Tema 3. El Estado constituido.
Las señas
de identidad del Estado español
Estado español a partir del 29 de diciembre de 1978 es un estado constituido. El objeto
de nuestro estudio serán las formas jurídicas a través de las cuales se canaliza el
ejercicio del poder político en España. En consecuencia, actuar legítimamente supone
ahora actuar conforme a la Constitución.
Soberanía de la Constitución significa supremacía de la Constitución sobre todos los
poderes constituidos sin excepción, esto es, regularidad de la actuación de estos
últimos en la medida en que ad con su conducta a las normas previstas en la
Constitución. Que la Constitución así lo afirma de manera rotunda en el artículo 9. 1.
Nuestra Constitución rechaza el principio de soberanía parlamentaria optando por un
principio puramente democrático.
Existe una gradación entre los diferentes órganos del Estado según la inmediatez mayor
o menor de su legitimación democrática y resulta indiscutible que el poder legislativo es
el órgano más próximo a la voluntad general y el órgano constituido más legitimado
democráticamente, con un margen más amplio que los demás para tomar decisiones
como ha reconocido el Tribunal Constitucional de manera constante en las sentencias
66/1985 y 107/1996. El primer principio sobre el que se asienta el ordenamiento
jurídico español es el de la soberanía de la Constitución.
A finales del siglo XIX, La Constitución era un documento político muy importante. Pero
para el mundo del derecho era una norma bastante irrelevante. La Constitución no era
norma jurídica. La ley, sí. Con esta tradición va a romper la Constitución de 1978. La
Constitución es soberana y todos los poderes públicos sin excepción están sometidos a
ella y sus actos son susceptibles de ser controlados y anulados si no sabe cuándo lo que
ella prescribe. La Constitución es documento político, pero también norma jurídica.
Norma inmediatamente aplicable y alegable ante los tribunales de Justicia como fuente
de derechos y obligaciones.
Hay un segundo sentido. En lo que afecta al momento político del problema la
soberanía del Estado es algo que se afirma de manera inequívoca y que deja de ser una
cuestión debatida en cuanto el estado constitucional se impone como norma política.
En lo que al aspecto jurídico constitucional se refiere, la disputaba va a ser permanente
a lo largo de todo el siglo XIX, alternándose las constituciones basada en el principio de
la soberanía nacional cuál es que se fundamenta en la doctrina de la soberanía
compartida del Rey con las Cortes.
En las constituciones europeas contemporáneas se hará una mención expresa a la
fundamentación democrática del poder y al consiguiente lugar de residencia de la
soberanía.
Normalmente, el primero de los objetivos de la norma constitucional es el
establecimiento de unos principios definitorios del Estado. Así el artículo 1º de nuestra
Constitución comienza diciendo "España se constituye en un Estado social y
democrático de derecho". Podemos decir que en esta fórmula queda sintetizada la
definición de nuestro Estado, junto a la estructura autonómica (art. 2º. CE) y el carácter
monárquico de la Jefatura del Estado (art. 1.3 CE).
El concepto Estado Social y democrático de Derecho puede ser desglosado en sus tres
componentes:
ESTADO DE DERECHO. Aparece en la doctrina alemana a mediados del siglo XIX
para designar un modelo de monarquía constitucional caracterizada por dos principios
básicos: 1) Responsabilidad de la Administración ante los Tribunales de Justicia y 2)
Principio de la "reserva de ley".
El principio político básico es el de la "reserva de ley", según el cual toda limitación de la
libertad o de la propiedad de los particulares debe llevarse a cabo con arreglo a la ley,
"ley" aprobada por una asamblea más o menos representativa de la nación.
El otro principio, íntimamente ligado al anterior, es el de la responsabilidad de la
Administración ante los tribunales de justicia. Y decimos íntimamente ligado al anterior
porque la reserva de ley aparece ante todo como una limitación impuesta al Ejecutivo y,
por consiguiente, a la Administración. La reserva de ley se traduce positivamente en
"principio de legalidad", principio que no es sino el de la supremacía de la ley sobre los
actos del poder ejecutivo y precisamente de lo que se puede hacer responsable o
acusar a la Administración ante los Tribunales de Justicia es de la violación de una ley,
del quebrantamiento del principio de legalidad.
