Utopía: Historia, concepto y política*
Adrián CELENTANO
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación Universidad Nacional de La Plata,
Argentina
RESUMEN
La utopía tiene una amplia discusión y requiere permanente reformulación para cada
abordaje. Los cambios producidos en el terreno político histórico y filosófico de fin de
siglo XX impusieron una revisión de este concepto especialmente a propósito de la
proclama del fin de las ideologías, del fin de la historia, entre otros fines. Nos
proponemos aquí volver sobre el concepto para revisar su historia vinculada a las
experiencias revolucionarias modernas; señalar los elementos que constituyen el
pensamiento utópico; explorar el empleo del pensamiento utópico en Latinoamérica,
dentro de su relación con Europa y revisar las objeciones que se han presentado contra
la utopía como pensamiento y práctica política.
Palabras clave: Utopía, historia, política, concepto.
Utopia: History, Concept and Politics
ABSTRACT
Utopia has had ample discussion and requires permanent reformulation in each
attempt at definition or discussion. The changes produced on the historical and
philosophical plane towards the end of the XXth century imposed a revision of this
concept, especially due to the proclamation of the end of ideologies and the end of
history, among other endings. We propose herein to review this concept in order to
revise the history related to modern revolutionary experiences, pointing out the
elements that constitute utopian thought, exploring the use of utopian thought in Latin
America in its relationship with Europe, and reviewing the objections that have been
raised against utopia as a philosophy and a political practice.
Key words: Utopia, history, politics, concept.
Recibido: 31-05-2005. Aceptado: 19-08-2005
PRESENTACIÓN
Este trabajo pretende avanzar un conjunto de reflexiones sobre la utopía, en tanto
concepto polémico y políticamente actualizado, por lo que intentamos una introducción
historizada a este problema y a voces significativas de su debate. Trabajar el
pensamiento utópico requiere inevitablemente pasar por cierta revisión categorial, que
no puede ser exhaustiva dada la infinidad de elaboraciones en torno a lo utópico.
Para resolver este problema nos concentramos en torno a cuestiones puntuales que
afectan a esa categoría, presentamos algunas definiciones que dan cuenta de diversas
perspectivas desde las que se aborda el concepto, así como periodizaciones de la
historia de la utopía. Por otra parte, recorreremos las propuestas de un conjunto de
autores en torno a las utopías y los utopistas, utopía y política en Latinoamérica y,
finalmente, las objeciones a la utopía. Realizamos este recorrido en la medida en que
lo alternativo muchas veces es una forma de concretar lo que en la formulación utópica
inicial aparece como hipótesis, por lo que va dejando con cada conflicto una marca en
la historia: en los sistemas educativos, en las formaciones políticas, organizaciones
sindicales, agrupamientos estudiantiles, movimientos campesinos, asociaciones
culturales y de género, emprendimientos editoriales, etc. Todo lo cual no deja de
requerir nuevos abordajes del concepto, que trae no pocas dificultades, como señala
Arnhlem Neussüs:
¿Cómo se podrá volver de nuevo al concepto, a un concepto que encierre todos los
contenidos que mediante la nueva significación del concepto se van descubriendo? ¿No
está condenado dicho concepto a convertirse en algo abstracto, al tener que incluir en
un único denominador cosas históricas y objetivamente tan distintas entre sí? ¿No es
acaso una fórmula vacía, que al dar cabida a tantas cosas llega a no comprender
realmente nada? ¿Puede acaso servir para algo más que para topos de ilusiones no
comprometidas? ¿Tendrá algún sentido? y finalmente, ¿Puede convertirse dicho
concepto en una categoría en la que puedan conciliarse pensamientos teóricos? 1.
La utopía, como pensamiento de lo que no es en ninguna parte, puede rastrearse hasta
la Grecia clásica en la reflexión de Platón, pero reaparece en la modernidad inscripta
en la reflexión política inglesa, dentro de la convulsión producida por el enfrentamiento
político-religioso durante el siglo XVI, permaneciendo en el marco ideológico
renacentista tardío, dentro del cual debemos también inscribir la conquista de América.
