mucha honra, responde Miguel vuelto de nuevo; así te atragantes,
gordo de mierda, hijo de la gran puta, susurra con los dientes apretados y la
sonrisa de pega. ¿Sigues con lo tuyo?, le pregunta Sara. No, me he pasado a
los ordenadores; dentro de poco, esas máquinas pensarán por sí mismas.
Mientras no piensen por nosotros. Eso ya lo hacen otros. Demasiados. Y tú,
¿cómo lo llevas? Pues como puedo. Mucho has aguantado.
Miguel y Sara siguieron viéndose en Madrid tras marcharse del pueblo
ella también, al menos hasta que se ennovió con el doctor, Álvaro, guapo a
rabiar, pero con el alma negra, todo encanto al principio, por mucho que
Miguel le calara nada más verle. Deja en paz a mi novia, maricón de mierda,
¿me oyes? No te preocupes, lo mío no se contagia, tú mejor que nadie
deberías saberlo. Me importa un huevo, no me gustas, no me gustan los tíos
como tú. Así que dejó de quedar con Sara, primero una excusa, después otra,
mil hasta que ella se cansó de esperar. No sé qué le pasa a Miguel, le confesó
un día a Álvaro. Te dije que no me gustaba. ¿Tú has hablado con él? ¿Yo?,
no, es tu amigo. No lo entiendo. Tenías razón, le dice Sara a Miguel ahora.
¿En qué? En todo; y añade: ¿por qué nunca me dijiste nada? Cada cual es
responsable de su propia infelicidad, responde Miguel; estabas muy
enamorada y pensé que al menos a ti te trataba bien; ¿cómo lo lleva Luna, por
cierto? A veces pienso que ni siente ni padece. Habrá salido a su padre y a la

Página 21
abuela. No es eso, siempre ha sido así, fría, trata de explicarle Sara sin mucho
éxito; ni ella misma lo entiende. ¿Y lo de volver a vivir con tu madre cómo
va? A ella al menos la conozco, pero en cuanto pueda, cojo a la niña y nos
volveremos a Madrid, responde Sara, que seguido le pregunta: ¿y la tuya?
Cada día peor, pero no quiere ni oír hablar de venirse conmigo, sería como
arrancarle las raíces. Estamos malditos, todos, este pueblo; por mucho que
tratemos de escapar, siempre acabamos volviendo, dice Sara ahora; a veces
hasta sueño que moriremos aquí. Eso no es un sueño, es una pesadilla,
responde Miguel. Sara nunca se lo ha comentado a nadie, ese miedo que
siente a todas horas, ¿a quién?, ¿a su madre?, ¿a Luna?, no tiene a nadie más,
Álvaro se encargó de podarlo todo, la fue aislando, a veces por la espalda,
otras de lado, ya de frente hasta que se vio desamparada y entendió al fin que
los demás están ahí únicamente para que nos demos cuenta de lo solos que
estamos en realidad. Dejó entonces de saber quién era y comprendió que llega
un momento en el que nadie lo sabe, si es quien cree ser o quien los demás
creen que es, un yo imaginario, perfecto y sin mácula que encaje con su
visión.
Sara recuerda de pronto, no sabe bien por qué, tampoco importa, la última
conversación con su abogada una vez firmados los papeles del divorcio: ¿qué
vas a hacer ahora? Más de lo mismo, siempre es más de lo mismo todo, la
vida, Cristina, nada importa. Lo que importa es lo que hagas con eso, le
respondió ella. Le costó mucho armarse de valor para dar el paso, cansada de
palizas y desprecios; a la niña la trataba como a una reina, la colmaba de
caprichos y regalos y después descargaba la furia sobre ella; no sabe querer el
pobre, quizás nunca aprendió, no es culpa suya, lo justificaba, hasta que las
excusas se fueron apagando a medida que crecían los golpes, siempre cubierta
de moretones bajo la ropa y el maquillaje, tras las gafas de sol; de nada
sirvieron las denuncias, tampoco las visitas al hospital, sus compañeros lo
tapaban, así que dejó de esperar la salvación. Hasta que un día se dijo: ¿qué
vas a hacer, Sara?, vete, lárgate, vive. Solo el sufrimiento logra cambiarnos,
piensa ahora, meses después, mientras echa un vistazo al reloj; también piensa
que para reconstruir un puente primero hay que echar abajo lo que queda del
viejo, desescombrar, repasar los cimientos y empezar a erigir el nuevo; me
dejaste sola, Miguel, te diste por vencido, ni siquiera lo intentaste, le reprocha
en silencio; lo sé, no es justo, pero es lo que hay, dame tiempo, parece
disculparse mientras le mira. A Miguel no le hace falta escucharla para
entender su malestar, la conoce bien a pesar del tiempo transcurrido, por eso
prefiere no decir nada a la espera de que ella tome la iniciativa.

Página 22
Nadie puede pasarse la vida pidiendo perdón.
Me voy, es tarde, dice Sara al fin, y se marcha.

—¿Dónde está Luna? —pregunta en cuanto entra por la puerta.


—Esa niña hace lo que le viene en gana. No sé a quién habrá salido. Por
cierto, ha llamado Álvaro. Quería saber si estabais aquí. Le he dicho que sí.
—¿Por qué, madre?
—¿Y dónde ibas a estar tú? Además, es tu marido.
—Ya no.
—Hasta dentro de cinco años sí, me lo ha explicado. Para Dios lo será
toda la vida.
—A no ser que se muera.
Dora se santigua, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
—Esas cosas no se dicen ni en broma.
—No es ninguna broma.
—El daño ya está hecho.
Dora le da la espalda y escudriña los cacharros, no encuentra el que busca.
—Vigila el fuego, ahora vuelvo.

Luna lo ve nada más entrar en el cobertizo, ahí está, el cepo herrumbroso


de fauces abiertas; parece hambriento, piensa; tiene varios dientes mellados,
los puntea con las yemas y se las mancha de orín; el artefacto cuelga como
una de las mandíbulas de la tienda de aparejos de la película Tiburón, a juzgar
por el diámetro es la de un gran blanco, calcula; después se pregunta si aún
funcionará, a cuántas bestias habrá devorado, barracuda insaciable.
—¿Qué haces? —la sorprende Dora—. Anda, ayúdame con eso.
Eso es un dornajo de barro que reposa sobre una balda junto a otras cosas
de apataco.
—¿Para qué es?
—Para el guiso. Ahora que somos tres no me vale con los que tengo en la
cocina.
Luna eleva los talones.
—Cuidado, que pesa.
Cállate, puta vieja, murmura para sus adentros mientras tira de él y la
pieza se le viene encima.
—Te lo he dicho. No escuchas. Los jóvenes de hoy nunca escucháis.

Página 23
Luna no sabe si el olor rancio que de repente le colma la nariz procede de
ella o no hasta que repara en la rata —en realidad es un ratón— muerta en el
extremo de la balda. Al ver que la niña la mira, Adoración espera una
reacción que no llega, más bien es curiosidad, también cierta fascinación, lo
que encuentra en sus ojos-tan-azules; esta cría es rara, piensa, su nieta le da
repelús; esta niña no es normal, se santigua, no sabe por qué, quizás esté
poseída, vete tú a saber.
Por eso la llamó así su madre, piensa.
Le puso Luna porque la niña tiene dos caras.
Le puso Luna porque tiene un lado oscuro que nunca se ve.
—Ven —le dice.
Abuela y nieta rodean la casa camino de los corrales.
—¿Dónde estabas?
—Por ahí.
—Tú te marcharás, pero yo tengo que seguir viviendo en este pueblo,
¿entiendes? —dice Dora. Es una advertencia poco velada, la mujer no es muy
dada a las sutilezas. Luna la mira, el dornajo ahora acunado entre los brazos;
di lo que quieras, puta vieja, que yo haré lo que me dé la gana, está a punto de
soltar.
—¿Qué hay para comer? —pregunta en cambio.
—Gazpacho —responde su abuela—. Anda, tráeme un conejo.
—¿Para qué?
—Ya no te acuerdas, eras muy pequeña, claro —dice—. ¿Te gusta
cocinar? —Dora trata de sacarle algo; no conoce a la niña, no tiene idea de
cuáles son sus gustos, si tiene aficiones, si deja amigos atrás, si es feliz,
aunque a esas edades uno no sabe aún qué es eso, como tampoco sabe de
muchas otras cosas, por no decir de nada, pero no es culpa suya, sino de su
madre, que nunca la trae, qué vas a saber tú, Dora, si jamás te cuentan nada.
—No lo sé.
—Pues hoy lo compruebas —dice. Después señala la conejera—. Agarra
uno grande.
Los animales huyen espantados en cuanto abre la malla; Luna avanza
despacio, busca la presa idónea, no sabe cuál hasta que lo ve; ese ha de ser,
piensa en cuanto repara en el conejo de pelaje quebrado; se acerca y percibe
su calor, también su miedo, capaz de escuchar sus latidos desbocados, al
pobre animal los pulmones se le expanden y contraen como un fuelle.
Algunos nacemos para cazar, le susurra en cuanto lo atrapa, otros para ser
cazados.

Página 24
—Tráelo, anda —le apremia Dora.
—¿Qué vas a hacer, madre? —dice Sara en cuanto entran en la cocina.
—Luego bien que te lo comerás, y así la niña aprende cómo son las cosas.
¿O quieres hacerlo tú?
—Sabe que no me gusta.
—Tú siempre tan melindrosa, te ibas a morir de hambre.
Dora sujeta al animal y le retuerce el pescuezo; Luna asiste al sacrificio
sin perder detalle, de pronto la imagen de su abuela convertida en matarife le
parece fascinante.
—Ahora hay que desangrarlo y luego le quitaremos la piel.
Luna observa a la bestia tendida sobre la piedra, tan activa hace un
instante, tan quieta ahora, viva y muerta sin solución de continuidad, y se
pregunta qué es lo que determina la vida; para algunos como su abuela es el
alma, un yo invisible hecho de vete a saber qué, éter, algo que nos habita
como si el cuerpo fuera una vasija; para otros no es más que simple
electricidad; eso y no sus cuentos chinos es lo que mantiene vivo el cerebro,
por eso te dan descargas en el hospital cuando te mueres. No se puede amar la
vida sin conocer bien la muerte, se dice entonces, unidas como la luz y la
tiniebla; así son las cosas, la luz es oscuridad y la oscuridad, luz; binomios, en
eso consiste todo lo importante: alegría y tristeza, felicidad y dolor, el Bien y
el Mal, el cielo y el infierno, Dios y el Diablo, la vida y la muerte.
Adoración clava el cuchillo en el cuello del animal y la sangre se le
derrama a borbotones en la poza, una pequeña catarata carmesí, humeante
aún, que provoca que la cocina se impregne de olor a hierro.
—Ahora toca desollarlo.
Luna y su madre se cubren la nariz hasta que se les satura el olfato.
—Eso verde son los intestinos, lo blanco es el estómago, lo rosa el recto y
eso morado y más grande es el hígado, y aquí arriba están los pulmones y el
corazón —enumera Dora mientras Luna deposita las vísceras en un cuenco;
después observa cómo su abuela empieza el desguace—. Ya está. Ahora ve y
lávate.
Luna, sin embargo, sigue con la mirada fija en esa carne rosa que tan poco
se parece a los jirones de la liebre corrupta a la que regresó sin poder, sin
querer, evitarlo.
—¿Me oyes?
Luna asiente al fin.
Esta niña no es normal, vuelve a decirse Dora, que la observa de reojo, su
nieta embobada frente al sacrificio recién practicado. Que Dios nos ayude a

Página 25
todos, piensa después.

Página 26
IV

En los pueblos las cosas suceden sin que pase nada, todo tiene lugar despacio
y en silencio, como el magma que se acumula en las entrañas de la tierra antes
de hallar la brecha por la que salir; en esta historia, esa grieta está a punto de
abrirse; nadie lo sabe aún, ni siquiera lo intuye, tal vez Adoración, quizás
también Luna, pero eso solo ellas lo conocen. Toño la ha invitado a dar un
paseo, los dos solos, así que Javier se ha vuelto a enfurruñar. Al sereiferp a
alle euq a ím, le ha dicho. No es eso, contigo puedo estar cada vez que quiera,
pero ella se irá, no la volveré a ver más. Et atsug. Sí, es diferente. ¿Et atsug
sám euq etiaM? Sí, por eso quiero estar un rato a solas con ella, ¿está bien?
¿Arap éuq? Prometo que te lo compensaré. ¿Omóc? ¿Qué quieres? Adneirem
y oditrap. Hecho. ¿Y aroha éuq ogah? ¿Por qué no vas a casa de Miguel a
que te enseñe el ordenador que se ha comprado? Dicen que es muy chulo.
Todo son baldíos alrededor, tierra que solo despierta cuando alguien como
ahora ellos la pisa, también cuando llueve, entonces muta como el desierto
tras un vendaval, una vez acabada la tormenta, idéntica, pero distinta en
matices, nueva en detalles. Luna se fija en la tapia acribillada nada más llegar;
la construcción no es más que un esqueleto de muros de carga, lo demás se ha
venido abajo; todos en el pueblo conocen la casa, sobre todo los jóvenes, que
la usan para arrimar barro; hace mucho tiempo que ningún adulto se acerca
por allí, está tan llena de fantasmas como de culpas. En este muro fusilaban a
gente, dice Toño, igual hay alguno enterrado por aquí todavía. ¿Cómo lo
sabes? Me lo contó mi padre. ¿A quién?, pregunta Luna. ¿A quién, qué? ¿A
quién fusilaban? No sé, rojos, creo; me dijo que a mi abuelo le mataron aquí,
algunos años después alguien le confesó dónde estaba y vino a desenterrarlo
él mismo, pero se lo tuvieron que llevar a Villafranca porque don Anselmo no
lo quería en el cementerio. ¿Por eso no vas a la iglesia? No voy porque no
creo en Dios; la religión es el opio del pueblo y los curas unos hijos de la gran
puta, recita frente a la tapia en la que callaron para siempre a su abuelo.
En los días que Luna y su madre llevan aquí, Toño se ha ido
acostumbrando a su presencia, a esos ojos-tan-azules que arden, a sus modos

Página 27
de niña-pija-de-ciudad; por su culpa ha descuidado a sus amigos, aunque
tampoco son muchos: Pablo y José; Javier no cuenta, aunque es con quien
más tiempo pasa, también a Maite, con la que algunos dicen que hay hasta
arreglo de boda. Y tú, ¿crees en Dios? A veces sí, otras no. ¿Cuándo? Luna no
está segura de querer compartir sus pensamientos con él, sabe que no lo
entendería, no lo hace ni ella aún, así que deja de prestarle atención y se
encamina hacia el interior. Espera, hay que tener cuidado en algunas partes.
¿Vienes mucho? A veces. ¿Con Maite? Toño se remueve. No. ¿Por qué no?
Ahora es Toño el que calla, con Maite no ha pasado nunca de la primera fase,
algún beso sin robar y otros robados, tibios la mayoría, pero nada más. Pablo
y José se ríen de él: con esa nada hasta la noche de bodas, seguro que llega
virgen al matrimonio como Dios manda, pero ella es diferente; en la capital
las cosas son de otra manera, piensa mientras le agarra la mano para ayudarla
a saltar un pretil. Luna se deja hacer mientras lo imagina allí con Maite, su
cara de cordero pascual mendigando una caricia, hasta que se detiene en seco.
¿Qué pasa?, se inquieta Toño. Nada, contesta ella, que ya sabe que no están
solos; no es que los haya visto, pero los siente, esos ojos de siux
escudriñándolos, de apache avizor espiando. ¿No has pensado nunca en
marcharte? ¿Adónde?, responde Toño; de nuevo los matices, la inflexión en la
voz, el tono de amargura, también de capitulación, dónde coño quieres que
vaya un pobre desgraciado como yo, no soy como tú, mi vida ya está escrita,
piensa. No sé, a Madrid o a cualquier otra parte, apunta Luna. Para eso hay
que tener dinero, dice Toño, o ser valiente, añade. Entonces, dice Luna,
¿tampoco vas a atreverte a besarme? Toño la mira, el cuerpo febril por el
deseo, Luna en cambio tiene las manos frías, tanto como los ojos. Toño busca
sus labios y por un momento teme que le vuelva el rostro y se ría de él, pero
sus bocas se encuentran al fin. Así no, dice Luna separándolo con ademán
imperativo, después da un paso atrás y le mira, Toño permanece inmóvil, el
beso truncado, el ánimo roto y la erección a punto de irse a la mierda. Tienes
que meter la lengua en mi boca, primero juntas los labios, después los
entreabres, me indicas que estás listo para seguir rozándolos con la punta y
cuando yo reaccione, la metes, buscas la mía y juegas con ella. Toño asiente,
tiene dieciséis años, pero es la primera vez que besa así a una chica; he
quedado como un idiota, piensa, se siente estúpido, puto torpe de mierda,
humillado. Vamos, le apremia Luna, de modo que Toño recupera el abismo
perdido y se arrima hasta sentir de nuevo sus pechos; codicia su aliento,
anhela su lengua, por eso sigue las instrucciones al pie de la letra, no puede
permitirse otro error. Esta vez, el beso se prolonga mientras Luna guía su

Página 28
mano hasta cobijarla bajo su camiseta, los dedos ásperos de Toño rozan uno
de sus pechos, después lo cubre con la palma entera, tosca, lo amasa y siente
el pezón duro bajo la copa del sujetador mientras ella acomoda su cadera para
recibirle. Pero esta vez es Toño el que se separa en busca de hálito; por un
instante ha sentido que le succionaban la vida, no sabe explicarlo de otro
modo; qué-eres-quién-eres-niña-pija-de-ciudad. No está mal, dice Luna; el
secreto está en la práctica, añade; ven, le ordena. Y comienzan a besarse de
nuevo.
El petardeo lejano de un escape irrumpe en la casa, Luna abre los ojos y
despega los labios, Toño la aferra y trata de recuperar su atención, pero el
interés de Luna ya se ha disipado cuando la motocicleta se detiene junto a las
ruinas. ¿Quién es? Toño acepta su nueva derrota. Richi. ¿Qué Richi? Richi a
secas, contesta; un mal bicho, apunta. Luna le pide explicaciones con la
mirada. Es un puto quinqui, cuanto menos te acerques a él, mejor; ha estado
en el reformatorio, dice aunque no sabe si es verdad; lo pillaron robando,
también dicen que vende drogas. Venga ya, contesta Luna. ¿Cuántos años
tiene?, pregunta después. Dieciocho. ¿Es del pueblo? No, es de Villafranca,
pero a veces para por aquí. Richi no viene solo, extiende el caballete y ayuda
a la chica que lleva de paquete a descender. Richi es un palo, flaco hasta lo
enfermizo y los pitillos que lleva le hacen más estrecho aún. ¿Y ella? Es
Laura. Luna cree haberla visto por el pueblo. Es la hija del alcalde, dice Toño,
tiene diecisiete. Es guapa, dice Luna. Toño no responde, solo confirma sus
palabras con un ademán; como su padre se entere, la encierra en casa el resto
del verano, eso sí lo dice. Laura emerge de entre las ruinas al rato, avanza
hasta la moto, la vuelca de una patada y se aleja. Richi reaparece atándose los
pantalones, después se sube la bragueta; ¿qué haces, gilipollas?, ¿tú de qué
coño vas, puta?, que eres una calientapollas, ¿me oyes?; puta calientapollas,
masculla Richi mientras alza su Puch Cóndor amarilla; vete a tomar por el
culo, puta cría de mierda, que eres una cría de mierda, y una vez concluida la
retahíla, se sube y repasa los daños, después saca la palanca y trata de ponerla
en marcha; el motor carraspea y enmudece; Richi lo intenta de nuevo, una,
dos, tres veces más hasta que el escape se desflema con tos de fumador viejo;
solo entonces se da cuenta de que no está solo. Richi retuerce la maneta del
gas varias veces; ¿y tú qué coño miras? No se lo dice a Luna, sino a Toño,
después mete primera y la moto sale disparada.
Puto gilipollas, suelta Toño.
Es mono, contesta Luna, a quien, sin quererlo, se le van juntando las
piezas.

Página 29
El repique de los bolillos se enreda con la cháchara; Dora ha mojado el
piso frente a la casa; cada vecina ha traído su silla y la labor, aunque el encaje
es lo de menos. Tu nieta anda arriba y abajo con el Toño a todas horas, el
chaval está abotardao con ella y, mientras, la pobre Maite a comerse los
mocos, eso no puede acabar bien, dice Manuela. A Adoración no le gusta
nada ser la comidilla. Pues a mí me han dicho que el subnormal no deja de
seguirles con la mano en la bragueta, que cuando no está con Toño anda todo
el día molestando a las chicas, señala Amparo. Dora no abre la boca, se limita
a conducir los guías de un lado hacia el centro, cruz-vuelta-cruz, cruz-vuelta-
cruz, después los del otro, cruz-vuelta-cruz, cruz-vuelta-cruz, coloca el alfiler,
lo cierra y pasa a punto de lienzo hacia la derecha. Eso no son más que
bacinerías, dice al fin. Quién fue a hablar, replica Amparo. ¿Y Sara? Sara,
¿qué? ¿Qué piensa hacer? Estirar, cerrar, cruz-vuelta-cruz, cruz-vuelta-cruz,
tensar. Las cosas ya no son como eran, ahora las mujeres trabajan, contesta
Dora. Para eso hay que haber estudiado, replica Manuela, que añade: ¿cómo
va una mujer a cuidar de sus hijos si no está en casa?
Sara las oye chacharear a través de la ventana; putas chismosas, son como
moscardas revoloteando alrededor de la mierda, zum, zum, zum. Se siente
inquieta desde que su madre le ha dicho que Álvaro sabe dónde están.
Tampoco hacía falta ser muy listo, piensa. Sara sabe que no tiene dónde
caerse muerta, siente entonces un escalofrío y regresa al libro que la ocupa,
las letras dormidas a la espera de que las vuelva a despertar. Sara también
sabe que la suya es una derrota tan cierta como la del farallón contra el mar.
Le gustaría ser impermeable al miedo, a veces lo mastica y le da vueltas en la
boca antes de tragárselo; de hecho hace tiempo que solo se alimenta de él,
pero es consciente de que jamás logrará vencerlo; no es una fiebre o una
infección que pueda sanarse con una pastilla o un antibiótico; su miedo,
además, es de otro tipo, medular, habita el centro mismo de sus huesos y no
puede vomitarlo sobre las baldosas del baño o asomando la cabeza por la
ventanilla del coche como cuando era pequeña. Sara sabe también que sus
alas son de cera, por eso se dice: ¿y qué vas a hacer cuando aparezca? Lo que
más miedo le da es que le quite a la niña, verse despojada al fin de todo; antes
muerta que sola, piensa; desde que ha vuelto, no dejan de acecharla
pensamientos funestos; aquí te vas a pudrir, Sara, te vas a pudrir tú sola aquí.
A eso hay que añadir que no hace más que notar la presencia de su padre por
todas partes, en cada rincón de cada pieza, oculto en las paredes, retenido en
el forjado; lo ha visto en la cocina y por los pasillos, también en el comedor

Página 30
en el que ya no se recibe, sentado en su butaca; esta misma mañana estaba al
pie de su cama. ¿Qué quiere, padre, por qué me mira así?, le ha preguntado,
pero no ha obtenido respuesta, el hombre solo la observa como el que no tiene
nada que decir; quizás tan solo espera el momento propicio, piensa Sara.
—¿Dónde está la niña?
—Ha salido.
—Harías bien en vigilarla.
—¿Por qué?
—Dicen que anda todo el día con el Toño.
—¿Y qué?
—No entiendes nada. No sé cómo son las cosas allí, pero aquí se siguen
unas reglas.
Dora tiene miedo; le ha costado mucho erigir su castillo, con el tiempo le
ha puesto cimientos sólidos y ha levantado muros a su alrededor, también un
foso, varias torres y hasta una barbacana; el silencio es su fortaleza y el olvido
su bastión y el regreso de su hija y su nieta les han puesto sitio. Le costó
mucho acallar las voces tras la muerte de su marido; tan joven, pobre, tan
sano y morirse así de un día para otro, no es normal, un mozo tan fuerte, se
dudaba en el pueblo, aunque la cosa se acalló pronto; Dora, sin embargo, sabe
que hasta el chisme más nimio puede hacer saltar la chispa de nuevo, tanto
como sabe que si ese cuchicheo da con la nota adecuada, caerá hasta la
mismísima Troya, la de murallas robustas; tan bien como sabe que, con el
tiempo, a todo muro le salen grietas.
Para Dora, el olvido es más remedio, ungüento, pomada que maldición.
—No deberías haber vuelto.
—Esta es mi casa.
—Ya no. Dejó de pertenecerte hace tiempo.
—No te preocupes, que en cuanto pueda nos iremos.
Adoración siente una punzada en el dedo como cuando se clava un alfiler,
por eso se observa la yema esperando ver la gota de sangre, pero nada brota,
da igual, se lleva el dedo a la boca, lo chupa y nota el arrabio en la lengua,
aunque sabe que no puede ser.
—Ayúdame a pelar patatas para la cena, anda.
Sara marcha tras ella cabizbaja, sigue pensando en el miedo, que hace
tiempo que condiciona hasta sus actos más exiguos: miedo al respirar, miedo
al hablar, miedo al vestirse, miedo al desvestirse, miedo al comer, miedo al
caminar, miedo al dormir, miedo al mear y al cagar; miedo hasta al reír;
miedo a que su marido aparezca, a que la casa la engulla, a gangrenarse entre

Página 31
sus paredes, a que su padre le revele al fin su secreto; miedo a que, aunque
eso ella aún no lo sabe, el muro que tapia su pasado acabe viniéndose abajo.
Para Sara, la distancia es el olvido, o quizás sea al revés, el olvido es la
distancia, no lo sabe bien.
Luna aparece al rato, Dora y Sara la esperan en la cocina, la mesa puesta,
la comida aguardando en el fuego.
—¿De dónde vienes? —le pregunta su madre.
—De estar con Toño.
—¿Dónde?
—No sé, era una casa en ruinas, a las afueras.
Adoración se altera.
—¿Y qué hacíais allí?
—Nada.
—Algo haríais.
—Hablar.
—No quiero que vayas a esa casa —la amenaza su abuela.
—¿Por qué?
Cómo contarle a una niña-pija-de-ciudad que esas paredes están llenas de
dolor, que las hojas de acanto caquis que aún visten alguna de sus paredes
están manchadas de sangre; aunque la verdadera razón no es esa; la verdadera
razón, eso solo Dora lo sabe, permanece oculta aún.
—Porque no —zanja como hacen los adultos cuando no quieren dar
explicaciones.
—¿Es porque allí mataban gente? —dice Luna.
—¿Quién te ha contado eso?
—Toño.
—Toño no sabe de lo que habla.
—Me ha dicho que allí fusilaron a su abuelo, que su padre fue a
desenterrarle, pero don Anselmo se negó a que lo llevaran al cementerio.
—¿A qué casa se refiere, madre?
—A la de los Salcedo.
Todo pueblo tiene sus Salcedos como tiene sus rencillas y vergüenzas y
secretos y venganzas y sus muertos cebados durante generaciones, pero en el
campo la tierra calla, es muda y sorda y ciega; también las casas y las
personas, Dora lo sabe bien, por eso todo sigue su curso en silencio; es mejor
así, piensa. Hasta que un día el silencio se hace añicos.
—No quiero que vuelvas por allí.

Página 32
Sara siente cómo algo se le desentumece; existen varias memorias y cada
una almacena sus asuntos en espacios distintos; algunos tienen salones
amplios, pasillos largos, infinidad de ventanas y puertas; otros, en cambio,
solo poseen ventanucos y gateras por las que la información se filtra a
cuentagotas; pero hay uno en la que determinadas cosas permanecen en
cuarentena, aisladas como único modo de asegurar nuestra propia cordura, y
ese nombre, Salcedo, le ha abierto una grieta, no sabe por qué, tampoco si
desea saberlo; ¿acaso hay algo de realidad en lo que intuyes, en lo que ves, en
lo que crees sentir y conocer desde que has vuelto?, se pregunta.

Página 33
V

Luna avanza por un sendero entre viñedos, apenas le caben los pies uno
delante del otro, tal es la espesura que lo cubre, ¿qué pasa con los caminos
que ya no son, que han dejado de llevar a ninguna parte?, se pregunta; un
paso, dos pasos, tres pasos como el indio que la sigue; ¿qué sucede con el
nombre de las cosas que ya no son, que han perdido su utilidad, el fin para el
que están hechas?
—¿Dónde vas con este sol? —le ha dicho su abuela al verla en la puerta.
—Por ahí.
—Ahí, ¿dónde? —ha querido saber su madre.
Luna se ha encogido, le da igual, las paredes se le vienen encima.
—¿Hoy no has quedado con Toño?
—No me apetece.
—Solo los tontos o los locos pasean bajo esta solana, niña —dice Dora.
—Déjela en paz, madre, si quiere salir, que salga, eso sí, ponte algo en la
cabeza.
A Luna no le agradaba ningún sombrero, así que al final se ha recogido el
pelo con un pañuelo; no sabe cuánto ha andado desde entonces, a qué
distancia queda el pueblo, cuando lo ve: un cuco de piedra en la esquina de
una parcela. El único modo de alcanzarlo es a campo traviesa, así que avanza
entre cepas de pámpanos florecidos, algunos raspones ya cuajados de cuentas
de hollejo verde a la espera del envero, se detiene, echa un vistazo a su
alrededor y sigue, así cada dos por tres parándose y mirando para que nadie la
descubra, aunque lo que busca en realidad es el rastro que delate su presencia,
por eso fija la vista en cada matorral mientras avanza; sabe que ayer, mientras
se amorraba con Toño en casa de los Salcedo, antes de la irrupción de Richi,
Javier les espiaba, y aunque no lo vio, pudo sentirlo igual que nota las manos
y los pies sin necesidad de mirarlos.
La maleza crece despeinada alrededor de la caseta; Luna se da cuenta de
que cada una de las piedras ha sido encajada con exactitud primorosa; lo
único que las mantiene unidas es su hechura, cada una colocada en el sitio

Página 34
preciso, ejerciendo la presión adecuada para armar esta mazmorra de entraña
oscura; sus ojos tardan unos segundos en adecuarse a la penumbra; apenas
hay espacio dentro para guardar los aperos a un lado, un pesebre para las
bestias al otro, piensa mientras recorre la aspereza de los cantos en los dedos;
hay algo mágico en tantear la piedra con las manos desnudas, una ilación
única con lo sólido, una sintaxis misteriosa con lo físico imposible de obtener
de otro modo; y mientras traza los límites de ese útero tenebroso, empieza a
tejer su plan.

Ceros y unos, eso es todo, así de simple, tan hermoso, dice MIGUEL, que ha
ido despojando su vida de todo lo superfluo. Hace tiempo que camina en
busca de lo medular como el escritor que prescinde de todo adjetivo que
engalane el texto, de cualquier lastre que lo aleje de un descarnado sujeto,
verbo y predicado como única vía para santificar la belleza, para contar la
verdad. ¿Qué simbolizan?, quiere saber Sara. Todo, el mundo, el universo
entero, así son los números, contesta MIGUEL. ¿Y qué puedes hacer con esto?
De momento, sobre todo, cálculos, también codificar y almacenar
información, dice. Y cosas como esta, añade. MIGUEL escribe el nombre de
Sara en la pantalla, tecla, el cursor se desplaza, S, tecla, cursor, A, tecla,
cursor, R, tecla, cursor, A, después escribe un comando, le da al Enter y, de
repente, toda la pantalla empieza a llenarse con su nombre.
SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA
SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA
SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA SARA
SARA SARA SARA SARA.

Vualá, ¿qué te parece? Sara le regala media sonrisa, es todo lo que está
dispuesta a concederle aún, como si por el mero hecho de hacerlo traicionara
el estado de alerta en el que ha decidido sumirse; está cansada y siente dolor
en los hombros, tiene la espalda rota por el peso que carga desde hace tiempo,
aunque, al igual que Luna, sea incapaz de ponerle nombre; tiene que haberlo,
piensa; tiene que haber algo, en algún lugar tiene que estar el origen de ese
malestar que siente, de ese dolor crónico, de esa culpa que empieza a
colmarla. Oye, ¿tú te acuerdas de los Salcedo?, pregunta. MIGUEL tuerce el
gesto, ¿en serio no te acuerdas de nada?, piensa, así que opta por una
respuesta neutra, algo que no le comprometa a la espera de ver qué derrotero
toma la conversación. ¿Qué pasa con ellos? ¿Te acuerdas o no? ¿Por qué?

