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Leyendas de Bécquer

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El Monte de las Ánimas

La noche de difuntos me despertó, a no sé qué hora, el doble de las campanas; su tañido monótono y
eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se
desboca, y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como, en efecto, lo
hice.
Yo no la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza, con
miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.
Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.
-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la
ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
-¡Tan pronto!
-A ser otro día no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han
arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y
las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a
él desde muy lejos. Refrena tu yegua; yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te
contaré
la historia.
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en
sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a
bastante distancia.
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
«Ese monte que hoy llaman de las Ánimas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la
margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey
los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable
agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran sabido solos defenderla como solos la conquistaron.
»Entre los caballeros de la nueva y poderosa orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos
años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza
abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron
organizar
una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como
llamaban a sus enemigos.
»Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su
empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la
tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería,
fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres; los lobos, a quienes se quiso
exterminar,
tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey; el monte, maldita ocasión de
tantas
desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio
se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
»Desde entonces dicen que, cuando llega la noche de Difuntos, se oye doblar sola la campana de la
capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería
fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras
dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies
de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él
antes que cierre la noche».
La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que
da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele
los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de
Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de
la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.
Sólo dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los
ojos, absortos en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera
chispear en las azules pupilas de Beatriz. Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio. Las dueñas
referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los
aparecidos representaban el principal papel, y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con
un tañido monótono y triste.
-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-: pronto
vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras,
sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún
galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo su carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa
contracción de sus delgados labios.
-Tal vez por la pompa de la corte francesa, donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-.
De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una
memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud
que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué
hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada: mi
padre se lo
regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?
-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país, una prenda recibida compromete la voluntad.
Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a
Roma sin volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de
serenarse dijo con tristeza:
-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y
presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que
hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y
monótono doblar de las campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:
-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y
puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una mirada en la de su
prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
-¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa
entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión
de sentimiento, añadió:
-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me
dijiste que era la divisa de tu alma?
-Sí.
-Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.
-¡Se ha perdido! ¿Y dónde? -preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una indescriptible
expresión de temor y esperanza.
-No sé...; en el monte acaso.
-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-, ¡en el Monte de
las Ánimas!
Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla me llaman el rey de los
cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he
llevado a esta diversión imagen de la guerra todos los bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario en mi
raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus
guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y
nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría
gozoso como a una fiesta; esta noche..., esta noche, ¿a qué ocultarlo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas
doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar
sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas...; ¡las ánimas!, cuya sola vista puede
helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su
fantástica
carrera como una hoja que arrastra el viento, sin que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando
hubo concluido exclamó, con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y
crujía la leña arrojando chispas de mil colores:
-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan
oscura, noche de Difuntos, y cuajado el camino de lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de
comprender toda su amarga ironía; movido como por un resorte, se puso de pie, se pasó la mano por la
frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza, y no en su corazón, y con voz firme
exclamó,
dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:
-¡Adiós Beatriz, adiós! Hasta... pronto.
-¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso, o aparentó querer, detenerle,
el joven había desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una
radiante expresión de orgullo satisfecho, que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor, que
se
debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios
del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.
Había pasado una hora, dos, tres; la media roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su
oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho,
después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de
Difuntos a los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con
un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas,
sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos,
muy lejos, y por una voz apagada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón procuró tranquilizarse. Pero su corazón
latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un
chirrido agudo prolongado y estridente.
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban
sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y suave; aquéllas con un lamento largo y crispador.
Después, silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo
monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de
pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas
que casi no se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y
cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil
ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio.
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas
direcciones; y cuando, dilatándose, las fijaba en un punto, nada; oscuridad, las sombras impenetrables.
-¡Bah! -exclamó, yendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada, de raso azul, del lecho-. ¿Soy
yo tan miedosa como estas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una
conseja de aparecidos?
Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto
volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de
brocado de la puerta habían rozado al separarse y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor
de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa
como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su
lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría escondió la cabeza y contuvo
el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y
monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de
Soria, unas cerca, otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin
despuntó la aurora; vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una
noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda
del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados cuando de repente un sudor frío cubrió su
cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal decoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había
visto, sangrienta
y desgarrada, la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.
Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a
la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la
encontraron
inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los
ojos,
entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros: muerta, ¡muerta de horror!

Dicen que después de acaecido este suceso un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin
poder salir del Monte de las Ánimas y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió
cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos Templarios y de los nobles de
Soria enterrados en el atrio de la capilla, levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y
caballeros sobre osamentas de corceles perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y
desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor
de la tumba de Alonso.