Hoy día el concepto "estado de derecho" significa no sólo reserva de ley y justiciabilidad
de la Administración pública sino el sometimiento entero de la conducta del Estado al
ordenamiento jurídico y, de forma primordial, a la Constitución. Implica el
reconocimiento y garantía de los derechos fundamentales, garantía que no se agota ya
en principio de reserva de ley.
Es la misma Constitución quien se encarga de consignar expresamente algunas de las
consecuencias fundamentales de este concepto:
o El Preámbulo de la Constitución recoge entre los objetivos de la Nación española
el de "consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como
expresión de la voluntad popular": el Estado de Derecho es así "imperio de la
ley" la cual, a su vez, en un Estado democrático es "expresión de la voluntad
general".
o Art. 9.1. CE: "Los ciudadanos y los poderes públicos se encuentran sometidos a
la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico".
o Los "valores superiores del ordenamiento jurídico": el art. 1º. CE declara que
"España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que
propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la
justicia, la igualdad y el pluralismo político". Cada uno de estos "valores"
encuentran su desarrollo en la misma Constitución (la libertad, en el
reconocimiento de los derechos y en la estructura democrática del Estado; la
igualdad, en el art. 14 CE fundamentalmente; el pluralismo político, en el art.
6º).
o Los "fundamentos del orden político y de la paz social": el art. 10.1. CE: "La
dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre
desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás
son fundamento del orden público y de la paz social".
o Los principios constitucionales del ordenamiento jurídico: el artículo 9º. CE
incluye en su tercer apartado la proclamación de una serie de "principios". "La
Constitución garantiza el principio de legalidad, la jerarquía normativa, la
publicidad de las normas, la irretroactividad de las disposiciones sancionadoras
no favorables o restrictivas de derechos individuales, la seguridad jurídica, la
responsabilidad y la interdicción de la arbitrariedad de los poderes públicos".
ESTADO SOCIAL. Es el moderno estado intervencionista en el que se prevén
mecanismos de intervención de la esfera pública sobre la sociedad en base a unos fines
establecidos en la Constitución y mediante mecanismos previstos igualmente en la
misma. Nuestro Tribunal Constitucional ha declarado que "la idea del Estado social y
democrático de Derecho... entre otras significaciones tiene la de legitimar medios de
defensa a los intereses de los grupos y estratos de población socialmente dependientes,
y entre los que se cuenta el de otorgar reconocimiento constitucional a un instrumento
de presión que la experiencia secular ha demostrado ser necesario para la afirmación
de los intereses de los trabajadores en los conflictos socioeconómicos, conflictos que el
Estado no puede excluir pero a los que sí debe y puede proporcionar los adecuados
cauces constitucionales..." (STC 11/1981).
De este modo, el T.C. ponía en conexión el "derecho fundamental" de huelga con el
principio del "Estado social". La concreción principal del "estado social" en el Título
Preliminar de la Constitución, se encuentra en el apartado segundo del art. 9º:
"Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la
igualdad de los individuos y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas;
remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación
de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social".
ESTADO DEMOCRÁTICO. La primera concreción se encuentra ya en el apartado
segundo del art. 1º CE: "La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que
emanan los poderes del Estado". Titular de la soberanía "ad intra", es decir, de la
plenitud del poder político en el interior del Estado, es "el pueblo español". El principio
"Estado democrático" inspira toda la "parte orgánica" de la Constitución. Nuestra
Constitución configura un régimen de democracia "representativa", lo cual ya se
contiene implícitamente en el art. 1.2. CE al declararse que el pueblo español "reside" la
soberanía, es decir, su titularidad, pero que su ejercicio corresponde a los "poderes" del
Estado que no coinciden con el pueblo español, y en eso consiste la democracia
"representativa". La concreción de este principio democrático como "derecho
fundamental" se encuentra en el art. 23.1. CE: "Los ciudadanos tienen el derecho a
participar en los asuntos públicos, directamente o por medio de representantes,
libremente elegidos en elecciones periódicas por sufragio universal".