A partir de allí, el pensamiento de aquel ningún lugar como modelo de sociedad pasa
por diferentes instancias con el iluminismo (como el lugar del comienzo de la
humanidad en Rousseau) y con las revoluciones burguesas, que ubicaron ese modelo
de sociedad en manos de los hombres, en tanto ciudadanos, y de la acción política.
Una concepción que no fue ajena a las elaboraciones del pensamiento sobre la
emancipación americana ya que, como planteara Sarmiento, nuestras independencias
recibieron el impulso de las ideas europeas.
Durante las primeras décadas del siglo XIX la modernidad instala como dato la
permanente inestabilidad política, lo que renueva el pensamiento sobre el fundamento
de un poder, ahora que el lazo divino ha sido disipado. Saint Simon buscando una
reorganización social de la mano de un monarca y finalmente coronándose a sí mismo
como Papa es, más que una inconsecuencia, una evidencia de la inestabilidad del
nuevo lazo político. En esa misma centuria se produce la fusión entre el pensamiento
utópico y un pensamiento de emancipación social bajo la égida del romanticismo, que
incluye corrientes cristianas tanto en Francia como en Inglaterra con el
rioplatense Dogma Socialista de Esteban Echeverría; también las ideas de Saint Simón,
Owen, Fourier y Cabet atraviesan experiencias de colonias, falansterios y ciudades en
Brasil, Estados Unidos y México.
La crítica a la utopía es formulada desde el marxismo, con la aspiración de darle un
fundamento científico a la política, extendiendo esta pretensión en un cruce
determinaciones de la política por la economía y la filosofía. Esta crítica trabaja desde
una certeza, la disolución de todo lazo por la relación mercantil:
donde quiera que ha conquistado el Poder, la burguesía ha destruido las relaciones
feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al
hombre a sus superiores naturales las ha desgarrado sin piedad para no dejar
subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel pago al contado.
Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el
sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta2.
Relación que corre paralela con la conquista de la hegemonía exclusiva del poder
político en el Estado representativo, el gobierno del Estado moderno no es más que
una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa. No es
casual que ambas afirmaciones ocupen la misma página del Manifiesto, ni que estén
afinadas para la disputa de la Liga de los Justos, que recibía importante influencia de
los utópicos fourieristas3. Es que para Marx y Engels no podía quedar ningún espacio
para fantasear con el apoyo de los burgueses ni de su Estado. Más adelante, en el
mismo Manifiesto, se exaltan los aspectos positivos (fueron los precursores; fueron
osadas sus propuestas, etc.), su condicionamiento por una visión fantástica de la
sociedad y la aspiración de una resolución científica de sus antagonismos: el ascenso
de una ciencia social4. Aún así, Marx (y el marxismo-leninismo a posteriori), debieron
inscribir no pocas aspiraciones de tipo utópicas; desde la promesa de abolir el Estado
hasta la realización de formidables transformaciones en la sociedad socialista, luego de
la revolución proletaria5.
Justamente la victoria de esa crítica se anuda durante todo el siglo XX al
acontecimiento de Octubre de 19176, lo que no impide que las otras formas de pensar
el ningún lugar sigan escribiéndose, especialmente por el pensamiento libertario. Los
problemas que presentó la construcción del socialismo como lugar concreto de la
utopía (anulación de la libertad y del individuo, burocratismo, autoritarismo,
economicismo, etc.) generaron una torsión en el pensamiento de la utopía: las
antiutopías, que se constituyen como crítica del totalitarismo, de lo cual 19847 de
Orwell constituye un buen exponente. Las oleadas revolucionarias traen dos corrientes
durante los sesenta y los setenta. Una, que renueva la utopía concreta comunista con
distintas variantes, especialmente en América Latina con la revolución cubana. Otra,
que establece un pensamiento utópico no marxista o crítico de los estados comunistas,
que se despliega en los Estados Unidos y Europa: ecoutopías, vida en comunidades,
crítica de la sociedad de consumo y del monolitismo comunista; pensamientos que
expusiera Marcuse –entre otros– en los debates de esa época.