Los ojos verdes


Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título.
Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel,
y luego he dejado a capricho volar la pluma.
Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los
he visto. De seguro no los podré describir tales cuales ellos eran, luminosos, transparentes, como las gotas
de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De todos
modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos
llamar
boceto de un cuadro que pintaré algún día.
-Herido va el ciervo..., herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y
al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas... Nuestro joven señor comienza por donde otros
acaban... En cuarenta años de montero no he visto mejor golpe... Pero, ¡por San Saturio, patrón de Soria!,
cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados y
hundidles a los corceles una cuarta de hierro en los ijares; ¿no veis que se dirige hacia la fuente de los
Álamos, y si la salva antes de morir podemos darle por perdido?
Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría
desencadenada, y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres,
caballos y perros se dirigió al punto que Íñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara
como el más a propósito para cortarle el paso a la res.
Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó a las carrascas jadeante y cubiertas las
fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose
entre los matorrales de una trocha que conducía a la fuente.
-¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! -gritó Íñigo entonces-. Estaba de Dios que había de marcharse.
Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles, refunfuñando, dejaron la pista a la
voz de los cazadores.
En aquel momento se reunía a la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito
de Almenar.
-¿Qué haces? -exclamó, dirigiéndose a su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus
facciones, ya ardía la cólera en sus ojos-. ¿Qué haces, imbécil? ¡Es que la pieza está herida, que es la
primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya a morir en el fondo
del
bosque! ¿Crees acaso que he venido a matar ciervos para festines de lobos?
-Señor -murmuró Íñigo entre dientes-, es imposible pasar de este punto.
-¡Imposible! ¿Y por qué?
-Porque esa trocha -prosiguió el montero- conduce a la fuente de los Álamos; la fuente de los Álamos,
en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente paga caro su atrevimiento. Ya
la res habrá salvado sus márgenes; ¿cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad
horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia
en esa fuente misteriosa, pieza perdida.
-¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de
Satanás que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis
excursiones de cazador... ¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Aún se distingue a intervalos desde aquí..., las piernas le
fallan, su carrera se acorta; déjame..., déjame...; suelta esa brida o te revuelco en el polvo... ¿Quién sabe si
no le daré lugar para que llegue a la fuente? Y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus!
¡Relámpago! ¡Sus, caballo mío! Si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta
deoro.
Caballo y jinete partieron como un huracán.
Íñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor
suyo; todos, como él, permanecieron inmóviles y consternados.
El montero exclamó al fin:
-Señores, vosotros lo habéis visto, me he expuesto a morir entre los pies de su caballo por detenerle. Yo
he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de
aquí adelante, que pruebe a pasar el capellán con su hisopo.

-Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío; ¿qué os sucede? Desde el día, que yo siempre
tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente de los Álamos en pos de la res herida, diríase que una
mala
bruja os ha encanijado con sus hechizos.
Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus
ecos. Solo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros
en la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis
pálido y fatigado al castillo en balde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan
largas horas lejos de los que más os quieren?
Mientras Íñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de
ébano con el cuchillo de monte.
Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalarse sobre la
pulimentada madera, el joven exclamó dirigiéndose a su servidor, como si no hubiera escuchado una sola
de sus palabras:
-Íñigo, tú que eres viejo; tú que conoces todas las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas
persiguiendo a las fieras y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez a su cumbre,
dime:
¿has encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas?
-¡Una mujer! -exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.
-Sí -dijo el joven-; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña... Creí poder guardar ese secreto
eternamente, pero no es ya posible; rebosa en mi corazón y asoma a mi semblante. Voy, pues, a
revelártelo...
Tú me ayudarás a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura, que, al parecer, sólo para mí existe,
pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede darme razón de ella.
El montero, sin desplegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarle junto al escaño de su señor,
del que no apartaba un punto los espantados ojos. Éste, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:
-Desde el día en que, a pesar de tus funestas predicciones, llegué a la fuente de los Álamos y,
atravesando sus aguas, recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del
deseo de la soledad.

Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota escondida en el seno de una peña y cae resbalándose
gota a gota por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas
gotas, que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se
reúnen
entre los céspedes, y, susurrando, susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que zumban en
torno
de las flores, se alejan por entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen
a su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren, unas veces con risa, otras con
suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres,
cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco a
cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil
superficie apenas riza el viento de la tarde.
Todo es allí grande. La soledad con sus mil rumores desconocidos vive en aquellos lugares y embriaga
el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en
las ondas del agua parecen que nos hablan los invisibles espíritus de la Naturaleza, que reconocen un
hermano en el inmortal espíritu del hombre.
Cuando, al despuntar la mañana, me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no era nunca para
perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba a sentarme al borde de la fuente, a buscar en sus
ondas... no sé qué, ¡una locura! El día en que salté sobre ella con mi Relámpago creí haber visto brillar en
su
fondo una cosa extraña..., muy extraña...: los ojos de una mujer.
Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan
entre las algas de su seno, y cuyos cálices parecen esmeraldas..., no sé; yo creí ver una mirada que se clavó
en la mía; una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una
persona
con unos ojos como aquellos.
En su busca fui un día y otro a aquel sitio.
Por último, una tarde... yo me creí juguete de un sueño...; pero no, es verdad; la he hablado ya muchas
veces, como te hablo a ti ahora...; una tarde encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas que
llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos
eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas
pupilas que yo había visto..., sí, porque los ojos de aquella mujer eran de un color imposible; unos ojos...
-¡Verdes! -exclamó Íñigo con un acento de profundo terror, e incorporándose de un salto en su asiento.
Fernando le miró a su vez como asombrado de que concluyese lo que iba a decir, y le preguntó con una
mezcla de ansiedad y de alegría:
-¿La conoces?
-¡Oh no! -dijo el montero-. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta
esos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio o mujer que habita en sus aguas, tiene
los
ojos de ese color. Yo os conjuro, por lo que más améis en la tierra, a no volver a la fuente de los Álamos.
Un
día u otro os alcanzará su venganza, y expiaréis muriendo el delito de haber encenagado sus ondas.
-¡Por lo que más amo!... -murmuró el joven con una triste sonrisa.
-Sí -prosiguió el anciano-: por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el cielo
destina para vuestra esposa, por las de un servidor que os ha visto nacer...
-¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de
la que me dio la vida, y todo el cariño que puedan atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada,
por una sola mirada de esos ojos... ¡Cómo podré yo dejar de buscarlos!
Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Íñigo se
resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío:
-¡Cúmplase la voluntad del cielo!
-¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el
corcel que te trae a estos lugares, ni a los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el
misterioso
velo en que te envuelves como en una noche profunda. Yo te amo, y, noble o villana, seré tuyo, tuyo
siempre...
El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a grandes pasos por su falda; la brisa
gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco a poco de la superficie del lago,
comenzaba
a envolver las rocas de su margen.
Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima a desplomarse en el fondo de las aguas, en
cuya superficie se retrataba, temblando, el primogénito de Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa
amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.
Ella era hermosa, hermosa y pálida como una estatua de alabastro. Uno de sus rizos caía sobre sus
hombros, deslizándose entre los pliegues del velo, como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el
cerco
de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas, como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.
Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras;
pero sólo exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa
al
morir entre los juncos.
-¡No me respondes! -exclamó Fernando al ver burlada su esperanza- ¿Querrás que dé crédito a lo que de
ti me han dicho? ¡Oh! No... Háblame; yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres
una mujer...
-O un demonio... ¿Y si lo fuese?
El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con
más intensidad en las de aquella mujer, y, fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un
arrebató de amor:
-Si lo fueses..., te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si
hay algo más allá de ella.
-Fernando -dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una música-, yo te amo más aún que tú
me amas; yo que desciendo hasta un mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que
existen
en la tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas
aguas; incorpórea como ellas, fugaz y transparente, hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo
no
castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como a un mortal superior a
las
supersticiones del vulgo, como a un amante capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso.
Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído
como por una fuente desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos
verdes
prosiguió así:
-¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su
fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales... y yo... te daré una felicidad sin nombre, esa
felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie... Ven; la niebla del lago
flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino...; las ondas nos llaman con sus voces
incomprensibles;
el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven..., ven...
La noche empezaba a extender sus sombras; la luna rielaba en la superficie del lago; la niebla se
arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que
corren
sobre el haz de las aguas infectas... Ven..., ven... Estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como
un
conjuro. Ven... Y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo, donde estaba suspendida, y parecía
ofrecerle un beso..., un beso...
Fernando dio un paso hacia ella...; otro..., y sintió unos brazos delgados y flexibles que se liaban a su
cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve..., y vaciló..., y perdió pie, y calló al
agua con un rumor sordo y lúgubre.
Las aguas saltaron en chispas de luz y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron
ensanchándose, ensanchándose hasta expirar en las orillas.