"La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria
común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la
autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas
ellas" (art. 2º CE). El poder político del Estado también puede encontrarse distribuido
territorialmente, en varios centros de poder. La diferencia consiste en que mientras la
distribución funcional y orgánica de poder es consustancial al Estado de Derecho, éste,
desde un punto de vista territorial, puede indistintamente organizarse bien de forma
llamada "unitaria", es decir, con un solo centro territorial de poder (estado unitario), o
bien de forma llamada "descentralizada", es decir, con arreglo a dos categorías distintas
de centros de poder (estado federal).
Lo que el art. 2º hace es, primero, aceptar como punto de partida el Estado unitario
hasta el momento vigente, segundo reconocer que España es un Estado integrado por
nacionalidades y regiones; tercero, reconocer y garantizar un derecho a la autonomía
de estas nacionalidades y regiones que integran la nación. De este modo tenemos
identificados los elementos fundamentales del art. 2º de la Constitución, aunque se
debe puntualizar que:
o La distinción nacionalidades/regiones como dos tipos de territorios que podrían
convertirse en "sujetos" de la autonomía es una distinción que podemos calificar
de "fugaz" o "efímera". La autonomía de las nacionalidades es la misma que la
de las regiones. La incorporación del término "nacionalidades" fue una
concesión a la aspiración de algunos territorios de ver reconocido de esta
manera el conjunto de peculiaridades lingüísticas, culturales e históricas que
permiten hablar de la presencia en un territorio de una determinada
"nacionalidad".
o La Constitución, en su Título VIII, regula de forma detallada, a) los
procedimientos a través de los cuales un determinado territorio puede alcanzar
la autonomía, convirtiéndose así en una Comunidad Autónoma; b) el contenido
posible de esta autonomía, es decir, las competencias que pueden ser asumidas
por dicha Comunidad Autónoma; c) la estructura orgánica, o sea, los órganos de
poder de cada Comunidad; d) los recursos económicos de los que va a poder
disponer la Comunidad Autónoma, o autonomía económica; e) las formas de
articulación del "Estado" con las "Comunidades Autónomas"; y f) el modo de
resolución de los conflictos entre ambos.
o A partir de la entrada en vigor de la Constitución, y durante los años 1979 a
1983, se desarrolló el llamado "proceso autonómico", finalizado el cual el Estado
ha quedado configurado como un Estado políticamente descentralizado
articulado a partir de diecisiete Comunidades Autónomas.
o ) La Constitución parecía permitir dos tipos diferentes de Comunidades
Autónomas, unas específicamente "políticas", es decir, con su propio poder
legislativo y los órganos propios de una organización política (Parlamento y
Gobierno), y otras de contenido indeterminado, pero que podrían ser también
de naturaleza "administrativa" (sólo competencias de ejecución, pero no de
normación). De hecho, sin embargo, el resultado ha sido un único tipo (político)
de Comunidad Autónoma, que nos permite afirmar que España es un Estado
descentralizado.
La proyección exterior de la Constitución.
Se ha desarrollado un Derecho internacional que pretende que las relaciones entre los
Estados sean relaciones reguladas por normas jurídicas, por lo común pactadas entre
los diferentes Estados. En este sentido podemos hablar de una autolimitación de la
soberanía estatal. Esta autolimitación es, en principio, voluntaria, si bien de hecho un
Estado difícilmente puede existir hoy día sin aceptar la vigencia de estas normas.
Las Constituciones de las últimas décadas han tendido a recoger el objetivo de la
convivencia entre los pueblos como un objetivo político.
La posición de las normas de derecho internacional dentro de nuestro ordenamiento
queda precisada en el art. 96.1 CE: "Los tratados internacionales válidamente
celebrados, una vez publicados oficialmente en España, formarán parte del
ordenamiento interno. Sus disposiciones sólo podrán ser derogadas, modificadas o
suspendidas en la forma prevista en los propios tratados o de acuerdo con las normas
generales del Derecho Internacional".
La Constitución se pronuncia por un sistema “monista”, es decir, un ordenamiento en el
que las normas de derecho internacional se integran por sí mismas sin necesidad de que
su contenido sea recogido o “recepcionado” a través de su incorporación en una norma
estatal. De otra parte, el derecho estatal “posterior” no puede derogar al derecho
internacional “anterior” si no es por el procedimiento previsto en las propias normas
internacionales.
