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Ala de Muerte - William King

El libro 'Deathwing' de William King es una obra dedicada a los admiradores de Warhammer, que narra la historia del capítulo del Ala de Muerte y su regreso a un mundo devastado. Los personajes enfrentan la desolación de su hogar, reflexionando sobre la pérdida de su gente y la necesidad de venganza ante la profanación de sus ancestros. A medida que investigan la situación, se enfrentan a la posibilidad de que su pueblo haya sido esclavizado, lo que los lleva a tomar decisiones críticas sobre su próximo paso.
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Ala de Muerte - William King

El libro 'Deathwing' de William King es una obra dedicada a los admiradores de Warhammer, que narra la historia del capítulo del Ala de Muerte y su regreso a un mundo devastado. Los personajes enfrentan la desolación de su hogar, reflexionando sobre la pérdida de su gente y la necesidad de venganza ante la profanación de sus ancestros. A medida que investigan la situación, se enfrentan a la posibilidad de que su pueblo haya sido esclavizado, lo que los lleva a tomar decisiones críticas sobre su próximo paso.
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Titulo Original: Deathwing

Autor: William King


Traducido: Kaohs1980
Corregido: Kylasier
Montaje y Revisión: Valncar
Más allá de las palabras
Todo el trabajo que se ha realizado en este libro, traducción, revisión y
maquetación esta realizado por admiradores de Warhammer con el
objetivo de que más hermanos hispanohablantes disfruten y compartan de
este gran universo.
Este trabajo se proporciona de forma gratuita para uso particular. Puedes
compartirlo bajo tu responsabilidad, siempre y cuando también sea en
forma gratuita, y mantengas intacta tanto la información en la página
anterior, como reconocimiento a la gente que ha trabajado por este libro,
como esta nota para que más gente pueda encontrar el grupo de donde
viene. Se prohíbe la venta parcial o total de este material.
Warhammer y todos los personajes, nombres y situaciones son marcas
registradas y/o propiedad intelectual de Blacklibrary.
"De la muerte… llega la esperanza,
de la desolación… vienen los nuevos comienzos,
de las estrellas… desciende el Ala de Muerte”

El paso del tiempo es ineluctable, irresistible. Lo toca todo, y su toque es el cambio. Todos los seres
vivos están condenados a una existencia efímera, su breve eflorescencia pasa desapercibida entre
tantos millones, miles de millones de personas. Sólo el Imperio eterno perdura, la luz de la
humanidad en la oscuridad. Como el mar golpeando contra un acantilado, el tiempo desgasta todo
lo que se ha construido, todo lo que se ha creado, todo lo que se ha soñado. La historia se convierte
en leyenda, e incluso las leyendas se cambian lentamente, finalmente se olvidan.
Lo que sigue es sólo una de las leyendas del capítulo del Ala de Muerte, la Primera Compañía de los
Ángeles Oscuros. Como todas las leyendas, cambia con el relato, de modo que cada uno que la
escucha y la cuenta perpetúa el proceso de cambio. ¿Quién puede decir ahora cuál fue la verdad del
asunto?
Corre Nubes (Cloud-Runner en el original. nT),contempló la ruina en la que se
había convertido su mundo y sintió ganas de llorar. Cerró los ojos e inspiró
con fuerza tres veces, pero cuando volvió a mirar nada había cambiado. Se
volvió hacia la nave de desembarco del Ala de Muerte. Comadreja Feroz
(Weasel- Fierce en el original, nT), que acababa de descender por la rampa, miró a
su alrededor con rapidez a lo que una vez había sido la aldea de Corre
Nubes, tras lo cual, colocó su bólter de asalto en posición de combate. Una
mueca desfiguró su cadavérico rostro.

-Ángeles Oscuros, estad preparados. La Muerte, ha pasado por aquí- dijo


Comadreja Feroz.

El sol arrancó furiosos destellos a su negra armadura de Exterminador. Con


su pelo blanco y varios tatuajes-cicatriz en forma de Y, se asemejaba a un
Devorador de Mundos que hubiese venido a reclamar el mundo. Corre
Nubes, sacudió la cabeza sin creerse lo que veía. Durante doscientos años
había guardado los recuerdos de este lugar en su mente. Aunque el
Capítulo era su hogar y los Hermanos Ángeles Oscuros su única familia,
siempre había creído que su espíritu volvería a aquel lugar cuando el
Emperador le concediese el descanso. Miró en dirección de los montículos
funerarios. Habían sido profanados. Se acercó a la entrada. Vio que todos
los huesos estaban rotos y esparcidos por todas partes. Era una blasfemia
que solo el más encarnizado de los enemigos podría llevar a cabo. Era el fin
de su clan.

-Los fantasmas de mis antepasados vagan sin reposo…- dijo un Corre


Nubes incrédulo y con un profundo pesar. -Se convertirán en bebedores
de sangre y devoradores de excrementos. Mi clan ha sido deshonrado.

Sintió un pesado guantelete en su hombro y se giró para ver a Oso Cojo


(Lame-Bear en el original, nT) mirándole desde la altura. Hacía dos siglos, él y
Corre Nubes habían pertenecido a clanes rivales. Ahora, los guerreros con
los que había luchado codo con codo, estaban muertos y la vieja rivalidad
se había convertido rápidamente en amistad y confianza.

-Los Ángeles Oscuros, ahora son tu gente- dijo Oso Cojo en voz baja. -Si es
necesario, vengaremos esta afrenta.

-Este no es el Camino- respondió sacudiendo la cabeza Corre Nubes. -Los


Guerreros del Cielo, están por encima de las pataletas de los clanes.
Elegimos sólo a los más valientes de la Gente de la Pradera. No tomamos
parte por ningún clan.

-Tus palabras honran al Capítulo, Hermano Capitán…- repuso Oso Cojo,


deteniéndose para coger algo que estaba sobre la hierba.

Corre Nubes pudo ver que era la cabeza metálica de un gran hacha. La
pena luchó con la curiosidad y terminó venciendo.

-Esta no era la vuelta a casa que había imaginado…- susurró Corre Nubes.-
¿Dónde están los niños recogiendo flores para la Fiesta de Otoño?
¿Dónde están las jóvenes chicas que se apiñan para lanzar serpentinas
sobre nuestras armaduras? ¿dónde están Los Que Hablan con los
Espíritus, ansiando comulgar con nosotros? Muertos. Todos muertos…
maldita sea…

Oso Cojo se escabulló, dejando a Corre Nubes a solas con su dolor.

Dos Cabezas Parlantes (Two-Heads Talking en el original, nT), estudió los cuerpos
disecados dentro del recinto. Uno era el de un viejo guerrero. Su
agarrotada mano, aún sostenía un hacha de piedra, que lucía la runa del
Pájaro del Trueno grabada en el filo. El otro cuerpo era el de una doncella.
Entre sus esqueléticas manos, estaban los restos de un bebé. Por la
posición se adivinaba que había sido ella la que había estrangulado al niño
antes que dejar que cayese vivo en manos del enemigo, o al menos eso
dijo Luna Sangrienta (Bloody-Moon en el original, nT). El Bibliotecario de los
Ángeles Oscuros, se dio cuenta del terror que dominaba la voz del marine.
Inspiró profundamente, intentando ignorar el rancio olor que impregnaba
el lugar.
-Algo malvado ocurrió aquí, pero fue hace décadas- respondió Dos
Cabezas Parlantes, intentado calmar el miedo supersticioso de Luna
Sangrienta.

Necesitaba tiempo para pensar, para rebuscar entre los acontecimientos


del pasado. El aura de un terror ancestral, casi lo sobrepasó. Las sombras
se cernían sobre la estancia. Había algo ignominiosamente familiar en el
aura psíquica de la zona.

-Gran Chamán...- dijo Luna Sangrienta.

El Bibliotecario esbozó una leve sonrisa. Los hábitos ancestrales y sus


costumbres afloraban con fuerza en aquellos hombres, ahora que pisaban
de nuevo su mundo natal.

-Hermano Bibliotecario es mi título, Luna Sangrienta. Ya no formas parte


de mi guardia de honor. Ahora, ambos somos Marines- matizó Dos
Cabezas Parlantes.

-Gran… Hermano Chamán…- continuó diciendo Luna Sangrienta. -Ningún


Guerrero de las Planicies podría causar semejante destrucción. ¿Creéis
que…?

-Aún debemos investigar, viejo amigo. Tenemos que visitar el resto de los
asentamientos, hablar con sus jefes. Si las cosas han vuelto a como
estaban en la Era de las Invasiones, debemos ponerles fin- intentó
calmarlo el Bibliotecario.

Se rumoreaba que algunos de los Clanes de las Colinas, aún se aferraban a


los antiguos ritos de adoración demoníaca, que databan de mucho antes
de la llegada de las primeras tropas del Emperador. Si eso era cierto, los
Marines debían entrar en acción. De alguna forma, Dos Cabezas Parlantes
no creía que las cosas hubiesen llegado a tal extremo. Esto no tenía pinta
de ser obra de los adoradores de demonios, aunque había un hedor en el
aire que le era familiar. Un horror casi palpable se aferró a su mente. Lo
desechó de nuevo y rezó para que sus sospechas no fuesen ciertas.
La ciudad se extendía sobre la planicie como un leviatán durmiente.
Corre Nubes la vio antes que los demás y ordenó a Oso Cojo que aterrizase
la nave de desembarco en un pequeño valle, fuera de la vista de las
murallas de la ciudad. Desde lo alto de la colina, estudió el lugar con unos
magnoculares.

Era un sitio feo, que le recordaba a muchos de los Mundos Colmena en los
que había estado. Se extendía a través de muchos kilómetros y estaba
aprisionada dentro de unas murallas megalíticas. Grandes columnas de
humo se elevaban en la distancia, vomitando acres nubes químicas hacia el
cielo grisáceo. Fuera de las murallas, los ríos fluían negros, debido al
veneno que había en aquellas aguas.

Mientras Corre Nubes observaba, vio rebaños siendo conducidos desde


grandes barcazas de transporte hacia unas naves en el interior de la
ciudad. Desde inmensos barracones de piedra, la gente se apresuraba a
cruzar las calles hacia gigantescas factorías de ladrillo. Una rala niebla se
levantaba ocasionalmente, ocultando la sombría ciudad y a sus temerosos
habitantes.

-Seguramente que de ahí, es de donde procede el hacha de metal que


halló Oso Cojo- dijo Dos Cabezas Parlantes, descendiendo al suelo tras
Corre Nubes. -Me pregunto quién lo construyó…

-Esto es una pesadilla…- murmuró Corre Nubes. -Volvemos a casa para


encontrar nuestras aldeas arrasadas y esta… abominación en su lugar.

-Esa ciudad, puede albergar a todos los clanes de todos los Pueblos de las
Planicies y diez veces más. ¿Es posible que nuestra gente haya sido
esclavizada y traída aquí, Hermano Capitán?- preguntó con tono
preocupado Dos Cabezas Parlantes.

Corre Nubes permaneció en silencio, pensándolo.


-Si así ha sido, bajaremos ahí con bólters y lanzallamas para liberarlos-
declaró finalmente el Hermano Capitán.

-Debemos saber si nuestra teoría es acertada antes de actuar. Podríamos


vernos superados en número y atrapados con facilidad…- respondió el
Chamán.

-Yo digo que entremos ahí con las armas listas- dijo Comadreja Feroz
desde más atrás. -Si encontramos enemigos, los destrozaremos.

-Supón que ellos piensen lo mismo. La basura y suciedad dan al lugar un


aspecto puramente Orko- replicó Oso Cojo, que había estado explorando
un poco más por delante de la patrulla.

-Ningún Orko ha puesto piedra sobre piedra de esa forma antes, que
nosotros sepamos- objetó Dos Cabezas Parlantes. -Eso, es ingeniería
humana.

-No es obra de las Gentes de las Planicies- concluyó Corre Nubes. -Esos
barracones, son cien veces más grandes que cualquier choza y están
hechos de ladrillo y cemento.

-Sólo hay una forma de averiguarlo…- masculló tras un rato Dos Cabezas
Parlantes. -Uno de nosotros debe visitar la ciudad.

Los guerreros asintieron con aprobación. Cada uno hizo un gesto para
indicar que estaba dispuesto a ser el voluntario. Dos Cabezas Parlantes
negó con la cabeza.

-Yo iré. Los espíritus me protegerán- dijo el Bibliotecario sin atisbo de


duda en su voz.

Corre Nubes, vio que el resto de los guerreros, le miraban esperando su


decisión final. Como Capitán estaba por encima del Bibliotecario y podría
impedirle actuar. Miró de nuevo a la ciudad, luego al Chamán que
permanecía quieto y orgulloso ante él. Una sensación de vacío, de
futilidad, le invadió. Su pueblo, su gente, habían desaparecido.
-Como deseéis, Gran Chamán. Hablad con los espíritus y solicitad su
ayuda- respondió por fin, usando la forma tradicional desde hacía
incontables siglos. -La escuadra de Luna Sangrienta, permanecerá aquí
para protegerte. El resto de nosotros, nos iremos con el resto del Ala de
Muerte para visitar los demás asentamientos de los clanes
supervivientes.

La noche cayó mientras Dos Cabezas Parlantes completaba sus


preparativos. Colocó las cuatro calaveras de sus predecesores en el suelo a
su alrededor. Cada una, miraba hacia uno de los puntos cardinales y
vigilaban cada uno de los puntos de acercamiento desde el reino de los
espíritus. Encendió un pequeño fuego en una hondonada, en el centro de
las calaveras, echó en él un puñado de hierbas e inspiró profundamente.
Tocó la calavera alada ceremonial del pectoral de su armadura y luego la
cabeza de la muerte de la hebilla de su cinturón. Finalmente rezó al
Emperador, domador de los pájaros del trueno y faro del camino de las
almas, para que lo protegiese mientras realizaba su ritual.

Y comenzó a cantar. Los vapores de las hierbas llenaron sus pulmones.


Sintió que se elevaba por encima de su cuerpo y miraba toda la escena
desde arriba. Los otros Exterminadores, se alejaron del círculo ritual. Una
brisa gélida sopló a través de él, y la vida se le fue escapando, mientras su
espíritu vagaba por las sendas del borde de la muerte. Grandes espasmos
sacudieron su cuerpo, pero consiguió dominarse y proseguir con el ritual.
Estaba en un lugar desangelado y sombrío. Sintió unas presencias
blanquecinas en el borde de su campo de visión, borrosas como la niebla y
frías como un túmulo. El Chamán habló a las presencias, hizo pactos que
les obligaban a prestarle servicio y les recompensó con una porción de su
fuerza. Sintió que los hambrientos espíritus se arremolinaban a su
alrededor, listos para ocultarlo ante cualquier vista, para evitar que nadie
más pudiese encontrarle y que sólo los amigos fuesen capaces de verle.

Caminó fuera del círculo, a través del grupo de Marines vigilantes.