Página 35
Porque mi madre se puso de los nervios cuando Luna le dijo que ella y Toño
habían estado ayer en su casa en las afueras, debe de estar en ruinas. Pasó
hace mucho tiempo, dice MIGUEL. Sara le urge a seguir con la mirada, dilo,
suéltalo ya, vamos. Cosas del pueblo, añade MIGUEL tratando de tomar un
atajo; historias de viejos, no saben cómo vivir con ellas, por eso las esconden
para ver si así se extravían. No es eso, replica Sara, hay algo más, no sé qué
pero lo siento aquí, dice señalándose el vientre. ¿Te refieres a lo de la guerra?,
responde MIGUEL. Sara niega con la cabeza; no conoce los detalles, solo los
intuye, pero sabe lo suficiente para entender que no busca escuchar los gritos
de los muertos que yacen bajo la tierra, tampoco el llanto de centenares de
huesos perdidos para siempre, condenados al olvido, huérfanos de padre,
huérfanos de madre y nombre; lo que busca es algo mucho más cercano, una
voz más reciente, un recuerdo directo y tangible, una carga propia.
MIGUEL le intuye la aflicción; su gesto es el de alguien a punto de
ahogarse, chapoteando en busca de un resto al que agarrarse mientras el mar
decide si se la traga o no. No tendría que haber vuelto, dice Sara. ¿Y adónde
ibas a ir si no? Podría haberme alquilado un piso en Madrid para Luna y para
mí. Esta es tu casa. Ya no, mi madre tiene razón. Si estás aquí, quizás sea por
algo, dice de pronto MIGUEL. Pensaba que el científico eras tú, le mira Sara.
Eso también es ciencia, aunque aún no tenga teorema. ¿Y qué dice la ciencia
respecto de la memoria? Que es una mentirosa. Pues estamos apañados. El
cerebro es listo, discierne y desecha, explica MIGUEL, si no, no podríamos
vivir; se llama mecanismo de supresión, como cuando después de un tiempo
de ver o escuchar algo todos los días lo elimina porque no nos aporta nada, el
tañer de unas campanas, el tictac del reloj del salón, el paso del tren, las
manchas en los ojos, ruidos en los oídos, también determinados traumas del
pasado. Por desgracia, olvidar no es un acto consciente, piensa Sara, que
también piensa que ojalá pudiéramos cerrar los ojos y desear que algo
desapareciera para siempre; por eso la gente usa atajos como las drogas o el
alcohol, aunque solo les funcionen por horas, es una cuestión de
supervivencia. He visto a mi padre, suelta Sara al fin. ¿Qué quieres decir?
Está en la casa, no paro de encontrármelo desde que he vuelto. ¿Te refieres a
verle… físicamente? Sara asiente. ¿Y te ha dicho algo? No habla, solo me
mira. MIGUEL sabe que los muertos no vuelven porque sí, no se alzan solos de
sus tumbas, tampoco resucitan al tercer día; a los muertos los traemos de
vuelta nosotros, jamás se fueron en realidad, almacenados en un rincón de la
memoria, se enquistan y lo van infectando todo con los años. MIGUEL lo sabe
tan bien como entiende que jamás traen cosas buenas. ¿Por qué? Quiero decir

Página 36
que tienes que preguntarte a ti misma, no a él, por qué precisamente ahora. No
lo sé, contesta Sara. Un grito interrumpe la conversación; Sara se agita, jamás
ha escuchado nada semejante, parece el aullido de un animal lamentándose.
Ya voy, mamá, alza la voz MIGUEL. ¿Cómo está? Cada día peor. A veces es el
cuerpo el que se convierte en cárcel, como si algunos huesos, tendones,
ligamentos y músculos se echaran a perder condenando al cerebro a una
cadena perpetua; MIGUEL recuerda el diagnóstico, la sigla, esas tres letras tan
simples como terribles: ELA. Esclerosis Lateral Amiotrófica.

MÉDICO: Se la conoce como la enfermedad de Lou Gehrig.



MÉDICO: ¿Sabe quién fue Lou Gehrig?
MIGUEL: No.
MÉDICO: Un jugador americano de béisbol.

MÉDICO: Es una enfermedad del sistema nervioso, ataca a las neuronas que
transmiten las órdenes a los músculos voluntarios, los que podemos controlar,
como los de los brazos y las piernas.

MÉDICO: Después acaban fallando los músculos del pecho y la persona
muere por insuficiencia respiratoria.

MÉDICO: No existe cura.

MIGUEL le escucha, le entiende, comprende que es una sentencia a muerte


en diferido, que su madre se irá paralizando mientras su cerebro sigue intacto,
así hasta que se asfixie atrapada en una prisión de máxima seguridad de la que
nadie ha logrado escapar jamás.

MÉDICO: Es más habitual que la padezcan hombres.



MÉDICO: Su madre ha tenido mala suerte.

En medio de esa conversación, a MIGUEL le viene a la cabeza otro


momento del pasado, el juego macabro con un AMIGO en un bar, un
esparcimiento en el que ambos debían elegir entre varias desgracias
hipotéticas.
Además de mentirosa, la memoria tiene sus caprichos.

Página 37
AMIGO: ¿Manco o cojo?
MIGUEL: Cojo.
AMIGO: Yo también. Una prótesis de pierna la puedes esconder debajo del
pantalón, pero una de esas manos que no se parecen en nada a una mano, no;
todo el mundo la mira, ya no te ven a ti, solo ven la puta mano, te conviertes
en ella, mano, mano, mano, puta mano de los cojones.

AMIGO: ¿Sordo o ciego?
MIGUEL: Ciego.
AMIGO: ¿Por qué?
MIGUEL: Porque la ceguera te aparta de las cosas, pero la sordera te aparta
de las personas.
AMIGO: Esta es jodida: ¿Alzheimer o Parkinson?
MIGUEL: Alzheimer.
AMIGO: ¿En serio?

AMIGO: El Alzheimer es una cabronada, tío. Te arrebata la memoria, la
identidad, quién has sido, quién eres… Se lo lleva todo.
MIGUEL: Pero tú ya no te enteras de nada.
AMIGO: Joder, es como estar muerto dentro de una maquina que aún
funciona. No quiero ni pensarlo.
MIGUEL: ¿Crees que eso es peor que lo contrario?

MIGUEL: Imagínate conservar todas tus facultades mentales y no poder
ejercerlas. Tiene que ser como estar emparedado.

MIGUEL sabe que a su madre no le queda mucho; la mujer se comunica


mediante gruñidos en algunos casos, a través de alaridos en otros; la pobre
tiene el cuerpo roto, pero la mirada intacta; muchos en el pueblo piensan que
es un castigo de Dios por ser madre soltera, por eso el hijo le ha salido
también invertido, maricón, piensan, como si Dios no hubiera tenido bastante
con lo uno y la hubiera condenado a lo otro por no arrepentirse; esta es tu
penitencia, mujer; aunque a MIGUEL Dios le importa una mierda, puto cabrón,
jodido psicópata. A veces pienso que lo mejor sería ayudarla a que deje de
sufrir, pero no puedo, añade; no sé cómo hacerlo y perdonarme después. Sara
dejó de pensar en la muerte hace tiempo y ahora no deja de ver a su padre
difunto en cada rincón de la casa; los espíritus y algunos fantasmas parecen

Página 38
amables, como si hubieran vuelto para decirnos algo, cerrar un círculo, estoy
bien, estoy en paz, hijo, hija, cariño, no te preocupes por mí; los espectros, en
cambio, están enfadados, por eso se dedican a hostigar a los vivos; hacen
ruidos, mueven cosas y jamás sonríen porque han olvidado cómo hacerlo.
Sara no sabe aún si su padre es fantasma, espíritu o espectro, una vez más, los
detalles son importantes; le intuye, eso sí, un malestar, pero no siente miedo
al verle, tampoco sabe si su padre tiene las respuestas que busca, pero
entiende que solo hay un modo de saberlo.

El calor aprieta tanto que los confines de lo sólido se disuelven; Sara


asiste al milagro de la licuefacción de la piedra y el cemento, al torneado de
sus bordes y aristas, esos límites de normal inflexibles que solo la canícula es
capaz de matizar. La entrada parece más la fachada de un cortijo que el
acceso a un cementerio, los muros enjalbegados, la cenefa que recuadra la
puerta y las ventanas de añil; no ha vuelto desde que lo dejó todo atrás, a los
vivos y a los muertos, los recuerdos que no quería empacar cuando se
marchó; para qué, si vas a empezar de nuevo nada de lo viejo te sirve ya; lo
superfluo se abandona, uno suelta lastre para no hundirse, primero; para
elevarse hasta que el pasado es ya solo una figuración apenas perceptible,
después. Sara pregunta por la dirección de la tumba en la oficina. El tipo que
la atiende la mira de arriba abajo, ¿qué miras, gilipollas?, piensa; después se
pregunta eso: qué será exactamente lo que ve; así hasta que el hombre agacha
la cabeza, consulta el registro, le da el dato y no vuelve a levantarla hasta
estar seguro de que se ha ido. El camino está escoltado por una fila de
cipreses con calcetines blancos, rodeado de tumbas cercadas por rejería
masónica y celosías llenas de antorchas y orbes, también de pequeños relojes
de arena a los que les han salido alas; el tiempo vuela mientras Sara cruza la
zona de los Párvulos, en la que yacen los recién nacidos no bautizados;
después deja atrás el Corralillo, en el que duermen el sueño de los justos todos
aquellos que en su día se apartaron del Señor, y alcanza al fin la Sección IV,
Pasillo 10; ahí está, la lápida con el nombre de su padre y esa losa que luce
inmaculada, también el ciprés que la guarda. Hola, padre, dime qué quieres,
dímelo de una vez, pronuncia frente a su tumba, los papeles ahora invertidos,
ella a los pies de su cama, expectante, él acurrucado bajo su colcha de granito;
y mientras espera una respuesta, le asalta la duda, no sabe por qué, de si su
madre también le verá, de si llevan tiempo conviviendo en la casa,
ignorándose el uno al otro, las preguntas retenidas en el vientre para no alterar

Página 39
ese silencio sanador que Dora se ha impuesto, las respuestas encarceladas en
el pecho para no viciar el éter que la envuelve. Algo, sin embargo, le dice que
no, que a su padre muerto solo lo ve ella; que su fantasma, espíritu, espectro,
lo que sea, aún está por determinar, solo se manifiesta en su presencia. Habla,
padre, vamos, insiste, pero no obtiene respuesta, ni siquiera un golpe de
viento que arremoline el polvo o sacuda la copa picuda del ciprés, una señal
que pueda interpretar a su antojo como un sí o como un no. Agitada como
está, Sara no se da cuenta del hombre que la observa; si girara la cabeza a su
derecha, le vería agazapado tras una lápida rematada por un busto, más por
pudor que por miedo; tal es su quietud que, de no saber que es de carne y
hueso, podría confundírselo con la efigie, aunque quizás sucediera al revés,
que de mirar justo ahora, Sara equivocara la imagen de piedra con su rostro.
¿A qué vienen realmente los vivos aquí?, se pregunta rodeada de tumbas;
después se dice: ¿cuántos de los que me rodean tuvieron de verdad una buena
vida?, ¿cuántos fueron felices?, ¿cuántos se atrevieron siquiera a intentarlo?
Nacer es morir; vivir es morir; todo lo es: respirar, comer, beber, caminar,
reír, llorar, amar, odiar; la vida ni siquiera es un libro con un final distinto
dependiendo de quién lo escriba, todos terminamos igual; lo único cierto es la
muerte, el resto no es más que incertidumbre; todo útero es un gestante de
muertos, fábrica de cadáveres, nicho destinado a albergar una carne que ha de
regresar a la oscuridad.
Incertidumbre y sufrimiento, esas son las dos únicas constantes.
Solo el sufrimiento nos cambia.
Solo el dolor es capaz de transformarnos.
En eso piensa Sara mientras camina hacia la salida; solo entonces se fija
en las lápidas que van surgiendo a su paso, algunas tan viejas que parecen
dientes mellados; ahí está, ya lo ves, se dice: el fin de todos es el mismo,
nacer, sufrir, morir.
Aquí yace Manuel del Rey: muerto.
Aquí reposa Javier Salmerón: muerto.
Aquí descansa Ana María Auñón: muerta.
Aquí mora Candelaria García: muerta.
Aquí duerme el sueño de los justos Benito Galán: muerto.
Aquí fue enterrada Josefa Iniesta: muerta.

¿Eres la hija de Juan? Sara se da la vuelta y descubre a un viejo magro


parado frente a ella; la piel de su rostro parece cera derretida, sus cejas, dos

Página 40
crines; a pesar de su delgadez, sus antebrazos son fuertes y sus manos parecen
escultóricas; hay algo del David de MIGUEL Ángel en ellas, quizás del Moisés,
piensa al fijarse mejor. Ven, dice el desconocido sin esperar una respuesta.
Sara se aquieta; ¿quién eres?, ¿qué quieres de mí?, habla al fin. Ven, le insiste
el hombre, que la invita con un gesto. ¿Adónde? Pero el viejo ya se aleja
dándole la espalda, no lo conoce; eso cree, pero no le parece una amenaza y
quizás le ofrezca alguna respuesta, una de esas que su padre se ha negado a
darle y de las que, aunque no lo sabe pero lo intuye con esa vislumbre que
solo procede de la carne, su madre le oculta; por eso decide seguirle; no tengo
nada que perder, piensa. Los que no tienen nada que perder son los que
acaban perdiéndolo todo, piensa inmediatamente después. El desconocido se
dirige a una caseta edificada en uno de los extremos del cementerio, y aunque
siguen en el interior del recinto, pegados a uno de los muros que separan a los
vivos de los muertos, todo parece distinto allí. Ven, repite el hombre justo
antes de desaparecer en su interior. Sara se asoma y ve un rayo de luz que
sesga el espacio, casi podría cortarlo de un tajo, borrarlo con la mano como
un trazo de tiza en la pizarra, imagina mientras sus ojos se adaptan a la
penumbra. El desconocido la espera detrás de un banco de corte; varias
láminas de granito reposan cubiertas de polvo y limaduras contra una de las
paredes; la otra está ocupada por una estantería oculta tras una lona de rafia.
Aquí es donde solían hacerse las lápidas, ahora las encargan fuera, dice; las
cortan y trabajan a máquina, es más rápido y mucho más barato, claro, añade;
pero no es eso lo que quiero enseñarte, acaba. Sara le observa, todo transcurre
con una normalidad insólita mientras el hombre se acerca a la lona y tira de
ella. Sara se agita al descubrir decenas de rostros que de repente la
contemplan; no las mires o te convertirás en piedra, piensa antes de cubrirse
por puro instinto; hasta que al rato, a salvo ya, eso cree, decide entreabrir los
dedos; no hay nada que temer, se dice; no hay nada que temer, se repite
mientras se da cuenta de que todos ellos tienen los ojos cerrados: hombres,
mujeres, niños, jóvenes, viejos, adultos, un par de bebés incluso, pobres
querubines; por mucho que los observa es incapaz de encontrar otro patrón
que no sea ese, su ceguera. ¿Qué es todo esto?, pregunta entre curiosa y
espantada. Aquí guardo la memoria de los muertos, responde él; este de aquí,
por ejemplo, ven. Sara da un paso, después otro, despacio, así uno tras otro
hasta quedar frente al rostro de su padre; lo reconoce al instante, es él sin
lugar a dudas, su máscara mortuoria engastada en una cabeza de madera, el
ceño fruncido como si algo le doliera por dentro. Sara trata de recordar de
nuevo el día de su muerte, el funeral, la conducción, el entierro, por si ha

Página 41
olvidado algo, pero lo único que le viene a la cabeza es la voz de su madre
diciéndole: es mejor que no lo veas, no quiero que nadie lo vea así, nadie se
parece a sí mismo una vez muerto, créeme, ya no es papá, papá ya no está.
¿Por qué?, le pregunta al viejo una vez de vuelta. Alguien debe hacerlo para
que no se les olvide, contesta. Quizás es mejor así, replica ella. El viejo la
mira, ¿por qué dices eso, niña?, piensa, pero no lo dice, de qué serviría, a los
vivos les aterra la muerte, lo sabe bien, se pasa el día rodeado de ella, por eso
es consciente de que el ser humano es el único animal que la teme porque solo
él comprende su finitud; por eso inventa credos y escribe historias, porque
sabe que, una vez muerto, ya no será capaz de acometer nada; solo hay un
modo de permanecer, y es alojarse en la memoria de los vivos; por eso les
ponemos una lápida a los muertos, para que quede algún testimonio de que
pasaron por este mundo, quiere añadir; pero tampoco lo hace. De hacerlo,
Sara le contestaría que lo que nos da miedo no es la muerte en sí, sino ignorar
cuándo moriremos; también el cómo, el dolor, la mácula, la degeneración. Y
aquí está mi joya más preciada, pronuncia solemne el hombre totalmente
ajeno a sus pensamientos; Sara mira el rostro contiguo al de su padre, pero las
facciones de la mujer no le dicen nada; es muy guapa, es lo único que piensa
mientras la recorre con los dedos; no sabe por qué esta y ninguna otra, sus
pómulos altos, la frente lisa, las mejillas tensas, los labios gruesos; sigue sin
reconocerla al acabar, está segura, pero hay algo en ella que la remueve por
dentro.
Hasta que al fin da con ello.
De todas las máscaras expuestas, esta es la única que tiene los ojos
abiertos; Sara y la mujer se observan a pesar del tiempo que las aleja, del velo
infranqueable que las separa, de que el rostro que la encara no sea más que
yeso, una representación inerte de alguien que no regresará jamás.
¿Quién es?, pregunta al fin.
Soledad.
No conozco a ninguna Soledad.
Soledad Salcedo, el gran amor de tu padre.

Página 42
VI

Luna lleva puestas unas gafas de sol de pasta roja como las de la niña de la
película que su madre nunca le deja ver; Lolita, luz de mi vida, fuego de mis
entrañas, pecado mío, alma mía, Lo-li-ta-niña-pija-de-ciudad. ¿Te gusta
mirarme?, dice, porque eso hace Javier, observarla embobado, que es lo que
todo el mundo piensa de él, que es un memo, un retrasado, un pobre gilí;
alguno se lo suelta incluso a la cara, así de golpe: déjame en paz, puto
subnormal; lárgate de aquí, mongólico de mierda; piérdete, atontado de los
cojones. La mayoría prefiere callar; lo piensan, pero no lo dicen, adoptan una
expresión condescendiente y se dirigen a él anteponiendo siempre un pobre a
modo de partícula ineludible; así: pobre chaval, qué pena; pobre crío, así de
malogrado; pobre idiota, qué se le va a hacer; aunque lo que más repiten es
pobre madre, como si su condición le correspondiera a ella y solo a ella,
mancha indeleble, letra escarlata; al fin y al cabo, el crío no se entera,
piensan; es feliz así, míralo, todo el día con la boca abierta; pero él no es
imbécil, entiende las cosas, también las siente y le duelen; sufre como los
demás, solo que lo hace a su manera. Desde que Luna ha llegado al pueblo,
no ha dejado de seguirles, a Toño y a ella, siempre pegado a ambos como un
perrito faldero; también la ha seguido a ella cada vez que ha salido sola a
pasear; no la acecha, solo la sigue, oculto, Luna no sabe si por miedo o por no
molestarla, por no saber cómo se tomará la niña-pija-de-ciudad-de-ojos-tan-
azules que no deje de observarla ni a sol ni a sombra. Luna sabe lo que quiere,
lo supo en cuanto lo descubrió tras la carrasca; desde entonces, tras el reparo
inicial, no ha hecho por ocultarse, más bien todo lo contrario; hoy se ha
mostrado atrayéndole hacia su destino, y mientras se acercan a él, Luna trata
de averiguar en qué momento tomó la decisión. Quizás fue en el instante
mismo en el que lo vio por primera vez, al sentir esa mirada en la que no halló
maldad, sino claridad espantosa; tal vez fue más adelante, con los días, tras
los paseos, no lo sabe, tampoco es importante, se dice mientras cruza el
campo y se detiene junto a la construcción de piedra que ahora le parece uno
de esos túmulos antiguos. ¿Et atsug emrarim?, dice. Javier la mira

Página 43
boquiabierto, solo Toño es capaz de hablar su jerigonza; le cuesta, pero al
final lo consigue, aunque para ello tenga que cerrar los ojos e imaginarse las
palabras primero, después leer las letras del revés, s-a-r-t-e-l, y ya está; él, en
cambio, no necesita verlas en su cabeza, le salen así sin más, néiuq se sám
otnot ed sol sod aroha, ¿he?, piensa cada vez que le intuye el esfuerzo a su
amigo. La chica-pija-de-ciudad, sin embargo, no ha dudado ni un segundo.
Nev, le invita; on sagnet odeim, añade engullida por el abismo mientras Javier
siente un escalofrío, no porque tema cruzar esa boca desdentada y adentrarse
en la oscuridad que le aguarda, ya no es un niño y hace tiempo que duerme
con la luz apagada, sino por el frío que emana del interior. Somav, nev, insiste
Luna, cuyas palabras reverberan como un eco funesto antes de encontrar la
salida; Javier sigue sin advertir el peligro en esa voz lúgubre que le insiste;
pobre idiota, no entiende que lo único que le espera allí es la muerte, ese
canto maldito de sirena es el fin.

Nev, nev, yotse íuqa.


Nev, nev, yotse íuqa.
Nev, nev, yotse íuqa.

En cuanto pone un pie dentro, la mandíbula se cierra y sus dientes


devoran al fin la tan anhelada presa; Luna escucha los gritos de la liebre
cautiva, son voces que desagarrarían cualquier tímpano, pero no los suyos;
tampoco se cubre los ojos, está allí para eso, consignar el dolor y observar
cada gesto sin espanto, una indagación clínica que le permita descubrir los
mecanismos de la muerte; aunque lo que realmente le interesa es ser capaz de
captar el instante preciso en el que la vida entiende al fin que ha perdido el
envite.

¡ME DUELE! ¡ME DUELE! ¡ME DUELE! ¡ME DUELE! ¡ME DUELE!¡Me duele! ¡Me
duele! ¡Me duele! ¡Me duele! ¡Me duele! ¡Me duele! ¡Me duele! ¡Me duele!
¡Me duele! ¡Me duele! ¡Me duele!

Cada súplica encuentra la misma respuesta en una Luna impasible; su


silencio frente al horror que se despliega ante ella es aterrador, hasta el punto
de que cualquiera que presenciara la escena diría que la niña-pija-de-ciudad
está en shock, paralizada frente al espanto; pero no es así, la niña ya no es una
niña, está húmeda y más viva que nunca cuando alza la Polaroid. Dime, ¿qué
sientes? Javier gimotea, la cara descompuesta, la boca desencajada, pez
abisal, monstruo de las profundidades; le asusta ver su tibia asomar entre

Página 44
jirones, la extremidad deforme que parece de otro, pero que sabe suya, esa
rama rota e inútil; ¿cómo va a ser capaz de volver a trepar así? Luna entiende
al fin que no es miedo lo que sintió al verle por primera vez, sino asco, le
repulsa esa fealdad, su imperfección, el rictus grotesco que le acompaña, que
le configura y le define, tan anodino.

¡ME DUELE!

Eso no es un sentimiento, le corrige mientras la sangre forma grumos en


el suelo, bolitas empanadas que se reúnen en una pequeña oquedad en forma
de crisol. Ayúdame, por favor. ¿Tienes miedo? Sí. ¿De qué? ¿Por qué me
haces daño? Porque no soy como tú. Javier es incapaz de entender la
afirmación en toda su magnitud; conoce bien el desprecio, entiende incluso la
aprensión, pero no la maldad; sabe discernir entre lo que está bien y lo que
está mal, eso sí, pero por mucho que lo intente jamás podrá comprender
algunas cosas, asuntos que otros tampoco alcanzan a entender, que alguien
pueda arrebatar una vida por placer, porque sí, porque puede, porque quiere,
ese deseo que escapa a la razón, que también tiene que ver con ella. Ten
cuidado con la gente, hijo, le ha dicho mil veces su madre; no hables con
extraños, hay personas malas, gente que querrá aprovecharse de ti para
sentirse superior, se creen mejores así, pero tú no les hagas caso. ¿Por qué?
Porque no te conocen, hijo, no saben quién eres de verdad y así no puedes
querer a nadie ni bien ni mal. Pero Toño es bueno. Lo sé, hijo, hay gente
buena también, pero menos, son pocos. ¿Y tú, eres buena, mamá? Sí. Pero a
veces te enfadas y me gritas. Porque a veces te portas mal. Entonces, ¿yo soy
malo? No, pero la gente buena también hace cosas malas.

¿Me voy a morir?



¿Morirse duele?

A mí me duele.

El interior del cuco se ha ido colmando de olor a sangre y otras


secreciones; tal vez sea este el aroma concreto de la muerte, piensa Luna; el
que intuyen moscas, escarabajos, hormigas y el resto de carroñeros que
desmantelarán el cadáver con su paciencia infinita; no como la suya, porque
Luna se exaspera: la lentitud del proceso empieza a aburrirla; muérete ya, por
qué no te mueres, piensa, aburrida; hace rato que sujeta la cámara a la espera

Página 45
del instante preciso, pero al fin empieza a comprender que la dentellada no es
mortal.

¿Me voy a morir?



¿Me voy a morir?

¿Me voy a morir?

Luna agarra una piedra del suelo, para ello debe soltar la cámara; la deja a
buen recaudo, cerca para echar mano de ella en cuanto termine; después alza
el bifaz primitivo, instrumento de muerte ancestral, y se sitúa frente a Javier
para poder mirarle a los ojos cuando descargue el golpe.

¿Qué haces?
Calla.
¿Qué haces?
Calla.
Por favor.
Calla.
Me duele.

El primer golpe le impacta en la frente.

Deja de moverte.
Calla.
Me duele.

El segundo le abre la cabeza por detrás, Javier cae al suelo y su parloteo


nervioso cesa al fin. Luna se agacha y le golpea de nuevo haciendo que la
sangre salte en todas direcciones, después se arrodilla para acercar la cámara a
su rostro, a esos ojos que se adormecen, ni siquiera será cielo lo último que
vea; pobre chaval, pobre madre, tan solo la lente de una cámara y al Diablo
tras ella.
Luna dispara.

Camino a casa, Luna no siente ningún remordimiento, tan solo un ligero


desconcierto ante la combustión exigua, el flamear tan pletórico como breve

Página 46
de lo acontecido, esa llama pálida y temblorosa de vela que de inmediato es
nada; solo observando las fotografías es capaz de revivirla por mucho que
sabe que se trata de un simple espejismo, mera sombra, sucedáneo que apenas
le alcanza; como si a base de mirarlas, tanto las imágenes como el recuerdo
del instante que contienen se marchitaran, memoria con fecha de caducidad;
cuanto más las observa, más entiende que el único modo de volver a sentir lo
mismo, no este placebo químico que sujeta, trampantojo burdo, es volviendo
a matar; es pura lógica, no existe mayor certeza que esa y lo sabe; lo comenzó
a intuir hace ya un tiempo, cuando sus dedos arrebataron la vida de la cobaya
que le regalaron en su décimo cumpleaños; ni siquiera le puso nombre, ¿cómo
la vas a llamar?, le preguntó su padre; tienes que ser responsable y cuidarla
bien, le advirtió, es un regalo de niña mayor, sentenció para afianzar la
advertencia. Cobaya. Eso no es un nombre. Es como se llama, ¿no? La
especie. Pues a mí me gusta. Cobaya pues, no se hable más. ¿Para qué ponerle
nombre a algo que vas a destruir?, pensó Luna, que también pensó con el
tiempo que arrebatar una vida humana la iba a colmar al fin, pero el fuego es
demasiado grande, sabe que es diferente, única, especial, lo ha sabido desde el
instante en que la razón empezó a alumbrarla; no soy como los demás; no
hace falta que nadie se lo diga, lo sabe con la misma certeza que respira;
detesta la normalidad, no es más que un artefacto, una mentira inventada por
los demás para estar a salvo de los diferentes.
No es hasta que atisba las primeras casas del pueblo que se da cuenta de
que lleva la ropa y el rostro manchados de sangre. Preocupada como está, no
escucha el petardeo de la moto de Richi hasta que se detiene a su lado y la
mira con procacidad. ¿Estás bien? Luna asiente. ¿Seguro? Sí. Los ojos de
Richi son negros, Luna juraría que lo son si no fuera imposible, sus pupilas
están tan dilatadas que el iris es un simple halo. ¿Es tuya? ¿El qué? La
cámara, responde Richi. Aunque bien podría referirse a la sangre. Eso solo él
lo sabe. ¿Puedo verla? ¿Para qué? Es una Polaroid Sun 600, ¿no? ¿Cómo lo
sabes? Por el flash, yo tengo una igual. Me la regaló mi padre. ¿Puedo? Luna
se la acerca. ¿Y qué fotos te gusta hacer? Luna no responde. ¿Cosas, paisajes,
personas, animales…? Aún no lo sé. ¿Y a ti? Chicas, sobre todo, contesta
Richi, que después añade: ¿eres la novia de Toño? No. Aquí, cuando alguien
se amorra con otro es que son novios. Pues no lo somos. Richi sonríe y
asiente. ¿La de la moto era entonces tu novia?, pregunta Luna. Qué va, a mí
solo me van las tías que follan, ¿tú ya has follado?, fijo que no, ¿cuántos años
tienes? Catorce. Joder, pues estás muy buena. ¿Me la devuelves? No te he
visto antes, ¿de dónde eres?, la ignora Richi. De Madrid, responde Luna,

Página 47
después dice: es tarde, tengo que volver, dámela. Si dejas que te lleve. Ni de
coña. La mano de Luna permanece suspendida en el aire. O moto o foto, tú
verás, dice Richi. Luna trata de hacerse con la cámara, pero Richi la alza y le
toma una foto. Gilipollas. Richi espera a que la máquina expulse la imagen
mientras arranca, petardeo, momento que Luna aprovecha para arrebatarle
aparato y foto, que cuelga como una lengua fuera de la carcasa. Richi hace
amago de bajarse, pero Luna le da la espalda y emprende la huida. Quizás
otro día traigo la mía y podemos seguir donde lo hemos dejado, alza la voz.
Ni lo sueñes. Ya veremos, contesta Richi para sí; ya veremos, repite mientras
mete la marcha, suelta el embrague y sale haciendo un caballito. Lo último en
lo que piensa Luna al acostarse esa noche es en que la vida es de una
fragilidad aterradora, absurda, endeble y caprichosa como la voluntad de un
crío, como la suya.

Página 48
VII

Luna no entiende de las cosas de Dios, tampoco de las de los hombres; ella no
se rige por las mismas normas, no adopta sus credos, tan solo busca
respuestas, pero lo único que obtiene son censuras y diagnósticos errados;
sabe que existen reglas y normas, una moral y una ética religiosa, civil, tribal,
vete a saber; códigos que censuran y penan el homicidio y el asesinato,
provocar o infligir la muerte no es lo mismo, hay grados como en todo,
también intenciones, pero nada de eso le incumbe, ella ha venido a este
mundo para otra cosa.

NO MATARÁS.

Esa suele ser la norma más sagrada entre los hombres, pero no para Dios,
que se reserva sus cuatro primeros mandamientos en exclusiva para Él,
egoísta, ególatra:

PRIMER MANDAMIENTO:
Amarás a Dios sobre todas las cosas.

SEGUNDO MANDAMIENTO:
No tomarás el nombre de Dios en vano.

TERCER MANDAMIENTO:
Santificarás las Fiestas [me santificarás a Mí en Mis fiestas].

CUARTO MANDAMIENTO:
Honra a tu padre y a tu madre [me honrarás a Mí, porque soy tu Padre
Supremo].

Solo entonces, después de sentirse satisfecho, el ego ahíto, Yahvé anuncia


el quinto a Moisés, sus prioridades están claras, que los hombres se maten
entre sí, que se asesinen de uno en uno, de dos en dos o de mil en mil es

Página 49
secundario; después vienen los actos impuros, el robo, la mentira, la
concupiscencia y la codicia, hechos menores que solo conciernen a sus
criaturas, seres incompletos, deformes, crueles e inútiles, ¿por qué tendría que
preocuparme yo entonces por quitar una vida si el propio Dios no lo hace
hasta la mitad?, se pregunta; Tú y nadie más que Tú me ha hecho así, señala
al Cristo crucificado que preside el altar; si existes, quieres que yo exista;
ambos sabemos que la bondad no es más que una excepción, una rareza, una
anomalía, sentencia. ¿Eres la hija de Sara? Don Anselmo se detiene junto al
banco, la observa meditar, su tez de alabastro; parece un ángel, piensa, con
ese cabello tan rubio y esos ojos tan azules; quizás esté rezando, no como su
madre, que ya se ha perdido, elucubra. Dígame, padre, ¿usted cree que hay
algo después de la muerte? Claro, hija. ¿Qué? Depende. ¿De qué? A los
buenos les espera el cielo y a los malos el infierno, dice don Anselmo. ¿Y eso
quién lo decide? Dios. Dígame otra cosa, padre: si Dios lo ha creado todo, el
Mal también es obra suya, ¿no?, un asesino, por ejemplo, también es hijo de
Dios. Existe el libre albedrío, replica don Anselmo, cada cual es libre de
decidir lo que quiere ser. Muy conveniente, señala Luna, que le pregunta: ¿y
qué hay de lo que se es ya?; me refiero a cuando uno nace. Para eso está el
bautismo, hija, la instruye don Anselmo. ¿Para corregir a Dios? Don Anselmo
se revuelve y sacude esa maldita mota invisible que insiste en posarse sobre
su hábito, después yergue la espalda y carraspea; no esperaba verse enredado
en una conversación de este tipo, menos aún con una cría, aunque no lo
parezca, la niña es ya más bien una mujer en ciernes; las chicas maduran
antes, eso dicen, piensa; los caminos del señor son inescrutables, piensa
después; quizás se trate de una prueba, de un ángel enviado por Dios para
someterme a escrutinio; tal vez de un demonio para tentarme, piensa al fin,
aunque no lo cree; Dios conoce mejor que nadie sus apetitos. Hace tiempo
que ha comenzado a sentir su silencio, de momento solo en forma de
escalofríos aislados estando solo en la sacristía; el frío se le cuela dentro, no
sabe exactamente por dónde; así lleva mucho tiempo, sin escucharle ni sentir
su gracia y ahora esto, piensa. ¿Qué quieres de mí, Señor? No es normal que
una niña hable de estas cosas, dice; las manos le han empezado a temblar, por
eso se las agarra e insiste en desplazar la viruta de los cojones que afea su
hábito, le da un capirotazo y vuelve a frotar la tela hasta asegurarse de que no
queda rastro de ella. ¿Por qué?, dice Luna. Porque son asuntos de adultos,
zanja don Anselmo, que añade: pensé que te preocuparían más otras cosas.
¿Que mis padres se hayan divorciado? Don Anselmo asiente. Lo que hagan
mis padres es cosa suya. También tuya. ¿Por qué? Porque son tus padres,

Página 50
ellos te han dado la vida. Yo no se lo pedí. Eres el fruto de su amor, la
representación máxima de su compromiso, de su pacto ante Dios. Luna se
echa a reír sin poder evitarlo —tampoco quiere—; es más un descorchado que
el eco transforma en graznido; don Anselmo alza la cabeza y cree ver una
pluma negra acunándose en el aire, en-nombre-del-padre-y-del-hijo-y-del-
espíritu-santo: Crux Sacra sit mihi lux, non draco sit mihi dux, Vade Retro
Satana, nunquam suade mihi vana, sunt mala quae libas, ipse venena bibas,
murmura mientras el plumón se posa sobre su muslo sin que pueda hacer
nada. Eres igual que ella, sacrílega, márchate, dice al fin; ¿es que ninguna
mujer de esa familia es normal?, se pregunta.