Maese Pérez el Organista

En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la Misa del Gallo, oí
esta tradición a una demandadera del convento.
Como era natural, después de oírla, aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir
a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos
motetes que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la misa, no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla:
-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?
-¡Toma! -me contestó la vieja-. En que éste no es el suyo.
-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
-Se cayó a pedazos, de puro viejo, hace una porción de años.
-¿Y el alma del organista?
-No ha vuelto a parecer desde que colocaron el que ahora le substituye.
Si a alguno de mis lectores se les ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia ya
sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.
-¿Veis ése de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el
oro de los galeones de Indias; aquel que baja en este momento de su litera para dar la mano a esa otra
señora, que después de dejar la suya se adelanta hacia aquí, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues
ése
es el marqués de Moscoso, galán de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos
sobre esta dama había pedido en matrimonio a la hija de un opulento señor; mas el padre de la doncella,
de
quien se murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calle!, en hablando del ruin de Roma, cátale aquí que
asoma. ¿Veis aquél que viene por debajo del arco de San Felipe, a pie, embozado en una capa obscura, y
precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.
»¿Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, la encomienda que brilla en su pecho?
»A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues ése es
el padre en cuestión; mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y le saluda.
»Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. Él sólo tiene más ducados de oro en sus arcas que
soldados mantiene nuestro señor el rey Don Felipe, y con sus galeones podría formar una escuadra
suficiente
a resistir a la del Gran Turco.
»Mirad, mirad ese grupo de señores graves: ésos son los caballeros veinticuatro. ¡Hola, hola! También
está aquí el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la cruz verde
merced a su influjo con los magnates de Madrid... Éste no viene a la iglesia más que a oír música... No, pues
si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños bien se puede asegurar que no tiene su
alma en su almario, sino friéndose en las calderas de Pedro Botero... ¡Ay vecina! Malo..., malo... Presumo
que vamos a
tener jarana; yo me refugio en la iglesia, pues, por lo que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos
que los Paternóster. Mirad, Mirad: las gentes del duque de Alcalá doblan la esquina de la plaza de San
Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me figura que he columbrado a las del de Medinasidonia... ¿No os
lo dije?
»Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... Los grupos se disuelven... Los
ministriles, a quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... Hasta el señor asistente,
con su vara y todo, se refugia en el atrio... ¡Y luego dicen que hay justicia! Para los pobres...
»Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la obscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista!
Ya comienzan los golpes... ¡Vecina! ¡vecina! Aquí..., antes que cierren las puertas. Pero, ¡calle! ¿Qué es
eso? ¿Aún no ha comenzado cuando lo dejan? ¿Qué resplandor es aquél?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas!
Es
el señor arzobispo...
»La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi
ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a esta Señora!... ¡Con cuánta usura me paga la candelilla que le
enciendo los sábados!... Vedlo, qué hermosote está con sus hábitos morados y su birrete rojo... Dios le
conserve en su silla tantos siglos como yo deseo de vida para mí. Si no fuera por él media Sevilla hubiera ya
ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cómo se acercan ambos a la
litera del prelado para besarle el anillo... Cómo le siguen y le acompañan, confundiéndose con sus
familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en
una
calle obscura... Es decir, ¡ellos..., ellos!... Líbreme Dios de creerlos cobardes; buena muestra han dado de sí
peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad que si se
buscaran..., y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas
continuas reyertas en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus
allegados y su servidumbre.
»Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia antes que se ponga de bote en bote..., que algunas noches como
ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su
organista... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades
puedo
decir que le han hecho a maese Pérez proposiciones magníficas; verdad que nada tiene de extraño, pues
hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarle a la catedral... Pero él, nada... Primero
dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a maese Pérez? Verdad es que sois nueva
en el barrio... Pues es un santo varón; pobre, sí, pero limosnero cual no otro... Sin más parientes que su hija
ni más amigo que su órgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una y componer los
registros
del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues, nada, él se da tal maña en arreglarlo y cuidarlo que
suena
que es una maravilla... Como que le conoce de tal modo que a tientas..., porque no sé si os lo he dicho,
pero
el pobre señor es ciego de nacimiento... Y ¡con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan
que
cuánto daría por ver responde: «Mucho, pero no tanto como creéis, porque tengo esperanzas».
«¿Esperanzas
de ver?» «Sí, y muy pronto -añade, sonriéndose como un ángel-; ya cuento setenta y seis años; por muy
larga que sea mi vida, pronto veré a Dios...»
»¡Pobrecito! Y sí lo verá..., porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo el
mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa
al mismo maestro de la capilla de la Primada; como que echó los dientes en el oficio... Su padre tenía la
misma
profesión que él; yo no le conocí, pero mi señora madre, que santa gloria haya, dice que le llevaba siempre
al órgano consigo para darle a los fuelles. Luego el muchacho mostró tales disposiciones, que, como era
natural, a la muerte de su padre heredó el cargo... ¡Y qué manos tiene! Dios se las bendiga. Merecía que se
las llevaran a la calle de Chicarreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre; pero en
semejante noche como ésta es un prodigio... Él tiene una gran devoción por esta ceremonia de la Misa del
Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma, al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo
Nuestro Señor Jesucristo..., las voces de su órgano son voces de ángeles...
»En fin, ¿para qué tengo de ponderarle lo que esta noche oirá? Baste el ver cómo todo lo más florido de
Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo, vienen a un humilde convento para escucharle; y no se crea que
sólo la gente sabida y a la que se le alcanza esto de la solfa conocen su mérito, sino hasta el populacho.
Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas entonando villancicos con gritos desaforados al
compás de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar las
iglesias, callan como muertos cuando pone maese Pérez las manos en el órgano... Y cuando alzan...,
cuando
alzan, no se siente una mosca...; de todos los ojos caen lagrimones tamaños, y al concluir se oye como un
suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiración de los circunstantes, contenida mientras dura la
música... Pero vamos, vamos, ya han dejado de tocar las campanas, y va a comenzar la misa, vamos
adentro...
»Para todo el mundo es esta noche Nochebuena, pero para nadie mejor que para nosotros».
Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina atravesó el atrio del convento
de Santa Inés, y codazo en éste, empujón en aquél, se internó en el templo, perdiéndose entre la
muchedumbre que se agolpaba en la puerta.
La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente de luz que se desprendía de los
altares para llenar sus ámbitos chispeaba en los ricos joyeles de las damas, que, arrodillándose sobre los
cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de las dueñas,
vinieron
a formar un brillante círculo alrededor de la verja del presbiterio. Junto a aquella verja, de pie, envueltos
en sus capas de color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y
verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices; la otra sobre los bruñidos gavilanes del
estoque o acariciando el pomo del cincelado puñal, los caballeros veinticuatro, con gran parte de lo mejor
de la nobleza sevillana, parecían formar un muro, destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del
contacto de la plebe. Ésta, que se agitaba en el fondo de las naves, con un rumor parecido al del mar
cuando se alborota, prorrumpió en una aclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las