Mientras coronaba lo alto de la colina, vio la ciudad a lo lejos. Incluso de
noche, sus fuegos estaban encendidos iluminando el cielo y convirtiendo la
metrópolis en una sombra gigante que reptaba por el valle. Sobre ellos, a
través de la penumbra, se cernían las Montañas de la Tormenta. Corre
Nubes, se preguntó cómo lo estaría llevando Oso Cojo. El rictus del gigante,
era una máscara pálida. Estaba tratando de no pensar en lo que le podría
haber ocurrido a su gente.

El pueblo de los Osos Cazadores, era el último que habían visitado: el


más alejado, construido en las cavernas bajo el Pico del Jirón de Nubes.

Oso Cojo, subió a la carrera por el estrecho sendero que los conducía a
través de los barrancos. Corre Nubes, intentaba no pensar en los demás
asentamientos que habían visitado. No habían encontrado otra cosa más
que desolación y tumbas profanadas. Ningún alma viviente, excepto los
Marines, caminaba entre los tótems caídos. Habían enterrado los cuerpos
que habían encontrado y rezado al Emperador pidiendo por la seguridad
de los muertos. Corre Nubes, se detuvo al ver a Comadreja Feroz hacer una
pausa. La gran mano del hombre, jugueteaba con la empuñadura
emplumada de su daga ceremonial. Estudiaba los bordes rocosos que
había más arriba del camino y olía el aire a su alrededor.

-No hay centinelas...- comenzó a decir Comadreja Feroz. -De joven, yo


solía cazar por estas montañas. Me acuerdo de que Los Osos Cazadores,
tenían los centinelas más eficientes de todas las tribus. Si alguno
estuviese vivo, ya deberíamos haber sido desafiados.

-¡No!- gritó Oso Cojo, mientras se lanzaba en una loca carrera hacia las
cavernas que estaban más arriba.

-¡Escuadra Paulus, en modo vigilancia!- ordenó Corre Nubes.

Los cinco Exterminadores, detuvieron su marcha y permanecieron como


estatuas vigilando la entrada de la caverna.
-El resto que me siga. Cascos puestos. Mantened los ojos bien abiertos-
comenzó a ordenar Corre Nubes. -Comadreja Feroz, establece un
seguimiento sobre Oso Cojo. No le pierdas.

Los haces de luz de las armaduras, iluminaron la entrada de la cueva a


medida que comenzaron a avanzar. Docenas de túneles partían en
distintas direcciones desde aquel lugar. Pequeñas criaturas aullantes, se
alejaban aleteando furiosamente de sus luces. Durante un momento, Corre
Nubes se permitió albergar algunas esperanzas. Si iban a encontrar algunos
supervivientes de las Gentes de las Planicies, sería aquí. En ese enorme
laberinto de oscuridad, el pueblo de Oso Cojo, podía haberse escondido
durante años, evitando cualquier persecución.

Mientras seguían la señal del localizador de Oso Cojo a través de la


multitud de galerías, la desesperación comenzó a minar la confianza de
Corre Nubes. Cruzaron salas en las que los muertos se amontonaban.
Algunas veces, los cuerpos tenían marcas de lanzas y hachas, otros estaban
aplastados por una fuerza inhumana. De algunos, apenas quedaban
miembros reconocibles. Corre Nubes había visto cuerpos en aquel estado
antes, pero se decía a sí mismo que no podía haber ocurrido allí. Aquello
no podía ocurrir en su mundo natal. En las vastas naves espaciales a la
deriva en el frío espacio quizás, pero no aquí.

Encontraron a Oso Cojo de pie en el centro de la más grande de todas las


cuevas. Incontables huesos alfombraban el suelo. Grupos de roedores
escaparon de sus haces de luz y se escurrieron en las sombras. Oso Cojo
estaba sollozando calladamente, mientras apuntaba hacia las paredes,
cuando entraron sus compañeros. Pinturas murales que databan del
comienzo de los tiempos, cubrían los laterales de la caverna, pero fue la
representación pictórica más elevada, cercana al propio techo, la que
llamó la atención de Corre Nubes. No había duda de lo que era aquella
forma malvada con cuatro brazos. El odio y el miedo se dieron caza uno a
otro en su mente.

-Genestealers…- escupió el Hermano Capitán.


Tras él, Oso Cojo gimió de dolor. Comadreja Feroz, profirió su risa corta que
sonó como un ladrido. El sonido hizo que a Corre Nubes se le helase hasta
la médula de los huesos.

Dos Cabezas Parlantes, se introdujo a través de las abiertas puertas de la


ciudad. Un hedor insoportable asaltó su nariz. Su concentración decayó, y
sintió que los espíritus luchaban por alejarse de él. Puso en juego su
voluntad de hierro, y el hechizo de protección continuó en activo.

Estudiando sus alrededores, se dio cuenta de que no habría necesitado


preocuparse. No había guardias, sólo un puesto de peaje en el que se
acomodaba un funcionario de cara mantecosa, comprobando un montón
de papeles y recibos. A su manera, esto también era preocupante: los
constructores de la ciudad no sentían miedo como para poner vigilantes.

Dos Cabezas Parlantes contempló al escriba. Se sentaba tras una pequeña


ventana bajo la cual, había una especie de mostrador. En su mano había
una pluma. Estaba escribiendo a la luz de una mortecina lámpara. Durante
un segundo, pareció sentir alguna presencia y miró a través de la ventana.
Tenía los pómulos altos y la piel rugosa de la Gente de las Planicies, pero
las similitudes terminaban aquí. Sus miembros parecían entumecidos y
débiles. Sus facciones mostraban una palidez enfermiza. Con una fuerte
tos volvió a ocuparse de su trabajo. Su cara no mostraba las cicatrices
propias del ritual de madurez. Sus ropas estaban hechas de algún tipo de
tejido, no de pieles de alces. Tampoco tenía armas al alcance de su mano, y
no parecía incómodo por estar sentado en aquella minúscula oficina en
lugar de acechando en campo abierto.

Dos Cabezas Parlantes pensó que era difícil de creer que aquél fuese un
descendiente de su orgullosa cultura guerrera.

Continuó adentrándose en la ciudad, eligiendo su camino a través de las


irreverentemente estrechas y sucias calles que serpenteaban entre los
enormes edificios. El lugar estaba edificado sin ningún tipo de orden o
propósito. Había grandes plazas frente a los edificios de las factorías, pero
no se apreciaba ningún tipo de plano específico en aquella disposición.

La ciudad había crecido sin control, como un cáncer. No había sumideros ni


alcantarillado, por lo que el pavimento estaba lleno de basura. El hedor de
los desperdicios humanos, se mezclaba con el de la comida frita y el aroma
inconfundible del alcohol barato. Las sombrías puertas achaparradas de
tabernas y tiendas de comida, se abrían en los bordes de las plazas.

Niños sucios correteaban por todas partes. Aquí y allí, hombres fuertes y
bien alimentados, que lucían largos abrigos azules, se abrían paso entre la
gente. Tenían en su rostro los tatuajes-cicatriz rituales, y se movían con un
orgullo que rallaba la soberbia. Si alguien se interponía en su camino, le
golpeaban con grandes porras de madera. Para sorpresa de Dos Cabezas
Parlantes, ninguno de los golpeados osaba responder al ataque. Parecían
demasiado débiles de voluntad como para desear pelear.

Mientras vagaba por allí, el Bibliotecario, se dio cuenta de algo aún más
horrible.

Todos los componentes de la multitud, excepto los golfillos y los hombres


de los abrigos azules, estaban mutilados. Hombres y mujeres tenían algún
miembro amputado o grandes zonas de su piel quemada y retorcida.
Algunos descansaban sobre cajas o empalizadas de madera, dejando ver
como colgaban los muñones de sus piernas. Otros, estaban ciegos y eran
los niños los que los guiaban. Un enano sin piernas pasó a escasos metros,
arrastrándose por el suelo utilizando sus manos como método de
locomoción.

Todos parecían ser las víctimas accidentales de algún enorme proceso


industrial.

En la oscuridad, a la luz de las llamaradas que salían de las infernales


chimeneas, se movían como sombras que vagaban por el más allá en busca
de almas, o de su liberación. Llamaban a gritos al Padre Celestial, al
Emperador de cuatro brazos, para salvarles. Maldecían y malvivían y se
lamentaban bajo un cielo contaminado.

Dos Cabezas Parlantes, vio a los pobres robar a los pobres y se preguntó
con dolor cómo su pueblo había llegado a caer tan bajo. Recordó a los
altos y fornidos guerreros que vivían en los asentamientos de la llanura, sin
pedir nunca nada de ningún hombre.

¿Qué magia maléfica podía haber convertido a la orgullosa Gente de las


Planicies en estas patéticas criaturas?

En un momento dado, sintió un tirón cuando un niño le cogió del brazo.

-Monedas, viejo. Monedas para comprar comida- rogó aquella desnutrida


criatura.

Dos Cabezas Parlantes, suspiró con alivio. Su hechizo aún se mantenía. El


niño sólo podía ver una figura embozada e inofensiva. Podía sentir el
empuje de los espíritus que pugnaban por alejarse de él subconsciente
mente, pero aún no se habían librado de su control.

-No tengo nada para ti, pequeño- dijo amablemente Dos Cabezas
Parlantes.

El muchacho se escabulló entre un torrente de maldiciones.

Deprimidos y furiosos, los Marines abandonaron el poblado en las


cuevas.

Corre Nubes, se dio cuenta de que el rostro de Oso Cojo estaba pálido. Hizo
un gesto al gigante y a Comadreja Feroz para que le siguiesen. Los dos
líderes de escuadra, caminaron tras él. Subieron hasta un gran saliente de
roca y miraron hacia el valle que había más abajo.
-Genestealers…- masculló desdeñosamente Comadreja Feroz. Y escupió
sobre el borde rocoso. -Debemos informar al Imperio.

-Aquella oscura ciudad es suya, entonces- gruñó desdeñosamente Oso


Cojo.

Había un poso de odio en sus tranquilas palabras que Corre Nubes


reconoció.

-Deben de haber conquistado a los Pueblos y haberlos sometido a una


existencia de esclavitud- repuso Oso Cojo.

-Algunos clanes se resistieron- continuó Corre Nubes.

Estaba orgulloso de ello. El hecho de que su propio clan hubiese decidido


continuar con una lucha perdida de antemano en lugar de rendirse, le
reconfortó de alguna forma.

-Nuestro mundo está perdido… nuestra era, ha tocado a su fin- murmuró


Comadreja Feroz.

Sus palabras resonaron tristemente como grandes campanas en la mente


de Corre Nubes. Comadreja Feroz tenía razón. Toda su cultura y modo de
vida, habían sido barridos. Los únicos que podrían recordar la vida de las
Gentes de las Planicies, eran los Marines de los Ángeles Oscuros. Cuando
éstos muriesen, los clanes sólo sobrevivirían en los registros de la Flota del
Capítulo.

A menos que los Ángeles Oscuros cambiasen sus tradiciones milenarias y


comenzasen a reclutar de otros planetas, el Capítulo desaparecería con la
actual generación de marines. Ante tal perspectiva, Corre Nubes se sintió
vacío. Había retornado a su mundo con tantas esperanzas… Iba a caminar
una vez más entre su gente, ver de nuevo su pueblo natal antes de que la
edad o el enemigo se lo llevasen a junto al Emperador… Y ahora se
encontraba con que su mundo estaba muerto, que había estado así desde
hacía muchos años.
-Y ni siquiera nos enteramos… maldita sea- dijo en Corre Nubes voz baja. -
Nuestros clanes llevan muertos desde no se sabe cuantos años y nunca lo
hemos sabido. Maldigo el día en el que volvimos con la compañía del Ala
de Muerte a nuestro planeta natal.

Los líderes de escuadra permanecieron en silencio. La luna derramó sus


rayos a través de un claro entre las espesas nubes. Más abajo, en el valle,
vieron la difusa silueta de una calavera alada gigantesca tallada en la basta
roca.

-¿Qué demonios es eso?- preguntó Comadreja Feroz.-No estaba ahí la


última vez que exploré ese valle.

Oso Cojo le dirigió una mirada extraña.

Corre Nubes, sabía que su viejo amigo estaba intentado digerir la noticia de
que un guerrero de otro clan hubiese pisado lo más profundo del valle
sagrado de su tribu. Incluso después de un siglo, el callado guerrero de los
Osos Cazadores aún podía sorprenderles.

-Era donde nuestros hombres santos, practicaban su magia y hablaban


con los espíritus- le contestó Oso Cojo tras un momento. -Debieron de
haber intentado invocar al espíritu del Ala de Muerte, la mensajera que
trae a los guerreros desde el cielo. Tenían que haber estado muy
desesperados para haber probado semejante cosa. Confiaron en que
nosotros les protegeríamos… Y nunca vinimos…

-¡Los vengaremos, por el Emperador!- oyó Corre Nubes gruñir a


Comadreja Feroz.

-Iremos y arrasaremos esa asquerosa ciudad- coincidió Oso Cojo,


asintiendo con fuerza.

-Nosotros somos sólo treinta, contra una ciudad, que posiblemente esté
abarrotada de Genestealers- les contestó Corre Nubes. -El Codex es
extremadamente claro en situaciones como esta. Debemos realizar un
bombardeo vírico desde las naves en órbita.
Oso Cojo y Comadreja Feroz le miraron sin entender.

-¿Pero qué ocurrirá con nuestra gente? Aún pueden sobrevivir- replicó
Oso Cojo aunque sin mucha fe en sus propias palabras. -Debemos
considerar esa posibilidad antes de proceder a purificar nuestro mundo
natal.

Comadreja Feroz se había puesto pálido. Corre Nubes nunca le había visto
tan abatido.

-No puedo hacerlo...- susurró Comadreja Feroz. -¿Y tú, Hermano Capitán?
¿Puedes dar una orden que destruiría nuestro mundo, y a nuestra gente,
para siempre?

Corre Nubes, sintió el peso de una enorme responsabilidad sobre sus


hombros. Su tarea estaba clara. Aquí, en su mundo, había una gran
amenaza para el Imperio. Una sola palabra suya, podría condenar a todo
su pueblo a la desaparición. Intentó no pensar en que Oso Cojo
seguramente tenía razón: que la Gente de las Planicies podrían no estar
esclavizadas en su totalidad por los Genestealers. Pero el pensamiento
seguía presente porque él también esperaba que fuese así.

Se quedó paralizado durante un momento, abrumado por la enormidad de


la decisión.

-La elección no es solo tuya, Corre Nubes- dijo a modo de advertencia


Comadreja Feroz. -Esto incumbe a todos los Guerreros de las Planicies…

Corre Nubes, miró directamente a aquellos ojos ardientes, ya que


Comadreja Feroz, había invocado un antiguo ritual. Debía ser
correspondido. El Capitán de los Exterminadores, miró a Oso Cojo. El rostro
del gigante estaba petrificado.

Corre Nubes asintió sombríamente.

-Debe haber un Concilio.


Dos Cabezas Parlantes, se percató acerca de un estallido de violencia en
uno de los extremos de la plaza en la que estaba. Una escuadra de casacas
azules, estaba acosando a un grupo de pedigüeños mutilados para que se
apartasen. La gente caía al suelo y era aplastada mientras avanzaban entre
la multitud como un cuchillo a través de la carne.