Nuestra Constitución también ha previsto un procedimiento excepcional de control
previo de los tratados internacionales, a fin de aminorar en la medida de lo posible el
riesgo de que un Tratado pueda ser declarado inconstitucional, y por consiguiente nulo,
una vez incorporado a nuestro ordenamiento: así el art. 95.1. “La celebración de un
tratado internacional que contenga estipulaciones contrarias a la Constitución exigirá la
previa revisión constitucional. - El Gobierno o cualquiera de las Cámaras puede requerir
al Tribunal Constitucional para que declare si existe o no esa contradicción”.
El precepto más importante de la Constitución española en relación con las
“autolimitaciones” de la soberanía estatal, y que nos autoriza a hablar del Estado como
un “Estado integrado” es el art. 93, el cual permite que por Ley Orgánica se autorice la
celebración de Tratados por los que se atribuya a una organización o institución
internacional el ejercicio de competencias derivadas de la Constitución. Si tenemos en
cuenta que “competencias derivadas de la Constitución” son, en principio, todas, nos
daremos cuenta de la trascendencia de este precepto, a través del cual se ha producido
la incorporación de España a la Unión Europea.
La Unión Europea
La UE es una organización regulada por el derecho Internacional a través de diversos
Tratados, basada en el principio de cooperación y coordinación interestatal, pero
generando al mismo tiempo procesos innovadores de integración entre el
ordenamiento comunitario y los ordenamientos estatales: su origen se remonta al
Tratado de la CECA de 1951, seguido de diversos Tratados posteriores que han
generado un mercado único europeo dotado de sus propias normas y gobernado por
sus propias instituciones.
El principio de subsidiariedad consagra el criterio de que la actuación comunitaria sólo
debe ponerse en marcha cuando las instituciones más inmediatas (locales, regionales o
estatales) no pueden cumplir adecuadamente con los objetivos comunitarios.
La conversión de la UE en un ente soberano exigiría una plena legitimación popular al
nivel europeo de las instituciones de la propia Unión y el pleno control por parte de la
Unión de la posibilidad de modificar los tratados; lo que supondría en último término la
elaboración de una auténtica Constitución Europea.
La constitucionalización del pluralismo social.
El reconocimiento constitucional de la sociedad occidental como sociedad organizada
implica naturalmente la existencia de unos elementos primarios de configuración de la
sociedad democrática, que tienden a articularse, y a evolucionar históricamente, de una
manera relativamente libre o espontánea:
INDIVIDUO, CLASE SOCIAL, GRUPO SOCIAL. En los orígenes del constitucionalismo
liberal este modelo de autoorganización social se entendía articulado básicamente
alrededor del individuo, configurando un sistema de atomismo concurrencial, en el cual
las relaciones entre individuo y Estado se entendía que no podían ser interferidas por
ningún tipo de organización social intermedia. Se entendía que a través de la libre
concurrencia entre unos sujetos y otros surgiría, finalmente, un orden social armónico
que aseguraría el progreso de la humanidad.
Bien pronto el desarrollo histórico vino a demostrar sin embargo que la posición del
individuo en la Sociedad se caracteriza por una gran desigualdad, condicionada por su
situación de propietario o de no propietario: a partir de aquí, el desarrollo de las teorías
socialistas y del marxismo proceden a formular el modelo alternativo de una sociedad,
organizada en clases sociales antagónicas (burguesía y proletariado), entre las cuales
existe una conflictividad radical que solamente puede resolverse mediante la lucha
revolucionaria: el Estado sería, simplemente, la estructura de poder de la clase
dominante para el aseguramiento de su hegemonía.
A partir del segundo tercio del siglo XX aproximadamente el desarrollo de las clases
medias empieza a demostrar un mayor grado de fragmentación o complejidad del
sistema social y la teórica homogeneidad de intereses entre burguesía por un lado y
proletariado por otro parece romperse, con la aparición de bloques o sectores diversos
dentro de cada sector que tienden a organizarse de forma diferenciada. Hace así su
aparición en definitiva el fenómeno del pluralismo social, que expresa un modelo de
sociedad plural, diferenciada, y autoorganizada conforme a una gran diversidad de
intereses.