En cuanto abandona la iglesia, el sol le contrae las pupilas y le


desentumece los músculos, y justo cuando los abre, Luna escucha una voz
desconsolada que grita: ¿habéis visto a Javier? ¿Dónde estás, Javier, hijo mío,
mi hijo? ¿Alguien lo ha visto? Javier-cariño-dime-dónde-estás-dónde-está-mi-
niño-alguien-lo-ha-visto-mi-niño-se-ha-perdido-mi-niño-no-está-no-ha-
vuelto-a-casa-alguien-sabe-dónde-está; la mujer va de grupo en grupo con su
letanía, zigzaguea entre la gente, que se aparta espantada, nadie entiende qué
sucede, incapaces de ver la angustia en su rostro. ¿Qué pasa?, ¿qué dice esta
loca? Déjala, está tan loca como su hijo, pobre madre, pobre hijo, así hasta
que alguien parece entender la desesperación que le colorea la garganta. Dice
que su hijo no está, que ha desaparecido. ¿Quién? Javier. ¿Quién? El tonto.
¿Quién? El mongolo. Jesús, el alcalde, sale del Isi y se abre paso entre la
multitud congregada, ¿qué son esos gritos?, dice zarandeándola para que
vuelva en sí. ¿Dónde está mi hijo?, ¿qué habéis hecho con él? Es Toño quien
la aprieta entre sus brazos hasta que parece calmarse. ¿Qué pasa? Javier,
¿dónde está Javier? ¿Lo has visto? No desde ayer, responde, también dice: lo
mandé a casa de Miguel para que le enseñara su ordenador nuevo y ya no lo
vi más; ¿has mirado en la alberca?, se le ocurre decir entonces. No está,
contesta su madre, ni siquiera ha dormido en casa; ay, ay, ay, la mujer parece
sufrir entonces un latigazo repentino: Miguel, ¿dónde está?, ¡Miguel!, ¿qué le
has hecho a mi hijo? Y entonces sucede como pasan siempre estas cosas, así
de repente, casi sin quererlo, una palabra lleva a la otra, un alma enloda la
contigua, la pestilencia se extiende y ya no hay remedio que valga. Ya sabía
yo que ese traería problemas, dice uno. Ha sido él, seguro, añade otro. El
sarasa, el maricón, el invertido algo le ha hecho, siguen varios. Puto maricón.
Puto vicioso, ha sido él. Vayamos a su casa a ver, seguro que el pobre crío

Página 51
está allí, estallan todos al unísono. Luna asiste al espectáculo impertérrita;
quizás, si alguien le prestara atención podría adivinarle un principio de
sonrisa, pero nadie lo hace, ocupados como están en otra cosa, el odio es así,
te vuelve ciego a los detalles. La turba crece y se multiplica mientras el
alcalde trata de tomar el control y apaciguar los ánimos; tranquilos, sobre
todo, tranquilos, vamos a su casa y le preguntamos, pero sobre todo
tranquilos; sus ojos, sin embargo, están en llamas, las mismas que han
prendido en los del resto, el incendio crece y se extiende arrasando breñas y
razones. Alguien debería llamar a la Guardia Civil, sugiere entonces una voz.
No, esto lo arreglamos entre nosotros, responde, tajante.

Sara está en su habitación cuando los oye pasar; Adoración les escucha
desde la cocina; puto pervertido, puto maricón; ninguna de las dos necesita
más para saber que el pueblo anda revuelto y algo pasa con Miguel.
Adoración pone un pie en la calle mientras su hija la sigue con el corazón
encogido; alguien lo aprieta y se lo retuerce, le golpea las costillas y quiere
rompérselas cuando Luna aparece frente a la puerta. Javier no está, dice, creen
que Miguel le ha hecho algo, van a su casa a ver, añade. Pero Sara sabe que
no van solo a eso, es otra cosa la que les pone un pie delante del otro, siente
cómo les arde la sangre y entonces —una vez más, la memoria es un misterio
— recuerda a Miguel en una esquina del patio del colegio, la cabeza abierta
por una pedrada. Miguel-es-un-mariquita-Miguel-es-un-mariquita-Miguel-es-
un-mariquita. Miguel llora, rabia, se acurruca para protegerse. ¡Dejadle en
paz!, grita ella. Tú te callas. Dejadle en paz, él no ha hecho nada. Tú te callas,
que esto es cosa de hombres. El alcalde se detiene frente a la casa con Dolores
pegada a la espalda. ¡Miguel, sal!… ¡Sal aquí un momento!… El alcalde
aporrea la puerta. ¡Vamos, sal! ¡Queremos hablar contigo!… ¿Dónde está mi
hijo? ¿Qué le has hecho? ¡¿Javier, hijo, estás ahí?! ¡Javier, hijo, soy mamá!…
¡Está ahí dentro! ¡Echad la puerta abajo! La turba escucha entonces unos
alaridos procedentes del interior. Sara, que les ha dado alcance junto a Luna y
su madre, los reconoce al instante. Es la madre de Miguel, que gruñe presa del
pánico. ¡Le está matando! ¡Desgraciado! ¡Asesino! ¡Maricón! ¡Basta!, grita
Sara mientras el monstruo se agita, es ya un gran limaco que se voltea al
unísono, cíclope de un solo pensamiento, prended las teas, la criatura debe
arder. ¡Dejadle en paz!, insiste. ¿Acaso no lo oyes?, dice el alcalde. ¡Mi hijo,
haced algo!, sigue fuera de sí Dolores mientras los alaridos procedentes del
interior siguen. Sara se imagina a la pobre mujer tratando de escapar de su

Página 52
prisión sabiéndose inútil. No vayas, por favor, no salgas, hijo, Miguel, cariño,
ya se irán. Es Aurora, dice Sara. La estáis asustando. Pero el monstruo solo es
capaz de escuchar lo que quiere; ¿acaso no oyes al chaval que pide ayuda, que
grita de dolor?
Adoración la agarra del brazo y tira de ella.
—¡Cállate!
—Déjame, madre. Esto no está bien.
El alcalde aporrea de nuevo la puerta; los goznes tiemblan y el alarido se
intensifica hasta que Miguel abre; a pesar de que tiene el rostro sereno, Sara
sabe que la procesión le va por dentro, conoce demasiado bien el miedo, su
aspecto, su olor, su sabor, cada una de sus manifestaciones. ¿Se puede saber
qué pasa? La turba calla, la caterva retrocede más por la sorpresa que por
temor, replegada a la espera del momento para volver a atacar. El silencio se
prolonga hasta que Dolores da un paso al frente: ¿dónde está mi hijo?, ¿qué le
has hecho? No sé de qué me estás hablando. ¿Javier, hijo, estás ahí?, ¡soy
mamá! Su voz es contestada por un nuevo alarido que brota del interior, y
Dolores, que ya no aguanta más, aparta a Miguel de un empujón y entra;
Miguel se revuelve, pero el alcalde lo agarra. ¡Dejadle en paz, él no ha hecho
nada!, grita Sara. ¿Y tú qué sabes?, siempre defendiéndolo, siempre sacándole
la cara desde críos, ya era un niño raro entonces, la acusa la turba al unísono.
Lo sé porque estaba conmigo, revela al fin. Yo los vi, confirma Luna, que
encuentra una oportunidad para construirse una coartada, quizás la necesite
más adelante, aunque tampoco es que le importe. Mientes, mientes, mientes,
mientes; tú también mientes, tú también mientes, tú también mientes,
sentencia la turba, es tu amigo, es tu madre, eres como él, eres de su sangre.
Dolores surge de la casa con el rostro descompuesto, lo único que puede
hacer es negar con la cabeza, el vómito asomándole en los labios; hace tiempo
que nadie ve a Aurora, solo Emilio y María la visitan de vez en cuando, hoy
no están allí, le traen la compra y la acompañan cuando Miguel se ausenta; lo
único que se sabe en el pueblo es que la mujer vive postrada, por eso su hijo
volvió para cuidarla, pero comprobar el deterioro en persona es otra cosa; el
hedor de las heces surge por la puerta, que ha quedado entornada, y alcanza a
la muchedumbre, la pobre mujer se lo ha hecho todo encima de preocupación,
por puro miedo. ¡Mamá! Miguel forcejea, Miguel escapa, huye y se pierde en
el interior cuando lo que en realidad quiere es matarlos a todos, que sufran,
que ardan en el infierno, puto pueblo de mierda, moríos todos de una puta
vez. No está, confirma Dolores ante la mirada de la turba. ¿Estás segura?, dice
el alcalde, ¿has mirado bien?, insiste. Dolores asiente. Os lo he dicho, estaba

Página 53
conmigo, dice Sara; la turba se voltea hacia Toño, el limaco le clava la
mirada, el monstruo le encima, tú nos has traído hasta aquí, ¿qué has hecho?,
¿dónde está el chaval?, vamos, habla. Eso es lo que le dije, vete a ver si
Miguel te enseña su ordenador nuevo, se excusa, pero no sé si al final vino o
no. Calmémonos todos, dice el alcalde, a ver, ¿cuándo fue la última vez que
lo viste, Dolores? Ayer por la mañana, cuando salió a jugar con Toño. ¿Y tú?,
insiste con Toño. No sé, le dije que me iba y que nos veríamos después. ¿Y
adónde fuiste? Toño duda; Luna conoce la respuesta tan bien como él, pero
no dice nada, espera a ver cómo se desenvuelven las cosas, por un momento
incluso piensa en qué pasaría si le negara tres veces; se deleita con la idea,
saborea su miedo, aunque sabe que tanto su abuela como su madre conocen la
verdad. Estuve en casa de los Salcedo, contesta Toño, que la busca entre la
multitud. ¿Y qué hacías allí?… ¿Estabas tú solo? No. ¿Con quién estabas?
Con ella, dice tras localizarla, su pelo rubio, su cara de niña-pija-de-ciudad-
de-ojos-tan-azules. La turba se voltea de nuevo como una bandada de
estorninos, aunque a Luna le parecen más bien urracas. ¿Es eso verdad? Luna
asiente. También estaba Richi, dice Toño por si su palabra no basta. Vamos a
ver, niña, trata de aclarar el alcalde: si andabas con Toño, ¿cómo sabes que tu
madre y Miguel estaban juntos? Porque los vi cuando volvía, contesta Luna,
que la busca, pero no la encuentra, hace rato que Sara ha entrado en la casa
para tratar de calmar a Miguel y ayudarle con su madre. No hace falta, Sara,
de verdad, gracias. Los odio, a todo este maldito pueblo, no sé por qué he
vuelto. Siempre han sido así. Creí que las cosas habrían cambiado. Las cosas
nunca cambian, Sara, la gente tampoco. Algunos sí. No aquí. Además, para
cambiar hay que querer, dice Miguel, que apostilla: las cosas son como son,
las personas también. Sara sabe que está en lo cierto, pero se resiste a darle la
razón, le queda algo de fe, no en Dios, sino, aunque parezca mentira, en el
género humano, esa es su condena. Está bien, escucha la voz del alcalde a
través de la ventana; organicemos una partida, al chaval puede haberle pasado
algo y aquí estamos perdiendo el tiempo, todos al ayuntamiento.

El haz de las linternas despierta a la tierra del sueño recién iniciado


mientras las partidas avanzan por campos, veredas y motas; una va
capitaneada por el alcalde, otra lleva al frente a don Anselmo y guiando la
tercera va Emilio, el alguacil, con sus perros; Miguel y Sara se han ofrecido a
acompañarles; el chaval no tiene la culpa, muerto de miedo como debe de

Página 54
estar, quién sabe si algo peor, han pensado; les dan igual las miradas, tampoco
les importan los cuchicheos que se activan a su paso y se dispersan.

¡JAVIER!
¡JAVIER!
¡JAVIER!

Pero es como si la oscuridad confinara cada uno de sus gritos, más bien
los devora; la noche es tan cerrada que apenas alcanzan a ver un paso por
delante, un paso por detrás y uno por ambos lados; cada buscador es una isla
de luz, un redondel ámbar pálido que tiembla bajo la luna nueva.

¡JAVIER!
¡JAVIER!
¡JAVIER!

El frío es inusual para la época del año y el calor retenido durante el día
no es suficiente para templar los ánimos, tampoco las manos, que tiritan
haciendo danzar las linternas.

¡JAVIER!
¡JAVIER!

Luna y Toño comparten equipo. No debí decirle que se fuera. ¿Te


arrepientes? Toño la mira; no, dice. Seguro que aparece, no te preocupes, trata
de tranquilizarle Luna. Puto crío, rabia Toño, que aunque sabe que no es
culpa suya, lo es, se dice; la culpa es así, uno no elige si sentirla o no,
tampoco puede sacudírsela de encima cuando le viene en gana; me cago en tu
puta madre, Javi, ¿dónde coño te has metido? Se supone que es su mejor
amigo y debería saber dónde buscarle, pero no está en la alberca, tampoco en
las canchas ni donde los lavaderos; le duele no saber, es más eso que otra cosa
ahora, eso entre todas las cosas. Maite camina unos metros por detrás, se ha
rezagado a posta para poder espiarles, desde que la maldita niña-pija-de-
ciudad ha llegado al pueblo todo ha empezado a torcerse; es una puta, Toño
solo tiene ojos para ella, aunque no es culpa suya, pobre, es de esa zorra que
le ha comido el seso, justifica su propia derrota; sabe que todos en el pueblo
cuchichean, alguno hasta la señala cuando pasa. Pobre Maite, el hijo de
Candelaria la ha dejado plantada por la niña-pija-de-ciudad, a este paso se va
a quedar para vestir santos. Su madre es la peor de todas: espabila, niña, o esa

Página 55
te lo va a robar, a ver si voy a tener que enseñarte a cómo conservar un
hombre. Ella, que fue la primera en señalarla cuando se enteró de que andaba
con Toño, precisamente. Ten cuidado con los de esa familia, que ninguno es
de fiar, no creen en Dios, tú, o es por la Iglesia o no sales de esta casa, ¿me
oyes?, que una cosa es ser pobre y otra bien distinta ser puta; tú pobre pero
honrada y con la flor intacta, hija. Hace tiempo que piensa en su futuro, lo ha
imaginado decenas de veces, construido ladrillo a ladrillo en el solar que es su
cabeza: sacarse el título de maestra, escapar de este maldito pueblo, dejarlo
todo atrás, su aire viciado, esa peste a podredumbre, sus casas insalubres, sus
calles viejas y sucias, a su madre, a su padre, casarse, tener hijos, tres, quizás
cuatro, no tiene hermanos y se siente sola, necesita sacudirse la penuria de
encima, esta maldita miseria que se le acumula bajo las uñas; a veces se
imagina dando clase en un colegio de señoritas de Madrid, y para eso necesita
a Toño, es su vía de escape, la llave para abrir esa cerradura, pero no tiene ni
idea de que él no quiere marcharse; es verdad que tiene otros pretendientes,
pero ninguno le gusta. Eso ya vendrá, ¿crees que yo me casé enamorada de tu
padre?, el amor se trabaja, hija, solo entonces viene, no deja de repetir su
madre, pero ella es diferente, ha ido al colegio, tiene sueños, deseos que su
madre jamás —eso cree— ha tenido. A ti lo que te pasa es que te crees mejor
que los demás, la cabeza llena de pájaros es lo que tienes; el que nace pobre,
pobre se queda, las cosas son así, hija, cuando antes lo aceptes, mejor.
Hace rato que los gritos han cesado, también los perros han dejado de
ladrar, vienen con la lengua fuera y las correas flojas; la búsqueda ha sido
inútil, no hay ni rastro de Javier por ningún lado. ¡Basta por hoy!, grita
Emilio, que sabe que no hacen más que dar palos de ciego; ha insistido otra
vez en llamar al cuartel, pero el alcalde no ha querido. ¿Y si resulta que el
crío está por ahí haciendo de las suyas y aparece, se lo explicas tú? La partida
se detiene cuando la alborada se insinúa en el horizonte. Que alguien vaya a
avisar a los demás, el resto marchaos a casa a descansar, mañana será otro día.

Página 56
VIII

Dora lleva días inquieta; de hecho, el amanecer la sorprende sin haberse


acostado, no ha querido formar parte de ninguna de las partidas; a su edad le
duelen los huesos y el frío la destempla, también le revuelve las tripas, aunque
no sabe si las tiene así por la climatología o por el desasosiego que se le ha
agarrado a las paredes del estómago desde hace días, solitaria maldita que se
ceba con su ánimo y contra la que nada puede hacer; sabe —intuye más bien,
pero sus instintos son cada día más clarividentes— que Javier ya no está entre
los vivos; el chaval está muerto, no sabe cómo ni dónde, eso es lo de menos;
lo que en realidad no la deja dormir es la sospecha de quién ha sido, aunque
no quiere dar pábulo a ese pensamiento, por eso lo niega cada vez que le
asoma a la cabeza, la sacude como si de ese modo pudiera exorcizarlo.
En cuanto el sol supera el muro del patio y se cuela por la ventana de la
cocina, las oye llegar.
—¿Algo?
Sara agacha la cabeza.
—¿Cómo está Dolores?
—Desesperada.
—¿Y Jesús no piensa llamar a la Guardia Civil?
—Emilio dijo que de hoy no pasaba, que si no ha aparecido es que le ha
sucedido algo.
Luna calla, la conversación no le interesa, tiene el vientre vacío, las manos
frías y los pies helados.
—Voy a hacer el desayuno —dice Dora dándoles la espalda, no quiere
que su nieta le lea en los ojos lo que piensa.
—No tengo hambre —contesta Sara—. Voy a acostarme.
Abuela y nieta se quedan solas. Adoración siente un temblor que le trepa
por la espalda; si no fuera porque no puede ser, diría que se trata de una reata
de hormigas que deambula por su columna y, llegadas a un punto que no sabe
determinar, se cuelan convirtiendo su cuerpo en un hormiguero de la punta de
los dedos de las manos a la de los pies, que es donde más las nota ahora.

Página 57
—¿Qué quieres? —pregunta.
—Café con leche y tostadas.
Dora corta el pan y lo pone a asar sobre la placa, calienta leche en un cazo
y deja el tarro de Monky sobre la mesa, después alcanza un tazón y un plato.
—Coge cubiertos.
—¿Dónde están?
—En el cajón de ahí.
La niña le da repelús, no sabe explicar de otro modo sus silencios, esos
ojos-tan-azules que le parecen vacíos, la sonrisa fría; ni siente ni padece,
piensa; ha sido ella, piensa también, pero aunque no es su hija, sigue siendo
carne de su carne, por eso se pregunta, inquieta: ¿qué harás si de verdad ha
sido ella?
—Abuela, la leche.
El líquido rebosa y se vierte sobre la cocina, una espuma que no es del
todo blanca, más bien marfil, hueso o blanco roto, ahora el blanco ya no es
solo blanco, como tantas otras cosas; nada es solo lo que es ni lo que parece,
lo que ha sido siempre. No es tan sencillo, madre, le dijo Sara al anunciarle
que se divorciaba, ¿por qué?, ¿para qué?, piensa Dora mientras retira el cazo,
todo era más simple cuando ella era niña; esto es lo que hay, si no te gusta, te
aguantas, le decía su padre; su madre no decía nada. Luna desayuna en
silencio mientras Adoración pone el cacharro a remojo y limpia la placa,
después se seca las manos y se marcha; no quiere pasar más rato con ella, eso
significaría tener que mirarla, que hablar de algo, comentar lo sucedido, y no
tiene fuerzas, tampoco ganas. Debo ver a don Anselmo, piensa entonces;
espérate, Dora, deja que encuentren al chaval primero, que la Guardia Civil
aclare lo que ha pasado, se dice después.

La Guardia Civil encuentra el cuerpo a media mañana; el cabo y un


guardia han visto el cuco a lo lejos, parece abandonado, déjalo, que ahí no hay
nada, dice el cabo, aun así le echo un vistazo por si acaso, mi cabo, ha
contestado el guardia. El cabo —no tiene nombre, es el cabo para todos—
saca el paquete de tabaco y se enciende un cigarrillo; hace rato que suda, el
calor aprieta, dos churretes bajo los sobacos y un triángulo en su espalda dan
fe de ello; si le preguntaran diría que cree que el chico se ha perdido, que se le
ha ido el santo al cielo jugando y ahora tiene miedo de volver por el castigo
que pueda caerle, eso les ha dicho el alcalde; el crío es subnormal, estará
muerto de miedo, no vayáis a asustarle más, que nos conocemos. El pitillo se

Página 58
le atraganta a la segunda calada. ¡Aquí, mi cabo! El cabo aplasta la pava
contra la bota y devuelve lo que le queda de cigarrillo al paquete, después
atraviesa el campo a toda prisa cuando ve salir al guardia desencajado, el
chaval echa el desayuno sobre la tierra cuarteada —café con leche y una
tostada también—, se limpia los restos con el dorso y levanta el brazo a la vez
que el cabo alcanza la construcción y se asoma; lo primero que ve es el cepo
de hambre saciado, la pierna a medio arrancar, el hueso que sobresale,
después descubre la cabeza abierta a pedradas, la mancha de sangre que
colma el suelo, hasta el punto de que la tierra, sedienta como estaba, se la ha
bebido toda. Vete a avisar, niño, ordena al guardia, y que vayan llamando a
juez y médico.
A la hora, todo el cuartel, y con ellos el alcalde, el alguacil, don Anselmo
y medio pueblo, está ya en la escena. ¿Qué pasa?, ¿qué han encontrado?
Dicen que es Javier. ¿El chaval? Sí. Dios santo. Está muerto. Dios santo.
¿Qué ha pasado? No lo sé. ¿Se sabe cómo? No lo sé. Dios santo. La última en
aparecer es Dolores, que se les ha escapado a los guardias que han ido a casa
precisamente para eso, para evitar que se les escapase y que, Dios no lo
quiera, viera el cadáver tal como está. Tampoco ha llegado el juez; ambos,
togado y galeno, vienen de Ciudad Real, de modo que quizás compartan
coche, quién sabe, para qué venirse en dos. ¡Dejadme ver a mi hijo! ¡Quiero
ver a mi niño! Javier, cariño, mi vida, ¿qué te han hecho? ¿Quién ha sido?
¡Qué te han hecho! Pobre mujer. Qué desgracia. No hay nada peor que perder
a un hijo aunque el crío sea así, ya me entiendes, dice alguien; quizás solo lo
piensa. Un hijo es un hijo, eso es así, murmuran otros apostados a la esperar
de vislumbrar algo, quién sabe si hasta de tener suerte y ser capaces de ver el
cuerpo; no saben que, de hacerlo, la imagen les acompañará de por vida, que
es lo que les pasará a Antúnez y al cabo. Si Dolores los oyera, les gritaría que
se callaran. ¡Callaos todos de una puta vez!, mi hijo os importa una mierda,
nunca os ha importado el tonto del pueblo, el mongolo, el subnormal; pero no
puede porque lo único que es capaz de escuchar es el latido de su sangre en
los oídos, su retumbar en las sienes justo antes de desmayarse. Lleváosla de
aquí, ordena el cabo. Lo han cazado como a una alimaña, mi cabo, después lo
han rematado a pedradas, dice el guardia. Ese cepo es viejo, hace tiempo que
no se usa, quizás alguien lo había dejado aquí y el chaval entró, lo pisó y el
dueño, al darse cuenta de lo que había pasado, tiró por la calle de en medio.
No joda, mi cabo. No jodo, Antúnez [así se llama el guardia, veinticinco,
natural de La Puebla de Almoradiel], yo elucubro, pienso y luego expongo, a
veces con acierto, otras sin; ¿de quién son estas tierras? De un tal Auñón.

Página 59
Tráemelo. A la orden, mi cabo. Y espántame a toda esa gente. Si sacudimos el
panal, mi cabo, igual la cosa se pone peor. ¿Me has salido apicultor ahora,
Antúnez? Llevaos a la madre de vuelta aunque sea, es una orden. Antúnez se
cuadra, saluda y hace una seña al compañero que sostiene el cuerpo yaciente
de Dolores, una piedad invertida; la mujer no ha querido probar ni un sorbo,
no le entra nada en ese vientre del que hace poco más de catorce años salió su
hijo y que ahora se le ha quedado vacío del todo.
Don Anselmo hace señas al cabo. ¿Qué pasa, padre? Alguien debería
darle la extremaunción. ¿No es un poco tarde? Al César lo que es del César y
a Dios lo que es de Dios, cabo. ¿Qué quiere decir con eso, padre? Que yo no
me meto en sus cosas, así que no se meta usted en la mías. Como quiera,
padre, pero le advierto: el que ha hecho esto es un animal, así que más le
valdría rezar para que le atrapemos antes de que se lo haga a alguien más.
Don Anselmo da un paso y se detiene en seco, de pronto le espanta la idea de
enfrentar el cadáver y que su fantasma se le pueda quedar pegado. No pasa
nada por no entrar, Anselmo, piensa; da igual dónde rece uno, Dios está en
todas partes, tampoco es que las bendiciones tengan un radio de acción
limitado, aunque vete a saber, quizás también en esto haya clases como en
todo; y de repente, en medio de esa oscuridad que le rodea —por mucho que
el sol le abrase la cabeza—, don Anselmo piensa en si Dios distinguirá entre
feligreses de onda larga, onda media y onda corta como él hace entre devotos
de primera, de segunda y de tercera; por esta santa unción y por su bondadosa
misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre
de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad, recita,
amén, remata, y al retirarse se da de bruces con el cabo, que termina de
santiguarse por mucho que haga tiempo que dejó de creer en la bondad de
Dios, mucho menos aún en la de los hombres. Hay que estar a buenas con el
de arriba siempre que se pueda, padre, se justifica; nunca se sabe, añade.
Nunca se sabe, repite esta vez para sí.

Cuando Sara despierta, su padre la observa desde el borde de la cama; no


sabe cuánto rato lleva allí, quizás la ha velado desde que se acostó; el sol
entra a raudales por la ventana, y a pesar de que los muros son gruesos, el
calor se ha ido abriendo paso hasta calentar la habitación; el único sitio de la
casa que permanece aún fresco es el extremo del pasillo más pegado a la
cocina, por eso quien la construyó colocó allí la despensa. Esta vez ni siquiera
le pregunta, ha pensado que es mejor así, si el hombre quiere algo, ya se lo

Página 60
dirá; así que se levanta y va al baño a vestirse —su padre es un fantasma, pero
no deja de ser su padre—, y para cuando sale, el hombre ya ha desaparecido.
—¿Qué pasa? —pregunta al ver la expresión anclada en el rostro de su
madre al entrar en la cocina.
—No te has enterado.
—¿De qué?
—Han encontrado al chaval.
—¿Está bien?
—Está muerto.
A Sara se le encojen las entrañas; no es su hijo, pero es madre como
Dolores y como Adoración —por muy mala que haya sido, que siga siendo—,
por eso siente el vacío en el vientre que sienten todas las madres, esa ausencia
física que toda mujer que ha parido experimenta al conocer la muerte de un
niño, da igual de quién sea, cómo sea, por qué y en qué rincón del mundo
tenga lugar.
—¿Qué ha pasado?
—No se sabe mucho aún, pero le han matado, eso seguro.
—¿Qué quieres decir?
—Que no ha sido un accidente —dice—, le han matado como a un
animal.
—¿Dónde está Luna? —Sara repite la pregunta; de pronto siente miedo,
una angustia que se materializa en náusea, ¿dónde está mi niña?, hay un
animal suelto por ahí, ¿dónde estás, Luna, cariño?; no imagina [cómo hacerlo]
que el monstruo al que tanto teme ha surgido de su propia entraña.
—Salió hace un rato —responde Adoración—. Anda todo el pueblo
revuelto, esto va a acabar mal.
—¿Por qué?
Dora calla, Dora la mira, Dora se santigua, Dora lo suelta al fin: porque el
asesino es alguien de aquí. Sara piensa entonces en Miguel; recuerda la turba
frente a su casa, aún puede oler su aliento fétido, escuchar su rugir
hambriento, ver sus ojos sedientos de sangre; miedo, no haces más que sentir
miedo, Sara, en todas partes, a todas horas, todo son miedos.
—¿Te preparo algo?
—No tengo hambre.
—Algo tienes que comer.
—Luego.
Sara sale a la calle, siente la necesidad de dar con su hija, de asegurarse de
que está bien con sus propios ojos, tocarla con las manos, introducir los dedos

Página 61
en sus yagas; también piensa en Miguel, teme que la gente pueda concentrarse
de nuevo frente a su casa ahora que saben que el chaval está muerto; por eso,
de tan ensimismada que va no ve el vehículo aparcado frente a la casa,
porque, de hacerlo, regresaría de inmediato para encerrarse en su habitación y
no volver a salir jamás.

Página 62
IX

Luna espera a Toño entre las ruinas de los Salcedo, las de su casa y las de su
vida; quiere hablar con él para sonsacarle; lleva un rato sola cuando Richi se
acerca, lo sabe por esa tos ronca que le acompaña siempre, heraldo mecánico.
Mira a quién tenemos aquí, dice Richi una vez echado pie a tierra, después
pone el caballete y deja su tesoro aparcado bajo la higuera que crece en una
de las esquinas de la finca. ¿Estás sola? Luna calla. Richi lo interpreta como
un sí. Qué suerte la mía, por cierto, no sé cómo te llamas, yo soy Richi. Lo sé,
contesta Luna. ¿Y tú? Luna. ¿Luna? Luna asiente. ¿Eso es un nombre? Creo
que es la primera vez que conozco a alguien que se llame así. Siempre hay
una primera vez. ¿Esperas a alguien? ¿Y tú? Me apetecía dar una vuelta. ¿Y
te has venido desde Villafranca? Me gusta esto, está más tranquilo que de
costumbre ahora que la gente está como loca con lo del chaval muerto, dicen
que se han llevado a uno al cuartel para interrogarle esta mañana. ¿Sabes
quién? Uno al que le gustan los críos, por mí como si le cortan los putos
huevos, esa gente me da asco. ¿Quién? Los maricones que andan con niños.
Javier ya no era un niño. Lo que sea, putos enfermos. A pesar del calor, Richi
no se desprende de la chupa. ¿Te gusta? Me la trajeron de Londres. No está
mal. Claro, en Madrid habrás visto muchas así. Luna asiente. ¿Y de estas, has
visto alguna?, dice Richi mientras saca una navaja del bolsillo. ¿Puedo? Te
costará un beso. Luna clava sus ojos azules en los verdes [al fin puede verlos]
de Richi, después calibra, calcula y valora hasta que se acerca y le besa en la
mejilla. No, aquí no, aquí, le dice Richi posando el índice sobre sus labios.
Tarde, dice Luna. Richi suelta una carcajada. Se abre apretando aquí, le
indica. Luna coge la navaja, presiona el botón y la hoja salta. Es italiana. Es
bonita. ¿Para qué la quieres? Para qué va a ser. ¿La has usado alguna vez? ¿A
qué te refieres? Con alguien. Richi permanece en silencio. Una. ¿Y cómo es?
¿El qué? Apuñalar a una persona. Richi empieza a sentir la frialdad de esos-
ojos-tan-azules posados en él y se le eriza el vello de la nuca, esta tía es un
poco rara, piensa, pero le da igual, está muy buena y eso es lo único que
importa. Apenas me enteré, responde. El tío se me abalanzó y casi se la clavó

Página 63
él mismo. Luna observa el reflejo de su propia mirada en el metal, el acero
proyecta un punto de luz en la pared, una mota argentada que danza por los
restos de papel pintado a medida que apuñala el aire. Ten cuidado, dice Richi,
está nervioso, no sabe por qué, y él nunca está nervioso. Devuélvemela. Luna
da un paso atrás, después amaga una estocada, Richi sonríe mitad inquieto,
mitad excitado. Te gusta jugar, ¿eh? ¿También saliste a jugar el otro día?,
suelta de repente. Luna detiene sus ademanes, sabe a qué se refiere, pero le
ignora. ¿Y a ti?, pregunta. Depende de a qué, contesta Richi, que añade: ¿me
la devuelves? Luna guarda la hoja. ¿Y qué me das a cambio? Richi sonríe.
¿Qué quieres? Luna se asegura de que Richi note que le observa. Tu número
de teléfono. No tengo, pero si quieres dejarme un mensaje puedes llamar al
Mesón de Villafranca, ¿tienes para apuntar? Luna niega con la cabeza. Lo
buscaré. Además, tenemos algo pendiente, le recuerda Richi. ¿No te has
traído la cámara hoy? No, ¿y tú? Tampoco esperaba encontrarte. Una pena,
dice Luna, que hace rato que se ha hecho con el control de la situación sin que
Richi haya podido evitarlo; ni siquiera se ha dado cuenta. Ambos escuchan
ruido de pasos, primero; un muro que se descascarilla, después. ¿Hola? Toño
entra en la habitación y siente un punto de celos. ¿Qué coño haces tú aquí?,
pronuncia desafiante. Lo que me da la gana, contesta Richi. Ya se iba, dice
Luna. Richi sonríe. O no. Luna le clava la mirada. Richi sonríe de nuevo con
esa mueca torcida. Vale, ya me iba, nos vemos por ahí, se despide de Luna.
¿Qué coño quería ese?, dice Toño una vez solos. Nada. Puto gilipollas, aléjate
de él, te lo digo en serio. Sé cuidarme sola. Lo sé, pero ese tío es mala gente,
de verdad, quiere que Luna interprete la advertencia como algo serio y no
solo como lo que es en realidad. ¿Cómo estás?, le pregunta Luna entonces.
Bien, contesta Toño; bueno, como cabe estar, matiza. Luna asiente. Luna se
acerca, lo abraza y Toño se derrumba, no puede pensar en un sitio mejor para
hacerlo. No lo entiendo, de verdad, no lo entiendo, quién coño puede haberle
hecho algo así. A la gente no le gustan las personas distintas, contesta Luna.
No hacía mal a nadie, repite Toño. ¿Cómo está su madre? Imagínate. No lo
entiendo, de verdad que no lo entiendo, joder, insiste Toño como si tuviera
mala conciencia. Han dicho que la Guardia Civil se ha llevado a alguien para
interrogarle. Toño se seca las lágrimas y responde: a Miguel, puto pervertido.
¿Creen que ha sido él? Si no, no se lo hubieran llevado, ¿no? Y tú, ¿crees que
ha sido él?, pregunta Luna. No lo sé, responde Toño. A la gente no le gustan
los diferentes, dice Luna una vez más: les tienen miedo.

