Un mundo sin agua
Había una vez tres amigos inseparables llamados Diego, Darío y Goti. Diego era un joven
despreocupado y un poco desorganizado. No tenía conciencia de lo valiosa que era el agua.
En su día a día, la desperdiciaba sin pensarlo: dejaba el grifo abierto mientras se cepillaba
los dientes, tomaba duchas largas sin necesidad, y regaba su jardín todos los días, aunque
no hacía falta. Él pensaba que el agua nunca se acabaría, que siempre habría suficiente, y
por eso no le prestaba demasiada atención.
Por otro lado, Darío y Goti se preocupaban profundamente por el futuro del agua. Darío, un
chico reflexivo, siempre trataba de explicarle a Diego lo importante que era cuidar este
recurso vital, pero él no lo tomaba en serio. Goti, quien en realidad era una gota de agua
mágica, había viajado a la Tierra con la misión de enseñar a las personas a valorar el agua y
a ahorrar cada gota posible. Goti sabía que el agua era un recurso limitado, y su misión era
evitar que la humanidad lo agotara.
Un día, después de otra discusión sobre el desperdicio del agua, Goti y Darío decidieron que
había llegado el momento de hacer que Diego comprendiera de una vez por todas lo que
significaba malgastar este recurso. Así que Goti le dijo:
— Diego, ya basta de seguir ignorando la importancia de cuidar el agua. Si sigues así, un día
podríamos quedarnos sin ella, y entonces te arrepentirás.
Diego, sin darse cuenta de la gravedad de la situación, respondió de manera confiada:
— ¡Eso no pasará nunca! El agua es infinita, siempre habrá suficiente para todos.
Darío, decidido a que Diego aprendiera la lección, dijo con una sonrisa traviesa:
— Si realmente piensas que el agua nunca se va a acabar, entonces tenemos un desafío para
ti.
— ¿Un desafío? ¿Qué tipo de desafío? —preguntó Diego, curioso.
— Tienes que sobrevivir un día entero sin usar agua. Nada de bañarte, nada de lavar las
manos, nada de beber. Un día completo sin agua. ¿Aceptarás el reto? —preguntó Darío, con
una mirada cómplice.
Diego, pensando que sería fácil, aceptó el desafío sin pensarlo demasiado:
— ¡Claro! Eso va a ser pan comido.
Al día siguiente, el desafío comenzó. Desde el primer momento, Diego se dio cuenta de que
no iba a ser tan fácil como había pensado. Como siempre, al despertarse, lo primero que
hizo fue ir al baño para ducharse, pero recordó de inmediato que no podía. Se quedó allí,
mirando el agua fría que caía del grifo y, por un momento, dudó. Sin embargo, decidió seguir
adelante con el reto y salir sin ducharse. Se puso la ropa más rápida que encontró y salió de
casa.
Cuando llegó a la escuela, sus compañeros lo miraron extrañados. Algo no estaba bien.
Diego se dio cuenta de que, sin haberse bañado, el olor de su cuerpo empezaba a ser
evidente. Sus amigos, con gestos de incomodidad, se alejaron un poco de él, y algunos
incluso hicieron bromas. Diego intentó ignorar las miradas y los comentarios, pero por
dentro se sentía incómodo.
A la hora del almuerzo, la situación empeoró. Diego, que siempre se lavaba las manos antes
de comer, caminó hacia el lavabo, pero al intentar abrir el grifo, se dio cuenta de que no
había agua. Miró a su alrededor, desesperado, pero no había nada que hacer. Intentó comer
con las manos sucias, pero al poco rato comenzó a sentirse mal, con un fuerte dolor de
estómago. Pensó que debía haberse lavado las manos antes de comer, pero ya era
demasiado tarde.
Luego, al regresar a casa, su mamá le pidió que lavara la ropa, como siempre hacía después
de la escuela. Diego, ya cansado y frustrado, intentó hacerlo, pero la lavadora no funcionaba
sin agua. Se sintió impotente. Todo lo que intentaba hacer era más difícil de lo normal sin el
agua que siempre había dado por sentada. No podía entender cómo algo tan simple como
lavar la ropa o beber agua podía volverse tan complicado.