El Bibliotecario retrocedió hasta la entrada de una taberna. Un joven


guardia con las cicatrices de sus mejilla aún recientes, se acercó
demasiado. Alzó su porra para golpear a Dos Cabezas Parlantes,
confundiéndolo con uno más de la masa. Su golpe rebotó en el blindaje de
su armadura de Exterminador. El casaca azul lo miró con asombro, y luego
retrocedió.

Un palanquín llevado por varios hombres, rapados y embutidos en


uniformes marrones, se movía a través del gentío, mediante el camino
abierto por los matones. Dos Cabezas Parlantes vio el símbolo de un
hombre con cuatro brazos grabado en uno de los lados, y sintió una
repentina oleada de temor. Sus peores sospechas acababan de justificarse.

-¡Almas, Anciano, danos almas!- suplicó aquella multitud, cuyas voces


convergían para formar un poderoso rugido. Muchos habían caído de
rodillas en el suelo, con los muñones y manos alzadas en un patético ruego
hacia el palanquín.

La cortina de uno de los laterales se abrió y un hombre gordo y


achaparrado descendió. Su pálida piel, tenía un tinte azulado, allí donde
quedaba a la vista, bajo un elegante traje negro.

También vestía botas negras de caña alta y una gabardina blanca que lo
cubría todo. Un colgante de una figura con cuatro brazos colgaba de su
cuello. Su cabeza también estaba rapada al cero, y tenía penetrantes ojos
negros. Contempló fijamente a la multitud y sonrió glotonamente,
hinchando la papada de forma que se crearon una docena de pequeñas
barbillas carnosas.

Echó mano a su cintura y cogió una especie de monedero pequeño. La


multitud contuvo el aliento, expectante. Durante un segundo, su mirada se
cruzó con la del Bibliotecario, y pareció confuso. Una mueca, que podía ser
de disgusto, cruzó su rostro. Dos Cabezas Parlantes sintió un tirón en una
de sus piernas y cayó sobre una de sus rodillas, aunque arrodillarse ante
algo que no fuera la imagen del Emperador, iba contra sus principios. Sintió
que una presencia maligna lo acechaba observándolo, y se preguntó si la
inquietante mirada del elegante líder, habría penetrado su disfraz
espiritual.

Todas las escuadras se reunieron alrededor de la gran hoguera. Unos


grandes troncos ardían vivamente en la oscuridad, iluminando los rostros
de todos los Marines desde abajo, dándoles una apariencia demoníaca.
Tras ellos, las naves de la Ala de Muerte, reposaban sobre sus trenes de
aterrizaje, como una masa grisácea recortada sobre la negrura de la noche.
Corre Nubes, sabía que más allá, estaba la ciudad de sus enemigos, donde
pululaban aquellas inmundas abominaciones xenos.

Los más cercanos a los fuegos eran los líderes de Escuadra, con sus rostros
impasibles. Tras ellos, se alineaban sus propios hombres con el equipo de
combate al completo, bólters de asalto y lanzallamas de mano. La luz del
fuego, jugueteaba con las espadas aladas que adornaban sus hombreras.
Su equipo, era sin duda el de los Ángeles de la Muerte del Imperio; pero
las feroces caras marcadas con aquellas profundas cicatrices, eran las de
las Gentes de las Planicies. Conocía a estos hombres desde hacía tanto
tiempo, que ni siquiera Dos Cabezas Parlantes podía haber adivinado su
estado de humor mejor que él mismo. En cada pequeño gesto, podía
adivinar una furia contenida que clamaba venganza y deseaba la muerte a
sus enemigos. Los guerreros estaban deseando unirse a sus antepasados
en el reino de los espíritus. Corre Nubes, también sentía la llamada de los
espíritus de sus ancestros y su clamor para ser vengados. Trató de ignorar
sus voces. Era un soldado del Emperador. Tenía otras obligaciones a parte
de las de su gente.

-Debemos combatir- opinó Comadreja Feroz. -Los muertos lo exigen.


Nuestros clanes, deben ser vengados. Si algunos de los nuestros aún
sobreviven, deben ser liberados. Nuestro honor tiene que ser restaurado.

-Hay muchas formas de honor- respondió Luna Sangrienta. -Nosotros


honramos al Emperador. Nuestras armaduras de Exterminador, son las
insignias de tal honor. Son las muestras del honor que el Capítulo nos
muestra. ¿Podemos arriesgarnos a que todas las señas de la antigua
herencia de nuestro Capítulo se pierdan en manos de los Genestealers?

-Durante más de cuatro siglos, la armadura que llevamos, ha mantenido


a los Marines vivos en medio de las batallas. No nos fallarán ahora-
replicó Comadreja Feroz con pasión. -Sólo haremos incrementar su
prestigio destruyendo a nuestros enemigos.

-Hermano Marius, Hermano Paulus, os lo ruego, silencio- dijo Corre


Nubes, usando la manera formal, según los rituales del Capítulo y llamando
a Comadreja Feroz y a Luna Sangrienta por los nombres que habían
adoptado cuando se convirtieron en Marines Espaciales. Los dos
Exterminadores inclinaron sus cabezas, reconociendo la gravedad del
momento.

-Perdonadnos, Hermano Capitán, e imponed una penitencia. Estamos a


vuestro servicio. Semper fidelis- replicaron los Marines casi al unísono.

-No es necesaria ninguna penitencia- aseguró Corre Nubes, mirando


alrededor del fuego. Todos los ojos estaban fijos en él. Sopesó sus palabras
con cuidado antes de seguir hablando. -Estamos reunidos aquí esta noche,
no como soldados del Emperador, si no por una antigua tradición, como
guerreros de la Gente de las Planicies. Ante esto, otorgo mis bendiciones,
como Capitán y como jefe de clan. Somos los portavoces de nuestros
clanes, unidos en hermandad, para que podamos hablar con una sola
voz, pensar como una sola mente y elegir el camino correcto para todas
nuestras tribus.

Corre Nubes sabía que sus palabras sonaban falsas. Los presentes no eran
los portavoces de sus clanes. Ellos eran los clanes, o por lo menos, todo lo
que quedaba de ellos. Aún así, el ritual había sido invocado y debía ser
mantenido.

-Dentro de este círculo, no habrá violencia. Hasta el final de nuestra


reunión, seremos como un solo clan- declaró seriamente Corre Nubes.

Era extraño pronunciar esas palabras ante guerreros que habían luchado
codo con codo en un millar de batallas, en un millar de mundos, bajo un
millar de soles distintos. Pero así era el antiguo ritual del Concilio…
pensado para asegurar una discusión pacífica entre los líderes de tribus
rivales. Vio a varios Marines que asentían en silencio con aprobación. De
pronto, se encontró extrañamente bien. Las costumbres de su gente
habían nacido en este mundo, y mientras ellos estuviesen allí, se
mantendrían fieles a ellas. En ese momento y en ese lugar, estaban unidos
por los lazos de su herencia común. Todos necesitaban esa reafirmación
después de las duras pruebas halladas aquel maldito día.

-Debemos hablar sobre el destino de nuestro planeta natal y nuestro


honor como guerreros. Es cuestión de vida o muerte. Hablemos con
sinceridad, de acuerdo con la tradición de nuestro pueblo- los animó con
gesto solemne Corre Nubes.

El Anciano agarró su cadena y siguió mirando fijamente a Dos Cabezas


Parlantes.

Frunció el ceño, lo que hizo que su bulbosa frente se hinchase aún más.
Abruptamente, miró hacia otro lado y metió la mano en la bolsa.
Una ovación surgió de las gargantas de la masa, mientras comenzaba a
arrojar puñados de brillantes monedas de hierro hacia ellos, tras lo cual, se
retiró de nuevo a su palanquín para contemplar el espectáculo. El Marine
vio a la gente arrastrarse por el suelo, escarbando y golpeándose. Movió la
cabeza con disgusto y entró en la taberna. Incluso el más bajo de los
habitantes de cualquier Mundo Colmena, habría mostrado un poco más de
dignidad que la turba de ahí fuera.

El lugar estaba casi vacío. Dos Cabezas Parlantes miró al suelo hecho de
tierra apisonada y a las mesas pobremente fabricadas, sobre las que había
desplomados algunos borrachos andrajosos. Las paredes, estaban
cubiertas por rudos tapices que mostraban repetidamente un diseño de
cuatro brazos dispuestos para parecer una estrella. En el exterior, en la
lejanía, oyó el largo y solitario pitido de un silbato de vapor.

El posadero se inclinó sobre el mostrador, con su gran panza aplastada


contra el borde. Dos Cabezas Parlantes caminó hacia él. Cuando llegó hasta
allí se dio cuenta de que no tenía monedas. El tabernero le miró fríamente,
frotándose una mejilla sonrosada con su gorda mano.

-Bien- demandó el tabernero con urgencia. -¿Qué es lo que quieres?

Dos Cabezas Parlantes se sorprendió por la rudeza del hombre. La Gente,


siempre había sido educada, sobre todo con los viajeros y forasteros.
Nunca estaba de más mostrar cortesía, sobre todo cuando la parte que
podía ofenderse, llevaba hachas colgando a la cintura. Su mirada se
encontró con la del hombre y en un instante le había robado parte de su
voluntad. No encontró resistencia en el débil espíritu de aquel hombre,
pero aún así el esfuerzo era grande.

El tabernero se dio la vuelta, mirando al suelo, y sirvió una bebida de una


botella de barro sin que nadie se lo pidiese. De la puerta de entrada, llegó
el sonido de pasos. Con un fuerte golpe, se abrió y una oleada de
trabajadores llenó el local con sus demandas de bebida.

Tanto hombres como mujeres, tenían rostros cansados y macilentos. Sus


manos y pies desnudos estaban tan demacrados como sus ropas. Dos
Cabezas Parlantes supuso que acababa de terminar el turno de alguna
fábrica. Cogió su bebida y se sentó en una esquina, mirando cómo los
trabajadores se desplomaban en las sillas, escuchando sus maldiciones
contra los guardias y su falta de monedas. Un grupo comenzó una partida
de dados al otro extremo de la sala.

Tras un rato, Dos Cabezas Parlantes se dio cuenta de que había gente que
se iba por una pequeña puerta al fondo de la taberna. Se levantó y les
siguió. Nadie objetó nada.

La habitación en la que entró, estaba oscura y olía a excrementos de


animales. En su centro había un pozo rodeado por trabajadores que
gritaban y animaban. Dos Cabezas Parlantes siguió avanzando, y la masa se
apartó a su paso. Se detuvo al borde del pozo y contempló el foco de la
atención de todos.

Abajo, dos enormes Comadrejas de las Planicies estaban luchando,


arrancándose grandes tiras de piel y carne una a otra, mientras la
audiencia rugía y aplaudía. Cada una de ellas, era del tamaño de un
hombre adulto y llevaban collares con pinchos afilados. Una ya había
perdido un ojo, y ambas sangraban en abundancia, debido a sus múltiples
heridas abiertas.

Dos Cabezas Parlantes estaba asqueado. De joven había cazado


comadrejas, enfrentando sus habilidades y su hacha de piedra contra la
inteligencia animal. Habían sido desafíos en los que el guerrero, apostaba
su vida contra la de un adversario feroz. No había ningún desafío en este
cruel espectáculo. Simplemente era una forma de saciar la sed de sangre
de esta masa de desdichados obreros.

El Bibliotecario abandonó la sala del pozo, dejando a los trabajadores con


su “deporte”. Cuando volvió, se fijó en que un casaca azul había entrado en
el bar y estaba hablando con el dueño. Y estaban mirando en su dirección.
Abandonó la taberna apresuradamente hacia la neblinosa noche, sintiendo
que unos ojos inhumanos le contemplaban.
Corre Nubes miró a las caras que rodeaban el fuego. Estaban esperando
que empezase. Inspiró profundamente tres veces. Por tradición debía ser
el primero en hablar. Un Concilio de Guerreros no era una discusión en el
sentido habitual de la palabra, donde las palabras eran usadas como armas
para superar al enemigo. Era un pozo de sabiduría, de experiencia, un lugar
para contar y escuchar historias. Las palabras no debían tener dobles
sentidos que levantasen suspicacias. Escogió las suyas con cuidado.

-Cuando yo tenía ya doce veranos- comenzó su relato Corre Nubes, -vivía


en la Casa Amarilla con los demás jóvenes. Era mi último verano allí, ya
que estaba destinado a casarme con Ciervo Veloz (Running-Deer en el original,
nT), que era la doncella más hermosa de mi clan. A menudo los jóvenes,
hablábamos de los Guerreros del Cielo. Habían pasado cien años desde su
última visita y la estrella roja, volvía a verse en el cielo. Se acercaba la
hora de su regreso.

-Garra de Halcón el abuelo de mi abuelo, había sido elegido y llevado al


Reino de los Espíritus, para servir al Gran Jefe Más Allá del Cielo-
continuó Corre Nubes. -Mi familia había recibido un gran honor con ello,
aunque había dejado a su hijo huérfano y con la obligación de fundar un
nuevo clan. Alce Plateado (Silver-Elk en el original, nT), era un muchacho
resentido, porque Ciervo Veloz, se había prometido conmigo. Hablaba de
forma pretenciosa sobre cómo debería de haber sido el elegido- siguió
Corre Nubes. -Sus palabras eran una provocación, destinada a encender la
furia del honor de mi familia. La familia de Alce Plateado, no tenía
familiares que se hubiesen aventurado en el Reino de los Espíritus con el
Ala de Muerte, más allá de las estrellas. Yo era joven, y respondí a las
provocaciones. Le dije que, si tan seguro estaba de ello, no le importaría
escalar la Montaña Fantasma y visitar al Mayor de los Ancestros-dijo.

Corre Nubes hizo una pausa para dejar que sus palabras calasen, para que
los guerreros se imaginasen la escena. El recuerdo aparecía fresco y claro
en su mente. Casi podía oler el acre humo de la madera ardiendo en su
choza y ver las pieles colgando de las paredes y techo.

-Eso era lo que Alce Plateado, había querido que dijese. Bufó y dijo que
estaba dispuesto a ello si alguien le acompañaba como testigo. Me miró
directamente a mí. Así quedé atrapado en mi propia trampa- prosiguió
Corre Nubes. -No podía negarme sin manchar mi honor. Tenía que ir o él
me habría ganado. Cuando se enteró, Ciervo Veloz me suplicó que no
fuese, temiendo que los espíritus me llevasen. Ella era la hija de un
Chamán y tenía el poder la Visión Bruja. Pero yo era joven, con el orgullo
y la inconsciencia de un niño y la ignoré. Viendo que yo estaba decidido,
cortó un mechón de su cabello y lo cubrió con poderosos hechizos de
protección para que yo volviese sano y salvo a casa- continuó Corre
Nubes.

-Fue un viaje de tres días a paso de cazador hasta la Montaña Fantasma.


El miedo, era nuestro compañero en todo momento. Lo que había
parecido algo posible al calor del hogar, ahora parecía una tarea
aterradora en el frío de las noches de otoño, cuando la luna estaba llena
y los espíritus vagaban entre los árboles. Creo que si cualquiera de los
dos hubiese estado solo, habría dado la vuelta, ya que es algo horrible
acercarse al lugar donde los muertos no descansan cuando se acerca el
invierno- dijo Corre Nubes.