Página 64
Sara espera en el salón junto a la madre de Miguel; nadie más ha querido
hacerse cargo de ella, quién va a ofrecerse a cuidar a la mujer que ha dado a
luz al monstruo, al vientre que ha alumbrado a semejante criatura; ella
también es culpable, tanto como él, culpable, culpable, culpable. En cuanto la
Guardia Civil —venía el cabo, le acompañaba Antúnez— se ha personado en
la casa y la han visto así, han preguntado a Miguel si tenía con quién dejarla.
No está detenido, solo queremos hablar con usted. ¿Y no podemos hablar
aquí? No. Tiene que acompañarnos al cuartel, le ha dicho Antúnez, que luego
ha añadido un por favor de lo más tibio. No se preocupe, estará pronto de
vuelta, ha señalado el cabo. Miguel le ha dedicado su mejor sonrisa, pero no
ha dicho nada, con eso bastaba, en el gesto iba contenido todo lo que quería
decir: necesitáis un culpable y el maricón os viene de perlas, claro, pues sea;
el gesto también contenía toda su rabia, aunque de eso ni el cabo ni Antúnez
se han dado cuenta a pesar de que son buenos observadores; después ha
cogido el teléfono y ha marcado el número de la casa de Adoración. Hola,
¿está Sara? Ha salido. ¿Eres Miguel? Sí. Creo que iba a verte. Nada más
colgar, el timbre ha anunciado la llegada de Sara. Hola, ¿qué pasa? Tengo que
ir al cuartel, ¿puedes cuidar de mi madre hasta que vuelva? A pesar de que la
idea de quedarse a solas con ella ha vuelto a revolverle el estómago, Sara ha
contestado que sí; cómo iba a negarse, decirle que su madre le da repelús.
¿Sabes cuánto tardarás?, ha preguntado en cambio. Eso díselo a ellos. ¿Quién
es usted?, ha querido saber el cabo. Sara, que ha añadido: se lo dije el otro día
a todo el que quiso escucharme, él no es así, no es de esos, dice sin realmente
saberlo; Miguel no ha hecho nada, insiste; estuvimos juntos toda la tarde. El
cabo y Antúnez se han mirado. Anota sus datos, hablaremos después con
usted, señora, no se preocupe. ¿No tienen otra cosa mejor que hacer que andar
molestando a inocentes? Eso se verá, señora. Sara sabe que es mejor no
insistir, no quiere que las cosas empeoren por su culpa. Te espero aquí, ha
dicho, y se ha sentado en la butaca contigua a la de la madre de Miguel, que
aún conservaba parte de su calor y el esbozo de su silueta. Si quiere agua,
dásela mojando un trapo, le cuesta tragar, y no te preocupes por nada más, ya
lo haré yo cuando vuelva, dice Miguel. Vete tranquilo, ha dicho Sara. Gracias.
Y aquí está ella, junto a esta mujer que ya no sabe qué es en realidad, si ser
humano o animal, mitad de lo uno y mitad de lo otro, tal vez una quimera; no
conoce mucho de la enfermedad que la aqueja; tampoco tiene ni idea del
infierno en el que la mujer vive postrada. La madre de Miguel la mira con los
ojos anegados; Sara se acerca, se los seca y cree ver algo en ellos, un destello;
no comprende que la mujer aún es capaz de ver y de oír, de sentir y sufrir por

Página 65
su hijo, por cosas que ella ni imagina y por otras que desconoce, pobre madre
enclaustrada. No se preocupe, Aurora, dice, ya verá como no es nada. Apenas
la recuerda de cuando era pequeña; lo primero que le viene a la cabeza es un
día de nubes tristes, esas tristes nubes es lo que evoca de la mañana en la que
fue al colegio a recoger a su hijo después de que le dieran una paliza por
defenderla. Puta, puta, puta, tu madre es una puta y tú no tienes padre.
Siempre hubo habladurías en el pueblo, pero por mucho que Aurora sufrió el
escarnio y la flagelación por ser madre soltera; jamás reveló quién era el
padre de Miguel, ni siquiera a don Anselmo, que tanto la amenazaba con las
llamas del infierno. Puta, puta, puta, Aurora es una puta y Miguel no tiene
padre. A saber de quién es el chaval, Dios la ha castigado con un hijo
enfermo por puta, seguro que se dejó preñar por algún desgraciado y ahora
mírala, sola y con un hijo así, qué desgracia, se lo tiene merecido.
Sara siente de pronto un dolor grave en el pecho; sabe que no es un mal
físico, sino algo mucho más profundo, su propia infancia sin padre, aunque a
diferencia de Miguel, el suyo, ya sea ahora fantasma, espíritu o espectro, yace
en el cementerio bajo una losa de granito velada por un ciprés, también a los
pies de su cama desde que ha vuelto; el ser humano es la criatura más cruel
que existe, piensa; lo que los hombres hacen a otros hombres provoca heridas
atroces y deja cicatrices profundas; Sara sabe que el tiempo las mitiga, tanto
como sabe que algunas jamás sanan; también sabe que, a pesar de que se
parezcan, cada herida es singular. Lo que aún no sabe, pero está a punto de
descubrir, es que es precisamente a través de ella por donde nos entra a todos
la luz; así es el ser humano, una especie de extremos que solo inflige amor o
dolor, o dolor o amor, o amor y dolor, o dolor y amor; lo único que podemos
hacer es esperar que, llegado el día de saldar la cuenta, hayamos dado más de
lo uno que causado de lo otro.

Adoración abre la puerta y lo deja entrar. Hola. Hola. Sara no está. Lo sé,
la he visto salir. Por un instante duda de si hace lo correcto; no sabe que ha
metido al Diablo en su casa —aunque lo sospecha—, como tampoco sabe —
aunque también lo sospecha— que al abrir esa puerta ha precipitado un
acontecimiento cuyas consecuencias es incapaz de predecir; es su marido,
piensa, da igual lo que diga la ley, a ojos de Dios lo será hasta que la muerte
los separe como hizo con ella y el padre de Sara, Dios lo tenga en su gloria.
¿Puedo esperarla aquí? Adoración asiente. ¿Has comido? No. ¿Y Luna?
Tampoco está. Casi mejor, así podemos hablar tú y yo. Dora le precede a la

Página 66
cocina. Huele bien. Siéntate. Álvaro echa un vistazo a su reloj, Adoración le
intuye el gesto por el rabillo del ojo, está impaciente, también nervioso. En
esta casa todo el mundo hace lo que le viene en gana, se queja, no veas las
ganas que tengo de que te las lleves, añade expresando su deseo en voz alta,
llévatelas, llévatelas a las dos de aquí cuanto antes, se reafirma en secreto.
Álvaro sonríe. No te preocupes. ¿Has hablado con ella? A mí no me hace
caso, le dije que fuera a ver a don Anselmo, pero ni eso. Ya sabes cómo es,
mujer. No, no lo sé, ya no la conozco, desde que se marchó de esta casa se ha
vuelto una extraña, algo hice mal, dice, y justo en ese instante uno de los
cacharros que cuelga sobre los fuegos se precipita con estrépito; Dora se
santigua, desde que la niña está en la casa pasan cosas extrañas, aunque
quizás no sea más que sugestión; eso es, Dora, te imaginas cosas, pero no
estará de más pedirle a don Anselmo alguna estampita, un rosario bendecido,
algo, un conjuro incluso, quizás hasta deberías ir a ver a Pilar-la-bruja, toda
ayuda es poca. ¿Qué te ha contado tu hija?, la saca Álvaro de su
ensimismamiento. Nada. Mira, Dora, quiero serte sincero: no he sido un buen
marido, a veces, con el estrés del hospital, pierdo la paciencia, lo reconozco,
es mucha responsabilidad tener la vida de tanta gente en tus manos y lo pago
con quien no debo, eso es así, pero quiero a tu hija, es lo que más quiero en
este mundo; no sé cómo aguantas la soledad, añade al final. Adoración
remueve la comida mientras piensa que es todo lo contrario, solo así, rodeada
de silencio, ha sido capaz de ir callando su culpa hasta silenciarla, hasta
olvidarla; le ha costado años y ahora todo amenaza con venirse abajo como
ese cazo. Quiero demostrarle que puedo cambiar, continúa Álvaro, voy a
pedir un puesto de administración en el hospital; así podré tener más tiempo
para ellas, remata ajeno a los pensamientos que asolan a Adoración, por eso
necesito tu ayuda.
La puerta de la calle se abre.
—¿Hola?
Adoración teme la reacción de su hija, también que empiecen las
habladurías, aunque, por suerte, la gente tiene otras cosas en las que centrarse;
al final va a resultar que la muerte de Javier va a traer algo bueno, se dice,
pero no es Sara, sino Luna, la que se detiene en el umbral; ya sabe que su
padre está en la casa, no es solo por el coche aparcado, es también por su olor,
su padre no es como los demás; todo en él debe desprender estatus, su ropa,
su calzado, el corte de pelo, la manicura, su eau de toilette Yves Saint Laurent
Pour Homme de caja roja, el tarro de cristal con el tapón también rojo. ¡Hola,
Luna, hija! Hola, papá. ¿Sabe mamá que estás aquí? Aún no. ¿Cuándo has

Página 67
llegado? Hace un rato. ¿Qué tal lo estás pasando? Han matado a un niño, es lo
único que contesta. Álvaro busca la mirada de Dora. ¿Qué ha pasado? La
Guardia Civil lo encontró muerto ayer. ¿Dónde? En un campo. Dios mío. ¿Y
se sabe quién ha sido? Luna mira a su abuela, después regresa la mirada a su
padre, todo el mundo cree que ha sido Miguel, dice. ¿Quién? Miguel, repite
Luna. Álvaro entiende al fin que se refiere al maricón, el amigo de Sara al que
tuvo que espantar para que dejara de ver a su mujer y no le metiera ideas raras
en la cabeza. Lo sabía, dice, nunca me gustó, se lo dije mil veces a tu madre,
ese tío no es normal, tiene algo raro, coño, ¿no lo ves?, ese tío no es bueno ni
para ti ni para nadie, debes dejar de verle, y mira ahora. ¿Dónde está tu
madre? Luna contrae los hombros; solo Adoración sabe que su hija está en
casa de Miguel, pero calla; por un instante ha sentido miedo, ese cosquilleo de
cientos de hormigas en la punta de los dedos de manos y pies convertido ya
en estática; quizás me equivoque, piensa; ¿ahora dudas, Adoración?, se
recrimina acto seguido. A pesar de que hace rato que la casa está caliente,
siente el suelo helado, se le han enfriado las plantas de los pies y tiene los
tobillos hinchados, cree incluso exhalar rocío al respirar; esto no es normal,
ayúdame, Señor, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Nunca quiso tener hijos, jamás tuvo eso que llaman instinto maternal.
Tranquila, mujer, eso ya vendrá, en cuanto le veas la carita al bebé no podrás
dejar de quererle, le decían una y otra vez, así que se quedó embarazada y
esperó el milagro prometido, pero ni los cielos se abrieron ni el amor
descendió en forma de lengua de fuego tras el parto, después trató de hacerlo
lo mejor que pudo hasta que su marido insistió en tener otro, quería un varón;
ya tenemos a la reina de la casa, ahora falta el rey, le dijo como si eso se
pudiera elegir; Adoración optó entonces por rezar: Señor, aparta de mi este
cáliz sin peros; y se ve que Dios la escuchó, que la cosa no tenía que ser, y
ahora, de repente, después de tanto tiempo, siente un miedo repentino,
visceral, un terror absurdo a que le pueda pasar algo a su hija, a que este
hombre le haga daño de nuevo; ¿es eso, Adoración, lo que realmente te
preocupa?, se pregunta, ¿qué si no?, piensa.
Sara franquea la puerta muerta de miedo; apenas ha atinado con el pomo
tras ver, esta vez sí, el coche aparcado fuera; recorre el pasillo con el vientre
encogido, siente náuseas y tiene ganas de vomitar; por un momento teme
hasta orinarse encima, por eso se detiene para tomar aire y pensar en huir; ¿de
qué serviría?, no puedes pasarte la vida huyendo, Sara, se dice a punto de
entrar en la cocina. ¿Qué haces aquí? He venido a veros a ti y a la niña.
Teníamos un acuerdo. Lo sé, pero os echaba de menos, llamé a tu madre y me

Página 68
dijo que estabais aquí, me lo imaginé cuando te marchaste. Sara asiente, mira
a su madre, después a Luna antes de regresar a Álvaro; no puedes quedarte
aquí, te vas a un hotel. ¿Cómo se va a ir a un hotel, hija? Si él se queda, la que
se va soy yo, tú verás. No te preocupes, mujer, ¿dónde puede uno dormir en
un buen sitio por aquí? En Las Palmeras, contesta Dora, está en Villafranca.
Álvaro asiente, muy bien, volveré mañana, tenemos que hablar.

Página 69
X

Todo está tranquilo; es la calma que precede a la tempestad a pesar de que el


cielo luce como mar quieta, ni una sola nube altera su lisura, tampoco el
viento riza su superficie; lo único que rompe su monotonía son algunas
estrellas y un amago de luna. La casa está en silencio, tan callada que hasta
puede oírse el clocar de las gallinas, también el ir y venir de los conejos en el
patio y el canto de las cigarras cortejándose a lo lejos. Dora y Sara hablan en
la cocina; hace rato que Luna ha subido a dormir aunque no está acostada, se
ha instalado en uno de los peldaños de la escalera, el pasillo como una cánula
que conduce las palabras de su abuela y su madre hasta donde está, curiosa,
oculta, a la espera de revelaciones que completen el mapa del tesoro.
—Dale una oportunidad.
—¿De qué, madre? ¿De que me mate?
—Eres una exagerada, está arrepentido.
—Los hombres como él no cambian.
—Los hombres son hombres, hija.
—Hay hombres buenos.
—¿Como Miguel?
Sara acusa el golpe, aunque no es suficiente para noquearla; cada vez
aguanta mejor el castigo, en eso sí tiene que darle las gracias a Álvaro, la ha
convertido en una buena fajadora a base de menosprecios, insultos y
bofetadas; de nudillos y de eres una mierda, eres una puta, no vales para nada,
quién coño te va a querer, mayor como eres, con una hija como tienes,
desgraciada; la misma boca que te hace amar te acaba haciendo odiar; no lo
vio venir, todo eran lisonjas y atenciones al principio, un amor de película, él
era Charlton Heston, ella Deborah Kerr, y el golpe de mar, mientras se
besaban, el anticipo del tsunami que lo iba a arrasar todo; aunque entonces no
lo sabía, claro, como tampoco ahora sabe otras cosas.
—Miguel no ha hecho nada.
—No es eso lo que dicen.
—Quién.

Página 70
—La Guardia Civil.
—La Guardia Civil se lo ha llevado y la Guardia Civil lo ha devuelto sin
acusarle.
—¿Y qué hacías tú mientras en su casa?
—Cuidar de Aurora.
—Suerte tiene de no enterarse de nada, la pobre, bastante ha pasado ya en
esta vida.
Bastante le habéis hecho pasar tú y todos los demás, piensa Sara mientras
recuerda la mirada de Aurora durante la espera; la mujer la mira y llora, ella
le seca los ojos; la mujer vuelve a mirarla y vuelve a llorar, así una vez tras
otra, hasta el punto de que, de tanto llorar, Sara teme que vaya a secarse. No
se preocupe, Aurora, verá como vuelve pronto, yo sé que Miguel no ha hecho
nada, su hijo es inocente; Miguel es un buen hombre, repite a modo de letanía
para aliviarla, también para convencerse a sí misma a la vez que piensa si no
será algo distinto lo que inquieta a la mujer. Hay tantas cosas que no sabes,
Sara, le diría Aurora de poder liberarse de sus cadenas; su hijo no ha querido
contarle nunca la verdad, tampoco dejó que ella lo hiciera mientras pudo,
antes de empezar a vivir así, encarcelada; lo que no entiende es por qué a
pesar de lo que insistió; han pasado muchos años ya, hijo, ¿por qué seguir
callando, cariño? Pero jamás obtuvo respuesta, ni entonces ni, mucho menos,
ahora.
—¿Quién es Soledad Salcedo, madre? —suelta Sara de repente.
—¿Quién te ha dicho ese nombre?
—Eso no importa.
—Sí importa.
—¿Por qué?
—…
—Un hombre en el cementerio.
—Matías.
—Dime quién es.
—Nadie.
—Mientes.
—…
—El hombre del cementerio dijo que fue el gran amor de papá.
Dora calla.
Dora aprieta las muelas y se descascarilla el esmalte, también se muerde
los carrillos hasta hacerse sangre.

Página 71
—Matías no sabe lo que dice —contesta—. Hace tiempo que se le fue la
cabeza, todo el día entre muertos.
—Entonces, dime quién es —insiste Sara.
Dora siente un temblor bajo los pies, una vibración cuyas ondas se
extienden por el suelo, las paredes y el techo haciendo bailar la lámpara del
salón clausurado; los vasos empiezan a rebullir en los estantes de la alacena,
también los platos recién escurridos y los cacharros que cuelgan sobre la
placa; espumaderas, cucharones y pinchos castañetean como si un tren
atravesara la casa a toda velocidad.
—Murió hace tiempo.
—Eso ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué preguntas?
—¿Por qué dijo ese hombre que era el amor de papá?
—Ya te lo he dicho: porque está senil.
Mientes, mientes, mientes, piensa Sara.
Calla, calla, calla, piensa Dora.
—¿Papá la conocía?
—Todos la conocíamos.
—¿Y qué pasó?
—¿Qué pasó de qué?
—¿Cómo murió?
—Si tanto interés tienes, habla con don Anselmo, él conoce a Matías
mejor que nadie.
—No me interesa Matías, quiero saber de Soledad.
Lo que Dora no quiere recordar es que Soledad Salcedo murió en un
incendio, ella y su marido juntos, no había nadie más en la casa, entre las que
habrían de ser las cuatro paredes de su ataúd; el fuego empezó entrada la
noche, ni siquiera abandonaron la habitación en la que dormían; es probable
que se asfixiaran antes de que todo se les viniera encima, de que las llamas,
ávidas de oxígeno, asomaran por las ventanas cuando llegaron los primeros
vecinos. El resplandor fue visible a kilómetros, cerrada como era la noche, lo
vieron los bomberos desde Villafranca, también los guardias del cuartel; la
combustión furiosa, danza macabra de colores extraños; por eso algunos
sospecharon de su origen, pero el mismo hollín que ennegreció los muros
silenció las discrepancias; tampoco se echó nunca abajo lo que quedó de la
casa para alegría de los más jóvenes, que se hicieron con ella en cuanto los
rescoldos se extinguieron; poco importaba que allí hubieran ardido dos
personas, algunos incluso dicen que las almas de Manuel y Soledad vagan por

Página 72
sus estancias junto a las de las decenas de espectros de los fusilados en la
tapia del jardín.
—Esa mujer no era buena —dice Dora.
—¿Qué es ser una buena mujer, madre?
—…
—Era como yo, entonces, ¿es eso?
Adoración alza la cabeza, le tiemblan las manos, por eso construye una
pirámide con los dedos, después se inclina y besa la cúspide; tú no quieres
saber, piensa; tampoco ella desea abrir esa puerta, para qué remover el pasado
cuando no puedes cambiarlo, hizo lo que hizo, es un acto concluso y remover
lo acontecido solo traerá dolor; las cosas son así, actuaste empujada por las
circunstancias, se justifica; las eventualidades son tan valiosas como los
detalles, no pueden ser comprendidas pasado el tiempo, tampoco es lícito
juzgarlas desde el presente; lo que hiciste esa noche fue para salvar a su
familia, así fue, eso se dice Dora.
—Estoy cansada.
—Eso, huye como siempre, madre.
—No soy yo la que se marchó en cuanto pudo.
Dora se pone en pie, el cuerpo le pesa, le duelen los hombros, las caderas
y los tobillos, no creía tener que volver a soportar esta carga tantos años
después, piensa mientras deja atrás la cocina bajo el escrutinio de su hija, que
de repente se da cuenta de lo mayor que está ya; su madre es una vieja
amargada y lo mejor que podría hacer es morirse, piensa rodeada de preguntas
cuyas respuestas cree empezar a conocer; no entiende que su madre tiene
razón al pensar que es mejor que no sepa, que, de hacerlo, de vislumbrar toda
la verdad, daría —dará— lo que fuera por olvidarla.
Para cuando eso suceda, ya será demasiado tarde.

La puerta que se parece más a la entrada de un cortijo que a la de un


cementerio está cerrada; nadie viene nunca de visita a estas horas, para qué,
los muertos también tienen derecho a descansar de los vivos por un rato. Dora
se dirige a uno de los accesos laterales; sabe que Matías entra y sale por ahí,
deja la puerta sin vuelta de llave y se marcha en plena noche, unos dicen que
de putas a Villafranca, otros que a vagar desnudo al fresco; la empuja, pasa y
vuelve a entornarla mientras Luna la observa oculta en las sombras.
Adoración avanza con paso firme, no teme hacer ruido, le da igual la grava
que cruje y espanta a un gato que trata de llevarse algo a la boca. Una vez

Página 73
frente a la caseta, golpea la lámina de chapa que hace las veces de puerta del
taller y grita: ¡abre, viejo!, pero todo está en silencio, tanto los muertos como
la única viva, aunque sea la muerte, que habita el camposanto; ¡que abras, te
digo! Un golpe más y los goznes ceden; Dora entra hecha una furia; ¿dónde
estás, viejo?; el taller parece desierto; vamos, sal. Hace rato que Matías
maldice haberse dejado la puerta abierta; qué más da, de no haber sido hoy,
ahora, habría sido mañana, se dice el hombre; no se marcha a Villafranca,
hace tiempo que los bajos dejaron de inquietarle; tampoco recorre desnudo las
veredas para darse un baño de luna; no hace nada de eso, tan solo escapa de
vez en cuando a por un poco de aire que no huela a musgo, que es como
huelen los muertos; sabe que, de día, su presencia inquieta a los vecinos,
temen que les pueda pegar algo, como si la muerte fuera una tufarada
contagiosa. ¿Dónde estás?, vamos, contesta, insiste Dora. Matías entiende a
qué ha venido, lo supo en cuanto habló con su hija; lleva tiempo esperando
este momento, aunque ahora piensa que quizás no haya calculado bien las
consecuencias; uno no puede predecir cómo se comportará el fuego cuando lo
prende, tampoco es que le importe demasiado; todo el mundo tiene su historia
y carga con su dolor y sus demonios y Matías sabe que es inútil luchar contra
ellos, que lo mejor es conocerlos bien; eso ha hecho a lo largo de estos años,
escucharlos, paciente, todos los días. Estoy aquí, contesta al fin. Dora se lo
encuentra refugiado en una esquina; tal vez sea un muerto, piensa mientras
recorta la distancia que los separa; hace mucho que no están así, frente a
frente, y a Adoración le parece que lo han devorado los años; aunque tienen
casi la misma edad, la falta de sol y el polvo de piedra han blanqueado su piel
hasta convertirlo en un cadáver. ¿Qué le dijiste a mi hija? Nada. Mientes. La
verdad. ¿Qué verdad? La única que hay, te guste o no. Luna observa desde la
puerta, sabe que su abuela está allí por Soledad, tiene que ver con el abuelo, al
igual que Matías, que la propia Sara —aunque eso ella no lo sabe—, sospecha
que su muerte no fue accidental. Fuiste tú quien provocó el incendio, celosa
como estabas; tú me arrebataste para siempre a Soledad; es lo que piensa, lo
que sabe Matías, y con esas palabras la enfrenta tantos años después. ¿De qué
hablas? Tú la mataste. Dora se echa a reír, pobre desgraciado. No pudiste
soportar que Juan se enamorara de ella. El que parecías un alma en pena eras
tú, todo el día yéndole detrás, todos lo sabían, ahí va Matías, detrás de
Soledad como un perro faldero, se reían de ti, ya entonces eras patético.
Tienes razón, yo la quería y ella ni me miraba porque estaba enamorada de
otro; ahora es Matías quien se echa a reír; cuando uno es invisible lo ve todo,
¿sabes? Juan me amaba a mí, replica Dora. Entonces, ¿por qué la mataste? Te

Página 74
has vuelto completamente loco, y te diré algo más: deja en paz a mi hija o…
¿O me quemarás vivo a mí también? No seré yo quien te castigue, sino Dios,
lo amenaza Dora. No soy el único que se dio cuenta, ¿sabes? Mientes. Todo el
pueblo sabía que Juan se veía con otra, hablaban cuando no estabas, mientras
cuidabas a tu hija sola en casa y él salía. Mientes. Todo el mundo sabía
también que no querías más hijos, que nunca quisiste tener a Sara. ¡Mientes!
Cuando Juan se enteró, sintió una pena y un dolor inmensos y empezó a
odiarte, remata.

¡MIENTES!
¡MIENTES!
¡MIENTES!, grita Dora, a la que la angustia ha comenzado a devorar.
Matías esculpe cada una de las palabras como si burilara la piedra, siente el
dolor que ha comenzado a vulnerar el pecho de Dora y está decidido a
disfrutarlo, a cobrarse al fin la presa que codicia desde hace tanto tiempo; le
ha abierto una herida a base de martillo y escoplo y le da igual que la pieza se
le malogre de tanto golpearla. Siempre fuiste un desgraciado, un muerto de
hambre, un envidioso, dice Dora; Soledad se reía de ti, le dabas asco, añade
tratando de endulzar el amargor que le ha saqueado la boca. Luna nunca la ha
visto así de rabiosa, hasta el punto de que, por un instante, la siente cercana;
quizás su fuego provenga de esa sangre. Zorra, escucha decir a Matías;
siempre has sido una hija de puta, escupe mientras Adoración agarra una
maza y se la arroja a la cabeza, pero la herramienta golpea la estantería
derribando la lona que la cubre; se abre el telón, Dora se queda horrorizada al
ver todos esos rostros observándola, ¿qué coño es eso?, piensa. ¿Qué es eso?,
dice al fin. Matías trata de cubrir su obra como el que intenta tapar su
desnudez, pero ya es demasiado tarde; Dora ha reparado en la cara de su
marido y siente una náusea, después ve el rostro de Soledad a su lado; sus
miradas se encuentran años después. ¡Estás enfermo!, dice, puto viejo
chalado. Luna no puede apartar la vista de esa particular representación de la
muerte desplegada frente a ella; ojalá tuviera aquí la cámara, murmura,
aunque sabe que, de poder sacar una foto, se descubriría sin remedio. Dora
arremete contra la estantería hasta que las cabezas se precipitan contra el
suelo. ¡Basta! ¡Para!, grita Matías, ¡no!, ¡detente!, ¡para!, suplica demasiado
tarde, la estantería cede mientras él se interpone en su camino, trata de
detenerla, pero su esfuerzo es inútil. ¿Habrá alguien que haga mi máscara?,
piensa mientras siente que las baldas se le hunden en las costillas.

Página 75
XI

El cabo ha recibido una llamada de la comandancia de Ciudad Real esta


mañana; sabe que es el primer paso para que invadan su coto, gente de fuera
que no lo conoce, a quien tampoco conoce; quizás tengan razón, piensa, es
posible que el asunto le venga grande como el traje cuyas mangas te están
largas. Llevan dos días con el asunto y no saben mucho; han interrogado a un
sospechoso, pero nada; también han vuelto a hablar con el dueño de las tierras
donde hallaron el cuerpo y lo único que han sacado en claro es que hacía
tiempo que el hombre tenía la caseta olvidada; amenaza ruina, ya la ha visto,
mi cabo, no merece la pena restaurarla, son costumbres viejas, es demasiado
trabajo; eso significa que alguien debió de llevar el cepo allí, no saben
cuándo, tampoco por qué, si adrede o para otra cosa, vete a saber. De la piedra
con la que golpearon al chaval hasta matarle tampoco tienen noticia; es buscar
un canto en un pedregal, se ha quejado Antúnez. Si hay que buscarla, se
busca, le ha respondido el cabo, que en ningún momento han pensado que
pueda estar a la vista, encajada en uno de los muros, expuesta para siempre.
Aunque no es el primer muerto con el que lidia, este tiene algo que lo
perturba; no es el muerto en sí, es lo que no ve; tanto el alcalde como el
alguacil les han dicho que el chaval andaba por ahí molestando a las chicas a
veces, algún padre se había quejado, pero nada más, el crío era…; bueno, ya
sabe a qué me refiero, pero hombre al fin; parece que la cosa nunca fue a
mayores, cabo, pero en alguna ocasión se escondía tras la carrasca de la
acequia a espiarlas en bañador y dicen que se tocaba, ha ratificado el alcalde
acompañando sus palabras con un ademán. Joder con el crío, ha dicho
Antúnez una vez solos; pero no mandas a nadie al otro barrio por eso, vamos,
creo yo, ha añadido. En este mundo hay gente que mata por nada, Antúnez, ha
respondido el cabo; así es el ser humano, Antúnez, simple, ha dicho también;
miserable, ha añadido después; y lo que para unos es nada, para otros lo es
todo, ha rematado. Quizás se propasó, alguien ha querido darle una lección y
se le ha ido de las manos, ha especulado Antúnez. El cabo sabe que los
quizás, como los detalles, son la madre de todo; algunos muertos dejan

Página 76
secretos, chismes e indicios detrás, a veces hasta alguna prueba, otros, en
cambio, se lo llevan todo a la tumba; el cabo también sabe, eso le dice la
experiencia, que la mayoría de los crímenes parecen lo que son. Los sarasas
esos son unos desviados y bien podría ser el caso, mi cabo, ha recalcado
Antúnez, pero el cabo no lo cree, aunque es consciente de que los de la
comandancia le apretarán hasta que se derrumbe, sea culpable o no, eso no es
asunto suyo, si confiesa es que algo hay, que no tiene la conciencia tranquila,
vamos, por lo que sea, nadie dice que ha hecho algo que no ha hecho, vamos.
Nada ha cambiado a pesar de que todo parece estar cambiando, piensa al
fin; aunque ya veremos, se dice también.