sonajas y los
panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar mayor bajo un solio de
grana que rodearon sus familiares, echó por tres veces la bendición al pueblo.
Era la hora de que comenzase la misa.
Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante apareciese. La multitud comenzaba
a rebullirse, demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras a media voz y
el arzobispo mandó a la sacristía a uno de sus familiares a inquirir el por qué no comenzaba la ceremonia.
-Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será imposible que asista esta noche a la misa.
Ésta fue la respuesta del familiar.
La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que causó en
todo el mundo sería cosa imposible; baste decir que comenzó a notarse tal bullicio en el templo que el
asistente se puso de pie y los alguaciles entraron a imponer silencio, confundiéndose entre las apiñadas
olas de la multitud.
En aquel momento un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por añadidura se adelantó hasta el
sitio que ocupaba el prelado.
-Maese Pérez está enfermo -dijo-; la ceremonia no puede empezar. Si queréis yo tocaré el órgano en su
ausencia; que ni maese Pérez es el primer organista del mundo ni a su muerte dejará de usarse ese
instrumento por falta de inteligente...
El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles que conocían a
aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés, comenzaban a prorrumpir
en
exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un ruido espantoso.
-¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...
A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta todo el mundo volvió la cara.
Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba, en efecto, en la iglesia, conducido en un sillón, que todos
se disputaban el honor de llevar en sus hombros.
Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había sido bastante a detenerle en el lecho.
-No -había dicho-; ésta es la última, lo conozco, lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi órgano, y
esta noche sobre todo, la Nochebuena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos a la iglesia.
Sus deseos se habían cumplido; los concurrentes le subieron en brazos a la tribuna y comenzó la misa.
En aquel momento sonaban las doce en el reloj de la catedral.
Pasó el introito, y el Evangelio, y el ofertorio, y llegó el instante solemne en que el sacerdote toma con
la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y después de haberla consagrado comienza a elevarla.
Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia; las
campanillas repicaron con un sonido vibrante, y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del
órgano.
Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdió
poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.
A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y
suave que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía.
Era la voz de los ángeles que atravesando los espacios llegaba al mundo.
Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines; mil
himnos a la vez, al confundirse, formaban uno solo, que, no obstante, era no más el acompañamiento de
una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de misteriosos ecos como un jirón de niebla
sobre las olas del mar.
Luego fueron perdiéndose unos cantos, después otros; la combinación se simplificaba. Ya no eran más
que dos voces cuyos ecos se confundían entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una nota brillante
como un hilo de luz... El sacerdote inclinó la frente, y por encima de su cabeza cana y como a través de una
gasa azul que fingía el humo del incienso apareció la Hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante la nota
que maese Pérez sostenía trinando se abrió, se abrió, y una explosión de armonía gigante estremeció la
iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus
angostos ajimeces.
De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde se desarrolló un tema, y unos cerca,
otros lejos, éstos brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las frondas, los
hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban cada cual en su idioma un himno al nacimiento del
Salvador.
La multitud escuchaba atónica y suspendida. En todos los ojos había una lágrima, en todos los espíritus
un profundo recogimiento.
El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquél que levantaba en ellas, Aquél a quien
saludaban hombres y arcángeles era su Dios, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y
transfigurarse la Hostia.
El órgano proseguía sonando, pero sus voces se apagaban gradualmente como una voz que se pierde de
eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse cuando de pronto sonó un grito de mujer.
El órgano exhaló un sonido discorde y extraño, semejante a un sollozo, y quedó mudo.
La multitud se agolpó a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso,
volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.
-¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? -se decían unos a otros. Y nadie sabía responder y todos se empeñaban
en adivinarlo, y crecía la confusión y el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando turbar el orden
y
el recogimiento propios de la iglesia.
-¿Qué ha sido eso? -preguntaban las damas al asistente, que, precedido de los ministriles, fue uno de los
primeros a subir a la tribuna, y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al puesto en donde
le
esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.
-¿Qué hay?
-Que maese Pérez acaba de morir.
En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron a la tribuna
vieron al pobre organista caído de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba
sordamente, mientras su hija, arrodillada a sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y sollozos.
-Buenas noches, mi señora doña Baltasara: ¿también usarced viene esta noche a la Misa del Gallo? Por
mi parte, tenía hecha intención de irla a oír a la parroquia; pero lo que sucede... ¿Dónde va Vicente? Donde
va la gente. Y eso que, si he de decir verdad, desde que murió maese Pérez parece que me echan una losa
sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecito! ¡Era un Santo!... Yo de mí sé decir que conservo
un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece, pues en Dios y en mi ánima que si el señor
arzobispo
tomara mano en ello es seguro que nuestros nietos le verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A
muertos y a idos no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad... Ya me entiende usarced. ¡Qué! ¿No
sabe nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia y de la
iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o déjase de decir... Sólo que yo, así..., al vuelo..., una
palabra de acá, otra de acullá..., sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas
novedades... Pues, sí, señor; parece cosa hecha que el organista de San Román, aquel bisojo, que siempre
está echando pestes de los otros organistas; aquel perdulariote, que más parece jifero de la puerta de la
Carne
que maestro de solfa, va a tocar esta Nochebuena en lugar de maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto
lo
ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su
hija, que es profesora, y después de la muerte de su padre entró en el convento de novicia. Y era natural:
acostumbrados a oír aquellas maravillas cualquiera otra cosa había de parecernos mala, por más que
quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había decidido que, en honor del
difunto
y como muestra de respeto a su memoria, permanecería callado el órgano en esta noche, hete aquí que se
presenta nuestro hombre diciendo que él se atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido que la
ignorancia...
Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación...; pero así va el mundo...; y
digo, no es cosa la gente que acude...; cualquiera diría que nada ha cambiado desde un año a otro. Los
mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la
misma multitud en el templo... ¡Ay, si levantara la cabeza el muerto se volvía a morir por no oír su órgano
tocado por manos semejantes! Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho las gentes del barrio, le
preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas va a
comenzar
una algarabía de sonajas, panderos y zambombas que no haya más que oír... Pero, ¡calle!, ya entra en la
iglesia el héroe de la función. ¡Jesús, qué ropilla de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aires de
personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que llegó el arzobispo y va a comenzar la misa... Vamos, que
me
parece que esta noche va a darnos que contar para muchos días.
Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad,
penetró en Santa Inés, abriéndose, según costumbre, camino entre la multitud a fuerza de empellones y
codazos.
Ya se había dado principio a la ceremonia.
El templo estaba tan brillante como el año anterior.
El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves para ir a
besar el anillo del prelado, había subido a la tribuna, donde tocaba unos tras otros los registros del órgano