En la doctrina contemporánea existen dos grandes formulaciones teóricas al respecto:
por una parte la corriente del pluralismo americano que defiende un modelo armónico
y no conflictivo de organización de grupos, cada uno de los cuales busca libremente la
satisfacción de sus propios intereses, relativamente al margen del Estado; por otra, la
corriente del corporativismo entiende que la organización de grupos se sigue
caracterizando por una cierta desigualdad y sobre todo por unos mecanismos de
organización estratégica orientados a conseguir el apoyo de los poderes públicos: lo que
implicaría un importante protagonismo activo del Estado en la existencia y
funcionamiento de estos grupos organizados.
EL PACTISMO SOCIAL. Se desarrolla un pactismo social en virtud del cual la clase
obrera, a través de sus organizaciones (sindicatos), y la clase empresarial (a través de las
patronales), con la mediación activa del Gobierno, realizan acuerdos globales que
afectan no sólo al ámbito empresarial o laboral, sino también a determinados aspectos
de la política económica general del Estado. Ello va a permitir la constitucionalización de
los sindicatos de trabajadores y las asociaciones empresariales, o patronales, (en
nuestra Constitución art. 7º.) como organizaciones sociales que contribuyen a la
defensa de sus propios intereses económicos y sociales. Esta constitucionalización no es
más que una concreción del derecho general de asociación, reconocido en el artículo 22
CE, que tiene igualmente otros desarrollos específicos: como el del artículo 36, relativo
a los Colegios Profesionales; la referencia a las organizaciones de consumidores y
usuarios del art. 51.2; o, en general, a las organizaciones profesionales que defienden
intereses económicos propios, del art. 52.
La traducción de los grandes pactos sociales entre patronales y sindicatos en líneas de
actuación política del Estado es algo que queda remitido a la voluntad política del
Gobierno, y en su caso a la propia mayoría parlamentaria a la hora de incluir algunas de
estas previsiones en la Ley Presupuestaria.
Las relaciones Iglesia-Estado.
El artículo 16.3 CE recoge:
o En primer lugar, una definición matizada del carácter aconfesional del Estado al
afirmar que ninguna confesión tendrá carácter estatal.
o En segundo lugar, un reconocimiento de la realidad social existente en nuestro
país al afirmarse que los poderes públicos "tendrán en cuenta las creencias
religiosas de la sociedad española". Existe una aceptación implícita del hecho de
que la sociedad española está integrada mayoritariamente por católicos y de la
importante posición histórica y cultural de la Iglesia Católica en España.
o Se introduce un principio de cooperación entre el Estado y las confesiones
religiosas, con referencia explícita a la Iglesia Católica que implica un elemento
positivo en la actitud del Estado frente a la religión, entendiendo que existen
esferas o ámbitos funcionales en las que el Estado puede cooperar con las
Iglesias.
En tal sentido, los acuerdos entre el Estado Español y la Santa Sede prevén una
serie de espacios de colaboración en asuntos jurídicos, culturales, económicos y
religiosos: por su especial importancia merece destacarse el reconocimiento de
la eficacia civil de las actividades jurisdiccionales de los Tribunales Eclesiásticos
en la esfera del Derecho matrimonial.
La Constitución Económica española.
El sistema económico y la Constitución. Por "Constitución económica" debe
entenderse el conjunto de normas constitucionales destinadas a proporcionar el marco
jurídico fundamental para la estructura y funcionamiento de la actividad económica.
Tradicionalmente el concepto "Sistema económico" se ha entendido como una
expresión reconducible a dos modelos puros alternativos. Esta tradicional visión bipolar
debe considerarse actualmente superada: en primer lugar, por lo que respecta al
sistema socialista, tras el hundimiento de la Unión Soviética, puede considerarse como
un sistema en estado de extinción histórica, que sólo subsiste marginalmente en
algunos países como China, Cuba, etc. En segundo lugar, por lo que respecta al sistema
capitalista, puede afirmarse que a lo largo del siglo XX ha experimentado una sustancial
transformación al menos en dos sentidos:
o Desde una perspectiva jurídico-doctrinal que incide en la configuración de la
propiedad, entendida de forma condicionada a través de una determinada
función social que permite imponer ciertas limitaciones: originariamente fue en
gran medida la doctrina social de la Iglesia, en especial a partir de la encíclica
Rerum Novarum, la que clarificó de forma rotunda esta nueva concepción de la
propiedad privada.