Siéntese, por favor. Es la primera vez que Sara está en un cuartelillo y no


puede evitar el temblor de manos y pies, el de la voz al responder gracias; la
sala huele a sudor y a tabaco, también a yeso y otras secreciones, tanto que a
Sara le parece que el hedor cuelga como resina de esas paredes de color
inclasificable. ¿Quiere un poco de agua? No, gracias. Basta con verle la cara
para saber que ha pasado mala noche. Dice que Miguel estuvo con usted toda
la tarde, ¿es así?, pregunta el cabo. Sara asiente. ¿Hasta qué hora
exactamente? No lo sé, serían las ocho. Ahora es el cabo quien asiente. ¿De
qué hablaron? ¿Acaso importa? Puede importar. De ordenadores, también del
pasado. El cabo vuelve a asentir. ¿Y después? ¿Después, qué? Después. Me
fui a casa. El cabo asiente de nuevo. ¿Y él? Se quedó cuidando de su madre.
Comprenda que la señora no es un testigo muy fiable. Su enfermedad sí, dice
Sara, esa mujer necesita que alguien esté pendiente de ella todo el rato, ya lo
vieron. El cabo asiente otra vez. ¿Conocía usted al chico? No. Pero usted es
de aquí. Nací aquí, pero me marché muy joven, llevaba años viviendo en
Madrid. Aun así, ¿puede decirme algo de él? ¿Por qué lo pregunta? Usted
tiene una hija. Esta vez es Sara quien asiente. Nos han dicho que el chaval
pudo haber molestado a alguna de las chicas del pueblo. Sara permanece en
silencio, no sabe qué decir, el olor añoso de las paredes se le viene encima,
tanto como ese color demodé y el mobiliario barato, también los hombres que
tiene enfrente, con sus bigotes y la prosapia vieja de sus uniformes sudados, la
incomodan hasta el punto de que todo le parece impostado de repente; nada
de esto es real, se dice; ni una sola cosa de lo sucedido en los últimos días,
semanas y meses lo es, quizás nada lo ha sido nunca, aventura. ¿Han hablado
con Toño?, dice al fin para huir de sus pensamientos más que otra cosa; era su
mejor amigo. Lo haremos, no se preocupe, responde el cabo. Unos nudillos

Página 77
golpean la puerta de repente. ¿Sí? Un guardia asoma la cabeza. Con su
permiso, mi cabo. ¿Qué pasa? El guardia mira a Sara, después regresa la
mirada al cabo, que le apremia: tenemos otro muerto, dice el guardia, como si
les perteneciera.

A Luna no le hace falta salir a la calle para conocer la noticia mientras


espera a que su abuela acabe de prepararle el desayuno; apenas han cruzado
un escueto buenos días seguido de un ¿tienes hambre? y ya; después se ha
sentado y no deja de pensar en lo que vio anoche; es como yo, no soy la
única, cavila mientras la observa hacer. Si fuera Matías —no lo es, por
supuesto, se trata de una licencia—, Luna sabría que el mármol y el granito se
parecen, pero no son iguales; el mármol está hecho de carbonato cálcico,
cuarzo, pirita, grafito, mica y óxidos de hierro, y el granito, de cuarzo,
feldespato alcalino, plagioclasa y algo de mica; si Luna fuera Matías también
sabría que el granito es más duro, por eso las inscripciones labradas en el
mármol se desvanecen antes; si Luna fuese Matías sabría, en fin, que pasa
exactamente lo mismo con las personas. Mientras espera a que hierva la
leche, está tentada de contarle a Dora que las oyó hablar anoche, preguntarle
por Soledad, hostigarla para ver si duda o si tiembla o se derrumba, aunque
sabe que no lo hará; al fin ha visto algo de lo que la mujer esconde y no sabe
del todo qué pensar. Después se pone a pensar en Matías. Luna sabe que no
hace tanto existía la costumbre de hacer mascarillas a los muertos; hay de
Napoleón, de Beethoven, de Lenin, de Hitchcock, de Newton y de Voltaire,
también de Tesla, de Nietzsche, de Shakespeare, Dante, Washington, Lincoln
y Tolstoi, de algún Papa; incluso se las hacían a los cadáveres sin reclamar
para poder identificarlos así más tarde; rostros de gente a quien nadie había
echado en falta; personas que pisan este mundo sin dejar huella y se largan
igual. Luna piensa ahora en lo ideales que resultan como víctimas; parias,
marginados, proscritos, excluidos, malas hierbas, carne de cañón, corderos
pascuales listos para su hecatombe. Después piensa: ¿cuántos invisibles habrá
en el mundo? Adoración, aún de espaldas, piensa en otra cosa; piensa en que
nada ha sucedido realmente como lo recordamos; también en que la versión
que uno se construye de las cosas es el único lugar en el que puede
mantenerse a salvo; la memoria no es más que otra forma de ficción, un relato
que uno elabora a su medida a base de acomodar los hechos, de ajustar los
sucesos y conciliar verdades y mentiras, ese es el único modo de que
podamos enfrentarlo sin remordimientos, acallar los gritos, silenciar la culpa

Página 78
y erradicar el dolor que trae consigo, y todo eso que tanto le ha costado está a
punto de saltar por los aires; por eso no se da cuenta cuando la leche le rebosa
de nuevo. Es el olor a quemado el que abre la puerta a una noche sin luna;
amparada en la oscuridad, se dirige a casa de los Salcedo, no sabe cuándo,
tampoco dónde ni cómo se ha hecho con la garrafa de gasolina; avanza como
dormida, pero su andar es firme y su voluntad, decidida; puta, quieres
arrebatarme lo que más amo, lo único que quiero en este mundo, es mío, me
pertenece, puta, puta, puta, mil veces puta, repite a cada paso; es noviembre y
hace frío, pero va descalza, le da igual, no siente la tierra gélida bajo los pies,
tampoco el viento helado a pesar de que solo lleva puesto un camisón; el olor
de la gasolina se mezcla con el de la humedad mientras varios cantos le
mordisquean las plantas, alguno logra incluso perforarle la piel y alojarse en
su carne, todo bajo el influjo del cazador en el cielo, Orión y sus perros, la
única constelación junto a la Osa que reconoce. Eres una penitente de pies
llagados, Adoración, camino del calvario, el Señor está contigo, se dice
mientras se los imagina yaciendo como dos animales en celo, él poseyéndola
por detrás, ella dejándose hacer, gimiendo, dos bestias enganchadas mientras
el Diablo goza de su pecado; no puede apartar de su cabeza la imagen de su
marido y Soledad Salcedo fornicando, eso busca cuando se asoma a la
ventana del dormitorio; en el interior yacen dos cuerpos ajenos a la desgracia
que se les viene encima mientras Dora impregna las contraventanas, rocía la
puerta principal, la atranca con una azada y raspa una cerilla; la llama tiembla
en sus dedos, la protege mientras el resplandor pálido brilla en sus pupilas
achicadas, después la arroja y el Señor se manifiesta en forma de zarza
ardiente, después se dirige a la parte trasera a renovar el ritual; las llamas
prenden el techo y envuelven ya la casa entera; muérete, muérete, muérete,
puta, grita, puta, puta, puta, repite enajenada, danzando mientras el fuego la
mira; lo oye respirar, toma oxígeno y los cristales revientan sembrando el
suelo de pequeños dientes de sal. ¡Abuela, la leche!, la advierte Luna
rescatándola de su ensimismamiento. Dora retira el cazo de la placa a toda
prisa, después se hace con un trapo y la limpia mientras se dice: no fui yo.
No fui yo, se repite.
No fui yo, fue el Señor.

—¿Qué ha pasado? ¿Quién ha muerto?


—Matías.

Página 79
Sara cree ver el reflejo de las llamas del pasado contoneándose aún en la
pupila de su madre y lo primero que piensa es: ¿qué has hecho? Algo le dice,
las tripas, también la cabeza ya a estas alturas, que ha sido ella quien le ha
matado, tanto como intuye que fue ella quien prendió fuego a la casa de
Soledad años atrás; ¿por qué, madre?; desconoce los motivos, los imagina,
pero no es lo mismo figurarse que conocer, percibir que entender, por mucho
que su charla con Matías iluminara parte de esa oscuridad; por eso no le
pregunta nada más, no le importan los detalles, tampoco las circunstancias,
aunque ambos, detalles y circunstancias, lo sean siempre, lo signifiquen todo.
—Se le cayó una estantería encima —dice Adoración—. Pobre
desgraciado —remata.
No dice pobre hombre.
Dice eso: pobre desgraciado.
—¿Tenía familia?
—No.
—¿Cuándo será el funeral?
—¿Por qué?
—Para ir.
—¿Ahora te interesan las cosas de la Iglesia?
—…
—Pues ve y pregúntaselo a don Anselmo.
Sara termina de asentir cuando suena el timbre; Dora dirige la mirada
hacia el pasillo, como si además de oír fuera capaz de ver a través de las
paredes; ambas saben quién es, esperan; es Luna quien va a abrir. Hola,
cariño. Hola, papá. ¿Está tu madre? Luna señala la cocina y se escabulle
como un gato entre sus piernas; ya ha cumplido con su parte de buena hija, el
resto no es cosa suya, aunque a veces piensa que estaría mejor sola. Álvaro
recorre el pasillo mientras enumera, tiene un plan, lo ha memorizado como
cuando repasa una cirugía: diéresis, hemostasia, exposición, disección,
síntesis, aunque es consciente de que todo puede saltar por los aires en cuanto
Sara abra la boca; no ha sido el mejor marido del mundo, es cierto, pero lo ha
hecho todo por ella, incluso las cosas que ahora le echa en cara; sus faltas son
menores que sus sacrificios, cree, pero ella no lo entiende; le arrancó la
promesa del divorcio porque pensó que era mejor ceder y replegarse tras
consultar con un amigo abogado. ¿Qué aduce? Causa primera: abandono
injustificado del hogar, infidelidad conyugal, conducta injuriosa o vejatoria y
cualquier otra violación grave o reiterada de los deberes conyugales. Hija de
puta. Tranquilo, Álvaro, hay tiempo, antes de que el divorcio sea firme

Página 80
requiere de una separación previa efectiva de uno a cinco años. ¿Qué coño
significa eso? Que no obtendrá el divorcio judicial hasta que eso pase, y eso,
si juegas bien tus cartas, no pasará. ¿Encima me tengo que ir de casa?, hija de
la gran puta, sin mí no tiene dónde caerse muerta. Mi consejo es que te
calmes, déjala sola un tiempo, el suficiente para que se dé cuenta de lo jodida
que es la vida sin su marido. Sin mí no es nadie, hija de puta, sin mí no es
nada, hija de la gran puta, repite Álvaro una y otra vez. Desde entonces ha
logrado controlar las voces, la ira, la rabia, los nervios y los ademanes; sabe
que cuanto más la presione, más se encastillará; espera que su suegra le
ayude, la vieja es una beata de mierda. Buenos días. Sara no responde. Dora
saluda con una inclinación de cabeza, os dejo para que habléis. No, quédese,
madre. ¿Es que tienes miedo de que te haga algo?, dice Álvaro. No la jodas,
Álvaro, con tu puto genio y tu puta boca, recuerda la voz de su amigo
abogado; y, por lo que más quieras, no le pongas una mano encima, que las
cosas ya no son como eran; si te toca un juez rojo te jode el matrimonio o algo
peor. Lo siento, estoy nervioso, te quiero. Tú solo te quieres a ti mismo. No la
jodas, no la jodas, no la jodas. Pues enséñame a hacerlo mejor, enséñame a
quererte bien. Sara, que no se lo espera, se queda con la boca entreabierta, la
réplica asomada a los labios; ¿es posible que aún me quede dentro algo de
credulidad, de esperanza?, piensa; no, la gente no cambia, él no va a cambiar,
no puede, es imposible; aun así, quizás sea verdad, tal vez él entre el millón
sea el que lo consiga; él, solo él, se dice mientras odia esa parte de sí misma
que se aferra a la posibilidad, al sueño, a la mentira; aún le quiere; no, Sara,
quieres al hombre que era, pero ya no está, ese hombre está muerto. Han
pasado demasiadas cosas, Álvaro, responde. Lo sé, y es culpa mía, todo ha
sido culpa mía, miente Álvaro, que de tan ensayado que trae el papel parece
otro; herido, arrepentido, ha logrado hacerse poca cosa y hasta mostrarse
vulnerable; Sara no sabe que se guarda un as en la manga, tahúr en el amor y
en la guerra, ahí todo vale, cualquier estrategia para derrotar al enemigo,
subyugarlo y aniquilar su voluntad; y para que veas que hablo en serio, que
puedo cambiar, que voy a hacerlo, pronuncia, solemne; dejaré el hospital y
abriré una consulta, así podré pasar más tiempo en casa con vosotras y
cuidaros como os merecéis. Es solo una verdad a medias, pero eso Sara no lo
sabe. ¿Y de qué va a servir?, responde en cambio. Álvaro nota un temblor en
los dedos que se le apodera de la mano; no la jodas, no la jodas, no la jodas,
que ya casi está. Porque así tendré tiempo para ir a un consejero, para que
vayamos los dos, dice mientras observa su reacción; no es un sacerdote, no te
preocupes, es un médico, me lo ha recomendado un amigo del hospital; en

Página 81
América las parejas con problemas acuden a un especialista para
reencontrarse y reconocerse —no es lo mismo— y que las ayude a cambiar.
Yo no tengo que cambiar, piensa Sara; o quizás sí, quizás yo también tengo
algo de culpa, se repite sin saber que la brecha que busca abrir su marido
acaba de manifestarse; estas cosas suceden así, algo se te rasga dentro sin que
te des cuenta y empiezas a sangrar, una hemorragia que te va anegando el
vientre hasta que te mueres. Ya veremos, concede a regañadientes, ahora
quiero echarme un rato, estoy cansada, he tenido que ir a la Guardia Civil a
contarles que Miguel estaba conmigo cuando desapareció el chico y no me
encuentro bien. Álvaro enrosca los dedos y cierra el puño hasta que parece la
concha de un caracol; no la jodas, no la jodas, no la jodas ahora que estás tan
cerca. Si esa es la verdad, has hecho bien, dice. Las palabras le saben a hiel,
puto maricón de mierda; llegado el momento volveré a ocuparme de él, pero
no ahora, Álvaro, no la cagues. Acuéstate y descansa, añade; volveré a la hora
de comer y así pasamos un rato todos juntos, ¿puede ser? Claro, responde
Adoración; prepararé algo especial.

Página 82
XII

Camino de la plaza, Luna se entretiene por callejones sombríos de suelos aún


frescos a la espera de que la luz troquelada por los aleros avance entibiando
las fachadas. Le hubiera gustado preguntar a su madre por cómo le ha ido en
el cuartel, conocer de primera mano qué sabe la Guardia Civil; no es que esté
inquieta, se siente segura, es simple curiosidad, piensa mientras trata de
imaginársela cabizbaja, sumisa y muerta de miedo como cuando su padre le
alza la voz; sabe que si pudiera, se haría bola como una cochinilla, la muy
cobarde; desde que tiene uso de razón jamás la ha visto plantarle cara, solo
esconderse, ciega, sorda, muda, puta cobarde; a veces siente un asco infinito
al verla así, tan inútil, tan débil, tan inerme; cómo puedo proceder de la
misma sangre, haber surgido de la misma carne, se pregunta. A Luna su padre
nunca le ha puesto la mano encima, ni siquiera se la ha levantado; de hacerlo,
sucedería una única vez porque le mataría; no siente un apego especial por él,
tampoco por Sara; se limita a hacer lo que se espera de una buena hija; juega
a ser la niña perfecta de papá, de mamá, para ocultar su mayor tesoro, quién
es, lo que es en realidad, de ahí su estudio constante de la conducta, siempre
atenta al proceder ajeno, al modo correcto de expresar los sentimientos;
demasiadas veces, sin embargo, el ser humano no se rige por ninguna lógica,
ni siquiera por una dialéctica propia construida con los años; de hecho, es del
todo imposible cuando las coyunturas y los detalles la alteran y deforman a
cada paso; la vida, en realidad, no es más que un compendio de meras
casualidades a las que tratamos de dotar de un sentido del que realmente
carecen.
Luna encuentra a Toño sentado en un taburete frente a la barra, la
atención extraviada en algo que parece no encontrar en el suelo, quizás en la
punta de sus zapatillas, tal vez en alguna viruta del serrín que alfombra las
baldosas, vete a saber. Hola. Toño alza la cabeza, tiene la mirada triste, nada
que ver con el fuego que le ardía mientras la besaba, cuando la magreaba hace
unos días. Tenemos la negra, primero Javi y ahora Matías, dice. A Javier le
mataron, Matías se ha muerto solo, contesta ella, aunque sabe que no es

Página 83
verdad. Da lo mismo, replica Toño. Quiero ir a la alberca, pide Luna, ajena a
su zozobra. Toño la mira de repente como si fuera una extraña, una niña-pija-
de-ciudad-de-ojos-tan-azules que dan miedo. No tengo ganas, responde; en
realidad se revuelve, aún está doliente, la ausencia de Javi le ha creado un
vacío justo detrás del ombligo que no sana, una mina que se le despliega
vientre adentro y lo devora todo a su paso; algunos sienten la oquedad que
deja la muerte en el pecho, otros, en cambio, la notan en la andorga; Toño es
de los segundos, piensa que el duelo es como tener un tambor de lavadora en
lugar de estómago. Luna le mira, Luna asiente, Luna le da la espalda y se
dirige hacia el teléfono que hay al fondo del local, descuelga, busca unas
monedas en el short y se acomoda el auricular. Toño la observa mover los
labios, intercambiar palabras con un interlocutor desconocido, apenas un par
de frases antes de que cuelgue y regrese. ¿Con quién hablabas? Con Richi.
Toño trata de que no se le note el cabreo, pero se le nota; quizás lo lograría
con otra persona, pero no con Luna, que se deleita con el pequeño seísmo que
ha logrado provocar; se lo ve en los dedos que se le crispan, en la mandíbula
que se le ha comprimido como una prensa. Como quieras, responde Toño, que
desciende del taburete como si pesara un quintal; parece un astronauta
embuchado en su traje, lento y torpe cuando le da la espalda y se marcha sin
mirar atrás. Por un momento, Luna duda si darle alcance y decirle que no irá,
que está bien, que se queda a acompañarle, pero quiere hacerle daño porque
no ha obtenido la reacción que esperaba, el sí a su capricho de ir a bañarse a
pesar de todo. A Luna no le gusta perder, por eso no hace nada mientras ve
cómo, totalmente noqueado, el sol lo engulle al salir.

La tierra se agrieta como la costra de un bizcocho; el polvo se eleva tras


ella, pero ya no hay nadie, ningún apache ni cheyene ni arapajó que la espíe,
apenas queda tampoco nada de la liebre muerta en el camino. Luna se fija de
nuevo en la procesión de hormigas que aún se afanan sobre sus últimos
vestigios; sus corazas brillan como charol negro, lágrimas de alquitrán
avanzando sobre sus patas de alambre, el objetivo de la Polaroid destellando
en el vientre de una de ellas, después los dedos que la alzan y le estrujan el
gáster a la vez que oprime el disparador; los rodillos expulsan la foto mientras
Luna observa el contenido del vientre desparramado sobre sus yemas;
después la extrae y se abanica con ella a la espera de que revele su secreto.
Durante lo que dura el proceso recuerda el rostro de Dora al contemplar el
cuerpo sin vida de Matías aplastado bajo la estantería, sus ojos desorbitados al

Página 84
saber que la muerte, tan definitiva como es, nadie mejor que él para saberlo,
se le venía encima; también recuerda a su abuela acercarse a la mascarilla de
Soledad para hacerla añicos, polvo al polvo, antes de salir con las llamas aún
ardiéndole en las pupilas; así creyó verlo mientras se refugiaba en la
oscuridad, acunada en ella antes de entrar en el almacén, huida ya Dora, para
arrodillarse junto a Matías, mirar en el interior de sus ojos y preguntarle: ¿qué
ves, viejo?
La moto de Richi descansa sobre el muro de la alberca cuando llega; el
contacto entre vehículo y pared se reduce al extremo de una de las
empuñaduras, un equilibrio mil veces ensayado para que la burra luzca
orgullosa y perfecta; Richi la observa embelesado; le costó una pasta, pero
eso no es lo más importante, lo relevante es lo que tuvo que hacer para
ganarla; el dinero fácil siempre es sucio; se pasó una semana dándole brillo a
los cromados, rapiñó algunas piezas en un par de desguaces para engalanarla
y la repintó de amarillo para que nadie dudara de a quién pertenecía. Luna la
recorre con los dedos y, por un momento, Richi duda sobre la consistencia de
ese equilibrio, pero el contacto es tan ligero que pasa del temor al deleite en lo
que un colibrí bate sus alas; eso le parece de repente esa niña-rubia-y-pija-de-
ciudad-de-ojos-tan-azules, tan delicada como el ala de una mariposa. ¿Te
gusta? Es muy bonita. Pues el otro día no te quisiste subir. No me subo con
cualquiera. Yo no soy cualquiera. ¿Has venido sola?, pregunta Richi
conociendo la respuesta; lo que desea escuchar es que lo ha elegido a él en
lugar de a Toño; se lo imagina solo donde esté, compungido como un crío
llorón por la muerte del mongolo; puto gilipollas, puto perdedor de mierda;
después una voz que le viene de dentro le advierte: has conocido a todo tipo
de chicas, Richi, pero a ninguna como esta; tiene dos piernas y dos brazos y
dos ojos y dos orejas y dos manos y pies y boca y nariz como las demás, pero
no tiene nada que ver con ellas. A pesar de que la amígdala le advierte, huye,
Richi, su entrepierna lo retiene; algunas personas no pueden evitar el deseo
por lo que saben que los destruirá; no se trata de una mera intuición, es una
certeza, como un capullo que les florece dentro, una semiente que les brota en
las entrañas de golpe y, aun así, quizás precisamente por eso, se arriman a ese
fuego. Fuiste tú, piensa de repente; de nuevo una pregunta que es afirmación
aunque no haya sido pronunciada; Luna, sin embargo, es capaz de leerla en
sus ojos, abarquillada como un neón reflejado en un espejo cóncavo. Fuiste
tú, ¿verdad?, suelta al fin Richi; tú te lo cargaste, no te preocupes, no diré
nada, ese puto tarado era un pervertido, todo el día acosando a niñas como un
baboso, puto cerdo, ha tenido su merecido, todos estaremos mejor sin él,

Página 85
incluso su madre, pero tendrás que portarte bien conmigo, añade mientras
estira los brazos. Entre una frase y la otra, una pausa breve, si es que la
fugacidad puede medirse con escrúpulo científico. Luna advierte sus dedos
sopesarla como tentáculos; no siente asco, tan solo recuerda el encuentro con
Richi tras matar a Javier, las gotas de sangre en su rostro, la ropa salpicada
camino de casa, y decide que el chaval será un problema; también dispone de
inmediato que será la solución. ¿Y en qué has pensado? Richi traga saliva;
Richi recorre sus labios secos con la punta de la lengua, otro tentáculo, la
nariz le silba al liberar el aire comprimido mientras sonríe, comisuras
perversas y ojos que se achinan. Ya se me ocurrirá algo, pero ahora quiero
una foto de verdad, dice tomando la Polaroid y alejándose unos pasos;
observa a Luna a través del visor, ahora es él quien contempla un mundo
achatado; Luna le da la espalda, sabe lo que quiere, Lolita, luz de mi vida,
fuego de mis entrañas, pecado mío, alma mía, Lo-li-ta-niña-pija-de-ciudad,
así que la niña-pija-de-ciudad-de-ojos-tan-azules, pura inocencia, querubín
rubio, se quita la camiseta y la deja caer, después se baja uno de los tirantes
del sujetador seguido del otro. ¿Así? Richi no contesta; Richi no dice nada, no
sabría qué sin cargarse el momento, la polla dura, los pulmones sin aire, el
corazón taquicárdico. Date la vuelta, le ordena. Luna se cubre sus pechos aún
escasos y gira sobre sus talones mientras Richi dispara sin reparar en la
expresión ahora angustiada de su rostro; solo tiene ojos para la carne, por eso
no repara en su gesto de virgen dolorosa, de Magdalena destrozada al pie del
calvario. Una vez expulsada la foto, Luna le da la espalda y se sube los
tirantes; después alza la camiseta del suelo, la sacude, se cubre y recupera la
cámara. Es tarde, tengo que irme, dice, pero Richi ni siquiera la escucha,
atento como está al velo que se retira y empieza a formar la imagen; por eso,
embelesado como está, no es consciente de que es un nuevo insecto
embaucado en su tela de araña.

Sara yace sobre la cama, el fantasma de su padre velándola de nuevo; por


primera vez desde que ha vuelto siente cierto repeluzno al verle, algo ha
cambiado en el hombre que ahora la observa; tiene tanto que ver con la
expresión de su rostro como con la del resto de su cuerpo, más tenso, la frente
arrugada, el entrecejo contrito, los labios fruncidos, los dedos crispados. Sara
no sabe si está aún frente a un fantasma o si, por el contrario, lo suyo ya no es
un guardar, sino un acechar, un acusar más bien; su padre va camino de
convertirse en un espectro, piensa. ¡Deja de mirarme y habla ya! Ha corrido la

Página 86
cortina para oscurecer la habitación, lo que ha provocado que el calor se
estanque entre estas cuatro paredes que últimamente le sirven de
confesionario; dilo de una maldita vez, vamos, ¿qué quieres?, le apremia, pero
el resultado es el de siempre. Sara aprieta entonces los párpados para
expulsarle de su mente, que no quede residuo de él ni en sus pupilas ni en la
retina, y al hacerlo regresa sin querer al cuartucho del cuartel; ahí está, el cabo
sentado frente a ella; ahí está también, de pie, Antúnez, la espalda pegada a
una de las paredes calafateadas con ese sudor rancio; esta vez, sin embargo,
las preguntas no versan sobre Miguel, sino sobre el pasado.

CABO: ¿Dónde estaba usted la mañana en la que murió su padre?


SARA: En casa.
CABO: ¿Y qué hacía?
SARA: No lo sé, hace mucho tiempo.
CABO: Trate de recordar.
SARA:¿Recordar qué?
CABO: ¿Estaba sola?
SARA: Sí.
CABO: ¿Dónde estaba su madre?
SARA: No lo sé.
CABO: ¿Sucedió algo extraño la noche anterior?
SARA: ¿Extraño?
CABO: Algo fuera de lo normal.
SARA: No.
CABO: Cuénteme lo que recuerde, lo que sea.
SARA:…
El cabo asiente como si supiera algo que Sara desconoce. Antúnez asiente
como si él también supiera algo que Sara no es capaz de ver, mucho menos de
entender.

CABO: ¿Mató usted a su padre?


SARA: ¿De qué está hablando?

Sara tiene siete años, su aspecto infantil, sin embargo, se limita a su


cuerpo; sigue siendo ella, una Sara adulta atrapada en un cuerpo menudo, por
eso se siente tan vulnerable, su anatomía apenas rellena la silla, con los pies
balanceándose en el aire y las manos posadas sobre los muslos como le han
enseñado cuando está en presencia de adultos.

Página 87
CABO [insistente]: ¿Mató usted a su padre?
SARA: Basta. Basta. Basta. ¡BASTA!

Sara abre los ojos; está de vuelta en su habitación y el bochorno se ha


posado sobre su cuerpo como una mortaja, hasta el punto de que cuando se
incorpora siente un arroyo de sudor resbalar por su espinazo; no hay ni rastro
de su padre por ninguna parte, pero su presencia constante amenaza con
volverla loca, y la llegada de Álvaro no ha hecho más que enturbiarlo todo; no
confía en él, dejó de hacerlo hace tiempo, pero esa sumisión que le ha calado
hasta los huesos le impide mandarle a la mierda, gritarle que la deje en paz de
una vez por todas; esa maldita esperanza que le nubla el entendimiento a
veces, sin embargo, no deja de repetirle que quizás sea cierto, que a lo mejor
su marido ha cambiado. Sara baja a la cocina con esa duda corroyéndola; le
gustaría que su madre le dijera que todo va a salir bien, que ese hombre no
volverá a hacerle daño, a poner un pie ni en esta casa ni en su vida, más
mentiras; no puede esperar nada de ella y lo sabe. Dora prepara la comida,
toda la casa huele a tojunto y a Sara se le cierra el estómago de golpe;
necesita escapar, aunque sabe que regresará sumisa a la hora convenida y se
sentará junto a Álvaro, frente a su madre y su hija, también que volverá a
mentirse presa de la duda, podrida por la esperanza: a lo mejor sí que es
verdad que ha cambiado, esta vez sí, ojalá, por favor, esta vez sí, se dice.
La canícula la envuelve mientras se acerca a casa de Miguel; quiere ver
cómo está, también contarle cómo le ha ido con los guardias, decirle que
Álvaro está aquí —aunque está segura de que ya lo sabe, él y todo el pueblo
— y anunciarle sus sospechas sobre la muerte de Matías; piensa en ir a la
iglesia para preguntarle a don Anselmo por el funeral; de algún modo, se
siente responsable de esa muerte; si no hubiera hablado con él, si no me
hubiera desvelado su secreto, si no le hubiera andado con preguntas, aún
seguiría en este mundo, está segura; la vida es eso, Sara, una trabazón de
decisiones de las que uno no puede prever su corolario porque, de hacerlo, de
ser capaces de predecir cada una de sus consecuencias, aguardaríamos
inmóviles la muerte. Quizás sea mejor así, piensa, no saber nada, no darse
cuenta de nada. ¿Qué te han preguntado?, dice Miguel. Si estuve contigo y
cuándo. Encajarán las horas y ya está. No pueden hacer eso, protesta; el cabo
parece un buen hombre, añade. Ambos sabemos cómo son algunos de esos
buenos hombres por dentro. Sara entiende que se refiere a Álvaro, pero
también a muchos otros, tantos que es difícil contarlos, tipos que esconden su
oscuridad en el interior del recipiente más luminoso; padres de familia

Página 88
respetables, hombres de negocios modélicos, honrados, también honestos,
figuras admiradas por sus vecinos y la sociedad, todos iguales, chacales con
vellón que te devoran de traje, de hábito o de uniforme, tanto da; Miguel
también los conoce, tipos locuaces que después de follarte te desprecian
diciéndote: me das asco, puto enfermo, maricón de mierda, no soy como tú,
no nos parecemos en nada tú y yo, mientras se largan sin mirar atrás una vez
se han corrido. No dejamos de ser lo que hacemos con lo que los demás
hicieron con nosotros, piensa ahora; es de Sartre, uno de sus autores favoritos.
¿Te has enterado de lo de Matías?, dice Sara al fin. Miguel asiente. Sara no
sabe si compartir o no sus sospechas con él; de nuevo la duda, igual son solo
imaginaciones suyas, aunque no lo cree; su maldita inseguridad vuelve a
lastrarla, ha nacido así de miedosa, de parada y cobarde, no solo con Álvaro,
sino con todos y con todo. ¿Cómo estás tú?, pregunta Miguel. Sara le mira a
los ojos, sabe por qué, también por quién, le pregunta. Bien, dice. Es una
mentira a medias. ¿Y qué quiere? Sara piensa que es difícil saber qué quiere
alguien realmente, incluso un hombre como Álvaro, aunque es consciente de
que ella es su prioridad, que vuelva a ser la buena esposa, la esclava modelo,
que su vida de cirujano de éxito retorne a esa normalidad de lucirla en
eventos, comidas y cenas colgada del brazo, tan bien como sabe que lo que
desea en realidad es corregirla después en privado, castigarla cada vez que
hace algo mal; eres una puta inútil, sin mi no eres nada, no lo olvides, no
hables de lo que no sabes, no me lleves la contraria, cómo se te ocurre, a
nadie le importa tu opinión, como vuelvas a dejarme en ridículo, te mato.
Hace tiempo que Miguel comprendió que no sirve de nada abroncarla; no
funcionó entonces y tampoco lo hará ahora, por eso dejó de intentar
comprenderla, y por eso tampoco entiende, nunca lo ha hecho, que más que
las palizas, lo que a Sara le duele de verdad son las renuncias; la mayoría las
camufla bajo la apariencia de una falsa elección, se convencen a sí mismos de
que fueron ellos quienes decidieron su propio camino, quienes hicieron una
elección libre y consciente, racional incluso, que les hizo abandonar sus
sueños. Lo que Miguel no alcanza a ver en toda su plenitud es que Sara lo
dejó todo atrás, deseos, sueños y esperanzas de futuro, en cuanto conoció a
Álvaro; él iba a ser un gran hombre, el mejor cirujano del país, para qué vas a
seguir estudiando si no necesitarás trabajar, si él te mantendrá, si gracias a él
vas a vivir como una reina. ¿Y qué quieres tú?, le pregunta al fin. Quiero que
se vaya, que desaparezca, que se muera de una puta vez, responde Sara.