-Pero ninguno de los dos podía mostrar miedo, ya que el otro estaba
vigilando y nuestra rivalidad nos empujaba hacia adelante. Ninguno
quería ser el primero en rendirse. Al atardecer del tercer día,
encontramos el primero de los tótems de advertencia, cubierto por las
calaveras de los guerreros del cielo juzgados. Entonces sentí que echaría
a correr sin parar, pero de nuevo el orgullo me hizo permanecer en el
sitio- prosiguió Corre Nubes.

-Comenzamos a escalar. La noche era silenciosa y fría. Había cosas que se


movían por debajo de nosotros, y la luna nos acechaba como un espíritu
cautivador. Árboles retorcidos se inclinaban sobre el camino como
vigilantes malignos. Escalamos sin parar, hasta que llegamos a la vasta
planicie, marcada con el símbolo de la calavera alada- detalló Corre
Nubes.

-Estábamos henchidos con el orgullo del éxito, y nuestra rivalidad se vio


momentáneamente apartada. Estábamos en un lugar que pocos hombres
habían visto. Habíamos desafiado a los espíritus y vencido. No recuerdo
lo que pasó por mi cabeza cuando Alce Plateado señaló hacia arriba. De
allí, llegaba el aullido de mil espíritus furiosos, y una gran hoguera
iluminaba el cielo. Quizás, pensase que los espíritus habían decidido
destruirme por mi presunción. Quizás estaba tan lleno de terror que no
pude pensar nada. Sé que me quedé paralizado en el sitio, mientras que
Alce Plateado se giró y corrió- contó Corre Nubes, viendo la cara de
incredulidad en los guerreros a su alrededor ante la cobardía de Alce
Plateado.

-Si había estado aterrado antes, imaginad cómo me sentiría cuando vi


una enorme forma alada en la distancia y oí el rugido de una cañonera
que se acercaba. Imaginaos mi horror cuando vi que era la mismísima Ala
de Muerte, el corcel del Emperador, el elector de los muertos, el Cráneo
Cazador Alado- explicó Corre Nubes.

-Me arrepentí amargamente de mi inconsciencia. No podía moverme


para ponerme a salvo, y esperé a que la Ala de Muerte me atacase con
sus garras y liberase mi espíritu. Grande fue mi sorpresa cuando la
cañonera se posó en tierra ante mí y su furioso rugido cesó. Aún así, no
podía correr. Su morro se abrió, escupiendo las impresionantes siluetas
de negra armadura de los Fallecidos Elegidos. En sus hombros, llevaban
el distintivo de la espada alada- describió Corre Nubes, viendo las
expresiones de asombro por su descripción de los Guerreros del Cielo.

-Supe entonces que ya me encontraba en el reino de los espíritus sin


ninguna duda, ya que Garra de Halcón (Grarra de Halcón en el original, nT), el
abuelo de mi abuelo, estaba entre ellos. Había visto su rostro tallado en
el tótem de la entrada de mi casa. Tenía un aspecto cansado y apagado,
pero era fácilmente reconocible para mí. Ver un rostro familiar en aquel
lugar de pesadilla, me sirvió para reafirmarme de alguna forma. Me
permitía superar mis miedos. Lleno de asombro, caminé hasta que estuve
a punto de tocarlo: aquel gigantesco y sombrío anciano, cuya cara era tan
parecida a la mía- dijo Corre Nubes. -Durante un largo tiempo,
simplemente nos miramos a los ojos. Entonces, el viejo sonrió y luego
comenzó a reírse abiertamente. Me abrazó apretándome contra su
coraza, gritando que había sido una vuelta a casa como jamás había
soñado. Estaba tan contento de verme como yo lo estaba de verlo a él.

Corre Nubes se detuvo, comparando el regreso a casa de su ancestro con el


suyo propio. No había habido risas como las que hubo hacía tantos años
ya. Ahora comprendía la alegría del anciano cuando vio una cara familiar al
descender de la nave. Se alegraba de que Garra de Halcon, ya no estuviese
allí para ver semejante destrucción.

-Por supuesto yo estaba completamente aturdido, de pie entre aquellos


guerreros de leyenda, hablando con mi antepasado. Sabía que habían
vuelto para elegir a sus sucesores al servicio del Emperador y
olvidándome de todo lo demás, supliqué que se me permitiese unirme a
ellos. El anciano me miró y me preguntó si tenía alguna razón para
quedarme o alguna para arrepentirme de marchar. Pensé en Ciervo Veloz
y dudé, pero yo era un joven hambriento de aventuras. Visiones de gloria
y de las maravillas que vería más allá del cielo me embriagaron por
completo. ¿Qué conocía yo verdaderamente de la vida? Se me pedía que
hiciese una elección con la que tendría que vivir durante siglos, pero yo
aún no lo sabía- dijo Corre Nubes haciendo una pausa, para que los demás
asimilaran sus palabras.

-Mi antepasado sí. Vio mis dudas y me dijo que en ese caso, haría mejor
quedándome. No quería escuchar aquellas palabras, así que insistí en
que me probasen. Me ataron a una mesa metálica y abrieron mi carne
con fríos cuchillos. Había superado el ritual de la Garra de Comadreja
para demostrar mi madurez, pero aquel dolor, no se parecía en nada al
que sentía ahora. Cuando hubieron abierto mi carne, me metieron
dentro del cuerpo cosas que dijeron me ayudarían a reforzar mi poder
espiritual- siguió relatando Corre Nubes.

-Durante semanas, me retorcí en una agonía febril mientras mi cuerpo


cambiaba. Las paredes bailaban y mi espíritu, caminaba por los límites
del frío eterno. Mientras vagaba sólo y perdido, uno de los Hermanos,
permaneció a mi lado recitando las letanías Imperiales. En una visión, el
Emperador vino a mí, montado en una Ala de Muerte, el más poderoso
de los pájaros de trueno. Era diferente de la que había llevado a los
Guerreros del Cielo hasta mi casa. Era una bestia hecha de espíritus, en
lugar de un pájaro de metal- explico Corre Nubes, mientras miraba a cada
uno de los guerreros a su alrededor.

-El Emperador me habló, explicándome la gran lucha que se llevaba a


cabo en mil veces mil mundos. Me mostró las razas que vivían allí a parte
del hombre… y el corazón secreto del Universo, que es el Caos. Me
mostró los poderes que acechan en la disformidad y me expuso a sus
tentaciones. Me contempló mientras resistía y supe, que si en algún
momento flaqueaba, me destruiría al instante. En algún momento me
desperté y supe, que mi espíritu ya pertenecía al Emperador. Había
elegido abandonar a mi gente, mi mundo y mi esposa, para entrar a su
servicio. Supe que había hecho lo correcto- terminó su historia Corre
Nubes.

Movió lentamente su cabeza, y tocó el collar del que colgaba un mechón


de pelo trenzado. Durante muchos años, se había preguntado si realmente
había sido la elección correcta, si no hubiese sido más feliz junto a Ciervo
Veloz. La brillante y prometedora visión que había tenido en su juventud se
había ido difuminando y perdiendo tras incontables años de guerra.

Ni siquiera pude decirle adiós pensó.

Y aquél, fue el pensamiento más triste de todos. Pensó que había


convencido a muchos de los Marines pero entonces, Oso Cojo dio un paso
al frente y habló; el Concilio no había hecho más que empezar.

-Yo hablaré de los Genestealers…- dijo el hombretón en voz baja. -Hablaré


de los Genestealers, de su terror y su crueldad…
Dos Cabezas Parlantes, vagó por las oscuras callejuelas. Estaban
desiertas, ahora que los trabajadores habían vuelto a sus barracones. Una
ligera brisa se había levantado, esparciendo ráfagas de ceniza y basura por
las calles, aunque también aclaraba algo la niebla. Un amargo sabor a
desperdicios llenó su boca.

Pasó frente a las fábricas donde se apiñaban gigantescos motores de vapor,


aún funcionando. Su sonido llenaba el aire. Sus pistones subían y bajaban
como gigantescas cabezas de dinosaurios enloquecidos. Supo que nunca
descansaban. Descendió por una calle de ricas mansiones, llevado por la
curiosidad. Sentía que se le habían mostrado las piezas de un enorme
rompecabezas, y si podía encontrar la última pieza, todo encajaría.

Cada mansión por la que pasaba, tenía fuertes puertas de hierro que
mostraban los símbolos del Búho, del Puma y de la Rata. Eran los animales
sagrados de los Clanes de las Colinas. Dos Cabezas Parlantes se preguntó si
los jefes de estas gentes estarían dentro. Bien podía creer que hubiesen
hecho algún tipo de pacto con quien hubiese hecho esto. La gente de las
colinas, tenía oscuras reputaciones.

Sintió que la furia crecía en su interior, destapando su antigua vida salvaje.


Su vida acababa de quedar sin sentido. Su pueblo había sido traicionado.
Su mundo había sido robado. Incluso los Ángeles Oscuros habían sido
destruidos. Diez mil años de tradición terminaban aquí. Ya no había
salvajes Hombres de las Planicies para que los Guerreros del Cielo los
reclutasen. El Capítulo podría seguir adelante, pero su herencia había sido
destruida… nunca volvería a ser lo mismo.

Dos Cabezas Parlantes formaba parte de la última generación de Marines


reclutados de entre la Gente de las Planicies. No habría más.

Mientras se movía entre las mansiones, hacia el contaminado río, sus


sentidos espirituales le avisaron de que estaba siendo seguido. Una parte
de su ser no se preocupó, e incluso agradecería un buen enfrentamiento
con quien quiera que lo siguiese. De algún lugar más adelante, surgió un
gruñido de dolor.
N
- o sabemos de dónde vienen…- comenzó a hablar Oso Cojo. -Ni
siquiera los Curatores del Administratum lo saben (Curators en el original:
mantiene los registros antiguos del Imperio; el rango también requiere conocimiento histórico y
lingüístico asociado, nT)
aparecen sin aviso, transportados en sus poderosas
astronaves que avanzan en las oleadas del espacio disforme.

Un estremecimiento sacudió incluso a los más duros de los


Exterminadores. Corre Nubes, vio la mirada de aquellos que habían
combatido contra los Genestealers apagarse. Sus cetrinos rostros, eran
prueba suficiente de las memorias de dichos encuentros.

Inconscientemente, se pusieron alerta y miraron a su alrededor


nerviosamente. Por primera vez, el Capitán se dio cuenta de que
efectivamente se estaban enfrentando una vez más a los Genestealers. Se
enfrentaban a una amenaza que podía ser la última.

-Son unos enemigos temibles: feroces, incansables, que no conocen ni la


piedad ni el dolor. No usan armas, ya que no las necesitan. Sus garras son
capaces de rasgar el adamantium como si fuese papel. No usan
armadura, ya que sus caparazones son tan duros que pueden sobrevivir
incluso, durante algún tiempo, en el vacío del espacio. Tienen el aspecto
de una bestia, aunque muestran organización e inteligencia. Son el
enemigo más terrible al que se han enfrentado los marines desde la
Herejía de Horus. ¿Cómo sé esto?

-Me he enfrentado a ellos, como tantos otros de vosotros.

Corre Nubes tembló, recordando los tiempos en los que había luchado
contra los Genestealers. Recordaba los rostros quitinosos, las mandíbulas
chasqueantes y las cuatro garras como cuchillas. Trató de no pensar en su
aspecto de insecto ciego.
-No es su pericia en la batalla lo que convierte a los Genestealers en un
enemigo tan peligroso. Es algo más. Os diré lo que es…

Después de un momento de silencio, Oso Cojo, comenzó su relato.

-Hace ciento veinte años, antes incluso de que yo vistiese la armadura de


Exterminador, fui enviado con la flota a investigar el misterioso silencio
que había caído sobre el Mundo Colmena de Thranx. El gobernador
imperial no había pagado tributos durante veinte años, y el Adeptus
Terra pensó que quizás necesitase un gentil recordatorio de su juramento
al Imperio- empezó Oso Cojo.

-La flota llegó con efectivos de los Ángeles Oscuros, los Lobos Espaciales,
los Ultramarines y un regimiento de Guardia Imperial de Necromunda.
Mientras la flota se colocaba en posición de aterrizaje, todos nos
preparamos para encontrar resistencia, una rebelión. Pero las defensas
orbitales no nos dispararon y el Gobernador, nos habló abiertamente por
el comunicador. Dijo que el planeta había sido aislado por tormentas de
disformidad y ataques Orkos- contó Oso Cojo.

-Pidió disculpas por el impago de sus tributos y ofreció una


compensación inmediata. Sugirió que el Inquisidor Van Dor, que estaba al
cargo de la expedición de castigo, descendiese para aceptar sus disculpas
y renovar sus juramentos. Por supuesto, no nos fiábamos, pero Van Dor,
sugirió que cualquier posibilidad de volver a recuperar un planeta para el
Imperio sin el gasto de una intervención militar, debía ser al menos
investigado. Pidió que los Ángeles Oscuros descendiesen con él al planeta
como su guardia de honor. Preparamos nuestros localizadores y nos
teleportamos hasta el salón de recepciones del Gobernador- continuó
Oso Cojo.

-Thranx, era un mundo recubierto de acero. Los nativos nunca veían el


cielo. El salón del Gobernador, sin embargo, era tan vasto, que las nubes
se formaban bajo su techo y la lluvia caía sobre los árboles que rodeaban
el Pabellón del Gobernante. Era una visión que helaba la sangre. Largas
filas de guardias flanqueaban la curva carretera metálica que conducía a
sus estancias privadas. El propio pabellón flotaba con unos suspensorios
hidráulicos sobre un lago artificial. El Gobernador se sentaba en un trono
tallado a partir de una gigantesca perla artificial, flanqueado por dos
hermosas doncellas ciegas, que eran sus telépatas y consejeras. Nos dio
la bienvenida y nos mostró el tributo- describió Oso Cojo.

-Estaba siendo sacado de las cámaras blindadas por esclavos


especialmente criados, eunucos de piel grisácea con músculos como los
de un ogrete. Incluso así, casi no podían transportar los cofres.
Desfilaban ante nosotros en una procesión aparentemente sin fin,
llevando diamantes industriales, bólters chapados en oro, trajes de
ceramita blindada con jade engarzado- prosiguió Oso Cojo. -Durante todo
aquel tiempo el Gobernador Huac, mantuvo una amistosa e interminable
charla. Nosotros simplemente mirábamos, confusos y complacidos por su
suave voz y maneras afables. A medida que el día avanzaba, comenzamos
a convencernos de que no haría falta luchar, que simplemente
cogeríamos el tributo y nos iríamos a casa- siguió explicando Oso Cojo.

-Nuestras mentes estaban agradablemente embotadas y estábamos


dispuestos a acceder a cualquier cosa que nuestro amable anfitrión nos
propusiese, cuando los grandes tanques criogénicos fueron expuestos.
Huac dijo que dentro estaban los tesoros más preciados de todos.
Aquello, fue una muestra de cómo estábamos subyugados, porque casi
los aceptamos, sin pensar- dijo Oso Cojo. -Fue Dos Cabezas Parlantes
quien dijo no. Allí estaba, quieto como un hombre confundido, durante
un instante. Luego comenzó un cántico. Fue como si de nuestros ojos
cayesen cientos de telarañas y vimos la trampa que había sido tejida tan
hábilmente para atraparnos. El hechizo del Magus, pues eso era Huac,
desapareció- dijo Oso Cojo, viendo en los ojos de los presentes la ira por la
traición del gobernador.