La constatación del agotamiento de los modelos concretos de realizar la utopía
mediante el marxismo, anudada a las transformaciones del capitalismo durante los
ochenta, desemboca –en Latinoamérica, dictaduras mediante– en la frustración de
aquellas variantes, presentadas ahora como idealizaciones ingenuas o fracasos
estrepitosos; amplificados con la intervención sobre Checoslovaquia –entre otros
países– por la Unión Soviética. Esto llevó a muchos protagonistas de los movimientos
contestatarios a justificar la combinación capitalismo-democracia como solución de
todos los males, tanto en los países centrales como en la periferia. Sin embargo, la
creciente evidencia de la imposibilidad de este nuevo orden –el neoliberalismo– para
resolver los problemas planteados a las sociedades modernas –especialmente en los
países periféricos– reactivó el debate sobre aquellas formas de pensar modelos no
realizados en ningún lugar. El proyecto de investigación que nos convoca pretende dar
cuenta de los debates en las ideas argentinas que aspiraron –y aspiran– a cuestionar el
orden existente para modificarlo (aunque no necesariamente se hayan postulado a sí
mismas como utopías). Desde aquí es que analizamos la utopía y algunas
problemáticas ligadas a ella.
Tanto las propuestas utópicas como los caminos propuestos como alternativos, indican
siempre la exaltación de herramientas para su construcción: la ciencia, la industria, la
moral, la educación. Presentan también –aunque no todos ni con la misma precisión–
los sujetos que impondrán tales proyectos. Y, entre ambos, una figura a veces
problematizada y otras simplificada: el intelectual, con las contradicciones que produce
tanto la escritura de esas utopías como su situación en relación con aquellos sujetos
concretos a los que se dirige.
CARACTERIZACIONES
Señalamos arriba que resulta prácticamente engorroso aunar criterios para definir la
utopía, pues encontramos desde simples esquemas, definiciones generales y ensayos
hasta amplísimas enciclopedias. Y, además, una cuestión fundamental: siempre estuvo
fundida la tarea de su definición con la de su valoración. Como indica Karl Mannheim:
en la determinación del significado del concepto utopía se podría demostrar en qué
medida toda definición en el pensamiento histórico es perspectiva, es decir, contiene
en sí misma el sistema total del pensamiento de la posición del pensador en cuestión, y
especialmente las valoraciones políticas que yacen en alguna medida bajo este
sistema de pensamiento8.
Lo mismo puede decirse sobre el concepto de ideología, plantea este autor, todas sus
definiciones portan sentido político; pero el concepto de utopía es más unívoco y
además constituye un símbolo, es una categoría esencial del debate sobre lo político.
Tanto la ideología como la utopía son visiones de la realidad desde un contexto social
particular, pero se distinguen por su diferente inadecuación a la realidad actual –
continúa–: mientras la ideología se inspira en el pasado como modelo para su crítica de
la realidad presente, la utopía transciende el presente mediante un modelo ideal de
futuro. A este criterio conceptual, Mannheim añade un criterio práctico: es utópica
aquella concepción del mundo que ha sido históricamente eficaz, que se ha realizado;
las demás cosmovisiones, frustradas en mayor o menor escala, se consideran
ideologías.