Esa noche, Diego se sentó a cenar sin ganas, sintiendo su cuerpo cansado y su mente
abrumada por todo lo que había vivido ese día. No solo su higiene personal había sido
afectada, sino también su bienestar general. Al no poder tomar un baño, ni lavarse las
manos, ni hacer las tareas cotidianas con facilidad, Diego se dio cuenta de lo mucho que
dependía del agua. Ya no lo veía como algo infinito, sino como un recurso limitado y esencial.
Fue entonces cuando su madre, al verlo tan preocupado, se le acercó y le preguntó qué
había pasado. Diego, con la cabeza baja, confesó:
— Mamá, ahora entiendo. El agua no es infinita, y he estado malgastándola todo este
tiempo. Hoy lo aprendí de la manera más difícil.
Su madre lo abrazó y le sonrió, feliz de que finalmente hubiera comprendido la lección. En
ese momento, Diego se dio cuenta de que el verdadero desafío no era simplemente pasar
un día sin agua, sino entender lo que significaba vivir en un mundo donde ese recurso tan
esencial pudiera escasear.
Al día siguiente, Diego fue a ver a Darío y Goti con una actitud completamente diferente.
Les pidió disculpas por no haber escuchado antes y les prometió que, de ahora en adelante,
ahorraría cada gota de agua.
— He aprendido mi lección —les dijo con sinceridad—. Ya no voy a desperdiciar ni una sola
gota de agua. ¡A partir de ahora, voy a ser responsable!
Goti, con una sonrisa de satisfacción, asintió con la cabeza. Ella sabía que, aunque Diego
había vivido un día difícil, ahora tenía el entendimiento que necesitaba. Darío, feliz por el
cambio en su amigo, le dio un fuerte abrazo.
Desde entonces, Diego comenzó a ser un defensor del agua en su comunidad. Ayudó a sus
amigos y familiares a ser más conscientes del valor del agua y a tomar medidas para ahorrar.
Junto a Darío y Goti, organizó charlas y actividades en la escuela para enseñar a los demás
sobre la importancia de no malgastar el agua.
Y así, el pueblo de Diego se convirtió en un lugar más consciente y respetuoso con el agua.
Todos entendieron que, aunque el agua siempre ha sido un recurso vital, su futuro depende
de lo que hagamos hoy para conservarla.
La vida del agua
Personajes:
• Robert
• Roberto
Hace muchos años, en 2019, dos niños muy diferentes compartían una amistad especial.
Robert era un niño de familia adinerada, siempre rodeado de lujos y comodidades. Su vida
estaba llena de privilegios, desde los juguetes más caros hasta las mejores oportunidades
educativas. En cambio, Roberto provenía de una familia humilde, que no contaba con tantos
recursos. Sin embargo, ambos compartían un sueño: querían ser superhéroes. Al salir de la
escuela, siempre se encontraban en el parque para jugar a ser héroes que salvarían el
mundo. Se inventaban aventuras en las que luchaban contra el mal y defendían a los
inocentes.
Pero en 2020, algo inesperado ocurrió: comenzó la pandemia. El mundo entero se detuvo,
y las calles quedaron vacías. Esto separó a los dos amigos, ya que no pudieron seguir
viéndose como antes. Sin embargo, tanto Robert como Roberto siguieron con sus estudios.
Robert, gracias a su buena conexión a Internet y a su acceso a recursos, pudo continuar sus
clases en línea sin problemas. Por su parte, Roberto, que no tenía una conexión estable y
vivía en una zona con poco acceso a tecnología, se vio obligado a abandonar la escuela un
día.
Los años pasaron, y mientras Robert aprovechaba cada oportunidad para estudiar y
aprender, Roberto enfrentaba dificultades, pero nunca perdió la esperanza. Robert, por su
parte, se convirtió en un joven empresario exitoso, que logró alcanzar todas sus metas a
través del esfuerzo y el trabajo duro. A lo largo de estos años, Robert notó algo que comenzó
a preocuparlo: la escasez de agua. Cada vez era más difícil encontrar agua potable en su
ciudad, y los ríos y lagos se estaban agotando. Fue entonces cuando comenzó a investigar la
causa de este desastre, y se dio cuenta de que la humanidad había estado malgastando este
recurso tan vital durante generaciones.