-Vimos con horror que casi nos habíamos llevado dos especímenes de
Genestealer a la nave nodriza de la flota. Toda aquella tarde, nuestras
mentes habían sido obnubiladas por la lenta marcha de las palabras de
Huac, que habían ido tejiendo místicas redes invisibles que nublaron
nuestro juicio- dijo Oso Cojo. -Aún así, seguíamos tan confusos, que
estuvimos a punto de protestar cuando Dos Cabezas Parlantes barrió a
Huac y a sus dos telépatas con el fuego de su bólter.

-Sólo el Dreadnought Garra de Halcón, se unió a los disparos.


Reaccionamos con lentitud cuando nos ordenó defendernos. La guardia
de Huac ya estaba sobre nosotros. Pero éramos Marines. Apenas habían
comenzado a disparar con sus rifles láser, cuando contestamos con los
bólters, barriéndolos. Van Dor intentó contactar con la flota, pero
nuestros comunicadores estaban siendo interferidos. No había nada que
hacer, salvo abrirnos camino luchando hasta la superficie y esperar que
una nave de desembarco pudiese llegar hasta nosotros- explicó Oso Cojo,
mirando a todos los guerreros alrededor del fuego, para que entendieran
la gravedad de la situación en la que se encontraron.

-Parecía que todo el planeta se hubiese vuelto contra nosotros, y eso era
más o menos lo que había ocurrido. Doscientos de nosotros, salimos
luchando de la cámara de audiencias. Se nos enfrentaron hombres
armados, y mujeres desarmadas con sus hijos. Todos se arrojaron contra
nosotros con una ferocidad inhumana. Mientras los segábamos, no
mostraban ningún miedo… sólo una extraña y terrible alegría. Todo el
mundo había quedado infectado- prosiguió Oso Cojo.

-Nuestro viaje hasta la superficie, fue una pesadilla. Combatimos a través


de oscuros corredores, subimos por escaleras de estrechos conductos y
estrechos pasillos que no estaban diseñados para albergar el tamaño de
los marines ni para Van Dor- dijo Oso Cojo. -Vi cómo Puño de Acero (Steel-
Fist en el original, nT) caía decapitado por una rampa de acceso y cómo Van
Dor, arrojaba tras él un puñado de granadas. Nos salpicaron los restos de
un Genestealer adulto. Mi hermano Cielo Rojo (Red-Sky en el original, nT), fue
asaltado por un grupo de niños que llevaban explosivos en sus manos.
Ninguno de ellos sobrevivió a la explosión- conto Oso Cojo, con dolor en la
mirada.

-Dos veces en los interminables corredores, estuvimos a punto de ser


superados- relató Oso Cojo. Se llegó al combate cuerpo a cuerpo con
Genestalers puros. Veinte de los nuestros, cayeron antes de que el hacha
de energía de Dos Cabezas Parlantes y la espada de energía de Corre
Nubes, pudiesen abrirnos camino- dijo Oso Cojo, señalando al capitán.

-Fue mientras guardaba el paso de la última escotilla, cuando perdí el uso


de mi pierna. Un Genestealer apareció a través del suelo y me agarró,
intentando llevarme con él. Le disparé frenéticamente. Lo último que
recuerdo, fue su horrible rostro hambriento acercándose, flanqueado por
un grupo de habitantes de Thranx. Los demás, me dijeron lo que había
ocurrido cuando me desperté en la sala médica de la nave nodriza con
una pierna biónica. Dos Cabezas Parlantes y Corre Nubes, me habían
arrastrado hasta el techo del mundo, donde esperaba una nave de
desembarco- explicó Oso Cojo, notando en el ambiente el orgullo de sus
hermanos.

-Sólo había una cosa que hacer: ordenar un Exterminatus. El planeta


entero fue esterilizado desde la órbita con bombas víricas. Más tarde, las
investigaciones inquisitoriales demostraron, que todo había empezado
apenas hacía sesenta años, cuando una nave sin identificar entró en la
órbita del sector. En apenas tres generaciones, los Genestealers habían
infectado todo un mundo. Porque así es como se reproducen,
convirtiendo a la gente en anfitriones de sus crías- dijo Oso Cojo. -Las
víctimas aguantan esto voluntariamente, debido al poder hipnótico de
los Magus. Muchas noches he permanecido despierto pensando si
hubiésemos podido salvar el mundo su hubiésemos llegado antes.
Quizás, hubiésemos podido eliminar el cáncer antes de que se extendiese
y no tendríamos que haber ordenado un Exterminatus…- terminó Oso
Cojo su historia con un profundo pesar en su mirada.

Corre Nubes pudo ver que los guerreros habían sido convencidos por la
historia de Oso Cojo y estaban furiosos. Podía ver cómo estaban
intentando asimilar la posibilidad de que su pueblo, se hubiese convertido
en un rebaño destinado a la reproducción y que posiblemente, con una
acción rápida podrían salvarlos.

-¡Vamos!- les exhortó Comadreja Feroz, poniéndose en pie. -Entremos en


esa ciudad y matemos a todos los engendros de los Genestealers.
Muchos otros guerreros le imitaron.

-Esperad…- dijo Luna Sangrienta. -El Concilio no ha terminado y ahora


hablaré yo…

La furia y la impaciencia, llevaron a Dos Cabezas Parlantes hacia la


fuente del sonido. Junto a la orilla del río, a la sombra de una monstruosa
factoría, vio que un grupo de casacas azules, tenían acorralado a un viejo y
le estaban dando una paliza sin prisas con sus porras.

Uno de ellos sostenía una linterna, y de vez en cuando daba alguna orden.

-Hablando sobre tonterías sediciosas, ¿verdad, bastardo?- lo amenazó


uno de los agresores.

Su golpe terminó con el crujido de costillas. El viejo jadeó sin aire y cayó
sobre sus rodillas. Los demás casacas azules rieron con estruendo.

-Predicando las herejías en contra del Culto Imperial y contra los


Guerreros del Cielo, ¿Eh? ¿Qué es lo que os empuja a hacerlo, viejos
idiotas?- gruñó otro de sus atacantes. -Por el Emperador, creía que ya os
habíamos cazado a todos.

Su víctima miró hacia arriba, hacia ellos.

-Estáis equivocados. Los Guerreros del Cielo no habrían construido esta


ciudad, ni nos habrían encerrado aquí como ganado listo para el
sacrificio. Ni tampoco habrían destruido los túmulos funerarios de
nuestra gente. Vuestros amos son seres malvados invocados por los
Clanes de las Colinas, no verdaderos Guerreros del Cielo. La Ala de
Muerte regresará y los destruirá- declaró el viejo entre jadeos.

-¡Silencio, maldito blasfemo!- rugió el líder de los casacas azules. -Deseas


demostrar tu valor, ¿verdad? Quizás deberíamos volver a las viejas
tradiciones, y practicar el ritual de la Garra de Comadreja contigo.

El viejo profirió una carcajada, haciendo que borboteara su ensangrentada


boca.

-Haced lo que os parezca. Soy Estrella de la Mañana (Morning-Star en el


original,nT), de la casa de Ciervo Veloz y Alce Plateado. Soy poseedor de la
Visión Bruja. Os digo que los espíritus caminan, que antiguos poderes
vagan por estas tierras. La Estrella Roja se ve en el cielo. Se acerca una
era de conflictos- los desafió el viejo.

-¿Es por eso por lo que has elegido esta noche para comenzar tus
pláticas? Yo creía que los únicos espíritus que te hablaban, salían de una
botella- dijo otro de los guardias, pateando a Estrella de la Mañana en el
estómago.

El viejo volvió a gemir de dolor. Dos Cabezas Parlantes avanzó a través de la


niebla y la noche hasta que estuvo al alcance de la linterna.

El líder de los casacas azules le habló.

-Aléjate, amigo. Esto es asunto del Clan Guerrero. Si no quieres unirte a


este borracho en el río, lárgate por donde viniste- lo amenazó el jefe de
los Casacas Azules.

-Deshonráis la memoria del Clan Guerrero…- dijo Dos Cabezas Parlantes


en voz baja. -Marchaos ahora y viviréis… Quedaos un latido de corazón
más y os daré muerte.

El viejo que estaba en el suelo lo miró con sorpresa. Dos Cabezas Parlantes
pudo ver el tatuaje de una calavera alada en la frente del viejo Chamán.
Algunos guardias rieron. Otros, los más sabios, detectaron la amenaza real
en el tono del Marine y se alejaron unos pasos.

El líder ordenó a los demás que atacasen.

-¡Cogedle!- rugió furiosamente el líder.


Dos Cabezas Parlantes, paró el golpe de una porra con su brazo. Hubo un
sonido metálico y la porra se rompió. Rompió la nariz del casaca azul con la
empuñadura de su hacha de energía, y pateó a su oponente lanzándolo
con fuerza inhumana contra el estómago de otro. Cuando el hombre se
dobló, el Bibliotecario golpeó su cuello, rompiéndolo. Los casacas azules se
arremolinaron a su alrededor. Sus porras eran tan inefectivas como unas
ramitas contra un oso. Algunos intentaron agarrar sus brazos para
inmovilizarlo. Se libró de ellos con facilidad, repartiendo golpes con su
hacha y los codos. Allí donde atacaba el Marine, los hombres morían.

Mientras la furia de la batalla lo llenaba, sintió que los espíritus que


dominaba se iban. Sabía que ahora permanecía en su verdadera forma
ante aquellos hombres. El último de los casacas azules se giró para huir.
Dos Cabezas Parlantes alargó el brazo y agarró su cuello.

Hubo un sonido de vértebras rotas. El viejo lo miró con intensidad


religiosa.

-Los espíritus dijeron la verdad…- susurró, como si aún no se creyese lo


que veía.

Se adelantó unos pasos y tocó su armadura, para asegurarse de que era


real.

-Al fin habéis venido para liberar a la Gente de sus ataduras al falso
Emperador y llevarlos de vuelta a las Planicies. ¿Cuál es tu nombre,
Guerrero del Cielo?- preguntó un tembloroso viejo.

-En mi juventud, era Dos Cabezas Parlantes, aprendiz de Garra Espiritual


(Spirit-Hawk en el original, nT). Cuando entré al servicio del verdadero
Emperador, adopté el nombre de Hermano Lucian- le respondió el
Marine.

Pudo ver las lágrimas corriendo por las mejillas del viejo hombre.

-Dime, anciano, ¿qué le ha ocurrido a nuestra gente? ¿Cómo han podido


caer tan bajo?- le preguntó curioso Dos Cabezas Parlantes.
-Todo comenzó cuando yo era joven- comenzó a decir Estrella de la
Mañana, limpiándose la cara. -Una noche de verano, el cielo ardió y hubo
un rugido tremendo. Una estela de fuego cruzó el cielo de lado a lado y
se oyó una gigantesca explosión. Donde ahora nos hallamos, había un
vasto cráter y en el centro, donde está ahora el Templo del Emperador de
Cuatro Brazos, apareció una enorme masa de metal. Algunos pensaron
que los Guerreros del Cielo habían regresado, que el rugido, era la voz del
pájaro de trueno. Los Chamanes, sabíamos que eso no podía ser, ya que
el Ala de Muerte, regresaba sólo cada cien años, en otoño y apenas
habían pasado cincuenta años desde que se había visto la Estrella Roja-
explicó el anciano.

-Aún así, estábamos impacientes ante la idea de poder cabalgar con la


Ala de Muerte. La mayoría de nosotros, nos lamentábamos de que
cuando la estrella roja volviese a aparecer en el cielo, ya seríamos viejos.
Los seres que se encontraron con nuestros jefes, no eran los orgullosos
guerreros portando su legendaria armadura. Eran hombres débiles de
carnes azuladas, que proclamaban que venían de parte del Emperador,
para ayudarnos a construir un paraíso en la Tierra- dijo el anciano. -
Hablaban sobre las virtudes de la tolerancia y el amor fraternal, para
terminar con las guerras. Muchos jefes ignoraron sus palabras, lo cual fue
un error porque cuando sus subterfugios fallaban, pasaban a las armas.
Se aliaron con los Clanes de las Colinas y les dieron espadas de metal,
ante las cuales nuestras armas nada podían hacer- continuó el anciano,
observando la cara del Marine.

-Al fin, los clanes fueron forzados a comerciar para conseguir las armas
necesarias para oponerse a nuestros enemigos. Se contaban historias de
satánicos espíritus de cuatro brazos con garras como cuchillas, que
destrozaban a nuestros mejores guerreros. Pronto los falsos enviados de
Emperador gobernaron en las Planicies, haciendo esclavos y destruyendo
a todos los que se les oponían. Entonces comenzó la construcción de esta
gran ciudad, usando mano de obra esclava y pagando a los voluntarios
con monedas…- explicó el anciano antes de quedarse callado con la boca
abierta.
De pronto, los ojos del hombre se abrieron con horror. Estaba mirando por
encima del hombro de Dos Cabezas Parlantes, hacia la noche. El
Bibliotecario se volvió y de entre la bruma, surgieron varias formas. Una de
ellas, era el hombre gordo que iba en el palanquín. Flanqueándolo, iban
dos inmensas figuras de cuatro brazos. Sus caparazones, brillaban como si
estuviesen aceitados. Alzaron sus amenazadoras garras, que brillaron a la
luz de la luna.

-Nosotros te habríamos contado todo eso si lo hubieses preguntado- se


regocijó el hombre gordo, mirando a Dos Cabezas Parlantes con sus
oscuros y magnéticos ojos.

El Bibliotecario flexionó las piernas y su hacha de energía, susurró una


canción de muerte entre sus manos.

E
- ra la época del Comandante Aradiel, hace más de cien veranos…-
comenzó a contar Luna Sangrienta.

-Estábamos a bordo de la nave de combate Ángelus Morte, en los bordes


del sector en misión de patrulla, cuando todas las alarmas se dispararon.
Las sondas indicaban que una nave de carga, acababa de salir de la
disformidad cerca de nosotros. Un escaneo a fondo no reveló nada. Se
nos ordenó investigar. Nos apiñamos en los Torpedos de Abordaje (son un
tipo de torpedo utilizado por la Armada Imperial para operaciones de abordaje contra naves
espaciales enemigas, nT) y nos dispararon hacia la nave- dijo Luna Sangrienta.

-Estaba oscura y sin ningún tipo de fuente de energía cuando


desembarcamos, así que con las luces de nuestras armaduras, nos
posicionamos para asegurar el perímetro. No encontramos resistencia,
pero debido a los procedimientos básicos habituales, íbamos con total
cuidado. Identificamos a la nave como la “Prisión de las Almas Perdidas”,
un nombre muy adecuado como después se demostró. Nos movimos
nerviosamente por los corredores, ya que la esencia de la disformidad
aún permanecía en la nave. Aquello nos inquietaba. Al principio, no
había signos de peligro- continuó Luna Sangrienta.