Max Horkheimer establece la intencionalidad como la característica notable del
pensamiento utópico, también en contraposición con el concepto de ideología: Si la
ideología provoca la apariencia, por el contrario, la utopía es el sueño del verdadero y
justo orden de vida. El joven Horkheimer contrapone la actitud de los pensadores
utópicos con la de los filósofos del Renacimiento y de la Ilustración. Apunta que
mientras Moro, Campanella, Bacon o Morelly protestan contra el nuevo orden social
burgués injusto e impuesto por la fuerza, Maquiavelo, Hobbes y Spinoza racionalizan la
estructura organizativa de la sociedad burguesa y Rousseau se sitúa en una posición
intermedia y ambigüa. Los caracteres de ahistoricidad –ucronía– y de asituacionalidad
constituyen la fuerza y la flaqueza del pensamiento utópico. La utopía salta por encima
del tiempo y del espacio; pero esta ignorancia de las condiciones concretas del
desarrollo histórico-social revelan su inmadurez, pues su conocimiento exacto y su
asentamiento sobre las mismas son indispensables si pretende realizar algo. Este
voluntarismo es típico de los utopistas, para quienes el cambio de lo existente no va
unido a una penosa y difícil transformación de las bases de la sociedad, sino que se
transfiere a la voluntad del sujeto9.
Otra característica del pensamiento utópico es ser siempre producto de épocas de
crisis social: tanto los anabaptistas como las utopías del Renacimiento y de la
Ilustración son la expresión de las capas sociales desesperadas. De ahí que las utopías
tengan siempre dos aspectos: por una parte, representan la crítica de lo existente; por
otra, la propuesta de aquello que debería existir; y su importancia estriba
principalmente en el primer aspecto. Por eso es que las utopías renacentistas expresan
el cielo secularizado de la Edad Media, aunque sea ya un cielo secular y fuertemente
racionalizado, en el que los méritos son merecidos y no dones divinos. Pero, en
definitiva, el individuo de esa época se refugia en los sueños, en su interioridad, o bien
intenta transformar la realidad por medios inadecuados: Tomas Munzer, mediante la
revuelta campesina; Moro quiere convencer a los soberanos; Campanella intenta un
levantamiento de monjes en Calabria y Bacon apela a las nuevas ciencias.
A diferencia del de ideología, el concepto de utopía no tuvo un carácter analítico, por lo
que no se constituyó nunca en categoría esencial de una teoría crítica, fue siempre un
concepto para indicar un carácter, un predicado, una clasificación, una remarcación de
aspectos de un fenómeno o proceso: lo central es su capacidad de clasificación. La
concepción de la utopía como género literario responde casi completamente a la
forma, sobre lo que todavía existe mucha discusión. Plantea Mannheim que no se
puede determinar el carácter utópico de una novela por criterios exclusivamente
exteriores, habría que determinar primero a qué se llama utopía y aplicarlo al
contenido.
Por otra parte, en su estudio sobre la evolución de la literatura utópica, Raymond
Trousson se concentra sobre la utopía como género, indicando ciertas condiciones.
Estamos ante una utopía
cuando, en el marco de un relato (lo que excluye a los tratados políticos), figure
descrita una comunidad (lo que excluye la robinsonada), organizada según ciertos
principios políticos, económicos, morales, que restituyan la complejidad de la vida
social (lo que excluye la edad de oro y la arcadia), ya se presente como ideal que
realizar (utopía constructiva) o como previsión de un infierno (la antiutopía moderna) y
se sitúe en un espacio real o imaginario o también en el tiempo o aparezca, por último,
descrita al final de un viaje imaginario, verosímil o no 10.
Para este autor no se debe subordinar el estudio de las utopías a las filosofías o
ideologías, porque de ese modo se pierde su polivalencia. Se pueden estudiar a través
de ella temas como la concepción de la estética, la religión, los procedimientos de
verosimilitud y las técnicas pedagógicas. Las objeciones levantadas sobre el
totalitarismo y las aplicaciones prácticas de las utopías no tienen sentido, en tanto ellas
son novelas, no deben servir para nada; las considera una esencia catártica,
compensadora. Desde otra concepción, Ernst Bloch, uno de los pensadores que más
intensa y extensamente ha trabajado en la elaboración del estatuto lógico de la
utopía11 la ubica en el tiempo de los deseos. La utopía es para Bloch, antes que nada,
la conciencia anticipadora de la realidad. Ruyer, otro de los protagonistas del
redescubrimiento del pensamiento utópico, plantea que la utopía ha de oponerse no
a la ideología sino a la teoría; ésta persigue el conocimiento de lo que existe; la utopía,
en cambio, es «un ejercicio o un juego con las posibles ampliaciones de la realidad»
como ocurre con las matemáticas. Ahora bien, su vinculación con la teoría es
igualmente notoria: la utopía arranca de la teoría y conduce a su mejor comprensión,
ya que «se entiende una cosa tan sólo cuando se piensa al mismo tiempo en toda la
escala de posibilidades relacionadas con ella».