Página 89
Adoración retira el polvo que el viento alza y lleva y trae y deposita todas
las semanas sobre la lápida que impide que su marido se levante. Hoy tengo
mucho que contarte, empieza; alguien ha matado al hijo de Dolores, el
subnormal, pobre chico, no hacía daño a nadie, aunque tenía sus cosas, claro,
aún no saben quién; la Guardia Civil anda haciéndole preguntas al hijo de
Aurora, algunos dicen que ha sido él, no me extrañaría, no entiendo la fijación
que tiene la niña con ese chico ya desde pequeños; también ha venido tu
yerno desde Madrid para arreglar las cosas, espero que le vaya bien y se las
lleve pronto de vuelta; ah, y se ha muerto Matías, añade como si la cosa no
tuviera que ver con ella; un accidente, ya ves, no han pasado más que
desgracias desde que volvió la niña, te lo dije, añade mientras se persigna. Las
voces la alcanzan traídas por ese mismo viento que lo cubre todo de tamo.
Dicen que le mataron como a una alimaña, alguien había puesto un cepo en el
cuco, nada más entrar, a la sombra no se veía, después lo remataron con una
piedra. ¡Qué horror! ¿Y cómo lo sabes? Me lo ha dicho mi yerno, que se lo ha
contado uno de los guardias. Adoración siente un temblor que le nace en la
parte baja del vientre y a punto está de desarticularla; ha sido ella, ya no tiene
dudas, esa niña es un monstruo como su madre; y de pronto siente cómo la
culpa le retuerce los ovarios, la nota ahí abajo haciéndose fuerte, es su falta,
todo, tú pecaste primero, Adoración; no pudiste, no supiste, no quisiste decir
la verdad entonces, condenarla —condenaros— para siempre, de modo que te
pusiste en manos del Señor y dejaste que fuera Él quien decidiera, cobarde; es
eso, cómo no lo ha visto antes, Dios os ha castigado a Sara y a ti a través de tu
nieta; maldijo el vientre de su hija y la condenó a engendrar un monstruo, a
gestarlo y a parirlo como si fuera una bendición, ese Dios que ahora te
mortifica con su silencio e indiferencia.
Adoración recoge los bártulos, se despide de su marido y aviva el paso
mientras el calor le chamusca la piel; alza la vista y se da cuenta de que el
cielo se ha convertido en un éter que la traslumbra y provoca que todo
comience a girar, los ojos se le llenan entonces de lombrices transparentes que
nadan en su humor vítreo y reptan, se agitan y lo devoran todo hasta cegarla,
ya solo siente el ardor que irradian las losas del suelo sobre las que yace
ahora; ni siquiera percibe su dureza, tan solo su eco canicular. Todo ha dejado
de ser al fin, piensa: el mundo, ella, su cuerpo y ese sol se ha convertido en un
gran sumidero que se lo traga todo, es nada rodeada de nada, te has muerto,
Dora, se dice mientras aguarda paciente la llegada de su marido, pero nadie
acude en su busca. Lo primero que ve al abrir los ojos es una silueta que,
vencida sobre ella, la observa con preocupación; el sol enmarca su cabeza

Página 90
como si fuera la corona de uno de esos santos que tantas veces ha visto en la
iglesia, aunque no son ni la efigie de san Juan ni la de san Blas ni mucho
menos la de san Ildefonso lo que observa, sino a don Anselmo, que la apremia
a regresar con los vivos. ¡Adoración! ¡Adoración! ¡Traed un poco de agua!
Ha sido ella, balbucea.
Ha sido la niña.
La niña es un monstruo.
Monstruo, monstruo, monstruo, repite como una letanía.
Y esa letanía es la que la acompaña hasta casa una vez rehidratada.
Monstruo, monstruo, monstruo, monstruo.
Monstruo en su garganta mientras entra, recorre el pasillo, atraviesa la
cocina y sale por la puerta de atrás hacia el cobertizo.
Monstruo, monstruo, monstruo en sus labios hasta que se planta frente a la
pared y alza la vista y ahí está, con las fauces abiertas y los dientes
herrumbrosos.
No es posible, se dice.
Ha sido ella, se repite después.
La trampa la observa sin entender su sorpresa, lleva allí desde que su
padre la condenó al olvido. Adoración recuerda lo sucedido como si acabara
de pasar, el artefacto abierto en el suelo del patio, Perla se acerca, orbita a su
alrededor, agita la cola ajena a todo mal, husmea el óxido y los restos de
sangre seca impregnados en ella hasta que una de sus patas la acciona sin
querer. Jamás ha logrado silenciar esos bramidos, la piel desgarrada, el hueso
asomado, la sangre colorando el suelo mientras su padre se acerca, le rodea el
morro con las manos para tratar de callarla; en su rostro la contrariedad por el
descuido junto a la tristeza por la pérdida del animal, que trata de arrancarse
la extremidad para evitar el martirio. No es la primera vez que Adoración
contempla la muerte; ha visto a su madre despachar a decenas de aves,
también a innumerables conejos, ella misma ha aprendido a partirles el cuello
sin temor, pero a ninguno de ellos les había puesto nombre; su padre se retira,
agarra la escopeta, apunta a la cabeza de la perra y dispara sumiéndolo todo,
los aullidos, su propia agonía y el llanto de Dora, en un silencio perturbador.
De no estar tan alterada como está, Adoración repararía en que el diámetro de
la boca que le devuelve la mirada es algo más pequeño que el del cepo que
devoró a Perla, de ahí esa silueta de polvo que la rodea, mandorla apenas
visible en la penumbra.
—¿Qué hace aquí, madre?

Página 91
Dora sigue con los ojos fijos en la pared, por un instante incluso cree hasta
ver gotear sangre de uno de esos colmillos que la amenazan; Perla, Perla,
Perla, Javier, Javier, Javier, recita mientras una lágrima escapa de su ojo y la
gravedad tira de ella hasta quedar varada en la comisura de su boca.
—¿Qué tiene, madre?
—Es tarde y Álvaro estará a punto de llegar —responde Dora—. ¿Y la
niña?
—No sé.
No sabes nada, piensa.
Nunca sabes nada.
No quieres saber nada.
Adoración regresa a la casa mientras Sara trata de encontrar el secreto de
su malestar entre los cacharros que colman las paredes del cobertizo; Luna,
que las ha estado espiando desde fuera, entiende al fin que su abuela sospecha
de ella.
Ten cuidado, se dice, o la vieja puede acabar fastidiándolo todo.

Dora prepara ya la mesa cuando suena el timbre. Pasa, hijo, lo recibe,


siéntate aquí, le dice; ¡Luna!, grita, anda, vete a buscar a la niña, que la
comida estará lista enseguida, apremia a su hija, pero no hace falta que Sara
dé un solo paso, Luna entra en la cocina, saluda a su padre y se sienta a la
mesa, después vuelve a observar a su abuela y se da cuenta de algo que le ha
pasado desapercibido hasta ese momento: no es que la viera más pequeña el
día en que ella y su madre llegaron al pueblo, más seca y echada a perder,
sino que parece menguar a cada hora que pasa; los viejos se van quedando así,
enjutos a medida que se les acerca la muerte, piensa, tiene que ver con que
cada vez comen y duermen menos, también con una creciente falta de
voluntad de seguir viviendo, claro que la deshidratación de los tejidos es
importante, los pobres se amojaman hasta que son ya casi un cadáver, lo suyo
es un ir desvaneciéndose como si se les evaporara el hálito a cada respiración,
así hasta que llega el día en que ya no son nada por mucho que Luna sepa que
a Dora aún le arde algo por dentro. No me sirvas mucho, tengo las tripas un
poco raras, dice Álvaro. Lo que no quieras, lo dejas en el plato. Álvaro
asiente, no quiere llevarle la contraria ahora que está tan cerca; la mujer es su
principal aliada en este pueblo de mierda al que se ha visto obligado a venir
para hacer entrar en razón a su mujer.

Página 92
Sara permanece en silencio, no tiene nada que decir, tampoco quiere, el
tiempo es su principal aliado ahora; muérete, muérete ya, maldito hijo de
puta, no será ella quien le dé una excusa para humillarla, aunque sabe que se
guardará mucho de hacerlo delante de su madre; por alguna extraña razón, la
teme, por mucho que a ella lo del divorcio le parece una aberración a ojos de
Dios y a los de los hombres. Servidos los platos, Adoración se sienta y su
mirada se cruza con la de Luna, que ahora piensa que no es solo que su abuela
mengüe minuto a minuto, sino que su olor se ha vuelto más agrio; la vejez
tiene su propia pestilencia, primero se encharca en la piel y después impregna
todo lo que toca, el pelo, la ropa, las paredes, los sofás y hasta las cortinas,
estancias enteras en las que Luna es capaz de distinguirla a pesar del resto de
aromas que pugnan por enmascararla; toda la maldita casa apesta a vieja.
Cuando acabes te hago una infusión de hinojo, te sentará bien, le dice
Adoración a Álvaro, después mira a Sara y piensa: ¿qué has hecho, hija? Sabe
que casi todo ha sido escrito ya.

Página 93
XIII

Los aleros lagrimean tras la tormenta, y aunque es incapaz de oír el sonido de


las gotas hacerse añicos contra el suelo, Luna imagina que debe de ser
parecido al del golpeteo del caño que pierde en los sótanos de las películas,
porque allí todo es lúgubre y húmedo y siempre hay un grifo que destila, una
mancha de humedad que se abre paso en la pared, el agua de alguna tubería
que se precipita sobre el cemento como ahora las sobras de la lluvia contra el
suelo. Los momentos más triviales son los que atesoran una belleza mayor,
inalcanzable de ningún otro modo, porque la verdad no puede fabricarse; la
verdad sucede, y lo único que podemos hacer es contemplarla.
El funeral por las almas de Javier y Matías —don Anselmo, tan práctico
siempre, ha decidido oficiarlos juntos, cobrando un servicio completo a cada
familia, eso sí— ha congregado a todo el pueblo, un aquelarre para festejar la
vida de aquellos que han esquivado doblemente la parca, por eso se persignan
todo el rato, para espantarla. Un desfile de cornejas cuchichean al pasar junto
al banco en el que asisten Adoración junto a Sara y su marido: Es él. Ese es.
¿El de Madrid? Es médico. Es guapo. Es de buena familia y la hija una
desagradecida, dónde se cree que va a encontrar algo mejor. Luna ha
preferido sentarse junto a Toño, sostenerle la mano durante toda la ceremonia,
triste, pero no en exceso, compungida, pero lo justo, incluso ha vertido alguna
lágrima para acompañar a las suyas; un llanto somero, eso sí, porque Luna
sabe que no debe pecar de indolencia, pero tampoco mostrarse desgarrada, el
duelo tiene sus grados, y aunque pueda adoptar tantas formas como
desconsolados, obliga a los vivos a observar determinado comportamiento.
Mientras la ceremonia sigue su curso, se pregunta qué habrá sentido su abuela
al pasar frente al ataúd que albergaba el cuerpo de Matías; todos los muertos
pertenecen a alguien y el fantasma de Matías la acompañará ya de por vida
como lo han hecho el de Soledad Salcedo y su marido; ella, por su parte, no
ha podido reprimir cierto regocijo al contemplar su obra, hasta el punto de
que, por un instante, parada frente al cadáver de Javier, ha creído que Toño se
daría cuenta, que todos los presentes la iban a señalar, también el cabo y

Página 94
Antúnez, que asisten al oficio desde el fondo de la nave para ver sin ser
vistos; siguen sin tener ninguna pista, por eso han comenzado a buscar por
otro lado, un posible ajuste de cuentas, quizás una venganza, que el chaval
viera algo que no debía, un perturbado de paso. Tal vez deba echarles una
mano, piensa; la idea le divierte incluso, de modo que decide poner en marcha
un plan, también porque ha comenzado a sentir de nuevo ese deseo que no
acierta a nombrar, que ya no quiere controlar; aún no entiende del todo de
dónde procede, nadie se lo ha explicado, quién podría; en ocasiones se
pregunta cuándo comenzó a ser como es, si al igual que todas las historias,
este afán suyo tuvo un principio, si sucedió en el instante mismo de su
concepción, si tuvo lugar mientras pasaba de blastocito a embrión para
convertirse en feto, si aconteció en el instante en que el médico le cortó el
cordón umbilical. Luna sabe que toda raíz necesita de una carne o un alma en
las que agarrar, también que en los pueblos nadie nace limpio, cada uno de los
presentes ha heredado la tierra de sus ancestros, la casa de sus ancestros, el
apodo de sus ancestros y, sobre todo, sus pecados, les pertenecen por mucho
que no quieran y no existe sacramento capaz de borrarlos; ella, sin embargo,
no pertenece a nada ni a nadie, solo a sí misma, a sus deseos y apetitos, esos
que ahora le demandan una nueva víctima.

¿Qué sentido tienen las casas muertas?, se pregunta Sara rodeada del
esqueleto del que en su día fue el hogar de los Salcedo; una casa que ya no
alberga vida debería derribarse para evitar que se llene de fantasmas,
espectros o espíritus y de las voces de los que ya no están, aunque desde que
ha vuelto empieza a entender que ninguno de ellos habita las piedras, sino la
carne, por eso solo aquellos que les dan cobijo y alimento, a veces sabiéndolo,
otras sin hacerlo, pueden verlos. Así lo cree por mucho que su padre solo ha
comenzado a manifestarse en cuanto ha regresado a la casa en la que ambos
nacieron, en la que él murió y en la que su madre se esconde entre silencios;
de hecho, jamás se le apareció en el piso que compartía con Álvaro en
Madrid, al pie de aquella cama; de algún modo, ha conseguido callarlo
durante todos estos años, aunque no sabe cómo; y es justo entonces cuando le
surge la duda: ¿dónde se alojan? La razón le dice que habitan nuestro cerebro,
ese órgano que todo lo gobierna, lo físico y lo etéreo, la sala de máquinas que
nos hace ser quienes somos, lo que somos, como somos; la literatura, sin
embargo, prefiere otra víscera como el corazón, bomba convertida en
quintaesencia del amor, del dolor, de la tristeza y del odio gracias a miles de

Página 95
relatos. Pero quién dice que no se ocultan en otra parte, en algún fluido, que
son ese fluido mismo, nuestra propia sangre, nuestra saliva, que son la hiel o
la bilis, quizás el pus que nos pudre por dentro; tal vez radiquen en lugares
distintos, los fantasmas en la cabeza, los espíritus en el corazón, los espectros
en las tripas en función de su naturaleza, piensa de repente, lo cual le lleva a
hacerse otra pregunta: ¿de qué están hechos? Lo que de verdad la angustia,
sin embargo, no es nada de eso, sino si es posible extirparlos como quien saja
un forúnculo lleno de podre, un tejido corrupto o un órgano enfermo que
infecta al resto; a eso sigue dándole vueltas mientras esquiva los escombros
que van surgiendo a su paso, necesita estar sola, Álvaro se ha marchado al
hotel tras el funeral, el pobre tiene cada vez peor cara; solo el desamparo es
capaz de proporcionarte determinadas respuestas, por eso ha preferido dejar
toda compañía atrás, algo le dice que todo comenzó en esta casa, aunque aún
no sabe exactamente el qué. Aquí me tienes, padre, eres tú quien me ha traído
hasta estas ruinas, ¿qué quieres de mí?, pronuncia en voz alta; no teme que
nadie pueda escucharla, que puedan pensar que se le ha ido del todo la
cabeza, mírala, pobre, ahora va por ahí hablando sola. Vamos, muéstrate,
padre, repite la invocación. Siempre ha creído que fue su madre quien le
mató, no sabe cómo, tan solo cree saber el motivo, el mismo que la llevó a
matar a Soledad; todas las familias esconden secretos, guardan su intimidad
en frascos y sus miserias entre paredes, y el secreto de sus padres tiene que
ver con este lugar que la reclama; sospecha que él y Soledad eran amantes,
también imagina que llegó un momento en el que todo el pueblo lo sabía,
calcula la humillación de su madre al notar las miradas por la calle, en la
panadería, en la carnicería, en la frutería, en la iglesia, los susurros; es ella,
pobre, shhhh, calla que te va a oír, bastante tiene con lo suyo; también se
imagina esas mismas miradas sobre Soledad, arañazos que la desuellan sin
piedad; puta, más que puta; y su marido, el pobre cornudo sin darse cuenta de
nada, si me hace eso a mí la mato, será descarada, debería arder en el infierno.
Y eso es lo que pasó, piensa, la quemó viva, algunos dirán que por castigo de
Dios, pero ella sabe —cree, de nuevo, saber— que no, que fue Dora quien se
erigió en arcángel vengador, el mismo que ahora se ha llevado por delante al
pobre Matías, cada vez está más segura de ello, como lo está de que es eso lo
que trata de decirle el fantasma de su padre: ella mató a Soledad, mi amor, mi
vida, y después me mató a mí, ¿qué piensas hacer, hija?

Página 96
Todos los muertos tienen cara de enfadados, piensa Adoración al pasar
junto al féretro de Matías; también piensa que luce mejor así que cuando
estaba vivo, siempre con esa cara de amargura a cuestas, el odio
desbordándosele por los ojos cada vez que tomaba aire, perrito faldero, pobre
infeliz, todo el día rodeado de muertos y máscaras, alimentándose de
recuerdos y engordando su rabia como se ceba a un cerdo; le has hecho un
favor enviándole para siempre al infierno, Dora, se dice; el odio es un gusano
que te encarroña el alma y tú le has liberado. La que le preocupa en realidad
es su hija y ese afán suyo por profanar el pasado; deja en paz a los muertos o
te harás daño, niña; está segura de que ha vuelto a pasar, tanto como de que
Sara no recuerda nada de lo sucedido entonces, que lo ha borrado de su mente
para protegerse. Ella también lo olvidó durante un tiempo, después lo
convirtió en un recuerdo tan frágil que parece cosido con hebras de azafrán;
así permanece oculto en algún rincón de su mente, una imagen cubierta por
un velo tan sutil como la hoja que protege los sellos o los retratos de boda.
¿Qué determina que almacenemos unos recuerdos y no otros?, se pregunta
entonces; acaso nuestro propio cerebro decide sin contar con nosotros, quizás
exista una parte dentro de él, un rincón impermeable a la razón cuyo fin es
cribar, discernir y decidir sin que nos demos cuenta; tal vez sea ahí donde
vivan los fantasmas, no sabe por qué lo ha pensado, así de repente, porque
jamás ha visto ninguno. Lo que realmente la inquieta es que no sabe qué hacer
con Sara, mucho menos con su nieta, quizás se haya equivocado con ella,
aunque el vientre le dice que no; las tripas no mienten jamás, Dora, esa niña
no es normal, es su forma de mirar lo que la inquieta, la indolencia de esos
ojos-tan-azules que son un mar muerto; quizás no esté maldita, piensa; quizás
tan solo esté poseída, piensa ahora. Es eso. Algo en este pueblo se le ha
metido dentro y se le está comiendo el alma a la pobre; hace tiempo que el
Diablo se ha instalado en este páramo, por eso la tierra da cada vez menos
frutos, los animales abortan y las vides se secan; tampoco la lluvia sacia ya
los suelos yermos ni alimenta los ríos muertos.
Debes hacer algo, Adoración.

Una vez en el atrio, vacía la iglesia, Dora se detiene a olfatear el aroma de


los romeros y los tomillos de fragancia escandalosa. Es entonces cuando
repara en ella, su sombra, ese yo oscuro que siempre la acompaña, que ni
siquiera descansa de noche desde que las llamas la hicieron brotar en plena
oscuridad; recuerda su baile grotesco, cómo se retuerce y la interpela mientras

Página 97
trata de huir; déjame en paz, vade retro, demonio, le ordena mientras aprieta
el paso para librarse de ella. ¿Qué pasa, Adoración?, oye de repente la voz de
don Anselmo; ¿te encuentras bien? Sí, padre. Me quedé preocupado el otro
día. Gracias, padre, una ya tiene una edad. Qué me vas a contar. Son quintos,
ella y don Anselmo; el hombre parece cansado, también intuye que algo le
inquieta, más bien le perturba, ha aprendido a leerle con los años, cada arruga
que hiende su piel es una historia; ambos tienen la cara llena de frunces, a
veces piensa que si alguien las recorriera con los dedos revelarían sus secretos
como la aguja del tocadiscos extrae la música de los surcos del vinilo. Quería
hablar contigo. Dígame, padre. Me han dicho que el marido de Sara ha
venido. Sí, padre. Hablé con ella el otro día y me dio la sensación de que anda
perdida; siempre ha sido una chica un poco difícil, ya lo era de pequeña, pero
creo que ahora más que nunca necesita a alguien que la guíe. Lo sé, padre, y
lo intento, por eso la mandé a la iglesia. Don Anselmo cierra los ojos; don
Anselmo toma aire y asiente; don Anselmo carraspea antes de continuar. ¿Y
cómo va la cosa? No lo sé, contesta Adoración, aunque esta vez sepa; eso es
lo que más la espanta, darse cuenta de que un episodio que creía muerto ha
resucitado para importunarla; su interés, sin embargo, se dirige hacia otro
sitio. ¿Puedo decirle algo en confianza, padre? Ya sabes que lo que hablemos
entre nosotros es sagrado. Ahora es Dora quien aprieta la boca; don Anselmo
ve asomar sus palabras como si una araña las fuera tejiendo, argentadas y
venenosas a medida que surgen, hasta que queda fatalmente enredado en
ellas: no es Sara quien me preocupa —ya lidiará con ella a solas, piensa Dora
—, padre, sino mi nieta: me temo que pueda estar poseída como Soledad.

Página 98
XIV

Creemos, aunque no es más que eso, una suposición, tal vez un sortilegio, que
el mundo sigue existiendo cuando la noche lo encubre todo, las montañas, los
bosques, los ríos y los campos, pero en realidad, los caminos, las veredas, los
páramos y los pueblos y sus gentes renacen cada día; brotan nuevos cuando el
alba los hace visibles del mismo modo en que todo lo que no se ve ni se oye
ni se dice ni se recuerda ni tiene nombre existe hasta que alguien lo alumbra;
por eso tememos la oscuridad, porque pertenece a otro espacio; todo muta al
ocaso, y esas mismas montañas, campos, ríos, caminos, páramos y casas con
sus calles y sus gentes se convierten en rincones tenebrosos, en seres
malignos. Nuestra sombra no es más que el recordatorio diurno de esa
negrura; tan solo por un instante, cuando el sol alcanza su punto más alto,
desaparece para resurgir, ese es nuestro único momento de paz.
Parapetada tras el cristal esmerilado de la puerta que separa el pasillo del
salón, Luna observa los cuerpos deformados de su madre y de su abuela
agitándose; también escucha matizadas cada una de las palabras que se
arrojan.
—Sé lo que has hecho.
—¿Qué he hecho, madre?
—Lo sabes perfectamente… Coge a tu hija y marchaos de aquí, volved a
Madrid, no te arruines la vida por una tontería.
—¿Una tontería? —se revuelve Sara, que empieza a enfurecerse.
—El Señor lo ha dispuesto así.
—¿Tú te oyes? Estás loca, madre. La soledad te ha vuelto loca.
—Vete, hija, y aleja a Luna de aquí.
—Deja en paz a la niña, que bastante mal lo está pasando ya.
—Hazme caso antes de que sea demasiado tarde —dice Dora, que intuye
que ya lo es.
—¿Tarde para qué? —replica Sara.

Página 99
Luna echa un vistazo a su reloj, es la hora, de modo que sube a su cuarto,
rebusca bajo el colchón y extrae su tesoro. Hoy no necesita llevar la cámara,
tan solo el sobre que contiene las fotos que tomó de Javier herido, de Javier
suplicante, de Javier agonizando, de Javier muerto; siente un temblor al verlas
de nuevo mientras las extrae, las sujeta por los bordes, las frota con la
camiseta y las devuelve al sobre.
Adoración la intercepta junto a la puerta de salida.
—¿Adónde vas?
Por un momento, Luna teme que se haya dado cuenta de su agitación,
aunque sabe ocultarse; lo hace a todas horas, hasta tal punto que, a veces, de
tan agotador que le resulta, necesita huir. Pero ahora que sabe que a su abuela
le arde el mismo fuego que a ella en las entrañas, ha sentido un punto de
inquietud; quizás eso la haga ver, y como no tiene modo de estar segura, lo
mejor será andarse con cuidado.
—Por ahí —contesta.
Richi la espera subido a la moto; en cuanto la ve llegar se ajusta el casco y
da unos golpecitos sobre la parte trasera del sillín; Luna se sube mientras
Toño la observa a través del ventanal del Isi, de nuevo en el mismo taburete,
las piernas balanceándose como las del muñeco de un ventrílocuo, los celos
abrasándole el estómago; la hiel se le encharca mientras los ve alejarse,
maldita niña-pija-de-ojos-tan-azules, tan cercana en el funeral, volvió a
besarle después, a aliviar su tristeza detrás de la iglesia, y ahora esto, ¿qué me
has hecho, niña-pija-de-ciudad? No puede dejar de pensar en ella, en su
cuerpo estrecho, en su boca blanda, en su lengua suave y a la vez venenosa,
en su mano jalando su sexo; por eso se le hace insoportable pensar en los
dedos de Richi profanando una tierra que solo le pertenece a él.
Pero Richi es mayor.
Richi tiene moto.
Richi mueve pasta.
Richi tiene una navaja.
Richi ha follado ya, seguro.
Richi no es de fiar.
Richi le hará daño, le carcome una voz por dentro, tengo que hacer algo
antes de que sea tarde, se dice.

Algunos seres humanos son islas, otros son penínsulas y algunos,


continentes; Luna es de los primeros, siempre sola pero libre, aislada,

Página 100
independiente; ella, en cambio, es de los segundos, piensa Sara; así lo quiso
Álvaro, que se encargó de dejar un único istmo entre ella y el resto del
mundo; su marido es del último tipo, siempre rodeado de gente en el trabajo,
en las fiestas, en los encuentros familiares, un agujero negro alrededor del que
orbita todo, encantador, atento, guapo y amable hasta que al llegar a casa se
desprende de la máscara, y ahora el monstruo ha venido a por ella. Pero esta
vez es distinto. Durante un tiempo, expuesto al fin el futuro que le esperaba
en toda su crudeza, Sara pensó en quitarse la vida; de hecho, lo intentó, pero
ni eso hizo bien; Álvaro tiene razón, eres una puta inútil, se castigó; tenía el
mantra tan asimilado que incluso ante la realidad inmediata de la muerte se
culpó a sí misma del fracaso.
Todos pasamos por dos momentos invariables en esta vida, nacer y morir,
pero ningún alumbramiento es igual a otro como ningún tránsito se parece a
los demás; cada uno de esos actos se diferencia en algo esencial: nacer es un
azar involuntario; morir, en cambio, puede serlo o no, uno siempre puede
tomar la decisión de poner fin a todo según sus propias condiciones, por eso
se lo considera un pecado atroz, el desafío máximo a Dios, el puto Dios de
Abraham, Isaac y Jacob, el Dios enajenado de su madre, el Dios mudo de don
Anselmo, el Dios cabrón de su infancia. Pero entonces llegó Luna y Sara
sintió que ya no tenía derecho, de modo que la trajo al mundo y se condenó a
demorarse; no se arrepiente, la niña le regaló momentos de paz, días en los
que llegó a creer que todo había pasado, que el monstruo ya no regresaría;
Álvaro la colmó de atenciones durante el embarazo, le concedió todos los
caprichos y se ocupó de que tuviera los mejores médicos; así hasta que se le
secaron los pechos. Entonces regresó su ansia. A la niña jamás la tocó, ni un
mal gesto, ni una voz, era carne de su carne y sangre de su sangre, su nena
guapa, preciosa, perfecta con su melena rubia y sus ojos-tan-azules; Luna se
convirtió entonces en una nueva fuente de amenazas —también de miedos—
para ella: si lloraba, si estaba inquieta, si no comía, si no la llevaba bien
arreglada. Superada por la situación, le pidió ayuda, pero él se negó a
socorrerla; es tu hija, mala madre, tu deber es cuidarla, eres una puta inútil,
solo tienes una obligación y ni eso eres capaz de hacer bien. Así que Sara
aguantó, tampoco tenía otra, al menos hasta que se aprobó la ley del divorcio
y Luna ya era lo suficientemente mayor para entender; entonces se armó de
valor y se buscó una abogada, hizo las maletas, la subió a un coche color café
con leche y se vino al pueblo aunque supiera que su madre no lo aprobaría. Y
aquí está ahora, durmiendo en la habitación en la que pasó su infancia, en la
que tanto soñó y en la que una noche decidió largarse; las mismas cuatro

Página 101
paredes que albergan el fantasma de su padre —aunque aún no sabe del todo
qué es—; sigue teniendo miedo, pero ya es otra; ahora es Álvaro el que teme,
eso le hace peligroso, porque Sara sabe que el miedo y la rabia suelen viajar
juntos, por eso debe protegerse. Por eso también acaba de acometer este
último acto de barbarie.
Miguel abre la puerta y la acompaña hasta el salón en el que el cuerpo de
su madre, esa cárcel de huesos, carne y grasa, yace en el sofá, y, por un
instante, Sara cree verla sonreír. Necesito hablar contigo o me volveré loca, le
dice. ¿Es por lo de tu padre? No. Entonces es por Álvaro, asume. Sara asiente,
y como si venciera una jarra para llenar un vaso, empieza a llorar sin poder
evitarlo.
Lo he hecho.
¿El qué, Sara?
Le he matado.

Adoración avanza bajo los aleros no tanto por evitar el sol como por
acallar su sombra, esa presencia que la persigue ya a todas horas trayéndole
recuerdos de un pasado que creía mudo, espectro maldito, mancilla de brea,
jirón de noche. Camino de la casa de los Salcedo, teme el momento de
encontrarse con el fantasma de Soledad; ha sido ella quien ha poseído a su
nieta, está segura. No ha regresado a estos muros que fueron paredón y
crematorio desde aquella noche; la tierra que los alberga, empapada con la
sangre de tantos inocentes, está maldita; sabe que su padre fue uno de los
verdugos, pero el hombre jamás quiso hablar de ello; una vez pasada la
guerra, con los odios aún calientes, pero las armas ya calladas, se sumió en un
mutismo del que apenas regresó hasta momentos antes de su muerte.
Entonces dijo: perdóname, Candelaria, mi amor.
Después dijo: perdóname tú también, Adoración, hija mía.
Después murió.
Una vez allí, Dora se pregunta cuántos muertos albergará la tierra desde el
principio de los tiempos; ese es el verdadero destino del hombre, morir para
que otros vivan, nutrir sus entrañas para mantener el vientre fecundo.
Recluida en el interior, se santigua y murmura una jaculatoria cuando cree
escuchar un grito seguido de una risa, un llanto y un gemido, pero nada de eso
es cierto, se dice para espantar su miedo; son las maderas que crujen
zarandeadas por el viento, Adoración, no las escuches. Don Anselmo ha
tratado en vano de disuadirla de venir; teme algo, no sabe exactamente qué,

Página 102
pero no le gusta, a saber qué le viene a la cabeza a esta mujer después de
tantos años, lleva días un poco rara y eso nunca es bueno; ¿qué vas a ir a
hacer allí?; no lo sé; tantos años después, Adoración duda, y eso es lo que más
le preocupa a don Anselmo, porque, de algún modo, el pecado de Adoración
es también el suyo. ¿Y si fue cosa del demonio y no de Dios, padre? Los
Salcedo eran pecadores, lo sabía Dios, lo sabías tú, lo sabía yo y lo sabía todo
el pueblo; vinieron de fuera para escandalizar, exhibiendo sus pecados de un
modo impúdico, ¿acaso no te acuerdas de lo que te hizo? Adoración lo
recuerda a pesar de su empeño por olvidar, por borrar de su mente todo lo que
siguió a aquella noche en la que su propia sombra las maldijo a ella y a toda
su estirpe.
¡Muéstrate!, la invoca Dora; vamos, sal, demonio, puta, pero no obtiene
respuesta. Adoración cruza habitaciones que apenas lo son ya y recorre
pasillos de paredes rotas y techos caídos mentándola en vano, hasta que de
tanto deambular se encuentra frente a la tapia; su sombra sobre el muro
despellejado la estremece; quizás no fue culpa de Soledad, piensa de repente,
los ojos fijos en la cal que aún lo cubre; quizás fue culpa de su padre; quizás
fue él quien desencadenó este mal que ahora las asola a ella y a su hija y a su
nieta; él, que arrebató allí tantas vidas; ¿fuiste tú, padre, el culpable de que
solo engendremos deformidades?, pregunta como si el hombre pudiera
escucharla. Para cuando quiere darse cuenta, el cielo agoniza entre estertores
de naranjas, rojos y morados, y entonces, bajo ese manto que lo tiñe todo de
sangre, tiene una revelación, esta sí de verdad; es la respuesta que ha venido a
buscar: solo el fuego es capaz de purgar el pecado tal como lo hizo entonces.
Tan solo el fuego.
Debe arder todo.
Es el único modo.

Página 103
XV

Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, así tu limosna quedará
en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará [Mateo 6:3], recita
Luna en silencio; la habitación apesta a cerrado y a sudor, también a comida
rancia y ropa sucia. Mis padres no están, le ha dicho Richi nada más
recogerla; y tú y yo tenemos algo pendiente, ha añadido tras una pausa que ha
querido ser dramática, convencido como está de que tiene la sartén por el
mango. Luna se ha limitado a asentir, sabe que quien se cree impune es ciego
a los detalles; pobre Richi. Mírala, es esta, ¿te gusta?, ha dicho él mostrándole
su cámara. Es muy chula. Mejor que la tuya, replica aún sabiendo que son
iguales. ¿Cuánto te costó? La carcajada ha viajado de pared en pared antes de
regresar al centro del cuarto. La robé en una tienda de Madrid, el tío ni se
enteró, puto gilipollas. Cada Polaroid es única, como los daguerrotipos, ha
dicho Luna entonces. ¿Y qué coño es eso? Una foto antigua que se hacía con
placas de plata, aunque a veces las mezclaban con cobre para que fueran más
baratas; después le ha explicado que, como no tienen negativo, no puedes
hacer ninguna copia, así que cada foto es única; a Richi, incapaz de pensar en
nada que no sea su entrepierna, los putos daguerrotipos le han importado una
mierda. Desnúdate, le ha ordenado. ¿Para qué? Porque lo digo yo. Entonces
no te enseño lo que te he traído, ha objetado Luna, tú veras, lo uno o lo otro,
ha añadido. ¿Qué es? Decide primero. Aquí no mandas tú, mando yo. Como
quieras, ha respondido Luna, que, una vez sembrada la semilla, ha comenzado
a quitarse la camiseta. Dime qué es, la ha detenido Richi al fin. Algo que
nadie ha visto nunca. Enséñamelo. Luna ha sacado entonces el sobre del
bolsillo trasero de sus shorts, Richi lo ha cogido, lo ha abierto y ha extraído
las fotos. ¡Joder! Las ha pasado una a una, entre la curiosidad y la repulsión,
una, dos, hasta tres veces entre el morbo y el asco. ¿Son de verdad? Sí. Estás
loca, tía. Esta es quien soy, ha dicho Luna. Era la primera vez que lo
pronunciaba en voz alta, que se mostraba así ante alguien. Por eso solo uso
polaroids. ¿Porque es más seguro? No es por eso, es porque cada muerte es
también única. Richi le ha clavado la mirada; al fin sabe lo que esconden esos

Página 104
ojos-tan-azules, joder con la puta niña-pija-de-ciudad. Toño no lo sabe, claro,
ha afirmado más que preguntado. Luna ha negado con la cabeza. Solo tú. ¿Y
cómo es? ¿El qué? Matar a alguien. Esta vez ha sido Luna la que ha
permanecido un rato en silencio, la mirada perdida, también encendida, sin
saber si iba a ser capaz de expresarlo, hasta que al fin ha dicho: como aplastar
el vientre de una hormiga.
Hace rato que el eco de las carcajadas de Richi ha dejado de retumbar y el
silencio se ha esparcido como un gas hasta ocupar cada metro cúbico del
cuarto; Luna está ahora tumbada en la cama junto a él. ¿Y a cuántos te has
cargado? Javi ha sido el primero. ¿Y vas y eliges un mongolo? Me pareció la
opción más fácil. Richi asiente antes de volver a sumirse en una mudez que
Luna interpreta como el preludio de su segunda victoria, en eso consiste
persuadir, en arar la tierra, sembrarla, esperar a que dé fruto y cosechar.
Dilo, vamos.
Y Richi lo hace al fin.
Ya está, piensa Luna, que sonríe al sentir que todo encaja.