-Entonces, encontramos los cuerpos de algunos Lobos Espaciales. Habían


sido eliminados con fuego de bólter. No sabíamos cuánto tiempo
llevaban allí. Quizás… desde que la nave había entrado por última vez en
el espacio normal. Podía hacer diez años, o diez mil… no lo sabíamos. Los
flujos del espacio disforme son impredecibles y el tiempo pasa de forma
extraña allí dentro. El Hermano Sargento Conrad, nos ordenó estar muy
atentos. Entonces ocurrió algo horrible. El cuerpo de uno de los Lobos
Espaciales se levantó, con sus ojos impregnados de un color escarlata
intenso- contó Luna Sangrienta, viendo las miradas de horror en sus
hermanos.

-“Estáis condenados…” nos dijo. “…Todos y cada uno de vosotros,


moriréis como yo.

-Nos deshicimos de él a base de disparos de bólter, pero sus terribles


susurros aún reverberaban en nuestras cabezas. Comenzamos a
retirarnos. A nuestro alrededor, los sensores comenzaron a llenarse de
señales intermitentes. Corrían paralelos a nosotros, intentando cortar
nuestro paso hacia los torpedos. En las intersecciones de los corredores,
vimos unas figuras con armadura. Intercambiamos algunos disparos con
ellos. Le di a uno y le oí gritar a través del comunicador. Estaban usando
la misma frecuencia que nosotros. Cuando nos dimos cuenta, se nos heló
la sangre. Nos preguntamos: ¿Era posible que fueran Marines?- relató
Luna Sangrienta.

-No tuvimos que esperar mucho para saberlo. Se acercaron corriendo por
el pasillo en una salvaje oleada. Llevaban la armadura de los marines,
pero estaban mutados de una forma horrible. Algunos, portaban bólters
anticuados sujetos a una especie de tentáculos en vez de a manos. Otros,
tenían rostros verdes y planos, con ojos bulbosos, como los de una rana.
Los había que tenían garras y brazos extras. Algunos se arrastraban por el
suelo dejando tras de sí un rastro de babas- dijo Luna Sangrienta. -La
marca del Caos era evidente en ellos. Invocaban a Horus y a otros
poderes que es mejor no mencionar. Y supimos lo que eran.
Luna Sangrienta hizo una pausa dramática, ante las caras expectantes de
los reunidos ante la hoguera.

-Renegados, supervivientes de la Época de la Herejía, que habían pactado


con el Caos a cambio de la vida eterna. La lucha se volvió intensa en el
cuerpo a cuerpo. Ellos tenían la ventaja del número, pero nosotros
teníamos las armaduras de Exterminador y la fuerza de la rectitud-
explicó Luna Sangrienta, notando en las posturas de sus hermanos la
tensión al nombrar el Caos y la traición de Horus.

-Durante un instante, pareció que podían superarnos, pero entonces


nuestros martillos-trueno y nuestras garras relámpago, comenzaron a
abrir huecos, abriendo inexorablemente brechas en sus líneas. Lucharon
como demonios, y tenían la fuerza de los condenados, pero finalmente
vencimos- dijo Luna Sangrienta con orgullo.

-Me quedé contemplando el cadáver de mi último enemigo y pensé que


aquel hombre, había sido una vez un Marine como yo lo era. Había
superado el mismo entrenamiento y educación que yo. También había
jurado servir al Emperador. Y aún así había traicionado a la humanidad.

Tras esto, Luna Sangrienta, comenzó una reflexión.

-¿Cómo podía ser posible?¿Cómo podía un verdadero marine romper su


palabra? Parecía imposible que repentinamente diese la espalda a toda
una vida para pactar con la Oscuridad.

-¿Que podría haberle ofrecido el Caos? ¿Riqueza?… No tenemos


necesidad de todas las cosas que otros hombres atesoran; ya poseemos
lo mejor que cualquiera pudiese desear.

-¿Regalos sensoriales?… Se nos ha enseñado bien respecto a su


naturaleza transitoria.

-¿Poder?… Conocemos el verdadero poder, que es la voluntad del


Emperador.
-¿Quién de entre nosotros podría igualar Su Sacrificio?- preguntó
retóricamente Luna Sangrienta.

-No, nada de eso… mientras contemplaba sus cuerpos, llegué a


entenderlo- concluyó Luna Sangrienta.

-No se había desviado de su camino de golpe, si no en pequeños pasos.


Primero había depositado su confianza en el Señor de la Guerra. Un paso
sencillo, ya que Horus era el mayor campeón del Emperador. Entonces,
siguió sin dudar de su Señor. ¿Quién no lo haría? Un soldado sigue a su
comandante. Y entonces comenzó a pensar que Horus era una divinidad.
Un error sencillo de cometer- les explicó Luna Sangrienta, viendo la
confirmación de sus palabras entre los guerreros alrededor del fuego.

-¿No era el Gran Hereje, uno de los Primarcas de la Primera Fundación,


imbuido de poderes tales, sólo superados por los del Emperador? Así se
desvió del camino de la verdad, hasta que finalmente perdió su vida y su
alma. Es un camino que está abierto a cualquiera, un pequeño error que
lleva a otro hasta que al final se alcanza el gran error. Esto es lo que
llegué a comprender mientras estudiaba el cuerpo del renegado en el
Prisión de las Almas Perdidas- explicó Luna Sangrienta.

-Fue allí mismo y en aquel momento, cuando decidí someterme a la


voluntad del Emperador en cuerpo y alma, sin importar las
circunstancias. Sabía que todas nuestras reglas y códigos tenían un fin y
nuestra tarea no es cuestionarlos, puesto que nos mantienen alejados
del camino equivocado…- así finalizó Luna Sangrienta su relato.

Alrededor del fuego, hubo silencio.

Corre Nubes pudo ver que las palabras de Luna Sangrienta, había tocado
una fibra sensible en los Marines. Se encontró a sí mismo examinando su
conciencia en busca de signos de herejía. Las implicaciones de la historia
de Luna Sangrienta estaban bastante claras: si ignoraban sus deberes para
con el Emperador estaban dando el primer paso por el camino de la
perdición. También les había recordado que eran Marines, los elegidos del
Emperador. Si ellos no mantenían la fe, ¿Quién lo haría?
Durante largo tiempo, todo estuvo en silencio.

Entonces, Comadreja Feroz mostró sus deseos de hablar.

-Hablaré de la muerte- aseguró Comadreja Feroz con un tono de voz firme,


-de la muerte de hombres y mundos…

Dos Cabezas Parlantes sintió el impacto de la voluntad del obeso Magus,


como si hubiese sido un golpe físico. Los grandes ojos oscuros comenzaron
a crecer, como si fuesen unos pozos sin fondo, en los que el Bibliotecario
empezó a quedar atrapado. A sus pies, Estrella de la Mañana sollozaba.
Con un espasmo, el Marine rompió el contacto psíquico, agradeciendo que
su armadura estuviese equipada con una capucha psíquica. El Magus era
fuerte y Dos Cabezas Parlantes, comenzó a sentir síntomas de fatiga. Los
Genestealers saltaron hacia él. El Bibliotecario alzó su bólter tormenta y
envió una andanada de proyectiles, rasgando la noche con la luz de las
balas trazadoras. El Genestealer que iba en cabeza, quedó destrozado por
la lluvia de disparos. El otro, la esquivó con velocidad inhumana.

Estrella de la Mañana, saltó con un grito entre el Genestealer y su objetivo.


Una garra centelleó y el cuerpo del viejo cayó al suelo partido en dos. Dos
Cabezas Parlantes atacó con su hacha, con todas sus fuerzas y su arma lo
atravesó fríamente, mientras decapitaba a la criatura. El Bibliotecario se
apartó para evitar los espasmos de muerte de la criatura.

-No puedes escapar. ¿Por qué luchar?- se rió el Magus.

El hombre gordo, se concentró y un halo de poder se arremolinó en su


cabeza.

El Bibliotecario envió una andanada de disparos de bólter contra él, pero


algún tipo de fuerza invisible interceptó las balas, haciéndolas explotar sin
peligro a corta distancia del objetivo.
Dos Cabezas Parlantes avanzó, blandiendo su hacha de energía. Sintió su
propio poder creciendo en su interior, mientras el hacha buscaba su
objetivo. Algo lo detuvo a medio metro de la cabeza del Magus. Los
músculos se hincharon dentro de su armadura mientras hacía fuerza. Los
servo-motores de la armadura, protestaron por el trabajo que tenían que
realizar mientras unían su fuerza a la del Marine.

Lenta e inexorablemente el arma del Marine, fue avanzando hacia su


enemigo. El sudor caía por las mejillas del hombre gordo mientras
incrementaba su concentración. Un atisbo de miedo cruzó su rostro. No
podía salvarse y lo sabía. Dio un pequeño grito (más propio de una mujer)
cuando su concentración se rompió. El hacha de energía cayó sin oposición
y partió al hombre de la cabeza a la entrepierna.

Dos Cabezas Parlantes sintió el grito psíquico de la muerte del hombre a


través de la noche. Sintió cómo cientos de mentes respondían. En la
distancia, a pesar de la gruesa niebla, oyó el sonido de pisadas ligeras que
se acercaban. Sabiendo que su única posibilidad de supervivencia estaba
en ser rápido, Dos Cabezas Parlantes comenzó a correr.

- Nuestro mundo está muerto- dijo Comadreja Feroz.


Algunos Marines murmuraron acerca del hecho de que estaba hablándoles
a ellos directamente, en lugar de atenerse al ritual. Los silenció con un
rápido gesto con su mano derecha. Cuando volvió hablar, su voz era salvaje
y atemorizante.

-Este ritual es una falacia. Pertenece a una era que se ha terminado. ¿Por
qué aparentar otra cosa? Podéis intentar engañaros a vosotros mismos
manteniendo las antiguas formas, pero yo no lo haré. Podéis hablar con
bonitas parábolas sobre nuestros juramentos al Emperador, el horror de
los Genestealers o la naturaleza de la condenación. Yo prefiero decir la
verdad- comenzó a exhortarlos Comadreja Feroz. -Nuestro pueblo está
muerto o esclavizado y nosotros, nos sentamos aquí como viejas,
preguntándonos qué hacer. ¿Acaso hemos sido hechizados? ¿Desde
cuándo nos habíamos mostrado tan inoperantes? Un verdadero guerrero,
no tiene que tomar ninguna decisión en estos casos. Debemos vengar a
nuestro pueblo, nuestras armas deben probar la sangre de nuestros
enemigos. Sería de cobardes no hacerlo.

-Pero si fallamos…- comenzó a decir Luna Sangrienta.

-¡Si fallamos, que así sea, demonios!- declaró furiosamente Comadreja


Feroz. -¿Qué razones tenemos para vivir? ¿Cuántos veranos nos quedan,
antes de morir de viejos o metidos en el frío ataúd de un Dreadnought?

Quedó en silencio y miró alrededor del fuego. Corre Nubes vio con
sorpresa que Comadreja Feroz bajaba su mirada y toda su furia se iba.

-Soy viejo…- dijo Comadreja Feroz en voz baja. -Y estoy cansado… He visto
más de doscientos veranos. En unos pocos más, estaré muerto, de todas
formas. Había esperado poder ver a mi gente antes de que eso ocurriese,
pero eso ya no es posible. Esa es mi única penuria.

Corre Nubes pudo ver su dolor, sentir el eco de sus palabras en su propia
mente. Todos los que estaban alrededor del fuego habían servido al
Emperador durante siglos, su esperanza de vida aumentada por el proceso
de convertirles en marines, en Transhumanos.

-Si hubiese permanecido entre mi gente- continuó con un deje amargo


Comadreja Feroz, -ya hubiese muerto hace tiempo. Elegí otro camino y he
vivido, mucho más de lo que ningún mortal debería vivir. Es hora de
terminar. ¿Dónde mejor que aquí, en nuestro mundo natal, entre los
huesos de nuestros antepasados? La época de la Gente de las Planicies ha
terminado. Podemos vengarlos, y unirnos a ellos. Si caemos en combate,
al menos habremos tenido la muerte de los guerreros. Deseo morir como
he vivido: las armas en la mano y un montón de enemigos ante mí. Creo
que esto es lo que todos queremos. Hagámoslo hermanos.
Todo quedó en silencio, excepto el crepitar de la hoguera.

Corre Nubes miró a las caras de sus compañeros y vio la muerte escrita en
todos y cada uno de sus rostros.

Comadreja Feroz, había dado voz a lo que todos habían sentido desde que
vieron las chozas de sus ancestros destrozadas. Se habían convertido en
espectros, caminando entre los restos de los días pasados. Allí ya no había
nada para ellos, excepto los recuerdos. Si se iban ahora, todo lo que
quedaba ante ellos era la vejez y la muerte. De esta forma al menos su fin
tendría algún sentido.

-Yo digo que entremos allí. Si la contaminación aún no se ha extendido


demasiado, podríamos liberar a los supervivientes- dijo un visiblemente
afectado Oso Cojo.

Corre Nubes miró a Luna Sangrienta.

-Deberíamos avisar a los del Ala de Muerte de que bombardeen


víricamente el planeta si nosotros fallamos- dijo con tono fúnebre Corre
Nubes.

El resto de los guerreros, levantaron sus puños derechos en señal de


asentimiento. Todos le miraron, esperando lo que tuviese que decir. Una
vez más. sintió la presión de la responsabilidad caer sobre él. Pensó en las
chozas destruidas y en su propia pérdida, comparándolo con su deber para
con el Imperio.

Nada podría ya devolverle a la Gente de las Planicies, pero al menos podía


salvar a sus descendientes.

Pero eso no era todo, pensó. Quería la satisfacción de enfrentarse con sus
enemigos, cara a cara. Estaba furioso. Quería hacer que los Genestealers,
sufriesen por lo que habían hecho, y quería estar allí para verlo. Era así de
simple. Tal decisión no era la correcta para un oficial Imperial, pero era la
forma de ser de su clan.

Al final, para su sorpresa, descubrió a quién era realmente leal.


-Yo digo que luchemos- dijo Corre Nubes al fin. -Pero lucharemos como
Guerreros de las Planicies. Esta no es una batalla por el Emperador. Es
una venganza por nuestros clanes destruidos. Nuestra última batalla,
debe ser luchada de acuerdo con nuestras antiguas tradiciones.
Realicemos el ritual del Ala de Muerte.

Dos Cabezas Parlantes, corría por su vida. A través de las calles oscuras,
los rápidos y letales Genestealers le perseguían, cada vez más cerca. Sentía
su presencia a su alrededor. Saltó sobre una pila de basura que había en el
camino y giró hacia una carretera más ancha. Dos trabajadores asomaron
su cabeza por una puerta para ver qué estaba ocurriendo. Se escondieron
rápidamente.

Dos Cabezas Parlantes corría como un demente. Su corazón latía


salvajemente y su aliento comenzaba a sentirse entrecortado. El esfuerzo
de mantener el hechizo de camuflaje durante tanto tiempo, le había
drenado buena parte de sus fuerzas. Se preguntaba cuánto tiempo podría
mantener el ritmo.