Según Neussüs no se puede afirmar que el trabajo de Mannheim haya estimulado la
problemática en torno a la utopía, pero tampoco negar la aceptación que logró para el
tema en el campo de la sociología del conocimiento. Por otra parte, plantea
que Ideología y Utopía es otro intento para debilitar la teoría de las ideologías de Marx.
Si bien el concepto de ideología de Marx es total (abarca sistemas), pretende separar
casos particulares y sólo ciertos sistemas resultan ser ideológicos. La posición de
Mannheim le quita el aguijón crítico a Marx al ampliar el concepto, de aquel total y
particular a uno total y general. Mannheim habla de la determinación posicional y
existencial del pensamiento para estructurar y percibir la realidad, y plantea que
sólo se puede analizar la relación estructural y funcional de la sociedad desde su
centro dinámico, una capa socialmente desligada: la de los intelectuales o la
intelligentzia. Realiza una caracterización abstracta de la mentalidad utópica (la
intención de un futuro social mejor) desligada a su vez de sus determinaciones en
cuanto al contenido. Dice Neusüss: la intención utópica se concreta con mayor
precisión no en la determinación positiva de lo que quiere, sino en la negación de lo
que no quiere. Si la realidad existente es la negación de una realidad posible mejor, la
utopía entonces es la negación de la negación12.
La problemática de la utopía desde una perspectiva latinoamericana es abordada por
Estela Fernández en un trabajo13 donde avanza también las propuestas de Arturo
Andrés Roig sobre las distinciones entre género utópico –correspondiente al nivel de la
narratividad y el enunciado– y función utópica, relativa al nivel de la discursividad o de
la enunciación. Entiende por utopía una forma narrativa característica de cierta
literatura de ficción, donde se relata un viaje cuyo punto de partida es una sociedad
conocida descripta críticamente y su punto de llegada, otra sociedad, imaginaria. Se
muestra como un lugar donde las contradicciones existentes en la primera hallarían
una resolución feliz; el prototipo de la utopía narrativa es la obra de Moro. La injusticia
inaceptable de la sociedad conocida contrasta con el relato de la vida en Utopía. El
momento narrativo propiamente utópico corresponde así a la pintura de una sociedad
perfecta, aunque imaginaria, y también verosímil. Ese juego narrativo establece una
tensión entre lo real, verdadero pero insuficiente, y lo proyectado, imaginado pero
verosímil, produciendo un contraste cuyo resultado es el siguiente: desde el lugar-otro
se miden las fallas del lugar real y de esa comparación resulta la apertura de un
espacio nuevo, el de lo posible. Según Roig14 desde el punto de vista del análisis del
discurso político o filosófico, lo que interesa no es el estudio de los relatos utópicos sino
el ejercicio de la función utópica al interior del lenguaje. Hay tres modalidades de
articulación: como función crítico-reguladora, como función liberadora del
determinismo legal, y como función anticipadora del futuro. A estas variantes hay que
agregar, con el desarrollo de Fernández, una cuarta función, la constitutiva de formas
de subjetividad, porque el desarrollo histórico de las utopías se ha ido dando en un
proceso de enfrentamientos sociales entre grupos humanos antagónicos, en pugna por
imponer diferentes concepciones de la realidad social y por justificarlos teóricamente
en el nivel discursivo; en ese sentido interesa pensar la función utópica como
dispositivo simbólico dentro del cual se constituyen los sujetos.