o Desde la perspectiva de los cambios históricos operados en la propia realidad
económica, con el nacimiento en los países occidentales del llamado
neocapitalismo, que implica el desarrollo de un sector público de la economía
dirigido por el Estado, y la atribución a los poderes públicos de ciertas funciones
controladoras del proceso macroeconómico global. Esta nueva realidad histórica
surge en los países occidentales a partir de la implantación de las políticas
Keynesianas que implican un protagonismo del Estado al menos en dos niveles
diferenciados:
• En primer lugar, el Estado desarrollará una serie de funciones
complementarias del mercado, destinadas a asegurar la estabilidad en el
ciclo macroeconómico global y la continuidad en los procesos de
desarrollo económico (políticas anticrisis).
• En segundo lugar, el Estado desarrollaría funciones sustitutivas del
mercado, pasando a actuar como un verdadero empresario productor de
bienes y servicios en ciertos sectores que se considera no son atendidos
suficientemente por el sector privado.
El sistema económico correspondiente a esta nueva realidad histórica suele
denominarse como "economía social de mercado".
El Sistema económico de la Constitución Española.
La Constitución Española diseña un Sistema económico perfectamente adecuado a este
concepto de "economía social de mercado", cuyos contenidos se hallan en dos partes
diferentes de la Constitución:
o Por una parte, el Título Primero contiene los fundamentales artículos 33 y 38,
que garantizan el derecho a la propiedad privada, y la libertad de empresa en el
marco de la economía de mercado.
o Por otra, el Título VII, fundamentalmente en sus artículos 128 a 131, contempla
una amplia serie de posibilidades de intervención estatal en la economía y de
desarrollo del sector público.
Ambos estratos normativos proceden a una regulación unitaria, sistemática y
coherente, que abarca dos ámbitos funcionales diferenciados:
o En primer lugar; el ámbito declarativo de los artículos 33 y 38, encargado de
perfilar las reglas de juego o marco básico de funcionamiento del conjunto del
sistema económico: lo que implica pues, ciertamente, un sistema "capitalista"
(principios de propiedad y libertad de mercado), pero configurado con una serie
de limitaciones:
• La limitación de la propiedad privada, a través de su función social, que
afecta al propio contenido del derecho; lo que implica pues que la
función social pasa a configurarse no como un elemento externo,
limitador -desde fuera- del derecho de propiedad, sino como parte
integrante del derecho mismo.
• La limitación funcional de la libertad de empresa, determinada por "las
exigencias de la economía general y ... la planificación" (art. 38 cit.), lo
que impide su configuración como una libertad en un sentido absoluto,
abriendo paso a la presencia activa del Estado.
o El segundo bloque normativo, de los arts. 128 y ss., establece en cambio el
marco instrumental u operativo del intervencionismo público, donde se recogen
las posibilidades máximas de actuación de los poderes públicos dentro de un
modelo económico neocapitalista. El objetivo finalista que justificará esta
intervención viene definido en el art. 130: la modernización y desarrollo de
todos los sectores económicos y la equiparación del nivel de vida de todos los
españoles; y el principio general en el que esta regulación se enmarca viene
recogido en el 128, 1 según el cual "Toda la riqueza del país en sus distintas
formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general". Del
conjunto del Título VII pueden deducirse la existencia de dos tipos de
actuaciones operativas de los poderes públicos:
• La esfera de los poderes tradicionales u ordinarios, de tipo financiero y
tributario (política fiscal), recogida en los arts. 133 a 135, que tiene su
plasmación básica en la Ley de Presupuestos.
• La planificación de la actividad económica general mediante ley (art.
131); y la posibilidad de reserva de sectores económicos para el sector
público, llegando incluso a la intervención de empresas, igualmente
mediante ley (art. 128.2).
Del conjunto de esta regulación puede deducirse pues un marco normativo
unitario y sistemático, característico de un modelo de Constitución adecuado a
un sistema capitalista avanzado, o neocapitalismo, en el cual, por una parte, se
consagra el principio general y unitario del mercado y por otra se prevén una
serie de instrumentos legales de intervención pública en la economía cuya
utilización (o no utilización) queda remitida a la voluntad política de los órganos
competentes: lo que debe permitir pues la aplicación de diferentes tipos de
políticas económicas, con mayores o menores niveles de intervención pública.