Se arriesgó a echar una rápida mirada sobre su hombro. Un Genestealer


acababa de dar la vuelta a la esquina. Disparó su bólter tormenta, pero los
disparos fueron completamente imprecisos, y el Genestealer reculó un
poco para buscar cobertura.

Sintiendo peligro enfrente suyo, se giró de nuevo. De un soportal oscuro


estaba saliendo un Genestealer. Tuvo el tiempo justo de levantar su hacha
de energía antes del ataque. Con el hacha por delante como si fuese un
espolón, cortó a través del pecho de la criatura, aunque el impulso de la
carga de éste, consiguió aturdirlo un rato. Una garra cortó su brazo,
enviándole oleadas de dolor. Ignorando ese dolor, rodó por el suelo
mientras vigilaba a los perseguidores que ya se le echaban encima.
Apretando el gatillo de su bólter tormenta, trazó una línea brillante a
través del pecho de muchos de los Genestealers. La fuerza de la servo-
armadura le permitió liberarse del peso de los cuerpos muertos. Se levantó
y continuó su camino a trompicones.

No creo que pueda continuar mucho más pensó, forzándose a avanzar un


poco más.

Podía ver las grandes murallas salir por encima de los edificios cercanos.
Recitó un hechizo para atenuar su dolor y siguió corriendo hacia las
murallas.

Su corazón se encogió cuando vio lo que allí le esperaba: una masa de


deformes y amenazadores hombres de ojos oscuros. Algunos, llevaban
armas de energía de aspecto antiguo. Otros, llevaban espadas en sus tres
brazos. Por encima de ellos, se veía a los Genestealers puros, flexionando
sus brazos amenazadoramente. Dos Cabezas Parlantes se detuvo, mirando
a sus enemigos.

Durante un momento, se miraron con un silencio respetuoso.

El Bibliotecario encomendó su espíritu al Emperador. Seguramente, el gran


Espíritu Ala de Muerte lo llevaría junto al Gran Jefe Más Allá del Cielo. Su
bólter estaba casi sin munición. Sólo con su hacha no podría hacer frente a
tantos durante mucho tiempo.

Como si se hubiese dado una señal, los Genestealers y su progenie


avanzaron a la carrera. Un rayo de energía, se estrelló contra su armadura,
derritiendo una de las calaveras talladas en su pecho. Apretó sus dientes y
devolvió el fuego, abriendo grandes huecos entre la masa de hombres sin
armadura. Hubo un sonoro ‘clic’ cuando su bólter se encasquilló. Tirándolo
a un lado, corrió al encuentro de sus enemigos entonando sus cánticos de
muerte.

Asaltó el mar de cuerpos que se le venían encima en todas direcciones y


que le golpeaban con espadas y garras. Reunió las últimas fuerzas que le
quedaban, para emplear su hacha de energía con letal eficiencia, trazando
grandes arcos brillantes. Cortaba cabezas y miembros por todas partes,
pero por cada uno que caía, otro se acercaba. No podía defenderse de
todos sus golpes y pronto comenzó a sangrar copiosamente por las
numerosas heridas y grietas hechas en su armadura.

La vida se le escapaba y por encima de su cabeza, creyó oír el sonido de


unos poderosos motores. El Gran Ala de Muerte venía a reclamar su vida,
pensó justo antes de que un golpe, le alcanzase la cabeza y cayese
inconsciente.

Corre Nubes hizo una pausa antes de borrar su insignia personal, la


nube y el trueno que llevaba en la hombrera derecha de su armadura. Se
sintió cambiado.

Eliminando su insignia Imperial, había eliminado parte de sí mismo, se


había quedado sin parte de su vida. Comenzó a grabar en la misma
hombrera nuevos símbolos rituales, los de la muerte y la venganza.
Mientras lo hacía, sintió los poderes de los espíritus totémicos
inundándolo.

Miró a Comadreja Feroz. El sombrío Marine, había terminado de pintar


todos los símbolos de su armadura. Ahora era blanca, el color de la
muerte, excepto en el hombro izquierdo, donde la calavera había quedado
como estaba. Parecía apropiado.

Estaban llevando a cabo un ritual que databa de la era antigua, antes de


que el Emperador hubiese llegado con sus pájaros de trueno. Corre Nubes,
había visto sólo una vez antes ese ritual. De niño, había visto a una partida
de guerreros que habían jurado venganza, pintar sus cuerpos y perseguir a
una horda de Guerreros de las Colinas que acababan de matar a un joven
de la aldea. Se habían pintado los cuerpos con el color funerario, porque
no esperaban regresar de una expedición contra un enemigo tan superior
en número.
Luna Sangrienta lo miró desde el otro lado de la hoguera y le sonrió sin
humor. Corre Nubes se le acercó.

-¿Listo, mi viejo amigo?- preguntó amistosamente el Hermano Capitán.

Luna Sangrienta asintió con la cabeza. Corre Nubes se inclinó sobre el


fuego y metió las manos en la ceniza. Con los dedos juntos, fue dibujando
el símbolo del Ala de Muerte en sus mejillas.

-Me gustaría que Dos Cabezas Parlantes estuviese aquí, de regreso- dijo
melancólico Luna Sangrienta mientras imitaba a Corre Nubes con las
cenizas.

-Aún puede que nos sorprenda- le confesó Corre Nubes.

Luna Sangrienta le miró con la duda pintada en sus ojos. Corre Nubes
ordenó a los guerreros que se preparasen. Formaron en círculo alrededor
del fuego. Uno por uno, comenzaron a cantar sus canciones de muerte.

Incluso mientras lo transportaban por los largos corredores de acero,


Dos Cabezas Parlantes sabía que se estaba muriendo. La vida se escurría
por cada una de sus heridas. Con cada gota de sangre que caía sobre sus
porteadores, se sentía más débil. Parecía algún tipo de sueño malvado,
mientras era transportado por los sombríos túneles, a hombros de las
jorobadas figuras de la progenie Genestealer.

El Bibliotecario, veía estos acontecimientos a través de una cortina de


dolor, preguntándose por qué demonios aún estaba vivo. Parte de su
mente, se daba cuenta de que estaba en el interior de la nave que había
llevado a la progenie a su mundo. La agonía lo aguijoneaba desde dentro,
cuando alguno de sus porteadores hacía un movimiento brusco. Reunió
toda su fuerza de voluntad para no gritar.
Entraron en una sala alargada, en la que una gran figura deforme les
esperaba. Le tiraron al suelo, a sus pies. La criatura movió la cabeza hacia
un lado, mirándole con atención. Las lágrimas, corrieron por las mejillas
del Bibliotecario, mientras un indescriptible dolor lo recorría de los pies a
la cabeza al intentar ponerse de pie. Los guardias Genestealers se le
echaron encima, pero la gran criatura les miró y se detuvieron en el acto.

Dos Cabezas Parlantes miró con nerviosismo, sabiendo que estaba en


presencia de un Patriarca Genestealer. Había oído hablar de semejantes
criaturas, los progenitores de una raza entera, los más ancianos de sus
árboles genealógicos.

Miró a los ojos de su enemigo. Sintió una especie de electricidad que cruzó
su cuerpo, cuando sus mentes entraron en contacto. El Bibliotecario se
encontró enfrentado a un enemigo antiguo, implacable, mortal. Su mente
retrocedió ante el asalto de su monstruosa voluntad. Sintió una urgente
necesidad de arrodillarse, de rendir pleitesía a este antiguo ser. Sabía que
merecía tal respeto.

Con un inhumano esfuerzo, consiguió contenerse. Se recordó a sí mismo,


que éste era el ser que había destruido a su pueblo. Intentó darle un golpe,
reunir fuerzas en su brazo sano para acabar con él de un solo y poderoso
golpe. Se movió, pero sus piernas apenas le respondieron y el Patriarca lo
cogió con facilidad, casi con ternura y lo mantuvo a raya con sus garras. El
largo ovopositor al final de su lengua se le acercó, pero no llegó a tocarlo.

Repentinamente, se encontró metido de lleno en una amarga y letal lucha


psíquica. Tentáculos de aquellos pensamientos alienígenas se inmiscuían
por todas las partes de su cerebro. Los bloqueó, cortándolos con la espada
de su odio. Contraatacó con un rayo psíquico de su propia ira, pero fue
detenido por la antiquísima voluntad que parecía impermeable a toda
influencia exterior.

El Patriarca liberó todo su poder y Dos Cabezas Parlantes, supo que sus
defensas estaban a punto de ceder ante semejante presión. El frío y
concentrado poder del Patriarca era demasiado terrible. Incluso estando
en perfectas condiciones el Bibliotecario habría tenido enormes problemas
para defenderse. Ahora, con sus fuerzas al mínimo por la cantidad de
sangre perdida y la fatiga, no podía ofrecer la más mínima resistencia. Sus
defensas exteriores cayeron, y el Patriarca entró en su mente, rastreando
sus recuerdos, absorbiéndolas para sí mismo. Durante un segundo,
mientras estaba desorientado, intentó de nuevo golpear físicamente al
Patriarca. El Genestealer le evitó fácilmente, pero la décima de segundo de
distracción sirvió para que de nuevo se enfrentasen mente con mente.

Extraños recuerdos y emociones alienígenas llenaron la mente del


Bibliotecario, amenazando con destruir su cordura. Vio el pasado del
Patriarca ante él. Vio la larga serie de mundos arrasados y todas las vidas
arrebatadas. Vio el mundo colmena del que había escapado en una veloz
nave antes de que las bombas víricas lo arrasasen.

Con estupor, se dio cuenta de que él había estado en ese planeta (en
Thranx) y que la criatura, también había reconocido su aura de aquel
encuentro. Vio la nave medio destruida por las andanadas del cerco
Imperial, que apenas fue capaz de realizar el salto a la disformidad.

Experimentó la larga lucha para volver al espacio normal y las heladas


eternidades que les llevó a estrellar la maltrecha nave en un nuevo planeta
virgen. Vio al grupo de patéticos supervivientes, emergiendo de entre los
restos: un puñado de Pura-Sangres y tres híbridos. Los vio fabricando
rudimentarias hachas con los metales de la nave, para intercambiarlos con
las tribales civilizaciones que allí se habían establecido y los vio comenzar
el lento camino para establecerse en un mundo hostil.

Se sintió gratificado, mientras la red de contactos psíquicos se expandía,


con la aparición de cada miembro de la progenie. Le invadió una
satisfacción fría con la destrucción de las tribus y el conocimiento de que
pronto, se construiría una base industrial en el planeta. La nave sería
reparada. Nuevos mundos para conquistar estarían pronto al alcance de la
mano.

Durante un oscuro momento, la desesperación llenó a Dos Cabezas


Parlantes. Vio a los Genestealers planeando expandirse e infectar nuevos
mundos desprevenidos. Y él no podía hacer nada para detener a esta vieja
e imparable entidad. Estaba a punto de rendirse. No podía ver la salida. La
muerte acechaba y ese pensamiento, le daba un respiro.

Sabía lo que tenía que hacer antes de que lo inevitable ocurriese. Una
parte suya se rindió completamente al asalto del Patriarca, pero la otra,
empujó a su espíritu hacia el vacío.

Se encontró de nuevo en un lugar frío y sintió en la lejanía el espíritu del


Emperador, brillante y luminoso como una estrella. Cerca, estaban sus
Furiosos Espíritus. El Patriarca era una presencia cercana y hambrienta,
dispuesta a esclavizarle para siempre. En la distancia, podía escuchar el
batir de unas alas y los poderosos motores de las naves del Ala de Muerte,
que venían a reclamarlo.

El Patriarca se dio cuenta de lo que pretendía hacer demasiado tarde, e


intentó romper el vínculo. Dos Cabezas Parlantes enfocó todo su odio,
todo su miedo y su ira para mantener la unión, una tarea que se hacía más
fácil gracias al anterior contacto, tan intenso.

El Patriarca luchó frenéticamente, pero no pudo liberarse. El sonido de los


motores se hizo más fuerte, ahogando al Bibliotecario con un último
estruendo, que podía significar que se podría desatar un huracán o que
aquello era su último aliento. Del centro de un torbellino de agonía, la
presencia del Patriarca, fue arrastrada hacia el oscuro vacío. El remolino
engulló al Patriarca. Murió, su esencia fue destruida por los últimos
estertores de muerte del Bibliotecario.

Brevemente, Dos Cabezas Parlantes sintió cómo su enemigo se desvanecía,


sintió la agonía de su pérdida en su progenie. Mientras el espíritu del
Bibliotecario se alzaba libremente, tocó las mentes de sus camaradas
Marines para despedirse y decirles lo que debían hacer.

Entonces Dos Cabezas Parlantes, dejó de existir para siempre.

Corre Nubes, sintió la presencia del Bibliotecario mientras observaba el


fuego. Alzó la vista y vio a Dos Cabezas Parlantes de pie ante él. El
Bibliotecario estaba pálido. Su rostro estaba distorsionado por la agonía y
su cuerpo, mutilado por terribles heridas. Supo que era una visión de su
espíritu y que el viejo Chamán, estaba muerto.

Durante un instante, creyó oír el batir de unas poderosas alas y el rugido


del más poderoso de los pájaros de trueno rugiendo hacia la luna. La
presencia se desvaneció, dejando a Corre Nubes con una sensación de frío
y vacío. Se estremeció con aquel frío repentino.

Sabía que había sido tocado por el paso de Ala de Muerte.

Miró hacia los demás y supo que habían visto lo mismo. Alzó una mano en
un gesto de despedida y luego la movió en un gesto para que los Marines
avanzasen. Llenos de determinación, los Exterminadores de blanca
armadura marcharon hacia la ciudad.

Corre Nubes se sentó en el Trono y se quedó observando a sus


visitantes.

Su pueblo estaba formado en largas filas, formando un pasillo por el que


los Marines avanzaban lentamente. Eran liderados por un Capitán y un
Bibliotecario. Desde la puerta, la inmensa mole de un Dreadnought
vigilaba. Corre Nubes, sintió que la visión de aquella forma familiar le
reconfortaba.

Vio las inquietas y asombradas caras de la gente mirarle, como si su


presencia, les diese seguridad. Mantuvo su propio gesto serio y calmado.
Sintió la inquietud de sus Hermanos de Batalla y la extrañeza de la gente
que llenaba la gran casa del clan. Mantenían sus bólters en sus manos,
como si temiesen un estallido de violencia en cualquier momento. Corre
Nubes estaba contento de volver a verlos. Desde la muerte de Oso Cojo, se
había sentido muy solo. Vio varias caras familiares entre los guerreros
Imperiales que se acercaban. El recuerdo de los viejos días en la Fortaleza
del Capítulo, llenaron su mente. Inspiró con fuerza tres veces, tocó el
antiguo traje blanco que había a su lado para que le diese suerte y les dio
la bienvenida.

-Saludos, Hermanos Guerreros del Cielo- dijo con un gesto amable Corre
Nubes.

-Saludos, Hermano Ezekiel- dijo el líder de los Marines con algo de


suspicacia.

Corre Nubes se rascó las cicatrices rituales con una mano agarrotada y
sonrió con una mueca.