Miguel golpea la puerta con los nudillos, primero suave, después con algo
más de apremio, pero el resultado es el mismo, de modo que pega la oreja al
chapado y trata de discernir si hay alguien dentro mientras Sara le mira hacer;
está ausente desde que han salido de casa de su madre hacia el hotel. Lo que
ha hecho en realidad al entrar en el coche es sumirse en una mudez obstinada.
Le he matado, ha sido lo último que ha dicho, ¿qué añade uno tras eso?; el
resto, los detalles y las circunstancias, pasan a un segundo plano, son cosa de
morbosos y de la Policía. Lo único que Miguel ha logrado arrancarle durante
el trayecto ha sido que no ha vuelto a verle desde el domingo; Álvaro se fue al
hotel a echar la siesta, ya no tenía buena cara durante el funeral, estaba algo
peor tras la comida y decidió irse, después nada. Miguel empieza a dudar; de
hecho, duda de que Sara esté en sus cabales desde hace días, de que
comprenda lo que ha dicho, lo que viene diciendo desde que ella y su hija han
vuelto al pueblo. Miguel decide bajar a recepción y pedir que alguien les abra
la puerta; se trata de una urgencia, apresura al recepcionista, un tipo de cabeza
sólida y cuadrada; a Sara le recuerda uno de esos bustos que ha visto en algún
museo de Madrid, eso es su apéndice: un pedazo de mármol que le ha ido
hundiendo el cuello en el pecho. El hombre clava sus ojos en Miguel y acaba
aceptando a regañadientes, no quiere problemas, aunque darse de bruces con

Página 105
un muerto en tu hotel es precisamente eso, se teme, pero qué puede hacer, es
su mujer la que está allí frente a él, desencajada.
Miguel es el primero en entrar, no sabe qué esperarse, por su imaginación
desfilan todo tipo de imágenes, las mismas que conjeturas; la peste le golpea
de inmediato, se cubre la nariz y la boca con el interior del codo y avanza
hasta descubrir el cuerpo de Álvaro sobre la cama; parece dormido, piensa,
hasta que se da cuenta de que sigue con los ojos abiertos y la boca a medio
camino de algo, tal vez de respirar, quizás de pedir ayuda; él no es médico,
pero posa los dedos sobre su cuello buscándole el pulso por mucho que no le
haga falta; su piel está tan helada que, nada más rozarla, se le ha disipado
cualquier duda; aun así, insiste como en las películas, pero nada late ya dentro
de ese hombre; jamás lo hizo en vida, así que no va a empezar a hacerlo ahora
que está muerto, piensa. Y después piensa: ¿qué coño has hecho, Sara? Es
entonces cuando decide que ya es hora de contarle la verdad, aunque su
verdad no tenga nada que ver con Álvaro.

La casa cruje como si se aliviara las tabas; es vieja y se sostiene sobre


huesos frágiles que chascan cada poco tiempo; quizás, al igual que sucede con
las ruinas de los Salcedo, también esté habitada por fantasmas; tal vez parte
de la vida y la muerte de todos aquellos que han vivido en un lugar quede
prendida en sus paredes, estancada en las bocas de los desagües o almacenada
en sus desvanes y trasteros; en eso piensa Adoración mientras contempla el
retrato de su marido, y, por un instante, cree que todo lo que le ha sucedido a
lo largo de los últimos veinte años es mentira; nada le ha pasado a ella, sino a
la mujercilla que lleva dentro, alguien que es a la vez ella pero no lo es. Acaso
el único momento en el que somos realmente felices sea al nacer, piensa acto
seguido, luego es todo un ir perdiendo esa felicidad cada día que pasa; un
goteo inevitable, en eso consiste vivir, en desangrarse poco a poco hasta que
te mueres, solo entonces se detiene la pérdida y lo único que uno puede hacer
mientras vive es tratar de taponar esa herida para no quedarse vacío antes de
tiempo. Acaso en eso y no en otra cosa consista la verdadera felicidad, piensa
Adoración ahora: en no quedarse seco antes de que te llegue la hora. Todo ha
sido una mentira, se repite; en realidad se lo dice a su marido, que no deja de
mirarla desde su atalaya con paspartú y marco noble; vuelve entonces
Adoración a escuchar el crujido del techo y el lamento de alguna viga que, al
igual que sus hombros, lleva toda una vida soportando demasiado peso; no es

Página 106
consciente aún de que todo está a punto de cambiar; de que la verdad está a
punto de provocar un seísmo de tal magnitud que ya nada quedará en pie.

Página 107
XVI

Las ruinas le reclaman sangre y Luna está dispuesta a alimentarlas; en


realidad es ella la que lleva días en ayunas y tiene calambres en el vientre.
Todo está preparado; le ha pedido a Richi que traiga su cámara y ella se ha
encargado de hablar con Toño; tengo que contarte algo, le ha dicho, el cuerpo
temblando y los ojos rojos por el llanto; Toño ha pensado en hacerse el duro,
pero su actitud se ha ido diluyendo a cada lágrima. ¿Estás bien? ¿Qué pasa?
Richi, ha dicho Luna. ¿Te ha hecho algo? Luna ha apretado los labios y se ha
cubierto el rostro con las manos, eso ha bastado para que Toño interpretara la
situación sin saber que la víctima elegida para el sacrificio era él. No quiero
que nadie me vea así, ha suplicado Luna, que después ha dicho: vámonos de
aquí, por favor. Richi les espera ya para celebrar la hecatombe; ha escondido
la moto tras uno de los muros, invisible para todo aquel que se acerque por el
camino, y se ha apostado en una esquina, la navaja apretada en el bolsillo;
lleva rato jugando con ella, la saca para aliviar el sudor de la empuñadura,
unas veces restregándola contra el pantalón, otras frotándola con la camiseta,
también para comprobar que el mecanismo funciona mientras en su estómago
conviven el temor con la ansiedad y la cobardía con el miedo a decepcionar a
esa niña-pija-de-ciudad-de-ojos-tan-azules, ella le ha abierto las puertas de su
alma y no quiere defraudarla.
Toño y Luna acuden a la hora convenida, vienen en silencio mientras él la
ayuda a sortear un muro camino de lo que un día fue la cocina de los Salcedo.
Te lo advertí, Richi es un mal bicho, dice una vez a resguardo de miradas
ajenas y oídos indiscretos; cuéntame qué te ha hecho, insiste; te juro que voy
a matarle, sentencia. ¿A quién?, se escucha una voz. La primera reacción de
Toño no es la de mirar a Richi, sino a Luna, algo le dice que todo lo que está a
punto de suceder tiene que ver con ella, lo ha sabido sin querer desde que la
vio por primera vez. Richi sonríe; Richi sale de su escondite y se acerca;
Richi la rodea por la cintura y la besa; es mía, gilipollas, puto fracasado,
niñato de mierda, le desafía, después da un paso hacia Toño, la mano en el
bolsillo, sabe lo que tiene que hacer tanto como teme ejecutarlo, por eso trata

Página 108
de disimular que tiembla de pies a cabeza por mucho que no se trate de un
estremecimiento visible, sino más bien una vibración que le sacude las carnes
por dentro; ni un solo rincón de su cuerpo está en calma, pero ya es tarde para
echarse atrás. Dime, vamos, le insiste Richi. Toño ni siquiera le mira, sus ojos
siguen fijos en Luna. No mires a mi novia, mírame a mí, gilipollas. Eh, tú,
¿me oyes?, le insiste Richi. Lo único que sale al fin por la boca de Toño es
tanto una aceptación como un reproche. Eres una hija de puta. No sabe aún
que va a morir, aunque, de saberlo, es probable que sus últimas palabras
fueran las mismas. ¿Qué has dicho? Toño encara, ahora sí, a Richi. He dicho
que es una hija de puta como tú; sois tal para cual, por mí os podéis ir los dos
a la mierda, añade. Luna permanece impasible; observa, entomóloga paciente.
No te enteras, ¿verdad, chaval?, dice Richi. Esto te viene grande, vamos,
díselo, añade dirigiéndose a Luna; fue ella quien se cargó al mongolo de
mierda, puto pervertido, todo el día haciéndose pajas a escondidas, ese puto
gilipollas era amigo tuyo, ¿no?
La primera herida se le abre a Toño en el pecho antes siquiera de recibir
una sola puñalada; enseguida llegan las de verdad, en el vientre y en los
costados, Richi le ataca fuera de sí, es el único modo de hacerlo para acallar el
horror que siente, el asco que le trepa por la garganta; uno, dos, tres, cuatro
pinchazos más, sigue, no sabe cuántos lleva ya, es un frenesí. Luna no mueve
ni un músculo mientras las manos, la camiseta, los pantalones y el rostro de
Richi se cubren de sangre, hasta que se detiene, exhausto; no siente nada de lo
que se supone que debe sentir, tan solo repulsión por lo que ha hecho en
cuanto se vacía de adrenalina, el brazo dolorido y la mano lacerada al
escurrírsele la navaja en una de las acometidas. Coge la cámara, le ordena
Luna una vez finalizada la bacanal. ¿Qué hacemos con él? La cámara
primero, insiste Luna. Richi se mira el corte, observa sus dedos encarnados,
las palmas grana, la navaja que gotea y trata de devolver al filo su apariencia
acerada antes de guardarla; después alza la Polaroid. Más cerca, dice Luna.
Richi se inclina sobre el cuerpo y cree percibir un gorjeo. ¡Está vivo, joder!,
dice. Espera, replica Luna, que no deja de observar las pupilas de Toño;
ahora; Richi aprieta el disparador, después aparta la cámara a un lado y
vomita mientras el vientre de la máquina digiere el horror y lo regurgita poco
a poco.

Ocupada como está en saciar su hambre, Luna no sabe que su padre ha


muerto. Ajeno al drama que acaba de representarse a unos kilómetros de allí,

Página 109
el cabo tampoco sabe que otro cadáver le espera. No digas nada, ¿vale?, dice
Miguel, ¿me oyes? Sara asiente; Miguel no está seguro de que se encuentre
siquiera entre los vivos; parece tan muerta como su marido, la piel pálida, la
mirada extraviada, la boca abierta. ¿Me oyes?, insiste a la espera de una
respuesta. Sara asiente de nuevo. Miguel la menea; ni una palabra, Sara, deja
que hable yo, tú estás en shock, tu marido acaba de morir, llevaba un día sin
dar señales de vida, te has preocupado, me has llamado y hemos venido hasta
aquí, ¿de acuerdo?
Cuando la Guardia Civil se persona en el hotel, ninguno de los dos sabría
decir cuánto tiempo llevan esperando; tampoco es importante. Una vez que
Miguel ha comprobado que Álvaro estaba muerto, han salido de la habitación,
han cerrado la puerta para crear un parapeto entre ellos y la desgracia y han
bajado a recepción. El juez y el forense tienen que venir de Ciudad Real, así
que tardarán, les ha informado el cabo al llegar; no es un hombre que crea en
malos farios ni supersticiones, mucho menos en casualidades, él es más de
causalidades; las cosas, por extrañas que parezcan, por macabras que sean,
tienen su lógica, piensa; así son los menesteres del oficio; aunque también
entiende que el azar tiene estas cosas a veces y frente a eso no hay mucho que
uno pueda hacer. Dígame qué ha pasado, pregunta. Ya se lo he dicho, repite
Miguel. Se lo pregunto a ella. Y yo se lo digo a usted. El escarceo dura poco
más; no es la primera vez que miden fuerzas, la última vez, como ahora, el
combate terminó en tablas. ¿Han avisado a alguien más? No logro dar con su
hija, y su madre no coge el teléfono, quizás si llama usted al cura él sepa
dónde está.
Mientras espera, Sara se siente como el conductor que llega a casa sin
recordar nada del camino. Se acabó, está muerto, el monstruo ya no está, no
tendrás que volver a mirar bajo la cama ni cerrar el armario ni dejar la luz de
la mesilla encendida nunca más; eres libre, Sara, ¿por qué no estás contenta?
Lo único que sabe con certeza es que algo ha vuelto a cambiar dentro de ella,
como si acabara de entornar una puerta y una cuña de luz se hubiera colado en
el descansillo, ese rellano oscuro al que nunca ha querido asomarse; ahora, sin
embargo, algo le dice que el monstruo siempre ha estado ahí agazapado,
esperando a que activara el resorte preciso, por eso no está segura de querer
asomarse, porque al fin empieza a comprender que el monstruo al que más
temía no era su marido en realidad. ¿Qué has hecho, hija?, le llega de repente
la voz de su madre; Sara vuelve la cabeza, pero es incapaz de dar con ella;
Miguel la mira, el cabo la observa, también el recepcionista sin cuello; la voz
zumba en los oídos de Sara como un acúfeno; ¿qué has hecho, qué has hecho,

Página 110
qué has hecho, qué has hecho?, insiste la voz; esa voz maldita; es Dora, no
hay duda, pero suena más joven, procede de un pasado remoto y se expande
por su cabeza como el eco en una iglesia. ¿Qué has hecho, por Dios, hija mía?
Hasta que Sara se cubre las orejas y grita: ¡BASTA!

Ajena a todo, Adoración prepara la casa que ha de ser ara de sacrificios y


pira funeraria a la vez; la yesca que prenderá el fuego, sin embargo, está aún
por llegar.

Página 111
XVII

Tengo que contarte algo y este momento es tan bueno como cualquier otro,
dice Miguel de vuelta a casa. Sara se deja caer en el sofá situado frente a la
butaca en la que su madre se muere un poco más cada día; de nuevo esa
inquietud al sentir la mirada fija de la mujer mientras Miguel regresa de la
cocina con un vaso colmado de anís. Sara le da un trago y el dulzor la ayuda a
ocultar la peste a rancio que emana de Aurora; Miguel ya está hecho a ella,
por eso no arruga la nariz cada vez que entra en la sala y se sienta a su lado.
Hace muchos años, empieza, juré no contarte esto jamás, pero creo que ha
llegado el momento de que sepas la verdad: cuando los Salcedo llegaron al
pueblo, don Anselmo receló enseguida de ellos, no eran de aquí, y aunque aún
eran tiempos oscuros, traían otras costumbres, apenas iban a la iglesia, solo
algunas fiestas de guardar por mantener las formas y poco más; tampoco se
dejaban ver demasiado por el pueblo, ella alguna vez en la tienda, él en el bar,
pero poco más, se pasaban todo el día encerrados en esa casa recibiendo
visitas, no hacían daño a nadie, pero ya sabes cómo son las cosas aquí, de
modo que don Anselmo fue malmetiendo poco a poco, no soportaba que
escaparan a su control, y entonces tu madre, que algo se temía ya, fue a hablar
con él y poco le faltó para acusar a Soledad de tentar a otros hombres y yacer
con ellos a la vista de su marido; todos en el pueblo saben lo que pasó
después, pero callan como callaron cuando don Anselmo se avino a enterrar a
tu padre en el cementerio a pesar de haber atentado dos veces contra la ley de
Dios. Llegados a este punto, Sara se revuelve por primera vez. ¿Qué quieres
decir? Miguel contrae las cejas; es un gesto tan leve que casi le pasa
desapercibido, pero ahí está. Dime, le apremia Sara. Tu madre le suplicó que
le permitiera enterrarlo allí a pesar de haberse quitado la vida, responde
Miguel. Mi padre no se suicidó, protesta Sara. Miguel vuelve a enarcar las
cejas, esta vez de un modo más ostentoso; también lo es el gruñido que surge
de las entrañas de su madre. ¿A qué te refieres?, dice. A que fue ella quien le
mató, pronuncia Sara al fin. Es la primera vez que lo dice en voz alta, también
la primera vez que comparte su sospecha, ya convertida en certeza —eso cree

Página 112
—, con alguien. La madre de Miguel enmudece de golpe; también él, hasta
que dice: ¿estás segura? A pesar de que su memoria sigue envuelta aún de
penumbra, sola frente a ese rellano al que tanto teme, Sara asiente. ¿Por qué
piensas eso?, dice Miguel. Sara le mira, después mira a Aurora y responde:
porque no dejo de verle desde que he llegado, y ya no sé si es fantasma o
espectro, no está en paz, Miguel, sigue ahí, encadenado a esa maldita casa
porque ella le mató, ¿qué si no? Miguel asiente, después toma aire, debe
añadir algo antes de llevarla a casa. Hay algo más, Sara: tu padre se enamoró
de otra mujer, eso es cierto, pero no fue de Soledad Salcedo, sino de mi
madre.

Adoración la espera en la cocina, su reino y parapeto; a estas alturas todo


el pueblo sabe ya lo ocurrido con Álvaro; corre de boca en boca y de oreja en
oreja con el brío de una ráfaga de solano. Sara llega y se sienta, no hay nada
en el fuego y la habitación está en penumbra, algo fría de repente para la
época del año, pero ni Dora ni ella sabrían decir si ese frescor proviene de
fuera o les emana de dentro.
—Lo sé todo, madre.
—¿Sí? ¿Y qué es eso que crees que sabes?
—Todo.
—No sabes nada. Yo, en cambio, sí sé qué le ha pasado a Álvaro, pero no
te preocupes, no diré nada, eres mi hija y tampoco es culpa tuya.
—¿Qué quieres decir?
—Que estamos malditas. Tú, yo y la niña. Tenemos las entrañas negras.
—Déjate de supersticiones, madre.
—Es la verdad, y ahora lo sé, solo el fuego puede sanarnos.
—¿Como sanó a Soledad y su marido?
—Todo empezó con el fuego y debe acabar con él.
—Solo que te equivocaste, madre.
—El Diablo es capaz de nublar hasta la vista más certera.
—No fue el Diablo, madre. Fue don Anselmo quien te mintió. A ti, a
Matías y a todo el pueblo. Padre tenía una amante, sí, pero no era Soledad.
—Mientes.
—No, madre.
—¡Mientes!
—A veces, quien lleva sotana es el Diablo.
—Calla.

Página 113
—Vas a escucharme, madre. Aunque no quieras —dice Sara, al fin
clarividente—. Y la razón por la que sé que la amante de padre no era
Soledad es porque acabo de conocerla. Tú también la conoces.
Los muros que cercan y protegen a Dora, esos que lleva tantos años
restañando, están a punto de caer, y ahí está ella, sola de pie sobre un cauce
seco frente al frente imponente de la presa que lo retiene todo en sus entrañas:
la tristeza, el odio, el dolor, la traición y la rabia, pero sobre todo la culpa; el
cemento ha comenzado a picarse, y por mucho que se empeña en tapar las
grietas que se le van abriendo, no le alcanza; lo único que es capaz de
escuchar es el rumor creciente de la inundación que está a punto de llevársela
por delante.
—Fue Aurora, madre. Ella fue su amante y Miguel es mi hermano.
El dique revienta y arrambla con todo, la arrastra río abajo junto a un
montón de materiales de deriva acumulados durante años, cada uno de los
recuerdos que ha logrado silenciar durante todo este tiempo; sobre todos ellos
navega su sombra, esa presencia que se instaló en su alma aquella noche, que
nació de las llamas de una casa, del incendio de dos cuerpos y la ha
acompañado desde entonces.
—¡Basta!
No sabe qué le duele más de repente, si haber errado de un modo tan
garrafal o saber que el amor entre su marido y Aurora tuvo un fruto; que esa
mujer llevó en sus entrañas un hijo que no le correspondía; cómo no se ha
dado cuenta —ni siquiera sospechado— cada vez que se cruzaba con él por la
calle, ese pervertido, ese desviado, ese provecho del pecado, seáis mil veces
malditos, tú y tu madre. Y entonces siente la obligación de compartir su rabia
y su dolor con el mundo, pero también se arroga el derecho de hacerle daño a
ella, de arrastrar a su hija río abajo y sacrificarla como acaba de hacer con
ella; hiérela, hiérela, hiérela hasta que sangre como hizo contigo entonces,
cuando te arrebató lo que más querías como ha vuelto a hacer ahora, se dice.
—Todos escondemos un gran pecado. Tú también cargas con el tuyo, hija,
pero no quieres saber la verdad. No soy la única que se ha estado mintiendo
todo este tiempo.
—Siempre con secretos, madre. Di lo que tengas que decir de una maldita
vez.
Adoración se llena los pulmones hasta que los siente a punto de reventar,
después deja que el aire escape por la nariz mientras elige las palabras
adecuadas con las que asestar el golpe; no hay modo suave de hacerlo,
tampoco es esa su intención, piensa que el dolor ajeno mitigará el suyo.

Página 114
—Ve y dile a tu hermano, a ese bastardo enfermo, que vuestro padre no se
suicidó. Ve y dile también que tampoco fui yo quien le mató, sino que le
mataste tú.
Sara se pone en pie; ¡cállate, mientes, cállate de una puta vez, madre!,
dice mientras Dora permanece quieta, liberada al fin de todas sus cargas,
redimida de ese escapulario que ha pendido de su cuello durante todos estos
años.
—Estás loca.
—Tú te lo llevaste de mi lado. Me lo arrebataste.
—¡Mientes!
—Nos oíste discutir una noche, tu padre me acusó de haber matado a
Soledad y yo lo negué, pero él fue incapaz de negarme su pecado. Me dijo
que le daba asco, que no podía seguir bajo el mismo techo que yo, que me iba
a dejar. Tu padre se iba a ir, Sara, nos iba a dejar solas, ¿me oyes?
Solas.
Solas.
Solas, retumba en la cabeza de Sara.
Puto eco funesto.
Y, de repente, de pie en medio de la cocina, Sara es capaz de verlo todo a
un tiempo; ante sus ojos se abre un punto en el que su vida se concentra y
discurre como en una película; lo que fue, lo que está siendo en este preciso
instante y se convierte en pasado nada más ser visto, y algo que aún no
reconoce: es lo que está por venir, nítido, terrible, cierto. De qué me sirve
verlo si no puedo cambiarlo, se dice; o tal vez sí, quizás pueda si alarga los
dedos y alcanza a tocar las imágenes; tal vez así pueda desleírlas como un
reflejo en el agua, pero por mucho que estira el brazo, que alarga los dedos, es
incapaz de tocarlo; lo único que siente es frío en las yemas, también en las
tripas. De qué me sirve poder verlo si no puedo cambiarlo, se repite. Esa es tu
maldición, cree escuchar entonces; quizás se trate de la voz del mismísimo
Dios, piensa, tal vez sea la de su padre y este sea su castigo por lo que hizo
sin rubor entonces, por lo que ha hecho sin arrepentimiento ahora, estar
condenada a verlo una y otra vez sin poder cambiarlo. Sara se concentra en
las imágenes de aquella noche, parapetada tras la barandilla como Luna hace
unos días; escucha primero las voces, después los gritos, reproches velados al
principio, desvelados al rato; palabras que primero muerden, que después
hieren y que finalmente matan; a sus seis años no es aún capaz de comprender
nada, tan solo entiende que se va a quedar sola, que su padre se va a marchar,
que no las quiere ni a ella ni a su madre, que ama a otra mujer, así que llega a

Página 115
una conclusión tan simple y lógica como fatídica: solo existe un modo de
retenerle para siempre, de impedir que las abandone.
Y lo hace.
A la mañana siguiente, entra en el cobertizo y coge el recipiente que
tantas veces ha visto usar a su madre, después va a la cocina y prepara el café,
vierte una cucharada dentro, lo endulza para que su padre no se dé cuenta,
también para que no le duela, y cruza el pasillo hasta detenerse frente a la
puerta del salón. Le traigo el desayuno, padre. Gracias, mi niña, pero ya me lo
he tomado. Lo he preparado yo sola. Su padre sonríe; su padre le acaricia el
cabello; su padre coge la taza y le da un sorbo y después otro mientras Sara
no le quita los ojos de encima. Él hace un esfuerzo para acabárselo a pesar del
dulzor exagerado. Es el mejor café que he probado en mi vida, dice sin saber
que será el último. Gracias, cariño. No será hasta un rato después —eso Sara
no lo sabe, pero es importante para la historia— cuando se lo encuentre
muerto y reconozca los síntomas, que Adoración comprenderá lo sucedido;
primero solo en parte, luego en toda su plenitud; porque lo primero que piensa
es que su marido se ha quitado la vida. Será al limpiar la taza para no dejar
rastro de su pecado cuando se dará al fin cuenta de lo sucedido, no sabrá decir
si porque el exceso de cazos usados para preparar el desayuno se le antoja de
repente extraño o porque sus tripas se lo revelan, pero ya no tiene dudas; es
entonces cuando decide convencerse de que a su marido, pobre, le ha dado
algo, un infarto, tal vez un derrame o una apoplejía, qué mala suerte, qué
desgracia, ha sido el buen Dios y no su hija quien se lo ha llevado de su lado.
Tras llamar al médico y comunicarle el óbito a don Anselmo, todos en el
pueblo pensarán lo mismo sin saber, a excepción del cura, que solo la una de
las siguientes afirmaciones es cierta: que el marido de la Dora, el amante de
Soledad, se ha quitado la vida por amor, piensan unos; por vergüenza, piensan
otros; que Dios, si puede y quiere, le perdone su pecado y le acoja en su
gloria; por eso le suplica que le dé sepultura en el cementerio junto a sus
padres y su hermano para acallar los rumores —solo él puede hacerlo— y
después le pide al Señor, a su querido Dios, a su Dios amado, que la niña lo
olvide todo, que entierre lo sucedido en lo más profundo de su memoria, tan
hondo como yace ahora su padre.

Cuando Luna entra en la cocina, se las encuentra en penumbra, la mirada


fija en la pared que hay sobre la chapa; la una observa los fantasmas —
aunque ya sabe que son espectros— de su padre y de su marido mirándola

Página 116
fijamente; la otra no ve nada porque no hay nada que ver allí. Luna posa a su
vez sus ojos sobre los baldosines que tanto parecen atraer la atención de su
madre y de su abuela, pero no observa nada extraño en ellos; es entonces
cuando deja escapar un gemido para arrancarlas del trance en el que parecen
sumidas. Madre e hija se vuelven y reparan en ella, que trae la ropa hecha
jirones y sucia de tierra, también la melena agreste y la cara llena de
magulladuras. Adoración y Sara se alzan activadas por el mismo resorte.
¡Luna! ¡Hija! ¡Qué te ha pasado, hija! ¡Qué te han hecho, mi niña! Justo
entonces, Luna sabe que ha llegado el momento de desvanecerse.

Página 117
XVIII

—Cuéntame qué ha pasado —dice el cabo.


—Ha sido Richi.
—Richi qué y Richi quién.
—Richi de Villafranca. Él mató a Javi y ha matado a Toño.
Luna tiembla de pies a cabeza, también es un mar de lágrimas y de
nervios, la cara ya restañada; las sombras del maltrato, sin embargo,
permanecen aún visibles en su frente, sus pómulos y sus labios.
—¿Estás segura?
Luna asiente.
—¿Y cómo lo sabes?
—Lo de Javi lo dijo él, lo de Toño porque yo estaba allí. Le ha hecho una
foto.
—¿Cómo?
—Con su cámara, cuando estaba en el suelo. Creo que ya estaba muerto
[Luna solloza]. Después me ha obligado a posar antes de intentar abusar de
mí, entonces le he dado un golpe y he echado a correr.
—¿Y qué ha hecho él?
—No sé.
—¿No te ha seguido?
Luna niega con la cabeza.
—Pero él tiene moto y tú ibas a pie, ¿no?
Luna encoge los hombros.
El cabo asiente, el cabo la mira a los ojos y siente un escalofrío al notarlos
fijos en los suyos, hasta que Luna los aparta y baja la cabeza, sumisa; también
aprovecha para derramar nuevas lágrimas, no la vayas a cagar ahora, se dice;
pero al cabo ya se le han cristalizado las vísceras.
—Muy bien, repasémoslo una vez más. ¿De qué conoces a Richi?
—Nos vio a Toño y a mí besándonos en las ruinas un día.
—¿Erais novios?
—¿Quién?

Página 118
—Toño y tú.
—No.
—¿Por qué crees que habría querido matarle entonces?
Luna vuelve a encogerse de hombros.
—Vale. ¿Y a Javier? ¿Por qué crees que le ha matado a él?
—No lo sé.
—¿Te había molestado alguna vez?
—¿Quién?
—Javier.
—No.
—Volvamos a Toño. ¿Estás segura de que no sabes por qué le ha matado?
¿Ninguna idea?
Luna rompe a llorar.
—Ha sido por mi culpa —concede al fin.
—¿Por qué dices eso?
—Porque un día me lo encontré estando sola en las ruinas y me molestó,
entonces se lo conté a Toño, que fue a verle y le dijo que me dejara en paz
o…
—¿O qué?
—O que le mataría.
El cabo asiente.
—Entonces dices que ha apuñalado a Toño, que una vez muerto le ha
sacado una foto y que después te ha obligado a posar antes de intentar abusar
de ti.
Luna asiente.
—¿Y cuándo ha dicho que había matado a Javier?
—Mientras se peleaban. Justo antes de matarle.
—¿Por qué?
Luna permanece en silencio.
—No te pregunto por qué crees que le mató, sino por qué crees que se lo
ha dicho.
—No lo sé.
—¿Cómo era la cámara?
—Una de esas que imprimen las fotos nada más sacarlas.
—¿Una Polaroid?
—Sí.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque las he visto alguna vez.

Página 119
Sara se ha revuelto en la silla en ese momento, pero no ha dicho nada, su
hija está en shock, es normal que dude, pobre niña, que se olvide de algunas
cosas, que ella también tiene una que le regaló su padre, ha pensado. Su gesto
no ha pasado desapercibido al cabo, que en lugar de entenderlo por lo que era,
una duda, lo ha interpretado como el malestar de una madre ante el acoso a su
hija.
—Muy bien, Luna —ha dicho entonces—. Sé que no ha sido fácil para ti
—ha añadido mirando de soslayo a Sara—. Muchas gracias por colaborar.
Luna ha asentido.
—¿Pueden esperar aquí un momento, por favor? Ya casi está —ha
añadido el cabo.

En cuanto Richi [Ricardo García del Rey, dieciocho, con antecedentes por
lesiones, hurto, injurias y resistencia a la autoridad] entra esposado en el
cuartel, Luna se estremece; el cabo, que está junto a ella, la siente vibrar de
pies a cabeza; también se da cuenta de que la niña se orina encima. ¡Hija de
puta! ¡Has sido tú, hija de puta! ¡Ha sido ella, hija de puta! ¡Soltadme, coño!
¡Yo no he hecho nada, ha sido esa hija de puta, que está loca, joder! Los
gritos de Richi se acallan a medida que lo alejan hacia el calabozo. Luna llora;
Luna hipea; Luna se cubre el rostro con las manos mientras su cuerpo se
sacude sobre el charco de orina; le ha costado aguantarse durante toda la
declaración, las manos agarrotadas, los muslos apretados hasta llegar el
momento preciso de vaciarse, porque Luna sabe que algunas reacciones no se
pueden aparentar y apuesta a que el cabo también lo sabe. Está en lo cierto,
porque nada más verlo, el cabo ha pensado: la pobre niña se ha meado encima
en cuanto le ha visto, eso no se puede fingir; y ha sido en ese preciso instante
—no antes— cuando se le han despejado al fin todas las dudas: la niña es
rara, pero es inocente, se ha dicho, pobre, bastante tiene con lo que ha pasado.
—¿Es él? —pregunta conociendo la respuesta, las formalidades, no
obstante, exigen una identificación.
Luna asiente.
—Muy bien. Puede llevársela a casa, pero estén pendientes del teléfono.
Sara comprende que no se refiere solo a su hija, sino también a ella; sabe
que el resultado de la autopsia de su marido va a demorarse, pero el cabo no
quiere dejar pasar la ocasión de recordarle que sigue bajo escrutinio, aunque a
tenor de los nuevos acontecimientos, esa muerte ya no le importe mucho a
nadie, tampoco a él, a decir verdad, al menos hasta que, llegado el caso —si

Página 120
llega—, sus padres pongan el grito en el cielo y alguien de la comandancia de
Madrid llame para cagarse en sus muertos.
—¿Qué tenemos?
—Todo, mi cabo —responde Antúnez, que viene de detener a Richi y
hacer el registro de su casa—. He visto poco, ya lo sabe, pero nunca algo así.
Les había sacado fotos a los dos muertos, las tenía escondidas en un sobre
bajo la cama, entre el colchón y una de las láminas del somier. También había
otra de la chica en un cajón… —El cabo asiente, de modo que no hace falta
que Antúnez se la describa—. Además de eso, tenemos la cámara y la navaja,
que por mucho que ha tratado de limpiarla aún tenía sangre en las juntas. Y en
el patio había ropa a medio quemar. Ni eso ha sabido hacer bien el chaval.
Aunque muy listo tampoco parece.
—¿Lo has mandado todo a comandancia?
—Afirmativo —responde Antúnez—. No sé qué dirá el angelito, pero
blanco y en botella, vamos —remata.
El cabo sabe, porque él sí ha visto lo suficiente, que hay otras cosas
blancas que puede albergar una botella, pero no dice nada; bastante tiene con
pensar en cómo contendrá a la turba que ya se ha concentrado fuera.
—¿Qué pasa ahora, Antúnez?
—Nada, mi cabo.
—No, coño, qué —insiste—. No vamos a callarnos las cosas a estas
alturas.
—Que a veces pienso que por qué no se lo echamos a los perros y ya está.
—No me jodas, hombre.
—Tú has preguntado, mi cabo.
—Para empezar, porque somos guardias, ¿estamos? Para seguir, porque a
nosotros no nos corresponde otra cosa que reunir pruebas, dárselas al
instructor y que el resto de la cadena haga lo suyo, y para terminar, porque
imagínate que nos equivocamos y el chaval ya pende de una rama. Ahora la
gente tiene derechos, y no seré yo quien se los pase por el forro de los
cojones; si no es por ellos, sí por la cuenta que nos trae a ti y a mí, ¿estamos?
Casa, sueldo y pertenencia.