con una gravedad tan afectada como ridícula.
Entre la gente menuda que se apiñaba a los pies de la iglesia se oía un rumor sordo y confuso, cierto
presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.
-Es un truhán, que, por no hacer nada bien, ni aun mira a derechas -decían los unos.
-Es un ignorantón, que, después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una carraca, viene a
profanar el de maese Pérez -decían los otros.
Y mientras éste se desembarazaba del capote para prepararse a darle de firme a su pandero y aquél
apercibía sus sonajas y todos se disponían a hacer bulla a más y mejor, sólo alguno que otro se aventuraba
a
defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y pendantesco hacía tan notable
contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Pérez.
Al fin llegó el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, después de inclinarse y
murmurar algunas palabras santas, tomó la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, semejando
su
repique una lluvia de notas de cristal; se elevaron las diáfanas ondas de incienso, y sonó el órgano.
Una estruendoso algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde.
Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes
voces a la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duró algunos segundos. Todos a la vez, como habían
comenzado, enmudecieron de pronto.
El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún brotando de los tubos de metal del
órgano, como una cascada de armonía inagotable y sonora.
Cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de éxtasis; cantos que percibe el
espíritu y no los puede repetir el labio; notas sueltas de una melodía lejana, que suenan a intervalos,
traídas
en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un murmullo semejante al de la
lluvia; trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida a las
nubes;
estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni
cadencia, ignota música del cielo, que sólo la imaginación comprende; himnos alados, que parecían
remontarse al trono del Señor como una tromba de luz y de sonidos..., todo lo expresaban las cien voces
del
órgano con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado
nunca...
Cuando el organista bajó de la tribuna la muchedumbre que se agolpó a la escalera fue tanta y tanto su
afán por verle y admirarle que el asistente, temiendo, no sin razón, que le ahogaran entre todos, mandó a
algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor,
donde el prelado le esperaba.
-Ya veis -le dijo este último cuando le trajeron a su presencia-: vengo desde mi palacio aquí sólo por
escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje, tocando la
Nochebuena en la misa de la catedral?
-El año que viene -respondió el organista-, prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no
volvería a tocar este órgano.
-¿Y por qué? -interrumpió el prelado.
-Porque... -añadió el organista, procurando dominar la emoción que se revelaba en la palidez de su
rostro-, porque es viejo y malo y no puede expresar todo lo que se quiere.
El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los señores fueron
desfilando y perdiéndose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron,
dispersándose los fieles en distintas direcciones, y ya la demandadera se disponía a cerrar las puertas de la
entrada del atrio cuando se divisaban aún dos mujeres que, después de persignarse y murmurar una
oración
ante el retablo del arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internándose en el callejón de las Dueñas.
-¿Qué quiere usarced, mi señora doña Baltasara? -decía la una-, yo soy de este genial. Cada loco con su
tema... Me lo habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese hombre no puede
haber
tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he oído mil veces en San Bartolomé, que era su parroquia, y
de donde tuvo que echarle el señor cura por malo, y era cosa de taparse los oídos con algodones... Yo me
acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Pérez cuando en
semejante
noche como ésta bajaba de la tribuna después de haber suspendido el auditorio con sus primores... ¡Qué
sonrisa tan bondadosa, qué color tan animado!... Era viejo y parecía un ángel... No que éste ha bajado las
escaleras a trompicones, como si le ladrase un perro en la meseta, y con un color de difunto y unas...
Vamos,
mi señora doña Baltasara, créame usarced, y créame con todas veras..., yo sospecho que aquí hay busilis...
Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejón y desaparecían.
Creemos inútil decir a nuestros lectores quién era una de ellas.
Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese Pérez
hablaron en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba a voz
herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio silencioso y desierto
esta
vez, y después de tomar el agua bendita en la puerta escogía un puesto en un rincón de las naves, donde
unos
cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente que comenzara la Misa del Gallo.
-Ya lo veis -decía la superiora-: vuestro temor es sobremanera pueril; nadie hay en el templo; toda
Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano y tocadle sin desconfianza de ninguna
clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguís callando, sin que cesen vuestros suspiros. ¿Qué os
pasa?
¿Qué tenéis?
-Tengo... miedo -exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.
-¡Miedo! ¿De qué?
-No sé..., de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os había oído decir que teníais empeño en que
tocase el órgano en la misa, y, ufana con esta distinción, pensé arreglar sus registros y templarle, al fin de
que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola..., abrí la puerta que conduce a la tribuna... En el reloj de la
catedral sonaba en aquel momento una hora..., no sé cuál... Pero las campanas eran tristísimas y
muchas...,
muchas...; estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada en el dintel, y aquel tiempo
me pareció un siglo.
La iglesia estaba desierta y obscura... Allá lejos, en el fondo, brillaba, como una estrella perdida en el
cielo de la noche, una luz moribunda... la luz de la lámpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos
debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror de las sombras, vi..., le vi,
madre, no lo dudéis, vi un hombre que en silencio y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba
recorría con una mano las teclas del órgano mientras tocaba con la otra a sus registros... y el órgano
sonaba,
pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del
tubo
de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco, y reproducía el tono sordo, casi imperceptible,
pero justo.
Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora y el hombre aquél proseguía recorriendo las teclas. Yo
oía hasta su respiración.
El horror había helado la sangre de mis venas; sentía en mi cuerpo como un frío glacial, y en mis sienes,
fuego... Entonces quise gritar, pero no pude. El hombre aquél había vuelto la cara y me había mirado...;
digo
mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!
-¡Bah!, hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones
débiles... Rezad un Paternóster y un Ave María al Arcángel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para
que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San
Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna del órgano; la Misa va a
comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles. Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes que
daros sustos, bajará a inspirar a su hija en esta ceremonia solemne, para el objeto de tan especial
devoción.
La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Pérez abrió con
mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la Misa.
Comenzó la Misa y prosiguió sin que ocurriese nada de notable hasta que llegó la consagración. En
aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano un grito de la hija de maese Pérez...
La superiora, las monjas y algunos de los fieles corrieron a la tribuna.
-¡Miradle! ¡Miradle! -decía la joven fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde se había
levantado asombrada para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.
Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y, no obstante, el órgano seguía
sonando..., sonando como sólo los arcángeles podrían imitarlo en sus raptos de místico alborozo.
-¿No os lo dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara, no os lo dije yo?... ¡Aquí hay busilis...!
Oídlo; qué, ¿no estuvisteis anoche en la Misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla
no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho, y con razón, una furia... Haber dejado de asistir a
Santa Inés; no haber podido presenciar el portento... ¿Y para qué? Para oír una cencerrada; porque
personas
que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé, en la catedral, no fue otra
cosa...
Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira... Aquí hay busilis; y el busilis era, en efecto,
el alma de maese Pérez.