-Así que al final te han hecho Capitán, ¿eh, Cuchillo Roto (Broken-Knife en el
original,nT)?- preguntó Corre Nubes con una sonrisa en su cara.

-Sí, Hermano Ezekiel. Me hicieron Capitán cuando tú no volviste- le


espetó severamente Cuchillo Roto.

Se detuvo, esperando una explicación.

-¿Y te llevó diez años volver para recuperar los Trajes de Gala de los
Ángeles Oscuros?- preguntó éste a su vez, con una nota de recochineo.

-Ha habido guerras: una gran migración de Orkos a través del Segmentum
Obscurus. El Capítulo fue llamado a filas. Durante ese tiempo, la ausencia
de nuestros Exterminadores, fue muy sentida. Pero por supuesto, tienes
una explicación para ello, ¿no es así?- inquirió seriamente el Capitán de
los Marines.

Los Marines miraron fija y fríamente a Corre Nubes. Era como si para estos
jóvenes, casi reclutas, fuese un extraño o peor, un traidor. Recordó la
primera vez que había estado entre los marines y, por primera vez en
muchos años, se dio cuenta de su superioridad. Se sintió inquieto y solo.

-Esta no es nuestra gente, Corre Nubes. ¿Qué ha ocurrido aquí?- preguntó


una atronadora voz. La reconoció como la del Dreadnought.
Entonces, ya no se sintió tan solo. Grarra de Halcón estaba ahí,
enganchado a los sistemas de soporte vital de la máquina. Al menos había,
una persona presente que estaba de su lado, que era lo suficientemente
mayor como para comprender todo lo que había pasado. Era como su
primera visión de las sombras del Ala de Muerte, como cuando los había
visto por primera vez: un rostro familiar que alejó sus miedos.

-No, honrado antepasado, no lo son. Son los supervivientes no infectados


por la invasión Genestealer- le explicó Corre Nubes al Dreadnought.

Oyó murmurar a los marines, vio la forma en que preparaban sus armas
instintivamente para apuntar a la gente, que se apiñaba en el interior de
los salones.

-Es mejor que te expliques, Hermano Ezekiel- dijo Cuchillo Roto en tono
amenazante.

Corre Nubes comenzó a contarles su historia a los atónitos Marines.

Les contó el aterrizaje de la compañía de Exterminadores en este mundo,


sólo para encontrarlo devastado por los Genestealers. Les contó el Concilio
y la decisión que habían tomado: de la aparición del espíritu de Dos
Cabezas Parlantes y del devastador ataque final de los Exterminadores
sobre la ciudad. Les habló utilizando la complicada sintaxis de la lengua
Imperial, no el idioma de la Gente de las Planicies.

-Marchamos a través de las negras puertas y nos encontramos con los


Genestealers. Al principio estaban confusos, como si hubiesen sufrido un
golpe. Atacaban en pequeños grupos, sin tener un plan coordinado o una
inteligencia superior que los guiase. Los masacramos a todos- comenzó a
relatar el ataque final Corre Nubes.

-Avanzamos entre masas de gente aullante, mientras seguíamos el


indicador del localizador de la armadura de nuestro hermano
Bibliotecario, hacia el centro de la ciudad. Genestealers puros, nos salían
al paso desde todos los edificios, mientras avanzábamos. Atacaban con
una furia demente, pero sin astucia, por lo que eran frenados y
destruidos con relativa facilidad.

Fijándose en la atenta mirada de los Guerreros del Cielo, el anciano,


prosiguió con su historia.

-En el centro de la ciudad encontramos un templo (un edificio que


parodiaba obscenamente las construcciones imperiales), dominado por
una gigantesca estatua de cuatro brazos que se suponía era el
Emperador. La destruimos desparramando sus pedazos por toda la calle y
tras ella, encontramos la entrada al Submundo.

-Y entramos en aquel submundo cuesta abajo, por los fríos pasillos de


acero. Pasamos junto a compuertas de presurización y compartimentos
estancos. Era como una especie de nave espacial enterrada. Con vigor
renovado, seguíamos la señal del localizador, determinados a recuperar
el cuerpo de Dos Cabezas Parlantes y vengar su muerte. Al principio,
nuestro avance fue sencillo, contra pequeños grupos de Genestealers
aislados, pero entonces algo cambió. Durante un instante hubo paz-
explicó Corre Nubes.

-Intercambiamos miradas de extrañeza. Luna Sangrienta preguntó por el


intercomunicador si era posible que los hubiésemos matado a todos. Aún
hoy puedo recordar la duda pintada en su rostro, antes de que un
Genestealer rompiese una rejilla de ventilación y le arrancase la cabeza
destrozando su armadura. Masacramos a la criatura con fuego de bólter
hasta que no quedó nada más que su sangre.

El rostro de los Marines, era una mueca, mezcla de asombro y furia.

-Los Genestealers comenzaron a atacar de nuevo. Pero esta vez, sus


ataques parecían estar coordinados, como si volvieran a estar guiados
por alguna maligna inteligencia. Era como si hubiesen estado sin líder
durante un tiempo, pero ahora, un nuevo ser se hubiese hecho cargo.
Nos flanquearon por corredores paralelos, caían a través de los paneles
del techo. Hordas de Genestealers y sus acólitos semi-humanos, nos
atacaban desde todos lados. Oleadas de ellos, se nos echaban encima
con increíble rapidez, amenazando con superarnos por su aplastante
número. Era una visión horrible, ver a aquellas tremendas criaturas
avanzar con sus garras extendidas, ignorando a sus semejantes mientras
eran segados por nuestros disparos. Y seguían viniendo. Nuestra
avanzadilla y retaguardia fueron emboscadas y destruidas. Las amenazas
llegaban tan rápido, que no teníamos tiempo de ponderarlas- relató Corre
Nubes.

-Me fijé en un grupo de ellos, que habían sido eliminados por el fuego de
un lanzallamas, que desprendían un hedor insoportable. Estaban siendo
diezmados, debido a la fiereza de su intento por masacrarnos. Había una
sensación de furia opresiva en el aire. Era como si hubiese una antigua
deuda que saldar con nosotros y todos hubiesen jurado morir para
satisfacerla- dijo Corre Nubes.

-Cualquier otra escuadra, incluso de Exterminadores, habría sido


derrotada por la furia de su ataque, pero nosotros llevábamos la marca
del Ala de Muerte sobre nuestras armaduras blancas de muerte. Nuestras
canciones funerarias habían sido entonadas y nosotros, también
teníamos nuestras propias deudas que cobrar. Seguimos avanzando,
doloroso centímetro a doloroso centímetro. La mezcla de la sangre y un
apestoso icor, inundaba los pasillos mientras nos abríamos paso hacia la
gran sala central. Allí encontramos a Dos Cabezas Parlantes. Estaba
muerto, con su cuerpo marcado por pavorosas heridas. Cerca suya,
estaba el cuerpo del Patriarca, muerto, pero sin una sola marca de
violencia en él- siguió Corre Nubes, mirando la cara de los recién llegados,
que tenían una expresión de pena por la pérdida del bibliotecario, y
también de orgullo por la muerte del patriarca.

-El salón estaba lleno de enemigos pura-sangres e híbridos. Habíamos


logrado llegar a la sala del trono. Nos enfrentaríamos a un número
mucho mayor que el nuestro. Durante un momento, nos detuvimos para
intercambiar furiosas miradas. Creo que ambos bandos nos dimos
cuenta, de que estábamos ante los últimos enemigos, que el resultado de
aquel enfrentamiento, decidiría el destino de este mundo. Se hizo el
silencio en la sala, excepto el zumbido de nuestros sistemas de
respiración. Pude oír el sonido de mi corazón latiendo. Mi boca se secó.
Pero extrañamente me encontraba en calma, seguro de que pronto me
reuniría con mis antepasados. Los Genestealers formaron filas, y
nosotros alzamos nuestros bólters- prosiguió Corre Nubes.

-A una señal invisible cargaron, con las bocas abiertas pero sin emitir ni
un sólo sonido. Unos pocos de los híbridos dispararon antiguas armas de
energía. A mi lado, un Hermano de Batalla cayó. Desatamos una barrera
de fuego que arrasó a la primera oleada. Ninguna criatura sobrevivió.
Todo lo que elegíamos como objetivo, caía muerto. Pero había
demasiados. Cayeron sobre nosotros y el conflicto final, entró en su fase
más amarga. Vi a Comadreja Feroz caer bajo una pila de Genestealers. Su
bólter se había encasquillado, pero seguía luchando, insultando a sus
enemigos y maldiciendo. La última vez que lo vi, acababa de arrancar la
cabeza de un Genestealer que había traspasado su pecho con sus garras.
Así cayó el más grande de los guerreros de mi generación- dijo Corre
Nubes, con tristeza en los ojos.

-Oso Cojo y yo estábamos luchando espalda con espalda, rodeados por


nuestros enemigos. Nuestros Puños de Combate y las espadas de
energía, mantenían todavía a raya a muchos enemigos. Su hubiese
habido más pura-sangres, las cosas habrían ido mucho peor aquel día,
pero la mayoría parecían haber caído en los primeros ataques aislados-
comentó Corre Nubes.

-Aún así, no fue fácil. Oso Cojo cayó herido y me encontré luchando cara
a cara contra un horror blindado. La bestia arrancó la espada de mi mano
con un barrido de su garra. Di gracias al Emperador por las armas
digitales que portaba mi guante y rocié el rostro de la criatura con cargas
venenosas, cegándola. En el breve respiro, conseguí alzar mi bólter en
posición de disparo y la ráfaga partió en dos al monstruo- continuó Corre
Nubes.

-Miré a mi alrededor. Sólo los Exterminadores permanecíamos en pie.


Dejamos escapar exclamaciones de alegría por encontrarnos aún vivos,
pero entonces fue cuando nos dimos cuenta de la cantidad de caídos. En
ese momento, todos los supervivientes, nos quedamos callados. Sólo seis
habíamos sobrevivido. No nos importaba el número de Genestealers
caídos- dijo Corre Nubes, viendo un profundo pesar en los recién llegados,
por las severas pérdidas del Ala de Muerte.

-En la superficie del mundo, los hijos de la Gente de las Planicies nos
esperaban. Una gran multitud, se había concentrado en el exterior del
templo para ver el desenlace de nuestra batalla. Nos miraron,
atemorizados. Habíamos destruido su templo y matado a sus dioses. No
sabían si éramos demonios o redentores- dijo Corre Nubes.

-Miramos a aquellas lastimosas criaturas, que eran los restos de todo lo


que quedaba de nuestros clanes. Habíamos ganado, y habíamos
reclamado nuestro mundo. Aún así, nuestra victoria parecía vacía.
Habíamos salvado a nuestros descendientes de los Genestealers, pero
nuestro estilo de vida estaba muerto. Mientras estábamos frente a
aquella multitud, supe lo que teníamos que hacer. El propio Emperador
me proporcionó la inspiración en ese momento y les expliqué mi plan a
los demás- explicó Corre Nubes.

-Sacamos a la gente de la ciudad y los reunimos en la llanura que se


encontraba en el exterior de aquella maldita urbe. Buscamos trazas de la
progenie Genestealer en ellos, pero no había. Toda la semilla
Genestealer, parecía haber sido destruida en aquella nave enterrada.
Pasé entre las fábricas y las chimeneas. Luego cogimos nuestros
lanzallamas y quemamos toda la ciudad hasta los cimientos. Dividimos a
la gente en seis tribus y nos dijimos adiós unos a otros, ya que sabíamos
que no nos veríamos más. Entonces guiamos a nuestros descendientes
lejos de aquella ciudad en llamas- continuó Corre Nubes.

-Oso Cojo, llevó a su gente a las montañas. Yo, traje a mis seguidores a mi
antiguo pueblo y lo reconstruimos. No sé que fue de los otros. He dicho a
esta gente, que he venido en nombre del verdadero Emperador para
reconducirlos a las antiguas formas de vida. Les he enseñado a pescar,
cazar y a disparar al antiguo modo. Combatimos con otras tribus. Algún
día serán dignos de convertirse en Guerreros del Cielo- terminó Corre
Nubes de relatar la historia.
Corre Nubes quedó en silencio. Pudo comprobar que los Hermanos de
Batalla habían sido conmovidos por su historia. Cuchillo Roto se giró hacia
el Bibliotecario. Corre Nubes sintió la presión del contacto de sus mentes.

-El Hermano Ezekiel habla con verdad, Hermano Capitán Gabriel- dijo el
Bibliotecario.

Cuchillo Roto miró al viejo marine.

-Perdóname, hermano. Te he juzgado mal. Parece ser que el Capítulo y la


Gente de las Planicies te deben muchísimo- rectificó a modo de disculpa
el Capitán.

-“Semper Fideles”- apostilló Corre Nubes. -Debéis recoger las armaduras y


devolverlas al Capítulo, a donde pertenecen.

Cuchillo Roto asintió. Y en ese instante, Corre Nubes, formuló una petición.

-Quizás podáis hacernos un pequeño favor, hermano. En honor a


nuestros muertos, dejad las armaduras con el color del Ala de Muerte.
Los sacrificios realizados por nuestros hermanos, deben ser recordados-
le rogó Corre Nubes.

-Así se hará- le aseguró Cuchillo Roto. -El sacrificio de los hermanos del
Ala de Muerte será recordada.

Los marines se volvieron y pasaron junto al Dreadnought. El poderoso ser


permaneció allí, mirando a Corre Nubes con sus inhumanos ojos.

La partida de los marines, dejó a Corre Nubes repentinamente hastiado.


Sintió el peso de los años con una inusual fuerza.

Sintió la inhumana mirada del Dreadnought y alzó sus ojos.

-¿Sí, honrado ancestro?- le preguntó en la lengua de la Gente de las


Planicies.

-Puedes venir con nosotros. Eres merecedor de convertirte en un


Dreadnought Viviente- respondió aquella poderosa y antigua máquina.
Deseó poder volver y pasar sus últimos años con su Capítulo, pero sabía
que no podía ser. Ahora su obligación era para con su gente. Debía hacer
que regresasen a las normas del Emperador. Movió su cabeza.

-No lo creo, mi sitio está aquí, con los nuestros- aseguró el Marine.

-Eres un digno líder de tu pueblo, Corre Nubes- le confirmó la voz del


Dreadnought.

-Cualquier Guerrero del Cielo lo sería, ancestro. A pocos se les presenta la


ocasión. Antes de que te vayas, hay algo que debo saber. Cuando nos
encontramos por primera vez, me dijiste que no debía convertirme en un
Guerrero del Cielo si había alguien a quien me doliese dejar atrás.
¿Alguna vez te has arrepentido de convertirte en un Marine?- quiso saber
Corre Nubes.

El Dreadnought le miró fijamente.

-A veces aún lo hago. Es triste dejar a la gente que te importa, sabiendo


que será como si hubiesen muerto- contestó con un tono fúnebre aquella
mole.

-Adiós, Corre Nubes. No volveremos a vernos- se despidió su ancestro.

El Dreadnought se giró y se fue, dejando a Corre Nubes sentado en el


trono, entre su gente, mientras sus dedos jugaban con un antiguo mechón
de cabello.

FIN

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