Página 121
NOTA DEL AUTOR (2)

Más adelante, el juicio concluirá que Ricardo G. M, alias Richi, de dieciocho


años de edad, hijo de Ramón G. Z. y de Josefa M. A., con antecedentes por
lesiones, hurto, injurias y resistencia a la autoridad, es culpable de asesinato
con agravantes por minoría de edad y discapacidad de Javier R. M., por el que
será condenado a veinte años de prisión, y culpable del homicidio doloso de
Antonio S. R., por el que será condenado a otros quince años. Por razones que
el lector descubrirá en breve, dicha sentencia no tiene, sin embargo,
relevancia alguna para lo que aún queda de esta historia.
También debe saber el lector que la investigación por la muerte de
Álvaro V. C. concluirá que Sara M. G., de cuarenta años de edad, hija de
Adoración G. R. y de Juan M. E., es culpable de su asesinato con agravante de
parentesco, aunque, de nuevo, y por muy extraño que pueda parecerle ahora
mismo al lector, esta información también carece de relevancia.
En cuanto a Adoración G. R., de sesenta y cinco años de edad, hija de
Isidoro G. O. y Candelaria R. F., la investigación concluirá a su vez que es
culpable del homicidio doloso de dos personas. En este caso sí, permítame el
lector que, por motivos que no me hace falta explicarle, no revele aún ni la
identidad de los dos fallecidos ni las circunstancias de sus muertes.

Página 122
XIX

Mientras su nieta declara en el cuartel, Adoración se prepara para acometer el


acto final; lo único que ha provocado la revelación de Sara es que la mujer
haya decidido añadir un último giro a su plan, el resto sigue intacto, está al fin
en calma del modo en el que un suicida retoña justo antes de quitarse la vida;
quizás pueda parecerle extraño al observador ajeno, pero hace años que no se
siente tan bien, tanto que ni siquiera el silencio de Dios se le antoja ya cruel,
porque Dora comprende al fin que Dios no existe, tampoco el alma, lo único
real son la carne que nos forma y la sangre que la alimenta, y ambas le exigen
su diezmo; por eso —y para eso— se viste de domingo aunque sea miércoles,
toma la escopeta del cobertizo y sale de casa. Dos de los clientes habituales
del Isi, además del propio Isidoro, la ven cruzar la plaza —más adelante,
durante su declaración, apuntarán que decidida, aunque en ese momento no
supieran a qué— en dirección a la iglesia; otras dos vecinas, María
Cicuéndez, que en ese preciso instante sale del colmado, y Elvira Tostado,
que espera en una esquina a que su hijo la recoja para ir al médico, son a su
vez testigos de su devenir, ninguna de ellas, sin embargo —a pesar de su
gesto adusto, de que Adoración vista de domingo siendo miércoles y de que
cargue con una escopeta bajo el brazo a pleno sol—, es capaz de anticipar lo
que está a punto de suceder.
Antes de atravesar el atrio, un golpe de viento le sacude las ropas y el
cabello desbaratándole el moño; Adoración avanza por la nave central con el
pelo revuelto —parece un nido de cuervos— mientras coge dos cartuchos y
ceba el arma, después la amartilla y alza los cañones, esos dos ojos que ya
buscan sedientos su presa; solo entonces, cuando repara en que el metal está
herrumbroso, recuerda el fogonazo que se llevó por delante a Perla y el
estruendo que lo acompañó. Adoración también repara en que sus dedos
manchados de orín parecen cubiertos de una sangre que aún no ha derramado.
¡Anselmo!, grita frente al altar. El nombre se multiplica hasta desbravarse.
¡Vamos, sal, demonio! Don Anselmo asoma la cabeza por la puerta de la
sacristía; teme la voz y la exigencia que expresa, pero le puede más la

Página 123
curiosidad. Adoración, ¿eres tú? ¡Vamos, sal!, le conmina. ¿Qué quieres a
estas horas? Solo entonces repara en la escopeta que le apunta, en esos ojos
negros que le acechan, en los marrones de Adoración que le escrutan. ¿Qué
haces con eso, mujer?, ¡estamos en la casa del Señor, por Dios!, ¿acaso te has
vuelto loca? A punto está Dora de responderle que no, que es justo al revés,
que está más cuerda y serena que nunca, iluminada al fin, pero en su lugar
dice: baja aquí, demonio. ¿Para qué? Ven. Don Anselmo avanza hacia ella
despacio, la atención puesta en esa bestia que no le quita la vista de encima;
cómo saber si, a pesar de los años y el óxido que la cubre, morderá aún, si
está cargada siquiera, aunque los martillos echados atrás como las orejas de
un podenco le advierten que, de estarlo, basta con que la mujer presione el
gatillo para arrojarle encima una lluvia de postas. Me mentiste, dice Dora.
¿De qué hablas? Adoración no responde, para qué, no tiene tiempo que
perder, don Anselmo se lo ve en los ojos antes de que suceda, por eso se
abalanza sobre el arma, aunque está demasiado lejos. La detonación les sume
a ambos en una nube de pólvora, ruido y furia. Una vez disipada la humareda,
Adoración alcanza a ver la mano de don Anselmo arrancada de cuajo;
también escucha sus bramidos. ¡Estás loca, te has vuelto loca, joder, hija de la
gran puta! Erguida de nuevo tras el retroceso, Dora alza la escopeta y dispara
una segunda salva; esta vez el tiro abre tal boquete en el pecho de don
Anselmo que ni el cirujano de campaña más avezado sería capaz de remendar.
Todo queda entonces sumido en el mayor silencio que jamás haya oído; el
fenómeno apenas dura un instante, pero es como si, a lo largo de ese periodo
de tiempo indeterminado, el devenir del planeta entero hubiera quedado en
suspenso, sin vida, sin muerte, sin nada.

Mientras el alma se le fuga por ese boquete recién abierto en el pecho, don
Anselmo comprende al fin —tarde, demasiado tarde, como todos los hombres
— que su mayor error en esta vida ha sido no darse cuenta a tiempo de su
propia insignificancia, pero que tenga que venir esta vieja desequilibrada, esta
puta loca de los cojones, esta jodida beata de mierda a recordárselo es una
humillación que no puede soportar. Señor, perdónala porque no sabe lo que
hace, dice en un último intento por reconciliarse con ese Dios en el que jamás
ha creído pero que tan buena vida le ha proporcionado. La respuesta es más
frío; ni un ápice de su presencia, de su voz, de su calor, de esa esencia
reconfortante que tantas veces ha predicado. Tan solo silencio.

Página 124
Ahora que lo tiene sentado justo enfrente, Adoración cree reconocer al fin
en él algunos de los rasgos de su marido: las cejas altas y pobladas, los
pómulos algo salidos, la boca triste, esa frente ancha que parece empujar la
línea del pelo un poco más hacia atrás cada día, por eso piensa que le
disparará primero en la cara, para que nada de lo que su esposo dejó en este
mundo permanezca. Aurora no deja de bramar a su lado. Cállate. ¡Cállate ya!,
la amenaza, pero no sirve de nada, la mujer parece haber entrado en
efervescencia. No pasa nada, mamá, tranquila, mamá, está bien, no te
preocupes, le dice Miguel, más pendiente de ella que de su propio pellejo;
piensa en qué será de su madre si se queda sola, en que no podrá cuidarse,
tampoco matarse —si es lo que desea— sin su ayuda. ¿Qué quieres? No
quiero nada, responde Adoración. Se trata de una verdad a medias, porque lo
que quiere es arrebatarle la vida, destruirlo, vengarse, infligirle a su madre el
mayor de los dolores a través de él, condenarla a presenciar la muerte de su
único hijo y aniquilar el fruto del pecado de su marido de la faz de la Tierra;
sabe que el hecho no le proporcionará una paz mayor de la que siente ahora
mismo, pero aun así no puede evitar el deseo, tampoco hace mucho por
aplacarlo, acaba de matar a un hombre a sangre fría —aunque le hervía al
hacerlo—, así que no es momento de andarse con dudas, mucho menos con
monsergas. ¿Qué vas a decirle a Sara?, pregunta entonces Miguel. No hará
falta decirle nada. Miguel la mira. ¿Nada? No creo que puedas ocultarle el
hecho de que hayas matado a su hermano. Hermanastro, corrige Adoración;
no eres más que el bastardo de mi marido, no lo olvides, nada más. Solo te
pido una cosa, dice Miguel sabiéndola ya decidida: que nos mates a los dos
juntos. Adoración le observa, después desvía la mirada hasta dar con los ojos
de Aurora, le parecen suplicantes, anhelantes incluso. Lo haré si me lo pide
ella, dice entonces. Eres una hija de puta, responde Miguel. Adoración sonríe
y dice: tiene gracia que seas tú precisamente quien lo diga. Aurora, que ha
permanecido en silencio durante el intercambio, eructa un gruñido que parece
a punto de derramársele entre babas. Nunca fuimos amigas, pero jamás te
traté mal, dice Adoración dirigiéndose a ella; sabe que en algún lugar
recóndito de esa masa de carne inútil, la escucha, ¿y cómo me lo pagaste?,
seduciendo a mi marido y engañándole para que se acostara contigo. Fue él
quien se acercó a ella, replica Miguel, que está dispuesto a morir matando, a
lanzarle todos los zarpazos que pueda para arañar su alma, si es que le queda,
antes de que eso suceda; no te soportaba, ¿me oyes?, le escupe. ¿Qué sabrás
tú?, responde Dora, lo único que sabes de él es lo que te ha contado tu madre,

Página 125
una maldita sarta de mentiras, seguro que te ha dicho que era un buen
hombre, dulce y cariñoso, pero jamás fue así, era un mal hombre, como todos,
pero era mío. Y por eso le mataste, porque no soportabas que nadie más lo
tuviera, que ya no solo no te quisiera, sino que te odiara con todas sus fuerzas
porque le dabas asco, dice Miguel. Adoración le mira; Adoración sonríe;
Adoración deja escapar una carcajada que le estremece, también a Aurora si
pudiera mostrarlo. ¿Eso te ha dicho mi hija? Miguel no responde. Veo que
Sara no te ha contado la verdad… Juan no se suicidó, tu padre no era de esos,
le faltaban agallas, dice; después añade: a mi marido le mataron, y aguarda en
silencio mientras saborea el golpe que está a punto de asestar: a su padre le
mató Sara, anuncia al fin; fue tu hermana, su propia hija, quien se lo llevó de
mi lado. Aurora gruñe, Miguel se agita. Mientes. Le envenenó. Mientes.
Mientes. ¡Mientes!, se revuelve Miguel, cuanto más lo repite, sin embargo,
más se convence de que dice la verdad; también Aurora, que ha dejado de
gruñir y se ha sumido en un silencio protector; ojalá mis ojos y mis oídos
estuvieran tan muertos como el resto de mi cuerpo, desea. Nos oyó discutir
una noche a su padre y a mí y tuvo miedo, continúa Adoración; miedo de que
nos abandonara, de que se largara sin mirar atrás, de quedarse sola para
siempre, abandonada por tu culpa, sigue; le mató por vuestra culpa, sentencia
al fin. A Miguel la sala le empieza a dar vueltas, tantas que se dobla y vomita;
Aurora sigue sumida en un silencio empecinado, hasta el punto de que
Adoración teme que pueda haberse muerto; ojalá Juan hubiera vivido lo
suficiente para verte así, reducida a una mole de carnes incapaces, varada en
ese sofá, muda, paralítica, gorda, fea y apestosa, piensa; después le parece una
buena idea decirlo: ojalá Juan hubiera vivido lo suficiente para verte así,
reducida a una mole de carnes incapaces, varada en ese sofá, muda, paralítica,
gorda, fea y apestosa, y a ti para verte crecer y convertirte en un enfermo, un
invertido, un sarasa, un maricón, añade dirigiéndose a Miguel, que trata de
agarrar esos cañones que no han dejado de apuntarle desde que Adoración ha
entrado en la casa. La detonación le impacta en el rostro llevándoselo todo
por delante, las cejas altas y pobladas que a Dora le recuerdan, ahora sí, a las
de su marido, también los pómulos salidos, esa boca triste y esa frente ancha
que parece empujar la línea del pelo un poco más hacia atrás cada día; todo
queda reducido a una masa informe de carne, sangre, seso y esquirlas de
hueso. Aurora gime, gruñe, trata de gritar incluso, de moverse aunque sabe
que no puede, lo único que hace es verter una par de lágrimas de rabia y
desear que la mate; mátame, hija de puta, eres un monstruo, un animal,
siempre has estado preñada de envidia y de odio, de muerte, porque tu vientre

Página 126
no sabe engendrar otra cosa; ojalá vivas lo suficiente para ver morir a tus
hijos, yo te maldigo, piensa. Casi como si pudiera escucharla, Adoración la
encara y dice: vive lo que te quede sabiendo que a tu hijo le condenaste tú al
desearlo, primero, y al parirlo, después.

Página 127
XX

La casa está en calma, callada, nada cruje cuando Luna y Sara regresan del
cuartel; todas las contraventanas están cerradas y las cortinas echadas, por lo
que reina una oscuridad casi completa; también un olor que no logran
identificar; Sara acciona el interruptor, pero la lámpara del pasillo permanece
apagada. ¿Madre?, dice. Viene revuelta tras ver a la multitud hambrienta
congregada frente al cuartel, los gritos de la madre de Javier clamando una
justicia que es en realidad venganza, los de la de Richi defendiendo la
inocencia de su hijo con uñas y dientes; todos los monstruos tienen madre;
Luna, por el contrario, ha recuperado su hieratismo habitual. Está mejor,
piensa Sara; aunque es probable que la procesión vaya por dentro, piensa
también; sabe que tienen una larga conversación pendiente, la niña ha visto
cómo mataban a alguien delante de sus ojos, a la niña la han intentado violar
después, la niña ha perdido a su padre y aún no lo sabe, es normal que esté en
shock, de ahí su silencio y esa ausencia de emoción que se han apoderado de
ella nada más salir; es eso, tiene que serlo.
—¿Madre?, llama de nuevo.
La respuesta al segundo requerimiento es idéntica al primero.
—¿A qué huele? —dice al fin.
—A pino —contesta Luna, que lleva tratando de averiguar su origen
desde que ha entrado, también si la novedad supone un peligro.
De recordar la visión que ha tenido antes, pasado, presente y futuro
desplegándose frente a ella, Sara sabría lo que está a punto de suceder; pero,
una vez más, la memoria hace y deshace a su antojo y conserva o hurta según
su conveniencia; ¿de qué me sirve verlo si no puedo cambiarlo? ¿De qué me
sirve haberlo visto si llegado el momento no lo recuerdo? Madre e hija
avanzan a tientas hacia la cocina, pero tampoco allí el fluorescente responde a
su orden de encenderse; a Sara, sin embargo, la oscuridad le parece de pronto
un velo protector ante lo que tiene que decir.
—Siéntate, hija —dice—. Tengo que contarte algo.
—Papá ha muerto, ¿no?

Página 128
Sara la mira, después asiente.
—No saben qué ha sido. Lo han encontrado en su habitación del hotel,
sobre la cama, no ha sufrido.
Luna asiente.
—¿Estaba enfermo?
—No lo sé.
—¿Estás contenta? —le espeta de repente.
—¿Por qué dices eso? —responde Sara, incómoda.
—Porque no era bueno contigo.
Sara no sabe qué decir; rumia, piensa, descarta ideas y las palabras con las
que intentar expresarlas, después arma nuevos argumentos que ni le sirven ni
le convienen.
—Pero era tu padre.
—También era tu marido.
—No sé qué decirte, hija. A veces los mayores no hacen siempre lo que se
supone que deberían.
—Era un mal hombre, mamá. Lo sabes tú y lo sé yo, también la abuela y
los abuelos de Madrid. Está mejor así.
—¿Qué quieres decir?
—Que los padres sabéis esas cosas, cuándo los hijos son malos.
Sara no entiende —cómo hacerlo— que Luna la pone a prueba; ¿cuándo
has crecido tanto, hija?, piensa, en cambio, mientras siente un escalofrío al
ver su mirada de ojos-tan-azules clavada en ella; no se trata de una metáfora
esta vez, sino que la siente así, punzante, y por primera vez en su vida
comprende que no la conoce, que quizás su madre pueda tener razón, que la
niña no es normal.
—A veces no —contesta, por mucho que sabe que su suegro es tan
culpable del carácter de su hijo cómo él, crio a un niño caprichoso que pronto
se convirtió en déspota, un sátrapa alentado por su posición y su dinero; no
eres como los demás, hijo, no te pareces en nada a ellos, le repetía siempre
que encontraba la ocasión, tú eres mejor, eres especial, no dejes que te hagan
burla, no les gustas porque te tienen envidia, porque eres más listo y rico que
ellos, en realidad anhelan ser como tú pero saben que jamás podrán. La única
vez en la que Álvaro no obedeció su voluntad fue al casarse con ella; ese día
su padre probó de su propia medicina, sufrió en carnes propias la crueldad, la
altivez y el despecho del monstruo al que había criado a su imagen y
semejanza.
Luna sonríe por primera vez desde que han salido del cuartel.

Página 129
—No te preocupes por mí, mamá —dice—. Estoy bien.
Sara experimenta otro escalofrío, no sabe bien de dónde procede esta vez;
entiende su mecanismo, pero este no le viene de la nuca, ni siquiera le recorre
el espinazo, sino que se origina más allá, en un lugar mucho más profundo, un
seísmo con epicentro en las entrañas; es miedo; así de repente, Sara se da
cuenta de que su hija le da miedo; no ha querido reconocérselo hasta ahora, la
niña siempre ha sido diferente, pero ella ha preferido creer que se trataba de
otra cosa; jamás ha dado pábulo a las habladurías de su madre, tampoco a los
de varios de sus profesores cada vez que le decían que la nena no era normal,
que había algo extraño —alguno dijo maligno— corriendo por sus venas; y
entonces, solo por un instante, por menos que eso en realidad, Sara duda,
después se dice que no, no puede ser, la niña no es como yo, tampoco se
parece a su abuela, ambas enajenadas, ambas homicidas, ella es distinta; mi
niña es perfecta, jamás haría daño a nadie.
De poder escuchar sus pensamientos, Luna diría que su madre está en lo
cierto.
Ella es perfecta.
La puerta de la calle se abre y la corriente libera por un momento a Sara
de sus miedos, es Adoración, que cierra con llave y recorre el pasillo en
silencio.
—Se ha ido la luz, madre.
—…
—¿Qué es este olor, madre?
Solo entonces Sara se da cuenta de que Adoración carga con una escopeta.
—¿De dónde vienes, madre?
—…
—¿Qué está pasando, madre?
—…
—¿Qué has hecho, madre?
Adoración deja el arma sobre la encimera y vacía los bolsillos de
cartuchos; de estar encendida la luz, tanto Sara como Luna podrían observar
las salpicaduras de sangre que le engalanan la ropa y el rostro.
La sangre de su hermano.
La sangre de su tío.
Sangre de su propia sangre.
—Has sido tú, ¿verdad? —dice dirigiéndose a Luna. Es la única cuestión
que aún le queda por zanjar, no quiere irse sin estar segura, por mucho que

Página 130
esta vez crea estarlo no quiere volver a cometer el mismo error que entonces
—. Dímelo.
Luna le sostiene la mirada, después sonríe, ahí está, es la respuesta que
buscaba, se dice Adoración al verla desplegada, nítida, clara al fin en sus
ojos-tan-azules-de-niña-pija-de-ciudad.
—Eres un monstruo.
—¿Por qué? —contesta Luna—. Vosotras también habéis quitado vidas,
¿acaso eso os convierte en monstruos?
—¿Qué estás diciendo, hija? —pregunta Sara, que no acaba de entender lo
que sucede entre abuela y nieta.
—Al menos yo no me escudo en nada —sigue Luna—. No me miento. No
lo necesito. Yo mato porque quiero. Mato porque lo deseo y así lo he
decidido.
—No es verdad, hija —dice Sara, que de repente se ahoga al comprender
de una vez por todas.
—¿Qué me hace tan distinta a vosotras? Tú mataste a tu padre siendo una
niña y ahora has matado a tu marido, y, ¿por qué? ¿Por miedo? ¿Estás segura,
mamá? ¿Y tú, abuela? Mataste a Soledad por justicia, eso te dijiste, que se lo
merecía, que estaba endemoniada, pero lo único que sentías en realidad era
odio y rabia, te había humillado y querías venganza, y a Matías —no sabe aún
que su abuela ha arrebatado dos vidas más— le has matado por lo mismo. Te
vi. Vi el fuego en tus ojos. Pero la verdad es que lo que ninguna de las dos os
atrevéis a deciros, ni siquiera a pensar, es que disfrutasteis al hacerlo.
—Yo solo quería protegerte —replica Sara, que permanece enredada en
sus pensamientos y no ha atendido, no ha querido, a sus últimas palabras.
—No es verdad, mamá.
—Los motivos no importan —pronuncia Adoración—. Lo único cierto es
que todas las mujeres de esta familia estamos malditas. Pero esa maldición
termina hoy, aquí y ahora.
Adoración les da la espalda, coge una de las cerillas que usa para la cocina
y la prende, Sara y Luna son conscientes al fin del origen de ese tufo que
impregna toda la casa, pero ya es demasiado tarde cuando, espoleadas por el
aguarrás, las llamas se extienden por las paredes de la cocina.
—¡Madre!
El fuego se yergue y trepa y se agita hambriento de trementina y sediento
de oxígeno; Adoración ya no es más que una silueta envuelta en llamas; ni
siquiera se agita, sino que se abandona a la purificación definitiva de su
cuerpo; frente a ella danzan Soledad Salcedo y su marido, también Matías,

Página 131
Miguel y don Anselmo; arded, arded, que todo arda; que todos bailen, piensa
mientras se consume.
—¡Luna! —grita Sara, que se vuelve hacia su hija. Pero su hija ya no está.
La pintura de las paredes, a punto de entrar en ebullición, se llena de
burbujas y empieza a derretirse; Sara cree entonces ver una figura que le
indica el camino desde el otro lado del telón de fuego; también cree escuchar
una voz llamándola, aunque no es más que el incendio que ruge hambriento,
de modo que se cubre la nariz y la boca con el antebrazo y trata de abrirse
paso mientras las llamas le prenden los bajos de la falda y las puntas del pelo;
siente entonces unas manos que la agarran; ayúdame, hija, suplica, pero
pronto descubre que no son las de Luna, sino las del espectro de su padre, que
también es el de su marido, las que tiran de ella hacia el corazón de las
tinieblas, lenguas de fuego azules, amarillas, naranjas y rojas que la ciñen ya
como al resto de la casa y la consumen voraces.

La columna de humo es visible a varios kilómetros; todos en el pueblo


saben ya que la que arde es la casa de Adoración, y, al verlo, a más de uno le
vienen recuerdos de hace años, las imágenes del incendio que se llevó por
delante a Soledad Salcedo y su marido; no pueden evitar pensar que los
caminos del Señor son inescrutables. Como aquella noche, hay que esperar a
que los bomberos vengan de Villafranca; ya será tarde cuando lleguen, pero
mientras acuden, la gente forma una cadena para refrescar las viviendas
cercanas y evitar que el fuego las prenda. Nadie arroja un solo cubo de agua
sobre la casa de Adoración, para qué, es un esfuerzo inútil, tampoco saben si
hay alguien dentro; a decir verdad, a nadie le importa, porque así como la
noticia de las llamas ha corrido como la pólvora, también lo ha hecho la del
asesinato de don Anselmo. Algunos afirman que Adoración se ha cobrado
otra pieza, dicen que ha dejado al hijo sarasa de la Aurora sin cara delante de
su madre, esa mujer es un monstruo, matar así a don Anselmo, él, que
siempre la ha protegido, que la bendijo, que incluso profanó la tierra sagrada
para enterrar a su marido; quizás hasta también le mató ella; la hija no era
mejor; desde que llegó al pueblo con la nieta no han pasado más que
desgracias; dicen que han encontrado también a su marido muerto en la cama
del hotel, no saben de qué ha sido; la nieta tampoco era normal, daba repelús
con esos ojos-de-niña-pija-tan-azules, se creía mejor que nadie, todo el día
malmetiendo entre el pobre Toño y su novia y luego yéndose con el chaval
ese que dicen que le ha matado a él y al pobre Javier.

Página 132
Una vez enfriados los rescoldos, los bomberos y la Guardia Civil
encontrarán los cuerpos quemados de dos mujeres adultas entre las cenizas, y
aunque la identificación oficial llevará su tiempo, nadie duda de que se trata
de Adoración y de su hija; de la que no se sabe nada es de la nieta; quizás su
cuerpo se ha calcinado, dicen los investigadores; todo depende del calor que
haya alcanzado el incendio en el punto en que se encontrara, aunque no
pueden estar seguros, tampoco de lo contrario; pero si la niña hubiera podido
escapar, ya la habrían encontrado, eso creen. Todo eso, sin embargo, llegará
después de que el cabo y Antúnez, alertados por algunos testigos [los
parroquianos del Isi, el propio Isidoro, la vecina que justo salía del mercado,
la que esperaba a su hijo para ir al médico], acudan a la iglesia y encuentren a
don Anselmo bueno mártir tendido a los pies del Señor sobre un gran charco
de sangre; tardarán algo más en saber de la muerte de Miguel, al que hallarán
horas después, sin rostro, recostado junto a su madre. Por un momento, el
cabo y Antúnez creerán que la mujer es otro cuerpo sin vida [ninguno de los
dos le tomará el pulso pensando que el otro ya lo ha hecho], pero al rato se
darán cuenta, no sin cierto susto, de que sigue, para su propia desgracia, en
este mundo y pedirán su traslado inmediato. ¿Qué monstruo se carga a un hijo
así delante de su madre?, pensará Antúnez en voz alta, pregunta para la que el
cabo no hallará respuesta. Nadie del pueblo tendrá dudas de quién ha sido la
autora material de ese crimen, como nadie del pueblo acudirá tampoco al
entierro de Adoración y de su hija, que, por no profanar el espacio sagrado
que albergará el multitudinario servicio por el alma de don Anselmo —a
Miguel lo inhumarán sin tanta alharaca un día después—, se celebrará en
secreto en otra localidad. En cuanto al entierro de Álvaro V. C., tendrá lugar
en el cementerio de la Almudena de Madrid en presencia de sus padres y
numerosos amigos y colegas de profesión. El de Luna, hija de la asesina de su
marido —no tienen ya ninguna duda tras el informe de toxicología— y nieta
de ese demonio llamado Adoración, en cambio, tendrá que esperar aún diez
años.

Página 133
XXI
Epílogo

Hoy es el día de tu muerte.


Han pasado diez años y al fin te han declarado muerta, aunque jamás te
has sentido tan viva mientras observas a tus abuelos de pie frente a la
sepultura —han querido abrirla para enterrar algo tuyo junto a tu padre, un
gesto tan simbólico como inútil, también estúpido, piensas—. Recuerdas
aquella noche como si fuera ayer, las llamas intentando atraparte, la piel a
punto de arder, los pulmones inflados de aire caliente, el cabello medio en
llamas.
Uno no siempre puede decidir qué recordar y qué no.
Una vez más, como se ha repetido varias veces ya a lo largo de esta
historia, la memoria es así, almacena y desecha a capricho, a veces para
protegernos, otras para sanarnos; por eso has elegido conmemorar ese pasaje
a base de repetírtelo. Forma ya tan parte de ti como tu sombra, ese espectro al
que tanto temía tu abuela, la que tu madre trató de esconder en lo más
profundo de su cabeza. Solo tú entiendes que la sombra es luz, tanto como
sabes que hay cosas contra las que no se puede luchar.
Todos nacemos tres veces.
La primera es un parto sangriento; somos arrojados al mundo como
esclavos hasta que alguien corta esa cadena umbilical y nos convertimos al fin
en algo que no es del todo aún, al que se dota de nombre a la espera de que,
con los años, adquiera una identidad propia.
La segunda tiene que ver con el paulatino aflorar, también traumático, de
esa identidad; los primeros pasos del yo, el desarrollo y posterior
asentamiento de una consciencia y una conciencia únicas.
La tercera llega cuando ensamblamos la última pieza de nuestra máscara;
solo entonces decidimos qué, quién y cómo queremos ser. Pero para que cada
uno de esos alumbramientos sea posible, antes deben morir el bebé, el niño y
la adolescente; solo así es posible que se alcen el hombre y la mujer

Página 134
definitivos, completos; eso fue para ti el incendio de la casa de tu abuela: tu
última muerte, la que hizo posible que pudieras ser al fin quien eres.
Esta soy yo, te dijiste al fin al resurgir de las cenizas.
Y desde ese preciso instante decidiste adoptar el nombre de Eva.

En cuanto a lo que pasó esa noche en concreto, querido lector, este es el


relato de los acontecimientos:
Eva —aún Luna— logró alcanzar las escaleras y subir al primer piso
mientras las llamas devoraban a su abuela y a su madre; fue al baño, empapó
una toalla, corrió hacia su habitación y abrió la ventana que daba a la parte
trasera. Desde allí saltó al patio, atravesó el cobertizo y alcanzó los primeros
campos; nadie la vio, absortos como estaban, preocupados por que el fuego y
su maldición no les alcanzara. Tampoco ella miró atrás. Después vagó durante
un par de días entre campos, caminos y cucos en los que esconderse y desde
los que ir y venir para robar comida y ropa.
Cuando se percató de que nadie la buscaba ya —nunca lo hicieron—, paró
a un camión y le suplicó al conductor que la llevara a Ciudad Real, que debía
llegar a casa antes de que su madre se diera cuenta de que se había ido a
fiestas de un pueblo y el día se le había echado encima. ¿Y qué gano yo?
¿Qué quieres? Que seas buena conmigo.
Eva asintió.
Una vez visibles los primeros arrabales, le dijo que se desviara por un
camino, y en cuanto estuvieron parados y el tipo se bajó la bragueta, le rajó
paquete y cuello con un pedacito de cristal encontrado; después le robó el
dinero y la documentación, se bajó del vehículo y se adentró en la ciudad,
recién bautizada, cubierta de sangre.
Ese fue el primer asesinato de su nueva vida.
El segundo de su trayectoria.
No sería el último.
Pero esa es otra historia.
Esta termina aquí.

Página 135
CARLOS BASSAS DEL REY (Barcelona, 1974) trabaja como juntaletras de
fortuna, labor que compagina con la docencia y la escritura de guiones. En el
2007 ganó el premio Plácido al Mejor Guion de Género Negro en el
IX Festival Internacional de Cine Negro de Manresa. En el 2012 publicó su
primera novela, Aki y el misterio de los cerezos (Toro Mítico), y ganó el
Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona con El honor es
una mortaja (Tapa Negra). En el 2015 llegó Siempre pagan los mismos
(Alrevés), ganadora del Tormo Negro, y una nueva entrega de la saga
japonesa Aki, El Misterio de la Gruta Amarilla (Quaterni). En el 2016
publicó el libro de haiku Mujyokan (Quaterni), la novela corta La puerta
Sakurada (Ronin Literario) y Mal trago (Alrevés), la última entrega, hasta el
momento, de la saga protagonizada por el inspector Herodoto Corominas. Un
año después llegaron El samurái errante (Quaterni) y Justo (Alrevés),
ganadora del premio Hammett (2019) que otorga la Semana Negra de Gijón.
En 2019 le tocó el turno a Soledad (Alrevés). Ya en 2021 vio la luz Cielos de
plomo (Harper Collins), ambientada en la Barcelona de mediados del XIX, y
en mayo de 2022 se publicó la que hasta ahora era su última novela,
Sinántropos (Alrevés). En su faceta como guionista destaca su colaboración
en el guion de la película Un día más con vida (2018, Raúl de la Fuente y
Damian Nemow), producción que ha ganado numerosos premios nacionales e

Página 136
internacionales, entre ellos un Goya y el Premio a Mejor película de
animación en la XXXI edición de los Premios del Cine Europeo.

Página 137

También podría gustarte