Sentado al quicio de un gran ventanal, dejo que las ondas musicales que
palmean al viento se vean vertidas en mis oídos. Así, me complazco en
escuchar cada melodía en este día que amanece. En tanto, observo con
detenimiento el trabajo humano que empieza, pues en frente están
dispuestas las personas que con diferencia a mí, hacen una labor, y se
distancian del animal que contempla, y que hace una inútil alfarería con
la imagen que se le desnuda.
En esta hora, como nunca antes lo había hecho, veo en los frutales del
patio de la casa un paisaje inusitado, las dulces naranjas caídas
pudriéndose alimentando la tierra, las otras pendiendo de las ramas
alimentando al ave azul, y esos pequeños cogollitos que quieren vivir.
No sé ya ni cuántas veces he comido de estos frutos, sentido su ácido o
su dulzura; desconozco el número de veces que he saciado mi sed o mi
hambre dirigiendo mi mano al producto de estas vidas.
Y mientras continuo mirando cada uno de los árboles, de todos, uno, me
sugiere un sentimiento mayor, uno más agudo, que se resiente en mí. Es
un naranjito viejo que se ha empezado a secar, que ni el abono ni el
agua han podido reverdecer. ¡Ah, naranjito de mi alma! Has sido tan
dulce, que mis manos, que mis bolsillos se llenaban de tus naranjas, y
podía comerlas con tal placer hasta quedar extenuado. Pensaba que no
había ningún otro naranjo capaz de equiparar tu sabor, que esa pulpa
que se adentraba a mi boca, que se diluye hoy en mi memoria, y se
imprime en los papeles de mis remembranzas existía como un regalo,
una verdadera gracia de la naturaleza.
Es que recuerdo, que dejaba nada más el reguero de las naranjas, de
sus pieles, al pie del árbol, para que el ciclo de la vida siguiera. Mas
ahora, siento que su fruto ha cambiado conmigo; se ha transformado en
una esfera seca, sus gajitos son menos jugosos y sus cáscaras toscas
como el cartón; cáscaras que aviento cual si fueran tejos con dirección a
la nada. Parece que en tanto más se acerca mi peregrinaje todo muere a
su paso en esta finca rabiosa, así, más se ha ido secando el naranjito, y
más amarillas se han tornado sus hojas, y más abiertas como
chamizudas sus ramas.
Justamente, es en este mismo instante cuando sé, cuando logro
comprender que estos árboles no han sido producto de la naturaleza por
cuenta propia, sino de la mano del hombre padre, que les ha cuidado y
brindado aliento. Estos árboles, entre ellos mi adorado naranjito de
rubias hojas y musgoso tronco, han estado aquí por años, han crecido,
han permanecido con sus ramas abiertas como una sombrilla, dando la
flor a la abeja, y engendrando el fruto que hoy como, y que no comeré
más. Estas aves que llegan y hacen la disección a la naranja agradecen
tanto como yo, el poder tomar un alimento; conozco ahora el valor de
una fruta, las consecuencias del pecado y la sensación de ser arrancado
de nuevo del vientre.