Robert, decidido a hacer algo al respecto, pasó años desarrollando una máquina del tiempo,
convencido de que podía viajar al pasado y cambiar el curso de los eventos. Sin embargo,
había un problema: no quería hacerlo solo. Recordaba a su viejo amigo Roberto y pensaba
que necesitaba alguien como él a su lado. Sin pensarlo dos veces, decidió que Roberto sería
su compañero en esta misión.
En 2042, cuando la situación se volvió insostenible y las noticias confirmaron que el agua
estaba a punto de agotarse por completo, Robert terminó la máquina del tiempo. Estaba
listo para viajar al pasado, pero el tiempo apremiaba. Los líderes de todos los países ya
estaban peleando por los últimos recursos de agua, y el mundo estaba al borde del colapso.
Robert sabía que tenía que actuar rápidamente o el futuro sería aún más desastroso.
Finalmente, encontró a Roberto, no en una lujosa mansión ni en un moderno departamento,
sino en una pequeña choza en las afueras de la ciudad. Roberto había tenido una vida difícil,
pero nunca había dejado de luchar. Cuando Robert lo encontró, su viejo amigo le contó
cómo había sobrevivido a los años de pobreza y dificultad. Aunque la vida no le había dado
muchas oportunidades, Roberto siempre había encontrado formas de seguir adelante.
Robert le explicó su plan y le pidió que fuera su socio en la misión para salvar el futuro del
mundo. Roberto, al ver la determinación en los ojos de su amigo, aceptó sin dudar. Juntos,
se embarcaron en la aventura más grande de sus vidas.
La máquina del tiempo los transportó al año 2018, cuando aún había esperanza de salvar el
planeta. Robert y Roberto sabían que no tenían mucho tiempo, así que se apresuraron a
hablar con las autoridades, los científicos, y las personas comunes para advertirles sobre la
importancia de cuidar el agua. Juntos, viajaron por el mundo, contando a todos lo que
sucedería si no tomaban medidas inmediatas.
— ¡El futuro está en nuestras manos! —decía Robert—. Si no cuidamos el agua, nuestro
mundo se desmoronará. ¡No hay tiempo que perder!
Al principio, la gente no les creyó. Pensaban que sus historias sobre el futuro eran fantasías,
pero poco a poco comenzaron a entender. Los científicos comenzaron a investigar más a
fondo y a descubrir que lo que Robert y Roberto decían era cierto. El cambio climático, el
mal manejo de los recursos naturales y la contaminación estaban llevando al mundo hacia
una escasez de agua irreversible.
A medida que pasaba el tiempo, la gente empezó a unirse en esfuerzos colectivos para
ahorrar agua, reciclarla y utilizarla de manera responsable. Se implementaron nuevas
tecnologías para purificar y reutilizar el agua, y los gobiernos comenzaron a tomar medidas
drásticas para proteger los cuerpos de agua que quedaban.
Robert y Roberto sabían que aún quedaba mucho por hacer, pero también sabían que su
misión había tenido un impacto real. Al regresar al futuro, después de haber cambiado el
curso de los eventos, se dieron cuenta de que el mundo no sería el mismo. Habían logrado
salvar al planeta de un destino sombrío.
En el futuro, Robert ya no era solo un empresario exitoso; era también un defensor del agua,
alguien que había trabajado incansablemente para asegurarse de que las futuras
generaciones tuvieran acceso a este recurso esencial. Roberto, por su parte, se convirtió en
un líder comunitario que enseñaba a la gente sobre la importancia de la conservación del
agua.
Juntos, Robert y Roberto demostraron que, incluso cuando todo parece perdido, dos amigos
con determinación y un gran propósito pueden cambiar el curso de la historia y salvar al
mundo.