El Miserere

Hace algunos meses que, visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos
volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de música
bastante antiguos cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones.
Era un Miserere.
Yo no sé la música, pero la tengo tanta afición que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura
de una ópera y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o
menos
apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras que llaman claves, y todo
esto
sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.
Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fue que,
aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que
el
Miserere no estaba terminado porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.
Esto fue, sin duda, lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las
hojas de música me chocó más aún el observar que, en vez de esas palabras italianas que ponen en todas,
como maestoso, allegro, ritardando, più vivo, a piacere, había unos renglones escritos con letra muy
menuda
y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esta: Crujen...,
crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos, o esta otra: La cuerda aúlla sin
discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo y no se confunde nada, y todo es la
humanidad que solloza y gime, o la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último
versículo:
Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía...; ¡fuerza!..., fuerza
y dulzura.
-¿Sabéis qué es esto? -pregunté a un viejecito que me acompañaba al acabar de medio traducir estos
renglones, que parecían frases escritas por un loco.
El anciano me contó entonces la leyenda que voy a referiros.
Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y obscura, llegó a la puerta claustral de esta abadía un
romero y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre y
un
albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol su camino.
Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar puso el hermano a quien se hizo esta
demanda a disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó
acerca del objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.
-Yo soy músico -respondió el interpelado-, he nacido muy lejos de aquí y en mi patria gocé un día de
gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción y encendí con él pasiones
que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para
el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.
Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien
ya comenzaba la curiosidad a despertarse, e instigado por ésta, continuara en sus preguntas, su
interlocutor
prosiguió de este modo:
-Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle a Dios
misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento cuando un día se
fijaron
mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro y en una de sus páginas encontré un gigante
grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza Miserere mei, Deus! Desde el instante
en
que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fue hallar una forma musical tan magnífica, tan
sublime,
que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la he encontrado; pero si
logro
expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un
Miserere tal y tan maravilloso que no hayan oído otro semejante los nacidos, tal y tan desgarrador, que al
escuchar el primer acorde los arcángeles dirán conmigo, cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al
Señor: ¡Misericordia!, y el Señor la tendrá de su pobre criatura.
El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante, y después, exhalando un suspiro,
tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía y dos o tres
pastores
de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del hogar, le escuchaban en un profundo
silencio.
-Después -continuó- de recorrer toda Alemania, toda Italia y la mayor parte de este país clásico para la
música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme; ni uno, ni uno; y he oído tantos que
puedo decir que los he oído todos.
-¿Todos? -dijo entonces, interrumpiéndole, uno de los rabadanes-. ¿A qué no habéis oído el Miserere de
la Montaña?
-¡El Miserere de la Montaña! -exclamó el músico con aire de extrañeza-. ¿Qué Miserere es ése?
-¿No dije? -murmuró el campesino, y luego prosiguió con una entonación misteriosa-. Ese Miserere,
que sólo oyen por casualidad los que como yo andan día y noche tras el ganado por entre breñas y
peñascales, es toda una historia; una historia muy antigua, pero tan verdadera como al parecer increíble.
Es el caso que en lo más fragoso de esas cordilleras de montañas que limitan el horizonte del valle, en
el fondo del cual se halla la abadía, hubo, hace ya muchos años, ¡que digo muchos años!, muchos siglos, un
monasterio famoso, monasterio que, a lo que parece, edificó un señor con los bienes que había de legar a
su
hijo, al cual desheredó al morir en pena de sus maldades.
Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso que este hijo que, por lo que se verá más adelante, debió de
ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder
de
los religiosos y de que su castillo se había transformado en iglesia, reunió a unos cuantos bandoleros,
camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche
de
Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o
habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon la iglesia, y a éste quiero a aquél
no, se dice que no dejaron fraile con vida.
Después de esta atrocidad se marcharon los bandidos y su instigador con ellos adonde no se sabe, a los
profundos tal vez.
Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el
cóncavo peñón, de donde nace la cascada que, después de estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo
que viene a bañar los muros de esta abadía.
-Pero -interrumpió impaciente el músico- ¿y el Miserere?
-Aguardaos -continuó con gran sorna el rabadán-, que todo irá por partes.
Dicho lo cual siguió así su historia:
-Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen; de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió
con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria es que todos los
años,
tal noche como la en que se consumó, se ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia; se oye
como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en
las ráfagas del aire.
Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el tribunal de
Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.
Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero, que parecía
vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:
-¿Y decís que ese portento se repite aún?
-Dentro de tres horas comenzarán, sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de Jueves
Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.
-¿A qué distancia se encuentra el monasterio?
-A una legua y media escasa...; pero ¿qué hacéis? ¿Adónde vais con una noche como ésta? ¡Estáis
dejado de la mano de Dios! -exclamaron todos al ver que el romero, levantándose de su escaño y tomando
el
bordón, abandonaba el hogar para dirigirse a la puerta.
-¿Adónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los
que vuelven al mundo después de muertos y saben lo que es morir en el pecado.
Y esto diciendo desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos pastores.
El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus
quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un
relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubría.
Pasado el primer momento de estupor exclamó el lego:
-¡Está loco!
-¡Está loco! -repitieron los pastores, y atizaron de nuevo la lumbre y se agruparon alrededor del hogar.
Después de una o dos horas de camino el misterioso personaje que calificaron de loco en la abadía,
remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en que se
levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.
La lluvia había cesado; las nubes flotaban en obscuras bandas, por entre cuyos jirones se deslizaba a
veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los
desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía a
herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre
abandonada o un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas,
todos aquellos ruidos le eran familiares.
Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un
rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que graznaba refugiado bajo el
nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que,
despiertos
de su letargo por la tempestad, sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen o se
arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las
lápidas
sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia; todos esos extraños y misteriosos murmullos del
campo, de la soledad y de la noche llegaban perceptibles al oído del romero, que, sentado sobre la
mutilada
estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.
Transcurrió tiempo y tiempo y nada se percibió; aquellos mil confusos rumores seguían sonando y
combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.
-¡Si me habrá engañado! -pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido
inexplicable en aquel lugar: como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora; ruido
de
ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de
su
misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada..., dos..., tres..., hasta once.
En el derruido templo no había campana, ni reloj, ni torre ya siquiera.
Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba su
vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de
mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de
las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera comenzó a
iluminarse espontáneamente, sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella
insólita claridad.
Parecía como un esqueleto de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que brilla y humea
en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.
Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte contracciones que
parodian la vida; movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su
desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes
esparcidos sin orden, se levantó intacta como si acabase de dar en ella su último golpe de cincel el artífice,
y
al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las destrozadas e inmensas series
de
arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí, formaron con sus columnas un laberinto
de
pórfido.
Un vez reedificado el templo, comenzó a oírse un acorde lejano que pudiera confundirse con el
zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves que parecía salir del seno de la tierra
e
irse elevando poco a poco, haciéndose cada vez más perceptible.
El osado peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo
desusado y maravilloso, y, alentado por él, dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del
abismo
por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose en un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos
se
erizaron de horror.
Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales
contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las obscuras cavidades de los ojos de
sus
calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel
precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las
grietas de las peñas trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una
desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David:

Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!

Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo se ordenaron en dos hileras y penetrando en él
fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando los
versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces; aquella música era el rumor distante del
trueno, que, desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la
concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada, que caía sobre las rocas, y la gota de agua que
se filtraba y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música y algo más que no puede explicarse ni
apenas concebirse; algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del
gigante himno de contrición del Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.
Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real,
vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y
fenomenales.
Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su
espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emoción fortísima; sus dientes chocaron, agitándose con
un
temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta la médula de los huesos.
Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere:
In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.
Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido
tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado a la Humanidad entera por la conciencia de sus
maldades;
un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la
desesperación,
de todas las blasfemias de la impiedad; concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el
pecado
y fueron concebidos en la iniquidad.
Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube obscura
de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que,
merced a
una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas de los monjes se
vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula y a
través
de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto a la mirada de los justos.
Los serafines, los arcángeles, los ángeles y todas las jerarquías acompañaban con un himno de gloria
este versículo, que subía entonces al trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca
espiral de sonoro incienso:

Auditui meo dabis gaudium et lætitiam: et exultabunt ossa humiliata


En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero; sus sienes latieron con violencia,
zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por tierra y nada más oyó.
Al día siguiente los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había dado
cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como fuera de sí, al
desconocido romero.
-¿Oísteis al cabo el Miserere? -le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando a hurtadillas
una mirada de inteligencia a sus superiores.
-Sí -respondió el músico.
-¿Y qué tal os ha parecido?
-Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa -prosiguió, dirigiéndose al abad-, un asilo y pan por
algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas a los ojos de
Dios, eternice mi memoria y eternice con ella la de esta abadía.
Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su demanda; el abad, por compasión,
aun creyéndole un loco, accedió al fin a ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.
Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba y parecía como escuchar
algo que sonaba en su imaginación y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento y exclamaba: «¡Eso es;
así, así; no hay duda..., así!» Y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril que dio en más de una
ocasión que admirar a los que le observaban sin ser vistos.
Escribió los primeros versículos y los siguientes y hasta la mitad del Salmo; pero al llegar al último, que
había oído en la montaña, le fue imposible proseguir.
Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores; todo inútil. Su música no se parecía a aquella música ya
anotada, y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se
volvió
loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a
su muerte y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.
Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia no pude menos de volver otra vez los ojos al
empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.

In peccatis concepit me mater mea

Éstas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista y que parecía mofarse de mí con sus notas,
sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.
Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.

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